Kitabı oku: «Alto en el cielo», sayfa 3
Cinco
I
En uno de los interiores art déco más impactantes de la Primera República, en plena Mariánské náměstí, el vicealcalde de Praga empezaba a devorar su opíparo desayuno en el centro exacto del gran hall de recepción cuando el insistente llamado de uno de sus más fieles colaboradores lo despertó de golpe.
La mezcla de luz natural que entraba por los ventanales y la de las tres enormes arañas que colgaban sobre la mesa se reflejaban sobre dos símbolos de la ciudad tallados en piedra.
–Señor, tal como me temía, hemos confirmado que el astrólogo y sus colaboradores lograron llegar al sur del mundo, aunque aún no se entiende cómo hicieron para salir del país sin registrarse.
Josef Pfitzner lo miró como si su lacayo acabara de salir de un mal sueño, esperando quizás que se disolviera en el aire majestuoso del salón pero, como eso no sucedía, le señaló su desayuno que recién acababa de empezar y le ordenó entrevistarlo al menos una hora más tarde en el jardín de invierno.
El colaborador acató la orden con un resto de rebeldía desbordante de fidelidad y se dirigió a su despacho para preparar el informe con el propósito de hacer notar al vicealcalde lo preocupante de la situación.
Una hora y media después, en el patio, con la música del piano de fondo y la vista en las fuentes de agua, lo único que le preguntó Pfitzner a su colaborador fue si se lo habían llevado, casi sin ninguna curiosidad, como si no temiera una respuesta y sólo esperase una confirmación antes de decidir.
–Todo hace suponer que sí, él y su equipo lo deben estar escondiendo en el sur, aunque nadie puede explicarse cómo, dado que casi no llevan equipaje. Es un verdadero misterio, yo le dije que había que secuestrarlo cuanto antes y tentarlo al astrólogo para que se uniera a nosotros.
Josef Pfitzner sonrió como si estuviera a punto de dormirse en un plácido lecho con sábanas de algodón egipcio. Inmediatamente golpeó con suma potencia el costado de la silla de cedro en la que estaba sentado. El golpe retumbó en todo el jardín de invierno y enseguida le gritó a su colaborador que se guardara sus consejos.
–¿Averiguaron en qué país del sur están?
–Brasil o Argentina, ahora mismo no lo recuerdo, el asunto es que no sabemos por cuánto tiempo se van a quedar...
–¡Basta! –gritó con tanta potencia el vicealcalde que su colaborador tuvo que cerrar los ojos.
Un minuto después, le hizo un gesto para que lo siguiese. Josef Pfitzner se dirigió hacia su residencia en el tercer piso del edificio, sus pasos resonaban en la cerámica con el eco de los de su colaborador, que intentaba ir rápido pero atento a no alcanzarlo. En cierta forma, estaba actuando de su sombra, aunque una sombra moderada, respetuosa, consciente de su condición. Cuando el vicealcalde aceleraba, la sombra aceleraba; cuando el vicealcalde disminuía el ritmo, lo mismo hacía la sombra. En la habitación principal el vicealcalde abrió el armario, sacó la enorme valija de cuero que apoyó abierta y vacía sobre la cama. La sombra se quedó esperando en el umbral sin entender bien lo que tenía que hacer y él habilitó con un leve movimiento de su mano derecha el ingreso de la sombra.
El vicealcalde salió al balcón como si necesitara tomar un poco de aire antes de sucumbir al ahogo de las malas noticias. La sombra hizo lo propio y los dos se quedaron extasiados ante la vista de esa magnífica ciudad en la que Josef Pfitzner se encontraba trabajando a sol y sombra, no sólo para hacer lucir todos sus encantos sino también buscando eliminar algunos tumores malignos como la horrible estatua del rabino Löw en uno de los laterales del edificio de recaudación tributaria, donde planeaba instalar un nuevo ayuntamiento, o la de Moisés en el barrio judío, tan desagradable que ni siquiera valía la pena mantenerla para el futuro museo de la raza extinta.
Al igual que le ocurría al mismísimo Führer, tanto le interesaba esa ciudad que ya estaba por ultimar los detalles para la regulación de los guías de turismo de Praga, con el propósito de que los asiduos visitantes no se expusieran a los cuentos y la ignorancia de cualquier improvisado que pretendiera mostrar la ciudad y pudieran recibir siempre información valiosa y fidedigna.
A pesar del frío de noviembre, el contacto con los rayos de sol ofrecía una hermosa calidez que revalorizaba aún más ese ventanal al que en muy contadas oportunidades el colaborador del vicealcalde tenía autorizada la entrada.
–Vamos a buscarlos. No hay manera de que se nos escapen, pero si los dejamos a su libre albedrío podemos perder de vista esa tan valiosa arma, y al Führer no creo que le agrade enterarse de que la perdimos.
–Por supuesto, señor, ¿pero usted estaría en condiciones de emprender semejante viaje? –preguntó el colaborador mientras paseaba su vista por algunas de las cúpulas de la ciudad, deteniéndose, sobre todo, en las majestuosas puntas que coronan la iglesia de Týn, como si el precio de abandonar ese entorno, aunque fuera sólo por unos meses, resultara demasiado oneroso.
II
Al día siguiente, Katka se despertó con una sensación imprecisa de amargura. Se había quedado leyendo hasta tarde La invención de la Argentina de Shumway. Vio por arriba en su celular algunas noticias en portales argentinos y todos hacían referencia al impactante asesinato, la noche anterior, del poderosísimo, inescrupuloso y muy odiado empresario Augusto Montaner, al que muchos le atribuían las más terribles extorsiones, aunque nadie se animaba a denunciarlo por su llegada a las altas esferas del poder.
Más que en las circunstancias del homicidio (había sido masacrado a golpes en una calle céntrica de Buenos Aires que, sin embargo, en ese momento, estaba desierta), casi todas las noticias hacían referencia a la osadía (o, acaso, ignorancia) del eventual asesino al meterse con un ser tan intocable que había atemorizado, incluso, a peces muy gordos.
Luego de leer que el crimen había ocurrido no muy lejos y tal vez a la misma hora de su visita al Palacio Barolo, Katka se puso a revisar los informes sobre el historiador alemán Josef Pfitzner, vicealcalde de Praga durante el Protectorado nazi y, tal como le habían dicho antes de viajar y ahora se lo confirmaba Ulman, era una de las líneas fundamentales de su investigación. Ya conocía casi de memoria el itinerario de ese ladero de Hitler que, en lugar de cuentos, les leía a sus hijos manifiestos nazis y que en 1938 obtuvo su primer cargo público como miembro del Ayuntamiento de Praga. El 16 de marzo de 1939 fue uno de los primeros en dar la bienvenida a Adolf Hitler en el castillo y, desde entonces, se convirtió en vicealcalde durante los mandatos de Otakar Klapka, quien fue ejecutado por los nazis en 1941 por cooperar con la Resistencia checa, y Alois Říha. Hitler valoraba a Pfitzner por sus vastos conocimientos: escribió una biografía sobre Carlos IV y ordenó retirar las estatuas del rabino Löw en Mariánské náměstí y de Moisés de la calle Pařížká. Adalid de la capital imperial, pidió estar al tanto de todas las publicaciones sobre Praga y prohibió unas cuantas por no ajustarse a sus exigencias. Katka recuerda que, al estudiar la vida de Pfitzner, se rio al pensar cuántos de quienes hacen el llamado free tour estarán al tanto de que un nazi como él inició la formación y el examen de los guías de turismo en la capital checa. También estaba al tanto de que Pfitzner había vivido mucho tiempo en un departamento de Holešovice, aunque un buen día decidió mudarse junto a su familia a la residencia de alcaldes de Marianské náměstí que, en la actualidad, sólo se destina a importantes visitas del extranjero; y pese a estar disponible desde 1928, fue utilizada como vivienda por dos personas: Karel Baxa, alcalde desde 1922 hasta 1937, y él.
Cuando Reinhard Heydrich murió, el 4 de junio de 1942, como consecuencia de la Operación Antropoide, Pfitzner cobró mucho protagonismo en cada uno de los actos que buscaron vengar al líder nazi.
Sin embargo, una vez que Alemania se rindió, Pfitzner fue capturado por los estadounidenses que lo entregaron a la policía checoslovaca. Durante los interrogatorios se defendió, como tantos otros, con el argumento de que estaba obedeciendo órdenes. El 19 de junio de 1945 se lo encontró culpable de delitos nazis y traición a la patria, y fue condenado a muerte. Su ejecución, que tuvo lugar el 6 de septiembre de 1945 delante de la cárcel de Pankrác, frente a una verdadera multitud, fue la última de carácter público.
Katka salió de la cama. Se asomó al balcón con la misma ropa con la que se había dormido y vio que el día no sólo estaba gris, sino que además había bajado mucho la temperatura. Aunque los trenes hacían bastante ruido, la amplia vista hacia las vías ferroviarias la hacía sentir un poco más acompañada. Decidió que se daría una ducha caliente y de pronto se acordó del segundo nombre mencionado por Vladimír Ulman en el Palacio Barolo. Tenía la sensación de haber leído algo sobre Jan Kefer pero, a su vez, no quería mostrar ante ese tipo el menor indicio de duda. Pospuso la ducha para buscar algo de información al respecto y confirmó su intuición: un astrólogo nacido en 1906 que estuvo involucrado en una insólita misión para liquidar a Hitler con magia. De acuerdo a las informaciones que aparecían en los archivos secretos, Kefer y su núcleo de colaboradores le hicieron llegar al por entonces presidente Edvard Beneš la propuesta de utilizar sus servicios mágicos para eliminar al líder nazi. Aunque el presidente no descartó el asunto tan rápido como se podría suponer, terminó declinando la oferta en busca de métodos un poco más convencionales.
Enseguida se enteró Katka de que mientras ascendían con la delegación checa por los ascensores y escaleras del Palacio Barolo, a doce mil kilómetros de distancia se había descubierto una placa conmemorativa en homenaje al astrólogo en su casa de Praga 5. Así todo, en los documentos a los que ella tenía acceso que, evidentemente, no eran los mismos que manejaba Ulman, no existía ninguna mención respecto a un viaje del astrólogo a Latinoamérica y mucho menos de algún vínculo entre Kefer y el vicealcalde Josef Pfitzner.
Cuando fue a buscar la ropa que se pondría después de bañarse, escuchó una notificación de su celular. Vio la foto que le enviaba por WhatsApp su amiga Sandra: le hacía una broma mientras se la veía en bikini, en una reposera del embalse Džbán, en la reserva Divoká Šárka. Katka se rio y dudó si responderle en ese momento o más tarde, pero por primera vez sintió cierta contrariedad al ver cómo se estaba perdiendo los hermosos días que empezaba a hacer en Chequia.
No llegó a ver el mensaje de la embajada antes de entrar a la ducha. Y tampoco lo quiso ver después. Pero sí se fijó en que Delfina, su vecina de avión, le había mandado un mail invitándola a tomar algo.
III
Al principio, Katka padeció el encuentro con Delfina, que no paraba de hablar sobre la noticia del momento: el extraño asesinato del empresario Augusto Montaner, vos no entendés lo que significa para nosotros esa muerte y apenas la dejaba decir algo entre sus interminables peroratas. Además, el bar al que la había invitado estaba cerrado. Se pusieron a caminar por el sur de la ciudad y, si bien Katka no era para nada friolenta, empezó a sentir frío. Tampoco era miedosa, pero no tardó en darse cuenta de que no era esa la zona más segura de Buenos Aires. El fracaso sistemático de cada una de las propuestas de Delfina –bares que ya no existían, negocios que habían cambiado de rubro y fiestas que, por alguna razón, eran imposibles de localizar– las obligó a dar vueltas sin sentido hasta que terminaron en una calle angosta, empedrada y con vías que dibujaba una especie de curva.
Katka sintió que estaba en una calle de Praga y, otra vez, sólo para reprimir la comparación, le preguntó a Delfina si en Buenos Aires había habido tranvía.
–Sí, creo, pero hace mucho –respondió, mientras volvía a ver frustrada la posibilidad de encontrar un lugar.
–Me parece que me voy yo –dijo Katka, y Delfina reaccionó ofendida, quejándose de que parecía estar harta de todo, tensa, que se relajara un poco y aunque sea tomaran una cerveza.
La miró con un indisimulable rechazo y le recordó el tiempo que llevaban caminando sin encontrar ningún lugar. El cielo de Buenos Aires parecía oscurecerse aún más con el tono azul de los carteles de las calles y Katka se quedó mirando el que decía “Bolívar”. A unos metros de esa esquina se asomaba un toldo y, cuando se acercaron, vieron una ventana y la típica pizarra de bar escrita con tiza.
El lugar estaba tan vacío que tampoco parecía haber nadie atendiendo. La voz de Iggy Pop se mezclaba con el olor a alcohol. Del fondo salieron dos chicas morochas y de rulos bastante parecidas entre sí que las recibieron como si hubieran entrado a su casa. Se sentaron en una mesa irregular de madera que daba a la calle. Pidieron dos cervezas y Delfina le dijo a Katka que un hilo invisible la unía a Praga, algo inexplicable ya que, desde que viajó ahí, cuatro años atrás, habían aparecido varias señales, una de las cuales tenía que ver con su encuentro en el avión.
Cuando le pidió que le enumerara la supuesta lista de coincidencias, Delfina apenas pudo decir que había visto en el subte a un tipo con una remera de Kafka y alguna cosa más que no tenía demasiado sentido, y Katka se puso a pensar en la necesidad que tiene la gente de encontrar señales en todo. Le preguntó si podía darle algunas clases de checo. Katka no entendía para qué y ella le dijo que era para leer a Kafka. Pero Kafka escribía en alemán. Bueno, no importa, y también quería que la asesorara en el proyecto en el que estaba trabajando: una serie de fotos sobre lugares en común entre Praga y Buenos Aires.
–¿Cómo? –preguntó Katka.
–Claro, claro: lugares de Buenos Aires donde uno puede sentir que está en Praga y viceversa –se defendió Delfina–, ¿no te parece una buena idea?
Katka se la quedó mirando en silencio y, aunque jamás le iba a reconocer que, en los últimos días, había pensado incluso contra su voluntad en algo no tan distinto, le dijo que eran dos ciudades totalmente diferentes.
Las dos chicas de rulos empezaron a juntar algunas sillas y a Katka se le ocurrió que estarían por cerrar. Intentó hacer contacto visual con una de ellas para confirmar su intuición, pero ni se dio por aludida.
–Yo suelo jugar a los parecidos –dijo Delfina, intentando recuperar la atención de Katka–. Desde que era muy chica: con mis viejos, con mis compañeras de escuela, con los chongos, con todo el mundo. Me encanta asociar caras de desconocidos con personas que conozco o, al menos, encontrar algunos rasgos en común. Pero con el tiempo me fui dando cuenta de que los mejores parecidos son los que hay entre gente que, en realidad, no se parece tanto: un detalle, un rasgo mínimo que conecta a dos personas completamente diferentes, esos son los mejores parecidos y te aseguro que existen.
Había algo en Delfina que le resultaba agradable, aun cuando le parecía un poco superficial y exagerada, como la mayoría de los argentinos con los que había hablado. La miró todavía en silencio, pero ahora con una media sonrisa en la cara. Delfina siguió desarrollando su idea: quiero decir, obviamente que Buenos Aires es muy parecida a París o a Madrid, yo que sé, pero mi proyecto es tratar de encontrar esos detalles no tan evidentes que pueda tener en común con Praga.
A Katka, de repente, le pareció alucinante esa escena que estaba viviendo en un bar vacío del sur de la Ciudad de Buenos Aires, hablando de un proyecto absurdo que no lograba entender con una persona a la que había visto sólo una vez durante un vuelo y que, después de algunos meses, le había escrito para salir. Sin poder frenar un intempestivo ataque de risa, escupió casi toda la cerveza que acababa de tomar.
–¿De qué te reís, boluda? Ya te vas a dar cuenta, ya te vas a dar cuenta.
–Tampoco me parece que Buenos Aires se parezca a París o Madrid –dijo Katka en un volumen bajo y difícil de seguir por el ruido que, de repente, llegaba desde la calle cuando empezó a ingresar al bar una enorme cantidad de gente: alrededor de treinta personas que iban entrando por tandas. Llevaban camperas de cuero, gorros importados, guantes elegantes y hablaban con un amplio repertorio de sonidos guturales. Delante de ellos venía una de las morochas de rulos que los invitaba a pasar, aunque, por alguna razón, les repetía varias veces cada frase. Katka y Delfina se rieron entre ellas y la otra morocha ahora sí respondió al contacto visual de Katka y se acercó a la ventana para preguntarles si no les molestaría cambiar de mesa para hacerle lugar a ese grupo de turistas.
Luego de comprobar que se habían hecho las dos de la mañana, Katka le dijo que no había problema y Delfina le pidió que se quedara un poco más, que no fuera pelotuda. Se sentaron cerca de la barra mientras las dos mujeres armaban la mesa para los franceses. Pidieron más cerveza y, desde ahí, oyeron que desde el otro lado del mostrador se quejaban de que casi no quedaba mercadería. Delfina le preguntó a Katka si le interesaba la idea. Katka no entendía la pregunta, no entendía casi nada de esa mujer en el sentido más literal y menos profundo del término, pero, sobre todo, no entendía por qué le daba tanta importancia a ella haciéndole una pregunta que no pedía otra cosa que una aprobación. Se lo dijo como pudo, con la poca lucidez que le quedaba y sus limitaciones con el idioma. Le dijo que no entendía el objetivo de hacer algo así y vio cómo la cara de Delfina se llenaba de desilusión.
Una de las morochas se acercó a la mesa de los franceses a tomar el pedido y a Katka le dio la impresión de que la propia camarera les indicaba a los clientes qué tenían que pedir.
Después se oyeron muchos ruidos que venían de la cocina y empezaron a salir ejércitos de vasos con una bebida color naranja. Cuando en un intento de rearmarse, antes de emprender una nueva explicación, Delfina preguntó qué era ese trago las dos morochas se miraron cómplices y muy tentadas entre sí, y respondieron que era la especialidad de la casa. Una especialidad que recién acababan de inventar porque, en realidad, estaban abriendo ese bar, al que habían bautizado con su apellido, y la verdad es que ni se esperaban que entrara tanta gente.
Quizás por el hecho de haber llegado antes que los franceses habían alcanzado otro grado de intimidad, y las dueñas, que también estaban un poco tomadas, tenían muchas ganas de contar lo que acababan de hacer: como no quedaba casi cerveza ni vino y la tarde anterior una de ellas había comprado cinco kilos de mandarina en oferta, se pusieron a hacer un trago que mezclaba el jugo de esa fruta con vodka y hielo, y que daba como resultado una especie de caipi de mandarina. Para celebrar la ocurrencia bajo presión, ellas también decidieron pedirlo.
Cuando llegaron sus propios tragos color naranja, Delfina intentó retomar lo que estaba diciendo con una nueva pregunta: si había leído ese cuento de Cortázar en que un personaje pasa todo el tiempo de Buenos a París y de París a Buenos Aires. Katka negó con la cabeza mientras mostraba sus labios mojados. Delfina le contó que muchas veces le pasaba que veía a alguien caminando por la calle y, como ya le había dicho antes, trataba de buscarle algún parecido, aunque más no fuera muy sutil con alguna persona de su entorno. Lo que pasaba la mayoría de las veces era que esa persona en la que pensaba, tal como se elige una carta sólo con la vista en un truco de magia, terminaba apareciendo algunas cuadras después. Era algo que no podía explicarse, que la obsesionaba.
Por primera vez notó algo de interés de parte de Katka, aunque, más que interés, la checa tenía cara de no entender a dónde quería llegar con lo de la muestra de fotos sobre las ciudades.
Se lo dijo y Delfina estuvo a punto de contestarle pero, a último momento, decidió que era demasiado pronto.
Antes de irse juntas del bar, le pidió que pensara algunos lugares sutilmente parecidos entre Praga y Buenos Aires.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.