Kitabı oku: «Suya hasta medianoche - Te enamorarás de mí - Oscura venganza»

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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

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28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 519 - febrero 2021

© 2013 Nikki Logan

Suya hasta medianoche

Título original: His Until Midnight

© 2000 Marion Lennox

Te enamorarás de mí

Título original: A Child In Need

© 1995 Kim Lawrence

Oscura venganza

Título original: Passionate Retribution

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014, 2015 y 2015

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-173-3

Índice

Créditos

Índice

Suya hasta media noche

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Portadilla

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Oscura venganza

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

20 de diciembre, cuatro años atrás

Restaurante Qingting, Hong Kong

AUDREY Devaney se arrellanó en el mullido sofá, estudiando las bonitas cartas de estilo oriental que tenía en la mano. No llevaba la mejor baza del mundo, pero, si lo que apostabas eran caramelos y te comías los tuyos tan rápido como iban acumulándose, era difícil tomarse en serio una partida de póquer.

Aunque resultaba divertido fingir que era una experta jugadora. O imaginarse que se estaba con Oliver Harmer en una oscura sala de un casino de Las Vegas y no en un restaurante de Hong Kong, en la última planta de un rascacielos.

Oliver, con una incipiente barba de diseño y un puro colgando de los labios, más chupado que fumado por respeto hacia ella y los demás clientes del restaurante, sonreía.

–Gracias otra vez por el regalo –murmuró, acariciando el pañuelo de seda azul cobalto–. Es precioso.

–De nada –dijo él–. El azul te sienta bien.

Audrey lo estudió por encima de las cartas. Quería preguntar, pero no sabía cómo sacar el tema. Tal vez lo mejor sería no andarse con rodeos…

–Para ser un hombre cuyo compromiso acaba de romperse, te veo muy bien.

Bien de ánimo, no de atractivo. Aunque siempre lo estaba. El pelo oscuro, las pestañas largas y esa piel australiana bronceada…

Oliver miró sus cartas y tiró tres de ellas boca abajo.

–Me he salvado por los pelos.

–¿Ah, sí? Las Navidades pasadas decías que Tiffany podría ser la mujer de tu vida.

Ella no lo había creído, pero había sido su relación más larga hasta la fecha.

–Parece que había más de uno para Tiffany –dijo él, sin disimular cierto enfado.

–¿Quién rompió el compromiso?

–Yo.

Oliver Harmer era un solterón empedernido; el soltero más buscado de Shanghái y, aparentemente, sin ganas de dejar de serlo. Pero sabía por Blake, su marido, que se tomaba muy en serio la fidelidad porque su padre había sido un mujeriego.

–Lo siento.

Él se encogió de hombros.

–Tiffany estaba saliendo con otro cuando nos conocimos y fui tan tonto como para pensar que a mí no me haría lo mismo.

Tonto tal vez, pero también era humano. Era comprensible que hubiese esperado fidelidad de Tiffany.

Audrey dejó dos cartas sobre la mesa y Oliver le dio otras dos de la baraja antes de tomar tres para él.

–¿Qué dijo cuando le contaste que lo sabías?

–No le dije nada. Sencillamente, rompí el compromiso.

–¿Sin darle una explicación? ¿Y si estuvieras equivocado?

–No, lo comprobé.

En el mundo de Oliver Harmer, «comprobar» seguramente significaba contratar a un investigador privado.

–¿Dónde está ella ahora?

–De luna de miel, supongo. Le regalé una tarjeta de crédito con mis mejores deseos.

–¿La compraste? –exclamó Audrey.

–Compré su perdón.

–¿Y funcionó?

–Tiffany no es de las que sufren durante mucho tiempo.

Audrey suspiró. Oliver salía con las peores. Siempre guapas, por supuesto, elegantes, jóvenes, pero yermas en el terreno emocional. Seguramente las prefería así, pero en sus ojos había cierto brillo de pena…

Y eso no pegaba con el hombre al que creía conocer.

Audrey estudió sus cartas y tiró las cinco sobre la mesa.

–¿Por qué no puedes salir con una mujer normal? Shanghái es una ciudad muy grande, seguro que hay mujeres estupendas.

Oliver se llevó el montón de caramelos, aunque Audrey le robó uno, y empezó a barajar de nuevo.

–No puedo explicarlo.

–No tendrá nada que ver con tu reputación, ¿verdad?

Oliver clavó en ella sus ojos pardos, con un brillo de desafío.

–¿Y qué reputación es esa?

–No tengo intención de inflar más tu enorme ego.

Ni de mencionar los susurros de las mujeres sobre Oliver «el Martillo» Harmer. Era territorio peligroso.

–Pensaba que éramos amigos –protestó él.

–Eres amigo de mi marido, yo solo soy su… delegada en Hong Kong –bromeó Audrey.

Oliver soltó un gruñido.

–Y supongo que solo aceptas porque la cocina es fabulosa.

–No, en realidad no –Audrey le sostuvo la mirada, sintiendo como si dos pequeñas mariposas revolotearan en su pecho–. También vengo por el vino.

Oliver tomó un puñado de caramelos y los tiró sobre la mesa.

–Me lo apuesto todo.

–Ah, el típico multimillonario, tirando el dinero como si fueran caramelos…

–Venga, juega –la interrumpió él, con una sonrisa.

Siempre era así. Su almuerzo navideño estaba lleno de humor, bromas y camaradería.

Al menos, en la superficie.

Bajo la superficie había un montón de cosas que Audrey no quería examinar: aprecio, respeto, admiración por su valor y por las decisiones que había tomado. Oliver Harmer era el ser humano más libre que conocía, un hombre envidiado por muchos.

Ella lo envidiaba por los límites que imponía su matrimonio.

Y, además de eso, estaba la eterna atracción entre ellos. Se había acostumbrado porque siempre había estado ahí y porque solo tenía que enfrentarse a ella una vez al año.

Oliver era un hombre muy atractivo, encantador, afable, buen conversador, atlético, educado, pero nada pretencioso. Nunca demasiado frío ni demasiado estirado.

Pero había sido el testigo de su marido en la boda.

El mejor amigo de Blake.

Se sentiría mortificada si Oliver intuyera lo que pensaba porque inflaría su monumental ego, pero también porque sabía lo que haría con esa información.

Nada.

Nada en absoluto.

Se llevaría el secreto a la tumba y ella nunca sabría si era por lealtad a Blake, por respeto hacia ella o porque una relación entre los dos era algo tan inconcebible que lo vería como una aberración momentánea en la que no había que pensar dos veces.

Y eso sería lo mejor.

Ella no era como las mujeres con las que solía salir. El día que más guapa estuvo fue el día de su boda. Entonces le dijeron que estaba guapísima. Oliver, claro. Oliver, que sabía lo que debía decir cuando estaba angustiada. Pero no era tan guapa como las mujeres con las que salía y no se movía en los mismos círculos. No era fea, aburrida o tonta. De hecho, tendría mejor puntuación en un test de inteligencia que la mayoría de los hombres, pero no hacía que volvieran la cabeza. Le faltaba ese algo...

Ese algo que tenía Oliver.

Desde que se conocieron jamás lo había visto con una mujer menos atractiva que él. Debía de ser algún principio químico lo que unía a dos personas parecidas y, cuando incluso las leyes naturales te dejaban fuera…

–Muy bien, listo, vamos a ponernos serios de una vez –dijo, interrumpiendo tan absurdos pensamientos.

No había sombra de dolor en sus ojos, ni una traicionera lágrima. Ella no era de las que lloraban en público. Lo único que veía en sus grandes ojos azules era compasión.

Por él.

De modo que o Blake había mentido y Audrey no sabía que su marido consideraba el suyo un matrimonio abierto o sí lo sabía y le daba igual.

Pero esa horrible posibilidad no cuadraba con la mujer que tenía delante.

Oliver fingió estudiar sus cartas, pero aprovechó la oportunidad para estudiarla. No parecía triste, al contrario. Estaba disfrutando del juego, de la comida, de la conversación, como siempre. También a él le encantaba el lujoso almuerzo-cena que compartían cada veinte de diciembre, pero era él quien insistía en comer en el mejor restaurante de Hong Kong, uno de los mejores del mundo. A Audrey le gustaban los sitios tranquilos y discretos, como ella. Era elegante más que llamativa, con el pelo oscuro sujeto en un moño alto, y tenía la costumbre de pasarse las manos por la falda, como si le gustase la textura de la prenda. Por eso la llevaba, no para él ni para ningún otro hombre. No porque abrazase sus curvas de manera casi indecente. Audrey gastaba dinero en ropa porque le gustaban las prendas de calidad.

Y exigía calidad en todo. Por eso le costaba tanto creer que le pareciesen bien las… excursiones maritales de Blake. Eso era lo que le había dicho su amigo, pero Oliver no lo creía.

Estaba claro que no era un matrimonio convencional, pero Audrey no parecía la clase de mujer que toleraría una infidelidad. Por las razones obvias y porque eso daría una mala imagen de ella.

Y Audrey Devaney no era una mujer cualquiera.

–¿Oliver?

Oliver levantó la mirada y vio los ojos azul zafiro clavados en él.

–Ah, perdona. Las veo –murmuró, mirando sus largas pestañas.

¿Conocía el secreto de Blake? ¿Sabía que su marido le era infiel en cuanto ella se iba de la ciudad y no le molestaba? ¿O inventaba viajes para distanciarse de sus infidelidades y preservar su asombrosa dignidad, que llevaba como uno de sus trajes de seda?

Estaba seguro de que no viajaba para hacer lo mismo que Blake. Si lo hiciera, sería tan discreta sobre ello como lo era sobre otros detalles de su vida, pero su ética era tan sólida como su lealtad y, si decía que estaba en Asia trabajando, eso era lo que estaba haciendo.

Porque, si no fuera así, él lo sabría.

Y, si Audrey Devaney estuviera dispuesta a tener un amante, él estaría dispuesto a serlo.

Fuera cual fuera el precio. Daba igual lo que hubiera pensado durante toda su vida sobre la fidelidad. Había pasado suficientes noches en vela tras despertar de uno de sus sueños, llenos de pasión y sentimiento de culpabilidad, con Audrey apoyada en el ventanal, frente al puerto de Hong Kong, como para saber lo que quería su cuerpo.

Pero se conocía bien a sí mismo y sabía que reducir a una mujer que admiraba tanto a una barata fantasía era una manera inconsciente de lidiar con territorio desconocido.

Un territorio con la única mujer que no podía tener.

–Tu turno –Audrey echó un puñado de caramelos en el montón, interrumpiendo sus pensamientos.

–El tuyo –Oliver tiró ases y jotas por el placer de ver el rubor que no podía disimular. Le encantaba ganar, particularmente le encantaba ganarle a él.

Y a él le encantaba verla disfrutar.

Audrey echó un trío de cuatros con gesto de triunfo y los ojos brillantes de alegría, y de inmediato Oliver se preguntó si brillarían de ese modo si la apretase contra el mullido respaldo del sofá para apoderarse de sus labios.

Su cuerpo daba hurras ante ese pensamiento.

–Volvamos a jugar –dijo, intentando borrar de su mente tales pensamientos–. Doble o nada.

Ella se rio inclinando a un lado la cabeza y su moño, decorado con un trocito de espumillón robado del aeropuerto, se inclinó peligrosamente.

–Sí, claro, pero pon más atención o me quedaré con todos tus caramelos.

Audrey se quitó los zapatos y subió las piernas al sofá mientras Oliver barajaba y, de nuevo, le sorprendió que fuese una mujer tan normal. Y tan inocente. Aquella no era la expresión de una mujer que sabía que su marido la engañaba.

De modo que su mejor amigo era un mentiroso además de un adúltero. Y un idiota por engañar a la mujer más asombrosa que ninguno de los dos había conocido nunca. Desdeñar algo tan hermoso, el regalo que el destino le había hecho a Blake en lugar de a él…

Pero, aunque el destino era equívoco, el anillo que Audrey llevaba en el dedo era muy real. Y, aunque su marido se acostaba con medio Sídney, ella no hacía lo mismo.

Porque ese anillo significaba algo para ella.

Como la fidelidad significaba algo para él.

Tal vez esa era la atracción. Audrey era sincera, ética, compasiva y su integridad tenía raíces tan firmes como las montañas que salían del océano formando la isla de Hong Kong donde quedaban cada veinte de diciembre, a mitad de camino entre Sídney y Shanghái.

Y él se sentía atraído por esa integridad, aunque la maldijera. ¿Sería igual si Audrey se acostase con otros hombres o solo estaba obsesionado porque no podía tenerla?

Eso sería lo más lógico.

Que Audrey fuese una persona fiel no significaba que él quisiera un compromiso serio. Con Tiffany en realidad había decidido dar marcha atrás. Había abandonado la idea de conseguir a la mujer con la que soñaba en secreto y aceptado a una que le dejaría hacer lo que quisiera, cuando quisiera. Y que parecía contenta haciéndolo.

Y, evidentemente, eso no iba a ocurrir.

–Vamos, Harmer. Pórtate como un hombre.

Oliver levantó la mirada, temiendo por un momento que Audrey le hubiese leído el pensamiento.

–Solo es una partida –bromeó ella–. Seguro que ganarás la siguiente.

En realidad, le daba igual quién ganase y solía perder a propósito. Haría lo que hacía cada año: mantenerla interesada, tirar algunas partidas y llevarse las suficientes como para verla indignada, hacer que volviese por más. Que volviese con él en nombre de su engañoso marido, que aprovechaba cualquier oportunidad en cuanto Audrey estaba fuera del país.

Tenía que disimular su disgusto con Blake para poder mantener esa comida anual, pero guardaría el secreto.

No solo porque no quisiera hacerle daño a Audrey ni porque perdonase el comportamiento de Blake en absoluto. Y no porque le gustase ser el confesor del hombre que había sido durante años su mejor amigo.

Mantendría el secreto porque mantenerlo significaba no tener que despedirse de Audrey. Si le contaba lo que sabía, dejaría a Blake y si dejaba a Blake no volvería a verla.

De modo que cada veinte de diciembre intentaba que lo pasara bien en el poco tiempo que estaban juntos. Disfrutaba de su conversación y su presencia y se olvidaba de todo lo demás.

Tenía todo el año para batallar con eso. Y con su conciencia.

Mientras le daba las cartas sus dedos se rozaron, provocando todo tipo de sensaciones, pero intentó disimular. Combatiría esa reacción más tarde, cuando no tuviera delante a aquella mujer asombrosa, con sus penetrantes ojos azules clavados en él.

–Tu turno.

Capítulo 2

20 de diciembre, tres años atrás

Restaurante Qingting, Hong Kong

AUDREY apretó las manos contra el espejo del ascensor, desesperada por enfriar la sangre que corría por sus venas, por contener la emoción que temía tiñera sus mejillas estando tan cerca de Oliver Harmer en un sitio tan pequeño.

Doce meses debería ser tiempo suficiente para prepararse.

Pero allí estaba, angustiada y ansiosa por un simple beso de despedida. Nunca era más que un roce, apenas un beso al aire. Y, sin embargo, sentía la quemazón de sus labios en la mejilla como si el beso del año anterior hubiese tenido lugar un segundo antes.

Se sentía como una adolescente con Oliver. Nerviosa, agitada, totalmente concentrada en él durante el tiempo que estaban juntos. Sería cómico si no fuese tan humillante. Por suerte, era lo bastante madura como para fingir.

En público, al menos.

Oliver, con el DVD de regalo en la mano, sonrió y ella le devolvió la sonrisa, concentrándose luego en las luces del panel a medida que descendían.

Cincuenta y nueve, cincuenta y ocho…

Dos semanas antes se había preguntado qué pensaría de su vestido. Oliver, no su marido. Tal vez porque tenía muy buen gusto y era lógico molestarse un poco más en arreglarse para un hombre que la invitaba a comer en el mejor restaurante de Hong Kong cada año.

Blake, por otro lado, no se daría cuenta si apareciese en el restaurante con un saco de patatas.

Nueve años antes, cuando lo conoció, solía fijarse. Entonces la miraba con ojos admirativos… o tal vez se lo había parecido en contraste con la indiferencia de Oliver, que apenas se había fijado en ella hasta que estuvo sentada a la mesa, medio oculta tras la carta.

Paradójicamente, tenía que darle las gracias a él por la evolución en sus gustos porque su desdén dejó claro que había elegido el atuendo equivocado. La gente pagaba millonadas por consejos de moda, Oliver Harmer los daba de manera gratuita.

El vestido de aquel año era estupendo y, aunque echaba de menos el discreto escrutinio de sus ojos pardos, la caricia visual que la sostenía durante todo el año, su aprobación merecía la pena. Se miró a sí misma en el espejo del ascensor e intentó verse con los ojos de Oliver: elegante, profesional, apropiada.

Nerviosa como una cría.

Cuarenta y cinco, cuarenta y cuatro…

–¿A qué hora sale tu avión mañana? –la ronca voz de Oliver interrumpió sus pensamientos.

–A las ocho.

Hablaban de cosas sin importancia. Siempre era así al final de su encuentro. Como si se hubieran quedado sin conversación de repente. Y era posible, ya que hablaban sin parar durante el almuerzo que se convertía en cena y porque solía estar agotada después de tantas horas sentada frente a un hombre al que deseaba ver, pero con quien le costaba esfuerzo estar.

Solo era un día.

En realidad, doce horas. Eso era todo. Durante el resto del año no le costaba nada controlarse. Usaba el largo viaje de vuelta a casa para guardar sus emociones en ese sitio donde permanecían ocultas durante trescientos sesenta y cuatro días.

Había invitado a Blake a ir con ella ese año, esperando que la presencia de su marido la ayudase, pero Blake no solo había declinado la invitación, sino que había parecido horrorizado. Lo cual no tenía sentido porque se veía con Oliver cada vez que tenía que ir a Asia por algún asunto de trabajo.

De hecho, tenía tan poco sentido como que Oliver hubiese cambiado de tema cada vez que mencionaba a Blake. Como intentando distanciarse de la única persona que tenían en común.

Y sin tener a Blake en común, ¿qué tenían?

Veintisiete, veintiséis, veinticinco…

Audrey exhaló un suspiro de yoga, esperando que se le tranquilizase el pulso, pero se le aceleró de nuevo al notar el olor de su colonia, el calor de su cuerpo.

Y estaban tan cerca…

Daba igual lo que hiciera su cuerpo en presencia de Oliver, que no pudiese respirar, que se le quedase la boca seca o se le encogiera el corazón. Era como Ícaro esperando que sus alas de cera no se derritieran al acercarse al sol.

No podía controlar las elementales reglas de la biología. Lo único que importaba era que no se notase.

Esa noche había disimulado como nunca y solo le quedaba ese último paso, el beso de despedida, y se alejaría hasta el año siguiente. Le esperaban una noche en vela y un aeropuerto lleno de gente por la mañana.

El próximo año debería tomar el último vuelo nocturno.

Era imposible saber si su estómago estaba dando saltos por el rápido descenso del ascensor o porque sabía lo que estaba por llegar. Las puertas hicieron una pausa antes de abrirse.

Audrey hizo lo mismo.

Salieron juntos del edificio y luego, sonriendo, se estrecharon la mano como hacían siempre.

–¿Algún mensaje para Blake?

Siempre recordaba a su marido, por si de repente su cuerpo decidiera lanzarse sobre él y avergonzarlos a los dos. Blake porque era lo más seguro. Blake o el trabajo.

Los ojos pardos se oscurecieron durante una décima de segundo mientras tomaba su mano.

–No. Gracias.

Qué raro. Blake tampoco le había dado ningún mensaje para su amigo. Era la primera vez.

Y no soltaba su mano. No era una caricia, nada que hiciese enarcar una ceja a alguien que pasara a su lado, pero le latía el corazón con tal fuerza que temía que lo oyese. Deseaba aquel momento y lo odiaba al mismo tiempo porque nunca era suficiente.

Pero tenía que serlo. El olor de la exclusiva colonia masculina embriagó sus sentidos mientras se inclinaba para rozar su mejilla con los labios… un poco más atrás que otros años, un poco más abajo. Lo bastante cerca como para que su pulso se volviera loco.

Ni siquiera era un beso de verdad y, sin embargo, no podía excitarla más.

Las hormonas.

Hablando de cosas químicas que alteran…

–Hasta el año que viene –se despidió Oliver.

–Lo haré.

–¿Eh?

«Saluda a Blake de mi parte». Eso era lo que solía decir después de besarla, por eso había respondido de ese modo, sin pensar. Qué raro que no lo hubiera dicho.

–No, nada.

Parecía nerviosa, pensó Oliver. No era la serena y compuesta Audrey de siempre.

–Gracias por invitarme a comer.

«Uf, qué horror».

Llamar «comida» a su anual maratón era como sugerir que Oliver la hacía sentir «un poco agitada». Doce horas en su compañía y le daba vueltas la cabeza. Nerviosa, se metió en el taxi a toda prisa.

Oliver se quedó en la acera, con la mano levantada en un gesto de despedida mientras el taxista arrancaba.

–¡Espera!

De repente, abrió la puerta del taxi y durante un segundo absurdo, loco, Audrey pensó que iba a tomarla entre sus brazos.

Y se habría echado en ellos sin dudarlo.

Pero no lo hizo.

Por supuesto que no.

–Audrey…

–¿Sí?

–Es solo… quería decirte…

Había una docena de expresiones indescifrables en su rostro, pero por fin vio un brillo de pesar en sus ojos.

–Feliz Navidad, Audrey. Nos vemos el año que viene.

El anticlímax la dejó sin aliento, de modo que apenas pudo murmurar:

–Feliz Navidad, Oliver.

–Si alguna vez necesitas… si necesitas cualquier cosa, llámame –sus ojos pardos parecían implorar que lo hiciera–. En cualquier momento, de día o de noche. Cuando quieras.

–Muy bien.

No tenía intención de hacerlo, por supuesto. Oliver Harmer y el mundo real existían en realidades alternativas y su vuelo a Hong Kong la transportaba a otra dimensión durante unas horas. En esa realidad alternativa, él era el primer hombre, el único hombre, al que llamaría si tuviese algún problema. Pero una vez de vuelta en casa…

En casa su vida era demasiado normal como para necesitar ayuda y, aunque así fuera, no lo llamaría.

El taxi arrancó de nuevo y Audrey respiró suavemente hasta que los latidos de su corazón volvieron a la normalidad.

Había sobrevivido a otra reunión en nombre de su marido y, con un poco de suerte, con su dignidad intacta.

Y solo quedaban trescientos sesenta y cuatro días para volver a ver a Oliver Harmer.

Trescientos sesenta y cuatro largos y confusos días.

Capítulo 3

20 de diciembre, dos años atrás

Restaurante Qingting, Hong Kong

OLIVER miraba el cielo oscuro de Hong Kong por el ventanal del restaurante, intentando no pensar en los camareros, que apartaban mesas y sillas, a punto de cerrar.

Los brazos cruzados sobre el pecho era lo único que sujetaba su loco corazón dentro de la cavidad torácica y el hermoso regalo que tenía en la mano lo único que impedía que golpease la pared con el puño.

No había aparecido.

Por primera vez en años, Audrey no había acudido a su reunión anual.

Capítulo 4

20 de diciembre, el año anterior

Gambas de Caledonia, caviar con ostras Royale Cabanon y jugo de yuzu

–TIENES suerte de que haya venido.

La acusación se coló entre el murmullo de conversaciones y el ruido de las cuberterías y la carísima porcelana. Audrey irguió los hombros bajo la chaqueta de color crema, mirando el gesto enfadado de Oliver.

–Pero estás aquí.

Llevaba una camisa blanca con el primer botón desabrochado, sin corbata. Todos los demás clientes la llevaban, pero tal vez el rígido código de etiqueta del restaurante no se aplicaba a los muy ricos, pensó.

–Parece que tardo en aprender. O tal vez sea ingenuamente optimista.

–Pero estoy aquí, ¿no?

–Y no pareces contenta.

–Tu correo no me dejó elección. No sabía lo bien que se te daba el chantaje emocional.

–No era un chantaje, Audrey. Solo quería saber si vendrías… para ahorrarme el viaje si no era así.

Ella apartó la mirada. Sí, le había dado plantón el año anterior, pero un hombre como Oliver no estaría solo durante mucho tiempo. Especialmente en Navidad, en una ciudad llena de expatriados que añoraban su casa. Estaba segura de que no le habría faltado compañía.

–Y tenías que jugar la carta del mejor amigo muerto, ¿no?

Porque esa era la única razón por la que estaba allí: la relación que Oliver había tenido con su difunto marido. Pero tenía que romper esa amistad.

Él achicó un poco los ojos, pero no mordió el anzuelo. Sencillamente, se quedó mirándola, casi retándola a seguir.

–Han cambiado la moqueta –comentó Audrey, buscando una excusa para no dejarse esclavizar por su mirada. Elegantes y vibrantes libélulas de colores habían reemplazado a una oscura alfombra oriental–. Muy bonita.

–Gerard ha recibido otra estrella Michelin –Oliver se encogió de hombros–. Poner una moqueta nueva me parece una celebración razonable.

–Señora Devaney…

Audrey estuvo a punto de decirle al maître, que les ofrecía la carta, que ya no era la señora Devaney.

–Encantada de volver a verlo, Ming–húa.

–Está usted muy guapa –dijo el hombre, llevándose su mano a los labios–. La echamos de menos el año pasado.

Oliver la miró de reojo mientras el maître los llevaba a su mesa habitual. Pagaba una elevada factura cada año para ocupar el mejor sitio y el más discreto del restaurante, entre el enorme tanque lleno de libélulas y el ventanal que se hallaba frente al puerto.

Audrey admiró el paisaje mientras se dejaba caer en el sofá. Su refugio, que tanto había echado de menos el año anterior. El refugio tranquilo, privado y lujoso del que disfrutaba cada veinte de diciembre.

Un santuario emocional del que había disfrutado durante los últimos cinco años.

Menos el anterior.

Y Oliver Harmer era una parte esencial de ese santuario. Especialmente estando tan guapo como aquel día. No quería fijarse en su aspecto, pero era imposible no hacerlo. Mirase donde mirase, un espejo, un cristal, le devolvían el reflejo de aquel hombre.

Estaban sentados a una mesa con dos sofás, pero cuando terminase la comida los dos estarían recostados, saciados después de disfrutar de los mejores platos y los mejores vinos, contándose todo lo que habían hecho durante ese año.

Al menos, así era normalmente.

Pero ya nada era normal.

De repente, el pequeño espacio que tanto añoraba le parecía claustrofóbico y el champán en una cubitera de cristal parte de una barata escena de seducción. Y la idea de hacer algo que no fuera estar sentada al borde del sofá durante las siguientes doce horas le parecía imposible.

–¿Qué has venido a buscar este año? –le preguntó Oliver, recostándose en el sofá con una copa de champán en la mano. El gesto era tan informal que parecía ensayado–. ¿Stradivarius, Guarneri?

–Un chelo Testore de 1714 –respondió ella–. Ahora dicen que podría estar en el sudeste asiático.

–¿Ahora?

–Se mueve mucho.

–¿Saben que lo estás buscando?

–Me imagino que sí.

–¿Y no saben que siempre consigues lo que quieres?

–Dudo que me conozcan. Olvidas que yo hago el trabajo, pero otra persona se lleva los aplausos. Mi contribución es anónima.

–Anónima –repitió él mientras cortaba la punta de un puro habano–. Seguro que una especialista con un máster en identificación de instrumentos antiguos preocupará más a los ladrones que un montón de policías despistados.

–Bueno, dejemos mi trabajo. ¿Cómo va el tuyo? ¿Sigues siendo rico?

–Apestosamente rico.

–¿Sigues sacándoles una cabeza a tus competidores?

–Cabeza y media.

A Oliver le producía una gran alegría irritar a sus rivales. Gastaba grandes cantidades de dinero en estrategias que sabía los sacarían de sus casillas y eso la hizo sonreír.

–Me preguntaba si vería una sonrisa –dijo él, clavando los ojos en su boca–. Las he echado de menos.

Eso fue suficiente para borrarla de sus labios.

–No me he reído mucho desde el funeral de Blake.

Oliver hizo una mueca, pero disimuló tomando un sorbo de champán.

–Sin duda –murmuró–. Bueno, ¿cómo estás?

Audrey se encogió de hombros.

–Bien.

–¿Y cómo estás de verdad?

¿En serio? ¿Quería hablar de eso? Claro que hablaban de Blake todos los años. Después de todo, él era su conexión, su única conexión. Por eso estar allí le parecía tan raro. Debería haberse quedado en casa y hablar con él por teléfono.

–Los impuestos de sucesión son una pesadilla y la casa estaba asegurada a nombre de la empresa, pero he conseguido solucionarlo.

Oliver parpadeó.

–¿Y personalmente?

–Personalmente, mi marido ha muerto. ¿Qué quieres que te diga?

Ni todo el champán del mundo podría ocultar el ceño fruncido de Oliver.

–¿Lo estás… superando?

–¿Preguntas por mi economía?

–No, te pregunto cómo estás, Audrey.

–Ya te he dicho que estoy bien.

Oliver levantó las dos manos en señal de rendición.

–Muy bien, hablemos de otra cosa.

¿Y de qué podrían hablar? La razón por la que seguían viéndose había sido incinerada. Aunque él no se acordaría.

«¿Por qué no estuviste en el funeral de tu mejor amigo?».

¿Qué tal eso como cambio de tema? Pero no le daría esa satisfacción.

Desgraciadamente para los dos, Oliver tampoco parecía muy inspirado y Audrey se levantó.

–Tal vez esto no ha sido buena idea…

–¡Aquí está! –Ming-húa apareció, flanqueado por dos camareros, con el primer plato de la degustación–. Gambas de Caledonia y caviar con ostras Royale Cabanon y jugo de yuzu.

Audrey entendió «gambas», «caviar» y «ostras». Nada más. Pero ¿no era ese el atractivo de una degustación, estimular los sentidos sin molestarse en leer la carta?

Una aventura culinaria.

El único aspecto de su vida en el que era aventurera.

De modo que volvió a sentarse en el sofá mientras los camareros servían el primer plato antes de alejarse discretamente.

Oliver le ofreció un paquete envuelto en papel de regalo.

–No espero nada a cambio.

–No pensé que fuéramos a hacerlo este año.

–Es el del año pasado.

Audrey tomó el regalo, pero no lo abrió. Lo dejó a un lado, con una sonrisa forzada.

–Llevamos años siendo amigos y hacemos esto todos los años –dijo Oliver–. ¿Me estás diciendo que solo lo hacías por Blake?

Al ver un brillo de dolor en sus ojos pardos, Audrey decidió contarle la verdad:

–Me parece raro seguir haciéndolo ahora que no está.

De hecho, siempre le había parecido vagamente extraño. Y su reacción ante Oliver también. Rara y deshonesta porque era un secreto.

–Nuestra amistad no tiene por qué cambiar. Nunca he pasado tiempo contigo por cortesía hacia un viejo amigo. Tú y yo somos amigos también.

«Bah, palabras huecas».

–Pues te eché de menos en el funeral de tu amigo –replicó Audrey.

De inmediato notó que sus mejillas se teñían de color.

–Siento mucho no haber ido.

–Ya, claro, la crisis económica hizo que no pudieras pagar el billete de avión –dijo ella, irónica–. ¿O es que ese día tenías mucho trabajo en la oficina?

Lo había llamado. Sabía dónde estaba mientras su marido era incinerado.

–Audrey…

–¿Oliver?

–Tú sabes que de haber podido habría ido al funeral. ¿Recibiste las flores?

–¿La tienda de flores que enviaste? Sí, claro. Ocupaban la mitad de la capilla y eran preciosas. Pero solo eran eso, flores.

–Sé que estás enfadada, pero tenía mis razones, buenas razones, para no ir a Sídney. Además, organicé un funeral privado para mi viejo amigo en Shanghái… –a Audrey no se le escapó el énfasis que ponía en las palabras «viejo amigo»– con una botella de Chivas, así que Blake tuvo dos funerales ese día.

Ella hizo una mueca. ¿Por qué le importaba tanto? No debería.

Y no debería haberse asomado cien veces a la puerta de la capilla, esperando verlo aparecer. O haber atendido a duras penas a los asistentes que intentaban consolarla, demasiado ocupada preguntándose por qué echaba tanto de menos a Oliver. Pero más tarde, mientras escribía las tarjetas de agradecimiento, por fin tuvo que aceptar la realidad.

Oliver no había ido.

El mejor amigo de Blake, testigo el día de su boda, no había ido a su funeral. Era una realidad amarga, pero había estado demasiado ocupada organizando el funeral y el caos de verse convertida en viuda de repente como para preguntarse por qué le dolía tanto. O para imaginarse a Oliver organizando un funeral privado para su amigo con una botella de whisky.

–Siempre le gustó una buena marca –tuvo que reconocer.

Demasiado. El gusto de Blake por los licores había contribuido al accidente en el que perdió la vida. Pero que a su marido le gustase sentarse en el salón y tomar un par de copas le había dado espacio y libertad para hacer las cosas que le gustaban, de modo que no podía quejarse.

Tras ella, el zumbido de las libélulas llamó su atención y se volvió para estudiar el tanque de cristal. Había más de cien especies distintas, todas vibrantes y fluorescentes, grandes y pequeñas, en un hábitat especialmente construido para ellas.

Audrey llevó oxígeno a sus pulmones discretamente, intentando controlarse.

–Cada año olvido lo asombroso que es este sitio.

Y cada año envidiaba a los insectos y sentía compasión por ellos. Sus vidas eran más largas y cómodas que las de las libélulas salvajes, pero estaban constreñidas tras un cristal, con una existencia inmutable. Las recién llegadas chocaban una y otra vez contra el cristal hasta que dejaban de intentar escapar y aceptaban su lujoso destino.

¿No lo hacía todo el mundo?

–Dale la oportunidad y el encargado te dará una charla sobre los nuevos descubrimientos en invertebrados.

Audrey apartó la mirada.

–Pensé que solo venías aquí este día. ¿Cuándo has hablado con el encargado de las libélulas?

–El año pasado –respondió Oliver–. Me encontré inesperadamente sin nadie con quien hablar.

Porque ella no había acudido.

–Era demasiado pronto… no podía irme de Australia. Y Blake ya había muerto.

Oliver la miró, pensativo.

–¿Con cuál de las respuestas debo quedarme?

Ella sintió que le ardía la cara.

–Las dos son razones válidas y poderosas, pero siento no haber venido el año pasado. Debería haber tenido más valor.

–¿Valor?

–Para decirte que sería la última vez.

Oliver se echó hacia atrás en el sofá.

–¿Es lo que has venido a decirme este año?

Audrey asintió con la cabeza. Así era, aunque decirlo en voz alta le parecía imposible.

–Podríamos haberlo hecho por teléfono. Habría sido más barato para ti.

–Tenía que venir a buscar el…

–Podrías haber venido sin decirme nada. Como hiciste en Shanghái.

Ella apretó los labios. La había pillado.

Generalmente, hacía lo posible por solucionar los asuntos de Shanghái sin ir a Shanghái… por razones obvias. Era el territorio de Oliver Harmer y ese era un riesgo que no quería correr.

–¿Cómo lo has sabido?

–Tengo mis fuentes.

¿Y por qué sus fuentes sabían que ella había ido a Shanghái?

–No te asustes, el GPS de tu smartphone indicaba que estabas en la Plaza del Pueblo. Por eso lo supe.

«Ah, estúpidos smartphones».

–No me llamaste.

–Pensé que si querías verme me llamarías tú a mí.

Entrar y salir de la ciudad más grande de China como una ladrona era patético y que la hubiera pillado la hacía sentirse como una cría.

–Fue una visita relámpago. Estaba buscando un arpa antigua.

–Da igual. Quiero saber por qué no piensas volver el año que viene.

–No puedo seguir viniendo indefinidamente, Oliver. ¿No podemos aceptar que ha sido estupendo y dejarlo estar?

Él lo pensó un momento.

–Los amigos se ven.

–¿Eso es lo que somos, amigos?

–Es lo que yo pensaba. No sabía que lo pasaras mal comiendo conmigo.

–Oliver…

–¿Se puede saber qué pasa, Audrey? ¿Cuál es el problema?

–Blake ha muerto –respondió ella–. Que tú y yo sigamos viéndonos… ¿para qué?

–Para charlar, para vernos.

–¿Y por qué íbamos a hacer eso?

–Porque los amigos alimentan su relación.

–Nuestra relación se basaba en alguien que ya no está aquí.

Oliver parpadeó un par de veces.

–Puede que fuera así como empezó todo, pero ya no lo es –respondió, aunque había un océano de dudas en su mirada–. Si no recuerdo mal, te conocí seis minutos antes que Blake, de modo que nuestra amistad es más antigua.

Habían sido seis minutos intensos bajo la mirada del hombre más sexy que había conocido nunca… hasta que su amigo Blake, un tipo más normal, había entrado en ese bar de Sídney. Blake, con sus hombros estrechos, su sonrisa inofensiva y su alegre conversación. Prácticamente se había lanzado sobre él para salir del microscopio bajo el que Oliver la había colocado.

Ella sabía cuándo algo la superaba y treinta segundos en compañía de Oliver Harmer le habían dejado claro que no jugaban en la misma división. Guapísimo, inteligente, rico… y aburrido si se entretenía ligando con ella.

–Eso no cuenta. Solo charlaste conmigo para pasar el tiempo mientras esperabas que llegase Blake.

–Tal vez estaba allanando el camino.

–¿Para Blake?

Oliver hizo una mueca.

–Para mí. Blake siempre fue capaz de hacer el trabajo sucio… –se calló de repente, como si acabase de recordar que estaban hablando de un muerto–. En cuanto él entró en el bar te quedaste cautivada y yo sé cuándo me han ganado la partida.

¿Qué diría Oliver si supiera que se había agarrado a Blake para no tener que hablar con él? ¿O si le confesase que no podía dejar de mirarlo de soslayo?

Seguramente, se reiría.

–No creo que eso le hiciera un daño permanente a tu autoestima.

–Tuve que soportar a Blake presumiendo durante una semana. No todos los días era capaz de robarme a una mujer que…

No terminó la frase.

–¿Una mujer qué?

–Ninguna mujer. Tú fuiste la primera.

Ella sacudió la cabeza.

–Eres insufrible. Por eso le di mi teléfono a Blake y no a ti.

Por eso y porque era una cobarde.

–Imagina lo diferentes que serían las cosas si me lo hubieras dado a mí.

–Por favor, te habrías aburrido en un par de horas.

–¿Quién lo dice?

–Solo es un deporte para ti, Oliver.

–De nuevo, ¿quién lo dice?

–Tu vida lo dice. Y Blake también.

–¿Qué decía Blake de mí?

Lo suficiente como para preguntarse si habría ocurrido algo entre ellos.

–Te quería y quería que tuvieses lo que él tenía.

–¿Y qué tenía Blake?

–Una relación estable, algo permanente, una compañera.

¿Habría notado que no había mencionado la palabra «amor»?

–Mira quién habla –replicó Oliver.

–¿Qué quieres decir?

–Da igual, es historia antigua. No sabía que Blake fuera tan apasionado.

–¿Perdona?

–Siempre tuve la impresión de que vuestro matrimonio era más bien una unión entre dos personas que pensaban igual.

Audrey apartó la mirada. «¿Qué ocurre, Oliver, crees que no puedo inspirarle pasión a un hombre?».

–Hacía años que no nos veías juntos.

«¿Y por qué?».

–Salí con vosotros muchas veces antes de que os casarais, antes de irme a Shanghái. Los tres amigos, ¿recuerdas?

¿Si se acordaba?

Audrey recordaba las largas cenas, las brillantes conversaciones. Recordaba a Oliver colocándose entre ellos cuando se cruzaron con unos borrachos. Recordaba que se quedaba sin aliento cuando Oliver se acercaba y la tristeza que sentía cuando se iba.

Sí, se acordaba.

–Entonces, recordarás que a Blake le gustaba mostrar afecto en público. ¿No era esa suficiente demostración de sentimientos?

–Era una demostración, desde luego. De hecho, siempre tuve la impresión de que Blake reservaba esas muestras de afecto para cuando no estabais solos.

Audrey se sintió humillada. Porque era verdad. Tras la puerta de casa vivían como si fueran amigos más que como marido y mujer. Pero lo que seguramente no sabía era que Blake se guardaba las mayores demostraciones de afecto para los días que quedaban con él, marcando el territorio, como si intuyese el interés que ella intentaba disimular.

–¿Eso es lo que quieres hacer, criticar a un muerto?

Oliver la miró, furioso.

–Solo quiero disfrutar del día, de tu compañía, como solíamos hacer –respondió él, señalando el regalo–. Por cierto, ábrelo.

Audrey se quedó inmóvil un momento, pero el brillo decidido de sus ojos le dijo que no serviría de nada. Si no lo abría ella, lo haría él, de modo que rasgó el papel con una irritación que esperaba tomase por impaciencia.

–Es un puro –murmuró, sorprendida–. Yo no fumo.

–Eso nunca te ha detenido.

Audrey recordó su encuentro dos años antes…

–Ese fue un buen día.

–Mis Navidades favoritas.

–Casi Navidades.

–El veinticinco de diciembre nunca se ha podido comparar con el veinte de diciembre.

–¿Qué haces el día de Navidad, por cierto?

–Normalmente, trabajar.

–¿No vas a tu casa?

–¿A casa de mi padre? No.

–¿Y tu madre?

–La llevo a Shanghái para celebrar el Año Nuevo chino –respondió Oliver–. Me estás juzgando.

–No, estoy intentando imaginármelo.

–No puedo ir a casa de alguna novia el día de Navidad porque eso sería crear expectativas de compromiso y la oficina es un sitio tranquilo.

–Así que trabajas.

–Es un día más. ¿Qué haces tú?

–Celebro la Navidad –Audrey se encogió de hombros.

Pero no era tan emocionante como ir a Hong Kong para verse con Oliver. Y no la calentaba por dentro para el resto del año. Era una cena familiar con regalos que nadie necesitaba, explicando hasta la saciedad cada año por qué Blake no estaba allí.

Audrey tomó el puro y se lo puso entre los labios, imitándolo. Dos segundos después se lo quitó de la boca.

–Uf, sabe horrible.

–Te acostumbrarás.

–No lo creo.

Tal vez sabría mejor en los labios de Oliver, pensó, haciendo un esfuerzo para no mirar su boca. Pero él tomó el puro y se lo puso entre los labios… después de haber estado entre los suyos.

Había algo en esa intimidad, en ese acto de compartir saliva, como si fueran una pareja acostumbrada a intercambiar fluidos. Se aceleró el corazón, pero hizo un esfuerzo para disimular.

–Si no somos amigos, ¿qué somos? –le preguntó Oliver entonces.

Audrey se atragantó con el champán.

–¿Perdona?

–Yo acepto tu afirmación de que no somos amigos, pero me pregunto qué somos entonces.

Un conejo, unos faros. Era indigno, pero ella sabía muy bien cómo se sentía ese conejo viendo acercarse su destino inexorablemente.

–Hay dos cosas que definían nuestra amistad para mí –siguió Oliver, usando el verbo «definir» como si quisiera decir «atenazar»–. Una, que eras la mujer de mi amigo. Ahora, trágicamente, ese ya no es el caso. Y la otra, que tú y yo éramos amigos, pero, por lo visto, no es cierto. Así que dime, Audrey –Oliver se echó hacia delante, clavando en ella sus ojos–. ¿Qué somos exactamente?

Capítulo 5

Langosta y calamares braseados con miniaturas de los mares del Sur

LA TENSIÓN hizo que la comida se le hiciera una bola el estómago. Debería haberse imaginado que iba a hacer esa pregunta. Al fin y al cabo, Oliver no se había hecho multimillonario de la noche a la mañana: era un hombre inteligente, astuto, sagaz. Y lo admiraba por ello.

Audrey se pasó una mano por la falda.

–Somos… conocidos.

Él asintió con la cabeza durante un segundo, pero luego pareció pensárselo mejor.

–No, eso no puede ser. Yo no pasaría tanto tiempo con una simple conocida.

–¿Socios, tal vez? –sugirió Audrey.

–De eso nada. Seríamos socios si compartiésemos un negocio y eso es en lo último que pienso cuando estamos juntos. Y por lo que disfruto tanto este almuerzo navideño.

–Entonces, ¿qué sugieres que somos?

Oliver lo pensó un momento.

–Confidentes.

Desde luego, él le había hecho muchas confidencias, pero ella no hacía lo mismo.

–¿Qué tal colegas?

Oliver arrugó la nariz.

–Más bien consortes, en el sentido literal.

No, eso no. Eso creaba una imagen demasiado vívida en su cabeza.

–¿Compañeros?

Oliver se rio, pero sus ojos seguían serios.

–¿Qué tal almas gemelas?

Las palabras, la implicación… Era demasiado íntimo.

–¿Por qué haces esto? –susurró Audrey.

–¿Qué hago?

¿Qué estaba haciendo exactamente, flirtear, presionarla?

–Remover las cosas.

Oliver bebió un trago de champán.

–Solo estoy intentando sacarte de ese sitio frío e impersonal en el que te has colocado para mantener esta conversación.

–No pretendía ser impersonal.

O fría. Aunque ese era un término que había escuchado antes… cortesía de Blake en sus momentos más malvados.

–Sé que no eres así, por eso no estoy enfadado contigo. Es una táctica de supervivencia.

–Ya… –Audrey frunció el ceño–. ¿Y a qué intento sobrevivir?

–¿A este día? –sugirió él–. ¿Tal vez a mí?

–No seas presumido.

Cuatro camareros llegaron en ese momento con el segundo plato de degustación. Dos limpiaron la mesa y los otros dos colocaron unas tabletas de madera decoradas con algas y, en el interior, una selección de frutos del mar: cola de langosta, calamares, un pescado blanco y…

Audrey se inclinó hacia delante para verlo mejor.

–¿Eso es krill, lo que comen las ballenas?

Oliver se rio y su risa alivió un poco la tensión.

–No preguntes, pruébalo.

Fuera lo que fuera, estaba delicioso. Tenía una textura rara, pero era uno de los bocados más sabrosos que había probado nunca. Hasta que probó la cola de langosta.

–Es increíble. Esta vez se han superado a sí mismos.

La degustación iba acompañada de una copa de verdejo español, que disfrutaron tanto como la comida.

–Pregúntame cómo lo sé –dijo Oliver mientras esperaban el siguiente plato–. Pregúntame cómo sé que es eso lo que estás haciendo –le aclaró cuando Audrey enarcó una ceja.

Ella respiró profundamente.

–¿Cómo sabes que es eso lo que estoy haciendo?

–Reconozco las señales porque llevo cinco años luchando con ellas. Ocho si volvemos atrás en el tiempo.

Ah, si pudiera… Las cosas que haría de otra manera…

–Las reconozco porque tengo que guardar las formas contigo –siguió Oliver–. Porque sé dónde están los límites y tengo que medirme. Porque tengo que repetirme incesantemente que solo somos amigos.

El corazón de Audrey se volvió loco.

–Lo somos.

–¿Ahora somos amigos? Decídete.

–No sé qué quieres de mí –dijo ella, exasperada.

–Sí lo sabes, pero no quieres reconocerlo.

–¿Qué no quiero reconocer?

–Lo que somos en realidad.

Eran amigos. No podían ser otra cosa; sencillamente, no podía ser.

–No hay ningún misterio. Eras el mejor amigo de mi marido...

–Dejé de ser amigo de Blake hace tres años.

El anuncio la dejó en silencio. Sabía que había ocurrido algo entre Blake y él, pero… ¿tres años antes?

–¿Tanto tiempo?

–Las amistades cambian, la gente cambia.

–¿Por qué no me lo habías dicho?

¿Y por qué no le había dicho nada Blake? Él sabía que veía a Oliver en Hong Kong cada veinte de diciembre. ¿Por qué no le había dicho que no fuera?

–No te lo dije porque habrías dejado de venir.

Solo el murmullo de las conversaciones, el ruido de los platos y los cubiertos y el zumbido de las libélulas en su tanque interrumpían el silencio. Había mucho más en esa frase de lo que podían decir con palabras.

Dos camareros aparecieron entonces para llevarse los platos y dejar un sorbete para limpiar el paladar antes de alejarse de nuevo.

–Entonces, mis comentarios de hoy no pueden ser una sorpresa. Tú sabías que iba a despedirme.

–Eso no significa que vaya a aceptarlo.

–¿Por qué, Oliver?

–Porque no quiero. Porque me gusta verte y me siento bien cuando lo hago. Y porque creo que te engañas a ti misma si no admites que a ti te pasa lo mismo.

El desafío quedó suspendido entre los dos, imposible de ignorar.

Desesperada, Audrey tomó el sorbete para ver si el frío la animaba.

–Yo…

¿Era aquello sensato? ¿No podía mentir? Pero Oliver la miraba fijamente, con intensidad. Daba igual que solo se vieran durante diez horas al año; él la entendía y la conocía mejor que nadie.

–A mí también me gusta verte –tuvo que reconocer.

–Entonces, ¿por qué vamos a despedirnos?

–¿Qué diría la gente?

–¿Qué gente?

–No lo sé, la gente.

–Dirán que somos dos amigos que comen juntos.

Y cenaban y a veces volvían a cenar más tarde, pero eso daba igual.

–Dirán que soy una viuda que se lo pasa en grande con otro antes de que el cadáver de su marido se haya enfriado.

–Es solo una comida, Audrey. Una vez al año, en Navidades.

–Como si a la gente le importase qué época del año sea.

–¿Por qué te importa tanto lo que diga la gente? Tú y yo sabemos la verdad.

–Puede que a ti no te importe, pero mi reputación significa algo para mí.

Él sacudió la cabeza.

–¿Por qué iba a ser diferente de lo que hemos hecho los últimos cinco años? Nos vemos, pasamos el día juntos…

–La diferencia es que Blake ya no está aquí. Él era la razón por la que venía a Hong Kong.

Él hacía que fuese legítimo, pero tras la muerte de Blake era… peligroso.

–Llevas cinco años viniendo a Hong Kong para comer con un hombre que no es tu marido, pero eso no te importaba antes de que Blake muriese. ¿Por qué te importa ahora?

–Porque ahora yo…

–¿Ahora tú qué? Lo único que ha cambiado es que ahora estás sola. ¿Es eso lo que te preocupa, Audrey, que ya no tienes un marido?

–No, es que… quedaría mal.

–Eres viuda. ¿A quién le va a importar lo que hagas con tu vida o a quién veas? No hay ningún escándalo –insistió Oliver–. ¿O te preocupa más qué pensaré yo?

Audrey tragó saliva.

–No quiero dar una impresión equivocada.

–¿Y qué impresión es esa?

–Que estoy aquí porque… que tú y yo somos…

Oliver se echó hacia atrás en el sofá, con el puro colgando de sus labios.

–¿Que estás interesada en mí?

–Algo así.

–Es una comida, Audrey, no un juego de seducción.

Esas palabras, en esos labios, fue todo lo que hizo falta para que su mente se llenara de imágenes carnales; unas imágenes que había reprimido durante años. Aparecieron sin que pudiese contenerlas, como si alguien hubiese quitado la tapa del tanque y las libélulas hubieran salido volando por todo el restaurante.

–En serio, ¿qué podría pasar? Si intentase algo contigo, solo tendrías que decir que no –insistió Oliver.

Audrey apartó la mirada.

–Sería incómodo.

Él lanzó un bufido.

–Mientras que esta conversación es divertidísima, ¿no?

–No me hacen gracia los sarcasmos.

–¿Ah, no? Estás dando a entender que voy a lanzarme sobre ti de un momento a otro. ¿Me ves como un ser patético y desesperado o es que te crees irresistible?

Ella sabía que no lo era, de hecho, sería la última mujer por la que Oliver mostraría ese tipo de interés.

–Por favor, déjalo ya…

Pero no, no iba a dejarlo.

–Se me considera un buen partido y un hombre más o menos interesante. Incluso me han puesto un mote. ¿No se te ha ocurrido pensar que si yo intentase algo tú podrías pararme los pies? ¿O es que no querrías hacerlo?

La sangre desapareció de su cara y, por fin, Oliver se quedó callado.

Audrey se volvió para mirar las libélulas, abrazándose a sí misma. Era eso o llevarse las manos a la cara. Tras el cristal, los otros clientes cenaban tranquilamente sin saber de la agonía que encogía su pecho.

–¿Es eso? –preguntó Oliver después de lo que pareció una eternidad–. ¿Es por eso por lo que no quieres que sigamos viéndonos?

Audrey tocó el cristal con un dedo.

–Me imagino que te parecerá hilarante.

Oliver se levantó del sofá, pero se detuvo antes de tocarla.

–Yo nunca me reiría de ti –dijo en voz baja–. Nunca me reiría de tus sentimientos, fueran los que fueran.

Ella se echó el pelo hacia atrás, irguiendo la espalda. Se sentía humillada, pero debía disimular.

–Estoy segura de que habrás tenido experiencias con mujeres que no querían apartarse de ti.

Eso era lo más humillante, ser una admiradora más del encantador Oliver Harmer.

–Me importas mucho, Audrey. Me importas de verdad.

–No lo suficiente como para ir al funeral de mi marido –replicó ella–. No lo suficiente como para estar al lado de tu amiga, esa que tanto te importa, en la peor semana de su vida, cuando se sentía perdida y abrumada –Audrey tomó su bolso y se levantó del sofá.

–Espera –dijo Oliver, tomándola del brazo–. Creo que debería explicarte…

Ella no quería montar una escena. Si aquel iba a ser su último recuerdo, no quería que la viese histérica.

–No me debes una explicación. Por eso la situación es tan ridícula. No me debes nada.

No debería tener expectativas. Ya no era amigo de su marido, solo era un conocido, un amigo circunstancial.

Como máximo.

–Yo quería estar allí, Audrey. Por ti. Pero sabía lo que pasaría si hubiera ido –Oliver tomó sus manos–. Tú y yo habríamos terminado en un sitio tranquilo, tomando una copa y contándonos un montón de historias. Cuando todos se hubieran ido, tú estarías agotada y deprimida y eso me habría roto el corazón. Te habría tomado entre mis brazos para consolarte… –añadió, respirando profundamente– y habríamos terminado en la cama.

Audrey levantó la cabeza de golpe.

–Eso no habría pasado.

–Sí habría pasado porque tengo que hacer un esfuerzo de voluntad para no hacerlo ahora mismo. Te quiero en mis brazos, Audrey. Te quiero en mi cama. Y no tiene nada que ver con la muerte de Blake porque he querido lo mismo durante estos cinco años.

Pasaron unos interminables segundos.

–Pero nosotros no somos amantes, lo sé –siguió él–. Reducir lo que hay entre nosotros al mínimo común denominador podría ser físicamente gratificante, pero no es lo que somos. Nosotros valemos más que eso y lo que nos queda es… saberlo sin poder hacer nada.

De modo que también él lo sentía. Y parecía tan incómodo como ella.

–Oliver…

–Valoro mucho tu amistad, Audrey. Valoro tu opinión, tu inteligencia y tu buen juicio. Me excito subiendo en el ascensor porque sé que voy a pasar el día contigo… el único día del año. Y no tengo intención de estropear eso.

Audrey dejó escapar el aliento que estaba conteniendo. Pero… ¿era de alivio o de decepción?

–Siento mucho haber dicho eso.

–Es halagador. Me alegra que una mujer a la que valoro encuentre algo bueno en mí. Gracias.

–No me des las gracias.

–Muy bien, entonces intentaré disimular mi satisfacción.

–Ah, eso te pega más –dijo Audrey. Que pudieran reírse de ello a pesar de todo era increíble–. Bueno, ¿y ahora qué?

Oliver lo pensó un momento y luego intentó sonreír.

–Ahora vamos a tomar el tercer plato.

Capítulo 6

Rodajas de piña y tomate verde en crujiente de nueces de Brasil

¿EL MUNDO había girado al revés para el resto de la clientela de Qingting? Ninguno de ellos parecía perturbado. Tal vez el edificio estaba construido para soportar temblores.

Porque la existencia de Oliver se había puesto patas arriba.

Los dos se quedaron en silencio, mirando los curiosos platos. Las porciones eran diminutas, pero Audrey y él se tomaron su tiempo para degustarlos. Necesitaban tiempo porque lo último que les apetecía en ese momento era comer.

Había estado a punto de abrazarla y respirar el aroma de su pelo. Nada más importaba.

A partir de aquel día empezaban de cero, pero en sus ojos no había solo timidez, sino miedo. No quería sentir esa atracción por él y debería estar enfadado consigo mismo. Él era quien no podía dejar de pensar en la mujer de otro hombre. Era él quien ya no podía estar con otra mujer, por hermosa que fuera, porque todas palidecían en comparación con Audrey.

Ella era la mejor persona que había conocido y conocía a gente estupenda. Pero Audrey era la estrella sobre el árbol de Navidad, tan brillante y tan inalcanzable.

Hasta unos minutos antes creía que era territorio seguro porque hasta unos minutos antes no sabía lo que sentía ella. Se había acostumbrado a disimular sus inapropiados sentimientos.

¿Qué iba a hacer en un mundo donde Audrey Devaney estaba libre y se sentía atraída por él?

–¿Qué pasó entre Blake y tú? –le preguntó ella de repente.

No era una conversación que Oliver quisiera mantener. ¿Qué iba a conseguir si Blake estaba muerto?

–Sencillamente, nos distanciamos.

Audrey frunció el ceño.

–No entiendo por qué no me dijo nada. O por qué no sugirió que dejase de venir a Hong Kong. Me parece raro.

–¿Esperabas que te obligase a elegir entre los dos?

–No, no… pero Blake sabía por qué venía y no entiendo que no me dijese nada.

La burbuja de esperanza perdió fuerza. Que hubiese ido a Hong Kong cada año para complacer a su marido era horrible.

–Tuvo que pasar algo. Un incidente, una discusión.

–Audrey, déjalo. ¿Qué más da?

–La verdad es que nunca entendí que fuerais amigos. Erais tan diferentes…

–Ya sabes eso de que los opuestos se atraen –dijo Oliver. Y también servía para Audrey–. No éramos tan diferentes.

Al menos, al principio.

–Estoy intentando imaginar qué pudo hacer Blake para que os distanciaseis.

Su inconsciente solidaridad lo conmovió.

–¿Por qué crees que no fue algo que hice yo?

–Yo conocía a mi marido, con defectos y todo.

Y ese era el mejor pie que iba a tener nunca.

–¿Por qué te casaste con él?

–¿Por qué se casa la gente?

–Por amor –respondió Oliver. Aunque él no sabía nada sobre eso–. ¿Lo amabas?

–El matrimonio significa cosas diferentes para cada persona.

–¿Qué significaba para ti?

Audrey vaciló.

–Yo no creo en eso de perder la cabeza por alguien de repente.

Era cierto. No le había ocurrido con Blake, pero cuando vio a Oliver tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse en sus brazos.

–¿No aspiras a eso?

–¿A una gran pasión romántica? No –respondió ella, sus mejillas se tiñeron de color–. Esa no ha sido mi experiencia. Yo valoro los intereses comunes, el respeto mutuo, la confianza. Esas son las cosas que hacen un matrimonio.

Un matrimonio sin amor, pensó Oliver. Pero ¿qué sabía él? Su experiencia personal era el terrible matrimonio de sus padres, que apenas merecía ese nombre; una mujer viviendo en un purgatorio al saber que su marido no la amaba.

–¿Y Blake estaba de acuerdo con eso?

–Teníamos muchas cosas en común.

Había algo en particular que no tenían en común, pero de lo que Audrey no sabía nada: la fidelidad.

–¿Nunca has mirado a ningún otro hombre preguntándote cómo podría haber sido?

Tenía que saberlo.

–¿Cómo podría haber sido qué?

–Estar con él. ¿Nunca te has sentido atraída por otro hombre que no fuera Blake, un hombre al que desearas con todas tus fuerzas?

Audrey tragó saliva.

–Yo no le habría hecho eso a mi marido. Pensé que tú lo entenderías mejor que nadie.

«Él mejor que nadie».

–¿Estás hablando de mi padre?

Nunca habían hablado de su padre, de modo que debía de habérselo contado Blake. Qué ironía.

–¿Tan malo era, de verdad?

Él respiró profundamente. Si contarle algo tan personal era la única intimidad que podía compartir con Audrey Devaney, lo haría.

–Mucho.

–¿Cómo supiste lo que estaba haciendo?

–Todo el mundo lo sabía.

–¿Incluida tu madre?

–Ella fingía no saber nada –respondió Oliver. Por él. Y tal vez por ella misma.

–¿No le importaba?

Se le encogía el estómago al recordar los sollozos de su madre cuando creía que estaba dormido.

–Sí le importaba.

–Entonces, ¿por qué se quedó con él?

–Mi padre era incapaz de ser fiel, pero no bebía ni era violento. Recordaba todos los cumpleaños y los aniversarios y tenía un buen trabajo. En todos los demás aspectos era un marido y un padre razonablemente bueno.

Si uno no contaba con algo llamado «integridad».

Parte de la atracción que sentía por Audrey tenía que ver con sus valores. No era una mujer que engañase a nadie y, lamentablemente, Blake no le había devuelto el favor.

–De modo que decidió quedarse –dijo ella.

Oliver asintió con la cabeza.

Esa había sido la luz verde a ojos de su padre, como si le hubiera dado permiso.

–Tal vez pensó que no podría encontrar a nadie mejor.

–¿A nadie mejor que un hombre infiel? No creo que pensara eso.

–No creo que tú puedas entenderlo. Eres un hombre con éxito, atractivo, encantador, rico. No es tan fácil para todo el mundo.

–¿Crees que no tengo mis propios demonios?

–Creo que sí, pero dudar de ti mismo no es uno de ellos.

Estaba equivocada. Su ego había sido descrito por los medios de comunicación como vigoroso en general e implacable en el consejo de administración.

–¿Y tú, Audrey? ¿Puedes entenderlo tú?

Ella miró el puerto y los rascacielos, asintiendo con la cabeza.

–Cuando fui al instituto había pasado de ser la chica gordita y lista a la chica normalucha y lista. No me importaba demasiado porque esa era mi identidad, eso era lo mío: la excelencia académica.

–Ojalá te hubiese conocido entonces.

Ella se rio.

–Oh, no… la gente guapa y yo no nos movíamos en el mismo hemisferio. No me habrías visto siquiera.

–¿Por qué dices eso? Me juzgas mal –se quejó Oliver.

–Durante los dos primeros años fui invisible y entonces un día… fui descubierta.

–¿Qué quieres decir?

–De la misma manera que se descubren especies nuevas, aunque llevan siglos aquí. No me hice un nuevo corte de pelo ni era tutora del capitán del equipo de fútbol, no fue como en las películas. Un día era invisible y, de repente –Audrey se encogió de hombros–, allí estaba.

–¿Y a partir de entonces todo fue bien?

–No, para mí no.

El dolor que había en sus ojos lo turbó.

–¿Qué pasó?

–Al principio, nada. Solo me miraban fuera donde fuera, como si no supieran cómo hablar conmigo.

«Me miraban». Como si fueran una manada.

–Uno de ellos me preguntó si quería ir al cine con él, Michael Hellier. Yo no sabía cómo rechazarlo amablemente, así que acepté y se enteró todo el instituto. Al día siguiente, un grupo de chicas me acorraló en el servicio, amenazándome y diciendo que Michael no era para mí. Pero me había pedido que fuese al cine con él y no podía rechazarlo después de haber aceptado, así que fui con él. No recuerdo qué película vimos porque solo podía pensar en esas chicas. Me convencí a mí misma de que estaban espiando desde la fila de atrás, así que apenas le dirigí la palabra. No me quité el abrigo, aunque estaba sudando, y cuando intentó abrazarme me quedé rígida. Estuve así durante toda la película y en cuanto terminó salí corriendo del cine.

–¿En serio?

–Lo pasé bien, de todas formas. Disfrutaba de la atención de esos chicos y me gustaba que no supieran cómo tratar conmigo. Era diferente y eso me hacía sentir poderosa. Era una especie de venganza por las bromas que soporté de niña. Me gustaba ser invisible y también que me buscasen, que mi corazón latiese más deprisa cuando Michael estaba cerca –Audrey suspiró–. Pero intenté jugar a un juego para el que no estaba preparada y perdí. No volví a cometer ese error, no volví a intentar ser una más y después de un tiempo me parecía normal. Tal vez a tu madre le pasó algo así.

Oliver había olvidado que estaban hablando de Marlene Harmer.

Algo le había enseñado a no esperar mucho de la vida. Ni de la gente.

–¿Es por eso por lo que elegiste a Blake? ¿Porque unos idiotas te enseñaron a no apuntar demasiado alto?

Era la primera vez que uno de los dos reconocía lo que había ocurrido esa noche. Que ella había concentrado su atención en Blake y no en él, casi hasta el punto de resultar grosera.

Y también estaba ahí, en luces de neón, la presunción de que Blake era «menos». Pero él sabía que era verdad, sobre todo en comparación con Audrey Devaney.

Audrey no era la mujer para Blake.

En un mundo justo no lo sería.

–Blake estaba a mi alcance –dijo ella por fin, después de pensarlo un momento.

Oliver se echó hacia atrás en el sofá. Siempre se había preguntado por qué había elegido a Blake, pero era un pensamiento arrogante y poco amable tratándose de su amigo, de modo que había enterrado la pregunta bajo un signo de interrogación.

Y allí estaba la respuesta.

Y una absurda esperanza también.

Audrey no había elegido a Blake porque le pareciese el mejor, sino el más seguro.

Y así, de repente, estaba descubriendo una faceta de Audrey Devaney que nunca había sospechado.

–No quiero pensar que mi madre se sentía inferior y que el comportamiento de mi padre reforzaba esa idea.

¿Se daría cuenta de que cuando decía «mi madre» en realidad quería decir Audrey? ¿Y que en lugar de su padre se refería a sí mismo? Pensar que ocho años antes aquella mujer extraordinaria había decidido que no merecía la pena, que no estaba a su altura…

¿Ella, la mejor de las mujeres?

Era insoportable.

–Tú la conoces mejor que yo –murmuró Audrey–. Solo era una hipótesis. Cada uno tiene una historia diferente.

Estaba dando marcha atrás y era lógico. Se había expuesto demasiado y estaba retirándose a terreno más seguro. Pero él no iba a dejar que lo hiciera cuando por fin estaba abriéndole su corazón, cuando estaba dejando que la conociera de verdad.

Oliver tomó su mano.

–Ojalá pudiera explicarle lo asombrosa que es.

–Podrías decírselo.

–¿Y me creería? –murmuró él, pasando el pulgar por la palma de su mano.

–Si se lo dices a menudo, acabará creyéndolo.

¿Sería tan sencillo? ¿Podría eso hacerle olvidar la mala experiencia de años?

Oliver exhaló un suspiro.

–Yo te habría visto, Audrey. Te doy mi palabra.

Porque ella era especial, no porque lo fuera él.

Audrey apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.

–Entonces me habría venido bien un apoyo.

Oliver la habría defendido contra cualquiera que intentase hacerle daño.

–Y a mí me habrían venido bien tu fuerza, tu coraje y tu madurez.

Audrey sonrió, apartando delicadamente la mano.

–¿De verdad? ¿Eras un chico salvaje?

«Ah, de vuelta a un tema seguro».

Pero lo dejó pasar, encantado al haber encontrado la llave para conocerla. Porque lo bueno de las llaves era que uno podía usarlas cuando y como fuera necesario.

Y mientras tanto podía guardarlas en un lugar seguro, en lo más profundo de su pecho. La dejaría respirar un momento.

–Ah, las historias que podría contarte…

–Cuéntamelas –Audrey se arrellanó en el asiento, como si hubiera olvidado que unos minutos antes estaba dispuesta a marcharse–. Aún nos quedan cinco platos.

Eso era lo que tenía: cinco platos y el resto del día para conseguir que Audrey Devaney no desapareciese de su vida para siempre.

Capítulo 7

Granada, naranja sanguina y sorbete de Campari

¿CÓMO podía haberle revelado a Oliver más sobre sí misma en unos minutos que a Blake en todos sus años de matrimonio? Su marido vivía para el momento o planeaba para el futuro, pero no mostraba interés en el pasado. Hablaban mucho, compartían ideas y planes, se emocionaban sobre algunos y decepcionaban sobre otros, pero nunca era nada realmente íntimo, personal.

Desde luego, nunca le había contado esos horribles días en el instituto. Blake no lo hubiera entendido.

Pero, si había un hombre que no debería haberlo entendido, ese era Oliver. Oliver Harmer, con su cómoda viva, su colegio privado y su popularidad era uno de esos chicos del instituto que salían siempre con las más guapas, con aquellas que la habían arrinconado en el servicio.

No debería entenderla y, sin embargo, así era.

–Granada, naranja sanguina y sorbete de Campari –anunció el maître. En perfecta sincronía, los dos camareros sirvieron el sorbete en un abanico de cucharillas antiguas. Parecían bolitas de nieve.

–Gracias –Audrey sonrió al ver que se alejaban haciendo una reverencia–. Son muy respetuosos contigo.

–La calidad del servicio es una de las razones por las que Qingting es tan famoso.

–Sí, ya, pero esas reverencias…

–Me gasto una fortuna cada vez que vengo.

Pensar que podría ir allí con otra gente, tal vez con otras mujeres, la irritó. Aquel era su sitio. No existía cuando ellos no estaban allí, ¿no?

–¿Has sabido algo de Tiffany?

Oliver hizo una mueca.

–Se casó el Día de San Valentín.

–¿Tan rápido? Qué horror.

–Él la adora y no le interesa mantener una conversación inteligente. Y ahora Tiffany tiene más dinero del que puede gastar y un futuro asegurado. Hacen buena pareja.

–¿Mejor que contigo?

–Infinitamente mejor.

–¿Por qué estabas con ella si no te parecía inteligente?

–Tiffany tenía otros atractivos. Además, si quiero conversación inteligente puedo encontrarla en otra parte.

–¿Salías con ella y te daba igual no poder mantener una conversación interesante?

Oliver apretó los labios.

–El intelecto no lo es todo.

–Estamos hablando de ti, Oliver. Si alguien no te estimula mentalmente te mueres de aburrimiento.

–¿Y si no pudiera encontrar nunca a mi alma gemela?

Audrey soltó un bufido.

–Por favor. ¿Crees que ninguna mujer puede estar a tu altura?

–A la mía no, a la tuya.

La cucharilla cayó con estruendo sobre el plato.

–¿Por qué querrías buscar a alguien como yo?

Oliver se echó hacia delante, clavando en ella sus ojos pardos.

–Porque tú eres la mujer con la que comparo a las demás.

–¿Yo?

Él asintió con la cabeza.

–Y aún no he encontrado a nadie como tú. ¿Eso te hace sentir incómoda?

–¡Sí!

–¿Porque no estás de acuerdo conmigo o porque no quieres que mida a las demás por ti?

A Audrey le latía el corazón con tal fuerza que no podía tragar.

–Porque los pedestales son oscilantes.

–Creo que, intelectualmente, estamos hechos el uno para el otro. ¿Eso te pone nerviosa?

Si volvía a decir «intelectualmente» se pondría a gritar porque eso solo servía para recordarle que en otros sentidos no tenían nada que ver.

–Me halaga que digas eso… –entonces vio un brillo travieso en sus ojos–. Ah, me estás tomando el pelo.

–No, en absoluto.

–Pero debes de conocer a gente interesante todos los días.

–Nadie con quien quiera pasar todo un día charlando, te lo aseguro.

–Ah, muy bien, ninguna presión entonces –bromeó Audrey.

Dos clientes giraron la cabeza al oír la carcajada de Oliver.

–Lo próximo que digas debería impresionarme.

–Euouae.

–¿Qué?

–Es una regla nemotécnica que hace referencia a la secuencia de tonos en el pasaje musical Seculorum Amén.

–¿Lo ves? ¿Quién podría saber eso más que tú?

Audrey suspiró.

–También es la palabra más larga en nuestro idioma formada solo por vocales.

–Ahora estás presumiendo. Venga, tómate el sorbete.

–Gracias por el cumplido.

–De nada. No sabes las cenas que he tenido que soportar esperando algo como eweyouu…

–Euouae.

–Alguien que dijese eso.

–Me imagino que ninguna de esas cenas sería tan larga como esta.

Oliver dejó de sonreír.

–Hablo en serio, Audrey. Por tu culpa no puedo mirar a otra mujer.

Ella volvió a quedarse sin palabras.

Intelectualmente, se recordó a sí misma. Solo en ese sentido. Porque las mujeres con las que Oliver Harmer salía eran bellísimas, elegantes, deseables.

–Entonces, ¿has bajado el listón?

–He decidido que para conversación estimulante ya tengo la del veinte de diciembre.

–Suponiendo que tu mujer aceptase que siguiéramos viéndonos. No sé si yo lo haría si fueras…

Audrey no terminó la frase y Oliver se encogió de hombros.

–Eso no sería negociable.

–Famosas últimas palabras. ¿Qué pasaría si estuvieras loco por esa mujer y ella te mirase con sus ojos de color violeta llenos de lágrimas, suplicándote que no vinieras?

–¿Violeta?

–Seguro que sería excepcional.

–Le daría un pañuelo y le diría: «Luego nos vemos».

–¿Y si dejase caer seductoramente su vestido de seda?

A Oliver se le oscurecieron los ojos.

–Entonces vendría en helicóptero para compensar el tiempo perdido.

–¿Y si te amenazase con el divorcio?

–Entonces llamaría a mi abogado –Oliver puso los ojos en blanco–. ¿Crees que soy tan fácil de manipular?

No. Estaba segura de que no caería en ese tipo de trampas.

–¿Y si esa mujer te explicase cuánto le duele que pases el día con otra porque siente que esa extraña puede darte algo que ella no tiene?

Oliver suspiró.

–Dios, Audrey…

¿No había pensado nunca lo que sentiría esa mujer, si algún día existiera? Claro que la alternativa sería no decir nada y sufrir cada veinte de diciembre. Y Audrey no quería eso para nadie porque no lo querría para ella.

–¿Me entiendes ahora?

–De modo que me estás condenando a ser soltero para siempre. Porque he estado buscando y tú no estás por ahí.

–Solo digo que no puedes tener a la novia de Frankenstein.

–¿Qué?

–Tú no quieres una mujer normal con defectos y virtudes. Quieres la inteligencia de una, el coraje de otra, la serenidad de una tercera, la belleza de una cuarta…

–No tiene por qué ser particularmente bella.

Pfff.

–Sí tiene que serlo, Oliver. Tú solo sales con mujeres guapísimas.

Internet estaba lleno de fotografías de él con sus conquistas, siempre espectaculares.

–¿Me crees tan superficial?

–¿Cuándo fue la última vez que saliste con una mujer normal? –lo retó Audrey.

–Como con ella una vez al año.

Audrey se irguió en el sofá y abrió la boca para decir algo ingenioso, pero no se le ocurrió nada.

–Lo siento, no quería decir eso. En realidad, quería hacerte un cumplido.

¿Porque una vez al año se dignaba a comer en público con una mujer que no era bella?

–Tus halagos podrían refinarse, amigo mío.

–Tú eres mucho más que unas cuantas facciones armónicas. Y cuando te miro veo todo lo que eres, no lo que no eres.

Un poco torpe, pero al menos no se mostraba condescendiente hablándole de la belleza interior.

–Por favor, Audrey. Tú eres la última persona de este planeta a la que querría hacer daño o a la que puedo juzgar. Mi círculo social está lleno de mujeres guapas, es verdad, pero no salgo con ellas por el placer de mirarlas, sino para ver si tienen algo además de belleza física.

No era del todo inconcebible. Podía imaginarse lo fácil que sería para una mujer bella entrar en el círculo social de Oliver Harmer. Y era comprensible que se sintieran atraídas por un hombre como él.

–Es muy importante para mí que no me creas ese tipo de hombre –insistió Oliver, tomando su mano.

Audrey apartó la suya para limpiarse los labios con la servilleta. Pero no iba a ponerse en plan princesa, ella era una mujer adulta.

–Me miro todos los días al espejo y sé dónde están mis virtudes y mis defectos.

–Yo daría todo lo que tengo… –Oliver apartó la mirada.

–¿Darías todo lo que tienes…?

–Para que reconocieses tus virtudes.

¿Hasta el personal de la cocina se había detenido para escuchar la conversación? Porque esa era la impresión que tenía. Todo lo que no fuera la voz de Oliver había desaparecido, pero no podía dejarse llevar.

–No tienes que hacer esto, Oliver. Me da igual lo que pienses sobre mi aspecto.

–No es verdad. Eres humana y yo acabo de reforzar a esos imbéciles del instituto con mis palabras. Soy un idiota –Oliver se levantó y tiró de su mano–. A mí sí me importa lo que pienses sobre mi aspecto.

Era un concepto tan absurdo que Audrey tuvo que reírse.

–No es verdad.

–Me he cambiado tres veces antes de elegir este traje.

Ella lo miró de arriba abajo.

–¿Y no has encontrado nada mejor? –preguntó, irónica.

–¡Es un traje nuevo!

–¿Has ido de compras y todo? Impresionante.

–Y no me he afeitado esta mañana porque una vez dijiste que te gustaba con sombra de barba.

–¿Cuándo dije eso?

–Hace cuatro años.

Audrey se rio, sorprendida.

Daba igual que solo estuviera bromeando, se sentía agradecida.

–Sé lo que estás haciendo.

–¿Qué estoy haciendo?

–Mentir para que me sienta mejor.

–¿Y está funcionando?

–Sí, la verdad es que sí.

–Estupendo, entonces.

–Además, tú siempre estás guapo. No tienes que esforzarte.

–Y es una suerte porque en otros aspectos me siento muy deficiente a tu lado.

¿El hombre más rico, interesante y atractivo que conocía?

–¿En qué aspectos?

Oliver la miró, indeciso, antes de responder:

–Vivo con el miedo de ver en tus ojos una mirada de paciencia o condescendencia, como yo miro a las mujeres con las que salgo.

–¿Crees que me limito a soportarte?

Él se encogió de hombros.

–Solo venías aquí por Blake, tú misma lo has dicho. Tal vez es tu buena obra de Navidad.

Pensar que había hecho, no sabía cómo, que Oliver se cuestionase a sí mismo hizo que sintiera un escalofrío.

–Pero sigo aquí, ¿no?

–Ah, pero has venido para decirme adiós.

–Sí, es verdad –asintió ella. Ese había sido el plan–. Entonces, ¿por qué no lo he hecho?

Oliver levantó una mano para acariciarle la mejilla.

–Daría mi fortuna por saber la respuesta a esa pregunta.

–Como sigas así, te vas a arruinar.

–Eso es lo bueno del saldo de crédito doble A –Oliver trazó sus labios con la yema del pulgar–. Puedo conseguir más si me hace falta.

–¿Qué estás haciendo? –susurró Audrey.

–Todo lo que pueda antes de que digas que pare.

Debería hacerlo. Inmediatamente. Estaba en un lugar público con Oliver «el Martillo» Harmer, notorio mujeriego. No debería dejar que se acercase tanto, por mucho que su corazón le dijese lo contrario.

Daba igual que ya no fuese la mujer de nadie. Eso solo lo hacía más peligroso.

Pero con sus ojos clavados en ella y la yema del dedo apretando sus labios tuvo que hacer un esfuerzo para recordarlo.

Y abrió la boca sin darse cuenta.

Capítulo 8

Vieiras asadas y anguila ahumada con salsa de capsicum en corteza de parmesano y eneldo

–PARA.

No estaba invitándolo, estaba echándolo. Por supuesto que sí, se trataba de Audrey.

Oliver dio un paso atrás.

–Ha sido más corto de lo que yo esperaba –murmuró.

–Estamos en un lugar público.

Como si eso fuera lo que la detenía.

–Tengo una suite en la planta de arriba.

Por supuesto, ella no aceptó. Audrey tenía más clase de la que él tendría nunca.

–Pensé que estábamos en la última planta.

–La última planta para el público. Hay una más, un ático con una suite privada.

–¿Y es tuya?

–Va con el restaurante.

–¿Has comprado el restaurante? –exclamó ella, atónita.

–Sí.

–¿Por qué? ¿No hay buenos restaurantes en Shanghái?

–Me gusta este.

Y Qingting contaba con una ventaja: el eco de sus encuentros con Audrey. Y, cuando no apareció el año anterior, empezó a pensar que eso era todo lo que iba a tener.

Recuerdos.

–¿Cuánto te ha costado?

La adoraba. Tan elegante y tan descarada al mismo tiempo. Sin ningún respeto por las convenciones sociales. Pero él todavía no estaba dispuesto a poner un precio a su desesperación.

–Más de lo que puedas imaginar porque no estaba en el mercado –respondió. Pero él había seguido haciendo ofertas hasta que por fin tuvieron que aceptar.

Audrey lo miró con un brillo de comprensión en los ojos.

–Por eso hablaste con el encargado de las libélulas y por eso te hacen reverencias. Ahora lo entiendo todo… y antes has llamado Gerard al chef. Eres su jefe.

–Tratan igual a todo el mundo –se defendió él.

–¿Por qué lo has comprado, Oliver?

Ah, no. Eso no era algo que estuviese dispuesto a admitir ante una mujer que no quería saber nada de él.

–Era una buena inversión, los beneficios son enormes –respondió–. ¿Quieres ver la suite? Es espectacular.

–¿Y vas a…? –Audrey tragó saliva–. ¿Vas a dormir allí esta noche?

¿Era una sutil manera de preguntar si había una cama en la suite?

–Estás a salvo conmigo, no te preocupes.

–Lo sé.

Pero ¿no había sido él quien había instigado esa caricia unos segundos antes?

–Es mucho más que un dormitorio, es como una casa pequeña en lo más alto de las montañas. Desde cada ventana hay una vista diferente de Hong Kong.

A Audrey le gustaba mucho la ciudad y él lo sabía. De hecho, le gustaba todo lo oriental y eso hizo que se preguntase si Shanghái le gustaría tanto como a él.

¿Y por qué era tan importante…?

La notó indecisa. Quería ver la suite, pero no se atrevía a estar a solas con él. ¿En quién no confiaba, en él o en ella misma?

Un camarero se acercó entonces y dejó un plato sobre la mesa.

–Ah, genial.

No se había mostrado tan animada con los demás platos, pero, cuando corrió a sentarse, Oliver la siguió, sonriendo.

–Vieiras y anguila ahumada en un mar de capsicum en corteza de parmesano y eneldo –anunció Ming-húa antes de alejarse.

Cada bocado en un enorme caparazón blanco, con tres tiernas vieiras y trozos de anguila regados con una salsa roja y dos ramitas de eneldo.

–¿Blake te estafó o algo así? –le preguntó Audrey de repente.

Era lo último que esperaba escuchar, aunque no debería sorprenderle que se escondiera tras el recuerdo de su marido.

–No. ¿Por qué?

–Pensé que os habíais separado por una cuestión económica.

Oliver suspiró. No iba a dejarlo estar.

–Blake y yo fuimos amigos durante mucho tiempo, pero la gente cambia, los valores cambian. Cuanto más tiempo pasaba, menos cosas teníamos en común.

Salvo Audrey. Ella era la única constante.

–No entiendo que Blake lo mantuviera en secreto.

Incluso después de muerto Blake, seguiría mintiendo para no delatar a su amigo, pero era más que eso. ¿No acababa de contarle Audrey los problemas de autoestima que había tenido durante su adolescencia? ¿Qué sentiría si supiera que su marido había sido un adúltero?

El deseo de protegerla era más fuerte que todo lo demás.

–Déjalo ya.

Estaba claro que algo la perturbaba porque mordió una vieira como si fuera una tostada, masticando sin prestar atención al suculento bocado.

–¿Qué valores?

–¿Cómo?

–Has dicho que los valores cambian con el tiempo. ¿Qué cambió si no se trataba de una cuestión de dinero?

–Audrey…

–Por favor, Oliver, tengo que saberlo.

–¿Por qué?

–Porque unos años antes de que muriese, Blake cambió y quiero saber si tiene algo que ver.

–¿En qué sentido cambió?

–Pues… no sé, se volvió más afectuoso.

–¿Más afectuoso?

–Me abrazaba, me besaba… nunca lo había hecho antes.

–¿Te preocupa que tu marido se mostrase afectuoso contigo?

¿Qué clase de matrimonio había sido el suyo?

–No, pero es que fue algo repentino –Audrey se aclaró la garganta–. Sobre todo a principios de diciembre, como un reloj.

Las semanas antes de su peregrinaje a Hong Kong, compensándola porque iba a traicionarla.

–Pensé que podría tener algo que ver con mi viaje a Hong Kong, que no le gustaba que viniera.

–Pero era él quien te animaba a venir, ¿no?

–Sí, por eso no lo entiendo. Sabía que no le gustaba el trato que había entre nosotros y pensé que tal vez creía…

Audrey no terminó la frase.

«El trato que había entre nosotros». Oliver sabía a qué se refería.

–¿Blake creía que había algo entre nosotros?

–Es la única explicación que encuentro.

–¿De verdad, Audrey? ¿Esa es la única explicación que encuentras?

No había querido decirlo en voz alta, pero lo hizo.

–¿Qué quieres decir?

«Demonios».

–Que podría haber otras opciones. Blake sabía que podía confiar en mí.

Y por eso la traición era más vil.

–Pensé que tal vez había hablado contigo y… no sé, os habíais enfadado. Tal vez te sentiste insultado porque Blake pensó eso…

Tal vez eso era lo que ella quería creer.

–No, no ocurrió nada de eso.

–Ah, muy bien.

Oliver sabía que podría cambiar de tema y ella lo aceptaría. Jugaba con varias posibilidades, pero estaba decidida a no acercarse a la verdad. Y era comprensible.

Pero… ¿sería así para siempre?

Audrey tomó una vieira y sorbió la rica salsa.

No. No iba a dejar que la curiosidad muriese con su marido. Iba a dejar que las dudas se pudriesen, como ocurría con todos los secretos. Pero contarle la verdad no serviría de nada.

Claro que, si lo sacara a la luz… tal vez entonces podría enfrentarse a ello. Esas cosas perdían fuerza cuando eran expuestas a la luz. Si Audrey no sospechase nada lo habría dejado estar, pero tarde o temprano lo descubriría. O alguien se lo contaría. Alguien que no sería su amigo.

Oliver tomó una decisión.

–Se sentía culpable. Estaba compensándote porque sabía lo que iba a pasar en cuanto te fueras del país.

Audrey dejó la vieira sobre el plato.

–¿Qué quieres decir?

Él respiró profundamente.

–Tu marido te engañaba. Muchas veces. Cada año, cuando venías a Hong Kong…

Audrey se levantó de un salto, justo en el momento en que un camarero le servía una copa, manchándose la blusa y la falda de vino.

La traición de Blake le había dolido como una bofetada y se le llenaron los ojos de lágrimas. Ni siquiera se dio cuenta de que tenía la blusa empapada, a pesar de las profusas disculpas del camarero.

–Ming-húa –Oliver habló en voz baja con el maître–. Vamos –dijo después, tomándola del brazo–. Arriba podrás cambiarte.

Lo que en realidad quería decir era: «Voy a llevarte a un sitio donde podrás llorar sin que nadie te vea».

Audrey se dejó llevar, apoyándose en su mano, fuerte y cálida, pero en lugar de llevarla hacia los ascensores la llevó hacia la escalera circular que conducía al ático.

Al final de la escalera, la decoración oriental se convertía en occidental, con suelos de madera y tonos beiges y grises. Como su casa. Todo del gusto de Blake, no del suyo. Con mucho estilo, pero sin alma.

Como su matrimonio.

Oliver sacó una tarjeta magnética para abrir la puerta… tras la que había un espacio asombroso.

La vista desde las paredes de cristal debería haberla dejado admirada. Podía ver todo Hong Kong desde allí. Daba igual que la suite no fuese grande, tenía el patio más grande que había visto nunca.

Era una pena que no estuviese de humor para disfrutarlo.

–Cuéntamelo –dijo, con los dientes apretados, en cuanto cerró la puerta.

–Lo llamaba «el extra de Navidad» –empezó a decir él, suspirando.

–¿Quiénes eran esas mujeres? ¿Dónde las conocía?

–No lo sé, Audrey.

–¿Y desde cuándo lo sabías? ¿Todo este tiempo?

–El primer año pensé que había sido un tropiezo, pero cuando volvió a hacerlo al año siguiente me di cuenta de que no iba a cambiar, así que hablé con él.

–Entonces… ¿cinco años en total?

O sea, durante todo su matrimonio.

–Lo siento mucho, Audrey. Tú no te mereces esto.

–¿Por qué no me lo contaste antes?

–Porque sabía cuánto iba a dolerte.

–¿Y preferiste no decirme nada? ¿Sabiendo que Blake se reía de mí?

–No estaba seguro de que tú no lo supieras…

–¿Pensabas que yo lo sabía? –lo interrumpió ella–. ¿Que lo sabía y lo aceptaba?

–No podía estar seguro –repitió Oliver–. Y no era fácil sacar el tema.

–¿Es por eso por lo que no fuiste al funeral?

–Ya te he explicado por qué…

–Sí, claro. Porque temías no poder apartar tus manos de mí –volvió a interrumpirlo Audrey, irónica.

–¿Por qué crees que envié tus flores favoritas y no las de Blake? Las mandé por ti.

–Es una pena que Blake no compartiera tu entusiasmo por mi persona. Si hubiera sido así, no habría tenido que buscar fuera de casa.

Aunque Blake había sido el débil, el traidor, ella no podía dejar de sentirse patética.

–Entonces, él y tú…

–¿Quieres saber si teníamos una vida sexual plena? Aparentemente no. Yo sabía que no le entusiasmaba, pero no hasta el punto de tener que tomar medidas tan desesperadas.

–No eras tú, Audrey.

–Yo era al menos la mitad.

Oliver tomó sus manos.

–No tenía nada que ver contigo.

–El donjuán no parecía tener problemas en ese aspecto.

–Te juro que tú no podrías haber hecho nada de otro modo. No es culpa tuya.

–¿Y cómo lo sabes? ¿Es que Blake te habló de nuestra vida sexual?

Esa sería una humillación intolerable.

–No, no lo hizo. Pero sí hablaba frecuentemente de… sus otros encuentros. Hasta que le cerré la boca.

Audrey se dejó caer sobre una otomana y se tapó la cara con las manos.

–Me siento como una tonta. ¿Cómo no me di cuenta?

–Él no quería que lo supieras.

–Pero debería haber notado algo –Audrey se levantó–. Estábamos juntos todos los días. Debería haber sospechado algo.

–Tú siempre buscas lo mejor en la gente.

–No, ya no.

–No hagas eso, no dejes que él te cambie. La gente juzgará a Blake por lo que hizo, no a ti.

«¿La gente?».

–¿Cuánta gente lo sabe?

–Unos cuantos. Parece que no era muy sutil.

Audrey se imaginó a Blake paseando por Sídney con una pechugona jovencita. Todo lo que ella no era: joven, bien dotada, delgadísima y con una experiencia en la cama que ella no tendría nunca.

Y lo hacía delante de todos. Tal vez quería que lo descubriesen. ¿No era eso lo que decían los expertos sobre los hombres adúlteros? Tal vez lo habría descubierto si hubiera prestado más atención a su matrimonio.

Era la verdad. Estaban destinados a ese final desde el día que su trabajo, sus amigos y sus aficiones se volvieron más importantes que su matrimonio.

–Audrey, sé lo que estás haciendo –le advirtió Oliver.

–¿Qué estoy haciendo?

–Estás pensando que esto es culpa tuya.

La conocía tan bien… ¿Cómo era posible?

–Tiene que ser en parte culpa mía.

–No, no lo es. Tú no podrías haber hecho nada a menos que… cambiases de sexo.

–¿Qué?

–Blake no te engañaba con mujeres.

Audrey lo miró en silencio durante unos segundos, hasta que por fin lo entendió.

–No… –empezó a decir, atónita.

–Creo que Blake lo supo siempre. Lo sabía cuando salíais juntos y cuando os casasteis. No podía ser lo que no era…

–¿Estás defendiéndolo?

–Estoy defendiendo su derecho a ser quien era en realidad, pero no defiendo lo que hizo. Engañar es engañar y te hizo daño, por eso rompí mi amistad con él.

–¿Y él lo sabía?

–Perfectamente. Se lo dije a la cara.

–¿Estuviste en Sídney? ¿Por qué no me dijiste nada? No, déjalo, está claro.

En ese momento sonó un golpecito en la puerta, muy suave, casi como un arañazo. Una camarera del restaurante le llevaba un precioso kimono azul bordado en hilo de plata.

–Para que te cambies de ropa –dijo Oliver–. Tu traje será lavado y planchado. Te lo devolverán antes de que te vayas.

La joven sonrió, mostrando unos dientes perfectos a juego con una perfecta cinturita de avispa. Audrey tomó el kimono, le dio las gracias y se volvió para buscar el baño.

–La segunda puerta a la derecha –dijo Oliver.

Debía de haber comprado el kimono en alguna de las boutiques del edificio, pensó Audrey. Era largo, de corte oriental, tan ajustado que acentuaba sus curvas. El azul era asombroso y el hilo de plata iluminaba su cara.

Suspirando, se apoyó en la pared de azulejos. La vida secreta de Blake explicaba muchas cosas. Su a veces enigmático comportamiento, su indiferencia. Jamás era grosero, pero siempre parecía un poco distante. Y su rutinaria vida sexual.

Técnicamente correcta, pero ninguno de los dos ponía el corazón.

Y, por lo visto, había una buena razón para que fuera así.

Y no era ella.

Su alivio era eclipsado por la sorpresa de descubrir que su marido era gay. Qué triste que Blake no hubiera sido capaz de reconciliarse con esa parte de sí mismo. Qué triste que hubiese mentido a todos y qué pena que ella no hubiese podido ayudarlo porque no sabía nada. Si Blake hubiese confiado en ella, lo habría apoyado. Después de romper con él.

Esconderse en un matrimonio no era la manera de ser feliz.

Audrey se miró al espejo...

«Hipócrita».

También ella tenía secretos. No tan destructivos como los de Blake, ni tan colosales.

–¿Audrey? Abre un momento.

–¿Qué? –murmuró ella, asomando la cabeza.

–He pensado que necesitarías esto –Oliver le ofreció su bolso.

–Ah, gracias.

Saltó una chispa de electricidad estática cuando sus dedos se rozaron… pero no podía ser electricidad estática porque el suelo era de bambú.

Tuvo que mojar una toalla y pasársela por la cara para buscar un poco de calma antes de darse un toque de colorete y arreglarse el pelo. Luego se miró al espejo por última vez antes de salir del baño para volver a reunirse con Oliver.

Capítulo 9

Palitos de jengibre y limón

–¿CÓMO estás? –preguntó Oliver, incómodo al pensar que debían retomar la conversación.

Sin responder, Audrey pasó a su lado para ir a la cocina, que parecía recién salida de las páginas de una revista. Y también como si nunca hubiera sido usada. ¿Y por qué iba a haber sido usada si en el edificio había servicio de habitaciones?

–¿Por qué crees que habrán puesto dos fregaderos?

Estupendo, hablar de otro tema.

Había dos fregaderos, cada uno a un lado de la cocina. Ninguno de los dos estaba frente al ventanal, de modo que no era para admirar la vista mientras lavaban los platos.

–Tal vez los ricos necesitan estas cosas.

–Lo dices como si tú no fueras uno de ellos.

–Yo no me gasto el dinero invitando a la gente a venir aquí.

–Pero me invitas a mí cada veinte de diciembre.

–Tú eres la excepción a la regla –Oliver la observó mientras ella admiraba las encimeras de granito–. El vestido te queda muy bien, como si fuera una segunda piel.

No debería, ya que ella medía al menos veinte centímetros más que la mayoría de las mujeres asiáticas. Además, el bajo del vestido le llegaba por encima de los tobillos.

–Creo que debería quedar más largo.

–Da igual, te queda perfecto.

Audrey hizo una reverencia al estilo asiático y cuando levantó la cabeza vio que los ojos de Oliver se habían oscurecido.

–Porque aún no he intentado sentarme. Me queda estrecho.

Pero no fue tan difícil como se temía. La tela del vestido era elástica y se sentó en el sofá, mirando alrededor.

–¿No vamos a hablar de ello? –le preguntó Oliver.

–No sé si hay mucho más que decir.

–Entonces, ¿ya está? ¿Ya lo has asimilado?

No, lo había guardado donde guardaba las cosas que no podía asimilar. Al menos, de momento.

–No quiero tener que volver a maquillarme.

–¿Tan poco te importa?

¿Cómo iba a responder a esa pregunta?

–Me molesta mucho no haberme dado cuenta. Me molesta que me respetase tan poco como para no contármelo. Me molesta que hiciera lo que hizo en público.

–¿Pero no que fuera con hombres?

Audrey se encogió de hombros.

–No era de mí de quien quería alejarse, era «su mujer» lo que no podía soportar. Era mi sexo, mi falta de cromosoma Y.

–A ti no te falta nada.

Ella se inclinó hacia delante.

–Te he contado mi experiencia en el instituto, la que me llevó a enterrarme en los libros. Pues bien, poco después de terminar la carrera conocí a Blake, así que mi idea de quién soy románticamente… venía de él –le explicó. Un hombre que fingía estar interesado en ella–. Pensé que era yo. Pensé que era culpa mía que no hubiera pasión en nuestro matrimonio, que no le inspiraba, que no merecía la pena. He llorado porque el único hombre con el que he tenido relaciones en mi vida prefería a otras mujeres… o eso creía yo. Pero ahora ya no lloro por mi matrimonio ni maldigo a Blake por engañarme. ¿Qué dice de mí que mi primera reacción sea de alivio? Es como una venganza, una reivindicación. Porque esto significa que no era yo, que no era culpa mía.

–Creo que es humano, Audrey. Tú eres una perfeccionista y te gustan las cosas ordenadas y claras. Blake no lo era. No hay nada malo en ti.

Ella se levantó.

–¿Cómo lo sabes? Tal vez una mujer más ardiente podría haberlo satisfecho.

–Estoy seguro de que no funciona así.

–Lo que quiero decir es que Blake sigue siendo mi referencia, así que no sé… yo podría ser un desastre en la cama.

¿Con una autoestima tan baja quién necesitaba enemigos?

Oliver se cruzó de brazos y la observó mientras paseaba por el salón.

–¿No has estado con ningún hombre desde que murió? Ya han pasado dieciocho meses.

–He estado muy ocupada solucionando mi vida –se defendió ella.

–Te estás perdiendo algo…

–¡Aparentemente, llevo años perdiéndomelo! ¿Y por qué sonríes?

–Porque me siento atraído por ti.

Pfff. Tenía que estar de broma.

–Lo que pasa es que te gusta el vestido.

Se le había acelerado el pulso, pero ella sabía que, una vez más, eran palabras huecas.

–El vestido es precioso, pero la camarera llevaba uno similar y no me ha afectado en absoluto. Además, antes no lo llevabas y también me sentía atraído por ti.

–Tú eres Oliver, «el Martillo», Harmer. Te atrae cualquiera.

–Eso no es verdad. Además, decídete: o solo salgo con mujeres guapísimas o me gusta cualquier cosa que lleve falda. ¿En qué quedamos?

–No he dicho que no bajes el listón de vez en cuando.

Eso pareció enfadarlo de verdad.

–Dirías cualquier cosa para quedar por encima.

Sí. En ese sentido tenía toda la razón.

–Que te sientas atraído por mí dice que te gusta cualquiera. No dice que yo sea irresistible.

Él se rio, pero la risa no sonaba alegre.

–Cuidado, Audrey. Eso suena como un desafío –Oliver dio un paso adelante.

–Qué típico de ti verlo de ese modo.

–¿Por qué estás enfadada conmigo?

–Porque me has ocultado la infidelidad de Blake durante años y porque…

Era parte del maldito problema.

Si no fuera por él no habría notado lo que faltaba en su matrimonio, pero se guardó esas palabras y se limitó a soltar un bufido.

–¿Porque yo qué?

–Me estás presionando.

–Estoy intentando apoyarte, estoy escuchándote y dejando que liberes tu enfado. ¿Por qué dices que te estoy presionando?

–Me estás enfadando a propósito.

–Tal vez porque sé qué hacer cuando te enfadas. Nunca te había visto así, pero ese fuego en tus ojos, esa lengua… eso lo conozco bien –Oliver le pasó un brazo por la cintura–. Eso y lo que me hace sentir a mí.

Sin decir nada más, tomó su mano y la puso sobre su corazón, que latía alocadamente.

–¿Lo notas? Eso es lo que me haces, así que, por favor, no me digas que no me siento atraído por ti.

Audrey se echó hacia atrás, mirándolo con recelo.

–Estás loco.

Oliver la soltó y se dirigió al ventanal.

–Me matas, de verdad. Tienes tantas cosas que no valoras… no te das cuenta –suspirando, se metió las manos en los bolsillos del pantalón para no volver a abrazarla–. Y yo te veo cada veinte de diciembre, deseándote y preguntándome cuándo vas a darte cuenta, si se te habrá ocurrido alguna vez pensar que es así.

Hablaba en serio. Se sentía atraído por ella. ¿Qué iba a hacer?

–Lo siento, Oliver.

Él se dio la vuelta.

–No buscaba una disculpa. Estoy enfadado por ti, no contigo. Estoy enfadado porque no tienes fe en ti misma a pesar de lo asombrosa que eres. Y estoy enfadado conmigo mismo porque, a pesar de lo que me dice la cabeza, a pesar de que nunca me has dado señales, mi cuerpo no entiende el mensaje.

No estaba enfadado, estaba dolido, pensó ella, con el corazón encogido.

–Nunca me lo has hecho saber.

–Si hay algo que hago bien es controlar mis más bajos instintos.

Audrey se mordió los labios. Era Oliver, un hombre al que quería y al que respetaba. El protagonista de muchos pensamientos inapropiados durante esos años. Y estaba diciéndole que la atracción era mutua.

–¿Cómo iba a…? –empezó a decir.

–Lo entiendo, Audrey.

–No, no lo entiendes. ¿Cómo iba a hacértelo saber cuando estaba casada con tu mejor amigo y sabía, además, que la fidelidad era tan importante para ti? No quería que pensaras mal de mí.

«Tú no».

–¿Por qué iba a pensar mal de ti?

–Lo habrías hecho. Si hubieras podido leerme el pensamiento cuando estaba contigo, lo habrías hecho.

Y cuando no estaba con él.

Oliver se quedó muy quieto. Peligrosamente alerta.

–¿Qué estás diciendo?

–Necesito que tengas buena opinión de mí –Audrey respiró profundamente–. Por eso tenía que disimular.

–Ya no estás casada –le recordó Oliver–. Y, dadas las fantasías que tenía cuando eras la mujer de mi amigo, yo no estoy en posición de juzgarte.

Nada los detenía. Blake ya no estaba y la lealtad que sentía por él se había disuelto al conocer sus infidelidades. Oliver no salía con nadie, los dos estaban libres, solos en aquel sitio. Y no volvería a verlo en un año.

Y nadie más lo sabría.

No había ninguna razón para no cruzar el espacio que los separaba y tocar a Oliver Harmer como había soñado hacerlo durante tantos años.

Y esa libertad era aterradora.

Audrey se dirigió al ventanal y miró la ciudad que se extendía a sus pies. Millones de personas moviéndose de un lado a otro, sin saber del tormento que estaba sufriendo.

Podía sentir su calor tras ella, pero no la tocaba. Y no era capaz de darse la vuelta, de modo que siguió mirando hacia abajo, agarrándose a la gente como a un ancla.

–No tiene por qué ser algo raro –susurró él–. Seguimos siendo las mismas personas.

Por eso era tan raro, pero también emocionante. Y su pulso lo atestiguaba.

–Pero tienes que desearlo y tienes que pensarlo bien. Necesito que tomes una decisión.

–¿Quieres que sea yo quien dé el primer paso?

–Quiero que estés segura del todo.

Audrey apoyó las manos en el cristal.

–¿Y si no… funcionase? –susurró.

–Audrey, ni siquiera estoy tocándote y ya estoy a punto de subirme por las paredes.

Oliver se acercó un poco más, el calor de su cuerpo confirmaba sus palabras, el contraste con el frío cristal la hacía temblar.

–Deja que te lo demuestre –murmuró, acariciándole el pelo. Y fue eso, más que cualquier otra cosa que pudiera haber hecho, lo que la convenció.

Ver esos dedos largos y seguros temblando como una hoja.

Audrey cerró los ojos, intentando no pensar en nada, olvidar sus miedos, sentir. En cuanto echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto su garganta, Oliver la besó y se le doblaron las rodillas. Si no hubiera sido por la presión del cuerpo masculino habría terminado en el suelo.

Oliver alargó las manos para acariciarla por encima del vestido de seda. Rozaba sus pechos con los nudillos, su cintura, la curva de sus caderas, dejándola temblando… y viva. Luego puso una mano sobre su vientre mientras con la otra trazaba la curva de sus nalgas.

Audrey abrió los ojos.

–Siéntelo –murmuró él–. Sé valiente.

Empezó a besarle el cuello, el lóbulo de la oreja, la barbilla, la cara. Y, cuando llegó a sus labios, Audrey estaba más que preparada.

Se apoderó de su boca dejando escapar un masculino gemido y Audrey se giró ligeramente para apretarse contra él.

Sentía oleadas de vértigo apretada entre el cielo y aquel hombre y el aliento escapó de sus pulmones mezclándose con el de Oliver. Se agarraba a sus labios como si fueran lo único que impedía que cayese al suelo.

Era como había soñado que sería: masculino, delicioso, duro, ardiente, posesivo.

Pero mucho mejor aún. No se parecía a nada que hubiera experimentado en su vida.

«Sé valiente», le había dicho. Y tenía que arriesgarse.

De modo que se puso de puntillas y enredó los brazos en su cuello.

Oliver metió una pierna entre las suyas, apretándose contra ella, pero también sujetándola mientras sus manos quedaban libres para acariciarla por todas partes. Con una le acariciaba el pelo, con la otra los pechos, acariciándolos suavemente.

Oliver se apartó para respirar, sin dejar de acariciarla.

–¿No llevas sujetador?

–Estará en la pila de ropa –respondió ella, desconcertada.

–Entonces va a ser un poco más difícil.

–¿Qué va a ser más difícil?

–Parar.

–¿Por qué íbamos a parar?

–Porque estamos a punto de recibir visita.

Audrey se apartó.

–¿Qué quieres decir?

–He pedido que siguieran sirviendo la cena aquí.

–¿Por qué?

–No sabía que esto iba a pasar y no hemos terminado de comer –dijo Oliver, tirando hacia arriba del vestido.

–Ahora mismo prefiero que estemos solos.

–No tenemos que comer ahora mismo. Podemos seguir en cuanto se hayan ido los camareros, si eso es lo que quieres.

¿Era eso lo que quería? Sí, en aquel momento lo único que le importaba era satisfacer su deseo, pero en cinco minutos… Para entonces tal vez su cerebro estaría funcionando otra vez de manera normal, recordándole que no debía hacer lo que estaba haciendo.

En cinco minutos todo podría haber terminado.

«Quiero que estés segura del todo».

Eso era lo que Oliver había dicho y tal vez era lo que pensaba de verdad: que debía estar segura del todo a la fría luz de la realidad, no durante aquel momento enfebrecido.

En ese momento sonó un golpecito en la puerta y Audrey se volvió hacia el ventanal, intentando arreglarse el vestido mientras Oliver se apartaba.

Unos segundos después, la puerta se cerró de nuevo. Siguió un silencio, tan profundo que Audrey se dio la vuelta.

Oliver estaba inmóvil, con una bandeja en las manos y una pregunta en los ojos.

Dándole a elegir.

Pero su pulso no se había calmado. ¿Cómo iba a tomar una decisión con el pulso acelerado? Audrey cruzó los brazos sobre el pecho.

–¿Qué hay en la bandeja?

–Palitos de jengibre helado, especialmente preparados para nosotros. ¿Quieres probarlos, Audrey?

Muy bien, no iba a dejarla ir tan fácilmente. Nerviosa, se pasó las manos por la falda mientras se acercaba a la mesa donde había dejado la bandeja.

–Deja de pensar –murmuró él.

–No estoy pensando.

–Sí estás pensando. Estás separando la parte aceptable de la inaceptable y colocándolas en cajitas diferentes. Pero siento curiosidad por saber lo que has puesto en cada una. ¿Te parece bien estar aquí, en la suite?

–Es lo más sensato, no podíamos seguir en el restaurante.

–Entonces, ¿es el vestido?

–El vestido es precioso. Me hace sentir guapa.

Esperaba que Oliver dijera: «Eres guapa», pero no lo hizo. Y, aunque en parte se alegraba de que no intentase halagarla, por otro lado fue una decepción.

–¿Qué cambiarías de ti misma si pudieras?

Audrey lo pensó un momento. La forma de sus ojos no era nada del otro mundo, pero maquillados quedaban bien. Y el color era bonito. Sus labios eran normales, inofensivos, ni demasiado finos ni demasiado gruesos, y tenía la nariz recta. Todo estaba bien, pero le faltaba… lustre.

–Mi barbilla es un poco cuadrada.

Oliver negó con la cabeza.

–Es fuerte, definida. Te da carácter.

Ella se rio.

–Sí, claro. Todas las mujeres quieren tener una cara «con carácter».

–Se puede tener carácter y ser bella a la vez. Pero, bueno, ¿qué más cambiarías si pudieras?

Audrey suspiró.

–No se trata de un defecto en particular. No puedo hacerme un lifting o pegarme las orejas y sentirme como nueva. Es que no tengo… no hay ninguna facción especial que me haga bella o interesante.

–Yo podría nombrar tres.

–Ja, ja.

–Hablo en serio. ¿Te digo cuáles son?

–Por favor.

–Tus pómulos –dijo Oliver–. No los destacas nunca, pero no te hace falta. Cuando sonríes, los músculos de tu cara se contraen y el ángulo los intensifica.

Audrey enarcó una ceja.

–Me alegra saberlo.

–Tienes un rostro inteligente, siempre pareces estar alerta, atenta. Eso destaca mucho.

–¿Tengo un rostro inteligente?

–Cualquiera puede tener una cara bonita…

–¿Y qué puede haber mejor que una cara bonita?

–Tu cuerpo –respondió Oliver, sin dudar.

Eso no lo esperaba y su intensa mirada era un poco desconcertante.

–Por favor, no me digas que soy atlética.

–¿No?

–Eso significa ancha de hombros y sin pecho.

–Solo si estás buscando una ofensa. Para mí, atlético significa… –Oliver se echó hacia delante– maleable, flexible, fuerte. Es un cuerpo que no se quiebra bajo presión.

Audrey tuvo que hacer un esfuerzo para llevar oxígeno a sus pulmones; su indisciplinada imaginación creaba imágenes de la presión a la que se refería.

–Atlético significa fortaleza y aguante…

–¿Todo tiene que ver con el sexo para ti?

«Le dijo la sartén al cazo».

–¿Quién dice que estoy hablando de sexo? –protestó Oliver–. Hablo de una vida larga y sana. De dar largos paseos o tirarse en el sofá para ver una buena película. Un hombre se fija en los detalles de una mujer, pero su biología se siente naturalmente atraída por una compañera que viva tanto tiempo como él.

La imagen que pintaba era idílica y Audrey tuvo la sensación de que eso era lo que veía cuando la miraba.

Potencial, no defectos.

Oliver había pensado en su figura durante más de unos segundos. Se había fijado de verdad.

–Definitivamente, es un cuerpo que hace a un hombre pensar en… noches sudorosas –añadió él.

Audrey se agarró a la broma para salir a flote.

–Ya me lo imaginaba.

–¿Qué quieres que diga? Soy un hombre como los demás.

No era cierto. No se parecía a los demás y le gustaría saberlo todo de él.

–Me gustaría que te vieras como te veo yo, Audrey.

–No pierdo el sueño por ello, no te preocupes.

–Lo sé, pero me gustaría que te sintieras más segura de ti misma.

–¿La confianza te atrae?

–Completamente.

–¿Es por eso por lo que te gustan las mujeres guapas?

–La estética no es lo que más me atrae.

No, era cierto. Y estaba empezando a entender lo frívola que era su acusación.

–Pero, tristemente, la confianza no siempre tiene que ver con la belleza. He conocido a mujeres bellas e inseguras.

–Tal vez esperas demasiado. Quizá tengan la sensación de no estar a la altura de tus expectativas.

Oliver la miró, en silencio.

–Si una mujer tiene todo lo que yo quiero, debe de haber otra en el mundo que también lo tenga.

¿Ella tenía todo lo que quería? Su corazón se volvió loco.

–Y, sin embargo, me falta la confianza que buscas. Al final, soy una mujer incompleta, ¿no?

–He dicho que no te das cuenta, no que no la tengas. Si creyeses en ti misma iluminarías las calles a tu paso.

Si fuese tan fácil…

–Un par de conversaciones como esta y podría conseguirlo.

Oliver sonrió.

–Vivo para servirte.

–¿Ah, sí? Entonces, ¿qué tal si me das un palito de jengibre?

Oliver terminó antes de comer, tal vez porque ella estaba intentando ganar tiempo. Por un lado necesitaba más caricias, tan estimulantes como el maratón gastronómico, pero sabía que había algo más.

Y «más» era un cambio mental que no podía hacer en un solo día. Particularmente, cuando había ido allí para decirle adiós.

–Creo que deberíamos bajar al restaurante.

Eso lo sorprendió.

–¿Ahora?

Audrey dobló su servilleta y la dejó al lado del plato.

–Sí, creo que sí.

–¿Te sientes más segura rodeada de gente?

–Lo que ha pasado antes ha sido… –Audrey no terminó la frase. «Asombroso, sin precedentes, inolvidable»– interesante, pero no creo que debamos retomarlo.

Era demasiado peligroso.

–Pues tú parecías tan interesada como yo. ¿Puedes dejarlo estar?

–Yo… sí. No es el mejor momento.

–Los dos somos libres, estamos solos en una suite con una de las mejores vistas del mundo, tenemos toda la noche por delante y es Navidad. ¿Por qué no es buen momento?

Sus ojos decían demasiado. Por ejemplo, que sabía que mentía.

–Acabo de descubrir que mi marido me engañaba.

–Entonces, esto ha sido una venganza.

–¿Crees que yo te utilizaría de ese modo?

–¿Estás utilizando a alguien si ese alguien quiere ser utilizado? Yo estaría encantado de dejarme explotar –Oliver dejó caer los brazos–. Haz conmigo lo que quieras.

Audrey soltó una carcajada. Qué hombre imposible. Y era imposible saber si hablaba en broma o en serio.

–Eso no sería muy maduro.

–A veces el cuerpo sabe más que el cerebro. Al menos, sabe mejor lo que necesita.

–¿Crees que yo necesito un buen revolcón?

–¿Quién ha dicho que hablase de ti?

Por favor…

–Seguro que te has acostado al menos con dos mujeres esta semana.

–No es verdad.

–Entonces, la semana pasada.

–No.

Que no se hubiera acostado con nadie en tanto tiempo era algo fascinante, pero no iba a dejarse llevar por la intriga.

–Bueno, eso explica que estés tan… interesado.

–Lo que ha pasado hoy no tiene nada que ver con eso. Yo sé controlarme.

–Qué engreído. ¿Crees que yo carezco de autodisciplina?

Era otra de sus virtudes.

–No, al contrario. Si decides decirme adiós, sé que no volveré a verte.

Había un brillo de dolor en sus ojos.

–Entonces, ¿quieres desconcertarme para estar a salvo?

–Intento hacerlo.

Pues estaba funcionando.

–¿Y crees que confesar eso te ayudará?

–Estoy haciendo algo que va contra lo que me dice el instinto.

–Ser sincero.

–Tú siempre eres sincera conmigo. Yo no miento, pero no es lo mismo que ser sincero. Hay muchas cosas que no te cuento.

–Por ejemplo, lo de Blake.

–O no haberte dicho nunca cuánto te deseo.

Audrey contuvo el aliento.

–Y el deseo no va a desaparecer solo porque tú no quieras pensar en ello.

–Entonces, me imagino que no querrás volver al restaurante.

–No, no quiero. Estoy demasiado cerca.

–¿Cerca de qué?

–De todo lo que he deseado durante años.

«Deseado». A ella. Seguía siendo demasiado inconcebible.

–¿Quiera yo o no?

–Si pensara que tú no quieres no habría dicho nada. Pero sí quieres, solo tienes que creer que te lo mereces.

Audrey se abrazó a sí misma. ¿Merecérselo? ¿Sabía lo que estaba pidiéndole? Después de tantos años escondiéndose…

Claro que quería acostarse con él, pero… ¿se atrevería? ¿Podría hacerlo y no verse invadida por viejas dudas? ¿Podría hacerlo sin querer más?

–La Audrey de tu imaginación debe de ser espectacular –susurró–. Pero en serio, ¿y si no saliera bien?

Oliver dio un paso adelante y le pasó los dedos por la mejilla.

–Cariño, eso es imposible.

Bendito Oliver Harmer y su don para hacerla sentirse cómoda.

–Pero eres tú quien debe dar ese paso –siguió él–. Arriésgate… y toma mi mano.

Audrey miró esos largos y seguros dedos. Que ya no temblaban.

Si aceptaba su mano cambiaría su vida, haría algo que nunca antes se había atrevido a hacer.

Un encuentro sexual de una sola noche.

Se acostaría con Oliver, pero probablemente no se repetiría; después de todo, solo se veían una vez al año y muchas cosas podían cambiar en doce meses.

Sexo como venganza, había sugerido. Y tenía derecho a vengarse. No se había lanzado sobre Oliver cada año por lealtad a un hombre que la había traicionado desde el primer día, que estaba deseando que llegara el veinte de diciembre para ser el hombre que era en realidad.

¿No merecía vengarse?

¿Y no se sentiría como nueva después? Como un ave fénix renaciendo de sus cenizas.

Audrey respiró profundamente. Y al ver que los dedos de Oliver temblaban ligeramente se le encogió el corazón.

Aquello no era sucio o feo. No era un revolcón barato y no había un montón de chicas dispuestas a empujarla contra la pared del servicio por atreverse a apuntar alto.

Era Oliver.

Y la deseaba.

Audrey clavó la mirada en los ojos pardos y enredó los dedos con los suyos.

Capítulo 10

Cocodrilo curado a la lavanda con ensalada de melón al eneldo, servida con una emulsión de lima

–¿OTRA vez?

Tumbada en la cama, desnuda y sudorosa, Audrey lo miraba lascivamente.

La risa se le atragantó.

–Voy a tardar un ratito en volver a hacerlo, cariño.

–¿Ah, sí? ¿No eres de los que lo hacen tres veces seguidas?

–¿Nunca has oído hablar del período de recuperación? Además, un hombre que tiene que hacerlo tres veces seguidas es que no lo ha hecho bien la primera vez.

Pero lo habían hecho muy bien. La primera y la segunda vez.

La primera había sido ardiente y sudorosa. Ni siquiera habían llegado al suntuoso sofá. Él bromeaba, pero había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener un ritmo que no la asustase.

O lo avergonzase a él.

La segunda vez se habían convertido en nómadas, usando todas las superficies planas, explorando y aprendiendo la geografía del cuerpo del otro, tirando jarrones y copas a su paso. Oliver estaba decidido a hacerlo mejor, a aguantar más, demostrando que el adolescente revolcón en el sofá no era todo lo que podía ofrecer. Y Audrey estaba a la altura como la diosa que era.

Hasta que por fin cayeron sobre la enorme cama, donde pudo demostrarle de dónde había salido su mote.

–Estabas de broma, ¿no?

–Claro que sí, estoy agotada.

Eso era lo que un hombre quería escuchar. Con la poca energía que le quedaba, Oliver levantó una mano y le dio un azotito en el trasero.

–Aguántate, Blake –bromeó ella–. De modo que no era yo.

–Ya te lo dije.

–Sí, es verdad.

–¿Me crees ahora?

–Sí –Audrey suspiró–. Te creo.

Oliver se quedó mirando al techo, pensando en las palabras que nunca había querido pronunciar y avergonzado de su cobardía.

¿Qué iba a pasar a partir de ese momento?

Eso era lo que quería saber. Por un lado lo temía y por otro sería un crimen no repetirlo. Había tenido a la mujer que más deseaba jadeando debajo de él…

Pero él no tenía relaciones largas, no se atrevía. No sabría hacerlo. Había desperdiciado años esperando a otra mujer con la mezcla perfecta de cualidades: curiosidad, inteligencia, simpatía, elegancia, una sensualidad salvaje y un corazón de oro.

No iba a encontrar a otra mujer en el planeta mejor que Audrey.

Podía disfrutar del maravilloso regalo que le había dado el universo, pero no podía conservarlo.

Porque Audrey era demasiado preciosa como para arriesgarse con alguien tan dañado como él.

El sexo cambiaba a la gente, a las mujeres especialmente. Y a las mujeres como Audrey mucho más. No era virgen, pero estaba seguro de que aquella había sido su primera experiencia sexual gratificante y cuando pasaba eso las mujeres pensaban en el futuro, empezaban a hacer planes.

Y él no hacía planes con una mujer. No podía hacerlos.

Había muchas maneras de engañar en una relación y él había sido falso con todas por no decirles que no estaban a la altura de otra mujer. Por no decirles que lo que había entre ellos solo podía ser algo superficial.

Era tan infiel como lo había sido su padre, pero sin engañarlas con otra. De modo que se había especializado en relaciones cortas. Reservaba las más largas para mujeres que no cambiaban de la primera cita a la última. Mujeres previsibles que no buscaban nada más en una relación. Con ellas salía durante meses enteros.

Audrey no era una mujer a la que pudiera decir adiós en unas semanas. Era alguien que le importaba de verdad y lo que pasara a partir de aquel momento era fundamental para su relación.

Pero nunca le haría daño. Él sabía lo que sufría una mujer con un hombre incapaz de amar.

Hacer infeliz a Audrey, ver cómo se entristecía cada día por su culpa, porque se alejaba como hacía siempre…

No, eso era algo que no podía hacerle a la mujer que él consideraba perfecta, a la que podría amar si supiera lo que significaba eso.

Y, dada su genética, las posibilidades de que lo descubriera eran mínimas.

Pero ahogarse en lo que no podía ser no iba a llevarlos a ninguna parte y sería mejor hablar claro, afrontar la angustia de una vez.

«Pregúntale».

–Bueno, ¿qué va a pasar ahora?

La pregunta más complicada de su vida.

–Depende de la hora que sea.

–Casi las seis.

Y eso significaba que llevaban ocho horas juntos.

Audrey se puso de lado, apoyando la cara en una mano.

–Aún tenemos que disfrutar de la degustación.

¿Estaba pensando en comida mientras él se sentía como un adolescente?

–¿De verdad? ¿El sexo no ha sido un buen sustituto?

Su sonrisa de Mona Lisa no la delataba.

–Tú mismo has dicho que tenemos que recargar las pilas. Deberíamos estirar un poco las piernas y comer algo.

Estirar las piernas, como si hubieran pasado la tarde frente a un ordenador. Oliver la estudió durante unos segundos, pero sus ojos no parecían ocultar nada.

–¿De verdad tienes hambre?

–Claro. Me has hecho sudar.

Audrey Devaney de verdad era la mujer perfecta.

Era lógico que la adorase.

–¿Quieres que nos sirvan aquí?

–No, volvamos al restaurante… bueno, espera un minuto o dos.

Tenía hambre, pero sobre todo quería volver al restaurante con Oliver.

Por el placer de hacerlo. Porque había cambiado, porque ya sabía lo que era hacer el amor con un hombre como Oliver Harmer.

–¿Estás bien?

Ella sonrió, coqueta. Dios, ¿cuándo se había convertido en Marilyn Monroe? Parecía una mujer acostumbrada a darse un revolcón entre plato y plato. Y había sido el mejor de su vida. Seguía ardiendo, con el cuerpo sensible en algunas zonas, encantada consigo misma.

–¿Seguro que estás bien?

–No sé cómo hacerlo –admitió ella.

–¿A qué te refieres?

–A volver al restaurante después de… el plato extra.

Oliver se rio.

–No creo que haya ninguna etiqueta en especial. Tendrás que improvisar.

–Me siento extrañamente transformada.

–Si la gente te mira, será por el vestido.

Claro. No llevaba un tatuaje en la frente que dijera «¿A que no sabes dónde tenía la boca hace cinco minutos?».

Bajaron al restaurante y entraron juntos, de la mano.

Qué raro que, a pesar de todo lo que se habían hecho el uno al otro en las últimas horas, eso le pareciese tabú. Como cruzar al lado oscuro. Se sentó en el sofá, del otro lado por primera vez en cinco años, mientras él la miraba fijamente.

Debía de parecer a punto de salir corriendo y se estiró como una gata.

–Este también es muy cómodo.

–A mí siempre me ha gustado.

–De hecho, creo que este es mejor.

–Estoy de acuerdo, tiene muy buena vista –respondió Oliver, mirándola a los ojos.

Qué encanto. Aterrador, pero un encanto.

Oliver le hizo un gesto a un camarero y, segundos después, el hombre apareció con dos copas de vino blanco.

Audrey sonrió mientras miraba el tanque de las libélulas, que normalmente estaba tras ella, y las puertas que llevaban a la cocina.

–Siempre había pensado que sabías por intuición cuándo llegaba un nuevo plato, pero me estabas engañando. Puedes ver la cocina desde aquí.

–Parece que esta noche vamos a desvelar todos nuestros secretos.

–Sí, es verdad.

–¿Quieres hablar de ello?

«Ello».

–No quiero estropearlo –murmuró Audrey. Ni gafarlo–. Pero tampoco quiero que pienses que intento evitar la conversación.

–¿Quieres que hablemos de otra cosa?

«Desesperadamente».

–¿De qué?

Oliver se arrellanó en el sofá, con su copa de vino en la mano.

–Háblame del Testore.

Los instrumentos que buscaba por todo el mundo eran algo que la emocionaba y podía hablar de ello hasta que le dolieran los oídos.

–¿Qué quieres saber?

–¿Cómo fue robado?

–Directamente de la cabina del avión, entre Helsinki y Madrid, mientras el propietario usaba el lavabo.

–¿Delante de los tripulantes?

–No lo sé, debieron de aprovechar un descuido.

–¿Es muy valioso?

–Sí, mucho. Tal vez alguien de la tripulación recibió un soborno para mirar hacia otro lado. Buscaron por todas partes, pero había desaparecido.

–¿Y cómo piensas encontrarlo?

Eso era lo que hacía; lo que le encantaba hacer, además. No sería difícil aburrir a Oliver con los detalles de la búsqueda, pero él no se aburría fácilmente y cuarenta minutos después seguían hablando del asunto.

Descalza, con los pies sobre el sofá, se sentía como una geisha con el vestido de seda, tomando trozos de cocodrilo y melón.

–¿Puedes hablar de esto? ¿No hay ningún impedimento legal?

–No te he contado nada que sea confidencial –Audrey sonrió–. Además, sé que puedo confiar en ti.

–Tu paciencia me asombra. Y que estés tan cerca de encontrarlo cuando empezaste de cero.

No tenía ni idea de lo paciente que podía ser. Había estado años ocultando sus sentimientos por él.

–Voy un paso por detrás del ladrón y el plan es seguir adelante hasta ponerlo en manos de las autoridades.

–¿Por qué ese ladrón no ha guardado el chelo en un sótano durante diez años, por ejemplo, hasta que se perdiera la pista?

–Los delincuentes no son pacientes con el dinero y, además, su negocio está lleno de soplones. Si robas algo como un Testore y no te mueves rápidamente, uno de tus colegas podría robártelo.

–La verdad es que no lo entiendo.

–Yo tampoco –admitió ella–. ¿Por qué comprar cosas robadas si no puedes mostrárselas a nadie?

–Me sorprende que los ladrones no hayan intentado comprarte a ti.

–Oh, lo han intentado, pero mi sentido de la justicia me impide hacerlo. Además, veo los instrumentos un poco como si fueran niños, víctimas inocentes. Lo único que quieren es ir a casa de una persona que los quiera de verdad, los valore y explote su potencial.

¿Porque eso era la vida para ella, explotar el potencial? ¿Estar a la altura de las expectativas?

El marrón de sus ojos se volvió más intenso, casi de color chocolate. Y estaba mucho más cerca. ¿Quién de los dos se había movido? ¿O habían gravitado naturalmente hacia el otro?

–¿Quieres oír algo muy tonto? –murmuró Oliver.

–Sí.

–Eso es lo que yo siento sobre las empresas que compro.

Audrey enarcó una ceja.

–¿Las empresas en la ruina que compras por calderilla, quieres decir?

–Son víctimas inocentes también. En manos de personas que no las valoran y no saben cómo sacarles partido.

–¿Y tú sí sabes?

–Soy una especie de facilitador. Veo una empresa en peligro, le insuflo fuerza y la vendo a personas que puedan darle un futuro.

–Esa es una creencia muy antropomórfica.

–Dice la mujer para quien un chelo robado es comparable al tráfico de bebés.

Audrey sonrió. Tenía razón.

–¿Nunca las deshaces?

–A menos que se caigan a pedazos, no.

Ese era su gran miedo: encontrar un instrumento que alguien hubiera destrozado con un martillo para no devolverlo a su propietario. Porque había gente así; si ellos no podían tenerlo, no lo tendría nadie.

–Me imagino que los propietarios no lo ven de ese modo.

Oliver se encogió de hombros.

–Son ellos los que venden, yo no les obligo a nada.

–No me había dado cuenta de que nuestros trabajos son similares. Aunque tengo la impresión de que el tuyo tiene más facetas.

Como un diamante y, desde luego, valía mucho más.

Oliver la estudió durante unos segundos.

–No ha sido tan horrible, ¿verdad?

–¿Qué?

–Mantener una conversación.

–Hemos mantenido montones de conversaciones.

–Y, sin embargo, esta parece la primera.

Sí, era extrañamente emocionante. Audrey suspiró.

–Echo de menos una buena conversación.

–Ahora que estás sola.

–No, en realidad, Blake y yo apenas hablábamos desde hace un par de años.

–¿Te has mudado al Ártico sin decirme nada? ¿Y tus amigos?

–Hablo mucho con ellos, pero me conocen desde siempre y nuestras conversaciones suelen ser… bueno, sobre cosas de trabajo, intereses mutuos, dramas familiares, ropa.

–¿Nada más?

–¡Eso es mucho! Además, yo no… no suelo contar cosas personales.

Y jamás podría hablarle a nadie de Oliver.

–Pero sí lo haces conmigo.

–Una vez al año.

Nada cambió en su expresión y, sin embargo, algo había cambiado.

–Llámame cuando quieras –murmuró, apretando su mano–. Me encantaría hablar contigo, aunque sea por email.

La fría realidad apareció entonces ante sus ojos.

Porque iba a marcharse por la mañana, como siempre. Iba a tomar un avión para recorrer siete mil kilómetros en una dirección mientras él iba en dirección contraria. De vuelta a sus respectivas vidas.

De vuelta a la realidad, después de haber quedado en hablar por teléfono alguna vez.

–Tal vez lo haga.

O tal vez decidiría que aquella noche había sido un revolcón fabuloso y nada más.

Unos murmullos llamaron entonces su atención.

–Ya está empezando –dijo Oliver.

Audrey no tenía que preguntar qué. Era su parte favorita del veinte de diciembre. Caminó descalza sobre la gruesa moqueta hacia el enorme ventanal situado frente al puerto. Sobre ellos, el cielo de Hong Kong se iluminaba con un fabuloso espectáculo de luces. El puerto parecía un árbol de Navidad y las luces especialmente instaladas en el edificio empezaron a bailar al ritmo de la música que sonaba por los altavoces. No era un espectáculo navideño, pero para Audrey no podría serlo más si estuvieran cantando villancicos. No podía ver un espectáculo de luces en ninguna parte sin pensar en Hong Kong.

En aquel hombre.

Oliver se colocó detrás de ella, abrazándola, y ella supo que así era como recordaría ese espectáculo de luces hasta el día de su muerte.

La emoción la ahogaba y respirar normalmente era imposible. Las preciosas luces, la bonita noche, aquel hombre maravilloso… era una sobrecarga sensorial. ¿No era aquello lo que había querido durante toda su vida? ¿Incluso durante su matrimonio?

Daba igual que solo fuera algo temporal, aceptaría lo que le ofreciese.

–El año pasado eché tanto de menos esto…

–Yo te eché de menos a ti.

Audrey apoyó la mejilla en su brazo, como una silenciosa disculpa.

–Vamos a concentrarnos en esta noche.

No iba a perder el tiempo pensando en el pasado o soñando con un futuro imposible. Tenía a Oliver allí, en aquel momento, algo que nunca se hubiera imaginado.

Y pensaba aprovecharlo.

–¿A qué hora cierra el restaurante?

Oliver se puso tenso.

–¿Tienes que tomar un avión?

Audrey giró la cabeza.

–Quiero estar a solas contigo.

–Podemos volver arriba.

–No, quiero que estemos solos aquí.

Oliver murmuró un improperio.

¿Era demasiado? ¿Había cruzado una línea invisible? Se volvió hacia el ventanal como si no tuviera importancia, pero preparándose para un rechazo.

–O no. No tenemos que hacerlo.

Oliver inclinó la cabeza para hablarle al oído.

–No te muevas.

Y luego desapareció, dejándola sola, sin el calor de su cuerpo.

No se le daba nada bien eso de la seducción.

Ni arriesgarse.

Pero volvió unos segundos después y la abrazó de nuevo, como si no se hubiera ido. De modo que tal vez no estaba rechazándola. El espectáculo seguía, deslumbrante, épico, pero Audrey solo podía pensar en el calor del cuerpo de Oliver, en el duro torso contra su espalda.

¿Espectáculo de luces? ¿Qué espectáculo de luces?

Por fin, reconoció las notas que anunciaban el final del espectáculo, pero no quería abandonar el refugio de sus brazos.

Tras ella oyó entonces ruido de pasos apresurados. Los empleados se llevaban platos y copas a la cocina...

El maître hablaba con los clientes que quedaban y todos se levantaban sin protestar, mirándolos con cara de curiosidad. Unos segundos después, habían desaparecido.

–¿Oliver…?

–Aparentemente, tus deseos son órdenes para mí.

Audrey lo miró, boquiabierta.

–¿Los has echado?

–Ha ocurrido un repentino problema en la cocina, pero hemos ofrecido una cena gratis para cada pareja. Seguro que están encantados.

–Considerando que estaban ya en el último plato… –y considerando lo que costaba una degustación en Qingting– seguro que sí.

Oliver la llevó al sofá.

Min-húa apareció con una botella de vino blanco, una jarra de agua y un mando a distancia y dejó las tres cosas sobre la mesa.

–Buenas noches, señor Harmer, señora Devaney.

Luego desapareció en la cocina y salió por la puerta por la que habían desaparecido los demás empleados.

Ella se volvió, asombrada.

–¿Así de fácil?

–Lo limpiarán todo antes del desayuno.

–¿Siempre consigues lo que quieres?

–En general, sí. Pero pensé que eso era lo que tú querías.

–Querer y conseguir no suelen ir de la mano en mi mundo.

–¿Has cambiado de opinión?

–No… exactamente –respondió Audrey.

Oliver se inclinó hacia ella.

–Te has acobardado.

–No es verdad. Es que me ha sorprendido la rapidez con que lo has solucionado todo.

–Cuidado con lo que deseas, ya sabes.

Audrey miró la puerta. Luego a Oliver.

–Solo necesito un momento –murmuró, levantándose.

–¿Dónde vas?

–Quiero ver cómo vive la otra mitad.

La vista era mejor en la esquina, con las libélulas. Bueno, era igual, pero ella tenía a Oliver.

Audrey se levantó un poco el vestido y paseó por el restaurante vacío.

–Estás loca –dijo él, sin apartar los ojos de sus piernas desnudas.

–No, estoy cotilleando.

Asomó la cabeza en la elegante cocina... todo estaba bien ordenado, pero alguien tendría que limpiar antes del desayuno. Un lavavajillas industrial en la esquina estaba en marcha, pero apenas hacía ruido.

Cuando volvió a pasar al lado del sofá, Oliver la tomó del brazo y tiró de ella para sentarla en sus rodillas. Su grito de protesta quedó ahogado por la gruesa moqueta.

–¿Hay cámaras de seguridad?

–¿Crees que no saben por qué los he enviado a casa?

Pensar que estaban saliendo a la calle, mirando hacia arriba e imaginando…

Audrey sintió que le ardía la cara.

–Hay una gran diferencia entre saber y ver. O compartir en YouTube.

–Tranquila. Solo hay cámaras de seguridad en las entradas y en la escalera de incendios. El único público que vamos a tener es invertebrado.

Audrey miró las libélulas, que estaban como siempre revoloteando de un lado a otro.

Oliver utilizó la mano libre para pulsar un botón del mando a distancia y las luces del restaurante fueron bajando hasta dejarlos en penumbra.

–Seremos tan anónimos como tu ladrón de chelos.

Con la suave luz del tanque de las libélulas y las de Hong Kong al otro lado del ventanal resultaba fácil imaginar que eran invisibles.

–¿Qué decías sobre estar solos?

–Tenemos tan poco tiempo… no quería compartirte con un montón de gente.

Una sombra cruzó los ojos de Oliver.

–Lo mismo digo.

Sus labios eran suaves, más cálidos, más dulces que antes. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo en lugar de unas horas. Ella le devolvió el beso, tomándose el tiempo que ninguno de los dos se había tomado arriba. Oliver no insistió, aparentemente tan contento de disfrutar el momento como ella.

Pero no eran superhéroes y unos minutos después Audrey pensó que iba a explotar. Oliver se quitó la chaqueta y ella levantó el bajo del vestido en un triste intento de buscar ventilación.

–Me siento como un crío haciéndolo en el asiento trasero del coche de mis padres.

–Salvo que ahora sabes que conseguirás lo que quieres –dijo Audrey.

Ya lo había hecho, dos veces.

Oliver sonrió.

–Contigo no doy nada por sentado.

–Venga, los dos sabemos que me tienes segura.

Oliver se rio mientras ella le besaba el mentón, la nuez, la garganta. Sabía a sal y a colonia. El mejor plato de todos.

Se quedaron así, abrazados, besándose, tocándose por todas partes durante una hora. Tiempo suficiente para que el vino se calentase y la jarra de agua desapareciera.

–Espero que no vayas a emborracharte. No me servirías de nada –bromeó cuando Oliver se sirvió una copa de vino.

Él le hizo un guiño.

–Alguien se ha bebido toda el agua y en un maratón lo importante es estar hidratado.

–¿Esta es una prueba de resistencia?

–Para mí, sí.

Oliver se inclinó sobre la mesa y, un momento después, puso un cubito de hielo sobre sus labios.

El frío la tomó por sorpresa y asomó la punta de la lengua para chuparlo, sonriendo mientras él bajaba el cubito por su barbilla, su garganta, su cuello, besándola mientras la acariciaba por debajo del vestido.

–Esas chicas del instituto debían de saber lo que hacían –murmuró.

–¿Qué?

–Incluso siendo unas crías sabían reconocer una amenaza. Sabían que eras capaz de volver loco a un hombre –Oliver metió una mano bajo sus bragas y Audrey se arqueó.

–¿Sabían que era una desvergonzada?

Oliver se rio, clavando en ella sus ojos.

–Que tenías tanto potencial. Y sí, también que eras un poco desvergonzada. Era lógico que los chicos estuvieran interesados.

Audrey no podía decirle que estaba haciendo algo que no había hecho nunca o que se pasaría el resto de la vida recordándolo. ¿Porque dónde iba a encontrar a alguien como Oliver Harmer?

El mundo real era otra cosa, un sitio donde no podía airear lo que sentía por él.

«Lo que ocurre en Hong Kong, se queda en Hong Kong».

Y el reloj seguía su inexorable marcha.

Hasta ese día había estado a salvo porque solo eran fantasías. Oliver era como una estrella de Hollywood, alguien que podía gustarle porque era imposible. Y ella disfrutaba de su secreta fantasía.

«Cuidado con lo que deseas».

Pero, aunque le daba miedo, sabía que era seguro porque lo que ocurriera allí, se quedaría allí. No tenía nada que ver con el mundo real.

–Deja de pensar –dijo él.

–No puedo evitarlo.

–La Audrey de todos los días no puede evitarlo, vuelve a ser la Audrey impulsiva.

También él se daba cuenta. Había reglas diferentes aquel día.

–Tienes razón, dejemos de pensar y volvamos a sentir.

Oliver la sentó sobre sus rodillas y estudió su despeinado cabello.

–La mejor vista del mundo –murmuró.

–Y eso es decir mucho cuando sabemos lo que hay al otro lado del ventanal.

–Cambio de planes –dijo él entonces–. Y cambio de vista.

La llevó de la mano hasta un sillón que se hallaba frente al ventanal, uno en el que siempre se lo había imaginado sentado, esperándola.

–¿Vamos a sentarnos aquí?

–He querido hacer esto durante años. Tú, recortada contra el paisaje de Hong Kong.

La sentó sobre sus rodillas y Audrey tuvo que subirse un poco el vestido para poner una rodilla a cada lado.

–Eres preciosa. Iluminada por las luces de Hong Kong… es como un halo.

No sabía si eso era lo que les decía a otras mujeres, pero su voz y el brillo de sus ojos provocaban un río de lava.

Oliver tiró de la cremallera del vestido y la tela cayó hasta su cintura, revelando sus pechos desnudos.

–Oliver…

Él deslizó las manos por su espalda, inclinando la cabeza para chupar y acariciar con la lengua la punta de un pezón, produciéndole estremecimientos.

Excitada, hizo algo que siempre había soñado hacer: hundir los dedos en su pelo oscuro. Una y otra vez, tirando, disfrutando mientras él torturaba sus pechos con la lengua, acariciándola con el roce de su incipiente barba.

Tras ellos, el cristal del tanque los reflejaba a los dos y el cielo de Hong Kong. Ella, una silueta medio desnuda sobre las rodillas de Oliver y él con la belleza de Hong Kong a su espalda. Parecía salvaje, provocativa, una extraña…

Eso era lo que Oliver estaba viendo. Era así como la veía y eso fue una liberación. No parecía ridícula, al contrario. Parecía una mujer bella entre los brazos de Oliver.

Hacían buena pareja.

Algo se rompió entonces en su interior, como si hubiera caído el dique que había contenido sus sentimientos hasta ese momento.

Estaban hechos el uno para el otro.

Y, por fin, estaban allí.

Oliver tomó su cara entre las manos, prometiéndole el mundo entero con los ojos, prometiéndole un futuro. Y él era el único hombre que podría darle eso.

Sus labios, cuando se encontraron con los suyos, eran ardientes, posesivos. Y mientras ella estaba distraída pensando en eso, Oliver se incorporó un poco para sacar un paquetito de la cartera.

–¿Cuántos llevas? –le preguntó. Nada como un preservativo para volver a la realidad.

–Solo uno.

Se sintió tontamente decepcionada, aunque no sabría decir por qué. Tal vez porque uno era un número finito.

Pero era absurdo pensar eso cuando volvería a Sídney en unas horas. Además, Oliver no mantenía relaciones serias.

–No lo rompas.

La risa de Oliver interrumpió sus pensamientos y Audrey se olvidó de trivialidades, concentrándose en las sensaciones que le provocaban sus labios, sus dedos, la rapidez con la que eliminó las barreras de ropa entre ellos antes de tomarla por la cintura para guiarla hasta su miembro.

–Eres tan preciosa…

Esas palabras, pronunciadas con voz ronca, la excitaron aún más. Fue como la primera vez, y la segunda, como ponerse un guante hecho a medida. Mejor incluso porque la gravedad estaba de su lado. Audrey se incorporó un poco y luego se dejó caer sobre él.

El gemido ronco de Oliver le pareció el sonido más maravilloso del mundo. ¿Cómo era posible sentirse pequeña y femenina y tan fuerte y poderosa a la vez? Sin embargo, así era. Lo montaba como si fuera un potro salvaje, sin ningún control sobre la poderosa bestia.

Oliver echó la cabeza hacia atrás y Audrey se inclinó hacia delante para besarle el cuello. En esa posición, sus pechos pendían frente a Oliver, que los acarició haciendo círculos sobre ellos con las palmas de las manos, imitando el ritmo de sus caderas.

–Oliver…

A medida que aumentaba el ritmo aumentaban también los jadeos. En el tanque, las libélulas volaban de un lado a otro despidiendo chispas de luz… ¿o eran chispas generadas por la fricción de sus cuerpos? Oliver apretó sus pechos, haciéndole saber que estaba cerca, y eso la excitó más.

Ella le estaba haciendo eso.

Ella.

El ritmo era tan frenético que el sillón empezó a moverse. Audrey echó la cabeza hacia atrás, expresando su pasión con un sonido inarticulado mientras lo apretaba entre sus músculos internos.

–Ahora, preciosa… –dijo Oliver, levantando las caderas–. Termina para mí.

Audrey clavó los ojos en él, poniendo su alma en esa mirada.

Y luego el mundo explotó.

Fue como si las últimas plantas del edificio se hubieran separado de las demás durante unos segundos.

Abrió los ojos a tiempo para ver a Oliver con los ojos cerrados, las manos apretando su cintura, dejando escapar un gemido ronco que duró lo que duró su orgasmo… hasta que masculló una palabrota.

–Qué boca tan sucia –bromeó ella cuando por fin pudo recuperar la voz.

Él jadeaba.

–No tengo dignidad contigo.

Se le encogió el corazón como los músculos entre sus piernas.

«Contigo».

Audrey disfrutó del placer durante unos segundos más, antes de guardar ese sentimiento donde guardaba todos los demás. En un sitio donde pudiera visitarlo más adelante.

–Dios mío… –musitó Oliver.

–Esto se te da muy bien.

–Se nos da bien a los dos… juntos.

–Podría aprender mucho de ti.

No sabía si el silencio de Oliver era incomodidad por la sugerencia de un futuro o algo más. Tal vez nunca lo sabría.

–Soy como un parque de atracciones para ti, ¿verdad?

–El mejor.

La atracción más rápida, más alta, más emocionante. Y la más inolvidable.

Oliver sonrió, pero había cierta tristeza en esa sonrisa.

–Venga, vamos a la mesa. ¿Te funcionan las piernas?

Audrey prácticamente saltó del sillón.

–Si no, iré a gatas.

Nada de dignidad. Pero cuando tenían tan poco tiempo y cuando podría no volver a verlo en doce meses, o nunca, ¿qué más daba?

Era su pedestal y podía saltar de él antes de que la tirasen.

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