Kitabı oku: «Seducida por un escocés»

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© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Seducida por un escocés, n.º 217 - mayo 2020
Título original: Seduced by a Scot
Publicada originalmente por HQN™ Books
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-141-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Epílogo
Nota de la autora
Glosario
Si te ha gustado este libro…
Una de las cosas más maravillosas de la profesión de escritor es conocer a tantos lectores de todas partes del mundo. Empezamos con un amor común por los libros y, después, algunos de esos conocidos se convierten en amigos íntimos. Gracias a Bridget Costedot, de Francia, y a Sandra Schwab, de Alemania, amigas y lectoras que me han ayudado con las partes en francés y alemán de este libro.
Capítulo 1
Stirling, Escocia
1758
A Calum Garbett no le estaba permitido conocer la felicidad. Si alguna vez se acercaba a ella, su mujer y su hija descendían sobre él en picado y destruían cualquier posibilidad de que la alcanzara.
Lo que estaba sucediendo en la sala era la gota que colmaba el vaso. Pensar en todo el dinero y el trabajo que había dedicado a fundar Forja Carron, y ver cómo todo eso se le escapaba entre los dedos… Le había costado mucho esfuerzo establecer una buena relación con Thomas Cadell, un inglés que tenía un taller de forja propio, y que podía enseñar a los escoceses las técnicas más modernas del oficio. Esas técnicas podían ahorrar tiempo y dinero, y le permitirían dar empleo a más escoceses.
Él se había ganado un puesto entre las mejores industrias de Escocia. Si eso no fuera cierto, el duque de Montrose no estaría sentado a su lado en aquel momento, dispuesto a invertir dinero en el negocio y a beneficiarlo con su influencia.
Como parte del trato, había ofrecido la mano de su hija Sorcha. Y, en realidad, le había hecho un gran favor, porque sus posibilidades de encontrar marido no eran muchas. Su hija no era muy agraciada, para ser sinceros, y cuando se la presentaban a los posibles pretendientes, los candidatos rechazaban la oferta.
Pues bien, le había encontrado un pretendiente a su hija, pero ella lo iba a echar todo a perder y, además, con el apoyo de su madre. Y todo porque el joven con el que tenía que casarse se había enamorado de la bellísima y esquiva Maura Darby. Su pupila.
Él había acogido a Maura en su hogar hacía doce años cuando el padre de la muchacha, su mejor y más antiguo amigo, había muerto. Maura se había quedado sola en el mundo, y él la había llevado a casa por generosidad y por decencia. Se había sentido feliz haciéndolo, en parte, porque la muchacha aportaba una buena cantidad de dinero y, además, su presencia no iba a afectarle en absoluto.
Sin embargo, había subestimado el desaire que eso iba a suponer para Sorcha. Y, también para su esposa, que se había puesto en contra de la muchacha desde el primer día.
Y aquel resentimiento había aumentado con el paso del tiempo. A medida que las niñas crecían, por mucho que hiciera su esposa por mejorar el aspecto de su hija, la pobre Sorcha tenía una nariz protuberante y los ojos torcidos, mientras que Maura se había convertido en una mujer muy bella, con el pelo negro como la tinta y los ojos azules como un cielo invernal. Y, cuanto más bella se volvía Maura, más intentaba su esposa alejarla de ellos. Al final, Sorcha había sido la primera en recibir una oferta de matrimonio, con ayuda de la señora Garbett, que había hecho prácticamente de todo, salvo encerrar a la pobre Maura.
La muchacha lo había soportado todo sin quejarse. Él suponía que se había acostumbrado a llevar vestidos usados, a que le quitaran sus cosas y se las entregaran a Sorcha, un gatito cuando tenía trece años y un precioso manguito que le regaló una amiga por su vigésimo cumpleaños. Y eso eran solo las cosas que él sabía.
Pero lo que había ocurrido durante los últimos quince días había convertido a Sorcha en una fiera. Era un desastre.
Tenía entendido que una de las doncellas había visto cómo se besaban Maura y el prometido de su hija, el señor Adam Cadell. Como la sirvienta sabía que aquello era una afrenta imperdonable hacia su señora, había ido corriendo a decírselo al ama de llaves que, a su vez, se lo había dicho a su mujer, que había bajado las escaleras corriendo y gritando y había entrado al despacho, donde el padre de Adam, Thomas Cadell, y él, estaban cerrando el trato en presencia del duque de Montrose.
La señora Garbett iba seguida por su hija, cuyos sollozos tenían el poder de aumentar el tamaño de su nariz. Y ambas iban seguidas por la madre del joven, la señora Cadell, que negaba que su hijo hubiera cometido ningún error. Y, por último, iba el señor Adam Cadell, que aducía que la mujer, Maura, que acababa de cumplir veinticuatro años, mientras que él solo tenía veinte, se había abalanzado sobre él, y que él no había sabido qué hacer.
Aquel estúpido lascivo quería convencerlos a todos de que era un pobrecito muchacho al que habían acosado.
Rápidamente, se había reunido un tribunal de tres hombres confusos en el salón: el duque de Montrose, Thomas Cadell y él mismo, Calum Garbett. Él ordenó que llevaran a su presencia a la sirvienta para que diera su versión de los hechos. También fue convocada Maura, la acusada, que permaneció cruzada de brazos y mirándolos a todos con una actitud desafiante.
–Vi a la señorita Darby con la espalda apoyada en la pared mientras el señor Cadell la besaba –dijo la sirvienta, con los ojos clavados en el suelo.
–Yo estoy seguro de que era al revés –dijo Adam, esperanzadamente.
Calum miró a Maura.
–¿Señorita Darby?
–Fue exactamente como lo vio Hannah, señor, sí.
A él no le parecía que Maura se hubiera abalanzado sobre Adam si estaba arrinconada contra la pared, pero ella acababa de confesar que lo había besado, y no sabía qué hacer.
–Bueno, bueno –dijo, con inseguridad–. Tiene que prometer que no volverá a suceder.
–¡Señor Garbett! –gritó su esposa, con histeria–. ¿Acaso no va a defender el honor de su hija?
Dios Santo, ¿le estaba diciendo que retara en duelo al joven? Si había una muerte en su casa, sería un gran escándalo.
–¡Papá –gritó su hija, de un modo estridente–. ¡No voy a casarme con él! ¡Lo odio! ¡Y odio a Maura! ¿Por qué tuviste que traerla a casa?
Calum notó una tremenda opresión en el pecho. Empezó a picarle tanto la cabeza, que habría dado cualquier cosa por poder quitarse la peluca y rascarse para poder pensar con claridad. Si no había boda, no habría trato, y su fundición, que estaba destinada a ser una joya económica de Escocia, quebraría. Se puso en pie lentamente.
–No nos apresuremos, querida.
–¿Que no nos apresuremos? –gritó Sorcha–. ¡Es la segunda vez que besa a mi prometido!
Ah, sí. La primera vez, Maura había dicho que el chico la había atrapado en el jardín, donde nadie podía verlos, y la había besado. Como era de esperar, el chico lo había negado rotundamente. Las dos familias se habían puesto de parte de él.
–Yo no lo he besado –dijo Maura, con una calma sorprendente, teniendo en cuenta toda la histeria que flotaba en el ambiente–. Él me sorprendió en el pasillo y me besó, señor –añadió, y miró al estúpido joven–. Por favor, diga la verdad, señor Cadwell.
–¡Cómo se atreve! –gritó la señora Cadwell–. ¡Parece que no conoce cuál es su sitio!
Pero, entonces, se dio la vuelta, y le dio a su hijo tal golpe en la nuca con la palma de la mano que el joven dio dos pasos hacia delante.
–¡Es una seductora, palabra! –exclamó Adam, frenéticamente, y miró a su alrededor con la esperanza de encontrar una cara comprensiva. No la encontró.
–No quiero que Maura siga aquí, papá. ¡No quiero tenerla cerca! –insistió Sorcha.
Calum miró a Thomas, que estaba tan confuso como él. Calum no sabía qué hacer con Maura. No podía meterla en un baúl y encerrarla para siempre en la buhardilla.
–¡Señor Garbett! –exclamó su esposa–. ¡Tiene que mandarla lejos de aquí!
–Está bien, está bien. Entiendo que hay sentimientos heridos –dijo con sequedad, e intentó pensar. ¿Su primo? Hacía muchos años que no veía a David Rumpkin. Vivía en la que había sido la casa solariega de su padre, cerca de Aberuthen. Era un viejo charlatán y nunca había conseguido ganarse la vida de un modo decente, pero él pensaba que sí estaría dispuesto a hospedar a Maura, a cambio de una cantidad de dinero, hasta que se solucionara aquella debacle.
Se giró hacia Maura, que le devolvió la mirada con calma, casi como si estuviera retándolo a que creyera a aquel estúpido muchacho y la mandara lejos. Aquella expresión suya, tan fría, le produjo un escalofrío que le recorrió la espalda.
–La mandaré con mi primo por el momento, ¿de acuerdo? –dijo, sin apartar los ojos de Maura–. Vive en Aberuthen, en una bonita casa cerca de un lago. ¿Te parece bien, Maura?
Ella ni siquiera se movió. No dijo ni una palabra. Sin embargo, la injusticia irradiaba de ella en forma de un calor que los alcanzaba a todos.
–Entonces, ¿la va a enviar a casa de su primo con todos los privilegios que ya le hemos concedido todos estos años? –preguntó su esposa, con indignación–. Ha destruido la felicidad de mi hija y, por eso, debe devolvernos toda la amabilidad con la que la hemos tratado.
–Pues sí –dijo la señora Cadell, con un gesto de desdén–. Debería sufrir las consecuencias de seducir con sus encantos a un joven inocente.
«Inocente, y un cuerno», pensó Calum.
–¿Qué quiere, señora? –le preguntó a su esposa–. ¿Una libra de su carne? Porque no tiene ni un penique.
En realidad, sí lo tenía, pero él no estaba dispuesto a separarse del estipendio.
–Tiene un collar –dijo su esposa.
A Maura se le escapó un jadeo.
–No –dijo.
–¿Que no? –repitió la señora, con una expresión de rabia–. ¡Cuando pienso en todos los vestidos, zapatos y comidas que se te han proporcionado!
–Los vestidos y los zapatos fueron primero de Sorcha, ¿no? –dijo Calum, pero nadie le estaba escuchando.
–Ese collar lleva muchos años en mi familia –dijo Maura–. Es lo único que me queda de ellos.
–Pues gracias a Dios, porque, así, puedes pagar la enorme deuda que tienes con nosotros.
–Señora Garbett –dijo Calum, con firmeza.
–¿Qué, señor Garbett? –le espetó ella.
No iba a servir de nada. Su esposa estaba enfurecida, Sorcha estaba llorando y la señora Cadell estaba intentando convencer a su marido de que volvieran a Inglaterra. Y todo aquello, delante del duque de Montrose, que permanecía estoico y en silencio.
Qué estaría pensando de ellos. Seguramente, que eran un hatajo de pueblerinos. Él se sentía completamente mortificado por aquel espectáculo. Habría dado cualquier cosa por que terminara. Miró a su mujer y supo que, si no conseguía su venganza, no dejaría de quejarse en toda la vida. Le dijo a la doncella:
–Ve a buscar el collar.
–No –gritó Maura, frenética–. ¡No podéis quedároslo!
Pero Hannah ya había salido corriendo de la habitación.
Calum se estremeció y miró a Maura. Era obvio que aquello le causaba un gran dolor, porque se le habían llenado los ojos azules de lágrimas.
–Me duele tener que decírtelo, pero será mejor que recojas tus cosas. Tienes que irte hasta que se haya celebrado la boda, ¿de acuerdo?
–No va a haber ninguna boda –anunció Sorcha, entre lágrimas, y salió corriendo de la habitación, con la nariz enrojecida precediendo sus pasos.
Maura se irguió lentamente y lo miró de un modo que hubiera aterrorizado a cualquier hombre. Después, se marchó.
–Gracias a Dios –dijo la señora Cadell–. No debería tener a una mujer como esa en su casa, señor Garbett, si no le importa que se lo diga. Es una seductora.
El cobarde de Adam asintió.
Calum deseaba con todas sus fuerzas defender a Maura, pero se estaba jugando demasiado. Cuando se hubiera celebrado la boda, enviaría a alguien a buscarla y arreglaría las cosas con ella, y ella lo entendería todo.
Maura salió de la casa aquella misma tarde.
Por desgracia, la ruptura entre los Cadell y los Garbett no se resolvió con tanta facilidad, porque Sorcha y su madre se negaron a aceptar las disculpas de la familia de su prometido.
Dos días después, Thomas Cadell y Calum Garbett se reunieron de nuevo con el duque de Montrose para ponerle al corriente de la situación con respecto a su empresa conjunta.
–Si sigo adelante, mi esposa me cortará la cabeza –dijo Thomas.
–Y, si yo sigo adelante, mi esposa me cortará los testículos –añadió Calum, con una expresión sombría.
El duque de Montrose, que había permanecido en silencio durante toda la explicación, dijo, por fin:
–Tal vez exista un modo de remediarlo. Conozco a todo un experto en resolver problemas.
Calum y Thomas lo miraron con sumo interés.
–¿Quién es? –preguntó Calum.
–Se llama Nichol Bain –dijo el duque–. Es un hombre que tiene mucha experiencia en este tipo de problemas.
Tomó una pluma, la mojó en el tintero y escribió el nombre y la dirección. Después, deslizó el papel hacia Calum.
–Puede ser que no apruebe sus métodos, pero le agradará el resultado. Avíselo rápidamente si quiere su fundición, señor.
Aquella misma noche, Calum envió un mensajero a Norwood Park, la dirección de Nichol Bain en Inglaterra.
Capítulo 2
El señor Nichol Bain esperaba que, cuando volvieran a encargarle la resolución de un problema, se tratase de un asunto que requiriera ingenio y discreción considerables. Una situación con consecuencias trascendentales, como el problema que había resuelto para el duque de Montrose hacía unos años. Justo en el momento en que el duque se postuló para ocupar un escaño en la Cámara de los Lores, empezó a correr el rumor de que había asesinado a su esposa. Eso sí que era un problema peliagudo.
Se habría conformado, incluso, con el tipo de problema que había resuelto en nombre de Dunnan Cockburn, un hombre afable y heredero único de una dinastía escocesa del comercio del lino que, sin saber muy bien cómo, se había introducido en los círculos del juego y había caído en las garras de los prestamistas menos indicados de Londres. El patrimonio de Dunnan estaba jurídicamente vinculado a su apellido, lo cual significaba que no podía venderlo como quisiera, sino que la ley le obligaba a preservarlo para futuras generaciones. Con astucia, él se las había arreglado para encontrar un abogado que supo desvincular una pequeña parte de las tierras de los Dunnan del patrimonio para poder venderla y obtener la astronómica cifra de tres mil libras que permitieran pagar la deuda. Después, había tenido que utilizar toda su diplomacia para conseguir un compromiso por parte del ingenuo Dunnan y hacer un trato con algunos de los tipos más desagradables de Londres.
Sin embargo, el problema con el señor Garbett y el señor Cadell no se parecía en nada a los dos anteriores. Lo habían llamado desde la mansión de los Garbett, que estaba cerca de Stirling, para solucionar una pelea entre jóvenes prometidos, algo que, en su opinión, deberían haber resuelto los adultos que había en la sala. Por desgracia, algunas veces la gente se dejaba llevar por las emociones en vez de razonar. El señor Garbett y el señor Cadell no necesitaban su ayuda. Lo que necesitaban era apartarse de sus alteradas esposas y pensar.
Así pues, Nichol había aprovechado sus debilidades y había negociado el pago de unos honorarios muy altos a cambio de resolver aquel juego de niños en nombre de los dos inversores en la forja del hierro. Para él, la tarea era una diversión y una forma de mantener la mente ejercitada antes de abordar el siguiente encargo, en el que figuraban un rico comerciante galés y un barco desaparecido.
En primer lugar, se reunió con Sorcha Garbett, que le pareció una muchacha tan inmadura como poco atractiva. Le pidió que le explicara por qué había roto su compromiso, a ser posible, sin lágrimas.
La señorita Garbett estuvo media hora despotricando sobre lo mal que la había tratado siempre una tal señorita Maura Darby que, aparentemente, había sido expulsada de la casa de los Garbett y que, según Sorcha, llevaba años acosándola. Durante aquella diatriba de media hora, mencionó a su prometido de pasada, y lo describió como un hombre poco avispado que no entendía las estratagemas de las mujeres. Sin embargo, la señorita Darby era todo lo contrario.
–La pupila de su padre parece una encantadora de serpientes –comentó él, aunque lo hizo para su propia diversión.
–No es tan encantadora –respondió la señorita Garbett, con un gesto de desdén–. No es tan lista como piensa, ni es tan guapa.
–Ah, ya entiendo. Bien, señorita Garbett, si me permite que se lo pregunte, ¿quiere usted al señor Cadell?
Ella se puso el pañuelo encima de su considerable nariz y se encogió delicadamente de hombros.
Él se agarró las manos a la espalda y fingió que examinaba una figurita de porcelana.
–Entonces, ¿le atrae la idea de convertirse en señora de una gran casa?
Ella alzó los ojos y lo miró.
–He visto la casa que tienen los Cadell en Inglaterra, y puedo decir, sin dudarlo, que es más grande que el Palacio de Kensington.
Ella bajó el pañuelo y abrió unos ojos como platos.
–¿Más grande que un palacio?
–Sí.
Sorcha se mordió el labio y miró de nuevo su regazo.
–Pero él quiere a Maura.
–No –dijo Nichol. Se agachó junto a la muchacha, tomó una de sus manos y dijo, con la expresión grave, cuidadosamente–: Él no quiere a la señorita Darby.
–¿Y cómo puede estar tan seguro? –preguntó ella, entre lágrimas.
–Porque soy un hombre, y sé lo que piensa un hombre en los momentos de puro deseo. Ese muchacho no estaba pensando en el resto de su vida, créame. Cuando piensa en usted, piensa en la compatibilidad y en los muchos años de felicidad que tiene por delante en su vida conyugal con usted.
Quizá estuviera exagerando un poco, pensó.
La señorita Garbett hizo una mueca de desdén.
–Está bien, supongo que podría darle otra oportunidad. Pero a Maura, ¡no! ¡Nunca más! Ni siquiera se moleste en pedírmelo.
–No, no se lo pediría.
–Bah, tendrá que hacerlo –dijo Sorcha–. Porque mi padre la quiere mucho, más que a mí.
–Eso no es posible –respondió Nichol, para calmarla–. Tiene que creerme, señorita Garbett. Su padre quiere más la forja que a la señorita Darby. Y la quiere más a usted que a la forja.
Ella se irguió en el asiento y, con un suspiro de cansancio, miró por la ventana.
–¿La casa de los Cadell en Inglaterra es de verdad tan grande como un palacio?
Problema resuelto. Nichol se puso de pie.
–Más grande. Tiene dieciocho chimeneas en total.
–Dieciocho –murmuró ella.
Nichol se marchó a un pequeño despacho a hablar con el señor Adam Cadell. Aunque tenía veinte años, seguía siendo desgarbado, como si no hubiera dejado atrás el crecimiento de la adolescencia. Adam lo miró con cautela.
–Bueno –dijo Nichol, y se acercó a un mueble para servirse un oporto. Sirvió una copa también para el muchacho.
–Se ha metido en un buen lío, ¿eh?
El joven tomó la copa de oporto y la apuró de un trago.
–Sí –dijo, con la voz ronca.
–Entonces, ¿quiere usted a la señorita Darby?
El chico se ruborizó.
–Por supuesto que no.
«Claro que sí», pensó Nichol. Le dio un sorbito a su copa de oporto y preguntó:
–A propósito, ¿la dote de la señorita Garbett es muy grande?
–¿Por qué? –preguntó el joven. Al ver que Nichol no respondía, se tiró con nerviosismo del bajo del chaleco–. Bastante grande, sí –dijo al final.
–¿Tan grande como para poder construirse una casa en la ciudad?
–¿En Londres?
–Sí, en Londres, si quiere. O en Edimburgo. O en Dublín –dijo Nichol, encogiéndose de hombros.
El señor Cadell frunció la frente con un gesto de desconcierto.
–¿Qué tiene que ver eso con esta boda?
–A mí me parece obvio.
El muchacho lo miró con confusión. Para él no había nada obvio, salvo su lujuria.
–Si comprara una casa en una de esas ciudades… Sin duda, conocería a muchas debutantes bellas que estarían dispuestas a hacerse amigas de su esposa, ¿no?
Adam Cadell siguió mirando fijamente a Nichol.
–Cientos de ellas –añadió Nichol para darle más énfasis a sus argumentos.
El joven se sentó en el sofá y se agarró las manos.
–No lo entiendo.
Nichol dejó la copa de oporto.
–Lo que le sugiero, señor Cadell, es que se case con su heredera y se dedique a vivir la vida. Ella tendrá los hijos que desea, la casa que desea, los vestidos… Y usted tendrá la sociedad. Salvará el importante negocio de su padre y todo el mundo será feliz de nuevo.
–Ah –dijo Adam Cadell, y asintió lentamente. Comenzaron a brillarle los ojos, pero el brillo desapareció–. Pero es que Sorcha no me va a aceptar si la pupila está por aquí.
Así que la señorita Darby se había convertido en una mera pupila.
–Ya no está aquí –dijo Nichol.
–No, pero va a volver. El señor Garbett le tiene mucho afecto. No va a dejar que siga alejada de la casa. Ella seguirá siendo parte de esta familia.
Nichol reflexionó.
–Si la situación de la pupila cambiara, por supuesto, a otras circunstancias aprobadas por el señor Garbett, pero que la alejaran de esta casa, ¿podría usted encontrar la manera de disculparse adecuadamente ante su prometida?
–Sí –dijo el joven, asintiendo con entusiasmo–. Por supuesto. Olvidaría por completo a la señorita Darby.
–Pues, entonces, déjemelo a mí –dijo Nichol, y le tendió la mano.
El señor Cadell se la estrechó con debilidad.
–Gracias, señor Bain.
Nichol se dio cuenta de que la solución iba a servir para dos problemas a la vez. Seguramente, aquella era la situación más fácil que se había encontrado en los últimos quince años.
Salió de casa de los Garbett y fue a la posada en la que se estaba alojando, en Stirling. Escribió una carta a Dunnan Cockburn, su antiguo cliente, y alguien a quien podía considerar un amigo. En realidad, él no tenía amigos, porque nunca había permanecido mucho tiempo en ninguna parte. Además, había aprendido a muy temprana edad a callarse lo que pensaba para que nadie pudiera utilizar aquella información en su contra. Y, finalmente, había descubierto que la amistad se basaba en la capacidad de compartir sentimientos. Él no compartía los suyos y, por eso, tenía muy pocos amigos.
Lord Norwood era uno de ellos. Había conocido al conde mientras trabajaba para el duque de Montrose. Norwood era el tío de la nueva lady Montrose, y se había quedado admirado, o se había divertido, con su forma de llevar el asunto entre el duque y su sobrina. Fuera cual fuera el motivo, había querido que él se mantuviera cerca y parecía que disfrutaba con su compañía, aunque, con frecuencia, le enviaba a ayudar a sus influyentes amigos.
Nichol consideraba un amigo a Dunnan porque habían pasado mucho tiempo juntos. Dunnan estaba siempre dispuesto a agradar a los demás y tenía muy buen humor, a pesar de sus muchos problemas. Vivía en una gran finca con su madre viuda y, aunque había conseguido superar su problema con el juego, los dos habían decidido que tendría menos posibilidades de recaer si se casaba con la mujer adecuada, alguien que lo reconfortara y lo aconsejara con franqueza, y que lo mantuviera vigilado.
–Vas a buscarte una esposa, ¿verdad? –le había preguntado Nichol la última vez que habían estado juntos.
–Por supuesto, por supuesto –respondió Dunnan–. Es algo que tengo que hacer, está entre mis prioridades.
Por desgracia, Dunnan aún no había encontrado a la candidata. Así pues, parecía un arreglo perfecto para todo el mundo, y él estaba seguro de que el señor Garbett lo aceptaría. La señorita Darby estaría bien cuidada y su marido iba a honrarla. La trataría muy bien y le daría afecto. Parecía que Dunnan estaba impaciente por casarse.
Nichol le envió la carta y esperó dos días hasta que llegó la respuesta:
Sí. Si tú me la recomiendas, Bain, me considero afortunado y le abriré mis brazos, mi corazón y mi casa.
Esa era la reacción que él esperaba, y se sintió muy contento del resultado. Tan contento, de hecho, que pensó en llamar a su hermano, a quien no veía desde hacía muchos años. Últimamente le había estado pesando mucho la distancia que había entre ellos. Quería mucho a Ivan. Su hermano vivía en la casa familiar, que no estaba lejos de Stirling; al menos, eso era lo que le había dicho en su última carta. Sin embargo, Ivan no había vuelto a responderle a las cartas que le había enviado aquellos últimos años.
Él no estaba muy seguro del motivo, pero no iba a saberlo si no hablaba con su hermano. Para Ivan, aquello iba a ser todo un shock, puesto que hacía más de doce años que él se había marchado de casa. Aquello era otro asunto diferente, un asunto que no tenía una solución fácil. Pero, con respecto a Ivan, a Nichol sí le gustaría saber qué había sucedido.
Tal vez ya fuera hora de ir a verlo.
No obstante, lo primero era lo primero. Se arregló con ayuda de un muchacho a quien contrató como ayuda de cámara y se puso en marcha para explicarles al señor Garbett y al señor Cadell su plan para acabar con el desencuentro entre sus familias.
Tal y como sospechaba, todo el mundo aceptó la propuesta con entusiasmo, salvo la señora Garbett, que no creía que la señorita Darby debiera tener un buen matrimonio. Pero, al enfrentarse a la posibilidad de que la pupila de su marido volviera con ellos, aceptó de mala gana lo que había propuesto Nichol.
A finales de aquella semana, Nichol y Gavin, su nuevo mozo, se prepararon para hacer un viaje de varios días hasta una casa solariega que estaba cerca de Aberuthen, donde debían recoger a la señorita Darby.
Llegaron a su destino al día siguiente. Estaba nevando suavemente, y el mozo iba temblando en la montura, aunque Nichol le había dado su manta para que se la echara sobre el abrigo.
–Gavin, ¿cómo vas?
–Bien, señor –respondió el chico.
–Llegamos enseguida –le aseguró Nichol, mientras salían del pequeño pueblo de Aberuthen en dirección a la finca, siguiendo las indicaciones que le había dado Garbett.
Esperaba que la casa fuera parecida a la de Garbett, pero se llevó una desagradable sorpresa al ver que era mucho más pequeña y que estaba muy descuidada, casi ruinosa. Tenía una sola torre en un extremo, cubierta de enredadera, y el resto era una construcción cuadrada como una caja. Solo salía humo de una de las cuatro chimeneas, y había varias ventanas cuyos cristales rotos habían sido reemplazados con tablones de madera.
Gavin y él desmontaron y miraron hacia la casa. No salió nadie a recibirlos, y el mozo lo miró con expectación.
–Voy a ver si puedo despertar a alguien –le dijo Nichol. Le entregó las riendas y señaló con un gesto de la cabeza el establo, que era otra construcción en mal estado–. Da de comer y beber a los caballos. También hay comida en la bolsa para ti, ¿de acuerdo? Come y entra en calor. En cuanto resuelva la situación aquí, nos marcharemos.
Gavin asintió y se llevó a los caballos hacia el establo.
Nichol se encaminó a la puerta y llamó tres veces. Nadie respondió. Casi había decidido que la casa estaba completamente vacía cuando oyó ruido. La puerta se abrió de repente y en el vano apareció un hombre sujetando un farol. Llevaba una bata y un camisón manchados de comida. Estaba muy obeso y tenía las piernas separadas, como si quisiera sostener todo su peso. No se había afeitado y tenía el pelo largo y sucio, flotando alrededor de la cabeza y los hombros. También tenía mucho pelo en las orejas.
Nichol disimuló la sorpresa. Eran casi las dos de la tarde y parecía que aquel hombre acababa de levantarse.
–¿Ha venido a buscar a la chica? –le preguntó con la voz enronquecida.
–Sí, en efecto –respondió Nichol.
El hombre extendió la mano con la palma hacia arriba.
–Pues págueme primero.
Diah… Parecía que el primo de Garbett era un zafio.
–¿Podría entrar? Hace bastante frío.
El hombre soltó un gruñido, retrocedió unos pasos y se inclinó con un gesto de burlona cortesía. Nichol entró a un vestíbulo lleno de capas, botas y montones de turba. El hombre cerró la puerta y caminó, arrastrando los pies, hacia el pasillo.
Nichol lo siguió hacia una sala. Era un comedor repugnante. Había comida podrida y heces de perro por el suelo, y dos canes dormían junto a la chimenea. Uno de ellos se puso en pie y se acercó a olisquearlo. Después, volvió a su sitio.
Nichol miró a su alrededor y preguntó:
–¿Ha muerto su ama de llaves, señor Rumpkin?
–Qué gracioso. ¿Lo ha enviado mi primo para entretenerme, o para pagarme por haber alojado a la bampot? –le preguntó el hombre.
Nichol sacó una bolsa de monedas del bolsillo de su abrigo y se la entregó al hombre, que había vuelto a abrir la palma de la mano. El señor Rumpkin la abrió y comenzó a contar rápidamente. Mordió una de las monedas para asegurarse de que era de oro y, cuando quedó satisfecho, señaló unas escaleras que había al otro lado del pasillo.
–Está allí arriba. Se ha atrincherado.
Nichol no podía reprochárselo.
–¿Cuánto lleva ahí?
–Dos días –respondió Rumpkin. Nichol no respondió, a causa de la sorpresa, y Rumpkin alzó la vista–. ¡No me mire así! Le envié comida, pero no la tocó.
Sin duda, la muchacha debía de temer que le contagiaran la peste. Nichol no podía creer que el señor Calum Garbett hubiera enviado a aquel infierno a su pupila. La conciencia le exigió que sacara de allí a la señorita Darby lo antes posible.
–¿Qué habitación es?
–La torre –dijo Rumpkin, con la voz ronca. Se sentó a la mesa, tomó una cuchara y siguió comiendo algo que había en un cuenco.
Nichol se dio la vuelta para no tener arcadas. Salió al pasillo y subió las escaleras rápidamente. En el rellano vio una puerta cerrada, a la izquierda, junto a la que había una bandeja de comida intacta, cubierta con un trapo.
Llamó con energía a la puerta, y dijo:
–Señorita Darby, por favor, abra. Me llamo Nichol Bain y me ha enviado su benefactor, el señor Garbett.
Pasó un instante hasta que empezó a oír algo de movimiento. Esperó que se abriera la puerta, pero se llevó un gran susto, porque algo parecido al cristal chocó violentamente contra el otro lado de la madera. ¿Acababa de arrojar algo la muchacha contra la puerta?
Nichol volvió a llamar, con más suavidad en aquella ocasión.
–Señorita Darby… por favor. El señor Garbett me ha enviado para hacerle una propuesta y creo que le va a gustar. Él quiere que salga usted de aquí cuanto antes. Por favor, abra la puerta.
Silencio.
Él apoyó las manos a ambos lados del marco. No había previsto que tuviera que convencerla para marcharse; por el contrario, había pensado que la muchacha saldría corriendo a la primera oportunidad.
–Le prometo que lo que tengo que decirle será mejor que cualquier cosa que pueda encontrar aquí.
Oyó que la señorita Darby arrastraba algo pesado por el suelo, como si estuviera poniendo un mueble contra la puerta.
–Ya se lo advertí –dijo Rumpkin a su espalda. Nichol miró por encima de su hombro, hacia atrás. El señor Rumpkin había subido las escaleras con una botella de alcohol en la mano. Le dio un buen trago y añadió–: Es una fiera.
Nichol se giró de nuevo hacia la puerta.
–Ya es suficiente, señorita Darby, ¿de acuerdo? Su benefactor está deseando encontrar una solución para usted, y lo que ha planeado va a ser de su agrado. Pero tiene que abrir la puerta para poder escucharlo.
Silencio.
Nichol estaba empezando a perder la paciencia.
–Señorita Darby, insisto en que salga inmediatamente –dijo, con severidad.
Puso la oreja contra la puerta y escuchó atentamente. ¿Eran imaginaciones suyas, o pudo oír una risa baja al otro lado?
Sí, claramente, eran risas.
Nichol perdió la paciencia por completo. Él estaba orgulloso de su capacidad para mantener la calma en situaciones en las que los demás perderían los estribos, pero aquello le resultaba muy molesto. No estaba dispuesto a dejarse tratar con tanta grosería por una joven a quien solo él podía ayudar.
Se apartó de la puerta. El señor Rumpkin seguía allí, bebiendo. Se limpió los labios con la manga y repitió:
–Se lo advertí.
Nichol lo rodeó y caminó hacia las escaleras.
Una de las cosas que había aprendido durante todos aquellos años resolviendo problemas ajenos era que, cuando se cerraba una puerta, siempre se abría otra. El truco estaba en encontrarla.
Y él iba a encontrarla.
Capítulo 3
Maura apoyó las manos en la puerta y pegó la oreja a la madera para escuchar cómo se alejaban los pasos.
Cuando ya no los oyó, se apartó de la puerta y sonrió con ironía. ¿Cómo se atrevía el señor Garbett a enviar a alguien a buscarla? ¿Cómo era posible que no hubiera ido en persona a pedirle disculpas? ¿De veras creía que ella se iba a marchar de aquel lugar infernal con un desconocido, dócilmente, después de todo lo que había ocurrido? No, sin una disculpa, no. Estaba decidida a no salir de aquella habitación hasta que la tuviera.
Sin embargo, estaba aún más decidida a salir de allí, en cuanto supiera cómo hacerlo. No tenía intención de pasar ni una sola noche más bajo el techo del señor David Rumpkin.
¡Cómo despreciaba a aquel hombre! Al principio, había intentado poner buena cara al mal tiempo y, aunque casi no podía soportar ver todo lo que la rodeaba, había intentado conformarse y ser agradable. Igual que cuando la habían acogido los Garbett.
En su lecho de muerte, su padre le había dicho que fuera siempre bondadosa y amable, que fuera agradecida con la familia que la acogiese en su casa. Le había recordado que no tenía a nadie más en el mundo y que su existencia dependía de la benevolencia de un hombre que no era su padre. Y ella había intentado ser todo lo que él le había dicho, pero no era de la sangre de los Garbett, y la señora Garbett la había odiado desde el primer momento. El señor Garbett había sido indiferente, la mayor parte del tiempo, aunque, de vez en cuando, la defendiera. Sin embargo, ella siempre había pensado que el señor Garbett le tenía cierto afecto. En aquel momento, pensaba que él siempre había sentido, precisamente, lo que ella percibía: indiferencia.
Teniendo en cuenta esa experiencia, tenía que haberse dado cuenta de que ser bondadosa y amable no iba a servirle tampoco allí. Rumpkin había demostrado que era un bestia que no se preocupaba ni un ápice por ella ni por la pobre muchacha que iba a la casa desde Aberuthen a hacerle la comida.
Sin embargo, eso habría podido soportarlo. Incluso se le había pasado por la cabeza limpiar un poco la casa, ya que le daba asco sentarse en cualquier silla. Pero Rumpkin había comenzado a manosearla cuando estaba borracho y, al final, ella había tenido que encerrarse en su habitación. Se estremeció al recordar cómo le había agarrado un pecho y cómo le había posado la boca pegajosa en el cuello. Lo había empujado con todas sus fuerzas y había salido corriendo hacia su cuarto, había echado el pestillo y había puesto un escritorio delante para asegurarse aún más.
Al día siguiente tuvo que apartar el escritorio para poder tomar la poca comida que le había llevado la muchacha, y que le había dejado junto a la puerta. Había tomado el pan, pero había dejado el cuenco de estofado en la bandeja.
Y, ahora, se moría de hambre.
Miró alrededor por la habitación. Había unos cuantos libros con los que se estaba entreteniendo por el momento, pero que pronto iba a terminar de leer. También se le estaba terminando la leña, necesitaba lavar la ropa y no se había molestado en peinarse ni arreglarse desde hacía días.
No iba a poder sobrevivir muchos más días en aquellas condiciones, pero tampoco podía escapar en pleno invierno sin tener un lugar al que ir, y todavía quedaban muchos meses para la primavera.
Necesitaba un buen plan.
Tenía muy pocas monedas, llevaba unos zapatos que solo servían para bailar o pasearse por un jardín y solo tenía un par de vestidos decentes.
Mientras estaba pensando, oyó algo que le habría parecido una rata, de no ser porque el ruido provenía de la ventana. Se levantó lentamente de la silla y se quedó mirando por la ventana. No era posible. No se atrevería, el tal señor Bain. Corrió hacia la ventana y la abrió ligeramente, lo justo para poder ver.
Y lo que vio fue la cabeza pelirroja de un hombre que trepaba por las enredaderas que cubrían la fachada de la torre.
Vaya. El señor Garbett debía de haberle pagado mucho para que la llevara a otro infierno. Cerró la ventana con el pestillo y se sentó de nuevo a esperar el momento en que él llamara a la ventana para entrar. Esperaba que se cayera y aterrizara con el trasero.
Lo que ocurrió fue que él rompió el cristal de un puñetazo, abrió el pestillo y entró acrobáticamente en la habitación. Se detuvo, se sacudió la ropa y se echó el pelo hacia atrás con la mano. Después, la miró como si estuviera muy molesto por haber tenido que entrar así.
Ninguno dijo nada. Maura no sabía qué era lo que le asombraba más, si su atrevida entrada o lo guapo que era. Tenía los ojos de color verde claro y el pelo del color del otoño. Medía más de un metro ochenta centímetros y tenía los hombros muy anchos. Quizá fuera el hombre más guapo que había visto en su vida.
Sin embargo, tenía una mirada severa, de enfado.
–Feasgar math –dijo.
Acababa de desearle buenas tarde en gaélico. Maura se quedó mirándolo. Entonces, ¿era originario de las Highlands?
–Ahora entiendo por qué Adam Cadell perdió la cabeza –dijo, y se inclinó con galantería.
¡Por el amor de Dios! Todos los hombres eran unos degenerados. Ella no quería que le recordaran a aquel cobarde de Adam Cadell, y suspiró con impaciencia. Pidió, en silencio, que aquel desconocido desapareciera de su habitación.
Pero él no se fue.
–Permítame que me presente de nuevo –dijo, con frialdad–. Me llamo Nichol Bain.
A ella no le importaba. ¿Acaso el señor Garbett pensaba que iba a volver a confiar en alguien, y menos, en aquella situación?
–Entiendo que debe de sentir una gran desconfianza.
¿Desconfianza? Pues sí, desconfianza y furia. No deseaba hablar de lo que sentía, y murmuró, en voz baja:
–Sortez maintenant, imbécile.
Hubo una larga pausa, hasta que él respondió:
–Pas avant que vous n’écoutiez ce que j’ai à dire.
Maura se quedó sorprendida.
Él se había agachado a un metro de ella y la estaba observando atentamente, como un halcón. Maura se irguió y lo fulminó con la mirada. Bien, así que sabía hablar francés. Además, se creía muy listo, eso estaba bien claro.
–Mir ist es gleich was Sie zu sagen haben.
Lo miró con petulancia. Acababa de decirle que no le importaba en absoluto lo que tuviera que decir y, en silencio, le agradeció a su padre que se hubiera empeñado en que los idiomas formaran parte de su educación.
El señor Bain sonrió lentamente.
–Vaya, señorita, ahí me ha pillado. No hablo tan bien alemán. Pero… Wollen Sie von hier fortgehen?
A ella se le escapó un jadeo. Aquel hombre era un oponente formidable. Lo observó y respondió a su pregunta.
–Sí, quiero marcharme de aquí. Pero no con usted.
El señor Bain se puso de pie, se agarró las manos por detrás de la espalda y dijo con calma:
–En este momento, creo que soy su única opción.
–No, no es cierto. Yo podría saltar por la ventana que usted ha abierto tan amablemente.
Él se encogió de hombros.
–Creo que, si quisiera saltar por la ventana, ya lo habría hecho el día que pensó que era necesario encerrarse en esta habitación.
Así que era un hombre perceptivo. Maura se levantó. Él era mucho más alto que ella, y tuvo que inclinar la cabeza para mirarla. Se fijó en su pecho y, después, alzó la vista hasta sus ojos.
Ella volvió a clavarle una mirada llena de hostilidad.
–Entonces, ¿qué es lo que quiere?
–Sacarla de esta casa, en primer lugar.
–¿Y después? ¿Adónde me va a llevar? ¿Con el señor Garbett? ¿O tendré el placer de visitar a otro de sus primos?
Él le miró los labios, y a ella se le pasó por la cabeza darle una patada en la espinilla.
–A Luncarty –dijo.
–Luncarty. ¿Qué demonios es Luncarty?
–Es un pueblecito y una finca. También es una oportunidad.
Ella se echó a reír. ¡Una oportunidad! ¿Cómo podía considerarla tan ingenua?
–¿Ah, sí? ¿Qué tipo de oportunidad es esa, señor Bain? ¿Tendré que defenderme del acoso de otro hombre al que no había visto en mi vida?
–¿Disculpe? –preguntó él, con cara de espanto–. ¿Acaso Rumpkin…?
Ella chasqueó la lengua. Todos los hombres eran idiotas.
Sin embargo, la expresión de aquel idiota se volvió torva.
–Yo no la pondría nunca en una situación que entrañara un peligro para usted, señorita Darby. En Luncarty hay una casa que, en mi opinión, podría gustarle mucho. Es una casa grande y rica.
–Ah. Entonces, sería la amante de alguien.
Él se quedó asombrado por su franqueza.
–No, nada de eso. Es usted la pupila del señor Garbett, ¿no es así? Él ha prometido que se ocuparía adecuadamente de usted.
Ella abrió los brazos.
–¿Le parece que esto es adecuado, señor? Y, si no voy a ser la amante de nadie, ¿qué tendría que hacer en Luncarty?
–Casarse con su dueño.
A Maura se le escapó un jadeo de horror. Después, se echó a reír.
–¡Debe de estar usted loco! O, tal vez, piensa que la loca soy yo.
–Lo que estoy es muy decidido a encontrar una situación decente para usted.
–¡Pues esa no lo es! No me voy a casar con alguien a quien ni siquiera conozco.
–Por supuesto, tendrá la oportunidad de conocerlo antes de tomar una decisión –respondió el señor Bain, en un tono de paciencia–. Es un caballero a quien yo sí conozco. Es bueno, necesita una esposa y la trataría a usted como a una princesa.
–¡Y seguro que cree que eso es lo único necesario!
El señor Bain se encogió de hombros.
–Entonces, ¿qué más le gustaría?
–¿Que qué más? ¿Amor? ¿Compatibilidad?
Todas las cosas que ella quería conocer, teniendo en cuenta que se había pasado los últimos doce años de su vida esperando la más pequeña señal de amor o compatibilidad. De afecto. Desde que había muerto su padre, el señor Garbett había sido el único que le había demostrado afecto, pero esporádicamente, con una palmadita en la cabeza o en el hombro.
–Amor y compatibilidad –repitió él, con desdén–. Qué altas aspiraciones para una muchacha que está encerrada en una torre y que no tiene muchas más perspectivas que la servidumbre.
Maura se quedó sin respiración. Su furia e incredulidad se enfriaron al notar toda la carga de aquellas palabras sobre los hombros. Se quedó encorvada.
–¿No me va a dar la oportunidad de explicarme, al menos? –le preguntó él.
–Por supuesto –respondió ella, con ironía–. Después de todo, se ha molestado en escalar la pared y romper la ventana.
Fue hacia el armario y sacó un chal para ponérselo en los hombros. Por la ventana estaban entrando el viento frío del norte y los copos de nieve.
–¿Qué decía, señor Bain?
–Dunnan Cockburn heredó la mayor manufactura de lino de toda Escocia. Vive en una casa grandiosa con su madre viuda. Y es un buen hombre.
Maura lo miró con escepticismo.
–Entonces, ¿por qué sigue soltero?
–No es muy desenvuelto con el sexo femenino.
¿Qué significaba eso? ¿Que era espantosamente feo? ¿Que era un borracho?
–Supongo que usted sí es muy desenvuelto con el sexo femenino, ¿verdad? Tal vez debería darle unas clases.
Él sonrió.
–Espero que usted me acompañe y se haga cargo de esa tarea, señorita Darby.
–¿Y si acepto casarme con él? ¿Cuándo podría salir de este horrible lugar?
–Esta misma noche.
Aquello sí captó toda su atención. ¿Podría irse aquella misma noche? Se le agolparon los pensamientos en la mente. Aquello era un primer paso. No sabía qué iba a hacer cuando consiguiera salir de aquella prisión, pero no iba a casarse con un hombre desconocido.
Lo que quería hacer era recuperar el collar de su madre. Lo ocurrido con aquel collar había sido la gota que colmaba el vaso. Ella siempre había hecho lo que le pedían los Garbett, como, por ejemplo, vivir en la habitación de servicio que había al final del pasillo y mantenerse alejada, y quedarse en casa cuando Sorcha y ella eran invitadas a una fiesta, para que Sorcha pudiera brillar. Nunca había pedido nada, siempre había sido discreta y complaciente. Y, en agradecimiento, ellos la habían acusado injustamente, la habían tratado como a una mentirosa y le habían robado su collar.
No deberían habérselo quitado. Ella no había hecho nada malo. El collar era lo único que conservaba de su familia, y tenía intención de recuperarlo.
Tampoco tenía un plan para eso, pero un primer paso era salir de allí. Y el señor Bain le estaba ofreciendo un modo de hacerlo.
No pensaba casarse con un hombre de Luncarty a quien no conocía, pero debía hacer creer al señor Bain que estaba de acuerdo con su plan. Así pues, lo miró a los ojos y dijo:
–Está bien.
Él frunció el ceño.
–¿Está bien?
–Sí, iré.
–¿Así, tan fácilmente?
–¿No era eso lo que quería? He cambiado de opinión.
Él se quedó aún más desconcertado, pero le preguntó:
–¿Tiene una bolsa para llevar sus cosas?
Maura asintió.
–Llénela con todo lo que pueda llevar. Arréglese y reúnase conmigo en la salida cuando esté preparada.
–¿Algo más, Alteza?
–Sí. Abríguese.
Y, con eso, el señor Bain se dio la vuelta, apartó el escritorio de la puerta y, después de quitar el pestillo, salió.
De repente, Maura sintió una gran urgencia. Aquella oportunidad de escapar podía frustrarse, así que no podía perder ni un segundo.
Capítulo 4
Nichol solo tuvo que esperar veinte minutos para ver a la señorita Darby en el vestíbulo, envuelta en una capa, con un moño y una bolsa de viaje en la mano, rebotando contra su pierna a cada paso. Iba seguida por el señor Rumpkin, que se había puesto unos pantalones y una chaqueta, aunque parecía que no había encontrado ni chaleco ni pañuelo para el cuello. Pero, al menos, se había quitado el repugnante camisón lleno de manchas.
–Entonces, ¿así es como te vas a marchar? ¿Sin despedirte, tan siquiera? –iba gritándole a la señorita Darby, mientras ella caminaba hacia Nichol.
La señorita Darby lo ignoró; no le prestó ni la más mínima atención. Qué mujer. Nichol no sabía si sentirse horrorizado por su falta de educación o impresionado por su valentía al enfrentarse a Rumpkin. Y a él, también.
Cuando llegó a su lado, soltó la bolsa. Él le miró los zapatos. Eran de seda.
–Ese calzado no le servirá para el viaje, señorita Darby –le dijo, señalando sus pies con un gesto de la cabeza.
–Tendrán que servir, señor Bain. Solo tengo estos. Cuando me echaron de la única casa que he conocido durante los últimos doce años, no me permitieron decidir lo que iba a necesitar, ¿sabe?
La opinión que él tenía de Garbett estaba empeorando por momentos.
–Entonces, ¿eso es todo? ¿Después de que te haya dado de comer y te haya proporcionado un techo? –inquirió el señor Rumpkin.
La señorita Darby miró al cielo con resignación. Después, miró a Nichol y a su mozo.
–¿Dónde está el carruaje? –preguntó.
–¡Un carruaje! –exclamó con indignación el señor Rumpkin–. ¡Qué alto concepto tienes de ti misma!
La señorita Darby miró a Nichol.
–No hay ningún carruaje –respondió él.
Ella observó los caballos y al joven Gavin, que ya iba montado.
–¿Y la doncella? No tendré que viajar sin compañía femenina, ¿no?
–Me temo que los recursos del señor Garbett no permiten contratar a una doncella. Pero no será más que un día de viaje.
Ella abrió mucho los ojos, alarmada.
–¿Y dónde está mi caballo?
Nichol le dio una palmadita a la grupa de su caballo.
La señorita Darby se quedó boquiabierta.
–¿Es que quiere que monte a caballo con usted? ¿Sin acompañante?
–Sí.
–Pues no estoy dispuesta a hacerlo.
–¡Vaya, sabía que no se iba a marchar! –exclamó el señor Rumpkin–. Es demasiado vaga. Lo ha tenido todo muy fácil.
Al oír aquello, a la señorita Darby se le encendieron los ojos azules. Lentamente, se giró a mirar a Rumpkin y murmuró algo que parecía francés. Después, tomó su bolsa y se la arrojó a Nichol. Él la agarró con una mano. Después, ella se acercó al caballo para que él la ayudara a montar.
–¿Qué vas a hacer? –preguntó Rumpkin a la señorita Darby, al ver que él subía la bolsa a la montura–. ¿Te vas a marchar con él? ¿Sabes lo que dirá la gente si te ve montada a caballo con un hombre?
La señorita Darby le lanzó a Nichol una mirada implorante.
–Por favor, ¿le importaría darse prisa?
Él le ofreció las manos agarradas para que ella pudiera impulsarse hacia arriba. La señorita Darby aprovechó el impulso y aterrizó en la silla un poco torcida, aunque se las arregló para agarrarse antes de deslizarse por el otro lado y caer al suelo.
–¡Muy bien, pues márchate! ¡Eres una cualquiera! –le gritó el señor Rumpkin.
Nichol se dio la vuelta y caminó con calma hacia él.
–Ya ha hecho daño suficiente, así que no diga ni una palabra más, señor, o le daré un puñetazo en la boca para asegurarme de que no vuelva a hablar.
Empujó a Rumpkin para apartarlo, y el hombre se tambaleó hacia atrás. Estaba tan borracho que cayó sobre el trasero al suelo y se dio un buen golpe.
–¡No puede tratarme así! –gritó–. ¡Va a pagarme la ventana rota, o haré que las autoridades de Aberuthen lo detengan!
Nichol volvió al caballo, puso un pie en el estribo y montó directamente detrás de la señorita Darby. Le hizo un gesto a Gavin con la cabeza y se pusieron en camino. La señorita Darby no miró atrás ni una sola vez.
–No se siente tan cerca –le dijo a Nichol, y se movió para intentar poner distancia entre ellos–. No quiero tanta familiaridad con usted.
–¿Prefiere ser difícil? –preguntó Nichol, sin darle demasiada importancia.
Ella dio un resoplido.
–Puede estar seguro, señor Bain.
–Bien –respondió Nichol–. Me gustan los desafíos.
Ella lo miró, volviendo la cabeza, y vio que él enarcaba una ceja y sonreía. Entonces, se giró de nuevo rápidamente y movió el cuerpo hacia delante para no tocarlo. Pero el caballo avanzaba a demasiada velocidad y ella corría el peligro de caerse, así que él le rodeó la cintura con un brazo para sujetarla.
–¡Disculpe! –exclamó ella, con indignación–. ¿Esto también es parte de los planes de Garbett? ¿Pensaba él que merezco que me acarreen como si fuera una maleta?
A Nichol no le pareció que aquella pregunta necesitara una respuesta, porque, además, ella formuló otra inmediatamente.
–¿Adónde vamos? Va a anochecer enseguida. No creo que quiera continuar el viaje de noche.
Él tenía la esperanza de que pudieran llegar a Crieff antes de que oscureciera demasiado, pero antes de poder contestar, ella dijo:
–Está claro que he salido de la sartén para caer en las brasas, ¿no? Me veo obligada a cabalgar como si fuera una rehén por toda Escocia y ¿para qué? ¿Otro hombre que va a tratar de abusar de mis sensibilidades?
–Le doy mi palabra de que sus sensibilidades van a quedar intactas –replicó él.
Ella chasqueó la lengua.
–Perdone que no le crea, señor Bain, pero sé por experiencia que la palabra de un hombre no es de fiar. El señor Garbett prometió una vez que yo siempre iba a estar en su casa, con él; sin embargo, aquí estoy, expulsada de su casa en medio de la oscuridad –dijo, y miró hacia atrás con algo de nerviosismo.
Nichol no dijo nada, pero también sabía lo que era ser expulsado de su hogar.
–Sé lo que está pensando –dijo ella–. Pero por mi honor, no besé a ese hombre. No sabe lo difícil que es respirar cuando nadie le cree a una. ¿Qué razón tenía yo para mentir? Bah, tampoco creo que usted vaya a entenderlo –añadió, y movió la cabeza con vehemencia.
Nichol abrió la boca para decirle que, tal vez, sí pudiera entenderlo, pero la señorita Darby continuó.
–Yo no tengo la culpa de que, en las pocas ocasiones en las que me permitían asistir a una reunión o una visita con Sorcha, los caballeros se fijaran en mí. Yo siempre hacía todo lo posible por evitarlo. Sin embargo, los hombres piensan que son irresistibles para el sexo femenino y no entienden que una muchacha pueda no desear sus atenciones. ¡Y el señor Cadell es el peor de todos! Yo le dejé bien claro que no quería sus atenciones, que no quería que me tocara, que iba a gritar si lo hacía y ¿sabe lo que me dijo? «No, eso no lo dices en serio». Entonces, me agarró por los hombros, me empujó contra la pared y me besó.
Hizo una pausa y miró a Nichol por encima de su hombro.
–Le pido perdón por mis palabras –dijo–, pero me produce una gran indignación el modo en que me han tratado.
–Yo…
–Oh, ahora no me suelte una retahíla de tópicos, se lo ruego. Ya he oído bastantes durante estos últimos quince días, se lo aseguro. Además, sé lo que piensa, señor Bain: que no se puede negar el deseo a los hombres, o alguna tontería por el estilo.
–Eso no es lo que…
–Pero ¿qué ocurre con el deseo de una mujer? ¿Acaso yo no tengo nada que decir al respecto? ¿Tengo que someterme a él porque él no pueda controlarse? Intenté advertirles a la señora Garbett y a Sorcha cómo es, pero, en vez de agradecerme mi sinceridad, la señora Garbett me acusó de haberlo seducido. ¡No creería lo que me dijeron!
–No tiene que…
–¡Dijeron que yo tengo la costumbre de caminar, hablar y sonreír de un modo que atrae la atención masculina y que por eso me dejaban siempre en casa, porque no se puede confiar en mí! Le juro, señor Bain, que yo camino, hablo y sonrío del único modo que sé, y no es para llamar la atención de los hombres, es para ir de un sitio a otro.
Él enarcó una ceja en silencio, sin saber si ya podía hablar o no.
Pero parecía que aún no era su turno, porque la señorita Darby suspiró y siguió hablando.
Nichol supuso que nunca había tenido la oportunidad de decirle a nadie todas aquellas cosas, y que sus sentimientos acerca de lo que había sucedido en Stirling se habían desbordado.
–Y, si eso fuera todo, le doy mi palabra de que me conformaría, pero no es todo, no. Los Cadell se alojaron en casa del señor Garbett quince días, y no había forma de librarse del señor Cadell. Me perseguía a la menor oportunidad, aunque ya estaba prometido con Sorcha. La señora Garbett dice que lo seduje a propósito, y no solo me echaron de casa, sino que me quitaron lo único que me quedaba de mi familia. Yo les habría devuelto encantada todos los vestidos que me dieron ellas y me las habría arreglado con los dos trajes de muselina que me encargó el señor Garbett, pero ellas me quitaron el collar. Mi collar, mi herencia. ¡Lo único que me quedaba de mi familia! ¿No le parece increíble? Después de todos estos años tratando de permanecer en la sombra por el bien de Sorcha, ¡me quitan el collar!
Nichol no había oído decir nada de ninguna joya.
–¿Qué collar?
–¡Mi collar, mi collar! –respondió ella, con impaciencia, como si ya se lo hubiera explicado–. Fue un regalo que le hizo el rey a mi bisabuela, que heredó mi madre y que, después, heredé yo. Es muy valioso, pero su mayor valor para mí es el sentimental. Es lo único que me quedaba de mi familia, lo único que me une a mi apellido.
Nichol se estremeció por dentro. Entendía perfectamente lo que era el deseo de pertenecer a una familia, de tener un apellido. Entendía muy bien lo doloroso que era perder ese vínculo.
–Es la primera vez que oigo hablar de un collar, señorita Darby. Si lo hubiera sabido, habría negociado su devolución.
–Pues no lo habría conseguido. La maldad que hay en esa casa no sería comprensible para usted, señor Bain.
–Por el contrario, comprendo muy bien lo que es la maldad.
–No me tome el pelo, señor Bain. En este momento estoy de muy mal humor y, seguramente, me ofenderé. Ni siquiera puedo prometerle que no vaya a golpear algo con mucha fuerza.
Lo decía tan en serio, que Nichol tuvo que contenerse para no sonreír.
–Bueno, creo que me hago una idea de cuál es su estado de ánimo. Lo ha dejado usted bien claro. Y yo no voy a tomarle el pelo, señorita Darby. El señor Cadell es un cobarde y un canalla. Y cuando el deseo no es mutuo entre un hombre y una mujer, es vulgar e inútil.
Ella pestañeó mientras le miraba los labios, como si no pudiera creer que él hubiera dicho de verdad aquellas palabras.
–Por desgracia, lo que yo crea no sirve para cambiar su situación. Me he propuesto encontrar una solución que le convenga a usted. No al señor Garbett, sino a usted.
Ella resopló con desdén y cabeceó. Apartó la mirada azul brillante de él, y Nichol lamentó que lo hiciera.
–No hay ninguna solución que me convenga, señor Bain. ¡Ya se me ha acabado la paciencia! Me lo han quitado todo, no me han permitido llevarme nada. Fue una venganza. No les importó nada que yo me haya pasado todos estos años intentando ser agradable y permaneciendo en un segundo plano. Sorcha y su madre solo querían echarme la culpa de todo. ¿Qué habría tenido de malo que me trajera mis labores para poder bordar un poco? –preguntó, en un tono de ira–. Estaba a medio terminar y a ellas no les servía de nada. Bah, no me importa, señor Bain. Ya empezaré otra labor.
Nichol miró a Gavin, que tenía una expresión de cautela, como si tuviera miedo de que ella lo incluyera en sus quejas. En realidad, su lista de quejas contra los Garbett continuó durante un cuarto de hora más. Pasado ese tiempo, la señorita Darby terminó de desahogarse o, al menos, se quedó agotada por el esfuerzo de enumerar todas las ofensas y conseguir que Dios y el mundo supieran todas las injusticias que se habían cometido contra ella.
No volvió a hablar más hasta que Nichol le indicó a Gavin que debían parar a pasar la noche en el camino, puesto que no iban a llegar a la posada antes de que oscureciera. Recordó una zona resguardada del viento por la que habían pasado de camino a Aberuthen. Allí podrían acampar. Había un riachuelo para abrevar a los caballos.
Había dejado de nevar, pero el cielo seguía muy cubierto. La señorita Darby bajó del caballo en cuanto Nichol lo detuvo, y desapareció entre los árboles del bosque. Gavin miró a Nichol con alarma, pero Nichol hizo un gesto negativo con la cabeza. ¿Qué iba a hacer, adentrarse en el bosque sin tener un sitio al que ir? La señorita Darby necesitaba un momento en privado, eso era todo.
Nichol estaba quitándole la silla al caballo cuando ella volvió al pequeño claro. Miró confusa la montura, y dijo:
–¿Qué está haciendo?
–Vamos a acampar aquí para pasar la noche.
–¿Aquí?
–Sí, aquí. Es demasiado tarde para continuar, y no quiero correr el riesgo de que alguno de los caballos se haga daño.
Ella miró a su alrededor.
–¡Pero si estamos en medio de ninguna parte!
–Bueno, no es cierto. Estamos entre Aberuthen y Crieff –dijo él, señalando hacia el sur–. Estamos a un día de camino de Stirling, señorita Darby. No es «ninguna parte», y es un buen lugar para que los caballos puedan beber.
La señorita Darby se quedó mirándolo con la boca abierta. Después, miró a Gavin, que tenía la cabeza agachada.
–¿Acaso mi reputación está ya tan manchada que no ha pensado en ella, señor? ¿Es que tengo que someterme a más humillaciones?
–Mi intención es protegerla, señorita Darby, no perjudicarla. La necesidad exige un esfuerzo de adaptación. Dudo que nadie pensara mal de usted por haber tenido que dormir al raso en vez de hacerlo en una posada.
Nichol desenrolló un colchoncillo y puso su manta sobre él. Hizo una reverencia y señaló presuntuosamente el lecho que acababa de preparar–. Puede disponer de esta cama.
La señorita Darby elevó la barbilla y se envolvió con fuerza en su capa.
–Esto no es ninguna cama –dijo.
–Estoy seguro de que podrá soportarlo.
–Claro que podré, señor Bain. He soportado cosas peores.
Entonces, hizo un movimiento dramático con la capa y se dejó caer sobre el camastro. Se colocó de costado y le dio la espalda.
Nichol la miró. Realmente, era muy bella. Tenía el pelo negro y los ojos muy azules. Además, tenía un cuerpo exuberante que, en cualquier otra situación, le habría hecho la boca agua. Si la señorita Darby quisiera sonreír de nuevo, sería una mujer espectacular. A él le gustaría ver aquella sonrisa, pero dudaba que fuera a conseguirlo, teniendo en cuenta que la situación no iba a mejorar de repente, y menos, tanto como para hacerla feliz.
Nichol miró a Gavin. El pobre muchacho tenía los ojos abiertos como platos. Miró a Nichol como si él pudiera explicarle lo que era el desprecio de una mujer. Sin embargo, eso excedía con mucho su considerable talento, así que cabeceó con impotencia y le dijo a Gavin que fuera a buscar leña para hacer una hoguera.
Capítulo 5
Maura se despertó sobresaltada, con una sensación de pánico, e intentó orientarse. Después de unos instantes, escupiendo las hojas que se le habían quedado pegadas a los labios, recordó que estaba durmiendo en un bosque. Le dolían los huesos del frío y tenía un brazo adormecido.
¿Cuánto tiempo llevaban allí?
Olía a humo. Se dio la vuelta y vio una pequeña hoguera. Después, vio al señor Bain, que estaba sentado a su lado, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. Tenía una pierna flexionada y la otra estirada ante él. Estaba leyendo.
Maura pestañeó. Aquel hombre estaba leyendo a la luz del fuego, como si fuera una cálida noche de verano.
Él, sin mirarla, le tendió un pañuelo blanco de lino.
–Tiene medio bosque pegado a la cara –le dijo.
Maura lo tomó y se agarró a su brazo para poder levantarse. Observó con atención al señor Bain. Le asombraba que pudiera estar tan relajado en aquel bosque, con tanto frío. Se limpió la suciedad de la boca y dijo:
–Cuánto me alegro de que el viaje no sea una incomodidad para usted, señor Bain, y de que esté usted tan a gusto.
–Le aseguro que eso no es cierto. Tan solo estoy intentando pasar el tiempo lo mejor posible –respondió él, y pasó una página.
De repente, a Maura le gruñó el estómago.
–Entonces, ¿tiene hambre?
–Sí, estoy hambrienta –dijo ella, y le arrojó el pañuelo a la pierna. Le molestaba que él tuviera aspecto de estar tan cómodo, cuando ella estaba helada.
Miró su pequeño campamento. El mozo estaba dormido al otro lado de la hoguera, con el cuerpo girado hacia el calor de las llamas. Los caballos estaban cerca del riachuelo, con mantas extendidas sobre el lomo.
–¿Cómo ha conseguido que los caballos no se marchen?
–Están atados –respondió el señor Bain, y dejó a un lado el libro. Empezó a rebuscar algo en su montura, y Maura aprovechó para ver cómo se titulaba el libro que estaba leyendo: Investigación sobre los principios morales.
–Qué interesante. Quizá en su libro esté la respuesta sobre el principio de la moral en esta situación concreta, ¿eh, señor Bain?
Él sonrió con ironía y le entregó un paquetito envuelto en estopilla.
–Tenga. Es un poco de cecina y galletas duras –le dijo.
Maura soltó un jadeo de alegría, porque no esperaba tener nada de comida. Tomó el paquetito y se lo puso en el regazo. Se apartó el flequillo de la frente y abrió la tela. Como llevaba varios días sin comer apenas, aquello era un festín. Volvió a gruñirle el estómago.
Tomó un pedazo de pan, le dio un mordisco y empezó a hacer ruiditos de placer.
Mientras mordía un pedazo de cecina, él le dio un suave codazo y le ofreció un odre. A Maura no le importó lo que hubiera dentro. Lo tomó y bebió.
El señor Bain se rio en voz baja.
Cerveza. Una cerveza bien fuerte. Sin embargo, ella consiguió contener la tos y suspiró al notar el calor del alcohol en las venas. Cuando hubo bebido todo lo que podía, le devolvió el odre y siguió comiendo.
El señor Bain la observó con asombro y diversión a partes iguales.
–¿Le parezco tan divertida? –preguntó, mientras se chupaba los dedos–. Usted también estaría hambriento si hubiera pasado varios días en compañía del señor Rumpkin. No me atrevía a comer nada en aquella casa.
–No la culpo. Nunca había visto un hogar más sucio.
–Sí, señor Bain. No exagero si digo que era espantoso –respondió ella, y siguió con la mirada una chispa del fuego que ascendió hacia el cielo–. Es mucho mejor esto –dijo, alegremente. Acababa de decidirlo, porque se sentía más optimista con un poco de comida en el estómago–. Sí, es cierto que hace mucho frío, pero es mejor.
Se metió el resto de la comida en la boca, señaló la estopilla vacía y añadió:
–Gracias.
–De nada, señorita Darby. Nunca había visto a nadie disfrutar tanto con un poco de cecina reseca, unas galletas y un pan duros.
De acuerdo, había comido como una lima, pero no le importaba. Observó a su salvador. ¿O era su carcelero? Un poco de las dos cosas, supuso. De cualquier modo, era bastante guapo. Su pelo tenía matices de castaño, rojizo y dorado. Y sus ojos eran de un verde claro y brillante.
Sí, era un hombre guapo.
Sin embargo, también tenía algo de distante. Quizá fuera porque lo sabía todo sobre ella, y ella no sabía nada sobre él, salvo su nombre y que le gustaba leer libros de filosofía.
–¿Quién es usted? –le preguntó, con curiosidad.
Él enarcó una ceja.
–Ya se lo he dicho.
–Sí, me ha dicho cómo se llama, pero ¿quién es usted de verdad, señor Bain?
Él sonrió de una forma enigmática.
–¿Importa eso?
–Pues sí, la verdad. A mí me importa saber quién es el hombre que me lleva a casarme con otro hombre a quien nunca he visto. Que yo sepa, usted podría ser un forajido.
–¿Un forajido?
–Un asaltador de caminos.
–Eso no es mucho mejor.
–¿Y bien? ¿Cuál es su secreto?
–No tengo secretos.
–Pero es amigo del señor Calum Garbett y, sin embargo, yo nunca había oído mencionar su nombre.
–Porque al señor Garbett lo he conocido recientemente.
–¿Ah, sí?
–Sí –respondió él, mirándola directamente a los ojos.
–Entonces, ¿cómo…?
–Yo soy lo que podría llamarse un agente. Los caballeros pudientes a menudo se meten en líos, se ven envueltos en situaciones incómodas, y yo ayudo a resolver esos problemas.
Maura nunca había oído semejante cosa. ¿Qué caballeros pudientes? ¿Qué situaciones incómodas? ¿Había tantos hombres así como para que arreglar sus problemas pudiera convertirse en una profesión?
El señor Bain se apoyó nuevamente en el tronco del árbol, estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos. Al ver que ella no respondía y seguía mirándolo con extrañeza, dijo:
–No es tan raro como suena.
–Sí lo es.
Entonces, él sonrió, perezosamente, con benevolencia, y ella sintió… calidez.
–Es usted muy joven, señorita Darby. No hay manera de que sepa que en la vida de un hombre pueden surgir complicaciones, y que puede necesitar ayuda para resolverlas. Y da la casualidad de que soy un experto en eso.
¡Qué seguridad en sí mismo! Ella envidiaba aquella confianza, desde luego, porque nunca había estado segura de nada. Bueno, salvo de que no iba a casarse con un desconocido de Lumparty, o Lunmarty, o como se llamase aquel lugar al que iba a llevarla. De eso sí estaba segura.
–¿Qué quiere decir? –le preguntó. De repente, se le había pasado por la cabeza que él tenía malas intenciones. Se inclinó hacia delante y le susurró–: ¿Es usted un forajido, señor Bain?
Él pestañeó. Miró al mozo para asegurarse de que estaba dormido, se inclinó hacia delante y susurró, a su vez:
–No.
Ella se apartó.
–Entonces, ¿cómo es que es tan experto en resolver las complicaciones de otros hombres?
Él volvió a apoyar la espalda en el tronco del árbol.
–Lo soy. En este caso concreto, se da la circunstancia de que una vez ayudé al duque de Montrose, y él me recomendó a su conocido, el señor Garbett.
Maura había conocido al duque en casa del señor Garbett, cuando el aristócrata había acudido para ser informado de los supuestos crímenes que ella había cometido. Sabía quién era Montrose. Todo el mundo lo conocía. De repente, se acordó de algo:
–¡Es el hombre que mató a su mujer!
–No mató a su mujer, señorita Darby. Es cierto que esa dama ya no es su esposa, pero está viva y coleando. Cuando digo «complicaciones», no me refiero a crímenes ni delitos. Simplemente, me refiero a situaciones incómodas.
–¿Y qué soy yo, entonces? ¿Una de esas situaciones incómodas?
–Sí –dijo él, encogiéndose de hombros, como si fuera algo evidente–. Pero, si la consuela, es una complicación muy fácil de resolver.
–¡Pues no, no me consuela! ¡Me ofende que mi situación pueda resolverse con tanta facilidad! Y no se preocupe, señor Bain, porque yo seré la que resuelva mis problemas, gracias.
–¿De veras? –preguntó él, con escepticismo–. ¿Y cómo piensa hacerlo, señorita Darby?
–No se preocupe por mí –murmuró ella.
No tenía más que una idea vaga de cómo iba a proceder. Después de todo, nunca había podido elegir su propio camino. Hasta hacía solo un mes, estaba siempre en un segundo plano, esperando en silencio a que llegara su momento cuando Sorcha se hubiera casado. En una ocasión, le había pedido al señor Garbett que le buscara un puesto de trabajo en una buena casa, de ama de llaves o, incluso, de tutora de los niños. Sin embargo, la señora Garbett había considerado que aquella petición era otro ejemplo de cómo quería llamar la atención y desviarla de Sorcha. Por el contrario, lo que ella quería era ayudar, porque pensaba que la señora Garbett quería que se marchara.
En casa de los Garbett todo dependía de que Sorcha pudiera hacer un buen matrimonio, y ella había supuesto que, cuando lo consiguiera, tal vez a ella también le permitiesen casarse o, por lo menos, empezar a trabajar en una buena casa. Algún sitio en el que se sintiera querida y segura. No había vuelto a abordar la cuestión con el señor Garbett, había decidido esperar y ser paciente hasta que Sorcha se casara y cumpliera con el objetivo de su familia. Y, entonces, había aparecido el idiota de Adam Cadell.
Maura se sentía estúpida por haber esperado tanto a que llegara su turno y haber confiado en la gente que había prometido que la cuidaría. Ahora se encontraba en unas circunstancias muy difíciles.
Pero se le ocurriría algo.
Miró al muchacho que dormía junto a la hoguera.
–¿Es hijo suyo?
–No. Es un mozo a quien he contratado.
–¿Tiene hijos?
–No.
–¿E hijas?
Él negó con la cabeza.
–¿Y mujer?
El señor Bain se rio suavemente.
–No.
–¿No tiene a nadie, señor Bain? ¿No hay nadie que le eche de menos?
–No necesito a nadie que me eche de menos.
–Las personas que dicen que no necesitan a nadie que les eche de menos son las que más necesitan a alguien que les eche de menos. Yo tampoco tengo a nadie que me eche de menos, pero lo necesito.
Él la miró atentamente, y Maura se imaginó lo que debía de sentirse al ser objeto de estima para el señor Bain. De repente, sintió un escalofrío por la espalda.
–Para ser una señorita de buena educación, es usted muy original. Es muy valiente. Me recuerda a otra mujer que conozco, una highlander.
–Pues a lo mejor no es tan original que una mujer sea valiente, si ya conoce a dos.
No le gustó la sutil insinuación de que ser valiente era algo negativo. De estar en su situación, él también necesitaría valor. Ella estaba desesperada, dolida y, por encima de todo, furiosa por no haber podido decidir nada en absoluto y verse en aquella situación. Una vez, su padre le había dicho que podía ser muy obstinada cuando se proponía algo, y se había propuesto algo: iba a recuperar su collar, aunque fuera lo último que hiciese en la vida. Podrían arrebatárselo de las manos si querían cuando hubiera muerto, pero no se lo quitarían mientras todavía le quedara aliento.
En aquel instante, se dio cuenta de lo que tenía que hacer. Le daba miedo, pero no importaba; no iba a tener más oportunidades, y tenía que aprovechar aquella.
Se puso de pie, se sacudió el vestido y se arrebujó en la capa. El señor Bain no puso ninguna objeción.
–Hay un sitio para lavarse allí, donde el riachuelo forma un pequeño remanso –le dijo, indicándole el lugar.
Después, él volvió a tomar su libro.
Pensaba que ella estaba indefensa. Los Garbett, también. Y Adam Cadell. Pero no, no estaba indefensa, no era una inútil. El señor Bain ni siquiera pensaba que ella pudiera huir por el bosque, porque creía que tenía demasiado miedo como para marcharse sola. Pues sí, lo tenía, pero eso no iba a detenerla. La furia podía empujar a una mujer a hacer muchas cosas.
Echó a caminar, dejó atrás los caballos y se giró para mirar sus ataduras. Después, bajó al remanso a lavarse lo mejor que pudo.
Cuando volvió junto a la hoguera, se dio cuenta de que él había estirado el camastro y había echado más leña al fuego. Estaba leyendo de nuevo, absorto en sus principios sobre moralidad. Ella se sentó sobre la manta.
–Estoy cansada –dijo.
–Buenas noches, señorita Darby.
Ella se tendió de espaldas al señor Bain, y notó que él se levantaba y se alejaba. Volvió unos minutos más tardes y atizó el fuego. Por desgracia, la hoguera no daba calor suficiente, y ella ni siquiera sentía los dedos de las manos ni de los pies. El frío se le había metido en los huesos. Se estremeció y se envolvió más estrechamente con la capa.
Un momento más tarde, el señor Bain se tendió a su lado, tan cerca, que a ella se le aceleró el corazón. No confiaba en él, puesto que no confiaba en ningún hombre, y sintió miedo.
Y aquel miedo se intensificó cuando él le dijo:
–Está temblando, señorita. Venga aquí.
–No –dijo ella. Sin embargo, él le agarró la mano y tiró hacia sí. Maura gritó al pensar que iba a besarla, o que iba a manosearla, pero, cuando ella rodó, él también lo hizo, de modo que ella quedó pegada a su espalda y él hizo que le rodeara la cintura con un brazo–. ¿Qué está haciendo?
–Ayudándola a entrar en calor. No quiero que se congele.
Ella trató de zafarse, pero él no se lo permitió.
–No voy a acosarla, señorita Darby, le doy mi palabra. Solo quiero que entre en calor. Duérmase.
–¡Si cree que puedo dormirme así, es que está loco!
–Lo que usted diga.
Obviamente, él podía dormir perfectamente de aquel modo, porque su respiración comenzó a ser cada vez más lenta, hasta que pareció que se quedaba dormido.
Aunque le costó un esfuerzo, ella también empezó a relajarse. Sintió la fuerza de su cuerpo y percibió su olor a cuero y cardamomo. Y su calor. Por el amor de Dios, aquel cuerpo daba más calor que un brasero. Además, tenía que reconocer que se sentía un poco más segura a su lado, en medio de aquel bosque. Así pues, se acurrucó contra él para obtener más calor. El señor Bain gruñó, entrelazó sus dedos con los de ella y la mantuvo cerca.
Así debía de ser un matrimonio cuando existía afecto entre dos personas. Podría dormir al lado de un hombre y disfrutar de su calor todas las noches. Podría sentirse segura y caliente. ¿Y deseada? Eso le gustaría y, tal vez, lo consiguiese algún día.
Cerró los ojos. Tenía la tentación de quedarse dormida, pero no se atrevió. Había muchas cosas en las que pensar, muchas cosas que planear, y no podía hacerlo mientras él estuviera despierto y la distrajera con su actitud calmada y segura.
Capítulo 6
Aquella noche, Nichol había tenido que esforzarse mucho para controlar su deseo y sus actos y no acariciar a la señorita Darby. Se había convertido de nuevo en un muchacho, y el olor que emanaba de aquella mujer lo estaba volviendo loco. Era como si llevara toda la eternidad negándose a sí mismo los placeres de la carne.
No podía dormir, no podía dejar de sentir su presencia a su espalda. Era suave y cálida, y su respiración le hacía cosquillas en la nuca. No podía dejar de imaginársela sin ropa, bajo las mantas, bajo aquel cielo, mirándola a los ojos mientras sus cuerpos estaban unidos.
Sin embargo, sí se durmió. Porque cuando amaneció, se despertó de un sueño intranquilo y se dio cuenta de que se le había quedado la espalda helada. Se dio la vuelta y comprobó que ella no estaba allí. Se levantó de un salto y miró a su alrededor.
La señorita Darby se había marchado. Y se había llevado la manta.
Soltó un gruñido tan fuerte que el mozo se despertó y dio un respingo.
–¿La has visto? –le preguntó Nichol, mientras Gavin trataba de librarse de sus mantas.
–¿A quién? –preguntó, con cara de desconcierto.
Tal vez se hubiera ido al arroyo. Nichol se dio la vuelta y, al ver que había desaparecido uno de los caballos, se angustió. Detestaba las sorpresas, y se reprochó haberse quedado dormido. Se puso furioso consigo mismo por haber pensado que una muchacha no iba a tener la inteligencia ni el valor suficientes como para dar al traste con sus planes. Y se enfureció aún más al pensar que podía morir, o que podía haber muerto ya.
Y, tal vez, también se sintiera un poco impresionado, porque nunca había conocido a una mujer que estuviera dispuesta a huir por el bosque en medio de la noche, sin protección ni provisiones. ¿Sabía montar a caballo? ¿Cómo había conseguido subir a una montura que estaba al menos dos palmos por encima de ella? ¿Hasta dónde pensaba que iba a poder llegar antes de perderse, o sufrir una caída, o ser asaltada por unos ladrones?
–¡Aaaieeee! –gritó, con rabia, y le dio una patada a un tronco.
–¿Qué le ha pasado a la señorita? –preguntó Gavin, con timidez.
–Se ha marchado.
–¿Ella sola?
–Sí, ella sola.
Gavin abrió unos ojos como platos.
Nichol fue a grandes zancadas hacia el arroyo, pensando. Miró a su alrededor en busca de señales que pudieran indicarle qué dirección había tomado la señorita Darby. La atadura del caballo estaba tirada en el suelo, pero la silla estaba donde él la había dejado. Nichol cabeceó de asombro ante su audacia.
Sin embargo, sabía adónde había ido. El día anterior había hablado mucho de ello, y él estaba seguro de que quería decirle a la señorita Garbett lo que pensaba. Estaba seguro de que se había puesto en camino a Stirling.
Tenía que alcanzarla. No podía permitir que apareciera en la casa de los Garbett montada a caballo, a pelo, furiosa… ¡Su reputación quedaría destruida! Por no mencionar que él perdería sus honorarios.
Se agachó, se lavó la cara con agua fría, volvió a levantarse y miró el sol que acababa de salir. Seguramente, la señorita Darby no se habría alejado de la carretera, y él podría cabalgar por el bosque y alcanzarla antes de que llegara a Stirling. Sin embargo, ¿qué iba a hacer con el muchacho? No podía enviarlo de vuelta a Aberuthen, porque la posada era demasiado miserable. Tampoco podía enviarlo a la casa de los horrores de Rumpkin. Ni tampoco podía enviarlo a Luncarty, puesto que estaba demasiado lejos como para que pudiera hacer el camino a pie.
Solo había otra opción, una que, hasta aquel momento, le había parecido impensable: Cheverock, su casa natal. Estaba, como mucho, a media jornada de camino.
Él había estado pensando en visitar la casa en la que había crecido, pero no quería aparecer en Cheverock de aquella forma, después de tantos años. Ivan no iba a entender el hecho de que apareciera un muchacho de repente y dijera que lo enviaba Nichol. La última vez que había visto a su hermano menor, Ivan ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad. ¿Qué iba a pensar? ¿Y por qué había dejado de tratarse con él? ¿Había olvidado a su hermano?
Esperaba que solo fuera eso: que lo había olvidado.
Sin embargo, tenía el mal presentimiento de que había mucho más. Los mensajeros que había mandado a la casa habían sido despedidos, sin más.
Bien, en aquel momento, aquello no tenía importancia. Aquel repentino suceso le obligaba a tomar la decisión de volver a casa. Gavin no debía de tener más de catorce o quince años. El chico lo estaba observando con una expresión de ansiedad, como si supiera que no había buenas noticias para él. Sin embargo, Nichol estaba entre la espada y la pared.
–Tengo que ir a buscarla, ¿lo entiendes?
–¿Adónde ha ido? –preguntó Gavin.
–No lo sé a ciencia cierta, pero me lo imagino. Me lleva mucha ventaja, así que tengo que darme prisa.
Gavin asintió.
–Voy a recoger nuestras cosas.
Nichol le puso una mano en un hombro y lo detuvo.
–Gavin, hijo, no puedo alcanzarla si vamos los dos en el mismo caballo.
Los enormes ojos castaños de Gavin se llenaron de incertidumbre.
–Voy a enviarte a un sitio donde puedes esperarme.
Gavin se quedó boquiabierto.
–¿Adónde? –preguntó, con la voz temblorosa.
–A casa del barón MacBain –dijo Nichol. De repente, Gavin se puso pálido–. Es la casa en la que me crie –le explicó él–. Vas a ir a ver a mi hermano. Se llama Ivan, y él se ocupará de que cuiden de ti hasta que yo vaya a buscarte, ¿de acuerdo?
–¿Y no debería ir yo también a Stirling? –preguntó el chico, en tono de súplica.
–Está demasiado lejos como para ir a pie. ¿Sabes disparar, hijo?
Gavin negó con la cabeza. Estaba empezando a respirar con jadeos, y Nichol tuvo ganas de pegarle un tiro a algo en aquel momento. No quería quedarse sin la pistola, pero no iba a estar tranquilo sabiendo que el niño no tenía nada con lo que defenderse. Así pues, se sacó la pistola de la cintura y se la entregó.
–Presta atención, hijo. No tenemos mucho tiempo.
Enseñó a Gavin a cargarla y a amartillarla, e hizo que disparara tres veces hasta que comprobó que no iba a pegarse un tiro en el pie.
–No la vas a necesitar, pero quiero que la lleves. Ahora, ponte en camino. Sigue la carretera todo el tiempo, hasta que llegues a las ruinas de un castillo. Allí, el camino se bifurca. Sigue en dirección este. Allí ya estarás a tres kilómetros de Comrie, y solo te faltarán otros tres para llegar a Cheverock.
–¿Y si me pierdo? –preguntó Gavin, con la voz temblorosa.
–No puedes perderte. Mírame, Gavin –le dijo Nichol, y se puso de rodillas ante él–. Si sigues la carretera, no puedes perderte. Camina hasta que llegues a las ruinas del castillo. Allí, sigue en dirección este. Cuando llegues a Cheverock, dile a Ivan que te envío yo. Iré a buscarte a finales de semana, ¿de acuerdo?
Gavin estaba intentando no echarse a llorar. Asintió y miró la pistola que tenía en la mano.
–Gavin, eres un muchacho listo y valiente, y no me necesitas.
–¿Y si no me creen? –preguntó el chico.
Cabía esa posibilidad, así que Nichol se puso en pie y sacó un sello de uno de sus bolsillos. Era un anillo que había pertenecido a su abuelo, un hombre a quien él recordaba con afecto. Le dio el sello a Gavin y le dijo:
–Entrégaselo a mi hermano. Dile que no le pediría ayuda si no fuera de vital importancia. Él sí te creerá.
Gavin miró el anillo y se lo metió lentamente al bolsillo.
–Buen chico –le dijo Nichol. Le dio una palmadita en un hombro y le entregó las bolsas–. Aquí hay comida y cerveza. Mete también la pistola, ¿de acuerdo? Si ves a alguien por la carretera, escóndete en el bosque hasta que hayan pasado. No tienes nada que temer, Gavin.
Esperaba que fuera cierto. Nichol no sabía qué iban a decirle al chico cuando llegara a Cheverock, debido a su distanciamiento con su padre y su hermano, pero creía que Ivan era un hombre decente. No iba a echar a un niño de su casa.
Gavin lo miró, y a Nichol se le formó un nudo en el estómago. No quería enviar solo a Gavin a recorrer los caminos de Escocia, como tampoco quería tener que perseguir a la señorita Darby para alcanzarla antes de que ella lo echara todo a perder para él.
–Tengo que irme. No puedo correr el riesgo de que la señorita se pierda, ¿sabes? Ve todo lo rápido que puedas. Si te das prisa, llegarás a Cheverock antes de que atardezca.
Le dio la espalda al muchacho, que tenía los ojos tan grandes como la luna, recogió sus cosas, las metió en su bolso y montó a caballo. Volvió a mirar a Gavin, que estaba recogiendo su cama. Se despidió de él y salió al galope por la carretera.
La señorita Darby, aquella inconsciente, iba a arrepentirse de haberle robado el caballo y haber escapado. Se iba a asegurar de ello.
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