Kitabı oku: «Los irreductibles I»

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LOS IRREDUCTIBLES I

© del texto: Julio Rilo

© diseño de cubierta: Lois Moreno Graña

© corrección del texto: Equipo Mirahadas

© de esta edición:

Editorial Mirahadas, 2021

Avda. San Francisco Javier, 9, P 6ª, 24 Edificio SEVILLA 2,

41018, Sevilla

Tlfns: 912.665.684

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www.mirahadas.com

Producción del ePub: booqlab

Primera edición: diciembre, 2021

ISBN: 978-84-18996-73-3

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»

LOS IRREDUCTIBLES I

Julio Rilo


ÍNDICE

Nacimiento

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

Infancia

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

Adolescencia

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

NACIMIENTO


I

Igual que cuando su madre abría de golpe las cortinas cuando él, de adolescente, se quedaba durmiendo hasta pasado el mediodía, la claridad del exterior iluminó con un destello el interior del vagón cuando el tren salió del túnel. Ahora, por la ventanilla, Kino podía ver en la distancia la imagen gris brillante que era el paisaje urbano de Madrid en una mañana clara como aquella. Aunque poco duraría, y es que el tren de alta velocidad avanzaba raudo hacia uno de los túneles que componían la red de transportes del hormiguero que era la capital de España.

Del Guadarrama hasta Atocha tardaría algo menos de quince minutos, y la mitad de ese tiempo circularía bajo tierra, a partir del punto en el que empezaban a brotar edificios como si fuera césped gris. Pero a Kino no le importaba, ya conocía de sobra el aspecto cementoso de la ciudad que lo había adoptado, no le hacía falta contemplarla. Miraba por la ventana por distraerse, pensando en el aburrido día que le esperaba en el curro, y se preguntaba si se le plantearía alguna oportunidad para echar una siesta en el trabajo.

No había descansado nada bien aquella noche, al fin y al cabo, se había tenido que levantar a las cuatro de la mañana para coger el tren. Pero a él siempre le compensaba ir a pasar los fines de semana con su madre a Galicia, a pesar de los madrugones de los lunes. Volvía más cansado, sí, pero también mucho más relajado. Además, no era como si Rebe hubiera dado señales de vida las últimas semanas, así que no solía tener motivos para quedarse los fines de semana en Madrid.

Mientras escuchaba a Donovan por sus auriculares cantar algo sobre prepararse para la temporada de brujas el tren alcanzó el nuevo túnel, y el vagón volvió a quedar iluminado solamente por las tenues luces naranjas que había encima de los asientos. Al otro lado del cristal no había más que negrura, así que Kino volvió la mirada al interior y se empezó a fijar en la gente. A aquella hora, un lunes, solo había trabajadores como él que se dirigían al centro desde los límites de Madrid más allá de la Sierra, cada uno a empezar su semana con cara de no querer preguntarse qué están haciendo allí. Hormiguitas obreras.

Contagiado por la ironía de la canción que escuchaba, Kino los observaba mientras todos se miraban absortos a las palmas de sus manos, a las imágenes proyectadas por sus HSB1. Las HSB, o holo-pulseras, como todavía las llamaban algunos nostálgicos como Kino, eran el complemento indispensable de la época. Herederas espirituales de los smartphones, tenían todas las funciones que en su época habían tenido estos y muchas más, solo que, siendo más prácticas, pues ocupaban menos espacio. Estas pulseras proyectaban una imagen desde la parte interior de la cinta del brazalete, que era donde estaba el pequeño bulto que era la máquina en sí misma, y esas imágenes se visualizaban en la palma de la mano del usuario. Luego, uno se podía desplazar por los menús y las ventanas proyectadas con movimientos de los dedos de la mano en la que estaba la pulsera, que eran registrados por el sensor de movimiento que había al lado del proyector.

A Kino, viendo a todos los pasajeros mirándose fijamente a las manos mientras los dedos realizaban sin parar movimientos extraños, si ignoraba el tenue brillo de las proyecciones se le asemejaba a ver a un montón de gente que, sufriendo espasmos en una mano y sin saber qué significa la palabra espasmo, se quedan mirando absortos y sin comprender lo que su cuerpo hace ni por qué lo hace.

La canción terminó dando paso a la siguiente, y en los auriculares inalámbricos que Kino llevaba incrustados en los oídos empezó a sonar la voz de Jim Morrison explicando lo extraña que es la gente. Con cada verso de la canción, la mirada de Kino se posaba sobre un pasajero diferente, y a cada uno le inventaba una historia. Un trabajador que iba con un mono azul y arrastraba sobre sus ruedas un enorme maletón de plástico, era en realidad un músico de la filarmónica que no quiere que se le manche el esmoquin que lleva por debajo y cuida muy bien su violín. Una mujer de mediana edad que iba con su uniforme de limpiadora, era en realidad una asesina a sueldo que ha encontrado la mejor tapadera posible. Un joven abogado bien peinado y afeitado que iba abrazado a su bandolera, era en realidad un maestro del timo en quiebra que no le quedaba nada más que lo que contenía su bandolera, y por eso se abrazaba a ella. Aunque, pensando en ese último pitch, mientras el solo de guitarra de la canción comenzaba, debía de esforzarse más. Parecía que se le estuviese acabando la imaginación.

De ser cierto aquello, a Kino no le cabía duda de que si había algo que estuviese matando lenta pero efectivamente su imaginación, era su trabajo. Desde que tenía memoria había querido ser escritor. Uno de los pocos buenos recuerdos que conservaba de su padre, era el haberle inculcado desde muy pequeño el amor por la lectura, y era algo de lo que le estaba agradecido, aunque nunca fuera a admitirlo.

Si se esforzaba podía recordar a su padre leyéndole los libros de Tolkien antes de ir a dormir cuando era muy pequeño, y recordaba sobre todo sus interpretaciones e imitaciones, y las diferentes voces que ponía. Aunque su padre se había dedicado al cine, antes que nada les había enseñado a sus hijos el mundo de los libros. Cuando Kino descubrió por medio de su hermano mayor Raúl que habían hecho películas de El Señor de los Anillos, el pequeño Joaquín les rogó a sus padres que le dejaran verlas (sobre todo porque su hermano le había dicho que eran impresionantes), pero sus padres se negaron porque decían que no eran películas para niños. Sin embargo, unos años después, cuando él era algo mayor y sus padres ya se habían divorciado, sacaron las películas de El Hobbit y esas sí que fue a verlas. Y aquello solo sirvió para afianzar su amor por los libros antes que el cine, después de ver lo que le habían hecho a un libro al que él amaba tanto. Pero también recordaba las veladas que hacían en familia los cuatro viendo películas en blanco y negro y de vaqueros, cuando todo iba bien todavía. A pesar de que los libros eran su pasión, también le tenía mucho amor al cine, un amor que venía desde su más tierna infancia. Y para ser completamente justos, las películas de El Señor de los Anillos estaban bastante bien, para ser una adaptación.

Por tanto, Kino siempre había querido ser escritor. Cualquiera hubiera dicho que aquello era algo fácil, no solo porque tuviera talento como escritor después de haber leído tanto como él lo había hecho (y es que Kino siempre decía que, en el mundo en el que vivían, el talento era algo irrelevante), sino porque era el hijo de Ricardo Lázaro, al fin y al cabo. Pero desde que alcanzó la mayoría de edad, Kino había cambiado su apellido por el de su madre y, por decirlo de forma suave, la relación con «el negocio familiar» era tensa.

Habría podido ser guionista, pero él quería ser escritor. Algo poco rentable en un mundo en el que ya nadie compraba libros. Pero Kino estaba empeñado en vivir de lo que escribía, por lo que tras muchos años buscando, saltando de currito en currito y escribiendo en sus ratos libres, había conseguido lo que más se le parecía: trabajar en un periódico. Aunque a Kino le daba la risa cada vez que alguien se refería a su medio como un periódico. Ya no quedaban periódicos.

La revista 5 Minutos era uno de los pocos medios de prensa que habían sobrevivido a la incesante pérdida de interés de la sociedad en el mundo que le rodeaba, así como una muestra de la poca atención que la gente era capaz de mantener. De ahí el nombre de la revista. Si un artículo tardaba en leerse más de cinco minutos, era descartado. A Kino le interesaba hablar de corrupción política, de cadenas de alimentación que distribuían comida en mal estado o de cómo las compañías energéticas y telefónicas estafaban sistemáticamente unos pocos céntimos a todos sus clientes multiplicando sus beneficios de manera ilícita. Pero tras no pocos encontronazos con su redactor terminó trabajando en el tipo de artículos que eran el auténtico motivo por el que 5 Minutos era un medio de prensa líder de mercado: los Top 10.

Los Top 10 eran listas que solían contener datos de interés para la gente, a veces informativos y otras simplemente consejos para el día a día. Los títulos de dichas listas podían variar desde «10 motivos por los que la quinoa es mala para la salud» a «10 planes para una escapada de fin de semana aventurera», pasando por el medio por listas tales como «Los 10 trabajos mejor remunerados del mundo» o clásicos como «10 formas de averiguar si tu pareja te pone los cuernos». Es decir, conectar con el lector hablando de aquello que más le motiva. Kino, aunque era uno de los mejores articulistas de la revista (principalmente porque se inventaba todo lo que escribía) se deprimía y se sentía perdido en el medio de toda la autocomplacencia y el narcisismo de sus lectores, que en última instancia no dejaban de ser quienes decidían sobre el contenido que él redactaba. Si las tonterías que él escribía era lo que le interesaba a la gente, no era de extrañar que el país estuviese como estuviese. Los días que se sentía rebelde, Kino hacía un Top 11 en vez del Top 10, lo que provocaba la ira de su redactor, por desobedecerle y porque cada vez que hacía esto sus artículos tenían más vistas y eran trending topic, por lo que no podía castigarlo.

El tren se paró con una leve sacudida, y evitando a la gente que entraba y salía del vagón con la mirada baja y sin reparar en las personas que tenían alrededor, Kino bajó con su mochila al hombro al enorme andén de quince plataformas en el que el devenir de la gente era incesante. Se dirigió automáticamente en dirección hacia los ascensores, y comprobó con desagrado una larga cola de gente que no quería andar hasta las escaleras mecánicas. Aunque más que una cola, aquello era una masa que se amontonaba ansiosa ante las puertas de los ascensores, como exigiendo que se abriesen. Kino siguió andando cansinamente, pudiendo ver en su cabeza la estampa que tendría lugar en cuanto el ascensor abriese las puertas y hubiese los típicos encontronazos entre los que no dejan salir y los que no dejan entrar. Caminó hasta uno de los extremos del andén, que era donde estaba la zona de escaleras.

Después de varias reformas y ampliaciones, la estación de Atocha había ampliado considerablemente su tamaño, ante la necesidad de cubrir las nuevas líneas que se extendían hasta las costas en todas direcciones. Constaba de cinco plantas subterráneas, además de la superficie, y a los niveles inferiores no paraban de llegar trenes desde todas las direcciones de España, mientras que las dos plantas superiores estaban reservadas a los trenes de cercanías. En cada una de esas plantas había unos enormes andenes de quince plataformas, cuyo plano formaba un rectángulo irregular. Los ascensores estaban en el medio de los lados más largos de dicho rectángulo, y en los otros extremos había una sucesión de escaleras mecánicas en hileras de tres que conectaban todas las plantas hasta la superficie, desde donde bajaba la fría luz gris de la mañana madrileña filtrándose desde una claraboya. Kino se subió en la primera escalera ascendente a la que llegó con la resignación de quien se ve obligado a tomar el camino más largo con tal de no tener que lidiar con la gente. Aunque al ver lo vacías que estaban en general las escaleras pensó en toda la gente que se debía de amontonar en los ascensores, y se preguntó cuál de las dos vías sería en realidad la más lenta.

Antes de llegar a la planta de la superficie abandonó las escaleras y se dirigió en dirección al metro. Todavía faltaban casi dos horas para las nueve, por lo que se imaginaba que le debería de dar tiempo en llegar hasta la oficina, y mientras la seductora guitarra de Keith Richards sonaba en sus auriculares inalámbricos y le ayudaba a mantener el ritmo de una aburrida caminata hacia la rutina, él no podía evitar sentirse como la mosca en la tela de araña de la que Mick Jagger hablaba en la canción. No iba a poder pasar por casa hasta que saliese de trabajar a eso de las cinco de la tarde. Por suerte, el único equipaje que llevaba cabía en una mochila.

Cogió la línea 1 y en el rato que le llevó llegar hasta Plaza de Castilla le dio tiempo a escuchar veinte canciones. Ocasionalmente desplegaba las imágenes de su holo-pulsera e iba divagando entre los menús de su reproductor, sin terminarse de decidir por qué le apetecía escuchar aquel día. Había empezado con rock clásico de los 70, lo que había terminado derivando en una lista de reproducción de éxitos de glam rock de los 80. Y sin saber cómo, aquello había ido degenerando hasta que Kino, poco antes de llegar a la altura de Chamartín, se descubrió a sí mismo escuchando a Boney M, algo que no pasaba desde hacía como mínimo una década, y se rio para sus adentros mientras movía el cuello a ritmo de boogie.

En Plaza de Castilla cambió a la línea 10 hasta Nuevos Ministerios, desde donde se volvió a cambiar a la 8 hasta el Campo de las Naciones, en donde tuvo que volverse a cambiar a la línea 16, que sería la que le llevaría hasta Guadalix, y de ahí solo una caminata de diez minutos hasta su oficina.

Lentamente subió las escaleras de la estación de metro hasta la calle y consultó la hora en su HSB, y miró los brillantes números «8:52», que se proyectaban ante él mientras mantenía una expresión de negociador en la cara, pensando en si valdría la pena. Finalmente decidió que sí que valía, y sacó el paquete para hacerse un cigarro. Dentro, había todo lo que necesitaba: papel, filtros y tabaco. En poco tiempo se lio un fino y alargado pitillo, que se encendió después de prensarlo con mucha parsimonia. Solo entonces empezó a caminar, y tampoco se dio mucha prisa mientras caminaba fumando y escuchando música, a pesar de que sabía que tardaría algo más de diez minutos y faltaban seis para que empezase su jornada laboral. En su cabeza lo único que importaba era la música que sonaba en sus oídos. Ahora mismo sonaba Jamiroquai.

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II

Poseído por la furia con la que tocaban la guitarra Dave Mustaine y Chris Poland, Kino tecleaba frenéticamente en su ordenador, terminando el que sería su tercer artículo del día. Estaba en racha. Aquella semana tenía los objetivos habituales, diez Top 10, dos por día. Aún no era la una de la tarde y ya casi había terminado el tercero, si seguía así el miércoles a mediodía habría terminado el trabajo de toda la semana, por lo que se podría pasar el resto de su tiempo en el puesto de trabajo o leyendo o escribiendo, lo que era el principal atractivo que su actual posición tenía para él: que le pagasen por hacer lo que él haría en su tiempo libre. Si Ronnie se enrollaba, hasta era posible que pudiera comenzar su fin de semana el jueves.

Ronnie era su editor jefe. Era un par de años más joven que él, y aunque sus padres le habían llamado Ronaldo en honor al mítico futbolista, él se apodaba Ronnie en un cutre intento de parecer sofisticado, que solamente funcionaba dentro de los círculos sociales de los que él tenía mucho cuidado de no salir. Era el perfecto ejemplo de un intelectual de pega, alguien que se dedicaba a decir citas de gente con nombres que muy poca gente conociese con la presunción de que eso le volvía más inteligente, pero que no había tocado un libro en toda su vida, sino que todos los conocimientos sobre cultura, arte y filosofía de los que disponía los había adquirido a través de los análisis simplistas que otros se dedicaban a hacer en YouTube sobre la obra de escritores y filósofos que, la verdad, nadie tenía tiempo para leer.

A la falta de cultura de Ronnie había que sumarle una capacidad para la gestión de equipos y liderazgo que brillaban por su ausencia, lo que, a ojos de Kino, lo hacía perfecto para la posición que ocupaba. Para una revista como aquella, lo cierto era que a Kino le interesaba tener un superior fácilmente manejable, y Ronnie lo era. Lo único que Kino tenía que hacer para que le siguiera la corriente era tenderle una «encerrona cultural», con lo que conseguía que su jefe cambiase de tema, algo que normalmente facilitaba que Kino se saliese con la suya.

Una encerrona cultural consistía en que, cuando Kino se veía atrapado por haber hecho un Top 11 o algo parecido y Ronnie iba hasta su mesa para reprenderlo, Kino hacía referencias a escritores y otros periodistas alegando por sus argumentos con la misma teatralidad y vehemencia que Marco Antonio llorando la muerte de Julio César, y se inventaba estadísticas para justificar lo que hacía, sabiendo que su editor no se iba a tomar la molestia de ver si era verdad. Más bien lo que conseguía era confundirlo, y al confundirse, era cuando Kino conseguía que Ronnie se enrollase. Cuando Ronnie ya estaba confundido, Kino solía pedirle algo como si fuese lo más importante del mundo, haciéndole sentir que tenía el control, y negociaba ofreciéndose a hacer a cambio cosas que él iba a hacer de todas maneras. Y aunque a veces no conseguía lo que le pedía, casi siempre se libraba de la reprimenda.

Si se lo curraba a lo largo de la semana e intentaba tenerlo contento, seguro que podría irse el jueves de fin de semana. Con suerte, habiendo cuatro días en ese finde, podría quedar alguno con Rebe, que ya hacía casi un mes que no se veían y Kino estaba empezando a subirse por las paredes.

En aquellos momentos, estando Kino como estaba en medio de un frenesí de trash metal deseando adelantar hasta el viernes en la mañana del lunes, no se dio cuenta de cómo Ronnie se había acercado sigilosamente por los pasillos de la oficina y se había detenido apoyándose en la pared de su cubículo con cara de buenos modales. Iba vestido con unos ajustados pantalones negros con dibujos dorados de corte oriental, y una camisa de estampado de enormes flores lilas, naranjas y amarillas. Llevaba su pelo de color naranja a la última moda, recortado con maquinilla en la coronilla y extremadamente largo por los laterales y la nuca, hoy lo llevaba peinado con gomina hacia atrás, y producía un efecto cómico como si se hubiese bajado de una moto después de estar horas conduciendo sin casco. Kino hizo como si no le hubiese visto y siguió escribiendo las chorradas que se le pasaban por la cabeza sobre cuáles serían las diez mejores formas de tener una pensión que durara más de diez años.

La canción terminó y Megadeth dejó paso a Cavalera Conspiracy, y Kino seguía escribiendo como si le fuera la vida en ello. Y Ronnie seguía esperando con buena cara como si ser ignorado por un subordinado no le cabrease tanto como en realidad le cabreaba. Poco a poco se iba impacientando, y su expresión se agriaba. Cuando ya se cansó, carraspeó levemente, y Kino desvió por un momento su concentración del teclado a contener una risa ante una tosecita de su jefe que había sonado como una rueda de bici pinchándose. Siguió haciendo como si no se hubiese dado cuenta de que Ronnie estaba allí, con lo que este se impacientó y volvió a toser, esta vez más fuerte.

—¡Coño! —exclamó Kino dando un exagerado respingo. Miró a ambos lados mientras se quitaba los auriculares, haciendo como que no sabía qué estaba pasando, y cuando por fin posó su mirada sobre Ronnie suspiró—. Uf, eres tú.

—Oh… sí. Perdona, Kino. No quería molestar.

—No, si no molestas, Ronnie, pero me has dado un susto de muerte…

—Lo siento, no volverá a pasar.

—Menos mal. Bueno, ¿qué te trae por aquí?

—Deberías saberlo muy bien.

Kino hizo como que no sabía de qué se trataba aquello, y es que en realidad se hacía una idea bastante buena de qué era lo que Ronnie quería, y no tenía ninguna gana de hablar de ello. Se encogió de hombros y puso cara de corderito degollado.

—Perdona por llegar tarde, pero pensé que no pasaría nada.

—No… ¿qué? ¿Has llegado tarde?

—… No. Solo fueron cinco minutos.

—Bueno, no pasa nada, pero… no, no es eso. ¡Tu artículo del jueves!

—Oh… entiendo. Lo siento, Ronnie, sé que no te gusta que haga Top 11, pero viendo los últimos resultados de la semana pasada y cómo reacciona la gente a la novedad de los Top 11, pues creí que vendrían bien los clics…

—No se trata de eso, Kino. Los clics siempre nos vienen bien… pero tampoco se trata de eso, sino del tema.

Kino reprimió un suspiro e intentó seguir con la actuación.

—¿Qué tema? Lo siento, no me acuerdo, tendrás que…

—«Los 11 motivos por los que es imposible ser feliz».

Un tenso silencio se produjo entre los dos, y es que a Ronnie le estaba costando trabajo mantenerle la mirada a Kino.

—Creía que tenía libertad para escoger los temas —dijo Kino sin alterar el tono ni el volumen.

—Sí, pero dentro de unos límites, Kino. Este tipo de artículos no nos hacen ningún bien. La respuesta del público ha sido muy negativa.

—Pero ha generado clics, ¿o no?

—Sí, pero también comentarios. Comentarios negativos. Y llegó un punto en la madrugada del viernes en que el único motivo por el que la gente hacía clics era para confirmar la mala fama y dejar más comentarios negativos. Y amenazas.

—Bueno, pero como dijo Cervantes, «que hablen de mí, aunque sea mal». La controversia es buena, Ronnie, genera clics, genera beneficios. Además, como si nos fuésemos a empezar a preocupar de todos los trolls que nos amenazan…

—¡Da igual que generen clics, joder! —estalló Ronnie al ser incapaz de ubicar quién era Cervantes (¿Jugaba en el Chelsea?)—. Los clics son buenos, a no ser que sean de gente que está enfadada. Los anunciantes no pagan para que sus anuncios sean vistos por gente de mal humor. La gente de mal humor no compra.

«La hemos cagao», pensó Kino, y es que los únicos números que no le bailaban a Ronnie eran los del departamento de marketing, que era al fin y al cabo de lo que vivía toda la plantilla. De algo le habían servido al niño los cuatro másteres al terminar sus dos carreras. Pero la verdad era que, a Kino no le preocupaba demasiado lo que pudiesen decir los anunciantes. Al fin y al cabo, las senseries era el principal producto que se anunciaba en 5 Minutos, lo que significaba que Industrias Lázaro controlaba una parte muy importante de las participaciones de la revista. De manera que si los anunciantes, que trabajaban para la empresa de su padre se ponían gallitos, pensaba hacerle la vida imposible a su hermano hasta conseguir que le dejasen escribir lo que le diese la gana. Eso no le preocupaba, pero ahora a ver cómo convencía a su jefe de que él tampoco tenía que preocuparse sin verse obligado a tirar del apellido de su padre.

—Bueno, Ronnie, pero no te preocupes por eso. Tú piensa que los anuncios son los mismos en todas las noticias. Así que, si leen un anuncio estando enfadados, ya lo verán también cuando lean el siguiente y se les pase.

—No te me hagas el listillo —dijo Ronnie poniéndose serio repentinamente y apuntándole con un dedo—. El principal problema son las cosas que pusiste.

—¿A qué te refieres?

—Deudas vitalicias, titulitis, redes antisociales, fake news —iba recitando Ronnie mientras levantaba dedos al mismo tiempo que enumeraba—. Todos son apartados de tu noticia.

—¿Y qué pasa?

—¡Tío! Que si pones estas cosas la gente se deprime.

—¿Y a mí qué me importa? Si se deprimen será porque saben que es cierto.

—¿Y a mí qué me importa que sea cierto o no? ¡Somos un periódico, no un tribunal!

—Pero a ver, Ronnie, esto es lo que se lleva, es nihilismo consumista. La gente sabe que todo eso es cierto, pero luego se ponen con sus senseries y se les pasa. El enfoque pesimista es lo que ayuda a vender, es lo que pone contentos a nuestros anunciantes. La depresión se cura gastando.

—¡Uf, pero qué dices! No tienes ni idea, eso que comentas suena de lo más postmoderno, y el postmodernismo es algo que no se lleva desde que yo iba a la Universidad. Fue un invento de la generación millenial y, como tal, vio el fin que le correspondía en los años veinte.

Kino reprimió el más grande de los suspiros mientras se imaginaba a Albert Camus retorcerse en su tumba ante semejante afirmación, e intentó poner sus ideas en orden antes de contestar:

—Está volviendo, tío. Hazme caso —dijo al fin sin conseguir ponerle demasiado entusiasmo—. El postmodernismo lo está pegando fuerte.

—Que no, Kino, que no está volviendo. Además, sabes que hay temas como la educación o política que están vetados, y en uno de tus apartados te lías a criticar las carreras universitarias y los másteres y dices que no valen para nada. No solo es que no puedes poner esto porque, ¿cómo vas a hacer que se sientan nuestros lectores al decirles que no vale para nada todo su trabajo?

—Recordarles… —musitó Kino.

—… sino que, además, se rumorea que el Jefe ha recibido una llamada del Jefazo.

Mierda. Aquello sí que eran palabras mayores. ¿Sería un farol?

—Venga ya. No puede ser que se hayan molestado. Si no dije nada del Gobierno.

—Pero no hace falta. Has hablado mal de su sistema de enseñanza. Y eso no puede ser. No puede ser, Kino, no puede ser —dijo Ronnie compungido y convencido a partes iguales.

—Entonces, ¿qué va a pasar?

—Pues, para empezar, que vas a escribir de cosas normales. Cosas que interesan y que la gente quiere leer. No mierda deprimente de esa con la que tanto disfrutas. —Kino se cruzó de brazos y puso los ojos en blanco—. Y luego, que se acabaron ya las tonterías de los Top 11. Una vez es gracioso, pero ya cansa. De verdad. Bueno, pues espero que esté todo bien.

—Bueno, hay una cosa que podrías hacer por mí.

—Claro, Kino, ¿de qué se trata?

—Pues verás, estaba pensando que, si esta semana me pongo a tope, podría adelantar trabajo, y puede que termine el trabajo de toda la semana el miércoles. Y de ser así, pues podría adelantar el finde y no me haría falta venir aquí el jueves y el viernes.

—¡Sí, claro! Después de la que has liado, te voy a dar un puente. No flipes tanto, que ya bastante es que te libras después de una llamada del Jefazo sin que te pase nada. Si lo tienes el miércoles, pues mejor, que así me lo envías y lo leo a ver si está todo bien.

—¿Me vas a empezar a dar el visto bueno ahora?

—Pues parece que me vas a obligar. Al menos durante un par de semanas quiero que me pases todos tus artículos antes de publicarlos.

—¡Pero si se supone que tengo libertad para escribir de lo que quiera!

—Sí, pero dentro de unos límites. Venga, Kino, que ya sabes cómo va esto, que no eres nuevo. A mí también me fastidia, pero no me dejas otra.

—Otra más que ponerme en período de prueba, quieres decir.

Ronnie se encogió de hombros y salió caminando hacia atrás del cubículo de Kino, dejándolo a él solo con su cabreo. Miró con rabia el artículo que estaba terminando. Iba por el octavo punto, y cinco de ellos hablaban de política. Después de aquella conversación y, de ser cierto, una llamada del Jefazo no podía arriesgarse. Puso un dedo sobre la tecla de borrar y lo dejó ahí encima mientras veía cómo las líneas que había escrito durante la última hora se iban borrando infinitamente más rápido de lo que habían ido apareciendo.

Había ciertos temas de los que no se podía hablar. Y punto. Si no, uno se exponía a perder el puesto de trabajo, o incluso acabar en la cárcel si alguien ofendido se tomaba la molestia de pagar las tasas para denunciar. Pero había veces, como aquella, que había suerte y a uno lo avisaban antes de que los engranajes de la implacable Justicia se pusieran en marcha. El Jefazo, uno de los dos accionistas mayoritarios de 5 Minutos junto con Industrias Lázaro, no era más que un eufemismo para referirse al ministro del Interior, antiguo ministro de Educación. Así que ya estaba todo dicho.

A Kino le reconcomía el alma que gentuza de ese tipo abusase de su poder de una forma tan flagrante, pero se negaba en rotundo a exponerse por una «causa justa» o «noble», cuando sabía que lo máximo que conseguiría sería un apoyo pasajero por parte de la gente que reaccionase a la campaña viral de otro periodista al que metían en la cárcel por escribir sobre lo que no debía. La gente solo iba a apoyarlo durante el tiempo que tardase en salir otra noticia que les llamase más la atención.

Kino se volvió a poner los auriculares, pero la sangre le hervía demasiado como para seguir escuchando metal, por lo que decidió hacer una pausa («Se venden noticias, pero ¿quién las compra?»). Miró la hora y vio que era la una menos veinte, por lo que aún le daba tiempo a tomarse otro café antes de comer. Aunque ya tenía su cupo diario escrito (aún no lo había enviado a que Ronnie se lo revisara…), seguía queriendo avanzar y adelantar trabajo. Por lo que se quedaría escribiendo, probablemente hasta después de su hora, y comería tarde.

Se levantó y fue caminando lentamente por las brillantes oficinas de 5 Minutos, llenas de baratos muebles de colores chillones iluminados por la claridad exterior que entraba a través de los enormes ventanales. Con unas ventanas tan grandes, había claridad incluso en el interior de los cubículos, donde un montón de postadolescentes de treinta años procrastinaban y se dedicaban a tirarse los tejos los unos a los otros durante toda su jornada laboral, creando un material periodístico digno del medio en el que trabajaban.

Esquivó sin mucho esfuerzo a algunos de los compañeros que enseñaban a gritos a otros compañeros cualesquiera que fueran las fotos o vídeos que estaban viendo en sus HSB, y es que por lo general el resto de los redactores le hacían a él el mismo caso que este les hacía a ellos. Pasando por una sucesión de cubículos «adornados» de acorde con la personalidad de cada uno de los pseudointelectuales que le hacían a diario la corte a Ronnie, Kino llegó por fin a la terraza de la cafetería.

La terraza era cerrada, como si de un invernadero se tratara, y es que fuera y más a la altura a la que se encontraban, hacía mucho frío. Muy pocos días hacía el calor suficiente como para abrir las ventanas y estar allí sentado a gusto. Estaba terminando el mes de septiembre, y Kino solo se había acatarrado cinco veces en lo que iba de año, lo que no estaba nada mal. Pasó de largo por las mesas donde había gente charlando más animadamente de lo que aquellas conversaciones merecían y se fue directo a la barra libre a prepararse un café.

Llenó una taza con agua del grifo y lo metió en el microondas, después se dirigió hacia donde estaban los cuencos con el café molido, sin hacerle caso a los condimentos como cacao o canela. Dentro del café había distintas variedades donde elegir, y cada cuenco tenía una etiqueta que indicaba su nombre, cada cual más exótico y difícil de pronunciar que el anterior. Pero Kino tampoco hizo caso a los nombres, pues era de su conocimiento que les cambiaban las etiquetas de un día para otro, pero los cafés siempre eran los mismos. Se inclinó sobre los cuencos y pasó la nariz por encima hasta que dio con aquel cuya fragancia lo sedujo. Sacó la taza del microondas, cuya agua ya estaba hirviendo, y le echó tres cucharadas del café molido y removió para mezclar. Cuando ya estuvo bien revuelto le echó una pizca de leche. Y nada más.

Kino recordaba las cafeteras de los bares de cuando era pequeño, y ver que cuando su padre pedía un café, solo con darle a un botón le salía un café solo o con la cantidad de leche que cada uno quisiera, con un ruido durante todo el proceso que al pequeño Joaquín le parecía el que debería de hacer una nave espacial despegando. Y luego quien quería le echaba azúcar o sacarina. Para un purista adicto al café como era Kino, aquel era un lujo que solo podía darse cuando iba a visitar a su madre a Galicia, que tenía en su casa una cafetera antigua.

La nueva moda del café deconstruido lo ponía enfermo, pero era infinitamente mejor que la época en la que a todo el mundo le dio por beber aquella mierda grumosa a la que se atrevían a llamar café helado. Con el café deconstruido por lo menos tenía la oportunidad de prepararse un café decente. Soluble, sí, pero decente, sin importarle cómo a la gente diese por tomarse el café ahora.

Mientras pensaba esto, el número 36 se le pasó por la mente como un ominoso recordatorio de que su juventud ya terminaba, sin importar lo que le dijeran en el banco. Entre eso y el pensamiento de «en mi época había café de verdad», Kino empezó a sentirse viejo, y al verse reflejado en el aluminio de la barra sobre la que se estaba preparando el café, pensó que las ojeras no ayudaban mucho, la verdad.

—Pero ¿qué haces, bro?

Ante esa pregunta, Kino se giró extrañado y con lo que se encontró de frente le hizo sentirse más viejo aún. Llevaba trabajando allí cuatro años, y aún no se sabía sus nombres, lo único es que parecía que acababan de salir del instituto, aunque alguno de ellos ya estaba empezando su tercer máster. Delante de él se encontró con lo que, a falta de recordar sus nombres, su cerebro solo pudo identificar como la versión pálida y anémica de M. A. Barracus, Tintín con el bombín de Hernández puesto (o quizá el de Fernández) pero sin esconder el ridículo flequillo, y Júbilo, de los X-Men. Kino pensó en que ninguno de aquellos tres chavales sabría con quién les estaba comparando en su mente, y se sintió aún más viejo. El que formuló la pregunta había sido Tintín.

—Un café —respondió Kino con sequedad.

—¿Pero lo echas en el agua? —preguntó Júbilo tan asombrada que se levantó las gafas de sol rosas—. Qué asco…

—No tenéis ni idea, va de retro —intervino M. A.

—¿Cómo retro? —preguntó Júbilo todavía anonadada por ver a alguien tomarse un café en una taza.

—Es como tomaban antes el café —aclaró el Mr. T blanco—. Yo lo probé así una vez, y es una movida.

—¿Y a qué sabe? —preguntó con curiosidad Tintín.

—Pues a café. Pero más suave. No te entran ganas de toser.

Kino observaba la escena maravillado, pensando en la entropía, removiendo el café lentamente y dándole pequeños sorbos.

—Pero a ver —dijo Tintín—, si toses es que lo haces mal.

—O que no te gusta el café lo suficiente. Yo hace años que no me pongo a toser después de tomarme el café —dijo con orgullo Júbilo.

—¿Y por qué te lo tomas así? —le preguntó Tintín a Kino.

—Porque me gusta.

—¿Más que si te lo tomas normal?

Kino asintió lentamente mientras sonreía al oír la palabra «normal».

—Qué raro… —dijo Júbilo con una cara de excitación sexual que, a juicio de Kino, no se ajustaba demasiado bien al desarrollo de la situación.

—Yo ya sé lo que pretendes —dijo de pronto Tintín.

—¿Qué pretendo?

—Pues está claro. Vas de vaqueros, una sudadera negra, despeinado, y esa barba de una semana…Y encima tomando café como lo hacían nuestros abuelos. Tú vas de retro.

—Yo no voy de nada.

—Que no, dice —exclamó pedantemente Tintín—. Yo veo lo que tú pretendes. Quieres iniciar una moda. Quieres ir de viral, pero casi no tienes seguidores.

Después de decir esto, los tres personajes que sin saberlo parecían sacados de obras de ficción del siglo pasado empezaron a reírse con superioridad, pero Kino no se inmutó y siguió bebiendo su café a sorbos cortos. Cuando terminaron de reírse se creó un silencio, que la indiferencia manifiesta de Kino convirtió en incómodo. Entonces, y solo entonces, Kino habló:

—Pues tienes razón, me gustaría ser viral. Si por viral entendemos que te contagie alguna enfermedad que licue tus putas entrañas y te haga vomitarlas a base de ataques de tos.

Dicho esto, se incorporó y se fue caminando lentamente dejando a los tres chicos ofendidos por su grosería allí plantados, saboreando su café con leche. Lo del café deconstruido era algo que le parecía patético. Consistía en tomarse el café en seco. Te echas una cucharada de café en polvo en la boca, y luego se va sorbiendo de un pequeño sobre una leche muy condensada, para poder tragarlo. A quien le gusta el café con canela, cacao o virutas se lo echa también en la cucharada, y para dentro. Cappuccino instantáneo. Al parecer de Kino, aquella no solo era una manera de desperdiciar café, sino que también una forma innecesariamente desagradable de tomárselo.

Recordaba vagamente que, cuando era muy pequeño y descubrió YouTube, estaba de moda una cosa que se llamaba «el reto de la canela», que no consistía en otra cosa que tomarse una cucharada de canela en polvo a palo seco. Y aquellos vídeos eran tremendamente graciosos y paradójicos. Eran graciosos porque es imposible tomarse una cucharada de canela en polvo y no empezar a toser como si uno fuese a echar los pulmones, y la gente se grababa a sí mismos haciéndolo. Pero eran paradójicos porque, en su momento, había millones de vídeos de gente haciendo lo mismo, lo que al mismo tiempo significaba que había millones de personas que, de forma voluntaria, se habían expuesto a un ataque descontrolado de tos por ingesta de canela. Hermoso a su manera.

Kino había intentado racionalizarlo para sus adentros para aprender a vivir con la idea del café deconstruido, y lo intentaba ver como que las modas son algo cíclico. Las cucharas habían vuelto pegándolo fuerte, como el postmodernismo. Pero no podía, aquello ya le parecía demasiado. Pero si ser el raro era el precio que tenía que pagar por tomarse sus tres tazas de café matutinas como Dios manda, él lo pagaba gustoso. Y si la gente supiese lo que pasaría si no se las tomase, también se lo agradecería.

III

Cuando salió de la oficina, más que luz quedaba algo de claridad. El cielo gris dejaba pasar poca luz, y algunas gotas solitarias se dejaban caer con pereza para incordiar a los viandantes salpicándoles cuando caían sobre sus frentes o las coronillas. Kino dejó que las gotas le salpicasen, agradeciendo el frescor a pesar de que en la calle hacía bastante frío y le salía vapor de la nariz que asomaba por encima de su viejo chaquetón verde lleno de remiendos. Pero necesitaba el frío en aquellos momentos. El trabajo siempre le dejaba una sensación de embotamiento mental, y salía congestionado y cansado.

Toda la gente de la calle caminaba hacia el metro, mirando a los hologramas de las palmas de las manos o al suelo y amontonándose contra las paredes de los edificios, para que las terrazas les tapasen de las escasas gotas que caían esparcidas dejando marcas redondas en la acera. A Kino no le apetecía meterse en metro y embutirse como comida en conserva. Si cogía el metro tardaría algo más de una hora en llegar a casa, y si cogía el bus de hora y media no iba a bajar, pero en su mente no había lugar a duda. En el bus también iba a ir apretado con toda la gente, pero si iba en bus tendría oportunidad de mirar por la ventana, y aunque el paisaje urbano de Madrid era de todo menos bonito y relajante, era mejor que mirar por una ventana que da a un túnel negro. Además, todavía no era la hora punta de salida del trabajo, y no tenía que encontrarse con toda la marabunta de gente que se amontonaba en la red de transporte público a partir de las siete.

Apoyado contra la marquesina desde la parte exterior, Kino se liaba un cigarro mientras esperaba al bus, a sabiendas de que en cuanto lo encendiera aparecería y lo tendría que apagar. Así fue, y justo cuando Slash comenzaba a tocar Paradise city, el bus de la línea TP-34 llegó frenando suavemente hasta la parada con un suave zumbido eléctrico. Las puertas se abrieron, y Kino esperó a que la gente que se amontonaba delante acabara de pelearse por ver quién se quedaría con los «mejores sitios». Pasó su pulsera por delante del lector, que estaba situado donde antiguamente se sentaban los conductores, y no pasó nada. Volvió a pasar la pulsera y el resultado fue el mismo. Era imposible que en la cuenta no tuviese saldo suficiente como para un billete de bus, así que debía de ser problema de la máquina. Por tanto, optó por tomar la decisión más inteligente y le soltó un golpe seco al lector del bus, volvió a pasar la pulsera por delante y un billete salió de la ranura expendedora, lo que indicaba que la transacción ya se había hecho desde la aplicación del banco.

El bus arrancó lentamente y se incorporó al tráfico, y Kino se puso todo lo cómodo que le permitían los rígidos asientos de plástico del bus. Le esperaba un buen trecho hasta llegar a casa y darse una buena ducha, que era lo que más le apetecía en aquellos momentos. La música que no dejaba de sonar en sus auriculares era una ayuda para sobrellevar la espera del trayecto.

A medida que el bus iba avanzando, la lluvia empezó a aumentar la intensidad, y a través de los cristales surcados de agua se veía la estampa del ocaso gris de Madrid como si fuese una foto a la que le hubiesen aplicado un filtro sepia. Los edificios lisos, grises y llenos de amplias cristaleras de aspecto nuevo e inmaculado presentaban un notable contraste con la gente que caminaba ajetreada por las aceras, aceras iluminadas perpetuamente por señales luminosas de LED que reproducían anuncios personalizados dependiendo de quién pasara por delante del anuncio. Casi todas las vallas publicitarias se enlazaban automáticamente con las HSB de los viandantes, y emitían anuncios en los que ellos eran los protagonistas después de que la valla hiciese un modelado en tres dimensiones de la cara del cliente tras haber hecho una exhaustiva búsqueda por las fotos e historial de información de sus redes sociales en menos de un nanosegundo. Gente de todos los estilos y colores caminaba por la calle prestándole atención únicamente a sus asuntos, y aunque se hubiesen acicalado al principio de la jornada, ahora su aspecto era desaliñado y apagado y todos ellos parecían apáticas manchas grises que volvían a casa, efecto que se había alcanzado entre la lluvia y el peso que la propia jornada tenía sobre la gente cuando no se para desde la mañana hasta la tarde. Era como si la propia ciudad se esforzase en apagar los colores con los que la gente se emperifollaba. Eran pocas personas las que se detenían en alguno de los puestos de venta que se repartían por las calles, donde literalmente se podía encontrar cualquier cosa, y eran menos aún los que se detenían a soltar alguna mísera limosna a los numerosos mendigos que, usando cartones, papeles y plásticos, se guarecían tan buenamente como podían de los elementos y de la gente que siempre estaba a escasos centímetros de pisarles. Toda aquella estampa se dejaba entrever en medio de la bruma constante que emanaba de todas las alcantarillas y rejillas que había por la calle, cubriendo el frío aire de la ciudad de vapor sucio que, además del agua que caía del cielo sin limpiar nada, terminaba de mojar las calles madrileñas.

Eran poco más de las siete de la tarde cuando el bus lo dejó en su parada, y una vez en la calle se encendió tapándose con la mano otro cigarro, que se había tomado la molestia de liarse mientras iba en el bus para ir fumándoselo al caminar bajo la lluvia las tres manzanas que había desde la parada de bus hasta su casa.

Cuando llegó a su portal sonaba el solo de guitarra de Hey Joe, de Jimi Hendrix, acercó su pulsera al sensor de la puerta y esta se abrió con un breve zumbido. El ascensor subió rápidamente los ocho pisos que le separaban de la calle antes de que terminase la canción. Desde el ascensor hasta el portal, y volviendo a acercar su pulsera a la cerradura magnética de la puerta de su estudio llegó por fin a casa.

Kino atravesó la puerta escuchando los primeros acordes del Blues del teléfono, y le pareció muy apropiada para el momento actual, por lo que trasladó el audio de los auriculares a los altavoces por Bluetooth desde su pulsera. Pasó de largo por delante del perchero que había al lado de la puerta, mientras se intentaba quitar aparatosamente la mochila y el chaquetón al mismo tiempo. Cuando lo consiguió, arrojó ambos en direcciones opuestas: el abrigo a su izquierda quedó tirado encima de un sofá del salón/recibidor, y la mochila con toda la ropa sucia del fin de semana la lanzó hacia la derecha, que era donde estaba el cuarto de baño y, por tanto, la lavadora. Ya haría la colada mañana.

Su piso era un estudio de cincuenta metros cuadrados, con un espacio principal, un baño y una cocina. La sala principal estaba separada con muebles en otros tres pequeños espacios. El salón era lo primero que se veía al entrar en el apartamento, con un sofá de tres plazas enfrente de la amplia pared sobre la que Kino proyectaba sus películas. Detrás del salón había la zona en la que Kino guardaba sus colecciones de películas, libros, videojuegos, cómics y hasta unos cuantos vinilos. Tenía consolas antiguas, y reproductores de DVDs, y los conectaba al proyector del salón cuando tenía tiempo libre y le apetecía relajarse. Incluso tenía un tocadiscos, que era una de sus posesiones más preciadas. El tercer espacio era un dormitorio parco en mobiliario, donde solo había una cama doble, que muy pocas veces veía ocupada la totalidad de su superficie, y un armario.

Se sentó resoplando cansado en una de las sillas que había alrededor de la mesa de IKEA que usaba para comer, las pocas veces que comía en el piso. Tras un largo suspiro extendió su brazo izquierdo, en el que llevaba la pulsera, sobre la mesa. Aún no había abierto el correo de su hermano.

A la hora de comer le llegó una notificación de un correo, algo poco habitual. La gente usaba principalmente Facebook para comunicarse, algo que Kino odiaba. Por lo que abrió el correo con curiosidad y su sorpresa fue mayúscula cuando vio que quien le había escrito el correo no era otro que su hermano Raúl, con quien hacía casi seis meses que no se intercambiaba palabra. Y era la línea del Asunto lo que más lo inquietaba: «Tenemos que hablar».

Con el brazo extendido, contemplando su pulsera, Kino decidió que aún no estaba preparado para ver qué coño querría su hermano, pero sí que se le ocurrió qué tipo de mensaje quería redactar. Encendió la pulsera y los menús se desplegaron, y en el menú del chat buscó el contacto de Rebe y abrió la conversación. Suspiró taciturno al ver el historial de la conversación de otros días, una sucesión de mensajes escritos por él, que solo eran contestados a veces, y con pocas palabras. Hizo de tripas corazón y una vez más se tragó su orgullo y le envió un saludo, preguntándole qué tal el fin de semana.

No esperaba una contestación en los próximos minutos, así que se fue directamente a la ducha. Fijó el grifo para que el agua saliera caliente. Muy caliente. Salía tan caliente que casi quemaba, y le picaba la piel de los hombros y el pecho, pero era justo lo que necesitaba. El calor le relajaba los músculos agarrotados de la espalda (después de los treinta viajar en tren ya no era tan cómodo), y sentía como si el agua extremadamente caliente limpiase mejor que el agua más templada. Salió del baño envuelto en una niebla digna de Londres, y con la toalla a la cintura se acercó a comprobar si Rebe le había contestado. No era así.

Se puso el pijama y fue a prepararse la cena, que no era otra cosa que unos noodles precocinados que metió en el microondas con un poco de agua encima, que acompañaría más tarde con un trozo de pan. Mientras el bote de plástico daba vueltas bajo la luz, y después de meter un trozo de pan congelado en el pequeño horno que tenía colocado sobre la nevera, Kino volvió a comprobar el chat y vio con desagrado que Rebe seguía ausente. Fue hasta las estanterías donde tenía sus colecciones de películas. También tenía unas cuantas series de televisión con todas sus temporadas. Anduvo divagando, pasando el dedo distraído por encima de los títulos, sin terminar de decidir qué le apetecía ver aquella noche.

Le apetecía algo familiar, algo que ya conociera, ya que de aquella manera daba igual si era una película densa que él podría permitirse no prestarle el cien por cien de su atención. Le apetecía algo llevadero pero tranquilo. Nada de acción o, si la tenía, poquita. Quizás algo en blanco y negro. Vio unos cuantos títulos de películas antiguas que le llamaron la atención, y finalmente se quedó con dos opciones: Solo ante el peligro y La dama de Shanghái. Inconscientemente volvió a pensar en si Rebe le habría contestado y fue hasta la mesa del salón, que era donde seguía la pulsera. Nada. Por lo que al final se decantó por La dama de Shanghái. Mientras conectaba el DVD con un cable alargador a la entrada del proyector, Kino pensaba que tampoco le importaría ver Sed de mal. Pero esa sería otro día, que hoy ya se había decidido.

Mientras terminaba de preparar el proyector, el timbre del microondas sonó con un alegre ding, por lo que sacó los fideos del microondas y el pan del horno y dejó ambas cosas sobre una bandeja de plástico encima de la mesita de madera que había enfrente del sofá. Antes de sentarse fue a por su cajita de turrón y comprobó por última vez sus mensajes. Rebe seguía sin contestar, así que Kino cerró malhumorado el menú del chat, lo que dejó a la vista la bandeja de entrada del correo, que estaba abierta en una pestaña detrás del chat. Allí, arriba de todo, en negrita al no haberlo abierto todavía, seguía esperando el mensaje de su hermano. Kino lo ignoró una vez más, apagó la música (en esos momentos sonaba Café Quijano) y silenció su holo-pulsera, dejándola sobre la mesa. Se sentó delante de su cena (por llamarla de alguna manera), dejó su cajita del turrón a un lado, para luego darle al play.

IV

A Kino le encantaba el distintivo sonido característico de las bandas sonoras de hacía un siglo. Esas melodías sinfónicas y grandiosas, que a pesar de sonar rasgadas y antiguas seguían siendo majestuosas. Era un sonido característico. Los violines y el piano dieron paso a los nombres de Rita Hayworth y Orson Welles flotando sobre la superficie del mar en blanco y negro, y a Kino su cena precocinada le supo infinitamente mejor desde el momento en el que una de sus películas favoritas dio comienzo.

Tenía recuerdos muy gratos de aquella película, pues fue una de las primeras que recordaba ver de pequeño. A sus padres, cuando todavía estaban juntos, les gustaba acurrucarse en el sofá y ver películas antiguas. Y cuando sus hijos los acompañaban, pues mejor. Al principio acostumbraban a ver una película cada noche, pero con el tiempo aquello derivó en que solo los fines de semana eran las noches de película, y con el tiempo quien quería ver una película se la veía en su cuarto.

Cuando Kino hablaba de «películas para todos los públicos», era a películas como aquella que estaba viendo ahora a las que se refería. Por supuesto que no era una película para niños y en ella se trataban temas adultos, pero el guion de La dama de Shanghái era lo suficientemente ingenioso como para no decir nada abiertamente, con diálogos astutos repletos de dobles sentidos. Y aunque había violencia y suspense, no era nada que pudiera traumatizar a un niño, ni mucho menos. De manera que si un niño ve esta película, no entenderá todo lo que se dice, pero sí sabrá seguir el hilo de la acción. Y tal y como ocurre con las mejores películas, esta era una que, a medida que vas creciendo y la vuelves a ver una y otra vez, descubres cosas nuevas con cada visionado.

Era cierto que Orson Welles no era el mejor actor del mundo, y en aquella película el acento irlandés que había escogido no sonaba particularmente convincente (Kino, por supuesto, veía todas las películas en versión original), si bien no importaba, pues sabía controlar los matices de una forma suficientemente sutil. Además, ayudaba mucho tener a Rita Hayworth y Everett Sloane adueñándose de la pantalla cada vez que entraban en plano. Pero no eran las interpretaciones la magia de esta película, no, sino el ritmo trepidante con el que se iba deshilando el intrincado argumento, culminando en el magistral clímax en la casa de los espejos. Una escena que se había imitado, parodiado e intentado replicar hasta la saciedad con el devenir de los años, pero nunca llegando al efecto logrado por un director famoso por crear técnicas de rodaje revolucionarias.

Para cuando Michael O’Hara entra a trabajar en el barco del perverso matrimonio que lo enredará en un peligroso triángulo amoroso, Kino ya había terminado la cena y se sentía con el estómago lleno, por lo que apartó la bandeja sobre la que había cenado y cogió su cajita de turrón. Al abrirla, sacó papel largo, cartón, el grinder y su bolsita de marihuana, que estaba más mermada de lo que a él le gustaría.

Su cajita era un recuerdo de la infancia. Era una caja redonda de latón color beige de turrones El Almendro, y desde siempre la había usado como su cofre del tesoro. Solo que, con el tiempo, los juguetes y recuerdos de la infancia habían dejado paso a uno de sus vicios, el único que no se planteaba dejar. En su cajita tenía sus suministros, tanto de hachís como de marihuana, pero como ya era de noche y no tenía nada que hacer optó por la segunda. Tenía la norma de no fumar marihuana antes de las nueve de la noche; antes de la cena. De esa manera, podía seguir fumando hachís durante el día y seguir rindiendo a un ritmo normal, ya que había desarrollado tolerancia con los años y él se los hacía poco cargados. A Kino le gustaba considerarse como un fumeta funcional.

Se lio el porro con mucha parsimonia, pues no había nadie con quien compartirlo y le gustaba prestar atención a la película que ya había visto decenas de veces antes, con la intención de descubrir detalles que hasta ahora se le hubiesen pasado por alto. Al mismo tiempo que Orson perseguía a Rita por las calles de Acapulco al ritmo de los tambores, Kino se recostó en el sofá y, tras contemplar brevemente y con satisfacción lo bien que se lo había liado, se lo puso en los labios y lo encendió.

Algo más de cuarenta minutos más tarde, con la colilla consumida y mientras los créditos finales ponían el cierre, Kino se incorporó con un suspiro. Miró alrededor y vio el desorden que reinaba en su piso. Hacía como mínimo dos semanas que no se ponía a limpiar, y las sábanas empezaban a pedir a gritos que alguien las cambiase. Aunque, obviamente, en aquellos momentos no se iba a poner.

Se levantó y se acercó hasta la mesa, que era donde descansaba su pulsera, y la esperanza ardió en él cuando vio parpadear la lucecita que indicaba que tenía mensajes nuevos sin leer. En la fracción de segundo que tardó en ponerse la pulsera y abrir el chat se imaginó diez versiones diferentes de la conversación que le apetecía mantener con Rebe, pero cuando lo abrió y vio que las tres burbujas de chat no eran de quien él quería saber, la esperanza y las conversaciones desaparecieron al instante de su cabeza.

El Tarro y Álex le escribían para salir de fiesta cualquier día de la próxima semana, le decían que dejase de comportarse como un ermitaño amargado y saliera de su cueva a que le diera el aire con los colegas. Tres cuartos de lo mismo era lo que le decía Belén, que le recordaba que le debía un café desde hacía tres meses. La verdad es que a Kino le apetecía ver a los tres; Belén tenía que contarle qué tal le iba desde que se fue a vivir con su novio, y la verdad es que le apetecía pillarse una borrachera con los otros dos. A lo mejor podía organizar para quedar con los dos el mismo día e irse los tres por ahí. Sabía lo que sus amigos pretendían hacer sacándolo de casa, y les agradecía sus intenciones.

Pero lo cierto es que en aquellos momentos la única persona con la que Kino quería relacionarse era la única persona que no le hacía caso. Abrió la burbuja del chat de Rebe, y para su disgusto vio que, una vez más, lo había leído, pero no le contestaba. Escribió un tímido «¿Hablamos mañana?», y al cerrar la conversación volvió a ver una vez más el correo de su hermano, colocado primero en la bandeja de entrada. Dejó la pulsera sobre la mesa con la misma cara que si le acabaran de decir que a partir de mañana le obligarían a seguir una dieta estricta y exclusiva de brócoli, pero esta vez dejó las notificaciones de audio activas. Por si acaso respondía Rebe.

Se lavó los dientes con rabia, sintiendo una mezcla de tristeza y rencor, y al terminar apagó todas las luces del piso y se fue a dormir pensando en Rebe, pero su mente le traicionó y terminó pensando en su hermano. ¿Qué diablos querría Raúl?

Kino se metió en la cama sin saber qué pensar. Hacía más de medio año que no se intercambiaba palabra con su hermano Raúl. No por ningún motivo en particular, es solo que Kino pensaba que Raúl era gilipollas, y el sentimiento era mutuo. Simplemente se ignoraban siempre que podían evitar tener que dirigirse el uno al otro directamente y entablar una conversación como dos personas adultas. Lo que de verdad le intrigaba era el asunto del mensaje. Kino se preguntaba cuáles serían los motivos que podría tener su hermano para que la primera frase que usara para ponerse en contacto con él fuese el mayor cliché de lo que una pareja que está a punto de convertirse en ex te puede decir cuando menos te lo esperas.

Y la parte de «cuando menos te lo esperas», la había clavado. Además, tampoco es que quisiera divorciarse y dejar de ser su hermano por el hecho de ser un capullo. De mamá no creía que se tratara, porque acababa de volver de estar el fin de semana con ella. Así que no entendía qué podía haber en el mundo que causase que Raúl Lázaro necesitase hablar con su hermano. Lo sabría si leyera el correo, pensaba mientras miraba su holo-pulsera apoyada en la mesilla de noche, pero al darse la vuelta volviéndole la espalda a la mesilla se dijo a sí mismo que «El mundo está lleno de misterios».

V

La calada fue tan fuerte y larga, que después de apartar el filtro de sus labios, a Kino le quedó mal sabor de boca y se vio obligado a escupir por la ventana, preguntándose si le acertaría a algún calvo. Estaba en la cafetería de las oficinas de 5 Minutos, la misma donde hacía tres días se había parado a hablar durante un minuto con los tres postadolescentes de casi treinta años. Y a una hora como aquella, la cafetería estaba prácticamente vacía.

Más o menos se había aprendido los hábitos de sus compañeros (no le gustaba pensar en ellos de esa forma) de trabajo, cosa que no era muy difícil para alguien que fuese mínimamente observador. El grueso de la plantilla iba a comer a las dos de la tarde, y eran muy pocos, poquísimos, los que se quedaban a comer en la oficina. La mayoría iban a por un menú de Starbucks, en grupitos de tres o cuatro personas, y allí pasaban las dos horas que tenían de tiempo para comer, sentados en círculos mientras atendían sus redes sociales.

Los raritos antisociales (término alcanzado por mutuo acuerdo del resto, que conste), eran los que se quedaban a comer en la oficina, solían terminar de comer a las dos y media y volvían a ponerse con su trabajo de inmediato con la esperanza de poder abandonar aquel edificio lo antes posible. Aquello permitía a Kino tener, por lo general, una hora en la que normalmente tenía la cafetería entera para él solo. Sin nadie que le molestase. Lo que hacía en ocasiones como aquella, era abrir la ventana de par en par y encenderse el porro de después de comer, que él siempre decía que era el mejor del día.

Los días que hacía mucho frío, como aquel, se arrepentía y pensaba que en realidad no había motivos para abrir las ventanas, ya que allí estaba permitido fumar. Aunque hubiese más gente en la cafetería, la generación próxima a la suya no había llegado a saber lo que era el cannabis, por lo que no reconocían el olor de los canutos de Kino. Así que nadie le diría nada por fumar porros en el trabajo.

El hecho de que las nuevas juventudes no reconocieran el olor de un cigarro aliñado, a diferencia de Kino que tenía un auténtico radar en su nariz para todo lo relacionado con lo cannábico, no se debía a que las nuevas juventudes ya no se drogaran. Ni muchísimo menos. El motivo era algo mucho más esperpéntico.

Hacía casi doce años desde que se había legalizado tanto la marihuana como el hachís, debido principalmente a dos factores: el primero era la ridícula y abrumadora cantidad de pruebas y estudios que había sobre los beneficios médicos del cannabis, así como una clarísima evidencia de que otras drogas ya legales (como el alcohol) eran mucho más perjudiciales, pero el segundo motivo fue el motivo de peso. Con la proliferación en los años veinte de las nuevas drogas de diseño, lo cierto era que el dinero había dejado de estar en el tráfico de cannabis y lo que realmente daba beneficios a los narcotraficantes eran los nuevos viales de Python, la droga de moda. Por tanto, desde que los beneficios en el narcotráfico de hachís y marihuana empezaron a descender, curiosamente hubo una corriente de legalización del cannabis apoyada por la mayoría de los Gobiernos de países occidentales.

De manera que, por patético que pueda parecer desde que se legalizó, lo cierto es que el cannabis perdió grandísima parte de su sex appeal entre las juventudes, que siguieron consumiendo cocaína de forma mayoritaria. Seguía siendo ilegal, pero nadie enarcaba siquiera una ceja si veía a alguien meterse una raya en medio del bus. El único motivo por el que un policía se acercase a ti si te ve metiéndote una raya de farlopa, es que a él se le acabó la suya. Por supuesto la gente seguía bebiendo alcohol para evadirse en sus ratos libres como si no hubiese un mañana, pero era con la cocaína con lo que empezaban la mayoría de los adolescentes a salir de fiesta. Y luego ya estaba el Python.

El Python era una droga líquida de diseño que venía pegando fuerte durante los últimos cinco o seis años. Se transportaba en pequeños viales con un pequeño botón en un extremo. Cuando dicho botón se apretaba, un aerosol salía despedido por el lado opuesto, con una dosis individual aplicada directamente al globo ocular. Y es que esta nueva droga se ingería por vía ocular, de esa manera llegaba más rápido al cerebro al filtrarse a los vasos sanguíneos del ojo.

El alcohol, por supuesto, seguía siendo legal, pero como tardaba mucho más en matarte que la cocaína y que por supuesto el Python, había descendido mucho su consumo. Así, el cannabis que no mata y aún encima van y lo hacen legal, pues perdió toda el aura de peligro que lo rodeaba, de manera que a medida que pasaba el tiempo los únicos que seguían fumando eran aquellos que tenían alguna condición médica y la veían mejorada gracias a su consumo, o la gente que simplemente le gustaba.

Kino era de los últimos, a no ser que se considerase condición médica el tener claros síntomas de depresión crónica. En ese caso, el noventa y cinco por ciento de la población necesitaba tratamiento (o fumarse un porro). Lo cierto es que unos años después de terminar la carrera empezó a sufrir ataques de ansiedad al poco tiempo de incorporarse al mercado laboral, y fumar le ayudaba bastante a mantener la ansiedad bajo control. Pero más que nada lo hacía porque le gustaba. Le ayudaba a poner sus pensamientos en orden.

Era verdad que cuando estaba fumado actuaba más lento y estaba un poco más espeso, pero oye, no se puede tener todo. Por lo demás, a Kino fumar le daba la serenidad necesaria para pensar las cosas más de dos veces. Muchas veces, cuando intentaba explicárselo a alguien, les preguntaba:

—«¿Nunca te ha pasado que estás de fiesta, todo borracho, y tienes una idea que piensas que es la idea del siglo pero a la mañana siguiente, de resaca, te acuerdas de la idea y dices “Menuda gilipollez”? Pues a mí con los porros me pasa justo lo contrario. A lo mejor estoy sereno, tengo una idea que me parece buenísima, me fumo un porro, me sereno, me la pienso bien… y digo: Menuda gilipollez».

VI

Kino volvió a escupir a través de la ventana, pues el regusto amargo aún no había desaparecido de su boca. «Menuda calada que le acabo de pegar… las prisas no son buenas», pensó mientras una lenta canción del grupo inglés The Beat sonaba en sus auriculares.

Aquella larga calada había sido fruto de que eran casi las cuatro de la tarde, lo que significaba que debía reanudar su jornada en breve y, lo que era peor, que dentro de poco los pasillos de 5 Minutos se volverían a llenar de todos los que habían ido a comer al Starbucks. Volvió a mirar la hora en su pulsera, que marcaba las 15:52 en números iridiscentes, y observó su canuto, que estaba por la mitad. Si le daba con prisa lo echaría a perder, pensó. Se inclinó sobre la mesita que había colocado al lado de la ventana, que era también donde había dejado posado su humeante café con leche, y le dio un sorbo. Después, volvió a apoyarse en el marco de la ventana abierta con los antebrazos, contemplando la línea del horizonte de Madrid, cubierta como siempre de su perenne cúpula de contaminación. Parecía un campo de césped cuyas briznas estaban hechas de cemento y vidrio.

Desde aquella distancia no se distinguían, pero Kino llevaba su mirada de forma inconsciente hacia los edificios del Paseo de la Castellana y, más en particular, la sede de Industrias Lázaro. El no haber leído el correo de su hermano ya no era otra cosa más que cabezonería. Llevaba pensando en él desde el lunes por la noche, y por mucho que lo intentaba no era capaz de apartar su pensamiento de Raúl. De hecho, el último artículo en el que había estado trabajando eran «Las 10 senseries más esperadas de la nueva temporada», y Kino odiaba las senseries. Si pensaba en ellas era porque el mensaje de su hermano le rondaba la mente.

Si era sincero consigo mismo, la curiosidad le corroía. Así que, por fin, desplegó los hologramas de su pulsera y abrió el correo. Seleccionó el correo de su hermano, el que le recordaba en el asunto que tenían que hacer aquello que tanto llevaban sin hacer, lo abrió y empezó a leer.

“Buenos días, Kino:

Lo primero es que me gustaría preguntarte cómo estás. Hace mucho tiempo que no hablamos y no sé nada de ti, la verdad. Bueno, miento. Lo poco que sé sobre ti me lo cuenta mamá. El caso, ¿cómo te va todo? ¿Todo bien? ¿El trabajo bien?

En fin, creo que me voy a dejar de rodeos e iré directamente al grano. Necesito tu ayuda, Joaquín. Las cosas van bastante mal en la empresa, no sé si lo sabes. Llevamos varios trimestres presentando pérdidas en la cuenta de resultados, algo que en una empresa internacional multimillonaria como es esta, implica pérdidas de millones. Por lo tanto, estamos obligados a hacer algo antes de que la Junta Directiva tome cartas en el asunto. No creo que esto a ti te importe, ya que desde siempre dejaste bien claro que no te interesan estos asuntos, pero a pesar de que la Junta no controla la mayoría de las acciones de Industrias Lázaro sus miembros sí que tienen una serie de derechos de accionistas. Derechos que no están pudiendo ejercer al incurrir la empresa en pérdidas, por lo que, de seguir esto así, me veo que pretenderán sacarme de la dirección. Y eso no lo podemos permitir.

Básicamente, me temo que esté en peligro el legado de nuestro padre. Él dejó esta empresa en nuestras manos por un motivo, y creo que tengo en mis manos la herramienta para demostrar que no se equivocó. Por supuesto, la ayuda que te pido no sería gratis, ya que estarías trabajando en un proyecto de entretenimiento de alto secreto que, espero, cambie el rumbo de Industrias Lázaro volviéndola a poner al frente de nuestro sector. De manera que, si me ayudases a desarrollar tanto un producto como una estrategia, ten por seguro que recibirías el mismo sueldo que un encargado de contenidos sénior.

Por desgracia, no te puedo contar nada más acerca de este asunto por aquí, y es que como he dicho, es alto secreto. En cuanto leas esto, te agradecería que me lo hicieras saber para, si estás interesado, poder ponernos en contacto lo antes posible y tratar el asunto en profundidad y en persona. Un saludo, Raúl.”

Kino se quedó mirando el holograma donde se proyectaba el correo de su hermano atónito. Mientras lo iba leyendo lo único en lo que pensaba era en lo mal que redactaba el cabrón, parece mentira que pongan a alguien que no sabe redactar ni un correo al frente de cualquier tipo de responsabilidad en una empresa que se supone que debe ser creativa. Pero cuando por la mitad del texto se empezó a dar cuenta de que lo que su hermano quería era su ayuda (en un proyecto, nada menos), la confusión se apoderó de él.

Cerró el holograma y se asomó a la ventana para volver a fumar. La calada volvió a ser más larga de lo aconsejable, pero en esta ocasión no era porque tuviera prisa, sino porque no entendía nada. Mientras el humo inundaba los pulmones de Kino, a su mente solo llegaron tres palabras: «¿Pero qué coño…?».

VII

Raúl, el importante empresario, hablando de pérdidas millonarias. Cómo le gustaba darse aires al calvo cabrón. El vagón del metro, que se había quedado quieto los últimos minutos en medio de un túnel por una avería, se volvió a poner en marcha. Eran las siete de la tarde del viernes, y a Kino le faltaban tres paradas para llegar a Cuzco, que era la parada de metro más cercana a la sede de Industrias Lázaro. Y allí era también donde estaba su hermano, esperándole.

Ayer, al salir del trabajo, por fin había llamado a su hermano. Y, por supuesto, quien contestó fue su secretario. Después de explicar a Kino de todas las formas imaginables que su hermano estaba demasiado ocupado para atenderle en aquellos momentos, pero que no tendría problema en fijar una cita, él accedió a regañadientes.

Era evidente que Raúl no quería hablar con él directamente porque lo había hecho esperar para tener una contestación a su correo y cuando llegó el momento de fijar una hora para la cita, Kino no participó en absoluto en la toma de decisiones. Y ahora se encontraba de camino a ver qué cojones querría.

Kino estaba intrigado por la promesa en el correo de dinero, aunque le cabreaba mucho el tono condescendiente que tenía su hermano mayor con él. ¿Para qué podrían querer contratarlo a él? No era que él hubiese dejado claro que no quería tener nada que ver con las producciones de Lázaro, sino que era a él a quien le habían dejado claro que allí no había lugar para él desde el momento en el que empezaron a centrarse en la producción en masa de senseries.

Y no creía que volviesen a producir películas o series a la antigua usanza, aquel era un mercado muerto. A no ser que pretendiesen una arriesgada campaña centrada alrededor a la nostalgia, una posibilidad remota.

Kino recordaba que cuando las primeras senseries se pusieron a la venta, aquello ya había perdido la gracia para él. Al fin y al cabo, cuando era pequeño, antes del divorcio, fue cuando su padre empezó a trastear con la tecnología de la realidad virtual y sus posibilidades. Y él y su hermano fueron los primeros espectadores que tuvo esta nueva faceta del trabajo de su padre. Que esa era otra. A Kino le daba la risa cada vez que recordaba la parte del correo en el que su hermano hablaba de «proteger el legado de su padre». Por favor… y luego le llamaban a él hortera. Como si Ricardo Lázaro, el hombre que había dado al mundo las senseries, necesitara que alguien protegiese su nombre. Había dos motivos por los que nadie necesitaba defender a Ricardo: uno, que su trabajo y aportación a la cultura eran innegables (por mucho que a Kino pensar en ello le hiciera retorcerse por dentro); y dos, que estaba muerto. Y a los muertos no les importa su reputación. Si Raúl quería proteger algo, era su cargo.

La verdad era que, al pequeño Joaquín, en su día, la idea de las senseries le había parecido genial. Pero claro, por entonces era un niñato. Aquellos eran los días del boom de la realidad virtual, sobre todo en la industria de los videojuegos. Y aquello le dio a Ricardo Lázaro una idea sobre cómo explotar al máximo la sensación de inmersión a la hora de ver una película.

Las películas en realidad virtual no terminaban de cuajar dentro del público, a la mayoría les mareaba demasiado. Pero Ricardo tuvo una idea que cambiaría el mundo del entretenimiento para siempre: ¿y si encontrasen una forma de influir en el oído del espectador?

En respuesta a esta pregunta, la mayor parte de la gente preguntó, ¿para qué? El caso es que Ricardo entendió que a mucha gente le mareaba la realidad virtual no porque los estímulos visuales fueran demasiado fuertes, sino porque la percepción visual de movimiento del usuario es diferente a las percepciones del movimiento y gravedad de quien, sentado en el sofá de su casa está viendo una película de aventuras en realidad virtual donde el protagonista, por ejemplo, salta de un helicóptero a un tren en marcha. Es esa disociación entre lo que perciben los diferentes sentidos es lo que producía el rechazo, así que Ricardo se propuso arreglarlo.

Y así fue cómo los Estudios Lázaro se diversificaron y crearon un departamento de I+D, donde después de un par de años consiguieron un dispositivo funcional que, de forma exitosa, era capaz de influir en el oído interno a través del uso de la frecuencia adecuada de ondas de inducción electromagnética, estimulando el sistema vestibular. De esa manera se consiguió que la percepción visual y el equilibrio coincidieran, pero no solo eso.

La inducción electromagnética no solo permitía replicar los estímulos en los músculos del oído interno para alterar la percepción del equilibrio, sino que a medida que investigaron descubrieron diferentes frecuencias para provocar diferentes estímulos en distintas partes del cerebro. Y lo que se consiguió con esto fue la capacidad para replicar cualquier sensación de una forma virtual, lo que abrió una puerta a un nuevo mundo del entretenimiento.

Cine sensorial, donde el espectador siente todo aquello que percibe el protagonista de la historia: un empujón, un roce, un beso. El dolor, obviamente, era rebajado, pero el placer era aumentado. Así que, si antes de esto el negocio del porno era uno de los que más dinero movía en el mundo, pues imagínate desde el momento en el que se inventó el cine sensorial.

Y así, Industrias Lázaro fue un bombazo y el primer producto que lanzaron al mercado fueron las Mind-mallows. Estos eran dos dispositivos con una textura exterior esponjosa que se adhería a la piel y se quedaba pegada. Las Mind-mallows se colocaban en las sienes, y cuando se activaban empezaban a enviar señales al cerebro y la función daba comienzo.

Por supuesto, fue un éxito tremendo, y pronto todo el mundo quiso subirse al carro. Y como Ricardo Lázaro se había encargado de patentar la tecnología mucho antes de que esta saliera al mercado, con los inmensos beneficios Industrias Lázaro se consolidó como un referente en la industria del entretenimiento cuando otros estudios empezaban todavía a usar esta tecnología. Pero esto no era suficiente para Ricardo (nada lo era, aparentemente).

Él quería ir más allá. Lo que deseaba era darle al espectador la posibilidad de decidir en qué sentido iba a terminar la historia. Que se viera obligado a tomar decisiones y que sintiese el peso de estas al final de la trama. Inmersión total.

Para conseguir esto, lo primero que hubo que hacer fue identificar y medir cuáles son los impulsos electromagnéticos que se generan en la sinapsis a la hora de tomar cualquier decisión, y una vez conseguido esto, incorporar un receptor dentro de las Mind-mallows de manera que están emitiendo y recibiendo señales al mismo tiempo. Traduciendo en imágenes y sensaciones aquello que el usuario escoge.

Al principio, las alternativas eran bastante limitadas, y a lo largo de una película sensorial había tres o cuatro decisiones que influían directamente en el desenlace de la trama, así como unas cuantas opciones más de diálogo entre las que escogía el usuario en ciertas escenas. Pero nada más. Aun así, el público se volvió loco con las Mind-mallows y las nuevas películas de múltiple opción. Por lo que, cuando se refinó el proceso de inclusión de decisiones, así como las tramas, todo el mundo, absolutamente todo el mundo (salvo los pobres), estaba enganchado al cine sensorial.

Y fue aquí cuando a Ricardo se le ocurrió la próxima genial idea: «¿Por qué no serializamos nuestro contenido? Así, conseguiríamos que la gente siguiese pagando mes a mes por la actualización de cualquiera que fuera la serie a la que estuviesen enganchados». Y así nacieron las senseries.

VIII

La idea de serializar el contenido fue, desde un punto de vista empresarial, simplemente perfecta. Pero a Kino le producía rencor ese pensamiento. A su modo de ver, de esa forma se perdió la integridad creativa, pues se empezaron a caer en absolutamente todos y cada uno de los clichés pensados en mantener al espectador pegado a la pantalla, o más bien, pegados a las Mind-mallows. La calidad de los guiones cayó de forma generalizada unos pocos años después, y aunque era el principal entretenimiento de las masas, Kino renegaba de las senseries, diciendo que lo único que hacían era idiotizar impidiéndote pensar durante el tiempo que durasen los capítulos. Pero lo cierto era que a la gente no le importaban los guiones, algo que a él le frustraba todavía más.

Lo cierto es que la capacidad de decisión dentro de las senseries había avanzado hasta un punto en el que eran prácticamente una simulación de una segunda vida, teniendo una libertad prácticamente ilimitada para hacer lo que les diese la gana. Desde tirotear una guardería a saltar en un coche desde un precipicio o montarse orgías en los burdeles más exclusivos.

La gente usaba las senseries para dar rienda suelta a aquello que jamás harían en el mundo real, y a Kino aquello le daba escalofríos. Al fin y al cabo, para saber qué partes del cerebro estimular para recrear una sensación u otra, primero había que escanear a quien estuviese pasando por lo mismo. Por lo que, teniendo en cuenta lo retorcida que es la gente, no quería ni imaginarse las cosas que habría que haber hecho para recrear ciertas sensaciones. Sobre todo, cuando había violencia y sexo por medio.

Lo más paradójico de la opinión general acerca de las senseries era que, a pesar de que eran ellos mismos, los propios usuarios, los que decidían ignorar la trama para ir a satisfacer sus ambiciones más oscuras, luego se quejaban de que ya no había alternativas dentro de las senseries modernas y que eran repetitivas.

«Manda cojones».

Esas palabras pasaron por la cabeza de Kino mientras pensaba en estas cosas. Recordaba una antigua serie de videojuegos de la época de su juventud, los «Grand Theft Auto» (o GTA para la mayoría) fue una serie de juegos que existían desde antes de que naciera Kino, y que fueron revolucionarios y polémicos a partes iguales. Revolucionarios porque fueron los que introdujeron el concepto de «juego de mundo abierto», donde al jugador lo colocan en medio de un entorno ficticio tridimensional y le dan completa libertad para hacer lo que quiera (dentro de unos límites, obviamente), y polémico precisamente porque había libertad para hacer lo que cada uno quisiera. A medida que dichos juegos iban avanzando, cada vez se daban más posibilidades de hacer lo que te diera la gana: una selección interminable de vehículos con los que desplazarse por tierra, mar o aire; infinidad de actividades que practicar, desde bolos a golf (en uno de ellos incluso se puede invertir en la Bolsa, por favor); y la parte favorita de Kino, unos guiones y unos diálogos geniales, dignos de cualquier película de Michael Mann o Martin Scorsese. Sin embargo, lo que todo el mundo recordaba de haber jugado al GTA es robar un coche, buscar una puta, conducir hasta un sitio apartado, ver cómo el coche empieza a botar mientras se oyen los gemidos en el interior a la vez que el dinero del jugador desciende y su salud empieza a subir por encima del máximo, para, por último, cuando ha terminado y la trabajadora nocturna sale del coche para seguir con su jornada, atropellarla y luego robarle el dinero. En serio. Esto era lo que hacía la mayoría de la gente que jugó a algún GTA.

Pues lo mismo pasaba un poco con las senseries. Da igual las posibilidades de distintas narrativas que les pongas al alcance, lo cierto es que hay una cantidad increíble de gente que disfruta dando palizas a putas. Chocante es decir poco.

IX

Las puertas del vagón se abrieron, y el caos habitual tuvo lugar entre la gente que salía de él y los que esperaban en la estación de Chamartín. «Dos paradas más», pensó Kino.

Una anciana de aspecto medio roto entró en el vagón poco antes de que se cerraran las puertas apoyada en un bastón y lanzando miradas temerosas alrededor, como si cualquiera de los viajeros que viajaban absortos en las imágenes proyectadas en las palmas de sus manos la fuese a tirar en cualquier momento de un empujón. Instintivamente, Kino le cedió su sitio, con lo que la señora le lanzó la más dulce de todas las miradas de agradecimiento y se sentó con esfuerzo mientras le daba las gracias. Más bien, Kino se imaginó que le daba las gracias porque llevaba los cascos puestos y De La Soul no le dejaba escuchar.

Caminó unos pasos hasta una de las barras de hierro del vagón, que estaba desocupada, y allí apoyado sí que oyó algo por encima de la música. Miró por encima del hombro, intentando ubicar el origen de las estridentes y molestas risas que le habían sacado de su ensimismamiento, y sentados unos asientos más allá vio el foco del estruendo.

Eran un grupo de cuatro jóvenes bien parecidos de menos de veinticinco años, sentados dos frente a los otros dos. Bastante pijos, a juzgar por los ceñidos trajes de ejecutivo que llevaban. Tres chicos y una chica, y todos ellos hablaban a gritos y con una efusividad que provocaba confusión. Aunque aquello no parecía importarle demasiado a nadie más que a Kino y a quien no tuviese auriculares.

Kino se encontraba ante un dilema, subir más el volumen de la música y probablemente quedarse sordo o seguir escuchando a aquellos niñatos y lo que decían, algo que probablemente le diese un tumor cerebral.

La Castellana era la zona donde la gran mayoría de empresas grandes e importantes tenían sus sedes, el tipo de empresas cuyo presupuesto anual de marketing supera a la facturación total del noventa por ciento de empresas restantes a lo largo de toda su vida. Así que era la zona del país donde mayor demanda había de abogados. Y allí iban a parar casi todos al salir de la carrera, como aquellos cuatro, lo más seguro. Aunque no quisiera, a Kino le llegaban algunas palabras y frases sueltas, las suficientes para que se imaginase los temas de los que estaban hablando. Algunos de ellos ya habían terminado la Universidad, y contaban batallitas de asignaturas y profesores, pero la conversación en esos momentos se centraba en los másteres. Dos de los chicos y la chica discutían los pros y los contras de empezar con el segundo máster antes de terminar la carrera. Pero el cuarto, que aparentemente debía de ser el alfa, se jactaba de no solo haber terminado la carrera, sino también de su tercer máster, y cómo gracias a eso había entrado en prácticas (no remuneradas) en ACS.

Lo que molestaba a Kino era la importancia con que contaban aquellas cosas, como si fueran las primeras personas en descubrir la más plena felicidad y el sentido de la vida, en vez de ser ruedas de un engranaje. En aquellos momentos el alfa contaba cómo se había fundido su primer sueldo en una fiesta con putas y droga, pero con clase. Un local exclusivo con las chicas más caras. Faltaría más. La chica y uno de los otros dos chicos lo miraban impresionados y con claras intenciones sexuales, el otro chico no participaba mucho en la conversación. Debía avergonzarse de no haber terminado todavía su primer máster.

Pero Kino sabía fijarse en la gente, o eso intentaba si tenía la intención de convertirse algún día en un escritor de verdad. Y lo cierto es que aquellos jóvenes abogados no le engañaban, podía ver a través de sus sonrisas forzadas que pretendían esconder la duda que había en sus ojos. No es posible que alguien sienta tanto ímpetu por hacer algo que han hecho tantos miles de personas antes que tú y que van a hacer tantos miles de personas después. Lo rutinario no genera tanta felicidad y euforia.

A los ojos de Kino, aquello era intentar convencer a los demás y, por extensión, a uno mismo de que se han tomado las decisiones adecuadas. No solo había experimentado él mismo la misma sensación al terminar sus estudios, sino que veía el mismo proceso de negación y autoconvencimiento en cada nueva promoción de universitarios que se incorporaban al mundo laboral. Simplemente había que convencerse de que aquello valía la pena, de otra manera no tenía sentido haber renunciado a la juventud. ¿No?

«Plaza de Castilla». Ya solo faltaba una parada.

X

De la salida del metro a la sede tardó una canción y media, y en el camino se fue liando un cigarro. Cuando hubo terminado levantó la vista y se encontró con que sus pies le habían guiado automáticamente hasta dejarlo de frente con la imponente estructura que era la sede de Industrias Lázaro.

El cielo gris empezaba a oscurecer a medida que el sol se acercaba a la línea del horizonte de la Sierra, borrosa tras tanta polución. No obstante, justo mientras Kino levantaba la mirada, las nubes se apartaron dejando un agujero, y un rayo de luz llegó hasta el edificio de cristal, iluminándolo directamente y haciéndolo brillar, creando una imagen imponente, la verdad.

El edificio se encontraba donde había estado en su día el Hospital de San Rafael, lo suficientemente apartado del Hotel Ramos como para que aquella horterada no le tapase el sol. La gente de la zona se refería a la sede de Industrias Lázaro como «la Iglesia», y había que admitir que la enorme estructura tenía cierto porte regio. La Iglesia se sostenía con columnas, postes y paredes blancas, y aunque había algunos paneles para tapar de la claridad del sol, todos los exteriores del edificio bajo eran cristaleras.

Aquel radiante edificio tenía una forma circular, como un estadio o una plaza de toros. El círculo de cristal era la parte a la que el público tenía acceso, y todo a lo largo suya había salas multiusos destinadas a los eventos de marketing en su mayoría. En la parte más cercana a la calle, que era donde estaba Kino, estaba la entrada, y al lado opuesto de la circunferencia se erigía el edificio principal, que era donde estaban la mayoría de las oficinas, así como el ala de I+D. Aquel edificio principal, iluminado por la luz del ocaso, parecía la hoja de la daga de un gigante apuntando desafiante al cielo. El estrecho pero considerablemente alto edificio brotaba de la propia estructura del círculo de cristal, y en este solo había ventanas por la parte interior y exterior del círculo, por los lados las paredes eran blancas. Dentro del círculo crecía un frondoso jardín con plantas y fuentes, un oasis en medio de la ciudad y donde la mayoría de los trabajadores de la Iglesia iban a pasar las horas de descanso.

Le dio la primera calada al cigarro y Kino se dirigió a la entrada principal preguntándose cuánto cobraría un responsable de contenidos sénior, al mismo tiempo que el breve rayo de sol volvía a desvanecerse, haciendo que el edificio dejase de brillar y dándole un aspecto lúgubre.

Al acercarse a las enormes puertas dobles de cristal custodiadas por dos guardias de seguridad, uno a cada lado, Kino cayó en la cuenta de que se acababa de encender el pitillo. De manera que, con la intención de no desperdiciar tabaco, se lo apagó con sumo cuidado en la suela de su bota procurando que solo se echase a perder el principio del cigarro. Una vez hecho esto, se acercó a la puerta, y uno de los guardias se dirigió a él.

—El acceso al público cierra a las ocho, señor.

—Sí, ya, disculpe. El caso es que me esperan dentro.

—De acuerdo, pero quienes le esperan también tendrán que salir a las ocho.

Kino reprimió una risa.

—No se preocupe, yo se lo digo de su parte.

No le hizo caso a la agria expresión de la cara del guardia de seguridad y se dirigió a las puertas de cristal, que se abrieron automáticamente en cuanto se acercó lo suficiente. El interior era cálido, y una melodía suave sonaba por el hilo musical. Kino miró alrededor, buscando, y cuando lo encontró se dirigió al puesto de información, que estaba a medio camino de la puerta principal y la que daba acceso a la zona de jardines. Una vez allí, se dirigió a la chica que estaba detrás de la mesa, que en aquellos momentos terminaba de meter todos los papeles de su mesa en los cajones que había debajo, y sus efectos personales en el bolso.

—Disculpe, tenía una cita. No sé si podrá ayudarme.

La chica, que obviamente se moría de ganas por irse de su lugar de trabajo un viernes a última hora, le miró con cara de muy pocos amigos.

—Vamos a cerrar en un rato, señor.

—Sí, bueno. El caso es que había quedado a esta hora con el jefe.

—¿El jefe de quién?

—Pues de casi todos aquí. Vengo a ver a Raúl Lázaro.

—¿En serio? —Kino asintió—. ¿A estas horas? —Kino volvió a asentir, mientras la chica se volvía a sentar en su silla ergonómica resoplando—. Hay que ver…

Encendió el ordenador, y la pantalla se proyectó en el aire ante su rostro mientras ella desenrollaba su teclado flexible. Luego, empezó a navegar a toda prisa por menús y ventanas, hasta que llegó a una lista de contactos y llamó a una compañera en videoconferencia.

—«Hola, Danny. ¿Qué quieres hija? Me pillas in extremis, que me estaba yendo ya».

—Ya lo sé, tía, pero me acaba de llegar uno que tiene una cita con el jefe.

—«¿Con el jefe-jefe?».

—Ajá.

—«¿A estas horas?».

—Eso digo yo —dijo Danny lanzándole a Kino una mirada asesina.

—«¿Y qué, necesitas que te pase con Isidoro, no?».

—Ajá.

—«A ver, un momento». —La compañera de Danny se puso a navegar a su vez por los menús de su ordenador tecleando a toda velocidad. Con todos los protocolos que tenían que seguir para ponerse en contacto entre departamentos, normal que la chica le mirase así, pensaba Kino—. «A ver, aquí está. Te lo paso ya, ¿vale? Perdona si estoy un poco brusca, pero es que estoy con prisa».

—Ya, ya. No te preocupes, cariño. Gracias.

Las dos se lanzaron un beso, y el recuadro de la pantalla donde hasta hace unos instantes había aparecido la compañera de Danny se cerró para dejar paso a otro recuadro que anunciaba que se estaba estableciendo el enlace, con un ruido de tono telefónico. Donde antes había aparecido la sonriente cara de su compañera, ahora se abrió un recuadro donde un chico muy joven y serio le respondió:

—«Despacho del Sr. Lázaro».

—Hola, Isidoro. Tengo aquí a un señor que dice que tiene una cita con el Jefe.

—«¿Quién es?».

Danny miró a Kino.

—¿Nombre, por favor?

—Joaquín Jade.

—Se llama Joaquín Jade.

—«Ah, sí. La cita de las diecinueve horas del Sr. Lázaro. Mándalo hasta el auditorio y ya bajo yo a buscarlo. Gracias, Danny». —Y sin más, colgó.

—Si ya sabes quién era, ¿para qué…? —murmuró en voz baja una malhumorada Danny mientras cerraba las pestañas de su ordenador—. El asistente del Sr. Lázaro, el Sr. Silva, le estará esperando a las puertas del auditorio este para llevarlo hasta las oficinas del Sr. Lázaro. Está casi al otro extremo del estadio… le llamamos «estadio» a esta parte de las instalaciones…

—Sí, no te preocupes. Conozco más o menos la zona, ya he estado aquí antes.

Danny soltó avergonzada un breve suspiro, dándose cuenta de que no se estaba comportando de la forma más profesional posible.

—¿Seguro que no necesita que le acompañe?

—No, de verdad. Otro día, si acaso.

Ella le miró enarcando una ceja y con una media sonrisa.

—Muy bien. Hasta otro día, en ese caso.

Kino se despidió sonriendo y se puso en camino. No se le había escapado el retintín en la voz de la recepcionista cuando se despidió, y aunque no lo dijo con esa intención, se figuró que ella se había imaginado que con lo de «otro día» quería decir que ya se pasaría a verla más adelante. Sonrió con algo de orgullo de haber conseguido que Danny le siguiera el rollo sin siquiera haberlo intentado, a pesar del kilometraje que llevaba encima aún era capaz de mantener cierto atractivo… «Bueno, más que atractivo, encanto», pensó al verse reflejado en uno de los ventanales que daban al exterior oscuro. Como Rebe siguiese sin responderle a los mensajes, le iba a entrar. Seguro. Aunque estar seguro de aquello significaba que estaba seguro de que después de hablar con su hermano, volvería por allí. Y eso era mucho de lo que estar seguro.

Los ruidos de sus pisadas provocaban un eco sordo en los pasillos del estadio, la parte circular de la Iglesia. A aquellas horas no quedaba casi nadie, solo los últimos trabajadores rezagados y los del turno de limpieza, que empezaban a repartirse por toda la superficie. Mientras caminaba describiendo la media circunferencia hacia la derecha para llegar hasta el auditorio, a sus lados iban pasando las ventanas. Las ventanas de su derecha daban a los jardines interiores. Pero las ventanas de la izquierda, las que daban al exterior, a veces se veían interrumpidas por salas de reuniones o despachos y oficinas con paredes blancas relucientes.

Kino llegó caminando hasta las puertas del auditorio este, que era el que más cerca estaba del edificio principal. El secretario de Raúl aún no estaba allí, por lo que Kino se apoyó en una columna a media distancia entre las puertas del auditorio y los ascensores de la torre. Pasaron cinco minutos, y por fin Kino vio salir de los ascensores a Isidoro Silva, quien después de localizarlo se dirigió en su dirección con paso firme y seguro.

Kino ya conocía a Isidoro, era un lameculos estirado, lo que lo convertía en el perfecto secretario de su hermano. Era un chico que entraba en la década de los treinta. Tenía unos fríos ojos negros en los que quedaban pocos rastros de vida, que miraban con superioridad desde detrás de unas gafas cuadradas sin montura, que se apoyaban (o, mejor dicho, se incrustaban) sobre una nariz chata y redonda. Llevaba el pelo del color de la paja húmeda muy corto por los lados y peinado con una raya al medio en la coronilla, y vestía con una apretada chaqueta ajustada de corte ejecutivo color marrón y pantalones color beige, y en sus manos llevaba una tableta como la que Kino utilizaba a veces para escribir, pues las holo-pantallas le terminaban cansando la vista. Su forma de andar resultaba bastante cómica, pues, aunque no estaba gordo tampoco estaba delgado, y caminaba dando muy deprisa pasos no muy largos. Parecía un personaje de una serie de dibujos animados. Isidoro se acercó hasta donde estaba Kino y habló con su voz aguda y aflautada.

—Buenas tardes, Sr. Jade, le estábamos… ¡Aquí no se puede fumar!

—¿Qué? —Kino siguió la dirección que indicaba el acusador dedo de Isidoro, quien con una expresión de alarma de incendio miraba la colilla del cigarro que Kino se había dejado a medias antes de entrar—. Está apagado.

Isidoro siguió mirando el cigarro con cara de susto, pensando muy bien cómo proceder.

—Pero todavía puede contaminar el entorno.

Kino levantó las manos, conciliador, y miró en torno suya buscando una papelera. Por suerte había una en la pared más cercana.

—Ya está —dijo al volver de tirar la colilla, mientras se apagaba el eco de sus pisadas en el recinto casi vacío—. Bueno, ¿qué pasa con mi hermano? Debe estar ocupadísimo.

—Como siempre. Pero ahora ya está listo para recibirle. Por favor, acompáñeme.

Ambos se dirigieron hacia los ascensores, e Isidoro llamó al mismo en el que había bajado antes, que aún seguía allí. Los ascensores eran de cristal, y al subir ascendían detrás de un panel de vidrio que se extendía desde la base hasta lo más alto del edificio pudiendo ver así una vista privilegiada de la ciudad. Y al llegar al piso destino, otra puerta se abría por el lado contrario al que habían entrado, accediendo así a las oficinas.

Se subieron y el asistente de Raúl Lázaro pulsó el número 60 en la pantalla del ascensor. Con un movimiento muy suave que no provocó ninguna sacudida, el ascensor empezó a subir por los raíles magnéticos en silencio, y poco a poco cogió velocidad. A medida que ascendían, el edificio circular al que llamaban el estadio, con sus jardines en el centro, fue quedando cada vez más abajo. Kino miraba distraído por la ventana, contemplando la imagen de la ciudad que empezaba a iluminarse bajo un cielo que parecía resistirse a oscurecer, aunque el sol ya había desaparecido por detrás de las montañas. Isidoro, por la otra parte, daba su espalda a las vistas, orientado hacia la puerta que se abriría cuando se detuviera el ascensor y revisando múltiples pestañas en la pantalla de su tableta.

—Espero que no haya tenido que esperar mucho tiempo, Sr. Jade.

Kino se encogió de hombros.

El ascensor se detuvo con suavidad, y los dos lo abandonaron. Delante de ellos se extendían las paredes oscuras y el suelo blanco de un amplísimo pasillo de techo muy alto, en el cual había una franja de vidrio que durante el día permitía que entrase por ella la luz y la claridad. A esas horas, la única luz procedía de unas lámparas situadas a lo largo de las paredes que iluminaban la estancia lo necesario como para saber por dónde se andaba. Aquello le daba a aquel pasillo el aspecto de una catedral o el corredor de un monasterio.

Mientras caminaban, a sus lados desfilaban las puertas que daban a los despachos del resto de los principales dirigentes de Industrias Lázaro, vacíos a aquellas horas. Menos el último. El despacho del fondo era el de su hermano Raúl, el antiguo despacho de Ricardo Lázaro. Llegaron hasta el final del pasillo, hasta la mesa de Isidoro, situada a un lado de las grandes puertas de doble hoja que comunicaban con el despacho. Isidoro se inclinó sobre su mesa y pulsó un botón durante un par de segundos. Kino se imaginó que aquello debía de ser alguna especie de timbre, aunque allí no se oyera nada. Isidoro se incorporó y pasó de nuevo por delante de Kino, que esperaba con las manos metidas en los bolsillos del chaquetón desabrochado, llegó hasta las puertas de madera y giró el pomo. Con un chasquido las puertas se abrieron, y mientras, al otro lado del enorme despacho, Raúl Lázaro se levantó de su silla apoyándose en su gigantesca mesa de cristal, y durante un segundo los dos hermanos se miraron a los ojos por primera vez en más de seis meses, cada uno a un extremo de aquella enorme sala.

XI

—Su cita de las siete, Sr. Lázaro.

—Gracias, Isidoro.

Isidoro inclinó la cabeza, y mientras Kino entraba caminando con mucha parsimonia y las manos todavía en los bolsillos de su chaquetón, salió en silencio del despacho cerrando la puerta tras de sí, con la cabeza todavía inclinada.

El despacho de Raúl era una habitación rectangular el doble de grande que el piso de Kino, y con techos el triple de altos. A ambos lados de las puertas de entrada había colocadas dos filas de tres sillas que se soportaban sobre una única pata. Las paredes estaban decoradas con los pósteres de las producciones de más éxito de lo que había sido primero Estudios y luego Industrias Lázaro. La mayoría de esos pósteres eran de las películas de Ricardo, cine de aventuras, suspense, histórico, negro, comedia… y un largo etcétera. A la hora de definir a Ricardo Lázaro decir versátil era quedarse corto, la verdad. También había algunos pósteres de las senseries que más éxito habían tenido desde que Raúl estaba al frente, pero comparar la relevancia de estas con la que en su día tuvieron las películas de su padre, a los ojos de Kino, era ridículo.

En el extremo opuesto a la entrada del despacho no había pared, sino una pieza única de vidrio de veinte centímetros de grosor, y delante de este ventanal, la mesa de Raúl.

Raúl bordeó la mesa mientras se abrochaba la chaqueta, moviéndose sin mucha seguridad en lo referente a cómo proceder a continuación. Raúl era cinco años mayor que Kino, pero ya antes de cumplir los años que ahora tenía su hermano pequeño, había empezado a quedarse calvo, lo que supuso una herida irreparable en su orgullo. Siempre había sido un ejemplo de vida sana, y Kino estaba convencido de que ese era el motivo por el que, con tal de conservar la apariencia de que podía mantener el control sobre su cuerpo, Raúl se afeitó la cabeza entera, menos la barba. En una ocasión, Kino le había soltado que no engañaba a nadie, que no era él quien decidía dónde crecía el pelo y dónde no. Cosas de hermanos.

Raúl iba vestido elegante y con gusto, como era habitual. Llevaba una chaqueta añil encima de una camisa color vainilla, y unos pantalones blancos relucientes. Cuando Kino llegó hasta él, los dos se quedaron un momento sin saber qué hacer, hasta que al final Raúl le echó valor y le dio un muy incómodo abrazo a su hermano.

—Me alegro de verte, Joaquín.

—Ya, ya…

—¿Qué tal el trabajo?

—Pues como siempre. ¿Y tú qué? ¿El trabajo bien? ¿La familia bien?

Raúl captó al instante el sarcasmo en la voz de su hermano, y pareció irritarse.

—Todo sigue como siempre. Así que sí, supongo que bien.

Kino asintió repetidas veces ante la respuesta de su hermano.

—Pues nada, tú dirás. ¿Qué hay de nuevo?

—¿Leíste mi correo?

—Estoy aquí, ¿no? Lo que no entiendo es en qué puedes querer tú mi ayuda.

—Pues verás, es algo complicado. No sé si lo sabes, pero el mercado de las senseries está en recesión.

—Yo paso de las senseries.

—Y a mí me parece genial, pero ¿quieres que te explique por qué quería hablar contigo?

—Pues sí. Y si puede ser explícame también por qué necesitabas que viniese aquí en persona.

—Porque el asunto del que vamos a hablar es máximo secreto. De hecho, si después de que te lo cuente dijeras que estás interesado, deberías de firmar un contrato de confidencialidad.

Kino se aguantó y consiguió reprimir una carcajada.

—Que sí, que te firmo lo que quieras, pero dime para qué coño he venido aquí.

Raúl hizo una pausa. Parecía como si empezase a arrepentirse de haber convocado a su hermano.

—Tengo una oferta de trabajo.

—¿Para hacer qué?

—Para un proyecto de I+D.

—¿I+D? —Aquello descolocó a Kino—. Tío, tú ya sabes que yo de informática no tengo ni idea.

—Ya, pero tampoco es necesario. Lo cierto es que eres tú el único que puede llevar a cabo el trabajo.

—¿Y de qué trabajo se trata?

—No te lo puedo decir hasta que firmes el contrato de confidencialidad.

—Ajá. Pues lo siento, Raúl, pero como entenderás, con la información que me das no te voy a decir que sí a nada. Principalmente porque no me hace falta curro. Así que…

—Te puedo decir cuánto cobra un responsable de contenidos sénior.

Kino levantó una ceja mientras inclinaba la cabeza.

—Pues no te cortes.

—Trescientos mil euros.

Kino sintió un vacío en el estómago, pero mantuvo su cara de póker. Con lo que ganaba un ejecutivo de esos al año, él podría sobrevivir diez. O cinco, si se consentía unos cuantos caprichos.

—¿Y me puedes decir también cuánto duraría dicho trabajo?

—Te puedo decir una estimación. —Kino le hizo un gesto de impaciencia—. No deberíamos de tardar más de seis meses en tener un prototipo listo.

Kino se lo pensó un momento, por el simple motivo de que toda aquella situación parecía demasiado buena y aleatoria. En algún lado tenía que haber una pega. No tenía ni idea de qué le iba a pedir, y que le mataran si se le ocurría algo que solo pudiese hacer él en todo el mundo. Aunque, por otra parte, una vocecilla en el interior de su cabeza le decía que dejase de pensárselo y aceptase. Con esa cantidad de dinero podría dejar su trabajo y centrarse por fin en su novela. Y hasta en la secuela.

—A ver si lo entiendo —empezó a decir Kino—, desde el momento en el que diga que sí al dinero es cuando estaré sujeto a la confidencialidad, ¿no es así?

—Es una forma de decirlo, sí.

—¿Y no me vas a decir qué es lo que quieres que haga?

—No. Hasta que aceptes. Y no te preocupes —dijo Raúl con una media sonrisa burlona—, no va a ser traficar con drogas ni nada parecido.

—Qué gilipollas eres…

—¿Y bien?

Hubo un silencio tenso entre los dos. Tenso porque los dos sabían qué iba a pasar a continuación, y Kino hubiese querido decir que no por orgullo, pero ese dinero le vendría muy bien.

—Solo una cosa.

—Dime.

—Si después de que me hayas explicado qué coño quieres que haga, me quiero echar atrás, ¿puedo hacerlo?

—Bueno, siempre que no incumplas el contrato de confidencialidad…

—Ya, ya… ¿Podría echarme atrás?

—Sí… aunque no cobrarías.

—Chachi. Pues entonces firmo, Capitán Obvio.

Kino extendió la mano, y Raúl le aceptó el gesto después de mirarlo a los ojos con resignación.

—Hablando de capitanes, ¿dónde está tu gorrita?

—¿Qué gorrita?

—La de marinero. Pareces el capitán del Titanic antes de que le salieran canas, con esa ropa.

Raúl le soltó la mano, lamentando a dónde se había visto obligado a recurrir.

XII

Raúl tomó aire, pensando por dónde empezar.

—¿Quieres sentarte? —le ofreció a su hermano mientras rodeaba su mesa.

Kino aceptó, y Raúl pulsó un botón transparente de su mesa de cristal. Acto seguido, una de las sillas que había a los lados de la puerta de entrada empezó a moverse sola y se acercó zumbando sobre su única pata hasta ponerse enfrente de la mesa de Raúl, y Kino se sentó en ella.

—Como te decía antes, el mercado de las senseries está decayendo. Estamos perdiendo muchos suscriptores y nuestros inversores no están contentos.

—Pobrecitos.

—Por suerte —siguió Raúl, ignorando a su hermano—, nuestro padre ya previno este devenir de los acontecimientos hace tiempo.

—Qué bien hablas, jodío. ¿Y en qué pensó Ricardo para seguir vendiendo cada vez más?

—En una nueva forma de plantearles las alternativas de las narrativas a los usuarios. Tenemos la esperanza de que, si aprovechan al máximo las narrativas, el feedback negativo que llevamos recibiendo las últimas temporadas se corregirá. Tenemos la intención de volver a generar hype por nuestro producto.

—¿Y ya está? Eso me acuerdo que se lo oí comentar alguna vez a papá, y de hecho me acuerdo que intentasteis varias veces reescribir los disparadores2 de las tramas.

—Y ahí estuvo el problema. Bueno, más bien uno de los problemas.

—¿Dónde?

—Pues en que nuestros usuarios no son ni los más sutiles ni los más perspicaces, por lo que los disparadores se les acaban pasando por alto.

—Nos ha jodido mayo con las flores. Pues claro que no lo son, pero porque vosotros los habéis hecho así.

—Ah, claro. ¿Y cómo les he hecho yo así?

—Pues con vuestra mierda de mind-mallows. Les disteis más alternativas y poder de decisión de las que podían asimilar.

—Claro, porque es mejor limitar el acceso a la tecnología de la gente.

—Yo no estoy diciendo eso, yo lo que digo es que antes de haber sacado al mercado una tecnología como las mind-mallows, que permite recrear las fantasías más perversas de los usuarios, deberíais haberlos educado de alguna manera.

—Mira, a pesar de lo pedante que suenas, en cierta manera estamos de acuerdo.

—¿En cierta manera?

—En cierta manera —repitió con una leve variación Raúl—. Verás, sí que tienes razón en que la forma de usar el contenido que nosotros generamos no es la adecuada. Eso es un hecho, y un hecho del que ninguno de los que estamos aquí nos sentimos orgullosos. Y por eso lo queremos arreglar.

—¿Y cómo lo pensáis arreglar? ¿Papá tuvo algo que ver con esto?

—Más bien fue idea suya. Joaquín, ¿por qué dirías tú que nuestros usuarios usan nuestro producto de la manera en que lo usan?

—Porque son unos cabrones enfermos y retorcidos. La mayoría, claro, hay excepciones.

—En serio, Kino.

Kino soltó un suspiro mientras sonreía y se quedó mirando a su hermano con una expresión torcida apoyado en el respaldo de su silla.

—Porque están reprimidos. Tienen vidas grises y anodinas, y cuando llegan a casa necesitan aliviar sus frustraciones.

—Tienes razón. En parte. La parte clave de lo que has dicho ahí, es la palabra «reprimido». En efecto, están reprimidos. La monotonía de su día a día les impide expresarse por sí mismos, así que cuando se les plantean más decisiones de las que pueden procesar, se bloquean. Ahora bien, yo pienso, igual que nuestro padre e igual que tú (estoy convencido), que la necesidad de descargar tensiones está ahí, pero que hay formas más constructivas de hacerlo, y por eso es por lo que aparece el campo del entretenimiento.

—A ver, creo que entiendo lo que dices y sí, es verdad, aunque no entiendo a dónde quieres llegar. Desde las tramas y narrativas de las senseries se puede canalizar mejor la catarsis que llevando a cabo fantasías de depravación en la vida real, vale.

—Exacto. Al fin y al cabo, cualquier obra de ficción cumple ese propósito. Guiarte hasta una catarsis y que o bien aprendas algo o bien solo te sirva para pasar un rato agradable y entretenido.

—Bueno, y se te olvida un propósito.

—¿Cuál?

—El que a ti te mola. El que un proyecto sea rentable.

—Es que no puedes contenerte, ¿verdad? —Kino negó con la cabeza lentamente y con una sonrisa torva—. En fin… el caso es que nuestro padre desarrolló una teoría, por la cual no solo pretende que se exploten las tramas y narrativas que se ponen al alcance de los usuarios, sino también dar con la forma de ofrecérselas de forma sutil y personalizada para que no la rechacen.

—Hace un rato hablabas de la falta de sutileza en tus clientes, pero antes, ¿cómo pretendes que la oferta sea personalizada?

—No solo eso, sino que también pretendo hallar la forma de escoger previamente cuáles serán las alternativas narrativas más satisfactorias para cada usuario.

—Eso es imposible. No existe una base de datos con semejante cantidad de información, ni siquiera con todas vuestras redes sociales espiando las privacidades y los gustos de la gente.

—Es cierto eso que dices, hay que tener en cuenta que, al fin y al cabo, el avatar digital de las redes sociales que tiene cada usuario es la proyección que hacen de sí mismos, y no reflejan necesariamente su personalidad real.

Kino puso los ojos en blanco, sorprendido aún hoy en día de que a su hermano se le hubiese pasado por alto una crítica a su falta de escrúpulos a la hora del data mining.

—¿Entonces? —preguntó Kino encogiéndose de hombros, empezando a impacientarse.

—Creemos que hemos dado con la llave al subconsciente.

Kino necesitó una pausa para asimilar esto. Y tras la pausa solo fue capaz de articular una palabra:

—¿Perdona?

—Lo que oyes. Tenemos fundamentos teóricos sólidos y un plan de acción.

—Es imposible acceder al subconsciente… a no ser… Si me habéis traído aquí para que me drogue, haber empezado por ahí. Y aún encima me van a pagar… —dijo para sí mismo.

—¡Que no! No es eso.

—Y entonces, ¿cómo pretendes acceder a algo intangible?

—No es tanto acceder, sino cartografiarlo.

Kino puso cara de confusión.

—¿Piensas hacer un mapa del subconsciente? —Raúl chasqueó los dedos, y se quedó señalándole a Kino con el índice como si fuera una pistola—. ¿Cómo?

—Averiguando antes cómo funcionan los recuerdos.

—Explícate.

—Hacer un mapa de los recuerdos que nos sirva de mapa del subconsciente. A ver, ¿tú qué dirías que es, con tus propias palabras, el subconsciente?

Kino cruzó los brazos sobre su pecho suspirando de nuevo, tomándose su tiempo para contestar.

—El subconsciente es la parte de nuestro cerebro que toma una decisión antes de que nosotros seamos conscientes de que la hemos tomado.

—Vale. ¿Por qué dirías tú que se toma esa decisión?

—Pues depende de cada uno.

—Explícate.

—Pues a ver, no sé. Depende de las experiencias personales de cada persona, cada uno puede tener una reacción instintiva diferente ante la misma situación. Por ejemplo, un veterano de guerra no podría ir a las Fallas porque todos los petardos le darían flashbacks, pero los valencianos se lo pasan pipa.

—Claro, dependiendo de nuestras vivencias nuestra personalidad se va formando de una manera u otra. «Yo soy yo y mis circunstancias». Así que, por decirlo de otra forma, ¿tú dirías que son nuestros recuerdos lo que marcan quiénes somos? Fíjate que digo recuerdos —siguió Raúl sin darle tiempo a contestar a su hermano—, no vivencias, porque las vivencias son objetivas y la manera que cada uno tiene de recordar el mismo suceso puede ser subjetiva.

—Vale, bien —asintió Kino sin saber qué más decir—. Te lo compro. Pero vamos a ver una cosa. ¿Me estás intentando decir que has inventado una máquina que te permite leer los recuerdos de la mente de alguien?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Hemos inventado una máquina que es capaz de analizar las reacciones químicas que desencadenan las emociones y los sentimientos dentro del cerebro al ir repasando una serie de recuerdos.

—Eso es increíble.

—Gracias. Estamos muy orgullosos…

—No, es que todavía no me lo creo. No lo entiendo. Suena a ciencia-ficción.

—A ver, no es leerle los recuerdos a una persona exactamente.

—¿Y cómo es posible analizar la memoria de alguien?

—Pues descargando la consciencia de una persona en una máquina. Y luego conectando unas mind-mallows.

Kino tenía los ojos abiertos de par en par, pensando en las implicaciones de lo que su hermano le acababa de decir pudiese ser real.

—¿Descargar la consciencia de una persona? ¿Cómo?

—Verás, Joaquín, como te decía antes, este proyecto es uno en el que ya llevamos trabajando bastante tiempo con el máximo secreto…

—Sí, sí, sí… máximo secreto y la idea fue de nuestro padre. ¿Pero cómo es posible eso? Tú te estás quedando conmigo.

—Que no, que intento llegar a esa parte. En los últimos años, hemos sido capaces de pasar una consciencia a una máquina a través de innumerables sesiones de escaneo.

—¿Escaneo?

—Sí. Hemos escaneado un cerebro y observado sus reacciones y sinapsis durante todos los procesos cognitivos conocidos, y la manera de conseguir esto fue revivir los eventos de su vida una vez, y otra, y otra. A raíz de ahí empezamos a extraer patrones de personalidad después de grabar los recuerdos usando las mind-mallows. Durante años los modelos de los patrones de personalidad salían erróneos y no obteníamos los resultados esperados, pero a base de pura repetición fuimos capaces de dar con los algoritmos adecuados para analizar la forma en la que determinados recuerdos influyen en la personalidad, o del rastro que dejan en el cerebro determinados recuerdos clave, así como las características que definen a un recuerdo clave. —Había ilusión en la voz de Raúl, y hablaba con la efusividad de quien persigue una meta durante años y se sabe cercano a alcanzarla por fin—. Estábamos haciendo progresos, los suficientes como para empezar a crear un Mapa de los Recuerdos.

—¿Y qué pasó?

Raúl dio un largo suspiro y su rostro se ensombreció, y toda la efusividad y la emoción de su discurso se desvanecieron en cuestión de segundos.

—Pues que nos quedamos a medias. El sujeto murió. Pero no te preocupes —dijo Raúl al ver la expresión en el rostro de Kino—, fue de vejez. La máquina no tuvo nada que ver. Obviamente, era mejor tener un sujeto anciano del que extraer los recuerdos por el simple hecho de que ha habido más tiempo para recabar información en ese cerebro.

—¿Entonces qué pasa? ¿Cómo pensáis terminar el trabajo? ¿Vais a volver a empezar con otro sujeto? ¿Yo soy el nuevo sujeto?

—No exactamente, verás… a ver cómo te lo explico. La información de sus recuerdos está ahí, ya la tenemos. Pero aún nos faltan los datos para poder interpretarla. Y ahí es donde entrarías tú. Tú nos podrías ayudar a interpretarla. Serías nuestra piedra Rosetta particular.

Kino guardó un largo silencio y se recostó en la silla una vez más, cavilando en silencio. No le hacía ninguna gracia adentrarse en los recuerdos de otro, a saber lo que encontraría allí. Ya tenía bastante con lo suyo. Además, la situación era muy bizarra por sí misma, parecía algo antinatural el adentrarse en la mente de otra persona. Y de una persona que ya estaba muerta, para más inri. Eso era una invasión de la privacidad que lo desagradaba mucho, pero el sueldo prometido revoloteaba por encima de su cabeza y le impedía negarse rotundamente, como le hubiera gustado hacer.

—No me parece bien, Raúl. Esto está mal.

—¿El qué?

—No entiendo por qué me vienes a mí con esto, más sabiendo lo que pienso de vuestras senseries y vuestras redes supuestamente sociales. ¿Por qué me vienes a mí para pedirme que me meta en la cabeza de otra persona? ¿Es por esa tontería de la confidencialidad? ¿Me vas a decir que no te podías fiar de ninguna otra persona?

—Más bien diría que no nos fiábamos de otra persona.

—¿Qué quieres decir?

—Verás, Joaquín, es más complejo de lo que crees. Para cartografiar la parte que nos queda inexplorada de su psique, no solo necesitamos a alguien que nos guíe desde el interior. Debido a la complejidad que tiene la ecuación con la que se representa la personalidad de cualquier individuo, no puede entrar cualquier persona.

—¿Por qué?

—Se necesita previa afinidad existente entre las dos mentes.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kino con su rostro ensombrecido por una sospecha que aún no era capaz de identificar.

—Necesitamos que las dos personas se conozcan para poder interpretar los datos. Tiene que haber experiencias en común con las que ambos os podáis relacionar, para que, a partir de ahí, nosotros seamos capaces de establecer los lazos de conducta.

—¿De quién son los recuerdos que quieres que espíe…? —Ya se temía la respuesta.

—El sujeto de quien extrajimos los recuerdos, Joaquín, como supongo que ya te imaginarás, es la persona que inició este trabajo y de quien nació la idea. Te estoy pidiendo que nos ayudes a descifrar cómo funciona la memoria, explorando los recuerdos de la vida de nuestro padre.

2 Los disparadores de las tramas es la manera que tiene la gente del «mundillo» a referirse a los eventos dentro de las simulaciones que activaban las acciones que desencadenaban en una narrativa u otra.

XIII

“Siéntate una tarde, haz un plan de qué es lo que quieres hacer, aclara tus metas y organiza tus actividades para lograr tus objetivos, y cuando empieces a ver los resultados vas a empezar a sentirte mejor contigo misme y empezarás a verte más atractive.

Existe una parte del cerebro donde se segregan hormonas, endorfinas y dopamina, esta última conocida como la hormona del amor. Cuando estás enamorade, segregas esas hormonas igual que cuando estás feliz o cumples objetivos vitales. Cuando liberas estas hormonas tu piel se ve más bonita y tu pelo brilla más, como tus ojos, lo que te vuelve más atractive para los demás.

Si llevas años buscando a tu pareja ideal y no le encuentras lo que estás haciendo mal es desesperarte. Estar desesperado es el principal error que cometemos al buscar a alguien con quien compartir nuestra felicidad. A nadie le gusta estar con alguien ansioso, desesperado o aprensivo. Lo mejor en estos casos es centrarte en algo que te apasione de verdad, algo que te provoque las mismas mariposas en el estómago. Tú sabes que esas mariposas las puedes encontrar de mil maneras y en miles de cosas que te motiven, no solo en el amor.”

Una canción sucedía a otra aleatoriamente y sin cesar, y solo unos pocos segundos sonaban de cada una en los auriculares de Kino antes de que este la cambiara. Llevaba ya más de cinco minutos dándole al botón de próxima canción compulsivamente mientras releía las palabras proyectadas ante él, intentando darles algún significado o, en su defecto, sentido. Ninguna de las canciones era la apropiada para inspirarle en aquel momento. Se encontraba sentado en la mesa de su cubículo, y mirando a la pantalla la estupidez del texto que él mismo había escrito le dejaba anonadado.

Desde que Ronnie le había dado el tirón de orejas por el contenido de sus artículos, Kino se había empezado a aplicar en lo que hacía. Cuando quería era bueno, y eso era precisamente lo que le desagradaba. El ser bueno y con relativamente poco esfuerzo en algo que él detestaba tanto. Talento para el mal.

La mayoría de los compañeros de Kino se valían del data-fishing en las redes sociales para ver qué contenido era el que el público podría querer comprar, y recurrían a complejos algoritmos para establecer patrones de conducta. Pero Kino tenía otra forma de actuar. Sencillamente, Kino se dedicaba a analizar qué era lo que vendía 5 Minutos, y a partir de ahí él creaba el tipo de texto que sus patrones deseaban que le llegase al público.

Al fin y al cabo, la revista era un medio consolidado y perteneciente al grupo «Hush», el principal gigante mediático del país. Mientras que Industrias Lázaro había centrado sus actividades en campos específicos, Hush movía hilos en entretenimiento, prensa, música y trabajos sociales, y era una de las corporaciones referente dentro del Ibex45.

Entonces, ¿cuál era el mensaje que le convenía dar al grupo Hush? Pues al parecer de Kino perpetuar el statu quo. Así que, ¿cuál era la mejor manera que tenía una revista como 5 Minutos para contribuir a que todo siguiera igual? Kino pensaba que la mejor opción era seguir alimentando los miedos. Después de ocurrírsele el tema para esta noticia: «10 motivos por los que la gente con pareja resulta más atractiva que la gente soltera», Kino había elegido centrarse en tres características que él veía en los medios de comunicación y, por consiguiente, en la sociedad: narcisismo, hedonismo y egoísmo.

Su texto era una falsa receta para la felicidad, prometiendo alcanzarla en cuanto se encuentre pareja, y al mismo tiempo emborronando los conceptos de amor y atractivo físico, haciéndolos casi indistinguibles. A Kino se le ocurrió la idea de este tema cuando a mitad del porro de media mañana (que él siempre decía que era el mejor del día) pensaba en cómo todas las empresas de seguros, inmobiliarias, etc., cada vez que hablaban de futuro y felicidad usaban la imagen de una feliz pareja en sus trípticos corporativos. Pero no solo eso, sino que cuando te enamoras aún encima te vuelves más guapo o guapa. «¡La hostia, vamos!» pensaría el lector «¡Qué cosas descubren…!». Al fin y al cabo, Kino estaba convencido de que hoy en día ya nadie creía que tener pareja se trataba de vivir para alguien más, sino de que esa otra persona sirva para lidiar con las inseguridades de uno.

Pero como bien había aprendido trabajando en el mundo de la prensa, hay que aprovecharse de los miedos e inseguridades de la audiencia si se quiere vender el producto, arrojando por el medio algunos inventados datos pseudocientíficos de universidades también inventadas. De manera que al final el lector llega a la conclusión lógica, si no tienes pareja es porque eres feo. Y si eres feo es porque algo estás haciendo mal, porque no estás consiguiendo tus objetivos vitales. ¿Y no era uno de tus objetivos vitales, encontrar el amor y, por tanto, la felicidad?

¿Ves cómo funciona este círculo vicioso?

Así, para rematar la faena, se le presenta al consumidor una manera de escapar del círculo: alcanza tus otros objetivos vitales. Y como Kino bien sabía, él habitaba dentro de una sociedad alarmantemente superficial, y una sociedad superficial valora el éxito en el dinero. Y ya está, todo conectado y bien hilado. Sigue trabajando, sigue esforzándote y la recompensa llegará. Mantén tu vista en el premio, la buena vida, igual que un caballo mantiene su vista en la zanahoria que pende sobre su cabeza.

Kino sabía que aquel artículo iba a tener buena acogida entre sus superiores. No pensaba en Ronnie, de hecho, estaba seguro de que a su editor se le escaparían las sutilezas del auténtico mensaje de la revista, el que importaba. Si a Ronnie le gustaba aquel artículo era porque, al igual que le pasaría al público más adelante, aquel artículo generaría en él las inseguridades suficientes para aceptar con los brazos abiertos el tono ñoño y positivo a lo Mr. Wonderful de la moraleja con la que acostumbraban a terminar los artículos de la revista. Pero no, no pensaba en Ronnie, Kino pensaba en los jefes de verdad. Los Jefazos.

Pero, aunque sabía que estaba ante un buen trabajo, acorde a los estándares de sus superiores, se encontraba ante un problema: solo había encontrado siete motivos por los que la gente con pareja es más guapa, y aquello se suponía que era un Top 10.

Instinto animal, proyección de confianza, muestra capacidad de compromiso, pura competición con otros pretendientes, proyección de familia, desapego emocional (la persona comprometida puede resultar atractiva para alguien que no está listo para el compromiso) y, por último, el dinero y el éxito. Ahí era donde Kino se había quedado bloqueado.

Las canciones seguían pasando, pero ninguna le parecía adecuada todavía. Todos los grupos, todos los géneros y todos los estilos se iban sucediendo hasta que de pronto, algo conectó con él. Una canción de sonido vasto que supo acallar el barullo de melodías que llevaba sonando en los cascos tanto tiempo. Un ritmo seco de percusión y palmadas, y luego entraba la voz rasgada del Hombre de Negro. Y de repente, Kino asumió la verdad y recordó que aquel artículo no tenía ningún sentido, ni nada de lo que había en las oficinas que le rodeaban. Aquel texto era ridículo y solo tenía el sentido que una persona ridícula podría darle. Pero una voz dentro de su cabeza ajena a todo le preguntaba, ¿qué estaba haciendo él allí?

«¿Yo?» decía otra voz. «Esto es un paso intermedio. Solo estoy trabajando aquí mientras termino mi libro». Pero el estribillo de la canción decía: «Sooner or later God’s gonna cut you down»3.

«Oh, pero si lo más importante es el libro… ¿qué haces aquí, Joaquín?». Kino sabía que se engañaba, que aquel trabajo le dejaba demasiado cansado para seguir escribiendo al llegar a casa. Cansado de la pantalla y del teclado, e incluso cansado de las letras. Le daba vergüenza aspirar a convertirse en escritor y estar cansado de las letras, y aún encima Johnny Cash insistía: «Sooner or later God’s gonna cut you down».

«Pero no puedo aceptar la propuesta de Raúl».

«Trescientos mil euros».

«Lo que me pide es inmoral».

«Lo que tienes es miedo, miedo de lo que te puedas encontrar en la mente de papá». Y Johnny Cash repetía: «Sooner or later God’s gonna put you down».

«En la mente de Ricardo».

Y como si con esa frase diese por finalizada la discusión interna que acababa de tener lugar dentro de él, Kino desplegó el menú de llamada de su holo-pulsera y buscó el contacto de su hermano mientras la canción se acercaba a su final. Kino paró la música, necesitaba hablar con su hermano. Aunque no fue su hermano quien apareció flotando sobre la palma de su mano en la pantalla holográfica de su HSB.

—Despacho del Sr. Lázaro.

—Isidoro, ponme con mi hermano.

—En estos momentos está ocupado, señor…

—Que me lo pongas de una vez. O si no, la próxima vez que vaya por allí te enteras.

Hubo un leve silencio, en el que Isidoro se quedó inmóvil y con los ojos muy abiertos. No estaba acostumbrado a que le hablasen así, como si él no fuera el acceso directo a la persona más importante de la compañía. Finalmente bajó la mirada avergonzado y pulsó un botón del teclado que había encima de su mesilla, con lo que sonó un zumbido.

—Ahora lo atiende.

—Gracias, Isidoro.

La pantalla se volvió negra durante los pocos segundos que tardó en aparecer Raúl en imagen, sentado detrás de su mesa de cristal.

—Buenos días, Joaquín. Dime, ¿has…?

—Sí.

—¿Perdón?

—Acepto.

Ya estaba. No era necesario decir más nada, a partir de ahí la conversación solo iba a tratar de formalidades. Los dos hermanos hicieron los preparativos para quedar esa misma semana. El viernes de nuevo, solo que esta vez antes. Kino quedó con su hermano en que se dirigiría a Industrias Lázaro en cuanto saliera de la redacción, así que para el viernes intentaría tener todo el trabajo de la semana no solo terminado, sino dado el visto bueno. Odiaría tener que llevarse trabajo a casa un fin de semana.

Entre el fijar el día y la hora y un par de frases motivadoras de Raúl, del tipo de las que hablan del gran propósito de nuestra empresa y demás tonterías, la conversación terminó igual de fríamente que había comenzado.

Kino colgó y se quedó pensativo, a decir verdad, llevaba toda la semana pensando en lo mismo desde que se había reunido con su hermano. No hacía más que repetirse todos los motivos que se le ocurrían para convencerse de que hurgar dentro de los recuerdos de su padre muerto no podría traer nada bueno. Sin embargo, sentía algo, como si a una parte de él la idea de la propuesta laboral de Raúl le fuese irresistible, y no se debía solo al dinero. Algo de todo aquello le atraía, y no le gustaba el sentimiento. Siempre había tenido una sensación de inferioridad frente a su padre, como si aquel cabrón de Ricardo hubiese tenido siempre una respuesta preparada para cualquier cosa que sus hijos le pudieran decir y terminar él siempre teniendo la razón y la última palabra. Cuando discutía (o, mejor dicho, cuando había discutido) con su padre, se sentía indefenso, como si no pudiera confiar en sus capacidades intelectuales para argumentar con él.

Siempre había terminado sintiendo que no tenía razón y aquello había acabado desencadenando en un profundo resentimiento hacia su figura paterna. Y aunque él jamás lo hubiese admitido, a Kino le hubiese gustado que las cosas entre su padre y él fuesen diferentes. Haber tenido otro tipo de relación. ¿Y si entrando en la memoria de su padre se llegaba a ver como lo había visto este, desde sus propios ojos, ahora que ya no podía hacer nada para cambiar la opinión de Ricardo? Después de que esa noción le atravesase la mente, sintió como si un puño invisible le apretase el estómago, dificultándole respirar.

«Basta —se dijo a sí mismo—, es hora de pensar en cosas productivas». Como, por ejemplo, la manera de compaginar su trabajo con el proyecto de Raúl. Kino no sabía cuánto tiempo sería capaz de soportar trabajar con su hermano, y en caso de echarse atrás se preguntaba también si cobraría algo dependiendo del trabajo que llevara hecho. Por tanto, todavía no estaba listo para dejar su trabajo en 5 Minutos, nunca se sabía. En el mejor de los casos, terminaría el proyecto de investigación, y con los trescientos mil euros en su cuenta ya podría empezar a preocuparse de que le echaran del trabajo, y llevarse así también una indemnización que le ayudara a tener algo más de seguridad económica.

Por ahora, Raúl le había dicho que empezara trabajando solo los viernes, lo que a Kino le venía de perlas. Así que no preguntó por qué iban a trabajar un solo día en un proyecto del que, según su hermano, dependía el futuro de la empresa. Genial, trescientos mil euros por un día a la semana de trabajo sonaba incluso mejor de lo que sonaba esa cantidad de dinero por sí sola.

Su futuro inmediato comenzaba a tomar forma, y si todo salía bien tendría suficiente dinero para estar sin trabajar el tiempo necesario que le tomase terminar su novela. Este pensamiento lo tranquilizó. Pensar en su libro siempre lo tranquilizaba.

«¡Eso es! Tranquilidad». Después de esta revelación Kino se volvió a incorporar sobre su teclado y empezó a teclear el octavo motivo por el que la gente con pareja es más guapa: la tranquilidad. Saber que hay alguien que nos espera nos da la tranquilidad necesaria para pasar nuestro día a día con ilusión, y eso se refleja en el exterior.

Mientras escribía estos argumentos, su mente volvió a posarse en Rebe, con quien había intercambiado apenas unas frases por WhatsApp en las últimas semanas. No creía que ella fuera a querer quedar próximamente, siempre le decía que estaba muy ocupada en el hospital y nunca tenía tiempo libre, lo que significaba que él no iba a tener a nadie que le esperase en ese futuro cercano con el que estaba fantaseando. Eso lo desanimó y perdió algo de fuelle a la hora de teclear. Ahora sonaban los Arctic Monkeys.

3 Tarde o temprano Dios te pondrá en tu sitio.

XIV

Kino le dio la última calada al cigarro antes de tirar la colilla a un lado con dos dedos mientras empezaba a subir las escaleras de la Iglesia. Ese día había tomado la precaución de tener el cigarro liado al salir del metro para ir fumando por el camino y que no le pasara lo mismo que la última vez que había estado por allí.

Aquel día la Iglesia tenía un aspecto diferente también al de la última vez, menos imponente pero más brillante. El día era frío y gris pero claro, lo que hacía resplandecer al edificio blanco y acristalado. Y a aquella hora había bastante ajetreo y vida en las calles. Mucha gente eran oficinistas de la zona, que volvían de comer en restaurantes de franquicias con precios hinchados, camino de nuevo a sus cubículos en sus rascacielos de la Castellana. El resto era gente ociosa que iba caminando de un centro comercial a otro aprovechando el despegue del fin de semana antes de que terminasen las horas de sol del viernes.

Al entrar por las puertas de cristal la mirada de Kino fue automáticamente al puesto de información, donde con una sonrisa radiante la misma recepcionista de la última vez atendía a todo aquel que se le acercara para resolverle sus dudas. Cuando Kino se acercó caminando hasta ella, pareció que le reconocía y abrió mucho los ojos, y cuando él le sonrió ella también lo hizo, pero bajando la mirada y enarcando una ceja.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle, señor…? —dijo ella esforzándose por recordar su nombre.

—Jade. Joaquín Jade. Bueno, Kino. Llámame como quieras, que ya me han llamado de todo.

Ella tuvo la cortesía de reírle el chascarrillo, aunque Kino todavía no estaba seguro de si le estaba dando coba o si se lo estaba imaginando él.

—¿En qué puedo ayudarle, señor Jade?

—Era por una cita —dijo él lo más ambiguamente que pudo, solo para ver cómo reaccionaba ella.

—¿Con quién? Creía que ya sabía que nuestro horario de cierre era a las siete.

—¿Perdón?

—Que a esa hora salgo yo.

Vale, no se lo había imaginado, le estaba dando coba. Kino se rio con algo más de confianza en sí mismo de la que tenía hacía diez minutos.

—Es verdad, sí que lo sabía. Por desgracia lo que no sé es a qué hora saldré yo hoy de la mía.

—Entonces… ¿otro día?

—Otro día… —asintió Kino poniendo cara de circunstancias—. Cuando también sepa más cosas.

—¿Qué cosas?

—Tu nombre, por ejemplo.

—Antes dígame el nombre de su cita de hoy —dijo ella después de quedársele mirando un rato con una sonrisa.

—Raúl Lázaro.

—Un momento, por favor.

Hizo un par de pulsaciones en su teclado y en la pantalla apareció un recuadro negro con el símbolo de la videollamada mientras daba tono. El tono sonó un par de veces más, y la cara de una compañera suya de otra planta apareció en la pantalla. En un breve diálogo, más frío que el que mantuvo con la otra compañera la otra vez que Kino había ido por allí, la enlazaron con Isidoro.

—«Despacho del Sr. Lázaro».

—Buenas tardes, Isidoro. Tengo aquí en recepción a Joaquín Jade, que había quedado con el Sr. Lázaro ahora, ¿es posible?

—«Envíalo otra vez hacia el auditorio este».

—Vale. —Y sin más, Isidoro colgó. Kino se imaginó las cosas que le diría la recepcionista a la pantalla, de nuevo negra, si él no estuviera allí. Por su cara, dudaba que le llamara algo bonito—. Majísimo el Isidoro —dijo ella recuperando la compostura y volviendo a sonreír a Kino.

—Entiéndelo, mujer. Con ese nombre es lo normal.

Los dos rieron de forma cómplice.

—¿Sabes llegar al auditorio este? —dijo ella haciendo un amago de levantarse.

—Sí, no te preocupes, esto… lo que no sé todavía es tu nombre.

—Danny —dijo ella con una sonrisa mientras se volvía a sentar en su butaca.

—Pues hasta otro día, Danny.

—Hasta otro día, Kino.

Cinco minutos después, Kino llegaba andando lentamente a las puertas del auditorio este, al lado de los ascensores. Había ido caminando sin prisa porque el otro día Isidoro le había hecho esperar. Y aquel día tampoco estaba allí, todavía. Kino se quedó por allí cerca arrastrando los pies sin dirigirse a ninguna parte, esperando a Isidoro. Y de repente, oyó una voz a su espalda.

—Madre mía, ya dejan entrar aquí a cualquiera.

Aquella era una voz jovial y alegre, y aunque no la reconoció al instante, Kino sabía que le era familiar. Al darse la vuelta vio quien le había hecho el comentario: una chica de veintidós años, pálida, delgada y risueña. Iba vestida con unos vaqueros, una camiseta vainilla en la que un dibujo en tonos pastel de un payaso alcohólico y con un puro en la boca agarraba a un tipo asustado de la solapa y le gritaba «Cheer up!» apuntándolo con un dedo amenazador. La chica tenía una desaliñada pero compacta mata de pelo corto, rizado y rubio que le caía sobre los ojos azules, y su boca de dientes algo separados le lanzaba una sonrisa burlona. Cuando Kino la reconoció se echó a sus brazos.

—¡Spiegel!

—¡Kino!

Spiegel era la única persona que trabajaba en Industrias Lázaro que le caía bien a Kino. Se suponía que era una auténtica niña prodigio de la informática, y aunque Kino no tenía idea suficiente de ordenadores para corroborar los rumores, sí que sabía atar cabos.

Spiegel había empezado a trabajar para Industrias Lázaro hacía ocho años, cuando aún era una cría, reclutada directamente por Ricardo. El motivo por el que una niña de catorce años había llamado la atención de Ricardo Lázaro era debido a su profesión. Spiegel era gestora de influencers. No solo les gestionaba sus patrimonios, sino que también las vistas, analizando la respuesta de sus seguidores a los contenidos que iban subiendo, y esta joven era capaz de aumentar las vistas y por tanto los ingresos de cualquier influencer. Eso antes de los quince años.

A Ricardo Lázaro le gustó lo que hacía y cómo lo hacía, y es que, al fin y al cabo, fue ella quien acuñó el término de «gestor de influencers». Eso mostraba iniciativa. Y tras hablar con ella, descubrió que Spiegel estaba aburrida de su trabajo, aquel en el que era tan buena, pues no le suponía ningún desafío. Bueno, mejor dicho, el auténtico desafío era aguantar a sus clientes, esos malditos niñatos de papá que se habían vuelto celebrities de la red. Eso sí que era un reto. De manera que Ricardo, después de dejar que le explicase los métodos que tenía Spiegel para optimizar las vistas de sus clientes analizando la información brindada por los consumidores para valorar su metodología de trabajo, le ofreció un puesto en donde podría encontrar los suficientes desafíos tecnológicos como para saciar sus ansias de mejorar. Y aquella niña aceptó.

Kino y Spiegel se separaron del abrazo.

—Bienvenido de nuevo a mi humilde morada —dijo ella con mucha teatralidad.

—Que no te oiga mi hermano decir eso. ¿Qué haces aquí fuera, tía? Si no tienes cuidado te va a terminar dando la luz del sol.

—Pues ya ves, tío. He salido de mi cueva porque ha llegado a mis oídos un rumor muy feo.

—¿Qué rumor es ese?

—Que ya no pasas a saludar. Que oí que estuviste aquí la semana pasada, cacho perro.

—Ya, bueno, pero llegué tarde. Ya era la hora de salida.

—La hora de salida de los drones es mi hora del bocata.

—Ya, tía, yo qué sé. Sí que podía haberte dicho algo.

—A ver, que no te rayes, hombre, lo digo de broma. Normal, venías a ver a tu hermano, ¿no?

—Claro, y yo qué sé… se me pasó.

—Que no pasa nada, de verdad. Pero bueno, si estás aquí es que aceptas, ¿no?

—¿Cómo que…? ¿Tú sabes por qué me reuní con mi hermano?

—Claro, tío. Por el Ánima Fenestra.

—¿El qué?

—El Ánima Fenestra.

—¿Es ese el nombre que le ha puesto Raúl a su proyecto?

—Hostias, que no lo sabías. Oye, pues cuando te lo cuente hazte el sorprendido. Que le encanta hacer la introducción y luego soltar el nombre. Todo muy dramático. Ya sabes, qué te voy a contar, es tu hermano.

—Sí… y el único capaz de ponerle un nombre tan hortera. Ánima Fenestra… «Ventana al alma», vamos. —Spiegel asintió encogiéndose de hombros—. ¿Y cómo es que tú estás al tanto del proyecto? Por lo que me dijo Raúl se suponía que esto era un proyecto ultra-top-secret-de-la-hostia.

—Me ofendes, Kino. Aunque me imagino que no es culpa tuya. ¿De verdad piensas que Raúl Lázaro sería una persona capaz de llevar a cabo por sí mismo algo tan ambicioso, algo que cualquiera diría que es imposible?

—Pues supongo que…

—¡Pues claro que no! —dijo Spiegel exagerando una entonación dramática—. Bueno, ¿qué? ¿Vamos?

—¿A dónde?

—A la Caverna.

—¿Qué es eso?

—Vamos, que te lo enseño. —Y Spiegel comenzó a caminar hacia los ascensores—. Tu hermano debería de estar esperándonos allí ya.

—Se supone que tenía que esperar aquí a Isidoro para que me lleve donde mi hermano.

—¿En serio? ¿Por eso estabas aquí, porque el capullo del Isidoro sentía la necesidad de hacerte esperar? Pobrecito, ¿eh?

—Supongo que sí —dijo Kino riendo.

—Qué malos son los complejos, ¿eh? Vámonos, anda, antes de que llegue. Así con suerte se pasará un rato buscándote y dando vueltas por aquí.

A Kino le caía bien Spiegel.

Fueron caminando juntos hacia un ascensor sin preocuparse por haber quedado allí con Isidoro, mientras Spiegel le preguntaba a Kino entre risas que qué tal en el trabajo. Oyendo las quejas de Kino entraron en un ascensor, y para sorpresa de este, Spiegel presionó el botón que ponía S3 y el ascensor empezó a descender suavemente.

—¿No vamos a I+D?

—Sí, pero a la de verdad —respondió Spiegel—. Las plantas de I+D que hay por encima del suelo son para turistas.

El ascensor quedó parcialmente iluminado por las luces fluorescentes azules de la cabina en cuanto empezó a descender a niveles subterráneos, pues el cristal que daba al exterior y permitía una vista privilegiada de la ciudad al dirigirse a los pisos superiores ahora había quedado oscurecido por la negrura del túnel por el que descendían. Por fin el ascensor se detuvo, y por el lado contrario al que habían entrado se abrieron las puertas.

Las instalaciones del sótano 3 parecían las de un hospital. Era un ambiente muy aséptico con paredes de colores claros e iluminado tenuemente con neones azulados. Comenzaron a caminar por los pasillos, que estaban prácticamente desiertos salvo por algún ingeniero informático que, ocasionalmente, aparecía caminando por los pasillos (a veces en parejas y hasta grupos de tres) ataviado con una bata blanca y completamente absorto en los datos de las tabletas que todos allí llevaban. Todos menos Spiegel.

—Lo de las batas blancas es pasarse un poco, ¿no crees?

—Oye, al menos ha llamado tu atención. Ya sirven para algo —contestó Spiegel mientras se encogía de hombros.

Caminaron por el pasillo alejándose del ascensor. Kino seguía a la joven Spiegel, que dobló una esquina de los pasillos a la izquierda, luego otra vez a la derecha y siguieron caminando durante un rato largo, y finalmente otra vez a la izquierda. A sus lados iban pasando habitaciones, en algunas de ellas había ingenieros haciendo todo tipo de seguimientos, pruebas y cálculos, pero la mayoría de aquellas habitaciones estaban destinadas a almacenar servidores. Allí era donde se hacía la magia. Donde se almacenaban todos los datos que iban a parar a la emisión de senseries, donde se aplicaban todos los guiones y se programaban dentro de las narrativas y desde donde se coordinaban los datos generados por una acción u otra de las tomadas por los usuarios. Allí quedaban registradas todas las decisiones que eran tomadas por los clientes cuando pensaban que no había nadie que les observase.

Aquello era una obvia violación de la Ley de Protección de Datos, y Kino se preguntaba cómo reaccionaría la emoción pública si se enterasen de que había un registro de todos los oscuros impulsos a los que el propio público daba salida cuando entraban en las senseries. Probablemente les diese igual. Sería una de tantas noticias polémicas que crearían indignación y serían trending topic durante una semana o puede que dos, para luego ser olvidada cuando apareciese la próxima temporada de la senserie a la que cada uno estuviese enganchado. Al fin y al cabo, a nadie le importa la invasión de la privacidad si el de al lado tiene tantas cosas que esconder como tú. Casi se convierte en un asunto de interés general el que nadie empiece a destapar trapos sucios.

Por fin llegaron hasta el final del pasillo, donde había una puerta cerrada con llave. Todas las habitaciones de aquella planta tenían puertas automáticas accionadas por tarjeta, pero aquella no. Kino se preguntaba qué habría detrás. Spiegel sacó del bolsillo sujeto a su pantalón por una cinta elástica un pequeño manojo de llaves, seleccionando una con cuidado. La introdujo en la cerradura y abrió la puerta de lo que parecía ser un almacén a oscuras. Prendió un interruptor y las luces se encendieron temblorosas con un ruido de los neones. Al fondo de aquella habitación había una especie de jaula metálica, y fue solo cuando los dos se acercaron que Kino se dio cuenta de que aquello era un antiguo montacargas.

—Venga ya —dijo mirando a Spiegel—. ¿Hay que seguir bajando? Joder, parece que vayamos al Área 51.

Spiegel se rio.

—A ver, yo no estoy tan segura de que sean tantas precauciones. —Ante el silencio de Kino, se giró para mirarle y vio el escepticismo reflejado en su cara—. De verdad —siguió mientras reía—, ya te enterarás a medida que tu hermano te vaya informando de las auténticas implicaciones de este proyecto.

—¿Las auténticas implicaciones?

Spiegel se encogió de hombros una vez más.

—Ya verás. Trabajar en un proyecto como este es un auténtico lujo. Jamás me habría imaginado que colaboraría en crear algo así… Tu padre era un auténtico visionario.

Aquel comentario no le gustó nada a Kino, pero hizo como si no lo hubiera escuchado. Spiegel abrió la reja del montacargas y los dos entraron. Una vez dentro, la chica volvió a cerrar y se giró hacia el panel del elevador, que solo tenía un botón. Lo apretó y al presionarlo no solo el montacargas empezó a descender, sino que se encendió una luz naranja que estaba sujeta a la jaula justo encima de ellos.

—Creía que este era el proyecto de mi hermano Raúl…

—Por favor… —se reconocía un deje de desprecio en la voz de Spiegel—. Tu hermano no tiene imaginación ni conocimientos técnicos suficientes para idear un proyecto semejante. Sin ánimo de ofender.

—Ni te preocupes.

—Pero ojo, tampoco me atrevería a decir yo que esto es mi proyecto. Aunque repito que es una suerte poder trabajar en algo así. Es verdad que los últimos dos años he sido yo la única que ha estado trabajando en el AF01 y la única que ha hecho avances, pero la idea es de tu padre.

—Una idea no vale nada. Cualquiera puede tener una idea. Yo tengo cinco ideas cada vez que estoy sentado en el váter. Es el trabajo lo que diferencia una idea de algo más, de un proyecto exitoso.

—Pero sin una idea que le dé nacimiento, no puede haber trabajo. No se puede desarrollar el proyecto. —Esta vez fue Kino quien se encogió de hombros—. Hay que saber diferenciar entre una simple idea y una que merezca la pena llevar a cabo, y para saber distinguir, hacen falta muchas otras cosas. Eso es lo difícil. Saber ver qué recursos tenemos a nuestra disposición o cómo utilizarlos, por ejemplo, o saber qué necesidades conviene satisfacer a la hora de abordar un proyecto destinado a un público. Experiencia, en una palabra. No sé. Yo solo soy una ingeniera, tu padre era el auténtico artista.

Hubo un breve momento de silencio mientras el montacargas descendía con un leve traqueteo metálico hasta que Kino retomó la palabra:

—Dices que llevas dos años trabajando en esto.

—Llevo dos años trabajando yo sola, antes tuve algo de ayuda. Es un gusto de por sí el volver a tener a alguien con quien hablar, así que imagínate mi reacción cuando tu hermano me dijo que iba a trabajar conmigo la única persona que me cae bien de Industrias Lázaro.

Mientras decía esto, Spiegel le dio un afectivo puñetazo en el hombro guiñándole un ojo a Kino, quien le devolvió una sonrisa agradecida.

—Pero entonces… ¿cuánto tiempo se lleva trabajando en este proyecto?

Spiegel guardó silencio durante un rato largo.

—Kino, podría decirse que este proyecto es el motivo por el que tu padre me reclutó. —Con un ruido y un golpe seco el montacargas se detuvo, y los dos salieron en cuanto Spiegel hubo abierto la reja. Delante de ellos la estancia consistía en un pasillo que estaba completamente a oscuras—. Vamos.

Kino le seguía intranquilo, aunque no sabía por qué. Estaban a bastante profundidad en un pasillo que parecía sacado de alguna película de terror hasta el que habían bajado por un viejo montacargas. Probablemente fuera eso, que había visto demasiadas películas. Pero una cosa sí que era cierta, ese sótano parecía más antiguo que el resto del edificio. Y si a eso se le sumaba lo que le acababa de contar Spiegel… ¿cuánto tiempo llevaba trabajando Ricardo en aquel proyecto?

En cuanto empezaron a caminar, unas luces situadas a nivel del suelo se iban encendiendo a medida que ellos llegaban a la altura de estas.

—¿A dónde me llevas…?

Siguieron por el pasillo que se iba iluminando ante ellos durante unos metros más, y cuando se acercaban al final pudieron ver una puerta metálica de doble hoja iluminarse también. Al lado de la puerta, había un perchero del que colgaba un chaquetón blanco de plumas y con una capucha con pelo en los bordes. Spiegel recogió el chaquetón y se lo puso sobre los hombros, y luego sacó del bolsillo contrario al del manojo de llaves una tarjeta que también iba sujeta a su pantalón con una cinta elástica.

—Deberías abrocharte el tuyo.

Kino le hizo caso, y Spiegel pasó la tarjeta por la banda magnética que hacía de cerradura. Cuando la puerta se abrió, una bocanada de aire frío salió hacia fuera junto con una nube de vapor. Kino entró siguiendo a Spiegel, y los dos se estaban abrochando los chaquetones hasta la altura de la nariz. Allí hacía un frío de mil demonios, y con cada expiración una nube de vapor se materializaba ante sus caras.

Era una habitación enorme y bastante alta. A diferencia del exterior, esta sala sí que estaba bien iluminada, pero la luz blanca de las bombillas se veía empañada por el vaho que había por todas partes.

En toda la estancia retumbaba el eco de un zumbido, y Kino se imaginó que sería el ruido producido por los sistemas de refrigeración que tenían para almacenar lo que fuera que allí estaban guardando. De hecho, ahora que se fijaba, a Kino le recordaba mucho al interior de un frigorífico industrial, como los de los supermercados o pescaderías, pero mucho más grande. Y fue entonces cuando se fijó en que, al fondo de la sala, detrás de su hermano Raúl y de mucho vaho que formaba una espesa neblina, había una inmensa máquina.

La máquina en cuestión tenía la apariencia de un generador enorme, o más bien medio generador. Era una media esfera incrustada en el suelo y su superficie, que de lejos parecía una placa de metal, estaba en realidad compuesta por infinidad de placas base y circuitos. En la parte inferior, en el centro, había algo que parecía una silla que se incorporaba dentro de los circuitos de la esfera. Una especie de trono futurista. Más arriba, sobre dicho «trono», había dos ranuras horizontales, y Kino se dio cuenta de que era de ahí de donde también salía un zumbido constante. El zumbido no solo provenía del sistema de refrigeración, sino también de aquella máquina.

Aquella media esfera debía de tratarse de algún tipo de ordenador, de dispositivo. Aunque la máquina ocupaba gran parte de la habitación, no era la única. Pegados a las paredes había multitud de ordenadores, servidores y terminales más pequeños, y de todos ellos nacían cables que los conectaban con la máquina central. El proyecto de Ricardo, heredado por Raúl. Aquello era lo que almacenaban allí, de forma tan secreta y segura. Y aquella gran máquina central tenía que ser la que necesitaba tanta refrigeración.

Kino no sabía nada de informática ni de ordenadores más que lo suficiente para comprender que no se puede descargar la mente de una persona a una máquina. Es demasiada información que procesar, aún en el supuesto de que se pudieran cuantificar todas las conexiones neuronales que nos hacen quienes somos. Ninguna máquina podría hacer algo así… aunque de haber alguna que pudiera, la que tenía delante era lo que uno cabría esperarse. No un cómodo y sofisticado artilugio futurista de ciencia ficción como en Black Mirror, sino un ordenador tan grande como un cobertizo.

—Impresionante, ¿verdad?

Kino apartó por fin la mirada de la máquina y la dirigió hacia su hermano, que había demostrado que, ya que había estado allí abajo esperando por su llegada, podía esperar otro poco más y dejar que su hermano contemplara su bebé antes de hablar. Raúl iba vestido con un enorme abrigo de cuero y lana, y llevaba también de lana un gorro calado hasta las orejas.

—¿Esto es…? —empezó Kino dubitativamente.

—Sí. Esto es. Oíd, a todo esto… ¿Isidoro no venía con vosotros?

—¿Isidoro? —preguntó Kino haciéndose el loco. Miró a Spiegel, quien también actuó como si no supiera por qué Raúl preguntaba por su secretario—. ¿Por qué iba a venir con nosotros?

—Por nada… Ya hablaré con él. Antes que nada, Kino, creo que deberíamos ultimar los detalles de los contratos.

—¿Qué…?

—Los contratos.

—Tío, pensaba que tenías prisa por empezar.

—Raúl —intervino Spiegel—, ¿de verdad crees que es necesario?

—Ya me habéis traído hasta aquí. De habérmelo hecho firmar, me lo hubieras dado antes de bajar.

—Ya, bueno…

—¿Por qué no lo interpretamos como un contrato verbal? —volvió a intervenir Spiegel.

—¿Cómo? —preguntaron los hermanos al unísono.

—Pues que el hecho de que Kino esté aquí abajo significa que acepta tácitamente las condiciones del contrato.

—Bueno, yo no voy a aceptar nada que no haya leído…

—Qué pesado eres, Kino. Vale. Pues entonces el hecho de que Kino esté aquí abajo significa que acepta tácitamente las cláusulas de confidencialidad en todo lo referente al proyecto AF01. ¿Contentos?

—A mí me vale —dijo Kino.

—Bueno…

—Pues ya está. Lo que acaba de pasar tiene valor de contrato verbal. Además, que está todo grabado —dijo Spiegel, mientras señalaba distraídamente tres o cuatro puntos en el techo de los que, como pudo fijarse Kino, asomaban unas cámaras recubiertas de cristal oscurecido, como las de los casinos.

—¿Pensabas decirme que ibas a grabar todo esto? —preguntó Kino molesto a su hermano.

—Bueno, oye, está en el contrato —contestó Raúl mostrando las palmas de las manos.

—Bueno, pues entonces explícame. ¿De qué va esto?

—Esto, Kino, es la herramienta que nos ayudará a trazar un Mapa de los Recuerdos. La llave al subconsciente, si se permite la expresión.

—Y ahí dentro… ¿está papá?

Raúl suspiró incómodo.

—A ver, ahí dentro lo que hay es lo más parecido que jamás habrá a una réplica exacta de la consciencia de nuestro padre. Él estuvo trabajando durante años con Spiegel para reproducir sus patrones de conducta y, al mismo tiempo, descargar todos los recuerdos que nos fue posible.

—¿Todos los que os fue posible? ¿Y cuáles faltan?

—Eso es imposible de saber. ¿Cómo vamos a conocer nosotros algo que olvidó nuestro padre?

—Entonces, ¿cómo esperas que los resultados sean fiables si nos falta información?

Parecía que Spiegel iba a abrir la boca para empezar a hablar, pero Raúl le interrumpió:

—Puede que nos falten datos superficiales, pero tenemos toda la información principal. Todas las memorias angulares han sido registradas, y con ellas, los eventos que han definido la personalidad de nuestro padre.

—¿Memorias angulares?

—Son los eventos clave en la vida de un individuo en torno a los cuales se construye la forma de ser de dicha persona. Y eso sí que lo hemos conseguido, como comprobarás en cuanto te conectes a la máquina —prosiguió Raúl viendo el escepticismo en la cara de Kino—. Puede que nuestra principal motivación sea la de encontrar una manera óptima de ofrecerle nuestro producto a nuestros clientes, pero las implicaciones de este proyecto son casi infinitas. Nos encontramos en terreno inexplorado, Kino, este es un trabajo único para el que no hay precedentes. Aunque fracasemos, el potencial de este experimento es ilimitado. Nos encontramos a las puertas de descubrimientos que, me temo, aún no somos capaces de comprender. O, dicho de otra forma: desentrañar los misterios de la psique humana, y todo gracias a esta maravilla de la ingeniería —dijo Raúl señalando con una mano la máquina—. Kino, te presento el «Ánima Fenestra».

—Hala, Ánima Fenestra. ¡Qué nombre más guapo! ¿No?—exclamó Kino en dirección a Spiegel, fingiendo un entusiasmo y una sorpresa descomunales que resultaron creíbles en un Raúl henchido de orgullo—. Es latín, ¿verdad?

—Así es —contestó Raúl.

—¿Y qué significa?

—«La Ventana al Alma» —dijo Raúl saboreando cada palabra.

—Joder, tío, qué sutil. Qué nombre más bueno.

La expresión en la cara de Raúl pareció agriarse, como si empezara a percibir la ironía en la voz de su hermano.

—Aunque bueno —intervino Spiegel reprimiendo una sonrisa—, yo le llamo AF01. Para abreviar.

—Ese es un nombre muy frío, Spiegel —comentó Raúl algo dolido.

—Sí, bueno. Ya te digo que es para abreviar.

—Bueno, pues entonces, ¿qué? —cortó Kino antes de que a Raúl le diese tiempo a contar cuántas sílabas tenía «Ánima Fenestra» y cuántas tenía decir «AF01»—. ¿Qué tengo que hacer yo?

—Tú solo tienes que sentarte ahí —dijo Raúl señalando al trono.

—¿Y ya está?

—No exactamente.

—Verás, Kino —intervino nuevamente Spiegel—, lo que nosotros necesitamos es que encuentres un recuerdo que tú compartas con tu padre. Eso nos permitiría enlazar los patrones de conducta, corregir la desviación de los parámetros debida a la interpretación subjetiva de los acontecimientos y la propia experiencia personal, y una vez establecidos esos puntos en común se podría utilizar para traducir toda la información que nos dejó tu padre. Bueno, todo eso después de haber descargado también la información suficiente para codificar tus patrones de conducta más fundamentales. Obviamente.

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