Kitabı oku: «Bajo cielos rojos»
KAROLINE KAN
BAJO CIELOS ROJOS
Una milenial retrata tres generaciones
de mujeres en China
Traducción de ANA ISABEL SÁNCHEZ

Nota de la autora: estas memorias se han reconstruido con la ayuda de entradas de diarios, fotografías, entrevistas con familiares y otras investigaciones. La mayoría de los nombres y características identificativas se han cambiado para que esas personas no resulten reconocibles. El tiempo se ha comprimido. Los diálogos se han aproximado y, en algunos casos, se han confeccionado uniendo distintos elementos. He puesto gran cuidado en contar mis verdades. Esta es mi historia, tal como yo la recuerdo.
Título original inglés:
Under Red Skies: The Life and Times of a Chinese Millennial.
Autora: Karoline Kan.
© Karoline Kan, 2019.
© de la traducción: Ana Isabel Sánchez Díez, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
Primera edición: octubre de 2019.
REF.: ODBO606
ISBN: 9788491874911
GRAFIME • COMPOSICIÓN DIGITAL
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A MI FAMILIA
CONTENIDO
1 Nota de la autora
2 Cronología histórica
3 PRIMERA PARTE PRIMERA Y SEGUNDA GENERACIÓN 1. La segunda en nacer 2. La promesa de una hija 3. Una casa propia 4. Nosotros, los migrantes en la ciudad 5. La joven patriota 6. Los dioses vs. los fantasmas 7. La chica de los pies grandes
4 SEGUNDA PARTE TERCERA GENERACIÓN 8. Chunting se echa novio 9. Zapatos de seda roja y un vestido blanco 10. Hijos de Tiananmén 11. Un bar de cócteles en Pekín 12. Un tren de sueños 13. Territorio extranjero 14. «Una mujer sobrante» 15. Diez horas por ochenta yuanes 16. Rojo para siempre 17. Un pueblo sin raíces 18. Volver a casa
5 Agradecimientos
NOTA DE LA AUTORA
Mis padres siempre decían que yo fui una niña «rara». En la década de 1990 y a principios de los 2000, cuando era pequeña, lo que más me gustaba hacer después del colegio era seguir a las adultas por todas partes como un perrito faldero y escucharlas contar historias. Me llamaban genpichong o «escarabajo del culo», una forma de llamarme «mosca cojonera», porque me pegaba a ellas como una lapa.
Daba igual que estuvieran hablando conmigo o entre ellas, que fueran mi abuela, mi madre, mi tía o la esposa del vecino, yo siempre me sentaba en silencio a su lado, aguzaba el oído y dejaba que mi mente vagara por el cautivador mundo de sus historias. Estas mujeres tenían poca educación formal, pero su modo de hablar era colorido, cálido, y captaba el momento con delicadeza. Hablaban en la cocina en penumbra de mi abuela, bajo un sauce en nuestro jardín o en el huerto de coles de mi vecino, con las manos constantemente ocupadas en interminables tareas como remendar, hacer sopa o recoger la mesa.
Algunas de las historias eran misteriosas, como sacadas de un libro de cuentos de hadas. Las comadrejas bailaban e imitaban a los humanos cantando en el templo del pueblo. Los fantasmas del río tentaban a los aldeanos para que buscaran la muerte saltando al arroyo. Los espíritus de las escobas sostenían faroles para iluminarles el camino a los que viajaban en plena noche. Las mujeres mayores recurrían a los espíritus y a los fantasmas para explicar las cosas que no entendían.
Luego estaban las historias reales, que eran igual de fascinantes.
Mi bisabuelo confesó los supuestos «delitos» que había cometido durante la Revolución Cultural, como, por ejemplo, leer y poseer libros escritos por Confucio o escuchar la ópera de Pekín, que durante esa época fue tachada de elitista y de contraria al espíritu revolucionario de los comunistas, que pretendían luchar contra las viejas costumbres propias del feudalismo y la burguesía.
Mi abuelo utilizó su sombrero para esconder el arroz que había robado en las cocinas públicas para evitar que sus hijos murieran de hambre durante la Gran Hambruna.
Mis tíos, como guardias rojos, habían destruido casas y tumbas de distintas personas bajo el régimen del presidente Mao Tse-Tung. Escuché historias acerca de un pariente que había huido a Taiwán después de la guerra civil y que no pudo regresar a su país durante más de medio siglo, y acerca de los cambios políticos que habían impedido que mi padre asistiera a la universidad, hecho que se convirtió en el mayor pesar de su vida.
Estas fueron las primeras —y mejores— lecciones de historia que recibí. Y a partir de estos relatos orales, entiendo la conexión de mi historia con la de China.
Con la historia de China, he aprendido que las vidas ordinarias pueden sufrir transformaciones drásticas debido a los asuntos políticos de una nación. Aprendí que los cambios pequeños, cuando se acumulan, son capaces de alterar el curso completo del futuro de un país.
Escribir sobre las personas que conocía y amaba y contar sus historias, así como las mías propias, libre de la censura del gobierno y del relato del Partido Comunista, se convirtió en mi sueño. Creo que estas historias merecen ser narradas, y me considero afortunada por disponer de una plataforma desde la que hacerlo; muchos chinos jamás tienen la oportunidad de hacerse oír.
Durante años, mantuve ese plan enterrado en lo más profundo de mi pecho. Casi todas las memorias publicadas en chino que leía hablaban de gente famosa. Nadie que formara parte de mi vida había escrito un libro jamás, y mucho menos en inglés. Cuando intentaba que los miembros de mi familia se sentaran para someterlos a una entrevista formal, se zafaban de mí. «No hay nada que decir —protestaban—. Todo el mundo tiene una historia de este tipo».
No querían revisitar el pasado; lo correcto era centrarse en el futuro. Tenían miedo de decir algo equivocado o que les causara problemas, en parte a consecuencia de décadas de censura.
Así que, en lugar de abordarlos como periodista, los escuché como hija, nieta, sobrina y amiga. Vivíamos juntos, y sus historias surgían en los chismes y discusiones cotidianos, en las rutinas de la vida familiar diaria. Tuve que ser paciente y dejar que las historias fluyeran hacia mí por sí solas, sin dejar de hacer preguntas, hasta que llegué a comprender la verdad.
Las historias se acumulaban en mi diario, eran notas sin un propósito claro. Entonces, antes de que pudiera darme cuenta, se convirtieron en parte de mí. Ahora, años después, todavía veo, huelo, oigo y siento los días y las noches en que aprendí y viví estas historias: la fragancia ligera de las flores de la sófora en las tardes de primavera, la luz naranja de la habitación de mis abuelos, las cigarras y las ranas que chillaban en las noches de verano. Escribía en mis clases de redacción, en casa y en el trabajo. Enviaba ensayos personales a periódicos y revistas extranjeras como The New York Times y seguía buscando el hogar adecuado para las historias almacenadas en mi interior.
Para mí, este libro significa algo más que compartir relatos sobre mi familia, sobre mí y sobre lo que significa ser una milenial china. Decenas de millones de historias como la nuestra conforman la complejidad de lo que es China en la actualidad. A través de estas narraciones, espero que los lectores de todo el mundo puedan vislumbrar cómo hemos llegado a ser y lo que nuestras familias han pasado para convertir China en el país que es hoy.
Como milenial china, quiero mostrar la humanidad que hay detrás de las frías cifras y los clasificadores económicos asociados a mi país, revelar las emociones, las decisiones y los compromisos, el valor, el amor y la esperanza que compartimos con la gente de todo el mundo. Al igual que nuestros coetáneos de otros lugares, desafiamos las descripciones de una sola palabra.
China tiene zonas de desarrollo rápido, pero también kilómetros de áreas atrasadas. No es solo una potencia mundial, sino también un lugar donde muchas personas siguen sufriendo una pobreza devastadora. Los avances tecnológicos del país ocupan titulares internacionales todos los días, pero las escuelas rurales siguen careciendo de maestros cualificados; y aunque estamos comprometidos con el Partido Comunista, el pueblo chino espera con ansia el siguiente éxito de taquilla de Hollywood, como todos los demás. Para entender China y a los chinos, tienes que imaginarte allí, pensar en qué harías si te encontraras en las circunstancias que experimentan las familias de este libro o si hubieras vivido ciertas tradiciones políticas y culturales que aquí se relatan. Es más fácil culpar a China que comprenderla; es más fácil juzgar a los chinos que conocerlos. Pero creo que las recompensas por empeñarse en hacerlo son tan grandes como los riesgos de no intentarlo.
Mientras escribía este libro, a menudo me preguntaba: «¿Por qué iban a interesarle mis historias sobre la vida en China al resto del mundo?». Algunas de las razones son obvias: China es la segunda economía más grande del planeta y es el primer socio comercial de muchos países. China desempeña un papel protagonista en los asuntos exteriores.
El motivo más sutil es que las vidas de los jóvenes chinos se superponen cada vez más con las de sus iguales de todo el mundo. Los jóvenes operarios de las fábricas chinas producen mercancías que compran los consumidores de Estados Unidos, Canadá y Europa. Las calles de Washington D. C., Berlín o Vancouver repletas de mujeres reivindicando sus derechos sirven de inspiración a los estudiantes universitarios de China. Nos alzamos juntos para rechazar lo que la sociedad nos dice que está «bien» o «mal».
La verdadera China no es solo lo que se ve en los telediarios.
En los últimos años, se han escrito varios libros sobre los mileniales chinos, pero la mayoría son de autores extranjeros. Respeto muchas de esas obras porque me han inspirado a la hora de escribir la mía. Sin embargo, las voces de los jóvenes chinos, y sobre todo las de las jóvenes chinas, suelen quedar desatendidas.
Puede que haya nacido y me haya criado en China, pero nunca paro de aprender cosas nuevas sobre mi país. Esta es mi historia y la de mi familia. Es una historia de China, y es un honor para mí compartir mi país contigo… dondequiera que estés.
CRONOLOGÍA HISTÓRICA
1945-1949La guerra civil china enfrenta al Partido Nacionalista de Chiang Kai-shek (Kuomintang o KMT) y el Partido Comunista Chino (PCCh) de Mao Tse-Tung. El conflicto comienza con despliegues y choques militares mientras ambas partes tratan de posicionarse para controlar el norte de China y China Nororiental (Manchuria).1949El presidente Mao declara la fundación de la República Popular China (RPC). Desde entonces, el gobierno y el ejército de China han estado bajo control exclusivo del Partido Comunista.1958-1960Poco después de la fundación de la República Popular China, el presidente Mao se propone superar rápidamente la prosperidad del Reino Unido y de Estados Unidos con el Gran Salto Adelante. El partido señala objetivos de producción poco realistas —también para la agricultura y la industria—, exige la participación de todos los campesinos y establece la colectivización.1959-1961Se estima que entre veinte y cuarenta y tres millones de personas mueren de hambre durante la Gran Hambruna provocada por la sequía, el mal tiempo y algunas medidas del presidente Mao, como la eliminación de las cuatro plagas —ratas, moscas, mosquitos y gorriones—, que alteraron el equilibrio ecológico.1966Comienza la Revolución Cultural. Para volver a consolidar su poder dentro del partido y hacer retroceder los valores capitalistas y burgueses, el presidente Mao apela a la juventud del país, los «guardias rojos», para que purguen los elementos «impuros» de la sociedad china y resuciten el espíritu revolucionario. Los guardias rojos atacan, encarcelan, torturan y matan a decenas de millones de personas, entre ellas líderes políticos, intelectuales, artistas y antiguos terratenientes.1976Muere el presidente Mao y termina la Revolución Cultural.1978Inicio de la «reforma y apertura»: el sucesor de Mao, Deng Xiaoping, cree que China necesita una reforma económica y comerciar con Occidente. A los agricultores se les conceden contratos de explotación de la tierra y se les autoriza a trabajar en las parcelas de forma individual, en lugar de colectiva. La economía capitalista reemplaza en gran medida a la marxista y se permite que las empresas privadas operen por primera vez desde la toma del poder por parte de los comunistas.1980Se implanta la política del hijo único para controlar el aumento de las tasas de natalidad. Más tarde, a las familias se les permite tener dos hijos si el primero es una niña. La política se mantiene hasta 2015.1983La Comuna Popular fracasa en gran parte debido al auge de la agricultura individual y de la empresa privada.El gobierno chino lanza una campaña de «mano dura». Los líderes del partido creen que la reforma y apertura ha provocado el caos e ideas equivocadas, y que el Ministerio de Justicia ha sido demasiado blando con los delitos. En tres años, más de un millón de personas son arrestadas y juzgadas, a menudo recurriendo a pruebas débiles o inventadas. Los delitos menores reciben castigos severos. Hoy en día, siguen descubriéndose muchas injusticias y revocándose fallos.1989Se produce la masacre de Tiananmén (también conocida como «el incidente del 4 de junio»). Los jóvenes universitarios se manifiestan en la plaza de Tiananmén de Pekín a favor de una reforma política. Quieren democracia y libertad de expresión, entre otros derechos. El 4 de junio, el gobierno envía tanques del ejército para detener a los manifestantes. Se calcula que mataron a unas dos mil personas.1992Comienza el movimiento de Falun Gong, que se extiende por todo el país. En 1999, el gobierno chino lo califica como secta y lo prohíbe. Decenas de miles de seguidores son arrestados o encarcelados sin juicio.1997Se devuelve Hong Kong al gobierno chino, acción que pone fin a más de ciento cincuenta años de colonización británica.1999Tropas de la OTAN dirigidas por Estados Unidos bombardean la embajada china en Belgrado durante la guerra de Kosovo y matan a tres periodistas chinos.2002El síndrome respiratorio agudo grave o SARS (por sus siglas en inglés), un brote epidémico que se propaga por toda China, mata a cientos de personas.2012Xi Jinping se convierte en secretario general del Partido Comunista y presidente de la Comisión Militar Central.2013El Congreso Nacional Popular elige presidente a Xi Jinping. Hoy sigue siendo el comandante en jefe. En marzo de 2018 se eliminó el límite constitucional de dos mandatos presidenciales.
PRIMERA PARTE PRIMERA Y SEGUNDA GENERACIÓN
1 LA SEGUNDA EN NACER
CHAOYANG, 1988
Durante el verano de 1988, las cigarras del sauce que había junto a la carretera principal del pueblo no dejaban de chirriar. Un día en concreto, mi madre, Shumin, abandonó antes de lo debido el trabajo en el arrozal de la familia. Se tumbó en la cama, profundamente preocupada, consciente de que su suegro se enfadaría por que hubiese regresado a casa antes de tiempo, pero también de que eso no sería nada en comparación con cómo reaccionaría cuando descubriera el secreto que llevaba ocultándole más de un mes: estaba embarazada de un segundo hijo. Era el único delito que había cometido en sus treinta y dos años de vida.
Mientras permanecía tendida planteándose su siguiente movimiento, veía desde su ventana los carteles pintados con amenazadores caracteres rojos en las paredes blancas de la casa de su vecino:
DAR A LUZ A MENOS NIÑOS Y MÁS SANOS
RESULTARÁ EN UNA VIDA MÁS FELIZ
Aquellos letreros ridículos eran recordatorios de la política china del hijo único. Pero mi madre dudaba de la promesa del cartel: solo tenía un hijo, su familia trabajaba muchísimo y, aun así, no tenían ni dinero ni felicidad.
Mi madre y mi baba, Chengtai, llevaban el típico estilo de vida chino: vivían con los padres de mi padre y sus tres hermanos solteros. En la década de los ochenta, la mayoría de las parejas jóvenes vivían con sus parientes. Su casa también era típica: estaba hecha de ladrillo y orientada hacia el sur, tenía tres habitaciones y una pequeña cabaña en el patio. En esa época, los ladrillos de color rojo quemado eran novedosos, modernos, y una señal de riqueza. Antes, las casas se construían con adobe hecho a mano —una mezcla de barro y paja que se secaba al sol en forma de ladrillos—, que era mucho más barato, pero no tan resistente. Mi abuela, o nainai, la madre de baba, había rodeado el patio con varas de bambú para cercar el huerto. Las gallinas y los conejos merodeaban bajo los dos sauces. Una vez al mes, nainai vendía los huevos y los conejos en el mercado agrícola.
Así es como vivían. Y todo era… normal y corriente.
Mi madre no le había contado a nadie, salvo a baba, lo del embarazo. No podía; ya había demasiada tensión con sus suegros en casa. Si mi madre no se levantaba lo bastante temprano para trabajar, nainai ponía mala cara y les decía a los vecinos que era una vaga. «Las jóvenes casadas de hoy en día no se parecen en nada a cómo éramos nosotras», se quejaba.
Su pueblo, Chaoyang, era una comunidad bastante nueva en el condado de Ninghe. Lo reconstruyeron después del gran terremoto de Tangshan, en 1976, que causó doscientas cuarenta mil muertes. Tras el terremoto, los supervivientes erigieron Chaoyang, que significa «hacia el sol», con la esperanza de un futuro mejor.
No se sabe cuándo empezó a asentarse la gente en el condado de Ninghe, porque no se conservan registros. Los ancianos, con sus largas perillas blancas, decían que nuestros antepasados se habían establecido allí durante la dinastía Qing (1644-1912) para escapar de una hambruna. Siempre me encantó escuchar a los ancianos hablar de la historia del pueblo mientras mantenían los ojos cerrados y se acariciaban la barba con una mano. Permanecían acuclillados en la sombra durante horas, charlando. Eran los griots y los narradores modernos.
Mi madre se había criado en un pueblo distinto, pero se adaptó con facilidad a Chaoyang. Como su aldea natal, era pequeña y todo el mundo se conocía. Todas las mujeres procedían de otros lugares —esa era la costumbre—, así que dependíamos de los hombres para que nos contaran las mejores historias de nuestro pueblo.
En un lugar tan pequeño, los rumores no podían contenerse durante más de un día. Eso también preocupaba a mi madre aquella mañana. Había unas quinientas personas en Chaoyang, distribuidas solo en tres calles, una pavimentada con asfalto y las otras dos con ladrillos rojos. A los residentes que vivían en las casas de la carretera asfaltada se les consideraba afortunados. Era la calle más llana, de aspecto más moderno, y en los días de lluvia no se formaban pocitos de agua como los que se acumulaban en las calles adoquinadas. El jefe de la aldea tenía una carretera asfaltada delante de su despacho, buen símbolo de su estatus. Los que habitaban casas como la nuestra, en el camino de ladrillo, construían edificios más altos y grandiosos, como para compensar un sentimiento de inferioridad.
Mi familia, los Kan, trabajaban juntos en más de diez mu —más de 0,6 hectáreas— de tierras de cultivo. En aquellos días, el clima era lo bastante húmedo como para animar a los aldeanos a plantar arroz. Ninghe era famoso por su arroz, los juncos y los peces. A principios del siglo XX, cuando mis abuelos eran jóvenes, en Ninghe todo el mundo dependía de esos recursos para ganarse la vida. Antes de que se construyera el primer puente del condado, los aldeanos cruzaban el río en botes de madera. En la orilla, una pantalla de juncos altos se extendía como un mar verde surcado de olas. Pero cuando yo era niña, a mediados de la década de 1990, Ninghe comenzó a padecer sequías, y los peces murieron debido a la contaminación del agua. El maíz y el algodón —que requerían menos irrigación— no tardaron en reemplazar la exuberancia del arroz.
Administrar la granja demandaba mucho trabajo por parte de toda la familia. Se marchaban a trabajar a primera hora de la mañana, cuando el agua del arrozal aún estaba fría. Vestidos con sus prendas de campesinos —pantalones de perneras anchas y amplias camisas grises— parecían hormigas uniformadas.
Mi madre era una mujer hermosa según los estándares chinos, con los ojos grandes y ahumados y la nariz pequeña. Se recogía la larga melena con un pañuelo y la dejaba colgar para protegerse el cuello del sol. Tenía la piel más clara que la mayoría de las mujeres del pueblo, y unas cuantas pecas. Se decía que las mujeres con pecas poseen un espíritu salvaje. También era una campesina resistente. Caminaba descalza por el campo durante horas, surco tras surco. Era pequeña pero robusta, atenta y rápida. Mientras que otras mujeres descansaban en la linde del campo para beber agua, mi madre seguía pisando los campos.
Pero para consternación de sus suegros, solo trabajaba en el campo los fines de semana. De lunes a viernes, acudía a un puesto que le encantaba, un lugar donde podía ponerse sus camisas y vestidos con estampados florales hechos de suave tejido de poliéster. Era maestra de la escuela primaria de la aldea de sus padres, Caiyuan. Iba incluso a principios de verano, una época crucial para la agricultura. Por eso le colgaron la etiqueta de testaruda.
La familia tenía que trabajar rápido y con ahínco si quería obtener una buena cosecha, y resultaba difícil satisfacer a mi abuelo paterno, Wengui. En ese momento, los campesinos no tenían acceso a muchas máquinas y solo había unos cuantos caballos, de modo que el trabajo era principalmente manual.
En 1982, China emprendió una importante reforma agraria. Mientras que hasta entonces los pueblos trabajaban la tierra juntos, de manera colectiva, este nuevo sistema alquilaba la tierra a unidades familiares individuales. Por lo tanto, cuanto más tiempo consagrara un agricultor a su tierra, más probabilidades tendría de que la cosecha fuera buena en otoño y mayores serían los ingresos que su familia podría acumular. Esta idea convirtió al abuelo Wengui en el sargento de instrucción de la familia —necesitaba que todo el mundo fuera rápido y estuviese disponible—, por lo que le suponía un gran problema que mi madre hubiera decidido dedicar parte de su tiempo a otras cosas.
La reforma agraria desembocó en el colapso de la Comuna Popular, la cooperativa agrícola iniciada en 1960 durante el Gran Salto Adelante. Esta campaña, dirigida por el presidente Mao, fijó objetivos de producción inalcanzables con el simple propósito de superar a los países occidentales al cabo de pocos años. El gobierno decretó que la producción de acero en 1959 debía ser cuatro veces mayor que la de 1957, y que la producción de cereales tenía que duplicarse en dos años. La misión estaba clara.
Mi madre era una niña en aquel entonces. Me contó que un día el jefe de la aldea había ido a su casa para anunciar que, desde aquel momento, podrían comer ternera y patatas todos los días. Todos se quedaron asombrados; los aldeanos no podían pensar en tener acceso a una comida mejor que esa. No les importó tener que compartirla. Mi abuela preparaba los mejores platos de carne. Sus hermanos y ella estaban eufóricos. Sin embargo, un día volvió a casa y se encontró a su madre llorando en silencio. Varios funcionarios locales habían ido a llevarse la mesa del comedor de la familia y su único wok de hierro, una posesión muy preciada en la mayoría de los hogares chinos. «Ya no los necesitas —le había dicho el jefe de la aldea con severidad—. Todos comeréis juntos en la cantina pública. —Se sacó un cuaderno del bolsillo del pecho del uniforme Mao azul (un traje oscuro de dos piezas con los pantalones holgados y una chaqueta sin cuello y con cuatro bolsillos)—. Es hora de decirle adiós a esa antigua forma de vida en la que solo te preocupas por ti misma y por tu familia. En la Comuna Popular nos apoyaremos los unos a los otros».
No obstante, las comidas en la cantina duraron poco. El primer mes, hubo ternera y patatas; el segundo mes, solo arroz y verduras hervidas. En el último mes, los cocineros no disponían de cereales suficientes para suministrar tres comidas al día. Al cabo de tres años, a pesar de que los aldeanos habían seguido trabajando las tierras de cultivo de manera colectiva, se cerraron las cantinas. Más tarde, el gobierno anunció que los comedores públicos eran un «gran experimento revolucionario proletario» y se autorizó a los aldeanos a regresar a sus propias cocinas. Habían sido reducidos a ratas de laboratorio.
Aunque la productividad era baja, los funcionarios de las aldeas de toda China declaraban una producción de cereales varias veces mayor de la que obtenían en realidad. El objetivo era impresionar a los superiores. Cuando se registraban esas cifras exageradas, el gobierno central recolectaba una cantidad desproporcionada de cereales y dejaba cantidades muy pequeñas para las localidades. Esto contribuyó a la Gran Hambruna, que se prolongó desde 1959 hasta 1961, cuando decenas de millones de personas murieron de inanición. Mi madre recuerda con gran claridad ir caminando con su padre hasta las tumbas de los antepasados de nuestra familia, donde solían crecer hierbas que recogían para la cena. En aquel entonces, mi madre tenía cuatro años, y eso era lo único que tenían para comer.
Los comunistas esperaban que la reforma agraria de los años ochenta, que permitió que los campesinos trabajaran tierras que eran propiedad de su familia, reavivara la fe del pueblo en el socialismo. Sin embargo, algunos aldeanos como el abuelo Wengui tenían sus dudas. Si algo había aprendido de la guerra con Japón, de la guerra civil y de la Revolución Cultural, era que debías aferrarte a cualquier fortuna que pudieras amasar en tiempos de paz, antes de que el caos regresara y de que cosas como la comida volvieran a escasear. Igual que el resto de los aldeanos, el abuelo Wengui dejó de quejarse e invirtió todo su tiempo en su tierra.
Mi madre sabía que mis abuelos intentarían obligarla a abortar. La necesitaban para trabajar. Además, tener un segundo hijo era ilegal. Si el bebé nacía, se enfrentaría a una importante multa del gobierno. Pero ella quería otro hijo, y le prometió a Buda que, si la ayudaba, caminaría hasta el templo de Dule, situado a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia, como muestra de agradecimiento. Mi padre y ella albergaban la esperanza de poder pedir un préstamo para la multa y de que mi madre siguiera trabajando durante todo el embarazo para ahorrar.
Wengui no entendía por qué para mi madre era tan importante enseñar a los hijos de otras personas, en vez de quedarse en casa con el suyo.
—¿Cómo puedes ser tan egoísta? Abandonas a tu hijo todo el día. ¿Qué clase de madre eres? —le dijo Wengui una tarde mientras ambos estaban sentados en el suelo de la habitación delantera tejiendo una estera de caña.
—No gano mucho, pero que sea capaz de pagar mi propia comida es una ayuda —respondió ella sin levantar la vista de la estera.
Wengui tiró al suelo con brusquedad el martillo con el que estaba aplastando el borde de la estera.
—¿Pagar tu comida? La familia Kan te alimentará mientras sigas siendo nuestra nuera. ¿Por qué tienes que ir por ahí como una mujer que paotou-loumian?
Wengui enfatizó la expresión «paotou-loumian», que significa «salir para ser visto en público» y que suele utilizarse para referirse a las mujeres de forma negativa.
Tradicionalmente, a las mujeres se les exigía que se quedaran en casa y evitaran el contacto con todos los hombres que no fueran familiares cercanos. El paotou-loumian se hizo común después de la revolución de Mao, cuando se fomentó muchísimo que las mujeres trabajaran fuera del hogar, pero aun así pervivió el concepto tradicional.
Wengui creía en los valores antiguos: una esposa era propiedad de su marido y de la familia de este. Y baba no le resultaba de gran ayuda. Era un primogénito obediente. Un hombre delgado y peludo cuya mirada siempre se clavaba en el suelo cuando hablaba con su padre: un signo de respeto y mansa devoción filial. El abuelo Wengui le daba miedo, pero además le importaba demasiado lo que la gente opinara de él. Defender a su esposa, o mostrar afecto hacia ella o su hijo, podía dañar la reputación de un hombre, y baba no quería ser el hazmerreír de nadie.
Baba tenía muy buena memoria y le había ido bien en el colegio. En 1977, una prestigiosa universidad de Medicina lo aceptó para que se especializara en cirugía, pero Wengui se negó a dejarlo marchar alegando que podía conseguir algo mejor que ser médico, pues a los ojos de mi abuelo eso no era más que ser el criado de un paciente. Así que mi padre rechazó la oferta y volvió a presentarse al examen al año siguiente. Pero aunque lo aprobó por segunda vez, la administración local de educación lo inhabilitó para ingresar en la universidad y lo reprendió por «malgastar los recursos educativos del año anterior». Desesperado y dolido, baba regresó a la granja y siguió los pasos de su padre.
Pero en privado baba escuchaba a mi madre más de lo que su familia pensaba. Fue idea de mamá que se comprara un tractor para poder transportar ladrillos desde la fábrica de una provincia vecina a un precio más bajo y luego venderlos en las aldeas cercanas. Esto aportaba ingresos adicionales a la familia.
Al nacer en el pueblo, baba había recibido de manera automática un hukou rural, no urbano. El hukou era un sistema de registro doméstico que dictaba dónde podía ir a la escuela, casarse y trabajar cada persona. El hukou de baba le impedía buscar trabajo en las fábricas de acero o textiles de la ciudad más próxima. Nunca llegó a ir a la universidad, pero, cuando terminó el instituto, la familia pasó a depender de él en lo económico.
El último día de cada mes, baba entregaba obedientemente todo el dinero que ganaba a su madre. Ella le daba a cada miembro de la familia una especie de paga antes de guardar el resto bajo llave en un armario de madera negro.
Como cuarta hija y primera niña, a mi madre se le prohibió asistir al instituto, porque tenía que ayudar a su familia. Pero ella continuó formándose sola, y estaba muy orgullosa de su puesto de profesora sustituta a tiempo completo. Los profesores sustitutos no estaban inscritos en las listas del gobierno, sino que los empleaban las escuelas locales de manera directa. No tenían seguro ni contrato. En 1977, el cincuenta y seis por ciento del sistema escolar chino estaba compuesto por maestros suplentes debido a la falta de educadores cualificados en el país. Los maestros tenían un sueldo muy bajo, apenas suficiente para sobrevivir. Muy pocos recibían el ascenso a personal permanente debido a que el limitado presupuesto del gobierno no podía mantener a muchos maestros inscritos al mismo tiempo. Pero mamá estaba ansiosa por conseguirlo, sobre todo con un nuevo bebé en camino. Al mismo tiempo, podían despedirla por desobedecer la política del hijo único.
Por sorprendente que parezca, y aunque mi madre sabía todo esto, su embarazo no fue un accidente.
Cinco años antes, solo unos meses después de que China pusiera en marcha la política del hijo único, mis padres tuvieron a mi hermano, Yunxiang. Como primogénito de la familia, se esperaba de él que continuara con la estirpe. A Wengui se le iluminaron los ojos arrugados cuando recibió la noticia de que había tenido un nieto. Yunxiang tenía la cara redonda y el cabello negro acerado de la familia Kan. Me contaron que el día que nació, el día del festival del Barco del Dragón, el abuelo encendió un largo cerco de fuegos artificiales para celebrarlo. Wengui estaba tan satisfecho que llevó a mi padre a las tumbas de nuestros antepasados, donde padre e hijo se arrodillaron para dar las gracias por haber recibido la bendición de un niño. A mi madre no se le permitió unirse a ellos; se suponía que las mujeres atraían la mala suerte si asistían a tales ceremonias.
Aunque adoraba a su hijo, mi madre quería una niña, y sabía que la tendría. Sería decisión suya y de Buda, no de China.
La repentina política del hijo único que se impuso en los años ochenta molestó a los desafortunados ancianos de la aldea que no tenían nietos. Desde hacía algún tiempo, se estaba debatiendo cómo controlar el rápido crecimiento de la población de China, que se había disparado después de 1962, pasada la Gran Hambruna. Tras ocho años de guerra contra Japón y otros cuatro de guerra civil, en los que murieron decenas de millones de personas, el presidente Mao hizo un llamamiento al pueblo para que tuviera más hijos y calificó a las mujeres con muchos vástagos de «madres heroínas». Como respuesta al estímulo del presidente Mao, tanto mis abuelos maternos como los paternos tuvieron siete hijos.
Luego, en 1983, el censo de China mostró que la población había crecido hasta superar los mil millones, un aumento de dos tercios desde el censo de 1953. Con la esperanza de frenar el auge demográfico, China promulgó la «política del hijo único» nacional y estandarizada. Era la primera vez en su historia que el pueblo chino tenía noticia de que el nacimiento debía controlarse.
La medida comenzó a arraigarse amplia y rápidamente, pues se puso a funcionarios de todos los niveles de gobierno a cargo de la planificación familiar. Chaoyang tenía a la infame hermana Lin, una mujer baja y fuerte de unos cuarenta años. Ella tenía tres hijos, pero defendía con orgullo la nueva política. Mi madre me contó que Lin era de apariencia alegre, pero que a sus espaldas la gente la describía como una «tigresa sonriente» que «escondía cuchillos entre los dientes». Todas las semanas, la hermana Lin iba de puerta en puerta con folletos sobre la política del hijo único. Se ocupaba del papeleo oficial de los recién nacidos. Aunque nunca impuso el aborto, todo el mundo creía que era ella quien denunciaba los embarazos ilegales de las mujeres casadas ante la Oficina de Control de la Natalidad del condado. De lo contrario, ¿cómo iba a llegarles la información tan deprisa?
La hermana Lin era implacable y delataba incluso a las personas más queridas y admiradas, como el maestro Huang. A este, un hombre educado y amable que siempre llevaba unos pulcros pantalones azules y una pluma metida en el bolsillo del pecho de la camisa blanca, lo despidieron de la escuela de primaria por tener un segundo hijo. A pesar de ser un maestro muy estimado, cuyos estudiantes, por lo general, sobresalían en lo académico.
También estuvo el caso del campesino Lian, un hombre bajito y con la piel bronceada que vivía en la aldea vecina y que a veces venía a Chaoyang a vender las coles y los rábanos que cultivaba en su casa.
—Lian no vendrá esta semana; ya tiene bastantes líos que resolver —le dijo la hermana Lin con severidad al grupo de mujeres que compraban verduras en el pequeño mercado matutino—. Retrasó el pago de la multa por su segundo hijo una y otra vez y, cuando llegaron los funcionarios, se negó a abrirles. Los hombres cogieron un trozo de madera de su jardín y tiraron la puerta abajo. Tuvo que entregarles su tractor. —Al escuchar la noticia, el miedo de las aldeanas aumentó, lo que pareció excitar a la hermana Lin, que levantó más la barbilla—. Ya sabéis que no es un robo. Se llama «confiscación».
Una palabra que no conocían.
Un mes después de nacer Yunxiang, la hermana Lin llamó a la puerta de mi madre.
—¡Felicidades! —dijo antes de entrar—. ¡Un niño!
Con dificultad, mamá se incorporó hasta sentarse en la cama para saludarla. Es costumbre que las mujeres permanezcan encamadas el primer mes después de dar a luz, tanto para recuperarse como para recibir a las visitas. Pero estaba claro que la hermana Lin no había ido solo para darle la enhorabuena.
—Cuando creas que has descansado lo suficiente, ven a verme. Escribiré una carta al hospital para que te pongan el anillo anticonceptivo —dijo la hermana Lin. Estiró el cuello para ver más de cerca a mi hermano, que estaba durmiendo—. Es maravilloso que tengas un hijo —susurró—, no como la esposa de Xiu Feng, que acaba de tener otra niña. Estoy casi segura de que se escaqueará e intentará tener otro.
Mi madre asintió con la cabeza y prometió no tener otro hijo.
Seis meses más tarde, recibió una carta del comité de la aldea en la que se le ordenaba que fuera al hospital local para que le introdujeran un anillo intrauterino en el cuerpo. Era una nueva orden de la Oficina de Control de la Natalidad del condado de Ninghe.
Cada pocos meses, la Oficina de Control de la Natalidad pedía a las madres con un solo hijo que se hicieran una ecografía o una radiografía para confirmar que el anillo intrauterino seguía estando donde debía. Algunas mujeres huían a la casa de algún pariente en otra aldea para esconderse y evitar el anillo, el chequeo o el aborto, pero eso no era más que una solución temporal.
No había escapatoria.
Mi madre había oído que, en una aldea vecina, la Oficina de Control de la Natalidad había castigado a dos mujeres que se habían negado a ponerse el anillo forzándolas a someterse a una esterilización quirúrgica. Mamá tenía miedo, pero también se había enterado de que el anillo podía quitarse con facilidad. Eso era más seguro que escapar.
Sabía de mujeres que habían intentado escapar, pero a las que habían atrapado. Asimismo, fue testigo de cómo los funcionarios del gobierno las obligaban a subir a los coches, a veces incluso a camiones con bancos de madera en la parte trasera… que, por lo demás, se utilizaban para trasladar a los cerdos a los mataderos.
Las mujeres no tenían mucha información acerca del anillo intrauterino. Solo sabían, por la hermana Lin, que, una vez que se lo insertaran en el útero, prevendría el embarazo. La hermana Lin lo explicaba sirviéndose de los diagramas expuestos en los folletos del gobierno.
También les hablaba de la diferencia entre la ecografía y la radiografía:
—Para la ecografía tienes que quitarte la ropa y dejar la barriga al aire —advertía—. La radiografía es más rápida y mejor, salvo que quieras que un médico varón te toque por todas partes con una máquina.
Muchas de las mujeres seguían siendo demasiado conservadoras para dejar que un médico varón las tocara, y tampoco les gustaba la idea de tener un objeto desconocido en el interior de su cuerpo. Así pues, una vez más, se extendían el pánico y los rumores.
—Me han dicho que untan una especie de veneno en el anillo; así es como evitan que las mujeres se queden embarazadas —comentó una mujer en el mercado.
—¡Mi prima me contó que se pasó meses sangrando después de que le metieran esa maldita cosa en el cuerpo! —exclamó otra mujer.
Cinco años después del nacimiento de mi hermano, todavía no había indicios de que la ley fuera a revocarse, como los ancianos habían predicho. Además, las penas por incumplirla se hicieron más severas. Circulaban historias sobre bebés nonatos abortados en estadios avanzados del embarazo. En la aldea de mi tía, denunciaron a una mujer ante las autoridades cuando ya estaba embarazada de siete meses. Para protegerse de los funcionarios, su familia colgó pañales en el tendedero, donde pudieran verlos con facilidad. Aseguraron que había tenido un parto prematuro. Cuando los funcionarios de control de la natalidad pasaron por allí a cobrar la multa por el segundo hijo, la mujer embarazada los recibió sentada en la cama, con el cuerpo envuelto en edredones y con un bebé que le habían pedido prestado a unos parientes en el regazo. Por supuesto, la criatura era más grande que un recién nacido y los funcionarios se dieron cuenta. La mujer y su familia suplicaron, lloraron y rogaron a los oficiales, pero aun así se la llevaron para obligarla a abortar.
Para alivio de mi madre, su edad le daba cierto margen: la Oficina de Control de la Natalidad ya no examinaba a las madres mayores. Tenía que hacerse la ecografía solo unas cuantas veces al año.
Mientras tanto, había ido en secreto a la consulta de un médico de la aldea de sus padres y se había quitado el anillo.
Tres meses después, en su siguiente chequeo, pidió que le hicieran una radiografía en lugar de una ecografía. El médico gruñón tenía que examinar a tantas mujeres cada día que a menudo lo hacía demasiado deprisa, así que mi madre se salió con la suya gracias a un pequeño truco: se metió un aro de hierro en el bolsillo del abrigo largo y lo colocó en la posición exacta en la que debería aparecer el anillo intrauterino. Cuando se capturó la imagen, lo único que vio el médico fue que había un anillo en el lugar correcto.
Pero el embarazo era solo el principio de sus problemas. ¿Cómo iba a ocultar el vientre cada vez más hinchado? ¿Cuánto tiempo podría continuar con su trabajo? ¿Cómo conseguiría consultar con un médico si le sucedía algo? ¿Dónde daría a luz? Ningún hospital la aceptaría sin un permiso de nacimiento. Y cuando el bebé naciera, ¿de dónde sacaría yuanes suficientes para pagar la multa? Estas preguntas la acechaban día y noche.
Fue a pedirle consejo a su madre.
La aldea de sus padres, Caiyuan, tenía más historia que la de baba. La escuela donde trabajaba mamá había sido un templo antes. Lo habían destruido en 1966 los guardias rojos —una organización estudiantil surgida durante la Revolución Cultural (1966-1976)—, a los que el presidente Mao alentaba a acabar con todos los restos de la antigua China: se comprometieron a eliminar «viejos pensamientos, vieja cultura, viejas costumbres y viejos hábitos».
Mi madre se sentó junto a la ventana en la casa de su infancia para escuchar a mi abuela.
—Nunca se sabe cuál será la política del gobierno mañana —le dijo la abuela Guiqin— pero, si tienes un segundo bebé, la criatura estará ahí para siempre. Yo digo que tengas otro. Un niño estaría bien; una niña sería mejor. Una hija es la compañera más cercana para su madre.
Cuando mi madre me habló del apoyo incondicional de Guiqin para que me tuviera, me sorprendió y no me sorprendió a la vez. Las mujeres de mi familia eran obstinadas. Esas son las mujeres de las que procedo. Esas mujeres me han empujado a seguir adelante, a no tener miedo y sí confianza en mis decisiones, como debieron hacer ellas para que yo llegara a existir. Nacieron en un momento más difícil que yo. La sociedad, el gobierno y sus familias no prestaban atención a las ambiciones y deseos de estas mujeres, pero ellas lucharon contra las crueles probabilidades para sacar algo de muy poco.
Mi madre, que temía no poder volver a enseñar, no estaba segura de que mi abuela pudiera identificarse con esa idea. La abuela Guiqin no tenía estudios y nunca había trabajado fuera del hogar familiar. Además, el gobierno nunca le había impedido tener los hijos que quisiera. Pero mamá encontró alivio en las amables palabras de su progenitora. Aunque ella quería más para mí, su hija, de lo que mi abuela esperaba de ella: mi madre quería que yo fuera algo más que su cuidadora.
La brisa de junio hizo que los pensamientos de mi madre salieran volando por la pequeña ventana hacia los nenúfares del río que corre junto a su casa. Recordó su infancia, cuando corría junto a sus hermanos, azotada por el viento, en el patio. Siempre había apreciado la felicidad de crecer entre hermanos, y quería que Yunxiang también tuviera esos recuerdos.
—Para las mujeres, la familia es más importante que cualquier otra cosa —añadió mi abuela para sacar a mamá de sus pensamientos.
Mi madre asintió con la cabeza; no tenía sentido discutir con una mujer nacida en 1924. La abuela Guiqin, pálida y físicamente frágil, se había casado en la aldea de mi abuelo a los quince años y nunca se había alejado más de doce kilómetros de su puerta principal.
—Intenta esconder la barriga unos cuantos meses más —le aconsejó la abuela mientras se cubría con una manta. Ni siquiera en junio era capaz de soportar la corriente más ligera—. Cuando sea lo bastante grande, ¿quién mataría a un bebé a punto de nacer? —Agarró a mamá de las manos y se las acarició con suavidad—. Cuanto más vieja me hago, más confusa me siento respecto a la vida. Hay demasiada gente que ignora la ley del laotianye, el Señor Celestial, y que hace cosas malas con mucho orgullo.
Mi madre volvió a asentir.
—Oye —se animó la abuela—, el marido de Xiangju trabaja en el gobierno. ¿Por qué no le pides ayuda?
Xiangju era la mejor amiga de mamá desde pequeña, y siempre había sido una chica con suerte. Su padre, maestro, era uno de los pocos hombres que había nombrado a su hija y no a su hijo como «heredera» de su trabajo. Y, además, Xiangju se había casado con un funcionario del gobierno local.
Mi madre y ella eran muy diferentes. Sin embargo, por razones que nadie entendía, eran muy buenas amigas. Xiangju tenía un carácter duro, directo y competitivo. Mamá ya había pensado en pedirle ayuda, pero era demasiado orgullosa, en parte porque su amiga no la había perdonado por casarse con mi padre.
—¿Qué tiene ese hombre de bueno, Shumin? Es un campesino —le recriminó una vez durante una pelea—. ¡No es nada!
No, Xiangju sería la última persona a la que pediría ayuda.
Durante los primeros meses, mi madre ocultó bien el embarazo. Y en los meses fríos de otoño, un abrigo largo y suelto siempre ayudaba. En la noche del festival del Medio Otoño, se colocó mirando a la Luna, juntó las palmas de las manos con devoción y le rogó a la diosa de la Luna que la bendijera. El vientre no se le abultó mucho en los primeros meses, así que se mantuvo optimista.
—Crece más despacio, bebé —me susurraba.
La primera crisis se produjo cuando la hermana Lin apareció un día para decirle que a las mujeres casadas se les requería un nuevo chequeo médico. Aquello inquietó de verdad a mamá; ahora ya no le valdría el truquito del abrigo. Hasta la imagen más borrosa revelaría al bebé que llevaba en el útero.
—Lo siento mucho, hermana Lin —dijo—. Tengo que dar clase, ya sabes. Los exámenes finales están muy cerca, y lo cierto es que no puedo abandonar a mis alumnos. Yo misma iré al hospital cuando termine el semestre.
La hermana Lin no insistió: otros aldeanos le habían asegurado que Shumin era la última de la que debía preocuparse.
—Está tan ansiosa por conseguir un puesto de maestra —chismorreaban— que está claro que no tendría un segundo hijo.
Mi madre pospuso el chequeo varias veces, hasta que incluso la hermana Lin se olvidó de él.
Se sentía afortunada. Su hermana trabajaba en una fábrica y le contaba que las trabajadoras tenían que informar todos los meses de cuándo les venía el período para demostrar que no estaban embarazadas.
Mamá era una de los tres únicos maestros de su escuela. Aunque durante los primeros meses los demás no repararon en su barriga, cuando llegó el invierno, ya no fue posible continuar ocultándoles su secreto, ni a sus colegas ni a sus suegros.
Papá y ella le confesaron el embarazo a la familia durante la cena.
—Shumin está embarazada —le dijo mi padre al suyo.
Wengui apartó su cuenco y se quedó callado. Mientras el viejo guardó silencio, ninguno de los demás comensales se atrevió siquiera a mover los palillos. Fueron los minutos más largos de la historia. Mi madre miró a hurtadillas a mi padre, que había agachado la cabeza a la espera de la ira de su padre.
Al final, Wengui preguntó en voz baja:
—¿Cómo vais a ocuparos de la criatura? No tenemos dinero.
Luego cogió los palillos y comenzó a comer de nuevo, y todos los demás lo imitaron. Durante el resto de la cena, el único ruido que se oyó fue el de los palillos que golpeaban los cuencos de arroz.
Llegado este momento, mamá tuvo que seguir el consejo de su madre. Supo que Xiangju iba a ir a visitar a mi abuela, así que se aseguró de estar esperándola en la casa. No le quedó más remedio que dejar de lado su orgullo y pedirle ayuda.
Cuando Xiangju llegó, entró cargada con una cesta de manzanas y plátanos. Acababa de hacerse la permanente, y ese peinado le confería un aspecto más elegante, le dijo mamá. Xiangju sonrió y se sentó. Cogió un puñado de plátanos.
—Esto es lo que trajo mi marido de la ciudad la semana pasada. No se ven mucho en el pueblo…, no merece la pena pagar el dinero que cuestan las frutas del sur. Se pudren muy rápido.
Le dio un plátano a mi madre y otro a la abuela Guiqin, antes de fijarse en la barriga abultada de mamá.
—¿Shumin? ¿Estás embarazada otra vez?
—Sí —confesó ella, y procedió a explicarle su situación.
Para gran alivio de mi madre, su amiga se mostró dispuesta a ayudarla.
—Entiendo. Mi esposo está a cargo de las tareas de planificación familiar desde el pasado otoño —reconoció—. No estoy muy orgullosa de lo que hace, pero ¿qué otra opción le queda? Todas las aldeas deben controlar las cifras. Tienen que mantenerlas por debajo de un número determinado cada año. Si nace un solo bebé ilegal más, le recortarán el sueldo al funcionario. —Respiró hondo—. ¡Qué trabajo más odioso tiene!
Continuaron sentadas en silencio durante un rato hasta que, de repente, Xiangju se levantó y caminó rápidamente hacia la puerta para cerrarla y así evitar que los vecinos que vivían en el mismo patio las escucharan. Luego se sentó junto a mamá y le susurró:
—Tengo una idea. Te avisaré cuando el equipo de control de natalidad venga a inspeccionar tu aldea. Le diré a mi esposo que no te has recuperado de la hipertensión desde que diste a luz a Yunxiang, y que ahora mismo no puedes soportar el acoso. Créeme, en el gobierno nadie quiere ver a un bebé ilegal, pero tampoco a una mujer muerta.
Aquel frío noviembre en el norte de China, cuando los árboles se desprendieron de sus hojas, la gente se encaramó a las escaleras de mano para recoger los caquis anaranjados que colgaban ya maduros en los patios delanteros. Compraron y cosecharon coles con las que formaron una pila en el patio trasero, cubierta de heno, para prepararse para el largo invierno.
El cielo estaba tan gris que parecía que la primera nevada ya estaba de camino. Mi madre había limpiado su escritorio y anunciado que no regresaría. Ya no se sentía segura en la escuela; estar todo el tiempo en el mismo lugar no haría sino facilitar que el gobierno se diera cuenta de su estado y se la llevara para forzarla a abortar.
—No estoy segura de si querrás regresar después de que nazca el segundo, pero siempre puedes volver —le dijo la directora, Lao Li, mientras bebía té de una taza blanca esmaltada—. Los niños te echarán de menos.
Mamá contuvo las lágrimas y se despidió. Nunca había traicionado al gobierno ni a la gente que la rodeaba, no de manera tan grave. Durante un momento, tuvo serias dudas sobre su decisión, pero enseguida salió por la verja de la escuela para ocupar el asiento trasero de la bicicleta de baba e irse a casa.
Mientras iba sentada detrás de mi padre, el corazón le palpitaba al pensar en el incidente que se había producido en casa el fin de semana anterior. Según lo prometido, Xiangju la había informado de la visita del equipo de control de la natalidad a Chaoyang. Baba no estaba en casa. Mi madre decidió esconderse en el campo, y Yunxiang insistió en estar con ella.
La paja de maíz abandonada era lo bastante alta para ocultarla, y abrazó a Yunxiang mientras le susurraba con suavidad:
—No hagas ni un solo ruido si quieres quedarte con mamá. Tenemos que escondernos de esa gente.
Él lo entendió y se agachó para ocultar también su cuerpecito. Luego levantó la mirada y le preguntó:
—¿Estamos protegiendo al hermanito?
Mi madre asintió con la cabeza, aunque no sabían si la criatura que llevaba en el vientre sería un niño o una niña. No se atrevía a ir al hospital. Aquella semana había tenido un sueño en el que una serpiente colorida bailaba ante ella, y la serpiente llevaba una corona de flores en la cabeza. Era el año de la serpiente en el horóscopo chino, y pensó que la corona de flores indicaba que daría a luz a una niña.
Cuando Yunxiang y ella regresaron, baba había vuelto del trabajo, con la chaqueta de guata cubierta de una gruesa capa de polvo de ladrillo.
—Padre y madre les han dicho a los inspectores que estabas ayudando a tu tía enferma en otra aldea —le dijo—, pero creo que regresarán. Pronto.
Esa noche volvieron a cenar en silencio.
—Tengo entendido que una vez que llegas al octavo mes ya no te hacen nada —dijo baba tratando de consolarla en voz baja cuando se fueron a la cama—. Solo tenemos que aguantar un mes más.
En marzo de 1989, nací, en casa. Era medianoche. Baba fue en bicicleta a la aldea vecina para solicitar la ayuda de una comadrona de la zona. Ya la habían puesto sobre aviso, así que la mujer estaba bien preparada. Cuando llegaron, todo el mundo esperaba en nuestra cocina, que también hacía las veces de sala de estar. La comadrona le pidió a nainai, la madre de baba, que la ayudara, y les dijo a Wengui y a baba que esperaran fuera. Aseguró que la sangre del parto les daría mala suerte a los hombres. Yunxiang estaba tan emocionado que no podía dormir. Caminaba de aquí para allá y no dejaba de preguntarles al abuelo y a papá cuándo iba a conocer a su hermano pequeño. A las 3.15 horas de la madrugada, un llanto estruendoso salió del dormitorio. Nainai salió con la frente empapada de sudor.
—Es una niña —gritó.
Más tarde mamá me contó que sintió una oleada de alivio al verme. Había llegado al mundo, así que ya no podían matarme. Quedaba un largo camino por delante, pero se sentía feliz de que hubiera sobrevivido. Mi abuelo materno, laoye, me puso por nombre Chaoqun, que significa «destacar entre la multitud». Fue un buen nombre, porque la supervivencia y la diferencia serían los hilos conductores de mi vida. Más adelante, como escritora, adoptaría el seudónimo de Karoline.
Poco después, a mis padres se les ordenó pagar una multa de seis mil yuanes por tenerme, condición sin la cual no me darían el hukou, el documento de identidad que me permitiría matricularme en la escuela, casarme y recibir atención médica. En 1989, los ingresos anuales medios de la población de las ciudades chinas apenas superaban los mil yuanes, el equivalente a ciento cincuenta y siete dólares. Por su parte, en las zonas rurales eran aún más bajos. Así pues, la multa equivalía a varios años de los ingresos de mis padres y abuelos.
—No entiendo por qué querías tener una niña —se le quejó mi abuelo a mi padre mientras golpeaba la pipa contra la pared para limpiar las cenizas, tal vez con más fervor del habitual.
Luego se colocó bajo el dintel de la puerta abierta, con el ceño fruncido y mirando hacia los arrozales. El arroz pronto alcanzaría la altura necesaria para entresacar los brotes. Por desgracia, con su nuera cuidando de un bebé recién nacido, dispondría de aún menos manos para ayudar.
—Perderemos días —murmuró.
—Nos las arreglaremos —dijo baba.
Wengui encendió las hojas de tabaco de la pipa sin dejar de contemplar su granja.
Pero esa primavera, cinco días antes de que mis padres tuvieran que pagar la multa, le entregó a baba un pañuelo azul. En él había dos mil yuanes. Los ahorros de toda su vida.
2 LA PROMESA DE UNA HIJA
Tengo dos cumpleaños. Uno es secreto y lo celebro en casa, y el otro es el que aparece escrito en todos mis documentos oficiales. Como mi nacimiento, esto tampoco fue un accidente.
En la notificación de sanción que les dejó a mis padres, la hermana Lin había subrayado las palabras: «A pagar dentro de dos meses». Pero cuando se cumplió el plazo, a mis padres aún les faltaban mil yuanes, a pesar de lo que Wengui les había dado y de lo que habían ahorrado. Estaban preocupados. La Oficina de Control de la Natalidad de la zona los amenazó con que, si no registraban mi nacimiento a tiempo, no permitirían que me registraran nunca. Y no disponer de hukou me condenaría a vivir como una «niña negra», término utilizado para designar a aquellos cuya existencia no está reconocida por el gobierno. Según el último censo demográfico nacional realizado en 2010, en China había alrededor de trece millones de «niños negros» cuyos padres no habían podido pagar la multa. Sin hukou no pueden ir a la escuela, casarse ni trabajar de manera legal; ni siquiera pueden montarse en un tren.
Todas las semanas, la Oficina de Control de la Natalidad perseguía a mis padres para que hicieran el pago. A veces iba la hermana Lin; en otras ocasiones eran los propios funcionarios quienes llamaban a nuestra puerta.
—Si retrasáis el pago, el gobierno os cobrará más —gritó la hermana Lin un día asomada por encima de la verja de nuestro patio trasero, donde mi madre estaba tendiendo la ropa para que se secara.
Lin acababa de regresar de la reunión de la Federación de Mujeres del condado, durante la cual la directora no dejó de presionarla para que se esforzara más en cobrar las multas. La pequeña tigresa se tomó su trabajo muy en serio.
Mi madre dejó a un lado la cesta de la ropa y quitó el pestillo de la verja.
—Puedes pasar, hermana Lin, pero el dinero no crece de la tierra, ¿verdad? Lo estamos intentando.
—Por supuesto, ¡pero habéis quebrantado la ley! —Lin se sentó en el taburete—. ¡El dinero no es para mí! La multa que paguéis irá directa al Tesoro Nacional. Vuestro segundo hijo está drenando los recursos de nuestro país, así que es responsabilidad vuestra.
Mamá dudaba de que aquello fuera cierto. No era ningún secreto que la Oficina de Control de la Natalidad era una rama del gobierno que disfrutaba de una buena situación económica, al menos en nuestro condado. Sus funcionarios vivían en las mejores casas. Los aldeanos creían que los burócratas locales, no los nacionales, decidían el importe de las multas para su propio beneficio. Había una gruesa barrera entre el laobaixing, o ciudadano de a pie, y el gobierno. En aquel momento, en el condado no existía un sistema de votación que permitiera a sus habitantes elegir a los funcionarios de forma directa. El laobaixing no tenía acceso al proceso de toma de decisiones en los reductos de los poderosos. Mi madre sabía todo esto, así que el hecho de que la hermana Lin sugiriera que la multa era un intercambio justo la enfadó.
Hasta junio mis padres no consiguieron reunir el dinero suficiente…, pero luego estaban los recargos por retraso.
No nací en un hospital, así que no había ningún documento que mostrara la fecha exacta de mi cumpleaños. ¿Cómo iban a saber las autoridades si el pago iba con retraso? La única funcionaria que podía conocer el día preciso era la hermana Lin. Si ella aceptaba escribir una carta a la Oficina de Control de la Natalidad en la que asegurara que mis padres habían pagado la multa a tiempo, ellos no vendrían a la aldea a verificarlo.
Esta vez fue mi madre quien llamó a la puerta de Lin. Llevaba una cesta de bambú con un pollo que mi padre acababa de matar, un paquete de Zhongnanhai —los cigarrillos más caros que pudo encontrar— y tres botes de melocotones encurtidos. Mis padres conocían el poder y la necesidad de tales sobornos. Se consideraban un «regalo» que permitía que la gente estableciera relaciones y, si era pertinente, que se acelerasen los procesos burocráticos.
Mi madre sonrió al depositar la canasta en la mesa del comedor de la hermana Lin.
—Mi esposo y yo nos preguntábamos si habría algún problema en que dijéramos que Chaoqun nació en abril.
La hermana Lin echó un vistazo al interior de la cesta y luego la empujó hacia mi madre.
—Aiya, ¿qué estás haciendo?
Después de empujar varias veces la cesta de un lado a otro, Lin la guardó en un armario. Le encantaban los regalos, pero en China existía la regla tácita, incluso entre amigos y parientes cercanos, de no aceptar regalos con entusiasmo. No convenía dar la impresión de que eras codicioso. Fuera con sinceridad o de forma fingida, todo el mundo representaba ese papel, y a veces la gente lo hacía tan bien que parecía una pelea real.
—Solo hago mi trabajo. No aceptaré los regalos, pero mañana iré a la oficina del gobierno del condado y le contaré tu situación a mi jefe. Le gusta mucho fumar. Haré lo que pueda.
Mis padres no tardaron en recibir una carta de la Oficina de Control de la Natalidad. Ese mismo día, baba se acercó a la comisaría en bicicleta para registrarme. Cuando le entregaron el cuaderno del hukou, pudo leer: «Fecha de nacimiento: 21 de abril de 1989». Es decir, más de un mes después del día en que nací. Baba se sintió culpable durante un momento, pero se guardó el cuaderno del hukou en el bolso y se marchó a toda prisa de la comisaría. Sabía que no podría darme mucho, pero al menos había conseguido proporcionarme una identidad. Se sintió orgulloso de ello.
Unos meses más tarde, la hermana Lin volvió a casa con otro anuncio de la Oficina de Control de la Natalidad: querían que todas las mujeres que tuvieran dos hijos se sometieran a una operación de esterilización, a una ligadura de trompas. Mis abuelos, que eran de la época de Mao, entendían que cualquier mandato del gobierno debía considerarse como «la decisión más gloriosa, correcta y grandiosa», y habían aprendido a aceptar tales exigencias sin cuestionarlas. Le ordenaron a mamá que obedeciera, pero ella estaba en contra de la idea. Aunque no planeaba tener más hijos, no podía aceptar perder una de las funciones más importantes de su anatomía. Era su cuerpo, a fin de cuentas, y debía ser elección suya.
Aunque lo único que hacían era seguir las reglas, la gente se burlaba de las mujeres que se sometían a la esterilización. Se las empezaba a conocer como «el tercer género». Muchas sufrían infecciones, y a menudo su recuperación era larga y dolorosa. Cuando la gente me pregunta hoy en día por qué abogo por un movimiento feminista fuerte en China, pienso en el tercer género. Aquellas mujeres no tenían voz, no tenían forma de poner fin a lo que les estaba sucediendo. En la actualidad, somos más las que nos hacemos oír.
La hermana Lin llevaba un cuaderno en el que anotaba los nombres de las mujeres que se habían esterilizado de manera voluntaria. Pasaban los meses, los nombres del cuaderno no aumentaban y los funcionarios comenzaron a impacientarse por conseguir que más mujeres accedieran a la operación.
Un día, mientras mi madre estaba de compras, se sobresaltó al escuchar una estridente voz masculina a través de los altavoces que había en todas las esquinas: «¡Atención! Acabo de recibir una orden del gobierno: las mujeres que ya tienen dos hijos deben inscribirse en la lista de la hermana Lin y someterse a la operación de ligadura de trompas ahora mismo. ¡Todas las madres con dos hijos! Sin excepciones…». El locutor también hizo hincapié en que negarse a ir al hospital implicaría que los funcionarios te llevaran por la fuerza.
Pero mi madre estaba dispuesta a jugar otra vez al gato y al ratón. Le pidió al médico que la había ayudado a dar a luz a Yunxiang una carta con el sello del hospital en la que afirmara que la paciente había estado a punto de morir de anemia grave e hipertensión durante el parto, lo cual era cierto. Cuando se enteraba de que los funcionarios iban a ir a Chaoyang, se marchaba a trabajar con mi padre vendiendo ladrillos en otras aldeas; sin embargo, en dos ocasiones la cogieron y la llevaron a la clínica del condado. Las dos veces fue capaz de escabullirse entre las sombras del caos.
Sin embargo, cuando la atraparon por tercera vez —tres funcionarios, dos hombres y una mujer—, habían ido específicamente a por ella.
Aquel día, mi padre no estaba y mis abuelos habían ido a casa de un vecino a jugar al mahjong, un popular juego de mesa en el que se utilizan azulejos en lugar de cartas. Mi madre estaba plantada en la entrada y se negaba a subir al coche. Yo estaba abrazada a sus piernas, llorando. Yunxiang corrió a casa del vecino a llamar a mis abuelos.
—¡Qué mujer más testaruda! —gritó un funcionario que no paraba de caminar de un lado a otro y de fumar. Tiró la colilla al suelo—. ¡No nos chilles a nosotros, solo estamos haciendo nuestro trabajo! No pienso perder mi empleo por tu culpa. ¡Sube al coche! ¡Ahora mismo!
Para cuando llegaron mis abuelos, los funcionarios ya habían metido a mamá a la fuerza en el asiento trasero.
—Tráeme el abrigo, Yunxiang —gritó ella.
Allí llevaba la nota del médico, junto con una carta con jerga legal que su hermano, abogado, le había escrito por si se le presentaba aquel tipo de emergencia. Se negaba a rendirse. Era su cuerpo e iba a protegerlo. No sabía si la carta ayudaría, pero lo intentaría.
—Mi hija —gimió mientras tendía los brazos hacia mí—. Me la llevo conmigo.
—¡Es demasiado pequeña! —gritó el oficial.
Pero mi madre me metió en el coche y se aferró a mí como si le fuera la vida en ello. Los vecinos, de puntillas y con el cuello estirado, observaron cómo se alejaba el vehículo a toda velocidad, con mi madre encerrada en el asiento trasero, arrastrada por la fuerza como un animal salvaje.
Cuando el coche llegó a la clínica central del condado, una gran multitud de mujeres como mi madre estaba esperando fuera. La clínica no disponía de suficientes habitaciones, así que habían instalado unas veinte tiendas de campaña para las operaciones. El olor a sangre y sudor que flotaba en el aire, junto con los llantos y los gritos, hizo que a mamá le entraran ganas de vomitar. Miró a su alrededor, a la izquierda y a la derecha, tratando de encontrar una ruta de escape, pero las enfermeras la vigilaban de cerca. Yo me retorcía en su regazo a la desesperada, con los ojos cerrados y las manos sobre los oídos. No sabía lo que estaba pasando, pero presentía que iban a hacerle daño —a ella o a mí—, de manera que me agarraba a mi madre con la mayor firmeza posible. Ella se aferraba a la carta y su sudor empapaba el papel. Le tiré de la manga, pues recordaba lo que me había enseñado a hacer cuando íbamos al mercado:
—Si hay mucha gente, tira de la manga de mamá y no te perderás.
Así que tiré y tiré.
Un médico que parecía estar a cargo recorrió una lista de nombres con el dedo. Luego, tres, dos, uno, llegó el turno de mamá.
Dentro la atmósfera era tan asfixiante que el médico se quitó la bata blanca de laboratorio y la colocó sobre el respaldo de una silla situada en un rincón. Llevaba trabajando sin descanso desde primera hora de la mañana. Tenía el pelo alborotado, y la camisa arrugada se le había medio salido de los pantalones. Detrás de las enormes gafas, se veían unos ojos inyectados de sangre, con círculos oscuros debajo.
—Aquí dice que has huido dos veces de la clínica… —dijo tras alzar la vista de sus notas.
—Sí, pero, doctor, insisto en que vea esto.
Mi madre le entregó la carta y esperó.
El médico la cogió y la leyó en voz alta:
—«Asumo la responsabilidad de la seguridad de Shumin. Si tiene algún problema después de la cirugía, yo, junto con la clínica, cuidaré de sus dos hijos hasta que crezcan. Firmado…». —La miró—. ¿Qué es esto? —dijo al mismo tiempo que se subía las gafas por el puente de la nariz—. ¿Por qué iba a firmar esto?
—Tengo la presión arterial muy alta y casi muero la primera vez que di a luz. El médico del hospital central del condado me dijo que no podía someterme a ninguna cirugía mayor. Si usted insiste en llevarla a cabo, firme antes esta carta. Mi hermano, que es abogado en la corte popular, me lo ha recomendado.
Era una versión exagerada de la verdad, pero aprovechó el momento para darle la nota oficial del hospital.
Él la leyó, se quedó callado un momento para pensar y luego se volvió hacia la enfermera que aguardaba de pie junto a su escritorio.
—¿Puedes dejarnos a solas unos minutos? ¡Y llévate a la niña! —gritó señalándome.
Cuando la mujer vino a por mí, monté una pataleta. Igual que mi madre, yo también me negaba a hacer lo que me habían dicho, así que empleé todas mis fuerzas en gritar y darle patadas a la enfermera.
—¡Vale, da igual! —El médico le hizo un gesto a la enfermera para que se fuera. Estudió la carta durante unos minutos más y luego volvió a fulminar a mi madre con la mirada—. No puedo firmar esto, desde luego.
—Bueno, entonces, yo no puedo tumbarme en su mesa —contestó ella señalando la camilla.
—Tiene que hacerlo.
—Doctor, de verdad que no puedo —dijo ella con voz serena—. De lo contrario, lo habría hecho hace mucho tiempo. —Lo miró con intensidad—. Salvo que firme la carta…
La enfermera regresó.
—Fuera hace calor; la gente se está impacientando. Tenemos que darnos más prisa.
El médico le gritó que esperara. Permaneció un rato sentado en silencio mientras mi madre me abrazaba.
Por fin, dijo en voz muy baja:
—Váyase.
Mamá no dijo una palabra, se limitó a cogerme en brazos y a marcharse. A sus espaldas, oyó que el médico le pedía a la enfermera que hiciera pasar a la siguiente mujer.
A algunos aldeanos les resultó sospechoso. Shumin parecía tan sana como antes, no había tenido que pasar una temporada encamada para recuperarse y regresó al campo la misma semana de la «operación».
—Shumin debe de tener parientes poderosos —murmuraban.
Es probable que mi madre fuera una de las poquísimas mujeres del condado con dos hijos que no se sometió a la operación. Según el Ministerio de Salud, cada año —de 1983 a 2015— se esterilizaba a más de un millón de mujeres chinas. Solo en 1983, el año en que China aplicó por primera vez la política del hijo único, se forzó a más de dieciséis millones de mujeres a someterse a dicha cirugía. Los quirófanos, en su mayoría tiendas de campaña provisionales como aquella a la que nos llevaron a mi madre y a mí, estaban sucios, mal equipados y disponían de poco personal. Muchas veces, los «cirujanos» eran médicos rurales con mascarilla a los que se les ordenaba que cumplieran con aquella misión urgente, pero que carecían de la formación necesaria para hacerlo. El dolor crónico y los traumas mentales persiguieron a aquellas mujeres. Muchas de ellas eran campesinas que después ya no pudieron continuar realizando ese trabajo manual extenuante y que pasaron a depender de por vida de un suministro de analgésicos que apenas podían permitirse. Aquellas operaciones quirúrgicas tuvieron consecuencias devastadoras también en muchos otros sentidos, sobre todo para las familias rurales. Según los estudiosos chinos que en 1995 llevaron a cabo investigaciones de campo en aldeas de diez provincias, el diez por ciento de las mujeres rurales de China sufría problemas de salud causados por los abortos forzados y las cirugías de esterilización.
Mi madre se sintió afortunada, o más dueña de su propio destino, así que tomó otra decisión osada: regresar a la enseñanza. Su «victoria» tras darme a luz y lograr proteger su cuerpo del gobierno aumentó su confianza: si lo intentaba, nadie, ni siquiera su suegro o las autoridades gubernamentales, podría limitar lo que consideraba sus derechos humanos. En el futuro, ella sería quien decidiría cómo viviría su vida.
Sabía que habían surgido oportunidades desde que, con la intención de estimular la economía, el líder supremo comunista Deng Xiaoping había lanzado en 1978 la «reforma y apertura». Eso hacía que la perspectiva de poseer un negocio privado resultara muy atractiva. Todos los meses, a mi madre le llegaban noticias de un maestro que dimitía con la esperanza de probar su suerte lanzando una empresa nueva. Antes de la reforma y apertura, todos los negocios eran propiedad del Estado. El gobierno había prohibido el comercio privado y catalogado a los empresarios independientes de problemáticos, pues alegaba que su mentalidad y comportamiento capitalistas contaminarían la pureza de nuestro país. Si los pillaban, se enfrentaban a condenas de prisión o incluso a la pena de muerte. Pero la brisa primaveral de la reforma y apertura debilitó la supresión del espíritu emprendedor. En la ciudad más cercana, Lutai, a pesar de que las empresas estatales seguían funcionando, se construyó un mercado nuevo para acoger a los negocios privados, que no tardaron en sustituir a los estatales. Los dueños de los comercios privados, en su mayoría entre los veinte y los cuarenta años de edad, eran innovadores, ambiciosos y corrían riesgos. Ponían canciones pop de Hong Kong y Taiwán en sus puestos, donde vendían ropa, fruta, aparatos electrónicos y CD, y eso contribuía a crear un ambiente moderno.
Los operarios de las empresas pertenecientes al Estado recelaban de la recién estrenada prosperidad y del sentido de la libertad de aquellos advenedizos. Pero esto no impidió que la gente quisiera sumarse a ellos, incluso los que tenían empleos en el gobierno y los maestros, que dimitían para intentar forjarse su propio camino, igual que muchas otras personas procedentes de todos los ámbitos de la vida. Mis padres no estaban acostumbrados a correr tales riesgos, pero a mamá le atraía la idea de tener el destino en sus propias manos, y ahora habría más oportunidades de dedicarse a la enseñanza a tiempo completo.
Mientras ellos buscaban su camino, yo tenía que quedarme con nainai, cosa que odiaba. Mi abuela fumaba y se pasaba las horas de la tarde jugando al mahjong con otras personas mayores que también fumaban. A mí me costaba respirar en esas habitaciones, pero nainai estaba demasiado distraída para prestarme atención. En la mesa de mahjong, nainai clavaba la mirada en los azulejos de sus oponentes, como si fuera capaz de ver a través del esmalte de color crema y saber lo que había al otro lado. Mantenía las orejas igual de alerta. Los únicos buenos ratos que recuerdo haber pasado con nainai eran cuando estaba con otra anciana, la abuela Liu, cuya nieta, Mengmeng, era amiga mía y vivía en la casa de enfrente. Mengmeng también era la segunda hija de sus padres, pero, al contrario que yo, ella tenía una hermana mayor. De acuerdo con la política del hijo único, las familias rurales cuyo primogénito era una niña podían tener un segundo hijo. Las autoridades entendían que los campesinos necesitaban tener un hijo varón. Nadie tenía otro plan de jubilación que el de depender de la continuación del trabajo por parte de la generación más joven, cuyo deber tradicional era cuidar de sus mayores.
Aunque el nacimiento de Mengmeng fue legal, sus padres no hicieron ningún tipo de anuncio, pues querían seguir intentando tener un hijo varón. Lo consiguieron cuando Mengmeng tenía dos años. Fue a él a quien registraron en el sistema del hukou, en lugar de a la niña.
La preferencia china por los niños se remonta a hace más de dos mil años. El filósofo chino Mencio (conocido como el «segundo sabio» o el sucesor del mismísimo Confucio) dijo que no producir un heredero es lo peor que un hijo obediente (o filial) podría hacer. Pero el término que usó se refería a los hijos varones. Además, la gente —como los aldeanos de Chaoyang— era capaz de citar decenas de razones por las que los niños eran mejores:
Los niños llevan tu apellido.
Los niños te mantienen económicamente cuando envejeces.
Los niños barren tu tumba después de tu muerte.
(Sí, esta última se me presentó como una razón válida, ¡como si las chicas no supieran barrer!)
Una razón más pragmática era que los niños siempre podían conseguir empleos mejores y, por lo tanto, ganar más dinero. Si el primogénito era una niña, todavía cabía la posibilidad de que la siguiera un niño. Pero ¿una segunda niña? La gente no lo toleraba. O regalaban a la segunda niña, o la tiraban, literalmente hablando. Las madres pasaban horas rezando a Buda y a los sacerdotes taoístas para que las bendijeran con un niño. Si tenían dinero o una buena relación con el hospital, algunas pagaban más al médico o a las enfermeras para que comprobaran el sexo del feto, y así poder abortar a los fetos femeninos. Los estudiosos creen que entre treinta y sesenta millones de niñas «desaparecieron» a causa de la política del hijo único.
Mengmeng era una niña alegre que siempre llevaba el pelo recogido en dos trenzas atadas con lazos rojos. Tenía cinco años, uno más que yo. Se comportaba conmigo como una hermana mayor, me enjugaba las lágrimas y me besaba la cara regordeta cuando lloraba. Cuando nuestras respectivas abuelas se sentaban bajo el árbol a charlar, coser colchas y lavar la ropa a mano en una palangana de madera, Mengmeng y yo éramos libres de escapar a nuestro propio reino. Cazábamos saltamontes y los guardábamos en una jaula hecha de tallos de maíz; arrastrábamos varas de bambú desde el almacén y las usábamos para recolectar dátiles rojizos del árbol bajo el que solíamos sentarnos; nos atábamos los chales de mi madre alrededor de la cintura como si fueran vestidos largos e imitábamos a las mujeres de las telenovelas. El patio trasero era nuestro jardín secreto. Desde allí veíamos a los campesinos bajo sus sombreros de paja; a las madres ensartando pimientos rojos y mazorcas, colgándolos al sol para que se secaran; a los abuelos acompañando a los nietos a casa después de la escuela; y al perro amarillo del vecindario persiguiendo a los gatos y las gallinas calle arriba.
Un día, mientras recogíamos flores en el patio y las removíamos en unos platos para fingir que «cocinábamos», Mengmeng parecía perdida en sus pensamientos. Cuando le tiré de los brazos para que jugara, me fijé en que tenía los ojos rojos. Le pregunté qué le pasaba.
—Mis padres van a regalarme —dijo.
—¿Qué? ¿Por qué?
—No lo sé. Van a regalarme y a fingir que nunca me tuvieron. —Mengmeng empezó a sollozar—. No se lo digas a nadie.
Sus padres no estaban seguros de que pudieran garantizarle a su hijo el hukou si las autoridades se enteraban de la existencia de Mengmeng. El corazón se me volvió a desbocar en el pecho. «¿Y si la echan? ¿Y si a mí me pasara lo mismo?».
Una tarde, nainai me llevó a casa de Mengmeng, como de costumbre. La abuela Liu abrió la puerta, con su nieto pequeño al lado. Cuando me vio, la anciana me comentó de pasada que Mengmeng estaría fuera de casa una temporada, pero que volvería pronto. Supe que me estaba mintiendo.
—Hoy puedes jugar con Huanhuan.
Tiró de mi mano hacia la de su nieto.
—No, no quiero jugar con él —anuncié—. Jugaré sola.
Me dolía saber que tal vez Mengmeng no volviera nunca. Quería gritarle que me devolviese a mi amiga.
Aquel día, me dediqué a caminar por allí en silencio, recogiendo hierba y flores. Llevaba en la mano la cestita con cacerolas y cuencos pequeños en los que Mengmeng y yo solíamos cocinar. Me senté muy lejos del niño. Nainai se acomodó debajo de un sauce con la abuela Liu a desgranar guisantes.
—Nos hemos enterado de que los funcionarios de control de la natalidad vendrán de nuevo mañana —dijo la abuela Liu—. Por ahora es mejor enviarla a casa de sus abuelos maternos, y ya veremos qué pasa.
Utilizó una manga para enjugarse el sudor que le goteaba de la frente. No llegaba a los sesenta años, pero su rostro parecía el de una mujer que ya estaba harta. Como nainai, siempre vestía con sencillez. Sus prendas eran de cuatro colores monótonos: negro, gris, azul y, en verano, a veces blanco. Las mujeres de su generación estaban habituadas a llevar esa ropa tan anodina, una costumbre de la época de Mao. En las raras ocasiones en que se ponía un vestido colorido, sus vecinos chismorreaban sobre ella. Durante mucho tiempo, cada vez que pensaba en una abuela, me imaginaba a una mujer vestida con sencillas prendas de algodón.
La abuela Liu añadió:
—Mengmeng es una niña muy lista. Es una lástima. Pero lo que nuestra familia necesita es un niño.
Mengmeng regresó aquel invierno. Consiguió el hukou, pero solo después de que hubieran registrado a su hermano menor. Hasta entonces, cada vez que alguien de la Oficina de Control de la Natalidad acudía a hacer los controles rutinarios, sus padres la escondían en algún sitio y la volvían invisible.
Yo también fui consciente siempre de que era distinta. Al criarme durante los años en que la política del hijo único se aplicaba de manera más estricta, me resultaba difícil ignorar que yo era la segundona. Aunque tardé años en comprenderlo, que la gente se dirigiera a mí como «la segundona» hería mi sensibilidad. Cada vez que oía que me llamaban «la segundona», volvía la cabeza y fingía que no sabía de qué estaban hablando. Daba igual lo simpáticos que fueran, después de eso me caían mal.
Los funcionarios del gobierno se refirieron a la política del hijo único como «planificación familiar». No entendía para qué venían los funcionarios, pero sabía que cada vez que aparecían en la aldea, no era para nada bueno. Lo único que teníamos claro era que se llevaban a las mujeres embarazadas y dejaban a su hijo llorando en la puerta. Los funcionarios —que irrumpían con palos de madera— invadían y saqueaban las casas de las familias que no habían pagado la multa por su segundo hijo. Nadie decía ni una sola palabra en su contra. Algunas personas estaban de acuerdo con la ley, otras no.
A mí me asustaba, no solo por lo que les estaba pasando a mis vecinos y conocidos, sino también porque había empezado a creer que a mí también se me podían llevar en cualquier momento. Me colaba en el pajar del patio trasero, donde podía esconderme y, aun así, ver el exterior hasta la verja. Recuerdo que un día que estaba allí escondida vi una araña gris que cazaba insectos alados en la telaraña que había tejido en el olmo que tenía al lado. Cerré los ojos y me quedé traspuesta, pero nainai no tardó mucho en encontrarme y sacarme de allí a rastras para la cena.
—Sal de ahí —me gritó—. ¿Por qué te has metido en esa madriguera de conejos? Mira cómo te has puesto la ropa. —Nainai me limpió la cara con su delantal—. La policía vendrá a buscarte si no te portas bien.
Cuando era pequeña, lloraba mucho y le tenía un miedo enorme a la policía. Siempre que Yunxiang y yo nos peleábamos, o si yo lloraba porque me quitaban mis muñecas, nainai ponía fin a la situación diciéndome que la policía vendría a por mí. Yo era consciente de que la policía tenía todo el poder, y nosotros, ninguno. Así pues, debía mantenerme alejada de ellos.
La gente poderosa también ponía nerviosa a nainai.
Como todos los miembros de su generación, Wengui y nainai se angustiaban mucho y con facilidad. Durante sus años de formación, incluso las conversaciones privadas podían causar problemas graves. Tras la muerte de Mao, cuando la reforma y apertura trajeron más libertad al país, mis abuelos y sus coetáneos tuvieron que aprender a olvidar la vieja cultura dogmática e intentaron relajarse. Sin embargo, en 1983, comenzaron tres años de lo que se conoce como «mano dura». Una vez más, se volvió a un poderoso estado policial.
La campaña de «mano dura» empezó cuando un grupo de líderes del partido decidió que era necesario restaurar el orden público. En la década de los cincuenta, según la propaganda, reinaba tal tranquilidad que no era necesario cerrar las puertas por las noches. Los líderes concluyeron que los ministerios de justicia habían sido demasiado blandos con los delitos. Así que, en el verano de 1983, Deng Xiaoping —el «líder supremo» de China de 1978 a 1989, que guio al país a través de reformas económicas de gran alcance— lanzó una campaña de lucha contra la delincuencia. Un año después del inicio de dicha campaña, más de ochocientas sesenta mil personas habían sido juzgadas en los tribunales penales de todo el país; a veinticuatro mil de ellas se las condenó a muerte. Sentenciaron a cadena perpetua, o incluso a muerte, a los rateros. A hombres jóvenes se les impuso la pena capital por salir y mantener relaciones sexuales con mujeres diferentes.
Había una granja propiedad del gobierno a aproximadamente un kilómetro y medio de Chaoyang, y la gente de las cercanías se colaba en el campo a robar manzanas, maíz y cualquier cosa que estuviera creciendo en el momento. Nadie prestaba atención a ese tipo de hurtos hasta la campaña de «mano dura». A un joven lo capturaron y lo sentenciaron a tres años de cárcel por llevarse cinco mazorcas de maíz.
En medio de tal incertidumbre, los aldeanos de Chaoyang se aferraron a una antigua regla: el silencio es oro. Para nainai, incluso pronunciar el nombre de Deng Xiaoping se convirtió en tabú. Yo no conseguía entenderlo. A mis cuatro años, me gustaba gastarle bromas repitiendo cosas que ella me había prohibido decir.
Un día la sorprendí al preguntarle:
—¿Van a regalar a Mengmeng?
—Ahora está a salvo.
—¿Me regalarán a mí?
Ella estalló en carcajadas.
—Tú eres demasiado cara. —Nainai siempre se refería a mí como una «niña costosa», y eso me hacía sentir culpable. Yo no sabía por qué era gracioso, como mi expresión lo dejaba claro—. Tal vez, si no te portas bien —añadió Nainai y me acercó para que quedara frente a la abuela Liu—. En nuestros tiempos, ¿quién se habría gastado tanto en una niña? Las niñas nacen para traer mala suerte —murmuró mientras deshojaba un trozo de junco y doblaba las hojas planas en forma de bote para hacerme un molinete.
Asentí con la cabeza, sin tener claro si lo entendía. Sostuve el molinete en alto y eché a correr por el borde del estanque.
Sus palabras me persiguieron durante mucho tiempo. ¿Por qué valoraba más a los chicos que a las chicas, a pesar de que ella era una chica? Murió antes de que yo tuviera edad suficiente para preguntárselo.
Nainai se quedó huérfana a los tres años y nunca fue a la escuela. Por desgracia, era la típica mujer que hacía todas las tareas domésticas, pero a la que nadie se molestaba en darle las gracias. Por la noche, siempre se sentaba bajo una luz tenue a zurcir nuestros calcetines. Tenía cataratas y trabajaba con la aguja tan pegada a los ojos que me inquietaba que pudiera sacarse uno. Es una de las razones por las que nainai no se llevaba bien con mi madre, que tenía ambiciones profesionales. En opinión de nainai, que mamá fuera maestra le daría mala reputación a nuestra familia. A nainai se la consideraba una afortunada porque tenía dos hijos, a pesar de tener también cinco hijas. Siempre guardaba el arroz y los fideos buenos para su marido e hijos, mientras que ella y sus hijas comían pan áspero hecho de harina de maíz.
Siempre decía que las chicas no servían para nada. Yo lo odiaba, pero al final logré derretir la barrera helada que le rodeaba el corazón. Un día, mientras la ayudaba a pelar judías verdes y a encender el fuego para la cena, se sacó un pañuelo azul y blanco del abrigo de algodón gris. En el pañuelo había caramelos duros.
—¡Abre la boca! —dijo mientras escogía uno para mí—. Cuando mi niñita crezca y se case con alguien que tenga mucho dinero, ¿seguirás acordándote de nainai y cuidarás de mí?
—Sí, nainai —contesté.
Ni siquiera se le pasaba por la cabeza que yo fuera capaz de cuidarla.
Muchas veces, cuando mi madre volvía a casa, le decía que no quería que la policía me llevara ni que me tiraran a la basura, como me amenazaba nainai. Mamá me tranquilizaba, me abrazaba y me cantaba. Años más tarde, todavía oigo esta canción en sueños:
La luna brilla, el viento es silencioso; las sombras de las hojas caen sobre el alféizar; los grillos cantan, hacen ruidos de instrumentos de cuerda; la música es suave, alegre, el tono es agradable; la cuna se balancea delicadamente; mi bebé cierra los ojos y sueña sus dulces sueños.
Siempre me alegraba cuando llegaba la noche y por fin todo el mundo estaba en casa después de una larga jornada de trabajo. Entonces las canciones de mi madre me aportaban más consuelo. Mi recuerdo más vívido de cuando tenía cinco años y vivía en Chaoyang es la lluvia, porque esos días mis padres y mis abuelos se quedaban en casa y no iban a trabajar. Me encantaba ver cómo el agua resbalaba por el cristal y se acumulaba en el alféizar. A veces los ganchos que colgaban de las repisas de las ventanas se agitaban con el viento y emitían un tintineo suave. Esos eran los días que más disfrutaba y en los que me sentía más segura. En esos días lluviosos, no me angustiaba que se me llevaran.
3 UNA CASA PROPIA
CAIYUAN, 1995
En la aldea de Chaoyang, las casas estaban conectadas entre sí formando una hilera, sin ninguna separación entre ellas y siempre a la misma altura. Por educación, los vecinos acordaban la altura de sus casas antes de iniciar cualquier reforma o construcción. Que alguien decidiera que su casa debía ser más alta no estaba bien visto. También había razones prácticas para que todas midieran lo mismo: de lo contrario, si llovía, el agua se acumularía en los tejados de las casas más bajas y con el tiempo terminaría dañándolas.
Mis padres por fin se habían construido una casa propia al lado de la de mis abuelos —a la misma altura—, pero mamá y Wengui, cuya relación se había instalado en una especie de calma tensa desde mi nacimiento, terminaron explotando cuando mi madre se negó a pagar una casa nueva para celebrar el matrimonio de mi tío. Wengui había insistido en que toda la familia se uniera para costearla, y como él seguía siendo el cabeza de familia, se esperaba que baba y sus hermanos lo obedecieran. Pero mi madre dijo que no. Papá y ella se mantenían solos, así que opinaba que debían quedarse el dinero que ganaban.
Sus acaloradas discusiones sobre la construcción propuesta se prolongaron durante varios meses, y ni mi madre ni Wengui daban su brazo a torcer. Entonces, unos días antes del Año Nuevo Lunar chino, mi abuelo anunció que iba a seguir adelante con el proyecto y que la casa nueva estaría en la misma hilera, al lado de la de mis padres, aunque mediría un metro más.
Unos cuantos días después de las fiestas, cuando el sol aún no había salido del todo, el ruido de una perforadora nos despertó a mi madre y a mí. Cuando mamá abrió la cortina, vio dos tractores con sus respectivos remolques llenos de tierra aparcados delante de la casa de mi abuelo. Wengui estaba en su patio, dando instrucciones a los dos conductores sobre cómo preparar los cimientos.
Mamá se vistió a toda prisa y salió corriendo a la calle.
—Ambos son hijos tuyos —le gritó—. ¿Cómo puedes ser tan injusto con nosotros? Hace solo unos años que tenemos nuestra casa. ¿Por qué eres tan malo?
—Te negaste a hablar conmigo de ello —le respondió Wengui con naturalidad antes de darle una calada a su pipa—, así que al final he hecho lo que me ha parecido mejor.
Mamá entró en la cocina de mis abuelos y se sentó. Wengui se acercó y se plantó delante de ella. Mi madre empezó a martillearlo con los detalles:
—Le pagamos la matrícula universitaria. Durante años, te hemos entregado la mitad de nuestras ganancias. Ahora tenemos una casa, pero muchas deudas. He tratado a las hermanas de Chengtai como si fueran las mías. Dime, ¿qué hemos hecho mal?
Si mi madre hubiera mostrado debilidad llorando, como hacían otras mujeres de la aldea cuando querían algo, Wengui se habría enfadado menos. Pero que tuviera una voluntad firme —ideas, opiniones y fuerza propias— era precisamente lo que no le gustaba de ella.
—Sabes lo que habéis hecho mal —contestó Wengui levantando la voz—, ¡que nunca nos escuchas! Quieres seguir trabajando como maestra, pero eres una mujer casada. Tuviste un segundo hijo, no le lavas la ropa a tu marido y ahora lo animas a darle la espalda a su familia. Si estuviéramos en los viejos tiempos, ¡hace mucho tiempo que te habríamos devuelto a tus padres!
—Pero los viejos tiempos ya no…
Antes de que pudiera terminar la frase, nainai salió de su habitación dando gritos con su acostumbrada voz áspera:
—¡Chengtai, si no controlas a tu mujer, ya no eres mi hijo! ¿Quién se cree que es esta mujer? ¡No muestra ningún respeto hacia nosotros! —Luego se sentó en el suelo y gritó una y otra vez—: Me moriré hoy. Chengtai, si no le das una lección a tu esposa, me moriré hoy mismo.
Mi madre se levantó y le dio una patada a la silla en dirección a nainai. Los vasos y las teteras se estrellaron contra el suelo. Se marchó dando un portazo y vociferando:
—No puedo seguir viviendo cerca de vosotros.
—¡Detente, mujer! —exclamó Wengui—. ¿Quién te ha dado permiso para salir de esta casa?
Cuando oyó los lamentos de su madre, mi padre entró corriendo. Primero levantó a nainai del suelo. Cuando estaba a punto de salir en busca de mi madre, Wengui lo golpeó en el hombro con en bastón y chilló:
—¡Tú, mal hijo! ¿Vas a ir tras ella?
Los trabajadores, que seguían en los tractores aunque ya con los motores parados, intercambiaron una mirada sin saber muy bien qué hacer. Nainai estaba llorando en un taburete delante de la ventana. Los vecinos habían formado un corrillo fuera para disfrutar de la escena: un drama familiar era el mejor entretenimiento que una aldea podía tener. Más allá de eso, solo les quedaban la agricultura, la cocina y el cuidado de los niños.
Mi madre se abalanzó contra Wengui con el puño en alto. Él la agarró y mamá intentó liberarse a la fuerza para golpearlo y darle puñetazos, pero Wengui la mantuvo sujeta y la estrujó con tanta fuerza que le hizo daño. Cuatro vecinos intentaron separarlos en vano.
Entre tantos gritos, llantos y desconcierto, mi padre se escabulló por el patio.
A la hora de comer, había regresado con sus hermanos y sus esposas, pero estos se limitaron a defender a mis abuelos y a echar más leña al fuego.
Entre los espectadores había un anciano de la aldea de mi madre, que, por pura casualidad, aquel día estaba en Chaoyang vendiendo caramelos en su bicicleta. Como había sido testigo de la pelea, volvió a toda prisa a informar a la familia de mi madre. A media tarde, ya no había vuelta atrás.
A los vecinos les daba igual el motivo de la pelea. ¿Una nuera que desobedecía a los suegros? La equivocada era ella. Era terrible. Un monstruo. Mi madre sabía que aquella no era simplemente una cuestión de quedar mal. Significaba que al día siguiente no tendría ni un solo amigo en el pueblo. Los mayores la despreciarían y a los jóvenes los presionarían para que no se relacionaran con ella.
En el caos de aquel día, corrí de aquí para allá por nuestro patio. Más tarde, salí a hurtadillas y me senté en la calle hasta la noche. Cuando la gente pasaba a mi lado charlando, sospechaba que murmuraban sobre la locura que se había desatado en mi casa. Mantenía la cara enterrada entre los brazos para que no vieran que era la hija de Shumin.
De repente, el hermano mayor de mi madre, Shouchun, apareció delante de mí y me dijo que me montara en su coche, donde ya me esperaban mi madre y Yunxiang. El tío Shouchun nos llevó a Caiyuan. Me di cuenta de que no era una visita normal a casa de mis otros abuelos porque, durante el camino, mi madre no dijo ni una sola palabra. Tenía los ojos hinchados y no apartó la mirada de la carretera en todo el trayecto.
Mi padre no fue a Caiyuan aquella noche, ni tampoco la siguiente. No osaba llevarle la contraria a su padre. La situación me preocupaba. La mala relación entre mamá y el abuelo Wengui afectaba de forma negativa al matrimonio de mis padres. Había oído la palabra «divorcio» con frecuencia de boca de ambos. Después de muchos días sin baba, empecé a angustiarme aún más; no quería separarme de ninguno de los dos.
Por fin, cuando las cosas se calmaron al cabo de unas cuantas semanas, baba vino a vernos. Al principio se quedaba solo una noche a la semana, luego dos noches, luego tres, hasta que al final se mudó. Ese era el estilo de mi padre. Cuando se topaba con una dificultad, prefería esperar o escapar a plantarle la cara. Pero mi madre preferiría que la atropellara un camión antes que esperar. A su manera, baba logró conservar el cariño de ambos bandos; pero sus padres seguían acusándolo de ser desleal, mientras que su esposa y sus hijos empezaron a confiar menos en él.
Nos quedamos a vivir todos juntos en Caiyuan, con los padres de mi madre. Las dos aldeas estaban cerca, así que Yunxiang podía seguir asistiendo a la misma escuela. A mí me gustaba el pueblo nuevo, jugar con mi prima Chunting y hacer amigos distintos. Aquel año mi madre volvió a dar clases en su antigua escuela y baba continuó conduciendo el tractor para vender ladrillos, y ahora también fertilizantes. Pero no eran felices. Baba se pasaba horas fumando en el patio, y la risa fácil de mamá había desaparecido casi por completo. Que una hija casada volviera a vivir en casa de sus padres estaba muy mal visto. Mis abuelos intentaron tranquilizar a mi madre diciéndole que podía quedarse todo el tiempo que quisiera, que no hiciera caso a los cotillas, pero las miradas y los susurros cómplices de los aldeanos cada vez que pasaban junto a ella hacían que mamá se sintiera demasiado avergonzada.
Hay un viejo proverbio chino que dice que una hija casada es como agua derramada: «Una vez que está fuera, está fuera». Tras contraer matrimonio, las hijas solo eran bienvenidas en casa de sus padres en unas cuantas festividades importantes, en las bodas y en los funerales. Hacía muchos años que era así. Las costumbres y las normas sociales cambian, pero en la década de 1990, en el campo, las hijas casadas rara vez visitaban a sus padres. Por lo tanto, se consideraba que una mujer que regresaba con demasiada frecuencia era irrespetuosa con sus suegros.
Además, la pelea de mi madre con sus suegros había sido pública. Y solo una mujer delirante o loca desafiaría a su suegro abiertamente.
Y luego, para empeorar aún más las cosas, el abuelo Wengui murió de cáncer unos meses después de que nos hubiéramos mudado.
Así que los pecados de mi madre se duplicaron a ojos de los amigos y parientes de Wengui. Los informes médicos decían que había sucumbido al cáncer de pulmón, pero ellos estaban seguros de que había muerto de ira y por la humillación a la que lo había sometido mi madre.
Fuimos al funeral del abuelo Wengui, todos vestidos de blanco tradicional de pies a cabeza. Los hermanos de baba se negaron a dirigirle la palabra a mi madre. Mi tía me insistió en que la siguiera a ella de cerca; no debía ir caminando con mi madre hasta el cementerio.
Asistieron muchos miembros de la familia Kan a los que nunca había visto. Una banda de músicos siguió a la larga procesión de dolientes tocando gongs, trompetas y tambores. Me pasé todo el rato buscando a mi madre; siempre la encontraba a la cabecera de la fila. Como esposa del hijo mayor del difunto, se esperaba de ella que llorara durante todo el camino hasta el cementerio, echara de menos a su suegro o no. También tenía que sostener un cuenco de cerámica lleno de las cenizas del «dinero fantasma», billetes falsos impresos con imágenes de los dioses que, una vez quemados, se utilizan en la otra vida. Mi madre tuvo que esparcir las cenizas a la entrada de la aldea. Yo sabía que Wengui se alegraría de verla regalando «pasta» en su honor. Se las ingenió para ganar, incluso después de muerto.
Cuando nos acercamos al ataúd, empecé a asustarme bastante. La tela decorativa que lo cubría llevaba bordados espeluznantes personajes sacados de los cuentos chinos tradicionales. Entre ellos había mensajeros de los dioses con la cara verde; también estaba el juez que decidía si a una persona se la enviaba al cielo o al infierno, rodeado de fantasmas negros de orejas largas. Todo el funeral me dio miedo.
Me alegré cuando llegó el ocaso y el sol se echó a dormir. Por la noche, antes del verdadero entierro que se celebra al día siguiente, se acostumbra a poner música ante la casa del difunto. Cuando la música empezó a sonar, fue como si todo el pueblo ocupara nuestro patio para despedir a Wengui. Rondábamos por allí bebiendo refrescos y viendo a una cantante desgañitarse entonando canciones pop. Me resultó extraño que hubiera elegido unas piezas tan alegres. Le pregunté a mamá, que me dijo que el hecho de que un anciano muriese en la cama era una bendición que merecía celebrarse. Empecé a pensar en que no volvería a ver a mi abuelo y lloré. Por muy gruñón que fuera, lo echaba de menos. Siempre estaba fumando y angustiado, pero, aun así, lo quería. Sin embargo, no podía permitir que mi madre me viera llorar, pues temía que se sintiera traicionada.
A pesar de mi amistad con Mengmeng, mi prima Chunting era más como la hermana que siempre había querido tener. Lo hacíamos todo juntas: dormir, comer, jugar y ver la televisión. Pero, por más que me gustara Caiyuan, sabía que no era mi hogar. En las aldeas, los apellidos importaban más que la sangre. La cultura china diferencia a los hijos de los hijos de los hijos de las hijas. Como Yunxiang y yo no compartíamos el apellido de laoye, el padre de mi madre, éramos sus waisun, es decir, sus «nietos externos», mientras que Chunting, la hija del tío Lishui, era una neisun, una «nieta interna». Lo mejor para nuestros abuelos era concentrarse en los neisuns y cuidar de ellos en primer lugar; nosotros, los waisuns, siempre ocupábamos el segundo puesto. Mi madre odiaba tener que cargar a sus padres con el peso de cuidarnos a Yunxiang y a mí, y no quería provocar discusiones entre sus padres y sus cuñadas.
Nos advirtió a Yunxiang y a mí de que, cuando ella no estuviera, teníamos que comportarnos lo mejor posible. Nunca debíamos pelearnos con los hijos de nuestros tíos. Asimismo, teníamos que intentar no comer en sus casas. Si necesitábamos dinero para algo, nunca teníamos que pedírselo a nuestros tíos o abuelos. Si se nos rompían los calcetines o los guantes, debíamos esperar a que ella nos los arreglara, nunca pedírselo a la abuela.
El tío Lishui se burlaba de mi madre y le decía que le estaba dando demasiadas vueltas a la cabeza.
—Pareces una de esas viejas paranoicas —le decía.
Pero mi madre insistía en que, ya que estábamos viviendo en la aldea de sus padres, lo mejor era ser cuidadosa y evitar más problemas.
Los aldeanos no criticaban a mamá de forma abierta, pero tampoco ocultaban sus opiniones. Un día, mientras yo iba por la calle con Chunting hacia la casa de mi tío, nos encontramos a un grupo de abuelas sentadas en la acera delante del despacho del jefe de la aldea, en un área abierta que se utilizaba para pasar el rato. Como no tenían nada mejor que hacer, esas ancianas dedicaban la mayor parte de su tiempo a meterse en los asuntos de los demás. Una abuela con los ojos afilados les señaló a Chunting a las otras mujeres.
—Esa niña es la hija de Lishui, pero ¿quién es la que va a su lado? —Le hizo señas con las manos a Chunting para que se acercara—. ¡Ven aquí!
Mi prima y yo nos miramos, y luego nos acercamos a ellas obedientemente.
Otra señora, un poco más joven, dijo:
—Esta es la hija de Shumin. ¿Conoces a Shumin? ¿La hermana de Lishui que se peleó con sus suegros?
—Ah —dijeron todas.
Una de ellas volvió la cabeza hacia mí y me dijo con una sonrisa de desprecio:
—Este no es tu sitio. ¿Qué haces aquí todo el tiempo?
El grupo se echó a reír. Para ellas fue una broma inofensiva, pero yo me la tomé en serio. Me puse furiosa, aunque era demasiado tímida para replicar. Me mordí el labio y agaché la cabeza para evitar sus miradas. Odiaba a aquellas viejas horribles, con sus dientes sueltos y amarillos, y su ropa gris. Le tiré a Chunting de la manga y continué oyéndolas reírse mientras nos alejábamos.
Por la noche, cuando mi madre regresó de la escuela, le conté lo que había pasado.
—No les hagas caso —dijo con demasiada simplicidad.
No entendía por qué aguantaba en silencio las burlas de la gente ni por qué últimamente parecía más angustiada. Ahora le molestaba incluso la música que antes le gustaba. Su colección de cintas acumulaba polvo en las estanterías, y ella había dejado de canturrear por toda la casa.
El estatus que le correspondía en Caiyuan no le resultaba fácil de aceptar a nivel emocional, pero tenía que vivir con ello. Sin embargo, no eran las mujeres que se burlaban de ella las que la fastidiaban. Lo que de verdad incomodaba a mi madre era vivir con lo que me había hecho a mí.
En Caiyuan, muchos padres no se esforzaban demasiado en la educación de sus hijos. No tenían ni dinero ni grandes expectativas. La agricultura era la prioridad. Para la mayoría de ellos, enviar a sus hijos a la escuela era tan solo una manera de mantenerlos entretenidos y sin que se metieran en líos. Muchos de los niños ni siquiera terminaban los primeros nueve años de educación que el gobierno proporcionaba de forma gratuita. Solo unos cuantos llegaban a secundaria. Si un niño iba a la universidad, era una noticia tan importante que todo el pueblo la celebraba. Un año en que aceptaron a un niño de la aldea en la Universidad de Tsinghua, una de las mejores de China, el gobierno local le entregó un premio en efectivo de diez mil yuanes. Una banda de trompetas y tambores tocó frente a su casa y le colgaron al cuello un gran collar de flores de tela del color rojo de la suerte.
A mi madre le preocupaba que criarnos en un entorno tan rural fuera perjudicial para nuestro futuro. El comportamiento de Yunxiang también aumentaba su ansiedad. A los once años, hacía novillos y se iba a bares de videojuegos. En unas cabañas oscuras, almacenes reformados situados a lo largo de la carretera nacional que llevaba a la provincia vecina, habían instalado contra la pared unas cuantas pantallas conectadas a accesorios de la Nintendo 64. Los niños, todavía cargados con su mochila, se sentaban en sillas, inmóviles, con la mirada clavada en aquellas pantallas en las que los personajes animados luchaban y se movían bajo sus órdenes. A la mayoría de los aldeanos no les importaba; la Nintendo 64 era un signo de modernidad y progreso.
—Los japoneses son malísimos, pero qué bien se les da la puñetera tecnología —decían.
Un amigo de Yunxiang, cuyo padre era el mejor carpintero del condado y, por lo tanto, era más rico que la mayoría, compró la consola para jugar en casa.
A Yunxiang y a mí solían invitarnos a fiestas de videojuegos en las que el anfitrión presumía de sus pertenencias: Contra, Battle City y SuperMario. Pero mi madre odiaba esos juegos. Nos decía que podíamos emplear mejor nuestro tiempo. Nos castigaba cada vez que nos pillaba saliendo de los bares de videojuegos. Yo me pasaba unas cuantas tardes encerrada todos los meses, pero a Yunxiang lo castigaban todas las semanas. Uno de nuestros primos, Chunheng, dejó el colegio a los quince años para dedicarse a los videojuegos. Yunxiang lo admiraba como a un hermano mayor.
Cuando mi madre le preguntó al tío Lishui por qué estaba de acuerdo con que su hijo no fuera a la escuela, él se echó a reír.
—Alguien tiene que ocuparse de la tierra. De lo contrario, ¿cómo sobreviviríamos? No te preocupes, estará bien, no se morirá de hambre.
El tío Lishui se ganaba bien la vida comprando vidrio al por mayor y yendo por las aldeas cercanas con una carretilla de tres ruedas para venderlo a un precio elevado.
—Pero ¿no quieres algo mejor para él? Mira a nuestro hermano Shoukui; es abogado en Lutai. ¿No aspiras a algo así para Chunheng?
—Shumin, piensas demasiado, ¡por eso eres tan infeliz! —se burló mi tío—. Nuestros hijos tienen su propia vida y su propio destino. —Le dio unas palmaditas en la espalda—. Si de verdad te importa tanto, ¿por qué no te mudas a Lutai?
La frívola respuesta del tío Lishui le dio una idea. ¿Por qué no mudarse a Lutai? Mi madre sabía que no había ninguna esperanza de que la ascendieran a maestra registrada, ya que había tenido un segundo hijo y eso violaba la ley. Estaba cansada de ser maestra sustituta. Si nos mudáramos a un lugar donde nadie nos conociera, el pasado sería el pasado. Nos construiríamos un nuevo hogar y un nuevo comienzo. El tío Shoukui ya estaba allí, y sus dos hijos eran buenos estudiantes. Aun es más, las escuelas eran mejores allí: enseñaban algo aparte de chino y matemáticas, también tenían clases de música y arte, y deportes. Mi madre decidió que, más que nunca, necesitábamos vivir en una ciudad en lugar de en una aldea pequeña. No sabía cómo íbamos a arreglárnoslas sin un trabajo ni un plan, pero lo que sí tenía claro era que aquel era el tipo de vida que quería para nosotros.
La ciudad de Lutai y nuestro pueblo estaban a solo diez kilómetros de distancia, pero en las ciudades había puestos de trabajo para el gobierno y los niños asistían a escuelas modernas. Si nos mudábamos, nos saldría caro: tendríamos que pagar el alquiler y otras facturas como la del agua, que en nuestra aldea era gratis, y la electricidad. Aunque la escuela primaria, desde el primer hasta el noveno curso, era gratuita, las actividades extraescolares, como las clases de arte y música, requerían una cuota adicional.
Lo que necesitaba mi madre era más dinero, pero no lo tenía. Le costaba cuadrar las cuentas pero aun así decidió que la mudanza valdría la pena. Sabía de gente que se había trasladado desde otras provincias y había conseguido establecerse bien en la ciudad. ¿Por qué no iba a poder ella?
El mayor obstáculo era el hukou, que controlaba estrictamente y facilitaba las normas de la migración interna. El sistema del hukou comenzó en la antigua China, cuando los emperadores quisieron impedir la migración libre. Cuando Sun Yat-sen y el Partido Nacionalista fundaron la primera república de China en 1912, después de que la dinastía Qing fuera derrocada, prometieron poner fin a tales restricciones. La primera Constitución de la República de China, también de 1912, reconoció la libertad de movimiento como un derecho humano. El Partido Comunista Chino defendió ese derecho durante los primeros años, pero luego sus dirigentes empezaron a cambiar de opinión.
Una década después de la fundación de la República Popular, las relaciones chino-soviéticas se volvieron tensas. Los soviéticos amenazaron la frontera china y la fractura de dicha relación empeoró el ya gélido clima internacional con respecto a China. Se puso en marcha un nuevo plan que exigía que los habitantes de las zonas rurales permanecieran junto a la tierra para asegurar la producción de alimentos; así pues, se restableció el sistema del hukou con el objetivo de equilibrar el número de personas que trabajaban en las fábricas con el de los que trabajaban en los campos. Los ciudadanos tenían que hacer constar su edad, género, estado civil y, lo más importante, su ciudad natal. A partir de 1958, no estaba permitido trasladarse de un pueblo a una ciudad salvo que el gobierno lo autorizara.
La migración pasó a estar menos controlada tras la reforma y apertura en 1978. Pero el derecho a migrar de forma libre nunca volvió a introducirse en la Constitución china.
Tanto el lugar donde podías trabajar y contraer matrimonio como si tenías derecho a recibir una buena educación, atención sanitaria o una pensión venían determinados por el hukou, y los trabajadores urbanos lo tenían mejor que los campesinos.
La ley sigue recogiendo hoy en día este sistema injusto y discriminatorio.
El hukou quería decir que, como yo había nacido en una aldea, se me consideraba inferior a cualquiera que hubiera nacido en una ciudad, aunque yo me esforzara mucho más o por más méritos que hiciera. Cuando era pequeña, me resultaba desolador, porque todos los adultos de mi vida también me habían inculcado que el hukou importaba. Como inmigrante, te conviertes en extranjero en una tierra nueva; sentirte extranjero en tu propio país es harina de otro costal.
Para un aldeano de una zona rural, entrar en una ciudad habría sido tan mágico como llegar a Oz o a Daguanyuan, la mansión de una de las novelas chinas más famosas, Sueño en el pabellón rojo. En las ciudades, todas las calles estaban pavimentadas, así que en los días lluviosos el barro no te estropeaba los pantalones; los residentes iban en bicicleta todas las mañanas a trabajar a la fábrica, y no tenían que caminar durante kilómetros; los operarios llevaban un pulcro uniforme azul con el cuello blanco levantado; los suelos de su casa eran de baldosas grises y limpias, no de ladrillo sucio.
Mi madre nunca olvidaría la primera vez que visitó a sus parientes en la ciudad. Antes de permitirle pasar, le dieron un par de pantuflas en la entrada. Durante un momento, se quedó sin palabras; luego se dio cuenta de que en la ciudad nadie llevaba los zapatos cubiertos de polvo en los espacios interiores. Esa fue la primera impresión que mi madre tuvo de Lutai. Se sintió inferior, como un pez fuera del agua.
Mis padres sabían que no podían marcharse del pueblo y empezar a vivir la buena vida de la ciudad sin más. Sería casi imposible que cualquiera de ellos obtuviera un hukou urbano. La única manera de que se produzca un cambio de estatus es que una persona vaya a la universidad y consiga un empleo dependiente del gobierno, tal como había hecho mi tío mayor, Shoukui.
Así que mi madre no podía contar con el apoyo del Estado, y tampoco había vacantes de empleo, ni siquiera para el trabajo manual. Corría 1996 y solo quedaban tres fábricas estatales —una de algodón, una siderúrgica y una planta procesadora de mariscos congelados—, que, según se rumoreaba, iban bastante mal y estaban a punto de cerrar. No era ningún secreto que la fábrica de algodón llevaba años perdiendo dinero, ni que los operarios de la fábrica de procesamiento de mariscos solo trabajaban tres días a la semana debido a la disminución de la demanda por parte de su principal cliente japonés, que había encomendado su negocio a una fábrica privada de Dalián que trabajaba más rápido que la estatal de Lutai. El viejo modelo de las empresas estatales se enfrentaba a una crisis en todo el territorio nacional: las fábricas que una vez habían sido impulsoras de la economía ahora estaban siendo sometidas a reformas, privatizadas o clausuradas.
La empresa privada fue cobrando cada vez más importancia después de la reforma y apertura de Deng Xiaoping, pero las principales empresas estatales seguían sin tener competencia real.
Los operarios de las fábricas pertenecientes al gobierno disponían de un empleo estable y sin mucha presión; la productividad continuaba siendo baja, y la gestión, rígida. Cuando el primer ministro Zhu Rongji llegó al poder en la década de 1990, abordó el problema de las empresas estatales, que en aquella época eran desmesuradas y tenían muchísimos empleados, pero, aun así producían muy poco. Millones de personas perdieron su puesto a lo largo de los diez años siguientes. En las ciudades pequeñas como Lutai, las empresas estatales estaban agonizando, pero las privadas no habían llegado para reemplazarlas, pues preferían instalarse primero en las capitales. Había muy pocos empleos en la ciudad incluso para los que tenían hukous urbanos. Y los habitantes de Lutai encabezaban las largas listas de espera para trabajar.
Al principio mi madre pensó en utilizar sus pocos ahorros para abrir un negocio en el Mercado Nuevo. Alquilaría una tienda para vender frutas, mariscos y flores. Pero ¿qué sabía ella de dirigir un negocio? No tenía ni la experiencia ni la mentalidad necesarias para sobrevivir a la competencia.
Pasaron las semanas y mamá comenzó a perder la esperanza. «Es posible que estemos atrapados para siempre en la aldea de Caiyuan», me decía con tristeza. Yo también estaba triste. No quería vivir en un lugar donde la gente murmuraba sobre mí, pero tampoco deseaba dejar a Chunting y a mis abuelos. Entonces el tío Shoukui vino a visitarnos con una buena noticia: su esposa acaba de abrir un parvulario, pero los niños ruidosos y descontrolados de la ciudad eran demasiado para ella. ¿Por qué no se hacía cargo mi madre?
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