Kitabı oku: «Los irreductibles III»

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LOS IRREDUCTIBLES III

© del texto: Julio Rilo

© diseño de cubierta: Lois Moreno Graña

© corrección del texto: Equipo Mirahadas

© de esta edición:

Editorial Mirahadas, 2021

Avda. San Francisco Javier, 9, P 6ª, 24 Edificio SEVILLA 2,

41018, Sevilla

Tlfns: 912.665.684

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www.mirahadas.com

Producción del ePub: booqlab

Primera edición: diciembre, 2021

ISBN: 978-84-18996-75-7

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»

LOS IRREDUCTIBLES III

Julio Rilo


Índice

Angustia

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

Arrepentimiento

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

Aceptación

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

Despedida

ANGUSTIA


III

El jueves por la noche fue la segunda vez que Rebe se quedó a dormir en casa de Kino aquella semana. Cosa inaudita hasta entonces. Al principio, aún seguía usando la excusa de que quería cuidar a Kino, aunque en el momento en el que este la ató a la cama y le vendó los ojos, decidieron abandonar la farsa.

Kino no solo estaba recuperado del catarro, sino que también estaba muy preparado para tener a Rebe tan dispuesta. Esa noche se ayudó no solo de aceites aromáticos, fresas y nata para jugar con los sentidos de Rebe y excitarla a más no poder antes de abalanzarse sobre ella sin quitarle la venda de los ojos, sino que también la sorprendió mucho cuando sacó algún juguete que tenía guardado para alguna ocasión especial. Como aquella.

Era verdad que Kino ansiaba oportunidades de crear «ocasiones especiales», y se esforzó porque aquellas experiencias quedasen grabadas en la memoria de Rebe para siempre, y en que quisiera repetir. Pero algo diferente era el resto del tiempo que pasaban ocupados en cosas que no tenían nada que ver con el sexo.

El miércoles se había quedado todo el día con él, lo que resultó ser un auténtico e inesperado ejercicio de paciencia. A Kino le sorprendió ver que Rebe, aunque era una chica graciosa e inteligente, la mayor parte del tiempo era una persona aburrida que pasaba más tiempo mirando la pantalla de su HSB que lo que tenía delante de sus narices. Aquello preocupaba a Kino, pero no le llegaba a molestar.

Lo que a Kino sí le molestaba de Rebe eran sus incesantes quejas sobre la música que él ponía en su piso (aunque él nunca dijo nada de la música que ponía ella cuando estaban en su casa). No le gustaba ninguna canción de las que Kino tenía en sus listas de reproducción, y para ella todas eran «viejas», «sin ritmo» y, básicamente, «una puta mierda anticuada».

Y aquello sí que no. Kino hizo la prueba de dejarle a ella escoger la música el viernes por la tarde, experimento que duró poco cuando ella optó por el treggaetón, único género que poblaba sus gustos musicales y listas de reproducción. Algo que Kino desconocía hasta el momento y que le produjo un gran desasosiego.

El treggaetón había sido el siguiente e inevitable paso a la hora de crear música de consumo fácil para las masas. Una mezcla relativamente reciente de los dos géneros musicales más denostados por Kino: el trap y el reggaetón.

Rebe se burlaba de Kino diciendo que la música que escuchaba él no tenía nada de ritmo, a diferencia de «autores» como Lil’-Twat o Moonskank. Kino, por otra parte, intentó convencerla de que una canción, además de ritmo, se suponía que también debía tener melodía y armonía, por no hablar de que se agradecía una letra con más de cuatro estrofas. Pero cuando vio lo infructuosos que sus argumentos resultaban en Rebe, decidió arrojar la toalla. Pero, aun así, no fue capaz de callarse su opinión particular, y era que si el mismo ritmo base se repetía en todas las canciones había que ir hasta el culo de python para aguantar más de dos seguidas.

—Bueno, mejor python que esa mierda que fumas tú. Que no sé cómo puedes meterte eso en los pulmones.

—Claro, es infinitamente mejor echarse ácido en los ojos.

Y aquel fue el inicio de una nueva discusión. Porque si ya a Kino le molestaba que la gente le recriminase que siguiera fumando porros, le molestaba mucho más cuando lo hacía alguien que tomaba algo mucho más perjudicial para la salud que el cannabis. Como era el caso.

Por suerte, aquel día no tuvieron demasiado tiempo de discutir porque Kino tenía que empezar a prepararse para ir a Industrias Lázaro para la próxima sesión. Y aunque la perspectiva de volver a meterse en aquella endemoniada máquina no le hacía ninguna gracia después de sufrir un shock como el de la semana pasada, en ese momento en particular agradeció la coartada para poder echar a Rebe del piso.

IV

—Al final no pudo ser —dijo Álex.

—Pues no —respondió Ricardo—. Pero bueno, por lo menos este año «quedó en casa». Me alegro de que se lo lleve Alejandro. Ojalá el año pasado te lo hubieses llevado tú —concluyó poniéndole una mano en el hombro a Álex.

Álex agradeció el gesto, pues el año pasado había estado a punto de ganar el Goya a la Mejor Dirección por La comunidad, pero al final no hubo suerte. En aquellos momentos observaban desde atrás a Alejandro Amenábar respondiendo diplomáticamente a todos los periodistas con el busto del pintor en su mano, en un tono correcto y apocado. Y lo cierto era que no le molestaba lo más mínimo haber perdido frente a un antiguo protegido suyo. Si había que ser sinceros, Los otros le gustaba mucho más que el Cementerio de piratas.

—Las fiestas de Alejandro se hicieron famosas dentro del mundillo. Había de todo, eran un auténtico desmadre —decía distraído el fantasma de Ricardo.

—Con lo tranquilito que parece —dijo Kino.

—Tú lo has dicho: parece.

—No parecía que estuvieras muy convencido de ganar.

—No tenía ni la más mínima duda de que yo no me iba a llevar el Goya. Tú piensa que Cementerio de piratas fue la primera vez que me nominaron a la dirección. Y ni de coña fue mi mejor trabajo. Pero bueno, es lo que hay. Agradecí la publicidad, eso sí.

—Te da rabia, ¿eh?

—Pues claro que me daba rabia, Kino. Es muy frustrante que no te reconozcan tu trabajo. Pero también te concedo que, a estas alturas, esto era ya puro ego. Yo tenía mi reconocimiento en el público. Un reconocimiento constante y más que suficiente que me permitió siempre hacer lo que yo quería. O casi. Pero bueno. Sí que admito que por esta época ya no hice tanto.

—¿Cómo que no? Si aún no habías creado Industrias Lázaro ni las mind-mallows.

—Precisamente por eso. Los avances que hice en otros campos fueron motivados por las pocas ganas que tenía de seguir dedicándome al cine, la verdad.

—¿Te desilusionaste?

—No exactamente.

Mientras Ricardo hablaba, el recuerdo de su padre con cuarenta y cuatro años se despedía disimuladamente de sus amistades más cercanas, procurando no llamar la atención de ninguna cámara ni periodistas.

—¿Te vas ya? —le preguntó Javier Fesser—. Si ahora viene lo mejor.

—Qué va, Javier —contestó Ricardo sonriendo amablemente—. Me voy para casa. Que tengo a Teresa esperándome con el peque.

—Ah, ya decía yo que no la veía por ningún lado. Pues dale recuerdos de mi parte. Y cuídala, que es una auténtica Joya.

Ricardo se despidió de Javier riéndole el chascarrillo. Y se dirigió caminando hacia el Campo de las Naciones, donde contaba con encontrar un taxi, ya que el chófer que había contratado para llegar hasta allí en limusina ya había terminado su jornada y se había ido.

—No fue que me desilusionase —continuó el fantasma de Ricardo—. Pero sí que cambiaron las cosas. Aquella noche no contaba con que me diesen ningún premio ni a mí ni a mi película, pero no era aquello a lo que había ido a la Ceremonia de los Goya. Aquella noche había presente un productor de la Warner que venía de Estados Unidos, y yo me había intentado aproximar a él en varias ocasiones. Pero en todas hubo alguien que se metía en medio y se lo llevaba aparte. Aquello me frustró mucho, ya que uno de mis sueños siempre fue irme a Hollywood y hacer una película de Batman. Y la Warner era la que tenía los derechos de DC, pero no solo eso, sino que habían llegado hasta mí rumores de que se encontraban en procesos de planificación de un reboot de la serie y buscaban a un nuevo director que contrastase con Joel Schumacher.

—Y tú querías aprovechar la ocasión para hacerle un pitch al productor.

—Exacto.

—Yo pensaba que a ti te gustaba más Superman.

—Claro, pero quería empezar con Batman y seguir con Superman. La idea era hacer películas dentro del mismo universo, como haría Marvel años más tarde. Pero no pude. Y después, esa misma noche me enteraría de por qué fue que no pude. Hubo alguien que se metió por medio.

Ricardo aún no se había alejado del Palacio de Congresos, y rebuscaba en los bolsillos interiores de su frac el mechero, mientras maldecía entre dientes con un Ducados en los labios.

—¿Necesita fuego?

Ricardo se giró para ver quién le hablaba, y se encontró ante él con un tipo unos diez años más joven que él y algo bajito, de piel morena y curtida, que le alcanzaba un mechero. Respiraba entrecortadamente y unas gotas de sudor asomaban por su frente, por lo que se deducía que se había acercado a Ricardo corriendo cuando lo vio marcharse a lo lejos. Ricardo posó su vista en una tripa que, aunque no era demasiado grande, sí que explicaba que a aquel hombre le hubiese supuesto un esfuerzo el alcanzarle. Iba vestido con un traje muy caro, una corbata púrpura y rosa, a juego con la camisa adornada con gemelos dorados que tenían el mismo grabado que el broche que sujetaba la corbata. Un broche que parecía un escudo de armas que Ricardo no reconoció.

—Muchas gracias —dijo Ricardo inclinándose para encender el cigarro—. Muy amable.

Ricardo se estaba girando dispuesto a irse, pero aquel individuo le agarró suavemente del brazo.

—Señor Lázaro, estaba esperando tener una oportunidad para hablar con usted.

—Lo siento, pero es que ya es un poco tarde y me estaba yendo para casa.

—No tardaré mucho, se lo prometo. Me hubiese acercado durante la Ceremonia, pero tenía que atender a unos invitados americanos. Además, no me parecía lo suficientemente discreto.

—Anda. ¿Necesita discreción para hablar conmigo? Lo siento, pero no tengo el placer de conocerle.

—Eso tiene fácil solución —contestó el hombre con una sonrisa de vendedor profesional mientras le tendía la mano afablemente—. Marcelino Sampere. A su servicio.

Kino sintió un nudo en el estómago y tragó saliva. Aquel individuo le había resultado familiar, pero no había caído en la cuenta hasta aquel instante en el pequeño detalle de que el Jefazo también había sido alguien joven.

—Ricardo Lázaro. Aunque evidentemente usted ya me conocía. Y dígame, señor Sampere, ¿está usted con alguna productora?

—Podría decirse así, pero de una manera muy general. Digamos que tenemos amigos en común.

—Ya —dijo Ricardo mirándolo con desconfianza mientras le daba una calada al cigarrillo—. Es algo probable, ya que parece usted una persona muy amigable.

—Bueno, es un rasgo que ambos compartimos —respondió Sampere henchido de orgullo—. Digamos que represento los intereses de nuestros… patrocinadores.

Hubo algo en la forma en que Sampere dijo eso que hizo que Ricardo se pusiera muy serio súbitamente, y volvió a mirar a su interlocutor de arriba abajo, evaluándolo.

—¿Y qué patrocinadores serían esos?

—Vamos, señor Lázaro, usted ya sabe muy bien cómo funciona esto. No se supone que debamos decir quiénes son, nunca se sabe quién podría estar escuchando. Es como si no tuvieran nombre. Pero sí que les interesa recordarle que usted tiene un contrato pendiente. Y que ya ha pasado suficiente tiempo como para que empiece a considerar el comenzar a aportar su parte.

Ahora Ricardo miraba con dureza a Sampere, y había estirado la espalda para alzarse en toda su estatura mientras fumaba exudando altanería por los poros, pero sin llegar a echarle el humo a la cara. Tampoco hacía falta. Su forma de mirar era más que elocuente.

—¿A qué se dedica usted, señor Sampere?

—¿Yo? Bueno… un poco de todo. Me gusta considerarme como un emprendedor.

—Ya… —repitió Ricardo mirando una vez más la ostentosa indumentaria de quien tenía delante—. Lo decía porque va vestido como un agente inmobiliario.

La expresión de Sampere se crispó durante un instante, pero en menos de un segundo ya había recuperado la sonrisa de vendedor y se reía como si lo que Ricardo acababa de decir hubiese sido el mejor chiste de la Historia.

—Qué cosas tiene, señor Lázaro, qué cosas tiene. Aunque no creo yo que en España haya muchos agentes inmobiliarios de mi talla. Pero no, no me dedico a ese sector. Al menos profesionalmente, porque invertir en suelo siempre es la mejor opción de futuro, ¿no le parece?

—¿A día de hoy? Solo si se apuesta en contra de la Burbuja Inmobiliaria.

—¿Burbuja? Por favor, señor Lázaro —respondió Sampere apartando el comentario de Ricardo con una mano, mientras reía con suficiencia—. Eso son fantasías. No se crea las mentiras de los derrotistas, alarmistas y demás falsos profetas. De ser por ellos, jamás habríamos entrado en la Unión Europea. Pero bueno, a lo que íbamos, que nos desviamos del tema. Parece que nuestros patrocinadores tienen una gran fe depositada en usted, señor Lázaro. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—Por favor —dijo Ricardo sin ganas y con poca convicción.

—¿Qué es lo que les ha prometido?

—¿No se lo han dicho? —preguntó Ricardo con sorna.

—No. La verdad es que no. Simplemente me dijeron que ya se habían dedicado a sentar las bases. ¿Cómo fue exactamente…? Ah, sí. Controlar las variables —remató Sampere encogiéndose de hombros—. No sé qué puede significar eso, pero también me dijeron otra cosa.

—¿El qué?

—Que era probable que, a día de hoy, ni siquiera usted supiera exactamente qué es lo que va a aportar.

Kino pudo oír una voz en su cabeza que decía «¡Mierda!», y al instante la identificó como la de Ricardo. Miró hacia el fantasma de su padre, quien observaba distante desarrollarse la escena. No era él quien había hablado, sino que Kino había oído por un brevísimo instante los pensamientos de su padre. El fantasma le devolvió la mirada a su hijo, pero no dijo nada, y volvió a mirar hacia su versión más joven como para indicarle a Kino que prestase atención. Kino hizo caso.

—Alguna que otra idea ya tengo.

—Ah, ¿sí? Pues es un alivio, señor Lázaro, porque ya se estaban empezando a preocupar. De hecho, y estas son sus propias palabras no las mías, «aunque todavía queda la mitad de la partida y puede parecer mucho tiempo, se necesita bastante para preparar algo que nos pueda ayudar». ¿Qué puedo decir? Son gente difícil de contentar, ¿no le parece?

—Me parece que hay gente que no está contenta con nada —soltó Ricardo despectivamente.

—Bueno, eso no es del todo así. Es solo que algunos necesitamos más para contentarnos.

A Kino le hizo gracia que, por su forma de hablar, Sampere se considerase a la misma altura que aquellos que lo estaban usando a él para lo mismo que él usaba a Agustín Ortega. Pero también le agradó ver que su padre le trataba con la misma educación distante llena de desprecio que él había mostrado cuando le conoció en su casa.

—Dígales que no se preocupen. Lo tengo todo planeado y cumpliré con mi parte —dijo Ricardo apesadumbrado.

—Lo siento, señor Lázaro, pero me temo que no es suficiente. Quieren algo.

—¿El qué, un avance?

—Por así decirlo.

—Pues lo siento mucho, señor Sampere, pero me temo que no es posible.

—¿Y eso por qué?

—Porque si se supone que yo tuviese que contarle algo a usted, ellos ya le habrían hecho un avance de qué es lo que yo les prometí conseguir. Buenas noches. —Y sin más, Ricardo se dio la vuelta dejando a Sampere allí plantado, dispuesto a irse. Pero no pudo, ya que sintió cómo el futuro ministro le agarraba por el brazo, impidiéndole que se alejase.

—Mira, artistilla, no me vaciles. —Ricardo alzó las cejas fingiendo sorpresa al mirar la mano que le sujetaba del codo. La fuerza con la que Sampere presionaba en su articulación y el repentino tono macarra con el que hablaba le indicó que había conseguido molestarlo al recordarle que no estaba a la misma altura que sus superiores—. Puede que yo no sepa todo, pero sé lo suficiente. Control poblacional. ¿Qué tienes preparado? Te recomiendo que me digas algo satisfactorio, ya que depende de lo que yo les cuente para tenerlos contentos, ¿está claro?

—No está nada claro. —Rio Ricardo haciéndole frente, y zafándose del agarre con un movimiento brusco del brazo—. Lo que usted les diga me trae sin cuidado, porque esta gente ya tiene toda la información que necesita para saber qué está pasando, independientemente del recado que usted les lleve. Porque pongamos las cartas sobre la mesa, lo importante no era lo que yo le diga a usted, sino hacerme llegar un mensaje a través de usted. Un recordatorio de que va siendo hora de que me ponga las pilas. No me intente convencer de otra cosa, señor Sampere, cuando ni siquiera sabe en qué consiste mi proyecto. Y ahora es mi turno de preguntarle a usted a qué coño se dedica para darse tantos humos.

Sampere lo miraba con furia, pero parecía que su respiración había vuelto a calmarse, y recuperó el trato de usted a la hora de dirigirse a Ricardo.

—Mire, amigo, puede que yo no sea tan famoso como usted ni salga tanto por la tele. Pero precisamente por eso es por lo que yo llegaré mucho más lejos. Está usted hablando con el futuro dueño de este país.

—¿Eso es lo que le prometieron? —preguntó Ricardo volviendo a reír, incapaz de reprimir la carcajada.

—Su promesa fue que me ayudarían a conseguir mis metas. Y ellos saben perfectamente cuáles son mis metas —dijo Sampere muy serio.

—Ya entiendo —contestó Ricardo volviendo a mirarlo de arriba abajo con una mueca depredadora en sus labios—. La sonrisa de vendedor, el traje anticuado y unos zapatos que son cuatro veces el salario mínimo. Tú lo que quieres es meterte en política, ¿no es así, Marcelino? Y por tu pelo engominado y el innecesario escudo de armas que luces, creo que adivino el partido en el que debes militar…

Sampere se acercó amenazante, estirando el cuello para intentar poner su cara a la altura de la de Ricardo, mas sin éxito. Pero no hacía falta, porque su aspecto en aquel momento era ciertamente intimidante a pesar de su corta estatura, como Joe Pesci en Uno de los nuestros. Parecía capaz de cualquier cosa con alguien que tuviese la osadía de no tomárselo en serio. Pero Ricardo no se achantaba, y le sostuvo la posición sin intimidarse ni dejar de fumar.

—Así es, Ricardito, así es. De hecho, ya estoy metido. En política y en todo aquello que me permita llegar a ser la persona más importante de España. Así que puede que el día en que yo les sea de más utilidad que tú no esté tan lejos como tú te crees.

—¿Y qué me recomiendas que haga?

—Darme algo útil.

—Ya lo he hecho. Diles que vale, que las piezas están en movimiento.

—No es suficiente.

—No, no lo es. Nunca lo es para los inútiles sin imaginación como tú —estalló Ricardo repentinamente—. Y por supuesto, vuestra falta de imaginación la compensáis con una ambición casi caricaturesca. Es increíble que con lo fácil que tenéis las cosas no seáis capaces de controlarlas mejor, joder. Tenéis el juego amañado a vuestro favor y, aun así, os cuesta ganar. A mí me daría vergüenza, pero claro... Cadenas de televisión.

—¿Qué? —preguntó confundido Sampere.

—Cadenas de televisión. Tú lo que quieres es que yo te dé alguna idea que te ayude a ti, ¿no es eso?

—¿Tu plan final consiste en montar cadenas de televisión?

—¡Qué va! Eso está muy por debajo de mi proyecto, es una idea superficial, pero que puede ser suficiente para un político sin imaginación. Porque tú lo que quieres es que yo te dé alguna de mis ideas de la que puedas sacar provecho, ¿no es así? Tú eres capaz de presentarte voluntario para rebajarte y hacer de mensajero para un artistilla como yo solo para ver si mis ideas valen tanto como a ti te han dicho. Y con suerte apuntarte algún tanto como si se te hubiera ocurrido a ti. ¿O no?

Por la expresión de sorpresa tan exagerada, casi cómica, que puso Sampere sustituyendo su previa mueca furibunda, Kino dedujo que su padre acababa de dar en el clavo.

—Bueno, a ver… ¿Pero para qué queremos más canales de televisión?

—¿Que para qué…? ¡Ves cómo no tenéis ni una gota de imaginación! Mira, vuestro partido ya controla un grupo mediático que cuenta con sus propios canales. ¿Cierto?

—Cierto… —contestó Marcelino con cierta reticencia.

—Y mal, lo que se dice mal, no os van las cosas en ese apartado. Que yo estoy metido por ahí y sé cuáles son las cuotas de audiencia. Que nosotros también controlamos producciones televisivas.

—Vale, vale, ¿a dónde quiere llegar?

—Crear otra cadena. Pero que esta sea con tendencia a la izquierda.

—¿Y eso en qué iba a beneficiarnos? —preguntó Sampere con cara de no entender nada.

El partido en el que Marcelino Sampere había comenzado a militar hacía pocos años, y que actualmente ostentaba el Gobierno del Estado, era de una tendencia conservadora muy marcada, sirviendo de refugio al amplio espectro reaccionario del país. Motivo por el que habían ganado por mayoría absoluta en las anteriores elecciones.

—Pues que la tendencia hacia la izquierda sería puramente aparente. Ponéis a algún famosillo y a algún periodista que diga cosas así muy rojas. De las que vuestro electorado no quiere oír. Ponéis mucho énfasis en temas sociales, y en general habláis de las cosas de las que habla la oposición. Sería la primera cadena abiertamente de izquierdas, así que llamaría mucho la atención y atraería a todo el público que echa de menos ese tipo de mensaje. Pero en realidad seríais vosotros los que controlaríais el mensaje. Piénsalo por un segundo. —Kino, que estaba anonadado al ver la facilidad con la que su padre se desenvolvía en una situación tan surrealista como aquella, vio que Sampere ponía expresión pensativa al oír las palabras de Ricardo. Sus argumentos estaban empezando a adquirir sentido en su mente—. Tendríais control sobre la línea editorial. Y luego ya, la guinda: hacéis programas de debate a los que invitáis a los «expertos» más ineptos de la izquierda, por un lado, gente que no es capaz de improvisar un argumento de peso en el calor de una discusión y ante la que sea fácil no quedar mal. Y por el otro, a la auténtica gente a la que vosotros queréis dar visibilidad. Y es así cómo hacéis llegar vuestro mensaje reaccionario a más gente. ¿Entiendes?

Sampere asentía lentamente.

—Entiendo, entiendo. Tiene bastante sentido, la verdad. Y tengo que reconocer una cosa: es una idea muy buena, cojonuda. Muy retorcida.

—Pues te dejo que te la quedes y que te apuntes el tanto, campeón. Ahora, ¿puedo irme?

Sampere volvió a asentir lentamente, asimilando aún las palabras de Ricardo. Pero cuando este volvió a darse la vuelta, arrojando la colilla de su cigarro al suelo, Sampere recuperó la compostura y se volvió a dirigir a él:

—Volveremos a vernos, señor Lázaro. Ha sido un auténtico placer.

Ricardo se quedó plantado en seco, y permaneció pensativo de espaldas al Jefazo durante un par de segundos hasta que giró sobre sí mismo para dirigirse de nuevo hacia su interlocutor mientras sacaba otro cigarro del interior de su chaqueta.

—Mira, tronco, si te hago otro favor, ¿prometes que no me darás el coñazo? —Por un instante, Kino volvió a ver ante él al mismo chico que logró evitar todos los problemas en el barrio de Carabanchel a pesar de ser de fuera—. Ese rollito de volveremos a vernos… qué pereza, no me jodas.

Sampere metió las manos en los bolsillos de su pantalón con expresión molesta, pero no enfadada. Parecía que no le gustaba nada el tono de aquel «artistilla», pero muy a su pesar tenía que reconocer que sus ideas puede que tuviesen tanto valor como se rumoreaba.

—Bueno, si me hace otro favor, prometo estarle eternamente agradecido —dijo en tono conciliador.

—Supongo que me tendré que conformar con eso, ¿no?

—Le prometo que, de ser así, mantendremos las relaciones estrictamente a lo esencial.

—Bueno —dijo Ricardo aparentemente conforme con esa concesión, pero plenamente consciente del escaso valor de la promesa de un político incipiente. Levantó una mano e hizo un gesto como si estuviese encendiendo un mechero invisible. Sampere volvió a sacarse el mechero del bolsillo con una expresión agria en el rostro, y lo encendió ante Ricardo, quien se inclinó para prenderse el cigarro. Después de echar el humo de la primera calada dijo tranquilamente, como quien no quiere la cosa—: Ojo con el tesorero.

—¿Cómo?

—Ya me ha oído. Mucho ojito y manténgase alejado de él si sabe lo que le conviene. O le terminará salpicando la mierda.

—¿Sabe usted algo que…? —preguntó Sampere visiblemente confuso.

—Sí. Pero no importa el cómo ni el por qué. Usted hágame caso y se evitará muchos quebraderos de cabeza en el futuro. Créame.

Y sin más, Ricardo se dio media vuelta y partió en busca de un taxi, dejando allí plantado al futuro ministro del Interior, que no sabía qué pensar. Como Kino.

—Papá, ¿qué cojones acaba de pasar? ¿A qué se refería Sampere con eso que dijo del control poblacional? No entiendo nada.

El fantasma de su padre parecía que no fuese a soltar prenda. Seguía mirando la escena desarrollarse delante de él con una expresión seria y distante, como si aquello no fuese con él. Finalmente habló:

—Tú no pierdas detalle.

Kino sintió una extraña sensación en la sien. No era el dolor al que estaba acostumbrado y que servía de aviso de que las cosas no iban bien, era una sensación diferente. Y se preguntó si quizás Ricardo hubiese decidido dejar de reprimir recuerdos y estuviese empezando a mostrarle las cosas que realmente pasaban en su vida. O, mejor dicho, que habían pasado.

V

A Ricardo le fue imposible evitar las burlas de aquella especie en peligro de extinción que eran por aquellos días los punkis del Dos de Mayo. No importaba que conociese a la mayoría por sus nombres, él sabía que por ir en frac alguna broma le iba a caer, y las contestó con gracia antes de seguir en dirección a su portal.

Su expresión era seria mientras el ascensor subía lentamente hasta el último piso, y tenía un aire pensativo, mirando al suelo con las manos metidas en los bolsillos. Kino miró al fantasma de su padre, también pensativo. Aquel día parecía viejo, muy viejo. Casi tanto como los días antes de que muriese. A esas alturas, Kino ya había entendido que el aspecto que adquiría cada día el fantasma de su padre reflejaba su estado de ánimo. De manera que decidió prestar especial atención a lo que iba a pasar a continuación.

Ricardo abrió la puerta en silencio y se adentró en la vivienda a oscuras, caminando de puntillas por el pasillo de madera, que crujía levemente con cada paso que daba a pesar de que se había quitado los zapatos antes de entrar y los llevaba en una mano, colgando de dos dedos. De pronto, un ruido lo sobresaltó.

A través de las puertas de doble hoja abiertas de par en par, escuchó proveniente del interior del salón un sonoro ronquido. La luz de las farolas entraba por los ventanales, que tenían las cortinas descorridas, y la luz le daba un aire de penumbra naranja a la habitación e iluminaba directamente a Teresa enfundada en su pijama verde, que se había quedado dormida en su escritorio, rodeada de todo tipo de documentos de los innumerables casos que llevaba para «La Joya del Barrio».

Ricardo reprimió la risa cuando otro ronquido más fuerte incluso que el anterior salió de la nariz de Teresa. Se había acercado hasta su lado y se quedó allí mirándola dormir, pues la cara que ponía siempre que soñaba, con la boca semiabierta y profunda tranquilidad en su rostro, se le antojaba como la más adorable imagen en la que sus ojos se habían posado nunca. Pero decidió que no quería asustarla, en el caso de que ella despertase y se lo encontrase a él allí, observándola en la oscuridad.

Fue hasta el sofá a por la manta que los dos solían echarse por encima cuando se quedaban algún domingo en casa a ver una película, y se la echó por encima de los hombros a la Bella Durmiente. Durante un par de segundos se planteó el limpiarle el breve hilillo de baba que se le escurría desde la comisura de los labios, pero decidió que no. Aquello le daba un aspecto todavía más adorable. Al menos a ojos de Ricardo.

Volviendo a caminar de puntillas se dirigió hacia su habitación. Al abrir la puerta, lo primero en lo que se fijaron sus ojos fue en la cuna que había al lado de la cama de matrimonio. Del interior provenía una suave y rítmica respiración.

Ricardo sonrió y en dos rápidos y silenciosos movimientos se quitó la chaqueta y la pajarita, arrojándolos sin ningún cuidado encima de la cama. Se desabrochó un par de botones de la camisa mientras se acercaba a la cuna, y una vez allí se quedó mirando un buen rato al bebé que allí descansaba.

Durante los dos últimos años las cosas entre Teresa y él se habían arreglado bastante. Parecía que por fin habían encontrado el equilibrio cada uno para alternar sus vidas profesionales con lo personal. De manera que por fin se habían animado a crear una familia entre los dos, aunque seguían sin haberse casado. Y ni Ricardo ni Teresa hubieran sabido decir por qué. A los dos les apetecía casarse, la verdad, pero después de veinte años juntos cada vez les parecía una idea más ridícula. No es que fuesen unos niños enamorados, precisamente. Su amor ya había superado bastantes baches y pruebas, y les daba la impresión de que no tenían que demostrar nada.

De hecho, Teresa había arrojado ya la toalla en lo referente a tener hijos, y siempre fue capaz de mantener su instinto maternal a buen recaudo. Pero mientras empezaban a arreglar las cosas ella y Ricardo, su sorpresa fue mayúscula cuando, después de haberse quedado embarazada por accidente, su hombre le dio la razón después de que ella dijera que creía que aquella vez sí debían tenerlo. Y es que Ricardo lo decía de verdad, y eso era algo que ella no se esperaba. Por no hablar que en lo que duró el embarazo él se deshizo en atenciones, cuidados y cariños por ella. Algo que Teresa se esperaba aún menos.

Ricardo observaba al pequeño Raúl, que dormía apaciblemente en la cuna. Y Kino podía sentir como propias las intensas emociones de amor y cariño que sentía su padre en aquel momento. Mas su expresión era seria, y aquello lo confundía.

Y más lo confundió el hecho de que, de repente y sin previo aviso, las lágrimas empezaron a brotar de los ojos de Ricardo. Él seguía impasiblemente serio, apoyado en la cuna observando a su primogénito, pero la tristeza lo desbordaba por los ojos. Goterones cada vez más gordos se iban sucediendo en la pendiente de sus mejillas, creando un surco húmedo a cada lado de su cara, y Kino empezó a sentir un profundo desasosiego en su interior. No sabía si era fruto de que percibía las emociones dentro de los recuerdos de su padre o si se debía a que no le gustaba nada verlo allí llorando tan amargamente.

—¡Hey! —dijo un susurro detrás de Ricardo.

Este se giró y vio a Teresa apoyada en la puerta sonriéndole, con la manta todavía sobre los hombros. Ricardo le sonrió mientras se limpiaba las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano.

—Hola —respondió también susurrando.

—Estuve viendo la ceremonia. No hubo suerte, ¿no?

—Bueno, ganó Alejandro, algo sí que hubo. Me alegro por él.

—Oye —dijo Teresa reparando por primera vez en los ojos llorosos de Ricardo, pues la oscuridad de la habitación se lo había impedido hasta el momento—. ¿Qué te pasa?

Ricardo se incorporó, lanzando una última mirada a Raúl antes de girarse hacia ella. Sin decir nada le rodeó la cintura con un brazo, y con la mano restante le acarició las dos mejillas antes de que terminara apoyada con suavidad en su nuca. Después de mirarla a los ojos durante unos segundos, apoyó sus labios en los de ella, y los dos se quedaron así durante un rato. Disfrutando del beso.

—Te he echado mucho de menos. No te lo imaginas —dijo Ricardo cuando por fin se separaron, luchando por contener las lágrimas, que parecían querer volver a salir.

—Pero si comimos juntos. Estás muy tonto tú hoy, ¿no? —respondió ella. Y aunque puede que sus palabras fuesen duras, sus ojos le miraban con ternura y le hablaba con un tono de voz muy suave.

—No, Teresa. Soy tonto, que es diferente. Vamos —dijo tomándola de una mano y tirando de ella hacia el salón—, no vayamos a despertarlo. ¿Te ha dado mucha guerra?

—¡Qué va! Es un angelote.

—Como la madre.

—¿Te ha pasado algo? —dijo ella acariciándole el brazo que le sujetaba de la mano—. Pareces triste.

—No estoy triste. —Ricardo le volvió a acariciar la mejilla mientras le sonreía—. Estoy agradecido. Muy agradecido.

Y de repente se dio la vuelta, soltando a Teresa y empezando a rebuscar en el estante en el que amontonaban todos los discos de ambos.

—¿Qué haces? No despiertes a Raúl.

—Tranquila —contestó Ricardo mientras pasaba sus dedos a toda velocidad por los vinilos, buscando—. Aquí está.

Y sin que a Teresa le diese tiempo de ver qué disco había cogido, Ricardo se dirigió hacia el equipo de sonido, que contaba también con tocadiscos, y lo introdujo con cuidado. Mientras el disco comenzaba a girar con la aguja posada en el borde del vinilo, él giró con cuidado la rueda del volumen hasta que quedó a un volumen lo suficientemente bajo como para no despertar a Raúl, pero lo suficientemente alto como para que se pudiese entender la letra. Y los primeros acordes de It’s been a long, long, time empezaron a sonar.

—He estado pensando. He estado pensando mucho —dijo Ricardo.

—¿En qué? —dijo ella con una sonrisa tierna mientras se acercaba para cogerlo de las manos al mismo tiempo que se contoneaba lentamente al ritmo de la música.

—Pues en todo. En mis películas. En Raúl. En ti. En nuestra vida. Son muchos años. Y me siento muy agradecido, Teresa. Sé que hemos tenido momentos malos, pero quiero que sepas que no cambiaría nada. Tú me has ayudado a ser la persona que soy. Y yo jamás podría haber aspirado a conseguir la mitad de lo que he conseguido si tú no estuvieras aquí. Te lo debo todo, porque tú eres mi todo.

—Pero bueno… ¿y esto a qué viene? —preguntó ella con la voz temblorosa, pues ahora era ella quien parecía no poder contener las lágrimas.

—A que te pido perdón.

—No tienes que pedirme perdón por nada.

—Sí, Teresa, sí que tengo que hacerlo —dijo Ricardo mientras Kitty Allen comenzaba a cantar—. Perdón por todo, y gracias también por todo. Te quiero. Más que a nada.

Después de compartir un suave beso, y de quedarse mirándose los dos a los ojos compartiendo sonrisas que rebosaban dulzura, juntaron lentamente sus cuerpos hasta quedar abrazados delicadamente el uno al otro. Y allí se quedaron bailando lentamente al ritmo de la música.

—¿Qué piensas?

Kino se sobresaltó al oír la pregunta de su padre. Se había quedado mirando la escena desarrollarse en silencio, descubriendo una profunda sensación de tranquilidad al ver a sus padres bailar lentamente en el salón de su casa. Kino se quedó pensando durante un rato en una contestación, y finalmente fue capaz de articularla.

—No sé qué pensar…

Ricardo se lo quedó mirando en silencio, suspiró, y únicamente dijo:

—Bien.

Y hasta que terminó la canción, los dos se quedaron en silencio observando a la pareja bailando lentamente, sujetándose con ternura el uno al otro. Después de eso, fue como si alguien apagase las luces de manera abrupta. Y lo próximo que vio Kino al abrir los ojos fue el interior de la Caverna.

VI

Kino estaba más que aburrido de ver imágenes de gente haciéndose fotos en el espejo del baño. Su búsqueda estaba siendo muy infructuosa y, presa del aburrimiento, estaba fumando más de lo que acostumbraba. Cosa que también provocaba que su mente estuviese algo embotada.

Toda la tarde del sábado y el domingo desde que se despertó se los pasó delante del ordenador, buscando por las redes sociales algo que pudiese saciar su curiosidad. No se esperaba que le fuesen a salir tantos resultados de búsqueda después de poner «Cristina Teijeiro» en cada una de las redes sociales que él conocía. La mayoría de esos perfiles ni siquiera coincidían con el nombre y apellido al mismo tiempo, pero él seguía buscando y escudriñando fotos.

No descartaba los perfiles que no viviesen en el distrito de Betanzos (que con la metropolización del litoral español fue como pasó a llamarse la zona donde antiguamente se encontraba el pueblo de Miño), pues era plenamente consciente de que la gente cambia de vivienda y de que también viaja.

Por otra parte, también hubiese deseado que no fuera la persona tal y como se la había descrito Jaime. Si Jaime la hubiese tenido agregada en sus contactos habría resultado fácil. Pero como no la tenía, Kino optó por buscar también los perfiles de los antiguos amigos de la infancia de su padre, y de ahí extender la búsqueda. Aunque hubo los mismos resultados: poquísimos perfiles que coincidieran, y los pocos que coincidían eran de gente mucho más joven de lo que debía tener la tal Cristina o los viejos conocidos de su padre.

En un principio se había pensado que no tardaría tanto en encontrar a aquella mujer, ya que Jaime le había dicho que había intentado acceder a la fama por medio de los programas de prensa rosa. Mas Kino no encontró nada, quizá por la poca relevancia que aquella fuente poco fiable había tenido, o quizá porque él no conocía ninguno de los programas de la época, y de los pocos programas de los que se conservaba contenido en las bases de datos online no había nada que hablase sobre Ricardo.

Lo cierto era que Kino no hubiese podido decir si seguía buscando porque de verdad tenía la esperanza de encontrar algo útil para resolver el misterio de la doble vida de su padre, o si lo hacía por distraerse del otro asunto que poblaba sus pensamientos las veinticuatro horas del día: Marcelino Sampere.

Le había gustado ver cómo su padre despreciaba a aquel ambicioso individuo, le había llenado de orgullo incluso. Pero lo descolocó el hecho de que le diese ideas sobre cómo influir en el mensaje de los medios de comunicación, y más aún que lo hiciera para quitárselo de encima, sin ganar él nada a cambio. ¿Significaba aquello que habrían llegado a trabajar juntos? Kino esperaba que no, aunque tampoco era que se le ocurriera una manera de comprobarlo más allá de preguntarle al propio Sampere. Y seguro que aquel capullo arrogante decía que sí o, más probablemente, que era Ricardo el que trabajaba para él.

Hacía casi un mes que había conocido al Jefazo en su casa, y no había vuelto a tener noticias de él. Era poco probable que Sampere arrojase la toalla para descubrir de qué iba aquel proyecto del que había estado detrás durante tanto tiempo. De manera que Kino intuyó que le debía de estar dando un amplio margen para pensar en su oferta, pues se podía permitir tener un poco más de paciencia si había estado esperando casi cuarenta años.

Parecía que Ricardo, el día que conoció a Sampere, había confirmado que este no sabía nada de sus intenciones, pero ¿habría podido cambiar esto con los años? Kino intentaba no pensar en eso ya que, al fin y al cabo, él tampoco tenía ni idea de cuáles habían sido las verdaderas intenciones de su padre. Eso habría facilitado mucho las cosas.

Ricardo había sido capaz de guardar un secreto que, aparentemente, había sido de máximo interés para mucha gente durante muchos años. Y no solo eso, sino que también se lo había guardado en secreto a su familia. Kino se preguntaba qué posibles ramificaciones podría tener el proyecto AF01, pero también se preguntaba cuánto de sus recuerdos habría sido su padre capaz de ocultarle.

Flotando ante él iban pasando los perfiles de multitud de gente que se llamaba «Mario». A esas alturas ya era el único nombre que le faltaba por rastrear. Y no lo hacía con demasiado entusiasmo, sino que llevaba a cabo tal actividad de una manera automatizada y repetitiva. Pero aun buscando, la imagen de Sampere estrechándole la mano a su padre no se le iba de la mente.

«—Señor Lázaro, estaba esperando tener una oportunidad para hablar con usted».

Y en aquel momento, recorriendo con la vista la página del buscador repleta de gente que se llamaba Mario, algo hizo clic en su mente.

«O como a él le gustaba que le llamasen, señor Silva».

Aquella frase no tenía sentido para él, pero le parecía que la recordaba de algo. Como de un sueño lejano. Sin embargo, desde aquel momento le invadió la certeza de que aquel era el apellido unido al nombre de la némesis infantil de Ricardo. Sí, estaba seguro de aquello. Aunque le era imposible el recordar por qué. El embotamiento de su mente desapareció al instante, y estaba igual de despierto como si en vez de haberse fumado tres porros se hubiese bebido tres cafés. No obstante, introdujo con mucha tranquilidad el nombre completo en el buscador: «Mario Iglesias».

Nuevamente volvieron a aparecer multitud de perfiles de gente mucho más joven. De manera que esa vez sí que decidió acotar algo más la búsqueda, al menos al principio, y la redujo solamente a personas que viviesen en el distrito de Betanzos. Pero algo en su cabeza le decía que acababa de recordar algo importante y se sintió confiado, por lo que también introdujo un nuevo parámetro de búsqueda: la edad. Limitó la búsqueda a personas que hubiesen nacido antes de la década de los sesenta, llamados Mario Iglesias y que viviesen en la zona de Ortegal, como se llamaba la antigua comarca. Pero esta vez no solo buscó en redes sociales, sino que amplió su búsqueda a toda la red. Y, curiosamente, en menos de diez minutos encontró, por fin, lo que llevaba tanto tiempo buscando.

La búsqueda le llevó a descubrir que, a mediados de la primera década del s. XXI, un tal Mario Iglesias se había unido a un recién creado partido político. Dicho partido se había erigido en su momento como alternativa al bipartidismo que se repartía el Gobierno del país, pero las excentricidades de su variopinto grupo de miembros no tardaron mucho en hacer mella en sus resultados electorales, y una década después de su fundación aquel partido que prometía ser un faro hacia el futuro quedó relegado a una simple broma como resultado del continuo ridículo que hacían sus representantes cada vez que les ponían un micrófono delante.

En las imágenes de archivo correspondientes a las elecciones municipales de 2007, fue donde Kino encontró por fin una cara que se le hacía muy familiar. No la veía desde que era un niño cabrón que disfrutaba tirándole piedras a las vacas, pero no había duda: era él. Mario Iglesias se había presentado a las elecciones de Betanzos en el 2007, y había sufrido una humillante derrota. Y no solo eso.

Parece que en las noticias de la época había muchos artículos de opinión que hablaban en tono de sátira y cachondeo de las inoportunas y continuas declaraciones públicas de la mujer del candidato. Unas declaraciones que siempre estaban fuera de lugar, y que usaba solamente para difundir rumores falsos e infundados de los adversarios de su marido.

Cuando por fin encontró un vídeo de aquella mujer, a Kino por poco se le sale el corazón por la boca. Allí, acusando de ser narcotraficantes a los otros candidatos a la alcaldía, despotricando a diestro y siniestro aparecía una mujer rubia y de ojos verdes. Una mujer que habría resultado guapa y distinguida de no ser por la expresión de perro de pelea que había en su rostro. Y Kino la reconoció al instante. Aquella no era otra que Cristina Teijeiro, la misma que según Jaime había intentado vivir de los paparazis y la misma con la que Ricardo parecía que había tenido una hija.

Pero aquel no fue el motivo del sobresalto de Kino. Al menos enteramente. Él estaba acostumbrado a verla en los recuerdos de Ricardo cuando aún no llegaba a la veintena, pero en aquellas imágenes había pasado ya de los cuarenta. Y por extraño que parezca, esto hizo que la reconociese por partida doble. Ya que aquella señora malhumorada, no solo le recordó al instante a la joven de los recuerdos de su padre, sino que también a otra señora de los recuerdos del propio Kino.

La última vez que había ido a Galicia a visitar a su madre, se la había cruzado por la calle antes de cruzarse con Santi. Una señora que iba vestida con sus mejores galas para ir a por el pan y con tanta laca en el pelo que parecía que llevaba un casco. Una anciana mujer que, a pesar de la edad, hubiese podido ser considerada como guapa de no ser por la expresión malhumorada que adornaba su rostro. La misma señora que le puso mala cara cuando Kino se la quedó mirando hasta que apartó la vista, incómodo.

Sin saberlo, ya se había cruzado con la amante de su padre.

VII

—¿Tú te leíste El Viejo y el Mar? —preguntó Ricardo. Kino le asintió con la cabeza mientras sonreía de lado—. Entonces entiendes de qué va esto.

—Más o menos.

Kino y el fantasma de su padre observaban la presentación de El Viejo y el Mar 2: La Venganza en la Casa del Libro de Gran Vía. La primera novela de Ricardo Lázaro, a juzgar por la presencia de multitud de medios de prensa que allí se presentaron, fue un libro que causó mucha expectación. Y ya aquel primer día, el furor con el que la gente se agolpaba para comprarlo fue un fiable indicador de que no tardaría mucho antes de encontrarse en las listas de «Más vendidos». Como efectivamente sucedería.

—¿Por qué escogiste El Viejo y el Mar? —preguntó Kino.

—Yo no lo escogí. Lo escogió Cristian Lepanto —puntualizó Ricardo alzando un dedo—. El protagonista de la novela.

—Está bien… ¿Por qué escoge Cristian Lepanto El Viejo y el Mar para escribir él la secuela?

—Verás, aparte de ser una novela que siempre me gustó mucho, y del comentario superficial sobre la arrogancia de los escritores primerizos que se piensan que van a reinventar la rueda, el motivo por el que escogí esta novela son los diálogos del protagonista. En mi novela el protagonista hace un viaje personal con un montón de paralelismos con la obra original. Por ejemplo, de la misma manera que el viejo se pasa la mayor parte del libro manteniendo un diálogo imaginario con el pez que está intentando pescar, mi protagonista lo hace con su novela inconclusa. Suplicándole que se termine sola de la misma manera que el viejo le suplica al pez que deje de luchar.

—Entiendo —respondió Kino.

—Está luchando contra la naturaleza, a la manera en que luchaban los autodenominados intelectuales. Llorando y clamando que el Universo está en su contra.

—¿Autodenominados intelectuales?

—Ajá. Yo siempre he sido de la firme creencia que hay palabras que te las tienen que decir otros. Guapo, listo, intelectual… Si te lo llaman otros, pues está bien, pero si uno lo dice de sí mismo… —El fantasma de Ricardo negó con la cabeza mientras fruncía los labios.

—¿Y cómo fue que te dio por dedicarte a las novelas? Aunque fuese por una vez.

—Pues ya ves. Cuando tu madre se quedó embarazada de Raúl decidí tomarme un pequeño «descanso» de mi trabajo, en simpatía con Teresa. A ella sí que le jodió tener que dejar de trabajar, pero tenías que verla. Incluso la semana antes de dar a luz se quedaba hasta la madrugada revisando los casos que en esos momentos llevaba su compañera Elisa. Y contigo, igual.

—Normal que saliéramos como salimos —bromeó Kino.

—Bueno, algo de culpa también tenéis vosotros —contestó el fantasma de Ricardo—. A raíz de quedarme en casa pues empecé a dedicarle tiempo a esta historia, que era un borrador de una idea que había tenido hace años, y que andaba rodando entre mis notas. Y bueno, el libro se fue escribiendo solo, como quien dice.

—Vaya —replicó Kino con amargura—. Qué suerte…

Después de su novela, Ricardo solamente haría dos películas más, ya que desde que nació Raúl se empezó a dedicar más a proyectos televisivos. El motivo de esto era que, al ser proyectos más estables y continuados en el tiempo, se podía permitir una jornada más tranquila e incluso monótona, lo que le permitía tener unos horarios fijos y atender la casa y los niños. Además, la mayor parte de los días podía trabajar desde casa y, en el caso de tener que ir a los Estudios Lázaro, no tardaba más de quince minutos en coche.

A mediados del 2003 Jaime y él se encontraban trabajando conjuntamente en el guion de una serie que habían conseguido venderle a Canal+, al no conseguir ni el menor interés por parte de las cadenas nacionales. Y no importó cuánto se esforzó por convencer a los productores de televisión de que las series eran el futuro del entretenimiento y que el paradigma iba a cambiar en pocos años, esa serie la tuvo que financiar él solo. O, mejor dicho, su productora.

Ricardo era un fan declarado de Los Soprano, y devoraba semanalmente los capítulos a medida que se iba estrenando cada temporada. Esta era la serie que él utilizaba siempre como ejemplo para argumentar a favor de la evolución de las teleseries, pero solo consiguió que le prestasen atención los ejecutivos de la cadena gala. Que casualmente también era la cadena que, en aquella época, emitía la famosa serie.

La serie por la que Ricardo tanto tuvo que pelear por sacar adelante se llamaba La habitación 727, y aunque todos los expertos le habían desaconsejado la idea a Ricardo por considerarla demasiado arriesgada, el tiempo volvió a darle la razón. La serie se centraba en la habitación de un hotel, y cada episodio estaba ambientado en una época diferente. Pero no solo eso, sino que los géneros también cambiaban de episodio en episodio tocando géneros tan dispares como la comedia, el terror psicológico, género negro o drama romántico. El reparto también cambiaba de capítulo en capítulo, pues cada episodio narraba la historia del huésped del momento en la habitación homónima. Solo algunos personajes aparecían en más de un episodio, y solo eran algunos trabajadores del hotel sobre los que se aplicaba maquillaje para reflejar el paso del tiempo.

Esta serie contó con cuatro temporadas de seis capítulos cada una, y a partir de la segunda, Ricardo empezó a delegar más en Jaime las tareas de showrunner, ya que fue durante la emisión del tercer capítulo que Teresa volvió a romper aguas.

A Kino se le hizo muy extraño ser testigo de su propio nacimiento, y sintió náuseas y mareos fruto del vértigo cuando se vio de recién nacido en los brazos de su madre (Ricardo tuvo el detalle de pasar por alto toda la experiencia en el quirófano, algo que Kino agradecía enormemente). A expresa petición suya, Ricardo avanzó rápidamente por el recuerdo de su alumbramiento, y pasaron directamente a ver cómo era el día a día a partir de que estuvieron los cuatro en casa.

Kino se sintió dolido por la poca fiabilidad de sus propios recuerdos. Y es que él siempre había tenido el recuerdo de un padre ausente, pero lo que estaba viendo a través de los ojos de Ricardo era algo muy distinto. Desde el nacimiento de Raúl, Ricardo pasaría la mayor parte de los días trabajando desde casa, dándole a Teresa la ansiada oportunidad de reincorporarse a su trabajo. Y es que, a diferencia de Ricardo, su trabajo sí que le obligaba a hacer acto de presencia.

A pesar incluso de que Ricardo decidió abordar un nuevo proyecto cinematográfico al poco de nacer Kino, eso no hizo que se apartara de sus labores domésticas, y se encargaba de las tareas del hogar, así como de cuidar a sus dos pequeños. El año próximo, Raúl empezaría a ir al colegio, pero mientras tanto los tenía a los dos en casa. Y sorprendentemente, aquello nunca fue un impedimento para que Ricardo siguiera avanzando en el guion que se traía entre manos.

De todas maneras, aquella película no lo tenía particularmente enamorado, y a diferencia de la mayoría de sus producciones, esta la coescribió desde el principio con Jaime. Quien también aprovechó el tiempo que pasaba trabajando en casa de Ricardo para confraternizar con los hijos de su amigo. A Kino le hizo ilusión ver lo bien que se lo había pasado siendo todavía un enano jugando en los brazos de Jaime, a quien aparentemente se le daban muy bien los niños. Y lo cierto era que no sabía que conocía a Jaime desde tan pronto, pues la mayoría de los recuerdos que tenía de él habían sido en su adolescencia.

La historia que ambos se traían entre manos sería la penúltima película que Ricardo dirigiría en su vida y, por primera vez, estaría plenamente basada en hechos reales. La película se llamaría El rey del butrón, y era la biografía de Ángel Suárez, alias Casper: el mayor ladrón de la historia de España. Especialista en butrones y asaltos a escondites de mafias para robar alijos. La cinta ofrecía un recorrido desde sus inicios como ladrón de barrio, su meteórico ascenso y enriquecimiento con la consecuente vida de lujos y despilfarros y codeos con la jet set de la época, para terminar con su dramática caída en desgracia al haber sido identificado por la mafia colombiana a la que había robado previamente. En cierta manera, su estructura recordaba un poco a Saliendo del hoyo, pero se notaba que Ricardo había tenido tiempo de refinar su técnica a la hora tanto de escribir como de dirigir. Poco antes de terminar la película era cuando Casper lo perdía todo: su fortuna, sus amigos (a manos de los narcotraficantes, que no olvidaban las afrentas) e incluso su mujer-florero, quien lo abandonaba después de haberle prometido innumerables veces amor eterno. Se quedó solo y sin nada, y así fue cómo se vio obligado a llevar a cabo el golpe más arriesgado hasta la fecha.

—Él fue el del robo a las Koplowtiz —le dijo el fantasma de Ricardo a Kino, como quien hace una gran revelación. Aunque lo cierto era que a Kino aquel nombre no le decía absolutamente nada, por lo que se encogió de hombros y su padre continuó la historia—. Bueno, pues el caso es que ese fue su último golpe, en efecto. Pues gracias a ese robo, la policía fue capaz por fin de seguirle la pista hasta dar con él.

—Entonces, ¿a ti te parece buena idea lo de dejar caer que fue el propio Casper el que hizo un robo chapucero para que lo atraparan a propósito? —le preguntó Jaime a Ricardo mientras los dos repasaban las notas de su guion en el salón del segundo.

—Bueno, piénsalo, al tío no solo le perseguía la policía, sino que también la mafia colombiana. Se debió de figurar que, en la cárcel, aislado de todo, debería de estar más seguro. Aún le quedaba algo de dinero, no lo perdió todo. Tenía suficiente como para pagarse algo de protección ahí dentro. Además, también había pensado en que en la escena en la que por fin se conocen Cáceres1 y él en el interrogatorio, que le deje caer que él sabe cosas. Demasiadas cosas y de gente demasiado importante. Y que la única manera de convencer a esa gente de que no va a hablar es quedarse en la cárcel.

—Madre mía, Ricardo, ¿sigues emperrado en meter tus teorías conspiranoicas? —Jaime observó cómo Ricardo asentía con total seguridad—. En fin. Al menos esta es una historia con parte de realidad, no como la otra idea de guion que tenías sobre el comisario que prendía fuego al Windsor para librarse de documentos incriminadores de políticos —dijo mientras resoplaba, poniendo los ojos en blanco—. Pero ¿qué lógica tiene? El tío era un ladrón, ¿cómo consiguió documentos confidenciales de las cloacas del Estado? No le veo la lógica.

—Bueno, está el trabajo que hace para Rodríguez Menéndez.

—¡Anda! ¿Por eso fue por lo que insististe en meter esa secuencia? Se suponía que esto era una biografía, y tú estás yéndote casi a la ciencia ficción. Nos vamos a meter en problemas Ricardo, nos van a meter una de denuncias…

—¡Pues les cambiamos el nombre a los personajes! Es sabido que Casper y Rodríguez Menéndez se movían en los mismos círculos, hay pruebas de su amistad. Además, no es como si nos fuera a denunciar por calumnias que está desaparecido y en busca y captura. Solo faltaba.

Jaime se pasó una mano por la frente, frotándose los ojos como si quisiera despertar de aquello.

—Está bien —concedió abatido—. Tú verás…

—¿Tienes una faceta conspiranoica que desconozco? —le preguntó Kino al fantasma de Ricardo.

—En absoluto, hijo. Es solo que quería aprovechar esta película para hablar de ciertos temas.

—¿Por qué?

—Pues porque pretendía que el público atase los mismos cabos que yo con la información de la que disponía.

—¿Y sirvió para algo?

—Sirvió, sí. Pero no para lo que yo quería. Hablé de corrupción, y expuse tramas que más tarde la prensa confirmó como ciertas. Pero para aquel entonces el daño ya estaba hecho. ¿Oíste alguna vez lo de que la realidad supera siempre a la ficción? Cuando se empezó a descubrir que había tramas de corrupción como las que yo describía en mis películas, los medios se esforzaron por restar credibilidad a la prensa acusándoles de dejarse llevar por fantasías, y de copiar noticias de argumentos de películas.

—¿Pero había pruebas?

—Ya te digo que había. Discos duros enteros llenos de pruebas en las sedes de los partidos.

—¿Y no sirvió de nada?

—De nada en absoluto. A la gente la terminaron por convencer, por medio de un constante bombardeo mediático, de que no existían tales pruebas y de que los hechos no eran más que invenciones de la prensa amarillista. Y por supuesto, la Fiscalía nunca consideraba que había suficientes indicios para abrir una investigación, «me pregunto por qué». Y la rueda siguió girando.

—Madre mía… Pues sí que es viejo el invento de la posverdad.

Ricardo soltó un bufido malhumorado.

—Luchar contra la desinformación y la propaganda es como mear con el viento de cara.

—Pero hay una cosa que no entiendo —dijo Kino.

—¿El qué?

—¿Cómo era que tú estabas al tanto de todas esas tramas, conspiraciones y demás? ¿Cómo es que tú tenías esa información privilegiada?

—Yo no tenía información privilegiada, Kino —respondió Ricardo con una sonrisa misteriosa—. No hace falta tenerla para saber qué es lo que está pasando. Las pistas están ahí, solo hay que saber buscar. Atar cabos.

—Pues o tú atas cabos mejor que un marino, o la gente estaba muy dormida, ¿no?

—¿Qué te hace pensar que han despertado?

—Bueno… me parece obvio. Hoy en día tenemos al alcance de nuestras manos más información que nunca. Por lo tanto, es más fácil que nunca estar bien informado.

—No sabes cuánto tiempo llevo oyendo lo mismo —replicó Ricardo cansinamente.

Kino miró a su padre confundido, pero Ricardo no respondió. Dio un suspiro y pareció concentrarse, y de repente el entorno alrededor de ellos cambió, y Kino se encontró con una imagen lejanamente familiar.

Estaban una vez más en la Ribeira de Miño, y un joven Ricardo de catorce años leía sus historias para sus amigos, Jaime y Ramiro. En aquellos momentos, Jaime miraba al horizonte con mirada soñadora y aunque hablaba con vehemencia se preocupaba de no alzar la voz.

—Joder —comenzó Jaime volviendo a bajar la voz para que solo le oyesen sus amigos—, qué ganas tengo de que se muera el enano de una puta vez y se acabe la dictadura.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué, Ramiro? ¿No nos ves hablando en voz baja por miedo a que alguien nos escuche? Si pasara por aquí un gris nos podría decir que «circulen» por ser un grupo de tres personas hablando. ¿No tienes ganas de vivir en un país donde puedas decir libremente lo que piensas?

—Pues… supongo que sí —dijo el que, de los tres que allí se encontraban, menos tiempo al día dedicaba a pensar en tales menesteres.

—Pues eso, Ramiro. No puedo esperar a que la palme el enano para que se termine la dictadura y para que se acabe la censura. Imagínatelo. Imagínate vivir en un país donde no solo podamos expresar nuestro pensamiento libremente, sino que también tengamos libre acceso a la información. Que no haya nadie controlando lo que leemos o lo que vemos. Con acceso a la información a la que nosotros queramos acceder, podría haber por fin una educación de calidad, un sistema educativo que sirviese para algo, no como la mierda que tenemos ahora. Que nos enseñaran a pensar en vez de a memorizar. El fin de la censura significaría el fin del analfabetismo, y un pueblo culto y bien formado no puede ser controlado. Por eso hay tanto analfabeto funcional, porque al régimen no le conviene enseñar a la gente a pensar.

Cuando Jaime hubo terminado de hablar, el entorno cambió una vez más, y Kino y su padre volvieron a encontrarse en el salón de casa de sus padres. Jaime y Ricardo seguían debatiendo qué rumbo debía tomar cada escena, pero Kino no hacía caso.

—¿Por qué me has vuelto a enseñar eso ahora? —dijo pasándose una mano por la frente. Se sentía mareado, como si acabara de hacer un gran esfuerzo.

—Para que veas. Uno no es verdaderamente consciente del poder manipulador de los medios hasta que ve sus efectos a lo largo del tiempo. ¿Acaso te crees que Jaime era de los que sí creían que el Gobierno era corrupto? —Ricardo hizo una pausa y negó con la cabeza con gesto severo—. Él votó siempre al mismo partido, sin importar a cuantos cargos pillasen con las manos en la masa en cualquiera de sus múltiples chanchullos.

Kino volvió a mirar la estampa del salón, asimilando poco a poco las palabras de su padre y dejando que calaran lentamente. Aquel hombre tan despierto, que en esos momentos jugaba con Kino y con su hermano, aquella persona tan aguda y avispada, que tantas inquietudes había tenido de joven… ¿había terminado por convertirse?

Kino se preguntó también si Jaime se consideraría a sí mismo como una persona bien informada. Él sí lo hacía, pero porque Kino sí que sabía a ciencia cierta que él sí que era capaz de discernir noticias falsas de verdaderas. Al fin y al cabo, él había trabajado en el mundillo y conocía sus entresijos. Su ritual informativo consistía en analizar la misma noticia siempre desde los dos periódicos situados en cada extremo del espectro ideológico, y después contrastar información con algunos titulares más neutros de medios no tan radicales. Era un proceso largo y tedioso, pero a su juicio era la única manera de estar bien informado sobre las cosas que ocurrían en el mundo.

Pero también recordó la conversación que habían mantenido su padre y el Jefazo después de la Ceremonia de los Goya sobre las cadenas de televisión, y una nueva pregunta se coló en su ya atribulada mente: si al fin y al cabo siempre es la misma gente la que escribe los titulares, independientemente de la supuesta ideología a la que se adscriba cada medio, ¿hay acaso una posibilidad real de saber lo que pasa?

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1 Así era como se llamaba el sargento de policía en el que aglutinaron todas las cualidades de los auténticos oficiales que participaron en la investigación real.

VIII

Los días iban pasando rutinariamente, y por primera vez en su vida Ricardo pasaba más tiempo en casa que preparando sus producciones. Después del estreno de El Rey del Butrón, Jaime y él comenzaron a trabajar en el guion de la última película que él dirigiría: Regreso al Hogar.

Esta sería una cinta de ciencia ficción que seguía la vida de un joven normal y corriente que vivía en Valencia. Un buen día, sin darse ninguna explicación en toda la película de por qué ocurre, dejan de funcionar todos los aparatos electrónicos. Se dejan caer varias explicaciones sobre este acontecimiento como descargas solares o pulsos electromagnéticos (provocados quizá por una explosión nuclear cercana), pero ninguna explicación resulta definitiva. Y en la primera media hora de película, se reflejaba una rápida decadencia de la sociedad al derrumbarse todos los organismos e instituciones oficiales, por no hablar de los efectos que tiene la ausencia de aparatos eléctricos en una sociedad completamente dependiente de la tecnología.

En poco tiempo, la sociedad se desmorona en el medio del caos y la anarquía, y el paisaje nacional se convierte en un páramo postapocalíptico plagado de escasos grupos de supervivientes y numerosas tribus de saqueadores y maleantes. En medio de toda esta decadencia, el protagonista de la historia, Luis, inicia una odisea personal por regresar con su familia, que se encuentra en Galicia, sin saber nada de ellos, pues las comunicaciones fue lo primero que se perdió cuando desapareció la tecnología. La mayor parte de la película contaba cómo se iba convirtiendo poco a poco en un superviviente de la carretera, y cómo hace frente a los innumerables peligros desencadenados por el colapso de la sociedad a lo largo de su viaje entre los dos extremos de la península.

Un año antes de que se estrenase la película, en el 2008, Ricardo se encontraba revisando una y otra vez el guion ya que la preproducción comenzaría en pocas semanas. Había conseguido mantener la rutina que había adoptado antes de que naciese Raúl, cuando empezó a escribir su primera y única novela. Y lo cierto era que a Kino le hacía mucha gracia verse a sí mismo pululando alrededor de Ricardo mientras este trabajaba, imitando lo que hacía su padre.

Ricardo solía pasar las tardes escribiendo en su portátil, y a sus pies era habitual que se colocase el pequeño Kino, de tan solo tres años, y hacía como si él también estuviese escribiendo. Aunque lo que en realidad hacía eran garabatos y dibujos, colocando de vez en cuando las hojas de papel apoyadas en vertical, y golpeando con los dedos una carpeta. Como si él también estuviese escribiendo en un ordenador.

Kino reía por la nariz, observando aquella estampa. Y de repente se dio cuenta de que el fantasma de su padre lo miraba a él con una sonrisa.

—¿Qué? —preguntó Kino sin dejar de sonreír.

—Nada —contestó Ricardo devolviéndole la sonrisa.

—No sabía que me venía de tan atrás la perra de querer ser escritor.

—Ya te digo que te venía de atrás —dijo Ricardo fingiendo exasperación, mas sin dejar de sonreír—. Pero antes de tu faceta de escritor apareció la de lector. Y eso sí que fue un suplicio.

—¿Por qué?

—¿Sabes cómo aprendiste a leer tú?

—No sé. ¿En el colegio?

—Ojalá. Tú llegaste al colegio sabiendo leer ya.

—¿Y cómo aprendí a leer? —preguntó intrigado Kino.

—Pues preguntando.

La imagen cambió, y aunque seguían estando en el salón de casa, Ricardo no estaba con el portátil, sino sentado en el sofá repasando hojas de notas y apuntes con un boli que a veces estaba en su oreja y otras colgando de la comisura de sus labios. De repente, apareció el pequeño Joaquín, caminando graciosamente a una velocidad mayor de la que le deberían permitir sus cortas y rechonchas piernecitas. En las manos traía sujeto con mucho cuidado el periódico del día.

—Papá. ¿Qué pone aquí? Pa… ¿qué más?

—¿Cómo? —dijo Ricardo confuso, sin apartar la vista de sus notas.

—Aquí. ¿Qué pone?

—A ver. «País». Esa palabra es país.

—¿Y aquí?

—«El».

—«País El».

—No, Joaquín —dijo Ricardo conteniendo la risa—. Se lee de izquierda a derecha, no al revés.

—¿Qué es izquierda?

Ricardo soltó un profundo suspiro, preguntándose por qué tendría que meterse en aquellos fregados. Dejó sus notas a un lado y se acercó a su hijo, cogiéndole de su manita.

—Izquierda es todo lo que te encuentres del mismo lado que esta mano. Y derecha —dijo cogiéndole la otra—, todo lo que te encuentres que esté del mismo lado que esta. ¿Entiendes?

—Sí —contestó el pequeño Joaquín muy convencido, volviendo a posar sus ojos en la portada del periódico—. «El País». «El pá…» ¿Qué pone aquí?

—«Pánico». Ahí pone pánico —dijo Ricardo echando un vistazo por encima de sus papeles.

—¿Y aquí?

—A ver. «Hunde», ahí pone hunde —dijo Ricardo repitiendo la operación.

—¿Qué es «hunde»?

—Algo se hunde cuando se va para abajo, cuando se sumerge. Como cuando tú metes los juguetes en la bañera y se van al fondo, porque no flotan. Ahí se hunden. ¿Entiendes?

—Sí —respondió el pequeño Kino muy convencido una vez más, algo que hizo que a Ricardo le diese un poco la risa, divirtiéndole la confianza en sí mismo que demostraba su hijo pequeño. Ricardo volvió a centrar su atención en sus notas, pero no tardó mucho antes de volver a oír la voz de su pequeño—. «El pánico hunde las…». ¿Qué pone aquí?

—«Bolsas». Ahí pone bolsas.

—«El pánico hunde las bolsas» —leyó Kino en voz alta—. ¿Y por qué se hunden las bolsas? ¿El pánico pesa mucho?

Ricardo, a pesar de que intentó contenerla, terminó soltando una carcajada.

—Sí, hijo, sí. Pocas cosas hay que pesen más que el pánico.

—Cuánta paciencia, madre mía —comentó Kino observando la escena—. No sé cómo aguantabas.

—Bueno, tengo que admitir que también era divertido.

—¿Y aun a pesar de tenerme a mí por ahí molestando todo el día conseguiste terminar el guion de Regreso al hogar? —El fantasma de Ricardo asintió sonriendo con dulzura—. Enhorabuena.

—Gracias —dijo Ricardo sin darle ninguna importancia—. Pero no fue molestia ninguna. De hecho, al final demostró ser una inversión de futuro.

—¿Y eso?

—Pues que esa «molestia» como tú la llamas me terminó dando también muchas satisfacciones.

Kino no entendió lo que su padre quería decir, pero no tuvo tiempo de preguntarle ya que el entorno alrededor de ellos cambió una vez más. En aquel momento Ricardo se encontraba en la cocina, preparando la cena para todos ya que Teresa aún no había llegado a casa y sus hijos no dejaban de recordarle que tenían hambre. Aquel día había optado por preparar una cena sana, y había cocinado contramuslos de pollo cocido con perejil, patatas y aceite. Y para acompañar, mayonesa casera.

Como Ricardo se encontraba usando la batidora, no oyó a su hijo que lo llamaba desde debajo de su cintura, pero sí que notó cuando Kino le agarró del pantalón y empezó a tirar. El Kino adulto que se encontraba observando aquello al lado del fantasma de su padre dedujo que había avanzado el tiempo, ya que, aunque él seguía viéndose a sí mismo como un piojo, ahora parecía haber crecido algo más y le llegaba a su padre casi a la altura de la cintura.

—¡Un momento, Kino! —dijo Ricardo elevando la voz para que se le oyera por encima de la minipimer. Terminó de batir la mayonesa para que esta no se cortara, y cuando el aparato dejó de hacer ruido, Ricardo se limpió las manos y se acuclilló junto a su hijo—. Dime.

—Mira.

Ricardo cogió las hojas de papel que Kino traía en las manos, y con gran sorpresa pudo ver que estaban repletas de texto. Un texto escrito con una mano temblorosa, pero con una caligrafía sorprendentemente cuidada para un niño de cinco años. A Kino le dio la sensación de que su corazón se acababa de detener en seco, y abrió los ojos de par en par mientras los acontecimientos se sucedían ante él. ¿Acaso era aquello lo que él creía que era?

—¿Esto lo has escrito tú? —El pequeño asintió con la cabeza mientras lucía una sonrisa de oreja a oreja en la que faltaban algunos dientes de leche—. ¿Qué es?

—Un cuento.

—¿Para mí? ¿Quieres que lo lea?

—Sí. Bueno, y también me preguntaba si podrías corregírmelo. Los errores.

—No me lo puedo creer —dijo el Kino adulto.

—Claro, hijo. Faltaría más —contestó su padre riendo mientras cogía la primera historia escrita por su hijo con el pecho henchido de orgullo.

—¿Qué ocurre? —preguntó el fantasma de Ricardo a su hijo.

—Lo recuerdo. Recuerdo esto. Esta fue la primera historia que yo escribí. —Kino miró a su padre, que asentía lentamente con una sonrisa de puro orgullo en su rostro—. Buah, lo había olvidado. Era… era un cuento sobre un tiburón, ¿no?

—Sobre un tiburón al que tenían encerrado en la piscina de un hotel y al que soltaban de vez en cuando para que se alimentara con los huéspedes. Una historia de misterio y asesinatos. Me acuerdo perfectamente.

—Vaya. Ya de pequeño me gustaban las historias gore.

—Sí. —Rio Ricardo—. Estilo propio desde joven.

Kino hubiese jurado que ahora veía lo que ocurría delante de él mejor que antes, como si hubiese pasado de una imagen normal a una de más definición, más nítida. Sabía que aquello no tenía sentido, ya que no estaba mirando a ninguna pantalla, sino que todo lo que percibía era una interpretación de su mente de los datos guardados en la AF01. Pero mientras observaba a su padre repasar tildes y cambiar una b por una v de vez en cuando, le era imposible no pensar en que por primera vez desde que había entrado en la AF01 era como si realmente estuviese allí. O, mejor dicho, como si volviese a estar allí, reviviendo aquel momento tan feliz del cual se había olvidado a saber cuándo.

Y no hizo falta que su padre dijera nada más para saber qué era lo que él sentía en aquel recuerdo, pues era lo mismo que parecía sentir su fantasma: orgullo.

IX

Kino abrió los ojos mientras los circuitos de la AF01 se iban apagando alrededor del asiento de la máquina, y se encontró con que delante de él estaban Spiegel y su hermano muy sonrientes, liberándolo de sus ataduras al Trono.

—¡Qué pasa, Kino! —saludó Raúl pletórico—. Buen trabajo, tío. ¡Buen trabajo! Un momento, ¿qué te pasa?

—¿A mí? —preguntó Kino sorbiendo por la nariz, ya que la sentía húmeda—. Nada, ¿por?

—Porque estás llorando —dijo Spiegel—. ¿Te encuentras bien?

Kino pasó sus dedos por las mejillas, y comprobó que su amiga tenía razón. Se miró las yemas de los dedos, húmedas después de haberse palpado el rostro.

—¿Ha pasado algo malo ahí dentro? —preguntó Raúl.

—No, no, nada malo —dijo Kino dejando por fin de mirarse las lágrimas en la punta de sus dedos—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Ha ido algo mal?

—¡Qué va! —respondió su hermano—. De hecho, por eso no entiendo que estés llorando. Hoy ha sido una sesión muy buena. Muy larga y bastante fructífera.

—Vaya… Me alegro —dijo Kino esbozando una sonrisa.

—Kino, no sé qué habrá pasado o qué habrás visto —intervino Spiegel—, pero vuestros perfiles se acaban de enlazar hasta un treinta y siete con ocho por ciento.

—¿Y eso es mucho? —preguntó Kino.

—Muchísimo —respondió Spiegel pasándole la habitual botella de agua—, teniendo en cuenta que hasta ahora estábamos trabajando con un siete por ciento e íbamos tirando. A partir de ahora deberíamos de poder empezar a trasladar los datos a imágenes mucho más rápido. Ha sido la hostia, Kino, necesito que me digas qué ha pasado. Estaba yo tan tranquila monitorizando la sesión, como siempre, y de repente se empezaron a despejar automáticamente un montón de parámetros que hasta entonces estaban incluidos dentro del término de error.

—Ya —asintió Kino entre sorbos del botellín, fingiendo que entendía lo que le estaba diciendo Spiegel.

—Lo que quiere decir esto —continuó ella—, es que a partir de ahora los algoritmos de enlazamiento funcionarán mucho mejor.

—Así que dinos, ¿qué fue lo que viste hoy ahí dentro?

Kino se quedó un rato mirando a su hermano antes de contestarle. Volvía a sentir una extraña sensación en su interior, y cuando recordó lo que acababa de revivir en la AF01 sintió como si las lágrimas quisieran volver a brotar. Pero esta vez fue capaz de contenerlas.

—Acabo de ver una cosa de la que no me acordaba. El primer cuento que escribí en mi vida. Joder, ni yo recordaba eso —dijo pasándose el dorso de la mano libre por la frente.

—Explícate —dijo Raúl con el rostro iluminado. Antes de contestar Kino, miró a Spiegel y vio que ella también lo miraba con una expresión de expectación máxima en el rostro.

—Pues eso, que era el primer cuento que escribí con cinco años. Se lo había enseñado a papá para que me corrigiese las faltas de ortografía y tal.

—Oh, Dios… —dijo Spiegel con felicidad en sus ojos—. Kino, ¿sabes lo que significa esto?

—¡Que acabas de repasar un recuerdo compartido! —dijo Raúl antes de que Kino tuviese oportunidad de negar con la cabeza—. ¡Un recuerdo en común! Algo que los dos recordabais. ¡Por fin!

—Bueno, decir que yo recordaba esto sería ir demasiado lejos. Me acordé al verlo, que es lo que me parece raro.

Kino no lo quería decir, pero lo que de verdad le extrañaba fue sentir que su padre recordaba algo que él ya había olvidado. A pesar de que fuese algo tan importante y memorable como la primera historia que él había escrito.

—Pero ¿pasó o no? —le preguntó Raúl.

—Sí, sí, pasó. Pasó. Es como una de esas cosas que no eres consciente que recuerdas hasta que te lo cuentan.

Tanto Raúl como Spiegel soltaron sendas exclamaciones de puro júbilo. Spiegel lanzó un par de puñetazos al aire mientras sonreía con los dientes apretados, y Raúl levantó los brazos como si acabase de marcar un gol para después acercarse a su hermano y plantarle un sonoro beso en la frente.

—¡Pero bueno! —se quejó Kino, intentando zafarse de aquella súbita e inesperada muestra de afecto por parte de su hermano—. ¿Me podéis decir qué está pasando? ¿A qué viene esto, por qué os ponéis así?

—Kino, el hecho de que acabes de vivir algo que te pasó a ti, un recuerdo compartido con tu padre, confirma que la máquina funciona —dijo Spiegel—. Es decir, hasta ahora dábamos por hecho que funcionaba porque la información que recopilábamos se correspondía con lo que cabía esperar, así que íbamos tirando «palante» con los dedos cruzados. Pero esto es diferente. El hecho de que ahí aparezca algo que sabemos que fue cierto es la primera prueba empírica de la que disponemos que demuestre que los recuerdos y la consciencia de tu padre efectivamente están metidas en la máquina. El proceso de almacenamiento de memoria ha sido un éxito.

—¡Dios! Ya podemos empezar con la siguiente fase —dijo Raúl exultante—, ¿cuándo crees que podríamos reproducirlo, Spiegel?

—¿Reproducirlo? —interrumpió Kino, algo que provocó que la expresión de Raúl cambiase de pronto, como si se arrepintiese de haber dicho algo—. ¿Te refieres a las sesiones convertidas en imágenes?

—Emmm… no exactamente —respondió Raúl incómodo.

Spiegel también puso cara de situación, y Kino se empezó a confundir.

—¿Entonces?

Raúl se tomó su tiempo antes de responder, y se quedó mirando a los ojos a su hermano durante un breve rato que a los dos se les hizo eterno. Al mirar a Kino, Raúl entendió que no serviría de nada intentar evadir la respuesta. Y al mirar a Raúl, Kino se dio cuenta de que había algo que no quería decirle. Finalmente, Raúl habló, pero todo rastro de felicidad había desaparecido, y usaba el mismo tono aséptico al que Kino se había acostumbrado desde hacía años.

—Me refiero a que el producto está prácticamente listo para su comercialización.

—Bueno, no adelantemos acontecimientos —dijo Spiegel—, aún queda mucho trabajo. Te lo recuerdo.

—Claro que queda, pero eso no quita que pueda empezar a promocionarlo entre futuros clientes, ¿no crees? Eso terminaría de eliminar la amenaza de espionaje.

—Espera un momento—intervino Kino con expresión agria en el rostro—. Pensaba que esto era un proyecto interno de Industrias Lázaro pensado para mejorar el rendimiento de las senseries. ¿Y ahora dices que pretendes venderlo?

—No exactamente —respondió Raúl con sequedad—. Pero no necesitas saber más.

—¡No necesito saber, los cojones! ¡Soy yo el que se mete dos días por semana a hurgar en la memoria de nuestro padre! Además, tanta chapa que me has dado tú con lo de la familia y el legado de nuestro padre, ¿y ahora piensas vender sus recuerdos?

—Tú no lo entiendes.

—Explícaselo, Raúl —intervino Spiegel—. Por favor.

—¿Qué es lo que me tienes que explicar? ¿Así piensas salvar Industrias Lázaro?, ¿vendiendo las intimidades de nuestro padre?

—Repito —dijo Raúl preparándose para abandonar la Caverna—, no necesitas saberlo.

Y sin más, se dirigió a la puerta. Pero Kino no se pensaba quedar aquella vez con la palabra en la boca, como tantas otras. Después de lanzar al suelo la botella vacía de agua, se echó por encima de los hombros de su chaquetón y salió detrás de su hermano al mismo tiempo que las compuertas se abrían.

—Mira tío, no me deberías tratar así —le espetó Kino a la nuca sin pelo de Raúl—. Te recuerdo que sin mí este proyecto se va a la mierda.

—Puede que fuera así antes, pero lo de hoy lo ha cambiado todo.

Llegaron hasta el montacargas y se subieron a él. A Raúl le parecía que iba insoportablemente despacio mientras escuchaba las incesantes quejas y reproches de su hermano.

—¡Ah, y qué pasa, que ahora que ya tienes lo que necesitas me vas a dar la patada! ¿Es eso? El gran hombre de negocios ya ha vuelto, me cago en la puta. —Raúl intentó escapar de él cuando el montacargas llegó al piso menos tres de Industrias Lázaro, pero Kino no pensaba alejarse de él, y le siguió sin ceder ni un ápice de terreno—. ¿Pues sabes qué te digo? Que me parece que te estás echando un farol.

Raúl miraba a los lados, nervioso, mientras fingía no escuchar a su hermano. A esas horas había poca gente que se quedaba trabajando en el edificio, pero los suficientes como para que hubiese más caras de las que a él le hubiese gustado girándose hacia ellos dos. Atraídos por los comentarios de Kino.

—Creo que si ahora prescindieras de mí —continuaba Kino—, quizá pudieses llegar a terminar el proyecto en el que estabas atascado al principio, pero ni de coña lo harás para la fecha en que quieres tenerlo listo para su «comercialización».

Raúl parecía que cada vez caminaba más deprisa, intentando dejar atrás a su hermano, pero Kino no cejaba en su empeño y seguía insistiendo y pinchándole con sus comentarios, deseando que se diera la vuelta y lo confrontase. Mas no fue así.

Llegaron hasta los ascensores, y Raúl llamó a uno. Las puertas se abrieron y se metió con prisa, apurando para darle al botón que le llevaría hasta su oficina del ático y colocándose delante de la puerta para que Kino no le siguiera, pero con poco efecto, ya que cuando las puertas se iban a cerrar, Kino le pegó un empujón a su hermano, que retrocedió muy contrariado.

—Kino, ¡por favor! —gritó Raúl comenzando a ponerse rojo de ira al mismo tiempo que el silencioso ascensor comenzaba a elevarse por el lateral de la torre.

—¡Ni por favor ni pollas! Desde el principio me llevo oliendo algo raro. No sé, siempre ha habido cosas que no encajaban.

—Y antes no te interesaban, ¿no? Qué casualidad que te empiecen a interesar cuando estemos tan cerca del final, cuando te empiezas a considerar imprescindible para el proyecto —replicó Raúl con una ironía forzada.

—Mira tío, no me vengas con esas que a mí no me despistas. Estoy ya muy metido en esto, así que ahórrate las monsergas. Dime, ¿qué es lo que quieres vender? ¿Cómo va a salvar el proyecto AF01 a Industrias Lázaro? Te adelanto que no me pienso mover de aquí hasta que me lo digas.

Raúl se quedó mirando fijamente a su hermano con rabia, pero cuando habló sonó tranquilo. Casi como si se estuviese quitando un peso de encima al decir lo que dijo a continuación:

—Porque vamos a vender la tecnología. Vamos a patentar el proceso de almacenamiento de una consciencia dentro de una máquina, obviamente, y después venderemos réplicas de la propia máquina.

—¿Para qué? —preguntó Kino con miedo de las implicaciones que tenía aquella declaración de su hermano.

—Para paliar el miedo que la gente le tiene a la muerte.

Y entonces, como una losa encima de él, Kino sintió cómo le golpeaba la verdad.

—Madre mía… Pretendéis vender esto como la fórmula de la vida eterna. Tú lo que pretendes es vender la tecnología a la gente que no quiera morir y esté dispuesta a meter su mente dentro de una máquina.

—Solo a quien pueda permitirse pagarlo —respondió Raúl secamente—. No sabes las cantidades que están dispuestas a pagar los viejos multimillonarios asustados de la muerte por algo a lo que aferrarse.

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