Kitabı oku: «Los crímenes de la iglesia franquista»

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Los crímenes de la Iglesia franquista

«Confesiones de un sacerdote en el exilio» (Francia 1937)

Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Imagen cubierta: Julián Fernández Cruz

Primera edición: mayo, 2013

Los crímenes de la Iglesia franquista

«Confesiones de un sacerdote en el exilio». (Francia 1937)

© Julián Fernández Cruz

© éride ediciones, 2013

Collado Bajo, 13

28053 Madrid

éride ediciones

ISBN libro impreso: 978-84-15883-21-0

ISBN libro electrónico: 978-84-15883-35-7

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,

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en esta obra ya que éstas corresponden exclusivamente al pensamiento

del autor y no reflejan necesariamente el criterio de la editorial.


Julián Fernández Cruz

Los crímenes de la Iglesia franquista

«Confesiones de un sacerdote en el exilio» (Francia 1937)


A la memoria

de Raquel Plaza Labiano

(11-04-2013)

y

Domingo López Gil

DEDICATORIA:

A los amigos de verdad, a los valientes, a la familia.

A mi compañero de Radio Elche, José Antonio Carrasco Pacheco, sin su ayuda esta obra no hubiera visto la luz

y permanecería durmiendo en los Archivos

de la Guerra Civil Española en París (Francia).

Julián Fernández Cruz

Prólogo

¿Cuál es la verdadera situación de la religión en la España de Franco? ¿Hay, realmente, en sus territorios, una renovación religiosa? El catolicismo ¿se vive allí con más intensidad y pureza que en siglos pasados?

No hay en el mundo ningún católico culto que no se plantee, con creciente angustia, estas cuestiones.

Cuando estalló la guerra en España, muchos pensaron que solo el renacimiento del catolicismo en la España rebelde podría compensar suficientemente todos los horrores.

Del seno de la España destruida, exangüe y rota, surgirá, quizá (se pensaba) una religión, tan pura y ferviente, que será como la realización del reino de Dios sobre la Tierra. Solo, en el supuesto de esta realización, podría tener sentido el entusiasmo con que los católicos se han sumado a la rebelión.

¿Subsiste esta esperanza, tras quince meses de guerra? Circulan por el mundo muchos documentos que las dos facciones enfrentadas se cuidan de difundir abundantemente. No intentaremos aquí favorecer la propaganda de ninguna parte, sino conocer la pura y simple verdad, a fin de separar —si aún estamos a tiempo— el catolicismo de adhesiones políticas y guerreras que, en definitiva, no sirven más que para comprometerlo.

La verdad no puede ser impuesta desde fuera por ninguna voluntad. La verdad surge de los hechos y se impone por sí misma. Por eso, en este libro serán expuestos sucintamente una serie de hechos sin comentarios, a fin de que el lector pueda oír su voz y conducirle a la verdad. Si la verdad que le descubren estos hechos no le acomoda, no dude de ellos, pues su rigurosa autenticidad no puede ser cuestionada por nadie. Que ponga a prueba, todavía más y mejor, el valor de sus convicciones y nos ayude a acabar con la mitificación inmensa, que será perjudicial para el futuro del mismo catolicismo en la desgraciada España.

José Antonio Carrasco Pacheco

Introducción

La malévola labor de zapa de la Iglesia española para derribar a la II República, se inició el mismo día de su proclamación, aquel ilusionante 14 de abril de 1931. A partir de esa fecha empiezan a detectar los nuevos gobernantes republicanos preocupantes fugas de capitales.

Dinero, joyas, patrimonio histórico y objetos de valor, de particulares e instituciones religiosas salían por la frontera de forma vertiginosa, poniendo en peligro nuestra estabilidad financiera con la consiguiente depreciación de la peseta. Prueba de la alta tensión que se vivía es el artículo del diario de derechas El Debate, el 21 de abril: «El gobierno ha dado al Nuncio la seguridad de que la República no será hostil a la Iglesia, si la Iglesia no es hostil a la República». «Pero no nos hagamos ilusiones. La República proclamada en España tiene carácter izquierdista y anticlerical». Y el Nuncio apostólico remite el 24 de abril, viernes, una circular a los metropolitanos diciéndoles «de parte del secretario de Estado Vaticano, recomiende a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles de su diócesis que respeten los poderes constituidos…». Vana «recomendación» que ocultaba una taimada intención, de encontrada voluntad. Pues lo que se espera del natural proceder de la ciudadanía, en todo el mundo, es el respeto a los poderes legal y democráticamente constituidos, siendo un delito su inobservancia.

Por esas mismas fechas, el Arzobispo de Toledo, Cardenal Segura, da los últimos toques a una larga pastoral que verá la luz el 1º de mayo. Documento en línea con la común estrategia de una bien estudiada conspiración en toda regla dirigida con eficacia contra la línea de flotación de la República. Que producirá gran conmoción, irritación popular, e impulsará —como convenía a los secretos fines de la jerarquía eclesiástica— la quema de iglesias en Madrid y otras capitales, el 10 de mayo. Acción que tanto desprestigió a la República como, en sentido inverso, benefició el «victimismo» de la Iglesia española.

Por ejemplo, en Alicante, desde el colegio de los Maristas, dos frailes dispararon con armas largas, desde las ventanas, contra una manifestación pacífica que pasaba por aquella calle, causando la muerte de un joven y un trabajador. Claro está, tras esto, los manifestantes se introdujeron violentamente en el establecimiento para aprehender a los asesinos, que huyeron.

También, en Madrid, desde unos campanarios, dispararon francotiradores contra manifestantes, causando algunos heridos. Los dos frailes alicantinos se escondieron en Barcelona, pero identificados por la policía fueron detenidos, según noticias de prensa.

La Iglesia ya no abandonará esta bien orquestada espiral política, pérfida y sinuosa, provocativa y violenta, de acoso y derribo contra la República, hasta llegar al fatídico 17 de julio del 36, en que arrojará su careta, tomando parte activa y decisiva en el golpe de Estado que ensangrentó a España por mil interminables días. La cúpula eclesiástica española, alentada por el Vaticano, estuvo fraguando y negociando con los golpistas hasta los más mínimos detalles de esta bélica aventura que, ante todo, debía restaurar la Monarquía derribada, restituyendo a la Iglesia todos sus privilegios.

Así, el izado de Sevilla de la bandera monárquica, el 15 de agosto del 36, que el Arzobispo de la bética ciudad, Llundain, saludó al estilo fascista, fue una puesta en escena ya pactada en las reuniones previas al golpe. Ni dudó, ni olvidó la Iglesia que su postura desencadenaría la persecución de los religiosos de la zona leal, que serían naturalmente considerados e identificados por el pueblo republicano como fuerzas subversivas.

Pero el descontado sacrificio de esos religiosos y religiosas serían la carne de cañón que la Iglesia precisaba exhibir por el mundo para mejor manipular voluntades y conciencias, y justificar su adhesión militante a las fuerzas rebeldes, auxiliadas por el nazi-fascismo internacional y las mehalas marroquíes. Sarracenos, que ya no serán el eterno enemigo a batir por la Iglesia en sus cruzadas, sino el necesario y oportunista amigo a utilizar en su sangrienta aventura.

Vuelta la justicia del revés, ya tendría ocasión la Iglesia de vengar, con creces, tal persecución por ella provocada (¡!¿?). Y, conforme avanzaban los rebeldes, en las poblaciones ocupadas y, sobre todo, al advenimiento de la victoria, vengarían, con inaudita violencia, la persecución religiosa con la persecución política, más injusta, cruel y sanguinaria, que se dilató en el tiempo tanto como la dictadura, controlando al pueblo desde los confesionarios como avanzadas comisarías de policía y los sacerdotes como eficaces sabuesos de la temidas policía secretas social. El gran genocidio español del siglo XX aún sin juzgar.

Tampoco debe olvidarse que si el pueblo republicano quemó iglesias, el daño que los rebeldes causaron con sus indiscriminados bombardeos a indefensas poblaciones civiles de primera línea o de retaguardia, a las iglesias y demás patrimonio religioso, obras de arte de incalculable valor histórico, irremisiblemente perdidas, fueron infinitamente más importantes, sensibles y cuantificables. También, la vergonzante Iglesia calla la sacrílega actitud de los moros, sus socios en la rebelión, que acostumbraban, como burla de la religión cristiana, orinar en las pilas bautismales de las iglesias de los pueblos que ocupaban. Hechos de especial ocurrencia en el País Vasco.

Pero, si mayoritariamente, la Iglesia estuvo con y sostuvo a los golpistas, con sus curas trabucaires, tanto en primera línea de fuego como el las asesinas depuraciones de la retaguardia, hay que rendir justicia y tributo de admiración a algunos jerarcas de la Iglesia y un número no pequeño de curas y monjas, sobre todo en el País Vasco y Cataluña, pero también en Galicia y otras regiones, que no olvidando su labor pastoral, se mantuvieron, incluso arriesgaron sus vidas a manos de los rebeldes, rechazando la criminal aventura de éstos.

Como veremos con detalle en este libro, muchos curas vascos fueron fusilados por los golpistas y otros muchos más tuvieron que exiliarse. Los Arzobispos de Tarragona, Vidal y Barraquer, y de Vitoria, Mateo Múgica, negaron su apoyo a Franco siendo expulsados de España con el beneplácito del Papa fascista, Pío XII.

El libro que ahora ponemos en manos del lector es el diario de un cura vasco, refugiado en Francia, en 1937, tras la caída y ocupación del País Vasco por las fuerzas rebeldes. Y sus vivencias, de espantosa realidad, son una denuncia al mundo de las crueldades de las tropas fascistas cometidas contra religiosos afines a una sola doctrina, la de Dios.

Aquel relato, publicado en francés, considerado perdido, tuvimos la suerte, tras una larga tarea de investigación, de encontrarlo poniendo a disposición del lector la primera edición en España, recuperando unos testimonios históricos esenciales, poco o nada conocidos, en un momento crucial de nuestra Historia. La comunidad vasca, en especial territorio de gente noble y de recia estirpe, de sentimiento religioso tan profundo como sincero, padeció con dureza el odio y furor de los rebeldes, siendo la desproporción de este castigo crimen de la Humanidad.

La causa que motivó tal persecución, que nunca acertaron a comprender, exculpar ni perdonar los golpistas, fue ésta: ¿Cómo gente tan católica podía no sumarse a su causa y defender con tanta firmeza como decisión un gobierno laico y republicano?

Con la humana sinceridad de su carácter, de sus convicciones religiosas y su apego a la justicia, el noble pueblo vasco amenazaba desmontar las sinrazones y el desarme ideológico con que la inquisitorial y ultramontana Iglesia española pretendía justificar y presentar ante el mundo su Cruzada. De ahí el odio y la vengativa especial represión que muchos religiosos vivieron bajo el franquismo, y la especial calificación que hasta la muerte del dictador mantuvo: «Sacerdotes traidores». Que lejos de ser una ofensa, es histórico aval de la fe de esos religiosos. En resumen, un libro que se podrá compartir o no, comentar o discutir, pero que sin duda a nadie dejará indiferente.

José Antonio Carrasco Pacheco

Capítulo Primero

La actitud del Episcopado

Un Cardenal guerrero

Nadie, entre el clan de los militares, creyó, al principio de la sublevación, que la Guerra Civil sería tan larga y cruel como está siendo. Les sorprendió la maravillosa energía con la que el pueblo español, desde el primer momento, defendió su libertad. Sobre todo, el heroísmo con que Madrid supo resistir todos los ataques, les desconcertó por completo. Para los sublevados quedó claro que, o encontraban nuevos aliados, o fracasarían sin remisión.

Fue entonces cuando vinieron en su ayuda tanto Alemania como Italia, con moderno y copioso envío de material y hombres y, también, el Cardenal Gomá con su bella teoría del cristianismo belicoso y la guerra santa.

Desde Francia, en el exilio todos los hermanos sabíamos del comunicado de la Santa Sede remitido al Cardenal Gomá y al poco supimos lo que pensaba sobre la mediación, y a ese pensamiento atuvo su conducta Gomá en mayo de 1937, y así seguía pensando en octubre de 1938. Que la Santa Sede no se engañase, decía él, poner fin a la Guerra Civil por medio de una mediación era algo ineficaz y contraproducente.

La guerra solo podía terminar con la «eliminación para el régimen futuro de toda ideología incompatible con una sociedad cristianamente organizada». Todos nuestros hermanos religiosos en el exilio llegamos a ponerle varios apodos acorde con sus pensamientos y la manera con la que mantuvo el Cardenal su conducta en los meses postreros de la guerra y en los primeros años de posguerra.

Esta idea la expuso el Cardenal Gomá, por primera vez, en un folleto titulado «El caso de España», el 23 de noviembre del 36, que no se publicó hasta el 4 de diciembre siguiente, es decir, justo un mes después de iniciarse el sitio de Madrid. De dicha publicación extraemos los párrafos siguientes:

«Esta guerra tan cruel es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, es la guerra de un concepto de vida y realidad social, contra otro. Es la guerra que ha declarado el espíritu cristiano español contra el otro espíritu —si se le puede llamar espíritu—, que intenta fundir a toda la Humanidad, desde las más altas cimas del pensamiento a las pequeñeces de la vida cotidiana, en la moral del materialismo marxista».

«España se encontraba casi en el fondo del abismo. Se la ha querido salvar por la fuerza de la espada. Quizá no quedaba otro remedio». «...este movimiento recoge el aspecto religioso, manifiesto en los campamentos de nuestras milicias, adoptando piadosas insignias que enarbolan los combatientes como, también, en la explosión de fe que anima a las multitudes de la retaguardia». «Quitad la fuerza del sentimiento religioso y la guerra actual se queda sin nervio».

«Ciertamente, el amor a la Patria ha sido el gran resorte que ha empujado a las masas de combatientes, pero nadie ignora que el móvil religioso, sobre todo en las regiones donde se encontraba más enraizado, ha arrastrado al mayor número de gente e infundido el máximo coraje a nuestros soldados. Aún más, estamos persuadidos de que la guerra la habrían perdido los insurgentes sin el estímulo divino que ha hecho vibrar el alma del pueblo cristiano enrolado en esta guerra, apoyada, lejos del frente, por los no combatientes».

«La lucha actual aparece como una guerra civil, pues se desarrolla en suelo español por los mismos españoles: eso es indiscutible, pero, en el fondo, se debe reconocer en ella el espíritu de una verdadera cruzada por la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y constituido su médula y organización vital».

«¿Cómo no iba a florecer por el catolicismo la simiente expandida a través de los campos de España, en los surcos que los católicos han abierto con la punta de la espada y regado con su sangre?».

«Que nadie diga que una guerra, cuyo principal resorte ha sido el espíritu cristiano de España, tenga por objetivo la parálisis de nuestra vida económica y social. Es una guerra de sistemas o civilizaciones; nunca se podrá llamar guerra de clases. El sentimiento de religión y Patria que ha levantado a España contra la anti-España lo demuestra».

La España que defiende el Cardenal queda reflejada claramente en el párrafo siguiente:

«No olvidemos un hecho terrible: la destrucción sistemática de la riqueza privada y nacional y sus fuentes. La riqueza es la fuerza y ligazón de todo sistema social y político. Ella era, con todos los defectos de nuestra estructura económica, la fuerza de la España tradicional».

Un Cardenal político

España está a sangre y fuego. Reina la destrucción y la muerte. Se extermina al pueblo vasco que no quiere perder su libertad. Un pueblo profundamente católico, en su mayor parte. Su presidente, Aguirre, ferviente católico, llama a la jerarquía católica y expone ante ella su dolor y extrañeza por el silencio de la Iglesia frente al crimen cometido con su pueblo por los militares, moros, italianos y alemanes. A esta patética llamada le respondió el Cardenal Gomá con una carta abierta.

Desgraciadamente, no es el Cardenal, en tanto que representante de Cristo y portavoz de su doctrina de caridad y paz, quien habla en ese documento, sino otro Cardenal, político, partidista y ambicioso del que todos conocíamos en España y si cabe aún más en nuestro forzoso exilio en Francia, él creía poseer una fórmula para solucionar el conflicto vasco.

Veamos cuál:

«Es una lamentable equivocación, hija del amor que ciega y desvía, creer que un conjunto de pequeñas repúblicas pueda comportar a todos los españoles un bien más grande que el que nos procuraría un gran Estado bien gobernado, en el que se tendrían en cuenta las aportaciones espirituales e históricas de cada región. Encogerse en pequeños egoísmos provincianos, es aminorar el volumen y ritmo de la vida en el Estado y en la región. Un gran diamante, si se rompiera en multitud de pedazos, perdería automáticamente la mayor parte de su valor».

Y sigue con una ligera y poco piadosa alusión a los dignos sacerdotes y religiosos vascos asesinados por el simple hecho de amar a su pueblo:

«Lamentamos profundamente la aberración de llevar algunos curas vascos ante el pelotón de ejecución para ser fusilados; al sacerdote no se le puede excluir de ese plano de santidad ontológica y moral en el que lo sitúa su consagración por altos ministerios». Pero, dice, estos casos han sido, en resumen, muy raros, «no más de una docena larga, catorce, según la lista oficial, es decir, menos de un dos por mil, los que han sucumbido víctimas de posibles disturbios políticos».

Y sigue con la política:

«No ha habido nadie, hasta ahora, que se haya sublevado contra el régimen, que sigue siendo, en sustancia, el que se dio el pueblo; y acepto este régimen, tan democrático como falaz, porque la Historia ya ha condenado el momento de alucinación de nuestra vida política, que ha situado a España al borde del abismo».

«Hace algunas semanas concretábamos nuestro pensamiento en un modesto escrito en el que decíamos: El caso verdadero de España sería el siguiente: Que en el interior de la unidad intangible y vigorosa de nuestra patria se puedan conservar las características regionales, no para acentuar hechos diferenciales, siempre muy relativos, ante lo sustancial del hecho secular que nos instituya en el centro de la unidad política e histórica de España; muy al contrario, para hacer más estrechos, por el aporte de los esfuerzo de todos, esas ligazones que nacen de las honduras del alma de los pueblos iberos y que nos imponen las fronteras de nuestra tierra y la dulce protección de nuestro cielo incomparable. Al igual que los distintos caracteres físicos y psicológicos de los hijos, son la mejor muestra de la unidad fecunda de sus Padres».

El Cardenal propagandista

Y si el hermano Gomá no tenía suficiente en su faceta de guerrero y político, he aquí otra nueva e inesperada, del Cardenal. Su púrpura es llevada y traída por el mundo para ocultar la mercadería franquista. Su jefe, el General Franco, le ha pedido ir al encuentro de la opinión católica, que no le es nada favorable. Y el Cardenal se pone enseguida manos a la obra.

Pero, esta vez no está solo. ¿Es por prudencia o para dar a sus palabras mayor autoridad que la de un escrito personal? ¿O es una orden implícita del dictador? Sea como fuere, ahora se hace acompañar por otros obispos. Para servir a Franco. Para defender su facciosa opinión.

Para apoyar, con toda la autoridad que su dignidad representa, a quienes matan a sus hermanos. Y para exigir que estén con él «todos los que tienen la inquietud de pensar en cristiano».

El ardor y la satisfacción con que cumple su trabajo de propagandista, nos lo revelan claramente las siguientes declaraciones aparecidas en el Heraldo de Aragón del 22 de agosto de 1937:

«La carta colectiva obedece a la necesidad de informar a los prelados del mundo entero sobre la verdad española. En efecto, ínfima ha sido hasta hoy la propaganda de nuestra causa, fuera de nuestras fronteras.

Hasta el momento, solo algunos grupos de católicos han iniciado, fuera de España, valiente propaganda para dar a conocer nuestro movimiento a círculos que no tenían ninguna simpatía por la España nacional».

«Se ha hecho una tirada de cuatro mil ejemplares de esta carta, en castellano, para todos los obispos de los centros católicos de Sudamérica. Seguidamente, se han hecho traducciones en francés, inglés e italiano, para todos los otros países del mundo».

«—¿Antes de esta carta pastoral no se había editado más que el folleto: “El caso de España”?

—Efectivamente, esa fue la única propaganda que se hizo anteriormente fuera de España, para los católicos del mundo. Se tiraron trece ediciones.

—¿Cree Su Eminencia que esa parte de la opinión católica que no ve con simpatía el movimiento nacional, reaccionará ante los hechos y precisos razonamientos de la Carta pastoral?

—Confío en la eficacia de la Carta Colectiva, pues no ha habido nadie hasta este momento que en representación oficial de la Iglesia Española se haya dirigido a la Iglesia universal. El mundo está, pues, informado y ahora todos aquellos que tienen el privilegio de pensar en cristiano deben estar con nosotros».

Lo que el Cardenal Gomá no dice en sus declaraciones es el origen de la Carta y la forma en que fue solicitada su firma a los obispos españoles ni, tampoco, los fines que con ella se perseguían. Eso es, justamente, lo que descubre la carta que publicamos a continuación, cuya autenticidad no podrá ser negada:

«Cardenal Arzobispo de Toledo.

Pamplona, 7 de junio de 1937.

Excelencia y amigo,

Escribí el 15 de mayo a los reverendos metropolitanos poniéndoles al corriente de una indicación que yo había recibido unos días ante del jefe del Estado pidiéndoles su punto de vista sobre la conveniencia en secundarla. La respuesta ha sido afirmativa. Consecuencia de ello ha sido la redacción de un proyecto de carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero, de la que tengo el honor de adjuntarle un ejemplar de prueba de imprenta cuyo objeto es, secundando esta alta iniciativa, dar de forma autorizada nuestra impresión respecto del movimiento nacional y, especialmente, anular y contrarrestar las opiniones y propagandas adversas que, incluso dentro de un gran sector de la prensa católica, han contribuido a formar en el extranjero una atmósfera totalmente contraria al movimiento, que ha repercutido en los círculos políticos que dirigen el movimiento internacional

V. E. comprenderá que el Documento es grave y encierra una responsabilidad nada ligera para el Episcopado español. He puesto en conocimiento de la Santa Sedeeste proyecto.

También me permito pedirle su atenta lectura y contestarme lo antes posible sobre los siguientes puntos:

1º ¿Cree que el Documento se corresponde, tanto en su fondo como en su forma, con las intenciones indicadas más arriba y a las exigencias de un Documento firmado por todo el Episcopado?

2º ¿Cree que se deberían introducir modificaciones importante y cuáles? Las modificaciones de detalle o estilo no interesan.

3º Caso que el escrito mereciera su aprobación, ¿cree oportuno que sea dirigido solo a los obispos extranjeros, debidamente traducido, o sería conveniente que se le diera la más amplia publicidad?

Puede contestar abreviadamente utilizando solo los números 1, 2, 3 para evitar pérdidas peligrosas. El Documento sería firmado por todos.

Gracias a una copiosa información que poseo del extranjero mis hermanos, puedo asegurar que, especialmente en Inglaterra, Francia y Bélgica, predomina, incluso entre los católicos, un criterio contrario al movimiento nacional y que hasta en medios que nos son muy favorables, se cree necesaria una liquidación de la guerra por acuerdo entre las partes beligerantes.

Aprovecho la coyuntura para decirle que el folleto con los informes diocesanos relativos a los excesos de la revolución, del que tendré el placer de enviarle seguidamente algunos ejemplares, ha sido aprobado por la Secretaría de Estado.

Con este motivo me reitero muy afectuoso amigo y Hermano de V. E.

Cardenal Gomá».

Las excomuniones del Arzobispo de Burgos

El ardor belicoso de Cardenal Gomá ha tenido un límite que Monseñor, el Arzobispo de Burgos, no ha dudado en franquear el empleo de las más graves sanciones eclesiásticas, como armas de guerra, para doblegar la resistencia de los vascos. Esta noticia parece increíble, pero es rigurosamente cierta. Lo que observamos desde la distancia son el acercamiento de los obispos, todos ellos de un mismo perfil y de los cuales son conocida para todos los hermanos su peculiar interés por el poder, sus actos así lo muestran con la visita de un General franquista a la plaza de Burgos. El 20 de julio de 1936, el General Emilio Mola, principal organizador de la sublevación militar, llegó a Burgos, una ciudad que desde el domingo 18 vivía horas de fervor patriótico y religioso.

Las campanas de la catedral volteaban anunciando a la población la llegada del General.

Escuadras tradicionalistas y fascistas escoltaron a la comitiva hasta la sede de la Sexta División, en la plaza de Alonso Martínez. Instantes después acudió allí, a «cumplimentar» al General, el Arzobispo de la diócesis, Manuel de Castro, acompañado de su secretario particular, el Canónigo Alonso Hernández. El público, al darse cuenta de la presencia del prelado, «le aplaudió entusiásticamente». Mandos militares y autoridades eclesiásticas hacen el saludo fascista junto al dictador Francisco Franco.

La escena se repitió en todas las ciudades donde triunfó desde el principio la sublevación militar. España ardía en una Guerra Civil causada por un golpe de Estado que la partió en dos y la Iglesia católica no lo dudó. Estaba donde tenía que estar, frente a la anarquía, el socialismo y la República laica. Y todos sus representantes, excepto unos pocos que no compartían ese ardor guerrero, ofrecieron sus manos y su bendición a los golpistas.

Toda la prensa facciosa ha reproducido, con grandes caracteres, los párrafos de una carta pastoral que Monseñor, el Arzobispo de Burgos, ha dirigido a sus diocesanos con motivo de la cuaresma de 1937. En ella, refiriéndose a los vascos, les reputaba como excomulgados y, consecuentemente, sus sacerdotes debían abstenerse de administrarles los Sacramentos.

Aquellos que conocemos la profunda religiosidad del pueblo vasco, que, en ese momento realizaba en Bilbao una desesperada resistencia, comprendieron la eficacia de esta ofensiva, nueva e inesperada, que desencadenó contra ellos el Arzobispo de Burgos. He aquí sus palabras:

»Muchos (se refiere a los vascos) se vanaglorian de ser cristianos y de proceder como tales, incluso curas y religiosos que, olvidando todas las reglas de la Iglesia, ayudan, hacen causa común y viven con excomulgados, con los “sin Dios”, con los sin religión.

Verdaderamente, es inconcebible que... sabiendo que los franc-masones, y los que pertenecen a su secta están excomulgados por los Pontífices Clemente XII, Benito XIV, León XII, Pío VIII, Gregorio XIV, Pío IX, León XIII y el Código de Derecho Canónico, y no solo los que están afiliados a dichas sectas, incluso sus simpatizantes, los que les animan, los que les apoyan y les prestan su ayuda sabiendo esto y, a pesar de lo cual, cooperan con ellos en un único concubinato. Por ello, se puede deducir claramente que están excomulgados quienes de cualquier forma les favorecen.

Y que no nos vengan con excusas falaces diciendo que ellos no favorecen las ideas de los excomulgados, sino que se ocupan de la defensa de intereses políticos lícitos, pues de lo que se trata, en primer lugar, ante todo y principalmente, es del triunfo de la masonería y el comunismo, es decir, de una política encarnizadamente contraria a la Religión y a la Iglesia católica.

Que piensen, los que en este caso se encuentren, el montón de pecados con que sobrecargan su conciencia cuando reciben o administran los Sacramentos en tal estado, y en las muy graves responsabilidades que asumen por tanto asesinato, sacrilegios y crímenes de toda clase cometidos directamente por ellos o por aquellos a quienes apoyan y protegen».

En su celo por ayudar a Franco y acabar con los vascos, el Arzobispo de Burgos olvida que sus terribles sanciones no pueden alcanzarles:

1º Porque no es obispo del País Vasco y no tiene ninguna jurisdicción sobre los vascos; incluso mereciéndolo, él no podría excomulgarlos.

2º Todas las Constituciones que cita de los Pontífices Clemente XII, Benito XIV, León XIII, etc., para asustar a los vascos, están derogadas y, actualmente, no hay más condenas por la Iglesia que las contenidas en el Código de Derecho Canónico.

3º El Código de Derecho Canónico, en su canon nº 2335, excomulga, no a quienes se encuentran en la situación de los vascos, sino «a quienes habiendo dado su nombre a una secta masónica u otra de la misma naturaleza, urdieran maquinaciones contra la Iglesia o contra gobiernos civiles legítimos», que es precisamente el caso de los amigos y aliados de Monseñor, el Arzobispo de Burgos.

Declaraciones de otros obispos

Nos llegaban noticias a mis hermanos y a mí del apoyo incondicional de la mayoría de los obispos afines al régimen golpista sabíamos de los motivos de tal acercamiento y del pensar de cada uno de ellos, repito que más que un motivo de fe les movía su asentamiento futuro, por encima de la doctrina de Dios, estaban sus personales ambiciones. El primero que se arriesgó a hacer declaraciones en el extranjero fue Su Excelencia el Obispo de Canarias, quien en una entrevista publicada por La Libre Belgique el 8 de noviembre de 1936, llega a afirmar:

«El General Franco conduce una guerra santa, una cruzada tan digna de nuestra admiración como la de San Luis para liberar Jerusalén».

Y añade:

«El golpe de Estado no era posible. El General Franco no estaba seguro de una parte del ejército. Los demás mecanismos del Estado, administración, policía, magistratura, enseñanza, estaban en poder de los tiranos de España. Los gobernantes de izquierda habían “depurado” incansablemente todos los organismos del Estado, separando sin piedad a quienes no eran sus probados partidarios. Era preciso elegir, o el bolchevismo o la guerra. El recurso a la fuerza era legítimo».

La Libre Bélgique, 8 de noviembre de 1937.

Los otros obispos rivalizaban a cual mejor. He aquí algunas de las declaraciones que hicieron al diario falangista F. E. con ocasión del aniversario de la rebelión.

El Arzobispo de Granada confiesa:

«La Iglesia española, desde el primer momento de la sublevación no ha dudado en refugiarse bajo la protección de quien podían liberarla del enemigo que la torturaba y perseguía con deseo de destruirla. Desde entonces hasta hora, la Iglesia no ha escatimado ningún medio para quienes luchan con las armas en la mano».

El Arzobispo de Burgos dice:

«La opinión de los obispos españoles con relación al movimiento de restauración de España emprendido por nuestro glorioso ejército, no puede ser más que una adhesión sincera, firme y entusiasta, de ánimo caluroso, con el ferviente deseo que la guerra termine lo antes posible, con una victoria plena y completa».

El obispo de Madrid-Alcalá declara:

«Son numerosos los documentos del Episcopado facilitados al pueblo fiel, en los que, a la luz de la teología católica y la moral natural, se justifica el levantamiento, y donde se condena como tiránico e ilegítimo el Gobierno de Madrid, hoy gobierno de Valencia, donde se exalta el heroísmo del ejército y el pueblo que se han levantado en armas y seexhorta a los fieles a rogar a Dios por su triunfo; donde se incita con fervor a todos los españoles a cooperar, con espíritu de sacrificio y abnegación, a fin de responder, con el mayor desprendimiento y generosidad posibles, al heroísmo de quienes dan su sangre en los campos de batalla; y donde se exalta y bendice al hombre providencial dado por Dios a España: El Generalísimo Franco».

El obispo de Teruel afirma:

«Soy ciudadano español y prelado de la Iglesia católica. Cualquiera de estos títulos bastaría por sí mismo para que, desde el principio, yo debiera dar mi adhesión, sincera y entusiasta, al glorioso movimiento nacional. En esta santa cruzada, gesto heroico de los tiempos modernos, el verdadero pueblo español persigue, intrépido y sin desfallecer, con orgullo, la misión histórica que debe cumplir, pues, al tiempo que salva su propia existencia, opone un dique infranqueable al marxismo ateo y materialista que, desbordándose desde la estepas rusas, golpea impetuosamente los seculares muros de la civilización occidental y cristiana, a la que pretende envolver y anegar con sus turbulentas y cenagosas aguas».

El obispo de Cartagena, Monseñor Díaz Gomara, ha dicho:

«Benditos sean los cañones si, en las brechas que abren, florece el Evangelio».

Franco ha enviado en viaje de propaganda a Monseñor Díaz Gomara a Uruguay, Argentina y Paraguay, aprovechándose del Congreso eucarístico. En su viaje, Monseñor Díaz Gomara ha manifestado a los periodistas su absoluta certeza respecto del triunfo de los ejércitos «nacionales».

En Montevideo, Monseñor Díaz Gomara ha visitado los locales de Falange y en Buenos Aires asistió a la conferencia que dio Monseñor Franceschi sobre «los crímenes de la horda marxista». También bendijo los locales y banderas de la agrupación monárquica de Buenos Aires. Según la prensa franquista, Monseñor Díaz Gomara ha visitado también los colegios y las comunidades de Buenos Aires, «dejando oír su verbo caliente y henchido de patriotismo, dando a conocer la cruzada española y el triunfo de la propaganda en favor de la España nacional».

En Paraguay se celebraron grandes recepciones en su honor y, en todas, tomó la palabra «para resaltar las gestar heroicas asumidas por Franco y su ejército salvador». Ninguno de sus discursos ha tenido carácter espiritual. Incluso el discurso que pronunció en la III Asamblea Nacional de la Juventud argentina ha sido consagrado «al ejército español, que con un heroísmo cristiano, dona su sangre generosamente por Dios y por la patria, bajo las órdenes de Franco».

Capítulo Segundo

Persecución de sacerdotes y religiosos

«La ejecución de un sacerdote es un acto horrible, pues es un ungido de Dios, situado, por este hecho,

en un plano sobrenatural al que no debieran llegar

ni el crimen, cuando existe, ni las sanciones

de la justicia humana que suponen el crimen».

Cardenal Gomá,

carta abierta al Presidente Aguirre.

Ejecuciones de sacerdotes vascos

A primeros de septiembre del 36, las tropas del General Franco ocuparon la mayor parte de la provincia de Guipúzcoa, una de las tres del País Vasco. Inmediatamente comenzó una violenta persecución contra los sacerdotes vascos, cuyos nombres citamos a continuación, según una lista publicada en un artículo de la revista Esprit, en su número de enero.

No es posible dar una relación completa de todas las persecuciones de que ha sido víctima el clero vasco por parte de los militares y sus cómplices, los Carlistas y la Falange española.

Los hechos, si fueran conocidos, no dejarían de provocar una reacción inmediata y profunda del pueblo vasco, tan eminentemente católico y respetuoso de sus clérigos, a los que profesa viva afección; también los militares intentan, tanto como les es posible, ocultar sus actuaciones.

A este respecto:

a) Prohíben informar a los familiares que alguno de sus miembros, perteneciente al clero, ha sido fusilado.

b) Prohíben el toque de difuntos y la celebración de funerales en las iglesias que servían los fusilados.

c) Han prohibido que en el Boletín Eclesiástico de la diócesis de Vitoria se publiquen los nombres de los sacerdotes ejecutados y «la causa violenta de su fallecimiento».

En este sentido, es preciso afirmar:

a) Que ni un solo sacerdote ha pertenecido al Partido nacionalista vasco como afiliado, mientras que en el resto de España muchos curas forman parte de alguna organización política de derechas.

b)Desde el inicio de la guerra el clero está apartado de ella, ejerciendo, únicamente, su sagrado ministerio y siendo respetado por todos, incluso por los «marxistas».

c) Que, durante los primeros meses, no hubo ningún capellán castrense en los batallones, habiendo sido el gobierno vasco el primero en poner en marcha, recientemente, este cuerpo.

d) Ningún sacerdote va armado; tampoco los capellanes, ni para su defensa personal.

Por contra, es público y notorio que en la España rebelde los capellanes castrenses llevan pistola al cinto y no se la quitan ni para celebrar la santa misa. En la provincia de Álava, que desde el principio está en poder de los militares, numerosos curas jóvenes, obligados a tomar las armas, han sido destinados a batallones como reclutas. El gobierno vasco, por su parte, solo pide a los curas jóvenes que ejerzan su ministerio...

Respecto de los sacerdotes vascos fusilados, conviene saber:

a) Que ninguno ha comparecido ante un Consejo de Guerra, ni ha sido instruido su proceso, ni tan siquiera ha sido interrogado.

b) Que las razones de su ejecución son mantenidas en secreto.

c) Que el confesor está obligado a jurar que callará el nombre de la victima, el día y el lugar de ejecución.

d) Que al condenado se le comunica que va a se ejecutado en la misma madrugada, solo unos momentos antes, cuando se le va a buscar a su celda. Llegada su última hora, no se le permite oír misa, ni siquiera recogerse. Sencillamente, llegado al lugar del suplicio, un religioso le toma confesión y le da la hostia.

e) Que los sacerdotes son arrojados a la fosa común, sin la menor ceremonia...

A continuación, publicamos el relato de algunas de estas ejecuciones, aquellas de las que tenemos detalles ciertos; que no son, efectivamente, el caso de todas, al ser secretas. Los testimonios son muy difíciles de recoger pues, como queda dicho, los confesores han jurado guardar secreto, tanto respecto del nombre de la víctima como del día y lugar en que se producen los fusilamientos.

— Don Alejandro Mendicute: De unos 45 años, capellán de Hernani (Guipúzcoa). Gran orador vasco y sociólogo; fue detenido en su caserío y encerrado en la prisión de la ciudad, donde permaneció diez días. Requerido por su hermano, cura de la misma localidad, fue puesto en libertad. Más tarde, un joven fue a arrestarlo de nuevo a su domicilio; era una tal Juan José Pradera, hijo de una aristocrática familia de San Sebastián, reaccionario, que le injurió groseramente, pronunciando los peores insultos respecto de su madre y, finalmente, consiguió que fuera encarcelado en la prisión de Ondarreta, en San Sebastián. Allí ocupó la celda número 11 y, sin haber comparecido ante ningún consejo de guerra, se le fusiló en la noche del 23 al 24 de octubre, en la tapia del cementerio de su ciudad y, según el rumor público, en presencia de un hermano suyo, también sacerdote, que no quiso abandonarlo en esta hora trágica.

— Don Martín Lecuona y don Gervasio del Arbizu:El primero de 29 años y el segundo de 64.

Ambos de la parroquia de Rentería (Guipúzcoa). Permanecieron en su parroquia, cumpliendo con los deberes de su sagrado ministerio, todo el tiempo que duró la dominación de los rojos, vestidos con sus sotanas y respetados por todos. Cuando fue evacuada la población civil, pues se temía la explosión de los depósitos de gasolina de CAMPSA, permanecieron los dos en su puesto, al lado de los fieles que no habían querido marchar. Llegaron los militares, con los que los dos curas vivieron en paz durante un mes y medio, hasta el momento en que empezó la persecución contra el clero.

Entonces, fueron arrestados. Los falangistas obligaron al Padre Lecuona a quitarse la sotana y los dos curas fueron conducidos a la prisión de Ondarreta en San Sebastián. Allí estuvieron varios días; luego se les dijo que iban a ponerlos en libertad y, con esta confianza, firmaron su boleta de libertad. Pero era una burla, pues un coche les esperaba a la puerta de la prisión, siendo obligados a subir en él y llevados a Galarreta, un caserío de Hernani, donde se les fusiló. Sus cuerpos, según el rumor popular, fueron cargados en una camioneta para transportarlos al cementerio.

Don MartínLecuonafue el primer secretario que tuvo la Agrupación Vasca de Acción Social Cristiana, en Guipúzcoa y, luego, Secretario social diocesano; además, fue el fundador de la primera organización local de la Juventud Obrera Cristiana Vasca (J.O.C.V.)

— Don Joaquín Arín, don José Marquiegui y don Leonardo de Guridi: El primero, cura arcipreste de la muy importante parroquia de Mondragón (Guipúzcoa) y los otros dos, Vicarios de la misma parroquia. El arcipreste tenía 64 años, sus Vicarios alrededor de 38. Don Joaquín Arín gozaba de la mejor de las reputaciones en la Diócesis. Estaba enteramente alejado de los movimientos políticos, amado de sus ovejas y sembrando el bien a su alrededor. Los curas jóvenes le secundaban de forma notoria, como pastores esclarecidos. El Padre Marquieguiera un escritor vasco y ambos estaban plenamente empeñados en obras de educación a la juventud. Los tres curas fueron arrestados en sus domicilios y conducidos a la prisión de Ondarreta en San Sebastián, cuya celda número 5, en la planta baja, les sirvió de calabozo. Se les fusiló a los tres en la tapia del cementerio de Hernani, en la noche del 24 al 25 de octubre, día que se celebra en España la festividad de Cristo Rey.

— Don José Sagarna: 24 años, Vicario de la pequeña parroquia de Berristuá (Vizcaya); ordenado sacerdote en 1935, al mismo tiempo que otros cinco jóvenes nacidos como él en Cianuri (Vizcaya). Celebró su primera misa en la festividad del Sagrado Corazón, al igual que los otros cinco jóvenes ordenados al mismo tiempo que él.

Toda Vizcaya se sumó a esa festividad, que presidió el Obispo de la Diócesis. El Padre Sagarnaera un sacerdote de costumbres angelicales. Cuando los militares ocuparon una parte del pueblo, que tuvieron que abandonar casi instantáneamente, se llevaron al Padre, acusándole de simpatizar con el movimiento vasco y le fusilaron.

El Capellán Castrense de los Requetés (milicias carlistas) que le tomó confesión jamás pudo comprender por qué se había ordenado su muerte, pues él era testigo de la inocencia de esa alma.

— El Padre Otaño: De la Congregación del Corazón Inmaculado de María, en Tolosa (Guipúzcoa) Fue arrestado por denuncia de un religioso de la misma orden. El Padre Otañovivía muy retirado, poco conocido y casi nadie sabía que tuviera simpatías por el movimiento vasco. No se sabe el día ni el lugar de su ejecución.

— Don Joaquín Iturri Castillo: Cura de Marín (Guipúzcoa), tenía alrededor de 30 años. Fue arrestado y conducido a la prisión de Ondarreta el 6 de noviembre, el mismo día que se recibía en San Sebastián un telegrama de Franco prohibiendo las ejecuciones de curas. A pesar de ello, el Padre Iturri-Castillo fue fusilado la noche del 6 al 7 de noviembre, en la carretera de Articuza, en la montaña, junto con otras varias personas.

— Don José Peñagaricano y don Celestino de Onaindia: El primero de 63 años y 38 el segundo; el primero Vicario de Marquina-Echeverría y el segundo Vicario de Elgoibar. El primero abandonó su pueblo porque su casa se encontraba en primera línea de fuego; pasó a la zona de operaciones y se refugió en casa del cura Onaindia el 9 de octubre. El Padre Onaindia estaba en su parroquia desde el 20 de septiembre, cuando los militares ocuparon el pueblo. No se le molestó para nada hasta el 21 de octubre, día en que fueron arrestados en la misma iglesia y conducidos a la prisión de Ondarreta. Allí ocuparon la celda número 5, en la planta baja, junto a los otros tres curas de Mondragón de los que ya hemos hecho referencia. Se fusiló al Padre Peñagaricano la noche del 27 de octubre y al Padre Onaindia a la siguiente.

Ni se les interrogó ni comparecieron ante ningún Consejo de Guerra.

Sin desprenderse de su rosario, se les empujó hasta introducirlos en un coche. No se sabe dónde fue muerto el Padre Peñagaricano, y se supone que el Padre Onaindia fue fusilado en el cementerio de Oyarzun. Este sacerdote, cuando fue ejecutado, entonaba el Te Deum mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas que, según el religioso que le asistió en sus últimos momentos, no eran expresión de dolor, sino de la emoción que sentía porque iba a entrar en el cielo. El Padre Peñagaricano leía cada día el Oficio Divino, arrodillado ante el Santísimo Sacramento; confesaba a diario y al sonar la hora, aunque no se encontrara ante creyentes, se descubría frente a todos y rezaba el Ave María.

El Padre Onaindia era el director de las Hijas de María; dirigía dos círculos de Estudios Sociales de obreros cada semana así como el día de retiro mensual, que seguían 70 jóvenes; finalmente, se ocupaba de una asociación de 70 personas que diariamente hacían meditaciones, escuchaban lecturas religiosas, etc. Los dos fueron enterrados como los otros curas, en la fosa común, junto a otros fusilados, sin ningún respeto a su memoria. No se ha permitido dar una sepultura digna a todas esas víctimas.

— Don José de Ariztimuño (Aitzol): De 39 años; detenido el 15 de octubre en el barco Galerna, que hacía el trayecto Bayona-Bilbao, y conducido a la prisión de Ondarreta. Al parecer fue interrogado, pero no compareció ante ningún Consejo de Guerra. Se le fusiló junto a otras 18 personas más, entre ellas una muchacha, en la tapia del cementerio de Hernani. En la primera descarga, el Padre Aristimuño fue alcanzado y gravemente herido, pero vivo aún, murmuraba la oración: «¡Piedad, Señor, piedad!» cuando se le dio el tiro de gracia. ¡Un joven «señorito» perteneciente a una de las mejores familias de Bilbao, se encargó de esta barbaridad!

La personalidad de este cura era eminente en el dominio de las letras vascas. Antiguo Secretario de la Unión del Clero de España, organizador del Congreso de las Misiones celebrado en 1929 en la exposición de Barcelona, había fundado y dirigía dos revistas especializadas en estos temas.

Luego, fue director fundador de Euzkaltzalea, así como de la revista de altos estudios vascos Yakintza. Periodista de talento, autor de varias obras, había recogido tres mil poesías vascas. Fundador y animador de los periódicos El Día del Euzkera, El Día de la Poesía Vasca y El Día del Teatro Vasco.

Es de destacar que la mayoría de los artículos que publicó trataban sobre problemas sociales, tomando la palabra ante asambleas de trabajadores para defender sus derechos, polemizando públicamente con los «rojos».

Fue duramente combatido por las derechas, por ser vasco nacionalista, y por la prensa comunista Euzkadi Rojo, por su acción social. La prensa reaccionaria de San Sebastián, interesada en su arresto, escribióde él «que era un mal español, un peor vasco y un cura perverso» y cuando se enteró de su arresto, le calificó así: «El energúmeno de Aitzol.» Según dijo quien en el último momento recibió su confesión, su muerte fue sublime. Su cadáver desapareció enseguida de ser ejecutado.

— Don José de Adarraga: Sacerdote muy anciano. Se le fusiló al mismo tiempo que al Padre Ariztimuño. El rumor público evalúa alrededor de 30 los curas fusilados.

No obstante, no podemos dar por cierta esta afirmación, a falta de pruebas concretas. De todas formas, es probable, con bastante certeza, que el 18 de noviembre se inhumaron cuatro cadáveres de curas en el cementerio de Vera (Navarra), donde se fusiló a 150 guipuzcoanos. La tarea de investigar estas muertes, fecha y lugar no es fácil, ciertamente, dado el secretismo que las rodea. Más de 150 curas han sido encarcelados; muchos en calabozos de prisiones comunes y otros encerrados en sus conventos, convertidos en prisiones. Y esto, solo en lo que concierne al clero de Guipúzcoa. Se sabe que más de cien religiosos y sacerdotes han huido de esta provincia y buscado refugio en el extranjero y muchos otros se encuentran en Vizcaya, protegidos por el gobierno vasco, rodeados de cariño y respeto.

En Guernica, dicen que han sido asesinados dos sacerdotes y se tiene la certeza que en Amorebieta se ha fusilado un Padre Carmelita.

Cuando los rebeldes entraron en Amorebieta, se encontraron con cuatro o cinco Padres en el Convento de Larrea. Los carlistas, requetés, les prometieron garantías de seguridad, pero pidieron instrucciones a la Comandancia Militar de Durango sobre qué hacer con ellos y la respuesta fue ésta: «Fusiladlos a todos». Que sepamos, al menos, el R. P. Román de San José, nacido en Zaldivar, que era Rector de la Colegiata, fue fusilado contra el claustro del Convento, sin acusación ni proceso.

Ejecución del Padre Revilla

La historia del Padre Revilla encierra un gran interés. Este hombre siguió la carrera militar, llegando al grado de capitán. Luego, pidió la separación del ejército. Educado en un hogar de tradición católica, entró en la Orden franciscana. Cuando el desastre en Marruecos, en 1921, este hermano se declaró acusador particular frente a Berenguer por haber rechazado la mediación de los franciscanos para salvar la vida de los prisioneros del desastre de Monte Arruit, que este General dejó morir cobardemente.

Cuando estalló la actual sublevación, el Padre Revilla se encontraba en Burgos, donde visitaba a su anciana madre. Cuando se desencadenó la era de terror y asesinatos, protestó y denunció los abusos y asesinatos que cometen los falangistas en la retaguardia, lo que estaba en violenta oposición al espíritu cristiano.

Entonces fue arrestado y se le preguntó si era enemigo del fascismo. Respondió que no era un hombre político, tan solo cristiano, pero si los asesinatos perpetrados en nombre de Cristo era el fascismo, él condenaba el fascio. Esta noble declaración fue suficiente para que el 4 de septiembre fuera «paseado» y enterrado en la fosa común abierta en el término de La Legua, en Gumiel de Izán. Murió vestido con su hábito de franciscano y abrazando un crucifijo.

Destierro de sacerdotes

A mediados de febrero comenzó la gran ofensiva contra Bilbao. Durante noventa días el País Vasco soportó un ataque muy cruel en el que los milicianos y la población civil sucumbieron por millares, siendo destruidas, si piedad, numerosas poblaciones vascas.

Durante este tiempo, en la retaguardia, eran perseguidos, sin menor encarnizamiento, todos los que por haber manifestado el amor a su país, eran sospechosos de simpatizar, de alguna manera, con los defensores de Bilbao. Los maestros y los funcionarios fueron rigurosamente «depurados» y varios centenares de familias reducidas a la pobreza, en completa indigencia, por el único delito cometido de no ser fervientes franquistas.

Los curas no fueron más respetados, al contrario, el rigor se cebó con ellos. Los militares han presentado al Vicario general de la diócesis una lista de más o menos 1.300 curas vascos calificados de «indeseables». Se pide que todos ellos sean exiliados, como lo prueban las cartas siguientes, que son uno de los más dolorosos documentos de la situación en que se encuentra la Iglesia en la España de Franco.

Carta del gobernador militar de Guipúzcoa al Vicario general de la diócesis de Vitoria:

«Ilustrísimo Sr.:

No ignorará V.S.I. el gravísimo estrago material y moral que ha causado a este país la loca y anticatólica conducta del nacionalismo vasco, unido en inexplicable alianza con los enemigos más encarnizados de la religión y la patria, sin olvidar la parte que tienen los sacerdotes en la propagación de las ideas nacionalistas vascas, cuya acción política señala y condena toda la sana opinión del país.

Verdad es que cada vez que me he dirigido a V.S.I. suplicando aplique a estos curas las medidas de profilaxis moral que el orden público y la justicia moral de nuestra causa y la tranquilidad de las conciencias y el bien de la futura España exigen al unísono, siempre me ha respondido que no dejará de adoptar las medidas reclamadas, pero que exigiría pruebas(6) a la vista de las cuales, poder proceder con toda rectitud.

¿No cree V.S.I. que no hay mejor prueba que el plebiscito de la opinión más sana de este país que señala con el dedo, sin vacilar, a los sacerdotes conocidos como vedettes por sus ideas nacionalistas?

Por ello me permito esperar del recto criterio y del patriotismo profundo de V.S.I. que no retrasará por más tiempo aplicar una medida que todos los buenos hijos de este noble País Vasco reclaman a la vez y, a este efecto, tengo el honor de adjuntar a V.S.I. una lista de los más señalados, a fin que, de forma urgente, ordene su alejamiento de esta diócesis, sin peligro para su dignidad, y su exilio a otros lugares del resto de España, donde hoy, más que nunca, tengan necesidad de su ministerio.

Si son sinceros representantes de las doctrinas que profesan, ninguna reparación será mejor ni más honorable a los ojos de las gentes que su oferta de servicio a otras diócesis devastadas por la barbarie marxista; pero si aún persisten en su error, dicho sea con todo el respeto que merece su clase sacerdotal, en la nueva España, ni aquí, ni fuera de aquí, debe haber lugar para ellos.

Sería lamentable, Ilustrísimo Sr., que por un retraso en la ejecución de las medidas que pido de V.S.I. se mantenga un estado de perturbación en la opinión, justamente alarmada viendo que los maestros y los funcionarios son separados de sus empleos sin sueldo, por haber profesado esas mismas doctrinas y, por contra, ciertos sacerdotes permanecen en sus puestos, a pesar de haberlas sostenido y propagado.

¡Dios guarde a V.S.I. por muchos años!

San Sebastián, 10 de febrero de 1937.

El Coronel gobernador militar: Alfonso Valverde.

Ilustrísimo Sr. Vicario general, Vitoria».

En cumplimiento de estas órdenes, reiteradas por el Auditor de Guerra, el Vicario general dirigió a los sacerdotes interesados la siguiente carta:

«Mi muy caro hermano en Jesucristo:

No puede imaginarse cuánto cuesta a mi corazón de sacerdote tener que dirigirme a Vd. en este momento para comunicarle una noticia que le será muy dolorosa. De antemano le pido ofrezca a Dios Nuestro Señor el sacrificio que suponga para Vd. y los suyos.

El Auditor de Guerra del Ejército de Ocupación me hace saber desde Bilbao, con fecha 8 de los corrientes, la necesidad de ordenar el traslado de Vd. (así como de otros sacerdotes de los que se me adjunta una lista) a diócesis alejadas de estas provincias.

Como mi deseo es hacer efectiva esta medida (que no depende de mí y que, en consecuencia, no tiene otro recurso que ante el propio auditor que la ha tomada en el ejercicio de sus facultades) de la forma más honorable y más suave para mis hermanos, no he querido solicitar del Eminentísimo Cardenal Primado las facultades especiales concedidas por la Santa Sede para estos casos. Al contrario, he elegido invitar a Vd. para que se ofrezca como “operarius” en otras diócesis, de momento a la que se le designe, con la facultad de acceder más tarde allí donde se presente una plaza vacante y que estén desprovistas de clero...

Quiero pensar que Vd. no ha sido políticamente separatista, tan solo muy amante de los usos, costumbre y lengua de nuestro país. Si es así, no hay duda que su amor a la patria chica no es en menoscabo de este otro amor que debemos a nuestra patria grande, España.

...Si Vd. se incorpora francamente al movimiento nacional y manifiesta su amor a España, entonces ganará el favor de las gentes y preparará el camino de la vuelta a su diócesis que, de otra forma, me temo que las autoridades militares y civiles, únicas que entienden en estos asuntos de orden político, no consentirán jamás...

Para acabar, aún otra advertencia. Como esta medida que la autoridad militar ha dado tiene, en el fondo, un carácter —por qué no decirlo— de exilio, entiendo que una vez en su diócesis no podrá volver aquí, ni siquiera para visitar a los suyos, si no es con el permiso de la autoridad militar competente, que deberá solicitar en cada caso en la capital de la provincia en que resida...

Le reitero, de nuevo, mis mejores sentimientos de fraternal amistad de su afectuoso hermano en Jesucristo.

Antonio María Pérez Ormazábal».

Estos exilios son la más suave sanción que se impone a los curas vascos, pues muchos son condenados a largos años de prisión y otros han sido fusilados. También, hay otros que son enviados al frente; en el de Madrid hay 67 sacerdotes y algunos seminaristas vascos, obligados a servir en trabajos de fortificaciones rebeldes, en medio de las vejaciones de los moros.

En esta situación se encontraban allí, en el frente de Madrid, los hermanos Alberdi, de Azkoitia: Uno sacerdote y el otro seminarista. El seminarista fue asesinado por los moros. Un Capitán franquista aconsejó a los sacerdotes vascos condenados a trabajos forzados que hicieran lo posible por ir siempre en grupo, a fin de que los moros no le asesinaran al sorprenderles aislados.

Los tribunales de Franco condenan

a varios sacerdotes

He aquí el resumen de sentencias, conocidas hasta hoy, contra sacerdotes y religiosos en Bilbao, cuya relación no se ha entregado a la prensa para evitar su difusión:

Penas de muerte:

-D. Manuel Lladosa Arzuaga (11 de julio de 1937).

-R.P. Aranguren (Carmelita) (31 de julio de 1937).

-D. Luis Aguirre (7 de agosto de 1937).

-D. Manuel Ortúzar (14 de agosto de 1937).

Cadena perpetua:

-R.P. José Sotero (31 de julio de 1937).

-R.P. Eugenio Legarra (id.).

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