Kitabı oku: «Mientras haya bares»
Mientras haya bares
Nota sobre el autor y el libro
En una época dorada de su vida, esta transcurrió entre los bares y la literatura. Leía y bebía, o bebía y escribía. Este libro es una película de esos días, y de cómo veía el mundo por entonces. Los textos son el jugo destilado de ese tiempo en el que el alcohol y los libros se mezclaban en días y en noches ininterrumpidamente. Son el rescate de esos lentos y a la vez vertiginosos días que se plasmaron a lo largo de los años en el hueco efímero de los periódicos El País, El Progreso y Jot Down, y en el océano insondable de internet, descartemoselrevolver.com. Puestos ahora uno detrás de otro, comprueba que forman algo así como las huellas de una vida. Por eso este libro.
Nota del editor
Publicar un libro de retazos, juntando textos publicados por un autor en distintos medios y formatos, puede parecer una labor sencilla. Un lector poco imaginativo podría pensar que todo se limita a recortar y pegar. Nada más lejos de la realidad. Los libros que recuperan la prosa inmediata y fugaz destinada a un periódico o un blog, que por su propia naturaleza son efímeros, es un trabajo minucioso, casi de orfebrería. Hay que buscar cada pieza y engarzarla en el lugar exacto, para que la lectura adquiera ritmo, cadencia, música. Y así, una vez completada la obra, ocurre el milagro de que el texto final ofrece un retrato completo de una voz y una mirada construidas a lo largo del tiempo, con el poso que deja el transcurso de una vida.
Juan Tallón parece escribir como si respirara, con esa naturalidad que tienen los que lo han leído todo y han extractado la esencia primordial de la lectura, mezclándola con la vida que discurre con la lentitud de los que se toman la molestia de mantener vivo el asombro. Asomarse al momento en que las vidas aparentemente tranquilas comienzan a torcerse, o cómo ciertos elementos, al entrar en contacto con otros, se transforman en algo inesperado, casi siempre inquietante. Hay una heroicidad oculta en su aparente facilidad para construir historias. Relatos que se sumergen en el absurdo, en el desastre que nunca termina de llegar del todo, tal vez porque aprendimos a convivir con él, que indagan con humor y una elegante distancia acerca de la huida, el fracaso, la muerte, la incomunicación o los procesos creativos.
Cada una de las páginas de este libro está atravesada de literatura, de cine, de música. Por ellas se pasean Onetti, Scott Fitzgerald, Pizarnik, Dostoievski, Cheever, Bunker, Pla, Fante, Cunqueiro, Bellow, Amis, Woody Allen, Auster.... disfrazados de Juan Tallón. Y bares, muchos bares, como una atalaya desde donde protegerse de los embates del destino o dejarse arrastrar por ellos. Cada historia contiene otras muchas, en un juego de espejos que multiplican las imágenes.
Tallón es un gran escritor, de esa rara especie que hace fácil lo imposible: retratar la vida, parar el instante, transformar lo cotidiano en excepcional. En sus propias palabras: «Escribir es ese tipo de cosas que haces sin necesidad de saber por qué las haces».
Expresamente no hemos incluido índice en esta edición porque cada texto fluye y enlaza con el siguiente, formando un cuadro que hay que observar en su totalidad. Esperamos que el lector se deje llevar por ellos, como si estuviera sumergido en un río de palabras cargadas de poesía.
Mientras haya bares
Los crímenes de la letra J
Hace tres meses guardé un billete de cien euros dentro de un libro. En ese momento acababa de leer que Sergio Pitol, en los años que ejerció de diplomático en algunos países del este, usaba su biblioteca como caja fuerte. Tenía predilección por las obras de Molière. Me pareció un gesto tan hermoso y audaz, tan poético para estar hablando, en el fondo, de dinero, que quise imitarlo sin perder un minuto. Se daban las condiciones. Yo acababa de cobrar un premio de la lotería, y después de gastar cuarenta euros en los Diarios de John Cheever y en un disco de Bonnie «Prince» Billy, no sabía bien qué hacer con los cien restantes, así que los guardé dentro de una novela. No hago una mención explícita a la novela no para evitarle el aburrimiento de los detalles secundarios, o porque sea una novela de la que haya que abochornarse, sino porque simplemente no recuerdo el título. Ni al autor. Esa es la tragedia: no tengo ni una idea remota, ni siquiera una idea falsa, de en qué libro puede estar depositado el dinero. En algún momento, como Mark Twain, yo conseguía recordar incluso las cosas que no habían sucedido. Ya no.
Entre los estados que no puedo disimular se encuentra la impaciencia. Ya transcurrieron dos días y una tarde desde que busco el billete, y me desespero. No es una cuestión de dinero, sino de minutos vacíos. Primero busqué en las páginas de los grandes títulos, por si en aquel momento, con la idea de Sergio Pitol en efervescencia, había pensado que cien euros merecían relajarse, como mínimo, entre el Ulises, Nuestro amigo común o Tristram Shandy. Nada. Revolví las páginas de Dostoievski, Melville, Kipling, Mann... con igual resultado: nada. Cambié la estrategia. Porque, ¿y si había metido los cien euros en un bodrio de novela? Tal vez, temeroso de que alguien encontrase el billete por una casualidad, había decidido guardarlo en alguna de esas bazofias que colecciono, ese tipo de libros que hay que estar muy desesperado para consultar. Evidentemente, corrí a mirar en mis novelas. Nada de nada. Y eso que son malas. Después miré en las de C. y P., a los que también tengo por extraordinarios malos novelistas. Y así hasta que llegué a una novela de Pérez-Reverte. Ni rastro del billete entre tanta bazofia.
En mi biblioteca siempre gobernó el caos. No tanto por pereza —podría ser perfectamente— como por un extraño convencimiento. Trabajo con la teoría de que un libro representa lo contrario del orden, de modo que no tiene sentido clasificar una biblioteca. Nunca se me ocurrió disponer los volúmenes por autores, o por géneros, o por editoriales. Cuando necesito encontrar un libro me gusta viajar por los estantes desesperadamente, hasta que se produce el descubrimiento. Cualquier clase de orden facilitaría la localización, que no sería ya el fruto de un instante luminoso, sino el triste y aburrido resultado de sumar dos y dos, y comprobar que, en efecto, solo pueden ser cuatro.
Me gusta que todos los libros estén fuera de su sitio, en posición de emboscada, pues ese es su lugar apropiado. Naturalmente, este desorden está detrás de la huida de los cien euros. Tal vez no los recupere nunca, pero tal vez eso sea lo más conveniente. Onetti contaba la historia de una muchacha de trece años que se presentó un día en su casa proponiéndose para ordenar su biblioteca. Después le recitó al escritor el abecedario de carrerilla, y este juzgó que eso era un mérito suficiente. Cuando la muchacha acabó el trabajo, Juan Carlos Onetti examinó aterrorizado el resultado: la letra J agrupaba a Joyce, Jiménez, le Carré, Valera, Cocteau, Rulfo, Swift, Cortázar, Steinbeck y Borges, entre otros muchos. El orden alfabético, inofensivo y suave, también puede ser criminal.
La identidad de la ropa interior
En mi primer viaje en el tren de alta velocidad entre Ourense y Santiago me tocó sentarme frente a un hombre con las iniciales de su nombre grabadas en la camisa. Esa gente siempre me ha resultado inquietante. Tanto o más incluso que la gente que lleva un peine en el bolsillo del pantalón, o que nunca sale de casa sin hacer antes la cama. No creo que haya que desconfiar de ella necesariamente, como sí hace falta hacer con la gente que no bebe. Pero procede tomar algunas precauciones. Nunca están de más. Cuando alguien exhibe su identidad hasta ese punto, para que repare en ella incluso el revisor del tren, en el fondo está ocultando algo. A veces pasar desapercibido exige cierto exhibicionismo. ¿Quién va a pensar que la luz provoca oscuridad? Aquel tipo era un profesional.
Es cierto que no hace tanto tiempo, muchos llevábamos la ropa interior marcada con nuestro nombre. Gracias a eso sabíamos en todo momento quiénes éramos. No importaba cuánto habíamos bebido, ni con qué combinábamos la bebida. Bastaba acudir a la goma de los calzoncillos, donde las madres grababan nuestras iniciales, y las cosas volvían a su sitio. Pero aquello pasó, y mientras no pasó, se circunscribió a zonas relativamente discretas.
Fuera de aquellas iniciales en la camisa, el viaje estaba resultando de lo más placentero. Ni un descarrilamiento. Lo que multiplicaba mis suspicacias. Las fuentes del placer son tan oscuras y tormentosas como las del sufrimiento. Pero las iniciales se hacían cada vez más grandes y más sospechosas. No quería verlas, pero cuanto menos lo deseaba, más inevitable resultaba clavarle la mirada.
El recuerdo de Extraños en un tren vino a meter más presión en la caldera. Tenía fresca la adaptación cinematográfica de Hitchcock, que hacía dos meses habían pasado por La 2, y comencé a ver fantasmas. En nuestro caso, también el viaje comenzó por una inofensiva conversación. Él dijo «buenos días» y yo respondí «no sé si no lloverá». Imaginé que el fulano de las iniciales —y de zapatos impecables— me propondría de un momento a otro, con la mayor naturalidad, sin despeinarse, que yo matase a su padre y a cambio él liquidaría con gusto a mi esposa, o en su caso, a un familiar próximo, insoportable. Nunca escasean, francamente. Pero el caso es que después del intercambio de las primeras palabras, los dos nos precipitamos en el silencio. Tal vez él imaginó que yo había imaginado, y ya se sabe que no hay como la previsibilidad para que estas sugerencias caigan en saco roto. En esto, llegamos a la estación. Él dijo «buenos días» otra vez, y yo respondí «está lloviendo». Bajamos y, cuando vi cómo se alejaba, respiré más tranquilo. Matar, tengo que admitirlo, no se me da bien, aunque tengo entusiasmo...
Instrucciones para dejar de leer un libro
Cuando interrumpimos voluntariamente la lectura, hay gente a la que le basta alcanzar un simple cambio de página, aunque la frase y el párrafo continúen. Colocan el marcador, cierran el libro y hasta luego. En cambio, hay quien precisa cambiar de página y, además, encontrar a continuación un punto y aparte. En el mejor de los casos, un punto y seguido. Si subimos un escalón, encontraremos a ese otro tipo de lector estricto que no se detiene a menos que alcance el final de un capítulo. En estos ejemplos maniáticos es inevitable preguntarse cómo afrontan estos lectores novelas, por citar algo rápido, como Cristo versus Arizona, de Cela, en las que no hay capítulos, ni puntos y aparte ni áreas de descanso de ninguna clase.
Si en lugar de ascender, descendemos tres o cuatro escalones, hallaremos a ese lector descamisado y tolerante que se da por satisfecho cuando alcanza un diálogo para detenerse y encender la televisión, o quedarse dormido, independientemente de que se produzca o no un cambio de página. Existen individuos tan cuidadosos e implacables en la elección del momento para interrumpir un libro, que este tiene que producirse a una hora en punto, por ejemplo la una de la madrugada, y que ese instante coincida con un descenso de la intensidad dramática de la novela, que a su vez debe armonizarse con el final de un capítulo. Esta intransigencia me hace pensar en el celo con el que Thomas Mann planificaba sus personajes antes de ponerse a escribir, hasta el extremo que imaginaba cómo sería su firma.
Naturalmente, hay gente tan condescendiente con la lectura que cierra el libro repentinamente, harta, sin marcar la página, sin interés en recordar en qué punto de la historia se produce la espantada. Porque ese abandono es una huida, como una maniobra evasiva para escapar de un incendio. La trama o la estructura arden y ellos quieren ponerse a salvo. Tienen miedo. O, tal vez, simplemente no están preparados para soportar las temperaturas de la literatura.
Hace años leí que Álvaro Mutis y Carlos Patiño escribieron un poemario titulado La balanza, cuya edición de 200 ejemplares se agotó en 25 minutos. Fueron a recoger la tirada a la imprenta y la dejaron repartida por las librerías de Bogotá. Entonces estalló el «bogotazo», revuelta popular en reacción al asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán. Hubo disturbios y muchas hogueras. Casi todas las librerías ardieron, y con ellas el libro de Mutis y Patiño.
En el fondo, la literatura tiene mucho que ver con el fuego. El escritor escribe porque algo en él no anda bien, porque algo arde dentro, y el lector lee porque lejos de los libros hace mucho frío. En ocasiones, el fuego se descontrola y el lector inexperto salta por la ventana, con desorden. En cambio, el lector curtido sabe que conviene aguantar, porque la gracia de la literatura está precisamente en arder.
El hombre que abrió los telediarios
En mitad del trayecto, el pasajero que viaja a mi lado, de bigote y jersey de cuello redondo, abre la mochila que lleva entre las piernas y saca el primer volumen de los Relatos de John Cheever. En ese mismo instante es evidente que me ha jodido el resto del viaje. Y no hemos hecho más que salir de Ourense, es decir, quedan cuatro horas para llegar a Madrid. Se trata de una desgracia como otra cualquiera. Lamentablemente, no puedo actuar como si nada ante alguien que lee a John Cheever. Es como si llevase una carga de explosivos debajo del asiento. ¿Alguien alcanzaría un mínimo de sosiego en esas condiciones? A su manera, Cheever también es material explosivo bajo el asiento, y el lector de sus relatos, un pirotécnico. No estoy tranquilo con gente así en el mismo vagón que yo. No porque me produzca miedo sino porque me contagia una curiosidad que no sé controlar.
¿Quién será él? ¿A qué se dedica? ¿Cómo habrá recalado en Cheever? ¿Qué va buscando? Tengo tendencia a pensar que todo aquel que lleva esta clase de libros en la mochila es un pez gordo. Alguien importante. No tanto en el sentido de reconocido o influyente, como de enriquecedor para la gente que lo rodea. Hay lecturas que no pasan en vano, que son radiactivas, que cambian a los que están en su perímetro.
Pasan las estaciones. A Gudiña. Puebla de Sanabria. Zamora. Medina del Campo. No se me quita de la cabeza que el fulano, bajo la lectura de Cheever, arrastra un gran enigma. En caso contrario, obviamente, estaría leyendo otra cosa, incluso dejando de leer. Una persona sin misterios es preferentemente una persona que no lee. Hace mucho tiempo que me obsesiona la vida de las personas desconocidas con las que comparto espacio durante cierto tiempo, ya en una comida, un viaje en tren o una espera en la sala de un hospital. No reconocerla no evita que piense que puede ser, en secreto, alguien relevante.
En 2001, Eduardo Mendoza, Rodrigo Fresán, Andrés Neuman y Enrique Vila-Matas participaron en una mesa redonda en Budapest sobre narrativa hispánica. Los presentaba un escritor húngaro, que en la víspera había cogido por banda a Fresán y lo había aburrido a preguntas. El día de la mesa redonda, minutos antes de comenzar, Vila-Matas quiso conocer el nombre del moderador. Se llamaba Imre Kertész, y ese mismo año iba a recibir el Premio Nobel de Literatura. Entretanto, solo era un desconocido que moderaba una mesa redonda. Es más, Vila-Matas andaba a la busca de un nombre para un personaje chileno de origen judío, de cara a su próxima novela, y le puso Felipe Kertész, antes de que Imre Kertész recibiera el Nobel y se volviese célebre.
Nunca acaba de saberse quién viaja al lado de uno. Por si acaso, cuando el acompañante abre una mochila y saca los Relatos de Cheever, conviene ponerse en guardia. Alguien así puede acabar abriendo un telediario. Cuando llegamos a Madrid, guarda el libro, nos despedimos en silencio, asintiendo con la cabeza, mientras trato de grabar su cara en la memoria.
La droga linda
En el portal de mi edificio hay un anuncio, elaborado con un procesador de textos, que publicita un servicio de «teleplancha» ultrarrápido. En el primer momento, me pareció algo nuevo. Pero la «teleplancha» solo es una versión casera de la tintorería, pasada por el embudo de la desesperación y la crisis. En cuanto a la velocidad a la que aseguraba prestarse el servicio, tampoco conviene extrañarse. La rapidez es un requisito indispensable para que las cosas sucedan, a secas. En los tiempos que corren, ¿quién puede estar interesado en que le ofrezcan un servicio lentamente? La paciencia ha pasado a la historia. Podemos soportar muchas cosas, pero en ningún caso la espera, que ocurran sin vértigo. Cada vez quedan menos empresas que se puedan hacer sin la presión de alguien para que estén concluidas. Tal vez el arte, la literatura... pero solo con muchos matices. Existen tantos intereses entre el acto creativo y la irrupción del mercado, que todo debe transcurrir a velocidad ultrarrápida.
Estos días, en los que parece que Argentina e Inglaterra —quizás preocupadas por que la maquinaria de la guerra agarre óxido— escenifican la melancolía del belicismo que las unió, me acuerdo mucho de Rodolfo Fogwill y de su novela Los pichiciegos, una historia sobre soldados escondidos bajo la tierra en la que transcurre el conflicto de las Malvinas. Los «pichiciegos» son veinte soldados y suboficiales que desertaron, o a los que dieron por muertos, y que construyeron un refugio bajo tierra, muy cerca del frente, donde sobrevivieron negociando ilegalmente con las tropas de su país y haciendo trapicheos para los enemigos. Son fulanos que solo tenían miedo y deseaban sobrevivir.
Fogwill contaba que había escrito este libro en menos de siete días, impulsado por veinte gramos de cocaína, según las distintas versiones que el propio autor fue dando a lo largo de los años. Hay cierto consenso, entre los distintos Fogwills, en que la obra se redactó del 11 al 17 de junio de 1982, antes de que hubiese acabado la guerra. En una de sus últimas entrevistas, antes de morir, admitía que la cocaína había sido el motor de aquella novela. «La droga linda, qué rica la droga, sí. Adelante». Ahí hacía algunas matizaciones sobre la cantidad. Fueron tres días vertiginosos. «Para empezar, solo fueron 12 gramos. Los compré a precio de oro. Calculo que tomaría tres gramos por cada uno de los tres días. Se acabó el material y aún faltaba la mitad del libro», decía. Esa velocidad de redacción, curiosamente, no se traslada al texto, donde nada es torrencial, ni atropellado, sino hipnótico, fantasmal, anestesiante.
La historia de la literatura está llena de autores ultrarrápidos. Yo me quedo con Simenon. Dos días antes de ponerse a escribir, acudía a él una idea. En ese tiempo, tomaba una guía telefónica, para elegir los nombres, y un mapa de la ciudad, para situar los hechos. A continuación, decidía cuál sería el incidente para empujar a un hombre y a una mujer a una situación límite. Eso era lo más difícil. El resto solo era escribir, tarea en la que nunca podía emplear más de once días. Era el tiempo máximo durante el que podía soportar ser el protagonista de otra vida. Por eso sus novelas son tan cortas, porque después de ese tiempo, desfallecía. De hecho, antes de empezar a escribir acudía al médico. «Me toma la presión arterial, comprueba casi todo. Solo cuando él dice “está bien”, puedo empezar», explicaba Simenon.
La velocidad forma parte de nuestro modo de ocupar la realidad. Da igual qué hagamos y la hora que sea. Escribir, planchar, follar, cruzar la calle... todo debe transcurrir en el menor plazo posible porque inmediatamente después habrá más cosas que hacer, que no es posible demorar. Así que voy a acabar aquí. Tengo prisa.
Amor por la ferretería
Hay pocos establecimientos que me fascinen tanto como un taller eléctrico. Ese caos de hierros, la deconstrucción de la maquinaria, el mesianismo del mecánico, la ocupación que las piezas sueltas hacen del espacio, la atmósfera asfixiante, la inexistencia de huecos... Ahora mismo cambiaría la capacidad para descomponer sintácticamente una oración subordinada, que nunca me sirvió de nada, o los conocimientos sobre los presocráticos que almacené en la facultad, por saber arreglar una esmeriladora o una motosierra averiadas. Cada tarde paso por delante del taller eléctrico Ramón, y me detengo durante un par de segundos a observar el interior. Soy tímido, y miro el esplendor desde la acera. Ojalá deje de funcionar el taladro un día de estos y tenga una buena excusa para entrar.
Durante ese lapso de tiempo quedo atónito, como delante de un cuadro de Gustave Courbet, o frente a la Capilla Sixtina. También el taller eléctrico está plagado de detalles secretos. Creo que si el mecánico no pusiese mala cara, podría estar horas, semanas, años, estudiando las estanterías de las paredes, en las que se acopian miles de objetos de los que ignoro incluso el nombre.
Hay algo de enfermedad en esta admiración por la mecánica eléctrica. Witold Gombrowicz tenía una fijación parecida, tal vez más acentuada, con las ferreterías de Buenos Aires. En 1939, como se sabe, fue invitado con una embajada de escritores polacos a Argentina. Entretanto, Alemania invadió Polonia, y Witold optó por quedarse en Buenos Aires hasta los años sesenta. En ese tiempo, obtuvo un trabajo en el Banco Polaco. Una vez a la semana, después de abandonar la entidad, se adentraba en una ferretería de la calle Corrientes. Allí pasaba una hora estudiando el género, infantilmente. Nunca faltó a la cita. Llegaba el día, salía del trabajo, se dirigía a la ferretería, estudiaba en silencio los artículos, como buscando algo que no existía, y se marchaba. Ocasionalmente, compraba un tornillo, una rosca, un manubrio... No era un hombre de muchas palabras.
En una ocasión, un periodista, sabedor de esa contención expresiva, le preguntó si podría «definir en pocas palabras su filosofía, su actitud frente a los problemas del arte literario». Witold respondió: «Lo lamento. Tengo ocho volúmenes referentes a eso. Quien domine idiomas extranjeros no tendrá dificultad en conseguirlos. Además Ferdydurke, uno de mis libros más explícitos en ese sentido, puede encontrarse en las librerías de viejo de esta ciudad por el módico precio de cinco pesos».
Existe el espécimen contrario. Tengo un amigo alérgico a las ferreterías. Mataría con gusto a un ferretero. Solo lo detiene que tendría que hacerse con una pistola, y odia las armerías. Cuando precisa algo, envía a algún pariente. Hace seis meses, por una casualidad, mi amigo encontró su título universitario. Ya no recordaba que era licenciado en Filología Clásica. Nadie, en la tintorería en la que trabajaba, le había pedido jamás que demostrase una cosa así. Inopinadamente, experimentó la necesidad urgente de ver el título colgado de una pared. Pero no encontró el martillo por ningún sitio. Y el hijo se había marchado de excursión con el colegio.
No tuvo más remedio que acudir en persona a la ferretería. «Un martillo, por favor», pidió. Entonces descubrió que había martillos de mil familias. Él solo quería uno que empujase el clavo a través de una superficie dura, y se quedase quieto. Desgraciadamente, lo atendió un dependiente áspero, que había detectado su alergia a las ferreterías en cuanto entró por la puerta. Lo humilló con preguntas que no supo responder. Probablemente, si lo hubiese hecho, hoy sería juez. Cuando mi amigo confesó que solo quería colgar su título universitario, y no el Guernica, el dependiente le sugirió que se dejase de martillos y comprase un taladro, tacos y alcayatas. Mi colega tuvo la sensación fría y desagradable de que el ferretero sabía demasiado, y que no estaba tan interesado en venderle un martillo de mierda como en humillarlo. No compró nada. En cuanto llegó a casa, cogió un tornillo, y en la desesperación de no tener con qué golpearlo, tomó una figura que le había regalado su suegra, pensando que era de mármol. Pero era de Sargadelos... La historia acabó mal, y empeoró por la noche, cuando llegó su mujer a casa. En todo caso, esto es secundario. Quedémonos con la alergia y con que las ferreterías tienen amantes y detractores. Personalmente, elijo los talleres eléctricos.
Prohibido tirar libros al retrete
El lunes por la noche dejó de funcionar la cisterna. Naturalmente, se originó cierta psicosis en casa. Nunca es buen momento para una eventualidad así. Figúrese. Justo es el tipo de avería a la que más se teme en un hogar. Cualquiera preferiría quedarse sin agua caliente antes que descubrir, cuando ya es tarde, que tirar de la cadena no surte efecto. No sé por qué, pensé que podría repararla. En una maniobra elemental, retiré la tapadera. Si había sido capaz de escribir un libro, que posteriormente leyó medio centenar de personas, tal vez podía arreglar la cisterna, que en alguna medida también tenía que ver con la lectura.
Hubo un caso célebre, que Ilyá Ehrenburg narra en sus memorias Gente, años, vida. El periodista soviético cuenta que llegó a Moscú desde la Guerra Civil española, donde estaba como corresponsal, y se asombró al encontrar en el ascensor de su casa un cartel que decía: «Prohibido tirar libros al retrete». Al parecer, la posesión de ciertos libros era peligrosa y, en ocasiones, había que deshacerse de ellos aunque fuese a costa de atascar las cañerías.
Miré hacia aquel abismo desde arriba, y me pareció contemplar un complejo universo de tubos y palancas que solo Dios podía explicar. Me dio la impresión de que estaban rotos los topes de la válvula de descarga. No ocultaré que me puse algo nervioso, incluso me emocioné, como cuando adviertes que si mueves el alfil a f6, haces jaque mate. Me pareció demasiado fácil como para no sospechar que la facilidad debía ser una trampa de la cisterna para que me animase a sustituir la pieza personalmente, y luego provocar una avería mayor, irreversible. Tenía recientes algunas experiencias, como cuando intenté montar un mueble de Ikea con un martillo, pensando que avanzaría más y mejor que con la llave Allen. También recordaba cuando quise agujerear la pared para fijar un perchero, y empleé la broca equivocada. No necesitaba hurgar más en el pasado. La facilidad siempre es un señuelo, como ciertas luces de neón, o la música deliciosa de las tragaperras. Había aprendido la lección. Busqué en Google un fontanero, y llamé. Le expliqué que la cisterna bla bla y que, según una observación primaria del escenario, etcétera etcétera. «Mañana a primera hora estamos ahí», dijo rápidamente, como si tuviese prisa por llegar. «Sin falta», añadió. Apareció a la una de la tarde, el muy hijoputa. Entretanto, tuve que bajar dos veces al váter del bar Mundial 82.
Cuando llamó a la puerta le abrí entusiasmado, ansioso, como si yo fuese Pepe Isbert en Bienvenido, Mr. Marshall, y el fontanero un miembro destacado de la comitiva americana que llega a Villar del Río. Lo estudié de arriba abajo. Medía un metro noventa. En una mano llevaba una llave inglesa y dos destornilladores. La otra la tenía metida en el bolsillo. «¿Dónde has dejado a tu socio?», pregunté, dando por sentado que alguien tendría que portar la caja de herramientas y las piezas de relevo. «¿Qué socio? Yo trabajo solo. Se discute menos». Me pareció un razonamiento demoledor, y me callé.
Como sospechaba que esta gente factura seguramente por minuto, y por eso camina siempre con tanta lentitud y habla tan despacio, yo me había tomado la molestia de sacar la pieza rota. De hecho, el fontanero solo tuvo que llegar al baño y decir: «La válvula de descarga está rota». «Tendrás que poner una nueva, entonces», arriesgué. «No he traído», alegó. «Tendrás que ir a buscar una, ¿no?», deduje. «Sí, pero no me va a dar tiempo», pretextó, para a continuación añadir: «Vamos a tener que dejarlo para la tarde». No era con lo que yo soñaba, así que puse ciertas condiciones: tendría que ser a primera hora. «A las cuatro sin falta», afirmó. Apareció a las siete. Llevaba de nuevo una mano en el bolsillo y la pieza nueva encajada en la axila. A partir de ahí, todo ocurrió a velocidades vertiginosas. En dos minutos colocó la válvula, cerró la tapadera, accionó el tirador para probar y todo volvió a la normalidad. Perfecto. «¿Cuánto es?», pregunté feliz, creyendo que el precio guardaría proporción con la dificultad. «Setenta euritos, por favor», dijo con la voz muy dulce. Tenía educación. Me quedé blanco, sin habla, como Pepe Isbert cuando los americanos pasan de largo. Máxime teniendo en cuenta que la pieza costaba doce euros y podía instalarla un repetidor de segundo de la eso. Cualquiera. Yo inclusive. Antes de pagar, pregunté con ingenuidad si no me daba una factura. «Es que no he traído», se disculpó. «Pues yo tampoco he traído dinero», estuve a punto de decir. Pero no quise montar un espectáculo en mi propia casa.
Yo siempre llevo la droga encima
Esto es lo que ha pasado: acabo de recordar que hace seis meses, cuando me mudé de ciudad, me marché sin pasar por la tintorería a recoger una chaqueta azul marino que había dejado para limpiar. Era mi chaqueta favorita, pero no la he echado de menos hasta esta mañana. En ocasiones, las cosas importantes pasan completamente desapercibidas. No es una tragedia. Ni siquiera una cuestión de vida o muerte. Tal vez, como dijo a propósito del fútbol Bill Shankly, entrenador del Liverpool entre 1959 y 1974, es algo mucho, mucho más importante que eso. Cuando vestía aquella chaqueta cambiaba mi perspectiva de la realidad. Nada me parecía demasiado grave, ni solemne, ni relevante. Era como leer If, de Kipling, donde se te revelaban, de pronto, verdades en las que no habías creído. Es difícil de explicar. En realidad, es difícil de entender. Aquella chaqueta actuaba como escudo, pero también como un cristal deformante que me ofrecía la mejor panorámica posible de lo que tenía alrededor.
Imagino que desde que la llevé a la tintorería, la chaqueta no ha dejado de dar vueltas en ese circuito cerrado que hay en estos negocios, en el que presionando un botón, el mecanismo va moviendo las prendas en círculo hasta que llega a la chaqueta o el pantalón o lo que sea, que el cliente haya venido a recoger. En parte, la vida va de eso, de dar vueltas sin parar, como un idiota, sin ningún sentido especial. No creo que nunca, cuando regrese a Madrid, sea capaz de pasar por la tintorería. ¿Cómo me mirarían? No. Descartado. No sabría enfrentar el contacto con la chaqueta.
El escritor estadounidense Hunter S. Thompson contó una vez en una entrevista en un periódico de Boston, que cierto día recordó, un año después de abandonar un apartamento de alquiler en San Francisco, que había olvidado, escondidos en una baldosa del piso de la cocina, 250 gramos de hachís. ¡Nada más que un cuarto de kilo! ¡Hachís! Cuando echó en falta aquel botín y quiso regresar para recuperarlo, descubrió que en el apartamento ahora vivían dos agentes de policía. Fue un error infantil ocultar la droga en un punto recóndito, y hacerlo, probablemente, cuando estaba borracho. Borracho y drogado, supongo. Yo siempre llevo la droga conmigo. Es vital tenerla cerca. Nunca sabes cuándo vas a necesitarla de urgencia. Naturalmente, Thompson tuvo que abandonar sus pretensiones. Pero aprendió una lección. En mi caso, ahora sé que nunca hay que quitarse la chaqueta favorita. Si es necesario, duermes con ella, comes con ella, follas con ella.
Hegel y los negocios decadentes
En todos los sitios, en una ciudad, en una aldea decadente, en una carretera solitaria, hay una tienda en la que nadie compra. Ni siquiera entra. Pero misteriosamente, resiste. No necesita a la sociedad. Lleva ahí toda la vida. Se acostumbró al vacío, a que la puerta no se abra, a que no haya cambio en la caja registradora, al beneficio cero. No necesita clientes. Tal vez si un día comenzase a entrar y salir gente del negocio, a hacer transacciones, a facturar, a realizar devoluciones, a anotar pedidos, en definitiva, a vivir al revés de como vivió en los últimos cuarenta, cincuenta o sesenta años, no tendría otro camino que cerrar. Algunas cosas solo funcionan siguiendo la dirección contraria, dejando de funcionar. Hace meses que observo una ferretería cerca de mi casa. Cada vez que paso por delante, espío el interior. Nunca hay nadie, excepto el propietario. En dos ocasiones entré y encontré lo que buscaba. Pero el dueño me miró como cuando pasas diez años solo en una isla deshabitada del Pacífico, y una tarde de verano aparece un tipo en chanclas y bermudas.
También hace tiempo que observo una tienda de filatelia, minerales y numismática, no lejos de la ferretería, en la que nunca entra nadie. Cuando se tienta a la suerte, se asoma alguien por la puerta y pregunta si tienen baño, o dónde puede encontrar una farmacia. Inexplicablemente, hace décadas que la tienda permanece en la brecha, como si se tratase de un negocio boyante, en continua expansión. Es muy raro. Supongo que a la dueña, una señora gruesa y bajita, con gafas y pelo blanco, le va bien así, y que entre unas cosas y otras, le cuadran las cuentas a final de mes. El dinero es muy caprichoso. Cuando no lo tienes, a veces es cuando más abunda; no sabes qué hacer con él. Yo nunca sufrí tantas penurias como en la época en que ganaba cinco mil euros al mes y me pasaba el día gastando sin sentido. Mi madre no entendía que llamase a casa para que me ingresaran 300 euros de cuando en vez, y yo no sabía explicárselo, sinceramente.
La tienda se acostumbró al silencio, a que la puerta no se abriera, a que los paraguas no gotearan en el suelo cuando llueve, a que no hubiera cambio en la caja registradora. Los días que me coincide pasar por delante, miro a través del escaparate y la dueña siempre está reclinada, con las tetas sobre el mostrador. Su gesto es de una desgana profunda. Parece lejanamente triste, con la mirada exiliada. Tal vez rece para que no entre nadie a molestar y que la máquina de hacer dinero no se detenga. En mi idea cándida de los negocios, temo que si un día se invirtiese la dialéctica, y de repente empezase a existir movimiento en el local, y gente entrando y saliendo con las bolsas llenas, que obligase a facturar, y a realizar más pedidos, y a contratar personal, la tienda iría a la quiebra sin remedio. Y sería muy triste.
Existen negocios que están más allá de la economía de mercado. No precisan establecer intercambios comerciales. El silencio y el vacío bastan. Anida en ellos algo absolutamente fértil. En cierta medida, son como ese ejemplar de Fenomenología del espíritu de Hegel, en el que reparo cada vez que entro y salgo de la biblioteca. Siempre está en la misma posición, tieso, frío, invulnerable a la indiferencia de los usuarios. Eso no evita que sea inmortal. No necesita que lo lea nadie. Fue suficiente con que Hegel lo escribiera. Y como mucho, que después Marx reflexionara sobre él.
Peine en el bolsillo
Hablemos de esos individuos que van de un lado a otro con un peine en el bolsillo, como si fuese un revólver. No es tanto la presencia del peine lo que me causa desasosiego, que también, como la capacidad del sujeto para peinarse sin espejo, mientras evoluciona por la acera a paso ligero. Alguien que se desplaza con un peine en el pantalón, o en la camisa, siempre está en guardia, a la expectativa, para ser el primero en disparar. Si en algún momento coincide usted con uno —lo cual no es fácil— observe que nunca está relajado. Se mueve como si tuviese prisa o, simplemente, algo que esconder. Portar ese peine... En el fondo, se trata de un modo más de andar armado.
Hay objetos turbadores. Parecen simples, bien diseñados, pero ofrecen mala compañía. Digamos que desprenden mal aliento. No importa lo inofensivos o hermosos que resulten. De hecho, la inocuidad multiplica el peligro. No digamos la belleza, que desde Rilke no es si no el comienzo de lo terrible. Olvide, por medio minuto, la sombra alargada del peine. Piense en un libro. No en cualquier libro. Piense en El guardián entre el centeno, y luego retroceda al 8 de diciembre de 1980, frente al edificio de apartamentos Dakota, en Nueva York. Van a ser las once de la noche cuando Yoko Ono y John Lennon bajan del coche y caminan hacia el portal. En ese instante irrumpe Mark David Chapman por detrás y dispara cinco balas de punta hueca con un revólver calibre 38 especial. Después de matar a Lennon, el asesino se sienta en la acera y saca del bolsillo, como si fuese un peine, su ejemplar de El guardián entre el centeno, y lee tranquilamente hasta que llega la policía.
Supongo que ahora la novela de J. D. Salinger ya no le resulta tan inocua. Ciertas combinaciones, como la de Chapman y Salinger, le otorgan a los objetos más pacíficos un aire sospechoso. Cuando descubro un peine sobresaliendo del bolsillo de una camisa, como me ocurrió ayer, tiemblo. No hace falta decir que si el fulano saca el peine y se peina, como también ocurrió ayer, corro, corro mucho, corro sin mirar atrás, corro hasta que llego a otra ciudad, cojo una habitación en un hotel discreto, y espero. No sé a qué.
No empecemos
Cuando te vas de casa tus padres nunca te dicen que tengas cuidado con los halagos. Prefieren prevenirte contra los carteristas, contra las drogas y —aquí se ponen serios— contra esa puta manía tuya de hacerte el gracioso. A lo sumo, cuando ya has salido por la puerta, tu madre te pregunta si llevas pañuelo, y cuando ya estás a veinte metros, si has cogido un paraguas. Nada más. Comienza la vida. Pasan los meses, los años. Las hostias. Tienes problemas con algunas drogas. Los superas. Te roban dos o tres veces en el metro. Para compensar, tú robas en el quiosco y en el Carrefour. Te estrellas contra la realidad por tu soberbia. Pero te levantas siempre. Aprendes a esquivar las trompadas. Lejos de los padres, a veces aprendes algo de una película, del mismo modo que Albert Camus aprendió del fútbol. Un día viste Pulp Fiction. Durante meses, te repetías los chistes, pero cuando estos se fueron desgastando, descubriste debajo las lecciones. La más útil, a propósito de las lisonjas y el ombligo, te la proporciona el Sr. Lobo, cuando interviene para enfriar la euforia que embarga a Vincent y Jules: «No empecemos a chuparnos las pollas todavía». ¿Una ordinariez? Más bien un mandamiento. Claro que en el fútbol tampoco falta quien solo vea a 22 mercenarios corriendo detrás de un balón para patearlo. Ya nos previno John Baynton contra esa tentación, cuando señaló que reducir el fútbol a eso «es como decir que un violín es madera y tripa y Hamlet papel y tinta».
Los halagos son un peligro. Siempre acabas creyéndotelos. De hecho, solo tú te los crees. No existe defensa posible contra una mamada insoportable y pringosa. Cada vez son más habituales. En Facebook, en los medios de comunicación, en las solapas de los libros.
Nunca olvido la historia del Cojo de Soutochao, un tipo enclenque y quisquilloso, por decirlo con un halago. En realidad, era un hijo de perra. Me habló de él mi padre, antes de irme de casa. El Cojo tenía debilidad por los pleitos. Un día litigó contra la persona equivocada. Creyó que esta vez lo asistía la razón y se propuso hallar al mejor abogado. Eran otros tiempos. De hecho, ya pasaron setenta años. Le pidió ayuda al cura, don José, que poseía buenos contactos. Este le sugirió al mejor letrado que conocía. Tal vez no existiese otro mejor en la provincia. Era un buen amigo suyo, así que se ofreció al Cojo para escribirle una carta de recomendación que ablandase su disponibilidad. El Cojo no sabía leer, pero no era tonto. Aceptó. Dos días después llamó al despacho del letrado. «Así que amigo de don José... pero siéntese, por favor, no se quede ahí de pie», le propuso. El Cojo se sentó y posó el bastón en el suelo. «Traigo para usted una nota de su puño y letra», y le extendió la carta. El abogado la tomó lleno de curiosidad, se puso las gafas y leyó de corrido, en silencio: «Amigo Rodrigo, el portador de la presente es el hijo de puta más grande de la provincia. Jódelo cuanto puedas. Tu amigo José». El abogado sonrió oscuramente. «Ha tenido usted mucha suerte —le confirmó— porque efectivamente viene muy bien recomendado».
A hostias en la oscuridad
A todos nos dan, de un modo u otro, unas hostias todos los días. Y no pasa nada. En realidad, es una suerte. Nos ayudan a avanzar a oscuras, que es la única manera de avanzar y llegar a alguna parte. Somerset Maugham poseía una interesante teoría literaria según la cual, para escribir un buen libro, uno de esos libros imborrables, eternos, existen tres reglas que hay que cumplir. Nada más que tres reglas. ¿Cuáles? Ahí está el problema. Maugham completa la teoría señalando que, desgraciadamente, nadie sabe cuáles son. Este reduccionismo metodológico de gran espectro permite explicar cómo hay que hacer para forjar toda gran creación, sea en el ámbito literario, artístico, social, económico o etcétera.
En la vida, cualquier posibilidad de alcanzar la solución de un problema complejo pasa habitualmente por seguir al pie de la letra unas instrucciones que, por unas circunstancias u otras, no existen. He ahí la putada.
Tal vez no lo parezca, pero nuestra existencia consiste, en esencia, en una búsqueda de la manera de definir, nunca en más de tres instrucciones, cómo se conquistan los sueños. Este ambicioso plan para desentrañar en tres únicos pasos —cuatro serían muchos— los secretos del éxito brota de la convicción de que, en el fondo, creemos que el objetivo es sencillo. Por eso no trabajamos sobre un decálogo, por ejemplo. ¿Para qué dar diez pasos pudiendo dar tres? La cosa es tan fácil —pensamos— que con tres reglas basta. En la naturaleza íntima del individuo están la velocidad, que busca los caminos rectos y despejados para alcanzar antes la meta, y el principio de economía, que establece que las explicaciones nunca deben multiplicar las causas sin necesidad. Pero las reglas se resisten, y aunque sean elementales, y seguramente son elementales, se esconden.
Frente a la imposibilidad de conquistar una gran obra siguiendo tres míseras pautas que nos libren de fastidiosas y molestas peregrinaciones, vamos de un lado a otro buscando la llave que enciende la luz. Llevando hostias. Los tumbos, por llamarla así, es la metodología más común en las sociedades humanas. No resulta útil más que a base de insistencia, pero define a la perfección cómo se consuma el progreso humano: sin reglas, a hostias en la oscuridad contra la pared.
El gin-tonic es Dios
El señor que estaba a mi lado se levantó de la silla y llamó «payaso» y «mamarracho» a Balotelli, de una tacada. Tenía una copa de gin-tonic en la mano, llena, y aunque se levantó como un cohete y lanzó un manotazo al aire, en dirección a Ucrania, no derramó una gota. Ni siquiera tembló la ginebra dentro del vaso. Me admiró ese temple. Insultó al delantero sin despeinarse, con perfección técnica, por así decir. En ese momento pensé que, si pretendiese imitarlo, me vaciaría el cubata encima, o peor, sobre mi vecino de mesa, que medía dos metros, y otros tantos de alto. Yo era de los que creían a Frank Sinatra cuando decía que necesitamos dos manos para ponernos el sombrero correctamente. «La parte de atrás elevada —aseguraba— y un par de centímetros inclinado hacia la ceja derecha». No tenía nada de extraño que me asombrase ante un caballero que insulta con la mano derecha mientras con la izquierda preserva el fuego sagrado. Aquel señor sabía insultar de puta madre.
La última vez que aplaudí un insulto, el destinatario fui yo. Entonces trabajaba para un periódico local, en el que no había que estar fuerte en nada pero sí preparado para escribir en cualquier momento sobre sucesos, deportes, medio ambiente, sanidad, libros, fiestas populares, política o procesiones. Te recomendaban, además, saber limpiar un váter o arreglar una rotativa. Hacía tres días que me habían asignado la sección de tribunales cuando, después de publicar una información confusa, sonó el teléfono de mi mesa. «Quiero hablar con el comemierda que ha escrito en la página siete que me van a mandar a la cárcel». Enseguida advertí que querían hablar conmigo. Con la misma rapidez, intuí que seguramente me había equivocado y nadie iba a ir a la cárcel en la página siete. En ese instante, me pareció cobarde, pero prudente, decir que el tal Tallón tenía el día libre y que yo solo era un becario. Pero que si quería, tomaba nota del recado. «Dígale, por favor, que no vale ni para plantar cebollinos. Alguien así no debería escribir ni albaranes». Tomé nota y cuando colgué y me aseguré de que nadie me vigilaba, rompí el papel y enterré el asunto.
El exabrupto, entendido no solo como palabra injuriosa contra Dios, la Virgen, las personas o los objetos, sino como tratamiento de las circunstancias adversas, es decir, como técnica, me parece digno de estudio. Cada uno tiene su manera de resolver problemas. Recuerdo que la protagonista de Laura decía que no tenía miedo a los policías. «De pequeña me enseñaron a escupir cuando viese uno», explicaba. Ese escupitajo, en su caso, arreglaba muchas cosas. Los insultos también. Son herramientas para afrontar una realidad adversa. La grosería llega después de un hecho hostil contra el que hay poco que hacer. Despierta sensación de impotencia. Y nada más frustrante, cuando somos humanos, que admitir debilidades insolubles. Se agolpa, entonces, una carga interna que hay que bascular como sea. Es cuando llega la afrenta. No corrige el discurrir de los hechos, pero sí nos proporciona fuerza para asumirlos sin tener que hacer algo peor.
Lanzar una diatriba como la del señor contra Balotelli, y no verter el gin-tonic —porque el gin-tonic es Dios— exige un entrenamiento que a veces dura años. Pasa como en Niágara, cuando Marilyn Monroe se pasea por la calle con un vestido capaz de conducir a cualquiera a la locura, y alguien dice al verla que «para utilizar un vestido como ese hay que tener costumbre desde los 13 años».
Sesión vermú
Entre personas, se tiene la idea de que mientras el cuerpo respira, está vivo. Podemos darla por buena. Una sociedad, en cambio, necesita algo más que aire y algo de beber. En cierto modo, sabemos que un pueblo está vivo en función del pib, de las librerías por habitante, de la cobertura social o, por qué no decirlo, de las barras de los bares. Probablemente, un pueblo que pierde la capacidad para convocar una reunión alrededor de la barra es un pueblo muerto. Da igual que aún tenga habitantes. Como pueblo, es un cadáver. Ahora bien, si hay orquesta, si hay barullo, si hay música, si hay protestas y un grupo opositor lamentando los gastos, entonces el pueblo tiene vida para un siglo. Los detractores acérrimos son tan necesarios como los partidarios.
Nunca hay que despreciar a los que sostienen que no estamos para verbenas. Una sociedad necesita gente que eche agua en el vino, para rebajar la euforia. Incluso fiscalizar posibles atentados. Ningún drama evita que necesitemos fiestas. Las necesitamos. Aún no estamos muertos. En los peores momentos —incluso en los entierros— el sentido del humor acude a nuestro rescate. ¿Qué cabe esperar de una sociedad silenciosa, tranquila, que solo piensa en lo que hay que pensar y hace lo que hay que hacer? Nada, salvo la garantía del aburrimiento. Detrás de un pueblo reposado, inexpresivo, silencioso, solo puede esconderse un vecindario soporífero. En el comedimiento del que hace gala gente así, los días se vuelven rutinarios. Y a nada le tiene más horror la sociedad que a experiencias desabridas. En el siglo en el que la variedad de entretenimiento es la razón última por la que no estamos todos suicidándonos, el mayor pecado es caer en la espiral del tedio.
No importa que las cosas vayan mal, que la situación sea crítica. Ningún problema es irreversible si hay sesión vermú. Tomemos el ejemplo del Titanic. Sí, golpeó contra un iceberg, el choque le metió un boquete carajudo al casco, pero hubo fiesta. Hombre claro. La orquesta no dejó de tocar por que la embarcación se empinara y finalmente se hundiera. No hubo singladura más feliz, por mucho que acabara en tragedia. La lección es clara. Hay que aprender de la historia y, a toda costa, ponerse de fiesta. Los indicadores se hunden, como el Titanic, el paro escala, la democracia expira, la banca se forra, nosotros estamos contra las cuerdas, pero por suerte alguien pinchará rock and roll para amenizar el desastre.
Cabeza contra puerta de armario
Piensas que conoces tu casa y te levantas de la cama sin encender la luz, descalzo. Solo vas al baño. Está todo controlado. Caminas a oscuras, tanteando con la mano las paredes, para asegurar. Todo va bien. Solo quieres mear y después dormir una hora más. Ayer te acostaste tarde. Te quedaste leyendo y roncando a Italo Calvino en el sofá. Aún son las seis de la mañana. Estás amodorrado, así que te cogerá el sueño enseguida. Pero en el camino de vuelta se produce el accidente. Pie descalzo contra pata de cama. Pocos golpes hay más representativos de las desgracias caseras, si no tenemos en cuenta el «cabeza contra puerta de armario». De alguna manera, es como un Barça-Madrid o un Boca-River. En realidad, como siempre gana la pata de la cama, se asemeja más a un Liverpool-Everton. Bill Shankly, entrenador del Liverpool en casi ochocientos partidos, llevó al equipo a las mayores victorias y alimentó la rivalidad con el otro equipo de la ciudad, aprovechando que casi siempre le ganaban, a extremos críticos. «Cuando no tengo nada que hacer miro debajo de la clasificación para ver cómo va el Everton», decía. No soportaba el mal juego que ponían en práctica los rivales. «Si el Everton jugara en el jardín de mi casa, correría las cortinas para no verlo».
En este contexto, tu pie se bate contra la pata de la cama. Naturalmente, como en el caso del Everton, sale derrotado y doliente. En este tipo de trompadas emerge siempre el individuo oscuro e irreconocible que todos somos. En el dolor se advierte que cada uno de nosotros es varios. Como mínimo, dos. Nos pasamos la vida negando el lado de cada uno que, inevitablemente, emerge en las grandes hostias y en los desengaños. Cuando emerge, y hay testigos, estos quedan impresionados. No conocían esa parte de nosotros. No es tanto decepción lo que sienten, como sorpresa ante un descubrimiento mayúsculo. Recuerdo cuando en la final del Mundial de Fútbol de Alemania, Zidane se volvió hacia Materazzi, le dio un cabezazo descomunal en el pecho y lo derribó como si fuese un bolo. La humanidad quedó asombrada ante aquel gesto. Todos conocíamos a un Zidane e, inesperadamente, conocimos al otro. Estos hallazgos siempre tienen algo de iluminador. Producen confort porque evidencian la imperfección personal. Todos somos así en el momento en el que nos enfrentamos a un abismo íntimo.
Cuando, acostumbrado a la perfección de los textos de Borges o a su corrección personal, casi británica, descubro de pronto una impostura en el escritor argentino, experimento gran alivio. Hace poco, leyendo en el váter los diarios de Bioy Casares, encontré la entrada correspondiente al 23 de noviembre de 1951. Ese día, Borges abrió The Perfumed Garden y leyó en una de sus páginas: «Women (...) would succeed in making an elephant mount on the back of an ant, and would even succeed in making them copulate [Las mujeres (...) conseguirían que un elefante trepase sobre el lomo de una hormiga, y aun serían capaces de lograr que copulasen entre sí]». El jardín perfumado, escrito por el Jeque Nefzawi en el siglo xvi, es un manual árabe sobre erotismo, donde se trata el sexo con un elegante estilo poético. Cuando Borges acabó de leer aquel párrafo, miró a Bioy Casares y dijo: «Aquí está la versión oriental, y desprovista de gracia, de “con paciencia y con saliva el elefante se la metió a la hormiga”».
En el tratamiento del sexo Borges se mostraba especialmente desinhibido. Era otro Borges. Como el día que le propuso a Bioy, para una antología pornográfica, los versos de Alejandro Sirio: «La señora de Pérez y sus hijas/ comunican al público y al clero/ que han abierto un taller de chupar pijas/ en la calle Santiago del Estero».
Mándame verbos, Ernest
«Mándame verbos», le pedía el redactor jefe a Ernest Hemingway cuando el novelista redactaba crónicas desde Europa. Aquel periodista —como los escritores y los poetas— creía posible dar información sobre la realidad que hiciese entendible qué ocurría en la misma. De puta madre. Pero la realidad, incluso en aquellos años, ya nos había desbordado. El mundo venció al hombre. Lo aplastó. Aunque parece que no tengamos noticia de esa derrota. ¿Importa lo que recojan los periódicos? ¿Cambia algo el canto de los poetas? ¿Podemos detallar la realidad? Thomas Bernhard estaba convencido de que nunca consigues trasladar al folio lo que piensas o imaginas. «La mayoría —decía— siempre se pierde en el traslado. En el fondo no puedes comunicarte. Aún no lo ha conseguido nadie». La realidad posee un mecanismo superior que, cuanto más realista pretenda ser su descripción, menos posibilidades hay de alcanzar su entendimiento. Llenamos millones de páginas a diario, pero nos quedamos lejos de la comunicación. «Tantos versos y tan poca poesía», lamentaba Jules Renard.
No hay nada que contar que dé la medida verdadera de lo que pasa en el exterior. Recuerdo al novelista estadounidense E. L. Doctorow relatar que un día se vio en la necesidad de escribir una nota para justificar la ausencia de su hijo pequeño en la escuela, y no fue capaz. La escribió veinte veces porque, quien es verdaderamente escritor, hasta cuando escribe algo banal se enfrenta al problema irresoluble del lenguaje para entrar en el núcleo del mundo. Siempre habrá un mal adjetivo, un problema sintáctico, una coma mal puesta. Wittgenstein estuvo cerca de desnudar el misterio cuando se preguntó: «¿Cómo puedo saber sobre qué estoy hablando, cómo puedo saber qué quiero decir?».
En septiembre de 1985, Susan Sontag entrevistó a Borges, que le confesó que le asombraba que se hablara de ediciones definitivas. «¿Cómo puede ser que un autor no pueda arrepentirse de un punto incómodo o de un adjetivo? Es absurdo». Ni las cosas más simples permiten que nos acerquemos a ellas. Solo algunas personas se enteran. Tal vez una fuese D. H. Lawrence, autor de El amante de Lady Chatterley, novela donde los personajes de Constance y Mellors, para acercarse mejor a la verdad de su relación, bautizaron a sus genitales como John Thomas y Lady Jane.
El escritor debe seguir caminos de perdición
La idea que estoy teniendo últimamente es que la ignorancia produce grandes obras. Tal vez parezca una idea ridícula, equivocada, pero en el fondo es irreprochable y redonda. En una entrevista de hace dos años, Fabio Morábito sostenía que un escritor es, en rigor, alguien que no sabe escribir. Al principio no entendía qué quería decir, pero me pareció evidente que alguien que se pronunciaba en esos términos misteriosos estaba accionando una bomba invisible. La verdad, en ocasiones, es verdad porque no se entiende. Hice lo que conviene hacer en casos así: huir, pensar en otras cosas. No pensar. Como era previsible, el enunciado acabó regresando por su propio pie, pero esta vez claramente descrito. Morábito hablaba de la necesidad de trabajar con las herramientas que otorga la ignorancia. Un novelista tiene que desconocer dónde pone los pies. Una idea clara nunca puede ser superior a una duda, incluso a un error. Cesar Aira sostiene a menudo que cuando se comete un error, cuando algo sale mal, no hay que cambiarlo, no hay que corregir, sino seguir hacia delante. A veces, siguiendo adelante —añade— los errores se capitalizan y dejan de ser errores.
Un escritor debe acometer novelas que no sea capaz de abordar, que lo aboquen al fracaso. Hay que fracasar de nuevo cada vez. Ese es el programa del verdadero escritor. Acabar con todo aquello que lo haga sentirse seguro como novelista. Solo así, tal vez, no fracase. Trato de explicarlo en mi próxima novela, que deambula a la busca de editor. Probablemente estas condiciones sean las únicas en las que lo imposible puede hacerse realidad. En algunos oficios hay que encontrar la determinación y la fuerza necesarias para tomar siempre caminos de perdición. La dirección correcta es siempre la dirección equivocada. Entre dos caminos, elegir el que no es. Los aciertos que se siguen del conocimiento no deparan a menudo más que aburridas emociones.
Es imprescindible que un autor, en cada momento, sienta que no tiene nada que ver con lo que está escribiendo. La filosofía sería que, en ese instante milagroso previo a redactar las primeras palabras, el novelista declare la intención de escribir la novela que no tiene ni puta idea de escribir. En literatura, como en otras facetas de la vida, no conviene disponer de plan. Y si existe un plan, es imprescindible salirse de él. Juan José Becerra mantiene que escribir «es una secuencia donde uno escribe con la mano y borra con el codo». El hecho de borrar, en el sentido de escribir contra lo que uno sabe, le parece una operación obligada para cualquier escritor. Es en el naufragio, en la ignorancia frente a las decisiones que se deben tomar, donde el hombre está más seguro y próximo a acertar.
Las erratas se sigilosan
No tengo ningún problema con las erratas. En el fondo, creo que conspiran a favor del libro. Acabo de leer una crónica boxística de Normal Mailer, en una viejísima edición cubana, que no es tanto un homenaje a Mohamed Ali y Joe Frazier como a las cagadas del tipógrafo. Me creería si me dijesen que Mailer encargó el asesinato de ese individuo, incluso que se ocupó él personalmente, aunque eso no evita que aquel disparatado trabajo editorial me resulte simpático. Esto no es ningún sentir general. Hay quienes sienten mareos si descubren una errata en un texto. No digamos si ese texto es suyo. A Cortázar le molestaban por encima de su salud. Eso lo convirtió en un insigne teórico de la errata.
En Papeles inesperados —esa familia de libros que, cuando estás muerto, descubren en un baúl tus herederos— se incluyen varios episodios inéditos de Un tal Lucas, personaje alter ego del autor. En uno de ellos, se muestra como un tipo obsesionado con las erratas. Está convencido de que estas degeneran en ratas y encarga a un miniaturista japonés la elaboración de una ratera para erradicarlas. «Las erratas se sigilosan», sostiene Cortázar, «viven una vida propia y es precisamente esa idiosincrasia la que lleva a estudiarlas con lupa en mano y a preguntarse una noche de iluminación si el misterio de su sigilosancia no está en eso, en que no son palabras como las otras, sino algo que invade ciertas palabras, un virus de la lengua, la cia del idioma, la transnacional de la semántica…».
La literatura está plagada de millones de erratas, algunas célebres. Si tiene curiosidad, búsquelas por su cuenta. Confieso que si me he puesto a escribir es porque un amigo me ha prometido un gin-tonic. Personalmente, tengo devoción por Arroz y tartana, de Blasco Ibáñez, que en su primera edición decía: «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido». Feliz error. No quiero imaginar Arroz y tartana, o cualquier otro texto de Ibáñez, y tener que leer una sosería como «ceño fruncido». En la misma onda dichosa se halla este verso de Garcilaso: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas [por puntillas]».
El aborrecimiento de Cortázar hacia la errata se transforma en pasión con Borges. Enrique Krauze cuenta que en una ocasión, estando Borges en México, acudió con Isabel Turrent a entrevistarlo. De paso, le llevaron el último número de Vuelta, revista a la que el argentino contribuía con un poema. «Dígame, ¿salió con alguna errata?». Todo indicaba que no. «Lástima, ya mi única esperanza son las erratas. Cuando Alfonso Reyes publicó un libro de poemas en el que abundaban, Enrique Díaz comentó que Reyes había publicado un libro de erratas con algunos versos. Las erratas, cuando se las descubre, son como picaduras de mosquito, pero le importan solo al autor. El lector sabe con resignación que de todos modos leerá una insensatez», les manifestó Borges.
Escupir de lado
Nunca conseguiré escribir la novela que tengo en la cabeza, porque esa novela debería arrancar con la siguiente frase: «Aquí me tienen, cascándomela en la ducha. Para mí, el mejor momento del día. A partir de aquí, todo va a peor». Pero esta frase, lamentablemente, ya la pronuncia Lester Burnham (Kevin Spacey) en American Beauty, lo que me obligaría a buscar un comienzo de consolación. Tal vez un comienzo distinto me conduzca a un desarrollo diferente, y este a un final indeseado, y después de todo, escribiré seguramente el tipo de novela que repudio. En última instancia, casi siempre acabas lejos del lugar al que pretendías llegar. Todos estamos sometidos a frustraciones así. A diario. O los fines de semana. O una vez al mes. Lo que no significa que al final no sea lo mejor que nos pueda suceder. El lugar equivocado representa a veces el lugar más favorable. Deseamos algo, no podemos alcanzarlo, y eso nos empuja a una búsqueda que nos conforta de la desolación.
Woody Allen, en Días de radio, lo contaba a su manera, cuando aseguraba que «de pequeño quise tener un perro, pero mis padres eran pobres y solo pudieron comprarme una hormiga». Es una variante americana del «canto en los dientes». Raramente las cosas suceden como nos gustaría, pero pese a todo conviene dar gracias. No suele haber excepciones. Recuerdo cuando hasta Nabokov —¡Nabokov, el puto Nabokov, señores y señoras!— en sus primeros días en Berlín, tan lleno de sueños, se vio obligado a mantenerse a base de dar lecciones de un inverosímil quinteto de materias, que incluía francés, inglés, tenis, prosodia y boxeo. Quizás por eso, cuando más tarde al fin estuvo en disposición de hacerlo, se pasó la vida acariciando los detalles. La felicidad, que nadie sabe a ciencia cierta qué es —más allá de ir golpeándose con ella a oscuras, como si fuese la arista de un mueble en una habitación sin luz— probablemente sea eso: el detalle acariciado.
La realidad es lo que hay después de descartar la mejor parte. No recuerdo quién decía que lo más importante en la vida es espantar las cucarachas. Esas tenemos. Después de todas las penalidades que saldrán a tu paso, después de toda la mierda que te harán comer, siempre tendrás que escribir un libro completamente distinto al que habías soñado cuando aún no sabías que en la vida hay que apartar —cuando no comer— cucarachas. Afortunadamente, aprendes a renunciar a tus mejores sueños por tu bien, y a disfrutar de las cosas sobre las que un día ni siquiera habrías escupido de lado, porque no merecían ni un espumarajo. Como cuando Oscar Levant, para evitar la felicidad, dio la espalda a la bebida: «Yo no bebo. No me gusta. Me hace sentir bien».
Yo soy así y soy de aquí
No me gusta tomarme en serio. Es una manía. No sé por qué sospecho que su utilidad es relativa. La última vez que me exigieron ser serio, para ejercer de padrino en un bautizo, me obligaron a renunciar a Satanás, y todo fue peor desde entonces. Todos conocemos ejemplos de gente que se da cierta importancia, y el resultado es esta mierda en la que estamos acomodados. Nada me hastía más que mi identidad. Uno no necesita tanto ser algo concreto, como tener un buen abrigo. Todo lo demás, sobra, incluyendo la partida de nacimiento. Godard sostenía que para hacer cine solo necesitas una pistola y una chica. En la vida, uno puede ser feliz incluso sin armas.
Cada día entiendo menos esa obsesión por decir «yo soy así y yo soy de aquí». ¿Por qué hay que ser algo en concreto, y toda la vida, y vivir con gloria esa manifestación abstracta? Personalmente considero que el verbo ser constituye una maldición. La vida, decía Benjamin Constant, consiste en salir de las cosas. En la medida en que quedamos ensimismados dentro de ellas comienza la obsesión. Luego, solo es cosa de tiempo ponerse serios, pensar en lo que representamos, en lo que somos, en la patria... Salir de las cosas, cuando comenzamos a adoptar su forma, evita dolores de cabeza. En esencia, se trata de huir de la identidad para buscar acomodo en lo extraño, hasta que ese asiento se vuelve común, y hay que huir de nuevo a lo desconocido. Uno debería poder ser hoy un artista abstracto, opinaba Andy Warhol, y la semana siguiente figurativo, o pop. Incluso, en determinados momentos, no deberíamos ser nada. Ni tener una familia. Ni pertenecer a un país. Estar solo con tu abrigo y tu chica. O tu chico. O tu perro Tobby. El Portnoy de Philip Roth lo exponía a su estilo cuando decía que «la minga era lo único que podía considerar mío en este mundo». Todo lo demás era un hostil desierto.
Un día le oí contar a Rodrigo Fresán que Chris Shaw, ingeniero de sonido de Bob Dylan, se acercó a este después de un concierto, y refiriéndose a la interpretación que acababa de hacer de It's Alright, Ma (I'm Only Bleeding), quiso saber si alguna vez la había vuelto a tocar como en la versión original. Dylan respondió: «Bueno, ya sabes, un disco no es más que un registro de lo que estabas haciendo ese día en particular. Y a nadie le gustaría vivir el mismo día una vez y otra, ¿no?». Esta es la idea. ¿Por qué hay que ser algo concreto todo el tiempo? La identidad, que consiste en ser algo eternamente, aburre.
Matar es una cosa muy personal
Todas las generaciones tenemos una «losa» encima de la que debemos deshacernos mediante un asesinato. Matar es algo muy personal, de modo que cada uno elige su víctima y su arma, pero no por ello menos necesario. William Faulkner lo expresaba en su estilo cortante con un consejo que, después de seguir, legó a sus discípulos: «Kill all your darlings». Algo así como «Mata a tus ídolos». Antes o después tus ídolos se vuelven tus enemigos. Si no te deshaces de ellos, pongamos que empujándolos al precipicio, corres el riesgo de perseguirlos eternamente. Antes o después, conviene que camines solo, siguiendo tu propia vía. Las revoluciones ajenas no sirven para que tú hagas tu revolución. A menos que tu ideal se compendie en aquello que el profesor José Luis López Aranguren atribuía al refranero navarro: «Por la mañana mi misica; por la tarde mi copica; por la noche mi putica».
A aquellos que soñaban con ser escritores, William Faulkner les proponía una fórmula de enunciado sencillo, fácil de confundir con lo difícil: «Sueña siempre y apunta más alto de lo que sabes que puedes hacer. No te limites a ser mejor que tus contemporáneos o tus predecesores. Intenta ser mejor que tú mismo. El artista es una criatura movida por los demonios». Era un consejo ampliable a no escritores. En realidad, a todas aquellas personas que, llegado el minuto, desean saltar del tren en movimiento. Hablar de literatura simplemente es un modo más de no hablar de literatura.
El método para abandonar la vía del tren —que siempre conduce al mismo lugar, por el mismo trayecto— admite muchas metáforas. Yo me quedo con la del asesinato. En la línea de Faulkner, pero también en la de Gombrowicz. Después de vivir en Argentina un exilio que duró 24 años, al escritor polaco le llegó el momento de regresar a Europa. Lo hizo en 1963. A punto de zarpar en el Federico, gritó a los colegas argentinos su consejo para hallar nuevos paradigmas a su literatura: «¡Muchachos, maten a Borges!». Ese Gombrowicz es el que se cruzaba con el escritor argentino en las calles de Buenos Aires y desde la otra acera le gritaba: «¡Hey, Borges, acá Gombrowicz!». El argentino era ya un autor institucional, canónico, intelectualista, frente a lo que se revelaba la propuesta dionisíaca y periférica de Gombrowicz, que sabía que siempre llega el momento de apartarse del buen camino en dirección al nuevo, que todavía no se sabe a dónde conduce.
En última instancia, nuestros crímenes nos proporcionan identidad. En ocasiones solo consigues saber quién eres a partir de tus cadáveres. Hasta ahora tus crímenes te hacían grande. O pequeño. En todo caso, te hacían alguien. Hablaban por ti. Cierto es que había ídolos a los que matar. La escasez de ídolos verdaderos, que no sean los que ya tuvieron las generaciones anteriores, nos amenaza con no cumplir nuestros sueños de ser algo. Anteayer eras algo gracias a tus víctimas. Ellas te otorgaban carácter. Tus crímenes te indicaban un camino, trazaban el mapa de tus obsesiones, que, a la postre, son lo que hacen que la vida valga la pena. Todo ha cambiado en poco tiempo. Como si matar, incluso siguiendo las instrucciones de la metáfora, estuviese mal visto. Todo recuerda mucho a Casino Royale, aquel filme surrealista en el que Woody Allen interpretaba al sobrino de James Bond, Jimmy. En una de las secuencias, a punto de morir, le decía al tipo que pretendía acabar con él: «No puedes matarme, mi país reaccionará. Enviará una carta».
Todos somos Mary Cheever
«Puede que fuera infiel, puede que fuera borracho, pero siempre estaba en casa a la hora de la cena», decía Mary en favor de su marido John Cheever, que tenía dos o tres vicios muy particulares. No hay defecto, cuando nos es demasiado próximo, que no nos parezca ínfimo. Ningún error alcanza notoriedad a cambio de que lo hayamos cometido nosotros, o uno de los nuestros. Esto es así, sin entrar en demasiados detalles. Todos somos Mary Cheever, personas dispuestas a pasar por alto cualquier afrenta a cambio de comer con cierta puntualidad. La vida solo se vuelve soportable si somos capaces de restar hierro a las crisis. Me ocurrió el sábado, cuando golpeé una figura del Apóstol Santiago de Sargadelos, se cayó del mesado y se desintegró. La figura, no sé por qué, era muy querida en casa. Oculté los restos en el fondo del cubo de la basura, para que no molestasen a la vista. Alguien los descubrió, por una fatal casualidad, y empezó a hacer preguntas. «Puede que haya sido yo», admití con arrogancia. «Pero después de pintar el dormitorio, techo incluido, y quedarme para el arrastre», alegué. La vida transcurre entre pretextos.
Todo error es relativo. En especial si lo cometes tú. Da igual qué hayas hecho. No será tan serio, digo yo, si no has matado a nadie. Como tus cagadas no son nunca graves, antes o después tampoco te lo parecen las de tu hermana, tu marido, tu novela o tu partido político. El pretexto se busca. Hay una escena en 99 River Street, de Phil Karlson, en la que uno de los personajes, afligido, le confiesa a su amigo: «He matado». La cosa parece espinosa, en efecto, pero su compañero toca la tecla exacta y lo consuela: «Hay cosas peores aún, como ir matando a alguien minuto a minuto».
En última instancia, conviene ejercer el olvido para dejar sitio a nuevos conocimientos. Nada dura más de tres días, según un proverbio árabe. Se trata de abandonar aquellos lugares en los que ya se ha estado. Como aquel intelectual que decía que el gazpacho se condimenta con sal, pimienta, perejil, tomate… y luego se tira por el váter. Pelillos a la mar, en fin. Es imposible mantener todo el tiempo los ojos abiertos. La podredumbre, en el fondo, es un parpadeo suave en el momento exacto. No hay error próximo, por grande que sea, que no quepa en el fondo de un bolsillo. Todos conocemos la historia de Paco, que después de una noche absolutamente degenerada, digna de Cheever, apareció por casa al amanecer. El vecindario lo observaba intentando abrir la puerta, sin éxito. Cada quien masticaba su teoría. Uno de los vecinos, cínico, le preguntó: «Pero Paco, ¿de dónde vienes?». La mujer de Paco, desde el balcón, consideró oportuno salir en defensa del marido, y respondió por él: «¿De dónde va a venir Paco? Paco viene de Francisco».
El libro es un chirimbolo yonqui
El libro también tiene una vida marginal y andrajosa, muy alejada de la literatura. En ese universo oscuro, lluvioso, solo es una especie de yonqui repelente, que nadie abre y sobre el que se acumula el polvo, cuando no otros objetos, que adquieren de pronto una inopinada superioridad sobre él. No fui plenamente consciente de esa existencia arrastrada hasta el día que me presenté por primera vez en Madrid, y cumpliendo un encargo de mi madre —«mira que no te olvides»— visité a la tía Mercedes, viuda de profesión. No la conocía más que por fotos en blanco y negro, deprimentes y envejecidas, lo que me había impedido hacerme una idea precisa de su bigote. En todos los retratos comparecía vestida de 1890, diluida entre dos o tres personas más. Ella destacaba, sin embargo, porque parecía llegar a la foto directamente de su entierro, haciendo una excepción.
Su primer marido había sido poeta, contemporáneo, a la luz de su estilo místico, de Alonso de Ercilla y San Juan de la Cruz. Tal vez por eso me había imaginado una casa llena de libros polvorientos, que nadie había abierto desde su muerte. En parte es lo que me encontré. Solo en parte. La visita estuvo presidida por el sobrecogimiento gris que me produjo advertir que los libros del difunto tío Andrés resistían el peso de una persiana averiada, equilibraban una mesa o elevaban una lámpara. En el caso más impactante, un ejemplar de Madame Bovary, que de buena gana habría robado después de maniatar a mi parienta, hacía de peana para un viejo trofeo de bridge.
Aquella visita me enseñó que un libro puede tener diferentes finales. Si hay suerte, perduran viajando de lector en lector, que es un modo de no tener final. La eternidad, en el fondo, solo es un boca a boca. Pero si caen en desgracia, los libros descienden a la condición de objetos yonquis. Es decir, cuñas para ventanas que se cierran o sillas con una pata más corta que el resto.
Me costó olvidar a mi tía, aunque cuando lo hice, con el tiempo me volví a acordar más veces de ella. Una fue cuando murió, para preguntarme morbosamente con qué vestido la enterrarían, y si la afeitarían, pero sobre todo qué sería de su biblioteca. Otra fue cuando leí que Evelyn Waugh era un fanático de las novelas epistolares de Samuel Richardson. «No me desplazo nunca sin mi ejemplar de Clarissa», explicaba cuando lo veían tomar el tren con la voluminosa novela de Richardson bajo el brazo. «Me sirve para mantener la puerta del vagón entreabierta», aclaraba. No en vano, Clarissa tiene 984.870 palabras, unas doscientas mil más que la Biblia.
Me pregunto qué soluciones puede aportar el libro electrónico a una literatura planteada en estrictos términos yonquis, donde el libro desciende a la condición de trasto harapiento, chirimbolo, cacharro. Porque me temo que mi tía Mercedes, que en paz esté, o Evelyn Waugh, que esté en más paz todavía, están lejos de representar casos aislados.
Hay sentidos en que el libro no sirve para nada —nada exquisito o enriquecedor— y, en esa medida, conviene admitir que resulta de gran utilidad en una casa. Su modo de ocupar el espacio representa su mayor valor añadido. La humanidad resiste mal los huecos. Una estantería vacía solo es menos triste que el agujero que ha dejado un cuadro o un plato al descolgarse. De ahí el prestigio —prestigio, especifiquemos, yonqui— que tanto el libro como el Aguaplast poseen en algunas familias. Los temidos huecos de la pared, que no son sino una versión posmoderna del miedo al vacío de siglos pasados, me conducen siempre a la lectura de Crímenes ejemplares, de Max Aub, donde decenas de asesinos relatan el móvil —casi siempre ridículo— que los condujo a acabar con la vida de la víctima. Hay un caso que se encuentra entre las pocas cosas que consigo recitar de memoria: «¡Me negó que le hubiera prestado aquel cuarto tomo...! Y el hueco en la hilera, como un nicho».
Un libro, muchas veces, es solo un libro cerrado, una piedra pulida. En el mejor de los casos, una madera bien tallada. Pero por todo ello, muy útil. Utilísimo. Su cuerpo muerto y pesado realza el entorno. «Está ahí como amenaza, no como lectura», decía Severo Sarduy de un ejemplar de Los cipreses creen en Dios que había en su casa, sobre el que nunca posaba las manos, pero hacia el que miraba periódicamente. Tal vez el libro electrónico acabe por conquistar un día a los lectores para siempre, pero ¿qué puede ofrecer a los enemigos de la literatura, a la decoración de interiores, a la industria del marcapáginas, a los caza autógrafos, a esos individuos que toman un libro prestado de la casa de un amigo por el gusto de no devolverlo jamás? ¿Qué futuro les espera en un mundo en el que el libro de papel, como objeto muerto, marginal, yonqui, ceda su sitio en silencio y lentamente al electrónico? Recuerdo cuando Roberto Bolaño, con su estilo provocador, aunque siempre inteligente, decía que uno roba libros y acaba leyéndolos, pero en su caso, en ocasiones «los compro y muchas veces ni los leo, los acaricio. Me gusta tenerlos cerca». ¿Satisfaría una expectativa así el e-book? ¿Puede permitirse un utensilio de esa naturaleza intangible, que el día que mueres desaparece contigo, el lujo de no servir para nada, de no ser leído, de matar una mosca, de sujetar una puerta o de encender un fuego, como hacía con las hojas de sus ejemplares Pepe Carvalho, y para de contar?
Existen muy diferentes formas de ser libro y prestar un servicio al propietario. Hay un tipo de libros —yonquis en su estilo— que compras aun sabiendo que no vas a leer ni loco, pero tú sabes que deben estar ahí, en tu espacio, llenándolo. Por si acaso. Tal vez por la misma razón por la que instalas una alarma en casa. No lo haces esperando que un día suene y disfrutar la experiencia, como un melómano más. La compras por si acaso, joder. Así adquieres muchas veces ciertas novelas, incluso ensayos. ¿Por qué, si no, le haces sitio a Hegel, o a Cioran? Para estar preparado para algo que seguramente jamás sucederá. Su presencia te tranquiliza y te ayuda a engañarte a ti mismo pensando que tal vez una noche de invierno… Es preferible su asistencia a su ausencia, punto. Incluso en aquellas circunstancias en las que su comparecencia te inquieta, porque sabe Dios a dónde te puede conducir una sobreexposición a Cioran. Para estos casos yo siempre guardo una anécdota reveladora de Visconti sobre la importancia de los libros que solo son un lomo y que se limitan a cubrir un hueco en la pared, pero que con ese efecto meramente físico enriquecen la escena, incluso facilitan un contexto histórico. Durante la grabación de una de sus películas, el director italiano ordenó detener la posproducción. «Esto es un desastre», lamentó. «¿Pero qué demonios ocurre?», preguntaban sus colaboradores. «Esta hermosa e insuperable escena, no sirve». «¿Por qué, si es una hermosa escena, y además insuperable, y ya no podremos volver a filmarla?». Pues porque en la biblioteca del fondo había un libro que no se correspondía con la época, y aquella presencia extemporánea, el lomo, nada más que el lomo, trastornaba a Visconti. Y desde Chesterton sabemos que «un hombre nunca debe dejar nada en el universo que lo aterrorice».
No la chupes tanto
En el colegio, si te complicabas con dos regates y perdías la pelota, el reproche de los compañeros de equipo se oía en todo el patio: «¡No la chupes tanto, hostia!». El balón era poder, y aunque desconocías qué significaba ese poder, experimentabas gusto al manosearlo. Freud, para entendernos, pero sin órganos genitales. Cuando llegabas al instituto —en caso de llegar— aquella frase sufría ciertas variaciones. Leves pero sustanciales. Si elegías chutar, y no ceder el balón atrás, podías oír un: «¡Mámala menos, tío!». En parte, el cambio de verbo también pretendía desgastar tu reputación, aunque, en general, se trataba de una invitación a distribuir mejor el juego.
Pasa el tiempo. Creces. Vas a la universidad. Te licencias. O te expulsan. Consigues un empleo. Te despiden. En silencio y lentamente, el tiempo se pone amarillo sobre tus fotografías, y un día adviertes que en la infancia —la infancia, cuando menos lo esperas, telefonea— se moldean verdades que luego olvidas, pero que siempre están ahí. Porque resulta que a tu alrededor, si te fijas bien, hay un pequeño grupo que la chupa todo el rato. Eso jamás cambia. Ellos la chupan y tú miras. No hablo de fútbol, sino de democracia, de libros, de música, de periodismo… de todo menos de fútbol. Mientras unos pocos la maman, digamos, de puta madre, el resto lanzamos vertiginosos e imponentes desmarques, pero nunca recibimos el balón. En el mejor caso, cuando todo acaba, alguien te dice: «Bien jugado, chaval». Naturalmente, «bien jugado, chaval» te sabe a poco, como cuando una jovencísima y prometedora Diane Keaton lamentaba, después del rodaje de El Padrino, que las únicas palabras que le hubiese dirigido el gran Marlon Brando fuesen: «Bonitas tetas».
Pocas veces alguien que la chupa demasiado alcanza el éxito. Eso él nunca lo sabe. Cree que, antes o después, de su regate saldrá un gol para enmarcar. No suele ocurrir. De hecho, solo conozco un caso de esos en los que el individuo persevera en chuparla y obtiene réditos maravillosos. Pero remite al fútbol. Es el caso de René Houseman, delantero del Club Atlético Huracán, que en el año 1975, según le contaron, marcó un gol fenomenal: «Una tarde me presenté en el estadio para jugar el partido directo desde un cumpleaños de la noche anterior, por supuesto que en un estado de ebriedad total. Cuentan que me hicieron duchar como una docena de veces… y tomar varios litros de café. Jugábamos de local contra River Plate. Entre lo que más o menos recuerdo y lo que me contaron… Cero a cero el partido, cuarenta y un minutos del segundo tiempo: parece que fui a buscar una pelota, proveniente de un pase de Fatiga Russo… avanzando en diagonal de derecha a izquierda eludí a uno (a Héctor Osvaldo López), la tiré larga entre los dos defensores centrales (uno era Perfumo y el otro Ártico) y cuando desde el arco me salió el Pato Fillol en el mano a mano, amagué, lo eludí y la crucé suavemente con la pierna derecha. Modestamente, un golazo. Luego dicen que quedé tirado en el piso riéndome. Tras eso me hice el lesionado, pedí el cambio y me fui directo a dormir a casa. Comentan que la gente me despidió con su tradicional: “Y chupe, chupe, chupe… no deje de chupar… el Loco es el más grande del fútbol nacional”». Fuera del balompié, el tipo que la chupa sin parar no suele triunfar, aunque cuando fracasa el jodido eres tú.
Amago de infarto
Lorenzo había sufrido un principio de infarto la semana anterior a Nochevieja y convalecía en el hospital de Ourense. Entretanto, en casa veíamos la tele, comíamos las uvas, las escupíamos en la mano y nos marchábamos a la cama, para no ser cómplices de nuestra decadencia. Por estos días mi familia se desmoronaba a la vez que descubría que la vida es cruel, aterradora y bella. En el último momento, sin atisbo de reflexión, varié mis planes, metí una botella de whisky en la mochila y me dirigí al hospital.
Entré por Urgencias. Allí la noche hacía equilibrios sobre una calma movediza. Casi era la una de la madrugada y, cumpliendo con una tradición oscura, no tardarían en llegar las ambulancias con las primeras intoxicaciones del nuevo año. Me acerqué a la ventanilla de admisión. A la administrativa le costó apartar los ojos de su teléfono móvil. Recé para que fuese una de esas personas que se ablandan ante las historias de seres humanos solitarios y tristes. Desconozco por qué, pero esa noche pensé que obtendría más provecho de la sinceridad que de una hermosa y grotesca mentira, así que le expliqué que venía a «enjuagar en un trago la Nochevieja más triste de un enfermo del corazón». No sé de dónde saqué una frase así. Ella me miró como a un pelele y me respondió: «Esto no es un bar, sino un centro hospitalario. ¿Te das cuenta, no?». No era la reacción que esperaba, pero aun así adiviné una grieta para la esperanza en el modo en que había pronunciado «bar», sin atisbo de burla o desprecio.
Me persuadí de que casi la tenía en el bote, y le expliqué que yo era lo más parecido a un familiar que tenía mi amigo. «Solo querría desearle feliz año nuevo, y que no piense que está solo como un perro en este mundo», exageré. Me estudió fijamente durante dos segundos. «¿Cómo has dicho que se llama?». Repetí el nombre. «Pues lo siento, pero ya está acompañado por un familiar». Me quedé helado. Lorenzo no tenía padre, ni madre, ni hijos, ni hermanos, ni sobrinos. Nada. Ni siquiera una tortuga. «¿A qué pariente se refiere?», pregunté. «A su esposa», me aclaró. Sonreí sin sonreír, para no ofender. Lorenzo estaba soltero, como acostumbra a decirse, de toda la vida. Algunos días alternaba con putas, pero sin llegar a casarse con ellas.
Me aparté un instante del mostrador. Me vendría bien pensar. Era obvio que no le había caído en gracia. Pero, aunque fuese, me resistía a no celebrar con Lorenzo que no había nada que celebrar. Sospechaba que necesitaba compañía. Y a mí tampoco me vendría mal. Pero, ¿cómo conseguirlo? La buena fortuna acudió en mi rescate. En un pasillo al fondo reparé en la presencia de Sandra Salvatierra, una radióloga con la que había tenido un rollo un par de veces, sin que a los dos nos quedasen marcas. Le hice un gesto, sonrió, nos acercamos. Casi se me pasa por la cabeza intentar una tercera aventura, y olvidarme de Lorenzo. Le resumí la situación, mi cariño por mi amigo, lo solo que debía encontrarse en este momento en su habitación. En última instancia, me puse melodramático: «¿No te ha pasado alguna vez que has temido que a un amigo le quede una sola noche de vida, y que tal vez tú podrías ser la última persona querida que viese?». No sé si dio resultado, pero lo dio.
Sandra me condujo por un laberinto de pasillos y cuando estuvimos ante la habitación 215 me dijo: «Es aquí». Empujé la puerta y me dio en la cara una amplia y gruesa oscuridad. Me quedé paralizado. Unos alientos se tropezaban como si fuesen electrones, con suavidad, pero furia. La oscuridad se llenó con jadeos. Me retiré y me senté en el suelo a esperar no sabía bien el qué. Al rato, el pestillo de la puerta se movió y apareció una mujer altísima, negra, con pantalones ajustados y tacones imponentes. Creí ver cómo se guardaba unos billetes en un bolsillo. La seguí con la mirada mientras se alejaba, fascinado. Después entré en la habitación y descubrí a Lorenzo muy recuperado del amago de infarto.
La sorpresa fue mayúscula
No me gustan las sorpresas. Desconfío de la gente que disfruta con ellas. No menos que de la gente que rechaza un chupito de hierbas solo porque no le gusta. O de la que nunca saca el brazo por la ventanilla mientras conduce. Esas sorpresas que algunos tanto veneran, cuando te das la vuelta se traducen en adolescentes que abren eufóricos su regalo y encuentran —toma sorpresa— unos calzoncillos de otra talla o unos calcetines negros. O un libro. Gestionar esa decepción, de tal forma que parezcas entusiasmado, es la clase de cosas que te lleva a creer que la vida es una mierda.
Todavía lloro al recordar aquella Navidad que mi tía Elisa me regaló unas bragas rojas, con encajes y un pequeño pompón, ridículas incluso si yo hubiese sido mujer. Me había entregado, por error, el regalo de mi hermana. Cuando lo subsanó, me tocó una de esas cintas del pelo para hacer deporte. Hay días que creo que aquella confusión con las bragas me desgració la infancia.
En mi familia, cuando nos queremos hacer un regalo sorpresa, nos preguntamos qué necesitamos, para acertar. Nadie ha dicho nunca bragas rojas, ni calzoncillos, ni cintas para el pelo. Nos va bien así. Me acuerdo a menudo de la felicidad que embargaba a mi padre cuando la abuela, por el día de San Ramón, le regalaba todos los años un cartón de Ducados sin envolver. Ni siquiera dentro de una bolsa. Aquella ausencia total de sorpresa producía, sin embargo, un frenesí total en mi padre, que había nacido para fumar. Si eres fumador lo comprendes mejor. Kipling se aproximaba a esa experiencia cuando, con la mentalidad de su época, sostenía que «una mujer es solo una mujer, pero un cigarro es fumar».
En mi casa, un regalo nunca puede ser una sorpresa, solo una constatación. No nos desmayamos del asombro, pero tampoco nos alegramos por compromiso. Es cierto que en esta familia estamos muy escarmentados. Tenemos siempre presente la historia del primo Óscar, que en paz descanse. Trabajaba en la marina mercante y pasaba largas temporadas fuera de casa. En unas navidades, para dar precisamente una sorpresa a su novia, adelantó en un día su regreso. Cuando entró por la puerta, llamó tres veces a Beatriz. No contestó nadie. Supuso que su novia se habría entretenido en el hospital, o tal vez cambiado el turno con alguna compañera. Entretanto, él se acomodó. Solo tuvo sensación de estar en casa al abrir la nevera y sacar una cerveza. Los hogares se construyen en cierto sentido sobre las bebidas. En vista de que ella no daba señales de vida, se dirigió al apartamento de su vecino Abelardo. Necesitaba charlar con alguien. Encontró entornada la puerta. Le pareció raro. Nadie dejaba nada abierto, y menos la puerta de casa. Ni siquiera el paquete de tabaco. Avanzó sin llamar, con sigilo. Si alguien estaba robando, lo mejor era entrar en silencio y sorprender al ladrón. Avanzó de puntillas. No vio a nadie en la cocina. Ni en el salón. Cuando se asomó al dormitorio descubrió a Abelardo follando con una mujer de pelo largo y moreno. Estaba de espaldas. Mi pariente retrocedió muy despacio y con una gran sonrisa en la cara. Se alegraba horrores por Abelardo.
Cuando regresó a su apartamento se sentó en el sofá, puso los pies sobre la mesa y se consagró a las cervezas y la televisión. Media hora después, entró su novia en el piso. Vestía un pantalón muy corto y una camiseta de tiras, y calzaba chancletas. Se puso blanca al ver a Óscar en casa. Finalmente balbució unas palabras de desconcierto: «¿Pero tú no llegabas mañana?». No era la típica frase de alguien que se alegra de ver a su novio. «¿Y tú de dónde vienes?», preguntó a su vez Óscar, al que se le hacía un poco raro que su novia fuese a trabajar con aquella pinta al hospital. «Me quedé sin sal y le he ido a pedir una poca a Abelardo. Hemos estado un buen rato de cháchara». Mi primo se quedó de piedra. En efecto, la sorpresa fue mayúscula.
Yo nunca olvido un bigote
Los malentendidos aclaran a veces muchas cosas. Allí donde hay un malentendido, existe una posibilidad de progreso. Nadie, después de todo, tropieza hacia atrás cuando corre. Me lo recordó la emisión de Juegos de guerra (1983), de John Badham, ante la cual en mi generación deseamos por primera vez ser hackers suicidas. Acabar con el mundo es un sueño perseguido por cualquiera. ¿A quién le amarga un dulce? En esta película, Matthew Broderick, gracias a un malentendido, casi lo consigue.
Todos coleccionamos equívocos. Hace un año, en el metro de Madrid, alguien me tocó un brazo. Me volví enseguida, por miedo a que me lo robasen. Era el derecho. Y estaba escaldado. En tres meses había sufrido dos atracos. «¿Qué tal?», me preguntó de pronto un hombre con bigote, en el que no reconocí a nadie familiar. «Hola», respondí por precaución. Debió adivinar mi desconcierto, porque me preguntó si «acaso» no lo conocía. Se metió en medio un silencio que duró casi un año, pero de los breves, que pasan en dos segundos. «Por favor, cómo no te voy a reconocer. Qué tontería. ¿Y qué es de tu vida?». Le tendí la mano. Sé cómo es sentirse un completo imbécil cuando le hablas a alguien que no te reconoce, y sonreí. Confesar que no lo reconocía me pareció de mal gusto. Entretanto, pensaba quién cojones sería. Yo nunca olvido un bigote.
Hay gente muy irascible por ahí, a la que conviene seguirle la corriente. Eso hice. Me arrepentí enseguida, pero todavía era de peor gusto rectificar. En cambio, él no disimulaba. Hasta sus gestos sugerían que éramos conocidos, casi primos. Chasqueó los dedos, como cuando estás a punto de saber una pregunta del Trivial, y sacó a relucir la última vez que nos vimos. «Fue en aquel pub de Sabadell, hace diez años». No había estado en mi puta vida en Sabadell. «¿Seguro?», me permití dudar. Después de todo, la duda también favorece el progreso. «Segurísimo. Ese día me contaste que te habían contratado en la Seat». Afirmé con la cabeza. «En efecto». Ni que decir tiene que nunca había trabajado en la Seat. Ni siquiera en un taller mecánico. Lo más parecido a eso había sido mi etapa de periodista en un diario en el que, de vez en cuando, tenías que apretar los tornillos de tu silla con un bolígrafo. Empecé a sospechar que me tomaba el pelo. Hay hijoputas así. «Joder, tienes razón. Yo estaba recién operado», decidí mentir, para dar continuidad a la farsa. «¿Operado?». El fulano arrugó el gesto, no tenía ni idea. Qué raro, pensé. Tan conocido mío y no sabía lo de mi operación. «¿Operado de qué?», se interesó. «Una fístula», improvisé. En ese momento, miré al suelo y advertí que llevaba botas de cowboy. Temblé.
Faltaban todavía tres estaciones para mi parada. Después de otro silencio eterno y breve, cambió de conversación. Quiso saber si mantenía contacto con el viejo grupo de amigos. «Con algunos», señalé, sin grandes concreciones. Él recordaba a María, porque hacía tres años la había visto precisamente en un tren. Me reventaba la curiosidad por saber quién era aquel tipo. ¿Y si realmente yo lo conocía? ¿Y si había trabajado en la Seat pero no lo recordaba, porque había coincidido con mi etapa de cubatas de Larios? Se me ocurrió preguntarle por sus padres. Tal vez eso me facilitase alguna pista. «Mamá bien pero papá no demasiado. Murió». De hecho, agregó, yo le había enviado un telegrama de pesame. «¿De verdad no te acuerdas?». Claro que sí. «Es que hoy llevo un día horrible», alegué. «Por cierto, no quería dejar de felicitarte por el nacimiento de tu hija. No hay nada más hermoso que dar vida a una criatura», me dijo. Ahí reventé. Aquello era un despropósito. «¿Hija? No he tenido una hija en mi vida». Ahora era él quien estaba desconcertado. «Pero es posible que... —musitó—. ¿Tú no eres Alfredo Balaguer?». En ese momento se detuvo el tren. No era todavía mi parada pero me apeé. Las botas de cowboy me ponían nervioso.
La última batalla del bebedor
En la noche de todo bebedor existe un momento insignificante y a la vez crucial, cuando ya has aplazado tus tragos hasta el día siguiente, en el que te pones a prueba. No importa qué hayas hecho hasta entonces. Ahí, en ese fugaz segundo, con tu defensa ya bajada, te retratas. Existe un tipo de bebedor que siente el oscuro impulso, una vez deja de beber porque se hace temprano, de ir todavía más allá. Quieres jugarte el todo por el todo y llegar hasta el final. No eres muy distinto, después de todo, de esos tipejos que se ganan la vida dando cartas, o apostando su alma en una cuerda floja.
Llegada esa hora en la que abandonas en la barra el último vaso, solo hay dos clases de individuos. De un lado están los fulanos que liquidan la noche cuando entran en casa, lentamente se arrastran hasta el dormitorio y mueren sobre la cama, como elefantes. Eso es todo. No creen que haya nada importante después del último trago. Solo desean que el día acabe, enfrentar la resaca como samuráis, y esperar que pase pronto la semana, hasta el viernes. No tengo nada contra ellos. Muchísimas noches, de hecho, soy uno de esos, alguien en busca de una muerte rápida y reparadora.
Cerca pero muy lejos, están aquellos otros que después de una noche durísima, borrachos y arrastrados por el desierto que abre el whisky, libran la ofensiva final en la cocina. Es la madre de todas las batallas. Solo ellos y la nevera. Comer acarrea entonces la agonía perfecta, el estertor último, emocionante y bello, el instante en el que superas la escarpada ladera y ves el mar, donde la borrachera se hace feliz y dulce. Ese enfrentamiento te rehabilita. En alguna medida, restituye tu crédito, debilitado durante las últimas horas, con sus copas y fracasos. No hay derrota posible cuando te detienes, por ebrio y rendido que estés, y cenas al amanecer en soledad, previendo que ha vuelto a ser otra noche de mierda. Pero no importa porque tienes hambre y comes lo primero que encuentras. En ese momento, todo empieza de nuevo, florece. Es primavera. El pasado no pasó.
Hay un momento en la vida en el que dejas de saber por qué todavía sales los viernes. Y los sábados. En realidad, también algunos jueves. Es una ignorancia molesta, que sitúa ante ti un precipicio, a modo de espejo. Yo la supero diciéndome que salgo para llegar tarde, medio ebrio y cenar un buen desayuno. Durante una época disfruté saliendo con un amigo de un amigo porque después de beber toda la noche, él daba lo mejor de sí mismo al llegar a casa, en la cocina. En una ocasión, de camino a la cama, se empeñó en pasar por la pescadería. Yo sabía que había sobrado empanada del día anterior. Justo una empanada de congrio, fría y dura, es a veces todo lo que necesitas en la vida antes de entregarte de rodillas a la resaca para que acabe contigo. Le disuadí de comprar una docena de sardinas. No pude evitar que se llevase una merluza de quilo y medio. Al parecer la preparó a la bilbaína, mientras todo nos daba vueltas. No pude recordar nunca aquel episodio. Su madre, por los restos que descubrió al día siguiente, asegura que era a la bilbaína. Lo doy por bueno. No importa tanto cenar esto o aquello, como someterte a la cuerda floja de la cocina antes de irte a la cama. Hace años, en un sentido parecido, le oí contar a Stephen King que no recordaba ser el autor de uno de sus libros porque lo había escrito borracho. ¿Qué cojones importa eso? El caso es que fue aplaudido y recompensado por ello.
Matarratas con hielo
Mi amigo Z. empezó a salir con María a los 19 años. Al principio les fue bien. Es decir, durante las primeras horas. Pero al tercer día notó que el amor funcionaba mal. Había sido testigo de eso que William S. Burroughs denomina en El almuerzo desnudo el «instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores», pero prefirió torcer la cara. Pasaron los semanas y un día por otro no encontraba el momento idóneo para poner fin al romance. En el último instante, con el discurso de despedida que yo le había preparado en la cabeza —«me parece que quiero cortar, tía»—, siempre ocurría algo suficientemente estúpido que aplazaba lo inevitable. Z. se dejaba llevar y se adaptaba a la calamidad. Me recordaba a menudo a la madre del protagonista de La vida de Brian, cuando en un momento delirante de la película, Brian le pregunta: «¿Te violaron?». Y su madre le responde: «Bueno... al principio sí».
Hacía tres meses que salían cuando retomó la idea de dejarla. «No hay pasión, ni afinidades, ni nada», me dijo una tarde. «¿Te escribo otro discurso de ruptura?», le pregunté. Me sorprendió el modo en que me dijo «no». Fue esa clase de «no» que alegan los porteros de algunas discotecas para que te saques de su vista. Rotundo. Estaba decidido a dejarla y no necesitaba discursos ni hostias. Lamentablemente, en el último segundo recordó que eran las vísperas de la boda de su hermana. No quiso teñirle la fiesta de luto. Pasó el tiempo. Cuando se propuso retomar los trámites para que el idilio acabara, ella le presentó a sus padres por sorpresa. Le cayeron tan bien que no tuvo más remedio que enfriar la intención de abandonar a María unas semanas. «Cuestión de formas», alegó.
Por esa época encontró trabajo en un periódico. Entre los horarios y alguna compañera de redacción, María pasó a un tercer plano. No renunciaba a dejarla, pero «cuando la ocasión sea más propicia». Se trataba solo de una estrategia para seguir a la deriva. En ese escenario, un día llegó la propuesta de matrimonio de María. Z. no encontró las palabras para decir «no». Algunos monosílabos requieren una compleja construcción sintáctica. No te salen si no eres Marcel Proust. Aceptó y la boda trajo un nuevo aplazamiento de ruptura. «Tiempo habrá de divorciarse», me confesó, ebrio, el día de la despedida de soltero. «Hoy en día —añadió— es un trámite más o menos ágil». Le di la razón: «Cuestión de juntar cuatro papeles». Entretanto, se liaba con algunas periodistas de vez en cuando, a las que persuadía para no tomarse el lío en serio alegando que estaba casado. Pero un día pasa lo que sucede. Con Z. lanzado definitivamente a la ruptura, María se le adelanta y, en cuanto él llega del periódico, le dice: «Quiero el divorcio». Fue un momento supremo, feliz, en el que quedó a la vista la jugada perfecta de Z., que tenía algo sucio e inevitable que hacer, y había dejado que otro lo hiciese por él. Después de eso llegó el martes, los antros, el matarratas frío y la típica resaca de miércoles, que dura hasta el sábado.
Bragas en el tendal
En una etapa de mi vida me tocó escribir en una habitación con vistas a los tendales del vecindario. Cuando apartaba la mirada del texto, buscando un punto de agarre para continuar la escalada, solo se me ofrecían camisas, bragas, sábanas... Si tenía suerte, veía a la vecina del segundo tendiendo la ropa. Aquella mujer, en mi recuerdo, es un milagro de verano. Solo por verla merecía la pena ser un escritor, incluso de los malos, encerrado en una habitación tétrica, que se entretenía contando pinzas en el suelo, a la espera, en vano, de que un día llegase la verdadera literatura. Pero casi nunca tenía suerte.
Era su marido, cuando no su madre, el que se encargaba de tender y recoger la ropa. Por aquella época, tal vez como efecto de las vistas taciturnas e incomunicadas, sin horizonte, de los tendederos, mis personajes se suicidaban a menudo. Si alguno sobrevivía era porque su vida, en el fondo, resultaba tan desgraciada que ni merecía el alivio de la muerte.
El tono de los textos, la sedación incluso de mi estilo por entonces, corrían paralelos al hastío del tendedero. Nunca hay que esperar gran cosa de unos calzoncillos al sol. Ni siquiera de un sujetador push-up. En ese contexto, apenas son tejidos suspendidos en el vacío. A veces resulta más alentador el silencio que te devuelve una pared sin ventana. Creo que solo Roberto Bolaño fue capaz de convertir un tendal en una explosión de luz cegadora, capaz de transportarte a un lugar maravilloso sin desplazamientos. Ocurre en 2666. En la segunda parte, Amalfitano encuentra dentro de una caja de libros el Testamento geométrico, de Rafael Dieste, y toma la decisión de colgarlo en un tendal de ropa, como una camisa mojada. No lo cuelga porque previamente se hubiera humedecido, sino «porque sí, para ver cómo resiste la intemperie, los embates de esta naturaleza desértica», le explica a su pareja.
Es difícil calibrar en qué medida, si eres escritor, las cosas que te rodean se inmiscuyen en tu literatura por una ventana y la guían por ciertos caminos y no otros. Quizás aquellas bragas recién tendidas, goteando, o la vecina del segundo en el minuto de recogerlas, determinasen mi estilo más que la lectura y la digestión de Faulkner, Scott Fitzgerald o Borges. ¿Cómo saberlo? Imposible. Los acontecimientos decisivos de la historia son a menudo secretos. Cuántas veces no atribuyes a una acción la menor importancia, y de pronto, pasado un tiempo, descubres que cambia tu vida. O lo intenta.
En mis años interno en un colegio de mercedarios, cuando me tocaba servir la comida a los frailes, aquel escupitajo que dejaba caer en la fuente de la sopa, en el trayecto entre la cocina y el comedor, me pareció siempre un gesto insignificante, aunque balsámico. Era mi respuesta pueril a las hostias que recibía. Me ayudaba a dormir. Al final de aquel curso, sin embargo, un compañero de internado me obligó a redactar su trabajo sobre la ii Guerra Mundial a cambio de no revelar a los frailes todos los ingredientes del consomé. Las cosas importantes algunas veces son solo una suma de idioteces que requieren un largo período de gestación. ¿Cómo puedo saber que aquel tendal, más el escupitajo para dormir, más algún libro irrelevante que fui intercalando, más las hostias que recibí del Padre Felipe, no me convirtieron en el escritor que tal vez un día llegue a ser? Simplemente, no puedo.
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