Kitabı oku: «Madrugada»
Madrugada
Julio César Álvarez
© Julio César Álvarez, 2012
© de esta edición para:
Literaturas Com Libros 2020
Erres Proyectos Digitales, S.L.U.
Avenida de Menéndez Pelayo 85
28007 Madrid
Diseño de la colección: Benjamín Escalonilla
Fotografía de la cubierta © Alvaro Ibañez, 2018
Reproducción bajo licencia Creative Commons
ISBN: 978-84-122514-0-1
Índice
Copyright
Prólogo
Madrugada
A mi abuelo,
que siempre supo ser un niño.
También a ti, Chema,
y a todos los que ya no están.
Somos los niños del mundo subterráneo,
el veneno amargo de los dioses.
WILLIAM S. BURROUGHS
No se muere porque hay que morir;
se muere porque es un hábito
al que se constriñó a la conciencia.
ANTONIN ARTAUD
PRÓLOGO
Que una novela con vocación underground perdure en el tiempo suele generar esperanza. Quizá indica que determinadas historias tocan alguna fibra personal y colectiva. Y en tiempos de hiper-estímulo constante que algo prenda y se salve del olvido es una formidable noticia que no debería pasar inadvertida. Madrugada nació con intenciones muy precisas en un contexto de plena recesión económica y desdibujamiento del futuro. Debo indicar que pertenezco a una generación nacida ya en democracia a la que se nos prometió un cambio sustancial en nuestras vidas que nunca llegó a verse realizado. El año en que se publicaba (2012) forma parte de una de las etapas más duras en términos financieros y sociales de la década. La cifra de desempleo y el posible porvenir parecían echar por tierra cualquier sueño previo. No tenía sentido pues una literatura frívola o demasiado alejada de la realidad. Era el momento de traer de vuelta a los fantasmas y el olvido.
Con prólogo de una de las grandes figuras de la literatura alternativa nacional (Vicente Muñoz Álvarez), el libro estaba destinado a ser un cruce de caminos con aquella otra narrativa de los noventa que perseguía el arte por encima de cualquier rédito. Atravesando con riesgo los márgenes para hallar respuestas que lo convencional nunca podría ofrecer. Era una literatura cruda y fascinada con el peligro. Algo con lo que yo me sentía plenamente identificado. Y uno de los muchos elementos que compartíamos era el mundo lumpen y la droga. Aún tenía muy presente las jeringuillas y los yonquis rondando cualquier pequeño acto cotidiano en mi infancia. La música de los ochenta de fondo y una especie de explosión que benefició a unos pocos y castigó a la mayoría. Sumar todo ello era seguramente el paso natural y una responsabilidad con lo que me precedía. No se puede avanzar con paso firme sin asimilar el sentido último del arte previo.
Evidentemente había un importante problema. No viví en primera persona nada de todo aquello. En cualquier caso me había empapado de páginas y páginas de libros y fanzines. Crecí sintiendo que ese estilo formaba parte de mí. Fue cuando me planteé algo que desafiaba la lógica de la generación anterior y una de sus premisas fundamentales a la hora de escribir. No había otra opción que la autenticidad sin fisura. Una coherencia absoluta en que la escritura resultaba una prolongación de la propia existencia debida en parte a la herencia contracultural norteamericana. No se podía narrar sobre lo que no se conocía directa y personalmente. Era ya un mantra repetido al unísono que me costó relativizar. Y lo hice entendiendo que la novela sobre heroína podía ser un género tan ficcionable como el wéstern. Algo sobre lo que se podía fingir sin poner en duda su más pura esencia. El lado salvaje por fin acabaría siendo un elemento de culto mientras mantenía su particular desafío.
No es extraño entonces que unos meses después de su publicación, coincidiendo en la Sala Sol (Madrid) con un inquieto Alfred Crespo, director de la revista Ruta 66, preguntase por mí específicamente para conocer al autor de Madrugada. Una novela sobre los ochenta de un crío que numéricamente resultaba imposible que hubiera vivido nada de lo que relataba. Su contraportada muy probablemente le atrajo como un fogonazo de luz a un animal salvaje cruzando el asfalto. Dos nombres presidían esa contraportada dando a entender que tenía la aprobación de dos de las mentes fundacionales más brillantes de la conocida como Movida Madrileña, Manolo Campoamor y Fernando Márquez «El Zurdo» (Kaka de Luxe o La Mode respectivamente). Era como si de algún modo hubiera sido bendecido por los auténticos protagonistas de una época que marcó para bien y para mal el futuro de la cultura popular en este país. Con tantísimo beneplácito resultaba imposible que la novela no hiciera reaccionar al lector.
Muy pronto se convirtió en una lectura recomendada. Obtuvo excelentes críticas y causó un cierto revuelo con respecto a su contenido y a ese teórico alejamiento de la autenticidad. Parece que todavía continuaba siendo evaluada en términos de credibilidad cuando se acababa de hacer saltar por los aires esa terminología para el género. Probablemente hoy no ocurriría lo mismo y en parte se deba a aquel afilado argumento. En las entrevistas no paraba de responder que cuando un autor escribía sobre un homicidio no necesitaba haber cometido él mismo un crimen. Supongo que algunos periodistas habían olvidado el increíble poder de la ficción. Sus reacciones mostraban un cambio de paradigma que se estaba produciendo con respecto a la novela. Se añadían nuevas voces y diferentes perspectivas que acabaron por apagarse fugazmente. La inmediatez del momento hizo girar la atención hacia un área diferente ofreciéndole todo el protagonismo. La poesía arrasó con la narrativa. Primero fue una escena atractiva para después dar paso a una tediosa saturación que llega hasta hoy y envilece la más reconocible tentativa humana. Lo que me lleva a pensar que cuando todo está lleno de poesía quizá no esté por ninguna parte.
Resulta llamativo que esta reedición aparezca en el año de la epidemia. Parece que Madrugada posee una consistente tendencia a alzarse en los momentos más críticos. Como si fuera claramente una novela del lado oscuro. Inclinada como siempre ha estado hacia los desfavorecidos y los que van perdiendo la vida sin necesidad. A menudo estas páginas se transforman en un ajuste de cuentas mediante un extraño vaivén emocional. Porque la caída al abismo puede resultar dura y fascinante. Especialmente en aquellos que se detienen justo al borde y echan un vistazo hacia abajo. Pero quién ha dicho que fuera fácil. Esta novela lo cambió todo. Ya nunca podré negar que me convirtió de lleno en escritor. Me hizo darme cuenta de que los libros se escriben a través de uno y no cuentan demasiado con lo que llevamos en mente. Sin duda son más sensitivos que razonados y siempre se escriben solos esperando al lector adecuado. Posiblemente alguien como tú. Bienvenido pues a este no-lugar. No olvides regresar.
JULIO CÉSAR ÁLVAREZ
Junio, 2020
MEMORIA
1
TODOS lo hemos visto. Una y mil veces. Cuando el dolor se detiene en alguien, comienza inmediatamente en otro. Nunca ha dejado de ocurrir. No lo hará. Todo nace y muere con cada nueva MADRUGADA.
Tengo una capa de sudor infinita y fría por la piel. Noto un temblor profundo por todo el cuerpo. Va de los dedos de los pies a los párpados tensos y palpitantes. Es la heroína, que está haciendo su trabajo de demolición. Nunca me había sentido así. Es como si algo crujiese dentro y tuviera que abrazarme con fuerza a mí mismo para detenerlo. Como si todo el mecanismo de mi cuerpo se hubiese estropeado para siempre. Intento no pensar en ello pero me resulta imposible. Se oye una melodía fácil de tararear que sale de la ventana de la vecina de al lado y que ahora martillea con fuerza mi cabeza.
Las sábanas están empapadas, un poco sucias y con un olor ácido característico que comienza a resultarme familiar. La persiana está a medio bajar y las ventanas abiertas. Hay un pantalón y dos camisetas blancas un poco gastadas y rotas por las mangas y el cuello. Está todo amontonado en el suelo. Me duelen especialmente las cervicales y la espalda. Intento levantarme. No puedo. Me duele todavía más. Sonrío, aunque no sé muy bien por qué. No se puede estar más jodido. Al lado, en la mesita, tengo un paquete de Fortuna con un par de cigarrillos doblados y húmedos. Me cuesta respirar por una presión aguda en el pecho. Aun estando así, decido encender uno de los cigarrillos. Lo aspiro con un lado de la boca. Me tiemblan las manos. Al poco, la ceniza se me cae sobre el pecho y la miro derretirse por la humedad y el sudor de la piel. Echo un vistazo a mis brazos. Están llenos de picaduras como de insecto en la misma zona. Es 1983. Eso dice el calendario instalado, parece que eternamente, en la pared agrietada y con manchas de pisadas. Parece que el mundo fuera a durar una eternidad. Ahora mismo soy un adicto a la heroína. A veces también a las ampollas de morfina, los tranquilizantes de distinto tipo y varias sustancias más que tomo con facilidad si pasan por delante de mis ojos miopes (a modo de pequeños pedazos de cielo negro).
Tengo veinticuatro años. Estoy con una chica delgada y huesuda que está ingresada en uno de los hospitales psiquiátricos de la ciudad. Cuando voy en taxi a verla, pocas veces ya, suelo ir pensando en canciones de los Rolling Stones, igual que hace tiempo. Lo bueno de los Stones es que resultan una perfecta banda sonora para casi cualquier cosa.
Aunque, a decir verdad, ahora mismo me cuesta pensar en algo que no sea yo mismo, en este inmenso dolor que lo abarca todo y en una parte de mi espíritu nulo. Mucha gente a mi alrededor consume drogas. En algunos lugares por donde me muevo desconfiarían si no tomara nada. Sería un extraño. Estamos nosotros y ellos. Es buena esa diferencia. Ayuda. Está abierta una especie de puerta de par en par. Y yo siempre he querido ver qué hay detrás. Lo que no se puede ver me interesa más. Siempre he sido de ese tipo de personas. Desde niño me ha apasionado lo que está mal. Es más divertido. Pero hoy estoy asustado. No se lo reconocería a nadie. Por primera vez tengo un miedo voraz que lo devora absolutamente todo. Veo con claridad en el lío en el que me he metido. Dentro únicamente siento eso, miedo. Nada más.
PASADO
No, no está loca esta gente que se divierte,
que disfruta, que viaja, que jode, que lucha
-no están locos, pues la verdad es que
también querríamos hacerlo nosotros.
CESARE PAVESE
2
Las cosas están cambiando, eso dicen los periódicos y las porteras de los edificios altos. El mundo ha dejado de ser lo que era. Mi madre simplemente dice que utilizo otras palabras, ideas raras, algo «feo» que se agolpa en mi cabeza y en la de muchos otros, desorientados como yo. Visto hoy, con perspectiva, creo que fuimos una generación confusa que comenzó a no creer en nada. O puede que en todo (son dos extremos idénticos). Los libros no ofrecían muchas respuestas o, al menos, no para las preguntas que teníamos en mente. Uno siempre cree que es el primero en vivir. Luego te das cuenta de que no, claro.
Quizá las cosas tenían un olor propio. La primera de esas cosas que me hizo ver el mundo de otro modo fue un disco de finales de los sesenta de los Rolling Stones. Para mí y muchos de mis amigos era casi una pieza mística, como para otros una mano o una calavera de santo. Mi Beggars Banquet estaba rallado, muy sobado y con alguna marca de grasa en la carpeta blanca con letras cursivas. Si ese disco no lo llegué a desgastar, no lo conseguiré ya con nada. Luego vendría Lou Reed y cosas por el estilo. El culto evidente a la droga y lo marginal. Y ya nada fue igual. Pero el primer golpe, para mí, fue el de esos melenudos que mi padre odiaba y no entendía. Tal vez por eso me parecían mejores. A los Beatles los escuchaban algunos repipis de media melena que ya querían sacralizarlos antes de tiempo y ponerles en un altar profano como música clásica. Nunca me lo creí. En esa división del mundo entre Beatles y Rolling Stones, yo siempre me decantaba por los segundos. Sin dudarlo. Malo (o pretendidamente malo) como forma de existir.
Desde la muerte de Franco existía una libertad bastante difícil de definir y de entender. Nos llegaban noticias, más bien rumores, de los punkis ingleses, pero resultaba más una anécdota que otra cosa. No entendíamos conceptos así. La verdad es que llevábamos décadas de retraso. En el setenta y siete, en España, nadie tenía cosas por el estilo, ni casi nada, la verdad. Para poder hacerte con un disco de los Sex Pistols en una ciudad de provincias había que ser prácticamente millonario o parecerlo, viajar, tener un amigo camionero, algo en esa línea. Nadie de mi barrio iba a ninguna parte. Yo de aquella no tenía ni trabajo. Había dejado el instituto y a nadie en mi casa le importó demasiado. El trabajo siempre estaba ahí, esperándote. Te buscaba a ti. No podías huir de él durante mucho tiempo.
Me pasaba el día leyendo un montón de libros y cómics que había ido acumulando con el tiempo y propinas más o menos suculentas. Unos libros aparecían y otros desaparecían en una autogestión perfecta de los propios objetos. Solía fumar unos cuantos canutos, preferiblemente solo, pero no por una cuestión egoísta. Me sentía mejor en soledad. Había una especie de bondad en la calle. Se podía ser amigo de la gente fácilmente. Hoy me cuesta creerlo. Solo por el hecho de acercarte a un grupo de fumetas tenías una especie de derecho a que te pasaran el canuto que había entre manos en ese momento. Cómplices. Existía, además, una llamativa permisividad en el ambiente. La policía era menos dura. La gente parecía que había entonado una especie de canto general abierto y lúdico. Todavía quedaban algunos radicales, pero hasta ellos lo parecían menos. Todo se estaba convirtiendo en una agradable y aparente siesta que se prolongaba con naturalidad y sol.
3
Mi consumo de sustancias empezó a crecer. Tras los porros tomé unos cuantos ácidos con el grupo con el que siempre íbamos al monte a probar cosas. Haberlo hecho rodeados de gente o en un bar nos hubiese vuelto locos antes de tiempo. Uno intuye ese tipo de cosas. No sé qué cojones tenía aquello, la verdad, pero removía algo peligroso dentro. El primo de Fran, un chaval largo y delgado, se había quedado pillado con uno en un mal viaje. Rallado total. Ahora estaba todo el día como ausente, con una sonrisa bobalicona en la cara de la que no era capaz de desprenderse ni un solo segundo. Eso sí, yo siempre le invitaba a alguna cerveza. Puede que por compasión. Me daba pena y veía reflejada en él una posible vía de mis decisiones equivocadas.
De los tripis pasé a unas cuantas pastillas. Algunas no sé muy bien ni qué eran. Las conseguían mis amigos de dar un palo aquí y allá a sus abuelas o sus tías hipermedicadas para dormir. Me estaba dejando el pelo largo, lo que hacía que algunas señoras se me quedaran mirando fijamente por la calle, como una especie de enviado del diablo en su barrio gris y aburrido, con un nuevo Spar a punto de abrir en la esquina. La estética que llevaba era, sobre todo, stoniana, con unas piedras colgadas al cuello. El pelo largo por atrás y el flequillo tapándome la frente. Más como Richards que como Jagger (siempre fui muy descreído de la fealdad hermosa de Jagger).
De vez en cuando venía algún amigo que había estado por Ibiza o por Cataluña y contaba lo visto. Esos días me iba a casa soñando con huir, pensando que ya estaba bien de oír las mismas canciones de John Lee Hooker una y otra vez en la vieja máquina de discos que tenía Tino en el bar. No me malinterpretéis. Estaba bien, sí, pero el ritmo de los días resultaba diferente. La ciudad donde vivía era bastante deprimente y fea. Un par de monumentos y todas esas habituales historias de las pequeñas ciudades corrientes.
Para mis amigos yo era una especie de esnob. De hecho, no les quitaba esa impresión inicial cuando bebía champán las noches del fin de semana. En el colegio no sacaba malas notas, pero tampoco puede decirse que fuera un estudiante brillante. Creo que resultaba algo bueno en historia y literatura. Poco más. Mejor lector que escritor, como leería más tarde en Borges. Aunque de aquella, las horas parece que no se desperdiciaban leyendo (tengo la sensación de que ninguno de nosotros leía demasiado). Buscaba otro tipo de cosas, más escapistas. Mis compañeros y amigos me tenían por alguien en quien se podía confiar. Marco, que luego sería un fotógrafo más o menos reconocido, me solía definir como alguien «espabilado y comprensivo». A mi madre, supongo, le hubiera llamado la atención ese planteamiento, tan alejado de su particular visión. Para toda madre siempre somos un desastre sin control y perfectos a la vez. La neurosis materna llega a ese tipo de conclusiones. Mi madre era una mujer trabajadora que se dedicaba a su casa con pasión y que elevaba el hecho de hacer comidas a una especie de arte mayúsculo. Aun con esas, yo estaba muy delgado. Moreno y delgado, supongo que dirían otros para reseñarme en sus conversaciones.
Mi padre tenía una tienda de comestibles con unas cuantas cosas tirando a baratas. Oferta en galletas y en aceite de girasol. No sobraba el dinero en casa, pero tampoco faltaba. Cuando éramos pequeños mi padre nos solía llevar a mi hermana y a mí al cine. Películas de vaqueros que también le gustaban mucho a él. Aquellas tardes oscuras y cálidas en el cine son ahora mi mejor recuerdo. En alguna de aquellas ocasiones, cuando no había películas infantiles, acababa viendo historias de parejas que se rompían, lágrimas profusas que tal vez me hicieron muy sensible a esta cosa extraña y pálida que es el vivir. Las relaciones entre las personas. La tristeza adulta.
Nuestra casa era de dos plantas, en las afueras de una ciudad no muy visitada. Con eso quiero decir que el barrio en el que vivíamos nunca salía en los noticiarios de la televisión o en los periódicos locales. Mi hermana, cinco años menor que yo, solía pasarse el día con amigas de faldas cortas o con su novio callado. Un tipo bajito que a mi madre no le gustaba nada. Nunca le trataba demasiado bien cuando iba a casa a buscarla. Supongo que creía que era poca cosa para ella. Cuando, pensándolo bien, ya es bastante que alguien nos quiera pese a nuestros millares de imperfecciones. Un regalo. El materialismo familiar que es un mal en sí mismo.
Mi hermana trabajaba en una fábrica de bragas en un polígono a las afueras, por lo que muchos días venía a comer a casa con bolsas llenas de bragas grises, blancas y color carne un tanto defectuosas, con tara, que regalaba a mi madre y a mis primas con granos. Así yo acababa por pensar que mi familia, al menos el lado femenino, era bastante desastroso. Aunque todo hay que decirlo, no es bueno engañarse, cuando un hombre ve unas bragas le da igual cómo son, cómo están o de dónde han salido. Le preocupa lo que ocultan.
4
Mi padre no dejaba de llegar cansado de trabajar en la tienda. Un día tras otro, como una rueda sobre agua y barro. Sin descanso. Recuerdo que solía aparecer bufando, quejándose de algún vecino que no pagaba las deudas, de lo mal que estaba todo. La gente no gasta... Este es un país de ladrones... Y siempre será igual... Solía mencionar un desastre inevitable que nos arrastraría a todos como una de esas olas gigantes que salen en los documentales. Tengo la sensación de mucha queja en aquellos días. Los españoles, supongo, nos quejamos siempre. A veces pienso en grandes desastres solo por divertirme.
Mi madre cocinaba sin parar. Los fuegos nunca se detenían del todo. Esperaban. Mi hermana daba paseos arriba y abajo con su novio. Él con muchas ganas de sexo y ella impaciente por irse de casa a bailar los fines de semana. Me decía que quería hacer un cursillo a distancia de pediatría o algo por el estilo. Yo seguía encerrado en mi habitación. Una especie de fortaleza que cada vez protegía menos. Me sentía débil en aquel refugio. Sobre la cama, una imagen a color sacada de una revista en la que Jagger y Richards aparecían apoyados el uno sobre el otro en una deliciosa pose arrogante.
La cosa con los porros iba a más. En general estaba bien visto por la mayoría (salvo por los padres, claro). La gente trapicheaba para sacarse unas pelas. Yo incluido. Me faltaba un año para irme a la mili, así que tenía que conseguir dinero de donde fuese para ir tirando. Mi padre decía que se avergonzaba bastante de mí. Mi madre solo me daba de comer más y más, como si tuviera una anemia o algo alimenticio que me impidiera lograr las cosas. Cuestión de energía o vitaminas, debía pensar.
Fue en esa época en que abrieron el primer bar para un público como yo. Antes, literalmente, deambulaba por las calles, como uno de esos zombies de Romero (bueno, nadie que conociera, yo incluido, había visto algo de Romero por aquella época en mi pequeña ciudad) y lo del bar de Tino me parecía ya cosa de chavalillos despistados. El sitio se llamaba el Ágata, luego supe que por un desamor de uno de los dueños. Se bebía alcohol, nos drogábamos, pero sobre todo situamos un lugar sonoro colectivo que hasta entonces no teníamos. No era muy diferente de lo que podía escucharse en mi cuarto. Lou Reed, Led Zeppelin... y como exotismo cosas de Frank Zappa y así.
En ese habitáculo diminuto y con olor a humedad conocí a Johnny y a Ramón. Johnny era del tipo vigoroso, atlético y un tanto violento en las noches con copas encima. Ramón era alguien más bien bajo y corpulento que estudiaba unas oposiciones. Nadie lo creería viéndole, porque se pasaba el día allí encerrado, berreando canciones y bebiendo alcohol como si al mundo le quedasen dos días y una sola noche. Johnny también tomaba algunos estimulantes. A veces nos disfrazábamos e íbamos vestidos de vampiros al Ágata (con colmillos y capa incluidos). Recuerdo con cariño aquella época, al menos el principio.
La cosa se fue complicando. De las revistas de Madrid llegaban artículos sobre el Rollo, que era algo así como la escena cultural del momento. El año setenta y siete pasaba, y el número de adictos a estimulantes o depresores no dejaba de aumentar por todas partes. Un año atrás había solo un par de camellos por la parte vieja. Ahora se habían multiplicado por cinco o seis con una facilidad pasmosa. Varios conocidos ya estaban tomando heroína. Yo seguí un tiempo más con los ácidos para los días especiales. Luego me cansé de ellos. O tal vez los acabé aborreciendo. Mi cabeza iba demasiado lejos. Eso asusta a cualquiera.
5
Una de las mañanas feas de mi ciudad, me levanté más temprano de lo habitual. No sé muy bien porqué. Una especie de impulso que me salió de muy dentro. Instinto o algo por el estilo. Me lavé la cara, me afeité por encima y salí a la calle a ver a otras personas, que esencialmente es a lo que uno sale a la calle. Entré en una cafetería del centro a desayunar. No lo solía hacer. Tenía más o menos doscientas cincuenta pesetas o poco más en el bolsillo del pantalón. Había vendido todos los porros que tenía y me había quedado prácticamente sin nada.
La mayor parte de mis escasas ganancias las había gastado en champán para mí, como otras veces, y en invitar a Johnny y a Ramón a unas copas con mucho hielo. Johnny ganaba dinero. Trabajaba en un taller y tenía algo ahorrado, aunque luego se lo acabaría por fundir todo. Se le daban bien los coches y todo ese tema del motor y las bujías sucias. A Ramón le financiaba su abuela las escapadas nocturnas. A su madre, me había contado una vez, le habían recetado pastillas y no dejaba de repetirle que la culpa de todo lo que le sucedía era suya. Contaba con gracia estas y otras historias domésticas que a todos nos resultan demasiado familiares. A veces siento que todos tenemos la misma vida.
Aquella mañana la cafetería estaba prácticamente vacía. Pedí unas magdalenas y un café cargado. Y de repente, a punto de morder el primer bocado de una de las magdalenas industriales, entró Susi. Bueno, claro, lo de su nombre no lo sabía (eso fue luego). Se quedó mirándome unos instantes y se puso a leer el periódico. Por allí pasaban estudiantes de camino a la universidad. Pidió un café pequeño y comenzó a beberlo a pequeños sorbos diminutos. Acabé el mío y me acerqué a su pelo corto y brillante. No me hizo demasiado caso. Al menos al principio. Se hace raro ligar a primera hora de la mañana. Me dijo, ahora sí, que se llamaba Susana, pero que todo el mundo la llamaba Susi. Me gusta lo de Susi... Le invité el café y me puse a charlar con ella. Llevaba un libro de Sartre que sobresalía de su bolso negro. Dije que solo había leído La náusea. Se rió porque dijo que era un libro muy malo. El suyo era un pequeño ensayo en francés sobre Baudelaire. No dejaba de mirar su cuerpo y su estilo de niña mala y sabihonda que se muerde las uñas. Las manos bonitas y las pestañas largas.
De repente, un poco de imprevisto, me dijo que tenía que irse. Gracias por el café... Solo me dio tiempo a decirle que iba por el Ágata de cuando en cuando. Miró mis zapatos y se fue sin decir mucho más. Las mujeres se suelen fijar en esos detalles. Me quedé quieto ante su café vacío y un sobre de azúcar sin abrir. El periódico quedó desplegado por las páginas de cultura. Luego el sol, tímido, se desperezó y comenzó con desgana a iluminar la calle. Me quedé sin moverme un buen rato. Silencioso.
6
Pasaban los días y no dejaba de pensar en ella. En partes de su cuerpo y en sus pocas palabras, en aquel delgado libro de Sartre y en su pelo cortísimo, como de otra época. Pelo afrancesado o huidizo, como el de las películas serias y en blanco y negro. Los días, un poco más dulces, se iban haciendo cortos con su imagen en la cabeza.
Compré una biografía mala de Sartre y comencé a pensar mil posibilidades relacionadas con cómo sería vernos y sentirla cerca de nuevo. Lo que diría, lo que haría, lo que podría regalarle. Me estaba obsesionando con esas cosas. Ramón, entre whisky y whisky, me lo decía. Él había tenido, hace tiempo ya, una relación difícil con una amiga de la infancia. El padre de ella le había intentado pegar un par de veces por este tema. Solo son problemas... Ramón tenía cuatro años más que yo y solo por eso creía que tenía cierta autoridad sobre mí. Ya había ido a la mili y tenía un bigote moreno muy poblado. También tenía unas cuantas decisiones importantes a la espalda. Solía hacerle caso pese a sus desvaríos de alcohólico y de estudiante que no estudia.
Lo que insistí más fue en ir por el Ágata. Quizá intentando que un día nos cruzásemos por sorpresa. Dejé la biografía de Sartre a un lado, con una página marcada para recordarme y recordarla, un poco más lejos de mí y de mi cama. Las noches en el Ágata comenzaron a hacerse iguales, como un cuerpo de mujer mil veces amado. El Ágata cerraba más tarde que el resto de los bares y era ya oficial que en su interior se consumían drogas de todo tipo. Los vecinos lo sabían, amontonándose en la puerta a primera hora para quejarse del ruido y los vómitos en el portal. Salían con bata y zapatillas.
La Nochevieja del setenta y siete, después de cenar con mi familia, me fui inmediatamente al Ágata a beber champán y fumar una cantidad ingente de canutos. Estaba mareado y pensando en mis cosas. Una sensación de incertidumbre y vacío acentuado por el alcohol. Y de repente, entre el humo de la grifa, ella apareció por la puerta, un tanto desorientada. Tres meses después de conocernos. Me puse nervioso. Ella miraba alrededor buscando a alguien. Desde donde estaba, creo, no podía verme. Fui al baño rápidamente, refresqué la cara y peiné el pelo con prisa. Salí justo cuando ella parecía que iba a irse, incómoda. Le toqué el hombro suavemente y se quedó quieta sonriéndome, sin decir nada.
Nos sentamos en una de las mesas del fondo. Le dije que no había podido dejar de pensar en ella. Llevaba un vestido negro y un abrigo oscuro que parecía caro. Prefería ir a otro sitio. Creo que dejé el champán a medias sobre la barra y nos fuimos de allí. Todavía no habían llegado Johnny o Ramón. Seguramente se sorprenderían al no verme. Lo pensé y no me importó demasiado. Siempre he sido un poco así.
Fuimos caminando por la calle, lentos, mirando al frente como a una postal grande. Le hablé sobre lo que había leído en la biografía de Sartre. Repetí con más o menos acierto lo que contaba. Le hacía gracia, dijo, que alguien leyera algo para impresionarla. Me avergoncé un poco cuando dijo eso. Estudiaba filosofía en la facultad. Quería ser profesora, enseñar a otros a pensar. Ahora estoy con Freud..., esto lo dijo mirándome a los ojos fijamente. Como un secreto compartido que se atrevía a desvelar. Yo había leído poco a Freud. Y únicamente porque mi último profesor de religión decía que era un pervertido. No me enteré de mucho y no volví a hacerle demasiado caso. Seguimos caminando. La gente festejaba la noche con gritos y brazos en alto. Suele ocurrir lo mismo cada fin de año. Yo me sentía cómodo e inquieto a la vez. Miré su boca y la besé en medio de una calle con muchos coches aparcados y algún pitido. Se puso roja y me acarició con suavidad la cara. Al poco, comencé a sentirme mareado. Creo que me desmayé. No recuerdo mucho más.
7
Me desperté en una habitación sumamente estrecha (o eso me pareció), con los techos altos y un fuerte olor a madera vieja. Reconocí su cara inmediatamente y la besé de nuevo, en la frente, sintiendo luego un calor atontecedor por toda la piel que presupuse salía de una vieja estufa negra que estaba cerca de la ventana. Noté la boca pastosa y molestamente seca. Probablemente hubiera vomitado poco antes. Tenía pequeños recuerdos y casi todos ellos confusos. Me venían algunos más concretos de ella pidiendo un taxi y llevándome a casa. Vivo sola, tranquilo... Descansa...
Me quedé mirando los recortes de revistas de actores de Hollywood que tenía pegados por la pared. Estaban clavados con chinchetas blancas. Dijo que adoraba a la gente hermosa. Me sentí mejor al escuchar aquello. Me tranquilicé sin saber por qué. Al moverse y pisar el suelo, la madera sonaba como el grito agudo de un bebé. Yo estaba tapado hasta el cuello, con los brazos inmóviles y un dolor muy profundo a un lado de la cabeza, casi como un golpe o una incisión en el interior del cráneo. Probablemente mezclar tanto alcohol y porros me había sentado mal. La mesita al lado de la cama estaba llena de libros, volúmenes de cuero anciano sobre Grecia y Roma. Puso un disco de Cohen, el primero creo, y lo dejó sonando a poco volumen. Me sentí como en los brazos de una madre primeriza. Los ojos se me cerraron por la calma.
Al despertar a eso de media mañana, ya mucho más lúcido, mi nariz recibió el olor penetrante a café y calor diluido. Me sonrió y me animó a levantarme. Ahora podía ver su cuerpo estrecho y delgado, seco y preciso. Nos quedamos mirando unos segundos sin decir nada. Gracias por todo... Y me callé, como si ya hubiese dicho lo más valioso que podía decir en mucho tiempo. Estaba tranquilo, parecía más la reacción de los vaqueros protegidos, todos juntos en un fuerte, contra los indios. Miré por la ventana y me di cuenta de que era el lugar donde debía estar en ese momento. Cualquier otro hubiese sido un gran error.
Desayunamos con pocas palabras más entre los dos. Se levantó y volvió a colocar sobre el giradiscos el álbum de Leonard Cohen, esta vez a más volumen. La voz grave rebotaba por las paredes. Supuse que era el disco de su momento. Al acabar de desayunar, le pregunté si podía fumar un poco de hachís que tenía en el bolsillo trasero. Asintió. Lo dio por descontado. Creo que ofrecí y me dijo que no fumaba apenas. Se echó sobre la cama, hablándome desde allí con los ojos cerrados. Me sorprendió la confianza tan rápida entre nosotros. Pensé que a veces, por azar, ocurren este tipo de cosas. Terminó el álbum. Se escuchaba perfectamente su respiración. Su temperatura robaba la mía. Podía sentirse el silencio en la calle. Era temprano. Tal vez la prosperidad. Hacía frío, pero no demasiado.
8
En mi casa las cosas seguían más o menos igual. Mi padre quejumbroso, mi madre dándome más y más comida e insistiendo con mi delgadez en paradójica progresión. Mi hermana a lo suyo, con su novio, poniéndole cachondo y gastando sus energías en ir a la discoteca de moda a mover su carne blanca y blanda. No sé. Mi padre habló con un buen amigo y me consiguió un trabajo en un despacho del centro, con un abogado ilustre, de los de influencias en todas partes, para ordenar los papeles, ensobrar y cosas de ese tipo. Probablemente ganaba más dinero pasando estupefacientes que de ese modo, pero, claro, tampoco podía negarme.
Iba a trabajar todas las mañanas a eso de las nueve. Siempre llegaba un poco más tarde, a y veinte o así, pero al ilustre abogado no parecía importarle demasiado estas cuestiones. Me decía siempre que no le gustaba trabajar con mujeres, que los principales problemas de este país y de este mundo los causaban siempre ellas. Lo dice Dios, hijo..., me decía una y otra vez. Tenía, todavía, un cuadro de un Franco joven y altivo que miraba directamente a los ojos al que entraba en el despacho. Los demócratas acabarán con todo, convertirán este país en un lugar de drogadictos... Te queda un futuro muy negro, hijo... Le decía que sí a todo, porque se animaba a hablar y me mandaba menos trabajo. Le daba, me decía, mucha lástima. No sé qué será de vosotros...
Al salir solo a mediodía, me pasaba por casa a por una de esas comidas abundantes de mi madre. Dormitaba un poco y me pasaba a ver a Ramón que, con cualquier excusa, dejaba de estudiar las oposiciones. Su madre siempre me decía que yo era un chico guapo. Asegurando después, para mi sorpresa y la de Ramón, que los guapos nunca pueden ser malos del todo. Algo les ha sonreído una vez... Lo decía con lágrimas en los ojos, lo que impactaba mucho y nos dejaba mudos. Miraba un Cristo en la pared y se persignaba varias veces.
Solíamos ir al Ágata a media tarde. Nos lo dijo Alberto, camarero y uno de los dueños del negocio. El sábado pasado encontraron a un chico con una sobredosis en los baños... A partir de ese momento comenzaría a ser una escena y una palabra, «sobredosis», demasiado habitual. Pero esa primera vez, me dejó raro, encogido, al tiempo que inconcebiblemente atraído por una sustancia que jugaba así de duro con la gente. La vida en juego.
El primero que comenzó a tontear con el caballo fue Johnny. Tenía mucho dinero disponible. Primero se puso a esnifarla, luego a fumarla y finalmente se dio algunos chutes con poca cantidad. O eso nos decía. No paraba de contarnos las bondades de la heroína. Yo le veía hacerlo y miraba con detalle el ritual del asunto. Como un niño viendo un programa de televisión de animales apareándose o luchando por la cena. No hay nada parecido... Os estáis perdiendo el mayor de los subidones...
Tenía curiosidad, la verdad, pero seguí con mis porros y con mucho alcohol, cada vez más, especialmente el fin de semana. Abrieron otro bar nuevo del estilo del Ágata, al que casi no íbamos, en parte por una especie de fidelidad indefinible al que considerábamos nuestro lugar, además de un regalo evidente en otro tiempo todavía muy cercano. El nuevo local se llamaba Faster. La gente comenzó a ir cada vez más. Johnny, incluso, rompiendo esa fidelidad que decía antes, comenzó a pasarse por allí para pillar heroína en una espiral que Ramón y yo veíamos claramente ascendente y que él denostaba por ridícula o mojigata.
De Susi no sabía demasiado. Más bien nada. Era yo mismo el que no quería verla. Después de aquella mañana en su piso, se produjo algo raro entre los dos, especialmente en mí. Como una especie de reparo y pudor extremo. Me intentó localizar a través de amigos, pero no hice ningún esfuerzo por verla. Ella también iba al Faster. Más a fumar canutos que a otra cosa. Casi no bebía alcohol. Le debió molestar mucho mi actitud, pero ni siquiera me acerqué a comprobarlo.
Yo seguía yendo por inercia al despacho del abogado.
Como el latir lento de un corazón artificial. Cada vez aquel hombre volvía más duras sus ideas y sus gritos parecían llevar más enfado. Yo continuaba callado, ahora más por mi padre que por mí. Un día se emocionó con sus propias palabras y se puso a cantar el “Cara al sol” con una mano en alto y otra al pecho. Me daba vergüenza cuando salía de allí y me encontraba con una pareja joven que vivía en el mismo edificio. Bajaba la mirada y callaba. Casi todos callaban.
Había más robos en las tiendas, confirmando esa visión apocalíptica del abogado. A mi padre un yonqui le intentó llevar la caja de todo un sábado, el mejor día de comercio. Al final mi viejo sacó una barra de hierro que tenía debajo del mostrador y consiguió que desistiera. Mi madre estaba asustada. Mi hermana, por su parte, bailaba cada vez más; compraba discos de Dyango o Raphael (no recuerdo bien ahora) que luego ponía en casa a todo volumen. A veces cantaba y bailaba desde el baño. El carácter de las personas cada vez se definía más por temas así.
Entonces, un día, ocurrió algo que cambió bastante las cosas. Fue Ramón el que me lo contó, aunque no con demasiado tacto, la verdad. Johnny se había liado con Susi, de hecho se les podía ver habitualmente pillando en el Faster. Resultó un navajazo cruel y sangriento a la altura del vientre. Vale que yo no le hacía ni caso, es cierto, pero la sentía mía, en una especie de propiedad ganada no sé muy bien cuándo ni por qué. O quizá sí. Quise verlo por mí mismo. A Ramón no le pareció muy buena idea. Me acerqué al Faster un viernes por la noche y lo pude ver con mis propios ojos. Se besaban despacio, como esperando que fuera el mundo el que parase antes que ellos. Johnny ya comenzaba a tener aspecto de yonqui: ojos demacrados, estética de abandono, cuerpo encorvado y delgado. Era el yonqui local, o uno de los primeros, con cazadora gastada y pelo grasiento. Juntos eran una pareja hecha a la fuerza, a contraluz y desgaste. Susi me saludó, eso sí, sin hacerme demasiado caso. Ofendida. Tenía motivos para estar enfadada. Reaccionó así. Entonces me fijé en su brazo estrecho. Para mi sorpresa, pude ver alguna picada suelta con postilla en su brazo izquierdo. Al verlo y procesarlo un poco, no pude evitar querer salir de allí, en una especie de espasmo interno de malestar y calor intenso. Susi se inyectaba heroína. Y puede que yo tuviera la culpa. Solo de pensarlo me sentía fatal.
Comencé a pasear a un ritmo agitado. Mirando a todas partes y a ninguna. Dando vueltas imposibles a mi cabeza plomiza. Y lo decidí así, como quien elige entre Pepsi o Coca-Cola. Fui a ver a Cuevas, un camello de las afueras, conocido sobre todo por estar veinticuatro horas despierto por la cocaína. Cogí un taxi y me presenté a eso de las tres de la madrugada. Me salió a recibir su mujer, una chica bajita y muy rubia que parecía más que otra cosa su hija o una hermana muy pequeña. Me hizo pasar a un saloncito diminuto con un montón de ceniceros con colillas y alguna chuta sobre un plato. Me senté en el sofá, húmedo y caliente, probablemente por haber estado alguien allí poco antes. Le pedí algo de caballo. Tenía la televisión y la radio encendidas a la vez. Ambos aparatos a mucho volumen. Lo que hacía que tuvieras que hablar a voces. El ambiente era confuso. Se movía sin parar. Buscó unas papelinas en un cajón y se quedó pensativo mirando. No te tenía a ti por yonqui... Pensé que eras más marica, de porros o así... Bueno, alguna vez hay que empezar, ¿no?... Dejé el dinero sobre una mesa camilla con un mantel demasiado grande, agujereado y sucio. Luego le pedí una jeringuilla nueva y una cuchara y me fui sin más. Supo que era mi primera vez y no quiso detenerme. No era de esos. La chica rubia comenzó a fumar un cigarro y a jugar con su vestido que parecía recién comprado.
No lo recuerdo bien del todo. Solo partes. Creo que me acerqué lento a un solar cercano en construcción y me metí dentro. Quizá buscando otra vez ese robusto fuerte contra los indios que aúllan. Con la luz indirecta de la luna se veía más o menos bien. Aunque quizá no lo suficiente. Una de mis venas sobresalía mucho. Hice el torniquete con mi cinturón. La verdad es que me hice daño al picarme por primera vez. Un dolor agudo me llegó al cuello y a la cabeza de inmediato, un latigazo por media mitad del cuerpo. Aun así insistí, hice las cosas como le había visto alguna vez a Johnny y como me habían contado que debía hacerse. El aire golpeaba la uralita justo encima. Una sacudida agitó mi cabeza. Al principio fue más bien algo incómodo. Después vomité. Creo que puse algo de más para un novato. Me quedé adormilado al poco, escuchando mis pensamientos y un torrente interno de sensaciones que parecía la locura y la verdad retorciéndose dentro. Dejé de sentir lo que estaba fuera. Y fue agradable, aunque no lo suficiente. Uno insiste hasta en las cosas menos reconfortantes. Las personas somos así.
Me levanté de allí a punto de salir el sol. Me dolía un poco el brazo. La ciudad estaba en pausa completamente, salvo por algún pájaro puntual y ese silencio neutro de las mañanas. Parece que no existe nada en esos momentos. Me encontré al panadero, que me observó detenidamente, como si mi cara saliese en los periódicos. Iba fumando un cigarrillo con más energía que yo. Al llegar a casa todos estaban durmiendo. Mi padre roncaba. Me encerré en el baño y me lavé un poco la cara. Cogí unas galletas y me dispuse a comerlas totalmente solo en mi habitación. La luz entraba por una esquina de la ventana. Se oían algunos coches o el abrir y cerrar de las puertas. Lo demás era silencio. Como muerte y castigo a un tiempo. No supe muy bien qué hacer y me puse a leer (a veces, es lo único que se me ocurre hacer). Cogí un volumen al azar de mi biblioteca pobre y desordenada. El libro, de Dostoievski, susurraba en mi oído una especie de canto eterno: «Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable...». No era yo, pero volví a soñar con esas palabras mientras caminaba sobre mi propio cuerpo.
Me quedé dormido.
Me despertó mi madre, más chillona de lo habitual, a eso de las diez. Creo que me dirigí, como si nada, como un sonámbulo lento, al despacho del abogado. Cuando llegué, estaba leyendo el periódico. El ABC supuse, porque no paraba de hacer aspavientos y quejarse en voz alta. Fui al baño y me fumé algo de hachís, echando el humo por la ventana. Ordené papeles y me puse a pensar en Susi como en círculos. Sin acabar de ordenar nada.
9
Los días se estiraban o acortaban perezosamente. Depende. Seguí fumando bastante, encerrado más en mi cuarto. Me refugié en la lectura. Leía libros sin parar, como una máquina que solo supiera hacer una única cosa.
1978 fue un año diferente. En todos los sentidos.
Comencé a pasar más tiempo con un grupo de yonquis jóvenes que se reunían en un piso amplio de pasillos estrechos, colillas y botellines de cerveza por todas partes. Por allí me pasaba a verles, escuchar algo de música y fumar una marihuana muy dulce que traía uno de ellos de Marruecos. Tenía más relación con Eduardo, un chico antes guapo (lo digo por las fotos que vi de él) y que ahora estaba demacrado como un viejo prematuro y enfermizo. El tipo de persona que nunca gustaría del todo a las madres. Parecía que las horas se detenían en aquel piso abuhardillado, muy bajo, en el que casi siempre nos dábamos algún golpe en la cabeza. Olía a suciedad y orín. No limpiaba nadie, por supuesto. La gente pasaba las horas allí, sentada o tumbada, sin decir apenas nada, con los ojos cerrados y la boca abierta. La droga era lo único que teníamos en común. El dogma de aquella extraña iglesia. La gente dormía con jeringuillas clavadas en el brazo. Esa era, curiosamente, la práctica más habitual que nos unía como extraños hermanos de fe.
Un día apareció por aquel lugar un tipo alto y estiloso, con una jeringa de las de antes, ancha y de vidrio. Se puso un pico lentamente y comenzó a recitar pausadamente un poema de Dylan Thomas. Se quedó dormido, en una suave ensoñación poética. Deliciosa y fluida. Yo me quedé mirando. Una alucinación paradisíaca en el desierto de aquellas horas. Se fue como había venido, sin que supiese de dónde había salido. Hubo quien dijo que no recordaba a nadie que se comportara así. Tal vez lo soñé.
10
Mi adicción a la heroína iba en claro aumento. Había pasado de un chute semanal, los fines de semana sobre todo, y para ocasiones especiales, a dos o tres, y luego prácticamente a uno diario. Cada vez trapicheaba más cantidad para costearme mi vicio. A Ramón le hubiera venido bien algo de anfetamina para estudiar, aunque, por lo que sabía (había dejado de verle), abandonó las oposiciones y se fue a un trabajo fácil con su tío en una marmolería con mucho trabajo. Los cementerios siempre tienen clientes. Es lo bueno. Todo el mundo decía que estaba más relajado. Había cogido algo de peso, me dijeron, pero todavía sonreía. Él decidió no tomar drogas. Ese tipo de decisiones nos alejó.
Unas semanas después, mi padre tuvo una enfermedad de hígado y por ello, o debido a ello, mi madre relajó un poco las comidas. Aunque con mi tratamiento a base de caballo no permitía que engordara demasiado. De hecho, tenía menos apetito, guardaba comida detrás o encima de los muebles y luego tiraba todo a la basura cuando mis padres salían a dar un paseo a última hora de la tarde. Comer obligado es un fastidio, una auténtica condena. También estaba más estreñido, además de inapetente sexual. Alguna vez me enrollaba con alguna yonqui que pasaba por el piso. Muchas veces no conseguía ni empalmarme. No me preocupaba demasiado. Eso es lo bueno de la heroína, no te preocupa nada que no sea el propio caballo.
Ese fue el año del robo masivo a farmacias. Bastante lógico, si se piensa bien. ¿Qué lugar tiene más sustancias para colocarse que ese? Me dediqué con pasión una temporada, hasta que fue tan habitual que me preocupó de verdad. Una tarde, a eso de las cinco y media, Eduardo, un par de chicos y yo, fuimos a coger algo de una farmacia pequeña y con ese habitual olor químico agradable. Al salir nos estaban esperando los policías. Corrimos lo imposible, como atletas en unas olimpiadas, todo lo que pudimos, pero no sirvió de mucho. Nos hicieron una emboscada típica, colocándose a ambos extremos de la calle y creando un tapón. Las cápsulas de cristal chocaban entre sí dentro de mi pantalón y hacían algo así como música. Luego dispararon al aire en plan película de polis y entonces fue cuando nos asustamos de verdad. Yo me acojoné muchísimo y me metí en un portal en vez de quedarme quieto. Por fortuna, el portal daba a un patio que conectaba con otra calle más estrecha. Salí pitando sin casi mirar atrás para no perder ni un segundo. Me libré por los pelos. El sudor me resbalaba y caía al suelo como inicio de lluvia.
A Eduardo y los otros dos chicos les cogieron. Los metieron de cabeza en el calabozo, un par de hostias, casi seguro, y nada de ellos en una temporada. Aunque tenía fama de tipo con suerte, no quise estirar la cuerda y dejé el tema de las farmacias definitivamente. Me planteé, eso sí, reducir mis consumos de heroína y únicamente pude rebajarlo un poco. Y no todos los días. Aun así, el desastre estaba en ciernes. Mi madre me decía que andaba más descuidado y delgado de lo habitual. Mi padre, incluso, me sentó un día y me preguntó a las claras si me ocurría algo. Le dije que no, que estaba un poco más cansado, el trabajo con el abogado y esas cosas, ya sabes, papá... Los problemas con las drogas les pasan siempre a otros. Uno se cree siempre más listo que el de al lado. La vida demuestra casi siempre lo contrario.
11
Me quedaban cinco meses para ir a la mili y lo cierto es que no tenía ninguna gana de ponerme un uniforme caqui o besar banderas. Seguía yendo a trabajar al despacho del viejo abogado, comía en casa y luego iba al piso con esta gente. Me sentía solo. Y a mayor soledad, mayor deseo de exceso, de perderme entre el humo y los sabores alterados en la boca (también fumaba heroína, luego llegaría a pensar que eso era tirar el dinero —siempre resulta más rentable pasarla por vena—). Llegó un momento en que lo único que quería era un cambio. El que fuera. Me servía cualquiera. Algo diferente que diera sentido a mis días huecos y sin luz. Me enfrascaba en los libros, degustando la poesía como algo armónico en mi horrible caos.
Esas mismas noches, antes de dormir, me ponía a fumar hachís compulsivamente, mirando por la ventana un parque oscuro que había frente a mi casa. Sobre todo en verano, disfrutando del silencio de las personas, dormidos todos o casi todos, olvidando los gritos, que siempre conseguían hacerme daño.
Luego conocí a Yolanda, una chica estudiosa que se hacía la rebelde irregularmente. En el fondo era bastante conservadora. Quería dos niños y un piso en Alicante, pero no lo sabía. O no quería aceptarlo. Tras un tiempo, dejamos de vernos. Lo mejor de Yolanda fue que gracias a ella conocí a su amiga, Cristina. Una belleza de piel muy morena y ojos claros que cuando se colocaba le brillaban como luces de coche en carreteras sin nadie. Pasábamos juntos mucho tiempo. Ella nunca había probado la heroína. Yo lo prefería así. De hecho, alguna vez que me pidió fumar un poco me enfadé muchísimo, con malas caras y todo eso. Fumábamos más bien algún porro entre los dos y hablábamos de literatura y música. Nos fuimos haciendo con ideas más próximas. Me sorprendí a mí mismo pensando en ella algún día antes de acostarme a dormir. Después conocí también a su hermano, un chaval agradable que no se traía el rollo de hermano protector. Alguna vez hasta le regalé algo de chocolate.
Las cosas comenzaban a irme bien o, al menos, suficientemente bien. Estaba más estancado en el consumo de heroína, me sentía cómodo con Cristina y con el abogado las cosas tampoco me iban tan mal. Salvo cuando había algún incidente político que le parecía grave. Esto le volvía un poco insoportable toda la mañana y la hora del café. Luego, al día siguiente, se le pasaba. Eso sí, seguía siendo flexible con el horario y no se fijaba mucho en cómo o cuándo iba al baño a fumarme algo. Un día me dijo que debería mirarme la próstata. Eres muy joven, hijo, para ir tanto al baño... Lo decía sin dobles sentidos.
12
Y llegó la hora de irme a la mili. Hacerme un hombre y ese rollo. Como destino me tocó Barcelona. Allí, en cuanto a drogas, seguí prácticamente igual. Parecía que todo el país estuviese probando lo mismo al mismo tiempo. Las cosas cambian, simplemente. Para mi sorpresa, comencé a barajar la idea de casarme con Cristina como una solución tangible a muchos de mis problemas. Era, creo yo, lo que les hubiera gustado a mis padres o a una parte tradicional que guardaba bajo capas de abrigo y reproches. Olvidé un poco a Susi. A Cristina le escribía cartas muy poéticas y muy largas, un tanto horteras, donde le decía que no olvidaba el sabor de sus besos y cursilerías por el estilo. Pero poco a poco sus cartas fueron siendo cada vez más breves y menos frecuentes. Cuando llamaba a la gente de mi barrio o a los que podían conocerla, nadie me contaba nada. Sobre el tema había un mutismo raro que pronto me inquietó.
En un permiso me lo explicó ella misma. Había conocido a un chico, un arquitecto que viajaba mucho y que le había prometido llevarla donde fuese, siempre juntos... Dejamos de hablarnos. Todavía, a veces, recuerdo a Cristina, tan saludable y tan divertida. Movía mucho las caderas. Hoy, casi seguro, estará casada con ese arquitecto y su casa saldrá habitualmente como portada en las revistas de decoración. No volví a saber más de ella. Todavía, algunas veces, pienso en su tacto y su olor a sexo. Es la verdad.
En Barcelona las cosas se torcieron. Volví a drogarme más después de aquello. Por incumplimientos de todo tipo me encerraron en el calabozo y me puse a pensar más en el futuro, en qué hacer, en esas preguntas infinitas que asfixian y causan montones infames de infelicidad y angustia. A todos nos llega esa fase. Cristina o la imagen de Cristina. Antes eso era suficiente y me ayudaba a ver las cosas más claras. Y como ocurre en los momentos más decisivos, tomé una decisión sin pensar. Desde hacía tiempo en las revistas no paraban de salir grupos y más grupos que había en Madrid, y todo lo que empezaba a suceder por allí. Era el momento álgido de la ciudad, aunque por entonces no lo sabía. Me despedí progresivamente del malestar militar y comencé a barajar la idea de visitar la capital. Cada vez con más insistencia. Madrid parecía la posibilidad de algo. Puede que ese lugar que buscamos y no encontramos nunca.
13
A Madrid llegué un mediodía de febrero. Año 1981. Lo sé, porque tres días después de mi llegada ocurrió lo del golpe de Tejero. Como todos, la verdad, me quedé en la pensión y temí un regreso a tiempos más grises y mudos. Seguro que el abogado estaba encantado y hasta abrió alguna botella de champán barato. Las facturas y los papeles manchados de espuma. Las calles luego quedaron pegajosas y bastante brillantes por la ausencia de gente. A partir de entonces los jóvenes —sobre todo— comenzaron a comportarse de manera distinta. Había una especie de alegría instalada en el aire después de solucionarlo. Cuando puedes perder algo, lo empiezas a ver de otro modo, a tenerlo cuenta.
La pensión que me habían recomendado antes en Barcelona estaba en una bocacalle de Gran Vía. La dueña, Tere, me cogió una especie de afecto instintivo, quizá viendo mejor que yo que estaba perdido. Muy perdido. Demasiado. La habitación que me dio Teresa, o Tere (ella siempre prefería Tere), era muy amplia. Tenía una cama de matrimonio enorme, hundida al medio (como la mayoría de las camas de la época). Un pequeño escritorio a un lado y una silla de madera tipo años veinte que crujía mucho cuando me sentaba deprisa. La habitación era muy fresca y daba a un patio interior con eco y suelo grueso de cristal. Todo el edificio tenía un olor a guiso que también impregnaba las paredes, los baños y las cortinas sin limpiar. De vecinos de cuarto tenía a una madre y a su hijo, que de vez en cuando peleaban entre ellos. Él por hambre, ella por un hombre cruel que los dejó a los dos sin nada. Cuando tuve más dinero, le fui comprando bolsas de patatas fritas al chaval, que lo agradecía siempre con una sonrisa melancólica, quizá recordando tiempos mejores.
Primero cogí un trabajo puramente alimenticio. Iba cada mañana a una tasca vieja no muy lejos de mi pensión. Uno está hecho de aproximaciones sucesivas. Así, entre calamares y tortilla fría, pasaba mis días de heroína y desamor. Porque sí: me sentía dolido, suspiraba fácil y pensaba en todas esas personas que no se habían comportado como debían o como yo creía que debían hacerlo. Es fácil medir a los demás. No tanto a uno mismo.
14
Los primeros días busqué alguna librería interesante. Encontré una, escondida al final de una calle sin salida y en cuesta. El librero, un hombre mayor de palabras arrugadas, me recomendó algunos títulos interesantes. Creadores rusos y franceses, que era lo que más leía entonces. Pronto nos llevamos bien. Era una de esas típicas amistades interesadas y agradables que resulta muy útil para ambas partes. Él, por vender algún libro en un sitio por el que ya no pasaba casi nadie, y yo por tener a alguien con quien desahogarme. Un psiquiatra me hubiese salido más caro.
Sentía a Madrid como una ciudad que lo devoraba todo. Incluidas las almas de los que como yo paseaban sin destino, buscándolo en cada esquina o en cada rostro de mujer. Alguna vez las chicas sonreían y miraban mi cara con curiosidad. Todavía me fijaba en eso. Otras bajaban los ojos y miraban los dibujos de la acera. Siempre se dijo de mí que era un chico interesante y despistado. Yo hacía como que no las veía, huidizo y un poco ausente: a mis cosas. Bajaba al metro y sentía esa soledad desoladora que conseguía sacarme el poco aire que me quedaba en los pulmones. La gente reía a mi alrededor. Y miraba a todas partes sin saber muy bien a qué. Demasiados estímulos. El caballo se lo pillaba a un yonqui que vivía dos calles más abajo de la pensión y que siempre parecía que estaba a punto de quedarse dormido (aunque cuando tocaba hablar de dinero siempre espabilaba de repente). Los adictos nos reconocemos rápidamente. No me lo pasaba mal del todo, dadas las circunstancias.
Volvía cada noche a aquella habitación grande y triste y me inyectaba mi dosis diaria, quedándome cada vez más lejos del mundo y de mí mismo. Medio dormido, medio despierto. Una zona intermedia en la que vivía casi todo el día. Ponía la radio y sonaba un Madrid sacudiéndose de la resaca turbia del franquismo. De todas formas, sobre aquella cama vieja, la ciudad y yo, al menos en ese momento, andábamos desacompasados, como un novato o un novio torpe en una primera sesión de baile. Las cosas tenían olor a nuevo, aunque a mí todo me olía más bien a saliva y sangre seca (puede que por mi boca y mis brazos con pequeñas postillas duras).
15
Algunos días que se hacían breves llamaba al bar donde trabajaba y decía que estaba enfermo, gripes, fiebres y desvaríos varios, lo que hacía que me fuera imposible servir los calamares calientes. Mi jefe refunfuñaba, decía que todo era un problema. Acababa por ceder. Luego, si tenía poca heroína, me pasaba el día fumando porros, en una duermevela que me hacía pensar en mi muerte y en cómo me gustaría que todos se acordasen de mí. Mi imagen exterior purificada. Una calle, un estadio de fútbol, algo que recordara a futuras generaciones quién era yo. Nadie se conforma con no ser especial. Hasta los yonquis tienen sueños.
El calor del verano resultaba agotador en aquel Madrid de sol. Así que me cogía un tren y volvía unos días a refrescarme a mi vieja ciudad de provincias. La gente me paraba por la calle y me preguntaba qué tal me iba todo por la capital. Mi vecina del tercero venía a verme y mis padres me trataban bien, más como un igual o un antiguo conocido que viene a comer. Hasta me pedían opinión de algunas cosas. Fui a ver a Ramón y le pregunté cómo iba todo. Se sorprendió mucho al verme. Pensaba que querías huir... Bueno, pero puedo volver, ¿no?... Ramón me contó cómo algunos viejos conocidos habían muerto por sobredosis. Johnny y Susi siguen igual... Las cosas no habían cambiado demasiado. La gente, muchas veces, es idéntica. No es fácil cambiar. Cambiar siempre exige mucho esfuerzo. Después de la marmolería Ramón había montado una cafetería y le iba bastante bien. También me dijo que tenía novia. Creo que la conoces... Yolanda... Yolanda era la amiga de Cristina a la que yo no había hecho mucho caso por sus autoengaños. Vamos juntos a verla... Te invito a un café... Además ya casi no pruebo el alcohol... Eso sí, me tomo mis diez tazas de café diarias... Sin el café ya no duermo... Mientras hablaba, lo iba pensando. Lo que le ocurre a la gente, a mucha gente, es que va sustituyendo unas drogas por otras. Cambiamos para seguir siendo los mismos. Se acaba en el mismo punto. Lo he visto mil veces. De la heroína pasan al alcohol, al juego o al sexo, algo con lo que no ser ellos frente a ese gran espejo sin fondo que es uno mismo. Mi abuelo siempre tuvo miedo de los espejos. Heredé ese temor. Como moverse siempre en sombras, como un brillo gastado de lo que debiera ser una auténtica persona.
La mañana siguiente a mi llegada, mi hermana nos dio una sorpresa a todos. Con su novio delante, nos dijo que se casaba, que quería formar una familia como Dios manda... Mi madre lloraba a borbotones, mi padre nos abrazaba uno a uno, incluido al futuro marido, al que le apareció una sonrisa tonta en la cara, además de una erección bastante visible. No sabía lo caro que le iba a salir el polvo. Mi hermana era de esas.
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