Kitabı oku: «Antología»

© by Editorial Kairós por:
Breve historia de todas las cosas; Ciencia y religión; Cuestiones cuánticas;
Después del Edén; Diario; El ojo del espíritu; El paradigma holográfico;
El proyecto Atman; Espectro de la conciencia; La conciencia sin fronteras;
Los tres ojos del conocimiento; Psicología integral; Un Dios sociable;
Una teoría de todo.
© by Editorial Gaia por:
Gracia y coraje; Sexo, ecología y espiritualidad.
© by Alamah por:
Una visión integral de la psicología.
© de la Introducción: David González Raga
Primera edición: Mayo 2001
Primera edición digital: Marzo 2011
ISBN-10: 84-7245-491-6
ISBN-13: 978-84-7245-491-0
ISBN-epub: 978-84-7245-952-6
Composición: Replika Press Pvt. Ltd. India
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SUMARIO
Introducción
El desarrollo humano
¿Quién soy yo?
La filosofía perenne
La Gran Cadena del Ser
El Kosmos
Los tres ojos del conocimiento
Holones
Jerarquías
Jerarquías de dominio y jerarquías de desarrollo
La falacia pre/trans
Locura y espiritualidad
Jung, arquetipos y espiritualidad
La visión romántica
El narcisismo de la Nueva Era
El mundo chato
El significado de la enfermedad
El sentido de la polémica
El proyecto de la conciencia humana
Limitaciones de la Gran Cadena del Ser
Los cuatro cuadrantes
El Gran Tres: «yo», «nosotros» y «ello»
Las visiones del mundo
Generalizaciones orientadoras
Un abordaje espectral
Dos dioses diferentes
El espectro de la conciencia
Correlación entre estructuras, fulcros, psicopatologias y tratamientos
Microgénesis
La forma del desarrollo
El desarrollo como disminución del egocentrismo
El proyecto Atman
La cultura como negación de la muerte
El tiempo y la muerte
Sobre el tiempo
Trascendencia y represión
El budismo y los estadios del desarrollo
Diferenciación versus disociación
Funciones del Yo
Interpretación de los sueños
El centauro
Lo existencial, antesala de lo transpersonal
La muerte de un alma grande
El momento de la muerte
Lo transpersonal
Misticismo y física
El espíritu en acción
Experiencia cumbre y rasgo permanente
Traslación versus transformación
El ejercicio del Testigo
¿Qué es la meditación?
Meditación y psicoterapia
Práctica tántrica
Sobre la ausencia de identidad del Yo
Lo atemporal
El problema de la interpretación de la experiencia espiritual
La sabiduría y la compasión
El Yo real
Lo no dual
La visión no dual
Las tradiciones no duales
La gran búsqueda
La constancia del sujeto
Usted ya es consciente
Un Solo Sabor
El arte contemplativo
El juego divino
La última prueba espiritual
Un billete para Atenas
Transformar al cartógrafo
La práctica transformadora integral
Sobre la práctica
Sobre el humor
Bibliografía
INTRODUCCIÓN
Quienes hayan superado ya la cincuentena recordarán el desierto social y cultural en que se encontraban quienes, a comienzos de los setenta, mostraban, en nuestro país, interés por las cuestiones espirituales. Pocos lugares había entonces, aparte del oasis que representaba Editorial Kairós, en donde los buscadores pudieran abrevar su sed.
No es de extrañar que, en semejante contexto, los interesados se vieran obligados, para fundamentar e integrar su práctica, a depender de la interpretación del Camino proporcionada por un determinado maestro o escuela, una situación que alentaba la dependencia y el sectarismo –que, dicho sea de paso, no suelen andar muy alejados de este tipo de procesos– y, en consecuencia, se mantuvieran desmesuradamente atados a un maestro, a un grupo o a una determinada enseñanza.
Hoy en día, sin embargo, las cosas son muy diferentes, porque los anaqueles de las librerías rebosan de libros de espiritualidad y la oferta de talleres, cursillos y retiros es tan nutrida que en ocasiones se habla –y no sin razón–, de supermercado espiritual.
Pero que las cosas sean diferentes no significa que los problemas hayan desparecido porque, en muchos casos, esa espiritualidad es más supuesta que real y la legitimidad de los maestros es más que cuestionable. ¿Alguien podría asegurar además que, en ausencia de un marco de referencia que sirva para seleccionar, interpretar y asimilar adecuadamente la información, el exceso sea mejor que su defecto?
La aparición de los primeros libros de Wilber supuso un hito muy importante, porque nos proporcionó un marco de referencia en el que encuadrar el largo camino del desarrollo psicológico y espiritual que lleva desde el bebé hasta el iluminado y consiste en aprender a querer nada –el camino que conduce desde una nada que lo quiere todo (y que, por ende, teme y se defiende de todo) hasta una nada que nada quiere (y que, en consecuencia, no tiene nada que temer ni nada de lo que defenderse),– el modelo espectral basado en la filosofía perenne.
Pocos autores hay cuyo pensamiento posea la amplitud y el calado suficiente como para haber merecido el homenaje de ver publicadas sus obras completas y menos aún los que, como Ken Wilber, lo hayan recibido en plena vida activa.
Y es que, desde el momento de su aparición en el horizonte transpersonal con El espectro de la conciencia hasta su reciente Boomeritis, cada uno de sus libros ha sido acogido con un entusiasmo dispar pero creciente que ha acabado consagrándole un lugar capital en el Olimpo de los estudios de la conciencia.
Pero si su conocimiento es enciclopédico, mucho más poderosa es todavía su capacidad de síntesis que le ha llevado a formular un modelo que engloba el mayor número de verdades posibles procedentes de fuentes tanto premodernas como modernas y postmodernas y esbozar un marco de referencia que tiende puentes y contribuye a integrar disciplinas tan dispares como la psicoterapia y la meditación, la ciencia y la religión y Oriente y Occidente, en suma.
Enumeraremos a continuación cronológicamente los distintos libros de Wilber (19 hasta el momento en inglés, 18 de los cuales se han visto publicados en castellano), precedidos del año de su publicación en inglés y de una descripción sumaria de su contenido para que el lector de Antología que recién se acerque a su obra disponga de una guía para orientarse.
También incluimos, entre paréntesis, el año de publicación de la traducción castellana, el número de ediciones realizadas y, en unos pocos casos –a modo de ejemplo ilustrativo de la magnitud del interés que despierta su obra en el público, no sólo de nuestro país, sino de todo el orbe de habla hispana–, el número de ejemplares vendidos hasta la fecha de la traducción castellana que, exceptuando Gracia y coraje y Sexo, ecología, espiritualidad (Gaia Ediciones de Madrid) y Una visión integral de la psicología (Alamah, de ciudad de México), se ha visto enteramente publicada por Editorial Kairós.
Asimismo indicamos la correspondencia existente entre la obra de Ken Wilber y las distintas fases de su pensamiento.
1977. El espectro de la conciencia (1990, 2a edición). La búsqueda de un hilo conductor que le permitiera entender las disparidades existentes entre disciplinas tan diversas como el hinduismo, el budismo, la terapia gestalt o el psicoanálisis le llevó a esbozar en este libro su modelo espectral de la conciencia, señalar que ésta, al igual que la luz, se despliega como un espectro y poner de manifiesto que las aparentes discordancias se desvanecen apenas comprendemos que apuntan a franjas o bandas diferentes del espectro de la conciencia.
1979. La conciencia sin fronteras. Aproximaciones de Oriente y Occidente al desarrollo personal (1985, 12a edición, 26.000 ejemplares). Resumen divulgativo de El espectro de la conciencia y guía comprehensiva de las distintas terapias (tanto orientales como occidentales) diseñadas para recomponer las fracturas de nuestra identidad.
1980. El proyecto Atman. Una visión transpersonal del desarrollo humano (1988, 3a edición, 7000 ejemplares). Partiendo de un análisis exhaustivo, Wilber sintetiza, en este libro, en un marco coherente, los descubrimientos realizados por los enfoques psicológicos occidentales y las disciplinas orientales. Se trata del primer intento sistemático de esbozar el abanico completo de los distintos estadios por los que atraviesa el proceso de desarrollo psicológico y espiritual completo del ser humano, desde el momento del nacimiento hasta la iluminación.
1981. Después del Edén. Una visión transpersonal del desarrollo humano (1995, 2a edición). Excelente estudio que combina la antropología, la sociología, la psicología y la historia para señalar los distintos estadios por los que ha atravesado el proceso de evolución de la humanidad, a los que Wilber denomina arcaico, mágico, mítico y racional, apuntando también la posibilidad de alcanzar las dimensiones transpersonales.
1922. El paradigma holográfico. Una exploración en las fronteras de la ciencia (1987, 5a edición). Libro que recoge las ideas de prominentes científicos y pensadores (como David Bohm, Fritjof Capra, Marilyn Ferguson, Karl Pribram y otros) acerca del paradigma holográfico y su viabilidad para el diálogo entre ciencia y religión.
1982. Un Dios sociable. Introducción a la sociología trascendental (1988, 2a edición). Presentación de una psicología y una sociología de la religión en donde esboza la evolución de la religión y propone una metodología para determinar la autenticidad y la legitimidad de cualquier movimiento religioso.
1983. Los tres ojos del conocimiento. La búsqueda de un nuevo paradigma (1991, 4a edición, 7500 ejemplares). Recopilación de diversos ensayos en los que examina tres esferas diferentes del conocimiento, el reino empírico (ojo de la carne), el reino racional (ojo de la mente) y el reino contemplativo (ojo del espíritu), señalando las herramientas propias de cada uno de ellos. Incluye también un ensayo en el que realiza su primera incursión en el mundo del arte y la literatura.
1984. Cuestiones cuánticas (1987, 7a edición). Selección de textos místicos escritos por grandes físicos teóricos de nuestro tiempo, como Heisenberg, Schroedinger, Einstein, de Broglie, Jeans, Plank, Pauli y Eddington, en donde Wilber nos advierte en contra de la errónea tendencia a vincular el destino de la mística al de los nuevos paradigmas científicos.
1986. Psicología integral (1994, 3a edición). Traducción castellana de “El espectro del desarrollo”, “El espectro de la psico-patología” y “Modalidades de tratamiento”, los tres ensayos de Wilber incluidos en Transformations of Consciousness, en los que nos brinda un marco de referencia para comprender los diferentes estadios del proceso de desarrollo, las posibles patologías que pueden presentarse en cada uno de ellos y las terapias más adecuadas para afrontarlas.
¿Quién nos iba a decir, cuando nos decidimos a editar la traducción castellana de parte de Transformations of consciousness con el título de Psicología integral que, al cabo de unos pocos años, Wilber iba a escribir un libro con ese mismo título? Es precisamente por ese motivo que, seis años más tarde, nos vimos obligados a rebautizar la traducción castellana de Integral psychology como Una visión integral de la psicología.
1987. Spiritual Choices. The problem of recognizing authentic paths to inner transformation (No publicado en castellano). Estudio de los movimientos religiosos dirigido a aquellos buscadores interesados en diferenciar con claridad los movimientos espirituales legítimos de la simple tiranía espiritual. Incluye artículos y comentarios de Frances Vaughan, John Welwood, Claudio Naranjo, Jacob Needleman, Werner Erhard y Ram Dass. La contribución de Wilber a este libro se limita a una nueva versión de su ensayo “Legitimidad, autenticidad y autoridad de los nuevos movimientos religiosos”, incluido en Los tres ojos del conocimiento.
1991. Gracia y coraje. En la vida y en la muerte de Treya Killam Wilber (1995, 2a edición). Conmovedor relato en el que Wilber entremezcla sus propias reflexiones con el diario de su esposa Treya en los cinco años de la atribulada historia de amor que concluyó con la muerte de ésta.
1995. Sexo, ecología, espiritualidad. El alma de la evolución (2 vols. 1996 y 1997, 2a edición). Primer volumen de su proyectada Kosmos trilogy que se verá completada con un par de libros tentativamente titulados Sex, god, and gender y The spirit of post/modernity (a los que el lector interesado puede acceder en inglés en la página web wilber.shambhala.com). Consciente de las limitaciones de su modelo, exclusivamente restringido a la evolución individual, Wilber emprende en este libro –verdadera opus magna de más de 750 páginas, 230 de ellas de notas finales– la ardua tarea de esbozar los correlatos sociales, culturales y conductuales del proceso evolutivo que conduce desde la materia hasta la vida, la mente, el alma y el espíritu, en un intento por determinar las pautas comunes que subyacen a todos esos dominios.
1996. Breve historia de todas las cosas (1997, 4a edición, 6300 ejemplares). Resumen divulgativo, escrito a modo de diálogo, de Sexo, ecología, espiritualidad y que constituye una excelente introducción a su obra más madura.
1997. El ojo del Espíritu. Una visión integral para un mundo que está enloqueciendo poco a poco (1998, 2a edición). Libro en el que Wilber recurre al modelo espectral para tratar de unificar campos tan dispares como la psicología, la espiritualidad, la antropología, los estudios culturales, el arte, la literatura, la ecología y el feminismo y ofrecer así una visión integral de los mundos antiguo, moderno y postmoderno. También incluye una revisión de su obra y las respuestas dadas, en diversas publicaciones, a sus críticos.
1998. Ciencia y religión. El matrimonio entre el alma y los sentidos (1998, 2a edición). Intento de reconciliación entre el mundo subjetivo de la sabiduría tradicional y el mundo objetivo del conocimiento científico, que presta una atención especial al fracaso de los anteriores intentos románticos, idealistas y postmodernos realizados en este mismo sentido.
1999. Diario (2000, 2a edición). Amplia recopilación de escritos presentados a modo de diario que abarcan desde reflexiones cotidianas hasta experiencias meditativas, correspondencia con maestros espirituales, entrevistas y cuestiones diversas relacionadas con la psicología y la espiritualidad.
2000. Una visión integral de la psicología (2000, 2a reimpresión de la 1a edición, que se corresponde con lo que en España, un tanto ambiguamente, suele denominarse 3a edición). Lúcida presentación de su versión definitiva del proceso del desarrollo psicológico, acompañado de una tabla que ilustra la correspondencia existente entre su modelo y más de un centenar de otros modelos que abarcan un par de decenas de líneas diferentes del desarrollo (como la afectiva, la cognitiva, la moral, la interpersonal, la espiritual, etcétera).
2000. Una teoría de Todo. Una visión integral de la ciencia, la política, la empresa y la espiritualidad (2001, 2a edición, 2300 ejemplares). Aplicación de su modelo integral (potenciado con una versión de la Spiral Dynamics de Beck y Cowan) a campos tan diversos como la política, la empresa, la educación, la medicina y la vida cotidiana.
2002. Boomeritis. Un camino hacia la liberación (2004, 1a edición). Primera novela de Wilber en donde narra las peripecias de un joven e inocente estudiante de informática para encontrar sentido en un mundo fragmentado y chato como el actual, centrando especialmente su atención en la necesidad de superar la enfermedad del egocentrismo que afecta fundamentalmente a la llamada generación del baby-boom.
Durante todo este tiempo, el mapa de Wilber sobre el proceso de desarrollo ha experimentado una serie de transformaciones que, finalmente, le han llevado a señalar varias fases diferentes en el desarrollo de su obra que podríamos representar gráficamente –de un modo ciertamente un tanto lato– como una versión cíclica (“Wilber-1”), una versión lineal (unifacética en “Wilber-2” y multifacética en “Wilber-3”) y otra versión más espiralada y orgánica (“Wilber-4”)… y, según algunos, estamos asistiendo ya a la emergencia de “Wilber-5”.
El espectro de la conciencia y La conciencia sin fronteras reflejan claramente la primera fase de su obra, según la cual, el proceso de desarrollo sigue una especie de círculo en el que, de algún modo, se trata de “volver al origen” para recuperar la supuesta unidad original perdida, de ahí que se conozca como fase “romántica” (“Wilber-1”).
El proyecto Atman y Después del Edén representan “Wilber-2”, la fase “evolutiva” o lineal de su obra en la que, basándose en el descubrimiento de la llamada “falacia pre/trans”, subraya la necesidad de no confundir, pese a su aparente similitud, los estadios “pre” con los estadios “trans”.
En Psicología integral, Wilber refina su modelo “evolutivo” y esboza “Wilber-3”, una versión mejorada de “Wilber-2” en la que abre el abanico de un desarrollo anteriormente homogéneo y distingue la presencia de una amplia diversidad de líneas evolutivas desplegándose a través de los diferentes niveles del modelo espectral.
Sexo, ecología, espiritualidad inaugura “Wilber-4”, un modelo integral omninivel, omnicuadrante. omnilínea, omnitipo (es decir, un modelo que tiene en cuenta todos los cuadrantes, todos los niveles, todas las líneas, todos los tipos, etcétera, de ahí que también se lo conozca como modelo OCON, acrónimo de omni-cuadrante-omninivel [en inglés AQAL]).
Hay que señalar también, por último, que algunos comentaristas han empezado a referirse al material que, en el futuro, compondrá el volumen 2 de la trilogía (sin publicar todavía, pero colgado ya provisionalmente, como hemos señalado, en el sitio web de Shambhala), como exponente de una nueva fase “postmetafísica” (“Wilber-5”)… aunque éste, sin embargo, es un particular sobre el que el mismo Wilber todavía no se ha pronunciado.
Obviamente, las críticas recibidas han aumentado en proporción directa a la magnitud y difusión que iba alcanzando su obra. Tímidas al comienzo y procedentes casi exclusivamente de ámbitos afines al suyo como la psicología humanista, por ejemplo, han acabado generalizándose y arreciando con el correr del tiempo, hasta proceder de todos los frentes… aunque resulte curioso señalar que las más intensas de todas ellas tal vez provengan hoy en día del campo que, en sus inicios, le consideraba como un niño prodigio, la psicología transpersonal.
Algunas de estas críticas, como la de que la suya es una visión lineal y progresiva o de que no presta suficiente atención a la “vía directa”, se resolverían con una lectura más detenida o completa de sus libros. Son tantas las versiones que ha ido asumiendo su obra que, en ocasiones, la nueva vuelta de tuerca resuelve los problemas suscitados por alguna versión anterior. Otras críticas, no obstante, tal vez tengan más que ver con el modo en que nosotros, sus seguidores, asumimos sus propuestas.
Pero no es éste, obviamente, el lugar más adecuado para insistir en este particular y, sea como fuere, hasta los más acérrimos de sus críticos consideran imprescindible su lectura.
La sacudida intelectual que provoca su lucidez sólo tiene parangón con la conmoción emocional suscitada por la sinceridad y transparencia puestas de relieve en sus obras más autobiográficas –como Gracia y coraje y, en menor medida, Diario–, en las que se perfila la presencia de un ser auténticamente humano.
En último lugar –pero no, por ello, menos importante– no quisiera dejar pasar esta oportunidad sin señalar también que Wilber no sólo es un teórico, sino también un practicante espiritual y hasta un místico que, en más de una ocasión, ha señalado que su obra sólo aspira a llevar al lector hasta un punto en que se halle en condiciones de dejar a un lado la lectura y emprender la práctica de una disciplina espiritual.
Quienes hemos crecido al ritmo que nos ha marcado la publicación de sus libros hemos tenido la ocasión de ir asimilando gradualmente los distintos mapas que nos ha brindado, pero me temo que quien hoy en día se acerque a su obra pueda verse desbordado por algo que dista mucho ya de ser un simple mapa y se asemeja más bien a una escuela de cartografía. Es por ello que me parece imprescindible insistir nuevamente en este punto: el objetivo último al que apunta toda su obra es el de invitar al lector a sentarse a meditar… y usar los mapas ciertamente para orientarse e interpretar adecuadamente la experiencia.
Que nadie se llame, pues, a engaño porque, a partir de cierto punto, no existe –por más bien cartografiada que esté la secuencia de estadios del desarrollo– evolución mecánica de la conciencia y cualquier avance requiere esfuerzo, inteligencia, perseverancia y trascender incluso el mismo mapa que estemos usando. Y es que todos tenemos la necesidad de recorrer un largo camino psicológico y espiritual para salvar el corto trecho que nos separa de nosotros mismos y, en la misma medida, de los demás.
Por otra parte, la pericia técnica de Wilber palidece ante su inusual capacidad para describir lo indescriptible y sus escritos poéticos y místicos –desperdigados aquí y acullá por toda su obra– constituyen, en mi opinión, el más preciado de los tesoros. Y es que Wilber es un auténtico maestro cuando presta su voz al servicio del trasfondo que alienta toda su obra y nos susurra quedamente al oído los compases eternos de esa “música callada” capaz de despertar los acordes más profundos de nuestro ser.
En este último sentido, Antología presta una atención muy especial al material poético y místico e incluye muchos de los textos de la recopilación que acaba de ver la luz en inglés bajo el título The simple feeling of being: Visionary, spiritual, and poetic writings (Shambhala, 2004).
El lector no debería buscar ninguna estructura básica en esta recopilación ni en el sumario que aquí presentamos, porque esta selección de pasajes, extraídos de sus diferentes libros, no aspira a ofrecer una visión completa de la obra de Wilber; tal cosa queda fuera de nuestra intención y del ámbito de un libro de estas características.
Lo único que pretendemos es desplegar el amplio abanico de algunos de los temas más representativos de la obra de Wilber a los lectores que lo desconozcan, con la intención de transmitirles la esencia de su pensamiento y ofrecerles también las referencias necesarias (título y página de la traducción castellana de la cita en cuestión) que pueden ayudar a quienes estén interesados a seguir sondeando por su cuenta.
También quisiera decir que esta recopilación no es el fruto de una simple tarea de seleccionar, copiar y pegar, porque todo el material se ha visto sometido a una extensa revisión para actualizar y unificar el lenguaje y el estilo. Asimismo debo señalar que, en la Introducción de esta segunda edición, ligeramente más amplia que la de la primera, se añade también un listado de toda la bibliografía de Wilber hasta el momento presente.
Le invitamos, pues, a comenzar a leer por donde más le plazca y a dejarse llevar por el vaivén de las olas de la lectura casual.
Esperemos que ésta resulte tan inspiradora como lo ha sido para nosotros y el lector se decida a bucear en estas aguas… y aclarar, de paso, en el camino, las turbulencias que obstaculicen el acceso a las dimensiones más profundas de su conciencia.
DAVID GONZÁLEZ RAGA
Valencia, septiembre de 2004
EL DESARROLLO HUMANO
«La Humanidad –dice Plotino– se halla a mitad de camino entre los dioses y las bestias.» Pues bien, mi interés es precisamente el de rastrear la prehistoria y la historia que han conducido al ser humano hasta tan delicada situación. Comenzaremos nuestra investigación en el momento en que el ser humano –o las primeras criaturas humanoides– apareció sobre la faz de la tierra, hace ya varios millones de años, en una época legendaria conocida como lejano Edén o paraíso prehistórico y, a partir de ahí, proseguiremos a lo largo de la historia hasta llegar al momento presente con la intención de entrever el futuro y tratar de esbozar nuestra posible evolución. Porque si bien el hombre y la mujer descienden de las bestias, es muy probable que acaben siendo dioses. A fin de cuentas, la distancia que existe entre el hombre y los dioses no es mucho mayor que la que hay entre el hombre y las bestias. Ya hemos dado el primer salto, y no hay razón alguna para suponer que no podamos terminar dando el segundo. Como bien sabían Aurobindo y Teilhard de Chardin, el futuro de la humanidad es la conciencia de Dios, y nuestra intención, por tanto, es la de echar un vistazo a ese posible futuro en el contexto de la historia humana.
Pero si bien el hombre y la mujer proceden de las bestias y se hallan en el camino hacia su divinidad, son, entretanto, figuras más bien trágicas. Ubicados a mitad de camino entre esos dos extremos se encuentran expuestos al más violento de los conflictos: han dejado de ser bestias, pero todavía no han llegado a ser dioses o, peor aún, son mitad bestias y mitad dioses. Ésta es la esencia de la humanidad. Dicho de otro modo, la humanidad es una figura esencialmente trágica ante la cual se despliega un espléndido futuro… en el caso de que consiga superar la crisis de crecimiento. Por esta razón, he abordado la historia del desarrollo y evolución de la humanidad desde una perspectiva más bien trágica. Hablamos demasiado de nuestro origen simiesco y creemos que cada nuevo paso evolutivo constituye un gran salto hacia adelante, el cual nos abre al desarrollo de nuevas potencialidades, nuevas aptitudes y nuevas capacidades. Y, de algún modo, esto es cierto. Pero también es igualmente cierto que cada nuevo paso evolutivo hacia adelante conlleva nuevas responsabilidades, nuevos terrores, nuevas ansiedades y nuevos sentimientos de culpa. Los animales son mortales pero lo ignoran y no lo comprenden; los dioses, por su parte, son inmortales y lo saben; pero el pobre ser humano, por encima de las bestias pero lejos todavía de ser un dios, es una desafortunada combinación: es mortal y lo sabe. De este modo, cuanto más evoluciona más consciente se torna de sí mismo y de su mundo, más se desarrolla su conciencia y su inteligencia y se da más cuenta de su destino, de su mortal destino. Éste es, en suma, el precio que hay que pagar por cada paso hacia adelante en el proceso de expansión de la conciencia.
Cada nuevo paso en este proceso de expansión cuesta un precio. Ésta es, en mi opinión, la única perspectiva válida para situar a la historia evolutiva de la humanidad en su justo contexto. La mayoría de los relatos existentes sobre la evolución del ser humano confunden alguno de los términos de esta ecuación. En ocasiones, se subraya excesivamente el crecimiento y se contempla la historia de la humanidad como el mero resultado de un desarrollo continuado en la misma dirección, ignorando que la evolución no constituye la simple sumatoria de una serie de avances tranquilos y afortunados, sino un doloroso proceso de crecimiento. En otros casos, ante el sufrimiento y el dolor que aflige a la humanidad, suele asumirse precisamente la actitud contraria, la de contemplar con nostalgia el pasado, aquel inocente paraíso perdido anterior a la autoconciencia en el que el ser humano dormitaba junto a las bestias en bendita ignorancia. Desde este punto de vista, cada nuevo paso evolutivo de la humanidad constituye una especie de crimen, y la guerra, el hambre, la explotación, la esclavitud, la opresión, la culpa y la pobreza son considerados como los frutos de la civilización, de la cultura y de la creciente “evolución” del ser humano. Desde esta perspectiva, el hombre primitivo, en su totalidad, no padecía este tipo de problemas y, si el hombre civilizado y moderno es un producto de la evolución, que Dios nos libre de tal progreso.
Pero, en lo esencial, ambos puntos de vista son correctos. Cada paso hacia adelante en el proceso evolutivo constituyó un avance, un crecimiento por el que el ser humano tuvo que pagar un elevado precio; cada nuevo paso conllevó nuevas responsabilidades que la humanidad no siempre pudo asumir y cuyas trágicas consecuencias trataremos de describir.
Después del Edén, 9-11
¿QUIÉN SOY YO?
Cuando alguien nos pregunta: «¿quién eres?» y procedemos a darle una respuesta más o menos razonable, sincera y detallada, ¿qué es lo que en realidad hacemos? ¿Qué sucede en nuestra mente mientras lo hacemos? En cierto sentido, estamos describiendo nuestro ser, como hemos llegado a conocerlo, incluyendo en nuestra descripción la mayoría de los hechos importantes, buenos y malos, dignos e indignos, científicos y poéticos, filosóficos y religiosos, que tenemos por fundamentales en lo que se refiere a nuestra identidad…
Sin embargo, hay un proceso aún más básico que subyace en todo el procedimiento para establecer una identidad. Cuando uno responde a la pregunta «¿Quién soy?», sucede algo muy simple. Cuando describe o explica quién «es», incluso cuando se limita a percibirlo interiormente, lo que en realidad está haciendo, a sabiendas o no, es trazar una línea o límite mental que atraviesa en su totalidad el campo de la experiencia, y a todo lo que queda dentro de ese límite, lo percibe como «yo mismo», o lo llama así, mientras siente que todo lo que está fuera del límite queda excluido del «yo mismo». En otras palabras, nuestra identidad depende totalmente del lugar por donde tracemos la línea limítrofe…
De modo que al decir «yo» trazamos una demarcación entre lo que somos y lo que no somos. Cuando uno responde a la pregunta «¿Quién eres?», se limita a describir lo que hay en la parte acotada por esa línea. Lo que solemos llamar crisis de identidad se produce cuando uno no puede decidir cómo ni dónde trazar la línea. En otras palabras, preguntar «¿Quién eres?» significa preguntar «¿Dónde trazas la frontera?».
La conciencia sin fronteras, 14-16
LA FILOSOFÍA PERENNE
La filosofía perenne es la visión del mundo compartida por los principales maestros espirituales, filósofos, pensadores y hasta científicos del mundo entero. Se la denomina «perenne» o «universal» porque se halla implícita en todas las culturas y en todas las épocas y lo mismo la encontramos en la India, México, China, Japón y Mesopotamia, que en Egipto, Tibet, Alemania o Grecia.
Y lo más curioso es que, dondequiera que la hallemos, siempre presenta los mismos rasgos distintivos fundamentales, ya que es un acuerdo universal en lo esencial, algo que, para el ser humano contemporáneo –casi incapaz de ponerse de acuerdo en nada–, resulta ciertamente difícil de creer. Como bien resumió Alan Watts: «Apenas somos conscientes de la extraordinaria singularidad de nuestra postura y nos resulta muy difícil de admitir la existencia de un consenso filosófico único de amplitud universal, sostenido por muchos hombres y mujeres que, tanto hoy como hace seis mil años, comparten las mismas experiencias y han enseñado esencialmente la misma doctrina, desde Nuevo México en el Lejano Oeste hasta Japón en el Lejano Oriente».
Se trata de algo realmente muy notable, y considero que estas verdades de la naturaleza universal constituyen el legado de la experiencia universal del conjunto de la humanidad que, en todo tiempo y lugar, coinciden en las mismas verdades profundas con respecto a la condición humana y al modo de acceder a lo Divino…
¿Cuáles son esas verdades profundas?, ¿cuáles los acuerdos fundamentales?
Veamos las siete que considero más importantes:
Uno: el Espíritu existe.
Dos: el Espíritu está dentro de nosotros.
Tres: a pesar de ello, la mayoría de los seres humanos vivimos tan inmersos en un mundo de pecado, separación y dualidad –en un estado, en suma, de caída ilusorio– que no nos percatamos de ese Espíritu interno.
Cuatro: existe un camino para salir de este estado de caída, de pecado o de ilusión, un Camino que conduce a la liberación.
Cinco: si seguimos ese Camino hasta el final, llegaremos a un Renacimiento, a una experiencia directa del Espíritu interno, a una Liberación Suprema.
Seis: esa experiencia pone fin a nuestro estado de sufrimiento.
Y siete: el final del sufrimiento desemboca en la acción social amorosa y compasiva hacia todos los seres sensibles.
Gracia y coraje, 95-98
LA GRAN CADENA DEL SER
Una de las nociones fundamentales de la filosofía perenne es la de la Gran Cadena del Ser. La idea, en sí misma, es bastante sencilla. Desde el punto de vista de la filosofía perenne, la realidad no es unidimensional, no es una substancia chata y uniforme que se extienda de un modo monótono ante nuestros ojos sino que, por el contrario, se halla estructurada en dimensiones diferentes pero continuas. La realidad manifiesta, dicho de otro modo, está compuesta de niveles o grados diferentes, desde los más bajos, densos e inconscientes hasta los más elevados, sutiles y conscientes. En uno de los extremos de este continuo del ser –o espectro de conciencia–, se halla lo que Occidente denomina «la materia», lo insensible o lo inconsciente y, en el otro, «el Espíritu», «la Divinidad» o lo «Supraconsciente» (el Fundamento que impregna la totalidad del proceso). Entre esos dos extremos, se extienden las otras dimensiones del ser, dispuestas en distintos grados de realidad (Platón), actualización (Aristóteles), inclusividad (Hegel), conocimiento (Aurobindo), claridad (Leibniz), totalidad (Plotino) o sabiduría (Garab Dorje).
Algunas de las descripciones de la Gran Cadena nos hablan de tres grandes niveles (materia, mente y Espíritu); otras, de cinco (materia, cuerpo, mente, alma y Espíritu); otras nos brindan clasificaciones más exhaustivas, y otras, por último –como ocurre con ciertos sistemas yóguicos, por ejemplo–, se refieren literalmente a decenas de dimensiones discretas pero continuas. Por el momento, sin embargo, bastará con una disposición jerárquica simple que abarque la materia, el cuerpo, la mente, el alma y el Espíritu.
La afirmación fundamental de la filosofía perenne es que los hombres y las mujeres pueden crecer y desarrollarse (o evolucionar) a través de toda la jerarquía hasta llegar al Espíritu, donde tiene lugar la realización de la «identidad suprema» con la Divinidad, el ens perfectissimus a la que aspira todo crecimiento y evolución.
Pero lo primero que debemos advertir es que la Gran Cadena constituye, en realidad, una «jerarquía», un término que, lamentablemente, parece haber caído últimamente en desgracia.
Pero como lo utiliza la filosofía perenne –en realidad, como lo utiliza la psicología moderna, las teorías evolutivas y la teoría de sistemas–, una jerarquía no es más que una disposición escalonada de órdenes o eventos que poseen una capacidad holística diferente. En toda secuencia evolutiva, la totalidad de un determinado nivel se convierte en una mera parte de la totalidad correspondiente al siguiente nivel. Una letra, por ejemplo, forma parte de una palabra que, a su vez, forma parte de una frase que, a su vez, forma parte de un párrafo, etcétera. Arthur Koestler acuñó el término holón para referirse a lo que, siendo totalidad de un determinado estadio, constituye una parte de otro estadio superior. En la frase «la corteza de un árbol», por ejemplo, la palabra «corteza» constituye una totalidad con respecto a las letras que la componen pero una parte, al mismo tiempo, de la totalidad frase. Y la totalidad (o el contexto) puede determinar el significado y la función de una parte (el significado de la palabra «corteza», por ejemplo, no es el mismo en la frase «la corteza de un árbol» que en la frase «la corteza cerebral»). La totalidad, dicho en otras palabras, es superior a la suma de sus partes y puede influir hasta el punto de llegar, en ocasiones, a determinar las funciones de sus partes.
La jerarquía, pues, es simplemente una disposición holónica de diferentes grados de totalidad y de capacidad integradora. Éste es el motivo por el cual la jerarquía constituye un elemento tan importante en las teorías sistémicas, en las teorías de la totalidad y, en suma, en cualquier tipo de holismo. Y también es absolutamente fundamental para la filosofía perenne. Cada escalón superior de la Gran Cadena del Ser supone así un aumento en la unidad y una identidad más amplia (en un amplio abanico que se extiende desde la identidad aislada del cuerpo hasta la identidad social y colectiva de la mente y, finalmente, la identidad suprema del Espíritu [la identidad literal con toda manifestación]). Ése es el motivo por el cual la gran jerarquía del ser se representa, a veces, mediante una serie de círculos o esferas concéntricas (o de «nidos dentro de nidos»).
Digamos también, finalmente, que toda jerarquía es asimétrica, porque el proceso discurre en una sola dirección (en la dirección de una -arquía «superior»). Por ejemplo, tenemos letras, luego palabras, después frases y, por último, párrafos, pero no viceversa. Y es precisamente ese no viceversa el que evidencia la irreversibilidad de la jerarquía, un ordenamiento escalonado, un orden asimétrico de totalidad creciente.
El ojo del Espíritu, 55-56
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Como ya he dicho antes, las grandes tradiciones de sabiduría del mundo son, esencialmente, versiones diferentes de la filosofía perenne, de la Gran Holoarquía del Ser. En su maravilloso libro La verdad olvidada, Huston Smith resume en una sola frase las grandes religiones del mundo: «una jerarquía de ser y sabiduría». En Shambhala. La senda sagrada del Guerrero, Chögyam Trungpa Rinpoché dice que la idea esencial que impregna todas las filosofías de Oriente –desde la India hasta Tibet y China, la idea que subyace detrás del sintoísmo y el taoísmo–, es «una jerarquía de tierra, ser humano y cielo», que equipara también a «cuerpo, mente y Espíritu». Y, según Ananda Coomaraswamy, las grandes religiones del mundo, sin excepción alguna, «representan, en sus diferentes grados, una jerarquía de tipos o niveles de conciencia que van desde el animal a la deidad, niveles distintos desde los que puede operar el mismo individuo en diferentes ocasiones».
Y esto nos lleva a la paradoja más patente de la filosofía perenne. Ya hemos visto que las tradiciones de sabiduría suscriben la noción de que la realidad se manifiesta en niveles o dimensiones y que cada dimensión superior es más inclusiva y, en consecuencia, está más «próxima» a la Divinidad, es decir, al Espíritu. En este sentido, el Espíritu es la cúspide, el peldaño superior de la escalera de la evolución, pero también –y al mismo tiempo– la substancia de la que está hecha la escalera y cada uno de sus peldaños. El Espíritu es la «talidad», la «esidad», la esencia de todas y cada una de las cosas que existen.
El primer aspecto –el aspecto peldaño superior– constituye la naturaleza trascendente del Espíritu, que trasciende, con mucho, a toda cosa o criatura «mundana» o finita. Aunque la Tierra (o incluso el universo) se desvaneciese, el Espíritu, no obstante, permanecería. El segundo aspecto –el aspecto substancial– se refiere a la naturaleza inmanente del Espíritu, que se halla igual y plenamente presente, sin parcialidad alguna, en todas las cosas y todos los eventos, desde la naturaleza hasta la cultura y desde los cielos hasta la Tierra. Desde esta perspectiva, ningún fenómeno, sea el que fuere, se halla más cerca del Espíritu que otro, porque todos están igualmente «compuestos» de Espíritu. Así pues, el Espíritu es, al mismo tiempo, la meta superior de todo desarrollo y evolución y el fundamento de todo el proceso y se halla plenamente presente tanto al comienzo como al final de toda la secuencia o, dicho de otro modo, el Espíritu es anterior a este mundo pero no es ajeno a él.
El fracaso al tener en cuenta ambos aspectos del Espíritu ha abocado históricamente a visiones muy fragmentarias (y políticamente peligrosas). Porque las religiones patriarcales han tendido a subrayar en exceso la naturaleza trascendente del Espíritu y a condenar, de ese modo, a la Tierra, la naturaleza, el cuerpo y la mujer a un estado inferior. Con anterioridad a eso, sin embargo, las religiones matriarcales tendieron a enfatizar exageradamente la naturaleza inmanente del Espíritu, dando así origen a una visión panteísta del mundo que equiparaba a la Tierra (creada y finita) con el Espíritu (infinito y no creado). Y, si bien usted es libre de identificarse con una Tierra limitada y finita, no lo es para concluir que se trata de lo Infinito y lo Ilimitado.
Por este motivo, las visiones unilaterales del Espíritu –tanto las sustentadas por las religiones patriarcales como por las religiones matriarcales– han abocado a desastres históricos semejantes, desde el brutal sacrificio humano a gran escala para propiciar la fertilidad de la Diosa Tierra hasta la guerra santa en nombre del Dios Padre. Pero, en el mismo núcleo de estas distorsiones, la filosofía perenne (el núcleo esotérico común a todas las grandes religiones) ha evitado siempre caer en la dualidad –Cielo o Tierra, masculino o femenino, infinito o finito, ascético o exuberante– y se ha centrado, en su lugar, en su unión o integración («adualismo»). Esta unión entre el Cielo y la Tierra, entre lo masculino y lo femenino, entre lo infinito y lo finito, entre el ascenso y el descenso y entre la sabiduría y la compasión, en suma, resulta evidente en las enseñanzas «tántricas» de las diversas tradiciones de sabiduría (desde el neoplatonismo occidental hasta el budismo Vajrayana oriental). Y es precisamente a ese núcleo no dual de las tradiciones de sabiduría al que se aplica el término «filosofía perenne».
El hecho es que, si queremos pensar en el Espíritu en términos mentales (lo cual, ineludiblemente, comporta ciertos problemas), no deberíamos olvidar esta paradoja (trascendente/inmanente). Porque la paradoja es la forma en que lo no dual se manifiesta en el nivel mental. El Espíritu, en sí mismo, no es paradójico; estrictamente hablando, no es caracterizable en modo alguno.
Y esto resulta aplicable de manera doble a la jerarquía (holoarquía). Ya hemos señalado que, cuando el Espíritu trascendente se manifiesta, lo hace en estadios o niveles (la Gran Holoarquía del Ser) y con ello no queremos afirmar que el Espíritu –o la Realidad–, en sí misma, sea jerárquica sino que la Realidad, el Espíritu Absoluto, no es jerárquico, es sunyata, es nirguna, es apofática, es, en fin, incalificable en términos mentales (holones inferiores). Pero la Realidad se manifiesta en estadios, estratos, dimensiones, fundas, niveles o grados –elija el término que prefiera– diferentes… y eso es precisamente la holoarquía. En el Vedanta, se trata de las koshas (las fundas o capas que recubren a Brahman); en el budismo son los ocho vijnanas, los ocho niveles de conciencia (cada uno de los cuales constituye un estadio inferior –y, en consecuencia, más limitado– de la dimensión superior); en la Cábala se trata de los sefirots, etcétera.
Éstos son los niveles del mundo manifiesto, los niveles de maya. Cuando no reconocemos a maya como el despliegue lúdico de lo Divino, no existe más que ilusión. Jerarquía es ilusión. Hay niveles de ilusión, no niveles de realidad. Pero según afirman las mismas tradiciones, sólo a través de la comprensión de la naturaleza jerárquica del samsara podremos llegar a desembarazarnos de ella, como si la escalera sólo pudiera ser desechada después de haber cumplido su extraordinario cometido.
El ojo del Espíritu, 59-61
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Algunos críticos postmodernos, sin embargo, han protestado diciendo que la misma noción de Gran Cadena del Ser es jerárquica y que, por tanto, es también opresiva porque se basa en algún tipo de ordenamiento vertical (ranking) en lugar de hacerlo en una visión relacionante del mundo (linking). Pero ésa es una queja muy poco clara ya que, en primer lugar, los mismos críticos antijerárquicos –que están en contra de todo tipo de ordenamiento vertical– no dudan en emitir juicios jerárquicos que les llevan a sostener que su visión es mejor que las alternativas. Dicho de otro modo, ellos mismos disponen de su propia jerarquía, una jerarquía muy poderosa aunque, eso sí, a menudo oculta y sin articular (lo cual, por cierto, resulta sumamente contradictorio).
En segundo lugar, la Gran Cadena fue precisamente lo que Arthur Koestler denominó holoarquía, un ordenamiento de nidos o círculos concéntricos en el que cada nivel superior trasciende, al tiempo que incluye, a sus predecesores. Es evidente que se trata de un ordenamiento vertical en el que cada nivel superior es más inclusivo y más abarcador, en el que cada nivel superior engloba más al mundo y a sus habitantes, de modo que los dominios espirituales o superiores del espectro de la conciencia son omniinclusivos y omniabarcadores y dan lugar a una especie de pluralismo radical de alcance universal.
El ojo del Espíritu, 48-49
EL KOSMOS
Los pitagóricos acuñaron el término «Kosmos», un término cuyo significado original iba mucho más allá de lo que hoy entendemos por «cosmos» o «universo», como algo exclusivamente físico y abarcaba todos los dominios de la existencia, desde la materia hasta la mente y, desde ésta, hasta Dios.
Es por eso que quisiera rescatar el término Kosmos, un término que incluye al cosmos (o fisiosfera), bios (la biosfera), psique o nous (la noosfera) y theos (la teosfera o el dominio divino).
La mayoría de las cosmologías están contaminadas por el sesgo materialista que las lleva a concluir que el cosmos físico es lo único real y que todo lo demás debe ser explicado con referencia al plano material. Pero ése es un reduccionismo burdo que acaba arrojando a la totalidad del Kosmos contra el muro del reduccionismo hasta que todos los dominios de la existencia –excepto el físico– acaban desangrándose lentamente y muriendo ante nuestros ojos. ¿Es ésta una forma adecuada de tratar al Kosmos?
No tenemos, pues, en mi opinión, que hacer cosmología sino kosmología.
Breve historia de todas las cosas, 39-40
LOS TRES OJOS DEL CONOCIMIENTO
San Buenaventura, gran doctor seraphicus de la Iglesia y uno de los filósofos preferidos por los místicos occidentales, decía que los seres humanos disponen de tres modalidades diferentes de adquisición de conocimiento, de «tres ojos» –como decía, parafraseando a Hugo de San Víctor, otro famoso místico–: el ojo de la carne (mediante el cual percibimos el mundo externo del espacio, el tiempo y los objetos), el ojo de la razón (que nos proporciona el conocimiento de la filosofía, de la lógica y de la mente) y el ojo de la contemplación (que nos permite acceder a las realidades trascendentes).
Todo conocimiento es, además, una especie de illuminatio y, en este sentido, existe una iluminación exterior e inferior –lumen exterius y lumen inferius– (que da luz al ojo de la carne y nos permite conocer los objetos sensoriales), una lumen interius (que ilumina el ojo de la razón y nos proporciona el conocimiento de las verdades filosóficas) y una lumen superius, la luz del Ser trascendente (que ilumina el ojo de la contemplación y nos revela la verdad curativa, «la verdad que nos ilumina»).
Desde su punto de vista, en el mundo externo encontramos un vestigium –un «vestigio de Dios»–, y el ojo de la carne percibe ese vestigio (que se manifiesta como diversidad de objetos separados en el espacio y el tiempo). En nosotros mismos, en nuestro propio psiquismo –en especial en la «triple actividad del alma» (memoria, entendimiento y voluntad)–, el ojo de la mente nos revela una imago de Dios. Finalmente, a través del ojo de la contemplación, iluminado por el lumen superius, descubrimos el mundo trascendente que existe más allá de los sentidos y de la razón, la misma Esencia Divina.
Todo esto coincide con la distinción realizada por Hugo de San Víctor (el iniciador de la saga mística de los victorinos) entre cogitatio, meditatio y contemplatio. La cogitatio –o simple cognición empírica– consiste en una búsqueda de los hechos del mundo material mediante el ojo de la carne. La meditatio es una búsqueda de las verdades psíquicas (la imago de Dios) usando el ojo de la mente. La contemplatio, por último, consiste en el conocimiento que permite que el psiquismo (o el alma) se unifique con la Divinidad en la intuición trascendente revelada a través del ojo de la contemplación.
Ahora bien, aunque la terminología de ojo de la carne, ojo de la mente y ojo de la contemplación sea netamente cristiana, todas las grandes tradiciones psicológicas, filosóficas y religiosas expresan, de un modo u otro, conceptos similares. De hecho, los «tres ojos» del ser humano se corresponden con los tres principales dominios del ser descritos por la filosofía perenne: el ordinario (carnal y material), el sutil (mental y anímico) y el causal (trascendente y contemplativo).
Abundando en la visión de san Buenaventura podríamos decir que el ojo de la carne (cogitatio, el lumen inferius/exterius) crea y revela ante nosotros un mundo de experiencia sensorial compartida. Éste es el «dominio de lo ordinario», el reino del espacio, del tiempo y de la materia (el subconsciente), un dominio compartido por todos aquellos que poseen un ojo de la carne semejante. Por ello, en cierta medida, los seres humanos comparten este dominio con algunos animales superiores (especialmente los mamíferos) porque sus ojos carnales son muy similares. Si acercamos, por ejemplo, un pedazo de carne a un perro, éste reaccionará, mientras que una roca o una planta no lo harán… En el dominio ordinario, un objeto es A o es no-A, pero nunca es A y no-A simultáneamente y, por ello, una roca nunca es un árbol, un árbol jamás es una montaña, una roca no es otra roca, etcétera. Ésta es la inteligencia sensoriomotriz esencial (la constancia del objeto) perteneciente al ojo de la carne; éste es el ojo empírico, el ojo de la experiencia sensorial. (Quizás debiéramos aclarar, desde el comienzo, que utilizamos el término «empírico» en un sentido filosófico para designar a todo aquello que puede ser detectado con los cinco sentidos o con sus extensiones. Cuando los filósofos empíricos como Locke, por ejemplo, afirmaban que todo conocimiento es experiencial, querían decir que todo conocimiento mental es antes un conocimiento sensorial. Por el contrario, cuando los budistas afirman que «la meditación es experiencial» no están diciendo lo mismo que Locke, sino que utilizan el término «experiencia», para referirse a «la conciencia directa y no mediatizada por formas y símbolos».)
El ojo de la razón, o en términos más generales, el ojo de la mente (la meditatio, la lumen interius), participa del mundo de las ideas, de las imágenes, de la lógica y de los conceptos. Éste es el reino sutil (o, para ser más precisos, de la región inferior del reino sutil). Gran parte del pensamiento moderno se asienta exclusivamente en el ojo empírico, el ojo de la carne, por eso conviene recordar que el ojo de la mente no puede restringirse al ojo de la carne ya que el dominio de lo mental incluye, pero trasciende, al dominio de lo sensorial. Además, el ojo de la mente no sólo incluye al ojo de la carne sino que se eleva por encima de él. La imaginación, por ejemplo, permite que el ojo de la mente reproduzca objetos sensoriales que no se hallan presentes y, en este sentido, trasciende el encadenamiento de la carne al mundo presente; mediante la lógica puede operar internamente sobre los objetos sensoriomotores y, de esa manera, ir más allá de las secuencias motoras reales; por medio de la voluntad puede demorar la descarga de los instintos y de los impulsos y trascender así los aspectos meramente animales y subhumanos del organismo.
Aunque el ojo de la mente dependa del ojo de la carne para adquirir parte de su información, no todo el conocimiento mental procede del conocimiento carnal ni se ocupa exclusivamente de los objetos carnales. Nuestro conocimiento no es tan sólo empírico y carnal. «Según los sensacionalistas [es decir, los empiristas] –dice Schuon–, todo conocimiento se origina en la experiencia sensorial [el ojo de la carne]. Van tan lejos como para afirmar que el conocimiento humano no tiene forma alguna de acceder al conocimiento suprasensorial ignorando, por lo tanto, el hecho de que lo suprasensible puede ser objeto de una percepción verdadera y, por consiguiente, de una experiencia concreta. Así pues, esos pensadores construyen sus sistemas sobre un error intelectual, sin considerar siquiera el hecho de que innumerables hombres, tan inteligentes, al menos como ellos, hayan llegado a conclusiones diferentes.»
Como decía Schumacher, el hecho es que «hablando en términos generales, nosotros no sólo “vemos” con nuestros ojos sino también con gran parte de nuestro equipamiento mental [el ojo de la mente]… A la luz del intelecto [el lumen interius], podemos ver cosas invisibles para los sentidos corporales… Los sentidos no nos permiten, por ejemplo, determinar la certeza de una idea». Las matemáticas, por ejemplo, constituyen un conocimiento no empírico de un conocimiento supraempírico descubierto, iluminado y llevado a cabo por el ojo de la razón, no por el ojo de la carne.
Todos los manuales introductorios de filosofía coinciden en este punto: «Corresponde a los físicos determinar si estas expresiones [matemáticas] se refieren a algo físico. Las afirmaciones matemáticas se refieren a las relaciones lógicas, no a su significado empírico o fáctico [si es que tienen alguno]». Nadie ha visto jamás, por ejemplo, con el ojo de la carne, la raíz cuadrada de un número negativo, porque ésa es una entidad transempírica que sólo puede contemplarse con el ojo de la mente. Como dice Whitehead, la mayor parte de las matemáticas constituyen un conocimiento transempírico y apriorístico (en sentido pitagórico).
Lo mismo podríamos decir de la lógica, ya que la verdad de una deducción lógica no depende de su relación con los objetos sensoriales sino de su consistencia interna. Nosotros podemos formular un silogismo lógicamente impecable como: «Todos los unicornios son mortales. Tarnac es un unicornio. Por consiguiente, Tarnac es mortal», que, sin embargo, sea erróneo y carezca de todo sentido empírico por la sencilla razón de que nadie ha visto jamás un unicornio. La lógica, pues, es también transempírica. Muchos filósofos, como Whitehead, por ejemplo, han sostenido que la esfera abstracta (o mental) es una condición necesaria y a priori para la manifestación del reino natural/sensorial, algo muy parecido a lo que afirman las tradiciones orientales cuando dicen que lo ordinario procede de lo sutil (que, a su vez, se origina en lo causal).
En las matemáticas y en la lógica –y, más aún, en la imaginación, en el conocimiento conceptual, en la intuición psicológica y en la creatividad–, vemos, con el ojo de la mente cosas que no se hallan presentes ante el ojo de la carne. Por ello decimos que el dominio de lo mental incluye –al tiempo que trasciende– el dominio de lo carnal.
El ojo de la contemplación es al ojo de la razón lo que el ojo de la razón al ojo de la carne. Del mismo modo que la razón trasciende a la carne, la contemplación trasciende a la razón. Así como la razón no puede reducirse al conocimiento carnal ni originarse en él, la contemplación tampoco puede reducirse ni originarse en la razón. El ojo de la razón es transempírico, pero el ojo de la contemplación es transracional, translógico y transmental. «La gnosis [el ojo de la contemplación, el lumen superius] trasciende el reino mental y a fortiori al reino de los sentimientos [el reino sensorial]. La investigación filosófica, por consiguiente, no tiene nada que ver con la contemplación ya que la primera se ajusta de manera estricta a un principio fundamental de adecuación verbal radicalmente opuesto a cualquier finalidad liberadora, a cualquier trascendencia de la esfera de lo verbal.»
Baste con suponer, por el momento, que los seres humanos poseen un ojo de la carne, un ojo de la razón y un ojo de la contemplación; que cada ojo tiene sus propios objetos de conocimiento (sensorial, mental y trascendental); que un ojo superior no puede ser reducido a un ojo inferior ni explicado por él, y que cada ojo es valido y útil en su propio dominio, pero incurre en una falacia cuando pretende captar por completo los ámbitos superiores o inferiores.
Cualquier paradigma transpersonal auténticamente comprehensivo deberá recurrir por igual al ojo de la carne, al ojo de la mente y al ojo de la contemplación. Cualquier nuevo paradigma auténticamente trascendental deberá utilizar e integrar los tres ojos, ordinario, sutil y causal. Y puesto que, hablando en términos generales, la ciencia empírico-analítica pertenece al ojo de la carne, la filosofía fenomenológica y la psicología al ojo de la mente y la religión/meditación al ojo de la contemplación, cualquier nuevo paradigma auténticamente trascendental deberá integrar y sintetizar el empirismo, el racionalismo y el trascendentalismo.
Y el principal escollo que deberemos esquivar en este intento es la tendencia a incurrir en el error categorial que consiste en el intento de un ojo de usurpar el papel de los demás.
Los tres ojos del conocimiento, 13-19
HOLONES
La realidad no está compuesta de cosas ni de procesos, no está compuesta de átomos ni de quarks, no está compuesta de totalidades ni de partes, sino de totalidades/parte, es decir, de holones.
Esto es tan cierto para los átomos como para las células, los símbolos o las ideas; todos ellos pueden ser entendidos no como cosas ni como procesos, ni como totalidades, ni como partes, sino simultáneamente como totalidades/parte. Así, los intentos habituales de estudio y clasificación «atomísticos» y «holísticos» están completamente fuera de lugar. No hay nada que no sea un holón (todo el camino de ascenso y todo el camino de descenso).
Antes de que un átomo sea un átomo es un holón, antes de que una célula sea una célula es un holón. Todos ellos son totalidades que existen dentro de otras totalidades y, de esta forma, en primer lugar y sobre todo, son totalidades/parte, holones.
De la misma manera, la realidad podría estar compuesta de procesos y no de cosas, pero todos los procesos son procesos dentro de otros procesos, es decir, son, en primer lugar y principalmente, holones. Tratar de decidir si las unidades básicas de la realidad son cosas o procesos está fuera de lugar porque, sea como fuere, son holones, y centrarnos en uno y otro de estos aspectos, no hace más que desviarnos del tema central. Evidentemente existen cosas y existen procesos, pero todos y cada uno de ellos son holones.
Podemos centrarnos, en cambio, en lo que todos los holones tienen en común, de ese modo nos liberaremos del vano intento de encontrar procesos o entidades comunes a cada nivel y dominio de la existencia un análisis que nunca dará resultado porque siempre aboca a una u otra forma de reduccionismo y no a una verdadera síntesis.
Decir, por ejemplo, que el universo está compuesto de quarks es privilegiar a un dominio en particular. Igualmente, en el otro extremo del espectro, decir que el universo está compuesto de símbolos porque es todo lo que conocemos, también supone privilegiar otro dominio concreto. Pero decir que el universo está compuesto de holones no privilegia ningún dominio ni implica que un determinado nivel específico sea más fundamental que otro. La literatura, por ejemplo, no está compuesta de partículas subatómicas; pero tanto la literatura como las partículas subatómicas están compuestas de holones.
Sexo, ecología, espiritualidad, vol. 1, 48-49
JERARQUÍAS
Hierós y archo son dos términos griegos que significan “sagrado” y “gobierno” o “autoridad”, respectivamente. Las «jerarquías» fueron introducidas por el místico cristiano del siglo VI Dionisio el Areopagita y se refieren a nueve órdenes celestiales que incluyen a los serafines y querubines en la parte superior de la escala y a los arcángeles y ángeles en la inferior. Entre otras cosas, los órdenes celestiales representaban grados crecientes de conocimiento, virtud e iluminación a los que podía ascenderse a través de la conciencia contemplativa. Estos órdenes estaban escalonados porque cada rango sucesivo era más inclusivo y abarcador y, en este sentido, «más elevado» que el anterior. De esta forma, «jerarquía» significaba, en última instancia, «gobierno sagrado» o «gobernar la propia vida por poderes espirituales».
La iglesia católica, sin embargo, acabó trasponiendo estos distintos órdenes celestiales de la conciencia contemplativa en órdenes de poder político, con lo cual las jerarquías terminaron siendo representadas por el Papa, a quien seguían los arzobispos, después los obispos y luego los sacerdotes y diáconos. Como dijo Martineau en 1851, «una visión de la jerarquía que no tardó en convertirse en despotismo», y ya podemos empezar a ver cómo el desarrollo normal de una secuencia de totalidades sucesivas acabó degenerando en un sistema patológicamente opresivo y represivo.
Como se emplea actualmente en psicología, en la teoría evolutiva y en la teoría de sistemas, una jerarquía de simplemente una escala de órdenes de sucesos de distinta capacidad holística. En cualquier secuencia evolutiva, lo que es totalidad en un estadio se convierte en parte de la totalidad mayor correspondiente al estadio siguiente. Una letra forma parte de una palabra completa que, a su vez, forma parte de una frase completa que, a su vez, forma parte de un párrafo completo, y así sucesivamente.
Howard Gardner lo explica así para el campo de la biología: «cualquier cambio en un organismo afectará a todas las partes; no se puede alterar ningún aspecto de una estructura sin afectar a la totalidad; cada totalidad contiene partes y es, a su vez, parte de una totalidad mayor». Y Roman Jakobson hace lo mismo en el caso del lenguaje: «el fonema es una combinación de rasgos distintivos; está compuesto de diversas unidades indicadoras y puede ser incorporado a unidades más amplias como sílabas o palabras. Es, simultáneamente, una totalidad compuesta de partes y una parte que incluye a totalidades más amplias».
Arthur Koestler acuñó el término holón para referirse a aquello que, siendo totalidad en un determinado contexto, es al mismo tiempo parte de otro contexto. Si nos referimos a la frase «el ladrido de un perro», la palabra ladrido es una totalidad en relación con sus letras individuales, pero una parte en relación con la frase misma. Y la totalidad (o el contexto) puede determinar el significado y función de la parte –el significado de una palabra, por ejemplo, banco, es diferente en las frases «el banco del parque» y «cambié dinero en el banco»–. En otras palabras, la totalidad es más que la suma de sus partes, y esa totalidad puede influenciar y determinar, en muchos casos, la función de las partes.
Así pues, la jerarquía normal es simplemente un orden de holones crecientes que representan un aumento en la totalidad y en la capacidad integradora –desde los átomos hasta las moléculas y las células, por ejemplo–. Ésta es la razón por la cual la jerarquía es un concepto tan central en la teoría de sistemas, la teoría de las totalidades u holismo («totalidad»). Ser parte de una totalidad mayor significa que esa totalidad proporciona un principio (un tipo de aglutinante) que no se encuentra en las partes aisladas y que permite que las partes se junten, se unifiquen, tengan algo en común, estén conectadas de formas que simplemente no podrían estarlo por sí solas.
De esta manera, la jerarquía convierte las meras acumulaciones en totalidades y los fragmentos inconexos en redes de interacción mutua. Cuando se dice que «el todo es más que la suma de sus partes», ese «más» significa «jerarquía». Pero no significa dominación fascista sino una más alta o más profunda comunidad que reúne las hebras aisladas en una red real y unifica las moléculas en células o las células en organismos.
Ésta es la razón por la cual los términos «jerarquía» y «totalidad» no suelen estar muy separados, como cuando Gardner dice que «un organismo biológico es una totalidad cuyas partes se hallan integradas en una totalidad jerárquica». Asimismo, Jakobson explica que la lengua es «simultáneamente una totalidad compuesta de partes y ella misma es una parte incluida en una totalidad mayor» e inmediatamente concluye «jerarquía, entonces, es el principio estructural fundamental». También es la razón por la que las jerarquías, a menudo, suelen representarse como una serie de círculos concéntricos o esferas o «figuras dentro de figuras». Como explica Goudge:
El esquema general de niveles no debe ser contemplado como si fuera una sucesión de estratos geológicos o los distintos peldaños de una escalera. Estas imágenes no hacen justicia a las complejas interrelaciones que existen en el mundo real, que se asemejan mucho más a las muñecas de un juego de cajas chinas o a una serie de esferas concéntricas porque, según los evolucionistas, un nivel dado puede contener otros niveles dentro de sí [holones].
Así, la habitual acusación de que las jerarquías son «lineales» está completamente fuera del lugar. Los diversos estadios de crecimiento de un sistema pueden, es evidente, describirse en un orden «lineal» de la misma manera que podemos hablar de la secuencia que va de la bellota, hasta la planta y, finalmente, el roble; pero resulta absurdo acusar por ello al roble de ser lineal. Como veremos, los estadios de crecimiento no son casuales o aleatorios sino que se atienen a algún tipo de pauta, pero llamar a esta pauta «lineal» no implica, en absoluto, que los procesos mismos sean rígidos y unidireccionales sino que, muy al contrario, son interdependiente y complejamente interactivos. Podemos utilizar las metáforas de «niveles», «escalas» o «estratos», pero sólo si ejercitamos un poco la imaginación para entender la complejidad que en realidad está implicada.
Finalmente, toda jerarquía es asimétrica (el sufijo arquía significa “superior”), porque los procesos no ocurren a la inversa. La bellota evoluciona hasta convertirse en roble, pero no al revés. Primero hay letras, luego palabras, después frases y párrafos, pero no al revés. Los átomos se unen en moléculas, pero no al revés. Y ese «no viceversa» constituye una inevitable jerarquía, categoría u orden asimétrico de totalidades crecientes.
Todas las secuencias del desarrollo o evolutivas de las que somos conscientes proceden por jerarquización o, lo que es lo mismo, por orden de holismo creciente como el que va, por ejemplo, de las moléculas a las células, los órganos, los sistemas orgánicos, los organismos y las sociedades de organismos. En el desarrollo cognitivo, descubrimos que la conciencia se desarrolla desde las imágenes simples, que representan sólo un día o un suceso, hasta los símbolos, y los conceptos que representan grupos enteros o clases de cosas y sucesos hasta las leyes que organizan e integran numerosas clases y grupos en redes completa. En el desarrollo moral (tanto masculino como femenino), encontramos un hilo conductor que va desde el sujeto aislado hasta el grupo o tribu de sujetos relacionados y después hasta toda una red de grupos más allá de cualquier elemento aislado. Y así sucesivamente.
(A veces se ha dicho que Carol Gilligan no sólo negó la naturaleza específica de los estadios del modelo de Kohlberg, sino todo su planteamiento jerárquico pero eso, simplemente, no es verdad. De hecho, Gilligan acepta por completo el modelo general de Kohlberg que discurre a través de tres estadios o niveles jerárquicos que van desde lo preconvencional a lo convencional y lo postconvencional o «metaético»; lo único que niega es que la lógica de la justicia sea la única que se valore en esta secuencia. Así pues, el énfasis masculino en los derechos y la justicia debe verse complementado con la lógica del respeto y el cuidado con el que las mujeres evolucionan a través de la misma jerarquía.)
Como ya he señalado, estas redes jerárquicas se despliegan necesariamente de forma secuencial o por niveles (estadios), porque primero tiene que haber moléculas para que luego existan células, después órganos y después organismos complejos. En otras palabras, el crecimiento se da por etapas, y éstas, obviamente, se hallan escalonadas en orden lógico y cronológico. Las estructuras más holísticas aparecen en una fase posterior del desarrollo porque han de esperar hasta la emergencia de las partes que integrarán y unificarán, de la misma forma que las frases con letras sólo aparecen después de que lo hayan hecho las palabras completas.
Y algunas jerarquías implican un tipo de red de control. Como señala Roger Sperry, los niveles inferiores (es decir, los niveles menos holísticos) pueden afectar a los superiores (o más holísticos) a través de lo que él denomina «causación ascendente». Pero de igual importancia es, nos recuerda, el efecto o control que los niveles superiores pueden ejercer sobre los inferiores (la llamada «causación descendente»). Por ejemplo, cuando decides mover el brazo, todos tus átomos, moléculas y células se moverán con él; esto es un caso de causación descendente.
Los elementos de cualquier nivel dado dentro de un modelo jerárquico operan por heterarquía, es decir, ningún elemento parece ser más o menos importante o dominante y cada uno contribuye de forma más o menos equiparable a la salud de la totalidad del nivel (el llamado «bootstrapping»). Pero una totalidad de orden superior puede ejercer una influencia definitiva sobre cada uno de sus elementos compositivos. De nuevo, cuando uno decide mover el brazo, su mente –una organización holística de orden superior– ejerce su influencia sobre las células de su brazo que son totalidades de orden menor, pero no viceversa: una sola célula del brazo no puede decidir que se mueva todo el brazo (de la misma forma que la cola no mueve al perro).
Por esta razón los teóricos de sistemas tienden a decir que la heterarquía sucede dentro de cada nivel, mientras que la jerarquía ocurre entre niveles diferentes.
En cualquier secuencia de desarrollo o crecimiento, a medida que surge un estadio u holón más abarcante, incluye las capacidades, pautas y funcionamientos de la etapa anterior (de los holones previos) y le añade sus propias capacidades únicas (y más abarcadoras). En este sentido –y sólo en él–, puede decirse que el nuevo holón es «más elevado» o «más profundo». Los átomos incluyen células que, a su vez, incluyen moléculas que, a su vez, incluyen átomos (pero no viceversa).
Así, cualquiera que sea la importancia del valor del estadio previo, el nuevo estadio lo tiene incorporado en su propia constitución y también tiene algo más (más capacidad de integración, por ejemplo), y ese «algo más» significa «más valor» con respecto al estadio previo (menos abarcante). Esta crucial definición de estadio «más elevado» fue introducida en Occidente por primera vez con Aristóteles y en Oriente por Shankara y Lao Tzu y, desde entonces, ha sido fundamental para los estudios evolutivos.
Un ejemplo rápido: en el desarrollo moral y cognitivo, tanto en el niño como en la línea, el estadio de pensamiento «preoperacional» o preconvencional está referido principalmente al propio punto de vista del individuo («narcisista»). El siguiente estadio, el operacional o convencional, sigue teniendo en cuenta el punto de vista propio del individuo, pero le añade la capacidad de tener en cuenta el punto de vista de los demás. No se pierde nada fundamental sino que, más bien, se le añade algo nuevo. En este sentido, se dice justamente que este estadio es más alto y profundo, por cuanto que es más valioso y útil para una mayor variedad de interacciones. El pensamiento convencional es más valioso que el pensamiento preconvencional al establecer una respuesta moral más equilibrada (y el postconvencional es todavía más valioso).
Como Hegel explicó, primero, y los evolucionistas han insistido, posteriormente, cada estadio es adecuado y valioso, pero cada uno de los estadios más profundos o más elevados son más adecuados y, sólo en ese sentido, más valiosos (lo que siempre significa más holístico o capaz de dar una respuesta más amplia).
Por todas estas razones, Koestler, después de darse cuenta de que todas las jerarquías están compuestas de holones o grados crecientes de totalidad, señaló que la palabra correcta para «jerarquía» es, realmente, holoarquía.
Así pues, los heterarquistas, que afirman que «heterarquía» y «holismo» son lo mismo, entienden las cosas exactamente al revés. El único modo de llegar a un holismo es por vía holoarquía. La heterarquía, en y por sí misma, es simple diferenciación sin integración, partes separadas que no reconocen ningún objetivo ni organización común, montones, no totalidades.
Sexo, ecología, espiritualidad, vol. 1, 29-35
JERARQUÍAS DE DOMINIO Y JERARQUÍAS DE DESARROLLO
Arthur Koestler utiliza el término holoarquía para referirse a las jerarquías, un vocablo que hoy en día tiene muy mala prensa porque la gente suele confundir jerarquías de dominio con jerarquías naturales.
Una jerarquía natural es simplemente un orden de totalidad creciente (como, por ejemplo, el que va de las partículas hasta los átomos, las células y los organismos, o el que va de las letras a las palabras, las frases y los párrafos), donde la totalidad de un determinado nivel de la jerarquía forma parte de la totalidad propia del siguiente nivel.
Dicho en otras palabras, las jerarquías normales están compuestas de holones y, por esto, según Koestler, podríamos perfectamente llamar «holoarquía» a la «jerarquía», algo muy adecuado porque casi todos los procesos de crecimiento –desde la materia hasta la vida y, desde ésta, hasta la mente– discurren a través de holoarquías naturales compuestas por órdenes de holismo y totalidad creciente (totalidades que se convierten en partes de nuevas totalidades).
Pero hay ocasiones en que un determinado holón de una jerarquía natural no se contenta con el puesto que ocupa y trata de dominar a la totalidad imponiendo una jerarquía de dominio, una jerarquía patológica (algo que ocurre, por ejemplo, cuando una célula cancerosa acaba sometiendo a la totalidad del cuerpo, cuando un dictador fascista tiraniza al cuerpo social, o cuando un ego represivo esclaviza al psiquismo).
El único modo de sanar las holoarquías patológicas no consiste en desembarazarse de la holoarquía –cosa, por otra parte, imposible–, sino en reubicar al holón arrogante en el lugar que le corresponde en la holoarquía natural. Pero los críticos de la jerarquía –sus nombres son legión– confunden las holoarquías patológicas con las holoarquías en general y acaban arrojando al niño junto con el agua de la bañera.
Hay que recordar, en este sentido, que la única alternativa realmente holística es la holoárquica. Cuando los holistas dicen que «la totalidad es mayor que la suma de las partes», están queriendo decir que la totalidad está ubicada en un nivel holoárquicamente superior o más profundo de organización que las partes, lo cual, por supuesto, presupone la existencia de una jerarquía, de una holoarquía. Las moléculas aisladas se agrupan en la célula gracias a propiedades que trascienden a las de las simples moléculas aisladas. En este sentido, la célula se halla ordenada holoárquicamente, puesto que sin holoarquías no hay totalidades sino sólo meros conglomerados.
Dicho en otras palabras, los llamados «holistas» que se dedican a negar la existencia de las holoarquías son, en realidad, «conglomeristas», una forma solapada de reduccionismo.
Porque el hecho es que no hay modo de evitar la jerarquía. Hasta los mismos teóricos antijerárquicos tienen su propia jerarquía, tienen su propia categorización. Sin ir más lejos, según ellos, relacionar es mejor que ordenar, lo cual, evidentemente, presupone la existencia implícita de una escala de valores, aunque la misma negativa a admitir esa situación convierte a esa jerarquía en algo inconsciente, oculto y reprimido. Se trata de una jerarquía que niega la jerarquía, de un sistema de categorización que dice que categorizar es malo.
Por este motivo, la postura antijerárquica es muy contradictoria e hipócrita, porque es evidente que, aunque inconsciente y pobremente elaborada, esa actitud se asienta en un tipo de jerarquía. Y con esta jerarquía disfrazada, arremeten contra el resto de las jerarquías muy satisfechos consigo mismos porque se creen «libres» de toda esta sucia categorización. De este modo, acaban culpando a los demás por hacer lo mismo que hacen ellos sin admitirlo, una pretensión obviamente absurda.
La solución, repitámoslo, no consiste en desembarazarse de toda jerarquía o de toda holoarquía, lo cual es imposible. El mismo intento de desembarazarse de toda categorización es una forma de categorizar, y la negación de la jerarquía está basada, lo queramos o no, en algún tipo de jerarquía. El universo está compuesto de holones, y los holones existen holoárquicamente y, en consecuencia, no es posible escapar a esta jerarquía anidada. Nuestro intento, por el contrario, se centra en diferenciar entre las holoarquías normales y las holoarquías patológicas o de dominio.
No hay modo alguno de escapar de los holones. Toda pauta evolutiva y de desarrollo procede a través de un proceso de holoarquización, a través de un proceso de órdenes de totalidad e inclusión creciente, una forma de categorizar en función de la capacidad holística. Éste es el motivo por el cual el principio básico del holismo es la holoarquía: las dimensiones superiores o más profundas proporcionan un principio, un «aglutinante», una pauta, que une y vincula partes que, de otro modo, estarían separadas, en conflicto y aisladas, en una unidad coherente, en un espacio en el que las partes separadas participan de una totalidad común y escapan, de ese modo, al destino de ser una mera parte, un mero fragmento.
Así pues, el hecho de establecer relaciones es realmente importante, pero hay que tener en cuenta que sólo es posible dentro de un ordenamiento y una holoarquía en un entorno holoárquico que posibilite la unión y la relación. De otro modo, no habría totalidades sino meros conglomerados.
Y cuando un determinado holón quiere convertirse en totalidad y dejar de ser parte, esa holoarquía natural o normal termina degenerando en una holoarquía patológica, en una holoarquía de dominio, otra manera de hablar de la enfermedad, de la patología y de la insania (ya sea física, emocional, social, cultural o espiritual). Hay que decir, en este sentido, que si nosotros «atacamos» las jerarquías patológicas no es para desembarazarnos de toda jerarquía, sino para permitir la emergencia de las jerarquías normales o naturales y posibilitar, así, el proceso de crecimiento y desarrollo.
Breve historia de todas las cosas, 51-54
LA FALACIA PRE/TRANS
Cada vez estoy más convencido de que la diferencia existente entre los estados de conciencia prerracionales (o prepersonales) y los transracionales (o transpersonales) –lo que denominé falacia pre/trans– es fundamental para comprender la naturaleza de los estados superiores (o más profundos), los estados de conciencia auténticamente espirituales.
La esencia del problema pre/trans puede formularse de un modo muy sencillo diciendo que, puesto que los estados prerracionales y los transracionales son, cada uno a su manera, no racionales, el ojo inexperto los confunde y los considera idénticos. Y una vez que pre y trans han sido confundidos, ocurre una de las dos falacias descritas a continuación.
En el primero de los casos, los estados superiores y transracionales se ven reducidos a estados inferiores o prerracionales. De este modo, las experiencias realmente místicas o contemplativas son interpretadas como una regresión o una vuelta hacia estadios infantiles de narcisismo, fusión oceánica, indisociación o incluso autismo primitivo. Éste es precisamente el camino seguido por Freud en El porvenir de una ilusión.
Esta visión reduccionista considera a la racionalidad como el gran punto omega hacia el que se dirige el desarrollo individual y colectivo, el punto final en el que, finalmente, se consuma el proceso evolutivo. Desde esta perspectiva, no existe ningún contexto superior, más amplio ni más profundo, y la vida sólo se puede vivir de forma racional o neurótica (la noción freudiana de neurosis –sólo en parte verdadera y bastante limitada, dicho sea de paso– se refiere básicamente a cualquier desviación de la percepción racional). Como no se cree en la existencia de ningún otro contexto, la presencia de cualquier evento genuinamente transracional es considerado como una regresión a las estructuras preoperacionales (ya que son las únicas estructuras de que se dispone en el nivel racional capaces de ofrecer una hipótesis explicativa). Es así como lo supraconsciente se ve reducido a lo inconsciente, lo transpersonal se colapsa en lo prepersonal, y la emergencia de lo superior es interpretada como una irrupción de lo inferior, con lo cual todos suspiran aliviados puesto que no se pone en cuestión el «espacio del mundo» propio de lo racional (por «la marea negra del cieno ocultista» como Freud, tan pintorescamente, explicaba a Jung).
Si, en el caso contrario, uno siente simpatía por los estados superiores y místicos pero sigue sin distinguir entre lo pre y lo trans, acabará elevando todos los estados prerracionales a algún tipo de gloria transracional (en cuyo caso el narcisismo infantil primario, por ejemplo, es considerado como un sueño inconsciente dentro de la unio mystica). Éste es el camino seguido por Jung y sus seguidores que tan a menudo interpretan como profundamente transpersonal y espiritual a los estadios de indisociación o indiferenciación carentes de toda integración.
Esta postura elevacionista considera a la unión transpersonal y transracional como el punto omega final hacia el que se dirige toda la evolución. Y como la racionalidad egoica tiende a negar este estado superior, entonces es descrita como el punto ínfimo de las posibilidades humanas, como una degradación, como el origen del pecado, la separación y la alineación. Y, cuando se contempla a la racionalidad como el punto antiomega, por así decirlo, como el gran Anticristo, cualquier irracionalidad se ve glorificada indiscriminadamente como un camino directo hacia lo divino y, en consecuencia, los estados más prerracionales, infantiles y regresivos se ven promocionados de inmediato; cualquier cosa, a fin de cuentas, para librarse de la desagradable y escéptica racionalidad. Cuando Tertuliano dice: «Creo porque es absurdo», está pronunciando en voz alta el eslógan elevacionista por excelencia (que, dicho sea de paso, subyace a todo tipo de romanticismo).
Freud fue reduccionista, y Jung elevacionista: las dos caras de la falacia pre/trans. Ambos tienen razón y están equivocados al cincuenta por ciento. Buena parte de la neurosis es, efectivamente, una fijación/regresión a los estadios prerracionales, estadios que no deben ser glorificados. Por otro lado, los estadios místicos existen en realidad, más allá (no por debajo) de la racionalidad, y no deben ser reducidos.
Desde la época de Freud (y Marx y Ludwig Feuerbach), ha prevalecido una actitud reduccionista hacia la espiritualidad, según la cual todas las experiencias espirituales, incluso las más elevadas, se interpretan como regresiones a las rudimentarias estructuras propias del pensamiento infantil. Y como reacción a esta actitud, advertimos –desde los años sesenta– la emergencia de diversas formas de elevacionismo (un fenómeno perfectamente ilustrado por el movimiento de la Nueva Era, aunque no, desde luego, limitado a él). Esto explica que cualquier cosa que cumpla con la condición de no ser racional –sin importar su origen ni su autenticidad– se vea tan fácilmente elevada a la gloria transracional y espiritual. Desde esta perspectiva, cualquier cosa que sea racional está equivocada, y cualquier cosa que no sea racional es espiritual.
El Espíritu es, ciertamente, no racional, pero no está más acá de la razón sino más allá de ella, no es pre sino trans. El Espíritu trasciende e incluye a la razón, no la excluye. La racionalidad, como cualquier estado concreto de la evolución, tiene sus propias limitaciones, represiones y distorsiones pero, como ya hemos visto, los problemas inherentes a un determinado nivel se ven resueltos (o, mejor dicho, «disueltos») en el siguiente nivel del desarrollo […]. Ésta es la grandeza y la miseria de la razón: proporciona extraordinarias capacidades y soluciones nuevas a la vez que introduce sus propios problemas concretos que sólo pueden resolverse en los dominios superiores y transracionales.
Subrayemos, pues, que muchos movimientos elevacionistas no están por encima, sino por debajo de la lógica. Creen que están –y así lo proclaman a los cuatro vientos– ascendiendo la montaña de la Verdad cuando, en mi opinión, lo único que hacen es deslizarse rápidamente cuesta abajo […] atreviéndose a calificar de «búsqueda de la bienaventuranza» a la vertiginosa sensación de caída por la pendiente evolutiva. Y lo más curioso es que tienen el valor de presentar esta alarmante situación como el nuevo paradigma de la transformación planetaria y afirman «sentirlo mucho» por quienes, sin participar, les contemplan con el corazón encogido de quien está a punto de presenciar un accidente de automóvil. Porque lo cierto es que la verdadera beatitud espiritual no se encuentra en la base sino en la cima de la montaña.
Sexo, ecología, espiritualidad vol. 1, 235-238
LOCURA Y ESPIRITUALIDAD
Siempre se ha considerado a la esquizofrenia y al misticismo de un modo similar a la locura y la genialidad pero, por más que se asemejen, se trata de dos fenómenos completamente diferentes. En cualquiera de los casos, las similitudes existentes entre la esquizofrenia y el misticismo han dado origen a dos estados generales de opinión al respecto. Quienes consideran a la esquizofrenia como una enfermedad, una dolencia, o una de las peores patologías, suelen tener (dadas sus semejanzas) la misma idea sobre el misticismo. Desde este punto de vista, si los sabios y los místicos no están completamente trastornados, poco les falta para ello. Según un reciente informe del Group for the Advancement of Psychiatry (GAP): «El psiquiatra hallará el fenómeno místico interesante porque puede encontrar en él formas de conducta que se hallan a mitad de camino entre la normalidad y la psicosis, una especie de regresión egoica al servicio de la defensa contra la tensión interna o externa […]». Con cierta frecuencia he aceptado –e incluso sostenido– la existencia de esta posible hipótesis de la regresión y de que algunos de los que se autodenominan místicos están, de hecho, atrapados en algún tipo de regresión e incluso que, en su camino hacia los estados superiores de unidad, algunos auténticos místicos reactivan ocasionalmente complejos regresivos. Pero esto, sin embargo, no debería impedirnos diferenciar de forma rotunda la esquizofrenia del verdadero misticismo. Así pues, la generalización del GAP sobre la trascendencia y el misticismo resulta bastante limitada.
El segundo clima de opinión con respecto a la esquizofrenia y al misticismo parece más próximo a la verdad, pero es tan generalizador y dogmático como el primero. Esta perspectiva no tiende a considerar a la esquizofrenia como algo patológico sino, por el contrario, como el paradigma de la salud. Quienes sostienen este punto de vista –investigadores, por otra parte, a quienes tengo en gran estima, como R.D. Laing y Norman O. Brown, entre otros–, simpatizan con la idea de que los estados trascendentes son ultrarreales (algo con lo que estoy plenamente de acuerdo) y, puesto que la esquizofrenia y el misticismo parecen tan semejantes, el esquizofrénico es el paradigma de la salud mental óptima. Según Brown: «No es en la esquizofrenia sino en la normalidad donde la mente se halla dividida; en la esquizofrenia las falsas barreras se desintegran […]. Los esquizofrénicos están sufriendo de realidad […]. El mundo del esquizofrénico es el mundo de la participation mytique; “una indescriptible amplificación de las sensaciones interiores”, “misteriosos sentimientos de referencia”; influencias y poderes psicosomáticos ocultos […]».
Mi propia opinión al respecto se halla a mitad de camino entre ambas perspectivas y se basa en las importantísimas distinciones existentes entre los estadios pre y trans anteriormente descritos.
Basándonos en los informes fenomenológicos que disponemos hoy en día, el episodio esquizofrénico típico suele constar de los siguientes factores:
1. El evento desencadenante suele ser una situación de tensión extrema o una contradicción extraordinaria. Tal vez, antes de eso, el sujeto haya tenido grandes dificultades para establecer relaciones sociales, tal vez su ego (o su persona) sea demasiado débil, e incluso cabe la posibilidad de que sea proclive al aislamiento. También puede ocurrir, por otra parte, que el individuo simplemente sea víctima de dukkha –el sufrimiento inherente al samsara– y se vea de manera provisional desbordado por una dolorosa introspección. Pero, sea cual fuere el catalizador (y no excluyo, de entre ellos, a los poderosos factores bioquímicos –que son extraordinariamente importantes, un hecho cuya capital trascendencia se ha visto claramente demostrada por las recientes investigaciones bioquímicas sobre los procesos cerebrales–), sea cual fuere el catalizador, digo, cuando la traducción egoico-personal se desmorona o debilita tiene lugar un
2. entorpecimiento de las funciones de edición y filtraje de la traducción egoica que deja sin defensas al individuo y lo torna vulnerable tanto a los niveles inferiores como superiores de la conciencia. Lo que ocurre, a mi entender, es que entonces se pone en marcha un doble proceso ya que, por una parte, el yo comienza a experimentar una regresión hacia los niveles inferiores de conciencia; mientras que, al mismo tiempo, se ve inundado por aspectos procedentes de los dominios superiores (especialmente el nivel sutil). Dicho de otro modo, en la medida en que el individuo se traslada al subconsciente, entra en él lo supraconsciente; en la medida en que retrocede a los niveles inferiores, se ve invadido por los superiores y, de esta manera, se ve afectado por el inconsciente sumergido y por el inconsciente emergente. Personalmente, no veo otra forma de justificar la fenomenología que acompaña a la escisión esquizofrénica. Quienes interpretan la esquizofrenia como algo meramente regresivo ignoran su verdadera dimensión religiosa y quienes sólo ven en ella el summum de la salud y la espiritualidad hacen caso omiso de las claras evidencias de fragmentación y regresión psíquica.
En cualquier caso, cuando la traducción egoica comienza a fallar suele aparecer una angustia extraordinaria. Con el comienzo de la regresión y de la interrupción de la traducción egoica, el individuo se abre al pensamiento mítico y a las referencias mágicas características del estadio mítico-pertenencia que confunde la parte con el todo y los miembros de una clase con la clase misma, la característica más relevante precisamente de la modalidad de pensamiento esquizofrénica. Un esquizofrénico, por ejemplo, puede decir «anoche me metí en una botella pero no pude cerrarla» cuando, en realidad, lo único que está afirmando es que el frío le impidió dormir. La lógica mítica de esta afirmación es la siguiente: la cama, con sus sábanas y mantas, pertenece a la clase de los «recipientes», (es decir, de los objetos capaces de contener a otros). Una botella también pertenece a la misma clase y, dado que el pensamiento mítico es incapaz de distinguir entre los diferentes miembros de una misma clase, «meterse en la cama» y «meterse dentro de una botella» son lo mismo (y no sólo de un modo simbólico). De la misma manera, «mantas» y «tapones» son también equiparables, de modo que «no poder cerrar la botella» significa que «la manta no le cubría adecuadamente», lo cual explica el frío y sus dificultades para conciliar el sueño (no poder cerrar la botella). Se trata, como diría Bateson, de una confusión de tipos lógicos.
En el caso de que la regresión vaya, aunque sólo sea un poco, más allá del pensamiento mítico, el individuo queda a merced de las floridas fantasías preverbales y del proceso primario, es decir, sufre alucinaciones (por lo general, auditivas y, en casos extremos, hasta visuales).
3. El asunto, a mi entender, es que, cuando la traducción egoica comienza a fracasar y el yo se siente arrastrado a los dominios preegoicos, el individuo también queda simultáneamente expuesto a la invasión de los dominios transegoicos. Por esta razón, en tal caso, la conciencia del individuo suele verse abrumada por intuiciones muy intensas de naturaleza auténticamente religiosa (y no sólo de fantasías regresivas sino de auténticas y válidas introspecciones espirituales). «Tal vez, la experiencia creativa, la conversión religiosa y otro tipo de “experiencias cumbre” incluyan muchas de […] las formas de experiencia interna que pueden acompañar a la reacción psicótica aguda.» Éste es un hecho que, a mi juicio, no podemos ignorar.
Con frecuencia, sin embargo, el individuo es incapaz de articular lógicamente estas introspecciones. ¡Si para hablar de algo tan simple como acostarse dice «meterse en una botella», cuál no será su dificultad para describir una visión-imagen de Jesucristo! Además, y por encima de todo, estas introspecciones tienden a ser sumamente «autistas», autocentradas y crípticas, y el único que puede comprenderlas es el propio sujeto. Esto parece estar relacionado con el hecho de que, dado que el aspecto regresivo de la esquizofrenia tiende a conducirle hasta niveles anteriores –pre– a la comprensión del rol, el individuo cree que él –y sólo él– es, por ejemplo, Jesucristo. Al no poder aceptar o asumir el papel de los demás es incapaz, por tanto, de ver que todo el mundo es Jesucristo. Intuye viva y fuertemente su naturaleza Atman (como resultado de la influencia de los niveles superiores), pero sólo desde un nivel primitivo y narcisista. Veamos ahora una conversación entre un místico y un esquizofrénico hospitalizado que ilustra a la perfección lo que estamos diciendo. Dice Baba Ram Dass:
Él [un esquizofrénico hospitalizado] producía muchísimo material y leía en griego, un idioma que, por cierto, nunca había aprendido. Presentaba muchas actividades fenoménicas que los médicos interpretaban como patológicas: robar, mentir, engañar y proclamar que era Jesucristo. En varias ocasiones se había escapado del hospital y era un individuo muy creativo. Leyendo sus escritos comprendí que estaba sintonizado con algunas de las grandes verdades del mundo que han sido enunciadas por los seres humanos más evolucionados. Las estaba experimentando directamente pero se hallaba, sin embargo, atrapado por la sensación de que eso era algo que le estaba ocurriendo sólo a él […]. Por consiguiente, no dejaba de repetir:
–Yo tengo este don, un don del que tú careces […].
–¿Crees que eres Jesucristo? ¿El Cristo de la conciencia pura? –le pregunté.
–Sí –me respondió.
–Yo también creo que lo soy –le repliqué yo.
Entonces me miró y me dijo:
–No, tú no lo comprendes.
–Ése precisamente es el motivo por el que estás internado ¿sabes? –concluí.
El proyecto Atman, 259-264
* * *
No creo que nadie ponga en duda que ciertos místicos presentan rasgos esquizofrénicos y aun que haya esquizofrénicos que experimenten intuiciones místicas. Pero desconozco a cualquier autoridad en la materia que crea que las experiencias místicas son básica y fundamentalmente alucinaciones esquizofrénicas. Por supuesto, también conozco a muchas personas no cualificadas que así lo piensan y que resultaría difícil convencerlas de lo contrario […]. Diré, tan sólo que las prácticas espirituales y contemplativas utilizadas por los místicos –como la oración contemplativa o meditación– pueden ser muy poderosas, pero no lo suficiente como para coger a un montón de hombres y mujeres normales, sanos y adultos y, en el curso de unos pocos años, convertirlos en esquizofrénicos delirantes. El maestro Zen Hakuin transmitió su enseñanza a ochenta y tres discípulos que se encargaron de revitalizar y organizar el Zen japonés. Ochenta y tres esquizofrénicos alucinados no podrían ponerse de acuerdo ni siquiera para ir al baño […]. ¿Qué habría pasado con el Zen japonés si ése hubiera sido el caso?
Gracia y coraje, 99-100
JUNG, ARQUETIPOS Y ESPIRITUALIDAD
La ambigüedad del término «arquetipo» ha propiciado una confusión entre los estadios mítico y arquetípico. Jung ha definido en la tradición clásica a los arquetipos como imágenes arcaicas mitológicas o formas colectivas heredadas. Por desgracia, sin embargo, el nivel mítico-arcaico descansa en la fase prepersonal o, al menos, prerracional, del espectro del desarrollo. Al parecer, Jung interpretó el hecho de que ciertas imágenes mítico-arcaicas se heredan colectivamente como si ello significara que tuvieran un origen transpersonal, cuando lo cierto es que forman parte del inconsciente colectivo prepersonal. A fin de cuentas, todos hemos heredado diez dedos de los pies, y a nadie se le ocurre calificar ese hecho como algo transpersonal. Además, cuando Jung describe explícitamente a los «arquetipos» como el correlato de los instintos corporales biológicos, su posición es evidente. Freud afirmó de manera clara estar de acuerdo con el concepto junguiano de legado filogenético aunque, para él, no se trataba de una herencia transracional sino prerracional.
En mi opinión, Jung estaba en lo cierto cuando decía que más allá del ego racional se encuentra un dominio muy importante de la conciencia. No obstante, no logró diferenciar con claridad el ámbito de lo preegoico (que incluye la magia y los mitos infantiles) del ámbito de lo transegoico (que contiene arquetipos reales y facultades paranormales). En este sentido, Jung se hallaba atrapado en la versión elevacionista de la falacia pre/trans y malgastó mucho tiempo intentando enaltecer las imágenes míticas primitivas a la categoría de los arquetipos sutiles.
Para Platón, san Agustín, los budistas y los hinduistas, los arquetipos son las primeras formas manifiestas que emergen del Espíritu Vacío en el curso de la creación del universo, es decir, las primeras formas creadas en el proceso de la involución, en la emergencia de lo inferior a partir de lo superior, que modelaron toda creación posterior (la misma palabra griega archetypon significa “lo que fue creado como patrón, molde o modelo”). Y hay que decir que este tipo de arquetipos no descansan en el dominio mítico sino en el sutil.
Así pues, el término arquetipo tiene dos significados diferentes aunque levemente relacionados. Por una parte, se trata de modelos transindividuales que descansan en los límites superiores del espectro. Por otra parte, sin embargo, también podemos decir que cada una de las estructuras propias de los niveles inferiores está presente colectivamente, que es arquetípica, o que está determinada arquetípicamente. Por tanto, aunque las estructuras inferiores no sean arquetipos, están determinadas arquetípica o colectivamente. En este sentido, podemos decir que la estructura profunda del cuerpo humano, al igual que la estructura profunda de la materia, de la magia, del mito, de la mente y del psiquismo, es arquetípica. Pero experimentar los arquetipos significa experimentar el nivel sutil y no es posible, como se dice, experimentar arquetípicamente los dedos de los pies y, menos todavía, experimentar arquetípicamente algún tipo de imaginería mítica arcaica. No niego que, en ocasiones, algunas comprensiones espirituales puedan expresarse por medio de imágenes míticas, pero me niego a admitir que ése sea su origen. Todas las estructuras profundas son arquetípicas, pero las imágenes míticas no tienen nada de especialmente arquetípico. Así pues, el uso junguiano del término arquetipo es difuso y se presta a confusión. Estoy de acuerdo con Jung cuando afirma que el ego y todas las formas psicológicas principales son arquetípicas, pero dejo de estarlo cuando, inmediatamente después, pretende que arquetípico es lo mismo que mítico.
Además de confundir a las imágenes míticas con los arquetipos transpersonales, Jung sostenía que «los arquetipos» constituyen una herencia de la evolución pasada real que persiste en nosotros como un reflejo de la forma de pasadas cogniciones. Y, si bien es cierto que hemos heredado las estructuras pasadas del desarrollo, no lo es menos que esas estructuras descansan en nuestra faceta simiesca, no en la angelical. Los arquetipos no son, pues, como Jung pensaba, un legado colectivo de primitivos estadios evolutivos, sino estructuras que descansan en el extremo opuesto del espectro, al comienzo de la involución. Si Jung hubiera advertido que la conciencia es arrastrada hacia los arquetipos por los mismos arquetipos, habría asumido el mismo punto de vista que Platón y Plotino, por ejemplo, y se hubiera librado de la incomodísima situación de tener que considerar a los arquetipos como algo arcaico y divino al mismo tiempo. De esta manera, la noción junguiana de «arquetipos» se deriva de la falacia pre/trans que confunde los arquetipos reales con las formas míticas inferiores, y la gloria transracional con el caos prerracional. Por ese motivo, los terapeutas junguianos se ven compelidos a adorar a los arquetipos y a temblar en su presencia. En muchos sentidos me considero un junguiano pero debo decir que, en este punto, la teoría junguiana precisa de una urgente revisión.
Los tres ojos del conocimiento, 222-225
* * *
Jung descubrió que los hombres y mujeres modernos pueden producir de manera espontánea –en los sueños, la imaginación activa, las asociaciones libres, etcétera– casi todos los temas fundamentales de las religiones míticas del mundo; un hallazgo que le llevó a deducir que las formas míticas básicas –a las que denominó arquetipos– son comunes a todas las personas, las hereda todo el mundo y se transmiten gracias a lo que él denomina inconsciente colectivo. Y luego afirmó aquello de que –y cito literalmente–: «el misticismo es la experiencia de los arquetipos».
Pero, en mi opinión, este punto de vista incurre en varios errores cruciales. En primer lugar, es evidente que la mente, incluso la mente moderna, puede llegar a producir, de manera espontánea, formas míticas esencialmente similares a las que podemos encontrar en las religiones míticas. Ya he dicho que los estadios preformales del desarrollo mental –en especial, el pensamiento preoperacional y el pensamiento operacional concreto– son naturalmente mitógenos. Todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo atraviesan esos estadios del desarrollo durante la infancia y, por consiguiente, todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo pueden acceder de manera espontánea a la estructura de pensamiento mítico, sobre todo en los sueños, donde los niveles primitivos del psiquismo pueden aflorar con más facilidad.
Pero eso no tiene absolutamente nada de místico. Según Jung, los arquetipos son form as míticas básicas vacías de todo contenido; mientras que el misticismo, por su parte, es conciencia carente de forma. No parece existir, por tanto, ningún punto de contacto entre ambos.
En segundo lugar, Jung tomó prestado el término «arquetipo» de grandes místicos como Platón y san Agustín. Pero la forma en que lo utiliza no es la misma en la que lo utilizaron ellos, ni tampoco es la forma en la que lo han utilizado los grandes místicos del mundo entero. Para los místicos –Shankara, Platón, san Agustín, Eckhart y Garab Dorje, por ejemplo–, los arquetipos son las primeras formas sutiles que aparecen cuando el mundo brota del Espíritu carente de forma, del Espíritu no manifestado. Para ellos, los arquetipos son los modelos en los que se basan todos los demás modelos manifestados. El término arquetipo procede del griego arche typon, que significa “modelo original”. En este sentido, los arquetipos son formas sutiles, formas trascendentales, las primeras formas manifestadas, ya se trate de manifestaciones físicas, biológicas, mentales, etcétera, etcétera. Y en la mayoría de las formas de misticismo, esos arquetipos son pautas de radiación, puntos de luz, iluminaciones audibles, formas y luminosidades de colores radiantes, luces irisadas, sonidos y vibraciones, a partir de los cuales se manifiesta y condensa, por así decirlo, el mundo material.
Pero Jung utiliza el término refiriéndose a ciertas estructuras míticas básicas que son comunes a todos los seres humanos, como el tramposo, la sombra, el Sabio, el ego, la máscara, la Gran Madre, el anima, el animus y demás. Para Jung, pues, los arquetipos no son tanto trascendentales como existenciales, simples facetas de la experiencia comunes a la condición humana cotidiana. Coincido con Jung en que esas formas míticas constituyen un legado colectivo y también estoy plenamente de acuerdo con él en que es muy importante «llevarse bien» con esos «arquetipos» míticos.
Si, por ejemplo, tengo un problema psicológico con mi madre, si tengo lo que se llama un complejo materno, es importante que me dé cuenta de que gran parte de la carga emocional no sólo proviene de mi propia madre biológica sino también de la Gran Madre, una poderosa imagen del inconsciente colectivo que condensa, por así decirlo, la quintaesencia de todas las madres del mundo. Es decir, el psiquismo porta la imagen de la Gran Madre del mismo modo que también parece estar equipado con las formas rudimentarias del lenguaje, la percepción y diversas pautas instintivas. De este modo, si se reactiva la imagen de la Gran Madre, no sólo tendré que habérmelas con mi propia madre biológica sino también deberé afrontar miles de años de experiencia materna. Así pues, la imagen de la Gran Madre conlleva una carga y tiene un impacto muy superior al de mi propia madre biológica. Llegar a entrar en contacto con la Gran Madre, a través del estudio de los mitos de todo el mundo, constituye una buena forma de hacer frente a esa forma mítica, de tornarla consciente y poder diferenciarse así de ella. Estoy totalmente de acuerdo con Jung sobre este punto. Pero, en cualquier caso, esas formas míticas no tienen nada que ver con el misticismo, no tienen nada que ver con la auténtica conciencia trascendental.
Lo explicaré de una manera más sencilla. El gran error de Jung, en mi opinión, consistió en confundir lo colectivo con lo transpersonal (con lo místico). El hecho de que mi mente herede ciertas formas colectivas no significa que esas formas sean místicas o transpersonales. Todos heredamos diez dedos en los pies, por ejemplo, ¡pero el hecho de experimentar los diez dedos de mis pies no supone, en modo alguno, estar viviendo una experiencia mística! Los «arquetipos» de Jung no tienen casi nada que ver con la conciencia espiritual, trascendental, mística y transpersonal, son formas heredadas por todos que compendian algunos de los encuentros más fundamentales, cotidianos y existenciales de la condición humana: la vida, la muerte, el nacimiento, la madre, el padre, la sombra, el ego, etcétera. Pero en esto precisamente no hay nada místico. Colectivo sí, pero transpersonal no.
Hay elementos colectivos prepersonales, elementos colectivos personales y elementos colectivos transpersonales. Y Jung no los diferencia con la claridad necesaria. Y ese descuido, creo, desvirtúa toda su comprensión del proceso espiritual.
Así que estoy de acuerdo con Jung en que es muy importante entenderse con las formas tanto del inconsciente mítico personal como del inconsciente colectivo. Pero ninguno de ellos está relacionado con el verdadero misticismo que consiste, en primer lugar, en encontrar la luz más allá de la forma, y en segundo, en encontrar la ausencia de forma más allá de toda luz.
Gracia y coraje, 212-214
LA VISIÓN ROMÁNTICA
Veamos, para ilustrar el error fundamental de la visión romántica, el caso de la infancia. Desde la perspectiva romántica, el niño comienza su andadura en una especie de Cielo inconsciente, es decir, su yo todavía no se ha diferenciado del entorno que le rodea (de la madre) y, en consecuencia, es inconscientemente uno con el Fundamento dinámico del Ser. Así pues, el Cielo inconsciente –dichoso, extraordinario y místico–, constituye el estado paradisíaco del que no tardará en caer y al que siempre anhelará regresar.
En algún momento de los primeros años de la vida –prosigue la visión romántica–, el yo se diferencia del entorno, se rompe la unión con el Fundamento dinámico, el sujeto y el objeto se separan, y el yo se aleja del Cielo inconsciente para aproximarse al Infierno consciente (al mundo de la enajenación, de la represión, del terror y de la tragedia egoica).
Más tarde, sin embargo –prosigue esa misma visión–, el yo puede efectuar un giro de 180° en su desarrollo y regresar al estado de unión infantil anterior y reunirse con el gran Fundamento del Ser, sólo que ahora de un modo completamente consciente y autorrealizado y redescubrir, de ese modo, un Cielo, sólo que ahora un Cielo consciente.
Ésta es, pues, la esencia de la visión romántica, una visión según la cual el desarrollo se inicia en el Cielo inconsciente (en una unión inconsciente con lo Divino), luego se pierde esa unión inconsciente y se sumerge en el Infierno consciente y, finalmente, termina recuperando lo Divino en un nivel superior y más consciente.
Pero el primer paso –la pérdida de la unión inconsciente con lo Divino– es completamente imposible. ¡Todas las cosas son una con el Sustrato Divino que es, después de todo, el Fundamento mismo de todo ser! De modo que perder la unidad con ese Fundamento significa dejar de existir.
Veamos esto mismo desde otra perspectiva ya que, si todas las cosas son una con el Fundamento, no existen más que dos posibles alternativas, ser conscientes de esa unidad o no serlo, es decir, ser conscientes o ser inconscientes de nuestra unión con el Fundamento Divino.
Y, puesto que, según la visión romántica, usted parte de una unión inconsciente con el Fundamento, ¡no puede perder esa unión! Tal vez, usted haya perdido la conciencia de esa unión ¡pero no puede perder esa unión porque, en tal caso, dejaría de existir! De modo que, si usted es inconsciente de esa unión, las cosas ya no podrán, ontogenéticamente hablando, irle peor, porque ése será ya el culmen de la enajenación. Usted ya está, por así decirlo, viviendo en el Infierno, usted ya está inmerso en el samsara, sólo que no se da cuenta de ello porque carece de la conciencia necesaria para apercibirse. Ése es, de hecho, el estado real del yo infantil, el infierno inconsciente.
Lo que ocurre entonces, sin embargo, es que el yo comienza a despertar al mundo alienado en que se encuentra. Usted pasa del infierno inconsciente al infierno consciente y, en ese proceso, va cobrando conciencia del infierno, del samsara, del dolor inherente a la existencia y, al llegar a ser adulto, se descubre sumido en la pesadilla de la miseria y la alienación. El yo infantil no vive, pues, en el cielo, sino que no es lo suficientemente consciente como para sufrir las llamaradas del infierno que le rodea. El niño se halla inmerso en el samsara, sólo que no es lo suficientemente consciente como para darse cuenta de ello. ¡La iluminación, pues, no tiene nada que ver con un retorno a este estado infantil […] ni siquiera con una «versión madura» de ese estado! Ni el yo del niño ni el de mi perro se retuercen en la culpabilidad, la angustia y agonía ¡Por esta razón la iluminación no consiste en recuperar la conciencia de perro (ni siquiera una «forma madura» de conciencia canina)!
En la medida en que la conciencia del niño se desarrolla, va cobrando lentamente conciencia del dolor inherente a la existencia, del tormento intrínseco al samsara, de ese mecanismo de locura propio del mundo manifiesto y empieza a sufrir. Es entonces cuando va dándose cuenta de la Primera Noble Verdad, la estre-mecedora iniciación al mundo de la percepción cuya única regla es el fuego del deseo insaciable. No existe, pues, ningún mundo anterior ajeno al deseo, ningún estado previo «paradisíaco», sino una inmersión inconsciente en un mundo del que el yo va tomando conciencia lenta y dolorosamente.
Es así como, en la medida en que va creciendo la conciencia del yo, pasa del infierno inconsciente al infierno consciente, donde puede permanecer durante toda su vida, buscando torpes consuelos que emboten sus sentimientos y aturdan su desesperación. La vida se convierte, entonces, en la búsqueda de lenitivos, de compensaciones con las que el yo trata de convencerse, al menos provisionalmente, de que el mundo de la dualidad es algo positivo.
Pero el yo también puede proseguir su proceso de crecimiento y desarrollo y adentrarse en los dominios auténticamente espirituales, trascender la sensación de identidad separada y llegar a identificarse con la Divinidad. La fusión con lo Divino, una fusión o unidad que había estado presente –aunque de forma inconsciente– desde el mismo comienzo, relumbra ahora en la conciencia en una fulgurante explosión iluminadora que le pone en contacto con lo inefablemente ordinario, entonces es cuando actualiza su Identidad Suprema con el Espíritu, con la misma evidencia que la brisa fresca de un día claro de primavera.
Éste es, pues, el proceso real de la ontogenia humana: desde el infierno inconsciente hasta el infierno consciente y, desde ahí, hasta el cielo consciente. Y en ninguna de esas fases el yo pierde su unidad con el Fundamento ¡porque, en tal caso, dejaría de existir! Dicho en otras palabras, la agenda romántica tiene razón en lo que respecta al segundo y tercer paso (el infierno consciente y el cielo consciente), pero se halla completamente equivocada en lo que respecta al estadio infantil (que no es tanto el cielo inconsciente como el infierno inconsciente).
Ahora bien, el estado infantil no es el inconsciente transpersonal, sino el inconsciente prepersonal; no es transracional, sino prerracional; no es transverbal, sino preverbal; no es transegoico, sino preegoico. Y el curso del desarrollo humano –el curso, en suma, de la evolución– va desde la subconsciencia hasta la auto-conciencia y, desde ahí, hasta la supraconciencia; desde lo prepersonal hasta lo personal y, desde ahí, hasta lo transpersonal; desde lo inframental hasta lo mental y, desde ahí, hasta lo supramental; desde lo pretemporal hasta lo temporal y, desde ahí, hasta lo transtemporal […] o, dicho de otro modo, a lo eterno.
Así pues, el desarrollo no es una regresión al servicio del ego, sino una evolución al servicio de la trascendencia.
El ojo del Espíritu, 67-69
* * *
Desde el siglo XVIII hasta hoy en día, los ecorrománticos se han esforzado en mantener en marcha la maquinaria regresiva que les conducía a aquel estadio pasado en el que suponían que la cultura se hallaba menos diferenciada de la naturaleza. Con ellos comenzó la gran búsqueda del paraíso perdido.
Pero su búsqueda no anhelaba el Espíritu atemporal del que nos alienan las tendencias contractivas del presente sino un espíritu que se hallaba supuestamente presente en algún remoto pasado –fuera histórico o prehistórico–, que terminó siendo «exterminado» por el gran crimen de la cultura.
El destino final favorito del tren regresivo de los primeros románticos, como Schiller, por ejemplo, era la antigua Grecia porque, en su opinión, en esa época la mente y la naturaleza constituían una «unidad» (cuando lo que ocurría, por cierto, es que ni siquiera habían llegado a diferenciarse). Y resulta en especial curioso su olvido de que, precisamente por ese mismo motivo, uno de cada tres griegos era esclavo y que casi lo mismo ocurría con las mujeres y los niños. Es cierto que esas sociedades padecían muy pocas de las servidumbres de la modernidad […], pero también lo es que tampoco disfrutaban de sus considerables ventajas.
En la actualidad, sin embargo, la antigua Grecia ha perdido el favor de los románticos porque, al estar inmersa en una estructura agraria, también eran patriarcales. Es así cómo los románticos volvieron a poner nuevamente en marcha la dinámica de la regresión hasta recalar en las sociedades hortícolas, el punto de mira actual de las ecofeministas porque estas sociedades se hallaban gobernadas por la Gran Madre y solían ser matrifocales.
Dejemos de lado la ceremonia ritual característica de casi todas las sociedades hortícolas: el sacrificio ritual humano necesario, entre otras cosas, para garantizar la fertilidad de las cosechas. Olvidémonos también de que, según los sorprendentes datos aportados por Lenski, entre un 44 y 50% de esas sociedades se hallaban enzarzadas de manera continua o intermitente en escaramuzas bélicas (y que lo mismo ocurría con las pacíficas sociedades de la Gran Madre). Dejemos, por último, de lado que, según el mismo Lenski, el 61% de esas sociedades se basaban en la propiedad privada, que el 14% eran esclavistas y que el 45% de ellas tenía establecida la institución de la dote de la novia. No parece, por tanto, que, como afirman los ecomasculinistas, esas sociedades hortícolas fueran tan «puras y tan prístinas».
Los ecomasculinistas («los ecólogos profundos») dan todavía un paso m ás atrás y consideran que «el auténtico estado puro y prístino original» era el de las sociedades recolectoras. De hecho, según los ecomasculinistas, las sociedades hortícolas, tan idolatradas por las ecofeministas, no se hallaban tan cerca de la naturaleza como pretendían porque dependían de la agricultura, que ya constituye una violación de la naturaleza. Para ellos, las únicas sociedades realmente puras y prístinas eran las de los cazadores y recolectores.
Ignoremos también los datos que evidencian que cerca del 10% de estas sociedades eran esclavistas, que el 37% de ellas tenía establecida la institución de la dote de la novia y que el 58% guerreaban de manera continua o intermitente.
¡Pero ése debería ser el estadio puro y prístino porque ya no es posible volver más atrás! Así es como los ecomasculinistas terminan ignorando los aspectos desagradables de cualquiera de estas sociedades y lo convierten en el estadio del buen salvaje. Punto y final.
Porque, lógicamente, no se trata de regresar a la época de los simios por el hecho de que los simios carecieran de esclavitud, dote, guerra, etcétera, no sería serio extraer la conclusión de que todo lo que ocurrió después del Big Bang haya sido un error colosal. Pero ésa es, sin embargo, la conclusión a la que necesariamente arribará si confunde diferenciación con disociación, si cree que toda diferenciación es un error y si considera que el roble es culpable de haber dado muerte a la bellota.
De este modo, la búsqueda de un estado puro y prístino en el que realmente pudiera tener lugar la tan ansiada inserción en la naturaleza de los románticos nos lleva cada vez más y más hacia atrás, pero en ese proceso vamos también eliminando cada vez más y más estratos de profundidad del Kosmos. Así, comenzamos tratando de curar la depresión mediante una regresión y curamos la enfermedad desembarazándonos de la profundidad y siendo cada vez más superficiales.
Breve historia de todas las cosas, 385-387
* * *
Ahora bien, existe, en realidad, una caída de la Divinidad, del Espíritu, del Fundamento primordial, y eso es precisamente lo que los románticos tratan de definir antes de incurrir en la falacia pre/trans. Pero esta caída se llama involución, el movimiento a través del cual todas las cosas se alejan de la conciencia de su unión con lo Divino, imaginando ser mónadas separadas y aisladas, alienadas y alienantes. Sólo después de que este proceso involutivo haya tenido lugar –y el Espíritu devenga inconsciente y se identifique con las formas inferiores y más bajas de su propia manifestación– es posible la evolución, el despliegue del Espíritu en un gran espectro de conciencia que va desde el Big Bang hasta la materia, la sensación, la percepción, el impulso, la imagen, el símbolo, el concepto, la razón, lo psíquico, lo sutil y lo causal, un camino que conduce al reconocimiento, la autorrealización y la resurrección en el Espíritu. Y en cada una de esos distintos estadios –la materia, el cuerpo, la mente, el alma y el espíritu–, la evolución va tornándose más y más consciente, dándose más y más cuenta, despertando cada vez más, a toda la dicha –y obviamente también a todo el terror– inherente a la dialéctica del despertar.
En cada uno de los estadios de este proceso de regreso del Espíritu a sí mismo, nosotros –usted y yo– recordamos, de un modo difuso –o tal vez sumamente intenso– que somos uno con lo Divino. Esta reminiscencia –que alienta en lo más hondo de nuestra conciencia– es la que nos impulsa y estimula a comprender, despertar y recordar qué y quién siempre hemos sido.
De hecho, podríamos llegar a decir que todas las cosas intuyen, de una u otra forma, que su Fundamento es el Espíritu mismo y se ven urgidas, impulsadas y apremiadas a actualizar esta realización. Pero, antes de llegar a ese despertar de lo divino, todas las cosas buscan al Espíritu de un modo que realmente impide su realización ¡de otro modo nosotros lo actualizaríamos ahora mismo!
Es, pues, como si buscáramos al Espíritu de maneras que ciertamente lo impiden. Buscamos al Espíritu en el mundo del tiempo, pero el Espíritu es atemporal y no puede encontrarse allí. Buscamos al Espíritu en el mundo del espacio, pero el Espíritu es aespacial y no puede encontrarse allí. Buscamos el Espíritu en este o aquel objeto, fascinante o conmovedor, pero el Espíritu no es un objeto y, en consecuencia, no puede verse ni comprenderse en el mundo de los objetos y de las emociones.
Dicho en otros términos, buscamos el Espíritu en formas que impiden su realización y nos obligan a la búsqueda de gratificaciones sustitutorias que nos impulsan y nos encierran en el mundo atribulado del tiempo y del terror, del espacio y de la muerte, del pecado y de la separación, de la soledad y del consuelo.
Ése, precisamente, es el proyecto Atman, el intento de encontrar el Espíritu con modos que ciertamente lo impiden y nos llevan a buscar todo tipo de gratificaciones sustitutorias. Y, como veremos, toda la estructura del universo manifiesto se ve movilizada por el proyecto Atman, un proyecto que prosigue hasta al momento en que nosotros –usted y yo– despertemos a ese Espíritu cuyos sustitutos buscamos desesperadamente en el mundo del tiempo y del espacio. La pesadilla de la historia es la pesadilla del proyecto Atman, la búsqueda estéril en el tiempo de lo que, en última instancia, es eterno; una búsqueda que necesariamente genera terror y tormento, un yo desolado por la represión, paralizado por la culpabilidad, acosado por la enajenación, una desdichada tortura que sólo se desvanece en la Esencia radiante cuando concluye la gran búsqueda, cuando la contracción abandona el intento de descubrir a Dios (real o sustituto), y el movimiento en el tiempo concluye en lo No nacido, en lo No creado, en la gran Vacuidad pura que se asienta en el Corazón mismo del Kosmos.
De modo que, cuando lea este libro, trate de recordar el gran evento, el instante en el que respiró y dio origen a la totalidad del Kosmos; recuerde el vacío del que se derramó como la totalidad del Mundo simplemente para ver lo que ocurría. Recuerde las miles de formas y fuerzas que le han llevado tan lejos; recuerde las galaxias, recuerde los planetas; recuerde las plantas que se orientan en dirección al Sol; recuerde a los animales que permanecen alerta día y noche, extenuados en su incesante búsqueda; recuerde a las mujeres y los hombres primitivos, anhelando la Luz; recuerde a la persona que ahora mismo sostiene este libro, recuerde, en suma, qué y quién ha sido, qué ha hecho y qué ha visto, recuerde quién se halla realmente detrás de todos esos disfraces, detrás de las máscaras de Dios y de la Divinidad, detrás de las máscaras que ocultan su verdadero Rostro Original.
Permita que la gran búsqueda concluya, afloje su contracción esencial, repose en la inmediatez de su conciencia, deje que el Kosmos entero se precipite en su ser –dado que usted ya es su mismo Fundamento– […] y entonces sabrá que el proyecto Atman nunca existió, que usted nunca ha cambiado y que todo es exactamente como debe ser, cuando el canto del petirrojo resuena en una hermosa mañana en la que el sonido de la lluvia repiquetea en el tejado del templo.
El ojo del Espíritu, 70-71
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