Kitabı oku: «La sorpresa del millonario»

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28001 Madrid

© 2016 Kat Cantrell

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La sorpresa del millonario, n.º 182 - noviembre 2020

Título original: The CEO’s Little Surprise

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-957-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

Cuando los neumáticos del coche de Gage Branson comenzaron a rodar por Dallas, Arwen se puso a aullar acompañando a la radio. Gage se preguntó si era una buena idea haberse traído a la perra a aquel viaje de negocios.

Claro que no era un viaje de negocios normal, a menos que se considerara así presentarse en la oficina de tu antigua novia sin previo aviso y sin haber sido invitado.

Y Arwen no era una perra normal. Era su mejor amiga, y la única vez que la había dejado en un hotel para perros se había negado a dirigirle la palabra durante una semana.

Arwen y Gage compartían el gusto por la carretera, y a este no le importaba la compañía del animal mientras se dirigía a Dallas para cobrar una deuda que le debía hacía mucho tiempo la directora general de Fyra Cosmetics.

Los productos de cuidado de la piel de GB Skin for Men, la empresa que, gracias a él, había incrementado enormemente sus ganancias, tenían mucha aceptación entre los hombres que pasaban tiempo al aire libre, como los atletas profesionales, los senderistas e incluso los leñadores.

Gage se había gastado millones en diseñar un nuevo producto para cicatrizar heridas. Lo había lanzado el mes anterior y había monopolizado el mercado. Pero, ahora, la empresa de su exnovia intentaba robarle el éxito con un producto propio.

No lo iba a consentir.

Los aullidos de Arwen se habían vuelto insoportables.

–¡Cállate, Arwen!

La perra inclinó la cabeza y lo miró.

–Bueno, da igual –masculló Gage y apagó al radio.

Siguió conduciendo hasta llegar al aparcamiento de la sede central de Fyra Cosmetics.

«Muy bonito», pensó.

Antes de salir de Austin había buscado en Internet fotos para ver cómo era el edificio que Cassandra Claremont había construido con sus socias, que también eran sus amigas, pero Internet no hacía justicia a la moderna construcción de acero y cristal de cinco pisos, cuyo logo dominaba el paisaje.

–Quédate aquí y no juegues con la palanca de cambios –le dijo a Arwen.

A Cass le había ido muy bien gracias a él, que había sido su mentor durante ocho meses. Estaba en deuda con él. Y haría que lo reconociera recordándole el tiempo en que ella no tenía ni idea de cómo navegar por las aguas infestadas de tiburones de la industria cosmética.

Si tenía suerte, a Cass le picaría la curiosidad lo suficiente para recibirlo enseguida. Gage no había querido avisarla para no eliminar el factor sorpresa, ya que estaba allí para apoderarse de la fórmula secreta de Cass.

Tan secreta era que él no debería conocer su existencia, ya que no había salido al mercado. Sus fuentes le habían informado de que los laboratorios de Fyra habían desarrollado una fórmula milagrosa de propiedades cicatrizantes para eliminar arrugas y cicatrices. Habían insistido en que era mejor que la suya. Y él la quería.

Y no iba a pedírsela por teléfono. Hacía casi nueve años que no hablaban.

–Gage Branson, ¿a qué debo el honor de tu visita?

La ronca voz femenina le llegó por detrás. Se volvió y se quedó de una pieza.

–¿Cass?

–Eso creo. ¿O me he dejado el rostro en el otro monedero?

–No, lo tienes donde lo dejé –era hermoso y el de una mujer fantástica.

Aquella elegante mujer con tacones de aguja, gafas de sol y un atractivo traje de chaqueta no se parecía a la Cassandra de sus recuerdos. Ni siquiera tenía la misma voz, aunque su actitud le resultaba familiar. La seguridad en sí misma constituía buena parte de su atractivo.

Era evidente que él no había cambiado mucho desde la universidad, ya que lo había reconocido por la espalda.

–¿Te has pasado al campo del transporte de perros?

–¿Te refieres a Arwen? No. Me hace compañía mientras conduzco. He venido de Austin para verte. ¡Sorpresa!

–¿Tienes cita?

Era obvio que ya sabía la respuesta y que no iba a cambiar su agenda por un exnovio.

Gage sonrió.

–Esperaba que me recibieras aunque no la tuviera. Por los viejos tiempos.

Sonrió aún más al recordarlos: conversaciones nocturnas tomando café, trucos imaginativos para conseguir que Cass se desnudara y un sexo espectacular cuando finalmente ella se rindió a lo inevitable.

Ella frunció los labios.

–¿Es que tenemos algo que decirnos?

Muchas cosas, más de las que él pensaba en principio. Al ver a aquella nueva Cass había planeado una cena e ir a tomar unas copas con su antigua novia.

Ambos eran adultos, por lo que no había motivo para no separar los negocios del placer.

–En primer lugar, quiero felicitarte, con retraso, desde luego. Es notable lo que has conseguido.

Cuando había descubierto que podía competir con él, había buscado detalles en Internet. Le gustó ver su foto y recordar la relación que habían tenido. Era de las pocas mujeres de su pasado a las que recordaba con afecto.

–Gracias, pero ha sido un trabajo de grupo.

Esperaba que ella le dijera que había seguido su trayectoria empresarial y que lo felicitara por sus éxitos y por haber sido nombrado Empresario del Año.

No le dijo nada. ¿No sentía curiosidad por lo que él había hecho? ¿Su relación había sido para ella un incidente pasajero sin importancia?

La relación había sido breve. Cuando él consiguió escapar de su restrictiva infancia y sus sobreprotectores padres se juró que no consentiría que volvieran a cortarle las alas. Le debía a su hermano Nicolás poder vivir al límite, experimentar todo lo que su hermano no viviría por culpa de un conductor borracho.

Contentarse con una sola mujer no encajaba en esa filosofía, y a Gage le gustaba su libertad tanto como las mujeres, o más, lo que implicaba que aquella relación entre Cass y él pronto se acabaría y se separarían sin rencores. No podía culparla por no haber mirado atrás.

–Seguro, pero tú eres la directora general, y eso significa que tú decides.

Ella se cruzó de brazos y, al hacerlo, atrajo la atención de él a sus senos. A pesar del viento frío, la temperatura subió unos grados.

–Alguien tiene que hacerlo, pero Trinity, Harper, Alex y yo dirigimos la empresa juntas. Todas somos sus propietarias en la misma medida.

Se había imaginado que diría eso. Las cuatro mujeres eran inseparables en la universidad y se podía pensar que extenderían ese estrecho círculo a la empresa que habían creado. Él se llevaba bien con las cuatro, pero le había echado el ojo a Cass.

–¿Podemos hablar dentro? Me gustaría que me pusieras al día –dijo él, acercándose más.

–Gage…

Su voz ronca penetró en él mientras también ella se le aproximaba más. Le llegó su olor a jazmín.

–Dime, Cass.

–Te puedes ahorrar las historias. Has venido porque has oído hablar de la innovadora fórmula de Fyra y la quieres.

Él sonrió y trató de controlar el pulso. Estar tan cerca de Cass lo excitaba. Le gustaban las mujeres inteligentes y atractivas que no se andaban con rodeos.

–¿Tanto se me nota?

Cass rio al lado de su oído.

–Mucho me temo que sí. Siento que hayas perdido el tiempo. La fórmula no está a la venta.

Muy bien. Cass necesitaba que la persuadiera de que había sido él quien la había dado el empujón hacia el éxito.

–Claro que no, para el resto del mundo. Pero yo soy yo. Soy sensato y pagaré su precio de mercado.

Él giró la cabeza de forma que sus labios casi se tocaron. La atracción entre ambos era magnética y, durante unos segundos, estuvo a punto de olvidar que había instigado aquel juego sensual para acercarse a su objetivo: la fórmula.

Ella no se inmutó.

–Si crees que tienes un derecho especial por nuestra antigua relación, más vale que esperes sentado.

El factor sorpresa no había funcionado, ya que no la había pillado desprevenida, lo cual, sin saber por qué, redoblaba su atractivo. O tal vez la atracción se debiera a que ahora se hallaban al mismo nivel, lo cual lo desconcertaba.

Así que subió la apuesta. Ninguna mujer se resistía a sus encantos. Cuando quería algo, lo conseguía.

–Esa no es forma de hablar a un viejo amigo.

–¿Eso es lo que somos?

Volvió a sonar su atractiva risa, lo cual afectó aún más a la mitad inferior de su cuerpo. Tenía ganas de que ella se sintiera tan excitada por él como lo estaba él por ella.

–Amigos. Exnovios. Y tutor y alumna durante un tiempo.

–Sí –ladeó la cabeza–. Me enseñaste muchas cosas, tantas que dirijo una empresa a la que debo volver. Disculpa si te pido que conciertes una cita, como cualquiera que quiera hablar conmigo de negocios.

De repente, la excitación de Gage se evaporó, mientras ella se alejaba en dirección al edificio.

Dejó que se fuera. Pero no iba a consentir que una antigua alumna le quitara cuota de mercado, y pagaría muy bien para conseguirlo. Pero había que hacer las cosas con diplomacia.

«Recuérdale lo que hiciste por ella. Recuérdale lo bien que estuvo».

La voz que oía en la cabeza era, probablemente, la de la conciencia. Pero a veces creía que era Nicolas quien lo guiaba, que su hermano mayor lo aconsejaba cuando lo necesitaba y le hacía vivir la vida plenamente, ya que él, Nicolas, no podía.

Esa filosofía siempre le había parecido acertada. Y no iba ahora a desoír el consejo, sobre todo cuando encajaba con lo que deseaba. Era evidente que Cass necesitaba que le recordara lo unidos que habían estado; tanto que él conocía cada centímetro de su cuerpo.

«La mejor estrategia es utilizar el placer para influir en los negocios». Nicolas había hablado. Y sus palabras confirmaban a Gage cuáles serían los siguientes pasos que debía dar.

Deseaba a Cass y quería la fórmula. Si lo hacía bien, una cosa llevaría a la otra.

Le dio cinco minutos y fue tras ella.

Cobrar una deuda era juego limpio en el amor y la cosmética.

Con manos temblorosas, Cass entró en el despacho y se contuvo para no dar un portazo. No sabía por qué se le había disparado la adrenalina… y otras cosas que prefería no analizar.

Era mentira que no lo supiera. Gage Branson era la respuesta, pero lo que no se explicaba era por qué volver a verlo la había afectado tan profundamente, después de tanto tiempo.

Su sonrisa la seguía estremeciendo, a pesar de los años transcurridos. Y su cuerpo, que seguía siendo increíble, estaba oculto por la ropa, cuando debería exhibirse en un calendario de hombres atractivos. Continuaba siendo tan sexy y carismático como siempre, por mucho que le costara reconocerlo. Y odiaba que aún la hiciera temblar, sobre todo después de lo que le había hecho.

«Respira», se dijo.

Gage solo era un tipo al que conocía. Si se lo repetía mil veces, acabaría por creérselo. El problema era que Gage Branson la había destrozado.

No solo el corazón, sino toda entera: mente, cuerpo y alma. Se había enamorado de Gage hasta tal punto que no se dio cuenta del estallido hasta que él le dijo despreocupadamente que la relación había terminado y que si quería la ropa que había dejado en su casa.

Nueve años después, seguía sin poder avanzar, sin ser capaz de volver a enamorarse, de olvidar y de perdonar.

Por eso le temblaban las manos.

Lo único positivo era que Gage no se había percatado de su consternación. No había lugar para las emociones ni en su trabajo ni en su vida. Era la lección más importante que había aprendido de su antiguo tutor. Por suerte, él había aceptado su consejo de que pidiera cita sin protestar mucho.

Le pitó el teléfono para recordarle que quedaban cinco minutos para la reunión que había convocado; cinco minutos para volver a pensar en qué debía hacer Fyra con la filtración. Alguien había hablado del descubrimiento revolucionario de Harper incluso antes de que la FDA lo aprobara o hubiera una patente.

Cinco minutos, cuando necesitaba una hora. Había aparecido por sorpresa el hombre que llevaba casi una década poblando sus pesadillas. Y algunos sueños húmedos.

Debía controlar las emociones que sentía. La filtración la había enfurecido y estaba dispuesta a hallar al culpable. La empresa no solo había perdido una posible ventaja frente a la competencia, sino que no había garantía alguna de que esa persona no filtrara la fórmula secreta o la robara.

Cinco minutos no eran suficientes para que se le tranquilizara el corazón antes de ir al encuentro de sus mejores amigas, que se darían cuenta inmediatamente de que le pasaba algo y de que ese «algo» tenía nombre masculino.

Se retocó el maquillaje. Presentar tu mejor rostro no solo era el lema de la compañía, sino el suyo personal. La filosofía fruto de la ruptura con Gage había dado origen a una empresa multimillonaria. Ningún hombre volvería a estropearle el maquillaje.

Fortalecida, ensayó una fría sonrisa, salió del cuarto de baño y se topó con Melinda, la recepcionista.

–Hay un hombre en recepción que insiste en que tienes una cita con él.

Era Gage. Se puso aún más nerviosa.

–No tengo cita con nadie. Voy a una reunión.

–Se lo he dicho, pero insiste en que habías programado la cita y en que ha venido desde Austin para verte –Melinda bajó la voz–. Se ha disculpado e incluso ha sugerido la posibilidad de que hayas citado a dos personas a la misma hora.

¿No había límite a su descaro?

–¿Lo he hecho alguna vez?

–Nunca. Pero yo… Bueno, me ha preguntado si no me importaba consultártelo y parecía tan sinceramente…

–¿Qué hace Gage Branson en recepción? – preguntó bruscamente Trinity Forrester, la directora de mercadotecnia, . Puesto que había sido el hombro sobre el que Cass había llorado en la universidad, en la pregunta había un trasfondo del tipo: «Sujetadme o le corto los dedos».

Cass reprimió un suspiro. Ya era tarde para que Melinda lo echara antes de que alguien lo viera.

–Ha venido a hacerme una propuesta de negocios. Ya me ocupo yo de él.

Aquello era estrictamente un asunto de negocios, y antes muerta que reconocer que no podía manejar a un competidor en su territorio.

–Muy bien –Trinity se cruzó de brazos–. Tú te ocupas. Lo echas a la calle de una patada en su bien formado trasero. Es una pena que ese hombre tenga tantos problemas de salud.

Melinda miró a las dos alternativamente.

–¿Qué le pasa? –susurró.

–Tiene una terrible alergia al compromiso y a la decencia –dijo Trinity–. Y Cass lo va a echar con clase. ¿Puedo ser testigo?

Cass negó con la cabeza mientras ahogaba un gemido. Aquello era asunto suyo y no quería espectadores.

–Será mejor que hable con él en mi despacho. Trinity, ¿les dices a Alex y Harper que tardaré unos minutos?

–Muy bien. Pero si nos vas a privar del espectáculo, más vale que nos cuentes los detalles.

Seguida de Melinda, que evidentemente, llegados a ese punto, no quería perderse nada, Cass se dirigió a recepción.

Gage, de brazos cruzados y con la cadera apoyada en el mostrador como si fuera suyo, la miró y sus ojos castaños se iluminaron al tiempo que le dedicaba una sonrisa que a ella le produjo un cosquilleo en el vientre. Empezaban mal.

Ella le indicó el pasillo con la cabeza.

–Cinco minutos, señor Branson. Llego tarde a una reunión.

–Señor Branson, me gusta cómo suena –dijo él guiñándole el ojo–. Con el debido respeto.

Flirteaba de forma tan espontánea que ella se preguntó si se daba cuenta. Puso los ojos en blanco, le dio la espalda y se dirigió rápidamente al despacho.

Él la alcanzó sin esfuerzo. Era más alto, a pesar de los tacones que ella llevaba. Su poderosa masculinidad dominaba un pasillo que a ella siempre le había parecido suficientemente ancho cuando la acompañaba otra persona.

–¿Intentas recorrer un kilómetro en un minuto? No puedes ganarme aunque lo hagas descalza, y mucho menos con esos tacones –los miró con aprobación–. Me gustan.

Ella sintió un calor repentino.

–No me los he puesto para ti.

¿Por qué se le había ocurrido que era buena idea hablar con él en el despacho? Debería haber ido a la reunión y encargar a Melinda que lo echara.

Pero él habría vuelto a presentarse hasta que ella hubiera accedido a recibirlo.

Así que se libraría de él de una vez por todas.

Capítulo Dos

Cuando Cass se detuvo ante la puerta del despacho, Gage enarcó una ceja al leer la placa de color púrpura.

–¿Directora de mejoras?

–Cuestión de marca. Somos muy cuidadosas con todos los aspectos de la empresa. Tuve un tutor que me enseñó algunas cosas al respecto.

Él sonrió sin hacer caso del sarcasmo. Ella había extendido el brazo para que la precediera al entrar y él no perdió la oportunidad de rozarla al hacerlo. Ella fingió que la piel que le había tocado no le cosquilleaba.

–Sí, hablamos varias veces de estrategias comerciales. A propósito, conduzco un Hummer verde por cuestiones de marca.

Cass había decorado el despacho, desde el cristal del escritorio a la alfombra, con el color púrpura de la marca de la empresa.

–¿Porque quieres que todos lo vean y crean que GB Skin carece de conciencia ecológica y que su dueño es detestable? –preguntó ella con dulzura, antes de que él hiciera bromas sobre la decoración.

Una cara empresa del centro de la ciudad había decorado los modernos despachos. No había sido barato, pero había merecido la pena. La empresa era suya, y le encantaba. Hacía tres años que se habían trasladado a aquel edificio, cuando Fyra había logrado por primera vez cincuenta millones de ingresos anuales.

Fue entonces cuando supo que iban a triunfar.

Haría lo que fuera necesario para que la empresa siguiera adelante.

Él rio y se sentó en una silla púrpura.

–Veo que sabes el nombre de mi empresa. Estaba empezando a pensar que te daba igual.

–Se me da muy bien lo que hago y, por supuesto, conozco el nombre de mis competidores –Cass se había quedado cerca de la puerta, que había dejado abierta–. Ya tienes tu cita y te quedan tres minutos para decirme por qué no has aceptado la negativa que te he dado antes y te has vuelto a Austin.

Él le señaló la silla al lado de la suya.

–Siéntate y vamos a hablar.

Ella no se movió. No se iba a acercar a él, después de que en el aparcamiento hubiera notado su aliento en el rostro y la hubiera afectado como lo había hecho. Al menos, al lado de la puerta le llevaba ventaja.

–No, gracias. Estoy bien aquí.

–No vas a quedarte de pie. Esa táctica solo funciona si la empleas con alguien que no sea quien te la enseñó.

Que él se hubiera dado cuenta de sus intenciones empeoró las cosas.

–Gage, las ejecutivas de Fyra me esperan en la sala de juntas. Déjate de rodeos. ¿A qué has venido?

Él no se inmutó.

–Los rumores sobre tu fórmula son ciertos, ¿verdad?

Ella se cruzó de brazos.

–Depende de lo que hayas oído.

Él se encogió de hombros.

–«Revolucionaria» es la descripción que más circula. Parece que la fórmula opera sobre las células madre para regenerar la piel, lo que cicatriza las heridas y elimina las arrugas. Nanotecnología en su máxima expresión.

Ella no pareció inmutarse.

–No voy a confirmarlo ni a negarlo.

Intentó respirar sin que Gage se diera cuenta de lo alterada que estaba. La filtración era peor de lo esperado. Cuando, el día anterior, Trinity había entrado en el despacho de Cass para enseñarle la nota en una revista digital, esta había leído horrorizada las escasas líneas sobre el producto que Fyra iba a lanzar al mercado. Pero ambas afirmaron que podía haber sido mucho peor. La revista daba muy poco detalles, sobre todo acerca de la nanotecnología, y esperaban que aquello fuera todo lo que había transcendido sobre el producto.

Parecía que no era así.

Era un desastre, que la aparición en escena de Gage empeoraba.

Él la observó detenidamente. Su aguda mirada no se perdía nada.

–Si mis fuentes son correctas, esa clase de fórmula debe de valer unos cien millones, que estoy dispuesto a pagar.

Ella cerró los ojos. Una cifra semejante era importante y, como directora general, debía presentar la oferta a las demás para analizarla. Pero conocía a sus amigas: coincidirían con ella en que la fórmula no tenía precio.

–Ya te he dicho que no está a la venta.

Él se levantó de repente y avanzó hacia ella. Cuanto más se le acercaba, más se le aceleraba el pulso, pero parpadeó con frialdad como si estuviera acostumbrada a hacer frente diariamente a hombres tan increíblemente atractivos como él.

–Lo inteligente es tener en cuenta todas las posibilidades –dijo él apoyándose en el marco de la puerta, muy cerca de ella–. Si la vendes, no tendrás que preocuparte de los detalles, como la aprobación por parte de la FDA, los costes de producción, etc. Te embolsas los millones y dejas el trabajo a otros.

Cass aspiró su olor a bosque y a hombre.

–No me asusta el trabajo –afirmó mientras intentaba no retroceder y apartarse de la línea de fuego. Era una lucha de voluntades y, si ella huía, él se daría cuenta de lo mucho que la afectaba.

Gage era un chamán místico y carismático. Bastaría con que la mirara para que ella lo siguiera a su mundo de hedonista placer. Al menos eso era lo que había sucedido en la universidad. Había aprendido algunos trucos desde entonces, además de a proteger con un escudo su frágil interior.

No pudo apartar la mirada de sus ojos mientras él le colocaba un mechón de cabello detrás de la oreja y sus dedos se detenían en ella más de lo necesario.

–¿De qué tienes miedo? –musitó él mientras su expresión se dulcificaba.

«De ti».

Cass tragó saliva. No sabía de dónde había salido ese pensamiento.

Gage no la asustaba. Lo que le asustaba era la facilidad con la que, en su presencia, olvidaba controlar sus emociones.

Aquel juego del gato y el ratón se había adentrado en un terreno peligroso.

–De los impuestos –masculló ella de forma estúpida y sin hacer caso de cuánto se le había acelerado el pulso.

¿Cuánto hacía que nadie la acariciaba? Muchos meses. Se había forjado una reputación de devoradora de hombres entre los hombres solteros de Dallas, lo cual había aumentado su popularidad, ya que ellos trataban de llamar su atención para poder cantar victoria. Generalmente no les hacía caso, porque aquel asunto la agotaba.

Y no perdía de vista que la razón de que masticara a los hombres y los escupiera estaba frente a ella. Era un hombre peligroso y no debía olvidar el daño que le había hecho.

Entonces se percató de que estaba manejando mal la situación.

No estaban en la universidad ni Gage era su tutor. Eran iguales. Y estaban en su terreno, lo que implicaba que era ella la que llevaba la batuta.

Si él quería jugar, ella jugaría.

Después de haberle colocado el mechón tras la oreja, Gage se quedó sin excusas para seguir tocándola.

–Gage –murmuró ella con voz ronca–. La fórmula no está a la venta y tengo una reunión. Así que creo que ya está todo dicho, a no ser que me ofrezcas algo mejor.

La vibración sensual que emanaba de su cuerpo lo envolvió, atrayéndolo hacia ella. La idea de acariciarla se tradujo en una potente, rápida y molesta erección.

–Puede que se me ocurra algo –dijo él en el tono más bajo que le permitían las cuerdas vocales. Vaya, ella le había afectado incluso la voz.

«Vamos, recuérdale por qué la fórmula solo debe vendértela a ti». Debía centrarse y evitar pensar en ella. Bajó la mano.

–Has hecho cosas estupendas aquí, Cass. Estoy orgulloso de lo que has conseguido.

Se cruzó de brazos para no recorrerle el cuello con el meñique. La mitad inferior de su cuerpo no había captado el mensaje de que el objetivo era que ella se excitara, no lo contrario.

–¿Recuerdas el proyecto en el que te ayudé para la clase del doctor Beck?

Fue entonces cuando comenzaron a acostarse. Él no recordaba que Cass lo atrajera entonces de forma tan magnética. Seguro que quería desnudarla, pero a los veinticuatro años quería desnudar a las mujeres en general. Ahora tenía gustos más refinados, pero ninguna de las mujeres con las que había salido lo había enganchado de esa manera ni tan deprisa.

Claro que nunca volvía a ver a sus antiguas amantes. Tal vez cualquiera de ellas lo afectaría del mismo modo, si lo hacía, pero lo dudaba.

Ella entrecerró los ojos.

–¿El proyecto en el que tenía que crear una empresa sobre el papel, un plan de mercadotecnia, un logotipo y todo lo demás?

–Sí, ese. Sacaste matrícula de honor, si la memoria no me falla. Pero no lo hiciste sola. Te orienté a cada paso, te enseñé. Te infundí tus cualidades como directora general.

Había hecho tan buen trabajo que allí estaba, como un imbécil, en su empresa, negociando sobre un producto de Fyra que era mejor que el suyo. ¡Qué paradoja!

Ella esbozó una sonrisa indulgente, que él no confundió con una amistosa.

–Tienes buena memoria, pero si quieres ofrecerme algo más, hazlo ahora.

–El éxito que has tenido… –señaló el despacho con la mano, sin dejar de mirarla– es increíble. Pero no has llegado hasta aquí sola: yo soy un factor importante en ese éxito.

–En efecto –afirmó ella rápidamente–. Me enseñaste algunas de las cosas más importantes de esa época de mi vida. La filosofía comercial de Fyra se duplicó gracias a mi experiencia contigo.

–Me alegro de que estés de acuerdo conmigo. Para eso he venido, para cobrarme esa deuda tan antigua.

Ella ladeó la cabeza sin dejar de mirarlo.

–¿En serio? Cuéntame.

–Sabes de lo que hablo. Sin mí, puede que Fyra no existiera, que no hubieras alcanzado tus objetivos, sobre todo a este nivel. ¿No crees que es justo que me devuelvas el favor?

Ella se llevó un dedo a la mejilla.

–Como si te debiera algo por lo que hiciste. Es una idea interesante, una especie de karma.

–Más o menos.

Sin embargo, a él no le hizo gracia la comparación. «Karma» era una palabra que no se solía usar en términos de recompensa.

–Lo que quiero decir –añadió él, antes de que la conversación tomara un giro que no le gustaba– es que quiero comprarte la fórmula. Mi papel en tu éxito debería ser un factor importante en la decisión que tomes. Si somos justos, estás en deuda conmigo. Pero yo también soy justo, por lo que no te pido que me regales la fórmula, por los viejos tiempos. Cien millones de dólares es mucho dinero.

La observó, pero su expresión se mantuvo inmutable.

–Escucha, Gage –dijo inclinándose hacia él–. Me enseñaste muchas cosas, y te estoy agradecida. Pero debías de estar enfermo el día de la clase sobre estructura empresarial, así que voy a ponerte al día. De nuevo. Poseo la cuarta parte de Fyra. Las otras tres dueñas no te deben nada. Presentaré tu oferta al consejo directivo y la estudiaremos. Y punto. Así funcionan los negocios.

Ella apretó los labios y él tuvo ganas de besárselos. Pero apenas estaban empezando a entrar en materia, así que debía seguir centrado.

Sonrió sin hacer caso de sus protestas.

–No en el mundo real, cariño. Tienes que salir más, si esa es tu línea de defensa. Se hacen y deshacen tratos, pero no son las empresas las que deciden, sino la personas y rara vez por unanimidad.

Ella insistió.

–En Fyra somos un equipo.

–Espero que sea así –afirmó él con sinceridad–. En ese caso, te interesa convencerlas de que vendan. ¿Qué les parecería que la directora general no saldara su deuda?

Ella frunció el ceño, pero fue la única señal externa de que había entendido el mensaje subyacente. Gage no iba a marcharse sin la fórmula. Para él era algo más que tener la seguridad de que Fyra no le iba a arrebatar una parte de su cuota de mercado. GB Skin era el número uno con razón, y a él le gustaba estar en lo más alto. Sus productos tenían que ser los mejores del mercado, y la fórmula de Fyra haría que lo fueran.

Además, la obstinación de Cass había despertado la suya.

–¿Me amenazas, Gage? –su risa resonó en el interior de él–. ¿Vas a contarles a mis socias lo mala que soy?

Él estuvo a punto de gemir ante lo provocativo de su tono.

–No voy a hacer nada tan vulgar –se acercó un poco más a ella. Seguía con los brazos cruzados, para que las manos estuvieran donde debían–. No voy a manipular a tus socias a tus espaldas. Esa cruz la tienes que llevar tú. Me limito a señalar que no querrás cargar con eso en tu conciencia, ¿verdad?

–Tengo la conciencia muy tranquila, gracias –mirándolo fijamente se cruzó de brazos también y le rozó intencionadamente el codo y el brazo con el suyo–. Presentaré tu oferta a las demás. ¿Te indico dónde está la salida o puedes encontrarla solo?

–Como llegas tarde a una reunión en la que sospecho que uno de los temas a tratar será mi oferta, saldré yo solo.

Ella no se movió. Le bloqueaba parcialmente la salida a propósito. Así que él tendría que deslizarse por su lado, como cuando había entrado en el despacho, para demostrarle que era ella la que dominaba la situación y que, por muchos golpes que repartiera, se los devolvería. Él estuvo a punto de soltar una risa de admiración, pero se contuvo. La batalla aún no había terminado.

Y él no iba a dejar que creyera que tenía posibilidad de ganarla.

La agarró por la cintura y la atrajo hacia sí. Se moría de ganas de quitarle los palillos del rubio moño y dejar que el cabello le cayera por los hombros.

Se inclinó hacia ella y le rozó la oreja con los labios. Ella contuvo la respiración. Pero en lugar de apretarla contra su cuerpo, como quería, la empujó hacia el interior del despacho.

–Saluda a las chicas de mi parte –murmuró antes de soltarla, sin saber de dónde había sacado la fuerza de voluntad para hacerlo.

Ella asintió. Su expresión era inescrutable.

Gage se lo iba a pasar en grande la próxima vez que se vieran provocando más grietas en su coraza de hielo.

Capítulo Tres

Cass soltó el aire que había estado reteniendo, lo que no mejoró su temblor ni su pulso acelerado.

Las cosas no habían salido como esperaba. Aunque Gage y ella ahora estuvieran al mismo nivel, eso no le había servido para controlar sus emociones. Pero Gage se había ido, lo cual era una pequeña victoria. Y ahora debía ir a la reunión. Seguro que Trinity les había dicho a las demás con quién estaba. Así que tendría que contárselo todo, incluyendo su oferta por la fórmula.

¡Qué descaro! ¡Decirle que le debía la fórmula porque le había dado algunos consejos hacía tiempo! Claro que le debía algo, pero más bien era ponerle un ojo morado. El éxito de Fyra no tenía nada que ver con él. Ella había triunfado por sus propios méritos, no porque él hubiera sido su tutor.

Si se decidían a vender la fórmula, lo harían porque sería un buen negocio. Sacó pecho y se dirigió a la espaciosa y soleada sala, al final del pasillo.

Las otras tres mujeres se hallaban alrededor de la mesa. Eran las que dirigían la empresa, a la que habían llamado Fyra, la palabra sueca que significaba «cuatro». Alex Meer era la directora financiera; la doctora Harper Livingston preparaba fórmulas en el laboratorio, como directora científica; Trinity Forrester convencía a los clientes para que compraran sus productos, como directora de mercadotecnia; y Cass llevaba las riendas.

Cuando entró, sus tres amigas la miraron expectantes.

–Ya se ha ido. Vamos a empezar –Cass dejó el móvil y la tableta en la mesa y se sentó en su silla habitual.

–No vayas tan deprisa –dijo Trinity–. Te hemos esperado pacientemente para que nos cuentes los sabrosos detalles, ¿no te acuerdas?

Eran amigas desde hacía mucho tiempo. Querían saber cómo se sentía al haber vuelto a ver a Gage; si quería darle un puñetazo o retirarse a un rincón a llorar. ¿Qué buscaba él? ¿Habían hablado de su vida?

No podía permitirse el lujo de contar todo aquello a sus amigas porque también eran sus socias. Aquella sala no era el lugar adecuado para un estallido emocional.

–Quiere comprar la fórmula-47 y ofrece cien millones –afirmó sin rodeos–. Le he dicho que no está a la venta, y eso es todo.

Harper sonrió mientras se enrollaba la pelirroja cola de caballo en un dedo.

–Eso no puede ser todo. ¿Se ha enterado de la fórmula por el artículo de la revista?

–No, tiene mucha más información, lo que implica que la filtración es mayor de lo que creíamos.

Oírse a sí misma decirlo fue como si le hubieran dado un golpe.

–¿Qué te pasa? –preguntó Trinity–. ¿Te sientes mal por haberlo visto?

–Me preocupa la filtración, nada más. Olvídate de Gage. Yo ya lo he hecho –mintió.

Trinity la miró con los ojos entrecerrados, pero no insistió. El momento de aparición de Gage era el menos adecuado. ¿Por qué había vuelto a su vida durante semejante catástrofe profesional?

Alex, la menos femenina, con sus vaqueros y su camiseta, jugaba con el bolígrafo dando golpecitos sobre un cuaderno encima de la mesa.

–Cien millones son dignos de tenerse en cuenta, ¿no os parece?

Harper negó fuertemente con la cabeza.

–¿Que son dignos de tenerse en cuenta? –a Cass se le contrajo el estómago. ¿Cómo podía hablar Alex de vender con esa frialdad. Para Cass era como vender a su hijo–. ¿Has perdido el juicio?

–¿No hay que tener en cuenta unos ingresos lucrativos cuando se presentan? No podemos rechazar categóricamente ese cheque.

Claro que podían, si procedía del hombre que la había destrozado. ¿Acaso eso no importaba?

–Un momento, señorita –dijo Harper dirigiéndose a Alex–. La fórmula-47 es mi hijo, no el tuyo. Me he pasado dos años perfeccionándola con el supuesto de que nuestra futura estrategia se centraría en los productos que pudiéramos crear tecnológicamente. Si la vendemos, renunciaremos a los derechos para siempre por una suma baja. No me parece inteligente.

Alex golpeó el cuaderno con más fuerza.

–No pasará si conservamos los derechos y estructuramos el acuerdo…

–No vamos a estructurar nada –intervino Cass. Solo os lo he mencionado porque debíais saberlo. La oferta de Gage desaparecerá, si quien la ha filtrado da a conocer la composición de la fórmula. Y como no sabemos quién es, primero debemos centrarnos en eso.

Alex asintió.

–Es cierto.

–¿Qué te ha dicho el abogado? ¿No has ido al despacho de Mike?

–Sí, perdonad –Gage había hecho que se le hubiera borrado la reunión con el abogado–. Mike cree que aún es pronto para que intervenga la policía. El artículo no contiene suficientes detalles. Nos aconseja que presentemos la fórmula a la FDA inmediatamente con la esperanza de que evite que se dé a conocer nueva información. Tenemos que ser muy cuidadosas, hasta que descubramos al culpable.

–No estoy preparada –Harper negó con la cabeza. Podría llevar tatuadas en la frente «cuidadosa» y «concienzuda», dos valiosas cualidades en una científica que creaba los productos de Fyra–. Es nuestro primer producto que requiere la aprobación de la FDA. No podemos apresurarnos.

–Así que nuestro abogado nos han dado un consejo que no pensamos seguir –dijo Trinity–. ¿Qué más tenemos en el orden del día que debamos cargarnos?

–La filtración es el único tema del orden del día –afirmó Cass.

Alex la miró.

–¿Qué plan tienes para resolverla?

–Estoy en ello.

–Estás en ello –dijo Alex con sarcasmo–. ¿Aún no tienes nada pensado?

Cass inmovilizó los músculos, un truco que había aprendido con los años. No quería que se dieran cuenta de que las palabras de Alex la habían herido.

Debería tener un plan, pero no era así, aunque no estaba dispuesta a confesárselo a sus amigas, que esperaban que llevara las riendas.

–Tengo algunas ideas. Cosas que estoy pensando.

–¿Cosas? –repitió Trinity con incredulidad.

Trinity y Alex se miraron, y Cass se estremeció. Estaba perdiendo facultades. Todas sabían que no tenía ni idea de cómo enfrentarse a aquel problema.

–He dicho que me ocuparé –dijo con brusquedad. Inmediatamente murmuró una disculpa.

La reunión se había deteriorado. Le dolía tener que enfrentarse a Alex por aquel problema de la empresa. Las relaciones con su socias y amigas se estaban resquebrajando, lo que la asustaba. ¿Alex discutía sus ideas porque había perdido la confianza en su capacidad como directora general?

¿Y por qué habían intercambiado esa mirada Alex y Trinity? ¿Sabían que les había mentido sobre lo mucho que le había afectado ver a Gage? Y Trinity no la había defendido ni al hablarles de la oferta de Gage ni cuando Alex la había atacado por su falta de planes. Todo ello hurgaba en la herida que Gage le había abierto.

Carraspeó y volvió a ponerse la máscara de directora general. La emociones no tenían cabida en la sala de juntas.

–Lo solucionaré. Confiad en mí. No hay nada más importante que averiguar de dónde procede la filtración.

Trinity asintió.

–Vamos a volver a reunirnos el viernes para que nos informes de tus progresos.

Cass las observó mientras se levantaban y salían. Ninguna dijo nada, pero era evidente que no confiaban en ella.

En la sala vacía, apoyó la frente en la mesa.

Necesitaba un plan.

Levantó la cabeza bruscamente. ¿Y si el momento de la aparición de Gage no era una coincidencia? Gage tenía información precisa y se había presentado allí rápidamente después de la publicación del artículo. ¿Y si había colocado a alguien en la empresa para que le suministrara información y la mención de Fyra en el artículo estaba destinada a despistarla?

Pero ¿por qué haría Gage algo así? Su empresa había triunfado y él estaba dispuesto a pagar por la fórmula. No necesitaba introducir un topo en la de ella con la esperanza de robársela.

¿O sí?

Tenía que asegurarse. No se perdonaría quedarse con la duda.

También debía averiguar lo antes posible quién era el culpable. Si se enteraba de que GB Skin estaba dispuesta a pagar cien millones de dólares por la fórmula, podían darla por perdida. Y, probablemente, Gage no sería el único interesado en pagar por ella.

La empresa necesitaba que la dirigiera, así que tendría que relacionarse con su enemigo y, contra su voluntad, tratar de quedar bien con él. Al fin y al cabo, estaba en deuda con Gage. Ya era hora de pagársela.

Él la había utilizado hacía tiempo. Pagar con la misma moneda era algo que él consideraba justo. Así que era lo que iba a hacer.

Fuera cual fuera el juego de Gage, lo descubriría. Y tal vez consiguiera vengarse al mismo tiempo.

Gage se dirigió silbando a la entrada de Fyra Cosmetics al día siguiente de haberse tropezado con Cass en el aparcamiento. Después de que ella lo hubiera puesto de patitas en la calle, creía que tendría que presionarla para conseguir otra cita, por lo que su llamada lo había sorprendido agradablemente.

Otra sorpresa era que la cita fuera a las nueve de la mañana. Estaba bien ser la prioridad de Cass ese día. Parecía que ella había reflexionado sobre lo lógica que era su oferta y la había aceptado. O las otras ejecutivas la habían convencido de que venderle la fórmula era inteligente, como él le había dicho. En cualquier caso, la situación había cambiado.

Lo cual era una buena noticia, ya que a Arwen no le gustaba el hotel y se lo había comunicado a todo volumen. Gage esperaba poder cerrar el trato y volver a Austin al día siguiente.

Dependiendo de cómo le fueran las cosas, desde luego. Si Cass seguía siento tan apasionada, bajo la fachada a prueba de balas que se había fabricado como directora general, tal vez se quedara un par de días. Arwen tendría que aguantarse.

Iba preparado para la lucha. De hecho, casi estaba deseando volver a competir con ella para ver quién ganaba. Era raro que una mujer estuviera a su altura.

Ella apareció en la recepción. Estaba espléndida y parecía intocable, con un traje de chaqueta con minifalda de color rosa y el cabello de nuevo recogido en un severo moño, que él inmediatamente tuvo ganas de deshacerle.

Recordó el aspecto que tenía en la universidad. Solía llevar pantalones de chándal y sudaderas con capucha, y así también le gustaba. Pero ahora era distinto, y quería explorar a la nueva Cass en todos los sentidos.

–Buenos días, señor Branson –dijo ella, aunque su tono gélido le indicó que eran de todo menos buenos–. Por aquí.

Su frío saludo y el que hubiera utilizado su apellido le hicieron sonreír. Así que estaba dispuesta para la batalla. Excelente.

Esa vez, él no vaciló en la puerta del despacho. Entró y se sentó en una silla, que era precisamente la que había tras el escritorio, la de Cass.

Ella lo siguió y, sin pestañear, se acercó al escritorio y se sentó en él, a unos centímetros de la silla donde estaba Gage. Sin dejar de mirarlo, se cruzó de piernas lentamente. La minifalda se le subió hasta el límite de la decencia.

A Gage se le secó la boca y la sangre huyó de su cerebro para agolparse en una espectacular excitación. Bastaría con que empujara un poco la silla de Cass con el talón para acercarse al delicioso banquete que se hallaba a unos centímetros.

¿Era ese el castigo por haberle quitado la silla? Era evidente que ella no sabía cómo funcionaba la política empresarial, sobre todo entre competidores.

–Gracias por venir tan deprisa.

–Gracias por llamarme. ¿Estás dispuesta a hablar de los detalles?

–Desde luego, si quieres que lo hagamos inmediatamente –ladeó la cabeza sin dejar de observarlo–. Mis socias no quieren vender, pero las convenceré.

Lleno de un repentino recelo, Gage sonrió y se cruzó de brazos recostándose en la silla para ver a Cass toda entera.

–¿A qué resortes vas a recurrir?

–A ninguno en especial –agitó la mano y se inclinó hacia adelante, apoyándola en la mesa. Él le miró el escote, pero la blusa no revelaba nada.

Se le hizo la boca agua al pensar en verle algo de piel.

–Di el precio, Cass –murmuró. Se preguntó qué haría ella si la bajaba del escritorio y se la sentaba en el regazo–. Supongo que cien millones no te parecen bastantes.

–No, no lo son. Además, primero tienes que ayudarme a descubrir a quien está filtrando la información.

Él volvió a mirarle el rostro.

–¿Que te ayude? ¿Es que aún no lo has descubierto?

Era inaceptable. ¿Acaso ella no había aprendido nada importante de él? El día anterior no lo hubiera pensado, pero era evidente que necesitaba algunos consejos más sobre el modo de dirigir una empresa.

–Tengo un plan –explicó ella con calma–. Tú eres el plan. Hasta que no se descubra al culpable, Fyra no tomará decisiones importantes como la de vender la fórmula. No me cabe duda de que lo entenderás.

Lo entendía. Era un truco que no había previsto. E implicaba que tendría que quedarse en Dallas más de lo esperado. Él también dirigía una empresa, que no podía dejar abandonada. Si se quedaba, tendría que mandar a Arwen a casa, y ella no se lo perdonaría.

–Deberías haberlo descubierto ya.

–Lo sé.

La voz de ella no se alteró. Tampoco su expresión. Pero él se dio cuenta de lo difícil que le resultaba aquella conversación, aunque no estuviera dispuesta a reconocerlo.

Molesto por la repentina revelación, la miró y el corazón le latió de manera extraña. Había estado tan ocupado examinando los distintos ángulos que no había sido capaz de ver lo que era una clara petición de ayuda, bien disimulada.

–Trabaja conmigo, Gage. Juntos, como en los viejos tiempos.

Ella quería retomarlo donde lo habían dejado. Tal vez en más de un sentido. Sus palabras le resonaron en el cerebro y el pecho, y la idea le gustó.

Era una repetición de lo sucedido en la universidad, cuando él era su tutor y ella lo absorbía todo como una esponja y lo adoraba como a un héroe, lo cual hacía que se sintiera invencible a sus veinticuatro años.

Sin embargo, ya no eran niños.

Y no subestimaba a Cass. Si ella le había propuesto eso, sus motivos tendría, aunque todavía no sabía cuáles eran. Pero eso no le impedía aceptarla.

Aunque, ¿a quién pretendía engañar? Había deseado a Cass desde el momento en que la había visto en el aparcamiento. Si se quedaba y la ayudaba, tendría la oportunidad de volver a desnudarla.

Y se aseguraría de que el problema de la filtración se tratase como debería haberse hecho desde el principio, además de que podría descubrir los verdaderos motivos de la petición de ayuda de Cass.

Ella lo miraba con sus grandes y cálidos ojos, y se sintió perdido. No podía negarse. No quería hacerlo. Pero aceptar implicaría que movería los hilos como quisiera.

–Te ayudaré hasta el domingo. Tengo una reunión el lunes que no se puede cambiar a otro día.

Su sonrisa lo conmocionó, pero desapareció cuando él se inclinó lentamente hacia ella. Sin decir nada, ella le miró la mano, que estaba a un milímetro de su muslo. Podía meterle el dedo por debajo de la falda. Y él se entretuvo imaginando a dónde lo conduciría hacerlo.

–Pero tienes que hacer algo por mí –murmuró él.

Se acercó a ella todo lo que se atrevió invadiendo su espacio, y todos las trampas empresariales desaparecieron y solo quedaron un hombre y una mujer.

Ella olía a perfume caro y elegante y él quiso que la piel le oliera así, que ella se lo transfiriera mientras se retorcía debajo de él. Podía tumbarla en el escritorio y el placer sería intenso. Se mareó al imaginárselo y su excitación aumentó.

–Ya te he dicho que hablaré con las demás sobre la venta de la fórmula –dijo ella con la voz ligeramente entrecortada, aunque no movió un músculo que delatara si prefería que él estuviera tan cerca o que se alejara–. Si atrapamos al culpable de la filtración.

Él tenía que conseguir que desapareciera aquella frialdad de diosa, pero eso no sucedería allí ni en esas circunstancias. Si quería llevar las cosas al siguiente nivel debía ser atrevido o irse a casa.

–Sí, pero lo haces porque, en tu fuero interno, sabes que estás en deuda conmigo. Si te ayudo a buscar al culpable, volverás a estar en deuda conmigo, cariño.

–¿Qué es lo que quieres?

«¿Por dónde empiezo?», se preguntó.

–Nada que no puedas concederme.

El guiño cómplice de la mirada de ella le indicó que se hacía una idea del guante que le iba a lanzar. Se miraron durante unos segundos y ella contuvo la respiración, cuando él le paso el pulgar por la mandíbula.

–Tienes que llevarme a cenar.

Capítulo Cuatro

A pesar de todo, Cass se echó a reír.

–¿Eso es lo que quieres? ¿Que vayamos a cenar?

Se habría preparado para lo que fuera, salvo para eso, sobre todo porque le daba la impresión de que él, al igual que ella, valoraba distintas posibilidades.

Él apartó la mano, pero la piel de ella siguió caliente donde la había acariciado. Inmediatamente echó de menos la caricia.

¿Cómo se le había ocurrido que sentarse en el escritorio le proporcionaría ventaja? Gage se había sentado en su silla provocándola deliberadamente y ella debía responderle. Así que lo había atrapado tras el escritorio y le había puesto delante de los ojos todas sus «cualidades». Debería haber sido una distracción para él, la forma perfecta de mirarlo durante toda la conversación desde arriba mientras se imaginaba lo que sufría gracias a su estrategia. En lugar de eso, ella se había pasado la mitad de la conversación pendiente de que él tenía a la vista sus «cualidades». Él las había observado con agrado, lo cual había despertado en ella sensaciones olvidadas, al excitarse ante el interés de un hombre.

Durante la otra mitad de la conversación se había dedicado a adelantarse a Gage e intentar que aceptara ayudarla. Si tramaba algo, ¿qué mejor forma de vigilarlo que trabajar juntos para descubrir la fuente de la filtración? Además, ella no había sido capaz de descubrirla. Si eran discretos, nadie iba a enterarse de que había buscado ayuda externa.

Si atrapaban al culpable, y Gage no tenía nada que ver con él, ella hablaría con sus amigas sobre la venta de la fórmula. No le había especificado qué les diría, solo que hablaría con ellas, pero lo haría para decirles que no venderían de ninguna manera. Pero eso no tenía por qué saberlo Gage.

Todos salían ganando.

Él sonrió.

–Lo digo en serio.

–¿Una cena? –fingió que se lo estaba pensando–. ¿Como si tuviéramos una cita?

–Sí, e invitas tú.

La idea le pareció casi agradable. Le encantaba cenar con un hombre interesante que la mirara como Gage lo estaba haciendo en ese momento.

Pero la rechazó. No podía salir con Gage Branson. Era absurdo. Aquel hombre era un rompecorazones de primer orden.

Lo que debería pensar era si una cena encajaba con su estrategia. Cenar los dos solos, tomarse unas copas, hacer comentarios seductores y… vaya, Gage decía algo que lo incriminaba, como el nombre del topo que había introducido en la empresa, el que le suministraba información para que la utilizara en su propio provecho.

Y ella fingiría que no la entristecía que tuviera que ser así.

Pero debía tener cuidado, dar un rodeo, y no despertar sospechas accediendo inmediatamente a su propuesta.

–¿Y si ya tengo planes para esta noche?

Los tenía, si por planes se entendía trabajar hasta que los demás se hubieran ido, irse a su enorme y vacía casa, abrir una botella de vino y tomarse una pizza fría.

–Anúlalos –ordenó él–. De todos modos, estás tan preocupada por la filtración que no te divertirías. Cena con alguien que lo sepa, con quien te puedas desahogar sin miedo y relajarte.

–¿Qué te hace pensar que necesito relajarme? –¿había notado que estaba tensa, frenética, las veinticuatro horas del día y todos los días de la semana?

–He puesto en práctica mi habilidad para leer el pensamiento –contestó él en tono alegre–. Veo que aquí las cosas están difíciles. No te debe de hacer mucha gracia que se haya hecho pública la existencia de tu fórmula. Están en juego millones de dólares y muchos puestos de trabajo. Quieres convencer a todos de que controlas la situación. Conmigo no tienes que hacerlo. Lo entiendo.

Algo se removió en el interior de ella. Parecía que el escudo que había desarrollado no era tan efectivo como creía. ¿Por qué a él se le seguía dando tan bien saber cómo se sentía?

Ahora era un buen momento para poner entre ambos la distancia que habría debido establecer hacía tiempo. Se bajó del escritorio y lo rodeó. Era una barrera ineficaz contra la herida abierta, pero era mejor que nada.

–No puedes venir aquí dándotelas de psicólogo –le dijo, contenta por la calma que aparentaba el decirlo–. Ya no sabes nada de mí, Gage.

Con los brazos cruzados, él la observó desde detrás del escritorio, sonriendo levemente.

–No has dicho que me equivoque.

Ella cerró los ojos durante unos segundos. La cena iba a ser más difícil de lo previsto.

Si Gage estaba espiando a la empresa, atraparlo era la única manera de demostrar a las demás que podía dirigir Fyra en aquellas difíciles circunstancias. Además, se libraría de él de una vez por todas. Su oferta de los cien millones dejaría de importar y se detendría la filtración.

Y él recibiría su merecido.

Entonces, ella podría comenzar a olvidarse de él, esa vez de verdad. Podría dejar de odiarlo y de rechazar a todo aquel que le pidiera una cita. ¿No había llegado el momento de seguir adelante? Ella se lo merecía.

–No te vas a divertir saliendo conmigo. Mi vida es muy aburrida fuera de estas paredes. La cena nos dará la oportunidad de hablar de la filtración. Será una cena de negocios.

–¿Eso es lo que de verdad quieres, Cass? –musitó él, como si ya supiera la respuesta–. Porque a mí me parece que necesitas a un amigo.

Ella no esperaba que le fuera a decir eso. La risa se le escapó por los labios apretados, antes de que pudiera contenerla.

–¿Te ofreces voluntario? Gracias, pero tengo muchos amigos.

¿Era verdad? Una semana antes hubiera afirmado que Trinity daría la vida por ella. Llevaban casi quince años siendo amigas. Le seguía doliendo que nadie la hubiera defendido en la reunión, pero el silencio de Trinity era lo que más le dolía.

Igual que el de Alex.

Alex y ella se habían conocido en la clase de Álgebra del primer curso. Había tardado cuatro meses en convencer a Alex de que reunía las condiciones para ser la directora financiera de una empresa multimillonaria, y tenía razón. Le dolía la falta de confianza de su amiga en ella.

Cass se temía que las grietas en los cimientos de Fyra fueran, en realidad, grietas en los suyos propios. No podía soportar que Gage se enterara de la división entre su socias y ella. Y era muy propio de él indagar en sus debilidades.

Así que no le mostraría ninguna.

–Siempre hay sitio para uno más –contraatacó Gage–. De hecho, he cambiado de idea. Deja que sea yo quien te invite a cenar para que te relajes durante un rato. Ponte un vestido y dejaremos nuestros cargos en la puerta.

Allí estaba de nuevo la magia de Gage, ya que ese era el tipo de cita que ella quería, aunque él era el último hombre con quien querría tenerla.

–¿Cómo sabes que es eso lo que necesito?

–Te conozco, Cass. No puedes haber cambiado tanto. Al menos, eso espero.

Antes de que ella pudiera responderle, él se levantó, rodeó el escritorio y la tomó de la mano. La suya era sorprendentemente suave. Alguien que pasaba mucho tiempo al aire libre debería tener la piel más áspera. Que no la tuviera demostraba la eficacia de sus productos.

Le miró la cincelada mandíbula, los preciosos ojos color avellana y el hermoso rostro enmarcado por el cabello castaño, más bien largo, como le gustaba llevarlo, y sintió una opresión en el pecho.

Gage la había destrozado porque le había entregado su alma.

Y no había sido un accidente; un error, sin duda, pero no porque no se diera cuenta de lo que hacía. Se había enamorado de él voluntariamente. La colmaba porque la comprendía y creía en ella. La enseñaba y la estimulaba.

Revivió todo eso y se mareó con los recuerdos de lo que había sido magnífico en su relación.

–Di que sí –le pidió él apretándole la mano–. Te prometo que no hablaré de lo aburrida que eres.

Ella rio, a pesar de todo. Se sentía extrañamente agradecida porque él hubiera conseguido llevarla hasta allí.

–Sí –dijo. Verdaderamente no le quedaba más remedio–. Pero pagamos a medias.

No podía permitirse que él la afectara de aquel modo. Lo bueno de su antigua relación no importaba porque, al final, Gage no se comprometía ni lo haría nunca.

–Eso no es negociable –dijo él con una sonrisa pícara–. Invito yo. Al fin y al cabo, te he presionado para que aceptaras.

Misión cumplida.

Él no tenía ni idea de que llevaba toda la conversación tratando de convencerla de algo que era exactamente lo que ella quería hacer. Solo por eso le devolvió la sonrisa.

–No sabes el precio astronómico del vino que voy a pedir.

–Te recogeré a las ocho –dijo él, claramente contento por haber conseguido lo que deseaba, aunque ella no entendía por qué era tan importante para él la cena. Aún no lo había descubierto.

Lo observó mientras se marchaba. Tenía diez horas para pensar cómo mantener a distancia a Gage al mismo tiempo que lo adulaba; diez horas para planear cómo sacarle información sin darle a conocer sus motivos.

Diez horas para planear cómo seducirlo para obtener respuestas, sin volver a enamorarse de él. Lo único que debía hacer era centrarse en sus defectos y lo demás sería pan comido.

Gage llamó a la puerta de Cass a las ocho menos cinco.

Era una bonita casa. Pecaba de un exceso de acero y cristal, para su gusto, pero daba a un gran lago con un sendero para rodearlo.

Su casa de Austin estaba cerca de un lago. Era curioso que tuvieran el mismo gusto por las vistas, tantos años después.

Ella le abrió. Llevaba un vestido de encaje, de color arándano, que se le ceñía en los lugares adecuados. Lo dejó sin habla. Al decirle que llevara un vestido, no se esperaba nada semejante.

Su cuerpo se puso en estado de alerta.

–Llegas temprano –dijo ella enarcando una ceja–. Me gustan los hombres impacientes.

La sangre que debería estar estimulando el cerebro de Gage para responder parecía haber emigrado a un lugar más cálido, más al sur.

Cass ya no era universitaria, eso lo tenía claro. Sin embargo, le costaba asimilar lo mucho que había cambiado. Cassandra Claremont, directora general, podría ser la mujer más interesante del planeta. También le suponía un desafío porque se había blindado contra él.

Se suponía que la cena igualaría el terreno de juego. Que el hielo de su armadura se resquebrajaría y él la convencería de que le vendiera la fórmula para saldar la deuda contraída. Aunque estuviera dispuesta a hablar con sus socias del asunto, lo que él necesitaba era que las convenciera. Para eso, tenía que estar totalmente del lado de él. ¿Cómo iba a conseguirlo cuando ni siquiera sabía cuál era su juego?

–Eh… –el cerebro seguía sin funcionarle. Sacudió la cabeza–. Se llega temprano si se hace un cuarto de hora antes. Técnicamente, he llegado puntual.

–¿Dónde me vas a llevar a cenar? –ella ladeó la cabeza y sus largos pendientes de diamantes se balancearon.

Al cuerpo de Gage no le interesaba la comida.

–Te dejo elegir, ya que te he hecho anular tus planes.

Se volvió a preguntar qué le habría dicho al pobre imbécil al que había plantado. ¿Le habría contado que un antiguo novio había llegado a la ciudad sin avisar?, ¿que tenía que atender un asunto inesperado?

Daba igual, porque el tipo le perdonaría haber anulado la cita. Cass era una mujer preciosa e inteligente que dirigía una empresa multimillonaria, por lo que no le faltarían hombres donde elegir: empresarios, médicos, atletas… Podía salir con quien quisiera y, desde luego, se acostaba con alguien. Una mujer como ella únicamente estaría sola por decisión propia.

«Parece que estás celoso».

Eso era absurdo. Nicolas no acertaba siempre.

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