Kitabı oku: «La maratoniana»
LA MARATONIANA
LA CARRERA QUE REVOLUCIONÓ EL DEPORTE FEMENINO
Kathrine Switzer

© Kathrine Switzer, 2017 del texto original.
Publicado originalmente bajo el título Marathon Woman.
© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2022.
Gordoniz 47B
48012 Bilbao
www.librosderuta.com
Primera edición: marzo 2022
Autora: Kathrine Switzer
Traducción: Elisa Fernández Vic
Edición: Eneko Garate Iturralde y Begoña Castaño Irazabal
Foto de portada: Bettman, vía Getty Images.
Fotos interior: por cortesía de Kathrine Switzer
Diseño portada y maquetación: Amagoia Rekero García
ISBN: 978-84-122776-2-3
eISBN: 978-84-122776-3-0
Depósito legal: BI-849-2021
Impreso en España por Leitzaran Grafikak
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Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte, así como del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco en su convocatoria de ayudas a la edición promovidas en el año 2021.

Para Roger Robinson
«¡Alegraos, vencimos!»
ÍNDICE
Introducción
Parte I: Base
Una larga saga de pioneros
«La vida es para participar, no para mirar»
«¿Puedes correr una milla?»
«Creo que me he librado de ella»
«¡Vas a echar a esa chica a perder, Arnie!»
Parte II: Carga progresiva
«¡Puedes correr la maratón de Bostón!»
«¡Lárgate de mi carrera y dame el puto dorsal!»
Después de la carrera
Señora Robinson
La tortuga y la liebre
PARTE III: Puesta a punto
«¿Has corrido una maratón antes?»
Por fin oficiales
«Me voy en jet; no sé cuándo volveré»
Sola en Nueva York
«¿Por qué querrían pagarnos dinero para patrocinar nuestra maratón?»
Esto era solo el principio
Un trabajo muy, muy duro
La mágica barrera de las tres horas
¡Marca personal!
PARTE IV: Calentamiento
El último baile
Una nueva carrera
La primera maratón internacional de Avon
Conquistando el mundo
Confluencia
PARTE V: La carrera
Londres: La carrera decisiva
PARTE VI: El paso adelante
Los Ángeles, 1984: La gran carrera
Otras voces
INTRODUCCIÓN
¡Cincuenta años! ¿Quién podría imaginar que hace cincuenta años que corrí la maratón de Boston por primera vez y un incidente durante aquella carrera cambió la vida de millones de mujeres?
Me parece que fue ayer. Y aun así, mientras me entreno para volver a estar en la línea de salida cincuenta años más tarde, mi cuerpo me lo recuerda cuando le pregunto por qué va tan despacio. «Ya no tengo veinte años, tengo setenta, ¿lo pillas?», me grita en respuesta.
Me parece que fue ayer cuando el periodista agresivo del camión de prensa se puso a mi lado en el kilómetro cinco y me preguntó qué estaba intentando demostrar. Le respondí que no estaba intentando demostrar nada, que solo quería correr. Y durante cincuenta años, eso es lo que he hecho. A decir verdad, correr me lo ha dado todo: salud, trabajo, confianza, creatividad, religión, amor, libertad y valor. A cambio, le he dado mi completa gratitud; de hecho, le he dado mi vida entera.
Me parece que fue ayer cuando el periodista en la línea de meta insinuó que mi participación en la carrera era solo una broma, que las mujeres de verdad no corren. Recuerdo que le respondí de manera tranquila y deliberada: «Llegará el día en que el atletismo femenino sea tan popular y tan publicitable como el masculino». Todavía me impresiona que una chica de veinte años tuviera el valor de decir eso, pero acababa de correr una maratón, y cualquiera que lo haya hecho sabe que el proceso te da una claridad y una visión brutales, por no hablar de la determinación. Cuando acabé esa carrera, sabía que iba a dedicar gran parte de mi vida a crear oportunidades para que las mujeres pudieran correr. Y el resultado ha sido nada menos que una revolución social.
En la actualidad, el 58 % de las personas que corren en Estados Unidos son mujeres, y la tendencia está creciendo a nivel global. ¡Y he vivido para verlo! Y aunque la gran mayoría de las corredoras dicen que no son competitivas, es muy reconfortante saber que este año, en el cincuenta aniversario de mi carrera, el 50 % de las personas que van a correr la maratón de Boston (que exige alcanzar una marca exigente para clasificarse) son mujeres. El crecimiento del atletismo femenino y su consiguiente impacto social han alcanzado cotas sin precedentes durante la última década, lo que implica que este libro es más significativo hoy que cuando se publicó por primera vez.
Cuando las mujeres ordinarias corren, se vuelven extraordinarias. Para las mujeres, correr es una experiencia transformadora. Es instantáneamente empoderante, para todas las mujeres, en cualquier momento. Y esa es la historia que cuenta este libro: cómo una chica ordinaria empezó a correr, se empoderó, y consiguió lo imposible. Muchas de vosotras, mujeres «ordinarias» (y hombres), os habéis puesto en contacto conmigo y me habéis contado vuestros secretos más preciados, como si estuviéramos corriendo juntas. Me habéis contado cómo pasasteis de correr un par de kilómetros al día a acabar una maratón, cómo vuestras vidas cambiaron gracias a mi historia y a vuestras carreras, cómo dejasteis de fumar, perdisteis cuarenta y cinco kilos, subisteis el pico Pikes corriendo y dejasteis a vuestra pareja maltratadora. Cómo os encontrasteis sin nada más en la vida que correr, y aun así, fue correr lo que os puso en camino para recuperar a vuestros hijos, graduaros en la universidad y encontrar un trabajo decente. Cómo, de todas maneras, tampoco queríais todo lo que dejasteis atrás. Cómo os identificasteis tanto con mi historia que os pusisteis un dorsal con el número 261 en la espalda cuando corristeis vuestra primera maratón, y después os lo dibujasteis en la muñeca y os lo tatuasteis en el tobillo y me ayudasteis a fundar una organización benéfica, un movimiento global de empoderamiento para mujeres que corren de todo el mundo llamado 261 Fearless (261 sin miedo). Y ahora, un grupo de vosotras, las mujeres de 261 Fearless, estaréis conmigo en la línea de salida el 17 de abril de 2017 para correr y celebrar juntas cincuenta años de trabajo y de triunfos, y para avanzar con valor hacia el futuro.
Oh, sí. Esas sois vosotras, esas mujeres excepcionales. Ya sea que os estéis atando los cordones de las zapatillas por primera vez o lo hayáis hecho quinientas veces antes, me encanta que compartáis este viaje conmigo.
Gracias por todo lo que habéis hecho por mí, por las mujeres de todo el mundo… y por vosotras mismas.
Kathrine Switzer
Marzo de 2017
PARTE I: BASE
Para los corredores de fondo, el entrenamiento de base es como los cimientos en los que se sustenta su forma física. Es el núcleo fundamental que te permite desarrollar la capacidad de llegar más lejos y ser más rápido. Y con un poco de suerte, también ayuda a prevenir las lesiones.
UNA LARGA SAGA DE PIONEROS
—Aquí tienes unos papeles. Guárdalos y enséñaselos a tu médico cuando llegues. Y aquí tienes otros. Enséñale estos a las autoridades cuando vayas a subir al barco. Buena suerte.
Mi madre, Virginia, recogió los papeles y le dio las gracias al médico.
Estaba embarazada de casi ocho meses de mí y se disponía a embarcar en el primer barco que llevaba a familiares de miembros del ejército a una Europa devastada por la guerra. Allí iba a reunirse con mi padre, a quien no había visto en siete meses. Corría el mes de noviembre del durísimo invierno de 1946. Si no iba entonces, quizás nunca podría hacerlo, porque viajar con un bebé recién nacido y con mi hermano Warren, de dos años, era mucho más difícil que viajar embarazada y con un solo niño. El médico había sido comprensivo y le había dado a mi madre unos papeles para las autoridades en los que ponía que estaba embarazada de solo seis meses y por tanto podía viajar… por los pelos.
En mitad del Atlántico, el viejo barco de vapor reacondicionado se averió y se quedó flotando de aquí para allá durante nueve días, mientras esperaba a que les remolcaran. A mi madre no le preocupaban las minas sin detectar, los mareos constantes o la idea de que yo naciera en alta mar, pero sí que le remolcaran de vuelta a Nueva York. En vez de eso les llevaron a Bremerhaven, donde les esperaba un tren para llevar a todos los pasajeros, mujeres y niños, a Alemania.
Viajar para encontrarte con alguien a quien amas es una cosa magnífica. Puedo imaginarme el reencuentro de mis padres; mi padre, un gigante llamado Homer, recogiendo a mi diminuta madre y riéndose de cómo había cambiado desde la última vez que se habían visto. Está bien tener un amor así cuando vas a un sitio complicado, porque mi madre estaba horrorizada de lo que veía en Alemania. Ciudad tras ciudad en ruinas, pilas de cascotes por todas partes, grupos enormes de personas sin techo y desplazadas por la guerra apiñándose en las calles… Parecía que todo el mundo tenía hambre y buscaba refugiarse del frío inclemente.
Por aquel entonces mi padre era comandante del Ejército, y una de sus tareas era organizar campos de desplazados para acoger a estas personas hasta que pudieran encontrar a sus familiares, volver a casa o empezar una nueva vida. Ser una familia unida era importante para mis padres; ellos lo eran, querían ayudar a otros a serlo y querían transmitírselo a sus propios hijos.
Para empezar, mi madre reclutó a una niñera entre el grupo de personas desesperadas que estaban junto a nuestra casa para que cuidara de mí, que estaba a punto de nacer. La niñera, Anni, preguntó si podía traer a una amiga para que fuera nuestra cocinera, y después el hermano de Anni apareció para trabajar de empleado doméstico, y enseguida teníamos un profesor de piano (había un piano de cola en la casa) y un sastre para hacernos la ropa. La mayoría de estas personas vivían en nuestra casa. Mi madre, el Plan Marshall unipersonal, compartía todo lo que tenía, incluso la calefacción, que era terriblemente escasa.
De hecho, hacía tanto frío en el hospital militar donde nací que me pusieron en una incubadora, para gran diversión del personal, ya que pesaba más de cuatro kilos y medía casi sesenta centímetros. Mi padre rellenó el certificado de nacimiento y con la emoción escribió mal mi nombre. Se olvidó de la «e» de en medio y el resultado fue Kathrine. A mi padre, que medía 1,95, le gustaba que yo tuviera las piernas largas. Pensaba que sería genial que yo también fuera alta de mayor, y dijo con un poco de picardía que ya que me habían concebido después de una animada fiesta de fin de la guerra en el Derby de Kentucky, a lo mejor acababa siendo un caballo de carreras. Qué curioso.
En realidad ni siquiera aprendí a andar hasta los dieciocho meses, y mis padres estaban bastante preocupados. No tenía ganas de caminar. ¿Para qué molestarme, si tenía a meine Anni para llevarme a todas partes? Anni me adoraba. Yo era la hija que estaba segura de que nunca tendría, porque en Alemania quedaban pocos hombres jóvenes vivos y ella ya tenía veintiocho. Era como una segunda madre para mí, y una maravillosa hermana para mi madre, que estaba muy ocupada ayudando a mi padre.
Un día, mi padre le dijo a Anni que había un baile en el pueblo de al lado y que tenía que ir. Anni se hizo la remolona: no tenía manera de llegar hasta allí y nada que ponerse. Mi madre le dejó un vestido de fiesta y mi padre la llevó en su todoterreno. En el salón de baile, un joven acordeonista llamado Heinz vio entrar a Anni y pensó que llevaba el vestido más bonito que había visto nunca. Se conocieron y empezaron a salir.
Fue una gran suerte porque, tres años después, cuando llegó la hora de irnos de Alemania, mis padres querían llevarse a Anni con nosotros, pero el sistema de inmigración de Estados Unidos solo permitía traer a miembros de la familia. La despedida fue devastadora para todos, especialmente para mí. Lloraba a gritos y trataba de arrastrarme de vuelta a ella, hasta que finalmente mi padre, llorando como todos los demás, tuvo que arrancar el coche, dejando a Anni en la carretera con Heinz apoyándola a su lado.
Finalmente, Anni y Heinz se casaron y se establecieron en lo que se convertiría en Alemania del Este, aislada bajo el régimen comunista. Por miedo a las represalias, mis padres dejaron de escribirse con Anni y Heinz. Durante cincuenta años, nos preguntábamos todas las Navidades dónde estaría Anni, y brindábamos por ella. Fue mi primera experiencia de una gran pérdida, y aunque tenía cerca el amor de mi familia, me dejó sintiéndome vulnerable. No me gustaba que me dejaran sola. Pero dos años más tarde, cuando mi padre se fue a la guerra de Corea, vi que tenía que acostumbrarme a ello, porque a lo mejor era una cosa permanente. A día de hoy pocos estadounidenses se acuerdan de la guerra de Corea, pero fue terrible, como todas las guerras, y mi padre estuvo en el campo de batalla. Estuvo fuera dieciocho meses. Cada mañana, antes de ir al colegio, mi madre leía en voz alta la lista de muertos y desaparecidos en combate del Washington Post. A los cinco años, yo no entendía el proceso de notificación a familiares y pensaba que era así como te enterabas si tu padre había muerto. No sabía qué pasaría, pero sabía que tenía que ser muy fuerte para el día en que ocurriera.
Mi madre era sensible, amable y femenina, y no le tenía miedo a absolutamente nada: ni a la guerra, ni a las arañas, ni a las cosas que hacen ruidos de noche. No es que su aplomo e iniciativa me inspiraran, es que era un ejemplo tan fuerte que simplemente me daba vergüenza tener miedo. Cuando mi padre volvió de Corea, me estaba volviendo autosuficiente y estaba preparada para empaparme de sus muchas historias sobre la fuerza y la determinación de nuestros antepasados.
Escuché una y otra vez cómo nuestros ancestros protestantes viajaron al Nuevo Mundo en 1727 para escapar de la persecución religiosa, los impuestos abusivos y el servicio militar obligatorio, en busca de una vida decente, pacifista y temerosa de Dios como granjeros holandeses en Pensilvania. Las historias seguían sus pasos hacia el oeste, a medida que iban haciendo sus granjas en los Territorios del Noroeste (ahora Illinois), y siempre mencionaban a W. H. (Washington Harrison) Switzer, que se fue de casa (andando, no corriendo) para incorporarse al Ejército de la Unión. En la década de 1870, después de la Guerra Civil, se fue con su mujer y sus tres hijos a Dakota del Sur, a cultivar las tierras que le habían concedido como recompensa a sus servicios en el Ejército. El sueño de tener su propia granja, o incluso un rancho, merecía trabajar duro toda la vida y correr un gran riesgo personal. Me contaron que era importante dejar siempre un sitio mejor para las generaciones venideras.
Nadie de mi familia o de mis ancestros es temerario, más bien al contrario, pecamos de prudentes o incluso de prepararnos demasiado. A pesar de ello, a W. H. le sorprendió un invierno diabólico en Dakota del Sur, negro y lleno de tormentas de nieve. La familia tuvo que refugiarse en una choza de tierra semisubterránea. La historia de cómo sobrevivieron a base de comer tubérculos, salar la carne de la última vaca y derretir hielo para beber se convirtió en leyenda. Dos años más tarde volvieron a su granja de Illinois, no como fracasados, sino triunfantes por haberlo intentado. Al final, W. H. y su mujer tuvieron once hijos, y diez de ellos llegaron a la edad adulta. Era un logro inconcebible entonces e incluso ahora, ciento treinta años más tarde. W. H. murió en su cama a los ochenta y ocho años de edad. Por eso, de pequeña jamás se me ocurrió preguntar por qué alguien abandonaría la seguridad para ir en pos del sueño de algo mejor, o pensar que algo era demasiado difícil para intentarlo. La determinación estaba en los genes de los Switzer.
Mis padres aprendieron estas historias durante la Gran Depresión. Se criaron en granjas en un pueblo pequeño, y no tenían un duro. Pero estaban tan decididos a ir a la universidad que se pelearon por becas y trabajaron todo lo que hizo falta para conseguirlo. Fueron los primeros de sus familias en tener una educación superior. Estuvieron prometidos durante siete años, hasta que se sintieron lo bastante seguros económicamente como para casarse. Entonces, mi madre fue al centro de salud de la universidad para que le dieran un diafragma y así poder planificar su familia. No dejaban nada al azar. A mi hermano y a mí nos criaron con las mismas expectativas y sin nada de favoritismo, lo que era increíble en aquella época. En nuestra familia era obligatorio que los dos fuéramos a la universidad. No se me permitía conformarme con menos, y que Dios me ayudara si echaba a perder esa oportunidad. La perseverancia, la paciencia y la gratificación aplazada también estaban en nuestros genes.
Los hombres de la familia siempre fueron grandes. No, enormes. Mi padre era tan grande que cuando era pequeña le confundía con Dios, porque decían que Dios era un hombre grande que te miraba desde el cielo. Todos se acercaban al metro noventa como poco, eran corpulentos y tenían una fuerza tremenda. Hubieran sido grandes deportistas, pero no tenían ni tiempo ni dinero, así que la idea no solo era inconcebible, sino extravagante. Estaban orgullosos de su fuerza y le daban un buen uso. De verdad, podían hacer cualquier cosa. Las mujeres que escogían como esposas eran sus iguales; femeninas, pero capaces y decididas. Me crie en los años 50 y principios de los 60 en los barrios residenciales de Chicago y Washington D. C. Las madres de mis amigos solían quedarse en casa, jugar al bridge y recibir a sus maridos en la puerta con una bebida fría. Mi madre también solía prepararle un Martini a mi padre y recibirle en la puerta, pero solo después de volver a casa tras un ajetreado día como profesora y orientadora y ponerse un vestido ajustado. Podía hacerlo todo, y mi padre la respetaba muchísimo. Además, su sueldo era un recurso importante.
Crecí trepando cuerdas y árboles, jugando a la guerra con los niños del vecindario (y corriendo más que casi todos) y saltando del tejado para demostrar que yo también podía ser paracaidista. Cuando los niños tenían que escoger equipos, era la primera chica a la que elegían. Y cuando mi hermano mayor me ganaba en los deportes (o sea, siempre), nunca pensaba que era porque él era un chico, sino porque era mayor. Al mismo tiempo, adoraba llevar vestidos con volantes, me tomaba muy en serio lo de jugar a las muñecas con mis amigas y tenía un flechazo terrible por el vecino de al lado. Me encantaba bailar las lentas con él cuando mi colegio hacía un baile para niños.
Era digna hija de mis padres. No tenía más modelos que ellos y mi hermano, y quizás eso fue una suerte. Pensaba que el mundo era un lugar emocionante, en el que podía ser femenina y fuerte, decidida y soñadora, metódica y atrevida, y al mismo tiempo cumplir con las expectativas de mi familia de mejorar la situación para la próxima generación. Venía de una larga saga de pioneros, no famosos, pero sí infatigables. Y no quería decepcionarles.
«LA VIDA ES PARA PARTICIPAR, NO PARA MIRAR»
—¡Oh, por Dios, cariño, no me digas que quieres ser animadora! Son tan… bueno, tan tontas —dijo mi padre mientras cenábamos.
Tenía razón; yo también pensaba que eran bastante descerebradas. Ni siquiera se sabían las reglas del juego; se ponían a corear cosas como «primero y diez, hazlo otra vez» cuando acabábamos de perder el balón. Pero aun así, iba a hacer la prueba para el equipo de animadoras júnior del Instituto Madison. Ser animadora era como tener un pasaporte para que te consideraran guapa y popular y para salir con el capitán del equipo de fútbol. Yo era flaca, tenía el pelo encrespado, llevaba gafas y, lo peor de todo, estaba plana. Tenía la esperanza de transformarme milagrosamente y pensaba que quizá lo conseguiría siendo animadora.
—No quiero que te dediques a merodear por los vestuarios esperando a los chicos —dijo mi madre, mirándome por encima de las gafas de leer.
—¡Las animadoras no se dedican a esperar a los chicos! —dije.
—Sí que lo hacen —dijo mi hermano.
Vaya, muchas gracias, pensé.
—Que no.
—Que sí.
Mi padre nos interrumpió:
—Sabes, cariño, no deberías quedarte al margen animando a los demás. La gente debería animarte a ti. Se te dan muy bien los deportes. Te encanta correr y marcar goles y planear estrategias.
Mi padre era buenísimo haciendo cumplidos cuando quería convencerte de que hicieras las cosas a su manera. Puse mala cara.
—El juego de verdad está en el campo. La vida es para participar, no para mirar. Tu escuela tiene hasta un equipo femenino de hockey sobre hierba. Deberías presentarte, darlo todo y ser una líder.
Era verdad que me encantaba darlo todo jugando, pero las únicas chicas que veía en los equipos eran unas marimachos; nadie les pediría salir ni en un millón de años. Pero no quería decir eso, porque le estaría dando la razón a mi madre.
—No sé jugar a hockey sobre hierba. Nunca me cogerán para el equipo —dije. Y era verdad: ni siquiera había tocado nunca un palo de hockey.
—¡Eso es fácil! Lo único que tienes que hacer es ponerte en forma. Solo tienes que correr una milla al día y cuando llegue la temporada de hockey, estarás lista.
—¿Una milla? ¿¡Correr una milla al día!? —De verdad, no me lo creía. Era como si me hubiera dicho que escalara el Kilimanjaro. Una milla era muy lejos.
—Mira, te voy a enseñar cómo hacerlo. —Cogió lápiz y papel—. Nuestro patio es algo menos de un acre… mmm, unas cuarenta y cinco yardas por ochenta y cinco. Así que, ¿cuántas yardas mide el perímetro?
Hice mis cálculos.
—Unas doscientas sesenta yardas.
—Vale, eso son unos 238 metros. ¿Y cuántos metros tiene una milla?
—¡Mil seiscientos nueve!
—Perfecto, solo quería ver si lo sabías. Vamos a ver… —El lápiz volaba sobre el papel—. Serían siete vueltas al patio.
—Eso es mucho —refunfuñé.
—Podrías hacerlo ahora mismo, según sales por la puerta. De todas maneras, al principio tienes que ir despacio, y poco a poco irás mejorando. Qué demonios, yo entrené a un batallón entero y muchas veces marchábamos campo a través cuarenta kilómetros al día. Y yo tenía que ir corriendo adelante y atrás y cargar un montón de mochilas de los rezagados para que el grupo no se dispersara.
Mi padre siempre conseguía mostrar cómo conseguir cosas difíciles yendo poco a poco, y siempre daba algún ejemplo extremo y motivador que demostraba que, de todas maneras, no era tan difícil. Era una fórmula fantástica, y después venía lo mejor: ponerte un reto.
—Te lo prometo, si corres una milla al día durante todo el verano, en otoño te cogerán en el equipo.
Fue una gran maniobra de distracción; nunca volví a mencionar lo de ser animadora.
Al día siguiente me dispuse a correr las siete vueltas al patio. Fui trotando muy despacio, porque estaba segura de que no iba a acabar nunca; de hecho, iba arrastrando los pies. El césped del patio estaba lleno de baches y desniveles, y la parte de atrás, más silvestre, tenía un montón de rocas y tocones. Me sentía torpe y sin aliento y sabía que seguramente parecía bastante idiota. ¡Y hacía muchísimo calor! Estaba completamente roja. Pero aguanté y lo conseguí. Lo conseguí a la primera, tal y como había predicho mi padre, y me sentí… bueno, me sentí como la reina del mundo.
Ha habido varios momentos decisivos en mi vida, y la conversación con mi padre durante aquella cena fue el primero. Sabía que estaba empezando la época del instituto a trompicones y, como muchos preadolescentes, tenía dificultades con mi identidad, mi autoestima y mi sexualidad. Uno de los retos más difíciles había empezado a los cinco años, cuando mis padres me metieron en un programa educativo especial que iba adelantado. El problema de empezar el colegio a los cinco es que solo tienes doce al llegar a octavo, y mientras todo el mundo está llegando a la pubertad, tú sigues siendo una niña. Encima, octavo era el primer año de instituto, y al estar en este programa adelantado, estaba yendo a clases como álgebra con gente de diecisiete y dieciocho años. En una clase me sentaba al lado del capitán del equipo de fútbol, que era todo un cachas, y no sé quién se sentía más idiota, si él o yo. Pero el caso es que muchos de aquellos chavales eran ya adultos jóvenes, preparándose para trabajar, ir a la universidad o casarse, y yo seguía jugando con muñecas.
Me sentía como solo puede hacerlo una niña entre adultos: no es que no fuera capaz de estar a la altura, es que no tenía ni idea de qué demonios estaba pasando, ni a nivel social ni académico. Todavía me quedaba mucho para la pubertad. No sabía nada sobre sexo, así que deduje que el secreto para ser aceptada socialmente era llevar sujetador y usar pintalabios. Para poder dar la talla le supliqué a mi madre, que estaba en contra, que me comprara un sujetador para principiantes (al que le puse relleno) y un pintalabios de Tangee en tono nude. Ahora que soy adulta, me doy cuenta de lo insidiosas que pueden ser esas presiones para una chica joven, y veo por qué mis padres querían que siguiera siendo una niña todo el tiempo posible.
Y en los estudios, era la misma historia. A veces, un cerebro de doce años no está preparado para algunos conceptos, como la «incógnita» en álgebra (¿qué incógnita?, ¿tendría algo que ver con ir de incógnito?) o la estructura del lenguaje. Después de mi primera clase de francés, entré en pánico porque no tenía ni idea de qué significaba «conjugar». Pero ¿qué iba a hacer si no? Repetir no estaba en los planes; por aquel entonces se consideraba una vergüenza, y aunque mi madre, que era profesora, se daba cuenta de mis dificultades, estaba encantada de que fuera a clases avanzadas. No podía decir que era demasiado difícil, porque eso no era aceptable en una casa en la que nada era «demasiado difícil». Si tenías una oportunidad, tenías que estar a la altura y tirar para adelante. Y eso fue lo que hice, a menudo recurriendo a la memorización pura y dura.
Por suerte, en nuestra familia nos apoyábamos muchísimo, y todas las noches teníamos conversaciones muy animadas a la hora de cenar. Los fines de semana trabajábamos juntos en la casa o en el patio, en vacaciones nos íbamos un montón de días de acampada y, durante todas nuestras vidas, siempre celebramos juntos las ocasiones felices. Así que cuando empecé a correr mi milla al día, era natural que me dijeran un montón de veces «¡así se hace!». Y esto me venía realmente bien, porque la gente (por ejemplo, el lechero o el cartero) me veía dar vueltas al patio corriendo y me preguntaba si todo iba bien en casa, y después llamaban a la puerta para preguntarle a mi madre si había algún problema. Mis amigas me decían que no debería correr, porque sus padres les decían que las piernas se me pondrían gordas y me saldría bigote. Nos acostumbramos a que el resto de la gente me encontrara rara, pero en casa todo estaba bien.
Las millas fueron acumulándose, día tras día. Por razones aparentemente inexplicables, un día la milla me resultaba fácil y otros días parecía que no iba a terminar nunca. La mayor parte del tiempo estaba tan perdida en mis pensamientos que tenía que llevar una tiza para ir haciendo marcas en un árbol y recordar cuántas vueltas llevaba. Daba igual lo mucho que me costara o las pocas ganas de correr que tuviera ese día: después, siempre me sentía mejor. Y algunas veces, eso era lo que me motivaba para salir por la puerta. Lo mejor era el final de cada día, cuando tenía un sentimiento muy fuerte de haber conseguido algo medible y definible. Todos los días conseguía mi pequeña victoria, y nadie podía arrebatármela. Y cuando no corría, no tenía esa sensación, así que intentaba no perderme ningún día. A medida que transcurría el verano, esperaba a que empezara el curso con una confianza nueva, no en la posibilidad remota de que me cogieran en el equipo de hockey, sino en mí misma.
Y de repente era otoño, empezó el curso e hice la prueba para el equipo. Estaba nerviosa, claro. Escuché todo lo que nos dijo la entrenadora, Margaret Birch, y seguí las instrucciones al pie de la letra. Y pasó una cosa increíble: como no me cansaba, ni me quedaba sin aliento, ni me dolían los músculos, podía aprender las técnicas más rápido que otras principiantes. Cuando empezamos a jugar, ya podía correr con las mejores. Guau, ¿cómo había pasado eso? Cuando entré en el equipo júnior hubo vítores de alegría, y nunca una chica ha llevado una equipación de hockey con tanto orgullo como yo.
Además, estaba sumamente agradecida. Como no entendía muy bien cómo funcionaba la forma física, pensaba que había descubierto la magia. Cuarenta y cinco años más tarde, sigo pensando que es magia… pero me estoy adelantando.
Empecé a creer que mientras siguiera corriendo, la magia seguiría conmigo, pero si dejaba de hacerlo, la perdería, cosa que, de hecho, es verdad. Correr era mi Arma Secreta. Tenía miedo de que, si se lo contaba a los demás, pensarían que estaba chiflada con esas cosas mágicas, así que lo hacía sola y con discreción. Tener un Arma Secreta me dio la confianza para probar otros deportes, y también me cogieron en el equipo de baloncesto. Después descubrí que, de alguna manera, el Arma Secreta también funcionaba cuando quería participar en otras actividades, como unirme al comité del baile o escribir para el periódico del instituto.
Empecé en el periódico porque hablaba muy poco de deporte femenino (algunas cosas no cambian nunca) y quería dar mi equipo a conocer. Me encantaba mi equipo: las chicas eran como yo (algunas eran marimachos y otras reinas del baile) y me sentí mal por haberlas juzgado sin conocerlas. Todas lo dábamos todo en el campo, y aunque veníamos de entornos sociales y económicos distintos, acabamos pasándolo bien juntas en otras ocasiones, como bailes, partidos de fútbol o fiestas de pijamas, fuera del alcance de los grupitos maliciosos del instituto.
Mis amigos me llamaban Kathy, pero para los más cercanos era Switz. Kathy me parecía demasiado frívolo para firmar mis artículos de deportes, pero el asesor académico no me dejaba usar Switz, aunque a mí me parecía muy guay. Gracias a mi padre, el cajista (sí, por aquel entonces había que componer los moldes para imprimir) siempre me cambiaba Kathrine por Katherine. Como me molestaba que corrigieran mi nombre mal escrito para cambiarlo por uno que no era el mío, a menudo firmaba solo con mis iniciales, K. V. Switzer. En aquellos tiempos estaba leyendo El guardián entre el centeno y estaba loca por ese libro. J. D. Salinger era como un dios para mí, y T. S. Eliot y E. E. Cummings le seguían de cerca. Así que me encantaba ser K. V. Switzer, redactora de deportes.
Al final de mi primer año de instituto, estaba cansada de ser flaca. Llevaba diez meses haciendo ejercicios para desarrollar los pechos, pero no había funcionado. También había comprado compresas, pensando que así me vendría la regla. Entonces, en una de las docenas de revistas de mi madre que estaban por toda la casa, encontré un artículo fascinante sobre las calorías de la comida y el gasto calórico. Las dos comidas con más calorías eran la mantequilla de cacahuete y el chocolate, y el artículo aconsejaba comer temprano para gastar calorías y contribuir a la pérdida de peso. Eso tenía mucho sentido para mí, así que todos los días me tomaba un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada y un vaso de leche con chocolate antes de ir a dormir. El año siguiente engordé siete kilos y crecí casi diez centímetros. Nunca sabré si la mantequilla de cacahuete ayudó a acelerar la pubertad o si estaba a punto de todas maneras, pero de repente era una mujer. Nunca olvidaré la cara de mi padre el día que se me quedó mirando y luego se fue a la otra habitación a hablar con mi madre. Solo pude escuchar una parte de la conversación: «Cielo santo, ¿cuándo ha pasado esto?».
Como corría todos los días, me adapté sin contratiempos a mi nuevo cuerpo. Me encantaba tener la regla; la regularidad cíclica me hacía sentir parte de la naturaleza, igual que los cambios de estación. Parecía que mi peso nuevo me hacía más fuerte, y añadí flexiones y levantamientos de piernas a mi rutina. Mi hermano decía que los profesionales de verdad hacían sentadillas completas con una sola pierna, así que empecé a hacer diez de esas con cada lado. También trepaba la cuerda que mi padre nos había puesto en el patio trasero.
Aunque me tomaba en serio estar en forma, en aquel momento no me apasionaba convertirme en una deportista profesional algún día. En primer lugar, esa opción no existía, así que no la deseaba, como sí que hacía Billie Jean King de pequeña, cuando quería jugar a béisbol profesional con los hombres. Por supuesto, podría haber sido muy diferente si hubiera habido atletismo profesional, como ocurre hoy en día. En todo caso, la segunda razón es que quería dedicarme a algo que aprovechara mi educación. Hoy en día esto suena fatal, pero cuando yo estaba creciendo, se pensaba que la gente que se ganaba la vida con su cuerpo (y eso a menudo incluía a los deportistas) era digna de compasión, porque no tenía o la educación o la inteligencia necesarias para un trabajo ejecutivo. Quería mantener ambas cosas en equilibrio: la idea del escritor romano Juvenal de mens sana in corpore sano tenía mucho sentido para mí.
Había otro personaje de la Antigua Roma que me fascinaba. Me quedaba boquiabierta con las fotos de la estatua de Diana cazadora. Me encantaban el aspecto y las sensaciones de mi nuevo cuerpo, y me comparaba desnuda en el espejo con la estatua, maravillándome de las semejanzas de nuestros cuerpos y, sí, también de nuestros espíritus. Diana era atlética, femenina y calmada, y también tenía pechos pequeños, así que era mi nuevo modelo a seguir. Me sentía tan cómoda en mi propio cuerpo como ella, y cuando los chicos empezaron a tirarme los tejos en la escuela, no era un blanco fácil. No necesitaba su atención para subirme la autoestima. Aunque no había recibido ninguna educación sexual, correr me daba la suficiente confianza física como para desanimar a aquellos pobres raritos. En mi cabeza, no tenía ninguna duda de que aquello se debía a correr y de que era magia de verdad.
Probablemente suene raro que escogiera a una diosa mitológica como ejemplo a seguir, pero el caso es que no tenía ningún referente de deportistas modernas hasta los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960. Pero incluso entonces, junto a las elegantes imágenes de Wilma Rudolph ganando los 100 y los 200 metros lisos, hubo una foto chocante de Tamara Press, la lanzadora de peso soviética, que nunca olvidaré. En la imagen aparecía en pleno gruñido, con los brazos como jamones, un michelín en la cintura y los tirantes roñosos del sujetador asomando. Me daba miedo: ¿era eso lo que significaba ser una mujer deportista? Un montón de gente creía que sí, y si a mí me molestaba, puedo imaginar cómo desanimaba a otros miles de lectores de la revista Life, incluyendo a un montón de chicas jóvenes que huirían de los deportes para siempre.
Por aquel entonces no lo sabía, pero los Juegos Olímpicos de Roma trajeron consigo otra novedad en la percepción de las capacidades de las mujeres: era la primera vez en treinta y dos años que se disputaban los 800 metros lisos femeninos. En la Antigüedad las mujeres ni siquiera podían ver los Juegos Olímpicos, bajo pena de muerte, y no les permitieron participar en los primeros Juegos modernos, en 1896. Después de muchas protestas, en 1900 se las admitió en el golf, el tenis y el cróquet. En 1928 se incorporó el atletismo femenino. La prueba más larga eran los 800 metros (dos vueltas al estadio). Las tres primeras mujeres se disputaron duramente la carrera y Lina Radke batió el récord del mundo; después, se dejaron caer sin aliento, que es lo que pasa cuando corres 800 metros a tope. Esta «demostración de agotamiento» horrorizó a los espectadores, a los organizadores y, lo que es peor, a los medios. Harold Abrahams, el formidable corredor olímpico y periodista cuyas hazañas inspiraron la película Carros de fuego, escribió que aquel espectáculo de extenuación era una vergüenza para la feminidad y un peligro para todas las mujeres. Recomendó que esa prueba se eliminara de los futuros Juegos Olímpicos, y así fue.
Para la gente de 1928, esas corredoras eran aún más horripilantes que Tamara Press para mí. Durante los siguientes treinta y dos años, las mujeres que querían correr más de 400 metros tuvieron que demostrar una y otra vez que no eran débiles ni frágiles, que no estaban poniéndose en peligro ni siendo una vergüenza para la feminidad. Los hombres podían correr los 1500 metros lisos, los 3000 con obstáculos, el 5000, el 10 000 y la maratón (42,195 kilómetros), pero cualquier carrera larga para mujeres se consideraba un peligro. Hacer que los 800 metros femeninos volvieran a los Juegos Olímpicos en 1960 supuso una dura batalla, y cualquier carrera más larga era objeto de grandes controversias y debates médicos.
Al mismo tiempo, muchos otros deportes tenían una versión modificada para chicas, para protegerlas de hacerse daño a sí mismas. Curiosamente, el hockey sobre hierba era igual para ambos sexos a pesar de su exigencia, pero el baloncesto era el ejemplo perfecto: en los años 60, las chicas jugaban a una versión que limitaba cuánto podían correr, con seis jugadoras, un límite de tres botes y una línea central que no podían pasar. Cuando entrevisté a la entrenadora del equipo de baloncesto femenino para el periódico del instituto y le pregunté si alguna vez jugaríamos a la misma versión que los hombres, me contestó que nunca lo haríamos. Según ella, el excesivo número de rebotes podía desplazar el útero. Casi me río en voz alta. Diez años más tarde, había mujeres con becas completas para jugar al baloncesto «de hombres» en universidades de la Big Ten.
En tercero me eché un novio, Dave, y me cambié a un instituto nuevo, el George C. Marshall en Falls Church, Virginia. Dave era divertido. Jugaba de centro en el equipo de fútbol y, como su padre tenía el mismo rango en la Marina que el mío en el Ejército de Tierra, teníamos mucho en común. Todos los viernes por la noche, después del partido, Dave y su amigo Larry, que jugaba de defensa, venían a casa cansados, felices y magullados. Hacíamos pizza casera y hablábamos del partido. Muchas veces les contaba cosas de mis partidos de hockey o de baloncesto, y siempre me tomaban en serio. Presumíamos de quién podía hacer más flexiones; ahí yo no tenía nada que hacer, pero siempre les sorprendía que pudiera hacer más abdominales y levantamientos de piernas que ellos. Me pasaba el año esperando al día de los deportes del Consejo Presidencial sobre Aptitud Física. Entre otras cosas, nos hacían pruebas de abdominales en un minuto (gané a los dos chicos, con sesenta y tres) y una carrera de 600 yardas (548 metros). Era la chica más rápida, pero ellos me ganaban y eso me molestaba. Una noche presioné un poco a Dave y Larry, preguntándoles cuál creían que era el límite aceptable para que las mujeres hicieran ejercicio. Les costó definirlo, pero finalmente estuvieron de acuerdo en que no les gustaba cuando las mujeres se esforzaban tanto que el sudor les traspasaba la camiseta. Yo no tenía ninguna opinión al respecto, simplemente tomé nota de la observación. No sudaba demasiado… todavía.
En el último año de instituto Dave y yo salíamos en serio, estábamos enamorados, nos habíamos intercambiado los anillos de graduación y estábamos planeando casarnos después de la universidad. Ahora me parece increíble imaginar en qué estaría pensando, ya que a los dieciséis ya teníamos nuestros planes en marcha. Dave iba a ser oficial de la Marina, y su único sueño adolescente era seguir los pasos de su padre entrando en la Academia Naval de los Estados Unidos en Annapolis. En primavera, cuando supimos que le habían aceptado, nos alegramos muchísimo. La semana después de graduarse se marchó a comenzar su entrenamiento, y curiosamente estaba contenta de estar sola durante una temporada.
Mis padres habían estudiado en la Universidad de Illinois, y mi sueño era ir a una gran universidad yo también. Teniendo en cuenta que mi madre era la directora de orientación de uno de los mayores institutos del condado, una profesional progresista, querida y respetada a nivel nacional, sería de esperar que me hubiera pasado información privilegiada sobre universidades, pero mis padres tenían otros planes. Mi padre se empeñó en que, por razones económicas, tenía que estudiar en una universidad de nuestro estado, Virginia, y que tenía que ser mixta. Pensaba que las universidades para mujeres eran cursis y poco realistas, y me avergüenza decir que en aquel momento yo estaba de acuerdo con él. Aunque parezca increíble, por aquel entonces solo había dos universidades mixtas en todo el estado: William and Mary, que sabía que no me iba a aceptar por mi nota mediocre de acceso a la universidad, y la Universidad de Lynchburg, que era más pequeña que mi instituto. Yo quería ir a una de las grandes, como la Universidad de Michigan. Eché la solicitud en secreto, pero no me cogieron. De todas maneras, no habría podido ir, pero el proceso me estaba dando una buena lección de humildad. Mi padre sabía que estaba muy disgustada, así que según su costumbre, hicimos un trato. Como pagaba él, los dos primeros años iba a ir a la universidad que él quería, o sea, a Lynchburg. Y después podría escoger si quería ir a otra durante los dos últimos años. Le dije que sí. Sabía que mi padre estaba convencido de que una vez que estuviera ahí, me encantaría y me querría quedar.
Una de las cosas buenas de ir a Lynchburg era que tenían un equipo de hockey sobre hierba femenino. Me parecía un poco retorcido que las universidades de primera categoría no tuvieran deportes para mujeres, pero muchas veces las pequeñas sí. Pensé que tenía que prepararme para este nuevo equipo incrementando la distancia de mis carreras. Si con una milla al día podía entrar en el equipo del instituto, para la universidad necesitaría más. Había oído que los chicos del equipo de cross del instituto corrían tres millas, que eran unos cinco kilómetros. Nunca había oído que nadie corriera más que eso, así que decidí que esa sería mi meta definitiva. ¡Si lo conseguía, mi Arma Secreta funcionaría a toda máquina!
Cada tarde, después de mi trabajo de verano, me iba a la pista de atletismo del instituto y corría dando vueltas. Cada semana añadía una más al total. Estaba asombrada de lo fácil que era, y lo gracioso es que, dado que estaba bastante en forma, seguro que podría haber corrido los cinco kilómetros desde el principio. Pero no lo sabía, y pensé que tenía que ir aumentando poco a poco la distancia para no lesionarme. De manera instintiva, tenía razón: ir poco a poco es un principio clave del entrenamiento para construir una base sólida. También era genial para pensar, y en uno de esos momentos de revelación que solo ocurren mientras corres o en la ducha, supe lo que realmente quería hacer de mayor. Junto a correr, la cosa que más me gustaba era escribir para el periódico del instituto. Nunca se me había ocurrido que podía estudiar Periodismo y combinar mis dos pasiones. A finales de julio estaba corriendo cinco kilómetros al día. Acababa empapada en sudor, y me sentía otra vez como la reina del mundo.
«¿PUEDES CORRER UNA MILLA?»
Llegué a la Universidad de Lynchburg un poco resentida, pero muy contenta de estar lejos de casa. Para mi sorpresa, me pareció un sitio muy bonito y agradable y, aunque me costara admitirlo, desde la primera semana me encantó estar ahí. Temía que el ambiente de la universidad fuera demasiado extremista en cuanto a religión, pero resultó que los únicos que te vendían su fe eran los estudiantes de teología. El resto de la universidad era sorprendentemente equilibrado, teniendo en cuenta que estaba justo en medio del Sur fundamentalista.
Sin embargo, algunos de esos chicos supuestamente angelicales que estudiaban para ser sacerdotes eran pequeños demonios. Quedaban contigo para ir a ver una película y después aparcaban el coche en una carretera rural y pretendían quedarse ahí toda la noche. La primera vez que me pasó, salí del coche y me negué a volver a entrar hasta que el chico me prometió que me llevaría directamente de vuelta a mi dormitorio. Me quedé atónita cuando, después de toda esta escena, me preguntó si podía acompañarme a la iglesia al día siguiente, como si nunca hubiera roto un plato.
El ambiente académico me gustaba: era un desafío, pero no me resultaba intimidante, y las clases eran lo bastante pequeñas como para que no fueras una más. Eso también permitía que los profesores mostraran su propia personalidad. Como estaba convencida de que quería ser periodista (incluso aunque mi padre militar los odiara a muerte, porque pensaba que la mayoría eran «rojos zalameros que no habían visto un arma en su vida»), por primera vez me hacía ilusión estudiar.
Así que, naturalmente, estaba entusiasmada por ir a mi primera clase de inglés en la universidad. Fue un día que nunca olvidaré. El profesor era Charles Barrett, un hombre gracioso, interesante y tranquilo. Nos pidió que escribiéramos un ensayo sobre un relato de Orwell. Después tuvo que sofocar una risita y nos dijo que siempre es difícil poner título a un ensayo, porque tiene que llamar la atención del lector. «Serpientes» y «Sexo» son dos grandes títulos, ya que ambas palabras consiguen atrapar a los lectores. Nunca había oído a un profesor decir «sexo» en clase antes, y me pareció una travesura maravillosa. Trabajé mucho en mi ensayo, lo firmé como K. V. Switzer y, en un momento de atrevimiento, lo titulé «SEXO». La semana siguiente, el Dr. Barrett dijo que quería leer uno de los ensayos a la clase y empezó: «SEXO». Todos los alumnos dieron un respingo y yo me encogí en mi asiento. Después leyó el resto del texto y explicó por qué era bueno y por qué le había puesto un sobresaliente. Estaba completamente aterrorizada.
—¿Te imaginas usar ese título? —me dijo una compañera al salir de clase.
—Ya ves—respondí.
Al final me apunté a todas las clases de inglés y escritura creativa de Barrett, así como a algunas de periodismo, y pronto empecé a escribir para el periódico de la universidad, The Critograph.
La única cosa que de verdad me decepcionó de la Universidad de Lynchburg fue el nivel del equipo de hockey sobre hierba femenino. Bueno, y los acentos sureños y las fajas. Una vez que se te pega un deje local es difícil sacártelo de encima, y me parecía que las mujeres que hablaban con un lento acento sureño sonaban menos serias. Me preocupaba empezar a hablar en el mismo tono zalamero, así que me esforcé en adoptar un acento más áspero. Debía de parecer idiota, pero estoy convencida de que me vino bien muchos años después, cuando empecé a trabajar en televisión.
En cuanto a las fajas, parecía que todas las chicas llevaban esas cosas elásticas horribles, que daban calor y te cubrían desde la cintura hasta justo encima de las rodillas. En teoría eran para sujetar las medias y afinar las caderas, pero incluso las chicas delgadas las llevaban. Para mí era un misterio por qué alguien querría usar una prenda que te arruina el tono muscular y convierte un simple pis en un calvario de diez minutos… hasta que descubrí las reglas. En un momento dado me di cuenta de que mis compañeras de habitación miraban mi liguero estándar de algodón con desaprobación o incluso sacudían la cabeza. Pero si llevabas una faja larga con triple cremallera, era una señal de que no eras una chica fácil. Al final, varias de esas damas de látex se quedaron embarazadas antes de terminar mi primer curso, y yo no era capaz de concebir cómo habían sido capaces de quitarse aquella cosa en el asiento trasero de un coche y luego volver a ponérsela a tiempo para el toque de queda de medianoche.
Esperaba que el equipo de hockey sobre hierba tuviera más nivel para aprender de mis compañeras, pero resultó que ya era una de las mejores jugadoras. Y esto no era un subidón de ego, sino una frustración. Cuando algunas jugadoras se quedaron sin aliento y tuvieron que andar después de un esprint a lo largo del campo, supe que el equipo estaba condenado al fracaso. Y cuando una de las defensas insistió en jugar con su sujetador y faja largos de Playtex, me di cuenta de que éramos un caso perdido.
El campo era una vergüenza; estaba tan lleno de piedras, malas hierbas y calvas que la pelota salía disparada en todas las direcciones, le dieras como le dieras. Lo bueno era que muy de vez en cuando conseguíamos ganar en casa, porque nadie más era capaz de jugar en ese campo. Las jugadoras visitantes, sobre todo las de escuelas pijas como Hollins, estaban acostumbradas a jugar en campos estupendos que parecían greens de golf, así que no tenían ni idea de qué hacer en el nuestro.
Un día, Constance Applebee, la legendaria inglesa que trajo el hockey sobre hierba a Estados Unidos en 1901, vino a darnos un seminario. Yo la adoraba. Pensé que tendría unos ochenta años, así que me quedé totalmente boquiabierta cuando descubrí que en realidad eran noventa y tres. No era para nada frágil; tenía una complexión bastante robusta en la cintura y llevaba una túnica color chocolate con cinta y espinilleras a juego.
Después de una pequeña charla, Miss Applebee nos dejó estupefactas llevándonos con ella al campo. Estábamos corriendo hacia la meta cuando Miss Applebee, que estaba bastante cerca de mí, tropezó con uno de aquellos terrones enormes y se dio un costalazo. Fui hacia ella gritando:
—Oh, Miss Applebee, ¿está bien?
Pensé «Dios mío, hemos matado a Miss Applebee». Pero cuando llegué hasta ella, se puso de pie de un salto, extendió el brazo hacia el campo como un general y gritó en un increíble acento inglés:
—¡Seguid jugando!
En aquel momento supe que quería hacer deporte y estar en forma el resto de mi vida. Miss Applebee era una viejecita aguerrida y atlética, y así es como quería ser yo de mayor. El problema era que después de la universidad no había equipos femeninos en los que jugar, a no ser que fueras entrenadora, en cuyo caso podías seguir un poco. No quería ser entrenadora, y no quería conformarme con «un poco». Quería ser deportista, pero no solo eso; también quería tener una carrera profesional como periodista. Quería ser como los filósofos deportistas griegos, con una mente y un cuerpo fuertes, equilibrada, enfrentándome a desafíos y superándolos.
Tuve esta conversación conmigo misma muchas veces, sobre todo cuando corría, cosa que seguía haciendo casi todos los días después del entrenamiento de hockey. Correr era increíblemente satisfactorio, incluso aunque solo fuera darle vueltas al campo o, de vez en cuando, una más grande rodeando el campus. Era algo que podía medirse, que me hacía sentir realizada. Y era una buena manera de descargar la frustración después de las escaramuzas con el equipo, en las que apenas sudaba y nunca me quedaba sin aliento. Estaba preocupada por perder mi forma física entrenando con el equipo (¡eso sí que sería irónico!) y sabía que correr me mantendría fuerte y segura de mí misma hasta que encontrara la respuesta.
Una bonita tarde de otoño tuvimos un partido en la Universidad de Sweet Briar, que estaba cerca. Era el campo más cuidado que había visto, así que el partido fue rápido. Nuestras chicas no estaban en forma, y las de Sweet Briar nos daban mil vueltas. La defensa de la faja, que era particularmente inútil, dejaba una y otra vez que una oponente le pasara y cuando ocurría, se echaba a reír. Yo salía corriendo para cubrir su posición e intentar evitar que nos marcaran un gol. Molesta por tener que hacer su trabajo además del mío, la siguiente vez le grité:
—¡No es gracioso! ¡Ve a por ella!
Y os juro que se paró, se puso las manos en las caderas y me dijo con su acento sureño:
—Solo es un juego, Kathy.
Después del partido, a nadie de nuestro equipo parecía importarle la derrota; estaban embelesadas tomando té con las chicas de Sweet Briar. Estaba tan enfadada que me escapé y me quedé mirando las líneas suaves de las montañas de la Cordillera Azul, preguntándome por qué no era solo un juego para mí, por qué era más importante. La entrenadora se acercó y me dijo:
—No te gusta perder, ¿verdad?
Era más complicado que eso, pero no era capaz de explicar cómo me sentía. Todo lo que fui capaz de decir fue:
—No, no me gusta perder.
Pero empezaba a preguntarme si quizás los deportes de equipo no eran lo mío. Quizá necesitaba un deporte individual; así, solo podría echarme la culpa a mí misma. De todas maneras, en solo tres años me quedaría sin equipos donde jugar, ya que no había deportes de equipo para mujeres.
Ahora, cuarenta años más tarde, a veces sigo soñando que juego a hockey sobre hierba. En mis sueños, tengo toda la velocidad y la resistencia de entonces, pero con la astucia de ahora. Mis compañeras y yo trabajamos en equipo, ideando jugadas y tiros brillantes que nunca hubiera sido capaz de concebir a los dieciocho. Me despierto riendo y me pregunto cómo habría sido mi vida si el hockey sobre hierba femenino hubiera sido un deporte olímpico por aquel entonces, tal y como lo es ahora.
Dave y yo siempre habíamos dado por supuesto que saldríamos con otra gente en la universidad, pero que nuestra relación era la principal. Como él era un cadete de primero en Annapolis, solo podíamos vernos como media docena de veces al año, así que no tenía sentido no pasárselo bien con otros amigos. La fiesta definitiva era la semana de fin de curso en junio, con bailes en la academia todas las noches. Mi madre estaba encantada de que su hija asistiera al evento. Fue una de las pocas veces que se dejó llevar por fantasías femeninas. Esa Navidad me regaló vestidos de fiesta, bolsos y accesorios varios para que estuviera preparada.
La primera Navidad que volví a casa de la universidad me sorprendió lo mucho que Dave había cambiado. O quizás, lo mucho que la academia le había cambiado. No solo había perdido los últimos restos de gordura infantil entrenando a las órdenes de los instructores, sino que su actitud también se había vuelto bastante estricta. Ya no era el chico despreocupado que yo conocía; se había vuelto un mandón. Me dijo que tenía que cambiarme a la Universidad de Goucher para estar más cerca de él y de la academia, ya que no importaba donde estudiara si de todas maneras no iba a trabajar. Me reí a carcajadas cuando me lo dijo, ya que habíamos hablado de nuestros futuros trabajos en el instituto.
—Cuando sea oficial de la Marina, mi mujer no va a trabajar —declaró.
—Claro —respondí—. ¿Y qué voy a hacer los seis meses al año que estés en alta mar?
—Mi madre no trabajaba, y era perfectamente feliz cuidando de la casa para nosotros.
—Bueno, mi madre trabaja y también es perfectamente feliz ganando dinero y reconocimiento, y yo pienso trabajar, así que prepárate.
Nuestra relación estaba empezando a perder la chispa. Todavía quería ir a la semana de fin de curso; ¡qué diablos, ya tenía todos los vestidos! Pero cada vez estaba menos cautivada por Dave por otras dos razones. La primera es que de repente odiaba que yo corriera y creía que eso me convertía en un bicho raro. Me lo dijo en una fiesta, y yo me enfadé tanto que me fui sola y eché a andar. Estaba a varios kilómetros de casa. Era tarde y sabía que estaba haciendo una idiotez, así que cuando un amigo se acercó con el coche y se ofreció a llevarme a casa, acepté agradecida. Pero al subir al coche me di cuenta de mi error: no era mi amigo, era un perfecto desconocido. El coche se puso en marcha y pensé: «Dios mío, esto es muy peligroso». Cuando el conductor se paró en una señal de stop, salté del coche, eché a correr por una serie de patios de casas a oscuras y me tiré debajo de un seto. Me quedé ahí escondida durante lo que me parecieron años mientras el conductor me buscaba. Cuando oí el coche alejarse y supe que estaba a salvo, volví a la fiesta y le pedí a un amigo que me llevara a casa en coche. Más tarde, Dave vino a mi casa, tuvimos una discusión con lágrimas incluidas y le grité que menos mal que corría, o nunca hubiera podido escapar del depredador del coche.
La otra razón era que a finales de otoño había empezado a salir con un compañero de clase de Lynchburg llamado Robert Moss, que no se parecía a ningún chico que hubiera conocido. Su madre era inglesa y su padre estadounidense, así que era un poco extranjero. Era alto, delgado, reservado e irónico, y siempre llevaba un paraguas. Todas estas características eran muy poco americanas y me parecían fascinantes. Además, estaba en el equipo de cross, que para mí era el epítome del heroísmo romántico. Fue la primera persona a la que le conté mis sueños secretos y mi deseo de destacar en los deportes, un gran riesgo en una época en la que los estereotipos de género eran muy fuertes. Robert nunca se rio de mi entusiasmo solo porque yo fuera una chica y, desafortunadamente, di por sentada esta igualdad extraordinaria.
En primavera, los dos estábamos locos el uno por el otro. En lugar de ir a estudiar a la biblioteca, nos pasábamos buena parte del tiempo besuqueándonos bajo el dulce olor de una madreselva hasta el toque de queda de medianoche. Como yo era la novia de otro chico, estas sesiones creaban un montón de tensión romántica, que es lo que siempre pasa con la fruta prohibida. Estaba enamorada, pero atada a Dave. Estaba oh, tan desesperada… hasta que Robert sugirió que dejara a Dave. ¿Y no ir a la fiesta de fin de curso? ¡Imposible! Era la respuesta equivocada. Me empeñé en ir a la semana de fin de curso y Robert, que se sintió dejado de lado por unos vestidos de fiesta, se empeñó en no continuar con nuestra relación cuando volví. Seguimos siendo amigos, pero la verdad es que me costó años superarlo.
Dieciocho meses después, una tarde lluviosa y deprimente entre la temporada de baloncesto y la de lacrosse, decidí correr por la pista de atletismo porque los campos de tierra y hierba donde solía hacerlo estaban embarrados. Normalmente odiaba correr por la pista, porque era muy aburrido dar vueltas y vueltas y también porque pasaba al lado de los dormitorios de los chicos. La última vez que había corrido ahí unos idiotas se asomaron por la ventana y gritaron: «¡Bote! ¡Bote!». Pero ese día estaba lloviendo bastante y no había nadie.
Últimamente había estado corriendo con una chica de primero muy rápida llamada Martha Newell. Marty y yo jugábamos a hockey juntas, y a partir de ahí empezamos a correr. Incluso nos apuntamos a una organización que se llamaba la Unión Atlética Amateur (AAU) porque nos habían dicho que organizaba competiciones de atletismo. La carrera más larga para mujeres eran los 800 metros; Marty hizo una marca muy respetable, 2:23, y también era rápida en carreras más cortas. Mi mejor tiempo de 800 era 2:34. Me sentía frustrada, porque no me daba tiempo ni de arrancar. Fuimos a un par de competiciones en Baltimore. Aunque pensaba que apenas merecía la pena viajar para correr dos vueltas a la pista, entrenar con Marty me entusiasmaba y correr me interesaba tanto que estaba dispuesta a dejar el hockey, el lacrosse y el baloncesto. Podía correr con una amiga o sola durante el resto de mi vida; no necesitaba una entrenadora ni un equipo. Había encontrado la solución a mi dilema.
Casi había terminado mis tres millas cuando me di cuenta de que el entrenador del equipo de atletismo masculino, Aubrey Moon, había salido y estaba de pie al lado de la pista, empapado, con un impermeable con capucha y una pinta bastante triste. Tenía unos cuantos cronómetros en cada mano, con las cintas colgando entre los dedos, pero no había ningún corredor al que cronometrar. Cuando terminé la última vuelta, me llamó.
—¿Puedes correr una milla? —me preguntó.
—Puedo correr tres millas —respondí un poco indignada.
—Bueno, bien. Es que solo tengo dieciséis chicos en el equipo de atletismo esta temporada, y solo dos corren la milla, Mike Lannon y Jim Tiffany. Si corres la milla con nosotros, ganaríamos algunos puntos. Solo tienes que terminar.
Creo que si hubiera podido llevarse a su perro y hacerle correr cuatro vueltas a la pista, lo habría hecho con tal de ganar esos puntos. Pero aun así, estaba contenta de poder ayudarles a él y al equipo. No era para tanto; después de todo, en Lynchburg el atletismo no le importaba a nadie.
—¡Claro, entrenador, cuente conmigo! —respondí riendo. Siempre había querido decir esa frase, como en las películas.
La Universidad de Lynchburg participaba en dos ligas de atletismo, la Mason-Dixon Conference, que prohibía que las mujeres participaran en equipos masculinos, y la Dixie Conference, que no lo hacía. Las siguientes tres competiciones, con la Universidad de Frederick, St. Andrew’s y la Universidad Baptista de Charleston, eran todas de la Dixie Conference, así que serían las únicas en las que iba a correr.
Esa noche le pedí consejo a mi amigo Mike Lannon, ya que era la primera vez que competía en la milla. Supongo que Mike era lo más parecido que había en Lynchburg a un atleta becado. Era muy bueno y vivía encima del antiguo gimnasio, lo que debía ser el equivalente a una beca de alojamiento. Mike sacó un papel y dijo que pensaba que yo podía correr una milla en seis minutos, esto es, a noventa segundos por vuelta. Lo más importante era no correr la primera en menos de noventa segundos, o me quedaría sin fuerzas. Mike era un tipo alegre, me animaba y no era condescendiente en absoluto. Los días siguientes, en los entrenamientos de atletismo, ningún chico del equipo me sonrió con superioridad ni me guiñó el ojo. Solo me daban ánimos. Estaba claro que estos no eran los tíos que me habían gritado desde la ventana del dormitorio, y me sentía genial con ellos.
Unos días más tarde, el entrenador Moon le pidió a Marty que corriera también en la competición. Ella iba a correr los 800. ¡Menos mal que no tenía que hacerlo yo! Como no tenían camisetas para nosotras, nos compramos dos tops rojos y blancos iguales en una tienda de artículos deportivos para que se parecieran todo lo posible al rojo de los Avispones de la Universidad de Lynchburg.
Me da vergüenza admitirlo, pero por aquel entonces también participé en el concurso de belleza Miss Lynchburg. Pensaba que esos concursos eran una estupidez y así se lo dije una noche en la cena a unos amigos, incluyendo a mi compañera de habitación y de hockey y mejor amiga, Ronette Taylor, que compartía mis convicciones sobre los derechos de las mujeres. Mis amigas me hicieron callar a gritos, diciendo que los concursos de belleza habían cambiado, que ahora incluían entrevistas y concursos de talentos y que eran una oportunidad para ganar becas, viajes y ropa bonita y poder usar un coche nuevo durante unas semanas. Cuando volvimos a nuestra habitación, Ronnie me dijo que estaba loca si no participaba, que tenía tantas posibilidades de ganar como cualquiera. Yo respetaba la opinión de Ronnie, y lo cierto es que tenía los vestidos de fiesta, así que me apunté.
El concurso de belleza y la carrera de una milla con el equipo masculino iban a ser el mismo día; después de correr por la tarde, me ducharía, me cambiaría y me prepararía para el concurso. Estaba acostumbrada desde el instituto a jugar un partido de hockey o de baloncesto y después cambiarme y «ponerme guapa» para ir a un baile, así que no me pareció que tuviera nada de particular. Pero los medios, mis compañeros de clase y el público en general no lo vieron así.
Todo empezó de manera inocente, cuando un chico muy simpático de la oficina de relaciones con la comunidad de la universidad vino al entrenamiento de atletismo y me sacó un par de fotos para pasárselas a los periódicos de Lynchburg y darle publicidad al campeonato. De repente, era toda una noticia a nivel local. ¡Una chica iba a correr en el equipo de hombres! ¡Y la milla, nada menos! Como si correr una milla fuera subir al Everest. Hasta me citaron en los periódicos diciendo que me gustaría que las chicas pudieran correr las tres millas. Era la comidilla del campus. A algunos les encantaba la idea y admiraban mi entusiasmo, otros susurraban con pesimismo que correr una milla era peligroso y me podía convertir en un hombre (¡o aún peor, en una lesbiana!). Los chicos que se dedicaban a gritar cosas a las mujeres dijeron que seguro que estaba acostándome con los hombres del equipo. Si no, ¿por qué iba a estar ahí con ellos en pantalón corto? La mayoría de las críticas se dirigían a mí porque mi historia apareció primero en los medios, pero Marty también se llevó su parte. Mis allegados, incluyendo a las cinco chicas de mi residencia, el Dr. Barret, la profesora Wilma Washburn y Robert, me apoyaron entusiásticamente, así que les escuché a ellos e ignoré al resto.
Cuando los responsables del concurso de belleza les contaron a los periódicos que yo era finalista en Miss Lynchburg, la historia y las fotos se enviaron al Richmond Dispatch y a las agencias de información; al día siguiente, estaba en los periódicos de todas partes. Mi padre estaba desayunando con el Washington Post y se encontró mi foto de repente. No había llamado a mis padres porque no quería molestarles; al principio, todo parecía muy insignificante.
Mi primera competición era el jueves y la siguiente el sábado. En ambas ocasiones, cuando Marty y yo salimos a la pista, no estábamos preparadas para la muchedumbre que nos recibió. Parecía que todos los estudiantes del campus estaban ahí, incluso más que cuando había fútbol. Los escasos asientos estaban hasta arriba y había gente por todo el muro, hasta la parte alta de la colina. Había un montón de cámaras montadas en trípodes, en la línea de salida y meta y en la primera curva de la pista. Mis padres también estaban por ahí, ya que habían decidido ir en coche desde Washington para ver de primera mano qué demonios estaba pasando.
Me había comprometido con el entrenador y ahora habían venido reporteros de todas partes, incluyendo el New York Times, el HeraldTribune y varias cadenas de televisión. Y ni siquiera me habían cronometrado en una milla antes. En serio, lo único que se supone que tenía que hacer era terminar la carrera, y aquí estaba toda esa gente esperando… ¿el qué? ¿Que ganara? ¿Que me desmayase?
Mike Lannon acertó de pleno: corrí como me había dicho y terminé en 5:58. Tal y como esperaba, acabé la última, pero conseguimos los puntos. Después Marty corrió el 800 y ¡vaya si no adelantó a un chico de la Universidad de Frederick en el último momento! Esto fue fantástico, porque de repente la gente no nos veía como chicas que trotaban al lado de los chicos, sino como chicas que corrían de verdad. Estábamos encantadas de ayudar al equipo y no teníamos ni idea de que estábamos haciendo historia. El Lynchburg News informó de que la Universidad de Lynchburg era «posiblemente la única universidad de Virginia con dos corredoras en el equipo de atletismo… y uno de los pocos centros del país con chicas compitiendo en igualdad con los hombres a nivel universitario». Pero no era la primera vez que una mujer había participado en la Dixie Conference; en 1964, una esprínter había competido junto a un puñado de chicos en los inicios del equipo de atletismo de la Universidad de Charleston.
Ese sábado por la noche, después de la carrera, tuve que embutir mis pies hinchados en tacones altos y estar de pie durante horas para el concurso de belleza. Fue la sentencia de muerte para mis uñas, que ya habían sufrido bastante en las dos últimas carreras, ya que las zapatillas de clavos que llevaba me quedaban dos tallas pequeñas. Después se me pusieron negras y se cayeron. Era la primera vez que me pasaba algo así (¡pensé que tenía gangrena o algo!) y marcó el inicio de una década de problemas de pies.
Mi «talento» en el concurso era tocar el acordeón. Si no te estás riendo todavía, lo habrías hecho al ver las noticias, que decían cosas como «después de darle fuelle a sus pulmones durante la carrera, Kathy Switzer tocará el acordeón en el concurso de belleza». Cumplí con mi deber tocando «Lady of Spain» o alguna canción por el estilo y, como puedes imaginarte, no impresioné a nadie, sobre todo porque tenía cara de dolor por culpa de mis pies hechos polvo. No gané el concurso de Miss Lynchburg. Y después de aquello, guardé el acordeón y no volví a tocarlo.
El alboroto continuó: empezaron a llegarme cartas de todas partes. Había cartas aduladoras de viejos compañeros de escuela y parientes, marines de Quantico que me pedían citas, soldados de Vietnam que querían ser amigos por correspondencia y una propuesta de matrimonio directa de un carnicero de Alabama. Se las pasé a mis compañeras de apartamento y nos deleitamos con ellas. También estaban las cartas amenazantes, normalmente de gente que creía tener la verdad absoluta en cuanto a religión y me informaba de que iba a freírme en el infierno. Esas las tiré a la basura. Toda la experiencia fue una lección bastante interesante sobre la polarización y la percepción humanas, tanto en las opiniones en el campus como en las cartas. Nadie parecía neutral al respecto.
También fue una interesante lección de periodismo, y me dio aún más ganas de hacerme reportera. Yo era la editora de deportes del Critograph y, entre otras cosas, tuve que escribir sobre la participación de Marty y la mía en las competiciones. Esa fue la única noticia objetiva que leí sobre lo que habíamos hecho. También tenía otros eventos que cubrir, entre ellos, la participación de Robert y su amigo Jim Tiffany en una gran carrera llamada «la maratón de Boston». Nadie sabía que estaban entrenando para ella, ni siquiera yo, así que cuando volvieron entrevisté a Robert y descubrí que la maratón eran 42 kilómetros y 195 metros y que Jim y él la habían corrido en 3:45. ¡Anda! Después de tanto quejarme de que mis carreras eran demasiado cortas, resultaba que había algo llamado «maratón» que sonaba como el evento más emocionante del mundo entero. Estaba fascinada, y de repente tenía ganas de probarlo por mí misma. Le pregunté si había chicas que corrieran y Robert me dijo que una lo había hecho y que había tardado unas tres horas y veinte minutos. No pude evitarlo. Le dije: «¿Dejaste que una chica te ganara?».
También envié mi solicitud de traslado a la Universidad de Siracusa. Les dije que quería hacer una especialización doble: inglés en el Colegio de Artes y Ciencias y periodismo en la famosa Newhouse School. Estaba contenta en Lynchburg, pero tenía muchas ganas de especializarme, y me emocioné un montón cuando la Universidad de Siracusa me aceptó. Mi último día de clase en la Universidad de Lynchburg en 1966 hicieron una entrega de premios de fin de curso, y estaba tan absorta pensando en estudiar en Siracusa que casi ni me enteré cuando dijeron mi nombre. El entrenador Moon estaba entregando premios al equipo de atletismo y Marty y yo recibimos uno por participar en el equipo masculino, un acontecimiento pionero en los deportes. Solo habíamos corrido tres carreras, así que no creía que nos lo mereciéramos de verdad, pero es uno de los premios más bonitos que he recibido.
«CREO QUE ME HE LIBRADO DE ELLA»
Mi dormitorio en la Universidad de Siracusa estaba en una casa decrépita en la avenida Comstock que incumplía todas las normativas antiincendios y se llamaba Huey Cottage. Había escogido el alojamiento más barato posible para intentar reducir la carga económica para mis padres, que era considerable. Por aquel entonces Siracusa ya era cara, y me sentía muy culpable.
Mi habitación estaba en el último piso, que era el tercero, y era un ático gigantesco. Parecía que iba a compartirla con dos mujeres más, ya que había tres camas. Teníamos nuestras propias llaves y podíamos entrar y salir cuando quisiéramos. Cuando la «gobernanta» (que en realidad era una estudiante de posgrado que trabajaba a cambio de alojamiento y comida) me dio mi llave, me temblaron las piernas de la emoción ante tanta libertad.
Unos días después de instalarme, al volver de una sesión de orientación de jornada completa, descubrí que mis compañeras de cuarto habían llegado al fin. Estaban sentadas en sus camas, fumando y charlando. Claramente ya se conocían de antes; de hecho, todas las ocupantes del piso habían vivido juntas durante los últimos dos años y yo era la nueva. Entré de un brinco y las saludé con confianza:
—¡Hola, soy Kathy!
Ellas se me quedaron mirando fijamente y siguieron fumando. Finalmente, una echó el humo y dijo:
—Por el amor de Dios.
Me di cuenta al instante de que les parecía una pringada total. Yo pensaba que iba a la última moda con mi vestido de cuello redondo y estampado de flores de Villager, con zapatos y bolso a juego. Y ellas iban todas con vaqueros, jerséis negros de cuello alto y pendientes de aro. Aquí había que ser «guay», así que me fui corriendo a la calle Marshall y me compré unos vaqueros y un jersey de cuello alto. No es que sirviera de mucho; yo era la tercera en discordia y no había nada que hacer. Por supuesto, no ayudó que una de las primeras cosas que les pregunté fue si sabían dónde estaba la oficina local de la AAU.
En cuanto el curso empezó oficialmente, me dejé caer por la oficina del departamento de atletismo, en el estadio de Manley. El departamento de atletismo masculino, para ser exactos. Había un departamento de atletismo femenino, pero solo competían a nivel interno. Eso quería decir que en las grandes universidades, los deportes incluían equipos potentes y con becas de fútbol, baloncesto y lacrosse, e incluso de atletismo, natación y gimnasia… para hombres. Pero las becas para mujeres ni siquiera se tenían en cuenta. Las mujeres tenían «días de juego». Ya lo sabía antes de ir a Siracusa y, francamente, no me importaba. Asumí que las mujeres de Siracusa y el resto de universidades no querían campeonatos deportivos interuniversitarios, o los habrían organizado de alguna manera. Yo había decidido que quería correr, y de todas maneras nunca había oído hablar de un equipo de atletismo femenino a nivel universitario. Así que correría con un equipo si era posible, o sola si no. No tenía nada que perder, así que cuando entré en la oficina del entrenador Bob Grieve para preguntar si podía correr en el equipo de cross masculino, me sentía segura de mí misma.
—Sabes, he leído algo sobre ti. Sí, fue en la sección Faces in the Crowd de la Sports Illustrated —dijo cuando le conté que había corrido con el equipo masculino en Lynchburg.
Parecía bastante agradable. Había otros dos tipos en la oficina, haciendo como que no estaban escuchando. Uno tenía unos cincuenta años, era flacucho y totalmente inofensivo. El otro tenía unos veinticinco y era muy grande y atractivo. Cada vez que miraba en mi dirección yo le fulminaba con mi mejor mirada de «no te metas conmigo, listillo», hasta que pilló el mensaje y se fue de la oficina. Entonces el entrenador Grieve me dijo, muy amable:
—Mira, Siracusa está en la liga de la NCAA, que solo admite hombres, así que las mujeres no pueden competir en equipos masculinos. Pero si quieres venir y entrenar con el equipo, no tengo ningún problema.
Eso era suficiente para mí. Incluso mejor, ya que estaba segura de que si no podía ganar a nadie en Lynchburg, segurísimo que no iba a poder ganar a nadie en una universidad de las grandes.
Me explicó que el equipo entrenaba en el campo de golf de Drumlins, como a kilómetro y medio del estadio.
—¿Y cómo llegan hasta ahí? —pregunté.
Él titubeó por un segundo; me di cuenta de que dudaba.
—Van corriendo —respondió.
Caminé el kilómetro y medio de vuelta hasta Huey, calculando que serían tres kilómetros corriendo hasta Drumlins y otros tres para volver, y eso ya era más de lo que corría al día. Y solo Dios sabía cuánto tendría que correr durante el entrenamiento. Me sentí idiota por haber pensado que era lo más por correr cinco kilómetros al día, pero había dicho que iría y pensaba hacerlo. En la oficina, cuando yo ya me había ido, el entrenador Grieve se dirigió al otro tipo y le dijo: «Creo que me he librado de ella».
Al día siguiente cogí un taxi para ir al campo de golf. «Bueno, parece que este deporte no era tan barato después de todo», me dije tras pagar al conductor. «Será mejor que mejore rápido o me voy a arruinar». Necesitaba un bolsillo para el dinero, así que me puse unos pantalones de vestir y una blusa de manga larga. De todas maneras, nunca había estado en un entrenamiento de cross antes, así que no tenía ni idea de qué ponerme. Estaba nerviosa porque tenía que pasar por medio de la calle del campo de golf, con todos esos chicos flacos en pantalones cortos naranjas y blancos corriendo por ahí. Seguro que me iban a odiar. En Siracusa, las chicas guais se apuntaban a hermandades y tenían una pinta fantástica todo el tiempo, no se dedicaban a correr.
Cuando me dirigía hacia ellos, el tipo mayor inofensivo que estaba en la oficina del entrenador Grieve vino corriendo a recibirme, dando saltitos como una liebre.
—¡Hola! ¡Nunca habíamos tenido una chica! ¡Soy Arnie y llevo aquí veinte años y nunca habíamos tenido una chica! Eres Kathy, ¿verdad? ¡Eh, chicos, esta es Kathy y va a correr con nosotros!
Los chicos me saludaron y me dieron la bienvenida. «Cielos», pensé. Hasta aquí, todo bien. De repente los corredores se agruparon y se quedaron quietos, y el entrenador Grieve hizo sonar el silbato. Todos echaron a correr por los prados ondulantes como una manada de galgos. La rapidez y la belleza de sus movimientos me dejaron sin aliento. Sus siluetas resplandecían sobre la amplitud verde. Subieron una larga cuesta como flotando antes de desaparecer entre los árboles. El asistente atractivo pulsó el cronómetro y escribió algo en una tablilla. Se llamaba Tom y, con ese tamaño, seguro que no era corredor. Era a él a quien había mirado mal en la oficina del entrenador, y esta vez no se dignó a dirigirme la mirada.
El entrenador estaba en un carrito de golf motorizado y Arnie se subió con él.
—Vale, vamos a ver qué puedes hacer —me dijo Grieve.
Señaló al perímetro visible del campo de golf y me preguntó si podía correr esa distancia.
—Claro —dije, calculando que serían poco más de tres kilómetros a lo sumo, y después me reí—: ¡Solo que no muy rápido!
Y para allá que me fui, tratando de tomármelo con calma porque no sabía qué más iba a mandarme. Cuando volví, algunos de los corredores de primer año habían terminado, así que el entrenador le pidió a uno de ellos que me llevara trotando al campo donde entrenaban. Me disculpé por lo despacio que iba, pero el chico me dijo que no le importaba, que de todas maneras estaba enfriando (fuera lo que fuera eso). Y así terminó mi primer día. Había corrido más de ocho kilómetros en pantalones de vestir y blusa. Me encontraba perfectamente y estaba contenta de no haber quedado del todo mal.
Arnie se ofreció a llevarme a casa en coche, sin tener ni idea de lo agradecida que estaba por la oferta. Fue hablando todo el camino, sin filtro, contándome que había sido un buen corredor en sus tiempos e incluso quedó décimo en la maratón de Boston y después de todos esos años todavía tenía el récord de maratón del norte de Nueva York, ¿te imaginas?, pero ahora estaba lesionado, la rodilla, el Aquiles, bueno, son cosas que pasan, de todas maneras estaba demasiado mayor para seguir corriendo, ya era bastante duro hacer su ruta de reparto, en realidad era el cartero de la avenida Comstock y por eso iba en coche al campo de golf en vez de ir corriendo, y llevaba veinticinco años casado y su mujer odiaba correr desde el mismo día de su boda, no entendía por qué a él le gustaba tanto, bueno, nosotros tampoco lo entendemos, ¿verdad? En todo caso, llevaba entrenando y ayudando a los chicos desde el año en que volvió de la II Guerra Mundial, se había roto la espalda saltando en paracaídas en Francia y el médico le había dicho que corriera para prevenir la artritis así que ya que estaba seguía ayudando con el equipo, el entrenador Grieve le necesitaba porque tampoco era precisamente un chaval, así que ese soy yo, soy como el encargado no oficial del equipo. Sonrió de oreja a oreja. Nos dimos la mano y le di las gracias.
—¡Nos vemos mañana! —me gritó cuando bajé del coche.
Iba a entrenar todos los días. A veces corría hasta el campo de golf, pero la mayoría de las veces Arnie me recogía en Huey Cottage cuando acababa su ruta de reparto de correo, íbamos a cambiarnos al estadio y de ahí al club de campo. Decidí intentar correr durante todo el tiempo que estuviera en el campo, pero era tan lenta que no es que no pudiera seguir el ritmo del chico más lento, es que lo perdía de vista y nunca sabía por dónde iba el recorrido. Pronto Arnie empezó a trotar un poco conmigo. Probablemente le daba pena, pero también pensaba que, incluso estando lesionado, podría seguirme el ritmo. Así que en seguida nos convertimos en habituales, el hombre mayor cojeando y tambaleándose y la mujer joven que corría con estilo, pero despacio.
Arnie charlaba como una cotorra todo el rato. Tenía un montón de historias que contar y yo no estaba acostumbrada a correr tanto, así que no tenía los pulmones preparados para correr y hablar a la vez. Iba resoplando como una locomotora y muy de vez en cuando jadeaba una respuesta monosilábica. Sorprendentemente, Arnie había perdido muy poca capacidad cardiovascular con los años, y se le veía en plena forma. Bueno, se le veía canoso y tirando a calvo, y tenía la cara llena de arrugas, pero seguía estando delgado y, como todos los corredores, tenía unas piernas fabulosas. Siempre llevaba unos pantalones cortos y una camiseta grises, y como también tenía el pelo gris y la tez ligeramente cenicienta, yo le llamaba «el Monocromático». Podía meterme con él, y a él le gustaba. Pero a decir verdad, si no fuera por sus problemas de rodilla, habría podido dar una paliza a los chicos del equipo, y yo le admiré un montón desde el primer momento. O sea, ¡tenía cincuenta años! Era todo un anciano.
Todos los días Arnie tenía una historia nueva sobre la maratón de Boston. La había corrido quince veces. Así que, aunque a veces me hablaba de aquel día de calor en Yonkers que arruinó a Buddy Edelen, o de sus triunfos en Around the Bay, la mayoría de las veces era otra historia de Boston. Como la de la vez que Arnie quedó décimo en medio del calor de 1952, o la del legendario Johnny Kelley el Viejo, que había corrido Boston docenas de veces, o la de Johnny Kelley el Joven, que no estaba emparentado con el anterior, pero que ganó en 1957, o la de Tarzan Brown, que se tiró a un lago en mitad de la carrera porque tenía calor. Gracias a la hierba blanda y al ritmo suave, Arnie se estaba recuperando de sus lesiones y dejó de dolerle al correr. Los días y los kilómetros pasaban volando, y enseguida Arnie había acabado de contar sus quince historias de Boston y empezaba otra vez desde el principio. Era como ver una película repetida cada dos semanas. Para el caso, era como si estuviera hablándome de Aquiles, Héctor, Áyax y Apolo, ya que los héroes de Arnie se habían convertido en dioses para mí, y Boston era el más sagrado de los campos olímpicos.
Tres meses más tarde, en diciembre de 1966, me senté en las gradas del estadio a esperar a que Tom, el asistente joven y atractivo, acabara de entrenar a los atletas. Me sentía bien; Arnie y yo habíamos corrido dieciséis kilómetros en la carretera, con la oscuridad y el frío. Correr entre los elementos siempre me hacía sentir purificada, y correr dieciséis kilómetros de una vez era un hito para mí. Ahora, Tom y yo teníamos una relación cordial. Me había explicado que mis zapatillas de lona eran de mala calidad; cuando quedó claro que yo no tenía ni idea del tema, se ofreció amablemente a llevarme a una tienda especial donde podía encargar deportivas buenas de Alemania. Hoy habíamos quedado para ir a comprarlas.
El resto del equipo de cross llevaba un mes entrenando en el interior. Corrían en una pista de tablones de unos ciento cincuenta metros que estaba en el estadio de Manley. Por supuesto, odiaba la pista. Me sentía como un hámster dando vueltas en su rueda; pero es que además el objetivo de la pista interior era ir rápido, no ir lejos, y eso no me interesaba. Cuando hice mis primeras sesiones de velocidad en el interior, la garganta me sabía a sangre y las piernas no me sostenían.
También odiaba estar dentro del estadio; en aquellos tiempos, la superficie de la pista era de tierra y estaba llena de polvo de los jugadores de lacrosse. Para mantener a raya el polvo, cada dos días un camión iba a rociar la tierra con gasolina. Así que ahora no solo te manchabas la ropa y la piel, sino que también se te ponían grasientas; el pelo te olía a motor y la nariz y los pulmones se te llenaban de partículas que seguro que eran peligrosas. ¡Y uno de mis motivos más importantes para correr era limpiar los pulmones con aire fresco todos los días! Había llegado a creer que una hora respirando fuerte al aire libre cura más padecimientos que casi cualquier otra cosa, y todavía lo creo. Así que Arnie y yo decidimos enfrentarnos al invierno y seguir corriendo en el exterior. «¡Nadie había corrido conmigo durante el invierno antes!», dijo Arnie, exultante. Fue una decisión más importante de lo que pensaba.
Tom estaba en su elemento cuando trabajaba con los lanzadores en vez de con los corredores de cross. Nunca me cansaba de verle enseñar cómo girar para impulsar mejor el disco o cómo utilizar las caderas para lanzar el peso más lejos. Era fascinante; Tom tenía la fluidez de un bailarín, y resultaba curioso verlo en un hombre tan grande y corpulento. Solo medía un metro setenta y nueve (cada centímetro contaba para él, por eso le gustaba que le llamasen Tom el Grande), pero pesaba más de 105 kilos. Tenía los cuádriceps, la espalda, los hombros y el cuello grandes, pero no se le resaltaban particularmente los músculos del brazo o los gemelos. Y sus pies eran diminutos, como un 39 o 40. Eran el mayor orgullo de Tom, ya que decía que le permitían girar más rápido y eso era una gran ventaja para poder llegar a ser un lanzador de martillo de categoría internacional. Y era verdad que cuando enseñaba a los lanzadores a moverse, sus pies giraban con él; nunca estaban en medio. Verle tirar el martillo era un espectáculo fantástico; hacía piruetas y sus pies se movían tan rápido que no podías verlos. Me fascinaba su habilidad en este deporte tan extraño; aunque yo no tenía ni idea, podía ver que lo suyo era auténtico talento. No podía tirar el martillo a menudo porque era demasiado peligroso. Casi nunca lo hacía en interiores a no ser que el estadio estuviera completamente vacío, y eso no solía ocurrir. Y hasta que el tiempo cambiara, no podía tirar fuera. Así que entrenaba con los lanzadores universitarios, hacía pesas y lanzaba pesos de 16 o 25 kilos, que podían tirarse con seguridad en el interior porque no llegaban muy lejos.
Su pecho y su barriga alternaban entre parecer más bien regordetes fuera de temporada o sólidos y firmes cuando estaba en forma, pero nunca estaba muy definido. Era el tipo de hombre que parece discretamente capaz, más que poderoso. De hecho, se parecía mucho a las fotos antiguas que había visto de mi abuelo y mi bisabuelo, hombres muy fuertes, cuadrados y con un centro de gravedad bajo. Era un tipo estable y, más que ser abiertamente sexy, hacía que las chicas se sintieran cómodas a su lado. Si hubiera tenido una personalidad más cálida o una cara amable, hubiera sido un osito de peluche. Pero rara vez mostraba ninguna de las dos, y era muy impaciente. Cuando entrenaba a los lanzadores, nunca decía «Vale, mejor». Siempre era «¡Vamos! ¡Las caderas! ¡Las caderas! ¡¡¡Las caderas, por el amor de Cristo!!!».
Y todas estas cualidades, en su conjunto, hacían que me sintiera locamente atraída por él. Tenía muchas de las cosas a las que yo estaba acostumbrada y que valoraba, como fuerza y habilidad, y también tenía características que eran totalmente nuevas para mí y que me intrigaban: a menudo se mostraba malhumorado y arrogante pero, sobre todo, era un deportista nato. Nunca había conocido a nadie que tuviera talento natural, solo a gente que trabajaba duro. Hiciera lo que hiciera, yo sabía que no tenía talento de verdad, no solo corriendo, sino también en cuanto a mi aspecto y mi inteligencia. Simplemente era mejor que la media, y por tanto no me sentía a la altura de Tom. Y por supuesto, de alguna manera retorcida, esto le hacía más atractivo, ya que por lo tanto él era de alguna manera superior. En serio, la lógica adolescente es absurda, aunque no estoy segura de que se pueda seguir usando la adolescencia como excusa a los diecinueve.
Así que aquel día, después de comprar las zapatillas, me sentí sorprendida y halagada cuando Tom el Grande me preguntó si quería cenar con él. Esa noche me pareció casi dulce, definitivamente menos distante, y muy interesante. Todavía me intimidaba un poco, porque era un deportista de los de verdad, tenía cuatro años más que yo y sabía más de deportes de lo que nunca había imaginado. Me contó sus planes de llegar a los Juegos Olímpicos; era su sueño, pero pensaba que la AAU, la autoridad reguladora del atletismo a nivel nacional, ponía demasiados límites. La AAU era la que organizaba las pruebas para escoger a los deportistas olímpicos y nuestra única representante en la Federación Internacional de Atletismo Amateur (IAAF), la autoridad reguladora del atletismo a nivel mundial. Y a su vez, la IAAF era nuestra única representante en el Comité Olímpico Internacional (COI). Por lo tanto, la AAU era todopoderosa, y sus normas prohibían a Tom ganar dinero con el deporte más allá de su puesto de entrenador adjunto en Siracusa. Me contó historias de terror sobre cómo la AAU había expulsado a deportistas por la más leve infracción y cómo tenías que seguir las reglas con muchísimo cuidado para evitar que te declarasen profesional y te prohibieran competir para siempre. Era realmente nefasto, ya que nadie tenía dinero para viajar a los campeonatos o comprar equipamiento decente o, lo peor de todo, tener tiempo para entrenar en condiciones. Me contó que su sueño era tener un par de años para poder dedicarse a entrenar y que sabía que, si lo conseguía, llegaría a los Olímpicos. Guau, estaba impresionada. En pocas semanas estábamos saliendo «en serio».
Una de las últimas tardes antes de Navidad, salí de la facultad de Newhouse a las cuatro y cinco, después de mi última clase del día. Estaba tan cansada que solo quería echarme una siesta antes de cenar. Era prácticamente de noche y estaba empezando a nevar; cada vez caía con más fuerza. Y ahí estaba Arnie, con el coche aparcado enfrente del edificio, en la zona de «Prohibido aparcar y estacionar», mirando ansiosamente desde la ventanilla con la esperanza de encontrarme entre la multitud de estudiantes antes de que la policía del campus le hiciera moverse de ahí.
Odié su insistencia. Incluso le odié a él. No habíamos quedado ese día; simplemente había aparecido, ya que sabía que era mi última clase del día y que no tenía escapatoria. Subí al coche. Yo estaba taciturna y él tan dicharachero como siempre.
—¿Tienes tus cosas? ¿Estás lista para entrenar? —Siempre estaba ahí, como un perro con un palo. Nunca me dejaba en paz. Me avergoncé inmediatamente de haber pensado eso, pero no iba a rendirme.
—No voy a correr hoy, estoy demasiado cansada —le respondí, cortante—. Y no tengo mis cosas, están en el dormitorio.
Arnie empezó a conducir en dirección a Huey.
—Joooooo —lloriqueó. ¡Como si fuera algo personal! Odiaba que Arnie lloriquease, y Arnie lloriqueaba todo el tiempo. Era él quien había decidido esperarme en el coche durante Dios sabe cuánto, no yo. —¿Qué tal diez kilómetros fáciles? Enseguida acabamos —sugirió.
Discutí con él hasta que me di cuenta de lo infantil que estaba siendo y del tiempo que estaba desperdiciando. Ya que estaba, podía ir a correr con él. Total, ya no iba a dormirme, la gente ya estaba saliendo para el comedor. Así que cogí mis cosas y fuimos al estadio a cambiarnos. Con toda mi procrastinación y mis quejas habíamos perdido casi una hora y estaba avergonzada y enfadada conmigo misma, ya que tiempo era precisamente lo que más necesitaba y lo habíamos perdido por mi culpa. Además, teníamos que darnos prisa, o el comedor cerraría antes de que acabáramos de correr. Tal y como estaban las cosas, solo me iba a quedar la última ración del guiso misterioso del día, la que se había pegado a la cazuela. Estaba más enfadada con Arnie que nunca.
Cuando salimos por la puerta de atrás del estadio de Manley y subimos por la calle Colvin ya había diez centímetros de nieve, e incluso con el tráfico de la hora punta, las huellas de los coches quedaban cubiertas casi al instante. Al principio avanzamos a trompicones en fila india, buscando nuestro sitio al lado de la carretera, intentando pillar ritmo entre los coches que pasaban silbando y dando luces. No podíamos ver el asfalto ni el bordillo, pero los conocíamos bien. La nieve nos venía por detrás, formando nubes, volando por encima de nuestras cabezas y cayendo ante nosotros como una vela enorme que ondulaba desde los postes de las farolas. Los coches avanzaban en medio de la tormenta y yo sabía que los conductores apenas podían ver a dónde iban, mucho menos vernos a nosotros. «Es una noche absurda para correr en cualquier caso, nos vamos a matar, ¡y no me importa!», recuerdo que pensé.
Una vez que pasamos el campo de golf, la carretera se convirtió en un camino rural. Como había poco tráfico, cambiamos a nuestro modo habitual de correr, uno al lado del otro, prácticamente al unísono. Podíamos ver a bastante distancia, así que teníamos tiempo de sobra para apartarnos de la carretera si se acercaba un coche. Me sentía más segura, pero todavía estaba muy irritable y tensa. La mejor parte de correr es cuando el enfado desaparece de repente, cuando se aleja discretamente por la corriente de recuerdos y ansiedades inconexos y empiezas a correr libre y relajada. Siempre pasa si dejas que ocurra, o si simplemente corres lo suficiente. Pero esa noche estaba de mal humor, y por alguna razón vengativa y autodestructiva, quería seguir de mal humor, así que iba corriendo y dando puñetazos al aire como un boxeador. Arnie se dio cuenta e intentó charlar conmigo, pero todo lo que conseguía sacarme eran monosílabos o gruñidos. En todo ese espacio blanco, amplio y abierto, yo me sentía como si me hubieran encerrado en la cárcel con este compañero de celda durante más tiempo del que podía soportar. Pero en vez de callarse y correr en silencio, Arnie hizo la cosa que más podía sacarme de quicio: empezar a contar otra historia más sobre uno de sus quince maratones de Boston. Era su manera de decir que era un asco de noche y que sabía que yo estaba cansada, pero mira, aquí estamos, vamos a intentar aprovechar.
Giramos la esquina de la parte más alta de la calle Peck Hill, justo después de la mitad del recorrido, y nos metimos en el corazón de la tormenta. La capa de nieve era profunda: ya se habían acumulado más de quince centímetros, y era resbaladiza. No tenía agarre, como pasa a veces con la nieve buena para correr. Y lo que era peor, la carretera había vuelto a estrecharse. No había un arcén propiamente dicho, y cuando venían coches teníamos que saltar a un lado, normalmente a una zanja. Los copos de nieve eran tan espesos y tan pesados que nos subían por la nariz y se nos quedaban atrapados en las pestañas. Toda la oscuridad parecía una pelusa de gasa, y las luces de los coches que nos venían de frente eran como manchas desdibujadas. Volvíamos a correr en fila india. Nos caíamos uno encima del otro al ir cuesta abajo y nos tropezábamos cuesta arriba. Se acercaron unos coches, pero Arnie estaba tan enfrascado en su historia de Boston que no se apartó. Yo sí. Era como si me hubiera despertado y no quisiera morir después de todo. Después tuve que derrapar para alcanzarle. Las deportivas nuevas aún no habían llegado y mis zapatillas de tenis de lona negra eran como hidroaviones. Los conductores que se encontraban con nosotros estaban desesperados. Bueno, no os culpo, pobrecillos, pensé. Cualquiera que haya salido hoy por la razón que sea es idiota, pero correr con este tiempo es demasiado idiota para ser verdad. Y ahí seguía Arnie, vociferando despreocupadamente, como si no estuviéramos en crisis.
—Oh, Arnie, ¡dejemos de hablar de la maratón de Boston y corrámosla de una vez! —grité por fin.
Arnie se sorprendió mucho. Se dio la vuelta y dijo con toda sinceridad:
—Oh, ¡las mujeres no pueden correr la maratón de Boston!
—¿Y por qué no? —pregunté.
—La maratón tiene cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco…
—Sé de sobra cuánto mide una maratón, Arnie. Así que, ¿por qué las mujeres no pueden correrla?
—Con las mujeres, se aplica la ley de los rendimientos decrecientes.
—¿Y eso qué porras significa? —En serio, Arnie era desesperante. A menudo usaba la teoría de la ósmosis o la ley de la termodinámica o cualquier otra «sagrada escritura» que se le ocurriera para explicar las cosas. Normalmente era bastante gracioso, ya que una cosa no tenía nada que ver con la otra, pero como decía, esa noche estaba de mal humor.
—Porque con la maratón, cuánto más corres, más difícil es —me estaba tratando como si fuera tonta.
—¿Y qué?
—Las mujeres no pueden hacer esas distancias. No pueden correr tanto —dijo. No lo dijo en plan apenado, condescendiente ni bravucón. Simplemente, era un hecho.
—¡Pero yo corro diez kilómetros contigo, o incluso dieciséis, todas las tardes! Todo este tiempo me has estado diciendo lo buena que soy, la capacidad que tengo. ¡¿Me estás diciendo que soy físicamente incapaz de correr una maratón?!
—Sí, eso es, porque de dieciséis kilómetros a cuarenta y dos hay mucho.
—Bueno, Arnie, pues te equivocas. Una mujer corrió la maratón de Boston en abril. Se llama Roberta Bingay, y es bastante buena, además. Hizo algo así como tres horas y veinte minutos.
Había llegado a la cima de la mala leche. Tenía la carta ganadora, pero no estaba preparada para la reacción. Arnie explotó. Me asusté un poco, porque nunca lo había visto enfadarse. Dejó de correr (algo que no hacía nunca) y gritó:
—¡Ninguna dama ha corrido jamás la maratón de Boston! ¡Esa chica se metió en el recorrido a la altura de Wellesley!
—La corrió, y lo sé porque lo vi en Sports Illustrated. —Puse énfasis en lo de Sports Illustrated. Si algo salía en esa revista, para mí era igual de cierto que si salía en la Enciclopedia Británica.
—Lo repetiré otra vez: ninguna mujer ha corrido una maratón jamás. —Nos quedamos en silencio durante un momento. La nieve nos inundaba por todas partes. Algunos coches no nos veían hasta el último momento, derrapaban y estaban a punto de atropellarnos. —Vale, vamos —dijo de mal humor.
—No voy a correr contigo hasta que creas que una mujer puede correr una maratón —dije bajito.
—Vamos, tenemos que movernos.
—Arnie, no. Tienes que admitir que las mujeres son físicamente capaces de hacerlo. A lo mejor no te crees la historia de Bingay, vale, pero alguna mujer tiene que poder. No puedo seguir corriendo contigo si no crees que las mujeres pueden hacerlo. Es importante.
Arnie respondió rápidamente y con soltura. Me sorprendí. Más tarde supuse que ya había pensado en ello antes, quizás durante meses.
—Si hay alguna mujer que pueda correr una maratón, creo que serías tú. Pero incluso tú tendrás que demostrármelo. Si me demuestras entrenando que puedes correr esa distancia, seré el primero en llevarte a la maratón de Boston.
—Vale —dije, sonriendo de oreja a oreja—. ¡De acuerdo!
Echamos a correr de vuelta a casa. Mi cansancio y mi mal humor se habían esfumado. Durante todo el camino de vuelta, Arnie se puso manos a la obra, explicando cómo íbamos a entrenar para la maratón. Solo teníamos tres meses, pero quizás fuera posible. Yo seguía sonriendo. «¡Diablos!», pensé. «Tengo un entrenador, un compañero, un plan y un objetivo: la mayor carrera del mundo. ¡Boston! ¡Boston!».
«¡VAS A ECHAR A ESA CHICA A PERDER, ARNIE!»
El sábado siguiente, justo antes de irme de la universidad para las vacaciones de Navidad, Arnie y yo hicimos la primera «tirada larga» del programa de entrenamiento de Boston: dieciocho kilómetros. Yo estaba eufórica: era la primera vez que corría más de dieciséis kilómetros y me parecía un salto enorme, como si hubiera subido de división o algo así. Es curioso esto de correr: a menudo, solo un par de kilómetros más te hacen sentir superimportante.
El plan para Boston era sencillo: seguir haciendo lo mismo entre semana (entre diez y dieciséis kilómetros) y hacer una «tirada larga» el sábado o el domingo. La idea era correr unos tres kilómetros más cada fin de semana. Tras volver de vacaciones nos quedarían unas doce semanas, así que incluso podíamos permitirnos saltarnos algunos días. En realidad, cuando miro atrás, veo que nunca me cuestioné el plan, el número de semanas o lo que teníamos que hacer, la posibilidad de lesionarme o encontrar contratiempos. Era un descubrimiento emocionante, y tenía a alguien para guiarme en el camino. Mi mayor preocupación era tener la regla el día de la maratón, pero supuse que si me tocaba podía seguir tomando la píldora unos días más para evitarlo. Lo cual me recordaba que tenía que sacar esas pastillas diminutas del blíster de aluminio y meterlas en un bote de aspirinas para que mi madre no las descubriera durante las vacaciones de Navidad. Había empezado a acostarme con Tom; me parecía atrevido y romántico, pero no iba a correr ningún riesgo, ni con mi madre ni con la madre naturaleza. Mi plan era contarles lo de Tom a mis padres poco a poco y de manera indirecta.
Pero lo primero que les solté no fue lo de mi nuevo romance, sino lo de los dieciocho kilómetros, que todavía me tenía de subidón. Cuando me recogieron en el aeropuerto en Washington, dije:
—¡Hola mamá, hola papá! ¡Me alegro de veros! ¿Sabéis qué? ¡Hace un par de días corrí dieciocho kilómetros!
—Vaya, eso es bastante distancia —dijo mi padre, tratando de maniobrar entre el tráfico.
Me di cuenta de que correr no estaba demasiado alto en su lista de prioridades, pero me pareció bien, porque en aquel momento decidí que lo de Boston iba a ser un secreto entre Arnie y yo. No quería anunciarlo sin estar segura de si iba a conseguirlo. Siempre había pensado que era vergonzoso y un poco caradura cuando alguien solo llevaba unas semanas con un proyecto importante y se ponía a decir cosas como «¡Estoy escribiendo un libro!», «¡Estoy haciendo un doctorado!» o, lo peor de todo, «¡Estoy embarazada!», porque todas esas cosas tienen muchas probabilidades de fracasar, y entonces te sientes todavía peor por tener que contarle a todo el mundo lo que ha pasado. Y luego no te acuerdas de toda la gente a la que le has contado tu gran noticia, así que meses después, cuando las heridas de tu fracaso apenas han empezado a curarse, alguien va y te dice: «Eh, ¿cuándo decías que te ibas a sacar el doctorado?». Así que, definitivamente, iba a ser discreta con mis planes de Boston.
A principios de enero, ya no perdía la paciencia con Arnie. Mientras corríamos a través de cañones abiertos en los bancos de nieve, escuchaba con un interés renovado las repeticiones infinitas de sus historias, sus errores y sus triunfos, y mi respeto y admiración por él aumentaron un montón. Sin embargo, no podía imaginarme corriendo una maratón rápido, como había hecho él, o con la intención de competir. Para mí, era impensable: nunca me había creído capaz de hacer nada más que acabar una maratón, así que esa era mi meta. No tenía más objetivos deportivos que correr cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, aparte de una vaga sensación de que quería seguir corriendo bien y con salud durante el resto de mi vida.
Nunca cronometrábamos nada; ni siquiera llevábamos reloj cuando corríamos. Arnie había medido circuitos de cinco, ocho, diez y dieciséis kilómetros con el coche, y entre semana corríamos diferentes combinaciones de ellos. Uno de los chicos del equipo de cross, John Leonard, cada vez se apuntaba más a nuestras salidas entre semana. Pero para Arnie y para mí, nuestra razón de vivir era la tirada larga del fin de semana; correr entre semana era solo mantenimiento. Yo esperaba las tiradas largas con una mezcla de emoción por la novedad y el corazón encogido. Durante toda la semana, la sensación de superarme a mí misma, embriagadora e inevitable, y la emoción de explorar territorios por descubrir se mezclaban con mis dudas: ¿sería capaz de correr la nueva distancia? ¿Y si dolía mucho? ¿Tenía lo que hacía falta? ¿Habría una barrera física que no pudiera traspasar? ¿Y si llegaba a ese punto, tendría las agallas para resistir mentalmente y sobrepasarla?
Siempre me respondía a mí misma diciendo que si era capaz de hacerlo y me sentía bien, no podía ser malo, y la única manera de descubrirlo era intentarlo. No tenía peor aspecto ni me sentía peor por correr; al contrario, cuanto más corría mejor me encontraba y, de hecho, mejor estaba en todos los sentidos. Para mí era lógico pensar que el esfuerzo progresivo te hace más fuerte, seas quien seas. Siempre había disfrutado de la dualidad de ser deportista y femenina, y ahora era más consciente y me sentía más segura que nunca de mi atractivo y mi sexualidad, que parecían ir de la mano con la fuerza y la potencia que me aportaban las tiradas largas.
Arnie tenía sus propias razones para hacer esto: le encantaba correr, y parecía que correr mucho y despacio curaba sus antiguas lesiones y las mantenía a raya. Después de tantos años, estaba encantado de volver a hacer deporte, tener compañía, sentirse útil y (aunque no hablábamos de ello) salir de casa y huir de las críticas de su mujer durante un rato. Pero al mismo tiempo, aunque yo no tenía ni idea, Arnie también tenía el corazón encogido: estábamos en un territorio inexplorado y él era el capitán. ¿Y si la tierra realmente era plana y me caía por el otro lado? ¿Quién sabía cuánto podía correr una mujer de manera segura? ¿Y si me causaba una lesión grave o me ponía enferma? No podría perdonárselo a sí mismo, y los demás tampoco se lo perdonarían. Los tíos de la oficina de correos ya estaban dándole la lata, diciendo cosas como: «Vas a echar a esa chica a perder, Arnie. Se le van a muscular las piernas y se convertirá en hombre», «qué chica tan guapa, Arnie, es una pena lo que le va a pasar» o «¿qué te crees que estás haciendo?». Arnie se sentía responsable pero ¿hacia quién o hacia qué? Él tampoco tenía respuestas.
Los rumores de que Arnie se tiraba kilómetros y kilómetros corriendo solo con una chica no tardaron en llegar a su mujer. Correr, la amante de toda la vida con la que no podía competir, de repente tenía una cara y un nombre. Ella odiaba que Arnie corriera y punto, solo, con otros hombres o con un equipo, y ahora, con una chica joven, era simplemente demasiado. No había manera de que ella (ni, para el caso, mucha otra gente) entendiera que nuestra relación era totalmente platónica, que el hecho de que yo fuera una chica era una mera casualidad: yo era su amiga, su discípula y su compañera de entrenamiento. Más tarde sospeché que ella le puso a parir, pero en ese momento no sabía nada. De hecho, no supe nada de todo aquello durante muchos años. Arnie era el tío más dócil del mundo (de hecho, pecaba de pusilánime), pero correr, y en especial correr conmigo, era sagrado para él. En última instancia, opinaba lo mismo que yo: mientras siguiera mejorando y me sintiera bien, tenía que estar bien.
La esposa de Arnie no era la única mujer que me odiaba; parecía que había toda una flota de ellas que intentaba echarnos de la carretera. Nunca tenían el valor suficiente para acercarse a nosotros o decirnos algo en persona; no, tenían que escudarse en la protección y el anonimato de sus coches. Todas las veces que Arnie y yo tuvimos que saltar para salvar nuestras vidas, fue por culpa de una mujer, no de un hombre. Normalmente las veníamos venir. El coche se acercaba a nosotros con un aspecto particularmente peligroso y amenazante y, justo cuando teníamos que saltar, veíamos de reojo una cara llena de odio tras el volante.
—¡Mierda! —gritaba—. Maldita sea, Arnie, ¿por qué siempre son mujeres?
—Ah, simplemente está celosa.
—Celosa, ¡y un cuerno! Podría habernos matado. ¿De qué demonios está celosa?
—No lo sé. Quizás porque tú estás corriendo y ella no.
—¡Solo tiene que ponerse unas zapatillas!
—Yo lo sé. Tú lo sabes. Pero ella no lo sabe.
Pasó más veces de las que nunca te imaginarías. Tanto, que me sentía furiosa y traicionada y empecé a temer que quizá aquellas conductoras representaban la opinión de la mayoría de las mujeres acerca de las chicas como yo, tan descaradamente fuertes y valientes. Simplemente no lo pillaban, y no me daban ninguna pena. Y de repente, ocurría lo contrario. De vez en cuando, una señora gorda gritaba desde su jardín: «¡Eh, cariño! ¡Sigue corriendo o acabarás como yo!». Otras se paraban, aplaudían y gritaban: «¡Bravo por ti!». Me ponían contenta y me devolvían la esperanza en las mujeres.
Me encantaba la tirada larga porque corríamos los sábados o los domingos, durante el día. Suena como una cosa muy simple, pero poder tener de vez en cuando un día lleno de sol y de bancos de nieve fundiéndose, después de semanas y semanas de oscuridad sin fin, era tan esperanzador que me inspiraba. ¡Todo era posible! ¡Podíamos correr para siempre! Sé que suena cursi, pero en esos días de sol me sentía tan llena de esperanzas y promesas que parecía que el corazón se me iba a salir del pecho.
De hecho, en cuanto empecé a correr distancias largas, descubrí que ya no me interesaba lo más mínimo la iglesia o la religión organizada. Me volví bastante crítica con las reglas y rituales religiosos, ya que de repente me resultaban artificiales. Cuando corría, sentía que estaba en contacto con Dios, o Dios conmigo, cada día. Así que la idea de encontrarme con Dios solo una vez a la semana y dentro de un edificio me parecía absurda, cuando podía sentir a Dios en todas partes durante kilómetros, en el campo y los paisajes salvajes. Sentía que era libre, que Dios me protegía y me daba su aprobación. El ritmo de correr y los latidos de mi corazón se conectaban con el entorno de una manera universal que nunca había sentido antes, y me sentía eufórica y pequeña a la vez ante esta dosis de mi nueva religión.
Estoy segura de que el subidón de endorfinas también contribuía; nunca lo había sentido tanto antes. Hace que la gente hable de manera espontánea sobre cualquier cosa, sin juicios. De hecho, la gente te cuenta sus secretos más profundos cuando corren. Así que, durante el entrenamiento, cuando yo me sentía cerca de Dios de esta forma tan expansiva, a Arnie le pasaba lo mismo a su manera, esto es, a la manera de un católico converso. Arnie siempre tenía que correr temprano los domingos para poder llegar a tiempo a misa. Esto me fastidiaba ya que, como le pasa a todos los universitarios, los fines de semana eran el único momento en que podía recuperar el sueño perdido. Arnie sabía que madrugar tanto me molestaba, así que a medida que me entrenaba para correr más kilómetros, también sintió el impulso de convertirme a lo que llamaba «la única fe verdadera». Creo que pensaba que si simpatizaba con la iglesia no me importaría levantarme temprano para correr, porque era como una especie de pasaporte al cielo, o al menos así lo explicaba él. Además, creo que estaba compinchado con Tom, que también era católico, y si no hubiera estado tan bien predispuesta por las endorfinas, habría sospechado que tenían una conspiración. En cualquier caso, este choque de religiones provocaba debates ardientes y a menudo hilarantes mientras corríamos, en los que Arnie empleaba todos sus recursos para convertirme a su fe, y los kilómetros pasaban zumbando.
Durante un tiempo, todo fue rodado. Veinte kilómetros, veintitrés, veintiséis. Era fantástico. Un sábado de marzo nos tocaba hacer veintinueve kilómetros. Yo me encontraba como siempre, pero en torno al kilómetro veintiuno, cuando estábamos en medio del campo, Arnie me preguntó:
—¿Por qué estás yendo más despacio?
—¿Estoy yendo más despacio? —respondí, muy sorprendida.
—Sí, ¿estás bien?
—Claro, estoy bien —dije.
Me encontraba perfectamente, así que intenté acelerar un poco. En nuestros entrenamientos nunca acelerábamos y nunca íbamos más despacio, sino que avanzábamos siempre al mismo ritmo lento y constante. Así que tratar de acelerar me resultaba difícil. Tras un kilómetro y medio o así, Arnie me dijo con brusquedad:
—¡Eh! ¿Por qué estás andando?
Me miré a las piernas.
—Hala, no me había dado cuenta.
Pero sí, estaba caminando. Estaba muy sorprendida y con mucho sueño. Empecé a trotar de nuevo y acabé andando. Arnie dijo:
—Vale, vamos a trotar hasta ese poste telefónico, después caminamos hasta el siguiente, volvemos a trotar hasta el siguiente, y así hasta que te encuentres mejor.
Empecé a trotar, mirándome las piernas. Iban arrastrando los pies, y luego echaron a andar. Me di una palmada en los muslos.
—¡Vamos! ¡A correr! —las reñí, como si estuvieran desobedeciéndome a propósito.
Me di cuenta, alarmada, de que estaba hablándole a mis piernas. Intenté andar rápido. Arnie iba corriendo alrededor en círculos, adelante, de vuelta, marcha atrás.
—Mira, Arnie. Tengo tanto sueño que no puedo moverme. Voy a sentarme un minuto y echar una siestecita. —Mi voz sonaba extraña, como si estuviera borracha—. Estaré bien con una siessshtecita.
Me senté en la hierba al lado de la carretera y me dormí al momento.
—¡Eh, no puedes hacer eso! —empezó a gritar Arnie—. ¡No puedes pararte sin más aquí en medio de la nada!
—Arnie, estaré bien en diez minutos, solo una siesta de diez minutos, vale… —y me quedé como un tronco.
Lo siguiente que recuerdo es que Arnie y otra persona me estaban subiendo a un coche. No me importaba nada excepto dormir, y solo sabía que estaba tumbada en la parte de atrás de un coche agradable y calentito y que Arnie no dejaba de disculparse una y otra vez con el conductor. Era muy tranquilizante, como el sonido de un ventilador eléctrico. Quienquiera que fuera nos llevó de vuelta hasta el estadio, donde Arnie había aparcado el coche. Cuando llegamos, me desperté y me encontré en plena forma, pero bastante avergonzada. Le di las gracias al conductor rápidamente; estaba un poco enfurruñada con Arnie.
—Ves, solo necesitaba una siestecita —dije.
A lo largo de los años, me he preguntado a menudo quién sería la persona que nos rescató y me he sentido muy agradecida.
La semana siguiente volvimos a hacer veintiséis kilómetros, y después volvimos a intentar los veintinueve sin contratiempos. Hicimos veintinueve tres fines de semana seguidos, el último en un recorrido más duro, con unas cuestas increíbles, solo para asegurarnos. Este último recorrido era campo a través, en los alrededores de Siracusa y Manlius, por caminos que nunca había visto, y pasaba por pueblos con nombres que parecían italianos, como Pompeya y Fabius. Eran sitios remotos y preciosos, en los que la nieve no había acabado de fundirse. En las zonas a la sombra había colgajos de nieve de tres o cuatro metros sobre la carretera, como la cresta de una ola blanca y sucia. No podía ni imaginarme cómo estaría esa carretera en enero.
Estábamos a finales de marzo, el sol aún era pálido y el paisaje lúgubre, todo marrones y negros, con la tierra embarrada a trozos como turba empapada. Íbamos en pantalón corto, aunque todavía hacía demasiado frío y seguíamos llevando sudaderas y guantes. Era como si la sudadera gris con «TRACK» estampado en azul en la parte delantera se hubiera convertido en parte de mi cuerpo. Nunca se mojaba o me pesaba, porque nunca sudaba, y Arnie tampoco. Hacía demasiado frío, íbamos demasiado despacio, y lo único que necesitaba lavar a diario era la camiseta que llevaba pegada a la piel.
Y como no sudábamos, no teníamos sed ni nos preocupábamos por la hidratación. Suena increíble hoy en día, pero en aquellos tiempos nadie hablaba de la importancia del agua, y si no tenías sed, ¿qué más daba? Finalmente, la última vez que hicimos veintinueve kilómetros, salió el sol y nos dio sed. Vi un arroyo en la parte inferior de un campo embarrado y dije que iba a echarle un vistazo. Arnie me dijo que me olvidara del tema, que el agua no era potable porque había caballos en el campo, pero yo ya había saltado la valla e iba resbalando entre el barro y los trozos de hierba recién salida, y cuando llegué al arroyo dije que era totalmente seguro, porque el agua se movía deprisa y había berros creciendo en ella. Era un manantial. Mi padre siempre decía que, si había berros, el agua era buena, porque no crecen si el agua está sucia. Arnie no estaba muy convencido, pero me vio beber con tantas ganas que se unió, mascullando que íbamos a coger el tétanos o el tifus o algo. El agua estaba tan helada que te dormía los labios, y estaba buenísima. Ni siquiera nos dolió la tripa, pero cuando le conté la historia a mi padre años después, pensando que estaría orgulloso de mí por recordar su sabiduría popular, me miró alarmado.
—Yo nunca dije eso de los berros —me contestó.
PARTE II: CARGA PROGRESIVA
Tras conseguir una buena base, los corredores de larga distancia empiezan a acumular kilómetros. Los buenos corredores hacen esto con cabeza: corren a diferentes ritmos para añadir calidad a la cantidad y hacer que cada kilómetro cuente. Los principiantes (que de hecho somos la mayoría) normalmente no tienen elección: solo tienen un ritmo, así que se limitan a añadir distancia y siguen yendo adelante poco a poco.
«¡PUEDES CORRER LA MARATÓN DE BOSTON!»
Después de la última tirada de veintinueve kilómetros, Arnie me dijo que la semana siguiente intentaríamos hacer los cuarenta y dos. No sé por qué decidió dar el salto a la distancia completa. Quizás porque solo quedaba un mes para Boston, o quizás porque pensaba que ya estaba lista. No me preocupaba; las decisiones eran cosa de Arnie. Pero admito que estaba emocionada. Muy, muy emocionada. Era mi gran momento, o mejor dicho, mi gran día, ya que calculamos que nos llevaría la mayor parte del día.
Quedamos por la mañana y aparcamos el coche en la Academia de Hermanos Cristianos de la calle Randall. El plan era correr una vuelta de veintiséis kilómetros por el campo y después añadir los dieciséis de Manlius. De esta manera, estaríamos más cerca de casa y no corríamos peligro de quedarnos atrapados en algún lugar remoto. Arnie nunca mencionó el incidente en el que tuvo que parar un coche para llevarme a casa, pero no queríamos arriesgarnos a que se repitiera. Tampoco queríamos correr por las monstruosas cuestas de Pompeya; nuestro recorrido ya tenía bastantes sin necesidad de hacernos los héroes. Como siempre, buscamos un recorrido con el menor tráfico posible, que tuviera cierto interés y que no pasara nunca al lado del coche o de nuestras casas. Cuando pasas por casa, la tentación de parar es demasiado grande, y obligarte a seguir corriendo cuando estás cansada te cansa más todavía. Esa es una de las razones por las que nunca se me dio bien correr en pista: mentalmente, las vueltas me mataban.
Los dieciséis de Manlius eran interesantes por las casas bonitas que nos encontrábamos. Yo fantaseaba con tener algún día una casa y un jardín así de bonitos; a veces, incluso me imaginaba cómo los decoraría. Además, en una de las más lujosas vivía la llama Larry. Un rico ligeramente excéntrico tenía una hermosa finca que nos pillaba de camino, con una colección de lo que yo llamaba «animalitos de granja». Uno de ellos era una llama irritable a la que Arnie llamaba Larry. Supongo que esto suena bastante soso como entretenimiento, pero créeme, cuando estás planeando un recorrido de cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, agradeces tener cualquier tipo de distracción agradable durante los últimos quince.
Cuando llevábamos unos diez kilómetros por el campo, un chucho negro de una granja que habíamos visto antes se acercó corriendo, ladrando y gruñéndonos. Como de costumbre, le plantamos cara y corrimos de espaldas hasta que salimos de su territorio. Pero en lugar de darse la vuelta, el perro empezó a menear el rabo y a seguirnos. Después de pararnos y gritar «¡a casa!» una docena de veces, nos rendimos. Y a partir de ese momento, Blackie fue nuestro acompañante. «Craso error, Blackie», pensé. Mi padre me había contado que los humanos pueden correr durante más tiempo que la mayoría de los animales, incluyendo los ciervos, así que pensé que tras un par de kilómetros Blackie se cansaría y se iría cojeando a casa. Pero los kilómetros pasaban y Blackie seguía ahí, con la lengua fuera, tan leal como si fuera nuestro. Diez kilómetros después empezó a quedarse atrás, cojeando, y después trataba de acelerar para pillarnos. «Pobrecito, sé cómo te sientes», mascullé. Finalmente, tras trece kilómetros, Blackie se quedó tumbado al lado de la carretera mirándonos marchar. Me dio pena: ¿y si se moría o algo? Pero Arnie me convenció de que no tenía que estar triste, de que los perros siempre encuentran el camino a casa. Lassie lo había hecho un montón de veces en la tele, y además, ¿qué íbamos a hacer si no, llevarle de vuelta en brazos?
Nunca había visto a Lassie en la tele, pero Blackie era una distracción tan buena como cualquiera: llevábamos veintiséis kilómetros, estábamos empezando los últimos dieciséis y no estábamos fatigados en absoluto. Pasábamos al lado de casas bonitas, los árboles que colgaban sobre nosotros tenían un pelín de verde, y Larry, la llama desaliñada color melocotón, se acercó al muro de piedra de la casa y nos miró con su cara de camello amargado. ¡Ja! Salvo por el hecho de tener cuatro patas, estaba exactamente igual de impávida que algunas de las personas que nos habíamos encontrado por el camino.
Y antes de lo que esperaba, subimos la cuesta de la calle Randall y vimos el coche azul de Arnie en el parking a lo lejos. Solo quedaban ochocientos metros, la recta final de aquellos cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Parecía que habíamos llegado rápido y que habíamos tardado todo el día a la vez. No estaba cansada en absoluto.
—Lo vas a conseguir —dijo Arnie—. No me lo puedo creer. ¡Lo vas a conseguir!
Me sentía extrañamente desconectada, casi desilusionada. Se suponía que era mi momento de la verdad, la victoria, la validación. Pensaba que llegar al aparcamiento aquella tarde gris sería como entrar en el estadio olímpico y en cambio me pareció tan… bueno, tan anticlimático.
—¡Tienes buena cara, te ves fuerte! —me estaba diciendo Arnie.
—Arnie, la verdad es que me encuentro bien. Así que igual no son cuarenta y dos kilómetros de verdad, igual son menos, ¿no?
Arnie se puso muy inquieto, casi furioso.
—¡Claro que son cuarenta y dos! Si acaso, son más: lo medí con el coche.
Por supuesto, en los años siguientes todos descubrimos que medir los recorridos de las carreras con el coche es muy impreciso. Durante mucho tiempo, cientos de corredores se quedaron sin récords oficiales ni marcas precisas por culpa de recorridos mal medidos. Eso hizo que el legendario ultramaratoniano Ted Corbitt y otros amantes de la exactitud crearan métodos de medición y certificación precisos.
—Bueno, vale, entonces ¿por qué no corremos otros ocho kilómetros, solo para asegurarnos? —dije—. Si corremos ocho kilómetros más, ¡sabré seguro que nada nos detendrá en Boston!
—¿Puedes correr ocho kilómetros más? —preguntó Arnie asombrado.
—¡Claro! ¡Me encuentro genial! ¿Y tú?
—Bueno, si tú puedes, yo también —no sonaba muy convencido, pero estaba dispuesto a apuntarse a la aventura.
Pasamos de largo el coche. Los dos nos quedamos mirándolo mucho rato. Doblamos la esquina y nos comprometimos con la carrera de nuevo. Por supuesto, en cuando pasamos el coche, nos entró la pereza a los dos. Siempre pasa cuando pasas por la casilla de salida. Se estaba haciendo tarde, se había puesto el sol, y el paisaje era muy solitario. Había gris por todas partes. ¿Cuándo iba a llegar de una vez la primavera? Ahora era yo la que intentaba estar animada y dar conversación, mientras que Arnie iba con el alma en los pies. Después de todo, la idea había sido mía. Después de unos cinco kilómetros, Arnie se puso raro. Estaba como enfadado, decía cosas sin sentido y mascullaba blasfemias. ¡Nunca había oído a Arnie blasfemar! Era católico y un mojigato sin remedio. Llevaba un rosario, nunca bebía y le daba vergüenza cuando alguien contaba un chiste verde. Para ser sinceros, muchas veces me preguntaba cómo había conseguido dejar embarazada a su mujer.
Me asusté cuando Arnie empezó a vagar sin rumbo y acabó en medio de la carretera. Le arrastré de vuelta al arcén.
—Eh, ¿estás bien? —le pregunté. Parecía sorprendido, como si le hubiera despertado o algo.
Un coche pasó a nuestro lado, dejándonos un montón de sitio. Arnie se enrabietó, cogió una piedra enorme del arcén y se la tiró al coche.
—¡Maldito bastardo! —gritó. —¡Valiente hijo de puta! ¡Mira que intentar echarme de la carretera! ¡Maldito bastardo, te voy a matar! —Estaba ahí plantado como un espantapájaros, con los pelos ralos y grises de punta y los ojos desencajados.
—¡Mierda! Arnie, vamos, no pasa nada. —Intenté sacarle de la carretera y se resistió. Tenía la mirada aterrorizada.
—Están. Intentando. Matarnos —susurró, como si no entendiera cómo podía ser tan estúpida como para no ver que mi vida corría peligro.
—Vamos, Arnie, un kilómetro más, uno más y ya llegamos.
Le tomé del brazo para guiarle. Estaba tan gris como su sudadera y tenía la mirada perdida. Aun así, corrió conmigo, cojeando, con las piernas de goma, los dos cogidos del brazo. Y ahí estaba el coche, a una manzana de distancia. Os juro que podía oír los vítores distantes de la multitud en el estadio olímpico.
—¡Vamos a conseguirlo de verdad, Arnie! —seguí murmurando, con el corazón saliéndoseme del pecho.
Y ahí estábamos, en su cacharro salpicado de barro con un Jesús de plástico en el salpicadero. Me tiré a abrazarle y darle palmaditas en la espalda.
—¡Lo hemos conseguido, lo hemos conseguido, nos vamos a Boston!
Arnie se desmayó en mis brazos.
Me tambaleé un poco bajo el peso muerto repentino, lo agarré con fuerza por los sobacos y lo bajé hasta dejarlo sentado en el arcén con la cabeza entre las rodillas. Traté de hacer un bailecito de celebración mientras cantaba «lo hemos conseguido, lo hemos conseguido», pero no podía levantar los pies. Estaba como borracha: no podía ni moverme ni dejar de sonreír. Nunca había sido tan feliz. Apoyarme en el guardabarros de aquel coche viejo era mi medalla de oro. Arnie levantó la cabeza, volvió a cerrar los ojos y dijo:
—Puedes correr la maratón de Boston.
Prácticamente todos los estudiantes que vivían en la avenida Comstock conocían a Arnie, porque era nuestro cartero. Y en un momento u otro, casi todo el mundo había recogido el correo para sus compañeros de dormitorio y charlado un rato con él. Le encantaba su trabajo, porque la gente se alegraba de verle. En ese sentido, la universidad se parecía mucho al ejército: todo el mundo estaba como loco por recibir cartas de sus seres queridos. Le saludaban con un «eh, Arnie, ¿qué tal?» y él les pasaba el correo por la puerta y les daba una respuesta graciosa, o les contaba qué tal estaba el tiempo.
El lunes, después de nuestra carrera (unos cincuenta kilómetros según mis cálculos), un par de chicos de mi clase de inglés me preguntaron qué pasaba con Arnie.
—Ni idea, ¿a qué os referís? —respondí.
—Bueno, hoy nos ha dejado el correo diciendo «las mujeres tienen un potencial oculto en resistencia y fortaleza», así sin venir a cuento.
Me limité a reírme como respuesta. Después, cuando pasé por mi dormitorio entre clases, escuché a un par de mis compañeras comentando que les había pasado lo mismo. Una de ellas dijo: «Me dijo: “Me ha llevado a la ruina corriendo”. ¿Qué significa eso?».
Me imaginé a Arnie haciendo como Arquímedes, saliendo de la bañera de un salto, abriendo las puertas de todas las casas de Comstock y gritando: «¡Eureka! ¡Las mujeres tienen un potencial oculto en resistencia y fortaleza!». Solo que no me parecía tan gracioso porque, ahora más que nunca, teníamos que mantener esto en secreto. Estaba convencida de que la manera más segura de fracasar era contarle a todo el mundo que iba a intentar correr la maratón de Boston. Si lo contaba, la gente se haría expectativas, e hiciera lo que hiciera, no sería suficiente. No quería tener esa presión, y Arnie lo sabía, pero no podía contenerse.
—Es que estoy tan orgulloso de ti que tengo que decirle a la gente lo buena que eres —dijo.
—Vale, pero se acabó. No se lo digas a nadie más, y no digas nada de lo de Boston.
Arnie aceptó.
Después de aquello, seguimos con el plan. El martes, en lugar de recogerme delante de Huey Cottage como de costumbre, Arnie vino y me sentó en un escritorio en el recibidor. De todas maneras no podíamos correr, porque todavía nos dolía todo. Apenas podía bajar las escaleras y tenía unas ampollas de sangre terribles debajo de cuatro uñas. Estaban hinchadas, moradas y negras, levantando las uñas, y me dolían un montón.
—Aquí tienes. Tienes que rellenar el formulario de inscripción para Boston —me dijo, poniéndome en la cara un papel que decía «Maratón Americana bajo el patrocinio de la Asociación Atlética de Boston».
Arnie tenía cerca de una docena de formularios, ya que, como era el presidente desde hacía años de Los Lebreles de Siracusa (mayormente extintos), estaba en la lista de correo de la maratón de Boston y todos los años recibía unos cuantos formularios para los miembros del club.
—Yo me ocupo del permiso de viaje, pero tienes que rellenar esto y pasarte por la enfermería de la universidad para que te hagan un certificado médico de que puedes correr. Y tienes que mandar tres dólares. En efectivo, ¿eh? No valen cheques.
—Vaya, Arnie, no sé. ¿Por qué tenemos que registrarnos? ¿No podemos ir y correr sin más?
—¡No puedes hacer eso! Esto es una carrera seria. No puedes ir y correr sin dorsal. Estás registrada en la AAU, tienes que seguir todas las reglas.
—Bueno, a eso me refiero. ¿Y si no soy bienvenida en Boston?
—¡Por supuesto que serás bienvenida! Has hecho la distancia entrenando, y eso es mucho más que la mayoría de esos zoquetes. Algunos de estos niños ricos de Harvard piensan que pueden ir y correr cuarenta y dos kilómetros, como si fuera una novatada. Se meten sin dorsal y tratan de seguir a los líderes de la carrera. ¡Idiotas! Esta es la carrera más importante del mundo después de los Juegos Olímpicos y te has entrenado para ella, así que tienes que hacerlo bien.
—Esa chica del año pasado, Roberta, no llevaba dorsal.
Arnie se puso muy serio.
—No tendría que haber hecho eso. Esto es una carrera seria. Tienes que registrarte y seguir las reglas. ¡No hay que molestar a la gente de Boston! La Asociación Atlética de Boston es estricta, y muy estirada también. ¡Y ya conoces a la AAU!
Solo con mencionar a la AAU me dio un escalofrío. Nunca sabías quién era el Joe McCarthy que iba a ponerte en la lista negra por algún insulto o alguna infracción de la que ni siquiera eras consciente. Arnie y Tom me habían hablado de grandes deportistas que se metieron en problemas, como el corredor de millas Wes Santee, al que habían engañado para que aceptara un premio que tenía un valor superior a los límites de la AAU y le habían expulsado. ¡Y eso que era un héroe americano! Así que tenías que hacer las cosas bien.
—Vale pero ¿y qué pasa si va en contra de las reglas que una mujer corra, o algo así? No quiero meter la pata; prefiero ir a Boston sin registrarme y pasar desapercibida.
—¡Ja! Sabía que me ibas a preguntar eso, así que he traído conmigo el reglamento de la AAU. Mira —me pasó un librito de bolsillo blanco, de unos trece por dieciocho centímetros. Después volvió a cogerlo y me enseñó una página—: Aquí está: «Reglamento del atletismo masculino». Y aquí «Reglamento del atletismo femenino». Y mira, la tercera sección se titula simplemente «La maratón». ¡No pone nada del sexo en ninguna parte! Y mira el formulario de inscripción: no pone nada de que tengas que ser hombre para correr.
Ojeé el libro, deteniéndome en las pruebas para mujeres, que ya conocía muy bien. La prueba de pista más larga eran 880 yardas (poco más de 800 metros), y el recorrido de la carrera de cross eran 2,4 kilómetros. En cambio, los hombres también tenían la milla (1609 metros), los 3000 metros con obstáculos, las tres millas (cerca de cinco kilómetros) y las seis millas (casi diez). Su carrera de cross eran 12 kilómetros. Por supuesto, la AAU nunca animaría a las mujeres a correr distancias más largas incluyéndolas en sus pruebas; además, se te podía caer el útero si lo hacías.
Pero técnicamente, Arnie estaba en lo cierto. En la sección independiente de la maratón, no ponía nada sobre género. Revisé el formulario de inscripción: también era neutro. Pero yo sabía que eso era porque nadie podía concebir que una chica quisiera correr la maratón. A las mujeres no les interesaba correr. Tenían miedo porque se creían los mitos que decían que correr distancias largas las convertiría en marimachos. De hecho, la única gente que corría maratones eran tíos bastante chiflados, como Arnie. Mi experiencia con los corredores era que cuanto más larga era la distancia en la que se especializaban, más raros eran. Y no solo raros, sino también más interesantes, extravagantes pero no creídos. Ninguna chica en su sano juicio se plantearía siquiera correr una maratón. Y junto con todos los viejos mitos, eso significaba que a los autores del reglamento y el formulario de inscripción no se les había ocurrido que una mujer quisiera participar. Ni en un millón de años.
—Voy a llamar la atención —suspiré, pensando en todo el alboroto que se había montado en Lynchburg cuando participé en la milla masculina llevando dorsal. La reacción del público me había sorprendido, pero se les había pasado enseguida. Y además, ¡no tenía ninguna duda de que podía correr una milla! Esto era una maratón. Cualquier cosa podía pasar en cuarenta y dos kilómetros. Todo lo que quería era correr y pasar desapercibida.
—Sí, vas a llamar la atención. Pero estás acostumbrada. Siempre eres la única chica, estemos donde estemos. —Arnie parecía orgulloso al decirlo.
Subí las escaleras, miré mi número de la AAU, cojeé de vuelta y rellené el formulario. En el apartado del nombre, escribí «K. V. Switzer» y firmé la exención de responsabilidad de la parte inferior del formulario de la misma manera. Siempre me sentía bien cuando firmaba como K. V. Switzer; me parecía fuerte y rápido.
—Tres dólares, por favor. —Le pasé los tres pavos—. Vale, ahora vete a la enfermería y que te hagan un certificado diciendo que eres apta para correr una maratón. No queremos perder el tiempo en la cola del médico del instituto de Hopkinton para que te ausculten. Además, habrá chicos desnudos correteando por todo el gimnasio y te daría vergüenza.
Así que Arnie volvió a la oficina de correos y yo me fui a la enfermería de la universidad. Me sentía lo bastante atrevida como para decir la verdad: que pensaba correr una carrera de cuarenta y dos kilómetros y que había hecho cincuenta entrenando, así que estaba segura de que estaba muy en forma y era capaz. El médico, un señor corpulento de unos sesenta años, se limitó a sonreír. Me dijo que recordaba la época de Clarence DeMar:
—Caramba, ¡me parece genial!
Me examinó el corazón y la presión sanguínea y luego me pidió que subiera y bajara las escaleras corriendo para auscultarme de nuevo.
—¡Estás como una rosa! —proclamó.
Me escribió un certificado con la información exacta que yo quería y usó mi nombre de paciente, Kathy Switzer.
—¡Buena suerte! —me gritó de la que me iba.
No te imaginas lo animada que me dejó esta experiencia. Quizás él también se alegró. Probablemente era la primera estudiante en semanas que no iba a su consulta llorando por una crisis nerviosa, un embarazo sorpresa o un misterioso caso de gonorrea. ¡Boston! ¡Me iba a Boston!
Le di el certificado a Arnie en el entreno del día siguiente. Íbamos a trotar ocho kilómetros a ritmo tranquilo. Normalmente esto era casi como un día de descanso, pero hoy íbamos a sufrir. Parecía que me habían pasado los cuádriceps por una picadora de carne. Tenía un dolor muy profundo en las caderas, justo donde la parte de arriba del fémur conecta con la fosa de la cadera. No me había hecho daño de verdad, pero estaba machacada. Pero lo peor, incluso peor que las ampollas espectaculares, eran mis uñas, que estaban tan hinchadas de sangre que no podía ponerme las deportivas. Tuve que recortar un triángulo de la parte delantera de mis preciosas zapatillas Adidas, que finalmente habían llegado desde Alemania. Me rompió el corazón. Era el calzado más caro que había tenido nunca, y el primero que había esperado con ansias. Y ahora tenía que mutilarlas para poder ponérmelas.
Cada vez estaba más convencida de que tenía que priorizar la funcionalidad, como si me fuera a la guerra o algo así. Estaba recortando y centrándome, quitando todo de mi vida salvo las necesidades más básicas, prescindiendo de la apariencia a cambio de la utilidad. Bueno, salvo en mi modelito para la carrera. No era una tarea fácil, porque la moda no se tenía en cuenta en el mundo del deporte, y si vas a correr una maratón, no solo quieres que tu ropa tenga buen aspecto, sino que funcione bien. Un trocito de encaje rasposo puede acabar contigo.
En los días más cálidos, probé muchos tipos diferentes de pantalones cortos en los entrenamientos. La mayoría de ellos me rozaban sin remedio, por una razón muy sencilla: estaban hechos para el cuerpo de un hombre. Las mujeres no corrían, así que los pantalones cortos no tenían en cuenta nuestras caderas redondeadas y muslos más carnosos. Por ejemplo, ese poquito de grasa dentro del muslo, en la parte de arriba, era especialmente vulnerable a las rozaduras. Si añadías el sudor salado a la piel rozada, era todo un desastre. Arnie tenía un botín de ropa deportiva en el maletero del coche, que había ido afanando a lo largo de los años de diferentes vestuarios. Y para mi sorpresa, ahí encontré unos pantalones cortos grises con las perneras un poco acampanadas que me iban bien. Ese año estaba de moda el bermellón. Tenía un top de punto bermellón que había usado para correr y que quedaba estupendo, así que teñí los pantalones para que fueran a juego. Me cargué el lavabo antiguo de porcelana de Huey y la gobernanta puso el grito en el cielo, pero nadie se chivó y aquel lavabo siguió siendo rosa hasta que tiraron Huey abajo, unos quince años después.
Iba a estar fabulosa (salvo por los agujeros en las zapatillas) y eso era importante para mí. Después de verme, nadie iba a decir que las deportistas parecían pordioseras. Estaba harta de ese estereotipo y sabía que, al mismo tiempo que corría la carrera, al menos podía poner de mi parte para derribar aquel mito. Arnie dijo que teníamos que llevarnos los chándales más viejos y hechos polvo a Boston. Los usaríamos para calentar y al principio de la carrera, y después los tiraríamos por el camino. «La gente de Boston nunca consigue devolverte el chándal en la línea de meta, así que es mejor llevarte algo que vayas a tirar de todas maneras», me dijo. Bien, pensé, aprovecharé para librarme de este trapo viejo, y cuando me lo quite, ¡voilà!: seré un espectáculo de color bermellón.
Nos encontramos con John Leonard en el entrenamiento. Hacía bastante poco que había decidido venirse a Boston con nosotros y correr la maratón. Me parecía una decisión alarmante, ya que había venido muchas veces a entrenar con nosotros entre semana pero no había hecho casi ninguna tirada larga. No podía imaginarme corriendo cuarenta y dos kilómetros «en público» sin haber hecho esa distancia antes, pero Arnie me aseguró (resoplando un poco) que la mayoría de la gente lo hacía así, y añadió a John al permiso de viaje.
Más tarde, cuando nos quedamos solos, le dije a Arnie que John me caía bien pero que no éramos los tres mosqueteros; si empezaba a venirse abajo y nos retrasaba, tendríamos que seguir sin él. Cada vez me sentía más como un soldado en el desembarco de Normandía: éramos compañeros, pero teníamos que tomar esa playa a toda costa.
—Si alguno de nosotros no puede acabar la carrera, Arnie, el otro tiene que seguir adelante.
Arnie dijo que sí pero, sorprendentemente, nunca planeamos lo que haríamos si eso ocurría. Años más tarde, sabiendo lo improbable que es que dos personas lleguen juntas a la línea de meta de una maratón (por no hablar de tres), me parece sencillamente increíble que no tuviéramos un plan de contingencia. Era tan ignorante que ni siquiera pensé en ello, así que eso significa que Arnie o bien no tenía intención de cumplir con su palabra, o era tan ingenuo como yo.
En cualquier caso, Arnie envió todos nuestros papeles juntos y nos inscribió como Los Lebreles de Siracusa. Yo no sabía lo que era un lebrel, y Arnie tampoco debía de tener ni idea, porque ni siquiera lo pronunciaba bien. Pero éramos un equipo: la suerte estaba echada y comenzaba la cuenta atrás. Quedaban tres semanas: dos de entrenamiento, con dos tiradas semilargas, y después otra en la que prácticamente no correríamos. Me parecía increíble que tuviéramos días libres, pero Arnie dijo que necesitábamos descansar durante esa semana: «Si no estamos listos para entonces, no hay nada más que podamos hacer, así que para el caso podemos aprovechar para dormir». Esto era toda una revelación: yo pensaba que teníamos que seguir entrenando intensamente hasta el día antes, y fue una buena lección en otros sentidos, como estudiar para los exámenes. Me sentí idiota: todos los libros sobre cómo estudiar decían eso, y yo nunca me lo había creído. Empecé a esperar con ilusión esa última semana, como quien espera a las vacaciones.
Acabamos los ocho kilómetros en el estadio. Ahora que iba llegando la primavera, estaba prácticamente vacío. Habían retirado la pista de tablones y los corredores estaban en la del estadio Archibald, al otro lado del campus. El entrenador Grieve estaba ahí con ellos, pero la tierra seguía estando demasiado blanda como para tirar objetos pesados una y otra vez, así que Tom seguía entrenando a los lanzadores en el estadio. Mientras esperaba a que Arnie se duchara, estiré y miré a Tom, que nunca dejaba de fascinarme. Ese día estaba entrenando con los lanzadores de jabalina, enseñándoles a dejar caer el brazo atrás y transmitir el impulso. Nunca se lo diría a Tom, que era lanzador de martillo, pero la jabalina era mi prueba de lanzamiento favorita: griega, olímpica, muy cercana a sus orígenes como lanza. Cada año leíamos sobre alguna pobre víctima que cruzaba un campo en alguna parte y acababa empalada, normalmente un organizador entregado a su labor que se había despistado un momento. «Para que veas lo rápido que vuelan las jabalinas», decíamos chascando la lengua.
Arnie estaba saliendo del vestuario cuando Tom se acercó a mí.
—Hola. ¿Nos vemos luego para una cerveza, sobre las ocho?
—Claro —dije.
Lo que significaba esa conversación abreviada es que los dos volveríamos a casa para comer algo, ya que no podíamos permitirnos cenar fuera. Pero a veces nos daba para una cerveza en el Orange, el bar de la universidad. Aunque era un sitio mugriento, nos valía como cita. Para Tom, era una manera de salvaguardar su orgullo herido por no poder permitirse nada mejor y una manera menos obvia de llevarme a dormir a su apartamento. Además, yo podía ponerme una falda y un suéter y sentirme femenina e incluso sexy, un gran alivio después de días y días llevando chándales unisex para entrenar y vaqueros para ir a clase.
Más tarde, en el bar, Tom tenía uno de sus días distantes. Quizá estaba preocupado por el dinero o los estudios. Todos nos preocupábamos por eso. Pero pensé que era muy raro que dos personas que tenían tanto en común y que llevaban cuatro meses acostándose a menudo tuvieran tan poco de lo que hablar. Sus estados de ánimo siempre eran un misterio para mí. A veces pensaba que sencillamente no era muy buen conversador, pero después me arrepentía de pensarlo, ya que tenía mucho talento en otros aspectos. Quizás simplemente se aburría conmigo. Tom siempre se portaba como si fuera tan guay que me hacía sentir que yo no lo era. Lo cierto es que cuando estás sentada con alguien que se queda callado y parece que te está juzgando, te sientes como una idiota parloteando sin parar, o como si estuvieras interrogándole. Sabía que no debería sentirme incómoda con alguien con quien me acostaba, pero me quité esa idea de la cabeza.
Finalmente, él rompió uno de los silencios.
—Entonces, ¿cómo vas con lo de trotar?
Ya estaba otra vez con aquel énfasis sarcástico, esta vez en la palabra «trotar», y aquella fue la gota que colmó el vaso. Por poco talento que tuviera, por lenta que fuera, yo corría, maldita sea, no trotaba.
—Lo de correr va genial —dije, con el doble de sarcasmo que él.
Me había visto hacer las tiradas largas los sábados y domingos. De hecho, a menudo me acercaba al coche de Arnie la mañana después de haber pasado la noche juntos. Solíamos bromear con el tema, imaginándonos el shock de Arnie si lo supiera. Tom no tenía ni idea de que nos íbamos a Boston, y yo sabía que debería decírselo, pero seguía posponiéndolo. No quería sentirme presionada por parte de nadie, pero ya solo quedaban tres semanas. Además, quería responder con una buena réplica. Le di un sorbo a mi cerveza, tratando de aparentar tranquilidad.
—De hecho, en un par de semanas Arnie y yo nos vamos a Boston a correr la maratón —dije sin darle importancia, como si nos fuéramos de compras.
Al principio, Tom se sorprendió. Después, se recuperó rápidamente, puso cara de condescendencia aburrida, y gimoteó:
—La maratón son cuarenta y dos kilómetros y ciento…
Le corté en seco.
—Sé qué distancia es, Tom, la he corrido. Arnie y yo corrimos una maratón el sábado pasado.
Me sentí genial. En lugar de quedarme helada de los nervios, estaba empapada en sudor. Era la primera vez que quedaba por encima de él, y él lo sabía. Se hizo un largo silencio. Sonreí.
—Vale, pues yo también me voy a Boston —respondió al fin.
—¿Qué quieres decir?
—Yo también voy a correr la maratón de Boston. En serio, si una chica cualquiera puede correr cuarenta y dos kilómetros, yo también.
Estaba más incrédula que ofendida, especialmente por las palabras «chica» y «cualquiera».
—Tom, eres un deportista con mucho talento. Estoy segura de que puedes hacerlo. Pero incluso tú tendrías que entrenar. Y cuarenta y dos kilómetros es mucho entrenamiento.
—Lo dicho: si una chica cualquiera puede hacerlo, yo también.
Lo intenté de nuevo:
—Tom, ten en cuenta la relación entre altura y peso. ¡La gente de 107 kilos no corre maratones! Es una estupidez pensarlo siquiera.
Eso le cabreó.
—Podría salir por esa puerta ahora mismo y correr cuarenta y dos kilómetros —dijo.
—Solo quedan tres semanas para Boston, Tom —sonaba derrotada, y lo sabía.
—Tiempo de sobra para prepararme —dijo, bebiéndose su cerveza de un trago.
Fuimos a su apartamento, porque yo era demasiado cobarde para decir que me volvía a mi dormitorio, y él era demasiado cabezota para decirme que no fuera a casa con él. Así que no dijimos nada y nos fuimos a su sofá cama como siempre, pero esa vez no hicimos el amor. Resoplando, él se dio media vuelta para darme la espalda, y yo me quedé mirando al techo la mayor parte de la noche. Me molestaba no haber podido ni dormir ni estudiar, y me arrepentía de haberle dicho a Tom lo de Boston. «Ves, tenías razón, no hay que contarle tus sueños a nadie porque los estropean. Tendría que haber esperado hasta que llegáramos y llamarle o algo, pero no puedes tratar así a alguien con quien te acuestas», pensé. Le di vueltas en la cabeza hasta que llegó la hora de levantarme y arrastrarme a clase.
Al día siguiente, Tom no estaba en el estadio cuando Arnie, John y yo salimos a correr, y seguía sin estar cuando volvimos. Cuando estaba yéndome para volver a mi dormitorio, hizo una entrada triunfal. Ya había caído la noche, y estaba colorado, sudando y con aire desafiante. Era evidente que había entrenado duro: podía oler el aire frío que le rodeaba, y es un olor que no se consigue con solo unos minutos corriendo.
—Quince kilómetros, suficiente —dijo.
—Guau, Tom, ¿acabas de correr quince kilómetros? —Me dejaba atónita pensar que podía salir sin más y correr esa distancia.
—Sí, así que puedo correr Boston, ¿ves?
No le dije nada, porque estaba más impresionada con sus capacidades que con el abismo que media entre quince kilómetros y cuarenta y dos. Y eso fue todo. Arnie y yo le contamos el plan: empezaríamos juntos, pero si alguien flaqueaba, los demás seguirían sin él. Dado que habíamos enviado nuestras solicitudes hacía tiempo, Tom mandó sus propios papeles. Pero como llegaba tarde, tendría que hacerse el examen médico en el gimnasio del instituto en Hopkinton. Eso me cabreó: era otro retraso y otra complicación antes de empezar. Primero John, y ahora Tom el Grande: no les habíamos invitado y no estaban bien entrenados. Había demasiados factores impredecibles.
«¡LÁRGATE DE Ml CARRERA Y DAME EL PUTO DORSAL!»
La «Carrera de Maratón Americana bajo el patrocinio de la Asociación Atlética de Boston» de 1967, más conocida como la maratón de Boston, tuvo lugar el miércoles 19 de abril, el Día del Patriota en Massachusetts. Unos años más tarde el Gobierno federal cambió los principales festivos al lunes, por lo que la maratón empezó a correrse el tercer lunes de abril. Me gustaba que la gente de Massachusetts tuviera una fiesta especial para homenajear a los jóvenes patriotas estadounidenses que en 1775 combatieron contra los británicos en las primeras batallas de la Revolución estadounidense, en Lexington y Concord. La maratón se incorporó a las festividades del Día del Patriota en 1897, el año después de que volvieran a celebrarse los Juegos Olímpicos en Atenas.
Varios jóvenes de la Asociación Atlética de Boston participaron en los Juegos de Atenas y volvieron fascinados con un evento nuevo y romántico llamado «maratón». Dado que la maratón de Grecia conmemoraba la carrera histórica de un mensajero, la maratón de la Asociación Atlética de Boston conmemoraría la histórica cabalgata a medianoche de Paul Revere. Durante mucho tiempo pensé que el recorrido de la maratón de Boston era el mismo que el de la cabalgata de Revere, pero Arnie me dijo que no. En cualquier caso, para mí la historia de la revolución era importante y me sentía orgullosa de ser parte de ella. Todos los niños de Estados Unidos conocen la historia del «disparo que se oyó en todo el mundo» y se saben parte del poema de Longfellow La cabalgata de Paul Revere. De niña había visitado los principales lugares históricos durante unas vacaciones en Nueva Inglaterra con mi familia. Y ahora había vuelto para participar en la carrera más antigua de Estados Unidos, la más grande y la más famosa. ¡Iba a formar parte de la historia!
Aun así, no se lo dije a nadie más hasta el día antes, y solo porque no me quedó otro remedio. Había decidido saltarme todas las clases del miércoles sin dar explicaciones, pero tenía que decírselo al Dr. Edmund Arnold, mi profesor de artes gráficas, porque teníamos examen ese día y tenía que pedirle que me lo cambiara. Como la sinceridad había funcionado muy bien con el médico de la enfermería, decidí decirle al señor Arnold la verdad, haciéndole prometer primero que guardaría el secreto. No quería que se corriera la voz por todo el campus y el señor Arnold era bastante hablador y entusiasta. Me apoyó incondicionalmente, cosa que me encantó. Dijo: «Vaya, ¡recuerdo los días del gran Clarence DeMar!». Madre mía, este DeMar debe haber sido todo un fenómeno, pensé.
El martes por la tarde, mientras hacía la maleta, decidí contárselo a mis compañeras de habitación, que de todas maneras se estaban preguntando a dónde iba. Como no sabía qué podía pasar (quiero decir, igual teníamos un accidente de coche o algo), pensé que alguien debería saber dónde estaba. A principios de octubre Jane, Kaye y Connell se habían reído un poco de mí por lo de correr y me llamaban «la Correcaminos», pero ahora más o menos me aceptaban como una excéntrica con buenas intenciones. Yo había resultado ser increíblemente independiente y más guay de lo que habían pensado, y como a todas ellas les horrorizaba seguir a la masa (a excepción, por supuesto, de los jerséis de cuello cisne, los vaqueros y los cigarrillos Winston), al final les caí bastante bien. Tuve que explicarles lo que era una maratón, intentando no darme importancia cuando les dije que quizá fuera la única mujer. Les supliqué que guardaran el secreto, ya que no quería líos a última hora. Se sentaron en la cama pensativas mientras fumaban, y luego dijeron: «Vale, guay», en plan, ¿a quién se lo íbamos a decir aunque quisiéramos?
Arnie nos recogió a John, a Tom y a mí, y nos pusimos en marcha sobre las tres de la tarde para hacer el viaje de cinco horas en coche a Boston. Fue un viaje genial, sobre todo porque Tom estaba de muy buen humor. Iba contando chistes y todos hacíamos el tonto. Me había dado cuenta de que cuando Tom estaba de mal humor todo el mundo a su alrededor se ponía en tensión, no solo yo, y cuando era agradable, era un alivio tan grande que todos nos poníamos contentos y juguetones. Me sentía lo bastante segura de mí misma como para preguntarle a Arnie quién era Clarence DeMar delante de Tom, y por un momento casi se aguó la fiesta. Antes de que Arnie tuviera tiempo de responder, Tom se llevó las manos a la cabeza sin dar crédito.
—¿Cómo puedes no saber quién era Clarence DeMar? Caray, si era el mejor. ¡Ganó la maratón de Boston siete veces!
Hasta John sabía quién era Clarence DeMar.
—Sí, pero fue hace un millón de años —dijo Arnie amablemente.
Arnie, como mucha otra gente, solo hablaba sin parar de los héroes de su propia generación. En cualquier caso, había que reconocer que Tom conocía prácticamente todos los deportes y todos los deportistas que los practicaban.
Ese era el ambiente en el coche, y era genial. Hicimos turnos para conducir y compartimos los gastos de la gasolina y la cena. Encontramos un motel con habitaciones libres en Natick, unos quince kilómetros al este de Hopkinton, donde empezaba la carrera. Me pareció increíblemente caballeroso que los tres chicos compartieran una habitación y me dejaran otra para mí sola y aun así dividiéramos el gasto en cuatro partes iguales. Después de cenar, Arnie se empeñó en enseñarnos el recorrido, aunque eran casi las diez de la noche. Hacía un frío que pelaba, llovía y estaba oscuro como boca de lobo. Los limpiaparabrisas del cacharro viejo de Arnie funcionaban mal y no veíamos absolutamente nada. Arnie estaba emocionadísimo al pasar por cada hito y decía cosas como: «¡Aquí está la Universidad de Wellesley! ¡Y aquí las cuestas de Wellesley!». Las ventanillas estaban completamente empañadas, no había nada que ver y parecía que el recorrido no se acababa nunca. Tenía la sensación de que mi fin era inminente. Ahí estábamos, conduciendo a sesenta y cinco kilómetros por hora, y aun así se nos estaba haciendo interminable. Al final todos dijimos que aquello no tenía sentido, que qué más daba si de todas maneras lo íbamos a correr y que mejor volviéramos y nos fuéramos a dormir. Arnie nos hizo caso a regañadientes y dio la vuelta para emprender el camino al motel. Me dio la impresión de que tardamos buena parte de la noche. Desde entonces, nunca más he hecho en coche el recorrido de una maratón el día antes de correrla. Es desmoralizador ver lo largos que son cuarenta y dos kilómetros.
La experiencia me metió el miedo en el cuerpo. Cuando llamé a mis padres ya era tarde, pero siempre estaban despiertos. Igual que con mis compañeras de habitación, tuve que explicarles primero lo que era una maratón y por qué estaba en Boston. Al final, dije: «Tengo miedo a no ser capaz de terminar. Para mí es importante terminar esta carrera». Mi padre tenía un instinto muy desarrollado para detectar mi ansiedad: nunca les decía que me sentía insegura si no era algo serio. Y estuvo completamente a la altura.
—¡A por ellos! ¡Tú puedes!
—Son cuarenta y dos kilómetros, papá.
—Oh, venga, puedes hacerlo. Eres dura, te has entrenado y lo vas a hacer genial.
Era exactamente lo que necesitaba oír. Mi padre sabía que no me tiraba a la piscina sin prepararme. Había visto mis progresos corriendo durante el instituto, y aunque esto de la maratón era una sorpresa, no tenía dudas. Yo sabía que él confiaba en mí y me sentó bien, pero después de colgar me puse un poco triste. Lo que no podía explicarle, lo que nadie sabe a menos que haya corrido una maratón, es que es una carrera impredecible. Puede pasar de todo. Podía pasarme de todo. Podía darme diarrea, o un idiota podía darme un golpe al abrir la puerta del coche. Arnie me había contado que eso le pasó a un tipo una vez. Al final, me cansé de preocuparme por las cosas que no podía controlar. Lo que más me preocupaba era ser valiente. ¿Tendría el valor de seguir corriendo si dolía de verdad, si era más duro de lo que estaba acostumbrada, si Heartbreak Hill me destruía? Sí, eso era: tenía miedo de no ser valiente si las cosas se ponían muy feas.
Así que decidí tener una pequeña conversación con Dios. Creía que le había demostrado un montón de respeto y aprecio mucho antes de la carrera, así que no era una súplica desesperada de último momento. Creía que era egoísta pedirle a Dios cosas como «haz que termine la carrera» o «haz que no duela». De todas maneras, si tú has hecho tu parte, no creo que Dios esté ahí arriba tomando ese tipo de decisiones. Pero creo de verdad que él (o ella) nos ayuda si le pedimos cosas para mejorar nuestro carácter, así que me pareció justo pedirle el valor para tomar la decisión correcta cuando las cosas se pusieran difíciles, porque iba a ser duro. La maratón siempre es dura. Me llevó un buen rato reducir mis miedos a esto, pero cuando supe de qué iba todo, dormí a pierna suelta.
También le di las gracias a Dios porque la maratón de Boston empieza a mediodía, ya que así pudimos dormir hasta las ocho y a las nueve estábamos desayunando. Arnie nos dijo que comiéramos bien. Necesitábamos un montón de energía, porque iba a ser un día largo y fuera hacía frío. Y no estaba bromeando: hacía muchísimo frío y diluviaba, con granizo y viento. Así que nos lo comimos todo: beicon, huevos, tortitas, zumo, café, leche, tostadas extra. Me emocionó ver a más gente en aquel restaurante de carretera que iba con chándales grises como nosotros.
Además de poder desayunar opíparamente, el hecho de que la salida fuera a mediodía también daba tiempo a ir al baño. Eso siempre era un problema cuando corríamos por la mañana temprano, antes del desayuno. El sistema funcionó mejor que nunca, así que taché «diarrea» de mi lista de preocupaciones. Ni la regla, ni diarrea: esas dos eran importantes. Curiosamente, el tiempo no me preocupaba: llevábamos meses entrenando en días como este. Pero era un poco molesto, porque quería verme atractiva y femenina en la salida, con mis pantalones cortos y mi top bermellón recién planchados. Ahora tendría que esperar hasta más tarde, cuando hubiera calentado y pudiera quitarme el chándal, como Arnie había predicho.
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