Kitabı oku: «Quien tiene la voluntad tiene la fuerza»

Yazı tipi:

© Laia Sanz y Eloi Vila, 2016.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO918

ISBN: 9788490566732

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

2016

«WONDER WOMAN»

PRESIÓN

PRIMERA ETAPA

TORTURA

SEGUNDA ETAPA

MUERTE

TERCERA ETAPA

LADY DAKAR

CUARTA ETAPA

LIBERTAD

QUINTA ETAPA

INNOVACIÓN

SEXTA ETAPA

AMBICIÓN

SÉPTIMA ETAPA

EXPLOSIÓN

OCTAVA ETAPA

EMOCIÓN

NOVENA ETAPA

SILENCIO

DÉCIMA ETAPA

INCERTIDUMBRE

UNDÉCIMA ETAPA

DESTINO

DUODÉCIMA ETAPA

GLORIA

DECIMOTERCERA ETAPA

FUTURO

ANEXOS

GLOSARIO

PALMARÉS

CLASIFICACIÓN GENERAL DAKAR 2015

FOTOGRAFÍAS

NOTAS

A mis padres Jesús y Àngels


2016

Rosario (Argentina), 16 de enero de 2016

Mi cuerpo grita de dolor. Mi clavícula, mi cuello. Llevo tres días con anginas y mucha fiebre. Estoy en la habitación de un hotel de Rosario. Moderna, ordenada, limpia e impersonal. Un nido confortable muy alejado de lo que yo entiendo por un hogar. Miro el reloj. No hace ni dos horas que me he bajado de la moto, que he terminado mi sexto Rally Dakar. Sé que es un éxito, sí, solo llegar a la meta ya es un éxito. Pero ahora lo que necesito es una bañera, bajar la fiebre, relajar mi cuerpo. Abro el grifo. Dejo que el agua salpique y escucho cómo cae mientras me miro al espejo. Contemplo mi rostro. Ojeras profundas, ojos brillantes. En mi cara se ve el rastro de quince días de competición sin tregua. Imposible esconder la realidad. En él se refleja lo que me pasa por dentro, lo que siente mi alma.

Me meto en el agua. Cierro los ojos y dejo los brazos muertos. Un escalofrío me recorre el tronco. Mis músculos se relajan. Mi cuerpo lo agradece. Me muevo lentamente. El sosiego llega a mis piernas. Intento no pensar en nada, mantener la mente en blanco, pero es imposible, se empeña en volver a la carrera. Me manda una multitud de imágenes imprecisas, sin orden alguno: me lleva a las dunas, al barro, a las alturas. Preferiría descansar, pensar en Casilda, la preciosa perra que me espera en casa. Quiero ver a mis padres, a mis amigos, dormir tres días enteros, comerme un buen plato de pasta y salir de fiesta. Quiero olvidar el polvo, el calor y la lluvia. Tengo que alejarme del Dakar para poder deshacer la tensión acumulada. Pero mi mente es muy terca e insiste. Y me escupe, crudamente, tres días negros. Los tres días de infortunio que me han alejado de las diez primeras posiciones. Primero, me planta en la novena etapa, cuando suspendieron parte del recorrido y reclasificaron en consecuencia, con lo que pasé de estar a trece minutos del décimo a quedar cincuenta minutos por detrás de él. Después, mi mente salta al día siguiente. El peor. Décima etapa en pleno desierto de Fiambalá, en Catamarca (Argentina). Un día de arena y navegación, ideal para mis condiciones. Pero los pilotos de motos tuvimos que salir entre coches y camiones y muchos tuvimos problemas porque la pista estaba demasiado blanda. Cuando me tocó salir a mí, ya habían pasado diez coches y cinco camiones, y me caí por culpa de un pedrusco escondido bajo la arena. Acabé exhausta y, además, perdí otra hora y casi veinte minutos respecto al líder. Pero no acabaron aquí mis contratiempos. Al día siguiente pillé anginas. Tuve que pilotar con fiebre muy alta. Y me caí de nuevo. Sufrí una distensión de ligamentos, un esguince de grado dos en la clavícula derecha.

Y con dolor en la clavícula y unas anginas candentes he llegado hace tan solo un rato a la meta de Rosario. Finalmente he conseguido la decimoquinta posición en la general. Ha sido un Dakar extraño. Muy rápido, con poca arena y pocas dificultades de navegación. Antes de empezar hubiera firmado este resultado porque soy consciente de que el nivel de este año ha sido estratosférico, con casi veinticinco pilotos con opciones de ganar etapas y de luchar por la victoria, varios de ellos campeones del mundo de enduro y motocross. Pero soy competitiva y estoy convencida de que hubiera podido conseguir una mejor clasificación.

A pesar de todo, del Dakar de este año me llevo cosas muy buenas. La victoria de Toby Price, mi compañero de equipo en KTM; las diez participaciones en el Dakar de Jordi Viladoms, también compañero en KTM; la gran gestión de los jefes del equipo, Alex Doringer y Stefan Huber, pendientes en todo momento de los aspectos técnicos, pero, sobre todo, de los humanos; y el excelente compañerismo. Papa Vili, que es como llamamos cariñosamente a Viladoms por ser el más veterano y experimentado, nos ayudó mucho en todos los aspectos. Hemos sido una gran familia. Me han cuidado con extremo cariño y he podido centrarme exclusivamente en la competición.

Ahora necesito descansar, bajar la fiebre, curarme la lesión en la clavícula y alejarme de la carrera para poder digerir todo lo que he vivido este año. Quiero tomar distancia para analizar lo que he hecho mal y corregirlo. Pero lo mejor de todo es que quedan ya solo once meses para volver a estar aquí. Once meses para volver a sufrir, para volver a luchar, para volver a vivir la mejor carrera del mundo. Once meses para intentar mejorar el Dakar de este año y el del 2015, en el que logré el que hasta ahora ha sido mi mejor resultado. Quizá por eso, ahora, un año después, en la bañera de mi impersonal hogar de Rosario siento que lo que más me apetece es llevar mi mente hasta allí y revivirlo.

«WONDER WOMAN»

And all the roads we have to walk are winding.

And all the lights that lead us there are blinding.

There are many things that I would like to say to you

but I don’t know how.*, 1

Wonderwall, OASIS

Seva (Barcelona), primavera de 2014

Sí, soy una mujer, soy piloto, pero no soy un bicho raro. No entiendo por qué me asalta este pensamiento tan a menudo. Quizá porque me he pasado media vida sintiéndome un bicho raro e, inconscientemente, tengo la necesidad de repetirme a mí misma que no lo soy. Que, simplemente, soy una mujer de veintiocho años que va en moto.

Hoy me duele el dedo gordo del pie derecho. Estuve a punto de perderlo justo hace dos años en el Gran Premio de Italia de enduro, en la penúltima carrera del Mundial que se disputaba en Castiglion Fiorentino, un precioso pueblo de la Toscana.

Iba líder en el campeonato y solo necesitaba lograr un buen resultado para distanciarme más de mi principal rival, la francesa Ludivine Puy, y poder llegar así a la última prueba con el título prácticamente en el bolsillo. Pero yo quería ganar. Me hacía muchísima ilusión. No solo tenía mi primer título mundial muy cerca, sino que estaba a punto de superar a la reina del enduro femenino. Y en la penúltima especial del día, me golpeé el pie derecho con una roca. Noté enseguida que me había hecho mucho daño. El dolor era terrible. Insoportable. Pero no podía bajarme de la moto. Era consciente de que aquello no iba bien porque cuando intentaba mover los dedos del pie, sentía un pinchazo que me recorría todo el cuerpo, del dedo del pie a la nuca, martirizándome. Pensé que no podría terminar la carrera. Nunca lo había pasado tan mal. A pesar de ello, llegué y gané, aunque tuve que pagar un precio muy alto: había sufrido una doble fractura abierta, tuve que pasar por quirófano y estuve cinco meses parada para acabar con el dedo pulgar del pie derecho más corto y mucho más sensible al dolor.

Hoy me duele porque he hecho una buena caminata. He subido a la cima del Matagalls, un pico del Montseny, la montaña donde entreno, además de un parque natural precioso en pleno corazón de Cataluña. El lugar ya forma parte de mi paisaje cotidiano. Hace dos años que vivo aquí, en Seva, un pequeño pueblo en la falda norte del Montseny, a unos 70 kilómetros de Barcelona. De aquí es el doble campeón del mundo de velocidad Àlex Crivillé. Y de Seva era también Pep Bassas, el que fuera campeón de España de rallies en los años ochenta y a quien un fatídico cáncer se llevó antes de tiempo. Decir que vivo aquí por ellos quedaría bonito. Bueno, más que bonito, sería una forma atractiva de contar mi vida. Un guion bastante perfecto. Un argumento efectivo que poder soltar a los periodistas durante las entrevistas. Una historia redonda para los fanáticos de este deporte: «la mujer de los dieciséis títulos mundiales escoge, para vivir, el pueblo de los campeones, un lugar que huele a gasolina». Pero contar esto sería falso. Y a mí no me gustan las mentiras. En realidad, vivo aquí porque muchos de mis amigos son de esta zona de Cataluña y así los tengo cerca. Y porque es un lugar ideal para entrenar. En Seva está mi circuito de enduro y puedo salir de casa en moto. Y porque tras crecer en casa de mis padres, en Corbera de Llobregat, y haber pasado tres años viviendo en Italia, necesitaba algo distinto, un cambio de aires. Empezaba una nueva etapa y soy de las que cree que cada etapa precisa de una escenografía distinta, de su lugar en el mundo. Yo necesitaba mi hogar, mi refugio. Y lo encontré en esta casa unifamiliar de Seva.

No tengo ni idea de qué hora es. He salido temprano de casa y creo que he andado unas tres horas. Alzo la vista y miro el reloj que hay colgado en la cocina mientras bebo agua. Después de hacer deporte, no bebo otra cosa que no sea agua. Son las doce del mediodía de un día de primavera radiante. Tengo calor, me siento cansada y bastante nerviosa. Espero una llamada. Pero no sé si será hoy o mañana, o pasado mañana. No puedo dejar de mirar compulsivamente mi teléfono móvil. Ni de tocar la pestañita que activa el aparato para ver si he recibido algo, ni que sea un mensaje. Nada. Mi cuerpo se tensa. Y eso me agota. Es más dura esta tensión que pilotar una moto cientos de kilómetros por las dunas del desierto. Espiro el aire con fuerza. Sé que debo calmarme. Me siento en el sofá de la sala de estar y respiro hondo. Inspiro y espiro varias veces. Busco un ritmo, cierta paz, pero no la encuentro.

Fijo la mirada al frente. Delante del sofá tengo la tele y el mueble del comedor. Y entre los trofeos, mi mirada tropieza con una imagen. No puedo evitar que mi cerebro la procese. La foto es de hace veintiocho años. Lo sé porque en ella aparece mi abuela paterna conmigo en brazos. Ella me mira con ternura y yo voy vestida de bautizo: de blanco impoluto, con la clásica medallita de oro en el pecho. Y tengo pocos días. Como mucho, semanas. Me emociono sin llorar. Y eso que cuando me lo pide el cuerpo, soy de las personas que lloran. Las últimas dos veces que he llorado han sido en el Dakar y tras su muerte, hace pocos meses. Tenía cien años y se llamaba Miracle, Milagros en castellano. De hecho, ella creía en ellos. Yo lo recuerdo vagamente, pero mi abuela y mi madre, Àngels, me lo han contado mil veces: cuando tenía cuatro años, un día estaba paseando de la mano de mi madre por la calle. De repente, delante de nosotras rebotó un balón que se les había escapado a un grupo de chavales que jugaban a fútbol en la acera, a pocos metros de nosotras. De un tirón, me solté de la mano de mi madre y salí corriendo emocionada tras la pelota. Oí un grito de pánico, supongo que de mi madre, y un chirrido de frenos. Y un coche me pasó por encima. Podía haberme matado. Pero no me hizo nada. La cosa quedó en un gran susto y un par de rasguños. Eso pasó el día de San Antonio y mi abuela se convenció de que el santo me había salvado la vida. Entonces me regaló una medallita con su efigie para que me acompañara. Cuando estoy en el Dakar, la llevo siempre encima.

Mi abuela pasó los últimos meses de vida con la memoria débil. Recuerdo que en los últimos tiempos, cuando me iba a una carrera y me despedía de ella siempre me decía lo mismo: «¿Y con quién vas a correr ahora: con los chicos o con las chicas?». Me lo preguntaba inocentemente pero quizá fuera consciente de que, desde muy pequeña, yo había formado parte de un mundo que no me correspondía. O mejor dicho aún, que, para algunos, no me correspondía, simplemente por ser una chica.

Ser mujer y correr en moto no es fácil. Básicamente, porque en este país hasta hace pocas décadas no solo no había chicas compitiendo en moto, sino que ni siquiera se subían a una, a menos que fueran de paquete y sentadas de lado. Moto y feminidad formaban una ecuación que nunca había cuadrado. Aquí, si eras una chica e ibas en moto eras un marimacho. Y supongo que por eso, por esa concepción social ancestral instalada en la memoria colectiva, me sentí, durante años, como un bicho raro. Yo me he pasado toda la vida entrenando con chicos, compitiendo contra chicos, viajando con chicos y, a menudo, sufriéndolos. Más que a los chicos, a sus padres, la versión masculina adulta. Recuerdo muy bien cómo en mis primeras pruebas de trial, cuando tenía que competir con niños porque no había categoría femenina, algunos de ellos me decían que los jueces me ayudaban, que me penalizaban menos por el mero hecho de ser una chica. Y cuando eres una niña y un adulto te suelta algo así, piensas que tiene razón. Porque cuando eres una niña, los padres, los adultos, siempre tienen razón. Pero con el tiempo me di cuenta de que no era cierto, que simplemente eran incapaces de aceptar que una niña pudiera ganar a un niño. Y menos aún, a su niño.

Con el tiempo, otras chicas se incorporaron al mundo del motor y el trial abrió su competición al universo femenino. Mucha gente me dice que soy una heroína —una palabra que detesto— porque fui una precursora. Y quizá sea cierto, no lo sé. Ni idea. Ni me importa. La francesa Michèle Mouton sí fue una heroína y una pionera cuando en 1981 se convirtió en la primera mujer de la historia en ganar una prueba del Campeonato Mundial de Rallies de coches. Tuvo lugar en San Remo. El equipo Audi Sport la había fichado para evolucionar un nuevo vehículo de la marca con un sistema de tracción innovador en las cuatro ruedas y ayudar a su compañero de equipo Hannu Mikkola a ganar el Mundial. Mouton sorprendió a todo el mundo. Un año más tarde, en 1982, estuvo luchando toda la temporada contra su rival Walter Röhrl, pero no pudo ganar la carrera clave, el Rally de Costa de Marfil. A mitad de carrera le comunicaron el fallecimiento de su padre y se retiró. Al final, el campeón fue Röhrl. Aun así, acabó subcampeona absoluta. E hizo historia. Su éxito la convirtió en la piloto más destacada y famosa. Ella sí abrió las puertas del mundo del automovilismo de élite a las mujeres. O la estadounidense Kathrine Switzer, quien en 1967 se convirtió en la primera mujer que lograba competir en una maratón atlética con dorsal, algo que por aquel entonces no estaba permitido. Se inscribió para correr la maratón de Boston con sus iniciales para burlar así el control de la organización y salió con el dorsal 261. Pero durante la carrera, un juez intentó sacarla del asfalto. La fotografía de ese instante ha pasado a la historia del atletismo y se ha convertido en un icono de los derechos de la mujer. Kathy, como se la conoce popularmente, pudo terminar la carrera gracias a la presencia de su entrenador y de otros atletas, que le quitaron de encima al comisario. Lo suyo sí fue una gesta porque, con su valentía y su arrojo, consiguió abrir el camino de la igualdad de las mujeres en las pruebas de fondo. Gracias a ella cinco años después, en 1972, las mujeres ya podían correr oficialmente. En 1984, en Los Ángeles, el maratón femenino se incluyó en el programa olímpico.

Cuando yo empecé, en el mundo de la gasolina casi no había mujeres pero a mí nunca me negaron el derecho a competir. Para mí, ir en moto no supone una reivindicación feminista. Ni mucho menos. Yo empecé a montar en moto y sigo yendo en moto porque me encanta. Simplemente eso. Porque no puedo entender mi vida sin darle gas, sin sentir el aire en la cara ni calzarme el pantalón y la chaqueta de carrera, los guantes y el casco, sin pensar que el próximo fin de semana tengo carrera y me debo superar, o que un año más volveré a la arena, a las dunas, al calor, al frío y a los riesgos del Dakar. Por todo eso voy en moto. Yo no me considero una superwoman. Las superwomen no existen. Y qué más quisiera yo que haber conseguido, sin proponérmelo, romper con el estigma social que nos persigue a todas las pilotos.

Noto que estoy un poco más tranquila. Aparto la mirada de la foto de mi abuela. Cierro los ojos. Vuelvo a coger aire por la boca, lo retengo en mis pulmones unos segundos y lo expulso. Repito la acción cinco, diez, veinte veces. Funciona. Respirar bien equilibra el cuerpo y la mente. Sé que lograr una cadencia respiratoria te conduce a un estado de relajación total. Sé también que el poder está en el cerebro, que no debo estresarme por las cosas que no dependen de mí, que no controlo. Y me repito que no tiene sentido sufrir, que llevo tres meses en las nubes, desde que terminé mi último Dakar. ¿Tres meses? Falso. Llevo años en las nubes. Mi mente me traslada al pasado: con seis años me estrené en una carrera de trial y desde entonces he ganado trece Campeonatos del Mundo —el primero, curiosamente aquí en Seva y con solo catorce años—, además de diez Campeonatos de Europa de trial, tres Mundiales de enduro, tres X Games y cuatro Dakar, todos en categoría femenina. Pero en mi palmarés también tengo un Campeonato de España masculino de trial en categoría cadete —entonces tenía doce años— y me subí al podio —fui tercera— del Campeonato del Mundo júnior, también masculino y también de trial. De todos estos títulos, y quizá porque gané a los chicos, estos dos últimos son los que me hacen más ilusión. Estos dos y el Dakar, por supuesto. Porque el Dakar es lo más grande. La carrera en mayúsculas. La prueba que te pone más a prueba. Contra las cuerdas. La que da más miedo, la que más te cuestiona como piloto y, sobre todo, como persona. Nunca olvidaré lo que he vivido allí. Cuánto he sufrido y disfrutado. Este año he ganado en categoría femenina por cuarta vez consecutiva, pero terminé decimosexta en la clasificación general absoluta. El mejor resultado conseguido nunca por una mujer. Por fin me he ganado sobre la arena y el polvo de América el derecho a disponer de una moto mejor.

Suena mi móvil. Me llaman. Abro los ojos. Vuelve la tensión. Se me corta la respiración. Todos los músculos de mi cuerpo se contraen. Me levanto de golpe. Empiezo a andar por el comedor. Respondo.

—¿Hola?

—Buenos días, Laia. Soy Martino.

Martino Bianchi es el mánager general del equipo Honda HRC Rally, uno de los mejores en el mundo de raid, una de las modalidades del off-road en la que las motos compiten lejos del asfalto en etapas de larga distancia. Guardo silencio un segundo que parece eterno. Intento serenarme. Sé que les impresioné en mi último Dakar. Sé que me quieren con ellos. Siento que ha llegado el momento más esperado: tener una Honda oficial, formar parte del equipo. Escucho a Martino. Y su propuesta confirma mis deseos.

—Si quieres estás dentro, junto a Joan, Hélder, Paulo y Jere.

Joan es Joan Barreda, un piloto de Castellón que llegó a la disciplina de raid tras triunfar en motocross. Hélder Rodrigues es portugués. Campeón del mundo de raid en 2011, se ha convertido en uno de los mejores pilotos del planeta, junto a Paulo Gonçalves, también portugués, además de campeón del mundo de raid en 2013. Y Jere es Jeremías Israel. Chileno. Estaré en un equipo de lujo. Dispondré de los medios que nunca he tenido. Sonrío, satisfecha. Y sigo escuchando a Martino.

—Serás mochilera de Hélder. En vez de water boy, serás una water woman —me dice—. Una water woman, una wonder woman.

¿Seré la Mujer Maravilla? Me hundo. Me quedo en silencio. En argot motero, al mochilero se le llama water boy, el chico del agua. Y como soy una mujer, pues haré de water woman. Una putada. Ser mochilera significa que no podré realizar mi propia carrera, que tendré que correr a merced de Hélder. Estar pendiente de él, pararme cuando él lo necesite, ayudarle si tiene un problema, cederle una rueda o las dos si hace falta. No tengo nada contra Hélder, al contrario. Me parece un tipo excepcional. Pero no me lo puedo creer. Martino me acaba de noquear. Él sigue hablando. Yo estoy bloqueada. No sé si colgar el teléfono, llorar o gritar. Pero no tengo fuerzas para el llanto. Ni voz. Grita mi estómago, mis entrañas: ¡joder! Él sigue hablando. Y me remata:

—Además, nunca pasarás de la decimosexta posición que lograste este año.

Cuelgo. Fijo la mirada en el ventanal que da al patio de mi casa. Pica el sol. La calma exterior contrasta con mi fuego interno. Estoy rabiosa.

Mi cuerpo vocifera insultos que mi boca no puede reproducir. Con el palmarés que tengo, con lo que he demostrado hasta ahora no merezco esto. No entiendo nada y, al mismo tiempo, lo entiendo todo: soy una mujer. Si fuera un hombre, todo sería diferente. Para empezar, con los títulos cosechados, habría ganado suficiente dinero como para poder retirarme. Y no es el caso.

Cojo el teléfono. Se lo cuento todo a mi padre. Lo de la water woman, lo de que nunca mejoraría mi decimosexta posición del último Dakar. Se queda helado. Lo noto. Lo conozco demasiado.

—Pero ¿de qué va Bianchi? Eso no se le puede decir nunca a un deportista. Tú estás donde estás porque jamás has pensado así —me responde indignado.

Me anima, como haría cualquier padre. Nos despedimos. Empiezo a deambular sin rumbo por la casa. Subo al primer piso. Bajo. Vuelvo a subir y a bajar. Sin sentido. Las palabras de Martino rugen en mis oídos. Mi cerebro las reproduce obsesivamente. Siento que el camino que debía recorrer se ha vuelto tortuoso. Que las luces que me tenían que guiar me deslumbran. Hay muchas cosas que me gustaría decirle, pero no sé cómo.

Sé que me jode correr de mochilera. No porque vaya de nada. Ni me crea algo en este mundo, sino porque en este punto de mi carrera ya no tengo que hacer este papel. Ya no. Esto frenaría mi progresión. Sería un error. Además, tengo patrocinadores personales y no me lo puedo permitir. Pero, sobre todo, porque cualquier problema que tuviera Hélder podría destruir mi trabajo, todos mis sueños. No quiero fracasar por culpa de otros. Si me tengo que quedar colgada en medio del desierto de Atacama, que sea porque ya no puedo más, porque estoy agotada, me he perdido o he fallado en la navegación, porque no he visto un bache y he saltado por los aires. Me convenzo de que se lo diré. Y se lo diré así. Sin más. Sin rodeos. Y estaré en la línea de salida en Buenos Aires el 4 de enero de 2015 con el equipo pero libre, completamente libre. No me rendiré. No lo he hecho nunca. Nada minará mis ilusiones. Nada minará mi fuerza. Soy una mujer, soy piloto, pero no soy un bicho raro.

PRESIÓN

At night we ride through mansions of glory

in suicide machines.

Sprung from cages out on highway 9,

chrome wheeled, fuel injected

and steppin’ out over the line.

Baby this town rips the bones from your back,

it’s a death trap, it’s a suicide rap.

We gotta get out while we’re young

’cause tramps like us, baby we were born to run.2

Born to Run, BRUCE SPRINGSTEEN

PRIMERA ETAPA
Buenos Aires - Villa Carlos Paz (Argentina)
838 km
175 km de especial cronometrada

Buenos Aires (Argentina), 4 de enero de 2015

Mi padre tiene la culpa de todo. Fue él quien, cuando yo aún no andaba siquiera, me subía en el depósito de su moto y me llevaba a dar una vuelta. Mi cuerpo se erguía y él me sostenía, con cariño, con la palma de su mano abierta sobre el pecho. Yo sonreía y daba golpes con las manos en el depósito. Sentí antes el equilibrio encima de una máquina a motor de dos ruedas que con mis dos pies en el suelo. Sentí la velocidad antes de tiempo. Sentí la felicidad sin saber aún qué era, sin tener la capacidad para procesar de forma racional lo que es realmente ese eterno deseo vital de la especie humana. Como todo el mundo, siempre he buscado la felicidad y sé que está hecha de pequeños momentos. Pero he tenido la suerte de que a mí me encontrase a muy corta edad.

Hoy también soy feliz. Estoy en Santiago del Baradero, la ciudad más antigua de la actual provincia de Buenos Aires, subida a mi Honda CRF 450 Rally, y queda solo un minuto para que me den la salida. Se la acaban de dar al boliviano Chavo Salvatierra. Él lleva el dorsal 28 y yo el 29, a pesar de que hace un año acabé entre los dieciséis primeros. No me han concedido el dorsal amarillo. Llevarlo te permite salir en el grupo principal, entre los primeros. La organización reparte los dorsales amarillos en función del palmarés. Pero la decisión es, claramente, subjetiva. Yo no he ganado nunca el Dakar, ya lo sé, ni ninguna etapa, pero mis tres Mundiales de enduro no les ha servido. Y, además, creo que este año me lo merecía. Tengo que pringar. El primer día me toca tragar polvo. Pero da igual, aquí estoy. Me he ganado una moto oficial y he convencido a Martino Bianchi de que no iba a ser la mochilera de nadie. Lo ha entendido. Solo tengo el compromiso de asistir a Hélder Rodrigues si hay graves problemas. Y eso me da tranquilidad porque una de las grandes virtudes del pilotaje de Hélder es la fiabilidad.

Escaneo mi entorno con la mirada en un barrido de 180 grados. Está lleno de gente que grita, canta y ondea banderas. Debe de haber centenares de miles de personas. Aquí, en Argentina, sin pasión no hay vida. Y a mí me encanta porque creo que la pasión es lo único que la sustenta. Ayer en la largada, que es como se conoce popularmente el desfile de equipos, pilotos y vehículos participantes, había 650.000 fanáticos del motor vociferando en el centro de Buenos Aires. Di la vuelta a la plaza de Mayo, emocionada. Y la memoria me mandó de golpe una postal de infancia: la imagen de un grupo de mujeres con un pañuelo blanco atado a la cabeza que daba vueltas a la misma plaza. Una imagen que vi por primera vez en casa hace años, durante las noticias de la tele. Una visión que me removió las tripas cuando supe que aquellas mujeres andaban en círculo sin parar, unidas por la desgracia de tener que buscar a sus hijos desaparecidos, represaliados, aniquilados por la barbarie de la dictadura argentina del general Videla. Sé que aún hoy, casi treinta y nueve años después del golpe militar, los buscan y protestan cada jueves en silencio, recorriendo de forma circular el centro de la plaza. El mismo lugar en el que se me saltaron las lágrimas hace cinco años cuando por megafonía anunciaron mi nombre por primera vez. Lo recuerdo perfectamente. Yo estaba encima de la tarima instalada delante de la Casa Rosada, la sede del Gobierno argentino. Me presentaron como debutante en el Dakar, la carrera con la que siempre había soñado. Observé a la multitud. Entre la gente distinguí a un grupo que ondeaba senyeres, la bandera catalana. Nos cruzamos la mirada. Y les vi en los ojos su ilusión por darme alas. A pesar de no conocernos, había algo que nos unía. Nuestra tierra, de la cual muy probablemente sus padres tuvieran que huir años atrás, también por culpa de una dictadura fascista. Juntos, focalizamos la emoción. Y lloré como una magdalena.

Hoy no lloro. Estoy tensa. Siento la presión. La sufro como nunca. Vuelvo a recorrer con la mirada los alrededores. La multitud sigue jaleando. Cada vez grita más y más. Hay un grupo de espectadores que me dice algo pero no los oigo. Es como si mi sentido auditivo hubiera desaparecido. Como si mi cerebro hubiera pulsado el botón del mute. Intuyo que me animan. Pero yo solo tengo una cosa en la cabeza: la carrera. Me he levantado a las cuatro de la madrugada y he llegado aquí tras recorrer los primeros 144 kilómetros de enlace bordeando el Río de la Plata, un precioso estuario formado por la unión de los ríos Paraná y Uruguay que hace de frontera natural entre Argentina y Uruguay. Sé que la de hoy no será una etapa prólogo al uso, corta y de lucimiento. Me esperan 175 kilómetros de especial cronometrada y, después, 519 más de enlace hasta el vivac de Villa Carlos Paz, muy cerca de Córdoba. En total, sumando los 144 que acabo de hacer, 838 kilómetros de desgaste. Pero esto solo es el inicio. El Dakar no perdona. Es cruel. Muy cruel. Quizá por eso atrape a tanta gente. Porque cuestiona tus capacidades desde el comienzo. Porque te cansa hasta dejarte exhausto y luego te obliga a pensar, a navegar para no perderte. Forzándote a estar pendiente de todo, incluso de la cantidad de agua que cargas en tu camelbag. Si fallas en la medida, si te quedas sin agua y te pierdes en medio del desierto de Atacama tu vida corre un grave peligro. En ninguna otra carrera la muerte flirtea con los pilotos como aquí, en el Dakar. Es caprichosa e implacable y aprovecha cualquier error para atraparte. Por delante tengo más de 9.000 kilómetros por territorios de Argentina, Bolivia y Chile. Más de 9.000 kilómetros de pistas polvorientas, caminos pedregosos y dunas de arena. Sé que me asaltará el miedo, el llanto y la risa. Por eso estoy aquí. Porque el Dakar me obliga a vivir como más me gusta: batallando contra el temor, alejándolo, buscando el equilibrio entre la pasión y la estabilidad. En la vida siempre debes escoger y yo he elegido estar aquí.

Sigo en la línea de salida. Miro al horizonte. El sol está bajo pero seguro que quemará. Son las ocho y cuarto de la mañana y ya me golpea en la nuca. Compruebo si funciona el aparato que llevo en el manillar de la moto junto al GPS; es el que me permite ir pasando el roadbook, la hoja de ruta con todas las indicaciones de la etapa. En pruebas como el Dakar llevamos un GPS capado. El aparato no te marca el camino. Solo ejerce la función de brújula digital y te confirma que has pasado por cada way point, los puntos del recorrido que no te puedes saltar por nada del mundo. Si lo haces, te penalizan. Me aseguro de que las gafas que llevo son las oscuras, las que utilizo para pilotar de día. He salido de Buenos Aires de madrugada con las nocturnas. Me las coloco bien. Me golpeo el casco con la mano derecha. El comisario de la carrera me mira. En cuestión de segundos indicará que puedo ponerme en marcha. Estoy inquieta. «¿Llevo encima la medalla de San Antonio de mi abuela? ¿Dónde la he metido? ¡Joder, no puede ser! —me digo—. Si salgo sin saber dónde está, correré insegura», me repito. Tengo miedo. Pasa un segundo. Quizás algo menos, medio segundo, un eterno medio segundo. Pero una chispa neuronal me salva. Me planta en el cerebro una imagen de hace apenas unas horas. Yo estoy de pie, en la habitación de mi hotel de Buenos Aires. Llevo las botas, el pantalón y la chaqueta e introduzco una pequeña bolsa de plástico en el bolsillo interior de mi cazadora. Dentro de la bolsa guardo: mi pasaporte, que siempre llevo encima, la medalla que me regaló mi abuela, dinero y una banderita de ropa con un texto en japonés imposible de reproducir pero que sé que es un deseo de buena suerte. Me la dio ayer Noguchi, un chico japonés que lleva la parte eléctrica de las motos del equipo, de parte de Aki, el técnico de embragues. Me hizo ilusión. No soy supersticiosa. Bueno, en realidad solo un poquito. El Dakar es tan peligroso que te abrazas a cualquier creencia. Además, si la fe me llega de gente que me quiere en forma de medalla o postalita, yo me la cargo en el bolsillo interior de mi chaqueta. Me la acerco al corazón.

Go! El grito del comisario de salida sí lo oigo. Y doy gas con todas mis fuerzas. Me siento segura. Firme. Soy consciente de que bajo el guante de mi mano derecha llevo otro amuleto que también me da seguridad: una pulsera que me regaló mi padre un par de años atrás para animarme a superar una grave lesión. Y en ella hay una inscripción que, en este instante de felicidad absoluta, justo cuando acabo de recorrer los primeros metros de mi quinto Dakar, vibra intensamente en ese espacio tan inconcreto pero tan íntimo de mi cuerpo que hay entre el estómago y el alma: «Quien tiene la voluntad tiene la fuerza».

Durante los primeros kilómetros ruedo muy rápido. El piso lo permite: es una pista ancha que cruza miles de hectáreas de campos de cultivo de trigo, cítricos y girasoles de la provincia de Buenos Aires. Pero presenta una gran dificultad: avanzando a 170 kilómetros por hora, me encuentro constantes giros de 90 grados que me obligan a reducir de golpe para virar en condiciones. El roadbook me lo indica de forma clara. Y, además, lo tengo marcado en color. Lo repasé y puse mis anotaciones ayer en Buenos Aires, como hago siempre el día antes de la etapa. Es un ritual. Me aíslo y me enchufo los cascos. Sin música no hay verdadero repaso de roadbook. Y ayer necesitaba la fuerza de Born to Run, de Bruce Springsteen, para encarar el estreno de hoy. Pero mi lista musical es mucho más amplia: va de Chaikovski a Eros Ramazzotti. Me encantan las melodías de Chaikovski. Y mi padre tiene la culpa. De nuevo él, porque aparte de fanático de las motos e ingeniero industrial, es un manitas y pasa horas faenando en un pequeño taller que instaló hace años en el garaje de casa. Siempre que trabaja lo hace con música. Con Chaikovski. Él nunca me dijo: «Laia, escucha esto». Pero he crecido con esta música. Por eso la tengo tan presente. También mientras avanzo por la pista. Canto sus notas mientras me trago el polvo de la moto de Chavo Salvatierra. Buena señal: significa que lo tengo cerca, que le gano terreno. Kilómetro 15: primer control. Primeros tiempos. Pero ni buenas ni malas noticias. En medio de la carrera, los pilotos no sabemos cómo vamos. No nos comunican el tiempo que hemos hecho. La única referencia de que disponemos es la visual. Solo sabemos si hemos avanzado a alguien o si nos han adelantado a nosotros. Por ahora, intuyo que le he ganado únicamente tiempo a Chavo. Siento que voy muy bien. Y pienso en un número. En el 16. Después de lo que me dijo hace meses el mánager general de mi equipo, Martino Bianchi, bajar de este puesto en la clasificación final del rally se ha convertido en mi gran objetivo. Quiero demostrar que no tenía razón. Pero para conseguirlo, debo tener cabeza. Mucha cabeza. No puedo obsesionarme. Esto es muy largo y acaba de empezar. Prosigo a buen ritmo. Mantengo una velocidad alta. Me encuentro con obstáculos con los que no contaba: roderas y baches secos. Son muy grandes, de camión. Quizá del año pasado, aunque lo ignoro. Piloto con los sentidos en alerta máxima. La de hoy es una etapa relativamente corta, sé que durante estas etapas se gana poco, pero puede perderse mucho. Si quiero hacer un buen Dakar, debo empezar bien. Los primeros días son clave. Así que calma, me digo. Pero la presión acecha.

Soy consciente de que me miran con lupa porque estoy en un gran equipo. Se trata del primero que apuesta por una mujer que vaya en moto en la mayor y mejor aventura del mundo del motor. Pero solo tengo un año de contrato. Y conozco este mundo. Si no me salen bien las cosas, no volverán a confiar en mí. Todo dependerá de los resultados. Intento dejar de pensar en eso y concentrarme en la carrera. No puedo. Igual que la muerte, la mente también es caprichosa. Me traslada a mi primer Dakar. A cómo conseguí plantarme aquí. A las dificultades que tuve en 2011 para llegar a Sudamérica con una moto mínimamente digna y lo difícil que ha sido conseguir que ahora, cinco años después, me encuentre sobre esta Honda oficial, formando parte de un gran equipo.

Las primeras dificultades dignas de mención fueron económicas. Ir al Dakar es muy caro. Un piloto que solo quiera participar y acabar, sin ninguna ambición más, necesita como mínimo 60.000 euros. Yo, en mi primer Dakar, necesitaba 200.000: para dos motos, la mía y la de Jordi Arcarons, que hizo para mí las veces de entrenador y mochilero experimentado; un mecánico, el alquiler de un camión, pagar un fisioterapeuta y el material. Pero cuando llegó el momento de formalizar la inscripción, no los tenía. Me faltaba la mitad. Hice números y decidí bajarme el sueldo, pero no era suficiente. Al final, a última hora, me salvaron un sponsor y unos amigos que conocía del mundo del trial y que cubrieron el resto. Con el dinero en la mano, llamé a mis padres, loca de alegría. Había tocado el cielo. Había logrado lo que siempre me había parecido imposible. Siempre. Yo me había enamorado del Dakar siguiendo los resúmenes por la tele. Eran los años de África. Los años de las luchas fratricidas en moto entre Carlos Mas, Stéphane Peterhansel y Edi Orioli. Sentada en el sofá de mi casa de Corbera de Llobregat junto a mis padres, sentí que aquello era lo mío. Pero pensaba que sería imposible estar aquí algún día. Bueno, de hecho, ni lo imaginaba. Lo mismo me ocurre ahora con la Fórmula 1. La miro, me encanta, disfruto, chalo, pero ni se me pasa por la cabeza creer que un día estaré en el pit lane.

—¿Ya te lo has pensado bien? —me preguntaron.

No esperaba esta respuesta, pero la entendí enseguida. Mis padres, como todos los padres, se preocupan por mí. Mi madre porque sufre por todo, y mi padre porque sabe perfectamente lo peligroso que es ir a 170 kilómetros por hora a través de un camino de tierra. La verdad es que yo no lo había pensado. Simplemente, lo había decidido. Mi primera aventura acabó muy bien: gané en categoría femenina y terminé en la 39.a posición de la general absoluta. Los dos años siguientes, 2012 y 2013, estuve aquí con la marca catalana Gas Gas. En 2012, repetí triunfo en categoría femenina y posición en la general. Volví a ser 39.a Pero el año siguiente, el Dakar de 2013, fue dramático. No porque solo pude acabar en la 93.a posición de la general, aunque volví a ganar en féminas, sino porque al cabo de unos meses rompí mi relación con Gas Gas. La marca no cumplía los acuerdos establecidos en el contrato: ni económicamente, ni con respecto a las motos, ni siquiera con el material. Sentía que tenía que tomar una decisión muy difícil: significaba dar un paso atrás y quedarme sola, sin moto ni equipo. Toda la planificación de aquel año se iría al traste. Lo pensé mucho y lo pasé muy mal, pero, al final, decidí romper con la firma catalana.

Corría el mes de mayo y al día siguiente de quedarme sin equipo y sin moto, tenía la primera prueba del Mundial de enduro. Una locura. Y a la vuelta de la esquina, los X Games, más un Dakar a siete meses vista. El futuro pintaba incierto. Peor aún: muy negro. Sobre todo, porque mi primer Dakar me había fascinado tanto que abandoné el trial para centrarme en el enduro y los raids. Y tal y como estaban las cosas, no podría competir ni en enduro ni en trial, ni tampoco en el Dakar. Todo se tambaleaba y se hundía. Tenía miedo de perderlo todo después de tantos años luchando. Los temores son terribles. Paralizan tu capacidad de raciocinio. Y me conozco: aunque muchas veces no los puedo vencer, sí que los sé gestionar. No sé cómo lo aprendí ni cuándo lo hice o si, simplemente, se me da bien, pero lo cierto es que controlo bien los miedos. Soy más cerebral que impulsiva. Identifico las amenazas, pero también las fortalezas. Y me defendí del miedo con valentía y convicción. Tomé las riendas de mi futuro. Tomé decisiones. Para empezar: buscar una moto para salir en las dos primeras carreras del Mundial de enduro, que se disputaban en España, en Puerto Lumbreras, Murcia. Encontré una KTM de un amigo y pude correr. Fue el peor fin de semana de mi vida. Sufrí como nunca antes lo había hecho. Estaba muy nerviosa. La decisión había sido muy complicada y mi corazón me decía sin compasión: «No tenías que haberte marchado de Honda-Montesa (mi equipo previo) para ir a Gas Gas». Estaba arrepentida de la decisión anterior. No de la que acababa de tomar. Me sentía mal pero no paraba de repetirme que todo lo malo sucede para que vengan cosas mejores. Necesitaba a mi gente. Y mi gente estuvo allí. Mis padres, que raramente pueden venir a verme en las carreras, viajaron hasta Puerto Lumbreras. Los necesitaba y allí los tenía, a mi lado. Siempre les estaré agradecida. Gané las dos carreras. Aquellas dos victorias fueron una inyección de moral para afrontar los siguientes compromisos. Me reforzaron tanto que poco después, cuando coincidieron en un mismo fin de semana dos pruebas más del Campeonato del Mundo de enduro en Portugal y los X Games de Barcelona, busqué la solución. ¿Cómo podía estar en Portugal y a la vez en Barcelona? En las pruebas del Mundial de enduro, los viernes se realizan las verificaciones y un prólogo corto y, los dos días siguientes, el sábado y domingo, se disputan sendas carreras. Pasar la verificación y hacer el prólogo es obligatorio si quieres estar en alguna de las dos pruebas. No me lo podía saltar. Así que decidí que el viernes estaría en Portugal para hacer las verificaciones y correr la especial, y el sábado renunciaría a la carrera del Mundial de enduro para viajar a Barcelona y disputar los X Games, unos Juegos Olímpicos de los deportes extremos que organiza la cadena de televisión norteamericana ESPN, especializada en deportes. Aquel mismo año, cuando aún no había roto mi relación con Gas Gas, ya había ganado el oro en la modalidad de enduro de los X Games en Brasil, en Foz do Iguaçu. Mi primera medalla de oro en esta espectacular prueba, que siempre había visto por la tele pero nunca había vivido. Quería la segunda. Y la podía conseguir en mi tierra, en Barcelona. Me encanta revivir mentalmente la carrera del Sant Jordi. Fue una carrera épica. No la olvidaré jamás. Teníamos que completar seis vueltas al circuito indoor. Y salí muy bien. Tan bien, que me situé en la posición ideal para entrar líder en la primera curva. Pero me cerraron por ambos lados y se me bloqueó el manillar. Me fui al suelo. Yo y muchas de mis rivales. No sufrí ningún rasguño, pero quedé muy rezagada. Y pensé que la victoria se me escapaba. De pronto oí rugir 20.000 gargantas. Gritaban mi nombre, me animaban. Y me dieron alas. Sufrí mucho. Utilicé mi técnica de trial para ganar unas décimas de segundo en cada salto, a cada curva. Y castigué duramente mis brazos y espalda. Pero en la tercera vuelta logré ponerme primera, posición que ya no solté hasta el final, sacándole doce segundos a la segunda clasificada, la estadounidense Maria Forsberg. Aquel sábado, nada más terminar la carrera en Barcelona, viajé a Portugal. Estaba agotada. Pero llegué, corrí y gané. Tenía el Mundial de enduro a punto de caramelo, pero aún me quedaban dos pruebas más: Rumanía y Francia. Quería ir a por todas. Y llegó Rumanía. Era el mes de junio. Y volví a ganar. Las dos carreras. Estaba destrozada pero contenta. Eufórica. Tan pletórica, de hecho, que en un McDonald’s en Rumanía pasó aquello que resulta tan humano: un ataque de convicción, de seguridad en mí misma. Aquello que sale de las entrañas y escupes por la boca sin pensar: «¿A que no hay huevos de participar en el Mundial de trial? —me dije—. «¿Que no?», pensé. Y ya no hubo vuelta atrás. Aquel año, el trial no entraba en mis planes competitivos. Pero la dura realidad y mi ímpetu me llevaron a cambiarlos. El Mundial se disputaba en cinco carreras: dos en Andorra y tres más en Francia. Y en las dos primeras, las andorranas, ya no podía correr: tenían lugar aquel mismo fin de semana y coincidían con el enduro de Rumanía que acababa de ganar. Pero aún quedaban las tres carreras de Francia y como la clasificación se define a partir de los tres mejores resultados, descartando los dos peores, tenía alguna opción. Pocas, me repetía. No quería engañarme. Sabía que no había margen para el error. No podía fallar. Pero conservaba alguna opción. Gané las dos primeras pruebas del trial de Francia, a falta de una. Si la ganaba, me convertía en campeona del mundo. Pero el calendario no ayudaba nada. El enduro de Francia y el trial se disputaban también el mismo fin de semana. El enduro en Saint Flour, al norte de Millau, en el centro de Francia; y el trial en la estación de Isola 2000, en los Alpes. A 300 kilómetros de distancia. Un problema más que estaba dispuesta a superar. De modo que el viernes por la mañana, disputé el trial y gané. Me proclamé campeona del mundo. Mi decimotercer Mundial de trial. Subí al podio muy feliz pero nerviosa. Metía prisa a la organización. Necesitaba bajarme del podio urgentemente, subirme a la furgoneta y recorrer 300 kilómetros para llegar a las verificaciones y al prólogo de enduro en Saint Flour. Pero se me echaba el tiempo encima. Iba muy justa. No llegaba. La organización aceptó que mi mecánico pasara la verificación de la moto por mí y al final llegué poco antes de empezar la especial. En Saint Flour no pude ganar las carreras. Tanto en la del sábado como en la del domingo acabé segunda, por detrás de la británica Jane Daniels, si bien disponía de suficiente margen como para lograr el Mundial. Mi tercer Mundial de enduro consecutivo. Brutal. Pero pasaban los meses y me daba cuenta de que estaba fuera del Dakar, que desde hacía tres años se había convertido en mi gran objetivo. No tenía equipo. Continuaba sin moto. Y sin ofertas sobre la mesa. Sabía que solo había un camino: seguir compitiendo, tratar de sumar triunfos. Y esperar el milagro: que algún equipo o alguien me abriera las puertas del Dakar. Mi cabeza hervía: «¿Por qué me marché de Gas Gas?», me preguntaba una y otra vez. Pero al instante me respondía que había hecho bien, que era lo que sentía. Mi cuerpo estaba sufriendo. Los nervios nunca son buenos compañeros de viaje.

Y llegaron los X Games de Múnich. Alquilé una Honda vieja y salté a la arena del Estadio Olímpico de la capital bávara. La moto era una máquina desfasada, muy pesada, difícil de pilotar, de dominar en los virajes. No gané. Imposible. Acabé segunda, esta vez por detrás de Forsberg. Yo sabía que había hecho una gran carrera, que con lo que contaba era imposible mejorar los tiempos. Pero no había ganado. Y, si pretendía tener alguna opción de estar presente en el Dakar, necesitaba ganarlo todo. Todo. Mi mente quería jugármela, pero yo me resistía. No soy así, nunca me rindo. Siempre lucho hasta el final. Por suerte, el destino me dio una oportunidad de la mano de Johnny Campbell, una de las leyendas del off-road estadounidense, una institución del motociclismo mundial. Nos habíamos conocido en el Dakar de 2012, cuando él participaba con Honda HRC para ayudar a los pilotos del equipo y evolucionar la moto, su tarea principal gracias a su enorme experiencia.

—Mi mujer se ríe de mí —me dijo entonces.

—¿Por qué?

—Porque me ganas —remató riendo.

Campbell vio la carrera de Múnich por la tele. Y me envió un email.

«Estoy impresionado. ¿Dónde ibas con esa moto de 2008, de hace cinco años? Está desfasada, y tú, con ella, has hecho maravillas».

Leyendo la primera parte del texto se me escapó la risa, pero, después, me emocioné. Había escrito:

«¿Te vienes a Los Ángeles conmigo, te pongo un mecánico y corres los X Games con una moto mía?».

Me quedé atónita. No daba crédito. No me lo podía creer. Faltaba poco menos de un mes para los X Games de Los Ángeles y tenía la posibilidad de correr en condiciones. Le respondí que sí sin pensarlo un segundo. Ni medio segundo. Y estuve un par de semanas en San Clemente, California, al sur de Los Ángeles, viviendo en su casa y entrenando con él. El resultado: la victoria. Había ganado mi tercer oro en los X Games en un mismo año. Y, después, el destino volvió a salir en mi ayuda: cuando terminaron los X Games, Campbell debía llevar a cabo unos test para el equipo oficial Honda en el desierto de Mojave, al noreste de Los Ángeles. El objetivo: probar la fiabilidad, la durabilidad de las motos que tenían que participar en el Dakar 2014. Había tres pilotos y uno de ellos se rompió una pierna.

—¿Te gustaría hacer los test para Honda? —me preguntó Campbell.

Evidentemente, no dudé en retrasar el billete de avión de vuelta. Los test duraban quince días. Rodábamos por turnos: una hora cada piloto. Empecé un poco cohibida. Aquello estaba lleno de japoneses. Y, entre ellos, Katsumi Yamazaki, el director del equipo, el máximo responsable de uno de los equipos más potentes del mundo. No conocía a nadie de Honda. Ni nadie de Honda me conocía a mí. Notaba cierta desconfianza. Piloto nuevo y, encima, ¿una chica? Este Campbell está loco, debían de pensar. Pero allí estaba yo, dispuesta a demostrar que sí, que soy una mujer, pero que puedo rodar tan rápido como los hombres. Y no para no defraudarme a mí, sino para no defraudar a Campbell, que había apostado por mí. Me di cuenta de que, al principio, hacían poco caso a los tiempos de mi relevo. Pero acabaron gritándome: «¡No corras tanto, solo son pruebas de durabilidad de la moto!». Los sorprendí. Y al final de los test, cuando terminamos, Yamazaki me cogió por la espalda y me separó del grupo. Quería hablar.

—¿Te gustaría tener una buena moto para el Dakar?

Noté un escalofrío agradable en el estómago. Y la sensación de que había escogido el camino correcto: el de trabajar duro, el de aprovechar todas y cada una de las oportunidades que se me ofrecían, que me había ganado. No tenía mochilero, ni ayuda extra, pero sí la mejor moto que nunca había tenido, una buena moto, una Honda no oficial, aunque similar a las mejores máquinas. Y corrí mi mejor Dakar, el que me situó entre los dieciséis mejores pilotos de la prueba. El Dakar que me abrió las puertas de un gran equipo oficial.

Por todo esto estoy aquí. Por eso siento ahora tanta presión, en medio de los campos de cultivos de la primera etapa del Dakar 2015, a punto de rebasar el segundo waypoint. Sé que esperan mucho de mí, pero se trata de una presión que me estimula. Porque la controlo. Porque con los años he descubierto que, como la mayoría de los pilotos, no soy infalible y que en este negocio domina el factor humano. Y encima de mi moto, el factor humano soy, simplemente, yo. Mi cuerpo. Mi mente. Eso no es la Fórmula 1. Aquí no gana la aerodinámica ni el trabajo de laboratorio. Aquí gana la fuerza, la resistencia, las ganas, la ilusión. El alma del piloto. Llego al kilómetro 69 de la carrera. Segundo control de paso. Intuyo que he perdido un poco de tiempo. Me enfado. «Calma Laia», me repito. Cuento con una estrategia clara y voy a mantenerme fiel a ella: no ser agresiva. Sé que es difícil pudiendo rodar rápido, pero lo importante consiste en evitar errores y no pisar a fondo para no desgastar la moto, aunque Born to Run de Bruce martillee en mi cerebro que hemos nacido para correr. Debo cerrar el primer día sin lastres, ni míos ni de la moto. En el tercer control tengo la sensación de que mejoro el crono. Pero es solo una impresión. Y mi cuerpo se relaja momentáneamente. Veo en el roadbook que me quedan 40 kilómetros. No bajo la guardia. Y veo la meta. A lo lejos. Cruzo la línea. Decimoséptimo mejor tiempo. Un gran resultado.

Suelto el aire de los pulmones. Busco agua embotellada. Siempre embotellada. Cualquier líquido que no sea seguro te puede provocar una diarrea. Y una diarrea en el Dakar es letal. Te arruina la carrera. Me siento debajo de un árbol del vivac y bebo mientras espero que mi gente llegue al campamento. Mi gente es Virginia y Alberto. Virginia es mi mujer de confianza. Mi mano derecha. La persona que llega donde yo no alcanzo. Quien me ayuda en todo en el día a día de la carrera, como conducir el motorhome de vivac en vivac, gestionar las entrevistas con los medios de comunicación, lavarme la ropa... Pero Virginia es mucho más. Es la persona que solo con mirarme a los ojos ya sabe cómo estoy, si estoy contenta, si estoy rabiosa, si estoy cabreada o feliz. Quien sabe si debe hablarme o guardar silencio. Si necesito un abrazo o que me den una palmada en la espalda. Y Alberto es mi mecánico, quien mima la máquina cada noche para que, de madrugada, esté en perfectas condiciones y pueda encarar una nueva jornada. Sí, estoy dentro de un equipo oficial, pero necesito tenerlos a mi lado, formando parte de mi mundo. Nos queremos, nos respetamos. Y vamos a una.

En el vivac me encuentro con Pedro, mi pareja desde hace medio año. Como piloto se le conoce por sus apellidos: Bianchi Prata, es portugués y ha corrido siete Dakars, pero este año está aquí dirigiendo su propio equipo. Me abraza. Está contento. «Lo has hecho muy bien», me dice. Habíamos coincidido en el vivac varias veces y sabíamos el uno del otro, pero nos conocimos personalmente en el Dakar de 2011. Hubo muy buen rollo. Al año siguiente, en 2012, yo acabé en la posición 39.a de la general y él, en la 42.a De aquel año hay una foto muy bonita. La encontré por internet. Es de la penúltima etapa, entre Arequipa y Nazca, en Perú. Y se nos ve a los dos rodando juntos en plena carrera. Mi moto va ligeramente por delante de la suya. Y las ruedas de nuestras motos no tocan el suelo. En casa también tengo un dibujo a lápiz de aquella foto. Lo hice un día que estaba inspirada y, hace poco, se lo regalé. Me encanta dibujar, aunque no sea buena en eso.

Mientras abrazo a Pedro visualizo mentalmente aquel recuerdo y saboreo el instante, como si de una llamada del destino se tratara. Como si estuviera predeterminado que acabáramos juntos recorriendo el camino aunque, eso sí, lejos de Perú.

Martino Bianchi rompe ese momento mágico. Alarga su mano y me entrega mi pasaporte.

—Toma, te lo has dejado en el refuelling. Lo ha encontrado Laurent Lazard.

Veo que el pasaporte está dentro de la bolsa de plástico, tal y como lo he colocado de madrugada antes de salir de Buenos Aires. En su interior, también aparece la banderita japonesa con la inscripción que debía traerme buena suerte. Pero veo que algo no va bien: en la bolsa no está la medalla de mi abuela. He perdido la medalla de San Antonio. «Joder —exclamo por dentro—. ¡No, no, no!». Me excito. Empiezo a andar por el vivac, a dar vueltas, aparentemente sin sentido. Pero lo tiene. Mi cerebro se activa. Revisa la carrera, el pasado más reciente. Mis últimas tres horas de vida. Y repasa todos y cada uno de mis movimientos. Uno por uno. Los refuelling son los puntos establecidos por la organización para poder cargar combustible. Recuerdo: en la etapa de hoy, solo ha habido un refuelling. Estaba en medio del segundo y último enlace, entre los pueblos de Cañada de Gómez y Villa María. «Vale —me digo—. Había un bar. He tomado un té y he pagado». No recuerdo más. Ni tampoco haber visto a Laurent Lazard, el piloto francouruguayo que ha encontrado la bolsa con el pasaporte. Rodaba detrás de mí. Intento reconstruir ese instante sin certezas: «Debí de dejar la bolsa de plástico encima de la barra, después de sacar el dinero». Solo lo supongo. En cualquier caso, me da igual. «Ya tengo la bolsa con el pasaporte, pero ¿y la medalla? ¿Se me cayó cuando saqué la bolsa del bolsillo interior de mi chaqueta? ¿Estará allí, en el suelo del bar del refuelling?». No tengo ni idea, pero es una opción más que probable. Me pregunto: «¿Qué hago? No puedo continuar en carrera sin la medalla». Siento pánico. «¿Vuelvo al refuelling a por ella? No tiene sentido. Debe de estar a unos 250 kilómetros. Dos horas de ida y dos más de vuelta. Cuatro horas menos de descanso. Es una locura, un riesgo inútil. Mejor que mande a alguien del equipo a por ella». Pero, de golpe, mi mente me para en seco. Dejo de andar sin sentido. La lucidez hace su aparición y una voz, mi propia voz, me dicta: «Laia, no es la primera vez que te pasa. El año pasado también perdiste la medalla. Recuerda: metiste la mano en el bolsillo de la chaqueta y te diste cuenta de que no estaba. Y mandaste a todo el mundo a buscar por el vivac. Y apareció». Al cabo de una hora, apareció, hurgando en una de las papeleras. Cayó allí cuando me quitaba la chaqueta y las protecciones del cuerpo. «De acuerdo —me repito—. Pero es imposible que hoy haya pasado lo mismo. Si la bolsa con el pasaporte y la banderita japonesa estaban en el refuelling, la medalla tiene que seguir también ahí. No puede ser de otra forma». Cuando ya estoy a punto de volver atrás, la sensatez me ilumina. Mi voz interior me guía: «¿Por qué no repasas el bolsillo de la chaqueta? Quizá se haya salido de la bolsa. Quizá siga allí». Busco la chaqueta y la sujeto con la mano izquierda mientras hurgo en el bolsillo con la derecha. Respiro tranquila. Me siento liberada. La medalla está allí. Sonrío, feliz.

Mi cuerpo se relaja y me dejo caer al suelo bajo un árbol. Repaso la clasificación del día: en primer lugar, el británico Sam Sunderland, seguido por mi compañero de equipo, Paulo Gonçalves. Tercero, el catalán Marc Coma, y en cuarta posición, otro de mis compañeros, Joan Barreda. Mañana me espera una etapa muy difícil. La primera etapa maratón. La gran escabechina. 518 kilómetros de especial cronometrada y 107 de especial en dos tramos. Empieza a caer el sol. Es la hora mística. Un instante mágico. Parece que se pare el tiempo. En el vivac se impone la paz. Y, en mi cuerpo, la reflexión. Estoy satisfecha de como he gestionado la presión durante mi primer día en un gran equipo. Me quedan todavía doce días de carrera, doce días más de presión. Pero estoy tranquila. Con los años he aprendido que en la vida hay dos cosas ciertas: que llegamos y nos vamos sin que intervenga nuestra voluntad, pero el resto, depende solo de nosotros.

TORTURA

If God will send His angels.

And if God will send a sign.

And if God will send His angels. Where do we go?

Where do we go?3

If God Will Send His Angels,

U2

SEGUNDA ETAPA
Villa Carlos Paz - San Juan (Argentina)
625 km
518 km de especial cronometrada

Villa Carlos Paz (Argentina), 5 de enero de 2015

Oigo un ruido. El despertador. Lo paro con la mano derecha. No sé dónde estoy ni qué hora es. No es tan raro. Me pasa algunas veces. Doy la vuelta. Vuelvo a apoyar la cabeza sobre la almohada. Cierro los ojos. ¿Estoy en la cama? Sí. Pero ¿dónde? Tengo que levantarme. Si espero unos segundos más, volveré a dormirme. Y no me lo puedo permitir. Cuento hasta diez. Me obligo a despejarme. Enciendo la luz. Miro el reloj: las cuatro de la madrugada. Alzo la vista. Veo dos camisetas colgadas en el techo, encima de mi cama. En la parte delantera hay una foto en la que salgo en moto con una inscripción en catalán: Molta sort, estem amb tu! («¡Mucha suerte, estamos contigo!»). Son iguales, pero una es blanca y la otra, negra. Me las regaló mi mejor amiga: la gimnasta Marta Cusidó. Nos conocimos hace catorce años, en el CAR de Sant Cugat. Compartíamos clase en el instituto del Centro de Alto Rendimiento. Y nos hicimos inseparables. Ahora, ella me ayuda en la preparación física que llevo a cabo en el gimnasio. Recuerdo: me las dio hace pocos días. Ya sé dónde estoy: en el motorhome. Me incorporo. Corro la cortina de la ventana que hay más cerca de la cama. Termino de ubicarme: estoy en el vivac de Villa Carlos Paz, a punto de afrontar mi segunda etapa del Dakar.

Será un infierno. Es la misma etapa del año pasado pero hoy la vamos a correr al revés. Empezaremos donde terminamos entonces. Fue una etapa inhumana, brutal. Acabé sin fuerzas, fundida, deshidratada y con rampas en los brazos. Retiro el edredón con el que me tapo y pongo los pies en el suelo. Lentamente. Bostezo. Me levanto. Miro a mi alrededor. Todo está en su sitio. Veo los dos patitos de goma y una pulserita que también me regalaron. En este caso, un grupo de amigos fanáticos del motor. La pulsera lleva inscrito el número 44 y el 21. El 44, porque es el número que más me gusta. En trial siempre vestía el número 4 y en mi primer Dakar pedí un dorsal con el doble 4, el número 44. El 21 es el número de Dani Oliveras, otro piloto que también corre en moto en el Dakar y que también es de este grupo de amigos. Nos queremos mucho. Somos la pandilla del Cuac-Cuac, porque hay uno que siempre está imitando sonidos de animales. Y la del pato es su imitación estrella. Cuando la competición y el entrenamiento nos lo permiten, nos reunimos en un bar musical de Vic, el Club Pocket Bike. Un lugar en el que se respira gasolina. Nuestro oasis.

Camino lentamente y enciendo la cafetera. Este año he decidido llevarme al Dakar una cafetera con cápsulas. El café del bar de la organización es horrible. Y peligroso para el estómago. Bebo poco. No es que me guste demasiado. La mayor parte de los días solo tomo uno. Este. El de la mañana. Porque no puedo empezar el día sin café. Forma parte de mi ritual psicológico para levantarme. Sin él no arranco. Sin él, no tengo fuerzas. Mientras la cafetera se calienta me dirijo, a paso de hormiga, hasta el lavabo. Me miro al espejo. Tengo los ojos rojos. Cara de sueño. Vuelvo a bostezar. Estiro los músculos faciales. Lagrimeo. Vamos bien. Un bostezo indica un cambio de estado y de actividad. Me estoy despertando. Me siento a gusto, feliz. Estoy donde siempre había deseado estar, en la mejor carrera del mundo. Abro el grifo. Siento el agua fría en la palma de mis manos. Es agradable. Me la tiro a la cara. Paso los dedos por los ojos. Y dejo que el agua resbale por las mejillas y gotee por la barbilla. Me mojo el pelo.

—¡Buenos días! —grita Virginia mientras abre la puerta del motorhome—. ¿Cómo estás?

—Bien. —Me seco el rostro.

—Traigo el pan. Calentito.

Virginia duerme conmigo pero muchos días se levanta antes que yo para tenerlo todo a punto. Después, espera a que me espabile y calibra el momento ideal para volver a entrar en el motorhome y activar nuestra dinámica diaria.

Me visto para la carrera. Primero, la parte de abajo: calcetines, rodilleras y pantalón. Y después, la camiseta. La etapa de hoy será larguísima y, si todo va bien, estaré unas seis horas encima de la moto. Si estoy más, malo. Querrá decir que me he perdido. Soy consciente de que hoy toca navegar por terrenos complicados. Más de 500 kilómetros por pistas de tierra y piedra, arena y tierra con fesh fesh. Odio el fesh fesh, porque es un polvo que se mantiene flotando en el aire y las superficies cubiertas por este tipo de tierra son muy inestables. Hay quien lo llama «talco». Rodar por una zona de fesh fesh resulta extremadamente complicado. Primero, porque los pilotos que corren por delante levantan la tierra y dificultan mucho la visibilidad de los que van detrás. Y segundo, porque nunca sabes qué hay debajo, qué te puedes encontrar. Además, si te detienes, el atascamiento de la moto es automático. Vas al suelo. Y levantar la moto se convierte en un drama. Las motos del Dakar pesan unos 145 kilos, más la gasolina que llevan en el depósito. O sea, calculo que a los 145 kilos he de sumar los más de 30 litros de gasolina. Si me caigo, tendré que levantar yo sola unos 175 kilos. Un castigo muy duro.

Desayuno siempre lo mismo: pan con Nutella, o sea, crema de chocolate con avellanas, y café. Cargo la mochila con dos bocatas más. Siempre dos: uno de jamón de York y otro de Nutella. La Nutella me la llevo de casa y me gusta bastante pero, sobre todo, es la mejor forma de no cansarme del jamón cocido, que es de las pocas cosas que te ofrece la organización. El bocata de jamón me lo comeré antes de que empiece la especial del día y el de Nutella, en uno de los refuelling de carrera. También cargo con frutos secos y un par de plátanos. Los necesitaré. Los frutos secos son energéticos, ricos en grasas y proteínas. Me darán fuerza. Y los plátanos son ideales para la musculatura. Llevan magnesio. Te cortan los calambres.

Estoy casi lista. Solo me falta llenar el camelbag de agua. Tres litros. Sé que ahora esta agua aún se puede beber, aunque no será así dentro de unas horas. El sol me dará en la espalda y calentará el agua. Estará asquerosa. Pero si no quiero deshidratarme, no podré dejar de tomarla, aunque sea imbebible. Para combatirlo, he aprendido un truco: le echo dos o tres bolsitas de té o tres, y cuando sube la temperatura, me la tomo como una infusión. De esta forma, el martirio de hidratarse se hace más agradable y llevadero.

Antes de salir, me siento a la mesa del motorhome. Me aíslo mentalmente. Lo necesito. Cierro los ojos. Repaso la etapa. Tengo el roadbook en la cabeza. Me asalta el miedo: se trata de la especial más larga del Dakar de este año. Es mi quinta participación y ya me he dado cuenta de que la organización diseña una etapa maratón durante los primeros días de carrera. Su objetivo es obvio: llevar a los pilotos al límite, física y mentalmente, para ver quién resiste y poner a prueba los vehículos en resistencia extrema. Buscan hacer criba. Eliminar el máximo de gente posible a las primeras de cambio. Y todo la vigilia del día de Reyes. Menudo regalo.

Me subo a la moto. Estoy a punto de salir. Sé que lo que pierda hoy será ya muy difícil de recuperar. Pero también sé que si hago una buena etapa, podré superar la primera semana de carrera. Antes de partir observo el cielo. Aún es de noche. No hay nubes, solo estrellas. Bajo la cabeza y miro a Virginia. Está de pie frente a la puerta del motorhome. Me dedica una media sonrisa de complicidad. La conozco: la veo confiada. Y eso significa que cree en mí, en mis opciones. Que me ve bien. Y eso me tranquiliza. Nos despedimos. Salgo del vivac. Tengo 26 kilómetros de enlace hasta llegar al pie de la sierra de los Gigantes, donde empieza la especial cronometrada. Allí comienza, en realidad, el Dakar 2015. La dureza en estado puro.

Me siento fresca para pensar mucho y bien. Para analizar cuál es la mejor estrategia. Me he hecho a mí misma. He tenido la voluntad de crecer. Y aunque creo que genéticamente tengo un carácter fuerte y duro, sé que cuanto he vivido me ha hecho aún más fuerte. Así que intento aparcar los miedos. No pensar. Lo he aprendido con los años: la actitud, como los músculos, también puedes tonificarla, fortalecerla.

Me paro a pocos metros de la salida. Son las seis y media de la mañana. Espero. Me como el bocata de jamón de York. Bebo agua. Me concentro. El sol asoma la cabeza. El cielo sigue sin nubes. Pinta un día de calor extremo. Puede ser terrorífico. Otra dificultad más. Saldré entre los primeros gracias a mi decimoséptima posición de ayer, por detrás de Javier Pizzolito, compañero de Honda Sudamérica. Salir delante es una ventaja. Si mantengo la posición, podré entrar en la zona de fesh fesh con un mínimo de garantías, porque cada piloto que pasa por el fesh fesh complica su circulación hasta convertirla en imposible.

Me dan la salida. El piso es rápido: una pista sinuosa de tierra y piedras en ascenso desde los 1.000 metros hasta los 2.000, cerca de la cima del cerro de los Gigantes, con casi 2.400 metros de altura. Los Gigantes es un sistema montañoso de roca caliza bastante empinado. Un lugar ideal para la escalada en roca y el senderismo. Se trata de una zona de cerros, con fisuras en las rocas, arroyos subterráneos, mogotes (elevaciones del terreno prominentes y aisladas), valles y quebradas de rocas graníticas que han adquirido formas diversas. Entre estas fisuras se halla la pista por la que circulo. Llegamos a la parte más alta del recorrido. La vista es preciosa. O intuyo que lo es porque no puedo fijarme en ella. Voy a 160 o 170 kilómetros por hora. Y cualquier despiste sería fatal. Aminoro. No quiero fundir la moto. La pista pierde altura hasta el llano: la Pampa Grande. Kilómetro 180. Primer control de paso. Primer refuelling.

Cuando los refuelling no están en la zona de enlace, sino en la especial cronometrada, los pilotos disponemos de un cuarto de hora para, además de llenar el depósito de carburante, revisar la moto, cargar agua, comer o hacer nuestras necesidades básicas. No siempre coincide el refuelling con el control de paso en el que te toman el tiempo. Hoy, sí. Son quince minutos neutralizados, tras los cuales volvemos a salir. Paro. Reviso la moto. Todo en orden. Perfecto, me digo. Lleno el depósito. Caben 32 litros, lo que supone una autonomía de entre 220 y 240 kilómetros. Teóricamente tengo carburante de sobra para llegar al siguiente refuelling, 180 kilómetros más adelante. Pero vamos a entrar en un terreno de navegación compleja y si fallo o me equivoco, podría perderme. Y entonces tendría un problema grave. Perdería tiempo y descendería en la clasificación y, lo que es peor, tendría que rodar muchos más kilómetros para encontrar el camino correcto y, por lo tanto, podría quedarme sin gasolina. Adiós, Dakar.

Sé que debo comer pero tengo el estómago cerrado. Son los nervios de pensar en lo peor, en aquello que podría ocurrir. No debería hacerlo. Aunque no tenga por qué perderme, somos títeres de nuestro cerebro. Y, a veces, cuesta controlarlo. He de intentarlo. Debo digerir mi malestar emocional. Me lo repito una y mil veces. Saco el bocata de la mochila. Otro de Nutella. Y como sin hambre, para no desfallecer decenas de kilómetros más adelante. Tengo la sensación de que voy bien. Más o menos, debo de estar en la misma posición en la que he salido pero exactamente no lo sé, porque en el control de paso no te dicen el tiempo que llevas. Me fijo en los pilotos que también están en el refuelling y que han llegado antes que yo, y en los que llegan mientras me preparo para volver a salir. No están ni Barreda, ni Coma ni Sam Sunderland. Han salido en cabeza, mucho antes que yo. Pero veo a la mayoría de los que van delante: Toby Price, a Jordi Viladoms, a mi compañero Hélder Rodrigues, a Ivan Jakeš y a Marc Guasch, entre otros. Hago mis cálculos. Creo que no pierdo mucho tiempo.

Salgo del primer refuelling muy concentrada. Me quedan 180 kilómetros más para el siguiente y no quiero perderme. Empiezo a sentir calor. Ruedo por una zona de caminos de tierra y arena semidesértica, al sur de las salinas de Mascasín. Sigo el roadbook muy atenta para validar correctamente los way point. En los puntos de paso no hay nada, ninguna referencia física, ni un comisario, ni una banderita. Son puntos geolocalizados que debes encontrar navegando. Solo cuando estás a 800 metros de cada waypoint, el GPS se activa, te señala el camino hasta él y valida tu paso. El roadbook me indica los grados de cada uno de los giros. Lo sigo al pie de la letra. Opto por reducir la velocidad y centrarme en la navegación. Valido todos los puntos de paso sin dificultades hasta el último control de la etapa, que coincide con el último refuelling. Llego cansada. Navegar agota. Te obliga a estar alerta con el pilotaje, los peligros y las órdenes del roadbook. Miro el reloj: las 10:39 de la mañana. Llevo casi cuatro horas encima de la moto. Cuatro horas con todos los sentidos al cien por cien. Por suerte, no tengo problemas físicos ni mecánicos. Cargo el depósito de carburante y el camelbag de agua. No está fresca, sino a temperatura ambiente. Y aquí eso es lo mismo que decir caliente. Le añado un par de bolsitas de té que llevo encima. El sol aprieta. Me siento junto a la moto sin levantar la cabeza. Goteo sudor por la barbilla. El astro rey será implacable. Nos plantamos en el tramo final de la etapa en las horas centrales del día, las más calurosas. Pienso en mis padres. Deben de estar sufriendo. Mi madre, en silencio. Mi padre, delante del ordenador de su despacho. Sé que sigue con intensidad cada una de las etapas. Que está pendiente de los controles de paso para ver si ya he llegado. Y sé que le resulta imposible aislarse de la prueba. Me ha contado muchas veces que cuando apaga el ordenador y se pone a pensar en otras cosas, siempre hay algún compañero de trabajo que le recuerda que su hija puede estar en peligro. «¿Ya ha pasado Laia por el control?», le preguntan con insistencia. Y él lo revisa compulsivamente en la página web oficial del Dakar, donde se cuelgan los tiempos de los controles a tiempo real. Hago un esfuerzo para no pensar ni en él ni en mi madre. Para no sufrir por ellos. Mi hermano Joan es diferente. Lo lleva mejor. Él también era un buen piloto. Los dos coincidimos compitiendo en trial. Fueron unos años maravillosos. Viajábamos juntos con nuestro padre, que nos hacía de taxista y mochilero. Él nos trasladaba el material de una zona a otra. «Pobre —pienso—. Lo que llegó a hacer por nosotros». Seguro que no menos que otros padres, pero yo sé cuánto hizo para que pudiéramos cumplir nuestro deseo de subirnos a una moto de trial y correr carreras. Mis padres tuvieron que hacer un esfuerzo económico considerable: motos, material, viajes... Recuerdo que muchos lunes mi padre iba a trabajar sin dormir, o durmiendo apenas unas horas, porque la mayoría de carreras terminaban en domingo, viajábamos de noche y a las ocho de la mañana entraba a trabajar. Y mi madre, igual. Se pasaba la semana llevándome a entrenar al CAR de Sant Cugat, donde no estaba interna. Me dejaba allí a las seis de la mañana y me recogía por la tarde. Pero su esfuerzo no fue solo logístico. Estoy convencida de que hay muchos padres que le niegan esta opción si su hija de cuatro, cinco o seis años les pide ir en moto. Seguro que muchos piensan: «El niño sí, pero la niña, no». A mí no me pasó eso. Al contrario. Mis padres nos educaron del mismo modo a mi hermano y a mí, en un entorno de igualdad absoluta. A menudo pienso que no se lo he agradecido lo suficiente. Que cuando consigo un título, tengo elogios para todo el mundo: que si el mecánico, que si el fisioterapeuta, que si el entrenador... Y es cierto que se lo merecen, pero ¿y mis padres? A ellos se lo debo todo. Y quizá no se lo haya dicho lo bastante, aunque sí sepan que han sido y son muy importantes para mí.

Mi hermano y yo nos queremos mucho y nos llevamos muy bien, pero hablamos poco de motos. Quizá porque la dejó temprano, de adolescente. Sé que le encantaba, pero creo que lo que no le gustaba tanto era sufrir encima de ella. Como es mayor que yo, fui heredando todo su material: primero una minimoto de trial, una Montesa Cota de 25 centímetros cúbicos; después, una Beta de 50 centímetros cúbicos que mi padre pasó a 80 centímetros cúbicos; y, finalmente, una Gas Gas de 125 centímetros cúbicos. No conservo ninguna de esas motos y ahora me arrepiento. Me encantaría tenerlas en casa. Mirarlas y recordar todo cuanto viví subida a ellas. Mis inicios con el objeto que mejor los representa: la moto. Pero nos deshicimos de ellas. Una pena. A mí me gusta recordar, repasar el pasado que conservo en la memoria. Quizá porque fui feliz, porque mis recuerdos de infancia son maravillosos. No vivo anclada en él. Mi pasado no es un lastre. Ni mucho menos. Viajo a él cuando mi cerebro me lo pide. Recurro a él buscando una sonrisa en medio de la dureza de una carrera. Me sirve de sosiego.

Me levanto, falta poco para salir, para abandonar el último refuelling del día y encarar el tramo final de la etapa. Me repito que quiero disfrutarlo. Como disfrutaba jugando con mi hermano encima del respaldo del sofá de casa. A mi madre no le gustaba, pero cuando se distraía nos sentábamos a horcajadas en el respaldo y empezaba la carrera. Soñábamos. Sentíamos que estábamos sobre una moto, conduciendo por un circuito imaginario. Nuestra fantasía inocente nos marcaba el recorrido, los cambios de velocidad y las curvas. Nos plegábamos a cada una de ellas, el cojín acompañaba nuestros movimientos y nuestra boca reproducía el sonido del motor. También recuerdo cuando, con un plato en la mano, colocábamos las sillas de la mesa del comedor boca arriba, en el centro de la sala, y nos metíamos dentro, entre las barras frontales y laterales. La silla hacía de coche y el plato, de volante. E imitábamos a los pilotos de Fórmula 1. Compartíamos ídolo: Michael Schumacher. Era el más rápido. El más agresivo. El más inteligente. El más grande. El mejor. Me asalta un destello de lucidez. Debo disfrutar del último tramo de la etapa, pero tengo que ir con mucho cuidado. A Schumacher, un accidente de esquí le dejó a las puertas de la muerte y con graves lesiones cerebrales. Soy muy consciente de que me esperan 140 kilómetros llenos de trampas. Que cualquier error puede ser fatal. Vuelvo a mirar el reloj: las 10:54. Ha transcurrido el cuarto de hora reglamentario. ¡En marcha!

A los pocos kilómetros, el pilotaje se complica. Casi no veo nada. Los pilotos que han salido delante de mí levantan la tierra. Estoy en una zona de fesh fesh extremo. Bajo las ruedas de mi moto debe de haber un metro de arena. Es como harina muy densa. La moto se frena. No puedo parar. Si lo hago, me caeré. No me puede pasar lo que en mi primer Dakar. Hicimos la misma etapa pero al revés, casi al final del rally. El día antes me había deshidratado y no tenía fuerzas. Me caí treinta veces. Y cada vez tenía que levantar los casi 175 kilos de peso de la moto. Iba fundida. ¡Laia, no puedes pararte!, insisto mentalmente. Debo rodar más rápido. Si lo consigo, pasaré mejor el fesh fesh. Pero necesito que mis brazos respondan, que aguanten la tensión de pilotar por encima de esta superficie sin ver lo que hay debajo. Que aguanten los tirones de la moto cuando das gas para salir de un bache sorpresa. No responden. Están agarrotados. El calor empieza a ser insoportable. Los ojos se me llenan de sudor. Tengo que secármelos, pero no puedo. Si libero una mano del manillar puedo acabar en la arena. Y si levanto las gafas, el polvo cegará mis ojos. Parpadeo. No veo nada. Un río de sudor me recorre la espalda. Voy siguiendo las roderas de los de delante, aunque debo salir de ellas, buscar otra vía para evitar las explosiones de polvo que provocan al pasar. Lo consigo. Me noto muy tensa. A los peligros del piso, se añade la navegación. Debo tomar decisiones. Y han de ser las correctas, pero mi cerebro va lento. Demasiado lento. Procesa todas las informaciones pero sin fluidez. Bebo agua. Vuelvo a beber. Necesito hidratarme, aunque si me paso, el agua del camelbag me durará media hora. Y ¿después qué? Solución: doy tragos cortos y seguidos. Consigo atrapar a Olivier Pain, un piloto francés que subió al podio del Dakar el año pasado, tras acabar tercero en la general. Veo que Pain tampoco va bien. Lo dejo atrás. Me animo. Procuro calmarme y exijo un poco más a mi cuerpo. Debe responder a una realidad que parece insoportable: 52oC. Ahora es Olivier Pain quien me pasa a mí. Intentaré seguir su estela, si puedo. Me hierven los pies. Pierdo tacto. No me los siento. Oigo una moto detrás de mí. Me giro. No veo a nadie. Tengo frío. Mucho frío. Vuelvo a oír la dichosa moto. Vuelvo a girar la cabeza. Tampoco veo a nadie. «No puede ser», me digo. Siento que estoy a punto de desmayarme. Me duele la cabeza. Es insoportable. Una tortura. Cada bache se convierte en un martirio, como si me dieran un martillazo en la frente. Tengo uno delante. Parece gigantesco. Lo es: un agujero de unos 2 metros. Reduzco la velocidad. Lo supero. Pero hay otro. Y otro más. Todos inmensos. Me tambaleo. Cierro los ojos un segundo. La cabeza me da vueltas. Me noto la boca seca. Bebo agua. Imposible. Ya no queda. El camelbag está vacío. Insisto. Una bocanada de aire húmedo pero hirviendo recorre mi boca. No queda nada de líquido. Siento que la moto que me persigue está más cerca. Lo compruebo. Pero veo solo el polvo que levanto. Dejo los baches y entro en una zona de dunas, los Médanos Grandes. No puedo más. Mis brazos empiezan a rendirse. Mi cerebro, también. Tengo la sensación de que voy a desplomarme, pero oigo confusamente el grito de alguien.

No es un grito. Son centenares de personas que me acogen vociferando, llenas de pasión. Aún tengo fuerzas para comprobar quién me sigue. Para ver qué piloto lleva un rato a mis espaldas. Pero no pasa nadie. No lo entiendo. No me cabe en la cabeza oír una moto inexistente. Me paro, sin bajar de la moto. No tengo fuerzas ni para sacarme el casco. Me ayudan. Un rayo de sol me ciega. Me remata. «¡Vamos, Laia! ¡Vamos!», me gritan. No puedo. Solo me queda energía para respirar y pedirles que me echen agua por encima. Está helada. Más frío. Debo de tener fiebre. Me lo confirman. Respiro hondo. Bebo un poco de agua. Al cabo de unos segundos empiezo a recuperarme. Me toco la cara. Me froto los ojos. Me animan a continuar. No puedo. Una parte de mi cerebro despierta: «Laia, no puedes más. Aquí termina todo», me dice. Pero la otra se espabila también: «Laia, tú sabes que hay una gran diferencia entre aceptar y resignarse». Así que acepto que estoy exhausta, pero no me resigno. Pienso continuar. Voy a llegar. Miro el roadbook. Doy gas.

Los últimos 50 kilómetros son una recta irregular de arena que se me hace interminable, eterna. Pero consigo llegar a la línea de meta en Vallecito, una pequeña localidad al este de San Juan. Aplausos. Veo que hay miles de personas. Es un lugar especial para muchos argentinos, un sitio de veneración espiritual a una santa popular, la Difunta Correa. Miro los tiempos, la clasificación. Satisfacción absoluta. Tengo el decimosexto mejor tiempo. He perdido poco más de veintitrés minutos respecto al ganador de la etapa, mi compañero Joan Barreda. Me dicen que la etapa ha sido una barbaridad. «Lo he comprobado», pienso. Miro las caras de los pilotos que están allí, que ya han llegado: Paulo Gonçalves, Ruben Faria, Hélder Rodrigues, Matthias Walkner, Toby Price, Jeremías Israel, Juan Pedrero, Alain Duclos o Pablo Quintanilla, entre otros. Son los mejores, los escogidos para luchar por la victoria final. Estoy contenta porque he llegado junto a ellos y veo que me pongo decimosexta de la general, a las puertas del top 15. Su rostro es un poema. Puedo imaginarme el mío: pálido, blanco, con las ojeras marcadas. Siento mi piel como pegada a los huesos de mi cara. Marc Coma cuenta que ha rodado los últimos 60 kilómetros con la rueda trasera desintegrada. La mus se le fundió. La mus es una especie de espuma que hay dentro del neumático, un compuesto de goma que se utiliza desde hace más de veinte años y que sustituye la cámara. La solución perfecta para evitar pinchazos. Pero tiene un problema: a altas velocidades y temperaturas infernales, se desintegra. Hoy lo ha sufrido Coma, que ha tenido que terminar la etapa rodando muy lento y ha perdido doce minutos respecto a Barreda, ahora mismo su gran rival para la victoria. Llega Alessandro Botturi, un piloto italiano. Tras cruzar la meta, se desploma. Le atienden los médicos de la organización. Nos confirman que han neutralizado la etapa. Que cuando ya habíamos pasado los primeros treinta pilotos por la zona de fesh fesh, era imposible circular. Me quedan aún ochenta y un kilómetros de enlace hasta el vivac. Puedo llegar.

En el vivac me espera Pedro, mi compañero. Nos abrazamos. Veo que lo ha pasado mal. Ha seguido intensamente la etapa, muchas horas siendo consciente del drama. Sé que ha sufrido por mí. Él es así. No puede evitarlo. Me anima. Aparece Martino Bianchi.

—Habéis llegado muy pocos pilotos. Felicidades.

Se lo agradezco, a pesar de lo que me dijo hace unos meses. Noto que está conmigo. Que me apoya, que está a mi lado. También me felicita Alex Doringer, el jefe de KTM, el equipo de Marc Coma.

—Marc y tú sois los que tenéis mejor aspecto —dice.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
248 s. 47 illüstrasyon
ISBN:
9788490566732
Yayıncı:
Telif hakkı:
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