Kitabı oku: «Las trabajadoras remuneradas del hogar: acción colectiva y sindicalismo en Latinoamérica, 2000-2016»

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Catalogación en la publicación Universidad Nacional de Colombia

Vallejo Vega, Juliet Lorena, 1991-

Las trabajadoras remuneradas del hogar : acción colectiva y sindicalismo en Latinoamérica, 2000-2016 / Juliet Lorena Vallejo Vega. -- Primera edición. -- Bogotá : Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. Maestría en Estudios Políticos Latinoamericanos, Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico Sociales Gerardo Molina (UNIJUS), 2019.

171 páginas: ilustraciones en blanco y negro, diagramas, mapas. -- (Colección Publicaciones de Posgrados, Derecho y Ciencias Políticas ; 1)

Incluye referencias bibliográficas.

ISBN 978-958-783-867-1 (rústica). -- ISBN 978-958-783-868-8 (e-book). -- ISBN 978-958-783-869-5 (impresión bajo demanda).

1. Trabajadoras domésticas 2. Sindicalismo -- América Latina -- 2000-2016 3. Acción comunitaria 4. Luchas sociales 5. Trabajo de la mujer 6. Trabajo y trabajadores 7. Unión de Sindicatos de mujeres I. Título II. Serie

CDD-23 331.48164046 / 2019

Las trabajadoras remuneradas del hogar: acción colectiva y sindicalismo en Latinoamérica, 2000-2016

Publicaciones de Posgrados de Derecho y Ciencias Políticas

© Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá

Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales

Maestría en Estudios Políticos Latinoamericanos

© Juliet Lorena Vallejo Vega, autora, 2019

Primera edición, 2019

ISBN (rústica): 978-958-783-867-1

ISBN (digital): 978-958-783-868-8

ISBN (IBD): 978-958-783-869-5

Dolly Montoya Castaño

Rectora

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Decano

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Vicedecano académico

Comité de Publicaciones

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Vicedecano de Investigación y Extensión

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Director del Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina, Unijus

Carolina Jiménez

Directora del Departamento de Ciencia Política

Jorge Enrique Carvajal

Director del Departamento de Derecho

Bernd Marquardt

Director de la revista Pensamiento Jurídico

Leopoldo Múnera Ruíz

Director (e) de la revista Ciencia Política

Este libro es resultado de una tesis meritoria presentada en 2018 en la Maestría en Estudios Políticos Latinoamericanos de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia - Sede Bogotá, cuya directora fue Eucaris Olaya y cuyos jurados fueron Daniel Alberto Libreros Caicedo y Carolina Jiménez Martín.

Preparación editorial

Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina, Unijus

http://derecho.bogota.unal.edu.co/publicaciones/

insisjpg_bog@unal.edu.co (Unijus)

edicion_fdbog@unal.edu.co (edición de libros)

evalua_fdbog@unal.edu.co (evaluación de manuscritos y proyectos de investigación)

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(57+1) 3165000, exts. 29264 y 29266

Diagonal 40 A bis n.° 15-38, Complejo Casa Gaitán

Juan Sebastián Solano

Coordinador editorial

Solvey Castro Otálora

Editora

Ángela María Herrera Castillo

Coordinadora académica

Paula Alejandra Enciso Bautista

Coordinadora administrativa

Melissa Ruano Chacón

Diseñadora gráfica

Diseño original de la Colección

Melissa Ruano Chacón

Corrección de estilo

Alejandro Merlano Aramburo

Conversión a ePub

Mákina Editorial

https://makinaeditorial.com/

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización del titular de los derechos patrimoniales.

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Nuestra rebeldía es nuestro no al sistema.

Nuestra resistencia es nuestro sí a otra cosa es posible.

SUBCOMANDANTE INSURGENTE GALEANO,

EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL (2015)

Contenido

Lista de siglas y acrónimos

ACD: Análisis crítico del discurso

Anecap: Asociación Nacional de Empleadas de Casa Particular

Cepal: Comisión Económica para América Latina y el Caribe

CONLACTRAHO: Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar

CUT: Central Unitaria de Trabajadores

ENS: Escuela Nacional Sindical

FAO: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura

FARC-EP: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo

Fesintracap: Federación Nacional de Sindicatos de Trabajadoras de Casa Particular

OIT: Organización Internacional del Trabajo

ONU: Organización de las Naciones Unidas

PNUD: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo

Sinpecaf: Sindicato del Personal de Casas de Familia

TCP: Trabajadoras de casa particular

TLC: Tratado de libre comercio

UTRASD: Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico

Agradecimientos

Agradezco a todas las trabajadoras presentes en estas páginas; sus luchas y resistencias son un ejemplo de que en Latinoamérica el camino a seguir es el desarrollo de una acción colectiva atravesada por prácticas solidarias y de encuentro, en las que la existencia de todas y todos tiene un lugar central en las apuestas por otro mundo que sí es posible y es aquel que queremos. Un especial agradecimiento a: Claribed Palacios, de la UTRASD; Ruth Olate, de la Fesintracap; Alcira Burgos y Susana Oviño, del Sinpecaf, y María del Carmen Cruz Martínez, de la CONLACTRAHO, por el diálogo, la apertura, la confianza y las enseñanzas que me brindaron.

Mis más profundos agradecimientos a Eucaris Olaya, maestra y guía en este proceso investigativo, más aún en el encuentro y en el transitar por el feminismo; sus reflexiones e interpelaciones constantes me recuerdan permanentemente mi deber ético-político como académica y activista, en la construcción de un mundo a la medida de las mujeres. Profe, seguiremos tejiendo corazón, sueños y utopías.

A Oscar Javier Martínez Cruz por todo el apoyo, el amor y la solidaridad dados en el desarrollo de esta investigación, por las discusiones, debates, revisiones y reflexiones que la fortalecieron. Gracias infinitas por compartir y tejer conocimientos y saberes conmigo así como por permitirme confirmar todos los días que amar es un asunto político y un ejercicio de profunda subversión en el que nuestros deseos, anhelos, esperanzas y apuestas tienen un lugar.

Finalmente, no me queda más sino agradecer a la Universidad Nacional de Colombia y a las profesoras y profesores de la Maestría en Estudios Políticos Latinoamericanos. Gracias por acompañarme en este camino, por todas las reflexiones, comprensiones y aportes políticos brindados, así como por los debates que generaron en las aulas, los cuales me permitieron fortalecer y cualificar mis conocimientos y mi proyecto político.

Introducción
Otros colonizan nuestras vidas y exigen
desde esa posición lealtad y servidumbre.
MARCELA LAGARDE Y DE LOS RÍOS (2014)

Un acercamiento a la acción colectiva que emerge de la clase trabajadora, especialmente aquella que se posiciona desde la figura del sindicalismo, en un contexto globalizado en el que se reproducen y sostienen lógicas coloniales en las que la subsunción de la vida al capital está marcada por los procesos de racialización, generización y colonización de los sujetos que componen al proletariado, deja entrever la emergencia de nuevas configuraciones en las modalidades de la organización de lo popular y de las resistencias en el mundo de lo político. Este es el horizonte epistemológico y político de la presente investigación.

Así, esta investigación se basa en dos elementos de análisis. El primero, enfocado a analizar al sujeto sindical latinoamericano, obliga la reflexión y problematización sobre quiénes son los sujetos explotados, para que, así, las consideraciones y apuestas políticas emergentes puedan alcanzar un nivel de pertinencia que contribuya a la transformación de las lógicas neoliberales, racistas y patriarcales impuestas a la región latinoamericana. El segundo se constituye como imperativo para avanzar en el entendimiento complejo de la explotación de la clase trabajadora y para considerar que, dadas las características del sindicalismo, se está frente a tendencias corporativistas, las cuales, a través de estrategias de “negociación”, pretenden falsificar o reelaborar la lucha de clases en la región y cuyo propósito es fundamentar y legitimar posturas que desvirtúan la naturaleza social y el carácter histórico de la explotación capitalista. Esto deviene en análisis simplistas que se convierten en sustento de posturas contrarias, en el campo de las fuerzas y disputas que se mueven en lo político hacia la posibilidad de la conformación de un bloque popular, por lo que se alientan las lógicas capitalistas de competencia.

Lo anterior toma pertinencia en tanto Latinoamérica, como unidad de análisis, se ha definido por la emergencia de un pensamiento y una identidad de carácter contrahegemónico, en términos de movilización social y construcción de un pensamiento propio. Como señala Guadarrama (2004), los valores de la cultura latinoamericana han caracterizado a sus pueblos por la búsqueda de una consolidación de su independencia política.

Los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar1 son concebidos por sus afiliadas y asociadas como el espacio en el que su accionar político busca vindicar su identidad como trabajadoras y desde el cual exigen y defienden derechos que son propios de la clase trabajadora: salarios dignos, horarios de trabajo definidos, etc. Además, allí sitúan sus vivencias como sujetos racializados y generizados en un contexto de explotación capitalista, lo que complejiza y aporta nuevas comprensiones, reflexiones y apuestas políticas al sujeto político de la región. En este sentido, es pertinente preguntar qué dinámicas de la acción colectiva de los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar en Latinoamérica permiten fortalecer la consolidación de una apuesta sindical regional para transformar la explotación capitalista en el marco del sistema moderno colonial de género.

Este interés por el estudio de la acción colectiva desplegada por un sector de la clase trabajadora para superar las lógicas de deshumanización que sostiene la explotación capitalista no obedece a un desconocimiento ni mucho menos a una subvaloración de la estructuración de la clase en el trabajo, responde a una elección política sobre la importancia del estudio de los procesos de generización y racialización como imbricaciones de la explotación capitalista. Así pues, esta investigación tiene importancia política y ética, ya que articula al análisis político de clase las miradas proporcionadas desde otros movimientos sociales, como el movimiento feminista, lo que permite un análisis de la lucha de clases más integral. Si se entiende que el capitalismo es un sistema complejo cargado de contradicciones, este exige ser leído desde los diversos mecanismos y formas de manifestación que toma en el trabajo. Por tal razón, las transformaciones que en este sistema acontecen se explican desde los procesos de producción y reproducción, además de las nuevas modalidades de la organización y la resistencia dadas en el marco de las contradicciones propias del capitalismo.

Ahora bien, para el caso específico del sindicalismo y la acción colectiva de las trabajadoras remuneradas del hogar, es preciso señalar que su estudio es una tarea ardua y que en esta investigación no se agota. El objetivo es presentar pistas para el estudio de la clase trabajadora latinoamericana y la definición de un bloque político popular.

Se parte de considerar la lucha de clases, en tanto la existencia de conflictos políticos y sociales, como resultado de los antagonismos inherentes a las sociedades capitalistas, en las que se van configurando los cuerpos y sujetos que pertenecen a y engrosan las clases hegemónicas, así como la clase trabajadora. En este sentido, el trabajo adquiere una materialidad y una apropiación, por parte de las personas trabajadoras, que lo hacen histórico y dinámico. Así pues, la clase trabajadora heterogénea que se ha consolidado en Latinoamérica no es una imagen casual, sino la fotografía que muestra las contradicciones sociales consolidadas por el capital.

Teniendo como marco de referencia estos elementos, esta investigación interroga sobre las condiciones en las que se encuentra la clase trabajadora latinoamericana y sobre el papel que desempeñan las trabajadoras remuneradas del hogar sindicalizadas. Para el caso regional, y con el fin de que el análisis fuera capaz de dar cuenta de las diferentes situaciones que enfrentan las organizaciones de la clase trabajadora en la región, además de abordar la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (CONLACTRAHO), se seleccionaron tres países donde el trabajo remunerado del hogar es significativo, y vale la pena aclarar que estos países tienen contextos sociales y políticos diversos, por lo que no es un estudio comparativo; estos son: Colombia, caracterizada por un régimen neoliberal en el que el sindicalismo constantemente se ha criminalizado y se ha deslegitimado su posición como un actor válido para el debate y la participación en lo público, lo que está articulado con actos de violencia física y estructural; Argentina, que, durante el primer quindenio del siglo XXI, luego de la crisis económica, institucionalizó el movimiento sindical dotándolo de legitimidad en el Gobierno, lo que, si bien abrió beneficios para la clase trabajadora, luego redundó en una limitación de su accionar, y Chile, que, durante el periodo 2000-2016, principalmente se caracterizó por un neoliberalismo disminuido con un progresismo limitado (Garretón, 2012).

Cuatro son los momentos que organizan y estructuran el trabajo. En el primero, titulado “Las trabajadoras remuneradas del hogar sindicalizadas en Latinoamérica”, se proporcionan los resultados del estado del arte y las herramientas teóricas y metodológicas necesarias para el análisis investigativo del sindicalismo y de la acción colectiva del gremio escogido. Puntualmente, se presenta cómo estas herramientas permiten reconocer y analizar el sindicalismo de este sector de cara a los procesos de racialización, colonización y generización de la clase trabajadora.

En el segundo capítulo, “Contexto histórico y político del trabajo remunerado del hogar y del sindicalismo en Latinoamérica”, se presenta el contexto regional en el que se ejerce el trabajo remunerado del hogar y el sindicalismo; en cuanto a este último, se enfatiza en los tres países en los que se ubica la investigación. Allí se aborda el desarrollo de la acumulación capitalista, en tanto se explica que el trabajo remunerado del hogar está inmerso en lógicas capitalistas de división social, económica, racial y sexual del trabajo.

La tercera parte del documento, “Dinámicas de acción colectiva de los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar”, se concentra en el análisis de las narrativas de la CONLACTRAHO y los sindicatos abordados. Allí se presentan los aprendizajes y retos que de la acción colectiva identificada desde los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar se pueden desprender al sindicalismo latinoamericano y a la construcción de proyectos políticos, económicos y culturales alternativos al sistema moderno colonial de género. Estos se construyen teniendo en cuenta: a) las representaciones que dichos sindicatos han hecho sobre la explotación que se cierne sobre la clase trabajadora, b) las comprensiones y representaciones que se sitúan sobre los actores de la lucha de clases y c) sus repertorios de acción, apuestas y propuestas.

Finalmente, en las conclusiones, se realiza una aproximación a cómo el rescate de los debates teóricos y políticos de la lucha de clases, alrededor de la articulación que hace la modernización de estructuras hegemónicas que sostienen la explotación del proletariado, permite ubicar nuevamente a la clase trabajadora como protagonista de la revolución latinoamericana.

1. Las trabajadoras remuneradas del hogar sindicalizadas en Latinoamérica

La transformación de las sociedades latinoamericanas ha sido un devenir histórico en el que las relaciones de clase son definidas por el carácter contradictorio del sistema social capitalista y su articulación con el colonialismo y el patriarcado. El conflicto permanente entre las clases, conformadas por sujetos dominantes y dominados, ha determinado cómo se desarrollan los procesos de producción, reproducción y resistencias en el escenario político. Esto lleva al reconocimiento de que el capitalismo es un sistema dinámico y complejo, no estático ni fácilmente predecible, cuyo sustento está en las relaciones asimétricas de poder.

El sistema capitalista, a lo largo de la historia latinoamericana, ha demostrado su capacidad para mutar y establecer lógicas de explotación que se entrecruzan con otras formas de dominación, como lo son las establecidas por el patriarcado y el colonialismo, con el ánimo de mantenerse como concepción hegemónica del mundo y de la vida. En efecto, no se trata solamente de la definición de proyectos económicos, sino de proyectos sociales, culturales y políticos, y es precisamente allí donde las transformaciones del primer quindenio del siglo XXI recrean claramente la capacidad de mutación que tiene el capitalismo por medio de la consolidación de la dependencia y subordinación neocoloniales de centros y periferias impuestas por el neoliberalismo. En medio de estos procesos, los sindicatos han reconfigurado sus relaciones con el Estado y con los partidos políticos, aunque también se ven cambios en el sindicalismo ligados al corporativismo2 y al aumento de la conflictividad laboral en países como Argentina y en otros, así como el fortalecimiento de una apuesta anticorporativa clara, como en el caso de Colombia y Chile.

Además, este periodo de tiempo ha significado para los gobiernos progresistas, como para los neoliberales, crisis y cambios en la representación política, la cual, articulada a la renovación y mutación de lógicas coloniales, define y establece un escenario cargado de retos para las organizaciones de personas trabajadoras en el que

podemos vislumbrar una tendencia a la divergencia en las relaciones entre los sindicatos y el Estado y los partidos, en América Latina, que retan no solo a nuestras construcciones conceptuales, sino también a nuestra capacidad de crear propuestas políticas acordes a una tendencia de integración regional con particularidades nacionales. (Celis, 2014, p. 10)

En este panorama general, se ubica una serie de problematizaciones ante la conformación de sindicatos que no posibilitan la creación de propuestas regionales, lo cual mantiene una estrecha relación con un escenario adverso de regulación laboral en el que algunos dirigentes de los movimientos se presentan como aliados de quienes ocupan el lugar de explotadores3 . Con esto, se han desdibujado el papel del sindicalismo como movimiento de y para la clase trabajadora y el de esta como sujeto protagónico de la revolución social, de ahí que los sindicatos no sean espacios neutrales a la construcción social, económica y política sobre los cuerpos y sujetos y, por consiguiente, puedan ser escenarios de reproducción de las lógicas de dominación.

Con todo lo anterior, es posible señalar la existencia de sindicatos en los cuales:

• La construcción diferencial de las identidades y subjetividades dada en el sistema moderno colonial de género (antagónica en una confrontación que es constante pero desigual) se reproduce.

• La racionalidad se constituye como el principio fundamental para el ejercicio político. Si se reconocen emociones, estas son las que rodean la competitividad y la dominación de los otros y las otras, por ejemplo, el odio o la rabia. Sin embargo, sentimientos considerados femeninos, como el amor, la solidaridad y la compasión, no hacen parte del ejercicio sindical o político.

• Lo personal no es político. Lo que se juega en las relaciones consideradas “íntimas”, “afectivas” y “familiares” es un problema personal o familiar que no tiene nexo con las relaciones de poder que se juegan en el mundo del trabajo y, por lo tanto, es independiente de las actividades productivas e improductivas dadas al interior de los hogares con una acción colectiva desde el sindicalismo.

• El reconocimiento y la vocería los asumen los cuerpos que más se acercan a la idea del ciudadano moderno: varones, no racializados, con mayores niveles de educación formal, heterosexuales, etc., mientras que las y los demás se convierten en la base que realiza trabajos considerados como de menor importancia: secretarías, convocatorias, etc. Con ello, se reproducen las jerarquías modernas al interior del sindicato.

• Persisten ideologías esencialistas que presuponen la superioridad de la clase trabajadora sobre otras identidades que pueden potenciar su accionar, y, en su lugar, estas identidades son fundamento de discriminación, marginación, explotación y violencia. Se desconoce, por lo tanto, que cada identidad social implica una diferencia particular en el modo de vivir y asumir el trabajo, así como en sus expectativas, oportunidades y deseos frente a este, además de que estas diferencias son producto y sustento de desigualdades originadas en el proyecto moderno colonial de género. En síntesis, los sindicatos que subsumen otras identidades diferentes a la trabajadora obligan a que determinadas personas deban adaptarse a formas de vida social y política impuestas y definidas por la clase superdominante, por lo que terminan convirtiéndose en un medio de reproducción de los procesos de aculturación hegemónica.

Así, el ingreso de los sujetos racializados y generizados al sindicalismo no ha sido fácil ni sencillo, y este es un reto que aún está vigente para los sindicatos de la región. Adicionalmente, se requiere asumir en su accionar el principio de la diferencia, pues son necesarias las reflexiones que permitan pensarlo de manera dinámica y dialéctica. Quienes han sido históricamente explotados y despojados por el capitalismo deben apostar por cambios profundos. Cabe anotar que la cultura de la opresión es parte de estas identidades, no basta con reconocer la diferencia en detrimento de dicha cultura, y esta, por ende, requiere ser transformada en los principios y las prácticas sindicales.

Garantizar el éxito de tales reflexiones pasa por analizar la situación del sindicalismo en contextos diversos que, aunque adversos todos al movimiento sindical, le presentan diferentes retos; por ello, se decidió hacer un balance regional a través de la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (CONLACTRAHO) y tomar los casos de Argentina, Colombia y Chile, que, durante el periodo de análisis, presentan situaciones sociales y políticas disímiles que brindan oportunidad de contraste en cuanto al tema de estudio.

Se parte de considerar que las trabajadoras remuneradas del hogar han logrado posicionarse y desplegar un accionar político desde el ser sindicalistas y mujeres al interior de países como Chile y Argentina, y en el caso de Colombia, a partir de ser sindicalistas, mujeres y negras. Estas expresiones políticas de confluencia identitaria desde lo sindical han logrado conformar un espacio regional en el que confluyen los sindicatos de este sector, la CONLACTRAHO.

Surge así la pregunta orientadora de la presente investigación: ¿qué dinámicas de la acción colectiva de los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar en Latinoamérica permiten fortalecer la consolidación de una apuesta sindical regional para transformar la explotación capitalista en el marco del sistema moderno colonial de género? En la investigación se parte de la siguiente hipótesis: el hecho de que las trabajadoras remuneradas del hogar hayan logrado formar y sostener sindicatos en un escenario regional en el que confluyen diferentes identidades como las de ser mujer, trabajadora, pobre, migrante, negra o afro, indígena, etc., les ha permitido a ellas cuestionar la comprensión de la lucha de clases exclusivamente desde la identidad obrera y, en su lugar, complejizarla con otras formas de subordinación y explotación; lo anterior ha marcado unas reflexiones, un accionar y unas apuestas políticas que cuestionan y redefinen las relaciones en torno a los preceptos y las prácticas de reconocimiento de la clase trabajadora.

En este sentido, la presente investigación tiene por objetivo interpelar al sindicalismo latinoamericano partiendo de las dinámicas de la acción colectiva de los sindicatos de las trabajadoras remuneradas del hogar, de cara a la transformación de las lógicas impuestas por el sistema moderno colonial de género. Para esto, se han escogido cuatro escenarios organizativos de trabajadoras remuneradas del hogar: una confederación regional –la CONLACTRAHO–y tres sindicatos de Chile –la Federación Nacional de Sindicatos de Trabajadoras de Casa Particular (Fesintracap)–, Argentina –el Sindicato del Personal de Casas de Familia (Sinpecaf)– y Colombia –la Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico (UTRASD)–.

Es importante señalar que la CONLACTRAHO y los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar son actores políticos activos a pesar de la reconfiguración neoliberal que se ha dado en la región, la cual ha permitido la recomposición emergente del capitalismo neoliberal, con su naturaleza radicalmente colonialista, y podría sugerir una “tercera reedición de la servidumbre” (Puello–Socarrás, 2013, p. 22). Para los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar, el neoliberalismo y su faceta colonial situaron este trabajo dentro de un régimen de generalizada esclavitud y en un nivel de “renovada” explotación económica de la fuerza de trabajo de las féminas y los sujetos colonizados.

Contraria a diferentes sindicatos que han tenido líneas divisorias en su interior, la CONLACTRAHO se ha consolidado como un proyecto de unidad en el que se busca que los diferentes sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar existentes en la región logren confluir en varios sentidos. Primero, se busca que confluyan como una unidad regional que busca visibilizar las condiciones de explotación en las que se desarrolla el trabajo remunerado del hogar en la región. Segundo, se trata de una apuesta política que busca incidir en los gobiernos latinoamericanos y caribeños por medio de la aplicación de normas e instrumentos jurídicos que mejoren las condiciones de vida de las trabajadoras remuneradas del hogar; por ejemplo, es uno de los pilares de la CONLACTRAHO la ratificación del Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) (2013; 16 de junio de 2011) en todos los países de la región. Tercero, a pesar de las diferencias existentes entre las trabajadoras remuneradas del hogar de un país a otro, estas han logrado situar los puntos de encuentro y los desafíos que plantea el ejercicio de este trabajo en América Latina.

Por lo tanto, la pertinencia académica y política de la investigación, en el marco de los estudios políticos latinoamericanos, se evidencia en tanto el análisis de la construcción de identidades subalternas de resistencia que realizan quienes han sido excluidas, dominadas y subordinadas en el marco de un ejercicio sindical permite la comprensión y el reconocimiento de la región como una realidad geohistórica, así como de la imperiosa necesidad de pensar y consolidar proyectos para la construcción de la vida en comunidad, donde la solidaridad y el reconocimiento a los otros y otras sean los ejes definitorios de la vida humana.

1.1. Reflexiones teóricas
1.1.1. Trabajo

La categoría trabajo tiene un carácter histórico y su significado ha sido construido, reinterpretado y transformado según las relaciones de lucha y poder que se han gestado a lo largo del tiempo. La definición clásica y dominante es la asociada a la díada capital/trabajo asalariado: es un “concepto típico–ideal que correspondió a una forma particular de trabajo erigida en norma universal por economistas, sociólogos e historiadores de la clase obrera” (Arango, 2011, p. 11). Sin embargo, es necesario, como lo propone Noguera (2002), abordar las implicaciones teóricas del concepto trabajo, que subyace a las mismas desde la tradición de la teoría social crítica que inició Marx, en tanto se trata de una tradición teórica inspirada en valores emancipatorios y que ha renunciado a los esencialismos ahistóricos.

Con el ánimo de clarificar las diversas posturas teóricas sobre la categoría trabajo, Noguera (2002) propone cuatro ejes guías:

El primero, valorización vs. desprecio del trabajo, supone el análisis sobre si el trabajo es dignificado y revestido de valor social o, por el contrario, despreciado como actividad. Estas dos posturas reflejan las visiones contrapuestas que dominaban en las sociedades modernas y antiguas, respectivamente. El grado máximo de la valorización del trabajo será la glorificación de este, en la que el trabajo se convierte en fuente del progreso humano y representación del bien. Es esta la base de la “ética del trabajo” del capitalismo industrial.

En el segundo, concepto amplio vs. concepto reducido del trabajo, se considera como concepto amplio que el trabajo es una actividad que puede tener recompensas intrínsecas a sí misma, como medio de solidaridad social y como autoexpresión o autorrealización, mientras que en el concepto reducido el trabajo es entendido en relación con las recompensas extrínsecas que generan las actividades, como la producción o la creación de valores de uso y como deber o disciplina coercitiva; aquí el trabajo lo define su carácter instrumental.

En el tercero, productivismo vs. antiproductivismo en relación con el trabajo, una concepción productivista es aquella que asume la producción de bienes económicos como una finalidad en sí misma, equipara toda actividad humana con la producción económica o considera que las actividades mercantiles son el único modelo de producción de bienes y servicios.

En el cuarto, centralidad vs. no centralidad del trabajo, la centralidad tiene que ver con las dimensiones sociales y culturales del trabajo, es decir, con hasta qué punto el trabajo hace parte de la estructuración de las instituciones sociales y la vida de los individuos. La centralidad puede ser descriptiva o normativa: la primera se refiere a la constatación, al hecho, y, en su lugar, la segunda se remite a la cuestión política y ética de si el trabajo debe poseer importancia sociocultural.

Para Noguera (2002), estos tres últimos ejes se pueden aplicar a autores y autoras de diversas tradiciones de la teoría social marxista, y entrelazarlos es fundamental para entender la categoría de trabajo desde la teoría social crítica (tabla 1).

Tabla 1. Conceptos de trabajo en el pensamiento social


Fuente: Noguera (2002, p. 419).

Estas relaciones permiten alejarse de las perspectivas dicotómicas que se han impuesto al momento de estudiar la tradición marxista, por ejemplo, entre ortodoxia y heterodoxia y entre economicismo y culturalismo.

En primer lugar, la defensa de un concepto amplio y antiproductivista de trabajo, entendido en las tres dimensiones que se han especificado, puede ser una ayuda teórica para mantener aún hoy el concepto unificado y abstracto de “trabajo” nacido en el siglo xviii como categoría coherente de actividad (aunque pueda cobrar contenidos diferentes); y ello contra los ataques sociologistas o relativistas a esa categoría, que buscan disolverla (Baudrillard, 1973; Foucault, 1966; Naredo, 1997), como también contra una posición esencialista o nominalista que la abstraiga de su evolución histórica y de su carga política, cayendo en el reduccionismo de identificar trabajo y empleo asalariado. (Noguera, 2002, p. 163)

Así, en esta investigación se toma la categorización del trabajo desde un concepto amplio alejado de la centralidad normativa de este, es decir, el trabajo tiene potenciales de autonomía y autorrealización, lo cual trasciende una actividad instrumental. La autorrealización no supone en Marx solamente goce y consumo, sino que presume esfuerzo e incluso dolor para el desarrollo de la potencialidad y capacidad humanas, que pueden ser emancipatorias. Con esto, se afirma que “el trabajo es una actividad objetivadora, productora de mundo, pero no por ello debe ser actividad necesariamente alienada” (Noguera, 2002, p. 154).

En ese sentido, hay que tener presente que el trabajo presenta dos aspectos fundamentales: como parte orgánica de la vida cotidiana, la ejecución de un trabajo, aquello que Marx llamó labour, y como una objetivación directamente genérica, la actividad de trabajo, o work, en términos de Marx. Por lo tanto, el valor que tiene el análisis que realizó este autor sobre el trabajo radica en la atención que prestó a las circunstancias en que se desarrolla el proceso del trabajo concreto, el “modo en que éste se realiza como trabajo para la sociedad en su conjunto (work) y qué significa al mismo tiempo para el particular, es decir, para el trabajador (labour)” (Heller, 1977, p. 119). La regla, en términos marxistas, para establecer que el trabajo es una objetivación directamente genérica es que este produce valores de uso y valores de cambio, es decir, la sociabilidad y la genericidad en la producción de mercancías se realizan a través del intercambio y la necesidad social que este satisface. De modo que define uno de los aspectos del trabajo como toda acción u objetivación social que sea necesaria para una sociedad. Ahora, el otro aspecto lo presenta muy bien Heller (1977) de la siguiente manera:

Si preguntamos a cualquiera qué es el “trabajo”, muy probablemente obtendremos la siguiente respuesta: “lo que se debe hacer”. Las experiencias y el pensamiento corrientes en la vida cotidiana no distinguen entre “lo que alguien debe hacer” y “lo que debe ser hecho necesariamente” […]. Trabajo es “ganarse el pan”, “ganar dinero”, es una actividad que debe ser cumplida para poder vivir. Finalmente, el pensamiento cotidiano entiende también por trabajo consumo, gasto […]. Este concepto de trabajo puede ser juzgado como empírico, parcial, pero no como estúpido. Indudablemente no coincide con el concepto de work económico o sociológico, por no hablar del concepto filosófico. Describe simplemente lo que el trabajo significa de hecho en la vida de los hombres. (pp. 121-122)

De manera que el trabajo es a la vez work y labour, como momentos que pertenecen a un único proceso que puede observarse desde el desarrollo social y desde el punto de vista particular de la persona trabajadora. El trabajo ha sido prácticamente el elemento dominante de la vida, pues es en torno a este que se organizan las otras actividades. Es esta la especificidad ontológica del trabajo, y se problematiza cuando se analizan las condiciones en las que se desarrolla.

El feminismo se ha posicionado como uno de los lugares epistemológicos desde los cuales se ha revisado y criticado la concepción clásica del trabajo, debido a su carácter androcéntrico y eurocéntrico, en tanto la experiencia masculina europea fue tomada como la norma universal de lo que significaban las categorías de trabajo y trabajador. Durante el siglo xix, se consolidó en Europa la idea de la separación de lo público y lo privado entre el trabajo y la familia, entre producción y reproducción; lo primero fue masculinizado, y lo segundo, feminizado. Por consiguiente, “las investigaciones feministas contribuyeron a complejizar nuestra comprensión del trabajo como fenómeno social que involucra dimensiones materiales, culturales, simbólicas y subjetivas” (Arango, 2010, p. 82).

El patriarcado, el capitalismo y el colonialismo se han articulado en el proceso de expansión del crecimiento y la acumulación del capital, estableciendo relaciones patriarcales entre hombres y mujeres– que instauran una división sexual asimétrica del trabajo dentro y fuera de la familia. Esta división sexual del trabajo se materializa en una división internacional de actividades en la que las mujeres ocupan el lugar de reproducción, mientras que los hombres son productores; así, las mujeres y todo lo asociado con la naturaleza aparecen como mercancía gratis, como comunes (Federici, 2010), pues en ellas son “naturales” las actividades de cuidado y de reproducción de la sociedad, las cuales en esencia son para la proletarización del hombre.

De esta manera, estas actividades de las mujeres no son consideradas como un trabajo desde la concepción productivista y normativa del capitalismo, lo que explica la baja valoración social de aquel, que resulta en salarios bajos y en condiciones mayores de explotación. Adicional a ello, los cambios que trajo el neoliberalismo han implicado que las mujeres deban ponerse al corriente con los amos colonizadores, es decir, que deban ingresar a las esferas públicas en trabajos feminizados sin que se eliminen las lógicas desiguales de explotación, violencia y subordinación.

En este contexto, entender el trabajo como concepto amplio y desde una visión antiproductivista y no centrada en la normativa del trabajo toma pertinencia con el fin de valorar las actividades enmarcadas en el hogar como un trabajo y, por lo mismo, como un espacio valorado como cualquier otro trabajo y como una oportunidad para alcanzar la libertad. Esta última idea es la que le da fuerza a la vindicación que hacen los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar, ya que, a pesar de que sea un trabajo remunerado, las actividades que se desarrollan en este se vinculan al cuidado como algo “menos noble” o incluso “sucio” (Arango, 2010), lo cual es una limitación en sociedades coloniales y patriarcales a que este trabajo se convierta en medio de solidaridad social como autoexpresión o autorrealización. Lo que se hace evidente es la dimensión social y cultural de este trabajo:

[…] esta división simbólica, sutil y variable según los contextos ha sido observada en la división de tareas domésticas en el hogar y ha permitido explicar la participación selectiva de los varones en el trabajo doméstico, particularmente su propensión a asumir tareas “nobles” de atención a los hijos más que tareas “sucias” de mantenimiento cotidiano de la casa (Puyana, 2003; Puyana y Mosquera, 2002). Esta misma división moral se observa en las experiencias del trabajo doméstico remunerado. (Arango, 2010, p. 84)

Al ser el trabajo una categoría polisémica, pero especialmente porque su multiplicidad de significados corresponde a la existencia de disputas sobre esta, de las que se derivan implicaciones culturales y políticas diferentes, es necesario decantarse por una de sus acepciones con el fin de abordar de la mejor manera posible al sujeto y al problema de investigación que motivan este libro. Es posible afirmar que la perspectiva amplia del trabajo (asociada a Marx y sumada a las consideraciones señaladas por Arango) sería la más apropiada para esta investigación, pues, a diferencia de la perspectiva reducida, permite dar cuenta de las transformaciones históricas del trabajo, de la situación de alienación de este y, por lo tanto, de la existencia de la explotación del proletariado. Finalmente, hace posible considerar la actividad que realizan las trabajadoras remuneradas del hogar como un trabajo de manera genérica y, por lo mismo, susceptible de las vindicaciones y disputas sociales que se presentan en cualquier otro tipo de actividad establecida como trabajo en el marco del capitalismo, visión compatible con el enfoque planteado con el sujeto de la presente investigación.

1.1.2. Sujeto sindical latinoamericano

La teoría marxista da cuenta de la alienación del trabajo humano en la relación de compra y venta de fuerza de trabajo presentada en el capitalismo. Es en el marco de tal explotación en el que se desarrollan procesos de resistencia, de los cuales cabe resaltar al sindicalismo como un proceso organizativo del proletariado. Alrededor de estos procesos organizativos, surge el cuestionamiento sobre su alcance y su papel en la lucha de clases.

Es así como se presentan, también desde las teorías marxistas, diferentes abordajes de este fenómeno. Algunos corresponden a visiones optimistas en el sentido en que consideran que es posible transformar de manera radical con apoyo en los sindicatos las relaciones capitalistas, y otras, a una visión pesimista que establece que los sindicatos son obstáculo para la realización de las transformaciones que garantizarían la libertad y la igualdad del proletariado. En tal análisis ha de tenerse presente la consideración de Marx sobre las disputas entre el capital de trabajo donde el sindicalismo “no debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que lo que hace es contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica paliativos, pero no cura la enfermedad”. (Marx, 2017, p. 101)

En el marco de las múltiples interpretaciones sobre el sindicalismo, se encuentran unas positivas u optimistas y otras negativas o pesimistas (Haidar, 2010). Desde la perspectiva positiva, de acuerdo con Haidar, se identifican las visiones de Marx y Engels, quienes plantean que la articulación de las y los trabajadores en sindicatos constituye un poder político que permite, por un lado, impedir que se explote sin límites al proletariado y, por otro, eliminar la competencia entre la fuerza de trabajo como herramienta de la burguesía para garantizar la explotación. Si bien estos autores dan cuenta de que en ocasiones el sindicato se convierte en un espacio para una minoría privilegiada del proletariado y que podría ser usado por el capital, esta situación, de acuerdo con su enfoque, correspondería a desviaciones puntuales, pero no a la condición misma de los sindicatos.

En la perspectiva pesimista, es posible ubicar las visiones de Lenin, Michels y Trotsky (Haidar, 2010). Lenin considera que la tarea de aumentar el precio al que se vende la fuerza de trabajo en los diferentes sectores, realizada por los sindicatos, es compatible con el mecanismo de las relaciones productivas del capitalismo, por lo que, per se, el sindicalismo no permitiría desmontar el modelo de explotación. Lenin (2010) indica, de manera explícita, lo siguiente:

De ahí que nuestra tarea, la tarea de la socialdemocracia, consista en combatir la espontaneidad, en apartar el movimiento obrero de este afán espontáneo del tradeunionismo, que tiende a cobijarse bajo el ala de la burguesía, y enrolarlo bajo el ala de la socialdemocracia revolucionaria. (pp. 63-64)

Desde otro punto, se plantea que el sindicalismo hace parte de las organizaciones en las que se expresa la “ley de hierro de la oligarquía”; esto es, que el funcionamiento de los sindicatos a nivel interno es antidemocrático, a pesar de que a nivel externo busquen mejorar las condiciones de la colectividad. Esta lógica implica que la preservación de la organización sea preponderante a la transformación de las condiciones de explotación.

Trotsky (citado en Hyman, 1978) señala que el proceso de burocratización de los sindicatos resultó en que estos actuaran contra la revolución socialista con el fin de mantener los privilegios de sus élites:

El capitalismo sólo se puede mantener rebajando el nivel de vida de la clase obrera. En estas condiciones los sindicatos pueden o bien transformarse en organizaciones revolucionarias o bien convertirse en auxiliares del capital en la creciente explotación de los obreros. La burocracia sindical, que resolvió satisfactoriamente su propio problema social, tomó el segundo camino. Volcó toda la autoridad acumulada por los sindicatos en contra de la revolución socialista. (p. 37)

En el marco de estas posiciones, se juega otra variable que responde a la forma en la que la orientación sindical determina su posibilidad de transformar el modelo de explotación. Tal posición se hace explícita en debates como los realizados entre Rosa Luxemburgo y Eduard Bernstein (Luxemburgo, 1967), en los que se plantea que el alcance limitado de los sindicatos puede responder a una orientación de estos ante tal modelo; sin embargo, es posible modificar este hecho, de acuerdo con Luxemburgo, articulando la organización sindical al partido revolucionario. Así, el alcance no se mediría solamente por la estructura y el accionar propios de los sindicatos, sino también por su guía política.

El recorrido precedente permite determinar que no existen posiciones homogéneas sobre el sindicalismo; más bien, se identifica la existencia de problemas que se pueden derivar de su estructura o su accionar (la burocratización, la ley de hierro de la oligarquía y su integración con el capital), pero también la presencia de potencialidades (la apertura al mejoramiento de las condiciones económicas, la posibilidad de organizar al proletariado y, en razón de la guía que se le brinde, una orientación para transformar el modelo de explotación), que pueden tener diferentes explicaciones e impactos dependiendo del contexto en el que se presente la acción sindical o de la forma en la que esta se plantee en el marco de una estrategia de lucha.

Uno de los debates contemporáneos sobre el sindicalismo ha girado en torno al alcance del accionar sindical. Al respecto, algunos autores y autoras los sitúan en un rol de negociadores con la clase dominante, pero sin ningún poder de transformación social, económica o política, mientras que otros y otras los sitúan en un lugar revolucionario. Dentro de los últimos, encontramos a Alberto Trueba Urbina (1975), quien expresó que

el sindicato obrero es expresión del Derecho Social de Asociación Profesional, que en las relaciones de producción lucha no sólo por el mejoramiento económico de sus miembros, sino por la transformación de la sociedad capitalista hasta el cambio total de las estructuras económicas y políticas. (p. 353)

Sin embargo, parecen ser más los desarrollos teóricos que se orientan a la primera postura, principalmente en los debates académicos y en la construcción de conocimiento que se han gestado alrededor del sindicalismo latinoamericano con la apertura neoliberal. Sin ir más lejos, una de las líneas teóricas y de comprensión del sindicalismo más difundida es aquella que propone reinterpretarlo y analizarlo a partir de la noción del corporativismo, que le permitía al Estado controlar las organizaciones pilares de la producción y, a su vez, mediar los conflictos entre empresarios y trabajadores, aunque con la protección de los intereses más favorables al Estado.

Lo anterior permite perfilar que los estudios del sindicalismo en Latinoamérica se han realizado desde una perspectiva centrada en el papel del Estado como elemento definitorio del accionar y las demandas sindicales, en el que estas responden a la dinámica costo–beneficio. Incluso Zapata (2003), que hace referencia a la tradición sindical autonomista –ubicada en Chile, Bolivia, Perú y Uruguay– y no refuerza la subordinación sindical al Estado, mantiene la centralidad de su análisis en el Estado como el actor que permite medir el éxito (o la falta de éxito) de las acciones sindicales; concretamente, el autor plantea la crisis del sindicalismo latinoamericano desde esta perspectiva.

Sin embargo, como bien lo sostienen Montes Cató y Dobrusin (2016), comprender el sindicalismo exclusivamente desde las relaciones con las instituciones de los Estados es insuficiente para el análisis actual del sindicalismo en la realidad latinoamericana. Una de las principales críticas a esta perspectiva es que se pierden de vista otros elementos de análisis:

A partir de una comprensión institucionalista del Estado cuya derivación directa es centrar la mirada en la relación sindicato–Estado, se oculta la presencia del capital en el propio Estado, o dicho en término de Poulantzas, la expresión política de las condiciones materiales, y, en segundo lugar, [se] sobreestima el ámbito cupular del accionar sindical ocultando su presencia en los lugares de trabajo y de ahí desplazando la responsabilidad del capital en cuanto productor de las condiciones de explotación. (p. 9)

Ante lo presentado, se propone en esta investigación comprender y reinterpretar al sindicalismo latinoamericano y a su sujeto sindical desde el cuestionamiento de quiénes son los sujetos y los cuerpos que los conforman. Para esto, es necesario abordar la categoría de sindicalismo en un primer momento, para lo cual se interroga sobre qué actor político y social es el que se ha consolidado como sujeto sindical. Seguramente, la respuesta más obvia es la clase obrera y trabajadora, y, entonces, cobra más sentido responder: ¿quiénes conforman la clase trabajadora?

Desde la tradición marxista, el sujeto social es la clase obrera, la cual tiene la misión histórica de materializar un proyecto transformador. Este se encarna en el movimiento obrero –conformado por la izquierda sociopolítica y el sindicalismo–, que, en tanto clase trabajadora en sí, se convierte en clase para sí gracias al desarrollo de una conciencia de clase. Por lo tanto, la lucha de la clase trabajadora es una lucha económica y sociopolítica.

Con lo expuesto anteriormente, es preciso ampliar los elementos que componen la conciencia de clase. De acuerdo con Antunes (2011), se sostiene que la clase trabajadora es aquella “clase que vive del trabajo”, es decir, todas las personas que venden su fuerza de trabajo a cambio de salario o remuneración como la única forma posible de existir. Por lo tanto, la clase trabajadora está conformada por las y los trabajadores productivos4 e improductivos5 que no detentan los medios de producción.

La categoría de clase trabajadora se queda corta para definir quiénes son los sujetos sindicales; en este sentido, es preciso retomar el cuestionamiento teórico y político sobre cómo se han jugado las identidades en el fortalecimiento de movimientos sociales. Las reflexiones de aquí desprendidas son claves para entender y complejizar la vinculación que hacen las personas trabajadoras remuneradas del hogar con el sindicalismo y la clase trabajadora.

A modo de ejemplo, la participación femenina6 en los procesos organizativos por la defensa de los derechos de la clase trabajadora ha estado presente desde sus inicios, mas su reconocimiento no se ha dado de la misma manera que con los hombres en la práctica política. Al respecto, la investigadora colombiana Luz Gabriela Arango (1998) sostiene que los debates alrededor de las identidades de género y la identidad obrera tienen una relación estrecha con los debates sobre los puntos de articulación entre género y clase. Sin embargo, su diferencia radica en que el debate de las identidades se refiere a los discursos y las representaciones que les dan sentido a y que significan la existencia y el accionar de grupos sociales determinados (p. 215), los cuales, en Latinoamérica, se han consolidado desde el proyecto fallido de la modernidad. Precisamente, si la identidad social es una construcción social, el asumirse como mujer, indígena, negra, trabajadora, sindicalista y latinoamericana juega con las representaciones y los discursos que legitiman y exaltan los ideales del “deber ser”.

Los discursos dominantes que desarrolló el movimiento obrero europeo desde el socialismo, el comunismo y la anarquía se incorporaron de manera desigual en los sectores obreros de la región latinoamericana. Por consiguiente, se generó una diversidad de discursos clasistas que, aunque tuvieron distintos impactos según los momentos históricos y políticos de Latinoamérica, así como de cada país de la región, permitieron la consolidación de representaciones sobre la clase obrera: una clase atravesada por discursos nacionalistas, comunistas, socialistas, religiosos o populistas cuyo punto de encuentro era el lugar relegado y subordinado que se le asignaba a la “mujer trabajadora”.

[Se tenía] la permanencia de un estatus secundario en la industria […] caracterizado por su confinamiento en procesos específicos dentro de algunos sectores de la producción en donde predomina el uso intensivo de mano de obra, las bajas calificaciones, los bajos salarios, las formas precarias de contratación, la violación de la legislación laboral, la escasa organización sindical y los dispositivos de disciplinamiento y control que reproducen mecanismos de subordinación de género. […] las mujeres conservaban un estatus de segunda clase, con una vinculación intermitente y bajas remuneraciones legitimadas por la ficción del carácter complementario de su salario. En América Latina, el modelo de seguridad social copió estos esquemas, negando la realidad de numerosas trabajadoras, proveedoras fundamentales en sus familias, jefas de hogar o mujeres solas luchando por asegurar su independencia. (Arango, 1998, p. 231).

Llegados a este punto, se ponen en evidencia las tensiones y el entorno hostil bajo los que las féminas tuvieron que ingresar a las organizaciones sindicales y que aún hoy persisten por el no reconocimiento de ellas como trabajadoras y por el desconocimiento de las opresiones en razón de la construcción del género, intrínsecos a la explotación capitalista, aun cuando ellas han trabajado en condiciones de subordinación y explotación mayores en comparación con los varones. Así, ser una sindicalista latinoamericana implica lidiar con la construcción social de identidades, que se encuentran muchas veces en oposición y conflicto. A pesar de su papel político y organizativo, las mujeres tienen la responsabilidad de mantener la reproducción de la fuerza de trabajo, por lo que en un ejercicio sindical son cuestionadas constantemente e incluso juzgadas moralmente por varones colonizados.

Para el adecuado abordaje del sindicalismo de las trabajadoras remuneradas del hogar en Latinoamérica, se precisa de la clarificación de la categoría de identidad. Esta es entendida como la construcción social y política en la que se exhorta lo subjetivo, dado mediante las interacciones y los lugares que ocupan los cuerpos y los sujetos en las relaciones de poder. La identidad tiene un lugar decisivo en las relaciones y las apuestas que asumen los sujetos, de manera individual y colectiva, en su accionar político de cara a la hegemonía. Por lo tanto, esta categoría remite a un sentido de pertenencia y a un lugar común con otros y otras, aunque se encuentra inacabada y en un proceso constante de construcción. Así, los asuntos identitarios responden a qué o quiénes somos, pero también a qué objetivos y metas tenemos en nuestra vida y en la sociedad.

Con estas reflexiones, se quiere llamar la atención en la identidad como un elemento clave para analizar el sentido de pertenencia a la clase trabajadora en una lucha de clases. En palabras de Antón (2007),

[la identidad] es un elemento clave para analizar el débil sentido de pertenencia a la clase obrera o a un campo social definido que tienen las nuevas clases trabajadoras, y valorar las dificultades para su identificación y participación en un movimiento social como el sindicalismo. Es un factor fundamental para interpretar la lógica de pertenencia de la acción sindical, los vínculos entre sindicatos y sus bases sociales. (párr. 19)

Si bien la identidad trabajadora asociada a la clase sigue siendo en eje central de los sindicatos y su representación sociopolítica es vital para el desarrollo de una alternativa en la región, como lo afirma Antón (2007), la realidad política y asociativa de los sindicatos se ha vuelto más compleja y exige de estos aumentar su representatividad y su papel real como articuladores de la clase trabajadora (párr. 35). De esta forma, se incita al cumplimiento efectivo de ese papel transformador del capitalismo, el cual fue otorgado por el marxismo.

A modo de conclusión, se encuentra un sujeto sindical latinoamericano heterogéneo, que posee diversas demandas según los cuerpos y los lugares desde los que se asuma el ejercicio sindical, pero que tiene una confluencia colectiva en el trabajo en tanto quienes lo conforman son representantes de las luchas de clase que se dan en relaciones de poder atravesadas por el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo. Con esto, se halla una particularidad sobre las mujeres sindicalizadas del trabajo remunerado del hogar, pues ellas se construyen como sujetas trabajadoras que responden a una subjetividad generizada, racializada y colonializada.

1.1.3. Acción colectiva

La acción colectiva, como categoría de análisis, busca aportar a las comprensiones del proceso sindical de las trabajadoras remuneradas del hogar en tres escenarios: sobre lo que las moviliza en Latinoamérica, sobre lo que ellas movilizan en el reconocimiento de la explotación capitalista y en su articulación con prácticas coloniales y patriarcales, manifestaciones que por otros sindicatos han sido vedadas, invisibilizadas y menospreciadas.

En este sentido, es pertinente retomar las reflexiones hechas por Ocampo (2013) en tanto, al estudiar dicha categoría, permite complejizar y avanzar en la consolidación de un pensamiento latinoamericano alrededor de los procesos de movilización social que tienen lugar en la región. La autora presenta cómo la acción colectiva ha sido estudiada a partir de dos corrientes teóricas complementarias. La primera es la norteamericana, que tiene como centro del análisis la noción de estrategia y ha pasado por dos enfoques: a) desde el interaccionismo, se concibe la acción colectiva como una amenaza para el sistema, a la vez que como oportunidad de cambio para que el sistema retome el rumbo y haga los ajustes necesarios para garantizar beneficios sociales; b) desde el funcionalismo, la acción colectiva es disfuncional para la integración social y es externa al sistema mismo.

Al ahondar en este segundo enfoque, se tiene que, a partir de los años setenta, se dio el desarrollo del individualismo metodológico y de la elección racional; desde ahí, la acción colectiva es un empeño por conseguir beneficios personales y, por lo tanto, es instrumental. Otra variante del individualismo metodológico es la movilización de recursos, la cual le implica a la acción colectiva la consecución y administración de los insumos necesarios para alcanzar las metas propuestas; al respecto, Ocampo (2013) menciona que los subenfoques de la movilización de recursos se centran en las motivaciones individuales que llevan a la acción colectiva (escuela particularista de la acción colectiva de Charles Tilly); la expresión de las redes socioespaciales por medio de la acción colectiva y su aglutinación por la existencia de comunidades de valores (enfoque de redes de Max Kaase y Aldon Morris), y la creación de identidades sociales mediante la acción colectiva (enfoque cognitivo de Ron Eyerman y Andrew Jamison). Se evidencia, así, cómo la acción colectiva empieza a ser reconocida como un fenómeno social, el cual será abordado por la corriente teórica norteamericana en términos de la contención del conflicto, la neutralización de las clases sociales peligrosas al sistema y la homogeneización de las demandas sociales con el régimen de acumulación capitalista y con el régimen político.

La segunda corriente teórica de la acción colectiva es la europea, que se orienta en mayor medida a la noción de identidad. Ocampo (2003) sostiene que aquí tienen lugar las perspectivas y los desarrollos teóricos de Francesco Alberoni, Alain Touraine y Alberto Melucci, en los que la conflictividad social y el surgimiento de nuevas identidades son el medio para la construcción de acciones colectivas. Según esta corriente, en la acción colectiva se distinguen tres niveles de análisis: historicidad, sistemas políticos y movilización social, y, la vez, tres principios básicos: la identidad, la oposición y la totalidad (Touraine, 2006). Desde esta perspectiva, la acción colectiva entra en disputa con las élites gobernantes y puede desembocar en una ruptura del orden hegemónico, por lo que es un elemento clave en los procesos de cambio y transformación.

Finalmente, la autora retoma lo desarrollado por Archila (2001) sobre la diferencia que existe entre las categorías protestas sociales y movimientos sociales. La primera hace referencia al conjunto de “acciones sociales colectivas que expresan intencionalmente demandas o presionan soluciones ante el Estado, las entidades privadas o los individuos” (Archila, 2001, p. 18, citado también en Ocampo, 2013, p. 49) y que tienen una duración temporal corta. En tanto las protestas sociales son acciones puntuales que buscan metas concretas y responden a situaciones coyunturales, los movimientos sociales implican, por otro lado, un accionar permanente, porque se enfrentan a realidades sociales, políticas e históricas. Así, el autor hace evidente que la paradoja existente en Colombia sobre las persistentes protestas sociales y la supuesta debilidad de los movimientos sociales advierte un entendimiento incipiente de la acción colectiva en el país.

Teniendo en cuenta este marco general y los elementos teóricos desarrollados hasta este punto, Ocampo (2013) da contenido y propósito a la categoría de acción colectiva:

[…] la acción colectiva, entendida como manifestación de las posibilidades de autogestión, en la que los individuos hacen uso de sus potencialidades y oportunidades y se comprometen con un propósito colectivo, también puede contribuir a la comprensión de movilizaciones sociales de otro orden, como el movimiento sindical de los maestros en Colombia, que hace parte de los procesos de movilización popular que dan identidad a la acción colectiva en América Latina. (p. 44)

Así, para la investigación, la acción colectiva es entendida como la dimensión política de la movilización social y la posibilidad de transformación que se expresa desde la participación social y la puesta en lo público de debates excluidos por el sistema capitalista, además desde la generación de nuevas alternativas políticas y de agencia social. En ese sentido, la acción colectiva, en las transformaciones sociales y políticas que deben gestarse en Latinoamérica, así como en la potenciación y consolidación de quienes serán los sujetos transformadores, toma un lugar central en los análisis políticos que se hagan sobre la región.

Ante este escenario, se hace imperativo repensar y analizar las razones que han movilizado a las trabajadoras remuneradas del hogar y con las cuales deberían movilizar al proletariado latinoamericano para ejercer su acción colectiva desde la figura sindical. Los sindicatos en la región se reconocen, históricamente, como un sujeto transformador que ha logrado cambios significativos para las personas trabajadoras, a pesar de los retrocesos y las dificultades que se les han presentado; por medio del uso de sus potencialidades y oportunidades, se han comprometido en una apuesta y una acción común, es decir, de carácter colectivo.

Para el caso de las trabajadoras remuneradas del hogar sindicalizadas en Latinoamérica, ellas han puesto de manifiesto el surgimiento de identidades que no apelan a la recreación de la identidad obrera del siglo pasado, sino a la complejización de los sujetos transformadores, de las formas de lucha y de los temas y las problemáticas que deben ser parte de la agenda sindical. Esto es una manifestación de una acción colectiva, la cual tiene unas particularidades que hacen parte del contexto social y político de la región. Se vislumbra, entonces, la existencia de una acción colectiva que ha venido consolidándose desde otra perspectiva, desde una apuesta latinoamericana.

Por las características atribuidas previamente, la acción colectiva es oposición al sistema que subsume la vida al capital y que racializa y generiza los cuerpos y los sujetos explotados, pero también es movilización social y transformación en tanto permite situarse y posicionarse en la sociedad como agente de cambio en relación con otros.

Asimismo, Delgado (2007) plantea que “la vinculación a procesos organizativos y de movilización social repercute en los modos en que las personas se asumen como actores sociales” (p. 59), por lo que hablar de la división sexual y colonial del trabajo al interior de los sindicatos no es motivo de desintegración o debilitamiento del sindicalismo, al contrario, estos debates son el reflejo de una acción colectiva que se está gestando al interior del sindicalismo mismo. Prueba de esto es la permanencia en el tiempo y el surgimiento de sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar en Latinoamérica durante el primer quindenio del siglo XXI, un periodo de tiempo caracterizado por un debilitamiento sindical en la región.

A pesar de que los sindicatos han realizado reflexiones de orden político, ideológico y social, es indudable que existe un especial énfasis, en su accionar, en las demandas y exigencias de tipo económico. Esto se confirma en acciones y demandas orientadas a los aspectos de tipo laboral, en las que se dejan de lado exigencias como la participación en los procesos de decisión y formulación de las políticas sociales o el cuestionamiento permanente por el sistema imperante y sus lógicas, que se ven reflejadas en el accionar de los Estados, en las formas organizativas y en las sociedades latinoamericanas en general.

Son innegables los logros y avances que ha conseguido el movimiento sindical, especialmente en condiciones mínimas de vida para la clase trabajadora; sin embargo, estos logros son el medio para que el proletariado desarrolle de manera efectiva su acción colectiva; es decir, son necesarias las propuestas y apuestas que revitalicen y le den fuerza al sindicalismo en Latinoamérica. Hoy en día, la clase trabajadora se ve abocada a enfrentar problemáticas como la informalización de la mano de obra femenina, la racialización de ciertos trabajos, la explotación desmedida contra sectores marginalizados por el sistema mismo, los ideales que impone el proyecto de la modernidad a la clase trabajadora y el aumento de la flexibilización del tipo de contratación, entre otras.

Así, se pone en evidencia la posibilidad de una acción colectiva construida desde otra perspectiva, con posibilidad de trascender las exigencias a los Estados y a los sectores superdominantes y que, en su lugar, busque transformar las lógicas que sostienen la explotación y fortalezca, así, un proyecto regional que articule en sus bases ideológicas la historia de Latinoamérica. En este sentido, en la presente investigación se realizará un esfuerzo por encontrar aquello que Ocampo (2013) definió de la siguiente manera:

[…] entre los objetivos de las organizaciones sindicales del magisterio [así como de otros gremios sindicalizados] sería pertinente encontrar algunos relacionados con la “lucha por el control de la cultura, creando una historicidad propia” (Jiménez, 2006, p. 17), la búsqueda de la generación de “conductas colectivas autónomas” (Jiménez, 2006, p. 16), el reconocimiento de una “identidad” como parte de la sociedad y, como tal, el compromiso con la “totalidad”, con la transformación de esa sociedad, no solamente con la defensa de unos derechos colectivos que a la larga se reducen a derechos particulares. (pp. 54-55)

1.1.4. Sistema moderno colonial de género

Se parte de reconocer que las identidades femeninas, racializadas y de clase no son categorías fijas e inacabadas, sino que se encuentran en constante construcción, entrelazadas y atravesadas por los contextos históricos, sociales y políticos; por ende, no se trata de entender su complejidad como una combinación de identidades para identificar así al grupo más victimizado o al más privilegiado. En su lugar, en la investigación se convoca a un esfuerzo analítico por comprender la incidencia que tienen distintas identidades y cómo estas se van configurando en una acción colectiva que despliegan los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar en una región que tiene características particulares por las relaciones de poder que se han configurado en ella.

Al respecto, es pertinente no obviar el peligro que tiene la clasificación en los ejercicios de investigación, pues aquella no agota la realidad de las trabajadoras remuneradas del hogar ni de ningún fenómeno o sujeto social. Sin embargo, existen unos mínimos comunes que permiten estudiar las múltiples formas de opresión, exclusión, privilegio y reconocimiento dadas en un contexto particular, debido a que estas se sustentan en categorizaciones sociales, políticas, económicas y culturales existentes, lo que a su vez permite reconocer la existencia de una apropiación de los sujetos sobre estas categorizaciones y que dicha apropiación, muchas veces, hace parte de los procesos de resistencia de los cuerpos excluidos, explotados y dominados.

Uno de los elementos centrales que recupera el feminismo decolonial, según lo planteado por Curiel y Galindo (2015), y que será asumido en la investigación es “la no fragmentación de las opresiones”; es decir, el (hetero)sexismo, el clasismo y el racismo son opresiones que operan de manera simultánea y son consustanciales. Por ende, se trata de asumir una postura crítica y de cuestionamiento a las exclusiones y opresiones que son producto de la modernidad occidental en tanto son resultado de diferenciaciones categorizantes que tienen como consecuencia la consolidación de jerarquías sociales, culturales, políticas y económicas; “estas opresiones han sido epistemes de la colonialidad/modernidad occidental, no solo discriminaciones o exclusiones particulares e individuales” (pp. 17-18).

Adicionalmente, cabe destacar la pertinencia de uno de los conceptos claves que ha desarrollado Quijano (2014) frente a los debates que se han dado alrededor de la clase: el concepto de clasificación social, el cual

se refiere a los procesos de largo plazo, en los cuales las gentes disputan por el control de los ámbitos básicos de existencia social, y de cuyos resultados se configura un patrón de distribución del poder, centrado en relaciones de explotación/dominación/conflicto entre la población de una sociedad y en una historia determinadas. […] el poder, en este enfoque, es una malla de relaciones de explotación/dominación/conflicto que se configuran entre las gentes, en la disputa por el control del trabajo, de la “naturaleza”, del sexo, de la subjetividad y de la autoridad. Por lo tanto, el poder no se reduce a las “relaciones de producción”, ni al “orden y autoridad”, separados o juntos. Y la clasificación social se refiere a los lugares y a los roles de las gentes en el control del trabajo, sus recursos (incluidos los de la “naturaleza”) y sus productos; del sexo y sus productos; de la subjetividad y sus productos (ante todo el imaginario y el conocimiento); y de la autoridad, sus recursos y sus productos. (p. 27)

Lo anterior es la base argumentativa del autor para sostener que la raza como idea se ha impuesto en la intersubjetividad de la población mundial, incluso en aquellos que se ven afectados y afectadas por esta. Por lo tanto, la raza es el resultado del colonialismo que se ha configurado como un patrón específico de poder que atraviesa las relaciones de capital-trabajo; es un elemento de la colonialidad, y a su vez la colonialidad se articula al sistema mundial capitalista.

No puede ser una coincidencia o simplemente un accidente histórico que la inmensa mayoría de los trabajadores asalariados de más bajos salarios, así como la inmensa mayoría de los trabajadores no asalariados, esto es, la inmensa mayoría de los trabajadores que son los más explotados, dominados y discriminados, en todo el mundo, donde quiera que estén, son las gentes llamadas de razas inferiores o de color. Y de otro lado, la inmensa mayoría de ellos habita, precisamente, los países que llamamos periferia, subdesarrollados, etc., y todos los cuales fueron, curiosamente, colonias europeas. (Quijano, 2014, p. 276)

En síntesis, el poder se encuentra estructurado en relaciones de dominación, explotación y conflicto entre aquellos quienes se disputan el control, pero esta lucha está organizada por los ejes de la colonialidad y el capitalismo. En ese marco, los planteamientos de Quijano proveen un espacio teórico frente a la clasificación social en términos de raza en el capitalismo mundial, a lo cual se articula el surgimiento de identidades geoculturales y sociales atravesadas por dicha clasificación, las cuales serán un elemento fundamental en las luchas por el poder. Sin embargo, María Lugones (2008), de cara a los planteamientos de Quijano, realiza una crítica a este autor señalando que la invención de la raza y la consolidación de relaciones racializadas no son el único determinante en la colonialidad del poder, sino que el género y el heterosexualismo también tienen un papel fundamental en las divisiones opresoras y jerárquicas que se configuran alrededor del proyecto de la modernidad. Con esta crítica, la autora desarrolla el concepto de sistema moderno colonial de género, por medio del cual explica que la diferenciación de los cuerpos colonizados se dio con base en el dimorfismo sexual –macho y hembra–, pero las hembras esclavizadas no eran “mujeres” en tanto esta categoría agrupaba exclusivamente a “mujeres blancas”, por lo que el género es una categoría moderna, colonial y patriarcal. De esta forma, el feminismo decolonial latinoamericano supone rupturas con la izquierda tradicional y el feminismo hegemónico, que aún se encuentran presentes en la región, ya que posibilita ampliar el ámbito comprensivo y analítico, para el caso de la presente investigación, de las luchas organizativas y sindicales de las trabajadoras remuneradas del hogar. El concepto sistema moderno colonial de género que desarrolla Lugones puede entenderse con la figura 1.


Figura 1. Sistema moderno colonial de género según Lugones.

Fuente: elaboración propia a partir de Lugones (2008; 2011).

1.1.5. Supuestos teóricos y epistemológicos de la investigación

Con base en lo presentado en los apartados anteriores, la investigación se sustenta teórica y epistemológicamente en lo siguiente: los trabajos asociados a las actividades de cuidado no son considerados social y simbólicamente como tales, debido a las lógicas patriarcales que han definido lo considerado como trabajo en nuestras sociedades, lo cual, aunado con las lógicas capitalistas y coloniales, se materializa en la imposición de ciertos tipos de trabajo sobre los cuerpos racializados sobre y los sujetos excluidos de las lógicas económicas imperantes, de manera que estos son trabajos que limitan la posibilidad de desarrollo de la autonomía y de la autorrealización de quienes los ejercen.

Teniendo en cuenta que el capitalismo toma a los trabajadores como productores, pero no como consumidores, lo presentado por Arango (1998), en articulación con los desarrollos teóricos de Lugones (2008; 2011), permite comprender por qué los trabajos que desarrollan los sujetos racializados, generizados y sexualizados son los que posibilitan una menor capacidad adquisitiva, pues son considerados como “sucios e innobles” y, además, se relegan a quienes no hacen parte de los sectores dominantes. En otras palabras, el proyecto moderno colonial de género establece qué cuerpos y sujetos deben sostener al sector hegemónico y se les remunera por debajo del valor real de la fuerza de trabajo. Adicionalmente, son expuestos y expuestas a situaciones en las que hay un mayor desgaste de la fuerza física de quien realiza la labor, y estas son las personas que se sitúan en los sectores poblacionales racializados y generizados.

Si el sistema moderno colonial de género define los cuerpos y sujetos que conforman al sujeto de la clase obrera latinoamericana, en consecuencia, esto evidencia la existencia de un sujeto sindical latinoamericano racializado y generizado. Con esto, no se busca dejar de lado la centralidad que tiene el capital como definitorio de las relaciones sociales, políticas y económicas, sino complejizar su análisis por medio del lugar que ocupan el género y la racialización de la clase trabajadora. Se busca comprender cómo las identidades que ha impuesto el sistema moderno colonial (identidades generizadas, racializadas y subsumidas al capital) permiten ampliar los análisis sobre la acción colectiva del sindicalismo latinoamericano, puesto que se asumen estas reflexiones como una apuesta por transformar las relaciones, los modos de vida y las lógicas impuestos desde la explotación capitalista y, por lo tanto, las estructuras económicas y políticas hegemónicas de América Latina.

Se entiende, entonces, el sindicalismo latinoamericano desde el sujeto sindical que lo constituye y desde la consolidación de una acción colectiva que parte de este. La investigación mantiene la centralidad de sus análisis en las personas que desde diferentes identidades conforman la clase trabajadora en el marco de una historicidad propia, conductas colectivas autónomas y un compromiso con la transformación de la región. Para ello, es relevante tomar como caso de estudio los sindicatos de trabajadoras remuneradas del hogar, por ser aquellos en los que confluyen identidades colonizadas desde la subalternidad.

Finalmente, se debe resaltar que la investigación no trata de buscar una construcción descolonizada del género en las trabajadoras remuneradas del hogar sindicalizadas ni de pensar a las hembras colonizadas como las imagina y construye el colonizador o incorporar el género en un análisis de un colectivo social y político. En su lugar, como lo plantea Lugones (2011), se asume el reto de investigar las constituciones de significados resistentes al sistema moderno colonial de género que nos invitan a la posibilidad de crear otras formas de vida, desde experiencias sindicales concretas y vividas; se trata entonces de “comprender la organización de lo social en términos que develan el profundo trastorno de la imposición del género” (p. 112).

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
230 s. 18 illüstrasyon
ISBN:
9789587838688
Telif hakkı:
Bookwire
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