Kitabı oku: «Charada»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Martha Ann Ford

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Charada, n.º 1085 - septiembre 2020

Título original: The Marriage Stampede

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-690-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Y AHORA qué pasará? –murmuró Logan Kincaid, aparcando el coche en la entrada de su casa.

Un grupo de niños estaba amontonado alrededor de uno de los arces del jardín, mirando insistentemente hacia arriba.

–¿Ocurre algo? –preguntó el propietario de la casa.

–La cometa se nos ha quedado enganchada en el árbol –dijo uno de los chiquillos–. Merrie la ha desenredado, pero ahora no puede bajar.

–¿Quién es Merrie? –interrogó Logan.

–¡Pues, Merrie…! –contestó el niño con impaciencia.

Logan se acercó al grupo y miró hacia arriba, esperando encontrarse con una adolescente marimacho. Lo que vio en lo alto del arce fue algo muy diferente. Se trataba de una mujer en pantalón corto y una sugerente camiseta de algodón, que se había quedado atrapada en la cabaña, construída años atrás, en la copa del árbol. El hombre se fijó en sus largas piernas y en la armoniosa línea de su pecho mientras intentaba bajar del viejo arce. Estaba claro que no se trataba de un marimacho… Habitualmente, las mujeres que le gustaban eran rubias, con piernas largas y un aspecto impecable. Sin embargo, Merrie era más bien atractiva. De ella emanaba una sexualidad saludable que le hacía recordar las cálidas sensaciones del fuego y el vino.

«Para de pensar en esa mujer», se autocensuró Logan, intentando pasar por alto su instinto masculino. «Ni es el momento ni el lugar apropiado para fijarse en ella».

Sobre todo, teniendo en cuenta que, en aquellos días, se había visto obligado a enfrentarse a la mujer que lo había estado acosando sin el mínimo respeto. Se trataba de la hija del jefe, y estaba empeñada en casarse con él. Al recordarlo, Logan notó como un escalofrío le recorrió toda la espalda.

–Chicos, no os preocupéis. Ya me ocupo yo de esto –dijo Kincaid a los niños, mandándolos a casa.

Tenía fama de ogro porque no le gustaban mucho los críos. No debía haberse comprado una casa en esa zona tan familiar. Sin embargo, lo había hecho porque aquel ambiente representaba todo lo que no había disfrutado en su hogar.

Los chicos se alejaron de mala gana, excepto un muchacho rubio que se atrevió a sostenerle la mirada.

–Merrie, gracias por haber recuperado nuestra cometa. ¿Seguro que no quieres que llamemos a los bomberos? Me encanta cuando aparece el camión, lleno de luces intermitentes…

–No gracias, no es necesario. Vete a jugar con los otros niños –dijo la joven, despidiéndose con la mano.

–Bueno, pero volveré más tarde para comprobar que estás bien –quiso asegurarse el niño, desconfiando de la eficacia del ogro para resolver el asunto.

–¿Qué pasa? –le preguntó Logan a la joven–. ¿Por qué no puedes bajar?

–Mmh… –ella miró hacia abajo, dejando ver unos grandes ojos verdes y una melena de color canela–. Usted debe ser el señor Kincaid, si no me equivoco.

Él asintió.

–Hola, yo soy Merrie Foster, la hermana de Lianne.

Logan no pudo evitar esbozar una sonrisa. Lianne era la joven que se ocupaba de la cena cuando tenía invitados en casa, y que hacía la limpieza tres días a la semana. No tenía nada que ver con aquella joven desaliñada, que estaba colgando del arce.

–Encantada de conocerla –dijo Logan–. ¿Por qué está usted allí arriba, en vez de Lianne?

Merrie, se irguió unos centímetros más, mientras el tejado de la pequeña casa crujía ligeramente..

–Lianne iba a casarse el mes siguiente, pero descubrió que su futuro marido tenía relaciones con otra mujer: no es una buena persona. Todos lo sabíamos excepto ella, que es un poco ingenua y siempre piensa bien de la gente.

Logan pestañeó, diciendo:

–Ya entiendo…

–Yo le calé desde el primer momento –dijo Merrie, con cierta complicidad–. Antes de haberse comprometido con ella, cuando estaban empezando a salir, ya se relacionaba con otras mujeres.

–¿Intentó probar suerte contigo?

–Sí, pero yo le pinché con un tenedor en la mano –Merrie parecía muy satisfecha con su relato–. Creo que le di en una vena.

–¡Ah! –se estremeció Logan, que no sabía si felicitarla o ir a buscar los papeles de su sociedad médica–. ¿Cómo se lo tomó Lianne?

–El muy canalla le dijo a mi hermana que todo había sido un malentendido, y que lo sentía mucho –contestó Merrie, recogiéndose el pelo hacia atrás con la mano y arrugando la nariz–. Fingía tan bien, que resultaba repugnante.

–¿Y ella le creyó?

–Sí. Además, se lo llevó al hospital para que le pusieran la vacuna contra el Tétanos.

–Sabia decisión –comentó Kincaid, lacónicamente.

–El tenedor estaba limpio –protestó Merrie–. Todavía no habíamos empezado a comer…

Logan se frotó la frente porque le dolía la cabeza: había tenido una semana muy ajetreada y estaba deseando relajarse en casa. Pero, aquello, de momento, parecía tan inalcanzable como un sueño.

–¿Siempre le cuentas a los desconocidos tus asuntos personales? –preguntó Kincaid, asombrado.

–No somos desconocidos. Lo seríamos más si continuases siendo tan reservado.

–No soy tan solitario –protestó Logan.

–Lo sé todo de ti. Lianne te invitó el día de Nochebuena a cenar a casa, pero tú rechazaste la propuesta, aun no teniendo planes familiares. Estaba preocupada pensando que estarías completamente solo, en una casa tan grande como la tuya. No tenía la intención de seducirte, sino de ser amable contigo.

–Yo nunca… Es absurdo –balbuceó Logan, sin saber qué decir–. Jamás he pensado de ese modo.

–Es mejor así –le advirtió Merrie–. Lianne no es tu tipo. Ella piensa tener un montón de hijos y un marido que se ocupe de la familia. No tiene ningún interés en un hombre que esté todo el día fuera de casa, ejerciendo de gurú financiero en Washington.

La conversación, cada vez era más ridícula. Logan replicó:

–Hay mucha gente que no quiere tener hijos. Eso no quiere decir que sea la escoria de la sociedad, sino simplemente honesto. ¿Tú querrías estar rodeada constantemente de un puñado de mocosos, que te interrumpieran cada cinco segundos?

–Me encantan los niños –dijo Merrie, arrugando la nariz–. Bueno, excepto a final de curso, soy profesora de instituto.

La joven le explicó que, la parte más importante de su actividad como educadora estaba centrada en evitar los embarazos no deseados de las madres adolescentes.

–Oh, entiendo –farfulló Logan.

Merrie se peinaba el pelo distraídamente, con la ayuda de sus dedos.

–Doy clase a chicos y chicas jóvenes, que todavía son bastante ingenuos, pero los dos cursos superiores son terribles. Creo que los adolescentes son una especie aparte. ¿Tú qué opinas?

–Yo creo que deberías bajar de ese árbol, cuanto antes.

–¡Pero si llevo intentándolo desde hace una hora!

–Si tuvieras dos dedos de frente, les habrías dado un poco de dinero a los chicos, para que se compraran una cometa nueva. O simplemente, les habrías echado por las buenas.

–El dinero no lo es todo en la vida… Ellos mismos habían fabricado la cometa y estaban muy orgullosos de ella.

–En cualquier caso, ¿por qué no bajas del árbol?

–Estoy atrapada.

–¿Atrapada?

–Sí, no puedo salir de aquí. Me resbalé y mi camiseta se rasgó de arriba a abajo. Casi me caigo y me mato.

–Pues quítatela.

–Ni hablar.

A medida que los jirones de algodón se iban cayendo al suelo, Logan pudo comprobar que Merrie no llevaba sujetador.

–Más vale que no te muevas… Al fin y al cabo, hay muchos niños por aquí.

La joven hacía lo imposible para no caer desde esa altura al suelo. Se encontraba ridícula: ninguna mujer moderna e independiente se habría visto atrapada en esa situación.

–Márchate, por favor –le pidió Merrie a Logan.

–Estoy en mi casa y tú estás en mi árbol. Creo que necesitas ayuda.

–Estoy bien, no necesito tu ayuda –mintió la joven, luchando por mantener el tipo.

–¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte allí hasta que anochezca, deseando que a los niños no se les ocurra volver con linternas? De todas maneras, podrían aprovechar la ocasión para disfrutar de una buena lección de anatomía…

En esos momentos, Merrie detestaba a Logan Kincaid. Odiaba tener que limpiar su casa impoluta, para hacerle un favor a su hermana. No le gustaba nada la forma que tenía de convertir una bella casa familiar, en un baldío símbolo de status. Y sobre todo, le odiaba a él.

«Ah, ¿sí?», le dijo la voz de la conciencia…

Merrie intentaba no hacer caso a su instinto femenino.

De acuerdo, tenía que admitir que Lianne no le había hecho ningún comentario acerca de lo altivo que era su jefe. Tampoco le había hablado de sus anchas espaldas ni de su voz prodigiosa. Para colmo, se parecía a una mezcla entre Clark Gable y Cary Grant…

Había muchos hombres que tenían cuerpos atractivos y voces interesantes. Eran hombres agradables, que no tenían nada que ver con Logan. Para él, pasarlo bien significaba, exclusivamente, hacer dinero. Por lo que le había contado su hermana, Merrie se había imaginado que se trataba de un aburrido y ambicioso fabricante de ganancias, con una expresión perpetua de hastío.

Había sido un error, puesto que para la joven pelirroja, Logan era encantador… , tan atractivo y divertido. En vez de tener un coche serio y formal, Kincaid conducía un pequeño Mercedes descapotable.

La gente de su ambiente, es decir los profesores y los vaqueros, no solían tener coches caros… Poseían automóviles económicos y prácticos, cuando no llevaban viejas camionetas destartaladas.

Lianne había querido convencerla de que se comprara un coche más elegante, pero ella no le daba valor a esas cosas.

–Merrie, ¿qué te ocurre? ¿Estás bien?

«No, acabo de tener un ataque de furor uterino», pensó la joven, disgustada consigo misma. «Esto es vergonzosamente ridículo».

Logan podía tener un aspecto en cierto modo neutro, pero, para una persona como ella, era puro veneno. Sin embargo, a Merrie le gustaría tener a su lado, en un futuro, a un marido que disfrutara de la vida en el campo, con los animales y con los niños. Y no le interesaba tener como pareja a un hombre, cuya única aspiración en la vida fuese ganar mucho dinero, para retirarse a los cuarenta años, habiendo amasado una gran fortuna. Además, su hombre ideal no sería tan guapo. Sin duda, estaba siendo víctima de un espejismo.

–Ya bajo –dijo la joven–. Ten cuidado, Logan… Allá voy.

Del árbol se desprendieron trozos de corteza. Segundos después, Kincaid subió a la vieja casa instalada en el árbol, con una agilidad inesperada. Como Merrie no se movía, él le preguntó:

–¿Qué pasa?

«¿Que qué me pasa? Pues de todo», respondió pensando la joven pelirroja.

La respiración de Merrie se alteró al notar la presencia del hombre, cara a cara. No sólo era más guapo de cerca, sino mucho más simpático… Tenía cierto aire de cansancio y aburrimiento por la vida que llevaba, pero también grandes dosis de encanto, que le proporcionaban su sonrisa y su mirada.

Su hermana tenía razón, tenía que preocuparse por mejorar un poco su propio status…

–Eh… , estoy bien, gracias –farfulló Merrie.

–Súbete un poco más, para que te pueda sujetar mejor.

Obedeciendo abstraídamente, la joven giró para que Logan la tomara por la espalda con sus fuertes y cálidas manos. El contacto con el cuerpo masculino, le produjo un gran impacto. Tuvo que cerrar los ojos, pero aun así, no pudo evitar notar su agradable aroma varonil.

Merrie agitó la cabeza, pensando que sin duda debía de estar loca. Lianne había conocido a dos de sus antiguas novias: las dos eran sofisticadas, elegantes y con tanta personalidad como las mariposas evanescentes. Además, tenía una lista con las cualidades que tenían que reunir las mujeres de su gusto. La tenía pegada en el espejo del cuarto de baño.

Merrie Foster… Profesora de instituto en un pueblo grande… Estaba claro que no correspondía a su tipo ideal.

–Sí que estás atrapada… , –comentó Logan, sujetándola por la camiseta rota, para tirar más fácilmente de su cuerpo hacia abajo.

Merrie trató de hacer como si no hubiese notado nada especial.

Sus pechos estaban rozando la ropa de algodón. Estaban relativamente cubiertos, excepto por los hemisferios inferiores. Los pequeños pezones estaban tan juntos que apenas podían separarse convenientemente. Además, Kincaid parecía no ser consciente de lo próxima que estaba su desnudez. Eso le molestó tremendamente a la profesora. Puede ser que no fuera su tipo, pero tampoco estaba nada mal…

–Esta rama parece que no va a soportar más peso –murmuró Logan–. Y si tiro de ti, acabaremos los dos en el suelo.

Merrie miró disimuladamente la expresión tan concentrada de Kincaid, que sin darse cuenta le dio un pequeño golpe en una de sus caderas. Merrie tuvo que morderse el labio inferior para acallar sus sensaciones.

–¿Tienes una navaja? –preguntó la joven, sintiéndose un poco agobiada.

Era la primera vez en su vida que sentía una atracción tan clara y tan cálida por un hombre. Merrie se encontraba desorientada y torpe. ¡Por el amor de Dios, si era una mujer adulta que cumpliría pronto treinta años, aunque no le gustase recordarlo!

–No, no tengo ninguna navaja –contestó Logan, frunciendo el ceño de pura concentración–. Quizá sería mejor que subieras un poco más, antes de que tire de ti. A continuación, Kincaid le dio otro golpe y Merrie estuvo a punto de gritar.

Tenía que haber dejado que los niños llamaran a los bomberos. Habría sido mucho más práctico.

No entendía como su hermana se había pasado cuatro años de su vida limpiando la casa y cocinando para semejante pardillo.

–Así no puedo bajar… –dijo Merrie.

–Ya lo veo. Voy a darte un buen tirón, pero quiero que te agarres a esa rama fuertemente, por si te caes.

Merrie se sujetó bien, intentando no pensar demasiado en la situación y, una vez más, Logan le ayudó a conservar lo que le quedaba de camiseta.

El joven estaba preocupado por su póliza de seguro: no quería tener que dar parte a la compañía, en el caso de que hubiese un accidente grave. Eso encarecería mucho más las cuotas de pago…

Kincaid dio un tirón y, de pronto, se oyó un estruendo: la casa colgada del árbol se estaba desplomando. Logan logró caer lejos de Merrie, pero ella no pudo evitar aterrizar sobre su cuerpo, en ignominiosa postura.

–¡Aaah! –exclamó la chica, tratando de que penetrara de nuevo el aire en sus pulmones.

No estaba segura de que el suelo fuese más duro que el cuerpo de Kincaid. El joven estaba realmente en forma y no tenía ni un átomo de grasa.

–¿Estás bien? –le preguntó el joven a Merrie, mientras ella tomaba con las manos los hombros masculinos.

–Más o menos…

–¿Te duele algo? –la interrogó Logan.

–Mmh… Mi orgullo –dijo ella, intentando seguir respirando con regularidad.

–Me refiero a algún hueso roto o a alguna herida importante.

–¡Oh! No. Nada grave. En verano cuando voy al rancho de mi abuelo, trabajo de vaquera y las caídas son frecuentes. Hasta el jinete más experto suele caerse de vez en cuando.

–¿En esta misma posición? –preguntó Logan, irónicamente.

Merrie no sólo estaba herida en su amor propio… Lo peor de todo era que su camiseta había desaparecido por completo. Tuvo la tentación de aprovechar la ocasión y acercarse para averiguar qué tal besaba. Probablemente no le importaría demasiado hacerlo, aun no siendo su tipo de mujer. ¡Los hombres tenían comportamientos tan predecibles!

Merrie se golpeó suavemente la cabeza: el percance le había afectado seriamente al sentido común.

–¿Dónde está? –gritó Merrie, por encima de uno de los hombros musculosos.

–La camiseta se ha quedado enganchada arriba, en lo que quedaba de tejado.

–¡Maldita sea! –exclamó Merrie, estornudando en medio de la nube de polvo que se había organizado, tras el accidente.

–No te preocupes –replicó Logan sonriendo y mostrando los blancos dientes.– Toma, ponte mi camisa.

Mientras se desnudaba y le ponía la prenda a Merrie, ella comprendió que el tacto de sus dedos unos centímetros más arriba, habrían sido tremendamente significativos.

–¡Para, por favor! –exclamó la joven, dándole la espalda.

–¿Eso es gratitud?

–¡Desde luego, todos los hombres sois iguales! En cuanto podéis, os pierde el sexo…

–Ah… Está hablando la voz de la experiencia…

–¡No tiene gracia!

–No es muy corriente que una profesora trabaje de vaquera en un rancho. Sobre todo, con tan poca estatura como tú.

Evidentemente, Logan estaba descalificándola, preguntándose, qué pintaba una mujer entre tantos vaqueros.

Merrie lo miró con desprecio.

–Te pareces a mi abuelo. Cuando era pequeña, pasaba los veranos en su rancho. Un año, vio que ya me había hecho mayor y, rápidamente, me envió a trabajar en la cocina, en vez de dejarme seguir montando a caballo. Tuve que hacer verdaderos desastres culinarios para que me echaran de allí.

La camisa todavía conservaba el calor de su dueño. Merrie se la ató con un nudo en la cintura.

Trató de alejar de su pensamiento el torso masculino desnudo. El vello que cubría su pecho le bajaba hasta la cintura… ¿Cómo estaría sin los tejanos?

De nuevo, la mente se le disparó.

Kincaid, dijo sonriendo:

–¿Odias a todos los hombres a los que les gustan las mujeres y que no tienen miedo de expresarlo?

Merrie pestañeó y respiró, antes de contestar.

–No odio a los hombres. He conocido a unos cuantos canallas, pero aun así, todavía practico el sexo.

–¡Como yo!

La profesora lo fulminó con la mirada, tal y como solía hacerlo con los estudiantes desobedientes.

Logan disfrutó viendo los verdes ojos de Merrie echar chispas.

Cualquier mujer, a punto de romperse el cuello, se habría puesto histérica perdida. Sin embargo, ella se había mostrado serena, hasta que él mencionó el sexo, animándola a gozarlo con más intensidad.

–En fin, mi vidad sexual sólo me concierne a mí –dijo Merrie, mientras le propinaba una patada e intentaba ponerse en pie.

De pronto, la luz que salía de la casa iluminó su rostro. Logan pudo ver que tenía una herida en la cara, sangrando.

–Necesitas curarte esa herida inmediatamente.

–Oh, no. Estoy bien. Deberías saber que acosar sexualmente a una empleada está penado por la ley.

–Lianne es mi empleada, tú no.

–Eso son sólo excusas.

Kincaid puso su mano en la herida y le enseñó la sangre a Merrie.

De pronto, se oyó un ruido ensordecedor. Se trataba de la alarma antifuego que se había disparado porque algo se estaba quemando en la casa.

–¡Cielos! El bizcocho que estaba preparando se ha debido de calcinar. Pronto llegarán los bomberos… –dijo Merrie.

Logan se introdujo en la casa y sacó con la ayuda de unos paños los restos carbonizados y los tiró en el patio, lo más lejos posible. Abrieron las ventanas para que saliera todo el humo y penetrara el aire fresco.

Merrie miraba con buen humor el resultado de sus habilidades culinarias. Había intentado seguir los pasos de Lianne, que todos los miércoles hacía un bizcocho, porque le daba a la casa un toque muy hogareño. Su hermana pensaba, sin duda, que Logan necesitaba una madre en determinadas ocasiones.

Sin embargo, ella detestaba la cocina.

–Aunque Lianne lo haga todas las semanas, no tendrías que haberte sentido obligada a hacerlo.

–Pero, se lo prometí.

–¿Tú también crees que necesito una madre?

–Creo que eres un adicto al trabajo.

«Y que eres tremendamente sexy. Es una pena que seas tan anticuado, porque si no, ya me habría lanzado para atacarte», pensó Merrie para sí.

–No eres muy amable, teniendo en cuenta que has estado a punto de quemarme la casa. Lianne y tú no sois nada parecidas en cuestiones domésticas.

–No. Durante el curso escolar, yo doy clases de Ciencias, y en verano, me voy a Montana a montar a caballo y a cuidar el ganado. Hago las mejores galletas y el mejor estofado que hayas probado nunca… siempre que sea sobre una hoguera al raso.

–Ya se nota, porque el fuego ya lo tenías montado –comentó irónicamente Logan.

Merrie se encogió de hombros.

–Si te hubieras marchado de vacaciones como estaba previsto, yo no habría preparado ese estúpido bizcocho. Estaría en Montana, divirtiéndome.

–¿Quieres decir que yo tengo la culpa de todo?

–En cierto modo, sí… Lianne necesitaba irse lejos, a reflexionar sobre la anulación de su compromiso y a pensar en su futuro. Si ese canalla hubiera sido mi novio, me habría deshecho de él mucho antes. Es más, nunca me habría comprometido con él.

–Ya me lo imagino…

–Bueno, el caso es que mi hermana tenía resuelta la sustitución para todos sus clientes. Excepto para ti, teniendo en cuenta que ibas a marcharte. Cuando cambiaste tus planes, no pudo contar con nadie y por eso vine yo, en vez de irme a Montana. ¿Cómo se te ocurrió cambiar de planes?

–Eso digo yo… –dijo una voz ajena–. Estuve esperándote en Cancún tres días, pero no apareciste.

Logan miró aterrorizado, hacia la pradera de delante de la casa.

Gloria Scott, la cazamaridos más profesional al noroeste del Pacífico, lo había localizado. ¡Era lo último que deseaba!

Capítulo 2

LIANNE tenía razón. Así eran las mujeres que le gustaban a Logan Kincaid… Por lo menos, así era la joven que acababa de llegar. Merrie observó con curiosidad la cara de Kincaid. Parecía un animal cuya mirada hubiera sido deslumbrada por los potentes faros de un coche.

–Gloria –dijo por fin–.¡Qué sorpresa! ¿Te fuiste a Cancún?

–Es obvio. ¿Por qué no viniste, como habíamos quedado?

–Ocurrió un imprevisto y tuve que cancelar el viaje.

–Sí, eso parece –masculló la joven despechada–. Por cierto, ¿quién es ella?

Gloria apuntó hacia Merrie, sin dignarse a mirarla.

–Te presento a Merrie Foster. Es la hermana de mi ama de llaves que me está echando una mano estos días.

–Ya lo veo.

Esta vez, Gloria inspeccionó a la profesora desde los pies a la cabeza, intentando averiguar por qué sus pantalones cortos estaban tan sucios y por qué llevaba la camisa de Logan, atada a la cintura.

–¿Por qué lleva tu ropa? –preguntó Gloria, sin rodeos–. ¿Es parte de la remuneración, o del trabajo?

Tal insinuación le sentó a Merrie como una patada en el estómago. Puede que no fuese una experta en alta costura, pero sabía cuando la estaban insultando.

–Gloria, por favor –suplicó Logan–. Eso no es de tu incumbencia.

–Se lo podemos explicar –sugirió Merrie–. Perdí mi camiseta en lo alto del árbol, y Logan me prestó su camisa para que el vecindario, no me viese desnuda. ¿Está claro?

Logan se había quedado sin palabras. La hermana de Lianne le dio una patada en el tobillo, para que la apoyara.

–Sí, eso… –balbuceó Kincaid.

Gloria no parecía muy convencida con la explicación, y le hizo preguntas impertinentes a Logan.

–No soy de piedra, puedes hablar directamente conmigo porque estoy delante de ti –le espetó Merrie–. Deberían haberte enseñado buenos modales…

–Logan, ¿vas a dejar a tu criada que me hable en ese tono?

–No veo por qué tendría que hacerla callar. Y no se trata de mi criada, trabaja por libre.

–Eso es –exclamó la profesora.

–¡Menudo aspecto tienes, Logan! Ya que pretendes vestir de modo informal, por lo menos, hazlo con estilo.

Ante tales palabras, Merrie estuvo a punto de atragantarse. Kincaid, por su parte, estaba mudo de vergüenza ajena.

–¡Visto como me parece! –exclamó el joven indignado.

–Con el sueldo de la empresa, podrías permitirte el lujo de adquirir ropa distinguida… Papá iba a correr con tus gastos del viaje. ¡Eres muy valioso para la compañía, y queremos tratarte como te mereces!

Logan tenía ganas de estrangularla. Cuando Gloria no conseguía lo que pretendía de él, entonces empuñaba las armas del soborno. Había sido su acompañante en tres fiestas, relacionadas con la correduría de agentes de bolsa de su padre. Ahora, el siguiente paso consistía en casarse con ella.

Pero Kincaid prefería casarse con un puerco espín, antes que hacerlo con ella. Era una mujer fría como el hielo. ¡Si no entraba en sus planes la idea de casarse, menos aun con un iceberg!

–No puedo hablar contigo en estos momentos. Ya te llamaré para charlar cuando vuelva a la oficina –se excusó Logan.

–¿Charlar? –preguntó Gloria sin poder creer lo que le estaba pasando.

–La señorita Foster necesita ser atendida por un médico –dijo Logan, solicitando el apoyo de Merrie.

–Espero que no tengamos que ir al hospital –sostuvo la joven profesora.

–Estoy convencida de que no es nada grave –comentó Gloria despectivamente.

–Nunca se sabe –replicó Logan, negando con la cabeza–. ¡Qué pena que no nos encontráramos en Cancún! Pues, da la casualidad de que Merrie y yo vamos a coincidir en el mismo lugar, estas vacaciones, ¿no es cierto?

La joven vaquera continuó con el papel que le había adjudicado Kincaid, quejándose al ponerse en pie. El joven se despidió y la tomó en brazos para depositarla en el interior de la casa.

Cuando desapareció el ruido del coche de Gloria, ambos suspiraron con alivio.

–Ya puedes dejarme en el suelo –le indicó Merrie al joven, que le dedicó una amplia sonrisa.

Estaba horrorosa, tenía todo el pelo revuelto, la cara manchada y las piernas llenas de rasguños. Para colmo, la camisa que le había prestado Kincaid, no conseguía tapar lo más sugerente de su cuerpo. El joven lo había notado hacía un buen rato…

–Te quejabas tanto que pensé que no ibas a poder andar por tus propios medios.

–Pues puedo andar, y además dar patadas.

–Me parece estupendo –dijo Logan, dejándola por fin en el suelo.

Merrie Foster no era guapa. Sin embargo, era resultona. Tenía unos ojos verdes que llamaban la atención. La barbilla, que realzaba el temperamento testarudo de la joven, era en cierto modo irregular. Y su cutis lechoso estaba rodeado de densos mechones color canela…

–Por cierto –dijo Kincaid–, gracias por haberme echado una mano con Gloria.

–Te lo debía, por haberme bajado del árbol.

–Lo tuyo ha sido mucho más fácil que deshacerme de esa mujer. Está empeñada en casarse conmigo, a pesar de que he sido educado disuadiéndola. He sido claro, incluso un poco rudo, pero parece que no quiere aceptar una negativa. Como verás, aunque preparé mis vacaciones en secreto, consiguió averiguarlo todo. Por eso, a última hora cancelé el viaje.

Merrie arrugó la nariz y le sugirió:

–¿Por qué no la ignoras simplemente?

–Eso es imposible. Es tan perseverante como un mosquito revoloteando en la misma oreja, toda la noche. Normalmente, no me afecta tanto. Pero la verdad es que necesito unas vacaciones, una playa y todas las siestas del mundo.

–Pues dile que estás casado –le sugirió Merrie–. O que tienes una enfermedad incurable.

–¿Como cuál? –preguntó Logan, enarcando una ceja.

–Soltería en fase terminal.

–No creo que funcione –contestó desanimado el joven, mientras su acompañante se reía.

Logan no podía entender por qué Merrie Foster, le llamaba tanto la atención. Pertenecía al tipo de mujer que trataba de evitar, era explosiva, habladora, en fin, excesiva para él.

Cuando Logan iba a buscar yodo para curarla, ella intentó disuadirlo.

–No es necesario, gracias.

–En serio, necesitas atención médica –dijo Kincaid, preocupado.

–Aunque no vaya a limpiar el baño de nuevo, todavía tengo que pasar el aspirador. Me ha causado algún que otro quebradero de cabeza –comentó Merrie, por el hueco de la escalera.

Cuando Logan reparó en el estado de la casa, se quedó horrorizado. La bolsa de la aspiradora se había roto y el polvo se había esparcido por todas partes.

–Veo que no entiendes mucho de electrodomésticos –suspiró el joven.

–La aspiradora es puro vicio… No hay nada mejor que un escobón de toda la vida y ahorrarse la millonada que te ha debido de costar esa pieza de diseño.

–Sí, claro. Veo que no es culpa tuya. Sin embargo, si yo no me hubiese quedado en mi casa, tú no habrías venido. El bizcocho no se habría quemado, la aspiradora no se habría estropeado, ni te habrías quedado atrapada en el árbol. Estoy empezando a sentirme plenamente culpable…

–Tanto como eso no. Pero no puedo negar que eres un poco estirado y un triunfador compulsivo –dijo Merrie, críticamente.

A continuación, se levantó la blusa para que Logan le pusiera yodo en la espalda. Al ver su cuerpo sin ocultar, el joven se quedó impresionado como no lo había estado desde hacía un montón de tiempo.

«Atención, Kincaid… Recuerda que los opuestos se atraen», dijo para sí el joven, alterado.

Su propia advertencia le resonaba en la cabeza, mientras rebuscaba en el cajón de las medicinas. Era posible que los opuestos se atrajeran, pero tampoco eran compatibles.

Sus padres habían tenido disputas a menudo. Eso les había convertido en seres amargados que habían transmitido su hastío a todos los que habían estado a su alrededor.

Con una mueca de amargura, Logan recordó su infancia desgraciada. No podía olvidar que había sido el niño más pobre del colegio, y que en su hogar había carecido de cariño y apoyo. Además, las peleas entre sus padres habían terminado frecuentemente con la llegada de la policía, advertida por los vecinos.

–Esto te va a doler –le avisó a Merrie, mientras le ponía el desinfectante en la espalda.

–¡Ay! –gritó la joven.

–Lo siento. Si quieres, te llevo al hospital.

–No. Puedo aguantarlo perfectamente.

–Sí… ¿Y por qué has gritado?

–Porque gritar es bueno para aguantar el dolor. ¿Te molesta que me queje? –le preguntó la joven, volviendo la cabeza.

De pronto, como Merrie estaba encorvada mirando hacia abajo, fue consciente de que tenía delante de su vista el torso desnudo de Logan y, más concretamente, la zona inferior de la cintura.

¡El panorama era realmente impresionante!

–Puedo aguantar quejas, pero no las tuyas… –comentó Kincaid.

–Eso está muy bien… sobre todo porque empiezo a pensar que no eres tan espantoso como parecías.

–¿Realmente crees que estoy bien? –la interrogó el joven, con curiosidad.

–Todavía no lo tengo muy claro.

Lo que estaba intentando por todos los medios era conservar la razón, ante el efecto imparable que ejercían sus hormonas.

Se trataba de un hombre atractivo y sexy. Pero, el hecho de haber realizado esa lista de mujeres compatibles para un posible matrimonio, le ponía enferma. Todavía podía comprobar como el atractivo físico no constituía una base lo suficientemente sólida, para mantener una relación sentimental.

–No lo entiendo –dijo Merrie, poniéndose recta de nuevo–. Gloria parece reunir los requisitos de la lista de futuras esposas que tienes pegada en el espejo. ¿Qué es lo que falla?

–¿De qué estás hablando? –preguntó el joven, frunciendo el ceño.

–Esa lista –mostró Merrie, con el dedo índice–. Me parece espantoso analizar así a una mujer. No se trata de una hamburguesa, sino de un ser humano.

–Yo no estoy buscando a ninguna mujer –dijo Logan molesto–. Esa lista la confeccionó mi hermano. Acababa de divorciarse y no quería que yo cayese en su mismo error. Pero, da la casualidad de que no tengo la mínima intención de contraer matrimonio –concluyó Kincaid, tirando una bola de algodón a la papelera.

–¿Nunca? Parece algo realmente definitivo.

–Ésa es la realidad –dijo secamente, por lo cual Merrie fue consciente del estado en que se encontraban los sentimientos de Logan–. El matrimonio, en mi familia, no funciona. Por eso es mejor evitarlo, y si no lo hacemos, lo pagamos caro.

–Sin embargo… , me parece que Gloria es tu tipo, además de tener mucho dinero. Podría ser una gran baza para tu carrera profesional.

Una expresión muy peculiar se plasmó en el rostro del joven.

–Agradezco tu interés, pero pienso labrarme mi propio porvenir sin recurrir a eso…

–Está bien, no te lo tomes a mal. Lo que pasa es que, sigo pensando que tú y ella tenéis muchas cosas en común, de acuerdo con la lista.

–No lo creo –contestó Kincaid–. Por otra parte, la lista no es ninguna tontería, en el caso de que quisiera casarme. El hecho de ser compatibles es esencial en una pareja. ¿Tú que le pedirías a tu futuro marido?

–Un montón de cosas…

–¿Cómo por ejemplo?

Merrie hacía lo posible para regular el ritmo de su corazón, pero era difícil, teniendo a Logan medio desnudo a su lado.

Había visto a varios hombres en tal estado, pero Kincaid le había alterado singularmente la respiración.

Si tuviese una lista como la de Logan, uno de los requisitos sería: no demasiado sexy. No estaba interesada en un hombre que reuniese las características de las fantasías sexuales de cientos de mujeres. No quería estar excesivamente pendiente de la vida social de su pareja…

Aclarándose la voz, Merrie contestó a Logan:

–No quiero casarme con alguien que muera de hipertensión antes de cumplir los cincuenta, por haber intentado aumentar su patrimonio a toda costa.

–¿Qué tiene de malo querer ganar dinero? –quiso saber Kincaid.

–Nada. De hecho, estoy muy involucrada en cierto proyecto y me interesa mucho esa cuestión. Pero lo que no quiero es mantener relaciones sexuales por las noches con un talonario de cheques.

–¿Qué más requisitos aparecerían en tu lista?

–Algún día le compraré el rancho a mi abuelo. A mi marido le tendría que gustar la idea tanto como a mí.

–¿Ves cómo tú también tienes una lista, aunque no esté escrita? –dijo el joven triunfante, mirándola irónicamente.

–Te equivocas. Entre tus requisitos figuran aptitudes estúpidas como: buena anfitriona. Tu mujer ideal sería alta, delgada, rubia, reservada, elegante, sofisticada… es decir Gloria .

–No me gusta Gloria –dijo el joven con énfasis.

–Entonces, ¿por qué fuiste su acompañante en varias ocasiones?

–La acompañé, simplemente, en algunas recepciones de trabajo.

–¡Ah…!

–Créeme, nunca me casaría con alguien cuyo único objetivo en la vida fuese cazar a un marido. Si tengo una pareja, me gustaría que fuera divertida y agradable.

Estaba tan serio, que Merrie tuvo que contar hasta diez para no dejarse atrapar por su encanto. Ella se dio cuenta una vez más, de que el joven no tenía la más mínima intención de casarse. Además, su propia falta de experiencia en la vida social, la hacía ser vulnerable. Si hubiese tenido más relaciones sentimentales, Logan no le habría impresionado tanto. Por otra parte, ella sería muy exigente con un futuro marido: le tendría que gustar compartir su vida con ella, en su rancho.

Su rancho de Montana… ¡Como si fuese tan fácil comprarle el rancho a su abuelo, siendo una mujer! Todo el mundo la presionaba para que encontrase pareja. Incluso ella misma veía difícil casarse algún día, cuando estuviera al mando del Bar Nothing Ranch.

–¿Por qué estás tan seria? –preguntó Logan con curiosidad.

–Mmh, por nada.

–Venga, cuéntame cosas del rancho de tu familia –dijo Kincaid, mientras ella comprobaba como el joven podía leerle el pensamiento.

–Es precioso. Mi madre es hija única, por lo tanto mi abuelo no tiene un heredero directo. Mis hermanos Cody y Daniel no tienen mucho interés por la vida en el rancho. Lianne tampoco. Luego, quedo yo. Pero mi abuelo, que está chapado a la antigua, es muy rehacio a dejarme la propiedad. Dice que el nuevo milenio le pilla muy viejo, para modernizar sus ideas.

–O sea, que sois Lianne, Cody, Daniel y tú.

–Sí. Aunque mi madre quería un quinto hijo, después de que naciera Lianne, mi padre pensó que eran suficientes cuatro vástagos.

Logan hizo una mueca de rechazo: para él un bebé ya era una molestia, o sea que cuatro hijos le parecían un exceso completo.

–¿Tu abuelo ha pensado en retirarse?

–Sí, de vez en cuando. Dice que le gustaría vender el rancho y marcharse con mi abuela a un lugar cálido, donde el invierno sea menos duro que en Montana.

–Claro… –dijo Kincaid mientras seguía curándole las heridas a Merrie.

La joven no podía evitar sentir el agradable olor que emanaba de su atlético cuerpo. Tras unos instantes que a Merrie le parecieron una eternidad, Logan terminó con los primeros auxilios.

–¡Ya estás lista!

–Supongo que querrás que te devuelva la camisa –dijo la joven, aún dolorida por el batacazo.

–Si te digo que sí, ¿me vas a pegar?

–Evidentemente.

–Pues, entonces quédatela por el momento… –dijo Kincaid cubriendo cuidadosamente las curas de la espalda, con la prenda masculina.

De nuevo, la joven tuvo que hacer un esfuerzo, al sentir el suave encanto de Logan.

Quizá fuese su propia naturaleza la que le advertía, que si quería tener hijos tendría que darse prisa en crear una familia. En efecto, los hombres podían ser padres a cualquier edad, pero eso no servía para las mujeres.

–No te preocupes por el aspirador. Contrataré a alguien que venga a ocuparse de la casa.

–No –dijo Merrie, tercamente–. No voy a dejar que otra persona ocupe el lugar de mi hermana.

–¿Quién ha dicho que voy a prescindir de Lianne?

Merrie se quedó pensando un rato y exclamó:

–Ya lo tengo. Si nos vamos a Montana los dos mataríamos dos pájaros de un tiro. Tú tendrías un lugar donde pasar las vacaciones, y no habría que preocuparse por tu casa. No descansarías en una exótica playa del Caribe, pero el rancho puede ser la mejor solución para eliminar el estrés. Además, está de moda pasar el tiempo libre ensuciándose con los caballos.

–No me importa mancharme, pero…

–Es la mejor solución. El abuelo estará encantado con un invitado más.

La joven estaba encantada porque a Logan le iba a venir muy bien una temporada en Montana, para bajarle un poco los humos. La verdad es que los vaqueros de la propiedad cuidaban muy bien a los turistas; sin embargo, Merrie no pensaba ocuparse de él. Sería exponerse demasiado a sus encantos: de hecho muchas mujeres harían cualquier tontería por estar a su lado. Por lo tanto, la vaquera se mantendría lo suficientemente alejada de él como para que las vacaciones transcurriesen placenteramente.

Kincaid todavía no había dicho una palabra a favor o en contra. Sin embargo Merrie no paraba de hacer planes.

–La estancia es cara, pero me imagino que está dentro de tus posibilidades –comentó alegremente Merrie–. Normalmente, viajo hasta Montana en coche, pero para no perder tiempo, podemos ir en avión. Tengo una amiga que trabaja en una agencia de viajes, le puedo pedir que nos prepare dos billetes para Rapid City. Está en Dakota del Sur, pero es el aeropuerto más cercano al rancho.

–Sí, ya se donde está Rapid City…

–Podríamos salir mañana mismo… ¡Sería estupendo! Estoy segura de que te va a encantar el sitio. Además, el abuelo te hará un descuento especial si te quedas el mes entero.

Pero, Logan Kincaid negó con la cabeza. Se había criado en el este de Washington, en una zona ganadera y había trabajado allí durante dos veranos, para costearse los estudios universitarios. Ni las manadas de vacas, ni el Lejano Oeste le tentaban lo más mínimo.

Sin embargo, se acercó a la vaquera, y la miró a los ojos. Era una persona impulsiva y totalmente inapropiada para el medio en el que él se desenvolvía normalmente. Cualquier hombre cabal huiría de ella, si tuviese dos dedos de frente. No como él, que no sólo no era prudente, sino que además tenía ganas de acariciar su abundante melena y besar su impetuosa boca.

–No tengo ningún interés en pasar las vacaciones en el rancho, y mucho menos un mes –dijo Logan lentamente.

–¿No?

–No –repitió el joven, intentando encubrir lo que parecía una sonrisa.

Se estaba fijando en lo tentadora que estaba Merrie, sentada en el cuarto de baño con su minúsculo pantalón corto y la melena cayéndole sobre sus hombros. Esa melena… Estaría preciosa esparcida por su almohada, después de hacer el amor.

Pero eso no era posible.

Los Fosters eran una familia anticuada, con fuertes vínculos y estrechas relaciones que él no podía comprender. Lianne era una mujer que no podía pensar en otra cosa que no fuese su familia y sus hijos. Merrie podía soñar con poseer el rancho, pero en lo que respectaba a sus relaciones, tenía la marca del «para siempre» como si de un tatuaje se tratase… sobre todo en lo que se refería al matrimonio.

Si había algo que Logan tenía claro era que a él no le iban las relaciones estables. Sólo le interesaban las aventuras ocasionales.

Al fin y al cabo no era un bicho raro. Las mujeres con las que salía eran como él: detestaban el matrimonio. Gloria era únicamente una excepción y no le interesaba en absoluto.

–¿Estás catatónico o qué te pasa? –le interrogó Merrie, enarcando una ceja.

–Estaba pensando…

–En Gloria, ¿no? –sonrió Merrie, con picardía.

–Más o menos. Las próximas semanas van a ser duras: esa mujer no conoce la palabra no. Soy una especie de trofeo que se ha propuesto cazar…

Mientras Merrie lo escuchaba, sus pechos se dejaban adivinar bajo la tela de la camisa. Kincaid notó como sus tejanos se abultaron un poco más de lo corriente, en la zona de la cremallera.

–¿Realmente es tan perseverante?

–No puedes hacerte una idea. Estoy considerando la idea de irme a Nueva York antes de lo previsto si las cosas se ponen muy tensas. El acoso comenzó cuando el padre de Gloria consiguió ser el propietario de toda la empresa.

–¿Te vas a vivir a Nueva York? –preguntó Merrie, jugando con el nudo de la camisa.

–Sí. Tarde o temprano acabaré allí. Me crié en un pueblo pequeño, y llegué a odiarlo. Prefiero vivir en las grandes ciudades.

–¿Seattle no te parece lo suficientemente grande? Es estupendo. Venden café a la italiana en cada esquina y tiene un equipo de béisbol profesional… ¿Qué más puede desear un verdadero amante de la ciudad?

–Mi intención es trabajar en Wall Street, lo que supondría llegar a la cumbre de mi carrera profesional.

—¡Qué interesante! Se ve que te gusta vivir bien, con atascos, ruido y una contaminación espantosa… –Merrie no estaba nada impresionada por los planes del corredor de bolsa. ¿Te vas a dedicar a ganar un billón de dólares antes de cumplir cuarenta años?

–No tan drásticamente, pero lo voy a intentar. De hecho, soy un buen agente de bolsa.

–…Que necesita unas buenas vacaciones –añadió Merrie, estirándose sensualmente frente al espejo.

Logan estaba intrigado por los gestos que hacía la profesora.

–Ya te he dicho que no voy a ir a Montana.

–Sí, te he oído muy bien. Pero, ¿qué vas a hacer, quedarte en Washington y dejar que Gloria te atrape?

Kincaid estuvo mirando a Merrie un buen rato, dándose cuenta de que su mente estaba confusa. Ella le inspiraba consternación, diversión y deseo… Y esos sentimientos podían tener un efecto tan devastador como la anarquía, en su propia persona. Gloria Scott era un engorro, pero Merrie Foster podía ser tremendamente dañina para su equilibrio personal.

Ella tenía razón: Gloria era pura tenacidad. Nadie le iba a obligar a casarse con ella, pero las cosas podían ir mal en la empresa por su culpa. Además, realmente necesitaba unas buenas vacaciones.

Había estado últimamente distraído, aburrido e incluso harto de sus clientes que, ávidos de ganancias, no seguían sus indicaciones. Marcharse lejos era una buena idea y ya era muy tarde para hacer cualquier reserva en una agencia de viajes.

–Entonces, ¿qué es lo que más te convence: el ramo de boda o los caballos…?

Logan miró a Merrie alegremente y finalmente, tomó la decisión.

–¡Me quedo con los caballos! Voy volando a hacer el equipaje.

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