Kitabı oku: «Meditación síntesis»
JULIÁN PERAGÓN
MEDITACIÓN
SÍNTESIS
— 7 etapas para una meditación inteligente —

© Julián F. Peragón Casado
www.meditacionsintesis.com
© 2014, Editorial Acanto S.A.
Barcelona - Tel. 93 572 97 01
www.editorialacanto.com
Primera edición española: octubre 2014
ISBN: 978-84-15053-57-6
Depósito legal: B-20624-2014
Diseño: Noe Lavado
Fotografía: Helena Rovira
Impresión: Publidisa
Todos los derechos reservados.
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Sumario
• Introducción
PARTE I: MEDITACIÓN
• Sentido
• Estructura
• Preparativos
• Actitudes
PARTE II: ETAPAS
• Primera etapa: Estabilidad
• Segunda etapa: Sensibilidad
• Tercera etapa: Respiración
• Cuarta etapa: Armonía
• Quinta etapa: Voluntad
• Sexta etapa: Visión
• Séptima etapa: Iluminación
• Conclusiones generales: Meditación Síntesis
• Mapa General de las etapas
Introducción
Este texto que presento es una gota de agua en la inmensidad del océano de la meditación. Es una experiencia, una visión, una propuesta, pero poco más. Como gota que cae en el océano, sólo puede generar unas ondas concéntricas de sinergia o unas pequeñas estelas que, en breve, se disolverán nuevamente en la infinitud de las aguas. No creo que pueda añadir nada destacable a toda la literatura meditativa, tradicional y contemporánea. Simplemente pretendo transcribir mi propio viaje de introspección, señalar algunas piedras que me han servido para sortear el río de la confusión que a veces nos atraviesa y pensar conjuntamente cómo la meditación nos puede ayudar a tener una vida más plena.
Como yo, muchos os habréis roto la cabeza con los textos eruditos de meditación, que probablemente estaban diseñados para expertos o para integrantes de un linaje determinado, y os habréis desanimado al ver la montaña de libros de divulgación sobre meditación, propios de una nueva era que lo adelgaza todo para que sea ultradigerible. Este libro no es ni una cosa ni la otra. Viene a recordar algo de sentido común: que la meditación es apta para cualquiera, que tiene que adaptarse a nuestra realidad y que, además, tiene que llevarse a cabo de forma progresiva. La meditación es tan compleja como lo es la mente, pero su práctica debe hacer un esfuerzo de simplicidad para adecuarse a los ritmos cotidianos de nuestra vida real.
Lo primero que quiero destacar es mi profundo respeto a la tradición de las diferentes disciplinas meditativas, como el Zen, el Vipassana, el Yoga y el Taoísmo, entre otras muchas. Todas ellas constituyen faros para no perderse en la oscuridad, que durante siglos han señalado claramente un sendero y han guiado a seres de gran sabiduría, que nos han reconfortado con sus enseñanzas. Ahora bien, con el paso de los siglos y el relevo de sus miembros, las tradiciones se cristalizan y adquieren formas muy propias de una época o cultura, que chirrían cuando las contemplamos a la luz de nuestro siglo y nuestra cultura occidental. Sería lógico, por tanto, que intentáramos discriminar lo verdaderamente esencial de lo que es anecdótico o meramente coyuntural, pues responde a patrones pertenecientes a otra cultura o contexto.
Probablemente sería más sensato construir el edificio meditativo con los cimientos y los pilares de la tradición que tan sólida se ha mantenido durante siglos –si bien con revisiones periódicas-, y revestirlo con materiales de nuestra actualidad. Para ello se requiere espíritu crítico y capacidad de síntesis, sin caer en la excentricidad ni en un popurrí sin pies ni cabeza. Lo que no tendría sentido sería venir con la mochila cargada desde Japón, China o India y pretender mimetizarnos con el monje de otra tradición y cultura. Copiar y pegar es muy fácil, pero indica una falta de profundidad que, tarde o temprano, nos puede llevar a un cul-de-sac.
El estrés de la vida moderna impone una presión tal a nuestras vidas que hace necesario, casi de forma urgente, encontrar un contrapunto de calma. Y esa calma a menudo hay que hacerla entrar con calzador en una agenda complicada. Cuando tenemos poco tiempo estamos obligados a simplificar, a encontrar lo esencial. La meditación moderna deja poco espacio a la liturgia, a los protocolos tradicionales que se realizaban dentro de un contexto monacal. Para muchos es arriesgado desnudar la meditación porque parece, por poner un ejemplo cercano, que una iglesia sin altares ni crucifijos es menos iglesia. Durante mucho tiempo hemos escuchado misas en latín sin entender ni mú, pero la liturgia ocupaba un espacio mítico difícil de destronar. También nos hemos postrado en meditación y hemos recitado largas letanías en sánscrito o japonés antiguo, sin entender demasiado adónde apuntaba todo ese ritual. Quizá todo se reduzca a una cuestión de gustos; sin duda, cada uno sabe lo que le conviene. Aún así, somos muchos los que no hemos encajado del todo en las fórmulas tradicionales y nos hemos empeñado en comprender qué es meditar y cómo podemos realizar esta práctica a la luz de las necesidades propias de nuestro tiempo.
Las nuevas tecnologías han arrojado a la luz, a menudo sin miramientos, mucha información relacionada con la trascendencia que por alguna razón había permanecido oculta en la antigüedad. Y si bien es cierto que ya era hora de que el conocimiento se hiciera público y saliera de la esfera rancia donde una élite lo había encerrado, ello no tiene por qué justificar el desorden actual. En cierta medida hemos comprado, curso tras curso, disciplinas iniciáticas y conocimientos esotéricos muy atractivos, pero inevitablemente nos hemos atragantado con tanta información. No hace mucho, asociábamos meditación con yoguis ermitaños y monjes cistercienses: ahora, poco tiempo después, nos hemos merendado tres o cuatro métodos meditativos, y aún no podemos encontrar el definitivo…
Lo interesante de este proceso, por el que muchos hemos pasado, es la oportunidad de desarrollar el espíritu de síntesis. No podemos comulgar con Oriente y olvidarnos de nuestra profunda tradición occidental; no podemos plegarnos a la tradición sin tener en cuenta la especificidad del momento presente; y no podemos quedarnos en la mística sin darnos una vuelta por los descubrimientos neurológicos de la ciencia. Hay que ser como el buen recolector, que sabe escoger el fruto maduro y desechar el que todavía está verde. Hay que tener el buen tacto de la ecuanimidad.
Es tiempo de búsqueda. Nuevos tiempos requieren nuevas respuestas; nuevas encrucijadas piden criterios amplios de elección. Es momento de desmitificar la espiritualidad en general y la meditación en particular. Si vamos a la meditación con la carga cultural de una tradición, con la aureola de santidad que la envuelve, con la complejidad de un ritual envarado, es posible que no demos con la frescura propia del arte de meditar. Lo natural en la meditación es una práctica sencilla. Es precisamente esa sencillez la que corrige la artificiahdad de nuestra vida moderna. A veces perdemos la perspectiva. Seguramente, Buda se sentaba a meditar debajo de un árbol y Jesús en un recodo del camino. Las prácticas originarias eran bien sencillas. Con el curso de los siglos, las culturas meditativas han recreado rituales fantásticos, espectaculares y bien ornamentados… pero a menudo a costa de aquella simplicidad. Lo que le pasa a la tradición le pasa también a nuestra vida. Nuestra casa, que al comienzo tenía las paredes blancas y los espacios ligeros, con el paso del tiempo va acumulando muebles y sus paredes se van llenando de más y más cuadros. La simplicidad se va volviendo barroca. Es un verdadero reto envejecer sin sobrecargarnos de cosas y de historietas desfasadas, manteniendo el espíritu joven.
Todavía vamos a la meditación como si fuéramos al anticuario, buscando piezas preciosas y acumulando tesoros incalculables… cuando en realidad la propuesta meditativa no es la de acumular un saber, sino la de vaciarse de tanto y tanto mobiliario que acumulamos en nuestra cabeza. Todo lo que pensamos acerca de los beneficios de la meditación probablemente sea un estorbo. Yo también he pasado por muchas etapas, desde las férreas hasta las más amables, las disciplinadas y las rebeldes, las simples y las complicadas, también las sesudas y las de todo corazón. De todas ellas he aprendido algo. Sin embargo, la cuestión fundamental no residía en la técnica, sino en dónde apuntaba dicha técnica. Cuando somos capaces de hacernos esta pregunta, dejamos de ser adoradores de métodos y vamos a lo esencial. Como dicen los chinos, lo importante no es que el gato sea blanco o negro: lo importante es que cace ratones. Seguramente, el fondo de toda técnica meditativa sea la de aterrizar en la presencia. Somos, por así decir, acechadores de presencia.
La presencia es el tesoro de la meditación; no la idea de la presencia sino la experiencia de presencia, que unifica las dimensiones de nuestro ser, que transforma todo lo que envuelve. En el estado mental al que da lugar la presencia sentimos que todo lo que surge se desvanece, que todo es un baile de formas, que todo es impermanente. Si hay algo que permanece es el espacio interno donde todo acontece, es la luz de la consciencia que lo ilumina, es el fondo del Ser que es reflejado paradójicamente en cada circunstancia. Poca cosa más podemos decir.
Si acordamos que toda meditación reclama presencia, podremos empezar a celebrar conjuntamente y a reconsiderar que todo método es meramente un puente que nos lleva de esta orilla, todavía confusa y sufriente, a la otra orilla, donde nos esperan la claridad y la plenitud. La única consideración inteligente es que cada uno encuentre la técnica que le ayude a superar sus obstáculos. La Meditación Síntesis que propongo pretende ser lo suficientemente flexible para que cada uno encuentre lo que más le convenga. Hay diferentes objetivos para cada una de las etapas de la meditación, diferentes técnicas de concentración, numerosas imágenes evocativas y retos de superación. No es tanto una herramienta como una caja de herramientas, un abanico multicolor que cada uno puede desplegar, totalmente o en parte, para construir su propia forma de meditar. No es una resta sino una suma, una casa con las puertas abiertas para que cualquier meditador, por muy veterano que sea, se encuentre como en su casa. Podemos creer en Dios o no, tampoco hay problema. La misma palabra lo dice: es una síntesis de diferentes tradiciones meditativas a la luz del momento presente.
No obstante, no quisiera ponerme a la cola de los que ofrecen una técnica más de meditación, a ver si tiene éxito. Ante todo, me gustaría insistir básicamente en la necesidad de meditar. Da igual si lo hacemos sentado o de pie, caminando o tumbado: lo importante es meditar. Hay un elemento inquietante, que sobrevuela día a día por encima de nuestras cabezas, del que no podemos olvidarnos y que sella la urgencia de la meditación, de ésta que propongo y de cualquiera: una crisis de dimensiones planetarias. La crisis ecológica afecta a todo el planeta dramáticamente; la crisis financiera ha hecho estallar una burbuja artificial de dinero especulativo, creando un tsunami en la economía real, que se tambalea a punto de quedar noqueada; la política está salpicada de corrupción en connivencia con los poderes financieros y las multinacionales; las desigualdades de clase se agrandan y la brecha entre países pobres y ricos se vuelve insalvable; guerras, epidemias y hambrunas confluyen en el mundo entero. La lista sería interminable, y estaríamos a punto de tirar la toalla si no fuera por la esperanza en un mundo mejor.
Precisamente, meditamos para que el mundo sea mejor, y para ello no es necesario retirarse a una cueva ni vivir en un monasterio. Es cierto que el monje irradia su armonía interna aunque esté en la montaña más alta, pero el presente nos pide estar en el mundo, llevar la meditación al mundo real, meditar en casa pero también en la calle, en el parque, en la oficina, en la escuela… en cualquier lugar. La meditación, hoy más que nunca, tiene que evitar a toda costa cualquier atisbo de evasión o de narcisismo. Para ello es necesario reinterpretar lo que entendemos por espiritualidad. Lo espiritual no se puede definir por las formas; ya sabemos que el hábito no hace al monje. Necesitamos formas flexibles y creativas pero, sobre todo, necesitamos reconocer la universalidad de la espiritualidad. Cualquier vía de trascendencia del ego, de ese ego orgulloso, temeroso, egoísta, es espiritualidad. Cuando nos religamos a algo mayor que nosotros mismos que le da sentido a nuestra existencia, también estamos reviviendo lo espiritual. Cuando comprendemos la necesidad de salir de la espiral de sufrimiento psicológico, estamos yendo por buen camino. Ser espiritual es comprender que todo está interconectado y que cualquier acción nuestra, por muy bienintencionada que sea, si está hecha desde la precipitación o desde el interés, si olvida o margina a alguien, si crea confusión o daño, dejará una estela de efectos nocivos que, si lo pensamos bien, no deseamos para nosotros ni para nadie.
Lo importante es despertar, despertar del sueño de la razón y de la algarabía de nuestras vanidades. Esa es la religión de religiones: despertar, darse cuenta, abrir los ojos de par en par y ser conscientes de nuestro ser profundo y de la gran oportunidad de celebrar la vida cotidiana como una posibilidad de transformación. La meditación está ahí, como un tremendo despertador. Ahora, sólo es cuestión de darle cuerda… cada día.
Parte I:
MEDITACIÓN
Sentido
De entrada, es posible que la palabra “meditación” genere perplejidad o confusión en nuestras latitudes, puesto que en la deriva que han ido haciendo nuestras lenguas, meditar significa reflexionar sobre un acontecimiento, o repensar algo hasta dar con la solución. La meditación, así, a bote pronto, nos habla de un pensamiento detenido y cuidadoso sobre un asunto… Sin embargo, desde la perspectiva oriental la meditación no tiene que ver con el pensamiento sino con su ausencia; nos acerca más a la intuición que a la razón. El concepto de contemplación, que implica mirar con atención y observar cuidadosamente aquello que produce placer, nos acerca más a los occidentales al sentido oriental de la meditación.
Definir lo que es la meditación no es fácil porque, en el fondo, la meditación no se deja del todo definir, de la misma manera que nuestros dedos no pueden asir el aire por mucho que aprieten. La meditación está diseñada para ser experimentada, sentida, vivida… pero no para ser explicada. Deja atrás el lastre de las etiquetas mentales y busca una libertad sin moldes cognitivos desde donde sea posible contemplar la realidad sin fisuras. Es un todo; clasificarla es constreñirla, manipularla o banalizarla. No obstante, el problema real no está tanto en definirla como lo haría un diccionario sino, más bien, en apartar el saco de prejuicios y expectativas, deseos y temores con los que vamos a ella.
De hecho, cuando sentenciamos nuestra práctica enunciando “yo medito”, ya empezamos con un añadido que estorba a la experiencia misma: un pronombre personal que salpica la nitidez de la conciencia. Aún más, a la meditación parece sobrarle casi todo, si es cierto que promete desnudez ontológica.
No obstante, algo podemos decir sobre ella si pretendemos señalarla, más que definirla; recordar lo que no es, más que decir lo que es. En definitiva, nos acercamos a la meditación como lo hace el acomodador del cine, que nos guía a la butaca para que cada uno experimente la película pero no para decirnos -eso esperamos- quién es el asesino. Podemos bordear el misterio pero nunca revelarlo del todo, puesto que éste sigue ampliándose; podemos marcar señales en el camino para no perdernos… Lo único que podemos hacer con la meditación es dibujar un mapa orientador.
Mapa
Todos los libros de meditación que vemos en las bibliotecas o en nuestras estanterías son trozos pequeños de un hipotético gran mapa que los meditadores de todas las épocas han ido dibujando. Gracias a ellos nos orientamos en la práctica meditativa. Sin embargo, es necesario recordar que los mapas dibujan el territorio, pero no son el territorio. El camino de la meditación lo tenemos que recorrer nosotros solos, aunque en un territorio tan ignoto no nos venga mal llevar algún mapa en el bolsillo.
Un buen caminante, además de mapas lleva brújula. Afortunadamente, las brújulas marcan el norte tanto si estamos en la montaña como en el valle. Cualquier tradición meditativa que nos sirva de brújula deberá, por tanto, tener esa misma adaptabilidad, y señalarnos el norte tanto si estamos en oriente como en occidente, tanto en la antigüedad como en la actualidad. Lo importante es caminar en la dirección correcta. La meditación se asemeja al caminar del peregrino: si sólo mirara el horizonte que marca la brújula, probablemente tropezaría con la piedra, pero si se obsesionara con el paso y los accidentes del terreno, podría perder entonces la orientación de su marcha. Por eso es importante que sienta cómo cada paso se adapta al terreno, pero sin perder de vista el horizonte, congregando el instante de cada huella sin por ello olvidar una dirección intuida. Difícil equilibrio. La meditación en sí parece dramatizar aún más esta paradoja: buscamos aterrizar en el presente pero sin olvidar que estamos en un proceso. Cada meditación es, al mismo tiempo, medio y meta, descanso y lucha.
Espejo
Ahora bien, de nada nos serviría contar con todos los mapas que reflejan cada milímetro del camino si no supiéramos dónde estamos, cuál es el punto de partida. Sólo así sabremos si hemos de avanzar o retroceder, si nos conviene ir a la izquierda o a la derecha. El paisaje de las tradiciones meditativas es muy amplio: las hay devocionales, las que ponen el acento en la concentración, en la atención plena, en el fluir de la experiencia, las que buscan el desapego o el trance. Y es posible que, en este preciso momento de nuestra vida, no nos vayan bien todas. Habrá que saber elegir, sabiendo lo que nos conviene y lo que no nos conviene. En este sentido, gran parte de los problemas que tenemos son errores de cálculo: tropezamos con la puerta o llegamos tarde a una cita porque hemos calculado mal el tiempo o nuestra posición en el espacio. A menudo creemos que estamos en un lugar cuando, en realidad, estamos en otro. Es posible que, a un nivel más interno, también estemos perdidos.
La meditación es como un espejo: cuando hemos arrinconado ciertas dispersiones, el coraje de mirarnos directamente en el espejo nos coloca, en primer término, nuestro rostro real aquí y ahora, y no tanto el rostro fantaseado o prefijado que mantenemos dentro como autoimagen. La meditación es eso: un gran espejo que nos habla, a su manera, de cómo está en este momento nuestra agitación, sufrimiento, fantasía o desgana, así como nuestra alegría, confianza o aceptación. El espejo no puede reflejar ni más ni menos que lo que hay, la pura realidad de este momento. No podemos hacer puntería en nuestra vida si no sabemos dónde está la mirilla y cómo mirar a través de ella. Saber de nuestra realidad es necesario para conocer la realidad, la de dentro y la de fuera, la única que todo lo abarca.
Calmar
No obstante, un espejo sólo reflejará nuestro rostro con nitidez si el cristal está limpio. Así, si no hacemos previamente un trabajo de limpieza de los sedimentos de nuestro inconsciente que están adheridos a la pantalla mental, no podremos conocer dónde estamos para usar adecuadamente el mapa, ni podremos saber cuál es nuestra realidad, para no errar en nuestras decisiones.
El primer sedimento es nuestra agitación. A menudo, las aguas de nuestro mar interno están embravecidas: corrientes emocionales, olas de pensamientos, abisales complejos se mueven, impidiéndonos ver con claridad.
Todos sabemos que para poder ver el fondo del lago hay que esperar a que la superficie esté en calma. Sabemos también que necesitamos a veces horas o días después de un conflicto para ver con una cierta claridad.
Sin duda, la primera estrategia de la meditación es calmar, dejar de remover las aguas internas y esperar que una sedimentación a través del tiempo aclare nuestro estado interno. A veces basta con sentarse en quietud, cerrar los ojos, respirar profundamente y visualizar un estado de paz para que ese viento que crea tormentas se apacigüe. La meditación es una vía hacia la serenidad.
Infinidad de técnicas en las diferentes tradiciones meditativas van dirigidas a conseguir esta calma pero, a todas luces, conseguir calma no es suficiente. No tendría sentido calmar la superficie si no es para ver lo que hay en el fondo.
Observación
¿Cómo haríamos para ver la amplitud de un bosque? Seguramente subirnos al árbol más alto. Subiríamos a la cima de una montaña para ver un horizonte bien amplio, o sacaríamos la lupa o los prismáticos para ver mejor lo que tenemos delante de las narices o al otro extremo, en la lejanía. En todos los casos, lo que buscamos es un cambio de perspectiva que nos posibilite una mejor observación.
Eso mismo es lo que buscamos en la meditación: un punto privilegiado de observación sobre nuestra vida. En medio del mercado, en el trajín de la ciudad, en la complejidad de las relaciones sociales o bajo la presión de nuestro trabajo, la capacidad de observar mengua o se ve alterada. Es preciso tomar distancia.
Para observar la vida real que se da día a día hay que salir de lo cotidiano; para comprender el nudo peculiar de nuestra vida hay que retirarse lo suficiente. Por eso, cada día en nuestra habitación o en nuestra terraza, paseando por el parque o el bosque, buscamos un pequeño contrapunto a nuestra realidad, desde el silencio y la soledad, no tanto para juzgar esa vida nuestra sino para comprenderla mejor.
Claridad
Y aquí nos topamos con un segundo obstáculo en la meditación. Más allá o más acá de la agitación, nos encontramos con nuestra confusión. Aunque tengamos los medios más refinados de observación, no sacaremos agua clara si nuestra mirada está turbia. De nada le sirvió a Galileo enfocar su telescopio para que los Padres de la Iglesia observaran el cielo, si éstos no sabían qué observar en el firmamento.
No basta calmar, decíamos: hay que aclarar la mirada. Hay que ver de dónde proviene nuestra confusión. Es posible que no hayamos cultivado una mirada atenta para ver que los sucesos que acontecen vienen de algún lugar y se dirigen a otro; que no hayamos visto todavía que la vida no está hecha de fotografías fijas o de instantes desordenados sino que todo, y uno mismo dentro de ese gran todo, forma parte de un proceso que se entrelaza con otros, formando una red de redes. Saltamos de una circunstancia a otra sin percibir el hilo sutil que las comunica. Hay una cierta pereza en bajar a las profundidades de los procesos, a las interioridades de nuestra mente, a los pormenores de nuestro deseo. Hay, en este sentido, una resistencia a la complejidad. Ingenuamente queremos que las cosas sean lo que aparentan y preferimos firmar sin leer la letra pequeña, comprar sin atender a las consideraciones técnicas o viajar sin saber demasiado del entorno social donde aterrizamos.
Sin embargo, nuestra ignorancia no tiene que ver con la mayor o menor cantidad de información de la que disponemos; nuestra ignorancia es de otro orden: trata de confundir nuestra naturaleza esencial con la imagen social que pretendemos dar y sustituye la realidad impermanente que nos rodea por una torre de ideas fijas acerca de cómo es el mundo y los seres que lo habitan.
La meditación nos enseña a mirar, a ver más allá de las formas, a reconocer lo evidente y lo no tan evidente, a contrastar las verdades de los sentidos con las evidencias de la razón… en definitiva, a reunificar lo objetivo y lo subjetivo, lo exterior y lo interior, la forma con el fondo.
A menudo no vemos la belleza de las cosas porque no miramos con detenimiento. Mirar con detenimiento es una manera de recomponer el todo, como cuando de pequeños adivinábamos la figura subyacente que había detrás de una secuencia de puntos aparentemente aleatorios. En verdad, las situaciones contingentes de nuestra vida sólo son aparentes. Aprender a ver requiere tiempo, disciplina, motivación, sensibilidad y ayuda. Cuando la tormenta amaina, la luz se expande.
Sentarse
El primer acto en nuestra práctica meditativa es profundamente revolucionario: simplemente sentarse. Desde la visión normativa de la sociedad, meditar implica retirarse, salir de la corriente establecida. En muchos casos, la meditación es vista como una práctica inútil, no productiva, dado que la sociedad pone el acento claramente en el tener. En total contraste a la sociedad, la meditación, que nada tiene que ver con el tener, pone su acento en las distintas modalidades de ser.
La meditación nos conduce radicalmente hacia dentro, a un contexto íntimo, para avivar nuestras luces internas. En este sentido, constituye una experiencia personal e intransferible. Aunque las tradiciones meditativas hayan congregado a sus seguidores en dojos, ashrams o monasterios -espacios comunitarios donde inevitablemente hay un entorno social-, estos espacios estaban claramente pautados para no interferir demasiado en el proceso de introspección.
Meditar es salir del torbellino de ideas, de la catarata de acciones, de la montaña rusa de las relaciones. No sólo al meditar buscamos una cierta protección; incluso evitamos hablar de la propia experiencia meditativa, más allá del necesario seguimiento por parte de nuestros guías, porque hablar sería “romper” esa intimidad reveladora. La meditación es una delicada flor que hay que proteger de las inclemencias del tiempo.
Sentarse es una forma de decir (a los demás y a uno mismo): “¡Basta!”. Basta de empujar el río, basta de engrasar la maquinaria de la neurosis, basta de ser parte del problema, y -aquí lo realmente importante- basta de sufrir innecesariamente.
Para sentarse hay que ser valiente, pues alejarse de lo establecido genera una cierta angustia. Pero aún es más valiente el levantarse tras la meditación para acometer la propia vida, que ha quedado unos minutos o unas horas en suspenso. Cuando encontramos un obstáculo en el camino, sólo aparentemente estamos dando unos pasos hacia atrás… en realidad lo que estamos haciendo es coger carrerilla para poder saltar más lejos.
Sentido
Vamos a la meditación desde las situaciones concretas de nuestra vida, pues de nada sirve ir a la quietud y el silencio sin el saco lleno de experiencias. Ese atado que llevamos en la espalda tiene un gran valor. Delicadamente, en la meditación hay que deshacer el nudo y registrar su contenido. Todos sabemos que detrás de lo aparatoso de la experiencia hay un trasfondo a menudo desconocido: el iceberg de las acciones esconde mucho más de lo que enseña. Se trata de bucear en la meditación, en busca de las actitudes profundas que sostienen nuestros actos.
La meditación no es un confesionario, no es una revisión dogmática de lo que ha acontecido. Muy al contrario, acoge la experiencia desde la celebración y después, laboriosamente, inserta la experiencia en un horizonte más amplio; la hace hablar para volverla más consciente. Hay que vivir, y vivir intensamente, pero claro, vivir por vivir es como dar vueltas en una noria: sentimos la subida y la bajada, pero no vamos a ningún sitio. Le hacemos hablar a la experiencia para ver adónde apunta, seguimos la línea delicada de nuestras acciones para ver, con el tiempo, qué dibujo se está construyendo.
La meditación es una invitación a recogerse de lo vivido, a deshacer lo andado para recoger los frutos y, si es posible, convertirlos en un arte de vivir. Vivir es sembrar, cada acción es una semilla, cada decisión una poda. Vamos a la meditación como va el campesino a recoger la cosecha: con expectación. La recolección nos habla de la naturaleza de nuestros actos, de todos aquellos que dejan un rastro, pequeño o grande, egoísta o altruista.
Pero, ¿cómo sabemos cuál es el sentido de nuestra vida? ¿Cómo discernir lo que hay que apagar de lo que hay que avivar? Seguramente, en algún hueco de la meditación aparecen las preguntas y se intuyen las respuestas. Meditar no es llevar un diario meticuloso de nuestros actos. No se trata de invocar a la memoria, pero inevitablemente las pulsiones internas, los deseos insatisfechos, las heridas narcisistas salen a la superficie, al igual que el mar, de tanto en tanto arroja a la playa lo que tiempo atrás se tragó silenciosamente.
Estamos trazados internamente por innumerables impresiones, por tendencias a menudo desconocidas, por condicionamientos primarios. Observarlos forma parte del proceso meditativo. Desde ahí, podemos reconocerlos y dejarlos marchar, si somos capaces de una profunda aceptación. Es como si fuéramos soltando lastre. Atreverse a soltar viejas batallas, despedidas inconclusas, quejas recalcitrantes, experiencias traumáticas, todo, todo lo que ha quedado sedimentado en ese espejo del ahora donde nos miramos para recuperar de nuevo la realidad, la libertad.
Pero no nos olvidemos de que la meditación nos ayuda a discernir el sentido profundo de nuestra vida cuando hemos terminado de barrer el patio de nuestra casa, cuando hemos separado el grano de la paja. Todos hemos realizado trabajos que no iban con nosotros, y es totalmente lícito trabajar para ganarse la vida, pero a veces nos toca el premio gordo de la lotería cuando nuestro trabajo y nuestra vocación se solapan. Hacer aquello para lo cual nos sentimos preparados y deseamos hacer desde el fondo de nuestra alma no tiene precio. Sin duda, nuestra vocación está vinculada secretamente con los dones que nos ha dado la vida y que, convenientemente, hemos después cultivado.
Cuando en la meditación se aclara no sólo el recorrido hecho hasta el presente sino también el anhelo profundo de una dirección, nuestra vida adquiere fuerza, nuestra inteligencia colabora y nuestro corazón salta de alegría.
Conflicto
A menudo, hablar con los amigos nos sienta bien, especialmente cuando estamos en crisis. Una mirada, una palmada, unas palabras y un abrazo pueden hacer milagros, a pesar de que los amigos no son nuestros terapeutas. Tampoco la meditación es una terapia aunque, en sí, es profundamente terapéutica. No pretendemos resolver los problemas en la meditación, ni mucho menos. Pero es cierto, también, que cuando miramos los problemas desde otro lugar, cuando cambiamos de perspectiva, el problema desaparece o se vuelve diminuto. Y no es tanto por quitarle gravedad al asunto sino por enmarcar el problema en una dimensión más amplia. Todos sabemos que preocuparnos forma parte del problema y que, en cuanto empezamos a ocuparnos de él, su naturaleza cambia.
En la meditación no invitamos a los problemas a la fiesta; ellos vienen solos, sin previa invitación. Y es una buena oportunidad para verlos del derecho y del revés. Una mancha en la camisa es incómoda cuando la miramos a veinte centímetros de distancia; a diez metros, apenas es un punto infinitesimal. Que se vaya la luz en casa puede ser un engorro cuando nos disponemos a ver la televisión… pero también, no lo olvidemos, es una oportunidad para meditar.
Seguramente la meditación nos proporciona algunas herramientas interesantes para la resolución de conflictos. Nos da perspectiva, nos brinda una comprensión más clara de la naturaleza del problema, nos recuerda que todo problema está dentro del tiempo y que el asunto puede ser problemático en una fase, pero no en la siguiente.
Laberinto
Cuando los antiguos construían laberintos, recorrían de alguna manera una representación de la tierra, a través del cuadrado engarzado en un círculo, símbolo del cielo. Tierra y cielo, cuerpo y alma, materia y espíritu conforman la totalidad. Así, el iniciado intentaba remembrar en su deambular la totalidad perdida. El laberinto clásico de un solo trazo marca claramente un camino de entrada y otro de salida, alrededor de un centro.
Al entrar al laberinto, el camino parece fácil. De hecho, uno de sus primeros brazos parece acercarnos al centro esperado, y ¡zas! de golpe nos expulsa a la periferia. Cuando en la meditación nos encontramos con las primeras experiencias extraordinarias o de una calma profunda, sentimos que esa iluminación deseada está ahí mismo, a la vuelta de la esquina. Sin embargo, el laberinto es tan complejo como el mundo, y nuestra mente tan enrevesada como cualquier dédalo. Al recorrer el laberinto estamos deshaciendo nuestro propio embrollo interno, estamos formulando una pregunta esencial, que sabemos que tendrá su significado en el mismo centro.
Creíamos, de entrada, que todo giraba alrededor de nosotros, desde esa realidad inmadura que nos hacía creernos muy importantes. El laberinto (en forma simbólica) y la meditación (en forma de experiencia) nos demuestran más tarde que estábamos equivocados. El laberinto nos zarandea de un lado a otro, y la meditación nos cuestiona: ¿cómo es posible que tenga tan poco control sobre mis emociones y sobre mis pensamientos?
Es posible que la palabra “laberinto” venga de labrys, una especie de hacha de dos labios, como la espada de dos filos de Teseo, presta para la batalla. La entrada al centro está custodiada por el monstruo. Siguiendo con el mito helénico, si queremos deshacer lo laberíntico de los pasadizos que nos remiten a la mentira, a nuestro propio autoengaño, tendremos que matar al Minotauro. Es nuestra boca (que también tiene dos labios), la que seguirá alimentando con nuestra palabra la avidez de la bestia a través de la mentira, o bien la aniquilará con la verdad. No olvidemos que es el amor de Ariadna lo que permite a nuestro héroe atravesar la mentira sin perderse.
En la meditación también atravesamos el laberinto de nuestro engaño. Podemos seguir alimentando el monstruo con excusas, medias verdades o justificaciones, o bien sacar la espada de la discriminación y, aunque duela, cortar con una vida inventada.
Yo
Y es aquí donde aparece el verdadero acertijo de la meditación. El laberinto es nuestra mente, pero el monstruo, ese engendro contranatura mitad bestia mitad humano, somos nosotros. Es nuestro yo el que tiene que darse cuenta de que es puro enredo y de que, en sí mismo, no tiene capacidad de elevación.
Tenemos una vida psíquica y vivimos dentro de ella. El interior no es para nada uniforme: hay muchas voces que conviven -o malviven- a los pies del yo. Sin embargo, muchas áreas de esa vida psíquica quedaron detenidas en su momento, por lo que hoy están subdesarrolladas, y de alguna manera quieren seguir creciendo.
Estos complejos psíquicos permanecen dormidos hasta que una situación los detona, y entonces se manifiestan a través de lapsus, errores o sueños. La voluntad del yo no puede fácilmente con ellos porque aparecen cuando el control decae o cuando llegamos a una situación límite. Nuestra neurosis intenta pactar con ellos, pero a la postre se esclaviza. Los complejos avanzan, nos paralizan, nos dividen, nos hacen perder objetividad, nos arrinconan en conductas inadecuadas. Intentamos reprimir los contenidos psíquicos que nos parecen inadecuados y cosechamos un pensamiento obsesivo. Vamos de la inferioridad a la superioridad, de lo maniaco a lo depresivo, del exceso al defecto, manteniendo un estado de contradicción con nosotros mismos.
Creemos que no podemos aceptar todo lo que hay en nosotros porque si lo hiciéramos seríamos estigmatizados, apartados de nuestras relaciones, marginados en el trastero de la vida social. Sentimos cosas que no podemos confesar, deseamos situaciones innobles, fantaseamos una vida ajena que no podemos vivir. En definitiva, rechazamos fuera lo que deseamos dentro y, así, nuestra existencia se divide.
En la meditación tenemos la gran oportunidad de reconocer lo reprimido, de incorporar la sombra que proyectamos, de ampliar nuestro horizonte vital. Es cierto que tal vez no seamos tan perfectos, tan definidos, tan atractivos o tan “buenas” personas como quisiéramos, pero sin duda seremos más íntegros, más honestos, más conectados con lo que somos, y puede que más felices.
Cuando en nuestra meditación aparece un complejo, nos sentimos turbados, nos inflamamos de orgullo o nos encendemos de ira, y esa turbación es un indicador de dónde están nuestros demonios. ¿Acaso nuestras fobias no hablan del cerco al que somos sometidos por esas áreas de vida no reconocidas que nos habitan? ¿No serán los síntomas una forma de lenguaje del alma, voces angustiosas de lo que quiere expresarse y no puede? Es posible que la sombra en nosotros quiera convertirse en luz y que el malestar psíquico sea una invitación a ampliarnos.
Está el yo y está también lo otro en nosotros. Pero lo otro invade las fronteras que el yo normativo establece. Al yo le horroriza la incertidumbre, la ambigüedad, la impermanencia. Se siente amenazado por las diferencias, atosigado por las crisis, crispado por el caos. En la normalidad encuentra un respiro, pero pequeño, porque lo que uno es no cabe en una caja de zapatos. Siempre habrá algún elemento que desentone en nosotros; siempre se escapará alguna palabra fuera de tono, algún acto incívico, alguna confesión sospechosa. El yo vive en la ilusión del control de la que, tarde o temprano, tiene que despertar.
No podemos vivir impunemente traicionándonos a nosotros mismos, y eso mismo es la normalidad: un intento de ser como los demás pero sin serlo en el fondo, porque lo que somos no es del todo definible, nuestro proceso personal es tan peculiar que somos realmente únicos.
Aunque sería necesario aclarar que el yo no es a ciencia cierta un enemigo. Evolutivamente cumple una función de ajuste entre realidades: es resolutivo en las decisiones y establece un orden en los procesos de vida. El problema lo encontramos cuando el ego dirige nuestra vida, cuando usurpa el lugar del Ser, cuando confunde lo importante con lo urgente, cuando se polariza en la defensa y en el ataque. No lo olvidemos: el ego es miedo enquistado, y por lo tanto teme su disolución.
Uno de sus síntomas es la sorda culpabilidad, al sentirse separado de lo otro que nos habita, de los demás y de todo lo que nos sostiene. Nuestra vida psíquica está disociada, y en consecuencia eso es lo que vamos a encontrarnos en la meditación.
Ser
Bien, pero si no somos el yo, ese complejo estable de nuestra mente; si no somos el gestor de nuestros contenidos mentales, ¿quiénes somos? Si indagamos, podemos darnos cuenta de que aquello que llamamos carácter es un collage de impresiones que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida y con las cuales nos hemos identificado. Por tanto, si sacamos de la personalidad lo que se construye en torno a una imagen social, ¿qué nos queda?
Me viene a la mente una imagen astrológica: en la primera casa del zodiaco, allí donde tenemos el ascendente, el cielo aparece. Nace el sol, la luna y las estrellas, pero curiosamente en el horizonte se ven mucho más grandes que cuando están en el cenit, a pesar de que la distancia no varía sustancialmente. Si bien se trata de un fenómeno óptico, cabe preguntarse qué nos está indicando esto a nivel simbólico. Parecería que pretenden llamar nuestra la atención. De la misma manera, también el carácter parece comportarse como una llamada de atención, como un amplificador de lo que somos. Las máscaras en el teatro antiguo realzaban el rictus del actor y, a la vez, amplificaban su voz.
Máscara y rostro están unidos, pero no cometamos el pecado de confundirlos. Lo que verdaderamente somos es un impulso de vida que adopta una forma para poder expresarse. Encarnamos en este cuerpo y en esta vida para manifestar algo que viene de otro lugar, de las profundidades del Ser. Dramatizamos, de alguna manera, el baile cósmico. El espíritu es un espectador que se extasía ante el baile asombroso de la naturaleza, de las más exquisitas bailarinas, que son nuestro cuerpo y nuestra mente. El fondo infinito de lo que somos se encandila, por un tiempo, en el juego de las formas que cambian constantemente, en la corriente de la existencia que se vierte instante a instante para luego ser transformada. Somos un flujo que se vierte en un jarro, el cual envejecerá o se romperá, y aquel flujo, siempre fluido, tomará otra forma, y después otra.
La forma no es más que el sueño del espíritu, y nosotros, tarde o temprano, tenemos que despertar de ese sueño, de esa ilusión. Cada momento tiene una forma definible; cada situación presenta una cara que poco a poco se transforma. La ley de la forma es la impermanencia, la fugacidad, la transitoriedad, pero el Ser, el ser que somos, está más allá de la forma, es puro sujeto.
Cuando miramos el cielo nocturno lo encontramos profundo y oscuro, casi tenebroso; sin embargo, está repleto de luz. El universo se desborda por sus hechuras de tanta luz que alberga. La luz, al igual que el Ser, es invisible. Sólo vemos la luz cuando ésta choca contra algo, contra la forma. Vemos el vestido rojo porque la luz choca en el tejido y desprende aquella frecuencia de colores que descarta. Sólo refulge el vestido y su rojez, pero la luz primaria permanece oculta.
De la misma manera, el Ser no puede ser visto: no tiene altura ni tamaño, no tiene cualidades ni sabor, es pura luz, luz de la conciencia. Percibimos al Ser en su choque con el alma, con la mente, con el cuerpo. La amapola que brilla al amanecer es amapola pero también es el Ser que la hace brillar. Si pudieras apagar el Ser, desaparecería la amapola; pero si retiras la amapola, el Ser vuelve a su invisibilidad. La vida es un baile entre la forma y la esencia, la bailarina y el espectador.
Viaje
Cuando empezamos con la disciplina de la meditación, estamos comprando un billete de viaje. Ya hemos intuido que la meditación nos acerca al Ser, a la fuente de la que provenimos, y que nos permite morar en nuestra propia naturaleza. Pero para ello hemos de hacer un largo viaje. Es un viaje iniciático porque supone una prueba de valor, una confianza inquebrantable para superar resistencias y obstáculos que nos encontraremos en el camino.
Al igual que se hace al entrar en un laberinto, hemos de dejar nuestros miedos en el primer recodo del camino y cultivar nuestro coraje, dejar caer nuestras dudas y afianzarnos en nuestra confianza. En la tradición esotérica del Tarot, el arcano sin número tiene que hacer un viaje. Tiene que transformar su locura en sabiduría, y para ello tendrá que superar innumerables pruebas que le deparará el destino. El arcano del Loco representa a un vagabundo, un bufón o un don nadie, desde la perspectiva exterior, pero también es un caminante, un buscador o un iniciado, desde una visión esotérica.
Desde la perspectiva de la normalidad, aquel que se aleja del centro del cauce donde habita lo convencional es un excéntrico, un marginado. El que camina en el margen de lo aceptado lleva un estigma, provoca rechazo o admiración, pero también ira o miedo. Aquel que busca más allá de lo consensuado, cuestiona, y puede ser considerado un visionario, un genio o un chiflado. Sin embargo, está claro que, dado el exceso de cordura al que nos somete la normalidad, un cierto grado de locura es signo de salud mental. Meditar desbarata la visión chata del mundo, pone en jaque el pensamiento único y nos aleja de lo excesivamente literal. Todos soñamos con la libertad del Loco porque, aunque precipitado y soñador, tiene el coraje de recorrer nuevos caminos en busca de su plenitud.
Este viaje iniciático que recorre el Loco pasa por tres etapas. Las comentamos porque son pertinentes para entender un poco más el proceso meditativo en el que nos hallamos.
La primera pasa por resolver el mundo, es decir, por saber manejarlo con soltura. No podemos ir a lo transpersonal si en lo personal, en el ámbito más inmediato de nuestra vida, tenemos problemas de autonomía o independencia. Si no nos sostenemos sobre nuestros propios pies, si no sabemos subir cumbres para luego bajarlas, es decir, empujar proyectos y darles cuerpo, difícilmente podamos traspasar el umbral de la espiritualidad. Cuando el mundo nos acorrala contra las cuerdas, es tentador buscar refugio en cualquier templo.
La segunda etapa consiste en reconocer que el mundo se vive desde el interior, que todo es una proyección de nuestros deseos y esperanzas, de nuestros miedos y confusiones. Aquí, no se trata tanto de ajustarse al mundo como de dar un sentido a la propia experiencia. Aprender a despojarse de todo lo superfluo hasta quedarse con lo esencial es el camino de la sabiduría. Vivir desde uno, y no desde los mandatos externos, culturales o sociales.
La tercera etapa es un camino de trascendencia. Hemos viajado del mundo al interior de nosotros mismos, ahora se trata de comprender que más allá de lo que somos está la infinitud que nos espera. Es el momento de revisar nuestra sombra, de dejar caer la torre de seguridades de nuestras filosofías, de depurar nuestras vanas esperanzas y de, por fin, plenamente transformados, danzar con la vida, en la plenitud del presente, en la libertad del Ser.
Como decía San Agustín, hemos de ir de fuera hacia dentro, y de dentro hacia arriba. En cierta manera, la meditación pasa por etapas parecidas. Peleamos con la postura y con el cuerpo -que es una representación del mundo-, nos encontramos con la mente y sus laberintos, para después abrirnos a la experiencia sin límite que llamamos libertad.
Muerte
Ya habíamos dicho que la meditación es una especie de trampa: entramos pensando en idealidades y nos encontramos justo lo contrario: con las realidades, con la sombra que no queríamos ver. Buscamos experiencias extraordinarias y cosechamos frustraciones. Queremos encontrar un oasis de paz y no dejamos de rememorar los problemas que habíamos querido dejar en la puerta de la sala. No es de extrañar que muchos salgan corriendo después de una breve experiencia meditativa.
Las plantas carnívoras son muy atractivas, de bellos colores y dulces aromas, pero en su interior esconden jugos corrosivos. Hay, es cierto, una aureola de santidad alrededor de la meditación, pero es una artimaña para cazar vanidades. Cuando estamos dentro, suena la caracola de la guerra. Podemos decir que la meditación es la guerra santa contra el ego; la conciencia es prisionera casi todo el tiempo del ego y tenemos que liberarla.
Cuando el ego está en su salsa, es todo movimiento, gesticulación, palabrería, extraversión y manipulación de la realidad que tiene más a mano. Como si fuera un titiritero, el ego mueve ojos, lengua, cabeza y manos, todo lo que le ayude a tener un mejor control de la situación. Esta percepción nos lleva a comprender mejor la estrategia de la postura meditativa, que simula la muerte.
La postura meditativa nos obliga casi siempre a estar inmóviles, con la manos plegadas en algún gesto simbólico, con los ojos cerrados o semicerrados y con la lengua vuelta hacia el paladar. Casi parece que no respiráramos, que estuviéramos al otro lado de la vida.
Tras unos minutos de curioseo, el ego se encuentra sin agarres en la meditación, se encuentra maniatado y boca abajo. Es entonces cuando empieza a aullar, esto es, a querer moverse, a quejarse internamente y a inventarse historias para pasar el rato hasta que suena la campanilla final de la sesión de meditación.
La postura meditativa es una ratonera para el ego, un anzuelo para pescar el ilimitado amor y la importancia personal que se profesa a sí mismo, un cepo para atrapar la permanente huida del presente que le amenaza y, sobre todo, una red para cazar el terrible miedo que le tiene a la muerte.
Lo cierto es que no podemos vivir sin ego, sin una conciencia individual integrada en el mundo social. Ahora bien, no se trata de matar al ego literalmente, pero sí de reeducarlo, de que aprenda a permitir y no a controlar neuróticamente, a escuchar en vez criticar, a ser en vez de obsesionarse con tener, a confiar en vez de defenderse sistemáticamente, y lo más difícil, a amar en vez guerrear continuamente con todo y contra todos.
Meta
¿Dónde acaba el viaje iniciático? ¿Hasta dónde hemos de perseguir nuestro anhelo? ¿Cómo sabremos cuándo estamos iluminados? En realidad, el camino no existe (“se hace camino al andar”, diría el poeta), pero es una ficción útil. El camino no es más que el símbolo de nuestra búsqueda, de nuestros avatares, del reconocimiento de nuestra inconsciencia, y la certeza de una salida de la propia ignorancia.
El final del camino es el inicio de un nuevo camino, de la misma manera que al final de la gallina hay un huevo, y al final del huevo otra gallina. Caminamos porque creemos que lo que buscamos está lejos, pero mientras buscamos mantenemos unas anteojeras que nos impiden percibir la amplitud de la realidad, sufrimos una tensión vital que nos comprime por dentro, mantenemos unas esperanzas que son del todo infundadas. Cuando, frustrados, dejamos la búsqueda por infructuosa, entonces se hace la luz: nos damos cuenta de que lo que buscábamos ya estaba presente, que siempre había estado presente y de que, de tan cerca que lo teníamos, no podíamos verlo.
La meta la crea el ego, pues a su heroísmo le encanta tener metas que superar, batallas que ganar y misterios que desvelar. La paradoja sobreviene cuando comprendemos que es el mismo ego el que quiere desprenderse del ego, como si uno pudiera escapar de su propia sombra o atraparla al perseguirla. De esta manera, la meta forma parte del camino, y el camino forma parte de nuestra desesperación. La desesperación está soportada por el ego, que en sí mismo es pura ilusión.
Sin embargo, la respuesta no es intelectual. No basta con entender la paradoja: hay que vivirla; mejor dicho, hay que sufrirla.
La muerte del ego es un símbolo y también una experiencia. Lo que realmente muere no es el ego sino su orgullo, no es su capacidad planificadora sino su ambición. Muere su apego, control, manipulación, victimismo. Muere la sensación de identidad separada para renacer como mediación en la unidad con el Ser que somos. No nos olvidemos: la mitad del ego es ataque y la otra mitad defensa. Muchas batallas, dentro de una guerra que no es un camino de rosas…
Iluminación
Decíamos que más que matar al ego se trata de suspenderlo, acallarlo, de cortar las patitas de su orgullo… para ganar iluminación. Que nadie se llame a engaño: probablemente quien diga que está iluminado sea un impostor. Cuando alguien dice que está iluminado está cosificando algo que en realidad es un proceso, una vivencia pero no una cosa. No existe tal cosa como la iluminación; lo único que hay son grados de luz interior, matices en la libertad, oleadas de amor compasivo, pero nada a lo que agarrarse. No podemos colgar en nuestra pared un título que diga: “Me iluminé tal día a tal hora. Desde entonces, mi vida ha cambiado. Soy otro”.
Tal vez por eso, aquel que establece metas, certifica iluminaciones, y por eso tenemos infinidad de gurúes a medio cocer, fruto de un arrebato místico o de un estado alterado de conciencia. Maestros y maestrillos que, tarde o temprano, caen del pedestal cuando su “humanidad” no tiene dónde esconderse. Sin embargo, es probable que no haya una meta, o que la única meta sea el paso que estás dando, el bocado que estás comiendo o el abrazo que estás sintiendo en tu presente.
De la misma manera que el sol va iluminando más y más la tierra desde el momento en que sale por la mañana hasta alcanzar el mediodía, así también nosotros nos vamos iluminando progresivamente (aunque esto, insisto, no tenga ningún final) cuando somos capaces de ir deshaciendo los nudos que nos mantienen apegados a nuestros hábitos, cuando olvidamos las respuestas aprendidas y, desde la escucha sincera, dejamos que brote una respuesta espontánea, cuando aprovechamos las innumerables crisis como oportunidad de crecimiento, cuando dejamos de otorgar poder a las circunstancias y visitamos a nuestras intuiciones, y no sólo a la razón. Nos vamos llenando de luz cuando podemos ir un poco más allá de nuestras necesidades, de nuestra soberbia, de nuestras certezas; cuando somos capaces de cambiar de perspectiva, cuando dialogamos con nuestros límites, con nuestras incoherencias; cuando aceptamos nuestras derrotas, nuestras inseguridades y nuestros miedos.
Nuestra alma se libera cuando podemos soltar el lastre de la perfección, cuando podemos decir nuestras verdades sin herir, cuando acogemos el sufrimiento ajeno sin asustarnos. Nos volvemos más sabios cuando anónimamente nuestros actos se vuelven semillas de prosperidad, cuando toreamos las adulaciones sociales, cuando nos sentimos confortados en el silencio y la soledad.
Jesús decía que por sus frutos los conoceréis, una invitación preciosa a soltar nuestro collar místico, donde colgamos nuestros trofeos filosóficos. Iluminarse es aprender a vivir sin tantas respuestas y, lo más difícil, aprender a convertir lo complejo en simple, sin por ello perder profundidad.
La iluminación no es hablar con Dios ni viajar a capricho con nuestro cuerpo astral. No tiene que ver con demostrar que se puede vivir sin comer o sin dormir, leer el pensamiento, ser muy longevo o anestesiar el dolor. La iluminación no requiere ninguna demostración y, más bien, los poderes extraordinarios son un obstáculo en el camino.
Al ego le gusta que la iluminación sea un logro sobrehumano, sólo apto para los mejores, pero la iluminación simplemente es dejar que surja nuestro estado natural. Un estado de unión con la vida que hay dentro y que hay fuera. Y en ese estado natural, que podríamos llamar iluminado, hay atención y frescura, alegría y vitalidad, ligereza y fluidez. En ese estado, nos parecemos a un niño, o a un animal salvaje.
En la conciencia ordinaria, en cambio, nuestra mente se siente pesada, demasiado ruidosa, demasiado complicada. Nuestros cuerpos se vuelven desgarbados y torpes, sin su vitalidad: pagan el precio del predominio mental propio de ese nivel de conciencia.
En los diferentes estados de iluminación hemos dejado de luchar. La resistencia era lo que creaba nuestra negatividad. Ya no hay nada que demostrar. No necesitamos alimentar al ego, no seguimos identificándonos con el sufrimiento; simplemente nos podemos permitir ser, y que los demás también sean.
Presencia
Sin un “yo” que pueda recorrer el camino, sin meta donde regocijarnos, sin iluminación que nos salve de los altibajos de la vida, ¿qué nos queda? Pues nada y todo. Nos queda lo único real, el momento presente.
Meditar es despertar del sueño ilusorio de nuestra vida, aterrizar en la realidad desnuda sin salir corriendo. Darnos cuenta de que vivimos casi siempre en el tiempo psicológico. Echamos la vista atrás, rememorando una y otra vez lo sucedido, para recordar quiénes somos, no vayamos a olvidarlo. Recomponemos el pasado a nuestro antojo, como si fuera un puzzle del que quitamos aquellas piezas que no encajan muy bien con nuestra autoimagen. Seleccionamos de la memoria lo que nos interesa, y de esta manera inventamos nuestra vida, la que nos gustaría que fuera, pero casi nunca la real.
No hace falta aludir a investigaciones psicológicas para darnos cuenta de que la memoria es selectiva. De la infinidad de estímulos que se dan simultáneamente en una situación, percibimos sólo aquellos que son significativos para nosotros. Y son significativos porque de alguna manera los deseamos. De su estancia en la plaza, el niño recuerda la juguetería y la heladería, pero no recala en la discoteca ni en la carnicería. Memoria y deseo son sinónimos. Si queremos saber dónde está el deseo, basta con observar dónde se posa la mirada. Si queremos saber lo que alguien anheló en su pasado, esperemos a que nos cuente su historia.
Así que parte de nuestro tiempo lo dedicamos a recontar las historias viejas y a acomodarlas mejor para que hagan menos daño y para exorcizar las culpas y las pérdidas, o bien para contar las ganancias y realzar las victorias. La otra parte del tiempo lo dedicamos a escudriñar el futuro, ese tiempo por venir que desasosiega porque apenas puede ser controlado.
El futuro es la otra cara de la moneda del pasado, algo así como un pasado con la cara lavada, con el vestido nuevo o un banquete sin estrenar. El futuro sólo existe en nuestra cabecita en este momento; no es más que una anticipación de nuestro deseo, la culminación de aquello que quedó en el tintero del pasado, allí donde nos gustaría colgar el cartel de final feliz. Pero el futuro no existe, y nunca existirá. Todo acontece en un presente dado. Especular con el futuro es un síntoma de insatisfacción. El deseo, la avaricia, la gula y la codicia galopan estruendosamente hacia el futuro, perdiendo de vista la realidad del presente.
Pensamos que cuando acabemos la carrera, la tesis doctoral, cuando finalmente nos casemos, cuando tengamos un trabajo mejor, cuando contemos con suficientes ahorros, cuando tengamos niños, cuando éstos sean mayores, cuando nos jubilemos… entonces y sólo entonces culminará nuestro proyecto de vida y podremos descansar plenos y felices.
Lamentablemente, el futuro no existe salvo como idea, como proyección o anticipación. De nada sirve el futuro si no vivimos la vida plenamente, porque esa plenitud siempre se nos regateará en ese anhelado futuro. La vida que vivimos existe ahora, y esa vida no puede especularse en una especie de bolsa financiera mental. Ahora vivimos, mañana no lo sabemos. Ahora es real, mañana es pura elucubración.
Para aterrizar en el Ahora (permítanme subrayarlo con una mayúscula) hay que salir del tiempo psicológico, de las ruinas del pasado y de los planos de edificación del futuro. Y por tanto, el Ahora deja en suspensión nuestra mente. La meditación nos ayuda a comprender que se puede vivir el momento sin tener que pensarlo, ordenarlo o juzgarlo, que hay una vida secreta por debajo del discurso mental. En el Ahora no tenemos una vida: somos vida, y ya no hay nada que alcanzar. No hay nada que le falte a este momento que tengamos que buscar después, en un futuro cercano o lejano. Cada momento es lo único real.
El momento presente ya no tiene límites porque deja de estar cosificado por la mente, cuya función es diseccionar la realidad. Miremos donde miremos, sólo vemos horizontes que se abren a nuevos horizontes, una infinitud hacia arriba y otra hacia abajo aunque, lógicamente nuestros sentidos queden agotados. Podemos decir que hay infinitos árboles dentro de cada árbol, innumerables maneras de sentirlo y de amarlo. Somos conscientes del árbol sin tener que pensarlo, y en la presencia el árbol se transforma: deja de ser el árbol que estaba anclado en la memoria. De esta manera, podemos conocer al árbol directamente, porque así somos árbol junto al árbol, lo conocemos íntimamente.
Sólo cuando hay quietud profunda en nuestro interior podemos estar presentes. En la presencia podemos percibir la majestuosidad de todo lo que nos rodea, la amplia interconexión entre todos los seres vivientes, la sabiduría profunda que hay en la evolución. Es como ponerse unas gafas de tres dimensiones, donde cada uno de nosotros se siente dentro de ese caleidoscopio de vida.
Sí
Si tuviéramos que dar una respuesta, la respuesta sería Sí. Sí a lo que es, sí al momento presente. Porque el momento presente es el momento que ha viajado a través del tiempo y ha tomado la forma que tiene ahora, y no otra, sino ésta. Todo lo que surge en este momento es el resultado de millones y millones de factores a lo largo de la evolución. Todo surge en este preciso momento para desaparecer luego. Si queremos, podemos negar la realidad que acontece, pero es tiempo perdido. Ir en contra de la realidad es como querer invertir la corriente del río.
Soy hombre o mujer, tengo tal estatura, he nacido en tal sitio, el color de mis ojos es tal… son las cartas que nos han tocado en el reparto del juego. No podemos enorgullecernos o deprimirnos por lo que nos ha tocado. Las cartas son neutras, depende cómo las juguemos. Ya lo sabemos: la sociedad no es neutra y valora más unas que otras, pero no hay nada personal en ello. La historia abunda en ejemplos de gran superación en circunstancias desfavorables.
El contentamiento tiene que ver con esto, con la aceptación de lo que tengo y de lo que no tengo. La gran libertad consiste en sentir un calor enorme y contentarse sólo con mojarse el rostro. En la superficie, es verdad que no sabemos tocar el piano, que cantamos fatal o que no nos manejamos bien con la informática, pero en el fondo estamos completos, no nos falta nada, no arrecia el deseo y no hay insatisfacción.
Si decimos Sí al momento presente, sea como sea, ya lo estamos transformando, y a nosotros con él. Eso no significa resignación, no significa quedarse con las manos cruzadas. Nuestro impulso evolutivo y nuestro nivel de conciencia nos empujan para mejorar lo que encontramos, para articular soluciones más efectivas, para restaurar un equilibrio perdido. Pero esto lo podemos hacer sin negar la realidad, sin darle la espalda. Aceptar cada momento sin regateos, saber estar a las duras y a las maduras, con lo que hay y con lo que no hay. Desde este poder interno, cada momento tiene una gran belleza. ¡No lo dejemos escapar!
Estructura
Etapas
Casi nadie acostumbra a beberse la vida de un trago, más bien nos la bebemos sorbito a sorbito. Vamos de un sitio a otro, paso a paso, por etapas, de forma progresiva. Es posible que alguien se siente por primera vez en meditación, cierre los ojos y sólo con eso sea capaz de saltar al abismo insondable del Ser… pero la mayoría debemos avanzar fase a fase. Y es de sentido común que primero aprendamos a sumar y a restar, y sólo después aprendamos operaciones más complejas.
Cada una de las siete etapas que propongo refuerza la anterior y, a la vez, es sostén de la siguiente, como una cadena en la que cada eslabón tira del que tiene al lado. Las etapas en la meditación se parecen más a un árbol que a una escalera. En la escalera, cada peldaño nos sirve para subir al siguiente, pero cuando estamos en el quinto, por ejemplo, ya no nos acordamos del primero. La imagen del árbol es más orgánica. Es cierto que hay una jerarquía de crecimiento: raíz, tronco, ramas, flores y frutos, pero en la misma medida que crece el árbol, todo crece en su conjunto. Cuando estamos en la quinta etapa, seguimos teniendo en cuenta la primera. No sólo el árbol entero está en la semilla; también lo está en la raíz y en la rama, como si se tratara de una imagen holográfica.
Numerología
¿Pero por qué precisamente siete etapas? Hagamos un poco de numerología. Decía Pitágoras que los números son la esencia de todas las cosas, y sentenciaba Galileo que la naturaleza está escrita con caracteres matemáticos. Quizá es una idea muy sencilla, pero cuando escribimos el 1 estamos aludiendo a la unidad. Nuestro ser es un cosmos, una totalidad ordenada que se sincroniza en todas sus partes, que conserva su individualidad, que se regula cuando una de sus partes deja de funcionar y que sigue una ósmosis buscando aquella unidad. Cuando un riñón no funciona bien, el otro aumenta de tamaño para realizar la completa función renal, y hasta la piel se convierte un poco en riñón ayudando a la purificación.
El 1 se divide en el 2, donde encontramos una tensión dinámica para manejarnos en este mundo, que es dual. Dos brazos y dos manos, dos piernas y dos pies que permiten en su movimiento alternado caminar rectos por el sendero. Dos ojos, dos oídos, que se unifican en una sola visión, en una única melodía. Dos riñones, dos pulmones… y hasta el corazón, que aparenta ser uno, es alternancia entre sístole y diástole, un juego entre el corazón izquierdo y el derecho.
El cuerpo está dividido en dos mitades que, más que antagonistas, son complementarias. Esta dualidad es necesaria para alumbrar una nueva unidad, de la misma manera que óvulo y espermatozoide generan una nueva vida.
Esa nueva unidad es el 3. Si el 2 deja una huella visible en el cuerpo simétrico, el 3 se reconoce en el movimiento. Una extremidad inferior rígida no podría moverse: necesita la articulación, necesita -haciendo alarde de una gran economía- un muslo, una pantorrilla y un pie. Manipulamos el mundo con nuestros brazos, pero éstos necesitan articularse en brazos, antebrazos y manos. De alguna manera misteriosa, el cuerpo se comporta como un fractal, y la misma mano se articula como carpo, metacarpo y dedos, y estos últimos en primera, segunda y tercera falange, siguiendo la estela del 3.
A un nivel más profundo, el 3 recorre el cuerpo de arriba abajo y de abajo arriba. Es cierto que el cerebro se divide en dos hemisferios, y que cada uno de ellos se especializa en lo concreto o en lo global, en la lógica o en la intuición, pero en un análisis vertical encontraremos tres cerebros. Un cerebro reptiliano, encargado de nuestra fisiología involuntaria y que regula el hambre, la temperatura, la pulsión sexual y la respiración. Un cerebro límbico, sede de nuestra memoria emocional, que regula desde el miedo hasta la rabia, desde los celos hasta el llanto. Y por último tenemos el neocórtex, encargado de la autorreflexión, la resolución de problemas y la discriminación, entre otras funciones.
Somos, en primera instancia, un cigoto que se desarrolla en tres capas embrionarias. Simplificando: el endodermo da lugar a los órganos digestivos; el mesodermo a la osamenta, la musculatura y la circulación; y el ectodermo desarrolla el cerebro, la piel y las glándulas mamarias.
La programación trinitaria en el cuerpo está muy marcada. Tenemos tres espacios que van de menor a mayor complejidad, de mayor a menor capacidad y de menor a mayor protección: son el vientre, el pecho y el cráneo, respectivamente.
El número se hace carne, como vamos viendo. La unidad busca una nueva unidad, pero a través de la permanente diferenciación. No podemos llegar al 3 sin pasar por el 2, ni al 5 sin pasar por el 4, y así sucesivamente. La nueva unidad en el 5 apenas se hace visible en los cinco dedos que tiene cada mano y cada pie, o en las cinco vértebras lumbares, pero, sin duda, es muy notable en el despliegue de los grandes sistemas fisiológicos que van desde el sistema nervioso al reproductor, desde el digestivo al respiratoriocirculatorio, sin olvidar el sistema renal de eliminación.
El 7 es una unidad dentro de la unidad. Tiene matices y profundidad; es la base de muchos procesos, como los que se dan en nuestra propia biografía. Muchos autores remarcan el ritmo septenario de nuestro crecimiento. Cambiamos la dentadura y dejamos de ser niños pequeños a los siete años; entramos en la adolescencia a los catorce; a los veintiuno acaba nuestro desarrollo físico y empieza nuestra juventud; a los veintiocho empezamos nuestra adultez, a los treinta y cinco iniciamos nuestra madurez, y así hasta el fin de nuestros días.
Siete son los colores del arcoíris y siete son las notas musicales en nuestro sistema musical. Siete también los días de la semana, que son claramente una partición del ritmo lunar. El 7 está en la naturaleza y está en nuestra cultura. Siete son los sacramentos cristianos, siete son los dones del Espíritu Santo y siete los pecados capitales… analogías y analogías, hasta perderse en el infinito.
Sentimos atracción por el 7 porque promete completitud, progresión inteligente hacia un estado de armonía. En el fondo, puede ser una mera ficción, pero hay ficciones útiles que nos ayudan a seguir caminando. Podríamos seguir con la numerología corporal, pero prudentemente nos quedaremos en el 7.
Septenario
En realidad, nosotros llegamos al 7 desde el 3. Tres esferas ubicadas en nuestro cuerpo donde, además de vísceras y órganos, encontramos orientaciones en la vida. Por analogía, el vientre y las entrañas nos recuerdan a la persona vital, el pecho y el corazón a la persona afectiva y, por último, el cráneo y el cerebro a la persona mental. Tenemos entonces tres tipologías básicas para tres maneras distintas de filtrar la realidad. Claro que es una simplificación, pero no olvidemos que toda caricatura nos hace distinguir de manera efectiva el rasgo distintivo de lo que tenemos delante.
En el Yoga distinguimos tres vías principales de transcendencia del ego. Tres vías complementarias que colaboran secretamente entre sí, aunque sea una de ellas la que vaya por delante en cada caso, de la misma manera que las ruedas de un patinete están engarzadas en una misma plataforma aunque sea una la que va delante abriendo camino.
La vía del vientre es la de la acción desinteresada, una acción que debe estar libre de precipitación, confusión e interés personal. De esta manera, los frutos de la acción no estarán cargados de errores ni mezquindades.
La vía del pecho es la vía devocional, por la que nos entregamos a algo más grande que nosotros mismos. En ella, se establece una relación íntima con lo sagrado y se celebra la vida a través del canto, la ofrenda o la plegaria.
La vía de la cabeza es el sendero del conocimiento intuitivo: desnudar la realidad hasta descubrir con asombro el despliegue del espíritu y el camino de retorno hasta la fuente misma.
Las tres vías nos permiten ir más allá de nuestro egoísmo, de nuestra importancia personal y de la limitación de nuestras creencias. Son tres vías para ampliar eso que creemos que somos y para recordar lo que realmente somos.
De alguna manera, la segunda, la cuarta y la sexta etapa de la Meditación Síntesis que proponemos tienen mucho que ver con estas tres esferas y estas tres vías de trascendencia.
¿Y qué pasa con las otras etapas? ¿Os acordáis de los conjuntos que aprendíamos en la escuela? Dos conjuntos -o esferas- interseccionan. A la zona que está tanto en un conjunto como en otro la coloreábamos como una zona especial. Son zonas fronterizas, de tránsito y de intercambio.
Es curioso que también tengamos tres diafragmas en el cuerpo, que protegen de alguna manera aquellos tres espacios de los que hablábamos. El diafragma pélvico protege el vientre, el diafragma torácico protege el tórax y el diafragma craneal protege la cabeza. Tres diafragmas que en Yoga son liberados de sus tensiones a través de tres llaves energéticas que actúan sobre el esfínter anal, el diafragma y la base del cuello.
Así pues, estos tres diafragmas coinciden con la primera, la tercera y la quinta etapa de meditación. Coinciden también con fuertes nudos psíquicos: el apego a las cosas materiales, al vínculo afectivo con determinadas personas y la importancia y ambición del propio ego.
Tenemos, de entrada, tres centros y tres espacios fronterizos que median y preparan para el asalto al siguiente centro de atención. Nos falta uno: el séptimo, que también es una frontera… con lo absoluto. Un espacio que intercede entre lo estrictamente individual y lo plenamente universal.
Centros
Tanto el Árbol de la Vida dentro de la Cábala como el camino del héroe en los arcanos del Tarot, las etapas del despertar de la Doma del Buey en el Budismo Zen o las Moradas del Castillo Interior que describe Santa Teresa de Jesús son, todos ellos, esquemas evolutivos de desarrollo espiritual, cada uno con un lenguaje y simbolismo propio de su época y cultura. Sabiamente, la tradición ha generado mapas precisos de ese camino espiritual, que grandes seres han transitado de forma intuitiva en el pasado. Todos necesitamos guías en algún momento, y todos necesitamos alguna chuleta o algún manual de instrucciones cuando estamos perdidos en el pantanal de nuestros miedos o en el laberinto de nuestras miserias.
De todos los esquemas que conozco, destaca para el tema que nos ocupa la estructura septenaria de los centros de energía, precisamente porque constituyen etapas corporizadas de un camino espiritual. Los chakras son nexos de unión entre el cuerpo burdo y los cuerpos sutiles, donde se cruzan los canales energéticos que se denominan nâdis, por donde, según parece, circula la energía vital o prâna. Esta fisiología mística surge a partir del siglo VI de nuestra era, en el marco del tantrismo, que repercute tanto en el hinduismo como en el budismo o el jainismo, y en particular, en el Hatha Yoga que conocemos actualmente.
Lo interesante del tantrismo es que afirma que todo, especialmente lo prohibido, lo marginado e incluso lo rechazado por la visión dogmática de una cultura puede ser una gran herramienta de crecimiento espiritual. El yogui (o la yoguini) perciben la polaridad de la vida, y a través de su práctica intentan reunificar lo masculino y lo femenino, el cuerpo y el espíritu, la energía y la consciencia. No hay, por tanto, una oposición entre los pares de opuestos, sino una profunda complementariedad. Lo importante no es negar el cuerpo o la sexualidad, sino utilizarlos como sostén para trascender la naturaleza y para sublimar nuestro deseo.
En esta mística, que a todas luces se presenta como oscura, compleja y esotérica, se elabora el mito de la kundalini como fuerza vital representada por una serpiente, enroscada en la base de la columna, a la que hay que “despertar” para que ascienda por el canal central hasta el encuentro con la consciencia trascendente. De esta manera se pretende reunificar lo alto y lo bajo, el individuo y la especie para abolir la dualidad en la que nos encontramos todos.
Al considerar que hay una analogía entre el cosmos que nos envuelve y el cosmos que nos sostiene por dentro, cada chakra o centro energético es una base de visualización para la propia meditación, en la que se representa esa unión entre macrocosmos y microcosmos. Es cierto que los puntos corporales donde se ubican los chakras manifiestan una sensibilidad y una carga energética en determinados estados de meditación o trance, pero también es verdad que toda la imaginería propia del sistema de chakras forma parte de herramientas mágicas que el iniciado “coloca” ahí para su concentración y, por tanto, son opcionales. El cuerpo, para el yogui, es un templo lleno de símbolos, y con ellos se hace una representación que le permite vivir la realidad y operar con ella. A través de la visualización de colores, sonidos, animales simbólicos, deidades, figuras geométricas, etc., podemos movilizar una extraordinaria cantidad de energía que nos ayudará en el proceso de purificación del cuerpo y de la mente.
En el fondo, nuestro esquema de meditación se apoya en este modelo evolutivo de los chakras porque congrega cuerpo y psique, sensación y visualización, energía y consciencia. También el Yoga es práctica corporal y meditación, trabaja sobre los bloqueos del cuerpo para deshacer con más facilidad los nudos de la mente, regula la respiración para calmar la agitación de nuestros pensamientos y se abandona en total relajación para drenar miedos y automatismos. Todo Yoga no es más que una forma de meditación y, tal vez por esto, la meditación que proponemos se coloca el guante del Yoga para trabajar cuerpo, energía, respiración, relajación, visualización y concentración. Casi sin quererlo, nos estamos abocando, así, a ese espacio inmenso que es la conciencia meditativa.
Objetivos
Cuando viajamos tenemos claro cuál es la meta, y decíamos que esa meta se alcanza por etapas, progresivamente. Evocando la imagen tradicional, antes de iniciar el viaje hemos de engrasar los ejes del carro, sujetar los bueyes al enganche y preparar el equipaje. Cada tarea es un objetivo dentro del gran objetivo, un paso dentro del camino. No en vano dice el refrán que todo gran viaje comienza por un pequeño paso.
Sin embargo, cada tarea está engarzada en una secuencia que implica un orden preciso: no podemos empezar la casa por el tejado. Cada etapa meditativa contempla un objetivo. Y estos objetivos van desde lo más concreto a lo más sutil, desde lo más natural a lo más místico. Podríamos imaginar estos objetivos como las piedras que, una al lado de la otra, nos sirven para vadear el río que nos separa de nuestra serena consciencia.
Estos objetivos ponen la atención en elementos de la meditación que, a veces, por descuido o ignorancia, podemos pasar por alto. “Establecer una postura estable” es necesario para darle solidez a nuestra posterior concentración; desde ahí podremos recorrer el cuerpo para sensibilizarlo y liberarlo de tanta coraza muscular. A medida que avanzan las etapas, los objetivos se vuelven más sutiles, y por tanto, más difíciles. “Establecer una postura estable” es casi tarea arquitectónica: basta con bascular la pelvis o proyectar la columna, pero “ser uno con la Totalidad” requiere, por hacer un poco de broma, una vida de santo.
En todo caso, no todos los objetivos son pertinentes para cada persona y para cada momento. Unos entran de forma fluida mientras, otros vienen a contrapelo. “Calmar el mundo emocional” en un momento de crisis relacional puede ser más imperioso que “ralentizar la mente”, pero en otra situación puede ser más importante ocuparse de esto último.
Técnica
Desde el primer homínido que golpeó una nuez con una piedra o que aireó un palo para defenderse, estamos ligados a la técnica. Las técnicas amplifican nuestras capacidades naturales, tal como la lanza potencia el golpe del puño o la rueda la longitud del paso. Hasta tal punto es importante la técnica, que el desarrollo de nuestro cuerpo se debe en parte a la naturaleza y en parte a la cultura de la técnica. No tendríamos el cerebro que tenemos si no nos hubiéramos erguido sobre los dos pies y empuñado objetos que permitían liberar la cabeza de las presiones propias de la postura semihorizontal del primate, dando así impulso a la expansión craneal. Pero dejemos este apunte antropológico para adentrarnos en la importancia de la técnica en la meditación.
En nuestra meditación, cada objetivo preciso requiere también una técnica precisa. Cuanto más adaptada sea esta técnica, más efectiva resultará para conseguir el objetivo deseado. La postura meditativa, sea la postura del loto, la de tobillos entrelazados o la de piernas cruzadas, requiere (como veremos más adelante) un cierto dominio del cuerpo, un conocimiento de los movimientos corporales y una sensibilidad para adoptar la vertical y poder mantenerla. Hay libros enteros dedicados a las interioridades de la postura meditativa o a los gestos simbólicos que se adoptan en ella. A veces se tardan años en conseguir esa estabilidad de la que hablamos.
Casi todos hemos pasado, en nuestro recorrido meditativo a lo largo de los años, por etapas de “rebeldía” con respecto a cualquier método de meditación y sus técnicas de concentración: sólo queríamos “fluir” con el momento presente, sin darnos cuenta de que nuestra mente estaba a kilómetros de la realidad y que nos habíamos olvidado el paracaídas. Sería ideal cerrar los ojos y que con ese único gesto todo estuviera ya conseguido, sería milagroso dar un salto y encontrarnos en la otra orilla, pero también es maduro comprender que las barcas que hemos inventado facilitan la navegación. Las técnicas meditativas existen porque nuestra mente es inestable. El ajuste postural, los recorridos corporales y la respiración profunda forman parte de nuestra caja de herramientas, y toda herramienta hay que aprender a manejarla. Aún más, la técnica nos ayuda a enfocar y a concentrarnos, de la misma manera que el destornillador requiere una concentración y un enfoque para que podamos colocarlo correctamente sobre la estría del tornillo.
Ahora bien, existe el peligro de que la técnica nos produzca tal fascinación que, a la postre, se convierta en un fin en sí mismo, y por lo tanto en un obstáculo para el verdadero objetivo. No es necesario que pintemos la barca con pintura de oro… basta con que no se hunda y mantenga el rumbo.
Visualización
Si tenemos una caja de herramientas es por la sencilla razón de que todo no lo podemos arreglar con el martillo: necesitamos variedad. Variedad de técnicas y variedad de enfoques. El buen orador sabe que no puede llegar a todo su público con un discurso monocorde. Sabe, por experiencia, que tiene que salpicar su exposición con ejemplos, cuentos, metáforas, razones… y hasta algún chiste que otro. Su exposición no debe ser lineal y ascendente, sino en forma espiral, con avances pero también con retrocesos que aporten una síntesis de lo ya expuesto.
Nuestros canales de comunicación no son idénticos, como tampoco lo son nuestras formas de ser. A algunos les resultan útiles las ideas, a otros los sentimientos; hay personas muy visuales, otras más auditivas, unas muy vitales, otras muy intuitivas… De forma natural, cuando nos expresamos ajustamos el canal de comunicación a nuestro oyente, si queremos de veras ser entendidos. La meditación, en su dinámica interna, también tiene que abarcar un amplio abanico de posibilidades; no caigamos en el error de aseverar que una buena técnica, y sólo ella, es apta para todo el mundo.
En este esfuerzo de adaptación, además de las técnicas de referencia que proponemos, echamos mano de la fuerza evocativa de los símbolos. Los símbolos van más allá del concepto y tienden un puente entre el mundo subconsciente y el consciente, algo así como una caña de pescar que permite rescatar contenidos que, de entrada, no son perceptibles porque están por debajo de la línea de flotación. Junto con el símbolo, buceamos, y a menudo encontramos tesoros que nos llevamos más tarde a la superficie, a la luz del día.
Los símbolos no tienen un valor en sí mismos; son útiles por lo que iluminan dentro de una cosmovisión determinada. Una máscara tribal en la vitrina de un museo etnológico apenas es una carcasa vacía, pero esa misma máscara en su contexto, en medio de la danza, en el trance chamánico, adquiere su pleno significado.
Simbolizamos el mundo para hacerlo humano, para poder digerirlo, para manejarlo con sólo dos manos. Tenemos capacidad simbólica porque nuestra mente profunda funciona con imágenes: soñamos con imágenes, fantaseamos también con imágenes. Por eso, aunque lo ignoremos, el símbolo es capaz de lanzar sondas a las capas más profundas de lo que somos. El símbolo completa nuestro proceso de aprendizaje y nos inunda, como un oleaje, de contenidos y más contenidos, cada uno más y más insondable. No hay que confundir los símbolos con los signos. Los signos señalan, mientras que los símbolos evocan, aquéllos están anclados al objeto que representan mientras que éstos vuelan, estableciendo vínculos con otros objetos y realidades. El rojo del semáforo no da lugar a la duda: hay que parar, pero el rojo del cuadro puede llevarnos a la pasión o la guerra, al coraje o al amor.
Un símbolo es un atajo para la memoria, la personal pero también la colectiva. Si estamos suficientemente sensibles, es una llave para abrir un mundo arquetípico, donde nuestra alma despliega sus batallas heroicas. Los símbolos forman parte del lenguaje del inconsciente y tenemos que aprender a descodificarlos.
Cuando decimos que hemos de aprender a meditar como una ola queremos rescatar la fluidez de la ola, el ritmo, la aparente separación del océano y también su embestida. La ola nos recuerda nuestra individualidad pero también la invitación a la profundidad, una vez se asuma como parte de la inmensidad del mar.
Visualizar la ola, por seguir con este símbolo, nos ayuda a conectar con nuestra respiración y su espontaneidad, porque todos hemos estado delante del mar horas y horas ensimismados por la ola que va y viene, ajena a cualquier tribulación, temeraria ante la roca, juguetona ante la espuma. La ola está fuera, pero el símbolo actúa dentro, y el símbolo permite un tránsito a una dimensión desconocida. El símbolo nos deja al borde del abismo, Ahora, sólo tenemos que saltar.
Elegimos el rayo como imagen de la intuición, el firmamento como imagen de la infinitud o el fruto maduro como imagen del desprendimiento interno. Visualizamos símbolos, pero en realidad nos interesan las cualidades sabias, aquellas que nos ayudan a superar la cerrazón del ego. Para representar la celebración ante la vida, elijo al pájaro que canta cada mañana, pero también podría elegir una danza tribal. Insisto, lo importante del símbolo es lo que éste ilumina, y no tanto el símbolo en sí. Apostemos por la creatividad en este ámbito.
Cualquier símbolo puede ser fecundo, pero la tradición nos advierte que elijamos uno que no provoque rechazo ni deseo. No dejemos que se inmiscuyan nuestras emociones ni nuestras preferencias; seamos ecuánimes. Pero tampoco exageremos, pues tampoco nos servirá un símbolo que nos sea del todo indiferente. Nos interesa elegir un soporte simbólico que tenga un alto poder de evocación, que construya puentes de significados, que evite la ambigüedad y que abra la puerta del asombro. La mesa está servida.
Obstáculos
A la fiesta de la meditación asisten todos los invitados: los que nos caen bien y los que, ¡ay!, no quisiéramos tener al lado de nuestro plato. Zarandeados por la vida, nos gustaría encontrar en la meditación un oasis de paz cuando, en realidad, la meditación nos ayuda a encontrar un marco de sentido, pero no necesariamente un bálsamo. En cada sentada, vamos aprendiendo que la vida no avisa, no se ciñe a nuestro deseo, no espera, no se adapta a nuestra moral y sobre todo, no es indolora.
Probablemente, en la meditación nos encontraremos con la incomodidad, el dolor, la dispersión… Habrá momentos de negatividad y de aburrimiento; iremos muchas veces de la fantasía al sopor, y con miedo caeremos ante el vértigo de la disolución. Los obstáculos nos van a acompañar, queramos o no, porque forman parte intrínseca del camino. Y ya que van a ser compañeros de viaje, más vale hacernos amigos de ellos. Nos conviene señalar el obstáculo cuando aparece, nombrarlo, reconocerlo y dialogar con él. De esta manera, el obstáculo pierde su larga sombra fantasmagórica y aparece como lo que es: una resistencia a la entrega, una huida de la realidad o un bloqueo ante la intensidad.
Es cierto que duele la rodilla, pero la articulación duele porque algo -o alguien- dentro de nosotros no quiere en realidad estar allí sentado, perdiendo el tiempo. Duele la rodilla porque una parte de nosotros no entiende lo que estamos haciendo, el sinsentido de la meditación, y quiere salir corriendo. En definitiva, duele la rodilla porque duele el alma, porque la vida reclama un precio que no estamos dispuestos a pagar, porque nos sentimos defraudados ante todas las expectativas que se han ido quedando por el camino, o porque nos miramos en el espejo y ya casi no nos reconocemos.
Pero la meditación nos recuerda todo el tiempo que hay una salida al sufrimiento psicológico, a la desesperación y a la confusión. Hacemos como en la buena medicina: diagnosticamos y proponemos la terapia adecuada para cada enfermedad. En la alforja de nuestra meditación podemos encontrar un medicamento para cada obstáculo, un antídoto para cada veneno. Ante el dolor, el desapego de las sensaciones; ante la incomodidad, la inmovilidad; ante la dispersión, la concentración… Si cada obstáculo es el reconocimiento de una resistencia interna, cada antídoto es un reto de superación. No hay manera de superar el pecado sino a través de una cierta virtud. Cierto que el jarabe que cura es amargo, pero ya sabemos que la meditación no es una fiesta infantil repleta de dulces. Para responder de verdad a la pregunta de quiénes somos, puede que haya que abatir muchos dragones.
Meditación
En nuestro afán pedagógico, en cada capítulo hemos dado muchas vueltas concéntricas, con la intención de explicar a veces lo inexplicable, para que no quedara ningún concepto en la penumbra. Ahora, se trata de ir por el sendero recto, directos a la médula de la etapa meditativa.
Este último apartado constituye un pequeño resumen de lo que se ha ido desplegando en cada uno de los apartados. Pero, sobre todo, este pequeño texto quiere ofrecerse como una pauta de seguimiento de los aspectos a tener en cuenta en esta etapa de meditación. Son dos o tres pautas para no perderse en cada etapa. No necesitamos más.
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