Kitabı oku: «Nirliit»

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Juliana Léveillé-Trudel

Juliana Léveillé-Trudel (Montreal, 1985) fundó en 2011, junto a un amigo, un campamento de verano en Salluit, en la región de Nunavik, muy al norte de Canadá. Pasó tres veranos consecutivos allí como gerente del proyecto y, en 2014, continuó su trabajo en el norte estableciendo otro campamento diurno en el pueblo de Quaqtaq, además de coordinar otros dos programas de campamentos diurnos en Salluit y Puvirnituq. Poco después, en 2015, obtuvo el puesto de subdirectora de programación educativa para las comunidades inuit en Fusion Jeunesse, una organización que lucha contra el absentismo escolar mediante el uso de diferentes formas de arte para motivar a los jóvenes inuit a continuar con sus estudios.

Durante esos años, inspirada en sus propias vivencias y por la necesidad de narrar todas las preguntas, dudas, desamores y emociones que dichas experiencias habían provocado en ella, escribió Nirliit, publicada en su país en 2015 —causando cierto revuelo— y en Francia en 2018, donde ganó el Premio Pantagruel ese mismo año.

Apasionada del teatro, fundó su propia compañía escribiendo, dirigiendo y actuando en dos obras, y también creando un espectáculo literario alrededor de Nirliit, una lectura teatral de extractos de la obra, con la presencia escénica de un músico y dos cantantes de garganta inuit.



También han hecho posible este libro
Iballa López Hernández

Iballa nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1981. Estudió Traducción e Interpretación en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y desde 2014 se dedica a la traducción literaria, trabajando para editoriales como Berenice, Armaenia, Baile del Sol o Penguin Random House, entre otras.

Actualmente vive en Montreal y desde allí contactó con nosotros: «Os escribo para proponeros una novela que me ha parecido preciosa y que quizá encaje en vuestro catálogo», y así fue, encajó y ahora la tienes entre las manos.


Eusebio Sempere

Eusebio Sempere Juan (1924-1995), nació con estrabismo en el ojo izquierdo y una vocación sorprendente por pintar desde muy pequeño. Cursó sus estudios de Artes y Oficios y Bellas Artes en Valencia. En 1947 marchó, becado, a París, lugar en el que inició su investigación y creación dentro del cinetismo.

En 1960 regresó a España y trajo con él, además del op-art, la técnica serigráfica. Su obra se encuentra en los principales museos de todo el mundo. Obtuvo la medalla a las Bellas Artes y el Premio Príncipe de Asturias.

Título original: Nirliit © Éditions La Peuplade, 2015

Primera edición: octubre de 2020

Traducción: Iballa López Hernández

Corrección: Editorial Barrett


Esta obra está producida con la contribución de SODEC.

© del texto: Juliana Léveillé-Trudel | © foto de la biografía: Alain Léveillé

© de la traducción: Iballa López Hernández | © foto de la biografía: Marion Brunel

© de la imagen de cubierta: Eusebio Sempere. Invierno. Serie Las cuatro estaciones, 1980. Gouache sobre tabla, 80 x 42 cm. Cortesía Fundación Juan March, Madrid. Foto: © Joan-Ramon Bonet/David Bonet Agradecimientos a Irene Mira Sempere por la biografía y por el buen rollo.

© de la edición: Editorial Barrett | www.editorialbarrett.org

Comunicación y prensa: Belén García | comunicacion@editorialbarrett.org

Impresión: Estugraf

ISBN:

eISBN: 978-84-12236-52-1

Depósito legal: SE 1450-2020

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Somos buenas personas, así que, si necesitas algo, escríbenos. No nos va a sacar de pobres prohibirte hacer unas cuantas fotocopias.


JULIANA LÉVEILLÉ-TRUDEL

NIRLIIT

Traducido por Iballa López Hernández


Para mamá.

Tenías razón, era materia para novela.

SALLUIT: gente flaca.

KANGIQSUALUJJUAQ: la grandísima bahía.

KUUJJUAQ: el gran río.

TASIUJAQ: que semeja un lago.

AUPALUK: donde la tierra es roja.

KANGIRSUK: la bahía.

QUAQTAQ: lombriz intestinal.

KANGIQSUJUAQ: la gran bahía.

IVUJIVIK: donde uno queda atrapado entre placas de hielo movedizas.

AKULIVIK: diente central de un arpón.

PUVIRNITUQ: hedor a carne podrida.

INUKJUAQ: el gigante.

UMIUJAQ: que semeja un barco vuelto del revés.

KUUJJUARAAPIK: el pequeño gran río.

NUNAVIK: el gran territorio.

Contenido

PRIMERA PARTE EVA

Kapitel 1

Kapitel 2

Kapitel 3

Kapitel 4

Kapitel 5

Kapitel 6

Kapitel 7

Kapitel 8

Kapitel 9

Kapitel 10

Kapitel 11

Kapitel 12

Kapitel 13

Kapitel 14

Kapitel 15

Kapitel 16

Kapitel 17

Kapitel 18

Kapitel 19

Kapitel 20

Kapitel 21

Kapitel 22

Kapitel 23

Kapitel 24

Kapitel 25

Kapitel 26

Kapitel 27

Kapitel 28

Kapitel 29

Kapitel 30

Kapitel 31

Kapitel 32

Kapitel 33

Kapitel 34

SEGUNDA PARTE ELIJAH

Kapitel 1

Kapitel 2

Kapitel 3

Kapitel 4

Kapitel 5

Kapitel 6

Kapitel 7

Kapitel 8

Kapitel 9

Kapitel 10

Kapitel 11

Kapitel 12

Kapitel 13

Kapitel 14

Kapitel 15

Kapitel 16

Kapitel 17

Kapitel 18

Kapitel 19

Kapitel 20

Kapitel 21

Kapitel 22

Kapitel 23

Kapitel 24

Kapitel 25

Kapitel 26

Kapitel 27

Kapitel 28

Kapitel 29

Kapitel 30

Kapitel 31

Kapitel 32

Kapitel 33

Kapitel 34

Kapitel 35

Kapitel 36

Kapitel 37

Kapitel 38

Kapitel 39

Kapitel 40

Kapitel 41

Kapitel 42

Kapitel 43

Kapitel 44

PRIMERA PARTE

— 1

El viaje hasta tu tierra es largo, Eva. Salluit, en el paralelo sesenta y dos, mucho más allá de donde desaparecen los árboles; Salluit, ovillado al pie de las montañas; Salluit, el fiordo en el nacimiento de la espalda. Y a solo dieciséis kilómetros, el gran estrecho de Hudson, que quizá te conduzca hasta el océano Ártico, quién sabe.

Solo se puede llegar por aire, y como las ocas, nirliit, emprendo una y otra vez el viaje del sur al norte y del norte al sur, cada vez que vuelve el verano, cada vez que el verano toca a su fin. El avión hace una primera escala en La Grande Rivière, a tres horas de vuelo al noroeste de Dorval. La belleza rugosa y sobrecogedora del paisaje aparece cuando el Dash-8 inicia el descenso y sale de las nubes para sobrevolar el gigantesco embalse Robert-Bourassa, aguas oscuras hasta el infinito, enmarcadas por prietas hileras de píceas. El minúsculo aeropuerto de La Grande recibe la habitual fauna nórdica. Geólogos enviados por el Ministerio de Recursos Naturales. Enfermeras. Trabajadores sociales. Yo. No sé muy bien en qué categoría incluirme. Desconocidos que nunca se dirigirían la palabra en la ciudad entablan animadas conversaciones, ríen a carcajadas. Blancos. Qallunaat. Los inuit no hablan. A nosotros no. Nosotros tampoco hablamos. Los blancos a un lado, los inuit al otro. Por blancos también me refiero a los negros: en estas latitudes todo el que no es inuit pasa a ser blanco. Seguro que a Martin Luther King le hubiera hecho mucha gracia.

Segunda escala: Puvirnituq, «Hedor a carne podrida». Rebautizo todas las películas y canciones que se me ocurren: Hedor a carne podrida, mi amor, Siempre nos quedará Hedor a carne podrida, El último tango en Hedor a carne podrida, Medianoche en Hedor a carne podrida, Hedor a carne podrida, Hedor a carne podrida… Puvirnituq el patito feo, Puvirnituq el Bronx del norte, Puvirnituq las sonrisas y los suspiros cómplices. Piouvi, PUV. No tiene nada de una postal, es cierto, nada que ver con Kangiqsujuaq o Salluit, las reinas de la belleza nórdicas. Nada de espléndidas montañas ni de vertiginosos acantilados, solo una llanura abrupta quebrada aquí y allá por una leve colina. Un pozo de miseria ideal para fomentar una delincuencia floreciente y alzarse año tras año con el premio a la comunidad más violenta de Nunavik. Nada que incite a demorarse, y sin embargo no queda otro remedio. Puvirnituq es una chica del montón con unos ojazos que solo descubres si te fijas bien en su cara. Hay que ver el río, cuyo curso serpentea soberbio por la tundra antes de desaguar en la bahía de Hudson, en el extremo oeste del pueblo. La desembocadura es sin duda el lugar más hermoso en varios kilómetros, pero hay que mantener los ojos fijos en el agua, sobre todo evitar mirar a un lado, o nos toparemos con el otro río, el de los residuos, el vertedero municipal, que exhibe sus maravillas de metal y plástico como si quisiera competir con las de la naturaleza. Yo no puedo evitar pasear la mirada de un río a otro, incapaz de despegarla del retrato implacable de lo que le hemos hecho al país.

Salluit, al final del viaje. Solo los gansos van más al norte. En el aeropuerto espero tu rostro en vano. Me gustaría oír tu voz ronca pronunciando el ansiado Welcome back, esas dos palabras que por lo general bastan para convencerme de que he hecho bien en volver. Tuggasugit Salluni: «Bienvenida a Salluit». Me enseñaste a decirlo el año pasado, me enseñaste a decir un montón de cosas en ese idioma tuyo de una poesía áspera, me repetiste las palabras con paciencia. Una niña, soy como una niña a la que le cuesta articular las sílabas de esa lengua desconcertante llena de cus, kas y jotas. Alentaste amablemente mis laboriosos esfuerzos, y con cada palabra que lograba asimilar, una sonrisa resplandeciente te iluminaba la cara, aliana: «Estoy contenta».

En el fondo nos comprendemos muy poco, es lo que tiene la barrera de la lengua. Los blancos se desesperan con vuestro inglés limitado y vuestro francés casi inexistente, pero ¿quién de nosotros se atreve con vuestro idioma? ¿Quién puede hablaros en el de Agaguk?* ¿Quién se molesta en trastabillar con las cus, kas y jotas para comprenderos y hablar la lengua de la tundra? ¿Quién? ¿Cómo vamos a reprocharle a nadie que no domine nuestra lengua cuando no sabemos decir nada en la suya? Esa lengua cada vez más entreverada de inglés; esa lengua que no ha seguido el ritmo de los avances tecnológicos, que no sabe decir computer; esa lengua en la que malamente se entienden jóvenes y ancianos; esa lengua a la que han conquistado Justin Bieber y Rihanna y que se derrite casi a la misma velocidad que el permafrost.

No estás entre el gentío que se agolpa junto a la valla de la pista de aterrizaje. Tres días de niebla, tres días sin avión, tres días aislados del mundo. No estás, y sin embargo llueven los Welcome back por todas partes. Salgo del avión como un juguete de un paquete de cereales, y cinco segundos después los niños se me entierran en el abdomen y me abrazan como pequeñas boas constrictor. Qué gusto estar en casa.

* Protagonista de la popular novela sobre los inuits, Agaguk, del escritor quebequés Yves Thériault, publicada por primera vez en 1958 y cuya acción transcurre en las regiones polares de Quebec.

– 2

Me lo cuenta Lizzie, tu compañera, la que te vio todas las mañanas durante, no sé, ¿cinco años, tal vez? Quizá menos. Vosotros cambiáis de trabajo muy a menudo.

Detesto los «vosotros»: «Vosotros los blancos». Lo he oído con demasiada frecuencia, y cada vez siento el impulso de largarme, de dejar plantado a mi interlocutor con su «vosotros». Yo no soy «vosotros» y, no obstante, también lo digo, ves, acabo de decirlo: «Vosotros los inuit. Vosotros los inuit cambiáis de trabajo muy a menudo».

Acabo de decirlo, Eva, y probablemente hayas entendido lo que quería decir en el fondo, algo así como que no sois capaces de conservar vuestro dichoso trabajo, de volver todas las mañanas, de controlaros con la bebida la noche anterior, de levantaros a una hora decente. Perdóname, en realidad no es lo que pienso, no como antes. ¿Sabes?, estoy segura de que a la mayoría de nosotros, los blancos, tampoco nos apetece ir a trabajar por la mañana, solo que apechugamos y punto, pero somos cientos de miles los que pensamos como vosotros, los inuit: joder, lo que daría yo ahora mismo por ir a cazar caribús, por favor llevadme a la tundra, sacadme de aquí, ¿y si esta mañana digo que estoy enferma, que mi hijo está enfermo, que se me ha averiado el coche, y si…? Pero no, no está bien. La diferencia es que vosotros no intentáis escudaros en ninguna excusa: estaba pedo, me quedé dormido, salí a cazar.

Lizzie, tu compañera, la que te vio todas las mañanas durante, no sé, ¿cinco años, tal vez?, me lo cuenta con un tono frío, casi distante. Él arrojó tu cuerpo al agua, tu frágil cuerpo a las aguas oscuras y encrespadas del estrecho de Hudson, tu cuerpo al fondo, donde se reunió con el de las docenas de pescadores que habían terminado su vida bajo el mar, porque los inuit nunca os ponéis el chaleco salvavidas. Aceptáis la muerte antes incluso de que se anuncie, porque desde hace milenios la vida es inmisericorde en medio del frío abrasador de enero, con cinco horas de luz al día, y porque, de todos modos, ¿dónde, si no, sería más feliz un pescador?

Tu cuerpo en el agua y tu espíritu en todas partes, en la superficie del mar, en la tundra, en ese cielo del verano ártico que nunca se oscurece, baila, Eva, baila, «Yo extraña a ti», digo con tu francés macarrónico.

Lizzie dice que no han hallado tu cuerpo, ese que se sentó durante todos estos años en la silla que veo por el rabillo del ojo; tu cuerpo, sobre el que descansaba el rostro sonriente de la recepción del Northern Village of Salluit; tu cuerpo detrás del mostrador de recepción; tu cuerpo, lo primero que se veía al entrar, y tus ojos y tu sonrisa, yo extraña a ti.

Lizzie dice: «No, no habrá ceremonia, al menos no este mes, el cura no está, no vuelve hasta agosto, no habrá ceremonia». Y la oigo pensar: «Sin cuerpo no hay ceremonia», oigo gritar a las docenas de jesuses que cubren su mesa de trabajo: «¡Sin cuerpo no hay ceremonia!». Estoy harta de su compasión por el Jesús doliente; me entran ganas de gritarle: «¡Nosotros también sufrimos, joder!». Y entonces lo recuerdo: Lizzie también, Lizzie tampoco tenía el cuerpo de su marido ni el de su yerno ni el del padre de su yerno, ellos también yacen en el fondo del fiordo desde hace dos años. Ocurrió durante mi primer verano. Anda, es verdad, otro verano en el que llegué justo después de la muerte. Tres pescadores en una canoa, solo regresó la barca.

Vuestras vidas parecen sacadas de una tragedia griega. Con vuestro sufrimiento lancinante y vuestra desesperación se las haríais pasar canutas al mismísimo Shakespeare. No sé cómo hacéis para soportarlo, yo, que bastante tengo ya con mis pequeñas miserias ordinarias.

– 3

Somos los nuevos misioneros blancos. Predicamos una buena higiene de vida. No fuméis, no bebáis, no toméis drogas, no consumáis comida rápida, comed más fruta y verdura, dormid ocho horas al día, acostaos temprano, haced ejercicio, no faltéis a clase ni al trabajo, no tiréis basura a la naturaleza, no conduzcáis los quads a toda velocidad, poneos un chaleco salvavidas cuando salgáis en barco, aseguraos de guardar el arma fuera del alcance de los niños, utilizad anticonceptivos cuando tengáis relaciones, no blasfeméis, decid por favor y gracias cuando pidáis algo, vacunad a los niños y esterilizad a los perros. Os debemos de parecer muy pesados.

Noche de miércoles en la Coop. Patatas fritas, Pepsi, cigarrillos. Los componentes básicos de la dieta inuit. En el pueblo hay dos lugares donde abastecerse: la Coop y la Northern Store, regentadas por inuit y por blancos respectivamente. En líneas generales tienen los mismos productos, los mismos precios exorbitantes pero dos ambientes completamente opuestos. El alegre caos inuit frente al orden irreprochable de los qallunaat. Una eternidad para pasar por caja en la Coop, apenas unos minutos en la Northern. Debes elegir la cola que te parezca más corta sabiendo que será la que avance más despacio. E incluso cuando te colocas estratégicamente detrás de unos inuit que solo se llevan un par de productos, siempre acaban sorprendiéndote al llegar a la caja.

«Trece Coca-Colas. Nueve Pepsis. Una cajetilla de tabaco. Tres piruletas, dos canicas de caramelo y seis flash. Cuatro pastelitos Joe-Louis. Una paquete de patatas fritas con sal y vinagre. Taima (nada más). Ay, no, se me ha olvidado la leche, ahora vuelvo. Vaya, no me alcanza, quítame dos Coca-Colas. No, tres Coca-Colas. Vale. Taima».

Y todo cuesta caro, carísimo, pagas un dineral por nada, por verduras flácidas, fruta magullada, lechuga escarchada en varios sitios a causa de la bodega helada de Air Inuit. Un dineral por un pan cuyas tres primeras rebanadas se han puesto mohosas. Cuando te quieres dar cuenta ya lo has comprado, pero no vas a pedir que te lo cambien porque las cosas son así y punto. Un dineral por alimentos que ni rebajados serían aceptables en el sur. Y a veces no llega el avión, a veces hace un tiempo de perros, a veces no queda pan, no queda leche, no queda nada, a veces esto es como un país en guerra y la tienda está vacía, y cuando regresa el avión, estamos encantados de volver a ver nuestras verduras pochas y nuestra fruta amarronada.

Lo único que nunca falta es la dichosa pizza congelada, y Dios sabe que coméis pizza por un tubo. Eva, nunca te invité a cenar a casa. Ahora me gustaría poder hacerlo, ¿por qué nos da tanto apuro invitar a los demás? Nunca estuviste en casa. Mi gran casa. Bueno, tampoco es tan grande, aunque para mí sola sí lo es. En una casa así pueden vivir diez personas sin mayores problemas, pero yo tengo una casa grande para mí sola. Me dijeron que no dejara entrar a los niños, que después no podría ponerles coto. «Si accedes una vez, se acabó». Me dijeron que me mantuviera firme, eso me dijeron los demás blancos. Les hice caso, y cuando los niños llaman a mi puerta y me piden manzanas, se las doy, pero en el porche; los alimento como si fueran gatitos, por fuera de casa. Me dijeron que no los dejara pasar.

Eva, ¿quieres venir a mi casa?


Los niños me siguen por la calle, quieren ir a donde yo voy, me estrujan como osos, me observan detenidamente. Me escudriñan.

Me tocan la nariz.

«¡Qué grande!».

No tanto. Los blancos tenemos la nariz grande. La mía no es ni mejor ni peor que la de los demás. Me tocan la barriga.

«¿Tienes un bebé?».

No, no estoy gorda. Las mujeres de mi edad ya tienen tres hijos, yo ni uno. Os preguntáis cuándo me pondré manos a la obra.

Me tocan las piernas.

«¿Te quitas los pelos?».

Sí. Los blancos somos velludos. Os hace gracia.

Exploran mi cuerpo como gatitos y se divierten con cuanto les resulta diferente, miran ensimismados mis ojos, incrédulos ante mis iris, demasiado azules; me tocan el pelo; atisban por el hueco de la manga tratando de encontrar el vello en mis axilas; se me pegan como gatitos en busca de calor y caricias.

– 4

Verano ártico. No se hace de noche. Nunca. El sol desaparece tras las montañas salpicando las nubes de un resplandor anaranjado. Desaparece, pero no se pone. El día oscurece, pero nunca por completo. Ve y explícaselo a los demás en el sur. Intenta explicarles el grado exacto de luminosidad, la impresión que produce, el color del cielo. Diles que depende, depende de si el día ha sido soleado o no, los días de sol dan noches más claras; los días pardos, noches más pardas; de noche los gatos, todo el mundo, pardos. Diles que es como si fueran las nueve de la noche en julio, sí, eso es, las nueve de la noche en julio. Todo se tiñe de gris o plata, el fiordo es plateado. Diles que cuando el fiordo se vuelve plateado es tan hermoso que dan ganas de llorar. Muchas veces me entran ganas de llorar, pero no necesariamente porque esté triste. Es solo que aquí todo es demasiado, demasiado hermoso o demasiado duro.

«¿Tú duermes? Es increíble, ¿cómo diantres hacen para dormir?».

No duermen. Los niños se pasan la noche correteando por el pueblo, jugando a cosas de niños, a veces no, a veces roban gasolina de los cobertizos y rocían todo lo que pillan para prenderle fuego, luego vuelven a echarle gasolina para que siga ardiendo, y cuando esta se les acaba, van a buscar más a casa de otra persona. Quads, motos de nieve, barcos: todos llevan gasolina, la hay por todas partes. A veces pienso que van a prenderle fuego a algo grande, algo como una casa. A veces pienso que van a quemarse, que van a destruirse, pero hace tanto tiempo que caminan sobre la línea que jamás debe rebasarse y que desafían a la muerte con tanta insolencia que son intocables.

Con la edad la cosa empeora; las pequeñas hogueras ya no bastan, los cobertizos y las casas tampoco. Hace casi dos otoños, el hijo de Qumaaluk, tu otra compañera, se vació encima el bidón de gasolina. Hecho cenizas con veintidós años, pasó a engrosar las alarmantes cifras de nuestras estadísticas de la desesperación, las cuales se disparan bajo el peso de centenares de indígenas que cada año se despiden con un sonoro «fuck off!». El hijo de Qumaaluk se voló por los aires en el cobertizo, me lo dijo ella misma en el aeropuerto. Antes de salir de Montreal las tragedias boreales ya rugen en mis oídos. Cuando te encuentras con alguien a quien llevas tiempo sin ver, puedes esperarte cualquier cosa. Aquí no preguntas «¿Qué tal?» como una absurda banalidad a la cual no esperas que te contesten, porque ese «¿Qué tal?» puede dar lugar a respuestas como «No muy bien, mi hijo se pegó fuego el otoño pasado». Qumaaluk dice que todos vamos a morir, pero que no debe ser de ese modo, Qumaaluk dice que no puede aceptar la muerte de su hijo. Qumaaluk está de pie y se ocupa de sus otros dos hijos, que aún no han cumplido los cinco y son rubios como el trigo; en eso han salido al padre, un qallunaaq. Son una fantasía genética, tienen los rasgos de los inuit y los cabellos rubios del sur. Qumaaluk está rodeada de ángeles, y es una suerte, porque aquí hay demasiados muertos que contar.


Tú, Eva, has pasado a formar parte de otras estadísticas en las que estáis sobrerrepresentadas, las de las mujeres víctimas de violencia. No de violencia conyugal, aunque podría haber sido: entre los muros de esas casas prácticamente idénticas, el amor es violento, los celos feroces, e impera la confusión entre amar y poseer, vosotros, que poseéis mucho pero tan pocas cosas.

Vuestra casa no os pertenece. Vuestro terreno tampoco. Todo ello os lo presta gentilmente el Estado. ¿Habéis visto lo buenos que somos? Os robamos vuestro territorio, pero luego os lo prestamos. ¿Es por eso por lo que tenéis ese afán de poseer? Motos de nieve, barcos, quads, camionetas para dar una vuelta alrededor de un pueblo de cuatro calles. Para escapar de esas casas superpobladas donde vivís hacinados. En realidad os falta espacio en vuestra inmensidad nórdica. ¿Cómo es posible que toda esa riqueza se parezca tanto al tercer mundo?

Los obreros os tienen envidia. «Joder, ya me gustaría a mí tener pelas para comprarme una Ski-Doo y un barco, sería la hostia no tener que currar y pasarme el día pescando, qué bien se lo montan los muy cabrones». Eso ya lo he oído antes, en el sur también hay muchos a los que les gustaría estar en el lugar de los que viven de los subsidios públicos.

El dinero os cae del cielo, pero se acaba tan pronto como llega; os hemos enseñado distracciones caras, ¿no es así, Eva? ¿Te acuerdas de tu ex, el director del colegio? ¿Te acuerdas del buen padre de familia que te daba alcohol cuando tenía ganas de sexo? Aquí el alcohol cuesta un ojo de la cara, pero es normal, aquí todo cuesta un ojo de la cara, hasta un litro de leche, así que todo el mundo paga sin rechistar los doscientos dólares que vale una botella pequeña de vodka. El director del colegio no tenía que pagar tanto, los blancos podemos traer alcohol del sur, traer mucho y distribuirlo como mejor nos parezca: una mamada, una botella pequeña. Es la ley de la oferta y la demanda.


¿Alguna vez te dijeron que tenías unos ojos —y una sonrisa— magníficos?

El norte es peligroso para las mujeres guapas. Nancy corre a mi encuentro: la preadolescente refunfuñona y regordeta se está transformando en una preciosa jovencita. Se la ve guapísima con el pelo recogido y sus largos pendientes, su cuerpo, más esbelto y delgado, sus grandes ojos, que ha empezado a pintarse. Le sienta fenomenal tener trece años, a ella y a sus coquetas amigas, y me pregunto hasta cuándo, cuánto tiempo os queda. ¿Cuánto tiempo antes de que un novio demasiado atrevido os imponga vuestra primera vez, si es que no lo ha hecho ya? ¿Cuánto tiempo antes de quedaros embarazadas y no atreveros a pensar en el aborto? Ni siquiera en el caso de una niña de trece años, ni siquiera en el de una víctima de violación o de incesto.

Tú lo sabes, Eva, fuiste abuela con cuarenta años: tu hijo Elijah y la hermosa Maata, la hermosa y minúscula Maata, dieciséis años y un bebé en la capucha del abrigo, dieciséis años y cajera en la Coop, el bebé en el carrito, junto a la caja, pero qué orgullosa estabas, Eva. A los inuit os gustan los niños más que nada en el mundo, por lo general los queréis mal, pero los queréis.

¿Cuánto tiempo antes de que la dureza de la vida nórdica haga estragos en vuestra deslumbrante belleza? ¿Cuánto tiempo antes de que engordéis veinte kilos como consecuencia de los numerosos embarazos y de las Coca-Colas que bebéis una tras otra? ¿Cuánto tiempo antes de que el alcohol, el tabaco y las noches en vela os cubran la cara de arrugas prematuras, de que se os piquen casi todos los dientes con los distintos tipos de caramelos que se venden en la Coop? ¿Cuánto tiempo antes de tener veinticinco años y aparentar cuarenta? A veces muy poco. A veces alcanzáis la cima de vuestra belleza a los trece años y a los catorce se acabó. A veces sois demasiado duras con vosotras mismas o bien es la vida la que os lo pone difícil. A veces, con catorce años, las bonitas rosas del norte están ya marchitas.

A Julia, por ejemplo, se la veía despampanante el verano pasado, más bonita que una futura reina, pero eso se terminó; ahora Julia tiene la cara abotargada por el alcohol y las drogas, el cuerpo más grueso por culpa de todas esas porquerías que la Coop vende más baratas que las verduras, los ojos apagados por no se sabe qué tristeza. Ay, Julia. Julia arrastrando sus pesados pies por las calles de Salluit; ha dejado el colegio y no hace nada en todo el día, aparte de pasear su desesperanza, su renuncia al mundo, a veces sola, a veces con otros que comparten la misma miseria. Suelo cruzarme con ellos y las niñas que me siguen me cuchichean al oído, señalándolos: los drop-out*. Podrían cuchichearme «los apestados» o «los sidosos» en el mismo tono, el tono de las calamidades, el tono de la vergüenza y el desprecio, sin embargo, pobrecitas mías, es muy probable que vosotras también corráis la misma suerte, con ese colegio que no sabe reteneros entre sus muros.

* Desertor escolar. (N. de la T.)

– 5

Son muchos los blancos que prueban la sal de vuestra piel, olvidando incluso la envidia que os tienen y vuestros Ski-Doo, perdonándoos todo ese dinero ganado sin hacer nada, para hundirse en el vientre de vuestras hijas. Cuanto más jóvenes, más atractivas. Los policías no pueden hacer nada porque ellos también sucumben. ¿Acaso no es Mathieu el nuevo miembro de la policía regional de Kativik? Mathieu y Aida. Aida, apenas dieciocho años, la muchacha más guapa de Salluit, Aida, la esperanza del pueblo, que ha sido aceptada en el CÉGEP* Marie-Victorin. Aida abandonará el pueblo a finales de verano. Aida, por favor, no te enamores, no quiero insultar tu inteligencia ni tu encanto, pero por lo general los hombres de veintisiete años que demuestran interés por las chicas de tu edad no son trigo limpio.

A veces ocurre lo contrario, a veces las chicas del norte quieren probar a toda costa la piel de los hombres del sur, las chicas quieren bebés de ojos azules, a los que llamarán Sébastien o Patrick en recuerdo de Sébastien o Patrick, que fueron al norte un par de meses, que fueron a reparar unas cuantas casas y a concebir unos cuantos hijos. Las chicas suelen merodear por el hotel y los campamentos. Antoine está aterrorizado, atrincherado en su habitación de hotel a doscientos cincuenta dólares por noche, Antoine, el arquitecto, los ojos de un azul que solo habéis visto en los huskies. Las chicas hacen cola delante de su hotel y llamarían a su puerta si les permitieran entrar. Antoine piensa en su novia, a la que ha dejado en Quebec.

Gaétan no piensa en su mujer, que se encuentra en Boucherville, pero el viejo ingeniero ya no está en edad de tener hijos. Todas las noches regresa tranquilamente sin probar el exotismo nórdico y sin que las chicas se alineen delante de su casa. Se conforma con oír hablar a sus jóvenes compañeros de sus conquistas y con dar su opinión sobre cuestiones genéticas.

«A los inuit les viene bien, ¿sabes?, cuanta más sangre blanca tengan, más mejorarán. A mí me parece que ya se ve».

Gaétan se inclina ante esos grandes señores de las obras: gracias por esparcir vuestro esperma a los cuatro vientos con tanta generosidad a fin de que la raza mejore, gracias por transmitir vuestra preciada sangre a vuestros numerosos vástagos, a los que nunca os molestaréis en conocer; no os preocupéis de si sus madres tienen o no suficiente dinero para pagar la leche y los pañales; mientras ellos posean vuestro maravilloso bagaje genético, todo va bien.

Sábado por la mañana, Coop, sección de las papillas de cereales. Saana y Maggie deambulan frente a los estantes; la primera, dubitativa ante la etiqueta del bote que aferra; la segunda, ocupada con su biberón, sorprendida en flagrante delito de «ricura». Maggie en mis brazos. Los bebés inuit son calentitos, han sido concebidos para resistir a las bajas temperaturas. Pequeña alegría del sábado; Sébastien o Patrick, a miles de kilómetros de distancia, se lo está perdiendo, Sébastien o Patrick jamás volverá a ver esta tundra rebosante de vida y de niños, allá él.

* Siglas de Centro de Enseñanza General y Profesional. Institución preuniversitaria o técnica.

– 6

Sábado por la tarde, «viento suave sobre la tundra».* Una hembra de lagópodo y sus crías se dispersan despavoridas cuando me acerco; no saben que solo quiero admirar su belleza. La madre, presa del pánico, quiere defender a sus polluelos, pero ¿con qué? ¿Con qué puede defenderse un lagópodo? No tienen dientes ni garras, las crías no saben volar. Es la vida magnífica y frágil, una flor en la tundra. Me entran ganas de llorar. Ya lo he dicho, muchas veces me entran ganas de llorar porque todo es demasiado hermoso o demasiado duro. Veo un lagópodo en la montaña y quiero llorar; mientras, en el pueblo, los niños y la violencia.

Tú le habrías perdonado la vida, creo. De lo contrario, las crías habrían muerto. Sabes que la continuidad de la especie es importante. Queréis a los animales, pero no del mismo modo que nosotros; los queréis porque llevan miles de años alimentándoos y vistiéndoos, nunca habéis podido permitiros el lujo de ser vegetarianos como yo. Soy vegetariana, y me preguntas con esa entonación que tienen todos los inuit cuando hablan francés: «¿Qué es eso?». Para vosotros resulta inimaginable no comer carne. Por cierto, he hecho trampa: me encanta el caribú, nadie comería tofu después de probar el caribú. Pero tratad de explicárselo a los demás en el sur, de describirles el sabor, aunque en el fondo es muy sencillo: sabe a tundra.

No te hace gracia que me aventure sola demasiado lejos, te parece peligroso, mencionas a los lobos, amaruit, me aconsejas que no vaya sin fusil, yo te digo que soy más peligrosa con él que sin él, te echas a reír. Me gusta cuando ríes.

Todo el mundo conoce a alguien que no ha regresado, todo el mundo conoce a alguien que se ha quedado atrapado en la niebla, todo el mundo ha perdido a algún amigo o algún familiar en una ventisca. Todo el mundo conoce la historia de la enfermera de Kangiqsujuaq, todo el mundo conoce la de los tres cazadores. Los encontraron cuatro días después o a la primavera siguiente, con el frío polar a modo de mortaja. El frío conserva bien un cuerpo, solo para burlarse de nosotros.

Aceptáis con humildad la furia de los elementos, pero no siempre. A veces os rebeláis contra la severa injusticia, a veces se desencadena una avalancha mortal en Nochevieja y sepulta el colegio, donde el pueblo al completo se había reunido para celebrar, y vuestros gritos de dolor resuenan hasta en lo más profundo de la tundra. Kangiqsualujjuaq, 1999.

* Fragmento de la letra de la canción Moi, Elsie, que cuenta el amor de una inuk por un blanco, compuesta por el cantautor quebequés Richard Desjardins para la cantante de origen inuk Elisapie. (N. de la T.)

– 7

Julio, una cabaña en algún lugar del interior de la bahía. Una cabaña es un montón de viejos tablones de contrachapado, pedazos de chapa y restos de aislante minuciosamente ensamblados unos con otros para formar esas pequeñas chozas que se alzan desperdigadas por la tundra, esos remansos de paz a los que os largáis lo más a menudo posible, sobre todo en verano. Una cabaña en algún lugar del interior de la bahía, una inuk de sesenta y tres o ciento trece años, no lo sé. La pestilencia funesta te asalta de inmediato, antes siquiera de que franquees el umbral. Alguien ha muerto, alguien se ha dejado olvidado a un anciano, otro drama, pero no, la única que ha muerto es la enorme beluga cuyo pellejo está arrancando la anciana. En unos cubos marinan las montañas de manteca cuidadosamente cortadas y, dentro de una semana, se trasegará el preciado líquido a los grandes recipientes que se apilarán dentro del congelador comunitario. En las noches de fiesta, todo el pueblo vendrá a mojar su porción de caribú helado en ellos, champán inuit. A ti también te encanta, Eva, ya lo sé, me lo habría tomado a tu salud, pero no puedo con el tufo a cadáver.

¿Recuerdas aquella vez en que desplumé un lagópodo? A cuatro patas sobre unos cartones viejos para proteger el suelo, el ave cazada el invierno pasado recién salida del congelador, su plumaje blanco inmaculado, aunque no por mucho tiempo, la sangre brotando bajo el cuchillo y la piel, que se retira de un tirón, como la monda de un plátano. ¿Sabes?, los blancos compran la carne en supermercados, todo viene limpio, sin plumas ni pelos, y sobre todo sin sangre ni nada que recuerde que esa cosa en el envase de poliestireno aún corría y piaba unos días atrás. A cuatro patas sobre unos cartones viejos, un animal espléndido, inmóvil para siempre en su blanca belleza, y yo voy y hundo el cuchillo en su pureza virginal. Estabas orgullosa de mí, me preguntaste si me había comido el corazón. Los inuits os coméis el corazón crudo, de un bocado, pero yo no pude, Eva, me pasa lo mismo que con la grasa de beluga o la morsa putrefacta. En ocasiones —no es usual, pero puede suceder—, un cazador vuelve con una morsa y dejáis que el enorme animal se pudra durante días en la playa. Luego las familias se turnan para cortar un buen pedazo, durante días flota en todo el pueblo un hedor espantoso, y cuando todo el mundo ha cogido su parte, los osos acuden a terminarse las sobras.

– 8

Raglan Money Day, Navidad en julio. El acontecimiento más esperado del año, el día R, el día en que Glencore restituye a los habitantes de la comunidad una parte de los beneficios obtenidos con la explotación de la mina Raglan, situada en el territorio de Salluit. El dinero corre a raudales por todas partes, ríos de dólares surcan la tundra, por aquí, damas y caballeros, los hay a patadas, todo el mundo recibirá su valioso cheque. Todo el mundo, sí, todo el mundo, desde los recién nacidos hasta los ancianos; las mujeres y los niños primero. Un frenesí demencial se apodera del pueblo, lobos que se disputan la carcasa fresca de un caribú.

Lauren, la manitobana extenuada que se encuentra al frente de la Northern Store, teme ese día fatídico con semanas de antelación. Lauren, diez años de vida en el norte grabados en cada una de las arrugas de su cara, Lauren, la misionera del comercio, sacrificada como tantos otros en el altar de la Northwest Company. Lauren me cuenta cómo era el pueblo antes, antes de que llegaran los generosos cheques sellados con el emblema de Glencore, cuando por las calles de Salluit circulaban a lo sumo diez coches: el de la Northern, el de la Coop, el del hotel, el de Air Inuit, el de la policía, el del colegio y el del ayuntamiento. Lauren me habla de un lugar donde existían las drogas y el alcohol pero no se consumían tanto, donde la violencia no estallaba con tanta frecuencia, donde la gente se sentía en cierto modo orgullosa de su trabajo. Laurent es de Manitoba, no conoce al cantautor Félix Leclerc, al que traduzco para ella: «La mejor manera de matar a un hombre es pagarle por no hacer nada».

Lauren me dirige una sonrisa triste y asiente con la cabeza antes de seguir preparándose para la guerra. Esta noche el pueblo al completo tomará por asalto su territorio, se agolpará delante de su ventanilla para cambiar el cheque tan ansiado por dinero contante y sonante, fajos de billetes que acariciarán con cariño y amontonarán en un cuarto de la casa. Hundirán las manos en ellos locos de contento, los lanzarán al aire y, si tienen suerte, se quedarán fritos encima borrachos como una cuba; no se verán con ánimos de ponerse al volante de su flamante coche deportivo y de empotrarlo contra un poste de teléfono o de llegar a las manos con algún miembro de su familia. Esta noche y durante varios días, Salluit jugará a los forajidos como si fuera el Far West hasta que todo el tesoro haya desaparecido igual que los bancos de hielo del Ártico. No llevará mucho tiempo, Lauren lo sabe, uno puede fundirse miles de dólares en un abrir y cerrar de ojos, y en menos de una semana, los cupones para alimentos expedidos por el gobierno regional de Kativik circularán otra vez por la tienda, cuando dos días antes se compraban televisores y ordenadores por docenas.

Me pregunto si Isakie volverá este año. Isakie de Ivujivik, el pueblo vecino, que sin embargo no tiene derecho al maná minero. El año pasado mandaron a Isakie a Salluit para el fin de semana del Raglan Money Day. Isakie no tiene nada de particular, salvo que conduce los camiones de la limpieza en Ivujivik. Un trabajo esencial en cada una de las catorce comunidades de Nunavik, donde algunos camiones deben abastecer de agua a las casas y otros recuperar las aguas residuales. O, en lenguaje poético, un tanque con agua y otro con mierda. Isakie se pasó el fin de semana del Raglan Money Day recogiendo la mierda de los sallumiut, que estaban demasiado ocupados celebrando su súbita riqueza para hacerlo ellos mismos. Isakie se dejó la piel, solo en su inmenso camión, para responder a la demanda de un extremo a otro del pueblo. Isakie no recibirá un céntimo de Raglan, pero ha visto todo: el alcohol, los coches, la droga, los televisores, las motos de nieve, las montañas de billetes verdes o marrones y a saber qué más. Me pregunto si a Isakie le entraron ganas de dejarlos ahí plantados con su mierda mientras bailaban la danza del dinero ante sus ojos, mientras eran los reyes del mundo y él un pobre imbécil que no formaba parte de los elegidos. No creo que a Isakie le apetezca volver este año.

Empiezan a aborreceros en los otros pueblos, ¿verdad, Eva? ¿A que cada vez se oye más eso de que los habitantes de Salluit miran a los demás como si fueran mierda de foca? Empiezan a alzarse voces, voces que se preguntan por qué no se reparte el dinero entre todas las comunidades de Nunavik, porque, en el fondo, el territorio no solo pertenece a la gente de Salluit, sino a todos los inuit. Yo os quiero a pesar de todo, Eva, con el mismo amor posesivo que vosotros. Salluit es mi pueblo, qué poco se necesita para ser chovinista; se me parte el corazón como a una madre a la que le cuentan las trastadas de sus hijos. Suelo defenderos, pero de vez en cuando yo también reacciono como Lauren, la manitobana extenuada, y asiento con la cabeza y una sonrisa triste.

Lauren no es la única que se prepara para lo peor esta noche, también las enfermeras, los policías y los trabajadores sociales, todos los que saben que las juergas aquí suelen acabar mal. Si nos pusiéramos cínicos podríamos hacer apuestas. ¿A cuántos heridos tendrán que evacuar en avión Médivac al hospital de Puvirnituq, «Hedor a carne podrida, mi amor»? ¿Cuántos camorristas llenarán la minúscula cárcel del pueblo? ¿Cuántos vehículos terminarán en la cuneta en su primera vuelta? Pero el cuánto que os interesa es ¿cuánto vais a recibir este año, cuánto, ay, cuánto más o menos con respecto al año pasado? Este año no tendrás tu parte, Eva. Me pregunto qué habrías hecho con ella. Entre otras cosas, nunca te pregunté qué hacías con tu dinero. Los blancos no nos atrevemos a hablaros de esos billetes que salen de las entrañas de la mina, ya que podríais interpretarlo como envidia, desprecio o codicia. Por supuesto que el mundo está lleno de blancos consumidos por la envidia, el desprecio y la codicia, pero no todos. Yo no, te lo juro, Eva. Yo no.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
145 s. 10 illüstrasyon
ISBN:
9788412236521
Telif hakkı:
Bookwire
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