Kitabı oku: «Feminismo para América Latina»
Feminismo para América Latina
Feminismo para América Latina
Un movimiento internacional por los derechos humanos
KATHERINE M. MARINO
Traducción de Helen Torres, Elena Romo y Karla Esparza

Segunda edición, 2021
Título original: Feminism for the Americas.
The Making of an International Human Rights Movement
Copyright © Katherine M. Marino, 2019 | All rights reserved
Traducción de Helen Torres, Elena Romo y Karla Esparza
Diseño de portada: León Muñoz Santini y Andrea García Flores
D. R. © 2021, Libros Grano de Sal, SA de CV
AV. Río San Joaquín, edif. 12-B, int. 104, Lomas de Sotelo, 11200, Miguel Hidalgo, Ciudad de México, México
contacto@granodesal.com | www.granodesal.com
GranodeSal
LibrosGranodeSal
grano.de.sal
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin la autorización por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-99465-5-5
Índice
Prólogo | Feminismo americano
1. Una nueva fuerza en la historia universal
2. Los orígenes antiimperialistas de los derechos internacionales de la mujer
3. Feminismo práctico
4. La Gran Batalla Feminista de Montevideo
5. El nacimiento del feminismo panamericano del Frente Popular
6. Frente unido por los derechos de la mujer y los derechos humanos
7. La movilización de los derechos de la mujer como derechos humanos
8. La contribución latinoamericana a la Constitución del mundo
Epílogo | Historia y derechos humanos
Agradecimientos
Notas
Bibliografía
Para Mary Alice y Joseph, mis padres
Prólogo Feminismo americano
El momento de intenso trabajo intelectual por que atraviesa el feminismo americano, nos da idea de la profunda acción de la mujer, completamente a tono con la realidad social. El movimiento de reivindicación es enérgico y decisivo.
ROSA BORJA DE ICAZA, Hacia la vida, 1936
En 1931, un conflicto entre dos prominentes líderes dedicadas a la lucha por los derechos de la mujer cambió el curso del feminismo en América. Desde Estados Unidos, Doris Stevens le escribió a su colega cubana Ofelia Domínguez Navarro para darle instrucciones para luchar por el sufragio de las mujeres.
En Cuba estaba a punto de estallar la Revolución del Treinta y Stevens, que entonces tenía 42 años y era una veterana del movimiento sufragista de Estados Unidos, estaba convencida de que eso representaba una oportunidad para el feminismo. Durante los dos últimos años, la crisis económica mundial había desencadenado revueltas sociales y políticas en Estados Unidos y a lo largo y ancho del continente americano, desde el río Bravo hasta Tierra del Fuego. En Cuba, la crisis impulsó la nueva dictadura represiva del presidente Gerardo Machado, que prometió reformas constitucionales como fachada de su régimen antidemocrático. Stevens lo consideró un momento perfecto para promover los derechos políticos de las mujeres y no dudó en comentárselo a Domínguez. Fracasar en esta tarea, señalaba Stevens, significaría un retroceso en el progreso de las mujeres cubanas.1
Domínguez, que entonces tenía 36 años, se enfureció ante el consejo no solicitado de su compañera. Ella también creía que ese momento anunciaba la politización de las mujeres, pero no por medio del voto, que nacería “viciado de origen” bajo una dictadura. En su correspondencia previa con Stevens, Domínguez había detallado el “régimen del terror” en Cuba en aquel momento, impulsado por el gobierno estadounidense.2 Machado había abolido el habeas corpus, reemplazado a algunos funcionarios electos por miembros de la policía secreta, cerrado universidades, restringido el derecho a la libre expresión y la libre reunión, además de encarcelar a numerosos disidentes políticos. Las feministas organizaban acciones directas contra la dictadura junto con obreros y estudiantes, en las que muchas veces fueron víctimas de violencia. Domínguez acababa de cumplir dos penas de cárcel. A pesar de ello, Stevens no ofrecía palabras de solidaridad ni consuelo, sólo instrucciones para presionar por el sufragio.
Domínguez contraatacó enviando a Stevens una carta en la cual le decía que había muchas cosas que ella no entendía. En Cuba, le explicaba Domínguez, feminismo quería decir algo más que apoyar los derechos políticos de las mujeres: significaba una transformación radical, no sólo igualdad política y civil, sino también justicia económica y social para las mujeres trabajadoras, y derechos civiles y políticos para todo el mundo, hombres y mujeres que sufrían bajo el yugo de una dictadura y del imperialismo estadounidense. Domínguez acababa de fundar en la isla un nuevo grupo feminista que abrazaba todos estos objetivos.3
Pero, para entonces, Domínguez ya había dado por terminadas las súplicas a Stevens. Su carta fue una despedida.
La carta de Stevens fue la gota que colmó el vaso en la tensa relación entre las dos mujeres. Unos años antes, ambas habían colaborado en la Sexta Conferencia Panamericana de La Habana, durante la fundación de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), órgano formado para fusionar un movimiento feminista hemisférico y promover los derechos de la mujer a escala internacional. Desde entonces, Stevens comandaba la organización de manera unilateral, enfocando sus esfuerzos sólo en los derechos civiles y políticos. Ella ignoraba de manera sistemática los reclamos latinoamericanos por ampliar la agenda de la comisión.
La carta de Domínguez, que significó el final de su colaboración con Stevens, se transformó en un llamado a las armas. Reprodujo la correspondencia en un volante de una página a dos caras, al que sólo le añadió un título: “A la conciencia política de la mujer latinoamericana”, y lo hizo circular ampliamente entre las feministas hispanohablantes de América.4
La manera en que Domínguez enmarcó el feminismo resonó de manera convincente entre sus muchas lectoras. El feminismo se estaba transformando en un movimiento hemisférico, lo que la afrocubana Catalina Pozo y Gato describió como “una bien tejida red continental” en la que la “mujer hispanoamericana” buscaba “la conquista de sus aspiraciones político-sociales y proletarias”.5 A pesar de que muchas de estas feministas aplaudían el tenaz esfuerzo de Stevens por la igualdad legal de la mujer, promovían unos objetivos más amplios. Por otro lado, les molestaba el liderazgo unilateral de Stevens sobre el feminismo interamericano, el cual, desde su punto de vista, era una extensión del imperialismo estadounidense.
Algunos años más tarde, el grupo de Domínguez afirmó que la distribución de aquel volante fue uno de sus actos antiimperialistas más relevantes.6 Inspiró y contribuyó a la unión de las feministas del continente. Durante los años siguientes, se organizaron como bloque y afianzaron su liderazgo sobre el feminismo americano. Su legado se mantiene vigente en los movimientos mundiales por el feminismo y los derechos humanos en el ámbito internacional.
***
Este libro narra la historia del movimiento cuyo liderazgo reivindicó Doris Stevens y que fue renovado por Ofelia Domínguez Navarro y otras feministas. Durante la primera mitad del siglo XX, el “feminismo americano” impulsó a líderes y grupos de todo el hemisferio que propiciaron el inicio de lo que hoy conocemos como feminismo mundial: la lucha por los derechos de la mujer y los derechos humanos en todo el mundo. Al trabajar en campañas coordinadas que comenzaron después de la primera Guerra Mundial, y coincidiendo con un nuevo panamericanismo que pregonaba la superioridad cultural de América, las activistas llevaron los derechos de la mujer más allá del ámbito doméstico. A partir de colaboraciones y enfrentamientos, dieron lugar a la primera organización intergubernamental por los derechos de la mujer (la CIM), al primer tratado internacional por los derechos de la mujer y, en 1945, a la inclusión de los derechos de la mujer en la Carta de las Naciones Unidas y su categorización como derecho humano internacional. Estas innovaciones aceleraron numerosos cambios para las mujeres en el continente: sufragio, derechos de nacionalidad igualitarios, derecho a ocupar cargos públicos, igual remuneración por igual trabajo y legislación sobre maternidad.
A pesar de que las feministas estadounidenses procuraron atribuirse el mérito de este movimiento, las líderes latinoamericanas fueron quienes lo dirigieron y consiguieron su mayor expansión. Ellas promovieron de manera asertiva un significado de feminismo más amplio que el que se tenía en Estados Unidos en aquella época. Acuñado en francés en 1880 por la sufragista Hubertine Auclert, el término feminisme recorrió Europa y América, señalando un movimiento moderno que exigía la emancipación de las mujeres: justicia económica y social, control de las mujeres sobre su propio cuerpo y total igualdad con los hombres en todos los ámbitos de la vida.7 En Estados Unidos, el feminismo tuvo un gran avance en la primera década del siglo XX, donde unió a un amplio grupo de reformistas y sufragistas. Sin embargo, el significado más reconocido del término en ese país se empobreció de manera precipitada poco después de la aprobación del texto de la Decimonovena Enmienda, que en 1920 les otorgó a las mujeres el derecho al sufragio, transformándose en sinónimo de la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA, por las siglas en inglés de Equal Rights Amendment). Presentada al Congreso en 1923 por el National Woman’s Party [Partido Nacional de la Mujer] (NWP), prometía reconocer los derechos individuales de las mujeres bajo el paraguas de todo un ordenamiento jurídico: derecho a la nacionalidad independiente y a actuar como jurado, a participar en actividades empresariales, a presentarse como testigo en documentos públicos y a administrar propiedades. A pesar de apoyar la mayoría de estos derechos en la teoría, grandes grupos de reformistas progresistas en Estados Unidos se oponían a la amplia garantía de derechos iguales ante la ley propuesta por la ERA, por temor a que eliminara la legislación laboral de protección al trabajo, conseguida con mucho esfuerzo y necesaria para salvaguardar a las mujeres trabajadoras. La estrechez de miras del Woman’s Party, así como su resistencia explícita a tratar las injusticias basadas en la raza o la clase transformaron al grupo y a la ERA en un anatema para muchos otros movimientos.8
Fue en parte ese empobrecimiento del significado de feminismo y la falta de apoyo a la ERA en Estados Unidos lo que llevó a las líderes del National Woman’s Party, como Doris Stevens, a involucrarse en el ámbito interamericano a finales de los años veinte. El enfoque exclusivo en el tema de la igualdad legal que el movimiento sufragista estadounidense consideraba tan exitoso definió su perspectiva del feminismo interamericano. Su Equal Rights Treaty [Tratado de Igualdad de Derechos], una internacionalización de la ERA, provocó una resistencia común por parte de la red de grupos de mujeres de Estados Unidos que se oponían a ella. Como resultado, entre los años veinte y los cuarenta, el ámbito interamericano se transformó en un importante campo de batalla en el que las estadounidenses llevaron a cabo su debate interno en torno a la ERA. Cada una de las partes se asumía como auténtica representante de América, donde, a excepción de Estados Unidos y Canadá, casi ningún país había aprobado el derecho al sufragio femenino.
Sin embargo, durante ese periodo, en América Latina florecieron significados más flexibles de feminismo, en los que la discusión por la ERA no existía y varias activistas con compromisos muy diversos asumieron el término con mucha más facilidad que sus colegas estadounidenses. A pesar de la heterogeneidad de los feminismos latinoamericanos, grandes grupos de feministas se cohesionaron alrededor de objetivos comunes por un feminismo americano.
En primer lugar, el feminismo americano no sólo exigía legislar los derechos individuales de las mujeres (el voto y los derechos civiles), sino también los derechos sociales y económicos. Estos derechos incluían igual remuneración por igual trabajo, la extensión de la legislación laboral a las trabajadoras domésticas y rurales, y los derechos para hijas e hijos nacidos fuera del matrimonio y para sus madres. Las activistas también reclamaban una baja por maternidad remunerada, guarderías y, en algunos casos, seguro de salud como derechos sociales.
En segundo lugar, el feminismo americano apoyaba con firmeza el liderazgo latinoamericano y la oposición al imperialismo de Estados Unidos. Muchas feministas latinoamericanas calificaban de imperialistas las presunciones de superioridad de sus contrapartes estadounidenses, sobre todo teniendo en cuenta que Estados Unidos había utilizado su supuesta primacía en los derechos de la mujer como justificación para sus propias ambiciones económicas y políticas en la región.9 Dentro del feminismo interamericano, las preguntas sobre quiénes tenían autoridad para hablar y reivindicar principios americanos comunes se convirtió en un asunto de primer orden. Las feministas opusieron una activa resistencia al feminismo imperialista estadounidense, que con tanta frecuencia buscaba acallar sus metas. Sus enfrentamientos con las líderes estadounidenses contribuyeron al surgimiento de un feminismo americano sólido que luchó por la liberación de múltiples formas de opresión superpuestas: contra el patriarcado, contra el imperialismo estadounidense, contra el fascismo y a menudo también contra el racismo.
Las discusiones sobre el imperio estadounidense avivaron las metas que se había fijado el movimiento. Los términos americano, interamericano y panamericano eran identificadores importantes para estas mujeres. Pero las expresiones latinoamericano y panhispánico, surgidas después de la anexión de más de la mitad del territorio de México por parte de Estados Unidos en 1848, eran aún más importantes.10 El panhispanismo era una identidad regional basada en una raza y un lenguaje común, y en una historia de opresión compartida bajo el peso del imperialismo militar, cultural y económico de Estados Unidos. Las feministas de principios del siglo XX, profundamente influidas por el panhispanismo, se impulsaron mutuamente para inspirarse en su propia historia y sus propias ideas, más que en mirar a Europa o Estados Unidos. Durante los primeros 40 años del siglo XX, el panhispanismo también ayudó a dar forma a nuevas leyes interamericanas multilaterales que pusieron énfasis en la interdependencia internacional y en la soberanía nacional.11 Esta mezcla de pensamiento, activismo y dinamismo en la jurisprudencia interamericana facilitó una de las innovaciones insignia del feminismo americano: llevar los derechos de la mujer más allá del puro ámbito doméstico hacia el terreno del derecho internacional.
Las demandas del feminismo americano en favor de los derechos internacionales para las mujeres, su énfasis no sólo en las desigualdades políticas y civiles, sino también en las económicas y sociales, así como su exigencia de un feminismo antiimperialista encabezado por América Latina consiguieron una oleada de apoyo durante las crisis mundiales de la década de los treinta. Los grandes cambios políticos y económicos de la Gran Depresión intensificaron el interés de muchas feministas en los derechos económicos y sociales. La Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay (1932-1935) hizo que las mujeres centraran nuevos esfuerzos en el pacifismo. El auge del fascismo en Europa y Asia, junto con el nacimiento de formas similares de autoritarismo de derecha en América y la Guerra Civil española (1936-1939), ayudaron a establecer ciertas organizaciones feministas, dinámicas, antifascistas y trasnacionales. El movimiento mundial del Frente Popular, que declaró un frente unido de colaboración entre comunismo y socialdemocracia contra el fascismo, tuvo profundos ecos nacionales e interamericanos a lo largo y ancho del continente. A medida que las feministas se daban cuenta de las amenazas específicas del fascismo a los derechos de la mujer y que los líderes del Frente Popular reconocían la importancia vital del papel de las mujeres en la lucha antifascista, el Frente Popular también ganaba aliadas en el feminismo.12
Estos nuevos desarrollos culminaron en lo que llamo “feminismo panamericano del Frente Popular”, con el cual se dio un auge del feminismo americano. Éste fue un movimiento popular que sumó preocupaciones feministas en torno al trabajo y demandas por la igualdad de derechos, estableciendo conexiones cruciales entre feminismo, socialismo, antifascismo y antiimperialismo. Durante esos años surgieron en América muchísimos grupos feministas antifascistas que por primera vez incluían una cantidad significativa de mujeres trabajadoras. El feminismo panamericano del Frente Popular también movilizó nuevas campañas por el sufragio de las mujeres en toda la región. En 1939, cuando la famosa líder de la Guerra Civil española Dolores Ibárruri, la Pasionaria, aplaudió la fuerza del movimiento de las mujeres en numerosos países de América Latina, se refería al feminismo panamericano del Frente Popular.13
El feminismo americano tuvo un papel fundamental en el desarrollo de los derechos humanos internacionales. Llevó a cabo una innovación legal con un tratado que buscaba ir más allá de la legislación nacional y garantizar los derechos de la mujer a escala internacional. Grupos de toda América trabajaron de manera colectiva por este tratado, a la vez que ampliaban su significado. A finales de la década de los treinta, durante la segunda Guerra Mundial, las feministas latinoamericanas se unieron a grupos antifascistas, anticolonialistas, antirracistas, sindicales y religiosos para exigir un conjunto interconectado de derechos humanos para todas las personas, definidos como derechos sin importar la raza, la clase, el sexo o la religión. Durante la segunda Guerra Mundial, las feministas americanas también veían la Carta del Atlántico y las Cuatro Libertades de Franklin Delano Roosevelt como promesas de derechos humanos —compromisos internacionales con la justicia social— que incluían los derechos de la mujer.
En 1945, en la Conferencia de San Francisco organizada por las Naciones Unidas, las feministas interamericanas lucharon por la inclusión de los derechos de la mujer en la Carta de las Naciones Unidas, a pesar de las objeciones expresas de las representantes del Reino Unido y Estados Unidos. Basándose en argumentos y experiencias que habían estado puliendo durante décadas, internacionalizaron los derechos de la mujer y propusieron lo que sería la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW, por las siglas de Commission on the Status of Women). Inmediatamente después de la conferencia, las feministas demandaron un sentido más amplio a las promesas sobre derechos humanos y derechos de las mujeres en la Carta de las Naciones Unidas, e instaron a que se reconociera el papel del pensamiento y el activismo interamericano en su formulación. La idea de que los derechos de la mujer son derechos humanos no surgió de Estados Unidos ni de Europa Occidental, sino de feministas latinoamericanas inmersas en conflictos regionales en torno al imperialismo, el fascismo y el panamericanismo.14
***
A pesar de los impresionantes logros del movimiento, muy poca gente los conoce.15 El panteón de las líderes feministas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX suele incluir sólo nombres conocidos de Estados Unidos y Europa Occidental, pero no de América Latina. Por lo general, cuenta la historia que, hasta la década de los setenta, América Latina creó escasas organizaciones por los derechos de la mujer debido al catolicismo, el conservadurismo y el inestable clima político que hacía que el sufragio resultara irrelevante. Las instancias en las que se reconoce al feminismo latinoamericano suelen describirse como maternalistas (privilegiando el papel de las mujeres como madres, esposas y, a veces, también como trabajadoras), pero no como iguales a los hombres.16 Este tipo de interpretaciones se corresponden con narrativas más amplias que colocan a Estados Unidos y Europa Occidental en la cúspide del progreso mundial y que miden el progreso feminista en función de tener o no el derecho al sufragio. Estas narrativas suelen representar al feminismo internacional del periodo de entreguerras como una exportación unilateral de ideas de Estados Unidos y Europa Occidental al “Sur”, con el argumento de que el feminismo no llegó a ser verdaderamente trasnacional sino hasta después de la Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer celebrada en la ciudad de México en 1975. Estas historias no suelen dar cuenta de la influencia transformadora que tuvo la esfera internacional en el pensamiento y el activismo feministas durante el periodo de entreguerras, en parte porque limitan su mirada de lo internacional a Europa y Estados Unidos.17
Si miramos al sur y exploramos los flujos de influencia multidireccionales, surge una nueva historia hemisférica del feminismo. Si tenemos en cuenta las historias compartidas de imperialismo estadounidense e identidad panhispánica de los países latinoamericanos, su terreno interamericano fue un espacio crítico para la innovación de nuevas formas de feminismo a principios del siglo XX. En esos años, a medida que aumentaban las filas de las feministas latinoamericanas, se concebían a sí mismas desde el inicio como unidades nacionales y regionales al mismo tiempo; la interdependencia trasnacional fue el sello característico de su pensamiento y su activismo.
Este libro sostiene que los feminismos latinoamericanos no sólo prosperaron, sino que, de hecho, asumieron el liderazgo internacional. Plantea una restauración histórica de las líderes feministas latinoamericanas como innovadoras del pensamiento y el activismo feminista en el mundo. Durante el periodo de entreguerras, cuando las comprensiones dominantes del feminismo en Estados Unidos y Europa Occidental se fracturaron en dos bandos cada vez más diferenciados e irreconciliables, el igualitario y el socialista, el feminismo americano exigió la igualdad de derechos políticos junto con otros derechos económicos y sociales, sin considerar incompatibles ambas demandas. Más que el catolicismo o el maternalismo, fue el liberalismo latinoamericano el que dio forma a esta definición flexible del feminismo. Esta rama de la socialdemocracia latinoamericana, popularizada por la Constitución de México de 1917, que se transformó en modelo de las constituciones de Brasil, Uruguay y otros países de América Latina, apoyó a la vez al individuo y a la familia como unidades políticas fundamentales.18
En los años treinta, el comunismo y el Frente Popular también ayudaron a internacionalizar las exigencias de derechos sociales alojadas en el corazón del feminismo americano. Al demandar derechos civiles y políticos, las feministas también reconocían la expansión del empleo remunerado de las mujeres y el trabajo no remunerado que recaía de manera desproporcionada sobre ellas. Abrieron nuevos caminos, reclamando atención internacional a la legislación sobre maternidad como un derecho social de manera tal que no se estigmatizara a las trabajadoras, no se socavara la autonomía económica o política de las mujeres, ni se valorara la maternidad por encima de todo. Muchas también exigieron derechos reproductivos (entre ellos el acceso al control de la natalidad y el aborto legal), aunque no elevaran esas demandas al estatus de tratados sobre igualdad de derechos. Con base en un amplio abanico de tácticas, utilizaban las conferencias interamericanas oficiales para promover los derechos humanos y de las mujeres en todo el mundo, además de poner en marcha una movilización informal de base a partir de grupos que operaban en los ámbitos regional, nacional e internacional.19
Sin embargo, el movimiento no carecía de fisuras. Se alimentaba de fuertes discrepancias, que en ocasiones mitigaron su expansión, y sobre todo de un grupo heterogéneo de líderes. En una época en que las organizaciones feministas se estructuraban de manera jerárquica alrededor de líderes individuales, que en ocasiones se transformaban en representantes de las ambiciones de sus países a escala internacional, las dinámicas interpersonales del feminismo americano resultaron críticas. Este libro se centra en las colaboraciones y los conflictos de seis activistas extraordinarias que fueron sus protagonistas: Paulina Luisi, de Uruguay; Bertha Lutz, de Brasil; Clara González, de Panamá; Ofelia Domínguez Navarro, de Cuba; Doris Stevens, de Estados Unidos, y Marta Vergara, de Chile.
A pesar de que la historia suele recordar a estas mujeres por sus importantes logros en el feminismo nacional, ellas formaban una estrecha red y eran bien conocidas en su época como la vanguardia, por su rebelde liderazgo internacional.20 Luisi, Stevens, Lutz, Domínguez, González y Vergara compartían algunas características fundamentales: todas eran pioneras que trascendían las restricciones profesionales, sociales y culturales impuestas a las mujeres en aquellos tiempos. Es importante destacar que todas gozaban de privilegios raciales y de clase, cierto pedigrí educativo y diversas conexiones cosmopolitas que facilitaban su capacidad organizativa y la posibilidad de viajar por el mundo para acudir a encuentros internacionales de élite. Todas ellas eran consideradas blancas o mestizas en sus contextos nacionales (aun cuando las mujeres latinoamericanas no eran consideradas blancas por sus colegas estadounidenses). La mayoría eran solteras y ninguna era madre, lo que les permitía dedicar al activismo una gran cantidad de tiempo y energía; de hecho, la mayor parte de sus vidas adultas.
Las seis utilizaron su prestigio para captar la atención del continente hacia las demandas y los debates feministas, que se expresaban en artículos de revistas y periódicos, panfletos, libros, volantes y cartas que circulaban por el continente entero. Tenían influencia en la opinión pública y sus discrepancias se extendieron por todo el hemisferio.
Paulina Luisi (nacida en 1875), la mayor de las seis, ha sido reconocida como madre del feminismo latinoamericano. Luisi, obstetra y la primera mujer médica de Uruguay, parió el feminismo panamericano. Junto con unas amigas argentinas, en 1921 concibió la primera organización feminista panamericana. Con un discurso franco y directo, capaz de emitir juicios contundentes, Luisi no temía llamarles la atención a las feministas estadounidenses. Carismática, amable y gran impulsora de otras líderes hispanohablantes, Paulina actuó como mentora personal de casi todas las jóvenes feministas que intentaban organizar un movimiento panhispánico. Ella cultivó el feminismo americano.
Bertha Lutz, famosa bióloga nacida en 1894, fue reconocida internacionalmente como uno de los cerebros del movimiento sufragista de Brasil. Lutz se transformó en líder de la organización panamericana surgida a partir de los tempranos esfuerzos de Luisi, pero adoptó posturas muy diferentes del feminismo panamericano. Con dominio del portugués, el inglés y el francés, consideraba que la América Latina hispanohablante estaba rezagada en términos raciales y creía que Brasil y Estados Unidos debían ser los que ejercieran el liderazgo. Mordaz, meticulosa y con una gran rapidez mental, Bertha promovió su propia y particular visión en las conferencias internacionales en que se estaba dando forma al movimiento. De manera irónica, muchas veces sus esfuerzos estimularon formas aún más fuertes de feminismo americano panhispánico.
Clara González, nacida en 1898, fue la primera mujer abogada de Panamá. Promovió el liderazgo de las mujeres en América Central y el Caribe. Conocida como la Portia de Panamá (por la astuta heroína de El mercader de Venecia, de Shakespeare), González estableció una conexión entre la protección de protectorados como Panamá, por parte de Estados Unidos, y la protección de las mujeres por parte de los hombres. Desarrolló esta idea para un acuerdo internacional por los derechos de la mujer y más adelante luchó por el Tratado de Igualdad de Derechos como representante de la CIM. A pesar de su desilusión por el dominio que ejercía Estados Unidos sobre esta organización, Clara no cesó en su empeño de cultivar su sueño original: un feminismo americano antiimperialista encabezado por latinoamericanas.
La cubana Ofelia Domínguez, nacida en 1894, colaboró con su gran amiga González por un feminismo americano que considerara la soberanía de las mujeres y la soberanía nacional latinoamericana como mutuamente constituidas. En los años treinta, Domínguez, también abogada, cambió su fe en la ley por la confianza en la revolución. Se volvió una líder apasionada de los partidos comunistas de Cuba y México, donde vivió en el exilio por algunos años durante los regímenes de Machado y Batista, y organizó a feministas y obreros. Al divulgar información en todo el continente sobre el problemático liderazgo de la presidencia estadounidense de la CIM, Ofelia fue una pieza clave en la activación del resurgimiento latinoamericano que impulsó al feminismo americano.
Doris Stevens, blanco de la ira de Domínguez, fue una veterana sufragista estadounidense nacida en 1988, famosa tras su breve encarcelamiento por haber organizado un piquete frente a la Casa Blanca durante la campaña por el voto de las mujeres. Apodada apóstol de la acción por su agresivo y efectivo liderazgo, Stevens fue motivo de admiración en América por los dramáticos y desafiantes actos dirigidos a menudo al gobierno estadounidense. Pero también fue la pesadilla de muchas feministas latinoamericanas. Como presidenta de la CIM durante casi una década, Doris fomentó su visión del feminismo consagrada en el Tratado de Igualdad de Derechos, a pesar de la protesta de muchas colegas latinoamericanas que buscaban ampliar la agenda más allá de las demandas por los derechos políticos y civiles. Los reclamos internacionales de la comisión no habrían conseguido la influencia que tuvieron si no hubiera sido por su capacidad organizativa, sus hábiles campañas mediáticas y las sustanciales donaciones que recibió de poderosos donantes estadounidenses. Sin embargo, sin su tendencia a polarizar, que agudizaba los resentimientos de tantas feministas de la región, el movimiento no habría provocado una rebelión panhispánica tan fuerte.
De las cinco feministas latinoamericanas que protagonizan esta historia, la chilena Marta Vergara, nacida en 1898, fue la amiga más cercana de Stevens. Ella sería también su mayor oponente en la lucha por un movimiento más amplio que cuestionaba el liderazgo de Stevens. Vergara, una reconocida periodista, consiguió ampliar el alcance de las demandas por la igualdad de derechos para incluir los derechos económicos y sociales de las mujeres. También ayudó a expandir el alcance del movimiento. Como Ofelia, Marta se hizo comunista y se unió al Partido Comunista de Chile a mediados de los años treinta, tejiendo conexiones con otros grupos regionales, nacionales y trasnacionales que promovían el antifascismo, el pacifismo y los derechos de la mujer. También ayudó a crear un nuevo movimiento feminista asociado al Frente Popular, por y para las mujeres hispanohablantes.
La historia feminista siempre ha cuestionado las periodizaciones convencionales; a partir de la exploración del movimiento que estas seis activistas ayudaron a crear, este libro busca ofrecer una nueva periodización.21 El periodo entre la primera y la segunda ola del feminismo [llamado doldrums en inglés, es decir, “estancamiento, inactividad”] se transforma en un periodo de gran vitalidad feminista si dirigimos nuestra mirada geográfica al sur. Al hacerlo, vemos que hitos históricos como la Doctrina Monroe, la intervención militar de Estados Unidos en Nicaragua, Haití y República Dominicana, el Canal de Panamá, la Enmienda Platt, la Guerra Civil española y la Carta Atlántica fueron todos viveros del feminismo.
Estos acontecimientos históricos de alcance global fueron el telón de fondo clave para una serie de conferencias internacionales que se transformaron en una base de operaciones para el feminismo americano y constituyen la médula de este libro. Fue en las conferencias interamericanas donde las seis protagonistas de este libro, junto a otras feministas y hombres de Estado, establecieron y rompieron alianzas, afinaron sus argumentos, hicieron públicas sus demandas, organizaron contraconferencias para protestar contra las oficiales y consiguieron sus victorias más significativas. Estos encuentros son tan importantes para la historia feminista como lo es la convención de 1848 en Seneca Falls, Nueva York, reconocida con frecuencia por haber lanzado las primeras demandas organizadas por los derechos de la mujer, y la Conferencia Mundial por el Año Internacional de la Mujer en la ciudad de México, que movilizó nuevas formas de feminismo mundial. También son precursores fundamentales de la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, celebrada en Viena en 1993, así como de la cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín, celebrada en 1995; ambas fueron puntos de inflexión para el reconocimiento internacional de los derechos de la mujer como derechos humanos. En estas conferencias panamericanas, las relaciones internacionales no sólo dieron forma al feminismo, sino que el feminismo influyó a su vez sobre la diplomacia y el panamericanismo.22 Desde que las feministas cubanas y estadounidenses se colaron en la conferencia panamericana de La Habana en 1928, los derechos de la mujer se transformaron en un tema central de las conferencias panamericanas. En los años anteriores a esta conferencia, hombres de Estado latinoamericanos ya habían promovido los derechos de la mujer en esos encuentros, equiparando el feminismo con el progreso civilizatorio. Durante el periodo de la Buena Vecindad, la CIM se transformó en una piedra en el zapato para el Departamento de Estado de Estados Unidos. En las conferencias panamericanas, los debates en torno a los tratados internacionales sobre derechos de la mujer provocaban confrontaciones políticas alrededor del imperio estadounidense, la soberanía nacional, el progreso latinoamericano y, en los años treinta, el fascismo y el antifascismo. Durante la segunda Guerra Mundial, cuando los esfuerzos de Estados Unidos por reforzar sus relaciones con América Latina estaban en auge, el Departamento de Estado invirtió más energía y recursos en el feminismo panamericano que nunca. Pero también intentó neutralizar el movimiento. La indomable determinación del feminismo continental encabezado por América Latina, en oposición a la resistencia del gobierno de Estados Unidos a las demandas internacionales por los derechos de la mujer, tuvo una influencia incuestionable sobre el surgimiento de los derechos humanos durante y después de la segunda Guerra Mundial.
***
Las dinámicas y los afectos interpersonales modelaron con fuerza un movimiento que, a su vez, transformó las vidas de las mujeres que lo impulsaron. Este libro explora las interacciones que Luisi, Lutz, González, Domínguez, Stevens y Vergara mantuvieron entre sí y con una gran cantidad de otras feministas y hombres de Estado, para reconstituir cómo se sentía el feminismo mundial. Sostiene que estos sentimientos y estas relaciones fueron importantes para los logros políticos del movimiento.23 Ideas contrapuestas sobre el imperio, la lengua, la raza y la nación alimentaron el movimiento, mientras que las discusiones y la ira provocadas por esas diferencias fueron con frecuencia muy productivas. Las disputas de las feministas con líderes de Estados Unidos, que para ellas encarnaban el imperialismo estadounidense, contribuyeron a crear alianzas entre mujeres latinoamericanas por lo demás muy diversas, que a su vez establecieron relaciones muy emotivas entre sí. El feminismo imperial también prevaleció entre algunas activistas latinoamericanas; de hecho, encabezó una rama prominente del feminismo panamericano. La creencia de Bertha Lutz en su propia superioridad cultural y racial, así como su insistencia en que el feminismo panamericano debía ser liderado por las élites blancas de Brasil y Estados Unidos, provocaron relaciones tensas con las feministas hispanohablantes; al mismo tiempo, algunas de éstas conservaban sus sentimientos de superioridad mundial y racial.24
Sin embargo, con alguna frecuencia las experiencias rutinarias de las feministas latinoamericanas en relación con el racismo de sus colegas estadounidenses, así como las políticas antirracistas del Frente Popular, ampliaron el movimiento y formularon nociones más indivisibles de derechos humanos basados en el género, la raza y la clase. Sus experiencias y sus políticas de expansión influyeron en las demandas presentadas por las feministas latinoamericanas en la Conferencia Interamericana sobre los Problemas de la Guerra y la Paz, celebrada en el Castillo de Chapultepec de la ciudad de México en 1945, a partir del hecho de que los derechos igualitarios de las mujeres tenían que aliarse con el antirracismo y garantizarse de manera explícita a todas “las mujeres latinoamericanas, negras y de diferentes razas indígenas”.25
Las feministas tenían plena conciencia del contenido afectivo de su movimiento: no es casualidad que una gran cantidad de ellas sostuviera que el amor debía ser la base de su política.26 Como explicaba en los años treinta la feminista panamericanista del Frente Popular argentino Victoria Ocampo, las mujeres necesitaban unirse en una solidaridad no sólo objetiva, sino también subjetiva, refiriéndose a un tipo de solidaridad enfocada tanto en acciones e intereses creados como en ideas y sentimientos.27 Las relaciones de las feministas entre sí se transformaron en un terreno de prueba para un feminismo americano que combinaba la soberanía individual con formas colectivas de justicia, como la solidaridad con personas de todo el mundo a quienes nunca llegarían a conocer. Este sentido de empatía infundió sus reclamos por los derechos humanos. Clara González entendía la democracia social como un emprendimiento colectivo similar a la amistad, en el que las personas tienen obligaciones mutuas, así como derechos individuales. Ella había encontrado inspiración en las palabras de uno de sus profesores de derecho, J. D. Moscote, quien defendió un tipo de política “a tono con las verdaderas necesidades de la vida moderna, que es esencialmente una vida de relaciones, de interdependencia, de solidaridad, de ayuda mutua, de acción social y de amor”.28
Las sólidas redes que las feministas tejieron entre sí ampliaron las posibilidades de sus compromisos internacionales y las llevaron a alcanzar algunos logros materiales locales y fuera de sus países. Este movimiento impulsó leyes nacionales sobre derechos económicos, sociales, civiles y políticos en América. También consiguió frenar las amenazas a los derechos de la mujer en muchos países: las feministas recurrieron a la movilización internacional para bloquear propuestas de ley que consideraban fascistas. Y, quizá lo más importante, politizó a las mujeres, al hacer que muchas adquirieran conciencia de los nexos entre imperio mundial y formas locales de opresión, así como del papel que tenían en su comunidad, hogar y lugar de trabajo, y de su fuerza política a partir de la unión.
Los lazos reales e imaginarios entre ellas constituyeron la fuerza centrípeta del feminismo americano. Ofelia Domínguez Navarro lo sabía. Algunos años después de su conflicto con Doris Stevens, le envió una copia de su correspondencia a una amiga argentina como excusa para formar una confederación hispanohablante de feministas latinoamericanas. Domínguez reconocía que ese poder colectivo aún no se había concretado, pero que unidas podían ser una sola fuerza.29 Animó a compartir su idea con su mentora, Paulina Luisi, quien le envió a Domínguez palabras de empatía y apoyo durante su último encarcelamiento por parte del régimen de Machado. La solidaridad de Paulina le dio a Ofelia la esperanza de que un movimiento de mujeres encabezado por latinoamericanas tendría grandes repercusiones. Como le escribió a Luisi: “¡Si pudiéramos nosotras, las mujeres, sacudir nuestro continente!”30
1. Una nueva fuerza en la historia universal
En mayo de 1921, Bertha Lutz, de 26 años, le escribió a Paulina Luisi, de 45, sobre un asunto que le preocupaba cada vez más: el “problema feminista”. El término feminisme había sido introducido en Francia y llegó a América a finales del siglo XIX, pero recién entonces empezaba a formar parte del vocabulario de líderes políticos, socialistas y mujeres de clase media, y de reformistas sociales como la brasileña Lutz y la uruguaya Luisi. Bertha buscaba introducirse en algunos grupos internacionales con los que Paulina tenía conexiones, al ser la feminista latinoamericana más famosa. En la carta, Lutz se disculpaba por su atrevimiento al escribirle sin tener el honor de conocerla personalmente y agregaba que era bien sabido que en Uruguay se le reconocía como una precursora.1
Desde Montevideo, Luisi se emocionó con la carta de Lutz. Ella creía que estaban dadas las condiciones para un nuevo movimiento de y para las mujeres de América, libre de la dominación de las europeas, capaz de promover el voto femenino, el bienestar y la paz en el hemisferio occidental. “Acepto pues con alegría esta correspondencia y colaboración internacional que promete mucho y es muy buena para nosotras”, le respondió Luisi.2 Ambas ayudarían a lanzar lo que Lutz consideró más tarde como “una nueva fuerza en la historia universal”: el feminismo panamericano.
Ambas mujeres creían que la primera Guerra Mundial había hecho añicos la creencia en la superioridad cultural europea. Se había abierto un espacio para que las nuevas naciones democráticas de América, con una historia compartida de colonialismo europeo, se transformaran en faros del progreso, la reforma social, el multilateralismo internacional y la paz. El nuevo panamericanismo defendía el progreso cultural y la soberanía política, con los derechos de la mujer como un aspecto central de ambos.
Sin embargo, Luisi y Lutz descubrirían que las suyas eran nociones diferentes y opuestas del feminismo panamericano. Paulina privilegiaba un movimiento organizado por mujeres hispanohablantes de la raza y celebraba una identidad panhispánica por sobre el imperio estadounidense y angloamericano. Su panamericanismo no siempre buscaba desmantelar la hegemonía de Estados Unidos, sino más bien que las naciones mejor constituidas de América Latina, como el propio Uruguay, fueran parte de esa hegemonía. Por otro lado, Bertha creía que los líderes legítimos del feminismo panamericano eran Brasil (representado por ella misma) y Estados Unidos (por la veterana sufragista Carrie Chapman Catt). Tanto una como otra asumían que sus países representaban el liderazgo continental. Finalmente, sus diferencias las llevarían a una ruptura.
El conflicto entre Luisi y Lutz representó una fisura ideológica más amplia entre quienes creían que el panamericanismo debía celebrar la cultura política de Estados Unidos como modelo para el continente y quienes creían que esta premisa debía rechazarse de manera explícita. Los desacuerdos a partir de las diferentes visiones de las participantes sobre el idioma, la raza y el imperio demostraron ser fundamentales para los orígenes del feminismo panamericano y darían forma al movimiento durante las décadas siguientes.
PAULINA LUISI Y LOS ORÍGENES DEL FEMINISMO PANAMERICANO
En 1916, cinco años antes de su encendida correspondencia con Lutz, Paulina Luisi pronunció el discurso inaugural del Primer Congreso Americano del Niño en Buenos Aires. En él, afirmaba que los derechos de la mujer debían ser un objetivo panamericano. El término panamericano, más que referirse a la hegemonía económica o la intervención militar estadounidenses, estaba transformándose en un movimiento social encabezado por América Latina. Sus objetivos interrelacionados incluían la democracia, la paz internacional, la mejora social y, en particular, el crecimiento de los Estados de bienestar y la protección de las mujeres y la infancia. Mientras que en Europa la guerra dificultaba los avances en materia de bienestar social, Luisi proclamó que América, cuyas revoluciones democráticas habían roto las cadenas con la “vieja Europa”, se estaba uniendo para llevar a cabo “una obra de vida y de progreso que no florece sino a la sombra del árbol de la paz!”.3 Ahí presentó proyectos de resolución sobre educación sexual y salud pública, aunque su discurso ponía énfasis en una nueva exigencia: el voto de las mujeres, que en su país se hallaba en proceso de debate, pues ya se estaba considerando el sufragio universal. El derecho de las mujeres a votar perfeccionaría los objetivos fundamentales del panamericanismo: la soberanía política y el progreso cultural del hemisferio occidental.4
Hasta entonces, los derechos de la mujer no se habían articulado como demanda panamericana. Aunque en 1916 eran una meta marginal en la mayoría de los países de América Latina, durante los años siguientes se transformaron en una cuestión central para la misión panamericana.
El congreso de 1916 marcó un punto de inflexión también para Luisi. Poco después de su regreso a Montevideo, creó la primera organización nacional de sufragistas de Uruguay, el Consejo Nacional de Mujeres Uruguayas (Conamu), una filial del Consejo Internacional de Mujeres creado en 1888 (ICW, por las siglas de International Council of Women), que ya tenía sedes en Argentina y Chile. Luisi conectó al Conamu de manera formal con un nuevo grupo panamericano de mujeres creado para mejorar el bienestar de mujeres, niñas y niños del hemisferio: Women’s Auxiliary [Conferencia Auxiliar de Señoras], con base en Estados Unidos y auspiciado por el segundo Congreso Panamericano. En 1917, en las páginas de Acción Femenina, el boletín del Conamu, Luisi usó la palabra feminismo por primera vez en un documento impreso y describió lo que ella entendía por ese término:
Quiere el feminismo demostrar que la mujer es algo más que materia creada para servir al hombre y obedecerle como el esclavo a su amo; que es algo más que máquina para fabricar hijos y cuidar la casa; que la mujer tiene sentimientos elevados y clara inteligencia; que si es su misión la perpetuación de la especie, debe cumplirla, más que con sus entrañas y sus pechos, con la inteligencia y el corazón preparados para ser madre y educadora; que debe ser la cooperadora y no la súbdita del hombre, su consejera y su asociada, no su esclava.5
Esta colaboración, explicó Luisi, requería “plenos derechos” en relación con el trabajo, la propiedad, el salario y el cuidado de la infancia. La mujer necesitaba ser “dueña también, a la par del hombre, de la dirección y el destino de esa misma humanidad”. Más allá de estos derechos individuales, Luisi también tenía en mente los derechos sociales que entrañaban “la responsabilidad” implícita, herramientas para la transformación social más radical que podía provocar el feminismo.6 En el transcurso de los años siguientes, ella colaboró con amigas de Chile y Argentina para incluir los derechos de la mujer en el corazón de un nuevo movimiento de feminismo panamericano.
Identificarse con el término panamericano era algo nuevo para Luisi. La América hispana y Europa eran para ella puntos de referencia más fuertes que Estados Unidos. Se identificaba con el panhispanismo, un movimiento popularizado por los modernistas de América Latina de principios del siglo XX, que transmitía un sentido regional compartido de idioma y raza, y una historia de independencia de España y de hegemonía de Estados Unidos. Este país había surgido como un enemigo de la América hispana en épocas tan tempranas como el siglo XIX, con la anexión de Texas en 1845, la guerra con México (1846-1848) y los intereses estadounidenses en el Canal de Panamá. Pero la guerra de 1898 entre España y Estados Unidos impulsó sin duda un panhispanismo antagonista que subrayaba la existencia de dos Américas: por un lado, Hispanoamérica o América Latina; por otro, la América anglosajona. La primera se caracterizaba por el humanismo, el idealismo y el colectivismo; la segunda, por el materialismo, el utilitarismo y el imperialismo. Luisi y una gran parte de las élites latinoamericanas estaban influidas por el intelectual uruguayo José Enrique Rodó, quien en su famoso libro Ariel, publicado en 1900, alertaba contra la expansión imperialista estadounidense, que empezaba a conocerse como “el peligro yanqui”.7 Durante las décadas siguientes, el término raza pasó a designar a las comunidades hispanohablantes de ambos lados del Atlántico. Luisi se identificó con los ideales que su amiga, la feminista mexicana Hermila Galindo, describió en 1919 como profeminista y prorraza.8
Luisi, nacida en Argentina, era hija de inmigrantes europeos: su madre era descendiente polaca y su padre era ciudadano italiano. A poco de nacer, su familia se mudó a Paysandú, Uruguay. Cuando Luisi cumplió 12 años, se trasladaron a la capital, Montevideo. Contrariamente a las costumbres de la época, sus padres eran progresistas, anticlericales y apoyaban a sus ocho hijas, que sobresalían en terrenos tradicionalmente asignados a los hombres. Paulina, la mayor de las hermanas, estudió medicina; su hermana Clotilde fue la primera mujer abogada de Uruguay; su hermana Luisa fue una poeta famosa.9 Después de obtener un título de profesora en 1890, en 1899 Paulina se convirtió en la primera mujer en Uruguay en conseguir un título universitario y, en 1908, fue la primera médica del país; llegaría a ser directora de la clínica ginecológica de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República. Durante ese periodo entabló amistad y relaciones profesionales con el reducido círculo de la primera generación de maestras y profesionales médicas hispanohablantes de Uruguay, Chile y Argentina.10

FIGURA 1. Paulina Luisi, “la 1a médica uruguaya, 1a doctorada”, fecha desconocida. Cortesía de la Biblioteca Nacional de Uruguay, Montevideo, Uruguay, Colección Paulina Luisi, iconografía.
Desde mediados hasta finales del siglo XIX, cuando Luisi era joven, la industrialización, la urbanización y la inmigración transformaron las instituciones políticas y las condiciones de la vida cotidiana en muchos países de América Latina, sobre todo en el Cono Sur, lo que promovió el surgimiento de constituciones democráticas, una clase media y un giro hacia la secularización. Fue en este contexto de grandes cambios que surgió un grupo ilustrado de mujeres, primero como maestras y luego, cada vez más, como médicas, abogadas y educadoras, que encabezaron los primeros intentos por crear organizaciones feministas liberales en Sudamérica, como el primer Congreso Internacional de las Mujeres en Buenos Aires, en 1910, uno de los primeros encuentros feministas internacionales en el continente.11
Éste fue un suceso crítico para Luisi. Este encuentro regional, que abordó reformas en cuanto al trabajo de las mujeres, la salud pública, la educación sexual, el cuidado de la infancia y el feminismo, buscaba una intervención estatal para el apoyo a las madres y la infancia, a fin de corregir los males generados por el capitalismo industrial, como el trabajo infantil y la explotación de las mujeres en sus lugares de trabajo. Las participantes también presentaron proyectos de resolución sobre el acceso igualitario de las mujeres a la educación y la esfera profesional, derechos igualitarios de custodia y propiedad, y derechos políticos igualitarios, invocando un movimiento feminista latinoamericano.12 Fue allí donde Luisi conoció y fortaleció sus relaciones con una gran cantidad de influyentes reformistas, con quienes llegaría a entablar una amistad de por vida: la educadora chilena Amanda Labarca, la educadora argentina Sara Justo, la reformista Elvira Rawson de Dellepiane y las médicas Petrona Eyle y Alicia Moreau, quien se transformó en la mejor amiga de Luisi durante aquellos años.13
Estas mujeres alentaron a Luisi a organizarse por los derechos de la mujer en Uruguay, reconocido como uno de los países más progresistas del hemisferio. Durante y después de las presidencias de José Batlle y Ordóñez (1903-1907 y 1911-1915), Uruguay impulsó la legislación social más progresista de América: jornada laboral de ocho horas, ministerios de Industria y Trabajo, y un sistema de seguridad social que fue el primero no sólo en América Latina, sino en todo el hemisferio occidental.14 En parte debido a estos avances y a una clase media cada vez más amplia, allí las organizaciones feministas florecieron bajo el liderazgo de Luisi. En 1918, un artículo en la popular revista argentina Caras y Caretas sostenía: “En la América de Sud, al Uruguay le corresponde el haber presentado una más definida corriente feminista.”15
La reputación progresista y feminista de Uruguay potenció el giro que finalmente daría Luisi hacia el panamericanismo. A principios del siglo XX, en los círculos intelectuales en que ella se movía, abogados, médicos y expertos latinoamericanos comenzaron a reformular el significado de panamericanismo como una unión hemisférica por la democracia, el internacionalismo liberal, el saber científico y las reformas sociales. Luisi asistió al Congreso Científico Latinoamericano de 1905, en el que el jurista internacional chileno Alejandro Álvarez promovió una síntesis legislativa interamericana, proponiendo que el próximo congreso científico fuera un evento panamericano que incluyera a Estados Unidos.16
Álvarez era, sin duda, el portavoz más influyente del nuevo panamericanismo entre las élites hispanoamericanas. Al hacer énfasis en el papel de los hechos y la justicia sociales en las relaciones internacionales, lanzó una nueva definición del término: un nuevo sistema de derecho internacional general marcado por el multilateralismo y la paz, en lugar de por la hegemonía estadounidense.17 Álvarez aplicó al hemisferio occidental preceptos del pensamiento internacionalista liberal europeo, incluyendo el arbitraje y la solución pacífica de controversias. Sin embargo, sostenía que América Latina tenía una historia propia y de gran riqueza en cuanto al multilateralismo, la cual debía servir de modelo para otras naciones. Se apoyaba en gran medida en el pensamiento de Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, José Martí y otros héroes libertadores del siglo XIX que habían declarado la unidad de las repúblicas hispanohablantes. También incorporó el panhispanismo de Rodó, que consideraba a las culturas latinas como superiores a la anglosajona y sostenía que los países hispanohablantes debían ser los que encabezaran la civilización. Álvarez pensaba que, mientras que la confederación panamericana soñada por Bolívar había sido una fantasía utópica, no era así en el caso de una confederación panamericana. América Latina y Estados Unidos, decía, compartían una historia, la de haber expulsado al gobierno colonial europeo y de haber abrazado formas de gobierno democráticas y republicanas. Por lo tanto, este panamericanismo debía mirar a Estados Unidos como socio igualitario.18
Cabe destacar que la nueva definición de panamericanismo que daba Álvarez, a pesar de poner énfasis en la igualdad, reservaba un papel especial para los países considerados como potencias hegemónicas en el hemisferio: las naciones sudamericanas de Argentina, Brasil y Chile, llamados países del Pacto ABC por su poder político y económico, así como Uruguay, clasificado junto a las otras tres naciones por su estatus cultural y político, aunque no económico.19 Álvarez no buscaba una revisión de la Doctrina Monroe, sino internacionalizarla y extender su aplicación a estos países latinoamericanos mejor constituidos, considerados como los más avanzados.20 En ese momento, los países del Pacto ABC estaban adquiriendo una relación multilateral con Estados Unidos y desempeñarían un papel esencial en la mediación del conflicto entre México y Estados Unidos en 1916.21
La visión que tenía Álvarez del panamericanismo logró un gran apoyo pues defendía una “civilización americana” no definida por el liderazgo estadounidense ni limitada a un árido conjunto de consideraciones técnicas o legalistas. Basándose en conceptos básicos del pensamiento internacionalista progresista, entre ellos la creencia en el poder regenerador de la educación de las mentes y el intercambio de ideas, reivindicó un nuevo panamericanismo que uniera a los pueblos de América de manera más significativa para asegurar la paz, el bienestar social y las reformas sociales. Esa interpretación interpersonal y colaborativa adquirió una enorme importancia. En el continente, los progresos en el transporte y las comunicaciones aceleraron la circulación de publicaciones y de personas, promoviendo el intercambio de ideas, el contacto personal directo y la influencia en la opinión pública. En 1910, la Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas pasó a ser la Unión Panamericana y su revista, Boletín de la Unión Panamericana, se transformó en el difusor de información de una abrumadora cantidad de nuevos congresos panamericanos, entre ellos los de la infancia, y los congresos científicos encabezados por América Latina.22 Las ediciones bilingües del boletín y de otras publicaciones, como la revista Inter-América, fundada en 1917, se distribuían en las principales ciudades del hemisferio occidental.
Este nuevo panamericanismo alcanzó un auge sin precedentes durante la primera Guerra Mundial, cuando el gobierno de Estados Unidos, de forma rápida y oportunista, incorporó algunos sentidos del panamericanismo provenientes de Latinoamérica en su defensa de la unión del continente. La campaña panamericanista por parte de Estados Unidos guardaba una estrecha relación con el espectacular aumento de su comercio con América Latina, que se incrementó más de 100% después de 1914, con la finalización del Canal de Panamá.23 En el segundo Congreso Científico Panamericano, con sede en Washington, el presidente Woodrow Wilson anunció un nuevo tratado panamericano y propuso una unión continental para garantizar la integridad territorial y la absoluta independencia política, así como tratar todas las controversias dentro del hemisferio occidental por medio de la investigación y el arbitraje. A pesar de que el tratado no fue aprobado, confirió una estructura política muy similar a la Doctrina Monroe multilateral propuesta por Álvarez.24
Paulina Luisi asumía la profunda contradicción en el hecho de que el mismo presidente que pregonaba la igualdad panamericana era quien había dirigido la intervención estadounidense en México en 1914. Incluso después de haber propuesto un tratado panamericano, Wilson supervisó intervenciones militares en Haití y República Dominicana, en un desprecio manifiesto por las normas del derecho internacional.
Pero Luisi estaba de acuerdo con esa nueva interpretación de panamericanismo que promovía el liderazgo continental de los países latinoamericanos bien constituidos, sobre todo del suyo. Uruguay había promulgado el Decreto de Solidaridad Americana después de que Estados Unidos entrara en la primera Guerra Mundial, con mensajes oficiales similares de apoyo panamericano de una gran parte del resto de los países de América Latina.25 En 1919, Baltasar Brum, un ferviente panamericanista que había sido ministro de Relaciones Exteriores, ganó las elecciones presidenciales de Uruguay.26 Brum era el mentor político de Luisi, quien se inclinaba a favor de su definición de panamericanismo, fuertemente influida por Álvarez: “No es [...] una creación norteamericana, ni un pensamiento exclusivo de Monroe”, sino una síntesis de los ideales latinoamericanos y estadounidenses. El panamericanismo de Brum, al explicar que América, a diferencia de Europa, estaría libre del imperialismo y de “los perniciosos prejuicios de razas”, invertía de manera explícita el estatus cultural y racista de los latinoamericanos, que eran vistos como racialmente inferiores por mucha gente en la América anglosajona y en Europa Occidental.27
El apoyo de Luisi al panamericanismo se hizo oficial en 1915, cuando se unió al Pan-American Women’s Auxiliary, creado en Washington. Ese año, el Congreso Científico Panamericano se transformó en un congreso diplomático en toda regla debido a la guerra. Reformistas y esposas de diplomáticos se reunieron aparte para constituir su propia organización panamericana de mujeres, el Comité Internacional Panamericano de Señoras, apodado Women’s Auxiliary. Encabezado por las esposas del secretario de Estado estadounidense y de un experto de la Agencia de Educación de Estados Unidos, el grupo de “auxiliares” contaba con el apoyo firme del Departamento de Estado y de la Unión Panamericana, a pesar de no estar asociado a ellos de manera oficial.28 Buscó miembros de cada una de las naciones del hemisferio occidental, extraídos de las listas de participación en los congresos panamericanos científicos y de la infancia.
El Women’s Auxiliary surgió en un contexto de gran prosperidad del internacionalismo de mujeres europeas y estadounidenses, imbuido por las creencias progresistas de que la justicia social y la paz en el mundo requerían cooperación entre las mujeres del planeta.29 Jane Addams, una estadounidense reformista social y pacifista internacional, articuló este internacionalismo de género en el encuentro panamericano de mujeres en Washington. Unos meses antes, Addams había presidido el Congreso Internacional de Mujeres que tuvo lugar en La Haya, en 1915, el cual reunió a más de 1 200 delegadas de Estados Unidos y Europa para denunciar la guerra y declarar el apoyo a las reformas y los derechos de la mujer. En el encuentro panamericano, Addams sostuvo que, teniendo en cuenta que las interacciones entre personas de distintas naciones podían ayudar a terminar la guerra y que la interacción natural (de vida social frente a vida política) había estado durante años en manos de las mujeres, éstas tenían una obligación especial con el panamericanismo.30
Luisi, gran admiradora de Jane Addams, abrazó el Women’s Auxiliary y su principio rector de que las relaciones afectivas entre mujeres podían promover la paz mundial. Sin embargo, Paulina veía una omisión en las metas del grupo. A pesar de que el Women’s Auxiliary promovía la mejoría económica y social de la infancia y las mujeres, no mencionaba el derecho de éstas a votar, que todavía era una demanda controvertida.31 Sin embargo, a escala internacional, América Latina incluida, las reformistas argumentaban que tanto la igualdad de la mujer como la superioridad moral requerían la plena ciudadanía de las mujeres. Los llamados internacionales por la democracia y la autodeterminación mundial, acelerados por la primera Guerra Mundial, también hicieron del sufragio una demanda más apremiante. Junto a interlocutoras y amistades feministas de Argentina que también se unieron al Women’s Auxiliary, Luisi comenzó a buscar un nuevo foro panamericano que asegurara de manera formal y sin reservas los derechos civiles y políticos de las mujeres.
Las sólidas maniobras de Uruguay a favor del sufragio femenino, a diferencia del resto de los países de América, convencieron a Luisi de que su país podía ayudar a encabezar ese movimiento. En noviembre de 1917, Uruguay impulsó una Constitución que incluía mecanismos para promulgar el voto de las mujeres, prometiendo el derecho al sufragio, aunque debía ser ratificado por dos tercios de ambas cámaras legislativas. Como indica la historiadora Francesca Miller, esto hizo de Uruguay, en teoría, la primera nación del hemisferio occidental en reconocer el sufragio femenino, aun antes que Estados Unidos, donde, si bien algunos estados garantizaban este derecho, aún no había una enmienda federal en el horizonte.32
En 1919, Luisi fundó una nueva organización: la Alianza Uruguaya para el Sufragio Femenino, con el fin de presionar a funcionarios para que promulgaran el derecho de las mujeres a votar. Como había ocurrido en Europa, donde la organización matriz International Woman Suffrage Alliance [Alianza Internacional para el Sufragio Femenino] (IWSA) se separó en 1904 del Consejo Internacional de Mujeres para reclamar el sufragio, en Uruguay un grupo de mujeres jóvenes progresistas de clase media (no de las élites) se separó de la primera organización fundada por Luisi, la Conamu, para unirse a esta nueva iniciativa de Luisi.33 En el boletín de la organización, así como en el de la IWSA, ella señalaba que, durante los últimos años, el nombre de Uruguay no había tardado en hacerse famoso en los círculos feministas de todo el mundo y que éste había sido el primer país de Sudamérica en iniciar un movimiento por el sufragio femenino.34
El firme apoyo del nuevo presidente Baltasar Brum al movimiento sufragista reforzó el deseo de Luisi de iniciar un movimiento feminista panamericano con Uruguay al mando. Brum y otros hombres de Estado del progresista Partido Colorado abrazaron la trillada idea socialista del siglo XIX de que la civilización podía medirse a partir de los derechos de la mujer. El sufragio femenino, creían, fortalecería la democracia y el poder de Uruguay en el mundo. En 1920, Brum consultó a Luisi sobre un tratado sobre derechos civiles y políticos de la mujer que él había publicado y se hizo famoso en todo el continente. En sus más de 200 páginas, Los derechos de la mujer. Reforma a la legislación civil y política del Uruguay evaluaba con sumo cuidado los cambios legales que garantizarían derechos igualitarios entre hombres y mujeres en todas las esferas, con excepción del servicio militar. En particular, argumentaba que las mujeres en Uruguay debían gozar de estos derechos, puesto que muchas mujeres ya votaban en algunos estados de Estados Unidos, así como en Inglaterra, Alemania, Dinamarca, Austria, Suiza, Australia y Canadá.35
UNA CONFERENCIA PANAMERICANA DE MUJERES
En 1919, Luisi y sus amigas feministas argentinas Alicia Moreau, Petrona Eyle y Sara Justo empezaron a elaborar planes concretos para una conferencia panamericana de mujeres que se llevaría a cabo en Buenos Aires dos años más tarde, en la que se exigiría el sufragio femenino. Buscaban en particular la colaboración de la sufragista estadounidense Carrie Chapman Catt, que mantenía correspondencia con las feministas argentinas, sobre todo con Moreau. Nacida en 1859, presidenta de la U. S. National American Woman Suffrage Association [Asociación Nacional Estadounidense del Sufragio Femenino] (NAWSA), fundadora y presidenta honoraria de la IWSA, Catt era una de las feministas más famosas del mundo. Luisi y sus amigas argentinas estaban convencidas de que la colaboración con Catt y con John Barrett, director estadounidense de la Unión Panamericana, tendría gran importancia estratégica.36
Aunque la alianza que buscaban con Catt era de tipo instrumental, también estaba respaldada por el sentido de superioridad cultural y racial suscrito por el panamericanismo. Luisi creía que las mujeres estadounidenses como Catt y las mujeres sudamericanas como ella misma estaban conectadas no sólo por lazos de feminidad, sino también por una superioridad compartida como mujeres reformistas blancas e ilustradas de clase media. Como ha señalado el historiador N. D. B. Connolly, gran parte de las ideas comunicadas de manera sutil por la propaganda panamericana incluía argumentos raciales sobre las características de una hermandad internacional.37 Este privilegio de blanquitud se transmitía de manera bien clara en la historia compartida de América promovida por Álvarez y Brum, a quienes Luisi consideraba exponentes del panamericanismo. Ponía énfasis en el derrocamiento del colonialismo europeo en todo el continente y en el progreso hacia la democracia, evitando cualquier discusión sobre el genocidio de los pueblos indígenas durante y después de la conquista o la violencia de la esclavitud hacia las personas descendientes de poblaciones nativas o africanas.38 Mientras que las historias nacionales producidas en estos países borraban estos acontecimientos de la memoria colectiva, sus gobiernos se enredaban en un proceso de blanqueamiento de sus poblaciones a partir de la inmigración europea como forma de progreso racial.39 Cuando Brum hablaba de un panamericanismo “libre de odios seculares y de los perniciosos prejuicios de razas” que invadían Europa, por razas se refería a grupos étnicos o nacionales, como era común en aquella época.40 De manera similar, cuando Paulina Luisi celebraba la raza hispanoamericana, se refería a personas hispanohablantes.41 Ella, Brum y gran parte de las élites latinoamericanas participaban en una construcción cultural de la blanquitud conectada con el panhispanismo y el idioma español. Luisi misma era eugenista. Acabó abrazando variantes latinoamericanas de la eugenesia que promovían programas de bienestar y campañas de salud implementadas por el Estado, al mismo tiempo que interpretaba los problemas socioeconómicos de la región en términos de herencia y degeneración racial.42 El discurso habitual en la época de Luisi sostenía que Uruguay era una república blanca, a pesar de que hacia 1800 un cuarto de la población nacional era africana y afrouruguaya.43
Luisi y sus amigas argentinas no sólo compartían con Catt una identificación racial como eurodescendientes, sino también una historia teleológica de civilización y progreso, cuyos capítulos más recientes incluían la educación y los derechos de la mujer. Creían que el papel de las típicas reformistas blancas como ellas, educadas y de clase media, era levantar a sus “hermanas” menos educadas. El imperialismo y el colonialismo no se oponían, sino que eran parte fundamental de la cosmovisión de las feministas internacionales en grupos con mayoría de angloamericanas y europeas occidentales, como el ICW y la IWSA.44 A pesar de que muchas feministas hispanohablantes vinculadas a estos grupos, como Luisi y Moreau, se oponían a la intervención estadounidense en América Latina, recibían su educación de maestras católicas francófonas imbuidas de la lógica occidental europea. Como médicas y científicas, muchas de ellas estaban influidas por el darwinismo social, sobre el cual basaban su feminismo. En una entrevista publicada por el órgano de la NAWSA, Moreau le explicó al público de Estados Unidos que en Argentina había dos tipos de mujeres, que representaban dos estadios evolutivos distintos: el más antiguo era el colonial hispano, de naturaleza católica y retrógrada, descendiente directo de la mujer nacida en un hogar formado por la unión de un español y un indígena, un hogar regido por completo por el padre; el segundo correspondía a las mujeres progresistas que promovían las reformas sociales, como la misma Moreau, argentino-europeas de hogares trasplantados a ese lado del océano por la corriente migratoria.45
Este elitismo y la percepción de compartir una superioridad evolutiva eran de especial relevancia para las expectativas de Luisi de una alianza panamericana igualitaria con las mujeres de Estados Unidos. Sin embargo, sabía que sus homólogas estadounidenses, incluyendo a Catt, solían privilegiar un tipo de jerarquía racial que situaba a los países de América Latina en un plano inferior en cuanto a civilización, en aras de ser guiados por sus superiores hermanas angloamericanas. En un encuentro feminista celebrado en 1919 en Buenos Aires, en el que Luisi llamó “hermanas” a las mujeres estadounidenses, también amonestó a Catt y a Aletta Jacobs, una holandesa que era miembro de la IWSA, por haber obviado por completo a América Latina en su gira mundial sufragista. Catt había comprobado que había asociaciones sufragistas en todo el mundo, excepto en “Grecia, España, Turquía, la república negra de Liberia y todas las naciones sudamericanas”. “Reclamo una excepción para el Uruguay—expresó Luisi—, cuya asociación sufragista he fundado en 1916”, citando su pertenencia al ICW y a la IWSA. Lo que más le molestaba era que Catt había condenado a Uruguay y a toda América Latina a una categoría inferior que la de China, India, Egipto y otros países que, según Luisi, “consideramos mucho menos civilizados que los nuestros”.46
Estas tensiones llegaron a un punto álgido cuando Luisi asistió al encuentro de la IWSA en 1920, en Ginebra. Tal como ha señalado la historiadora Leila Rupp, en esta conferencia el sufragio se transformó en la línea divisoria entre quienes lo tenían y quienes no.47 Holanda y Luxemburgo, igual que Estados Unidos, acababan de aprobar el sufragio femenino.48 Mientras tanto, en Uruguay, a pesar de un amplio movimiento y del apoyo del presidente Brum, los partidos políticos conservadores habían obstaculizado la aprobación del proyecto de ley.49 Luisi y una representante del grupo feminista argentino de Alicia Moreau eran las únicas latinoamericanas en Ginebra; para ellas, como representantes de lo que la IWSA llamaba países no emancipados (donde las mujeres aún no tenían el voto), la distinción con las demás se dejó sentir de manera muy acusada.50
Luisi en particular se sintió ultrajada cuando una serie de miembros de la IWSA buscó disolver la organización internacional, argumentando que el sufragio ya se había conseguido en muchos lugares. Esto demostraba, según informó luego Luisi a la alianza, “¡el pequeño concepto en que el mundo feminista internacional tiene a los países latinos! En efecto, son éstos los únicos que con los países orientales mantienen a la mujer en un estado de inferioridad.” Paulina se transformó en una de las más vehementes opositoras a ese plan; sus intervenciones suscitaban “discusiones vivísimas y apasionadas”. A pesar de que algunas declararon, según testimonio de la propia Luisi, que “los países emancipados que ya nada tenían que hacer” habían “abandonando a los países más atrasados (latinos) a su suerte, por fin, no sin lucha, prevaleció el criterio de dejar subsistir la Alianza Internacional”.51
Luisi insistió en que, en lugar de desmantelar la organización, la IWSA debería entablar relaciones más sólidas con las mujeres y las organizaciones latinoamericanas, repitiendo la que fuera una de sus demandas más insistentes: que el Jus Suffragii, el boletín de la organización internacional, que entonces se publicaba en inglés y francés, se publicara también en español.52 También se ofreció a hacer de enlace oficial entre los grupos de mujeres de América Latina, a lo que la IWSA accedió.
Sin embargo, Luisi dejó la conferencia con una gran desilusión hacia Carrie Champan Catt, que la había presidido.53 Ya de regreso en Montevideo, informó a la Alianza Uruguaya que Catt se enfocaba demasiado en métodos estadounidenses y no dedicaba suficiente interés a América Latina. Luisi no había podido hablar con ella sobre la conferencia panamericana de mujeres que deseaban organizar, ni sobre ninguna otra cosa, ya que “la presidenta internacional Mrs. Chapman Catt sólo posee el idioma inglés”, un idioma que Luisi, hispanohablante y francófona, no hablaba.54
Al año siguiente, los temores de Luisi se vieron confirmados cuando se enteró de que la nueva organización estadounidense de Catt, la League of Women Voters [Liga de Mujeres Votantes] (LWV) estaba planeando una Conferencia Panamericana de Mujeres en Baltimore, sin consultarlo con Paulina ni ninguna de sus amistades argentinas, quienes desde 1919 venían instando a Catt a celebrar un evento de esas características. Luisi, que se enteró de la noticia por feministas argentinas y británicas, por una integrante estadounidense de la Women’s Auxiliary y por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay, antes de recibir una invitación personal por parte de Catt, se indignó con ella por no habérselo comunicado ni haber buscado su consejo.55 Luisi le escribió expresándole su decepción por la tardanza en haber establecido contacto con ella y se disculpaba por no poder asistir. Ya había dejado su práctica médica en Montevideo durante mucho tiempo, por sus viajes a Europa, y tenía una conferencia médica en París unos meses después del encuentro en Baltimore. Además, escribió en español (el idioma en el que le escribía todas sus cartas a Catt): “No conozco el inglés. ¿Recuerda Ud. querida señora Catt que no pude conversar con Ud. en Ginebra?”56 Sin embargo, le comunicó que enviaría a una delegada a la conferencia, alguien de la alianza que sí hablara inglés.57
A pesar de que sus experiencias con Catt minaron su confianza en una organización feminista panamericana basada en la igualdad con Estados Unidos, también la llevaron a consolidar con más fuerza su determinación de alcanzar el liderazgo de Uruguay sobre cualquier otro grupo que pudiera surgir en la conferencia. Decidida a dejar su huella, y la de su país, en la conferencia, Luisi escribió el borrador de una propuesta para una organización feminista panamericana cuya representante, Celia Paladino de Vitale, entregaría en su nombre. Esta Asociación Panamericana de Mujeres “estrecharía los lazos que deben unir a las mujeres de nuestro continente” y lucharía por los derechos de la mujer. A pesar de que Luisi especificaba en su propuesta que la sede de la asociación deberían encontrarse en Estados Unidos, debido al elevado nivel de emancipación de las mujeres de ese país, también reafirmaba el liderazgo de América Latina en la asociación. El grupo estaría encabezado por una comisión compuesta por una delegada de cada país de América y, después de un primer encuentro en Estados Unidos, el resto tendría lugar en América Latina.58 Una vez recibido el apoyo unánime de la alianza, Luisi le explicó a Paladino que este grupo sería una extensión de la Women’s Auxiliary panamericana, pero significaría un aumento de su prestigio y su duración.59
Luisi intentaba contrarrestar de manera explícita el panamericanismo dirigido por Estados Unidos, el cual ella sabía que estaba motivado por intereses imperialistas, en particular su afán por lograr la dominación económica. De hecho, Catt le había comunicado a Alicia Moreau (buena amiga de Paulina que, al saber bien inglés, mantenía correspondencia con Catt con mayor frecuencia) que la conferencia había sido inaugurada por el alcalde de Baltimore y el gobernador de Maryland, que buscaban fortalecer el comercio con América Latina por el puerto de esa ciudad. Para organizarla, habían contactado con la LWV de Baltimore, oportunidad que el Departamento de Estado aprovechó para coordinar esfuerzos con esta organización, así como con la Unión Panamericana y con embajadores y encargados de negocios de diversos países latinoamericanos que estaban en la lista de delegados.60 La LWV tenía sus propios intereses en lo que sería el primer gran acto del grupo desde su fundación y tras la victoria por el sufragio en 1920; es decir, la conquista de los derechos de la mujer más allá de las fronteras de Estados Unidos.61 Sin embargo, el grupo también buscaba promover las inversiones y la hegemonía económica estadounidenses en América Latina. Cuando la directora ejecutiva de la filial de la LWV en Maryland propuso la idea a su presidenta, Maud Wood Park, resaltó los beneficios comerciales como primer motivo de la conferencia.62
La propuesta de Luisi de una nueva asociación panamericana de mujeres intentaba contrarrestar la hegemonía estadounidense en todas sus formas. Ella creía que “Uruguay debería ser quien lo hiciera; ¡el más pequeño pero el primero!”63 Aclaró que este nuevo grupo promovería un panamericanismo basado en la igualdad y el respeto mutuo, en lugar de en la superioridad y el imperialismo económico de Estados Unidos. Antes de que Paladino se marchara a Baltimore, Paulina le entregó copias de su propuesta y la reciente publicación de Brum, Solidaridad americana, en la que sugería la creación de una Liga Panamericana de las Naciones que reconfiguraría la Doctrina Monroe en una política hemisférica multilateral.64 Luisi urgió a Paladino para que se asegurara de que la organización que propusieran alcanzara “el eco que merece en el corazón de todas las mujeres de América que luchan por la solidaridad y la fraternidad de todos los pueblos y de todas las razas”.65 También le encomendó no apoyar ningún otro plan sin antes garantizar la aprobación expresa de la alianza.66
Luisi creía que una de sus interlocutoras más recientes, la joven brasileña Bertha Lutz, apoyaría su búsqueda de un feminismo panamericano opuesto a la hegemonía de Estados Unidos. Después de que Lutz se presentara por medio de una carta un año atrás, Luisi había conseguido hacerla miembro de la IWSA.67 Durante los meses siguientes, ambas se escribieron con cierta regularidad, intercambiando noticias sobre los derechos de la mujer en Brasil y Uruguay, y sobre la IWSA. Ahora, Paulina le decía a Bertha: “Me agradaría mucho saber que Ud. va a Norteamérica para representar a las mujeres americanas del sur” en la Conferencia de Baltimore. Urgió a Lutz para que la consultara y “poder ponernos de acuerdo” sobre la agenda de la conferencia.68 No hay constancia de una respuesta de Lutz en los archivos de una y otra, pero sí de una disminución de la correspondencia entre ambas mujeres a partir de entonces. A pesar de que Lutz apoyó la propuesta de Luisi de una nueva organización feminista, abrazó un feminismo panamericano distinto al de la hispanohablante Luisi. La propuesta de Paulina saldría victoriosa, pero fue Bertha quien sí acudió a la conferencia.
BERTHA LUTZ Y LA CONFERENCIA PANAMERICANA DE MUJERES DE 1922
En 1921, cuando empezó su correspondencia con Luisi, Bertha Lutz empezaba a hacerse conocida como cerebro del movimiento sufragista de su país.69 En el transcurso de los años siguientes se transformaría en la feminista más visible de Brasil, hasta llegar a ser la líder reconocida del movimiento de mujeres ahí durante casi medio siglo. Cerca de 20 años más joven que Luisi, Lutz había nacido en São Paulo, de madre inglesa; su padre era un reconocido científico suizo-brasileño. Educada primero en Brasil y luego en Europa, Lutz se había graduado en la Sorbona con estudios en botánica, zoología y química biológica.70 El alcance del movimiento feminista del que Lutz había sido testigo en el Reino Unido, durante el auge de la militancia sufragista, inspiró su activismo por el voto en Brasil cuando volvió de Europa. En 1918, publicó un artículo que desencadenó el movimiento formal por el voto de las mujeres en Brasil. Abogando por la independencia económica de las mujeres, hizo un llamado a sus hermanas brasileñas a no vivir “parasitariamente de su sexo”, sino a involucrarse en la vida política del país y “transformarse en instrumentos valiosos para el progreso de Brasil”.71 En 1920 formó un pequeño grupo de estudio por los derechos de la mujer, la Liga para a Emancipação Intelectual da Mulher [Liga para la Emancipación Intelectual de la Mujer]. Al año siguiente creció su fama, al volverse la segunda mujer en la historia de Brasil en ganar un nombramiento para un trabajo en la administración pública, tras haber superado a sus competidores hombres en los rigurosos exámenes de ciencia e historia natural para ser secretaria del Museu Nacional de Rio de Janeiro.
Como Luisi, Lutz creía que hombres y mujeres eran equivalentes, aunque biológicamente distintos; a diferencia de Paulina, Bertha creía que su anatomía ponía trabas a las mujeres. Tal como explicó en un artículo de una revista médica en 1920, los cambios en el mundo hacían posible una vida económica e intelectual para las mujeres fuera de los límites del hogar y la maternidad. Estos desarrollos podrían ayudarlas a superar sus limitaciones biológicas. Como delegada de Brasil a la Conferencia Internacional del Trabajo de 1919, apoyó políticas protectoras de las condiciones y los horarios de trabajo de las mujeres. Lutz también creía en igual remuneración por igual trabajo, así como en la igualdad de oportunidades en la educación, a pesar de que consideraba el derecho al voto y la plena ciudadanía como el punto crucial de estas metas.72
El feminismo de Lutz abrevaba de ideas de clase y raza similares a las de Luisi. Creía que las mujeres blancas instruidas de clase media y alta debían promover el bienestar y los derechos, luchar por la democracia y la paz internacionales, y ayudar a levantarse a sus hermanas menos afortunadas. A diferencia de Luisi, Lutz nunca estuvo a favor del socialismo, a pesar de que ambas insistían en las garantías de bienestar social financiadas por el Estado para mujeres, niñas y niños. Las dos creían que esfuerzos internacionales como el ICW y la IWSA en Europa, y los proyectos panamericanos de desarrollo podían ayudar a conseguir esas metas. En 1920, Lutz escribió que, en ese momento, todo dependía de la acción colectiva.73
Sin embargo, para llevar a cabo esta acción colectiva, Lutz se dirigiría a las feministas angloparlantes más que a las hispanohablantes, como hacía Luisi. Bertha, que hablaba portugués, inglés, francés y alemán con fluidez, pero no así español, no suscribía el panhispanismo de Paulina.74 Como lo demuestran las interacciones entre Catt y Luisi, el idioma era una cuestión fundamental en las dinámicas feministas internacionales. De manera significativa, Lutz le escribía a Luisi en francés, en lugar de en portugués, lo que molestaba un poco a Luisi, quien, aunque hablaba francés con fluidez y era el idioma que utilizaba en la mayoría de su correspondencia con feministas inglesas y europeas, le contestaba a Lutz en español, subrayando que esperaba que este fuera un idioma familiar para ella.75 Mientras que las cartas de Paulina a Bertha eran cálidas y generosas, las de Bertha a Paulina eran escuetas y más formales. Por contraste, la correspondencia de Lutz en inglés con sus interlocutoras británicas y estadounidenses era más cálida y extensa. Y lo más significativo: cuando Luisi la instó a promover sus planes para una Conferencia Panamericana de Mujeres en Baltimore, parece que Lutz ignoró su petición.

FIGURA 2. Bertha Lutz, 1925, en el Grace Dodge Hotel, Washington (DC), durante una de sus visitas a Estados Unidos. Colección de la autora.
A pesar de que la brasileña reconocía a la uruguaya como la vanguardia, no buscaba colaboración con ella sino con la IWSA, con lo que conseguiría prestigio para su grupo en Brasil. En 1921, cuando Lutz escribió por primera vez a la IWSA para unirse al grupo, su secretaria Margery Corbett Ashby le encomendó comunicarse con Luisi, que había sido designada para reclutar miembros en América Latina, y le recordó la primera carta de Lutz a Luisi.76
Al igual que muchas de las integrantes de las élites brasileñas de principios del siglo XX, Lutz consideraba que Brasil, antigua colonia portuguesa y monarquía hasta el siglo XIX, era una nación superior y separada de lo que en aquellos años empezaba a conocerse como América Latina. Como explicaría más tarde, Brasil había alcanzado su independencia de manera pacífica, primero como monarquía y luego como Estado-nación, sin haber librado las violentas revoluciones de las repúblicas españolas. Lutz creía que Brasil era joven y estaba libre de prejuicios y del peso muerto de las tradiciones. Por lo tanto, argumentaba, podría adaptarse más rápido que las naciones hispanohablantes a las ideas progresistas, entre ellas el feminismo.77
Lutz utilizaba este excepcionalismo de Brasil para justificar un tipo particular de panamericanismo basado en la hegemonía compartida con Estados Unidos. Según Lutz les explicó más tarde a los grupos de mujeres estadounidenses, Brasil les estaba dando la espalda a ideales e ideas europeas, al darse cuenta de que podía aprender mucho más de Estados Unidos por haber obtenido su independencia en condiciones similares.78 Ambos países se habían organizado como federaciones, a diferencia de las naciones hispanohablantes, que se habían fragmentado en diez repúblicas en el momento de la independencia de España, lo que Lutz consideraba un retroceso.79 Muchas de las élites de Brasil en esa época mantenían una relación especial con Estados Unidos. A diferencia de las naciones hispanohablantes de América, Brasil aprobaba de manera tácita la guerra entre Estados Unidos y España, el corolario de Roosevelt a la Doctrina Monroe y las intervenciones estadounidenses en México, Centroamérica y el Caribe. La creencia en el excepcionalismo de Estados Unidos y Brasil ayudó a suscribir la voluntad de este último de entablar relaciones panamericanas con el primero, que crecieron de manera exponencial durante la primera Guerra Mundial. Brasil se transformó en el único país de la región en participar en la guerra, lo que hizo que la economía brasileña dependiera más que nunca de las exportaciones a Estados Unidos.80
Lutz apoyaba estas ideas y compartía las ambiciones imperialistas. En 1922, como delegada de Brasil en la Conferencia Panamericana de Mujeres en Baltimore, promovió un feminismo panamericanista que, a pesar de celebrar a América en su conjunto, ponía de manera bien clara a Brasil y Estados Unidos por encima de los demás países. En su discurso exclamó que no había otro país “más elocuente con la libertad ni más preñado de esperanza que Estados Unidos”. Descartó a África, al decir que, “salvo sus umbrales de civilización, aún está en un letargo”; a Asia, a la que consideraba “absorta en asimilar los frutos de la civilización occidental y amalgamarlos con los principios de la sabiduría oriental en un todo armonioso”, y a Europa, “dedicada a recuperarse de los horrores de la guerra”. Afirmó que “ninguno de estos continentes puede ayudarnos” y agregó que el mundo miraba hacia América.81
Lutz repitió las habituales metáforas panamericanas sobre el progreso ininterrumpido de libertad e igualdad en América por encima de una Europa arrasada por la guerra y de los continentes de “razas oscuras”, reservando un elogio especial para Brasil —con su inmenso territorio, su tradición de paz que liberó a los esclavos y dio lugar a una república sin derramar una gota de sangre— y Estados Unidos, e hizo un llamamiento para poner fin a la guerra e iniciar la paz. Acabó su discurso con la afirmación de que el papel de liderazgo le correspondía a Estados Unidos.82
La intensidad del amor de Lutz por la América anglosajona provenía de su propia identidad racial nacional. Como hija de una mujer británica, con dominio fluido del inglés y profunda admiradora de las élites británicas y angloestadounidenses, Lutz, quien a lo largo de su vida hizo énfasis en la escritura inglesa de su nombre (Bertha en lugar de Berta), se concebía como excepcional y racialmente superior a sus compatriotas de Brasil.83 El panamericanismo dio un giro a su entusiasta afinidad con Inglaterra, inclinándola hacia el lado de Estados Unidos. Como le escribió a Carrie Chapman Catt, con quien entabló amistad rápidamente en Baltimore, se sentía “norteamericana” por temperamento.84
El vínculo especial que Lutz sentía con Estados Unidos, sobre todo con la LWV, era correspondido por la liga, lo que demostró el favoritismo hacia Lutz incluso antes del inicio de la conferencia. La fuerte relación forjada entre Brasil y Estados Unidos durante la guerra, además de la conexión personal de Bertha con un miembro de la LWV que había viajado a Brasil, facilitó que recibiera una invitación para asistir a la conferencia mucho antes que cualquier otra feminista de América Latina.85 Además, la liga le otorgó mayor financiamiento a Lutz. A pesar de que la LWV le ofreció a cada delegada latinoamericana 500 dólares para ayudar a sufragar los gastos de alojamiento y transporte, Leo Rowe, director de la Unión Panamericana, subrayó que el grupo debía hacer todo lo posible para cubrir los gastos de Lutz como forma de reconocer la importancia de Brasil para Estados Unidos. Sin embargo, no hizo esta petición para ninguna de las otras delegadas, aunque otros gobiernos también habían manifestado su preocupación por los costos. La LWV le dio a Lutz, y sólo a ella, la cantidad de mil dólares, el doble que a las demás.86
La profunda amistad que, en el transcurso de la conferencia, nació entre Lutz y Carrie Chapman Catt, entonces presidenta de la liga, fue fundamental para afianzar la compenetración entre Bertha y la LWV. Ese encuentro fue decisivo para ella. Meses después le enviaba a Catt una eufórica carta sobre el tiempo que habían compartido y le decía que los días que habían pasado juntas no sólo habían sido los más felices que había pasado en Estados Unidos, sino los más felices de su vida.87 Durante 20 años de correspondencia privada se escribieron como mínimo una vez al mes, hasta la muerte de Catt en 1946. Ésta la llamaba “mi hija brasileña”; Lutz llamaba “madre” a Catt.
Desde la perspectiva de la LWV, el enérgico respaldo de Lutz a Estados Unidos fue de vital importancia para la percepción y el éxito del encuentro, sobre todo cuando otras delegadas latinoamericanas objetaron el arrogante liderazgo de la liga. De hecho, el impulso misionero de la LWV hacia las mujeres latinoamericanas impregnaba la conferencia. Presentada como una oportunidad para que las mujeres estadounidenses establecieran vínculos amistosos con las de Sudamérica, Centroamérica, México y Canadá, los organizadores de la conferencia excluyeron las aportaciones de las feministas latinoamericanas, que representaban un porcentaje mínimo de las 2 mil asistentes.88 Las sesiones diarias eran todas en inglés y con participación dominante de portavoces estadounidenses provenientes de importantes organizaciones progresistas, que urgían a las mujeres latinoamericanas a seguir su liderazgo.89 Incluso en las ocasiones en que las delegadas de América Latina cuestionaban la superioridad estadounidense, apenas tenían éxito. Las feministas mexicanas, por ejemplo, sufrieron una terrible decepción ante el rechazo de Catt a considerar una propuesta de la educadora comunista Elena Torres para discutir sobre el petróleo, las tierras, la inmigración, las fronteras y la explotación de trabajadoras mexicanas a manos de las compañías mineras estadounidenses.90
Los debates más acalorados surgieron ante la sensación de superioridad de las mujeres estadounidenses sobre sus incultas hermanas latinoamericanas. En la sesión sobre el estado civil de las mujeres, la fiscal general de Estados Unidos, Mabel Walker Willebrandt, declaró que el derecho consuetudinario anglosajón era preferible al código napoleónico de América Latina. En países anglosajones como Estados Unidos, Inglaterra y Canadá, señaló Willebrandt, las mujeres habían conseguido el derecho a tener propiedades y percibir salarios, formas de independencia legal que aún no habían sido adoptadas en todos los países de América Latina.91
La imagen negativa de las leyes de América Latina planteada por Willebrandt era parte de un antiguo patrón de denigración de la cultura legal y política de la región por parte de las élites estadounidenses, lo que provocó una fuerte discusión conducida por Celia Paladino de Vitale. Ella relató las múltiples formas en que el movimiento de mujeres de Uruguay había conseguido la igualdad entre hombres y mujeres, reconociendo los derechos de guarda y custodia de hijos e hijas, y los derechos hereditarios de hijos e hijas fuera del matrimonio. Paladino señaló la prestación de amplios derechos de bienestar social para hombres y mujeres por parte de Uruguay, derechos que Estados Unidos aún no había garantizado: jornada laboral de ocho horas, pensiones de vejez y educación pública y gratuita, con libros de texto y material escolar. En Uruguay, las mujeres casadas tenían además derechos a la nacionalidad independiente, a diferencia de en Estados Unidos.92
El logro de una amplia justicia social y de derechos de bienestar en Uruguay reflejaba las aspiraciones que impulsaban distintas versiones del feminismo latinoamericano. La constitución de 1917 del México revolucionario, que abrazó el bienestar social de las mujeres trabajadoras, se alzaba como modelo continental para muchos grupos feministas en ciernes a lo largo y ancho del continente. En la Conferencia de Baltimore de 1922, esta noción de derechos sociales marcó una línea divisoria entre Paladino y la LWV, que entendía que estas preocupaciones sociales tenían una importancia de segundo nivel en los derechos políticos y civiles. Durante el encuentro de la IWSA de 1920 surgieron tensiones similares, ya que esta organización no reconoció que muchas de sus metas postsufragio ya estaban vigentes en Uruguay, lo que provocó la ira de Luisi.93 Esta tendencia de las mujeres estadounidenses a privilegiar los derechos individuales civiles y políticos por sobre los derechos sociales, y a asumir que ellas disfrutaban de un estatus legal superior, se mantuvo dentro de las organizaciones panamericanas durante décadas.
Otro conflicto persistente se daba alrededor de quién tenía autoridad para hablar y establecer un programa. Debido a que la agenda de la Conferencia de Baltimore no había establecido un tiempo para considerar las iniciativas de las mujeres latinoamericanas, un grupo de feministas hispanohablantes encabezadas por Paladino se organizó de manera independiente como forma de protesta. Como se dijo en un artículo del Sun de Baltimore, las mujeres que habían asistido sentían que tenían un tiempo demasiado limitado para tratar los problemas que habían ido a discutir a Estados Unidos. Exigían que la conferencia se extendiera varios días, en los que el español debería ser la lengua oficial.94
Durante esta prolongación de la conferencia en español, Paladino presentó la propuesta de Luisi para una Asociación Panamericana de Mujeres. Ante un público de 1 500 personas, aseguró que esta organización iba a “estrechar los lazos que deben unir a las mujeres de nuestro continente” y a promover los derechos políticos, civiles y sociales de la mujer.95 Paladino apuntó que, a pesar de que las estadounidenses podían ayudar a encabezar la organización, ésta no sería dirigida por ningún poder ilimitado de Estados Unidos. “Los alarmistas nos dicen que, al entrar en asociación con vosotros, seríamos de hecho absorbidas inmediatamente y que Uds. ejercerían su hegemonía sobre nosotras”, reconoció y agregó: “Pero no creo en eso.”96 Por el contrario, propugnó por un nuevo panamericanismo, citando la Solidaridad americana de Brum, cuyas palabras sirvieron como reprimenda a las mujeres estadounidenses que dominaban la conferencia y como recordatorio de que su país era un líder panamericano: “El panamericanismo implica la igualdad de todas las soberanías, sean ellas grandes o pequeñas, la seguridad de que ningún país intentará amenguar las de otros y de que han de serles reintegradas a las que las tuvieren disminuidas. Es, en resumen, exponente de un alto sentimiento de confraternidad y de una justa aspiración de engrandecimiento material y moral de todos los pueblos de América.”97
“Nosotras esperamos —añadió Paladino— que este paso redundará en beneficio de nuestras mujeres y que consolidará la Pax Americana de los pueblos de habla inglesa y española [...] una paz que anhelamos sea permanente para las épocas venideras.”98 La propuesta de Paladino fue aceptada por unanimidad, con lo que se creó la Pan American Association for the Advancement of Women [Asociación Panamericana para el Progreso de las Mujeres] (paaaw).
A pesar de que las palabras de Paladino contenían una seria advertencia contra la hegemonía de Estados Unidos, no apareció ningún reconocimiento de su discurso o su liderazgo en la prensa de ese país ni en los informes de la LWV, que subrayaban el liderazgo de Catt y Lutz en este nuevo grupo. La liga informó que, a pesar de que la sugerencia venía de Uruguay, el entusiasmo provenía del encuentro de Baltimore y de la supervisión de la organización realizada por Catt, cuya madura orientación y sabias dotes de estadista habían sido fundamentales para el encuentro.99 Bertha Lutz en seguida fue nombrada presidenta del comité organizador y, junto con Catt, estableció las prioridades del nuevo grupo: derechos de la mujer, paz y mejoramiento de la mujer y la infancia. Catt sería nombrada presidenta y Lutz, vicepresidenta para Sudamérica. Asignaron a Paulina Luisi el papel nominal de vicepresidenta honoraria.100
Durante la conferencia, la franca simpatía de Bertha Lutz hacia la LWV y su dominio del inglés la distinguieron entre las demás delegadas latinoamericanas, lo que le otorgó más margen para su plataforma. La LWV promovió a Lutz, facilitándole conexiones con la prensa, que le rindió un homenaje especial por su juventud y belleza, y la consideró la feminista más progresista de América Latina.101 Cuando John Barrett, el anterior director de la Unión Panamericana, hizo un comentario sobre su creciente fama, alabó su semejanza con los estereotipos femeninos estadounidenses y comentó que, por su figura, su vestimenta y su personalidad, podría pasar fácilmente por una destacada estudiante universitaria o una joven y alegre flapper.102
Esta atención por parte de la prensa y la fuerza de su propia personalidad acrecentaron la enorme impresión que causó Lutz en el público estadounidense en general. Representantes de más de 50 organizaciones de Estados Unidos, incluyendo varias ramas estatales de la American Association of University Women [Asociación Estadounidense de Mujeres Universitarias] (aauw) y la National Federation of Business and Professional Women [Federación Estadounidense de Mujeres Profesionales y Empresarias] (nfbpwc), junto con una gran cantidad de los intelectuales y políticos más prominentes del país, dirigieron a Lutz preguntas y elogios durante y después de la conferencia. Florence Kelley, una de las reformistas más influyentes de la época, la invitó a cenar a Nueva York; Grace Abbot, de la Children’s Bureau [Oficina de la Infancia], procuró una reunión con ella en Washington;103 Jane Addams la invitó a Hull House, en Chicago, donde la homenajeó con un almuerzo especial; W. E. B. Du Bois le envió una nota personal para invitarla a reunirse con él y le preguntó por un candidato presidencial brasileño afrodescendiente. El ex presidente Woodrow Wilson le transmitió su respeto personal y su profundo interés en todo aquello que afectara el bienestar y la felicidad de las mujeres y de todo el pueblo de Brasil.104 La fama de Lutz creció cuando la LWV patrocinó el viaje de tres meses que realizó por Estados Unidos después de la conferencia, durante el cual Bertha anunció el éxito de la reunión de Baltimore y consideró que Estados Unidos era el “maestro de América entera”.105 En un encuentro en la sede de la nfbpwc en California, dijo que H. G. Wells había olvidado algo al escribir sobre sus esperanzas por una Unión Panamericana: las mujeres; añadió que ellas eran “la nueva fuerza en la historia universal”.106 Lutz creía que la LWV era esta nueva fuerza y la consideraba como un nuevo factor en el corazón de América, especialmente de América Latina.107
FEMINISMO IMPERIAL PANAMERICANO
La PAAAW, surgida durante la Conferencia de Baltimore en 1922, se transformó en una nueva fuerza. Como la primera organización panamericana en exigir derechos para las mujeres, presentó y reunió a una gran cantidad de líderes de América, lo que llevó a constituir un aparato institucional crítico para el posterior florecimiento del movimiento. Diversas delegadas latinoamericanas que asistieron a la Conferencia de Baltimore en 1922 (de Panamá, Chile, Costa Rica, México y otros países) lanzaron nuevas organizaciones feministas afiliadas a la asociación matriz al regresar a sus países.108
Sin embargo, Bertha Lutz y Carrie Chapman Catt fracasaron en sus intentos de establecer lazos fuertes entre las feministas latinoamericanas. La convicción de Lutz del excepcionalismo de Brasil y Estados Unidos le impidió comunicarse con sus homólogas. En 1923, la feminista mexicana Elena Torres, nombrada vicepresidenta para Norteamérica del nuevo grupo, le escribió a Lutz una larga carta llena de esperanza por la asociación. Torres fue anfitriona de una conferencia panamericana en México que reunió a cientos de participantes, quienes exigían el voto y una organización continental de mujeres.109 Le explicó a Lutz que ella y otras mujeres que habían asistido a Baltimore “somos coscientes [sic] de la responsabilidad que hemos contraído para el movimiento feminista de América”.110 Torres urgió a Lutz para que le escribiera con asiduidad. Pero Lutz no respondió ni tampoco contactó a ninguna otra feminista hispanohablante. Torres volvió a escribirle justo un año más tarde. Lutz le contestó de manera escueta, animándola sin mucho entusiasmo.111 Lutz tenía más interés en impulsar el feminismo en Brasil y en fortalecer sus propias afinidades con el ICW y la IWSA en Europa que en cultivar conexiones con feministas hispanohablantes, a quienes consideraba racial y culturalmente inferiores. Como contrapartida, muchas feministas hispanohablantes pronto se sintieron desilusionadas con su liderazgo y el de Catt. Su decepción alcanzó un punto álgido en 1923, cuando, después de haber viajado por América Latina, Catt publicó una serie de opiniones denigrantes sobre el feminismo latinoamericano.
Después de la Conferencia de Baltimore, Catt inició un viaje de varios meses por Latinoamérica, en el que visitó Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Perú y Panamá para conocer la situación de las mujeres y apoyar a la asociación panamericana. La primera parada de Catt fue Brasil, donde junto con Lutz ayudó a lanzar la Federação Brasileira pelo Progresso Feminino [Federación Brasileña por el Progreso Femenino], que habría de convertirse en el grupo por los derechos de la mujer más grande de Brasil y definiría al feminismo brasileño de los siguientes 20 años.
Sin embargo, Catt se sintió desilusionada con casi todos los países que visitó, excepto Uruguay, donde encontró cierto ímpetu sufragista. En un informe privado a la LWV, Catt señaló que Sudamérica tenía las organizaciones de mujeres menos modernas de los seis continentes. Señaló que no había encontrado a nadie con el discernimiento, la energía y la firmeza como para encabezar un movimiento de mujeres, aunque hizo una excepción con Lutz, a la que consideraba ajena a la América hispana.112 Los discursos públicos de Catt en América Latina y las reflexiones que publicó concluían que el movimiento de las mujeres en la región se hallaba 40 años atrasado en relación con Estados Unidos. Atribuía esa lentitud a un clima más cálido y al arraigo de las tradiciones católicas. De manera aún más perniciosa, cuestionaba la aptitud de las mujeres latinoamericanas para la organización política y la lucha por los derechos.113 Los periódicos de habla hispana reprodujeron los comentarios de Catt, que se ganó un profundo desprecio, lo que hizo añicos las esperanzas de muchas latinoamericanas en un feminismo panamericano basado en la igualdad. Cuando Elena Torres renunció a su puesto en una reunión del grupo panamericano en Nueva York, en 1925, explicó que la tremenda condescendencia de la América anglosajona hacia Hispanoamérica había hecho “imposible” para “las mujeres hispanoamericanas” trabajar con las estadounidenses.114
Por otro lado, Paulina Luisi sentía una profunda preocupación por el liderazgo de Catt y Lutz. A pesar de que muchas feministas en la Conferencia de Baltimore reconocían a Luisi como líder espiritual, ni Lutz ni Catt le habían informado sobre su vicepresidencia honoraria.115 En 1923, Celia Paladino de Vitale le escribió a Lutz para manifestar su alarma y la de Luisi ante este silencio, sobre todo teniendo en cuenta que las uruguayas eran responsables de la creación del grupo.116
Sin embargo, Luisi ya no confiaba en Catt ni en Lutz para forjar vínculos panamericanos: había encontrado una salida para una rama diferente de feminismo panhispánico. En 1923 fue nombrada vicepresidenta de un nuevo grupo, la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas, fundada por la feminista mexicana Elena Arizmendi. Incluso antes de la Conferencia de Baltimore de 1922, Arizmendi había contactado a Catt y la LWV para afiliarse a la nueva organización, pero el resultado de la conferencia y los consiguientes comentarios peyorativos de Catt sobre las mujeres latinoamericanas enfadaron a Arizmendi, que publicó una evaluación crítica de Catt en las páginas del boletín de la liga.117 Luisi y Arizmendi impulsaron a muchas otras feministas de la región a unirse alrededor de un feminismo panhispánico antiimperialista. A pesar de que los posteriores conflictos interpersonales hicieron que Luisi y Arizmendi se distanciaran, y que Luisi abandonara la liga, el grupo fue un importante estímulo para el feminismo panhispánico en Costa Rica, Colombia, Puerto Rico, Ecuador, Perú, Nicaragua y República Dominicana, entre otros países.118
Luisi se sintió reconfortada cuando vio que el feminismo interamericano que había imaginado como contrapeso al imperio estadounidense empezaba a situarse en el discurso regional oficial. En la quinta Conferencia Internacional de Estados Americanos de 1923, celebrada en Santiago de Chile, un grupo de delegados hombres de Argentina y Chile insistió, en un gesto sin precedentes, en tener en cuenta los derechos de la mujer en los procedimientos oficiales. Hasta entonces, esos derechos de la mujer se habían discutido sólo en encuentros de mujeres. Inspirados por el creciente movimiento feminista panamericano y presionados por algunas de las asistentes a la Conferencia de Baltimore, algunos hombres de Estado asumieron compromisos con la Unión Panamericana para estudiar e informar sobre derechos civiles y políticos de las mujeres en las futuras conferencias panamericanas. La propuesta de Máximo Soto Hall, novelista guatemalteco y delegado por Argentina, puso énfasis en la centralidad de la cuestión de la mujer para el progreso de la civilización. Las conferencias panamericanas oficiales ya incluían discusiones sobre la educación, la paz y el trabajo. Él sostuvo que los derechos de la mujer también deberían incluirse, como un imperativo cultural que ayudaría a traer la democracia a América Latina, sobre todo a la luz de los triunfos del sufragismo en Estados Unidos y Europa.119 El delegado chileno Manuel Rivas Vicuña respaldó la propuesta, calificándola “una obra de justicia social, reclamada por la opinión pública en todos los pueblos”.120 El delegado de Costa Rica, Alejandro Alvarado Quirós, destacó “la importancia y trascendencia” de la propuesta. “La mujer americana no es ni puede ser inferior a la europea”, aseguró.121 Esta propuesta, que también ponía énfasis en la inclusión de las mujeres en las delegaciones gubernamentales de futuras conferencias, fue aprobada por unanimidad.122

FIGURA 3. Delegadas ante el noveno Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio Femenino en Roma, 1923. Bertha Lutz marcó con una tilde a Carrie Chapman Catt, ubicada en la fila de atrás, y dibujó una línea vertical sobre sí misma. Paulina Luisi está sentada justo a la derecha de Lutz, luciendo un gran sombrero. Cortesía del Arquivo Nacional, Rio de Janeiro, Brasil.
Las demandas que había formulado Luisi años atrás en el Congreso Americano del Niño de 1916 y en la Conferencia Panamericana de Baltimore de 1922 habían abierto el camino a esta resolución.123 Su espíritu antiimperialista panhispánico también había influido en la resolución. Soto Hall era bien conocido por sus escritos, en los que criticaba abiertamente el imperialismo estadounidense. En la conferencia panamericana de 1923, su resolución fue parte de un proyecto más amplio que algunos diplomáticos latinoamericanos estaban desarrollando para luchar contra la hegemonía de Estados Unidos en América.124 Esta conferencia en Santiago de Chile representó un punto de inflexión en las conferencias panamericanas; a partir de entonces, los delegados latinoamericanos las utilizaban de manera explícita como oportunidades para “avergonzar a Washington”, en palabras de Alan McPherson.125
Las feministas de América celebraron que se aprobara la resolución por los derechos de la mujer.126 Durante la conferencia, Lutz le envió un telegrama de apoyo a Rivas Vicuña en nombre de la organización de mujeres panamericanas que ella encabezaba.127 Posteriormente, señaló que América se estaba abriendo a las corrientes del pensamiento moderno, en el sentido de equiparar los derechos entre los dos sexos. Se congratuló por la auspiciosa marcha de la igualdad de derechos políticos y civiles de la mujer en toda América, como evidencia de una ética excepcional: el repudio a los preconceptos y los prejuicios de cualquier clase.128
A pesar de todo, esos preconceptos y esos prejuicios seguían vigentes en el feminismo panamericano. El chauvinismo nacional y la discriminación basada en la geografía, la raza, el idioma y el imperio desempeñaron un papel fundamental en los diseños feministas mundiales que atestiguaron el afianzamiento de los vínculos entre Lutz y Catt, a medida que se enfriaban los lazos que tenían con Paulina Luisi. Estos conflictos sufrieron una escalada meses después de la conferencia en Santiago de Chile, durante el congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio Femenino, realizado en Roma en 1923. Este encuentro sería la primera y única vez que las tres mujeres estarían juntas en la misma habitación. A pesar de que Lutz y Luisi mantuvieron la cortesía en el trato, se enfrentaron en las reuniones cuando la segunda se opuso a la propuesta de fundir la IWSA con su predecesor, el ICW, de tendencia más conservadora. Para entonces, Luisi ya había roto su relación con la Conamu (ligada al ICW), la primera organización que ella había fundado en Uruguay y que ya no tenía al sufragio como una de sus metas. Se dio cuenta de que la unión entre los dos grupos internacionales distanciaría a muchas de las integrantes de su Alianza Uruguaya (ligada a la IWSA), que continuaba luchando por el derecho al sufragio. Sin embargo, inmediatamente después de que Luisi manifestara su desacuerdo, Lutz apoyó de manera abierta la fusión, argumentando que en Brasil no había tensión entre ambos grupos.129
Finalmente, la IWSA y el ICW permanecieron separados, pero este debate enmascaró la fisura más profunda entre Bertha y Paulina en relación con el feminismo panamericano. Luisi reconocía la importancia de la resolución de Santiago de 1923, pero tenía dudas de que la asociación encabezada por Lutz y Catt capitalizara estas oportunidades. No había asumido el programa activo en defensa de los derechos de la mujer anhelado por Luisi; en lugar de representar una ruptura con las nociones de superioridad europeas, se apoyaba sobre todo en conexiones con grupos de ese continente, en especial con los más conservadores, ligados al ICW.130 En Roma, en una conversación con Catt mediada por un traductor, Luisi aireó estas desavenencias, reiterando su irritación con Catt por no haberle notificado la creación del grupo ni su vicepresidencia honoraria. Catt, al informarle a Lutz sobre este cara a cara, escribió que Luisi era, a su parecer, una mujer peligrosa por su indiscreción y porque tenía ideas muy claras sobre lo que debía hacerse.131
Lutz estuvo de acuerdo con esta descripción. Estaba profundamente afectada por lo que consideraba una maniobra de Luisi para hacerse con el liderazgo. Bertha exhibió su antipatía por Paulina de manera descarnada cuando Catt sugirió que Luisi podría aliviarlas a ambas de sus obligaciones en torno al feminismo panamericano. Hacia 1923, Catt se había cansado de la organización panamericana, que consideraba poco efectiva y con unas necesidades de financiamiento que no eran realistas. En la creencia de que Lutz tampoco tenía interés, dado su escaso contacto con feministas latinoamericanas, Catt propuso dividir la entonces llamada Inter-American Union of Women [Unión Interamericana de Mujeres] en dos federaciones separadas: una para América Central y México, y otra para Sudamérica. Luisi podría hacerse cargo de esta última y Lutz, según le escribió Catt, podría librarse así de las responsabilidades panamericanas.132
Bertha discutió este plan con vehemencia. Según le escribió a Catt, se sentía muy dolida por la sugerencia de abandonar el liderazgo en favor de Uruguay. Aunque prometió a regañadientes dar su conformidad si Catt consideraba que eso sería lo mejor para el movimiento, aclaró que ella no se sometería al liderazgo de ciertas personas. Con claras señales de su antipatía por Luisi, escribió que había cedido un continente a “esa señora” y que, si necesitaba otro, entonces abandonaría la asociación para trabajar en su propio panamericanismo, no en la organización de Luisi, sino por medio de canales oficiales. Acababa implorando perdón por ser una mala hija, confesando que no lo soportaba.133
Los comentarios de Bertha revelan un choque de personalidades con Paulina, aunque sus conflictos también eran políticos. Su discordia aumentó hasta transformarse en una rivalidad profundamente arraigada (quizá más por parte de Lutz que de Luisi) en relación con el feminismo panamericano. Esta lucha de poder reflejaba sobre todo una visión imperial del feminismo internacional que dividía el mundo en regiones de poder, alardeando del liderazgo individual sobre ellas. Lutz codiciaba el prestigio que Luisi había adquirido en Europa. En 1922, Luisi se convirtió en la primera mujer latinoamericana nombrada por la Sociedad de Naciones para actuar como representante uruguaya en la conferencia de la Organización Internacional del Trabajo y su Comité Consultivo sobre la Trata de Mujeres y Niñas.134 Si Luisi tenía el dominio de Europa, Lutz decidió que ella controlaría América, donde veía cómo se consolidaba el poder mundial después de la primera Guerra Mundial. Lutz se aficionó a decir que la Pax Romana y la Pax Britannica habían dado paso a la Pax Americana. Con esta expresión se refería tanto a un periodo de paz en el hemisferio occidental como a un imperio colonial liderado por Brasil y Estados Unidos que reemplazaría a los imperios romano y británico.135 Ella veía a Estados Unidos como el líder misionero del mundo, con un poder global sin precedentes, y a Brasil como su mejor aliado. Los derechos liberales del feminismo, que Lutz consideraba una contribución angloestadounidense, eran vitales para este imperio, como lo era su propio liderazgo. A pesar de que en 1921 Lutz había halagado a Luisi al decirle que era la vanguardia de Uruguay, cuando ella y Catt crearon la Federação Brasileira pelo Progresso Feminino en 1923, Lutz anunció al público brasileño que Brasil tendría ahora que asumir la vanguardia de los países latinoamericanos.136
Catt respondió que estaría encantada de que Lutz continuara como presidenta del grupo panamericano y la animó a concertar un encuentro para reunir a todas las mujeres. Sin embargo, le advirtió que Luisi aún sería una piedra en el zapato. Catt le informó que Paulina, cuyo liderazgo Bertha despreciaba y de quien decía que le había cedido un continente, había regresado a Uruguay. También le comentó que Luisi le había dicho a una de las mujeres europeas que había agitado bastante las cosas en su viaje por Europa, pero que ahora ya no tendrían problemas con ella porque había regresado a Sudamérica y no volvería al Viejo Continente en tres años. Y añadió que, en su opinión, Luisi era una mujer muy difícil.137
Luisi sería realmente una mujer difícil para Catt y Lutz. De regreso en Sudamérica, había acumulado corresponsales y partidarias de toda la región que la buscaban de manera activa como mentora. Su visión de un feminismo americano que cuestionara la hegemonía de Estados Unidos y privilegiara el liderazgo hispanohablante estimularía el surgimiento de un movimiento en las décadas posteriores. En un sentido más inmediato, su rama del feminismo panamericano ayudaría a impulsar una exigencia sin precedentes: una ley internacional por los derechos de la mujer.
2. Los orígenes antiimperialistas de los derechos internacionales de la mujer
En junio de 1926, en el Congreso Interamericano de Mujeres, la panameña Clara González, de 26 años, llamó a las mujeres de América a fundar un nuevo feminismo marcado por el orgullo y la unidad hispanoamericanos. En la majestuosa aula magna del Instituto Nacional de Panamá, frente a varios cientos de mujeres y unos cuantos hombres, urgió a las mujeres americanas a organizarse “en una sola agrupación, armonizadora de los ideales femeninos y que las capacite para llegar, mediante una acción conjunta y única, a la anhelada meta de su liberación económica, social y política”.1 En ese momento, González propuso una innovación sorprendente: invocó un acuerdo internacional que trascendiera las leyes nacionales, en un solo gesto que garantizara derechos civiles y políticos igualitarios para la mujer en todo el hemisferio occidental.
González había decidido presentar esta exigencia gracias a la amistad forjada con la joven feminista cubana Ofelia Domínguez Navarro, quien sería la principal defensora de la propuesta. Clara había conocido a Ofelia, de 31 años, sólo unos días antes, pero sus conversaciones habían hecho que ambas albergaran grandes esperanzas. Las dos eran en sus países unas jóvenes abogadas excepcionales, modernas y rebeldes. Habían llegado a la conferencia con planes para lanzar un nuevo movimiento por los derechos de la mujer y la soberanía nacional, y en contra del imperio estadounidense.
En su búsqueda explícita de una alternativa feminista interamericana al grupo encabezado por Carrie Chapman Catt y Bertha Lutz, González y Domínguez rechazaban toda insinuación sobre la inmadurez de las mujeres latinoamericanas para votar. Mantenían viva la llama de Paulina Luisi, quien años atrás había propuesto el sufragio femenino como un reclamo panamericano impulsado por mujeres hispanohablantes. Las dos abrazaban también un feminismo hemisférico que, a diferencia de sus predecesoras, rechazaba ensalzar el liderazgo de las naciones “mejor constituidas” —los países del Pacto ABC (Argentina, Brasil y Chile), Uruguay o Estados Unidos—. Clara y Ofelia provenían de protectorados de Estados Unidos (Panamá y Cuba) y participaban en movimientos antiimperialistas. Consideraban los derechos de la mujer ligados de manera explícita a las exigencias nacionales por la soberanía. Ambas creían que organizarse de manera colectiva por los derechos internacionales de la mujer cimentaría un feminismo panamericano que enfrentaría al imperio estadounidense en América, con lo que se conseguiría que los derechos igualitarios nacionales y los de la mujer fueran metas complementarias entre sí.
En un periodo en que las intervenciones de Estados Unidos en el resto de América y los movimientos antiimperialistas estaban en auge, esta rama del feminismo panamericano llegaría a ejercer una profunda influencia, lo que le dio forma a un nuevo activismo por los derechos internacionales de la mujer en la Conferencia Panamericana de 1928 de La Habana. Allí, Ofelia Domínguez Navarro y cientos de feministas cubanas colaboraron con feministas estadounidenses que no estaban en la LWV de Catt (que por ese entonces tenía mala reputación en muchos lugares de La Habana), sino en el Women’s Party. En la conferencia, Doris Stevens, líder de este partido, clamó por un feminismo panamericano muy similar al de González y Domínguez (uno que prometía la soberanía de las mujeres y la del continente) e insistió en un tratado sobre igualdad de derechos. Interacciones posteriores con Stevens revelarían que su antiimperialismo era más estratégico que genuino. Sin embargo, en 1928 los esfuerzos combinados de las mujeres por un feminismo panamericano antiimperialista movieron a la acción a cientos de cubanas, lo que culminó en la primera organización intergubernamental de mujeres del mundo: la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM). Los cambios en la legislación internacional que González y Domínguez habían planteado dos años antes en Panamá definirían al feminismo panamericano de los siguientes 20 años.
LA CONFERENCIA DE PANAMÁ DE 1926: SOBERANÍA PARA LAS MUJERES Y LAS NACIONES
El congreso celebrado en Panamá en 1926, en el que Ofelia Domínguez Navarro y Clara González anunciaron sus novedosas y audaces metas, fue resultado directo de la Conferencia de Baltimore de 1922, comandada por Carrie Champan Catt y Bertha Lutz. Inauguró el congreso Esther Neira de Calvo, delegada en Baltimore por Panamá y vicepresidenta de la Unión Interamericana de Mujeres, nuevo nombre de la Pan-American Association for the Advancement of Women [Asociación Panamericana para el Progreso de las Mujeres] (PAAAW). Cuando Neira de Calvo supo que Panamá conmemoraría el centenario del congreso de Simón Bolívar de 1826, decidió celebrar un congreso de mujeres como parte de estos actos para revitalizar la inactiva Unión Interamericana de Mujeres.2 Neira de Calvo —que provenía de un entorno de élite, se había educado en Europa y hablaba inglés con fluidez— mantenía una estrecha relación con el gobierno de Panamá y apoyaba a las instituciones y la cultura estadounidenses. Fue para ella una gran decepción que tanto Catt como Lutz rechazaran la invitación a asistir al encuentro.3

FIGURA 4. Clara González, fecha desconocida. Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
Sin embargo, la ausencia de Catt y Lutz abrió el camino a otras líderes y a nuevas variantes del feminismo surgidas al calor de la conferencia. Neira de Calvo reunió a un grupo de mujeres más diverso que el de la Conferencia de Baltimore de 1922. Unas doscientas mujeres provenientes de Perú, Cuba, Panamá, Colombia, Bolivia (estos dos últimos países no habían tenido representación en Baltimore) y otras muchas naciones asistieron a la conferencia, cuyo idioma oficial fue el español.4
Clara González se transformó en una de sus líderes. Su fama había crecido hacía poco en Panamá por ser la primera abogada en ese país y por haber fundado una nueva organización feminista. Nacida en la provincia de Chiriquí, de padre español y madre panameña de ascendencia indígena, quienes no se habían casado de manera oficial, González provenía de un entorno más humilde que el resto de las líderes feministas panamericanas. Su acercamiento al feminismo provenía además de una experiencia personal más traumática que la del resto de sus compañeras. Cuando González era niña, su madre buscaba trabajo remunerado fuera del hogar y su padre trabajaba como carpintero ambulante. A la edad de seis años fue violada por el nieto de su padrino, un hombre rico y poderoso de Chiriquí, pero su sexo y su clase hicieron que la culpa recayera en ella en lugar de en su agresor. Esta experiencia persiguió a González durante casi toda su vida y fortaleció su resolución de cambiar las leyes patriarcales.5 Tuvo acceso a la educación gracias a becas y a un incipiente sistema educativo público; más adelante trabajó como maestra mientras tomaba cursos nocturnos para terminar la licenciatura en derecho en el Instituto Nacional. En 1922, a los pocos meses de cumplir 24 años, González se transformó en la primera abogada de Panamá.6 El código civil panameño les impedía a las mujeres ejercer la abogacía, pero sus intercesiones directas con el presidente Belisario Porras consiguieron en 1924 la aprobación de una ley que garantizaba el derecho de las mujeres a ejercer el derecho.7
La tesis profesional de González, La mujer ante el derecho panameño, le otorgó prestigio nacional e internacional. Se trataba de un análisis exhaustivo —el primer estudio de este tipo— de la situación de las mujeres bajo la legislación política, penal y civil de su país. Su éxito la llevó a lanzar su propia organización, Renovación, para luchar por el sufragio y la igualdad jurídica de las mujeres.8 En 1923, contribuyó a la formación de un partido político y organización independiente, el Partido Nacional Feminista (PNF), al cual varios historiadores atribuyen el “nacimiento del feminismo” en Panamá.9 A diferencia de la más conservadora Sociedad Nacional para el Progreso de la Mujer, de Esther Neira de Calvo, que aglutinaba mayoritariamente a mujeres de la élite y se enfocaba en el “mejoramiento de la mujer” en lugar de en el voto, el PNF se distinguía por una membresía y un liderazgo más diversos, que incluía a mujeres afropanameñas y trabajadoras, además de por su lucha explícita por los derechos civiles y políticos igualitarios para las mujeres.10
Durante sus inicios, el PNF de González cambió con éxito algunas disposiciones relativas a derechos políticos, educación y bienestar de la mujer.11 El grupo fundó una escuela nocturna para mujeres y presionó por la promulgación en 1925 de leyes de protección de diversos derechos civiles, entre ellos los derechos de la mujer a administrar sus propiedades, tener representación en los tribunales, actuar como testigo de testamentos y otros documentos legales, y ser admitida en el Colegio de Abogados. Gracias al activismo del grupo, Panamá revisó su ley de matrimonio en 1925 para que, en lugar de que las esposas debieran “obediencia” a sus maridos, una y otros se debieran “recíprocamente respeto y protección” en virtud de la ley; además, se aceptó el divorcio por consentimiento mutuo.12
Para González, la igualdad de derechos ante la ley representaba el eje de las demandas feministas, así como un medio para alcanzar metas más importantes. A pesar de que en esos años Clara no tenía vínculos oficiales con el Partido Socialista, era feminista y socialista por sus principios intelectuales y organizativos. Influida por La mujer y el socialismo, del filósofo alemán August Bebel, publicado en 1919, cofundó la Federación de Estudiantes de Panamá en 1922 y se unió a la Federación Sindical de Obreros y Campesinos, al Sindicato General de Trabajadores y al Grupo Comunismo, una asociación inspirada en el socialismo, el anarquismo y el antiimperialismo. Además de apoyar el voto y la igualdad civil como necesidades vitales, buscaba promover los derechos de todos los trabajadores, especialmente de las mujeres, además de abordar las disparidades socioeconómicas de la sociedad panameña, todo lo cual ella consideraba como objetivos internacionales. Al ser testigo de cómo la primera Guerra Mundial y las Revoluciones rusa y mexicana habían impulsado animados debates políticos, que abarcaban el feminismo, de la misma manera que habían fortalecido sólidos movimientos sociales de trabajadores y diversos tipos de anarquismo, González ligó su feminismo a ideales anarcosindicalistas e internacionalistas.13
También vinculó su feminismo a ideales antiimperialistas. En Panamá, el vergonzoso Tratado Hay-Bunau Varilla de 1903 cedió el Canal de Panamá a Estados Unidos y le otorgó a perpetuidad todos los derechos, los poderes y la autoridad sobre la zona del Canal, una franja de 1 432 kilómetros cuadrados. En 1926, cuando se estaban discutiendo los términos del tratado, Estados Unidos buscó expandir su control en la región.14 Los reclamos por la soberanía panameña continuaron durante esos años; mientras tanto, los argumentos sufragistas de González se basaron de manera explícita en el lenguaje de la soberanía nacional.15
Estos ideales inspiraron las metas de González por un feminismo interamericano. Después de recibir una invitación de Neira de Calvo para asistir a la conferencia, González explicó en Orientación Feminista, órgano del PNF, que la conferencia sería un acto trascendental que fusionaría preocupaciones locales e internacionales. Esperaba que el congreso representara no sólo a mujeres influyentes, sino a aquellas con distintos orígenes y “a todas las que [...] por diversos caminos [...] se esfuerzan en la persecución del ideal social de justicia encarnado en el triunfo de los derechos de la mujer”.16
González buscaba en concreto un nuevo feminismo panhispánico que celebrara a las mujeres latinoamericanas de todas las clases, incluidas las pobres y las trabajadoras. Bien consciente del trabajo de base llevado a cabo por Neira de Calvo, Carrie Chapman Catt y otras, Clara estaba preocupada por el elitismo y la superioridad estadounidense manifestados por sus líderes. Algunos comentarios que había hecho Catt en su visita a Panamá en 1923 —acusaciones de que los hombres latinoamericanos eran encorsetados e intolerantes, y de que las mujeres latinoamericanas no estaban preparadas para exigir el derecho al voto— habían sido ampliamente divulgados y condenados por la prensa panameña.17 González sostuvo que el Congreso de Panamá fortalecería el sueño bolivariano de 1826 de lograr la unidad hispanoamericana. Así, las mujeres de América Latina podrían fortalecer sus vínculos mutuos y crear su propia “unidad política hispanoamericana” para exigir sus derechos.18
Cuando invitaron a Clara a hablar en la sesión sobre “Mujeres ante la ley”, que era parte de la conferencia, elaboró una resolución por la igualdad de derechos políticos para las mujeres en todo el continente. Citaba como precedente de este tipo de ley internacional la resolución de Máximo Soto Hall de Santiago, en 1923, así como nuevas tendencias en la legislación interamericana que buscaban uniformar diversas disposiciones nacionales. González también creía que este tipo de legislación internacional por los derechos de la mujer combatiría lo que ella llamaba “el prejuicio de la falta de preparación de la mujer hispanoamericana para el ejercicio de la ciudadanía”, en alusión a las calumnias lanzadas por Catt contra las latinoamericanas.19

FIGURA 5. Ofelia Domínguez Navarro, fecha desconocida. Cortesía del Archivo Nacional de Cuba, La Habana, Cuba.
A más de 1 500 kilómetros al norte, en La Habana, Ofelia Domínguez Navarro se preparaba a su vez para el congreso en Panamá. Tenía en mente metas similares para conseguir la igualdad de derechos de la mujer y las naciones. Ofelia había nacido en Las Villas; su padre y su madre habían participado activamente en la guerra cubana de Independencia (1895-1898).20 Él había combatido en esa revolución y ella, con la pequeña Ofelia cogida en brazos, contrabandeaba armas para los rebeldes. Madre e hija habían vivido en un campo de reconcentración durante un breve periodo. Siendo aún una niña, en 1898, estalló la guerra entre España y Estados Unidos. Domínguez fue testigo de cómo Cuba ganaba su supuesta independencia de España a expensas de la Enmienda Platt de 1901, que no sólo le otorgaba a Estados Unidos la bahía de Guantánamo como base naval, sino que también le cedía autoridad sin restricciones para intervenir en la isla. Al morir su madre, cuando Ofelia tenía 14 años, se hizo cargo del cuidado de sus hermanas, aunque sin abandonar sus estudios, hasta que se graduó como maestra en la localidad rural de Jorobada. Allí vio cómo crecía el control político y económico de Estados Unidos sobre la isla y sobre los trabajadores azucareros. Como lo explicaría ella misma más tarde: “Por las prédicas paternas conocía algo de la presión americana, de su explotación y del avance del capital monopolista a través de la industria azucarera. Pero la presencia en carne viva de esas realidades, en medio de los ricos campos cañeros que ahora tenía a la vista, avivaron tempranamente mi sentido de responsabilidad humana.”21
Una vez que obtuvo su licenciatura en derecho por la Universidad de La Habana, se inició en el feminismo cuando trabajaba como abogada defensora de mujeres sin recursos y trabajadoras sexuales en asuntos penales. Conoció entonces las profundas disparidades económicas y sexuales que llevaban a las mujeres a ejercer la prostitución. Igual que González, Domínguez creía que la ley constituía una promesa extraordinaria para un cambio social más profundo. Gracias a su preocupación por las hijas y los hijos ilegítimos, y por las madres solteras, empezó a defender cada vez más un feminismo que aspirara a la igualdad de derechos civiles y políticos, convencida de que podían ser palancas para un cambio más profundo. En 1923 asistió al primer Congreso Nacional de Mujeres de Cuba, donde causó un gran revuelo al plantear las pruebas de paternidad y los derechos de hijas e hijos ilegítimos. Se unió al Club Femenino, que llegó a encabezar, una organización feminista conocida en el país por su amplio programa dirigido a mujeres trabajadoras, madres solteras e hijas e hijos ilegítimos, así como por desafiar a la iglesia y la moral familiar. En 1925, el club rompió con algunos grupos feministas en virtud de unas demandas más radicales, en parte gracias a la influencia de Domínguez, entonces presidenta de la sede de Santa Clara.22
En 1926, la presidenta del Club Femenino le pidió asistir al Congreso de Panamá junto con su colega Emma López Seña, invitación que vio como una oportunidad para lanzar un nuevo tipo de feminismo americano que promoviera de manera directa los derechos de la mujer y asegurara el liderazgo latinoamericano.23 No cabe duda de que Domínguez conocía la condescendencia y los recientes comentarios despectivos de Carrie Chapman Catt.24 Un artículo publicado en 1925 en un periódico de La Habana señalaba el resentimiento generalizado que había provocado la valoración que había hecho Catt del feminismo latinoamericano, “cuarenta años atrasado” en relación con el de Estados Unidos. El artículo definía el insulto como “ese dardo [que] ha clavado en el corazón de la mujer latina” y que las mujeres cubanas habían sido incapaces de arrancarse.25 Fue en especial a la luz de estas calumnias que Ofelia hizo su valoración del feminismo de Paulina Luisi como aquel capaz de presionar de manera activa en favor de los derechos de la mujer y contra la hegemonía estadounidense. Durante los últimos años, el Club Femenino había estrechado vínculos con la venerable Luisi. En 1923, sus miembros le rindieron homenaje en La Habana.26 Antes del Congreso de Panamá de 1926, Luisi le solicitó al club cubano que la representara en el evento y leyera su discurso sobre los derechos de las madres solteras y de los hijos e hijas ilegítimas en América. Domínguez, encantada, aceptó el honor.27 Ambas mujeres se hicieron luego amigas íntimas.
Domínguez, que tenía asignado el primer turno en el panel “Mujeres ante la ley”, comprendió que su discurso sería una oportunidad decisiva para inspirar un movimiento panhispánico más amplio y promover los derechos civiles y políticos de la mujer. El reconocimiento de los movimientos por esos derechos que surgían en todo el mundo y de las demandas de Máximo Soto Hall de 1923 inspiraron su propuesta de resolución, que exigía derechos civiles igualitarios para las mujeres en todo el continente. Domínguez sabía que una medida internacional podía presionar a presidentes y legislaturas de distintos países, entre ellos el suyo, Cuba, donde el Club Femenino y otros grupos luchaban por el sufragio femenino. En el transcurso del año anterior había quedado claro que el apoyo al sufragio dado por el nuevo presidente, Gerardo Machado, durante su campaña había sido sólo palabras vacías. En 1925, Machado impuso un régimen cada vez más restrictivo, silenciando a la disidencia y poniendo en la mira tanto al Partido Comunista de Cuba como a las feministas. “Sobre todo, Ofelia, por Cuba y la mujer, es necesario que ese tema no falte y nadie mejor que tú para tratarlo; así que haz un esfuerzo”, le escribió la presidenta del Club Femenino a Domínguez antes de viajar a Panamá.28
Unas semanas más tarde, el 25 de junio de 1926, en el podio del aula magna del Instituto Nacional de Panamá, Domínguez anunció ante un público de cientos de personas su propuesta de un nuevo feminismo panamericano basado en el antiimperialismo y los derechos igualitarios generalizados para las mujeres en todo el continente. En su discurso relacionó una medida internacional en el campo de los derechos civiles plenos para la mujer en América con un internacionalismo basado en la interdependencia y la renaciente soberanía de los pueblos. A pesar de que era bien sabido que el ex presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, había impulsado la autodeterminación universal durante la primera Guerra Mundial, afirmó en su discurso que la guerra había reforzado el imperialismo estadounidense en detrimento de las mujeres, la infancia y los trabajadores a partir de las incursiones militares y económicas del país en Centroamérica y el Caribe después de 1915. “La más generosa y noble nación del universo, la que dio el clarinazo de la libertad a los pueblos oprimidos, se erigió en tirana cuando se vio fuerte y vencedora”, exclamó Domínguez.29
Por otro lado, le explicó a la multitud que la guerra había impulsado la autodeterminación de una manera muy concreta: la expansión de los derechos de la mujer en todo el mundo. En Inglaterra, Estados Unidos y muchos países de Europa, las mujeres habían conseguido el derecho al voto, lo que representaba un paso importante hacia la justicia social. Las de América Latina merecían los mismos derechos que tenían en Europa y Estados Unidos, afirmó Domínguez y agregó que la autodeterminación de las mujeres era necesaria para la autodeterminación del pueblo latinoamericano en su conjunto. Después de examinar los logros de las feministas cubanas, como la ley de divorcio de 1918 y haber conseguido igualdad civil con los hombres —sobre todo gracias a la ley de propiedad de 1917, que garantizaba a toda mujer la autoridad sobre su herencia y los derechos a la custodia de hijos e hijas de matrimonios anteriores—, Ofelia concluyó urgiendo a las participantes del congreso a consolidar sus demandas en una única meta para todo el continente. Exigió:
una Ley que reconozca a la mujer absolutamente todos los derechos civiles de que el hombre goza, una ley tan sencilla que no tendrá más que estos dos artículos: [considerar] a la mujer capacitada para el ejercicio de todos los derechos civiles que el Código Civil concede al hombre, sin que en absoluto subsista diferencia entre hombre y mujer para el ejercicio de estos derechos; [y modificar] los Códigos Civiles y [la] Ley de Enjuiciamiento Civil.30
El público aplaudió de manera entusiasta la resolución de Domínguez; su más ferviente partidaria fue su camarada Clara González, sentada junto al podio donde Ofelia daba su discurso. Se habían conocido sólo unos días antes y entablaron una cálida amistad basada en los objetivos intelectuales y políticos que compartían. Las dos mujeres, de edades similares, eran abogadas en una época en que las juristas eran una anomalía.31 Ambas eran socialistas, antiimperialistas y promotoras de un feminismo panamericano, por lo que no tardaron en verse como amigas de confianza y almas gemelas ideológicas. Su relación crecería a lo largo de las décadas siguientes.
A pesar de que Clara González había concebido promover los derechos políticos internacionales, a la luz de la propuesta de Domínguez decidió ajustarlos para incorporar las demandas de su compañera. Después de la presentación de Ofelia, Clara subió al podio y dio un largo discurso que culminó con un llamado al acuerdo internacional por los derechos políticos y civiles de la mujer. Enmarcó esta medida internacional como el mayor logro en la historia de la lucha de las mujeres latinoamericanas por su autonomía. Se remontó a una larga y distinguida tradición feminista en América, que abarcaba a sor Juana Inés de la Cruz, la monja y poetisa mexicana del siglo XVII, y a Juana Manuela Gorriti, escritora argentina y enfermera de guerra en Perú durante el siglo XIX. Su lista de precursoras no incluía a ninguna feminista de Estados Unidos. Planteó con éxito una nueva historia panhispánica del feminismo que no se basaba en las líderes de Estados Unidos ni de Europa Occidental.32
González ligó esa demanda por los derechos políticos de la mujer a los recientes llamamientos por la igualdad legal de las naciones de América. Afirmó que había indicios de relaciones panamericanas más liberales y multilaterales, pero que la “emancipación completa de la mujer” era esencial para llevar a la acción estos pregonados ideales de igualdad y justicia internacional.33 Hizo un llamado a “una gestión firme, sostenida, uniforme y amplia tendiente a obtener el goce de los derechos políticos que le corresponden como parte importantísima del agregado social” y por remover de “la legislación de los países americanos todas las incapacidades jurídicas de la mujer”.34 Estos objetivos comunes serían la base de un nuevo y más igualitario panamericanismo. También insistió en una nueva organización interamericana que uniera a las mujeres alrededor de estas metas.
Mientras que la propuesta por los derechos civiles formulada por Domínguez seguía su camino al congreso, la propuesta de González por los derechos políticos provocó un intenso debate. Delegados y miembros del público se levantaron para discutir en qué medida las mujeres latinoamericanas estaban preparadas para votar. Como había ocurrido durante el debate por el sufragio en Estados Unidos, algunas reformistas argumentaban que el mundo corrupto de los políticos hombres mancillaría la superioridad moral de las mujeres. En la Conferencia de Panamá, muchas personas insistieron en que éstas serían demasiado conservadoras y votarían con la iglesia, un argumento común en muchos países latinoamericanos. Cuando un delegado de Bolivia sugirió que “la mujer era fácilmente sugestionable y que daría su voto a hombres físicamente atractivos”, Domínguez se levantó para replicar que ese argumento era tan razonable como oponerse al sufragio masculino sobre la base de que los hombres vendían sus votos, con frecuencia y de manera abierta, al mejor postor.35
Al defender su propuesta, tanto Clara como Ofelia pusieron énfasis en que la afirmación de que las mujeres latinoamericanas no estaban preparadas para votar provenía de una falsa noción sobre la inferioridad de América Latina, una idea que contribuía a respaldar el imperialismo de Estados Unidos. Sus argumentos fueron convincentes, sobre todo cuando estas dinámicas cobraron vida en la asamblea durante el enfrentamiento con las estadounidenses. Cuando llegó el momento de votar la propuesta, la delegada de Colombia, Claudina Múnera, pidió que las mujeres estadounidenses allí presentes, incluyendo las de la zona del Canal de Panamá, se abstuvieran de hacerlo, teniendo en cuenta que ellas ya disfrutaban de derechos políticos.36 Sin embargo, cuando Emma Bain Swiggett, representante de la LWV, explicó por qué no votaba, dijo: “No estamos aún convencidas de la preparación de la mujer latinoamericana para el ejercicio de sus derechos”, un comentario que Domínguez calificó de “ominoso”.37 Finalmente se aprobó la resolución de González a favor de una medida internacional por los derechos políticos y civiles y por la igualdad de las mujeres.
Además de su llamamiento internacional por el sufragio femenino, al día siguiente González presionó a favor de otra propuesta controvertida: el reclamo al Congreso Interamericano de Mujeres para que tomara partido por unas negociaciones justas del Tratado del Canal de Panamá. Si iba a exigir la igualdad de derechos para todas las mujeres hispanoamericanas, ahora también demandaría la igualdad de derechos para los países de América Latina contra el Coloso del Norte. González sabía que la intervención de Estados Unidos en Panamá y en cualquier otro sitio de Centroamérica y el Caribe atentaba contra la soberanía no sólo de las naciones, sino de toda la población de hombres, mujeres, niños y niñas de los territorios ocupados. La soberanía de la mujer, aseguraba, era esencial para la soberanía nacional en América Latina. Ambas representaban las dos caras del mismo problema: la libertad hispanoamericana.38
González formuló su resolución en un discurso moderado. Celebró el “espíritu altruista con que los pueblos grandes obtienen la cooperación de los pueblos chicos, en la obra de solidaridad humana y de armónica convivencia internacional”, y expresó el deseo de que las negociaciones por el canal demostraran la “fraternidad americana”.39 Domínguez prometió un apoyo entusiasta a la proposición, aun cuando ambas sabían que estas palabras, aunque moderadas, no conseguirían ganar en un congreso lleno de mujeres estadounidenses de la zona del Canal.40 De hecho, más tarde Ofelia recordó que las palabras de Clara tuvieron el efecto de “una brasa ardiendo” capaz de encender un fuego con rapidez. Cualquier propuesta relacionada con el Tratado del Canal, que implicaba un reproche a Estados Unidos, alarmaba a muchas de las delegadas. Neira de Calvo intervino seguidamente con una resolución más general que eliminaba la mención al canal y promovía la “paz universal” y la “fraternidad entre las naciones de América”.41 La feminista cubana Emma López Seña, miembro del Club Femenino y colega de Domínguez, apoyó esta resolución moderada, insistiendo en que el Tratado del Canal de Panamá era un asunto “de carácter local” fuera de la incumbencia del congreso interamericano.42
Ofelia Domínguez Navarro discrepó rotundamente de la caracterización de su compatriota López Seña e insistió en que el tratado no era sólo una cuestión local. “La suerte de la República de Panamá, esa brecha abierta en las entrañas de este istmo generoso y hospitalario, responde a una necesidad continental, mejor dicho mundial, y todo lo que sobre él se gestione o se haga debe interesar a los pueblos de este Nuevo Mundo.”43 Desde el punto de vista de Domínguez, el Canal de Panamá, nacido del imperialismo de Estados Unidos, era como una úlcera en el intestino delgado del istmo que alteraba todo el sistema digestivo de América. Hizo un recuento histórico de la situación de Cuba como protectorado de Estados Unidos después de la guerra con España y la posterior ocupación militar estadounidense. Como cubana, explicó, luchaba contra el imperialismo de aquel país en cualquier lugar de América Latina. Cuando López Seña se enfrentó con Domínguez, argumentando que Cuba tenía mucho que agradecerle a Estados Unidos al haberla ayudado en la guerra por la independencia, Ofelia negó categóricamente que Cuba estuviera en deuda. Estados Unidos sólo intervino “cuando la fruta ya estaba madura”, precisó Ofelia, quien veía la idea de gratitud por las “agresiones yanquis” como un asunto que “repugna a la conciencia política de los pueblos del continente”.44
En un artículo publicado en un periódico de Panamá después de la conferencia, Clara González profundizó en estos argumentos: “Panamá en sus relaciones con Estados Unidos viene a ser como un espejo en que todos los pueblos débiles de Hispanoamérica deben verse”, escribió. “Un abuso de fuerza del primero, una expansión de su imperialismo a costa de la nación istmeña [...] afectaría [...] a todos los países que como Cuba, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, etc., etc., tendrían también sobre sí la amenaza de una fuerza expansiva incontrastable en la patria de Monroe y de Washington.”45 Su propuesta sólo pedía que Estados Unidos hiciera muestra de “los principios de justicia, altruismo y fraternidad universales” que deberían gobernar las relaciones internacionales.46 Tal como predecían ambas mujeres, la moción de González fue rechazada a favor de la formulación de Neira de Calvo, pero el debate surgido en la conferencia y en la prensa les otorgó una plataforma a Domínguez y González para su feminismo americano antiimperialista.
Ofelia y Clara también lucharon contra la rama del feminismo panamericano representada por Emma López Seña, que consideraba de manera inequívoca la blanquitud y la herencia europea como parte del feminismo y el progreso. La perspectiva de López Seña sobre estas cuestiones quedó bien clara en una semblanza que publicó en un periódico panameño después de la conferencia, en el cual condenaba lo “chapada a la antigua” que era la delegada colombiana Claudina Múnera, que no había apoyado a Domínguez en la resolución sobre el sufragio. Acusó de ello a los orígenes indígenas y católicos de Múnera. El diario panameño redundaba en estos mensajes racistas al comparar la “blanca mano ducal” y los cabellos rubios de Emma López Seña, a quien describía como “una adorable muñequita”, con “el rostro duro, seco, casi feroz [y] la testa asimétrica y obtusa” de la más oscura Múnera.47
González respondió con un artículo propio en otro periódico, criticando a López Seña por “lanzar conceptos hirientes contra” una “compañera de labores” como un gesto “pueril e impropio”, así como “temerario y [...] ofensivo”. Clara aseveró que Claudina había sido una inspiración para el congreso, por su dignidad y sus notables resoluciones a favor de la alfabetización infantil, los hogares y los tribunales juveniles.48 Le envió luego su artículo a Ofelia, señalando que esperaba no haber sido demasiado dura en su trato hacia López Seña.49
En una época en que la mayoría de las variantes del feminismo organizado en América involucraba a mujeres blancas, González y Domínguez colaboraron con feministas afropanameñas y afrocubanas en sus países, además de reclamar el voto sin distinción de raza o clase.50 En el Congreso de Panamá se sintieron más identificadas entre sí que con sus compatriotas López Seña y Neira de Calvo. Después del congreso sostuvieron una larga correspondencia, manteniéndose informadas sobre sus progresos en el ámbito nacional en relación con los derechos de la mujer y expresando el profundo afecto que se tenían. Clara iniciaba así una carta dirigida a su amiga: “Mi recordada y querida Ofelia”, y le hablaba sobre el “placer” con que recibía “¡...tu carta que esperaba ansiosa!”. Y continuaba: “La he leído con verdadera emoción. Te he visto y oído de nuevo, tan buena, tan franca, tan inteligente, en fin, como cuando estuviste entre nosotras [...] Has dejado recuerdos imborrables y un recuerdo de simpatía en ésta tu tierra también.” En ese momento, el feminismo cubano estaba mejor organizado que el de Panamá, por lo que González urgió a Domínguez para que le dijera “todo cuanto pueda interesarme de feminismo”. A cambio, González se comprometía con su lealtad y amistad: “Estoy completamente a tu mandar, y para ti tendré siempre mi buena voluntad y mi corazón dispuestos a manifestarse siempre sinceros y decididos en todo cuanto se te ocurra”. Firmaba la carta con “un abrazo de tu sincera amiga que desea te conserves bien”.51
La viva llama de la amistad entre Clara y Ofelia fue su manera de reconocer que estaban unidas en el lanzamiento de una nueva fase del feminismo americano, una que buscaba metas más radicales y justicia social. Sus resoluciones internacionales por los derechos de la mujer en el Congreso de Panamá se sumaron a importantes innovaciones en las leyes internacionales y las organizaciones feministas. Los grupos internacionales euroestadounidenses más conocidos —IWSA, ICW y la Liga Internacional de las Mujeres por la Paz y la Libertad (wilpf, por las siglas de Women’s International League for Peace and Freedom)— habían abogado por los derechos de la mujer e intercambiado información a través de las fronteras nacionales. Sin embargo, ningún grupo había elevado estas demandas a una ley internacional por los derechos de la mujer como lo habían hecho Domínguez y González.
La colaboración entre ambas durante 1926 inspiró un nuevo activismo en América Latina. Más tarde, Ofelia apuntó que “sirvió para promover la inquietud de las mujeres del continente y para lograr que se iniciaran en sus respectivos países movimientos femeninos”.52 La presidenta del Club Femenino llevó sus resoluciones a un Congreso Internacional de Mujeres en Santiago de Chile, donde demandó a los gobiernos de América que “se concedan los derechos políticos a la mujer [...] sin privilegios ni distingos, tal como los ejercita el hombre”, así como “los mismos derechos civiles que al hombre, igualándose ante la ley, para el correcto desarrollo de una civilización ecuánime y justa”.53 Al año siguiente, en Cuba, Machado accedió a incorporar una propuesta por el sufragio de las mujeres a la asamblea constitucional; las feministas sentían que estaban a punto de obtener sus derechos políticos.54
Mientras tanto, Clara González recibía con gran satisfacción la noticia de que la Comisión Internacional de Juristas, celebrada en Rio de Janeiro en 1927, había propuesto enviar una legislación común para América a la Conferencia de La Habana, siguiendo el decreto de Máximo Soto Hall de 1923. En esa legislación se encontraba la completa eliminación de cualquier tipo de incapacidad legal de las mujeres en todo el continente.55 Pero lo que en realidad alimentó la esperanza de Clara respecto a este enfoque legal fueron las noticias sobre el activismo feminista que se anunciaba en la sexta Conferencia Panamericana de La Habana, que se celebraría en enero de 1928. Allí, feministas de Cuba y Estados Unidos, incluyendo a su amiga Ofelia, se preparaban para transformar estas demandas en leyes interamericanas. El 18 de enero, González les escribió una cuidadosa carta a dos delegados panameños a la conferencia, Ricardo J. Alfaro y Eduardo Chiari —ambos amigos suyos y sus ex profesores en la Facultad de Derecho del Instituto Nacional—, para presionarlos a fin de que apoyaran el Tratado Internacional sobre Derechos de las Mujeres por el que estaban luchando las feministas en La Habana. Destacando el trabajo que ella había llevado a cabo a favor de una medida similar en el Congreso Interamericano de Mujeres de Panamá de 1926, las urgía a poner “todo vuestro empeño en que de la vi Conferencia [...] resulte un acuerdo sobre los derechos civiles y políticos de la mujer, dado en forma tal que los gobiernos [de América] se sientan realmente comprometidos a hacer mérito de él”.56
ANTIIMPERIALISMO, DERECHOS DE LA MUJER Y DORIS STEVENS EN LA CONFERENCIA DE LA HABANA DE 1928
La víspera de la sexta Conferencia Internacional Panamericana, celebrada en La Habana en 1928, un periodista afirmó que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina estaban en el punto más crítico de la historia del hemisferio.57 Desde diciembre de 1926, los marines habían invadido e incrementado su número de efectivos en Nicaragua. En junio de 1927, el ejército estadounidense bombardeó una ciudad para derrotar al grupo rebelde de Augusto César Sandino. Muchos describían las acciones de Estados Unidos en Nicaragua como el crimen de guerra internacional más importante de la época. Delegados de diversos países asistieron a la conferencia armados con propuestas contra la intervención de Estados Unidos.58 En este contexto, las asociaciones entre derechos igualitarios de las naciones y derechos igualitarios de la mujer se volvieron aún más poderosas. El feminismo panamericano antiimperialista articulado por González y Domínguez en 1926 recibió un impulso en la Conferencia de La Habana, gracias al trabajo de Domínguez, de centenares de otras feministas cubanas y, aunque parezca sorprendente, de un grupo de feministas estadounidenses del National Woman’s Party (NWP), que se sumaron de improviso a la refriega diplomática.
La feminista estadounidense Doris Stevens era la líder de estos miembros del NWP. Nacida en Omaha, Nebraska, Doris se había hecho sufragista en sus épocas de estudiante universitaria en el Oberlin College. Después de haberse desempañado como organizadora de tiempo completo en la NAWSA, fue cofundadora de la Congressional Union for Woman Suffrage [Unión del Congreso por el Sufragio Femenino] (CUWS) para promover la enmienda relacionada con el sufragio federal. Oradora con un carisma brillante y hábil organizadora, Stevens era famosa en Estados Unidos por su activismo sufragista, que la había llevado a la cárcel, experiencia inmortalizada en su libro Jailed for Freedom [Encarcelada por la libertad].59
El 24 de enero de 1928, ella y el resto de las feministas estaban conmocionadas ante las cerca de 200 mujeres que se apretujaban en el salón de actos de la Asociación de Reporters de La Habana. Allí, feministas cubanas anunciaron el nacimiento de un nuevo movimiento por los derechos de la mujer y denunciaron las ideas de superioridad de Estados Unidos. La líder del Club Femenino, Pilar Jorge de Tella, rechazó la idea de que las mujeres latinoamericanas eran incapaces de ejercer sus derechos políticos: “Entraña esa clasificación una diferencia subalterna, inmerecida y no justificable”, exclamó. “El criterio de una civilización superior en la del Norte e inferior en la del Sur es absurdo.”60 A pesar de que Jorge de Tella no mencionó a Carrie Chapman Catt, la alusión fue evidente para todas las presentes en la sala. Sin embargo, Stevens y el resto de las feministas del NWP que había en La Habana marcaban un contraste con Catt. Jorge de Tella aseguró al público que las militantes del NWP estaban “hermanadas” con las mujeres cubanas y que se presentaban “unidas, hermanadas, en un concepto común” para combatir cualquier noción de inferioridad latinoamericana. Estas feministas estadounidenses habían ido a La Habana, exclamó, “en un gesto de altruismo constructivo” para apoyar la resolución internacional por derechos igualitarios para todas y por una Panamérica más justa.61 El público entero se puso de pie para aplaudirle.

FIGURA 6. Parte de la asamblea de feministas cubanas en el paraninfo de la Asociación de Reporters de La Habana, Cuba, 24 de enero de 1928. De pie frente a la ventana, de izquierda a derecha: Plintha Woss y Gil (República Dominicana), Helen Winters (Estados Unidos), Muna Lee de Muñoz Marín (Estados Unidos), Doris Stevens (Estados Unidos), María Montalvo de Soto Navarro (Cuba), Jane Norman Smith (Estados Unidos), Serafina R. de Rosado (Costa Rica) y Julia Martínez (Cuba). Sentada ante la mesa (sin sombrero): María Collado (Cuba). Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
Al día siguiente, Doris Stevens escribió una carta a casa en la que contaba cómo había casi enloquecido con la pura emoción que sintió por ese triunfo. Decía que el encuentro había sido electrizante, que la prensa no había dado cuenta ni por asomo del entusiasmo vivido por un auditorio que desbordaba la sala.62 Más tarde recordaría el momento comparándolo con un gran incendio forestal que la hubiera quemado, dejándola como un árbol chamuscado. Agregaba que, aunque se suponía que ellas estaban al mando, en realidad eran las demás quienes las habían devorado por completo.63
El movimiento feminista en Cuba estaba creciendo, en parte gracias al activismo de líderes como Ofelia Domínguez. Como consecuencia del rechazo de Machado a promover el sufragio, estas feministas buscaron ejercer presión internacional. A pesar de que el presidente había prometido defender el sufragio femenino ante la asamblea constitucional de 1927, no cumplió su promesa (el voto no se consiguió en Cuba sino hasta 1934).64 Las feministas veían el trabajo que había llevado a cabo Domínguez en el Congreso de Panamá de 1926 como un paso importante hacia lo que esperaban conseguir en la Conferencia Panamericana de La Habana de 1928: un compromiso interamericano por los derechos de la mujer que presionara a Machado a hacerlos realidad.
De hecho, la Conferencia de La Habana de 1928 estaba en el radar del NWP sólo porque el año anterior Flora Díaz Parrado, una joven abogada amiga de Domínguez y fundadora de la filial del Club Femenino en Camagüey, les había hablado a miembros del NWP sobre él. En diciembre de 1927, Díaz Parrado asistió a la oficina central del NWP en una visita a Washington para impartir una serie de conferencias profesionales. En ese momento se reunió con la presidenta Alice Paul y con Katharine Ward Fisher, editora de Equal Rights, el periódico del NWP, para alentar a que algunos miembros del partido asistieran a la conferencia panamericana.
Para entonces, el Club Femenino y el NWP ya habían establecido lazos sólidos. A principios de los años veinte, una mujer estadounidense que vivía en La Habana con su marido, un hombre de negocios, estableció contacto con las feministas cubanas en representación del NWP y distribuyó Equal Rights en Cuba.65 Ambos grupos se consideraban aliados en el uso de tácticas radicales que desafiaban a sus respectivos gobiernos. Durante la primera Guerra Mundial, el NWP atacó al presidente Wilson y rechazó apoyar la entrada de Estados Unidos en la guerra.66 Después del sufragio, la organización se volvió mucho más conservadora. En 1923, el NWP decidió que su objetivo nacional sería la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA, por las siglas de Equal Rights Amendment), la cual afirmaba que hombres y mujeres debían tener derechos igualitarios en todo Estados Unidos y en cualquier lugar sujeto a su jurisdicción. Este enfoque, que hacía hincapié únicamente en la igualdad legal, era un anatema para las mujeres trabajadoras de la industria y para las reformistas progresistas, que le temían a la ERA por su llamamiento a tener leyes idénticas para hombres y mujeres, que podían acabar con años de dura lucha por conseguir una legislación específica para las mujeres trabajadoras. Además, hacía que el grupo fuera inaceptable para la mayoría de las reformistas afroamericanas, en especial desde que el NWP rechazara apoyar la legislación contra linchamientos y se opusiera al impuesto al sufragio y otras formas de discriminación racial, aliándose más tarde con senadores del sur de Estados Unidos que habían prometido apoyar la ERA. Sin embargo, en 1927 y 1928, el NWP aún tenía en Cuba fama de ser radical y de vanguardia, además de considerársele mucho más progresista que la LWV, grupo estadounidense más grande y con el que las mujeres cubanas estaban más familiarizadas. En las páginas de Equal Rights, el NWP celebraba el feminismo cubano y señalaba paralelismos entre el Club Femenino y su propia militancia.67
Estas conexiones precipitaron el viaje de Díaz Parrado a la sede del NWP a finales de 1927.68 Allí le explicó en detalle a la presidenta del partido, Alice Paul, que, a pesar de que la resolución de Máximo Soto Hall de 1923 garantizaba que las futuras conferencias panamericanas incluirían a las mujeres y estudiarían y promoverían sus derechos políticos y sociales, y a pesar de la constante presión que ejercían las feministas cubanas, los derechos de la mujer no se incluían en el programa de la conferencia de 1928. Aunque ella y otras integrantes del Club Femenino habían solicitado al ministro del Interior cubano que nombrara como delegadas a algunas mujeres, sus peticiones no habían sido atendidas.69 Con la convicción de que las mujeres estadounidenses podrían ser útiles desde un punto de vista político para alcanzar su meta de hacer efectivo el sufragio a escala nacional, Díaz Parrado le pidió al NWP que enviara a algún representante a la conferencia para presionar por los derechos interamericanos de la mujer.
Así como el deseo del Club Femenino de contar con mujeres estadounidenses en La Habana respondía a un carácter instrumental, Alice Paul tenía un interés particular en la conferencia. Después de su reunión con Díaz Parrado, Paul se dio cuenta de que la conferencia panamericana sería una oportunidad perfecta que no debían dejar pasar para reavivar la campaña nacional del NWP a favor de la ERA.70 Ésta había sido paralizada en el Congreso desde su presentación a finales de 1923. Luego de 1925, el Woman’s Party había buscado las vías internacionales para promover su enmienda nacional. Ese año, Paul y Alva Belmont, una heredera que aportaba gran parte del apoyo financiero que recibía el NWP, formaron el International Advisory Committee [Comité de Asesoramiento Internacional], un grupo de presión compuesto por mujeres en alguna posición de liderazgo, provenientes en su mayoría de Inglaterra y Europa Occidental, el cual promovería los “derechos igualitarios” en la Sociedad de Naciones. Paul y muchas otras mujeres del comité también impulsaron una resolución, sobe la igualdad total de hombres y mujeres en todas las naciones, durante una reunión de representantes parlamentarios de diversos países: la Interparliamentary Union [Unión Interparlamentaria], celebrada en Washington en 1925.71
Este éxito, combinado con las noticias que había traído Díaz Parrado sobre la resolución de Santiago de 1923, hicieron que Alice Paul considerara el ámbito panamericano como un campo más productivo para el feminismo que el de Europa Occidental. En el encuentro de la Interparliamentary Union, los delegados latinoamericanos, que conformaban una parte importante del total, fueron quienes apoyaron con más entusiasmo los derechos de la mujer.72 A pesar de que la Sociedad de Naciones incluía a algunas mujeres en el Comité Consultivo sobre la Trata de Mujeres y Niñas y en la Organización Internacional del Trabajo (OIT), no habilitaba formalmente la participación de las mujeres ni la discusión explícita sobre sus derechos, como sí hacía la Unión Panamericana.73 Además, las repercusiones internacionales de los derechos igualitarios en el ámbito local frente al debate sobre la legislación protectora en Estados Unidos mermaban las posibilidades del NWP de garantizar su presencia en los grupos de Ginebra. Al igual que la OIT y los grupos internacionales de mujeres, tanto europeos como estadounidenses, la Alianza Internacional de Mujeres de Catt promovía una legislación laboral protectora para las mujeres trabajadoras, quienes temían que la ERA pudiera eliminarla. Los miembros de la alianza se oponían con vehemencia al Woman’s Party y a su enmienda. En su encuentro en París, en 1926, la IWSA de Catt, renombrada Alianza Internacional de Mujeres por el Sufragio y la Igualdad Ciudadana, rechazó la solicitud de membresía del NWP, dejándolo huérfano de posibilidades para consolidarse a escala internacional. La autoridad sin igual de Estados Unidos sobre América Latina, en contraste con su tibia relación con la Sociedad de Naciones, de la cual ni siquiera era miembro, también contribuyó a que Paul contemplara el ámbito panamericano como más propicio. En su opinión, la Conferencia de La Habana era una oportunidad maravillosa para comenzar un trabajo internacional serio, ya que no encontrarían los obstáculos a los que deberían enfrentarse en Ginebra.74
A principios de enero de 1928, el Woman’s Party aún no había conseguido convencer a Leo Rowe, director de la Unión Panamericana, de nombrar delegadas a la conferencia o de cambiar el programa para incluir los derechos de la mujer. Sin embargo, Paul decidió enviar una delegación no oficial encabezada por Doris Stevens, que acababa de ser nombrada presidenta del Comité de Relaciones Internacionales del NWP.75
Su misión era sentar las bases para un tratado internacional sobre derechos de la mujer. Paul, que había comenzado sus estudios en legislación internacional después de licenciarse en la Washington College of Law en 1922, creía que un tratado internacional garantizaría los derechos igualitarios de todas las mujeres del continente americano de manera más rápida que si se conquistaban en cada país uno a uno.76 Su visión estaba profundamente influida por las innovaciones interamericanas en derecho internacional. Paul había estudiado la resolución de Santiago de 1923 y las publicaciones del Instituto Americano de Derecho Internacional, organización creada por el jurista chileno Alejandro Álvarez y el estadounidense James Brown Scott, defensores del panamericanismo que buscaban codificar el derecho interamericano. Ella sabía que este grupo había patrocinado la Comisión Internacional de Juristas de 1927 en Rio de Janeiro, que trajo avances en la utilización de tratados en derecho privado internacional, entre ellos la situación civil de las mujeres. Puede también que Díaz Parrado le comentase a Paul la propuesta de González y Domínguez referente a un tratado sobre derechos de la mujer en el congreso de Panamá de 1926.77
En la víspera de su viaje a La Habana, Paul les envió a Doris Stevens y Jane Norman Smith, presidenta del órgano ejecutivo del NWP, una serie de documentos jurídicos en defensa del método del tratado. Todas ellas sabían que un tratado representaría un giro importante en la estrategia feminista. La Décima Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que garantiza los derechos reservados a cada uno de sus estados, complicaba la aprobación de un tratado internacional que buscara intervenir en la jurisdicción estatal y nacional. Sin embargo, Paul encontró un precedente legal federal de un tratado internacional en “Missouri v. Holland”, un caso de la Corte Suprema de 1929 diseñado para proteger a las aves migratorias en Canadá y Estados Unidos. Este caso concluía que aplicar un tratado contra los intereses de un estado individual no constituía una violación de la Décima Enmienda.78 Tal como les había subrayado Paul a Stevens y Smith, un tratado sobre derechos de la mujer era constitucional, aunque el Departamento de Estado dijera lo contrario. Paul escribió que podía significar una revolución ideológica, pero desde luego era una constitucional.79
Armada con planes sobre lo que ella consideraba el primer tratado propuesto por mujeres para mujeres, Doris Stevens, junto con Jane Norman Smith y Alice Paul, reconocía que su éxito en La Habana no sólo impulsaría la ERA en Estados Unidos, sino que también minaría los esfuerzos internacionales de Carrie Champan Catt, con quien el NWP mantenía una relación antagónica.80 Todas ellas tenían plena conciencia de que la virulencia contra Catt en América Latina estaba motivada por sus arrogantes aires de superioridad. A pesar de que estaban de acuerdo con Catt en que el feminismo estadounidense era más avanzado que el de América Latina, decidieron no repetir el error de reivindicar su liderazgo sobre las mujeres latinoamericanas. Smith reconocía que el NWP, durante los últimos cinco años, parecía haberse dormido frente a la resolución de 1923, mientras que los miembros del Club Femenino impulsaban un apoyo activo a la resolución. Por lo tanto, consideraba que decirles a esas mujeres qué debían hacer sería un atrevimiento y hasta una ofensa.81 Katharine Ward Fisher instó a Smith a funcionar en los mismos términos que las mujeres latinoamericanas y a entender su punto de vista. Esto, le decía, sería muy beneficioso con vistas al futuro.82
Al llegar, Stevens, Smith y otras representantes del Woman’s Party realizaron denodados esfuerzos por presentarse como hermanas de las mujeres cubanas más que como maestras o misioneras a quienes enaltecer.83 Marcaron un contraste deliberado con la posición de Catt de cuestionar la aptitud de las mujeres latinoamericanas para la igualdad y proclamaron que las mujeres de América Latina y Estados Unidos merecían los mismos derechos civiles y políticos. Enviaron una carta a organizaciones feministas cubanas en la que argumentaron que la opresión de las mujeres era un asunto internacional. En ella explicaban que no había ningún país de Norte o Sudamérica en que hombres y mujeres disfrutaran de una igualdad de derechos ante la ley. No dejaron de hacer énfasis en que las mujeres estadounidenses estaban en el mismo barco, igual de subyugadas, si no es que más, que las latinoamericanas. En lugar de acentuar el derecho de la mujer al sufragio, la carta hacía una lista de los muchos estados de Estados Unidos donde los sueldos de las mujeres casadas les pertenecían a sus maridos, donde el ordenamiento jurídico en cuestiones de herencia, guarda y custodia era desigual y donde una mujer no podía firmar un contrato ni participar en empresas sin el consentimiento de su marido. Invirtiendo el orden jerárquico estándar, destacaban que las mujeres estadounidenses necesitaban el apoyo de las feministas cubanas para ayudarlas a obtener derechos igualitarios.84 En un primer momento, las mujeres del Woman’s Party recibieron una tibia respuesta. Pero a medida que las mujeres cubanas leían y hacían circular la carta, las colaboraciones comenzaron a florecer.85
Además de poner en duda el feminismo imperial de Estados Unidos, estas integrantes del NWP se presentaban cada vez más como contrarias al imperialismo estadounidense, de un modo más amplio. Su estrategia se había precipitado gracias a la oposición del Departamento de Estado a sus metas. Cuando Stevens y Smith solicitaron una audiencia en la conferencia al enviado y ex secretario de Estado, Charles E. Hughes, Smith contó que las había tratado como si fueran niñas pequeñas.86 Hughes había ido a La Habana a defender el statu quo en América Latina y a oponerse a cualquier política que cuestionara la estrecha definición de derecho internacional del Departamento de Estado. Estas políticas incluían propuestas de las delegaciones de América Latina para presionar contra la intervención estadounidense y a favor de relaciones más multilaterales. Su argumento —que los derechos de la mujer caían dentro de la jurisdicción nacional y no internacional— se transformaría en un estribillo que se repetiría en futuros debates panamericanos.87 Hoy continúa como una justificación habitual para la resistencia de Estados Unidos a firmar tratados internacionales por los derechos humanos.88
En el contexto de la intervención armada de Estados Unidos en Nicaragua, cualquier idea formulada por el Departamento de Estado sobre la importancia de la soberanía para muchos no era más que una contradicción absurda. Justo antes de la conferencia, Augusto César Sandino había logrado una serie de importantes victorias militares contra Estados Unidos, aunando esfuerzos oficiales para conseguir el compromiso de este país de no intervenir en América Latina.89 Estados Unidos le prohibió a Sandino asistir a la conferencia. Las mujeres del NWP se manifestaban cada vez más a favor de Sandino, estableciendo un paralelismo entre este posicionamiento y sus demandas por los derechos de la mujer como un objetivo por la justicia social. Una de las delegadas del NWP, la abiertamente antiimperialista Alice Park, señaló la hipocresía en la manera supuestamente ética en que Hughes se oponía a la imposición sobre otras naciones, teniendo en cuenta que defendía la intervención de su país en América Latina.90

FIGURA 7. Doris Stevens, 1928. Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
Doris Stevens se transformó en la estratega clave detrás de estos argumentos antiimperialistas. De hecho, antes de la conferencia se había anticipado que trabajara con (y no contra) el Departamento de Estado, al predecir que Estados Unidos sería el país más avanzado del congreso en relación con los derechos de la mujer, ya que era el único que había garantizado el sufragio femenino.91 Cuando Hughes y otros juristas internacionales, como el abogado estadounidense James Brown Scott y el cubano Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, cuestionaron la validez de un tratado internacional, Stevens le escribió a Alice Paul. Estos políticos aceptaban que las aves migratorias estuvieran sujetas a una jurisdicción internacional, pero no así un asunto de relevancia nacional como los derechos de la mujer. Como respuesta, Paul instó a Stevens a jugar la carta antiimperialista. El hecho de que los derechos individuales fueran una materia apta para la acción internacional, le advirtió Paul a Stevens, era una cuestión de opinión, de la misma manera que lo era considerar sus actuaciones bajo la Doctrina Monroe o sus actividades actuales en Nicaragua como materia apta para una acción internacional.92 Paul y Stevens no eran antiimperialistas. (De hecho, según la feminista chilena Marta Vergara, Paul creía que “si alguna vez desembarcó su infantería de marina [de Estados Unidos] en alguna tierra más allá del río Grande, lo fue para bien del país así protegido”.)93 Sin embargo, ambas sabían que el antiimperialismo era la clave de la conferencia y que muchos delegados de América Latina estaban presionando por un tratado de no intervención. Las dos mujeres eran hábiles camaleones políticos, por no decir poco escrupulosas. Paul le dio a Stevens una estrategia que ella asumiría con presteza durante los próximos años: usar el antiimperialismo como argumento por los derechos internacionales de la mujer.
Paul le otorgó a Stevens más munición para estos argumentos cuando, después de unas semanas de viaje, le envió una propuesta para un tratado sobre igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El marcado entusiasmo de los delegados de América Latina ante la idea impulsó a Paul a escribir un borrador de lo que sería el Tratado de Igualdad de Derechos. Con base en el lenguaje que el NWP había utilizado para presionar en la reunión de la Unión Interparlamentaria de 1925 y en la ERA, decía que los Estados contratantes acordarían que, una vez ratificado ese documento, hombres y mujeres tendrían derechos igualitarios en todo el territorio sujeto a sus respectivas jurisdicciones.94
Cuando Stevens presentó este tratado en el debate público que tuvo lugar en La Habana, fortaleció su reputación como luchadora por la justicia panamericana, con la exigencia al gobierno estadounidense de que hiciera un compromiso internacional con los derechos igualitarios. Los periódicos de La Habana alabaron a Stevens como líder de un nuevo tipo de feminismo y la elogiaron como “la vanguardia intelectual de las mujeres norteamericanas”.95 Gracias a Stevens, el NWP emergió como un grupo altruista, separado de las fuerzas más perjudiciales del capitalismo y el imperialismo estadounidenses representados por el Departamento de Estado.96 Su historia como militante sufragista acrecentó su credibilidad por rebelarse contra el gobierno de su país. Diversos artículos alabaron con entusiasmo su libro Jailed for Freedom, interpretado por uno de ellos como un documento sobre sus esfuerzos en la “campaña por la liberación de la mujer y por la paz”.97 Un largo y detallado perfil de Stevens publicado en El País describía la improvisada sede del NWP en el Hotel Sevilla como un cambio sustancial respecto de la corrupción de la conferencia panamericana. Las actividades que se sucedían en otras partes del hotel eran una metáfora de los procedimientos de la conferencia: banales, comerciales y, sobre todo, un reflejo del imperio estadounidense. “Los waiters corren de un lado a otro, llevando las enormes maletas o descorchando las botellas de champaña o de ron. Risas, comentarios insustanciales, humo de Pall Mall y de Chesterfield [...] pueblan el ambiente donde su majestad el dólar impone su imperio formidable.” Sin embargo, explicaba el autor, al subir al ascensor para ir a la recámara de Stevens, la habitación 312, “todo cambia súbitamente”. Ésta servía como “oficina” de campaña del NWP; allí, Stevens y demás miembros del partido recibían a las mujeres cubanas, a la prensa y a otros visitantes.98 La puerta de la habitación estaba flanqueada por las banderas cubana y estadounidense, mientras que la bandera lila, blanca y dorada del NWP ondeaba desde el balcón. En la recámara, mujeres cubanas y estadounidenses trabajaban juntas con fervor y “entusiasmo”, escribía el autor del artículo, ensalzando la amplitud de la concepción de “la libertad y [...] la igualdad humana” de las feministas y lamentando que no hubiera un equivalente en los demás procedimientos de la conferencia.99
Stevens celebró esta cobertura mediática cuando le escribió a su compañero sentimental, el escritor de The New Republic Jonathan Mitchell, sobre lo maravilloso que era trabajar en un país donde las mujeres eran una noticia tan importante. Le contaba que no había día en que no salieran en los titulares y en las columnas más importantes de cada uno de los seis periódicos en español, y agregaba que los hombres latinoamericanos eran más ágiles y mucho más sensibles que los estadounidenses, tanto que las mujeres tenían más esperanzas en ellos que en sus compatriotas. Finalizaba sosteniendo que, tanto si apoyaban o no el tratado, los hombres latinoamericanos estaban seducidos con la idea.100

FIGURA 8. Diapositiva en que se anuncia la “Gran Asamblea de Mujeres en pro de la igualdad de derechos en la Asociación de Reporters”. La publicación se mostró en películas proyectadas en el Teatro Fausto de La Habana, en 1928. Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
El desempeño de Stevens también triunfó sobre el resto de los grupos feministas establecidos en La Habana que hacían campaña a favor del Tratado de Igualdad de Derechos. Muchas organizaciones de mujeres firmaron una traducción española del mismo, entre ellas el Club Femenino, la Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba, las Damas Católicas, la Asociación de Emigradas Revolucionarias y el Partido Nacional Sufragista, entre otras. Una gran cantidad de grupos políticos, desde los conservadores que apoyaban a Machado hasta los más progresistas, organizaron almuerzos y charlas con las integrantes del NWP. En uno de esos almuerzos, las mujeres del Club Femenino ovacionaron a Stevens, quien habló en inglés, pero contó con la ayuda de una traductora, para alabar los exitosos esfuerzos de las feministas cubanas en la promoción de los derechos igualitarios. En el gran encuentro llevado a cabo en la Asociación de Reporters, Stevens describió el Tratado de Igualdad de Derechos como parte de un esfuerzo mayor a favor de la justicia interamericana y resaltó que estaba naciendo un nuevo código internacional que deseaba hacer del hemisferio un mundo nuevo para hombres y mujeres, no sólo en la teoría, sino en los hechos. Para recalcar su mensaje, agregó que ninguna nación y ningún continente podían a negarles sus derechos, ya que eran derechos humanos.101
Ofelia Domínguez, que se había mudado de Santa Clara a La Habana en 1927, estaba en el corazón de estos acontecimientos. Reconocía al Tratado de Igualdad de Derechos como el triunfo de la resolución del Congreso de Panamá impulsada por ella y González en 1926, por lo que ejerció presión sobre el presidente y los delegados de la conferencia para que les permitieran a las mujeres presentar sus demandas en la sesión plenaria.102 Ofelia también hizo campaña de apoyo para las feministas del NWP y explicó en un artículo: “No ha sido una ‘arrogancia’ [...] la petición seria y razonada que han presentado a la vi Conferencia la señora Smith y la señorita Stevens.” Ellas eran, agregaba, un “grupo generoso de mujeres” comprometidas con “la liberación de la mujer de todo el continente”.103
La conexión entre los derechos igualitarios de las mujeres y los de las naciones se transformó en un hecho incuestionable el 28 de enero de 1928, un día nublado en que más de 200 mujeres se manifestaron en el aniversario del nacimiento de José Martí, fundador del Partido Revolucionario Cubano, héroe de la liberación cubana y uno de los primeros defensores de la solidaridad antiimperialista interamericana.104 Una mujer cubana y una estadounidense encabezaban la marcha, sosteniendo cada una la bandera de su país, en dirección a la estatua de Martí en el Parque Central de La Habana. Detrás de ellas, las mujeres avanzaban cargando los estandartes de sus agrupaciones: la Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba, el Club Femenino, el Partido Nacional Sufragista y la Liga Patriótica Sufragista, entre otras. 21 mujeres llevaban vendas azul celeste sobre el pecho con los nombres de cada una de las repúblicas de América. Más atrás iba Stevens, sus compañeras del partido y una mujer que llevaba una pancarta con una cita de Martí: “La mujer [...] debe tener el mismo derecho de votar que el hombre tiene.” La marcha, que se extendía durante unas cuantas manzanas, acababa con una gran pancarta con otra cita de Martí: “En la justicia no cabe demora, y el que dilata su cumplimiento, la vuelve contra sí.” Después de que una de las mujeres depositara una impresionante ofrenda a los pies de la estatua del héroe cubano, un hombre contratado por el NWP soltó 2 mil palomas mensajeras como símbolo de la paz interamericana.105
Esta entusiasta manifestación fue la culminación de los esfuerzos de las mujeres para ejercer presión y extendió las conexiones entre el movimiento feminista panamericano en ciernes y el legado antiimperialista de Martí. A pesar de que los representantes de Estados Unidos continuaron negando su apoyo a las audiencias de las mujeres, numerosos delegados latinoamericanos y, en ocasiones, delegaciones enteras hicieron efusivas declaraciones a favor de abrir a las mujeres algunas sesiones no oficiales durante la conferencia.106 Este apoyo también descansaba en el trabajo de base llevado a cabo durante los últimos años por Paulina Luisi, Clara González y Ofelia Domínguez Navarro. Jacobo Varela, presidente de la delegación uruguaya y ex embajador de Uruguay en Washington, quien en la Conferencia de Baltimore de 1922 había promovido la visión del feminismo panamericano de Paulina Luisi y Baltasar Brum, presentó una moción para darles audiencia a las mujeres. Uno de sus principales defensores fue Ricardo J. Alfaro, jefe de la delegación panameña, que había recibido una petición de Clara González.
El acusado rasgo antiimperialista de la conferencia aceleró de manera crítica el apoyo latinoamericano. Las delegaciones de Argentina, México, Guatemala, Panamá, Cuba, El Salvador, Costa Rica, Paraguay y Nicaragua —muchas de las cuales habían defendido políticas antiintervencionistas que sólo consiguieron ser revocadas por la delegación estadounidense— se decidieron a impulsar las iniciativas feministas. Aprovechando la frustración de las ilusiones en los políticos, Stevens ejerció presión sobre ellos para que les concedieran audiencia, lo que reforzó la idea de que apoyar el feminismo sería un desafío al gobierno de Estados Unidos y que la falta de apoyo a los derechos de la mujer era parte del control que ejercía sobre América Latina. El 4 de febrero, el jefe de la delegación argentina, Honorio Pueyrredón, se enfrentó con audacia a Estados Unidos al señalar que toda intervención diplomática o armada, ya fuera temporal o permanente, era un ataque contra la independencia de los países que violaba los derechos igualitarios de las naciones.107 Éste era el tipo de desafío a la autoridad que la delegación estadounidense había temido, por lo que Hughes se apresuró a revocar la propuesta de no injerencia de Pueyrredón. Poco tiempo después, éste secundó de manera individual la audiencia para las mujeres, por lo que se les permitió hablar en la conferencia unos días más tarde.108
En una de sus cartas, Jonathan Mitchell, compañero sentimental de Stevens, aplaudía el éxito de Doris y la animaba a aprovechar al máximo el discurso de ataque contra Estados Unidos por parte de Pueyrredón para que ella también criticara a su país. La instaba a jugar con los múltiples significados de la palabra soberanía y a que subrayara que, aunque Estados Unidos promovía el reconocimiento de las mujeres como iguales, les negaba muchas oportunidades, de la misma manera que hacía con su supuesta acogida a los socios panamericanos y latinoamericanos. Si conseguía exprimir al máximo el negocio de la soberanía, agregaba Mitchell, el carácter de la sesión pondría eufóricos a los latinoamericanos, lo que serían muy buenas noticias.109
Fue así como Stevens, en su discurso del 7 de febrero de 1928, desde el escenario de la suntuosa aula magna de la Universidad de La Habana, proclamó el poderoso vínculo entre las naciones latinoamericanas que se rebelaban contra los mandatos sobre cómo actuar por su propio bien y las mujeres que se rebelaban contra los hombres por el mismo motivo. En ambos casos, agregó, protección significa control, no igualdad. Con los escudos de armas de las 21 repúblicas americanas en la pared detrás de ella y con la ayuda de un diplomático chileno que hacía de traductor, Stevens afirmó que las mujeres ilustradas se habían rebelado contra actos llevados a cabo por su bien. Agregó que ya no querían más leyes escritas por su bien sin su consentimiento, que tenían el derecho de dirigir sus destinos junto con los hombres.110 También hizo una alusión explícita a las calumnias que había lanzado Catt contra las mujeres latinoamericanas e indicó que éstas las resentían y renegaban de cualquier tipo de superioridad y que no creían que los hombres estadounidenses debían ser tiernos protectores de las mujeres latinoamericanas.111
Las otras siete mujeres que se dirigieron al pleno también establecieron lazos entre la igualdad de las mujeres, en lo laboral y jurídico, y la igualdad y la justicia interamericanas.112 Julia Martínez, feminista y médica cubana, se dirigió a una sala atestada con más de 2 mil personas para subrayar la conexión entre los derechos de la mujer y la soberanía de Cuba. Lanzó al público una pregunta: ¿qué significado tenía la soberanía para Cuba si las mujeres no tenían derechos igualitarios?113 Muna Lee de Muñoz Marín, miembro estadounidense del NWP, casada con Luis Muñoz Marín, editor puertorriqueño proveniente de una prominente familia de políticos, comparó de manera explícita la situación de dependencia de las mujeres con la dependencia de Puerto Rico. En su discurso dijo que a las mujeres se les daba todo hecho, menos la soberanía; se las trataba con mucha consideración a excepción de considerarlas como seres responsables. Señaló las similitudes entre la dependencia de las mujeres y la de Puerto Rico, calificándolas como anomalías legales.114 Pilar Jorge de Tella proclamó un feminismo por la justicia en su discurso en representación no sólo del Club Femenino, sino de las mujeres trabajadoras del gremio de despalilladoras, la organización de trabajadoras de mayor envergadura en Cuba, que representaba a unas 1 500 mujeres, muchas de ellas afrodescendientes. El País señaló: “Por primera vez una organización femenina de carácter obrero ha estado representada en un acto de índole sufragista.”115
También era la primera vez que habían participado mujeres en una conferencia intergubernamental para hablar a favor de sus derechos. A pesar de sus apasionados alegatos, sólo un puñado de delegados votó a favor del Tratado de Igualdad de Derechos; sin embargo, la conferencia aprobó el establecimiento de una organización intergubernamental dedicada al estudio y la promoción de los derechos de la mujer, la primera de su tipo.116 Doris Stevens presionó para que se estableciera en La Habana, insistiendo en que la resolución de Soto Hall de 1923 reclamaba un organismo de estas características.117 Esta Comisión Interamericana de Mujeres consistiría en una mujer delegada de cada país del hemisferio occidental y tendría una oficina en la sede de la Unión Panamericana en Washington.
Las feministas tenían la esperanza de que esta comisión uniera a las mujeres de toda América y continuara la lucha por el Tratado de Igualdad de Derechos. Cuando el Club Femenino organizó un almuerzo de despedida para las mujeres del NWP, Doris Stevens anunció que las mujeres del continente nunca abandonarían los vínculos forjados en La Habana.118 Le contó a Alice Paul que ya sentían el estrépito de algunos delegados, llenos de entusiasmo, por volver corriendo a sus países para lograr que se mejoraran las leyes nacionales antes de que el temible tratado llegara a comprometerlos.119
De regreso a Estados Unidos, las mujeres del NWP sacaron el máximo provecho de su campaña en Cuba. Se presentaron a sí mismas como una fuerza rebelde que había invadido la conferencia para formar la CIM. Muna Lee publicó un artículo en The Nation, en el cual proclamaba con orgullo que la sexta Conferencia Panamericana había dejado afuera a Sandino, pero había dejado entrar al Woman’s Party de Estados Unidos.120 Doris Stevens anunció que en La Habana había nacido el feminismo internacional.121
Ofelia Domínguez Navarro también albergaba grandes expectativas respecto de la CIM. Algunos meses después de la creación de la comisión, Domínguez se hizo líder de un nuevo grupo local, la Alianza Nacional Feminista, que aglutinó a una serie de organizaciones en un amplio frente unitario por el voto, transformándose en uno de los grupos feministas más influyentes de Cuba. Una integrante recalcó que el activismo en la conferencia panamericana había sido el catalizador del grupo y agregó que había sido un hito en la historia del feminismo, al contribuir más que ningún otro evento a que las mujeres cubanas se dieran cuenta de sus carencias. Agregaba que muchas habían escuchado las fervientes palabras de mujeres de distintos países, lo que les había inspirado confianza en un futuro que sólo se alcanzaría mediante la acción conjunta, lo que para muchas supuso una revelación.122
Ofelia Domínguez sabía que ella y Clara González habían ayudado a encender la chispa de este despertar. Su exigencia de un apoyo supranacional por los derechos de la mujer en el congreso de Panamá en 1926 allanó el camino hacia las colaboraciones feministas que tuvieron lugar en La Habana unos años más tarde. En 1929, Domínguez utilizó este impulso interamericano para hacer campaña a favor del sufragio. En su discurso en el palacio presidencial de La Habana dijo que dar entrada a las mujeres en la vida política de la nación ayudaría a asegurar su soberanía y lo que llamó derechos humanos de las mujeres.123 Su deseo era que la Comisión Interamericana de Mujeres contribuyera a hacer realidad estas demandas.
3. Feminismo práctico
En julio de 1928, seis meses después del dramático desenlace de la Conferencia de La Habana, Clara González y Doris Stevens se sentaron juntas para una sesión fotográfica orquestada por el National Woman’s Party [Partido Nacional de la Mujer] (NWP). González acababa de llegar a Washington para empezar su labor en la nueva Comisión Interamericana de Mujeres (CIM): Clara y Doris fueron las primeras dos integrantes de esta organización que debía incluir 21 miembros, una por cada república del continente. A la sombra de las palmeras del patio de la Unión Panamericana, edificio sede de la comisión, estas mujeres conversaron al tiempo que ensayaban diferentes poses. La imagen elegida por el NWP sería vista por miles de lectores de periódicos en Panamá, Estados Unidos, Brasil, Chile, Uruguay, Cuba y otros países, a menudo acompañada del titular “Feminismo”.1 Con Clara frente a la cámara, sonriéndole a Doris, quien con la boca abierta mostraba que estaba dialogando, la fotografía presentaba la puesta en escena que el NWP quería mostrar. Con peinados y atuendos modernos, González y Stevens representaban las nuevas caras de un panamericanismo fundado sobre la igualdad y la amistad entre las mujeres del Nuevo Mundo. “Por primera vez en la historia mundial —rezaba el texto promocional que acompañaba a las imágenes—, un grupo internacional compuesto de delegadas de varios Estados ha empoderado a las mujeres para [...] estudiar el estatus de la mujer y recomendar medidas para volver a hombres y mujeres iguales ante la ley”.2
González consideraba que esta organización y su propio rol en ella eran avances respecto de los objetivos que su amiga Ofelia Domínguez Navarro y ella misma habían promovido varios años antes en Panamá. Allí, las dos mujeres habían apoyado diversas resoluciones sobre amplias legislaciones internacionales acerca de los derechos de la mujer y un nuevo feminismo americano fundado en la acción conjunta en pro de los derechos de la mujer y del antiimperialismo. A partir del liderazgo de Stevens en La Habana, González tenía grandes expectativas de que la comisión también abrazara estos altos ideales.
No obstante, a pesar de su entusiasmo inicial, Clara pronto se daría cuenta de que Doris dirigía la CIM de forma unilateral y de que se destacaba por encabezar esfuerzos publicitarios, en vez de alentar la igualdad o la amistad interamericanas. A lo largo de los primeros cinco años de la comisión, muchas de las feministas antimperialistas hispanohablantes que habían propiciado su creación, como Clara González, Ofelia Domínguez y Paulina Luisi, llegaron a resentir el liderazgo de Stevens. Descubrieron que las declaraciones de Doris en La Habana a favor de la soberanía habían sido de dientes para afuera. Como presidenta de la comisión, Stevens perseguía un solo objetivo: la igualdad política y civil de los derechos de la mujer, consagrada en el marco del derecho internacional. Relegó otros objetivos buscados por González, Domínguez y otras feministas: antiimperialismo, derechos sociales y económicos para la mujer, reconocimiento de que los objetivos de la comisión tendrían que variar de acuerdo con el contexto político local y con el liderazgo del feminismo latinoamericano. Para estas mujeres, dichos ideales, más amplios, definían al feminismo y las distinguían de sus contrapartes estadounidenses.

FIGURA 9. Clara González y Doris Stevens sentadas en el patio de la Unión Panamericana, Washington (DC), Harris & Ewing, 1928. El NWP distribuyó esta imagen junto con noticias sobre la creación de la CIM en periódicos y revistas a lo largo y ancho de Estados Unidos y América Latina. Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
Estas decepciones condujeron a choques y confrontaciones, pero también a fortalecer los vínculos entre González, Domínguez y Luisi. Estas mujeres ayudarían a crear nuevas redes de disidencia entre las feministas latinoamericanas, basadas en el antimperialismo, la búsqueda de justicia social, el liderazgo latinoamericano y la unidad en su oposición a Doris Stevens. Dichas redes facilitaron su amistad y crearon un feminismo panamericano alternativo, enfocado en la solidaridad y el apoyo a luchas locales, lo que Domínguez llamó “feminismo práctico”.3 A principios de los años treinta, las rupturas generadas por la Gran Depresión provocaron nuevas turbulencias sociales, económicas y políticas en América y originaron la necesidad aún más grande de un feminismo práctico, para cuya construcción se aliaron numerosas feministas hispanohablantes. Ese tipo de feminismo sembró la raíz de las futuras resistencias a Doris Stevens y de la lucha continua por sus objetivos.
CLARA GONZÁLEZ Y LA COMISIÓN INTERAMERICANA DE MUJERES
Clara se enteró de los logros de la Conferencia de La Habana de 1928 cuando estaba en Nueva York, donde, con una beca del gobierno panameño, estudiaba en la Universidad de Nueva York derecho y las instituciones penales para mujeres y jóvenes delincuentes. Celebró este ímpetu del feminismo interamericano que ella y su amiga Ofelia habían ayudado a provocar.
Algunos meses más tarde, los funcionarios latinoamericanos y estadounidenses de la junta de gobierno de la Unión Panamericana cumplieron con los términos de la conferencia y crearon la Comisión Interamericana de Mujeres. El jurista cubano Antonio Sánchez de Bustamante y el diplomático peruano Víctor Maúrtua, ambos impresionados con el liderazgo de Doris Stevens en La Habana, la nombraron presidenta y comisionada por parte de Estados Unidos. La junta escogió mediante sorteo los otros seis países cuyos gobiernos elegirían a las primeras delegadas: Argentina, Colombia, Haití, Panamá, El Salvador y Venezuela. Estas delegadas seleccionarían representantes para las sillas restantes.4 El diplomático panameño Ricardo Alfaro recomendó a González como representante panameña, reconociendo su papel en la creación de la comisión. La proximidad de Clara con Washington también la perfilaba como una candidata ideal para ese puesto.
Al enterarse de su nombramiento, Stevens contactó de inmediato a González y la instó a trabajar en la oficina de la Unión Panamericana. Su primera conversación, en un almuerzo en Nueva York, dejó a cada una impresionada con la otra. Doris le escribió a Clara que “me hizo sentir que no habrá límites para lo que la comisión pueda lograr si todas sus integrantes son feministas tan entusiastas, tan comprensivas y tan brillantes como usted”.5 González aceptó ir de inmediato a Washington para pasar el verano.
Allí, Clara se entregó al trabajo legislativo de la comisión sobre los derechos de la mujer. Regresó en el verano de 1929 y en los siguientes dos años viajó frecuentemente de Nueva York a la capital estadounidense, incluso durante su periodo como estudiante. En Washington se hospedaba en la Alva Belmont House, sede del NWP, situada en forma prominente frente al Capitolio y en la misma calle de la Biblioteca del Congreso, donde Stevens dispuso un cubículo privado para González en la sección jurídica.6 Aunque al principio Clara hablaba inglés con cierta dificultad, hacia el final de su estancia en Estados Unidos en 1930 ya dominaba la lengua. Como en aquel entonces Stevens no hablaba español, González y Muna Lee de Muñoz Marín, quien también hizo trabajo como voluntaria por un lapso breve, tradujeron correspondencia y comunicados del y al español, mientras que Elsie Ross Shields, la secretaria de la comisión, hija de un funcionario del servicio exterior británico y originaria de Brasil, traducía del y al portugués.7
González le brindó su significativa pericia legal a la comisión, trabajando largas horas en la Biblioteca del Congreso para crear el compendio internacional de leyes que la comisión presentaría a la Conferencia para la Codificación del Derecho Internacional de La Haya en 1930 y a la Conferencia Panamericana de Montevideo en 1933. El NWP había compilado durante muchos años las leyes discriminatorias de todos los estados de Estados Unidos, que publicitaba en panfletos y publicaciones periódicas. Ahora el partido estaba realizando un estudio de las leyes de todo el continente, el primero de su tamaño y alcance internacional. El compendio reveló discriminación contra las mujeres en un amplio rango: civil, penal y otras formas jurídicas en todos los países americanos. Reconocer la vastedad de estas leyes persuadiría a muchos estadistas y feministas de apoyar el Tratado de Igualdad de Derechos. Clara, que había pulido en Panamá su conocimiento sobre la legislación de los derechos de la mujer con su pionera tesis profesional, fue clave para su producción.
González consideraba el trabajo legal de la comisión sobre los derechos civiles y políticos de las mujeres como algo muy importante, pero también esperaba que el grupo combatiera el imperialismo estadounidense, como se prometió en su fundación. En 1927 se había unido al capítulo neoyorkino de la Federación Latinoamericana de Estudiantes, un grupo antiimperialista de alumnos que vivían en Estados Unidos, comprometidos con la liberación de los pueblos de América Latina. González intentó vincular este grupo con la comisión. Una declaración oficial de la federación, posiblemente escrita por la propia Clara, explicó que, aunque la CIM había sido creada en una de las conferencias panamericanas, las cuales servían a alianzas perversas e intereses particulares, la comisión en sí encarnaba motivaciones más puras; argumentó que “la defensa de los derechos de las mujeres significaba luchar por ideales universales, y que no se debía frenar a las causas justas basándose en las circunstancias de su surgimiento”.8
La poco disimulada aversión del gobierno estadounidense a la comisión le dio esperanza a González de que sería un organismo autónomo en pro del feminismo y la justicia interamericanas. A lo largo de la primera década de la CIM, bajo los presidentes Coolidge y Hoover, la Unión Panamericana y el Departamento de Estado la consideraron ya una molestia, ya algo irrelevante. Memorándums internos revelan que el Departamento de Estado estimaba que la comisión era en esencia inútil, dado que las mujeres en Estados Unidos ya contaban con el derecho al voto.9 Cuando el director de la Unión Panamericana, Leo Rowe, le entregó a regañadientes a Doris Stevens su ya acordada oficina en la Unión Panamericana, tras casi un mes de regateos, subrayó que eso no implicaba que la comisión fuera “oficial”.10 Tal como la feminista chilena Marta Vergara expresaría de forma elocuente años más tarde, la comisión “era una especie de hija ilegítima a la cual la [Unión Panamericana] había tenido que reconocer a pesar suyo”.11

FIGURA 10. Doris Stevens lidera a integrantes de la CIM en una protesta en la Conferencia del Tratado de Paz Kellogg-Briand, afuera del castillo de Rambouillet, Francia, en 1928. Su pancarta, en francés, dice: “Exigimos un tratado que nos otorgue igualdad de derechos”. Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
Siempre en su papel de estratega, Stevens entendía la importancia que esta independencia tenía para obtener el apoyo latinoamericano. En comunicados de prensa y entrevistas, enfatizaba que la CIM era un grupo “apolítico” y “apartidista”, con autonomía financiera de Estados Unidos. En privado, celebró su estatus híbrido intergubernamental/no gubernamental. Como le explicó a una amiga en 1929, esta “situación de oro [...] probablemente nunca volvería a presentarse en nuestras vidas: la presidenta, una feminista, y nosotras, constituidas tan recientemente que el gobierno no le puso la menor atención a lo que hicimos”.12
En agosto de 1928, Stevens orquestó una dramática protesta en Rambouillet, Francia, que enfatizó la independencia de la CIM respecto del gobierno de Estados Unidos. La primera acción militante a gran escala de la comisión convulsionaría la firma del tratado de paz del secretario de Estado estadounidense, Frank B. Kellog, y el ministro francés de Asuntos Exteriores, Aristide Briand. Poco después de la primera Guerra Mundial, muchas personas en Estados Unidos y Europa Occidental pensaban que el Tratado Kellogg-Briand, que renegaba de la guerra como “un instrumento de política nacional”, expresaba un compromiso serio, casi sagrado, hacia la paz mundial.13 No obstante, Doris Stevens lo vio como la oportunidad perfecta para dar a conocer la comisión en todo el mundo. Dado que por esas fechas ella asistiría a una reunión de la Sociedad de Naciones en Ginebra, decidió desviarse a Francia para coincidir con la firma del tratado.14 En París, Doris movilizó a un grupo de feministas europeas y estadounidenses para exigir que se realizara una audiencia conjunta del Tratado de Igualdad de Derechos y del tratado de paz. Cuando Kellogg se negó, Stevens condujo con audacia a nueve mujeres para protestar afuera de la residencia privada del presidente francés, el castillo de Rambouillet, donde estaban almorzando Kellogg y otros firmantes del tratado. Cuando se les pidió retirarse, Stevens lanzó varios “ataques por los flancos”, con los que las mujeres intentaron sobrepasar a toda velocidad a los guardias situados enfrente del castillo, gracias a lo cual ella y su cohorte fueron a parar a una cárcel parisina. Las manifestantes pasaron la mayor parte de sus tres horas de cárcel paradas en la ventana, lanzándoles panfletos del Tratado de Igualdad de Derechos a los simpatizantes que las vitoreaban ahí abajo. Esta protesta fue el primer acto significativo de desobediencia civil desde el movimiento sufragista en que participaron feministas estadounidenses y apareció en las primeras planas de periódicos de todo el mundo.15
El ardid del Tratado de Paz Kellogg-Briand se convirtió en un parteaguas para la popularidad de la comisión entre las élites latinoamericanas. Mientras muchas personas en Europa y Estados Unidos censuraron las acciones de Stevens como escandalosas y de mal gusto, muchos políticos, funcionarios, periodistas, feministas de izquierda y latinoamericanos en general las elogiaron.16 El secretario de Estado estadounidense había supervisado el violento asalto de marines en Nicaragua, entre otras intervenciones en la región. Una escritora feminista puertorriqueña se refirió a Kellogg y Briand como “bufones” lastimeros y a su “tratado de paz” como una ridícula contradicción.17 El Partido Comunista Internacional había orquestado protestas antiimperialistas en París antes del tratado de paz y el periódico socialista New York Worker calificó al arresto de Stevens en Francia como “la primera victoria militar ganada por el Tratado de Paz Kellogg”.18 Varios años más tarde, el senador haitiano Pierre Hudicourt, quien había sido encarcelado por los marines estadounidenses, recordó a Stevens como una “compañera presa política”.19 Clara González fue una de sus partidarias más vehementes: “Las detenciones son prueba inequívoca —le dijo a los reporteros— de que el Viejo Mundo va a la zaga del Nuevo en cuanto a su actitud hacia las mujeres y sus derechos.”20
El apoyo latinoamericano al acontecimiento de Rambouillet le ayudó directamente a Stevens en Ginebra, donde los políticos latinoamericanos la ayudaron a impulsar las demandas de igualdad de derechos de la CIM para la siguiente Conferencia para la Codificación del Derecho Internacional de la Sociedad de Naciones.21 Orestes Ferrara, el delegado cubano de la liga, a quien Doris había impresionado en La Habana a inicios de ese mismo año, presentó la propuesta de Stevens que planteaba el nombramiento de mujeres como delegadas para la siguiente Conferencia de La Haya, la cual fue aceptada. Ferrara “insiste en presentarme como ‘la joven que fue arrestada en París por molestar al señor Kellogg’”, le informó Stevens a la comisión. “Esto parece deleitar a todos los latinoamericanos. Intuyo que el señor Kellogg no es uno de sus favoritos.”22
Pese a esta clase de dramáticos actos de rebeldía contra Estados Unidos, Stevens no tenía un verdadero compromiso antiimperialista. Cuestionaba a su país cuando era oportuno, pero nunca consideró seriamente que enfrentarse a la hegemonía estadounidense fuera un fin en sí mismo. Para ella, la CIM y el feminismo tenían un solo objetivo: la igualdad de los sexos. Esto significaba que, si el Tratado de Igualdad de Derechos fuera ratificado por la Conferencia Internacional de los Estados Americanos y otros organismos internacionales como la Sociedad de Naciones, tendría una nueva herramienta para cambiar las leyes nacionales que regían la vida de las mujeres en todo el mundo. Para Stevens, y muchas otras mujeres del NWP, la igualdad legal de derechos civiles y políticos representaba el fin último del feminismo. Este estrecho compromiso por la igualdad legal, desligado de otros objetivos políticos o sociales, le había servido estratégicamente al NWP cuando luchó con determinación por la Decimonovena Enmienda a la Constitución de Estados Unidos. La historiadora Nancy Cott ha evaluado que esta dinámica “tomó forma en la lucha sufragista y se aplicó, bien y mal, de forma obsesiva, después de esto”.23
Tras su éxito en Ginebra, Stevens y Alice Paul decidieron que, además de un Tratado de Igualdad de Derechos, la comisión debía esbozar un Tratado de Igualdad de Nacionalidad que le otorgara derechos de nacionalidad independientes específicamente a las mujeres casadas.24 Se planearon presentarle el tratado a la Sociedad de Naciones, la cual había estado trabajando desde 1924 en un código legal para todas las naciones del mundo. El primer intento de registrar de manera oficial dicho código internacional tendría lugar en la Conferencia de La Haya en la primavera de 1930, en la que la nacionalidad sería uno de los primeros temas de discusión. Debido a la propuesta de 1928 de Stevens, de incluir mujeres en estas deliberaciones, la Conferencia de La Haya señalaría la primera vez que las mujeres participaron como plenipotenciarias en una reunión de la Sociedad de Naciones.25
En un principio, Clara González apoyó de forma activa este objetivo.26 Incluso defendió a la comisión contra quienes la acusaban de que centrarse en los derechos de nacionalidad igualitarios no tomaba en cuenta las necesidades de las latinoamericanas. Las mujeres en muchos países de América Latina ya tenían derechos de nacionalidad mientras que en Estados Unidos no, pese a la Ley Cable† de 1922.27 En Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, por ejemplo, una mujer no perdía su nacionalidad al casarse con un extranjero y las leyes de nacionalidad de estos países no hacían distingos según el sexo.28 Stevens y Paul pensaron que el progresismo del derecho latinoamericano respecto de la nacionalidad la volvían una causa apta para la CIM. Pero un artículo en el periódico panameño Gráfico criticó a la comisión por centrarse en la nacionalidad a expensas de otros asuntos más urgentes para las mujeres latinoamericanas, como el voto o la igualdad económica. En una respuesta publicada en el Diario de Panamá, González expresó que la nacionalidad independiente era muy importante para todos, en especial considerando que la migración iba en aumento y que las mujeres migrantes cuya ciudadanía derivaba del matrimonio enfrentaban singulares problemáticas con respecto al estatus de nacionalidad. Los tratados de Igualdad de Derechos y de Igualdad de Nacionalidad, explicó Clara, ayudarían a desmantelar todas las formas de desigualdad enfrentadas por las mujeres de América Latina.29
Aunque González seguía teniendo fe en el trabajo en pro de la igualdad de derechos de la comisión y admiraba la influencia internacional de Stevens, le perturbaba cada vez más el liderazgo unilateral de ésta. A pesar de sus promesas de “hermandad”, Stevens no integraba casi ninguna de las aportaciones de las feministas latinoamericanas. Hacia el final del primer verano en que González trabajó en las oficinas de la CIM, sólo se había designado a las primeras siete comisionadas (que debían ser nombradas por los gobiernos de sus países). Ninguna, aparte de González, pudo pasar un tiempo significativo en la sede estadounidense y la mayoría mantuvo estrechas relaciones con sus gobiernos y no con las organizaciones feministas. Entre las comisionadas se encontraban la esposa de un abogado colombiano que trabajaba de cerca con el Departamento de Estado estadounidense, la esposa del ministro de Salud Pública de El Salvador y la cuñada del presidente de Haití. De entre las designadas, Clara González era una de las pocas que podían calificarse como líder nacional feminista.30 Preocupada, González le escribió a Ofelia Domínguez Navarro que “los gobiernos nombraron a muchas de ningún valor”.31
Clara no era la única frustrada por la selección de esas comisionadas. La feminista mexicana Elena Arizmendi, quien junto con Paulina Luisi había codirigido la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas, le escribió a Stevens y a otras integrantes del NWP para pedir que protestaran contra el patrocinio gubernamental de las comisionadas. Le dijo que las personas con quienes se había vinculado, así fueran muy educadas, nunca habían luchado en favor de la causa de las mujeres, por lo que para las feministas hispanohablantes no tenían ningún valor.32 Arizmendi alertó de que constituir la CIM con integrantes designadas por los gobiernos le quitaría a la comisión cualquier poder que pudiera tener para exigirle cuentas al Estado por violar los derechos de la mujer, pues los gobiernos nunca demostrarían tener una fuerte alianza con las mujeres, pero, por el contrario, una alianza así contravendría las intenciones de los propios Estados. También previno que esta estrategia fortalecería el dominio estadounidense sobre la CIM y pondría en peligro las relaciones entre mujeres hispanohablantes y estadounidenses.33
Stevens desoyó las preocupaciones de Arizmendi y aseguró que la comisión usaría las energías de las 21 comisionadas, quienes formarían algún día “comités locales” para vincularse en cada país con activistas comunitarios.34 No obstante, lo cierto era que Stevens dictaba la agenda de la comisión, y estaba enfocada en los tratados y no en el activismo comunitario.
Aunque Doris reconocía que la CIM había nacido gracias a los esfuerzos de las feministas latinoamericanas, pensaba que ella era la líder nata del feminismo del hemisferio occidental.35 Sus creencias se fundamentaban en parte en su sentido de superioridad racial y nacionalista, ligado a su condición de mujer angloamericana instruida, de clase media alta y veterana de un exitoso movimiento sufragista. Aunque decía abrazar la igualdad entre las razas, ella, como muchas otras integrantes del NWP, sostenían creencias de superioridad racial blanca sobre las mujeres de color y sobre las latinoamericanas. En su libro Jailed for Freedom [Encarcelada por la libertad], Stevens hizo explícitas estas posturas al comentar sobre el “humillante” insulto de haber sido colocada en la misma celda que unas mujeres afroamericanas, a quienes se refirió como “camaradas negruzcas”.36 Aunque en La Habana llamó a la “igualdad” de todas las “mujeres americanas”, Stevens, como muchas otras personas en Estados Unidos, veía a los “latinoamericanos”, entre ellos a las mujeres con quienes colaboraba, como una raza inferior en la que se mezclaban ciertas características étnicas, lingüísticas y culturales.37 Ella no solía articular explícitamente estas posturas, pues se daba cuenta del daño que podrían causarle a sus relaciones con las feministas latinoamericanas. Sus comentarios más denigrantes no surgirían sino hasta años más tarde, cuando ya era claro que su periodo como presidenta de la comisión llegaba a su fin.38
La fe de Stevens en su liderazgo del feminismo panamericano también se basaba en su enorme confianza en sí misma. Creía que la tenacidad y la transgresión de reglas por parte de un líder eran factores críticos para la estrategia feminista.39 Los eventos de La Habana y de Rambouillet en 1928 no hicieron más que intensificar la confianza de Stevens en sí misma como la abanderada del cambio histórico. Las cartas que recibió en La Habana de su pareja sentimental, Jonathan Mitchell, la comparaban con Juana de Arco, Jean-Jacques Rousseau, Woodrow Wilson, Lenin y Martín Lutero.40 En respuesta a Rambouillet, la vizcondesa Rhondda, presidenta de la organización igualitaria británica Six Point Group [Grupo de los Seis Puntos], le escribió a Stevens un inflamado panegírico:
Tus poderes son casi mágicos [...] No he visto ningún otro activismo en el mundo que se le pueda igualar; es esa capacidad de arrojarte toda entera a una vía, corriendo hacia una meta, y que no te quede cuerpo para ver, o escuchar, o pensar nada que no sea lo que quieres obtener; y que puedas exigirte más allá de lo humanamente posible y aun así seguir pensando claramente y manteniendo tu equilibrio mental y nervioso. Es casi increíble: un género de autoinmolación absoluta.41

FIGURA 11. Doris Stevens en el patio del Hotel Sevilla Biltmore en La Habana, Cuba, durante la sexta Conferencia Panamericana, en 1928. Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
Stevens ofrecía un tipo de feminismo panamericano imperialista diferente del de Carrie Chapman Catt. A diferencia de ésta, Doris nunca cuestionó si las mujeres latinoamericanas estaban “listas” para el voto. Pero, como le escribió Elena Arizmendi a Pauina Luisi, las mujeres del NWP “no habían purificado su política” y su feminismo panamericano no era mejor que el de la League of Women Voters de Catt que las había precedido. Tanto la LWV como el NWP, señaló Arizmendi, “desarrollan [...] su propaganda a favor del dominio que hasta sobre la mujer latina desean tener [...] ambos pelean la supremacía, y esto quieren lograrlo haciendo algo que sea favorable a la política de su país. Naturalmente, y a toda costa, quieren tomar las riendas del feminismo de Latinoamérica.”42 Más tarde Luisi le insinuó a Arizmendi que estaba de acuerdo y que, “por lo que respecta a la señora Stevens, hace tiempo que conozco lo que se puede esperar de ella y de su grupo”.43
En efecto, el sentido de liderazgo de Stevens estaba tan afianzado que obstaculizó la designación de comisionadas latinoamericanas cuya autoridad pudiera competir con la suya, entre ellas las pioneras del feminismo panamericano, como Paulina Luisi y Bertha Lutz. Aunque la embajada brasileña recomendó la designación de Lutz, Stevens acabó por designar a Flora de Oliveira Lima, la viuda de un embajador brasileño en Estados Unidos.44 Que Oliveira Lima viviera en Washington influyó en la designación, pero Stevens también relegó a Lutz por su apoyo a la LWV y a la legislación laboral proteccionista.
Luisi, en cambio, era una “igualitaria” que estaba de acuerdo con los tratados de Igualdad de Derechos e Igualdad de Nacionalidad, pero Stevens se negó a apoyar su nombramiento porque pensaba que podía constituir una amenaza a su propio liderazgo. Por esos años, Paulina vivía en Ginebra, donde continuaba su trabajo en el Comité sobre la Trata de Mujeres y Menores de la Sociedad de Naciones y con la Alianza Internacional de Mujeres. En la Conferencia de La Habana de 1928, el diplomático uruguayo Jacobo Varela le recomendó sentidamente a Doris que designara a Paulina.45 Stevens no hizo nada con esta sugerencia sino hasta agosto de 1929, cuando conoció a Luisi en Berlín en la reunión inaugural del grupo igualitario Open Door International [Puerta Abierta Internacional], donde Stevens anunció el nuevo Tratado de Igualdad de Nacionalidad de la CIM. Como Stevens no hablaba español, y Luisi no hablaba inglés, las dos conversaron en francés.46 Si bien Luisi expresó su deseo de colaborar con el grupo y sí se unió a su comité sobre nacionalidad, que se alineaba con la Conferencia de La Haya, le advirtió a Stevens que no replicara la “doctrina de Monroe según la fórmula ‘Toda América para los norteamericanos’”.47
Para Stevens el rasgo característico de esta interacción fue el carácter poco amistoso de Luisi. “Su hostilidad me abrumó”, le diría después a Alice Paul; a Marta Vergara, feminista chilena que estaba trabajando en La Haya, le escribió que Luisi la “atemorizó bastante en Berlín”.48 El antiimperialismo de Paulina y la falta de amabilidad hacían que su participación en la CIM no fuera deseable para Doris, por lo que el puesto de Uruguay permaneció vacante durante mucho tiempo. Alice Paul, quien trabajó con Luisi en la Sociedad de Naciones, le informó a Stevens que, aunque Luisi “no [era] amable” con la comisión, aun así quería estar involucrada y “parecía en extremo indignada porque no se le hubiera designado”.49 Que Stevens no la designara confirmaba la convicción de Luisi de que la comisión bloqueaba las voces de mujeres latinoamericanas, especialmente de aquellas que cuestionaban la autoridad estadounidense.50
Clara González descubrió que Stevens también la había hecho a un lado. El NWP utilizó con avidez a González en su promoción de la CIM, señalando los muchos logros de la abogada treintañera a quien la prensa llamaba “la Porcia Panameña”, en alusión al astuto personaje de El mercader de Venecia.51 No obstante, Stevens nunca ofreció el financiamiento que hubiera hecho posible que Clara viajara a varias conferencias internacionales, en las que estaban estableciéndose los fundamentos del Tratado de Igualdad de Derechos. La exclusión de González en estos encuentros era reveladora. También es destacable que Stevens fue recatada con González pero sí le ofreció financiamiento a otras comisionadas latinoamericanas que apoyaban su visión más de lo que percibía por parte de González. Aunque Doris quería el trabajo de investigación jurídica de Clara, en definitiva no deseaba su interferencia si había alguna posibilidad de que ésta impulsara una agenda diferente de la suya.
González llegó a señalar al problema de financiamiento como un punto clave del desequilibrio de poder de la CIM. Aunque Doris Stevens presumía de que el gobierno estadounidense no financiaba a la comisión, ella recaudaba dinero para dicha organización con personas e instituciones estadounidenses adinerados; por ejemplo, la mecenas por mucho tiempo del NWP, Alva Belmont, y, después de 1931, el Carnegie Endowment for International Peace [Fondo Carnegie para la Paz Internacional].52 Y Stevens era quien controlaba las arcas, empleando los recursos a su propia consideración para pagar papel, telegramas, máquinas de escribir, traductores y fotógrafos que documentaban regularmente los eventos de la comisión. Aunque Stevens no recibía un sueldo por su trabajo, usaba el capital que recaudaba para pagar sus viajes a conferencias en Europa y América Latina, donde se hospedaba en hoteles lujosos. No obstante, no acostumbraba pagar los viajes de las comisionadas latinoamericanas. Le indicó a González y a casi todas las otras delegadas que obtuvieran fondos de sus propios gobiernos para estos viajes. Algunas sí los consiguieron, pero muchas otras no, lo que las excluyó de estos importantes escenarios. Doris le pagaba a varias integrantes del NWP que trabajaban en la comisión, pero González no recibía un salario, aunque fue la líder de investigación de la CIM y en sus primeros años fue una de las únicas mujeres latinoamericanas que trabajaba en Washington.53 Cuando Doris invitó a Clara a quedarse en las oficinas del NWP, no le ofreció comida ni alojamiento gratuitos, sino que estipuló una renta de 18 dólares mensuales.54
Para González y otras feministas latinoamericanas, estas dinámicas reflejaban el imperialismo económico de Estados Unidos sobre América Latina. El dinero siempre era esencial para el activismo feminista internacional, que requería convocar a personas en lugares de todo el mundo. El trabajo de las mujeres acomodadas estadounidenses, británicas y europeas en el International Council of Women [Consejo Internacional de Mujeres] (ICW) y la Alianza Internacional de Mujeres había revelado desde hacía mucho que las mujeres de los países ricos asumían con frecuencia posiciones de poder, reproduciendo la jerarquía que colocaba a las mujeres de Estados Unidos y de Europa Occidental sobre las del “Sur Global”.55 Estas tensiones se exacerbaron particularmente en el activismo panamericano. Unos años antes, en 1925, cuando la feminista mexicana Elena Torres renunció a la Unión Interamericana de Mujeres de Catt y Lutz, aseguró que sería imposible colaborar con las estadounidenses sin una “camaradería surgida de la igualdad de situaciones económicas y con la amenaza del imperialismo anglo-americano”.56
Como se avecinaban dos conferencias internacionales importantes, González reconoció cuán perjudicial era la falta de financiamiento para las feministas de América Latina que querían cultivar un feminismo americano plenamente antiimperialista. Stevens había conseguido una invitación del gobierno cubano para celebrar la primera sesión plenaria de la CIM en La Habana en 1930 y la Conferencia para la Codificación de La Haya en Ginebra se llevaría a cabo poco después.57 González esperaba que estas inminentes conferencias ayudaran a que las líderes feministas de América Latina engrosaran las filas de la CIM. Las 14 comisionadas restantes aún no habían sido designadas y el protocolo estipulaba que las primeras siete elegirían a las demás. González quería que fueran feministas comprometidas y que no estuvieran atadas con fuerza a sus respectivos gobiernos.
Stevens también creyó que era un momento crítico para el crecimiento de la comisión, pero, a diferencia de González, sí respaldaba que las 14 faltantes fueran designadas por sus gobiernos. Vio estos nombramientos como una manera de acrecentar el prestigio de la CIM, pues “haría que los gobiernos se sintieran más responsables por la labor acometida por la comisión” en la futura Conferencia de La Haya. Luego, Stevens decidió de forma unilateral que en vez de ser elegidas por las primeras siete integrantes de la comisión, como se había estipulado en los estatutos, las 14 comisionadas faltantes fueran elegidas por sus gobiernos, al igual que las primeras siete. Empezó a reunirse con diplomáticos de esos países, instándolos a que designaran delegadas antes de la asamblea de La Habana de 1930, y en varias ocasiones ella misma sugirió candidatas.58
Este cambio de parecer angustió a González. Aun así, abogó por el nombramiento de dos de sus amigas feministas que compartían sus ideales: Ofelia Domínguez Navarro, de Cuba, y Aída Parada, de Chile. Ésta, que tenía 26 años, pertenecía al grupo feminista Unión Femenina de Chile, era maestra de escuela primaria y había sido enviada por el gobierno chileno al Teachers College [Colegio de Maestros] de la Universidad de Columbia en 1927. Ella y González vivieron en la Casa Internacional, un alojamiento en la ciudad de Nueva York para estudiantes de diversas partes del mundo, donde rápidamente se hicieron amigas y se unieron a la antiimperialista Federación Latinoamericana de Estudiantes.59 Clara esperaba que, si Aída y Ofelia eran comisionadas o delegadas en la Conferencia de La Habana, podrían incidir en algunos cambios en la comisión y tal vez impulsar una resolución que restringiera el dominio de Stevens sobre el financiamiento. González urgió a Stevens a que hablara con el embajador chileno en Washington, con miras a nombrar a Parada como la comisionada chilena, lo que Stevens en efecto hizo.60 Sin embargo, Doris no buscó que Ofelia fuera designada como la comisionada cubana. A pesar del enorme papel de Domínguez en la creación de la CIM, Stevens y el gobierno cubano eligieron en su lugar a otra integrante de la Alianza Nacional Feminista.61 Entretanto, Stevens le aconsejó a González que representara tanto a Panamá como a El Salvador en la Conferencia de La Habana.
No obstante, en ningún momento Doris le ofreció a Clara pagar su viaje a Cuba. En Nueva York, dos semanas antes de la conferencia, González, todavía sin saber si recibiría los recursos necesarios, le escribió a Ofelia Domínguez Navarro, apremiándola a que fuera a la conferencia. Hacía tiempo que las dos mujeres no se escribían, aunque González recordaba con frecuencia su colaboración en 1926. González le preguntó a Domínguez, su “querida amiga”, si había alguna manera de que pudiera fomentar su propio nombramiento como delegada para la siguiente conferencia, o como la comisionada cubana de la CIM. González le escribió que dado que tantas comisionadas no eran feministas, sería su “consuelo pensar que hubiese siquiera unas pocas de principios y de preparación como lo eres tú”. Clara expresó su anhelo de que Panamá y El Salvador le dieran los recursos necesarios para tener “el placer de verte y conversar largo contigo”.62
En última instancia, González se vio obligada a pagar su propio viaje a La Habana, usando su reducido estipendio estudiantil y un préstamo de su amigo Ricardo Alfaro.63 En La Habana, con ayuda de Domínguez y Parada, los problemas que González había identificado en la CIM respecto al liderazgo de Stevens (su dominio sobre el grupo, el hacer a un lado la agenda antiimperialista y los favoritismos fiscales) fueron divulgados de manera más amplia durante la reunión de la comisión.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.