Kitabı oku: «Derecho y crimen en la literatura»

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C133

Derecho y crimen en la literatura / Víctor Hugo Caicedo Moscote, Karim Elnecer Múnera, compiladores

Medellín, Colombia : Ediciones UNAULA, 2021.

228 páginas (Serie Tierra Baldía)

ISBN : 978-958-5495-77-7

I. 1. Cuentos – Colecciones. 2. Literatura y derecho. 3. Crimen en la literatura.

II. 1. Caicedo Moscote, Vícto Hugo. 2. Elnecer Múnera, Karim. 3. Londoño, Julio César. 4. Viñado Gascón, Isabel. 5. Villegas Muñoz, Gustavo Adolfo. 6. Maupa ssant, Guy de. 7. Peyrou, Manuel. 8. Alarcón, Pedro Antonio de. 9. Paz-Soldán, Edmundo. 10. Hemingway, Ernest. 11. Saki. 12. Sánchez Espeso, Germán. 13. Berkeley, Anthony. 14. Dahl, Roald. 5. Bierce, Ambrose. 16. Quintero, Ednodio. 17. García, Michel.

Serie Tierra Baldía

Ediciones UNAULA

Marca registrada del Fondo Editorial UNAULA

DERECHO Y CRIMEN EN LA LITERATURA

Trece cuentos

Selección y estudios: Profesor Víctor Caicedo y alumnos de la asignatura

Hermenéutica y Argumentación

La antología se realiza con fines pedagógicos en Unaula.

© Universidad Autónoma Latinoamericana

Primera edición: agosto de 2021

ISBN: 978-958-5495-77-7

ISBN-e: 978-958-5495-78-4

Hechos todos los depósitos legales

Derechos de autor reservados

Corrección de textos

Ana Agudelo de Marín

Diagramación e impresión

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“Ejerzo la abogacía. Pero no me gusta el oficio. No obstante he trabajado con los mayores bríos, poniendo cuanto soy en el ejercicio profesional. Mi mayor anhelo es abandonar el foro, porque me impresiona morir leguleyo, con el alma prendida de un inciso. Tengo demasiada imaginación para consagrarme al derecho, que exige dotes menores, crítica y dialéctica...”

A la pregunta: ¿Qué bienes de fortuna posee?, contesta: “Un modesto patrimonio de pan llevar. Unas pequeñas propiedades urbanas y rurales, unas cuantas acciones bursátiles, muchos libros. Lo que más me interesa de todo es mi biblioteca particular. No tengo apuros económicos, pero mi fortuna es apenas una pobreza decente, lo que llaman la “comedia medianeza”. Mi capital productivo lo llevo conmigo a todas partes: es esta cabeza que ve el señor investigador, de la que se han caído el pelo y las ilusiones. Se trata de una máquina de hacer pensamientos, unos que se cambian por dinero, otros que no tiene precio”.

“Lo que más temo en el mundo –después del sano temor de Dios– es convertirme en un burgués satisfecho”.

Precisamente, porque soy un jurista en ejercicio, no tengo la superstición de la letra muerta de la ley. Creo en un derecho fundado en la voluntad de los hombres vivos. No solamente he estudiado leyes, sino su filosofía, su justificación ética”1.

Gilberto Alzate Avendaño

Connie Zweig expresa en el prólogo algunas inquietudes que lo llevaron a la edición de la presente obra: “Entonces pude comprender por qué hay gente que enloquece, por qué hay personas que se lanzan a vivir apasionadas aventuras amorosas a pesar de disfrutar de una relación matrimonial estable; porque hay quienes, gozando de una sólida seguridad económica, se dedican a robar, atesorar o malgastar el dinero; entonces comprendí en fin, por qué Goethe dijo que jamás había escuchado hablar de un crimen que él no fuera también capaz de cometer. Me sentía capaz de cualquier cosa.

“En esa época recordé haber leído en algún lugar la historia de aquel juez que, poco antes de condenar a muerte a un asesino, reconoce en los ojos del condenado sus propios impulsos criminales”2.

CONTENIDO

Primera nota liminarEL CUENTO Y LA FLECHA

Julio César Londoño

Segunda nota liminar “LA AVERÍA”, DE DÜRRENMATT

Isabel Viñado Gascón

Presentación

Gustavo Adolfo Villegas Muñoz

— CUENTOS —

LA CONFESIÓN

Guy de Maupassant

EL VERDUGO WANG LUNG

Una vieja historia china

LA ESPADA DORMIDA

Manuel Peyrou

EL CLAVO

Pedro Antonio de Alarcón

LA PUERTA CERRADA

Edmundo Paz-Soldán

LOS ASESINOS

Ernest Hemingway

LA JAURÍA DEL DESTINO

Saki

LA VENTANA

Germán Sánchez Espeso

EL ENVENENADOR DE SIR WILLIAM

Anthony Berkeley

CORDERO ASADO

Roald Dahl

UNA CONFLAGRACIÓN IMPERFECTA

Ambrose Bierce

VENGANZA

Ednodio Quintero

LOS ASESINOS DE HEMINGWAY

Michel García

EPÍLOGO

COMENTARIOS

REFERENCIA CIBERGRÁFICA

NOTAS AL PIE

Primera nota liminar
EL CUENTO Y LA FLECHA

Julio César Londoño3

Primero, una confesión: detesto las novelas policiacas. No concibo que deba uno leer cuatrocientas páginas para descubrir que el asesino de la condesa de Lexter era su yerno, y que todo se supo porque entre los dedos de la señora encontraron un pelo que llevó al sagaz detective a deducir que el asesino tocaba el saxo, vivía en el 114 de Tottenham Street, y no era calvo.

No. A mí me basta con saber que la viejita fue destripada honradamente. En cuanto al desarrollo de la historia, prefiero que sea económico. Me explico. Cuando exijo soluciones honradas quiero decir que el final debe ser lógico, es decir, que el detective no le deje todo el trabajo al computador y que el asesino no sea un tipo con poderes sobrenaturales ni un sicario que aparece a última hora contratado por una sociedad secreta que tiene tentáculos en Roma, Tokio y Antofagasta, y cuyos miembros, descendientes directos de los templarios, se reúnen los jueves a tomar té con galletas y componer sonetos en honor de la condesa de Lexter, que era el jefe máximo, pero, por desgracia, nadie estaba al tanto debido al carácter mismo de la sociedad.

Cuando digo que prefiero un desarrollo económico, quiero decir que para este tipo de historias el género perfecto es el cuento. Así nos evitamos los templarios, las galletas, las alusiones al clima, la descripción del camafeo de la condesa y las tensas conversaciones wildeanas junto a la chimenea.

Entre los cuentos policiacos, mis favoritos son los que ensayan soluciones al “Problema del cuarto amarillo”: la víctima aparece asesinada en una habitación herméticamente cerrada por dentro.

La primera solución se llamó “Los asesinatos de la Rue Morgue” y se la debemos al inventor del género, un borracho que fue también el primero en descubrir al lector y escribir crítica técnica, Edgar Allan Poe. “Un tipazo”. “Punto muerto” de Barry Perowne y “La Navidad de Hércules Poirot” de Agatha Christie resuelven con elegancia sus nudos.

Un paréntesis: a Conan Doyle le pareció que el asesinato de un mero prójimo era muy fácil y escribió una historia en la que el criminal asesina trescientas personas de un solo golpe sin dejar el más mínimo rastro de ellas (¡nada de pelos!) ni del tren en que viajaban. Claro, no pudo hacerlo todo dentro de una habitación, pero el resultado fue impecable: “El tren especial desaparecido”.

Yo estoy escribiendo la enésima variante, “El caso del avión amarillo”. Está inspirado en el asesinato de Carlos Pizarro y prometo que tendrá un final honrado: no hay computadores ni señalamientos al DAS.

La solución más linda hasta hoy nos la regaló G. K. Chesterton. Es la historia de un hombre asaltado por el presentimiento de que va a ser asesinado por la espalda. Entonces manda a construir una torre inexpugnable, sin puertas ni ventanas, y se residencia allí. Sus sirvientes le preparan los alimentos que él iza tres veces al día con una cuerda y un canasto.

Un día el caballero no lanza el canasto. Preocupado, uno de los sirvientes escala la torre y lo encuentra muerto en la terraza, apuñalado por la espalda. ¡Pero no hay puñales ni senadores a la vista! Nada. Sólo un pocito de agua al pie del cadáver. La policía descarta la posibilidad de que el asesino haya sido un avezado escalador porque la torre está en mitad de una llanura custodiada por hombres y por una jauría insomne y celosa. La traición de los sirvientes está descartada. La solución que nos regala Chesterton es lógica y económica. El asesino esperó a que el caballero diera su paseo vespertino por la terraza, tensó el arco y disparó una flecha de hielo, silente y exacta.

Por finales así es que Chesterton figura como el más honrado cuentista policiaco de la historia.

Segunda nota liminar
“LA AVERÍA”, DE DÜRRENMATT

Isabel Viñado Gascón4

De esta obra existen cuatro versiones diferentes: una narración (1955), una adaptación para la radio (1956), una adaptación para la televisión (1957) y una obra de teatro (1979).

La historia es sencilla: Un viajante llamado Alfredo Traps sufre una avería en su coche y se ve obligado por este motivo a pernoctar en una de las casas del pueblo. Allí es invitado a participar en un extraño juego: el del tribunal de justicia.

En efecto, un juez, un fiscal y un abogado, todos ellos ya jubilados, le preguntan si le gustaría prestarse a ser el acusado. El viajante Traps, “atrapado” en su curiosidad, accede. Los otros le interrogan acerca de su vida a fin de encontrar puntos en los que basar la acusación. El viajante explica que sus relaciones con el anterior jefe no eran buenas y que no siempre se comportó de manera leal con él, que tuvo un affaire con su mujer y que su posición laboral y económica se ha visto favorecida con su muerte. Todo ello determinará que se le acuse de haber matado a su antiguo jefe. Traps, sorprendido, admite que es cierto que no se llevaban bien, pero que ello no significa ni mucho menos que lo haya asesinado. Su jefe ha muerto de una dolencia crónica en el corazón.

Sin embargo, los otros insisten en establecer una conexión causal entre el comportamiento moral de Traps y la causa de la muerte de su jefe. El tribunal estima relevante desde el punto de vista penal, su proceder inmoral ya que con dicha conducta el viajante ha causado la muerte de su superior. Los constituyentes de ese tribunal son conscientes de que ningún tribunal normal aceptaría tal conexión, pero ellos no son un tribunal normal. Por ello, en virtud de la sentencia del juez, Traps es sentenciado a muerte.

En la adaptación para la radio parece que, en efecto, todo ha sido un juego. A la mañana siguiente, el acusado Traps continúa su viaje afirmando que a partir de ese momento actuará contra la competencia sin ningún tipo de escrúpulo. Sus ambiciones y su deseo de triunfo social se han visto reforzadas por lo acontecido.

En la narración, en cambio, pide incluso ser declarado culpable y se opone a la defensa del abogado que clama por su inocencia. A lo largo del juicio, Traps se ha dado cuenta de que, aunque sus actos se han mantenido dentro de la legalidad, su deseo de alcanzar el ascenso social ha determinado que su conducta pueda ser calificada en muchos momentos de inmoral. La obra finaliza con el suicidio de Herr Traps. El fiscal exclama: “¡Alfredo, mi buen Alfredo! ¿Por el amor de Dios, qué has hecho? ¡Nos acabas de destrozar la velada más maravillosa de todas!”

La obra de teatro comienza con Herr Traps metido dentro de un ataúd. Ha muerto. Se ha suicidado.

Los actores interrumpen la obra para presentarse y explicar cómo Herr Traps ha llegado a tal fin. El cinismo de la obra de 1979 es mayor que la de la narración de 1955. Lejos de mostrar algún tipo de compasión por él, se describe al viajante como un presuntuoso que se ha suicidado para, de esta forma tan absurda, pagar “su delito”. Incluso las reacciones de los componentes del tribunal varían con respecto a las de la narración: Ya no se quejan de que les haya estropeado la velada, sino de que “casi” se las ha estropeado.

El tiempo de la acción transcurre de forma rápida. Al espectador, lector en este caso, no le da tiempo a detenerse a pensar en lo absurdo de la existencia. Más bien se queda en el asombro ante lo extraño, en la perplejidad ante lo incomprensible. Pero es una perplejidad primera. La que todavía no se pregunta nada; la que solo asiste admirado ante la extraña cosa que tenemos delante. No hay una reflexión. De repente, lo extraño se manifiesta y se pone ante él. El público solo está ahí: asistiendo a los hechos. Todo es puro acto, pura presencia. El por qué no importa. La obra muestra simplemente la necesidad de diversión de unos viejos jubilados en un sitio donde, según dicen ellos, “nunca pasa nada”.

La diversión por la pura diversión aparece así por encima de todo: incluso de la vida y de la muerte; de la culpabilidad y de la inocencia. La diversión en su empeño de plenitud no concede ningún valor a nada que no sea ella misma: ni a los valores sociales ni a los eternos. Incluso, los límites de la justicia pueden ser traspasados ya que gracias a las relaciones de que gozan los componentes del tribunal, están a salvo de cualquier posible responsabilidad.

La situación que se plantea en “La avería”, recuerda a El proceso de Kafka, o incluso a la Antígona de Sófocles. Sin embargo, Dürrenmatt no trata el tema del carácter de las normas ni desde la perspectiva que Kafka tiene del absurdo ni desde la perspectiva de la tragedia, que es lo que hace Sófocles, porque para el autor suizo las normas ni son axiomas metafísicos ni tienen relevancia política. La justicia y la subjetividad de las normas son consideradas por él como intrascendentes y sólo son relevantes cuando alguien las toma en serio. Con ello pretende advertir, al mismo tiempo, que aquellos que nos hacen reproches morales no son mejores que nosotros. Eso sin mencionar que no les interesamos en absoluto. La mayoría se olvida de lo que ha dicho justo después de acabar de decirlo. En la obra de teatro Herr Traps es criticado como presuntuoso por haberse tomado él mismo, y a los otros, demasiado en serio.

La existencia así representada aparece como un absurdo y, sin embargo, ya lo hemos dicho, no es un absurdo a la manera de Kafka.

En Dürrenmatt, lo irracional emerge revestido de un carácter profundamente banal debido a la frivolidad de los personajes. La audiencia no se celebra en frías y vacías salas como en la obra de Kafka, sino durante una copiosa cena acompañada de buen vino.

El absurdo filosófico arrastra al hombre kafkiano al vacío existencial y en última instancia a la tragedia. En Dürrenmatt, en cambio, la existencia aparece desposeída desde el primer momento de cualquier tipo de valor puesto que se trata simplemente de un juego. De ahí que el vacío existencial y la tragedia no tengan cabida.

Cualquier existencia es sólo un juego. Un juego en el que nosotros no ponemos las reglas, pero las aceptamos y desde el momento en que las aceptamos formamos parte de él. Sin embargo, al no haber sido ideado por nosotros es un juego que nos mantiene en vilo constantemente: nunca sabemos qué es lo que va a pasar a continuación. Desconocemos el valor de las acciones de los otros, del mismo modo que desconocemos las consecuencias que cada uno de nuestros actos o nuestras palabras pueden generar al exteriorizarse y ser analizados por los demás.

Carecemos así pues de una posibilidad de determinar nuestra conducta. No podemos establecer un plan, una estrategia. Ni siquiera el hecho que alguien nos asegure que se trata solamente de un “juego” nos libra de la preocupación y del miedo que provoca el no saber hasta dónde pueda llegar ese juego.

Los personajes de Kafka son víctimas del absurdo. Los de Tchejov se esfuerzan en olvidar ese absurdo mediante el trabajo. Dürrenmatt se niega a sublimarlo, pero tampoco quiere perecer en él.

Como ya hemos dicho, en la adaptación para la radio, el viajante se despierta vivo a la mañana siguiente. En la obra de teatro, en cambio, no. Los actores se burlan del viajante Traps y le consideran un orgulloso insolente por haberse quitado la vida. ¿Por qué? Porque a la vida, justo por no tener sentido, justo por ser solamente un juego, no se la puede tomar nunca en serio. Ni a ella, ni a los jugadores, que somos nosotros mismos. Al suicidarse, Herr Traps se está tomando demasiado en serio; le está dando a su existencia una trascendencia que no tiene. De ahí el desprecio que genera en los otros. La muerte, a su vez, tampoco tiene sentido: no ofrece ninguna solución e impide cualquier posibilidad de esperanza.

Afirmar que la vida no tiene sentido porque es un juego admite varias lecturas.

Por una parte, supone repetir lo que Calderón de la Barca escribió: “Que la vida es sueño y los sueños, sueños son”.

El problema surge cuando la vida deja de ser un “sueño” para transformarse en “pesadilla”, y no tener éxito en el juego nos convierte no sólo en “perdedores”, sino en fracasados. Que la vida siga su curso no significa que nosotros vayamos a despertar en primavera.

En segundo lugar, el esfuerzo de algunos por establecer las normas y la inercia de los otros por seguirlas determina que algunos tengan más poder dentro del juego que otros.

En tercer lugar, el sentimiento de culpabilidad que lleva a Herr Traps al suicidio no contagia, sin embargo, a aquellos que le han llevado a tomar semejante decisión. En la narración, el fiscal admite que el viajante, con su ahorcamiento, le ha destrozado la noche. En la obra de teatro el juez se lamenta de que casi lo ha conseguido. Los cínicos encuentran siempre razones para justificar su conducta. Los únicos que se sienten culpables y los únicos a los que se les puede hacer sentir culpables son los seres morales.

Cabría preguntarse cuáles son los factores que les confieren tal situación de ventaja a los cínicos y de qué manera podrían los otros invalidar su posición de poder o, al menos, restarle fuerza.

La respuesta a la primera pregunta es doble. Como ya hemos dicho, algunos jugadores pueden dictar las reglas y eximirse ellos mismos de su cumplimiento debido, por un lado, a la pasividad de los otros jugadores, que aceptan tal situación, y, por otro, a las relaciones personales que mantienen con altas esferas del poder, lo que les confiere una situación de privilegio con respecto al resto de los participantes: “El Ministro de Justicia es amigo y alumno del Juez”, se dice en la obra de teatro.

Esto implica, es cierto, la supremacía inicial de unos cuantos. Traps no sólo es consciente de ello, sino que además se considera impotente para hacerles frente. Tal convicción permitiría aclarar su suicidio. En un mundo sin Dios y sin Justicia, la muerte aparece como la única salida posible.

Sin embargo, Dürrenmatt se niega a aceptar esta postura derrotista. Precisamente la falta de Justicia permite abrir la puerta a otras posibilidades. En primer lugar, uno puede decidirse a ser un cínico como los otros. Esto explica el comportamiento agresivo de Herr Traps en la escucha radiofónica, donde a la mañana siguiente se levanta pensando en aniquilar a todos sus competidores.

Una opción distinta sería la solución kantiana. Es importante darse a sí mismo normas a seguir para poder contraponerlas a aquellos cínicos que exigen de los demás comportamientos que ellos mismos no siguen. Al poseer nuestras propias reglas de conducta, disponemos igualmente de un muro de contención contra las reglas que proceden del exterior. Hay que aprender a decir “no” a los falsos críticos. Ello exige el desarrollo constante del juicio crítico.

Por último, que la vida sea un juego no significa que haya que tomársela con ligereza. Hay juegos muy serios. Sino, que se lo pregunten a los jugadores de póker.

PRESENTACIÓN

Gustavo Adolfo Villegas5

Como docente se me ha encargado la tarea de prologar la antología realizada por los estudiantes de la Facultad de Derecho de la Unaula. Teniendo ello en la mente puedo decir que la naturaleza humana, para bien o para mal, está dotada del don de la comunicación y, a través de ella, deja constancia de su existencia. Ese conjunto de palabras que sirve para exteriorizar ideas, sentimientos, pasiones, constituye, sin duda, la base fundamental de su existencia. Mediante el lenguaje, sea verbal, gestual cifrado o escrito, se impone el orden y la convivencia del ser humano, dada precisamente la fuerza de la palabra, de la cual, en última instancia, deviene el poder. Es así como la mayoría, sino todas las confesiones religiosas, por ejemplo, se soportan en hechos fantásticos narrados y transmitidos inicialmente por tradición oral y llevados luego al lenguaje escrito como forma, no solo de dar a conocer una realidad, sino además de imponer normas de conductas. En La Biblia cristiana, El Corán musulmán, El Rigveda del hinduismo, la Torá judía, el Tao Te Ching de la religión china, por mencionar algunos, son libros sagrados que relatan hechos fabulosos mediante los cuales se crea una determinada conciencia colectiva sujeta a una serie de normas éticas, legales y sociales, las cuales imponen un comportamiento personal y colectivo. Así se origina el Derecho.

Pero la fuerza del lenguaje no solo sirve para formular cierta forma de convivencia, sino también para trascender más allá, hacia la estética, hacia lo bello, hacia lo sublime, razón por la que existe la música, la danza, el teatro, la poesía, la literatura, el cine, en fin, el arte como forma de expresión. Aquí cabe preguntar: ¿qué sería del ser humano sin el arte? Y es que el arte es, sin lugar a dudas, el solaz de las pasiones. La vida cotidiana se circunscribe a una serie de emociones que producen diversos sentimientos, los que, a su vez, enmarcan una actuación. El pánico, por ejemplo, denota miedo o nerviosismo y conduce a un determinado comportamiento6.

La literatura, como una de las bellas artes, describe, con la palabra, el transcurrir del tiempo en un espacio, real o imaginario, el comportamiento humano y sus pasiones. Los acontecimientos naturales y humanos narrados particularmente en la novela, en el cuento y, por qué no, en la poesía, tienen su origen casi siempre en la condición humana, materia prima de la que se ocupa el abogado. Podría afirmarse entonces que el escritor y el abogado comparten el mismo material de trabajo. De ahí que no pueda catalogarse el Derecho como una ciencia, pues ésta se fundamenta en fórmulas estrictas, mientras que el arte se ocupa del sentimiento, que provoca cierto comportamiento, de lo que se ocupa el justamente el abogado.

No basta pues con que el profesional del Derecho sepa de códigos y normas frías; debe investigar también los sentimientos que mueven el obrar de las personas para analizar el porqué de determinada conducta, pues, en término generales, cada ser humano vive su propia novela, más o menos dramática, según su particular destino. La misión del abogado, se nos figura, es comprender algunos dramas relevantes en el ámbito jurídico. Sin pretender escandalizar, siendo ello así, debería tenerse el Derecho como género literario autónomo, no tanto en cuanto al estilo, como a las pasiones y sentimientos que encierra.

Es de resaltar el esfuerzo que en tal sentido se propone este libro. Mediante la antología de cuentos, largos unos, cortos otros, nos acerca a vivencias, lugares, paisajes y sentimientos, que mueven al lector a la curiosidad y el asombro.

La incertidumbre que queda respecto de Ole Anderson, al concluir el relato de Hemingway, “Los asesinos”, pues al final no se sabe si va a ser asesinado o no por Al y Max. O el asombro que produce la forma en que un verdugo, en el relato anónimo “El Verdugo Wang Lung”, decapita al sentenciado, cuando éste no se da cuenta de que el sable del verdugo ya cumplió su cometido en forma tan rápida, limpia y eficiente que la cabeza del condenado quedó en su puesto y solo cae cuando Wang le dice al condenado que se incline. Y así, cada uno de estos relatos deja un sentimiento distinto, que provienen del comportamiento de los personajes, nada ajeno a lo que se puede hallar en un proceso judicial.

Sin pretender escandalizar, siendo ello así, debería tenerse el Derecho como género literario autónomo, no tanto en cuanto al estilo, como a las pasiones y sentimientos que encierra.

— CUENTOS —

LA CONFESIÓN

Guy de Maupassant [Francia, 1850-1893]

Todo Véziers-le-Réthel había asistido al duelo y al entierro del señor Badon-Leremince, y las últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se grabaron en la memoria de todos: “¡Era un modelo de honradez!”

Modelo de honradez lo había sido en todos los actos apreciables de su vida, en sus palabras, en su ejemplo, en su actitud, en su comportamiento, en sus negocios, en el corte de su barba y la forma de sus sombreros. Jamás había dicho una palabra que no encerrara un ejemplo, jamás había dado una limosna sin acompañarla con un consejo, jamás había tendido la mano sin que pareciera una especie de bendición.

Dejaba dos hijos: un varón y una hembra; el hijo era diputado provincial, y la hija, casada con un notario, el señor Poirel de la Voulte, una de las más encopetadas damas de Véziers.

Se mostraban inconsolables por la muerte de su padre, pues lo amaban sinceramente.

En cuanto terminó la ceremonia, regresaron a la casa del difunto y, encerrándose los tres, el hijo, la hija y el yerno, abrieron el testamento que debían conocer ellos solos, y sólo después de que el ataúd hubiera recibido tierra. Una anotación en el sobre indicaba esta voluntad.

Fue el señor Poirel de la Voulte quien rompió el sobre, en su calidad de notario habituado a estas operaciones, y, ajustándose las gafas en la nariz, leyó, con su voz apagada, habituada a detallar los contratos:

Hijos míos, queridos hijos, no podría dormir tranquilo el sueño eterno si no les hiciera, desde el otro lado de la tumba, una confesión, la confesión de un crimen cuyos remordimientos han desgarrado mi vida. Sí, he cometido un crimen, un crimen espantoso, abominable.

Tenía yo entonces veintiséis años y hacía mis primeras armas en el foro, en París, llevando la vida de los jóvenes de provincias que van a parar, sin relaciones, sin amigos, sin parientes, a esa ciudad.

Tuve una amante. Mucha gente se indigna ante esa mera palabra, “una amante”, pero hay seres que no pueden vivir solos. Yo soy de esos. La soledad me llena de una terrible angustia, la soledad en el hogar, junto a la chimenea, por la noche. Me parece entonces que estoy solo en la tierra, espantosamente solo, pero rodeado por vagos peligros, por cosas desconocidas y terribles; y el tabique que me separa de mi vecino, de un vecino al cual no conozco, me aleja de él tanto como de las estrellas que vislumbro desde mi ventana. Me invade una especie de fiebre, una fiebre de impaciencia y de temor; y el silencio de las paredes me asusta. ¡Es tan profundo y triste ese silencio de la habitación donde uno vive solo! No se trata solamente de un silencio en torno al alma, y cuando un mueble cruje, uno se estremece, hasta lo hondo del corazón, pues no espera el menor ruido en ese tétrico albergue.

Cuántas veces, nervioso, atemorizado por esa inmovilidad muda, no me habré puesto a hablar, a pronunciar palabras, sin orden ni concierto, para hacer ruido. Mi voz entonces me parecía tan extraña que también me daba miedo. ¿Hay algo más espantoso que hablar solo en una casa vacía? La voz parece de otro, una voz desconocida, que habla sin motivo, con nadie, en el aire vacío, sin ningún oído que la escuche, pues ya se sabe, antes de que se escapen en la soledad del piso, las palabras que van a salir de la boca. Y cuando resuenan lúgubremente en el silencio, ya sólo parecen un eco, el eco singular de palabras pronunciadas muy bajito por el pensamiento.

Tuve una amante, una joven como todas esas jóvenes que viven en París de un oficio insuficiente para alimentarlas. Era dulce, buena, sencilla; sus padres vivían en Poissy. Ella iba a pasar unos días en su casa de vez en cuando.

Durante un año viví bastante tranquilo con ella, decidido a abandonarla cuando encontrase una señorita que me agradara lo bastante para casarme. Le dejaría a la otra una pequeña renta, puesto que está admitido, en nuestra sociedad, que el amor de una mujer debe pagarse, con dinero cuando es pobre, con regalos cuando es rica.

Pero he aquí que un día me anunció que estaba encinta. Quedé aterrado y percibí en un segundo todo el desastre de mi existencia. Se me presentó la cadena que arrastraría hasta mi muerte, por todas partes, en mi futura familia, en mi vejez, siempre: cadena de la mujer ligada a mi vida por el niño, cadena del niño que habría que criar, vigilar, proteger, al mismo tiempo que me ocultaba de él y lo ocultaba al mundo. Mi espíritu quedó trastornado con la noticia; y un confuso deseo, que no formulé, pero que sentía en mi corazón, a punto de mostrarse, como esa gente escondida detrás de las cortinas esperando a que le digan que aparezca, ¡un deseo criminal vagó por lo más hondo de mi pensamiento!

– ¿Y si ocurriera un accidente? ¡Hay tantos de esos pequeños seres que mueren antes de nacer!

¡Oh! Yo no deseaba la muerte de mi amante. ¡Pobre chica, la quería mucho! Pero deseaba, quizás, la muerte del otro, antes de haberlo visto.

Nació. Tuve una familia en mi apartamiento de soltero, una falsa familia con un hijo, una cosa horrible. Se parecía a todos los niños. Yo no lo quería. Los padres, ya saben, sólo aman más adelante. No tienen la ternura instintiva y violenta de las madres; es preciso que el cariño se despierte poco a poco, que su espíritu vaya cobrando afecto mediante los lazos que se anudan cada día entre los seres que viven juntos.

Transcurrió un año más; yo huía ahora de mi casa, demasiado pequeña, donde tropezaba a cada paso con pañales, con mantillas, con calcetines del tamaño de guantes, con mil cosas de todas clases dejadas en un mueble, sobre el brazo de un sillón, en todas partes. Huía sobre todo para no oírlo gritar, pues gritaba a cada momento: cuando lo mudaban, cuando lo lavaban, cuando lo tocaban, cuando lo acostaban, cuando lo levantaban, sin cesar.

Había entablado algunas amistades y encontré en un salón a la que sería madre de ustedes. Me enamoré y el deseo de casarme con ella despertó en mí. La cortejé; la pedí en matrimonio; me la concedieron.

Y me encontré cogido en una trampa: Casarme, teniendo un hijo, con aquella joven a la que adoraba. O bien decir la verdad y renunciar a ella, a la felicidad, al futuro, a todo, pues sus padres, personas rígidas y escrupulosas, no me la hubieran entregado, de haberlo sabido.

Pasé un horrible mes de angustias, de torturas morales; un mes en el que me obsesionaron mil ideas espantosas; y sentía crecer en mi interior el odio contra mi hijo, contra aquel pedacito de carne viva y chillona que obstaculizaba mi camino, cortaba mi vida, me condenaba a una existencia en la que no podía esperar nada, sin todas esas vagas esperanzas que constituyen el encanto de la juventud.

Pero he aquí que la madre de mi compañera cayó enferma, y me quedé solo con el niño.

Estábamos en diciembre, hacía un frío terrible. ¡Qué noche! Mi amante acababa de marcharse. Yo había cenado solo en mi angosta sala y entré despacito en la habitación donde el pequeño dormía.

Me senté en un sillón al amor de la lumbre. El viento soplaba, hacía crujir los cristales, un viento seco de helada, y yo veía, a través de la ventana, brillar las estrellas con esa luz aguda que tienen en las noches gélidas.

Entonces, la obsesión que me perseguía desde hacía un mes penetró de nuevo en mi cabeza. Mientras yo seguía inmóvil, descendía sobre mí, entraba en mí y me consumía. Me consumía como consumen las ideas fijas, como los cánceres deben consumir las carnes. Estaba allí, en mi cabeza, en mi corazón, en mi cuerpo entero, me parecía; y me devoraba, como hubiera hecho un animal. Yo quería expulsarla, rechazarla, abrir mi pensamiento a otras cosas, a esperanzas nuevas, como se abre una ventana al viento fresco de la mañana para expulsar el aire viciado de la noche; pero no podía, ni siquiera un segundo, hacerla salir de mi cerebro. No sé cómo expresar esta tortura. Me roía el alma; y yo sentía con un espantoso dolor, un verdadero dolor físico y moral, cada una de sus dentelladas.

¡Mi existencia estaba acabada! ¿Cómo saldría de esta situación? ¿Cómo retroceder, y cómo confesar?

Y yo amaba a la que iba a convertirse en madre de ustedes con una pasión loca, que el insuperable obstáculo exasperaba aún más.

Una cólera terrible crecía dentro de mí, me oprimía la garganta, una cólera que rozaba con la locura... ¡con la locura! ¡Sí, estaba loco aquella noche!

El niño dormía. Me levanté y lo miré dormir. Era él, aquel aborto, aquella larva, aquella nadería lo que me condenaba a una infelicidad sin remedio.

Dormía con la boca abierta, enterrado bajo las mantas, en una cuna, junto a mi cama, ¡donde yo no podría dormir!

¿Cómo realicé lo que hice? ¿Acaso lo sé? ¿Qué fuerza me empujó, qué maléfico poder me poseyó? ¡Oh! La tentación del crimen me llegó sin que la sintiera anunciarse. Recuerdo solamente que el corazón me latía espantosamente. Latía con tanta fuerza que lo oía como se oyen unos martillazos detrás de los tabiques. ¡Sólo recuerdo eso! ¡Mi corazón latía! En mi cabeza había una extraña confusión, un tumulto, un desorden de toda razón, de toda sangre fría. Estaba en una de esas horas de pavor y de alucinación en las que el hombre ya no tiene conciencia de sus actos ni rige su voluntad.

Levanté suavemente las mantas que tapaban el cuerpo de mi hijo; las eché a los pies de la cuna, y lo vi, desnudo. No se despertó. Entonces me dirigí a la ventana, despacio, muy despacito, y la abrí.

Un soplo de aire helado entró como un asesino, tan frío que retrocedí ante él; y las dos velas palpitaron. Y me quedé de pie junto a la ventana, sin atreverme a darme la vuelta, como para no ver lo que ocurría a las espaldas, y sintiendo sin cesar deslizarse sobre mi frente, sobre mis mejillas, sobre mis manos, el aire mortal que seguía entrando. Esto duró mucho tiempo.

No pensaba en nada, no reflexionaba en nada. De repente una tosecita hizo que un horrible escalofrío me recorriera de pies a cabeza, un escalofrío que siento aún en este momento, en la raíz de los cabellos. Y con un movimiento asustado cerré bruscamente las dos hojas de la ventana, y después, volviéndome, corrí hacia la cuna.

Él seguía durmiendo, con la boca abierta, completamente desnudo. Toqué sus piernas; estaban heladas, y las tapé.

Mi corazón de pronto se enterneció, se rompió, se llenó de piedad, de ternura, de amor hacia aquel pobre inocente que había querido matar. Besé un buen rato sus finos cabellos; y después volví a sentarme ante el fuego.

Pensaba con estupor, con horror, en lo que había hecho, preguntándome de dónde provienen esas tormentas del alma en las que el hombre pierde toda noción de las cosas, toda autoridad sobre sí mismo, y actúa con una especie de enloquecida embriaguez, sin saber lo que hace, sin saber a dónde va, como un barco en un huracán.

El niño tosió una vez más, y me sentí desgarrado hasta el fondo del alma. ¿Y si se muriese? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué sería de mí?

Me levanté para ir a mirarlo; y, con una vela en la mano, me incliné sobre él. Al verlo respirar con tranquilidad, me serené; pero tosió por tercera vez; y sentí tal sacudida, hice tal movimiento de retroceso, como cuando estamos trastornados ante la vista de algo horroroso, que dejé caer la vela.

Al ponerme en pie tras haberla recogido, me di cuenta de que tenía las sienes bañadas en sudor, ese sudor caliente y helado al mismo tiempo que producen las angustias del alma, como si algo del espantoso sufrimiento moral de esa tortura inefable que es, en efecto, ardiente como el fuego y fría como el hielo, transpirase a través de los huesos y de la piel del cráneo.

Y me quedé hasta que se hizo de día inclinado sobre mi hijo, calmándome cuando estaba un buen rato tranquilo, y traspasado por abominables dolores cuando una débil tos salía de su boca.

Se despertó con los ojos rojos, la garganta obstruida, un aire doliente.

Cuando entró mi asistenta, la envié en seguida a buscar un médico. Llegó al cabo de una hora, y pronunció, tras haber examinado al niño:

– ¿No habrá cogido frío?

Me puse a temblar como tiemblan las personas muy viejas, y balbucí:

– No, no creo.

Después pregunté:

– ¿Qué tiene? ¿Es algo grave?

Respondió:

– Aún no lo sé. Volveré esta tarde.

Volvió por la tarde. Mi hijo había pasado casi todo el día en una modorra invencible, tosiendo de vez en cuando.

Por la noche se declaró una pleuresía.

Y la cosa duró diez días. No puedo expresar lo que sufrí durante esas interminables horas que separan la mañana de la noche y la noche de la mañana.

Murió.

Y desde... desde ese momento, no he pasado una hora, no, ni una sola hora, sin que el recuerdo atroz, punzante, ese recuerdo que roe, que parece retorcer el espíritu al desgarrarlo, no se agitase en mí como un animal furioso encerrado en el fondo de mi alma.

¡Oh! ¡Si hubiera podido volverme loco!

El señor Poirel de la Voulte se sacó las gafas con un movimiento que le era familiar cuando había acabado la lectura de un contrato; y los tres herederos del muerto se miraron, sin decir una palabra, pálidos, inmóviles.

Al cabo de un minuto, el notario prosiguió:

– Hay que destruir esto.

Los otros dos bajaron la cabeza en señal de asentimiento. Él encendió una vela, separó cuidadosamente las páginas que contenían la peligrosa confesión de las páginas que contenían las disposiciones sobre el dinero, después las acercó a la llama y las arrojó a la chimenea.

Y contemplaron cómo se consumían las hojas blancas. Pronto no formaron sino una especie de montoncitos negros. Y como se veían aún algunas letras que se dibujaban en blanco, la hija, con la punta del pie, aplastó a golpecitos la ligera costra del papel chamuscado, mezclándola con las cenizas viejas.

Después se quedaron aún los tres algún tiempo mirando aquello, como si temieran que el secreto quemado escapase por la chimenea.

EL VERDUGO WANG LUNG

Una vieja historia china

Durante el reinado del segundo emperador de la dinastía Ming vivía un verdugo llamado Wang Lung. Era un maestro en su arte y su fama se extendía por todas las provincias del imperio. En aquellos días las ejecuciones eran frecuentes y a veces había que decapitar a quince o veinte personas en una sola sesión. Wang Lung tenía la costumbre de esperar al pie del patíbulo con una sonrisa amable, silbando alguna melodía agradable, mientras ocultaba tras la espalda su espada curva para decapitar al condenado con un rápido movimiento cuando éste subía al patíbulo.

Este Wang Lung tenía una sola ambición en su vida, pero su realización le costó cincuenta años de intensos esfuerzos. Su ambición era decapitar a un condenado con un mandoble tan rápido que, de acuerdo con las leyes de la inercia, la cabeza de la víctima quedara plantada sobre el tronco, así como queda un plato sobre la mesa cuando se retira repentinamente el mantel.

El gran día de Wang Lung llegó por fin cuando ya tenía setenta y ocho años. Ese día memorable tuvo que despachar de este mundo a dieciséis personas para que se reunieran con las sombras de sus antepasados. Como de costumbre, se encontraba al pie del patíbulo y ya habían rodado por el polvo once cabezas rapadas, impulsadas por su inimitable mandoble de maestro. Su triunfo coincidió con el duodécimo condenado. Cuando el hombre comenzó a subir los escalones del patíbulo, la espada de Wang Lung relampagueó con una velocidad tan increíble, que la cabeza del decapitado siguió en su lugar, mientras subía los escalones restantes sin advertir lo que le había ocurrido. Cuando llegó arriba, el hombre habló así a Wang Lung:

– ¡Oh, cruel Wang Lung! ¿Por qué prolongas la agonía de mi espera, cuando despachaste a todos los demás con tan piadosa y amable rapidez?

Al oír estas palabras, Wang Lung comprendió que la ambición de su vida se había realizado. Una sonrisa serena se extendió por su rostro; luego, con exquisita cortesía, le dijo al condenado:

– Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza, por favor.

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172 s. 5 illüstrasyon
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9789585495777
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