Kitabı oku: «Vardo»

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Vardø
La isla de las mujeres
Kiran Millwood Hargrave

Traducción de Aitana Vega Casiano

Página de créditos
Vardø. La isla de las mujeres

V.1: septiembre de 2020

Título original: The Mercies

© Kiran Millwood Hargrave, 2020

© de la traducción, Aitana Vega Casiano, 2020

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial en cualquier forma.

Diseño de cubierta: Katie Tooke, Departamento de Arte de Picador

Imagen de cubierta: © Maya Hanisch, con detalles de rosemaling noruego (Edwin Remsberg / Alamy)

Publicado por Ático de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@aticodeloslibros.com

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 978-84-18217-22-7

THEMA: FB

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Contenido

Portada

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Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Por orden del rey

La tormenta

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Carta

Capítulo 5

Capítulo 6

Carta

Bergen, Hordaland

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Nota histórica

Agradecimientos

Sobre la autora

Vardø. La isla de las mujeres
Un hermoso canto al poder de las mujeres, basado en hechos reales

Nochebuena de 1617. Una tempestad se desata sobre la isla noruega de Vardø cuando los hombres de una pequeña aldea están en el mar pescando. Todos mueren. A partir de ese instante, Vardø se convierte en una isla de mujeres, entre ellas, Maren, que debe hacer frente a la muerte de su padre, su hermano y su prometido. Las mujeres de la isla tratan de hacer todo lo posible por salir adelante, pero, pronto, las noticias llegan a las autoridades.

Dieciocho meses más tarde, una siniestra figura arriba a la isla desde Escocia para poner fin al anómalo gobierno de las mujeres: el comisario Absalom Cornet. Con él, viaja su joven esposa, Ursa, que ve en Maren algo que nunca ha conocido: una mujer independiente. Entre ambas surgirá una relación que lo cambiará todo. Pero, para Absalom, Vardø es el hogar de un mal terrible y oscuro, uno que debe erradicar a toda costa.

Escrita con delicadeza y gran lirismo, Vardø es una novela atmosférica que nos habla de la verdadera naturaleza del amor y del mal, y del poder de las mujeres y la razón en un momento más necesario que nunca.

Para los lectores que disfrutaron con Circe y El cuento de la criada

«Vardø me ha dejado sin aliento. Un bello retrato de una comunidad, un paisaje y una relación. Kiran ha creado, con maestría, una atmósfera increíblemente claustrofóbica, íntima y delicada.»

Tracy Chevalier, autora de La joven de la perla

«Una novela apasionante, hermosa e inquietante.»

Madeline Miller, autora de Circe

«Vardø es una obra maestra. Un relato exquisito sobre sororidad, amor y valentía […]. Me ha enfurecido, me ha hecho reír y llorar. No puedo recomendarla lo suficiente.»

Elizabeth Macneal, autora de El taller de muñecas

«Una de las mejores novelas que he leído en años. Además de estar bellamente escrita, llega en un momento muy oportuno.»

Emily Barton, New York Times Book Review

Para mi madre, Andrea, y para todas las mujeres que me educaron (y lo siguen haciendo)

POR ORDEN DEL REY

Cualquier hechicero, u hombre fiel, que sacrifique

a Dios, su santa Palabra y al cristianismo,

y se consagre a sí mismo al diablo,

será arrojado al fuego e incinerado.

decreto sobre brujería de Dinamarca y Noruega de 1617, promulgado en Finnmark en 1620

La tormenta

Vardø (Finnmark), noreste de Noruega, 1617

La noche anterior, Maren soñó que una ballena encallaba en las rocas que había delante de su casa.

Bajó por el acantilado hasta el convulso cuerpo y lo miró directamente al ojo mientras envolvía con los brazos la gigantesca mole. Era lo único que podía hacer.

Los hombres bajaron a toda prisa por la roca negra como insectos oscuros, veloces y brillantes, armados con espadas y guadañas. Las hojas empezaron a oscilar y cortar antes de que la ballena hubiera muerto. Se sacudía enloquecida mientras, con mirada severa, la sujetaban con la misma fiereza con que una red atrapa un banco de peces. Sin embargo, Maren continuó aferrada a ella, con los brazos tan extendidos y firmes que no se soltaron ni un instante, hasta que no estuvo segura de si la consideraría un consuelo o una amenaza; pero no le importó y siguió mirándola fijamente al ojo, sin parpadear.

Al final, se quedó quieta y su aliento se evaporó mientras la rajaban y troceaban. Olió el aceite que se quemaba en las lámparas antes de que el animal dejase de moverse del todo, mucho antes de que el brillo de su ojo se desvaneciera hasta enturbiarse.

Se hundió entre las rocas hasta llegar al fondo del mar. Era una noche oscura y sin luna; solo las estrellas alteraban la superficie. Se ahogó y despertó entre jadeos, con humo en las fosas nasales y en el fondo de la garganta. El sabor de la grasa quemada se le había quedado pegado bajo la lengua y no conseguía deshacerse de él.

Capítulo 1

La tormenta llegó en un abrir y cerrar de ojos. Es lo que dirían en los meses y años venideros, cuando ya no les provocase picor en los ojos ni un nudo en la garganta. Cuando por fin formara parte de las historias. Incluso entonces, era imposible de describir. Hay ocasiones en que las palabras no son suficiente y hablan de formas demasiado simples y descuidadas, pero lo que Maren vio no tuvo nada de sencillo ni elegante.

Aquella tarde, tiene extendida sobre el regazo su mejor vela, como si fuera una manta. Mamá y Diinna la sujetan por las otras esquinas. Sus dedos, más pequeños y precisos, zurcen con puntadas más pequeñas y precisas los desgarros causados por el viento mientras ella remienda los agujeros que han provocado las encapilladuras del mástil.

Junto al fuego, hay una pila de brezos blancos secándose que su hermano Erik ha cortado y traído del monte en el continente. Mañana, su madre le dará tres ramilletes para la almohada. Ella los despedazará y los usará para rellenar la funda, mezclados con la tierra y demás. El dulce aroma resultará casi nauseabundo después de meses oliendo a sueño rancio y cabellos sin lavar. Se la llevará a la boca, la morderá y gritará hasta que sus pulmones se empapen del dulce y acre sabor de la tierra.

Entonces, algo le llama la atención y mira hacia la ventana. Un pájaro, oscuro contra la oscuridad, ¿y un ruido? Se levanta para acercarse y ver mejor. La bahía gris, estática, y más allá, mar abierto. Las olas rompen como si fueran de cristal. Los barcos se advierten gracias a las tenues luces de proas y popas, que apenas titilan.

Imagina cuál es el barco de su padre y Erik, con su segunda mejor vela aparejada en el mástil. Visualiza las sacudidas del mar y los vaivenes de los remos, sus espaldas recortadas frente al horizonte cuando el sol se esconde. No los ve desde hace un mes y todavía falta otro para su regreso. Los hombres observarán la luz constante que emerge de las casas sin cortinas de Vardø, perdidas en su propio mar de tierra en penumbra.

Ya han llegado más allá de la bahía de Hornøya, casi en el punto donde avistaron el banco de peces a primera hora de la tarde, aterrorizado por la presencia de una ballena.

—Ya se habrá ido —había dicho papá. A mamá le dan mucho miedo las ballenas—. Para cuando Erik consiga llevarnos allí con esos bracitos, ya habrá terminado de comer.

Erik se había limitado a inclinar la cabeza para aceptar un beso de mamá y para que su mujer, Diinna, le presionara la frente con el pulgar, un gesto que los samis creen que ayuda a que los hombres del mar vuelvan a casa. Erik llevó la mano a su vientre un momento, lo que puso de manifiesto lo hinchado que estaba bajo la túnica de punto. Ella le apartó la mano con dulzura.

—Pronto le darás un nombre. Ten paciencia.

Más tarde, Maren querría haberse levantado para besarlos a los dos en las rudas mejillas. Desearía haber observado cómo se marchaban hacia el mar vestidos con sus pieles de foca; su padre, con zancadas firmes, y Erik, a trompicones, unos pasos por detrás. Desearía que su marcha le hubiese hecho sentir algo más que agradecimiento porque la dejasen con mamá y Diinna, por la tranquilidad que implicaba que las mujeres se quedaran solas.

Ahora que había cumplido los veinte y hacía tres semanas que había recibido su primera propuesta de matrimonio, por fin se consideraba una de ellas. Dag Bjørnsson estaba construyendo un hogar para los dos en el segundo cobertizo de su padre y, antes de que el invierno llegara a su fin, lo habría terminado y se casarían.

Le había contado al oído, con su aliento rozándole la oreja, que tendrían una buena chimenea y una alacena separada para que no cruzara toda la casa con el hacha a cuestas, como hacía su padre. El destello de la maligna herramienta, incluso en las cuidadosas manos de papá, le daba arcadas. Dag lo sabía y lo respetaba.

Era rubio como su madre y tenía unos rasgos delicados que otros hombres consideraban una debilidad, pero a Maren no le importaba. Tampoco le importaba que le acercase su gran boca a la garganta mientras le hablaba de la sábana que debería tejer para la cama que él construiría para ambos. Y, aunque no sentía nada cuando le acariciaba la espalda vacilante, demasiado suave y demasiado arriba a través del vestido de invierno azul oscuro, esa casa que sería suya, con su cama y su chimenea, le hacía sentir un latido en el bajo vientre. Por la noche, presionaba las manos en los lugares donde había sentido aquel calor, arrastrando sobre las caderas los dedos fríos, lo bastante entumecidos como para que no parecieran los suyos.

Ni siquiera Erik y Diinna tienen su propia casa: viven en la estrecha habitación que el padre y el hermano de Maren construyeron a lo largo de la pared trasera exterior. La cama ocupa todo el ancho del espacio y se apoya en la misma pared contra la que descansa la de Maren, al otro lado. Las primeras noches que pasaron juntos, se cubrió la cabeza con los brazos mientras respiraba el aroma de la paja húmeda del colchón, pero nunca escuchó ni una respiración. Fue un milagro cuando el vientre de Diinna empezó a crecer. El bebé llegaría justo después del fin del invierno y, entonces, serían tres en la angosta cama.

Más tarde, pensaría que tal vez también debería haber visto a Dag partir.

Sin embargo, en vez de eso, agarró la tela dañada y se la extendió sobre las rodillas. No volvió a levantar la vista hasta que ese pájaro, ese ruido o esa corriente de aire llamaron su atención e hicieron que se dirigiera hacia la ventana, donde vio cómo las luces bailaban entre la oscuridad del mar.

Le crujen los brazos. Acerca el dedo curtido donde lleva la aguja a la otra mano y la cubre con el mitón de lana. Siente el vello de punta y cómo la piel se le tensa. Los barcos siguen remando, todavía firmes bajo una luz titilante; las lámparas brillan.

Entonces, el mar se eleva y el cielo cae. Un relámpago verdoso lo ilumina todo y engulle la oscuridad con un brillo momentáneo y terrible. La luz y el ruido llaman la atención de mamá, que se acerca a la ventana. El mar y el cielo chocan como una montaña que se parte en dos y sienten escalofríos en las plantas de los pies y a lo largo de la columna. Maren se muerde la lengua y un sabor salado le baja por la garganta.

Es posible que ambas estén gritando, pero no existen más sonidos que el mar y el cielo, que se tragan las luces de los barcos mientras estos giran, vuelan, vuelcan y desaparecen. Maren sale corriendo hacia el temporal, ralentizada por sus faldas, que se han empapado en cuestión de segundos. Diinna la llama para que vuelva y cierra la puerta tras ella para evitar que el fuego se apague. El peso de la lluvia le hunde los hombros y el viento le azota la espalda. Cierra los puños sin agarrar nada. Grita con todas sus fuerzas; la garganta le dolerá durante días. A su alrededor, otras madres, hermanas e hijas se lanzan a las inclemencias del tiempo; un grupo de figuras oscuras, empapadas y torpes como focas. La tormenta amaina antes de que llegue al puerto, a doscientos pasos de casa, y mira al mar boquiabierta.

Las nubes suben y las olas caen; las unas se apoyan en las otras en la línea del horizonte, apacibles como un rebaño que duerme.

Las mujeres de Vardø se reúnen en la orilla de la isla. Algunas siguen gritando, pero los oídos de Maren zumban en silencio. Ante ella, el puerto es una superficie lisa, como un espejo. Tiene la mandíbula paralizada por la tensión y le gotea sangre caliente de la lengua por la barbilla. Se le ha clavado la aguja entre el pulgar y el índice, y ahora tiene una herida con la forma de un círculo perfecto y rosado.

Mientras observa, un último relámpago ilumina el detestable mar en calma. Entre la negrura, asoman remos, timones y un mástil entero con las velas cuidadosamente estibadas, como bosques submarinos arrancados de raíz. De los hombres, no hay rastro.

Es Nochebuena.

Capítulo 2

Durante la noche, el mundo se torna blanco. La nieve cubre la nieve y se acumula en las ventanas y en el umbral de las puertas. La kirke permanece a oscuras esa Navidad, el día después, como un agujero entre las casas iluminadas que engulle la luz.

Nieva durante tres días. Diinna se recluye en su estrecha habitación y a Maren le cuesta levantarse a sí misma tanto como a su madre. No comen nada más que pan duro, que les cae como piedras en el estómago. Maren siente la comida demasiado sólida dentro de ella y su cuerpo le parece irreal; tiene la sensación de que el pan rancio de mamá es lo único que la mantiene ligada a la tierra. Si no come, se convertirá en humo y se arremolinará en las cornisas de la casa.

Para no perder la cabeza, se llena el estómago hasta que le duele y mantiene cerca del fuego todas las partes del cuerpo que puede. Se dice a sí misma que todo lo que las llamas calienten es real. Se levanta el pelo para dejar al descubierto la nuca sucia, extiende los dedos para que el calor los lama y se remanga las faldas hasta que las medias de lana empiezan a chamuscarse y a apestar. «Ahí, ahí y ahí». Los pechos, la espalda y, entre ellos, el corazón están atrapados dentro del ceñido chaleco de invierno.

El segundo día, por primera vez en años, el fuego se apaga. Papá siempre lo encendía y ellas solo se encargaban de mantenerlo vivo; apilaban los leños por la noche y rompían la capa de ceniza que se formaba por las mañanas para dejar que el calor respirase. En pocas horas, la escarcha cubre sus mantas, a pesar de que Maren y su madre duermen juntas en la misma cama. No hablan, no se desvisten. Maren se cubre con el viejo abrigo de piel de foca de su padre. No la desollaron como debían y emana un ligero hedor a grasa podrida. Mamá se pone el de Erik, de cuando era niño. Tiene los ojos apagados como un salmón ahumado. Maren intenta que coma, pero su madre simplemente se acurruca a su lado en la cama y suspira como una niña. Da las gracias porque la ventana esté cubierta de nieve y no se vea el mar.

Esos tres días, siente que ha caído a un pozo. El hacha de papá destella en la oscuridad. La lengua se le endurece y se le arruga. La herida que se hizo al morderse durante la tormenta está blanda e hinchada, con un punto duro en el centro. Le preocupa, y la sangre le da sed.

Sueña con papá y Erik, y se despierta empapada en sudor, con las manos heladas. Sueña con Dag y, cuando abre la boca, la tiene llena de los clavos con los que iban a hacer su cama. Se pregunta si morirán allí, si Diinna ya está muerta y si su bebé se remueve dentro de ella, cada vez más despacio. Se pregunta si Dios vendrá a verlas para decirles que vivan.

Cuando Kirsten Sørensdatter las levanta la tercera noche, las dos apestan. Las ayuda a apilar los leños de nuevo y a encender el fuego por fin. Cuando se abre camino hasta la puerta de Diinna, esta parece casi furiosa. La luz de la antorcha se refleja en el brillo apagado de sus labios fruncidos, y se presiona el vientre hinchado con las manos.

—A la kirke —les dice Kirsten—. Es sabbat.

Ni siquiera Diinna, que no cree en su Dios, discute.

Maren entiende lo que pasa cuando se reúnen en la kirke: casi todos los hombres han muerto.

Toril Knudsdatter enciende todas las velas hasta que la estancia brilla tanto que a Maren le pican los ojos. Cuenta en silencio. Antes había cincuenta y tres hombres, ahora solo quedan trece: dos bebés, en brazos de sus madres, tres ancianos y los niños demasiado pequeños para ir en los barcos. Hasta el pastor ha desaparecido.

Las mujeres se acomodan en los bancos de siempre y dejan vacíos los huecos donde se sentaban sus maridos y sus hijos, pero Kirsten les pide que avancen. Excepto Diinna, todas obedecen, atontadas como un rebaño de ovejas. Ocupan tres de las siete filas de la kirke.

—Ya ha habido naufragios antes —comenta Kirsten—. Ya hemos perdido hombres y hemos sobrevivido.

—Pero nunca a tantos —dice Gerda Folndatter—. Mi marido nunca ha estado entre los desaparecidos. Ni el tuyo, Kirsten, ni el de Sigfrid. Ni el hijo de Toril. Todos…

Se lleva las manos a la garganta y enmudece.

—Deberíamos rezar o cantar algo —sugiere Sigfrid Jonsdatter, y las demás la fulminan con la mirada. Han pasado tres días encerradas y separadas; lo único de lo que quieren y pueden hablar es de la tormenta.

Las mujeres de Vardø siempre buscan señales. La tormenta fue una. Los cuerpos, cuando aparecieran, serían otra. En ese momento, Gerda habla del charrán solitario que vio revoloteando sobre la ballena.

—Volaba en ochos —dijo, mientras agitaba las manos en el aire—. Una, dos, tres, seis veces. Las conté.

—Seis ochos no significan nada —repuso Kirsten con desdén junto al púlpito grabado del pastor Gursson. Apoya la mano en la madera. El modo en que recorre el tallado con el pulgar es lo único que delata su nerviosismo, o su pesar.

Su marido es uno de los hombres que han perecido en el mar y a todos sus hijos los enterraron antes de que respirasen. A Maren le cae bien y a menudo la ha acompañado a hacer sus tareas, pero ahora la ve como las demás siempre lo han hecho, como una mujer independiente. No está detrás del púlpito, pero es como si lo estuviera; las observa con detenimiento, como un pastor.

—Pero la ballena… —dice Edne Gunnsdatter, con la cara tan hinchada por las lágrimas que parece que la han golpeado—. Estaba bocarriba. Vi cómo le brillaba el vientre blanco entre las olas.

—Estaba comiendo —afirma Kirsten.

—Quería atraer a los hombres —sentencia Edne—. Rondó el banco de peces cerca de Hornøya seis veces, se aseguró de que la viéramos.

—Sí, es verdad. —Gerda asiente y se cruza de brazos—. Yo también lo vi.

—No es cierto —replica Kirsten.

—La semana pasada, Marris tosió sangre en la mesa —explica Gerda—. No se ha limpiado.

—Yo la lijaré por ti —se ofrece Kirsten con dulzura.

—La ballena simbolizaba el mal —apunta Toril. Su hija se abraza a su costado con tanta fuerza que parece que se la hayan cosido a la cadera con sus famosas y precisas puntadas—. Si lo que dice Edne es verdad, nos la enviaron.

—¿Que la enviaron? —pregunta Toril, y Maren ve cómo Kirsten la mira agradecida por creer haber conseguido una aliada—. ¿Acaso es posible?

Se oye un suspiro procedente de la parte trasera de la kirke y toda la habitación se vuelve para mirar a Diinna, pero esta inclina la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados; la piel morena de su garganta destella a la luz de las velas.

—El diablo se mueve en la oscuridad —dice Toril mientras su hija entierra la cara en su hombro y chilla aterrorizada. Maren se pregunta qué miedos les habrá inculcado Toril a sus dos hijos supervivientes en los últimos tres días—. Tiene poder sobre todo, menos Dios. Quizá la envió él. O tal vez alguien la invocó.

—Ya basta. —Kirsten corta el silencio antes de que se vuelva espeso—. Esto no ayuda.

Maren quiere sentir esa misma certeza, pero tan solo piensa en aquella forma, en el sonido que la atrajo a la ventana. Al principio creyó que se trataba de un pájaro, pero ahora lo recuerda más grande y más pesado, con cinco aletas y bocarriba. Antinatural. Le resulta imposible dejar de verlo en un rincón de la mente, incluso bajo la luz sagrada de la kirke.

Mamá se agita, como si estuviera dormida, aunque las velas se reflejan en sus ojos, que no se han cerrado desde que se han sentado. Cuando habla, Maren nota cómo el tiempo que ha pasado en silencio le ha afectado a la voz.

—La noche que Erik nació —empieza a contar—, había una luz roja en el cielo.

—Lo recuerdo —susurra Kirsten.

—Yo también —dice Toril.

«Y yo», piensa Maren, aunque solo tenía dos años.

—La seguí por el cielo hasta que se hundió en el mar —añade mamá sin apenas mover los labios—. Iluminó el agua con el color de la sangre. Aquel día quedó marcado, estaba escrito. —Gime y se cubre la cara—. Nunca debí dejar que se acercara al mar.

Las mujeres se sumen en una avalancha de lamentos. Ni siquiera Kirsten consigue calmarlas. Las velas titilan cuando una ráfaga de aire frío cruza la estancia y Maren se da la vuelta a tiempo de ver a Diinna abandonar la kirke. Rodea a su madre con el brazo; las únicas palabras que se le ocurren no le ofrecerían ningún consuelo: «El mar era la única opción para Erik».

Vardø es una isla. El puerto entra en la tierra como si la hubieran mordido por un lado, mientras que las demás orillas son demasiado altas o rocosas para que los barcos se acerquen. Maren aprendió sobre redes antes de saber lo que era el dolor, aprendió sobre el tiempo antes de conocer el amor. En verano, las manos de su madre siempre estaban moteadas por las diminutas escamas del pescado, la carne colgaba seca y cubierta de sal, como los paños blancos con los que se envolvía a los bebés o se enterraba envuelta en pieles de reno para que se pudriera.

Papá decía que el mar gobernaba sus vidas. Siempre habían vivido a su merced y, a menudo, morían en él. Pero la tormenta lo había convertido en el enemigo y algunas hablaban de marcharse.

—Tengo familia en Alta —dice Gerda—. Allí hay tierra y trabajo suficiente.

—¿La tormenta no ha llegado allí? —pregunta Sigfrid.

—Pronto lo sabremos —apunta Kirsten—. Supongo que recibiremos un mensaje de Kiberg. Seguro que la tormenta les ha afectado.

—Mi hermana me escribirá —asiente Edne—. Vive solo a un día a caballo y tiene tres monturas.

—Es una travesía dura —comenta Kirsten—. El mar sigue agitado. Tardarán un poco en llegar.

Maren las escucha hablar de Varanger o de la todavía más lejana Tromsø, como si alguna fuera capaz de imaginar la vida en la ciudad, tan lejos de allí. Las mujeres se enzarzan en una breve discusión sobre quién debe quedarse con los renos para el transporte, ya que pertenecían a Mads Petersson, que se ahogó junto al marido y los hijos de Toril. Toril parece pensar que eso le otorga cierto derecho a reclamarlos, pero cuando Kirsten informa de que ella cuidará de la manada, nadie protesta. Maren no sabe ni cómo encender un fuego, mucho menos mantener una manada de bestias de temperamento voluble durante el invierno. Toril debe de pensar lo mismo, pues desiste tan rápido como ha reivindicado su derecho.

Al cabo de un rato, la charla se apaga hasta desaparecer del todo. No han decidido nada, salvo que esperarán a tener noticias de Kiberg y que mandarán a alguien allí si a finales de semana todavía no saben nada.

—Hasta entonces, lo mejor será que nos reunamos en la kirke a diario —propone Kirsten, y Toril asiente con fervor, de acuerdo por una vez—. Debemos cuidarnos entre nosotras. Parece que la nieve se irá pronto, pero no hay manera de estar seguras.

—Estad atentas por si veis ballenas —dice Toril. La luz le ilumina la cara y le marca los huesos bajo la piel. Tiene un aspecto siniestro y a Maren le dan ganas de reírse. Se muerde la parte sensible de la lengua.

Ya nadie habla de marcharse. Mientras bajan por la colina de vuelta a casa, mamá la agarra del brazo con tanta fuerza que le hace daño y se pregunta si las demás mujeres se sienten como ella: ligadas a aquel lugar, ahora más que nunca. Con ballena o sin ella, con señal o sin ella, Maren ha sido testigo de la muerte de cuarenta hombres. Una parte de ella se siente atada a esta tierra. Atada y atrapada.

Capítulo 3

Nueve días después de la tormenta, cuando ya ha llegado el año nuevo, los hombres regresan a ellas. Casi enteros; casi todos. Colocados como ofrendas en la calita negra, o arrastrados por la marea hasta las rocas que hay debajo de la casa de Maren. Tienen que escalar para agarrarlos, con las cuerdas que habían anudado con fuerza para que Erik recogiera los huevos de los nidos de los pájaros entretejidos con el acantilado.

Erik y Dag están entre los primeros en volver; papá, entre los últimos. Papá solo tiene un brazo y Dag está quemado; una línea negra lo atraviesa desde el hombro izquierdo hasta el pie derecho, lo cual, según mamá, significa que le cayó un rayo.

—Debió de ser rápido —dice, sin esconder la amargura—. Fácil.

Maren se acerca la nariz al hombro y se llena los pulmones de su olor.

Su hermano parece dormido, pero tiene la piel iluminada por esa horrible luz verdosa que ya ha visto en otros cuerpos arrastrados por la marea. Se ahogó. La suya no fue una muerte fácil.

Cuando Maren tiene que descender por el acantilado, recoge al hijo de Toril, atrapado como madera a la deriva entre las rocas afiladas. Tiene la edad de Erik y su cuerpo se desliza de sus huesos como carne picada en un saco. Maren le aparta el pelo oscuro de la cara y le quita un alga de la clavícula. Edne y ella tienen que atarlo por la cintura, las costillas y las rodillas para mantenerlo de una pieza y llevárselo a su madre. Se alegra de no ver la cara de Toril cuando le traen a su hijo. Aunque la mujer no le gusta demasiado, sus lamentos le atraviesan el pecho como si fueran agujas diminutas.

El suelo es demasiado duro para cavar, así que acuerdan dejar a los muertos en el cobertizo principal del padre de Dag, donde el frío los mantendrá tan congelados como a la tierra. Pasarán meses antes de que puedan atravesar la superficie para enterrar a sus hombres.

—¿Y si usamos la vela como sudario? —propone mamá, después de que se lleven a Erik al cobertizo.

Observa la vela remendada en el centro de la sala, como si Erik ya estuviera debajo de ella. Se encuentra en el mismo sitio donde la dejaron hace casi dos semanas. Maren y su madre la han rodeado, sin querer tocarla, pero Diinna la agarra y niega con la cabeza.

—Sería un desperdicio —responde, y Maren se alegra; no soporta la idea de enterrar a su padre y a su hermano con nada que tenga que ver con el mar. Diinna dobla la vela con movimientos hábiles mientras la apoya sobre su vientre y, en su gesto decidido, Maren atisba a la chica risueña que se casó con su hermano el verano anterior.

Sin embargo, Diinna desaparece el día después de que recuperen a Dag y a Erik. Mamá se pone de los nervios porque cree que se ha marchado para criar al niño con su familia sami. Dice algunas cosas horribles, aunque Maren sabe que no habla en serio. Llama a Diinna lapona, puta y salvaje, cosas que Toril o Sigfrid dirían.

—Siempre lo he sabido —se lamenta—. Nunca debí permitir que se casara con una lapona. No son leales, no son como nosotros.

Maren se muerde la lengua y le acaricia la espalda. Es cierto que Diinna pasó la infancia viajando y viviendo bajo las estrellas cambiantes, incluso durante el invierno. Su padre es un noaide, un chamán de buena reputación. Antes de que la kirke se estableciera casi de forma definitiva, su vecino Baar Ragnvalsson y muchos otros hombres acudían a él en busca de amuletos contra el mal tiempo. Aquello terminó cuando las nuevas leyes prohibieron ese tipo de prácticas, pero Maren todavía ve en la mayoría de las puertas las figuritas de hueso que los samis dicen que protegen de la mala suerte. El pastor Gursson hacía la vista gorda, aunque Toril y los de su calaña le instaban a que se esforzara más para eliminar tales costumbres.

Maren sabe que el amor que Diinna sentía por Erik era la razón por la cual había aceptado vivir en Vardø, pero se niega a creer que se marcharía así, después de haber perdido a tantos. Embarazada del bebé de Erik. No sería tan cruel como para arrebatarles lo único que les queda de él.

Al cabo de una semana, llegan noticias de Kiberg. El cuñado de Edne les cuenta que, aunque perdieron muchos barcos que estaban amarrados en el puerto, solo tres hombres perecieron. Cuando las mujeres se reúnen en la kirke para escuchar el mensaje, la inquietud general crece.

—¿Por qué no salieron a pescar? —pregunta Sigfrid—. ¿No vieron el banco de peces desde Kiberg?

Edne niega con la cabeza.

—Ni tampoco la ballena.

—Así que nos la enviaron —susurra Toril, y su miedo se extiende por los bancos en olas de murmullos.

La conversación es demasiado informal para un lugar sagrado, repleta de presagios y ornamentos, pero nadie se resiste a la oportunidad de chismorrear. Las palabras sirven de vínculos con los que unir hechos, que se consolidan con cada relato. Parece que a muchas ya no les importa lo que es verdad o no; están desesperadas por encontrar una razón, un orden a partir del cual reorganizar sus vidas, aunque se base en una mentira. Que la ballena nadaba bocarriba es ya incuestionable y, aunque Maren trata de protegerse del terror que la conversación le provoca, le cuesta mantenerse firme como Kirsten.

La mujer se ha mudado a la casa de Mads Petersson para cuidar mejor de los renos. Maren la mira, erguida con firmeza junto al púlpito. Apenas han hablado desde que Kirsten las desenterró de la nieve, excepto para intercambiar palabras de consuelo cuando sacaron a los hombres putrefactos del mar. Quiere hablar con ella cuando la reunión en la kirke termina, pero Kirsten ya ha salido por la puerta y se marcha a zancadas hacia su nuevo hogar, con el cuerpo inclinado para enfrentarse al viento.

Diinna vuelve el día que encuentran a papá. Cuando Maren se entera de su regreso, se oyen gritos en el cobertizo y echa a correr, imaginando todo tipo de desgracias, como otra tormenta, a pesar de que ve que el cielo sin sol está en calma, o que han encontrado a un hombre con vida.

Hay un grupo de mujeres reunidas alrededor de la puerta, encabezadas por Sigfrid y Toril, con los rostros retorcidos por la ira. Delante están Diinna y otro sami, un hombre bajito y fornido que mira con frialdad a las mujeres. No es el padre de Diinna, pero lleva un tambor de chamán en la cadera. Entre los dos sostienen una pieza enrollada de tela plateada. Al acercarse, mareada por el esfuerzo de la carrera, distingue la corteza de abedul.

—¿Qué ocurre? —le pregunta a Diinna, pero es Toril quien responde.

—Quiere enterrarlos con eso. —La mujer roza la histeria. Tiene la barbilla cubierta de saliva—. Como hacen ellos.

—No tiene sentido usar tela para tantos —repone Diinna—. Es…

—No permitiré que toquéis a mis hijos con eso. —Toril jadea más que Maren y mira el tambor como si fuera un arma. Sigfrid Jonsdatter asiente con aprobación cuando Toril avanza—. Ni a mi marido. Era un hombre temeroso de Dios, no quiero que os acerquéis a él.

—No te importó que te ayudase cuando quisiste tener otro hijo —espeta Diinna.

Toril se lleva la mano al vientre, aunque sus hijos nacieron hace ya mucho tiempo.

—Eso no es cierto.

—Todas sabemos que lo es, Toril —dice Maren, incapaz de permanecer en silencio ante una mentira—. Igual que tú, Sigfrid. Muchas habéis acudido a ella o a su padre.

Toril entrecierra los ojos.

—Jamás pediría ayuda a un hechicero lapón.

Hay un siseo colectivo. Maren da un paso al frente, pero Diinna levanta el brazo.

—Debería agujerearte la lengua, Toril, a ver si así pierdes algo de veneno. —La aludida se estremece—. Además, ni es brujería, ni es para ellos.

Diinna mira a Maren. Está preciosa bajo la luz azulada, que le remarca las facciones de la cara y las densas pestañas.

—Es para Erik.

—Y para mi padre. —A Maren se le quiebra la voz. No soportaría separarlos. Además, papá adoraba a Diinna y se sentía orgulloso de que su hijo se hubiera casado con la hija de un noaide.

—¿Ha regresado? —Maren asiente y Diinna se abraza los hombros—. También para herr Magnusson, por supuesto. Los velaremos. Podrá venir cualquiera que lo desee.

—¿A tu madre le parecerá bien? —Toril acorrala a Maren, que está demasiado cansada como para hacer nada más que asentir. La cabeza le pesa.

Al final, acuerdan que los hombres que vayan a recibir el rito sami se llevarán al segundo cobertizo, que habría sido la casa de Maren. Solo trasladan a dos junto con Erik y papá: al pobre Mads Petersson, que no tiene familia que hable en su nombre, y a Baar Ragnvalsson, que a menudo subía a las montañas y vestía ropas sami.

El segundo cobertizo habría sido un buen hogar. Solo la entrada es tan grande como la habitación de Diinna y Erik y la estancia principal no tiene nada que envidiar a la de la casa del padre de Dag, la más grande del pueblo. La cama está dispuesta sobre unos tablones, esperando a que las cuidadosas manos de Dag la monten.

Se llevan la madera para preparar un fuego y dejan a Erik y a su padre en el suelo desnudo. Maren tiene que llevar a Dag al cobertizo principal; su madre, fru Olufsdatter, no le ha dirigido la palabra, ni siquiera la ha mirado a los ojos.

Maren arranca a Erik un mechón de pelo oscuro congelado y se lo mete con cuidado en el bolsillo. Cuando deja a Diinna y al noaide en la silenciosa habitación, se dirige al cobertizo principal. Una de las mujeres ha clavado una cruz por encima de la puerta que, más que una bendición para quienes están dentro, parece una advertencia para los que están fuera.

Cuando llega a casa, mamá está dormida, con el brazo sobre los ojos, como si se escondiera de una pesadilla.

—¿Mamá? —Quiere hablarle del noaide y del segundo cobertizo—. Diinna ha vuelto.

No responde. Parece que apenas respira y Maren resiste el impulso de acercarle la mejilla a la boca para comprobar si sigue viva. En vez de eso, saca el mechón de pelo del bolsillo y lo acerca al fuego. Al calentarse, se enrolla y forma uno de los preciosos rizos de Erik. Le hace un corte a su almohada y mete el mechón dentro, con el brezo.

Todos los días, después de ir a la kirke, Maren vuelve al segundo cobertizo, aunque no se atreve a dormir allí como Diinna y el hombre del tambor. No habla noruego y su nombre es difícil de pronunciar, así que Maren lo llama Varr, vigilante, porque así le parece que suena el principio de su nombre cuando él lo pronuncia, antes de que sus oídos inexpertos se pierdan el resto.

Cada vez que visita a su padre y a Erik, espera fuera y escucha a Varr y Diinna hablar en su lengua. Siempre se callan en cuanto llama a la puerta y Maren siente que ha interrumpido algo indecente o muy privado. Como si rompiera algo, y se siente torpe solo por estar ahí.

Habla en noruego con Diinna y esta traduce para Varr. Sus frases siempre son más cortas, como si su lengua tuviera palabras mejores y más precisas para expresar lo que Maren quiere decir. ¿Cómo será tener dos lenguas en la cabeza, en la boca? ¿Mantener una escondida como un oscuro secreto en el fondo de la garganta? Diinna siempre ha vivido a caballo entre Vardø y otros lugares, aparecía de vez en cuando desde que Maren era una niña junto a su silencioso padre, que venía a remendar redes o a tejer amuletos.

—Vivíamos aquí —le dijo Diinna una vez, cuando Maren aún le tenía un poco de miedo; era una chica con pantalones y un abrigo ribeteado con la piel de un oso que ella misma había despellejado y cosido.

—¿Esta tierra es vuestra?

—No. —La voz de la chica fue tan firme como su mirada—. Solo vivíamos aquí.

A veces, Maren oye el ritmo del tambor, constante como el latido de un corazón, y esas noches duerme mejor, a pesar de los murmullos de las feligresas más severas al respecto. Diinna le explica que el tambor despejará el camino para que los espíritus se separen limpiamente de los cuerpos y que no tengan miedo. Pero Varr nunca toca cuando Maren está cerca. El instrumento es amplio como una artesa, con la piel estirada y tensa sobre un cuenco poco profundo de madera pálida. Tiene algunas marcas pequeñas en la superficie: un reno con un sol y una luna en la cornamenta, hombres y mujeres unidos como cadenas de papel por las manos en el centro y, en la parte inferior, un remolino de horribles criaturas mitad hombres mitad bestias que se retuercen.

—¿Es el infierno? —pregunta a Diinna—. ¿Y eso el cielo? ¿Somos nosotros los del medio?

Diinna no se lo traduce a Varr.

—Todo está aquí.

Capítulo 4

A medida que el invierno empieza a liberar Vardø y los almacenes de alimentos se vacían, el sol se eleva cada vez más cerca del horizonte.

Para cuando nazca el bebé de Diinna y Erik, tendrán días inundados de luz.

Maren siente que un ritmo tenso se apodera de Vardø, y su rutina se va asentando. Van a la kirke, al cobertizo, se ocupan de las tareas domésticas, duermen. Aunque las líneas que separan a Kirsten y Toril o a Diinna de las otras son cada vez más evidentes, trabajan unidas como los remeros de un bote. Es una cercanía que nace de la exigencia: se necesitan las unas a las otras más que nunca, sobre todo cuando la comida empieza a escasear.

Les envían algo de grano de Alta y un poco de pescado seco de Kiberg. De vez en cuando, los marineros atracan en el puerto y reman hasta la orilla cargados con pieles de foca y aceite de ballena. Kirsten no se avergüenza de hablar con ellos y cierra buenos tratos, pero empiezan a quedarse sin artículos con que comerciar. Además, cuando llegue el momento de sembrar los campos, nadie vendrá a ayudar.

Maren aprovecha los ratos libres del día para pasear por el cabo donde Erik y ella jugaban de niños, entre los matorrales de brezo que se recuperan después de un invierno sin sol. Pronto le llegarán a la altura de las rodillas y el aire quedará tan impregnado de su dulce aroma que le dolerán los dientes.

Por la noche, el duelo es más difícil de soportar. La primera vez que toma una aguja, se le pone la piel de gallina y la deja caer como si le quemase. Todos sus sueños son oscuros y están llenos de agua. Ve a Erik atrapado en botellas cerradas y el enorme agujero del brazo de su padre, lamido por el mar, por el que se atisba el blanco del hueso. Casi siempre viene la ballena; el sombrío casco que es su cuerpo arrasa su mente y no deja nada bueno ni vivo a su paso. A veces, se la traga entera y, otras, la encuentra varada y Maren se tumba a su lado, mirando fijamente al ojo del animal, mientras su hedor le llena las fosas nasales.

Sabe que mamá también tiene pesadillas, pero duda que se despierte con el sabor de la sal en la lengua y que el mar le salpique el aliento. En ocasiones, Maren se pregunta si habrá sido ella quien ha provocado esta vida para todas con su deseo de pasar tiempo a solas con Diinna y mamá. Aunque Kiberg está cerca y Alta tampoco se encuentra lejos, ningún hombre se ha mudado a la isla. Maren quería pasar tiempo con las mujeres y ahora es lo único que hace.

Se imagina que Vardø siguiera así para siempre: un lugar sin hombres, pero que sobrevive a pesar de todo. El frío empieza a ceder y los cuerpos se ablandan. Cuando termine el deshielo, enterrarán a los muertos y, con suerte, algunas de las divisiones desaparecerán con ellos.

Maren añora sentir la tierra bajo las uñas y el peso de una pala en las manos; quiere que Erik y papá descansen por fin, inmaculados en sus mortajas de abedul plateado. Todos los días, comprueba el huerto de su casa y raspa el suelo con las uñas.

Cuatro meses después de la tormenta, el día en que consigue hundir la mano en la tierra, corre a la kirke para anunciar que por fin pueden cavar. Sin embargo, las palabras se le quedan atascadas en la garganta: hay un hombre apostado en el púlpito.

—Este es el pastor Nils Kurtsson —dice Toril con reverencia—. Lo han enviado desde Varanger. Alabado sea Dios, no nos han olvidado, después de todo.

El pastor mira a Maren con sus ojos apagados. Es escuálido como un muchacho.

Apartada de su puesto habitual, Kirsten toma asiento junto a Maren y su madre. Cuando acaba el servicio, se inclina para susurrarle al oído a la primera.

—Espero que sus sermones no sean tan endebles como esa barbilla.

Pero lo son, y Maren supone que el pastor Kurtsson debe de haber hecho algo horrible para acabar en Vardø. Es delgaducho y resulta evidente que no está acostumbrado a la vida junto al mar. No les ofrece palabras de consuelo para afrontar sus dificultades particulares y parece algo asustado ante la imagen de la sala llena de mujeres que cada sábado llenan la kirke. Se escabulle a la casa contigua en cuanto pronuncia el último «amén».

Ahora que la kirke vuelve a estar santificada, las mujeres pasan a reunirse los miércoles en la casa del padre de Dag, donde fru Olufsdatter ha quedado reducida a un susurro entre las habitaciones de su casa demasiado grande. Los chismes son los mismos, pero las mujeres tienen más cuidado. Como Toril dijo, no las han olvidado, y Maren está segura de que no es la única a quien le inquieta pensar lo que eso podría significar.

La semana de su llegada, el pastor manda venir a diez hombres de Kiberg, entre los que se encuentra el cuñado de Edne; Maren siente una envidia inesperada cuando llegan para enterrar a los muertos. Tardan dos días en cavar las tumbas y, dado que la oscuridad de la noche es cada vez más corta, trabajan hasta tarde. Son ruidosos y se ríen demasiado para la tarea que llevan a cabo. Duermen en la kirke y se apoyan en las palas para mirar a las mujeres cuando pasan. Maren mantiene la cabeza gacha, pero, aun así, se acerca para ver cómo progresan a cada hora que pasa.

Las tumbas están en el lado noroeste de la isla; una fosa oscura tras otra, tantas que a Maren le da vueltas la cabeza. La tierra se amontona al lado y, mientras observa desde una distancia segura, se imagina el dolor en los brazos, el sabor a suciedad en la boca y el sudor perlándole la piel. No le parece correcto que sean otros quienes caven las tumbas, después de todo lo que las mujeres han visto, de recoger a sus hombres de entre las rocas y velarlos durante el invierno. Cree que Kirsten estaría de acuerdo con ella, pero no quiere armar escándalo. Quiere que su padre y su hermano estén bajo tierra, que pase el invierno y que los hombres de Kiberg se marchen.

La mañana del tercer día, sacan a los muertos del primer cobertizo. Ya empiezan a oler y tienen el estómago hinchado bajo los sudarios de tela que ha cosido Toril. Los dejan junto a las tumbas abiertas; el blanco intenso contrasta con la tierra recién removida.

—¿Sin ataúdes? —pregunta un hombre mientras arranca un sudario.

—Cuarenta muertos —dice otro—. Demasiado trabajo para un pueblo lleno de mujeres.

—Un sudario lleva más trabajo que un ataúd —responde Kirsten con frialdad y Toril se sonroja por la sorpresa—. Le agradecería que no tocase a mi marido.

Kirsten se sienta al borde de la tumba y, antes de que Maren comprenda qué pretende hacer, ya ha saltado dentro y solo le sobresalen la cabeza y los hombros, con los brazos extendidos.

Los hombres comparten murmullos mientras Kirsten toma a su marido y desaparece al bajarlo. Vuelven a verla cuando se impulsa para salir y vislumbran un reflejo de su pierna descalza, cubierta por la media.

Toril chasquea la lengua con desaprobación y le da la espalda. Uno de los hombres ríe, pero Kirsten los ignora, toma un puñado de tierra del montículo y la arroja sobre su marido. Después, pasa por delante de Maren, lo bastante cerca como para verle las lágrimas en las mejillas. Debería acercarse a ella y decir algo, pero siente la lengua inútil como una piedra.

—Después de todo, sí que lo amaba —murmura mamá, y Maren se muerde la lengua para no responder. Cualquier idiota habría visto que Kirsten amaba a su marido. Los veía a menudo paseando juntos y compartiendo risas como grandes amigos. La llevaba a los campos y, a veces, salían juntos a navegar. Si lo hubiera acompañado el día de la tormenta, las mujeres de Vardø estarían todavía más perdidas de lo que ya están.

El pastor Kurtsson avanza para bendecir la tumba. Aprieta la mandíbula y Maren supone que le avergüenza que Kirsten haya sido tan atrevida ante los hombres.

—Que la misericordia de Dios sea contigo —entona con su voz vacilante, sin añadir mucho sobre el hombre que nunca conoció.

—Kirsten no debería haber hecho eso. —Diinna aparece junto a Maren y observa al pastor. Se apoya la mano en el vientre. El bebé llegará en cualquier momento y la pena bloquea la garganta a Maren; su hermano estará bajo tierra antes de que su hijo respire. Siente el impulso repentino de alargar la mano y tocar a su cuñada, de sentir el calor de su estómago y del bebé que lleva dentro, pero ni siquiera la Diinna de antes habría tolerado algo así. La nueva Diinna es dura como una piedra y Maren no se atreve ni a preguntar.

Ninguna otra mujer participa en el entierro de sus parientes. Los hombres trabajan de forma metódica: dos levantan un cuerpo y se lo pasan a otros dos, dentro de la tumba. Las familias se adelantan para lanzar un puñado de tierra, el pastor Kurtsson bendice la tumba y la cubren. Nadie llora ni cae de rodillas. Las mujeres están cansadas, entumecidas, hastiadas. Toril reza sin cesar y las palabras se mecen al viento.

El ciclo se repite hasta que llega el momento de vaciar el segundo cobertizo. El pastor Kurtsson arquea una ceja pálida al ver el sudario de abedul plateado. Mamá tira del de papá y alterna la mirada entre el pastor y Maren.

—A lo mejor deberíamos pedir a Toril…

—No me queda tela —dice la aludida.

—Tengo una vela…

—Tampoco me queda hilo —añade Toril, que les da la espalda para marcharse a casa, con su hijo y su hija a rastras.

La siguen Sigfrid y Gerda. Maren está segura de que Diinna, mamá y ella se quedarán solas para enterrar a sus muertos, pero las demás mujeres no se marchan para ver cómo bajan y cubren a Mads, luego a papá, a Erik y, por último, a Baar.

Esa noche, cuando los hombres de Kiberg ya se han marchado, Maren camina hacia las tumbas con el mechón de pelo de Erik en el bolsillo y la idea de enterrarlo con él. Ha decidido que es un recuerdo macabro y que podría envenenar sus sueños, dejar que el mar se filtre en ellos. Las noches ya no son tan oscuras como en invierno y, en la penumbra, las tumbas se le antojan una manada de ballenas en el horizonte, jorobadas y amenazantes. Es incapaz de acercarse.

No obstante, sabe lo que son: terreno sagrado, bendecido por un hombre de Dios, donde no hay nada más que los restos de sus hombres. Sin embargo, ahora, mientras el viento silba entre los canales abiertos de la isla y las casas iluminadas quedan a su espalda, caminar hacia ellos le parece tan malhadado como saltar de un acantilado. Se las imagina saltando y cayendo, y siente que el mundo se tambalea bajo sus pies. Confundida, deja de apretar el mechón de pelo de Erik y el viento se lo arranca de los dedos y se lo lleva volando.

Más tarde, esa misma noche, el ruido de la puerta despierta a Maren. Mamá está acurrucada entre las mantas como un caracol dentro de su caparazón, inhalando aire viciado. Ha insistido en que sigan compartiendo la cama, aunque Maren duerme peor así.

Se incorpora y se tensa por los nervios cuando la puerta se cierra. No ve a nadie, solo siente una presencia. Oye una especie de gruñido y una respiración agitada, como la de un animal. Suena como si tuviera la boca llena de tierra y se ahogara.

—¿Erik?

Se pregunta si lo ha invocado, si lo ha conjurado con sus sueños y oraciones, y se asusta tanto que pasa sobre el cuerpo de su madre para alcanzar el hacha de papá. Entonces, oye a Diinna sollozar cuando una sacudida de dolor la hace caer de rodillas y distingue su silueta. Maren se reprende a sí misma: un espíritu no abriría una puerta y, además, un hacha no le serviría de nada.

—Iré a buscar a fru Olufsdatter.

—No —replica Diinna sin aliento—. Quiero que seas tú.

Guía a Diinna hasta la alfombra frente a la chimenea. Mamá está despierta y aviva el fuego para que la luz se derrame sobre el suelo, trae unas mantas y pone agua a calentar. Luego, agarra una tira de cuero para que Diinna la muerda y empieza a hacer sonidos relajantes.

No les hace falta la correa; Diinna tan solo emite algunos jadeos. Suena como un perro maltratado, gime y se muerde el labio. Maren se coloca junto a su cabeza y mamá le quita la ropa interior. Está mojada y toda la habitación huele al sudor de Diinna. Está empapada; Maren le seca la frente con un paño mientras trata de no mirar el oscuro montículo entre las piernas de Diinna, donde las manos de su madre resbalan y trabajan. Nunca ha visto nacer a un niño, solo animales, y, a menudo, no sobreviven. Intenta desterrar los recuerdos de lenguas flácidas que cuelgan entre mandíbulas blandas.

—Ya viene —sentencia mamá—. ¿Por qué no nos has avisado antes?

Diinna apenas puede hablar por el dolor, pero susurra:

—He golpeado la pared.

Maren le seca la frente de nuevo y le susurra al oído, disfrutando de la cercanía que el dolor de Diinna les permite, como en los viejos tiempos. Pronto, la luz que atraviesa el fino tejido de las cortinas de la ventana se encuentra con la del fuego y quedan atrapadas en una neblina blanca y brillante. Maren siente que la bruma del mar la envuelve mientras Diinna se aferra a ella como si fuera un ancla para que la mantenga firme entre las mareas del dolor. La besa en la frente y le sabe a sal.

Cuando por fin llega el momento de empujar, Diinna aletea como un pez fuera del agua y convulsiona contra el suelo.

—Sujétala —ordena mamá.

Maren lo intenta, pero nunca ha sido más fuerte que Diinna y no espera serlo ahora. Se sienta detrás para que se apoye en ella y le susurra al oído. Sus propias lágrimas se mezclan con las de su cuñada mientras esta se retuerce y, al final, un grito sale de entre sus piernas y responde a sus lamentos.

—Es un niño. —La voz de mamá refulge de alegría, aunque esconde un deje de dolor—. Un niño, como pedí en mis oraciones.

Diinna se deja caer hacia atrás y Maren la recuesta en el suelo, la abraza y le besa las mejillas mientras escucha el estruendo metálico del llanto del bebé. Su madre agarra una cuchilla para cortar el cordón y limpia la sangre que cubre al niño con un trapo. Diinna se aferra a ella en un llanto desconsolado. Las dos tiemblan, empapadas y exhaustas, hasta que mamá codea ligeramente a Maren y coloca el bebé en el pecho de Diinna.

Es diminuto, tiene la piel arrugada y está pegajoso por la placenta. Sus pestañas oscuras contrastan con sus mejillas níveas. A Maren le recuerda a un pajarillo que encontró en una ocasión. El animal se había caído del nido en el techo de musgo; tenía la piel tan fina que veía cómo se le movían los ojos debajo de los párpados cerrados y los latidos del corazón le sacudían el cuerpecito. En cuanto lo tocó, con la intención de devolverlo al nido, dejó de moverse.

Al gritar, el bebé levanta los diminutos hombros; está claro que la boquita le funciona. Diinna se baja el camisón y le acerca un pezón oscuro a la boca. Tiene una cicatriz sobre una clavícula, una quemadura que Maren recuerda que la causó una olla llena de agua hirviendo, aunque no se acuerda de quién se la arrojó. Quiere besarla también ahí, para suavizar la piel.

Mamá termina de limpiarla. Entre lágrimas, se levanta para tumbarse a su lado y posa la mano sobre la de Diinna, que descansa en la espalda del recién nacido. Maren duda un segundo antes de acercar la suya también. El bebé está sorprendentemente caliente y huele a pan fresco y a tela limpia. Siente que el pecho se le encoge, sus anhelos la hieren.

3 de junio de 1618

Estimado señor Cornet:

Le escribo por dos motivos.

En primer lugar, para agradecerle su generosa misiva del 12 de enero de este año. Aprecio sinceramente sus palabras de felicitación. Me siento honrado de que se me haya nombrado lensmann de Finnmark; como bien dice, esta es una oportunidad de servir a nuestro Señor Dios en ese problemático lugar, que hiede al aliento del Diablo y donde hay mucho trabajo por hacer. El rey Cristián IV busca consolidar la posición de la Iglesia, pero las leyes contra la hechicería se aprobaron hace solo un año y, aunque se inspiran en el Daemonologie, todavía les falta mucho para igualar los logros de nuestro rey Jacobo en Escocia y las islas Exteriores. Ni siquiera se han promulgado todavía en mi nueva provincia. Por supuesto, cuando asuma el cargo el año que viene, procederé a rectificar esta situación.

Lo cual me lleva al segundo motivo de esta carta. Como sabe, admiro mucho su intervención en el juicio de Kirkwall de 1616 contra la bruja Elspeth Reoch, del que se habló incluso aquí. Como le escribí en su momento, aunque los elogios del público se dirigieron al fanfarrón Coltart, soy consciente del apoyo que prestó y de que fue su pronta actuación la que ayudó a detectar el incidente cuando aún había tiempo. Es justo este camino el que debe tomarse en Finnmark: necesitamos hombres capaces de seguir las enseñanzas del Daemonologie para «descubrir, juzgar y ejecutar a quienes practican los maleficios».

Así, le escribo para ofrecerle un puesto a mi lado, a fin de acabar con estos males particulares. La causa de muchos de los problemas se encuentra en un sector de la población local, endémico en Finnmark: una comunidad nómada a la que se refieren como «lapones». En cierto modo, se asemejan a los gitanos, pero su magia se sirve del viento y otras condiciones climáticas. Como ya he mencionado, existe una legislación contra este tipo de hechicería, pero no se aplica con la firmeza necesaria.

Como hombre de las Órcadas, no es necesario que le explique las peculiaridades del clima ni de las estaciones en un lugar como este. Le advierto, empero, de que la situación es grave. Desde la tormenta de 1617 (recordará que se habló de ella en los diarios de Edimburgo; yo mismo me encontraba en ese momento en alta mar y su fuerza se sintió hasta en Spitsbergen y Tromsø), las mujeres han quedado abandonadas a su suerte. La población salvaje lapona se mezcla sin trabas con los blancos. Enfrentarse a su magia no será una tarea fácil. Incluso los marineros acuden a esta brujería del clima. Sin embargo, creo que, con su ayuda y la de un pequeño grupo de hombres capaces y temerosos de Dios, venceremos a la oscuridad incluso en la negrura eterna del invierno. Aun aquí, en los límites de la civilización, las almas deben acceder a la salvación.

Por supuesto, sus esfuerzos se verían recompensados. Tengo intención de instalarlo en una vivienda de tamaño considerable en Vardø, cerca del castillo donde se encontrará el centro de mi poder. Tras cinco años aquí, le escribiré una carta de recomendación adecuada para cualquier empresa que desee emprender.

Por favor, medite bien esta oferta. No dudo de que Coltart lo detectaría, pero no es el tipo de hombre que necesito.

Piénselo, señor Cornet. Esperaré su respuesta.

John Cunningham (Hans Køning)

Lensmann del condado de Vardøhus

Capítulo 5

Para cuando nace su sobrino, el cuerpo de Maren se ha convertido en algo que ella misma carga con esfuerzo, con lástima y cierta repugnancia. Está hambriento y no la obedece. Cuando se pone en pie, siente como si tuviera burbujas entre los huesos que le explotan en los oídos.

El dolor no te alimenta, pero te llena. Lo han ignorado hasta ahora, pero cuando Kirsten Sørensdatter solicita permiso para hablar en la kirke, seis meses después de la tormenta, Maren repara por fin en la piel flácida de la mandíbula de la mujer y en las marcadas venas de su madre, que recorren sus brazos con orgullo. Tal vez las demás también se dan cuenta, porque se deshacen de su habitual postura encogida durante los sermones y la observan con atención, erguidas.

—Las cosas no cambiarán por mucho que esperemos —comienza a decir Kirsten, como si retomase una conversación. Frunce el ceño por encima de sus ojillos azules—. Nuestros vecinos han sido amables, pero todas sabemos que la amabilidad tiene un límite. Debemos empezar a cuidar de nosotras mismas. —Se endereza; algo hace clic—. Ya no hay hielo, tenemos el sol de medianoche y disponemos de cuatro barcos aptos para navegar. Es hora de pescar. Necesitamos veinte mujeres, tal vez dieciséis. Yo seré una. —Mira a su alrededor.

Maren espera que alguien, Sigfrid, Toril o incluso el pastor, diga algo y se oponga. Él también ha adelgazado, a pesar de que tenía poco peso que perder. Lo que Kirsten dice es lógico, aunque se exprese con pocas palabras. Maren levanta la mano junto a otras diez mujeres. Al hacerlo, experimenta la misma sensación de inestabilidad que se produce cuando te inclinas hacia el viento y sientes que este se desvanece justo cuando encuentras el equilibrio. Mamá la observa en silencio.

—¿Nadie más? Con eso, solo podremos sacar dos barcos —comenta Kirsten. Las mujeres apartan la mirada y se remueven inquietas en los bancos.

Creyeron que ya estaba decidido. Sin embargo, aunque el pastor no se opuso en la kirke, Toril llega el miércoles siguiente con la noticia de que el pastor Kurtsson ha recuperado la voz y ha escrito una carta.

—Qué inteligente —dice Kirsten, sin levantar la vista de su tarea: teje un par de guantes de piel de foca; para agarrar mejor los remos, supone Maren.

—Al hombre que pronto se hará cargo de Vardøhus —añade Toril, e incluso Kirsten se queda quieta y levanta la vista.

—¿Se instalará en la fortaleza? ¿Aquí? —pregunta Sigfrid. Los ojos le brillan por la curiosidad—. ¿Estás segura?

—¿Conoces alguna otra? —replica Toril, pero Maren entiende la pregunta. La fortaleza ha estado vacía durante toda su vida.

Además de Maren, Diinna y mamá también han dejado de trabajar. Las tres mujeres remendaban una vieja red que Diinna apoyaba en su regazo, debajo del pequeño Erik, al que carga con una tela. Agacha tanto la cabeza que parece una mamá pájaro alimentando a sus crías.

Es imposible olvidar la última vez que las tres trabajaron juntas de ese modo y a Maren le incomoda sujetar la aguja. Posa la mano sobre el fino hilo, para saber dónde ha parado. La madre de Dag, fru Olufsdatter, ha colocado bancos a lo largo de los bordes de la cocina y se sientan en ellos como si estuvieran en la cubierta de un bote cuadrado. La luz del fuego hace bailar el suelo.

—Tendremos un nuevo lensmann, Hans Køning. Según el pastor Kurtsson, viene por orden directa del rey Cristián, hará grandes cambios e impondrá nuevas restricciones para asistir a la kirke. —Toril mira directamente a Diinna—. Tiene intención de asentar a los lapones y traerlos al camino de Dios.

Diinna se remueve junto a Maren, pero le sostiene la mirada a Toril.

—No lo logrará con hombres como Nils Kurtsson —contesta Kirsten—. Ese no sería capaz ni de llevar una vaca a pastar.

Diinna se traga una risotada y retoma la costura.

—El pastor Kurtsson me ha dicho que su próximo sermón será para detenerte —dice Toril, y entrecierra los ojos para mirar a la cabeza de Diinna—. Al lensmann no le parecerá adecuado que salgamos a pescar.

—Todavía no ha llegado. Además, el decoro no nos alimentará —responde Kirsten—. Solo los peces. Me da igual lo que piense un escocés.

—¿Es escocés? —Sigfrid arquea las cejas—. ¿Por qué no un noruego o un danés?

—Estuvo en la flota danesa muchos años —explica Kirsten sin levantar la mirada del bordado—. Liberó Spitsbergen de los piratas. El mismo rey lo escogió y lo envió a Vardøhus.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Toril.

Kirsten no levanta la vista.

—No eres la única con orejas, Toril. Hablo con los marineros que vienen al puerto.

—Ya lo he notado —replica Toril—. Una mujer no debería hacer algo así.

Kirsten la ignora.

—Sea lo que sea lo que el pastor Kurtsson decida farfullar el sábado, me va a costar escucharlo con los rugidos de mi estómago.

Maren contiene una risa. Si hubiera sido cualquier otra y no Kirsten la que hubiera propuesto salir a la mar, no se lo habrían permitido. Sin embargo, siempre ha sido una mujer particular, terca y fuerte y, cuando llega el sábado, las advertencias tibias del pastor Kurtsson no sirven de nada para detenerlas. No ha recibido respuesta del lensmann, así que Kirsten insiste en que sigan adelante.

En lugar de asistir a la reunión del miércoles, ocho mujeres se reúnen en la orilla del puerto. Han perdido a algunas voluntarias tras la noticia de la carta al lensmann, así que al final solo saldrán en un barco.

Visten las pieles de foca y los gorros de los hombres muertos y llevan las manos envueltas en gruesos guantes que dificultan el movimiento. Los remos están más altos que sus cabezas cuando miran el embrollo de redes remendadas, tan enrevesadas como la maraña de pelo que Maren arranca a diario del peine hecho con espinas de pescado de mamá.

—En fin. —Kirsten aplaude con sus anchas manos—. Necesitamos a tres. ¿Maren? Ayúdame.

Aunque tiene las manos grandes, son más hábiles que las de Maren, cuyos dedos se raspan y se enganchan con el fino tejido de las redes. Hace un buen día; el cielo, aunque nublado, es de un color claro y el frío penetrante que las ha calado hasta los huesos durante tantos meses ha desaparecido.

Extienden tres redes en la orilla del puerto y las demás las cargan con piedras negras resbaladizas. Después, de una en una, Kirsten les enseña cómo plegarlas para abrirlas con facilidad.

—¿Cómo sabes todo esto? —pregunta Edne.

—Mi marido me enseñó.

—¿Por qué? —dice Edne; hay una conmoción evidente en su fina voz.

—Menos mal que lo hizo —responde Kirsten—. Vamos con la siguiente.

Las observan desde las ventanas y, sobre todo, desde la puerta de la kirke. La débil silueta del pastor Kurtsson se contrasta con el brillo de las velas y la cruz de madera que brilla tras él. Las juzgan, y no de manera favorable.

Por fin, cargan las redes y suben al barco. Mamá le ha preparado comida a Maren, igual que hacía con Erik y papá: pan ácimo con semillas de lino y una tira de bacalao seco de la última vez que papá salió a pescar. Le contó a Maren este detalle con orgullo, como si fuera una bendición, en vez de como Maren lo siente: como un presagio. Una fina capa de cerveza le cubre el corazón.

Antes de subir a bordo, Maren hace lo que ha evitado durante meses y mira al mar, que golpea el costado del barco de Mads con dedos despreocupados. «Olas», se corrige Maren. El mar no tiene dedos, ni manos, ni una boca que abrir para engullirla. No la mira ni piensa en ella.

Agarra un remo y, con Edne al lado, empieza a remar. Ninguna persona de las que las miran las animan ni saludan y, en cuanto se ponen en marcha, les dan la espalda.

Kirsten las ha emparejado por tamaño. Edne y Maren tienen una altura y edad similares, aunque Edne es un poco más delgada. Maren tiene que templar los movimientos para acompasarse a los suyos y, por el traqueteo al avanzar, diría que las demás todavía no han deducido la necesidad de hacer concesiones y ajustarse al ritmo de sus parejas. Concentrarse en ese cálculo la distrae lo bastante como para que no le importe mucho que la tierra se aleje cada vez más, que pronto saldrán del puerto y se adentrarán en el mar de verdad, lleno de ballenas, focas, tormentas y hombres que se ahogaron y jamás regresaron.

Le duelen los brazos a los pocos minutos. Aunque todas están acostumbradas a trabajar, este es un movimiento diferente; se dobla hacia adelante y se estira hacia atrás, desde los hombros y los brazos hasta el cuello y la espalda, con el duro asiento bajo los muslos. Los pájaros empiezan a sobrevolarlas en círculos y se acercan tanto al barco que Edne chilla.

El aliento de Maren suena como una canción, un silbido que le baja a los pulmones y vuelve a subir acompañado de aire viciado y polvoriento. El pelo le gotea sudor y agua de mar por la parte de atrás del abrigo. Ya tiene la cara entumecida y los labios se le agrietan alrededor del aliento fétido que emana. No es de extrañar que los hombres se dejasen crecer la barba; con la cara desnuda, se siente tan poco preparada para el mar como un recién nacido.

Llegan a la bocana del puerto y, de repente, están en mar abierto. El viento sopla más fuerte en cuanto salen de la ensenada y un par de mujeres gritan cuando el barco se mece por la fuerza renovada de las olas.

—Primera red —ordena Kirsten con voz firme.

Edne y Maren la despliegan mientras las demás siguen remando. Extienden la red como si le pusieran sábanas nuevas a una cama y la arrojan. Se asienta como una manta sobre las olas y se hunde, anclada a la superficie por tapones de corcho. La arrastran desde el barco con una cuerda y lanzan la otra red por el lado opuesto.

—Echad el ancla —dice Kirsten.

Magda y Britta la tiran por la borda y dejan que el metal pesado se hunda. Los hombres soltarían amarras por completo e irían más lejos para abarcar más, pero ellas son reacias a ir más allá de la isla de Hornøya. El dolor de los brazos de Maren se ha convertido en pesadez y se esfuerza para no mirar el farallón que acecha a apenas treinta metros de distancia.

Con el barco asegurado y las redes echadas, empiezan a sentir algo cercano a la alegría. Magda se ríe de los pájaros que vuelan en picado y Maren se contagia de su risa. Entonces, vuelven a callarse de forma igual de repentina, pero se sienten aliviadas. Se recuestan en los huecos del barco y comparten la comida. Las nubes se apartan y, aunque no nota el calor, el sol comienza a enrojecer la nariz de Maren. Se siente cansada y feliz, y no piensa en ningún momento en la ballena.

Después de una hora más o menos, una sombra cruza el sol, las nubes se mueven rápidas y el mar se embravece de nuevo. Se forma un silencio horrible, pero no hay nada que hacer más que esperar. Spitsbergen, donde, según Kirsten, el lensmann se enfrentó a los piratas, se encuentra más allá del horizonte que brilla en el hielo. Es posible que desde donde están se vea el fin del mundo.

—Las redes —dice Kirsten—. Vamos.

Maren sabe que ha sido una buena salida de pesca en cuanto empiezan a tirar. La red pesa y tira de sus brazos doloridos, pero tan pronto como el primer pez rompe la verdosa pared del agua, entre convulsiones, gritan de alegría con la garganta desgarrada. Tiran más fuerte y más rápido hasta que cargan media red en el barco.

Además de bacalao skrei y otros peces blancos que pueden secarse, hay arenques claros y plateados como agujas y salmones que se retuercen hasta que Kirsten los recoge, uno a uno, y les golpea la cabeza contra los costados del barco. Edne retrocede, pero Maren lo celebra con las demás. La otra red está casi igual de llena y una única gallineta se agita desconcertada entre los bacalaos. Maren la levanta casi con ternura y la agarra con fuerza por la cola. El chasquido de la cabeza contra la madera le provoca un escalofrío en el dolorido vientre.

—Bien hecho —dice Kirsten, con una mano en su hombro. Por un momento, Maren se imagina que se tiñe las mejillas de sangre como un hombre después de una cacería.

Todavía hay bastante luz para volver a lanzar las redes, pero no quieren tentar a la suerte. Ponen rumbo a casa y ahora miran de frente al mar abierto, interrumpido solo por la isla de Hornøya y su barrera de rocas amontonadas. Edne susurra una oración entre dientes y Maren cierra los ojos para respirar hondo mientras siente el tirón del remo.

El trayecto a casa se le hace corto y todas se adaptan al ritmo de las demás con facilidad, como una melodía bien entonada. Nadie las espera cuando se acercan. Kirsten salta a la orilla para amarrar el barco mientras Maren observa el agua oscura y piensa que, tal vez, la ballena las ha seguido todo el tiempo y ahora emergerá para destrozar el barco desde la popa.

Sin embargo, pronto la ayudan a poner los pies en el puerto. El suelo le parece inestable; la tierra se ha vuelto extraña después de pasar solo medio día en el mar y se pregunta cómo los marineros soportan regresar a tierra firme. Las demás mujeres se acercan cuando llevan la pesca a las artesas, lideradas por Toril. Un débil júbilo las invade cuando vacían las redes; Maren apenas se cree cuántos peces hay.

—Dios provee —afirma Toril, aunque el dolor en los brazos de Maren le dice que no ha sido Dios, sino ellas, quienes han traído alimento a casa.

Mamá llega hasta el puerto como una inválida, apoyada en Diinna, y con el sombrerito del pequeño Erik asomándole por encima del hombro. Diinna frunce los labios. No le gusta que la dejen sola con mamá; últimamente, está ausente. Entorpece y hace mal las tareas domésticas, zurce las medias ya remendadas y se olvida de cerrar los frascos, cuyo contenido se echa a perder. Maren no duda de que Diinna habría preferido estar en el barco que quedarse en casa con su hijo y con su madre.

Ayuda a clasificar los peces y, además de la parte que le corresponde, Kirsten le da a Maren la gallineta que ha matado. Quiere contar a mamá lo que ha hecho, pero esta se aleja.

—Tienes sangre en la mejilla —le dice, y después se da la vuelta para seguir a Diinna, cargada con su parte de la pesca, de regreso a la casa, y deja que Maren se limpie la mancha sola.

Cuando llega a casa, permite que Diinna la ayude a prepararlo todo menos el pescado rojo. Es Maren quien le limpia las escamas, dibuja una línea desde la cabeza aplastada hasta la estrecha cola y lo destripa. Coloca las tripas al lado de la tabla y no permite que Diinna las tire: son azules, rojas y translúcidas.

En su lugar, las arroja al fuego y contempla cómo chisporrotean hasta disolverse.

Usa las pinzas de colmillos de morsa de papá para sacar las espinas más finas del pescado y, cuando termina, lo cocina de inmediato, aunque lo mejor sería ahumarlo. Quiere comérselo ahora, cuando todavía está fresco y recuerda lo que se siente al sostenerlo vivo entre las palmas de las manos.

Mamá la mira desde la cama y frunce el ceño con cierta desaprobación. No prueba el pescado, no come nada esa noche. No le pregunta a Maren cómo le ha ido en el barco, ni le dice que está orgullosa. Se da la vuelta en la cama y finge dormir.

Como siempre, Maren sueña con la ballena. Tiene sal en la boca y los brazos tensos por el esfuerzo. Pero la ballena no está varada, sino que nada y, aunque es negra y tiene cinco aletas, no siente miedo. Se acerca a ella; está caliente como la sangre.

Capítulo 6

Los meses siguientes son a la vez nítidos e indefinidos. Ya no se habla de si deberían salir a la mar; lo hacen, cada semana. Más mujeres se les unen y pronto consiguen que tres barcos salgan con frecuencia, incluso cuando la estación cambia y la oscuridad comienza a acumularse en los rincones del cielo, como sombras que acechan en las vigas de una casa imponente.

El pastor Kurtsson observa desde la estrecha escalera de la kirke y predica sermones cada vez más vehementes sobre los méritos de la obediencia a la Iglesia y sus servidores. Sin embargo, a pesar de que su fervor aumenta, Maren percibe un cambio entre las mujeres. Algo oscuro crece y lo percibe también en sí misma. Cada vez está menos interesada en lo que el pastor tiene que decir y la consume más el trabajo: pescar, cortar leña, cuidar los campos. En la kirke, comprende que ha ido a la deriva, como un barco sin amarres, y que su mente navega en alta mar con remos en las manos y los brazos doloridos.

No es la única que empieza a perder el interés en las enseñanzas de la kirke. En la reunión del miércoles, fru Olufsdatter le pregunta a Diinna por el método de los samis para perfumar el agua dulce y le pide ayuda a Kirsten para tallar figuras de hueso con las que marcar el lugar donde yacen su marido y su hijo. Cuando Maren visita las tumbas de papá y Erik, encuentra rocas rúnicas mal talladas, colocadas como peldaños entre la tierra firme. Más de una vez, se topa con alguna piel de zorro en el cabo y la carne del animal en el punto más alto de la colina. Recuerdos y amuletos; cosas de su infancia que le vienen a la mente.

Observa a las mujeres de la kirke y se pregunta quién lo cazó y lo desangró. Quién lo despellejó y lo dejó vacío, clavado en las rocas, como ofrenda al viento. Pregunta a Diinna qué significa un zorro despellejado y esta arquea las cejas y se encoge de hombros. Sea cual sea la esperanza que abriga, es una prueba de que las mujeres de Vardø se deslizan de nuevo hacia las viejas costumbres, aferrándose a cualquier cosa sólida.

Toril no debe de saberlo; de lo contrario, habría acudido al pastor. Ella y las demás «mujeres de Dios», como Kirsten las llama, pasan cada vez más tiempo en la iglesia a medida que el invierno se acerca y se cierne sobre ellas, expiando los pecados que les robaron a sus maridos.

Sin embargo, la división crece, como una grieta en una pared golpeada por unos dedos incesantes, apenas suavizada por las barrigas llenas. Pero siguen aquí, se recuerda Maren. Siguen vivas. Han creado un sistema: si necesitas pieles, acudes a Kirsten y las cambias por pescado seco o trabajos de costura, que a su vez se intercambian con Toril por hilo de tripa o musgo fresco del monte, donde se niega a ir porque está lleno de samis y se rumorea que una vez fue un lugar de encuentro de brujos. Todas tienen habilidades y cometidos, que se entrelazan como una escalera irregular, donde cada una descansa encima de la otra.

—Podríamos considerarlo un triunfo —dice Kirsten un miércoles—. ¿Qué dirían nuestros maridos?

—Nada bueno —apunta Sigfrid. Es una firme seguidora de Toril, pero no soporta perderse los chismes de las reuniones—. El pastor Kurtsson dice…

—¿Ha planeado el sermón de Nochebuena? —pregunta Kirsten.

—Supongo.

—Me gustaría decir algo. Hablar de la tormenta. Creo que muchas querríamos hacerlo. Ya es hora. Estoy lista.

Maren mira en derredor. No ve ninguna candidata probable. No sabría qué decir, ni siquiera un año después. Ahora todas comparten la misma narración de la tormenta, después de pasar por muchas lenguas hasta que los detalles ásperos y difíciles quedaron desgastados y suaves como el cristal del mar.

—¿Maren? —Kirsten la mira en busca de apoyo, pero no tiene fuerzas para dárselo; tampoco lo recibe de Edne ni de fru Olufsdatter.

Igual que ella, las demás deben de sentir cierto consuelo en que todas se encuentren en el mismo punto de la bahía, plana, como si todas mirasen a través de los mismos ojos, agrupados en un mismo campo de visión. «La tormenta llegó en un abrir y cerrar de ojos». Luego, chasquean los dedos. No recuerda quién fue la primera en hacerlo; tal vez fuera Toril o Kirsten. Quizá fuese ella. Concuerdan en ese relato, en ese abrir y cerrar de ojos, como por accidente, aunque resulte cobarde. Está segura de que la desprecian por ello, igual que ella aborrece a las demás. Se lo pasan de unas a otras para no tener que recordar de verdad que los barcos estaban allí, hasta que dejaron de estarlo.

Maren mira por la ventana. La oscuridad implacable tiene cierto matiz gris; una niebla viene desde el norte. Llega de golpe y lo engulle todo, acompañada de un frío húmedo que se cuela por debajo de las faldas y las medias y que hace que el suelo conocido se torne ajeno, extraño. Fuera, más allá de la última fila de casas, está el puerto. Ahora observa el mar con más atención. Está aprendiendo a que le resulte indiferente, debido a las expediciones regulares de pesca. Sin embargo, con el aniversario a la vuelta de la esquina, no tiene ningún deseo de pensar en lo que les arrebató y mucho menos de hablar de ello en la kirke.

Siente la decepción de Kirsten y la busca mientras fru Olufsdatter apaga los candiles y les dice que es hora de irse.

—Lo siento —dice, y le pone la mano en el hombro—. Estoy segura de que el pastor te dejará hablar.

—No necesito su permiso —responde Kirsten, con los ojos azules entrecerrados—. Lo pensaré.

Kirsten no habla en Nochebuena, aunque Maren desearía que lo hubiera hecho. El sermón del pastor Kurtsson está repleto de tópicos y consiste en una vaga repetición de lo que dijo en el entierro de sus maridos e hijos. A Maren no le ofrece ningún consuelo; no dice nada de los hombres perdidos ni del cambio de las mujeres que quedaron tras ellos. ¿Cuántas veces ha deseado que Erik y papá vivieran? El pastor Kurtsson nunca lo comprendería. Ningún hombre lo haría.

Cuando se agacha para alcanzar el estante debajo del púlpito y sacar una carta con un sello y una borla, Maren repara en que lo odia un poco por su debilidad y el poder que tiene sobre ellas. Por su constante parloteo sobre la misericordia de Dios, cuando es evidente que no llega tan al norte. ¿Acaso Él la mira y ve dentro de su cabeza cuando tiene estos pensamientos? Contiene la respiración y busca a tientas por su mente, como si fuera a sentir a Dios allí.

—Esto llegó ayer —comenta el pastor mientras abre la carta. El sello es tan pesado que dobla el pergamino casi por la mitad y tiene que sostenerlo delante de él, así que lo tapa—. El nuevo lensmann pronto tomará posesión de su puesto en Vardøhus, desde donde gobernará todo Finnmark.

Toril se remueve en el asiento y mira a su alrededor, consciente de que fue ella la primera en darles la noticia.

—Además, contarán —continúa el pastor—, mejor dicho, contaremos con un comisario, que se instalará aquí. Será el lensmann quien lo elija para que supervise el pueblo más de cerca.

—Pero, pastor Kurtsson —dice Kirsten—, ¿no es esa la función del pastor, es decir, de vuestra persona?

—Es cierto que tal vez ayude en asuntos espirituales —explica con el ceño fruncido por la interrupción—, pero yo seguiré siendo su pastor.

—Alabado sea —responde Kirsten, con demasiada alegría como para que el hombre haga otra cosa más que adoptar un semblante adusto.

Cuando guarda la carta y las mujeres de Dios se arrodillan para recitar un rezo tras otro, Kirsten y Maren se escapan al exterior. Está tan oscuro que tienen que acercarse mucho, como animales que entran en contacto para calentarse. Kirsten tiene una mirada sombría.

—Un comisario —dice—. Aunque no sabemos qué misión lo trae.

—Tal vez sea como un gobernador, como el que tienen en Alta —propone Maren.

—¿En un lugar tan pequeño? En Alta vive mucha más gente. ¿Para qué necesitamos un supervisor, sobre todo si el lensmann Cunningham pronto se instalará en la fortaleza?

Miran instintivamente hacia la fortaleza de Vardøhus, aunque la niebla es tan espesa que a Maren le pican los ojos. Kirsten aparta la mirada, dubitativa.

—¿Te apetece venir a mi casa? Tengo cerveza y queso.

A Maren le encantaría ver lo que Kirsten ha hecho con la casa de Mads Petersson. A menudo se pregunta cómo se las arregla allí, sin granjeros que la ayuden, y le gustaría ver los renos. Pero mamá estará en casa llorando a papá, así que niega con la cabeza.

—Gracias, pero debo irme.

Kirsten asiente.

—¿Crees que significa algo que hayamos recibido la noticia del comisario precisamente hoy?

Maren parpadea con sorpresa.

—No te consideraba supersticiosa.

—Solo me pregunto qué está a punto de comenzar.

—A lo mejor es un final —replica Maren, incómoda por su tono—. Quizá el círculo se cierra.

—Los círculos no tienen fin —responde Kirsten, tensa de repente—. Nos vemos mañana.

Se alejan la una de la otra entre la niebla. Las casas están tranquilas mientras Maren camina desde la kirke y pasa por la casa de fru Olufsdatter y la de Toril hasta llegar a las afueras, donde la luz del fuego brilla débilmente a través de las ventanas con celosía de su casa, dispersas en la blancura sobrenatural de la niebla.

Le gustaría seguir andando, más allá de la casa vacía de Baar Ragnvalsson, hasta el cabo. Le supone un gran esfuerzo acercar la mano a la puerta y abrirla para adentrarse en el calor empalagoso. Mamá aviva el fuego y tira de un trozo de piel seca que tiene en la comisura de la boca. Erik descansa contra el pecho de Diinna.

—Le he contado lo del comisario —dice mamá sin levantar la vista.

—¿Qué opinas? —pregunta Maren.

—No lo sé. —Diinna frota las encías a Erik con pasta de clavo. Le caen hilos de baba de la boca, roja a la luz del fuego. Maren quiere sacudirla. Echa de menos las conversaciones que tenían antes. Creyó que el nacimiento de Erik ayudaría a Diinna a sobrellevar la muerte de su marido, pero está más callada que nunca—. Al menos será alguien nuevo. Otro par de manos.

Mamá se pasa la lengua por el labio agrietado y se sumen en el silencio que marca sus tardes. No hablan más del comisario.

Suponen que será como el pastor, que tendrá tan poco impacto como la nieve que cae en el mar. Suponen que sus vidas seguirán adelante y que lo peor ya ha pasado. Suponen todo tipo de cosas tontas e intrascendentes, y se equivocan con todas ellas.

15 de enero de 1619

Estimado señor Cornet, comisario de Vardøhus:

¡Le deseo un feliz Año Nuevo! Le agradezco su carta del 19 de octubre. Me congratula que haya llegado tan rauda. Nunca se puede predecir cómo navegarán los barcos.

Me llena de un enorme gozo su aceptación a mi propuesta y le insto a que no se demore. Informaré al rey Cristián de su decisión; tiene en alta estima mi opinión y le aseguro que le mencionaré su nombre. Ya se ha notificado al pastor de Vardø, que se preparará para su llegada. Le aguardan grandes cosas y espero que juntos hagamos crecer aún más el favor que nos presta el Señor a nosotros, los escoceses.

Le adjunto a esta carta un pasaje a Bergen, desde donde podrá viajar a través de Trøndheim hasta Vardø. Confío en que el viaje no resulte demasiado duro.

Concuerdo con la idea de buscarse una esposa noruega, aunque no debería esperar a llegar tan al norte. En Bergen encontrará muchas jóvenes deseosas de contraer matrimonio con un hombre de su categoría.

Sírvase de su título y de la suma que le envío para encontrar a alguien que le caliente la cama. ¿Quizá alguien que sepa cantar? Nos hará falta entretenimiento.

Saludos a Coltart; ignoraba que leyera sus cartas. Eso no ocurrirá aquí.

Le deseo un viaje rápido y seguro.

Hans Køning,

lensmann del condado de Vardøhus

Bergen, Hordaland

Capítulo 7

Siv ha encendido las chimeneas del salón y colgado las cortinas buenas, así que Ursa deduce que ha habido una muerte o alguien va a comprometerse.

—Tal vez recibamos a un caballero en nuestra casa —dice Agnete cuando Ursa regresa con una última jarra de agua caliente y la información—. ¿O quizá una actriz? —Agnete descubrió hace poco lo que son las actrices, cuando su padre organizó un viaje para una compañía de teatro que iba a Edimburgo en uno de los barcos que le quedan.

—Pues será un caballero muerto o uno que viene a casarse con alguna de nosotras —responde Ursa mientras vierte el contenido de la jarra en la tina—. Lo mismo podría decirse en el caso de la actriz, aunque ella vendría a por padre.

Agnete se ríe y, luego, hace una mueca. Ursa oye cómo el líquido le encharca los pulmones.

—Diantres, no debería haberte alterado. —Ayuda a Agnete a incorporarse sobre las almohadas. Esta arrastra la pierna y Ursa alisa las sábanas—. Siv no me lo perdonará. Ven.

Lleva la mano al endeble pecho de Agnete y la ayuda a inclinarse hacia adelante, sobre el cuenco esmaltado. Bajo las palmas, nota cómo los pulmones de su hermana tiemblan mientras escupe. Ursa lo cubre sin mirar, como Siv le ha enseñado a hacer. Ya sabe de qué color será por la respiración espesa que ha escuchado durante toda la noche.

Cuando Agnete termina, la ayuda a quitarse el camisón. Huele a sudor agrio y a enfermedad, un olor tan común en ella que Ursa apenas lo nota, excepto cuando el aroma limpio y brillante del agua con lavanda impregna el aire. Ayuda a su hermana a meterse en la tina y le coloca la pierna sobre el borde, hundido a propósito para ese fin.

Agnete es todavía delgada como una niña, con la cintura y las caderas rectas, aunque Ursa se desarrolló del todo a los trece años. Los médicos, que la visitan a menudo, la miden cada vez que vienen, pero ninguno la ve desnuda como Ursa, no ven las afiladas aristas de su cuerpo ahuecado ni la pierna mala, retorcida como una fruta pasada.

—No queda nadie por morir —comenta Agnete cuando Ursa termina de colocar la barra que atraviesa la tina para que se apoye mientras se enjabona—. Así que debe de tratarse de un matrimonio.

Ursa había pensado lo mismo y espera que Agnete no perciba el doloroso latido de su corazón.

—¿Qué opinas, Ursa? ¡Padre ha encontrado a alguien con quien casarte!

Su voz tintinea como una campana. Aunque se llevan siete años, Ursa a menudo piensa que su hermana siente lo mismo que ella, como dicen que hacen los gemelos. Agnete se aferra con la mano enjabonada al pecho desnudo, en el punto exacto donde le duele a Ursa.

—Tal vez.

Eso significa que Agnete se quedará sola en la casa, confinada la mayor parte del tiempo en la planta de arriba, únicamente con Siv para cuidarla. Padre raramente las visita, excepto para darles las buenas noches. Aunque el prometido de Ursa sea de Bergen, Agnete tendrá que aprender a dormir sola y pasar los días consigo misma como única compañía. Sin embargo, no dice nada al respecto, se limita a asentir para que Ursa le vierta un jarro de agua sobre la cabeza.

Cuando Agnete sale de la tina y está seca y vestida con un camisón limpio, detiene a Ursa mientras le cepilla el pelo y le dice:

—Ven, déjame que trence el tuyo. Siv es demasiado bruta.

Sus manos son suaves cuando envuelven y retuercen el pelo de Ursa en un largo lazo que se recoge en la parte posterior de la cabeza, baja hasta la nuca y se sujeta detrás de cada oreja. La mira con un orgullo tan evidente que Ursa se siente un poco cohibida.

Siv arquea una ceja cuando viene a vestir a Ursa. Es una luterana estricta y solo lleva ropas marrones y un cuadrado de tela blanco almidonado en el cabello gris. Arruga la nariz mientras guarda el vestido de algodón rosa pálido que Ursa iba a ponerse y cruza la habitación hasta el pesado armario que antes compartían con madre.

Es de madera de cerezo, arrancada de un barco que llegó de Nueva Inglaterra, barnizada de un marrón oscuro que absorbe todo el color; como la ropa de Siv. Sin embargo, las bisagras y en las maltrechas tallas de las patas son de un rojo intenso y suave.

Siv saca el vestido favorito de mamá: amarillo y con las mangas abullonadas.

—Tu padre quiere que te lo pongas —dice con reticencia—. Vas a conocer a un caballero.

—¡Un caballero! —Agnete se incorpora sobre sus almohadas y junta las manos—. Y con el vestido de mamá, Ursa. Estoy tan celosa que escupiría.

—Ni los celos ni escupir son virtudes, Agnete.

—¿Qué caballero, Siv? —pregunta Ursa.

—No lo sé. Solo sé que es un buen cristiano. Tu padre consideró oportuno decírmelo. No es papista.

Agnete pone los ojos en blanco mientras Siv se vuelve para desenganchar los botones de las presillas de seda.

—¿Te has enterado de algo importante?

—No se me ocurre nada más importante que eso.

—Pues, a ver, ¿es alto, rico, tiene barba?

Siv frunce los labios.

—Te queda un poco pequeño, pero no tengo tiempo para arreglarlo.

Le pide a Ursa que se agache y le mete el vestido por la cabeza.

Ursa espera entre la penumbra crujiente de las faldas mientras la mano de Siv la busca; no hace ningún movimiento para ayudarla. Respira hondo, con la esperanza de que el aroma a lilas de madre venga a ella en la oscuridad, pero solo huele a polvo.

La puerta del salón está abierta cuando la llaman y la luz del fuego se filtra hasta la alfombra del pasillo. Lo oyeron llegar y corrieron hacia la ventana para vislumbrar un sombrero negro de ala ancha bajo el alféizar, que el hombre se quitó justo cuando la puerta se abrió y desapareció en las sombras. Agnete le apretó las manos a Ursa.

—Recuérdalo todo.

La barandilla es muy suave y huele a la cera de abejas que Siv utiliza para pulirla y que no ha retirado por completo. Espera que no tengan que tocarse. Por supuesto que no. De todos modos, se imagina que el caballero le da la mano y que se le resbala por la grasa de la cera. No tiene cara en sus pensamientos y se da cuenta de que pronto la tendrá. Y un cuerpo, una voz y un olor.

Es la primera vez que conoce a un pretendiente y desearía que padre hubiera venido a contarle algo de él, cómo lo conoció o incluso si es alguien a quien ella conoce. A lo mejor es el señor Kasperson, que trabaja para papá, un hombre de mejillas sonrosadas y sonrisa tímida. Tiene veinticinco años, solo cinco más que Ursa. Cree que no le desagradaría un hombre como él, aunque tiene la extraña costumbre de frotarse el labio con el pulgar, lo que hace que parezca sospechoso. Podría pedirle que dejara de hacerlo si se casaran. Parece el tipo de hombre que escucha.

Los escalones crujen. Levanta la vista hacia la puerta entreabierta de su dormitorio e imagina a Agnete escuchándola y conteniendo la respiración. Ursa encendió todas las velas que pudo antes de bajar, pero, aun así, las sombras se habían tragado a su hermana. El invierno ha sido largo; se ha extendido durante la primavera y congela las ventanas cerradas. Lo cierto es que las esquinas de la casa siempre están oscuras, incluso en verano, con todas las cortinas abiertas, cuando entra una luz tan brillante que hace estornudar a Ursa. Quizá no vuelva a pasar otra estación en esta casa. ¿La echará de menos o solo a las personas que la habitan?

Se aleja de la escalera y se yergue. Le resulta extraño caminar con las estrechas zapatillas de seda y el peso del vestido de madre sobre los hombros.

Unas voces profundas parpadean con la luz del fuego. No es la voz del señor Kasperson la que responde a la de padre, ni la de nadie que conozca. Ni siquiera es noruego; lo nota mientras se prepara para entrar. «Inglés», piensa y rescata el pequeño y doloroso recuerdo de donde guarda todo lo relacionado con su madre. No sabía leer ni escribir, pero, como hija de un comerciante, había aprendido inglés bastante bien y se lo había enseñado a Ursa y Agnete. Lo hablaban en la mesa, para practicar el acento hasta suavizarlo y que solo quedara una ligera inflexión. Ursa chasquea la lengua un par de veces y atraviesa el umbral.

Es tan alto como padre y más ancho que todos los hombres que conoce. Se inclina cuando padre le pone una mano firme en la espalda y la hace avanzar por la habitación, así que, al tomar asiento, todavía no le ha visto la cara.

Los hombres estaban sentados el uno junto al otro en los sillones de brazos altos con relieves de color carmesí y la hacen acomodarse delante en el sillón sin brazos. Procura mantener la espalda recta y las manos dobladas en el regazo.

—Ursula. Por la santa, supongo.

Su acento hace que tenga que prestar mucha atención para entenderlo, aunque no habla deprisa. En todo caso, habla demasiado despacio y eso distorsiona las palabras. Se vuelve en el sillón y deja a un lado el fuego y a su padre. Su voz es profunda y quema. Nota cómo se ruboriza.

Padre sacude la cabeza. Se supone que Ursa debe responder, aunque su tono no se pareciera al de una pregunta.

—Sí, señor. Y por las estrellas.

—¿Las estrellas?

Padre tose sin disimulo.

—Ursula, te presento al señor Cornet.

—Comisario Cornet —lo corrige el hombre—. Absalom.

Tarda unos instantes en comprender que ese es su nombre de pila, porque lo pronuncia como un «aleluya» o un «amén». Levanta la mirada con más audacia.

Es alto y tiene los ojos oscuros. No consigue adivinar su edad; no es tan joven como el señor Kasperson ni tan viejo como su padre. Es apuesto, a su manera. La ropa austera y bien confeccionada no sirve para esconder que le sobra algo de peso por el medio, aunque no tanto como a ella. Ursa observa su perfil, algo brusco por el peso de la mandíbula y las cejas, aunque la nariz recta lo afina; tiene el pelo oscuro y ondulado.

—El comisario Cornet ha venido desde Escocia —anuncia padre—. Va a tomar posesión de un prestigioso puesto en Vardøhus.

—Me lo ha asignado el mismísimo John Cunningham, que está a las órdenes de vuestro rey —dice Cornet con orgullo. Ursa no ha oído hablar de John Cunningham ni de Vardøhus—. Y me hace falta una esposa.

Tarda unos segundos en entender que esa es la propuesta de matrimonio.

—La esposa de un comisario —comenta padre con gusto—. ¿Ursula?

Oye la pregunta y es consciente de que debería levantar la mirada y sonreír, asegurarle de que ella también se alegra. Se observa a sí misma y baja la vista a su regazo. Tiene los nudillos blancos.

—Lo dispondremos de inmediato.

Los hombres hablan sin parar; padre le pregunta por su puesto y Cornet si es verdad que no hay árboles tan al norte. Viajarán en uno de los barcos de padre. Ursa empieza a notar una corriente de aire en los oídos. Siv le ha atado las costuras del vestido y le cuesta tomar aire. Piensa en Agnete y en su aliento húmedo. El norte. Nunca imaginó que el matrimonio la llevaría tan lejos. Piensa en el hielo y la oscuridad. Al cabo de un rato, padre recuerda que está allí y le da permiso para retirarse. Se levanta tan rápido que la cabeza le da vueltas y se marcha a toda prisa de la habitación.

La esposa de un comisario. No podría aspirar a nada mejor, pero, aun así, tiene la piel de gallina por los nervios. Desde la muerte de madre, padre ha tomado una mala decisión tras otra: ha despedido a todos sus trabajadores, excepto al señor Kasperson, se ha desprendido de todos los sirvientes, salvo por Siv, y las visitas semanales de los médicos han pasado a ser mensuales. Lo ve en el salón, cerrado para todos menos para las visitas importantes y en Navidad, en los hombros caídos de padre y en el olor a cerveza de su aliento. Es un buen partido, quizá hasta les proporcione algo de dinero.

Pasa junto al perchero y se inclina sobre el abrigo de Cornet. Huele a hojas húmedas. Acerca los dedos a los bolsillos, pero no se atreve a tocarlo.

Se dirige a las escaleras y las sube muy deprisa. Agnete se sorprende cuando cierra la puerta y, de inmediato, intenta alcanzar los botones.

—¿Qué ocurre? ¿Era feo?

Tiene que quitarse el vestido. No la deja respirar. Siente que crece dentro de él o que la tela encoge. El peinado le aprisiona la cabeza y quiere soltárselo, deshacerse de todo; de la delicada trenza de su hermana y del vestido de su madre muerta. ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Cómo la ha encontrado, en esa tranquila casa en una calle concurrida de Bergen?

—¿Me ayudas?

Se sienta junto a Agnete en la cama y su hermana se esfuerza por incorporarse. Se pelea con los cierres, pero están demasiado ceñidos a la cintura.

—Necesitamos a Siv.

El vestido le aprieta tanto que está mareada. Se acerca a la ventana a esperar a que él se marche. El corazón le late acelerado.

—¿Ursa? ¿Qué ha ocurrido?

La puerta se abre y su prometido sale a la calle. No pide un carruaje. Su cabeza con sombrero negro se desvanece entre el resto de cabezas con sombreros negros.

—¿Ursa?

Absalom Cornet. Más que una oración, le parece que suena como una sentencia de muerte.

Capítulo 8

Ursa espera sentirse distinta al despertar, pero nada indica que vaya a ser un día especial. Siv las despierta temprano, como de costumbre, abriendo las cortinas, aunque, desde que las cambiaron por unas de algodón más barato, la luz se filtra al interior de la habitación. Recuerda las de terciopelo azul fino con las que creció y cómo se escondía entre sus largos pliegues mientras madre se sentaba en el tocador para cepillarse el abundante pelo rubio que ambas hijas han heredado. Hubo que venderlas hace cinco años, junto con el tocador y los peines de plata, cuando padre hizo otra mala inversión. Esa habitación, que antaño era el vestidor de su madre, ahora es su dormitorio, después de cerrar el piso de arriba.

—No tiene sentido con Agnete así —le dijo padre cuando Ursa se quejó por tener que dejar su amplia habitación—. Son muchas escaleras. Además, es muy caro mantener los fuegos encendidos y conservar los muebles de tantas habitaciones vacías. Voy a vender la mayoría, aunque quizá la alquile.

Ursa se alegra de que el supuesto inquilino todavía no se haya materializado. No quiere que un desconocido duerma en su casa. Ahora, ya no tendrá que volver a preocuparse por eso, pues pronto dormirá junto a uno en su propia casa. Cuando lo piensa, le tiemblan las manos. Espera que Absalom Cornet no sea un desconocido por mucho tiempo.

Siv deja una bandeja con el desayuno delante de Agnete. Es la misma bandeja de plata con la que les sirvió el té ayer y Ursa sonríe, agradecida por el esfuerzo. Su hermana ha vuelto a pasar mala noche y tiene las sábanas enrolladas entre las piernas. Ursa las libera y la ayuda a incorporarse mientras Siv vacía la escupidera con el ceño fruncido de preocupación.

—Otra dosis de vapores después del desayuno.

—No, Siv, por favor —protesta Agnete. Habla con voz espesa y le silba el pecho—. Estoy bien, de verdad.

—Todavía tiene la nariz dolorida de la última vez —dice Ursa—. ¿No podemos dejarlo para otro día?

—Son órdenes del médico —replica Siv—. Sabéis que ayuda.

—Pero duele —se queja Agnete cuando Siv se marcha a buscar el bol para los vapores. Se toca la zona enrojecida y sensible debajo de la nariz, donde la piel está agrietada e irritada.

—Ya lo sé. —Ursa le acaricia el pelo a su hermana. A pesar del baño, vuelve a estar apelmazado por el sudor—. ¿Qué te parece si te cubres la nariz con uno de los pañuelos de seda de mamá?

—¿El azul?

Ursa se levanta al momento y acude al armario de su madre. En el estante de arriba, hay una caja de madera llena de pañuelos y otros efectos personales que sobrevivieron a la purga. Saca el favorito de Agnete. Le recoge el pelo a su hermana mientras esta se lleva el pañuelo a la cara y se lo pasa entre los dedos.

—Agnete, come.

—Deberíamos hablar en inglés —propone—. Para que practiques.

—Es escocés.

—Pero habla inglés, ¿no?

—Sí.

—Pues eso.

—Pues eso —dice Ursa en inglés—. Come.

Agnete mordisquea el knekkebrød.

—Está seco.

—No existe bendición más plena que el pan —dice Ursa con tono burlesco, imitando la entonación del ama de llaves.

Cada vez es más difícil hacer feliz a Agnete, mientras, poco a poco, se le restringen todos los placeres. Los médicos le prohibieron la comida húmeda hace un mes y todavía se está adaptando. Ursa sospecha que se inventan gran parte del tratamiento de Agnete sobre la marcha. Duda que los pulmones de su hermana hayan enfermado por comer demasiado estofado.

Siv trae un paño, un gran cuenco con agua humeante y la botellita que les dio el médico. Se dispone a quitarle la tapa, pero Ursa extiende la mano.

—Ya me ocupo yo. Gracias, Siv.

El ama de llaves la mira.

—Siete gotas, como dijo el médico. De lo contrario, no servirá de nada.

—Lo sé.

El ama de llaves le pone la botella en la palma extendida, le da un beso fuerte en la frente a Agnete y sale de la habitación.

—No pondrás siete, ¿a que no? Con una vale —dice Agnete y la mira ansiosa.

Ursa vierte cuatro gotas de aceite en el cuenco y lo remueve para que el amarillo se extienda por el agua. El olor le invade las fosas nasales y hace que le piquen los ojos. Deja el cuenco en la mesita junto a Agnete y la ayuda a incorporarse para que se incline sobre el vapor, con el pañuelo pegado a la nariz.

Le pone una mano en la frente para darle apoyo y le coloca el trapo sobre la cabeza para atrapar los vapores.

—Respira hondo.

Lleva la palma de la mano a la espalda de su hermana y escucha y siente a la vez cómo inhala de forma lenta y dolorosa y el húmedo torrente cuando exhala. Cuenta en voz alta hasta cien respiraciones y entonces Agnete emerge con la cara enrojecida por el vapor, los ojos llorosos y el pañuelo empapado. Tose y escupe en el recipiente limpio que ha traído Siv en la bandeja del desayuno.

—¿Qué tal? —pregunta Agnete, mientras Ursa cubre la escupidera y la deja a un lado.

—Iba a preguntarte lo mismo.

—Pica. Es horrible y me gustaría que los médicos me escucharan cuando se lo digo. Ahora tú.

—¿Qué tal qué?

Agnete pone los ojos en blanco.

—Cómo es estar prometida.

A pesar de las quejas, Ursa nota que respira con más facilidad.

—Más o menos como no estarlo. ¿Quieres bajar hoy?

—No. Háblame de él.

—No sé mucho todavía —contesta Ursa—. Solo lo que te dije ayer.

—¿Me lo cuentas otra vez?

Relata la magra historia tres veces antes de que el día llegue a su fin. Padre no las llama ni ese día ni el siguiente y Siv les dice que ha salido para ultimar los detalles con Absalom donde este se aloja, lo que hace que Ursa tenga que soportar sola la decepción de Agnete ante la falta de cortejo.

—¿Por qué no escribe?

—Nos conocimos hace dos días.

—Aun así…

—¿Para qué iba a escribirme? No sé leer.

—Pues una canción. Algo.

Ursa se encoge de hombros.

—Quizá da igual —responde Agnete—. A lo mejor basta con que te haya visto y desee casarse contigo.

Ursa supone que es algo romántico. Que alguien que ni siquiera te conoce te ame.

—¿Crees que padre escribía a madre?

—Ella tampoco sabía leer. —Agnete entristece el gesto y Ursa se apiada de ella—. Tal vez. Deberías preguntarle.

Sabe que no lo hará. Ella tampoco. Padre se desmorona cada vez que se menciona a madre, incluso después de todos estos años. Hace poco, lo sorprendió mirándola con una tristeza terrible; sabe que se parece más a su madre con cada año que pasa. Quizá por eso estos días se muestra tan distante, aunque tiempo atrás le hablaba de todo tipo de cosas. Antes, su relación era muy cercana y, ahora, el silencio los invade.

Ursa se pregunta si las cosas serían diferentes si madre no hubiera muerto al dar a luz a su hermano. Si ambos hubieran vivido y un niño corretease por la casa. Si padre no hubiera perdido todo su dinero y los tres hermanos se escondieran en las cortinas de terciopelo, mirando a su madre cepillarse el pelo hasta que se le encrespase. Pero Agnete seguiría enferma, ella se casaría con un desconocido y se marcharía con él a un lugar del que nunca ha oído hablar.

Su hermana se acerca de repente.

—¿Me echarás de menos?

Ursa quiere decirle que sí. Quiere decirle que la necesita tanto como respirar y que es la mejor amiga que podría desear. Sin embargo, solo le acuna el fino rostro entre las manos y espera que entienda lo que ese gesto significa.

La noche antes de la boda, bajan a Agnete por las escaleras en la silla para que cene con ellos por primera vez en meses. Es una tarea poco elegante y todos están sudando cuando dejan a Agnete frente al fuego, envuelta en chales. Siv la observa, vigilante, como si, en cualquier momento, fuera a desplomarse como un barco hundido.

Pero Agnete se sienta erguida y apenas tose. Padre sirve a Ursa un pequeño vaso de akevitt. Sabe amargo, como una medicina, pero se lo traga y la quemazón se convierte en un calor suave en el vientre.

Envalentonada por el alcohol y la presencia de su hermana, Ursa pregunta a padre cómo Absalom Cornet llegó hasta su puerta y la gente deja de masticar para escuchar. Ursa sabe que su hermana ha imaginado todo tipo de historias extravagantes.

—Lo conocí en el puerto —responde padre, sin mirarla—. Se me acercó y alabó mi cruz.

La cadena brilla en el bolsillo de su chaleco. Ursa sabe que la saca a menudo y la aprieta en la mano sin darse cuenta; la devoción convertida en un tic.

—Me contó que lo habían destinado a Vardø, que Dios se lo había ordenado.

—Creía que había sido el lensmann —comenta Ursa, y guiña un ojo a Agnete. Su padre no capta el tono y se sirve otro vaso de akevitt.

—El lensmann sirve al rey y el rey, a Dios.

—Tu marido es muy servicial —dice Agnete, que le devuelve el guiño. Ursa le da la mano a su hermana por debajo de la mesa. Es tan suave que quiere llevársela a la mejilla, besarla y no soltarla.

—Necesitaba un barco y una esposa.

—¿En ese orden? —susurra Ursa, y Agnete resopla de forma tan repentina que comienza a toser.

Siv se lanza hacia delante con la escupidera y Ursa le aprieta la mano hasta que pasa lo peor. Padre apura el akevitt y habla más consigo mismo que con sus hijas.

—Le ofrecí un buen precio por el pasaje.

«Y por mí», piensa Ursa.

Tienen que subir a Agnete en brazos y Ursa insiste en hacerlo. Se recoge las faldas para no tropezar por las escaleras. Su hermana está caliente y pesa demasiado poco, como un cachorro recién nacido. Le pasa los brazos por el cuello.

—No es muy romántico, ¿verdad? —susurra; le tiembla el pecho.

—Es lo que hay —responde Ursa. Su hermana arruga la nariz, decepcionada.

Por una vez, Agnete duerme, pero el akevitt burbujea en el interior del cuerpo de Ursa y no deja de moverse, inquieta. Se levanta para caminar por la habitación y apoya la frente en el gélido cristal de la ventana. Su vista llega hasta el puerto y a los barcos, que parecen de juguete en el horizonte. Allí siempre hay hombres, ocupados y en movimiento. «El mundo sigue adelante», piensa, y, bajo el peso que siente en la boca del estómago, en parte por la comida de Siv y, en parte, por el temor que se apodera de ella, se alegra al pensar que, pronto, también ella será parte de él.

Salir de casa por la mañana es como caminar por un paisaje de ensueño; todo lo que le resulta familiar se le antoja extraño porque no volverá a verlo, al menos durante mucho tiempo. Quizá nunca. Descarta ese pensamiento. Es la hija de un naviero, claro que volverá.

Padre la detiene en el pasillo con un raro apretón de mano.

—Tu madre… —comienza, pero se le cierra la garganta.

Cree que no dirá más y espera que así sea; ya tiene los ojos bastante hinchados por lo que ha llorado con Agnete, a pesar de las compresas frías de Siv. En vez de eso, la conduce a la oscuridad de su despacho, enciende un candil y cierra la puerta.

—Deberías llevarte esto.

Es una botellita de vidrio, la que siempre estaba en el tocador de madre antes de venderlo. Ursa la toma, la destapa y presiona el olor viciado de las lilas en sus muñecas.

—Gracias, padre.

Espera que tener una persona menos que vestir y alimentar le facilite las cosas. Quizá pueda contratar a alguien para que lo ayude con Agnete, pues, aunque no ha habido tiempo de anunciarlo en las páginas de sociedad del diario y su dote comprende básicamente un pasaje al norte, un frasco de perfume y el vestido de su madre muerta, es un matrimonio ventajoso. Su marido es un comisario con una carta de un lensmann en el bolsillo.

Padre la besa en la frente. Le tiembla la mano y huele a cerveza pasada: a levadura y picante. Más tarde, su marido la besa en el mismo lugar para sellar la unión y no huele a nada. Es un olor limpio como la nieve.

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27 ekim 2025
Hacim:
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ISBN:
9788418217227
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