Kitabı oku: «Dendritas»
TÍTULO ORIGINAL: Δενδρίτες
Publicado por
AUTOMÁTICA
Automática Editorial S.L.U.
Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid
www.automaticaeditorial.com
Copyright © Kallia Papadaki and Polis Editions, 2015
Publicada originalmente en griego en Polis Editions con el título Δενδρίτες
© de la traducción, Laura Salas Rodríguez, 2020
© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2020
© de la ilustración de cubierta, Carmen Casado, 2020
Derechos exclusivos de traducción en lengua española para todo el mundo: Automática Editorial S.L.U.

eISBN: 978-84-1550-96-5
Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors
Composición: Automática Editorial
Corrección ortotipográfica: Automática Editorial
Primera edición en Automática: septiembre de 2020
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.
DENDRITAS
KALLIA PAPADAKI
TRADUCCIÓN DEL GRIEGO
DE LAURA SALAS RODRÍGUEZ


a mis padres, Antigoni y Manolis
Tabla de contenidos
NOTA
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
AGRADECIMIENTOS
NOTA
La ciudad de Camden se encuentra en Nueva Jersey, enfrente de Filadelfia. Ambas ciudades están separadas por el río Delaware y unidas por dos puentes que llevan el nombre de Benjamin Franklin y Walt Whitman. Camden fue un crisol para varias generaciones de inmigrantes, con mucho empleo y una industria rica. Las cosas cambiaron con el fin de la Segunda Guerra Mundial. La industria se trasladó a los estados del oeste y a México. Ya no había trabajo, la nueva ola de inmigrantes portorriqueños y afroamericanos arrasó la ciudad. Venían buscando una vida mejor. En septiembre de 1949, el veterano de guerra Howard Unruh mató en el barrio de East Camden a trece personas en doce minutos. Fue el primer asesinato en masa registrado en la historia de Estados Unidos. En los años que siguieron, tres alcaldes de Camden fueron condenados y encarcelados por corrupción. En 2012 la ciudad tenía la tasa de delincuencia más alta de todo Estados Unidos. Hoy en día, alrededor del cuarenta por ciento de la población sigue viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Estos son hechos indiscutibles. Por lo demás, cualquier parecido con personas, nombres o situaciones es pura coincidencia y no guarda relación alguna con la realidad.
«Ha transcurrido ya todo el tiempo […] nuestra vida es apenas el reflejo crepuscular […] de un proceso irrecuperable». Jorge Luis Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius
I
el viento de otoño arrancó el telegrama y mucho más de la mano de la madre 1
Minnie se deshace las dos trenzas recortadas y se recoge el pelo en una cola de caballo asimétrica. Por las mejillas encendidas le corren dos lágrimas que se limpia a toda prisa con la manga de la camiseta, no la vayan a pillar llorando, y un nudo lanoso se le queda pegado en la garganta, mezclado con un lamento, todo le sale mal, el colegio es una verdadera chorrada, sus compañeros unos idiotas, su hermano un pequeño tirano que le roba la paga, y hoy, cuando se ha atrevido a contestarle, ha cogido la tijera de las manualidades y le ha cortado la mitad de la trenza izquierda. Por si no bastaba, la ha amenazado con que si se chivaba a su madre lo pagaría caro, y, como Minnie sabe bien que cumple al pie de la letra todas las bravuconadas que salen de su boca, ha cogido la tijera, se ha plantado delante del espejo de los servicios del colegio y se ha cortado la trenza derecha también, para igualarla con la izquierda. Porque su madre no es tonta, le preguntará, querrá enterarse, y entonces qué va a decirle ella. Una tercera lágrima corre por su mejilla y Minnie se la lame.
Y antes de que termine de digerirlo todo, aparece ante ella, contra la luz tierna y desdibujada de octubre, una chica rubia que le saca casi una cabeza. «¿No tendrás un cigarro?», pregunta y le clava una mirada inquisitiva, y Minnie se encoge en su esquina, porque ella no fuma y la única vez que se llevó un cigarro a la boca e hizo como que se tragaba el humo, su madre le soltó tal bofetada que le dejó los dedos señalados en rojo entre la boca y la mejilla, aún se acuerda del escozor y de lo saladas que estaban sus lágrimas, y aquel recuerdo lejano refresca la sensación perdida, así que inspira profunda y bruscamente para silenciar la turbación que borbotea en su interior, a punto de rebosar. «Bueno, no te pongas así, olvídalo», farfulla indiferente la chica rubia, y se sienta a su lado con las manos cruzadas sobre el uniforme y las piernas derramadas sobre el cemento caliente. La chica inspecciona los alrededores y se saca del bolsillo trasero una tableta de chocolate derretido; se mete un trozo en la boca, ensuciándose las manos, luego se limpia las palmas en el vaquero desgastado y sus dientes adquieren un tono trigueño, como su piel permanentemente tostada. «¿Quieres?», murmura tendiéndole el chocolate, y Minnie, apocada, parte un trocito y lo derrite con cuidado en la boca, como probando su resistencia, porque en el fondo le da asco, y sin embargo lo consigue, se atreve, y durante un instante deja de respirar, solo traga con la boca cerrada a cal y canto, porque los microbios se mueren sin oxígeno, ¿no?
«Te llamas Litó, ¿no?», balbucea Minnie, que en el fondo preferiría que la dejasen todos tranquila, porque no es momento de preguntas y respuestas; a lo largo del mes y medio que lleva en el colegio nuevo apenas ha mantenido cinco conversaciones, aquí todo se basa en dar buena impresión, en la ropa que llevas, en dónde vives y dónde vas de vacaciones, y Minnie sabe que a las preguntas mudas e insistentes que le formulan solo puede ofrecer respuestas equivocadas. La chica de pelo rubio oscuro y pómulos salpicados anárquicamente de unas cuantas pecas se ensombrece y clava la mirada en sus zapatillas de deporte, y Minnie, por inercia, entreabre la boca, lo justo para que se vean los dos incisivos esmirriados, «por cierto, ¿de dónde sale lo de Litó?», y la chica de pecas se enfada, le da un violento empujón, se pone de pie como un resorte y cruza el patio con las manos en los bolsillos. Minnie se frota los ojos, se sorbe la nariz, respira hondo y, de una fuerte patada, manda hasta las desvencijadas canastas una piedrecita molesta que le rozaba la punta del zapato y se la estaba buscando.
En efecto, la chica rubia se llama Litó; tampoco es para tanto, tiene compañeros y compañeras con nombres más raros e igual de excéntricos, igual de antipáticos y difíciles de pronunciar, pero su nombre arrastra además un oscuro satélite, la cola de un cometa que la persigue desde su nacimiento, una nota al pie, un asterisco en su nombre idiota y discordante, cómo se le ocurriría a su madre plantarle el número «68» para que la distinguiese y persiguiese durante el resto de sus días. En los documentos oficiales del registro civil y en las listas de la secundaria es «Litó, 68, Cambanis Müller», y por mucho que quiera olvidarlo, dejándose llevar por el juego y la despreocupación de la primera adolescencia, no deja de existir, como le había recordado esa misma mañana con recochineo un profesor malintencionado, provocando carcajadas crueles, burlas y comentarios irónicos entre sus compañeros. No quiere ser distinta, nunca lo ha querido; ya la hacen destacar bastante su particular altura y su físico, muy desarrollado para la delicada edad de doce años; ella lo que quiere es integrarse, ser parte de la homogeneidad más compacta, pero desde el principio es imposible, cómo alinearse con el resto de nombres idiotas y aburridos cuando ella tiene que arrastrar tras de sí un número que no pega ni con cola.
Odia el «68» con todo su corazón, con el odio sempiterno que inspiran las espinitas clavadas, aborrece cualquier tipo de fecha solemne que se acerque a ella amenazante, no es casualidad que la clase de Historia le repela y confunda consciente e inconscientemente las cronologías, le ha echado la bronca a su madre en cantidad de ocasiones por encerrarla en un nombre estrafalario y forzarla a arrastrar una fecha tan cargada, qué le importará a ella lo que significa el año 68 para su madre y para la humanidad; su único error, y ni siquiera es suyo del todo, es haber venido al mundo antes de lo previsto y nacer el 31 de diciembre de 1968, condenada a evocar con su presencia todo lo que no vivió Susan Müller, su madre, que fue y se casó con Basil Cambanis, su padre adoptivo y padrastro, y no contenta con ello, se asoció además con él; de ese modo ambos, con los jornales que iban ahorrando a trancas y barrancas mientras tonteaban y trabajaban codo con codo en las sopas Campbell, compraron y reformaron su tabla de salvación, el romántico 44,2 antiguo establecimiento de comidas polaco famoso en el barrio de Cramer Hill, con su mural chapucero de Mickiewicz3 encima de las mesas de formica alineadas, una pintura y un retrato que antes, en el año 1940, aún transmitía y respaldaba la tolerancia y la reconciliación, y proclamaba a voz en grito los sentimientos democráticos y los ideales de la izquierda estadounidense a lo largo de la Costa Este, en una ciudad profundamente conservadora que se había desarrollado y extendido gracias a primeras y segundas generaciones de inmigrantes republicanos, escindidas según nacionalidades en apacibles barrios cuyos habitantes solo se mezclaban entre sí en el crisol de la fábrica, y cuando alguien traspasaba la frontera de su barrio y se encaminaba hacia el río Delaware o hacia el noroeste de la ciudad era porque por fin las cosas le iban bien, había conseguido levantar un techo sobre su cabeza y juntar unos dólares en el bolsillo, ya que el sueño americano era, y seguía siendo, sobre todo, una lengua común que aplacaba a los dioses, adormecía a los demonios y agasajaba con regalos y obsequios a todos sus bastardos.
Sus padres se habían conocido en la fábrica de sopa Campbell; Susan, de veinticuatro años, apilaba latas en las cintas transportadoras ocho horas al día, seis días a la semana; y Basil, de veintiocho años, era jefe de personal, responsable de mil doscientas latas idénticas de espesa sopa de tomate por turno. Susan, antaño estudiante de la Universidad Estatal de Ohio, un año antes de graduarse en Ciencias Políticas, con la especialidad de Economía Política, se enamoró de un hippy, hijo del propietario de una fábrica, dejó los estudios y lo siguió a través de Estados Unidos hasta San Francisco y el barrio de Haight-Ashbury. Vivieron juntos un año y medio, eso es lo que duró su amor, un verano en la comuna y dos apacibles inviernos en la calle, mendigando el cariño de los transeúntes y regalando flores. Los separaron Litó y Woodstock, la temible orilla opuesta del Atlántico, allí donde los inviernos y las responsabilidades no son cosa de risa, y, de ese modo, tras el concierto y las primeras lluvias, cada uno siguió a trompicones por su lado: Scott volvió al hogar familiar y acabó matriculado por la fuerza en la Universidad de Berkeley —además el ala oeste del Departamento de Zoología llevaba el nombre de su bisabuelo, Johnson Junior—, y Susan, que se había peleado con su padre, pequeño asalariado protestante, y no tenía la menor intención de volver a Columbus ni al asqueroso Ohio, ni por asomo, se subió a medianoche a un destartalado autobús de la compañía Greyhound y llegó antes del alba a Camden, Nueva Jersey, donde vivía su hermano pequeño, que trabajaba en la Radio Corporation of America. Dos meses después conoció a Basil y se casaron por lo civil a los seis meses, cuando Litó cumplía catorce meses de vida; ellos decían y aseguraban que había sido amor a primera vista, pero nadie los creía, salvo el hermano pequeño de Susan, al que no le importaba tanto la felicidad de su hermana como quitarse dos bocas más de encima. Por mucho que tuviese el cargo de director, venían tiempos difíciles, se percibía lo inevitable como la muerte llamando a la puerta de tu vecino, se intuía que la esperanza cargaba el ambiente de espejismos, se veía en las casas desiertas y en las fábricas abandonadas, que aumentaban mes a mes en progresión geométrica.
La primera en caer fue la New York Shipbuilding Corporation, que se desmoronó arrastrando a su paso a dos mil quinientos trabajadores; el balance no salía sin nuevos pedidos, y todo lo que la industria bélica había construido con gran esfuerzo en los años de los disturbios y las grandes guerras lo destruyó la exigencia masiva de un mundo mejor y más pacífico, y un par de años después, cuando Nixon acababa de hacerse con el poder, cerró también la RCA Victor, y el terrier4 melómano puso rumbo a México, hogar de la mano de obra barata; la dirección echó la culpa a los sindicatos, que habían declarado una huelga indefinida reclamando salarios mejores; los sindicatos a la dirección, que ponía por encima de todo las ganancias, y la ciudad quedó huérfana de empleos; a lo largo de una semana se despidió a cinco mil personas en una ciudad de noventa mil habitantes, y así, a mediados de los 70 el diner Ariadni, ya con su nuevo nombre, el mural de Mickiewicz medio borrado al fondo del local y las columnas de un tono blanquecino pintadas en la pared, con los coloridos dibujos de la greek salad y del apetecible yiros, dejó de ser lo que era y prometía ser y, junto con la decadencia de la iniciativa emprendedora y la continuación de la guerra de Vietnam, la ciudad entró en crisis: la gente se volvió suspicaz y los barrios estaban en pie de guerra; lo que quedaba de la hasta entonces próspera urbe se trasladó a la periferia emergente. Los primeros en irse fueron los judíos; los siguieron los italianos junto con los griegos; pero sus padres, los padres de Litó, mantuvieron su optimismo inmutable y, dentro de su optimismo, mantuvieron también su inmovilidad; en otras palabras, se obcecaron como mulas hasta ver cómo se esfumaban sus ahorros y cómo sus sueños se alejaban para siempre.
A Litó se la trae al pairo, que los adultos carguen con sus decisiones; lo malo es que esos propósitos pusilánimes y esas responsabilidades los arrastra ella a su espalda; se supone que habían imaginado un mundo ideal, la habían traído a una sociedad que cambiaba, teóricamente, para mejor, «y una mierda», lo único que le levanta el ánimo y tiene un sentido claro es el fútbol, las dos porterías marcadas en el césped recién cortado, las normas concretas que determinan el juego, la pelota que rueda por la hierba, manzana de la discordia para los veintidós pares de piernas encallecidas, la defensa y las entradas, sobre todo las entradas enérgicas, porque los goles no son su fuerte, así que los silencia tal y como hace con todo lo que le provoca indignación.
El centro de secundaria de East Camden es para Litó un mal necesario que en algún momento deberá llegar a su fin, al menos con su inminente mayoría de edad, si no antes; está convencida de que todos sus males, incluido su desafortunado nombre, son producto de su desgarbada y frágil adolescencia, y de lo que esta conlleva: el vello rubio y molesto en muslos y espinillas, el ajustado sostén que la asfixia y el estúpido asma extrínseco que la inmoviliza de repente, como pasó en aquel partido de fútbol la primavera pasada, en el momento de máximo esplendor de la naturaleza y del polen: jugaban contra el colegio de Cooper Point, su equipo iba ganando uno a cero y quedaban solo dos minutos de partido; la delantera contraria se escapó de la línea derecha de defensa y, cuando Litó realizaba el último sprint por la izquierda, casi lista para ejecutar la entrada más importante de la que era hasta entonces su vida, la que les brindaría la copa regional y quizás incluso la condecoración a la mejor jugadora, se le cortó la respiración de repente, se puso roja como un tomate y acabó doblada en dos; la pelota pasó por delante, como a cámara lenta, y tras ella, como Pedro por su casa, la mediocentro, que regateó con una maniobra inestable y temeraria a la portera y marcó más bien de pura chiripa en la portería vacía. Llegaron a la prórroga y Litó vio la media hora restante desde el banquillo, maldiciendo sus genes endebles y la marihuana que había fumado desde pequeña en la barriga de su madre, mientras su equipo, con diez jugadoras y sin cambios, perdía la copa y ella la ansiada condecoración. «Cosas que pasan», le había dicho con aquella entonación pueblerina de Oklahoma su entrenadora en los vestuarios; solo a ella, le daban ganas de gritar, «¡solo a mí!», pero al final no dijo nada, se quedó arrinconada en el banco, apretó los puños y se clavó las uñas en las palmas de las manos, y todo por no montar una escena, por no aguar la fiesta y la entrega de premios, pero sobre todo por no echarse a llorar delante de sus compañeras, cuyas miradas de desprecio ya la acuchillaban por la espalda a causa del desenlace del partido. En este momento, esos son sus pensamientos, sus recuerdos, pero los chillidos de sus compañeros, que persiguen por el patio a un pobre gato con una herida abierta en el espinazo, provocada por una escopeta de aire comprimido, con intención de seguir torturándolo, la traen de vuelta al presente, al prolongado sonido del timbre, al inhalador de dosis que se saca del bolsillo, a la inspiración profunda que toma para aguantar su insoportable vida y la inminente clase de Historia de Estados Unidos.
Al fondo del aula, Litó intenta acomodar las piernas en el pupitre individual, mientras la señora Gardner les habla de los años dorados de Estados Unidos durante la floreciente década de 1920, cuando el desarrollo era sinónimo de consumo y la prosperidad de todas las ciudades industriales se medía en la cantidad de chimeneas que adornaban entre humos el horizonte y en las hordas de trabajadores, nativos e inmigrantes, que inundaban cada mañana las calles, convoyes humanos que zarpaban con las primeras luces en busca del jornal. La señora Gardner va y viene por el pasillo, arrastrando sus bastas sandalias por el desgastado terrazo, arrullando a los veinticinco alumnos con una danza lenta y catatónica, su tronco parece un péndulo movido por su propio impulso que de repetición en repetición amenaza con perderse, dentro de poco el balanceo se detendrá y la microscópica señora de sesenta años se calmará encorvando ligeramente los hombros hacia delante, y Litó se preguntará si es el conocimiento el que joroba los cuerpos y los encorva y, mientras se sume en reflexiones que no vienen a cuento, la señora Gardner le dará un tierno toque en el hombro y le susurrará en voz baja al oído, como un eco lejano del futuro irremediable, «estira la espalda, que te va a salir joroba» antes de perderse por donde ha venido, en las profundidades del encerado, mientras suena el timbre electrónico y las sillas, casi al unísono, arañan el suelo con un aullido.
Litó lleva su mochila con paso ligero y los hombros estirados en un sobreesfuerzo para no andar encorvada; luego se le olvida y sigue con la cabeza gacha, sumida en sus ensoñaciones, con la mochila saltando a la espalda a cada paso apresurado, quiere que le dé tiempo a llegar a casa antes de que oscurezca, no es que tenga miedo, pero hace una semana, también el lunes, los bestias del instituto Woodrow Wilson les tendieron una emboscada a unos compañeros del equipo de baloncesto y les dieron una paliza, una buena tunda, sin motivo alguno, solo para divertirse. Piensa en ello y acelera el paso, al tiempo que intenta ahuyentar de su mente todas las desgracias que pueden ocurrirle, su madre la tiene avisada, no hay peor mal que el pensamiento, es capaz de imaginar lo peor, abre caminos donde solo hay vegetación espesa y salvaje, el pensamiento sufre arrebatos que tú pagarás toda tu vida, «¿entiendes, cariño?», y Litó no entiende del todo qué quiere decir Susan, pero qué más da: lo repetirá una, dos veces, a la tercera va la vencida, la pequeña acabará pillando el sentido profundo del omnipresente y omnisciente filtro materno.
El sol se pone con indolencia tras la ciudad de Camden en el momento en que Litó se tropieza y se agacha para atarse el cordón suelto en la esquina de la calle y, mientras, por delante pasa el autobús escolar, cruzando la avenida en dirección sudoeste con el eslogan «igualdad de oportunidades en la educación», proclamando el derecho de todo alumno, independientemente de la raza, el color y la situación económica, a gozar de los mismos privilegios en la educación pública,5 ve a Minnie aferrada a la ventana, con las trenzas cortadas, oscuras y llenas de rizos, mirando al horizonte, a lo lejos, hacia el río Delaware, y aún más allá, hacia Filadelfia, donde vive su padre, que los abandonó cuando ella era un bebé y al que no llegó a conocer, y si tiene una imagen suya guardada en la memoria es la de las botas desgastadas que se encontró en el altillo, del número 48, y que ella convirtió en macetas: las llenó de tierra y abono y sembró semillas de judías para la clase de Botánica.
Minnie vive en un barrio infame, con casas de piedra gris que han perdido el color, el tiempo las ha degradado por igual, y entre tanta fealdad repartida hay cierta armonía, no resulta extraña la piedra deslucida, es como si la hubiese tallado la sabiduría del tiempo, las ruinas arrastran el pasado casi con adoración, dan fe de la ambición humana detenida por el flujo de los acontecimientos, habitantes y ruinas coexisten en plena aceptación del deterioro, y solo las noches en las que oscurece pronto, ahora que ha llegado el invierno, siente uno miedo, cuando la miseria de los edificios se oculta en la neblina de la oscuridad y su forma recupera algo de la anterior aureola afilada, y las personas, para conjurar la bondad de la noche, que cae como un bálsamo sobre la piedra arrasada y la cubre, se vuelven monstruos para no soñar con algo mejor y acabar renegando de su desgraciado destino. Minnie baja del autobús y se echa la mochila a la espalda, saluda con un gesto rápido al conductor, su amigo mexicano Miguel el Pulpo, se envuelve en su chaqueta ligera y, mirando al frente, corre en paralelo al riachuelo Newton Creek en la zona colindante con Morgan Village, antes de su desembocadura, al oeste, en el río Delaware, que baña la ciudad, sometiéndola a una triste humedad perpetua y a los mosquitos estacionales sedientos de sangre que se alimentan del agua estancada y los naufragios humanos del afluente Cooper.
«Has llegado pronto», le dice su madre desde el interior de la cocina, y Minnie, sin aliento, deja la mochila en el pasillo de la planta baja antes de salir disparada al salón, coger el mando a distancia y encender la tele, «vaya, hombre», aún no han dado la fecha en la que pondrán el episodio de Dallas, necesita enterarse de una vez de quién disparó a J. R., ya se cumplen seis meses desde el marzo pasado y la incógnita sigue sin respuesta, va a llegar noviembre y todavía no han investigado el caso, en la televisión se han pasado todo el verano con el quién y el por qué, llegó septiembre y Minnie concibió nuevas esperanzas, tenía que empezar la nueva temporada televisiva, las aguas volverían a su cauce, pero para su desgracia había huelga de actores, y además indefinida, y en septiembre dijeron octubre y en octubre noviembre, y como a mediados de ese mes la gente empezó a indignarse ante tanta espera, los productores de la CBS, para mantener la intriga y el suspense, echaron leña al fuego y por la pantalla de los telespectadores desfilaron avances de pocos minutos con las posibles versiones sobre quién era el casi asesino; las conversaciones se avivaron de nuevo, mira qué cosa, resulta que la mitad del reparto eran presuntos asesinos, y Minnie se pasó todo el verano apostando a que a J. R. le había disparado su madre, Miss Ellie, hay que ver lo que le había hecho pasar a la pobre, porque no hay mayor dolor que el que inflige la familia, y cuanto más cercana, mayor es la crueldad con que te marca, y Pete, su hermano mayor, el 3 de septiembre, levantó la escopeta de aire comprimido y le acertó en el hombro izquierdo, y Minnie soltó un chillido que puso en pie al vecindario, él se reía y le pedía perdón, le decía que había sido sin querer, que no había sido a propósito, que uno comete errores, es humano, y a Minnie se le habían puesto los ojos como ojales por el dolor, turbios de lágrimas, y entonces supo de verdad que la madre había matado a J. R.
«Dicen que lo van a echar el 21 de noviembre», Minnie gira la cabeza para encontrarse a su madre masticando algo que parece plátano frito, así lo llaman en San Juan, a ella le dan asco el sabor y la textura desde que se lo metieron en la boca a la fuerza la primera vez, por mucho que Luisa, sabelotodo y diligente, se esfuerce en convencerla de que tiene bajo contenido en azúcares y mucho potasio, y de que lo mejor que puede hacer es dejar las manías y las rarezas y conformarse con lo que es bueno para ella, porque cuando llega el escarmiento es tarde para arrepentirse; y Minnie, con la espalda vuelta y la televisión puesta, cuando está a punto de preguntar qué van a cenar porque tiene un hambre de lobo, nota de repente que el ambiente se electrifica y, de la misma manera que la luz supera la velocidad del sonido, las palabras llegan justo después, estallan como truenos rabiosos, «pero ¿qué te has hecho en el pelo, maldita sea?», y como si no bastase con eso, los dedos de Luisa, grasientos de cocinar, tironean de lo que queda de las trenzas, como si tirando de ellas fuera a recuperar lo que ya está perdido.
Son casi las once de la noche y Pete no ha aparecido, su madre va y viene por el salón y, en la esquina del sofá, envuelta con la manta de lana de cuando era pequeña, Minnie finge enfrascarse en problemas matemáticos de difícil solución. «¿Qué hora es ya?», pregunta Luisa por enésima vez, y ni espera respuesta ni la recibe, «¿cuándo lo viste por última vez?», y Minnie, sin levantar la vista del libro, murmura «Mamá, ya te lo he dicho, ha venido al colegio», y Luisa sale del salón, abre la puerta de la calle y se queda plantada en los escasos metros cuadrados de acera, como sopesando si cruzar la calle, como si en la acera de enfrente corriese furioso un río amenazador, y a través de las cortinas de encaje se distingue su figura intranquila, asustadiza, trastabillando, y su sombra se agiganta en las paredes y flota encima del sofá, sobre la cabeza de Minnie, como un mal presagio. Ya son las doce pasadas, Luisa apoya la cabeza en sus manos sobre la mesa de la cocina, Minnie dormita en el sofá, y entre ellas yace el teléfono en silencio; nadie sabe nada, sus dos amigos están en casa desde hace rato, la policía no tiene ningún elemento que arroje luz, si se enteran de algo la avisarán, no se preocupe, y el teléfono sigue en su sitio, mudo y ajeno como los pensamientos que fabrica Luisa en su cabeza y que invaden los sueños de Minnie.
Está casi amaneciendo y Pete no ha aparecido todavía; Luisa sigue en la misma postura, y su cuerpo descansa como el peso de una plomada rota; Minnie, envuelta en la manta de lana, duerme entre sobresaltos en el sofá, y el sol entra titubeando por la ventana e ilumina todos los rincones oscuros, las telas que tejieron el día anterior las trabajadoras arañas, las migas de pan del suelo, el deterioro y el abandono provocados por una noche de profunda tristeza, y Luisa se levanta como una autómata de la silla, enciende el hornillo de la cocina y con gestos mecánicos prepara huevos fritos con finas tiras de bacón y pan tostado untado con margarina y azúcar.
A su espalda está Minnie, recién despierta, con el pelo revuelto por el sueño y el estómago vacío ronroneando de hambre; tira de un extremo de la desgastada bata pero no obtiene respuesta, «¿qué hora es, mamá?», pregunta en voz baja para no asustarla con su inoportuna exigencia, y Luisa parece un fantasma, los kilos de más ya no le abrazan el cuerpo como antes, se diría que en solo una noche la ropa le queda colgando y que sus hombros redondos se han inclinado hacia delante del agotamiento, «¿qué hora es?», insiste Minnie, y Luisa, como hipnotizada, abre los armarios, saca los cubiertos opacos por el uso y el tiempo, «la hora de desayunar, la hora de desayunar», monologa, y por costumbre pone la mesa para tres.
Comen juntas mientras las casas vecinas aún siguen cubiertas por la neblina matinal y las calles de alrededor guardan un obstinado silencio; en media hora todo cambiará, Luisa sabe que en cuanto amanezca nada será igual y ha depositado sus esperanzas en ese rato en que sus pensamientos, como sombras, se contraen y dilatan en el tiempo para cubrir los metros cuadrados de espera que aún le corresponden, antes de que salgan a su encuentro las noticias intuidas, porque su hijo anda mezclado en bandas y drogas, se lo dijeron en la iglesia baptista para hacerla entrar en razón y llevarla al camino del Señor, y ella vaciló durante dos semanas, pensando a quién beneficiaba que ella no acudiese a la iglesia, que llamase la atención y se resistiese a los dictados de la comunidad local, pero es que en su interior ya no quedaba fe ni esperanza para segundas ni terceras oportunidades como caídas del cielo para saciar a los necesitados.
Minnie prepara su mochila y se va corriendo a coger el autobús escolar, Luisa arrastra el taburete de la cocina y se sienta delante de la ventana con la cortina corrida, Minnie se apresura tras el autobús que acelera, Luisa aguza el oído y oye su respiración, un susurro de desacompasados porqués, síes y acasos, que la encierran en su cuerpo y la martillean, Minnie pierde de vista el autobús que acelera por la avenida y se convierte en un puntito tembloroso al borde del horizonte carmesí, y Luisa respira hondo, se agarra el pecho y se desploma, porque su corazón ya no quiere habitar ese cuerpo, y su puño apretado y levantado es el vestigio de la última y vana batalla.
1Nick Virgilio. [La versión de los haikus es de la traductora. A no ser que se indique lo contrario, todas las notas son de la autora, aunque algunos detalles, como la versión de los poemas o las referencias a elementos culturales, pueden haber sufrido una pequeña modificación por parte de la traductora en caso necesario. (Nota de la Traductora, en adelante, N. de la T.)].
2El nombre de un misterioso salvador de la patria polaca en la composición poética de Mickiewicz Djady (1822).
3Adam Mickiewicz (1798-1855): Poeta nacional de Polonia y defensor de la idea mesiánica. Sus poemas contribuyeron en gran medida a la lucha nacional de liberación polaca contra alemanes y rusos.
4El terrier, de nombre Nipper, adornaba el logotipo de la compañía de gramófonos RCA Victor, así como el de la compañía discográfica homónima. El cuadro del pintor Francis Barraud con el terrier y el gramófono lleva por título His Master’s Voice.
5El llamado busing, en Estados Unidos, consistía en realizar intercambios de alumnos entre escuelas, con el objetivo de dar oportunidades a los menos favorecidos y llevar una cierta diversidad a la homogeneidad basada en la raza, el origen y los ingresos familiares que se observaba en los conjuntos escolares.
II
Soñé en un sueño que veía una ciudad inexpugnable a los ataques de todo el resto de la tierra, soñé que era la nueva ciudad de los Amigos, nada era más grande allí que la cualidad del amor vigoroso, iba al frente de las demás, se la veía en cada momento en las obras de los hombres de esa ciudad, y en sus miradas y palabras.6
Aprieta los dientes de dolor, el sudor frío le surca las palmas, de esta no sale, y sin embargo las balas han pasado rozándolo, no han dado en el blanco, no han maculado la carne, intenta tomar aliento, algo lo asfixia en el tórax, un lamento ahogado que no acaba de salir, levanta los ojos tal como está, tumbado boca abajo, y ve un charco de sangre tres metros a su derecha y un cuerpo rígido que cierra ante él la estrecha acera, y a los transeúntes que gesticulan por encima de él, y ese zumbido que le perfora los tímpanos; con la mano derecha se palpa el cuerpo para localizar el dolor, pero no hay herida, y eso le da más miedo todavía, y además sus pensamientos lo abruman, su mujer postrada en la cama, su único hijo menor de edad, la empresa con deudas, y Andonis Cambanis pierde el conocimiento: vuelve a tener diecinueve años y a ser un extraño entre extraños.
Veintidós días había tardado el transatlántico en llegar a su destino, y cuando el Patrís7 dejó en la orilla de Ellis Island8 a aquellas mil trescientas almas, un 7 de noviembre en que caía aguanieve, hizo como que escupía tres veces en la tierra para conjurar con la boca, porque se lo había prometido a su madre, que tenía ideas particulares sobre la psique y decía que en los sitios se prospera solo a base de escupir y de llevar los pantalones bien puestos. Pues eso, que en cuanto puso el pie en Nueva York, se le acercó un compatriota, un rodiota enjuto, con el pretexto de encontrarle trabajo de inmediato, a comisión, por supuesto, hasta le aseguró con su apellido y firma que sus dólares, aunque escasos, darían fruto y, tras metérselos en el bolsillo del pantalón de dobladillo ancho, le encontró alojamiento junto a otros cuatro en un pequeño hotel que se parecía más a una choza de lata y le dio cita para el día siguiente, a la misma hora, dos bocacalles más abajo; le escribió la dirección en un papel, «esquina de Broadway y Franklin», y le explicó por quién preguntar si se retrasaba, «Smerlís», le repitió insistiendo en la «r», le dio un golpecito en el hombro con aire cómplice y se fue por donde había venido, no sin antes confiarle que se encontraba en el país adecuado en el momento adecuado, y que allí en América había gente que pagaba bien y trabajo seguro para un joven despierto y ambicioso como él; por último, le guiñó un ojo antes de perderse con paso ligero en la espesa oscuridad de la ciudad que no dormía nunca y ya trasnochaba en las sucias callejuelas de mala fama.
El rodiota no acudió nunca a la cita, rápidamente se demostró que no había ningún Smerlís esperando para recibirlo, solo dos o tres pobres chavalillos de doce o trece años como mucho, sentados en cuclillas en las esquinas de la calle, que habían cogido cepillo y betún y lustraban cada dos por tres los embarrados zapatos de los transeúntes, toda Nueva York era un inmenso campo de faena que asumía obras municipales y construía edificios de numerosas plantas para cobijar el sueño colectivo, que en las chozas bajas y en las calles fangosas perdía su esplendor y quedaba apresado en el «tres centavos la pareja, cinco el matrimonio», y Andonis Cambanis, que había depositado sus esperanzas en el milagro, no podía creerse que sus veinte dólares se hubieran esfumado; apenas había puesto un pie en el Nuevo Mundo y ya le habían tomado el pelo, no le cabía en la cabeza que hubiese metido la pata de ese modo; lo embargó la desazón, solo sabía dar los buenos días, pedir perdón y dar las gracias, y eso de milagro, retorcía la boca al pronunciar como si le quemase la comida, ¿dónde, y cómo, y a quién contaría lo que le había pasado? Entonces le echó el ojo el mafioso italiano que deambulaba por la demarcación de sus posesiones: diez bocacalles por encima de la calle Broadway y cinco al oeste, hasta la calle Hudson; había ido a recoger los jornales de los limpiabotas, le pareció nuevo y quizás peligroso, quién sabe, y pegó la hebra rápido en siciliano, para ver si estaba tramando algo y si tenía cabeza para los negocios, lo escogió por su porte seco y atezado, que daba fe de su procedencia cercana al sur de Italia; intercambiaron dos o tres frases que no llevaron a ninguna parte, al final se comunicaron con muecas y morisquetas, y cuando Cambanis sacó los papeles italianos y el pasaporte para enseñárselos (certificados territoriales de una paternidad temporal que con el tratado de Lausana9 englobaba al Dodecaneso desde 1912), el italiano no perdió el tiempo: le dio la bienvenida y le garantizó alojamiento y trabajo desde aquella misma noche, solo tenía que hacerle unos pequeños recados que le quedaban pendientes en Hell’s Kitchen, pero Andonis Cambanis ya había aprendido la lección: mandados y favores sin pronta recompensa no pensaba volver a hacerle nunca a nadie, y así sus caminos se separaron, aunque no para siempre.
Medio mes después, y tras la recomendación y los consejos de un tal Suliotis, friegaplatos de profesión, Andonis Cambanis vivía en el estado de Nueva Jersey y trabajaba en los astilleros de Camden para la New York Shipbuilding Corporation, con la especialidad de soldador en las zonas de prefabricado, sacaba veintidós centavos por hora que le proporcionaban lo mínimo para la supervivencia: una habitación microscópica en Morgan Village, en la calle Sylvan, dos platos diarios de comida fría que le preparaba la noche de antes su casera polaca, y un paseo el domingo en la periferia oriental de la ciudad, terra incognita para él, el germanófono Cramer Hill y los barrios judíos de Marlton y de Parkside, mojados y bordeados por el curso zigzagueante del afluente Cooper, y como el natural de Nísiros seguía sin hablar inglés en condiciones, sus paseos eran solitarios y el dinero en el bolsillo escaso, y cada dos por tres se paraba a mirar con ojos de besugo las casas de madera de dos plantas, con familias de cuatro o cinco miembros, los escaparates de las pastelerías que vendían dulces orientales y helado a granel, las sinagogas, las hordas de judíos ortodoxos con sus trenzas negras y simétricas y los restaurantes kosher con sus apetecibles albóndigas de patata y gulash ucranianos.
Con el resto de griegos no tenía trato, además eran pocos y estaban desperdigados por los barrios, como las amapolas que florecen esparcidas por el campo, y es que aún no existía parroquia que los recogiese en tres o cuatro calles a partir de las cuales pudieran ir extendiéndose al resto de la ciudad; lo que sí existía era la cercana Filadelfia, que contaba al menos con dos iglesias ortodoxas y un rebaño de miles de fieles, y de ese modo, un domingo diferente a los demás, en el que no conseguía de ningún modo conciliar el sueño, Andonis Cambanis se levantó antes del amanecer y se subió al primer transbordador en Cooper Point, cruzó el río Delaware en barco y acudió a la iglesia de San Yioryios el 10 de septiembre de 1922, junto con trescientos compatriotas alarmados, que entre rezos y peticiones se contaban en susurros los sucesos acaecidos en Asia Menor,10 portada la noche anterior en The New York Times dominical. Tenía un mal presentimiento que no conseguía someter a cuentas ni a reflexiones, un barrunto sombrío y doloroso que le aplastaba el pecho y que conforme pasaba el rato se convertía cada vez más en certeza: que el futuro no le deparaba otro camino, que tenía que hacer su vida y triunfar allí, en aquel lugar desconocido y extraño; no había vuelta de hoja. Aquella misma mañana, su madre, de cincuenta años, fallecía plácidamente del corazón y de pena mientras dormía, y Andonis Cambanis se enteraba con tres semanas de retraso de que sus primos de Nísiros habían sufragado los gastos del funeral y que para cobrarse lo que les debía pensaban vender lo único que quedaba: la casa familiar.
Tenía veintidós años; se quedaba huérfano de padre, madre, casa y parientes en una ciudad cuyo nombre no arrastraba recuerdos, solo presente, y entonces de repente ocurrió en su interior algo inesperado: la muerte de su madre lo liberó de los remordimientos que lo apresaban, porque el pobre tenía siempre en mente el regreso, y contaba el dinero que ahorraba, calculaba hasta el último centavo, cada dólar aplastado en el sobre debajo del colchón lo llevaba más cerca de su madre, de la tierra que tenían pensado comprar para cultivar, y de las albarradas que pensaban construir para hacer bancales, su muerte lo pilló con treinta y dos dólares y cincuenta y tres centavos que ya no iban a ninguna parte, así que una semana más tarde fue a los grandes almacenes de Kotlikoff y, tras deambular tres horas por estantes y escaparates, se compró un buen traje y un par de zapatos de piel; era el primer despilfarro que hacía en su vida, qué más daba el dinero, en la mente de todo estadounidense uno era lo que intentaba ser, y en el fondo los ahorros eran para gastarlos, así que él también tenía que encontrar el valor de despedirse del pasado para conseguir convertirse en alguien, en otra persona.
Pero las semanas pasaban y Andonis Cambanis seguía siendo el mismo, quizá porque era una persona cerrada, poco habladora y comedida; el traje colgaba sin estrenar en el armario de una sola hoja, y la ciudad, al otro lado de la ventana, seguía extendiéndose hacia la periferia: cada pocos meses se alzaban primorosos edificios, los clubes musicales eran un hervidero de danzas y alegría de vivir, seguían llegando flujos de nuevos inmigrantes para contribuir al incremento de la producción, los antiguos exigían y reivindicaban mejoras en los sueldos y jornales, el dinero cambiaba de manos con rapidez y se amasaban fortunas, las mujeres conseguían el derecho al voto y la ética victoriana agonizaba en los antros ilegales, bebiendo whisky de contrabando y bailando charlestón y shimmy;11 el fin de la sangrienta Primera Guerra Mundial marcaba la consagración de una época brillante y llena de esperanza.
Y mientras las luces de neón se reflejaban en los charcos y centelleaban fuera de los clubes de entretenimiento y los cines, y la gente hacía cola para divertirse hasta la mañana, Andonis Cambanis se esforzaba por entender qué hacía mal y por qué vivía sin esperanza alguna sumido en la mísera pobreza, por qué nunca le alcanzaba para el alquiler y su casera se mostraba cada mañana desabrida y disgustada, por qué corrían los gastos y no entraban los ingresos. En el astillero aguantó tres dilatados inviernos y dos gotas de profundo verano; el trabajo era duro y las condiciones adversas, el dinero contado y aún más escaso para los que no hablaban bien la lengua; al llegar el cuarto inverno, a finales de septiembre, su casera polaca le anunció que había encontrado un inquilino mejor, obsequioso y puntual en el pago, y que le agradecería mucho que recogiese los bártulos y se marchase con viento fresco antes de que acabase la semana. Esa misma mañana tardó alrededor de media hora en embutir todas sus pertenencias en la misma maleta de antes de la guerra que había pertenecido a su tío, se puso el traje bueno por primera vez, dejó dos mensualidades sin pagar y se echó a la calle. Era un día gris, de esos en los que no se ve el azul del cielo, las nubes se lanzaban en picado para abrazar el humo que salía de las chimeneas, y Andonis semejaba una misteriosa figura matinal que había perdido el rumbo y el paso, conforme, hora tras hora, daba vueltas a la misma manzana con una maleta desvencijada en la mano, hasta que oscureció.
Era tarde y la noche lo sorprendió al oeste de Waterfront, deambulando entre casas de piedra con las puertas cerradas y las luces apagadas, y las cumbres de Filadelfia titilaban en medio del río Delaware, las calles estaban desiertas y mal iluminadas, la nieve caía con suavidad y cuajaba en el asfalto, y Andonis Cambanis, con su maleta marrón en la mano, encontró refugio en el vano de la puerta de un ultramarinos cerrado. Le asaltó un sopor al que se rindió con dulzura y que lo sumió en sueños cálidos; se le cerraron los ojos y se le pusieron los labios blancos; se confundió con la nieve y el paisaje blanco hasta que una violenta y prolongada sacudida lo devolvió a la vida y sus labios probaron y sorbieron un brandy casero de los más fuertes: una grappa asesina, capaz de resucitar a un muerto.
Andonis Cambanis había recuperado el sentido por completo, aparte de un entumecimiento temporal en las manos y un aterimiento que llevaba a flor de piel como un temblor, cuando, entre gestos espasmódicos y extrañas guasas, se dio cuenta de que se había despertado en la antesala de unas pompas fúnebres y de que estaba rodeado de féretros de ébano, cruces y vírgenes, y su primer impulso y reacción fue santiguarse tres veces antes de desmayarse de nuevo. Lo hizo volver en sí una mano femenina de mediana edad que le enjugó con ternura el rostro y le dio de beber agua salada. Abrió los ojos y la tibieza del ambiente, la chimenea que ardía y el olor a comida guisada le hicieron recordar a su madre, y empezó a lloriquear en silencio.
Se quedó una semana y dos días en casa de Tony Mecca, hasta reponerse, en un pequeño trastero de la planta baja que contaba, por todo mobiliario, con un diván y un antiguo gramófono manual Berliner; al lado, nada más salir, se alzaban las remesas de grappa apiladas en cajones, el sótano olía a madera barnizada, a otoño noruego con abedules y alcornoques, a hojas podridas y primeras lluvias; se pasaba las noches con la puerta cerrada, sin moverse del sitio y sin pegar ojo, no fuera a ser que lo persiguieran las sombras, los espíritus y las voces, la muerte de su madre y por poco la suya; lo recogieron de la calle tres negros, le encontraron encima papeles y pasaporte italiano y, dándolo por muerto, lo llevaron a la tienda de féretros de Tony, que tenía el negocio y la casa enfrente de la parroquia de la Virgen Carmiótisa, en el barrio italiano de Waterfront. La casa blanca de dos plantas que se hallaba en la calle 4 vibraba toda la noche con los bailes, el ruido de los tacos de billar y las guasas; en la planta de abajo estaba el establecimiento de pompas fúnebres y en el primer piso la casa: allí se juntaban desde bien temprano los italianos y bebían a escondidas en la planta baja, junto a los muertos, con la excusa de acompañarlos, con el bromista de Tony a la cabeza; Tony, que ayudaba a quien hiciese falta, hacía de traductor, de enterrador y de consejero sin cargo alguno, rellenaba papeles y solicitudes, enterraba a los necesitados, comparecía en juicios, ofrecía falso testimonio en caso de necesidad, y todo porque se le había metido en la cabeza la idea de participar en la arena política y subir al palco de la gloria póstuma. Era tal su fama y su influencia en la zona italohablante de Camden que, en los exámenes para el permiso de residencia, ante la pregunta habitual de «¿dónde se encuentra la Casa Blanca?», los italianos recién llegados respondían sin darle más vueltas «en la casa blanca, en la funeraria de Tony Mecca, calles 4 y Division, en la ciudad de Camden, estado de Nueva Jersey, Estados Unidos», y para estar seguros de quedar bien con lo divino, ponían entre paréntesis «justo enfrente de la parroquia de la Todopoderosa Virgen Carmiótisa, que grande sea su gracia».
Claro que milagros no acontecían con frecuencia, y si no tenías raíces italianas no ponías el pie donde Tony Mecca, ni que decir tiene si no eras de religión católica; para entrar, por tu propio pie o con los dos por delante, tenías que presentar los certificados y documentos necesarios, cómo iban a saber los afroamericanos que en el Dodecaneso también se llevaba documentación italiana y que estaban trasladando al pobre hombre a la parroquia equivocada y, cuando Peppito, la mano derecha de Tony Mecca, que no era ninguna lumbrera, abrió la puerta y se puso a darles voces, le enseñaron rápido los papeles y los sellos que le habían encontrado encima, y solo entonces los creyó y corrió a echar una mano, empujando entre maldiciones calabresas a los negros, como si fuesen cuervos asquerosos de mal agüero y contaminasen con sus sucias manos el cuerpo intachable y noble de un compatriota italoamericano que, para su desgracia, había ido a buscar fortuna en la mama mia brutta anche bella America.12
La rueda de la fortuna no tardó en girar; Tony Mecca lo tomó bajo su protección, le alquiló una habitación en Bergen Square y le prometió un jornal satisfactorio a condición de que le solucionase la papeleta: al principio le asignó pequeños recados, entregas de paquetes confidenciales o mensajes amenazadores, y le recomendó que zanjase a porrazo limpio cualquier malentendido o confusión y, dos meses después, cuando Mecca comprobó que Andonis, además de tocayo, era persona de confianza y buena voluntad, le puso de apodo Nondas y lo metió de cabeza en el negocio: por las mañanas arreglaba junto con otros dos los cadáveres que cruzaban el umbral, por las noches se afanaban con las medidas para fabricar en el sótano una grappa casera y reconstituyente y, antes de que amaneciese, cuando aún era noche cerrada, cargaban las petacas de cristal en los coches fúnebres y las mandaban con Peppito, el lechero, a unos pocos clientes elegidos y a amigos de distinguida posición.
Y, entonces, durante una descarga impecable con Peppito en el papel de lechero, Sergio al volante del coche fúnebre y él vigilando en el asiento del copiloto, la vio por primera vez, cruzando ligera la calle Cooper, y con la primera luz del día se fijó a la vez en su pelo rubio, en los cerezos florecidos, en las carreteras anchas y limpias, en las estéticas mansiones y en el cielo de alabastro, y sintió que se le encogía el corazón, como si un torno lo oprimiese hasta el suplicio, antes de desviar la mirada y tomar de nuevo el control mientras Gina, el coche fúnebre, arrancaba con un chillido sordo y giraba con torpeza a la derecha en la esquina siguiente. Aquella misma noche le dio fiebre, unas décimas que no bajaban de ninguna manera, congestión y catarro, y un tembleque que lo atormentaba y le sacudía todo el cuerpo; llamaron al médico, porque habían visto a muchos sucumbir a la tuberculosis, el doctor Yakolski llegó con retraso, maletín en mano, y después de darle muchas vueltas a la cosa, bebió, comió, se encendió su puro y dictaminó con sobrada certeza que el enfermo sobreviviría, y que si algo le ocurría era que no aguantaba la primavera, los cerezos y los magnolios, los tilos plateados y las falsas acacias; hablando en plata, que padecía rinitis alérgica. Y cuando el doctor Yakolski se largó, ya pasadas las dos, Nondas se armó de valor y le preguntó asustado a la bondadosa señora Mecca si le ocurría algo serio, si la cosa tenía mal cariz, y ella sonrió con complicidad, le guiñó un ojo y le hizo señas al tiempo que decía con la boca llena de migas io sono sigura que ti abbiano fatto il malocchio.13
Y a lo mejor no era exactamente mal de ojo lo que había noqueado a Nondas, sometiendo su resistencia corporal a base de sucesivos estornudos, ojos rojos y una nariz que, cual grifo averiado, no dejaba de gotear, pero él estaba seguro de que lo que le pasaba tenía sus raíces en la naturaleza femenina y sus ardides, y que si quería librarse del yugo y del influjo del mal tenía que buscar y encontrar a la belleza rubia, y cuanto más buscaba más se desesperaba, porque Camden era un pequeño pajar y él venga a buscar la aguja que se le había clavado, y cuanto más buscaba más lo picaban con pellizcos, zancadillas y guasas Sergio y Peppito, pero él no se daba por vencido, aguardaba y se resistía al orbe al completo al grito de «achís, achís», mientras se frotaba los ojos, se limpiaba la nariz y la boca, «pero qué suerte la mía, achís».
Se fue la primavera, llegó un breve verano y los síntomas se aplacaron en cierto modo, y poco antes de noviembre la vio un atardecer por la ventana, de pie en la acera, sacudiéndose el zapato para librarse de una china molesta, y Nondas no perdió el tiempo, se puso el abrigo y salió a la calle para hablar con ella, pero vaciló y no llegó a tiempo, así que empezó a seguirla y, cuanto más avanzaba y la miraba, menos seguro estaba de que fuese ella, algo en su pelo rubio rojeaba, la vez anterior no se había fijado en aquellos mechones cobrizos, o acaso es que, como se estaba poniendo el sol, el cielo rosado se reflejaba en su pelo, la siguió y llegó hasta el barrio irlandés de Pyne Point, un poco más y al fondo se vería Petty Island, era una noche extraña que daba ganas de creer en fantasmas, espíritus, piratas y corazones saqueados, hasta el punto de jurar por ellos, no había ni un alma por la calle y Nondas tenía miedo hasta de su aliento y de su sombra, sus pasos se sintonizaron con los de ella y las venas se le cargaron de adrenalina, ella oyó su respiración tras de sí y sus pasos ligeros y torpes, se dio la vuelta para gritar y, antes de que le diera tiempo a reaccionar, Nondas la apresó entre sus brazos, la arrastró e hizo lo que pudo a escondidas, a hurtadillas y a toda prisa, y si te he visto, no me acuerdo: se le olvidó, lo dejó atrás, lo abandonó en la oscuridad espesa, asfixiante y rígida.
Llegó el invierno, el espejismo femenino se disipó y Nondas volvió a su antiguo yo, los negocios crecían y los pedidos aumentaban, la producción casera no era suficiente para abastecer a los distinguidos amigos de los amigos; al principio pensaron en dedicarse a importar de contrabando desde los lagos helados de Canadá, pero había grandes intereses en Filadelfia y bandas implacables, y Mecca no quería mezclarse todavía con mafias ni meterse en camisas de once varas, su vida estaba en la funeraria y el dinero que sacaba del otro mundo bastaba y sobraba de momento, así que se plegaron a las leyes infalibles de la oferta y la demanda local, y mientras la ciudad siguiese seca y la gente sedienta de alcohol y emociones, mejores serían el sueldo y la propina.
Y las cosas estaban tranquilas y así habrían seguido si el 22 de diciembre de 1924 no hubiese llegado a la casa Mecca un paquete rectangular de embalaje caro y con un lazo color rojo vivo que quedó por allí olvidado. El paquete iba huérfano de tarjeta, remitente y destinatario, pero, pese a todo, dada la época del año, no levantó sospechas que alguien quisiese expresar su agradecimiento de manera anónima a la familia Mecca; además, de vez en cuando, y más aún los días de fiesta, los miembros de la familia tenían la costumbre de reunirse con los amigos íntimos y los colaboradores e intercambiar regalos bajo el árbol navideño adornado. Era la víspera de Navidad; la señora Mecca no había tenido tiempo de comprar los regalos para los invitados, sus hijas habían ido a la modista para que le diese los últimos retoques a los primorosos vestidos que se pondrían para el baile de Año Nuevo, Tony tenía una cita importante con el senador republicano Spacy en Central Watertown para comer y recaudar votos, y ella tenía que preparar la casa y meter la oca rellena en el horno mientras Sergio mondaba con impaciencia un barreño lleno de batatas naranjas refunfuñando entre dientes, porque a él no le hacía mucha gracia que el ave llevase tanto relleno; prefería cien veces el congrio frito marinado en hojas de laurel y dientes de ajo.
Según se acercaba la hora de la cena de Nochebuena, la señora Mecca iba sintiendo los nervios a flor de piel y, como no le quedaba otro remedio, llamó a Peppito y a Nondas, que se habían puesto hacía rato el traje de fiesta, les felicitó las pascuas, elogió su laboriosidad y su entrega, y les dio ni más ni menos que diez dólares en mano para que fuesen a comprar los regalos que faltaban para los invitados. Eran las cinco de la tarde pasadas y, fueran donde fueran, las tiendas llevaban rato cerradas; les invadió la desesperación, porque la señora Mecca había depositado en ellos todas sus esperanzas, y solo pillaron al viejo Stein por la calle, con un manojo de llaves colgado del cuello, arrastrando los pies; le dieron toda la coba del mundo para que les abriese y cuando, para convencerlo de sus intenciones, le enseñaron los diez dólares arrugados en la palma, el judío negó con la cabeza y dijo que él no hacía las cosas a medias, y que, si de verdad querían que les abriese la tienda, se rascasen los bolsillos a conciencia y contribuyeran ellos también a los obsequios. Y por mucho que se los rascaron y palparon las costuras, no encontraron nada de valor para hacer cambiar de opinión al viejo y, cuando le dijeron que en total juntaban diez dólares y treinta centavos, se sacó las manos del abrigo y agitó el pañuelo, porque, solo entre abrir la tienda y encender la luz y la caja, calculaba un gasto, junto con las horas extras, de por lo menos doce dólares en mercancía. No tenían otra opción, corrieron tras él y lo detuvieron, le prometieron que le llevarían los dos dólares restantes esa misma semana con intereses de cinco centavos por cada día que pasase, se dieron la mano y todos juntos se dirigieron con paso ligero a la calle de la tienda.
La cena fue todo un éxito, hubo comida hasta la saciedad, las raciones eran opulentas y el vino tinto corría como la espuma, obsequio de Rigoletti, el suboficial invitado, que siempre cuidaba de que los bienes embargados encontrasen refugio en casas hermanas y, poco antes de colocar los cubiertos para el postre a la luz de las velas, Tony Mecca puso en el gramófono a Pasquale Feis cantando los villancicos sicilianos con gaitas y las extrañas zampogna, y la señora Mecca se santiguó piadosamente y conminó a los comensales a que se reunieran en torno al árbol para sortear los regalos, que centelleaban con paciencia bajo las bolas lustrosas y los adornos de papel brillante, mientras que Nondas y Peppito, con las mejillas encendidas por la bebida, se relajaban más anchos que largos.
Y se abrieron los regalos, y en algunos casos se intercambiaron según gustos y preferencias personales, y la señora Mecca, que hasta entonces estaba ocupada sirviendo un esponjoso tiramisú, dio un grito al apartar la tapa de la caja rectangular, y de dentro de la caja surgió un traje blanco de una sola pieza y un ridículo gorro en punta que, una vez desdoblados y acoplados, formaban un rostro de pesadilla: el de la moral intachable y protestante del Ku Klux Clan, defensor, guardián y custodio de la eugenesia anglosajona.
6Walt Whitman, «Soñé en un sueño», de Hojas de hierba. Traducción de José Luis Chamosa y Rosa Rabadán, Espasa, 2019.
7Patria, en griego.
8Ellis Island, también llamada Castingari en griego.
9El 18 de octubre de 1912 se firmó en Ouchy el tratado de paz italoturco que entregaba el Dodecaneso a Italia.
10El 9 de septiembre de 1922 tuvo lugar lo que en Grecia se llama catástrofe de Asia Menor: se asesinó o se expulsó a los griegos que vivían en la zona de Asia Menor; como consecuencia, muchos huyeron a Grecia como refugiados (N. de la T.).
11Baile estadounidense de la década de 1920 que consiste en un intenso movimiento de los hombros.
12Madre América, fea pero hermosa.
13Yo estoy segura de que te han echado mal de ojo.
III
nenúfar: fuera del agua fuera de sí 14
Cuando está triste, a Basil le da por cocinar; cuanto mayor es su aflicción, mayor es el grado de dificultad de los preparativos y la ejecución; los manjares más imaginativos los ha probado Susan durante las grandes peleas, durante las decepciones personales y durante las etapas de ansiedad por su precaria economía que los asaltan de vez en cuando, últimamente cada vez con más frecuencia, parece, o tal vez sea cosa suya, que de repente todo se le hace un mundo: sus decisiones llenas de incertidumbre, el amor mutuo, su hija y el presente, que tanto le recuerda al pasado; hace nueve años Litó era un bebé, cuántos años tenía, tres, no había cumplido siquiera los tres cuando se declararon los incendios, la ciudad se pasó ardiendo tres días y tres noches, tres días saqueando tiendas y casas, así empezó todo, de repente a finales de agosto dos policías le dieron una paliza a un motero hispanohablante y, ni cortos ni perezosos, lo mandaron a cuidados intensivos, la noticia corrió como la pólvora, fue de boca en boca por los barrios pobres, africanos y portorriqueños cogieron palancas de hierro y antorchas y se aliaron ante la amenaza y la insensibilidad de los cuellos blancos, declararon la guerra y juraron venganza en una noche, en nombre de Horacio Jiménez, mártir, y mientras él se debatía entre la vida y la muerte en cuidados intensivos, Susan rogaba para que los médicos lograsen mantenerlo con vida costase lo que costase, porque se temía lo peor, y mientras el cuerpo de Horacio exhalaba al amanecer su último suspiro, Basil se preguntaba qué había pasado para que se concentrase tanta furia y tanto odio, qué había azuzado aquella lengua ardiente que había salido antes de amanecer a tragarse la ciudad entera. Pocas horas más tarde Camden se llenó de anuncios de alquiler y de venta, en una semana cayó en picado el valor objetivo, la gente abandonó de forma definitiva casas y patrimonios, quién se lo iba a imaginar, y entre aquellas ruinas humanas y mobiliarias, Susan, Basil y la pequeña Litó.
Susan lleva ya un rato sumida en sus pensamientos y no se ha fijado en la camioneta blanca con gruesas rayas horizontales naranjas de U-Haul, la empresa de mudanzas, que vacía la casa de al lado de sus escasos objetos y sus muebles pasados de moda, o quizá sí la haya visto con el rabillo del ojo y haya registrado sin darse cuenta el ajetreo matinal, y todas las cuestiones sin resolver que su cerebro guarda enterradas se le echan encima para recordarle que la vida está claramente compuesta de acciones y acontecimientos, y las casas que habitamos están hechas de cemento, cristal, ladrillo y madera, solo los pensamientos quedan suspendidos en el aire, que es gratis y corresponde a todos por igual, y Susan, con su metro setenta y ocho de altura, permanece inmóvil, con la boca entumecida y las manos en la cintura, porque lleva rato mascando las palabras antes de tragárselas, y pensando, pensando, aunque quiere dejar de pensar, se traga las palabras, las terminaciones y las preposiciones, y de repente se gira y se da de bruces con Basil, lo coge de los hombros y lo sacude como si acabase de ocurrir algo tremendo y al mismo tiempo fantástico e importante que a él se le escapa, y no le anuncia que siguiendo un impulso ha tomado la inapelable decisión de largarse «ya está, se acabó, al carajo», sino que se limita a quedarse ahí plantada, rogándole enmudecida con los ojos cristalinos, que se han hecho más hondos, como si se hubiesen contagiado de los mares cerrados y la fiebre del Mediterráneo.
«Las tortitas con naranja están listas», le dice, y Susan vuelve en sí, «hay sirope de arce y miel de tomillo encima de la mesa», le informa a voces y Susan pasa de largo y sube la escalera a toda velocidad, son ya las siete y cuarto y Litó sigue en la cama, se le han pegado las sábanas porque no quiere ir hoy al colegio, desde ayer se hace la enferma: que si está ardiendo de fiebre, que si le duele la garganta, que si tiene tos y alguna infección respiratoria, sinusitis, o a lo mejor bronquitis, o hasta pulmonía.
Litó había frotado el termómetro con la palma, lo había puesto en el radiador, hasta había probado lo de la cebolla, con el asco que le daba, la había cogido a escondidas del armario de la cocina, y lo máximo que había conseguido eran unas décimas, treinta y siete con uno, y justo antes de entrar hecha un trapo en el coche, usó su última carta, dio patadas en el suelo, se puso a chillar, a llorar, mientras su madre la miraba con una frialdad casi calculadora, con aquellos ojos azul transparente que no parecían conmoverse por nada, y entonces Litó cogió impulso y dio un puñetazo con la mano derecha en la pared, y la mano se le amorató de inmediato, se le hinchó como un globo, y Susan tiró de la mano golpeada en el momento en que Litó dejaba escapar un chillido inarticulado de dolor verdadero, y ahora madre e hija se encuentran en las urgencias del hospital estatal, y el simpático y canoso señor Malone coloca una escayola ante la sardónica sonrisa de Litó, que ya se ha perdido el examen de Historia Contemporánea Estadounidense, y la ceñuda mirada bávara de Susan, cuyas raíces cuentan con al menos tres generaciones de Suzanne enterradas.
El viejo Plymouth Cricket resuella en la curva, y Litó, en el asiento del copiloto, lucha con el cinturón defectuoso y con la escayola que no cabe entre las dos tiras enredadas entre sí, Susan aminora la velocidad, pone las luces de emergencia y para en el arcén derecho mientras espera a que Litó le pida ayuda, porque madre e hija no se hablan, y cada una tiene sus razones, justas o injustas, para mantenerse en sus trece, Litó está roja del sobreesfuerzo y Susan enciende la radio y baja el cristal, y mientras el pálido sol acentúa el contorno de su rostro descolorido, el presentador gasta saliva hablando de la carrera electoral entre Reagan y Carter, de que el Estado Mayor de Reagan tenía miedo de que Carter volviese a salir elegido tras haber asegurado en secreto la liberación de los diplomáticos estadounidenses que Teherán retenía como rehenes y de los esfuerzos permanentes de Carter para ganarse a la opinión pública y ganar las elecciones liberando a los rehenes estadounidenses antes del día de los comicios, y luego la voz del comentarista se disipa, mientras la música ocupa los hercios y los Smokie cantan el Stumblin’ In.15
Susan gira la cabeza hacia la portezuela y tararea, aunque no se sabe bien la letra, y sin embargo es como si se la supiera, el ritmo y la melodía le resultan familiares desde hace tiempo y, cuando vuelve la mirada hacia afuera por la ventanilla abierta, ve dos ojos oscuros clavados en ella, mirando a madre e hija con curiosidad, y Litó, que percibe que algo ha cambiado en el ambiente, libera el cuerpo y la mano rota del cinturón y mira hacia la derecha, para encontrarse con el asombro y el saludo tímido de Minnie, que baja la mano y encorva los hombros y la cabeza como si hubiese franqueado una frontera mental, luego endereza en la espalda la mochila, que le queda un poco grande y pesa demasiado porque va muy llena, y continúa su solitario camino con una leve cojera en el pie izquierdo, porque no lleva zapatillas de deporte, y ya ha recorrido una gran distancia, los zapatos le hacen daño en el meñique y está segura de que, si se para ahora, no lo conseguirá, y se lo ha propuesto en secreto, porque los objetivos tenemos que alcanzarlos cueste lo que cueste, y si queremos algo de verdad, lo conseguimos, y ella desea con todo su corazón llegar ese día a su destino, porque ha hecho todos los deberes, y todos los ejercicios de aritmética, y no hay mayor felicidad que los parabienes y las felicitaciones de sus profesores.
Susan le pregunta a Litó quién es la chica de las trenzas desiguales y la mochila grande a los hombros que parece conocerla, y Litó se encoge de hombros y no le responde, solo se rasca con insistencia el brazo, que le pica, pasándose un portaminas por el hueco de la escayola; Susan se irrita con los malos modales de su hija, algo en la chiquilla desconocida la moviliza, pero no hace nada, tiene demasiadas cosas en la cabeza desde la mañana, apaga la radio, arranca y tuerce, la casa no queda lejos, más o menos a cinco minutos, y Minnie desaparece de momento en línea oblicua de su campo de visión.
Basil Cambanis está inclinado sobre su hija adoptiva y escribe con un rotulador indeleble de punta gruesa en la escayola «que te mejores, cometa», cómo se le parece, tiene gracia, será por el mechón rebelde que salta cada vez que sacude la cabeza y le cubre el ojo derecho aunque ella se lo aparta para ver, como si ese gesto fuese lo más natural del mundo, se le parece en la facilidad que tiene para sacar de quicio a Susan con su frivolidad, sus continuas exigencias y su terquedad de mula, como se les meta algo en la cabeza al padrastro o a la hija, se cierran en banda; Litó se aparta el mechón, lo justo para ver qué anda haciendo en la escayola su padrastro, que ahora le guiña un ojo lleno de complicidad, «pero ¿cómo se habrá golpeado con la pared?», finge preguntarse en voz alta y, en lugar de Litó, responde Susan, con contenida naturalidad, «fue a coger el termómetro, que se le había resbalado de la axila», y Litó, irritada, replica «dejadme tranquila», y desaparece dando un portazo, porque cómo se atreven a burlarse de ella con tanto descaro, en sus propias narices, junto a las que corre una lágrima de furia y de cólera, porque sigue oliendo la peste a cebolla, no se ha ido, se ha quedado atrapada en el vello púber de su axila.
Basil y Susan sonríen con complicidad y unas arrugas delgadas, que recuerdan a las raíces de un árbol enclenque, les surcan la comisura de la boca y de los ojos, Susan le alborota con ternura el pelo y Basil le coge la mano y se la besa, «¿qué vamos a hacer con esta niña?», se pregunta Basil —pregunta retórica sin respuesta—, «ha salido a mí», reconoce Susan, «no hace caso a nadie», agrega Basil, «ya crecerá», concluyen ambos a la vez, y ese diálogo es el analgésico y el reconocimiento de que las cosas tomarán su camino, y de que el tiempo todo lo lija, las imperceptibles fisuras que aún no se han convertido en grietas, las preocupaciones indeterminadas que no se han instalado en el cuerpo, las mentirijillas cómodas y sus extensiones, inciertas y engañosas.
Pocos minutos después, Litó baja la escalera de caracol de madera que une las dos plantas de la casa con la ropa de deporte y el abrigo colgado del hombro izquierdo, «¿dónde te crees que vas?», pregunta Susan con los ojos entrecerrados, «al entrenamiento», responde Litó cortante, y Basil, que de repente parece desconcertado, balbucea, «mejor que no vayas hoy, cariño», «¿quién me lleva? Llego tarde», insiste Litó, Susan se acerca con aire amenazador a su hija, y Litó, que hace caso omiso y no advierte el peligro, la informa llena de irritación y descaro de que se encuentra perfectamente, «y un huevo», replica Susan, pero ya es tarde, porque Litó ha abierto la puerta de par en par y ha salido corriendo.
Litó cruza la calle con el brazo escayolado, y según corre parece un barco a la deriva que cada dos por tres se escora con una leve inclinación hacia la derecha; Susan apoya el brazo izquierdo en la puerta y la ve alejarse hasta perderse de vista, y Basil se coloca detrás de su mujer y posa la palma de la mano en su brazo, «¿por qué la has dejado marcharse?», y Susan se encoge suavemente de hombros, «¿y qué iba a hacer?», y el tono de su voz suena mucho menos despótico, hasta el punto de que ese matiz de disculpa la asusta, después su espalda se vuelve y cubre por completo la expresión de su rostro, y la pesada puerta de seguridad se cierra tras ellos con un crujido despreocupado, como sus vidas, ordenadas y bien armonizadas de momento.
Basil aparca su abollado coche familiar en el pequeño aparcamiento del diner Ariadni, son casi las once y dentro de un momento llegarán los clientes del mediodía de las oficinas y los escasos comercios de los alrededores, Sally lo saluda a través del cristal empañado, mientras Veronica sirve en vasos de papel decorados con ánforas y el Partenón medio café gratis al viejo Mike y al borrachín de Tyson, que son como las mascotas del barrio, llevan cuatro años en la calle, con los vasos de papel de aparcamiento en aparcamiento, en las puertas de los edificios abandonados, en los pórticos calientes de los bancos, en las entradas de las tiendas, hasta que los pillan los empleados de seguridad y los polis, que los mandan un poco más abajo, lo justo para bajarles la moral, para hacerles comprender por las malas que nunca podrán encontrar reposo ni refugio en sitio alguno, y que se pasarán la vida dando vueltas, arrastrando las cajas de cartón y las mantas viejas por aquellas cinco calles.
Basil entra en el diner, saluda a sus chicas, que han llegado a los sesenta, si es que no los han superado, y se pone con la correspondencia y las facturas, que corren y le vacían los bolsillos, los beneficios del mes son escasos y es digno de asombro que su cuenta bancaria siga aguantando, aunque no se sabe cuánto durará, porque Litó crece al mismo tiempo que sus necesidades, cómo la van a mandar a estudiar a un college, con qué dinero, claro está que siempre queda la solución de la universidad pública, que tiene una matrícula más asequible, eso sí, aunque de todos modos sigue siendo una cantidad nada despreciable, que no sabe si está en situación de pagar, Dios mío, qué rápido crecen los niños, ¿cómo se las va a apañar? Entre las cartas y las obligaciones descubre folletos que alaban productos inútiles, catálogos que invitan a viajes míticos, panfletos con las enseñanzas de los Testigos de Jehová y propaganda futurista sobre la secta de la cienciología, Dios mío, cómo está el mundo, va de mal en peor, qué hará él, los impuestos sobre la renta lo tienen con el agua al cuello, la gente no tiene trabajo y los precios no hacen más que subir, la puerta del diner se abre, suena la campanilla y los primeros clientes se sientan a la barra para pedir la especialidad de la casa, un verdadero suicidio: pan tostado en la plancha, relleno con una gruesa loncha de chóped Spam,16 doble ración de huevos fritos y un buen montón de queso cheddar derretido, todo ello acompañado de medio plato de cebolla frita cortada en rodajas.
El aceite de girasol chisporrotea en el fuego y forma enormes burbujas doradas que amenazan con explotar y salirse de la freidora, Veronica echa las rodajas de cebolla precocinadas junto con las patatas congeladas y las extiende en capas para que adquieran el deseado color tostado; Basil se distrae, su mirada se pierde en la freidora, como contando cuántas burbujas caben en ella antes de que empiecen a estallar y a salpicar los azulejos, grasientos por el tiempo y con las juntas llenas de mugre; antes de que Sally coloque los cubiertos y sirva el café de filtro a los clientes, que se pueden contar con los dedos de una mano y pocas veces piden el tentador yiros o el tsatsiki aguado; antes de que Susan entre en el antiguo coche que Basil le regaló en su primer aniversario y por el que nunca sintió simpatía, porque es de color verde gusanito y tiene el morro feo, como si fuese un grillo gigante y contrahecho.
Minnie gira en la avenida Fremont y ve su colegio, que se alza en mitad de la calle como un correccional de menores y enmarca la manzana con sus paredes blanquecinas y sus portillos color burdeos carcomidos por el óxido, y acelera el paso a pesar de que le duele el meñique; es evidente que le molesta porque cojea, pero bueno, ya quedan solo unos cuantos pasos para la entrada principal de la calle Stevens, y seguro que llega a tiempo a la clase de Física que tanto le gusta, todas esas fuerzas que luchan entre sí para mantener a raya y en armonía los objetos amenazadores que las rodean, la energía cinética que se esconde en los puños de su hermano cuando el cuerpo de Minnie se convierte en saco de boxeo y, como tal, reacciona y oscila, y esa oscilación interior decreciente la devuelve a su posición inicial de inmovilidad a cambio de una nueva vivencia frustrante; todo lo que odia y ama y cree más o menos comprender, aunque son términos difíciles de pronunciar, conceptos complicados y esquemas complejos, fuerzas motoras que la derrotan, fantasmas centrífugos que trasnochan y de vez en cuando, del miedo, le mojan la cama a Minnie.
Abre la puerta del aula y las miradas de sus compañeros se clavan en ella llenas de estupor, antes de convertirse en susurros y risas burlonas por su atuendo, que desentona por estrafalario y pobre, y el enjuto señor Brown, con sus gafas de carey, le hace un gesto para que se acerque a la tarima y le pregunta por qué llega tarde, y Minnie no sabe por dónde empezar, por su hermano Pete o por la noche en blanco que ha pasado, por la histeria de su madre o por su meñique dolorido porque le aprieta el zapato, por sus trenzas mal cortadas que acaba de recordar y que sus dedos recorren sin querer para medir de nuevo los centímetros ausentes, o por la ropa que no encontraba en el cajón y el autobús matinal perdido por los pelos, y el señor Brown, que no tiene paciencia y no aguanta los silencios inciertos sin causa, le dice que se siente de inmediato en su sitio, que ya ha interrumpido bastante la clase, y que tiene que quedarse cuando termine la lección para completar el control que acaba de perderse.
El último timbre ha sonado hace poco y el aula de la séptima clase se ha quedado vacía de alumnos y sonidos, el autobús escolar se ha marchado a su hora, el señor Brown corrige los exámenes y Minnie araña el papel con su lápiz de extremo masticado, parece que al final no iba tan bien preparada, y siente que le zumba la cabeza, es un control de tipo test pero con preguntas trampa, de vez en cuando salta como una liebre una pregunta que está segura de saberse, y luego lo correcto y lo erróneo se confunden y forman un borrón enorme que no tiene principio ni fin, y el señor Brown levanta la cabeza y la observa, pero su mirada es indiferente, no da indicación ni tiene dirección, y de forma inevitable vuelve a sumergirse en los exámenes, y ahora Minnie se distrae y se mira los zapatos embarrados de suelas agujereadas, que se parecen un poco a unas manoletinas flácidas, y empieza a girar mentalmente en salas de baile, saltando ligera sobre el parqué, cada vez más alto, cada vez más alto, hasta el techo, pero no hay techo, porque los sueños no tienen techo, y casi se le cierran los ojos, los párpados le pesan cada vez más, le pesan, y se le nubla la vista, hasta que su barbilla choca contra el pupitre con un golpe, y entonces recuerda que la respuesta correcta para la pregunta 17 es la B y que la letra G simboliza la constante internacional de la gravedad, la gravedad que, de repente, bruscamente, hace aterrizar a todo el mundo en algún momento.
Susan no tiene intención de echarse a la calle a buscar a Litó, pero, según pasa el tiempo, algo la espolea y la preocupa, y de ese modo decide pasar por el estadio de los Leones a la hora en la que el equipo femenino ejecuta el último sprint antes del tradicional amistoso al final de la semana, se detiene en la heladería de Charlton, el pelirrojo, y en la tienda de discos de Friedman, el anarquista, le pregunta a Sylvia, la solterona octogenaria, que siempre ha deseado en vano que la llamen señora Janetson, y que, en cuanto asoma el sol, aunque sea un poquito, arrastra hasta la entrada de la multitienda de su hermano una silla desvencijada de metal donde se sienta para que descansen los huesos de la artritis, según afirma, pero por mucho que busca y pregunta Susan, no encuentra respuesta, su hija ha vuelto a desaparecer, como suele hacer cuando no se sale con la suya, y Susan se rompe la cabeza pensando dónde puede haberse metido, y está a punto de mandarlo todo a paseo, pero no tiene otra opción, así que pone el piloto automático y se mete en el coche para dirigirse hacia un lugar donde no cree que su hija se haya escondido, el centro de secundaria de East Camden, porque hace tiempo que se ha dado cuenta de que lo que desaparece y ella busca con obstinación suele encontrarse, fuera de cualquier explicación lógica, acomodado, repanchigado en su sitio original, delante de sus narices.
Aparca el coche cerca de la entrada principal, la de la verja de hierro con la fecha de construcción del edificio grabada en piedra e incorporada al cemento ocre, «agosto de 1968», y Susan se queda en mitad de la calle, con la llave del coche en la mano, ni avanza ni retrocede, porque acaba de acordarse de las pelusas que ha escondido esa mañana debajo de la alfombra; por mucho que limpie durante el día, los muebles, por la noche, cogen una delgada capa de polvo y se burlan de ella, y mientras vacila antes de dar un paso, dubitativa, temerosa de despertar a los recuerdos, se sube a la acera y advierte la masa humana que, acurrucada en el poyete, se frota con ternura los doloridos dedos de los pies, y Susan da un mal paso y se desploma junto a Minnie porque se marea, siente las piernas pesadas y la cabeza ligera, no ha comido nada en todo el día, no le ha dado tiempo y su estómago se queja, y ya hace un mes que se marea con mucha frecuencia, no será, pero no, imposible, las pocas veces que sacan ánimo para hacer el amor toman precauciones, un escalofrío le recorre la espalda y se le hielan los huesos, «¿no será..?», y Minnie de repente se encuentra sujetándola entre sus brazos, Susan está muy delgada, es su constitución, por mucho que coma siempre será delgada, y Minnie, aunque con esfuerzo, la sujeta para que no caiga en el cemento frío, y Susan vuelve en sí, su respiración es menos cortante, menos afilada, ya se encuentra mejor, abre los ojos y domina el desmayo, y aunque Minnie sigue sujetándola con fuerza, Susan le sonríe y dice «ya pasó», le dice, ya pasó.
Susan intenta convencerla de que entre en el coche, Centerville no queda tan lejos, es verdad que son las tres pasadas y es hora punta, y el atasco de las carreteras es un factor imponderable en cuanto a la rapidez y la facilidad con las que llegarán a su destino, pero Susan lo ha decidido, y ya que lo ha dicho y lo ha propuesto piensa hacerlo, aunque Minnie niega con la cabeza, porque Luisa le ha hecho prometer por la vida de su madre que no entrará bajo ningún concepto en coches de desconocidos, por eso Minnie sigue moviendo la cabeza de izquierda a derecha, y la nariz le gotea, se va a poner mala, lo nota, lleva demasiado tiempo en la calle con el abrigo fino, y está chispeando, estornuda y le lloran los ojos, no sabe qué limpiarse primero con la manga, y ya no le quedan excusas ni resistencia, Susan la empuja con suavidad hacia el asiento del copiloto, le pone el cinturón y arranca, mientras Minnie tiembla de miedo y agradecimiento, y no sabe cuál de los dos predominará al final; Susan, que la ve tiritando, pone la calefacción a tope, y el viejo Plymouth Cricket se mete entre los coches y se interna poco a poco en la circulación, entonces Minnie ladea la cabeza y se duerme al principio de la avenida Cain con la boca entreabierta, babeando y dejando escapar un ronroneo, como unos imperceptibles rugidos, y Susan respira hondo, qué curioso que once años de matrimonio quepan apretados en un atasco, y por la ventanilla cerrada del coche observa en un sedán a la mujer mayor de muñecas delgadas y cigarro en la boca en la que se convertirá dentro de pocos años, al desconocido moreno que le recuerda su primer beso dado de refilón en la casa de árbol desvencijada que había en la granja de su abuelo, a la joven gordita que se ha quedado dormida al volante mientras el semáforo sigue en rojo, a la niña triste con la coleta tensa que cada dos por tres gira el cuerpo y la mira por la luna trasera del Chevrolet blanco, y la mirada de Susan vacila en el tiempo y el espacio y cae con fuerza y resignación en el rostro infantil de Minnie, que al abrir los ojos y desperezarse la devuelve a la impaciencia del ahora, siempre urgente y tozuda.
Minnie llama a la puerta para que Luisa le abra, con las prisas esa mañana no se llevó las llaves, se le olvidaron en la encimera de la cocina, y Susan espera en el coche para comprobar que la chiquilla entra en casa, pero la puerta no se abre, y Minnie llama una y otra vez, y Susan cierra el coche, se acerca a Minnie y le pregunta si hay otra ventana o una puerta trasera; Minnie la lleva hacia el lateral, a la ventana de la cocina, desde la que apenas se ve la calle, y Susan hace visera con las palmas y las coloca sobre el cristal para que no le dé el reflejo, y Minnie se pone de puntillas para ver, pero no llega, le faltan por lo menos treinta centímetros, y Susan nota cómo el aire frío de noviembre, que no hace más que arreciar, se le cuela bajo la camiseta, llegado de Montreal y del lejano Ártico que todo lo congela, menos el tiempo.
14Nick Virgilio.
15Chris Norman & Suzi Quatro, del álbum A Stranger With You, que ocupó el número 4 de la lista de éxitos de 1979.
16Parecida a la marca Zwan.
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