Kitabı oku: «Residuos del insomnio»

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JUANJO FERNÁNDEZ (Santiago de Compostela, 1966), se inició en el fotoperiodismo en 1987. Su carrera alcanzó notoriedad con su incorporación al equipo del diario madrileño ABC. Como corresponsal adquirió las características que definen su estilo: dominio del blanco y negro, interés por las historias humanas, agilidad con la cámara. A ellas se suma el cuidado del espacio, cualidad que desarrolló como asistente del fotógrafo vasco Antxón Hernández. Ha realizado seis exposiciones individuales, entre ellas Vivimos como soñamos: Solos, que presentó en el Ateneo de Madrid (2011). La más reciente, El alma del río. Parana Tsawa, fue exhibida en el Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores (2018).

Desde 2014 reside en Lima, donde alterna su trabajo de crónista gráfico con el de periodista especializado en temas de carácter cultural y medioambiental. Sus trabajos se publican en El País (España), SudAméricaHoy (Argentina) y Expresso (Portugal).

Desde 2016 elabora informes sobre los derrames de petróleo en la Amazonía peruana. En su afán de dar apoyo a las comunidades ribereñas, y en especial a los niños, ha creado La Cocha de los Libros, una red de bibliotecas al servicio de estas comunidades.




© Juan José Fernández, 2020

© Ediciones Peisa s.a.c., 2020

José M. Quiroga 585, Santiago de Surco

Lima 15038, Perú

editor@peisa.com.pe

Diseño de carátula:

Renzo Rabanal Pérez-Roca / Peisa

Diagramación: PEISA

Serie: Crónicas Contemporáneas

Primera edición, septiembre de 2020

ISBN: 978-9972-40-463-4

ISBN edición digital: 978-9972-40-464-1

Registro de Proyecto Editorial N.o 31501402000427

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.o 2020-06063

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com

Prohibida la reproducción parcial o total del texto y las características gráficas de este libro. Cualquier acto ilícito cometido contra los derechos de propiedad intelectual que protegen a esta publicación será denunciado de acuerdo con la Ley 822 (Ley sobre el Derecho de Autor) y las leyes internacionales que protegen la propiedad intelectual.

A mis padres, que ya no están.

Y a Rosa, que sí está, y cada día me leía la crónica de viva voz después de haberla publicado.

Prólogo

«La catástrofe realmente presente tiene

por ello una función importantísima desde

el punto de vista de la teoría de la verdad:

la catástrofe completa el argumento sencillo

y hace masivamente presente lo que sin ella

tan solo estaría representado. Solventando

el desfase de evidencia entre escuchar consejos

y aprender en carne propia, la catástrofe didáctica

sitúa la verdad epifánica del acontecimiento encima

de la verdad discursiva de la representación.

Así, el problema del aprendizaje mediante

las catástrofes lleva al centro lógico

de la Aufklärung y la modernidad».

PETER SLOTERDIJK,

Eurotaoísmo. Hacia una crítica

de la cinética política

Hace veintitantos años, leí algo que durante estos meses de pánico he recordado a menudo. En uno de sus libros menos valorados, Peter Sloterdijk razona cómo hemos aprendido a asociar catástrofe con aprendizaje, y cómo, acostumbrados a apocalipsis que siempre conseguimos evitar −Three Mile Island, Chernóbil, Fukushima, tsunamis, terremotos, terrorismo−, necesitamos desastres cada vez más graves para rectificar y tomar las medidas necesarias. ¿Qué tiene que ocurrir para que cambiemos? ¿Cuándo vamos a aprender?

La crisis presente es quizá el acontecimiento que ha afectado 1) a más individuos, 2) al mismo tiempo, 3) en la historia de nuestra especie. Las cifras de afectados y muertos no tienen comparación con las producidas por enfermedades más prosaicas, como el paludismo; tampoco con las que han dejado las grandes guerras. Pero lo que esta pandemia tiene de colectivo, el inédito papel que hoy desempeñan las redes sociales, y quién sabe cuántas cosas más, la convierten en una de las mayores catástrofes que recordamos. Predecibles, ansiosos por aplicar la pedagogía de la catástrofe de la que habla Sloterdijk, muchos se han subido a púlpitos precarios para explicarnos todo lo que vamos a aprender, todo lo que va a cambiar, y ya están celebrando que la huella del dióxido de carbono va a disminuir y el calentamiento global se va a frenar. El fotógrafo y cronista español Juanjo Fernández es más pesimista. «La sociedad no cambió, tan solo quedó calata. Una buena ocasión para observarla y contarla», escribe en su última crónica desconfinada. Es la misma conclusión a la que podría haber llegado Sloterdijk, pero ¡qué diferencia en la forma! ¡Qué fácil es seguir a Juanjo por las calles de Lima, los vericuetos del Congreso de la República, la selva de Loreto, los recuerdos familiares, y los bares de la Movida!

En gran medida es fácil seguirlo, porque Juanjo ha sabido crear un buen narrador −ficticio, como todos−, cuya voz hace creíbles sus mensajes; casi todos ellos condenas graves y llenas de compasión por la sociedad: mensajes sobre la cultura, la política y la economía tal como las conocemos. Dicho narrador coincide, en gran medida, con el autor, pero no se deje engañar: este autor siempre intuye cuándo toca poner a salvo la legitimidad del personaje-narrador-Juanjo. Por ello ha dejado fuera de estas crónicas, que cambian al ritmo de los movimientos de la pandemia −fíjese, por ejemplo, en cómo las glosas de fotos van desapareciendo a medida que el libro avanza−, detalles que conoce; sabe que si pone nombres a todos los personajes que salen a escena, si apoya con datos todo lo que afirma, o si remata con un vídeo clandestino la crónica que describe la represión del motín en el penal de Castro Castro (crónica N.º 59), no escucharemos de la misma manera la voz alucinada que nos habla.

El narrador es una especie de uno-que-pasaba-por-aquí, ese recurso literario que en inglés se llama everyman, y en alemán, Jedermann: es como nosotros, pero más ingenuo; nos cuenta lo que va viendo, sorprendido, pero notamos que no se da cuenta de lo raro que es todo; mira con los ojos limpios de prejuicios, y, así, ve las cosas como son. Recuerda en esto a Mr. Chance, a Tartarín de Tarascón o a Bouvard y Pécuchet, personajes simples, balbucientes, entusiastas, víctimas sin saberlo del desajuste entre la promesa de la modernidad y su realidad, y, por ello, irrefutables cuando señalan que el emperador, como la sociedad, está desnudo.

Juanjo se sorprenderá al leer el párrafo precedente −él y yo hemos llegado a un pacto de curiosidades: él no va a leer este prólogo, y yo no voy a leer la versión definitiva de su libro, hasta que este esté impreso; estas observaciones se basan en las crónicas tal como fueron apareciendo en Facebook entre el 17 de marzo y el 30 de junio, 2020−, y quizá se sienta incómodo. Si es así, es porque al escribir y al fotografiar él lo hace entre dos aguas: es artesano y artista, y, como los buenos artesanos, es humilde. En la crónica N.º 25, aborda este asunto fundamental a través de la figura de su padre, y lo que dice sobre este dícelo también sobre sí mismo: lo suyo es arte y oficio. Esta dualidad es conflictiva para Juanjo; lo fue para su padre, y lo es para el Perú, donde la concesión a Joaquín López Antay del Premio Nacional de Fomento a la Cultura «Ignacio Merino», en 1975, abrió heridas que permanecen abiertas.

El artista es pudoroso y partidario de los viejos maestros, los que creían que el arte está delante de la cámara, no detrás; los que no ponían el foco sobre sí mismos, sino sobre lo que retrataban. Al artista le importa la honradez: al fotografiar, utiliza angulares que lo obligan a estar en el lugar que fotografía: si llueven piedras o bastonazos, los recibe; y, al escribir, hace lo mismo: se sitúa a distancia de contagio, donde salpica la realidad.

Y el artesano tiene oficio, hace lo que sabe hacer, y es honrado y eficaz. Cuando fue a documentar la cola en que los viajeros sorprendidos por el cierre de fronteras esperaban para ir al aeropuerto y regresar a España (crónica N.º 20), el autor no escribió sobre los turistas, porque no conocía su situación, se fijó en los dobles nacionales y en los peruanos residentes en España, a los que, tras ocho años en este país, conoce bien. Y lo hizo con respeto y con amor al Perú (si no lo sabe, mire el bien que está haciendo «La Cocha de los Libros–Kuatiaratupakana Ipatsuka», que crea bibliotecas en los lugares más desfavorecidos del país), como extranjero que lo conoce, pero sabe que tiene límites, y no como esos expertos instantáneos que en un mes se hacen especialistas en lo que sea. Ni siquiera cae en ese error habitual entre los sofistas de los Andes: el de ver al Perú como un misterio por resolver.

Este último asunto de la efectividad es importante, porque Residuos del insomnio tiene un objetivo, y su autor está empeñado en cumplirlo. Lo explica a su manera en la crónica N.º 56, aludiendo a una cita que dice no recordar. La cita es esta: «Como Hugo Pratt, Corto Maltés es un anarquista, pero no un revolucionario, porque es demasiado escéptico para creer en las grandes frases que solo traen amargas desilusiones». Juanjo Fernández se identifica con ambos. Dice que ya no trata de cambiar el mundo, que se conforma con no aceptarlo tal cual, con ignorar sus reglas del juego. Dice que, al no creer en nada, se vuelve muy receptivo a las creencias de los demás.

A usted, lectora, lector, le corresponde lograr que el libro alcance su meta. Pero, pase lo que pase, procure que se le pegue la compasión de su autor.

GUILLERMO LÓPEZ GALLEGO*

Lima, octubre, 2020

* Guillermo López Gallego (Madrid, 1978) es diplomático, poeta y traductor de obras literarias.

Nota de los editores

LAS SESENTA Y CUATRO CRÓNICAS que integran este volumen fueron publicadas originalmente en Facebook (fb), entre el 17 de marzo y el 30 de junio de 2020. El contenido de este libro recoge los textos que su autor divulgó en esa plataforma social, salvo por algunas menciones anecdóticas o circunstanciales propias de la interacción con los usuarios de aquella plataforma, y que han sido suprimidas.

Preside cada crónica la fecha de su publicación en fb, así como dos tipos de información que el autor ha considerado pertinente incluir:

1. Los nuevos casos confirmados de contagio que se registraron en el Perú, el día de publicación;

2. Las muertes registradas, en el Perú, ese mismo día, a causa de la COVID-19.

En ambos casos la fuente es la sección «Data», del diario La República, que publica esas informaciones bajo el título «Casos confirmados y muertes por coronavirus en Perú». Aquí el enlace:

https://data.larepublica.pe/envivo/1552578-casos-confirmadosmuertes-coronavirus-peru

Las fotografías que se incluyen forman parte del trabajo que el autor realiza como crónista gráfico. Su obra fotográfica puede ser consultada en: http://juanjofernandez.photo

Lima, octubre de 2020


Equipo de La Cocha de los Libros Club Deportivo de Saramurillo.

Urarinas, Loreto.

1

martes 17 de marzo

casos confirmados: 31

Tendría que hacer una crónica previa, la del primer día tras el anuncio de las medidas de aislamiento decretadas por el Gobierno de la República del Perú, presidido por Martín Vizcarra. El domingo 15 me pillo en Saramurillo, una comunidad en el distrito de Urarinas (Loreto). Sabía que tenía que salir el mismo día, pero quería fotografiar una vez más a los chibolos que jugaban al fútbol con sus uniformes nuevos, y ayudar a Zuleica y Xiomara a empezar el inventario de libros de la biblioteca de la Cocha. Además fui testigo y fotografié una ceremonia de bautismo evangélica en el Marañón, dirigida por el hermano Josué, con quien más tarde viajaría a Nauta.

Por hacerlo corto: El viaje de regreso a Lima empezó a las 2:00 de la madrugada del lunes, mientras esperábamos en la comunidad al ponguero −un rápido con capacidad para ochenta personas que venía de San Lorenzo. Llegamos a Nauta a las 9:30. Para viajar a Iquitos los colectivos han de llenarse, así que uno de siete plazas que tenía ya un pasajero fue lo mejor que se me ocurrió. Se nos unió otro hombre que tenía vuelo a Pucallpa a las 11:00 y fuimos de frente al aeropuerto. Si no nos matamos en ese viaje ya nada podía pasarnos. En el aeropuerto no dejaban pasar sin tarjeta de embarque. Seguí a la oficina de LATAM en la calle Próspero. Estaba cerrada. Me resigné y fui al hotel El Cauchero, donde me alojo cuando voy a Iquitos y me tratan como a un amigo. En la habitación probé una y otra vez de comprar el pasaje a través de la aplicación de LATAM, hasta que sonó la flauta y lo conseguí por 101.16 dólares, con asiento en la segunda fila y la posibilidad de llevar un bulto en bodega, cosa que no usé. Llegue a Lima a las 10:00 p.m., más o menos, y hasta conseguí un taxi que me llevó por la Costa Verde. El recorrido fue sorprendentemente tranquilo y llegué a casa sin señales de estar mareado, como es lo habitual con este tipo de servicios.

Y así llegamos al primer día de aislamiento en Lima. Salí a las 8:30 para comprar comida. Había que esperar cola para acceder. Iban dando paso conforme salía la gente. No me fijé cada cuántos. Dentro todo estaba con aspecto de normalidad: estantes no repletos, pero sí cubiertos. Hice la compra para varios días, aunque sin exagerar: un bonito y un pulpo para congelar en raciones, lentejas, frijoles y pasta, patatas y fruta, no mucho más, lo que podía llevar en dos bolsas. Pregunto a la cajera y me dice que ha tenido que venir andando desde su casa en Chorrillos, salir antes de las seis para llegar antes de las siete y media. No creo que lleguemos a darnos cuenta de lo agradecidos que debemos estar a personas como ella, que multiplican sus esfuerzos de esta manera. Regreso caminando. Todo tranquilo, apenas hay vehículos circulando, la avenida Grau está cortada por el Ejército y obligan a los carros a subir por Piérola. En casa ha sido una mañana bien aprovechada. Mientras Rosa teletrabaja hago caldo de pescado con el espinazo y la cabeza del bonito. Pongo en orden mesa y cocina, siempre llenas de cosas. Recojo el equipaje que ayer quedó tirado en medio del salón. Coordino la llegada de los libros a Yurimaguas y su traslado a la lancha para que lleguen a Saramurillo.

Veo las noticias de refilón. Escribo a algunos amigos y contesto a otros. Realmente me vuelvo a dar cuenta de lo afortunados que somos al tener recursos suficientes para prever las necesidades de la semana. Vivimos en un distrito que, además de hermoso, se deja caminar, y en el que todo está cerca.


Zuleica y Xiomara, bibliotecarias de La Cocha de los Libros, en Saramurillo.

Veré cuánto tiempo duro escribiendo mis días encerrado, que son como los vuestros. Espero sinceramente que sigan siendo crónicas aburridas en las que nunca pase nada. Y seguir leyéndoos a todos vosotros. No pido más.

2

miércoles 18 de marzo

casos confirmados: 28

Escribo mientras tomo mi segunda cerveza. Es un tema serio. En Palacio pude escuchar al presidente justificar la necesidad de aplicar una drástica medida de inmovilización social obligatoria. Él mismo dijo, a la pregunta de un periodista: «no es toque de queda, porque el término nos lleva a tiempos que no queremos recordar, pero pueden emplear los sinónimos que gusten». Eso o algo así, que como digo, transcribo de memoria mientras tomo mi segunda cerveza. Y esto es lo grave: que mientras el presidente se retiraba y miraba con complicidad a la ministra del dinero, y luego a mí, supe que pensaba, «y de la ley seca no he hablado... jajajajajaja». Y en efecto no habló, pero se aplicó. Pobre bodeguera, que ante mis ruegos me decía «no señor, no puedo, que acabaré en la cana, que ya me lo han venido a decir unos señores, que ni se me ocurra vender cerveza ni otras cosas, que acabaré presa». ¡Ay! Ya entiendo yo de que se reía mientras me miraba.

El resto del día tranquilo. Da mucha tranquilidad no mirar las noticias. En el supermercado todo bien. Abren una media hora más tarde para compensar a los trabajadores que tardan mucho más en llegar. Dejan entrar solo al cincuenta por ciento del aforo, que aun así son trescientas personas, y luego van dando paso de veinte en veinte o de diez en diez, conforme sale la gente.

El metropolitano parece sueco. No sé cómo es el metropolitano en Suecia, igual parece más danés, pero qué rápido llega. Las calles vacías, los mismos indigentes a los que nadie les ha hablado de cómo lavarse las manos durante veinte segundos. Mañana os presento a Isabel.

Centros comerciales y de culto compiten en responsabilidad mientras la estatua de Ramón Castilla, en la plaza Unión, demuestra que se las sabe todas y se cubre nariz, boca, coronilla, rodillas, caderas y lo que sea, que a su edad está muy sensible.

Llegué temprano a Palacio, así que crucé el río Rímac para alcanzar el barrio que lleva su nombre. Qué coraje me da ver tal maravilla tan abandonada. Entré en una quinta a preguntar a los vecinos, pero solo había ruina, olvido y un viejo mural de motivos históricos. La Alameda de los Descalzos, cerrada, y los vehículos que describen el carácter del viejo barrio, unos circulando y otros no.

Entrada a Palacio, amabilidad, orden, explicaciones, justificaciones, palabras de esperanza y de dineros. Salida de Palacio y vuelta a Suecia, ¿o era Noruega?

Ya en casa labores conocidas: edición de fotos, envío a ver si se publican y, ¿qué vamos a cenar? Luego, enviar los datos del salvoconducto para salir a la calle mañana a seguir contando. ¿Y en la bicicleta, dónde pegamos el distintivo del medio? Qué suerte tenemos de contrar con Blanca, el alma de APEP (Asociación de Prensa Extranjera en el Perú). Ningún agradecimiento será suficientemente para reconocer su entrega. Y, ¿qué vamos a cenar?

3

jueves 19 de marzo

casos confirmados: 89

Ayer os dije que os presentaría a Isabel. Ella es Isabel Pesantes, de 60 años, postrada sobre su carrito, con huellas de quemaduras antiguas en el cuerpo, señales de enfermedad en la piel y la mitad del jirón de la Unión adherida a ella. Vende chicles que lleva en su bolsa, una bolsa negra de plástico. Afirma que vive en Leticia 539, pero a continuación dice que duerme en la calle, en cualquier sitio. Le pregunto si sabe lo que pasa o si alguien le ha explicado por qué hay tan poca gente. Dice que no. Yo no sé cómo hacerlo. Le pido permiso para hacerle la foto y la dejo con unas monedas de más.

Voy fijándome, y como Isabel hay más mujeres y hombres en los que pienso cuando escucho, a las ocho de la noche, la bulla que anuncia el principio del toque de queda. Diga el presidente lo que diga sobre cómo hay que llamarlo.

He mirado la sintomatología de la COVID. Los dolores de glúteos no aparecen. Debe de ser, entonces, la bicicleta. Esta mañana François me ha dejado su bicicleta. He ido a recogerla y luego a Miraflores a recoger el mando del garaje. El camino me ha permitido ver cómo está una de las partes más populares de la ciudad entre los turistas. Y está como el resto, casi vacía. Colas no muy exageradas y de población entre miraflorina y extranjera en el Vivanda de Benavides. Vigilante en la puerta con gel para los clientes, adultos mayores que entran directamente, conversaciones de sala de espera en la vereda.

Me cruzo con Pedro Trujillo y su carrito de pan. Ya ha repartido entre los negocios de la zona los setecientos panes de la Panificadora Colón. Le pregunto de donde viene y me dice que de Villa María del Triunfo, a una hora y media de camino. En Villa María del Triunfo los amigos del Asentamiento Humano Virgen de la Candelaria comentan en feis que, a pesar del toque de queda, la gente ha seguido jugando al fútbol en la losa deportiva. También, que en todos los cerros se veía movimiento de vehículos y de personas.

Sigo un grupo de WhatsApp y una amiga que trabaja en una empresa que da mantenimiento a torres de telefonía va cantando, uno a uno, los técnicos que han salido a resolver incidencias y son detenidos tras las ocho de la noche. Ya van cinco equipos detenidos, ya van seis, ya van siete. Y los llevan a la comisaria. Veo una foto de los detenidos amontonados de cualquier manera en el hall de sabe dios cuál de ellas. Les sueltan tras algunos tratos y hoy cuenta que no sabe cómo resolver el miedo más que justificado de los técnicos que temen que les vuelvan a detener, les sancionen y/o les quiten el brevete por un año.

Bajo a Larcomar. Todos los que hayáis estado en Lima habéis estado en Larcomar. Vacío, todo cerrado a excepción del supermercado. Hablo con un vigilante. Su turno es de doce horas, viene desde San Martín de Porres, tarda casi dos horas en llegar y otras tantas en volver. Prefiero no preguntarle si ve a su familia.

Salgo de Miraflores. Seguro que muchos de los turistas varados están en sus hoteles. Pienso que ya deben estár contando sus historias en otros medios más serios. Si no es así decídmelo e iré a darles mi voz, que tampoco lo estarán pasando bien en estos momentos excepcionales y de incertidumbre para todos.

Llego a Chorrillos, un distrito enormemente variado, con un malecón hermoso que ahora luce vacío. Eduardo Raya está barriendo la calle. Tiene suerte, vive en Chorrillos y apenas tarda en llegar a su trabajo. Tiene que pasar antes por el centro de Abtao, antes de la Curva, para pasar lista. Lo que no entiende es por qué solo le pagan mil soles si a otros les pagan mil doscientos.


Ventura González, pescador de Chorrillos.

Bajo al puerto a ver si hay actividad. Solo veo a un pescador que ha montado su puesto y a dos extranjeros que han llegado en sus bicicletas a comprar pescado. Tres bañistas del barrio disfrutan de una playa casi paradisíaca. La Policía les insta a retirarse sin mayores consecuencias. Aún es temprano, los pescadores han salido en sus botes a las cinco de la mañana y regresarán a las tres de la tarde, pero encuentran dificultades para que lleguen sus compradores, porque la Costa Verde está cerrada. Me lo explica César Benitez, el vigilante. También Ventura Gonzales que tiene ahora sus dos botes chicos, de unos veintidós pies, echando sus redes en la mar. Aprovecha que las cosas están como están para arreglar sus redes, igual que su vecino, Toni Rivas.

He pasado por Alto Perú, una de esas zonas que llaman rojas. Me siento a hablar con Martín y me doy cuenta de que merece una charla más larga. La dejamos aplazada, también la foto. Nos deseamos lo mejor. El barrio está tranquilo, un coche de la Policía se pasea con desgana por las calles más bajas, los vecinos están tranquilos y, como yo, tampoco prestan excesiva atención a las noticias.

Me pregunta Rosa qué vamos a comer, marmitako contesto, y al toque me acuerdo que no tenemos pimientos. Encuentro un mercado en el camino de vuelta y no lo pienso. Fausto Canto me atiende en la verdulería, los limones que ayer estaban a diez hoy están a cinco, el brócoli, sí compro brócoli que al horno queda muy rico, a cuatro, las cebollas rojas a dos cincuenta, la papa a uno ochenta. Parece que todo está bien.

Regreso a casa, el mando del garaje funciona. Noto cierto malestar en las piernas. Recuerdo que me pasó algo semejante cuando lo del Censo Nacional. Hace unos años, con ese motivo, se ordenó la reclusión en casa de todos los peruanos. Le pedí la bicicleta a François y después de unas horas de pedalear sentí el mismo malestar. La última vez que recuerdo haber montado en bicicleta antes de eso, estaba en bachillerato. Estamos hablando de los tiempos del Mundial de fútbol del Naranjito, el del 82, en España.

4

viernes 20 de marzo

casos confirmados: 29

muertes: 1

Hoy, sin foto, no he salido. Me he pasado todo el día sentado delante de la máquina para escribir mi primer artículo como corresponsal del diario Expresso, de Portugal. Me ha venido bien. Ayer hablé de cómo la bicicleta me descubrió partes de mi ser que no conocía o a las que les hacía poco caso, partes cercanas al sillín, para ser más concreto. No me di cuenta de cómo el olvido del sombrero y la incidencia del sol a esas horas de esconderse me dejó aplastado en el sofá, sin fuerza ni para el mando de la tele. Pero el encargo desde Lisboa de un artículo sobre la situación de los portugueses en Perú reactivó todo mi ser. Y me hizo salir por las calles del hiperespacio a buscar los testimonios e informaciones necesarias. Es el primer encargo que recibo. Ojalá sean muchos.

La primera visita ha sido a las páginas de las embajadas y he de decir que ambas, la portuguesa y la española, cubren las expectativas mínimas que se pueden esperar de ellas. Información exacta y comentarios críticos y, como siempre, los más crueles provienen de alguien que parece que escribe desde España. No hay que perder oportunidad, no. Me adelanto en el tiempo para dar agilidad al relato o porque si pierdo el hilo seguro que no sé continuar. Os cuento que justo cuando tengo entregado el artículo se publica la noticia, que comparto con alegría, de que sendos vuelos ya han sido programados para el domingo y el lunes con destino a Madrid y Lisboa, respectivamente. Son vuelos de Iberia y surgen comentarios interrogativos respecto a si los viajeros con billetes de otras compañías podrán regresar, interrogaciones que pronto se convierten en críticas. Yo no me atrevo a juzgar, menudo marrón tendrá que comerse el que se ocupe de esto. Paso todo el día junto a Rosa, escuchándola buscar solución a los problemas que se le van presentando a la gente que trabaja en campo. Y no son pocos ni fáciles. Mi admiración hacia ella crece y crece.

Hago contacto con Vítor y Soraia, que están en Cuzco, atrapados, y me explican su situación con enorme generosidad. Sin ellos nada habría podido hacer. Otra señora en Lima me pregunta si la puedo ayudar, que necesita que la ayude. Pasa al toque al inglés y me dice que está en un buen hotel, bien atendida y que solo necesita que la lleven a casa rápido porque está muy lejos. Cuánta empatía he perdido en el WhatsApp esta mañana. Pero nada irrecuperable. Al contrario, la respuesta desde Lisboa es inmediata: me halagan y me dan las gracias. Se me saltan las lágrimas, habituado como estoy al silencio y al olvido que suelen propinar los editores de España.

El resto del día lo dedico a hacer una revisión de mis contactos, a intercambiar saludos, a preparar pasta con brócoli, anchoas y pan rallado. Lavado de ropa en caliente, programa extra y Oxi Action. Nuevo nombramiento de ministro de Salud en Perú, que la anterior la pifió, y mucho, al descubrirse que la segunda víctima mortal se hizo la prueba pero no llegaron a entregarle el resultado, y era positivo. Lo encontraron en el interior de la vivienda, sin remedio ya, era cadáver, es de creer.

He decidido espaciar un poco las salidas y buscar un equipo de protección más adecuado que la máscara de uso diario. Pienso que será mejor alternar las salidas en bicicleta con las virtuales, y tratar de mantener la publicación diaria de estas crónicas. Pero bueno, ya sabéis, el hombre propone y Dios dispone.

5

lunes 23 de marzo

casos confirmados: 32

muertes: 1

Hoy he vuelto a salir. He extremado las medidas de seguridad. Fotocheck de prensa visible, chaleco blanco identificado como prensa, tapabocas, braga para el cuello por encima, sombrero, manga larga, guantes de látex doble y una bolsa donde llevo unos pantalones cortos y un polo para cambiarme antes de entrar en casa. Y así hago, cuando entro por el garaje me desvisto y meto todo lo que ha estado expuesto en la calle a una bolsa que va de frente a la lavadora.

Podía haber sido tan cuidadoso al hacer la compra. Os cuento. Aprovecho que no hay cola en el Wong de Diagonal y compro para la semana. Rosa me pide pimientos y ajos, seis de cada, no son los pimientos verdes italianos pero son bien aparentes. Está haciendo frijoles con pulpo, rico rico. Le mete el cuchillo al pimiento y se ruboriza como una chiquilla de catorce años ante su primer piropo. Ya lo he hecho otra vez. He comprado rocoto en vez de pimiento. Pero oye, riquísimo, y he bebido toda el agua que he perdido por la mañana en la bicicleta.

Antes de comenzar a relatar el día un párrafo para resumir el fin de semana. Iba a aterrizar un avión de Iberia para llevarse a todos los españoles que cupieran (los que tuvieran billete de su compañía primero, eso sí, y ya en las otras plazas los demás). También iba a traer peruanos. Se sabía desde el viernes, el sábado salía de Barajas y el domingo del Jorge Chávez. Pues no, el gobierno peruano cerró el aeropuerto. Un jarro de agua fría para todos, sobre todo para los que, me consta, trabajaron dieciséis horas diarias, toda la semana anterior, en hacerlo posible. A malas uno lo piensa y lo entiende, el gobierno peruano busca medios a través de Cancillería, pero MINSA e INDECI dicen, y no les faltará razón, «cuidado, va a venir gente de un lugar que está en fase 4». Se siguen buscando soluciones y todos a superar rápido la estupefacción. Lo que no se supera tan fácilmente son los mensajes de peruanos diciendo a sus compatriotas que no vengan, que se queden allí, que son un peligro y unos irresponsables por querer regresar, que los peruanos somos muy grandes y algún hermano ya te apoyará. Porque todo el fin de semana me lo pasé atento a las páginas de consulados, embajadas, grupos de españoles... proponiendo la creación de una red de apoyo para los compatriotas que se han quedado lejos de su casa en Perú. No es tan fácil. No entiendo por qué, pero no es tan fácil. Bueno, yo tengo la formación de fotógrafo y, más aún, la de fotoperiodista. Las cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas, y a la redacción se vuelve de la noticia con una foto, aunque sea una porquería. En el intento una española me pide el WhatsApp y me manda un audio de quince minutos contándome todas sus penalidades que empiezan mucho antes del coronavirus. No puedo ayudarla, no puedo ni darle aliento, sé que si lo hago va a esperar de mí algo que no voy a corresponder. Le digo que espero que todo se vaya resolviendo y mi respuesta no le gusta, empieza a escribirme de forma cada vez más agresiva sobre la decepción que le ha supuesto mi contestación y termino bloqueándola. Me duele entender que igual que ella hay un número, no sé si grande o pequeño, de compatriotas que se han quedado varados hace mucho tiempo entre la indigencia y el olvido. Su delgada capa de piel, que les protegía del tenue frío limeño, ha terminado de desaparecer con el coronavirus, y ahora sienten el mundo en carne viva. Y me doy cuenta de que no sé cómo ayudarles. Admiro tanto a Martín, por ello, puesto que lo hace de seguido y con toda naturalidad desde la Fundación +34.


Mercado número 2 de Surco.

Y empiezo a contar mi día, y mira que me cuesta arrancar. Ya os habréis aburrido la mitad y más de uno me habrá bloqueado. No os culpo. Hoy empecé por el mercado de Surco, el anexo 2. Un buen mercado, grande y ordenado, frente a la escuela de la FAP (Fuerza Aérea del Perú). Constato que la gente no termina de entender las medidas, llevan mascarilla y guantes pero bajan con sus hijos a comprar. Que se va de uno en uno... de uno en uno. ¿Y, qué hacen las madres solteras? Sí, es un problema, quiero escribir un artículo sobre todos los problemas que tiene Perú para afrontar esta crisis. Ya. También he oído que Shakespeare aprovechó una o dos cuarentenas para escribir no sé qué obras. Dentro se respira bastante normalidad. Más proximidad de la recomendada entre la clientela que espera en los puestos. Miembros de la Fiscalía fiscalizando a un señor que vende huevos en un puesto de calzoncillos, el puesto de muñequitos ahora vende alcohol y mascarillas a 3 soles, que tienen un proveedor en San Martín. Jorge Paintampome sigue vendiendo periódicos en papel en el puesto que su madre abrió hace sesenta años, cuando se fundó el mercado. Constato que la prensa sigue llegando a los quioscos. Bien por los colegas. Isaac Monte va a las cinco de la mañana a San Luis a por los pollos que vende al mismo precio que antes del aislamiento.

Salgo del mercado y voy a ver cómo están en Makro. Bendita bicicleta, cuántas cosas puedo hacer. En Makro bien, no hay colas ni lleno está el aparcamiento. Me dice el encargado que el abastecimiento es normal, que se ha reducido a la mitad el aforo y que algunos productos tienen limitada su compra a dos unidades. Que sí hubo nervios antes de las medidas de aislamiento, pero que ya no. Y le creo.

Hablo con los policías, que me preguntan cómo están las cosas en España. Mal, les digo, se reaccionó tarde y la población no lo tomo en serio. El técnico mira a sus hombres como diciendo «¿veis?». «¿Y cómo ve el Perú?», me pregunta de nuevo. «Las medidas me parecen las correctas y bien ejecutadas, pero me da miedo que en un país donde, por ejemplo, casi un millón de personas en Lima no tiene agua en sus casas, y sabe dios a cuántas otras se les está abasteciendo con camiones cisterna en los cerros, se pueda vencer al virus en tan solo quince días o un mes». De nuevo mira y asiente.

Atravieso Surco Viejo. Sigo por Ayacucho hasta Aviación, miro el tren que construyó Alan García en sus dos mandatos separados por ¿veinte años? Todo normal, en la normalidad del aislamiento. Sigo por Aviación tratando de aprovechar la sombra de la obra del autodesaparecido. Encuentro al alcalde de la Municipalidad de Surquillo, Giancarlo Casassa, quien dirige un grupo de desinfección y, parlante en mano, pide a los vecinos que no bajen en dos horas. Intercambiamos unas palabras, me intereso por la gestión de la municipalidad hacia los mayores y personas vulnerables. Me dice que cada siete días pasa personal del serenazgo para ver que todo vaya bien por sus domicilios y que hay un grupo de WhatsApp de la municipalidad, para el envío de avisos. Nos damos ánimos y nos despedimos. Cuando pase todo esto pienso ir a darle la mano que no le di hoy.

Sigo, las piernas ya pesan como imagino os pesan ahora los ojos. Llego a la Javier Prado y veo el funcionamiento normal del corredor naranja, control de acceso con apoyo del ejército para garantizar la distancia entre los pasajeros y que nadie viaje de pie. Ojalá lo hagamos todo bien, que eso del «duelo de Pantojas» del 3 de abril me interesa. Miráis las fotos después de leer, ¿no? Con el cariño con que las hago.

No llego a entrar en La Victoria, bajo por Javier Prado hacia San Isidro y encuentro en el límite entre ambos distritos a Rafael Celis, que vende mangos y papayas, a quince soles la caja de trece kilos de papaya. Rafael es colombiano y lleva en Perú ocho meses. Dice que esto está mucho más ordenado. Que aquello es muy movido por causa de la droga, que ya no lo aguantaba. Volveré a verle cualquier día de estos.


«Duelo de Pantojas», en el paradero de la línea naranja de Javier Prado.

Cruzada la Vía Expresa, que no tiene tránsito, sigo por Javier Prado y encuentro la embajada chilena. Unos pocos ciudadanos del país vecino esperan entrar. Me dicen que la embajada les ayuda con dinero, pero me lo dicen quejándose, que es poco, que a unos les da una cantidad y a otros otra, y siempre hay alguien más fregado. Dos mujeres peruanas que viven y trabajan allí desde hace años se encuentran en tierra de nadie, un país que es el suyo, donde no tienen nada, y sin poder volver a una vida en la que oficialmente no son reconocidas.

El resto de la mañana ha sido pedalear y pensar cuán afortunado soy. Bueno, rocoto incluido.

6

martes 24 de marzo

casos confirmados: 21

muertes: 2

Hoy no he salido, así que no sé yo ni sobre qué escribiré ni en qué acabará todo esto. Empezaré por ayer. Que los billetes soportan la lavadora ya lo sabía. Pero que los audífonos −auriculares, para los que leéis desde allá− recuperan el brillo en el sonido tras pasar por un lavado rápido con agua caliente ha sido todo un descubrimiento. Y como quiero que estas crónicas tengan un sentido de utilidad pública, ahí va el primer coronaconsejo: estad tranquilos, vaciad los bolsillos del todo y desvestíos con calma, que no hay nadie en el garaje mirándoos.

Me cuesta trabajo concentrarme para leer, creo que voy a quitar la laptop de la mesa a ver si así el brillo de la pantalla deja de abducirme. A fin de cuenta, mis paseos virtuales por ella no me llevan a ningún sitio por esa falta de concentración. Quiero buscar datos que me ayuden a proyectar el futuro de esta situación en Perú. Es evidente que es imposible, esta crisis nos ha movido el suelo como ninguna otra, y lo ha hecho en todo el mundo sin excepción, literalmente. Pero sí quiero encontrar pistas que me ayuden a ver si el país está preparado para afrontar la guerra contra este virus coronado que tiene en jaque a toda la humanidad.

Busco en mi memoria ya que no me concentro para buscar en la hemeroteca y pienso en la última gran crisis que azotó el país, los huaicos que lo asolaron entre diciembre de 2016 y abril de 2017. Las cifras fueron sobrecogedoras, más de cien mil damnificados y seiscientos mil afectados, 75 fallecidos y 20 desaparecidos −igual la cifra final fue otra−, más de diez mil viviendas colapsadas, otras tantas inhabitables y casi ciento cincuenta mil afectadas. Y en infraestructuras las cifras no se quedaron atrás: mil novecientos kilómetros de carreteras afectadas y ciento cincuenta y nueve puentes colapsados. El norte del país fue el más afectado, especialmente las regiones de Piura, Trujillo y Lambayeque, donde las lluvias torrenciales alagaron tierras y viviendas con la furia de la avalancha. ¿Cómo se enfrentó Perú al desastre? Sé que me leéis por las tonterías que digo, pero qué trabajo me cuesta encontrar un enfoque desenfadado frente a todo esto.

El recuerdo que tengo de aquellos días, hace tan solo tres años, era mi estupefacción por el grado de destrucción que las lluvias causaron. ¿Cómo podían plegarse las carreteras como si fueran masa de pizza napolitana? Y tantas, y la Panamericana Norte, el eje vial principal, de carácter internacional que se vio cortada por el colapso de puente Virú. ¿Cómo es que dijo el subalterno del alcalde Castañeda cuando, ante la vista de todos, se derrumbó el Puente de la Solidaridad, en Lima? Ah, sí, «se desplomó», fue lo que dijo el edil. Cuando dejó de caer el agua del cielo, no mucho después, empezaron a precipitar papeles, declaraciones, acusaciones... que nos permitieron entender. El resumen se hace fácil: Odebrecht, el gigante de la construcción brasileño, tenía comprados a todos. Todo el mundo se llevaba su parte. Más de treinta años de orgullosa historia democrática del país reducida a prisión preventiva. Todos los que ocuparon la presidencia de la República tras Belaunde −excepto el presidente Paniagua− están ahora en el penal, arresto domiciliario, huidos de la justicia o suicidados; también están presos los dos últimos alcaldes de Lima, gobernadores regionales... y si en los despachos se mueven los maletines con dólares, en la obra lo mismo sucede con los sacos con material, a ver si va a robar el presidente y yo que soy el capataz, y tengo no sé cuántos hijos, no voy a poder llevarme un pequeño apoyo para darles techo, ¿y yo, papi, que ya solo me falta el suelo de la cocina? Dale nomás, pero que no te vean, no seas cojudo. Y ahí está la foto del desastre, aquí no, que hoy no voy a poner ninguna foto, que me da roche fotografiar a la vecina de enfrente, que limpia la planta con mucho amor; o al vecino de arriba, que a veces se asoma y también alegra algo la vista; pero no es cuestión, que estas son crónicas muy serias.

Las fotos del desastre las podéis ver poniendo en el buscador de vuestros navegadores «huaicos 2017». Pero mucho más preocupante que el desastre y sus antecedentes, de cara al análisis que quisiera hacer ahora, ha sido todo lo posterior. Kuczynski fue alabado en su momento por su rápida reacción, y nadie lo discutió. Mandó a un ministro a coordinar las labores de reconstrucción en cada zona de crisis. Los funcionarios públicos se arremangaron para ponerse a trabajar. Llovía y llovía, pasaban los días y la destrucción aumentaba, pasaban los meses y a las precipitaciones se sumaron las voces que preguntaban por qué no se decretaba ya el estado de emergencia. El Ejército se hacía cargo de la asistencia de la población y la reparación de vías y puentes, «con más corazón que medios», según dijo un jefe militar. Se habilitó un hashtag, #UnaSolaFuerza, para centralizar todas las ayudas y donaciones. Pero no se declaraba el estado de emergencia. Desde Palacio se anuncian partidas milmillonarias para la reconstrucción, ordinarias, extraordinarias, nacionales, regionales. Anuncios de dinero, pero no llegaba el estado de emergencia y Kuczynski afirmaba, en marzo, que no había condiciones aún. ¿Qué estaba pasando? El estado de emergencia lo declara el Poder Ejecutivo a través de un decreto supremo. Con ello libera fondos a las autoridades locales para adquirir productos sin concurso público, ese laberinto administrativo ideado para proteger los dineros del Estado gestionados por el MEF (Ministerio de Economía y Finanzas) de las garras de la corrupción. El antecedente del terremoto de Ica de 15 de agosto de 2007, que se resume en un titular del diario El Comercio: «A cinco años del terremoto en Ica: desidia, precariedad y corrupción», hace que Palacio sea reacio a la declaratoria del estado de emergencia.

Esto ya se va haciendo muy largo, no os equivocáis si pensáis que los titulares sobre la falta de avance en las obras de reconstrucción, la falta de coordinación y la presencia de corrupción han sido constantes en los últimos tres años. Titulares a los que sumar los referidos a corrupción en todos los niveles y estamentos. Este es el panorama al que ha llegado el virus de la coronita. La reacción del gobierno de Vizcarra ha sido rápida y acertada. La puesta en práctica de las medidas extraordinarias ha sido ordenada y eficiente, pero los mimbres de la cesta son los que son, y no podemos olvidarlos, no para sembrar pesimismo, sino para ser conscientes y estar atentos, que nos va la vida en ello, literal, otra vez digo literal, empiezo a repetirme, señal de que debo dejarlo aquí.

Mañana tengo programada una salida corta, y después me quedaré varios días en casa contándoos más cosas que ya sabéis los que sois de acá, mucho mejor que yo además, pero que como no tenemos otra cosa que hacer podemos ir recordándolas para tratar de anticipar los caminos por los que la enfermedad se va a propagar, los caminos de la desigualdad, del centralismo, del abandono del mundo rural andino y amazónico... En fin, voy a ver si la vecina cuida de la planta, que lo hace con un primor que da gusto.

7

miércoles 25 de marzo

casos confirmados: 64

muertes: 2

Hoy me he preocupado. Luci me ha dicho que qué guapo. Ella se dedica al rubro de moda y sabe de estas cosas. Pero si voy con la cara toda tapada con la mascarilla y la braga encima. Vende mascarillas de algodón para niñas a un sol. «Pero tienes los ojos bonitos», me ha dicho. Cómo, si llevo las lentes empañadas que no veo nada por causa de la máscara. La señora Luci es un encanto y me explica que algo tiene que hacer para llevar comida a sus dos hijas. Pero lo que le preocupa es que con ellas viven también los abuelos de 91 y 77 años. Buena gente, Luci, le prometo volver a visitarla sin máscara, para que me diga guapo otra vez.

Luci está en La Parada. La Parada es un mercado callejero que está frente al emporio textil de Gamarra, la gran fábrica mundial de ropa bamba. Un mercadillo bien popular, que hace temblar cuando se lo menciona. Ocupa calles y calles transversales a la avenida Aviación, donde se venden, sobre todo, alimentos. La gente transita con máscaras, aunque algunos sin ellas. Le pregunto a Luci si ve que se toman en serio las medidas y me dice que más o menos. Es lo que veo. Para qué insistir. Junto a la reja de acceso hay una venta de mascarillas, a dos soles, más baratas. «No me hagas fotos, no me jodas». Esto de ir todos embozados mola.

Pero me salto el principio de la mañana. Un vuelo ha podido salir para España con compatriotas. Bien por ellos. De esas cosas se ocupan los noticieros serios. Yo llegue tarde, lo hicieron demasiado bien, antes de las siete ya estaban todos dentro de su correspondiente autobús. Veo a algunos conocidos del Consulado, están realmente satisfechos. Bien por ellos. Y ahora a por el siguiente vuelo. Prometo llegar antes.


Luci vende máscaras para niñas en su puesto de La Parada. La Victoria.

Pedaleo y veo trabajar a los equipos de limpieza de San Borja en la Javier Prado. Un poco más allá las primeras personas esperan que abra el Banco de la Nación. Imagino que algunos esperarán cobrar la ayuda del Estado de 380 soles. Es una buena medida de la que se beneficiarán en torno a tres millones de familias. Una vez más pienso que el gobierno lo está haciendo bien. Sé que el país responderá, pero me da miedo que el virus encuentre dónde esconderse, en un país en el que lo fácil es dejar los escombros en el tejado y que la gente se las vaya arreglando. Setenta y dos por ciento de economía informal, mimbres, ayer hablé de mimbres, son los que son. La Victoria es un buen distrito donde conocer los mimbres de los que está hecho este país y Gamarra en especial. En el damero comprendido entre las avenidas México y 28 de Julio, y Aviación y Parinacochas, cinco minutos caminando de punta a punta, bueno vale, diez si vas cargado, hay, en cifras de 2017, casi cuarenta mil establecimientos, más de ochenta mil trabajadores y se movieron más de ocho mil millones de soles de negocio. Eso es lo que dice el INEI. La fiscalía y la nueva administración municipal también incluyen la existencia de una trama de delincuentes que desde el serenazgo cobraban cupo a negocios y ambulantes, una tontería de sisa sol a sol, que recaudaba 25 millones de soles al año. El país amaneció el 3 de agosto de 2018, año de elecciones distritales y regionales, con la infomación de que la Policía había detenido al alcalde de La Victoria, Elías Cuba, su hijo, su teniente alcalde y otros funcionarios vinculados a la municipalidad, como miembros de una presunta organización criminal bautizada como Los Intocables Ediles. No sigo, ya hasta me he perdido y no sé por qué cuento todo esto.


En su casa de La Victoria, Ana María cuida de gatos y perros de la calle.

Pero estoy en La Victoria y estoy de suerte. He pinchado. La rueda delantera hace un chopchop que no me gusta nada, veo un grupo de indigentes que beben en la calle del mismo vaso, pienso acercarme pero ya me da no sé qué. En frente veo un grupo de gatos que hacen lo mismo y decido fotografiarlos a ellos. Resulta que están ahí porque Ana María cuida de ellos. Los recoge de la calle y los mima, a perros y gatos, y estos están bien ordenados, atentos a cada movimiento suyo. Me dice que no tiene pienso para darles de comer. Me enseña dos cachorros que ha recogido hoy mismo, que salen del desalojo de los puestos de la Cachina, otro mercado cuyo nombre también hace temblar. Vete a ver por esa calle y pon mi dirección, a ver si alguien me puede traer comida para los pequeños. «Claro que sí. 177-A de la avenida Aviación», replico. «Sí, sí, muchos vienen y hacen fotos y luego nada», se queja. «Te creo. 177-A de la avenida Aviación».

Pero estaba con la rueda que hacía chopchop. Se lo digo a Ana María. La rueda hace chopchop. Ahí está el señor Severiano, él hace. Y voy. Que la rueda hace chopchop. Normal, mira qué clavo ¿Y qué hacemos? La cámara, ¿me la arreglas? Claro. Y hablamos mientras Luis se lleva la rueda, ¿Y cómo están en España? Mal ¿Y cómo lo ves acá? Mejor. Qué voy a decir. ¿Y cuantos años llevas acá? Acá 35, antes estábamos dentro. Y me enseña Luis la cámara, un agujero grande y otro chico. Con el chico es suficiente para botarla. ¿Tendrás otra nueva? ¿Del 26? No, pero espera. Y va y vuelve. Y se mete y sale con la rueda. ¿Cuánto es? Siete soles. Quiero llorar. ¿Y cuánto tiempo llevas acá? Ocho meses desde que salí de Venezuela.

Y hasta aquí os cuento hoy. Mañana sigo el relato. Os contaré la entrada a la Cachina, mi charla con Gilbert, otro venezolano que lleva en Lima dos años y trabaja como fiscalizador en la Municipalidad de Lima. También mi entrada en el Damero y mi encuentro con Máximo Agüero −el Ungido− y con Gabriel −el Príncipe Yhawel, también llamado el Patriota−. Y, también, con las obras de Olinda Silvano, Wilma Maynas y Silvia Ricopa, de la Comunidad Shipiba de Cantagallo, y las de Entes, Óxido, Lesivo y Pésimo, bajo los raíles del Metro.

Pero eso mañana.

8

jueves 26 de marzo

casos confirmados: 100

muertes: 0

Lo he vuelto a hacer. Mira que se lo dije, ve tú hoy a comprar que también tienes que salir. No vete tú que necesitas salir más que yo, y trae unos calabacines para hacerlos con atún, tomate, aceitunas, ya sabes. Ah sí, qué rico. Y, bueno, por fin voy a descubrir a qué sabe el gintonic ese de pepino, que estaba tan de moda. Me lo voy a preparar con uno de los calabacines tan hermosos que he traído.

Retomo la crónica de ayer y sigo donde el pinchazo, pero recuerdo antes la visita del Papa. Vino en enero de 2018. Lo recuerdo porque fue como la señal definitiva de cambio para mí. Estaba acreditado para el paso de Su Santidad por Lima y Puerto Maldonado. Confiaba en que alguna agencia pudiera necesitar reforzar su plantilla ante las restricciones y ensaladas de poles que había. Ya había perdido la esperanza en los medios, que si el presupuesto, que si no entra publicidad porque se está yendo a las redes sociales... En ese momento decidí que si tenía que regalar mi trabajo lo haría a los que lo necesitan, y no a esa panda de pedigüeños incapaces de hacer bien su parte del trabajo, y que ni siquiera han sabido defender sus acciones en bolsa. Como conocía a unos cuantos que lo necesitaban, empecé con La Cocha de los Libros, pero esa es otra historia.

El caso es que me quedé en casa viendo en la televisión la visita del Papa, que oye, como los encierros en San Fermín, es donde mejor se ve. Y así fue como no creía lo que veía. El Papa cambiaba de carro, su sencillo Fiat 500, a mitad de camino entre el aeropuerto y Palacio. Venía de visitar Puerto Maldonado, donde hizo un llamamiento de defensa de los pueblos amazónicos, y, en Palacio, llamaría la atención sobre la corrupción en el país. Y ahí estaba la realidad peruana, persistente, cabezona, ajena a las teorías de la postverdad, en forma de clavo que se clavó en el neumático vaticano. Poco importan que vaciaran las calles, que pusieran un policía cada dos metros, que la caravana fuera protegida por tropas de élite. El clavo estaba ahí, o el bache, o lo que fuera, para recordarnos a todos que esto es Perú.

Ayer decía que el gobierno lo está haciendo bien. Después leí la publicación de FECONAMACH (Federación de Comunidades Nativas del Marañón y Chambira), donde se denuncia que las ayudas son para el ámbito urbano, y que el rural seguía en el mismo abandono y olvido de siempre. No lo está haciendo tan bien.

En la Cachina se pueden encontrar muchos más mimbres de los que está hecho el país. Y la mayoría, si no todos, a la venta, da igual lo que busques, que lo encuentras. No preguntes su procedencia, limítate a discutir el precio, calles llenas de la sobra del mundo unidas por callejones donde se amontona un mundo de sobras. Ayer esa venta se tomó un descanso. La Municipalidad de Lima fue con un ejército de señores con chaleco y un camión a limpiar las calles para su posterior desinfección. Entre ellos conocí a Gilbert Herrera, un venezolano que lleva ya dos años en Lima. El día anterior los había cumplido. Él trabajaba en una filial de Chevrolet, en la Valencia venezolana. En 2017 cerró, dejando en la calle a 2 800 trabajadores. Ningún tipo de indemnización ni convenio colectivo ni apoyo gubernamental. Todos regados por el mundo. Solo en Lima hay 30 de aquellos 2 800. De los mayores, muchos han muerto. Qué crónica más chunga me está saliendo hoy. Menos mal que a punto de salir de la Cachina recibo una llamada de Ancón II. Ancón es el penal conocido como Piedras Gordas. Allí están la mayor parte de españoles privados de libertad, presos. Vamos, que mira que hacemos esfuerzos para hablar sin ofender, como si cambiara algo los hechos. Me llama uno de ellos, están bien, qué alegría me da escucharlo. Bueno, sí, están bien, pero no tienen útiles de aseo ni limpieza ni nadie que se los proporcione. Ya no se permiten visitas, eso lo sabía, ni del Consulado, eso no lo sabía. Las paqueteras, esas mujeres que se ocupan de llevar los insumos que luego se venderán dentro, en las bodegas de los propios presos, sí están pasando los martes, viernes y sábados, que si podemos mandarles un paquete con cosas, que ya hasta lejía en presentación pequeña dejan pasar. Que dejemos en la puerta el paquete, a nombre de quien sea, y ya se lo darán, que los guardias hacen turnos de 48 horas y los cambian, que todos los precios han subido, que empieza a haber paranoia, que se dice que hay un caso en el módulo 2, que no tienen mascarillas ni guantes ni nada. Le deseo lo mejor, le digo que se cuiden, que echo de menos los espaguetis en su celda, que tenemos que preparar algo especial para cuando todo esto pase y celebrarlo. Pienso que es buen momento para repatriarlos, y de inmediato me imagino el grito en el cielo que pegarían todos los turistas y viajeros si por un momento fuera cierto que sus autoridades consulares están dedicando algunos segundos de pensamiento a algo que no sea la salud y bienestar de ellos. Pero están bien. Me da una alegría inmensa y me dirijo a Gamarra, esta vez para entrar por el acceso 7, por Huánuco con Unánue. ¿Dónde vas flaquito? A hacer unas fotos de las calles con el aislamiento. Es un desierto, dice bajando la voz. Y, es un desierto. Tampoco tanto, están abiertas las farmacias, bodegas y bancos. Encuentro a Máximo Agüero Diego. Usted es periodista. Sí. Hágame una entrevista. Sobre qué. Sobre esto, pregúnteme que pienso sobre esto ¿Y qué piensa? Que hay que hacer un bautismo general de todos los hombres en todo el mundo. Explíquese. Soy de la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, con sede mundial en México; he venido por una misión a predicar a Sebastián Barranca. Pero si esto es 28 de julio, dice la señora del quiosco. He tenido una revelación de nuestro señor Jesucristo, soy el ungido, corona quiere decir codicia, robo, nacimiento, no puedes hacer cuarentena si no has nacido. ¿Quiere decir bautizado? Sí, nacido en dios, a mí me bautizaron católico, pues te tienen que volver a bautizar, porque lo hicieron de niño; a mí me bautizaron de niño católico y hace cuarenta años lo volví a hacer. ¿Y cuántos años tienes? 80. Carajo, ¿y por qué no llevas máscara? Porque estoy bautizado y dios me dijo: enciende la luz, junta a los hijos de Israel. Me voy. Máximo queda agradecido por haberle escuchado, tiene una bonita sonrisa y una piel que ya la quisiera la Preysler.


Gilbert Herrera, a la izquierda, en el mercado de la Cachina. Llegó hace dos años de Venezuela y trabaja como sereno en La Victoria.

Aún me falta contar un par de cosas, pero las dejaré para mañana, más mimbres para entender esta cesta. Voy a buscar una receta para ese gintonic de pepino. ¡Salud!

9

viernes 27 de marzo

casos confirmados: 55

muertes: 2

Pasan dos días desde que salí primero a San Isidro y luego a Gamarra. El gobierno ha ampliado la cuarentena hasta abril. Normal. No hacemos todos todo esto para que llegue luego la Semana Santa, y a la procesión, y al botellón. Aunque veo a la gente asustada, como si tuviéramos miedo unos de otros, de lo que va a quedar. Lo que me llega de España más. Este año no va a haber imágenes de cofrades llorando porque llueva ni felices porque se despejó de nubes el cielo. Igual, aprendemos a dar a las lágrimas su auténtico valor. Acá veo los noticieros y me pregunto si los reporteros estudian pedagogía o periodismo. Qué manía de decirle a la gente lo que tiene que hacer, como si fueran los guardianes de lo correcto. Recuerdo hace algún tiempo una de esas conexiones vergonzantes. El reportero preguntaba, micrófono en mano, a un niño qué se decía tras haberle entregado una chompa y una frazada producto de una campaña de donaciones organizada por su canal, durante el friaje. ¿Que qué se dice? Que me cago en los muertos de todos vosotros, que veis como año tras año morimos de frío y no sabéis más que pedir chompas y frazadas para sentiros tan bien con vosotros mismos y el año que viene volverás a traer chompas y frazadas y los que morimos somos nosotros mientras tú vienes aquí con tu sonrisa de autosatisfacción ¿que qué se dice? quédate tú aquí y volvemos nosotros a Lima y siente tú día tras día el frío que se cuela en nuestras casas, nuestras mismas casas de siempre. Otros mimbres.

Perdonad, no era mi intención, pero ver el otro día una conexión en directo me lo ha recordado. Era desde el malecón de Miraflores, justo encima de Larcomar. Una chica canadiense, que parecía vivir en la calle, tenía fiebre. Como si fuera un artefacto explosivo establecieron una distancia de seguridad en torno a ella. Y los policías se visten como si fueran a trabajar de figurantes en 2001: Una odisea del espacio, pues van a llevársela. La imagen es pura inocencia comparada con las palabras de la reportera, juicio tras juicio y consigna tras consigna. Me queda recordar a magníficos profesionales, que sí los hay, como Stefanie Medina o Gunter Rave, que llenan sus conexiones de humanidad, valor y rigor. También hay mimbres buenos en esta cesta.

Me quedaba hablar de Gabriel. Lo encuentro en Aviación, postrado en el suelo y hablando con el cielo. Me acerco hasta los dos metros prudenciales y le pregunto si no le han dicho nada por estar en la calle durante el toque de queda. Yo soy amigo de todos los policías, me conocen como el Patriota, responde, y señala el semáforo, donde hay un policía. Yo he inventado los dardos que te duermen, los disparas con una escopeta al cuello y así no tienen que matar a nadie. También las balas de no sé qué, que tampoco matan... Me cuesta entenderle, en su discurso se van deslizando nombres y situaciones de la historia peruana: también me conocen como el Príncipe Yhawel, me habla ahora de la Tora, del nombre de dios, quisiera acercarme y ponerle un micrófono, otra vez será, no son tiempos de proximidad.


Gabriel, el Príncipe Yhawel, también llamado el Patriota, en su casa de La Victoria.

Detrás de Gabriel las columnas del tren muestran el trabajo de muralistas que en 2017 enriquecieron el hormigón de las columnas con su genio. Entes organizó el encuentro. Frente a la presencia habitual de artistas europeos y norteamericanos en los festivales de grafiti o muralismo, quiso que Lima reuniera a los mejores artistas del continente sudamericano, y así lo hizo. Con el único apoyo de la Línea 1 del Metro congregó, con sus sprays, a colegas de Paraguay, Colombia, Chile, República Dominicana, Ecuador, Bolivia, Puerto Rico y Perú. Hay columnas de sobra y el Ministerio de Cultura convocó a las artistas shipibos de Cantagallo: Olinda Silvano, Wilma Maynas y Silvia Ricopa, para compartir sus diseños kené, un arte femenino que sale del interior, acompañado de los ícaros −cánticos sanadores−, porque todo en los saberes amazónicos está relacionado, pero dejo eso para otra crónica que esta ya se me ha ido de extensión.

Perdonadme si no os he contado nada de mis inhabilidades culinarias ni de mis desventuras ciclísticas. Esto me pasa por ver la televisión, prometo moderarme en esta costumbre tan peligrosa, y también lo haré en la visita a los grupos de Facebook, uno de los focos más peligrosos de desarrollo de la misantropía.

10

martes 31 de marzo

casos confirmados: 115

muertes: 6

De los errores no solo se aprende, también se come. Y se disfruta. De aquellos pepinos que compré pensando que eran calabacines hizo Rosa una crema fría con papa, manzana, yogur y unas hojas de menta. Le salió riquísima, y déjame dos rodajitas de pepino que vamos a hacernos un gintonic. Y ya se nos han acabado las tónicas, ¿será posible? El fin de semana no sé ni cómo ha pasado. Hablé con mi hermana y con mi suegra, ya le he dicho que ni se suba ni se agache para limpiar, que se aburre en casa y no se le ocurre otra cosa, con lo gran lectora que era, pero un problema en la vista la tiene limitada, y la tele le aburre todo ya, normal. En cualquier caso que limpie la zona media de lo que sea, que no están los tiempos para tener que ir a un hospital por una caída tonta. La conversación con mi hermana es más seria, ya se nos ha ido un familiar, un primo de mi madre, Gonzalo, un hombre joven y enérgico, que estuvo de misionero en África y Colombia, y ahora estaba en la casa de Arturo Soria. Desde la ventana de mi hermana se ven pasar casi solo coches fúnebres y le ponen la carne de gallina. De los temas laborales y demás ni hablamos. Leo los comentarios en feis de españoles que se quejan con vehemencia de los precios de los vuelos o las condiciones de viaje para salir de donde están varados y no puedo más que pensar que algunos aún no han entendido que hay tres mil millones de personas confinadas en el planeta, que el mundo enloquece y en las zonas rurales, con la única información de una televisión paranoica, la vida de los turistas corre literalmente peligro. La guinda es un artículo de abc, que narra cómo una joven pareja de Alicante, que estaba en un pueblo cerca de Cuzco, fue sorprendida −la noche del domingo 15 de marzo− por el anuncio del estado de emergencia y orden de aislamiento y cierre de fronteras. Y «Decidieron que a la mañana siguiente, a primera hora irían a visitar a toda prisa el Machu Pichu y salir de allí», Corto y pego que me da flojera contar esto. Más que flojera me pone de una mala leche monumental. La pareja pasa después a contar los abusos a los que fue sometida: les cobraron 108 dólares por un autobús (que sacó de la capital andina a ciento sesenta compatriotas y algunos más, portugueses estos, todo coordinado por el consulado o la embajada española, no sé), un servicio que no cuesta más de 25 soles; y, además, 360 euros por el vuelo a Madrid. Tres mil millones de personas confinadas, no sé cuántos miles de muertos −ni lo sabe nadie−, y ellos de vacaciones, en un país a nueve mil kilómetros del suyo, donde nada es fácil, y se amargan por una cantidad de tres cifras. Y leo, además, que ha habido gente que se ha quedado en Cuzco, porque pensaban que les tenían que haber puesto avión, que cómo iban a ir en autobús tantas horas, junto a otros, para contagiarse.

Ese es el mundo que se ha creado durante años, no sé si décadas, en el que algunos viven a un metro del suelo, volando sobre sus derechos y sus banalidades, mientras otros muchos no tienen ni para pagar completo un abono mensual de transporte. Un mundo con una prensa instrumentalizada e interesada, que usa y tira los testimonios a su conveniencia, o simplemente por titular de forma espectacular: No dejes que la verdad te estropee una buena noticia, se dice en el oficio. Y no mienten, no, se ajustan a la verdad del testimonio y contrastan fuentes. Y se habrán quedado tan anchos, y así un día tras otro.

Y con esta tropa tenemos que entrar en el nuevo mundo, porque de esta que nadie sueñe con salir igual. Estos sí que dan miedo, ojalá solo sean una excepción, ojalá.

Mira que no me quería encender, mira que empecé con el pepino, y al final se me ha ido la cosa por donde los amargan. Me acuerdo de Ramón, que lo decía mucho: «que se vaya por donde amargan los pepinos», y nunca le pregunté por donde era eso.

Y yo que quería hablar de mis encuentros con Cuco, con François, con Inma. Nada de encuentros sociales, conste. A ver cuándo encuentro ocasión de hacerlo.

Y decidme que tenemos tropa de sobra para enfrentar lo que venga, que lo que he contado hoy no son más que unas pocas anécdotas con unos medios que, por mezquinos intereses políticos o del tipo que sea, amplifican esas voces que no son nada. Dadme ánimos por favor que los necesito yo y buena gente que se parte el cobre por ellos, con sus defectos, con sus fallos, pero con todo su corazón (y salud), aunque ni se la quiera ver ni mucho menos reconocer.

11

miércoles 1 de abril

casos confirmados: 258

muertes: 17

Hablo con Gonzalo, que está en Iquitos. Divagamos sobre la pandemia, que si en nueve meses va a haber una ola de embarazos o de divorcios. No son incompatibles. También sobre otros sucesos que tuvieron repercusión a los nueve meses, como el apagón de Nueva York, puntual, o los carnavales de Oruro, cíclico. Allí uno de los personajes principales y motivo de disfraz es Pepino, y ya se ha institucionalizado como nombre, no sé si para los hijos de Pepino o los padres de esos niños, hijos del embozo. Parece que el pepino se incrusta en estas crónicas, quién lo diría. Seguimos hablando de cómo están las cosas por allí. Rompió sus lentes y pasó días sin poder leer ni escribir, porque no había manera de encontrar una óptica. Encontró unas de su suegro, que más o menos le acomodan. Como lo de las ópticas, hay muchos flecos de los que no se habla, no sé si se piensa en ellos, siquiera. Cuando se acabe con lo de las AFP (Administradoras de Fondos de Pensiones), horarios de toques de queda y demás urgencias, se debería empezar a pensar en darles solución.

Uno muy serio es aquello de propagar, con mayor velocidad que el virus, la idea de que todos los que están en la calle son revoltosos y que qué bien que se les aplique, de una vez por todas, la mano dura y enérgica del Estado. Este es un anhelo que ha permanecido larvado por largo tiempo en una sociedad en la que la delincuencia, junto a la corrupción, han sido los mayores azotes anteriores a la llegada del coronavirus. Se entiende bien la necesidad de controlar y reprender a los que no acatan el confinamiento domiciliario y parecen no haber comprendido que la única posibilidad de victoria es quedarse en casa, pero cuidado con la aplicación de esos controles y medidas punitivas.

Todos hemos oído hablar de un término que describe una práctica extendida, la coima. No necesito explicarla ni señalar que, como toda actividad industrial, comercial o de servicios, en estos tiempos de pandemia el cobro de coimas se habrá visto, también, seriamente afectado. Yo al menos así lo imagino tras haber leído y escuchado hablar de ella a voces autorizadas, y a otras embriagadas, que no sé cuál de las dos me da más confianza, que jamás he sido yo víctima de tal práctica. Así de misio parezco, que ni siendo gringo merezco tan tradicional atención. Me cuenta una amiga que estando en la noble y necesaria tarea de llevar comida a un español confinado por haber venido en un vuelo de aquellos últimos que llegaron de la península, y que es inquilino en un departamento que ella administra, con el permiso de movilidad correspondiente, la cajuela llena con las bolsas de alimentos, los documentos acreditativos de la imposibilidad de movimiento de su inquilino, con todo y eso fue parada por la Policía, que le retiró brevete y papeles del carro sin atender razones. ¿Qué le pedirán en la comisaría para que recupere sus papeles? Ya veremos.

Aquella otra amiga que contaba cómo habían sido detenidos por la Policía los técnicos que dan mantenimiento a las torres de telecomunicación, la primera noche de inmovilidad, me cuenta ahora que se están encontrando con ronderos y grupos de autodefensa, pistas bloqueadas por moradores de comunidades alejadas y abandonadas que reciben por la televisión el mensaje del pánico disfrazado de llamamiento a la responsabilidad, lo que termina convirtiendo los operativos en jaleos (todos ellos en barrios populares, en los que una masa de policías es acompañada de otra de cámaras) en los que se llega a ver castigos físicos a los infractores de las medidas.

Cuidado. Perú es un país en cuya reciente historia aún se recuerda la matanza de ocho periodistas en Uchuraccay, por una turba azuzada por el pánico y el sinsentido de la violencia extrema del terrorismo. Si no te mataban los unos, lo hacían los otros. Esa era la realidad de cientos, miles de pequeñas comunidades de la sierra, olvidadas de la mano de Dios. Y ahora la amenaza es un virus que no se ve. Cualquier desconocido puede traer la muerte, y la autoridad dice que la única protección es el encierro, y si no estás en casa eres una amenaza. Cuidado, protejan también a esos hombres, trabajadores clave para garantizar las comunicaciones del país, y que están solos frente moradores asustados, sin apoyo, sin información templada y útil, sin respaldo.

Vuelvo a Gonzalo. Hablamos de Iquitos, de Loreto, de las comunidades. Antes de todo esto, ambos estábamos atentos a los esfuerzos del estado por acelerar el desarrollo en las comunidades que moran en las zonas productoras de petróleo. Estas han sido empobrecidas por dicha actividad, que ha llevado riqueza a todas partes menos a ellas, que solo han sufrido tensiones sociales y ambientales. Cierre de brecha, le llaman en el decreto promulgado con tal fin. Y la palabra pobreza aparece una y otra vez. ¡Qué carajo, pobreza! Nadie es pobre en estas comunidades, tienen su río para pescar, su monte para cazar, su chacra para cultivar; con un machete hacen una casa y una barca. Eso no es pobreza. Ahora sí, porque petróleo y dinero han contaminado el agua y los corazones de los hombres. Hablamos de pobreza y pensamos en qué pasará si el virus llega a las familias humildes de Iquitos, de Belén, de Santo Tomás, de San Juan, de Punchana. Hay en Punchana dos asentamientos humanos, Iván Vásquez y 21 de Octubre, que ganaron una demanda constitucional interpuesta para reclamar su derecho a la salud y la vida, porque viven junto a una alcantarilla a cielo abierto y no les llega el agua corriente. Acabo de decidirlo, voy a poner unas fotos para mostrároslo. Pueden llegar a vivir varias familias en la misma casa de tablas y la mayor parte de los hombres trabajaban como estibadores en el puerto de Masusa, que ha cerrado toda actividad. ¿Cómo van a protegerse esas familias del virus?

Ya lo he hecho otra vez. Me van quedando los temas pendientes. Voy sumando otros nuevos. Los presos, hablar en la calle, bajar la basura. No, no voy a hablar de bajar la basura, es que ya se me ha pasado la hora. Qué desorden, en fin, mañana más.

12

jueves 2 de abril

casos confirmados: 91

muertes: 8

Me dice Rosa que se me ve el plumero. Pues menos mal, que se me vea el plumero y la pluma. Que si en un relato en primera persona no se ve plumero, qué penita de relato.

Hoy he ido a la playa a ver esas masas de aves que ocupan la arena, y los delfines saltando en el horizonte, en el horizonte de Facebook por lo menos. Pero nada, todavía no estamos alcanzando nivel Soy leyenda. Hablo con un sereno de Miraflores y me dice que sí, que se ven más aves, que las que estaban en los cables de la luz ahora ya han bajado más confiadas a la playa. Que el agua está más limpia. Que la naturaleza necesitaba un descanso. Asiento a la vez que pienso que ojalá. Reproduzco con la bici el mismo paseo que recuerdo haber hecho el primer lunes que quedé solo en Lima. Rosa y yo llegamos juntos un viernes. El sábado compramos un teléfono para mí y el lunes Rosa se fue a trabajar. Baje a pasear por la playa, era fácil, por el malecón hasta el Puente de los Suspiros, Bajada a Baños y de frente a la playa. Fui hacia la derecha, hacia Miraflores, y ya hice alguna foto con el celular, seguí por las piedras y llegué a donde estaba esta mañana, cuando recordé la historia. Quise hacer una foto de un cartel de vía de evacuación en caso de tsunami y no encontré el teléfono en mis bolsillos. No me he cruzado con nadie, no me lo han podido robar, pensé. Volví sobre mis pasos, y justo detrás de uno de los restaurantes allí estaba, sobre las piedras, sin que el mar lo hubiera malogrado ni ningún otro paseante lo hubiera encontrado. Supe en ese momento que Lima me iba a tratar bien, que Perú me iba a tratar bien. Y así ha sido hasta el momento.

Continúo junto a la playa. Por donde salen habitualmente los surfistas encuentro dos botes que van a iniciar su jornada, acortada por los acontecimientos. Les cuento que vengo de Chorrillos y había buena pesca ¿Buena? me interrogan. Bueno, no era harto, pero sí bastante. Ah, ya. Mi dominio del peruano es cada día mayor.

Poco más que contar, más colas en los bancos que en los supermercados, el mercado de Santa Cruz, en Miraflores, contrasta con el de Surco, en todo. Ahí están las fotos para comprobarlo. La prensa al unísono habla de plata, de pensiones y AFP. Y no sé qué de una liga segura.

Dejo mi salida, que si se me olvida algo ya lo contaré en otra, que el tiempo se ha parado e ir hacia delante y hacia atrás empieza a resultar una costumbre. Ayer me escribió una amiga de Iquitos, Hanna, es transexual, muy guapa y muy buena gente. Tan guapa que se coronó como Miss Amazonas 2019, y está en pleno ejercicio de su reinado, que dedica en gran parte a labores altruistas y solidarias. Ella trabaja en una peluquería y está pasando el aislamiento con su hermana y sus sobrinas. Se sabe bien afortunada de trabajar en una empresa en la que la aprecian, y de ser querida por su familia. Sabe que no es el caso de la mayoría de las trans que han de ofrecer sus cuerpos para sobrevivir y ahora están en una situación de gran calamidad, viviendo en asentamientos humanos, sin ninguna clase de ingresos, muchas con VIH, sin poder seguir sus tratamientos ni ir al hospital a hacer su seguimiento. Las que están mejor han creado una línea de ayuda para apoyar a sus amigas menos afortunadas. Tienen una cuenta para recibir donaciones y un número para atender sugerencias o ideas para apoyar. Bromeamos sobre las medidas anunciadas hoy de alternar los días en los que podían salir solo hombres o solo mujeres. ¿Y tú, cuando vas a salir? ¿Todos los días o ninguno? Nos alegramos al escuchar a Vizcarra: «sabemos que en igualdad de género hay ciudadanos que se encuentren en otro tipo de su sentimiento. Las Fuerzas Armadas y la Policía tienen instrucciones para no tener actitudes homofóbicas. Nuestro gobierno es inclusivo». Bien, presidente.

13

viernes 3 de abril

casos confirmados: 181

muertes: 6

Mi amigo François me llamó preocupado. Ayer trató de ir al supermercado Metro de Balta y el Ejército no le permitió avanzar. Ya no me queda cerveza. No te preocupes, pásate mañana que te alcanzo un sixpack. Me gui monamí, trevián, mersí... Pero, ¿qué he dicho? Un sixpack, estoy loco, ya me empieza a afectar el encierro. Tanto altruismo y no sé dónde voy a ir a parar. ¿Y si aplican la ley seca? Lo hacen siempre antes de las elecciones. Que mira que esto se pone serio, que ya hasta veo a diario a Vizcarra en su aló presidente particular. ¡Un sixpack!

Mañana le digo a Rosa que traiga más cerveza, que es sábado y le toca a ella. Y tónicas, que no se olvide de las tónicas.

Yo he estado esta mañana en Makro, pero eran compras de encargo. Como soy el que vive más cerca del de Surco, he ido a comprar útiles de aseo para los españoles privados de la libertad y que purgan condena en Lima. Los presos, vamos, que llamándoles de otra manera ni se van a acortar sus penas ni van a tener más espacio en el sistema penitenciario peruano, cuya población triplica la capacidad de los centros de reclusión. Hace unos días mencioné a los presos y hoy voy a hablar de ellos. Reos, entalegados, reclusos, encanados, guardados. Hay algo más de noventa mil para una capacidad que no creo que llegue a las cuarenta mil plazas. La paila sigue siendo para cuarenta mil: arroz con huesos, básicamente. No la he probado, aunque Simón me insistiera. Siempre he preferido los espaguetis con salchicha de Jesús. Son nombres inventados, la privacidad aquí sí es importante. Si voy a visitarles es porque +34 es una ONG española que trata de cuidar que los españoles cumplan su pena carcelaria con los mismos derechos y condiciones que tendrían en España. Sabemos que es algo imposible, pero el mero hecho de recibir una visita, escuchar una voz si no amiga, al menos no reprochadora, que les pregunte cómo están, ya es toda una labor. Hace ya algún tiempo que formo parte de +34 y hago lo que puedo. En esta ocasión me ha tocado la compra y el reparto, un poco más complicado de lo normal, pero nada que no se pueda hacer con un salvoconducto del consulado español, gracias mil, y el apoyo de Francisco con la movilidad y su ayuda como un voluntario más.

Pero lo de menos es lo nuestro, que vivimos todos muy bien acá afuera. En Perú hay una alta tasa de criminalidad, mucha de ella relacionada con la droga. También hay terrorismo, sicariato, secuestros, mucha corrupción y delitos de naturaleza sexual, muchos de ellos en el ámbito de la propia familia. Pero para conseguir plaza en cualquiera de los penales del país es suficiente con dejar de pagar la pensión alimenticia a los hijos. No hay límite de edad para seguir dentro y los beneficios penitenciarios para acortar la pena son difíciles de conseguir y de hacer que se cumplan, aunque se los obtenga. Todo esto hace que la población de reclusos sea tan abundante. La seguridad al interior de las prisiones está, en la mayor parte, en manos de los propios reclusos. Cada pabellón tiene su delegado que impone ley y orden con la asistencia de los encargados de la disciplina. Los técnicos del INPE −Instituto Nacional Penitenciario del Perú− vigilan el perímetro y las puertas, se hacen cargo del orden en entradas y de todos los accesos entre módulos y pabellones, pero apenas si entran en ellos para ejercer su vigilancia, a menos que haya algún desorden. Cada pabellón tiene sus patios de comida, con sus correspondientes negocios −que pagan el respectivo cupo, al igual que cada actividad que se desarrolle en el mismo, y no voy a describir las actividades que hay, pero os podéis imaginar que son todas las requeridas para que ningún inquilino forzado se quede sin ver cubiertas sus necesidades. Todo en el presidio se paga. Si fuera de ellos se emulara la perfección del sistema de compensaciones por actividades económicas y servicios comunales, como se hace al interior de los penales, Perú sería una potencia. El hacinamiento hace que hasta un escalón sirva como lugar para dormir. En cada colchoneta duermen dos, pies con cabeza, una botella para no levantarse al baño. Más caro es el alquiler de la plaza dentro de la celda que en el pasillo; los de los escalones igual no pagan, pero no se libran de pagar el correspondiente cupo por la limpieza y la luz, y cualquier cosa que se necesite.

Los españoles están ya, la mayoría, en Ancón II, penal también conocido como Piedras Gordas. Están más o menos bien, mejor que en Sarita, donde suelen caer en primer lugar, porque es la cárcel del Callao, donde está el aeropuerto, y donde les suelen coger con su «error» a cuestas. Porque todos lo admiten, yo cometí un error, pero sigo siendo una persona, no nos pueden tratar como animales. Ya quedan muchos menos de los más de trescientos que llegó a haber cuando la crisis económica atacó España. Aquellos fueron tiempos bravos para ellos y para los voluntarios de +34. No me canso de elogiar su labor. No me canso de decir cuánto he aprendido y aprendo con ellos. Hoy no etiqueto, no toca, ya saben que me refiero a ellos. Son muchos; ellos y los ellos que importan, que son los que están dentro. Sé que los primeros, los que están en Ancón, ya han recibido sus packs de aseo personal y han sonreído. Esas sonrisas compensan cualquier esfuerzo. Están preocupados, asustados, no es para menos, tienen televisión en el pabellón. Desde diferentes instituciones se ha solicitado al gobierno que indulte a los adultos mayores y enfermos en grado de vulnerabilidad. Lo hacen con insistencia CEAS (Comisión Episcopal de Acción Social), las asociaciones de abogados, las de familiares de presos... pero el gobierno dice que es innecesario, porque no hay ningún caso. Pero no está entrando nadie, más que el personal del INPE y de la dirección de los centros. Doctores tiene la Iglesia.


La Cocha de los Libros hace entrega de una donación a los privados de libertad del penal Castro Castro, Lima.


Taller de cerámica en el penal Castro Castro.

Creo que me he alargado y no he contado ni una ínfima parte de lo que habría que contar. El tema lo requería. Las fotos que voy a compartir son del Castro Castro, del día que entregué una donación de libros que La Cocha de los Libros pudo conseguir gracias a la generosidad enorme de otro buen amigo, cuya imprenta, gracias a la labor de su padre y la suya propia, marcó la diferencia durante más de tres décadas. También del Señor de los Milagros, que el año pasado procesionó por los doce pabellones del mismo penal por primera vez, buena medida, enhorabuena director.

No me olvido de lo que se me va quedando en el tintero, ayer por ejemplo se me pasó hablar de la intriga que pude resolver por fin respecto a unos camiones cisternas de la Municipalidad de Miraflores que veía con sus tubos en el mar. Que no era el mar, que es una poza de agua dulce donde corre agua fresca que viene sabe dios de dónde, por los chorros que brotan de los acantilados, que por eso Chorrillos se llama Chorrillos, que la tierra en Perú a poca agua que le pongas reverdece, no como en Chile, me cuentan los operarios que manejan los camiones. Como los hombres, pienso yo, que a poco que se les regara con dignidad, esperanza, oportunidades... reverdecerían como la tierra, la mayoría por lo menos. Otros hay que no tiene remedio, tanto dentro como fuera.

14

lunes 6 de abril

casos confirmados: 280

muertes: 9

Ya sabéis todos que el viernes pasado empezaron las nuevas medidas de aislamiento que separan la semana en días femeninos y masculinos. Y, como dice el libro, el séptimo día toca descansar y que no salga nadie. Yo salí. Una agencia contrató mis servicios para fotografiar mujeres y vacíos. A los hombres para qué.

Así que el sábado decidí ir a Chorrillos para ver cómo ellas resuelven. Las colas en el Banco de la Nación ordenadas, tres filas diferentes, sillas para las muy mayores, soldados en la otra dirección para sus cosas, la espalda no contagia así que la usamos de mesa. ¿Y usted qué hace? pregunta un oficial en chándal. Fotos. A veces las respuestas más simples son las más efectivas. Hay algunos hombres, los que tenían programada la cita para cobrar el bono de subsidio monetario, que así se llaman los 380 soles de ayuda a la población vulnerable. Se juntan con las mujeres que van a cobrar la Pensión 65 y la 19990, y las que tengan que hacer operaciones de retiro, giro o depósito. La fila casi da una vuelta a la manzana; va camino de completarse antes de la apertura de la oficina. Esto nos lo quitamos de inmediato, me dice optimista un empleado que parece mandar. No seré yo quien le quite el ánimo. Qué bien, me limito a decir.

Sigo con el cometido y busco un mercado. A dos cuadras y a la izquierda está la Paradita. Dale. Ato la bici en una esquina con una hiperfarma llena de peluches, lógico, y cruzo hacia el mercado orientado por las mujeres que vienen con bolsas llenas de comida. Volteo otra esquina y allí está, todo un bullicio de mujeres buscando orden o haciendo que lo encuentran. La distancia social entre caseritas pierde ceros por la derecha, y los fiscalizadores van y vienen enseñando cuánto es un metro a las buenas señoras. No faltan chistes sobre las mujeres y su sentido de la medida. Los hacen para reírse de los hombres, y realmente los merecemos. No creo, sin embargo, que merezcamos tantos memes de nuestra jornada anterior, en la que nos tocó a nosotros salir a hacer la compra. Cómo se exagera con esto de los roles del sexo. Veo a una señora comprando rocoto y a punto estoy de decirle, señora que es rocoto, no pimiento, pero pienso, antes de precipitarme, es mujer, igual sabe lo que hace, y decido dejarla y, si acaso, compartir todas las recetas que he encontrado para saber qué hacer con el rocoto.


Soldados en el Banco de la Nación de Chorrillos. La espalda sirve de mesa, parece no contagiar.

No insisto en la descripción ni tampoco en cómo encontré al día siguiente, domingo, la ciudad. También descansaron muchos policías y militares, y digo de verdad qué merecido descanso es. En mi paseo por la ciudad no encontré contratiempos. Pero sí me di de bruces con uno de mis mayores temores: me topé con el patrullero solitario, casi un género, en sí mismo, del cine norteamericano cercano al terror. Allí estaba, antes de la incorporación a Javier Prado, con las características propias del patrullero solitario, mal encarado, impositivo y poco leído, no digo ya de textos legales o literarios, de purititos documentos que tiene ante sus ojos ¿Y dónde está su DNI? Lo tienen delante. ¿Esto? ¿Pues no ve que es el carné de extranjería? ¿Y usted de dónde es? −ya os dije que estoy progresando en mi dominio del peruano, pero ¿tanto?−. Nadie puede estar en la calle. Ya ve que no, usted lo está y yo también, cada uno haciendo su trabajo, ¿desea algo más? Uf, terminó bien, ya dije que sin contratiempos. Pero no tiene ninguna gracia, ¿recordáis aquella amiga que llevaba comida a un confinado y a la que le retiraron el brevete, además de ponerle una papeleta? Pues con toda probabilidad tendrá que enfrentarse a un proceso judicial... Y saca pecho el gobierno, al anunciar una lista de infractores con nombre y DNI, para que no quede impune ningún desmán o desafío a la autoridad, y jalean desde las televisiones, y pide la gente más mano dura, y aplauden a policías y soldados y comparten vídeos de detenciones. Hoy el presidente ha anunciado algo así como cincuenta mil detenidos, ¿es esa su idea de empezar la recuperación? ¿Con cincuenta mil procesos judiciales? ¿Va a crear un nuevo sector económico para construir penales y así alojar a todos los que dice que se enfrentarán a prisión efectiva de dos a cuatro años? ¿Y tú que hiciste? Sacar al perro. ¿Y tú? Fui a ver al vecino. No tiene ninguna gracia. Han puesto el país patas arriba y bien puesto está, con firmeza, con reconocimiento de las carencias y con búsqueda de soluciones, bien hecho, y toda esa firmeza, todo ese reconocimiento, toda esa búsqueda se pierde cuando se llega a tomar medidas para los penales. Ayer hablé de ello, no hay que tomar medidas, porque no hay casos y está controlado, dice el presidente. Siete técnicos del INPE y cuatro reclusos de Sarita Colonia ya han dado positivo, y el primer fallecimiento se produjo el sábado: Murió un recluso que estaba en el mismo penal. Hay miedo, hay nervios, nos llaman de dentro y dicen que todo eso que hablan fuera, de multiplicación de medios, no aparece por ningún lado, al contrario, todo cuesta más.

No encuentro frase graciosa para terminar. Hoy no. Y mañana que voy a hablar de Loreto tampoco me parece que vaya a encontrarla.

Recordádme que tengo que hablar de Inma, Cuco y François.

15

martes 7 de abril

casos confirmados: 393

muertes: 15

Rosa, que me conoce, me provoca. Mira, mira, esta noche hay otra superluna. Ya he perdido la cuenta de los años en los que cada vez que hay una luna llena, los noticieros del mundo, con gran algarabía, anuncian la última oportunidad histórica de ver la superluna azul, o plateada o roja o sanguínea, que es como roja pero más líquida, o rosa, que es como roja, pero más floral... la madre que los parió. Y todos como borreguitos con cámara a hacer la foto para al día siguiente compartirla en la red social de turno y la selección de turno en el noticiero que la anuncia como diciendo: ¿Ven? Testigos históricos y de excepción. Es como en la información del tiempo en España, hablan de que va a llover en Polonia y en Letonia habrá viento, pero de eso ya otro día, que tengo que racionar las ideas también.

Hoy ha ido Rosa a la compra, que es martes. Me ha pedido que le hiciera una lista y solo me ha traído las cebollas y las aceitunas, el resto ni caso, ni la cerveza, ni el cable para el iPhone, que el que tengo ya peligra, ni el mat para el pilates, que con ese que usas te vas a hacer daño en la espalda, ni la botella de prosecco, para terminar esa otra de Aperol que me mira desde la cocina. Nada. Y luego dicen que somos los hombres los que no sabemos ir al mercado.

Un Aperol spritz necesito tras leer las noticias de Loreto, dos tras hablar con algunos amigos. No sé si tendré suficiente en la botella si le sumo los estados de Facebook de todos mis conocidos del río. En Iquitos hay dos hospitales, el Regional y el de Iquitos. Ayer o antes de ayer se supo que dos médicos y un trabajador de mantenimiento habían sido contagiados por el coronavirus. Como consecuencia, la Emergencia del Regional ha sido cerrada durante cuatro días para su desinfección. Leer las declaraciones del doctor Renzo López al diario La Región hace que salgan llagas. Al cierre de la Emergencia se suma la denuncia de los chanchullos con las pruebas y los laboratorios: «Estos laboratorios ahora pululan por los hospitales de manera escandalosa, lo que se debe averiguar. Se convierte en un pretexto eso de que no hay reactivos, que no hay equipos, todo para, al final, enviar a los familiares de los pacientes a sacar análisis en laboratorios particulares. Todo esto estaría ocurriendo con la complicidad de algunos malos colegas», habló.

La corrupción es un virus que recorre pasillos, caminos, trochas, ríos y quebradas. La corrupción impregna la epidermis de los hombres que habitan los despachos, las ciudades o las comunidades. No hay distinción, mestizos o indígenas son sensibles a los cantos de sirena del dinero fácil. El dinero ha impuesto su lenguaje. La plata solo habla un idioma, el de la plata. No necesito acudir a la hemeroteca para poner ejemplos. No daré detalles, creedme si queréis y si no botad estas palabras al tacho, a nadie le va a importar. En 2016 hubo, si no recuerdo mal, catorce derrames en el entorno del Marañón. No voy a buscar mis notas para aportar credibilidad con fechas y lugares. De uno de ellos que recorrí supe, tiempo después, quién lo cortó, supe quién le pago, supe quién instigó al perpetrador. Todo eso supe y también supe que, igual que yo, todo el mundo lo sabía. Cuando digo todo el mundo, digo Policía, abogados de los pueblos indígenas, representantes de la empresa afectada, líderes de las federaciones... y no pasó nada. Oí después que todos los casos del 2016 fueron archivados porque la Fiscalía declaró que no tenía medios para investigar. Fui a visitar aquel mismo año otro punto donde el ducto expulsaba crudo y me cruceé con el fiscal. Venía acompañado de la representante de la empresa, dejadme ser vago, los que sabéis de qué hablo sabéis poner nombres, y los que no, no los necesitáis, los hechos en sí son suficientes. El fiscal me dijo que ya había levantado acta conforme a lo que la señora representante de la empresa petrolera estatal le había explicado. Al año siguiente César Villanueva presidió en el Congreso una comisión para investigar los derrames y con nombres, apellidos y RUC denunció que extrabajadores de la misma petrolera estatal habían constituido empresas que ganaron contratos millonarios para hacer labores de limpieza y remediación para las que no estaban homologadas. César Villanueva está ahora en la cárcel, tras haber sido Primer Ministro, por actos de corrupción de cuando era gobernador de San Martín y se dejó alcanzar por el largo aliento de Odebrecht. Esperaba la lancha otro día para salir de la comunidad y el familiar de un vecino contratista me explica cómo hay apus que cobran a las empresas hasta cuarenta mil soles por permitirles trabajar en sus comunidades. Lo peor es que cobran mil soles a sus vecinos por ponerles en la lista para obtener un trabajo con ellas.

Sigo leyendo la prensa. Richard Rubio, de AIDESEP, la asociación de los pueblos indígenas de la Amazonía, declara: «Muchas organizaciones con sus propios medios han tenido que cerrar sus carreteras. En el caso de Loreto, las lanchas, pongueros y deslizadores siguen transitando, y siguen yendo a las fronteras, llevando pasajeros, es decir, no hay un control. De ahí nomás nos da una idea del por qué del alto índice de infectados en Loreto». Escribo a las comunidades por donde paso y me confirman que no están dejando desembarcar a nadie, pero ven pasar embarcaciones, algunas con alcalde y todo, no se sabe si huyendo de la pandemia o haciendo visitas protocolares.

El Peruano titula en letras grandes «El gobierno está preparado para enfrentar la parte más difícil de la pandemia». ¿Lo está Loreto? ¿Lo está el país?

Las fotos del día son de archivo, de parte de lo que hablo, que no es sino una mínima parte. Ya le dedicaré otra crónica o alguna más. Una cuarentena entera no sería suficiente para intentar explicarlo y que se entendiera. Si yo soy el primero en darme cuenta de que no entiendo nada.

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