Kitabı oku: «Claridad mental»

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Para Luke, el mejor centinela del mundo

INTRODUCCIÓN

Cuando piensas en alguien con excelente juicio, ¿qué rasgos se te ocurren? Tal vez inteligencia, ingenio, valor o paciencia. Son virtudes admirables, pero hay un rasgo que se ignora y debería estar en primer lugar de la lista, pero ni siquiera tiene nombre.

Así que le puse mentalidad centinela, es decir, la motivación para ver las cosas como son, no como te gustaría que fueran.

La mentalidad centinela te permite reconocer cuando te equivocas, identificar tus puntos débiles, poner a prueba tus suposiciones y cambiar el rumbo. Te motiva a plantearte preguntas honestas como: “¿Tuve la culpa en esa discusión?”, “¿Vale la pena correr este riesgo?”, “¿Cómo reaccionaría si alguien del otro partido político hiciera lo mismo?”. Como decía el físico Richard Feynman: “El primer principio es que no debes engañarte, y toma en cuenta que eres la persona más fácil de engañar”.

Nuestra capacidad para engañarnos fue un tema popular entre 2000 y 2010. Medios de comunicación y libros como How We Know What Isn’t So (Cómo sabemos lo que no es), Why People Believe Weird Things (Por qué la gente cree cosas extrañas), Mistakes Were Made (But Not by Me) [Los errores que cometemos (pero yo no)], You Are Not So Smart (No eres tan inteligente), Denialism (Negacionismo), Why Everyone (Else) Is a Hypocrite [Por qué todos (los demás) son hipócritas], Las trampas del deseo y Pensar rápido, pensar despacio pintaron una imagen poco halagadora del cerebro humano, diseñado para engañarnos: racionalizamos nuestros errores y defectos para excusarnos. Nos gusta ilusionarnos. Elegimos la evidencia que confirme nuestros prejuicios y respalde nuestras creencias.

Esta descripción no está mal, pero le falta algo.

Sí, con frecuencia racionalizamos nuestros errores, pero a veces también los reconocemos. Cambiamos de opinión menos de lo que deberíamos, pero más de lo que podemos. Somos criaturas complejas, a veces nos ocultamos la verdad y otras veces la afrontamos. Este libro aborda el lado menos explorado de la moneda, cuando no nos engañamos y podemos aprender de esos aciertos.

Este libro comenzó en 2009 cuando dejé la universidad para dedicarme a un proyecto que me apasionaba y terminó convirtiéndose en mi carrera profesional: ayudar a los demás a resolver preguntas difíciles en sus vidas personales y profesionales. Al principio, imaginé que demostrar que estos temas en la vida cotidiana implicaría conocimientos de probabilidad, lógica y sesgos cognitivos. Pero luego de años de organizar talleres, leer ensayos, hacer consultorías y entrevistar a la gente, caí en cuenta de que el razonamiento no era el antídoto universal que había creído.

Ser consciente de la necesidad de examinar nuestras suposiciones no mejora el juicio en automático, como no mejora la salud saber que es necesario hacer ejercicio. Elaborar una lista de prejuicios y falacias no es útil, a menos que sepas reconocerlos en tu propia manera de pensar. La lección más grande que aprendí es algo que la ciencia ha confirmado y que veremos en este libro: el conocimiento no limita el juicio tanto como la actitud.

Esto no quiere decir que yo sea un modelo de la mentalidad centinela, dicho sea de paso. También racionalizo mis errores; evito afrontar los problemas, ante las críticas respondo a la defensiva. Más de una vez mientras trabajaba en este libro, me di cuenta de que había desperdiciado una entrevista porque había dedicado ese tiempo a convencer a mi entrevistado de la validez de mi tesis, en vez de procurar entender su punto de vista (no se me escapa la ironía de mi estrechez de miras en una entrevista sobre amplitud de miras).

Pero he mejorado, y tú también puedes hacerlo; es el objetivo de este libro. Mi enfoque tiene tres ángulos.

1. LA VERDAD NO INTERFIERE CON TUS OBJETIVOS

Muchos se niegan a ver la realidad fielmente porque creen que es un obstáculo para sus objetivos: si quieren ser felices, exitosos e influyentes es mejor verse a sí mismos y al mundo a través de una lente distorsionada.

Cuando escribí este libro uno de mis objetivos era desmitificar ciertas ideas. Existen muchos mitos sobre el autoengaño, y algunos han sido obra de científicos prestigiosos. Por ejemplo, quizás has leído algún artículo o libro que argumenta que “estudios demuestran” que el autoengaño es parte de la salud mental y que ver el mundo desde una óptica realista fomenta la depresión. En el capítulo 7 examinaremos investigaciones dudosas que sustentan dichos argumentos y descubriremos que los psicólogos que defienden los beneficios del pensamiento positivo se han engañado.

O quizá, como muchos, creas que cuando estás haciendo algo difícil, como iniciar una empresa, debes tener una seguridad. Te sorprendería saber que algunos de los emprendedores más famosos del mundo esperaban que sus empresas fracasaran. Jeff Bezos calculó la probabilidad de éxito de Amazon en alrededor de 30 por ciento. Elon Musk estimó que cada una de sus empresas, Tesla y SpaceX, tenía 10 por ciento de probabilidad de éxito. En el capítulo 8 vamos a explicar su razonamiento y por qué es útil tener un panorama claro de tus probabilidades.

También es probable que compartas esta opinión generalizada: “Sí, es bueno ser objetivo si eres científico o un juez. Pero si eres un activista que quiere cambiar el mundo, no necesitas ser objetivo, sino apasionado”. De hecho, como veremos en el capítulo 14, la mentalidad centinela complementa la pasión. Vamos a remontarnos al peor momento de la crisis del sida en la década de 1990 para descubrir por qué la mentalidad centinela fue crucial para que los activistas pusieran un alto a la epidemia.

2. HERRAMIENTAS PARA VER CON CLARIDAD

Este libro contiene herramientas concretas para desarrollar una mentalidad centinela. Por ejemplo, cómo saber si tu razonamiento es tendencioso. No es tan sencillo como saber si eres prejuicioso. En el capítulo 5 vamos a realizar experimentos como la prueba del advenedizo, la prueba del escéptico selectivo y la de conformidad para descifrar tu razonamiento sobre lo que crees y lo que quieres.

¿Cómo decidir qué tan seguro estás sobre una creencia particular? En el capítulo 6 vamos a practicar técnicas de introspección que te ayudarán a identificar tu nivel de certeza entre 0 y 100 por ciento, y reconocer qué se siente cuando aseguras algo en lo que no crees.

Cuando intentas escuchar “la otra versión” de los hechos, ¿te frustras o molestas? Es posible que tu enfoque sea incorrecto. En el capítulo 12 compartiré algunos puntos para facilitar el aprendizaje desde perspectivas opuestas.

3. VALORA LAS RECOMPENSAS EMOCIONALES DE UNA MENTALIDAD CENTINELA

Las herramientas concretas son importantes, pero también me gustaría que te quedes con algo más. Podría parecer desalentador hacerle frente a la realidad con todas sus incertidumbres y decepciones. Pero durante la lectura de este libro te daré ejemplos de exploradores (mi término para denominar a personas especialmente buenas en algunos aspectos de la mentalidad centinela, aunque nadie es perfecto), y te percatarás de que no parecen estar deprimidos. En buena medida, están serenos, alegres, son divertidos y decididos.

Lo anterior se debe a que la mentalidad centinela tiene recompensas emocionales, aunque no parezca obvio. Resistir la tentación del autoengaño y saberse capaz de afrontar la realidad incluso cuando es desagradable, empodera. Entender el riesgo y aceptar las probabilidades que tienes en frente produce cierta ecuanimidad. Y experimentar la libertad de explorar ideas y seguir la evidencia, a donde sea que te lleve, sin sentirse atado a lo que “debes” pensar, produce una sensación de ligereza.

Valorar estas recompensas emocionales motiva a conservar la mentalidad centinela. Con ese fin, he incluido algunos ejemplos de centinelas inspiradores que han ayudado a muchos —a mí incluida— a cultivar una mentalidad centinela en el transcurso de los años.

Nuestro viaje nos llevará por los mundos de la ciencia, los negocios, el activismo, la política, el deporte, las criptomonedas y el preparacionismo. Vamos incursionar en las guerras de las culturas, las guerras de las mamis y las guerras de la probabilidad. En el camino, vamos a descifrar las respuestas de interrogantes como: ¿por qué la cola de un pavorreal le daba asco a Charles Darwin? ¿Por qué un escéptico profesional del cambio climático cambió de bando? ¿Por qué algunos miembros de estafas piramidales tipo culto logran salirse y otros no?

Este libro no es un sermón sobre la irracionalidad. Tampoco es un intento de regañarte para que pienses “adecuadamente”. Es un recorrido de una forma distinta de ser, basada en la búsqueda de la verdad, útil y satisfactoria y en mi opinión, tristemente infravalorada. Me emociona compartirla contigo.

primera parte


En defensa de la mentalidad centinela
CAPÍTULO 1
DOS FORMAS DE PENSAR

En 1894, una empleada de limpieza en la embajada alemana en Francia encontró algo en un bote de basura que sembraría el caos en el país. Se trataba de un oficio hecho trizas, y la empleada era una espía francesa.1 Entregó el oficio a un empleado de alto rango en el ejército francés, quien al leerlo supo que alguien en sus filas había vendido secretos militares muy valiosos a Alemania.

El oficio no estaba firmado, pero de inmediato sospecharon de un oficial de nombre Alfred Dreyfus, el único miembro judío del personal general del ejército. Dreyfus era uno de pocos oficiales con el rango para tener acceso a la información sensible mencionada en el oficio. No era querido. Para sus colegas era frío, arrogante y presuntuoso.

Mientras el ejército investigaba a Dreyfus se empezaron a acumular las anécdotas sospechosas en su contra. Un hombre reportó verlo merodeando y haciendo preguntas muy inquisitivas. Otro reportó haberlo escuchado alabar al imperio alemán.2 Habían visto a Dreyfus por lo menos una vez en un sitio de apuestas. Se rumoraba que, pese a estar casado, tenía una amante. No eran señales de un hombre precisamente confiable.

Oficiales del ejército francés estaban casi seguros de que Dreyfus era el espía, por lo que lograron conseguir una muestra de su caligrafía para compararla con el oficio. ¡Coincidía! Bueno, por lo menos se parecía. Sí, había algunas inconsistencias, pero no podía ser coincidencia que la caligrafía se pareciera tanto. Querían asegurarse, por lo que enviaron el oficio y la muestra de la caligrafía de Dreyfus a dos expertos.

El experto número 1 confirmó la correspondencia y reivindicó a los oficiales. No obstante, el experto número 2 no estaba convencido. Afirmó que era muy probable que las dos muestras provinieran de distintas fuentes.

No se esperaban un veredicto mixto. Pero recordaron que el experto número 2 había trabajado en el Banco de Francia. El mundo de las finanzas estaba poblado de judíos poderosos. Y Dreyfus era judío. ¿Cómo confiar en el juicio de alguien con conflictos de interés tan grandes? Los oficiales tomaron una decisión. El culpable era Dreyfus.

Dreyfus se declaró inocente, pero fue inútil. Lo arrestaron y una corte militar lo declaró culpable de traición el 22 de diciembre de 1894. Lo sentenciaron a confinamiento solitario de por vida, en la isla del Diablo, nombre muy acertado para una antigua colonia de leprosos en la costa de la Guayana Francesa, del otro lado del océano Atlántico.

Dreyfus estaba en shock. Cuando lo encarcelaron contempló el suicidio, pero decidió que tal acto demostraría que era culpable.

Antes de exiliarlo se celebró un evento público, que denominaron “la deshonra de Dreyfus”, para retirarle sus emblemas militares. Cuando un capitán arrancó una insignia del uniforme de Dreyfus, un oficial gritó un chiste antisemita: “Recuerden que es judío, seguro está calculando el valor de esa insignia de oro”. Lo hicieron desfilar frente a sus antiguos colegas, periodistas y una multitud de espectadores, él gritaba: “¡Soy inocente!”. Mientras la muchedumbre lo insultaba y gritaba: “¡Mueran los judíos!”.

Cuando llegó a la isla del Diablo lo encerraron en una pequeña cabaña de piedra sin contacto humano más que con sus guardias, quienes se negaron a hablarle. De noche, lo esposaban a su cama. De día, escribía cartas al gobierno rogando que reabrieran su caso. Pero para Francia, el caso estaba cerrado.

“¿PUEDO CREERLO?” VS. “¿DEBO CREERLO?”

Puede no parecerlo, pero la intención de los oficiales que arrestaron a Dreyfus no era culpar a un hombre inocente. Desde su punto de vista, conducían una investigación objetiva con evidencia que inculpaba a Dreyfus.3

Aunque para ellos su investigación fue objetiva, claramente la distorsionaron sus motivaciones. Tenían la presión de encontrar rápidamente al espía y ya estaban predispuestos a desconfiar de Dreyfus. Cuando arrancó la investigación tenían otro incentivo: demostrar su teoría o quedar mal y perder sus empleos.

Esta investigación es un ejemplo de un aspecto de la psicología humana que se denomina razonamiento motivado direccional —o razonamiento motivado—, en el cual nuestras motivaciones inconscientes afectan las conclusiones que extraemos.4 La mejor descripción del razonamiento motivado que conozco es del psicólogo Tom Gilovich. Cuando queremos que algo sea cierto, nos preguntamos, “¿Puedo creerlo?”, buscando un pretexto para aceptarlo. Cuando no queremos que sea cierto, entonces nos preguntamos: “¿Debo creerlo?”, buscando un pretexto para rechazarlo.5

Cuando los oficiales comenzaron a investigar a Dreyfus, evaluaron rumores y evidencia circunstancial preguntándose: “¿Es posible aceptar esta evidencia para demostrar su culpabilidad?”, apelando más a la credulidad que a los motivos para sospechar de él.

Cuando el experto 2 aseguró que la caligrafía de Dreyfus no era la misma que en el oficio, los oficiales se preguntaron: “¿Debemos creerlo?”, e inventaron un pretexto para no hacerlo: el supuesto conflicto de interés del experto número 2 debido a su fe judía.

Los oficiales incluso habían buscado evidencia incriminadora en el domicilio de Dreyfus sin éxito. De modo que se preguntaron. “¿Aún podemos creer que Dreyfus es culpable?”, y también encontraron un pretexto: “Lo más probable es que haya tirado la evidencia antes de que llegáramos”.

Incluso si nunca has escuchado la frase razonamiento motivado, estoy segura de que estás familiarizado con el fenómeno. Está en todas partes, aunque recibe distintos nombres: negación, ilusión, sesgo de confirmación, justificación de los propios actos, exceso de confianza, autoengaño. El razonamiento motivado es fundamental en el funcionamiento de nuestras mentes y resulta extraño concederle un título especial, tal vez sólo debería llamarse razonamiento.

El razonamiento motivado es evidente en cómo la gente comparte las noticias que demuestran las narrativas que validan sus opiniones sobre Estados Unidos, el capitalismo, “los jóvenes”, e ignoran todo lo que no los respalda. También es visible en cómo racionalizamos las señales de alarma en una relación nueva y emocionante, y siempre creemos estar haciendo más trabajo del que nos corresponde. Cuando un colega se equivoca, es porque es incompetente, pero cuando nosotros nos equivocamos, es porque estamos muy presionados. Cuando un político del partido rival infringe la ley, demuestra que todo el partido es corrupto, pero cuando lo hace uno de los políticos que apoyamos, es un individuo corrupto.

Incluso hace dos mil años, el historiador griego Tucídides describió el razonamiento motivado de las ciudades que se creían capaces de destronar a los gobernantes de Atenas: “Sustentaban [su] juicio en ilusiones no en predicciones sensatas, pero es un hábito de la humanidad… emplear la razón soberana para ignorar lo que no desea”.6 Se trata del primer registro del fenómeno que he encontrado hasta ahora. Pero no dudo que, miles de años antes, a los humanos les haya molestado y entretenido el razonamiento motivado del prójimo. Quizá si nuestros ancestros del Paleolítico hubieran desarrollado un lenguaje escrito, habríamos encontrado una queja en las cuevas de Lascaux: “Og está loco si cree que es el mejor cazador de mamut”.

EL RAZONAMIENTO COMO COMBATE DEFENSIVO

Lo complicado del razonamiento motivado es que, si bien es fácil identificarlo en los demás, cuando se trata de nosotros mismos no parece razonamiento motivado. Cuando razonamos nos da la impresión de que estamos siendo objetivos, justos; creemos que evaluamos los hechos sin emoción alguna.

No obstante, debajo de la superficie es como si fuéramos soldados defendiendo nuestras creencias frente a la evidencia que nos amenaza. De hecho, la metáfora del razonamiento como combate defensivo es inherente a la lengua inglesa, a tal grado que es difícil hablar de razonamiento sin recurrir a lenguaje militar.7

Defendemos nuestras creencias como si fueran posiciones militares, incluso fortalezas, diseñadas para resistir los embates. Las creencias pueden estar firmemente arraigadas, fundamentadas en hechos o avaladas por argumentos, poseer cimientos sólidos. Podemos tener opiniones concluyentes o fe inquebrantable.

Los argumentos son métodos para atacar o defenderse. Alguien puede combatir nuestra lógica, echar por tierra nuestras ideas, encontrar un argumento que derribe nuestras creencias. Pueden desafiar, minar, destruir o socavar nuestras posturas. Así, buscamos evidencia para respaldar, apuntalar, reforzar nuestras posturas. Con el tiempo, cimentamos, afianzamos o consolidamos nuestras ideas. Resguardamos nuestras creencias como soldados atrincherados ante las descargas del enemigo.

¿Y si cambiamos de opinión? Nos rendimos. Si un hecho es ineludible, lo reconocemos, lo admitimos, cedemos, como si permitiéramos que traspasara nuestra fortaleza. Si nos damos cuenta de que nuestra postura es indefendible, la abandonamos, nos damos por vencidos, cedemos, como si entregáramos un territorio en una batalla.8

En los próximos capítulos vamos a analizar el razonamiento motivado, o como le llamo, mentalidad de soldado. ¿Por qué el cerebro está constituido así? ¿El razonamiento motivado nos beneficia o perjudica? Pero primero, me da gusto informarles que no ha terminado la historia del pobre Dreyfus, continúa con la llegada de un nuevo personaje.

PICQUART REABRE EL CASO

El coronel Georges Picquart hace su entrada: en apariencia, es un hombre convencional, no del tipo que cause problemas.

Picquart nació en 1854 en Estrasburgo, Francia, en una familia de soldados y funcionarios, y ascendió en el ejército francés muy joven. Como la mayoría de sus compatriotas, era católico. Y también, como la mayoría de sus compatriotas, era antisemita. Eso sí, no era agresivo. Era un hombre refinado y le parecía que la propaganda antisemita, como la que imprimían los periódicos nacionalistas franceses, era de mal gusto. Pero el antisemitismo estaba en el ambiente, y creció con una instintiva actitud despectiva hacia los judíos.

Por lo tanto, cuando en 1894 Picquart se enteró de que el único miembro judío del ejército francés resultó ser espía, lo creyó sin dudar. Cuando Dreyfus se declaró inocente durante el juicio, Picquart lo estudió de cerca y concluyó que estaba fingiendo. Y durante la ceremonia de “degradación”, cuando le retiraron las insignias a Dreyfus, el propio Picquart hizo el chiste antisemita (“es judío, seguro está calculando el valor de esa insignia de oro”).

Poco después de que desterraran a Dreyfus a la isla del Diablo, ascendieron al coronel Picquart y lo pusieron al mando del departamento de contraespionaje que había dirigido la investigación de Dreyfus. Se le había encargado acumular evidencia adicional contra Dreyfus por si cuestionaban su condena. Picquart comenzó a buscarla, pero no encontró nada.

No obstante, surgió un asunto más urgente y prioritario, ¡había otro espía! Habían descubierto más cartas destruidas dirigidas a los alemanes. En esta ocasión, el culpable parecía ser un oficial francés de nombre Ferdinand Walsin Esterhazy, quien era alcohólico y apostador, tenía muchas deudas, por lo que tenía interés en vender información a Alemania.

Cuando Picquart analizaba las cartas de Esterhazy se dio cuenta de algo: la caligrafía precisa, inclinada, le resultaba asombrosamente familiar… Le recordaba al oficio original que se le atribuyó a Dreyfus. ¿Se lo estaba imaginando? Picquart recuperó el oficio original y lo colocó junto al de Esterhazy. Casi le da un infarto. La caligrafía era idéntica.

Picquart le mostró las cartas de Esterhazy al analista caligráfico interno del ejército, quien había testificado que la letra de Dreyfus era la del oficio original. “Sí, esta letra corresponde con la del oficio”, afirmó el analista.

“¿Qué pasaría si le digo que estas cartas son recientes?”, preguntó Picquart. El analista se encogió de hombros. En ese caso, los judíos deben de haber entrenado al nuevo espía para imitar la letra de Dreyfus. Para Picquart este argumento no era plausible. Con un nudo en la garganta, empezó a aceptar la conclusión inevitable: habían sentenciado a un hombre inocente.

Le quedaba un recurso: el archivo de evidencia que se usó contra Dreyfus en su juicio. Sus colegas le aseguraron que, para convencerse de la culpabilidad de Dreyfus, sólo bastaba con consultarlo. Así que Picquart lo recuperó para revisarlo. Pero una vez más se decepcionó. El archivo incriminatorio no contenía evidencia irrefutable, sólo especulación.

A Picquart le indignaron las racionalizaciones de sus colegas, el desinterés en la pregunta de si habían sentenciado a un hombre inocente a morir en la cárcel. Siguió investigando, pese a que la resistencia del ejército se tornó en una enemistad abierta. Sus superiores lo enviaron a una misión peligrosa esperando que no regresara. Cuando esta estrategia fracasó, lo arrestaron por filtrar información sensible.

Pero después de diez años, de un periodo en la cárcel y múltiples juicios, Picquart tuvo éxito: absolvieron a Dreyfus y lo reincorporaron al ejército.

Dreyfus vivió otros treinta años tras su restitución. Su familia lo recuerda estoico con respecto al calvario, aunque nunca recuperó la buena salud tras años en la isla del Diablo. Esterhazy, el espía real, huyó del país y murió en la pobreza. Y Picquart siguió padeciendo el acoso de los enemigos que había hecho en el ejército. Sin embargo, en 1906 el primer ministro Georges Clemenceau lo designó ministro de Guerra, en virtud de su desempeño durante el que se conoció como “el caso Dreyfus”.

Cuando le preguntaban a Picquart sobre su proceder —por qué sus esfuerzos para desvelar la verdad que exoneró a Dreyfus, poniendo en riesgo su carrera y su libertad— su respuesta era sencilla y siempre la misma: “Porque era mi deber”.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
12 kasım 2024
Hacim:
286 s. 27 illüstrasyon
ISBN:
9786075574684
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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