Kitabı oku: «La casa de nuestra madre»

La casa de nuestra madre
Título original: Our Mother’s House
D. R. © 1963, Julian Gloag
D. R. © 2020, S. T. Joshi, por el prólogo.
D. R. © 2021, Ariadna Molinari Tato, por la traducción.
Ilustración de portada: Gabriel Pacheco
Primera edición: marzo de 2021
D. R. © 2020, de la presente edición en castellano para América Latina y Estados Unidos:
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ISBN: 9786079889944
Impreso en México / Printed in Mexico
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Conversión eBook:
Mutāre, Procesos Editoriales y de Comunicación
ÍNDICE

Página de título
Página de créditos
Prólogo, por S. T. Joshi
PRIMAVERA
VERANO
OTOÑO
INVIERNO
PRIMAVERA
Acerca del autor
Acerca de este libro

PRÓLOGO

EN EL HORROR SOBRENATURAL EN LA LITERATURA (1927), H. P. Lovecraft, el gran autor estadounidense de relatos misteriosos, escribió: “No hay mejor prueba de la tenacidad [de los relatos de lo extraño] que el impulso que mueve a ciertos escritores a desviarse de los caminos trillados para probar su ingenio en textos aislados, como si desearan alejar de sus rosales sombras fantasmagóricas que de otra forma seguirían acosándolos”. Lovecraft cita a autores como Robert Browning, Henry James y W. W. Jacobs, reconocidos por obras de muy distinta índole. A esta célebre compañía convendría sumar al autor inglés Julian Gloag (1930), aun si sólo tomamos como referente la fuerza de su primera novela, La casa de nuestra madre (1963).
Esta obra nos cuenta la historia —a veces escalofriante, otras conmovedora, otras tantas trágica— de la familia Hook y, en especial, de los siete niños que la componen: Elsa (trece años), Diana (doce años), Dunstan (diez años), Hubert (nueve años), Jiminee (siete años), Gerty (cinco años) y Willy (cuatro años). La “madre” a quien alude el título, Violet E. Hook, muere a causa de una enfermedad desconocida al principio de la novela, mas su presencia se manifiesta en casi todas las páginas subsiguientes. ¿Es acaso un fantasma, real o en sentido figurado? Aunque al final del capítulo XIII parece hablar con Dunstan, se nos hace creer que ella “vive” de cierta manera en el corazón y la mente de sus hijos, quienes hacen frente a la sombría y titánica tarea de salir adelante sin ella.
A sabiendas de que los enviarán a un orfanato si el mundo se entera de lo ocurrido, los niños ocultan a las autoridades que su madre ha muerto. Luego de que Dunstan pinta un cuadro espeluznante y dickensiano de los horrores que enfrentarán en un lugar de esa índole, ¿qué opción tienen sino enterrar a Violet en el jardín? Pero las sesiones diarias con su madre —“la hora de Madre”— continúan. No queda muy claro si los niños, en especial los más pequeños, de verdad comprenden que su madre ha muerto o si más bien, en aras de preservar tanto su paz mental como la del resto de sus hermanos, se limitan a fingir que sigue viva y se comunica con ellos.
¿Y qué hay de Charles R. Hook, el supuesto padre? Es el gran ausente tanto en la vida de la esposa como en la de los hijos, negativamente predispuestos en su contra debido al rencor que Violet le guardaba: “Madre decía que era hierba mala… No era un caballero”. Sin embargo, cuando Gerty enferma de gravedad, Hubert no tiene más remedio que escribirle una carta a Charlie, quien entonces aparece. A partir de ese momento, la atmósfera de la novela se transforma: al principio, la presencia de Charlie parece una cuerda salvavidas y los niños aprenden a quererlo, tal vez tanto como querían a su madre; pero las cosas pronto empeoran cuando descubren que Charlie, una vez que se muestra tal cual es, dista mucho de ser el padre ideal. ¿Qué harán los niños a medida que su situación se vuelve cada vez más desesperada? El lector se topa con un desenlace inesperado y espectacular.
La casa de nuestra madre encaja en el género de la novela gótica, cuya historia surge casi dos siglos antes de la fecha exacta de su publicación. En 1764, Horace Walpole escribió la primera novela gótica de la historia, El castillo de Otranto, y cientos de novelas aparecieron a la estela de ésta en el transcurso de los siguientes cincuenta años. Alternando entre el terror gótico y el horror sobrenatural, muchas novelas góticas se enfocaron en el castillo o en alguna otra residencia como fuente del terror. Las novelas góticas más tempranas, situadas en la Europa medieval, destacaban la antigüedad del castillo y su historia siniestra, colmada de muertes y otras tragedias que explicaban el surgimiento de fantasmas y criaturas mitológicas de todo tipo.
Obras posteriores trasladaron el castillo gótico a hogares contemporáneos e incluso a lugares públicos, ya fueran Manderley, la finca de Rebecca (1938), de Daphne du Maurier; el Motel Bates de Psicosis (1959), de Robert Bloch; la Hill House, donde transcurren los hechos de La maldición de Hill House (1959), de Shirley Jackson, o bien el Hotel Overlook en El resplandor, de Stephen King (1977). Las primeras dos novelas no son sobrenaturales; las últimas dos, sí.
La casa de nuestra madre guarda cierta relación con otra novela de Shirley Jackson, El reloj de sol (1958), donde los miembros de una excéntrica familia, los Halloran, están convencidos de que el mundo exterior —todo lo que se encuentra fuera de los límites de su propiedad— está por extinguirse y que se quedarán solos en el mundo. Tal como en El reloj de sol, en la novela de Gloag —ubicada en el ficticio número 38 de Ipswich Terrace, supuestamente en un suburbio londinense— hay una obsesión con la morada de los Hook y sus habitantes; la escena climática ocurre, precisamente, a raíz de que los niños piensan que están a punto de perder la casa.
La casa de nuestra madre no es explícitamente sobrenatural, e incluso cabe la posibilidad de que no fuera concebida en absoluto como una obra sobrenatural ni gótica; sin embargo, el terror que produce en los lectores es tan intenso como la fascinación y las emociones que genera. La personalidad de cada niño está delineada a la perfección: Elsa, desesperada tanto por mantener el orden como por afianzar su supremacía en la jerarquía familiar; Diana y Dunstan, rígidos, inflexibles y fanáticos religiosos a causa del lavado de cerebro que les hizo su madre; Hubert, quien hace cuanto puede por preservar la unidad familiar, pero sin saber bien cómo, y los niños más pequeños: el tartamudo Jiminee, que trae a casa a un niño abandonado, Louis Grossiter; Gerty, cuyas constantes e inconscientes indiscreciones la conducen al castigo, y Willy, que no comprende del todo lo que en realidad ocurre en esa casa.
La novela fue un éxito inesperado recién se publicó, y el gran Jack Clayton la llevó a la pantalla grande en 1967 con un guion de Jeremy Brooks y Haya Harareet. Clayton, famoso por The Innocents (1961), acaso la mejor adaptación que se ha hecho de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, y por varias de sus películas posteriores, como El gran Gatsby (1974), basada en el texto de Francis Scott Fitzgerald, y El carnaval de las tinieblas (1983), adaptada de la novela de Ray Bradbury, se tomó algunas libertades con la novela de Gloag. A pesar de lo anterior, la película es una representación fiel y escalofriante del texto.
Gloag escribió otras novelas centradas en asesinatos y traumas psicológicos, pero ninguna tuvo el reconocimiento ni el impacto apabullante de La casa de nuestra madre. Este libro merece estar en manos de cualquiera que se precie de ser lector de la buena literatura de terror y los mejores relatos de lo extraño.
S. T. JOSHI
No bien los he dejado,cuando encuentro al amor de mi vida.Lo abrazo y, sin soltarlo,lo llevo a la casa de mi madre,a la alcoba donde ella me concibió.
Cantar de los Cantares de Salomón 3:4
PRIMAVERA

I

MADRE MURIÓ A LAS CINCO CINCUENTA Y OCHO. Lo último que hizo fue estirar el brazo para alcanzar el reloj dorado en la mesilla de noche. Aprisionado sin fuerza entre sus dedos huesudos, el reloj cayó de golpe, y en ese instante cesó su ritmo suave y quedó marcado el minuto preciso, el testimonio de un crimen.
Es posible que Madre viviera unos minutos más, pero no había forma de que se lo hiciera saber a sus hijos. Desde hacía ya varias semanas, era incapaz de musitar más que un par de susurros, y la cuerda bordada de la campana que colgaba sobre su cama llevaba tiempo desconectada del badajo en la cocina.
—No soporto las campanas —había dicho Madre hacía muchos años, cuando alquiló el número 38 de Ipswich Terrace—. Suficiente tengo ya con los domingos y los funerales.
Aun si la campana hubiera servido, estaba demasiado débil para tirar de ella. Su energía antaño inextinguible se había marchitado: no podía siquiera levantar una cuchara sin ayuda de Elsa.
Y Elsa, que había encontrado a Madre dormida al asomarse a su habitación tras volver de la escuela, no se atrevía a perturbar su hora de descanso. Sin embargo, al ser la mayor y, por ende, la responsable de asumir tanto su propia ansiedad como la de sus hermanos, se obligaba a volver a la habitación a menudo para escuchar si Madre despertaba. Pero no oía nada. Había muchos ruidos en la casa: el sonido de platos que chocaban entre sí en la cocina, donde Diana y Jiminee lavaban la vajilla; el gorjeo de la risa de Willy en el cuarto de juegos y la voz de Gerty diciendo “Ya me toca, Willy”; la eterna tos de Dunstan, sentado en la “biblioteca” entre volúmenes de sermones forrados en piel; un súbito estallido de martillazos proveniente de la recámara de Hubert. Elsa los tenía presentes de forma inconsciente (si alguno se hubiera detenido por mucho tiempo, habría ido a investigar), aunque no los escuchara en realidad.
La espera terminó cuando el reloj de abajo marcó las seis y media. Elsa abrió la puerta y entró. La habitación olía igual que siempre: a las viejas cortinas y a las luces nocturnas, al jabón de lavanda, al polvo que se levantaba entre los tablones pulidos del piso y a la cera abrillantadora que venía en unas latas rojas y doradas que una señora les vendía tres veces al año. Madre también olía igual. “Olor a Madre”: el suave perfume que despedía el enorme frasco del tocador.
La cabeza de Madre estaba girada hacia Elsa, con los ojos entreabiertos. Tenía el brazo izquierdo extendido, el codo recargado en el borde de la cama y la mano abierta en señal de recibir. Acariciadas por la brisa nocturna que entraba por la ventana abierta, las puntas que anudaban el turbante en su cabeza ondeaban con el aire como banderolas disparejas.
Elsa atravesó la habitación y se detuvo sobre el tapete de yute junto a la cama. Rodeó la fría muñeca con su mano por un instante. Luego se agachó y recogió el reloj. Estaba muy frío. Lo calentó entre las manos mientras le daba cuerda una y otra vez. La luz de la vela se estremeció y luego volvió a aquietarse. Había que acortar el pabilo.
Afuera, los estorninos trinaban antes de retirarse al cobijo de la noche. Desde el melancólico jardín de altas paredes llegaba el perfume de los lirios del valle que crecían fuertes al otro lado de la ventana. Era un mayo cálido, casi veraniego. El tiempo de los lirios había comenzado antes de tiempo y en breve llegaría a su fin.
Elsa levantó el rostro ligeramente. Escuchó el murmullo de los niños que, al otro lado de la puerta, esperaban a que los llamaran para entrar. Sólo ella sabía de la muerte de su madre, así como sólo ella se había dado cuenta en las últimas semanas de que Madre estaba muriendo poco a poco. Madre también lo sabía, desde luego, pero era un secreto entre ellas que ninguna se atrevía a compartir. Madre no era partidaria de mortificarse por asuntos desagradables.
De pronto Elsa dijo en voz alta:
—Tengo trece años. Tengo trece años —repitió, como para impugnar la creciente sombra de la habitación, tiniebla que aumentaba por culpa de la llamita de la veladora nocturna. Miró el reloj que sostenía en la mano: cinco cincuenta y ocho, decía. Sabía que esa no era la hora. Lo colocó de nuevo en la mesilla de noche, donde pertenecía.
Se dio la vuelta y atravesó la habitación hasta llegar al tocador; tomó el soporte que sostenía la peluca de Madre y lo puso en la mesa en medio de la recámara. Fue a buscar el peine de carey, guardado en el primer cajón junto con los pañuelos de hombre ligeramente perfumados que Madre solía usar. Luego se sentó en el borde de la silla de mimbre y comenzó a peinar la peluca.
Introdujo el peine con firmeza entre los rizos castaños, los estiró hasta alisarlos y observó cómo recobraban su forma. Desde que Madre se había debilitado tanto que no podía moverse, para Elsa se había convertido en la labor de cada noche. Siempre había sabido que Madre usaba peluca, y el resto de los niños lo sabía también: Elsa se lo explicó tan pronto tuvieron edad suficiente para saberlo. Incluso Willy, el más pequeño, lo sabía. No obstante, el tema sólo se había mencionado dos veces en presencia de Madre; la última, cuando Madre dijo:
—Estoy muy cansada esta noche, hija. Por favor, Elsa, cepíllame el cabello y sé una niña buena.
La ocasión anterior había sido dos años antes, cuando Jiminee tenía cinco. Ocurrió a la hora de la merienda, en un momento en el que Jiminee de pronto volteó a ver a Madre y le dijo: “Hola, pelucona”. Se produjo un profundo silencio mientras Madre observaba a Jiminee sonrojarse al otro lado de la mesa. De repente Madre echó a reír a carcajadas. No dijo nada, sólo se rio. Y todos comenzaron a reír y a mecerse en sus sillas y a sacudir la mesa hasta que las tazas de té chocaron entre sí. Sólo Jiminee permaneció indiferente; estático, ruborizado y parpadeante, con una sonrisa que se dibujaba y se apagaba con el mismo ritmo que una serie de luces navideñas. Cuando cesaron las risotadas, volvieron todos a tomar el té y el incidente no fue mencionado de nuevo, aunque durante varios días Jiminee inspiró un gran respeto entre sus hermanos.
Mientras peinaba la peluca, Elsa sintió en su estómago el recuerdo de aquella cálida risa y tuvo ganas de llorar. Dejó quietas las manos y bajó la cabeza. “Elsa nunca llora.” Luchó contra esa sofocante sensación en la garganta y cerró los ojos con fuerza. Por fin brotaron dos lágrimas que le cayeron por la nariz. Se secaron casi al instante. La habitación estaba prácticamente a oscuras y la figura tendida en la cama no era más que un pálido reflejo. Cepillar le resultaba reconfortante.
De repente la luz de la vela titiló con fuerza y estuvo a punto de apagarse. Atemorizada y en silencio, Elsa levantó la mirada: alguien estaba de pie en el umbral de la puerta.
—¿Quién es? —preguntó—. ¿Dun?
—No, soy yo: Hubert.
Elsa se relajó un poco.
—¿Qué ocurre, Hu?
—Ya pasan de las siete, Elsa.
La llama de la vela se agitó débilmente.
—Entra. Y cierra la puerta.
Cuando la luz recuperó su brillo y Hubert se acercó, Elsa volteó el rostro para que su hermano no notara que había estado llorando.
—¿Madre sigue dormida? —preguntó el chico, aún entre susurros.
Elsa se inclinó para dejar el peine en la mesa. En medio de aquel silencio, el chirrido de la silla de mimbre al moverse los asustó a ambos, y el peine cayó al suelo con un chasquido agudo. Hubert se puso de rodillas para recogerlo y entregárselo a Elsa. Ella lo miró de frente al recibirlo; ya no le importaba que Hubert viera sus lágrimas.
—Has estado…
—¡Sí! —respondió ella.
—¿Qué pasa, Elsa? —Ya se había puesto de pie y miraba hacia la cama.
—No, Hu: quédate donde estás.
—Es Madre, ¿verdad?
—Sí —respondió—. Ella… Ya acabó todo.
—Pero no es posible que…
—Se acabó, Hu. Ya sé. Yo sé que… no tiene ningún caso hacerse falsas esperanzas.
Hubert frunció el ceño de forma tan parecida a como lo hacía Dunstan, que Elsa se vio obligada a contener el aliento en medio de aquella habitación a media luz. Él levantó la mano y se quitó el cabello que le caía sobre la frente. En la calle principal, a lo lejos, un autobús aceleró y el ruido del tráfico se hizo de pronto insoportablemente intenso, para enseguida desvanecerse como el pulso de un corazón agotado.
—¿Qué vamos a hacer, Elsa?
—No lo sé. Es decir, tengo que pensarlo. Debo tener un plan.
—Tenemos que pensar en algo.
—¿Acaso no siempre se me ocurre algo?
Hubert no respondió. Del pasillo detrás de la puerta llegó un estallido de tos. Elsa se quedó de piedra.
—Dunstan.
—Son todos —dijo Hubert—. Debes decírselo.
—No esta noche. Les diré mañana.
—Tienes que decírselo a todos. No tiene ningún sentido que lo pospongas, Elsa —Hubert habló en voz baja.
—No me digas lo que tengo que hacer. ¡Que no se te olvide que soy la mayor! —exclamó. El niño de nueve años la miró y asintió. Elsa respiró hondo y se puso de pie. La silla de mimbre volvió a chirriar—. Está bien. Me lavaré la cara, y mientras tú ve a buscarlos.
Se acercó al lavamanos y metió los dedos en el agua helada de la jarra.
—Será mejor que encienda la luz —dijo Hubert. Ya no susurraba.
—No, Hu, déjala así.
Se estiró para tomar la toalla de Madre, pero titubeó y volteó a ver a Hubert. Rápidamente, bajó la cara y se secó el rostro con la falda. Regresó a la silla y volvió a sentarse. Se dio unas palmaditas en la nuca, se alisó la falda húmeda sobre las rodillas y cruzó los brazos sobre el regazo.
—De acuerdo —dijo—. Estoy lista.
II

NO ESTABAN MUY SEGUROS DE ENTRAR. Cuando Elsa gritó “¡Primero el mayor!”, Diana se decidió al fin a cruzar el umbral de la puerta. Esperaron, nerviosos al percibir la solemnidad del rostro de Elsa. Sólo la figura de Dunstan, recargada sobre la puerta, parecía imperturbable.
Y entonces habló Elsa, haciendo un gran esfuerzo por impedir que se le quebrara la voz:
—Niños…, niños… —se detuvo.
Aprovechando el silencio, Willy, de cuatro años, se separó del grupo en medio de la habitación y se apostó en la cabecera de Madre. Los niños lo observaron. Tocó las puntas de la bufanda de Madre y le dio unas palmaditas en el brazo tendido. Apoyó la cabeza en su hombro y la olisqueó. Despacio, se dio la vuelta.
—Está muy callada —anunció.
Como si las palabras de Willy fueran premonitorias, los niños se agruparon alrededor de la cama; Dunstan, sin embargo, siguió inmóvil en la puerta. Miraron a Madre, con la cabeza acurrucada en el hombro, en señal del último estertor, y las rodillas encogidas bajo la manta. La luz sólo alumbraba su amplia frente y sus pómulos, de modo que los ojos se le veían negros y enormes, y parecían mirar fijamente los pies de los niños. En un abrir y cerrar de ojos, la madre que amaban se había convertido en un extraño objeto envuelto en un silencio sepulcral.
—Niños —anunció Elsa—: Madre ha muerto.
Ellos no parecieron oírla.
Diana se inclinó y puso su mano sobre la de Madre.
—Madre —dijo con suavidad—. Madre. Hace frío, Madre. —Y trató de levantarle el brazo para guarecerlo bajo las cobijas.
La abrupta maniobra provocó que la cabeza de Madre se desparramara hacia la izquierda y que los hombros se resbalaran un poco; luego todo se detuvo. Diana estalló en llanto y le soltó la mano.
Un segundo después, Dunstan estaba a su lado.
—Está bien, Dinah. Está bien. —La abrazó mientras lloraba. A pesar de que había dos años de diferencia entre ellos, Diana era muy pequeña para tener doce y siempre buscaba la protección de Dunstan, quien la defendía con una intensidad que no pocas veces había asustado a otros niños. Ahora Diana lloraba y su cabello dorado se guarecía bajo el cabello negro de Dunstan—. Está bien, Dinah.
—Pero tiene frío. Está muy fría.
Los niños miraban la escena atónitos. Luego Jiminee, cuya sonrisa iba y venía, se echó a llorar también.
Hubert, que había estado junto a Elsa, dio un paso al frente.
—Madre ha muerto —exclamó con fuerza suficiente para acallar los sollozos. Elsa asintió.
—Es cierto. Mamá está muerta.
Un breve suspiro escapó del grupo de niños. Willy alzó la barbilla.
—¿“Muerta”? ¿Qué significa eso? —preguntó.
—¿“Muerta”? —murmuró Hubert—. Muerta es como… como Jesús.
—Al que crucificaron, murió y después enterraron —agregó Dunstan—. Pero al tercer día resucitó y… —titubeó— y volvió a levantarse.
—Madre no volverá a levantarse —dijo Elsa con firmeza.
Dunstan frunció el ceño.
—¿Por qué no? ¿Tú cómo sabes…?
—Simplemente no va a pasar —respondió ella.
Diana levantó la cabeza del hombro de Dunstan y ambos miraron fijamente a Elsa. En apariencia, eran polos opuestos: el rostro de Dunstan era una versión caricaturizada de las figuras de labios enjutos y mejillas raquíticas que avanzaban en procesión por un estrecho camino rumbo al cielo en el cuadro que colgaba en el baño de visitas. Sus ojos oscuros, amenazantes como los de una rana, amplificados tras los gruesos cristales de las gafas, y su cabello negro y puntiagudo, contrastaban inmensamente con la melena rubia, la piel blanquísima y los ojos azules de Diana, que parecían de otro mundo.
Aunque Dunstan podía lograr que hasta las palabras más ordinarias sonaran despiadadas, en ese momento guardó silencio. Diana se separó de él y se detuvo en el centro de la habitación; parecía una extraña en medio de tanta familiaridad. De pronto se volvió tan ajena, pensó Hubert, que si alguien le preguntara su nombre era probable que no lo recordara.
El grupo que rodeaba la cama comenzó a desbandarse. La pequeña Gerty se acercó a Elsa y la miró con seriedad.
—¿Puedo jugar con el peine ahora, Elsa?
Ella asintió. Gerty tenía apenas cinco años, pero usar el peine de carey era un viejo privilegio suyo. Antes de aprender a caminar, gateaba como un bulto regordete hacia la mesa para tomarlo. Con el peine en la mano, se sentaba en la alfombra gastada, como hacía ahora, y jugueteaba con él y con su cabello, sin prestar atención a sus hermanos ni a su madre mientras ésta les leía las enseñanzas de Jesús.
Hubert se alejó del costado de Elsa y se dirigió al lavamanos. La barra de jabón estaba sobre el plato de porcelana. Tocó la superficie aún pegajosa y levantó la mano para percibir el familiar olor a lavanda, como si fuera necesario examinar o hasta poner a prueba tanta familiaridad. En el borde de la tina blanca, adornada con dibujos de hojas puntiagudas y flores azul marino, había un triángulo irregular que se había roto hacía unos meses y que él había arreglado con pegamento a prueba de agua. Lo presionó con el dedo y el mosaico cedió con facilidad, como un diente a punto de caerse. Tendría que intentarlo de nuevo, quizá con un pegamento más fuerte, y esta vez habría tiempo suficiente para que se secara.
—¡Madre no está muerta! —Era la voz chillona de Diana. Se puso de pie, con los puños apretados, como un ángel guardián junto a la cabecera. Los niños la observaron—. Tiene frío, eso es todo. ¡Tiene frío! —La silla crujió tímidamente al ponerse Elsa de pie—. ¡No, Elsa! ¡Tiene frío! Hay que traer cobijas para calentarla. ¡Y un balde de agua caliente!
Elsa, desconcertada, echó un vistazo a la habitación sombría. Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró y apretó con tanta fuerza que la sangre se fue de sus labios. Los niños esperaban sus palabras, pero no encontró ninguna que pudiera contrarrestar la vehemencia de Diana.
—¡Tiene frío! —gritó Diana de nuevo. En respuesta recibió el sonido de los pies de Hubert, que corrió hacia el interruptor de la luz. Los deslumbró el fulgor repentino que iluminó el techo blanco y lúgubre sobre sus cabezas y que cernió sombras afiladas donde antes no las había—. ¡Ay, no! —Diana gritó de dolor.
Al igual que sus hermanos, Diana se dio vuelta en dirección a la cama y observó. Las suaves líneas del rostro de Madre se habían transformado en afilados cortes sobre la carne, y los ojos azules habían perdido su expresividad. La boca estaba entreabierta en el ocaso impreciso de una muerte de la que ya no quedaba ninguna duda. Diana se arrodilló y apoyó la cabeza sobre la cobija. Luego alzó las manos y se tapó los oídos.
Por un momento nadie habló. Y luego Dunstan intervino:
—Ahora lo ven, niños. —No hubo respuesta. Se dirigió a la mesilla de noche y levantó la Biblia negra que estaba junto al reloj—. Léenos, Elsa.
—Sí, léenos, léenos. —La petición hizo eco alrededor de la habitación.
Despacio, Elsa se sentó y estiró el brazo para tomar el libro. Dunstan dudó por un instante, pero luego se acercó y se lo entregó. De pie frente a Elsa, bajó la mirada para verla mientras ella sostenía el libro cerrado.
—Ábrelo —le dijo.
Elsa apartó la mirada.
—¿Qué les leo? —preguntó a los niños.
—Jesús —contestó Willy. Nadie más respondió.
—Anda, ábrelo ya —insistió Dunstan.
Elsa abrió el libro al azar y tropezó con una sección muy leída. Con la mirada fija en el libro comenzó a dar vuelta a las páginas hasta que Dunstan la tomó de la mano.
—Lee lo que dice ahí —pidió.
Elsa no respondió. Leyó en silencio por un momento, moviendo los labios a medida que avanzaba. Frunció el ceño. Luego acarició la página e inhaló profundo. Y entonces comenzó a leer:
¿Adónde se ha ido tu amado, tú, bella entre las bellas? ¿Hacia dónde se ha encaminado? ¡Iremos contigo a buscarlo! Mi amado ha bajado a su jardín, a los lechos de bálsamo, para retozar en los jardines y recoger azucenas. Yo soy de mi amado, y mi amado es…
Elsa se detuvo.
—Jiminee —dijo—, ¿dónde están las azaleas?
Jiminee se ruborizó y luego sonrió.
—Yo…
—¿Dónde están, Jiminee?
Jiminee se talló la cara con los huesudos pulgares para retirar las lágrimas que le corrían por las mejillas.
—Se… se me olv-v-vidaron —sonrió—. N-n-no… no fue mi intención —aclaró y volteó a ver a sus hermanos.
—Hoy es tu día, ¿no es verdad, Jiminee?
El pequeño guardó silencio. Estaba muy pálido.
—Ay, Jiminee, ¿cómo pudiste? —repuso Diana, aún arrodillada junto a la cama.
—Sí, ¿cómo pudiste? —añadió Dunstan con aspereza.
—N-n-no… no fue mi… mi intención… No lo f-f-fue.
—Es tu deber, ¿o no?
—Sí —respondió Jiminee mientras se le borraba la sonrisa del rostro.
—Fallaste y lo sabes, ¿verdad?
—En… en serio, n-n-no fue mi int-t-tención, Dun. No quería… Sólo se… se me olvidó.
—¡Se te olvidó! —gritó Dunstan.
—A v-v-veces se me olvidan las c-c-osas, tú sabes que es así. Madre lo sabe, ¿verdad, Elsa? A Madre no le importa que se me olviden… N-n-no f-f-fue mi intención hacer nada malo. —Lloraba. Los niños lo observaban y no había dónde esconderse.
—Debe recibir un castigo —dijo Dunstan—. No puede ir por la vida olvidando las cosas. Debe aprender la lección. Debemos…
—Cállate, Dun.
—¿Qué?
—No digas qué, es una grosería —intervino Gerty, de cinco años.
—Dije que te calles —repitió Hubert.
—¿Tú me dices a mí que me calle? —preguntó Dunstan, dando tres pasos hacia Hubert.
Hubert esperó. A sus nueve años, era sólo uno menor que Dunstan, aunque seguía siendo más bajo que él. Pero era más robusto, y había algo en sus maneras que lo hacía parecer imperturbable.
—¡Enano! —gritó Dunstan mientras señalaba a Hubert con un dedo amenazante.
—Eres un abusón —respondió Hubert—, así que cállate. No te preocupes, Jiminee, podrás recogerlas después —dijo, alzando la voz.
—¡No te atrevas! ¡No te atrevas! ¡Eso no está bien! Tenemos que castigarlo. Olvidó traer las azaleas para Madre y tiene que pagar por ello. Es un pecador, ¡eso es lo que es! ¡Y pagará por ello!
—Cállate —respondió Hubert.
—No me voy a callar. No te atrevas a mandarme callar —dijo con voz fuerte y afilada, y dio un paso al frente—. No te atrevas, bobalicón insolente. ¿No comprendes? Se le olvidó. Olvidó las azaleas para Madre. ¿Te das cuenta? Y tendrá que…
—A Madre no le importa ya, Dun. Ya no importa —dijo Hubert mientras meneaba la cabeza.
Dunstan bajó el brazo poco a poco. Comenzó a dar media vuelta. De repente se puso a temblar y a gritar.
—¡Pero a mí sí me importa! ¡Me importa! ¡A mí me importa! —Sus gritos atravesaron la habitación como flechas ciegas que buscaban la salida—. ¡A mí sí me importa! ¡Sí me importa!
—No hagas eso, Dun —dijo Hubert—. Por favor, no lo hagas.
La rabia de Dunstan se estaba convirtiendo en dolor. Se arrodilló, agachó la cabeza y rompió en llanto. Sus palabras se diluyeron en una letanía sin sentido que trataba de abrirse paso entre las lágrimas. Gerty y Willy también se habían puesto a llorar. Uno a uno habían ido rompiendo en llanto, salvo por Hubert y Elsa.
Y cada uno de esos llantos individuales se combinó con los demás hasta conformar un grave lamento general que inundó la brillante habitación y se derramó sobre la oscuridad al otro lado de la ventana, donde el jardín se sacudía tímidamente con el viento fresco de la noche primaveral.
—Lee, Elsa. Sigue leyendo —ordenó Hubert.
La niña bajó la mirada de nuevo y la posó en las páginas, donde encontró otro pasaje. Batalló un poco con el lenguaje arcaico:
¡Oh, si tú fueras como un hermano mío que mamó los pechos de mi madre! Entonces, hallándote fuera, te besaría, y no me menospreciarían. Yo te llevaría, te metería en casa de mi madre; tú me enseñarías, y yo te haría beber vino adobado del mosto de mis granadas…
Mientras leía, el llanto de los niños pareció apaciguarse. Y cuando mencionaba a la madre, los labios de sus hermanos dejaban escapar un pequeño suspiro.
¿Quién es ésta que sube del desierto, recostada sobre su amado? Debajo de un manzano te desperté; allí tuvo tu madre dolores, allí tuvo dolores la que te dio a luz. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían.
Elsa dejó de leer y alzó la mirada. Observó las distintas actitudes de los niños que la escuchaban y la figura inmóvil sobre la cama, aunque sus pensamientos parecían hallarse muy lejos de ahí. Los niños se quedaron tranquilos y ninguno molestó a Elsa hasta que Hubert le retiró el libro del regazo y lo llevó a la mesilla de noche, su lugar. Mientras dejaba el libro sobre la tela bordada se dio cuenta de que el reloj estaba bocabajo. Lo tomó y se llevó la parte abollada de la caja a la oreja. Luego lo agitó, le dio la vuelta y lo abrió por la parte trasera. En el interior tenía grabadas las iniciales C. R. H. con una caligrafía casi indescifrable. Hubert trazó las letras con la uña del pulgar. Luego suspiró.
—El reloj de Madre se ha estropeado —dijo.
La observación sacó a Elsa de su ensimismamiento.
—Sí, lo sé —contestó con brusquedad—. Ahora vamos, niños: es hora del chocolate. —Se levantó y aplaudió para llamar la atención de sus hermanos.
—¡Chocolate! —gritó Gerty y se puso de pie. Alguien bostezó, y el barullo general se intensificó—. Elsa, ¿puedo quedarme con el peine? —Gerty se paró frente a Elsa y ladeó la cabeza.
—Por supuesto que no.
—¿Por qué?—Gerty defendió su causa.
—¿Cómo que por qué? —respondió Elsa con asombro e irritación. Los niños se detuvieron a escuchar su respuesta—. Porque lo digo yo, por eso.
—Pero Madre ya no necesitará el peine —dijo Gerty. Elsa inhaló profundo—. No lo va a necesitar, ¿o sí? —insistió la pequeña con el tono que usaba para pedir más de comer.
Hubert pensó que, apenas una hora antes, Gerty habría sido incapaz de insistir así, en contra de la voluntad de Elsa. Ninguno, ni siquiera Dunstan, había desafiado jamás la autoridad de la hermana mayor. Pero todo había cambiado ya, y Hubert supo de forma instintiva que a partir de entonces los niños se aprovecharían de cualquier debilidad que Elsa mostrara.
—No lo necesitará, ¿o sí? —repitió Gerty, cuyo rostro regordete desbordaba una enorme sonrisa.
—Sí —respondió Elsa con firmeza—. Sí, Madre necesita su peine. —Luego agregó con vehemencia—: ¡Madre necesita todo!
—Pero… —Gerty masculló con cara de puchero.
—¡Mamá lo necesita!
—Pero no ahora —Gerty apretó el peine contra el pecho.
—Ahora… —Elsa luchó con la palabra—, ahora nada es diferente. Las cosas son tal y como han sido hasta ahora. —Miró fijamente a cada uno de sus hermanos y su expresión se suavizó—. Todo es igual que antes. Lo… lo que pasó no quiere decir que… Eso no cambia nada. ¿Comprenden, niños? Nada ha cambiado —habló con el poder de la iluminación—. Todo será exactamente igual a como era… Todo.
Los niños permanecieron callados. Elsa estiró el brazo para alcanzar el peine. Gerty trató de retenerlo un instante; luego, despacio, cedió.
—¡Vamos! —interrumpió Dunstan de forma abrupta.
Comenzaron a salir de la habitación. Hubert se quedó inmóvil, mirando a Elsa.
El repiqueteo de las pisadas disminuyó cuando los niños llegaron al pasillo y atravesaron la puerta grande, para después bajar la escalera que conducía a la cocina del sótano.
Arriba, el ruido cesó. Hubert y Elsa se miraron el uno al otro sin permitir que sus ojos se desviaran hacia la cama, envueltos por el aire que corría entre la puerta abierta y la ventana, mientras la luz de la vela se mecía y tambaleaba en ebria reverencia.
—Vamos —dijo Elsa.
—Sí —Hubert apartó la mirada de la vela, y una multitud de parpadeantes dagas amarillas se disparó ante sus ojos—. Voy a apagar la luz.
—No, yo la apago. Te toca hacer el chocolate, ¿no?
—Sí.
—Pues entonces más vale que te apresures.
—¿Y qué hay de ti? —Cerró los ojos mientras hacía la pregunta, y las dagas bailaron con más furia.
—No tardo nada.
—Está bien. —Volvió a abrir los ojos—. Elsa…
—Dime.
—Elsa, ¿tú…? ¿Tú…? —Giró un poco la cabeza y miró fijamente el foco desnudo en el centro del techo.
—¿Yo qué?
La imagen solitaria de la luz refulgía.
—Nada —respondió.
III

HUBERT REVOLVIÓ EL AGUA Y LA LECHE en la olla grande. El silencio de los niños sentados ante la mesa a sus espaldas sólo lo interrumpía el roce del cucharón contra las paredes de la olla. Poco a poco, los grumos de polvo de cacao se fueron disolviendo, dejando tras de sí estelas color marrón. Hubert cuidó que, al hervir, la leche no se derramara por la orilla.
Sus hermanos esperaron en silencio. Ninguna desgracia ni culpa previa había podido silenciarlos de esa manera. Aun cuando Madre guardaba cama, ellos conversaban y reían como de costumbre.
Y Madre había podido bajar a cenar los domingos, hasta que de pronto…, Hubert no consiguió recordar la última vez que había estado con ellos, apaciguándolos, jorobándolos, observándolos. Y riendo… porque Madre tenía una risa peculiar. Y todos comían, incluso Madre, hasta estar llenos como costales. Y ella les preguntaba:
—¿Queda rastro alguno de apetito? —y luego decía una plegaria con el tono de voz que reservaba para Jesús. Después se ponía de pie, se limpiaba las manos en el delantal y afirmaba—: ¡Listo!
El chocolate caliente empezó a hervir, así que Hubert lo quitó de la estufa y lo virtió en la primera de las tazas alineadas sobre el escurridor. “¡Listo!” De pronto la mano le empezó a temblar y un chorrito de chocolate goteó por la base de la olla. Hubert inhaló profundo y se mordió el labio con fuerza. Miró la cicatriz que tenía en el índice derecho. “¡Sé un hombrecito!”, le dijo su madre cuando aquella cicatriz era una herida que dejaba entrever el destello blanco del hueso.
—¡Sé un hombrecito! —masculló entre dientes. No había dejado de verter el chocolate. Llenó la última taza con mano firme. Luego llevó la olla al fregadero y la llenó de agua fría.
—¡Está listo! —anunció.
Elsa se puso de pie para ayudarlo, y entre los dos repartieron las tazas. Los niños les agradecieron en voz baja.
—Gracias, Hu.
—Gracias.
—Gracias, Elsa.
—Gracias.
Mantenían la mirada baja. Sólo Gerty tuvo la audacia de darle un sorbo.
—Más azúcar —pidió mientras Hubert y Elsa tomaban asiento. Ambos la miraron, sin responder. Tenía un bigote blanco alrededor de los labios—. Bueno —agregó—, es que no está lo suficientemente dulce.
—Silencio, que falta la plegaria.
—Sí, la plegaria —dijo Elsa. Echaron las sillas hacia atrás y se pusieron de pie, cabizbajos. Hubert clavó la mirada en la mesa. En la superficie de su chocolate comenzaba a formarse una nata. Con delicadeza le sopló y vio cómo se arrugaba—. Señor —arrancó Elsa—, te damos gracias por estos dones…
—¡Escuchen! —la interrumpió Jiminee.
—¿Pero qué te…?
—¿Qué es…?
—¡Escuchen!
—Alguien está tocando la puerta.
Todos escucharon hasta que el sonido se repitió. Hubert se dirigió a la puerta abatible de la cocina y la abrió. El sonido era inconfundible. Quizá paraba unos diez segundos para luego reiniciar. Toc, toc, toc.
—¿Quién podría ser? —murmuró Gerty.
—Tal vez sea la señora Stork —dijo Diana.
—La señora Stork no haría ese alboroto —intervino Elsa—. Además, no le toca venir en viernes.
Jiminee esbozó una sonrisa pícara.
—Recuerdo que v-v-vino un viernes, v-v-vino a…
—¿Por qué no puedes recordar las cosas importantes por una vez en la vida? —preguntó Dunstan con una furia repentina, proveniente de la tenebrosidad de sus fantasías macabras.
—Por lo regular no viene en viernes, Jiminee. Además —agregó Elsa—, ¿por qué vendría la señora Stork a estas horas de la noche?
—A lo mejor es el repartidor.
—A lo mejor se ir-irán si no abrimos—dijo Jiminee.
—A ver —intervino Hubert—, sea quien sea tenemos que ir a ver.
—Por supuesto —dijo Dunstan.
Todos voltearon a ver a Elsa.
—Está bien —dijo—. Voy yo.
—Creo que debería ir un hombre —señaló Gerty de repente, con voz arrogante.
—A nadie le importa lo que tú creas —contestó Dunstan, furioso—. No eres más que una niña tonta. —Nadie le respondió. El silencio se quebró con otro arranque de golpes a la puerta: toc, toc, toc. Desde la puerta, Hubert notó que Dunstan palidecía y le temblaba el labio al caer en cuenta de que era su responsabilidad por ser “el mayor” de los varones. Poco a poco, la discreta fuerza de las opiniones infantiles se asentó sobre sus hombros—. A nadie le importa lo que creas —repitió, casi titubeante.
¡Toc, toc! ¡Toc, toc!, tocaron a la puerta.
—¿P-p-por q-q-qué no vas, Dun? —preguntó Jiminee.
—Porque le da miedo —contestó Gerty—. Eso creo yo.
Dunstan apretó los puños encima de la mesa refregada y meneó la cabeza gacha y tensa.
—Claro que no —susurró.
—Bueno, entonces, ¿por qué no…? —empezó a decir Gerty, pero Hubert la interrumpió.
—Iré yo —dijo—. De cualquier forma, estoy más cerca. —Salió al pasillo y la puerta abatible se agitó a su paso. Por un instante se quedó quieto, atento al silbido de la puerta. Una vez que ésta se detuvo, Hubert siguió andando por el pasillo y subió los escalones que llevaban al vestíbulo principal.
En la puerta había un hombre robusto; traía un uniforme azul claro y un gorro bien puesto en la cabeza, cuya visera le tapaba los ojos.
—¡Pero bueno! ¡Ya era hora! Eres más lento que un sepulturero viejo y bruto —dijo entre risas.
—Hoy no, muchas gracias —respondió Hubert y empezó a cerrar la puerta.
—Espera, espera —intervino el hombre—. Ni siquiera me preguntaste a qué vine.
—Bueno, ¿a qué viene?
—A ver a Vi.
—¿A Vi?
—Sí, a Vi. La señora de la casa. —Cruzó el umbral de un paso—. Imagino que será tu madre, amiguito.
—Me temo que no está en casa.
—¡Ja! ¿Cómo que no está? Pero este es el número 38, ¿no?
—Sí, pero me temo que no es la casa que busca.
—En eso tienes razón. No es la casa lo que busco —dijo y volvió a reírse—. Sólo dile a Vi que la busca el Sargento de Vuelo Millard. Apuesto a que para el Sargento de Vuelo Millard siempre está en casa.
—No…
—Mira, llevo un tiempo lejos, ¿sabes? ¡Y en Adén… carajo! —Se asomó al vestíbulo y sonrió—. Lo recuerdo muy bien. Nunca olvidaría algo tan bueno. Es mi primer permiso en un año y vine directo aquí.
—Creo que no conocemos a nadie llamado Miller.
—¡Millard! No Miller, Millard. —El Sargento de Vuelo Millard se puso tenso, pero luego se relajó—. Bueno, quizá no recuerde mi nombre, pero dile que… dile que trate de recordar…, veamos…, la noche del 18 de enero del año pasado. —Soltó una risotada—. Memoria de fichero. Así se llama, amiguito. Presiono un botón, saco un archivo y ahí tengo la respuesta. ¡Bum! Así nomás. —El Sargento de Vuelo Millard de pronto avanzó medio metro de un brinco y azotó la palma de la mano sobre la mesita de la entrada—. ¡Así nomás!
Hubert permaneció quieto.
—Madre no está en casa.
—No me vengas con eso, amiguito —dijo el hombre en voz baja—. No me vengas con eso. Eso dicen todas… “No quiero volverte a ver.” Pero no hay que hacerles caso, ¿sabes? Hay una sola cosa que debes saber sobre las mujeres, niño, y te lo digo desde el fondo de mi corazón: siempre dicen lo contrario a lo que en realidad quieren decir. —Miró a Hubert fijamente a los ojos—. Así que no me hagas perder el tiempo y ve a buscarla, ¿de acuerdo?
—Lo siento mucho, pero Madre no está en casa.
—A ver, amiguito. No vengo con malas intenciones. Si tu mamá no está en casa, pues no está en casa y ya. Pero no se atrevería a dejar a un crío de tu edad solito, ¿o sí?
—Pero es que no está. En serio.
El Sargento de Vuelo Millard se acercó más a Hubert.
—No me vengas con eso, hijo. Soy un hombre paciente. Sólo entra y dile que estoy aquí.
Hubert reculó ante la amenaza implícita en la voz del desconocido.
—Creo que debería irse, si no le molesta.
El Sargento de Vuelo alzó la mano de golpe.
—Ándale, niño, ve, ve —dijo y bajó la mano un poco—. No tienes papá, ¿verdad? Tu papá no está en casa, ¿o sí?
—No tenemos…, digo…
El hombre lo tomó de los hombros.
—¿Es eso? ¿Tu papá está en casa?
Hubert intentó zafarse, pero el hombre lo sostuvo con fuerza y lo sacudió. Hubert percibió el olor a cerveza en su aliento.
—Sí. Eso es.
—Pequeño demonio, ¿por qué no lo dijiste desde el principio? —Soltó al niño de forma abrupta—. Vengo desde Victoria, ¿eh? —Se asomó de nuevo al vestíbulo—. Qué idiotez —murmuró. El reloj del vestíbulo marcaba las nueve y media—. Bueno, al menos sigue estando abierto. —Se dirigió hacia la puerta y se detuvo un instante para mirar a Hubert. La luz de la lámpara encima de la puerta iluminaba el piso recién pulido sobre el que estaba, de modo que su figura robusta parecía estar parada a la orilla de un mar de oro—. Qué idiotez… —repitió Millard lentamente—. Bueno, le dejaré un recuerdito mío, para que no me olvide. —Dio un paso al frente, alzó una de sus pesadas botas y la azotó con toda su fuerza sobre los tablones del suelo.
Hubert escuchó las pisadas que se alejaban por el sendero frontal y luego el chasquido de la verja. Después de eso, silencio. Fue hacia la puerta y se arrodilló para mirar el suelo. El casquillo de las botas había dejado hendiduras profundas en la madera lisa. Hubert acarició los agujeros, como un rastreador que examina las marcas del enemigo que ha pasado por ahí antes. De pronto recordó el reloj de Madre y las iniciales grabadas con delicadeza: C. R. H. Al pasar los dedos por las mordidas del casquillo en el suelo, le pareció que el diseño regular, al igual que las iniciales alambicadas del reloj, estaba grabado en algún código y que era indispensable descifrar su mensaje secreto para que todo volviera a ser claro y pulcro. Sintió una tranquilidad inesperada al agacharse junto a los tablones heridos, como si reafirmaran la vacuidad de la casa.
Luego se puso de pie. Al parecer había pasado mucho tiempo desde que salió de la cocina. Apagó la luz del pórtico y le cerró la puerta a la noche primaveral del exterior. Hacía rato que era hora de irse a la cama.
IV

—¿QUIÉN ERA, HU? —PREGUNTÓ ELSA.
Antes de contestar, Hubert ocupó su lugar en la mesa y tomó su taza de chocolate, que para entonces estaba helada. De pronto se sintió exhausto.
—Un hombre —dijo—. Lo mandé a volar.
—¿Qué quería?
—Lo mandé a volar. —Le estaba costando mucho trabajo mantener los ojos abiertos, a pesar de la pregunta que le retumbaba en la mente. Se obligó a abrir los ojos y mirar alrededor. Todos estaban bastante adormilados y tenían poco interés en la identidad del visitante desconocido. Ni siquiera Elsa intentó ahondar en ello.
—¿Por qué no calientas tu chocolate, Hu? Seguro ya se enfrió.
Él meneó la cabeza.
—Da igual. De cualquier forma, ya no lo quiero. —Había ocurrido algo, pero ninguno de sus hermanos parecía darse cuenta. “No sirve de nada quedarse ahí sentados”… Las palabras parecían salidas de los labios de Madre, pero dirigidas sólo a la mente de Hu. Debían hacer algo, tomar alguna decisión—. Hay que llevar a arreglar el reloj de Madre. —Los chiquillos lo miraron, desconcertados—. Dije que hay que llevar a arreglar el reloj de Madre. —Eso era. Eso era lo que debían hacer. Era tan obvio que por eso lo anunciaba en voz tan alta y desafiante.
—¿Por qué, Hubert? —preguntó Elsa.
—Porque es lo que hay que hacer.
—Pero, ¿por qué?
—Tengo sueño —murmuró Gerty.
—¿Por qué no lo arreglas tú? —dijo Dunstan.
Hubert frunció el ceño.
—No sé si pueda. Pero podría llevarlo con el relojero. Él se hará cargo.
—No entiendo por qué es necesario arreglarlo —insistió Dunstan.
—Explícanos, Hu —intervino Elsa.
—Porque…, ¿no lo ven? —Recordó las incontables ocasiones en que se había llevado el reloj a la oreja para escucharlo y las ocasiones en que lo había mirado fijamente con la intención de no perderse el movimiento del minutero. Ahora estaba solo en la mesa de noche de Madre, roto, marcando la misma hora por siempre…, diciendo una mentira. No era correcto—. Porque dijiste que todo seguiría igual, Elsie. Eso dijiste. ¿Cómo podría ser igual si el reloj de Madre está descompuesto?
—No seas bobo, Hu, no me refería a eso —contestó Elsa.
—Pero, Elsie…, todo debe seguir adelante. ¿No lo ves? Tenemos que…
Diana se puso de pie para interrumpirlo.
—Se debe quedar como está, Hubert —declaró y alzó la cara, de modo que la cabellera rubia le cayó hacia atrás—. Es lo que Madre querría. —No lo miró a los ojos, ni a él ni a nadie más, pero sus palabras fueron contundentes, a pesar de su gentileza.
De pronto Hubert se sintió indefenso.
—Pero, Dinah…
—Además —agregó Dunstan—, si quieres saber qué hora es, puedes ver el reloj de la entrada o el de la cocina.
—A ver, chicos, es hora de ir a dormir. —Elsa se puso de pie y los demás siguieron su ejemplo. Sólo Hubert permaneció sentado. Miró el reloj colgado arriba del fregadero. Era eléctrico. Y el delgado segundero rojo recorría de forma imparable la esfera del reloj. Giraba de forma tan fluida y constante que a veces daban ganas de que fuera más rápido o más lento, o de que simplemente se detuviera. Pero Hubert pensó que no era como el reloj de Madre. A aquel segundero… no le importaba nada; simplemente seguía adelante.
—¡Hubert!
Bajó la mirada.
—Dime.
—¿Ayudas a Jiminee a lavar los platos? Dinah y yo arroparemos a los peques.
—No soy peque —intervino Willy con voz somnolienta.
—Está bien —dijo Hubert—. Está bien. Lo haré.
Jiminee ya estaba juntando las tazas.
—Pi-pi-pido lavar —dijo.
Hubert echó la silla hacia atrás.
—Yo seco entonces.
—Ah, y, por favor, Hubert —dijo Elsa desde la puerta—, no olvides apagar las luces cuando subas.
Hubert asintió.
—De acuerdo.
Tomó la toalla del perchero y se paró junto al fregadero a mirar cómo la boquilla del grifo escupía agua. Y no pudo evitar pensar que Elsa tampoco entendía nada, en realidad.
V

JIMINEE LO SIGUIÓ POR LAS ESCALERAS.
—¿Cómo era ese ho-ho-hombre, Hu? —le preguntó.
Hubert hizo una pausa en el rellano frente a la biblioteca y se asomó al pasillo.
—Un hombre cualquiera —dijo.
—¿Q-q-qué tipo de hombre?
De repente Hubert no quiso seguir subiendo las escaleras que llevaban al cuarto de Madre.
—Mira, era un tipo alto, con bigote.
—¿Como el otro hombre?
—¿Cuál otro hombre? —Hubert caminó hacia los interruptores de la esquina para apagar la luz del vestíbulo.
—El otro hombre que vino.
—¿De qué hablas? ¿Cuándo?
Jiminee sonrió.
—N-n-no me acuerdo cuándo. El otro d-d-día. También era de noche y…
—¿Y qué? —preguntó Hubert.
—Y… Madre abrió la puerta. Y lo m-m-mandó a volar…
—No recuerdo que viniera ningún hombre. Creo que lo alucinaste.
La sonrisa de Jiminee se desdibujó, pero luego regresó con más fuerza.
—Pero la oí, Hu. Le dijo: “V-v-vete y no v-v-vuelvas jamás”. La oí.
El cansancio de Hubert se esfumó.
—¿Cuándo?
—Ya t-t-te dije. No me acuerdo, Hu.
—Trata de recordarlo, Jiminee.
—No p-p-puedo…, ya sabes que no p-p-puedo. —La voz le temblaba.
Hubert apagó la luz del rellano intermedio, de modo que sólo la luz del rellano superior los iluminaba.
—¿Cómo pudiste escuchar algo así, Jiminee? Debías estar en la cama.
—No sé, Hu. Pero l-l-lo oí.
—¿Estabas caminando dormido de nuevo?
—Supongo.
El tictac del reloj del vestíbulo parecía retumbar con más fuerza en la oscuridad. Hubert sabía que no tenía caso hacerle más preguntas a Jiminee; sólo lo alteraría y empezaría a mentir. Nunca servía de nada preguntarle cosas a Jiminee.
—Perdón por decir que alucinaste, Jiminee.
—Está bien.
Jiminee no tenía malicia alguna. Hubert suspiró.
—Supongo que debemos subir —dijo, pero no quería moverse. Por un momento deseó compartir habitación con Jiminee y no con Dunstan, a pesar de que hablaba dormido y caminaba sonámbulo por la habitación.
—¿Hu?
—Dime.
—¿No te da miedo la oscuridad, Hu?
—No, no mucho.
—N-n-no, a mí tampoco. Me gusta —dijo Jiminee, y Hubert pensó que era cierto, pues su hermano jamás prendía las luces si debía subir a buscar algo. Era casi como si él también pudiera ver en la oscuridad—. Pero a Dinah sí —continuó—. Siempre le da miedo l-l-la oscuridad.
—Ya sé. Pobrecita Dinah.
—Sí, pobrecita. Qué pena. Hay m-m-mucha oscuridad, ¿verdad, Hu?
Hubert tomó a su hermano del brazo.
—Vamos a dormir ya.
La escalera de roble era lo suficientemente ancha como para que subieran tres chiquillos tomados de los brazos. Al llegar al rellano principal se hacía más angosta, y los escalones que llevaban al piso superior eran más altos; ahí estaban las habitaciones de los niños. El rellano principal llevaba a la recámara de Madre, al estudio de Hubert y al cuarto vacío donde había un piano vertical. Ninguno de los dos miró hacia la recámara de Madre, y siguieron hacia el rellano superior. Hubert se apresuró, como si no fuera Jiminee quien venía atrás de él, sino una ominosa criatura silenciosa, proveniente de la oscuridad.
—¿Por qué corres, Hu? —le preguntó Jiminee al llegar a la cima de la escalera.
Hubert se detuvo bajo la lámpara del rellano, y la presencia de sus hermanos en sus respectivas habitaciones le infundió cierto alivio.
—No corrí —contestó—. Pero ya es hora de dormir. Tenemos muchas cosas que hacer mañana.
—B-b-buenas noches, pues.
—Buenas noches, Jiminee.
Al entrar a la habitación que compartía con Dunstan, el pretexto que le dio a Jiminee para subir corriendo —eso de que “tenemos muchas cosas que hacer mañana”— le cayó sobre los hombros con la misma fuerza opresora que había sentido en la cocina. ¿Qué iban a hacer?
La luz de la luna iluminaba la habitación, y Hubert notó que había un trozo de papel sobre su almohada. Lo abrió. La luna era tan luminosa que le permitió leerlo sin problemas. La nota decía: “Te veo en el cuarto de Madre a las siete. Elsa”.
Tras desvestirse y meterse a la cama, intentó tranquilizarse pensando que al día siguiente decidirían lo que se debía hacer. Elsa era buena para tomar decisiones. Se llevó la mano a la cara y, justo antes de conciliar el sueño, percibió en sus dedos el aroma a lavanda del jabón de Madre.
VI

ELLA SE LEVANTÓ ANTES QUE ÉL y estaba parada junto a la ventana cuando él entró. Se saludaron mutuamente en silencio. Ella ya había limpiado. Madre yacía horizontal en la cama; tenía la cabeza cubierta por la sábana y ya no le caía el brazo por un costado. Un rayo amarillo del sol matutino rozaba el muro sobre la cama. Hubert desvió la mirada. El aroma de la mañana veraniega inundaba la habitación.
—¿Entonces? —preguntó al fin.
—Estaba esperando a que llegaras. Encontré la llave del escritorio. —La mostró sobre la palma de su mano.
—¿Dónde la encontraste?
Elsa sacudió la cabeza.
—Iré a abrir el escritorio.
—Pero… Elsa… —titubeó; nadie había visto jamás el interior de ese escritorio.
—Pero, ¿qué?
—¿No sería mejor esperar…? O sea, ¿crees que debamos?
Elsa volteó hacia el escritorio y metió la llave en la cerradura.
—¿Por qué no? Tenemos que saberlo, ¿no crees?
—Sí, pero… Creo que deberíamos dejárselo a… a quien…
—¿A quien qué, Hu?
—A quien le digamos… lo de Madre.
Elsa apretó los labios.
—No le diremos a nadie lo de Madre.
Hubert se quedó boquiabierto. Miró a su alrededor. Ninguno de ellos se atrevía a discutir con Elsa cuando ponía esa cara. Hubert miró entonces la silueta blanca sobre la cama y no tuvo más remedio que recomponerse.
—Debemos decirle al médico. Eso es lo que uno debe hacer cuando alguien muere. Debemos hablarle al médico.
—El médico —repitió Elsa en tono burlón, pero seguía sin girar la llave—. ¿Cuál médico?
—No sé. —Hubert frunció el ceño—. No, sí sé. El que está en la esquina de la calle principal, con el anuncio de latón. “Dr. Joshua Meadows”, dice. Eso significa que es médico, ¿no? A él le diremos.
—¿Crees que Madre querría que se lo dijéramos a un médico?
—Eh… —Hubert sabía que la respuesta era “no”. A la mente le vinieron frases que había escuchado con excesiva frecuencia: “Eso de los médicos… si no puedes mantenerte vivo sin toda esa basura sin sentido, más vale que te mueras”.
—Tenemos que decírselo a alguien, Elsa. ¿Qué hay del funeral?
—No habrá ningún funeral, Hubert.
—Pero debería haberlo. Debería…
Elsa inhaló profundo.
—No habrá ningún funeral y no se lo vamos a decir a ningún médico de pacotilla. Nadie lo sabrá, salvo nosotros.
—Pero no podemos mantenerlo en secreto —susurró Hubert.
—Claro que sí. Ya lo tengo resuelto. Lo hicimos durante todo el tiempo que Madre estuvo enferma, ¿no? Así que igual nos las arreglaremos. ¿O eres un hombre de poca fe, Hu?
Hubert bajó la mirada. Despacio, con la punta del zapato trazó el diseño desvanecido de la alfombra.
—No —contestó—. Claro que tengo fe. —Por unos instantes se quedó completamente absorto en los arabescos de la alfombra. Luego se enderezó y miró a su hermana a los ojos—. Está bien. Ábrelo.
Elsa giró la llave y abrió la tapa del escritorio. Ambos miraron la estructura de cajones y huecos rectangulares.
—Ahí está el cuaderno de ahorros —dijo Hubert.
Elsa asintió; metió la mano en una de las casillas y lo sacó. Pasó las páginas hasta llegar a la última entrada.
—Saldo —leyó—: cuatrocientas treinta y tres libras, seis chelines y tres peniques.
—Es un montón de dinero —dijo Hubert.
—No, no lo es —contestó Elsa—. No durará mucho. Sólo es un ahorro. Dinero para los imprevistos. Yo ya sabía que estaba ahí. Lo vi cuando Madre me envió a sacar dinero de la oficina postal.
—Y…, ¿este no es un imprevisto, Elsie?
Ella guardó silencio y sólo se inclinó sobre el escritorio para tomar un atado de papeles. Les quitó la liga que los mantenía unidos, cogió el de hasta arriba y lo puso sobre el escritorio para que ambos pudieran leerlo.
—Señora Violet E. Hook, número 38 de Ipswich Terrace —leyó Elsa en voz alta—. Adjunto, usted encontrará un cheque por cuarenta y un libras, trece chelines y cuatro peniques, con motivo de la pensión que maneja con nosotros, correspondiente al mes de abril.
—¿Qué significa eso? —preguntó Hubert.
—Bueno, significa que cada mes Madre recibe este dinero.
—¿Qué es un cheque?
—Es un papelito…, pero en realidad es dinero. Le pones tu nombre atrás y lo llevas al banco rojo de la calle Marlowe, y ahí te dan el dinero. Dinero de verdad. El mes pasado, y el antepasado también, Madre me mandó a hacerlo. Así que ya sé cómo se hace.
—Ya veo —contestó Hubert. En realidad no entendía. Para él, cuarenta y un libras era muchísimo dinero además. Nunca había visto tanto dinero junto. Era muy distinto a las sumas que hacían en la escuela. Esto era auténtico. Pensó en la cantidad que recibían sus hermanos y él cada semana: Dunstan y él, un chelín; Elsa, dos chelines; Diana, un chelín y seis peniques; Jiminee, nueve peniques, y Gerty y Willy, seis peniques cada uno. La suma de todo eso no era siquiera una libra…, ¡y ahora tenían cuarenta y una!—. ¡Somos ricos! —exclamó.
Elsa levantó la mirada de la pila de cartas atadas con un cordón que acababa de sacar.
—No, claro que no. No somos ricos. Somos pobres. Eso dijo Madre. Por eso vamos a la escuela del ayuntamiento. Madre decía que en realidad no deberíamos estudiar ahí y que a su padre no le hubiera gustado. Eso decía. Pero tenemos que hacerlo porque somos pobres. No somos ricos. No empieces a hacerte ideas, Hubert. —Volteó el montón de cartas que tenía en la mano—. Mira esto.
Hubert se asomó por encima del hombro de su hermana. Se alcanzaba a ver una parte de la carta de hasta arriba. Hubert empezó a leer:
—…los dejaremos de a seis. Por ahora nos echamos porras y nos preparamos para correr. Hacia delante, claro está. Aquí las muchachas se tapan por completo con unos paños marrón que les cubren hasta el reloj y no permiten distinguir una sola parte de su cuerpo. Con razón nunca hay chicos por aquí. Me desanima, pero no tienes que preocuparte por tu siempre fiel… —La letra era grande, clara y fácil de leer. Elsa empezó a sacar la hoja del atado, pero luego titubeó.
—Tal vez no deberíamos seguir leyendo.
—Eso —dijo Hubert—. Es algo privado, ¿no?
Elsa miró el montón de cartas.
—Sí, debe de ser privado. Como sea, no tiene mucho sentido. —Con un dedo dobló la carta que sobresalía para mirar el reverso. Sólo se alcanzaba a ver el encabezado del lado derecho, que tenía anotado lo siguiente: 89216 C/S Hook C. R.
—¿Hook? —dijo Hubert—. Debe ser pariente de Madre.
Sin contestar, Elsa volvió a meter la carta bajo el listón y guardó el atado en el hueco correspondiente.
—Espera un segundito, Elsie —dijo Hubert—. Déjame ver eso de nuevo.
—Es algo privado, Hu. Tú mismo lo dijiste.
—Pero… podría ser importante. Hook, C/S… Yo sé lo que es. Cabo Segundo. Y C. R. son iniciales. C. R. Hook. C. R. H. ¡Eso es! —exclamó, casi sin aliento—, eso es lo que dice el reloj, Elsie. ¡Es lo que dice el reloj!
—¿Cuál reloj?
—Pues el reloj de Madre, ¿cuál otro? No me digas que nunca lo has visto. —Corrió a la mesa de noche y volvió con el reloj—. Mira. —Le mostró la inscripción en la caja del reloj.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Cómo sabías eso, Hu?
—No te fijas mucho en las cosas, ¿verdad, Elsie?
—Claro que me fijo en las cosas. ¿Cómo te atreves a decir eso? Me fijé en el cuaderno de ahorros, ¿no?, y en las cartas y los cheques, y, sobre todo, en ese cheque. Me fijé en eso, ¿o no? —dijo con voz desafiante, casi enfurecida.
Hubert cayó en cuenta de que no era miedo lo que sentía. Era algo extraño, algo que de alguna forma siempre había asociado con Jiminee. Titubeó, asombrado, pero luego dijo:
—Claro que sí, Elsa. No me refería a eso… Claro que te fijas en las cosas.
—¡Bien! —exclamó Elsa, quien seguía erguida en actitud de superioridad moral.
—Pero, ¿no es obvio? C. R. H… Debe de ser pariente de Madre…, de nosotros. Debe ser el hermano de Madre.
—Madre no tenía hermanos.
—Bueno, pues un tío… o un primo. Eso significa que tenemos un familiar, Elsa. ¿No lo ves?
—Ay, no hagas tanto alboroto, Hu —señaló Elsa con cierto desdén—. No es un tío ni un primo ni nada por el estilo. Si de verdad quieres saber quién es…, ¡es el esposo de Madre!
—¡El esposo! —susurró Hubert. Se quedó sumamente quieto, con la cabeza ligeramente ladeada—. Esposo —repitió. Alzó la mirada y se asomó al jardín, donde la suave brisa mecía las copas de los manzanos—. Entonces, Elsie…, eso significa que… ¡tenemos un padre! —Lo inundó una oleada de emoción que le burbujeó en el pecho hasta salirle por las orejas—. ¡Un padre! ¡Un padre! ¡Tenemos a alguien, Elsie! ¡Tenemos un padre!
Elsa lo interrumpió de forma abrupta.
—No, claro que no. No tenemos a nadie.
Hubert se quedó helado.
—O sea que… ¿también murió?
Elsa apretó los labios.
—¡Ojalá!
—¿Qué significa eso?
—Pues eso. Eso decía Madre. Me lo contó cuando estaba enferma. No quería tener nada que ver con él. Nunca vino a verla. Siempre huía. Madre decía que era hierba mala. Que no era un caballero.
—Pero es nuestro papá… ¡Seguro querrá vernos ahora! Seguramente nos quiere, ¿no? ¿No, Elsie?
—No tiene caso, Hubert. Madre decía que él nunca había amado a nadie que no fuera Charlie Hook. Ni siquiera nos conoce. ¿Cómo podría querernos?
—Pero tiene que. Tiene que.
—¡Hubert! Estás construyendo castillos en el aire. No nos quiere ni quiere vernos. Eso es todo. Sabía que no debía decírtelo. Creí que tú eras el más realista de todos —dijo Elsa. Hubert caminó despacio hacia la silla de mimbre junto al escritorio y se sentó. Bajó la mirada y se tapó la cara con las manos. Después de un rato, Elsa lo abrazó y apoyó la mejilla en la cabeza de su hermano—. No llores, Hu —le susurró. Él se apretó los puños contra los ojos—. Te quiero, Hu. No llores. Nos tenemos el uno al otro. Los unos a los otros.
Poco a poco fue suavizándose esa cosa rígida que tenía en la garganta, como si se estuviera atragantando con diamantes. Bajó las manos y abrió los ojos, y esperó a que las estrellitas parpadeantes se fueran apagando.
—Estoy bien —dijo finalmente. Se puso de pie, aún con el brazo de Elsa sobre el hombro—. Sigamos.
Empezaron a revisar trozos de papel, en su mayoría recibos, que estaban apretujados en los cajones, entre trozos de listón, sujetapapeles y estampillas viejas. Las únicas cartas que encontraron eran de vendedores. Un montoncito, atado con el mismo cuidado que las cartas de Charlie Hook, estaba etiquetado como “Sermones de Padre” y contenía medias páginas amarillentas cubiertas con una caligrafía tan pequeña que era indescifrable. El hueco del centro estaba vacío, salvo por un sobre alargado en el que Madre simplemente había escrito “Mi testamento”. Elsa lo volteó. No estaba sellado.
—Esto está bien, ¿verdad? —preguntó.
—Sí, creo que sí —asintió Hubert.
En el jardín, una paloma arrullaba.
Sacó la única hoja de papel que contenía el sobre y empezó a leerla.
—Escucha —le dijo a su hermano—. “Testamento y última voluntad. Yo, Violet Edna Hook, con residencia en el número 38 de Ipswich Terrace, en mi sano juicio dispongo por medio de la presente que todos los muebles y los contenidos de la casa, el dinero en mi cuenta de ahorros postal y todos mis efectos personales se los heredo a mis queridos hijos, Elsa Rosemary, Diana Amelia, Dunstan Charles, Hubert George, James McFee, Gertrude Harriet y William John Winston, para que se los dividan por partes iguales, como ellos consideren. Les dejo también mi bendición, con la confianza de que se querrán y, al no tenerse más que los unos a los otros, encontrarán consuelo y exhortaciones continuas en las palabras y los hechos de Nuestro Padre Celestial. A mi esposo, Charles Robert Hook, quisiera de todo corazón legarle el perdón que rezo que algún día merezca y el amor que él nunca ocupó sino como un puñal que me enterró en el corazón; a pesar de todo, siempre lo apreciaré. Violet Edna Hook.”
Las cortinas se mecieron despacio y la brisa estremeció la orilla de la sábana blanca que colgaba de la cama. En lo alto del muro, la franja de luz solar se había movido muy poco. “Violet Edna Hook”, pensó Hubert. Parecía alguien diferente a Madre. Caminó a la cama y miró la silueta oculta. De pronto visualizó la daga larga y afilada que perforaba la carne de Madre y la sangre carmesí que salpicaba y manchaba la sábana blanca. Luego desvió la mirada y, tras inclinarse, metió con cuidado la orilla de la sábana bajo el colchón.
—Elsa, ¿cómo puede el amor ser una daga?
Elsa alisó el testamento con las manos.
—No sé —frunció el ceño—. Eres muy extraño, Hu.
—Me pregunto por qué Madre nunca nos dijo que teníamos un padre —dijo él.
—Sí nos lo dijo…, aquí —le dio unos golpecitos al testamento—. Y también me lo dijo a mí. Y yo ya te lo dije: en realidad no tenemos padre. No debe importarte, Hu. Madre dijo que no habría hecho ninguna diferencia. No te importa, ¿verdad? A mí no. Le prometí a Madre que no me importaría.
Hubert habló despacio.
—Debió de ser una bestia.
—Sí —contestó su hermana con entusiasmo—. Así es. Es una bestia.
—¿No crees que…? ¿No crees que debamos decirle lo de Madre?
—¡Por supuesto que no!
—¿Los demás lo saben, Elsie? ¿Dinah sabe?
—No. Sólo tú y yo —contestó. Arriba se oyeron los gritos de uno de los niños. Hubert pensó que no tardarían en levantarse todos—. No dirás nada, ¿verdad, Hu? —preguntó su hermana, ansiosa.
Él negó con la cabeza.
—Noooo —dijo, pero no sonaba convencido.
—Por favor, Hu. Tú estás de mi lado, ¿verdad? Por favor no digas nada. ¡Te lo ruego!
Hubert observó la cara pálida y un tanto alargada de su hermana y percibió la franqueza en su mirada y su boca. Elsa, la más fuerte de todos, le estaba suplicando a él. Aquello que llevaba toda la mañana sintiendo se agudizó, ese inmenso vacío, como si algo que siempre hubiera estado ahí —tal vez su corazón— se le hubiera salido y dejado un boquete.
—Está bien —contestó—. No diré nada.
—¿Me lo prometes?
—Te lo juro por mi alma. —Alzó la mano e hizo la señal de la cruz sobre su pecho vacío.
Elsa asintió, satisfecha. Luego guardó el testamento en el hueco correspondiente y cerró el escritorio.
—Tendremos que reunirnos después de cenar…, todos nosotros.
—¿Por qué?
—Para tomar decisiones. Hay muchas cosas que decidir.
—Bueno…, ¿y por qué no lo hacemos en el desayuno?
Elsa lo miró fijamente, de nuevo con su peculiar expresión autoritaria y tajante.
—Porque tenemos quehaceres. Yo debo hacer la compra e ir por el dinero a la oficina postal y… Uy, hay millones de cosas por hacer.
—Y yo debo limpiar el salón y el comedor.
—Así es. Entonces nos reuniremos después de cenar.
—No podemos dejar de hacer las cosas sólo porque…, digo, tenemos que seguir haciéndolas, ¿verdad?
—Así es. Debemos seguir adelante.
Mientras Elsa hablaba, ambos escucharon un ruidito que provenía de la puerta. Era alguien girando la perilla desde fuera. Después de un ligero rechinido, giró, volvió a su lugar y luego volvió a girar.
—¿Quién será? —susurró Hubert.
De pronto escucharon un chasquido y la puerta se abrió hacia dentro. Willy entró dando tumbos.
—¡Willy! —dijo Elsa.
El pequeño le sonrió, pero luego se puso serio.
—Tienen que irse —dijo, y señaló a Elsa y luego a Hubert—. Elsa y Hubert tienen que irse. Quiero hablar a solas con Mawi.
Hubert dio un paso al frente.
—No se puede, Willy. Ya casi es hora de desayunar. Bajemos a hacer el desayuno —dijo e intentó tomar la mano de su hermano.
Willy reculó hacia la cama.
—Mawi siempre habla conmigo antes del desayuno. Ustedes váyanse.
—No se puede, Willy. —Hubert se le acercó rápidamente y lo tomó entre sus brazos.
—¡Suéltame! —El pequeño forcejeó con desesperación—. ¡Mawi —gritó—, dile a Hu que me suelte!
—Madre no puede oírte, Willy. —Cargó a su hermano. Willy pataleó tan fuerte como pudo mientras le lanzaba puñetazos a Hubert.
—¡Mawi! ¡Mawi! —gritó—. ¡Me llevan, Mawi!
Elsa corrió hacia ellos y le agarró los brazos.
—Basta, Willy. ¡Basta ya! —exclamó Elsa, y Hubert sintió que el pequeño se tensaba entre sus brazos. Willy miró fijamente a Elsa. Estaba lívido. Inhaló profundo y contuvo la respiración sin quitarle la mirada de encima a su hermana—. Mejor —dijo, soltándole los brazos—. Llévalo abajo, Hu.
Cuando Hubert empezó a avanzar, Willy gritó con todo el aire que tenía en los pulmones.
—¡Mawi! —gimoteó, y su grito desconsolado inundó la casa con tal intensidad que los niños del piso de arriba se quedaron paralizados y luego bajaron corriendo las escaleras.
—Llévalo abajo, Hu —insistió Elsa.
—¡Mawi! —gritó de nuevo. Hubert lo abrazó con más fuerza para sacarlo de la habitación. Los demás niños estaban en el pasillo, con los ojos bien abiertos mientras los veían pasar—. ¡Mawi! ¡Mawi!
En el piso inferior, el lamento se repitió de forma interminable, y Hubert sintió que hacía eco en su interior con la fuerza de mil voces. No era sólo el llanto de Willy, sino también el suyo, y el de Elsa, y el del resto de sus hermanos y hermanas, que los miraban con rostro pálido desde lo alto de las escaleras.
Hubert pensó que daría lo que fuera con tal de que su hermanito dejara de llorar.
VII

TOMÓ EL EXTREMO TRASERO DEL COLUMPIO, lo alzó y lo soltó como péndulo. El columpio subió hasta que los pies de Willy rozaron las hojas del manzano. Cuando bajó, Hubert volvió a impulsarlo.
—Cinco —dijo Hubert al soltar el columpio.
—¡Más alto! ¡Más alto! —gritó Willy.
—¡Seis!
Gerty le jaló la camisa.
—Es mi turno, Hu. —Dio algunos saltitos a su lado.
Arriba y abajo. Diez veces cada uno, y luego debía regresar a seguir con los quehaceres de la casa.
Entre las hojas se filtraban rayos de sol que bailaban sobre el tupido jardín. Hacía falta cortar el césped primaveral, pero esa tarea no la realizaban sino hasta finales de mayo. Sin embargo, parecía que el verano se había adelantado. En el jardín contiguo, el señor Halbert estaba parado sobre una escalera de tijera, podando los arbustos. De cuando en cuando, se detenía y se quitaba una hoja imaginaria de la cabeza calva. Y era una cabeza extraordinaria, pues resplandecía de forma majestuosa bajo el sol. Hubert se preguntó si sería cierto que la señora Halbert se la pulía todas las noches con cera Mansión. Con razón el viejo Halby la cuidaba tanto. Se inclinó hacia el frente y recortó, gruñó e hizo una pausa para darse una palmada en la cabeza. Tijeretazo, gruñido, pausa, palmada.
Nadie había oído hablar al viejo Halby, salvo cuando les daba los buenos días de mal humor. Pero eso era por las mañanas, cuando los chicos salían rumbo a la escuela, y Halby se veía muy distinto a esa hora, con la cabeza calva protegida por un bombín. Madre siempre les decía que no debían hablar con extraños, salvo que alguien se los presentara. Tal vez Halby opinaba lo mismo.
—Es mi turno, Hu —insistió Gerty.
—¡Ocho! —anunció Hubert—. Todavía faltan dos, Gert.
El jardín de los Halbert estaba pulcro y cuidado, a diferencia del de ellos. Tenía rosales bien podados y el césped recortado en bucles y círculos, con una pequeña pérgola de madera en una esquina e incontables setos ornamentales por doquier. Halby incluso tenía un rociador que emitía un zumbido constante mientras giraba sin parar. A veces, en verano, Hubert subía a su habitación por las tardes para mirar desde la ventana a los Halbert tomando el té en el jardín. El señor Halbert leía el periódico mientras la señora Halbert tejía. Casi no hablaban. Era un auténtico desperdicio que tuvieran un jardín tan hermoso y no hicieran en él más que leer y tejer.
Leer y tejer. Tejer y leer. Arriba y abajo.
—¡Diez! —anunció Hubert.
—¡Es mi turno! ¡Mi turno!
—Está bien, Gerty. —Mientras Willy bajaba del columpio, Hubert tomó a Gerty por las axilas para subirla al asiento.
—Puedo llegar más alto que Willy porque soy mayor, ¿verdad, Hu?
—Llegarás tan alto como un papalote, Gert. —Hubert alzó el asiento y la soltó—. Cuidado con los ladrillos, Willy —gritó.
Los ladrillos estaban apilados torpemente en la orilla de lo que Madre les había prometido que sería un auténtico jardín inglés desnivelado, pero que ahora no era más que un gran agujero cuadrado en medio del césped. Durante el invierno, el señor Stork había ido todos los jueves a cavar. A principios de marzo plantó semillas de pasto y pronto empezaría a recubrir las orillas con ladrillos, unos ladrillos amarillentos y viejos que consiguió en algún lugar incierto por unos cuantos peniques. A ninguno de los niños le agradaba el señor Stork; tampoco la señora Stork, que iba a hacer la limpieza. Los apodaban “los viejos Storktolos”, porque tanto la señora Stork como su esposo —a quien ella llamaba “mi tigre”— se la pasaban parloteando como cotorras y, sobre todo, les encantaba hacer montones de preguntas. Lo único bueno que tenían, según Madre, era que no cobraban mucho. “Pero yo sé más de pilotear aviones que Stork de jardinería.”
Cotorreo y parloteo. Parloteo y cotorreo. Arriba y abajo.
—Seis —dijo Hubert y empujó a su hermana con fuerza.
Por un instante cerró los ojos y sintió la calidez que lo rodeaba, anunciando la llegada del verano. Percibió la ligera fragancia de los lirios que florecían en el valle. Abrió los ojos y miró las filas ordenadas de azucenas tendidas en la sombra que proyectaba la casa. Sólo ellas no eran una desgracia para el jardín de los Halbert. De forma automática alzó la mirada hacia la ventana de la recámara de Madre, y luego hacia la del cuarto que compartían Dunstan y él. En ese preciso instante, un rostro blanco desapareció de la ventana. Pensó que debía de ser Dunstan y sintió un escalofrío repentino. Había ocurrido otras veces que se encontraba absorto, por lo regular haciendo algo en su taller, y al dar la media vuelta se topaba con Dunstan observándolo. “Sólo mirando”, contestaba Dunstan si le preguntaba qué estaba haciendo, aunque otras veces decía: “Los gatos pueden ver al rey”.
—Diez. Se acabó, Gert. —Detuvo el columpio.
—¿No puedo columpiarme sola, Hu?
—Bueno, está bien, pero no te vayas a caer.
Alzó la mirada al cielo y parpadeó para sacudirse el mareo del movimiento pendular. Había tres o cuatro nubes blancas y esponjosas acercándose. Suspiró. No quería entrar y dejar atrás el jardín, el sol, el columpio. En la casa debía de hacer frío. Pero había muchas cosas por hacer…, y después de cenar, la reunión.
Willy estaba construyendo una torrecita de ladrillos. Con gran concentración iba por ellos y los colocaba, después de examinarlos para asegurarse de que no estuvieran quebrados o rotos. Por un brevísimo instante, Hubert sintió deseos de ser como Willy. Luego descartó la idea, pero mientras se dirigía a la puerta trasera de la casa se preguntó si algún día tendrían su jardín desnivelado. Ese pensamiento era como una manita que oprimía su interior.
En el jardín contiguo, el viejo Halby seguía dando tijeretazos.
VIII

—A NADIE… NI A SU MEJOR AMIGO. ¿Entendido?
—¿Puedo decírselo a la señorita Deke? —preguntó Gerty.
—No. Ni a la señorita Deke ni a nadie. —Elsa recorrió con la mirada a los chiquillos sentados a la mesa—. ¿Saben lo que harán si se enteran? ¿Lo sabes, Dun? —Dunstan la miró fijamente, como si estuviera guardando un secreto, pero sólo negó con la cabeza—. Yo sí lo sé —continuó Elsa—. Nos sacarán de aquí. Nos sacarán a todos de aquí y nos pondrán en un hogar.
La cocina estaba en absoluto silencio; los niños bajaron la mirada, como si los hubieran descubierto.
—¿Qué es un hogar? —preguntó Gerty con voz tímida.
—Es un lugar con barrotes en las ventanas. Barrotes gordos de hierro, para que no te escapes. Y no te permiten salir, salvo cuando ellos dicen. Y te dan azotes. Te azotan con látigos, aunque hagas la travesura más insignificante. Ponen a las niñas en un lugar y a los niños en otro, y no les permiten hablar entre ellos. Si lo hacen, los azotan.
—¿Es c-c-como el m-m-manicomio? —preguntó Jiminee.
—Peor.
—¿Por qué nos pondrán en un hogar? —preguntó Gerty.
—Porque somos huérfanos, tonta. —Elsa hizo una pausa y luego agregó con tono solemne—. Le llaman institución.
—Institución —murmuraron entre ellos.
—Por eso no debemos permitir que nadie lo sepa…, salvo nosotros. Ni siquiera… el de la funeraria.
—El sepulturero —corrigió Dunstan.
—Sepulturero, pues. Ni él ni nadie. Si le decimos a alguien, nos delatará. Cualquier adulto nos delataría. Tendremos que hacerlo todo nosotros. —Su voz se fue agudizando—. Tenemos que encargarnos de Madre. Tendremos que enterrarla con nuestras propias manos. —Sus hermanos la escucharon con absoluta atención. Elsa continuó con voz temblorosa y apresurada—: La enterraremos en el jardín. Lo haremos esta noche, cuando nadie pueda vernos. Ni el viejo Halby ni nadie. Cavaremos una tumba y la pondremos en el jardín. Es donde ella querría estar. En el jardín, donde podrá descansar en paz y donde… donde…
—Donde podrá cuidarnos —intervino Diana en voz baja.
—Sí, donde podrá cuidarnos. Así es, ¿verdad, Hubert?
—Sí —contestó Hubert a regañadientes—. Supongo que es donde ella querría estar.
—La enterraremos entre los lirios —dijo Diana. Hubert volteó a verla, desconcertado por la confianza con que hablaba. Ella solía ser la más tímida de todos—. Como dice en el Libro…, entre los lirios. Así todo el tiempo sabremos que sigue ahí.
Jiminee se agitó en su asiento.
—¿Cómo puede estar ahí si está m-m-muerta?
—Su cuerpo estará ahí —dijo Hubert.
Diana sonrió.
—No, no sólo su cuerpo. Toda ella. Madre está con nosotros todo el tiempo. No debemos olvidarlo jamás. Está aquí, con nosotros, en este momento. ¿Cómo creen que podría dejarnos? Somos sus hijos. Ella está aquí. —Cerró los ojos y alzó un poco la barbilla, de modo que el cabello rubio le cayó hacia la nuca—. Estás aquí, ¿verdad, Madre?
Willy le dio un puñetazo a la mesa.
—¡Madre! ¡Madre! ¿Dónde está Madre?
Diana abrió los ojos.
—Está aquí, Willy.
—¿Dónde estás, Madre? No veo a Madre. Dinah, no veo a Madre.
—Pero eso no significa que no esté aquí, Willy. Por eso debes portarte mejor que nunca.
—¿Por cuánto tiempo?
—Pues por siempre. Ahora, Madre siempre estará con nosotros.
Willy frunció el ceño.
—¿Ya no se irá a dormir?
—No, ya no, Willy.
Willy volteó en todas direcciones.
—No te creo, Dinah. Me quieres engañar. Madre no está aquí.
—Sí, ¿d-d-dónde está, D-D-Dinah? —intervino Jiminee con inquietud genuina—. ¿C-c-cómo sabes que está aq-q-quí?
—Porque lo siento —contestó Diana con absoluta serenidad—. Porque tengo fe.
—Yo también lo siento —dijo Dunstan y cerró los puños con fuerza—. Willy y Gerty son demasiado chicos para sentirlo. Eso es lo que pasa.
—Yo lo siento. Lo siento. Sí, sí —afirmó Gerty.
—Yo también —dijo Willy.
Dunstan sonrió con desgano y se encogió de hombros.
—De acuerdo. Todos lo sentimos. Tú también, ¿verdad, Hubert?
A Hubert aquello no le gustaba nada, y Dunstan no tenía derecho a hacerle algo así, pero estaba acorralado, sin salida.
—Sí, supongo —contestó.
—¿Supones? —repitió Dunstan.
—Bueno, sí, puedo sentirlo, pues. —Si no hubiera sido por Diana, no habría permitido que lo manipularan de esa manera.
—Y Elsa, por supuesto, también… —dijo Diana sonriendo—. Estoy segura de que Elsa sabe tan bien como nosotros que Madre está aquí. Y Jiminee también. —Su voz tenía el mismo tono inexorable y la tersa confianza de las brisas otoñales que arrancan las hojas de los árboles—. Es obvio, ¿verdad?
Y, al igual que las hojas, los niños murmuraron su conformidad.
—A ver —dijo Elsa—, hay que ser sensatos.
—¡Sensatos! —exclamó Dunstan.
—Ay, Elsa —dijo Diana.
Hubert inhaló profundo.
—Lo que Elsa quiere decir es que tenemos que… tenemos que ir al grano, ¿verdad, Elsa? Las palabras no dan de comer, y necesitamos tener un plan, tenemos que…
—Así es. Hay muchas cosas que hacer y no sirve de mucho sentarnos nada más a parlotear sobre… cosas. —Se armó de valor—. Comenzaremos a medianoche. Con eso debe ser suficiente, y lo haremos por turnos. Gerty y Willy son demasiado pequeños para cavar, así que tendrán que irse a la cama. Y otra cosa: debemos descansar tanto como podamos esta tarde para tener fuerzas en la noche.
—A medianoche —repitió Jiminee—. ¡D-d-dios!
Elsa se puso de pie.
—Si hay algo en lo que no hayamos pensado aún, lo podremos decidir mañana. Y, claro, de ahora en adelante haremos estas juntas familiares más seguido.
Iba camino a la puerta cuando Dunstan alzó la voz.
—No nos respetas lo suficiente, ¿verdad, Elsa?
—¿De qué hablas?
—De que no nos respetas lo suficiente. De eso hablo. ¿Quién te dio derecho a encargarte de todo? ¿Quién te dio derecho a decidir? Tú no eres Madre.
Hubert se inclinó hacia delante y espetó:
—¿Entonces quién va a tomar las decisiones? ¿Tú, ratita de biblioteca?
Dunstan palideció. Se quedó callado un instante; cuando por fin habló, lo hizo con una dignidad de la que ninguno de sus hermanos había sido testigo antes.
—No llegaremos a ningún lado poniéndonos apodos, Hubert. Creo que deberías ser más maduro.
—Pues tú sí me pones apodos —le dijo Elsa.
—No te puse un apodo, simplemente pregunté… —Dunstan hizo una pausa—, sólo pregunté quién te dio derecho a decidirlo todo. No consultas nada con nosotros, ¿o sí? Las reuniones no solían ser así. Antes todos decidíamos…, todos. ¿Verdad que tengo razón, Hu?
—Antes las cosas eran distintas y lo sabes, Dun. Las reuniones navideñas y de cumpleaños eran sólo para decidir el regalo de Madre…, no se parecían en nada a esto. Era… —Hubert buscó las palabras para describir la diferencia—. Bueno, ahora todo es distinto. A eso me refiero.
Diana se puso de pie, apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia delante, mirando fijamente a Hubert.
—No, no. Te equivocas, Hu. Y mucho. Como ya dijo Elsa, nada ha cambiado.
Elsa la interrumpió al instante.
—Eso no es justo, Dinah, no dije que…
Diana sonrió.
—Creo —la interrumpió antes de que pudiera terminar— que deberíamos retirarnos a dormir.
Elsa se quedó callada. Uno a uno, los niños se pusieron de pie y siguieron a Diana hacia sus habitaciones. Al final sólo quedó Hubert, haciéndole compañía a Elsa. Pero no se miraron a los ojos. Hubert encontró una mancha de grasa sobre la mesa y empezó a frotarla con la punta del dedo. Estaba todo tan silencioso que incluso se escuchaba el zumbido del reloj eléctrico. Percibió el sabor a tarta de salmón en la boca y sintió un poco de náuseas.
Elsa fue al fregadero y volvió con un paño húmedo. Apartó la mano de Hubert y limpió la grasa con delicadeza. Ambos miraron fijamente la superficie húmeda y limpia.
—¿Qué hice mal, Hu?
Él negó con la cabeza y pasó la punta del dedo por encima de la capa de humedad.
—Debiste decirme… debiste decirme lo que planeabas que hiciéramos.
—Pero no… no crees que me equivoco, ¿o sí, Hu?
Hubert no alzó la mirada.
—No sé. No es una cuestión de estar bien o mal. Es que…
—¿Qué?
—No sé. —Quería que esa conversación se terminara.
—Es que… —Elsa agitó el paño húmedo que sostenía con la mano— nunca antes había visto a Dinah actuar así.
—Dinah está chiflada —contestó Hubert de forma abrupta. La mesa ya se había secado. Se puso de pie—. Lo hecho, hecho está. Y, si a esas vamos, todos estamos bastante chiflados.
—¿Hu?
Él la miró y enseguida desvió la mirada.
—¿Hu?
Hubert sacudió la cabeza de forma enfática.
—Me iré a acostar. —Pasó junto a su hermana de camino a la puerta, pero luego volteó a verla. Ella seguía ahí, parada con el paño en la mano, contemplándolo. Era pequeña, y eso lo enfurecía—. ¿Tengo monos en la cara o qué? —Elsa no tenía derecho a mirarlo así, como si fuera un niñito. Sabía que eso la haría llorar, y si no se iba de ahí, él también lloraría. ¡Chiflados!
Chiflados. Dejó a su hermana en la cocina y azotó la puerta al salir.
—¡Chiflados! —exclamó. Atravesó el pasillo corriendo y se metió al salón que rara vez usaban. De inmediato percibió el olor a cera para pulir y al polvo eterno del sofá acolchonado.
Hacía calor, con las ventanas cerradas y el sol que había brillado casi todo el día. Las ventanas se veían iluminadas y blancas, pero por lo demás el interior estaba oscuro, con las paredes cubiertas de papel tapiz marrón, los muebles oscuros y el tapete oscuro sobre el piso oscuro. Era como una iglesia lóbrega, aunque agradable y bien cuidada. Cuando Hubert tuvo sarampión y mantuvieron en penumbra el cuarto de arriba porque se suponía que la luz le lastimaría los ojos, se veía parecido a esa estancia. En aquella ocasión no tuvo tareas que hacer. Fue apacible. No tenía que pensar.
Se quedó parado en el centro de la habitación. Estaba cansado y débil…, casi como si tuviera sarampión otra vez. Poco a poco, el sol se ocultó detrás de las nubes, y el resplandeciente velo blanco de las ventanas se apagó hasta que sólo quedaron las cortinas.
Hubert suspiró.
No debía estar enojado con Elsa. No era culpa de su hermana. Si tan sólo le hubieran llamado a alguien, quizás al viejo Halby. A él podrían habérselo dicho. Estaba muy mal eso de enterrar un cuerpo en el jardín.
Un cuerpo…, ¡pero si era Madre!
Hubert se arrodilló.
—Señor —suplicó—, por favor no me permitas olvidar a Madre. Te lo ruego.
IX

NO HABÍA LUNA. La tierra junto al muro de la casa donde crecían los lirios era rocosa y dura. Tal vez sólo los lirios del valle podían florecer ahí.
La llovizna vespertina había humedecido la capa superior de tierra, por lo que cavar fue fácil al principio. Sin embargo, después de un rato, por mucho que lo intentara no conseguía hundir la pala más de cuatro o cinco centímetros. Una rígida barra de hierro le colgaba a Hubert de los hombros mientras cavaba. En la trinchera poco profunda, empujó la pala contra la tierra con todas sus fuerzas. Le dio una patada al filo para intentar que se hundiera más, levantó un puñado muy magro de tierra y lo tiró a un costado. Empujar, patear, levantar. Empujar, patear, levantar. Ya había dejado de contar hacía rato. Las piernas de sus hermanas y hermanos, como tallos erguidos y oscuros, lo rodeaban mientras trabajaba, pero ya también había dejado de percibir su presencia.
Hacía mucho había soñado que estaba parado en la cima de un altísimo acantilado, debajo del cual no había más que penumbra. Pero no era la oscuridad somnolienta del piso superior de la casa cuando apagaban las luces, sino la negrura gélida de la caída al vacío. Tuvo miedo. Al despertar experimentó una peculiar sensación de rigidez entre las piernas. Esta vez, con cada estocada de la pala y con cada extracción, volvía aquella sensación. Empujar, patear, levantar. De forma gradual, la pala y él parecieron convertirse en una unidad en movimiento cuya energía provenía de aquel núcleo rígido y palpitante.
—¡Shhh! —dijo alguien cuando la punta de la pala raspó una piedra.
Hubert siguió cavando. Decían que si cavabas lo suficientemente profundo llegabas a Australia. Empujar, patear, levantar… Australia. Sintió cómo el cabello le hacía cosquillas en la frente y percibió el olor de su propio sudor. Llegaría hasta allá, hasta Australia. Cuando uno de los costados se deslavó, no participó en el gruñido colectivo, sino que atacó la tierra recién desprendida. El temblor de sus brazos y el arco rígido de su mano no se comparaban con la manera en que vibraba todo su ser al pensar en Australia.
—¿Cuánto llevamos? Vamos a ver.
Hubert estaba levantando la pala cuando la luz de la lámpara de mano de Jiminee lo deslumbró. Parpadeó varias veces, mientras el haz de luz bajaba. Luego observó el agujero poco profundo, los bordes irregulares y la superficie dispareja.
—Debe ser al menos medio metro —dijo una voz optimista.
Hubert negó con la cabeza. La superficie tenía huecos marrones de donde había sacado las piedras. Pensó que se parecía a aquel queso agujereado. Debían de llevar horas ahí, ¡y esto era todo lo que habían logrado! La vibración en su interior fue menguando lentamente.
—Es mi turno, Hu —intervino Elsa.
Le entregó la pala y salió del hoyo. Le dolían tanto las piernas que apenas podía flexionarlas. Se enderezó y se alejó un poco de sus hermanos. Jiminee apagó la lámpara. Había empezado a llover.
Hubert alzó la cara para que la lluvia le mojara el rostro. El agua le refrescó la frente sudorosa como una mano fría. No había viento, y la llovizna era tan ligera que no hacía el menor ruido. Lo único que se escuchaba era la respiración de Elsa, el rasguño de la pala y la tierra fresca que caía en lo alto de un montículo contiguo a la tumba. Hubert cerró el puño y sintió la tensión de una ampolla incipiente bajo la mugre adherida a la piel.
El jardín estaba lleno de figuras negras y pesadas que de pronto se inflaban y luego se encogían mientras las observaba. La espesura de los árboles ocultaba la luz neón verduzca al otro lado del muro, y sólo las hojas de la copa resplandecían con su brillo. Hubert olió los troncos húmedos e intentó recordar los sucesos del día. Los Halbert se habían ido a dormir hacía mucho y las ventanas de las casas a lo largo de la calle estaban oscuras. Todo mundo estaba durmiendo, salvo por ellos. El jardín era un enorme foso lleno de noche. Aunque la oscuridad los ocultaba, no era muy reconfortante.
Un susurro de Elsa lo sacó de su ensimismamiento.
—Ustedes cuatro métanse o se morirán de frío. Iré cuando termine mi turno para que salga el siguiente.
Hubert se alejó de la tumba y siguió a sus hermanos a regañadientes. Cuando Dunstan encendió la lámpara de la cocina, la luz volvió a deslumbrarlo. Nadie tenía nada que decir. Permanecieron de pie, con las manos en los costados, como si hubieran cometido un delito.
Hubert miró el reloj y notó, sorprendido, que apenas era la una y media. Por un instante pensó que quizás el reloj de la cocina también se había detenido, pero el segundero seguía girando con absoluta confianza. Quizá sí lo lograrían, pensó.
—¿P-p-por qué no tomamos chocolate caliente? —preguntó Jiminee con timidez.
Durante unos segundos nadie le contestó. Luego Hubert intervino.
—Yo no quiero.
—No creo que sea apropiado beber chocolate ahorita —dijo Diana.
Jiminee se sorbió los mocos y se frotó despacio la nariz con el dorso de la mano, cuya humedad le limpió una franja de lodo en la mejilla. La inhalación ominosa de Dunstan era una señal de advertencia.
—Perdón, Dun —dijo Jiminee de inmediato.
Parecía hacer más frío en la cocina que afuera. Hubert se estremeció. La calidez vibrante que sintió al cavar se había esfumado por completo. Sentía frío en las rodillas y en el dorso de ambas manos. Habrían podido encender la estufa para calentar la habitación, pero Hubert no se atrevió a sugerirlo. Era como si se merecieran tener frío.
—Quédate quieto, Jiminee —le reclamó Dunstan en voz alta, con lo cual rompió el silencio y frenó el perpetuo baile tembloroso de Jiminee, cuya sonrisa iba y venía mientras intentaba mantenerse quieto. El único momento en el que Jiminee genuinamente dejaba de sacudir las extremidades era cuando estaba absorto dibujando.
Hubert quería decirle que no importaba, pero hablar implicaba un esfuerzo demasiado grande en ese momento. Se recargó en la mesa de la cocina y clavó la mirada en el lodo de sus zapatos. Los domingos les tocaba limpiar sus zapatos, pero quizás esta vez Madre lo pasaría por alto. ¡Madre! Alzó la mirada de inmediato, como si hubiera enunciado una blasfemia. Los otros no se dieron cuenta. Hubert los miró uno por uno. No se estaban fijando en él. Cada quien estaba absorto en sí mismo. Dunstan tenía el ceño fruncido, como de costumbre, como si estuviera viendo un sapo grande y feo que viviera dentro de él, pensó Hubert. Sonrió y contuvo las risitas explosivas que de pronto le inundaron el pecho. Miró a Diana… Tenía algo de bíblico: hermosa era la Diana de los efesios, aunque “hermosa” no era la palabra, sino otra. Siempre le venía eso a la mente al mirar a Diana. Y Jiminee, el pobre Jiminee, tenía la lengua de fuera para relamerse los labios antes de esconderla de nuevo. Estaban solos, muy solos. “¿Por qué no decimos nada?”, pensó Hubert, pero sabía que cada quien estaba en otro mundo. Quizás aunque gritara, ninguno de ellos lo oiría.
Para entonces empezó a hacer mucho calor. ¿Por qué Elsa no volvía? Ya se había tardado mucho, y la pobre Madre seguía esperando su frío lecho entre los lirios.
De repente ya no eran cuatro, sino cinco. Hubert parpadeó varias veces. Era Gerty. Estaba parada en el umbral de la puerta, con gesto adormilado y las trenzas sobre los hombros. El camisón azul, que había heredado de Jiminee el año anterior, aún le quedaba demasiado largo y casi se arrastraba, y las larguísimas mangas le ocultaban las manos.
—¿Qué quieres? —le dijo Dunstan.
—Lleta —balbuceó Gerty y caminó con decisión hacia la alacena.
—Galleta —dijo Dunstan—. ¡No puedes comer galletas cada vez que quieras! —Hubert ya no pudo contener la risa—. ¿De qué te ríes? —le reclamó Dunstan.
—De que siempre estás en contra de todo, Dun, ¿o no? No, no, no. Así es siempre contigo.
—¡Deja de reírte!
—No, no, no. Deja, deja, deja —canturreó Hubert en el frenesí de las risas.
—¡Cállate! —gritó Dunstan, pero Jiminee empezaba también a corear. Luego se unió Gerty, sosteniendo entre sus regordetas manos la lata de galletas.
—No, no, no. Deja, deja, deja. No, no, no.
Era una tonadita extraordinariamente pegajosa y ocurrente, con el potencial de volverse eterna. A Hubert lo hacía sentir tan débil que apenas si podía mantenerse en pie.
—Deja, deja, deja. No, no, no.
Ignoraban los gritos suplicantes de Dunstan.
—¡Cállense! ¡Cállense!
De la boca de Hubert salían risas burbujeantes y tan veloces que las palabras no alcanzaban a ser más que susurros agudos y faltos de aire.
De pronto algo emergió de la cabeza de Hubert y ascendió tan alto que casi llega al techo. Desde ahí pudo ver la cocina completa; veía a Jiminee bailoteando, a Gerty dándole palmadas a la lata de galletas y a Dunstan petrificado. Y se vio a sí mismo riendo y agarrándose el estómago. Y vio también a Diana, con los ojos bien abiertos y mirando uno por uno a sus hermanos.
Luego vio la puerta abierta y a Elsa entrar. Traía la pala en una mano, y con la otra intentaba quitarse de la cara un mechón de cabello que se le había salido de la coleta y le colgaba junto a la mejilla. Tardó un buen rato en acomodarse el cabello mientras observaba a los demás. No había ningún sonido, salvo por la voz de Hubert. Se escuchó a sí mismo, su voz menguante que seguía y seguía canturreando.
—No, no, no. Deja, deja, deja…
—Sus voces se oyen hasta en el jardín. —Mientras Elsa hablaba, de pronto aquella parte elevada de Hubert cayó del techo y se metió de nuevo a su cabeza.
Gerty dejó la lata de galletas sobre la mesa.
—Yo no fui la que empezó, Elsie.
—No —dijo Dunstan—, no fue Gerty.
—Jiminee —dijo Elsa—, deberías ser más responsable.
—Por favor no te enojes, Elsa.
—No estoy enojada…
—Tampoco fue Jiminee. Fue Hubert.
Diana meneó la cabeza.
—Fue muy grosero.
—Y merece un castigo —agregó Dunstan.
Hubert no escuchó sus palabras. La forma en que Elsa lo miraba resultaba dolorosa. Se le dibujaron dos circulitos rojos en las mejillas, lo cual significaba que estaba enojada. Sin embargo, cuando abrió la boca, sonó tranquila.
—Súbete las calcetas, Hubert —dijo Elsa. Él se agacho y tardó un largo rato en jalar las pesadas calcetas de lana hasta las rodillas y doblar el borde elástico por encima de la tela. Sentía que la sangre le retumbaba en la cabeza. Volvió a sentirse acalorado y muy débil—. Todos debemos recordar —continuó— que hemos de guardar silencio.
—Sí —murmuró Diana—, no hay que molestar a Madre.
Elsa titubeó un instante.
—No debemos molestar a nadie.
—Hubert merece un castigo.
—Pensaremos en eso mañana, Dunstan —dijo Elsa—. Ahora tenemos trabajo por hacer. Y es tu turno. —Le tendió la pala—. Vamos —dijo y le abrió la puerta trasera.
—Está bien. —Tomando la pala con firmeza, Dunstan fulminó de reojo a Hubert y azotó la puerta al salir.
Elsa le dio una galleta a Gerty y la mandó a dormir. Después de eso, empezó de nuevo la espera. Cada uno tomó una galleta, de las que reservaban para los domingos. Estaban rellenas de crema espesa. Hubert tenía la boca seca y apenas podía deglutir las migajas. Se limpió la crema de los dientes y le regaló a Jiminee el trozo que le quedaba. No se atrevía a mirar a Elsa.
Permaneció sentado en la silla de la cocina, esperando el regreso de Dunstan, de Jiminee, de Diana y de sí mismo. No recordaba haber salido ni haber vuelto. Simplemente estaba ahí, sentado a la mesa de la cocina, sintiendo oleadas de calor y frío que le recorrían el cuerpo. Las caras de sus hermanos y hermanas se fusionaban e intercambiaban y se separaban de nuevo, como un mazo de cartas siendo barajadas. Sentía la resequedad de las migajas de galleta en la lengua. Fue una larga espera. Cuando cerraba los ojos, sentía los restos de crema atorados entre los dientes. En una ocasión, al abrir los ojos, vio a Diana leyendo el libro. Y fue extraño, pues Diana nunca era quien leía. Quizá fue un sueño. No obstante, la escuchó, porque en medio del flujo susurrante y tembloroso de la lectura, las palabras se convertían en campanas individuales que Hubert podía comprender:
Y en sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campanillas de oro alrededor. Una campanilla de oro y una granada, otra campanilla de oro y otra granada, en toda la orla del manto alrededor.
Entonces llegó su turno. Volvió a estar a solas con la pala. Sin embargo, no lograba cavar con ritmo; había palabras mágicas que lo ayudarían, pero no lograba recordarlas. Campanillas y granadas, intentó recordar, campanillas y granadas. Tenía los brazos rellenos de algodón de azúcar y no podía alzar la pala. Por fin logró levantarla con debilidad, y una diminuta cascada de tierra y piedras cayó de nuevo al foso. Hubert dejó escapar una risita. Estornudó y sintió las risitas heladas en la garganta. Volteó ligeramente hacia el jardín, a la espera del ataque. Pero estaba todo muy quieto y, a pesar de que Hubert contuvo el aliento, no alcanzó a escucharlo. Estaba al acecho y, con cada momento que pasaba, lo acompañaba, a la espera. Se veía tan apacible, el pasto espolvoreado de luz de luna que se posaba sobre el césped, pero sólo era un truco.
Entonces escuchó el crujido de la puerta del jardín y movimiento entre las hojas. Debían de ser ladrones, ladrones que acechaban en la noche. Hubert se quedó paralizado, como una estatua, mientras las hojas se movían con sigilo. Mil navajas resplandecieron bajo la luz de la luna, preparadas y a la espera.
Ganarían, sin duda. Hubert supo desde el principio que ellos ganarían. No podía pedir ayuda a gritos. Lo único que los mantendría a raya sería que contuviera la respiración y mantuviera los ojos bien abiertos. Pero al interior de su cráneo, la sangre retumbaba de forma rítmica, cada vez con más fuerza, y Hubert no podría contener el aliento para siempre. El sonido del flujo sanguíneo lo mareó.
Ya no podía contenerlo más.
Tiró la pala y, con un veloz movimiento, cayó al suelo de la tumba y se puso boca abajo, en posición fetal. Se cubrió la cabeza con las manos y soltó el aire. Ya no importaba. Nada importaba. Esperó el ataque de las navajas, la embestida en la espalda que le perforaría la columna vertebral.
Tan fuerte como pudo, presionó las rodillas y los codos contra el suelo. Si tan sólo lograba lastimarse lo suficiente o sacarse suficiente sangre, quizá los ladrones le perdonarían la vida. Sin embargo, sabía que la realidad sería otra. Lo matarían ahí mismo, en la tumba, con sus navajas. Y luego sacarían las navajas de su cuerpo y se reirían, pues ya no sería necesario que siguieran guardando silencio. Eran despiadados.
Hubert empezó a temblar sin control.
Sintió el olor de la tierra endurecida desde hacía mucho y que nadie había tocado en siglos.
Cuando por fin abrió los ojos, estaba rodeado de verdor y luz del sol, y no en un agujero negro. Era un jardín tan distinto que apenas si lo reconocía. Estaba cubierto de todos los tonos de verde, rodeado de muros cubiertos de enredaderas verdes y grises, y arbustos casi azules y flores azules y rojas y anaranjadas, como caléndulas gigantes. El pasto era de un verde más claro, mientras que las hojas del manzano eran de un verde mucho más oscuro, como el de los berros. Del manzano colgaban frutos rojizos y anaranjados que no eran manzanas. Hubert estiró el brazo y una de las frutas se acomodó en su mano. Era redonda y grande, y Hubert se rio porque de inmediato reconoció que era una granada. Tomó otra y, al jalarla, la rama tintineó como campanillas, como en un cuento de hadas. Se estiró para verlas, pero estaban ocultas bajo la densa hojarasca. Al poner más atención, el aire que corría entre las ramas hacía que las campanillas tintinearan todo el tiempo, y entonces supo que estaban hechas de oro. De pronto, con una granada en cada mano, empezó a bailar al ritmo de la música de las campanas de oro. Sus pies descalzos se movían sobre el pasto suave, y el olor a flores y especias lo envolvió hasta cubrirlo con una túnica colorida. Bailó junto a la orilla de la alberca en el centro del jardín, y el agua reflejó la magnificencia de su túnica con tal claridad que lograba distinguir las diminutas granadas bordadas en ella, en tonos escarlata y azul y púrpura, mientras la tela se mecía al ritmo de las campanas de oro.
En la superficie del agua flotaban enormes lirios blancos sobre esteras verdes. De pronto se retiró la túnica y se lanzó entre los lirios al agua fría que lo refrescó del calor causado por el baile mientras nadaba entre las hojas amplias. Con mucha delicadeza, asentó las granadas encima de una de ellas. Era libre. Sabía que había estado excesivamente cansado, pero ya no más. Se recostó de espaldas a disfrutar el aroma de los lirios y escuchar la lejana música de las campanillas mientras la brillante luz del sol lo iluminaba. Su cuerpo se veía húmedo, resplandeciente y apacible.
En el cielo, el sol brillaba con gran intensidad y, mientras lo observaba, parecía hacerse más grande. Se expandía en el cielo y ya no parecía ser suave, sino rígido y amarillo. Hubert se talló los ojos e intentó voltear el rostro, pero de pronto el agua empezó a ejercer resistencia. La luz era tan brillante que lo hizo gritar, y con todas sus fuerzas intentó darse media vuelta, pero algo se lo impedía. Forcejeó para liberarse de la mano que lo tomaba del hombro y alzar los brazos para apagar la luz y aferrarse al jardín que se desvanecía.
—Hubert, despierta. Despierta, Hu.
—No le ilumines la cara con la linterna, tonto.
—Pero es que no quiere despertar.
—Pues sacúdelo.
La luz se apagó, pero alguien lo sacudía con fuerza. Entonces abrió los ojos.
—Ya, basta. Ya despertó. —Era la voz de Elsa.
Hubert no veía nada en medio de la oscuridad. No recordaba nada. Estaba tendido en el suelo duro y seguía mojado por el agua de la alberca. Sintió la camisa pegajosa y una humedad incómoda entre las piernas.
—Déjalo que se levante. Vamos, Hu, levántate.
—No puedo —susurró con dificultad.
Entonces una mano tomó la suya. Era Elsa; lo supo por la fuerza con que lo jaló para ayudarlo a ponerse de pie.
—¿Por qué demonios te quedaste dormido? —dijo Dun.
Estaba mareado, tan mareado como cuando contuvo el aliento. Parpadeó con fuerza.
—Había unos ladrones —balbuceó—; estaban esperando en el jardín.
—Ladrones —repitió Dunstan con tono burlón.
—¡Había ladrones!
—No digas tonterías, Hu —dijo Elsa.
—Pero ahí estaban, ¡ahí, ahí, ahí! —Mientras hablaba, rompió en llanto, y los espasmos del cuerpo, apaciguados por el sueño, atacaron al unísono.
Su llanto silenció a los demás. Hubert jamás lloraba. Dunstan, Dinah y hasta Elsa lo hacían…, ¡pero Hubert jamás!
Lo observaron, con la cabeza gacha, y escucharon el chirrido del pesar interno y el llanto con que lo expulsaba, pero ninguno sabía qué hacer para reconfortarlo.
Hubert no podía parar.
—¿Hubert?
—¿Hu?
Eran voces confusas pero afectuosas.
Hubert permaneció de pie, solo en medio de la tumba, y sollozó.
—¿Qué pasa, Hu?
—¿Te sientes mal?
De pronto, de forma muy abrupta, se sintió vacío y no pudo seguir llorando. Ya no había nada que sentir ni nada que temer. Estaba hueco por dentro. Ahora lo veía. Veía que el jardín era oscuridad pura. No lo iluminaba el sol ni había ladrones.
Tampoco había granadas ni campanillas. Ni había alberca alguna…, sólo el hueco de siempre en el lecho de los lirios. Apoyó las manos en las orillas, salió del foso y se enderezó. Estaba tan débil que el esfuerzo lo había agotado. Estaba bien, pero no podía dejar de temblar.
—¿Te sientes mal, Hu?
—Estoy bien.
Elsa le puso la mano en la frente.
—Pero si estás helado. Eres un tonto.
—¿Está enfermo? —preguntó Jiminee.
—Estás sumamente frío, Hu —dijo Elsa—. Creo que deberías irte a la cama.
—¿P-p-por qué no podemos irnos todos a la cama?
—No seas idiota, Jiminee —lo reprendió Dunstan con saña—. Tenemos que acabar esto, ¿no es cierto?
—¡P-p-pero ya terminamos, Dun! Ya es bastante grande, ¿no? —Iluminó el foso con la linterna—. Es bastante profundo.
—¿Cómo vas a saber tú si es bastante profundo?
Diana contestó en su lugar.
—Ya está bastante profundo, Dun.
—Bueno —contestó él con una modestia repentina—, aunque lo sea, igual tenemos que… que… ir por Madre.
—Sí —dijo Diana.
—Y para eso necesitamos a Hubert. Y él se va a ir a la c-c-cama. No podemos hacerlo sin Hu.
—Claro que podemos, Jiminee —Diana le acarició el hombro, como para aplacar sus dudas—. Niños —agregó—, ya es momento.
—Tendrán que esperar a que arrope a Hu —dijo Elsa.
Hubert no protestó. Le permitió a su hermana agarrarlo de la cintura y prácticamente cargarlo.
Habría sido incapaz de subir las escaleras por sí solo. Y tenía los dedos tan hinchados que ni siquiera pudo desabotonarse la camisa. Por alguna razón, no le importó que Elsa lo hiciera. Tampoco le importó que lo desvistiera ni que le quitara los pantaloncillos húmedos y lo metiera a la cama. Seguía completamente vacío, como un tronco que se ha quedado hueco.
Elsa lo hizo todo en la oscuridad. Hubert lo agradeció, pues no quería recordar aquel sol penetrante. Sólo quería olvidar y dormir.
Sin embargo, después de que Elsa se despidió y se fue, Hubert no logró conciliar el sueño. Pensó que tendría frío, pero en realidad le dio muchísimo calor, tanto que tuvo que apartar las cobijas, y aun así no se le quitó.
Calor y frío… Por un momento parecía que nada podía refrescarlo, y al siguiente era como si un viento gélido se metiera bajo las sábanas.
Mientras temblaba de frío, se dio cuenta de que Jiminee estaba a un costado de su cama.
—¿Hu? —dijo. Hubert intentó asentir—. Hu… sí había algo en el jardín. No eran ladrones, p-p-pero… ¿no quieres saber qué es? —Hubert apenas si lo escuchaba; era consciente de la manota, la manota de un hombre de nieve gigante que lo apretaba y lo agitaba sin parar—. Era Blackie. No eran ladrones. S-s-sólo Blackie. Alguien dejó la p-p-puerta del jardín abierta y Blackie se metió. Est-t-taba olisqueando el muro. Elsa se m-m-medio molestó, p-p-pero yo no fui. Tampoco fuiste tú, ¿verdad, Hu? Creo que fue Dun. D-D-Dun siempre sale por ahí a husmear.
—Pero Dun le tiene miedo a Blackie —logró balbucear Hubert.
—P-p-pero no era su intención. Fue un accidente, creo.
Hubert sintió paz por un momento. Sabía que en cuestión de segundos volvería a arder en llamas.
—¿Ya terminaron? —preguntó con voz ronca.
—¿Terminar? Ah, sí. No fue tan m-m-malo. Los otros están p-p-poniendo la tierra en su lugar. Se me ocurrió venir a decirte lo de B-B-Blackie. O sea, ¿sabes qué dijo D-D-Dinah?
Hubert no pudo contestar. El calor lo había abrumado. Lo único que quería era agua, pero no podía hablar. Sabía que el agua platinada de la alberca no estaba lejos, pero no podía alcanzarla. Sin importar cuánto batallara, jamás llegaría a ella.
—…para hacer un t-t-tab-ber… un t-t-templo… —Veía los lirios blancos que flotaban en el agua, y a lo lejos escuchó la música de las campanillas, las campanas y las granadas… — …como M-M-Moisés hiz-z-zo que Aarón c-c-construyera… — …granadas y campanillas…— …Dinah dice que hay q-q-que hacerlo por Madre, porq-q-que… —…de azul, púrpura y carmesí… y campanillas de oro.
VERANO

X

LA PUERTA DEL JARDÍN ESTABA CERRADA por dentro, a pesar de que Hubert había tenido cuidado de dejarla abierta cuando salieron a hacer las compras. Elsa y él se pararon en un lugar sombreado por los plátanos. Hacía mucho calor. Las copas de los árboles se mecían con indolencia por la ligera brisa y la brea del pavimento emitía oleadas de calor resplandecientes.
Se miraron en silencio. Hubert agarró la canasta de la compra por otro lado, pues tenía la palma pegajosa y marcada por las tiras de mimbre. Tendrían que rodear la cuadra para entrar por el frente.
Era una calle muy silenciosa. Las escuelas habían terminado clases el día anterior y casi todos los niños venían del otro lado de West Avenue. Pocos vivían en las casonas con terrazas que daban al parque, y quienes vivían en ellas asistían, en su mayoría, a internados. Durante el verano, muchos de ellos se iban a pasar las vacaciones junto al mar. De cualquier modo, bajo ninguna circunstancia se relacionarían con niños que asistían a escuelas del ayuntamiento.
Calles como Monmouth Terrace, Ipswich Terrace y Abergavenny tenían la típica apariencia desértica del verano. Hasta los perros echados a la sombra de las puertas de las casas pasaban prácticamente desapercibidos.
—¿Y luego? —dijo Elsa.
Hubert hizo una señal con la cabeza y emprendieron el camino. Le daba cierto gusto que no hubieran podido entrar por el jardín, y sabía que Elsa sentía lo mismo. De ese modo retrasaban un poco más tener que ver a la señora Stork. El temor constante de que la señorita Deke, la profesora, los descubriera se había esfumado con la llegada de las vacaciones. Pero la señora Stork, la vieja Storktola, reina del parloteo, seguía yendo todos los jueves. Cada vez que llegaba el día de la señora Stork, Elsa debía inventar una excusa para no ir a la escuela y quedarse cuidando a Willy, de modo que la señora Stork no lo sonsacara. Ahora que todos los hermanos estaban en casa, la señora Stork se empeñaría en sacarle la sopa a alguno de ellos. Era evidente que sospechaba algo.
Debieron deshacerse de ella hacía mucho. No debieron permitirle quedarse durante tanto tiempo. “Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”.
Hubert pisaba fuerte la franja sin pavimentar que flanqueaba la pared, y se formaban nubes de polvo alrededor de sus sandalias. No servía de nada pensar en lo que deberían haber hecho.
Dieron vuelta en la esquina de Ipswich Terrace. En esa calle no había árboles, salvo al final, junto al parque, donde todas las noches cuatro o cinco damas bien vestidas se reunían a conversar. Lo hacían incluso si llovía. Hubert había visto una vez sus rostros brillantes resguardándose de la lluvia con paraguas rojos y amarillos y púrpura, como carpas de feria. Ahora no estaban ahí; sólo había sol. Hubert se llevó la mano libre a la cabeza y se la pasó por el cabello. Estaba ardiendo.
La puerta delantera estaba cerrada, pero mientras cruzaban el sendero de entrada, se abrió de golpe y Gerty salió corriendo a recibirlos. Dos franjas de mugre le enmarcaban la nariz.
—¡Elsa! ¡Dun dice que Willy y yo ya no podemos salir!
Elsa frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Dice que ya no podemos salir al columpio…, al jardín. ¡Dile que no es justo! Sí podemos, ¿verdad, Elsie?
Elsa apretó el asa de la cesta con fuerza y se le dibujaron dos circulitos rojos en las mejillas, pero habló con serenidad.
—Tal vez lo dijo por algo en particular, Gert. ¿No te explicó por qué? Tal vez el columpio ya no es seguro.
—No, ¡no dijo por qué! Sólo dijo que no debíamos.
—Eres una mentirosa, Gerty Hook. —La voz de Dunstan cruzó el umbral de la puerta, y sólo la palidez de su rostro se percibía entre las sombras.
—¡Compórtate, Dunstan! —Elsa llevaba la barbilla en alto, luego de que las dudas de las semanas previas se hubieran esfumado.
Hubert se sintió repentinamente orgulloso de su hermana.
—Sigue, sigue —le murmuró.
—No toleraré que les digas a los peques lo que pueden hacer y lo que no.
Dunstan se quedó inmóvil en la puerta. En la opacidad del vestíbulo, sus palabras retumbaron con claridad y rigor.
—Dices que no lo tolerarás, pero no te das cuenta de ciertas cosas. No te das cuenta de que el jardín es un lugar de descanso… y no es apto para los gritos y las risitas tontas de Gerty. No te das cuenta de eso, ¿verdad, Elsa?
Elsa dio un paso al frente y entrecerró los ojos para distinguir mejor a su hermano entre las sombras.
—Ni una palabra más, Dunstan. Eres insolente y…
—Exacto. No soportas escuchar. Eres tú la que decide todo. A lo mejor te interesará saber que Diana está de acuerdo conmigo. ¡Úntale eso a tu pan y cómetelo!
Elsa temblaba de rabia.
—¡Me importa un comino lo que Diana piense! ¡Esto no es de su incumbencia! Si se decidió en la reunión familiar… Además, no puedes ir por ahí dando órdenes. ¿Quién te crees que…?
—¡Me vale! Siempre haces lo mismo. Supongo que no te importa lo que piense Madre, ¿verdad? —Por un instante su voz perdió el tono de reproche, pero luego lo retomó con más fuerza—. ¡Me vale que me tenga que importar!
Elsa desvió la mirada y le habló directamente a Gerty.
—Willy y tú pueden usar el columpio cuando quieran, Gerty.
Gerty empezó a esbozar una sonrisa. Miró a Hubert y, con delicadeza, se quitó su mano de encima del hombro. Con toda la calma de que alguien de cinco años es capaz, recorrió el sendero de la entrada y subió los escalones. Al pasar junto a Dunstan, lo miró directo a los ojos y le sacó la lengua, sin detenerse un segundo.
Dunstan se estiró y la tomó del brazo, la jaló hacia él y se acercó a ella con expresión intimidante.
—Escúchame bien, Gerty. Eres una mentirosa, y eso es pecado. Y los pecadores tienen que pagar por sus pecados. Si te subes una vez más al columpio, Dios te castigará. Te arrancará las entrañas, vas a ver, porque eres una pecadora.
Gerty forcejeó en silencio. Por un instante Hubert se quedó inmóvil, pero luego tiró el canasto al suelo y corrió hacia sus hermanos.
—¡Déjala en paz! —gritó.
Cuando Dunstan alzó la mirada, desconcertado, Gerty se liberó y se escabulló en la oscuridad del vestíbulo.
Hubert le dio un puñetazo en la cara a Dunstan, que se tambaleó hacia atrás. Sus pies se resbalaron en el tapete raído y cayó de espaldas. El golpe hizo que las gafas se le cayeran de la nariz y le quedaran colgando de una oreja. Confundido y a ciegas, pero sin titubear, Dunstan se apoyó en las manos para sentarse.
—Te lo merecías —le dijo Hubert, quien en ese momento se percató del dolor en el puño. Y se lo dijo más como pretexto que como justificación. De pronto su enojo también se escabulló. Se asomó hacia el vestíbulo, como si fuera a encontrarlo en la bandeja plateada que la señora Stork había olvidado pulir una vez más o en la helada jovialidad de los cazadores galopantes que colgaban de la pared. Dunstan se levantó despacio y, con torpeza, se puso de nuevo las gafas—. Te lo merecías —murmuró Hubert de nuevo.
Dunstan dio un paso al frente.
—¡Me tiraste los lentes! —exclamó fulminando a su hermano con la mirada. Hubert no se atrevió a verlo a los ojos; miró hacia arriba, hacia abajo y hacia los tablones del suelo, que aún conservaban las marcas brillantes que había dejado la bota del Sargento de Vuelo Millard—. Me tiraste los lentes —repitió Dunstan e hizo una pausa—, y nunca se me va a olvidar. —Se dio media vuelta y subió corriendo las escaleras.
Iba a la mitad cuando Hubert le gritó:
—¿Y qué hay de lo que tú le hiciste a Gerty? —¿Por qué sonaba tan poco convincente si tenía la razón? Dunstan ni siquiera volteó a verlo.
Hubert se quedó largo rato en la misma posición. Dunstan le había pegado a Gerty y él le había pegado a Dunstan. Era lo justo…, sí, era lo justo. Sin embargo, últimamente Dunstan encontraba la forma de hacer que lo justo y lo injusto parecieran algo irrelevante o hasta tonto.
—No debiste pegarle, Hu.
Hubert apenas volteó a ver a su hermana.
—Se lo merecía.
—Tal vez. Pero tenemos que ser un equipo, Hu. No debemos pelear entre nosotros.
—Pero lastimó a Gerty. Y nos cerró la puerta del jardín adrede, ¿no? —En ese momento se enfureció con su hermana.
Elsa suspiró. Se dirigió a la mesa del vestíbulo y tomó un sobre. Lo miró por encima y se lo guardó en el bolsillo del vestido.
—¿Una carta? —preguntó Hubert. Elsa asintió—. ¿No vas a abrirla?
—Ahora no. Hay que lidiar con la señora Stork. Ve a ver dónde está. Yo llevaré los cestos a la cocina. —Se estiró para tomar la campana de latón que estaba junto a la bandeja del correo. No hizo sonido alguno; desde que tenían uso de razón, aquella campana no tenía badajo.
—Elsie, ¿crees que sea cierto que Diana les dijo a los peques que no pueden usar el columpio?
Elsa agitó la campanilla.
—Claro. Sabes que Dunstan es incapaz de mentir. —La posó con delicadeza sobre la mesa y le sacudió ligeramente el polvo con la mano—. Más vale que vayas a ver dónde está la señora Stork.
Hubert se agachó para estirar el tapete.
—De acuerdo —contestó.
XI

JIMINEE ESTABA ARRIBA, en el taller de Hubert. Se había sentado ante la mesa junto a la ventana y estaba absorto en sus dibujos.
Hubert lo observó. Era curioso que las excentricidades de Jiminee se esfumaran cuando dibujaba. La agitación nerviosa de sus extremidades desaparecía y su mano se desplazaba con exactitud y firmeza. Cuando Jiminee traía una crayola en mano, nadie se atrevía a decirle lunático. Lo mejor de todo era que le gustaba trabajar a solas, pero, aun cuando cedía a las insistencias de sus hermanos —“¡Dibújanos algo, Jiminee, por favor!”— y se sentaba a la vista de todos, la sonrisa titubeante desaparecía y, como por arte de magia, Jiminee se convertía en otra versión de sí mismo.
Hubert no quería interrumpirlo. Ver a su hermano menor trabajando le ayudaba a olvidar a Dunstan. La calma de Jiminee inundaba la habitación y la convertía en un lugar apacible. De pronto Hubert entendió por qué Jiminee cambiaba tanto cuando dibujaba, y era porque se sentía seguro. No tenía nada de que huir, como ocurría cuando lo acosaban en la escuela durante el recreo, ni tenía que quedarse quieto, pálido y fingiendo una sonrisa cuando lo acorralaban en una esquina; se sentía seguro… e intocable. Eso era. Hubert recordó que, cuando Jiminee recién empezó a ir a la escuela, se negaba a salir al patio en los descansos —hasta que la señorita Deke lo obligó a “relacionarse con sus compañeros”— y se quedaba en su pupitre, dibujando. Un día, Bill Chance —a quien apodaban “Gordo” a sus espaldas— le arrebató el lápiz e hizo una danza de guerra alrededor del pupitre, mientras sostenía en alto el lápiz de Jiminee. Pero nadie siguió su ejemplo, por lo que al poco rato el Gordo le devolvió el lápiz y se fue. Después de eso, nadie —salvo por la señorita Deke— volvió a interrumpir a Jiminee mientras dibujaba.
Hubert inhaló profundo y exhaló despacio y con delicadeza.
—Jiminee —dijo—, ¿has visto a la señora Stork?
Jiminee hizo una pausa, meneó la cabeza y volvió a lo suyo.
—¿Quién busca a la señora Stork? Ah, eres tú, cariño. —La señora Stork se asomó por el umbral de la habitación vacía—. Sólo estoy oreando un poco el cuarto. —Agitó un trapo azul que hacía las veces de sacudidor y luego se lo llevó a la frente brillosa para secársela—. Hace calorcito, ¿no? ¿Qué puedo hacer por ti?
La señora Stork tenía un porte regordete y alegre que su cara alargada, pero con una gran papada, desmentía. Siempre sudaba —olía a queso— y se limpiaba con cualquier cosa que tuviera a la mano; alguna vez, Hubert la había visto limpiarse el sudor con las cortinas de encaje del salón principal. Más tarde volvió a la escena del crimen y encontró la cortina cubierta de manchitas negras.
—Elsa quiere hablar con usted.
—¿Ah, sí? Bueno, da gusto saber que hay alguien por aquí que no se encierra en su cuarto para no darle ni los buenos días a la vieja… —Se detuvo al ver la expresión de Hubert y agitó el trapo en dirección a él—. No me veas así, cariño, que no muerdo. Es culpa del calor. No me atrevería a molestar a nadie que estuviera enfermo. Si está enfermo.
—Le diré a Elsa que está aquí —dijo Hubert.
—De acuerdo. ¡Ay, mi alma! Berty… —dijo justo antes de que Hubert saliera de la habitación—, ¿puedes pedirle que me traiga una taza si ya hirvió la tetera? Me vendría bien sentarme un momento. —Miró a su alrededor y se percató de la presencia de Jiminee—. Ah, ahí está el calladito. ¿Qué haces, Jimmy? —Se le acercó por detrás y se asomó a ver su dibujo—. Qué artístico. ¿Qué es?
Jiminee soltó el lápiz.
—La c-c-costa.
—Muy lindo. ¿Se supone que ese es un hombre?
—Está pescando.
La señora Stork exhaló con fuerza.
—Bueno, pero nunca he visto una costa en la que haya sólo un hombre pescando. Deberías poner más gente por ahí, Jimmy. Siempre hay mucha gente en la costa. Pensé que lo sabrías.
—Es una c-c-costa solitaria.
—¡Solitaria! Bueno, pues a mí no me gustaría ir ahí de vacaciones. Ni de visita. ¿Qué son esas manchas amarillas en el agua?
—¿N-n-no sabe que el sol se r-r-refleja en el agua en verano?
—Quiero creer que he visto el mar unas cuantas veces más que tú. Y nunca he visto que se vea amarillo. Un mar amarillo. Como hecho en China o algo así, ¿no? —A la señora Stork se le salió una risotada—. Una costa chinita. —Jiminee volvió a tomar el lápiz y lo sostuvo, pero no lo hizo con la intención de dibujar, sino que sólo guardó silencio. Las risotadas de la señora Stork se fueron convirtiendo en resoplidos—. Como sea, qué bonito dibujito, querido. —Suspiró—. A mi John le gustaba sentarse a dibujar, como tú. Dibujaba cualquier cosa: serpientes y pajaritos y… —la señora Stork hizo gestos vagos— y arbolitos. Yo siempre decía que hubiera sido un genio con un pincel. Si siguiera vivo. Un genio. Pero nos lo arrebataron…, a mi tigre y a mí. Era más pequeñito que tú. Cinco años tenía. Cinco. —Cambió de lugar para poder ver la expresión de Jiminee—. En medio de la vida nos encontramos con la muerte. —La señora Stork se limpió de nuevo la frente con el trapo. Por la presión del gesto, las arrugas se le enrojecieron un instante—. Cuéntale tus penas a la señora Stork, Jimmy —le dijo—. ¿Tu mamita está muy mal?
Jiminee alzó la mirada. Comenzó a temblar y, en las comisuras de los labios, se le empezó a dibujar una sonrisa.
—C-c-creo que ahí viene Elsa.
La señora Stork volteó en el instante mismo en que Elsa y Hubert entraban a la habitación.
—Ay, Elsa, cariño, ya se me hacía raro que no aparecieras. ¿Me subiste el té?
—Apenas puse la tetera. Estará listo en unos minutos.
La señora Stork apretó tanto los labios que parecían el cierre de un monedero.
—Ay, bueno, tenía mucho antojo de un buen té.
—No tardará mucho. Madre me pidió que le dijera que no necesitaremos que venga durante las próximas dos semanas.
—Supongo que tendré que esperar, entonces. Llevo toda la vida esperando. Esperando que me llamen, esperando a que llegue mi tigre, esperando junto a la cama de mi Johnny cuando estaba enfermo. Ya debería estar acostumbrada, ¿verdad, chiquitines?
Elsa titubeó y Hubert se pegó un poco más a ella.
—Entonces, como no necesitaremos que venga las próximas dos semanas, debo pedirle su llave, señora Stork.
La señora Stork exhaló largo y tendido.
—Ya me lo imaginaba. Soy su hazmerreír, supongo. Siempre he dicho que ustedes son unos chiquillos un poco extraños, pero no está bien que sean crueles con una mujer de mi edad…
—Pero no es crueldad, señora Stork. Simplemente no la necesitaremos durante unas semanas. Eso es todo.
—¿Eso es todo? ¡Vienes a decirme que me vaya y esperas que me calme! ¡Y…!
—Sólo es una quincena…
—¡Una quincena! ¿Crees que nací ayer? Ya sé qué es eso de “sólo una quincena, señora Stork”. ¿Crees que no me han corrido antes? ¡Sólo una quincena! ¿Y quién te crees para decirme qué hacer, eh? ¿Por qué no sale la señora Hook a decírmelo en la cara? ¿Por qué no me lo dice en persona?
—Porque Madre está enferma. Está muy enferma y tiene que irse. Eso le dijo el médico, que tenía que irse a la costa y que…, pues nos iremos todos con ella y no estaremos aquí, así que…
—¡El médico! ¿Cuál médico? —dijo la señora Stork con un chillido agudo—. ¿Desde cuándo tu mamá ha querido ver médicos?
—Desde el otro día —dijo Hubert—, que el doctor Meadows vino a verla.
—¡Qué payasada! ¡Pero qué ridículo! ¿Esperan que sea tan tonta como para creer que la señora Hook pediría que viniera un médico? ¡Los odia! ¡A todos! Lo sé perfectamente. Sin lugar a dudas. Y vienen a decírmelo con tanta desfachatez. ¿Quién creen que los trajo al mundo, eh? ¿Quién creen que la cuidó y anduvo de arriba abajo por toda la casa para reconfortar a esa pobre alma en pena que gritaba de dolor y tristeza? ¡Yo, la señora Stork! Estas manos los cargaron cuando no tenían ni unos segundos de vida, cuando lloraban y gritaban para pedir lo que ahora dan por sentado. ¿No fueron estas manos las que calentaron el agua para bañarlos y limpiarlos, las que los envolvieron en sus mantitas? ¿No fueron estos los dedos que chuparon cuando ni siquiera podían abrir los ojitos y a su pobre madre no le quedaba más leche en el cuerpo? ¿No fueron estos ojos los que la vieron gritar de agonía, avergonzada por sus pecados? ¡Por sus pecados! Sí, porque eso son ustedes, bastardos, ¡todos ustedes! ¿Alguna vez la culpé? ¿Acaso estos labios le recordaron su vergüenza? ¿La ofendí alguna vez? ¡No! ¡Nunca! Su Madre no es tan pura como creen. Es tan humana como cualquiera, y entre más pronto lo sepan, mejor. Y se atreven a venir tan orgullosos, tan encopetados, pero van a ver que…
Con tanta fuerza como pudo, Elsa abofeteó a la señora Stork.
La señora Stork se quedó boquiabierta. La marca en la mejilla se le fue llenando poco a poco de sangre, hasta volverse una impresión brillante de la mano de Elsa sobre la piel flácida. A toda prisa, la señora Stork miró una por una las caras tensas de los niños. Luego se miró los pies y, después de un rato, empezó a juguetear con el trapo azul. Abrió la boca para hablar, pero esta vez lo hizo en voz baja e inexpresiva.
—No estoy acostumbrada a que me peguen. No sé cómo se atreven a pegarme. Te cuidé cuando eras una bebita, y ahora me pegas. Mi tigre…, él nunca me ha pegado. Sería incapaz. Sólo una vez, una vez me pegó, hace mucho tiempo, cuando recién nos casamos. No teníamos ni tres meses de casados. Fue una mañana, en el desayuno; de pronto se levantó y me dio un sopapo, igual que tú, en la cara. Igual que tú. Y me dijo: “Eres una vieja bruja”, eso me dijo, “Eres una vieja bruja y no sé por qué me casé contigo si no sabes ni freír un huevo”. Después de eso nunca me pegó. Mi tigre. Ahora somos una pareja que se ama. Es un buen hombre y haría cualquier cosa por la gente. —Levantó la cara ligeramente—. Nadie quiere ayuda. A él le gustaba trabajar aquí en el jardín. Cuando venía aquí, me decía: “Éste es el mejor día de la semana para mí, vieja”. Le gustaba cavar en el jardín disparejo ese. Siempre le gusta hacer un buen trabajo a mi tigre. Estaba deseoso de poner los ladrillos esos, pero luego la señora Hook dijo que ya no quería que viniera. Y ahora ustedes pusieron ahí un cobertizo mal hecho. Se ve ridículo ahí, junto al lecho de lirios, pero no es de mi incumbencia. Eso lo sé. Nada aquí es ya de mi incumbencia. Vivía en el paraíso de los tontos. Pensé que aquí me querían. El paraíso de los tontos. Bueno, si ella cree que puede arreglárselas sin la señora Stork, pues buena suerte. Si cree que puede arreglárselas sin la señora Stork… —Suspiró.
—Pero, señora Stork —dijo Elsa—, es sólo una quince…
—No, no digas más, cariño. Lo hecho, hecho está. Sé cuando no me quieren. Lo veía venir. Que siempre esté sonriente no significa que no me duela que tu mamá lleve semanas encerrada en su cuarto. No espero ni siquiera que me diga adiós. No creo que quiera ver a nadie… salvo al médico.
—Lo del médico es cierto, señora Stork —dijo Hubert.
—Si tú lo dices, cielo. Si tú lo dices. En fin, ya me voy. Les dejo la llave en la mesa de la cocina. No… no les importa si me tomo un té antes de irme, ¿verdad? ¿No? Bueno, pues gracias, queridos. —La señora Stork suspiró y se llevó la mano con el trapo azul a los ojos—. Ya no voy a decir nada. Ya no voy a decir nada. —Fue deprisa hacia la puerta, pero hizo una pausa y volteó hacia atrás. Con detenimiento los miró uno por uno—. Aunque podría… —agregó con brusquedad—. Sí que podría.
Dicho eso, salió al pasillo y cerró la puerta tras de sí.
Hubert sentía que le temblaban las rodillas. Deseaba no haber tenido que decírselo ahí, en su taller. Y tener que oírla decir todas esas cosas sobre Madre…
—Es una señora horrible, ¿verdad? —intervino Jiminee de pronto.
Hubert asintió, con expresión seria. Eso era. Una señora horrible. La peor del mundo.
—¡Silencio! —dijo Elsa—. Podría estar escuchándonos.
Hubert fue de inmediato a la puerta y la abrió de golpe. Luego se asomó hacia el recibidor frente al cuarto de Madre. La señora Stork estaba ahí, intentando girar la perilla despacio en ambas direcciones. Al verla así, inclinada sobre el picaporte, Hubert pensó que parecía una rata gigante. Luego alzó la mirada y volteó a verlo. En ese instante apretó los labios, pero con una sonrisa. Carraspeó al ver que Elsa le hacía compañía a Hubert.
—Sólo estaba… Quería despedirme de su mamá. —Se enderezó y se alisó la falda con las manos—. Es todo —dijo, y volvió a sonreír—. Sólo quería despedirme. Pero sospecho que está dormida, ¿verdad? Bueno, ni modo, no voy a molestarla. Ya me iré.
Los tres chicos salieron al recibidor y apenas dejaron espacio suficiente para que la señora Stork llegara a las escaleras. Sin dejar de sonreír, se escabulló entre ellos.
Se asomaron por el barandal para verla bajar. A pesar de ser robusta, era bastante ágil. Casi al llegar abajo, se detuvo y alzó la mirada hacia donde estaban los niños observándola. Su rostro era completamente inexpresivo.
Después de eso, desapareció. Escucharon sus pisadas en el vestíbulo y el sonido de la puerta, que retumbó hasta el sótano. Y luego sólo hubo silencio.
—Bueno —intervino Jiminee, finalmente—, pues q-q-que le vaya bien a la v-v-vieja b-b-bruja —dijo, sonriente.
—Que le vaya bien a la vieja bruja —murmuró Hubert y también sonrió.
Después de titubear un instante, Elsa también sonrió. Y permanecieron así por un tiempo, sonriendo y pensando en la vieja Storktola que por fin había emprendido el vuelo.
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