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Lenguas y devenires en pugna. En torno a la posmodernidad

Julio Hevia Garrido Lecca



Colección Investigaciones

Lenguas y devenires en pugna. En torno a la posmodernidad

Primera edición digital, diciembre de 2016

© Universidad de Lima

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Versión ebook 2016

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ISBN versión electrónica: 978-9972-45-369-4

A Pamelita, por su tiempo y cariño.

A Paulita y Gonzalo,

nuestra música de cada día

Índice

Prólogo

Introducción

Capítulo I Ciencia, discurso y estrategia

Capítulo II Vigilancia estatal y desprendimiento de significantes

Capítulo III Lengua mayor, usos menores

Capítulo IV Auge y caída de la personal(de)idad

Capítulo V Lenguas y devenires: La pugna entre adultos y adolescentes

1. Continuidad y ruptura: El reto de la enseñanza actual

2. Alejamiento y retorno: El caso del verbo computar

3. Una clínica ambulatoria: Sobre traumas, paranoias y alucinaciones

4. Positivando negativos: Locos, mostros y malditos

5. Metamorfosis y minimalismo: El caso de la requintada de madre

Capítulo VI Las preguntas del poder y el poder de las preguntas

Bibliografía

Prólogo

En La rebelión de las élites y la traición de la democracia, Christopher Lasch desarrolla una idea interesante, quizás original para los lectores europeos y norteamericanos, pero sobre todo sumamente familiar para quien conoce el funcionamiento de las élites latinoamericanas. La propuesta de Lasch invierte la lectura articulada en 1930 por Ortega y Gasset, a propósito de su texto La rebelión de las masas. Para Ortega y Gasset la crisis de la civilización occidental provenía de “la dominación política de las masas”, de allí que correspondiera a las propias élites asumir los más rigurosos patrones éticos y culturales sin cuyo concurso, juzgaba él, la civilización habría de tornarse imposible.

He aquí la inversión de Lasch: en nuestra época, la amenaza proviene de los que se instalan en la cima de la jerarquía social, de las elites que controlan el flujo internacional del dinero y de la información. El espíritu elitista del que habla Lasch no es sólo norteamericano, pues supone una irradiación de carácter transnacional que tanto expresa a la ideología neoliberal como a su más inmediata consecuencia, vale decir, una sociedad biclasista que gobierna al capitalismo contemporáneo. Este circuito constituye una nueva plutocracia mundial que, en términos estadísticos, da cuenta del veinte por ciento de privilegiados con el dinero, la salud y el par educación/información, respecto de una población residual, caracterizada por su lugar subalterno y las tendencias decadentes que le son corrrelativas.

Lo que nos viene a mostrar el texto de Julio Hevia Garrido Lecca es precisamente el sistema de pensamiento correspondiente a lo que denominaremos un nuevo real de las élites. Lo “real” es una noción producida dentro de un orden histórico determinado: en el plano colectivo, implementado por grupos e instituciones; en el plano individual, operado por mitos e ideologías, nutrido de valores y deseos. Y sus propios efectos: mecanismos perceptivos, estéticas, rutinas laborales, itinerarios, transporte, residencia, educación, tiempo libre –entendidos todos como realidades de la sociedad moderna– van a desprenderse, ellos mismos, de las tecnologías cognitivas y representacionales engendradas por el sistema dominante.

Nuevas tecnologías implican, por cierto, el redimensionamiento de la realidad. Es preciso señalar que dicho redimensionamiento no aniquila lo “real”, sino que lo altera y distorsiona en sus tradicionales modos de representación. En nuestro caso, por ejemplo, a propósito de la intervención tecnológica en las clásicas coordenadas de espacio y tiempo. Tales modos son solidarios de un mundo vital específico, de aquello que podríamos llamar “mundo perceptivo”, condición indispensable para el intercambio de influencias y la acción recíproca entre el hombre y el medio ambiente. Ese individuo, pues, percibe la realidad del mundo en la medida en que se adapte, interactivamente, a unos vínculos ecológicos, sensoriales e intelectuales.

El mérito principal del actual trabajo de Hevia consiste en exponer, de manera clara y erudita, las transformaciones en los vínculos intelectuales y sensoriales, cuya responsabilidad compete a la nueva ecología cognitiva de las élites. Resulta evidente que tales mutaciones vienen a favorecer la circulación de las ideas y los productos informativos, todo ello en beneficio de las nuevas configuraciones de las clases sociales.

A propósito del particular arreglo de su tematización, y sin adoptar un tono explícitamente político, el texto de Hevia entrevé el punto crucial de la nueva fractura social, que como bien muestra Baudrillard es el de la circulación: “La única circulación en esta sociedad es la de las élites y de las redes, la del dinero y de la información en tiempo real. Circulación abstracta, inaccesible para las mayorías”.

Detrás de las críticas de Hevia a la diseminación egotista de las posiciones del sujeto, se diseña una ética contraria a la moralidad tecnomercadológica que exalta la fuerza afirmativa de cada cual como fuente de una especie de derecho natural. Encontramos, pues, entre otros indicadores: la autoestima obtenida en terapias del ego, el esnobismo meritocrático, las posibilidades de acceso a la información high-tech, el tránsito por los nuevos códigos semióticos.

Tras las críticas levantadas, resulta inequívoco el intento de abonar el terreno para la articulación de una ética, ciertamente novedosa y además compatible con la realidad presente. Vale recordar a Platón en el Gorgias cuando pone en boca de Cálicles el elogio del atendimiento a los propios apetitos y a su incondicional satisfacción, aunque esto implique la opresión de los débiles a cargo de los fuertes. Pues bien, el texto de Julio Hevia Garrido Lecca deja traslucir su posición crítica contra el poder de una nueva orden tal vez excesivamente remota, e incluso abstracta, para la mayoría, pero muy concreta y real para las mencionadas élites.

Muniz Sodré Río de Janeiro, febrero del 2000

Introducción

El presente trabajo abre una reflexión, transdisciplinar si se quiere, en torno a un conjunto de acontecimientos que se dejan caracterizar por la metamorfosis expresiva y la mutación de sentido. A fin de despejar equívocos, es preciso señalar que la referencia a la noción de acontecimiento supone la delimitación de un paraje, de un site événementiel (Badiou, 1988). En tal paraje, el acontecimiento se manifiesta como una singularidad, como un evento pleno de huellas. Sin embargo, tales huellas no suponen la intervención de subjetividades, ni deben remitirnos a compromisos individuales, sino a cuerpos en el sentido referido por Nietzsche y por el mismo Spinoza. Esos cuerpos son los terrenos donde una serie de fuerzas convergen; son los escenarios donde ciertas conjunciones tienen lugar; son, en buena cuenta, las sedes de manifestación de colisiones permanentes (Deleuze, 1994: 59-67; Deleuze y Parnet, 1980: 69-70). Por ello, toda lucha supone una fusión, ergo, una trascendencia de los cuerpos comprometidos en esa lid (Simmel, 1986: 798); una particular abstracción que liga afectos con efectos (Canetti, 1981: 10-11 y 312-15).

En consecuencia, más que individuos sustraídos, nos interesan las individuaciones a que tales acontecimientos dan lugar: la puesta en marcha de esas máquinas abstractas (Deleuze y Guattari, 1980: 103-6, 77, 57, 62, 70, 75-6, 170, 176, 180-2, 230). Por cierto, los planteamientos aquí esbozados no hubieran sido posibles sin una puesta en cuestión del filón orgánico y del peso estructural con que la denominada cultura fue inicialmente entendida. La revisión de tales conceptos, y la crítica a sus recortes etnocéntricos fundantes, ha producido variadas nociones de lo que hoy denominamos, en plural, culturas, subculturas o contraculturas. También ha sido preciso atenuar los puntos de vista antropocéntricos que tanto auxilio prestaron a las ciencias humanas y a las teorías sociales. Sin embargo, hoy lo sabemos, nunca fue tarea fácil combatir el peso colonizador que ciertas hermeneúticas ejercen, dada la legitimidad universal concedida a su mirada y la aristocrática coherencia de sus discursos. De allí nuestro interés en evitar, en el presente texto, a individuos y personas. Igualmente se dejarán de lado referentes como lo social o lo masivo, los mismos que a fuerza de usos y abusos devinieron lugares comunes y perdieron su alcance demostrativo (Baudrillard, 1978).

Para ser más concretos, diremos que nuestro interés responde al afán de iluminar la zona en que divergen los usos que un poder implementa, con las modalidades insospechadas de su puesta en marcha. Describir la tensión suscitada entre ciertos sentidos, indiscutiblemente sobrecodificados, y los desvíos concretos que, en su indecisión, muestran los sujetos. En tales eventos, qué duda cabe, se darán a conocer sectores particulares de un conjunto social, sectores que operan sus peculiares recursos en función de los requerimientos que el contexto dicte. Tal selección no habrá de impedir que los convencionalismos de estilo, según necesidades y posibilidades diversas, alcancen a recomponerse o revertirse. Dicho de otro modo, los usos podrán, pues, permanecer vigentes mientras los desvíos no los tornen caducos. En tal sentido, gran parte de la obra de Wittgenstein certifica hasta dónde la regla se encuentra, limitada de un lado y enriquecida del otro, a propósito de la variedad de aplicaciones y usos a los que ella da lugar (Wittgenstein, 1988: 47-49, 75-77, 105-7, 199-205, 245).

Concretemos entonces el espíritu que nos anima. Trátese de materias expresivas, gradualmente impuestas en el orden de la comunicación más genérica o de giros implementados en lo específico del ámbito verbal; de efectos de consenso diseminados a posteriori o de acuerdos recientes que han partido de una existencia marginal; de eventos perceptibles a escala planetaria y “globalizados” a título indiscutible, o de ocurrencias que reclamen radios más discretos y vigencias menos dilatadas, el propósito será siempre el mismo: ilustrar cuán sinuoso suele ser el umbral que separa, y vincula al separar, el equívoco actual con la virtud del mañana. O, si se quiere, cuán resbaladiza es la frontera que se traza entre los rigores exigidos por la moral de los pensamientos oficiales y las diarias desviaciones perpetradas en los feudos de la lengua o en las comarcas del lenguaje. De allí nuestro interés en demostrar, con Deleuze y Guattari, que las respuestas nómades no son ajenas a sus aparentes antípodas: los propósitos sedentarios (1988: 213-34, 384-91). En otros términos, queremos hacer explícita la ligazón, fáctica y etimológica, entre el verbo errar, con toda la ambigüedad y ceguera a él atribuidos, y el error como calificación explícitamente negativa, como juicio reafirmado mediante la fuerza inquisidora que lo instituido exhala.

Según Marzouk El-Ouriachi, el acontecimiento se define por la irrupción de nuevos significantes en un proceso. A ello habrá que añadir el carácter de fisura, de brote disfuncional, que un acontecimiento representa para la estabilidad del sistema (Arias Martínez, 1996: 18). En virtud de tales rasgos, y de su modo de operar, hemos juzgado pertinente evaluar la injerencia de una serie de acontecimientos en el diámetro que lo cotidiano delimita. No en vano se ha manifestado que la cotidianidad suele hacer las veces de inconsciente de la modernidad (Lefebvre, 1972: 148). Hoy por hoy sabemos, con Freud, que el inconsciente es ajeno a exclusiones, que allí las jerarquías pierden lugar y que, en consecuencia, todo tercero es y será bienvenido. En el inconsciente, entonces, y a la manera del discurrir coloquial, el llamado proceso primario provee las condiciones para una coexistencia plena de desacuerdos y disonancias (Freud, 1973; Tomo II, XCI: 2072-73).

Así, se examinarán, entre aportes anónimos y asimilaciones anómalas, los exabruptos nuestros de cada día: cantera de “lapsus” sin autores exclusivos cuyo agenciamiento colectivo (Deleuze y Parnet, 1988: 33, 61, 162-3; Deleuze y Guattari, 1988: 27, 94-5, 89-90, 400-3) parece espantar tanto los intimismos psicocríticos como las matrices socioculturales. Dichas reticencias responden al hecho de verse contrariada la estabilidad de las significaciones y, sobre la marcha, de las subjetividades que le otorgan consistencia; así planteado el asunto, los sujetos del enunciado y los de la enunciación van a perder su valor analítico imperial, su lugar inamovible. Dichos cuestionamientos no son, según se ve, poca cosa para una tradición logocéntrica.

Debe notarse, a propósito de la disolución de unas siempre caras subjetvidades, que incluso la misma noción de individualidad no es –ni tendría por qué ser– patrimonio exclusivo del diámetro personal, de ahí que la veamos reaparecer, quizá engañosamente ataviada, en toda designación que el orden social articula (Simmel, 1986: 741-808). Así, más allá de las atribuciones que en su aparente aislamiento recibe el sujeto, habrá que pasar por la diferenciación que compañeros, parejas o díadas merecen (Laing, Phillipson y Russell Lee, 1973: 19-32; Joseph, 1988: 54-56) hasta llegar, en el otro extremo, a la denominación de los colectivos institucionales más explícitos (Lourau, 1975: 25-71). Obviamente, en tales alineamientos se incluyen, además de los grandes órganos del poder (familia, escuela, trabajo, Iglesia, Estado) identidades grupales de prestigio menor (niñez, adolescencia, feminidad, grupos étnicos diversos) y todas las expresiones que éstas y aquéllas perfilan. A tal convocatoria asisten también, y a título de individualidades plenamente reconocibles, aquellas comunidades siempre “desprestigiadas” por el cautiverio real y simbólico que soportan (demencia, encarcelamiento, exilio) y, como es típico, las que son puestas en cuestión por la transitoriedad de su impacto (cuadros técnicos, grupos artísticos, modas en general).

Por ello, más que un fenómeno, la individualidad es un valor o, mejor aún, constituye la sede de un conjunto de valores apreciados en grado sumo. Valencias como la dignidad, la entereza, la autonomía o la coherencia serán, según los casos, atribuidas idealmente o impugnadas amargamente al fenómeno que se quiere particularizar. La búsqueda de tales valores, o el reclamo de tales valencias, hacen parte de su invocación universal, ratifican su condición de imprescindibles. Entre los grandes marcos de referencia y principales cotos semánticos de la mencionada individualidad se distingue, por ejemplo, la vertiente religiosa, la política y la económica (Dumont, 1987). Tales perspectivas que suelen coagular o petrificar algunos principios, constituirán, en consecuencia, una sensibilidad pública, un imaginario fuertemente ideologizado, un unitarismo indiscutible: gesto etnocentrista pues, que se autoriza a sí mismo. Y sin embargo, no lo olvidemos, tal operación suele estar franqueada por un gesto humanista, o para decirlo con Nietzsche, por una actitud demasiado humana (Nietzsche, 1993). Contra esos dogmas inerciales, y las cegueras que su sobrecodificación implica, contra esos gruesos pilares que son los psicologismos y sociologismos más diseminados, es que el presente trabajo se despliega.

En principio esbozaremos el peso y la autoridad que el denominado discurso científico ha establecido, y la intensidad con que su influjo se reproduce en el ámbito de las ciencias humanas. Así, por ejemplo, el impulso experimentalista que el proyecto de Bentham supuso, vía el panoptismo, desde finales del siglo XVIII; de otro lado, el alcance y las limitaciones que las concepciones macrosociológicas han impreso durante los dos primeros tercios de la centuria anterior; además, por cierto, de los rigores formales que la oleada estructuralista, a través del lujo atomístico de sus desmontajes, consiguió desplegar. Sin pretender ser exhaustivos, éstos serán temas sobre los que se insistirá en diferentes pasajes del presente texto.

De uno y otro modo, los ítemes anteriores tendrán carácter de preámbulo, dado que su mención permitirá el abordaje de lo que en la terminología posmoderna se conoce como la caída de los grandes relatos (Lyotard, 1989: 73-78). Así, pues, el impacto que abre la posmodernidad ha supuesto un disloque de la profundidad a interpretar, en favor quizás de las superficies de la descripción; ha gestado un tránsito de una estructura, más o menos estable, a la variabilidad de los acontecimientos; ha facilitado cierta involución hacia las complejidades de lo real, en obligado desmedro del discurso y su prestigio simbólico; en fin, la posmodernidad traduce el relevo de la visión telescópica a cargo de todo un espectro de miradas microscópicas. Tales aterrizajes, con frecuencia súbitos, forzados por descalabros coyunturales e insospechadas erosiones históricas, han hecho posible la recuperación de concepciones filosóficas fuertemente polémicas. De ese modo, obras como las de Nietzsche, Hume, Wittgenstein, Peirce y Bergson han pasado a constituirse en baluartes de nuevas propuestas, o en agentes emblemáticos de descubrimientos alternativos.

Hemos de constatar, en función de lo anterior, que las grandes explicaciones se tornan cada vez más discutibles, mientras que la observación del aquí y ahora adquiere otra relevancia; entre tanto, y a título paralelo, un saber asépticamente distante sufre la impronta del hacer más próximo. Nada gratuito va a resultar, entonces, que la pragmática de Austin, la microsociología de Tarde o el interaccionismo de Goffman sean rescatados de un modo enfático, ya por el lado de los actos del habla, ya por el de los convencionalismos de todos los días, ya por el de las estrategias decisorias a pequeña escala. En tal sentido, las psicologías y las sociologías contemporáneas tienden a auxiliarse, no con poca frecuencia, en recursos etnográficos, con la finalidad de emplazar o acompañar los más leves movimientos; con el propósito de esclarecer los propios cambios de velocidad que las micropercepciones deslizan (Deleuze y Guattari, 1988: 58, 231, 282-7); en fin, para concretar acercamientos diferentes al conjunto de rituales y rutinas que los regímenes de la cotidianidad solicitan (López Petit, 1996: 192).

Tal cual se percibe, la propuesta en la que principalmente nos apoyamos es aquella que Deleuze y Guattari articulan, a la que habrá de añadirse una serie de reflexiones tomadas de la obra de Foucault. Así, pues, en medio del caos que deprime o sofoca a la mayoría de especialistas contemporáneos, tales estudiosos proporcionan una serie de claves, cuya amplitud y plasticidad permite confrontar el panorama actual de modo distinto, más flexible, menos deudor. Por ejemplo, en el texto Mil mesetas se habla del devenir mayor como equivalente del conjunto de códigos, relaciones y posiciones que los poderes imponen. Paralelamente, Deleuze y Guattari ilustran el modo en que los devenires menores quiebran, en términos constantes, el orden referido (1988: 291-3). Tales devenires minoritarios, sin embargo, se arriesgan a desaparecer en los llamados agujeros negros: suerte de casilleros o de trampas encubiertas hacia los que el devenir mayor habrá de atraerlos (ibídem, 179-94).

Para decirlo más puntualmente, una sociedad disciplinar sólo aplicará la llamada selección binaria para completarla y consumarla por la vía de una atribución diferencial; sólo efectuará marcaciones opositivas a fin de distribuir asignaciones coercitivas (Foucault, 1976: 203). Planteado en otros términos, una sociedad disciplinaria no se limitará a imponer, a secas, binarismos del tipo normal/anormal, masculino/femenino, blanco/negro, si bien es verdad que a través de tal operación configura un primer ordenamiento que aquieta y separa a los protagonistas. Lo sustancial es que ese efecto inicial permitirá, en segunda instancia, reacomodar las piezas, sopesar los recursos y estratificar los alcances. Allí es que se hace explícita una política que protege a los normales de los anormales; que eleva lo masculino por encima de lo femenino; que reserva para el blanco lo que le niega al negro. En pocas palabras, se trata de separar para jerarquizar; de polarizar para diferenciar. A la separación de tipo horizontal que ambas partes han de sufrir (selección binaria), le sucede la separación, más vertical, que impone uno de los polos sobre el restante (atribución diferencial).

Nos topamos, de un lado, con el sedentarismo, y, del otro, con los nomadismos; con las instancias normativas que el primero impugna, y las potencias con que los segundos desordenan el panorama (Deleuze y Guattari, 1988: 240-315, 359-431, 433-82). Asimismo, se confronta la territorialización con que se imponen, codifican, e incluso sobrecodifican, las disciplinas y los rendimientos; todo ello en inagotable pugna con las siempre insospechadas desterritorializaciones (Deleuze y Guattari, 1973: 145-247; 1988: 49, 60-3, 66-7, 291, 386, 391-29). Fuesen opciones abiertamente contestatarias o réplicas subrepticias, éstas desterritorializaciones deberán entenderse siempre como líneas-de-fuga (1988: 45, 61-2, 190-1, 220, 225-7). Las fugas, en este caso, no responden a la fenomenología del pavor o del miedo, ni coinciden con el orden de una huida que tiende a olvidarlo todo. Pertinente es recordar que el pánico y el desmayo, según comenta Sartre, suelen ser formas de no estar, formas pasivas de desaparecer del caos (Sartre, 1973: 90-92).

Por el contrario, las líneas-de-fuga operan por desterritorialización, atrayendo a los segmentos duros del poder, y proveyéndose de armas que contrarresten los afanes reterritorializantes de éste. Para decirlo de otro modo, se trata de flujos que desbordan las redes institucionales (Deleuze y Guattari, 1973: 154-60; 1980: 38, 45-60, 81, 101-3, 155, 161-3, 229-30; 1988: 206-9 223-5 483-509). Se sabe que estas redes deben, por principio, impedir el descontrol de la marea, luchar contra ella, tornarla controlable. He allí la neutralización visible de los extremos y el rescate de la media: suerte de norma estadística que tanto valor tuviera en las sociologías principistas (Durkheim, 1982: 77-99). Decía, pues, Durkheim que las manifestaciones retrógradas y los impulsos progresistas, en la medida en que no pudieran ser contenidos por el equilibrio institucional, habrían de ser sistemáticamente soslayados. Ante tales corolarios uno podría preguntarse si se trata de reflexiones sobre el poder o, más concretamente, del poder que se ejerce sobre dichas reflexiones (Foucault, 1991: 83-87).

En el terreno lingüístico, ese tipo de fricciones irán a actualizar la lucha, a veces silenciosa, a veces estentórea, que con frecuencia animan una lenguamayor, actuando a título oficial; y los llamados usos menores que de la anterior se efectúan (Deleuze y Guattari, 1988: 81-116). A partir, pues, de los términos apuntados (y otros que se irán consignando durante el desarrollo de la exploración) se efectuará un desmontaje descriptivo-analítico de un conjunto de indicadores que lo cotidiano acompasa; se abordarán una serie de evidencias extraídas del ámbito coloquial y/o de las escenificaciones que lo urbano despliega. Dado que, en su acontecer, tales marcas oscilan entre unas y otras generaciones, se les percibe como “degeneraciones”. Y es que entre su expresión continua y el gesto que pretende aprehenderlas, se confrontan y divorcian las semiosis más sofisticadamente elitistas, y las expresiones coloquiales a las que el “vulgo” da lugar.

No habrá, entonces, más conclusión que la que nos invite a recuperar el valor del ejercicio llevado a cabo por las fuerzas menores. Estas últimas no serán definidas así por su débil protagonismo, su insignificancia estadística o la trivialidad de su competencia. Lo que aquí se rescata de las fuerzas menores es el lugar que ocupan respecto a las relaciones de poder; los tiempos y espacios en que se instalan; el carácter, frecuentemente episódico, de sus manifestaciones y productos. Vale decir, es en la naturaleza de sus agenciamientos colectivos y de sus líneas más flexibles, que las fuerzas o los devenires menores alcanzan a traslucirse (Deleuze y Guattari, 1988: 253-4, 274, 291-3). Todo ello supone, claro está, tomar en cuenta los imperativos o líneas duras que las autoridades segregan (ibídem, 213-34).

¿Para qué estudiar, pues, los viejos terrenos del poder y explorar los territorios, harto trillados, de la lengua? Para percibir mejor las desterritorializaciones de las lenguas. En el camino nos encontraremos, claro está, con el valor mítico y el peso universal que la lengua, en tanto órgano de poder, reviste. De ese modo también podremos despejar la búsqueda, orientándonos hacia un conjunto de evidencias e indicadores que nos remitan a la productividad de las lenguas; a la necesidad de “hacer foco” en sus variaciones. A confrontarnos con lo que Labov llamó variación continua. Una vez más con Deleuze y Guattari, se tratará de rescatar la glosolalia de una realidad lingüística y, en consecuencia, las rupturas de código que entre sus planos se establecen (1988: 89-90).

CAPÍTULO I
Ciencia, discurso y estrategia

Con Galileo y Descartes, se nos dice, el empeño científico adquiere históricamente las características que hasta el día de hoy lo perfila y define (Koestler II, 1987; André, 1987). En buena cuenta se tratará de constituir universos cerrados, hacer depender el sentido de la estabilidad y recurrencia de ciertos principios, acceder a las leyes que habitan en lo más profundo de los fenómenos. Es por ello que los racionalismos eternamente renovados por metafísicas y tecnologías diversas, han aspirado, por lo regular, a detectar lo unitario en medio de la diversidad; a recoger singularidades purificadas y abstracciones armónicas entre un real difuso y tendiente a lo múltiple; a combatir el caos de las apariencias gracias al certero e inefable recurso de las esencias. Cristalizar tales aspiraciones no es poca cosa, máxime si se recuerda hasta qué grado el culto a dichos valores va a suponer un reconocimiento y merecer un poder, recompensas distribuidas por la sola pertenencia a todo espacio que se consagre a la búsqueda, entiéndase oficial, de una “verdad”. Suerte de realización sustancial de los anhelos científicos más puros, ciertas disciplinas últimamente llamadas ciencias “duras”, tales como las matemáticas, la física o la astronomía, renuevan sus propósitos formalistas. Para ello han de abocarse al perfeccionamiento de su operatividad instrumental y a la convalidación de los rigores hipotético-deductivos de estilo. El éxito de tal empresa parece depender de una cierta obediencia, de un cierto ajuste táctico, a las premisas axiomáticas; y del exacto acatamiento, implícitamente disciplinar, a las consignas que un saber técnico establece.

En el ámbito de las denominadas ciencias naturales, entre las que deben destacarse la física, la biología y la anatomía, los recursos experimentales alcanzaron especial preeminencia. Haciendo eco de las ideas de Bacon y de Bernard, se yergue el espacio de control por excelencia: el laboratorio. No sería difícil reconstruir, por cierto, una línea dura, un segmento rígido que detectase las conexiones entre una ideología experimentalista y el prestigio infraestructural que los “laboratorios” proveen. Alianza de la que han surgido productos del más diverso tipo: los lavados cerebrales y las explosiones nucleares; la aceleración de partículas y la gestación de clones; la realidad virtual y las virtudes de lo real; las exploraciones bacteriales y las fugas virales; en fin, los sistemáticos y permanentes registros de “n” sensibilidades perceptuales.

Lo indiscutible es que con la propagación de los experimentos una serie de exigencias, más o menos específicas, se han impuesto. Entre ellas alcanza brillo propio el aislamiento y el manejo de las variables cuyo fin, como se sabe, es hacer prevalecer las llamadas constantes. Paradójicamente tales variables deberán ser privadas de la variabilidad que muestran en sus campos de acción originarios. De hecho, múltiples aparatos de observación, comparación y registro contribuyen al tecnicismo de dichas atmósferas. Destacan, asimismo, en el terreno de la validez y la confiabilidad de los resultados, las indispensables repeticiones de las sesiones de trabajo y, a posteriori, los prolijos contrastes a los que los datos recogidos han de someterse. Recuérdese aquí el particular énfasis que en la obra de un autor moderno como Popper recibe la noción de falsabilidad, suerte de dispositivo instrumental, cuando no de criterio analítico, para descartar las hipótesis nocientíficas (Kreuzer, 1992).

Recuérdese también las reflexiones, efectuadas por Bourdieu, respecto del carácter autovalidante o tautológico que permite a esa entidad laboratorista-experimental de la que hablamos, legitimar sus hallazgos e imponer la orientación de sus lecturas (Bourdieu y Passeron, 1989). ¿Sería inocente interrogarse hoy, después de tanto marxismo y antropología, de tanta fenomenología y estética, de tanta semiótica y psicoanálisis, de tantas teorías del discurso y filosofías del lenguaje, sobre la supuesta conciencia del sujeto experimentador? Lo cierto es que el especialista de laboratorio no es más que otro objeto, experimentado por la propia experimentación; variable de un diseño operado a otra escala; conductor/conducido de una nave que enlaza, bajos órdenes estrictas, puntos de partida con zonas de destino.

Se ha señalado que la aparición sucesiva de las denominadas ciencias humanas y de las ciencias sociales generará progresivas modificaciones en el manejo del paradigma que liga al observador con su observación, al vigía con el radio de su vigilancia (Ibáñez, 1986: 70-71). Resulta indiscutible que la misma naturaleza de los nuevos objetos de estudio –trátese de sistemas culturales o aprendizajes sociales, percepciones o comportamientos habituales, lenguas o discursos– ha de reclamar ajustes en los planteamientos convencionales, cuando no la introducción de métodos y técnicas ad hoc. En todo caso, y más allá de las legitimaciones conceptuales o de la plasticidad humanista, el sujeto real será tratado –desde finales del siglo XVIII– no como protagonista de la comunicación sino como fuente de información (Foucault, 1976: 204). Se evidencia aquí la ley panóptica que conecta poder y saber en un inextricable circuito, suerte de espiral retroalimentante cuyo insospechado alcance aún no terminamos de visualizar.

La sociología, por ejemplo, se fue inclinando hacia un perfil positivista (Marchán Fiz, 1982: 238-260) y hacia lo que hoy se cataloga como estudios macrosociales; la psicología, presionada por diversas exigencias, procuró la cientificidad reclamada, sesgándose obsesivamente hacia los regímenes psicométricos y, cómo no, hacia una praxis terapéutica no pocas veces tildada de reformista y conciliatoria (Deleule, 1972: 45-54, 65-9 74-6, 99-104, 136-151). Paradójicamente la visión conductista, preferentemente catalogada como conservadora, y el materialismo histórico, poco sospechoso de oponerse a los grandes virajes de la historia, coincidieron en el relegamiento del aquí y ahora que la cotidianidad acompasa. De un lado, se erigía el minimalismo psicometrista impuesto por las investigaciones enmarcadas en el laboratorio; y del otro, la hermeneútica de los grandes modos de producción y de los ciclos históricos que, a escala mayor, una dialéctica marxista impuso. De un lado, el reino del reflejo y el condicionamiento, las microcadenas de estímulosrespuestas, la sucesión de castigos y recompensas, los reforzadores positivos y negativos; del otro, el capital y la fuerza de trabajo, la alienación y el fetichismo, la explotación y la plusvalía.

Tal correspondencia se basó entonces en una especie de circularidad entre los matices ideológicos, con que las relaciones de producción alienan a los sujetos y fetichizan a los objetos (he ahí, diseminada, una cierta retórica marxista); y las modalidades inevitablemente automáticas con que tales designios son regulados vía el par gratificación/punición (pilar indiscutible de la tecnología conductual). Así, pues, a fin de aliviar los males del sujeto y atender los apremios del sistema, los “ingenieros del comportamiento” levantaron técnicas como las denominadas aproximaciones sucesivas, las que conducen, ni más ni menos, a una suerte de desensibilización sistemática del organismo ante el problema, una inhibición del sujeto ante el conflicto, un desconocimiento presente de lo pasado, y a una ignorancia de cada cual ante todo otro.

Debe enfatizarse, sin embargo, que la coincidencia entre psicologismos y sociologismos se plasmó por móviles claramente diferenciados. Así, pues, mientras la psicología de laboratorio se eximía de las esferas internas del sujeto, dada la imposibilidad de administrar mediciones y prever modificaciones (Chomsky, 1975), los arrestos sociológicos de un Marx o un Durkheim, elevados a la altura de los modos de producción o de las grandes convocatorias institucionales, dejaban necesariamente de lado el diario devenir que las historias menores entretejen al ras del piso. No es casual que hacia ese anecdotario de pequeños dramas, venganzas anónimas y sueños sombríos se incline, en la actualidad, un cierto cine de vanguardia. Efecto detectado por Deleuze cuando sostiene que la pantalla cinematográfica, saturada de ser el sacrosanto relevo del mundo, de ser el marco clásico que prolongaba las artes pictórico-figurativas, pasa a convertirse en el tablero de las permutaciones virtuales (Deleuze, 1990: 67-81, 97-112). O cuando el llamado filósofo de la imagen revela que, en el plano de las atmósferas, la ciudad deviene calle; los rascacielos, tugurios; y el héroe, antihéroe (Deleuze, 1984: 286-299).

Uno de los profetas de la maldad contemporánea es, a no dudarlo, Stanley Kubrick. Recuérdese, a título de indicador, el tono paródico y desengañado con que, en una cinta como La naranja mecánica (1971), revisa falsas armonías hogareñas y necias ortodoxias penitenciarias. Destaca el cuestionamiento radical que los propios protagonistas actualizan de las tristemente célebres terapias de “rehabilitación”, definidas estas últimas como quehaceres cuya rimbombante propagación no consigue ocultar la esterilidad de su real alcance. Con La naranja mecánica, la psiquiatrización del orden urbano y el automatismo displicente de las colectividades reflotan en medio de un futuro, si no sombrío, al menos enigmático. Entretanto los ofidios de una moralidad inquebrantable seguirán administrando dosis cada vez más fuertes de su propio veneno. Saltando a la escena actual asistimos hoy, en el plano televisivo, al auge que los talk-shows han alcanzado. Se trata de formatos que facilitan la intersección de un hiperrealismo amarillo con el impacto de los testimonios autobiográficos (Arfuch, 1995: 82-87).

Acaso la década del sesenta marcó el apogeo de una matriz metodológica, cuyo énfasis y propósitos impregnaron en términos prevalentes lo tratado en materia de códigos, textos y significaciones. Con Saussure y Jakobson, Benveniste y Lévi-Strauss, Greimas y Barthes nació, creció y maduró el estructuralismo (para muchos, sin embargo, debe hablarse de “estructuralismos”, dada la autonomía, riqueza y talento de sus más preeminentes cultores). Tal propuesta fue acusada de apolítica, dada la asepsia que su labor analítica exigía; e incluso de hiperformalista, por la predominancia de estratos categoriales, unidades opositivas y un metalenguaje ad hoc en los desmontajes operados. Aquellos que muy fácilmente pretendieron reducir el estructuralismo a la pura moda, solían olvidar en su énfasis sarcástico, que no hay fenómeno social que consiga escapar a los vedetismos y decadencias de turno y que, a la manera de los seres biológicos, los valores culturales no pueden liberarse de la forzosa sucesión dada entre el protagonismo de actualidad y el olvido que los turnos exigen.

Plenamente instalados en el ámbito de la investigación etnográfica (Godelier, 1974 y 1975) o interesados en una sociología de la literatura (Golmann, 1967), autores marcadamente heterogéneos intentaron demostrar, en sus obras respectivas, que no existe una exclusión necesaria entre un marxismo cuyo materialismo histórico parecía ajeno a las complejidades lingüísticas, o a las que sólo daba lugar en el dominio de las superestructuras; y un estructuralismo casi siempre tipificado como un metalenguaje sin historia y que, dada su hermética autosuficiencia, habría de limitar las demandas coyunturales al cruce de diacronías y sincronías. Tales empresas, tempranamente transdisciplinarias si se quiere, no hacían más que certificar el espíritu con que un Althusser intitulara a su texto capital sobre el marxismo Para leer El capital (Althusser y Balibar, 1970). De otro lado, figuras claves de la escena intelectual francesa como Lacan y Foucault mantuvieron un diálogo fructífero con el estructuralismo y más allá de las resistencias que ambos levantaron ante la “amenaza” de ser tildados de estructuralistas e incluso de las críticas que supieron esgrimir, se puede certificar –en negativo, por así decirlo– el influjo que tales métodos tuvieron sobre sus respectivas posturas.

Lo cierto es que, a juzgar por lo acontecido en las últimas décadas, el sueño semiológico de Saussure ha sido concretado, en gran medida, por una semiótica de corte estructural que supo nutrirse de la enseñanza propuesta por la gramática generativa de Chomsky (Quesada, 1992). Tal vez esa semiótica fue la respuesta más acabada que las ciencias del discurso podían ofrecer ante los frecuentes ideologemas de las disciplinas sociales (Kristeva, 1981). Es posible que así se expliquen también las denuncias planteadas respecto de la excesiva distancia que, ante los efectos sociales, ha marcado una lingüística dominante (Labov, 1983: 235-243). Política a la que no ha contribuido poco la implícita predilección, jerárquicamente sancionada, que recibe la lengua sobre el habla, en Saussure, y que correlativamente supone, en Chomsky, la focalización de la competencia en detrimento de la performance. De ahí que tanto el habla como la performance hayan sido, según el hábito consuetudinario de muchos lingüistas, paradigmáticamente trasladadas al claustro del gabinete e idealmente descontextualizadas por un enciclopedismo bibliotecario (ibídem, 238).

Ese relegamiento de usos, estilos y tendencias que el habla y la palabra suponen, fue confirmado por el modo con que algunos lingüistas, aparentemente interesados en las consideraciones sociales, han procurado, no sin cierta ingenuidad, imaginar “experimentos” que conectaran a hipotéticos usuarios de una lengua. Labov informa que, además de los ya clásicos relatos sobre náufragos, del tipo Robinson Crusoe, han prevalecido, entre otros artificios, pretendidas reconstrucciones de diálogos materno/paterno/filiales. En estos últimos el paso de la emisión (adulta) a la recepción (infantil), y su respectiva inversión, eran graficadas con especial rigidez, acentuando románticamente las distancias entre uno y otro agente. He ahí el indubitable carácter introspectivo que, de uno u otro modo, ha afectado la concepción, mítica a veces, agorafóbica en otras circunstancias, que los lingüistas han insistido en trazar respecto de las identidades grupales; a la cultura de los pares; a los saltos generacionales, y a otros acontecimientos que perfilan la comunicación cara-a-cara. No es gratuita, en ese plano, la familiaridad de las conexiones entre la lingüística y la psicología (ibídem, 333-4). El psicologismo, pues, también ejerce sus yugos entre los investigadores más rigurosos, confirmando, en este caso, que el trabajo de abstracción no alcanza sólo a la distancia “neutra” con que ciertos instrumentos se aplican e instalan respecto del fenómeno, sino que correlativamente perfila y protege la indivisible individualidad del especialista ante la pluralidad de los factores entrecruzados en el acontecimiento.

Están también, por cierto, las batallas libradas por Lacan quien supo salvaguardar al psicoanálisis freudiano tanto de la farmacopea psiquiatrizante como de una (in)voluntaria esterilización psicologista, aferrada a pedagogías de reajuste normativo y utilitarismos vocacionales, laboralmente orientados. Las exigencias del mercado se encontraban, y se encuentran, fuertemente preocupadas por performances y rendimientos de cuño productivista. Sin embargo, dada la densidad epistémica y el hermetismo con que fue levantada la obra de Lacan (Fages, 1973; Juranville, 1987) sus denuncias y propuestas fueron mayormente ignoradas.

Considerando su alcance y plena actualidad es preciso no confundir acá los terrenos de la semiótica y el psicoanálisis franceses, es indispensable no entremezclar el corpus textual de una con la intersubjetividad simbólica de la otra. Bastaría recordar hasta qué punto la categoría de sujeto es trabajada a título autónomo y diferencial, en cada una de esas perspectivas. El propio significante, célebre entidad saussureana, se conecta en el caso de la semiótica con programas, recorridos y modalidades, respetando además su conexión con otros tantos significados y, en planos más profundos, con semas nucleares; mientras que en el psicoanálisis el significante, en cambio, va a ser pretexto para comprometerlo con los fundidos-encadenados que las condensaciones y los desplazamientos estarán permanentemente figurando: es aquí, incluso, que se da pie a la conexión con el despliegue retórico de las metáforas y metonimias que, como se sabe, fue adelantada desde la lingüística por Jakobson. Así, pues, la primacía de los significantes de cuño lacaniano se apoyaba en la consideración de que el funcionamiento de estos últimos implicaba un entredicho, un efecto de fuga, velado y efímero, entre cuyos meandros había que atisbar más que significados, sentidos. Aunque en otro sentido, la propia semiótica nos habla, por ejemplo, de efectos de sentido.

Lo cierto es que, por ser deudores de un auténtico redimensionamiento de lo real del discurso e incluso de los discursos sobre lo real, semiótica y psicoanálisis emergen, el primero como gran decodificador de la cultura, traductor intertextual de signos y rótulos, sueño translingüístico possaussureano; y el segundo como recuperador de la palabra y marco interpretativo de sus contorsiones y extorsiones, haciendo foco ahí donde el discurso del sujeto, o el sujeto del discurso, revela, entre erotanatismos y sadomaquismos, entre latencias y manifestaciones, entre tiempos cronológicos y tiempos lógicos, toda la esquizia que lo habita.

CAPÍTULO II
Vigilancia estatal y desprendimiento de significantes

Hasta el aura del siglo XX, la concepción del mundo seguía reposando en dos pilares fundamentales: la perspectiva euclidiana y la estructura tonal (Lefebvre, 1972: 143-44). Tales nociones habrían proporcionado verdaderos sistemas de representación cuyo panorámico alcance se constata a propósito de la diversidad de planos por ellos comprendidos. De ese modo, la visión euclidiana no sólo garantizaba la comprensión de las artes figurativas más elevadas sino que además constituía el límite inteligible para la lectura e interpretación de los garabatos infantiles. Complementariamente, la estructura tonal sumía toda creación y ejecución musical en los niveles correspondientes, de tal manera que la degustación elitista o el consumo popular proporcionaban indicadores para diferenciar cada producto e inscribirlo en el casillero correspondiente. Cualquiera fuese, entonces, la naturaleza de los eventos en cuestión, y gracias al alto nivel de correspondencia entre significantes y significados, los códigos imperantes podían garantizar, en el mismo movimiento, la continuidad del referente y la permanencia del sentido.

Sin embargo, ante el subrepticio espacio conquistado por la teoría de la relatividad, el suceder histórico dará paso a la incontenible variedad de los avances tecnológicos. Aquí sólo compete señalar a qué grado los llamados medios masivos, y la cultura que destilan, se configuran como el reflejo más claro de una modernidad en perpetuo desborde. Dimensión conflictiva que, con inigualable claridad, Heidegger avizoró (Heidegger, 1968) cuando advertía a la humanidad del insospechado poder que sobre el destino del hombre habría de adquirir la técnica como tal. Otras búsquedas, centradas en el terreno de la filosofía, la ciencia y el arte contribuyeron a cristalizar ciertas rupturas en las configuraciones perceptuales, en las dimensiones imaginarias y consecuentemente, en las jerarquías valorativas ancladas a título secular.

En consecuencia, tiempo y espacio como entidades per se, otrora dueños de ontologías y metafísicas que norteaban el destino de Occidente, debían recomponerse entre tantos tiempos y espacios como lo exigía la multiplicación de los nuevos descubrimientos, y la diseminación de sus nuevas prácticas. Imágenes visuales y auditivas comenzaron a alcanzar protagonismos imprevistos en los intercambios comunicativos, transitando, en ese proceso, desde el paralelo enriquecedor hasta la concreción de novedosas e imprevisibles fusiones. Así, pues, la fantasmática del audio ya no tenderá, como antiguamente, a una visualización que la represente, o a una figuratividad que la releve, pues inversamente la propia visualidad de la narración irá a procurar, en términos constantes, cercos acústicos que le faciliten un territorio, u oleadas rítmico-melódicas que soporten la dinámica a escenificar. Más que imperio visoauditivo, estaríamos certificando una dominancia audiovisual.

Lo cierto es que con la cultura masmediática, las dimensiones percibidas van a sujetarse a otros ejes, pues en vez de que la pantalla imite al mundo se constata cuánto el mundo se mira en la pantalla. Probablemente esa infraestructura permitió anunciar el modo en que la televisión, luego de ser simulacro, reflejo o mero apoyo de lo real, amenazaba con pasar a constituirse en paradigma de la experiencia, orientador de la opinión, instrumento de captura de la “verdad” (Colombo, 1977). Ello justificaría hablar de un abandono de lo real y un correlativo apego a los efectos de la realidad (Sodré, 1983: 65; 1989: 132). O, en términos más amplios, describir la creación contemporánea de un porno-estéreo que habrá de añadirse a lo real (Baudrillard, 1981: 33-9).

En consecuencia, la realidad actúa en función de la televisión e incluso procura parecerse a ella, en el mismo sentido que las calles romanas terminaron imitando a su correlato fílmico, ése que fuera concebido para el filme La dolce vita (1960). No poca es la sorpresa, e incluso el desconsuelo, que tal efecto duplicador suscita en su genial realizador (Fellini, 1978: 85-98). Según sugieren Bazin y Rohmer habría un efecto, circular si se quiere, aunque de alcance catastrófico, entre un Hitler patéticamente chaplinesco conmocionando al mundo, y el Charles Chaplin lúdicamente hitleriano de El gran dictador (1940) (Deleuze, 1984: 241-43). A la rigidez del bigote, la nerviosa movilidad, y la pequeña estatura, habría que añadir el insustituible impacto de los despliegues gestuales que caracterizara a tan disímiles personajes. Syberberg ha llegado incluso a señalar que el poder alcanzado por el xenofóbico Hitler no puede únicamente explicarse por la emergencia de una serie de valores autoritarios y chauvinismos requeridos de expiaciones objetivables, sino fundamentalmente por sus dones de “cineasta” o, si se quiere, de escenificador ceremonial (ídem, 350, 356-9).

Así, pues, el trabajo de Leni Riefenstal, principal documentalista de Hitler, se vio facilitado por los rigores simétricos-euclidianos con que éste último imaginaba primero, y contribuía a escenificar después, planos, ángulos y secuencias de sus marchas y desfiles (Gubern, 1989: 83-110). Éstos eran los faustos monumentales y arquitecturales, sobre los que se asentaba el impacto y la vigencia nazistas. En un texto soslayado últimamente, Reich demuestra precisamente que una buena dosis del valor propagandístico que la política nazi puso en juego, reposaba sobre una imaginería encargada de embragar hasta el cansancio el par madre-patria, a través de la noción de reproducción (biológica/económica), amén del soporte explícito que el cromatismo y los rasgos biotípicos de la raza aria significaron para consolidar la pretendida pureza de tal etnia (Reich, 1946).

La historia nos habría hecho transitar de la logosfera, que sería la fase de los ídolos fascinantes y de los indicios glorificados por el aura, a la grafosfera, icónicamente representativa y artísticamente placentera; para arribar, en última instancia, a la videosfera, reino de la simulación y la virtualidad, donde la imagen no tiene más referente que ella misma. Del asombro ante lo sobrenatural nos deslizamos hacia la contemplación recreativa, y de ésta a una captura afectivo-cognitiva que la imagen actual, en términos de atención exclusiva aunque pasajera, exige para sí (Debray, 1994: 175-202). Se ha dicho que el mensaje es el masaje (McLuhan y Fiore, 1972). Lo eventual, entonces, será –al mejor estilo de las muchedumbres de Le Bon o de las hordas primitivas de Freud– la convergencia en el espacio, dado que para los destinatarios lo sustancial del efecto radica en la simultaneidad con que son capturados en el tiempo. Tiempo de circulación masmediática, tiempo de globalización, tiempo que todo lo sincroniza y congela.

De ahí, no es vano el especial brillo que para las tecnologías informativas de actualidad alcanzan las transmisiones en “directo”: índice de eficacia, garantía de posicionamiento, invasión del registro y, paralelamente, registro de la invasión. Tal como lo señaláramos en un trabajo anterior (Hevia, 1994: 70) el receptor tendrá la “saludable” impresión de integrar una variante posmoderna de la milenaria Ley del Talión, así pues: ojo por ojo, lente por lente. Similar es la coartada que se maneja hoy en las discotecas juveniles, especie de cronometrización “n” veces refractada, cuando el espectáculo del goce tribal y de los ritmos seriados, es devuelto en una serie de pantallas aleatoriamente ubicadas, ahí donde se recortan “en vivo” los enfervorizados danzantes. La estrategia se complementa gracias a la clonación que diversos espejos procuran a los asistentes. En esa mise en scene el espacio se fragmenta hasta el hartazgo y los tiempos surgen de una espiral que sustrae cuerpos y dona ruidos. Experiencia vertiginosa que esa suerte de caja de resonancia icónica facilita, al duplicar o multiplicar todo. Reino de tatuajes luminosos y “barridos” en continua precipitación.

Para sustentar, por ejemplo, que el cine constituye a su espectador a fuerza de recortes motrices y privaciones sensoriales, se ha apelado a las nociones de pulsión escópica y pulsión invocante, que extraídas de su matriz psicoanalítica permiten diseñar una suerte de imaginario del espectador que durante la penumbra y silencio del ritual se convertiría en un gran ojo y un gran oído (Metz, 1979: 44-66). A propósito de los despliegues tecnológicos podría aludirse, en el extremo, a una concepción experimental de la existencia, quinta esencia del laboratorio, feudo cientificista en el que, por ejemplo, se esgrimen las racionalizaciones necesarias no para reproducir a la naturaleza sino para corregirla (Deleuze, 1990: 102) e incluso, extorsionarla. Adversos a tales afanes, los ecologistas, han hecho de esa denuncia su gran bastión y también su mejor propaganda.

Consecuentemente espacio y tiempo, en vez de ser las coordenadas sensibles del entendimiento van a constituirse en meras variables (dependientes, independientes, de control) que coadyuvan a la reconstrucción de un espacio real según los intereses de la observación sistemática; entretanto el tiempo será convertido en la simple materia del registro cronométrico. Por lo tanto, el espacio se reduce a la arquitectura de un set y el tiempo es vaciado a manera de un replay: tecnología sintética. A propósito de esto último se ha propuesto que lo que le otorga a la contemplación fílmica su magia y fascinación irreductibles, es ese poder de privarnos del tiempo inmediato para proceder, más libremente, a la entrega de los avatares narrativos (Scheffer, 1980: 7-23). Tal sustracción, que es la de lo real del cuerpo, supone invocar otras memorias, remotas, distantes, incluso ajenas. Episodios que recuperan la cándida expectativa y el terror paralizante con que el mundo era atisbado en su intimidad y espectado desde sobrecogedores contrapicados.

Se ha ido quebrando, en la visión de Lefebvre, la bipolaridad sígnica, la sacrosanta correspondencia entre los mensajes y sus contenidos, y en ese descoyuntamiento emergen masas fluctuantes de significantes; camadas dispersas de imágenes; series caóticas de impresiones, atravesando múltiples circuitos e imponiendo, por exceso o por carencia, usos y consumos del más variado espectro. Así, pues, tal como lo demostrara Barthes, los diseñadores de moda suelen manipular un ideolecto estacional, una futurología de corto aliento, como quien da el reporte del tiempo y grafica el techo atmosférico, auxiliándose en una terminología cautiva (Barthes, 1978: 49-59, 169-75). Tal dispositivo se constituye como un filtro, incluyendo a los iniciados y bloqueando, en el mejor estilo platónico, a los falsos pretendientes. Las sectas místicas, dado el discurso paranoico del que se hacen cargo, (Guattari, 1976) leen apocalipsis, redenciones y exorcismos ahí donde el ciudadano común no pasa de distinguir, y con mucha dificultad, probabilidades dramáticas y azares insospechados.

Los aparatos publicitarios desgastan y renuevan sus propuestas afectando eróticamente cuanto objeto alcanzan, entremezclando advertencias y exhortaciones con el cliché de sus gags y la ironía aplastantemente efectiva de sus jingles y slogans: administración farmacográfica para el siempre entusiasta fetichismo del consumidor (Peninou, 1976: 107-26, 166-227; Baudrillard, 1974: 88-107). El fútbol, caleidoscopio privilegiado de la era actual, torna fraternas en sus locuciones las isotopías bélicas con las señalizaciones topográficas; los desequilibrios hidráulicos con las trayectorias geométricas; y, por si fuera poco, resuelve y disuelve crisis económicas y disconformidades políticas, nivelando la expectativa general y potencializándola con el festejo colectivo (Verdú, 1980: 44-67, 156-92).

Una de las inequívocas consecuencias del crepúsculo referencial que la entrada del siglo XX supone fue, sin lugar a dudas, la afirmación de una filosofía del lenguaje, que entre prescripciones y descripciones cumplió con el propósito analítico de disolver el culto a la lengua. En esa línea, y luego de una paternidad que no es ajena a la obra de un Russell, se eleva con brillo propio un personaje de la talla de Wittgenstein. Con inusual rigor, este pensador interroga incansablemente al discurso científico y al sentido común, desenmascarando por partida doble los más caros sueños de una metafísica conceptual que desoye las variaciones que el contexto dicta (Wittgenstein, 1988: 423, 435, 485, 497). Acaso sin esas precedencias no es posible sopesar el reconocimiento que hoy se otorga a Austin, lingüista norteamericano y sistematizador de la denominada pragmática. Tal disciplina, que fuera definida como la del espacio ocupado por los actos del habla, se ha orientado principalmente a demostrar cómo y cuánto los aspectos ligados a la locución (lo dicho) y a la ilocución (lo expresado y actuado durante esa dicción) se encuentran inextricablemente ligados. Ese ejercicio desarrollado al unísono apunta, en último término, a crear en el otro (receptor o destinatario, auditorio o enunciatario, terreno del trabajo conativo) una serie de refracciones; una secuencia de respuestas abiertas o sesgadas; un conjunto de expresiones intencionales o involuntarias, materias todas con las que se configuraría el denominado efecto perlocutivo (Austin, 1971: 139-52) En otras palabras, el efecto perlocucionario emerge como una suerte de impresión suplementaria, de impacto en el oyente o interlocutor, suscitado tanto por la naturaleza de la expresión como por la escenificación ritual de lo expresado.

Al insistir en la complementariedad entre lo dicho –a título, si se quiere, abstracto– y el acto o la actuación que torna posible tal dicción; al recuperar el nexo entre la enunciación y la ejecución que la evidencia, la pragmática hace un llamado implícito a la correspondencia, necesariamente guardada, entre una oratoria discursiva y el aparato convencional con que se acostumbra transmitirla. Los matices ilocucionarios que tal teoría contempla han sido las más de las veces calificados como rasgos suprasegmentarios (Deleuze y Guattari, 1988: 106), modalidad engañosa de reconocerles una presencia/ausente; de atribuirles una presencia continua y global, aunque siempre inaprehensible, en el ámbito del habla.

Sin embargo por estar, tales matices, íntimamente ligados al repertorio expresivo que los ritos cotidianos reclaman, su estudio, de uno u otro modo, se instala en la óptica de autores como Goffman y Garfinkel (Wolf, 1982), cuyas metodologías parecen deberle tanto a los trabajos etnográficos. Se trata, en otros términos, del efecto teatral indispensable para la recreación de un verosímil que el oyente/espectador precisa, y sobre el cual el remitente deberá trabajar a plenitud. Jakobson, uno de los padres de la lingüística moderna, se refería al impacto dado por lo que él denominó la función emotiva, la misma que es ejercitada por el destinador. Ni emocional, ni psicológica, la expresión de tal ejercicio debía activar, en el destinatario, la función conativa; debía movilizar, en el otro extremo del circuito, alguna impresión (Peninou, 1976: 82-3).

El peso menor que hasta períodos recientes ocupó la pragmática, se correlaciona, en una gran medida, con las particulares dificultades que para el abordaje analítico representan los timbres, los tonos y las inflexiones fonemáticas delante del rigor formal que ha caracterizado, desde sus inicios, a las opciones más fervientemente ligadas al orden sintáctico y a sus estructuras subyacentes. Al lado de los funcionalismos, principalmente emparentados con la sociología y la antropología; y de los conductismos, más cercanos a la psicología y la pedagogía, la propia pragmática fue también tildada de puro andamiaje técnico, metodológicamente soslayada por detectivesca e ideológicamente afecta a la conservación del statu quo.

Sin embargo el orden del habla y la dimensión oral en la que se realiza ya han sido reivindicadas por autores de reconocida valía. Así, pues, contra todo pronóstico y recorriendo un sendero cuyo andamiaje epistémico es por demás reconocido, Derrida ha demostrado que toda la tradición del pensamiento occidental se encuentra inspirada en un platonismo que hizo de la oralidad el terreno por excelencia de los valores efímeros; de la palabra hablada, el recipiente de los atributos inefables; del verbo, una luminosidad irrepetible. Habría incluso, según demuestra el autor, una escritura primigenia en el cuerpo, una inscripción anatómica sobre la que se funda la emisión del habla (Derrida, 1971: 7-35, 97-126). No lejos se encuentra el psicoanálisis, cuando reflexiona sobre el modo en el que la letra marca el cuerpo, sobre la manera en que la letra se encarna (Lacan, 1989 I: 179-213). Ya desde la pragmática propiamente dicha suele aludirse al acto performativo, acontecimiento en el que Deleuze y Guattari se apoyan para destacar las llamadas transformaciones incorporales a las que ciertas performances dan lugar (1988: 85-6).

Desde otra orilla, y siguiendo la lección de Nietzsche en su recuperación de las superficies, Baudrillard ha demostrado que el embrujo procedente de las apariencias ha sido, en tanto objeto de pavor, sistemáticamente neutralizado por el pensamiento oficial. Los regímenes científicos procuraron típicamente profundidades no menos ficticias, detectando estructuras ausentes, y procurando apoyo en otras escenas donde a priori se objetivara lo invisible. El autor insiste en denunciar los fundamentales desvíos perpetrados por Saussure y Freud en sus propias obras; la sintomática y reveladora omisión de ciertos fenómenos hacia los que dichos autores parecieron inclinarse originariamente (Baudrillard, 1981: 55-60).

Saussure, por ejemplo, huyó sin dilaciones de la trama visiblemente escurridiza que, a sus ojos, representaban los anagramas. El conflicto lo vivía el teórico a propósito de la probable incompatibilidad entre el ingenio multilineal y los despliegues lúdicos que los anagramas suponen, respecto al quehacer analítico más riguroso. Información al margen, es preciso recordar que para el célebre lingüista ginebrino tales urdimbres escriturales fueron, desde su juventud, materia de irresistible atractivo. Es probable que su posterior rechazo, opina Baudrillard, respondiera a motivos análogos a los que el lingüista levantara contra el fenómeno del habla, adjetivado como heteróclito, como diverso, cuando no inconvenientemente marcado por iniciativas individuales (Saussure, 1974: 49-66). En consecuencia, el gesto de Saussure supuso, en buen romance, dejar de lado características no sistemáticas, ajenas al sistema de la lengua o a la estructura de su funcionamiento.

De otro lado Freud, luego de haber confiado en su teoría de la seducción como pivote explicativo ante el discurso histérico, optó en su trabajo clínico por dejar entre paréntesis esa noción e insertar, en su lugar, el célebre trauma inconsciente. Luego de ello se pudo entregar abiertamente a la sustancial tarea de capturar las ramificaciones y distorsiones manifiestas de dicho trauma, y aplicar ahí el bisturí de la interpretación psicoanalítica (Laplanche y Pontalis, 1977: 467-71, 209-11). En tal movimiento el padre del psicoanálisis no sólo adelgaza el valor de lo manifiesto, y enfatiza lo reprimido-latente, sino que además descarta el peso de los otros reales para incidir en las resonancias que, en un sujeto inconsciente, dejan aquellos.

Más globalmente se sabe que la semiótica y el psicoanálisis, bajo el aura de un Greimas o un Lacan, fieles a sus textos o a sus discursos se esforzaron en rescatar, debajo de aquéllos, o al lado de éstos, semas y significantes que a manera de vehículos ad hoc permitieran que nos aferremos a los recorridos del sentido o a las pulsiones del deseo. Dicho de uno u otro modo, en una u otra jerga: planos profundos, dimensiones de base o estructuras primigenias, éstas debían ser inevitablemente, una y otra vez, reconquistadas, recargadas, puestas a buen recaudo. Y si es cierto que el proceso primario sólo cobra valor en la terapia psicoanalítica en tanto materia princeps a ser esculpida, o enigma a ser traducido para y en el proceso secundario, cobra plena vigencia aquello de que no se trata de interpretar al inconsciente sino de permitirle producir; que no se trata de encontrarlo sino de construirlo (Deleuze y Guattari, 1973: 11-42; 1988: 285).

No faltan las demostraciones que revelan hasta qué punto la sesión analítica puede convertirse en un diálogo de sordos o en un paralelo delirante entre regímenes discursivos irreductibles (Laing, 1983: 70-3; Deleuze y Parnet, 1980: 92-3). Mientras que, en otra línea, Goffman ha sabido detectar la destreza y plasticidad con que los internos de un hospital psiquiátrico devuelven a médicos y enfermeras el ritual que éstos le destinan a aquéllos: el estigma se torna, en estos casos, identidad y el artificio, naturaleza (Goffman, 1972). Incluso este autor se plantea no tanto la necesidad de ubicar divergencias o desvíos como opositores de una norma abstracta, sino más bien inventariar los grados de divergencia posibles en un orden social dado o, para decirlo en sus propios términos, caracterizar más que las divergencias poco habituales que se apartan de lo corriente, las divergencias corrientes que se apartan de lo habitual (Goffman, 1970: 149).

Si de pragmáticas se trata, habrá que recordar que no sólo están las que se despliegan bajo la lupa de la observación oficial, sino también las que concretan los propios especialistas, observados a su vez. Se trata de un conjunto de efectos que tales agentes, más protagónicos de lo que su supuesta neutralidad les hace creer, destilan en su propia labor. Toca pues sopesar, en medio de los escrúpulos y las resistencias clásicamente esgrimidos por los estrategas del saber, el modo y grado en que la presencia del investigador, con su química y física particulares, limitan, sesgan y en el límite, transforman la calidad de la observación. Cuestionamiento medular, entonces, de la neutralidad de la técnica y del llamado tratamiento objetivo de los datos. Hénos aquí, confrontados ante el principio de incertidumbre que Heisenberg desde la física cuántica anunciara. Tal llamado permite entonces, recortar de modo menos iluso los umbrales y paradojas a los que el deseo investigativo no podría dejar de someterse (Ibáñez, 1986: 71-4), salvo que se aferrara a la política del avestruz.

En tal sentido Nadel, confrontado a la imposibilidad de eximir al antropólogo de juicios de valor y de subjetividades condicionadas desde el origen, propuso que las investigaciones aprendan a nutrirse, en vez de sentirse contaminadas, de las marcas con que el informante destila sus enunciados así como del particular perfil que el investigador principal comporta. A este último dispositivo Nadel le llamó ecuación personal, aspecto que al ser “culturalmente” integrado en el balance de la exploración permitiría entrever la manera mediante la cual el antropólogo recorta, sustrae y potencia ciertos rasgos o acontecimientos de un mundo que se desplaza ante su mirada, y que él, recíprocamente, desplaza con su propia mirada (Marzal, 1996 V.III: 161-2).

Tales temáticas anticipan la encendida polémica del Etic-Emic que dividiera a los antropólogos norteamericanos a partir de los años sesenta y cuyos planteamientos más audaces dan cuenta de la necesidad de transformar al participante original en observador familiarizado, en vez de procurar más artificiosamente convertir al observador distante en participante súbito (Geertz y Clifford, 1991). A propósito de lo mismo, aunque centrándose en las técnicas de grupo, se han adicionado las nociones de preceptor (Ibáñez, 1979) o de prescriptor (Canales y Peinado, 1995) que, a diferencia del moderador o del monitor tradicionales, destacan la necesidad de que aquel que conduce al grupo se constituya como un dispositivo propiamente dicho, operador suficientemente plástico como para reajustarse a las variantes del discurso que contempla y del que además es parte constitutiva.

Ni siquiera los espectaculares presupuestos que las ciencias duras solicitan –para acelerar las partículas, por ejemplo– consiguen dejar de lado las variantes microscópicas, las diferencias milimétricas, los saltos infinitesimales dados entre una experiencia y su esforzada repetición. Combatientes fantasmales, todos ellos, encargados de trastocar, más allá de toda prueba, el artificio experimentalista. Desmitificación de una visión que se pretende abstracta y de la abstracción a la que esa visión se ve impelida: ideal hegeliano cuyas huellas textuales han sabido detectar los llamados posmodernos (Derrida, 1991: 129-30). En esa misma línea de trabajo parece encontrarse Escohotado cuando al caracterizar el real-ideal de la ciencia de Galileo y la de Newton, demuestra el pavor con que la logometría huye del caos en general o de todas las bifurcaciones irrepetibles (Escohotado, 1985).

La retracción hacia un campo cerrado, luminosamente prometedor, el desplazamiento hacia aquello que se celebra como inteligible y profundo, e incluso inteligible por profundo, supone desde ya la prejuiciosa supresión de las superficies mutantes, calificadas en masa y sin lugar a dudas, como superficiales. Con la superficie se aborrece automáticamente el cuerpo y el espectro dinámico que lo caracteriza, reservando las variantes posturales y las transiciones gestuales para su ulterior inclusión en la remota esfera del juego, de la danza y el teatro. El monopolio de las técnicas diegéticas y miméticas parece establecerse allí donde lo lúdico y lo artístico fueron elevados, para separárseles y desactivárseles mejor. Se sabe que la admiración funciona a manera de defensa: es la agresividad de la que los ideales se tornan soporte. Sólo se envidia a los más próximos, afirmaba Faulkner, pues a los distantes nos limitamos a admirarlos (Faulkner, 1985: 83). O, para decirlo con Derrida, compete a la admiración neutralizar los resentimientos (Bennington y Derrida, 1994: 35).

Afortunadamente Nietzsche tuvo la iniciativa de poner en vitrina los devenires apolíneos, recuperando ahí el valor múltiple que las máscaras encarnan (Vattimo, 1989). Supo, de esa manera, devolverle a la humanidad el efecto histriónico-estético que es consustancial a su existencia corporal. ¿Qué habría de más humano que el trucaje y la simulación? Recordemos, con el filósofo de los aforismos, que en los simulacros se replica a lo real, siendo la simulación el signo mismo de la pretendida apropiación que el hombre procura de la naturaleza. Transitando entonces de la analogía a la variación, de la reproducción a la desviación, las colectividades van imprimiendo sus huellas sobre cada objeto utilizado, dejando sus marcas sobre cada acto civilizatorio. La simulación encarnaría lo falso como potencia (Deleuze, 1989: 265-71). Actuar supondría operar una máquina; espectacularizar equivaldría a invocar dobles autónomos, personajes vivos, fuerzas desmontables.

De ese cuerpo, hecho de flujos, opuesto al organismo que los poderes estatales le fabrican inefables; de esa combinatoria flexible en cuya momentánea intersección nos encontramos y que la administración orgánicoinstitucional insiste en encasillar; de esa fuerza indisciplinable e impredecible se suelen desconectar, contradictoriamente, el antropólogo foráneo y el psicoanalista nativo. El primero sorprendiéndose con la excentricidad que observa conscientemente en el otro –y que encarna inconscientemente para ese otro–; y el segundo, pretendiendo salvar el escollo de la tentación contratransferencial que la alteridad del analizante constantemente le provee. No son esos, por cierto, los alcances que un Foucault le adjudicaba a la etnografía y al psicoanálisis cuando, catalogándolas como contraciencias, recordaba que eran las únicas disciplinas que solían encontrarse, por su misma praxis, con los límites del saber humano, o si se quiere, con sus reversos: la ley, el deseo, la muerte (Foucault, 1968: 362-5).

Distingamos planos: una cosa es asistir a la revelación que un acontecimiento supone, otra encararlo hasta sus últimas consecuencias; una cosa es el modo como Malinowski, por ejemplo, creyó haberse ganado la confianza de los nativos, otra el grado en que éstos incorporaron la intrusión del observador (Marzal, 1996 V.III: 48-56). Más concretamente: una cosa es lo que el psicoanálisis y la etnografía pueden permitir, en términos puros, y otra lo que el psicoanalista o el etnógrafo, a título particular, hacen con lo que encuentran. Los acontecimientos, como recuerda Derrida, se suceden una y otra vez, siendo esa característica, precisamente, la que les da valor de acontecimientos (Bennington y Derrida, 1994: 38). Súbitamente catastróficos o propagándose imbarajables (Deleuze y Parnet, 1980: 77), los acontecimientos desmoronan los pronósticos y desafían la previsión. Bion ha señalado, a propósito de la mentalidad de grupo, que es preciso aceptar la conjunción constante de datos, pues éstos suelen aparecer, como Hume dijera, singularmente unidos (Grinberg, Sorg y Tabak de Bianchedi, 1976: 21). Podemos ahora preguntarnos sobre los particulares cortes epistémicos o metodológicos, que cada época y disciplina ha impuesto sobre los acontecimientos del entorno, al punto de fabular lo inexistente y negar lo indiscutible, por respeto a las consignas del caso.

Recordemos que, desde el siglo XIX, los imperios de ultramar movilizaron a sus especialistas de la sociedad y a sus exploradores de la cultura, a fin de que registren lo que hoy llamamos sincretismo, aculturación o transculturación. Los poderes de turno nunca fueron ajenos a los saberes alternativos o a sus afanes libertarios. De ahí que, según las coyunturas y posibilidades, el estudio del “otro” antropológico tendiera a orientar las fuerzas de los ayudantes y de los oponentes; aspirara a diluir o a negociar; procurase imponer o concertar las políticas en juego (Marzal, 1996 V.III: 13-40; Valles, 1997: 21-46). He ahí, agregamos, el obligado itinerario que los expansionismos van a cumplir.

Es curioso que huyendo hacia el Tercer Mundo la población turística de los países avanzados suela reconocerse, vía la diferencia, consigo misma: es la opinión de Baudrillard, quien incluso llama la atención sobre el hecho de que las fotos premiadas en los grandes eventos internacionales suelen tener como objetivos a indígenas, niños hambrientos o víctimas de genocidios bélicos y catástrofes naturales (Baudrillard, 1990: 153-63). Tal identificación por oposición, tal fascinación por lo ajeno, todo ese conjunto de efectos narcisísticos secundarios, encuentra su proceso inverso en las oleadas migracionales con que los hemisferios subdesarrollados perturban turísticamente y alivian económicamente, a las realidades más avanzadas. Al ser interpelado por residir en California, G. Gómez-Peña, editor chicano de la revista bilingüe La línea quebrada/The broken line, se explicaba del siguiente modo:

“Me estoy desmexicanizando para mexicomprenderme”. E inmediatamente, a propósito de la imagen que tiene de sí, agregaba: “Posmexica, prechicano, panlatino, transterrado, arteamericano..., depende del día de la semana o del proyecto en cuestión” (García Canclini, 1989: 301-2).

Volvamos al tema de las superficies y a la superficialidad que clásicamente se le atribuye: ¿Es casual el precario interés que la sociedad y las ciencias del hombre han mostrado en esa impronta que perfila nuestros desplazamientos y nuestras parálisis, la insignificante atención que recae sobre la fluidez o la incertidumbre expresiva? ¿Es pura coincidencia la negación de las posturas y desplazamientos que suelen caracterizarnos, la escasa reflexión invertida en las velocidades y lentitudes que encarnamos diariamente? Hay un origen y un proceso social que se llevan inextricables en el cuerpo; anatomía socializada que capitaliza el gesto y el andar; intersección escénica de tiempos y territorios biográficos (Bourdieu, 1991: 70, 92, 250, 342, 373, 385, 389, 472, 483-5). Auténtico capital cultural del que las nuevas clases altas, y todos los arribismos sin pedigree, difícilmente consiguen sustraerse. Se trataría, pues, de levantar un geoanálisis (Deleuze y Parnet, 1980: 145), que permita hacer el recuento de los movimientos con que desterritorializamos el entorno y, en virtud de los cuales somos, paralelamente, reterritorializados. De ese modo es posible certificar el peso que acusan los cuerpos y los despliegues gestuales en el modo de hacer rostro, de ser rostro, de rostrificar (Deleuze y Parnet, 1980: 22-3; Deleuze y Guattari, 1988: 173-94, 299-301; Deleuze, 1984: 131-50).

Demás está señalar que con esos recursos no sólo somos percibidos por el otro, sino que es a través de ellos que percibimos, paralelamente, a los demás. Para decirlo a la manera de Goffman, no hay modo de que sujeto alguno se exima de sufrir, en carne propia, lo que el autor llama divergencia, máxime si se considera que la vida social expone a cualquiera a ser ridiculizado, avergonzado, calumniado. En efecto, por probabilidades todo sujeto será descubierto en su zona más frágil; alcanzado en el secreto que más celosamente guardaba, a propósito de ese pequeño detalle o de ese mínimo defecto que atesorara como una pieza de máximo valor (Goffman, 1970: 148 y 150). A propósito de los defectos, Max Hernández, psicoanalista peruano, señalaba alguna vez que la gente puede pasar de vivir con ellos a vivir para ellos. Reconstruyamos un itinerario posible de tal anomalía: preocupación por la mirada ajena, anticipación del descubrimiento y encubrimiento anticipado del defecto, todo ello a fin de defenderse de la propia fragilidad.

Recordando lo elemental: no hay estereotipado sin estereotipador, no hay modo de estereotipar sin aspirar, implícita y vanamente, a ser excluido de esa estereotipia. Los estereotipos, concebidos como recursos del poder, no operan sino taladrando a unos y a otros; sometiendo a unos y a otros; tanto a los que se juran sujetos del acto como a los que sufren y se quejan pasivamente, de la emisión adjetivada. Normales y anormales, estigmatizados y estigmatizadores, desacreditados o desacreditables, no son personas sino perspectivas (Goffman, 1970: 160). En tal sentido las funciones y los lugares ocupados podrán variar, uno puede estar instalado, por ejemplo, en la línea de mira o, en su defecto, fungir de francomirador, pero lo fundamental tenderá a mantenerse firme, pues el propósito es que los valores engorden, que los discursos se afirmen, que los lugares comunes se reproduzcan. O, de otro modo: que los sentidos, como el dinero, circulen (Pereña, 1990). He ahí la eficacia de las relaciones que el poder instaura, y he ahí también la fuerza y el alcance con que las consignas se diseminan, tornando dóciles a los cuerpos (Foucault, 1992: 139-42, 156-7, 168-9).

En otros términos: que los vínculos sociales se establezcan sobre el nosaber de los agentes, bien sea que éstos se instauren, fielmente, en la unidad activo/militante de una ideología grupalista o que, en su defecto, dependan de una ilusión individualista que quiere, para el mejor cumplimiento de un reglamento tácito, constituirlos como seres “libres”. Sabemos, pues, con Guattari, que el primer caso es el de las sectas religiosas, las bandas delincuenciales e incluso agregaríamos, el de las llamadas barras bravas, en su carácter paranoicamente excluyente del mundo, reivindicando credos milenaristas o desdibujando, en su vengativo desorden, la frontera entre la violencia fáctica y la retórica de una agresividad discursiva. El segundo caso es el de los empleados de cualquier entidad o el de los oficiantes de cualquier institución, e incluso perfila la realidad de unos consumidores, siempre segmentables, que la cultura masmediática factura. Aquellos se suelen encontrar perentoriamente incluidos en la actualización de unos usos prefabricados para su dócil reproducción.

Se observa, entonces, que las fuerzas políticas mayoritarias (no por su número se entiende, sino por el yugo que administran) se instituyen como homogéneas para pretender constituirse en homogeneizadoras. Duplican, entonces, un en sí a través de un para sí, quedando dichas fuerzas definidas más enfáticamente por el propósito de manipular (el llamado hacer-hacer de los semiólogos) cuando no usufructuar toda posición heterogénea. En otros términos, se trata de diluir o reducir toda variación que desestabilice el orden social, todo factor que indisponga las convenciones. Es precisamente bajo ese esquema que un autor como Bataille explica incluso la emergencia y funcionalidad del fascismo, añadiendo que la sociedad civil, maternal y femenina al fin, precisa del órgano masculino que la torne respetable, de la prótesis viril que la acorace contra los atentados: el poder militar, las fuerzas armadas (Bataille, 1974: 78-115). Aunque centrándose en otros tópicos, Barthes sostiene que la operatividad de la lengua radica en la base fascista de la que se nutre, no tanto por lo que impide decir sino, más radicalmente, por lo que obliga a expresar (Barthes, 1988). Más recientemente Ibáñez ha dicho que la fuerza de la ideología es del orden de lo decible: suerte de límite infranqueable para el verbo y la acción (Ibáñez, 1986a: 55, 63-4, 76; 1986b: 497-8). El aparato estatal sumiría toda manifestación o desvío, toda excentricidad en algún punto de una cartografía concéntrica: posible corolario para lo sustentado en este párrafo (Calabrese, 1988: 69-72).

Si consideramos literalmente tales reflexiones, se inferirá una atmósfera terrorista individualizada, una suerte de catatonia aislante que multiplica la incertidumbre y que, como consecuencia, suscita una demanda de apoyo generalizada, un deseo de protección que el Estado y sus órganos conexos pretenderán colmar. No faltan los autores que han preferido hablar de un ordenamiento paranoico, quienes aluden al inextricable nexo establecido entre las posturas competitivas que un aparato moderno de producción estimula, y los afanes más prosaicos, clásicamente prosaicos tal vez, de ejercer presión, someter, humillar e incluso sacrificar al otro (Rosolato, 1981: 119-25; Enríquez, 1973). La tan mentada alienación, frecuente expresión de contradicciones históricas sistemáticamente silenciadas por el poder psiquiátrico, es articulable también como el punto ciego merced al cual los consensos van aplastando a los delirios; las creencias disfrazando los síntomas; los ideales atenuando las fantasías.

El proceso inverso, clínico si se quiere, es el que se sigue en el reciente filme de L. Von Trier, Contra viento y marea (1996). Allí lo incondicional del amor lleva a la protagonista a nadar contra la corriente y a enfrentar el escarnio colectivo: lo curioso es que la heroína no encuentra más apoyo que una religiosidad cada vez más distante del sentir comunitario. Así, pues, cuando de regímenes totalitarios se trata, la alienación se extiende y capilariza en directa correspondencia con una incredulidad y una duda estandarizadas (Aulagnier, 1980: 35-49). Esas sospechas deberán activarse al emitir o recoger una información; tanto para el sujeto como para el objeto de un comentario; lo mismo al divisar que al ser divisado en un feudo cualquiera. No es casual que en las megalópolis de fin de siglo las proxemias epidérmicas que acompasan los flujos citadinos acentúen, paradójicamente, la distancia imaginaria de los transeúntes.

Recuérdese, entre nosotros, la “suspensión de las garantías”, el síndrome del “toque de queda”, y su reverso festivo: las reuniones de “toque a toque”. Evóquese la cotidianidad de los atentados y de los secuestros en general; o de los coches-bomba, en particular. De esas atmósferas y del ritmo adrenalínico que destilaban, solía acusar un impacto más claro el extranjero o el visitante eventual, antropólogo al paso de una escena conflictiva que, mal que bien, enriquecía su saber. He ahí uno de los hábitos que un régimen paranoico consolida y “naturaliza”: cuanto más preocupado esté el sujeto en detectar problemas afuera, más alterado, más alerta, menos indiferente se encuentra por dentro: transfiguración topológica que no debe soslayarse, dado el peso que en tales contextos adquieren los denominados analizadores (Lapassade, 1979). Al analizador hay que entenderlo como un emergente, cuya sola expresión suele dar cuenta de un sentir más o menos generalizado; como un vocero que consigue sopesar las condiciones existentes, en un tiempo y lugar dados; como un ente protagónico que provoca variaciones respecto de las crisis, o que madura una alternativa contra éstas.

Hay también, en el reino animal, un imaginario compartido entre el animal predador y el animal presa, entre el perseguido y el perseguidor, conexión que obliga y faculta a cada cual a ponerse en el lugar del otro. En virtud de tales procesos, la suerte de atacantes y atacados, o las posibilidades de devorar y sobrevivir, dependerán, en gran medida, de poder anticipar los movimientos del enemigo y/o sorprenderlo con un viraje insospechado. No es vano que esa lección etológica haya sido ejemplarmente rescatada por la teoría de las catástrofes (Petitot, 1981: 134-35, 148-50, 165-67). Tanto las competencias de grupo como las propiamente individuales –las que en buena cuenta suelen ser pasajes o fases constitutivas de las primeras– presentan numerosos ejemplos de la dialéctica señalada por Poe en su célebre relato La carta robada (Poe, 1991 I: 514-34). Recordemos que en algunos trechos de dicha narración Poe se dedica a ilustrar el modo en que ciertos juegos alojan a sus participantes en una situación especular, inscribiéndolos transitoriamente en una trampa simétrica. Incluso se nos ilustra sobre la manera en que las identificaciones van a diferenciarse por la flexibilidad con la que los sujetos las operan, sea colocándose plásticamente, en el lugar del otro; sea trayendo rígidamente al otro al lugar de uno.

Esa es, incluso, la diferencia que el cuento revela entre la competencia, presuntamente admirable, del detective Dupin, y la inoperancia del cuerpo policíaco respecto del escondite que el ministro ha elegido. No se trata de buscar, sino de encontrar dirían Deleuze y Guattari. La policía buscaba no la carta, sino el sobre que debía contenerla; no el texto sino su envoltura, e incluso, peor aún, una envoltura intacta; no lo que brillaba ante sus ojos sino el inefable “escondite”. El ministro jugaba, inversamente, a la mostración pública, aunque retocada, del objeto. Aquél personaje procedía entonces, con una política, si se quiere anti-paranoica que sólo Dupin iba, irónicamente, a desenmascarar. Todo ello merced a un trabajo para el que las llamadas abducciones de Peirce parecen ideales (Peirce, 1987).

Y tratándose de mecanismos de control, no estará demás recordar que la inmensa mayoría de ellos son sólo variantes actualizadas de aquél panóptico que imaginara y concretara Bentham a fines del siglo XVIII, y cuyos efectos aún se hacen sentir (Foucault, 1992: 199-230). He ahí el eje que liga al vigía con toda la hipervisibilidad y omniubicuidad que le ha sido regalada; he ahí el riguroso dominio que aquél alcanza sobre unos objetos plena y generosamente exhibidos; estrategias que se reconstituyen en espacios diversos, y en nombre de múltiples regímenes discursivos. Bastaría señalar que en los ámbitos familiares suelen detectarse, sin demasiado esfuerzo, instrucciones escolares, restricciones penitenciarias, prohibiciones hospitalarias, bajo el pretexto de una adecuación futura a las exigencias laborales.

Tales préstamos (constantes, súbitos, retroalimentados), tal circuito (siempre actualizado), tal transitividad (hecha de canjes y equivalencias) tornaría legítimo hablar de un panoptismo generalizado. En este sentido el voyeurismo clásico (aquél que se ejercita por la ventana y al que la cinematografía supo otorgar suspensos espectaculares y placeres sublimes) no pasaría de constituir una versión subalterna, una traducción restringida a la comarca erótica, del afán más amplio por suscribir dominios, a través de la mirada. El negativo de tal operación se registra, claro está, en la renuencia a someterse al efecto inverso: no querer ser vigilado, evitar ser sorprendido, no secretar el secreto.

En términos de Deleuze y Guattari, los aparatos estatal y lingüístico alcanzan su manifestación condensada, su mínimo común múltiplo, en las denominadas palabras de orden, funciones de una lengua mayor, de una lengua oficial o vernacular que, a título permanente, reproduce sus principios y asegura su expansión (Deleuze, 1990: 44). Así pues, fijando, manteniendo, dividiendo, separando es como los órganos y los saberes oficiales luchan contra los flujos mínimos. Sea que se soslayen los asomos imperceptibles; sea que se procure la domesticación de los devenires minoritarios; sea que se opere por omisión, por distanciamiento, a título implícito o del modo más agresivo. Y es que los nomadismos no se circunscriben a la pura dislocación física, a la mera sofocación indecisa, pues habitan en todas las respuestas u operaciones apenas esbozadas; en los más leves virajes; en cada disconformidad; e incluso, y sobre todo, cuando éstas maniobras han sido silenciadas o desoídas.

Sin embargo, los microfascismos reaparecen en las manifestaciones y fenómenos más distantes del poder; habitan, como posibilidad, cualquier manifestación rizomática (Deleuze y Guattari, 1988: 15). Una razón más para advertir que no se trata de focalizar el radio de acción del poder; de sociologizar su entendimiento por la vía de las clases dominantes y los alcances macroinstitucionales; o de psicologizarlo a punta de constructos como el “interés”, la “voluntad” o el “sadismo” de unas cuantas personalidades. Es preciso desbordar la figura piramidal del poder, válida tal vez para su funcionamiento clásico pero definitivamente ajena al orden burgués y a la progresión geométrica del desarrollo capitalista. Menos preocupado por una continuidad histórica que suele configurar bloques irrestrictos, el poder moderno tratará de diseminar, en su horizonte geográfico, el mayor número de mecanismos de control. En vez de otorgarle prioridad a las grandes estrategias, lo que el poder moderno fomenta es el ejercicio simultáneo, en paralelo, de innumerables disciplinas.

Así, pues, los devenires, explícita o implícitamente contestatarios, suelen disfrazarse de incomprensión, de intransigencia o de radicalidad; de falta “a” la orden, o de falta “en” el orden; de pérdida de orientación, de dispersión del sentido, de errores u horrores. Sin embargo, no cabe un entendimiento rígido de tales ocurrencias, máxime si se considera que tales fuerzas operan al lado de otras líneas de fuga, constituyendo en esa asociación imprevisibles traiciones a las expectativas cifradas e, incluso a las ya convenidas modalidades de protesta: casilleros en los que el poder hospeda a las reacciones negativas. Hay una labor de contraespionaje, de robo, de bombardeo interno, de efecto en boomerang, de estrategia fatal, que permite a los lobos actuar como Caperucitas, a los guerreros como presas, y a los vengadores como párrocos. No es infrecuente que las potencias indómitas aparenten docilidad mientras maquinan su reacción, mientras apilan recursos y se hacen sedes de nuevos agenciamientos.

Retornemos al poder: conforme los sujetos ascienden de status o “maduran” sus cronologías, en la medida que “progresan” cultural y profesionalmente, suelen verse maniatados por la corrección y las “buenas formas”; tratando de “expresarse mejor” o de “aspirar a más”; portarse “a la altura de las circunstancias”; de “pensar” y “ser pensados” del modo más correcto. Es ahí donde la pragmática del habla abona el terreno para todas sus consignas, incluyendo entre éstas no sólo las órdenes explícitamente autoritarias, sino a todos y cada uno de los enunciados que nos remitan a las llamadas “obligaciones sociales”. Las consignas, debe recordarse, son reiterativas en más de un nivel y lo más contundente de su impacto no se liga directamente al orden de los contenidos que transmite, o de los supuestos valores que toma como referencia, sino al de los formatos en que se inscribe su manifestación. Sólo así se explica la obsesa frecuencia con que se les afirma y la exigencia performativa en que apoyan su acontecer (Deleuze y Guattari, 1988: 84-5). Por cierto, los denominados actos del habla podrían ser descompuestos en tres planos, de repente inextricables, aunque analíticamente distintos:

El acto como acción, implícitamente ligado a una reacción posible y necesaria. Manifestación que se conecta a un patrón de estímulos y respuestas inscritos en una secuencia reconocible.

El acto como actualización. Sintagma que quiebra la quietud paradigmática. Performance que, en su producción y dinámica singulares corrige e, incluso, desvirtúa la pura y virtual competencia.

El acto como actuación, valor que posiblemente englobe a los anteriores, en tanto se ve asistido por recursos ilocucionarios y convenciones comunicativas altamente ritualizadas. Haciendo pues abstracción de las imposturas recusables al destinador, de sus maldades e ingenuidades, toda actuación se afirma en la credibilidad despertada en el destinatario. Impacto perlocucionario que un contexto siempre cambiante, que una dicción más o menos precaria, provee.

A propósito de ello, Deleuze nos llama la atención sobre el abrumador peso que el hecho de pensar sobrelleva, sobre las pautas típicas que suelen regir su “correcto” funcionamiento. Tal trabajo se vincula, no lo olvidemos, con ciertos valores en los que “obligatoriamente” el pensar habrá de inspirar sus modalidades y propósitos. Groseramente sintetizadas, rememoremos esa suerte de mandamientos de la cognición occidental, taladrando precoces las lógicas del discurso. Desde el principio, por ejemplo, habrá que confiar ciegamente en la buena voluntad del pensador y en el respaldo que la hipotética transparencia de su pensamiento ha de significar; cercano a tales maniobras, el tan mentado sentido común reclamará un lugar, pues su carácter armónico y conciliatorio suele defendernos de los yerros pecaminosos que nos apartan del camino “correcto”. En fin, se nos obligará por encima de todo, a re-conocer lo real o, en términos menos diplomáticos, a despejar el panorama de entidades no clasificables; a desconfiar de factores que no se dejen subyugar; a coger con pinzas las dispersiones que nos remitan, alegres, al caos de la superficie (Deleuze y Parnet, 1980: 29-31).

Superadas así todas las trabas, concretadas todas las proezas, ascenderemos, cual héroe narratológico, hacia el cenit de la logosfera, escenario donde nos eseran los laureles de la verdad inmaculada. Emblema que ha de iluminarnos la testa por la lealtad mostrada ante el llamado principio de suavidad/producción/provecho (Foucault, 1976: 221).

Ante tales cercos y tamañas advertencias, en lugar de la resistencia pasiva o de la simple y pura huida, ambas paranoicamente afectadas por los encuadres graficados, será conveniente trazar líneas de fuga, desarrollar otras velocidades y aplicar diversos frenos. Tales tácticas supondrán trastornos moleculares que en su sigilo abran surcos en los continentes gramaticales, grietas en las secuencias sintácticas; transparencias en las significaciones impuestas. Debe comprenderse que de las ruinas de tal edificio, de sus escombros arqueológicos, otros personajes emergerán, otros jugadores saltarán al campo, otros actores se mostrarán en la tarima, no necesariamente marcados por binarismos opositivos, ni dotados de atributos jerárquicos.

En consecuencia, varios son los planos que reclaman ser considerados al cabo de las digresiones referidas:

• La pregunta en torno al límite entre lo correcto y lo incorrecto. Borde en el que subsiste, entre animales, el anomal de Deleuze y Guattari; frontera en la que emerge el analizador de Lapassade y Lourau; meandros en donde se aloja el desviante; dinámica que particulariza el perfil del outsider de Lovecraft.

• La pregunta sobre el umbral, en cuyo interior todo permanece bajo control e identificación, y cuya naturaleza va a verse alterada por la manifestación de un afecto cualquiera. Dado que los afectos se inscriben, pues, como efectos puros, como expresiones fugaces o indicadores incomprensibles resultará pertinente distinguir los grados de resquebrajamiento que éstos suscitan en un orden dado. Dicho de otro modo, se tratará de sopesar el recibo que el poder acusa ante el grado del daño infligido; ante los niveles de desterritorialización consumados.

• Tales criterios son los que gobiernan, por ejemplo, la polaridad subjetivo/objetivo; el par interno/externo; o el binomio racional/emocional. Sabiendo de la fuerza con que el poder inscribe esos binarismos; del cuidado con que los jerarquiza; reconociendo, en fin, la inversión masiva que en ellos se concreta, puede explicarse también todos sus afanes por evitar mezclas y mestizajes. En consecuencia, se podrá comprender también todo el escándalo que suele diseminarse ante la emergencia de cualquier desborde; la resistencia física o la rigidez ideológica, ante cualquier tipo de entrecruzamientos.

Manteniendo esas interrogantes abiertas, e incluso considerándolas como tareas a asumir en las líneas sucesivas, sólo agregaremos que será en esos territorios, a-paralelos, a-centrados, oblicuos, indefinidos o furtivos; y en medio de la dinámica que precipita su desprendimiento y acelera su reconstitución, que serán concebidas las minorías, los devenires menores, los usos menores de la lengua: co-incidencias de las que se ocupa este escrito. Es evidente que en los puntos enumerados arriba, que son otros tantos modos de decir lo mismo, subyace la cuestión del pensamiento externo (que Foucault toma de Blanchot y éste de Bataille), así como la del borde y del revés, temas determinantes para una topología orientada al advenimiento de los fenómenos catastróficos.

Por ejemplo, la cuestión del borde indeciso, de la frontera mutante, del derrumbe mismo de una lógica opositiva puede ilustrarse de modo inmejorable en algunos productos actuales de la televisión animada. Vemos como el Dr. Katz (Comedy Partners) muestra un flujo de imágenes que tornan inútiles las tradicionales brechas entre las esferas internas y las presiones externas; perceptos que desestiman las jerarquías sobre las que un sujeto supuestamente articulado ejerce su soberanía y control. Katz es un psicoanalista; es, por así decirlo, un ser de la escucha y del diálogo. Sus pacientes y su secretaria son recortados una y otra vez, en cada capítulo, en virtud del lugar, eventual o furtivo, que ocupan en el discurso; su único hijo y sus amigos más entrañables, entran y salen del cuadro, esgrimiendo puntos de vista y pugnando por imponer sus saberes. El fondo físico sobre el que se mueven los personajes suele ser fijo, suele permanecer inalterable, en blanco y negro; los cuerpos, en cambio, se adueñan del color y aparecen como dotados de una extraña y nerviosa movilidad. La zona de la divergencia es la que asiste, simultáneamente, a todas las convergencias. Se trata de la línea, inquieta y sugerente, que separa la silueta de unos cuerpos más o menos móviles, respecto a unos objetos indiferentes, a unos sets relativamente ajenos, instalados como presenciaausentes. Algo parece romperse, resquebrajarse, deslizarse de éstos cuerpos hacia esas otras cosas; algo parecen devolver también aquellos entes medioambientales. Así, pues, entre lo interno y lo externo habría una contigüidad sospechosa: falsa frontera burlada por un vaivén de líneas. Intermitencia de la expresividad. Permeabilidad de los afectos.

Sería preciso, entonces, que los intelectuales revisaran sus estrategias molares y la universalidad de sus concepciones: los abismos que cavan y los cercos que levantan. Cuestionar incluso la mecánica del doble mensaje que utilizan, mientras son utilizados por él. Mensaje que, por un lado, los hace procurar una distancia insalvable con el “mundo”; y establecer de retorno, acuerdos sospechosamente fáciles con las expectativas del “mercado”. He ahí la figura, tristemente célebre, de los denominados “fiadores de la cultura”, profesionales que, al opinar sobre comportamientos y modas imperantes, suelen conciliar los apetitos del sentido común con el refinamiento técnico de las jergas científicas. Bajo ese artificio los abanderados del saber consiguen saciar la curiosidad del lector, el radioyente o el televidente promedio al destilar una versión especialmente digerible en las mismas fauces de una masa ávida de confirmar las democráticas sospechas de siempre. Discordancia entre el ethos y el logos de la que los intelectuales suelen ser portavoces antes que combatientes; víctimas antes que denunciantes (Bourdieu, 1991: 431-32, 471-73, 479, 489, 494).

Sin embargo, no estará demás revisar la perfección de ese vaivén entre voces consagradas y mayorías en desventaja; sospechar de aquella armonía comunicativa que dice neutralizar las diferencias. He ahí los ecos de un paternalismo inequívocamente humanista resonando detrás de la advertencia de estilo, ésa que suele recordarse antes de salir al aire: “no olvide que está hablando para el gran público, le rogamos que...”. Vayamos pues a los indicadores: ¿Con qué espíritu, por ejemplo, se aborda el análisis del consumo de los video-juegos? ¿En nombre de qué principios el comportamiento de los asistentes a las discotecas o a los pubs es tildado de vandálico y antisocial? Una mirada desapasionada detectaría, sin mucho esfuerzo, reclamos airados, voces de alarma, moralismos y moralejas del más variado calibre.

Se nos recordará, en nombre del neoliberalismo y la libertad de expresión, que hay que respetar los matices y valores abstraídos en cada caso. Sin embargo lo sustancial de tales pronunciamientos es que siguen girando en torno a los mismos vicios retóricos; siguen acusando el escandaloso desgaste de las fórmulas sempiternas. Ello revela la imposibilidad manifestada por especialistas e intelectuales de ocupar otro lugar, de asumir otras funciones, de plantearse otras interrogantes (Foucault, 1973). Más puede, en todo caso, la ideología prejuiciosa que los habita y de cuyo desfase parecen no poder, ni querer, tomar conciencia.

Resulta, en todo caso, digno de mención que gran parte de lo dicho, escrito y/o mostrado sobre las modalidades de actuar entre jóvenes, esté comandado por el archiconocido trío frustración-regresión-agresión. Probablemente no sea éste el lugar para evocar las condiciones en medio de las que una psicología experimental, interesada en los comportamientos sociales, formalizó tal cadena en el laboratorio; ni el momento para esclarecer las razones que tornaron idónea la secuencia frustración-regresión-agresión como recurso descriptivo ante ciertos desajustes que el propio régimen capitalista imprimía en sus odas al rendimiento (Lacan, 1984 II: 239-44). Sin embargo, entre tanto desencanto tanato-lógico (estados policíacos, guerras frías, bélica informativa) y tanta euforia tecno-lógica (electrónica, virtual, interactiva) no podemos obviar cuánto las pontificadas verdades de la ciencia y el aura religiosa de la que se proveen han sufrido un inevitable crepúsculo.

Tal desorden dio lugar a “n” versiones, que al dispersarse entre las lenguas y combinarse en los más diversos cotos comunicacionales, confirmaron la línea de mira de Wittgenstein, quien imaginaba los lenguajes como juegos, como sistemas permutables, como conjuntos de reglas a respetar o a modificar (Wittgenstein, 1982). Sabemos que sobre tales entrecruzamientos y malentendidos poetizó tempranamente Baudelaire, y que el trabajo del genial Joyce consistió en una desbordante experimentación novelística en la que no sólo los acontecimientos se tornaban textos sino que fundamentalmente, los textos devenían acontecimientos. De tales desbordes se han nutrido, sin duda, gran parte de las variantes que la narrativa moderna ha mostrado en el siglo XX.

En consecuencia, y volviendo al imperio que ciertos dogmatismos reflejan a título evidentemente ingenuo, cabría señalar que el constante e indiscriminado uso de ciertos conceptos, devenidos lugares comunes, suele determinar severos equívocos en el afán de dar respuesta a lo actual mediante lo pretérito. Modo tradicional de operar sobre el fenómeno contemporáneo con las baterías de ayer. Adelantémonos a la réplica de rigor: ¿Caben acaso otras opciones? Nos parece que sí. De tal modo que en vez de creer-saber, inequívoca y orgullosamente, lo que se está mirando, podría mirarse con más humildad lo que se quiere-saber; tampoco estaría mal abandonar el oficio de vaticinador o profeta profesional, de legislador o párroco oficial, para procurar un compromiso que traicione las más caras tradiciones del saber intelectual. Estudiar la posibilidad de aproximarse, en vez de tomar distancia, pero también, y sobre todo, lo inverso: relajar el nexo con los axiomas que agobian, despegar las hipótesis que abruman, cancelar las amortizaciones con todos los acreedores de las inmutables macrohermenéuticas. Ser gitano en la propia tierra, extranjero en la lengua matriz, hacer tartamudear a la expresión: son los consejos de los filósofos de la diferencia. Esos pensadores suelen evocar también las instrucciones de Kafka: moverse en la cuerda floja, robar al bebé de su cuna (Deleuze y Guattari, 1977).

A continuación, y en el afán de acercarnos a la efervescencia citadina, a ese real ensordecedor del que los enciclopedismos huyen, se aludirá a un par de nociones que debemos a Lacan e implícitamente a Hegel, al sostener que los antifaces del deseo, de los que solemos resultar cómplices, requieren, para su emergencia, de un escenario, de un setting. Ese lugar sería, ya lo dijimos, la cotidianidad moderna, considerada incluso como (no)lugar del deseo (Lefebvre, 1972: 147-8). Dimensión inconsciente, entonces, en la que han de caber todas las paradojas e inconsistencias. Allí donde las oposiciones se alternan o diluyen; y donde, en buena cuenta, siguiendo la lección de Freud, no habrían exclusiones. En tal sentido se ha señalado que, desde el orden analítico, no hay más incongruencia que la del teórico exigiendo a la estética popular, funcionamientos y usos que le son ajenos; solicitando al orden coloquial recursos que no harían más que ordenar el desorden y, en el camino, tergiversar su dinámica (Bourdieu, 1991: 30 y 93). A propósito de la diferencia entre enunciados descriptivos y enunciados realizativos, Austin señalaba el error de la filosofía, y de la propia lingüística, al restringir el alcance de los enunciados, muchos de ellos sin sentido estricto según Kant, privando así del espacio analítico correspondiente a una serie de oraciones cuyo carácter no descriptivo es constante y evidente (Austin, 1971: 41-4).

Desde otra óptica Baudrillard, luego de poner en cuestión las propias nociones de lo social y de lo masivo, ha sustentado que la llamada pasividad del destinatario, lejos de ser una materia manipulable emerge como auténtica resistencia: ésta se nutriría de la saturación y la indiferencia, tantas veces criticadas, del anónimo colectivo (Baudrillard, 1985: 21-9, 36-41). Parece inevitable concluir que la famosa interactividad de fin de siglo ha tomado el relevo de las ilusiones participativas pretéritas: allí donde un fascinado Enzensberger atisba insospechados efectos democráticos (Baudrillard, 1974: 194-233).

Se torna entonces inminente recoger ciertos indicadores que la lengua, en su inquieta permanencia, en su abrupta deriva, plasma en los usos proverbiales. Nótese la evidente “despersonalización” del sujeto anónimo cuando muestra y esconde su expresión mediante frases del tipo: “Las personas no saben qué actitud tomar”, “Uno no es nadie para opinar”, “La gente tiene que optar por lo más práctico”, o más drásticamente “¿Y qué es lo que quieren que uno haga?”. Debe también destacarse la propagación del se (Lefebvre, 1972: 146, 152, 162-3, 193, 224). Se dice, se rumorea, se viene escuchando, a veces intercambiables por giros más íntimos y fórmulas más discretas como la que encierra un “me han contado”. Del lenguaje directo al lenguaje indirecto, del lenguaje simple y llano al metalenguaje, tales subterfugios certificarían la recurrencia del juego entre embragues y desembragues (Benveniste, 1971) que los sujetos del discurso operan. Así, pues, de un lado tales juegos colocan al usuario en la comodidad de un registro impersonal y, de otro lado, lo proveen de recursos siempre, y en algún grado, incorporables; expresiones fácilmente apropiables. Objetos todos de adherencias identificatorias indiscutibles, a pesar de su transitoriedad. No es casual que este orden de cosas se dé en una época en que se asiste a la superación de la antinomia, otrora homenajeada, entre individuo y sociedad. Que tal resquebrajamiento resulte paralelo al de la polaridad entre esferas públicas y recintos privados.

Hoy por hoy, cuando las entrevistas televisivas alcanzan su cresta más empinada y el intimismo que éstas procuran recrear se confunde con la intimidación propiamente dicha, nos encontraríamos ante lo que Baudrillard supo denominar porno-estéreo. En tales formatos los anonimatos no reconocibles y las autorías específicas se truecan una y otra vez; juegos dialógicos que entrevistadores y entrevistados procuran reproducir, mientras se accede a la cara anónima del personaje célebre, o al repentino y efímero, rostro notable del anónimo. Todo el mundo reconoce la abundancia y utilidad de giros coloquiales del tipo: tal vez, no sólo eso, de repente, nunca se sabe, ojalá, así pasa cuando sucede, y en la otra orilla los: desgraciadamente, para otra vez será, qué le vamos a hacer, habrá que esperar, no hubo suerte, como dispositivos que en su ritmo oscilante tienden puentes entre el escepticismo abúlico y la llamada esperanzadora. Tales indicadores revelan los fundamentos de un perfil estandarizado en el ciudadano medio, levantados ante la fantasmal verticalidad del poder, o ante los azares de una subsistencia hecha de crisis inflacionarias y desempleos súbitos.

Retrato existencial cuyos contornos se ven incesantemente recompuestos; plano en el que abundan los agujeros y las fisuras; terreno que supone camadas y estratos en permanente acomodo; concavidades sobre las que es necesario deslizarse; intersticios que es preciso salvar o, en los que es preciso perderse. Acontecimientos todos a los que se va habituando el cuerpo y el pensamiento; las sensibilidades y sus manifestaciones discursivas; el espíritu, y la letra que procura figurarla. Se danza, se torea, se engaña a la realidad; se le es, en fin, infiel. Ese trabajo supone un compromiso y ese compromiso ciertas artes: las de la subsistencia y de los artificios motores que lidian con lo inmediato. Contraataques que se inventan para debilitar a los imponderables de lo real, tácticas para asimilar el impacto que invade el horizonte de cada día. Modos de sortear, y en el extremo de alterar, un campo perceptivo quizás menos calmo y ortodoxo que el que de manera harto prolija, describiera la fenomenología (Merleau-Ponty, 1985).

Un aspecto a retener, a modo de conclusión tentativa, e incluso de advertencia: nadie se enfrenta solo ante tamañas carencias y no debe sorprender que diversas investigaciones desarrolladas en la línea cognitiva hayan demostrado que lo que valida la continuidad y cohesión grupales no se explica a partir del éxito alcanzado, del logro de una meta concreta, o de la recompensa material a la que una colectividad accede objetivamente. Contra todo pronóstico utilitarista, suele destacarse, en la experiencia y en la memoria grupal, el común enfrentamiento a la adversidad. Sesgo que supone la necesidad de despersonalizar el comportamiento y de encontrar, más allá de toda diferencia, semejanzas que contengan y fortalezcan la llamada endogrupalidad, las identidades grupales (Turner, 1990: 84-91). Si los intelectuales de la escena social o del horizonte humano se han encandilado ante la llamada solidaridad de los sectores populares y la han tornado románticamente sublime es porque, en gran medida, el etnocentrismo de sus razonamientos está demasiado ligado a la propiedad privada, a los tiempos mediatos y a los logros pecuniarios del denominado adulto-hombre-blanco (Deleuze y Guattari, 1988: 107, 291-2).

Sin embargo, y según nos recuerda una notable pluma mexicana, la miseria no hace a nadie mejor, sino más cruel (Fuentes, 1992: 384). Productos que corroboren tal afirmación los podemos encontrar en el neorrealismo italiano, y enseñanzas similares se desprenden del cine negro en Norteamérica. Sólo en las telenovelas, claro está, los indigentes se tornan benévolos y, para coronar la ficción, los sectores acomodados serán proclives a las discordias y los rencores: ¡Que viva la cenicienta! Joaozinho Trinta, consagrado coreógrafo de los carnavales cariocas, afirma que sólo un burgués se puede preguntar a qué se debe el énfasis con que multitud de gente humilde se compromete, con la mayor dedicación y perseverancia, en la preparación anual de los desfiles de verano. Sólo aquél que es estructuralmente ajeno a la problemática de las necesidades básicas concibe la existencia como inseparable de una cierta comodidad suntuaria; como programada en términos de medios y fines. No es casual que desde esas mismas capas se le reclame al pueblo capacidad para el ahorro, perspectivas a mediano plazo, previsión del futuro.

Por cierto, es en la misma distancia que gobierna la pretendida comprensión de los eventos descritos, que suele alojarse la sorpresa y admiración de los “interesados”. Sorpresa inequívocamente manifestada mediante una serie de interrogantes cuyo rango etnocéntrico no es difícil detectar. Desde su propia articulación tales preguntas levantan un verdadero impasse, fortifican un cerco insalvable: aquél que sus consignas le dictan. En buena cuenta, el problema es que parten de un lugar equivocado, o para decirlo de otro modo, el problema no pasa de ser aquél que la propia interrogación inventa. Así, pues, por lo general se instala al observado en el lugar del observador, en vez de proceder a la inversa. Le atribuyen al primero razones, criterios, lógicas que le son ajenas; negando, recíprocamente, aquellas que le son afines. Sin embargo, dicha ceguera anima el interés y estimula una terca perseverancia. De ahí que el propio Joaozinho Trinta haya dictado una especie de sentencia del investigador aburguesado: si a alguien le agrada la pobreza, si a alguien le llama la atención, ése “alguien” es el intelectual.

Contrariamente, el que huye de la miseria cruza todas las fronteras que sea preciso cruzar, inmolándose por el sueño primermundista o reivindicando dogmas milenaristas que ha de pagar con la propia vida. En otros casos, se interna en la escena criminal o en la del narcotráfico, para no hablar de la drogadicción y otros modos de prostitución corporal. Lewis ha demostrado, por ejemplo, la recurrencia del oficio de prostituta en varias generaciones de una familia de portorriqueños pobres. El autor concluye que hay una cultura de la pobreza en la urbe, y que en esa misma urbe ser pobre es un modo de vivir o, si se quiere, de sobre-vivir (Lewis, 1961). Tales exploraciones hacen énfasis en la necesidad de caracterizar tal mundo no por aquello de lo que carece, no en su sentido negativo, sino por la peculiaridad de sus recursos y manejos: modalidades que operan en el orden de lo inmediato, instalando un perfil comunitario que conecta con la inexistencia de la privacidad. Así, pues, el sector indigente de la ciudad moderna no sólo se ve radicalmente privado de la propiedad, sino además expropiado de la misma privacidad.

Del mismo modo como la distinción y la riqueza se heredan, barnizando históricamente a los nobles, habrá, inversamente, que apilar harto coraje y voluntad para quebrar lo que Fuentes llama el círculo intemporal de la pobreza (Fuentes, 1992: 371-2) Podríamos entonces concluir que en tales entornos el miedo a la muerte se digiere de otro modo, torna relativo su peso, dado el obligatorio careo con lo precario de la existencia; con los devaneos de la salud; con la incontestable desnutrición. Si en algo coinciden el sicario y el terrorista es en la conexión entre poder y violencia: más poder para propagar la violencia, más violencia para alcanzar el poder. Nadie dudaría de los efectos inmediatos que el empleo de armas supone, tornando expresivo al mayor hermetismo; pocos cuestionarían el peso atávico de los consabidos anhelos por acortar las diferencias sociales, y reconstruirlas desde otro extremo. En fin, cuando las condiciones lo permiten, los núcleos microfascistas del deseo no tardan en aparecer. Así, pues, entre traficantes y terroristas las pequeñas grandes dictaduras suelen multiplicarse por doquier.

Esa tal vez sea la franja lumpenesca o delincuencial que todo poder oculta y del que, con frecuencia, se asiste y beneficia. He ahí la violencia, bien o mal enmascarada, que nutre todos los ascensos forzosos y las megalomanías dictatoriales; líneas duras expuestas pública e impúdicamente; reterritorializaciones de un poder que canjea nombres y regímenes, que destituye y restituye ideologías para hacer prevalecer los mismos afanes jerárquicos. La rigidez de las formas suele ser, en su imposición, recurrente; lo que varía, en todo caso, son los contenidos humanistas y los gestos populistas. El protagonismo le correspondió ayer a las retóricas nacionalistas, hoy a las fórmulas neoliberales. Con frecuencia, la autocracia se ha impuesto so pretexto de la voluntad general (Simmel, 1986 T. 2: 782). Hoy diríamos, y con sobradas razones, que en nombre de la democracia se cometen todos los atropellos dictatoriales que la Historia recuerda, e incluso aquellos que otras historias, menos rimbombantes y más subrepticias, demoran en contar.

CAPÍTULO III
Lengua mayor, usos menores

Las lenguas menores no deberán ser entendidas como adversas a las matrices lingüísticas que sujetan, sintáctica y semánticamente, los territorios comunicativos (Deleuze y Guattari, 1977: 104-8). Más concretamente, las lenguas menores constituyen el reverso de la lengua mayor, suponen los usos, por definición menores, que de esas lenguas se efectúan diariamente. Tales usos nos remiten a la desterritorialización permanente que sus usuarios perpetran y a la complicidad que las nuevas aplicaciones de las reglas exigen. Trátase, en buena cuenta, de un llamado nómada que en lugar de optar por el acatamiento de la convención o la retirada al lugar común, traza las ya mencionadas líneas de fuga ante una suerte de sedentarismo estatal.

El calificativo de menor corresponde a todas aquellas manifestaciones que se desligan de los apetitos totalitarios y los afanes controlistas, sin que su emergencia resulte necesariamente evidente, ya que en la realidad muchas de estas prácticas pasan inadvertidas para el oído ilustrado y la mirada normativa. Habría además que imaginar que los usos menores desplazan al sujeto, en su propio acontecer, haciéndolo devenir otro, tornándolo excéntrico, descolocándolo. Resulta sintomático que los productos menores del lenguaje, en sus labores de adición o sustracción –permitiendo transparencias o acentuando cierta opacidad– sean académicamente caracterizados por las supuestas limitaciones que evidencian, o por los excesos hacia los que tienden. He ahí la resultante oficial, el encuadre punitivo, la legalidad censora con que los académicos reciben, categorial y categóricamente, el alcance concreto y en constante expansión que tales apropiaciones evidencian. Y es que, en buena cuenta, la carencia percibida en las lenguas menores, no es otra que la carencia de recursos teóricos con que reconocer los sentidos habituales que tales efectos han conquistado; mientras que los excesos en ellas detectados se limitan a constatar el hecho de que tales acontecimientos desbordan, a título significante, los alcances y proyectos de la reflexión oficial.

Busquemos apoyo plástico para tales referencias en una obra maestra del cine, Alas de deseo (1987) del prolífico W. Wenders. Dicha historia, no exenta de sarcasmos, describe el reverso de la fantasía que aspira a la ingravidez, muestra el otro lado del anhelo que apunta a lo volátil. Los ángeles, aéreos e insustanciales como solemos representarlos, ligeros e invisibles como el film los muestra, no hacen más que renegar de su naturaleza, no aspiran a otra cosa que a una inminente humanización. Desde su sublime, leve y asexuada existencia, tales seres sueñan con las nimiedades de cada día. Así pues, el humeante calor del café, las vaporosas bocanadas del cigarrillo, las inclemencias de un frío invernal, la exigencia pulsional que el hambre despierta; y, obviamente, los avatares, riesgos o desventuras que los flirteos amoroso-pasionales implican.

Mientras esperan una benéfica transformación, dos de nuestros ángeles pasean su transparencia haciendo escala, por ejemplo, en las bibliotecas públicas o en los apartamentos de cualquier conjunto habitacional. Se sumergen entre transeúntes citadinos o al lado de los viajeros del metro. Su placer consiste en auscultar conflictos, robar intimidades, acompañar las líneas de fuga que cada disensión anónima supone, recuperar todos los ruidos que la comunicación destila. Voces, fraseos, interjecciones, circunloquios, tics, son recogidos como si fueran el rumiar de un pensamiento menor en el que las sentencias flotan, los enunciados se atascan, y las ideas pretenden discurrir. Muy a su pesar, los etéreos vigilantes, agentes suprapersonales e incorpóreos experimentan toda su superioridad como una desventaja, no encontrando mayor conexión con los terrícolas que la que les brinda, de cuando en vez, la decrepitud senil, el olfato infantil y la percepción bamboleante de algún equilibrista.

Ancianos, niños y artistas de la cuerda floja saludarán entonces la impalpable cercanía de los ángeles guardianes, con sonrisas cómplices, arrestos de in-comprensión, y monólogos contra la almohada. Recordemos de paso que, en la teleserie animada Aventuras en pañales (Klausky Csupo Inc.) es un niño también quien desde su cuna, transforma a su madre en un astro lunar envolvente, al padre en una nube vigilante, al abuelo en un aeroplano antiguo y a la hermanita en un insecto alado, emergiendo todos de un fondo estelar absolutamente negro, como objetos ora en suspenso, ora en rotación: fragmentos de un real que el acceso febril del infante recrea. Igualmente, aquellos personajes que durante el film de Wenders consiguen, a duras penas, percibir la incontrastable presencia ausente de los angelicales entes, van a fracasar en el intento de objetivar ese saber, pues, tales acontecimientos al no inscribirse más que como intersticios, como fisuras, como bordes sensitivos, desbordan la célebre distinción entre la interioridad del espíritu y la exterioridad de la letra. Binarismo este último que, como se sabe, las lenguas y los discursos oficiales obligan permanentemente a reafirmar.

Volvamos a Deleuze y Guattari y a otros tantos planteamientos que estos autores levantan en su polémico texto Mil mesetas. Deberemos liberarnos de aquel principio que erige al lenguaje como instrumento de significación privilegiado y lo somete, inequívocamente, al paralelismo denotación/connotación. O sustraernos de aquel otro razonamiento que hace del lenguaje el vehículo de información por antonomasia, atribuyéndole una funcionalidad que se agota entre la misión educativo-cultural y el ámbito comunicativo-referencial (Deleuze y Guattari, 1988: 81-112). Deleuze y Guattari quiebran tales ópticas destacando el valor, preeminente y permanente, de las consignas lingüísticas, de lo que ellos han preferido denominar, en otros textos, palabras de orden (Deleuze, 1990: 44). Las palabras de orden habitarían, entonces, en la epidermis de los intercambios linguísticos, enquistándose en la propia superficie de la expresión. En términos más concluyentes, se trata de demostrar que no es la redundancia la que está al servicio de la información, sino que, inversamente, ésta se encuentra al servicio de aquélla. La información, entonces, no podría no ser redundante, pues se encuentra forzada a cubrir discursos y textos de recurrencias que hagan circular las consignas, transmitir las órdenes, negociando y definiendo en todo momento, las funciones y posiciones de los sujetos (Deleuze y Guattari, 1988: 81-2, 84-5).

Así pues, la sociedad disciplinar, que acompaña a la emergencia del Estado moderno, con todas las tácticas que paciente y sistemáticamente introdujo, con todos los dispositivos confesionales a los que dio lugar, con sus peculiares e infinitesimales maneras de recortar los espacios y multiplicar los tiempos, llevaba consigo la virtual constitución de una sociedad del control. Tal atmósfera, como se sabe, fue descrita por W. Burroughs en su obra cumbre Naked Lunch (Burroughs, 1990). Es sintomático que al cabo del relato, el novelista añada una serie de comentarios sobre la condición del drogadicto y el modo como las políticas prohibicionistas tornan más densa e insostenible su realidad. En uno de tales anexos Burroughs sostiene que la adicción responde al deseo de fabricarse otro metabolismo, de precipitar una nueva química (ídem: 261-2). Así mismo si a la cocaína nos refirieramos, se trataría de la constitución de un doble, de constituirse un otro neurológico, más competente y confiado, seguro de satisfacer las expectativas productivistas imperantes. No nos parece gratuito el estatus que el consumo de cocaína desprende, a escala planetaria, en múltiples esferas sociales. Tampoco es casual el paulatino arrinconamiento del culto a la marihuana, como una especie de manifestación “retro”, en la que el toque intelectual y la opción mística se dan la mano.

Atendiendo un problema que afecta más directamente al país y a los sectores jóvenes de sus capas más desarraigadas, cabría preguntar por el doble que se agencia el consumidor de PBC. Se ha sostenido, por ejemplo, que dicha droga sería la cocaína del pobre, pero lo concreto es que, a diferencia del fumador de marihuana, el llamado pastelero niega los horizontes laxos y los devaneos hedonísticos en los que aquél se afirma. Su vagancia, sustraída a lo que de pulmones y energía le restan, está orientada a dejarse envolver por una cronometrización efímera. Entretanto sufre, aquí y ahora, el efecto angustiante que lo desborda y al que se consagra diariamente. Fundiendo pasado y futuro en un mismo movimiento, el pastelero le rinde una oda al régimen esclavista del tiempo. Coherente con tal política se esfuma, y aquí la figura debe ser entendida literalmente, desembarazándose de sí mismo para dar lugar a un autómata que reclama por él, hurta por él, se denigra por él.

La temática del doble desborda los intereses de este documento aunque, sin lugar a dudas, cabe llamar la atención sobre el modo como dicho espacio ha sido sistemáticamente trabajado, en el ámbito cinematográfico, por uno de los más renombrados y discutidos realizadores contemporáneos, D. Cronenberg. A través de cintas como La Mosca (1986), Pacto de amor (1988), Naked Lunch (1992) o M. Butterfly (1993), Cronenberg ha dado evidentes muestras de centrar sus relatos en las modalidades, simétricas y confusas que operan los cuerpos en sus conexiones, desdoblamientos y metamorfosis. Así, pues, en su reciente film Crash (1997) plantea una historia mínimamente argumentada en la que no parece haber más personaje que el erotismo desenfrenado que habita en los organismos. La negociación a concretar entre las anatomías que allí se dan cita depende incluso, de auxilios ortopédicos e incidentes vehiculares, los cuales van a elevar el derroche deseante de los agentes comprometidos hasta extremos difícilmente explicables.

Lo gratuito de tal espectáculo nos remite, salvando las distancias, a lo que Foucault cree reconocer en la comunidad homosexual de los años setenta, que en su condición de minoría erótica, tendía a fabricar militantes de una promiscuidad clandestina. En esa esfera de afectos concatenados, de efectos impostergables, en esa suerte de transitoriedad constitutiva, las parejas no contaban con el tiempo para reconocerse sino después del coito, según afirma Foucault (O’Higgins, 1985: 28-32). R. Arenas, narrador cubano, llegó a señalar que la realidad de los homosexuales en Estados Unidos estaba demasiado afectada por el ghetto en el que éstos debieron incluirse, y por las esferas a las que no tenían acceso. A diferencia de la Cuba que él evoca, el novelista percibe, en Norteamérica, unas fronteras claramente delimitadas entre la actividad homosexual y la heterosexual, un tono irreconciliable entre una y otra identidad. En buena cuenta: dos bandos en exclusión (Arenas, 1996: 132-3).

Volvamos al film de Cronenberg. Real o irreal, creíble o no, la historia no ostenta más protagonismos que los asumidos por glúteos, pelvis y genitales, ni más intenciones que las de un goce impostergable. Se recogen aquí los síntomas de una cultura que no puede verse a sí misma sino como eyaculatoriamente precoz (Baudrillard, 1989: 42). Recuperación procaz, en vivo y en directo, sin suspensos apetecibles, de aquellas atmósferas, más sutiles y lentificadas, en las que las vampiresas y los antihéroes del cine negro de antaño, trenzaban sus super-vivencias con recursos de los más subrepticios. Sensualismo protestante que debía encontrar, incluso en medio de la búsqueda erótica, el trabajo, la producción, la fórmula del costo-beneficio.

Un producto intermedio quizás, a propósito de vampiresas, sería la propuesta que T. Scott, desarrolla en El ansia (1981), historia en la que los cuerpos apremiados por curiosidades insaciables, búsquedas ciegas y goces continuos, se invaden y afectan, cruzándose en fatal dependencia. Los personajes principales son concebidos en serie, encarnando un biotipo uniforme, ojiclaro, blondo y transparente que el tiempo habrá de horadar o desechar. La coartada exige, en nombre de lo inexorable del deseo, que cualquier mutación sea bienvenida, que toda rotación se torne legítima, que los intercambios sean indispensables. Así, entre ondas tenues, velos y filtros azulados, se alienta la simétrica fusión MiryamSara: dialéctica del contagio y de la sucesión hereditaria que eleva las ansias por encima de los individuos, haciendo del juego corporal el certificado mismo del carácter prescindible o permutable de las piezas.

En uno y otro caso, trátese del género terrorífico o de las temáticas más sensuales, el lugar del doble se confunde con el de la pareja, la mismidad con la alteridad, o para remitirnos a la jerga de Deleuze y Guattari, los calcos se ven trascendidos por los mapas. Las mismas imperfecciones biológicas, orgánicas y desgastables, de los seres humanos encuentran hoy un relevo cada vez más incontestable en la alternativa que los clones significan: versión depurada y en tránsito de naturalización que parece desbordar uno de los más fantasmales antagonismos que la era moderna diseminó: la manida historia que conecta y opone, como extremos de un sólo eje al hombre y a la máquina. Luego de la trágica confusión, hoy parece reinar una feliz fusión.

Debe recordarse que cualquier crisis encuentra como analizador privilegiado al propio cuerpo, dada su condición fronteriza entre los poderes institucionales que lo sujetan y los agenciamientos deseantes que, al lado de otros cuerpos, tiende a fabricarse. Además de rescatar la condición del cuerpo senil, del cuerpo infantil, del cuerpo demencial, limitados por la desactivación laboral, la programación futura y la racionalidad incomprensible, se ha rescatado el lugar del cuerpo femenino. Indicadores que, como afirma Lourau, remiten tanto a los poderes más enraizadamente institucionalizados como a su mismo resquebrajamiento (Lourau, 1975: 280-5). El cuerpo femenino como se sabe, fue frecuentemente alojado en el espacio de los anonimatos hogareños y en el de las realizaciones escolares o laborales indirectas; estatus por delegación cuya mayor evidencia se encierra en la famosa frase: “detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer”. Parece acá haber una conexión evidente entre cuerpo y devenir femenino, una trama entre las potencias que se manifiestan y la naturaleza femenina del devenir que las libera (Deleuze y Guattari, 1988: 277-81).

¿Por qué lo femenino? Tal vez, dicen los autores, porque ésa es la fuerza que debió, en todo momento y coyuntura, enfrentar al devenir masculino, sinónimo de un poder enquistado o entronizado desde tiempos inmemoriales. Aventurémonos un hipotético inventario: sobrellevar el yugo de la virilidad; seducir su imagen; responder silenciosamente, a posteriori o en otro plano; desterritorializar y reterritorializar las fuerzas patriarcales; ablandar sus líneas duras con otras más flexibles; enmascarar el propio deseo o desear propiamente esos mismos enmascaramientos; provocar pequeñas grandes catástrofes o humillaciones en los falocentrismos; ser la eterna presencia ausente o la intermitente presencia desaparecida. He ahí algunos de los lugares que los devenires femeninos siempre plurales e insospechados, para una racionalidad rígidamente instrumental, han sabido ocupar o elegido desocupar.

Pero retornemos a los cuerpos en perpetuo desgaste, a su creciente desvalorización, a la experiencia que en calidad de soporte imaginario realizan, a la función estresante que la psicoterapia contemporánea les asigna; a su condición de pantallas sintomáticas donde desfilan malestares gastríticos, mareos laberínticos, escozores epidérmicos y dramas cancerígenos. Al teatro de prótesis en que se han convertido, a la convexidad tensa que sus rostros y anatomías representan, al globo bulímico que concursa por los pesos mayores y a la protesta anoréxica transitando a otros mundos. Todo ello frente a los cuerpos compactos, brillantes, aeroconformados, colonizadores de durezas musculares y resistencias indómitas, siempre vitaminizados e inmejorablemente balanceados. Acaso no expresan todos ellos las fisuras que la cotidianidad nos lega hoy, el costo que el canibalismo laboral exige. Para decirlo con Freud, el eterno narcisismo de las pequeñas diferencias, se recompone entre cuerpos deformados y cuerpos reformados. Reinaría hoy una especie de bionecrofilia, merced a la cual todos los cuerpos mueren y resucitan en virtud de la ciencia y de la técnica. Auténticas coadyuvantes y correctoras de la “naturaleza” contemporánea, la ciencia y la técnica componen el aparato mágico más invocado de fin de siglo.

Volvamos al principio. Habíamos hablado de consignas y redundancias, y de sus relaciones, más bien pragmáticas con el ejercicio del poder. Debe recordarse entonces, a propósito de la repetición, que en el clásico modelo jakobsoniano de las funciones comunicativas (Jakobson, 1975; Peninou, 1976: 81-91) el peso de la repetición se observa con mayor énfasis, en dos de las seis operaciones que el autor incluye. De un lado, la función fática, centrada en el contacto, y del otro, la metalinguística que opera sobre el propio código. Resulta por demás revelador que haya sido uno de los antropólogos más notables de la historia quien, en plena labor de campo, sugirió la necesidad de tomar en consideración la dimensión fática en los rituales comunicativos. Hablamos ciertamente de Malinowski que, desde su extrañeza primermundista, llamó la atención sobre aquella variable, entendida como un puro apoyo a los mensajes imperiales, como una ligazón rutinaria que obedecería al propósito de confirmar la permanencia del otro, cuando no de su audio, en el extremo opuesto de la cadena tendida.

Obviamente, una lengua mayor, formal y exhaustiva en su reglamentación, volcada hacia los surcos escriturales, no podía otorgar plena significación al recurso fático sin aislarlo –como en gran medida lo aisla– del contexto que lo reclama y del proceso que le otorga lecturas diversas, simultáneas, e incluso contradictorias. Así pues movimientos de cabeza, mantenimiento y evasión de la mirada, pestañeos esporádicos o insistentes, proxemias intermitentes y respuestas táctiles configurarían, entre otros índices, una suerte de plurifaticidad dialógica, paralela a las capitalizaciones locucionarias. El personaje, al que con brotes de angelical encanto, diera vida el inolvidable Harpo Marx es –con su muda y desafiante elocuencia– la figura por antonomasia de un registro expresivo cuya desenvoltura, pervierte y conquista, desdobla y congela el orden verbal. Sobre esa base cabría mencionar también el genial trabajo mímico de Marcel Marceau y los inusitados despliegues del Teatro Negro de Praga.

La otra función jakobsoniana aludida es la metalingüística, la misma que da cuenta de una preocupación por garantizar la comprensión del enunciado. Reformular, ampliar, explicar, he aquí los recursos metalingüísticos por excelencia, sea que apele a la síntesis englobante o a la ejemplificación pedagógica, sea que intente contraer o dilatar el sentido primigenio. La cuestión sustancial es que, tratándose de lo fático o de lo metalingüístico, toda repetición se instala a fin de mantener la comunicación aquí o de esclarecerla allá. Restableciendo el contacto entre los posibles enunciadores y enunciatarios, o cuidando la lectura de los enunciados se procura, de uno u otro modo, lo imposible: cuadrar el sentido, comandar el entendimiento, minimizar la ambigüedad que los usos arrastran y el ruido engrosa, neutralizar los desvíos y los vacíos que desestabilizan la participación de los agentes. En esa soberbia sobrecodificadora se olvida lo que el propio Jakobson ya había notado: que no hay frase terminada, que la expresión nunca está definida, que la ambigüedad es intrínseca a todo mensaje que pretenda centrarse en sí mismo (Peninou, 1976: 85-6). Así, pues, entre lo incompleto del sentido y la virtualidad de sus posibles clausuras, las preocupaciones vigilantes han de ser, las más de las veces, desbordadas.

No a otra cosa, que a familiarizarse con la propia repetición, parece apuntar el diario compromiso concertado por la espectadora con “su” telenovela, basándose por cierto en el re-conocimiento de ciertas materias significantes, en la re-incidencia de los mismos conflictos y, que duda cabe, en análogos desenlaces. La repetición sería siempre, para tales objetivos, una re-petición y las resoluciones han de surgir como re-soluciones. Y si bien el sufrimiento o el dolor, con todas las reservas que nos merezcan tales calificaciones, son las constantes ofrecidas para la degustación y/o reflexión, es bueno recordar que para la televidente el placer tarda pero llega o, mejor aún, llega precisamente porque tarda: he ahí un aserto freudiano aprovechable para el contexto de los consumos telenovelescos (Hevia, 1994: 82-3), formato en el que los imaginarios populares serían devueltos, al consumidor, a título masivo (Martín Barbero, 1982). Para una lectura más amplia, el propio Deleuze, siguiendo la lección de Nietzsche, propone entender la repetición como una diferencia sin concepto; como una diferencia mínima, irónica; como una potencia transgresora, si se quiere, que se desliza más acá o más allá del dominio de las representaciones (Deleuze, 1988: 24, 27, 35, 47, 55, 58, 426). En esas grietas es que caben los inefables barullos y todo el furor de los desentendimientos a los que el lenguaje da lugar.

Una lingüística de la lengua es, según puede preverse, natural consecuencia de la conversión textual o de su traducción escritural: registros formalizados que congelan la expresión para descomponerla mejor. Se ha dicho que escribir es, básicamente, inscribir y, en consecuencia, suscribir una ley (Lefebvre, 1972: 187-91) De aquí el parentesco de la escritura con las estratificaciones y burocratizaciones estatales, con los llamados espacios estriados que las relaciones de poder multiplican incesantes, procurando en ese intento diagramar los espacios lisos, conquistar los trayectos más rápidos, fugaces, a veces inasibles del coloquio. Si de la oralidad se trata, es evidente que ella destila otros flujos: expresiones atestadas de virajes súbitos, reapropiaciones transitorias, leves capturas, acontecimientos mínimos que evidencian, en todos los casos, la errancia característica de las lenguas menores.

Y en ese errar permanente, los códigos se entrecruzan y yuxtaponen, como en las grandes autopistas. Y en ese errar que es, para muchos, el del propio error, el del desvío sistemático o contingente, es que se configura, por oposición al árbol, el crecimiento anómalo, inconteniblemente horizontal del rizoma (Deleuze y Guattari, 1988: 9-29). Hay autores que han insistido, de otro lado, en el elemento circular, a veces recurrente de los discursos verbales (Ong, 1987). La tradición oral, se apoyaría más en los recuerdos fragmentados que en una memoria sistemática, de tal modo que las evocaciones se someterán al galope múltiple y diverso que el ritmo de las versiones supone. En este punto se detecta al anonimato, el mismo que a título de agenciamiento colectivo (Deleuze y Guattari, 1988: 27, 33, 79-84, 89-90, 94-5, 162-3, 400-3) discurre mimético entre los rumores del habla.

En medio de esa movilidad, temas y fraseos se tornan comunes, constituyendo lugares hacia los que se retorna con familiar insistencia. Por eso el llamado hombre común y corriente no pasa de ser aquél que está al corriente de todos los lugares comunes. Sin embargo, el observador deberá reparar en los matices, en las variantes que cabalgan a la repetición, ésas que la conversación deleita y que los circuitos dialógicos tornan uniformes. La aparente reiteración significante, las similitudes en el plano expresivo reservan, para los devenires menores, digresiones que habrán de ser rescatadas en función de la pragmática ejercitada, de la prosodia implementada, de toda una referencialidad que el contexto y los factores situacionales edifican. Paralelamente, deformaciones y alteraciones en el propio mensaje obedecen, con frecuencia, a los espectros sinonímicos, más no isomórficos, que una lectura atenta deberá poder y saber ubicar. Deleuze y Guattari denuncian el estéril equívoco que supone asimilar el par expresión/contenido acotado por Hjelmslev a la consuetudinaria correspondencia significante/significado que Saussure defiende (Deleuze y Guattari, 1988: 70-2, 95, 114, 117-53, 173-5).

Ese afán reduccionista parecería regirse, en el extremo, por la sacrosanta e inefablemente bienvenida dialéctica entre forma y fondo, faltando allí una dosis del talento de O. Welles para quebrar dicho binomio con una “profundidad de campo” que ponga en cuestión la estabilidad del sospechoso círculo que las oposiciones complementarias y las complementariedades opositivas sustentan. Debe recordarse aquí que en el cine, la invención de la llamada profundidad de campo se vio precipitada por limitaciones muy concretas: pues, durante el rodaje del Ciudadano Kane (1941) había más material para narrar que rollos de película a incluir, de ahí que la genialidad de Welles radicó en ese desdoblamiento temporal, en esa abundancia informativa con que las nuevas ópticas conseguían sobrepoblar o superponer el espacio del encuadre. Más que un antes y un después, Welles nos muestra, con toda la plástica que regala en el Ciudadano Kane, una simultaneidad de acontecimientos. No tanto un trabajo que el espacio ordene sucesivamente sobre los tiempos; sino una operación que el tiempo dibuja y conecta sobre los espacios (Deleuze, 1984: 46; 1987: 38, 60-1, 136-7, 144, 147, 151-8, 232, 236). Ya hemos señalado que la historiografía, en gran medida acuñada por Hegel, se mide por el ritmo de los antecedentes y sus consecuencias, mientras que con Nietzsche lo que adquiere prioridad es la conjunción de elementos en un marco dado, la propia simultaneidad del devenir histórico (Caruso, 1969: 81-2) De ahí que las nuevas lógicas, concluía Foucault, debían comenzar a operar en medio de exclusiones, implicaciones, transformaciones y, en consecuencia, desapariciones (ídem: 75).

Y a propósito de rupturas y juegos con el espacio-tiempo, podrá notarse la variada gama de modalidades con que literatos y dibujantes argentinos se han inclinado a maniobrar con esos flujos, relativizando sus dominios y procurando, como en un des-encaje interminable, episodios en otros episodios. Borges por ejemplo, nos ha dado más de una versión de mundos paralelos, tiempos suspendidos, espirales laberínticas: entre otros, rescatamos el notable Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde nos habla de una realidad en la que están prohibidos tanto los espejos como los coitos, dada la apertura a la reproducción, imaginaria o biológica, que tales recursos procuran (Borges, 1994-I: 431-43). Cortázar ha legado también, en medio del gran espectro que su obra significa, una bella muestra a propósito de aquél inolvidable homenaje a Ch. Parker titulado El perseguidor, texto cuyas reflexiones sobre la velocidad del pensamiento en el metro, y la del músico en sus conciertos, son memorables (Cortázar, 1994-1: 225-66). Mención aparte merece aquel cuento del propio Cortázar, originalmente intitulado Las babas del diablo (ídem, 214-24), que tomara M. Antonioni para crear su no menos genial largometraje Blow-up (1965). Cómo se sabe, la historia original gira en torno a una foto que, además de mostrar un cadáver, contiene, imperceptiblemente, las pistas del crimen perpetrado.

Recordamos también aquel otro escrito del literato argentino, La noche boca arriba, en el que se cruzan el mundo del motociclista accidentado en una urbe contemporánea y el de la víctima sacrificial de un México milenario. El relato permite a través de la pesadilla del primero y el ensueño del segundo, pasar de un tiempo a otro, y con ello de un lugar a otro. La transición deviene conversión cuando el primer personaje intenta tomar un vaso al lado de su cama y ese mismo movimiento, perpetrado en el vacío, se empalma con el gesto igualmente estéril de arañar el techo de la caverna por donde es trasladado el otro sujeto, suerte de chivo expiatorio de un ceremonial sangriento. En verdad, el artificio está planteado de tal modo que una y otra historia, uno y otro protagonista, se ven dirigidos por un sutil e inexorable desplazamiento hacia la mesa de sacrificios. Punto de convergencia o inevitable coincidencia es allí donde deberá concretarse la inaplazable muerte del único y auténtico cuerpo: soporte postrero del paralelo que anima el drama descrito. Sólo al final resulta claro que la recreación del tiempo actual, la referencia a una serie de escenarios familiares al lector no pasaba de ser el mañana irreconocible; recurso alucinado con que un sujeto de otras épocas procuraba huir de un mundo legendario, de una suerte atávicamente fatídica en la que, por cierto, acaba sucumbiendo (ídem: 386-92).

En el ámbito del cómic la dupla Trillo-Altuna crearon, durante los años setenta, una historia que marcó época, Las puertitas del señor López, ésta ilustra el tedio de un burócrata mayor de edad que encontraba cómo escapar de su cotidianidad a través de algunas puertas que debía casualmente encontrar en los servicios higiénicos (Trillo y Altuna, 1981). López solía regresar atónito y despavorido de cada uno de sus periplos, más no por ello prescindía de la dosis de surrealidad con que oxigenaba la tediosa cronometrización de una existencia promedio. Pasamos a describir el episodio que mejor gráfica esa suerte de confrontación asincrónica librada, una y otra vez, por López. Durante una de sus exploraciones López se encuentra, contra todo pronóstico, aislado en las viñetas, sin más apoyo que su propia figura, carente de piso y de perspectiva, privado del auxilio postrero que ecos o sombras podrían otorgarle. Es en esas circunstancias que se encuentra con una suerte de gurú, de anacoreta o de faquir quien con un reloj despertador en mano, y sin más atavío que su propia barba, le pregunta: “¿En qué año te quedaste?”. Luego de la respuesta procede a darle cuerda al reloj, mientras le advierte a López : “En cuanto pase tu año (o tu siglo), te subes”. A continuación desfila toda la humanidad: desde el Homo habilis hasta J. Kennedy; desde guerreros atenienses hasta terroristas de fin de siglo; desde emperatrices y cortesanas hasta feministas y amas de casa. Deportistas y oradores, científicos y artistas, tecnócratas y artesanos se exhiben sin que parezca faltar estereotipo alguno. López observa boquiabierto esa suerte de subway transhistórico y es sólo a costa de un segundo aviso del excéntrico guía que detecta su contemporaneidad, emerge de su estupor y ubica la puerta que irá a conducirlo al lúgubre y familiar despacho.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
17 ekim 2024
Hacim:
372 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9789972453694
Telif hakkı:
Bookwire
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