Kitabı oku: «Los irreductibles II»
LOS IRREDUCTIBLES II
© del texto: Julio Rilo
© diseño de cubierta: Lois Moreno Graña
© corrección del texto: Equipo Mirahadas
© de esta edición:
Editorial Mirahadas, 2021
Avda. San Francisco Javier, 9, P 6ª, 24 Edificio SEVILLA 2,
41018, Sevilla
Tlfns: 912.665.684
www.mirahadas.com
Producción del ePub: booqlab
Primera edición: diciembre, 2021
ISBN: 978-84-18996-74-0
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»
LOS IRREDUCTIBLES II
Julio Rilo

Índice
Adolescencia tardía
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
Madurez
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
Angustia
I
II
ADOLESCENCIA
TARDÍA

I
A Kino ya había dejado de importarle que le pudieran ver a través de la videollamada liándose un porro. Al fin y al cabo, llevaba ya más de una hora intentando ponerse en contacto con alguien del Banco Cantabria, y después de haber estado un buen rato buscando en la página web y en Google algún teléfono de contacto en el que le contestaran la llamada, se había pasado el doble de tiempo en «espera» mientras lo pasaron primero con el Servicio de Asistencia, luego con el Departamento de Atención al Cliente, luego con el Servicio Técnico y ahora llevaba dos canciones y media esperando a que lo comunicaran con el Departamento de Reclamación y Devoluciones.
Él, lo único que quería era que alguien le explicase en concepto de qué le estaban cobrando todos los meses una cantidad de cincuenta euros como comisión, cuando se suponía que su cuenta bancaria no tenía comisiones (aquel era el principal reclamo publicitario de la «Cuenta Joven del Banco Cantabria»), y después de tanto tiempo esperando una respuesta que no llegaba, Kino llegó a la conclusión de que una de dos: o en aquella empresa multinacional de miles y miles de empleados no había un solo trabajador competente que le pudiera resolver el problema, o le estaban tomando el pelo deliberadamente al pasarlo de un departamento a otro.
Pensándolo bien, se dijo Kino, era un milagro que aún no hubiera reventado ninguno de los escasísimos elementos decorativos de su piso ante la frustración de que la gente que controle su dinero le toree a uno de una forma tan descarada. Era por eso por lo que se había empezado a liar un porro después de dejar la HSB sobre la mesa, de manera que la pantalla se proyectaba hacia arriba en el aire enfrente de él. Así tenía las manos libres.
De hecho, era por su libertad que se había dado cuenta de las irregularidades en su cuenta. Después de haber dejado su trabajo en 5 Minutos la semana anterior, Kino tenía pensado escribir todos los días y disfrutar de su tiempo libre. Aunque lo cierto era que todavía no había conseguido ninguna de las dos cosas.
Se pasaba los días revisando lo que tenía de su texto, releyendo y corrigiendo, aunque sin nuevas ideas, dando vueltas en círculo sin avanzar de forma significativa. Al menos ya había conseguido llegar hasta el punto de la historia en el que Regalt y Nina se conocen y emprenden juntos un viaje lleno de aventuras. El problema era que aún no había ninguna aventura. A Kino le daba la sensación de que su historia no avanzaba, de que la trama era aburrida, los personajes eran pasivos y puramente reaccionaban a lo que pasaba alrededor sin influir proactivamente en el desarrollo del argumento. En definitiva, Kino pensaba que lo que tanto esfuerzo le estaba costando escribir era una mierda y un tostón. Un auténtico coñazo.
Sufriendo una nueva acometida de la tan familiar sensación de ansiedad que le sobrevenía cada vez que se sentía atascado y frustrado en su texto, optó por distraerse, pero solo las veces que no fuera capaz de producir, de manera que se solía pasar los días aburrido y fumado, tirado en el sofá sin hacer nada.
Arrastrado por la dejadez, incrementó bastante la cantidad de porros que se fumaba diariamente. Y fue cuando, preguntándose cuánto se habría gastado en la última semana en fumar, hizo algo de lo que habían pasado meses desde la última vez: revisar el extracto de su cuenta. Y ese fue el detonante.
Quizás si no lo hubiera hecho hubiese seguido viviendo feliz en su ignorancia de fumeta, pero al revisar el extracto de las últimas operaciones se dio cuenta de que ese mes su banco le había cobrado más de cincuenta euros solamente en comisiones. No era una cantidad muy grande, de hecho, si no se había dado cuenta hasta ese momento era por eso, aunque aquello le dio mala espina y se puso a mirar el extracto de meses anteriores. Y para su disgusto descubrió que aquel gasto, en concepto de algo que él desconocía («suplencia de activos», decía el extracto bancario en la línea de al lado del importe), era uno que se repetía todos los meses. Un gasto pequeño, sí (algo menos de lo que costaban dos menús del Burger con refresco y patatas), pero Kino se imaginó que los beneficios no serían tan pequeños si el banco se dedicaba a repetir aquella operación con miles de clientes. De la misma manera que hacían las energéticas, de la misma manera que hacían las operadoras de telecomunicaciones y, en general, de la misma manera que hacían todas las empresas que le regalaban a algún expolítico un puesto vitalicio como «asesor externo». Aquel eufemismo que tan bien servía para encubrir sobornos y hacer como que no pasaba nada.
Kino sabía perfectamente que si mañana entraba en cualquier sucursal del Banco Cantabria y decía que se apellidaba Lázaro, al instante lo recibiría el director de la oficina con la mejor de sus sonrisas, y pensar en eso le enfermaba. Por cosas así, además de que en los últimos años su relación con Ricardo se había ido a pique, era por lo que Kino usaba el apellido de soltera de su madre. No le gustaban los aduladores, y menos los que adulaban a su padre, y los evitaba en la medida de lo posible. Al fin y al cabo, cualquier director de sucursal es un adulador especializado en gente de alto poder adquisitivo, que son los que interesan captar.
Mas era de suponer que al Banco Cantabria también le interesaban Industrias Lázaro por otros motivos, y es que casi un veinte por ciento de las acciones estaban controladas por la familia Botillo, el clan descendiente del emprendedor que fundó en su día el banco. Algunas veces, Kino se preguntaba en cuántas empresas tendrían capital invertido el Banco Cantabria con la intención de controlar mejor los mercados.
No era ningún secreto que el banco cántabro colaboraba generosamente con todos los partidos políticos mayoritarios de España, asegurando así una buena relación con todos ellos, independientemente de la ideología que decían profesar y obedeciendo solo al mismo ideal que todos ellos compartían: el amor por el dinero. Kino solía decir en broma que, al final, eran los bancos quienes no solo habían logrado acabar con la división insondable de izquierdas y derechas como consecuencia del bipartidismo (ahora todos los partidos hacían propuestas de leyes sospechosamente parecidas las unas de las otras, especialmente en ámbito fiscal), sino que además habían logrado terminar con la división de clases convirtiéndonos a la mayoría en pobres. Por desgracia para él, este chascarrillo solía ser recibido con indiferencia e incluso confusión, ya que el público no solía entender a qué se refería Kino, y los que le entendían pues les daba igual aquello. Y en momentos así, cuando la gente contestaba a sus comentarios críticos con silencios confusos, era en los que Kino entendía cómo era que seguían eligiendo cada cuatro años a la misma turba endogámica de inútiles que no era capaz de dedicarse a otra cosa que a la política. Quienes nos gobiernan, vamos.
Como los ecos de un fantasma, las palabras que le había oído a su padre en la penúltima sesión de la AF01 resonaron en su cabeza: «cuanto más cambia algo, más se parece a lo mismo».
En la última sesión en la Caverna habían repasado los que fueron los últimos días de la mili de su padre, y a Kino le resultó muy curioso el ambiente enrarecido que reinó no solo en el cuartel, sino también en Miño cuando volvió a casa. El miedo se palpaba porque la gente no sabía qué era «lo que iba a pasar», y la tensión era evidente. La muerte de Franco también tuvo el efecto de que la gente que estaba en contra del régimen (aunque ya se había empezado a manifestar en los años previos a su muerte) ahora salieron, por así decirlo, de sus escondites. Mucha gente tenía miedo de que estallase otra sublevación armada como la del 36, algo que no cabía en la cabeza de Kino porque, precisamente, la sangría de la Guerra Civil era demasiado reciente. Aunque como su padre se encargó de apuntar, precisamente por eso era por lo que había tanto miedo. «Además —le había dicho Ricardo—, tú porque ya sabes cómo termina esta historia, pero vivirla es un tema muy diferente».
Mientras esperaba que le pasaran de una vez con el departamento de reclamaciones y devoluciones, todos estos pensamientos y recuerdos le daban vueltas en su cabeza mientras seguía escuchando su música, eterna compañera en momentos difíciles. Una canción de los Arctic Monkeys terminó para ser relevada por una de los Porretas que, muy apropiadamente para el día que estaba teniendo Kino, se titulaba Mirando el gotelé.
Prendiéndose el porro se preguntaba también si con lo que le había enseñado su padre era suficiente para hacerse una idea de cómo era vivir en aquella época pasada. Probablemente no. Sí que le había comentado desde su punto de vista algunos de los eventos que le dieron forma al país, pero muy por encima, mucho más de lo que le hubiese gustado a Kino. Ricardo parecía que solo le enseñase recuerdos personales. A decir verdad, aunque puede que en un principio le interesase la época en la que vivió su padre más que sus propios recuerdos, lo cierto era que estaba empezando a disfrutar de las historias de Ricardo y ya tenía ganas de que llegase el viernes. Sabía cuáles eran los próximos recuerdos que visitaría.
Kino sabía que Ricardo, poco antes de cumplir veinte años, se fue a Madrid a buscar fortuna, y tenía la esperanza de que ahí sí que empezaría a ver la diferencia y el paso del tiempo ya que, al fin y al cabo, él se conocía Madrid bastante bien y le daba curiosidad saber cómo sería la ciudad de hacía sesenta años. Se preguntaba qué habría querido decir Ricardo con aquello de que cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual.
—Departamento de reclamaciones y devoluciones, buenas tardes, le atiende Zuleyma, ¿en qué puedo servirle?
—¡Coño! —exclamó un sorprendido Kino—. Me había olvidado ya de vosotros.
—Buenos días, señor, ¿en qué puedo servirle? —preguntó Zuleyma impávida ante la humareda que flotaba delante de la cara de su interlocutor.
—Buenos días, Zuleyma, pues verás, a ver si puedes ayudarme porque llevo aquí al teléfono más de dos horas.
—Si me dice su problema estoy segura de que seré capaz de solucionarlo.
—A ver si es verdad. Pues verás, el tema es que hay unas comisiones que me están cobrando todos los meses que no sé de qué son…
—No se preocupe, caballero, para eso le ponemos en contacto con el servicio de información financiera, no cuelgue, por favor.
—¿Qué? No. ¡No! ¡Que no quiero información, quiero que me devuelvan mi dinero! —Pero ya era inútil, Zuleyma lo había vuelto a poner en espera y ante la imagen de la pantalla (un dibujo de un florido prado con flores del mismo color que el logo corporativo del banco, algo que se suponía que tenía que ser relajante), Kino solo pudo articular una frase—: Hijos de puta…
Y así, mientras las primeras notas de un riff rockero con mucho blues empezaban a sonar como sucesión a la canción de los Porretas, a Kino le entró la risa. Le entró la risa porque era como si su lista de reproducción escogiese automáticamente la canción que más se ajustase a su situación.
La canción que empezaba a sonar en aquel momento era Por detrás, de Platero y tú.
II
Kino se preparó para el frío que salía de la Caverna cada vez que se abría la puerta, pero tampoco se sorprendió tanto al notar menos frío del que hacía en la calle aquel viernes de finales de enero. Allí abajo hacía frío, sí, pero no era tan cortante y seco como el de fuera, y allí abajo por suerte no corría el viento. De todas maneras, a él tampoco le molestaba el frío. Lo soportaba mejor que el calor, ya que lo único que hay que hacer para sobrellevar el frío es abrigarse más.
Cuando entró, se sorprendió de que aquel día Isidoro le acompañara adentro, y puso un par de muecas cómicas exagerando su conmoción al verlo caminando a su lado, consiguiendo que a Spiegel le diera la risa cuando los vio a los dos por fin. Raúl estaba a su lado, con la misma cara agria de siempre, e Isidoro se dirigió hacia él.
—Aquí tiene, señor Lázaro —dijo el asistente disimulando su frío. Lo que le entregó fue una tablet transparente.
—Muchas gracias, Isidoro.
—¿Algo más, señor?
—No, Isidoro. Por hoy ya está bien, si quieres puedes irte a casa.
—Gracias, señor Lázaro, pero creo que me quedaré un rato más a revisar las hojas de envíos de los audios de Oslo.
—No corre prisa, tranquilo.
—No es molestia, señor.
—Como quieras —terminó concediendo Raúl con una sonrisa—. Gracias, Isidoro. Te veo luego en el despacho.
—Hasta luego, señor Lázaro.
Y con una breve inclinación de cabeza se fue sin decir nada más, ni siquiera para contestar a Kino quien, con voz pomposa, también se había despedido de él. En cuanto su hermano abrió la boca, la sonrisa desapareció de la cara de Raúl, y esta volvió a estar igual de agria que hacía un rato.
—Qué bien enseñado lo tienes, da gusto —dijo Kino para pinchar.
—Pues sí, da gusto trabajar con él. —A Kino no se le escapó el énfasis que su hermano hizo en la palabra «él»—. Y no lo tengo enseñado, venía aprendido de casa. Procuro rodearme de gente preparada y con la que se pueda trabajar.
—Vaya, gracias. Creo que es lo más bonito que me dices en años.
—Sí, bueno… he dicho que intento rodearme de gente así, no que lo consiga siempre —contestó Raúl, dejando asomar un atisbo de sonrisa en una de las comisuras de sus labios.
Se acercó caminando hasta donde estaba Kino con la tablet transparente y la accionó, con lo que empezaron a aparecer las imágenes de un menú en la superficie vítrea. Pulsó varios botones y la tablet empezó a proyectar los menús hacia arriba en forma de hologramas.
—Pon tu HSB aquí —le dijo Raúl señalando un círculo holográfico que flotaba sobre la pantalla y entre los dos. Kino obedeció extrañado por la petición, y después de un par de segundos con el brazo suspendido encima de la tablet, el círculo se volvió de color verde y se oyó un sonido como de una campanita—. Ya está. Con esto tienes acceso tanto a los niveles inferiores de la torre como a la Caverna.
—Anda. ¿Ya no me va a tener que acompañar Isidoro todos los días? —Raúl negó con la cabeza—. Vaya, qué decepción se va a llevar. ¿No crees que vas a conseguir que se sienta inútil?
—Seguro que se sabe mantener ocupado —intervino Spiegel para prevenir un nuevo pique entre los dos hermanos.
—Bueno, pues ya no soy un visitante, sino un fijo. Es oficial.
—Qué remedio… —dijo Raúl entre dientes—. Oye, Kino, hay otra cosa sobre la que te quería hablar.
—Dime.
—¿Has hablado con alguien de este proyecto?
—¿Quieres decir además de los directivos de Sony con los que me voy de copas todos los jueves? —Raúl no contestó—. No, no se lo he dicho a nadie. Aunque la verdad es que, ahora que lo dices, sí que me han preguntado.
—¿Cuando yo pregunte que quién ha preguntado me vas a decir «el que tengo aquí colgado»? —preguntó Raúl cansinamente.
—No —contestó Kino con una sonrisa y apuntándose mentalmente aquella treta para más adelante—, no, lo digo en serio. Me han preguntado que si tenemos un proyecto nuevo en Industrias Lázaro.
—¿Y tú qué les dijiste?
—Pues que yo no trabajaba aquí.
—Bien.
—Aunque no coló. Sabía que venía aquí todos los viernes.
—Mierda. Pero… ¿de quién me estás hablando?
—Del Jefe. Bueno, el jefe en 5 Minutos, Agustín Ortega.
—¿Ortega? —preguntó extrañado Raúl—. Qué raro… ¿Y qué le dijiste?
—Pues nada. Le contesté con evasivas, pero al final me terminó pillando al ver mis reacciones cuando empezamos a hablar de temas de confidencialidad.
—Umm, o sea, que le confirmaste lo que ya sabía.
—Pues, supongo.
—Vale, no pasa nada. Ortega no tiene ni idea.
—¿De qué?
—De nada. Es una persona bastante básica, y lo único que le importa es conseguir beneficio.
—¿Está en la Junta de Accionistas?
—Sí, pero solo de adorno. Siempre he tenido la sospecha de que las acciones suscritas a él pertenecen en realidad a alguien más. Es decir, que quien le controla intenta conseguir más control sobre Industrias Lázaro por medio de él.
—¿En qué te basas para decir eso?
—Conozco a Ortega. Mucha ambición, pero poca visión. En la Junta de antes de Navidades, gracias a nuestro brillante departamento de contabilidad, fuimos capaces de apaciguar a los tiburones como él que exigían dividendos al presentarles nuestras Cuentas Anuales, por lo que me intriga que muestre interés ahora en nuestro proyecto estrella cuando sus beneficios ya están asegurados. Además, el grupo «Hush» no dispone de un patrimonio lo suficientemente grande como para cubrir su cuota de acciones.
—Vale, entiendo… No sabía que os anduvieseis con estos rollos de espionaje y sospecha. ¿Hay alguien de quien sospeches que controla a Ortega, alguien que ponga la pasta?
—Algún que otro nombre, pero nada tan seguro como para decantarme. De todas maneras, te tengo que pedir que te andes con cuidado con quién hablas y de qué.
—Descuida.
Raúl hizo una pequeña pausa, ya que la contestación de su hermano pequeño le había descuadrado. Por el tono en que la dijo más que nada, y es que por raro que pareciera, cuando Kino dijo «descuida», Raúl no reconoció ni una pizca de burla ni sorna en la voz de su hermano. Algo que no le pasaba en años.
—Em… bien. Eso, ándate con cuidado. Y ten una cosa presente. Si hay alguien por ahí que se pone en contacto contigo para preguntarte sobre la AF01 probablemente sea quien está detrás de esto.
—¿Y cómo lo sabes? —le preguntó Kino.
—Pues porque ya me avisaron de que esto podría pasar.
—Vaya… la trama se pone interesante —intervino Spiegel, que hasta ahora había estado escuchando en silencio.
—Interesante no, mujer —replicó Raúl recuperando su acento gallego que tan pocas veces salía a la luz—. Estresante. —Kino no entendió por qué Spiegel se rio tanto de lo que acababa de decir su hermano—. Bueno, os dejo, ya me contarás, Spiegel. Ten cuidado, Kino.
Y sin más, Raúl salió de la Caverna, muy feliz y satisfecho consigo mismo de haber compartido una referencia a una película que Spiegel había entendido y Kino no1. Las puertas metálicas se cerraron tras él mientras se desabrochaba su chaquetón de piel, y se dirigió en dirección a la habitación del montacargas, mientras las luces del pasillo se iban apagando tras él a medida que las pasaba de largo.
Una vez salió del montacargas a los pisos inferiores de la sede de Industrias Lázaro se dedicó a atravesar los pasillos de I+D lo más rápido que pudo, aunque procurando que tampoco lo pareciese. No le gustaba que sus empleados lo vieran en el ambiente de trabajo, ya que la mitad de ellos se acercaba para estrecharle la mano o hacerle innecesarios updates de sus tareas, y la otra mitad se lo quedaban mirando como si fuera alguien famoso o algo así («que lo eres», dijo una vocecita en su cabeza). En cualquier caso, estaba más que demostrado que su eficiencia disminuía cuando él se encontraba por esos lares, y ese era el motivo por el que solía citar a sus subordinados en su despacho. Menos a Spiegel.
Devolvió cordialmente todos los saludos que enviaron en su dirección y despachó de la manera más educada que pudo a todos aquellos que se le acercaban con ganas de charlar, y antes de que se diera cuenta, ya estaba en el ascensor que lo llevaría hasta el último piso. Hasta su despacho. La cabina se puso suavemente en marcha con su silencio habitual, y Raúl contempló la gris ciudad que se extendía bajo la puesta de sol mientras el ascensor ascendía y él pensaba en todos los asuntos que le turbaban.
Mucha gente le había llamado paranoico todas y cada una de las veces que había promovido el secretismo en las operaciones de Industrias Lázaro, pero es que como su padre bien le había dicho en tantas ocasiones, siempre había filtraciones. Siempre. Y Raúl no pretendía que las hubiese con el último proyecto de su padre, el que Ricardo había dicho que era el más importante de todos los que había llevado a cabo hasta la fecha. Y mira que habían sido unos cuantos.
Raúl pensaba que él sí era capaz de atisbar el potencial que una máquina como la «Ánima Fenestra» podía tener, aunque tampoco estaba plenamente seguro de comprenderlo en su totalidad. Mientras su comprensión fuese suficiente para conseguir sus objetivos, tampoco era que importase demasiado aquello.
Quizás si fuese capaz de comprender la auténtica magnitud del proyecto AF01 no le hubiese inquietado tanto lo que le acababa de contar su hermano, pero Raúl se temió desde el principio que ninguna otra persona que no fuese Ricardo Lázaro sería capaz de comprenderlo. Ni siquiera Spiegel, y aquello ya eran palabras mayores. Había que seguir trabajando para ver si aquello era cierto o no, pero tanto misterio y secretismo por parte de Ricardo les había dificultado, y todavía les dificultaba bastante, la tarea.
Hacía algo más de un año, cuando su padre se apartó definitivamente de la empresa pocos meses antes de morir, había ido a hablar con él a su despacho una mañana soleada para charlar de todo un poco. Aquella mañana su anciano padre parecía estar de bastante buen humor, ya que por fin había terminado de plasmar su memoria y su consciencia en la AF01. Aquella había sido una tarea extenuante tanto para él como para Spiegel, y ambos le habían dedicado muchísimas horas quedándose a trabajar hasta tarde la mayoría de los días durante los últimos meses. A Raúl le hubiese gustado ayudar, pero su desconocimiento en la materia se lo impidió. No obstante, fue desde que su padre y Spiegel comenzaron a trabajar en la máquina a tiempo completo cuando Raúl comenzó a cobrar auténtico protagonismo dentro de la empresa y a ejercer de pleno derecho como presidente de Industrias Lázaro en respuesta a las ausencias cada vez más habituales y definitivas de Ricardo.
Aquel día, después de contestar a todas las preguntas que su padre le hizo sobre cómo estaban su marido y sus hijos, terminaron hablando del futuro incierto de Industrias Lázaro. Algo que evidentemente derivó en hablar sobre la AF01. Aunque ahora que Raúl lo pensaba, mientras el ascensor seguía subiendo, por aquella época su padre todavía se refería al proyecto como MV3.0. Raúl sonrió imaginando el posible significado de aquellas siglas. Otro secreto que su padre se había llevado a la tumba.
—Verás, Raúl —había empezado a decir Ricardo con su ajada voz—, no pretendo meterte miedo y desde luego no deseo que te eches atrás. Pero debes de tener cuidado con este proyecto. Hay fuerzas en marcha, hijo, que se escapan a nuestro control.
—¿A qué te refieres? —preguntó distraído Raúl sin echar mucha cuenta, más bien por darle a su padre el gusto de que le siguieran la corriente.
—Un poder en la sombra, por así decirlo. Hay gente que tiene su interés puesto en esta máquina. Y no deberíamos dejar que se hiciesen con ella.
—¿Por qué?
—Porque la máquina tiene un potencial enorme para convertirse en una herramienta fundamental para dicha mano negra.
—Pero ¿cómo va a tener nadie su interés puesto en la máquina si los únicos que sabemos que existe somos Spiegel, tú y yo?
—Como te decía, hijo, fuerzas que escapan a nuestro control —dijo Ricardo con una enigmática sonrisa como única réplica a su hijo. Raúl suspiró, no le molestaba la teatralidad deliberada de su padre, pero tampoco era algo nuevo, precisamente—. Hazme caso, Raúl. El secretismo es fundamental… qué digo fundamental: ¡De vital importancia! De vital importancia para que no se vaya todo a la mierda. No podemos permitir ningún rumor, ningún informe, ninguna filtración, la construcción de la MV3.0 debe de ser un secreto absoluto. El problema es que, como bien dice el refrán, la única manera de que tres personas guarden un secreto es con dos de ellas muertas.
—Está bien, papá, no te preocupes por eso —dijo Raúl intentando quitarle hierro al asunto.
—Grábate a fuego mis palabras, Raúl. En el momento en el que comencemos a hacer avances con la máquina y a establecer las bases para un mapa de los recuerdos, en ese momento y no antes, verás que hay gente que estará intentando descubrir nuestros secretos —vaticinó Ricardo.
—¿Y cómo sabes que esa profecía se cumplirá? —preguntó Raúl con una sonrisa burlona.
—Porque ya me conozco cómo va esto. Recuerda mis palabras, Raúl. Esto es de vital importancia. Si alguien que no somos nosotros se hiciese con esta máquina, las consecuencias podrían ser desastrosas, realmente funestas. No podemos permitirlo. Antes habría que destruirla.
—Bueno, no te preocupes. No dejaremos que eso pase. No después de todo el tiempo y recursos que hemos invertido en la máquina que se supone que nos salvará de la bancarrota.
—Raúl. Prioridades. Antes de que alguien se haga con los datos de la investigación, destruirás la máquina. Prométemelo.
Raúl dejó pasar un rato largo en el que le dio tiempo a respirar profundamente dos veces, y aunque se pensó mucho la respuesta, esta tampoco le convenció demasiado cuando se oyó a sí mismo pronunciar las palabras en voz alta:
—Vale. Te lo prometo. Aunque también te prometo que no dejaré que lleguemos a eso.
—Es suficiente —contestó Ricardo complacido.
Después de prometerle a Ricardo esto último, su padre le dijo a Raúl que lo próximo que tenían que hacer para establecer una conexión neuronal y trazar un mapa de la memoria con sus recuerdos era contactar con Kino. Y aquello sí que no.
Raúl se negó en redondo a aquello por motivos más que obvios. Al menos para él. Y eso fue lo que retrasó el avance con la AF01. Aquel fue el motivo por el que su padre jamás podría ver funcionar su último invento. Durante meses estuvieron buscando alternativas para no tener que llamar a Kino, pero al estar tanto tiempo dando vueltas en círculo y sin hacer ningún avance, finalmente Raúl tuvo que ceder ante la insistencia de Spiegel y se puso en contacto con su hermano, una vez que su padre ya estaba enterrado. Debería haberlo hecho antes, y lo sabía. Pero hacía años que no podía ni ver a Kino.
Por suerte, por aquellos días ya se le estaba empezando a pasar. Los avances que habían hecho en el último mes eran más de lo que él esperaba conseguir en un principio, y hacía que valiera la pena el tener que verle una vez a la semana. De hecho, la predisposición que Kino acababa de mostrar en la Caverna a ayudarle le había sorprendido de una manera muy grata. ¿Sería posible que las cosas entre ellos pudieran cambiar? Y lo más importante, ¿sería verdad que Kino era realmente necesario para el avance del proyecto?
Cuando su padre se lo dijo, Raúl se enfadó e inmediatamente achacó semejante petición por parte de Ricardo al deseo de un padre anciano de reconciliarse con el hijo pródigo. Pero ahora, que aún era tan pronto y ya empezaban a poder trasladar los datos a archivos con audio y vídeo de manera que más adelante los podría revisitar cualquiera, estaba dispuesto a admitir que Kino estaba haciendo un buen trabajo. De haberlo sabido, Raúl no habría desperdiciado tanto tiempo buscando lo que él erróneamente había llamado en su día «una solución más viable».
Además, fue gracias a su hermano que acababa de confirmar la profecía de su padre, ya que fue Kino quien le confirmó sus peores sospechas: por ahí había alguien que ya sabía de la existencia de la AF01.
Era una sensación que había tenido desde poco después de contactar con Kino al principio, pero que se manifestó de manera evidente por primera vez en la última Junta de Accionistas de diciembre. Al poco de empezar y antes siquiera de meterse en materia propiamente dicha, fueron varios de los asistentes los que preguntaron a Raúl acerca de las novedades que pensaba lanzar Industrias Lázaro la próxima temporada. A lo que él respondió comenzando con los pitch de todas las senseries que estaban programadas para el 2040, así como todas las que tenían pensado empezar a producir para la próxima temporada basándose en los modelos estadísticos de las preferencias de los usuarios.
Pero aquello no fue suficiente para aplacar la curiosidad de los accionistas más representativos, y le siguieron preguntando si no tenía alguna novedad en la que estuviesen trabajando. Ahí Raúl se olió algo raro, pero no perdió la compostura, y empezó a hablar de estrategias de marketing y de nuevas líneas de accesorios electrónicos y apps para las HSB y las mind-mallows. Pero aquello tampoco fue suficiente.
Los accionistas siguieron presionando a Raúl, pero este se mantuvo firme y no soltó prenda, llegando incluso a hacerse el tonto. Desde aquel día a Raúl le costaba conciliar el sueño, pues hasta entonces nunca había llegado a pensar seriamente que lo que su padre le había dicho que pasaría llegase a ocurrir realmente.
Pero tampoco cedió ante el pánico. Se dijo a sí mismo que ese tipo de actitud era normal en ese tipo de juntas, y que el motivo por el que estaban más agresivos de lo habitual era porque la empresa no pasaba precisamente por su mejor momento. Pero que Agustín Ortega le preguntase directamente a Kino… eso no se podía obviar. De alguna manera, alguien sabía algo. Y había que averiguar cómo había sido eso posible.
Hubiese sido algo muy extraño que el director de una revista como 5 Minutos supiese algo sobre un proyecto secreto de una empresa como Industrias Lázaro, aunque siempre hubiese estado presente la pequeña y remota posibilidad de que pretendiesen hacer algún trabajo periodístico de verdad con investigación y todo. Aunque fuese uno al año.
Habría pasado por alto las preguntas de la Junta de no ser por la reunión a la que fue el 24 de diciembre al Ayuntamiento. Más que reunión aquello fue una fiesta, y más que Nochebuena aquello parecía Sodoma y Gomorra, pues tal era la altura moral de los máximos dirigentes políticos de la capital y de los empresarios de más peso, que casualmente solían ser los unos cercanos amigos de los otros. Raúl detestaba aquel tipo de convenciones de puteros cocainómanos, y le encabronaba mucho que por culpa de tener que hacer presencia en actos sociales como aquel le privasen de pasar unas vacaciones con su familia. Pero algo pasó durante aquella fiesta que lo sacó de su mala leche.
Mientras calculaba cuántos meses hacía que no iba a visitar a su madre, se le acercó el presidente de la Red de Transportes Nacional, Sergio Heredia. Y en medio de un intento incoherente de conversación etílica, se le escapó que tenía muchas ganas de ver cuál era aquel nuevo proyecto secreto en el que estaban trabajando.
Eso fue suficiente para que Raúl se quedara con la mosca detrás de la oreja de ahí en adelante, y por eso también fue que ya llevaba unas semanas pensando en si investigar algo por su cuenta o no. Finalmente decidió que no le valía la pena intentar sonsacarles información a aquellos que pretendían sacárselo a él, ya que los alertaría. Pero lo que se dio cuenta de que podía hacer para confirmar sus sospechas, y que finalmente hizo, fue preguntar a Spiegel y Kino si alguien se les había aproximado buscando información. Por suerte, Spiegel era una persona muy antisocial y muy pocas veces hablaba de trabajo fuera de su puesto, y menos aún con desconocidos. Pero por medio de su hermano fue que se terminaron confirmando sus temores.
Lo de la Junta podría haber sido algo normal, lo de la fiesta de Nochebuena podría haber sido un borracho intentando crear conversación, pero también lo de Agustín Ortega preguntando después de no haber abierto la boca en la Junta ya era demasiado. Demasiadas coincidencias, mucha gente aparentemente inconexa preguntando por lo mismo, preguntando por algo que se suponía que ni siquiera debían de conocer. Allí pasaba algo, y Raúl tenía la intención de averiguar el qué.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Raúl salió de él caminando lentamente y con las manos en los bolsillos. Su mirada, fija en la moqueta del suelo, no reparó en su asistente hasta que estuvo a muy poca distancia de su mesita. Fue ahí cuando vio que Isidoro intentaba tímidamente llamar su atención pero sin atreverse a distraerlo de su ensimismamiento.
—¿Ocurre algo, Isidoro?
—Disculpe, señor Lázaro. Me ha llegado un recado para usted.
—¿De quién?
—Del señor Sampere.
—No me digas… —dijo Raúl alzando las cejas sorprendido.
Y así, de repente, en su cabeza se dibujó la conexión que aclaraba todos los problemas que lo atribulaban y en los que venía pensando.
—¿Cuál es el recado, Isidoro?
—Me ha solicitado que le comunique cuándo tiene usted un hueco en su agenda. Al señor Sampere le interesa reunirse con usted, señor Lázaro.
—Vaya, vaya. Por casualidad no te habrá dicho para qué, ¿verdad?
—No, señor Lázaro.
«Por supuesto que no —pensó Raúl—, pero tampoco hacía falta mucha imaginación para adivinar el motivo».
—Muy bien —dijo Raúl—, revisa mi agenda y la primera tarde de la semana que viene en la que no tenga algún compromiso ineludible quiero verlo. A ver si es posible.
—De acuerdo, señor Lázaro. ¿Tiene alguna idea de por qué pretende reunirse con usted el ministro del Interior?
—Pues sí, Isidoro —contestó Raúl con una sonrisa—, lo cierto es que me hago una idea. Aunque me gustaría más oírlo de su propia boca, la verdad.
____________
1 Airbag.
III
—Tuve mucho tiempo en las casi veinte horas que duró el viaje en tren desde Ferrol hasta Madrid para pensar en todo lo que estaba dejando atrás. Puede que no fuera mucho, pero a mí me dolió. No fueron tampoco pertenencias físicas las que perdí, ya que en casa de doña Josefina siempre fuimos pobres, y mis posesiones más preciadas no eran otra cosa que mis escritos. Pero fue la gente lo que me costó dejar atrás. Algo dentro de mí sabía que no iba a volver a ver a muchas de aquellas caras en mucho tiempo: el padre Carreño, Jaime y Ramiro, Jesús, Rogelio… pero, sobre todo, fue a doña Josefina a quien echaría de menos. Más que a nadie.
—¿No dejabas ninguna novia atrás? —preguntó Kino incisivamente.
—Qué va —contestó Ricardo.
Kino sabía que aquello no era del todo cierto. Por lo que había visto en la sesión anterior, al volver de la mili el joven Ricardo se había hecho cercano de Cristina, la chica a la que habían visto en la playa y que le tiraba insistentemente los trastos al padre de Kino desde hacía tiempo. Y en aquella ocasión, Ricardo no puso objeciones para que Cristina lo llevase a lo oscuro. De todas maneras, Kino decidió no profundizar en aquel tema, ya que cuando la semana pasada vislumbró algunas imágenes de su padre con la tal Cristina empezó a notar el dolor de la sien, por lo que se imaginó que por algún motivo no eran recuerdos que le apeteciesen volver a visitar a Ricardo.
El regreso de la mili no fue fácil para Ricardo, y Kino lo pudo entender. Venía de salir de casa y vivir fuera por primera vez, y en aquel tiempo había conocido a los chavales de la Algameca y había experimentado otra forma de vivir la vida. Era lógico que la vuelta a casa se le hiciese cuesta arriba, sobre todo cuando encima tenía a su madre adoptiva todo el día insistiendo en que se buscase un trabajo como Dios mandaba, en vez de seguir con aquella «trapallada» de la iglesia del pueblo.
—Que está muy bien trabajar para el Señor y seguro que te lo agradece en la otra vida, pero céntrate en esta. Mejor deja el trabajo sacro para los profesionales del tema y búscate un trabajo más terrenal. O si quieres trabajar en una iglesia métete a seminarista, que en el clero se vive bien haciendo poco —le decía la mujer que lo había cuidado hasta entonces—. Porque más allá de esas opciones, Ricardiño, yo no sé qué decirte. Si quieres salir de aquí, estudia y búscate un futuro.
—No te preocupes, mamá —le decía Ricardo, que siempre la llamaba así—, que me voy a buscar un futuro.
—¿Estudiando?
—No. Escribiendo.
Y este solía ser el punto en el que los dos ya dejaban de hablar para empezar a discutir e incluso a gritarse, ya que a doña Josefina no le hacía ni pizca de gracia que con casi veinte años que tenía, Ricardo siguiese con aquellas fantasías de convertirse en director de cine. O como él decía, cineasta.
Después de muchas riñas y no menos discusiones, doña Josefina se fue haciendo poco a poco a la idea de que su hijo tenía la firme intención de cumplir sus planes, y era consciente de que aquello también significaba que abandonaría el hogar. De todas maneras, nunca discutían mucho tiempo, ya que Ricardo siempre reculaba y era capaz de serenar a su madrastra. No le gustaba discutir con ella, le dejaba muy mal cuerpo. Eso sí, aunque Kino sabía que su padre detestaba discutir con doña Josefina, eso no impidió que le llegasen hasta su mente flashazos de innumerables discusiones entre ellos dos. Flashazos acompañados del habitual dolor de sien.
Y aunque aquello la apenaba, ya que todos los hijos que había criado se terminaban yendo de casa, doña Josefina lo aceptó con un estoicismo encomiable. Al fin y al cabo, estaba acostumbrada a ver a sus niños partir, y en el fondo se sentía orgullosa al ver cómo se iban ganando la vida modesta y honradamente. Ella no había educado a vagos. «Quién sabe, hasta es posible que Ricardo llegue a trabajar honradamente de esto algún día, y puede que no se convierta en un farandulero más», se decía a sí misma todos los días con la intención de ir convenciéndose poco a poco para así no sufrir tanto el día que se fuera.
La sesión de la semana anterior había terminado con el joven Ricardo despidiéndose en la estación de tren de Ferrol de sus dos figuras paternas: doña Josefina y el padre Carreño. A Kino no se le escapó que ambos estaban un poco más viejos que la imagen que tenía de ellos hacía unos años, y podía sentir como si fuese suyo el sentimiento de añoranza de Ricardo al revivir esos momentos. Como si en el fondo de su alma se arrepintiese de haber dejado atrás a las dos personas que más lo habían querido por algo tan egoísta como perseguir su sueño. Como si ahora entendiese un poco mejor cómo se debió de haber sentido doña Josefina al comprender que si de verdad quería dedicarse al mundo del cine, Ricardo tendría que irse ya no de casa, sino de Galicia.
Ahora, viendo al recuerdo del joven Ricardo sentado en el incómodo asiento de aquel destartalado tren que a Kino le parecía tercermundista (su padre había insistido en que tampoco era para tanto, que era lo normal en aquella época), se preguntaba si en el intervalo de tiempo entre sesiones su padre se habría quedado «atrapado» en aquel momento, reviviendo aquellos recuerdos y recreándose en la nostalgia y la melancolía. El motivo de que se le ocurriera eso no solo era que habían retomado la sesión desde el momento justo en que la dejaron el otro día, sino también que en aquella sesión el fantasma de Ricardo que lo acompañaba a través de las memorias tenía un aspecto mucho más adulto del que acostumbraba normalmente, como si rondase los cincuenta años. Se parecía más a como lo recordaba Kino. Casi al instante, Kino recordó que aquel no era su padre, sino una máquina, y poco a poco se obligó a sí mismo a dejar de sentirse mal por un ordenador.
Camino a Madrid se dirigía el joven Ricardo antes de alcanzar la veintena, con una mochila cargada con poca ropa, pero muchos sueños, y las casi cien mil pesetas que había ido consiguiendo ahorrar desde que había empezado a trabajar en la iglesia del pueblo hacía ya más de seis años. Una muy pequeña fortuna, pero una auténtica muestra de constancia y dedicación que ahora parecía que iba a dar por fin sus frutos, ya que Ricardo calculaba que con aquella cantidad de dinero tendría suficiente para subsistir sin problemas al menos medio año, ya teniendo en cuenta que la vida en la capital era mucho más cara que en un pequeño pueblo costero en Galicia.
—Cuando llegué a Madrid, a pesar de que ya iba preparado para encontrarme con algo muy diferente me fue imposible no sentirme como Paco Martínez Soria. Me bajé en Atocha, que aún tenía la fachada y la estructura del tejado original en vez de esa horterada monstruosa que le han construido encima, y ya entonces me empecé a empapar de la ciudad.
Los dos podían ver el recuerdo del joven Ricardo caminando por Atocha, buscando un bar en el que tomar algo, y a Kino le fue muy fácil meterse de lleno en aquel paisaje parecido al que él conocía, pero al mismo tiempo tan diferente. Aunque no había tanto coche ni tanto humo ni tanto ruido como en la actualidad, el de aquella época parecía un ambiente más vivo. Desde luego había más colorido, a diferencia de los grises edificios a los que Kino estaba acostumbrado en su época, y las fachadas aún conservaban las formas de la arquitectura típica madrileña. A Kino le gustaban los hermosos balcones con barandillas de metal, pero lo que más le llamaba la atención eran los bajos de los edificios, donde había infinidad de pequeñas tiendas y comercios, así como de cafeterías y bares entre los grandes portales de piedra pulida que conectaban con las viviendas y eran custodiados por el portero correspondiente. En los mismos sitios donde ahora solo había tiendas, locales de franquicias y pantallas luminosas de hologramas publicitarios.
Ricardo se ajustó la mochila en los dos hombros y se palpó disimuladamente la entrepierna para notar el sobre donde llevaba el dinero, pues algo antes de llegar a la estación había tenido la prudencia de cambiarlo de lugar. De la mochila a un sitio más seguro. Al fin y al cabo, la fama que Madrid tenía en aquella época era más que merecida.
Ricardo fue caminando en dirección a Delicias descendiendo por las calles que desembocaban en la Ronda de Atocha, callejeando sin rumbo hasta que encontró un bar en el que se imaginó que sabrían satisfacer sus necesidades. Se pidió un botellín de Mahou y un bocadillo de calamares, y se sentó a esperar fumando un Ducados en una de las mesas situadas en la porción de acera que el dueño insistía en llamar terraza.
A Kino le fascinaba aquel bar. Era uno como los que ya no quedaban. Recordaba haber visto alguno de esos bares por Galicia y cuando era bastante más joven. A día de hoy era impensable que en cualquier establecimiento tuviesen un mostrador con las tapas y raciones a la vista y hechas desde el principio del día; como también era impensable un camarero que, en vez de estar engominado y encoloniado vestido con un uniforme con una chapita colgada en el pecho con su nombre y con una forzada sonrisa le pregunte en tono festivo «¿Qué te apetece?», te venga y, manchado de harina y aceite, con surcos de sudor en la frente y un palillo en la boca te suelte en tono cortante «¿Qué va a ser?». Desde luego la segunda opción era la más difícil de vender a un público trending-victim acostumbrado a que camareros pagados bastante por debajo del salario mínimo se dirijan a ellos como si fueran personajes de un programa de Disney Channel en medio del ambiente aséptico de un local que parece sacado de un tríptico de promoción de la franquicia en cuestión. Y quizá fuera por eso por lo que era la segunda opción la que más atraía a Kino.
Impensable era también que dejasen fumar dentro de los bares, como se dio cuenta Kino que era el caso desde el momento en el que el recuerdo de su padre entró a pedir un café y pagar después de haber dado buena cuenta de aquel almuerzo tan madrileño y que era la primera comida que hacía aquel día. Lo de fumar en un bar sí que era algo que Kino no había visto en su vida, y que le gustaría haber vivido.
Mientras se tomaba el café, Ricardo le preguntó al camarero si sabría recomendarle algún sitio donde empezar a buscar pisos baratos. Hubo suerte, ya que la hermana del camarero estaba casada con uno que había estado trabajando en una constructora durante los años en los que se habían construido las grandes ciudades-dormitorio de las afueras de Madrid. Ahora estaba en el paro, pero se ganaban la vida de rentas alquilando algunos pisos que él había conseguido comprar sobre plano a un precio que no estaba hinchado, a diferencia del resto.
Ricardo le pidió algún número de teléfono, pero el hombre le dijo que mejor le llamase mañana, a lo que Ricardo no tuvo ningún inconveniente y se fue a hacer noche a una de las pensiones que había cerca de la estación después de haber llamado, eso sí, a doña Josefina para hacerle saber que ya había llegado, que estaba bien y que acababa de comer.
A la mañana siguiente volvió a desayunar al mismo bar, donde recibió la noticia de que el buen camarero ya había hablado con su hermana y le había dicho que ahora mismo tenían un piso disponible en Carabanchel. Nuevamente, Ricardo no tenía problema.
Después de llamar por teléfono él mismo a la hermana del camarero y fijar una cita para ir a ver el piso, se volvió a sentar en la terraza para tomarse su café con churros.
—¿Y así conseguiste piso? ¿Preguntándole a un camarero?
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué buscase en El Idealista?
—Pues digo yo.
—Joaquín… en esa época no había internet ni nada que se le pareciera…
—Ah, ya… Bueno, ¿y no conocías a nadie que viviese en Madrid?
—Pues sí, pero o bien no tenía su información de contacto o bien aún no sabía que vivían aquí.
—¿Quiénes?
—No te adelantes a la historia. Bueno, el caso fue que encontré piso al segundo día.
Ambos volvieron a centrar la atención en la escena que estaba desarrollándose delante de ellos. En esos momentos el camarero le estaba dando indicaciones a Ricardo.
—Mira, tú baja todo recto por esta calle, que no tiene pérdida. Esta es la carretera de Santa María de la Cabeza que desemboca en la N-401, que es la que va a Toledo, vamos. Y si te perdieras (que no creo porque es todo recto, pero oye, los que sois de fuera…), pues tú pregunta por el Matadero, que es al lado del río ya.
—Y al otro lado del río ya está Carabanchel, ¿verdad?
—Sí. Aunque Carabanchel es muy grande. ¿Dónde has quedado con mi hermana?
—En la Avenida de Oporto.
—Vale. Pues cuando hayas cruzado el río y dejes atrás el Matadero, tú pregunta por el Antojo. Y una vez ahí, ya seguro que encuentras la Avenida de Oporto.
—Joder, pues muchas gracias, Marcial.
—De nada, chaval, de nada. Ya me contarás qué tal con mi hermana, ¿vale?
—Me flipa que te pusieras a hablar con un desconocido.
—¿Cómo que te flipa? —preguntó Ricardo a su hijo.
—Pues que me parece superraro. ¿Te ponías a hablar con la peña random o es que todo el mundo era así?
—Por aquella época la gente aún no se había olvidado de cómo comportarse como seres humanos, y aún se practicaba la educación. No siempre, tampoco nos engañemos.
—No, si es solo porque ahora, hoy en día, nadie habla con nadie por la calle.
—Muchas veces ni siquiera, aunque se conozcan. No, pero tienes razón. Por aquella aún quedaba el espíritu de los barrios.
—¿A qué te refieres?
—Pues que, aunque viviesen en una ciudad grande, había cultura de barrio y la gente era cercana y familiar. No como ahora, que si ven a alguien atropellado no le hacen caso por miedo a que le denuncien.
Kino sabía a qué se refería su padre. Cuando él aún era pequeño, hubo una noticia en la prensa muy sonada de un hombre al que atropellaron y el conductor se dio a la fuga. Una señora que pasaba por allí y lo vio decidió ayudarlo, pero no contaba con que el hombre al que iba a ayudar la iba a terminar denunciando a ella al no tener a nadie más a quien exigir indemnización aparte de un conductor huido. Aquel despojo llevó a juicio a su buena samaritana particular, y la argumentación que dio de su caso fue que siendo aquella señora una persona no formada, y por tanto no capacitada para tratar gente herida, cuando fue a socorrerlo le causó una serie de lesiones al intentar moverlo.
Todo mentira, por supuesto, pero una mentira bien contada convence a cualquiera, y en este caso convenció al juez. Fue un caso bastante mediático, y una de las consecuencias que tuvo fue que la poca solidaridad que existía dentro de la sociedad para con el prójimo terminase de desaparecer. No como en las imágenes que estaban visitando en aquel momento, donde los vecinos se saludaban desde lejos y los extraños se ayudaban. Kino recordaba a su padre enfadándose cada vez que aquella noticia salía por la televisión.
Pero en aquellos momentos la imagen que tenía de él era la de alguien despreocupado, que bajaba desde Atocha hacia el río con su macuto al hombro, llegando hasta las abandonadas naves del Matadero sin necesidad de pararse a preguntar a nadie más. Para asombro de Kino, quien se sorprendió del buen sentido de la orientación de su padre, puesto que se movía por aquellas calles como si ya las conociese.
La zona que, aunque recientemente había comenzado de forma oficial a llamarse Usera, para todos los locales seguía siendo Carabanchel, ofrecía un paisaje que a Kino no se le parecía a nada que hubiese visto él en Madrid en todos los años que llevaba viviendo allí. Algunos de aquellos edificios le recordaban a las últimas casas que habían tirado por la zona en la que él vivía, por sus formas cuadradas, su poca altura y sus tejados naranjas (cuando Kino se estaba terminando de instalar habían empezado a derribar aquellas viejas viviendas, y en su lugar había ahora nuevas torres de apartamentos idénticas a aquella en la que vivía él). Sin embargo, aquel paisaje le recordaba más a los abandonados pueblos manchegos. Casas sobrias y austeras, funcionales, de acceso fácil y construcción sencilla. Las de Carabanchel eran casas baratas pensadas para obreros e inmigrantes (ya que más de las dos terceras partes de la población de Carabanchel en esos días venía de fuera de Madrid), y calles anchas con aceras espaciosas que parecían hechas a medida para que los niños de pantalones cortos y jerséis de rombos jugasen libremente, pero siempre a una distancia a la que alcanzasen a oír la llamada de su madre desde las ventanas.
—No parece Madrid —dijo Kino—. Parece un pueblo.
—Bueno, en Madrid se le llama barrio a lo que en otros sitios se le llama pueblo. Por proximidad, supongo. Como si siempre hubiesen sabido que la gran ciudad les iba a terminar absorbiendo tarde o temprano y que no tenía sentido resistirse intentando ser un municipio independiente.
—Es que se me hace muy raro porque parecen las afueras de Madrid.
—Es que eran las afueras.
—Y hoy es pleno centro. Flipa. ¿Y qué tal fue vivir aquí?
—Pues estuvo bien, la verdad. Aunque el barrio tenía mala fama.
—¿Por qué?
—Pues por delincuencia, más que nada. Aunque yo nunca tuve ningún problema. Normalmente los chavales del barrio cruzaban el río, se afanaban una motillo y se iban hasta el barrio de Salamanca. Y ahí era donde se ponían a hacer tirones, donde estaba la pasta fácil, para los que no reventaban tiendas o farmacias.
—¿Tirones?
—Desde la moto, pasaban al lado de alguien con una mochila o un bolso y… —Ricardo hizo un gesto con el puño como si agarrase un objeto invisible que flotaba ante él—. Y bueno, también estaba la cárcel. Casi todos en el barrio conocían a alguien dentro a quien iban a visitar de vez en cuando, así que ese era otro motivo para no liarla demasiado cerca de casa. Una visita de vez en cuando estaba bien, pero tampoco se trataba de convertirse en compañeros de celda, ¿entiendes?
—¿Y a ti nunca te atracaron?
—Pues hombre… la verdad es que sí. Pero por el acento más que nada, porque se pensaban que estaba de paso por aquí (que tampoco era mentira), pero ya te digo que estos chavales no solían liarla por el barrio en el que vivían.
—Ya, ya… Bueno, supongo que tiene sentido, por no atraer atención y tal. Pero eso, ¿te llegaron a atracar a ti?
Ricardo suspiró, y acto seguido el ambiente en torno a ellos cambió. El joven Ricardo iba caminando una noche de vuelta a casa cuando de pronto, del hueco de un portal, aparecieron tres chicos que, sin pasar de los veinte el mayor de ellos, salieron perfectamente organizados rodeándolo en un instante y cortándole la retirada entre dos mientras que el tercero le apoyaba un pincho de cocina en la garganta. Ricardo, ante el susto, soltó una instintiva maldición en gallego, pero cuando se dio cuenta de qué era lo que estaba pasando, guardó silencio y pareció serenarse.
—A ver, ¡turista! —dijo el del pincho con un marcadísimo y callejero acento madrileño—. Suelta la mosca que hay hambre.
—¿Cómo que turista? Si yo vivo aquí. Soy del barrio. ¿En serio vas a atracar a un currito que apenas gana para vivir? Que vengo de echar doce horas en el turno, por favor…
—¡A mí no me cuentes tu vida, figura, que no me interesa! —Y aunque intentaba parecer amenazador, a Kino no se le escapó que la voz le bailó un poco—. He dicho que sueltes la guita, ¡o prepárate para que te dibujen una sonrisa que no se te va a ir en lo que te queda de vida!
El cuchillo se apretó contra las venas del cuello de Ricardo, y Kino también pudo sentir el recuerdo de lo afilada que estaba la hoja mientras esta se apoyaba en la piel de su padre. Ricardo alzó las manos, en tono conciliador.
—Mira, yo te lo doy. Si quieres te doy todo lo que llevo encima, hasta los gayumbos. Pero antes te propongo una cosa. Ya te digo, el dinero es tuyo, pero, por favor, escucha lo que tengo que decir.
—¿Qué pasa?
—Te propongo que tanto tú como yo vaciemos nuestros bolsillos. Y el que tenga más dinero se lo da al otro. Yo ya sé que vas a hacer lo que quieras porque eres tú el que tienes la sartén por el mango. Pero venga, al menos déjame irme con la satisfacción de saber que le doy el dinero a alguien que lo necesita más que yo.
El chaval se lo quedó mirando muy confundido y sin entender nada. Era un farol muy raro el que se estaba marcando aquel tipo de acento cantarín. Con una mirada rápida consultó las de sus dos cómplices, que se la devolvían igual de confundidos que él. Finalmente, uno de ellos se encogió de hombros, y el que llevaba el cuchillo, después de fijarse con un rápido vistazo en que Ricardo no llevaba ni cadena ni reloj, dijo por fin:
—Venga. Pero eso sí. Como tengas tú más que yo, no solo te vas a quedar sin nada, sino que aún encima te vas a llevar una buena somanta, pollo.
—No espero menos.
Los dos que estaban detrás de él lo agarraron de los hombros mientras que el que parecía el cabecilla rebuscaba entre sus bolsillos y sacaba la calderilla que llevaba cerrada en un puño. Ricardo no tuvo que buscar, y en un breve movimiento recogió el contenido de su bolsillo derecho y se lo quedó en la mano con el puño todavía cerrado sostenido entre él y el del cuchillo.
—Cuando quieras —dijo Ricardo.
—Vamos, abre.
Ricardo abrió la mano, a diferencia del quinqui. Pero la cara del joven delincuente cambió cuando vio cuatro míseras pesetas en la palma de la mano de Ricardo.
—La puta que lo parió… —Agarrando el cuchillo con un par de dedos de la mano que sujetaba su dinero, usó la otra para registrar rápidamente los bolsillos de Ricardo, comprobando al instante que efectivamente ahí no había nada más— pues sí que está más tieso que nosotros —dijo el joven algo cohibido y volviendo a guardarse su dinero en el bolsillo y sin haber abierto la mano en ningún momento.
—¿Qué haces, Lupas? —dijo uno de los que sujetaban a Ricardo por detrás.
—Pues lo que parece. ¿Qué le vamos a mangar? Si no tiene na.
—¿En serio que fue así como te libraste? —le preguntó Kino a su padre aguantándose la risa.
Ricardo le devolvió la mirada con una sonrisa que mezclaba orgullo y felicidad a partes iguales.
—La primera y última vez que me atracaron unos quinquis. Me hice amigo de ellos. —Alzó uno de los dedos y los fue señalando uno a uno, empezando por el del cuchillo y terminando por el que le había preguntado al otro que qué hacía—: el Lupas, el Jerez y el Potrillo.
—¿El Potrillo? ¿Por qué le llamaban así?
—Porque le gustaba demasiado el caballo. Más que a los otros, incluso. —La imagen de Ricardo se rascaba la nuca apesadumbrado, aunque en su rostro había grabada una sonrisa nostálgica—. Eran buena gente, pero en el fondo.
—¿Y cómo es que ibas por ahí con tan poco dinero? ¿Tan tieso estabas?
—Estaba bastante tieso, sí. Pero yo también sabía cuánto dinero necesitaba para coger el bus y el metro. Y siempre me llevaba algo más, pues para tabaco y picar algo por ahí. Tenía las cantidades muy bien medidas, y eso ayudaba a que no gastase más de la cuenta. Que me hacía falta ahorrar.
—Dijiste que volvías de currar —dijo Kino después de un corto silencio—. ¿Dónde te tenían trabajando doce horas?
—Pues verás, el día siguiente a encontrar piso fue cuando empecé a buscar trabajo. Y la verdad es que no me fue demasiado difícil encontrarlo.
—¿En una ciudad que no conoces sin tener ningún tipo de contacto te fue fácil encontrar trabajo?
—Bueno… he dicho que no fue demasiado difícil. Digamos que yo ya tenía un plan preparado y fui siguiendo los pasos.
—¿Qué plan?
—¿Sabes cuál fue mi primer trabajo cuando llegué a Madrid? ¿Nunca os lo conté? —Kino se encogió de hombros mientras negaba con la cabeza—. Pues debería haberlo hecho. Fue de conserje.
—¿De conserje? —exclamó Kino muy extrañado—. ¿Y de qué manera esto era parte de tu plan?
—Pues verás, mi plan no era tan estricto como para escoger una profesión que me sirviera de trampolín. Yo nunca planeé de qué empezaría trabajando, pero sí que planifiqué dónde empezaría trabajando.
—¿Y dónde fue eso?
—Pues en los Estudios Roma.
IV
Todos los días que no libraba, Ricardo se levantaba muy temprano y de muy mal humor al no ver el sol en el cielo. Desayunaba frugalmente y salía de su pequeño y austero piso en la calle de Antonia Lancha para ir caminando hasta la parada del metro mientras se fumaba el primer cigarro del día. En aquella estación, nueva pero ya vandalizada, cogía el tren de la recientemente ampliada línea 5 de metro hasta Gran Vía, donde hacía trasbordo a la línea 1. Kino no perdía detalle en cómo eran los vagones antiguos del metro, ya que por muy nuevos que estuvieran, a él le parecían piezas de museo con aquellas vías metálicas y los cableados eléctricos que tan poco eficientes eran en comparación con los sistemas de transporte modernos. En Plaza de Castilla se volvía a bajar, y subía hasta el intercambiador donde tomaba el bus que lo llevaría hacia Alcobendas.
Salvo los días de verano que amanecía antes, era al salir de la boca de metro en Plaza de Castilla donde Ricardo veía el sol por primera vez. Y aún no estaba más despierto que cuando acababa de salir de su casa. Después de un aburrido trayecto en un bus que avanzaba traqueteando por las calles pobremente asfaltadas de aquella zona de la ciudad, Ricardo se bajaba en Las Tablas y desde ahí iba caminando tranquilamente, mientras se fumaba otro cigarrillo, a uno de los recientemente construidos polígonos industriales del barrio de Valverde, que era el lugar en donde se alzaba el edificio naranja que albergaba los estudios de la TVE, y donde se grababa el programa más importante de la televisión nacional. Teniendo en cuenta todos los trasbordos, raro era el día en el que Ricardo tardaba menos de dos horas en hacer el viaje desde la puerta de su casa hasta la de su trabajo, más el trayecto de vuelta por la noche, que a veces duraba más tiempo ya que era cuando había menos transporte público.
Al llegar, siempre se quedaba charlando un rato con alguno de los conserjes a los que relevaba, o Humberto o Romualdo, quienes como llevaban doce horas allí plantados sin nadie que les diese bola solían tener ganas de palique. Cuando se iba el del turno anterior, Ricardo se cambiaba, y entonces por fin empezaba su jornada.
—Menuda paliza.
—Pues ese viaje me lo metía todos los días dos veces. Uno de ida, y otro de vuelta. Y no te creas que me fue fácil conseguir este curro —decía el fantasma de Ricardo mientras, una vez más, parecía rejuvenecer por momentos—, al principio no me querían ni recibir dentro del edificio al no tener yo nada que ver con la tele, y luego me tuve que enterar de cuál era la empresa que se dedicaba a contratar a los conserjes.
—¿No era el propio estudio?
—Qué va. Bueno, el caso fue que, tras mucho insistir, y un poco de suerte, conseguí el trabajo —dijo radiante Ricardo.
—¿Un poco de suerte?
—Uno de los conserjes que trabajaba aquí estaba cerca de jubilarse, y como ya le quedaba poco, a él lo prejubilaron y a mí me dejaron empezar aquí.
—Pero ¿por qué era tan importante que trabajases aquí? Es decir, no es que empezases trabajando en ninguna tarea creativa ni de producción. Ni siquiera de asistente o ayudante. ¿Cómo fue que terminaste haciendo todo lo que hiciste si empezaste trabajando de conserje?
—Verás, Joaquín, como ya te dije, el cargo o la profesión no era importante en este caso. Lo importante era trabajar en este estudio. Aquí era donde se grababa el Un, dos, tres… —Ricardo esperó una respuesta de algún tipo por parte de su hijo, pero no recibió nada más que un encogimiento de hombros—. ¡El Un, dos, tres…! ¿No sabes lo que era el Un, dos, tres… Responda otra vez?
—No. ¿Qué era?
—Pues el concurso más famoso y visto de España. Un concurso que lo vio una generación completa, y gran parte de las siguientes. Llegó a tener más de veinte millones de espectadores que, si ya era una burrada de audiencia en los años posteriores al boom de la tele en España, lo era más si tienes en cuenta que en los setenta solo había treinta y pico millones de españoles. Fue tan exitoso y popular que su formato se exportó a otros países como Reino Unido o Italia.
—Me suena que en alguna otra sesión me comentaste que en España por esta época solo había dos canales de televisión.
—Sí. ¿Y?
—Que entonces es normal que fuese el concurso más visto, ¿no? —alegó Kino con una sonrisa burlona.
—Pfff, tú no lo entiendes —contestó Ricardo ofendido.
—Hombre, entiendo que para ti era importante trabajar aquí, pero lo que no entiendo es por qué.
—Pues porque este concurso estaba producido por una de las mentes más lúcidas y brillantes de la industria audiovisual de la época.
Enfrente de la puerta de entrada de los Estudios Roma, el joven Ricardo vestía su uniforme (camisa azul cielo y pantalón negro) mientras se apoyaba sobre su mesita con los brazos cruzados. La vista pendiente del reloj de pared, pues a esa hora solían terminar las lecturas de guion los domingos como aquel. Los primeros en abandonar los estudios solían ser los actores, músicos y artistas invitados, que a no ser que fueran grandes estrellas siempre iban a las lecturas y a los ensayos. Después de las modelos y secretarias del programa salía el presentador, el polifacético Kiko Ledgard, quien siempre con su peculiar vestuario (elegante pero excéntrico, con calcetines de diferentes colores o varios relojes) y sus buenos modales, salía despidiéndose de Ricardo, fría pero amablemente. Y, por último, cuando ya parecía que no debía quedar nadie más en el edificio que los vigilantes, conserjes y limpiadoras, salía la cabeza pensante.
—Buenas tardes, don Narciso.
—Buenas tardes, don Ricardo —contestó Chicho Ibáñez Serrador con su peculiar y melódico acento, un deje muy sutil de la mezcla de acentos de su Uruguay natal y su Argentina adoptiva, aunque muy bien disimulado con el mismo tono neutro que empleaban los locutores de radio españoles al hablar.
Caminando por los pasillos de Televisión Española apareció un hombre que para Kino tenía aspecto de profesor de Historia, o de Lengua y Literatura. Era un hombre de facciones angulosas, aunque suavizadas por unos kilos que, aunque no le sobraban sí evitaban que se le pudiese llamar delgado. Tenía una abundante mata de pelo oscuro que se peinaba hacia la derecha salpicada con alguna que otra cana, y la tupida barba le tapaba los carrillos. Desde detrás de unas enormes y cuadradas gafas de cristal brillante se podían ver dos ojos de mirada penetrante que brillaban aún más que sus lentes, como si a través de su iris pardo se pudieran ver reflejos y destellos de todas las historias que constantemente tenían lugar en el interior de aquella cabeza tan imaginativa.
—Por favor, don Narciso —dijo Ricardo algo apurado—. Me da mucha vergüenza que me trate de usted.
—Y a mí me haces sentir viejo, pero tú sigues tratándome de usted. Que no hay manera, macho, por gente como tú envejeceré antes.
—Bueno, pues haré lo que pueda por tutearlo.
—¿Cómo «tutearlo»? Será «tutearte» —replicó Chicho fingiendo indignación.
—Era para ver si estabas atento.
Ambos se rieron.
—Será descarado…
—¿Qué tal la lectura, don Chicho?
—¿Don Chicho no era el de «El Padrino»?
—Sí, es verdad —contestó Ricardo riendo al caer en la cuenta de que su interlocutor tenía razón—. Era el cacique de Corleone.
—¿Qué me quieres decir con eso, Ricardito? —Nuevamente se rieron los dos—. Ven, vamos afuera que necesito algo de aire.
Como bien sabía Ricardo, lo que en realidad quería decir era que le apetecía fumar y, paradójicamente, al aire libre para respirar mejor. Cosas suyas. Si bien es cierto que a diario tampoco se cortaba un pelo a la hora de fumarse un puro en pleno estudio, que para algo era el jefe, ¿no?
En el exterior, Ricardo se sacó un Ducados de la cajetilla, y Chicho movió la bufanda blanca que le colgaba por los hombros para coger de su chaqueta gris un Montecristo que tenía ya empezado, probablemente de cuando estaban enfrascados en la lectura del guion. Por la cara que lucía aquel día, probablemente tampoco fuera el primero ni el segundo.
—Pues eso, ¿qué tal fue la lectura?
—Horrible, Ricardo, horrible. ¡Maldita sea la hora en la que le hice caso a Kiko con la temática de la semana que viene!
—¿Cuál será?
—«La máquina de vapor». ¿Cómo mierdas haces una temática para un concurso familiar que gire en torno a una cochina máquina? ¿Cuántos datos curiosos se pueden sacar para hacer interesantes las preguntas? Esto está siendo más un trabajo de investigación que de escritura. Yo no sé qué vamos a hacer, de verdad… Todas las ideas para anécdotas y preguntas que se han sacado los guionistas son muy flojas.
Mientras le daba una larga calada al puro, Ricardo aprovechó para hablar:
—Los gringos han empezado a trastear hace poco con un nuevo concepto en la ciencia ficción que tiene algo que ver con eso. Se llama «steampunk», y consiste en mezclar aspectos de la estética y la tecnología victoriana con conceptos habituales de la ciencia ficción.
—Vaya… no tenía ni idea, pero suena muy interesante. ¿Cómo dices que lo llaman?
—Steampunk.
—Steampunk… Parece el nombre de un grupo de música inglés. —Hizo una pausa para dejar que Ricardo riera—. Voy a buscar más sobre el tema. Aunque no creo que valga ya, porque este programa se tiene que estar emitiendo el viernes. Ay, se supone que el director soy yo, pero aquí opina todo el mundo. ¿Te puedes creer que hoy nos ha venido el representante de Camilo Sesto con la propuesta de un número cómico y chistes para después de su actuación musical? ¡Chistes! ¿Desde cuándo se dedica a la comedia este… pelotudo?
—Pues hombre, con ese pelo yo sí le veo futuro como cómico.
—¡Ja! Sí… No, pero en serio, hacer comedia es un arte en sí mismo. Por eso me revienta que me vengan a meterse en cosas que no son lo suyo, porque si queda mal, es el programa el que queda mal… En fin, perdóname, que te estoy calentando la oreja, pero es que me tienen las bolas por el piso.
—No es molestia, hombre.
—¿Y cómo te va lo tuyo?
—Pues ahí va.
—¿Cuándo veré esa novela terminada?
—Pues no lo tengo nada claro, don Narci… Chicho. No lo tengo nada claro, Chicho.
—¿Y eso?
—No sé, creo que no es lo mío.
—¿Escribir?
—¡No! Escribir sí. Las novelas.
—Ah, claro. Cada formato tiene su intríngulis. ¿Y por qué no te ves haciendo novela?
—Pues porque hay demasiada descripción que meter entre las escenas de diálogos. Siento que no hago avanzar la acción y que no llego nunca a aquellas escenas sobre las que quiero escribir. Además, que no sé qué pasos tendría que seguir para conseguir que me editaran.
Kino no dijo nada, pero entendía perfectamente cómo se había sentido su padre.
—Te entiendo —dijo Chicho—. Pero también te digo que hasta que no termines nada de lo que tienes no vas a poder dedicarte a esto. Preocúpate antes por terminar, que si el producto se puede vender los contactos saldrán solos. Además, tú tienes buenas ideas. Como la serie aquella sobre una habitación de hotel que cada capítulo está ambientado en una época diferente y con un reparto distinto y tocando géneros desiguales. O la otra serie de los viajes en el tiempo sobre la que me estuviste contando aquel día. Aquella que me recordó a Dr. Who. Que, por cierto, ¿has conseguido ver ya algún capítulo?
—Aún no.
—Ay, es que son difíciles de conseguir, y yo los que he visto son en inglés. Aunque te gustaría. Pero eso, que tienes buenas ideas.
—Y alguna cosa terminada.
—¡No me digas! Pero, si dices que la novela se te atraganta…
—Exactamente. Son guiones lo que tengo terminado.
—¿Tú haces guiones? No serías tan amable de ocuparte del guion de esta semana, ¿verdad? —Ricardo se rio nasalmente mientras fumaba—. No, pero en serio. ¿Escribes también guiones? Con la de veces que nos hemos quedado aquí hablando y no me habías dicho nada…
—Ya, bueno… Es que me da vergüenza.
—Entonces, poco futuro te veo yo como escritor, Ricardo, si te avergüenzas de tu trabajo.
—No es eso. Es solo que le tengo mucho respeto. —Chicho hizo una mueca levantando las cejas—. Perdón. «Te» tengo mucho respeto.
Chicho se quedó mirando su puro girar entre sus dedos con una enigmática sonrisa en los labios y sin decir nada. Kino, que siempre se había jactado de que era muy bueno leyendo a la gente, hubiera puesto la mano en el fuego porque Chicho no solo no se había creído que ese fuera el motivo principal, sino que además daba por hecho que Ricardo no quería aprovecharse de que lo conocía. No quería pedirle un favor.
Sin embargo, Kino sabía que no era del todo así. Puede que su padre y Chicho se hubiesen hecho amigos a base de hablar todas las noches en las que trabajaba allí Ricardo, pero el motivo por el que este había ido a trabajar allí en primer lugar era que quería conocer a Chicho. Él mismo lo había admitido.
De manera que finalmente allí estaba Ricardo creando una ocasión para hablar de sus guiones de una forma fortuita con el gran Chicho Ibáñez Serrador. A quien, por cierto, parecía que le solían gustar las ideas que tenía el joven Ricardo.
—Parece que tengas miedo de algo —dijo Chicho.
—Sí. De que me plagies el guion.
—Yo ya no estoy pa esas —contestó Chicho después de una potente carcajada.
—¿No vas a volver a hacer cine nunca más?
—Ni loco. Ya era suficientemente difícil hace diez años, así que ahora ni me planteo volver a intentarlo. Es curioso, ese fue el motivo por el que me metí en tele y, sin embargo, aquí estoy, trabajando más y pasándolo peor que en cualquier rodaje.
—Seguro que también te lo pasarás mejor. Algo bueno le verás.
—Hombre, esto tiene sus cosas, no te voy a mentir. Bueno, entonces, ¿de qué trata ese guion tuyo? ¿Es corto o largometraje?
—Es de largometraje.
—¿Y de qué trata?
—Pues a ver, lo primero, es una película que es imposible que algún día se llegue a rodar en España. Si fuese a alguna productora yanqui me compraría el guion al instante, pero aquí ni de coña.
—¿Por qué?
—Pues porque es una cinta de acción y aventuras.
—Umm… Tienes tu parte de razón. No es un género que esté muy de moda hoy en día. Y menos en España.
—Que es precisamente uno de los motivos por los que sería un éxito. No tendría competición dentro del género. Igual que pasó hace un par de meses, en noviembre, con La Guerra de las Galaxias. Nadie daba un duro por ella, y mira…
—Buena observación. Quizá como no está de moda ese género el mercado no está saturado.
—Efectivamente.
—¿Pero también sería como La Guerra de las Galaxias? ¿Con navecitas y luces de colores?
—No, no, no. Nada que ver. Bueno, hay algún elemento fantástico, pero nada que ver.
—¿Y qué tiene esta película? ¿Qué cosas hay que llamen la atención?
—Pues verás, como te decía sería una historia de acción y aventuras al estilo de los antiguos seriales radiofónicos de cuando éramos pequeños, que contaban las andanzas de aventureros que iban en pos de antiguas ciudades perdidas —Chicho hizo un gesto de aprobación silenciosa mientras sonreía—, con mucho tiro y mucha situación imposible de sobrevivir. Pero que obviamente pues el protagonista sobrevive.
—Obviamente.
—La historia estaría ambientada en 1937.
—¿En plena Guerra Civil? —exclamó Chicho con los ojos como platos—. Muy arriesgado…
—Sí, bueno, el protagonista es un exiliado que está escondido en Egipto, y allí sobrevive con otro granuja amigo suyo, Yassine. Hasta ellos dos llega un día una joven…
—Ah, el interés romántico. La dama que necesita ayuda…
—No exactamente. Aunque bueno, también. Más que pedir ayuda les contrata. Ella es una mujer de armas tomar y se convertirá en la jefa de los dos cuando les encargue una misión: encontrar a su padre, quien fue secuestrado por los nazis.
—Oohhh… me encanta lo que estoy escuchando. Me tienes intrigado. ¿Hay un título? Porque no puedes vender un proyecto así sin un título.
—Claro que sí. —Ricardo hizo una pausa dramática y alzó las dos manos apuntando hacia el vacío delante de ambos—: Mateo Salazar y el oasis de Dakhla.
Tanto el recuerdo de Chicho como Kino se sorprendieron ante esta declamación. El primero porque reconocía el potencial en la obra que le describía Ricardo, y Kino se sorprendió y dio un respingo al conocer la historia de cómo germinó la idea de la que sería el primer gran taquillazo de la ya de por sí exitosa carrera de su padre.
V
—Dime una vez que haya salido bien.
Spiegel pensó por un momento y luego le apuntó triunfalmente con un dedo mientras exclamaba:
—¡Higher Ground!
Después de un corto silencio, Kino hizo de tripas corazón y admitió lo obvio.
—No sé qué canción es.
Y tras decir esto se arrebujó bien dentro de su chaquetón de invierno, pues el frío en el patio de la sede seguía siendo infernal. Aunque tampoco lo suficientemente infernal como para que él y Spiegel se abstuviesen de salir a fumar el porro-del-viernes-al-salir-de-trabajar. Que como Kino siempre decía, era el mejor del día.
—Canciones —corrigió Spiegel mientras recogía el peta que le pasaba su amigo.
—Bueno, pues canciones.
—¿Sabes quiénes eran los Chilli Peppers?
—Sí, claro.
—¿Y sabes quién era Stevie Wonder?
—Ahí no, me has pillado.
—Bien, pues dos cosas. La primera es que ya tienes deberes, porque te tienes que oír su discografía. —Kino desplegó su holo-pulsera y empezó a apuntar los nombres de todo lo que decía Spiegel mientras asentía sonriendo—. Y yo creo que te va a gustar, que tú tienes buen gusto. Era un tío muy funky. Y la segunda es que Stevie Wonder hizo una canción que se llama Higher Ground, que luego la versionaron los Chilli Peppers.
—¿Y de una canción funky hicieron una versión rock? ¿Una versión buena, me refiero? —preguntó Kino incrédulo.
—Pues sí, y quedó genial.
—Vale, lo voy a buscar, porque eso que me dices me parece muy raro.
—Busca, busca.
—Pero, de todas maneras, será la excepción que confirma la regla.
—No te creas.
—A ver dime otro ejemplo en el que una versión de otra canción no sea una mala idea. Uno que conozca yo ahora.
—Whiskey in the jar.
—A mí, personalmente, me gusta más la original. La de Thin Lizzy.
—Bueno, pero la otra también está bien.
Kino se encogió de hombros.
—Yo siempre fui más de AC/DC que de Metallica.
—Pues entonces deberías oír una versión que hizo Celine Dion de You shook me all night long.
—¿Quién es Celine Dion?
—¿Sabes la película de Titanic?
—Uf, sí —dijo Kino poniendo los ojos en blanco y haciendo una mueca de pereza.
—Pues es la que hizo la canción de la peli.
—Ni idea. No la recuerdo.
—No sé, parece ser que lo petó en su día con la canción esa. El caso es que esta tía también hizo una versión de You shook me all night long que está considerada como la peor versión de una canción rock de la historia.
—¡Hala!
—Como lo oyes.
—Ya es difícil cargarse una canción como esa.
—¿A que sí?
—Pues ahora quiero escuchar esa versión. Tengo que oírla.
Durante un rato, los dos se quedaron en silencio fumando sentados en el mismo banco de siempre, y Kino sin darse cuenta se perdió en la riada de pensamientos y emociones que se arremolinaba en su cerebro.
Durante toda su vida había criticado las películas de Mateo Salazar por ser un remake a la española de Indiana Jones, pero ahora veía que estaba equivocado. A su padre ya se le había ocurrido la idea varios años antes de que se estrenase En busca del arca perdida, al fin y al cabo.
Poco antes de desconectarse de la AF01 pudo ver cómo Ricardo le describía a Chicho la historia, y cómo este último abría cada vez más los ojos cuando su padre iba añadiendo nuevos elementos a la trama. El detalle de que los nazis fuesen los villanos le había encantado a Chicho, y se frotaba las manos pensando en lo que habrían dicho los censores de su época si hubiese intentado poner como los malos a aquellos a los que el Régimen había profesado públicamente su admiración. Pero es que aún encima el bueno era un desertor. El hecho de que el encontrar al padre de la chica (llamada Theressa Flanaggan) fuese un engaño para realmente encontrar el oasis de Dakhla, lugar donde se rumoreaba que había una antigua y poderosa arma enterrada, era un giro de lo más jugoso. Pero lo que hizo que Chicho se volviese loco de la emoción fue cuando, llegando al clímax de la historia y después de haber descrito con todo lujo de detalles una explosiva persecución con coches y camiones por el medio del desierto, aparecen los zombis momificados. Y entre las ruinas de una antigua ciudad enterrada por las tormentas de arena tiene lugar el apogeo lleno de tiros y bombazos con los no-muertos en el medio complicándolo todo aún más y sembrando el caos mientras devoran soldados alemanes.
Fue en ese momento que Chicho Ibáñez Serrador supo que, de presentársele la oportunidad, Ricardo Lázaro se haría un nombre en la industria del cine. Al fin y al cabo, esa manera que Ricardo tenía de recoger elementos de otras películas y mezclarlos para crear algo nuevo y excitante era muy parecido a lo que hacía él mismo. A Chicho le había gustado lo que aquella nueva sangre tenía que ofrecer.
Y es que, ahora que Kino lo pensaba, eso era lo que había hecho su padre a lo largo de toda su carrera: recoger elementos atractivos y entretenidos de otras obras y mezclarlos de manera que saliese algo que, si no nuevo, sí era original. Si había que ser justos, Ricardo Lázaro nunca hizo remakes.
A Kino en general le desagradaba la idea de los remakes, o de versiones de canciones. No tenía nada en contra de las reinterpretaciones o de los reboots, ya que al menos en estos casos se pretendía aportar algo nuevo. Pero un remake era volver a hacer lo que ya se había hecho, sin más, y aquello denotaba una falta de imaginación y de mensaje. Y eran esas excéntricas creencias las que habían provocado que, al descubrir que las películas de Mateo Salazar fueron contenido original y no una copia de algo mejor, había empezado a cambiar lo que él pensaba de su padre.
Pero ya no solo se trataba de que Kino estaba empezando a valorar profesionalmente el legado de su padre, algo a lo que siempre se había mostrado extremadamente reacio a pesar de lo evidente, sino que también había que reconocer el trabajo y el esfuerzo que este le había dedicado a su sueño. Casi dos horas de ida para llegar al curro y otro tanto de vuelta, más un draconiano turno de trabajo de doce horas, le dejaban a Ricardo nada más que ocho horas libres de las veinticuatro que tiene el día. Y grande fue la sorpresa de Kino cuando descubrió que la mayoría de los días al volver de trabajar en los Estudios Roma, su padre se ponía a trabajar en sus escritos al menos un par de horas antes de irse a dormir. Ahora, en retrospectiva y sabiendo cómo terminaba la historia de Ricardo, había que reconocer que le había echado mucho empeño al haber empezado como un simple conserje para más tarde conseguir todo lo que había conseguido. Empeño y trabajo.
Poco, poquísimo tiempo libre le solía quedar a Ricardo en su día a día después de escribir, y casi siempre lo empleaba en dormir, aunque fuesen cuatro o cinco horas. Salvo los días que libraba, en los cuales se iba con los amigos que hizo en el barrio, que como Kino pudo comprobar en los últimos momentos de la sesión de la que se acababa de desconectar, efectivamente solían ser los mismos chavales que le habían querido atracar.
—¡Fumao! —Kino dio un respingo cuando oyó la voz de su amiga—. Despierta, que te habías quedado to apalancao.
—Ya, tía, yo qué sé —contestó Kino pasándose una mano enguantada por los ojos—. Estaba en mi mundo. Pensando.
—Ya veo, ya. ¿Y en qué estabas pensando?
Kino dio un largo suspiro antes de contestar:
—Pues en que me estaba apeteciendo ver alguna de Indiana Jones.
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