Kitabı oku: «Meditación integral»

Yazı tipi:

Ken Wilber

Meditación integral

Mindfulness para despertar

y estar presentes en nuestra vida

Traducción del inglés al castellano de David González Raga


Título original: INTEGRAL MEDITATION by Ken Wilber

© 2016 by Ken Wilber

Publicado con la autorización de Shambala Publications Inc., Boston

© de la edición en castellano:

2016 by Editorial Kairós, S.A.

www.editorialkairos.com

© Traducción del inglés al castellano: David González Raga

Revisión: Amelia Padilla

Composición: Pablo Barrio

Diseño cubierta: Katrien Van Steen

Primera edición en papel: Diciembre 2016

Primera edición en digital: Julio 2020

ISBN papel: 978-84-9988-529-2

ISBN epub: 978-84-9988-823-1

ISBN kindle: 978-84-9988-824-8

Todos los derechos reservados.

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Sumario

1  Introducción

2  1. Crecimiento: los mapas ocultos del desarrollo

3  2. Despertar: los pasos que conducen a la iluminación

4  3. Expresión: las muchas perspectivas de la conciencia

5  4. Nuestras muchas corrientes: una exploración de las inteligencias múltiples

6  5. La Imagen de Todo lo que es

Introducción

Bienvenido, querido amigo, a esta visión de la meditación integral con un énfasis especial en el «mindfulness» desde la perspectiva de la teoría integral. Espero que esta aproximación, que combina una de las formas más antiguas –y probablemente más eficaces– de meditación jamás concebidas con una de las visiones más avanzadas logradas, hasta la fecha, por la evolución, no solo le resulte inspiradora, sino también innovadora. Porque esta mezcla constituye, en mi opinión, el enfoque más poderoso sobre el crecimiento, el desarrollo, la transformación y la evolución personal. Entiendo que esta afirmación le parezca exagerada, pero confío en que, en la medida en que avancemos y lleve a cabo los ejercicios que propongamos, su visión empezará a cambiar… y también lo hará, en consecuencia, su modo de sentir y experimentar la vida.

Respondamos ahora a algunas de las preguntas que más frecuentemente me formulan sobre este enfoque y veamos si podemos descubrir, en ello, algún sentido.

¿A qué se refiere exactamente por «crecimiento y desarrollo» cuando afirma que la meditación integral es una aproximación al crecimiento y el desarrollo?

La investigación realizada al respecto hasta la fecha ha puesto de relieve la existencia de dos tipos, al menos, de crecimiento y desarrollo… lo que implica que el ser humano se enfrenta a dos tipos muy distintos de compromiso espiritual. Y lo más curioso es que, como el descubrimiento de uno de ellos es relativamente reciente, ningún camino de crecimiento o desarrollo (convencional, espiritual o de cualquier otro tipo) ha incluido, hasta el momento, esas dos importantes dimensiones a las que nos referiremos como «desarrollo» y «despertar». Y el hecho de que ningún enfoque los haya tenido en cuenta a ambos implica que, al centrarse en una sola de esas dimensiones y desdeñar la otra, la humanidad ha estado generando, a lo largo de toda su historia, seres humanos fragmentarios o incompletos.

Con ello queremos decir que la humanidad ha estado produciendo individuos que, si bien se hallaban muy desarrollados (es decir, muy avanzados) en algunas de sus inteligencias múltiples, también estaban muy poco despiertos o iluminados (es decir, que carecían de toda noción de lo que los sufíes denominan «Identidad Suprema» y permite a las personas experimentar que son uno con la realidad, con el universo y con todos los seres). Siga leyendo, pues, por más que estas afirmaciones le parezcan, por el momento, un tanto «lejanas» y verá cómo, con el tiempo, las cosas empiezan a cobrar cierto sentido. ¿No le gustaría, si esa realización de la que estamos hablando fuera posible, participar de ella? Porque una de las cosas que vamos a hacer en este libro es descubrir cómo podemos empezar a entender lo que esta experiencia significa personalmente para usted.

La humanidad, por otro lado, ha estado produciendo individuos que aunque llegaron a despertar o iluminarse, se han mostrado muy inmaduros en muchas de sus capacidades humanas. Por ello precisamente hay personas que, pese a ser «uno con el mundo», se hallan muy poco desarrolladas psicosexualmente (y se aprovechan, en consecuencia, de sus discípulos), muy poco avanzadas moralmente (recordemos que no fueron pocos los nazis, por ejemplo, que se interesaron por la meditación y las prácticas de yoga) o son francamente homófobas, sexistas, racistas, xenófobas, autoritarias, rígidamente jerárquicas, etcétera, con una inmadurez en cuestiones mundanas rayana en la disfuncionalidad… cuando no en la abierta patología.

Jamás hemos contado con una práctica que tuviese seria y simultáneamente en cuenta el desarrollo (es decir, la maduración plena de todas nuestras capacidades o inteligencias múltiples) y el despertar (es decir, la Identidad Suprema). Por ello, necesitamos una práctica que no se limite a crear seres humanos parciales o fragmentarios (que es, hasta ahora, todo lo que hemos hecho), sino que contribuya al alumbramiento de seres humanos totales, completos y auténticamente maduros en todos los dominios de la existencia.

Siendo, como hemos visto, el camino del desarrollo un descubrimiento muy reciente, es muy posible que haya estado practicando un camino espiritual que le parezca pleno y completo y al que considera que no le falta nada.

No sería extraño, si tenemos en cuenta que el ser humano ha tenido experiencias del «despertar» desde la época de los primeros chamanes y hombres-medicina, un pasado que se remonta unos 50 000 años, que su camino espiritual haya sido concebido, en el mejor de los casos, hace un milenio.

El camino del desarrollo, como hemos dicho, fue descubierto hace aproximadamente un siglo. Y es que, al no ser evidentes y fáciles de ver, los estadios del desarrollo resultan inadvertidos independientemente de las horas que pasemos meditando o haciendo introspección. Por eso, al no poder verse mirando sencillamente hacia dentro, ninguno de los grandes sistemas de meditación, por más que hablen, como veremos, de estadios del desarrollo meditativo, no tiene nada que se asemeje a los estadios del desarrollo. Despertar sí, pero desarrollo, no. No existe, en ningún lugar, un camino «completo» que incluya tanto el desarrollo como el despertar.

Los estadios del desarrollo fueron descubiertos por las modernas escuelas occidentales de psicología evolutiva hace aproximadamente un siglo. Hoy en día existen decenas de escuelas del desarrollo basadas en la investigación directa. Pero lo más interesante –y esto es algo a lo que prestaremos mucha atención– es que casi todas esas escuelas mencionan la existencia de entre 6 a 8 grandes estadios del desarrollo. Y ello significa que tenemos mapas del camino del desarrollo que pueden ayudarnos a crecer, desarrollarnos y evolucionar a través de esos diferentes estadios hasta llegar a los más plenos, maduros y elevados imaginables. Aunque lo curioso es que casi ninguno de esos mapas o modelos del desarrollo tiene nada que se asemeje a una iluminación o un despertar a la Identidad Suprema. Las escuelas occidentales nos enseñan, pues, a crecer, pero no nos enseñan a despertar, razón por la cual no hablan de cosas tales como «la Gran Liberación», «el Despertar», «la Identidad Suprema» o «la Iluminación».

La historia de la humanidad ha discurrido, hasta el momento, por uno u otro de estos caminos (el camino del despertar y el camino del desarrollo), pero el «enfoque integral», es decir, el modelo vanguardista que aquí estamos presentando, combina por vez primera ambos caminos y nos proporciona un método realmente profundo y eficaz de avanzar en casi cualquier dimensión concebible. Este enfoque integral puede aplicarse (y, de hecho, se ha aplicado) a casi cualquier disciplina humana. A tenor de lo que afirma la principal revista profesional de este enfoque integral,1 se ha aplicado, hasta el momento, a cerca de sesenta disciplinas humanas diferentes (desde la medicina integral hasta el mundo empresarial integral, la educación integral, el consulting integral, etcétera).

Y quienes son conscientes de ello sostienen de manera casi unánime que, si quieren seguir logrando adeptos, las religiones o espiritualidades futuras deben empezar a incluir, en sus enseñanzas, las dimensiones del desarrollo y del despertar porque, de otro modo, acabarán perdiendo a sus partidarios (que buscan resultados reales). A ello, precisamente, me refiero cuando hablo de «la religión del futuro» aplicada a nuestro desarrollo integral actual.2

¿Qué es el mindfulness?

En las siguientes páginas presentaremos ejercicios y prácticas sencillas, con la intención de ofrecerle una muestra del programa de desarrollo y crecimiento más eficaz actualmente existente que combina lo mejor de los caminos del desarrollo con lo mejor de los caminos del despertar. E insistimos una vez más en que, si esto sigue pareciéndole desproporcionado, siga acompañándonos y decida luego por sí mismo.

¿Qué es el mindfulness y en qué medida difiere, el mindfulness integral, de lo que, al respecto, nos ofrecen los medios de comunicación?

El mindfulness es una forma de entrenamiento corpomental que ha demostrado reducir espectacularmente el estrés; intensificar las sensaciones de calma, relajación y armonía; aliviar la ansiedad y la depresión; reducir el malestar provocado por el dolor; disminuir la presión sanguínea; aumentar la capacidad de aprendizaje, el Coeficiente intelectual y la creatividad y despertar los estados más elevados de conciencia a los que, en ocasiones, se conoce como «los logros más elevados de la naturaleza humana».3 Se trata de una especie de «esteroide» para las actividades humanas en general, desde las más mundanas hasta la iluminación espiritual, una práctica poderosa que tiene, al menos, 2 500 años de antigüedad a la que, durante todo ese tiempo, ha apelado el ser humano por el simple hecho de que funciona (no en vano se trata de uno de los principales ingredientes de la mayoría de los caminos del despertar).

La mayoría de los informes de los medios de comunicación occidentales que se han ocupado del mindfulness lo han hecho de un modo parecido al utilizado en un artículo de portada de la revista Time de 2004. En este caso, se han centrado en las considerables pruebas científicas recopiladas que demuestran los beneficios de mindfulness en casi todos los aspectos de la vida humana, subrayando especialmente su importancia en un mundo tan ajetreado y bullicioso como el nuestro, lleno de distracciones tecnológicas que cada vez entorpecen más nuestra capacidad de concentración. Las investigaciones realizadas al respecto prueban que los efectos de la práctica de los ejercicios básicos de mindfulness no se limitan a producir los beneficios mencionados, sino que van mucho más allá.

La práctica básica del mindfulness. ¿Y cuál es, exactamente, esa práctica? Se trata, simplemente, de sentarse en una posición cómoda, relajar la mente e, independientemente de lo que aparezca, dirigir la atención al momento presente. Siéntate, pues, en el suelo con las piernas cruzadas o en la postura del loto, coloca las manos boca arriba una sobre otra y descánsalas en el regazo, o apoya una mano en cada rodilla, o siéntate en una silla, con la planta de los pies apoyadas en el suelo, la columna erguida y las manos en una de las dos posiciones mencionadas. Focaliza y descansa luego la atención en el momento presente y date cuenta, clara y sosegadamente, de lo que está ocurriendo, tanto dentro como fuera de ti. Presta luego atención a un elemento concreto a la vez, siendo la respiración el más habitual de todos ellos. Más adelante veremos estas prácticas con más detenimiento, pero recuerda, por el momento, que la idea consiste en ser consciente de la respiración al inspirar, ser consciente luego de la pausa que separa la inspiración de la espiración, ser consciente de la espiración, ser consciente de la pausa que separa la espiración de la inspiración, ser consciente de la siguiente inspiración, y así sucesivamente. Y si, en algún momento, te pierdes dando vueltas a algo que te ha ocurrido en el pasado, a lo que crees que te deparará el futuro, o a lo que te ocurre en tu vida cotidiana (alguna situación que, durante la última semana, te haya molestado en el entorno laboral, en algún acontecimiento emocionante que tendrá lugar mañana o en algún problema de relación presente), suelta suavemente estos pensamientos y vuelve a prestar atención a la respiración. Haz esto entre 10 y 40 minutos una o dos veces al día.

Parece sencillo, ¿no es así? En realidad, es muy sencillo… hasta el momento en que lo intentas. Entonces te das cuenta del poco control que tienes sobre tus pensamientos y de la poca capacidad que tu mente tiene para llevar a cabo esta tarea. Tampoco tardarás mucho en darte cuenta de lo rápido que pierdes de vista la respiración y lo aprisa que empiezan a discurrir por tu conciencia pensamientos e imágenes. A veces te sentirás desbordado por sentimientos poderosos e indeseados y otras veces te sentirás atravesado por sentimientos extraordinariamente positivos y beatíficos. Y, cuando te des cuenta de lo poco consciente que eres de lo que sucede en tu mente y de lo que pasa en tu interior, entenderás porqué, determinada por tus pensamientos, tu conducta es tan confusa y caótica. Precisamente por ello, tu vida, en casi todas sus facetas, es menos exitosa, coherente y armónica y está lejos de tener la calidad, los logros, el cuidado y la excelencia que debería. Esa «mente de mono» confusa y errática que te acompaña a todas partes acaba socavando y determinando tu conducta en todos los dominios de tu vida. En las áreas que consigues gestionar adecuadamente, tienes mucho éxito, y, si miras con atención, te darás cuenta de que son las áreas en las que puedes concentrarte más clara, coherente y libremente y entrar en lo que se conoce como estado de flujo. Esos estados de flujo coherente te permiten hacer bien –a menudo muy bien– lo que hagas, independientemente de que tenga que ver con el entorno laboral, el mundo de las relaciones, la educación de tus hijos o, simplemente, relajándote. La meditación mindfulness es, en este sentido, una forma de conseguir que tu vida entera entre en estado de flujo.

¿En qué sentido es diferente el mindfulness integral? ¿Cuál es, pues, la diferencia que existe entre el mindfulness integral y el mindfulness normal y corriente? El mindfulness integral parte del mindfulness estándar, pero lo combina con muchos de los revolucionarios descubrimientos realizados por el modelo vanguardista anteriormente señalado y al que suele conocerse como teoría y práctica integral, que emplea ese marco de referencia para expandir los dominios de tu vida a los que puedes aplicar mindfulness y aumentar, en consecuencia, el número de entornos en los que puedes entrar en estado de flujo. Pero, por más que se trate de una posibilidad a la que todo el mundo tiene acceso, pocas personas son conscientes de ello y esa posibilidad se escapa sin que se den cuenta de ello. (Y, lo que es todavía más importante, es que se trata de una posibilidad presente, sin que lo advirtamos, en cualquiera de los estadios del desarrollo).

Ilustremos esto con el caso de nuestro idioma vernáculo, supongamos, el inglés. Cada persona educada en un país de habla inglesa acaba hablándolo más o menos bien, es decir, colocando adecuadamente sujetos, verbos y predicados, utilizando correctamente los adjetivos y los adverbios, ordenando bien las frases, etcétera. Pero si les pedimos que nos digan cuáles son las reglas de la gramática que determinan su expresión verbal, son muy pocas las personas que pueden hacerlo. Y es que, aunque todo el mundo se atenga más o menos estrictamente a esas reglas, ¡nadie es realmente consciente de ellas! Este es un ejemplo del tipo de ítems que la teoría integral subraya en todos los dominios de nuestra vida. Se trata de los mapas básicos que utilizamos para dar sentido al territorio en el que nos movemos, desde el entorno laboral hasta el mundo de la relaciones, de la creación artística, de la educación de los hijos, del aprendizaje, del deporte, de casi todo, en suma. Tenemos mapas de todas esas cosas, mapas que guían el modo en que nos movemos por ese territorio sin ser, hablando en términos generales, conscientes de ellos. (Y lo mismo sucede, como ya hemos dicho, con los estadios del desarrollo, que bien podríamos considerar como una especie de mapas ocultos). Y, como sucede con las reglas gramaticales, nos atenemos a esos mapas sin darnos cuenta de ellos. Y, francamente, muchos de esos mapas son muy rudimentarios, infantiles, inexactos o están sencillamente equivocados. Pero como no podemos verlos –porque, del mismo modo que no podemos ver las reglas de la gramática, también somos inconscientes de esos mapas ocultos–, en consecuencia, no podemos revisarlos, ajustarlos o reemplazarlos por otros que reflejen más exactamente los distintos territorios por los que nos movemos. Y de la misma manera que tendremos dificultades, si no contamos con un mapa correcto, en ir de una ciudad a otra, mal llegaremos, empleando un mapa equivocado, a nuestro destino. ¿No les suena todo esto? A mí, al menos, me resulta muy familiar.

Ahora bien, no es posible descubrir estos mapas a través del autoexamen o la introspección. No podemos descubrir las reglas de la gramática mirando en nuestro interior. De ese modo, solo podremos ver palabras, imágenes, signos y símbolos, pero no las reglas ocultas a las que se atienen. Para ello, deberemos estudiar objetivamente a numerosos usuarios de un determinado idioma, ver lo que tienen en común y deducir, de todo ello, las reglas que gobiernan su habla. Y lo mismo podemos decir con respecto a los mapas interiores que rigen buena parte de nuestra vida. Son cosas que no podemos ver mirando hacia dentro. De hecho, estos mapas (conocidos técnicamente como estructuras de conciencia) fueron descubiertos hace aproximadamente un siglo. Llevamos en este planeta más de un millón de años y solo durante los últimos cien hemos descubierto estos mapas ocultos. Por ello decimos que los estadios del desarrollo son un descubrimiento reciente.

Una cosa son las estructuras de conciencia y otra muy distinta los estados de conciencia. Y, como en breve veremos, la meditación nos permite acceder a los estados más elevados de conciencia, lo que incluye cuestiones como los llamados «estados alterados», los estados expandidos de amor, alegría, comprensión y conciencia, la sensación más amplia de identidad (incluida la sensación de ser uno con todo, es decir, la llamada «Identidad Suprema») y los estados de flujo en general o, dicho en otras palabras, el núcleo mismo de los caminos del despertar. Todos esos estados pueden verse por vía introspectiva y cuando experimentamos un sentimiento de amor por todos los seres y decimos «¡Amo a todo el mundo!», conocemos ese estado de manera directa e inmediata, aunque no podamos verbalizar las reglas gramaticales necesarias para elaborar esa frase. Los estados, como ya hemos dicho, fueron descubiertos por los seres humanos hará unos 50 000 años y se remontan a los primeros chamanes y hombres-medicina y sus búsquedas de la visión. Pero repitamos una vez más que las estructuras –es decir, los mapas ocultos– no pueden verse mirando hacia dentro y solo fueron descubiertas cuando, hace unos 100 años, apareció la psicología evolutiva.

Por eso, hasta el momento de su descubrimiento por la investigación sobre el desarrollo y su posterior resumen realizado por la teoría integral,4 ninguna de las grandes tradiciones meditativas tuvo la menor sospecha de la existencia de estos mapas ocultos. Por más brillantes que fuesen elaborando formas de meditación y contemplación como el mindfulness, por ejemplo (que conduce al despertar), ninguna de esas tradiciones las utilizó para descubrir esos mapas ocultos y reemplazarlos por versiones más adecuadas del desarrollo. La mayoría de los sistemas de meditación actualmente utilizados tienen, al menos, mil años de antigüedad, pero como el descubrimiento de esos estadios no tiene más de un siglo, no podemos advertir indicios de ellos en ningún sistema de meditación. Así que, por más que hayan logrado estados muy elevados de conciencia (incluidos los estados de iluminación o despertar que, según se dice, consisten en el «Despertar puro», es decir, en la realización del Fundamento Último del Ser), todavía se hallan a merced de esos mapas ocultos (y de los correspondientes estadios del desarrollo). A ello se debe que, impulsados como lo están por esos mapas ocultos inconscientes y distorsionados, hasta los más avanzados maestros de meditación acaben víctimas de nociones tan confusas como la homofobia, el autoritarismo, el sexismo y las jerarquías de dominio.

La forma más simple de recordar la diferencia que existe entre las estructuras de conciencia y los estados de conciencia es que aquellas (es decir, los niveles ocultos y los mapas ocultos) constituyen el fundamento del desarrollo, mientras que estos constituyen el fundamento del despertar y conducen a la iluminación. El desarrollo nos permite avanzar desde estadios o mapas menos desarrollados de nuestro mundo hasta estadios o mapas más adecuados, maduros y desarrollados, un gran paso hacia delante. El despertar, por su parte, nos permite avanzar desde los estados menos completos y avanzados hasta los estados más elevados y evolucionados que desembocan en el Despertar, la Iluminación, la Gran Liberación, la Metamorfosis, el satori o la Identidad Suprema: una auténtica transformación.

Descubrir los mapas ocultos del desarrollo

Empezaremos centrándonos en el desarrollo y la sustitución de mapas ocultos inferiores, menos exactos y menos desarrollados por otros más desarrollados, maduros e inclusivos (y veremos algunos ejemplos al respecto para entender exactamente lo que son y lo que implican). Luego nos centraremos en el despertar y llevaremos a cabo algunos ejercicios que nos permitan experimentar directamente lo que ello implica (incluyendo los dos estados más elevados de «Yo Verdadero» y «Conciencia de unidad última»).

Por supuesto, la única manera de sustraernos al influjo de los mapas ocultos del desarrollo consiste en descubrirlos y cobrar conciencia de ellos. Y eso es precisamente, como veremos, lo que la teoría integral puede ayudarnos a hacer. Y, cuando nos demos cuenta de que uno de los mapas ocultos descubiertos es anticuado, anacrónico o inapropiado –o que está sencillamente equivocado–, deberemos, por así decirlo, desenterrarlo y reemplazarlo por otro más adecuado. Y mindfulness es, para ello, una herramienta muy poderosa. Esta forma de mindfulness consiste en prestar una atención plena a cualquier fenómeno que aparezca en el momento presente que, en este caso, se trata de un elemento (un estadio del desarrollo) del que las tradiciones meditativas no saben nada y que la teoría integral señala directamente.

La aplicación coherente de la conciencia a estos mapas ocultos los «visibliliza», y, cuando las estructuras subjetivas se tornan objetivas y los mapas inconscientes se tornan conscientes, podemos controlarlos conscientemente. El hecho de desembarazarnos de los mapas incoherentes y obsoletos y reemplazarlos por otros nuevos y más exactos tiene un efecto inmediato y profundo sobre casi todas las áreas de nuestra vida. Y ello es así porque el hecho de desembarazarnos de los mapas inconscientes e inexactos que sin darnos cuenta han estado guiando nuestra vida tiene, sobre nuestra conducta, el mismo efecto que cambiar un mapa de carreteras equivocado por otro más exacto. Casi todos los aspectos de nuestra vida se ven impulsados o guiados por esos mapas, marcos de referencia o perspectivas que asumimos sobre los distintos territorios que habitamos; y el hecho de tornarnos conscientes de ellos –es decir, de identificarlos mediante la teoría integral y concentrarnos luego en ellos con mindfulness– influirá espectacularmente en cada dominio de nuestra vida, a veces de manera casi inmediata o instantánea y, en otras, con un poco de práctica. ¡Pero su influencia, en cualquier caso, será inevitable!

Esto será lo que haremos a partir de ahora. Vamos a conocer algunos de los mapas, marcos de referencia o puntos de vista básicos que solemos utilizar en casi todos los dominios de nuestra vida y luego les prestaremos una atención plena y detenida, a través de mindfulness, con la intención de desarticularlos, extirparlos y dejar lugar para otros más exactos y coherentes. Este será un proceso que tendrá un impacto muy profundo e inmediato en casi todos los dominios de nuestra vida. No le estoy pidiendo que crea en lo que digo, sino que lo lleve simplemente a la práctica y vea, por sí mismo, lo que ocurre (que, de una u otra manera, le aseguro que será evidente). De este modo, no solo contará con los beneficios tradicionalmente asociados al mindfulness regular (desde un aumento de la salud hasta una mejora de las capacidades mentales, una vida emocional más equilibrada, relaciones más satisfactorias y una crianza más auténtica), sino que también disfrutará de todos los beneficios asociados a descubrir, desmantelar y arrancar marcos de referencia y mapas responsables de muchos desastres en su vida y reemplazarlos por otros nuevos que le permitan moverse de un modo más sano, feliz, coherente e inteligente y facilitar que el estado de flujo impregne todas las áreas de su vida.

Hasta un niño puede hallarse en un estado de flujo y euforia, ¿no es cierto? Convendrá, pues, asegurarnos de experimentar estos estados de flujo –incluido el despertar o la iluminación– desde los niveles del desarrollo más evolucionados y maduros posibles. No queremos convertirnos en empollones iluminados (porque esa, créame, es una posibilidad muy real), sino combinar, muy al contrario, los niveles más elevados del desarrollo con los estados más elevados del despertar, con la intención de entrar en el mejor y más brillante de todos los mundos posibles, una posibilidad a la que solo hemos podido acceder hace muy poco, cuando las prácticas de las antiguas tradiciones de sabiduría (como mindfulness) se combinaron con las teorías y las técnicas de visiones vanguardistas evolucionarias y revolucionarias (como la teoría integral) unificando, por primera vez en la historia, el desarrollo con el despertar, las estructuras con los estados, la plenitud con la libertad y los medios hábiles con la sabiduría última. Este es el núcleo mismo del mindfulness integral.

Pero… ¿cómo puede ayudarme el mindfulness integral a ser más sano, feliz y productivo?

Aunque ya hemos hablado algo de esto, añadamos ahora que la teoría integral ha logrado desenterrar muchos de esos mapas ocultos (y permítame añadir que no se preocupe si no entiende muy bien lo que significan esos «mapas ocultos», porque lo ilustraremos con muchos ejemplos y de un modo que, se lo aseguro, lo dejará meridianamente claro) utilizando lo que se denomina una «metodología integral». El enfoque integral –un nombre quizás demasiado rimbombante para una idea muy sencilla– sostiene que casi cualquier disciplina humana –desde la ciencia hasta la moral, la literatura, la economía y la espiritualidad– encierra algún grado de verdad y tiene, por tanto, ideas «verdaderas pero parciales». Consideremos, por ejemplo, el caso de la literatura a la que a veces se compara con la ciencia y se dice que esta nos desvela verdades fundamentales, mientras que aquella tiene que ver con mundos imaginarios, mundos ficticios, mundos que no son reales. Pero… ¿significa eso acaso que la literatura no sea real? De ninguna manera, la literatura tiene que ver con el modo en que los seres humanos hacen interpretaciones; y recordemos que la interpretación es una verdad esencial de la condición humana que afecta incluso a la ciencia. La literatura, pues, no es algo exclusivamente imaginario, sino algo «verdadero pero parcial». Y lo mismo podríamos decir con respecto a las demás disciplinas que forman parte del quehacer humano. No se trata, por tanto, de determinar cuál de estos enfoques es verdadero, sino de descubrir cómo está organizado el mundo para que todos esos enfoques encierren algún aspecto de la verdad… porque «todo el mundo –dicho en otras palabras– tiene una parte de la verdad». La teoría integral no está interesada en saber quién está en lo cierto, sino en cómo dar sentido a todo esto. Recordemos que la palabra «integral» significa comprehensivo, inclusivo, abarcador y envolvente, es decir, que une cosas anteriormente separadas.

La teoría integral empezó recopilando todos los mapas que los seres humanos han creado a lo largo de la historia (desde los tiempos premodernos hasta los modernos y los postmodernos), colocándolos encima de la mesa y componiendo un mapa completo, un mapa global o supermapa que, utilizando cada mapa para llenar los huecos dejados por los demás, incluye los aspectos verdaderos, aunque parciales, de todos ellos. El resultado de ese intento es un mapa compuesto que contiene los elementos básicos de casi todos los mapas creados por los seres humanos en cualquier momento y lugar de la historia, no un mapa microscópicamente detallado (algo probablemente imposible), sino una visión panorámica, una imagen global que incluya los rasgos fundamentales y señale los aspectos básicos y las áreas del ser-humano-en-el-mundo.5 Nosotros llamamos OCON (acrónimo de «omnicuadrante, omninivel, omnilínea, omniestado y omnitipo») a este supermapa, a este mapa compuesto, a este mapa integral, y, créame, no tiene que aprenderse estos términos porque, cuando llegue el momento, los explicaremos detenidamente. El asunto es que la naturaleza inclusiva de este marco de referencia compuesto permitió a la teoría integral buscar mapas ocultos en casi cualquier dominio de la actividad humana, ya que casi todas ellas se vieron incluidas en este mapa de un modo que pone claramente de manifiesto sus deficiencias.

Explicaremos simple y llanamente este mapa compuesto a medida que avancemos y luego lo utilizaremos para detectar los mapas o marcos de referencia ocultos que rigen diferentes aspectos de nuestra vida. Basándonos en la versión sana de los mapas esbozados por el enfoque integral, le ayudaremos a identificar esos mapas ocultos y a prestarles una atención plena, para liberarnos de su presa y reemplazarlos por versiones más adecuadas, completas, inclusivas y sanas.

Existe un viejo dicho en informática que afirma «si entra basura, sale basura», lo que significa que, si introducimos información inexacta o pobremente diseñada en nuestro sistema (es decir, si introducimos basura), obtendremos resultados inexactos y pobremente diseñados (es decir, obtendremos basura). Así es como, de hecho, funcionan los mapas ocultos. Pues poco sentido tendrá lo que decimos si nuestra gramática está muy distorsionada. La mayoría de los idiomas, de hecho, tienen dialectos pobremente formados que se toman como prueba ipso facto de una educación deficiente o de pertenencia a una clase inferior (como ilustran, por ejemplo, las afirmaciones: «Me sa olvidao de trael.lo», «Que no haiga de disítelo más vese» o «Estas moscas se han llenao de pastel»). Los sistemas gramaticales de los mapas ocultos de muchas personas no están mucho más elaborados que esas frases y sus resultados dejan también, en consecuencia, mucho que desear. El mindfulness integral rescata estos mapas, los expone a la luz de la conciencia pura y los reemplaza con versiones mejor formadas y cuya influencia afecta a todos los dominios de nuestra vida. Así es como contribuyen a enriquecer y aumentar nuestra eficacia y productividad en todas las áreas de la vida.

Dos tipos de espiritualidad
¿Es mindfulness una práctica religiosa o espiritual y, en tal caso, de qué manera?

Tenemos que ser muy cuidadosos y avanzar, paso a paso, porque todo depende del modo en que utilicemos el término «espiritual» y el sentido que le demos. Así que todavía tenemos que discutir exactamente lo que entendemos por cosas como «religión» o «espiritualidad» (y a qué se refieren las personas que afirman ser «espirituales pero no religiosas»). De modo que, si usted es una de esas personas a las que sencillamente no les interesa la espiritualidad ni la religión (al menos, del modo en que actualmente se presentan), quizás encuentre interesantes estas definiciones. Porque quizás, en tal caso: 1) su noción de «espiritualidad» no sea la acepción «buena» de esta (es decir, la acepción que considera la espiritualidad como el camino que conduce directamente al despertar), y 2) también es muy probable que, una vez que descubra esta acepción, se interese por ella.

Empezaremos repitiendo que existen, al menos, dos formas muy diferentes de religión o espiritualidad y de lo que tratan de lograr. Los eruditos califican de narrativa a la primera, cuya forma más habitual es la «mítico-literal». La religión, desde esta perspectiva, consiste en una serie de historias, cuentos y relatos míticos que tratan de explicar la relación del universo y el ser humano con un ser Divino (y la serie de reglas o «leyes» que gobiernan el modo en que tiene que comportarse el ser humano para mantener una relación «correcta» con Dios). Este enfoque tiende a tomar esos relatos míticos como algo literal y absolutamente cierto (de ahí la denominación «mítico-literal») en los que suelen basarse las versiones fundamentalistas de las distintas religiones. El fundamentalista cristiano, por ejemplo, cree que Moisés separó realmente las aguas del mar Rojo; que, mediante el diluvio universal, Dios acabó literalmente con todos los seres humanos exceptuando la familia de Noé (que, por cierto, logró subir a su arca a una pareja de cada especie animal; ya sabe, un par de bacterias, un par de virus, y así hasta cerca de 180 000 especies de insectos diferentes… ¡espero que llevasen consigo un buen repelente!). Si usted cree en esa narrativa mítica –que suele incluir la afirmación de que un representante del ser divino es el salvador único de la humanidad–, acabará viviendo en la morada celestial y en presencia de ese ser divino por toda la eternidad, mientras que, si no cree en ella –es decir, si no acepta a ese salvador uno y único–, acabará ardiendo por los siglos de los siglos en el fuego del infierno (o se verá obligado a atravesar un número interminable de espantosas reencarnaciones). Ese es un tipo de religión centrada en las estructuras de conciencia, a menudo muy poco desarrolladas, que representan los estadios más rudimentarios e infantiles del desarrollo, con mapas correlativamente rudimentarios e infantiles (es decir, centrados en los estadios más tempranos del desarrollo de la línea espiritual).

El otro tipo de espiritualidad no es un sistema de creencias, sino una tecnología psicológica que apunta a la transformación de la conciencia. Esta espiritualidad aspira a cambiar el estado de conciencia valiéndose, para ello, de distintas prácticas meditativas y contemplativas destinadas a reorientar la conciencia hacia estados de conciencia nuevos y superiores, como la sensación directa de unidad con todo el universo, lo que los sufíes denominan «Identidad Suprema» (o, dicho en otras palabras, el Despertar puro). Estas prácticas incluyen mindfulness, que originalmente fue una práctica de meditación budista cuyo objetivo es el logro del estado más elevado, al que se conoce como nirvana. Según dicen las enseñanzas, la práctica de la atención plena [mindfulness] al eterno Ahora permite a la conciencia entrar en una sensación de unidad con el Fundamento último, ilimitado, incalificable y sin fundamento de todo Ser, un estado conocido como Iluminación, Liberación o Despertar. De ese modo, uno despierta de los incesantes, caóticos e incoherentes pensamientos y formas de enmarcar la realidad que gobiernan gran parte de la actividad humana y que tanto sufrimiento generan y se abre a una conciencia pura, transparente, abierta, vacía, clara y despojada de pensamientos y marcos de referencia incoherentes y fragmentarios.

Este despertar es algo que también suele describirse como descubrir nuestro Yo más elevado, nuestro Yo Verdadero y nuestra Condición Real y se asemeja mucho más a una psicología que a una religión. Si esto es lo que entendemos por «espiritual», entonces el mindfulness es –y fue, desde sus mismos inicios– una práctica espiritual. Pero lo cierto es que también tiene muchos efectos inferiores –aunque no, por ello, menos interesantes–, que van desde los beneficios para la salud hasta el bienestar psicológico y la mejora de la relaciones. Son muchos, sin embargo, los practicantes occidentales de meditación que, temerosos de ser confundidos con las bobadas mítico-literales características de la versión narrativa prevalente en la mayoría de las religiones, se avergüenzan de mencionar siquiera el aspecto espiritual del mindfulness… porque, si eso es lo que se entiende por espiritual, conviene decir desde ahora que mindfulness no tiene absolutamente nada de espiritual.

Convendrá ser, pues, muy cuidadosos con el modo de utilizar estos términos. Si por «espiritual» nos referimos a uno de los estadios más tempranos del desarrollo de la línea espiritual (especialmente de algo propio del estadio «mítico-literal»), mindfulness no es, en modo alguno, espiritual. Pero si, por el contrario, nos referimos a los estados más elevados de la conciencia o al despertar –es decir, a la «Conciencia de unidad» pura o a la «Identidad Suprema»–, mindfulness empezó y sigue siendo una práctica profundamente espiritual.

El desarrollo personal
¿Cómo podría aplicar mindfulness a mi desarrollo personal?

Este es un buen ejemplo del modo de emplear la teoría integral. Es probable que esté usted de acuerdo con la idea general de que, en el momento del nacimiento, el ser humano no está, en modo alguno, plenamente desarrollado, sino que tiene multitud de capacidades que van desplegándose, creciendo y desarrollándose a lo largo del tiempo hasta alcanzar la madurez. De manera parecida a las bellotas que acaban convirtiéndose en robles y a los huevos que acaban transformándose en gallinas, el ser humano atraviesa un largo recorrido desde la fase de embrión hasta el organismo maduro. Y hay decenas de modelos de esta secuencia global del desarrollo, modelos de los diferentes estadios por los que, en su proceso de crecimiento y desarrollo, pasan nuestras capacidades, es decir, diferentes modelos del desarrollo.

Casi todos esos modelos, como ya hemos señalado, subrayan la presencia de entre 6 a 8 grandes niveles del desarrollo que, dondequiera que aparezcan, son los mismos. En el «Apéndice» de un libro que titulé Una visión integral de la psicología, hay mapas de cerca de cien modelos diferentes del desarrollo procedentes de todo el mundo cuyos niveles resultan sorprendentemente parecidos. Los hay más condensados (que se centran en 5 niveles aproximadamente) y otros más detallados (que despliegan hasta 16 niveles o más), pero, en términos generales, los mismos 6 a 8 niveles básicos aparecen una y otra y otra vez.

Estos niveles son los mapas básicos que los seres humanos utilizan para dar sentido a su mundo. Son lo que hemos llamado «estructuras», es decir, la gramática interna, los mapas ocultos que gobiernan el modo en que vemos, interpretamos y experimentamos el mundo desde cada uno de los 8 grandes niveles aproximados de desarrollo. Las personas suelen creer que lo que ven «ahí fuera» está realmente ahí y que es accesible a todo aquel que esté dispuesto a mirarlo. Pero los estudios del desarrollo demuestran inequívocamente que, desde cada uno de los niveles del desarrollo, vemos, interpretamos y experimentamos el mundo de formas radicalmente distintas. Cada estadio del desarrollo tiene su propia gramática, su propia estructura y su propio mapa del territorio al que estamos expuestos. Y esto cambia extraordinariamente, hasta el punto de que algunos psicólogos del desarrollo sostienen que cada uno de esos estadios constituye un mundo realmente diferente. Pero, por más diferentes que sean, cuando empezamos a reconocerlos, los vemos por doquier. Vamos a verlos, pues, en la medida en que apliquemos la meditación integral a nuestro desarrollo personal porque formará parte de aquello hacia lo que dirijamos nuestra atención plena y nos permitirá ver, quizás por vez primera, el mapa, la gramática o el marco de referencia oculto que, sin que nos demos cuenta de ello, está determinando casi todas las facetas de nuestra vida.

Y esto significa que empezaremos oficialmente nuestra práctica de la meditación integral o del mindfulness integral contemplando algunos de los descubrimientos más nuevos y recientes, es decir, los 6 a 8 «mapas ocultos» o gramáticas ocultas que gobiernan el modo en que vemos y experimentamos el mundo. Esos mapas ocultos solo se han puesto de relieve en los últimos cien de los millones de años que el ser humano lleva en este planeta. Y lo subrayamos porque se trata, en realidad, de uno de los descubrimientos más fundamentales de la humanidad.

1. Crecimiento: los mapas ocultos del desarrollo

Empezaremos con una breve visita guiada a estos 6 a 8 grandes estadios o niveles del crecimiento o del desarrollo –nuestros «mapas ocultos»–, cuya realidad reconocen casi todas las escuelas que actualmente se ocupan de los estudios evolutivos. Se trata de estadios o niveles que emergieron histórica o evolutivamente uno tras otro y que, después de emerger y cobrar forma, dejaron su sedimento en la conciencia humana, como si se tratara de una estratificación arqueológica que cada nuevo ser humano debe atravesar en el mismo orden en que originalmente se asentaron. De todos ellos veremos evidencias a medida que avancemos, pero comencemos, por el momento, con el más antiguo, rudimentario, «primitivo» o «primordial» de todos nuestros niveles de ser, sentir y conocer, el nivel «arcaico» infrarrojo.

Nivel 1 – Arcaico (infrarrojo)

En el momento de su nacimiento, el bebé carece básicamente de sensación de identidad separada, no sabe dónde acaba su cuerpo y dónde empieza el entorno. Se halla en un estado de fusión pura en el que es uno con su madre y con el medio. A este estadio, conocido con nombres tan diversos como arcaico, simbiótico, de fusión o estadio básico sensoriomotor y fisiológico, le atribuimos el color infrarrojo. Tengamos en cuenta que, caracterizándose por rasgos tan distintos, nombres como «arcaico» o «simbiótico» resultan demasiado estrechos para transmitir adecuadamente esas diferencias, razón por la cual no solo conocemos a los estadios por su nombre, sino que también les asignamos colores o números (una denominación con la que espero que el lector se encuentre cómodo). E insistimos en que no es preciso recordar lo que ahora digamos porque, cuando haga falta, le daremos toda la información que necesite. Nos limitaremos, pues, por el momento, a ofrecer una visión global de este extraordinario despliegue evolutivo que todo ser humano se ve obligado a atravesar por la secuencia de mapas y gramáticas ocultas cada vez más desarrolladas y conscientes que gobiernan nuestro mundo.

A eso de los cuatro meses, hablando en términos generales, emerge la que se conoce como subfase de «eclosión», en la que el niño aprende a diferenciar su cuerpo físico del entorno físico que le rodea, aunque todavía no puede diferenciar su yo emocional del yo emocional de los demás, especialmente del yo de su madre. El niño se experimenta a sí mismo y a su madre como una especie de «unidad dual», una sensación de identidad fundida sin frontera que separe sus emociones de las emociones de quienes le rodean, especialmente, de nuevo, de las emociones de su madre. Este es el estadio «oral» del psicoanálisis, el estadio de las «necesidades fisiológicas» de Maslow (que incluyen el alimento, la comida, el calor y el refugio), el inicio del subestadio sensoriomotor de Jean Piaget y del estadio «arcaico» de Jean Gebser.

A menos que tengan una lesión cerebral, sufran de alzhéimer o padezcan de una enfermedad similar, pocos adultos permanecen en este estadio. Lo que sí que es posible, sin embargo, es que algunos aspectos de la conciencia sigan, en lo que el psicoanálisis denomina «una fijación oral», identificados con ese estadio. (Y tengamos en cuenta que no estamos hablando aquí solo de un «impulso oral», sino una «fijación oral», una diferencia, como veremos en breve, muy importante). Esta es una posibilidad, pues, que no deberemos olvidar. Son muchas las personas que experimentan fijaciones orales o, en el otro extremo del espectro, «disociaciones orales» (que también veremos más adelante) que desembocan, respectivamente, en «adicciones orales» o «alergias orales», generando problemas con las necesidades e impulsos fisiológicos básicos del organismo humano. Por ello, este es el estadio en el que debe comenzar el mindfulness integral.

(Digamos ahora, a modo de simple introducción de algo que veremos muchas veces a lo largo de este libro, que cada nuevo estadio del desarrollo «trasciende e incluye» al precedente, lo que significa que cada nuevo estadio incluye al estadio anterior, pero le añade algo nuevo. Y este emergente que no estaba en el estadio anterior es lo que lo convierte en un estadio «superior», porque no solo tiene en cuenta lo anterior, sino que le incluye algo novedoso y extra que lo hace, en algún sentido, «más grande», «más amplio» y «más elevado». En la secuencia evolutiva del desarrollo que va «desde los átomos hasta las moléculas, las células y los organismos», cada estadio va más allá del anterior y agrega algo nuevo y emergente a la existencia que «trasciende» a sus predecesores, como las moléculas trascienden o van más allá de los átomos. Pero cada estadio también implica completamente a sus predecesores, es decir, los envuelve o los «incluye» literalmente, de la misma manera que las moléculas incluyen literalmente los átomos. Y, como este proceso de «trascendencia e inclusión» opera en los 6 a 8 grandes estadios del crecimiento, desarrollo y evolución humano que estamos empezando a revisar, algo puede ir mal en cualquiera de estas dos fases o subestadios. Si algo va mal en la fase «trascendente», es decir, si el nuevo estadio fracasa en su intento de ir clara y limpiamente más allá del estadio anterior, partes del nuevo estadio quedan «atrapadas» o «fijadas» al anterior y el nuevo estadio presentará adicciones a las partes fijadas. Si el problema, por otra parte, se presenta en la fase «incluyente» –es decir, si el nuevo estadio no incluye e integra al anterior, sino que, en su lugar, disocia, niega y se escinde de algunas de sus partes–, acaba desarrollando una alergia a las facetas no deseadas que ha enajenado de sí mismo. «Adicciones y alergias» son los dos problemas universales que pueden acompañar a cada estadio de la evolución debido, precisamente, a la naturaleza «trascendente e incluyente» del proceso del desarrollo. Veremos muchos ejemplos de esto a medida que avancemos).

En este punto, que es el estadio más rudimentario e implica al deseo de alimento, el mindfulness integral consiste simplemente en permanecer en contacto con las ganas de comer. Si uno tiene hambre, se concentra en ese deseo y, en caso contrario, lo imagina. Este es el deseo más profundo, el impulso más poderoso y primitivo de comer, saciarse y dejar de tener hambre. Y si, cuando aflora ese deseo, uno no lo ha «trascendido e incluido completamente» (es decir, si todavía tiene algún tipo de apego a ese estadio), no se limitará a tener un impulso oral, sino que experimentará una fijación oral. Por ello, cuando irrumpe no es uno el que tiene ese deseo, sino el deseo el que le tiene a uno, lo que significa que una parte de usted sigue identificada con ese estadio que opera, en su conciencia, como si de un «sujeto oculto» se tratara.

La emergencia, en tal caso, del impulso de hambre (o de cualquier impulso fisiológico básico, ya sea de hambre, calor o cobijo), no significa que uno tenga o posea ese impulso, sino que es ese impulso y se experimenta, en consecuencia, como una parte de su sensación de identidad básica. Entonces uno es hambre que exige ser saciada. Y, en el momento concreto en que uno no es más que boca, el mundo entero se convierte en comida. Todas las demás preocupaciones se ven postergadas y la conciencia se halla completamente sometida al impulso del hambre. Y, en ese caso, uno solo quiere una cosa: satisfacer y eliminar, al menos provisionalmente, esa dolorosa sensación… hasta que asome nuevamente la cabeza y vuelva a desbordarle.

Cuando usted se hallaba en ese estadio, todo su ser estaba identificado con él: no es que tuviera simplemente ganas de comer, sino que usted era ganas de comer, todo usted era boca y el mundo entero era comida (por ello, precisamente, se lo conoce como «estadio oral»). Y, en la medida en que siga identificado con aspectos de ese estadio, tendrá una adicción a la comida, tendrá sobrepeso o estará clínicamente obeso. Cerca del 60% de los estadounidenses padecen, según el Instituto Nacional de la Salud, de sobrepeso (y un tercio son clínicamente obesos), una auténtica epidemia. En estos casos concretos, la conciencia de los estadounidenses se colapsa en el estadio arcaico y se ve motivada por el más primitivo y rudimentario impulso de los organismos vivos, el deseo de comer (o, dicho de otro modo, se centra en los impulsos fisiológicos más fundamentales necesarios para la supervivencia, como son la comida, el agua, el calor y el cobijo).

No hay nada más primitivo ni más primordial… o, dicho de otro modo, no hay nada más fundamental y menos significativo. Según la teoría integral, en cualquier jerarquía anidada del desarrollo o en cualquier «holoarquía» (un término acuñado por Arthur Koestler debido a que cada estadio superior trasciende e incluye a sus predecesores), los estadios «inferiores», «previos» o «más tempranos» son más fundamentales, porque hay más ítems que, para su existencia, dependen de ellos. Esto es algo perfectamente ilustrado por la secuencia (holoarquía) mencionada que va desde los átomos hasta las células y los organismos, en donde los átomos son evidentemente más «fundamentales», porque todos los estadios superiores los incluyen como ingredientes necesarios (de modo que la eliminación de los átomos implica la eliminación de todos los estadios más elevados). Por ello decimos que los átomos son más fundamentales porque, en su ausencia, no existirían las moléculas, las células, ni los organismos. Pero, siendo los menos fundamentales, los estadios más elevados son los más «significativos» porque, al incluir en su configuración más niveles de ser y de realidad, «significan» más realidad. Así pues, los organismos son muy significativos (porque incluyen, en su ser, átomos, moléculas y células), pero no son muy fundamentales, porque no hay muchos ítems que estén compuestos por ellos o que los incluyan en su configuración. (Si eliminamos los organismos, los átomos, las moléculas y las células seguirían existiendo [es decir, no son muy fundamentales], pero son muy significativos porque, al «significar» o «incluir» todos los estadios anteriores, representan mucha más realidad que un átomo, pongamos por caso). El ser humano es, en este sentido, el ser más significativo y menos fundamental de la existencia.

Los ingredientes de estas «holoarquías», dicho sea de paso, se llaman «holones», es decir, totalidades que forman parte de totalidades aún mayores. Así pues, la totalidad átomo forma parte de la totalidad molécula; la totalidad molécula forma parte de la totalidad célula; la totalidad célula forma parte de la totalidad organismo, etcétera. La realidad, en todas sus dimensiones –interior, exterior, individual o colectiva–, está compuesta de holones. El universo, dondequiera que miremos, está compuesto de holones. Cada uno de los niveles/estadios que ahora estamos considerando, cada uno de esos mapas ocultos, es un holón –es decir, es una totalidad en este estadio que se convierte en parte de la totalidad del siguiente estadio más elevado–; razón por la cual estos estadios son inherentemente cada vez más totales, complejos, unificados, inclusivos y abarcadores, algo que veremos que ocurre a lo largo de todo el camino que conduce de una identidad exclusivamente egocéntrica (o centrada en el «yo») a una identidad etnocéntrica (o centrada en el «nosotros»), una identidad mundicéntrica (o centrada en el «todos nosotros») y una identidad kosmocéntrica6 (es decir, una identidad con todos los seres sensibles, una identidad con la Totalidad).

Volvamos ahora, tras esta corta digresión, a nuestro tema principal: uno de los ítems a los que deberá prestar atención si tiene sobrepeso –y ya sé que, en tal caso, le habrán dicho centenares de veces que supuestamente está haciendo algo «mal» (y estará comprensiblemente harto, de modo que le ruego que me perdone)– es al hecho de que parte de la identidad de su yo permanece fijada a ese estadio temprano. Este impulso perdura como una parte oculta –aunque real– de su sensación de identidad, es decir, de la sensación real de ser usted mismo. O, dicho en otras palabras, sigue siendo parte de su sujeto, parte de su yo. Y esa es la razón por la cual el primer paso para renunciar a él, para desidentificarse de él, para verlo (en lugar de utilizarlo para ver y comprender el mundo) y para poseerlo (en lugar de ser poseído por él), consiste en verlo como un objeto empleando, para ello, el mindfulness.

La próxima vez que tenga hambre (independientemente de que tenga o no sobrepeso) practique mindfulness y préstele toda su atención. Y hágalo como si fuese una cámara de vídeo que lo observa todo de manera neutra y ecuánime sin emitir ningún juicio (es decir, sin criticar, condenar ni identificarse con nada), siendo consciente de ello y contemplándolo desde todas las perspectivas posibles. ¿Dónde se ubica la sensación de hambre (en la cabeza, en la boca, en el corazón, en el estómago, en los intestinos, en las manos o en los pies)? ¿De qué color es, qué forma tiene y a qué huele (responda lo primero que se le ocurra)? Sienta realmente el primitivismo, la sensación de urgencia y la impulsividad de esa pulsión. Permanezca con la urgencia de ese impulso. Convierta el impulso subjetivo en un objeto de su mindfulness, en un objeto de su conciencia. Contémplelo largo y tendido. Experiméntelo directamente con su conciencia más sensible (otra forma de referirse al «mindfulness»).

Quizás no nos hayamos quedado atrapados en ese estadio pero, yéndonos al otro extremo, nos hayamos desidentificado demasiado. Por lo general, acabamos desidentificándonos de cada estadio, es decir, dejamos de identificarnos exclusivamente con sus necesidades y sus impulsos. De este modo, siguen todavía en nuestra conciencia, pero hemos dejado de ser ellos y hemos pasado a ser conscientes de ellos o, dicho en otras palabras, los hemos «trascendido e incluido». Pero, si esa «desidentificación» es demasiado extrema o va demasiado lejos, no se limita a desidentificarse, sino que desemboca en una enajenación, una disociación y una represión. Y si tal cosa ocurre en el estadio oral, no acabamos con una adicción a la comida, sino con una alergia a la comida, generando entonces todo el espectro de disfunciones que van desde la bulimia hasta la anorexia y el infrapeso crónicos. Y la función del mindfulness en tales casos consiste en ayudarnos a incluir el impulso de hambre y facilitar el proceso de «trascendencia e inclusión».

Cada estadio del desarrollo, como ya hemos visto, «trasciende e incluye» a sus predecesores. Recordemos el simple ejemplo de la secuencia evolutiva que conduce desde los átomos hasta las moléculas, las células y los organismos. Cada uno de esos estadios «trasciende» o va más allá que sus predecesores agregando nuevas cualidades emergentes (cada estadio superior es, por ejemplo, «más completo»), pero también «incluye» o envuelve y engloba a sus predecesores (las células incluyen literalmente a las moléculas que, a su vez, incluyen literalmente a los átomos). La conciencia también tiene la cualidad de «trascender e incluir», es decir, es consciente de un objeto, pero también lo incluye, lo «toca», del mismo modo que podríamos decir que el espejo «toca» todas las imágenes que se reflejan en él. (Esta cualidad trascendente e inclusiva es el mecanismo central del proceso de crecimiento, desarrollo y evolución, y, en la medida en que avancemos, acabaremos familiarizándonos con él).

De manera que si ha enajenado o negado esos impulsos de hambre, puede prestarles una atención directa, amable y cuidadosa de manera clara y continua –manteniéndolos simplemente en el espacio de su conciencia sensible– e incluirlos de nuevo en la órbita de su «amistad» mientras su mente-espejo «toca» el reflejo del hambre del que es directamente consciente. De ese modo, no se identifica con el impulso de hambre, como el espejo tampoco se identifica ni se queda atrapado en ninguno de los objetos que refleja, sino que deja simplemente que sus reflejos vayan y vengan como mejor les plazca. Pero, mientras están ahí (es decir, mientras permanecen en la conciencia), esos reflejos son directamente «uno con» el espejo o, dicho de otro modo, el espejo «toca» directamente todos sus reflejos. (Finalmente llegaremos a ver y experimentar que la capacidad de la conciencia de ser «uno con» algo es el fundamento mismo de la capacidad de sentirse «uno con» el universo entero en la «Conciencia de unidad» radical). Por el momento, sin embargo, mantengamos directa y claramente en nuestra conciencia –como si estuviéramos visionándolo– el impulso de hambre y empezaremos a «trascenderlo y incluirlo» (teniendo en cuenta que la fase «trascender» acabará con cualquier adicción y que la fase «incluir» pondrá fin a cualquier posible alergia).

Prestemos este mismo tipo de conciencia atenta a todos nuestros impulsos fisiológicos fundamentales, no solo a la comida, sino también al agua, el calor (en el caso de que haga frío) o al frescor (si hace demasiado calor) y al cobijo. El cuerpo humano ha evolucionado a lo largo de millones de años desarrollando un gran número de variables para conservar un equilibrio con la naturaleza que permita nuestra supervivencia física. Comenzamos este proceso, en el estadio arcaico, con una identidad exclusiva y fundamentalmente impulsada por esas necesidades que, al final, conducen, como dice el maestro Zen Dogen, a «¡abandonar el cuerpomente!», lo que lleva a trascender e incluir nuestra identidad estrecha con este organismo aislado en el estado último al que los sufíes denominan «Identidad Suprema», la identidad con Todo, con el universo entero.

¿Le parece esto exagerado? Pronto haremos algún ejercicio que le permitirá experimentar directamente ese estado, de modo que siga atento. Entretanto, dediquémonos a convertir esos impulsos fisiológicos profundos, estos sujetos corporales, en objetos de conciencia, trascendiéndolos e incluyéndolos en nuestro propio ser.

Nivel 2 – Mágico-tribal (magenta)

En algún momento cercano a los 18 meses, el niño empieza a realizar, en el mundo actual, la distinción fundamental que existe entre el yo y el otro a un nivel emocional y sentimental, y puede empezar a advertir la diferencia entre su yo y el entorno que le rodea. Este estadio se conoce como «nacimiento psicológico del niño» porque es entonces, más o menos, cuando tiene lugar el nacimiento real del yo separado del niño. Este yo separado se ve inicialmente motivado por el impulso y la gratificación inmediata, está centrado en el ahora inmediato y tiene una modalidad de pensamiento mágica o fantástica. Este estadio, el nivel 2, se conoce como estadio «impulsivo», «mágico» o «emocional-sexual» (porque, con la emergencia del yo separado, empiezan a desarrollarse también las emociones básicas) y se le atribuye el color magenta. Se denomina «mágico» porque su modalidad de pensamiento tiende a basarse, en primer lugar, en la fantasía (y cree que todos los deseos tienden a materializarse mágicamente) y, en segundo lugar, porque, pese a que el yo está empezando a separarse del entorno, sigue mezclado con él, con lo que el yo permanece confundido con diferentes entornos, que asumen entonces cualidades pseudohumanas. Esa atribución de rasgos y motivos humanos a objetos exteriores es lo que técnicamente se conoce como «animismo». Es entonces cuando uno cree que el volcán entra en erupción porque está enfadado conmigo, que el trueno retumba porque está tratando de matarme, que las plantas florecen porque estoy enamorado, etcétera. Pero hay que precisar que el problema no consiste en adscribir conciencia, vida o sentido a la naturaleza –porque la naturaleza está llena de esos atributos–, sino en atribuir rasgos humanos a la naturaleza, una forma de pensamiento mágico antropomórfico en la que, al no haber acabado de separarse o diferenciarse completamente, sujeto y objeto se confunden y parecen influirse mágicamente de un modo fantástico y antropocéntrico. Esta forma de pensamiento mágico, supersticioso y fantástico es hoy en día el principal estadio del desarrollo infantil de los niños de entre 1 y 3 o 4 años.

Este estadio apareció históricamente hará unos 200 000 años jalonando la primera gran modalidad plenamente «humana» de ser y de existir. Los seres humanos emprendieron entonces la larga migración que acabaría llevándolos desde el corazón de África hasta Europa, Oriente Medio, el Lejano Oriente y, pasando finalmente, probablemente a través de una conexión terrestre entre Siberia y Alaska, a las Américas. La naturaleza «trascendente e inclusiva» de la evolución se aseguró de que, cuando apareció el primer ser humano, trascendiera e incluyese todos los grandes niveles individuales (y holones) generados hasta entonces por la evolución, a lo largo de un proceso que se remontaba hasta el Big Bang. Desde sus mismos inicios, por tanto, el ser humano incluía –es decir, contenía literalmente en su cuerpo– los quarks, las partículas subatómicas, los átomos, las moléculas, las células procariotas, las células eucariotas, los organismos, la bioquímica básica pionera de las plantas, la cuerda neural de los peces y los anfibios, el tallo cerebral de los reptiles, el sistema límbico de los paleomamíferos (como, por ejemplo, los caballos), la corteza de los primates y su culminación misma, el cerebro trino y el neocórtex, el holón más complejo de todo el Kosmos (cuyo número de conexiones sinápticas neurales supera al de las estrellas de todo el universo conocido). Y la cosa no termina ahí porque, siguiendo ese proceso de desarrollo y evolución, los seres humanos generaron estadios cada vez más novedosos (los llamados estadios del desarrollo), cada uno de los cuales trascendió, al tiempo que incluyó, a sus predecesores. Así fue como la inevitable «totalidad creciente» de la evolución kósmica prosiguió –ahora en un vehículo humano– su camino.

Los primeros seres humanos vivieron en pequeñas tribus, con una capacidad de carga ecológica de entre 30 y 40 individuos de modo que, para evitar superar esta capacidad, el infanticidio se hallaba sencillamente generalizado. Los dibujos realizados en las cavernas y datados en esa época solían superponerse en múltiples capas, lo que sugiere una falta de diferenciación. La danza de la lluvia era una forma (mágica) de obligar a la naturaleza a llover. Las relaciones estaban determinadas por el linaje de sangre y, en el caso de que se cruzaran tribus (cosa, al comienzo, bastante improbable, porque no había tantas) pertenecientes a diferentes linajes, no había forma de relación posible de modo que el resultado más probable era la guerra.

(Después de superar el periodo postmoderno de idealización romántica de las tribus primitivas, los eruditos más recientes nos ofrecen una imagen más exacta y menos edulcorada, marcada por la violencia y el expolio ecológico. Y conviene señalar que el daño relativamente limitado producido por esas tribus no se debía tanto a una supuesta «sabiduría nativa» generalizada como a la sencilla ausencia de medios para provocar males mayores. Pero no hay que concluir que haya, en ello, algo especialmente «bueno» o «malo», sino que son, simplemente, los pasos necesarios del ascenso que condujo desde egocéntrico hasta etnocéntrico, mundicéntrico y kosmocéntrico. Todos y cada uno de esos estadios tempranos siguen con nosotros, porque cada ser humano nace en el casillero 1 [es decir, en el estadio arcaico] y, desde él, debe iniciar su proceso de crecimiento y desarrollo, pasando al estadio mágico y siguiendo a través de los 6 a 8 estadios producidos, hasta la fecha, por la evolución…, y los estadios todavía más elevados que nos aguardan).

Como ocurría con el estadio arcaico, muy pocos adultos permanecen hoy en día en el estadio mágico del desarrollo. Eso era algo habitual hace 50 000 años, pero la evolución posterior ha convertido ese estadio en uno de los niveles más elementales del mundo actual, y, en el caso de que se presente, lo hace en pacientes de alzhéimer avanzado, personas aquejadas de diferentes tipos de lesión cerebral, personas muy perturbadas, etcétera.

Las facetas más leves de este estadio, por otra parte, pueden verse en adultos con modalidades de pensamiento mágico y supersticioso, y en cuestiones como el vudú y la santería que suponen que, si haces un muñeco con la imagen de una persona y lo pinchas con una aguja, estás dañando realmente a la persona, un vestigio del pensamiento «mágico» propio de este estadio, según el cual lo que tienes que hacer para que ocurra algo mágico es desearlo. (Porque, como uno y el entorno, sujeto y objeto y el pensamiento y las cosas están pobremente diferenciadas, la manipulación del pensamiento o de la imagen de una cosa implica, desde esa perspectiva, influir directamente en esa cosa. ¡Esa es la magia!). Así es como piensa el niño de tres años que cree que, si se cubre la cabeza con una almohada, nadie podrá verle, para diversión de los adultos que ven el empeño con el que trata de ocultar su cabeza debajo de la almohada.

Pero esto también sugiere que algunos aspectos de las formas «narrativas» de la religión anteriormente mencionadas –que creen literalmente en las historias mágicas que cuenta la Biblia, como que Moisés, por ejemplo, separó las aguas del mar Rojo– son vestigios de ese temprano periodo de nuestra evolución. Algunos adultos se ven actualmente atraídos por este elemento mágico de su religión y están comprometidos con ella porque se sienten atraídos por alguien capaz de caminar mágicamente sobre el agua, resucitar a los muertos, curar a los enfermos, convertir el agua en vino, o dedicarse a multiplicar el pan y los peces. Sus prácticas religiosas incluyen cosas como manipular serpientes venenosas vivas, porque creen que su fe les protegerá mágicamente (hay que decir que el líder de una de las más importantes de estas sectas acaba de morir, a los 40 años, después de haber sido mordido, en uno de sus rituales, por una serpiente de cascabel). Y algunos enfoques espirituales actuales –como los ilustrados por ¿Y tú qué sabes? y El secreto, por ejemplo– poseen una fuerte carga de esta forma de magia que apela, como veremos, a las facetas más egocéntricas y autoenaltecedoras. Esta magia fantástica forma parte del mapa oculto que hay detrás de cosas tales como la conocida como «ley de atracción» y varias otras nociones de la Nueva Era.

Ahora bien, esta magia infantil es muy diferente de las verdaderas capacidades paranormales, como la PES, la precognición, la telequinesia o la importancia de una intención claramente sostenida para alcanzar los objetivos deseados. Experimentos científicos estrictamente controlados han demostrado, más allá de toda duda razonable, que alguna de estas capacidades son, en realidad, muy reales.7 Pero el éxito de estas capacidades paranormales parece disminuir drásticamente cuando la persona se halla motivada por impulsos egoístas, etnocéntricos, narcisistas o ligados al poder. No olvidemos, pues, la gran diferencia existente entre la magia fantástica y los auténticos fenómenos parapsicológicos.

Podemos diferenciar las auténticas capacidades paranormales de las nociones mágicas y supersticiosas fruto de mapas mágicos ocultos advirtiendo simplemente la motivación egocéntrica que rodea a estas últimas. Si apuntan a la autoglorificación, subrayan lo especial que es uno, o insisten en colocarse por encima de los demás apelando, para ello, a prácticas mágicas (que básicamente son una forma exagerada de satisfacción de deseos), cabe pensar en la posibilidad de que buena parte de esa conciencia se halle atrapada en este estadio temprano, mágico, fantasioso y egocéntrico. Es posible, en tal caso, emprender la meditación para resaltar la propia grandeza, satisfacer mágicamente los deseos (conseguir a la chica, el coche, una nueva casa, un ascenso, etcétera), perder peso automáticamente y convertirse en una persona irresistiblemente atractiva, ponerse a uno mismo por delante de los demás, o dar por sentado que uno puede renunciar, en un abrir y cerrar de ojos, a los deseos egoicos.

Nuestra recomendación, en el caso de que tenga este tipo de creencias mágicas, es reconocerlas, admitir la presencia, en su vida, de ese mapa oculto, ver qué aspectos de su vida se hallan gobernados por esas creencias mágicas y supersticiosas y, exponiéndolas a la luz del sol de la atención pura y la presencia resplandeciente, observarlas directamente, convirtiéndolas así en meros objetos de conciencia. Ver esas creencias como objetos de nuestro campo de mindfulness permite que dejen de ser un sujeto oculto, un mapa oculto. De ese modo, dejamos de ver desde esas creencias y pasamos a mirarlas directa e intensamente, como si estuviésemos contemplándolas en vídeo, hasta que acaban desvaneciéndose.

En las sesiones de mindfulness correspondientes a este nivel, nos centraremos intensamente en la sensación de ser una persona muy especial. Verse a uno mismo como alguien muy famoso, caminando por la alfombra roja del festival de Cannes, escoltado por los flashes de los fotógrafos, el desmayo de los fans a nuestro paso y los elogios de todos los críticos. Observe sin pestañear la sensación que acompaña a la fama; véala, siéntala y obsérvela como si estuviese grabando un vídeo, sin juzgarla, condenarla ni identificarse con ella, observándola simplemente con la conciencia pura. Si convierte a ese sujeto, a ese yo, en un objeto de su conciencia, borra la pizarra de su conciencia y abre un espacio que posibilita la emergencia de un nivel de yo y de conciencia nuevo y más elevado. Ver el mapa oculto contribuye a convertirlo en un objeto de conciencia, lo que lo «des-oculta», impide que siga gobernando su conducta y abre un espacio para la emergencia de mapas más elevados, exactos y adecuados.

(En breve volveremos a este tema de «convertir un sujeto en un objeto». Quizás, al comienzo, pueda parecer algo abstracto y confuso, pero siga atento, porque probablemente se trate del punto más importante que hemos aprendido sobre el desarrollo, el crecimiento y la evolución humana, y la clave que explica el increíble éxito de la práctica del mindfulness para alentar tanto el despertar como el desarrollo. Permanezca, pues, muy atento, porque vamos a explicarlo muy simple y claramente. No se trata de un asunto académico, intelectual o abstruso, sino, muy probablemente –y lo digo muy en serio–, del núcleo fundamental del crecimiento, del desarrollo, de la transformación y de la evolución).

Mantenga, pues, en su conciencia, cualquiera de estas creencias mágicas y supersticiosas, obsérvelas directa y neutramente, sin criticarlas, culparlas ni identificarse con ellas, observándolas simplemente como si estuviese grabándolas en vídeo. «Trasciéndalas e inclúyalas». Empiece cobrando conciencia de ellas y luego «trasciéndalas», convierta a esos sujetos en un objeto (verlas como un objeto de conciencia las aleja de ser un sujeto de conciencia, de ser un yo, de ser una identificación, una fijación o una adicción). ¿Cuán «superespecial» se considera? Tenga en cuenta, para ello, sus creencias al respecto en su vida cotidiana y en todas sus relaciones. Présteles simplemente toda su atención. (Y conviene advertir, en este punto, que cada individuo, tal cual es, es especial, es una manifestación perfecta de lo Divino, de la Gran Perfección. Pero aquí estamos hablando de formas infantiles, narcisistas y egocéntricas de «ser especial», donde esa especialidad se consigue despojando a los demás de su singularidad [¡Yo soy el único que es especial!]. Las formas más maduras –y no egocéntricas, sino kosmocéntricas– de ser especial ven a todos los seres sensibles como una expresión especial de la Gran Perfección. Pero, para que esa especialidad kosmocéntrica emerja, debemos arrancar antes cualquier mapa oculto que siga manteniéndonos estancados en la especialidad egocéntrica. Eso es, precisamente, lo que hace mindfulness y lo que ahora estamos tratando de hacer).

La próxima vez, pues, que se quede atrapado en un pensamiento supersticioso –la próxima vez, por ejemplo, que un gato negro se cruce en su camino, la próxima vez que se vea obligado a pasar por debajo de una escalera o la próxima vez que derrame un salero o rompa un espejo– advierta, en el caso de que esté fijado o sea adicto a ese estadio, si realmente cree que esas acciones pueden alterar el curso de las leyes de la naturaleza. ¿De verdad cree ser una persona tan especial? ¿De verdad cree tener el poder de modificar el curso de la historia y atraer sobre usted la «mala suerte» si un gato negro se cruza en su camino? ¡Mantenga esa creencia en su conciencia hasta que ese sujeto se convierta en un objeto y deje de identificarse con ella!

Así es como, gracias a la conciencia-sentimiento o el mindfulness integral, acaba «trascendiendo e incluyendo» cualquier pensamiento supersticioso mágico que asome, de modo que la parte «trascendente» (de la conciencia objetiva directa) acabe con cualquier fijación o adicción a este nivel y la parte «incluyente» (de la conciencia que «toca» al objeto del que es consciente) ponga fin a cualquier enajenación o alergia a este nivel.

Señalemos, por cierto, que la «alergia mágica» se genera cuando un pensamiento mágico o supersticioso aflora en nuestra mente o en nuestro yo y no solo nos desidentificamos de él («Yo tengo ese pensamiento, pero yo no soy este pensamiento»), sino que lo rechazamos, lo disociamos y lo enajenamos («¡Este pensamiento no es mío!»), «reprimiéndolo» y desterrándolo al sótano del inconsciente, desde donde lo proyectamos sobre los demás de un modo que las personas que nos rodean empiezan, a partir de entonces, a presentársenos teñidos de esas bobadas mágicas. Yo sé que alguien está pensando esas tonterías, pero como no puedo ser yo, debe tratarse de otra persona, de cualquier otra persona y esa persona empieza a molestarme e irritarme. Aunque lo que realmente ocurre es que mi propia «sombra» o impulso enajenado está presionando contra las fronteras de mi yo y provocando todo tipo de fricciones y tensiones desagradables.

Esta «enajenación» y proyección de un impulso convertido en sombra o inconsciente es algo que, como veremos, puede ocurrir (y ocurre) en casi todos los niveles del desarrollo, generando una «alergia» a este material y llevándonos a pasarnos la vida «peleando con la sombra» (o alternativamente, si lo que hay no es una alergia, sino una fijación, generando una adicción y un «abrazo de la sombra»). En tal caso, una de las pocas formas seguras de corregir estos problemas consiste en la práctica del mindfulness al contenido real de nuestro ser, que nos permite trascender e incluir todo lo que ve.

Nivel 3 – Mágico-mítico (rojo)

A medida que el yo continúa su proceso de desarrollo y se diferencia de su entorno –y pasa, en consecuencia, del nivel 2 al nivel 3–, cada vez es más consciente de la fragilidad de su existencia separada. Es entonces cuando, preocupado por su seguridad y protección, desarrolla un fuerte impulso de poder. Por ello, precisamente, este estadio se conoce con nombres tan distintos como «autoprotector», «seguridad», «protección», «poder» u «oportunista» y se le atribuye el color rojo. El modelo de la Dinámica Espiral denomina a este estadio como el de los «dioses de poder», porque todavía es egocéntrico o centrado en uno mismo (y es, por tanto, su propio dios) y está también cargado de poder. La pervivencia insana de este estadio hasta la madurez suele ser fuente de la corrupción y la conducta criminal. En tanto mapa o reglas gramaticales inconscientes, el impulso de poder controla la conducta de la persona que, al no haber evolucionado todavía hasta el siguiente estadio superior (el estadio conformista de la ley y el orden), sigue motivada por las necesidades de protección y de poder de sus mapas ocultos, que dictan sus propias leyes y establecen sus propias reglas. Lo correcto es entonces lo que ellos quieren y se empeñan en conseguirlo pese a quien pese y diga la sociedad lo que diga (después de todo, ellos son dioses de poder). Las versiones insanas del nivel de poder rojo abundan en las instituciones criminales, las organizaciones mafiosas y los gobiernos corruptos. El mundo, desde esa perspectiva, es una lucha en la que sobreviven los más aptos, una lucha que ganan los más fuertes y los más grandes; un entorno en el que es mejor que ataques antes de que te ataquen; un lugar dominado por la ley de la jungla y en el que pez grande se come al chico; un mundo de garras y dientes chorreando sangre. Los individuos que operan desde este nivel son capaces de auténticas crueldades. Iósif Stalin, por ejemplo, el responsable de la gran hambruna que acabó con la vida de cerca de 8 millones de ucranianos y del gran terror (que puso fin, durante la década de los años 1930, a más de cuatro quintas partes de la élite cultural de Ucrania), es un ejemplo perfecto de individuo operando desde una versión patológica del nivel rojo 3, un dios de poder realmente enfermo (por no mencionar los ejemplos clásicos, desde Hitler hasta Pol Pot, una lista a la que hay quienes últimamente agregan a Vladimir Putin).

Estos tres primeros estadios o niveles son, como ya hemos dicho, estadios «narcisistas» o «egocéntricos», lo que significa que el yo está atrapado en una perspectiva de primera persona («yo/lo mío») ya que, al no poder asumir el rol de los demás y no poder ponerse en su lugar y sentir lo que están sintiendo, no cabe, en su visión, más perspectiva que la suya.

(Este es un ejemplo perfecto del tipo de cosas que habitualmente creemos que están presentes desde el momento del nacimiento, pero lo cierto es que la capacidad de sentir lo que otra persona está sintiendo, es decir, la capacidad de ver las cosas desde su punto de vista, es un rasgo emergente, algo que aparece en un determinado momento del proceso de crecimiento y desarrollo. Tomemos, por ejemplo, una pelota pintada de rojo por un lado y de verde por el otro y pongámosla entre un niño de cuatro años y nosotros. Mostrémosle luego bien la pelota para que el niño vea que está pintada de colores diferentes. Si luego colocamos la pelota con la parte roja de la pelota ante nosotros y la verde ante el niño y le preguntamos «¿De qué color ves tú la pelota?», él responderá correctamente «verde». Pero si, a continuación, le preguntamos «¿Y de qué color estoy viéndola yo?», no responderá «rojo» [que es lo que nosotros estamos viendo], sino «verde» [que es lo que él están viendo]. Esos niños creen automáticamente que lo ven es lo que vemos también los demás, o, dicho en otras palabras, no pueden asumir el punto de vista de los demás; no pueden ver el mundo a través de los ojos de los demás y no pueden, en suma, asumir el papel de los demás. Su mundo es, obviamente, egocéntrico o narcisista, pero no porque lo hayan decidido así, sino simplemente porque no les queda más remedio. La capacidad de asumir el papel de los demás no aparece hasta el siguiente estadio, el estadio 4, momento en el cual, cuando se les pregunta «¿De qué color estoy viendo yo la pelota?», afirman correctamente «rojo». Este es, como veremos, un avance extraordinario en el proceso de desarrollo y un ejemplo perfecto de que la mayoría de las capacidades humanas no están presentes desde el momento del nacimiento, sino que emergen, crecen y se desarrollan, es decir, que se despliegan siguiendo la secuencia de estadios del desarrollo).

En este punto, el estadio rojo 3, el yo sigue ocupando el centro y su deseo es la ley. Sus reglas son «dame» y «yo y lo mío». Todos conocemos a personas que están muy atrapadas en este estadio y que probablemente sean la fuente de problemas reales en nuestra vida. «¿Por qué siempre piensa en él? –nos preguntamos–, ¿por qué no muestra el menor interés en mí ni en mi vida?». Ahora ya sabemos que ese no es el resultado de una decisión, sino un fruto de su mapa oculto, de una gramática fundamental que le impide reconocer la existencia de otra persona, incluido usted, y, menos aún, ponerse en su lugar (razón que explica que nunca se sienta visto por esa persona).

Quizás tengamos todavía, en nosotros, algún mapa oculto impulsado por el poder egocéntrico. De ser así, conviene aplicar mindfulness integral utilizando, para ello, la teoría integral (o cualquier modelo evolutivo ampliamente aceptado) para determinar si los rasgos de este estadio siguen, en cierto modo, presentes. Es probable que haya algunas áreas de la vida, aunque pequeñas, que reactiven este estadio y nos dejen en manos de un impulso egocéntrico de poder y de control. Recordemos las ocasiones en que tal cosa ocurre o concentrémonos simplemente, con toda la claridad que podamos, en la sensación pura de poder sobre los demás que nos permite controlarlos. ¡Usted es entonces quien tiene el control! Imagínese caminando entre dos filas de personas que se inclinan a su paso e imagine que todos ellos son inferiores, muy inferiores, a su sorprendente yo impulsado por el poder. Sienta la euforia de obligar a los demás a hacer lo que usted quiere, porque ahí están para cumplir sus órdenes. Puede conseguir lo que quiere, la fama, la fortuna y todas las mujeres; todo el mundo se muere por cortejarle y los coches, los yates y las casas de todo el mundo están ahí para que usted extienda la mano y los utilice a su antojo. Usted tiene tanto poder que es invencible y se siente seguro y protegido.

Sostenga ese sentimiento o esa imagen en su conciencia y practique mindfulness con ella como haría con cualquier otro objeto. ¿Cómo siente directamente ese deseo de poder y de control? ¿Qué aspecto tiene, qué colores, en qué parte del cuerpo se ubica y qué es lo que lo desencadena? Observe todo eso con detenimiento, como si estuviera grabándolo en vídeo, hasta que se haya familiarizado con cada rincón de ese sentimiento, de ese impulso o de esa necesidad. Contemple a ese sujeto oculto como si de un objeto de conciencia se tratara y manténgase ahí, es decir, deje de verlo como un sujeto a través del que ve y siente el mundo y considérelo como un objeto al que está mirando. Ya no se identifica con él, lo ha abandonado, lo ha soltado, se han desidentificado de él y lo ha trascendido. Así es como se practica el mindfulness integral.

Veamos ahora una breve nota sobre el nombre «mágico-mítico». En muchos sentidos, se trata de un estadio de transición entre la magia pura propia del estadio anterior y el mito puro característico del siguiente. La diferencia entre «magia» y «mito» depende básicamente del lugar en que se ubica el poder del «milagro». En el caso de la magia, la capacidad de realizar milagros reside («mágicamente») en el yo. Realizar una danza de la lluvia es una forma de obligar a la naturaleza a llover. Los pensamientos y las imágenes apenas si se diferencian de las cosas reales de modo que si, por ejemplo, mi padre muere y, poco tiempo antes, había deseado su muerte, yo soy el causante de su muerte; o, si pincho con unos alfileres la imagen de una persona, la dañaré, como sostiene el vudú. Estos son ejemplos de magia en estado puro.

En el momento en que, históricamente, emergió el estadio mítico, el ser humano empezó a darse cuenta de que él no podía realizar magia, pero sí que podían hacerla seres sobrenaturales, trascendentes y míticos (como Dios, la Diosa o el Espíritu). Solo se necesita, para ello, descubrir el ritual o la oración precisa que satisfaga al Espíritu y le obligue a intervenir en mi beneficio para que llueva y la cosecha crezca, o para que garantice la caza del día.

El estadio «mágico-mítico» era –y sigue siendo– una transición entre esos dos grandes estadios. Habitualmente ubica el «poder del milagro» en dioses o espíritus (dioses de poder), pero algunos seres humanos pueden ser verdaderos dioses de poder. Si mamá quisiera, por ejemplo, podría convertir esas asquerosas espinacas en caramelos, de modo que es una diosa de poder. Y cuando, durante ese estadio histórico, empezaron a aparecer los primeros grandes imperios militares, sus jefes se consideraban, literalmente, dioses muy poderosos.

Los dioses de poder pueden hacer lo que quieran, pueden ordenar mágicamente el mundo que los rodea y conseguir, si lo desean, riqueza, fama, fortuna, favores sexuales y abundancia material. Pueden presentarse bajo cualquier forma, desde una persona hasta un impulso aislado (como el impulso a controlar, tener poder sobre algo o gobernar egocéntricamente). Este estadio es la última gran morada de los impulsos narcisistas y egocéntricos, antes de pasar a los impulsos etnocéntricos (es decir, dominados por el grupo) que rigen los siguientes estadios. Conviene estar, pues, muy atentos a cualquiera de los impulsos de poder que sigan apareciendo en su conciencia. Y ello implica la adicción al poder (caracterizada por una fuerte fijación o identificación oculta con ese estadio que lleva a glorificar el poder en cualquiera de sus formas, lo que incluye formas desproporcionadas de actividades, de otro modo, sanas [como las artes marciales, la halterofilia, el éxito empresarial, ser la abeja reina de las redes sociales, el príncipe o el primus inter pares, etcétera]) y el polo opuesto de la alergia al poder (que lleva a reprimir y proyectar el propio poder, lo que genera hijos o hijas de papá o de mamá «sin fuerza de voluntad» que entregan su poder a cualquiera, con la correspondiente sensación de que todo el mundo trata de controlarlos, obligarlos y encarcelarlos y de que todo el mundo tiene poder sobre ellos, de modo que los impulsos de poder procedentes de su sombra vuelven sobre ellos cuando menos lo esperan). En ambos casos, se trata de «trascender e incluir» los impulsos de poder cuando afloran, prestándoles una atención directa, inmediata y plena, convirtiendo a esos sujetos en objetos, desidentificándonos de ellos, pero incluyéndolos en nuestra conciencia y permitiendo que la conciencia prosiga su inexorable camino hacia estadios del desarrollo más amplios, profundos y elevados.

Los impulsos desproporcionados de poder suelen presentarse en el individuo en forma de un «crítico interno», de una especie de «controlador» que contempla todo lo que uno hace con una mirada crítica y negativa, haciéndonos sentir inferiores, deficientes, perdedores, despreciables e inútiles. Una de las formas de conectar con tal «subpersonalidad» –una subpersonalidad, en este caso, de poder o controladora– consiste en emprender un «diálogo de voces», es decir, un «diálogo interno» entre nuestro yo normal y nuestro controlador interior. La cuestión consiste simplemente en asumir alternativamente ambos roles y entablar un diálogo empezando, por ejemplo, con el yo normal que le pregunta al controlador «¿Qué es lo que quieres? «¿Por qué me críticas tanto?», «¿Por qué tratas siempre de controlarme?». Luego asumimos el papel de controlador y respondemos a esas preguntas diciendo, por ejemplo: «Estoy aquí para vigilarte, porque eres un perdedor, no haces nada bien, eres patético y, si yo no estuviera aquí, tu vida entera se iría al garete». Yo normal: «¿Qué es exactamente lo que quieres?». Controlador: «Quiero controlar cada aspecto de tu vida».

Casi todo el mundo tiene, en una u otra medida, ese crítico interno que, en muchos casos, se creó originalmente por «introyección» (es decir, por lo opuesto a la proyección. En el caso de la proyección, yo vierto al exterior algo que me pertenece y luego lo veo en otras personas, mientras que, en el caso de la introyección, hago propias ideas, juicios y críticas ajenas con las que me identifico como si fuesen mías. Estos son contenidos ajenos, elementos que se «introyectan» y acaban siendo asumidos erróneamente como propios). A menudo, estas voces críticas negativas interiorizadas proceden de los padres y, ocasionalmente, de otros parientes o maestros. Por eso, precisamente, exhiben los rasgos infantiles de la tozudez, la falta de cuidado y de compasión, la inflación narcisista y la mezquindad general (es decir, las cualidades propias de la edad característica del estadio o nivel en el que se introyectaron, es decir, los estadios mágico magenta o el mágico-mítico rojo).

Ahora bien, si usted está haciendo algo como psicoanálisis y descubre este crítico interno y explora sus tempranos orígenes, posiblemente reviva muchos de los momentos en que se crearon y entienda su significado psicológico. Este puede ser un enfoque muy útil y ciertamente muy interesante (que configura lo que, en este libro, llamamos «limpiar»). Pero ese no es el objetivo del mindfulness. Nuestra única tarea aquí consiste en ser conscientes de la presencia de ese crítico interno; dejar de ver a través de los ojos de ese sujeto oculto y pasar a verlo como un objeto de conciencia; verlo, en lugar de mirar a través de él, y contemplarlo entonces desde todos los ángulos posibles. En modo alguno nos interesa aquí entenderlo, lo único que queremos es verlo. Utilicemos, pues, el diálogo de voces para llevar a la superficie todo lo que podamos acerca de este crítico interno y expongámoslo al láser del mindfulness. Quizás, al comienzo de nuestro trabajo con este controlador interior rojo, convenga hacer un diálogo una vez al día durante una semana o dos y seguir luego practicando de manera azarosa. Sea como fuere, manténgalo simple y claramente en su conciencia y obsérvelo, véalo y siéntalo. No se preocupe por «entender» lo que ocurre ni por identificar su origen (a menos que tales cosas aparezcan solas, lo que también es muy interesante, y limítese a convertirlo en un objeto del mindfulness). Lo único que se requiere es convertir a ese sujeto oculto en un objeto de conciencia-sentimiento y empezar luego a desidentificarse de esa nociva subpersonalidad interna.

Nivel 4 – Mítico tradicional (ámbar)

Durante este estadio del desarrollo, el estadio «conformista», «mítico-pertenencia», «diplomático» o «pertenencia» (al que se le atribuye el color ámbar), el yo puede empezar a asumir el papel de los demás y expandir su identidad desde el yo hasta su pertenencia a varios grupos (como la familia, el clan, la tribu, la nación, la religión, el partido político, etcétera). Y este es un avance muy importante que posibilita el ir desde una identidad egocéntrica hasta una identidad etnocéntrica, es decir, de «estar centrado en el yo» a «estar centrado en nosotros» o «estar centrado en el grupo».

Como indica uno de estos nombres, este es un estadio inicialmente muy conformista; es decir que, aunque se trate de un estadio en el que el yo pueda asumir el rol de los demás, se halla, no obstante, atrapado en ese rol, una visión que a menudo se caracteriza como «mi país, esté en lo cierto o esté equivocado», «mi religión, esté en lo cierto o esté equivocada», «la ley y el orden», etcétera. El cumplimiento estricto de las reglas es, en este nivel, muy importante y algunas de ellas son, históricamente, muy bárbaras (como cortar, por ejemplo, las manos del ladrón o lapidar hasta la muerte a la mujer culpable de adulterio). Cuando los individuos que se hallan en este estadio se reúnen en redes corruptas y criminales ámbar, suelen atenerse a reglas y códigos conductuales muy estrictos y rígidos, como la omertá por ejemplo, es decir, el código que obliga a los miembros de la mafia a no revelar nada sobre la red criminal. La «Cosa Nostra», que es el nombre con el que los miembros de la Mafia se refieren a su organización, es un claro ejemplo de la afirmación de pertenencia característica de este nivel. Romper «nuestro código» suele verse sancionado con un castigo rápido y severo, a menudo la muerte, realizado de un modo que deja claramente de relieve que se trata de una represalia (como un tiro en la nuca, por ejemplo).

El pensamiento propio de este nivel se caracteriza por una visión «mítico-literal». Los mitos de la Biblia, según los cuales, por ejemplo, Dios mató a los primogénitos de los egipcios, Elías ascendió a los cielos en su carro mientras todavía estaba vivo, o el que afirma que, cuando nació, Lao Tzu tenía 900 años, son interpretados de manera concreta y literal, como si fuesen absolutamente ciertos (no en vano Clare Graves, un pionero desarrollista, se refirió al nivel ámbar como pensamiento «absolutista»). Y, como veremos, un claro indicador de la activación de este estadio son las creencias absolutistas o total y completamente incuestionables. Como recordará, la primera gran forma de religión, la religión narrativa, suele ser la fundamentalista mítico-literal. Cuando esta forma es la religión fundamentalista, se deriva básicamente de este nivel absolutista, el nivel 4 mítico-conformista ámbar, un fundamentalismo que se aplica a cualquier creencia sostenida de manera absolutista que, con evidencia o sin ella, se considera total y absolutamente cierta, algo que resulta aplicable tanto al fundamentalismo cristiano como al fundamentalismo marxista, el fundamentalismo feminista o el fundamentalismo científico (a menudo llamado «cientificismo»), las familias criminales fundamentalistas, etcétera. En sus modalidades insanas se halla, como ya hemos visto, detrás de las redes de poder criminales, de las redes de corrupción oligárquica, de las familias de la Cosa Nostra, de los gobiernos corruptos, de las bandas callejeras, de los gobernadores imperialistas y colonialistas interesados (que afirman siempre estar al servicio de «su gente»), etcétera. Los gobiernos centrados en esta identidad etnocéntrica, especialmente cuando están infestados de impulsos de poder, son profundamente imperialistas y colonialistas y buscan expandir su imperio con todos los medios a su alcance, desde las fuerzas económicas hasta la guerra y la invasión.

Este nivel suele considerar que la verdad está encarnada en un libro, al que considera la verdad absoluta y última (como ilustran los casos de la Biblia, el Corán, un sutra de la Tierra Pura, el Libro Rojo de Mao, etcétera). Los gobiernos asentados en esta estructura suelen ubicar el poder en un dictador o una persona todopoderosa (o, en ocasiones, en una pequeña élite que detenta todo el poder y gobierna con una autoridad totalitaria). Esto fue precisamente lo que ocurrió en el caso de los nazis, de muchos de los países dominados por el comunismo durante la Guerra Fría, de la Unión Soviética durante la mayor parte de su historia, de Irán y de China, entre muchos otros.

Todos conocemos a personas que se hallan en el estadio conformista o absolutista del desarrollo, sobre todo en las religiones fundamentalistas y en el núcleo duro de lo políticamente correcto. Son personas que creen estrictamente en la ley y el orden y en lo que suele conocerse como «valores de la familia» o «valores de Dios»; son nacionalistas y muy patrióticos, preocupados por la inmigración y la disolución de los valores de la familia y de la ética de trabajo; están en contra de cualquier tipo de control de armas (porque consideran que las necesitan para protegerse de quienes no comparten sus creencias fundamentalistas, sean individuos o el gobierno); suelen ser muy homófobos y sexistas (tanto los hombres como las mujeres que creen que, como manda la Biblia, deben obediencia a su esposo); creen que los Estados Unidos es una nación elegida por Dios y que está destinada a controlar y dirigir el resto del mundo. Pero también hay personas que, en este estadio, son más tranquilas, personas que forman parte de lo que se denomina «la mayoría silenciosa», personas que creen en Dios, el país y la familia y tratan de vivir una vida seria y diligente en el país más grande del mundo, personas, en suma, que creen estar en posesión de la verdad.

Aunque usted no esté completamente identificado con este estadio, puede tener ciertas creencias en las que crea a pies juntillas y por las que está dispuesto incluso a dar la vida. Quizás, en este sentido, convenga mirar esas creencias, que pueden ser una convicción o un valor muy admirables o creencias absolutistas mítico-literales ocultas (un punto al que, en breve, volveremos).

Es muy probable que, si presenta rasgos propios del estadio conformista (quizás el deseo de encajar, de no sobresalir, de no ser diferente, de ser querido y de que piensen bien de usted), no lo considere un estadio, sino que crea simplemente que las cosas son así y no quiera, en consecuencia, cambiarlas. Y, en el caso de que esas creencias sean religiosas y fundamentalistas, seguro que no querrá cambiarlas, porque cualquier cambio le abocaría a una condena eterna. Lo único que le pedimos en esas sesiones de mindfulness es que mire directamente a esas creencias, es decir, que las sostenga en su conciencia, que las contemple como un objeto y que vea lo que sucede luego. Si se deben a valores duraderos e inmutables, permanecerán en su conciencia, y, si son el simple resultado de la fijación a un determinado estadio del desarrollo, ese estadio acabará muriendo y se verá reemplazado por el siguiente estadio más elevado, momento en el cual advertirá que sus valores cambian naturalmente ante su mirada y se ven reemplazados por otros más amplios e inclusivos. Pero, en ese momento, no lo experimentará como algo amenazador y desagradable, sino como el inicio de modalidades más amplias y elevadas de conciencia, amor y compasión.

Si, como parte de sus mapas ocultos, uno tiene muchos vestigios de este estadio del desarrollo gobernando muchas áreas de su vida y decide empezar a meditar, probablemente valore la estructura, la rutina y las pautas cotidianas que le ayuden a proporcionar orden y estabilidad a su vida y lleve a cabo una práctica estable y constante que se atenga a un conjunto de reglas de naturaleza y formas inmutables. En consecuencia, procurará no perderse una sesión y hará exactamente lo que dicten las reglas, que sería mejor que se presentaran directamente y sin complicaciones y que no dejaran mucho espacio a la improvisación. En tal caso, no se interesará tanto en los detalles que explican por qué funciona, como en lo que se supone que tiene que hacer y el modo de hacerlo. Y si realmente advierte que esta práctica tiene un efecto en usted, empezará a creer incluso que esta visión de la espiritualidad es la única verdadera y real y acabará convirtiéndose en un «fundamentalista del mindfulness» que juzga como inadecuadas o inferiores –e incapaces, por tanto, de proporcionar la salvación o el despertar verdadero– las religiones que carecen de este tipo de prácticas.

Son muchas, de hecho, las personas que, pese a hallarse en estadios considerablemente avanzados del desarrollo, tienden a «regresar» –cuando asumen una práctica o una creencia que tiene un impacto sorprendentemente profundo en sus vidas– a este nivel absolutista y, asumiendo una actitud manifiestamente fundamentalista, se comportan como «creyentes». Mindfulness no es inmune a ese efecto y muchos de sus maestros asumen una visión fundamentalista del mindfulness y están convencidos de que ese es el único camino que responde a las preocupaciones últimas. Y lo mismo podríamos decir de muchos científicos que, pese a empezar con una visión muy racional y objetiva, van convirtiéndola lentamente en una «religión» (llamada «cientificismo») e, impulsados por una regresión a mapas ocultos del nivel mítico-literal, acaban convirtiendo en mitos las creencias, de otro modo, racionales. Muchas de las ideas en las que cree el científico típico son mitos sin evidencia que las sostengan y en los que acaba comulgando por el simple hecho de parecer coherentes con la ciencia que, para ellos, es la realidad absoluta. Me refiero a cosas tales como que «el universo carece de creatividad o de conciencia», que «la vida es un proceso estrictamente azaroso despojado de todo sentido u objetivo», que «la realidad no es más que una disposición material de átomos o partículas subatómicas», etcétera, que no se ven respaldadas por prueba alguna. Son personas que han olvidado que no existe prueba científica alguna de la ciencia y que la ciencia no es más que una aproximación –extraordinariamente importante, eso sí– a la realidad y que debe ser abordada de ese modo.

El estadio absolutista-mítico entró en escena en torno al año 4 000 a. de C., llegó a su auge en torno al año 1 000 a. de C., y siguió dominando la civilización hasta el Renacimiento y la Ilustración, momento en el cual empezó a aflorar el siguiente y más avanzado estadio racional. Se trata, en la actualidad, de un estadio característico de los niños entre los 7 y los 12 años, pero las creencias absolutistas e incuestionables propias de ese estadio que sostienen la existencia de una y única verdad son muy comunes y forman parte de los mapas ocultos que rigen la vida cotidiana de muchos adultos.

¿Advierte, en usted, vestigios de mapas ocultos derivados de este estadio que gobiernan áreas importantes de su vida? Cobre de nuevo, en tal caso, conciencia de ello. Emplee este mapa del desarrollo (un aspecto de la teoría integral respaldado, como ya hemos dicho, por decenas de modelos evolutivos) para poner de relieve todas las áreas en las que parezca estar pensando de manera absolutista y fundamentalista y preste una atención especial a la sensación de estar en posesión de la verdad. Recuerde la última vez en que acertó en una previsión y concéntrese en la sensación de euforia que suele acompañar al hecho de estar en lo cierto y de que todo el mundo lo sepa («¡Te lo dije! ¡Te lo dije!»). ¿Cuán importante es, para usted, esa sensación? ¿Cree estar siempre en lo cierto? (¿Tiene, como dice el chiste, la sensación de que «la última vez que estaba equivocado fue cuando pensé que estaba equivocado»?).

Cobre simplemente conciencia, en segundo lugar, del pensamiento, de la actitud o del sentimiento de tener razón y préstele mucha atención. Contémplelo desde todos los ángulos posibles. ¿Cuán grande es? ¿Qué color tiene? ¿En qué lugar se ubica (en su cabeza, en su corazón o en sus vísceras)? ¿Cómo se siente cuando piensa de este modo? ¿Cuál es, para usted, la recompensa? No lo juzgue ni lo condene, sino que permanezca simplemente atento, como si estuviese explorando una caverna interna, descubriese un extraño artefacto y empezase a grabarlo desde todas las perspectivas posibles. Tome una imagen neutra tras otra de esta creencia mental, de esa idea o de aquella actitud tal cual es, como si estuviera grabándola en vídeo; sosténgala en su conciencia y contémplela como contemplaría cualquier otro objeto, sin juzgarla, condenarla ni identificarse con ella. Dese cuenta de todas las cosas que provoca la activación de ese mapa oculto, quizás una discusión sobre religión o política, compartir sus ideas con su pareja, enseñar a un niño algo que considera importante que entienda, o leer un libro con el que no esté de acuerdo.

Piense luego en un momento en que estaba equivocado, especialmente si estaba en grupo y todo el mundo le miraba sabiendo que estaba equivocado. Sienta ahora clara y directamente, junto al sentimiento de estar en lo cierto, el sentimiento de estar equivocado y obsérvelo como si estuviese grabándolo en vídeo. Advierta ahora el modo en que el mapa «debo estar en lo cierto» pasa a la acción, es decir, las reacciones de su pensamiento, las reacciones que se producen cuando defiende esta idea ante sí mismo o ante los demás, las palabras que utiliza, las emociones que acompañan a la activación de este mapa oculto, esa estructura de valor sumergida que lo lleva a querer estar en lo cierto y a odiar estar equivocado, estas reglas gramaticales ocultas que gobiernan su conducta. Advierta simple, fácil y silenciosamente, esas creencias y mapas ocultos, convirtiendo a esos sujetos ocultos en objetos hasta que dejen de ser algo a través de lo que usted mira el mundo y se conviertan en algo a lo que usted mira, es decir, dejando de mirar a través de ello y empezar a mirarlo.

Centrémonos ahora, para mostrar cómo se hace esto, en otra característica de este nivel y apliquémosle también el mindfulness integral. Hemos dicho que este nivel se conoce con el nombre de nivel «mítico-pertenencia» (en donde la parte «mítica» se refiere a su naturaleza absolutista del pensamiento y la parte «pertenencia» se expresa en su naturaleza conformista). También hemos dicho que podemos aplicar mindfulness a cualquiera de los rasgos que, según el mapa integral, forman parte de un determinado nivel. Y, cuando lo hacemos, descubrimos un tipo interesante de «ajuste» como si, de algún modo, encajasen –cosa que, en realidad, ocurre– rasgos o cualidades que, aunque puedan presentarse en casi cualquier nivel, son más propios de este estadio (como, por ejemplo, el «pensamiento absolutista» o la «pertenencia conformista»). Esto nos ayudará a convertir a este sujeto en un objeto y a liberarnos de él mucho más rápidamente.

Tomemos esta segunda gran característica del nivel pertenencia ámbar, la sensación conformista de pertenencia, la sensación de formar parte de un «nosotros». Este nivel, como ya hemos visto, añade la capacidad de asumir una perspectiva de segunda persona que permite a la conciencia expandirse desde una identidad individual y egocéntrica («yo») hasta una identidad grupal etnocéntrica («nosotros»). Y, aunque este sea un rasgo característico de todos los seres sensibles, vamos a concentrarnos por el momento en el modo en que aparece en los seres humanos.

(Recordemos, por si alguien ha olvidado lo que significan estos términos, que la primera persona se refiere a la persona que habla [es decir, «yo» o «a mí»], que la «segunda persona» se refiere a la persona con la que se habla [es decir, «tú» o «a ti»] y que la tercera persona se refiere a la persona o cosa de la que se está hablando [es decir, «él/ella», «a él/a ella» o «a ello»]. Cuando combinamos una perspectiva de primera persona [es decir, un «yo»] con una perspectiva de segunda persona [es decir, un «tú»], obtenemos un «nosotros» [«yo» + «tú» = «nosotros»]. Y aunque, técnicamente hablando, este «nosotros» sea una «primera persona del plural», en la teoría integral nos referirnos a ambos, es decir, al «tú» y al «nosotros», como «segunda persona».

De modo que, una forma rápida de resumir la primera, la segunda y la tercera persona sería decir «yo», «nosotros» y «ello». Antes de seguir viendo lo importante que son estas distintas perspectivas, debemos señalar una vez más que no son capacidades que el ser humano posea desde el momento del nacimiento, sino emergentes, es decir, algo que crece y se desarrolla a lo largo de un proceso. Ahora estamos en el momento en que empieza a entrar en escena la perspectiva de segunda persona, a saber, el estadio conformista mítico-pertenencia ámbar).

Advirtamos, pues, todos los grupos humanos de los que somos conscientes y en los que participamos –nuestra familia, nuestros colegas o compañeros de trabajo, nuestros compatriotas o nuestros amigos– y démonos cuenta de que, con ellos, compartimos una serie de valores y significados, un lenguaje, una comprensión, una historia, etcétera. Los integrantes de un grupo, dicho en otras palabras, comparten una sensación de «nosotros» (una identidad colectiva, por así decirlo), que los mantiene unidos desde dentro (del mismo modo en que el sistema o estructura reticular del grupo es lo que los mantiene unidos desde el exterior). Sienta lo que experimenta cuando está, por ejemplo, con los miembros de su familia en una reunión familiar el día de Navidad o de Acción de Gracias. Concéntrese en la sensación familiar de ese «nosotros». Se siente netamente diferente cuando está con esas personas. ¿Cuál es ese sentimiento, ese «nosotros»? Tenga en cuenta que, si le resulta difícil detectar ese «nosotros» concreto, es porque está más subjetivamente identificado con él. Por ello es tan importante llegar a verlo como un objeto. Sea consciente de ello, vea cuál es su aspecto, cómo se siente, qué color tiene (y tome buena nota de cualquier cosa que se le ocurra como respuesta a esas preguntas), qué forma tiene, a qué huele (y advierta, una vez más, todo lo que aflora), dónde se ubica (en la cabeza, en el corazón, en el vientre o en cualquier otro lugar)? Dirija el láser del mindfulness a la sensación de «nosotros».

Imagínese luego yendo al trabajo y vea cómo la sensación de «nosotros» experimenta un cambio en el momento en que entra en el edificio y empieza a pensar en los compañeros de trabajo con que se cruza. Unos le gustarán y otros le desagradarán, en cuyo caso, divídalos en dos grupos diferentes, el «nosotros» de los que le gustan y el «nosotros» de los que le desagradan; dos grupos con los que se sentirá de maneras muy diferentes, disfrutando del «nosotros» compuesto por aquellos y sintiéndose incómodo con el «nosotros» compuesto por estos. Luego advierta que estos grupos tienen un exterior (es decir, el aspecto interobjetivo visto desde el exterior) y un interior (es decir, el modo en que se experimentan desde dentro como un «nosotros» intersubjetivo del que formamos parte). El «ello» exterior podemos verlo, pero el «nosotros» interior no podemos verlo, sino tan solo sentirlo y ser internamente conscientes de él. Concéntrese, pues, en la sensación de ese «nosotros». Advierta que es diferente, muy diferente, a la sensación del «yo» (sus muchos «yoes» se unifican en un «nosotros») y que también es muy diferente a un «ello», un simple objeto exterior. Ahora no estamos contemplando un «ello» exterior, sino que estamos sintiendo el grupo desde dentro, como una especie de conciencia y de comprensión mutua compartida. Preste mucha atención a esa sensación del «nosotros» y concéntrese en ella muy atentamente.

Son muchos y muy diferentes los grupos o «nosotros» a los que pertenecemos a lo largo de nuestra vida, algunos de los cuales han sido voluntariamente elegidos y a otros nos hemos visto obligados a pertenecer. Observe los que usted haya elegido. Si está en la escuela, por ejemplo, puede pertenecer al club de ciencias (o, más concretamente, al club de física, al club de matemáticas, al club de ecología, etcétera). Si piensa en algún «nosotros» al que se haya sumado voluntariamente y se pregunta por la razón que le llevó a ingresar en él, es muy probable que descubra que lo hizo porque siente o cree en los valores sustentados por ese grupo. Los grupos en los que, para ingresar, debemos pagar un precio muy elevado o nos obligan a pedir muchos favores son firmes candidatos a que desarrollemos, con respecto a ellos, una actitud absolutista o fundamentalista. Si usted es una persona archiconservadora o un liberal radical, puede inscribirse en un partido conservador o liberal, participar voluntariamente en muchas de sus actividades y considerar que ese es el único movimiento político correcto de la Tierra. Si pertenece a una iglesia y la frecuenta religiosamente (nunca mejor dicho), es probable que deposite en ella toda su fe y acabe convirtiéndose en un devoto fundamentalista. Como veremos en el siguiente nivel (el nivel del logro), el empeño en ingresar en un club de campo muy exclusivo es la mejor prueba de haberse convertido en un triunfador. En cualquiera de estos casos, pertenencia y absolutismo van de la mano.

Sienta la proximidad de estos dos valores (pertenencia y absolutismo) que le han permitido formar parte de un «nosotros absolutista». Convierta de nuevo este sujeto en un objeto, mantenga separadamente esos sentimientos (absolutismo y pertenencia) en su conciencia y luego únalos, sométalos a la luz del mindfulness y contémplelos desde todas las perspectivas posibles: qué hacen, cómo se sienten, qué aspecto tienen, cómo huelen, qué color, qué forma y qué tamaño tienen, etcétera. Deje de mirar, en cualquiera de estos casos, desde ellos y aprenda a mirar hacia ellos, convirtiendo así una identidad subjetiva en un objeto.

¿Y por qué es esto importante? Tratemos ahora de aclarar lo que antes apuntamos sobre este tema básico de convertir un sujeto en un objeto. Empecemos con una cita de Robert Kegan, un conocido investigador del desarrollo de la Harvard Graduate School of Education, que dice: «No se me ocurre mejor modo de describir el desarrollo que decir que el sujeto de un estadio se convierte en el objeto del sujeto propio del siguiente estadio», una afirmación que, por más abstrusa que empiece pareciendo, es realmente muy sencilla. Observe lo que, hasta el momento, hemos visto acerca de la emergencia y desarrollo de los cuatro primeros grandes estadios del desarrollo: el estadio arcaico fisiológico (infrarrojo), el estadio mágico o impulsivo (magenta), el estadio de los dioses de poder u oportunista (rojo) y el estadio mítico-conformista o fundamentalista (ámbar). Advierta que, en cada uno de estos casos, la sensación básica de identidad empieza identificada con un determinado estadio. Así, por ejemplo, el yo, durante el estadio arcaico 1, está identificado con la dimensión sensoriomotora o fisiológica básica. Y, como ese es su sujeto, su yo, ve el mundo como sujeto a través de ese estadio y no puede ver ese estadio como un objeto. No puede verlo, sino solo mirar a través de él. Pero, apenas aparece el siguiente estadio, el estadio mágico-impulsivo, el yo relaja su identidad exclusiva con el estadio arcaico anterior y cambia su yo, su sujeto y su identidad al nuevo estadio, el estadio mágico-impulsivo.

Así pues, el yo puede ver ahora su estadio anterior como un objeto, es decir, el nuevo yo o nuevo sujeto puede ver el viejo sujeto (el estadio arcaico) como un objeto. Por ello decimos que el sujeto de un estadio acaba convirtiéndose en el objeto del sujeto del estadio superior. Y ahora, el yo o sujeto no puede ver este estadio, el estadio mágico-impulsivo, porque está identificado con él, es un nuevo mapa oculto, el yo mira el mundo a través de él y, en consecuencia, no puede verlo. Pero cuando llega el siguiente estadio, el estadio de los dioses de poder rojo, se desidentifica del estadio mágico, hasta verlo como un objeto de conciencia, y acaba identificándose con el nuevo estadio, un estadio centrado en el poder y la seguridad. Y, en el momento en que se identifica con él, ese estadio se convierte en su yo, su identidad y su sujeto. Y, al ver el mundo a través de esa nueva estructura, no puede verla como un objeto. Por ello decimos que el sujeto de un estadio acaba convirtiéndose en el objeto del sujeto propio del estadio siguiente. Eso es lo que Jean Gebser, un pionero erudito del desarrollo, afirma cuando dice que: «el yo de un estadio se convierte en la herramienta del siguiente»; es decir, que una identidad subjetiva se convierte en una herramienta objetiva, algo que puede ser visto y utilizado en la conciencia.

¿Y por qué es este proceso tan crucial? Todo esto, que puede sonar como un montón de bobadas académicas, es el proceso gracias al cual cada nuevo estadio de la evolución es más consciente, más abierto, más abarcador, más inclusivo, más libre, más pleno, más completo y más evolucionado. En la medida en que nos desidentificamos de un yo inferior, más estrecho y limitado y lo vemos como un objeto y cambiamos simultáneamente de identidad a un nuevo yo, a un yo superior, más inclusivo, más consciente y más abarcador, nos abrimos a estadios más elevados, amplios y profundos de la evolución, del desarrollo de la conciencia y de la identidad expandida. Como ya hemos visto, la identidad se expande desde los estadios egocéntricos (en los que el yo está exclusivamente identificado consigo mismo, con el «yo» o con el «mí»), hasta los estadios etnocéntricos (en los que el yo se identifica con todo un grupo [como un clan, una tribu, una nación o una religión], es decir no solo con el «yo», sino con «nosotros»). Y en el siguiente estadio, veremos una nueva expansión de la identidad desde el «nosotros» etnocéntrico hasta el «todos nosotros» mundicéntrico, es decir, no solo una determinada tribu o grupo, sino todos los grupos, todos los seres humanos, independientemente de la raza, color, sexo o credo, una identidad realmente cosmopolita de la que se derivan cosas tales como la declaración de los derechos universales de la humanidad y no solo, como hasta el momento ha sido en la historia de la humanidad, los derechos de un determinado grupo (y muchos de nosotros ya sentimos, en uno u otro grado, esta identidad mundicéntrica mayor, nos sentimos parte de una aldea global, consideramos que todos los seres humanos merecen un trato igual, independientemente de su raza, color, sexo o credo; pero esta, una vez más, es una idea muy nueva en la historia de la humanidad que solo acompaña a la emergencia de este estadio mundicéntrico más elevado, en el que comprendemos que algo que suceda en las antípodas puede afectarnos directamente, como el calentamiento global, por ejemplo, que no solo afecta a los indios, sino a todos nosotros). Y esa identidad puede expandirse una vez más desde mundicéntrico hasta kosmocéntrico, una identidad no solo con todos los seres humanos, sino con todos los seres sensibles, con toda forma de vida, con Gaya, con el Kosmos y con el Fundamento de Todo Ser. Este extraordinario despliegue evolutivo –que va desde egocéntrico hasta etnocéntrico, mundicéntrico y kosmocéntrico– es posible, precisamente, porque hay un amplio espectro de seres y de conciencia y porque cada uno de los 6 a 8 niveles que componen ese espectro es un proceso de «trascendencia e inclusión», razón por la cual decimos que cada nivel es más completo, más inclusivo y más abarcador que el anterior.

Insistiendo en lo mismo desde una perspectiva ligeramente diferente podemos ver que, en cada uno de los pasos que componen la secuencia evolutiva (que conduce, por ejemplo, desde los átomos hasta las moléculas, las células y los organismos), cada nuevo nivel o estadio «trasciende e incluye» a sus predecesores. Los moléculas incluyen a los átomos, pero también los trascienden y van más allá de ellos, englobándolos en la totalidad mayor de la molécula; las células incluyen a las moléculas, pero también las trascienden y van más allá de ellas, englobándolas en la totalidad todavía mayor de la célula, y los organismos incluyen a las células, pero también van más allá de ellas y las engloban en la totalidad aún mayor del organismo. Y es que, como dijo Plotino, «el desarrollo es envolvente», razón por la cual cada nuevo estadio es más inclusivo, abarcador e integral que el anterior. Cada uno de estos estadios, como el resto de los estadios de la evolución, trasciende e incluye a sus predecesores y es, en consecuencia, cada vez más y más completo.

Y lo mismo podríamos decir con respecto a la evolución humana, que puede empezar en un individuo cuya identidad se expande hasta incluir la totalidad mayor del grupo y expandirse luego más hasta la totalidad mayor de todos los grupos, de todos los seres humanos, y expandirse más aún (o trascender e incluir) hasta llegar a incluir literalmente la totalidad de las cosas. Y todo ello se debe a la infinita plasticidad de la identidad humana, que puede ir desde la identidad más pequeña imaginable (egocéntrico) a la identidad con todo (kosmocéntrico), sintiéndose cada vez, literalmente, más grande, incluyendo cada vez más ítems de su conciencia y en su yo, hasta que yo y universo son una y la misma cosa, momento en el cual uno regresa a casa y descubre su verdadera naturaleza original.

¿Le parece muy raro? Lo único que le pido es que suspenda de nuevo su juicio y vaya paso a paso, lo coteje con su experiencia y luego decida. Porque, si esto es cierto y mindfulness puede ayudarle a hacer aquello para lo que originalmente fue diseñado –es decir, mostrar la infinita totalidad de su conciencia–, probablemente esté a punto de experimentar una de las mayores y más sorprendentes comprensiones de su vida.

Nivel 5 – Racional moderno (naranja)

Muy bien. Estamos en el estadio mítico-conformista ámbar, es decir, el nivel 4, en el que la identidad cambia de egocéntrico a etnocéntrico, un nivel que se caracteriza por la emergencia de la perspectiva de segunda persona (y el correspondiente inicio de la capacidad de «asumir el rol de los demás») y la identidad de cambiar, en consecuencia, de egocéntrico a etnocéntrico. (La «primera persona», por repetir brevemente este tema, se refiere a la persona que está hablando [«yo»]; la «segunda persona» es la persona con la que se está hablando [«tú»], que se combina con un «yo» para formar un «nosotros», y la «tercera persona» es la persona o cosa de la que se está hablando objetivamente [«él», «ella» o simplemente «ello»]. Ya hemos visto que la primera persona emerge en el estadio del poder rojo y que la segunda persona emerge en el estadio conformista ámbar). En el siguiente nivel más elevado, el nivel naranja 5, tiene lugar la emergencia de la siguiente perspectiva más elevada, la visión de tercera persona, es decir, la capacidad de asumir una perspectiva objetiva, científica y universal y de cambiar de una identidad etnocéntrica y local a una identidad mundicéntrica universal o global, un cambio desde el «nosotros» hasta el «todos nosotros». Esta conciencia expansiva más universal y global se da porque la conciencia ha pasado de una modalidad operacional concreta a una modalidad operacional formal, lo que significa que el pensamiento ya no se limita a operar sobre el mundo material concreto, sino que puede operar sobre el pensamiento mismo. El pensamiento puede ser ahora consciente de sí mismo, lo que posibilita una identidad introspectiva, consciente y autorreflexiva universal, una identidad cosmopolita. Kant caracterizaba, en su ensayo «La paz perpetua», a la conciencia «cosmopolita» diciendo que: «una violación de los derechos en cualquier lugar se siente en todas partes». Dicho en otras palabras, se trata de una conciencia profundamente solidaria con toda la humanidad que aparece, por vez primera en la historia, en el nivel 5, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos (como sucedió durante la Ilustración). No se trata ahora de los derechos de un clan, de una tribu, de un club, de una religión, de una nación o de un grupo concreto de individuos, sino de los derechos de todos los grupos, de todos los seres humanos, de todas las naciones, ninguna de las cuales, por parafrasear el famoso dicho, «me resulta, en tanto ser humano, ajena» en la medida en que mi conciencia se expande una vez más, siguiendo su camino evolutivo, hasta niveles de ser, de conciencia, de totalidad y de identidad cada vez más amplios, profundos y elevados. Como ya hemos señalado, este gran salto a un nuevo y más elevado nivel de conciencia y de cultura se vio especialmente jalonado por lo que hoy se conoce como Ilustración occidental (que, como todos los estadios, tiene también, como veremos, sus desventajas).

El hecho de que este estadio, el nivel 5, se caracterice por una conciencia operacional formal –es decir, una conciencia que permite que el pensamiento opere sobre el pensamiento– explica que se conozca con nombres tan diversos como razón, racionalidad, operacional formal, consciente, logro, excelencia, autoestima (un estadio al que se atribuye el color naranja). En este nivel aparecen las necesidades de autoestima porque la perspectiva de tercera persona implica que el individuo puede, por así decirlo, dar un paso atrás y conformar una opinión objetiva de sí mismo, una opinión que naturalmente quiere que sea lo más positiva posible. Recordemos que la jerarquía de necesidades de Maslow va desde las necesidades fisiológicas (niveles 1 y 2) a las necesidades de seguridad, autoprotección y poder (nivel 3), las necesidades conformistas y de pertenencia (nivel 4), las necesidades de autoestima (este nivel, el nivel 5) y un par de niveles más elevados a los que en breve volveremos.

Aunque en este nivel, pues, la identidad se expanda hasta una capacidad global o mundicéntrica, también jalona la emergencia de una verdadera individualidad, porque la reflexión sobre uno mismo emerge del papel conformista-colectivo propio del estadio anterior. El individuo mundicéntrico emerge del conformista etnocéntrico y, desde el trasfondo mundicéntrico, el yo quiere su propio autorreconocimiento, identidad, autoestima y logro. Por esto, este estadio también se caracteriza por la emergencia de un impulso hacia la excelencia, el logro, el mérito y el progreso.

La perspectiva de tercera persona permite al individuo salir del momento presente, ser consciente del tiempo histórico, comparar el presente con el pasado e imaginar un posible futuro y, dado el impulso hacia la excelencia, el logro, el mérito y el progreso, mejorar el presente todo lo que sea posible. Este despliegue del tiempo histórico (que no tardará en abocar a una conciencia de la evolución) es considerablemente distinto al tiempo mítico anterior concreto y atado a la naturaleza, que estaba obligado a dar vueltas interminablemente de la primavera al verano, el otoño, el invierno, y a una nueva primavera…, girando en círculo sobre sí y sin ir absolutamente a ninguna parte. Con la sorprendente emergencia de una perspectiva de tercera persona, sin embargo, aparece el tiempo histórico y, con él, la noción de dejar de dar vueltas interminablemente al statu quo y, gracias al impulso de mérito, logro, progreso y excelencia, mejorar las cosas. Este es un impulso muy importante en los individuos (y en las culturas) y es fácilmente identificable porque es muy diferente de los impulsos correspondientes a los primeros cuatro estadios del alimento, el sexo (emocional-sexual), el poder y el amor (y la pertenencia) condenados, como la naturaleza, a dar vueltas y más vueltas en círculo sobre sí.

Ya hemos dicho que este estadio, este salto evolutivo a un nivel superior de conciencia y de cultura, jalonó la Ilustración occidental, a la que los conocidos historiadores Will y Ariel Durant llamaron «Era de la razón y de la revolución». La razón (que permite pensamientos del tipo «como si» y «qué pasaría si») permitió concebir realidades alternativas –alternativas a la esclavitud («¿qué pasaría si la aboliésemos?»), la monarquía («¿qué pasaría si tuviésemos una democracia representativa?»), el patriarcado («¿qué pasaría si las mujeres fuesen iguales a los hombres?»), la religión fundamentalista-mítica (¿qué pasaría si la ciencia nos ofreciese más verdades?»)– y, con ellas, aparecieron las revoluciones, desde las revoluciones políticas francesa y estadounidense hasta la revolucionaria prohibición de la esclavitud en los grandes países industriales-racionales de todo el mundo (primera vez en la historia humana en que se prohibió realmente la esclavitud porque, de una u otra manera, la esclavitud había estado presente en todos los estadios anteriores) o la revolución de las ciencias modernas (desde la física hasta la química, la biología evolutiva y la sociología), todas ellas resultado de este importante nivel de conciencia, el nivel 5 racional naranja. Cada nivel del desarrollo, como ya hemos dicho, nos presenta un mundo nuevo y, en muchos sentidos, diferente, algo que resulta patente en el cambio que conduce desde el mundo mítico tradicional ámbar hasta el mundo racional moderno naranja.

La emergencia del nivel naranja del desarrollo jalonó, en realidad, la era de la razón y de la revolución. Y casi cualquier adolescente atraviesa actualmente una fase parecida de agitación interna de «razón y revolución» cuando, a eso de los 10 años, empiezan a emerger súbitamente la razón y las necesidades de autoestima naranja, que reemplazan el estadio conformista anterior y su fuerte deseo de ajuste, por la necesidad de ser uno mismo. Este es un estadio caracterizado por un notable individualismo y el fuerte deseo de sobresalir, de ser diferente. ¿A cuál de estos dos niveles cree que se parece más? ¿Quiere adaptarse o sobresalir? ¿Prefiere ajustarse al grupo o decidir por sí mismo? ¿Quiere pertenecer a un grupo o ser un individuo? ¿Se considera un patriota o se siente parte de una aldea global? ¿Es nacionalista o cosmopolita? ¿Apuesta, en suma, por el mito o por la razón?

Más adelante volveremos a este punto, pero digamos, por el momento, que lo que, al respecto, decida (o quizás lo que decida en otro estadio diferente, incluso en estadios superiores de los que todavía no hemos hablado) determinará por qué practica el mindfulness integral y cómo lo hace. Y no se trata de que uno esté en lo cierto y otro esté equivocado porque, como dijo Hegel: «Cada estadio es adecuado, pero cada estadio superior es más adecuado». Tal vez suceda que es menos adecuado o que se halla en un nivel inferior (y no olvide que, como la evolución es esencialmente interminable y siempre habrá niveles más adecuados, todos somos, en cierto modo, «menos que adecuados»). Pero, independientemente de lo «menos adecuado» que sea el nivel en que se halle, el mindfulness integral le ayudará a avanzar hasta niveles cada vez más adecuados, elevados, completos y conscientes.

Aunque más adelante volveremos sobre este punto, digamos, por el momento, que por lo que hemos aprendido sobre los mapas ocultos que impulsan gran parte de nuestra conducta, el mundo se halla ahora inmerso en una seria batalla entre estos dos estadios concretos, el estadio 4 (fundamentalista, mítico y conformista, a menudo llamado «valores tradicionales») y el estadio naranja 5 (racional, logro y progreso, a menudo llamado «valores modernos»). La mayoría de las grandes civilizaciones e imperios del pasado de la humanidad –desde Mesopotamia hasta Grecia, Roma y los imperios otomano, indio y chino– se vieron impulsados por el estadio mítico-pertenencia y comenzaron, en sus formas más rudimentarias, hace 6 000 o 7 000 años predominando hasta la emergencia, hace unos 400 años, de la Modernidad occidental. Desde entonces, hay dos grandes sistemas de valores, el tradicional mítico-religioso y el moderno racional-científico, con gobiernos correlativos de control y coerción de arriba abajo (caracterizados por la monarquía, el fascismo y el comunismo ámbar) y la democracia naranja de abajo arriba (ámbar), enzarzados en continuas peleas.

Miremos donde miremos, podemos ver esta batalla entre el nivel 4 colectivista y el nivel 5 individualista. El orden político mundial no está ahora experimentando, como sería de desear, un nuevo orden mundicéntrico, sino una profusión de impulsos y regímenes etnocéntricos que, en algunos casos, muestran una regresión de modalidades mundicéntricas a modalidades etnocéntricas. En lugar de abrirse a nuevas ideas, sistemas económicos, valores universales y acuerdos internacionales, los elementos centrales son los lazos étnicos, la sangre y la tierra, los territorios geopolíticos, los impulsos imperialistas y los movimientos que benefician a nuestra raza, nuestra sangre, nuestro suelo o nuestro territorio. Existe un movimiento étnico ruso en el este y el sur de Ucrania amenazando con dividir el país (un movimiento alentado por una campaña directa de Putin). La primavera árabe tampoco produjo, como se esperaba, una serie de nuevas democracias, sino una explosión de facciones etnocéntricas: la guerra religiosa en Siria, el caos en Libia y el Yemen, una renovada dictadura en Egipto, y el fracaso de Túnez, considerado por algunos como el único éxito de la primavera árabe, a la hora de controlar actualmente su frontera sureña con Argelia y Libia. Trípoli es hoy asiento de tribus, bandas y milicias que pelean por el control del territorio. Damasco es el centro, no de Siria, sino de Bassar al Assad, el más fuerte de los señores de la guerra que allí pelean. Bagdad es la capital de un territorio chiita tribalizado dominado fundamentalmente por el lindante Irán, con una región norteña kurda casi independiente y un Sunnistán yihadista en el oeste, hogar literal de centenares de clanes de guerra que se extienden hasta el Mediterráneo. Irán es una monarquía medieval etnocéntrica chiita que ocupa gran parte de la península arábiga en continuas escaramuzas bélicas con Arabia Saudí [sic]. Oriente Próximo, en fin, ha involucionado y se ha disgregado en innumerables facciones anárquicas etnocéntricas dominadas por señores de la guerra.

Y también el islam se ha fracturado profundamente en el segmento fundamentalista propio del estadio 4 (con su interpretación literal del Corán y su firme creencia en la sharía [o ley islámica] y la yihad [o guerra santa]) y el segmento moderno característico del estadio 5 que desea acercar el islam a la comunidad global del mundo moderno.

En el Pacífico, los estados asolados por la Guerra Fría de China, Singapur, Vietnam, Malasia, Corea del Sur y Japón se han beneficiado de muchos años de capitalismo económicamente productivo (producto del estadio 5), cuyo resultado neto ha desembocado en un aumento del territorialismo etnocéntrico, de modo que la cuota de importaciones militares de Asia ha pasado, desde la década de los años 1990 hasta hoy, del 15% a un asombroso 40%, empleadas en disputas territoriales por regiones de los mares del sur y el este de China. El nacionalismo etnocéntrico (basado en raza y etnia y alentado por un territorialismo imperialista) está floreciendo en Asia. Y, en la medida en que la tecnología reduce la distancia que tradicionalmente las separaba, aumenta el conflicto entre la India y China. Las clases medias han crecido significativamente en el África subsahariana, pero la realidad geopolítica ha generado multitud de conflictos etnocéntricos, tribales y religiosos como los existentes, por ejemplo, entre la República Centroafricana y el sur de Sudán.

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