Kitabı oku: «La síntesis del yoga»
JULIÁN PERAGÓN
La SÍNTESIS del YOGA

LOS 8 PASOS DE LA PRÁCTICA

© Julián F. Peragón Casado
www.yogasintesis.com
julianperagon@gmail.com
© 2017, Editorial Acanto S.A.
Barcelona - Tel. 93 572 97 01
www.editorialacanto.com
Primera edición española: mayo 2017
Segunta edición española: junio 2017
ISBN: 978-84-15053-80-4
Depósito legal: B-12062-2017
Diseño: Noe Lavado
Ilustración: Eva Veleta
Foto del autor: Guirostudio
Impresión: QPprint
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Sumario
| PRÓLOGO | LA SÍNTESIS DEL YOGA |
| Punto de partida | |
| INTRODUCCIÓN | YOGA |
| Hoy en día | |
| CAPÍTULO 1 | YOGA |
| El sentido | |
| CAPÍTULO 2 | SĀDHANA |
| La práctica personal | |
| CAPÍTULO 3 | ASTHANGA YOGA |
| El Yoga de los 8 miembros | |
| CAPÍTULO 4 | YAMA |
| Abstenciones | |
| CAPÍTULO 5 | NIYAMA |
| Observancias | |
| CAPÍTULO 6 | ĀSANA |
| La actitud en la postura | |
| SERIE | |
| La secuencia de āsana | |
| PRÁCTICA | |
| Desarrollo a lo largo del tiempo | |
| CAPÍTULO 7 | PRĀNĀYĀMA |
| La expansión de la energía vital | |
| CAPÍTULO 8 | PRATYĀHĀRA |
| Replegar los sentidos | |
| CAPÍTULO 9 | DHĀRANĀ |
| La concentración | |
| CAPÍTULO 10 | DHYĀNA |
| La meditación | |
| CAPÍTULO 11 | SAMĀDHI |
| La absorción | |
| EPÍLOGO | EL BOSQUE DEL YOGA |
| Comunidad abierta | |
| GLOSARIO | TÉRMINOS |
| en sánscrito |
Nota sobre la citación y pronunciación del sánscrito
Podemos hablar naturalmente del Yoga sin utilizar el sánscrito, aunque a menudo esta lengua matriz utilizada en la tradición puede ayudarnos a poner orden y anclar muchos significados que en nuestras lenguas maternas acaban por “bailar” demasiado. Aun así, he sido comedido y he intentado usar sólo los conceptos claves que utiliza el Yoga para no saturar el texto de matices filosóficos que nos apartarían del objetivo de esta obra.
Como el sánscrito tiene su propia grafía necesitamos hacer una transliteración aunque para respetar la orientación del libro he optado por una transliteración (muy) simplificada que permitirá que la persona no experta pueda aproximarse a la pronunciación real del término.
Todas las palabras en sánscrito (salvo Yoga, por evidente) se han colocado en cursiva incluso aquellas que nuestro diccionario ya ha aceptado como mandala o mantra, para unificarlas con el resto. He respetado, en la medida de lo posible, el género que la palabra tiene en sánscrito aunque ello choca a menudo con la lógica de nuestra lengua. Tenemos que escribir el āsana y no lo contrario tal como estamos acostumbrados. El neutro en sánscrito lo he convertido en masculino como (el) sūtra. No obstante, he añadido nuestro plural en muchos términos para facilitar la lectura como mudrās o gunās. Palabras como cakra podrían confundirnos y se han castellanizado a chakra. En cuanto a la -s sibilante (más suave que la nuestra) he preferido utilizar la -sh tal como se pronuncia en inglés.
Mantenemos el diacrítico en las vocales cuando son vocales largas como samādhi o prānāyāma. Algunos términos se han separado mediante un guion para remarcar que son dos palabras unidas y facilitar así su comprensión.

PRÓLOGO
LA SÍNTESIS DEL YOGA
punto de partida
Tendría que empezar este libro reconociendo mi profunda deuda con el Yoga. He crecido con él desde la adolescencia y he podido vivir profesionalmente hasta hoy en día; en el trayecto, he conocido a muchas personas entrañables y he accedido a un conocimiento que no pude ni imaginar en los inicios. Todavía hoy no dejo de sorprenderme con su práctica porque aún soy y me siento un aprendiz, y espero que así sea durante mucho tiempo.
Desde esa gratitud escribo y, aunque no pueda nunca condonar esa enorme deuda, espero poder compartir humildemente algunas comprensiones fruto de mi experiencia, tal vez algunas reflexiones y pistas para sortear ciertos obstáculos en la práctica personal y unas pocas señales en el ancho territorio del Yoga para no perderse, al menos no tanto como me he perdido yo durante décadas, aunque aprender implica deambular por lo desconocido necesariamente.
Parto de la idea que el Yoga es una vivencia profunda y no merece la pena cerrarse en posiciones rígidas o razones absolutas. Sólo aspiro a mostrar mi punto de vista, mi experiencia personal, necesariamente limitada y condicionada, pero al fin y al cabo, una perspectiva más que pueda ayudar a unos pocos en su propia trayectoria o posibilitar quizás un nuevo debate sobre lo ya aprendido.
La primera pregunta que vale la pena hacerse es a quién va dirigido este libro. Las librerías están llenas de libros de divulgación del Yoga perfectamente ilustrados, con toda clase de detalles técnicos y de consejos básicos. Ahondando un poco más en nuestra búsqueda, también podemos encontrar libros profundos de filosofía yóguica y otros de exégesis de libros sagrados de la India, libros todos ellos de gran calado y de necesaria lectura. No es la naturaleza de este libro, yo mismo no soy un gran divulgador del Yoga ni pretendo tampoco presentar una obra erudita, mi preferencia es el camino del medio. Quisiera, dentro de mis posibilidades, escribir un libro asequible, de comprensión sencilla y a la vez profundo; me gustaría enfocarme a las miles de personas que ya son practicantes de Yoga y conocen las recetas básicas de su práctica pero que se enredan en las complejidades de la filosofía profunda que el Yoga transmite o no saben adaptar el gran Yoga a la vida cotidiana que todos compartimos. Desearía escribir este libro como si hablara a mis alumnos, a cualquier practicante y a todo profesor que inicia su singladura de dar clases de Yoga, y por supuesto, a cualquier persona que sienta curiosidad hacia el Yoga aunque no lleve muchas horas de vuelo.
Mi intención es centrarme en lo esencial y descartar, de un lado, lo excesivamente técnico y, de otro, reflexiones y datos científicos que excederían el propósito de este libro. Al menos yo como aprendiz siempre he querido tener cuatro cosas claras antes que treinta certezas apenas hilvanadas. No voy a hacer historiografía del Yoga ni tampoco diseñar un nuevo método. Cuarenta años de experiencia me han llevado a ser práctico y a simplificar, en la medida de lo posible, a recuperar también la importancia de la vivencia y a recordar lo esencial.
El mismo título del libro, nombre también de mi escuela formativa (Yoga Síntesis), me obliga a redactar estas páginas con pies y cabeza, es decir, a reflejar la globalidad del Yoga dando una visión de conjunto. En una sociedad (hiper) especializada, intentar una síntesis puede resultar extraño, además de una ardua tarea porque, de toda la ingente cantidad de información que tenemos de cualquier técnica, concepto o símbolo, implica preguntarnos ¿qué es lo realmente relevante?
Disponemos de muchos técnicos en el mundo del Yoga, sabemos, por poner una imagen, pilotar a la perfección un gran barco con sus nudos y poleas, con sus velas y amarres… pero a menudo olvidamos el lugar al que queremos ir con ese barco llamado Yoga. Necesitamos técnicos, es cierto, pero también traductores que nos ayuden a entender bien la tradición y a volcarla después en nuestra vida real; precisamos de guías que nos enseñen a leer el mapa del territorio que estamos transitando, de personas que puedan compartir su experiencia en el Yoga sin necesidad de encaramarse a un pedestal y sin la estrechez de seguir alimentando un mito de perfección o de consecución de una vida extraordinaria. Mi lema es: hagámoslo más sencillo si es posible.
En este sentido, siempre me ha enfadado la letra ilegible de los médicos, el lenguaje enrevesado de los letrados, el circunloquio de los políticos, la complejidad de los apartados de los seguros. ¿Es necesario caer en el Yoga en una jerga apta sólo para iniciados, en un esoterismo más de los nuevos tiempos o en un convencionalismo donde se da por sabido lo que no se sabe explicar? Es momento de hacer un esfuerzo para explicar el Yoga de forma inteligible, de manera sensata, con claves prácticas, filosóficas o simbólicas, y ser muy prudentes allí donde no alcance la razón o no atine el sentido común. Como muestra, la primera definición que me dieron a la pregunta básica sobre el Yoga fue: “el Yoga es la unión del jivātman (alma individual) con el paramātman (alma suprema)”, y… aunque no le falte razón, quizá no es la definición más adecuada para un principiante.
He tenido maestros de cerca y de lejos, jóvenes y mayores, conocidos y desconocidos, santos y perversos. No han sido muchos, pero sí puedo decir que aprendí de todos ellos y que agradezco su presencia y su enseñanza, sin embargo, también me di cuenta de que los aprendizajes, a menudo los más importantes, provienen de fuentes insospechadas. Y es por ello que quiero dedicar este libro a mis alumnos pasados y presentes, a los que están por venir, porque son y han sido ellos los mejores maestros, con la dureza de sus preguntas, con la compasión de su escucha. Ellos son los grandes protagonistas de esta historia.
En breve será evidente que éste no es un libro técnico, con él no podremos conocer los pormenores de un āsana o el ritmo de un prānāyāma. No es momento para ello. Si construimos una casa sin conocer el territorio, sin conocer la dureza del suelo, la orientación del sol o las fuentes de agua construiremos quizá una casa muy bonita pero poco integrada en el espacio y con serios problemas de habitabilidad. Es necesario tener primero una visión de conjunto antes de poner la primera piedra. Esa es mi intención, dar una visión global del Yoga para después construir una práctica con eficacia y poder utilizar las técnicas a nuestro alcance pero dentro de un marco que le dé sentido.
Sin más, valga este libro como una invitación a recorrer juntos las ocho etapas clásicas del Yoga pero poniendo juntos el acento en la realidad de hoy en día, una apuesta para un Yoga del siglo XXI.

OM

INTRODUCCIÓN
YOGA
hoy en día
Una de las primeras comprensiones acerca del Yoga viene, en mi caso, de la antropología. Siempre entendí esta ciencia social como un viaje respetuoso al otro, siendo este otro una cultura ajena, un viaje en el que intentar, aunque fuera difícil, ponerse en una piel distinta y entender otras lógicas, otras miradas de la realidad, otras formas de resolver las mismas necesidades que tenemos todos. Si en este viaje cultural nos quedáramos sólo en la “ida”, sería un viaje pretencioso donde apuntar en el cuaderno de campo las peculiaridades de los pueblos cazadores-recolectores o el sistema de parentesco en las sociedades simples o complejas. Pero, en realidad, algo importante en la etnografía de campo es el viaje de “regreso”. Cuando has nadado en otras lógicas los horizontes se ensanchan. Cuando has comido con las manos o con palillos, orado en diferentes templos, dormido en el suelo o sentado con las piernas cruzadas, aprendes a relativizar muchas cosas que en nuestra cotidianidad dábamos por sentado. Esa nueva flexibilidad nos habla de la pluralidad y variedad de las formas culturales, ya sean propias o ajenas. Precisamente esta plasticidad es la que propongo para acercarse al Yoga hoy en día. Un viaje al interior del Yoga para entender, más allá de sus formas, su lógica en profundidad.
Universalidad
El Yoga nació en India como todos sabemos, y desde allí se expandió en medio siglo por todo el planeta, especialmente en nuestras sociedades occidentales. Si se difundió con tanta velocidad fue porque ofrecía salud y espiritualidad práctica, gestión del estrés y sosiego para nuestra mente en un momento donde el individuo empezaba a comprender la necesidad de regularse en una sociedad polarizada hacia la producción y orientada al consumo.
Por otro lado, el Yoga ha dejado de ser un método exótico, circunscrito a diversas sectas o una moda pasajera, para llegar a todas las capas sociales y formar parte del quehacer cotidiano de muchas personas. Se hace Yoga cada vez más en los gimnasios, en las escuelas, en las prisiones o en las empresas; se hace Yoga para niños, embarazadas, gente mayor o personas con alguna discapacidad tanto física como psíquica. Encontramos cada vez más estudios rigurosos de Yoga para mujeres en la etapa del climaterio, para personas con insomnio o problemas de corazón, entre otros. Hemos visto como actores y actrices famosos hacen Yoga para mantenerse jóvenes y vigorosos. Además tenemos a nuestro alcance Yogas dinámicos y de abandono, acrobáticos y aéreos, con soportes y sin ellos, físicos y devocionales, dentro de una sauna o al aire libre.
La diversificación del Yoga ha sido tan rápida y extensa que muchas veces tendríamos problemas para identificar muchas de sus propuestas si no se presentaran con la palabra Yoga. En todo caso, el Yoga se ha universalizado porque ha intentado dar respuesta a la mayoría de los porqués del ser humano y ha encajado a la perfección en las sociedades del bienestar. Parece que estamos de suerte, hemos marcado recientemente un día en el calendario, el solsticio de verano en el hemisferio norte, para festejar en todos los rincones del globo nuestra pasión por el Yoga. Pero nos queda una pregunta, ¿este árbol del Yoga tan cargado de frutos está ya maduro o todavía su fruto está verde?
Enfoque
Lo que sí es cierto es que el Yoga ha venido para quedarse. Ahora bien, en esta rápida expansión han faltado buenos traductores que pudieran extraer las esencias del Yoga sin la carga ritualista, el peso de una religión o los ejercicios adaptados a una región con un clima y un ritmo de vida determinados.
Es verdad que nos fuimos a oriente en busca de espiritualidad y cruzamos continentes porque nuestra fuente espiritual se estaba secando. Andamos medio mundo para llenar nuestras alforjas de buenos tesoros pero, la mayoría de las veces regresamos, realizando un copia y pega gratuito… sin miramientos, sin reflexión. No nos dimos cuenta de que el siglo XXI tenía una complejidad diferente a la que se vivía en el siglo II, IX o XIX en la misma India. Ha cambiado los ritmos de vida, la tecnología, las relaciones sociales, la mentalidad y las formas de cultura. Las tensiones de un oficinista hoy en día en Barcelona o París difieren de las de un zapatero en Delhi o Benarés hace diez siglos.
El Yoga tiene que actualizarse porque las sociedades y sus individuos cambian constantemente y cada vez de manera más acelerada. Hemos de hacer lo que hace el fotógrafo, sostener la rueda de la cámara y ajustar el objetivo hasta ver con nitidez lo que tenemos delante: las sociedades en las que vivimos, los ritmos cotidianos, las necesidades y expectativas. Tenemos que dar respuesta para encontrar el Yoga que necesitamos cada uno de nosotros aquí y ahora. ¿Cómo hacerlo?
Desmitificar
Para encontrar este Yoga más cercano a nuestras propias necesidades tenemos que hacer un trabajo previo: desmitificar gran parte de las creencias que giran en torno al Yoga.
De momento, no podemos olvidar que el Yoga tiene una tradición milenaria. Las etapas y procesos, avances o retrocesos por los que ha pasado son numerosos y muchos de ellos desconocidos puesto que el Yoga se transmitió a través de la tradición oral, y por tanto, permaneció invisible para los historiadores. Seguramente existen muchos elementos chamánicos en el Yoga arcaico y también un protoyoga que se vislumbra ya en el Rig-Veda, el texto de la India conocido más antiguo escrito en sánscrito. Entre los miles de sellos de terracota encontrados en el valle del Indo (asentamientos de unos 3000 años a.C.) se ha aludido innumerables veces al llamado sello de Pashupati (el señor de las bestias) como referente de la antigüedad milenaria del Yoga. En realidad, en el sello vemos una especie de deidad en una posición sentada con las piernas más o menos entrelazadas, rodeada de un elefante, un rinoceronte, un tigre y un búfalo. Más allá de la belleza de la imagen, inferir que los orígenes del Yoga se remontan a una época tan temprana sólo por unas tablillas donde dicha divinidad está sentada en una postura que identificamos como meditativa puede ser un tanto arriesgado. Tal vez sería más prudente reconocer nuestra limitación en el conocimiento antiguo del Yoga y asumir el desconocimiento de las enormes lagunas que encontramos a lo largo de su historia.
Las leyendas acerca de las proezas de los yoguis no son el legado de un saber que podamos tomar al pie de la letra, ya que la mayor parte de las veces forman parte de residuos de historias que provienen de una mentalidad mágica o mítica, aunque, por descontado, tienen un valor simbólico. Sin embargo, se sigue haciendo alusión en muchos libros de Yoga actuales a los ashta-siddhi, los ocho poderes supranormales de los yoguis que reconocen los textos hinduistas que abarcan desde el poder de hacerse infinitamente pequeño; aumentar de tamaño a voluntad; hacerse cada vez más pesado; volverse tan ligero como el algodón; conseguir cualquier cosa por la fuerza de la voluntad; así como el poder de subyugar y el poder de tener supremacía sobre todo. Incluso, en el Bhāgavata-purana, Krishna, avatar de la divinidad, enumera otros siddhis o poderes de los yoguis como ver desde lejos, transformarse en cualquier forma deseada, participar en las diversiones sexuales de los dioses, escuchar desde la lejanía o morir cuando se desea.
Textos serios y de referencia para el Yoga hablan de poderes mágicos que pueden conseguir los yoguis como superar la muerte o entrar dentro de la mente de otra persona. Y, aunque hoy en día prudentemente hemos interpretado dichos sūtras o aforismos de forma simbólica, a nadie se le escapa que dicen textualmente lo que dicen. Podemos preguntarnos también si los autores clásicos creían en ellos de forma literal o si quizás estaban utilizando una estratagema para retar a los que se inician en la vía del Yoga.
Cierto que Patañjali, del que bien poco se sabe, que compila y sistematiza la filosofía del Yoga, habla en los Yoga-sūtras (siglo II de nuestra era) de los peligros de esos poderes extraordinarios pero, al fin y al cabo, los reconoce y les da un cierto estatus. ¿Cómo es que llegamos a identificar poderes excepcionales con espiritualidad? ¿Qué tiene de espiritual parar el corazón a voluntad? ¿Qué fascinación crea en nuestra alma infantil alguien que ha conseguido dejar de comer o superar el sueño? Hay que desmitificar urgentemente las creencias legendarias en torno al Yoga y reinterpretar lo que entendemos por espiritualidad. Empecemos a indagar por lo más básico.
Escucha
Es posible que la primera pregunta que nos hagamos en el Yoga sea ¿adónde quiero ir? Pero con seguridad, la siguiente pregunta tiene que ser ¿dónde estoy?, al menos para poder trazar con una cierta estabilidad el recorrido a seguir. Es lo que haría cualquier caminante en el mapa, marcar con una cruz el punto de partida y el de llegada, de lo contrario el mapa sirve de bien poco.
Para saber dónde estamos, cuál es nuestro punto de partida, hemos de observar nuestro momento presente, hemos de hacer una escucha en profundidad. Sólo con esa escucha del aquí y ahora nuestra acción puede tener un mínimo de posibilidades de ser adecuada. En esa escucha podríamos descubrir, entre otras cosas, cómo está nuestro mapa de tensiones corporales; si nuestra respiración está alterada por alguna emoción desbocada; si hay dispersión o preocupación en nuestra mente. De esta manera, de todo el amplio y rico abanico de posibilidades que nos ofrece el Yoga, podríamos utilizar aquéllas técnicas o ejercicios que nos puedan ayudar más.
Si esta atención la llevamos a nuestro mundo cotidiano el mapa se vuelve muy claro. Seguramente saldríamos enfadados si nuestro médico nos rellenara una receta sin apenas mirarnos, sin preguntarnos qué síntomas tenemos y sin hacernos las correspondientes pruebas para obtener un buen diagnóstico con el fin de darnos las medicinas adecuadas a nuestra enfermedad.
El buen vivir está basado en la escucha: solemos ir a dormir cuando tenemos sueño y a comer cuando arrecia el apetito. Llamamos a un amigo cuando necesitamos compañía o nos retiramos cuando buscamos la soledad. No obstante, los entresijos de la vida actual impiden a menudo esta regulación natural hasta tal punto que vamos a dormir y a comer simplemente porque es la hora establecida, perdiendo, a la postre, nuestra sensibilidad.
Una de la funciones saludables del Yoga es volver a recuperar esta percepción necesaria para que la vida se reajuste ante los cambios y poder hacer de forma fluida un buen encaje entre nuestro mundo interior y la realidad que nos rodea.
Responder en Yoga, previo a la práctica, a la pregunta ¿qué necesito hacer en este momento? No parece nada fácil, y no resulta fácil ya sea por la ausencia de sensibilidad, por la complejidad del momento presente o la falta de conocimiento. La escucha es lo que reclama el Yoga porque, ¿acaso tendría que hacer el mismo Yoga una persona joven que otra mayor, o cualquiera de nosotros los mismos ejercicios por la mañana que por la tarde, la misma secuencia en verano que en invierno, el mismo ritmo una persona sedentaria que otra deportista? Insistimos, ¿conviene que una persona con cifosis haga los mismos movimientos que otra con escoliosis; una persona vital la misma intensidad que otra mental; la misma orientación una persona con un objetivo de salud que otra con una necesidad mística?
No obstante, la escucha demanda muchos matices. La escucha no está sólo al inicio del camino, en este caso la práctica de Yoga, está también en cada postura y en cada respiración, nos debe alumbrar todo el tiempo. Podríamos decir que la escucha en realidad es una actitud en el viaje, una manera de tener en cuenta aquello que reclama su porción de presencia y una habilidad de hacerle hueco en la realidad. Si insistimos en la atención al inicio de cualquier praxis en Yoga es para evitar, por un lado, la precipitación propia de cualquier persona que se apasiona con su arte y, por otro, para tener tiempo de leer la letra pequeña que se esconde en los dobleces de nuestro interior y que nos da la clave para interpretar mejor lo que vamos a encontrar en los siguientes tramos de ese viaje hacia uno mismo que es en definitiva el Yoga.
El sentido común ya nos avisa de que es una locura un Yoga para todos y para cualquier momento. Y si esto cae por su propio peso, la cuestión es si los profesores que acaban su formación saben adaptar el Yoga a cada persona según su momento y sus necesidades.
Adaptación
Si el saber cómo estamos requiere de una escucha muy fina, adaptar el Yoga implica, además, conocimiento y experiencia. No basta darse cuenta de la tensión del hombro, hay que saber también si nos conviene un movimiento de antepulsión o de retropulsión, de rotación interna o externa, de elevación o descenso del hombro además de encontrar el āsana más adecuado a dicho movimiento. Hay que darse cuenta si lo que nos conviene es tonificar, estirar, movilizar o relajar aquella zona tensionada o bloqueada. Seguramente vamos a necesitar la ayuda de alguien con más experiencia que nos guíe.
Con toda probabilidad la relación tradicional entre maestro y discípulo era personal y, por tanto, adaptada a su momento presente. Con la divulgación masiva del Yoga la relación personal se ha ido perdiendo y las clases se han hecho exclusivamente grupales. Y aunque hay muchos elementos importantes en una clase grupal, es también necesario recuperar el vínculo original en la enseñanza del Yoga.
La adaptación personal requiere de una entrevista previa para informar acerca de los objetivos y técnicas del Yoga, seguida de una ficha de salud para cotejar las contraindicaciones a tener en cuenta en la misma práctica así como de la autorización de su equipo médico si fuera necesario.
Una adaptación necesita de una lectura corporal y de una pequeña serie test para ver dónde están los acortamientos y las asimetrías del cuerpo. Es necesario también tener una percepción de las cualidades corporales desde el equilibrio a la coordinación, desde la flexibilidad a la resistencia, entre otras, así como del grado de calma mental y gestión del estrés que mantenemos como posibles alumnos.
Adaptar el Yoga es proponer una práctica a seguir con unos objetivos claros y mantener sesiones individuales periódicas para supervisar y ajustar tanto la práctica como los objetivos.
Por supuesto, estas sesiones individuales son compatibles con la asistencia a clases grupales donde reforzar el aprendizaje básico del Yoga y ver nuevas posibilidades a incluir en la práctica personal. Planteo estas cuestiones para que se entienda que la disciplina del Yoga no es mero coser y cantar, pero sobretodo para recordar a los instructores la amplitud de esta ciencia del cuerpo y del alma.
Al final, lo realmente importante es ir estableciendo una práctica personal sólida e inteligente, pues sin ella, la posibilidad de un avance a medio o largo plazo se esfuma y sólo nos quedarán los beneficios inmediatos de cualquier práctica yóguica. Es el momento de dar un salto de nivel en la adaptación personal del Yoga.
Lesiones
Si hay alguna ley sagrada en el Yoga ésta es ahimsā, la no violencia, de la que hablaremos en profundidad más adelante. Ahimsā es un respeto profundo por la vida que se expresa fuera en la naturaleza y que nos recorre por dentro, en nuestro cuerpo. Una actitud de pacificación en la relación con los otros y en la relación con nosotros mismos.
Hacer Yoga desde esta consideración ética implicaría un cuidado delicado con el propio equilibrio del cuerpo sin necesidad de violentarlo y de llevarlo a extremos que lo fuerzan y agotan. El número de lesiones que se da en la práctica es mayor del que sería si respetáramos rigurosamente esta ley. Hay tanta fe en el aspecto saludable del Yoga que sus resultados negativos se silencian. Y se silencian porque las lesiones a menudo no son inmediatas a la práctica, pueden parecer difusas al mezclarse con otros síntomas, o quizás de forma deliberada no las queremos reconocer porque cuestionan nuestro hacer en la práctica.
Las lesiones en el deporte son el pan de cada día y no hay que ser muy avispado para comprender que el deporte, sobretodo el de élite, tiene como fondo el espectáculo y está basado en la competitividad y en la mejora continua de resultados. El cuerpo no es ni funciona como una máquina y no siempre puede dar el máximo rendimiento, de ahí la trampa insidiosa del dopaje. El deporte mueve pasiones y, asimismo, puede ser fuente de vida y de vigor, pero (volviendo a lo nuestro) el Yoga no es un deporte y competir por lograr la postura más perfecta, como hacen algunas raras escuelas de Yoga es, cuanto menos, ridículo.
En el Yoga no hay competición porque no es algo objetivable que se pueda medir. No se trata, evidentemente, de correr más rápido, saltar más lejos o levantar más peso como en el deporte, pero tampoco de mantener más tiempo una postura, flexionarse más o mantener el equilibrio con una sola mano; en el Yoga se trata simplemente de ser.
El Yoga es un proceso interno que se apoya en soportes corporales, energéticos o mentales y ese proceso interno no se puede medir como insinuábamos por el grado de apertura de una articulación o por la elasticidad de un músculo. Es mucho más como veremos en su momento. Entonces ¿por qué aparecen tantas lesiones en el Yoga?
En primer lugar por una estrategia de imitación muy primaria que ha quedado en el fondo de nuestro proceso de aprendizaje. Cuando no estamos entendiendo muy bien adónde apuntan los ejercicios del Yoga, nos basta con hacer lo mejor posible lo que se hace en clase. Y esto está reforzado en muchas ocasiones por la poca prudencia del conductor de sesiones de Yoga cuando se pone de modelo y establece una única forma de hacer los ejercicios sin pautas claras de regulación o ajuste.
Y, por supuesto, no podemos olvidar tampoco la falta de escucha del propio alumno que le dificulta reconocer si está preparado para abordar dicho ejercicio con el suficiente dominio y el grado necesario de comodidad.
Nos atreveríamos a plantear que hay un déficit pedagógico en la enseñanza del Yoga en el que se prioriza la técnica por encima de la vivencia y se intenta llegar al objetivo sin tener en cuenta el punto de partida.
Pongamos el ejemplo de la postura sobre la cabeza, sirsāsana. Está claro que, a nivel anatómico, las vértebras cervicales son pequeñas y muy móviles porque su función es sólo la de sostener el peso del cráneo y permitir un amplio movimiento en casi todas las direcciones para controlar el entorno que nos rodea. Además, para recordar la fragilidad de esta zona, hay que señalar que pasa la arteria vertebral y los nervios craneales a través de las apófisis transversas de las vértebras. Podemos entender que la naturaleza no ha preparado estas vértebras cervicales para sostener el peso del cuerpo y, sin embargo, en el Yoga actual y tradicional se habla de este āsana como de la postura reina. Pero ¿para quién?
Seguramente se ha practicado esta postura para activar ciertas glándulas y centros energéticos superiores, sin desestimar el flujo circulatorio sobre el cerebro y los sentidos. A decir verdad podemos encontrar muchos beneficios para practicar esta postura pero… también muchos riesgos.
Si esta postura sobre la cabeza la hace una persona que conoce bien la técnica, domina el equilibrio, tiene fuerza en la musculatura cervical y hombros y prepara convenientemente la postura es posible que se minimicen los riesgos y sea adecuada su ejecución; pero si ocurre lo contrario podemos encontrarnos con lesiones graves a nivel de los discos intervertebrales.
De la misma manera que existen alimentos que nos sientan bien y otros que nos generan intolerancias, no siempre somos aptos para realizar cualquier postura de Yoga, hay que saber cuáles son las contraindicaciones y conocer nuestros límites.
Vivencia interior
Una manera de hacer un Yoga sin lesiones es situando el acento en la práctica. No insistir tanto en la consecución de ciertas posturas, muchas de ellas avanzadas, sino más bien permanecer en ese equilibrio del que hablaremos más adelante, entre comodidad y estabilidad de la postura. No podemos llegar a ese equilibrio si no hay escucha, y es precisamente esa escucha la que abre la puerta a nuestro mundo interior. ¿Y si lo verdaderamente importante de la práctica fuera invisible a los ojos? ¿Y sí, por poner un ejemplo gastronómico, lo importante no fuera el pastel adornado de nata, chocolate y guindas que nos comemos sino el disfrute, el cómo nos sienta, la fluidez de la digestión y la consecuente nutrición, objetivo último de la alimentación?
Acostumbrados a ver libros de posturas de Yoga técnicamente impecables realizadas por personas jóvenes, guapas y flexibles olvidamos que el Yoga, desde las posturas a la meditación, es sobretodo una vivencia, un soporte para la concentración, un despertar de nuestra sensibilidad y un encuentro con lo que realmente somos, con nuestra fuente interior. Algo que se puede vislumbrar pero que no se ve en las fotografías.
Cuando uno se dirige hacia esa vivencia interior se libera de la esclavitud de la imagen y se distancia de la técnica rígida que no tiene en cuenta a la persona. Es como si hiciéramos Yoga en un grupo, todos con con los ojos vendados. Entonces no habría nada que mirar en el exterior y nada que demostrar. Esto es clave en la práctica del Yoga: no tenemos nada que exhibir porque cada uno está en su propio proceso personal, con toda la complejidad de elementos físicos, emocionales o mentales y, por tanto, sin comparación posible con el de otra persona.
Mi primer profesor de Yoga nos solía decir: “aquí no venís a hacer Yoga sino a aprender”. Lamentablemente en la actualidad el aprendiz de Yoga que se comprometía con la disciplina y que acudía a clase con su cuaderno, con sus lecturas y sus preguntas, entusiasmado con el Yoga, está quedando marginado. Hoy se impone el cliente de Yoga, el que paga una cuota para tener unos horarios donde relajarse y estirarse, antes o después del trabajo, pero al que no le interesa descubrir las entrañas del Yoga sino su ejecución y la experiencia que le brinda. Pareciera que es el instructor el que se pliega a su demanda evitando cualquier comentario cuestionador, interiorización que pueda irritar o ejercicio que exceda la intensidad acostumbrada. Se busca en el Yoga una terapia y no tanto un método de autoconocimiento.
Espiritualidad
Ha llegado el momento de apuntar que el Yoga tiene manos y pies, cabeza y entrañas, corazón y arterias, pero también mente y alma. Es un todo indivisible tal como es un organismo vivo, nada en su constitución le es gratuito. Plantear un Yoga integral no implica necesariamente hacerlo más complicado o engorroso, más elitista o esotérico, sino más real.
Estamos señalando desde el inicio que el Yoga se tiene que adaptar y, si somos capaces de proponer una variante de un āsana, hacerla dinámica para su mejor aprendizaje, utilizar elementos exteriores como cintas, bloques o soportes en la pared para que el alumno pueda regularse, también lo podemos hacer con los ejercicios de respiración, la meditación o la filosofía. Podemos hacer juegos para desbloquear la respiración, ejercicios de concentración para preparar la meditación, utilizar algún cuento sabio para explicar conceptos de la filosofía del Yoga. Sólo nos falta claridad en los objetivos y creatividad para encontrar atajos y nuevas formas de aprendizaje. Tenemos mucho que hacer en esta rama de la pedagogía del Yoga.
Sin embargo, el mayor tabú a la hora de implementar un Yoga integral es la espiritualidad. Desde la perspectiva del Yoga, la espiritualidad no implica necesariamente creer en un dios o seguir un cuerpo doctrinal porque el Yoga no es una religión. Uno puede ser hinduista, budista o cristiano y practicar Yoga pero también puede no seguir ninguna religión. La espiritualidad del Yoga tiene que ver con la comprensión profunda de que somos mucho más que estructuras mentales con las que estamos identificados y, por lo tanto, que más allá de ellas podemos encontrar el núcleo profundo del Ser que es fuente de conciencia, de paz y de libertad. El Yoga como disciplina estructurada nos dice que esa fuente de dicha y claridad se puede experimentar si seguimos adecuadamente los pasos a través de una práctica por la que discurre nuestro proceso interior. Espiritualidad puede ser simplemente vivir las experiencias vitales desde un enfoque del que extraer el máximo aprendizaje y percibir así, a lo largo de los años, un sentido interno que nos orienta y nos da coraje. Cuando descubrimos que no estamos aislados sino en íntima conexión con la naturaleza, cuando aprendemos a amar lo que hacemos y a respetar lo que sentimos ante los demás, cuando somos capaces de diluirnos ante la infinitud de lo que nos rodea, podemos decir que empezamos a iluminarnos por dentro.
En todos nosotros hay un anhelo de trascendencia y una búsqueda de sabiduría y sería un error, en la divulgación del Yoga, evitar (por miedo, complejo o estrechez de miras, por el resquemor o la desconfianza que genera todavía la espiritualidad) el abrir pequeños espacios en nuestras clases de Yoga para investigar sobre la profundidad del Ser que somos.
Yoga real
A causa de ese complejo que poseemos sobre la espiritualidad conviene salir de los templos y aterrizar en la vida cotidiana. Hablando de Yoga, necesitamos despejar la confusión que tenemos entre medios y fines. La salita de práctica personal o el centro de Yoga donde acudimos semanalmente sólo son laboratorios donde drenar tensiones, reforzar cualidades, cultivar la atención o aumentar la sensibilidad que después vamos a necesitar en nuestra vida. Podríamos decir que el Yoga real es el Yoga cotidiano, el que hacemos día a día: el Yoga de fregar los platos, peinar a nuestra mascota, enviar el correo electrónico a nuestro cliente o jugar con nuestros hijos. Es ahí, en los entresijos de la vida donde se dan los āsanas más complicados, las técnicas de relajación más insospechadas y el control de la respiración más difícil. Es ahí donde tenemos que insistir.
Mientras estamos en la esterilla con los pies más arriba que la cabeza o manteniendo el equilibrio con un pie no hemos de olvidar que el Yoga empieza con nuestra vida real porque el Yoga es una filosofía de vida, una respuesta al sufrimiento, un dominio de sí mismo y un arte de fluir con la existencia. Y todo esto lo practicamos desde que abrimos los ojos por la mañana hasta que los cerramos por la noche.
Orientación
Cualquier objetivo en la práctica del Yoga, por pequeño que sea, es lícito y conveniente. Hacer Yoga para perder peso o para dormir mejor pueden ser propósitos totalmente respetables y, quién sabe, quizás generen el deseo de conocer el Yoga en profundidad más adelante. Lo importante en la transmisión del Yoga es tener claro el para qué, de la misma manera que al sostener un martillo sabemos si es para arreglar un mueble o para hacer una escultura. La orientación en el Yoga es clave para no perderse y para ajustar expectativas y resultados. La misma técnica que utilizamos variará en su enfoque e intensidad si la orientación es una u otra, o ambas a la vez.
La primera orientación que contemplamos en la práctica de Yoga es la salud. Hacemos Yoga para sentirnos mejor y para potenciar nuestros recursos fisiológicos. Qué duda cabe que la práctica asidua del Yoga ayuda al tránsito intestinal, favorece el retorno venoso, oxigena mejor nuestros tejidos, equilibra la presión arterial, relaja la musculatura, endereza la columna, calma el sistema nervioso y fortalece el inmunológico, entre muchos otros beneficios. No hay que insistir más en esto que se ha difundido a los cuatro vientos, pero lo que me parece más importante de esta orientación es que constituye un recurso más que la persona puede utilizar de forma independiente en su vida.
Acostumbramos a ser pasivos en la enfermedad cuando nos vivimos como “pacientes”, valga la idoneidad de la palabra, de un tipo de terapia u otro, o cuando recibimos pastillas, agujas de acupuntura, bolitas homeopáticas, infusiones naturales o masajes terapéuticos. Es evidente que son necesarios y la práctica del Yoga no implica renunciar a ellos, pero sí es importante destacar, desde esta orientación, que el Yoga no es algo que recibimos sino algo que hacemos. Es una técnica que nos da libertad porque aporta conocimiento para profundizar en nuestras tensiones. Conformamos así un Yoga para una gestión activa de nuestra salud.
La segunda orientación tiene que ver con el conocimiento de uno mismo. Cuando hacemos un āsana, por ejemplo, podemos notar con facilidad nuestras tensiones corporales, por otro lado nada extraordinario, pues vivir comporta desgaste y tensión. Pero esas tensiones, cada uno con las suyas, se tornan significativas. La tensión en los hombros, las cervicales o las lumbares nos pueden señalar, a menudo dolorosamente, que hay demasiada tensión en nuestros actos, una sobrecarga de responsabilidad en el trabajo o excesivo control en nuestras relaciones. Un ejercicio de respiración nos puede indicar un posible desequilibrio entre el dar o el recibir, y unos minutos en el silencio de la meditación la capacidad o no de estar con uno mismo sin angustia. Es decir, el Yoga nos sirve de espejo donde mirarnos y nos ayuda a comprendernos un poco más y, a ser posible, a aceptarnos.
La tercera orientación posible en nuestra práctica reside en un impulso de trascendencia tal y como comentábamos unos párrafos más arriba. El Yoga nos ayuda a comprender que todo está profundamente interrelacionado y que nosotros, por muy insignificantes que nos sintamos, formamos parte de una cadena infinita de vida que va desde las partículas subatómicas a los grandes cúmulos de las galaxias. Como los antiguos, podemos decir que el microcosmos que nos habita se refleja en el macrocosmos que nos sostiene, y viceversa. Esa íntima relación es la que buscamos en Yoga, una progresiva detención de las oscilaciones ordinarias de nuestra mente para encontrar una quietud intensa donde lo sutil de la existencia halle su propia voz.
Resumiendo: la dimensión terapéutica del Yoga nos ayuda a tener salud y vigor; la parte de crecimiento personal es una invitación a reconocernos y a (desde la aceptación de la realidad que percibimos) transformar los elementos disfuncionales de nuestra personalidad. Es desde esta salud y maduración interior desde donde podremos dar un salto inmenso hacia las profundidades de nuestro Ser. Ello implica, evidentemente, un cierto compromiso y una responsabilidad personal de integración, cada vez mayor, del Yoga en nuestra vida.
Yoga creativo
La tradición no es un esquema anclado en el pasado al cual nos hemos de ceñir, más bien hemos de entenderla como una sabiduría que se abre camino a lo largo de los siglos; en una transmisión directa o escrita, que se adapta a las circunstancias y a las mentalidades donde logra germinar. En este sentido toda tradición debería ser lo suficien temente flexible para captar el espíritu de los tiempos y ajustarse a ellos, pero ¿cómo hacerlo?
El Yoga, insistimos, necesita renovarse. Hace tiempo que salió de la cueva, del bosque y del ashram, hace ya mucho que está en la calle y llama a la puerta de la gente. Hoy en día el Yoga tiene que ayudar a la educación en las escuelas y también mejorar la autonomía de nuestros mayores. El Yoga, ahora mismo, ha de formar parte del equipo de salud, haciendo lo que sabe hacer, ayudando a movilizarnos, a relajarnos, a respirar y a encontrar momentos de quietud. El Yoga puede ser un complemento ideal dentro de la empresa, de la fábrica o de la oficina para gestionar los elementos que generan estrés; puede reforzar en los jóvenes la capacidad para concentrarse en el estudio y evitar lesiones innecesarias en el deporte; puede ayudar mucho en todo tipo de discapacidades e incluso a favorecer la mejora personal en los periodos prolongados de falta de libertad que supone la prisión. El Yoga tiene un gran potencial pero necesita ser creativo.
La creatividad no es más que inteligencia aplicada a una situación dada. Debemos seguir fielmente la brújula del Yoga, pero hemos de tener también la suficiente habilidad para encontrar el trayecto más adecuado a nuestros gustos y necesidades. Cada vez más, el Yoga se parece a un self service con infinitas posibilidades; depende de nosotros hacer un buen uso y, si tuviéramos que dar un consejo, diríamos que más vale servirse aquello que podamos digerir bien, masticando lentamente. El Yoga de este siglo tiene que apoyarse en la escucha respetuosa de lo que somos y dar una respuesta creativa a lo que nos dice.
Yoga integral
Cuando Patañjali (del que hableremos en profundidad más adelante) estructura lo que denominamos hoy en día Yoga clásico nos está insinuando, a su manera, que hay un yo físico pero también otro emocional, nos dice que no nos podemos olvidar del yo ético y tampoco del intelectual, que hay un yo místico y que, en definitiva, nos interesa conectar con esa dimensión espiritual.
Lamentablemente, una de las disfunciones en la divulgación del Yoga es haberlo fragmentado demasiado. Clases de Yoga sin hablar de ética; sesiones donde salimos extenuados de hacer posturas pero en las que no ha habido lugar para la meditación; secuencias de posturas enlazadas sin un trabajo de respiración en profundidad… La demanda es la demanda, dirán muchos. Una gran mayoría de personas quieren unas clases para soltar su estrés, dinamizar el cuerpo y relajarse un poco, nada más. Totalmente respetable aunque, en el fondo, dudo de que no deseen nada más. La experiencia me lo demuestra.
Sin embargo, el Yoga, en su integridad, podría ser un buen revulsivo para transformar un estilo de vida insano, cuestionar creencias limitadoras y fortalecer una ética débil o desorientada. No podemos limitarnos a poner paños de agua caliente, necesitamos una palanca para mover las piedras enormes que obstaculizan nuestro desarrollo, tanto individual como colectivo.
El mercado del Yoga
En la actualidad hay un par de centenares de millones de personas que practican o simpatizan con el Yoga en todo el mundo y, sin duda, somos muchos los que consumimos camisetas, pantalones, esterillas y cintas, además de libros, revistas, viajes, alimentos sanos y productos para la higiene personal. No hay nada de malo en ello. Sin embargo, la delicada línea entre la transmisión sincera de una ciencia del conocimiento y el escaparate mercantilista del Yoga tiende a diluirse.
La publicidad de muchos centros de Yoga no se ha quedado atrás. Prometemos en nuestros folletos promocionales relax, bienestar, realización personal y felicidad. Las imágenes de nuestros carteles muestran personas jóvenes y sanas en paraísos naturales, o bien yoguis haciendo posturas acrobáticas sin perder la sonrisa. Hay gurus que han patentado su serie de Yoga y existen numerosos pleitos en la justicia por la utilización de una marca o de una técnica. Podríamos decir que es el mundo real donde confluyen (y chocan) los intereses de cada uno. Pero ya no tengo tan claro si es el Yoga el que ha venido para transformar la sociedad, o es la lógica neoliberal imperante la que está cambiando al Yoga. Seguramente no hay mala intención en la publicidad del Yoga pero, a todas luces, prometemos cosas increíbles que seguramente son restos de mitos que rodean al Yoga y no resultados reales que podamos constatar en nosotros mismos, ya sea como profesores o como alumnos.
A menudo tengo dificultades para responder a la pregunta sobre qué estilo de Yoga practico e imparto en mis clases. Si hiciéramos un listado exhaustivo de los tipos de Yoga que podemos encontrar en toda la oferta existente, seguramente quedaríamos anonadados. Parece que unos cuantos han tenido más éxito y, sin embargo, una mirada externa no apreciaría demasiadas diferencias entre todos ellos, a no ser, tal vez en la intensidad o en las secuencias… pero al fin y al cabo imparten clases de hatha-yoga en la gran mayoría de ellos, todas respetables, por supuesto.
Asimismo me sorprende que un conocimiento que ha pasado de mano en mano desde tiempos inmemoriales tenga que ser bautizado con nuestro nombre o apellido y ponerle barreras a su expansión. Me extraña que nos seduzcan tanto los estilos de Yoga y no tanto las personas reales que los transmiten que, al fin y al cabo, son los que difunden esta enseñanza. Seguramente nos identificamos todavía con aquellas marcas que nos dan confianza y prestigio. Pero, ¿acaso hemos caído en otra forma de mercantilización del Yoga? ¿Hemos cedido a una modalidad superficial de esta ciencia del cuerpo y del alma tan profunda? O quizá ¿es que estamos todavía en la fase adolescente de dicha divulgación y nos toca madurar? Pero antes de seguir adelante, asegurémonos que sabemos bien lo que es el Yoga.

CAPÍTULO 1
YOGA
el sentido
Antes de iniciar un largo viaje, vale la pena pararse para revisar el mapa y comprobar que la brújula efectivamente marca el norte del territorio. Un pequeño error de grado al inicio puede ser catastrófico a medio o largo plazo. Asimismo, adoptar una práctica de Yoga sin saber qué es lo que podemos desplegar, y qué no, puede llevarnos a una cierta incoherencia o a un elevado desorden en la práctica. No en vano, la tradición más profunda del Yoga, antes de proponer ninguna técnica, habla del sentido del Yoga, de los objetivos deseables, de las bases de una práctica sólida y de los obstáculos que podemos encontrar en el camino. Nos alecciona acerca de lo que es el Yoga y de lo que podemos esperar de él, por si acaso decidiéramos no emprender camino alguno.
La elección de un camino debería implicar (metafóricamente hablando) cerebro, corazón y entrañas; es decir, una implicación total de la globalidad que somos. O dicho de otra forma, en el caso en que nos sintamos impelidos a recorrer este camino necesitaremos una brújula en el Yoga para estar bien orientados y no perdernos aunque los caminos serpenteen por territorios, en principio, desconcertantes. La aguja magnetizada nos asegurará llegar a buen puerto. Veamos pues adonde puede apuntar la aguja de la brújula del Yoga y cuál es su más profundo sentido.
Visión
Definir el Yoga es un poco arriesgado porque lleva a sus espaldas varios milenios de vida, muchas culturas que han convivido con él y otras tantas filosofías (a veces divergentes) que han crecido en el mismo suelo estableciendo una suerte de simbiosis inseparable. No obstante, sí podemos destilar los puntos que tienen en común, apartar aquello que parece anecdótico o que responde a formas culturales muy particulares y extraer el núcleo de una sabiduría contrastada por gran número de sabios a lo largo de los tiempos. Habremos, por tanto, de definir el Yoga no sólo en base a la tradición (que es necesario no perderla de vista), definirlo también desde nuestra perspectiva actual, desde el punto común donde ahora nos encontramos. Es la tarea del caminante: interpretar la brújula desde el preciso recodo del camino donde se encuentra y no meramente desde un lugar ya recorrido.
El Yoga es uno de los seis darshanas o sistemas filosóficos ortodoxos hindúes, muy relacionado con el Sāmkhya. Juntos conjugan metafísica y práctica, indagación sobre la realidad y mística en la contemplación. La función de estos sistemas es la de apoyarnos para que podamos ver con más nitidez la realidad. Nos proveen de una perspectiva no convencional y de gran calado acerca de lo que nos rodea y de lo que vivimos en cada situación de nuestra existencia.
Todo este entramado filosófico nos sirve como una especie de espejo que nos da muchos más detalles de la realidad cuando nos miramos detenidamente en él, espejo yóguico que nos permite contemplarnos en profundidad. Cuando practicamos un āsana (postura), cuando hacemos un prānāyāma (respiración) o cuando hacemos dhyāna (meditación), nos damos cuenta de la tensión del músculo, de la ansiedad emocional o de la dispersión mental. El Yoga es como una lupa que amplifica a través de sus conocimientos el momento presente pero también son unos prismáticos para ver con mayor amplitud nuestro horizonte vital.
Es necesario ir más allá de la información que nos dan nuestros sentidos y más allá del corsé de nuestra moral aunque también hay que andar con pies de plomo para no caer a su vez en otro corsé, pretendidamente yóguico, cuando su estructura filosófica se vuelve rígida y cuando su práctica deja de ajustarse al momento presente. En definitiva, el Yoga rompe con aquella visión estrecha y nos acerca, aunque todavía tengamos los ojos vendados, a percibir el olor de lo sagrado. Y con ello nos preguntamos ¿qué hay dentro de esa visión?
Unión
Una manera de entender otro significado de la palabra Yoga es a través de una metáfora tradicional muy fecunda: la imagen del carromato. La función de un carromato es la de transportarnos o llevar nuestros enseres, pero para que cumpla dicha función las ruedas tienen que estar insertadas en los ejes del carromato, y éste a los caballos o bueyes a través de un enganche; los bueyes atados entre sí y ambos sujetos a unas riendas que maneja el cochero. Basta que una de las piezas esté ausente o mal colocada para que el carromato quede inmóvil indefinidamente. Para que nuestro medio de transporte esté a punto, las ruedas tienen que estar bien engrasadas, los ejes alineados, los bueyes alimentados y el equipaje bien sujeto.
La imagen que utilizamos es adecuada en tanto que podemos identificarla con la globalidad de la que formamos parte. El carromato podría ser nuestro cuerpo mientras que los bueyes la parte instintiva a la que a menudo hay que ponerle unas anteojeras porque fácilmente es tentada por los sentidos. Las riendas son nuestra mente que tiene capacidad para dirigir esa fuerza instintiva y el cochero, el yo, el pequeño yo que organiza y dirige el camino a emprender. No nos olvidemos que en el interior del carruaje vamos nosotros mismos, nuestro Ser profundo, sin el cual no tendría sentido ni carromato ni viaje alguno.
Es evidente que si el carromato tiene el freno echado, los bueyes desenganchados, el cochero no encuentra las riendas y nosotros estamos confusos, la posibilidad de hacer un viaje queda descartada. El Yoga nos ayuda a transformar el caos inicial en orden y a dialogar con los elementos opuestos para crear una nueva armonía.
Una de las raíces de la palabra Yoga viene de yug que significa, entre otros: atar, uncir, unión, medio, magia y un largo etcétera, y también está emparentada con la palabra yugo, precisamente el yugo que hay que poner a los bueyes para que sigan unidos por el camino. Yoga, en este sentido, significa unión.
Buscamos unión pero parece ser que, en ese mismo camino de vida que recorremos, nos encontramos, sin quererlo, mucha disgregación. Les pasa a las parejas que aunque se quieran no se entienden, a los grupos religiosos que aunque persigan un mismo objetivo se ignoran, a muchas naciones vecinas que, aunque compartan gran parte de su historia, se odian. La desunión se da entre la humanidad y la naturaleza, a la cual necesitamos pero a la que no dejamos sorprendentemente de explotar y de aniquilar; desunión que habita incluso entre hombres y mujeres que, aunque seamos compañeros de vida, no cejamos en el control y a veces en el maltrato. Maltrato que también se da con los animales, con los niños o con las personas mayores, es decir, con los más débiles. Esta escisión se agrava cuando permanecemos insensibles ante el sufrimiento ajeno, cuando desconfiamos del vecino, cuando marginamos a un otro simplemente por ser diferente a nosotros. Esa fragmentación que reside en el mundo nos afecta, nos envenena y nos aliena, y no se sabe bien si es el mundo el que nos disecciona a su imagen y semejanza o somos nosotros mismos los que sembramos las semillas que después vemos crecer allá fuera.
En todo caso, la desunión más palpable la sufrimos en nuestras propias carnes. El cuerpo pierde sensibilidad y nuestra mente la capacidad de atención; decimos por la boca lo que después nuestro cuerpo desmiente, somatizamos en un plano lo que no es integrado en otro. En definitiva, nuestras corazas corporales, nuestras emocio nes desbocadas y nuestros complejos insidiosos nos hablan de aquella falta de armonía y de la necesidad de la unión que propone el Yoga.
La capacidad de trabajar globalmente, en cuerpo, mente y alma utilizando herramientas posturales, respiratorias y energéticas, favoreciendo la concentración, la meditación y la relajación, posibilita un mejor encaje de todo lo que somos y profundiza en una mayor armonía. Qué duda cabe de la urgencia en buscar esta unión.
Trascendencia
A veces es útil utilizar el simbolismo para clarificar muchas de las situaciones que vivimos. El símbolo de la cruz puede ser muy fecundo para hablar de trascendencia; si pudiéramos representar mediante líneas simples nuestra trayectoria de vida, diríamos que las experiencias que vivimos transcurren a lo largo de una línea horizontal hilvanando circunstancia tras circunstancia desde el nacimiento hasta la muerte. Sobre este horizonte sería necesario elevarnos para alcanzar con la mirada toda su extensión. La línea vertical nos daría profundidad sobre el eje de la experiencia, nos enseñaría el dibujo ondulado o rectilíneo, sólido o endeble que los innumerables actos han dejado sobre el terreno vital, y con ello, comprenderíamos mejor las cicatrices que han dejado nuestras acciones.
Si pusiéramos voz a esta cruz de la vida, seguramente el enfoque horizontal vendría a decir: “la mesa está servida. Hay que vivir, y hay que vivir con intensidad. Tenemos un cuerpo y una mente aptos para experimentar y retirarse de la vida, vivir a medio gas o de forma temeraria es una especie de locura”. Sin embargo, el enfoque vertical añadiría: “no basta con expe-rimentar. Es vano estar atado a la rueda de la vida que gira sin parar buscando las experiencias placenteras o huyendo de las dolorosas. No basta con dejar una huella indeleble a través de la vivencia, hay que saber adónde apunta lo vivido. Hay que exprimir la experiencia y sacar el jugo de la sabiduría para que el vivir sea un arte, una oportunidad de crecimiento y un espacio de asombro”.
Alzarse sobre la contundencia de lo vivido como el águila que divisa la globalidad del horizonte, no parece fácil de entrada. Requiere de un esfuerzo, demanda reflexión, discriminación y ecuanimidad. Necesita de una cierta distancia y de un desapego de aquello que nos ata, al menos para no sucumbir bajo el peso de lo experimentado.
Volviendo a la imagen del carro, de poco serviría todo el esfuerzo de poner a punto el carruaje sólo para dar vueltas alrededor de nuestro jardín. Con el carromato pretendemos hacer un largo viaje. Este largo viaje se llama en Yoga samādhi (absorción), es el octavo miembro que enumera Patañjali e implica un cultivo de la atención extraordinario para ver nítidamente la realidad. Tal vez podríamos sintetizar lo que significa el Yoga como un aterrizaje en la realidad y no, como muchos piensan, un despegar de la realidad hacia mundos
“insondables”. Es evidente que el Yoga no cimenta su filosofía sobre el posible desierto de lo humano sino sobre un anhelo, que a menudo pasa desapercibido, de trascendencia. Trascendencia entendida como la capacidad de vivir e integrar dimensiones de vida que nos abren a nuevas capacidades más sutiles y más globales, menos lastradas por la simple supervivencia o la subjetividad.
Resumiendo: el Yoga es unión de todo lo que nos habita para impulsarnos como un trampolín hacia las profundidades del Ser.
Transformación
Señalar en el mapa la cumbre a la que queremos llegar es relativamente fácil, más difícil será escalar la montaña con nuestros pies y nuestras manos. El yogui (y la yoguini) es ante todo un caminante. No carga con los libros eruditos, prefiere conocer la realidad de primera mano, saber lo que es caer y levantarse, perderse y reencontrarse, pasar frío y desesperanza por los caminos.
Cierto que el Yoga es un estado especial de unión y de trascendencia tal como apuntábamos unos párrafos atrás, pero no nos olvidemos, Yoga también es el camino que nos lleva a ese estado, con sus etapas, con sus avances y sus dificultades.
En la metáfora del camino el paisaje cambia porque nosotros nos movemos en una dirección determinada. Si siempre pasáramos por el mismo sitio nos daríamos cuenta de que estamos en un bucle, o sea, de que hemos perdido la dirección del camino. Es lo que ocurre en la práctica del Yoga: si no avanzas es que te has topado con un obstáculo muy serio puesto que el Yoga es transformación e implica un avance en nuestro conocimiento de la realidad y en nuestro desarrollo personal. Avance que aparentemente puede ser muy lento porque estamos enraizándonos en capas muy profundas de nuestra psique poco visibles a la luz de los comportamientos sociales cotidianos.
Lo inaudito del mensaje del Yoga es que nos dice: “nada es imposible, siempre y cuando vayas etapa por etapa respetando los límites”. No importa lo que tardes, lo importante es la marcha, un paso detrás de otro, ahora un estiramiento y después una respiración, más tarde estar centrado o la comprensión de la naturaleza de una cualidad de la mente. Lo importante es entender que partimos de un punto, nuestro momento actual y que, en ese punto, hay una potencialidad que podemos desplegar. Somos, por así decir, la mariposa dentro del gusano y el Yoga es el proceso de la crisálida por el que inevitablemente tenemos que pasar.
Un viaje de tal envergadura requiere voluntad, ecuanimidad, capacidad de dominar nuestros sentidos y extrema concentración. Ahora tenemos que preguntarnos si nuestro carromato, y nosotros con él, está preparado para ello.
Purificación
Sin embargo, un largo viaje es complejo y necesitamos llevar en las alforjas otros elementos complementarios, siendo la intensidad uno de ellos. El Yoga necesita intensidad para lograr sus objetivos, el mismo vigor y el mismo esfuerzo que necesita un montañista para alcanzar una cumbre o la misma que un ceramista pone en la cocción de sus piezas al horno con la temperatura suficiente para lograr el deseado grado de dureza. Podemos simbolizar esa intensidad como un gran fuego que va quemando las impurezas que encuentra a su paso. En la base del Yoga está la purificación de las tensiones del cuerpo y de las resistencias de la mente, purificación de todo lo que impide el paso de la energía y la amplitud de la conciencia. En este sentido, nos encontramos con una dimensión terapéutica, casi imprescindible, para avanzar en el camino del Yoga.
El pintor pinta sobre el lienzo blanco y el cocinero cocina en ollas limpias, y es seguro que podemos hacer obras de arte sobre el margen de un periódico antiguo y medio roto pero, sin duda, la purificación de nuestras estructuras corporales y mentales facilita el trabajo interior. Nos movemos torpemente a causa de nuestras tensiones musculares, resoplamos aquello que el tifón de nuestras emociones no puede retener y bailamos al son de nuestros pensamientos inestables.
El segundo aforismo del primer libro de los Yoga-sūtras de Patañjali habla de esos pensamientos inestables. Este aforismo define el Yoga como el aquietamiento de las oscilaciones mentales o como la restricción de los automatismos del pensamiento. De alguna manera esta máxima o sūtra nos sugiere la posibilidad de controlar la dispersión de nuestra mente y sortear la conciencia ordinaria reactiva, plegada a la información sensorial, arrastrada por las identificaciones en el pasado, por la volubilidad de la memoria, por la insaciabilidad del deseo o por la interpretación literal de las circunstancias. Tenemos que purificar el cuerpo a través de la intensidad de la práctica, pero también tenemos que purificar la mente a través del cultivo de la atención.
En definitiva, somos prisioneros de nuestros condicionamientos, automatismos corporales y fijaciones mentales. Parte del trabajo que hacemos en Yoga consiste en esta purificación ya sea a través de posturas, respiraciones, ejercicios de concentración, higiene en profundidad y alimentación sencilla y saludable. No queda otra que agarrar la escoba del Yoga y ponerse a barrer.
Intuición
Con el cuerpo y la mente purificados la mirada sobre la realidad se empieza a aclarar. Dicen que la realidad se esconde detrás de numerosos velos pero no es verdad, somos nosotros los que necesitamos revestirla para amortiguar su contundencia y para acomodarla a nuestras idealidades; la realidad está siempre aquí dentro y allá fuera sin pestañear un solo segundo. Vivimos, no obstante, en la periferia de la realidad y para desentrañarla es preciso apartar las tendencias de nuestro temperamento, los entresijos de nuestro carácter o los dobleces de nuestra personalidad. Y no lo hacemos porque nosotros mismos estamos enmarañados en sus hilos y no nos es fácil escapar. Lo sabe cualquier niño que sin saber cómo, simplemente jugando, se le enredan las cuerdas o los ovillos y después, al intentar deshacer los nudos, atraviesa momentos de impotencia y rabieta.
Querer saber de la realidad no es ninguna veleidad pues saber lo que existe fuera o dentro es imprescindible para que nuestros actos sean certeros y no dejen rastros indeseables. A nivel práctico lo tenemos claro: si quieres deleitarte con el paisaje debes limpiar pulcramente el cristal del ventanal. Pero claro, las adherencias internas de nuestra mente son más difíciles de desincrustar que la grasa del cristal. Aunque nada es imposible si hay clara conciencia de ello.
En primer lugar, para ver nítidamente la realidad, hay que discriminar, hacer lo mismo que hacemos cuando queremos producir harina para nuestro pan: separar el grano de la paja ya sea de forma manual o con instrumentos adecuados antes de llevarlo al molino.
Con el tiempo, la mente purificada se convierte en un perfecto bisturí y puede discernir los actos contingentes del hilo delgado que une las acciones vinculadas a los procesos internos. La precisión mental desenmascara los soportes donde arraigan nuestros deseos mostrando el impulso profundo que los sostiene; o simplemente, la capacidad de diferenciación nos ayuda a reconocer que detrás del caleidoscopio de las formas que vemos con nuestros ojos se esconden las esencias de las cosas. En todo caso, discriminar requiere de una concentración extrema, de mucha paciencia y de una extraordinaria tranquilidad. No en vano es lo que le decimos al niño cuando quiere deshacer aquellos nudos que hemos dejado párrafos atrás: sigue el hilo, no te pongas nervioso y ve poco a poco para deshacerlos.
Cualquier elemento puede ser objeto de nuestro discernimiento pero, especialmente, lo son aquellos hitos nucleares que suceden en nuestra vida. Desde el inicio del proceso de hominización el ser humano ha quedado consternado ante la muerte de sus congéneres porque aquel cuerpo que había manifestado vitalidad ahora yace inmóvil y sin ninguna expresión. Y ese cuerpo otrora vivito y coleando, ahora empieza a corromperse hasta ser sólo huesos. ¿Hay algo que trascienda la muerte, algo insustancial que no podemos asir, una esencia que no está contenida en el espacio o encerrada en el tiempo? Valga este ejemplo para señalar que el proceso de discriminar y discernir nos permite extraer las esencias de la vida para no engañarnos con las formas, siempre cambiantes, raramente simples y a menudo ilusorias.
La vía del conocimiento intuitivo despeja este camino lleno de trampas y nos dice: “observa con detenimiento, mira detrás de la vida los patrones energéticos que se activan, observa cómo hay una lógica precisa en su interior, detecta el momento sensible donde se producen los cambios y amplía la visión hasta comprender el entramado de la realidad. Sólo entonces podrás fluir con los cambios sin resistencias y activar alguno de ellos para inducir una mayor armonía en la vida”. Así de fácil y también así de difícil.
Fundamentalmente el Yoga es una manera precisa y pautada de desnudar la realidad, primero purificando nuestro cuerpo y nuestra mente para darle después una estocada a lo ilusorio a través de la discriminación.
Con lo dicho, y siguiendo la metáfora del camino, nos encontramos de viaje con nuestro carromato y con toda seguridad en el trayecto nos encontraremos con encrucijadas que hay que dilucidar y con obstáculos que hay que sortear. Sólo nuestro anhelo profundo de alcanzar la meta y una buena sagacidad nos harán encontrar el camino adecuado. En otras palabras, el Yoga nos ayuda a desarrollar nuestra intuición, a confiar en nuestra fe, a extremar nuestra atención para reencontrarnos con la realidad y comprenderla en sus más profundos secretos. ¿Pero esta profunda intuición es suficiente?
Sincronía
Ahora bien, esa visión iluminada de la realidad bien podría ser eso, una visión exquisita pero, al fin y al cabo, una visión sin más. ¿Cómo sabemos que es bien real? ¿Cómo sabemos que no es una visión descarnada, parcial o fantasiosa? ¿Cómo sabemos que la persona sabia que la describe con vehemencia, o nosotros mismos, no es un loco, un charlatán, un embaucador o un aficionado? Evidentemente lo sabemos cada vez que las visiones se plasman en la realidad, es entonces cuando percibimos los errores de perspectiva y las miopías de sus argumentos. No basta con la visión grandilocuente de la realidad, hay que practicarla, transitarla sobre el terreno y ponernos a prueba para ver si estamos a la altura de sus verdades.
Así pues, el Yoga podría ser también un Yoga de la acción. Un Yoga bastante difícil puesto que nuestras acciones están teñidas del estado anímico con el que las realizamos. Qué duda cabe que nuestros actos pueden ser interesados o desinteresados, libres o condicionados, adecuados o inadecuados.
El Yoga de la acción nos coloca delante de una verdad incontestable: estamos atados a la gran rueda de las acciones, una rueda que no para de girar… Queramos o no, las acciones suceden aunque nos quedemos quietos, maniatados y con los ojos vendados. Detenerse también es actuar.
En la superficie, las acciones parecen simples y compactas; chutamos el balón o apretamos el botón que tenemos delante pero, en el fondo, éstas se ramifican y ramifican en una red de consecuencias ad infinitum. Si la pelota que chutamos entra o no dentro de la portería puede, en determinados casos que todos conocemos bien, hacer que todo un país salte de alegría o se frustre ya que si bien los actos son, de entrada neutros, se comportan como esponjas que absorben un universo de múltiples significados.
Si es cierto que es imposible sustraerse de nuestras acciones, sí podemos ponernos en una posición en la que amortiguar sus efectos al menos de aquellos más indeseables. No en vano, la Bhagavad-Gītā, texto épico fundamental en el hinduismo, plantea el Yoga, entre otras enunciaciones, como la habilidad en la acción. ¿Por qué habilidad? precisamente por aquella complejidad que toda acción supone más allá de su impacto inmediato. Y es que las acciones no siempre son lo que parecen. No seamos ilusos, cada acción deja un rastro infinito de consecuencias y sólo vemos algunas estelas de ellas, apenas la punta del iceberg.
Muchas de nuestras acciones tienen efectos inmediatos pero parecen reverberar en el tiempo. Uno cosecha lo que siembra pero sería más preciso decir que la naturaleza de nuestros actos refuerza la intención con la que los hemos hecho, formando un bucle que se retroalimenta. En la física, la ley de causa y efecto está muy bien estudiada, pero el mundo interno también tiene su gravedad que actúa inexorablemente en las compensaciones de las emociones, las atracciones del amor, las equivalencias de las razones o las sincronías de las intuiciones.
La agresividad que empleamos sobre el objeto (o sujeto) que nos estorba o amenaza explota fuera pero también implosiona dentro en forma de frustración, negatividad o culpabilidad. No podemos lavarnos las manos de las acciones irresponsablemente, cada acto deja una impronta en forma de semilla que, si la regamos a menudo, no tarda en florecer. Es cierto que una gota que cae no produce una tormenta, pero una secuencia repetida de actos conforma un hábito y a la postre un carácter. Y, lo sabemos, somos la mayoría de las veces víctimas (y cómplices) de nuestras estructuras mentales y emocionales.
El Yoga nos propone lo siguiente: si somos hábiles en la acción, si nuestra acción está libre de precipitación, egoísmo y apego seremos libres, libres de aquellos posos que toda acción va dejando en su arremetida contra la realidad. Los imponentes egos que hemos construido se han destilado con pequeños y casi insignificantes actos, en nuestras obras y pensamientos, tal como las enormes estalactitas se han formado pacientemente con el residuo que deja al caer una gota tras otra.
Si nuestra acción estuviera sintonizada con el momento presente, en su justa medida, desharíamos el nudo que nos aprieta. Si las acciones no se construyeran desde la confusión, la necesidad de afirmación, la búsqueda de placer o el rechazo al dolor… O simplemente, si nuestras acciones no dejaran un rastro de miedo a lo desconocido o al vacío que produce la desaparición, caerían como una gota de lluvia sobre la amplitud del océano sin dejar la más mínima huella. Entonces sería, valga la paradoja, una inacción en la acción, una acción que no es empujada o retenida por nadie porque, sólo entonces, no habría el artífice del yo manipulando aquí y allá, sino el simple acto alineado con lo que reclama la vida. Pura sincronía.
Esta sincronía la tiene que respetar todo músico dentro de una orquesta. No piensa en la nota que tiene que tocar, simplemente fluye con la música y la nota surge espontáneamente sin esfuerzo, arrastrada por la armonía del conjunto. ¿No serán el yogui o la yoguini músicos de la vida? ¿No será cada acción una nota más en el interior de una sinfonía mayor? Forzar cada acto reclamando la propia autoría y, por tanto, el interés de los resultados es la mejor manera de crear una sutil cárcel de apegos.
La palabra que ha utilizado la tradición para hablar de la ley de causa y efecto es karman. Viene de la raíz kri que significa “hacer”, y por supuesto, no habla sólo del baile de formas que proceden de las acciones, sino de la acción dentro de la acción, es decir, de nuestras intenciones. Es igual al efecto que tiene la pelota cuando la golpeamos: rebotará de diferente manera dependiendo del ángulo y de la intensidad del golpe. Fijarse, por poner otro ejemplo, en el objeto del regalo que nos hacen y no tanto, en la intención que hay detrás puede ser una fuente de malentendidos. Nos movemos siempre en un universo de significados personales, grupales y sociales. Hacemos lo que hacemos porque nuestros actos son atraídos por la fuerza del prestigio, por la moral dominante o por la necesidad del momento, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Cuando actuemos, vale la pena convertirnos en personas prudentes, sigilosas y atentas. Y hay que decir, además, que aunque nos metamos bajo la cama por temor a las consecuencias de las acciones, ésta no nos protege de nada, pues seguimos estando a merced del río de la vida, de sus causas y efectos. El Yoga es un compromiso inteligente con la vida.
La acción tiene que estar libre, tal como decíamos, de ego, apego y miedo, aunque las acciones no aparecen y desaparecen de forma aislada. Son como los músculos, que siempre se activan en una sinergia con otros y estiran, al mismo tiempo, sus antagonistas. Funcionan solidariamente en cadenas que serpentean por todo el cuerpo. Y esto, en el caso de las acciones, se complica un poco más porque un acto meditado, de los resultados del cual somos plenamente conscientes, no requiere tanta destreza; sin embargo, aquellas que se encuentran en medio de otras acciones en situaciones complejas reclaman no sólo pericia sino nuestra más alta sabiduría. Estamos hablando de la sincronía en las acciones, y por ello, no cuentan sólo nuestros actos sino también los de los demás. Cuenta el momento del día y el momento del año. Cuenta lo que decimos y lo que callamos, lo que deseamos, lo que sentimos y lo que intuimos, cuenta la globalidad de nuestro entorno porque todo es real y tiene su peso específico en cada momento. Sincronizar nuestras acciones no es como sincronizar nuestras agendas con el ordenador, requiere de una escucha muy fina y de un corazón muy grande.
El Yoga nos propone, en primer lugar, simplificar, hacer una criba de las acciones después de desarmar nuestra codicia y nuestra avaricia. De esta manera cada acto no proviene del anterior ni persigue al siguiente, sino que da tiempo al tiempo y respeta el ritmo de cada proceso. Pero sobretodo, el Yoga nos invita a pensar globalmente y a actuar en lo cercano, nos dice que no seamos prisioneros de los extremos y que miremos lo infinitamente pequeño sin descuidar lo infinitamente grande. En otras palabras, el Yoga de la acción requiere un dominio del análisis y también de la síntesis, desmenuzar lo concreto sin perder de vista lo global. ¿Sabremos realizar este malabarismo?
Celebración
La lección es ésta: entrar en el mercado de la vida con sus tentaciones y su algarabía, con sus productos y su especulación y no quedar enredados en sus trifulcas. Retirarse del mundo es una solución fácil, si bien es cierto que la muerte social es la muerte más difícil de todas; por eso no es de extrañar que, en el sosiego de nuestras solitarias reflexiones, tengamos que ir lamiéndonos las heridas. Hay, no obstante, otra solución: decir sí al mundo a través de una acción sin acción y conseguir así la implosión de nuestro egoísmo a través del gesto desinteresado y el desenmascaramiento de la hipócrita piedad de la que hacemos gala ya sea para camuflar nuestro interés o para confundir a nuestros enemigos.
Lo más probable es que acabemos tarde o temprano atrapados en la telaraña que el mundo teje alrededor de nuestras motivaciones no revisadas. Para salir de ese laberinto necesitaríamos unas alas como las del hijo de Dédalo, quien las construyó con las plumas de los pájaros y la cera de las abejas para remontarse por encima de sus muros. Necesitaríamos unas alas, es cierto, aunque no artificiales (como las de Ícaro, quien acabó cayendo al abismo como nos recuerda el mito) sino unas que nos ayudaran a remontarnos por encima de la contundencia de las cosas, por encima de su insignificancia y de sus consecuencias, por encima también de la competencia feroz donde se gana y (más a menudo) se pierde. Estas alas sólo pueden surgir del corazón, sólo el amor entendido como una disolución del yo puede liberarnos del yugo de las acciones.
No es fácil hablar del amor porque hemos aprendido desde bien pequeños muchas ficciones que lo calcan a la perfección, aunque a la postre no son más que una especie de tragicomedia. Con una mano hemos señalado tiernamente el corazón, pero con la otra hemos sostenido detrás una balanza para hacer un cálculo y asegurarnos de no perder en el intercambio y de que, en la medida de lo posible, no vayamos a ser traicionados o abandonados.
El Yoga junto a las tradiciones profundas nos habla de otro amor: un amor que no es estrictamente personal, que no es un intercambio de cromos románticos, sino un amor profundo a la existencia. La vida está empapada de una inteligencia tan honda que nos desborda por todos los costados; a esa parte insondable que no comprendemos bien la llamamos misterio. Cuando el místico se adentra en el bosque no sólo toca la parte material y orgánica, roza (si es posible ponerle palabras) un aliento que no es de este mundo. Identifica aquella respiración externa que se da en cada estación con la propia interna, esa sutileza que acompaña la mezcla de olores con la presencia que siente en su propio interior. Se postra ante esa hondura que por simplificar llama divinidad, y se deja acariciar o desgarrar por ella. La Bhagavad Gītā nos dirá que el Yoga es la disciplina de la devoción.
Cuando uno ha despegado de lo profano para aterrizar en lo sagrado difícilmente se enreda en las miserias humanas. Porque lo sagrado es una presencia que se cuela hasta el tuétano y nos hace vislumbrar la majestuosidad de la creación, la interrelación profunda de todo lo que existe, la certeza de la impermanencia que nos ayuda a soltarnos de tantos y tantos asideros que prometen estabilidad y falsa seguridad. El amor devocional no es sólo cantar, hacer ofrendas y repetir plegarias, es ante todo un diálogo entre mi pequeño yo y mi Ser, entre tú y la conciencia que despunta en tu horizonte vital, entre el universo que nos rodea y el reflejo de lo divino que encontramos en cada árbol, cada animal y cada piedra.
La respuesta ante esta relación íntima con lo sagrado se manifiesta en una actitud de celebración. La vida no se posee ni se manipula, pues la vida es otorgada. Agradecer en cada mañana, en cada relación y en cada situación la oportunidad de manifestar esa vida consciente que nos atraviesa es un gran don. Con eso nos basta.
Liberación
Siempre lo hemos intuido: el Yoga, en última instancia, apunta a la liberación de todo condicionamiento. Si una gota no tuviera la atracción de la gravedad o el empuje del viento sería absolutamente esférica; si nosotros no estuviéramos constreñidos por la necesidad o el vértigo de la existencia probablemente seríamos espontáneos, desinhibidos y atentos. Seríamos fieles a nuestra esencia como lo es la esfericidad a la gota de agua.
¿Qué lo impide? En primer lugar, nuestra ignorancia (avidyā). Hemos confundido esencia con carácter; la presencia del eterno presente por el sueño omnipotente del yo; hemos confundido el ser por el tener y hemos antepuesto las apariencias a lo que verdaderamente somos. Somos ignorantes aunque nuestras estanterías estén llenas de libros y nuestras paredes de títulos, somos ignorantes de haber perdido la conexión con el alma de las cosas.
En segundo lugar, derivada de esa ignorancia, nos encontramos con una excesiva identificación con lo que creemos que somos (asmitā). Hay un yo hipertrofiado que lo filtra todo por el tamiz de sus gustos y por el engranaje de sus razones y que lucha a brazo partido por tener siempre la razón y por salir ganando en cualquier intercambio. Un yo loco de cordura es impermeable al misterio.
Más allá de esa perspectiva egocéntrica, nos puede el deseo. Somos seres con un fondo de insatisfacción buscando en el lugar equivocado una llave que hemos perdido. Las experiencias placenteras prometen una felicidad de montaña rusa, te elevan momentáneamente a las alturas para dejarte caer sin previo aviso. Son experiencias sustitutorias de un anhelo profundo. Tristemente, queremos ver a Dios en el fondo de una copa de whisky o en la calada profunda de un pitillo y cosechamos, evidentemente, adicciones que tienen difícil solución. Esto es rāga, el siguiente hijo de la ignorancia y nos habla de esa zanahoria que perseguimos en nuestras experiencias, ese juego claroscuro del deseo que nos seduce con una mano mientras nos frustra con la otra.
En cuarto lugar nos encontramos con dvesha, precisamente lo contrario de rāga, una aversión irracional a experiencias dolorosas o traumáticas que no queremos ver ni en pintura. Inconscientemente evitamos situaciones donde nos sentimos amenazados o vulnerables, situaciones que nos confrontan con un otro o donde podemos perder nuestro excesivo control. Evitamos situaciones que en su momento fueron dolorosas pero que, hoy en día, sólo son fantasmas de un pasado irresuelto. Nos vamos limitando y limitando hasta aceptar vivir al filo de lo no existencia.
Por último, abhinivesha tiene que ver con el miedo que se ha instalado en todos los rincones de nuestro ser. Tenemos miedo a perder nuestra estabilidad, miedo a que las cosas cambien, miedo a envejecer, a enfermarnos, a ser marginados, a dejar nuestra pareja que no amamos y nuestro trabajo insufrible. Miedo a todo pero, especialmente, miedo a morir. Tememos vivir intensamente porque tanta intensidad nos obliga a asumir un riesgo que traiciona nuestra fidelidad al confort y la seguridad. Vivimos a medio gas mirando hacia otro lado cuando mueren los otros, como si fuera algo que no va con nosotros, como si secretamente tuviéramos en la guantera un seguro de vida para sortear la muerte o al menos, para postergarla.
El Yoga habla de todo esto porque el Yoga es una respuesta al sufrimiento. Duhkha es sufrimiento, es un sinvivir, una restricción a la vida, una limitación de nuestras potencialidades. Esta restricción es el resultado de aquella ignorancia ante la vida, de la excesiva identificación con nuestro yo y de su polarización hacia el placer o la huida del dolor. Duhkha es ante todo miedo, un añadido emocional al hecho consustancial de vivir. Atravesarlo puede ser tan sencillo como aceptar que hay día y noche, aciertos y errores, encuentros y desencuentros, placeres y dolores, tan sencillo como aceptar que nacemos un día y que un día también hemos de morir.
El Yoga nos dice que hay una salida al sufrimiento psicológico y que, si somos capaces de desactivar el mecanismo automático que se activa ante situaciones emocionalmente cargadas, podremos liberarnos de esa rueda pesada que nos aplasta.
Moksha es esa liberación que está en la aguja que señala el norte del Yoga. Extinguir el fuego excesivo del deseo, liberarnos de nuestros condicionamientos, sustraernos de la actividad frenética de la mente hasta alcanzar la paz.
Meta
Casi tendría que pedir perdón por haber necesitado tantas palabras para definir el Yoga pero él, al igual que una montaña, tiene muchas caras y difícilmente podemos dibujar todas ellas en un mismo plano sobre el papel. Es necesario entender que el Yoga es como una tierra con muchas capas y muchos sedimentos, y para su análisis necesitamos un estudio en profundidad.
El carromato con el que empezamos este viaje está a punto de llegar a la meta; seguramente no tiene nada que ver con lo que imaginábamos al principio, pero el Ser que viajaba en su interior ha vuelto a la fuente, ha regresado a casa. No es la casa de nuestros ensueños y no es, por si alguien tuviera alguna duda, el séptimo cielo. La meta se llama realidad, aterrizar en el mundo para seguir caminando. La meta se manifiesta en el momento presente, en ser lo que somos, en hacer lo que toca hacer, en bailar con las circunstancias y aprender a morir. La meta es sólo una metáfora en nuestra mente que nos incita a seguir viviendo. Podemos vivir las situaciones que nos trae la vida, sólo que ahora sabemos sostenernos en nuestra propia naturaleza esencial. Afianzados en la fuente de lo que somos, nuestra conciencia se expande sin límites y eso se asemeja a la presencia, a la plenitud y al éxtasis. Bienvenidos al Yoga.

Shri yantra

CAPÍTULO 2
SĀDHANA
la práctica personal
Es maravilloso ver a músicos de jazz interpretando. Improvisan desde la escucha, se alternan sin brusquedades, se mimetizan con el ambiente y se vuelven cómplices con el público en un todo indisociable. Sin embargo, esa improvisación surge de un duro trabajo previo ensayo tras ensayo. Hay que dominar los instrumentos musicales y hay que repasar los compases básicos que sostienen esa improvisación.
El Yoga y la música, como cualquier arte, es inspiración pero también mucha práctica. Es cierto que práctica resuena con disciplina y nos recuerda, tal vez por el ahínco que ponían algunos profesores en nuestra educación, una posición férrea cuando no un tanto arbitraria. Sobre este sentido del deber malentendido nos hemos rebelado tantas y tantas veces.
Cuando nuestra práctica ha sido empujada desde una exigencia externa (ya sea de un grupo o escuela), o bien ha surgido como respuesta a una exigencia interna, es posible que nos hayamos encontrado con una práctica que se ha quedado en la superficie, en la robotización o en una actividad forzada con calzador que ha perdido espontaneidad. Al final, divididos, no hemos podido reconocer esa práctica como propia: una práctica que emane como expresión de un proceso interno, una práctica que tenga corazón.
Práctica
Pero si la práctica no es una disciplina externa a la que amoldarse ni un mandato al que seguir fielmente, ¿qué podemos entender por práctica desde nuestro ámbito de Yoga?
Sin ir más lejos, el propio Patañjali, en el sūtra 14 del libro I de los Yoga-sūtras nos recuerda las cualidades de una práctica apropiada: “Sólo si la práctica adecuada se mantiene largo tiempo, sin interrupciones, con las cualidades de celo y actitud positiva, puede esta triunfar”. T.K.V. Desikachar (hijo y discípulo de Tirumalai Krishnamacarya, un gran yogui del siglo XX, precursor del Yoga moderno) sigue comentando muy acertadamente que: “siempre existirá una tendencia a comenzar la práctica con entusiasmo y energía, un deseo de rápidos resultados. Pero las limitaciones de la vida cotidiana y la enorme resistencia de la mente nos incitan a ceder a las debilidades humanas”.
Tenemos aquí las claves de la práctica esencial del Yoga y de los posibles impedimentos que podemos encontrar. Pero no corramos tanto, veamos lentamente éstas y otras cualidades necesarias para dar solidez a nuestra práctica.
Práctica continua y sin interrupción. Es de sentido común que una práctica tiene que ser constante. No es mero capricho, no olvidemos que la práctica del Yoga tiende a soltar los condicionamientos de ciertos hábitos y automatismos y éstos se rearman con suma facilidad si les damos libertad día sí y día también. Lo tenemos claro cuando tomamos medicinas: hay que tomarlas de forma ordenada y continuada para mantener la dosis activa en sangre y evitar la nueva proliferación de gérmenes.
Gota a gota se perfora hasta la roca más dura. Cada āsana que realizamos se convierte en una pequeña impresión que deja una estela de alineación, estabilidad o calma mental. Un conjunto de impresiones conforma, a la larga, un patrón que se reimprime sobre los viejos automatismos creando nuevas formas de estar y de sentir en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Merece la pena insistir e insistir en nuestra práctica aunque no veamos a corto o medio plazo los resultados esperados. Podemos decir que ahora es tiempo de siembra, postura a postura y meditación tras meditación. Pero también es tiempo de no especular con la cosecha en Yoga, con la fantasía de los logros obtenidos. Hay que practicar tenazmente y con la mente abierta.
Práctica intensa y prudente. Sobre aquella continuidad de la práctica debemos imprimir una intensidad tal que haga posible la liberación de nuestras tensiones. Hemos de recordar el concepto de tapas que en sánscrito es ese fuego interno que surge de una ascesis como una especie de horno alquímico donde podemos transmutar nuestras energías, las más densas en sutiles. Concepto importante del cual hablaremos con mayor profundidad un poco más adelante. Asimismo, cuando encontramos la intensidad adecuada, los sentidos se pliegan y la mente queda casi detenida. Es la magia del Yoga, la capacidad de aterrizar en la presencia.
En otro orden de cosas, ya sabemos a estas alturas que el Yoga no es ni una moda ni un juego de salón; estamos moviendo, si se me permite el símil, capas de sedimentos de nuestro interior, corazas musculares que parecen inexpugnables, emociones encharcadas o visiones enquistadas de la realidad. Movemos muchas estructuras y por eso mismo tenemos que ser prudentes.
Sin embargo, debemos ser conscientes de nuestros límites y empujarlos amorosamente para que se hagan más silenciosos. Digámoslo claramente: cuando nuestro punto de partida es débil, una práctica larga y con técnicas avanzadas es, cuanto menos, arriesgada.
La intensidad no tiene por qué estar reñida con la prudencia. Excesiva prudencia nos paralizaría y demasiada intensidad vencería desafortunadamente nuestros límites de seguridad. De ahí la necesidad de encontrar un buen equilibrio flexible.
Práctica respetuosa y supervisada. Para que la intensidad no nos acobarde demasiado, hace falta instalar la red de seguridad que marca toda tradición. Este soporte que nos ofrece una escuela tradicional o linaje ha pervivido a lo largo de los siglos y, si bien es cierto que a veces reacciona tarde a los cambios personales y sociales, también lo es que ha sabido sortear con éxito los obstáculos con los que han tenido que lidiar los iniciados en su peculiar camino de realización. Tener como base de nuestra práctica los conocimientos de una tradición o la cercanía de una escuela honesta es algo necesario para darle solidez.
Aún así, no hay duda de que siempre podemos estar equivocados y creer que vamos en una dirección cuando, en realidad, vamos en sentido opuesto. A nuestra práctica le ocurre lo que a cualquier asunto humano: la falta de distancia. No podemos caminar a ras de suelo y tener simultáneamente la perspectiva aérea del horizonte, lo que nos daría mucha más información acerca de los caminos por los que vamos a transitar.
Tomar distancia es la habilidad de cambiar de perspectiva. Los profesores de Yoga expertos tienen, de tanto en tanto, la precaución de intentar colocarse en la piel de sus alumnos y de preguntarles cómo se sienten tras una sesión, de observar cómo se mueven, cómo practican, para obtener una mayor certitud acerca de la manera de transmitirles el Yoga. Si hiciéramos lo mismo con nuestra práctica y recogiéramos pacientemente las impresiones que aquélla deja en nuestro cuerpo y mente, o supervisáramos nuestra evolución con algún guía experto, posiblemente la podríamos reconducir y ajustarla más y más a nuestras necesidades. De este modo evitaríamos quedarnos un tiempo indefinido en un bucle sin salida practicando lo mismo pero sin avanzar en ninguna dirección.
Práctica entusiasta y con fe. Si nuestra práctica adolece de entusiasmo fácilmente caerá en lo rutinario y al final se disipará o caerá en el olvido. Es posible que la pasión no nos visite en un principio o que se marche a otras latitudes después de un tiempo cuando la cotidianidad vaya desinflando los globos de la ilusión. Sin embargo, aprender a amar lo que hacemos es la mejor disposición delante del esfuerzo intenso. De hecho, cuando hay verdadera pasión no se siente el esfuerzo y prima más el gozo que el cansancio. No olvidemos que el Yoga es un arte y no una píldora que, aunque sane, se toma a regañadientes.
Es cierto que cuando acucia una enfermedad o se agudiza una tensión practicamos Yoga para resolverlo. En este sentido, chikitsā es la rama terapéutica del Yoga que sólo utilizamos cuando un desarreglo en nuestro sistema nos impide continuar con nuestra práctica intensa.
Quizá los dioses no nos bendigan, de entrada, con la pasión suficiente para vencer las resistencias que siempre aparecen en algún recodo del camino. Nadie puede imponerse una pasión; sin embargo, sí podemos crear las condiciones para que aparezca. Qué curioso que “entusiasmo” venga de un vocablo griego que significa rapto o posesión divina, tal vez aludiendo a una condición extraordinaria que poseen muchos poetas, artistas y genios que han podido elevar el techo del saber humano un poco más arriba de lo mundano.
Sin aspirar a tanto, entusiasmarse con la propia práctica es la mejor manera de hacerla carne como si fuera una segunda piel, un nuevo vestido de sensaciones al desplegarse nuestras potencialidades, avivadas por aquel fuego que parece ciertamente divino. El entusiasmo puede tener sus más y sus menos, sus mareas altas o bajas dependiendo de las peripecias de ese rapto divino. En cambio, la fe es consistente y avanza con fuerza como un pelotón de carreras. Es cierto que las luces de nuestra mente son como faros que alumbran las cercanías de lo conocido pero también lo es que, más allá, todo es oscuridad o misterio.
Ahora bien, aunque no podamos abarcar todo el horizonte, sabemos que éste se mueve flexiblemente con nosotros y que, tarde o temprano, nuestro barco topará con tierra firme. La fe es la adhesión de nuestra pequeña comprensión a un todo mayor que, aunque desconocido en parte y por eso mismo temido, es sentido en lo más profundo como algo íntimo y benefactor.
Si el entusiasmo es el motor del barco de nuestra práctica, la fe es la alegría de contemplar la estrella que marca el rumbo a seguir, anticipo de la transformación que está por venir.
Práctica completa y armónica. En nuestra alimentación no tomamos todas las clases de alimentos a la vez: hoy hay legumbres y mañana, tal vez, verduras o cereales. Sin embargo, en el cómputo final nuestra alimentación tiene que ser completa y contemplar todos los ingredientes que necesitamos desde las proteínas a los hidratos, a las vitaminas y minerales so pena de desnutrición. En nuestra práctica de Yoga ocurre lo mismo; aunque hoy fortalezcamos los abdominales y mañana la capacidad respiratoria, debemos contemplar todos los segmentos del cuerpo, sus centros energéticos y también las cualidades físicas, hasta abarcar todos los elementos de los que estamos constituidos.
Polarizar la práctica, bien hacia lo corporal o bien hacia lo contemplativo, arrastra, a la larga ciertos desequilibrios. Basta comprobar rápidamente el esquema del asthānga-yoga de Patañjali (el Yoga de los ocho miembros) para darnos cuenta de que la ética, la disciplina corporal, energética y respiratoria, sensorial y de concentración, meditativa y de absorción están perfectamente encajadas. Incluso volviendo al ejemplo gastronómico que apuntábamos antes, la nutrición es para todo el cuerpo, desde las células hepáticas hasta las neuronas. Es de sentido común que si estos nutrientes no llegaran a todas las células nos encontraríamos en un ciclo de subdesarrollo o muerte celular. Precisamente, lo interesante de la ciencia yóguica es su carácter globalizador, ya que enfoca la vida en su conjunto.
Cierto que cada etapa de la vida requiere un acento distinto y así, decimos en Yoga que en la etapa juvenil éste recae en āsana, en la etapa adulta en prānāyāma y, más adelante, en dhyāna, miembros del asthānga-yoga que veremos en capítulos posteriores. Sin embargo, nunca abandonamos este método simplificado donde en un vértice prestamos atención a la estructura corporal, en otro al movimiento y canalización de la energía y en el tercero, a los procesos mentales. Recapitulando: todo ello sólo hay que tenerlo en cuenta como marco general, pues la acción específica y su desarrollo dependerá de cada practicante, de sus necesidades y de sus motivaciones.
En todo caso, la práctica tiene que ser completa pero también armónica, no podemos hacerlo todo y todo a la vez, tenemos que buscar unos ejercicios equilibrados que se apoyen mutuamente y que se compensen entre sí.
Práctica adaptada y progresiva. Pero, ¿cómo sabemos que la práctica que hacemos, aunque sea continuada, respetuosa y entusiasta, es la que nos corresponde? De la misma manera que sabemos que las medicinas que tomamos son adecuadas a nuestra enfermedad a partir de un diagnóstico riguroso realizado por un especialista con experiencia en tratamientos a lo largo del tiempo. No hay manera de avanzar con éxito en una práctica, si no nos hemos detenido a hacernos un chequeo en profundidad.
¿Qué es lo que tenemos que activar y qué lo que tenemos que calmar en dicha práctica? ¿Qué hay que tonificar y qué flexibilizar? ¿Qué actitudes queremos desarrollar y qué tendencias queremos aplacar? Adaptar una práctica es lo mismo que hacer un traje con tejidos a medida: adaptarlos a una estructura corporal concreta y a la posible actividad que se va a realizar con dicho vestido. Pero acostumbrados a ponernos ropa prêt-a-porter perdemos la sincronía con el vestir que todo buen sastre aprecia. Y esto que resulta curioso en el vestir puede convertirse en algo serio cuando practicamos exclusivamente métodos de Yoga estructurados dirigidos a todo el mundo con muy poca adaptación. Perdemos, de entrada, nuestra escucha y, de paso, esa eficacia y armonía que toda práctica individualizada tiene.
La práctica tiene que entrar como un guante, éste no puede apretar ni estar holgado porque dificultaría el asimiento preciso de los objetos. Por eso la práctica no puede ser cualquier práctica, tiene que tener el tiempo y los ritmos adecuados, la intensidad y los medios reguladores que necesitamos.
Ahora bien, esta adaptación se debe hacer a lo largo del tiempo por la sencilla razón de que cada día, en cada estación y en cada temporada de nuestra vida hay cambios sustanciales que hay que tener en cuenta. La práctica se establece por etapas o por fases, procurando que tengan rigor. Si la práctica nos ayuda a sacarle punta a nuestra vida, ello sólo ocurre dentro de un proceso.
Abordar creativamente este proceso es fruto de nuestra inteligencia. Para conseguir ciertos resultados deseables primero tenemos que desarrollar aspectos básicos. Es posible que no podamos hacer una āsana específica en el comienzo, pero esto no es un problema; podemos empezar por una variante más sencilla con la ayuda de algún elemento externo para facilitar nuestra autorregulación. Más adelante alcanzaremos la postura propuesta quizá con algún elemento dinámico. No hay prisa, la postura que hemos planteado en un inicio aparecerá como resultado de un proceso inteligente.
Si fuéramos alpinistas ascenderíamos a la cumbre por etapas, con los descansos necesarios, con el tiempo suficiente para adaptarse a la altitud, con los instrumentos adecuados y con el ímpetu elevado. Aunque hay que decir, para ser más exactos, que el objetivo último del Yoga no es tanto una cumbre lejana que anhelamos como el mismo momento que estamos viviendo y que pasa desapercibido ya sea por nuestra dispersión o superficialidad. El paisaje que estamos viendo mientras caminamos forma parte también del objetivo del Yoga.
Kriyâ-yoga
Hasta el momento hemos visto algunas de las cualidades de la acción para que nuestra práctica sea estable. Una práctica que tiene cimientos y tiene armonía porque está pensada para fluir con nuestra vida y se vuelve soporte para rozar siquiera la fuente en la que se baña el Ser que somos.
Ahora bien, es evidente que la práctica no es sólo lo que puedes hacer sobre una esterilla, tiene que englobar desde el cuerpo al espíritu pasando por las capas intermedias, especialmente todo lo concerniente a la mente. La palabra clave en Yoga es kriyā, que significa purificación, y que Patañjali plantea en el primer sūtra del sādhana-pāda. La raíz de kriyā es kri que significa algo que tiene que realizarse, una especie de obligación, acción o esfuerzo para conseguir un conocimiento. Este Yoga de la acción purificadora tal vez sea una simplificación del gran Yoga pero, en definitiva, es el Yoga del día a día, el Yoga real sin el cual todo el abanico metafísico no tendría sentido. Veamos los tres elementos de este kriyā-yoga.
Tapas. Este concepto lo encontramos, en primer lugar, en las Upanishads (escritos del hinduismo védico tardío) e indica una especie de ardor que siente el iniciado en su práctica intensa. Esta intensidad funciona como un fuego que quema las impurezas. La metáfora tradicional es la de la gota de néctar que desciende desde la cima de la cabeza y se quema en el fuego del vientre. Si existe mucha ceniza, es decir, muchas impurezas, el fuego quema lentamente y con dificultad. Si limpiamos ese horno alquímico e insuflamos más vigor tal como hacemos con un fuelle sobre nuestra hoguera podremos aumentar el fuego. ¿Para qué? El mito nos habla de la Kundalinī, serpiente enroscada tres vueltas y media en la base de la columna que podrá despertar y ascender a través del canal central cuando los obstáculos hayan sido eliminados gracias a ese fuego purificador. Este relato sugiere, en otros términos, la importancia de elevar la energía instintiva hacia el polo de la conciencia y para ello es necesario ese calor fruto de una ascesis.
Cabe remarcar que este calor se genera a través de nuestra voluntad y está enmarcado en una práctica rigurosa que nos ayuda a mantenernos sanos en cuerpo y mente. Nos asiste en el dominio de uno mismo, nos da coraje para sortear los obstáculos de la vida y una buena disposición frente a la acción. En todo caso tapas es el primer elemento de la práctica que purifica el cuerpo a través de āsanas, de una alimentación frugal y de unos ejercicios de higiene en profundidad.
Svādhyāya. Con tapas podemos hacer una gran hoguera y quemar muchos troncos, de esta manera movilizamos una tremenda energía con una práctica intensa pero tal vez sin tener clara la dirección. El hámster también camina velozmente sobre una rueda que, sin embargo, no va a ningún sitio. Asimismo, necesitaríamos disparar una flecha en una dirección precisa, allí donde colocamos nuestras metas.
Svādhyāya significa estudio de sí mismo y esto, tradicionalmente, se ha hecho a través de la lectura y relectura de los libros sagrados y, como no, de la relación fundamentalmente iluminadora con los maestros y maestras.
Interrogarse acerca de quién soy es utilizar una pregunta clave como palanca para abrir las puertas de la mente o una lupa para entender los meandros de nuestra propia personalidad. Si tapas, desde la perspectiva del campesino, es hacer surcos para que llegue el agua a los campos cultivados, svādhyāya es la luz del sol que hace crecer las plantas. De eso se trata, de tener luces, de intensificar la inteligencia para poder discriminar lo que es anecdótico de lo esencial, lo que es pura apariencia de lo que es real; en definitiva, lo que pertenece al ego de lo que corresponde al Ser.
Hasta aquí, la acción tiene que ser purificadora y la decisión esclarecedora. Tapas y svādhyāya se reclaman como el motor y el volante de un coche, debemos poner inteligencia e intención a nuestra práctica para que ésta nos lleve en la dirección deseada.
Hoy en día, la buena terapia, la que hace de puente entre la salud mental y la comprensión de nuestras actitudes, puede hacer las veces de svādhyāya porque nos invita a la reflexión sobre nuestros actos, nos pone un espejo para reconocer nuestra responsabilidad y nos recuerda que nuestra vida tiene un sentido que hay que apoyar.
Nos ayudan también los libros que desnudan el alma humana, los que bucean en la estructura de la vida, los que cuestionan nuestras visiones estrechas. Y nos ayuda también la guía sincera y reveladora de nuestros maestros. Y hasta la misma naturaleza hace las veces de gran iniciadora a todos los misterios.
Īshvara-pranidhāna. De entrada, parecería que fuera suficiente con una práctica intensa y una certera indagación sobre nuestros fines. Entrañas y cerebro colaborando estrechamente… Sin embargo, en un punto intuimos que nuestra práctica tiene que tener también corazón. Sin éste la práctica se vuelve poderosa, y ya sabemos que el poder personal alimenta a menudo estructuras egocéntricas que dificultan el acceso a la fuente de nuestro Ser.
Practicar con corazón es practicar impecablemente sin una búsqueda de perfección, practicar en la acción sin una preocupación por los resultados, sin un apego a los frutos y sin una expectativa de poderes extraordinarios. Practicar desde el abandono.
El corazón nos dice que somos pequeños, muy pequeños, y que agachar la cabeza como lo hace un árbol cargado de frutos es signo de grandeza. Īshvara es el Señor a los pies del cual se depositan los frutos. En otro lenguaje, diríamos que ni los frutos de nuestras acciones nos pertenecen. Desde esta perspectiva existencialista, vemos que todos los aferramientos se los lleva el tiempo, carecen de sustancia y son una ilusión más de nuestro excesivo control. Y esa clara percepción de lo ilusorio es lo que abre nuestro corazón al otro que sufre o que es feliz, que está en crisis o que está esperanzado. Ser atentos o compasivos, estar disponibles o ser desprendidos es todo lo que podemos hacer. Meditar continuamente desde la entrega profunda sin perder de vista lo divino.
Herramientas
Entrañas, cerebro y corazón serán las tres orientaciones de nuestra práctica, tres maneras de sortear, simbólicamente hablando, la roca de nuestras tensiones, el eclipse de nuestras confusiones y el espejismo de nuestro egoísmo. Necesitamos el trabajo coordinado de los tres en nuestro día a día. Necesitamos el coraje de nuestra disciplina (tapas), el discernimiento para refinar y ajustar esa práctica (svādhyāya) y, por último, el abandono (īshvara-pranidhāna) para abrir el corazón de forma compasiva conectando nuestra práctica con la vida y con los otros. ¿El resultado? Una disminución de nuestro sufrimiento, una reducción de nuestra ignorancia y una gran capacidad de transformación interior.
La tarea es titánica, un Yoga para el día a día que aporte más salud, más claridad y más plenitud al proceso de vida. Un Yoga que nos de resistencia para manejar nuestras tensiones, que aporte una filosofía estructurada para gestionar nuestras confusiones y que nos ayude a conseguir una paz interior para percibir la totalidad de la vida con mayor sensibilidad. Una tarea que requiere gran precisión y enorme coraje, una tarea que precisa herramientas de envergadura, contundentes pero también sutiles. Herramientas que también hay que engrasar y afilar.
Voluntad. Podríamos decir que sin práctica, o sin el empeño en ella, no merece la pena seguir adelante. Toda verdad intuida tiene que contrastarse con el mundo para verificar su adecuación y no hay mejor manera de hacerlo que practicando, lo mismo que el científico experimenta para contrastar sus teorías.
Pero si todos acertamos a valorar su importancia, ¿cómo es que la práctica es el caballo de batalla del Yoga? ¿Cómo valorar que, a pesar de la fascinación que nos provoca esta ciencia milenaria y de los beneficios palpables que notamos cuando atinamos a practicar, caemos una y otra vez en la desgana o en las prisas, en las dudas o el estancamiento?
Puede que tengan razón los que dicen que nuestra sociedad ha caído bajo el embrujo del confort o que el mecanismo sofisticado del consumismo nos tienta día a día con nuevas experiencias a través de innumerables y atractivos estímulos. Lo cierto es que este tipo de esfuerzo no está de moda y la voluntad está de capa caída. Esa voluntad que da los primeros empujones para ponernos firmes delante de nuestra práctica no tiene ya brío. Pero, ¿por qué está enferma? ¿Por qué algo que de entrada parece sencillo, hacer lo que quieres hacer, se trunca una y otra vez? ¿Cómo hemos dejado que esta incontinencia de la voluntad, esta incapacidad para tomar decisiones se instale en las raíces de nuestra personalidad?
El primer elemento a revisar son nuestras motivaciones. Detrás de la mayoría de acciones que desarrollamos, encontramos una fuente de la motivación. Visitamos a nuestro amante porque le amamos y nos calzamos las zapatillas de deporte porque nos gusta el reto y la competición. Y, sin duda, hacemos Yoga porque nos encanta la relajación que deja en nuestro cuerpo, la calma en nuestra mente y una profunda impronta en nuestro espíritu. Sin embargo, las motivaciones, con el paso del tiempo, se difuminan y la voluntad débil, oscilante, casi caprichosa, se empantana. Sin motivación cada acto viene a contrapelo, se ejecuta torpemente, sin chispa y sin alegría. Es por eso que hay que reactivar periódicamente nuestras motivaciones para que nos secunden, para que engrasen nuestros actos, para que se realicen casi sin esfuerzo. Hay que conferirles poder y hay que recordar al lugar al que nos pueden llevar. Tal vez por eso los matrimonios y los religiosos renuevan sus votos. En nuestro caso, tenemos una forma muy directa para reforzar nuestras motivaciones: practicar delante de nuestro centro simbólico donde vamos a colocar aquellos elementos que nos recuerdan el sentido profundo de lo que hacemos como, por ejemplo, una flor, una vela o una foto de alguien importante para nosotros. De esta manera practicamos y recordamos lo esencial simultáneamente. Centro que, hay que decirlo, no necesitaríamos si entendiéramos profundamente lo que estamos haciendo hasta el punto de amarlo con toda el alma. El amor no es la voluntad, está claro, pero no hay nada tan poderoso como fuerza de transformación.
A continuación encontramos otro elemento a revisar en la voluntad: el enfrentamiento con el esfuerzo. Podemos estar motivados y tener claras las metas pero… ¿quién se levanta al romper el día para hacer sūryanamaskar, el saludo al sol? Aunque lo pintemos de rosa, el esfuerzo, esfuerzo es; sin embargo, no nos damos cuenta de que lo convertimos en sobreesfuerzo, añadiendo una emoción de miedo o pereza que lo sobredimensiona. Nos resistimos a romper el viejo equilibrio de estabilidad y el niño inseguro que tenemos dentro apaga las luces de la razón. Nos giramos en la cama, justificamos nuestro cansancio y postergamos una decisión que nos vendría muy bien, nos daría poder personal y aumentaría nuestra autoestima.
Estigmatizamos la voluntad porque creemos que con su dureza nos reprime y que, con su sólida pisada, espanta nuestra sutil espontaneidad. El deseo quiere el campo libre y no ceñirse a un sendero en concreto. Pero la voluntad no tiene que ver con esa vivencia, sino que emerge como la capacidad de unificarnos en un todo, imantados hacia una decisión que creemos correcta. Debajo de ella, claro está, se encuentran los impulsos y los deseos, las emociones y los afectos pero la voluntad se impone (aunque no sería la palabra) sobre la multiplicidad de lo que nos acontece y canaliza, de la mejor manera, una decisión que posiblemente venga de un yo profundo.
En este sentido, la voluntad nos acerca a la libertad que, a estas alturas, ya no es hacer lo que me venga en gana, sino liberarme de los condicionamientos que distorsionan el fluir de mi decisión. Para cultivar la voluntad hay que tener voluntad, nos diría un sofista, y aunque no le falta razón, no podemos dejarnos ir al albur de lo espontáneo. De la misma manera que una bola de nieve avanza por la ladera engrosándose poco a poco, la incipiente voluntad rompe el ciclo de pereza e inicia un ciclo positivo. Cuanta más perseverancia más seguridad para las acciones voluntariosas.
Es conveniente proponerse pequeños retos; la práctica diaria de los cinco minutos es algo que nadie podría considerar como engorroso o pesado. Estos mini retos refuerzan la voluntad y sientan las bases de los buenos hábitos que, a lo largo de los meses, pueden florecer en la forma de una práctica mucho más sólida. Una buena estrategia puede ganar la guerra. Tendremos que sacar a pasear más a menudo esa voluntad si queremos avanzar en nuestra práctica.
Curiosidad. Si la voluntad alude a nuestra madurez y a la capacidad plena de tomar decisiones siendo resolutivos, la curiosidad se apoya en el niño interior permanentemente asombrado por la vida. La voluntad empuja de frente pero la curiosidad nos tira desde arriba como imantados por una fuerza interior. ¿Qué es lo que mueve al niño o a la niña a subir sigilosamente a la buhardilla, trepar por la escalera de madera, abrirse camino entre los trastos arrinconados y abrir el baúl que está debajo de cajas y cajas de viejos libros? ¿La voluntad o la curiosidad? El niño es el símbolo de lo que permanece en nosotros sensible, todavía tierno, flexible, salvaje e inocente. Practicar desde la curiosidad es recuperar al niño y la dimensión lúdica de la existencia, el placer de aprender y de tejer un tapiz con nuestras experiencias. Tener tiempo para observar, para experimentar y dejar de lado aquella seriedad con la que practicamos a veces porque nos sentimos muy importantes.
La voluntad viene a decir: mis raíces son fuertes y no hay vendaval ni circunstancia que me mueva de mi decisión. La curiosidad, mucho más tímida expresa: ¿qué hay detrás del horizonte, y del horizonte del horizonte? ¿Qué hay detrás de todo lo que puedo percibir y aún de lo que puedo intuir?
Si el misterio no tiene un tope, la curiosidad es una manera de vivir, una manera de relacionarse con las cosas, no como algo fijo sino como una relación íntima donde el amante va desnudando a su amado sin prisas.
Si ya en la práctica, con el empujoncito de la voluntad, pudiéramos abrir el abanico de la curiosidad nos daríamos cuenta de que todo tiende a florecer. Si partimos como semilla, ¿acaso no quisiéramos saber en qué flor nos convertiríamos, cuál sería nuestro aroma, nuestro colorido, nuestra delicada forma?. Regamos la práctica con la lluvia de la curiosidad, la convertimos en una película de suspense, boquiabiertos con lo que va apareciendo, ilusionados con lo insospechado.
La curiosidad es la clara convicción de que no estamos completos sino en un proceso de evolución, de que gracias a una profunda inteligencia todo se despliega buscando una mayor organización o una mayor armonía.
Desapego. Al mismo nivel que la práctica (abhyāsa), Patañjali plantea en el sūtra 15 del libro I otro elemento de suma importancia: el desapego (vairāgya). De entrada parece chocante; ¿acaso no bastaba con una práctica constante, intensa, respetuosa, entusiasta, completa y adaptada para tener éxito, para reducir nuestra dispersión, para desplegar nuestras potencialidades? Parece que no. Una práctica tal como la hemos definido puede llevarnos muy lejos en nuestros propósitos pero también puede darnos un poder personal difícil de manejar; puede inflar sobremanera nuestra valía y puede atarnos a las experiencias extraordinarias que se desprenden de ella.
La práctica nos recuerda aquello que hemos de hacer mientras que el desapego nos avisa de lo que hemos de evitar. A través de la primera, buscamos calma y claridad y, gracias al segundo, volvemos al punto cero de nuestra humildad.
Tenemos que practicar sin esperar enriquecernos, sin sucumbir a las experiencias sensuales y sin aumentar nuestra imagen glorificada. Nuestra práctica tiene que evitar el apego a la misma y a las personas que nos orientan o que orientamos; sin quedar atrapados en un collar de verdades filosóficas y sin creernos (por encima de la realidad) nuestras visiones más deslumbrantes. Pero sobre todo, nuestra práctica tiene que evitar cualquier reconocimiento de santidad.
Si ya es difícil aquella práctica, ahora rizamos el rizo con una actitud de desapego que pareciera de otro mundo. Podríamos decir que hay una relación directamente proporcional entre la complejidad del mundo y nuestra práctica. Con un destornillador no puedes arreglar una máquina de última generación, necesitamos una práctica precisa y una actitud ponderada para sortear los reveses de nuestro carácter y las dificultades del mundo exterior.
Obstáculos
Ya sabemos, al menos en teoría, cómo ha de ser nuestra práctica, cómo darle solidez y profundidad; lo que no está tan claro es qué hacer cuando aparezcan los primeros obstáculos, las impertinentes resistencias. Patañjali nos lo pone fácil al enumerar nueve obstáculos con los que podemos encontrarnos durante la práctica. Su lectura nos puede ayudar a reconocerlos y, al mirarlos de frente, mostrarnos la manera de empezar a disolverlos. Veamos aquí una interpretación, entre muchas, desde una perspectiva amplia.
Primer obstáculo. Vyādhi. Enfermedad
La enfermedad se puede interponer en nuestro camino y en la práctica personal porque nuestro cuerpo requiere de todas nuestras energías para restablecer la salud. Es posible que una enfermedad aguda, puntual o circunstancial, no ofrezca gran problema y que, incluso, sea un episodio bienvenido de purificación y de renovación de nuestras fuerzas vitales. Pero la enfermedad crónica, la que se despliega o recrudece a lo largo del tiempo, sí que nos sustrae energía y aumenta nuestro nivel de ansiedad.
Sin embargo, restablecer nuestra salud no implica necesariamente abandonar nuestra práctica. Ésta tendrá que cambiar y adaptarse a nuestra condición física y psíquica y aportar nuevas soluciones para potenciar nuestro vigor y bienestar. Está claro que en el proceso de enfermedad perdemos pie en la práctica, perdemos intensidad y también el entusiasmo necesario para proponernos nuevas metas. De ahí la inmensa importancia de conservar y potenciar la salud con ejercicios adecuados, descanso suficiente y alimentación sana y nutritiva.
Segundo obstáculo. Styāna. Apatía
Nuestros estados mentales fluctúan. Cuando nuestra conciencia ordinaria se sumerge en la pereza abandonamos o descuidamos la práctica. Esa pereza o apatía es una especie de estancamiento mental que nos impide estar frescos y disponibles para la acción, incluso para aquella que deseamos. Dejamos que nuestra vitalidad se vaya por el desagüe y que la claridad mental quede aplastada por un saco de ideas fijas y de hábitos rutinarios que no sabemos frenar. Nos cuesta horrores levantarnos y colocarnos encima de la esterilla. Percibimos antes las molestias o el esfuerzo que el vigor o el bienestar de la práctica. Para evitar caer en la trampa y postergar la acción, es necesario cultivar la voluntad y refrescar nuestras motivaciones.
Tercer obstáculo. Samshaya. Duda
La duda y la incertidumbre también pueden aparecer en nuestro camino, especialmente cuando éste se pone difícil. A medida que profundizamos en nuestra práctica cosechamos, tarde o temprano, un racimo de obstáculos, límites y errores que lógicamente forman parte del proceso que experimentamos. Esta dificultad sobreviene cuando uno no está dispuesto a hacer más sacrificios, o piensa que se ha equi vocado de método o de disciplina y empieza a dudar. Es fácil caer en la tentación de hacer otra cosa que prometa liberación con menos esfuerzo. La duda es una actitud que corroe nuestra esperanza. Es por ello que tenemos que atravesarla con fe y coraje suficientes.
Cuarto obstáculo. Pramāda. Negligencia
Si queremos alcanzar rápido una meta lo que seguramente conquistaremos, paradojas de la vida, son retrocesos. La prisa y la impaciencia son males consustanciales al mundo actual que va tan y tan rápido, aunque muchas veces no sepamos bien dónde… La prisa genera precipitación y, por supuesto, negligencia.
Si estamos demasiado imantados hacia los resultados de una práctica en particular podemos perder la belleza del momento y la escucha necesaria para saber en qué lugar y momento hemos de parar. La impaciencia es íntima amiga de las lesiones y las lesiones el mayor veneno para la continuidad y la confianza en una práctica.
Sólo podremos vencer esa impaciencia cuando confiemos en que, por el hecho de estar en el buen camino, con constancia y con corazón, todo será hecho.
Quinto obstáculo. Ālasya. Desánimo
También se convierte en un obstáculo la falta de entusiasmo. Uno puede tener todo a su favor: medios, conocimiento, personas que nos asesoran con su experiencia pero si falta el entusiasmo la mayor parte permanece en la superficie: algo aguada, sin sustancia ni vitalidad.
Cuando uno se resigna a una realidad dada, a lo que ya se ha conseguido y se deja llevar por la inercia pierde estabilidad en su camino. Es cierto que muchas veces aflora la fatiga tras un desmedido esfuerzo (pues no se han medido bien las fuerzas) y se tira la toalla en el primer round.
El entusiasmo es un pozo inagotable de energía, es una curiosidad sana por el florecimiento que conlleva una práctica, una disci plina. De alguna manera es ponerle un cachito de corazón a eso que uno quiere hacer, a su compromiso.
Sexto obstáculo. Avirati. Distracción
Habitualmente la distracción viene de la mano de la mente que cede a la información que nos traen los sentidos. Lo que vemos y oímos del mundo se vuelve tan poderoso que perdemos de vista nuestro rumbo. El mundo es tentador y nos propone infinidad de caminos cada uno más y más prometedor. Los sentidos son los medios de esta visión del mundo que nos puede transformar en personas cada vez más dependientes. También el mundo del Yoga puede ser, a su vez, tentador y crear dependencia.
En definitiva, la distracción es una debilidad por la que pasa todo individuo y en la que hay confusión, confusión entre lo circunstancial y lo esencial, entre el tener y el ser. Tanto el sexo como el dinero, la fama como el poder son difíciles de manejar y pueden acrecentar aún más nuestra distracción.
Cuando queremos ver sólo la parte placentera de la vida y caemos en un exceso de complacencia perdemos fuerza en nuestro camino. Por eso hemos de contemplar la dimensión creativa de nuestra vida que requiere de una dirección, pues en la mente dispersa, distraída o torpe no se enciende ninguna luz.
Séptimo obstáculo. Bhrānti-darshana. Visión errónea
A menudo, tenemos una falta de criterio para ser ecuánimes en nuestro verdadero progreso espiritual. Nuestra ilusión nos hace interpretar ciertos avances como culminación de un camino y algunos poderes como consagración de nuestro desarrollo espiritual. En general somos víctimas de un orgullo sutil difícil de desenmascarar. Creemos ver a Dios mismo cuando apenas hemos subido un par de peldaños en nuestra escalera de crecimiento personal. Es aquí donde se impone la humildad, una humildad que se gesta con la conciencia de la propia realidad, con la validación de las medidas de control que tiene todo linaje y con los resultados que encontramos en nuestro hacer.
Esta arrogancia y obstinación es una visión ciega sobre uno mismo y sobre el misterio de la vida que transitamos. Nos imaginamos en un pedestal cuando en realidad estamos atados a la noria del deseo persiguiendo una vulgar zanahoria.
Octavo obstáculo. Alabdha-bhūmikatva. Estancamiento
Es cierto que a veces echamos una mirada hacia atrás y vemos orgullosamente todo lo que hemos progresado, aunque también, cuando podemos mirar hacia delante, vemos todo lo que nos queda por progresar. Descorazonados por todo lo que aún nos falta, somos incapaces de dar un paso más y nos cuesta horrores caminar en el sendero marcado porque cada paso tiene el peso del tiempo, del tiempo futuro. Es precisamente el ego el que vive en ese tiempo lineal que va del pasado al futuro sin apenas detenerse en el presente, un tiempo que habla de causas y efectos. Y sin embargo, la vida nos enseña a no ofuscarnos en la rentabilidad, a percibir que cada momento es un fin en sí mismo, pues la meta no está en un futuro posible sino en el eterno presente.
Eso es precisamente lo que acaba por congelar los ánimos, no ver todavía tierra firme cuando estamos cansados de navegar. La falta de perseverancia nos bloquea cuando sentimos que no avanzamos, aunque internamente se esté cociendo un proceso fértil de crecimiento espiritual.
Noveno obstáculo. Anavasthitatva. Regresión
En este último obstáculo cabe el riesgo de echarlo todo a perder. Cuando todo lo anterior ha ido dejando poso y la motivación ha perdido consistencia, podemos sin darnos cuenta ir marcha atrás, entrar de pronto en una regresión y perder todo lo conquistado. El problema no está tanto en esos momentos (que los hay) en los que nos tomamos un respiro, nos damos un tiempo de asueto y logramos reflexionar sobre los pasos andados.
Este obstáculo es la falta total de confianza que nos hunde en un pozo oscuro del cual nos es cada vez más difícil salir. Sin confianza no hay apertura y sin apertura uno no ve más que su propia proyección, sus propios miedos.
Estrategias
A menudo la distancia más “corta” entre dos puntos no es la línea recta. En toda práctica hay que tener mano izquierda, hay que sortear las rocas más duras dando un pequeño o gran rodeo. Desde los pequeños retos a la evocación de la interioridad que produce nuestro espacio de práctica, desde la creatividad para renovar los ejercicios y evitar así el aburrimiento, hasta la plasmación en nuestra conciencia de los objetivos claros, todo ayuda a nuestro proceso en el Yoga.
Veamos algunas estrategias que pueden incidir en la práctica para hacerla más amena y efectiva.
Orientación de la práctica. Nuestra práctica puede estar basada en el aprendizaje de técnicas concretas para ampliar nuestro repertorio y poder así ajustarnos mejor a lo que necesitamos, o también podemos orientarla en nuestra mejora de la condición física, mental o espiritual.
Medios auxiliares. No tengamos vergüenza en utilizar sillas, cintas, bloques, mantas, pelotas, bastones o incluso la pared si con ellos podemos ajustar mejor los apoyos, las proyecciones, la intensidad o la regulación en cada una de las posturas que hacemos.
El entorno nos ayuda. Si el espacio donde practicamos está limpio y ordenado, ventilado y luminoso, cálido y silencioso y además prevenimos las interrupciones, seguramente nuestra concentración ganará en calidad. De todas maneras hemos de recordar que, incluso en las condiciones más adversas, somos capaces de centrarnos en una práctica si hay voluntad y entusiasmo. No se trata tampoco de renunciar a una práctica porque las condiciones no sean las más adecuadas. Tenemos que prestar atención a nuestro entorno de práctica, aunque tampoco es muy recomendable obsesionarnos con él, lo importante siempre es lo que ocurre en el interior de esa práctica.
Nada que demostrar. Aunque nuestra práctica sea personal y practiquemos en solitario, a menudo mantenemos una especie de juicio acerca de lo que podemos o no podemos hacer. Es el crítico que siempre se sienta en la primera fila de butacas. Pero ya hemos insinuado que el Yoga constituye una evolución interna e íntima que no es posible comparar con otras personas y otros procesos. Merece la pena, eso sí, ver los avances y las resistencias dentro de una misma práctica, no tanto para juzgarla como para ajustarla.
Evitación inconsciente. Cuando hacemos las primeras revisiones, nos damos cuenta de que, de forma inconsciente, evitamos ciertos ejercicios que nos ponen en aprietos o que nos recuerdan demasiado nuestros límites. Hay ejercicios que consideramos demasiado simples o demasiado complejos y que descartamos aunque podrían ser muy adecuados a nuestras necesidades. Practicar lo que no te implica ningún reto es una pérdida de tiempo. Hay que realizar lo que nos conviene aunque necesitemos tiempo y medios auxiliares.
Abordaje creativo. Los ingredientes que utilizamos en una cocina son limitados pero las posibilidades de combinación y de cocción son ciertamente ilimitados. Lo importante en nuestra práctica es tener claro los objetivos y los puntos donde tenemos que insistir. Ahora bien, los ejercicios y los protocolos de nuestra práctica pueden cambiar para hacerla menos monótona y más rica en matices.
Calidad de presencia. La práctica no se puede medir por el tiempo que marca el reloj. Una duración de dos horas puede resultar insustancial si no hemos indagado en profundidad, y en cambio quince minutos puede ser suficientes si hay una gran calidad de presencia.
Pequeños retos. Aquí reside la clave de una práctica inteligente: si nos dejamos llevar por nuestra ilusión plantearemos retos casi imposibles pero si gestionamos bien nuestros límites y nuestro esfuerzo podremos avanzar mucho aunque sea pasito a pasito. Como dice el refrán, hay que ir sin prisas y a la vez sin pausas.
Mente en el infinito. Es cierto que la práctica tiene que ser real, concreta, con unos objetivos claros, pero no podemos olvidar que el verdadero objetivo del Yoga tiene una profunda interiorización. Mientras practicamos tenemos que tener los pies en la tierra y también la mente en el infinito. Recordar esa unión con la totalidad es la base para que nuestra práctica sea sagrada.
Compartir la práctica. Es cierto que la práctica base es en solitario pues buscamos una interiorización a través de un ritmo muy personal, pero en determinadas épocas, sobretodo cuando nuestra voluntad flaquea es útil, y hasta agradable, quedar con alguien y compartir nuestra práctica. Uno puede supervisar y/o ayudar al otro en aquellos ejercicios que plantean una mayor dificultad.
Simplemente practicar. Leyendo todo lo anterior quizá se nos quitarían las ganas de arrancar una práctica, dada la complejidad del proceso, por la anticipación de los obstáculos o a causa de las numerosas herramientas o estrategias que tenemos que tener en cuenta. Es cierto que vale la pena practicar porque nos aporta salud, vigor, armonía y poder personal, pero incluso sin todo eso, tenemos una vía mucho más directa: simplemente practicar. Practicar porque sí, porque nos apetece, porque es el momento y basta.

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