Kitabı oku: «Aurelio Arturo y la poesía colombiana del siglo XX»



Pino Posada, Juan Pablo
Aurelio Arturo y la poesía colombiana del siglo XX: espacio y subjetividad en el contexto de la modernidad tardía / Juan Pablo Pino Posada. – Medellín: Editorial EAFIT, 2021.
352 p.; 24 cm. -- (Colección Académica)
ISBN: 978-958-720-706-4
ISBN: 978-958-720-707-1 (versión EPUB)
1. Arturo, Aurelio, 1909-1974 - Crítica e interpretación. 2. Poesía colombiana -Historia y crítica - Siglo XX. 3. Poesía moderna -Historia y crítica - Siglo XX. 4. Subjetividad. I.Tít. II. Serie
C861 cd 23 ed.
A792 p
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría
Aurelio Arturo y la poesía colombiana del siglo XX
Espacio y subjetividad en el contexto de la modernidad tardía
Primera edición: mayo de 2021
© Juan Pablo Pino Posada
https://orcid.org/0000-0001-6945-1262
© Editorial EAFIT
Carrera 49 No. 7 sur - 50
Tel.: 261 95 23, Medellín
Portal de libros: https://editorial.eafit.edu.co/index.php/editorial
Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-706-4
ISBN: 978-958-720-707-1 (versión EPUB)
DOI: https://doi.org/10.17230/9789587207064lr0
Edición: Cristian Suárez Giraldo
Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes
Imagen de carátula: 1851462700, ©shutterstock.com
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158 emitida el 13 de febrero de 2018
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
A Annette Wohlberg
Agradecimientos
El presente libro es resultado de una investigación doctoral que contó con la ayuda financiera del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD). Su publicación fue posible gracias al Departamento de Humanidades de la Universidad EAFIT. Salvo pequeños ajustes formales y la supresión de un breve subcapítulo teórico, el texto se corresponde con la tesis entregada en el 2017 como requisito para recibir el título, y por tal motivo no incluye bibliografía aparecida posteriormente.
Agradezco de manera muy especial a la profesora Inke Gunia de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Hamburgo su paciente y minuciosa asesoría. El modo como estudió los diversos borradores, en fases de elaboración tempranas y tardías, constituye para mí un modelo de lectura crítica y de riguroso acompañamiento académico.
Mi gratitud va dirigida también a la amistad y el apoyo de Alexander Kirchheim.
Contenido
Introducción
El contexto de la modernidad tardía y la representación de la subjetividad y del espacio en la obra poética de Aurelio Arturo
Estructura de la obra poética de Aurelio Arturo y enfoque analítico del presente estudio
Recepción crítica
Primera parte “Ésta es la tierra en que hemos sido felices”: poemas de juventud (1927-1930)
Introducción
El espacio (I)
El espacio del mundo narrado como categoría de análisis
El campo, la ciudad, el mar: el espacio exterior
La subjetividad (I)
Las instancias de mediación
La subjetividad colectiva
El contexto histórico-literario (I): modernización, americanismo
La modernización en los años veinte
La tierra y el arte americanos
Rafael Maya y el paraje ameno (locus amoenus)
José Eustasio Rivera y la selva
Análisis del poema “Ésta es la tierra” (1929)
Estructura
El cronotopo idílico
Tiempo cíclico y tiempo histórico
El campo y la ciudad
La individualización como acontecimiento
La deixis: aquí
Segunda parte “Y a la mitad del camino de mi canto”: poemas de la época de Morada al sur (1931-1963)
Introducción
El espacio (II)
El espacio vivido
El espacio imaginado
El espacio metafórico
Pertinencia para el análisis
La subjetividad (II)
La subjetividad lírica
La interioridad como el inconsciente
El yo y el tú líricos
El contexto histórico-literario (II): introspección, diferenciación, autonomía
El ethos introspectivo
Diferenciación y autonomía en la República Liberal
La autonomía literaria en los años cuarenta y Piedra y Cielo
Características del piedracielismo
Eduardo Carranza: identificación entre el autor empírico y el hablante
El grupo en torno a la revista Mito y la autonomía
Jorge Gaitán Durán: la búsqueda de la eficacia
La infancia y el espacio denso
El concepto de arquetipo
El arquetipo del niño y el motivo del niño artista
Análisis del poema “Canción del ayer” (1932)
Estructura y acontecimiento del poema: las palabras a Esteban
La génesis de la voz lírica: los poemas “Silencio” y “Vinieron mis hermanos”
El hermano muerto, la conciencia de la muerte
El salón como espacio denso
El motivo de la casa natal y de la infancia
Los poemas de amor y el espacio profundo
El arquetipo de la madre y la simbología del interior
“Interludio” (1940): la profundidad del yo lírico
La continuidad de la escucha
La distancia de la escucha
La profundización de la escucha
“Qué noche de hojas suaves” (1934): la profundidad del tú lírico
Estructura del poema: dos tipos de estrofas
Las estrofas equivalentes: el descenso de la noche
Las estrofas restantes: el ascenso de la voz
“Canción de amor y soledad” (1931): el espacio profundo
El símil, el dátil y el corazón
El guion: la especificación del canto
El acontecimiento: la escucha y las cenizas
La inspiración erótica
Pertinencia lírica del espacio vivido
El espacio extenso
El arquetipo del héroe y el espacio extenso
El cronotopo del camino
Análisis del poema “Rapsodia de Saulo” (1933)
El título: sentido de la rapsodia
Estructura, guiones y determinación formal del acontecimiento: Saulo y el yo lírico
El sur y el canto
Emergencia de la subjetividad y significado del acontecimiento
La morada al sur y el espacio mítico
El arquetipo del sí mismo y el proceso de individuación
Relato mítico
El espacio mítico
“Morada al sur” (1)
Estructura
La cosmogonía
El entretejimiento de los elementos
“Morada al sur” (2)
Estructura
El motivo del ascenso a la montaña
El espacio sagrado
Autorreferencialidad
“Morada al sur” (3)
Estructura
El contexto de la numinosidad del umbral
La isotopía del paso del tiempo y la crisis vital
El canto y la subjetividad lírica
“Morada al sur” (4)
Estructura
La muerte
La partida de la morada
“Morada al sur” (5)
Estructura
El renacimiento
Tercera parte “Y moría la aldea en su silencio de bronce”: los poemas tardíos (1963-1974)
Introducción
La subjetividad (III)
El poeta visionario y el profeta
Arte visionario, arte psicológico
El contexto histórico-literario (III): modernidad parcial, violencia, urbanización
Ausencia de ética secular
El crecimiento de las ciudades
El Nadaísmo
Jaime Jaramillo Escobar y la profecía humorística y popular
José Manuel Arango y el poeta transeúnte
Análisis de los poemas “Canción de hadas” (1963) y “Sequía” (1970)
“Canción de hadas” (1963): el silencio secular
Estructura del poema, isotopías, guion
Las hadas y el silencio
El desencantamiento del mundo
El acontecimiento: la existencia de la canción
“Sequía” (1970): el vaticinio incierto
El hablante, ¿sediento?
El poeta visionario
La sequía y las visiones
La palabra húmeda
El espacio (III)
Consideraciones finales
Apéndice
Héctor Rojas Herazo (1921-2002)
Andrés Holguín (1918-1989)
Álvaro Mutis (1923-2013)
Referencias
Notas al pie
Introducción
El contexto de la modernidad tardía y la representación de la subjetividad y del espacio en la obra poética de Aurelio Arturo
El propósito del presente estudio es hacer un seguimiento de la lírica de Aurelio Arturo a partir de la pregunta por el modo en que los poemas articulan las experiencias del espacio y de la subjetividad dentro del contexto de los problemas que caracterizan la modernidad tardía.
Por “modernidad tardía” entiendo con Peter Zima el período a partir de la segunda mitad del siglo XIX en el que entran en crisis la idea de la unidad del sujeto y la confianza en la capacidad del lenguaje para captar verazmente las cosas. Se trata de un período específico de la Modernidad como Edad Moderna en el cual los modernismos y las vanguardias de las diferentes artes articulan la reflexión y el cuestionamiento de los propios presupuestos de la macroépoca (Zima, 1997: 8-ss).
Mientras que en la modernidad tardía el yo –instaurado por el discurso filosófico cartesiano como punto de referencia de lo existente (Heidegger, 2003 [1937]: 81)– pierde el carácter de fundamento ante la evidencia de su dependencia del inconsciente, de la historia evolutiva y de la ideología del mercado (Zima, 2000: 86), el lenguaje por su parte cae bajo la sospecha de estar al servicio de mecanismos ajenos a la transmisión de la experiencia del mundo y de la interioridad. De lo primero es ejemplo la célebre constatación rimbaudiana de que “Yo es un otro [Je est un autre]”; a lo segundo lo ilustran la distancia crítica ante el lenguaje utilitario formulada por Mallarmé en su prosa “Crise de vers” y, de modo más elocuente, el extrañamiento de Hofmannsthal ante las palabras –ante el hecho, como él dice, de que se le desintegren en la boca en la forma de “hongos mohosos” y lo conduzcan como “remolinos” hacia “el vacío”– (cf. Rimbaud, 1984 [1871]: 200; Mallarmé, 2003 [1897]: 210; Hofmannsthal, 1979 [1902]: 465-466). La filosofía de Nietzsche en su anuncio de la “muerte de Dios” es quizás la que da expresión más enfática a esta doble crisis al denunciar la condición ficticia, estrictamente gramatical, del sujeto, y al desentrañar el impulso metafórico, no veritativo, que opera en el funcionamiento nominal del lenguaje (cf., respectivamente, Nietzsche, 1999b [1886] KSA 5: 11-12, 30-31, y 1999a [1873] KSA 1).
A esta situación, plantea Zima, responden algunos novelistas y poetas con la movilización de todos los medios estéticos y estilísticos a su disposición “para preservar la autonomía, integridad e identidad del individuo [...]” (2001: vii). Por una parte, las obras narrativas se convierten en el escenario de una búsqueda de identidad en la que los autores exploran su condición de escritores; por otra, el carácter autónomo de la construcción poética no solo gana peso, sino que adquiere visos de programa. Joris-Karl Huysmans en À rebours (1884), Marcel Proust en À la recherche du temps perdu (1913-1927), Italo Svevo en La coscienza di Zeno (1923) y Jean-Paul Sartre en La nausée (1938) hacen que los respectivos protagonistas se distancien críticamente de la sociedad en función del hallazgo y posterior ejercicio de la identidad artística: Jean des Esseintes se recluye en una casa en las afueras de París con el propósito de vivir, en soledad y mediante el estímulo del trato intensivo con libros, la preeminencia del sueño por sobre la realidad; Marcel entiende los accesos de memoria involuntaria como el llamado a consagrarse a la escritura solitaria de una obra de arte que conjure la fugacidad de las percepciones de las cosas; Zeno Cosini se distancia de la familia y se dedica al autoexamen en la escritura; Antoine Roquentin, finalmente, fantasea con escribir un libro que esté por encima de la existencia (contingente) y que así la justifique.1
En cuanto al programa constructivista de los poetas, Zima nombra a Mallarmé, Stefan George y Paul Valéry, quienes procuran conjurar la contingencia del sujeto con la cuidada concordancia formal de sus creaciones lingüísticas, bien en la convicción de que “la medida más estricta es la más grande libertad” (George, 1958 [1894]: 86, citado por Zima, 2001: 66) y en la consecuente búsqueda de coherencia sintáctica, fonética y semántica del poema (S. Mallarmé, S. George), bien en el esfuerzo por someter el verso a “la condición musical [la condition musicale]” (Valéry, 1957 [1931]: 647, citado por Zima, 2001: 77) y por eclipsar de esa manera el momento comunicativo en aras del fortalecimiento de la voluntad reflexiva y constructiva que opera tras la obra (Valéry).
Entendida como muerte de Dios y crisis de la relación del sujeto consigo mismo y con el lenguaje, la modernidad tardía se expresa en la literatura de lengua española bajo la forma del modernismo hispanoamericano. El modernismo, dice Federico de Onís en 1934,
es la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX y que se había de manifestar en el arte, la ciencia, la religión, la política y gradualmente en los demás aspectos de la vida entera, con todos los caracteres, por lo tanto, de un hondo cambio histórico cuyo proceso continúa hoy (1961 [1934]: XV).
En líneas generales, cabe resaltar en el modernismo hispanoamericano la incidencia de tres fenómenos sociológicos propios de este “cambio histórico”, esto es, propios de la faceta sociológica de la modernidad tardía: la secularización, el individualismo –junto con el respectivo incremento de la interioridad– así como, finalmente, el creciente conflicto del artista con la sociedad burguesa.
La pérdida de sustancia de valores religiosos es manifiesta, por ejemplo, en el uso de simbología cristiana para describir episodios profanos. Dice Rafael Gutiérrez Girardot que en “las Españas, la ‘secularización literaria’ se realizó de preferencia en el campo erótico” (1986: 93). El “cristianismo ruinoso [ruinöses Christentum]” (Friedrich, 2006 [1956]: 45) de un Baudelaire tiene su paralelo en las metáforas darianas que asocian el acto amoroso de los cuerpos al ritual de la comunión católica –cf. el poema “Ite, missa est” (Darío, 1977 [1901]: 199), y Gutiérrez Girardot (1986: 93)–. Este proceso europeo de secularización según el cual los postulados religiosos pierden progresivamente su valor coincide además en el continente americano con la disolución de la sociedad colonial (Gutiérrez Girardot, 1989: 134). La sustitución de estructuras tradicionales por aspectos del ordenamiento burgués conduce, entre otras consecuencias, a la expansión del individualismo: “Sé tú mismo”, recomienda, por ejemplo, Rubén Darío, justo después de considerar como derrotero del arte moderno “el desenvolvimiento y manifestación de la personalidad” (1980 [1896]: 55).2 Dicho individualismo supone a su turno un incremento de la interioridad, esto es, aquello que Martí llama “la vida personal, dudadora, alarmada, preguntadora, inquieta, luzbélica; la vida íntima febril, no bien enquiciada, pujante, clamorosa” que, según él, “ha venido a ser el asunto principal y, con la Naturaleza, el único asunto legítimo de la poesía moderna” (1980 [1894]: 41). Ahora bien, el precio que paga el poeta del modernismo por el cultivo de su individualidad es justamente el aislamiento. El enriquecimiento de la vida interior se produce a costa del conflicto con el exterior. El artista no encuentra lugar en la sociedad, se vuelve un “raro”, pues el ordenamiento burgués se rige por una racionalidad ajena a los ideales perseguidos en el arte. La reconquista de sí mismo, como define Martí la tarea del hombre en la época incierta de fin de siglo, consiste sobre todo en desprenderse del “mal gobierno de la convención”, esto es, de la existencia social superpuesta a la existencia “espontánea y prenatural”, garante, en últimas, de la libertad y por tanto de la originalidad literaria (Martí, 1980: 41).
El resultado estético de este conflicto es la tematización reflexiva, por parte de los autores, de la propia condición de escritor o poeta. La tensión del artista con su entorno social estimula el cuestionamiento de la posición que se ocupa en el mundo. “Dilucidaciones” –el texto que Rubén Darío antepone a modo de prólogo a Canto errante (1907)– o la novela De sobremesa (póstuma, 1925), de José Asunción Silva, ejemplifican este proceder autorreferencial.
Pues bien, en el presente estudio interesa situar la respuesta de Aurelio Arturo a la crisis tardomoderna de la subjetividad y del lenguaje en el horizonte histórico-literario abierto por el cuestionamiento reflexivo de la identidad artística. Aurelio Arturo experimenta biográficamente la ruptura con la tradición cuando a los 19 años se desplaza a Bogotá luego de pasar la mayor parte de su infancia y adolescencia en el entorno señorial de la hacienda paterna en Nariño. El arribo a la capital del país en 1925 tiene lugar, además, en una década en la que se empiezan a gestar significativos cambios sociales de corte modernizante; en los años subsiguientes, por otro lado, el campo literario experimenta un no despreciable incremento de su autonomía.3 Como poeta, Aurelio Arturo hace suyo el cuestionamiento mencionado, no en la forma de la reflexión teórica y ensayística, sino mediante la articulación líriconarrativa que son los poemas. En términos generales, cabe decir que la obra arturiana explora todo el tiempo el nacimiento de la subjetividad artística y la correspondiente gestación de la palabra poética. El recurso más empleado para ello es la tematización autorreferencial tanto de las fuentes de que se nutre la voz actual del hablante –rumores, cantos, músicas, sonidos de la naturaleza, silencios– como de la actitud de escucha con que dicho hablante se sitúa ante su mundo exterior e interior. Los versos, por ejemplo, hablan del “ruido levísimo del caer de una estrella”, de las “hojas y estrellas murmurantes” (“Canción de la noche callada”, vv. 13, 17), de la “saliva melodiosa” de la nodriza (“Nodriza”, v. 3);4 hablan de escuchar “el rumor de la vida” (“Canción del ayer”, v. 27), de oír “al viento / rumiar lejos, muy lejos, de los días” (“Canción de la distancia”, vv. 33-34), en fin, de un bosque que “existe / sólo para el oído” (“Morada al sur” 2, vv. 27-28); pero, al mismo tiempo, hablan de cómo esta relación de escucha de la instancia percipiente con el universo sonoro se lleva al nivel de la exploración del acto narrativo mismo. El poema “Canción del valle” (1931) ofrece al respecto una síntesis paradigmática en cuanto que narra la génesis de la voz –de la “canción”– como la elaboración interior de los sonidos procedentes del valle. No a otro anudamiento entre producción y recepción se refiere el yo lírico cuando, en el estribillo del poema, dice: “Yo canto mi canción por mis tierras oír” (vv. 6, 20).
La mención de las “tierras” –y, siguiendo al poema, del “valle”, del “bosque”, del “país”– pone de presente el otro elemento temático que acompaña la exploración mencionada en la obra de Aurelio Arturo, a saber, el espacio. Desde muy temprano se manifiesta en el autor una pronunciada conciencia espacial. “Veinte años” (1927), por ejemplo, es un poema que Aurelio Arturo escribe a los veinte años, y pertenece a los primeros que se conocen de su producción. Mediante un conocido recurso de metafórica espacial,5 el yo lírico espacializa las dimensiones temporales: a los años se los llama “castillos” y a los meses, “recintos” (v. 13). Adicionalmente, tanto a su poema más significativo como al único libro dado a la imprenta Aurelio Arturo los llama “Morada al sur”, un título de connotaciones marcadamente espaciales en su doble referencia al lugar de residencia y al punto cardinal. El presente estudio mostrará que los anteriores no son elementos aislados, apenas presentes en algunos poemas, sino que, por el contrario, han de entenderse como dos manifestaciones –fácilmente accesibles a la mirada preanalítica– de un componente estructural de la poética arturiana, cuyo seguimiento analítico permite identificar líneas de evolución que atraviesan y dan coherencia a la totalidad de la obra.
La representación de la subjetividad, la representación del espacio y el contexto tardomoderno son, pues, los tres lentes con los cuales se observa aquí la lírica de Aurelio Arturo. De acuerdo con ello, el presente estudio antepone al análisis textual propiamente dicho el desarrollo teórico correspondiente a esos tres elementos. Con dicha distribución se organiza cada una de las tres partes en que se divide el libro, y que, a su turno, reflejan la estructura de la obra arturiana.
Estructura de la obra poética de Aurelio Arturo y enfoque analítico del presente estudio
En términos cronológicos, la obra de Aurelio Arturo se compone de tres fases claramente diferenciables: una primera etapa, donde se gesta lo que cabría denominar sus poemas de juventud, se extiende de 1927 a 1930; un segundo período, de 1931 a 1963, viene delimitado por la fecha de aparición de “Clima” y “Canción de la noche callada” –los poemas más antiguos de Morada al sur (1963)– y por la fecha de publicación del poemario mismo; finalmente, una tercera etapa –compuesta por poemas que podrían rotularse de vejez o tardíos– agrupa lo que Aurelio Arturo publica de 1963 hasta 1974, año de su muerte.
El criterio inicial para esta periodización es de naturaleza editorial. En 1963 Aurelio Arturo da a la imprenta Morada al sur, el único poemario concebido por el autor como libro independiente. Se trata de una selección de los poemas publicados en las tres décadas que van de 1931 a 1961: “Morada al sur” (1945), “Canción del ayer” (1932), “La ciudad de Almaguer” (1934), “Clima” (1931), “Interludio” (1940), “Qué noche de hojas suaves” (1945), “Canción de la distancia” (1945), “Remota luz” (1932), “Sol” (1945), “Rapsodia de Saulo” (1933), “Nodriza” (1961) y “Madrigales” (1961). Dos versiones posteriores añaden, en cada caso, un poema diferente a la lista: la sección correspondiente a Aurelio Arturo en la antología Panorama de la nueva poesía colombiana –editada por Fernando Arbeláez (1964)– suma “Amo la noche” (1933) al bloque de poemas de la edición original, sin nota editorial aclaratoria y sin señas de división alguna; algo semejante hace la edición de Monte Ávila de 1975, solo que en este caso el añadido, interpuesto además entre “Nodriza” y “Madrigales”, es el poema “Vinieron mis hermanos” (1932). Más allá de la cuestión sobre la versión definitiva de Morada al sur (cf. Torres Duque, 2003: 368-ss), interesa notar que los cambios en la conformación involucran poemas que pertenecen al período de tres décadas ya señalado, 1931-1961.
Nada, pues, de lo que publica Aurelio Arturo antes de 1931 ni nada de lo que publica después de 1961 pertenece al ciclo del que proceden los títulos de Morada al sur. De la primera fase de creación (1927-1930) se conocen veinticuatro poemas.6 Se trata, en términos cuantitativos, de más de la tercera parte de la producción poética escrita, pues la poesía completa de Aurelio Arturo no supera los setenta poemas. Ninguno de estos poemas, como ya se mencionó, es incluido en el único libro publicado por el autor. Solo uno de ellos, “Canto a los constructores de caminos” (1929), hace parte de la compilación de 1934, a la postre inédita, que reunió dieciséis títulos y dio cuerpo al proyecto de publicación Un hombre canta.7 Salvo por una solitaria reaparición en 1936 de unas baladas de 1928 y por la vigencia del mencionado “Canto a los constructores de caminos”, que todavía en 1951 veía la luz de manera autorizada, la relativamente copiosa creación de la década del veinte deja de pertenecer en cuestión de poco tiempo al catálogo de lo publicable. Esto no ocurre con los poemas escritos a partir de 1931. La obra posterior a Morada al sur, por su parte, consta de un grupo de “canciones” publicadas en agosto de 1963 –“Canciones”, “Canción del niño que soñaba”, “La canción del verano”, “Canción del viento” y “Canción de hadas”– y de los poemas “Sequía” (1970), “Palabra” (1973), “Lluvias” (1973), “Tambores” (1973) y “Yerba” (póstumo, 1975).
A propósito de la estructuración de la obra arturiana, la recepción crítica ofrece hasta ahora sobre todo dos posiciones. Por un lado, hay quienes identifican en los cinco poemas publicados en la década del setenta una ruptura con los temas y los recursos estilísticos de la poesía anterior y se esfuerzan por mostrar, en consecuencia, las diferencias entre lo uno y lo otro.8 De fecha más reciente, en cambio, procede el juicio según el cual la lírica de Aurelio Arturo es en lo esencial una obra unitaria que, como es apenas obvio, ostenta ciertas variaciones, pero que, en sentido estricto, obedece a una motivación identificable como constante desde el primero hasta el último poema.9
El presente estudio, en cambio, opta por marcar la diferencia de las tres fases de creación de Aurelio Arturo mencionadas más arriba, pero al mismo tiempo –y en esto radica parte de la novedad de la contribución crítica– procura mostrar el proceso dentro del cual las diferentes etapas se integran como un todo. Para ello sitúa el conjunto de los poemas arturianos en un horizonte narrativo y se permite entender la œuvre como un “relato”, a saber, el “relato” con el que Aurelio Arturo responde a la pregunta tardomoderna por la relación de la subjetividad consigo misma y con el lenguaje. “Relato” designa aquí, en concordancia con el sentido aristotélico de fábula, simplemente un todo cuyas partes se encuentran dispuestas en una secuencia coherente (Poét., 1450a 5-ss, 1450b 26-ss, y Neumann, 2013: 48-ss). Se trata de que la perspectiva de análisis adoptada considera el conjunto de poemas publicados por Aurelio Arturo a lo largo de su vida como una totalidad que organiza dentro de sí un material poético diverso y respecto de la cual es posible mostrar algunas trazas evolutivas, algunas “líneas argumentales”. Dicha perspectiva es una opción que busca solo en apariencia armonizar las dos posturas críticas descritas, pues en realidad ni quienes ponen de relieve las diferencias ni quienes en el bando opuesto acentúan la unidad se han propuesto develar la dinámica interna a la cual obedecen las sucesivas transformaciones de la obra arturiana.10
El trasfondo teórico que subyace a esta perspectiva narratológica es la idea, afianzada en el postestructuralismo, de la condición determinante del lenguaje en la construcción de la subjetividad. El sujeto deja de ser asumido como instancia prelingüística para revelarse como producto del lenguaje mismo. Un antecedente en la teoría literaria es el diagnóstico de Roland Barthes de “la muerte del autor”. Dice Barthes que el autor –entendido como seguro y significado último de la obra– es
un personaje moderno, sin duda producto de nuestra sociedad en la medida en que ella, al salir de la Edad Media con el empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal en la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, como se dice de un modo más ilustre, de la “persona humana” (1984: 61-62).11
Esto es, el autor posee los rasgos de una formación histórica. Precisamente la conciencia de su historicidad es ya el signo de su alejamiento. A la relación autor-obra Barthes le contrapone la relación escritorescritura, un nuevo vínculo dentro del cual los términos en juego nacen de manera simultánea, subvierten las convenciones sobre la originalidad y el sentido, y exhiben al texto como “un tejido de citas provenientes de los miles de focos de la cultura” (1984: 65). Quien habla en este texto es el lenguaje, y no el autor. Concepciones psicoanalíticas de la génesis del yo (Lacan), así como concepciones saussurianas sobre la retoricidad del signo lingüístico (De Man) desarrollan el planteamiento de Barthes al poner de relieve, desde perspectivas diferentes, la preeminencia del lenguaje en la formación de la subjetividad (cf. Schiedermair, 2004: 39-ss). Representativa de las consecuencias que trae consigo este desarrollo es la postura de Andreas Höfele, quien, a propósito de la pregunta por la naturaleza de las instancias narrativas en la lírica, dice que el autor crea en el yo lírico “un constructo de sí mismo, una ficción en la que pone de manifiesto una representación de su propia identidad” (Höfele, 1985: 194, citado por Schiedermair, 2004: 46).
Pues bien, uno de los modos que asume la construcción lingüística de la subjetividad es precisamente el de la narración. Partiendo de la base del papel privilegiado que el acto de narrar desempeña en la articulación de la experiencia humana –gracias a él diversos sucesos esparcidos contingentemente en el tiempo se organizan en una secuencia y se emplazan en un contexto–, Anthony Paul Kerby plantea la idea de la comprensión de sí mismo, de la relación del sujeto consigo mismo, como una “autonarración” (self-narration), una narración que no es apenas la descripción de una entidad cartesiana preexistente, sino el garante de la emergencia y la realidad misma de dicho sujeto (Kerby, 1991: 4). Kerby se apoya en la evidencia del carácter temporal con que está revestida toda experiencia humana y en la necesidad de establecer en ella continuidad y coherencia mediante actos de expresión. Continuidad y coherencia narrativas son en últimas la condición de posibilidad de la identidad. Esta identidad construida como relato aspira, si no al ideal de la integridad (closure, totality), por lo menos sí a estar en condiciones de ser seguida y comprendida (followability).
Ahora bien, añade Kerby, los relatos que el individuo narra sobre sí mismo se encuentran situados en un determinado contexto social y son ellos mismos productos culturales heredados: “De hecho, gran parte del acto de autonarrarnos es cuestión de hacernos conscientes de las narrativas con las que y en las que ya vivimos [...]” (1991: 6).12 Este aspecto colectivo de la narración de sí es el que le interesa destacar a Kim Worthington, quien sugiere que “la construcción de un sentido de individualidad relativo al sujeto debería entenderse como un proceso creativo de narración llevado a cabo dentro de una pluralidad de protocolos comunicativos intersubjetivos” (1996: 13).13
¿Qué relato de la subjetividad ofrece la obra de Aurelio Arturo? La tesis que aspira a demostrar el presente estudio es que, tomados en conjunto, los poemas arturianos narran un proceso de individuación en el que la subjetividad amplía sus dimensiones, en el que ella prolonga de comienzo a fin el radio de su conciencia mediante la percepción –tematización, escucha– de elementos de coordenadas espacio-temporales cada vez más extensos.
El concepto de “proceso de individuación” (Individuations-prozess) procede de la psicología analítica de Carl Gustav Jung y designa la toma de conciencia por parte de una psiquis de su pertenencia a una totalidad. Se trata de un desarrollo arquetípico, esto es, de una transformación típica de la psiquis humana que, a juicio de Jung, encuentra su representación simbólica, entre otros, en diversos productos culturales como la mitología, la religión y la literatura. Este enfoque simbólico es común a la psicología profunda desde Sigmund Freud. Un ejemplo célebre en la tradición junguiana es el estudio con el que Erich Neumann busca vincular sistemáticamente un gran caudal de material mítico con las diferentes etapas del desarrollo filo y ontogenético de la conciencia (cf. Neumann, 1974 [1949]). Algo semejante hace Norbert Bischof (1996) en la línea de la psicología académica de orientación científicoexperimental, cuando muestra la conexión entre el desarrollo emocional y anímico (no tanto cognitivo) del individuo y numerosos mitologemas universales. Desde la perspectiva de la antropología de la narración, más recientemente, Michael Neumann (2013) entiende el gran flujo de las narraciones como respuestas a ciertas necesidades antropológicas e individualiza el metagénero de los cuentos de hadas como elaboración del ingreso del individuo a la adultez.
El presente estudio se sitúa en esta tradición de quienes procuran anudar la transformación de la subjetividad con su elaboración narrativa; como obra de análisis literario, sin embargo, se concentra en la subjetividad como instancia textual y acude al autor empírico solo cuando la superficie del texto activa el contexto biográfico. Interesa, en suma, registrar la preexistencia de un guion narrativo de trasfondo psicológico que permite enmarcar narrativamente el conjunto de poemas arturianos. Pero dicho guion se ejecuta en la obra de Aurelio Arturo de manera específicamente literaria, a saber, como la búsqueda no de una madurez psíquica, sino de una peculiar relación de la subjetividad con la palabra poética.
Mientras que la subjetividad de la primera etapa creativa se interesa sobre todo por el mundo exterior en la inmediatez de su coyuntura histórica y desde la perspectiva de la pertenencia a un colectivo, la de la segunda etapa explora el mundo interior del individuo y abre la dimensión del pasado mediante contenidos rememorantes; en los poemas de vejez, finalmente, la subjetividad ya no se expresa como colectivo determinado ni como individuo, sino como instancia mítico-universal para la que los límites temporales se desvanecen en el pasado inmemorial y el futuro vaticinable de las situaciones arquetípicas. Este proceso semeja lo que Thomas Mann denomina “la adquisición del modo típico-mítico de ver las cosas [die Gewinnung der mythisch-typischen Anschauungsweise]” (1982 [1936]: 921), esto es, llegar a contemplar el devenir del mundo y de las acciones humanas como repetición solemne, como ritual, como cita, de esquemas intemporales y de normas y formas primordiales de la vida, lo cual no es otra cosa que el mito mismo. Esa adquisición significa para el artista, continúa Thomas Mann, “una elevación peculiar de su temple artístico [...]; pues en la vida de la humanidad lo mítico representa sin duda una etapa temprana y primitiva, pero en la vida del individuo se trata de una etapa tardía y madura”.14 No es difícil ver en tales palabras un paralelo con la teoría de la despersonalización de T. S. Eliot: “El progreso de un artista es un continuo proceso de autosacrificio, una continua extinción de la personalidad” (1975a [1919]: 40).15 Y es justamente en los poemas arturianos de la aquí denominada etapa tardía donde, en lugar de la infancia individual, se trae a cuento “la infancia mítica de todos los hombres”, como precisa José Manuel Arango en un breve comentario sobre la poesía de Aurelio Arturo (2003: 601).
Subjetividad colectiva, subjetividad lírica y subjetividad visionaria o profética son los conceptos a los que el presente estudio acudirá para describir el aspecto predominante de la subjetividad en cada una de las tres fases de la obra analizada. En el primer caso, apelo a la idea del actor sociohistórico en los estudios de Peter Zima sobre el sujeto; la idea de una instancia vuelta a su interioridad, en segundo lugar, vincula elementos tanto de la estética idealista como del modelo psicoanalítico del inconsciente; para la idea de la visión o de la profecía recurro, finalmente, a estudios sobre las formas modernas de la antigua tradición del poeta vates.
El polo objetivo espacial del que se ocupa la subjetividad también experimenta una ampliación de sus dimensiones. No se trata, obviamente, del incremento de la magnitud geométrica, sino de la conquista paulatina de diferentes niveles semánticos. Al espacio se lo representa en los poemas de juventud casi siempre en su dimensión física exterior y a partir de ella se lo hace objeto de una militancia estético-política. Para esta primera parte del análisis, me ciño a las categorías descriptivas de Marie-Laure Ryan (2014) y Katrin Dennerlein (2009), así como al concepto bajtiniano de cronotopo (Bajtín, 1991 [1975]). Luego, en la etapa correspondiente a Morada al sur, los poemas integran dimensiones adicionales. A ellas las describo como espacio vivido, imaginario y metafórico, esto es, como objeto de la experiencia corporal humana no matematizable (Bollnow, 1963; Waldenfels, 2009), como producto de la imaginación poética (Gaston Bachelard, 1974 [1957]) y como instrumento de representación metafórica de relaciones no espaciales (Lotman, 1978; Genette, 1966, 1969). En algunos de los poemas tardíos, por fin, se lleva la conciencia espacial al nivel mismo de la textualidad en cuanto que, por su distribución tipográfica, los versos procuran la referencia a su situación en la página, a la mise en page (Genette, 1969).
Los episodios de esta transformación no solo están insertos en el contexto ya señalado de la faceta estética de la modernidad tardía –la crisis descrita por Zima–, sino que además se corresponden con fenómenos específicos de su faceta sociológica, a los cuales apelo, entonces, a la hora de establecer el marco histórico para cada una de las fases creativas. También para cada caso, traigo a cuento, adicionalmente, dos autores representativos en comparación con cuyas obras resulte posible perfilar la obra arturiana. El contexto de los poemas de juventud es el auge de la modernización social en los años veinte y las representaciones del paisaje americano en la poesía de Rafael Maya (1897-1980) y en la obra de José Eustasio Rivera (1888-1928). Considero las décadas del treinta y del cuarenta a partir del fenómeno de la diferenciación social y de la autonomización del campo artístico y a partir de las figuras de Eduardo Carranza (1913-1985) –como representante del movimiento Piedra y Cielo– y Jorge Gaitán Durán (1924-1962) –como representante de Mito–. La compleja relación entre la violencia, la urbanización y el progresivo desencantamiento del mundo configura el ámbito en el que se mueven los poemas tardíos, los cuales ganarán perfil comparativo en relación con el movimiento nadaísta y la poesía de Jaime Jaramillo Escobar (1932), así como con la obra poética temprana de José Manuel Arango (1937-2002).
Tomados, pues, en conjunto, los poemas narran un movimiento de ampliación de la subjetividad y del espacio. ¿Cómo se realiza este enfoque narrativo en el análisis de cada poema? El enfoque narratológico descrito pone a disposición un sentido general de narración que inicialmente justifica el interés en atender al devenir de la obra arturiana en su continuidad y en sus transformaciones. En coherencia con ese sentido general, el presente estudio acude también a un sentido específico y elige de acuerdo con él las herramientas de análisis textual con las que se emprende la lectura de los poemas. En efecto, parto de la base de que cada poema es una narración susceptible de analizarse con categorías narratológicas. Si se define narrar como acto comunicativo que construye sentido a partir de la estructuración de una cadena de sucesos transmitida por instancias de mediación escalonadas, resulta que buena parte de la lírica –además, claro, de la explícitamente narrativa como las baladas o los relatos en verso– puede entenderse como narración. Se trata, ahora bien, de una narración en la que los sucesos en cuestión son en gran medida de naturaleza psíquica (perceptivos, por ejemplo) y en la que, en comparación con la prosa narrativa, la expresión asume una forma más sintética y condensada (cf. Hühn & Schönert, 2007: 2-ss).
La decisión por el enfoque narratológico se funda en una de las constantes de la obra poética de Aurelio Arturo, a saber, el explícito y a menudo tematizado interés en narrar. La continuidad de este interés es perceptible desde la obvia motivación épica del ciclo de baladas concebido entre 1927 y 1928; pasa por los cruciales versos finales de “Morada al sur”, en los que el yo lírico declara haber “narrado / el viento; sólo un poco de viento” (“Morada al sur” 5, vv. 3-4, el énfasis es mío); y se extiende hasta la caracterización de los elementos de la última fase creativa, como, por ejemplo, de las lluvias, las cuales, según el poema que las tematiza, “hablan de edades primitivas [...] y siguen narrando catástrofes / y glorias” (“Lluvias”, vv. 12-13, el énfasis es mío). Las esporádicas incursiones de Aurelio Arturo en el género de la cuentística y de la ensayística también testimonian de primera mano la inquietud narrativa. El único cuento arturiano de que se dispone hoy en día tiene por protagonista justamente a un contador de historias (cf. “Desiderio Landínez”, 1929, OPC: 260-261), oficio que al mismo tiempo jalona las reflexiones teórico-literarias de una breve página sobre la fábula en los nombres de La Fontaine y Rafael Pombo (“De La Fontaine a Pombo”, 1969, OPC: 252-253).
Jörg Schönert, Peter Hühn y Malte Stein (2007) desarrollan las categorías de análisis narratológico, así como la fundamentación del correspondiente enfoque transgenérico, especialmente en el volumen colectivo Lyrik und Narratologie, texto en el que se apoya la siguiente exposición terminológica (cf., además: Hillmann & Hühn, 2005; y Hühn & Kiefer, 2005).16
La narratividad se constituye a partir de la secuencialidad y de la medialidad. Por una parte, hay sucesos que se organizan en una secuencia; por otra, hay instancias que transmiten dicha organización. De acuerdo con estos dos polos, la perspectiva analítica distingue dos niveles del texto: el nivel del argumento (Geschehen, happenings),17 esto es, de la suma de material narrativo ofrecido apenas en sus coordenadas espaciotemporales, y el nivel de la presentación (Darbietung, presentation), es decir, de la ordenación de aquel en un constructo con sentido. Dentro del primero se distingue entre lo invariable y lo variable, a saber, entre lo dado (Gegebenheiten, existents) y los sucesos (Geschehenselemente, incidents); dentro del segundo, entre las instancias de mediación (Vermittlungsinstanzen) –autor empírico, autor abstracto, hablante y protagonista– y la focalización (Fokalisierung), vale decir, la disposición perceptiva, psíquica y cognitiva con la que las instancias de mediación presentan lo que sucede.
En cuanto a la articulación de material narrativo contingente en secuencias dotadas de coherencia, el enfoque narratológico acude asimismo al concepto de esquema cognitivo. Se trata de una estructura de sentido previa (un contexto, un código cultural, un patrón intratextual) en conexión con el cual determinado tema o encadenamiento de sucesos presentes en el texto adquiere una inicial familiaridad para el lector. Hay esquemas cognitivos estáticos y dinámicos. Por un lado, el marco contextual (Frame) designa un contexto temático o situacional dentro del cual el poema es susceptible de leerse; piénsese a modo de ejemplo en los tópicos de la finitud de la vida, del paraje ameno o del amor no correspondido. Bajo guion (Skript), de otro lado, se entienden procesos o desarrollos conocidos, secuencias convencionales de acción o procedimientos prototípicos al modo, para citar algunos, del nacimiento de un mundo, de la caída del paraíso, del descenso al Hades, etcétera.
Ahora bien, lo que propiamente genera sentido en la narración es el acontecimiento (Ereignis), esto es, la ruptura o desviación de la secuencia prevista de acuerdo con el contexto cognitivo activado. El acontecimiento constituye el momento central de la organización narrativa en cuanto que gracias a él lo narrado se diferencia del simple material secuencial organizado coherentemente y se convierte en efecto en algo más, en algo digno de narrarse, algo que posee “tellability”. Dependiendo de si la ruptura se produce en el transcurso del argumento (Geschehensereignis) o en el modo en que este se presenta (Darbietungsereignis), el acontecimiento se adscribirá a una determinada instancia. Para el acontecimiento en el plano argumental, la instancia de referencia es una de las figuras o personajes de la narración –por ejemplo alguien que, contra la expectativa común, no busca resguardo ante la inminencia del invierno, sino que se aventura en la intemperie (cf. Schönert, 2007b: 189)–; para el acontecimiento en el plano de la presentación, la figura implicada es el hablante en el acto narrativo mismo –por ejemplo, el eventual caso de que el aventurero en cuestión, reflexionando en calidad de hablante sobre la partida emprendida, pase de expresar sus dudas ante la propia osadía a heroizarla con exhortaciones a sí mismo–.
Este último tipo de acontecimiento puede a su turno asumir dos formas: como acontecimiento en el plano de la mediación (Vermittlungsereignis) y en el de la recepción (Rezeptionsereignis). En el primer caso, la ruptura de la expectativa se produce no por el cambio de una disposición personal, sino mediante una peculiar organización textual y retórica de lo narrado, bien porque la organización misma se desvía de un patrón construido con anterioridad o bien porque entra en disonancia con lo que se narra; la instancia implicada en estos casos no es entonces el hablante sino el sujeto de la composición –por ejemplo cuando un poema que tematiza la fragmentación y falta de coherencia de la existencia humana enfatiza la unidad de la composición mediante anáforas y rimas (cf. Hühn, 2007: 260)–. Como acontecimiento en el plano de la recepción opera aquella modificación (ganancia epistemológica, reorientación ideológica) que se ha de producir sobre todo en el lector implícito, sin que el hablante o la figura estén en condiciones de experimentarla ellos mismos de manera óptima –por ejemplo, cuando el hablante celebra como acto de autonomía respecto de una mujer el hecho de distanciarse geográficamente de ella mientras que el lector posee elementos para evaluar dicho acto como el ingreso en una nueva dependencia mediante la culpa– (cf. Hühn, 2005: 170).
Recepción crítica
En lo que sigue, emprendo un recorrido por el grueso de la recepción académica de la obra arturiana a partir de los tres aspectos bajo los cuales el presente estudio la hace objeto de análisis: el contexto de la modernidad tardía, la representación del espacio y la representación de la subjetividad.
El tema de la modernidad tardía (o, en general, de la Modernidad) es tratado por la recepción casi exclusivamente en conexión con el tema del mito. A propósito de este último, es fácil constatar la existencia de un consenso generalizado en torno a la presencia de elementos míticos en la lírica arturiana. Las diferencias surgen, sin embargo, a la hora de situar dichos elementos en relación con los elementos del polo moderno opuesto. El abanico abarca desde quienes ven en los poemas señas claras de una ruptura con el mundo mítico narrado –en función de una representación del presente histórico–, hasta quienes, por el contrario, ponderan los rasgos clásicos e idílicos de los versos y los sustraen categóricamente a cualquier vínculo moderno. En medio se encuentran los enfoques, a mi juicio, más minuciosos y fecundos, a saber, aquellos que se interesan por entender la obra poética de Aurelio Arturo, también en su momento mítico, como una respuesta específica a problemas propios de la modernidad tardía. A continuación, comienzo con estos últimos.
Quien explora con mayor consecuencia la vena mítica de la poesía arturiana es Martha Canfield (2003 [1992]) en el artículo “La aldea celeste o formas de una vanguardia americanizada”. Desde una perspectiva declaradamente junguiana, Canfield entiende el mundo representado en el conjunto de los poemas como un mundo onírico, pleno de arquetipos, cuyo mecanismo configurador consiste en la sacralización e idealización de lo existente. La de Arturo es una “poesía arquetípica” (Canfield, 2003: 585) en la que bien pueden identificarse varios de los arquetipos específicos inventariados por C. G. Jung y por autores afines a su pensamiento (como Mircea Eliade y Joseph Campbell). Canfield menciona la madre universal, el árbol de la vida, el tiempo magno, el padre, la quadratura circuli y el proceso de individuación. Que representaciones simbólicas semejantes concurran en la obra de otros poetas, como, por ejemplo, la madre universal bajo la forma de Fuensanta en la poesía de Ramón López Velarde, prueba su raigambre en el “inconsciente colectivo” y su pertenencia a los “sueños retornantes de la humanidad” (Canfield, 2003: 583).
Tras dicha imaginación arquetípica, piensa Canfield, subyace una concepción de mundo platónica según la cual la garantía de existencia de lo real es su asimilación a un modelo ideal, armónico y duradero, lo cual supone para el individuo saberse a sí mismo parte de una totalidad. Incluso la idea baudelaireana de las correspondencias entendida como presentimiento de la unidad misteriosa de todas las sensaciones encontraría un eco decisivo en la poesía arturiana, pues, en últimas –sintetiza Canfield–, la “clave central” de dicha poesía no es otra que “la aspiración a una armonía de la totalidad [...], del cielo con la tierra, del macrocosmos con el microcosmos, del cuerpo con la psiquis, de la materia noble con la vil, de lo perecedero con lo permanente” (2003: 593).
Una opinión semejante esgrime Ramiro Pabón Díaz, para quien la expresión arturiana del amor a la vida es la de un “místico del universo” (1991: 5). Pabón Díaz, en efecto, también lee en la poesía de Aurelio Arturo una naturaleza sacralizada, cuya representación prescinde, sin embargo, de cualquier religión y mitología tradicional y se deja entender más bien en términos de panteísmo (47). Dos motivos mitológicos estructuran temáticamente la mayoría de los poemas: la vida –entendida como “la eterna renovación de sus formas, su renacer perpetuo” (60)– y la tierra –entendida como “tierra madre, madre de los dioses, de los hombres y de todas las cosas” (43)–. Se trata, en definitiva, de la celebración de la vida en cierto tiempo y en cierto lugar. Óscar Torres Duque habla del “paraíso original” (1992: 30), Marco Fidel Chaves del pasado en un “mítico y mágico país” (2003 [1989]: 550), y Miguel Gomes de “un nostálgico e ‘incestuoso’ retorno a las fuentes, a una infancia plácida resguardada por la figura todopoderosa de la madre [...]” (2001: 35).
Ahora bien, Canfield anota que la tematización literaria de los orígenes míticos, ahistóricos, se encuentra en relación con un momento histórico determinado. La poesía de Aurelio Arturo hace parte, en realidad, de una tendencia continental –la “vanguardia americanizada”–18 que surge como reacción a la secularización y al individualismo. Canfield se remite a los análisis de Gutiérrez Girardot según los cuales dicha reacción asume a partir del modernismo de Hispanoamérica la forma de una sacralización de lo profano (cf. Canfield, 2003: 577; Gutiérrez Girardot, 1986: 93). Y, en efecto, en un primer comentario sobre la poesía de Aurelio Arturo, Gutiérrez Girardot entiende la celebración de la infancia en el campo –contenido, según él, de Morada al sur– como una búsqueda crítica de la “patria”19 por fuera del presente y, en ese sentido, como la “protesta callada” contra los valores utilitaristas de la incipiente industrialización en el continente americano (1982: 525).
Años después, sin embargo, en un ensayo de mayor alcance y extensión, el hispanista colombiano añade precisión al tema: en el recurso a los orígenes míticos dentro del contexto de la modernidad tardía, lo que está en juego es el propósito de “rebautizar las cosas” (Gutiérrez Girardot, 2003: 434). Con ello quiere decir que, sobre la base de la crisis en la que a finales del siglo XIX incurren tanto el concepto de realidad como el lenguaje que la capta y expresa, denominar las cosas implica la aspiración a que ellas mismas se expongan a la percepción mediante un nuevo bautizo. El Arturo que celebra la infancia en el campo se emparienta entonces con el Kafka que desea ver las cosas tal como se dan antes de que se le muestren, con el Guillén que en el poema “Más allá” narra la progresiva toma de conciencia de la realidad, con el Valéry que en Le Cimetière Marine evoca un comienzo, con el Mallarmé, en fin, que identifica en la Nada el camino a lo Bello. En todos estos casos se trata de indagar un origen a partir del cual palabra y cosa adquieren una mayor significación.
Los aportes de Beatriz Restrepo y Graciela Maglia representan la línea de quienes consideran que la poesía de Aurelio Arturo, lejos de limitarse a una relación de contexto con fenómenos de la modernidad, integra en su mismo cuerpo temático elementos de raigambre comúnmente moderna, como, por ejemplo, la migración –no solo en sentido físico– del campo a la ciudad. La obra de Arturo es “el canto de la transformación de las sociedades agrícolas en urbanas” (Restrepo, 2003: 475). Poemas claves del corpus arturiano como “Morada al sur”, “Interludio”, “Clima”, “Amo la noche”, “Canción del niño que soñaba” y “Canción de hadas” testimoniarían la condición “urbana” (Restrepo, 2003: 481) de una poesía interesada en registrar la inacabada ruptura con el mundo campesino. En lo que concierne a “Morada al sur”, Maglia refuerza esta idea mediante una lectura según la cual los versos relatan el advenimiento, también inacabado, del individuo y del tiempo histórico en una sociedad colombiana anclada aún en el tiempo detenido y en las estructuras jerárquicas colectivas de la hacienda patriarcal. Tradición y modernidad, campo y ciudad, mito e historia son todas relaciones que, piensa Maglia, el devenir del hablante retrata en su condición de conflicto (2001: 42).
Justo contra esta línea interpretativa se manifiesta Óscar Torres Duque cuando afirma que la poesía de Aurelio Arturo “no es nunca una poesía desgarrada, ni entra a considerar del todo su propia condición de trasterramiento: Aurelio no es nunca, en sentido estricto, un poeta de ciudad (y por tanto no es nunca un poeta moderno)” (2003: 355-356). La filiación idílica, esto es, original, de Aurelio Arturo supone para Torres Duque un emplazamiento por “fuera del ámbito de la historia” (1992: 6). Como los de otros poetas del idilio –cuya actitud es “enteramente reaccionaria, anacrónica y esteticista” (6)–, el mundo ideal creado por Arturo desconoce el mundo histórico y sus conflictos.
Cerca de la postura de Torres Duque se encuentra la idea de Moreno-Durán de que la presencia temática de la ciudad en los versos arturianos significa la “conciliación de opuestos” propia “de un universo donde las coordenadas se funden” (2003b: 445); emparentada con la postura contraria se encuentra, en cambio, la opinión de Claudia Cadena Silva de que el lenguaje arturiano “evoca y recrea el momento de su origen con la certeza de estar hablando de un tiempo que ya no le pertenece” (1991: 328).
Miguel Gomes identifica un conflicto, pero dicho conflicto no solo pertenece al plano arquetípico (se trata de la pugna originaria entre la Gran Madre y el héroe), sino que además se resuelve negativamente para el impulso heroico hacia la transformación histórica: la epopeya, en Arturo, es “fracasada” (2001: 38). Que, por otra parte, no todos son elementos ideales en el universo arturiano fue una de mis tesis en un trabajo anterior (Pino Posada, 2008) donde procuré describir el papel del tópico de la muerte en la configuración del canto.
En relación con el tema de la modernidad, el presente estudio profundiza y ajusta de manera considerable las perspectivas de lectura abiertas por Canfield y por Gutiérrez Girardot. Inicialmente, la idea de una “poesía arquetípica” se afianzará en las páginas siguientes mediante la exposición exhaustiva de los conceptos de C. G. Jung –paso metodológico que, aunque necesario a la hora de operar interpretativamente con arquetipos, no ha sido emprendido hasta ahora en la recepción crítica–,20 así como mediante su integración en el análisis sistemático de varios poemas arturianos representativos –práctica esta del análisis, por otra parte, más bien escasa en los hábitos críticos tocantes a la obra de Aurelio Arturo y, en general, a la poesía colombiana–.21 La idea se afianzará no solo cuando se muestre cómo motivos arquetípicos articulan los poemas centrales de la segunda fase creativa, sino además cuando el conjunto de la obra sea descrito en forma plausible de acuerdo con el proceso de individuación, él mismo uno de los arquetipos nucleares del catálogo junguiano. Dentro del ámbito de la interrogación teórico-literaria, este proceso se entenderá de modo más específico como la transformación de una subjetividad literaria en relación con la búsqueda y el hallazgo de una voz. Aunque en su referencia exploratoria –no en la procesual– este planteamiento fue ya esbozado por Gutiérrez Girardot, un desarrollo propiamente dicho del mismo no existe aún, pues el texto del hispanista colombiano permanece dentro de los límites de un ensayo de corte más comparativo y propositivo que analítico. Los análisis textuales que ofrece el presente estudio llevarán a cumplimiento la tarea apenas esbozada y mostrarán en detalle no solo las fases, sino los diferentes agentes que intervienen en dicha búsqueda.
En segundo lugar, de Gutiérrez Girardot se desarrollará también la idea según la cual el mencionado tanteo arturiano con la palabra –como momento nominativo de una poesía que redescubre y “bautiza” lo fáctico– se adscribe a la vertiente poetológica, autorreflexiva, de la lírica moderna (Canfield, por el contrario, la entiende como signo de un eventual platonismo de Aurelio Arturo, esto es, la aspiración a la “Palabra” en su condición de “esencia absoluta” [2003: 583]). En efecto, la discusión sobre el nexo entre elementos míticos y elementos modernos en la poesía arturiana no tiene por qué ignorar la pregunta históricoliteraria acerca de si, y en qué medida, la lírica de Aurelio Arturo es lírica moderna en el sentido de su pertenencia a la tradición común que cohesiona a la lírica europea desde Baudelaire. La cuestión se puede abordar teniendo en cuenta tres aspectos de la modernidad lírica: su articulación de la crisis tardomoderna de la subjetividad y del lenguaje, su registro de fenómenos propios de la modernidad sociológica y, por último, su propósito de ruptura.
Como ya se dijo, en cuanto a lo primero se comparte y se amplía la respuesta afirmativa de Gutiérrez Girardot. Baste añadir que el momento mítico de la poesía arturiana entendido como un tanteo por los orígenes de la voz se encuentra en consonancia con la tendencia de la modernidad poética a entrar en conflicto con su tiempo y a buscar consecuentemente un principio que lo niegue (Lamping, 2008: 117). “La poesía moderna –anota al respecto Octavio Paz– afirma que es la voz de un principio anterior a la historia, la revelación de una palabra original de fundación” (1999: 444; el énfasis es mío). Justo este rasgo fundacional, diría Paul de Man, delimita el impulso renovador de la modernidad literaria frente a la simple obediencia de lo nuevo, la servidumbre de la moda, pues dicho impulso en realidad no es nada menos que “un deseo de borrar todo lo que vino antes con la esperanza de alcanzar al final un punto que pueda llamarse un verdadero presente, un punto de origen que marque una nueva partida” (1971: 148).22
Moderna es también la lírica arturiana en su articulación de fenómenos propios de la modernidad sociológica. En la pretensión de registrar la manera en que dicho contacto ocurre, el presente estudio se sitúa en el mismo ángulo de visión de los aportes de Restrepo y de Maglia; en la exhaustividad de la mirada, sin embargo, alcanza mayor amplitud y precisión gracias, entre otras cosas, a un seguimiento que diferencia entre épocas de creación. Se observará que, dependiendo de la fase, los poemas permiten identificar un entusiasmo por la modernización social, un cultivo de la autonomía artística mediante los instrumentos narrativos del mito, o una conciencia de la secularización. En ese sentido, los poemas se revelarán como un sismograma más complejo que aquel que capta solamente la alteración producida por la ruptura con un paraíso rural perdido.
De entre las diferencias específicas respecto de los aportes en cuestión, conviene mencionar, por un lado, que el proceso de individuación tal y como se rastreará en el análisis de “Morada al sur” no coincide con la intención de Maglia de ver en el poema una subjetivación23 resultante del precario arribo de la modernidad local. A lo largo del análisis, en efecto, ganará cuerpo más bien la idea de la constitución arquetípica de una identidad lírica en la alternancia de cercanía y distancia respecto de los sonidos de la naturaleza, lo cual hará de “Morada al sur” menos la crónica del tránsito colombiano del campo a la ciudad que la narración mítica de la integración del hablante en un todo.
Como diferencia adicional, por otra parte, cabe señalar las reservas con respecto al juicio de Restrepo según el cual la de Arturo es una “poesía urbana”. Lo específico de la ciudad –en la forma de escenario de la fugacidad y multiplicidad de experiencias, en la forma de símbolo apocalíptico de la alienación, o bien en la forma de simple paisaje de calles y edificios demarcado en su diferencia con el paisaje rural– no desempeña un papel preponderante en la lírica arturiana.24 No es claro, sin embargo, que ello vaya en menoscabo de su modernidad, como piensa Torres Duque, para quien poesía moderna es lo mismo que poesía urbana (la opinión terminaría excluyendo de la modernidad poética a nombres como los de Mallarmé, Rilke, Valéry, Guillén...); no va en detrimento de su modernidad porque la experiencia que Restrepo cree ver en la ciudad –separación del ámbito rural de la infancia– se articula en Aurelio Arturo mediante otros elementos –referencias a la lejanía y metáforas de la aridez y la caducidad–, esto es, no desemboca necesariamente en la tematización de la urbe. Esto lo han hecho con más intensidad otros poetas locales, incluso contemporáneos de Aurelio Arturo. Aquí se mostrará que el fenómeno de la urbanización está, por ejemplo, mejor articulado en la obra de José Manuel Arango.
¿Cómo se comporta la poesía de Aurelio Arturo en cuanto al tercer aspecto, el momento de ruptura de la lírica moderna? El clásico estudio de Hugo Friedrich, Die Struktur der modernen Lyrik –que renuncia por demás a una definición en sentido estricto de lírica moderna (2006 [1956]: 10)– entiende por estructura una serie de semejanzas en el modo de ser, una comunidad de estilo en medio de la nutrida diversidad de expresiones individuales. Dicha comunidad consiste en la ruptura con la tradición, a saber, con la tradición lírica clásica, romántica, naturalista y declamatoria (Friedrich, 2006: 12). Dieter Lamping despliega la iniciativa de Friedrich en dos vertientes: la ruptura, dice, se produce con respecto al lenguaje –surgen nuevos modos de representación y percepción– y con respecto a las formas –surgen nuevas maneras de versificación– (2008: 7). De lo primero es ejemplo el uso específico de ciertos recursos –símbolos, comparaciones, metáforas, montajes y juegos con el lenguaje– con el propósito de convertir en extraños los referentes mentados. De lo segundo, sobre todo el uso del verso libre y la experimentación con la rima y con la partición estrófica (cf. Lamping, 2008: caps. II y III). ¿Participa de estas novedades el conjunto de la lírica arturiana? La respuesta es sí, aunque por supuesto no en todos los aspectos y, en los casos afirmativos, de manera más bien tímida –“sin estridentismos”, como dice Martha Canfield (2003: 578)–, esto es, de manera atemperada y no en la línea de lo que Friedrich denomina la “modernidad dura [harte Modernität]” (2006: 10). Adicionalmente, la vehemencia del sí dependerá de la fase creativa que se tenga en mente: hay razones para considerar de mayor modernidad los poemas tardíos que los poemas de juventud.
En cuanto a las formas de los versos –para empezar con la segunda vertiente propuesta por Lamping– el lector no encontrará en la obra completa de Aurelio Arturo un solo poema que se ajuste plenamente a algún modelo clásico de versificación.25 Tampoco hallará ningún poema con rima consonante en todas sus estrofas ni, lo que es más llamativo, ningún poema que aplique con cabal consecuencia la rima asonante, pese a que, en más de un caso, pareciera esa la pretensión.26 Lo mismo ocurre con la cantidad silábica: descontando las excepciones de “Clima” y “Silencio” –compuestos, como bien lo registra Pabón Díaz, por una serie ininterrumpida de endecasílabos–, en vano se buscará un poema con un único metro. Y, aunque en la sumatoria de estrofas se marca la preferencia de Aurelio Arturo por las de cuatro versos, muy pocos de los poemas en los que ellas predominan permanecen en efecto fieles a dicha forma estrófica; por lo general, aparecen una o dos estrofas que, conformadas por otro número de versos, quiebran el isomorfismo.27
Resulta difícil no pensar que Aurelio Arturo, en los poemas en los que se propuso seguir una convención formal –lo cual, valga decir, no ocurre ni siquiera en la mitad de los casos, pues a la mayoría de poemas los estructura el verso libre–, persiguió al mismo tiempo dar cabida a la discontinuidad: sumándole versos a una estrofa, alargando la longitud del metro, interrumpiendo la sucesión de la rima. Este desapego –sin radicalidad– frente a la tradición formal se incrementa a lo largo de los años de escritura, más allá de que ya existan señas claras de él en los primeros poemas de juventud y de que, a la inversa, en 1961 aparezca publicado por primera vez “Madrigales”, una de las pocas excepciones de continuidad en la forma estrófica.
Una transformación semejante en el devenir de la obra se observa a propósito del tipo de lenguaje lírico, la otra vertiente citada por Lamping. Varios poemas de la primera fase de creación exhiben aún trazas de la tradición oratoria en español: “Ciudad de sueño”, “El grito de las antorchas”, “En azul lejano”, por ejemplo, son poemas donde prolifera el pathos. Se cede en un buen número de versos a la atracción por la excitación del hablante, por la exclamación, por los imperativos, por la interjección, por el énfasis: “[...] oh rúas de mi júbilo” (“Ciudad de sueño”, v. 11), “Oh babélicos / [...] Traed el hierro en sus diez mil transformaciones” (“El grito de las antorchas”, vv. 17, 23), “¡Oh juventud que te quedaste soñando / en el valle de la estrella más sola!” (“En azul lejano”, vv. 24-25). Asimismo, motivos de la tradición romántica como la oscuridad, la melancolía, el sueño, la muerte –lo que Friedrich (2006: 30) denomina el “sabor a ceniza” (Aschengeschmack)– sobreviven en los también tempranos “Sueño”, “Muerte” y “Los mendigos”, entre otros.
En cambio, en los poemas que Aurelio Arturo publica a partir de 1963, sobresalen ya rasgos de extracción predominantemente moderna: la despersonalización prima desde “Canciones” hasta “Yerba”, la conciencia apocalíptica se manifiesta en “Canción de hadas”, “Sequía” y “Lluvias”, ruinas poscristianas emergen entre los versos de “Canción del niño que soñaba”. De la etapa intermedia se pueden resaltar momentos ocasionales de hermetismo: durante largos pasajes de “Morada al sur” no es claro el referente, el montaje de voces en “La ciudad de Almaguer” no está precisamente al servicio de la comprensión inmediata, las elipsis de “Interludio” dan amplio espacio a la interpretación. Más digna de destacar sería incluso la disonancia de la que participan varios poemas de Morada al sur, disonancia según la cual el encuentro (con una voz, una entidad femenina, un elemento de la naturaleza) es al mismo tiempo el desencuentro, la experiencia de la distancia. El caso paradigmático es “Remota luz”, donde el hablante lírico cierra el relato de su retorno “de tierras hermosas” (v. 1) con la pregunta: “¿cómo era tu faz, tierra morena?” (v. 14).
A la poesía de Aurelio Arturo también hay que situarla, pues, en la tradición de la lírica moderna europea: en virtud de su impulso fundador, de su permeabilidad histórica, de su novedad expresiva. Eso no significa, ahora bien, que los versos del nariñense sean el prototipo de las revoluciones estéticas que empezaron a sucederse a partir de Baudelaire. Pero sí significa que, a la hora de la contextualización histórico-literaria, la lírica arturiana toma partido por las renovaciones internacionales del siglo XX y no por el clasicismo ni por el romanticismo del siglo XIX colombiano. La diferencia no es irrelevante, pues, como habrá ocasión de ver, no todos los poetas contemporáneos de Aurelio Arturo andaban haciendo lo mismo: Rafael Maya concibió su obra poética y crítica en términos de defensa de lo clásico y el rechazo a lo moderno, y Eduardo Carranza entendió su poesía y el movimiento poético que la secundó como “un regreso a lo clásico español” y “un regreso a la tradición nacional” (Carranza, 1978b [1962]: 195).
La recepción crítica también se ha manifestado profusamente a propósito de la representación del espacio en la poesía de Aurelio Arturo. Los comentarios se concentran sobre todo en la localización e interpretación del referente señalado como “morada al sur”. Torres Duque, por ejemplo, dice que el “Sur” de los poemas es “inocultadamente el sur de Colombia, Nariño, La Unión, pero [es también] esencialmente el mundo, como imagen idílica de la poesía y del hombre vuelto a sus orígenes” (2003: 350). En esta declaración se mencionan los dos límites entre los cuales se mueve el acercamiento crítico: por un lado una morada al sur concreta, localizable incluso como elemento topográfico y sociológico en coordenadas espacio-temporales específicas; por el otro, una morada al sur abstracta, ideal, retirada al ámbito indistinto de lo primigenio.
Según Eduardo Camacho Guizado –para citar a quienes se acercan a la primera variante–, la morada al sur es la tierra natal (2003 [1963]: 509); para Graciela Maglia, la hacienda y el latifundio feudales (2003: 30); Beatriz Restrepo (2003: 480) y Rafael Gutiérrez Girardot (1982: 524) la entienden como el campo; Fernando Arbeláez (2003 [1964]: 518) y William Ospina (2003 [1989]: 559) como el continente americano. Martha Canfield –ya dentro de quienes se inclinan por el polo opuesto– ve un paisaje sacralizado (2003 [1992]: 577), así como Gustavo Cobo Borda un territorio ancestral (2003 [1974]: 524) y Ramiro Pabón Díaz un espacio edénico (1991: 138). Se trata, evidentemente, de propuestas que no se excluyen entre sí, pues el terruño bien puede funcionar, por medio del recurso a la metáfora, como receptor de valores de un espacio ideal.
En relación con la pregunta sobre qué es la morada al sur, el presente estudio optará por una respuesta emparentada con esa segunda variante: la morada al sur será entendida como un espacio mítico, esto es, como el escenario de una cosmogonía, de la génesis de una totalidad. La novedad de la contribución aquí presentada, sin embargo, no consiste tanto en la formulación de una respuesta más a dicha pregunta cuanto en la amplitud con que aborda el tema de la representación espacial. En efecto, se mostrará que el papel del espacio en la lírica arturiana no se reduce al campo semántico de “la morada al sur”, sino que involucra además las referencias telúricas de los poemas de juventud y las señales de espacialidad textual en los últimos poemas, así como, en lo que concierne incluso a los poemas de la fase intermedia misma, se mostrará la variedad, hasta ahora desatendida, en la articulación de experiencias vividas, imaginadas y metafóricas del espacio.
A diferencia de la representación espacial, la cual ha gozado de la atención, aunque parcial, de la recepción crítica, el desempeño del hablante lírico junto con la concepción de subjetividad que le subyace son temas prácticamente inexistentes en los comentarios académicos a la poesía de Aurelio Arturo. El vacío crítico sorprende sobre todo a la luz de las diferencias fácilmente cotejables a este respecto a lo largo de la obra. Aunque a Pabón Díaz habría que atribuirle el mérito de haber registrado las variaciones en el uso de los pronombres, el juicio final según el cual “[e]l principio organizador de los poemas es el Yo del poeta que aparece manifiestamente en la gran mayoría de ellos [...]” (1991: 179) no contribuye de modo significativo a la comprensión del devenir de la subjetividad tal y como se articula en los versos. En la atención a las modulaciones del hablante lírico, en la pesquisa por el modelo de subjetividad que les corresponde, así como en la aspiración a describir las sucesivas transformaciones como producto de un proceso arquetípico, el presente estudio procurará, en consecuencia, llenar el vacío existente.
Primera parte
Introducción
Aunque la mayoría de poemas de juventud no ven dos veces luz editorial en vida de Aurelio Arturo –cuando se publican por primera vez el autor no pasa de los 23 años–, puede decirse que ellos contienen in nuce mucho de lo que configurará después la obra posterior, una de las más consagradas de la poesía colombiana del siglo XX. Me refiero, sobre todo, al interés por la percepción del espacio, por los avatares de la subjetividad y por la situación de la palabra poética en relación con el tiempo en el que surge. Cada una de las tres partes del presente libro se organiza en los siguientes cuatro momentos: la exposición de los conceptos de espacio y subjetividad, en primer y en segundo lugar; la contextualización histórica y literaria, como tercero; y, finalmente, el análisis textual de los poemas de Aurelio Arturo.
En esta primera sección, después de una descripción de las categorías de análisis que proponen Marie-Laure Ryan y Katrin Dennerlein para el análisis de la representación literaria del espacio (“El espacio del mundo narrado como categoría de análisis”) y luego de catalogar los espacios a los que, de acuerdo con dichas categorías, se hace referencia en los poemas (“El campo, la ciudad, el mar: el espacio exterior”), me ocupo de exponer la terminología en torno a las instancias narrativas de mediación (“Las instancias de mediación”) y al modelo de subjetividad que les subyace (“La subjetividad colectiva”). A continuación, trazo el panorama de la modernización en los años veinte (en el apartado con ese mismo título), pues ese contexto hace comprensible el trasfondo de las ideas estéticas y políticas del joven Arturo (“La tierra y el arte americanos”). Un paso por la obra de dos autores representativos de la comprensión del espacio para la década en cuestión, Rafael Maya y José Eustasio Rivera (“Rafael Maya y el paraje ameno [locus amoenus]”, “José Eustasio Rivera y la selva”), pondrá a disposición junto con los apartados anteriores las herramientas para el análisis del poema arturiano “Ésta es la tierra” (1929).
El espacio (I)
El espacio del mundo narrado como categoría de análisis
Para analizar la representación del espacio en los primeros poemas de Aurelio Arturo acudiré a una selección de la terminología que proponen dos trabajos narratológicos recientes: el artículo “Space” a cargo de Marie-Laure Ryan (2014) en The living handbook of narratology y la monografía Narratologie des Raumes de Katrin Dennerlein (2009).
De acuerdo con Marie-Laure Ryan, el “espacio narrativo” (narrative space) puede definirse como “el entorno físicamente existente en el que viven y se mueven los caracteres [the physically existing environment in which characters live and move]” (2014: párr. 5). Este espacio narrativo se presenta, según Ryan, en diferentes capas: los “marcos espaciales” (spatial frames) son los alrededores inmediatos de los sucesos narrativos –una casa, un salón–; el “lugar de ambientación” (setting) es el entorno geográfico e histórico-social en el que tiene lugar la acción –un pueblo medieval, una metrópolis contemporánea–; el “espacio argumental” (story space) es el espacio marcado por las acciones y los pensamientos de las figuras independientemente de que funcionen o no como escenarios inmediatos de los sucesos –una localidad recordada, un destino turístico con el que se fantasea–; el “mundo narrativo (o argumental)” (narrative [or story] world) es el mismo espacio argumental, pero convertido por la imaginación del lector en un todo coherente y unificado –el continuo implícito en el que el lector sitúa, para continuar con el ejemplo, la localidad recordada y el destino turístico futuro–; el “universo narrativo” (narrative universe), finalmente, es el mundo espacio-temporal que el texto presenta como actual, más todos los mundos mentales construidos por los personajes (Ryan, 2014: párrs. 6-10).
Katrin Dennerlein, por su parte, se basa en la representación cotidiana del espacio para definir el “espacio del mundo narrado” (Raum der erzählten Welt) como el conjunto de “aquellos objetos que, con una diferenciación entre adentro y afuera, representan un entorno (potencial) de las figuras: algo en lo que las figuras pueden encontrarse y en lo que pueden entrar” (2009: 196).28 Los sitios o puntos (Stellen) dentro de este entorno son “lugares” (Orte). El término general que agrupa espacios, lugares y objetos topográficos –objetos localizables en la superficie terrestre– es “circunstancia espacial” (räumliche Gegebenheit). Por último, con “espacio de la narración” (Erzählraum) y “espacio narrado” (erzählter Raum) se designa, respectivamente, la región de acontecimientos en donde tiene o no tiene lugar el “acto narrativo” –Erzählakt– (Dennerlein, 2009: 237-240).
En el presente estudio y, de modo particular, en esta primera parte, optaré por el instrumentario sistematizado por Dennerlein (2009), cuya definición del “espacio del mundo narrado” resulta a mi juicio más precisa que la definición de “espacio narrativo” de Ryan (2014). Objeto de atención será, entonces, todo aquello que funcione como entorno potencial de las figuras, que tenga un adentro y un afuera y que se estructure como contenedor. Sin embargo, cuando el objeto así lo requiera y dado que las terminologías de Dennerlein y de Ryan son más complementarias que antitéticas, acudiré también a los términos de esta última. Por ejemplo, las tres primeras modalidades del “espacio narrativo” de Ryan –spatial frames, setting y story space– bien pueden asumirse como aspectos del “espacio del mundo narrado” de Dennerlein.
En el caso de ambas propuestas categoriales se trata de una terminología útil para identificar el espacio que denotativamente se marca en el texto. Sobre la base de dicha identificación, atenderé al modo como el espacio del mundo narrado se semantiza y qué tipología se desprende de los diferentes sentidos con que se lo dota. Para otro tipo de relaciones espaciales, como es el caso de aquellas en las que no prima la representación cotidiana del espacio –los espacios vivido, imaginado y metafórico de la segunda parte; la forma espacial del texto en la tercera parte– acudiré en su momento a las categorías correspondientes.
El campo, la ciudad, el mar: el espacio exterior
El espacio del mundo narrado en los primeros poemas de Aurelio Arturo es en su mayor parte un espacio rural. El hablante lírico de “Balada de Juan de la Cruz” (1927), el primer poema que publica el autor y que abre un breve ciclo de baladas, nombra en medio del relato de su campaña revolucionaria la “tierra” (v. 7), el “campo” (v. 13), el “pueblo” (vv. 14, 25) y la “plaza” (v. 26). “Balada del combate” (1928) y “Balada de la Guerra Civil” (1928), poemas que también tematizan la excursión bélica, se refieren por su parte a “valles” (v. 6), “pueblo” (v. 4) y “comarca” (v. 17) en un caso; a “tierra” (v. 2) y a “aldeas” (v. 21), en otro. En el retrato de su existencia campesina, el protagonista de “Lorenzo Jiménez” (1928) repite algunos de estos sememas y añade el de “claros” (v. 19) y el de “bosque” (v. 24). A “arboleda” (v. 2), “floresta” (v. 6) y “pradera” (v. 12) se hace referencia en “La vieja balada del nocturno caballero” (1928); mientras que por la “vereda” (v. 1) y por el “pueblo lontano” (v. 15) pasa, en fin, el héroe de “Baladeta de Max Caparroja” (1928).
Junto a estas abundantes referencias al espacio rural, los poemas de juventud también traen a cuento, bien que en menor medida, la ciudad y el mar. Sobre la ciudad hay tres ejemplos: “El grito de las antorchas” (1928), un himno a los “hombres nuevos” (v. 5) del socialismo leninista en trance de construir “ciudades futuras” (v. 3) –ciudades “sin cúpulas” (v. 16)–; “Ciudad de sueño”, donde en cambio se narra, en una suerte de visión apocalíptica, cómo una ciudad y sus cúpulas se desploman, y “Entre la multitud” (~1928-1936), poema en el que el hablante lírico, críticamente, menciona los “niños gimiendo” y los “vocablos horribles” (vv. 17, 18) como impedimentos para cantar la ciudad que habita.
El mar como tal, pero también los lugares que pertenecen a su contexto, hacen presencia en otros tres poemas: “La vela” (1928), “La isla de piel rosada” (1928) y “Compañeros” (1930). Las cuatro redondillas que componen “La vela”, cuyo tema es la zarpa de un velero y la imagen que deja la despedida de los tripulantes, mencionan el “barco” (v. 1), el “mar sin caminos” (v. 4) y la “playa” (v. 10). En la narración de la nostalgia por la última visita a una isla y de la solitaria supervivencia a una travesía marítima accidentada, el hablante lírico de “La isla de piel rosada” habla de “puerto” (v. 1), “bajel” (v. 8) y “bahía” (v. 9). Dentro del relato de un naufragio en “Compañeros”, finalmente, se lee “piélago” (v. 2), “mar azul” (v. 3) y “velero” (v. 15).
A diferencia de lo que ocurre con el espacio rural, cuya función dentro del texto se limita por lo general a figurar como entorno de los sucesos29 –la partida heroica de Juan de la Cruz, el trabajo y el canto de Lorenzo Jiménez, la rapiña de Max Caparroja–, la ciudad figura como el objeto mismo de los sucesos narrados: su aparición, su desaparición y su condición de narrable determinan en cada caso la secuencia tematizada. El espacio marítimo ocupa la posición intermedia de estos dos extremos. A veces el mar funge como simple ambientación geográfica de lo que se cuenta, otras veces, en cambio, tanto el mar como los lugares de su entorno atraen hacia sí la atención.
Más allá, sin embargo, de esta diferencia, a los tres tipos de espacio los agrupa la característica común según la cual todos son espacios predominantemente exteriores. Lugares interiores o cerrados del tipo, por ejemplo, de una casa, una habitación, un rincón o un armario son más bien inexistentes en los poemas. Las ocasionales menciones, de hecho, tienden a situar estos lugares en relación con el espacio exterior que los abarca: del “bar costanero” interesa sobre todo su cercanía al mar (“Compañeros”, v. 30); del cuarto de dormir, la ventana como acceso al paisaje nocturno (cf. “La voz del pequeño” [1928]) o el sueño como “puerto” en las “aguas de la noche” (“Sueño” [1929], vv. 4, 10).
Antes de explorar la manera en que este espacio exterior se semantiza, conviene atender a las características del hablante lírico que se relaciona con él.
La subjetividad (I)
Las instancias de mediación
A propósito del modo como se transmite en el nivel del discurso narrativo (discours) lo que sucede en la narración, Peter Hühn y Jörg Schönert distinguen entre “modos de mediación” (Vermittlungsmodi) e “instancias de mediación” (Vermittlungsinstanzen). Modos de mediación se dejan describir de la mano de dos aspectos: la verbalización misma de la mediación, esto es, la “voz” (Stimme), y la disposición específica (perceptiva, psíquica, cognitiva e ideológica) con la que se media, esto es, la “focalización” (Fokalisierung) (Hühn & Schönert, 2007: 11).
Las instancias de mediación, de acuerdo con el modelo de comunicación literaria (Schlickers, 1994), se organizan por su parte en varios niveles (Hühn & Schönert, 2007: 11): “autor empírico o productor del texto” (empirischer Autor / Textproduzent); “autor abstracto o sujeto de la composición” (abstrakter Autor / Kompositionssubjekt); “hablante o narrador” (Sprecher / Erzähler) y “protagonista o figura” (Protagonist / Figur). El autor empírico se define como “el creador intelectual de un texto que está escrito con propósitos comunicativos [the intellectual creator of a text written for communicative purposes]” (Schönert, 2011: párr. 1). Se trata de una instancia extratextual que desde el punto de vista del análisis funciona como la entidad aglutinante de todo aquello que compone la œuvre y como el repositorio de eventuales contextos cognitivos procedentes de la cultura y de la biografía. El autor abstracto es, en cambio, el constructo textual responsable del “sistema implícito de sentido, normas y valores presente en la organización formal, estilística, retórica y tópica del texto” (Hühn & Schönert, 2007: 12)30 y desde cuyo nivel se pone en perspectiva la actividad del hablante. El hablante, a su turno, es quien detenta la voz o quien, dado el caso, la cede a las figuras. El yo lírico, finalmente, puede considerarse como una de las modalidades del narrador.31
En lo que sigue consideraré también el tipo de subjetividad que se expresa en los poemas cuando se toman en el conjunto de cada una de las tres fases de creación. Entiendo esta subjetividad como el autor abstracto típico para el grupo de poemas incluido en cada parte del presente libro. Dado que el autor abstracto –o implícito (implied), como lo denomina Schmid (2013: párr. 19)– “no tiene voz propia, no tiene texto [has no voice of its own, no text]”, sino que su “palabra es el texto entero con todos sus niveles [word is the entire text with all its levels]”, cuando yo hable de subjetividad tendré en mente entonces el texto completo de la obra para una época específica (juventud, madurez, vejez). Tendré en mente asimismo que, a causa de dicha textualidad, esto es, a causa de la articulación en un lenguaje y unas convenciones intersubjetivamente accesibles, la experiencia subjetiva que le corresponde no ha de confundirse con la simple vivencia privada. Hühn la define de la siguiente manera: “El concepto de experiencia subjetiva [...] no ha de entenderse en el sentido de la simple vivencia privada de un individuo singular. Ella se manifiesta más bien como una posibilidad general de la experiencia humana bajo condiciones específicas, históricas y culturales” (Hühn, 1995: 11).32
La subjetividad colectiva
Por la separación en estrofas rimadas y la interposición de estribillos, las baladas de Aurelio Arturo remiten a elementos de las canciones medievales francesas, provenzales e italianas –ballade, balade, ballata– (cf. Laufhütte, 1992: 73); por su temática, dichas baladas se sitúan también en la tradición de la Ballade alemana y la ballad anglosajona, a las cuales se las describe como “composición narrativa en verso, de carácter lírico-épico y generalmente de contenido histórico o legendario” (Hess, Siebenmann & Stegmann, 2003: 22).33 La tradición equivalente en español, la del romance, con su fondo “heroico y caballeresco” y su tendencia a representar “la vida histórica nacional” (Menéndez Pidal, 1973: 377), constituye asimismo una fuente plausible de las primeras incursiones líricas de Aurelio Arturo.
En efecto, el héroe de “Balada de Juan de la Cruz” ha sido identificado con Juan de la Cruz Varela (1902-1984),34 a la sazón un joven líder campesino de la región del Sumapaz, al sur de Bogotá, que comenzaba a organizar a finales de la década del veinte grupos de labriegos en torno a la reivindicación del derecho a la tierra (Romero y Varela, 2007: 271). Lorenzo Jiménez, el narrador del poema homónimo que está dispuesto a encarar en el campo nocturno presencias alevosas, podría ser el nombre de un colono cuyo solitario asentamiento cerca del río Calima en 1895 contribuyó a poblar la zona que años después se convertiría en el municipio vallecaucano del Darién, ubicado en el suroccidente del país, esto es, en la región natal del autor. Del protagonista de “Balada de Max Caparroja”, quien con honderos y arcabuceros incursiona en una vereda para raptar a una mujer, no hay señas de existencia extratextual, pero sí vuelve a aparecer en un poema posterior vinculado de manera expresa a un contexto de violencia rural: la noche de Max Caparroja –dirá un yo lírico en el elogio a la noche urbana– es aquella en la que “un viento malo sopla entre las granjas / entre ráfagas de palomas moradas” (“Amo la noche” [1964], vv. 11-12).
Tanto “Balada del combate” como “Balada de la Guerra Civil” prescinden de narradores o figuras con nombre propio; en la primera el hablante asume la vocería desde la pertenencia a un colectivo –“Alguna vez fuimos al combate” (v. 5), reza el estribillo–, en la segunda un narrador heterodiegético habla de cómo “mozos” (v. 2), “guerreros” (v. 29), “hombres” (v. 20) se matan en la comarca. “Vieja balada del nocturno caballero”, finalmente, continúa la línea de figuras campesinas solitarias al modo de la retratada en “Lorenzo Jiménez”.
Los narradores y las figuras que intervienen en estas baladas, de acuerdo con la tendencia del subgénero, hacen parte de un mundo narrado cuyas situaciones tienen que ver más con el juego externo de relaciones sociohistóricas que con circunstancias relativas al individuo y a su mundo psíquico interior. Mientras que unas veces, como en el caso de Juan de la Cruz, estos sucesos de corte sociohistórico disponen de un referente concreto en el mundo fáctico, en otras ocasiones la correspondencia queda sin establecer. Dicha indeterminación en un poema como “Balada de la Guerra Civil” lleva a decir a Rafael Humberto Moreno-Durán, uno de los pocos críticos que en cierta medida se ocupa de los poemas de juventud arturianos, que “La guerra [...] es aquí un elemento abstracto, de valor genérico” (2003b: 445), cuya presencia en el poema estaría en función del “clamor contra el enfrentamiento fratricida, inherente a nuestra condición, por encima de causas y partidos” (444). Sin embargo, más allá de si efectivamente el poema se deja leer como clamor antibélico –lo cual no queda muy claro ante versos que hablan de cómo “sobrecoge la grandiosidad / de los pelotones de nubes grises que chocan a ras de tierra” (vv. 48-49)–, poemas de la misma época que no pertenecen al ciclo de las baladas activan el marco contextual de la Revolución rusa así como el de sus ecos sociales en los conflictos locales de los años veinte y, por tanto, tornan cuestionable la idea de una mención “abstracta” y “genérica” –esto es: ahistórica– de la guerra. “El grito de las antorchas” (1928), por ejemplo, es un himno que usa la palabra “Lenin” (v. 31) como símbolo de entendimiento universal y que celebra a los “Hombres nuevos surgidos del yunque” (v. 5), a la “turba regida por un sistema planetario de ideas” (v. 9) y encargada de fundar ciudades “sin cúpulas” (v. 16) más allá de las diferencias de raza y de lengua. En la misma línea celebratoria del hombre nuevo se encuentra “Canto a los constructores de caminos” (1929), una oda que –en pleno lustro de huelgas de trabajadores del ferrocarril– encomia a quienes le hacen caminos a la tierra y encarnan así la transformación física y política: “Yo os canto selva humana que avanza, / vanguardia de la generación de robles” (vv. 7-8).
“Generación de robles”, “selva humana”, “constructores de caminos”, “turba”, “hombres nuevos” son sememas que delatan el protagonismo de un sujeto colectivo. Esto tiene lugar en relación no solo con las figuras del mundo narrado, sino también con el narrador mismo, quien en algunas ocasiones ejerce la narración desde la pertenencia a un nosotros (cf. “El grito de las antorchas”, “Canto a los constructores de caminos”, “Balada del combate”, “Sueño”, “Ésta es la tierra”). Incluso las figuras individuales de ciertas baladas se integran al relieve de lo colectivo al conformar, desde el punto de vista de la subjetividad que estructura el conjunto de poemas de juventud, una multiplicidad de mediaciones. Y, aunque el hablante individual en la forma del narrador autodiegético también está presente (cf. “Entre la multitud”, “Noche oscura”, “La isla de piel rosada”, “Poemas del silencio [I]”, “El alba”), su presencia es apenas una parte del abanico amplio de modalidades que abarca al ya mencionado narrador plural, pero también al narrador heterodiegético (cf. “La vela”, “Balada de la Guerra Civil”, “Mendigos”, “Muertos”) y al dialogante (cf. “La voz del pequeño”).
De acuerdo con lo anterior, esto es, de acuerdo con el hecho de que las instancias de mediación tienden a autocomprenderse en términos de la pertenencia a un grupo, cabe decir que la subjetividad que se expresa en esta serie de poemas es una subjetividad colectiva. Peter Zima (2000), en su apropiación de la terminología de Greimas, la denominaría un actante supraindividual, es decir, un sujeto colectivo que funge como actor sociohistórico y que se diferencia del sujeto individual (verbigracia, el héroe) y de los sujetos infraindividuales (por ejemplo, el ello y el superego freudianos) con los que sin embargo interactúa (2000: 9-13). La clase, el partido, la familia son ejemplos de tales entidades supraindividuales. La subjetividad colectiva de los primeros poemas arturianos no tiene perfiles institucionales, pero sí se define de acuerdo con ciertas posturas ideológicas y estéticas. En los siguientes apartados expongo cuáles son tales posturas y el tipo de relación que sostienen con el espacio exterior representado en los poemas.
El contexto histórico-literario (I): modernización, americanismo
La modernización en los años veinte
A propósito de la segunda mitad de la década del veinte, el sociólogo colombiano Darío Mesa dice que “Nunca ha tenido el país un desarrollo moderno más rápido que el experimentado de 1925 a 1929” (Mesa, 1957: 22, citado por Jaramillo Vélez, 1994: 52). La principal causa del cambio es el abundante ingreso de capital a las arcas del Estado colombiano –por concepto de la exportación de café, la indemnización estadounidense por la pérdida de Panamá y el acceso a crédito extranjero–, así como la correspondiente inversión en infraestructura, sobre todo en carreteras y ferrocarriles.
Dicho “desarrollo moderno”, dicha modernización, es identificable en los siguientes elementos que enumera Hubert Pöppel en su investigación sobre la poesía de los años veinte en Colombia:
industrialización, formación de un proletariado, economía de exportación, urbanización, racionalización del Estado y del aparato financiero bajo Ospina,35 así como el papel modificado de la Iglesia en lo relacionado con la ocupación de los cargos oficiales más importantes (2000: 23).
Sin embargo, al mismo tiempo Colombia sigue siendo un país profundamente premoderno, donde, por ejemplo, la Iglesia tiene el control de la educación pública, solo entre el veinte y el treinta por ciento de los colombianos sabe leer y escribir y las tres cuartas partes de la población residen en el campo. A esta mezcla de transformaciones sociales y supervivencia de viejas instituciones y tradiciones la denomina Hubert Pöppel (2000: 20) “modernización parcial”.
Con la década del veinte se asiste al nacimiento de la clase obrera propiamente dicha, así como al auge de las ideas socialistas en Colombia (cf. Urrutia, 1982: 182). Más consolidación que nacimiento, el proceso es consecuencia de la modernización parcial. El sindicalismo petrolero y bananero, así como el del sector del transporte, se perfila como el más activo y el de mayor resonancia política. En 1918 hay una huelga de los trabajadores portuarios de Santa Marta, Cartagena y Barranquilla; y un año después tiene lugar otra protesta por parte de los trabajadores ferroviarios de Cundinamarca (Melo, 1991a: 88). La táctica se repite a lo largo de la década. Tres de las más célebres huelgas son las que ocurren durante 1924 y 1927 en Barrancabermeja contra la Tropical Oil Co. y durante 1928 en Ciénaga contra la United Fruit Co., conocida, por su desenlace, como la Masacre de las Bananeras. Junto con el rasgo antiimperialista, interesa destacar el papel representativo de los sindicatos del ferrocarril y el entorno modernizador que acaparaba su mano de obra: “la expansión ferrocarrilera fue ciertamente excepcional: entre 1922 y 1934 se duplicaron los kilómetros en uso de la red ferroviaria […]” (Bejarano, 1982: 37). Es la época, además, en que se fundan los partidos inspirados en el socialismo –Partido Socialista en 1919, Confederación Nacional Obrera en 1926 (Melo, 1991a: 97)– y en que el adjetivo “bolchevique”, ora como anatema, ora como enaltecimiento, aumenta su frecuencia de aparición, incluso en los decretos (cf. Tirado Mejía, 1991: 137). Recién había tenido lugar la Revolución rusa, poco después, en 1924, ocurría la muerte de Lenin y las obras de pensadores marxistas empezaban a poblar el vecindario americano.
La simpatía de Aurelio Arturo por la modernización y por el auge de las ideas socialistas se manifiesta respectivamente en los poemas “Canto a los constructores de caminos” y “El grito de las antorchas”. A propósito del primero cabe recordar que, por la época, “en todas partes se publicaban poemas dedicados a las carreteras, a los trenes y al progreso” (Pöppel, 1994: 19);36 “El grito de las antorchas”, según se dijo más arriba, es por su parte un himno de clara inspiración leninista. A partir de estos dos poemas gana un primer perfil la subjetividad colectiva estructurante de la mediación como una subjetividad afín al cambio político y al progreso material.
Al respecto conviene mencionar dos detalles. Si bien de la obra lírica desaparecen en lo sucesivo tanto el entusiasmo socialista como el saludo a la modernización, un breve artículo de 1952 testimonia la pervivencia de la simpatía arturiana por la modernización en general y sobre todo por la del campo. Este primer detalle no es irrelevante a la luz del éxito de la hipótesis idílica en la recepción de la obra de Aurelio Arturo. El artículo se titula “Del arado al tractor” (2003 [1952]: 249-251)37 y expone sintéticamente la evolución de la agricultura en Occidente. El autor describe el paso del arado primitivo al arado por medio de animales y llama la atención sobre la revolución que significó a comienzos del siglo XIX la introducción de máquinas para poner a producir el campo, revolución que, se lamenta, no ha alcanzado plenamente las prácticas económicas del país. Los párrafos finales traslucen la actitud afirmativa ante la tecnificación de la agricultura:
Pero desgraciadamente, este progreso maravilloso, que en pocos años superó al alcanzado en los cinco mil años anteriores, no cuenta sino para unos pocos países afortunados; fuera de éstos, el paisaje sigue tranquilo e improductivo y el hombre se inclina penosamente sobre el arado egipcio, o sigue la pesada marcha de la yunta de bueyes, símbolo de la pesadez y lentitud de la faena.
Pero, naturalmente, debemos alimentar la esperanza de que este estado de cosas no durará por siglos. La esperanza que en ello pongamos no se basa en el vacío, puesto que sabemos que los instrumentos de transformación han sido ya ideados y están activos en países más afortunados que el nuestro. Y además, que ya han hecho su aparición en el paisaje colombiano, aunque de manera aislada, y no en la extensión cuantitativa que sería de desearse (Arturo, 1952: 17).
El segundo detalle concierne al poema “Canto a los constructores de caminos”. Se trata del único poema de juventud arturiano que todavía en 1951 sigue siendo publicado con consentimiento del autor. La razón de la larga vigencia radica probablemente en que en el poema se nombra un espacio que a la postre se reveló para el poeta y para su poesía menos efímero que el de la ciudad futura de la utopía. En efecto, junto con el camino construido aparece aquello contra lo cual él mismo constituye una victoria provisional: “Os canto librando la batalla contra la tierra oscura, / que a todos devorará con ansia [...]” (vv. 12-13, énfasis mío). Se trata de la tierra en calidad de recinto simbólico de la muerte, espacio donde los muertos reposan. Entendida como destino de todo mortal es en realidad solo uno de los aspectos del arquetipo de la madre tierra, el cual envuelve no solo el final, sino también el comienzo de la vida y los incluye a ambos en un ciclo más amplio y totalizante de regeneración incansable (cf. Eliade, 1970: 225). Pero esta condición arquetípica estará sobre todo presente en los poemas de la segunda fase creativa. Por ahora interesa notar que la tierra es el modo en que el narrador designa el espacio donde se trazan las huellas de la modernización, esto es, los caminos. La tierra es aquello que tiene ante sí la subjetividad modernizadora.
Ahora bien, la tierra en su connotación de devoradora de hombres resulta tanto más llamativa por cuanto que la tematización se produce en el contexto de una retórica tributaria del progreso, a partir de la cual parecería más fácil la celebración unívoca de las acciones heroicas, victoriosas por sobre la naturaleza y la historia, que el recuerdo de la provisionalidad de los héroes y de sus heroísmos. ¿De dónde, entonces, el coto a los amagos entusiastas de modernolatría? En los poemas de juventud la tierra no es solo el espacio que la subjetividad procura transformar con su acción real (“Espacio –reza una definición en los estudios culturales– es aquella extensión fuera de nosotros a través de la cual moverse a sí mismo o mover algo más significa ‘esfuerzo y trabajo’”; Böhme, 2005: XVI),38 la tierra es al mismo tiempo el objeto de una fascinación estética y de su respectivo credo poetológico, como se explica a continuación.
La tierra y el arte americanos
Con el auge de las vanguardias artísticas europeas durante la década del veinte se les plantea a los autores latinoamericanos la cuestión de la identidad cultural y de la relación con la propia tradición y el paisaje circundante. Se discute entonces intensamente sobre los opuestos nacionalismo y cosmopolitismo (cf. Schwartz, 2002: 531-ss). En el ensayo “El tamaño de mi esperanza” de 1926, por ejemplo, Borges dice que “Buenos Aires, más que una ciudá [sic], es un país y hay que encontrarle la poesía y la música, y la pintura y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen” (2002 [1926]: 655); “Dejaremos de ser afrancesados, dejaremos de ser aportuguesados, germanizados, cualquier cosa, para abrasileñarnos. Yo tengo el orgullo de decir que soy un brasileño abrasileñado” proclamaba un año antes Mário de Andrade (2002 [1925]: 547). Es también la época de lo que José Miguel Oviedo denomina “el gran regionalismo americano”, esto es, aquella literatura a la que pertenecen La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera, Don Segundo Sombra (1926) de Ricardo Güiraldes y, entre otras novelas, Doña Bárbara (1929) de Rómulo Gallegos. Se trata de “una literatura –dice Oviedo– que tiene el sabor propio y el perfil peculiar de la región o cultura de la cual surge y a la cual interpreta: la selva, la pampa, el llano, el Ande, etcétera. Su conflicto básico es el del hombre en pugna con un medio físico indómito y fascinante [...]” (2001: 226).
A tono con este ambiente, Aurelio Arturo concede en 1929 una entrevista para la sección “El ideario de la nueva generación” del Suplemento Literario Ilustrado de El Espectador. Como su nombre lo indica, la sección recogía las opiniones que las jóvenes figuras del panorama intelectual colombiano tenían sobre temas de actualidad cultural y política. Aurelio Arturo ofrece una opinión sobre las vanguardias europeas y fija a continuación su posición en el debate sobre las identidades nacionales y artísticas, por aquel entonces, como se dijo, en otro de sus cíclicos auges:
Las nuevas generaciones europeas que fueron a la guerra sin conocer la vida, trajeron de las trincheras un estremecimiento cuasi enfermizo, un sentido y una concepción épicos de la vida que palpita en el arte de la época. Cada escuela tenía algo de barricada, de trinchera lírica, a cuyo nutrido tiroteo huyeron en desbandada las momias venerables cuyo numen se agitara bajo los cielos de paz. El surrealismo alemán, el cubismo francés, el futurismo italiano, el creacionismo de Vicente Huidobro... aquello fue la multiplicación de los panes.
Este fenómeno, si es que fenómeno puede llamarse antes que producto lógico de una penosa experiencia, nos ha hecho presente la existencia de un espíritu americano, de un principio de conciencia continental, casi imperceptible todavía, pero suficiente para hacernos meditar antes de lanzarnos casi automáticamente a la imitación de los productos literarios de ultramar [...]. Concluyo, pues, creyendo en la posibilidad y florecimiento de un arte genuinamente americano sustentado en la tierra [...]. Somos tropicales y nuestra heredad es la faja donde la naturaleza se muestra más lujosa y espléndida, agobiada de savias y símbolos, calcinada por soles restallantes, ampollada de montañas aspérrimas [...]. Debemos, pues, reivindicar nuestro título de tropicales y deslindarlo del concepto de verbalismo que se le ha asimilado (González, 1929, citado por Cabarcas, 2003d: 80-81).
Como contrapeso a la imitación irreflexiva de la literatura europea, Aurelio Arturo trae a cuento el conocido tema del trópico como naturaleza exuberante. Versiones del motivo se encontrarán después, por ejemplo, en el escritor colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) cuando en un ensayo sobre la predominancia de la naturaleza americana por sobre la historia hable de cómo el europeo no encuentra en América un paisaje avasallado sino “un paisaje abrumador que ha devorado al hombre” (1943: 189-190); o cuando Alejo Carpentier (1904-1980) diga en la fundamentación de su idea del barroco latinoamericano que el “nuevo mundo” es barroco, entre otras razones, “por el enrevesamiento y la complejidad de su naturaleza y su vegetación, por la policromía de cuanto nos circunda, por la pulsión telúrica de los fenómenos a que estamos todavía sometidos” (2003 [1975]: 84).
Aurelio Arturo acude en su declaración a un énfasis retórico ajeno a su lírica: en sus poemas el sol no restalla ni calcina sino que “bendice” (“Ésta es la tierra”, v. 50), mientras que a las montañas, antes que como a ampollas aspérrimas, se las ve serenamente “azules” (“Canciones”, v. 9), “embellecidas de distancia” (“Paisaje”, v. 19). Pero justamente contra el peligro de la retórica tropicalista advierte el joven poeta cuando cierra la misma declaración con el llamado no solo a reivindicar el “título de tropicales”, sino también a “deslindarlo del concepto de verbalismo que se le ha asimilado”.
Este verbalismo, en el sentido de verbosidad y pompa, se había asociado a la poesía tropical a través de los poemas posmodernistas del escritor peruano José Santos Chocano (1875-1934), uno de los autores extranjeros más difundidos en las revistas colombianas de los veinte (Pöppel, 1995: 95). Su exuberancia es denunciada por José Carlos Mariátegui como falso americanismo y signo de pertenencia a la literatura colonial; atribuir autoctonía en virtud de la exuberancia, dice Mariátegui, obedece a una lógica “falsa” que desconoce el hecho de que la grandilocuencia le viene a Chocano de la literatura española y no del arte indio, el cual es “fundamentalmente sobrio” (2007 [1928]: 225-226).
Recién Pedro Henríquez Ureña había tratado la cuestión de “la expresión americana” en la conferencia “El descontento y la promesa” (1926) y en el artículo “Caminos de nuestra historia literaria” (1925). La auténtica expresión americana es en realidad una inquietud que alimenta el descontento de cada generación respecto de la anterior desde el momento en que el continente comienza a buscar su independencia, dice Henríquez Ureña. El americanismo ha ensayado varias fórmulas: la descripción de la naturaleza, la vuelta al indio, el reconocimiento del criollo, el novomundismo. La clave, sin embargo, una vez despejada la nociva ilusión del aislamiento, es “el ansia de perfección”: “no hay secreto de la expresión sino uno: trabajarla hondamente, esforzarse en hacerla pura, bajando hasta la raíz de las cosas que queremos decir; afinar, definir con ansia de perfección” (Henríquez Ureña, 1978a [1926]: 43). Y quien procure de esa manera la expresión propia difícilmente suscribirá la exuberancia –en la acepción de ignorancia, fecundidad, verbosidad o énfasis (cf. Henríquez Ureña, 1978b [1925]: 49-50)– como categoría clasificatoria de lo americano.
Cuando Aurelio Arturo aboga por un arte americano sustentado en la tierra y al mismo tiempo deslindado del verbalismo se sitúa entonces en esta línea crítica esbozada por Henríquez Ureña y Mariátegui. Adopta una militancia americanista en sintonía con “el ansia de perfección”. De ahí que su comprensión de la vanguardia europea pase también por el problema de la expresión. En la entrevista citada, en efecto, anota: “La revolución de los poetas vanguardistas no se limitó a burlarse de la tradición, de la retórica y de la gramática, burla que es justificable en muchas ocasiones, sino que persiguió en primer término la perfección del fondo y de la técnica” (González, 1929, citado por Cabarcas, 2003d: 80).
A modo de síntesis cabe decir que la tierra que la subjetividad lírica considera objeto de la acción modernizadora es también, pues, la tierra en cuanto objeto de la elaboración artística. En el presente estudio se denomina espacio telúrico al espacio exterior entendido a partir de la doble referencia modernizadora y americanista. El adjetivo designa etimológicamente la tierra según la raíz latina tellus y, si bien evoca con justeza cierta afinidad del programa estético del joven Aurelio Arturo con la militancia de las corrientes americanistas contemporáneas, no pretende situarlo dentro del telurismo propiamente dicho.39 En la medida en que dicho programa estético está proclamado más como un derrotero colectivo que como una búsqueda individual, la subjetividad lírica adquiere un contorno aún más definido por la pertenencia a un grupo. El colectivo impulsor de la modernización socialista del país es además el colectivo que aboga por un arte sustentado en la tierra.
Ahora bien, ¿cómo se sitúa la poesía de Aurelio Arturo respecto de otras manifestaciones locales del interés literario por la tierra? Para responder este interrogante, es necesario observar primero la concepción del espacio en Rafael Maya y José Eustasio Rivera, dos autores representativos de la época.
Rafael Maya y el paraje ameno (locus amoenus)
El poeta colombiano más difundido en las revistas de circulación nacional durante los años veinte es Rafael Maya (1897-1980). La dedicatoria del primer poema publicado por Aurelio Arturo en 1927, un comentario crítico de Rafael Maya en 1932 y su presencia en el jurado que le entregó a Arturo el Premio Nacional de Poesía en 1963 testimonian el vínculo editorial entre ambos autores. Maya publica en 1925 su primer libro, Mi vida en sombra, del cual el mismo autor dirá más tarde que “puede entenderse como una liturgia de la tierra” (1972: 8). Liturgia de la tierra quiere decir, para su caso, la celebración devota, y en el recurso a las formas clásicas de versificación, rigurosamente formal, del paisaje rural que conoció en la infancia payanesa.
Este paisaje guarda, según Maya, “afinidades entrañables” con el paisaje virgiliano. De ahí que en los poemas de Mi vida en sombra acuda una y otra vez al tópico virgiliano del “paraje ameno” (locus amoenus). Según informa Ernst Robert Curtius, el paraje ameno constituye, junto con la selva mixta, el paisaje ideal que Homero, Teócrito y Virgilio legan a la posteridad literaria (1993 [1954]: 200). En los dos últimos el paraje ameno es el escenario de la poesía bucólica: “[...] un fragmento de naturaleza bello y sombreado. Su composición básica consiste en un árbol (o varios), un prado y una fuente o arroyo. A ellos pueden añadirse canto de aves y flores. La versión más detallada incorpora además el soplo de viento” (Curtius, 1993 [1954]: 202).40 El Virgilio de las Bucólicas (40 a. C.) prosigue en realidad la tradición helenística del idilio campestre, el cual, en su acepción originaria, designa un subgénero épico-lírico cultivado por Teócrito (siglo III a. C.) en el que se tematiza la vida en armonía del hombre con la naturaleza mediante la figura del pastor y un paisaje idealizado.
Rafael Maya se sitúa conscientemente en esta tradición e incluye por doquier en los versos de Mi vida en sombra “campos labrados” y “floridos” (1972: 59, 48; “Vida nueva”, “Tú”), huertos amenos (21, 57; “Salutación”, “Odisea”) y jardines (18; “Volvamos al jardín”). Cuando, en cambio, se trata de cantar la naturaleza intocada, el elemento correspondiente se nombra a partir de sus cualidades bienhechoras. “La voz del agua” es un excelente ejemplo de cómo un elemento natural está retratado en la faceta que garantiza su coexistencia pacífica con el hombre (1972: 16):
Yo soy el agua azul de la montaña,
nací en un hueco del breñal salvaje
y no llevo ni espumas de coraje
ni al caminante mi cristal engaña.
No me desbordo con rugiente saña
ni a vastos mares enderezo el viaje;
sólo copio los tonos del paisaje
y sólo huertos mi corriente baña.
Y humilde y en silencio, mi destino
es ser buena y cordial; ser agua pura
a través de la hierba del camino.
[...]
La ciudad, sobre el trasfondo del interés en el idilio campestre, funciona como el opuesto ruidoso, donde la tristeza y el desengaño, a diferencia de lo que ocurre en el “campo fiel”, espantan cualquier pasión amorosa (Maya, 1972: 38; “Agreste”); le cabe, si acaso, un lugar en el espectáculo visual de una pampa lejana rodeada de sierras (1972: 24; “Clara y lenta”) o, con más distancia aún, en la memoria de un antiguo habitante con nostalgia de “herbosas calles henchidas de fragancia / colonial” (27; “Ciudad lejana”), pero es sobre todo el espacio del que conviene retirarse si lo que se busca es la “paz dichosa” (68; “La escondida senda”).
Este espacio idílico se perfilará en Maya cada vez más claramente como una crítica de la modernidad en cuanto que modernización industrial y política, y en cuanto que fractura de un orden clásico y de su respectiva unidad entre principios morales, estéticos y metafísicos. En un elogio de la poesía romántica de la Colombia decimonónica –“momento en que el genio colombiano se identifica con la historia nacional y con el paisaje nativo”–, Maya se lamenta de que “los progresos de industrialismo, la influencia de corrientes políticas y sociales” suelan traer “conceptos materialistas del hombre y de la cultura” y propaguen un “despiadado naturalismo” (1954: 280).
Uno de los poemas que mejor ejemplifica esta reacción conservadora se titula “Rosa mecánica” (1972: 201-216), incluido en el libro Después del silencio (1938). En él, el autor relata la desaparición de un mundo en el que personificaciones de la mecanización moderna –“Rosa Mecánica”, “Vara de Acero”, “Los Ruidos”– se autoelogian ante los representantes del mundo orgánico y perecedero. Después del estruendo apocalíptico, solo tienen voz “Tallo de Hierba” y “Escarabajo Azul”: “Artefactos y mecánicas / ¡todo acabó! / pero se sigue escuchando / mi rumor”, dice, en tono triunfalista, este último (1972: 216).
Esta crítica a la modernización supuso a su turno la descalificación de la modernidad poética. Todavía en la década del cuarenta Maya denuncia la irrupción del versolibrismo como síntoma del desorden del “espíritu humano”. Versos “bien medidos” solo serán posibles, vaticina, “cuando el espíritu humano retorne al orden [...]. La ortodoxia métrica significará la aceptación, por una vez más, de los fundamentos clásicos del espíritu y de las bases de justicia, libertad, orden y jerarquía en que han descansado siempre las sociedades” (citado por Jiménez, 1989: 22).
En la mención del “orden” y la “jerarquía”, Maya no oculta lo que Gutiérrez Girardot denomina “su fidelidad al mundo señorial” (1982: 508). Esta fidelidad, así como los poemas, las formulaciones poetológicas y la orientación política de Maya distan considerablemente de lo que ocupaba a Aurelio Arturo a finales de los años veinte. Un espacio transformado por el progreso, convertido, por ejemplo, en una “ciudad futura”, en modo alguno linda con el oasis bucólico de Maya. La sociedad señorial –la que le da al señor “una ventana” por donde mira “siempre la faena lejana” (1972: 69; “La senda escondida”)– es por su parte la antítesis de la ciudad sin cúpulas del poema arturiano a Lenin. La militancia estética americanista, finalmente, se proyecta en una dirección contraria a la de la glorificación del arte nacional decimonónico. El espacio telúrico arturiano difiere, pues, del espacio idílico presente en la obra de Rafael Maya. No obstante estas diferencias, el poema con el que Aurelio Arturo ilustra de modo más explícito dicha militancia es “Ésta es la tierra”, un poema que, como se verá, recurre a elementos idílicos.
Antes de pasar a su análisis e iluminar con él la paradoja de un idilio no señorial, conviene hacer referencia a otro espacio que en su momento también reclamaba la condición de americano y que se encuentra en las antípodas del paraje ameno: el “infierno verde” de la selva.
José Eustasio Rivera y la selva
El mismo Rafael Maya le atribuye a José Eustasio Rivera (1888-1928) el mérito de haber contribuido a que los escritores de América comenzaran a “enraizar su conciencia, su pensamiento y su pluma en las entrañas de la tierra americana” (1955: 13). Maya no tiene en mente solo a La vorágine (1924), sino también a Tierra de promisión (1921), un libro de cincuenta y cinco sonetos que le valió a Rivera, tres años antes de que publicara su célebre novela, el título de “poeta de América” (Neale Silva, 1960: 180, citado por Jiménez, 2002b: 38). El autor huilense atiza con ambas obras la discusión de los años veinte en Colombia sobre la expresión americana y nutre con ello el contexto dentro del cual Aurelio Arturo publica sus primeros poemas y declaraciones.
La naturaleza americana que retrata Rivera es la selva, esto es, el polo opuesto del idilio pastoril cantado por Maya. Su ambientación narrativa en términos de infierno verde en La vorágine pasa primero por una elaboración lírica en Tierra de promisión consistente en descripciones pictóricas de la fauna y la vegetación, así como, en menor medida, de los indígenas y del propio hablante lírico. Los lugares mencionados del espacio selvático –ríos, charcas, orillas, farallones, peñascos, madrigueras, árboles– vienen dados por los entornos inmediatos de los protagonistas, esto es, de los seres humanos y de los numerosos animales –garzas, caimanes, boas, tigres, nutrias, cóndores, águilas, entre muchos otros–.
En general, los sucesos tienen que ver con el acaecer natural del mundo de la selva con independencia de la intervención del hombre, como por ejemplo la caza entre animales. Los versos con que abre el libro hacen referencia a la acción de reflejar: “Soy un grávido río, y a la luz meridiana / ruedo bajo los ámbitos reflejando el paisaje” (Rivera, 1955 [1921]: 15). En ello se anuncia ya la predominancia de la visualidad en los versos subsiguientes. El entorno selvático pasa de manera preferente por los ojos del hablante lírico, quien, por ejemplo, dice del cielo nocturno que cabe en sus “pupilas” (1955: 48) o exclama que todo lo ve ante el horizonte divisado desde un alto (1955: 51). “Fulgor”, “resplandor”, “brillo”, son palabras que se repiten con profusión en los poemas. Esta actitud pictórica se corresponde en realidad con una concepción de lo que, como tierra de promisión, sería el auténtico espacio americano: la selva virgen, la naturaleza que permanece al margen de la existencia moderna.41
Esta selva virgen es en La vorágine “selva sádica” (Rivera, 1976 [1924]: 143). Con la novela de Rivera se instala en la literatura hispanoamericana el tópico del infierno verde, la selva como el locus terribilis en las antípodas del locus amoenus (cf. Gutiérrez Girardot, 1978: 889). El recorrido de Arturo Cova, narrador de la novela, por la naturaleza selvática de los Llanos orientales colombianos no es propiamente un paseo contemplativo: la selva “traga”, se dice una y otra vez. El ojo retratista de Tierra de promisión cede el lugar a un cuerpo febril, encarcelado y al mismo tiempo perseguido que termina sucumbiendo a las fuerzas casi mitológicas de una naturaleza representada en su aspecto violento.
Esta violencia es de doble vía: “mientras el cauchero sangra los árboles, las sanguijuelas lo sangran a él” (Rivera, 1976: 109), o, como dice un personaje: “La selva trastorna al hombre, desarrollándole los instintos más inhumanos: la crueldad invade las almas como intrincado espino, y la codicia quema como fiebre” (1976: 109). Rafael Gutiérrez Girardot interpreta dicha violencia como una de las consecuencias de la modernidad en las variantes del nihilismo y de la expansión capitalista del egoísmo y la sed de lucro (1994: 97). La selva sería entonces la representación plástica, la metáfora de semejante transformación histórica. En La vorágine de Rivera, dice Gutiérrez Girardot, “el arte supo dibujar un estado social complejo [...] sobre la larga descomposición de los países hispanoamericanos en general y de Colombia en particular” (1994: 100).
La selva como paisaje virginal ajeno a la modernidad, o como escenario de la violencia social que resulta de las dinámicas de esta misma modernidad, configuran el extremo opuesto al paraje ameno del idilio pastoril y señorial ensalzado en los poemas de Rafael Maya. Entre ambos polos de denotación del espacio –el espacio selvático y el espacio idílico– hay que situar los intentos arturianos de representar el espacio telúrico, esto es, de hacer poemas “sustentados en la tierra”. Del espacio idílico, puede anticiparse, Aurelio Arturo toma un topos que le permite dignificar la tierra americana, más allá de que las referencias a las guerras civiles y a las correrías no siempre pacíficas de personajes rurales den cuenta de un espacio muy poco propicio para la idealización bucólica, y más allá de que el entusiasmo socialista dé poca cabida a la nostalgia por la sociedad señorial. Por el contrario, tanto la selva virgen premoderna como la selva de la violencia moderna quedan descartadas de la representación del espacio telúrico. Ambas carecen de interés para un autor en cuyos primeros poemas es ya perceptible no solo la simpatía con los incipientes procesos de modernización, sino también la adhesión a utopías deudoras de la creencia en el progreso.
Análisis del poema “Ésta es la tierra” (1929)
“Ésta es la tierra”
A Tulio
| (I) | Ésta es la tierra en que hemos sido felices. | (1) |
| Ésta es la tierra en que hemos sufrido. | (2) | |
| Aquí muchas veces lloramos | (3) | |
| sin lágrimas, hondamente, y soñamos | (4) | |
| dulces sueños. | (5) | |
| (II) | Aquí laboriosas, irradiantes | (6) |
| mañanas hemos pasado. | (7) | |
| Con un cantar en los labios, | (8) | |
| con una azada en las manos, | (9) | |
| y un buen afán en el corazón iluminado. | (10) | |
| (III) | Aquí con alegres camaradas, | (11) |
| reímos, y fuimos locos por los caminos, | (12) | |
| y hablamos con cordiales palabras | (13) | |
| y tomamos, tal vez en exceso, copas de alegres vinos. | (14) | |
| (IV) | Aquí con gráciles mozas, de voces sensuales, | (15) |
| supimos ser jóvenes –los días eran reinos–, | (16) | |
| y decir un canto, una fácil palabra de emoción. | (17) | |
| (V) | Aquí gritamos mucho, y en fulgurantes caballos | (18) |
| atravesamos los plantíos, y las noches | (19) | |
| en una rápida aventura, interrumpida | (20) | |
| por ventanas florecidas en granjas distantes, | (21) | |
| o con ríos que salen al paso, o mastines insomnes. | (22) | |
| (VI) | Aquí las noches fueron santas. | (23) |
| Aquí las noches fueron rojas. | (24) | |
| (VII) | Aquí fueron las noches palacios estremecidos | (25) |
| por la música fibrosa de las guitarras. | (26) | |
| Aquí los días fueron talleres, hachas y bosques. | (27) | |
| Aquí huyeron los días como potros, | (28) | |
| y se agotaron las noches como copas | (29) | |
| llenas de néctares y estrellas. | (30) | |
| (VIII) | Ésta es la tierra en que mi pueblo | (31) |
| gozó, luchó, sufrió y fue obstinado. | (32) | |
| Aquí fue bárbara mi raza | (33) | |
| defendiendo su ensueño y su derecho. | (34) | |
| Aquí mi raza fue magnánima, | (35) | |
| y fue sobria, sufrida y bondadosa. | (36) | |
| (IX) | Ésta es la tierra en que mi padre soñó. | (37) |
| Aquí Jacobo, Estéfano y Raúl suaves hermanos míos, | (38) | |
| conmigo soñaron y amaron una misma ilusión. | (39) | |
| (X) | Aquí aromó mi adolescencia y mi corazón, | (40) |
| para siempre, una alta mujer, | (41) | |
| como una palma más en mi país de palmas, | (42) | |
| de aves resplandecientes y aire vibrador. | (43) | |
| Aquí he luchado, aquí he sido iluso, | (44) | |
| y he sembrado mi canto en los vientos. | (45) | |
| (XI) | Aquí aprendí a amar los sueños –los dulces sueños– | (46) |
| sobre todas las cosas de la tierra. | (47) | |
| Ésta es la tierra oscura que ama mi corazón. | (48) | |
| Ésta es la tierra en que quiero morir, | (49) | |
| bajo la espada del sol que todo lo bendice. | (50) |
El poema se publica el 14 de diciembre de 1929 en el semanario cultural El Gráfico. Cuatro meses antes, el 18 de agosto, había aparecido la entrevista ya citada que Tulio González le hizo a Aurelio Arturo. Que el nombre de pila del entrevistador y amigo de Aurelio Arturo figure en la dedicatoria y que mediante dicha mención el poema se vincule textualmente a las opiniones expresadas en la entrevista es un detalle que llama la atención sobre el marco de referencia dentro del cual es preciso leer este poema, a saber, la variante telúrica de un americanismo político y poetológico. Este americanismo retoma y refunde en este poema en concreto elementos de la tradición literaria antigua del idilio.42 Dentro del contexto hispanoamericano, este idilio fue cultivado directamente en sus fuentes clásicas por Andrés Bello (1781-1865). Por su parte, Miguel Antonio Caro (1843-1909), Luis María Mora (1869-1936) y, entre otros, el ya citado Rafael Maya (1897-1980) hicieron lo mismo en el ámbito nacional, con particular ahínco en las décadas inmediatamente anteriores a la escritura del poema en cuestión.43
Estructura
Las once estrofas que componen el poema se estructuran en dos bloques. En el primero (estrofas I-VII), un narrador plural –que habla desde la pertenencia a un nosotros– señala repetida y enfáticamente una tierra en la cual han tenido lugar hechos propios de una vida activa, comunitaria y placentera en el campo. Mientras que la tierra es designada como presente, es decir, constituye el espacio en el cual se sitúa el acto narrativo –lo que Dennerlein denomina “espacio de la narración” (Erzählraum)–, los sucesos que en ella han tenido lugar son referidos de manera retrospectiva. Dichos sucesos son el trabajo, el esparcimiento en paseos y fiestas y el erotismo, y están organizados en la secuencia apenas insinuada del transcurso del día: de las “irradiantes / mañanas” (v. 6) se llega a “las noches” (v. 19).
El segundo bloque (estrofas VIII-XI) mantiene la referencia constante a la tierra, pero con dos significativas variaciones: por un lado, el narrador plural da paso a un narrador singular; por otro, los sucesos relatados entran a formar parte de una secuencia temporal que desborda los márgenes de la vida de la generación actual. Esta secuencia temporal involucra a los antepasados (VIII), la infancia (XI), la adolescencia (X), pasa por el presente de un amor a la tierra –“Ésta es la tierra oscura que ama mi corazón” (v. 48)– y se prolonga hasta el anuncio de la muerte por venir (v. 49). Mientras que en las primeras estrofas aparece el recuerdo de los sucesos que nutren apenas una porción de la vida del colectivo –días o, a lo sumo, años, ajenos por demás a una sucesión cronológica o a la participación en un proceso–, en el segundo bloque es la historia del colectivo en su totalidad temporal la que transcurre situada en el mismo espacio. La continuidad entre uno y otro bloque la da la invariante espacial, la cual, lejos de desempeñar la función del telón de fondo, es objeto explícito de denotación.
El cronotopo idílico
Precisamente la unidad de lugar, entendida como “la vinculación de la vida de las generaciones a un determinado lugar” es, según Mijaíl Bajtín, uno de los rasgos comunes a los diferentes tipos de idilio que han aparecido desde la Antigüedad (1991: 376). A esta unidad, que, como tal, exige la sujeción del tiempo a una estructura cíclica, se suman como segundo y tercer rasgo la circunscripción a realidades fundamentales de la vida –“el amor, el nacimiento, la muerte, el matrimonio, el trabajo, la comida y la bebida, las edades”, sin referencia a los acontecimientos cotidianos que dotan de singularidad la existencia histórica– y la combinación de estas realidades con las de la naturaleza mediante la asimilación de los ritmos propios de unas y otras (1991: 377).
Bajtín propone esta caracterización en un estudio sobre el cronotopo idílico en la novela, donde el cronotopo es la conceptualización de “la conexión esencial de relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la literatura” (1991: 237), y la variante idílica es la materialización de dicha conexión en el subgénero del idilio. Aunque el campo de interés de Bajtín es la narrativa, los rasgos mencionados describen también el poema de Aurelio Arturo (poema que, a fin de cuentas, analizo con un enfoque narratológico). Otros rasgos definitorios son la autorreferencialidad del género –perceptible en el relato de las competiciones pastorales de canto– y la motivación crítica respecto de la civilización (cf. Kühnel & Holmes, 2007: 340).
Bajtín identifica las relaciones espacio-temporales en el idilio de acuerdo con su posición respecto de lo que él denomina el tiempo folclórico. El tiempo folclórico es aquel que se corresponde con el “primitivo estadio agrícola de evolución de la sociedad humana” (1991: 357). Es un tiempo colectivo –donde la circunscripción a acontecimientos de la vida en comunidad no da aún cabida al “tiempo interior de la vida individual” (358)–; es un tiempo de labor –que como tal se mide de acuerdo con el trabajo agrícola y sus fases– y de crecimiento productivo –cuyo paso no es destrucción ni disminución, sino multiplicación y florecimiento–; es además un tiempo de máxima orientación hacia el futuro; es un tiempo unitario –dentro del cual la esfera del individuo coincide con la de la historia–; es también un tiempo de dinámica adherente –en cuyo movimiento se integran todos los elementos con igual participación y sin la posterior desintegración entre temas y trasfondos–; es, asimismo, un tiempo “profundamente espacial y concreto” que “no está separado de la tierra y de la naturaleza” y que integra la vida humana a su misma condición terrestre;44 y es, por último –y aquí habla Bajtín de “rasgo decisivo”–, un tiempo cíclico: “El sello del carácter cíclico, y, por lo tanto, el de la repetitividad cíclica, se halla en todos los acontecimientos de ese tiempo. Su tendencia hacia adelante viene frenada por el ciclo” (1991: 361). El tiempo del idilio comparte este rasgo cíclico. El guion que se encuentra en la base de la secuencia narrativa en el poema de Aurelio Arturo es, pues, el del ciclo.
Tiempo cíclico y tiempo histórico
En ambos bloques del poema, en efecto, es posible advertir un tiempo cíclico. Ya la primera estrofa anticipa una estructura circular cuando a la dualidad /felicidad/ y /sufrimiento/ sucede la contrapuesta del /llanto/ y el /dulce sueño/. El ciclo de este primer bloque es, como recién se dijo, el del día y la noche. Los versos que lo cierran retoman ambos momentos, ya en un solo movimiento y después de cumplido el período: “Aquí los días fueron talleres, hachas y bosques. / Aquí huyeron los días como potros, / y se agotaron las noches como copas / llenas de néctares y estrellas” (vv. 27-30). El relato se ciñe a una secuencia en la que hechos y sucesos siguen sin mayores desviaciones el patrón idílico esperado, no solo por la ciclicidad misma –en todo caso tenue–, sino por lo que hay en ella: vida colectiva elemental e idealizada. El “buen afán en el corazón iluminado” (v. 10), los “alegres camaradas” (v. 11), los también “alegres vinos” (v. 14), las “gráciles mozas” (v. 15), los “fulgurantes caballos” (v. 18), entre otras presencias, perfilan sin ambigüedad una atmósfera de placidez. Por otra parte, una de las isotopías más presentes es la de la expresión lingüística: “cantar en los labios” (v. 8), “cordiales” y “fáciles” palabras (vv. 13, 17), “voces sensuales” (v. 15), gritos (v. 18). En ello, el poema sigue siendo fiel a la autorreferencialidad de la tradición idílica de pastores cantores.
El carácter cíclico del tiempo en el segundo bloque viene dado por la continuidad espacial de la vida de las generaciones. Realidades que en principio deberían resaltar el componente irreversible del paso del tiempo, como son la de la muerte de los antepasados y la del nacimiento de los descendientes, aparecen contiguas en virtud de la unidad de lugar y terminan contribuyendo a la cristalización de un tiempo unitario:
La unidad de lugar disminuye y debilita todas las fronteras temporales entre las vidas individuales y las diferentes fases de la vida misma. La unidad del tiempo acerca y une la cuna y la tumba (el mismo rinconcito, la misma tierra), la niñez y la vejez (el mismo boscaje, el mismo arroyo, los mismos tilos, la misma casa), la vida de las diferentes generaciones que han vivido en el mismo lugar, en las mismas condiciones, y han visto lo mismo (Bajtín, 1991: 376-377).
La unidad de este tiempo viene acentuada en el poema a partir de la pervivencia, a lo largo de las generaciones, de la esperanza en la realización de un ideal. La isotopía del anhelo es el recurso desplegado en las cuatro últimas estrofas. El hablante lírico apela en efecto al “ensueño” de su pueblo y de su raza (v. 34), al padre que “soñó” (v. 37) y a los hermanos que “soñaron y amaron una misma ilusión” (v. 39, énfasis mío); a su vez, dice de sí mismo: “aquí he sido iluso” (v. 44, énfasis mío) y “Aquí aprendí a amar los sueños –los dulces sueños– / sobre todas las cosas de la tierra” (vv. 46-47, énfasis mío). Esta comunidad del sueño recuerda el verso contemporáneo “Yo he soñado en fundar una gran ciudad sin cúpulas” (“El grito de las antorchas”, v. 16). En efecto, la connotación ideológica asoma en el semema “alegres camaradas” (v. 11, énfasis mío) y en la declaración “Aquí las noches fueron rojas” (v. 24, énfasis mío). Puede afirmarse con cierta plausibilidad que el hablante lírico activa en el sema /sueño/ –registrado por Moliner como “Cosa en cuya realización se piensa con ilusión o deseo” (2007: 2782)– los anhelos históricos de emancipación del colectivo y los sitúa como antecedentes de su actual utopía socialista.
Dicho sueño, dicha utopía supone, sin embargo, la confianza en la transformación social y en la evolución dentro del tiempo histórico. ¿Cómo se concilia en el poema la celebración del cambio histórico con el carácter circular del tiempo idílico? O, en otras palabras, ¿puede un poema en los márgenes del idilio dar expresión efectiva a un anhelo emancipador? En lo que sigue se da respuesta a estos dos interrogantes.
El campo y la ciudad
Raymond Williams ha mostrado cómo en diferentes épocas históricas la literatura pastoral apela a una antigua edad de oro o a un viejo orden tradicional como contrapartida de un desarrollo histórico presente. La nostalgia por los pretendidos valores rurales esconde no pocas veces la defensa feudal de jerarquías sociales señoriales y de ordenamientos morales represores (cf. Williams, 1973: caps. 4 y 5). José Luis Romero, por su parte, ha mostrado cómo el campo y la ciudad han dado lugar a ideologías propias contrapuestas. En su origen, la del campo es una “ideología conservadora, indiferente o acaso hostil al cambio”, la de la ciudad, a la inversa, es una ideología que lo saluda, que además ve al hombre independizado de la rutina y situado “en el camino de forjar su propio destino con la ayuda de su capacidad racional y de su voluntad” (Romero, 2002 [1978]: 347).
A la luz de lo anterior, la contradicción del joven Aurelio Arturo se puede formular como la contradicción ínsita a una militancia política y estética que acoge valores vanguardistas como el del culto al hombre nuevo (cf. “Canto a los constructores de caminos”), pero que al mismo tiempo se propone dignificar con el recurso al idilio un espacio eminentemente rural, escenario del orden cuya crisis esa misma militancia quiere acelerar. En efecto, el idilio no es el modelo literario idóneo para un registro simpatizante con los proyectos modernizadores, como ha sido señalado ya por Gutiérrez Girardot. El hispanista colombiano advierte de la contradicción que, por ejemplo, encarnó Andrés Bello quien, en el intento de legar un poema fundacional y de resolver con él el problema del “nuevo orden de las épocas” posterior a toda revolución (en este caso la de la Independencia), apela a la tradición bucólica virgiliana:
Pero el impulso utópico y, consiguientemente revolucionario, que animaba a Bello [...] se convirtió necesariamente en un impulso regresivo: lo contrario al presente reinante, el supuesto nuevo “ordo saeclorum” fuejustamenteelportador,a veces involuntario,del viejo orden feudal: el labriego, y con él, su señor. En el siglo XIX, el mundo bucólico virgiliano ya no podía ser utópico y menos aún revolucionario en el sentido de un “ordo saeclorum”; éste tenía que ser una utopía al revés, una restauración (Gutiérrez Girardot, 1978: 892).
El hablante lírico arturiano, ciertamente, no haría la invitación que hace el hablante lírico de “La agricultura de la zona tórrida” (Bello, 1979: 48): “¡Oh jóvenes naciones [...]! / honrad el campo, honrad la simple vida / del labrador, y su frugal llaneza” (vv. 351-355); la estrofa VIII de “Ésta es la tierra” celebra más bien las fuerzas combativas de la “raza” así como otros poemas celebran el tipo del guerrero rural (el caballero andante de las baladas) o el proletariado campesino. Con todo, tanto la unidad de lugar como el correspondiente tiempo cíclico que estructuran los sucesos del poema le otorgan, hasta ahora, un perfil idílico inconfundible. A continuación, paso a analizar si ocurre lo mismo con respecto a las instancias de mediación.
La individualización como acontecimiento
La distancia que el poema toma respecto del patrón idílico se hace perceptible cuando se considera el conjunto de los dos bloques. En el cambio de un narrador plural a otro singular ingresa la individualidad y con ello un principio de diferenciación ajeno al mundo del idilio comunitario. Este ingreso da paso a una consolidación gradual en el plano argumental a lo largo de todo el segundo bloque. En efecto, en las cuatro últimas estrofas el hablante lírico deja constancia de su paulatina individualización bajo la forma de progresivo desprendimiento respecto del colectivo.
Esto ocurre de la siguiente manera: el nosotros abstracto que interviene por última vez en la quinta estrofa –“Aquí gritamos mucho [...]” (v. 18)– cede el lugar en la estrofa octava a los sememas “mi pueblo” y “mi raza” (vv. 31, 33, 35, énfasis mío), ya con el posesivo de primera persona; “pueblo” y “raza”, por su parte, dan paso en la estrofa siguiente al grupo más restringido de la familia mediante las referencias a “mi padre” y a “los suaves hermanos míos” (vv. 38, 39); luego de nombrar acto seguido la comunidad, aún más reducida, con la amada (X), el hablante lírico habla de sí mismo sin mención de otras subjetividades y estrecha finalmente el radio de sus relaciones al vínculo con la tierra (vv. 44-50). De hecho, el relieve de la individualidad se eleva en la última estrofa por medio de verbos que denotan la actividad interior del sujeto: “amar” y “querer” (vv. 46, 48, 49). Incluso una fatalidad, como lo es la condición mortal del hombre, accede parcialmente al circuito de lo voluntario en el verso “Ésta es la tierra oscura en que quiero morir” (v. 49). Dicho relieve perfila al narrador como voluntad individual y lo retira de la inmersión en la experiencia colectiva.
Al guion idílico del tiempo cíclico el poema le sobrepone el guion de la individualización. Se trata de un recurso que se desvía del esquema ofrecido por el idilio. Dado que la desviación ocurre sobre todo como cambio en las características de quien narra, cabe hablar de acontecimiento en el plano de la presentación (Darbietungsereignis). Pero bien como subjetividad colectiva o bien como subjetividad individual, todo lo que se narra en el poema ocurre en relación con la “tierra”. Cerremos el presente capítulo con la descripción de la estrategia deíctica a la que apela el hablante lírico para narrar este espacio.
La deixis: aquí
La individualización de la instancia narrativa ocurre en relación con un espacio que permanece invariable a lo largo de todo el poema. No es tanto que, como es el caso para cada narración, haya un marco espacial que sirva de contenedor a los hechos y a los sucesos; se trata más bien de que todo lo que sucede es suplementario respecto del espacio, el cual ocupa el primer plano y concentra el protagonismo de la designación. No qué pasa, sino dónde pasa es la pregunta que determina el contenido y la expresión del poema. El recurso formal más ostensible es de lejos el uso anafórico del deíctico espacial “aquí”. Deíctico es también el sintagma con el que se titula el poema: “Ésta es la tierra”. Sumados, ambos encabezan casi la mitad de los cincuenta versos libres que componen el conjunto de las once estrofas, en la primera de las cuales, por ejemplo, se lee: “Ésta es la tierra en que hemos sufrido. / Aquí muchas veces lloramos” (vv. 2-3). Cabría hablar, incluso, de un “poema al aquí”, en cuanto que el adverbio figura por lo menos una vez en cada estrofa y en cuanto que en todas sus dieciséis apariciones –que constituyen por demás las dos terceras partes de las de la obra poética completa– la posición que ocupa dentro de los versos es precisamente la inicial.
Esta prelación se corresponde con el sentido de inmediatez espacial propio del adverbio. La relación entre el enunciado y la coordenada espacial de la enunciación es de completa cercanía.45 No se incurre en asociaciones peregrinas si adicionalmente se atiende a que la misma estructura fonética de la palabra contribuye al señalamiento inmediato del espacio denotado: mediante el tránsito quebrado de la apertura vocálica inicial al marcado sonido oclusivo con que irrumpe la sílaba tónica –a-quí– el deíctico proyecta en el plano sensible el anclaje del narrador a la coordenada que le da soporte.
¿Cuál es, ahora bien, el referente cuya cercanía señala tan repetidamente la deixis predominante en el poema? El espacio telúrico, esto es, la tierra americana que para el joven Aurelio Arturo significaba ante todo la franja tropical del continente americano, entendida como naturaleza digna de expresión artística. El poema mismo deja empero la referencia indeterminada en un gesto que denota, más que la apertura de lo posible, lo sobreentendido del referente. La inmediatez de esta tierra deja de ser tal en los poemas posteriores y la distancia comenzará a marcar la relación de la poesía arturiana con el espacio. En tanto que secuencia productora de individualidad, este poema anuncia no obstante el escenario donde se va a jugar la semantización de dicha relación.
***
El espacio del mundo narrado en los poemas de juventud de Aurelio Arturo es un espacio exterior predominantemente rural. Este espacio es representado en conformidad con la modernización de los años veinte en Colombia y, al mismo tiempo, como objeto de la dignificación literaria en términos de tierra americana. La designación “espacio telúrico” viene motivada por este segundo aspecto, el cual, a su turno, sitúa el proyecto poetológico arturiano en la tradicional preocupación continental por la auténtica expresión americana. La subjetividad expresada en las diversas instancias narrativas que tienen ante sí dicho espacio telúrico es una subjetividad colectiva a través de la cual se articula un proyecto político –y por tanto colectivo– de acción socialista y un proyecto estético –también grupal– de corte americanista.
El contexto literario colombiano en los años veinte le ofrece a Aurelio Arturo dos posibilidades contrapuestas de representación del espacio. La poesía de Rafael Maya se pliega a la tradición del idilio campestre y del locus amoenus mientras que los sonetos y la novela de José Eustasio Rivera tematizan la selva, virginal en un caso, escenario del locus horribilis en el otro. En el poema “Ésta es la tierra”, Aurelio Arturo toma elementos del paraje ameno del idilio y no, en cambio, del infierno selvático. El recurso al locus amoenus, que procede del interés programático en dignificar para el arte la tierra americana, choca con la militancia izquierdista que aboga por la transformación en tanto que el idilio, como en el caso de Maya, ha sido normalmente instrumento de la nostalgia conservadora por la sociedad señorial.
El tiempo cíclico y la unidad del lugar –características del cronotopo idílico– se contraponen tanto a la ideología del cambio político progresista como al cambio modernizador del espacio telúrico –por ejemplo, en la figura de la construcción de caminos–. Aurelio Arturo elude esta contradicción mediante un tercer elemento: opta por representar a nivel de la mediación la individualización de la instancia narrativa, su progresiva autonomía respecto del colectivo al que inicialmente pertenece. Con ello el poema anuncia una de las constantes de la segunda fase creativa, pues, como se verá, la relación con el espacio se ampliará en dirección de la ocupación intraindividual de la subjetividad consigo misma.
Segunda parte
Introducción
La representación del espacio, el desempeño del hablante y el contexto de la modernidad varían para la segunda etapa de creación de Aurelio Arturo. El espacio exterior que en la etapa de juventud se considera susceptible de modernizar y digno de poetizar –el espacio telúrico– no solo adquiere otras connotaciones, sino que además se convierte en apenas uno de los espacios del mundo narrado en el conjunto de las circunstancias espaciales. El hablante lírico mismo, por ejemplo, ingresa al catálogo de dichas circunstancias en la medida en que sucesos ocurridos “en su interior” comienzan a describirse mediante metáforas relativas al espacio. Que las circunstancias espaciales se amplíen con nuevos elementos tiene su correlato justamente en el hecho de que el hablante lírico intensifique la atención sobre sí mismo: la subjetividad colectiva en su condición de actor sociohistórico cede el lugar a una subjetividad introspectiva interesada sobre todo en su constitución individual.
De tales variaciones se sigue que tanto la representación del espacio como el desempeño del hablante ganan en complejidad, pero, además, se sigue que el entretejimiento entre lo uno y lo otro se acentúa. Por otra parte, los fenómenos de la modernidad social y literaria en las décadas del treinta al cincuenta se modifican, como es apenas natural, respecto de la modernización parcial y el americanismo de los años veinte que permearon los poemas de juventud.
Con el fin de corresponder en el análisis a la mencionada complejidad y al mencionado entretejimiento, es necesario ampliar el instrumentario conceptual que demanda la descripción de la representación del espacio y del desempeño del hablante. Para los fenómenos espaciales recurro a conceptos de la fenomenología (en el acápite “El espacio vivido”) y de la teoría de la imaginación poética de Gaston Bachelard (en los apartados “El espacio imaginado” y “El espacio metafórico”).
Con el concepto de espacio vivido procuro una categoría que dé cuenta de la variedad de la experiencia humana del espacio, la cual, según la fenomenología, no se agota en el modelo cognitivo del contenedor. La existencia es espacial y a esa espacialidad corresponden, pues, espacios vividos. Pero la subjetividad no solo vive los espacios, también los imagina. Con el concepto de espacio imaginado, como tercero, sintetizo el examen que Bachelard hace en su Poétique de l’espace de la dinámica de la imaginación espacial para ponerlo posteriormente al servicio del esclarecimiento de ciertas imágenes literarias del espacio presentes en los poemas arturianos. Cómo estas imágenes contribuyen a la representación metafórica de la subjetividad, procedimiento propio de dichos poemas, es el tema bachelardiano que, finalmente, abordo bajo la rúbrica de “El espacio metafórico”.
Para darle contornos descriptivos al ámbito que se abre con el desempeño introspectivo del hablante acudo a conceptos de la poética idealista (Hegel, Adorno) y de la psicología profunda (C. G. Jung). En el primer caso, el concepto desarrollado en “La subjetividad lírica” permite perfilar la interioridad en contraste con el mundo exterior; con el concepto de inconsciente, en el segundo, puede delimitarse el conjunto específico de contenidos psíquicos que acaparan la atención del hablante (“La interioridad como el inconsciente”). Tras estos dos apartados, todo el capítulo dedicado a la subjetividad finaliza en “El yo y el tú líricos”, con la precisión en torno al significado de llamar “yo lírico” a dicho hablante y en torno a su relación con las categorías de autor abstracto y tú lírico.
En cuanto al contexto histórico-literario entre los años treinta y cincuenta, destaco sobre todo el fenómeno sociológico de la diferenciación social. Después de mostrar la sintonía de la conducta introspectiva en la poesía arturiana con lo que la historia de las mentalidades registra a partir de la década del treinta (“El ethos introspectivo”), me sirvo en efecto de las categorías sociológicas de diferenciación y autonomización (“Diferenciación y autonomía en la República Liberal”) para traer a la luz ciertas características de la poesía canónica local que Aurelio Arturo tiene a su alrededor durante su segunda fase de creación. Los poemas y las poéticas de Eduardo Carranza (“La autonomía literaria en los años cuarenta y Piedra y Cielo”; “Características del piedracielismo”; “Eduardo Carranza: identificación entre el autor empírico y el hablante”) y de Jorge Gaitán Durán (“El grupo en torno a la revista Mito y la autonomía”; “Jorge Gaitán Durán: la búsqueda de la eficacia”) son puntos de referencia que permitirán perfilar, ya después del análisis de los poemas, la manera en que la obra arturiana integra la problemática moderna de la autonomía artística.
El espacio (II)
El espacio vivido
El espacio vivido (der gelebte Raum) se define como aquel que “se abre a la vida humana concreta” (Bollnow, 1963: 18).46 Se trata de un espacio que se diferencia claramente del espacio matemático tridimensional en la medida en que no constituye una idealización abstracta, sino que se experimenta de manera inmediata en la riqueza de relaciones vitales con el mundo. Según Bollnow, la característica básica del espacio matemático es la homogeneidad, lo cual significa que ningún punto se diferencia de otro, así como tampoco ninguna dirección se diferencia de otra: cualquier punto y cualquier dirección pueden asumir, respectivamente, el origen y el eje del sistema de coordenadas.
En el espacio vivido, en cambio, Bollnow identifica lo siguiente: (1) un “destacado punto medio” (ausgezeichnete[r] Mittelpunkt) que se corresponde con el lugar ocupado por el sujeto viviente; (2) un “destacado sistema de ejes” (ausgezeichnetes Achsensystem) que se corresponde con la postura erguida del cuerpo humano y su sujeción a la fuerza de gravedad; (3) la estructuración en “zonas y lugares” (Gegenden und Orte) cualitativamente diferentes; (4) “marcadas fronteras” (ausgeprägte Grenzen) en un conjunto plagado de discontinuidades, en lugar de “tránsitos fluidos” (fließende Übergänge) entre las diferentes regiones; (5) una finitud cerrada inicial que solo posteriormente puede desvanecerse en una amplitud infinita; (6) acentos valorativos de acuerdo con el estímulo o con la circunscripción al comportamiento vital; (7) lugares cargados de significado para el ser humano; y, finalmente, (8) un vínculo concreto del espacio con el ser humano, “pues el uno no se puede separar en absoluto del otro [denn beides ist voneinander gar nicht zu trennen]” (Bollnow, 1963: 17-18).
De acuerdo con Bernhard Waldenfels, el contexto en el que gana relieve este espacio vivido es el surgimiento, en el tránsito del siglo XIX al siglo XX, de un tercer paradigma topológico dentro del pensamiento occidental. Para la Antigüedad griega, la concepción del espacio viene determinada por la idea del cosmos entendido como “lugar común” (Gemeinort) de los seres vivos y de los elementos (Waldenfels, 2009: 15). Todo tiene su lugar natural (o tiende hacia él), incluso el ser humano, quien en un cosmos así se encuentra en casa. A este paradigma clásico lo sucede el paradigma moderno del “mundo natural cuantificable y dominable” (berechenbare und beherrschbare Naturwelt). En él se asienta el espacio matemático, en contraste con el cual Bollnow y, en general, la fenomenología, define el espacio vivido. Waldenfels describe con riqueza de detalles ilustrativos los contornos de dicho espacio moderno:
En lugar del topos social y cósmico se instala el esquema espacial vacío del spatium como un espacio intermedio entre las cosas. Surge un espacio homogéneo e isótropo en el que no se privilegian ni puntos ni direcciones. Este espacio se posa sobre las cosas como una red cuadriculada. La cercanía y la lejanía de las cosas se sustituye por la distancia relativa entre sí (distantia), y la grandeza o pequeñez cualitativas que encuentran su medida en nuestras posibilidades corporales ceden su lugar a la pura extensión (extensio). El espacio esquelético que perdió su carne cósmica asume la forma de un contenedor vacío. Nada de lo que se encuentra en ese contenedor espacial está en su lugar y nada comparte con otro ser un lugar común; todo está en alguna parte, en un sitio cualquiera, impulsado por un movimiento que se presenta como simple cambio de lugar (privado, pues, de finalidad). Diferencias cualitativas como derecha e izquierda, arriba y abajo, delante y detrás, pierden su sentido en el momento en que centros de orientación privilegiados se transforman en meros sitios en el espacio (Waldenfels, 2009: 16).47
Este espacio homogéneo, más pensable que habitable, pasa a ser, como mundo físico exterior, uno de los términos del dualismo en cuyo otro extremo se encuentra el mundo psíquico interior de “una entidad pensante, sin cuerpo [eines denkenden, körperlosen Wesens]” (Waldenfels, 2009: 17). Y es justo la corporalidad faltante en el espacio homogéneo la que constituye el punto de partida del espacio vivido, esto es, la contribución fenomenológica al cambio de paradigma topológico que empieza a producirse en diversas disciplinas a finales del siglo XIX.
Waldenfels sitúa dicha contribución en el marco del concepto husserliano del mundo de la vida (Lebenswelt). Pero quien propiamente acuña el concepto de espacio vivido es Karlfried von Dürckheim en sus Untersuchungen zum gelebten Raum (1932), donde se postula repetidamente la interdependencia entre sujeto viviente y espacio vivido. La relación entre uno y otro se da en términos de recíproca realización, dice Dürckheim. Por un lado, el espacio vivido es el lugar “en el que el hombre desplegado existe realmente, [...] en el que como sujeto personal que vive una vida se asegura y realiza vivencialmente” (Dürckheim, 2005 [1932]: 14);48 por otro, ese mismo espacio solo “se constituye bajo la participación del hombre completo y de su vida” (2005: 14).49 No se trata entonces de la coloración subjetiva de un espacio objetivo preexistente, sino más bien del vínculo actual y estructural entre el ser humano y su espacio. Estas mismas formulaciones vuelven a encontrarse en el ya citado Bollnow, quien de manera explícita ubica sus reflexiones en la línea fenomenológica de Husserl y Dürckheim.
Característica adicional del espacio vivido es su estructuración en lo que Waldenfels denomina “polaridad de lugar y espacio [Polarität von Ort und Raum]” (2009: 31 ss.). Waldenfels perfila los polos de la siguiente manera: el lugar, con todo y que puede ensancharse, no tiene partes; está además en estrecha relación con un yo “que se encuentra aquí [das sich hier befindet]” (2009: 32) y que hace del lugar un lugar ocupado; posee, aunque sea en mínima medida, un interior y, finalmente, se pliega en sí mismo sin constituir nunca una superficie plana. El espacio, por su parte, es divisible y medible y puede ser determinado desde diversos puntos de vista y de acuerdo con diversas prácticas como oficial, sagrado, cotidiano, euclidiano, riemanniano, etcétera (cf. Waldenfels, 2009: 33). Con el lugar se correspondería el cuerpo que somos (der Leib, der wir sind) mientras que con el espacio se correspondería el cuerpo que tenemos (der Körper, den wir haben) (Waldenfels, 2009: 34). Y, del mismo modo que “ambos” cuerpos son inseparables, lugar y espacio se entrecruzan y se reclaman constantemente en su diferencia.
En esta polaridad se refleja asimismo la polaridad del interior y exterior: un exceso de interior, como el que por ejemplo se expresa clínicamente en la claustrofobia, sería una experiencia espacial en la que el interior carecería de exterior, esto es, una experiencia de “carencia de espacio, en la que el lugar se contrae y pierde su entorno espacial” (Waldenfels, 2009: 56),50 mientras que un exceso agorafóbico de exterior, un exterior sin interior, equivaldría a una “carencia de lugar [...], en la que el espacio se extiende sin límite y el anclaje en el lugar se debilita” (Waldenfels, 2009: 56).51
Waldenfels también delinea la polaridad por medio de lo que él denomina la “escisión del aquí [die Spaltung des Hier]” (2009: 43), esto es, el desdoblamiento en el aquí del decir (un aquí performativo) y el aquí dicho (un aquí constatativo) en el contexto de la pregunta por el dónde. El primero es siempre nuevo, ocasional, vinculado a un ahora; el segundo, en cambio, reivindica un contenido veritativo y rebasa el aquí momentáneo a través de señalizaciones singulares como el nombre geográfico o la dirección del paradero. “Aquí en Múnich” es una respuesta que remite al aquí donde acaece la enunciación, pero también al aquí referido por el enunciado. Circunscribirse a la enunciación supone perderse en la fugacidad del instante, mientras que, de reducir el acto de habla al enunciado, no quedaría sino un simple registro desprovisto de espacio y tiempo. Así las cosas, quien responde está en su lugar y al mismo tiempo distribuido en un espacio: “Sin la necesaria tensión entre concentración en el lugar y distribución en el espacio, el aquí amenaza con volatilizarse y el espacio con solidificarse. Los correspondientes extremos se dejan caracterizar de modo enfático como lugar sin espacio y espacio sin lugar” (Waldenfels, 2009: 47).52
El espacio imaginado
Gaston Bachelard propone en su Poétique de l’espace (1957) una comprensión alternativa del espacio vivido. Partiendo ya no de la experiencia corporal, sino de la imaginación poética, Bachelard expone la manera en que ciertos espacios son imaginados por el ser humano y cómo las imágenes del espacio resultantes y consignadas en las obras literarias no se corresponden con los datos positivos de la existencia concreta ni con los de la representación propia de la geometría euclidiana. “El espacio captado por la imaginación –dice Bachelard– no puede seguir siendo el espacio indiferente abandonado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es un espacio vivido. Y es vivido, no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación” (Bachelard, 1974 [1957]: 17).53 Dichas parcialidades se manifiestan, por ejemplo, como referencia a una casa que resiste con cualidades humanas a un tiempo inclemente, o como mención de un nido perfecto que supera en confección toda técnica humana o, en fin, como descripción de una concha donde acontecen renacimientos (cf. Bachelard, 1974: 56-58, 93, 115). Los valores con que, sin ninguna base objetiva, la imaginación dota sus productos proceden de un fondo psíquico inconsciente que preexiste a toda percepción o recuerdo y que se activa (se ilumina, se pone a resonar) mediante la ensoñación (rêverie).
Este fondo –llamado en la Poétique de l’espace el dominio de lo “immémorial” o de la “primitivité” (cf. Bachelard, 1974: 25 y 45)– es lo que la psicología junguiana describe mediante los conceptos de arquetipo e inconsciente colectivo. Acudiendo en una obra anterior a una definición de Robert Desoille,54 Bachelard entiende para sí el arquetipo como aquello que resume “la experiencia ancestral del hombre ante una situación típica [...]” (1992 [1948]: 211)55 e ilustra su comprensión con el ejemplo del laberinto, una imagen a cuyos valores afectivos subyacería la situación típica de estar perdido. De modo semejante ocurre con los “valores de sueño [valeurs de songe]” (Bachelard, 1974: 34) de las imágenes de la casa, el nido y la concha: en ellas repercute una situación típica, una experiencia arquetípica determinada. De acuerdo con el campo de examen de la Poétique, se trata de la experiencia arquetípica del espacio feliz, esto es, del habitar gozoso en un espacio de intimidad.
Según Bachelard, dado que el objeto son las imágenes del espacio feliz, el estudio podría recibir el nombre de “topofilia” (topophilie). El estudio como tal, sin embargo, es un tipo especial de método fenomenológico que Bachelard denomina “fenomenología de la imaginación poética” (phénoménologie de l’imagination poétique) y que define como “un estudio del fenómeno de la imagen poética cuando la imagen emerge en la conciencia como un producto directo del corazón, del alma, del ser del hombre captado en su actualidad” (1974: 2).56 El “producto directo de corazón” hace referencia a la emanación autónoma de la subjetividad sin dependencia de la percepción –la imagen no como un objeto ni mucho menos como su sustituto, sino como una “realidad específica [réalité spécifique]” (Bachelard, 1974: 3)–; la “actualidad”, por su parte, alude a la independencia de la imagen respecto del pasado de los recuerdos biográficos o de los complejos psicoanalíticos.
Por su dedicación a la imaginación poética, el método bachelardiano no se identifica con la fenomenología de vertiente husserliana (cf. Durand, 1964: 72), más allá de que el principio fenomenológico clásico de tomar en consideración todos los aspectos con que el objeto se aparece a la conciencia no es ajeno a la Poétique de l’espace (cf. Therrien, 1970: 322). La fenomenología de la imaginación poética, ahora bien, no constituye “una descripción de fenómenos exteriores sino, sobre todo, una toma de conciencia de fenómenos psicológicos” (Therrien, 1970: 327).57 En la Poétique de l’espace estos fenómenos son ciertas imágenes del espacio con todas las arbitrariedades de la imaginación. De ahí que en el presente estudio se opte por hablar, a propósito del espacio bachelardiano, de espacio imaginado y no de espacio vivido. Ciertamente, habría razones para acuñar este último adjetivo en relación con la poética espacial delineada por Bachelard –él mismo, por ejemplo, se sirve varias veces de esta expresión (cf. Bachelard, 1974: 160, 183) y, además, su delimitación respecto de la representación euclidiana es tan enfática como la que se traza en la propuesta fenomenológica descrita en el apartado anterior–; pero, ya desde su misma concepción metodológica, la topofilia desestima la experiencia sensorial para concentrarse en la imaginación. Por espacio imaginado se entenderá, pues, el espacio representado por las imágenes que, sobre un trasfondo arquetípico, produce la imaginación autónoma.
El espacio metafórico
Además de atender a una serie de espacios que la subjetividad poética imagina y que para la representación cotidiana también cuentan como espacios –una casa, un cajón, un cofre, un armario, un nido, una concha, un rincón, entre otros–, Bachelard explora la manera en que estos espacios imaginados modelan la comprensión de la propia intimidad, la cual, ciertamente, no es una realidad espacial.
En la Poétique de l’espace, intimidad designa, en efecto, el universo psíquico del individuo con todos los recuerdos, emociones, percepciones y fantasías procedentes tanto de la vida consciente como de substratos inconscientes personales y colectivos. Bachelard habla en este sentido de “vida íntima” (vie intime) o de “nuestro ser íntimo [notre être intime]” (1974: 18, 27, 176). Pero intimidad designa también el carácter interior de los espacios cerrados que se tematizan en el estudio: los “espacios de intimidad [espaces de l’intimité]” (1974: 20). Hay, entonces, una intimidad del sujeto y una intimidad del espacio. Ahora bien, Bachelard considera que con las imágenes de los espacios de intimidad se podría estudiar –cartografiar– el mundo interior, la intimidad del sujeto. Este “estudio psicológico sistemático de los sitios de nuestra vida íntima [étude psychologique systématique des sites de notre vie intime]” recibe el nombre de “topoanálisis [topo-analyse]” (Bachelard, 1974: 27).
Desde una perspectiva topoanalítica, por ejemplo, el cofre da forma espacial al fenómeno anímico del recuerdo que quiere quedarse oculto como secreto. Si bien todas las imágenes de los espacios de intimidad se prestan para el topoanálisis, Bachelard privilegia la imagen de la casa como “instrumento de análisis del alma humana [instrument d’analyse pour l’âme humaine]” (1974: 19). Así, la imagen de una casa con desván iluminado y sótano privado de luz, para citar uno de los ejemplos que Bachelard toma de C. G. Jung, espacializa la figuración de la conciencia clara y de las oscuras emociones irracionales.
La aplicación de relaciones espaciales a contenidos que de entrada no tienen que ver con el espacio, esto es, el potencial metafórico de la representación espacial, es un fenómeno ampliamente registrado en el discurso filosófico y teórico-literario. En Sein und Zeit, por ejemplo, Heidegger llamaba la atención sobre el papel que desempeña la espacialidad de la existencia en el conocido fenómeno de la “primacía de lo espacial en la articulación de las significaciones y conceptos” (2006: 369).58 En su breve recorrido por las relaciones entre literatura y espacio, Gérard Genette, por su parte, comienza con la referencia a la espacialidad elemental del propio lenguaje, con base en la cual el juego de relaciones espaciales se muestra más apto para expresar cualquier otra relación, lo que conduce al lenguaje “a utilizar las primeras como símbolos o metáforas de las segundas, a tratar, entonces, todas las cosas en términos de espacio y, más aún, a espacializar todas las cosas” (1969: 44).59 Como tercer y último ejemplo cabría mencionar a Yuri Lotman, quien también repara en el poder metafórico de la representación espacial –influjo “de la percepción visual del mundo” y de la correspondiente asociación de los signos verbales con “objetos visibles espaciales” (Lotman, 1978: 270)– e identifica en el complejo de relaciones espaciales que dentro de una obra literaria se tejen entre ambiente, cosas y personajes –“la estructura del topos”– no solo un principio organizador, sino, sobre todo, la expresión de sentidos no espaciales (1978: 283).
El espacio, pues, se encuentra en la base de la metafórica humana. Lo que hace Bachelard con su topoanálisis no es otra cosa que explorar algunas de las configuraciones poéticas en las que, para la subjetividad en cuanto intimidad, se manifiesta la tendencia del ser humano a articular su mundo de modo espacial. Aunque Bachelard mismo no acude a la expresión “espacio metafórico”, el presente estudio la empleará cada vez que los poemas se sirvan de imágenes espaciales para representar situaciones, sucesos o acontecimientos del universo interior de la subjetividad.
Pertinencia para el análisis
Los espacios vivido, imaginado y metafórico intervienen en el análisis textual de los poemas arturianos de la segunda época en la forma de categorías descriptivas adicionales a la de espacio del mundo narrado acuñada por Dennerlein. Como se insinuó más arriba, el seguimiento a la representación del espacio en el nuevo grupo de poemas requiere categorías que describan fenómenos espaciales no circunscritos al modelo del contenedor. La referencia del yo lírico en “Canción de amor y soledad” al valle profundo en el que surge la propia voz, por ejemplo, no se dejará captar fácilmente con la idea de un entorno potencial de las figuras estructurado en interior y exterior, pues justamente el desvanecimiento de la separación entre dentro y fuera es lo que tematiza el poema. Se dejará captar con menos dificultades, en cambio, si se acude a la idea de una profundidad como dimensión espacial exclusiva, desvinculada de la anchura y la altura, en experiencia de la cual el sujeto descubre la coincidencia de su interioridad con la del mundo.
Tal es, ahora bien, la descripción que hace Minkowski (1988 [1933]) de una de las modalidades del espacio vivido. Y, de hecho, el concepto de espacio vivido, bien que bajo otras modalidades, goza de cierta popularidad en el análisis de textos literarios (cf. Bronfen, 1986; Hoffmann, 1978). No obstante, Dennerlein (2009) lo descarta como base teórica de su categoría analítica, para la cual elige más bien fundamentos de psicología evolutiva. Las reservas más relevantes de Dennerlein se resumen en que el espacio vivido limita de antemano la descripción narratológica a espacios que cuentan con la presencia de figuras y de un punto medio, lo cual no siempre es el caso en las obras literarias. Además, dado que la pregunta fenomenológica gira en torno a cómo un sujeto experimenta el espacio, es sobre todo esta experiencia y no el espacio mismo lo que en últimas termina describiéndose (cf. Dennerlein, 2009: 56).
Lo que estas reservas exponen como deficitario a la hora de querer operar con una herramienta analítica de aplicación general se revela de signo contrario para la segunda parte del presente estudio, es decir, se revela como una ampliación del potencial descriptivo en tanto que el corpus de poemas en cuestión gira en torno a la diferenciada experiencia espacial que el hablante lírico hace de sí mismo y del mundo. La ampliación involucra también la distinción entre lugar y espacio, de poca trascendencia para Dennerlein –quien define el lugar como un punto o sitio dentro del espacio–, pero determinante, por el contrario, para la consideración fenomenológica del espacio vivido.
Dennerlein también se distancia críticamente de la Poétique de l’espace bachelardiana. La objeción se dirige contra el enfoque “ahistórico” (unhistorisch) y el recurso a los “presupuestos del psicoanálisis [Annahmen der Psychoanalyse]” (Dennerlein, 2009: 54, n. 14). Ryan, por su parte, reprueba que se trate de “una meditación marcadamente personal sobre ciertas imágenes que ‘resuenan’ en la imaginación del autor [a highly personal meditation on certain images that ‘resonate’ in the imagination of the author]” (2014: párr. 18). Para Bachelard, una pesquisa planteada en términos de fenomenología de la imaginación poética supone del fenomenólogo la participación en el proceso mismo de la emergencia de la imagen, es decir, supone la renuncia a la distancia propia del observador objetivo en función de la entrega a los movimientos que desata en el lector el contacto con la imagen. En el desarrollo de la pesquisa, dicha renuncia se concreta en la forma de frecuentes referencias a las asociaciones y los ensueños que se despiertan en la subjetividad del fenomenólogo tan pronto como tiene lugar la cita o la descripción de una imagen particular. La declarada peculiaridad del método hace predecible, sin duda, la crítica por subjetivismo. Bachelard, sin embargo, introduce un criterio mediante el cual diferencia entre la recepción estrictamente personal de una imagen y la recepción en la que se produce el contacto con un substrato común intersubjetivo. Se trata de la distinción entre resonancia y repercusión:
Las resonancias se dispersan en los diferentes planos de nuestra vida en el mundo, la repercusión nos invita a una profundización de nuestra propia existencia. En la resonancia, entendemos el poema; en la repercusión, lo hablamos, es nuestro. La repercusión opera un viraje del ser. Parece como si el ser del poeta fuese nuestro ser. La multiplicidad de las resonancias procede entonces de la unidad de ser de la repercusión. Para decirlo de una manera más simple, tocamos ahí una experiencia bastante conocida por el lector apasionado de poemas: el poema nos toma por completo. Esta captura del ser por la poesía tiene una huella fenomenológica que no engaña (Bachelard, 1974: 6).60
La “repercusión” es el nombre con el que Bachelard designa el hecho de que un “evento singular y efímero como lo es la aparición de una imagen poética singular [événement singulier et éphémère qu’est l’apparition d’une image poétique singulière]” (1974 : 3) pueda repercutir “en otras almas [sur d’autres âmes]”, el hecho, pues, de que para ciertos casos haya algo así como una “transubjetividad de la imagen [transsubjectivité de l’image]” (1974: 3). Esta transubjetividad se funda a su turno en la teoría del inconsciente colectivo junguiano, presupuesto psicoanalítico, es cierto, pero que aspira a ofrecer un modelo de comprensión objetivo de la psiquis.
Dicho modelo, por otra parte, estipula la existencia de elementos inconscientes arcaicos a propósito de los cuales interesa precisamente destacar el carácter transhistórico. No le corresponde a la perspectiva desde la cual se emprende el presente estudio adoptar la posición del fenomenólogo bachelardiano ni por tanto catalogar para sí las imágenes que resuenan y las que repercuten. Con ello, ciertamente, no se conjuraría la crítica por subjetivismo. Sin embargo, sí resulta plausible extrapolar la distinción poético-fenomenológica entre resonancia y repercusión al comportamiento del hablante lírico arturiano y de ese modo hacer productiva para el análisis textual la ontología de la imagen y la teoría de la recepción fenomenológica. No buscar las repercusiones en el lector empírico, sino rastrear cómo el poema las marca a propósito del hablante lírico contribuirá, en efecto, a la descripción analítica de la interacción entre la subjetividad y el espacio. Mediante las imágenes espaciales de los poemas –tal es el supuesto que acompaña el análisis textual– dicho hablante lírico determinará (topoanalizará, estructurará, tonificará) su propia intimidad.
La subjetividad (II)
La subjetividad lírica
Mientras que la subjetividad dominante en la primera fase de creación de Aurelio Arturo es una subjetividad colectiva volcada programáticamente hacia el mundo exterior de las relaciones sociohistóricas y del entorno geográfico, la subjetividad que se articula en los poemas de la segunda fase se caracteriza por un decidido giro de su atención hacia el propio mundo interior. A esta instancia vuelta hacia sí misma, el discurso estético-filosófico la denomina “subjetividad lírica” (cf. Gnüg, 1983).
Se trata de la subjetividad que, de acuerdo con la estética hegeliana, acude al medio del género lírico para tematizarse a sí misma: en lo lírico, dice Hegel, “el ánimo mismo, la subjetividad como tal se convierte en el contenido propiamente dicho, de tal modo que de lo que se trata es únicamente del alma de la sensación y no del objeto más cercano” (citado por Gnüg, 1983: 42).61 El surgimiento de la subjetividad lírica así definida tiene lugar en el contexto del desarrollo de la sociedad burguesa industrial, un desarrollo que se caracteriza por la tendencia ascendente del sujeto a comprenderse a sí mismo como individuo libre en oposición al poder de las circunstancias exteriores de la naturaleza y del ordenamiento social. Para el caso específico de la producción artística, se trata del proceso paralelo “de una autonomía estética del sujeto afirmada cada vez más radicalmente y de una creciente cosificación de las relaciones sociales [...]” (Gnüg, 1983: 3).62 Lo que expresa esta subjetividad lírica en conflicto con la exterioridad es justamente su existencia interior, su interioridad. La perspectiva idealista define esta interioridad, en contraste con la inmediatez de lo particular (de lo contingente, de lo personal), como la serie de contenidos subjetivos que, en virtud de su elaboración y mediatización lingüística, abandonan el radio privado del autor empírico y de la arbitrariedad fugaz de su ánimo para adquirir en la expresión poética duración o, como dice Hegel, “validez universal [allgemeine Gültigkeit]” (citado por Gnüg, 1983: 39).
Aunque el concepto de subjetividad lírica se fragua en el contexto social y artístico de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, su utilidad como categoría descriptiva se extiende por lo menos hasta la poesía de la modernidad tardía, toda vez que la base dialéctica que lo sustenta, esto es, la afirmación de la autonomía estética del sujeto frente a la cosificación del mundo de la vida (su mecanización, racionalización, mercantilización), no deja de acentuarse en el siglo siguiente.
De lo anterior da testimonio Theodor W. Adorno en “Rede über Lyrik und Gesellschaft” (1957), donde se postula que, ante una “situación social que cada individuo experimenta como hostil, ajena, fría, opresiva [...]” (1974 [1957]: 52),63 la subjetividad presente en el poema rompe críticamente con la sociedad: “El yo que se hace oír en la lírica es un yo que se determina y expresa como contrapuesto al colectivo, a la objetividad [...]” (Adorno, 1974: 53).64 Adorno, quien entre otras cosas tiene en mente el hermetismo de la poesía pura, identifica el lenguaje como escenario de dicha ruptura. En la medida en que el lenguaje de la lírica se diferencia del lenguaje que sirve de vehículo para el tráfico utilitario entre los hombres y de la relación enajenante con la sociedad, salvaguarda el gesto crítico de retraimiento subjetivo sin perder el componente de objetividad necesario para toda comunicación artística. La ruptura con la sociedad y con sus formas de hablar conduce, en último término, a que tanto sujeto lírico como lenguaje “coincidan”, se “reconcilien” y en cada caso se manifiesten por fuera de la oposición entre enajenamiento resignado y silencio monadológico: “el lenguaje mismo solo habla cuando deja de hablar como algo ajeno al sujeto y lo hace en cambio como la voz propia de este” (Adorno, 1974: 57).65 En su resistencia al lenguaje enajenado, tanto lenguaje como sujeto salvaguardan, pues, su integridad.
Este componente crítico de la subjetividad lírica ha sido considerado en la recepción de la obra de Aurelio Arturo. Morada al sur, en efecto, se ha entendido como la expresión de una consciente postura crítica ante el entorno social de mediados del siglo XX. Rafael Gutiérrez Girardot, por ejemplo, delimita el contenido temático del poemario en términos de “infancia en el campo” para interpretarlo a continuación como “protesta callada” frente “a los escombros en que las clases dominantes habían convertido las sociedades independientes latinoamericanas” (1982: 524). No es tanto que Aurelio Arturo, como afirma otro crítico, haya desdeñado “las experiencias que le ofrecía la vida, su tiempo y su mundo”, sino que, según piensa Gutiérrez Girardot, protestó contra ellas al modo del “exilio interior” (Cruz Vélez, 1977: 112, citado por Gutiérrez Girardot, 1982: 525).
En un texto sobre Ramón López Velarde, Gutiérrez Girardot precisa que esta protesta –fenómeno continental que en la clasificación histórico-literaria adquiere el nombre de posmodernismo– constituye un desarrollo del modernismo hispanoamericano en la medida en que involucra la conciencia crítica frente a “los desafíos de la vida moderna, a la expansión del capitalismo, a la difícil transformación de las sociedades de lengua española” (Gutiérrez Girardot, 1989: 131) y en que, bastante relevante para la presente exposición, moviliza las capacidades de la renovación modernista del lenguaje para percibir y expresar “mundos interiores complejos” (1989: 132). La rememoración de la infancia en la morada al sur sería, pues, la forma específica que, en el contexto hispanoamericano, elige la subjetividad de la poesía arturiana para su repliegue lírico-crítico.
Dicha tesis tiene el mérito de determinar positivamente el momento negativo de la atención a la interioridad: las consecuencias sociales de la modernidad son el dominio exterior respecto del cual se distancia la subjetividad. En el presente estudio interesa, además, el momento positivo, esto es, el contenido de la introspección subjetiva, el cual, no lejos del planteamiento de Adorno, se encuentra vinculado de manera estrecha con la búsqueda de un lenguaje singular. Un poema como “Interludio” (1940) ilustra ejemplarmente la situación de la segunda fase: el hablante lírico escucha constantemente una voz interior, unas “palabras” (v. 13), con independencia del entorno espacial y del transcurso del tiempo, esto es, “errante por la ciudad o ante la mesa de trabajo” (v. 3) y “A través de las horas del día, de la noche” (v. 10). ¿Cuál es, ahora bien, la procedencia de esa voz interior? El siguiente apartado aborda esta pregunta.
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