Kitabı oku: «Hermanos de armas»

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HERMANOS DE ARMAS


Hermanos de armas

Ferreiro, Larrie D.

Hermanos de armas / Ferreiro, Larrie D. [traducción de Joaquín Mejía Alberdi].

Madrid: Desperta Ferro Ediciones, 2020. – 464 p., 8 p. de lám. il; 23,5 cm – (Historia de España) – 2.ª ed.

D.L: M-30220-2019

ISBN: 978-84-120798-1-4

94(73)

325.83

HERMANOS DE ARMAS

La intervención de España y Francia que salvó la Independencia de Estados Unidos Larrie D. Ferreiro

Título original:

Brothers At Arms. American Independence and the Men of France & Spain Who Saved It

First Published by Alfred A. Knopf

This translation published by arrangement with Alfred A. Knopf, an imprint of The Knopf

Doubleday Group, a division of Penguin Random House, LLC.

All rights reserved

Derechos de traducción concertados con Alfred A. Knopf, sello de The Knopf Doubleday Group, una division de Penguin Random House, LLC

Todos los derechos reservados

© 2016 by Larrie D. Ferreiro

ISBN: 978-8-41222-130-5

© de esta edición:

Hermanos de armas

Desperta Ferro Ediciones SLNE

Paseo del Prado, 12, 1.º dcha.

28014 Madrid

www.despertaferro-ediciones.com

ISBN: 978-84-120798-1-4

Traducción: Joaquín Mejía Alberdi

Diseño y maquetación: Raúl Clavijo Hernández

Coordinación editorial: Mónica Santos del Hierro

Producción del ebook: booqlab

Primera edición: noviembre 2019

Segunda edición: marzo 2020

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados © 2020 Desperta Ferro Ediciones. Queda expresamente prohibida la reproducción, adaptación o modificación total y/o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento ya sea físico o digital, sin autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo sanciones establecidas en las leyes.

A mi familia, Mirna, Gabriel y Marcel.

Una familia estadounidense que,

como su propia nación,

debe su existencia a Francia y a España.

ÍNDICE

Agradecimientos

Notas del autor a la edición original

Introducción

No solo la Declaración de Independencia, sino además una Declaración de que Dependemos de Francia (y También de España)

1 EL CAMINO A LA GUERRA

2 LOS COMERCIANTES

3 LOS MINISTROS

4 LOS SOLDADOS

5 LOS MARINOS

6 LAS PIEZAS CONVERGEN

7 EL FINAL DE LA PARTIDA

8 EL CAMINO HACIA LA PAZ

9 EL LEGADO

Bibliografía

AGRADECIMIENTOS

En primer lugar, y ante todo, a Keith Goldsmith, mi editor en Knopf, que guio este trabajo con visión y elegancia.

Después, a mi agente, Michelle Tessler, que aportó el empuje necesario para poner en marcha este trabajo y lo condujo hasta el editor más indicado.

Estoy agradecido a numerosas personas e instituciones por su ayuda durante mi investigación y por sus comentarios a las primeras versiones del texto. Enumero a continuación las más significativas, ordenadas por orden alfabético y por países. A pesar de su colaboración, todos los análisis y los errores que pueda haber en los hechos o en las traducciones son solo míos.

BÉLGICA

Marion Huibrechts.

FRANCIA

Château de Versailles, École navale de Brest, Musée de l’Armée de Paris, Société des Cincinnati de Paris.

Pascal Beyls, Olivier Chaline; Raynald, duque de Choiseul Praslin; Patrice Decencière; Jean-Marie Kowalski; Jean Langlet; Pierre Lévêque; Élisabeth Maisonnier; Christophe Pommier; Charles-Philippe Gravier, marqués de Vergennes; Laurent Veyssière y Patrick Villiers.

GRAN BRETAÑA

Robert Gardiner, Peter Hore, Andrew Lambert, Munro Price y Sam Willis.

MÉXICO

Iván Valdez-Bubnov.

PAÍSES BAJOS

Alan Lemmers.

ESPAÑA

Asociación Bernardo de Gálvez, Málaga; Museo Naval, Madrid; Patrimonio Nacional, Madrid.

José María Blanco Núñez, Reyes Calderón Cuadrado, José Luis Cano de Gardoqui, Francisco Fernández González, Agustín Guimerá Ravina, Juan Hernández Franco, Sylvia Hilton, Lorena Martínez García, Valentín Moreno Gallego, Manuel Olmedo Checa, Gonzalo Quintero Saravia, Agustín Ramón Rodríguez González, José María Sánchez Carrión, Juan Torrejón Chaves y José Yaniz.

ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

Army Center of Military History, Washington, DC; Daughters of the American Revolution, Washington, DC; Fred W. Smith National Library, Mount Vernon, Virginia; Naval History and Heritage Command, Washington, DC; National Park Service; Regimiento Fijo de la Luisiana Española; Smithsonian Institution, National Museum of American History, Washington, DC; Society of the Cincinnati, Washington, DC y Sons of the American Revolution, Louisville, Kentucky.

Joshua Beatty, Eliud Bonilla, Michael Carroll, Thomas Chávez, Ellen Clark, John Cloud, Douglas Comer, Dennis M. Conrad, Michael Crawford, James Delgado, Héctor Díaz, Richard Doty, Jonathan Dull, James Garner, Martha Gutiérrez-Steinkamp, John Hattendorf, John T. Kuehn, Karen Lee, Cliff Lewis, Darren Lickliter, John R. Maas, Albert «Durf» McJoynt, David Miller, Brian Morton, Sarah Myers, Charles Neimeyer, Julia Osman, Elaine Protzman, Ray Raphael, Eric Schnitzer, Emily Schulz, Robert A. Selig, Donald Spinelli, Albert «Skip» Theberge, Anthony Tommell, Samuel Turner, Robert Whitaker y Glenn F. Williams.

NOTAS DEL AUTOR A LA EDICIÓN ORIGINAL
NOMBRES, TÍTULOS Y GRAMÁTICA

Me he servido de la Biblioteca Nacional de España y de la Bibliothèque nationale de France como fuentes de referencia para la ortografía de los nombres propios. Cuando el título nobiliario de un personaje varía con los años (por ejemplo, si pasa de marqués a duque), en general he intentado emplear la designación por la que se le conoce de forma más habitual.

He seguido las normas de la Académie française y de la Real Academia Española en cuanto a estilo y gramática. El caso más notorio es la recomendación de la Académie française que pide incluir el «de» en los apellidos de una sola sílaba, pero no en los de dos o más sílabas. Por ejemplo, Joseph Paul, conde de Grasse,* aparece como «De Grasse»; mientras que Charles Gravier, conde de Vergennes, aparece como «Vergennes».

La mayoría de las Marinas de la época eran todas «reales», no solo la británica (por ejemplo, la Royale francesa y la Real Armada española), así que las distingo por su nacionalidad.

Igual que he traducido los textos originales franceses y españoles al inglés moderno, también he modernizado la ortografía y la puntuación para hacerla legible al lector.**

UNIDADES MONETARIAS

A menudo traslado el valor de las monedas de la época a equivalentes modernos para que los lectores lo comprendan mejor. Este procedimiento es más complicado de lo que pudiera parecer, dado que las economías de finales del siglo XVIII eran completamente distintas de las de principios del XXI –caballos en lugar de automóviles, por ejemplo– y al hecho de que el coste relativo de algunas mercancías, como los alimentos, era mucho mayor entonces que hoy.

No obstante, los economistas han desarrollado varias formas para comparar el valor del dinero a lo largo del tiempo. He optado entre dos fórmulas generales de comparación de valor distintas, según qué se esté valorando en cada caso. Si se trata del precio de bienes privados, gastos y salarios, he usado un comparador de precios reales que mide el coste de los bienes de consumo y los servicios y se basa en el índice de precios de consumo de la llamada «cesta de la compra». En cambio, cuando hablamos de grandes gastos nacionales, como proyectos, préstamos y grandes compras de armas de los gobiernos, uso un comparador del coste de dicho gasto según su valor porcentual en el conjunto de la economía de ese país –este comparador se basa en el deflactor del producto nacional bruto a lo largo del tiempo–. Los dos métodos resultan en valores modernos muy distintos, ya que el producto nacional bruto ha crecido mucho más que el índice de precios al consumo a lo largo de los últimos 240 años.

En general, he tomado 1775 como año base debido a que fue el último año en que los precios se mantuvieron estables en todos los países implicados, antes de que los efectos de la guerra crearan tasas de inflación variables e inestabilidad en los tipos de cambio entre las distintas monedas. Todos los tipos de cambio se basan en los valores de dicho año: 1 libra esterlina británica = 5 dólares norteamericanos = 23,5 libras francesas = 6,3 pesos españoles.

Para terminar, todos los precios modernos usan como referencia el año 2010 y después se convierten a dólares estadounidenses con el empleo de índices de paridad de poder adquisitivo.

Tabla de conversión de los valores monetarios históricos a dólares estadounidenses de 2010:


PAÍS MONEDA ORIGINAL EQUIVALENCIA SEGÚN EL PRECIO REAL EQUIVALENCIA SEGÚN SU COSTE PORCENTUAL EN LA ECONOMÍA DEL PAÍS EN CUESTIÓN
Estados Unidos 1 dólar ($) 29,40 $ 77 500 $ (con 1790 como base)
Gran Bretaña 1 libra esterlina (£) 149,00 $ 13 127 $
Francia 1 libra 6,30 $ 560 $
España 1 peso 24 $ 2083 $

FUENTES

McKusker, J. J., 1978: Money and Exchange in Europe and America, 1600-1775: A Hand-book, Chapel Hill, University of North Carolina Press.

Maddison, A.: «Historical Statistics for the World Economy: 1-2003 AD» [http://www.ggdc.net/maddison/oriindex.htm].

Measuring Worth [www.measuringworth.com].

Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE): índices de paridad de poder adquisitivo [http://www.oecd.org/std/prices-ppp/purchasingpowerparitiespppsdata.htm].



CT: Connecticut NH: Nuevo Hampshire MA: Massachusetts PA: Pensilvania VA: Virginia
DE: Delaware NJ: Nueva Jersey MD: Maryland RI: Rhode Island
GA: Georgia NY: Nueva York NC: Carolina del Norte SC: Carolina del Sur



________________

* N. del T.: Grasse es fonéticamente monosílabo en francés.

** N. del E.: De igual modo se ha procedido en la traducción y edición de los textos en francés e inglés al castellano.

INTRODUCCIÓN

No solo la Declaración de Independencia, sino además una

Declaración de que Dependemos de Francia (y También de España)

Un cálido día de verano de 1776, en Filadelfia, durante los primeros y difíciles pasos de la Revolución estadounidense, Thomas Jefferson escribía las frases iniciales de un documento dirigido a los reyes Luis XVI de Francia y Carlos III de España, con el que el Segundo Congreso Continental* esperaba obtener la ayuda que las sitiadas colonias británicas de Norteamérica tanto necesitaban. Dichas colonias ya llevaban entonces más de un año en guerra con Gran Bretaña y la situación militar era desesperada. El Ejército Continental acababa de sufrir derrotas desastrosas en Canadá y Long Island y había sido expulsado de la ciudad de Nueva York, ahora ocupada por el general William Howe. A menos que hubiera una intervención directa de los adversarios de Gran Bretaña –Francia y España– a favor de las colonias, estas no tenían posibilidad alguna de sobreponerse a la superioridad de la Marina y el Ejército británicos y alcanzar la plena independencia.

La Revolución había comenzado a gestarse bastantes años antes. Tras la aplastante victoria británica sobre Francia y España en la Guerra de los Siete Años, en 1763, Londres había impuesto a sus colonias norteamericanas una subida cada vez más sofocante de los impuestos y de las restricciones a la exportación para sufragar el aumento del gasto empleado en la protección de dichas colonias. Los colonos protestaron porque se implantasen esas medidas sin consultar su opinión al respecto, como les correspondía por ser súbditos británicos. La violencia de las protestas aumentó progresivamente hasta que, en 1775, la guerra estalló con las batallas de Lexington, Concord y Bunker Hill, así como con el subsiguiente asedio de Boston. Incluso entonces, la mayoría de los habitantes de las colonias aún tenía la esperanza de que hubiera algún tipo de reconciliación con la Corona. Pese a ello, a principios de 1776, el rey Jorge III rechazó los ofrecimientos de paz de los colonos, los declaró rebeldes y contrató regimientos en los Estados alemanes1 de Hesse-Kassel, Hesse-Hanau y Brunswick para someter la insurgencia. El Congreso Continental, horrorizado en especial por la amenaza de los hessianos, a los que consideraba mercenarios, comenzó a clamar por una emancipación completa del dominio británico y a favor de «declarar las colonias en un estado de soberanía independiente».2 Muchos de los gobiernos individuales de las colonias comenzaron a enviar delegados al Congreso con instrucciones de «sacudir de inmediato el yugo británico»3 y abandonar la fidelidad a la Corona. La lucha que había comenzado un año antes para obligar a la madre patria a reconocerles sus derechos como súbditos británicos se había convertido en una guerra por la independencia.

El problema era que la nueva nación había comenzado su guerra contra la autoridad británica con una asombrosa incapacidad de defenderse a sí misma, como un adolescente rebelde que abandona a su familia sin un céntimo en el bolsillo. Su Marina era inexistente, su artillería escasa y su desastrado Ejército y milicias carecían hasta del ingrediente más básico de la guerra moderna: pólvora. Poco después de la batalla de Bunker Hill, Benjamin Franklin escribía: «[…] el Ejército no tenía ni cinco cartuchos de pólvora por hombre. Todo el mundo se preguntaba por qué casi nunca disparábamos los cañones: no nos lo podíamos permitir».4 El nuevo país, en resumidas cuentas, necesitaba con desesperación atraer a Francia y a España a la guerra, las únicas naciones con poder suficiente para llevar sus fuerzas a combatir directamente contra el Ejército británico y capaces de engolfar a la Armada británica en un conflicto de mayores dimensiones que la distrajera de las costas de Norteamérica y minara su fuerza.

Tanto Francia como España permitieron, desde antes que comenzara la contienda, el flujo de ayuda clandestina hacia los rebeldes, pero esto se demostró insuficiente dadas las dimensiones del conflicto. Ni Luis XVI ni Carlos III estaban dispuestos a tomar parte de forma abierta en una guerra civil británica: el nuevo país tenía que demostrar que era una nación independiente que luchaba contra el enemigo común, Gran Bretaña. El documento que salió de la pluma de Jefferson afirmaba con claridad: «[…] estas Colonias Unidas son y deben ser, por Derecho, Estados Libres e Independientes». Se trataba de una invitación solemne a Francia y a España para que fueran a la guerra de la mano del nuevo país. Es conocido que el documento que acordó el 4 de julio el Segundo Congreso Continental se denominó Declaración de Independencia, pero además era, en cierto modo, una «Declaración de que Dependemos de Francia (y También de España)».

SENTIDO COMÚN

Hoy, los estadounidenses celebran la fiesta del 4 de julio dando por sentadas algunas cuestiones falsas. El relato habitual acerca de la Declaración de Independencia viene a decir: los colonos ya no podían tolerar que el gobierno británico aprobara leyes injustas e impuestos sin permitir una representación adecuada de las colonias en el gobierno, así que el Segundo Congreso Continental votó para redactar un documento que le explicara al rey Jorge III las razones de la independencia y para justificar ante los propios colonos y el resto del mundo los motivos de su rebelión contra la Corona.5 La verdad es que la intención de este documento era muy distinta. La Declaración no estaba dirigida al rey Jorge III.6 El monarca británico ya había comprendido la situación, como demuestran sus palabras al Parlamento en octubre de 1775, cuando dijo que la rebelión «se realiza con el propósito manifiesto de establecer un imperio independiente».7 Tampoco era su objetivo aunar a las colonias a la causa de la independencia, puesto que estas ya habían ordenado a sus delegados en el Congreso que votaran a favor de la separación. La verdad es que la Declaración se escribió para pedir ayuda a Francia y España.

La idea misma de que se redactara un documento para declarar la independencia nacional era algo casi inaudito. Hasta entonces, las naciones que se separaban de sus gobernantes no se preocupaban de poner sus intenciones por escrito, ya que sus acciones hablaban con mayor claridad que cualesquiera palabras. El ejemplo más reciente había sido la rebelión de la República de Córcega contra la República de Génova en 1755. El jefe de la rebelión, Pasquale Paoli, se había limitado a anunciar que Córcega era una nación soberana y a establecer un gobierno independiente; no se imprimió nunca una declaración formal. Los colonos estadounidenses estaban bien informados de estos sucesos, e incluso le dieron el nombre de Paoli a una población de Pensilvania donde se libró una cruel batalla contra los británicos. Con anterioridad, la épica lucha de ochenta años de la República de Holanda por independizarse de España también se había librado sin que mediaran declaraciones escritas, salvo un único documento conocido como Acta de Abjuración (1581), el cual había sido más bien una proclamación del rompimiento de la fidelidad debida a la Corona española por parte de sus firmantes que una afirmación formal de la existencia de una nueva nación independiente.8

Aunque carecía de precedentes como proclamación formal de la soberanía nacional, la Declaración de Independencia no fue, desde luego, la primera declaración escrita por los norteamericanos durante el proceso que llevó a la guerra. Las declaraciones, que nacían de la tradición legislativa británica, se habían usado desde hacía mucho para expresar intenciones o para aplicar nuevas políticas nacionales e internacionales.9 No eran meros anuncios al mundo ni se limitaban a dar fe de una resolución. Cada una de ellas se redactaba con gran celo para influir en una audiencia particular y obtener un propósito específico. Como respuesta a las Leyes Coercitivas [Coercitive Acts] de 1774, que habían impuesto severas medidas económicas y punitivas en Massachusetts, el Primer Congreso Continental había aprobado una serie declaraciones y resoluciones, mensajes al pueblo de Gran Bretaña y sus otras colonias y peticiones al rey que, en conjunto, tenían la intención de que se cambiaran las leyes aborrecidas y exhortaban a que se eligiera un nuevo Parlamento más comprensivo con las demandas de los colonos, o a que el monarca interviniera para eliminar dichas leyes.10

Al fracasar los intentos de cambiar las leyes o el Parlamento y estallar la guerra en 1775, el Segundo Congreso Continental echó todas las culpas al Parlamento y a los ministros del rey y encargó a un comité de tres miembros, entre los que se encontraba Thomas Jefferson, que redactara la Declaración de las Causas y Necesidad de Tomar las Armas [Declaration of the Causes and Necessity of Taking Up Arms]. Esta declaración era una explicación de por qué los colonos veían necesario defender sus libertades mediante la fuerza de las armas y también una llamada final a la reconciliación. Aunque los autores declaraban que habían redactado el documento «por respeto al resto del mundo», su claro destinatario era Jorge III, con el objetivo de que Gran Bretaña cambiara de política. La declaración afirmaba que, solo si el monarca ordenaba a sus ministros negociar con los colonos «en términos razonables», podrían evitarse las «penalidades de la guerra civil». Esta solicitud, junto con la Petición de la Rama de Olivo [Olive Branch Petition] que pedía al rey encontrar la forma de «establecer la paz […] en nuestros territorios», fue rechazada de plano por Jorge III. Al acabar 1775, las colonias estaban en un punto muerto político armado: la reconciliación ya no era una opción viable, pero no eran capaces de ver un camino que les permitiera separarse de Gran Bretaña.11

Este impasse se rompió a primeros de 1776, pero no por la enorme altura intelectual que alargaba sin fin los debates de los congresistas en la Pennsylvania State House (actual Independence Hall), sino por un desconocido editor de periódico que, casi arruinado, había emigrado de Londres a Filadelfia apenas un año antes. En aquel breve lapso, Thomas Paine había escuchado suficientes rumores de café y divagaciones tabernarias como para llegar a una conclusión que algunos políticos debatían en privado: las distintas declaraciones y peticiones emitidas hasta entonces por el Congreso eran un planteamiento equivocado. Era Jorge III, no sus ministros ni el Parlamento, el responsable de las desgracias que padecían las colonias; por tanto, de nada servían las peticiones al monarca para que cambiara las leyes: para asegurar la prosperidad de las colonias era necesario romper del todo con Gran Bretaña, no una reconciliación. Los claros y sencillos razonamientos de Paine lo llevaron también a una segunda conclusión, aún más radical: la separación solo se podría alcanzar por la vía militar y esta solo sería posible con el apoyo de Francia y España. Dicho apoyo dependería por completo de que las colonias, de manera formal y por escrito, se declararan una nación soberana independiente de Gran Bretaña.

Con la ayuda de Benjamin Rush, un médico por entonces activo en los círculos políticos, Paine publicó un panfleto de cuarenta y seis páginas intitulado Sentido común [Common Sense] que exponía estas opiniones y planteaba pasos que seguir para que las colonias alcanzaran la independencia. Las librerías de Filadelfia comenzaron a venderlo el 10 de enero de 1776, el mismo día en que llegó la noticia del discurso de Jorge III que denunciaba la rebelión de las colonias como un intento de fundar «un imperio independiente». La publicación de Paine llegó en el momento más apropiado: su llamada a la independencia, que habría podido parecer disparatada solo unas semanas antes, fue impulsada de forma involuntaria por la propia acusación del rey en el mismo sentido. El panfleto tuvo una gran difusión y, en unos pocos meses, la idea de la independencia ya se debatía abiertamente a lo largo y ancho de las colonias.12

Sentido común comenzaba planteando la forma ideal de una república en la que los ciudadanos participaran en su propio gobierno y explicaba que los sistemas británicos de la monarquía y la aristocracia eran la antítesis de dicha forma gubernamental. Las colonias, si permanecían ligadas a una Gran Bretaña separada por 3000 millas náuticas de distancia y que demostraba poco interés y comprensión por sus problemas, estaban abocadas a padecer más «daños y perjuicios». Paine continuaba entonces con una declaración que resonó en los salones del Congreso, en las cámaras locales y en las asambleas coloniales desde Nuevo Hampshire a Georgia: «Todo lo que es justo o natural pide la separación […] ES HORA DE SEPARARSE».13

Las páginas finales de Sentido común dejaban clara la relación directa entre la idea de la declaración de independencia y la necesidad de asegurar la ayuda de Francia y España:

Nada puede resolver nuestros problemas de forma tan expeditiva como una declaración de independencia clara y decidida.

Primero.—Es costumbre entre las naciones, cuando dos están en guerra, que algunas otras potencias no implicadas en la disputa intercedan como mediadoras y que preparen los acuerdos preliminares para la paz: sin embargo, mientras América se declare Súbdita de Gran Bretaña, ninguna potencia, por muy bienintencionada que sea, puede ofrecerle mediación. Por tanto, en nuestro estado actual podríamos seguir en una disputa perpetua.

Segundo.—Es iluso suponer que Francia o España nos proporcionarán algún tipo de ayuda si para lo único que deseamos dicha ayuda es para solucionar el conflicto y reforzar la conexión entre Gran Bretaña y América […].

Tercero.—Mientras nos profesemos súbditos de Gran Bretaña, debemos, a ojos de las naciones extranjeras, ser considerados como rebeldes […].

Cuarto.—Si se publicara un manifiesto y se despachara a las cortes extranjeras […] [este] tendría mejores efectos para este Continente que si un barco zarpara repleto de peticiones a Gran Bretaña.

Mientras conservemos la denominación de súbditos británicos, no podremos ni ser recibidos ni escuchados en el exterior: los usos de todas las cortes van contra nosotros y así será hasta que, por medio de la independencia, ocupemos un lugar entre las demás naciones.14

El público de las colonias no necesitaba ninguna explicación para comprender el plan de Paine de solicitar ayuda directamente a Francia y España. Igual que él, sabía que las dos naciones llevaban tiempo deseosas de medirse de nuevo con Gran Bretaña. Habían salido mal paradas de la Guerra de los Siete Años, un conflicto global que había comenzado en las colonias norteamericanas de Francia e Inglaterra en 1754, apenas como una batalla fronteriza entre ambos imperios, pero que había absorbido con rapidez a todas las grandes potencias europeas. La guerra acabó en 1763: Francia había tenido que entregar Canadá al Imperio británico y España había perdido su posición dominante en el golfo de México al ceder Florida a Gran Bretaña. Era sabido que ambas naciones buscaban ahora recuperar los territorios y el prestigio perdidos y que el creciente conflicto en las colonias británicas podía ofrecerles la oportunidad de venganza, deseada durante tanto tiempo.

DECLARAR LA INDEPENDENCIA E INCORPORARSE A LA ESCENA MUNDIAL COMO UNA NACIÓN SOBERANA

El efecto de Sentido común en el estado de ánimo de los colonos fue electrizante, un concepto, por cierto, ya popular entonces debido a los experimentos científicos de Benjamin Franklin, muy divulgados.15 Este había vuelto a Filadelfia tras pasar una década en Londres en defensa de la causa de las colonias. Si antes de enero de 1776 solo se hablaba de reconciliación, ahora solo se hacía de separación. Las llamadas a la independencia llenaban los periódicos, algo que no pasó desapercibido a los gobiernos de las colonias. En febrero y marzo, Carolina del Sur reescribió su Constitución y se convirtió en «independiente de la autoridad real». En abril, el condado de Charlotte, en Virginia, adoptó una resolución que rechazaba cualquier intento de reconciliación. En mayo, el Congreso Continental envió a todas las colonias instrucciones que exhortaban a sustituir los gabinetes favorables a la reconciliación por otros más inclinados a la independencia. Al acabar el mes, John Adams certificaba: «[…] cada carta y cada día nos trae “independencia” como un torrente».16

Esas mismas cartas que se enviaron a los representantes de las colonias dejaban claro que sus autores habían abrazado, sin vacilación, la conexión formulada por Paine entre efectuar una declaración de independencia y recibir ayuda de Francia y España. Uno de los primeros en suscribir dicha conexión fue Richard Henry Lee, delegado de Virginia en el Congreso y miembro de una de las familias más influyentes de las colonias. Mucho antes de que se publicara Sentido común, él ya había recibido esas ideas gracias a su hermano Arthur Lee, quien, durante su misión de representante de las colonias en Londres junto con Benjamin Franklin, en 1774 le había dicho que, en caso de guerra con Gran Bretaña, «América tal vez tenga que deberles [a potencias europeas] su salvación, en caso de que la lucha sea seria y continuada».17 Dicha idea se vio reforzada, desde luego, por una carta que le remitió en abril de 1776 John Washington, uno de los sobrinos de George Washington: «Soy de la firme opinión de que, a menos que declaremos abiertamente la Independencia, no hay ninguna opción de recibir ayuda exterior».18 Ese mismo mes, Richard Henry Lee le explicaba a su paisano virginiano Patrick Henry, residente en Williamsburg, que el Congreso debía considerar pronto la independencia, puesto que el actual «peligro […] puede evitarse mediante una alianza a tiempo con las potencias adecuadas y favorables de Europa», y que «ningún estado de Europa tratará o comerciará con nosotros mientras nos consideremos súbditos de Gran Bretaña».19

En abril, las delegaciones de las colonias en el Congreso comenzaron a recibir instrucciones de votar a favor de la independencia. El condado de Cumberland de Virginia ordenó a sus representantes en el Congreso «declarar la independencia [y] buscar ayuda exterior». Carolina del Norte, por su parte, pidió a sus delegados «acordar con los delegados de las otras Colonias la declaración de la independencia y formar alianzas exteriores».20 En mayo, la Convención de Virginia acordó en pleno adoptar una resolución que ordenaba a sus delegados «declarar las colonias unidas estados libres e independientes […] y aprobar las medidas que se consideren apropiadas y necesarias para la formación de alianzas exteriores».21 Estas directrices de los gobiernos de las colonias a sus delegados en el Congreso dejan claro que, al hacerse eco de las ideas de Paine, veían en la declaración de independencia el único medio de obtener ayuda de Francia y de España.

A medida que el movimiento favorable a la independencia ganaba impulso, incluso el delegado de Massachusetts John Adams, alguien, por lo general, opuesto a cualquier enredo exterior, admitía a su pesar:

Debemos llegar a la Necesidad de Declararnos Estados independientes y ahora tenemos que dedicarnos a preparar […] Tratados que ofrecer a Potencias extranjeras, en especial a Francia y España […] Que no podemos esperar que las Potencias extranjeras Nos reconozcan hasta que Nosotros nos hayamos reconocido a nosotros mismos y hayamos ocupado un Puesto entre ellas como Potencia soberana y Nación Independiente; que ahora estábamos afligidos por la Falta de Artillería, Armas, Munición, Vestimenta e incluso Pedernal.22

A primeros de junio, Richard Henry Lee ya estaba preparado para seguir las instrucciones de la Convención de Virginia y pedir a las claras al Congreso que declarara la independencia. Repitiendo las ideas de John Adams, le explicaba a un terrateniente virginiano: «No es, pues, el deseo sino la necesidad lo que pide la independencia, puesto que es la única forma de obtener una alianza exterior».23 Estas palabras las escribió el domingo 2 de junio. La semana siguiente seguro que la pasó reflexionando acerca de la redacción de un conjunto de resoluciones que pondría en marcha al Congreso. El viernes 7, el Congreso se reunió como de costumbre a las 10 de la mañana. Se abordaron cuestiones urgentes relativas a informes de la guerra, así como un asunto más banal, la compensación a un comerciante por bienes confiscados por la Marina Continental. Alrededor de las 11, Richard Henry Lee solicitó intervenir y, entonces, presentó tres resoluciones relacionadas entre sí para su aprobación:

Que estas Colonias Unidas son, y por derecho deben ser, Estados libres e independientes; que están liberadas de fidelidad alguna a la Corona británica y que toda conexión política entre ellas y el Estado de Gran Bretaña está, y debe ser, disuelta por completo.

Que desde ya es urgente tomar las medidas más efectivas para formar Alianzas con el exterior.

Que se prepare un plan de confederación y se transmita a las Colonias respectivas para su consideración y aprobación.24

Las resoluciones fueron secundadas por John Adams, pero el Congreso retrasó su toma en consideración hasta el día siguiente. El sábado, y de nuevo el domingo, el Congreso debatió las tres resoluciones. Aunque los representantes de las colonias del sur y de Nueva Inglaterra eran favorables a las mismas, muchas de las colonias del Atlántico Medio* preferían retrasar la decisión. Los contrarios a la independencia ponían en duda que Francia o España fueran a proporcionar alguna ayuda, debido a sus propios intereses coloniales en América, y afirmaban que Francia estaría más inclinada a formar una alianza con Gran Bretaña para repartirse Norteamérica entre ambas. Los favorables a las resoluciones, como demuestran las anotaciones de Thomas Jefferson, respondían que «solo una declaración de independencia podría complacer al gusto europeo para que las potencias europeas traten con nosotros», que no había que perder tiempo y que era necesario pedir, cuanto antes, la ayuda que podían ofrecer Francia y España. Los argumentos en uno y otro sentido se cruzaban sin que se llegara a un consenso claro.

En lugar proceder a votar la resolución de independencia, el Congreso pospuso los debates hasta el 1 de julio y ordenó a un comité que redactara un borrador de declaración en previsión de que la cámara fuera favorable a dicha opción. Se formaron también comités para encargarse de la segunda y tercera resoluciones: uno para redactar un proyecto de tratado con Francia y otro para redactar un borrador de plan de confederación de los trece estados que se crearían a partir de las trece colonias, una vez que se declarase la independencia. El comité encargado del plan de confederación fue el mayor de los tres y contaba con un representante de cada colonia. Debido a lo difícil que resultó el acuerdo entre estos, fue el comité que más tardó en cumplir su encargo: hasta dieciocho meses después, en noviembre de 1777, no presentó los Artículos de Confederación (además, dichos artículos no fueron ratificados por todos los trece estados hasta 1781). El segundo comité, que debía escribir un proyecto de tratado con Francia, solo tenía cinco miembros, encabezados por John Adams. Este insistió en que el tratado fuera solo de naturaleza comercial y que no implicara ninguna alianza política o militar que pudiera «enredarnos en futuras guerras europeas».25 El Plan de Tratados [Plan of Treaties] final, que se atuvo en todo a los requisitos de Adams, se presentó el 18 de julio y el Congreso lo aprobó el 17 de septiembre. Un mes más tarde, Benjamin Franklin tomó un barco hacia Francia con el proyecto de tratado de Adams en la cartera y la misión de obtener la ayuda que su nación necesitaba de forma tan acuciante.

El comité de cinco miembros encargado de escribir el borrador de la Declaración de Independencia también estuvo presidido por John Adams, pero la tarea de la redacción se confió a Thomas Jefferson. Ya era un consumado escritor y estaba trabajando, con sus paisanos virginianos y políticos James Madison y George Mason, en una Constitución y en una Declaración de Derechos para el estado de Virginia que pronto crearían. Jefferson escribió con rapidez, tomó préstamos de dicho documento y de otros, de modo que, en pocos días, ultimó el primer borrador. Primero se lo enseñó a Franklin y a Adams, que hicieron solo unas pocas revisiones, y luego al comité en pleno, el cual lo debatió durante dos semanas. Para entonces, el Congreso ya había acordado el nombre de la nueva nación: el 24 de junio de 1776, su presidente, John Hancock, empleó por vez primera de forma oficial la denominación «los Estados Unidos» al nombrar a un nuevo voluntario francés, Antoine Félix Wuibert, oficial del Ejército Continental.26

El borrador revisado de la Declaración se presentó ante el Congreso el 28 de junio; para entonces, las colonias del Atlántico Medio ya habían autorizado a sus delegados que votaran a favor de la independencia, también con la asunción de que era el camino para obtener ayuda exterior.27 La moción para que se aprobase la resolución de Richard Henry se presentó el 2 de julio. Entonces, el Congreso debatió y revisó el borrador durante dos días, antes de aprobar la versión final del texto el día 4, que caía en jueves. Aquella tarde, se tipografió una hoja apaisada de la que se imprimieron unas doscientas copias que se enviaron a las colonias y al cuartel general del Ejército Continental. La intención del Congreso de que la declaración fuera leída por Luis XVI y Carlos III queda de manifiesto por el hecho de que el lunes 8 de julio, primer día laborable después del fin de semana, se envió una copia de la misma en un barco que zarpaba hacia Francia, junto con instrucciones para Silas Deane, comerciante de Connecticut que entonces estaba en París como delegado para negociar compras de armas.28 Dicho delegado debía «comunicar de inmediato el texto a la Corte de Francia y enviar copias del mismo a las demás Cortes de Europa».

Aunque las resoluciones de Richard Henry Lee y de todos los subsiguientes debates del Congreso –como había advertido con tanta claridad el propio Jefferson– ligaban la Declaración de Independencia a la solicitud de ayuda exterior, en ninguna parte del texto aparecían las palabras «Francia» o «España». Incluso, en el párrafo inicial, Jefferson afirmaba que la única razón de ser del documento era que «un respeto decente de lo que opinara la humanidad» los obligaba a justificar sus acciones. Esta afirmación, igual que el razonamiento similar esgrimido en la Declaración de las Causas y Necesidad de Tomar las Armas, ocultaba la verdadera razón y el auténtico destinatario de la Declaración de Independencia. Aunque la intención del Congreso fuera pedir ayuda a Luis XVI y a Carlos III, lo más probable es que Jefferson no estuviera pensando en ambos monarcas en el propio momento de la redacción del texto. Lo que empleó para justificar la causa de la independencia fueron los sentimientos más elevados de los pensadores de la Ilustración –Locke en lo referente al derecho natural, Voltaire en cuanto a la opresión y Montesquieu acerca de la libertad–.29 La inclusión de cualquier súplica expresa dirigida a una potencia extranjera habría rebajado la dignidad y envilecido la Declaración a la que con tanto celo había dado forma. La idea era que la propia existencia del documento sirviera como toque de corneta para pedir ayuda.

La Declaración se convirtió en un documento de gran importancia histórica. Tras la apología inicial que ocultaba su verdadera intención, Jefferson desplegaba su prosa más elevada:

Mantenemos que estas verdades son obvias, que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador con ciertos Derechos inalienables, que entre estos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. Que para asegurar estos derechos se han instituido los Gobiernos entre los Hombres, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados.30

Continuaba lo anterior con una letanía de acusaciones al monarca británico por no haber cumplido con estos ideales. Se le imputaban desde ofensas generales contra las colonias a otras concretas como interferencia en procesos judiciales, secuestro, pillaje y saqueo. Jefferson no libraba de culpas a los británicos y los llamaba «Enemigos en la Guerra, en la Paz Amigos». Al declarar a los Estados Unidos miembro del conjunto de las naciones soberanas, Jefferson recordaba a sus anhelados aliados que ahora la nueva nación tenía «pleno Poder para emprender la Guerra, ultimar la Paz, entablar Alianzas, establecer el Comercio y hacer todos los demás Actos y Cosas a las que tienen derecho los Estados Independientes».

Solo al final del texto de la Declaración de Independencia Jefferson incluyó un pasaje que podría llamar la atención de los reyes de Francia y España de un modo especial: «Y en apoyo de esta Declaración, con una firme confianza en la protección de la divina Providencia, comprometemos todos nuestras Vidas, nuestras Fortunas y nuestro sagrado Honor». Es decir: para llegar a ser una nación independiente, autogobernada, hemos arriesgado todo lo que tenemos para ganar esta guerra con Gran Bretaña. Sin alianza militar, no existe la esperanza de que podamos seguir adelante. Por favor, venid en nuestra ayuda.

Al otro lado del Atlántico, Francia y España sopesaban sus opciones. Apenas habían transcurrido trece años desde que habían librado una guerra desastrosa con Gran Bretaña en la que habían perdido comercio, colonias e influencia. Una nueva contienda, del lado de los rebeldes norteamericanos, podía revertir las anteriores humillaciones –o llevar a ambos países a la ruina–.

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NOTAS

1. Phillips, K., 2012, 387-391.

2. Citado en Ferling, J., 2009, 114.

3. Citado en Ketcham, R., 1990, 70.

4. PBF, vol. 23, 237-238.

5. Resumo aquí textos de mi currículo de escuela primaria y secundaria, libros de texto de la Commonwealth of Virginia y de las Department of Defense Dependents Schools, libros de texto universitarios y varias enciclopedias en internet.

6. Wills, G., 1978, 325, expone argumentos análogos.

7. Bobrick, B., 1997, 156.

8. Armitage, D., 2007, 41-45; Lucas, S. E., 1994.

9. Maier, P., 1997, 51; Armitage, D., ibid., 31.

10. Vid. en Shain, B. A., 2014, 190-250 un relato y análisis a fondo.

11. Ibid., 274-293.

12. Liell, S., 2003; Ferling, J., 2011, 217-223. Gracias adicionales a Ray Raphael por señalarme la coincidencia con la llegada del discurso de Jorge III.

13. Liell, S., ibid., 174.

14. Ibid., 196.

15. Shachtman, T, 2014, 47-63.

16. Ferling, J., 2011, 258-277; Shain, B. A., op. cit., 438-459.

17. Potts, L. W., 1981, 148.

18. Wills, G., op. cit., 328.

19. Lee, R. H., 1911-1914, vol. 1, 176-179.

20. Alden, J. R., 1957, 211.

21. Shain, B. A., op. cit., 462-464.

22. Adams, J., 1850-1856, vol. 2, 503.

23. Lee, R. H., op. cit., vol. 1, 198.

24. Shain, B. A., op. cit., 461-462; Maier, P., op. cit., 41-46; Ferling, J., 2011, 3-7; Wills, G., op. cit., 325-333.

25. Adams, J., op. cit., vol. 2, 505.

26. Nettles, C. P., 1946, 36-37.

27. Ellis, J. J., 1999, 15-21.

28. Kite, E. S., 1928, 410.

29. Bailyn, B., 1967, 26-27.

30. Shain, B. A., op. cit., 490-493. Vid. en Raphael, R., 2014, 125-129 una comparación del texto de Jefferson con la Declaración de Derechos de Virginia de George Mason, que le sirvió de modelo.

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* N. del T.: Al lector hispánico puede chocarle el empleo del adjetivo «continental» en denominaciones como Congreso Continental y Ejército Continental, cuya área de actuación, obviamente, no abarcaba todo el continente americano. Esto se debe, en parte, a que, en la tradición de habla inglesa, América del Norte y América del Sur son continentes distintos.

* N. del T.: El Atlántico Medio (Mid-Atlantic) es un área geográfica que entonces abarcaba las colonias de Nueva Jersey, Pensilvania, Nueva York y Delaware (las llamadas Middle Colonies).

1
EL CAMINO A LA GUERRA

Era la tarde, curiosamente cálida, del 10 de febrero de 1763.1 Un carruaje que transportaba a dos representantes oficiales, uno de Francia y otro de España, traqueteaba calle abajo por la rue Saint-Dominique, en la orilla izquierda del Sena, a solo unas manzanas del río. Después de pasar entre filas de imponentes edificios, entró bajo el arco redondo y a través de la puerta de doble hoja de un sencillo pero digno hôtel particulier [palacete] y se detuvo en el patio. Los funcionarios descendieron del vehículo, se dirigieron a la derecha, hacia la entrada principal, atravesaron una serie de estancias decoradas con papel azul y blanco a la inglesa y entraron en un distinguido salón de rojas cortinas donde colgaba un retrato no del rey galo, Luis XV, sino de Jorge III de Gran Bretaña. En aquel breve recorrido, aquellos dos hombres habían salido del confortable mundo francés al que estaban acostumbrados y ahora estaban, de hecho, en territorio británico.

Eran César Gabriel de Choiseul-Praslin, ministro galo de Exteriores; y Pablo Jerónimo Grimaldi y Pallavicini, embajador español en Francia. La imponente residencia parisina en la que se encontraban era la vivienda y embajada de facto de John Russell, duque de Bedford, que los recibió sentado debido a un ataque de gota. Apenas cinco meses antes había llegado a Francia como ministro plenipotenciario –como embajador, en la práctica– para negociar la paz. Juntos, los tres estaban a punto de firmar un tratado que daría fin de manera formal a la ruinosa guerra que había envuelto no solo a sus tres países, sino también a la mayor parte de Europa y lugares tan lejanos como la India y Norteamérica.

La Guerra de los Siete Años, según la denominación que se popularizó más tarde, había comenzado en 1754 con una serie de escaramuzas entre fuerzas británicas y francesas en el valle del Ohio. En dos años, ya se había extendido a la Europa continental y por todo el orbe. El momento de inflexión del conflicto sucedió en 1759; entonces, Gran Bretaña acumuló un rosario de impactantes victorias por tierra y por mar que acabaron diezmando las flotas francesas y españolas y le dieron el control de enclaves que iban desde Canadá y el Caribe hasta Asia.

En 1762, Francia y España ya no tenían más alternativa que pedir la paz. Choiseul-Praslin encabezó las negociaciones por la parte francesa. España envió a Grimaldi a petición de los ministros galos; ya habían negociado tratados antes con él y lo consideraban «excelsamente dotado en el arte de conciliar el acuerdo y la amistad entre los bandos enfrentados».2 El gabinete británico eligió al duque de Bedford, de riqueza astronómica, cuya red de contactos sociales y su firme posición a favor de la paz facilitarían que se ganara la confianza de los franceses. Los tres hombres eran de temperamentos muy distintos. Se ha descrito a Choiseul-Praslin como «sensato, trabajador […] seco de carácter, de una reserva casi impenetrable [...] del todo carente de gracias».3 En cambio, Grimaldi, nacido en Italia, impresionó de manera favorable al historiador británico Edward Gibbon –entonces inmerso en su Grand Tour* por Europa–. Este lo describió como un acaudalado hombre de mundo que «daba bailes todas las semanas, cuya magnificencia solo se ve superada por su cortesía y elegancia»4 (de hecho, los diplomáticos mencionados acababan de asistir, la noche anterior a la firma del tratado, a una de las famosas veladas de Grimaldi, la cual había acabado a las 10 de la mañana). Gibbon no tenía tan buena opinión de Bedford, de quien decía que su «gravedad y avaricia5 lo convertían en el hazmerreír de París». El ministro francés, por su parte, vio en Bedford «un hombre muy bueno, muy educado, bienintencionado, deseoso de ultimar la paz».6

Aunque es seguro que Bedford estaba «ansioso por cerrar el tratado de paz», se cuidaba de actuar solo dentro de los límites marcados por su gobierno. La cierto es que se lo podía permitir, dado que Gran Bretaña gozaba entonces de una posición inmejorable, tanto en sentido literal como metafórico. Durante el curso de varios meses, los tres hombres elaboraron un tratado que reconocía su supremacía y alteraba la escena internacional a su favor. Bedford, mientras se negociaban los detalles, también se ocupó del amueblamiento de su vivienda urbana en la rue Saint-Dominique con los últimos lujos de Londres, que iban desde una exquisita cubertería de plata a los primeros inodoros que hubo en París. Esta suntuosa redecoración no se debía a la «rigidez y avaricia» del embajador británico, sino que se trataba, más bien, de una afirmación política. Cuando Choiseul-Praslin y Grimaldi cruzaron el umbral de la residencia de Bedford en la tarde del 10 de febrero, aquel ambiente londinense sirvió para recordarles que entraban en un nuevo mundo dominado por los británicos.

LA GUERRA DE LOS SIETE AÑOS:
UN CONFLICTO GLOBAL

La Guerra de los Siete Años fue un conflicto distinto de todos los que aquellos experimentados diplomáticos habían conocido hasta entonces. Desde alrededor de 1625, a Europa la habían asolado, cada década, guerras en las que se debatían sus grandes potencias: Francia, España e Inglaterra (Gran Bretaña tras la unión con Escocia de 1707). Aunque las causas concretas de cada lid eran variables e iban desde el control del comercio marítimo hasta la simple expansión territorial, todas tenían su origen en el sistema de relaciones internacionales imperante, conocido como el «equilibrio de poderes».7 Una enciclopedia dieciochesca lo define como «un sistema de equilibrio que se usa en la política moderna en el que las potencias se contienen unas a las otras, de modo que ninguna predomine en Europa hasta el punto de que todo lo invada y domine el mundo». Dicho de otro modo, en el momento en que cualquier nación llegaba a ser demasiado poderosa (por ejemplo, Gran Bretaña), las potencias más débiles como Francia y España se aliarían para contenerla. Aliados y enemigos cambiaban con frecuencia de bando entre una guerra y la siguiente, según oscilase el equilibrio de fuerzas.

Durante la mayor parte del siglo y medio anterior, las contiendas resultantes de estas alianzas cambiantes rara vez habían sido decisivas y, en general, habían preservado el equilibrio en Europa e impedido que ninguna nación dominara el continente. Una de las de mayores repercusiones había sido la Guerra de Sucesión española (1701-1714). Al morir el monarca español Carlos II de la dinastía de Habsburgo sin descendencia, en 1700, dejó en testamento su corona a su sobrino nieto, el príncipe Borbón Felipe de Anjou (que se convirtió en Felipe V). Aquello dio comienzo a una lucha que enfrentó a Gran Bretaña, la República Holandesa y Austria contra Francia y España por la herencia del trono español. Francia y España salieron victoriosas, con el resultado de que el Imperio español pasó a la dinastía Borbón y no a la Habsburgo que apoyaba Gran Bretaña. A pesar de todo, España perdió a manos de esta última dos enclaves vitales del Mediterráneo, Menorca y Gibraltar, si bien conservó sus valiosas posesiones americanas y las Filipinas. Más recientemente, la Guerra de Sucesión austriaca de 1740-1748, en la que muchos de aquellos beligerantes repitieron más o menos las mismas alianzas, y en la que ambos bandos habían obtenido victorias y derrotas, acabó en líneas generales en el mismo statu quo ante bellum: se dice que Luis XV declaró que devolvería todos los territorios conquistados «ya que deseaba llegar a la paz no como un comerciante, sino como un Rey».8

La Guerra de los Siete Años, que, en realidad, duró casi nueve, comenzó, en parte, justo porque aquellos conflictos previos no habían alterado mucho el equilibrio de poderes y no habían resuelto las disputas territoriales subyacentes, en especial en Norteamérica.9 España fue la primera potencia europea en fundar una colonia permanente en Norteamérica, en Puerto Rico, en 1508, a la que siguió en 1533 el virreinato de Nueva España, que, con el tiempo, llegó a abarcar lo que hoy es México, Florida y gran parte del área occidental de Estados Unidos. Francia fundó su virreinato de Nueva Francia en 1534, aunque no estableció asentamientos fijos en Canadá y Luisiana hasta 1608 y 1686, respectivamente. El primer asentamiento británico tuvo lugar en 1607, en Jamestown, y fue el origen de las trece colonias que, en 1733, ya llegaban desde la costa oriental hasta los montes Apalaches. En el proceso de expansión de los territorios de las tres potencias coloniales a lo largo de dos siglos, hubo choques inevitables entre ellas y también con los pueblos nativos norteamericanos, cuyas tierras usurpaban sin cesar.

La causa inmediata de la Guerra de los Siete Años fue un conflicto en el valle del Ohio, parte entonces de la imprecisa frontera entre Nueva Francia y las colonias británicas que había quedado sin resolver por las prisas en concluir la Guerra de Sucesión austriaca. Aunque la región estaba habitada por las tribus iroquesas, Francia la veía como un pasillo estratégico que unía Canadá y Luisiana, mientras que para Gran Bretaña era un territorio de expansión natural de sus colonias hacia el oeste que se podía vender a granjeros y especuladores.

La Compañía del Ohio de Virginia [Ohio Company of Virginia] fue creada en 1748 por propietarios de plantaciones, como Lawrence y Augustine Washington, para sacar provecho de esa expansión hacia el oeste. El vicegobernador de Virginia, Robert Dinwiddie, que también era uno de los accionistas principales de la citada compañía, le concedió 200 000 hectáreas en el valle del Ohio. En 1752, la compañía firmó un tratado con las tribus iroquesas que le concedía el acceso y el derecho a construir un fuerte en la estratégica confluencia de los ríos Allegheny y Monongahela, en la actual Pittsburgh. El único problema era que el adversario de Dinwiddie, Michel-Ange, marqués de Duquesne y gobernador de Nueva Francia, también había planeado construir fortificaciones en la misma área.

Para tomar el control de la región, tanto Duquesne como Dinwiddie comenzaron a promulgar una serie de órdenes cada vez más belicosas a sus tropas que aumentaron las tensiones. Las instrucciones que le llegaban a Duquesne de Francia le pedían detener a los británicos e «impedir que acudan allí a comerciar confiscándoles sus mercancías y destruyendo sus puestos avanzados».10 Cuando comenzó a construir fuertes para evitar que fueran los británicos quienes lo hicieran, Dinwiddie le envió una carta para exigirle su retirada. La entrega del mensaje la encomendó a un nuevo miembro de la Compañía del Ohio, el hermanastro de 21 años de Lawrence y Augustine Washington. George Washington, que por entonces ya era un experimentado agrimensor y tenía el rango de mayor en la milicia de Virginia, dirigió un pequeño grupo que se abrió paso a través del paisaje invernal hasta el fuerte Le Boeuf, a orillas del lago Erie. El comandante francés despachó a Washington de vuelta con una breve nota que afirmaba: «No pienso que esté obligado a obedecerlo».11

A principios de 1754, Dinwiddie envió otra vez a Washington, ascendido a teniente coronel del recién creado Regimiento de Virginia, a proteger a los trabajadores que la Compañía del Ohio había enviado a construir un fuerte en la confluencia de los ríos Allegheny y Monongahela. Washington pronto comprobó que dichos trabajadores habían sido expulsados por una guarnición francesa que ya estaba construyendo su propio fuerte Duquesne en aquel lugar. Las órdenes que Dinwiddie le había dado para los galos eran bastante claras: «[…] en caso de resistencia, tomar prisioneros o matarlos y destruirlos».12 Washington decidió emboscar al grupo de reconocimiento que los franceses habían enviado en su búsqueda. El 28 de mayo, con ayuda de algunos guerreros iroqueses, sus tropas cayeron sobre el campamento galo y, en quince minutos, mataron, hirieron o capturaron a todos los soldados excepto uno.

La batalla de Jumonville Glen (así llamada por el jefe de las tropas francesas, que cayó en el combate) se ha reconocido más tarde como la chispa que encendió la Guerra de los Siete Años y precipitó la Guerra de la Independencia de Estados Unidos. Pero, por entonces, era imposible que Washington pudiera entrever las dimensiones globales del primero de estos conflictos y aún más imposible que imaginara su papel de dirección en el segundo. Su única preocupación debió ser regresar al cercano fuerte Necessity para preparar la defensa ante el previsible contraataque francés. Cuando este sucedió, el 4 de julio, Washington (entonces ya coronel) se vio obligado a rendirse a la fuerza gala, muy superior, y volvió a Virginia. La noticia de las batallas llegó a Europa al acabar aquel verano. Gran Bretaña y Francia comenzaron a enviar buques y soldados para reforzar sus colonias: un millar de soldados británicos comandados por el general Edward Braddock al valle del Ohio y 3600 franceses a Canadá. Lo que había comenzado como escaramuzas fronterizas ampliaba con rapidez su alcance para convertirse en una guerra entre las dos superpotencias europeas.

La decidida defensa francesa de su colonia de Nueva Francia tenía más que ver con la política europea que con el interés económico por la colonia. Los ingresos que se recibían por el comercio de pieles en Canadá y la pesca de bacalao en Acadia palidecían en comparación con las plantaciones de caña de azúcar caribeñas de la colonia francesa de Saint-Domingue,** mucho más rentables, y de las islas de Granada, San Vicente, Martinica y Guadalupe. La temporada de cultivo en Canadá era tan breve que apenas daba para dar de comer a sus habitantes y del todo insuficiente para sostener un contingente significativo de tropas que pudiera llegar desde Francia. El acceso marítimo a la región estaba protegido por la base naval de Luisburgo, en Nueva Escocia, una de las fortificaciones navales más caras de las construidas hasta entonces en Norteamérica. El autor y polemista francés Voltaire, siempre atento a la opinión del momento, hablaba con frecuencia despectivamente de Canadá como «unos pocos acres de nieve»13 que no merecían las enormes inversiones que Francia gastaba allí sin cesar.

No obstante, Nueva Francia servía de contrapeso frente a las ricas colonias británicas con las que limitaba al sur y convertía a Francia en una gran potencia a ojos de sus aliados europeos y también de sus adversarios. Su pérdida, desde la óptica del gobierno galo, minaría la posición de Francia en Europa y amenazaría su seguridad. El gabinete británico también pensaba que necesitaba detener las incursiones francesas en Norteamérica para mejorar su propia posición en Europa.

En las escaramuzas de 1754 solo habían participado fuerzas coloniales. En 1755, en cambio, chocaron los propios ejércitos de las dos potencias europeas. El mayor general Edward Braddock avanzó hacia el fuerte Duquesne, en julio, con regulares británicos y tropas coloniales, entre las que figuraba su edecán George Washington. Braddock sufrió una derrota aplastante y sangrienta en la batalla de Monongahela, a manos de un contingente francés muy reforzado con guerreros nativos (los colonos británicos se referían a la Guerra de los Siete Años como la «Guerra Franco-India»,*** debido a que en ella franceses e indios fueron sus adversarios principales). Las fuerzas galas y nativas también hicieron retroceder a los británicos en el norte de la colonia de Nueva York. Por su parte, efectivos británicos expulsaron a la población francesa de Acadia y de Nueva Escocia.

En 1756 ya estaba claro, tanto en Londres como en París, que la, hasta entonces no declarada, guerra de Norteamérica podía desencadenar un ataque de Francia sobre un Estado del norte de Alemania –Hannover, que gozaba de la protección del rey Jorge II de Gran Bretaña, nacido allí– con la intención de usarlo como moneda de cambio en la disputa territorial americana. Los preparativos políticos de esta eventualidad acabaron recibiendo varias denominaciones: «Revolución Diplomática»,14 «Reversión de las Alianzas» o, de forma más poética, «la Cuadrilla de los Estados», en alusión a la danza de la cuadrilla, popular por entonces, en la que se encadenaban varios intercambios de pareja. Las alianzas previas, que se habían mantenido a lo largo de las dos guerras de sucesión anteriores, pronto se rompieron y se sustituyeron por otras. En enero de 1756, Gran Bretaña firmó un tratado con su antigua enemiga, Prusia, para que esta protegiera Hannover. Prusia, a cambio, conseguía el apoyo de Gran Bretaña ante a la amenaza, cada vez mayor, de Rusia. Unos meses después, la Francia de los Borbones se aliaba con su tradicional némesis, la Austria de los Habsburgo, de modo que las fuerzas galas y austriacas pudieran amenazar Hannover y para que Austria contara con la ayuda francesa para recobrar la región de Silesia, rica en recursos mineros, que Prusia le había ganado en la última contienda. Al tomar cuerpo estas nuevas alianzas, Francia se apoderó de Menorca, que Gran Bretaña había arrebatado a España cincuenta años antes. Gran Bretaña declaró la guerra a Francia en mayo de 1756; Francia hizo lo propio al mes siguiente. En aquel punto, el conflicto se transformó en una lucha global en la que se distinguían dos pugnas separadas: una primera entre Gran Bretaña y Francia, en alta mar y en sus colonias; y una segunda, sobre todo entre Prusia y Austria, en la Europa continental.

Las hostilidades comenzaron primero en Europa, apenas unas semanas tras la declaración de guerra. En las etapas iniciales, las tropas francesas derrotaron a las alemanas y británicas y ocuparon Hannover –para gran disgusto del rey Jorge II– al tiempo que Austria lograba tomar Breslavia, en Silesia. En el transcurso de la guerra, Prusia no solo tuvo que luchar contra Francia y Austria, sino también contra Rusia y Suecia. El rey de Prusia, Federico II (el Grande) demostró ser un brillante y práctico estratega, así como un comandante innovador. De la Prusia de Federico se ha señalado, más tarde, que «no era un país con un ejército, sino un Ejército con un país».15 Durante su reinado, Prusia se convirtió en una sociedad muy militarizada –había un soldado por cada catorce habitantes, mientras que en Francia y Gran Bretaña la proporción era de solo uno por cada cien–.16 Los soldados prusianos estaban muy bien entrenados, empleaban tres meses al año en maniobras militares y su precisión y disciplina rara vez tenían rival en el campo de batalla. Una y otra vez, durante la Guerra de los Siete Años, Prusia fue capaz de superar situaciones de gran desventaja e inferioridad numérica y, al final, pudo conservar Silesia y llegar a un empate con Austria.

En cambio, la lucha entre Gran Bretaña y Francia tomó un cariz del todo favorable para la primera, pese a algunas victorias iniciales de la segunda. En 1757, Francia rechazó con éxito un importante ataque británico sobre Luisburgo, construyó el fuerte Carillon en una posición de gran importancia estratégica, en el extremo sur del lago Champlain, en Nueva York, y destruyó el fuerte William Henry en el lago George, a solo unos kilómetros de distancia. Aquel mismo año cambió el gobierno británico, que pasó a estar dirigido por el primer ministro y primer lord del Tesoro Thomas Pelham-Holles, duque de Newcastle, con William Pitt el Viejo, conde de Chatham, en el puesto de secretario de Estado del Departamento Sur, entonces encargado de la defensa y la política en relación con las colonias americanas. En las cuestiones referentes a la guerra, Pitt llevaba las riendas y Newcastle controlaba la bolsa del dinero.

Pitt era partidario de llevar la lucha directamente donde estaba el enemigo. Primero ordenó una serie de descents [asaltos anfibios] sobre puertos y astilleros franceses, pero resultó un fracaso. En 1758, la lucha comenzó a tornarse a favor de los británicos gracias a la toma de Luisburgo (en Canadá) y a desembarcos en los lucrativos asentamientos esclavistas franceses de África Occidental. La Marina británica capturó con audacia buques de guerra y mercantes franceses, lo que privó de muchos marinos experimentados a la flota gala. En Norteamérica, Gran Bretaña comenzó a recuperar con denuedo el territorio que había perdido durante los dos años anteriores. La firma de un tratado de paz con los lenapes (en Delaware), los shawnees y otros pueblos nativos norteamericanos llevó a que retirasen su apoyo a los franceses en el valle del Ohio. Comandados por el general de brigada John Forbes, una fuerza de soldados británicos y un enorme contingente de tropas coloniales, entre las que estaba el 1.er Regimiento de Virginia del coronel George Washington, aprovechó sin pérdida de tiempo esta debilidad para atacar el fuerte Duquesne, que fue destruido por la minúscula guarnición francesa antes de retirarse. En el mismo lugar, los británicos construyeron el fuerte Pitt y el asentamiento circundante de Pittsborough (después Pittsburgh), bautizado en honor del mandatario que había impulsado la campaña.

El año de 1759 fue calificado por la prensa satírica londinense de annus mirabilis, pero para Francia fue un annus horribilis –el comienzo de cuatro años de victorias británicas concatenadas que amenazarían sus posesiones por todo el mundo y que supusieron su fin en Norteamérica–. En el Caribe, la Marina británica se apoderó de Guadalupe, a la que seguirían Martinica y Granada. En el norte, varios fuertes franceses cayeron uno tras otro en el valle del Ohio; y en el este, los británicos tomaron el fuerte Carillon, que reconstruyeron y llamaron Ticonderoga. Una vez neutralizado Luisburgo, Gran Bretaña comenzó el asedio de la ciudad de Quebec, capital de Nueva Francia. Dicho asedio acabó en una violenta batalla de quince minutos en las Llanuras de Abraham, en las afueras de la ciudad, en la que el general británico James Wolfe se enfrentó al general francés Louis-Joseph, marqués de Montcalm: ambos perecieron en la batalla. Al año siguiente, tras la caída de Montreal, Nueva Francia dejó de existir y Canadá pasó a estar controlada por los británicos.

Estas impactantes derrotas provocaron un giro en la planificación estratégica gala: se orilló el enfoque de librar batallas en la periferia y se comenzó a planear un asalto en toda regla contra la propia Gran Bretaña. La nueva estrategia fue idea de Étienne François, duque de Choiseul, más joven, pero de mayor trascendencia política que su primo, César Gabriel de Choiseul-Praslin. Tras una carrera de soldado y diplomático, en octubre de 1758, Choiseul fue nombrado secretario de Estado de Asuntos Exteriores. Luis XV necesitaba, para manejar su díscolo gabinete en tiempos de guerra, algo más que un mero ministro de Exteriores. Lo que le hacía falta era un ministro jefe y el bajito y sonrosado Choiseul, cuyo aspecto infantil escondía una certera inteligencia política y una enorme capacidad de trabajo, asumió dicho puesto de facto aunque no fuera nombrado como tal.17

Igual que su equivalente británico, William Pitt, Choiseul deseaba llevar la lucha al propio territorio del enemigo. Planeaba aprovechar la debilidad de las tropas encargadas de guarnecer Gran Bretaña mediante la ejecución de un desembarco anfibio en su costa. Este obligaría al gobierno británico a desviar recursos de sus campañas europeas y, a la vez, sería un golpe a la confianza de los inversores que hundiría su capacidad de conseguir fondos para la guerra en los mercados financieros. Se construyeron sin dilación más de 300 embarcaciones en la costa del Atlántico para transportar más de 40 000 hombres a Portsmouth y se previó también una incursión de distracción contra Escocia. Sin embargo, un ataque británico sobre Le Havre inutilizó muchos de los botes y, en una devastadora batalla naval que tuvo lugar en noviembre de 1759 en la bahía de Quiberon, en la costa de Bretaña, resultaron destruidos los buques que debían escoltar el desembarco. Estos sucesos interrelacionados dieron al traste con cualquier esperanza de invadir Gran Bretaña. Las noticias que llegaban de la India francesa eran también malas: fuerzas de la Compañía Británica de las Indias Orientales [East India Company] habían tomado y saqueado la colonia de Pondicherry (Puducherry).

Choiseul no tardó en asumir el papel de ministro de la Guerra, a la vez que conservaba su agenda de Asuntos Exteriores. Las negociaciones de paz iniciales con Gran Bretaña habían fracasado, por tanto, inició conversaciones con el gobierno de España para llegar a una alianza. El monarca español, Carlos III, era, de hecho, el primo menor de Luis XV; ambos pertenecían a la familia Borbón. Francia y España habían firmado ya dos veces lo que se denominaron Pactos de Familia, en 1733 y 1743, en los que se prometían apoyo mutuo y ayuda en caso de guerra, como forma de contención ante la hegemonía británica. En esta nueva ocasión, los dos reyes y sus ministros pensaban que Gran Bretaña volvía a amenazar el equilibrio de poderes y se conjuraron para restablecerlo. Madrid envió a Jerónimo Grimaldi a negociar el acuerdo y Choiseul y Grimaldi firmaron el Tercer Pacto de Familia borbónico el 15 de agosto de 1761. Este obligaba a España a declarar la guerra a Gran Bretaña al año siguiente en caso de que no se hubiera alcanzado la paz y Francia se comprometía a apoyar a España si esta era atacada. No obstante, era dudoso que Francia pudiera hacer efectiva dicha promesa en las circunstancias que atravesaba: su flota estaba siendo machacada por la Marina británica, que construía diez barcos y capturaba diez presas francesas por cada nave que construían o capturaban los galos.18

La noticia de la firma del secreto Pacto de Familia se filtró a Gran Bretaña, que, pese a la desconfianza de Newcastle acerca de la conveniencia de emprender otra campaña más, declaró la guerra a España, como medida preventiva, en enero de 1762. España ya tenía puesta la mira en Portugal, aliado británico y cuyo ejército contaba apenas con la mitad de efectivos que el español. Sin embargo, el primer ministro portugués, Sebastião José de Carvalho e Mello, marqués de Pombal, ya había solicitado ayuda militar a los británicos y, con su apoyo, rechazó al contingente español en la que más tarde se denominó Guerra Fantástica. Choiseul propuso entonces a España una invasión anfibia conjunta de Gran Bretaña, pero esto tampoco llegó a suceder debido a que ambas armadas no fueron capaces de coordinar sus acciones.19 Los últimos golpes se sufrieron más avanzado ya el año: los británicos capturaron Manila y La Habana. Una pérdida esta última en extremo traumática: era la joya de la corona española, su puerto el de más calidad y el mejor defendido del Caribe y en él se construían más barcos de guerra que en cualquier astillero de España.20 La alocada decisión española de entrar en la Guerra de los Siete Años había dado como resultado una terrible serie de pérdidas que costó muy caro recuperar en las posteriores negociaciones de paz.

EL TRATADO DE PARÍS

Los hombres que habían dirigido la contienda no fueron los mismos que firmaron el tratado de paz. En 1762, Choiseul asumió la jefatura del Ministerio de Marina, pero sin perder su puesto de ministro de la Guerra. Su primo Choiseul-Praslin, que, como él, era un antiguo soldado y diplomático, se convirtió en el nuevo ministro de Exteriores. De todas formas, ambos pensaban de forma similar. Tenían ante sí una tarea ardua: el estado de la flota francesa era calamitoso, un elevado número de sus buques estaba bloqueado por el enemigo y la carencia de fondos era tan grave que recurría a la venta de material para saldar deudas. Canadá se había perdido, igual que la mayor parte de las colonias del Caribe, África y Asia. «Como no sabemos hacer la guerra –reconocía Choiseul en privado–, debemos hacer la paz».21

En la otra orilla del canal de la Mancha, Pitt y Newcastle, los arquitectos principales de la brillante victoria británica, estaban ya de salida. En 1760, murió Jorge II y Jorge III le sucedió en el trono. El nuevo rey de 22 años, aunque tenía una estrecha relación con su abuelo, hizo cambios importantes en el gobierno. Nombró primer ministro al que había sido su tutor durante muchos años, John Stuart, conde de Bute, que tenía tanto deseo de hacer las paces como Pitt de guerrear. Una de las primeras medidas de Bute al asumir su cargo fue formalizar las negociaciones de paz mediante el intercambio de diplomáticos con Francia. La elección obvia recayó en el bien relacionado e influyente duque de Bedford. Aunque la mayor parte de las decisiones se acordaron en París, Choiseul-Praslin eligió a Louis-Jules Mancini-Mazarini, duque de Nivernais, para que negociara en la corte británica. En septiembre, Bedford y Nivernais se reunieron en Calais antes de la asunción de sus respectivos cargos.

Todas las partes comprendían que Francia y España tendrían que abonar un significativo coste territorial por la guerra. Aunque Bute era consciente de que las condiciones de paz debían ser tan generosas como fuera posible para evitar un enfrentamiento posterior, Nivernais indicaba en sus informes que el primer ministro soportaba una enorme presión, por parte de los aún poderosos partidarios de Pitt, para que dejara inutilizada a la Marina francesa. Las negociaciones preliminares que se desarrollaban en Fontainebleau se detuvieron cuando el embajador español, Jerónimo Grimaldi, planteó que las demandas territoriales de los británicos les darían el control casi total del golfo de México y se negó a aceptar aquellas condiciones. Choiseul estaba furioso: «¿Quiere el rey de España la guerra o quiere la paz?»,22 le preguntó al embajador francés en Madrid, Pierre Paul, marqués d’Ossun. «Debe aceptar los artículos» del tratado o seguir luchando, dijo Choiseul. «No hay término medio». El impasse se superó en octubre, al recibirse la noticia de la pérdida de La Habana. Luis XV le ofreció a su primo Carlos III la Luisiana, en compensación por los territorios que España podría perder en las negociaciones de paz. Dicho territorio devolvería a España, al menos en parte, cierta capacidad de control del golfo de México. Ante la gravedad de la pérdida de La Habana y la necesidad de recuperarla, aquel ofrecimiento salvaba, al menos, las apariencias, por ello, Carlos III accedió. Choiseul-Praslin, Grimaldi y Bedford firmaron el tratado preliminar en Fontainebleau, el 3 de noviembre. El mismo día, a espaldas de Bedford, Choiseul-Praslin y Grimaldi acordaron en un documento aparte la entrega de la Luisiana a España.

Los tres hombres negociaron las condiciones definitivas entre noviembre de 1762 y febrero de 1763.23 Francia sufrió en especial la cesión a Gran Bretaña de Canadá, Acadia y Nueva Escocia. Al perder también la Luisiana, el país quedaba prácticamente ausente de Norteamérica. A pesar de todo, conservó el acceso a los bancos de pesca de la costa de Terranova y del golfo de San Lorenzo y también retuvo las pequeñas y rocosas islas de San Pedro (Saint-Pierre) y Miquelón (Miquelon) para el secado y procesamiento del pescado. Su importancia estratégica iba mucho más allá de la mera provisión de alimentos: la principal debilidad histórica de la Marina gala había sido la carencia de personal y en dichas pesquerías se formaba un tercio de sus marineros, aproximadamente.24

Gran Bretaña devolvió a Francia las principales islas productoras de azúcar, Martinica y Guadalupe, y se quedó con Granada y San Vicente. También arrebató a Francia sus antiguos asentamientos comerciales en África, excepto la isla de Gorea, dedicada al comercio de esclavos, en la costa del actual Senegal. El territorio francés en la India se redujo a apenas unos pocos asentamientos comerciales, de los que el mayor fue la bella ciudad blanca de Pondicherry, que se reconstruyó en solo dos años. Francia, en compensación, devolvió Menorca al dominio británico.

Gran Bretaña también fue generosa al devolver Manila a España, pero exigía la entrega de Puerto Rico o de la Florida para devolver La Habana. Puerto Rico era demasiado valioso para España, así que se entregó la Florida, de la que un político bisbiseó que era «un territorio deshabitado».25 España también se vio forzada a conceder a Gran Bretaña derechos de tala en la región de Honduras, en Guatemala. En Europa, la situación volvió más o menos al statu quo ante bellum. Los escasos efectivos españoles que aún quedaban en Portugal salieron del país. Por su parte, Prusia y Austria retiraron sus ejércitos de los territorios que ocupaban fuera de sus respectivas fronteras y firmaron un acuerdo de paz.

El definitivo Tratado de París, según Bedford, «consiguió mucho más de lo que esperaba»,26 ya que no hacía «ninguna cesión contraria a mis instrucciones». El inalterado paisaje de Europa escondía un desplazamiento tectónico que había dado un vuelco a su equilibrio político. Aunque Gran Bretaña había perdido casi todos sus aliados en Europa, la balanza del poder se había inclinado tanto a su favor que pensaba que dichos aliados ya no tendrían mucha importancia. Gran Bretaña controlaba la mayor parte de Norteamérica, sus colonias repartidas por todo el globo podían comerciar sin trabas y, por primera vez, podía decirse que «gobernaba las olas», como rezaba la popular canción.**** Por tanto, aquella tarde del 10 de febrero fue muy lógico que la ceremonia de la firma del tratado por parte de Choiseul-Praslin, Grimaldi y Bedford tuviera lugar en un salón completamente británico y no en una antesala del palacio real de Versalles.

La noticia del tratado se celebró en Gran Bretaña con espectaculares fuegos artificiales en el Green Park de Londres.27 Francia y España, aunque pueda sorprendernos, también lo celebraron con fuegos artificiales frente al Hôtel de Ville en París y en el parque del Buen Retiro en Madrid. Tras la anterior Guerra de Sucesión austriaca, el pueblo galo, frustrado por haber derramado tanta sangre sin que nada se obtuviera, había acuñado la expresión «estúpido como la paz» [bête comme la paix]. Ahora, ante la evidencia de que el resultado podía haber sido mucho peor que perder «unos pocos acres de nieve», primaba el sentimiento de que la vida podía volver a su cauce normal, aunque fuera a la sombra de la nueva superpotencia europea.

LA ESTRATEGIA DE REVANCHA BORBÓNICA

La vida en Francia parecía volver a la normalidad y los precios y el comercio recuperaron pronto los niveles previos a la guerra.28 El turismo resurgió en ambas direcciones a través del canal de la Mancha. El célebre Grand Tour que emprendía la mayoría de los jóvenes aristócratas británicos para conocer la cultura, la historia y el arte de Europa (sobre todo de Francia e Italia) se había visto gravemente interrumpido durante la Guerra de los Siete Años. Al concluir la contienda, a finales de 1762, los caballeros adinerados, como el ya mencionado Edward Gibbon, reanudaron la costumbre incluso antes de que se firmara el tratado de paz. No obstante, después de la guerra, estos viajes por el continente no fueron tan espléndidos y lujosos como en el pasado. El autor de la Guía del caballero durante su viaje por Francia [Gentleman’s Guide, in His Tour through France] recomendaba a los viajeros «no gastar más dinero en el país de nuestro enemigo natural que el que sea necesario para mantener, con dignidad, la persona de un inglés».29

El final de la guerra también alumbró un Grand Tour inverso desde Francia a Gran Bretaña y una súbita fascinación entre los franceses por todo lo británico. Se hizo popular el concepto «anglomanía»30 para describir la repentina ola de moda británica en las calles de París, las obras de teatro en francés acerca de la vida británica e incluso la introducción del estilo natural de los jardines ingleses en los serios y formales jardins galos. Los turistas franceses comenzaron a invadir Gran Bretaña en bandadas, lo que provocó la queja de un aristócrata británico: «Londres abunda en franceses».31 Los galos veían Londres de la misma forma en que futuras generaciones de estadounidenses vieron París, como el lugar donde expandir sus horizontes. El escritor y filósofo Jean-Jacques Rousseau se zambulló allí en el estudio de la botánica,32 mientras científicos como Jérôme Lalande y Charles-Marie de La Condamine cenaban con célebres autores británicos como Samuel Johnson.33 Este último, por su parte, atribuía la reciente anglomanía a la contienda recién acabada: «La paliza que les hemos dado ha conseguido que nos muestren la necesaria reverencia […] Su petulancia nacional necesitaba de un escarmiento periódico».34

Pero no todos los visitantes franceses asumían esta idea del «escarmiento periódico», ni visitaban Gran Bretaña para absorber su cultura. Casi antes de que se secara la tinta del Tratado de París, oficiales militares galos ya se extendían por el sur de Inglaterra y trataban de pasar desapercibidos entre la muchedumbre de turistas extranjeros, con la intención de conseguir información de la flota británica y los posibles lugares de desembarco en la costa. Dichos oficiales eran parte de un plan de invasión que se había ideado en secreto en los salones de Versalles y en Madrid. Francia y España esperaban aprovechar la experiencia de los últimos intentos, tan costosamente adquirida, para que la próxima invasión fuera un éxito.

Choiseul, en concreto, había fijado la estrategia de invasión de Inglaterra casi desde el momento en que asumió su primer puesto de relevancia. El primer intento de invasión, en 1759, había fracasado porque Francia fue incapaz de contrarrestar la superioridad británica en el mar. El segundo intento, en 1762, fue un fiasco debido a la falta de coordinación entre las flotas francesa y española. Choiseul estaba comprometido a que la tercera ocasión fuera muy distinta. Una vez su viejo aliado Jerónimo Grimaldi volvió a España como ministro principal de Carlos III, los dos iniciaron la planificación de una amplia estrategia de revancha borbónica contra Gran Bretaña, cuya pieza fundamental sería un asalto conjunto sobre Inglaterra.35 El elemento principal de su plan eran las flotas de ambos países. Aunque las costas de Gran Bretaña estaban protegidas por las «murallas de madera» de sus buques de guerra, la propia isla apenas estaba guarnecida por un débil contingente de tropas regulares y milicia. Si Francia y España conseguían desembarcar sus efectivos, Gran Bretaña podía arrollarse con facilidad.

Tanto Choiseul como Grimaldi sabían que harían falta cinco años o más para que ambas Marinas recuperaran una capacidad ofensiva creíble ante la flota británica. Por ello, emprendieron de forma simultánea dos proyectos: en primer lugar, conseguir la información necesaria; segundo, la creación de una armada borbónica unificada. Mientras tanto, aparentarían ante los británicos que solo deseaban la paz.

Por su parte, el gobierno británico no se hacía falsas ilusiones. Las primeras instrucciones al conde de Hertford, que sucedió a Bedford como embajador en Francia, pedían:

[…] enviadnos información constante de cada paso que se dé en Francia que pueda tender a reforzar la fuerza militar del Reino, y en especial en lo que concierne al agrandamiento de su marina […] Sin duda, os harán sentidas declaraciones de su amor por la paz y su deseo de perpetuarla sobre la base del acuerdo actual, pero […] no es fácil creer que la Corte de Francia, y también la de España, no tengan el pensamiento de alcanzar un estado que las permita, en su momento, recuperar las posesiones perdidas y reparar la reputación de sus armas. Y aunque su capacidad para poner en práctica esos planteamientos pueda necesitar aún bastante tiempo, nos corresponde de todas formas estar en guardia y vigilar cualquier movimiento que vaya en esa peligrosa dirección.36

Es por ello que, desde que comenzaron a llegar espías franceses a Gran Bretaña para obtener información vital de la flota británica y los lugares posibles de desembarco, lo hicieron bajo la atenta vigilancia de los británicos. En 1764, Choiseul envió a un joven cadete de la Marina, Henri Fulque, chevalier d’Oraison, a que entrara en las bases navales británicas de Plymouth y Portsmouth y también en los astilleros del Támesis. Este más tarde alardearía: «Todo está cerrado para los civiles y los extranjeros, pero soy la prueba de que su vigilancia no es infalible».37 Informó del número y tipo de barcos que se estaban reparando o en construcción y de innovaciones técnicas que, tal vez, podían dar ventaja en la batalla a los buques británicos.

En el mismo momento en que D’Oraison visitaba los astilleros, espías militares inspeccionaban el paisaje inglés en busca de lugares de desembarco y rutas de avance para la invasión.38 Jean-Charles-Adolphe Grand de Blairfindy, un oficial escocés al servicio de Francia, demostró un agudo sentido histórico en la ocasión en que recomendó una población de Kent como el lugar ideal para el desembarco: «Es en Deal donde Julio César, tras haber sido rechazado en Dover, desembarca su ejército cuando conquista Inglaterra».39 Otro oficial del Ejército, Pierre-François de Béville, recomendó atacar Portsmouth para inutilizar la flota enemiga y luego proseguir hacia Londres.

A espaldas de Choiseul, también otros espías galos investigaban en Inglaterra los mejores lugares para una invasión. La razón por la que Choiseul, uno de los ministros mejor informados de Francia, desconociera la actividad de estos agentes era que formaban parte de la red secreta de Luis XV, el Secret du Roi [Secreto del Rey].40 El monarca la había creado veinte años antes con el fin de obtener de forma subrepticia el trono de Polonia para su primo Louis-François, príncipe de Conti. El rey puenteó a su ministro de Exteriores y envió órdenes clandestinas directamente a sus embajadores en países como Suecia, Polonia y al Imperio otomano, con la intención de obtener apoyo político en favor de su primo. Aunque este subterfugio no le consiguió el trono a Conti, Luis XV mantuvo el Secret du Roi y lo agrandó, de modo que, al poco, ya enviaba órdenes y obtenía información de más de dos docenas de embajadores y funcionarios de las embajadas, al tiempo que mantenía a sus ministros de Exteriores en la ignorancia de todo aquello. El resultado fue que, en aquel momento, operaban de facto dos políticas exteriores, la primera dirigida por el secretario de Estado de Asuntos Exteriores y la segunda por el rey. Los embajadores y funcionarios recibían órdenes contradictorias de Versalles y a la vez dependían de agentes clandestinos de lealtad a menudo dudosa. El resultado fue que el Secret du Roi tuvo un efecto corrosivo y, a la postre, destructivo.

Charles-François de Broglie, que había servido como embajador en Gran Bretaña y como general durante la Guerra de los Siete Años, era el miembro del Secret en quien más confiaba Luis XV. De Broglie (pronunciado debroi; y cuyo apellido italiano original, Broglio, significa «engaño») sabía que, una vez que se firmara el Tratado de París, el embajador, el duque de Nivernais, regresaría de Londres y su cargo lo asumiría el encargado de negocios, Charles de Beaumont, chevalier d’Éon y también miembro del Secret. De Broglie, como Choiseul, tuvo igualmente la idea de planear una futura invasión de Inglaterra, pero, en su caso, los espías trabajarían desde la embajada gala en Londres.41 Luis XV dio su visto bueno al proyecto en 1756, pero no informó del mismo a Choiseul.

De Broglie envió a Gran Bretaña a uno de sus antiguos oficiales de ingenieros del ejército, Louis-François Carlet de La Rozière, quien, a su vez, se sirvió de una red propia de espías y pagó a informantes británicos para que confeccionaran mapas de posibles lugares de desembarco. La Rozière hizo dibujos detallados y tomó notas de más de 150 kilómetros de la costa y de las rutas de acceso a Londres, los cuales enviaba a De Broglie a través de D’Éon. Aunque el plan de invasión se tenía que mantener secreto, no fuera a ser que los británicos lo descubrieran y lo emplearan como excusa para lanzar un ataque preventivo, D’Éon conservó copias de dicha correspondencia. Al mismo tiempo, comenzó a amistarse con la aristocracia británica, a la que ofrecía fastuosas fiestas a costa de la embajada francesa. Además, empezó a vestirse de mujer. De Broglie pasó por alto el comportamiento de D’Éon, cada vez más disparatado, sin dejar de insistirle a Luis XV que pusiera en práctica los planes de invasión. En 1768, después de años de falta de una respuesta positiva del rey, De Broglie obtuvo el permiso para contactar con Choiseul y enviarle sus informes, que se habían obtenido con tanto esfuerzo, y este incorporó sin dilación los planes de De Broglie a los suyos propios.42

La primera parte del proyecto de invasión –obtener la información necesaria– estaba ya casi ultimada y la segunda –crear una flota borbónica unificada– ya estaba bastante avanzada. A principios de 1763, Francia solo tenía cuarenta y cinco navíos de línea (grandes barcos de guerra capaces de aguantar en la línea de batalla que se formaba al enfrentarse con las escuadras enemigas),43 y España, por su parte, apenas treinta y siete, una cantidad que aún quedaba lejos de la cifra necesaria. La tesorería gala estaba muy endeudada tras la guerra –la porción de los ingresos que se empleaba en el pago de la deuda se había duplicado hasta llegar al 60 por ciento–.44 En un primer momento, Choiseul tuvo que depender casi en exclusiva de un programa que había instituido durante la guerra, denominado don des vaisseaux [donación de barcos]. Se animaba a individuos, pueblos y ciudades enteras a que donaran dinero para construir y equipar buques de guerra. Por este método se obtuvo más de la mitad de los treinta nuevos navíos que se incorporaron a la flota a lo largo de siete años. El enorme Ville de Paris, de 90 cañones, que se convirtió en uno de los buques insignia de la flota francesa, recibió el nombre de la ciudad que pagó su construcción. España iba más despacio: en el mismo periodo solo construyó ocho.

Tanto Choiseul como Grimaldi sabían que la mera construcción de barcos no era suficiente para derrotar a la Marina inglesa, dado el penoso desempeño de las flotas borbónicas. Era necesaria una completa reforma e integración de las Marinas a ambos bandos de los Pirineos. En una de sus últimas actuaciones oficiales antes de volver a intercambiarse el puesto con su primo Choiseul-Praslin y recuperar el cargo de ministro de Exteriores, Choiseul, en 1765, promulgó una nueva Ordenanza Naval que redujo la burocracia y estableció una estricta serie de «clases» que estandarizaba los tipos y dimensiones de los barcos, de manera que pudieran maniobrar y combatir juntos como una única unidad, así como fundó el primer cuerpo profesional de constructores de barcos del mundo, cuya tarea sería emplear los principios científicos en su diseño y construcción.45 El objetivo era que cada clase de buques fuera superior a su equivalente británica. Estos mecanismos de simplificación, estandarización y mejora de la flota crearían, según esperaba Choiseul, una Marina más efectiva sin gran aumento de su coste.

La tarea de Grimaldi, por su parte, fue reconstruir la flota española según unas normas similares a las francesas para que pudieran operar conjuntamente. Esto significaba no solo importar tecnología gala, sino también los conocimientos para su empleo. En 1765, Grimaldi pidió a Choiseul que le enviara ingenieros franceses que permitieran a la construcción española de barcos y cañones alcanzar los estándares del país vecino. Para la primera labor, Choiseul envió a Jean-François Gautier, un constructor de barcos de nivel medio, que se puso al frente de toda la construcción de barcos española. Gautier descartó pronto los diseños españoles anteriores, más robustos, y comenzó con un navío de 74 cañones, el San Juan Nepomuceno, la construcción de buques más ligeros y rápidos, al estilo francés, de acuerdo con las instrucciones de la Ordenanza Naval de Choiseul. El constructor galo comprendía a la perfección los objetivos de Grimaldi: «[…] mi obligación que es la de mirar a los bajeles de España y Francia como si formaran una sola Armada».46

Para la segunda petición de Grimaldi, Choiseul envió a España, también en 1765, al ingeniero de artillería suizo-francés Jean Maritz.47 Este instaló fundiciones que empleaban la misma técnica recién introducida en Francia por la que los cañones se fundían como una pieza maciza que luego se barrenaba, lo que conseguía más potencia y mejor precisión en el disparo. Maritz siguió las nuevas normativas galas en cuanto al tamaño y calibre de los cañones, por ello, la anterior mezcolanza de calibres de la artillería naval española se vio pronto reemplazada por una familia normalizada de cañones que podían disparar con más puntería y a distancias mayores. Estos cambios en cascos, mástiles y cañones llevaron a que la nueva generación de navíos españoles pudiera maniobrar y combatir de forma idéntica a los franceses. Apenas pasados unos años desde el Tratado de París, Francia y España tenían ya muy avanzada la planificación del próximo enfrentamiento con Gran Bretaña y estaban en el camino de disponer de una armada adecuada para llevar a cabo dichos planes.

El plan para la guerra que se acordó en 1767 entre ambas naciones planteaba un ataque sorpresa con una flota combinada de 140 buques de línea (80 franceses y 60 españoles) contra los 120 de Gran Bretaña.48 La fuerza principal escoltaría un convoy de barcazas de menor tamaño que desembarcaría los efectivos terrestres en Portsmouth y en la costa de Sussex y reduciría a cenizas componentes clave de la infraestructura naval enemiga de modo que Gran Bretaña no pudiera volver a ser dueña de los mares. El avance por tierra de la invasión se detendría ante Londres sin llegar a atacar la capital, ya que esto podría atemorizar a otras potencias europeas y desestabilizar la delicada red de alianzas de Francia. Se prefería un asalto de distracción con fuerzas francesas sobre Escocia, mientras España, por su parte, atacaría Gibraltar con el objetivo de recuperar aquel territorio estratégico que había perdido años antes.

Choiseul describió las líneas estratégicas de aquella guerra en un memorando que escribió a Luis XV.49 Le recordaba a su rey que «había sido atacado en 1755 en América» por una nación que deseaba expulsarlo del continente. El Tratado de París era una «verguenza». Era imposible la paz en el futuro cercano: «Inglaterra es el enemigo declarado de vuestro poder y de vuestro Estado y siempre lo será». Francia tenía que prepararse ahora para una nueva guerra con Gran Bretaña. El objetivo de esa lucha no sería destruir la nación británica, sino uno más limitado: restaurar el equilibrio de poderes en Europa. Francia no debía ya buscar enfrentarse a Gran Bretaña en el continente, lo que resultaría desestabilizador, y debía optar por intentar minar su supremacía marítima. Toda la política exterior de Francia tendría este objetivo, reforzar sus alianzas europeas –sobre todo la alianza con España– y aprovechar cualquier oportunidad de debilitar a Gran Bretaña en la escena mundial.

Hacia el final del citado memorando, el ministro francés formulaba la esperanza de que Gran Bretaña pudiera verse debilitada, no mediante un ataque directo de Francia y España, sino por el mero resultado de sus políticas coloniales en Norteamérica tras la Guerra de los Siete Años. Choiseul, con una presciencia asombrosa, anunciaba que «solo la futura revolución de América […] postrará a Inglaterra a un estado de debilidad por el que deje de ser temida en Europa», aunque le preocupaba que «lo más probable es que nosotros no lo veamos […] ese suceso está demasiado lejano». Su primo Choiseul-Praslin expresaba una opinión similar del recién firmado Tratado de París:

Esta paz es una época notable para la monarquía inglesa, pero su poder no es ni estable ni seguro; debe ascender o caer […] los vastos dominios que ha adquirido recientemente pueden llevarla a su perdición […] un día sus colonias serán lo bastante poderosas para separarse de la metrópoli y fundar un estado independiente de la corona de Inglaterra.50

Aunque ambos hombres estaban seguros de que habría una revolución en Norteamérica y de que esta derribaría a Gran Bretaña de su altiva posición, ninguno de los dos la veía posible a corto plazo. Con todo, decidieron cubrir dicha posibilidad con el envío de un par de oficiales militares y un comerciante de vino escocés a que vigilaran, en persona, el efecto de las políticas británicas en sus colonias americanas e informaran de si había una revuelta en el horizonte o no.

AGENTES FRANCESES EN LAS COLONIAS AMERICANAS

El primero de los agentes franceses en las colonias británicas de Norteamérica, el teniente de la Marina François de Sarrebourse de Pontleroy de Beaulieu, desembarcó en Filadelfia a principios de 1764.51 Firmó con un comerciante norteamericano ponerse al mando de un buque de carga que operaba por la costa de Nueva Inglaterra y el Atlántico Medio. Gracias a su puesto de comandante de un barco podía, sin llamar la atención, realizar mapas detallados y sondear los puertos principales, así como hablar con otros comerciantes para conformar una comprensión amplia de la opinión de los colonos. Pontleroy había llegado justo en el momento en que el resplandor de las celebraciones de la victoria daba paso a muestras de descontento. Los historiadores citan a menudo una afirmación de John Shy: «Los americanos no fueron nunca más británicos que en 1763».52 Dicha cita está de sobra justificada: la amenaza de las fuerzas francesas se había eliminado, el potencial de expansión hacia el oeste parecía ilimitado y Gran Bretaña controlaba ahora las principales rutas oceánicas, lo que significaba más comercio para las colonias.

En julio de 1763 llegó la noticia de que una confederación de tribus nativas americanas, encabezadas por el jefe ottawa Pontiac, estaba atacando fuertes de las fronteras occidentales en respuesta a incursiones británicas muy duras. Aquello fue, para los colonos, la primera señal de que su acceso al resto del subcontinente no iba a ser gratuito. La Guerra de Pontiac, como acabó por denominarse, actuó como catalizador para que el gobierno británico publicara la Proclamación Real de 1763, con la que intentaba llevar el orden y la estabilidad a Norteamérica. Dicha ley creaba las colonias de Quebec, Florida Oriental, Florida Occidental y Granada y establecía la frontera occidental de las trece colonias originales en una línea que bajaba por los montes Apalaches. Según la orden de Londres, el territorio situado al oeste de la Línea de la Proclamación se cedía a los pueblos nativos americanos y no se podían establecer asentamientos en él. Esto era una amenaza para los planes de inversión de especuladores del suelo como la Compañía del Ohio [Ohio Company] y la recién creada Compañía de la Tierra del Misisipi [Mississipi Land Company] de George Washington.

Hubo un segundo golpe al bolsillo colectivo de las colonias, en forma de impuestos. Durante generaciones, Gran Bretaña había adoptado un enfoque absentista en cuanto al gobierno de las colonias americanas, una política que después se calificó de «negligencia saludable», según la teoría de que la falta de restricciones permitía la prosperidad de las colonias y beneficiaba así al conjunto del imperio. Mientras que en 1763 el ciudadano británico medio pagaba 26 chelines anuales de impuestos (unos 200 dólares actuales), el colono medio americano apenas pagaba 1 chelín.53 Los impuestos a la importación y las restricciones al comercio con otras potencias no se aplicaban en las colonias británicas americanas; de Boston a Charleston, los comerciantes hacían pingües negocios con países como España u Holanda y con sus colonias caribeñas. Las enormes deudas contraídas durante la Guerra de los Siete Años –solo el pago de intereses ya consumía el 40 por ciento de los ingresos– cambiaron el planteamiento económico del gabinete británico. Los ministros de Londres defendieron que, como la guerra se había librado en pro de los colonos norteamericanos, estos debían ahora costear el coste de su seguridad, lo que incluía el acuartelamiento de efectivos británicos en sus territorios.

Durante más de un siglo, Gran Bretaña había intentado evitar que sus colonias comerciaran directamente con otras potencias europeas mediante la promulgación de Leyes de Navegación [Navigation Acts] que instauraban tasas y restringían el comercio con otros países. La última de ellas fue la Ley de Impuestos Americanos [American Duties Act] de 1764, que los colonos rebautizaron pronto como Ley del Azúcar [Sugar Act]. Perseguía el contrabando, aunque también reducía el impuesto sobre el azúcar y la melaza que pagaban los colonos al importarlas de las plantaciones caribeñas británicas. Como dichos impuestos casi nunca se habían pagado hasta entonces, la recaudación más estricta que dicha ley activaba y sus medidas contra el contrabando significaban, de facto, una imposición de tasas y una reducción del comercio. Al mismo tiempo, el Parlamento aprobó la Ley de Moneda [Currency Act] que reducía la disponibilidad de papel moneda para los colonos. Dicho papel moneda se venía usando cada vez más debido a la carencia de dinero en metálico en forma de monedas de plata y oro. Estas dos leyes generaron una escasez de moneda que empeoró los efectos de la depresión posterior a la guerra.

A pesar de estas complicaciones económicas, Pontleroy informaba de que las colonias americanas eran prósperas, sus tierras productivas y sus puertos amplios y de que, en aquel momento, tenía lugar un boom demográfico de posguerra.54 También mencionaba su rencor por la Ley del Azúcar, sobre todo por la repentina aparición de barcos recaudadores que acababan con el comercio caribeño, hasta entonces consentido. Los americanos estaban deseosos de librarse de estas restricciones al comercio que mermaban sus negocios. Tampoco veían ninguna necesidad de protección militar británica continuada, ahora que Francia ya no tenía presencia en el subcontinente. Los colonos estaban inquietos, concluía, y algún día se rebelarían contra su madre patria. «Inglaterra –decía– debe esperar una revolución y ha acelerado ese suceso al librar a las colonias del miedo de los franceses de Canadá».

Los colonos pronto se dieron cuenta de que la Ley del Azúcar era un avance de medidas más estrictas. A primeros de 1765, el Parlamento aprobó la Ley del Timbre [Stamp Act] y la de Acantonamiento [Quartering Act].55 El objetivo de ambas era ayudar a obtener los fondos que hacían falta para sufragar el coste de los 10 000 soldados británicos que Londres pensaba necesarios para su protección. Mientras que la Ley del Azúcar había despertado quejas acaloradas, estas nuevas legislaciones produjeron auténticas revueltas. Ninguna de las dos imponía, en apariencia, una carga excesiva. La Ley del Timbre creaba un impuesto relativamente modesto sobre los documentos legales, revistas y periódicos que recaía en abogados y editores, sobre todo, un sector razonablemente próspero de la población. La Ley de Acantonamiento, de hecho, dispensaba a las viviendas modestas de la obligación de tener que aceptar su utilización como barracones temporales para los soldados y solo autorizaba el empleo de edificios vacíos. El punto de fricción para los colonos era que el Parlamento no debía tener derecho a imponerles impuestos (la Ley de Acantonamiento se percibía como una especie de tasa) debido a que ellos no tenían representación en la cámara legislativa: «Ningún impuesto sin representación», como había dicho el pastor John Mayhew de Boston ya en 1750. Además, los colonos americanos también proclamaban que, como no había forma práctica posible de representación de las colonias en un Parlamento situado a 5000 kilómetros de distancia, solo sus propias asambleas legislativas debían tener la capacidad de imponer impuestos y de determinar en qué emplear esos ingresos. Las leyes del Timbre y de Acantonamiento se interpretaron como actuaciones directas del Parlamento para soslayar las funciones de las asambleas coloniales y como un primer paso hacia medidas impositivas futuras, sin que los colonos tuvieran representación ni dieran su aprobación. Estallaron entonces tumultos callejeros contra los impuestos en Boston (donde se saquearon las casas del gobernador en funciones Thomas Hutchinson y del distribuidor de papel timbrado Andrew Oliver), Newport y Filadelfia.

En mayo de 1765, la Asamblea de Burgueses [House of Burgesses], la cámara legislativa de Virginia, se reunió en Williamsburg para denunciar la Ley del Timbre. Un joven representante llamado Patrick Henry encabezó la acusación con unos pronunciamientos, las Resoluciones de Virginia [Virginia Resolves], que declaraban que solo la asamblea legislativa del estado, no el Parlamento, tenía derecho a recaudar impuestos de sus colonos. Su intervención ante la Asamblea de Burgueses comparó el movimiento contra la Ley del Timbre con la resistencia de Bruto ante César y la de Cromwell frente a Carlos I, una perspectiva que, para otros miembros de la cámara, traspasaba el límite de la traición.

Uno de los testigos presenciales de la incendiaria intervención de Patrick Henry fue Charles Murray, un representante escocés de un comerciante de vinos con sede en Londres. Después de llegar a Charleston desde el Caribe francés, a primeros de 1765, continuó hasta Nueva York haciendo numerosas paradas durante el viaje, en las que vendía barriles de vino de Madeira «de primera calidad» a clientes como George Washington.56 Al mismo tiempo, tomaba notas sin cesar de la situación de las colonias americanas y las enviaba al gobierno francés.57 Dichas notas, escritas en inglés y francés, no nos revelan la razón por las que se había convertido en espía de Francia, aunque, como muchos católicos escoceses, es posible que tuviera un rescoldo de inclinaciones jacobitas que le llevaban a preferir a Francia antes que a los «pérfidos ingleses». Estas notas sí que revelan, en cambio, el enfado generalizado que había provocado la Ley del Timbre entre los colonos americanos, que, de manera gradual, se iba convirtiendo en ira. Murray relata que Patrick Henry había dicho que su diatriba «debía atribuirse al interés [que tenía] por la moribunda libertad de su País, que llevaba en su corazón». También menciona a un abogado de Annapolis que, aunque era leal a la Corona, «estaba dispuesto a tomar las armas en defensa de su libertad y su propiedad». Choiseul, que, sin duda, leyó el informe de Murray, seguro que se sintió reconfortado al saber que un grupo de vecinos en una taberna de Virginia había proclamado: «Dejemos que lo malo vaya a peor, pediremos ayuda a los franceses».

La Ley del Timbre no llegó a aplicarse y el Parlamento, impresionado por la vehemente reacción de los colonos, la rechazó a principios de 1766. Al mismo tiempo, aprobó las Leyes Declaratorias [Declaratory Acts], que afirmaban su primacía sobre las cámaras legislativas coloniales y le daban plenos poderes para implantar impuestos en las colonias. El Parlamento volvió a meter el dedo en el ojo de los colonos al año siguiente con las Leyes de Townshend [Townshend Acts], cuya denominación se debe al canciller de Hacienda que propuso tasas para la entrada en las colonias de vidrio, plomo, pinturas, papel y, de forma llamativa, té: artículos, todos ellos, que solo se podrían comprar a Gran Bretaña. La irritación de los colonos creció ante los continuos ataques a sus derechos y sustentos. Aunque en esta ocasión la respuesta no fue tan rápida y violenta como ante la Ley del Timbre, el resentimiento hacia la Corona no dejaba de crecer.

De nuevo encontramos, en esta ocasión, un agente de Francia que es testigo e informa de primera mano de la respuesta de los colonos. Johann de Kalb, bávaro de nacimiento, era un oficial que había obtenido su «de» nobiliario francés sirviendo en el ejército galo de Charles-François de Broglie durante la Guerra de los Siete Años.58 De Broglie advirtió que De Kalb, aunque no formaba parte del Secret du Roi, tenía la inteligencia, discreción y conocimientos de lenguas necesarios para el espionaje. En 1767 le propuso a Choiseul enviar a De Kalb a Norteamérica «para conocer las opiniones de los colonos de la América septentrional hacia Gran Bretaña y, en caso de que estas provincias prevean una ruptura abierta con su metrópoli, de qué medios dispondrían para hacer la guerra o defender su libertad».

De Kalb llegó en 1768 y empleó los primeros cuatro meses en valorar el posible clima revolucionario de las colonias, desde Filadelfia a Boston. Esta vez, la temperatura política era casi tan fría como la de los pantanos helados que De Kalb tuvo que cruzar de noche al poco de llegar a América (después de que su barco se hundiera justo frente a Staten Island). En comparación con la ardiente retórica de Patrick Henry de solo tres años antes, el sentimiento que De Kalb percibió con más frecuencia fue el de resignación. A su vuelta, en su informe a Choiseul explicaba que, en efecto, los residentes de las colonias estaban furiosos por las Leyes de Townshend, resentidos por tener que alojar soldados en sus pueblos y ciudades y descontentos por las severas restricciones a la circulación de dinero y por las limitaciones al comercio que reducían sus beneficios: todo aquello podría dar lugar a un levantamiento. «Es indudable que este país se liberará en algún momento dado»,59 especulaba, pero seguidamente aguaba las esperanzas que Choiseul tenía de una separación inmediata de la madre patria: dicha revolución solo podría suceder «cuando su población sea superior a la de Gran Bretaña», dentro de muchos años. Más frustrante aún fue su valoración de las posibilidades que tenía Francia de liderar la rebelión. Aunque las colonias no tenían Marina ni arsenales con los que emprender una contienda contra la madre patria, «nunca aceptarían ningún socorro extranjero, el cual les podría parecer sospechoso y que amenazaría a su libertad, sobre todo si viene de Francia; preferirían someterse por un tiempo al Parlamento inglés».


Johann von Kalb (1721-1780). Óleo sobre lienzo (1780) de Charles Willson Peale (1741-1827).

Choiseul, que había esperado recibir noticias de una próxima posibilidad de lucha revolucionaria liderada por Francia, no encajó bien el informe enviado por De Kalb, se negó a recibirlo a su regreso de América y le negó un ascenso ansiado por largo tiempo. Aquel informe no solo contravenía los meticulosos planes de Choiseul para fomentar una insurrección en Norteamérica: tampoco coincidía con los reportes previos de sus espías. Lo cierto es que De Kalb trasladó un sentimiento real que los anteriores agentes no habían advertido o que habían omitido a propósito; por mucho que los colonos odiaran el continuo bombardeo de impuestos y restricciones al comercio, muchos estaban aún orgullosos de ser parte del gran Imperio británico y pensaban que aquella «disputa familiar» se podía resolver con equidad. En las colonias americanas, el sentimiento de fidelidad no se amoldaba tan bien a las fronteras como parecía suceder en Europa. Choiseul, que dominaba a la perfección el tablero de ajedrez europeo, apenas comenzaba por entonces a comprender hasta qué punto iba a resultar más complicada la partida en Norteamérica.

INFORMANTES ESPAÑOLES EN LAS COLONIAS

Cada mes la partida se iba complicando más, a medida que quedaban claras las repercusiones del Tratado de París. Debido al cambio de dueño de tanto territorio, tuvieron lugar grandes desplazamientos entre las poblaciones británica, francesa y española. Desde 1763 hasta el comienzo de la Guerra de Independencia de Estados Unidos, Norteamérica fue un subcontinente en movimiento.60 El número de inmigrantes procedentes de distintos lugares de Europa –Gran Bretaña, Irlanda, los territorios alemanes– alcanzaba cifras máximas, atraídos por la promesa de tierra, recursos y una relativa paz. Terratenientes como George Washington presionaron al gobierno británico para que abriera más territorios occidentales a la creación de nuevos asentamientos. El gabinete respondió moviendo las fronteras de las colonias bastante más allá de la Línea de Proclamación, cada vez más cerca del río Misisipi, y avasallaba poco a poco los territorios de los nativos americanos.

Más al sur, los esfuerzos británicos para poblar las dos colonias de la Florida tuvieron resultados más decepcionantes.61 España había entregado la Florida a Gran Bretaña y esta había dividido el territorio entre Florida Oriental (la península, básicamente, con capital en San Agustín) y Florida Occidental (desde el actual Mango de Florida [Florida Panhandle] hasta el Misisipi, con capital en Pensacola*****). Aunque se permitió a los habitantes españoles permanecer allí y la práctica del catolicismo, la inmensa mayoría optó por emigrar a México y a Cuba. El gobierno británico otorgó concesiones de tierra para animar a la creación de asentamientos como medida de defensa frente a los territorios españoles adyacentes, pero apenas consiguió atraer a unos pocos miles de inmigrantes a cada colonia.

A diferencia de lo sucedido en la Florida, la población de Canadá prefirió en su mayoría quedarse y vivir bajo el dominio británico, aunque continuó habiendo fricciones entre su catolicismo y las políticas oficiales de la Iglesia anglicana.62 Sin embargo, una minoría significativa de canadienses optó por mudarse a Luisiana. Dicha migración había comenzado durante la Guerra de los Siete Años, con la expulsión de los acadios de sus tierras. La Luisiana española, con capital en Nueva Orleans, era un enorme territorio cuyo tamaño duplicaba el de las trece colonias británicas. El nuevo gobernador español, Antonio de Ulloa, veía en los franceses un sólido parapeto frente al avasallamiento territorial británico que se acercaba ya a las orillas del Misisipi, por tanto, estimuló dicha migración mediante la concesión de tierras y ayuda al transporte. San Luis, por ejemplo, se fundó en 1764 como ciudad gala en territorio español.

La ocupación británica de Florida y su avance continuo hacia el oeste, hacia el río Misisipi, constituía una amenaza estratégica para el control español de la región. En Madrid, el ministro principal, Jerónimo Grimaldi, igual que su análogo Choiseul, dependía de una red de informantes para mantenerse al tanto de las actividades británicas en América. Sin embargo, le preocupaba mucho más la posibilidad de ataques por sorpresa sobre Nueva Orleans y Luisiana que fomentar la revolución en los territorios británicos. En parte, esta preocupación se debía a que los primeros años de dominio español sobre la Luisiana estuvieron trufados de problemas políticos que aumentaron la vulnerabilidad de la colonia. El primer gobernador, Ulloa, era más un científico que un administrador y fue expulsado a la fuerza durante una rebelión contra la autoridad española. Lo reemplazó Alejandro O’Reilly, nacido en Irlanda, que sofocó de forma brutal la revuelta. En 1770, un nuevo gobernador, Luis de Unzaga y Amézaga, llevó, por fin, la colonia a cierto grado de estabilidad.

Unzaga estaba a las órdenes de Antonio María de Bucareli y Ursúa, capitán general de Cuba y la mayor autoridad militar y civil en el área norte del Caribe y del golfo de México. Juntos crearon una red de agentes que informaba de forma clandestina de los puertos, fortificaciones, guarniciones militares y movimientos navales británicos.63 No se trataba de verdaderos agentes profesionales, sino más bien de pescadores, comerciantes y clérigos que podían entrar y salir de los territorios británicos sin llamar la atención. Los reportes que llegaban a Nueva Orleans y La Habana se reunían y se enviaban a Madrid y ayudaron a conformar la política española de vigilante neutralidad hacia Gran Bretaña durante la década posterior al Tratado de París.

La flota pesquera de Cuba llegó a ser un medio de obtención y transmisión de información de gran importancia. Los pescadores no solo podían observar los movimientos navales británicos por el Caribe y el golfo de México, sino que también llevaban mensajes de y hacia los informantes situados en las colonias británicas, entre ellos un grupo de sacerdotes en Florida Oriental que vigilaba lo que sucedía en San Agustín. A la vez, comerciantes cubanos viajaban con regularidad a Pensacola y, a su vuelta, mantenían informado a Bucareli de la construcción de fortificaciones en torno a su bahía.

Unzaga, por su parte, estaba preocupado por la presencia británica a lo largo del Misisipi, cada vez mayor. Dos cuestiones animaban a los colonos a desplazarse a los valles de los ríos Ohio y Misisipi. Por una parte, no se hacía respetar la Línea de Proclamación, lo que permitía, en la práctica, que los asentamientos avanzaran hacia el oeste. Por otro lado, panfletos como el muy difundido Estado actual de los asentamientos europeos en el Misisipi [Present State of European Settlements on the Mississippi], publicado en 1770, pintaban de color de rosa la vida en los territorios occidentales. En consecuencia, carretas y balsas pronto transportaban ya a un gran número de familias a poblaciones como Natchez y Baton Rouge.

El año 1770 también trajo una crisis política que amenazaba con un estallido bélico y que obligó a la red de Unzaga a extremar su vigilancia. Tanto Gran Bretaña como España tenían pequeños asentamientos en las islas Malvinas (Falkland, para los británicos), en el Atlántico Sur. El gobernador de Buenos Aires, siguiendo órdenes de Madrid, envió un gran contingente anfibio para desalojar a la guarnición británica. Los dos países se prepararon para la guerra. Madrid recomendó a sus colonias de ultramar estar vigilantes ante un posible ataque sorpresa, pero no inició movimientos hostiles que pudieran precipitarlo. Mientras tanto, Grimaldi le pidió a Francia que cumpliera el Pacto de Familia y acudiera en su ayuda. Aunque Choiseul (que de nuevo ostentaba el cargo de ministro de Exteriores) le dio respuestas vagas, Luis XV era firme en su posición en contra de aquello. La crisis se desactivó al año siguiente, después de que España desautorizara la acción militar y pusiera a un lado la cuestión de la soberanía.

Unzaga no detectó actividades británicas hostiles a lo largo del Misisipi por efecto de la crisis de las Malvinas/Falklands, pero, de todos modos, despachó a Jean Surrirret, comerciante francés y oficial de la milicia española cerca de Baton Rouge, a Nueva York a investigar unos rumores acerca de un posible redespliegue de unidades británicas entonces acuarteladas más al norte.64 Unzaga temía que esto pudiera ser el preludio de un asalto. Surriret llegó en 1772 y se enteró de que Thomas Gage, comandante en jefe de las fuerzas británicas en Norteamérica, en efecto había trasladado tropas de Canadá para reforzar Nueva York, Boston, Filadelfia y otras ciudades. Surriret descubrió que este redespliegue no estaba destinado a amenazar los intereses españoles, sino que era una respuesta al malestar que se había extendido entre la población desde las Leyes de Townshend. Dicho malestar había llevado ya a la masacre de Boston, en la que tropas británicas dispararon contra una multitud de civiles y mataron a cinco personas. Aunque tanto Unzaga como los ministros de Madrid se tranquilizaron al recibir los informes, siguieron atentos al número, cada vez mayor, de soldados y barcos británicos que llegaban a Norteamérica.

FRANKLIN EN LA CABINA DE MANDO

En 1768, Johann de Kalb había visto a las colonias británicas de Norteamérica resignadas a la autoridad británica. En 1774 estaban al borde de la rebelión. Aunque el Parlamento había rechazado la mayor parte de las Leyes de Townshend, sí mantuvo el impuesto sobre el té y lo reforzó con la Ley del Té [Tea Act] de 1773. En diciembre de aquel año, los manifestantes de Boston respondieron con lo que las crónicas contemporáneas denominaron «la destrucción del té»,65 arrojando un cargamento de la Compañía de las Indias Orientales al agua en el puerto de Boston. Aquel suceso despertó protestas a ambos lados del Atlántico. En Londres, la posición de varios agentes que representaban los intereses de las colonias ante el Parlamento quedó dañada sin remedio. Entre ellos estaban Ralph Izard por Carolina del Sur, Arthur Lee por Massachusetts y sobre todo destacaba Benjamin Franklin, que había sido representante de Pensilvania, Massachusetts y algunos territorios más durante los últimos diecisiete años y que había ejercido una fuerte influencia en el rechazo de la Ley del Timbre. A finales de enero de 1774, fue convocado por el Consejo Privado [Privy Council; el organismo que aconsejaba al rey] para defender ante el mismo una petición para la destitución de Hutchinson y de Oliver del gobierno de Massachusetts. Acompañado por su viejo amigo Edward Bancroft, y ataviado con un elegante traje de seda de Manchester, entró a la Cabina de Mando [Cockpit], la cámara del Consejo Privado en el palacio de Whitehall. En lugar de defender la citada proposición, vio cómo se le acusaba de ser el jefe de una «cábala secreta» que buscaba confrontar al pueblo de las colonias contra su gobierno legítimo. Franklin aguantó estoicamente el chaparrón durante una hora y se fue sin apenas decir palabra. Apenas unos días antes tenía la opinión de que poco a poco iba consiguiendo un «acuerdo sobre nuestras diferencias» con el Parlamento.66 Ahora se había convencido de que aquellos ataques personales reflejaban una intransigencia profunda del Parlamento que ningún acuerdo podría remediar.

El Parlamento, por su parte, no veía la utilidad de dichas concesiones. Su respuesta al creciente descontento colonial fueron las Leyes Coercitivas de 1774, que, entre otras medidas, cerraban el puerto de Boston al comercio, despojaban a Massachusetts de cualquier clase de autogobierno y ordenaban el acuartelamiento de tropas en pueblos y ciudades. La Administración británica ordenó a Gage que aplicara las Leyes Coercitivas y que sofocara cualquier rebelión, pues pensaba que Francia no interferiría en los asuntos coloniales británicos igual que no había apoyado a España durante la crisis de las islas Malvinas/Falkland. Las colonias americanas reaccionaron con el envío de delegados al Primer Congreso Continental, que tuvo lugar en Filadelfia en septiembre de 1774, para debatir qué acciones podrían tomarse en respuesta a aquellas leyes. También comenzaron a formar y entrenar milicias para que estuvieran preparadas en caso de conflicto.

En Francia, los hombres que habían firmado el Tratado de París no serían los mismos que iban a asistir con preocupación a la escalada del conflicto en Norteamérica. Luis XV había perdido la confianza en Choiseul tras la crisis de las Malvinas/Falklands y lo destituyó poco después. También salió del gabinete su primo Choiseul-Praslin y con ambos desapareció el rígido control que había dominado la política exterior y naval gala durante más de una década. La estrategia de revancha contra Inglaterra se vio sustituida por un planteamiento más pacífico, en el que se aminoró el ritmo del rearme naval francés y se archivaron los planes de invasión de Gran Bretaña. La crisis también había envenenado el Pacto de Familia borbónico y ahora España miraba con suspicacia todo lo que significara depender más de Francia.

En 1774, en el momento en que la situación en las colonias norteamericanas alcanzaba el punto de ebullición, Luis XV moría. Su nieto, Luis XVI, le sucedió en el trono. El nuevo rey de 19 años, pese a su acercamiento a su abuelo después de la muerte de su padre, emprendió, de todas formas, importantes cambios en el gobierno. Para el puesto de ministro principal nombró a un antiguo ministro de Marina que llevaba postergado veinticinco años, Jean-Fréderic Phélypeaux, conde de Maurepas. Al enterarse de la existencia del Secret du Roi por Charles-François de Broglie, el monarca lo desmanteló de inmediato y puso toda la política diplomática en manos de su nuevo ministro de Exteriores, Charles Gravier, conde de Vergennes, el cual había sido, por cierto, miembro del Secret. Por desgracia, hubo un miembro del Secret que en gran medida no se vio afectado por la reforma, el chevalier d’Éon, quien aún residía en Londres y poseía los planes franceses de invasión de Gran Bretaña, ahora abandonados. Si Londres se enteraba de aquellos planes, podría desencadenarse una guerra que el nuevo rey no deseaba y para la que no estaba preparado. Al final, la solución para el problema del chevalier d’Éon, tramada por Luis XVI y Vergennes, llevaría a Francia directamente a la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.

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NOTAS

1. Gazette de France, n.º 13 (14 de febrero de 1763); Bedford, J. R., 1842-1846, vol. 3, 190-196, 208; Evans, J., 1956. La residencia de Bedford, el Hôtel de Grimberghen, en el 16 de la rue Saint Dominique, se demolió en 1870 durante la renovación de París del barón Haussmann. Su localización original la ocupan hoy las oficinas del ministeriales del 244 del boulevard Saint-Germain.

2. Bourguet, A., 1906, 187.

3. Bedford, J. R., op. cit., 149.

4. Gibbon, E., 1896, vol. 1, 28-29.

5. Ibid.

6. Blampignon, E.-A., 1888, 119.

7. Grivel, G., 1784-1788, 279. Acerca del equilibrio de fuerzas en la teoría y en la práctica, vid. Black, J., 1983.

8. Voltaire, 1769, vol. 1, 209.

9. Entre las numerosas historias sobre la Guerra de los Siete Años, he empleado de manera especial las siguientes: Dull, J. R., 2005; Baugh, D. A., 2011; Anderson, F., 2000; Szabo, F., 2008 y Waddington, R., 1899-1914.

10. Waddington, R., 1896, 21.

11. Anderson, F., op. cit., 45.

12. Ibid., 51.

13. Aunque esta frase es famosa desde que Voltaire la empleó en el Capítulo 23 de su novela corta Candide, también se sirvió de variaciones de la misma en varias cartas y ensayos.

14. Black, J., 1990, 314-316; Szabo, F., op. cit., 12-15; Anderson, F., op. cit., 128-129.

15. Según palabras del ministro prusiano Friedrich von Schrötter, citado en F. Szabo, op. cit., 21.

16. Corvisier, A., 1979, 113-114.

17. Waddington, R., 1899-1914, vol. 3, 447.

18. Glete, J., 1993, vol. 1, 272.

19. Fernández Duro, C., 1894-1903, vol. 7, 53-58.

20. Harbron, J. D., 1988, 15.

21. Flassan, G., 1809, vol. 5, 376.

22. Blart, L., 1915, 33.

23. Rashed, Z. E., 1951, 159-200.

24. Dull, J. R., op. cit., 249.

25. Gipson, L. H., 1939-1970, vol. 8, 307.

26. Bedford, J. R., op. cit., 190.

27. Estos fuegos de artificio se ilustran en varias acuarelas de la colección de estampas y fotografías de la BNF: LI-72 y QB-201.

28. Riley, J. C., 1986, 12, 106.

29. Playstowe, P., 1766, portada.

30. Vid. Grieder, J., 1985.

31. Lennox, S., 1901, 212.

32. Damrosch, L., 2007, 472.

33. Lalande, J. J., 1980.

34. Boswell, J., 1799, vol. 1, 419.

35. Abarca, R. E., 1965.

36. Wickham Legg, L. G., 1934, 86.

37. d’Oraison, H. F., 1764.

38. Morison, M. C., 1910.

39. Stanhope, P. H., 1853-1854, vol. 5, 363-364.

40. Vid. Perrault, G., 1992-1996.

41. de Broglie, C.-F., 1777; Lacour-Gayet, G., 1902, 430-455; Patterson, A. T., 1960, 6-12; Kates, G., 1995, 91-94; Das, S., 2009, 4-21.

42. Perrault, G., op. cit., vol. 2, 173-275.

43. Abarca, R. E., 1965, 459; Dull, J. R., op. cit., 245-248.

44. Riley, J. C., op. cit., 231.

45. Ferreiro, L. D., 2007, 286-287.

46. Sánchez Carrión, J. M., 2013, 236.

47. Valdez-Bubnov, I., 2011, 312-319.

48. Das, S., op. cit., 18-20; Abarca, R. E., 1970; Scott, H. M., 1979.

49. Soulange-Bodin, A., 1894, 236-253.

50. Rain, P., 1945, 257.

51. d’Agay, F., 2011, vol. 2, 582.

52. Shy, J., 1998, 308.

53. Calloway, C., 2006, 12.

54. ANF Marine: B4 106, folio 144, 1763; B4 107, folio 92, 1764; B4, folio 4, 1766. Véase también Lacour-Gayet, G., op. cit., 415 y Van Tyne, C. H., 1925, 24-26.

55. Anderson, F., op. cit., 641-651, 664-676. Mi agradecimiento también a Michael Crawford por su conocimiento de las características de los impuestos coloniales.

56. PGW, vol. 7, 458-459.

57. «Journal of a French Traveller in the Colonies, 1765»; Beatty, J., 2011. El diario anónimo se descubrió en los archivos parisinos de la Marina francesa a principios del siglo XX, pero hasta 2011 no se supo que el viajero era Charles Murray, gracias a una labor detectivesca especialmente brillante de Joshua Beatty.

58. Perrault, G., op. cit., vol. 3, 241-247; Kapp, F., 1884, 46-73; Zucker, A. E., 1966, 65-79.

59. Kapp, F., ibid., 288.

60. Calloway, C. G., op. cit., 57-61, 164.

61. Raab, J. W., 2008, 7-92.

62. Vid. Imbeault, S., Vaugeois, D. y Veyssière, L., 2013.

63. Cummins, L. T., 1991, 6-26.

64. Ibid., 22-24. Acerca del servicio de Surriret en la milicia (donde su nombre aparece a veces como Juan Suriray) vid. Churchill, C. R., 1925, vol. 1, 49, 93, 96, 114, 121, 123, 130; vol. 2, 326.

65. Adams, J., 1850-1856, vol. 2, 323.

66. Skemp, S. L., 2013, XI.

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* N. del T.: El Grand Tour era un viaje por Europa que emprendían jóvenes aristócratas –principalmente británicos, pero también de otros países– como parte de su educación y que fue costumbre desde mediados del siglo XVII. Se consideraba obligatorio el paso por Francia y sobre todo por Italia.

** N. de. T.: Saint-Domingue, o Santo Domingo francés, era la colonia francesa situada en la parte oriental de la isla de La Española o Santo Domingo. Una vez independiente, pasó a denominarse Haití.

*** N. del T.: La denominación exacta inglesa, empleada por el autor, es «French and Indian War», lit. «Guerra Francesa e India».

**** N. del T.: La canción es Rule, Britannia!, cuyo verso más conocido es: «Rule, Britannia!, Britannia rule the waves!» [«¡Gobierna, Britania! ¡Britania gobierna las olas!»].

***** N. del T.: A lo largo de este volumen hemos optado por la forma moderna «Pensacola», pero la forma española por aquel tiempo era «Panzacola».

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LOS COMERCIANTES

La insurrección americana de 1774 no fue la primera vez que el gobierno británico tuvo que sofocar una rebelión de sus ciudadanos. Una generación antes, el levantamiento jacobita de 1745 había intentado deponer al monarca e instalar en su lugar a un pretendiente escocés, Carlos Eduardo Estuardo. La rebelión terminó de modo rápido y violento en la batalla de Culloden, donde casi un tercio de los 7000 efectivos jacobitas murió, resultó herido o fue capturado.1 Gran Bretaña pensaba que una rápida y brutal imposición de las Leyes Coercitivas, que aislara y castigara a la colonia rebelde de Massachusetts, impediría la revolución general de las colonias.

El efecto fue justo el contrario. Las demás colonias, temerosas de que se les pudiera aplicar las mismas medidas, se pusieron de parte de Massachusetts y acordaron la reunión del Primer Congreso Continental, para demostrar así que eran capaces de actuar al unísono contra el adversario común, el Parlamento.2 Los delegados aún creían en un futuro como parte del Imperio británico, pero a partir de ahora tendría que ser según sus condiciones. Condenaron las Leyes Coercitivas como anticonstitucionales y prepararon un listado de agravios para enviárselo al rey Jorge III. Respaldaron la fuerza de sus resoluciones con la aprobación de la creación de milicias locales con las que resistir los posibles intentos ulteriores de imposición de las citadas leyes y ejercieron presión económica mediante la aplicación de un boicot contra todo el comercio con Gran Bretaña y sus colonias del Caribe. Cuando los delegados abandonaron Filadelfia, en octubre de 1774, acordaron volver a reunirse en mayo del año siguiente si sus quejas no se habían satisfecho para entonces.

El reclutamiento, organización y equipamiento de las milicias iba a recaer bajo la autoridad de comités de Seguridad [Safety Committee] y de Suministros [Supplies Committee] que se nombrarían en cada colonia. Pronto se hizo evidente que una cosa era alistar hombres en la milicia y otra muy distinta equiparlos con armas, munición y pólvora. En las trece colonias las armas de fuego personales eran de una gran variedad de tipos y calibres. Algunos mosquetes de ánima lisa comprados al Ejército británico durante la Guerra de los Siete Años (en general, mosquetes del modelo terrestre «Brown Bess» y calibre de 0,75 pulgadas); otras, escopetas de perdigones empleadas sobre todo para pequeños juegos y (en especial en la frontera de los Apalaches) unos pocos rifles de ánima rayada en espiral, de carga más lenta. El Comité de Seguridad de Pensilvania, por ejemplo, descubrió que algunas compañías de milicias necesitaban siete tipos distintos de munición.3

Además, cierto número de los voluntarios de las milicias llegaba a alistarse sin llevar arma alguna.4 Aunque al menos la mitad de los propietarios de las colonias tenía armas, algunos milicianos las dejaban en sus casas, pues eran necesarias para la caza y la protección de sus familias. Por ejemplo, aunque los informes de Nueva Inglaterra indicaban que unos tres cuartos de los milicianos traían sus propias armas, dicho porcentaje variaba enormemente; algunos regimientos de Nuevo Hampshire solo reportaron un mosquete y una libra de pólvora por cada cuatro milicianos (lo que equivalía a unos quince cartuchos por cada hombre). Aunque en principio era posible entrenar una compañía con menos mosquetes que milicianos, para las prácticas de tiro eran indispensables grandes cantidades de pólvora. En tiempo de guerra, es obvio que el consumo de pólvora se dispararía y muchos mosquetes se perderían, caerían en manos del enemigo, resultarían dañados o se averiarían, lo que hacía necesario que hubiera varias armas de fuego por cada miliciano. Los comités de Seguridad y de Suministros tendrían que conseguir todo ese material del que se carecía.

Los comités sabían que su capacidad para armar en poco tiempo a las milicias era muy reducida. A finales de 1774, el Consejo Privado había emitido una prohibición que vetaba la exportación de todo tipo de armas de fuego, pólvora y equipamiento militar a las colonias. Además, el acceso de los colonos a los depósitos locales de armamento y pólvora se cortó desde que los gobiernos coloniales de la Corona comenzaron a actuar de forma metódica para controlarlos y confiscarlos.5 En septiembre de 1774, el gobernador militar de Massachusetts, Thomas Gage, ordenó que se sacara la pólvora y las armas del almacén de la Casa de la Pólvora [Powder House], en la actual Somerset, a las afueras de Boston. Unos meses más tarde, el gobernador de Virginia, John Murray, lord Dunmore, ordenó una acción similar contra el almacén de Williamsburg.

Las milicias tampoco disponían de un suministro fluido de armas de producción local. Para abastecer a una población de casi 2 millones, solo había entre 1500 y 3000 armeros en todo el territorio de las trece colonias y no todos ellos estaban a favor de la rebelión.6 Un armero típico de aquella época fabricaba y reparaba armas en un pequeño taller con sus hijos y algunos aprendices y empleaba una variedad de herramientas manuales para tallar, fundir, forjar, soldar, barrenar y ensamblar las distintas partes de cada pieza. Se trataba de un proceso lento que producía, tal vez, de cinco a diez armas al año. No había otros tipos de manufacturas armamentísticas; en todas las colonias no había ninguna fundición de cañones y ni un molino que produjera el material más básico para la milicia: pólvora.7

La mal equipada milicia tendría que enfrentarse a un formidable Ejército británico que estaba bien provisto por su organismo logístico, el Consejo de Armamento [Board of Ordnance], y por los enormes centros manufactureros de armas de Londres y Birmingham. Dicho consejo desarrolló unos patrones estándares (sobre todo los tipos terrestres [Land Patterns]) para los componentes de los mosquetes: llaves, percutores y cañones, así como recámaras, gatillos y baquetas. Cada una de estas piezas estandarizadas se fabricaba en masa por especialistas, los cuales las llevaban entonces a armeros que ajustaban y ensamblaban las partes para obtener armas terminadas. La estandarización significaba que todos los mosquetes de un regimiento disparaban el mismo tipo de munición y disponían de muchas piezas de repuesto comunes (aunque aún no llegaban a ser totalmente intercambiables). La especialización permitió la aparición de un sistema de producción en masa. Solo Birmingham ya producía «una prodigiosa cantidad para la exportación […] más de 150 000 [mosquetes] al año».8 El Consejo de Armamento también gestionaba varias fundiciones de artillería y una serie de moliendas de pólvora que producía cientos de toneladas cada año. Ante el poder manufacturero de la metrópoli, los comités coloniales de Seguridad y de Suministros no tenían ninguna posibilidad de competir.

La escasa capacidad manufacturera de las colonias norteamericanas no solo se debía a las políticas mercantilistas de Gran Bretaña.9 El mercantilismo no consistía solo en que las colonias produjeran materias primas y que la metrópoli se encargara de la producción de bienes manufacturados. La ley británica no vetaba la manufacturación en las colonias, lo que hacía era prohibirles la exportación de sus productos manufacturados. Lo que al gobierno le importaba era el comercio que estaba sujeto a impuestos: más exportaciones de los fabricantes británicos a las colonias equivalían a más ingresos por tasas para la Corona. Lo que de verdad inhibía la producción manufacturera de las colonias era más bien la escasez de mano de obra cualificada y la dificultad de reunir capital suficiente con el que crear fábricas y comprar materiales.

Las dificultades para reunir el capital necesario en las colonias no estaban causadas por que estas fueran pobres, ni mucho menos. En los albores de la revolución contra la que percibían como tiranía económica del sistema británico, los colonos norteamericanos eran mucho más ricos que sus equivalentes británicos en casi todos los niveles de la sociedad. El nivel de ingresos familiar medio era de 78 libras esterlinas anuales ante solo 50 en Gran Bretaña (alrededor de 12 000 dólares actuales frente a 7500 quinientos).10 Los colonos eran mucho más ricos que cualquier otra población del mundo, algo que confirmaban las altas tasas de inmigración que llegaban de la metrópoli y de otros países de Europa.11 Los visitantes británicos y europeos señalaban a menudo el alto nivel de vida que era general en las colonias norteamericanas y que tanto contrastaba con la mayor desigualdad entre ricos y pobres que había en sus países de origen. Johann de Kalb, al volver en 1768 de la misión de evaluar hasta qué punto estaban listos los americanos para la revolución, había quedado asombrado de que no sufrieran «hambre ni malas cosechas»,12 ambas circunstancias relativamente frecuentes al otro lado del Atlántico.

En lugar de dedicar su capital a la manufactura de productos, los comerciantes de las colonias se centraban en las compras dentro de las propias colonias y en el comercio de materias primas.13 Aunque las pesquerías, sobre todo en Nueva Inglaterra, eran prósperas en general, en las colonias la tierra era la principal mercancía y la fuente principal de su riqueza. Los granjeros de las colonias se dedicaban a cultivos como el índigo y el tabaco para la exportación y producían grano y harina suficientes para abastecer un floreciente comercio internacional. La tierra, y por tanto la riqueza, estaba distribuida entre la población de las colonias con mayor igualdad que en Europa, donde se concentraba en manos de la nobleza terrateniente. Adam Gordon, un miembro de la nobleza británica consciente de la casta a la que pertenecía, comentaba con condescendencia: «[…] todo el mundo tiene propiedades y todo el mundo lo sabe».14 John Hector St. John de Crèvecoeur, miembro de la nobleza terrateniente gala que luego vivió como granjero en Nueva York, nos explica con mayor vehemencia la actitud de los colonos norteamericanos hacia la riqueza: «Por riquezas no me refiero a oro y plata, de esos metales tenemos apenas un poco; me refiero a un tipo de riqueza mejor, tierras despejadas, ganado, buenas casas, buenas ropas y un aumento del número de gente que las disfruta».15

Crèvecoeur tenía razón en que en los futuros Estados Unidos había «apenas un poco» de oro y plata, tanto en forma de mineral como en monedas (dinero metálico). Las colonias no tenían casas de acuñación de moneda y de la madre patria apenas llegaban escasísimas monedas británicas –chelines, coronas y guineas–.16 En las tiendas y contadurías de las colonias se empleaban, sobre todo, monedas españolas. Las piezas de plata del virreinato español del Perú eran la moneda más importante y de más amplia circulación en el mundo durante el siglo XVIII. El dólar que acuñaban los españoles, también llamado peso de a ocho, sumaba más de la mitad de todas las monedas que circulaban en las colonias y podía cortarse, limarse o rebanarse en piezas más pequeñas de menor valor. En cada mostrador comercial, desde la tienda más modesta a la mayor contaduría, había varios cajones de dinero con distintas denominaciones de la moneda española, junto con una enorme variedad de francesas, holandesas y portuguesas que también eran de circulación legal. Los comerciantes siempre tenían tablas de conversión impresas y varias balanzas para pesar la plata de las monedas, de forma que una transacción comercial se podía cerrar, por ejemplo, mediante una mezcla de dólares españoles, écus (escudos) franceses y rijksdaalders (táleros) holandeses. A pesar de toda esta variedad de monedas, el papel moneda tenía también un gran uso en las colonias, puesto que los comerciantes solían reservarse el dinero metálico para los negocios en los mercados internacionales.

COMERCIANTES EUROPEOS PROPORCIONAN LAS PRIMERAS ARMAS Y SUMINISTROS DE PÓLVORA

La respuesta a la necesidad de armar y equipar a las milicias de las colonias –y luego al Ejército Continental– la darían los comerciantes, no la industria y, para ello, emplearían tanto materias primas como dinero en metálico con los que comprar armas, pólvora y munición en el exterior. Al comienzo de la guerra, los granjeros de las colonias no solo alimentaban a toda su población, sino que también producían excedentes suficientes para exportar 6 millones de fanegas* de grano –casi un cuarto de la producción–, lo cual permitía la entrada de dinero en metálico y la importación de manufacturas.17 Los marinos de las colonias llevaban más de un siglo burlando las Leyes de Navegación británicas, pasando de contrabando las citadas mercancías y burlando la vigilancia de los buques de la Marina británica, los patrulleros de vigilancia fiscal y los funcionarios de aduanas. En teoría, a los buques mercantes de las colonias que transportaban, por ejemplo, trigo o bacalao al exterior, y que en el viaje de regreso traían vino español y productos de seda, se les exigía que desembarcaran estos últimos cargamentos en Gran Bretaña y que pagaran unas tasas aduaneras antes de seguir su navegación hacia Norteamérica. Ciertos cultivos, entre los que destaca el tabaco, no se podían vender a ningún país extranjero y solo se podían enviar a Gran Bretaña, desde donde se revendían más tarde, con pingües ganancias, a toda Europa. El té, por supuesto, solo se podía comprar en Gran Bretaña.

Los comerciantes de las colonias evitaban estas restricciones, a veces, comerciando directamente en puertos europeos como Ámsterdam, Nantes o Bilbao, donde los cónsules británicos no podían hacer gran cosa aparte de quejarse a las autoridades locales. Más a menudo, optaban por una actuación más rápida y sencilla: entregar y recoger las mercancías en puertos de islas del Caribe como las colonias francesas de Saint-Domingue y Martinica y, sobre todo, la minúscula isla holandesa de San Eustaquio (Sint Eustatius), un notable centro de contrabando conectado con casi todos los países europeos. En su viaje de regreso a las colonias norteamericanas, los capitanes mercantes esquivaban con facilidad a los agentes de aduanas de la Corona, ya que, como explicaba el vicegobernador de Nueva York, Cadwallader Colden, «no entran a este puerto [de la ciudad de Nueva York] sino que fondean a cierta distancia, en las numerosas bahías y calas que ofrece nuestra costa, y desde ahí las mercancías de contrabando se envían en pequeños botes».18 Este depurado sistema de contrabando tenía las características ideales para posibilitar la llegada de armas de fuego y pólvora.

A lo largo de los años, las colonias habían desarrollado una red de contactos comerciales fiables en cada puerto de ultramar con la que comerciaban tanto mercancías lícitas como ilícitas. En Ámsterdam y en San Eustaquio, firmas como Robert Cromelin, William Hodshon e Isaac van Dam tenían lazos comerciales y familiares con la ciudad de Nueva York que se remontaban a la época en que era aún una colonia holandesa.19 El puerto francés de Nantes era la sede de la firma Montaudoin, dedicada al comercio y al tráfico de esclavos y a través de la cual se exportó harina y arroz desde Filadelfia a Francia durante la terrible hambruna que esta sufrió en 1772.20 En el puerto vasco de Bilbao, en el norte de España, la firma Casa Joseph Gardoqui e Hijos comerciaba con empresarios del pescado de Massachusetts desde 1741, con los que intercambiaba bacalao en salazón, arroz y tabaco americanos por productos españoles.21 Estos comerciantes extranjeros (a veces llamados «actores»), que eran públicamente neutrales aunque en privado simpatizaban con las quejas de los norteamericanos hacia Gran Bretaña, fueron decisivos en la campaña de contrabando que comenzó en 1774. Los gobiernos de sus países, por su parte, afirmaban ser contrarios a este contrabando ilícito, pero, en realidad, lo toleraban tácitamente.

En el verano y otoño de 1774, incluso antes de que el Primer Congreso Continental concluyera sus actividades, y antes de que se hubieran organizado los comités de Seguridad y de Suministros, los comerciantes de las colonias comenzaron a adquirir enormes cantidades de armas y munición en Europa y en islas del Caribe, las cuales pagaban tanto con dinero en metálico como con excedentes agrícolas.22 Los funcionarios británicos comenzaron a informar a Londres de que había barcos cargados de armas de contrabando y pólvora que iban desde Ámsterdam a San Eustaquio y las colonias americanas: sus cajones y barriles contenían, en lugar de té, munición y pólvora. Gran Bretaña exigió que la República Holandesa prohibiese desde ese momento cualquier tipo de contrabando. El gabinete holandés prometió de forma oficial detener aquel «tráfico tan peligroso».23 Lo cierto es que, de manera extraoficial, no ejerció mucho control sobre los comerciantes, que siguieron obteniendo enormes beneficios con el contrabando: 100 libras de pólvora compradas en Ámsterdam por 8 rijksdaalders podían venderse en San Eustaquio por casi 100 rijksdaalders.24 Guillermo V, príncipe de Orange, primo carnal de Jorge III y anglófilo, llegó a decirle al embajador británico que los comerciantes de Ámsterdam «venderían armas y munición hasta para sitiar la propia ciudad de Ámsterdam».25

Los comerciantes de Ámsterdam podían vender armas y munición a los colonos norteamericanos, pero no podían fabricarlas. De hecho, solo eran unos eslabones de una gran cadena de suministro que comenzaban en centros manufactureros como Zaandam y Lieja, que pasaba por las rutas de comercio de Ámsterdam, Nantes, Bilbao y San Eustaquio y que, finalmente, llegaban hasta las colonias británicas de Norteamérica. Aunque la República Holandesa no fabricaba apenas armas de fuego para la exportación, sus molinos de Zaandam y Zelanda producían pólvora que estaba entre las mejores, efectiva, de ignición segura y muy demandada en todo el mundo.26 Apenas unos pocos meses después de que los colonos americanos comenzaran su búsqueda de pólvora, los molinos holandeses tenían ya tantos pedidos pendientes de servir que, aunque trabajaran día y noche, las entregas a los clientes extranjeros acumulaban un retraso de seis semanas.

Las armas de fuego que comerciantes holandeses como Crommelin, Hodshon y Van Dam compraban para revenderlas a los colonos americanos se fabricaban justo al otro lado de la frontera con el principado de Lieja, situado en la parte oriental de la actual Bélgica.27 Lieja estaba incrustada entre las dos mitades de los Países Bajos austriacos, un territorio controlado de manera relativamente laxa por el Imperio austriaco. Tanto Lieja como los Países Bajos austriacos profesaban una neutralidad estricta, lo que en la práctica significaba que podían manufacturar y enviar armas a ambos bandos en conflicto. Igual que en Birmingham, la producción de armas en Lieja se basaba en especialistas individuales como Jean-Claude Nicquet y Jean Gosvin que fabricaban y ensamblaban piezas en un sistema de producción en masa, del cual salían entre 200 000 y 300 000 armas completas (mosquetes terminados más bayonetas) anuales, sobre todo modelos franceses de 0,69 pulgadas de calibre.

Los mosquetes de Lieja constituyeron el grueso de las armas de fuego importadas por las colonias durante el primer año de la guerra.28 Debido al crecimiento mensual de la demanda, los vendedores holandeses o sus agentes llegaban a Lieja con pedidos de armas cada vez mayores. Antes de que hubiera pasado un año desde la llegada de los primeros buques de las colonias norteamericanas, el alcalde de la ciudad informaba: «[…] nuestros empresarios, grandes y pequeños, están dando trabajo a nuestros hombres; en la calle no se ve otra cosa que cajas de mosquetes».29 Muchos de estos mosquetes destinados a puertos de la República Holandesa tenían grabado el lema «Pro Libertate», señal inequívoca de que su destino final eran las colonias británicas de Norteamérica.30 Las municiones se enviaban bien en barcazas por el río Mosa hasta el mar del Norte, o bien por una red de carreteras que atravesaba los Países Bajos austriacos hasta Lovaina, desde donde se transportaban en botes por canal hasta Ámsterdam, localidad en la que se cargaban en secreto en barcos destinados a Norteamérica o el Caribe.31

A medida que los colonos adquirían de forma cada vez más descarada armas y pólvora, la Marina británica estrechó la vigilancia en torno a Ámsterdam. La reacción fue que se comenzó a enviar las armas y la pólvora a otros puertos de Europa, donde podían embarcar en secreto hacia Norteamérica. Lisboa y Nantes pronto se convirtieron en puertos favoritos de transbordo para el contrabando de munición, dado que ya se venían utilizando hasta entonces para el envío de armas a las plantaciones esclavistas de Portugal y Francia en Brasil y Saint-Domingue (Haití). El esclavismo era un negocio de una enorme violencia que absorbía al año miles de las armas que se fabricaban en Lieja y otros centros. En muchos casos, dichas armas se empleaban como moneda de cambio en la compra de esclavos. Se cargaban tantos barcos con tal cantidad de armamento que era bastante fácil pasar armas y pólvora a barcos cuyo destino era Norteamérica. En Nantes, la firma dirigida por Arthur y Jean-Gabriel Montaudouin utilizaba sus conexiones comerciales con Filadelfia como tapadera para esconder envíos de armas a bordo de barcos cuyos nombres, como Jean-Jacques (por Rousseau) o Contrat Social (en referencia al manifiesto político de Rousseau, El contrato social), ponían de relieve la inclinación ilustrada de aquella familia, favorable a la causa de los insurgentes.32

De todos los puertos de transbordo para el contrabando de armas hacia Norteamérica, Bilbao parecía el menos apropiado, ya que se empleaba, principalmente, para el comercio de lana, telas y, sobre todo, bacalao, un plato muy consumido en toda la península ibérica.33 El bacalao en salazón llegaba de las pesquerías francesas de Saint-Pierre y Miquelon en Terranova, así como de las poblaciones de Marblehead y Salem en la colonia de Massachusetts. Sin embargo, cuando Gage impuso la aplicación forzosa de las Leyes Coercitivas y estallaron las primeras revueltas en Massachusetts, la citada ruta comercial, hasta entonces inocua, se convirtió con rapidez en una de las vías de suministro de armas más importantes de la primera etapa del conflicto y su centro de distribución fue la Casa Joseph Gardoqui e Hijos.

José Gardoqui y Mezeta fundó su firma comercial en Bilbao en 1726 y, desde el principio, disfrutó de importantes lazos comerciales con Gran Bretaña.34 Su hijo, Diego María de Gardoqui y Arriquibar, nacido en 1735 y el cuarto de ocho hermanos, se preparó desde una edad muy temprana para hacerse cargo del negocio familiar. En 1749, con 14 años, entró como aprendiz de George Hayley, un próspero comerciante londinense que más tarde financió las empresas de importación y exportación de Alexander Hamilton y John Hancock. Mientras aprendía los entresijos del comercio internacional, Diego de Gardoqui desarrolló un dominio del inglés que hacía parecer toscos y sin educación a comerciantes del East End londinense. Durante su etapa de aprendizaje, seguro que llegó a conocer a John Wilkes, cuñado de Hayley y periodista radical, cuyas diatribas contra el gobierno lo impulsaron hasta el Parlamento, desde el que con posterioridad apoyó la independencia de las colonias de Norteamérica.

Diego de Gardoqui continuó el negocio familiar a la muerte de su padre, en 1761. También ostentó cargos de importancia cada vez mayor en la administración de la ciudad de Bilbao. Mantuvo sus sólidos lazos comerciales con comerciantes de Massachusetts, en especial con Jeremiah Lee y Elbridge Gerry de Marblehead y con John Cabot de Salem, todos ellos parte de la «aristocracia del bacalao» de Nueva Inglaterra. Si el inmensamente rico John Cabot recibía el apelativo de «nabob»** entre sus coetáneos, no hay duda de que Gardoqui, cuya fortuna familiar andaría en torno a los 50 millones de dólares actuales, seguro que era un «ricacho» en España. Cabot y Gardoqui no amasaron todas sus fortunas de manera legal.35 Entre 1771 y 1773, por ejemplo, participaron en un complejo dispositivo de contrabando por el que se enviaba harina de Filadelfia a España y de ahí a La Habana y que hacía llegar miles de pañuelos de seda de España a Salem.

Las Leyes Coercitivas británicas, en especial la Ley del Puerto de Boston [Boston Port Act] que lo cerró a toda actividad comercial, hicieron mucho daño a la clase comerciante. El Congreso Provincial de Massachusetts se formó en octubre de 1774, en Concord, para coordinar la resistencia militar de los colonos. Entre sus jefes estaban el comerciante de Boston John Hancock y el polemista Samuel Adams. En su Comité de Suministros trabajaron Jeremiah Lee y Elbridge Gerry.36 El Congreso Provincial ordenó la creación de milicias, entre las que habría unas tropas más selectas denominadas «minutemen»,*** cuyos hombres debían estar listos en un minuto desde que recibieran la orden de incorporarse al servicio. El Comité de Suministros se encargó de la provisión de cañones, mosquetes y pólvora. Desde el punto de vista de Gage, obviamente, aquel congreso era un intento ilegal de crear un gobierno independiente y le persuadió no solo de que la rebelión era inevitable, sino de que habría que sofocarla con tanta rapidez y dureza como se había hecho con la de los escoceses jacobitas en 1745. Comenzó a fortificar el istmo de Boston Neck ante un posible ataque y a entrenar de forma ostensible a sus tropas. Los rebeldes norteamericanos, que ya habían empezado a autodenominarse patriotas y a llamar lealistas a los que apoyaban a la Corona, advirtieron aquello y aceleraron la adquisición de armas. El Congreso Provincial pidió a las poblaciones que equiparan «a cada uno de los minutemen que aún no hubieran provisto […] con un arma de fuego efectiva, bayoneta, cartuchera, mochila, treinta cartuchos y balas», pero dejó en manos del Comité de Suministros la tarea de su adquisición.37


Diego María de Gardoqui y Arriquibar (1735-1798). Grabado sobre madera de autor desconocido.

En noviembre de 1774, Jeremiah Lee redactó una súplica a su veterano socio comercial Diego de Gardoqui en la que le pedía armas y pólvora. En febrero de 1775, Gardoqui le contestó que, aunque la petición era de una naturaleza «muy complicada», había localizado un cargamento de «300 mosquetes y bayonetas» fabricados para el Ejército español que estaba en condiciones de enviarle y le prometía seguir «a su servicio» si la lucha continuaba.38 Pasar pañuelos de seda de contrabando era algo muy distinto a hacerlo con mosquetes. En aquel momento, España era un país neutral y aunque parece que el gobierno español estaba al tanto de las actividades de contrabando de Gardoqui con las colonias británicas de Norteamérica, aquello ponía en peligro los lucrativos negocios de este con los comerciantes británicos.39 En cualquier caso, los años en que se había formado con George Hayley y John Wilkes, y su simpatía hacia la causa de los colonos, seguro que influyeron en sus actos.

Parece ser que el cargamento de armas de Gardoqui llegó a Massachusetts en junio o julio de 1775. El Comité de Suministros lo distribuyó con rapidez por la colonia. Los listados de inventario del Regimiento Continental de Massachusetts informan de la entrega de «nuevas armas españolas» a la infantería en Año Nuevo.40 No hay duda de que se emplearon de forma inmediata: la Guerra de Independencia de Estados Unidos, después de meses de retraso y dudas, por fin había estallado.

LA CAPACIDAD DE PAGAR LAS ARMAS Y LA PÓLVORA FLAQUEA

La primera batalla de la Guerra de Independencia de Estados Unidos comenzó con una escaramuza sobre la posesión de una cantidad de pólvora y la primera derrota de los sublevados se debió a la falta de la misma. A la vez que los patriotas enviaban ruegos a Europa pidiendo munición, Thomas Gage enviaba despachos a Londres en los que solicitaba instrucciones acerca de cómo manejar la rebelión en ciernes.41 El secretario de Estado para las colonias, William Legge, conde de Dartmouth, tras consultar con el primer ministro Frederick, lord North, contestó a Gage: «[…] la fuerza habrá de ser derrotada mediante la fuerza». Además, debía arrestar a los jefes del Congreso Provincial, en especial a John Hancock y a Samuel Adams, para juzgarlos por traición. En el momento en que el mensaje de Dartmouth llegó al cuartel general de Gage en Boston, en abril de 1775, este pasó de inmediato a la acción para aplastar la rebelión en su estadio primero.

En la tarde del 18 de abril, Gage envió una fuerza importante a que se apoderara de «una cantidad de munición y provisiones» que, según sabía por informantes leales a la Corona, estaba escondida en la localidad de Concord, donde se había reunido el Congreso Provincial.42 Los colonos ya se habían enterado de la carta de Dartmouth y del plan de Gage, por ello, habían puesto en lugar seguro la pólvora, las municiones y también a Hancock y a Adams. La milicia se reunió en Lexington, en la carretera de Boston a Concord, donde el 19 de abril tuvo su primera escaramuza con la infantería británica, en la que murieron ocho norteamericanos. Los soldados regulares británicos prosiguieron su marcha. Cuando llegaron a Concord, se vieron superados en número y rodeados por la milicia y los minutemen, que, rápidamente, hicieron huir a los casacas rojas y los acosaron durante su retirada hasta Boston.

Patriotas de toda Nueva Inglaterra convergieron en Boston e iniciaron el asedio de la ciudad y sus alrededores.43 Para junio ya había 15 000 soldados provinciales acampados en torno a Boston, aunque habían llegado también refuerzos británicos del otro lado del Atlántico, junto con los generales William Howe, Henry Clinton y John Burgoyne. Gage y los citados generales, que solo disponían de 6500 hombres, planearon romper el cerco tomando primero las áreas circundantes de Dorchester y Charlestown. Los patriotas se enteraron de dicho plan y comenzaron a fortificar dos promontorios de la península de Charlestown: Breed’s Hill y el adyacente Bunker Hill. El 17 de junio, casacas rojas al mando de Howe cruzaron el puerto de Boston para atacar a la milicia colonial atrincherada en Breed’s Hill (aunque fue la otra colina, Bunker Hill, la que más tarde dio nombre a la batalla). Después de tres asaltos sangrientos que provocaron el doble de bajas entre los británicos que entre los norteamericanos, las fuerzas coloniales se quedaron sin pólvora y tuvieron que retirarse a Cambridge.

La desoladora carencia de pólvora en la batalla de Bunker Hill sucedió pese a casi un año de preparativos, de «viajes en busca de pólvora» hacia San Eustaquio, Ámsterdam y otros puertos, de asaltos a almacenes británicos y de un cuidadoso almacenamiento por parte de los patriotas.44 Las acciones de los británicos, como la que lanzaron contra el almacén de la Casa de la Pólvora de Somerset, habían sustraído a los colonos gran cantidad de pólvora. Mientras tanto, la Marina británica estaba consiguiendo detener la llegada de armas a los colonos al bloquear puertos de ultramar y peinar las aguas del Caribe.

El Segundo Congreso Continental, nada más reunirse en Filadelfia, abordó la cuestión de las municiones y asignó dinero para la compra de armamento y pólvora con los que abastecer a los efectivos del nuevo comandante en jefe, George Washington. Aunque se preparaba para la guerra, el Congreso también buscaba la paz. Benjamin Franklin ya se había incorporado al Congreso tras abandonar Londres en marzo de 1775, poco más de un año después de la humillación sufrida en la Cabina de Mando. Entre sus últimos esfuerzos por alcanzar un compromiso antes de su viaje de vuelta estuvo el ofrecimiento de ayudar a lord North en su Propuesta Conciliatoria [Conciliatory Proposal], dirigida a que los colonos norteamericanos promulgaran y recaudaran ellos mismos sus impuestos, pero que al final rechazaron porque no satisfacía su demanda de controlar también los gastos.45 Ahora, el Congreso buscó, una vez más, la paz, para lo que envió a Richard Penn a Londres con la Petición de la Rama de Olivo [Olive Branch Petition]. Esta misiva le pedía al rey que «preparara […] las medidas necesarias» para conseguir una solución no violenta del conflicto.

Mientras Penn ultimaba su Rama de Olivo, Washington llegaba al asedio de Boston, apenas unas semanas después de la batalla de Bunker Hill. Pronto supo que la situación del suministro de pólvora era incluso peor de lo que se le había informado; en todo Massachusetts apenas se disponía de 38 barriles, es decir, poco más de 200 gramos por soldado. «El general se quedó tan impresionado que no dijo palabra durante media hora»,46 comentó el general de brigada John Sullivan. Había que tomar medidas urgentes. Washington pidió a las colonias de Rhode Island y de Massachusetts que armaran y equiparan barcos para efectuar más viajes en busca de pólvora y capturar buques y almacenes británicos que pudieran contener pólvora y municiones.47 El Congreso intentó estimular la producción doméstica de salitre, el ingrediente principal de la pólvora, y ordenó a las colonias que reacondicionaran sus ruinosos molinos de pólvora. Massachusetts, mientras tanto, promulgó una resolución «prohibiendo el gasto innecesario de pólvora» y pidió a sus habitantes que «no dispararan armas de fuego contra ninguna bestia, pájaro o diana si no era en caso de verdadera necesidad».48

Estas medidas desesperadas no alcanzaban siquiera para comenzar a abastecer al ejército de 20 000 hombres propuesto por Washington con la cantidad imprescindible de pólvora –según la estimación del comandante en jefe, unos 400 barriles– y, por supuesto, no servían para equipar a dichas tropas con los mosquetes, mantas, uniformes, tiendas y otros suministros militares que necesitaban.49 La solución fue intensificar la búsqueda de municiones en el exterior. Bilbao se convirtió en un puerto al que se recurría cada vez más. En julio de 1775, Elbridge Gerrry, miembro del Comité de Suministros de Massachusetts, envió otra petición a Gardoqui de «buena pólvora para pistolas y cañones».50 Gerry reconocía que la causa de las colonias dependía de la «amistad de actores exteriores», como Gardoqui, que les proporcionaran «suministros militares de todo tipo en el futuro». El comerciante español continuó abasteciendo de armas a los norteamericanos, incluso aunque la capacidad que estos tenían de pagarle ya estaba decreciendo.

Los rebeldes tenían problemas para pagar las armas de importación porque se estaban empobreciendo a pasos agigantados.51 Al comienzo de la guerra, en abril de 1775, las colonias disponían de 22 millones de dólares en papel moneda, pero solo de 6 en metálico. El Segundo Congreso Continental, sin poderes para recaudar impuestos, continuaba emitiendo papel moneda sin dinero metálico que lo respaldara. Los actores internacionales, a pesar de toda la amistad de la que pudieran dar muestras, no podían aceptar papel moneda como pago de armamento y munición y la reserva de dinero metálico que se empleaba en dichas compras se estaba empezando a agotar. Al mismo tiempo, los excedentes agrícolas disponibles para la exportación, que también se empleaban en la compra de armas, se redujeron casi en un 80 por ciento debido a tres factores: la escasez de mano de obra en las granjas al irse los hombres a la guerra, el aumento de la demanda doméstica para alimentar al Ejército Continental y a las milicias y los bloqueos británicos cada vez más rigurosos sobre los puertos y las rutas marítimas de los colonos.52 Las necesidades militares del bando patriota aumentaban de forma exponencial según crecía la dimensión del conflicto: solo era cuestión de tiempo que los comerciantes de las colonias ya no pudieran permitirse la compra de suficientes armas en el mercado libre para continuar el esfuerzo bélico. En resumidas cuentas, los rebeldes necesitaban ayuda directa de los gobiernos de Francia y España, que, hasta aquel momento, se habían limitado a mirar hacia otro lado. Por suerte, un comerciante y dramaturgo francés ya había comprendido la situación, incluso antes que los propios norteamericanos.

BEAUMARCHAIS Y EL APOYO FRANCÉS ENCUBIERTO HACIA LOS NORTEAMERICANOS

En la década posterior al final de la Guerra de los Siete Años, Charles de Beaumont, chevalier d’Éon, había vivido un precario exilio en Londres.53 Tras haber estafado al embajador francés, si volvía a Francia se arriesgaba a que lo arrestaran. Sin embargo, el hecho de que aún conservaba copias de los ya abandonados planes galos de invasión de Gran Bretaña, que podían causar un daño enorme si se hacían públicos, le servía de salvaguarda para permanecer en la capital británica en funciones de espía. Desde allí continuó enviando información al jefe del Secret du Roi, Charles-François de Broglie. D’Éon recibía a numerosos aristócratas británicos, entre los que estaba John Wilkes, aunque su modesta pensión de 12 000 libras francesas**** (unos 80 000 dólares actuales) no era, ni de lejos, suficiente para financiar su lujoso tren de vida. Este último incluía un presupuesto considerable para la compra de ropas de mujer. En 1771 había convencido ya a muchos murmuradores de que era una mujer que en un primer momento se había disfrazado de hombre para servir en el Ejército; en Londres se hacían apuestas que llegaron a sumar 60 000 libras esterlinas acerca de si era hombre o mujer.

Luis XVI subió al trono en mayo de 1774 y, casi de inmediato, disolvió el Secret du Roi. Poco después, le pidió a De Broglie y al ministro de Exteriores, Charles Gravier, conde de Vergennes, que neutralizaran el peligro de que D’Éon pudiera revelar los planes de invasión. La solución que estos propusieron era sencilla: el rey, que junto con Vergennes estaba convencido de que D’Éon era una mujer, le mantendría su pensión de por vida y le permitiría su regreso a Francia, a cambio de que entregara los documentos secretos.54 Esta propuesta se transmitió en mano varias veces, a través de mensajeros, a D’Éon, que siempre la rechazó. Este aducía, con gran dramatismo, que había contraído una deuda de 10 000 escudos en servicio de su país, por lo que, además de las condiciones que se le ofrecían, el rey también debía pagar a sus deudores. Aquella situación se estancó hasta que pudo resolverla un comerciante con dotes teatrales similares.

Pierre-Augustin Caron había nacido en 1732 en París, en una familia de relojeros, y, después de un exitoso aprendizaje, se convirtió en «relojero del rey» a la edad de 22 años. Poco después, se casó con una viuda rica y añadió a su nombre el de una propiedad de su esposa, de resonancias más aristocráticas, para convertirse en Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais.55 Dotado de agudeza, inteligencia y talento musical, Beaumarchais tenía gran presencia en círculos tanto políticos como financieros.

En 1764, poco después del final de la Guerra de los Siete Años, un consorcio de financieros franceses encabezado por Joseph Pâris-Duverney y Jacques Donatien Le Ray de Chaurmont envió a Beaumarchais a Madrid con la misión de obtener del gobierno español el monopolio comercial (denominado «asiento») que abastecía de esclavos y productos agrícolas las islas del Caribe y Luisiana. Beaumarchais estuvo un año en la capital española dedicado a las negociaciones para conseguir el asiento y empapándose de la literatura y la cultura del país. Igual que en París, su encanto personal le procuró un sitio en los círculos políticos y financieros. En esto lo ayudó su vieja amiga de familia, María Teresa Patiño, condesa de Fuenclara, que presidía una tertulia habitual en su casa de la calle Hortaleza, cerca del parque del Buen Retiro.56 Sin duda, la condesa había podido presenciar, en dicho parque, los fuegos artificiales que habían festejado el año anterior la firma del Tratado de París.

Beaumarchais, animado por sus conversaciones con el rey Carlos III y su ministro jefe, Grimaldi, comenzó a mezclar las negociaciones del asiento con la política internacional de Francia y España.57 Para consternación del ministro francés Choiseul y de su embajador en Madrid, el marqués D’Ossun, Beaumarchais veía la presencia francesa en el asiento no solo como un lucrativo negocio, sino como un medio de fortalecer el Pacto de Familia borbónico ante el adversario común, Gran Bretaña. El Consejo de Indias, responsable de la administración del Imperio español de ultramar, no compartía aquella opinión y otorgó el monopolio a la Compañía Gaditana de Negros, entre cuyos accionistas figuraba el comerciante de La Habana Juan de Miralles, que pronto desempeñó un importante papel en el próximo conflicto norteamericano.

Beaumarchais volvió a Francia tras fracasar en la obtención del monopolio, pero con contactos políticos e inspiración literaria para toda una vida. En un primer momento se sirvió de dicha inspiración y escribió y produjo obras teatrales como El barbero de Sevilla, un triángulo amoroso ambientado en España que nos presenta al arrollador Fígaro, que pronto lo haría famoso. Al mismo tiempo tuvo que lidiar con pleitos legales con la familia Pâris-Duverney que lo amenazaban con la ruina: en 1773, aquello llevó a una acusación de corrupción y a una estancia de cuatro meses en la cárcel. Sus alegaciones le granjearon el apoyo de la opinión pública y cimentaron una sorprendente amistad con su carcelero, el jefe de la Policía de París, Antoine Raymond Gabriel de Sartine.

Sartine debió de advertir cualidades extraordinarias en el que fuera su prisionero, ya que, a principios de 1774, le pidió que fuera en secreto a Londres a neutralizar el trabajo de un chantajista llamado Charles de Morande, que había amenazado con difamar a la amante del rey Luis XV. Beaumarchais consiguió parar los pies a Morande y cumplió su misión de salvar a la corte del escándalo, aunque solo unos días después de su vuelta a París Luis XV moría y Luis XVI ascendía al trono. Beaumarchais, entonces un héroe a ojos de la corte, se enteró del estancamiento de las negociaciones con D’Éon acerca de los papeles del proyecto secreto de invasión y, al momento, comprendió las maquinaciones del personaje. «El secreto de D’Éon –escribió a Sartine– es engañar a los que quieren atraparlo, embolsarse los cien mil escudos y quedarse en Londres».58 El mensaje implícito era que solo un autor de teatro como él sería capaz de dirigir a un actor como D’Éon. Sartine, que acababa de ser nombrado ministro de Marina, pasó el mensaje a Vergennes y a Luis XVI, por entonces bastante preocupados por aquel asunto. Antes de que pasaran unos pocos meses, Beaumarchais ya estaba de vuelta en Londres para negociar la entrega de los papeles incriminatorios.

Durante el verano y otoño de 1775, Beaumarchais viajó media docena de veces entre Versalles y Londres hasta que, por fin, en noviembre, concluyó el asunto D’Éon: este le entregó un cofre de hierro lleno de documentos secretos y recibió el permiso real para volver a Francia, aunque solo vestido de mujer y nunca más con su uniforme militar. Es difícil que Beaumarchais pudiera hacer ya aquellos viajes sin llamar la atención: debido al enorme éxito de El barbero de Sevilla tanto en París como en Londres se había convertido en un personaje célebre a ambos lados del canal de la Mancha.

En uno de estos viajes, en septiembre, Beaumarchais se topó por casualidad con Richard Penn, recién llegado de Norteamérica con la Petición de la Rama de Olivo que él y Arthur Lee, agente de Massachusetts en Londres, presentaron sin éxito al conde de Dartmouth. Al regresar a Versalles, Beaumarchais le contó a Vergennes lo que Penn le había dicho «de la situación en América». Los sucesos de Bunker Hill demostraban que «los americanos estaban resueltos a sufrir lo que fuera antes que doblegarse». Llegó a afirmar que 40 000 soldados americanos rodeaban Boston, que otra cantidad similar estaba repartida por las colonias –las cifras reales eran la mitad de aquellas–, que «ninguno de esos 80 000 hombres era un granjero que se hubiera visto forzado a abandonar su tierra, ni un obrero que hubiera dejado su fábrica»59 y que aquellos soldados eran pescadores que se habían quedado sin empleo por los bloqueos británicos (en realidad, casi todos los soldados eran granjeros, y buenos, pero carecían de entrenamiento militar).60 Aquello fue el summum de sus aptitudes para el drama: obviamente, la imaginación de Beaumarchais se adelantaba varias escenas a la realidad y ya pensaba en llegar a un acuerdo por el que se intercambiarían armas francesas a cambio de productos agrícolas americanos. No iba a dejar que la realidad de la escasez de mano de obra en el campo debida a la guerra cercenara sus ideas.

En aquella época, Vergennes también reflexionaba acerca de la utilidad de la «situación en América» como una forma de mantener allí inmovilizadas a las fuerzas británicas y de evitar que pudieran intervenir en un conflicto en ciernes entre España y Portugal en Sudamérica. Vergennes le ordenó a Beaumarchais que volviera a Londres en octubre a finiquitar el asunto D’Éon y parece que entonces también le indicó que reanudase el contacto con los norteamericanos y que averiguase de qué modo podría Francia servirles de ayuda. Beaumarchais solicitó a su amigo John Wilkes, entonces alcalde de Londres además de miembro del Parlamento, que le presentara a Arthur Lee.61 Wilkes lo hizo el 25 de octubre de 1775, cuando todos ellos acudieron a una cena en la residencia oficial de Wilkes, la Mansion House. Era la tarde previa al inicio de sesiones del Parlamento, en el que el rey iba a hacer un discurso que denunciaría la revuelta americana como un movimiento hacia la independencia, así que Beaumarchais y Lee tuvieron, seguro, una conversación entretenida. Al día siguiente, Wilkes cenó con George Hayley, también miembro del Parlamento. Como ambos eran enemigos declarados de la intención del Parlamento de «establecer un poder arbitrario sobre América», es muy posible que Wilkes le hablara a Hayley de la reunión anterior. Aunque es dudoso que ambos hombres supieran a través de sus contactos personales que el antiguo aprendiz de Hayley, Diego de Gardoqui, ya había enviado mosquetes a las colonias americanas, sí que es probable que estuvieran al tanto de sus actividades a través de la correspondencia diplomática del embajador británico en Madrid.62 Wilkes, al poner en contacto a Beaumarchais y a Lee, había desencadenado el proceso por el que las colonias ya no se aprovisionarían de armas solo mediante comerciantes privados, sino también de los gabinetes de Francia y España.

Ni Beaumarchais ni Lee eran representantes oficiales de Francia ni de las colonias británicas de Norteamérica, pero parece que ambos pensaron que serían capaces de convencer a sus respectivos gobiernos de que cooperaran para el suministro de armas. Entre ambos idearon un complejo mecanismo que permitiría el intercambio de pólvora gala a cambio de tabaco, el cultivo más valioso de las colonias. Para el éxito de dicho plan resultaba clave el empleo de una corporación que sirviera como pantalla que ocultara el origen de los recursos económicos. En enero de 1776, Beaumarchais remitió la propuesta directamente a Luis XVI: «Vuestra Majestad comenzará por poner un millón [de libras] a disposición de vuestro agente, que se llamará Roderigue Hortalez et Compagnie, que es el nombre comercial y la firma con la que he convenido realizar toda la operación».63 La compañía emplearía dicha suma en comprar pólvora directamente a las armerías francesas, a un precio de un cuarto de libra por cada libra de peso, y la compañía la intercambiaría por tabaco al precio de mercado de una libra por cada libra de pólvora, de modo que se triplicaría el valor de la inversión efectuada por el gobierno. «El mérito principal de este plan –sugirió aquel hombre que casi había quebrado dos veces– es aumentar tanto la apariencia como la sustancia de vuestra ayuda hasta tal punto que […] un solo millón en dos operaciones producirá los mismos resultados para los americanos que si Vuestra Majestad se hubiera gastado nueve millones en su favor». Beaumarchais, igual que lo había intentado una década antes en España, buscaba mezclar los negocios con la política.

Por qué eligió la denominación «Roderigue Hortalez» no está claro: «Roderigue» tal vez se refería al héroe medieval español Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, y «Hortalez», casi con seguridad, evocaba la casa de la condesa de Fuenclara, en Madrid, en cuya tertulia había pasado tantas tardes agradables. Las razones por las que se decantó por un nombre español para su compañía fantasma son más claras. Se limitaba a seguir las recomendaciones de un libro de introducción práctica a los negocios titulado El perfecto comerciante [Le parfait négotiant], muy popular en la época y que formaba parte de su biblioteca familiar. Este volumen explicaba cómo los comerciantes franceses creaban negocios con fachadas españolas para conseguir entrar en el lucrativo comercio de las posesiones hispanas del Caribe.64 Además, Beaumarchais acababa de incorporarse al consejo de directores de la Compañía Gaditana de Negros, concesionaria del asiento de negros (tráfico de esclavos), lo cual le daba una enorme capacidad de influencia para dirigir recursos de los gobiernos francés y español en pro de la causa de las colonias rebeldes.65

Vergennes, que, de hecho, había recibido la propuesta de Beaumarchais antes de transmitirla al rey, aconsejó prudencia. En la carta que adjuntó a la propuesta, el ministro advertía al monarca de que toda la información que se tenía de la crisis en las colonias británicas eran solo rumores.66 Antes de comprometerse con una serie de actuaciones, Vergennes necesitaba información más fiable proveniente del agente que ya tenía en aquel escenario. Dicho agente había sido elegido por el antiguo jefe de espías Charles-François de Broglie, el mismo que había seleccionado a Johann de Kalb una década antes. De Broglie optó por un amigo cercano de su familia, Julien-Alexandre Achard de Bonvouloir et Loyauté, que había sido voluntario de la milicia de la colonia francesa de Santo Domingo aunque un accidente de la infancia lo había dejado inválido y desfigurado. Había viajado a través de las colonias británicas de Norteamérica y regresado a Francia, pasando por Londres, en julio de 1775. Aunque su inglés era escaso, había hecho excelentes contactos en Filadelfia e incluso presenció el asedio de Boston. Es probable que De Broglie se enterara de la llegada de Bonvouloir a Londres y se lo hiciera saber al embajador galo en la ciudad, Adrien-Louis, duque de Guînes, quien, a su vez, le propuso a Vergennes que enviara a Bonvouloir de vuelta a América para vigilar la situación allí.67 Vergennes accedió con rapidez y le precisó a Bonvouloir que no actuara como un enviado oficial y que no revelara la posición del gabinete francés hacia la causa de las colonias, sino que se limitara a hacer «un informe fiel de los acontecimientos y de la actitud general» de la población.68 Bonvouloir, haciéndose pasar por comerciante de los Países Bajos austriacos, subió a bordo del Charming Betsy en octubre de 1775 y llegó a Filadelfia diez días antes de Navidad, después de una terrible travesía de casi tres meses de duración.

Bonvouloir había regresado a Norteamérica en el preciso momento en que los combates comenzaban a extenderse más allá de Boston y sus alrededores. Las milicias a las órdenes de Benedict Arnold y de Ethan Allen habían tomado en Nueva York, sin encontrar resistencia, el fuerte Ticonderoga y, en aquel momento, el coronel de artillería Henry Knox remolcaba los cañones y municiones capturados a través de la helada campiña de Nueva Inglaterra para reforzar el asedio de Boston. Al mismo tiempo, Arnold y Richard Montgomery emprendían una doble invasión de Canadá, con la intención de privar a los británicos de cualquier posible santuario y de animar a los canadienses francófonos a que entraran en la guerra y apoyaran su causa.69 Aunque se formaron dos regimientos canadienses que lucharon contra los británicos, la inmensa mayoría de los quebequeses veía con tanta suspicacia a los colonos rebeldes como a los británicos y no encontraba ninguna ventaja en unirse al conflicto. Montgomery consiguió tomar Montreal, pero, en diciembre, el asalto combinado de ambos generales sobre la ciudad de Quebec fue neutralizado. En dicha acción murió Montgomery y Arnold resultó herido de gravedad. Los rebeldes tuvieron que conformarse con un asedio inútil que se abandonó en la primavera siguiente.

El Segundo Congreso Continental tenía que bregar no solo con una contienda cada vez mayor, sino también con la escalada dialéctica que llegaba de Londres. Jorge III ya había declarado, durante el verano, que las colonias estaban «en abierta y declarada rebelión».70 A su rechazo de la Petición de la Rama de Olivo le siguió un discurso ante el Parlamento el 26 de octubre –un día después de que Wilkes presentara a Beaumarchais a Arthur Lee–, en el que declaró que el conflicto en curso se efectuaba «con el propósito manifiesto de fundar un imperio independiente». Inmediatamente después, el Parlamento aprobó la Ley Prohibitoria Americana [American Prohibitory Act], un bloqueo naval que equivalía a una declaración de guerra. Ante la inminente arremetida de las tropas británicas, las municiones que proporcionaban los comités de Seguridad y de Suministros de las colonias eran del todo insuficientes. La respuesta del Congreso fue crear un Comité Secreto de Comercio [Secret Comittee of Trade], en un primer momento dirigido por el financiero Thomas Willing y más tarde por su socio Robert Morris, con el objetivo de encargar a comerciantes privados que abastecieran de material bélico a todas las colonias.71 Uno de los primeros contratos se rubricó con una pareja de comerciantes de Nantes, Pierre Penet y Emmanuel de Pliarne, que habían navegado desde Cap François (actual Cabo Haitiano), en la colonia francesa de Saint-Domingue, hasta Providence, en Rhode Island, con un cargamento de pólvora.72 Acudieron entonces a Filadelfia, donde firmaron un contrato con el Comité Secreto para la entrega de 15 000 armas completas y en el que Willing & Morris figuraba como su agente norteamericano.

El 29 de noviembre, solo dos semanas antes de la propicia llegada de Bonvouloir, el Congreso creó también el Comité de Correspondencia Secreta [Committee of Secret Correspondence], con «el único propósito de cartearnos con nuestros amigos en Gran Bretaña, Irlanda y otras partes del mundo».73 Mientras que el Comité Secreto de Comercio se hizo cargo de los acuerdos con comerciantes privados, el Comité de Correspondencia Secreta se convirtió en la vía de comunicación para toda la ayuda directa de las administraciones de Francia y España. Los cinco miembros del comité, entre los que estaban Benjamin Franklin y el delegado por Nueva York, John Jay, acudieron de noche a reunirse con Bonvouloir a una de las salas superiores de un vacío Carpenter’s Hall y lo hallaron en compañía de Francis Daymon, un emigrado francés que trabajaba de bibliotecario en la Compañía Bibliotecaria [Library Company] de Franklin. Daymon conocía a Bonvouloir de su viaje anterior y en aquella reunión hizo de intérprete. John Jay describió a Bonvouloir como un «anciano caballero cojo», aunque, en realidad, este solo tenía 26 años y era cuatro años más joven que el propio Jay. Durante el curso de esta reunión, y de otras dos posteriores, siempre nocturnas, Bonvouloir les aseguró a sus interlocutores que, si querían armas, munición o dinero, «lo tendrían» y que transmitiría sus demandas al gobierno francés.74 En realidad, las peticiones se pasaron al duque de Guînes escritas con una tinta invisible con base de leche en los espacios en blanco de una carta de negocios de apariencia inocente; nadie más que Guînes sabía que «la escritura aparecería solo cuando se calentara encima de una plancha al fuego».75 Como Guînes acababa de recibir la orden de volver a París, una de sus últimas actuaciones como embajador en Londres fue copiar de nuevo el informe secreto y entregárselo en persona a Vergennes.

Bonvouloir comenzaba su informe señalando que los americanos tenían «un espíritu y una buena voluntad increíbles» y que los dirigían «buenas cabezas», lo que les daba muchas posibilidades de salir vencedores del conflicto.76 Sin embargo, observó que carecían «de tres elementos importantes: una buena Marina, provisiones y dinero». Aunque su petición principal era obtener el permiso de Francia para intercambiar mercancías a cambio de suministros militares, Franklin y sus compañeros reconocían que, ante Gran Bretaña, estaban en clara desventaja: «Están convencidos de que no se pueden defender a sí mismos a menos que alguna nación marinera los proteja y que las únicas dos potencias capaces de ayudarlos son Francia y España». Los americanos le preguntaron «si pensaba que sería prudente que enviaran un delegado plenipotenciario a Francia» para que pidiera la ayuda directamente. El francés les dijo que «eso sería precipitado, incluso peligroso, puesto que todo lo que sucede en Londres se sabe en Francia y todo lo que pasa en Francia se sabe en Londres». Para terminar, la delegación norteamericana, sabedora de que la decisión de Francia acerca de la ayuda podría depender de cómo percibieran sus autoridades la voluntad de las colonias de continuar la lucha, se quiso asegurar de que Bonvouloir comprendía la fuerza de su compromiso: «Piensan que sus ciudades serán destruidas y sus casas incendiadas […] Todos me han dicho que combaten por ser libres y que lo serán cueste lo que cueste, que están unidos por un juramento y que morirán antes que abandonar». Seis meses antes de que Thomas Jefferson se sentase a redactar la Declaración de Independencia, sus compatriotas ya le estaban diciendo a una potencia extranjera que se habían juramentado para ofrecer sus vidas, sus haciendas y el sagrado honor a la causa de la libertad.

El comité ya había enviado cartas al exterior en busca de ayuda, entre otros a Charles Dumas, un académico suizo que enseñaba en La Haya, a quien se solicitaba que descubriera «la disposición de las distintas cortes con respecto a tal asistencia o alianza»; o a Arthur Lee, del que no sabían que ya estaba trabajando junto con Beaumarchais para obtener el apoyo de Francia.77 Pese a la advertencia de Bonvouloir acerca del «peligro» de enviar un emisario a Francia, el 2 de marzo de 1776 el comité encomendó a Silas Deane, comerciante de Connecticut y delegado en el Congreso por dicho territorio, que viajara allí e «hiciera una solicitud inmediata a Monsieur de Vergennes». El objetivo inmediato era obtener «ropas y armas para 25 000 hombres» y 100 cañones, todo pagado a crédito. Deane también recibió instrucciones de informar a Vergennes de que, una vez cumplida la próxima «separación total» de Gran Bretaña, «Francia sería vista como la potencia cuya amistad sería mejor para nosotros obtener y cultivar». Deane partió de Filadelfia seis días más tarde, sin saber si lo recibirían en Versalles o de qué forma.

En Versalles, el informe de Bonvouloir se acogió con gran interés. Su llegada, el 27 de febrero, coincidió con otra misiva de Beaumarchais titulada La paz o la guerra [Peace or War].78 Comenzaba con tono profético: «La famosa disputa entre América e Inglaterra, que pronto dividirá el mundo y alterará el sistema europeo, impone a cada potencia la necesidad de examinar con cuidado de qué forma esa separación la influirá, para bien o para mal». Beaumarchais iba entonces al grano: «Debemos socorrer a los americanos», pues en caso contrario serían estos, Gran Bretaña o ambos los que atacarían las islas azucareras francesas y obligarían al rey a «comenzar demasiado tarde una guerra infructuosa». Luego afirmaba: «No se puede conservar la paz que deseáis, Señor, a menos que evitéis a toda costa la paz entre Inglaterra y América […] y el único modo de conseguirlo es prestar ayuda a los americanos para que sus fuerzas se equilibren con las de Inglaterra». Al final, transmitía la promesa de Arthur Lee: «Ofrecemos a Francia, a cambio de su ayuda secreta, un tratado secreto de comercio». Lee carecía de autoridad para formular aquella promesa.

Vergennes ya disponía, por fin, de dos reportes vitales de sus agentes en Londres y en Filadelfia que le convencieron, primero, de que la rebelión debilitaría a Gran Bretaña y, segundo, de que los colonos tenían la voluntad de seguir adelante con la lucha. Aquellas informaciones confirmaban que el conflicto podría tener ocupadas a las tropas británicas bastante tiempo como para evitar que pudieran ayudar a su aliado portugués y transformaran la escaramuza que en aquel momento libraba este país contra fuerzas españolas en Brasil en una contienda europea a gran escala. Esta era en ese momento una preocupación acuciante en las cortes francesa y española. El ministro galo decidió que la mejor forma de asegurar la continuidad de la guerra en las colonias británicas de Norteamérica era financiar a los insurgentes, tal y como Beaumarchais proponía, e incluso iría más lejos: Francia y España financiarían juntas a Roderigue Hortalez et Compagnie.

El 1 de marzo de 1776, el día antes de que Deane zarpara hacia Francia, Vergennes envió una carta a Grimaldi en la que explicaba su propuesta de financiar conjuntamente la ayuda material a los sublevados. Grimaldi aceptó casi al momento, aunque estipuló que ambos «consideraran las formas mejores de hacerlo sin implicarnos» y sugirió que esto podría conseguirse por «medios comerciales».79 Vergennes presentó la propuesta ante el consejo de ministros de Luis XVI, donde se aceptó apenas sin oposición, aunque con la misma salvedad que había formulado Grimaldi: las ayudas debían «siempre estar ocultas y escondidas y aparentar ser de naturaleza solo comercial, de modo que siempre podamos negarlas».80 Una vez puestas de acuerdo todas las partes acerca de la trama Roderigue Hortalez, el soberano francés autorizó el pago y se envió una petición a Madrid para que procedieran a lo propio. El 10 de junio de 1776, Beaumarchais firmaba un recibo que decía: «He recibido del señor Duvergier [tesorero de Francia], de acuerdo con las órdenes que le he entregado del señor conde de Vergennes con fecha del 5 del mes en curso, la suma de un millón de libras».81 El segundo millón se envió desde España unas pocas semanas después. Roderigue Hortalez et Compagnie, con el equivalente a 1 millón de dólares actuales de capital inicial, estaba lista para comenzar a hacer negocios.

Beaumarchais se convirtió en un torbellino de actividad.82 Su equipo inicial de cinco o seis empleados eran en su mayoría amigos, no tanto de la banca o del comercio como del periodismo y el teatro. Entre ellos estaban su secretario, Jean-Baptiste-Lazare Théveneau de Francy, hermano menor del extorsionador Charles du Morande que Beaumarchais había detenido y que ahora era uno de sus aliados. Alquiló la oficina para la empresa en el concurrido distrito Marais de París, en el Hôtel des Ambassadeurs de Hollande, un edificio de tres pisos en el 47 de la rue Vieille du Temple. Beaumarchais vivía en la planta superior y el resto lo ocupaba el área de trabajo. Como indicaba su nombre, el bloque había sido antes hogar de los embajadores de la República Holandesa y conservaba espléndidas obras de arte que se habían acumulado a lo largo de los años. Los contables que trabajaban a pie de calle disfrutaban de un techo pintado por los mismos artistas que habían decorado el palacio de Versalles. Beaumarchais, de todas formas, no pasaba mucho tiempo en aquel ambiente suntuoso. Viajaba a los puertos del Atlántico –Dunkerque, Le Havre, Rochefort y Nantes– para localizar propietarios de barcos que pudieran transportar cargamentos a América. También iba a Burdeos, lugar donde, en una fortaleza en ruinas denominada Château Trompette, había ubicado 500 barriles de pólvora que pensaba enviar a América.

A pesar de su hiperactividad, Beaumerchais no se olvidó de Arthur Lee, su socio en Londres. Se carteaban usando un código de cifrado y empleaban palabras codificadas para ocultar las verdaderas transacciones comerciales. A primeros de junio, escribió a «Mary Johnston» –el nombre en código acordado para Arthur Lee– para informarle de que pronto enviaría un barco cargado de pólvora y suministros a Cap François. «En cuanto a vos, no dejéis de enviar un barco cargado de buen tabaco de Virginia», insistía Beaumarchais. Este había conseguido vender la idea de que Hortalez funcionaría como una empresa rentable y ahora le preocupaba que los americanos pudieran no cumplir con su parte del trato. «Mary Johnston» le daba largas al envío de tabaco en pago por la pólvora y contestaba: «Recomiendo a mis amigos [nombre en código del Congreso Continental] que la comunicación de sentimientos [el envío de tabaco] es complicada y que, por esa razón, debemos hacer todo lo que podamos sin esperar una recompensa segura e inmediata». Lee, que pensaba por error que Hortalez era solo una fachada del gobierno francés y no un negocio real, acababa su carta así: «Esta que nos ocupa no es una transacción comercial, sino política y de la mayor dimensión».83 Beaumarchais no se equivocaba al sospechar de Lee: este ya comenzaba a renegar de un compromiso que, en realidad, no había tenido ni la capacidad ni la autoridad para acordar. Beaumarchais pronto descubrió que el hecho de que alguien sobrepasara los límites de la autoridad que se le había otorgado era una costumbre común entre los norteamericanos: Silas Deane acababa de llegar a Francia.

Beaumarchis conoció a Deane en Burdeos en junio de 1776.84 Deane acababa de llegar de América y se hacía pasar por comerciante de las Bermudas. Ni uno ni otro sabían que estaban allí por el mismo motivo: obtener armas para las colonias. No se prestaron atención mutuamente y cada uno se ocupó de sus asuntos. Mientras Beaumarchais inspeccionaba el ruinoso Château Trompette en busca de pólvora, Deane escribía cartas a dos individuos que pensaba que le podían ayudar en su misión. Benjamin Franklin le había recomendado contactar con su amigo Jacques Barbeu-Dubourg, un anciano doctor que ya era un fervoroso partidario de la causa de las colonias.85 También le sugirió a Deane que escribiera a su viejo amigo Edward Bancroft, que vivía en Londres.86 Este último había sido estudiante de Deane en Connecticut, circunstancia que, junto con la recomendación de Franklin, le inclinaba a confiar en él. Ni Deane ni sus colegas norteamericanos supieron jamás que Bancroft, que sentía una sincera simpatía hacia él, no era favorable a la idea de la independencia de las colonias británicas de Norteamérica y sabotearía sus esfuerzos en secreto.

Deane llegó a París el 6 de julio, vigilado de cerca por agentes británicos.87 David Murray, vizconde de Stormont, era el embajador de Gran Bretaña en Francia. La embajada albergaba una red de espías, tal y como había advertido Bonvouloir, que enviaba informes al Servicio Secreto dirigido por William Eden. Deane se reunió sin pérdida de tiempo con Bancroft y Barbeu-Dubourg, quienes le previnieron del espionaje británico, pero acordaron organizar una reunión con Vergennes la semana siguiente. El 11 de julio, mientras los otros dos esperaban en la antecámara, Deane se vio con el ministro de Exteriores en compañía de uno de los premiers commis [primeros secretarios] de Vergennes, Conrad Alexandre Gérard, que les sirvió de traductor. Deane subrayó que las colonias, que estaban a punto de declarar la independencia –en realidad, aunque él lo desconocía, ya la habían declarado la semana anterior–, deseaban ser socio comercial de Francia. Su misión era «comprar una gran cantidad […] de artículos militares, por los que se enviarían pagos», aunque, dados los retrasos en la llegada de los cargamentos, y la carencia de dinero metálico por parte de las colonias, estas operaciones tendrían que cerrarse a crédito.88 Vergennes convino en que Francia permitiría dicho tráfico comercial sin interferir en él y le indicó a Deane que recurriera a Gérard en caso de que necesitara algo. Deane salió de la reunión convencido de que había empezado con buen pie.

Barbeu-Dubourg se veía como el enlace entre las colonias y Francia, pero, para su consternación, Vergennes optó por recomendar a Beaumarchais que contactara con Deane. El dramaturgo le escribió en francés, ya que, pese a que llevaba muchos años viajando con regularidad a Gran Bretaña, su vocabulario inglés se reducía al ocasional Goddam de sus obras de Fígaro. Deane, que decía que nunca hablaba en inglés por temor a los espías, fue retratado por Beaumarchais como «el hombre más callado de Francia; le reto a que no es capaz de decirle más de seis palabras seguidas a un francés».89 Sin embargo, después de sus primeras reuniones, en las que Bancroft sirvió de traductor y consejero, ambos quedaron favorablemente impresionados y confiados el uno del otro. Beaumarchais, que con razón sospechaba de la falta de autoridad de Arthur Lee y de su intención de pagar, halló en Deane un representante autorizado del Congreso que prometía abonar lo que comprara. El americano, decepcionado por la falta de inteligencia para los negocios de Barbeu-Dubourg, encontró en Beaumarchais un proveedor con una línea de crédito abierta y con el respaldo total de la administración gala. De hecho, en la carta que Beaumarchais escribió en agosto al Congreso Continental con la promesa de cañones, pólvora y mosquetes, Deane añadió una nota en la que confirmaba: «Todo lo que dice, escribe o hace es, en realidad, acción del Ministerio», una afirmación que, sin buscarlo, le haría perder a Beaumarchais una fortuna.90

Toda vez que Arthur Lee había vuelto a Londres y quedaba fuera de juego, Deane y Beaumarchais comenzaron a ultimar los detalles de un contrato que permitiera la entrega de un importante cargamento de suministros bélicos al nuevo país. En un primer momento, habían acordado que Beaumarchais proporcionaría la carga y que Deane aportaría los barcos, pero el 19 de agosto –dos días después de que la noticia de la Declaración de Independencia llegara a París– llegaron a la conclusión de que Deane no era capaz de garantizar la llegada de los buques de América, ni entonces, ni en un plazo razonable. Beaumarchais inició negociaciones con Jean-Joseph Carrier de Monthieu, cuya familia había dominado el negocio de fabricación de armas en Saint-Étienne durante más de tres décadas, para que suministrara tanto las armas como las naves. Por una casualidad afortunada, la solicitud estadounidense de una elevada cantidad de mosquetes y cañones había llegado justo al mismo tiempo en que el Ejército galo estaba reequipando sus fuerzas con armas más ligeras y estandarizadas y buscaba una forma de deshacerse de su armamento más antiguo. Estas armas viejas, que aún funcionaban pero que no convenían ya a las nuevas necesidades estratégicas de Francia, hallaron un nuevo hogar ideal en una nación cuyas propias necesidades comenzaban entonces a debatirse en el Segundo Congreso Continental.

Las armas largas francesas se fabricaban en tres centros: Charleville y Maubeuge, en el norte; y Saint-Étienne, cerca de Lyon. El mayor de los tres, Saint-Étienne, estaba, como Birmingham y Lieja, repleto de un enorme número de fabricantes individuales que trabajaban con denuedo en forjas que envolvían la ciudad «perpetuamente […] en humo de carbón que se mete por todas partes».91 La mayor parte de los 20 000 mosquetes que allí se producían al año eran del modelo estándar (calibre de 0,69 pulgadas), aunque se modernizaban periódicamente. En los años anteriores a la llegada de Deane, los mosquetes más habituales eran los modelos M1763 y M1766 (la denominación indicaba el año en que se había iniciado la producción de cada modelo).92 Las forjas gestionadas por la familia Maritz en Lyon, Estrasburgo y Douai empleaban sus avanzadas técnicas de fundición maciza y taladrado posterior para producir cañones de infantería***** estandarizados: los tipos M1732 y M1740 de cuatro libras (el peso de la bala) desarrollados por Jean-Florent de Vallière. Estos modelos eran adecuados para las tácticas de la Guerra de los Siete Años, que ponían el énfasis en la concentración de la potencia de fuego sobre grupos numerosos de soldados enemigos.

Tras la citada guerra, una nueva generación de oficiales de ingenieros franceses, horrorizados por las pérdidas que habían sufrido en una batalla tras otra, abogó por la adopción de maniobras tácticas más rápidas que necesitaban de armas más ligeras. Encabezaban este impulso Jean-Baptiste Vaquette de Gribeauval, que creó nuevos sistemas de fabricación que produjeron armas más ligeras y estandarizadas –el cañón M1774 y el mosquete M1777–, y Philippe Charles Tronson du Coudray, que desarrolló las teorías tácticas acordes para el empleo de estas armas. Tras realizar pedidos enormes del nuevo armamento, Francia necesitaba encontrar la forma de deshacerse del anterior. Monthieu ya llevaba tiempo comprando a precios muy rebajados mosquetes obsoletos, pero todavía servibles, a los arsenales galos y los guardaba en sus almacenes de Nantes. Sin embargo, el problema de qué hacer con las piezas de artillería antiguas seguía sin resolverse. En septiembre de 1776, el ministro de la Guerra envió a Coudray a visitar los distintos arsenales repartidos por el país para decidir qué cañones sobrantes habría que vender a España o a Estados Unidos.93

El 18 de septiembre, mientras Coudray se trasladaba por toda Francia durante su viaje de inspección, Deane y Monthieu cenaron con Beaumarchais para remachar las condiciones del contrato por el que se enviarían 1600 toneladas de materiales excedentes (mosquetes, cañones y otros suministros militares) a los nuevos Estados Unidos. Monthieu fletaría una flota de ocho barcos de la firma de transporte Jean Pelletier-Dudoyer de Nantes, con quien Monthieu ya había contratado a menudo el transporte marítimo de sus armas con destino a las colonias francesas y a puertos del comercio de esclavos. A instancias de Beaumarchais, Deane también decidió que dichas armas debían ir acompañadas de oficiales franceses que supieran cómo utilizarlas. Aunque el Congreso no le había concedido la autoridad necesaria para hacer nombramientos de oficiales, no por ello se detuvo. Pronto, docenas de oficiales se preparaban para embarcar hacia América en los barcos de Beaumarchais.94

El 15 de octubre, Deane firmó el contrato con Roderigue Hortalez y Monthieu, que acordaba iniciar los envíos al mes siguiente.95 Las órdenes de compra y las letras de cambio comenzaron a expedirse desde el 47 de la rue Vieille du Temple por toda Francia. Beaumarchais compraba los excedentes de mosquetes directamente a Monthieu. Todos los cañones sobrantes de los arsenales, según concretaron Coudray y el ministro de la Guerra, se enviarían a la nueva nación. Aunque no se cobraría nada por ellos, los gastos de su transporte supondrían una cifra mayor que el coste total de los mosquetes. Unas pocas semanas después ya se estaban procesando los pedidos y la mercancía comenzaba a embarcarse. El Congreso Continental quedaba entonces obligado a pagar una factura de 320 000 libras (unos 200 millones de dólares actuales), cantidad que tendría que afrontar el propio Deane si el Congreso no cumplía su compromiso. Esta posibilidad era muy real, sobre todo cuando, desde las Colonias Unidas de Norteamérica [United Colonies of North America] (según la denominación que Deane empleaba en el contrato), llegó la noticia de que William Howe había puesto en fuga al ejército de George Washington en la batalla de Long Island y había establecido el cuartel general británico en la ciudad de Nueva York.

Por fin, todo parecía rodar según el guion de Beaumarchais, según el cual Roderigue Hortalez se convertiría en el salvador de los Estados Unidos, pero pronto surgieron problemas que transformaron aquella obra de un acto en una farsa en tres partes. En primer lugar, Beaumarchais aconsejó a Deane que, puesto que él era nuevo en Francia, que no debía «intentar comprar cañones u otras armas», excepto a través de él.96 Aunque la comprensión del idioma francés por parte de Deane fuera escasa, era un comerciante demasiado inteligente como para concederle un acuerdo de exclusividad a Beaumarchais. Vergennes, que también desconfiaba de la idea de que un solo proveedor funcionara como un monopolio, ya le había mencionado otra fuente de material de guerra a Deane: se trataba de un antiguo jefe de Beaumarchais, Jacques-Donatien Le Ray de Chaumont, por entonces uno de los magnates del transporte más ricos de Francia. Su riqueza se debía, en parte, a su estrecha relación con el ministro de Marina, Sartine, que le aseguraba el lucrativo contrato de aprovisionamiento de las colonias de Martinica y del Santo Domingo francés (Saint-Domingue) y que financiaba la flota de la India. Deane, a la vez que negociaba con Beaumarchais, también se reunió con Chaumont.97 Este le ofreció, aceptando como pago un futuro cargamento de tabaco, 50 toneladas de salitre, 200 de pólvora y varios cañones de bronce de 12 libras. Deane aceptó sin dilación. Aunque Beaumarchais se quejó amargamente y en repetidas ocasiones ante Vergennes acerca de su competidor, la mayor capacidad financiera de Chaumont y sus lazos más estrechos con la industria de armamento en seguida le dieron ventaja sobre su antiguo empleado.

El segundo problema apareció a la vuelta de Bancroft a Londres, después de las primeras reuniones de Deane con Beaumarchais.98 Un amigo de Bancroft, Paul Wentworth, le hizo saber que hasta el primer ministro North estaba al tanto de su estancia en París, dado que los espías que vigilaban a Deane habían reportado las idas y venidas de Bancroft. Wentworth sabía esto porque también estaba a sueldo del Servicio Secreto de Eden y entonces le ofreció a su amigo la posibilidad de servir a Gran Bretaña del mismo modo. Para Bancroft, tan odioso le resultaba el peligro de desmembración del Imperio británico como que hubiera una guerra entre Francia y Gran Bretaña –el resultado inevitable de las maniobras de Deane para atraer a Francia al conflicto–. Al fin y al cabo, había empleado mucho tiempo trabajando junto con Benjamin Franklin para intentar evitar aquel preciso desenlace. Por tanto, accedió a proporcionar información al gobierno británico. A primeros de 1777 volvió a París, en apariencia para ayudar a los americanos, pero, en realidad, copiaría en secreto su correspondencia, sus despachos y las anotaciones de sus conversaciones con tinta invisible y un código de cifrado. Estos mensajes los pasaría al mensajero de Stormont por medio de argucias cada vez más sofisticadas, entre las que se encontraba la infame técnica de colocarlos en una botella que luego introducía en un hueco que había en un boj concreto de la terraza sur del jardín de las Tullerías. Dicha botella la debía recoger el mensajero cada martes por la noche, pasadas las nueve y media. De este modo, los ministros británicos estuvieron al tanto de las negociaciones de tratados y de las fechas de los envíos de armas muchas semanas antes que el propio Congreso Continental. No obstante, la Marina británica, por miedo a provocar un conflicto bélico, rara vez empleó esta información para apresar los cargamentos de armas.

El tercer problema era que Wentworth y Bancroft no eran los únicos que traicionaban los secretos de Beaumarchais; él mismo se encargaba de ello con bastante eficiencia. Durante los meses de noviembre y diciembre de 1776, mientras los tres primeros barcos, Amphitrite, Mercure y Seine, se preparaban en Le Havre y Nantes, el material militar fue llegando de distintos lugares de Francia. Desde los almacenes de Monthieu, en Nantes, llegaron 16 000 mosquetes de los tipos M1763, M1766 y otros más antiguos, empacados en 536 cajas. De Estrasburgo, Douai y Metz llegaron 21 cañones de los modelos M1732 y M1740 elegidos por Coudray, completos con sus cureñas de color rojo ladrillo99 –más elegantes que las grises británicas– y que tuvieron que transportarse fluvialmente por el Rin y luego bajar por la costa de Francia; 20 000 balas de cañón se trasladaron por el río Somme en pequeñas embarcaciones; 24 000 libras de pólvora llegaron de Sedán; 53 barriles de azufre de Versalles; además de tiendas de campaña, lino, palas y hachas. En Le Havre, la carga solo se subía a los navíos de noche para mayor sigilo.100

Mientras Beaumarchais supervisaba la carga del material, un teatro de Le Havre había decidido programar El barbero de Sevilla con su colaboración. La noticia de la producción escénica de Beaumarchais y de la carga de sus barcos con destino a América cruzó con rapidez el canal de la Mancha y se publicó en el London Chronicle. Era obvio que el subtítulo del Barbero, «La inútil precaución», también se podía aplicar a Roderigue Hortalez. El nombre de resonancia española, los intentos de lavar el origen de sus fondos y sus actividades furtivas nocturnas en los muelles no engañaban a nadie; desde luego no a Stormont: «No acierto a comprender que Beaumarchais […] que no tiene crédito ni dinero, pueda ofrecer crédito a los americanos por cantidad de 3 millones de libras, a menos que esta corte haya implicado en secreto a algunos comerciantes o aventureros en esta empresa para que arriesguen dicha suma», le decía airado al secretario de Estado para el Departamento Sur, Thomas Thynne, vizconde de Weymouth.101 Entonces le pidió a Vergennes que aquellos barcos fueran detenidos públicamente y descargados. Este último, que no quería arriesgar la posibilidad de un enfrentamiento abierto para el que Francia no estaba aún preparada, transigió.

Mientras se desestibaba la carga de dos de los barcos situados en Le Havre –el tercero, el Amphitrite, había conseguido hacerse a la mar–, Benjamin Franklin apareció en París como el famoso rayo que le había hecho famoso en todo el mundo. Había abandonado Filadelfia sin hacer ruido con sus dos nietos en octubre, a bordo de un bergantín llamado Reprisal y comandado por Lambert Wickes. Tras capturar dos mercantes británicos por el camino, Wickes desembarcó a Franklin en Bretaña a primeros de diciembre. Allí se hospedó en Nantes, en casa de un socio comercial de Pierre Penet, el cual todavía estaba intentando reunir los 15 000 mosquetes que le había pedido el Comité Secreto de Comercio. La noticia de la llegada de Franklin llegó a la capital mucho antes que su persona, por tanto, cuando llegó a su hotel el 21 de diciembre, ya había carruajes aparcados en la puerta con admiradores listos para recibirlo.102 Uno de los primeros era su viejo amigo Jacques Barbeu-Dubourg, cuyas cartas al Congreso Continental, que expresaban la disposición favorable de Francia hacia la causa de los colonos, habían propiciado aquel viaje. Es muy posible que Barbeu-Dubourg esgrimiera en aquel momento, en su mano, la respuesta que acababa de recibir del Congreso, la cual describía la misión de Franklin de forma escueta: «Solo esperamos socorro del cielo y de Francia».

APOYO ESPAÑOL ENCUBIERTO EN EL TEATRO DE OPERACIONES OCCIDENTAL

Es posible que «cielo» significara «España»: además de los cargamentos de Gardoqui a Nueva Inglaterra –100 000 pedernales,****** 45 000 libras de plomo para balas y 1000 mantas españolas iban ya de camino cuando el Amphitrite aún se estaba estibando en el muelle–,103 también había apoyo español en marcha para ayudar a los norteamericanos a rechazar los ataques británicos en el teatro de operaciones occidental. El fuerte Pitt era la plaza principal de la rebelión en aquella región, pero la dificultad del acceso a través de los montes Apalaches, unida al bloqueo británico del Atlántico, complicaban mucho el envío de munición y suministros a sus efectivos. El mayor general Charles Lee, comandante del Distrito Sur, envió una delegación desde el fuerte Pitt a Nueva Orleans con cartas y papel moneda para el gobernador Luis de Unzaga, al que le pedía abrir una nueva línea de abastecimiento entre ambas localidades que empleara los ríos Misisipi y Ohio como vía de transporte.

La delegación se encontró en agosto de 1776 con Oliver Pollock, un exitoso comerciante norteamericano de ascendencia irlandesa que representaba a Willing & Morris en Nueva Orleans. En la reunión de la delegación con el gobernador español, Oliver Pollock hizo de traductor.104 El jefe de la delegación, el capitán George Gibson, le pidió al gobernador material bélico a cambio del apoyo de los sublevados a España en la reconquista de la Florida. Unzaga rechazó el proyecto de recuperar la Florida, pero convino en permitir la venta de 10 000 libras de pólvora, operación en la que Pollock sirvió de intermediario. La mayor parte de aquella pólvora se envió al fuerte Pitt en barcazas y se enconmendó la dirección de la tarea al teniente William Linn. El cargamento llegó al año siguiente, antes de que comenzara la campaña militar de primavera. El propio Gibson accedió a quedar «arrestado» en Nueva Orleans durante unas pocas semanas para despistar al cónsul británico. En octubre, Unzaga «liberó» a Gibson, que tomó una de las goletas de Pollock, la Lady Catherine, para regresar a Filadelfia con 1000 libras de ansiada pólvora y una carta de Pollock a su socio Robert Morris y al Congreso Continental en la que ofrecía su «servicio sincero […] [al] País al que debo todo salvo el nacimiento». Morris, por supuesto, accedió, de modo que Pollock se convirtió en el agente oficial estadounidense en la Luisiana española. Curiosamente, las facturas que Pollock le emitió a Morris acabaron siendo más célebres que él: primero comenzó empleando la abreviatura «ps» de los pesos para los dólares y, en 1778, ya había fundido ambas letras de dicha abreviatura para formar el signo «$» del dólar, que primero Morris y después el resto del nuevo gobierno norteamericano también adoptaron.

Unzaga transmitió a los ministros españoles los detalles de la misión de Gibson y la propuesta que le había hecho de apoyar la recuperación de la Florida para España. Esta información llegó a Madrid con otros reportes que describían la determinación con que los rebeldes habían luchado en la batalla de Bunker Hill, lo que, en conjunto, contribuyó a la conformación de la política española con respecto al creciente conflicto.105 Durante algún tiempo, Grimaldi buscó formas de «animar a los insurgentes» a que no dependieran de comerciantes y suministros franceses.106 Igual que su colega Vergennes, Grimaldi necesitaba un observador en Filadelfia, una especie de Bonvouloir español que le ayudara a decidir la mejor forma de obrar. El anterior agente español, Jean Surriet, había sido despedido por Unzaga. Grimaldi, aunque fuera el ministro jefe, no tenía poder sobre los gobernadores de las colonias españolas. Por suerte, el nuevo ministro de Indias, José de Gálvez y Gallardo, que sí tenía dicho poder, también percibía la revuelta de las colonias británicas como una cuestión de la mayor relevancia.

Ambos hombres convinieron en que Cuba y Luisiana serían la primera línea, tanto de defensa como para la obtención de informes de inteligencia. José de Gálvez, siguiendo los consejos de Grimaldi, ordenó a Unzaga que enviara un nuevo agente a Filadelfia que se haría pasar por comerciante interesado en la importación de harina.107 Era una tapadera verosímil: desde hacía varios años, Cuba y Luisiana habían padecido devastadoras sequías y huracanes que habían arruinado las cosechas, con el resultado de que las colonias españolas habían abierto por primera vez sus mercados a las mercancías de las colonias británicas.108 Unzaga envió a Bartolomé Toutant Beauregard, miembro de una notable familia de comerciantes de Nueva Orleans, que llegó a Filadelfia en otoño de 1776 y se reunió con representantes de alto nivel (cuya identidad desconocemos) de las colonias. Regresó con información veraz: los sublevados estaban decididos y preparados para ganarse la independencia.

Este y otros informes persuadieron al rey Carlos III y a sus ministros de que la red de comerciantes que unía La Habana y Nueva Orleans podía, de forma similar al ardid francés de Roderigue Hortalez, utilizarse para la entrega de suministros a los rebeldes, por ello, procedieron a dar las órdenes oportunas.109 En enero de 1777, el jefe de las fuerzas navales españolas en La Coruña comenzó el envío de municiones y suministros a La Habana, donde se almacenaron para su traslado a Nueva Orleans. Para entonces, el sobrino de José de Gálvez, Bernardo de Gálvez y Madrid, ya había relevado a Unzaga en el puesto de gobernador de Luisiana. El primer cargamento de mercancías arribó por fin a Nueva Orleans en mayo de 1777, justo en el preciso momento en que llegaba del fuerte Pitt una solicitud de suministros adicionales. Bernardo de Gálvez, atento a la presencia del cónsul inglés, declaró que algunas de las municiones que entonces se estaban acumulando en los almacenes reales eran excedentes y los «subastó» a la familia de comerciantes Beauregard. Dicha firma envió entonces 10 000 libras de pólvora y 300 mosquetes al fuerte Pitt. Desde aquel momento, comerciantes españoles dirigidos por Bernardo de Gálvez y financiados a través de Oliver Pollock proporcionarían municiones, ropa y medicinas –en especial quinina de Perú para combatir la amenaza constante de la malaria–. Estos suministros se convirtieron en el cordón umbilical que mantuvo activa la lucha de las tropas estadounidenses contra los británicos en el teatro de operaciones occidental.

LAS ARMAS DE BEAUMARCHAIS AYUDAN A OBTENER LA VICTORIA EN LA BATALLA DE SARATOGA

A la vez que se ponía en funcionamiento la trama de la red de comerciantes de Nueva Orleans, Roderigue Hortalez se iba a pique. Antes ya de que sus tres primeros barcos se hicieran a la mar, Beaumarchais se estaba quedando sin dinero. El coste de los contratos que llevaba firmados para la compra de mercancías y el flete de barcos de transporte había superado con creces la cifra de las inversiones iniciales. En octubre de 1776, con tono de desesperación, escribió un largo despacho a Vergennes y a Grimaldi en el que afirmaba que ya había adelantado más de 5 millones de libras para la compra de suministros y que solo se le habían entregado 2.110 Pedía, pues, que se le remitiera el resto de inmediato. Las cortes de ambos países palidecieron al ver la factura. Grimaldi contestó que Carlos III no podía hacer más pagos y el monarca francés le exigió a Vergennes «dejar de trabajar con ese hombre que nos toma por tontos».111 Beaumarchais aún no lo sabía, pero pronto iba a dejar de ser el principal proveedor de armas de la joven nación.

Mientras Beaumarchais negociaba para conseguir más fondos, los primeros diplomáticos estadounidenses comenzaban a hacer gestiones en favor del reconocimiento internacional. Antes, en septiembre, la llegada al Congreso de las cartas de Barbeu-Dubourg, en las que este expresaba el interés de Francia en ayudar a los rebeldes, había movido al Congreso a nombrar comisionados oficiales a Benjamin Franklin, Silas Deane y Arthur Lee, con el objetivo de que negociaran un tratado de amistad y de comercio que permitiera las relaciones comerciales y que consiguiera el reconocimiento de los Estados Unidos como nación independiente. Hasta entonces, Deane y Lee habían ostentado una responsabilidad y una autoridad algo imprecisas como representantes gubernamentales, pero ahora, gracias a la llegada de Franklin con sus nombramientos, pasaban a tener órdenes claras y estaban respaldados por los plenos poderes del Congreso. Además, Lee, llamado a París otra vez por Franklin, conseguía con aquel nombramiento quitarse, en parte, la espina que tenía clavada por haber sido excluido de la gestión de la trama Hortalez.

El 28 de diciembre, solo una semana después de la llegada de Franklin, los tres comisionados tuvieron su primera audiencia con Vergennes para debatir su solicitud de firmar un tratado. Franklin llevaba consigo el Plan de Tratados escrito por John Adams que el Congreso había aprobado en septiembre.112 El modelo de tratado que se proponía era de naturaleza puramente comercial, sin mención alguna de alianza política o militar. Garantizaría que los aranceles y tasas al comercio entre ambos países fueran similares, la protección de los cargamentos de los barcos neutrales en época de guerra y que los comerciantes de cada uno de los dos países tuvieran libertad para operar en los puertos del otro. Vergennes aseguró que la propuesta de tratado se tomaría muy en serio, pero, en realidad, pospuso cualquier durante decisión casi un año. Al día siguiente –en realidad, ya bien entrada la noche, para mantener el secreto–, se reunieron con el embajador español, Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, en su imponente residencia en el Hôtel de Coislin, en el lado norte de la plaza de Luis XV (actual plaza de la Concordia), aunque la barrera del idioma les impidió en un principio un progreso significativo.113 Tras varios encuentros más, se hizo evidente que Aranda no podía ofrecer ninguna garantía por parte de España, así que los comisionados se centraron de momento en el gabinete francés.

Durante los meses posteriores, los comisionados fueron ampliando su lista de deseos: además de un tratado comercial, querían recibir municiones directamente del rey y también barcos de guerra.114 Desconocían que Vergennes estaba, en aquel momento, enfrascado en una delicada negociación con España para conjurar un desastroso conflicto con Portugal; cualquier medida de ayuda a los rebeldes que se hiciera pública podía dar al traste con aquello e incluso ser el inicio de una guerra con Gran Bretaña para la que ni Francia ni España estaban preparadas aún. Vergennes tuvo que rechazar, con tacto, cada una de las propuestas que le hacían los comisionados, pero suavizó su frustración con la concesión de un préstamo de 2 millones de libras a pagar en plazos trimestrales. Un mes después, aprobó el préstamo de otros 2 millones adicionales que concedería la Granja General [Fermé Générale] –un consorcio de granjeros privados que recaudaba impuestos en nombre del gobierno– y que se amortizaría con tabaco norteamericano. En solo unas pocas semanas, Franklin y sus colegas habían obtenido el equivalente de 2000 millones de dólares actuales en créditos para su jovencísima nación.

A lo largo de los primeros meses de 1777, los tres comisionados no dejaron de recibir continuas visitas. Algunos eran oficiales del Ejército francés que buscaban unirse a la lucha, otros eran hombres de negocios y banqueros que querían sacar partido del comercio de municiones y suministros que todo conflicto conlleva. Para entonces, ya estaba claro que Vergennes había dejado de confiar en Beaumarchais, así que los norteamericanos necesitaban encontrar otros intermediarios de fiar para cerrar negocios con los comerciantes proveedores y que intercedieran a su favor ante el gobierno galo. La empresa de Pierre Penet y Emmanuel de Pliarne parecía, en un primer momento, la más indicada.115 Pliarne se había quedado en Norteamérica para conseguir más negocios, mientras que Penet se encargaba de los contactos en Francia. Después de algunos problemas iniciales, consiguieron servir el pedido que el Comité Secreto les había hecho de 15 000 mosquetes de Saint-Étienne. Alrededor de 2500 de aquellas armas se enviaron a Robert Morris y pudieron rescatarse, de forma heroica, después de que el carguero Morris que las transportaba fuera volado por el ataque de buques de guerra británicos en la costa de Delaware. John Brown, comerciante de Rhode Island que de igual modo se convirtió en agente de Penet y Pliarne, recibió también, con más fortuna, armas solicitadas por el Comité Secreto. La Junta de Guerra de Massachusetts [Massachusetts Board of War], que reemplazó a los comités de Seguridad y de Suministros del territorio, mantuvo a Penet y Pliarne como proveedores principales, incluso después de que algunos de sus mosquetes explosionaran durante unas pruebas de calidad.116 Vergennes, no obstante, pensaba que Penet era «uno de esos buscadores de fortuna que se quieren enriquecer a cualquier precio».117 Aunque Penet siguió carteándose con los comisionados estadounidenses destinados en París, estos no le adjudicaron ningún contrato.

Los problemas interrelacionados del número excesivo de proveedores y de la incertidumbre acerca de su fiabilidad se solucionaron desde que Franklin fue invitado por el financiero Chaumont a residir en su propiedad, el Hôtel de Valentinois, en la villa de Passy, en la carretera principal a Versalles y actual 16.º arrondissement. Deane conservó, solo para los negocios, su apartamento del segundo piso del Hôtel de Coislin, adyacente a las estancias de Aranda, pero se mudó con Franklin unos pocos meses después de que el anciano político aceptara el ofrecimiento de Chaumont. Este había comprado la propiedad «para alojar gratuitamente a los ministros plenipotenciarios del Congreso y evitarles las emboscadas que les habían tendido en París».118 Durante la estancia de los comisionados en dicha residencia, Chaumont desempeñó funciones de portero, tanto en sentido metafórico como literal.119 Además de protegerlos de las «emboscadas» de solicitadores de nombramientos y contratos, aquel arreglo también les otorgaba a los norteamericanos cierto grado de seguridad física ante los espías de Stormont. Franklin, que había enviudado hacía poco, y Deane, que lo haría pronto, alojados en uno de los pabellones de los jardines de aquella propiedad de siete hectáreas de extensión y atendidos por las cuatro hijas casaderas de Chaumont, también disfrutaron de cierto grado de calidez hogareña en Valentinois durante aquel tiempo en Francia.

Vergennes confiaba por completo en Chaumont y los comisionados en seguida sintieron por él una confianza similar, sobre todo Deane, que se encargaba de supervisar la mayor parte de los contratos de compra de material. Gracias a su larga experiencia, Chaumont había llegado a conocer con exactitud en qué firmas se podía confiar y orientó de forma consecuente a los norteamericanos. Por ejemplo, dirigió el contrato para la fabricación de 25 000 uniformes para el Ejército Continental hacia la firma Sabatiers fils et Déspres, sita en Montpellier, y encomendó la supervisión de la calidad a otro fabricante textil, John Holker. Estos uniformes, que tenían un elaborado diseño en distintos colores –azul, marrón, verde, rojo, gris y azul claro– para diferenciar unos regimientos de otros, se transportaron en los barcos de Beaumarchais y otros a finales de 1777 y comenzaron a llegar a Nueva Inglaterra en la primavera de 1778.120 Chaumont también resolvió el problema de la financiación de estas compras al presentarle a Franklin a su veterano socio comercial Rodolphe-Ferdinand Grand, también vecino de Passy. Este formaba parte de una familia de banqueros suizos que se extendía desde Ámsterdam a Cádiz y en París era el agente del banco Horneca, Fizeaux et Compagnie, con sede central en Ámsterdam, el cual tenía gran importancia en el sector de los seguros de transporte y en la gestión de bonos emitidos por la administración gala.121 Grand era también un veterano confidente de Vergennes, de modo que se ganó con rapidez la confianza de Franklin. Este, pese a las posteriores protestas de Robert Morris e incluso de sus compañeros comisionados, nunca permitió que ningún otro banco europeo distinto del Horneca participara en los asuntos financieros del Congreso Continental.

Los comisionados querían obtener suministros adicionales de España, pero no depender de sus intermediarios franceses para ello. Animado por Aranda, Arthur Lee salió para Madrid a primeros de febrero de 1777 con la esperanza de conseguir no solo más ayuda, sino también una alianza. El gobierno español, que aún se declaraba neutral en el conflicto entre Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas, no quería aparentar que aceptaba el inoportuno ofrecimiento de Lee, por ello, cuando Grimaldi supo que Lee ya estaba de camino, le pidió a Diego de Gardoqui, que por entonces estaba en Madrid, que escribiera a Lee y le dijera que no fuera a la capital. Por suerte, Lee recibió la carta de Gardoqui en la ciudad de Burgos, a mitad de camino entre los Pirineos y Madrid. La misiva le indicaba que esperara allí que Grimaldi y Gardoqui pudieran acudir: «En un lugar tan pequeño como Madrid, sería del todo imposible mantener el incógnito […] y de seguro seríais espiado». La carta no mencionaba la otra razón de aquel jarro de agua fría: Grimaldi estaba ya de salida como ministro jefe y el nuevo ministro, José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, aún no había establecido con claridad qué política tendría hacia la nueva nación estadounidense.

En la que fue su última actuación como ministro (aunque técnicamente ya había dejado el cargo), Grimaldi se reunió con Lee en Burgos del 4 al 6 de marzo. Gardoqui hizo de traductor. Lee insistió en obtener el reconocimiento oficial por parte de España, pero Grimaldi le explicó que «no era aquel el mejor momento» debido a que ni Francia ni España estaban preparadas para entrar en guerra con Gran Bretaña –el mismo mensaje que Vergennes ya le había dado–. España prefería optar por la misma estrategia que Francia: proporcionar ayuda secreta directamente a los norteamericanos. El hombre de negocios de Bilbao que estaba sentado en aquella mesa sirvió de enlace. Grimaldi le dijo entonces a Lee, que desconocía las actividades de contrabando de Gardoqui o los suministros que este había enviado a Nueva Orleans, que trabajara directamente con él en todas las solicitudes posteriores.122 El negocio de contrabando de Gardoqui había sido, hasta entonces, una actividad privada en la que había arriesgado su propio dinero (es muy probable que con la anuencia del gobierno español), pero ahora se convertía en el Beaumarchais español, la persona que enviaría dinero y suministros que financiaría directamente la tesorería española con la expectativa de recibir a cambio «fuerte tabaco de Virginia». Antes de volver a casa, Gardoqui ya comenzó a hacer pedidos de uniformes y municiones a la población industrial vasca de Placencia (actual Soraluze-Placencia de las Armas). Los talleres comenzaron a fabricar 11 000 pares de zapatos, 18 000 mantas y 30 000 vestimentas para el Ejército Continental. Por su lado, la Real Fábrica de Armas de la población proporcionaría 1000 mosquetes del modelo M1757 (calibre de 0,69 pulgadas) y 20 000 libras de salitre que debían entregarse en el cercano Bilbao para su embarque. Antes de que pasara un mes desde que se acordara la fabricación de estos materiales ya se estaban embarcando en media docena de buques hacia Nueva Inglaterra, con Elbridge Gerry como destinatario.123 A pesar de todo, debido a la dimensión de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, cada vez mayor, no estaba nada claro que la red de suministro multinacional fuera capaz de atender la enormidad creciente de la demanda.

Al iniciar Arthur Lee su triunfal viaje de regreso a París en abril de 1777, supo por Gardoqui que las fuerzas de Washington habían vencido a los británicos en Trenton, el 6 de diciembre de 1776 y en Princeton una semana más tarde. Se trataba de unas victorias muy necesarias para los norteamericanos. Aunque 1776 hubiera sido el año de la independencia, había estado jalonado por una extensa serie de derrotas militares. Al principio del año, Henry Knox había conseguido avanzar la artillería de Ticonderoga hasta unas posiciones que dominaban Boston, lo que había obligado a Howe a evacuar sus soldados a Halifax en marzo. Sin embargo, en julio, los británicos ya se habían reagrupado en Staten Island para comenzar la invasión de la ciudad de Nueva York. A partir de la batalla de Long Island, en agosto, Howe expulsó de forma gradual a las tropas de Washington de la ciudad y sus alrededores y las empujó hacia el norte y el oeste gracias a las victorias británicas en los fuertes Washington y Lee y en White Plains.124 Washington, perseguido de cerca por el general Charles Cornwallis, había adoptado lo que él llamaba «guerra de posiciones» y otros calificaron de estrategia fabiana (que recibía su nombre del general romano Quintus Fabius Maximus, quien ante un enemigo superior rehuyó las batallas campales y optó por efectuar ataques indirectos y operaciones de desgaste). Washington se retiró con rapidez a través de Nueva Jersey y el 7 de diciembre ya estaba al otro lado del río Delaware, en Pensilvania. Entre las penalidades del invierno y las deserciones que aumentaban cada día, la situación era desoladora, como escribió Thomas Paine en el primero de sus panfletos de la colección Crisis americana [American Crisis]: «Estas son las ocasiones que ponen a prueba los espíritus de los hombres».

El 26 de diciembre, tres días después de que se publicara el panfleto, Washington abandonó de súbito sus maniobras fabianas y contraatacó con fuerza cruzando el río Delaware. La batalla de Trenton fue una incursión rápida y decisiva contra una guarnición de soldados de Hesse, en la que se hicieron prisioneros a más de 1000 hombres y donde las bajas estadounidenses no llegaron a diez. El 3 de enero, Washington evitó el choque con el ejército principal de Cornwallis en Trenton, optó por atacar su retaguardia en Princeton y escapó antes de la llegada de refuerzos británicos. Aunque se trató en ambos casos de acciones menores en términos militares, dieron un gran impulso a la reputación de Washington y a la moral de los norteamericanos.125

Estas dos batallas también demostraron el impacto que las municiones proporcionadas por comerciantes franceses, españoles y holandeses comenzaban a tener en la capacidad militar de los norteamericanos. A finales de 1776, al menos 10 000 mosquetes y casi 1 millón de libras de pólvora habían llegado ya a la nueva nación.126 Si al comienzo del conflicto algunas milicias compartían un mosquete entre cuatro soldados y solo se disponía de 15 cartuchos por hombre, en Trenton cada infante portaba ya su propio mosquete y 60 cartuchos.127 Aunque existen pocos registros de qué armas llevaban exactamente el Ejército Continental y las milicias, un análisis arqueológico moderno de las balas encontradas en el campo de batalla de Princeton muestra que casi la mitad pertenecía a mosquetes del calibre de 0,69 pulgadas fabricados en Francia, España y Lieja, que solo empleaban los rebeldes; y la otra mitad correspondía a los mosquetes británicos de 0,75 pulgadas y a mosquetes fabricados en Norteamérica, además de balas de menor calibre empleadas por los rifles también norteamericanos.128 En estas primeras batallas, la pólvora holandesa y los mosquetes españoles, galos y de Lieja no estaban ganando la guerra, pero al menos es seguro que estaban impidiendo que se perdiera.

Para Gran Bretaña, las derrotas de Trenton y Princeton fueron escaramuzas sin importancia. Su plan general era dividir las fuerzas norteamericanas y destruirlas por separado.129 A principios de 1777, George Germain, que había sucedido a Dartmouth como secretario de Estado para las colonias, desarrolló con sus generales William Howe y John Burgoyne un proyecto de ataque desde dos direcciones que aislaría Nueva Inglaterra, el centro de resistencia de la revolución, del resto de las colonias (los británicos aún denominaban así a los nuevos estados). El ejército de Howe se transportaría desde Nueva York al sur por una flota de más de 200 barcos con el objetivo de tomar Filadelfia.130 Desde allí, giraría hacia el norte hasta más allá de la ciudad de Nueva York y se apoderaría del valle del río Hudson. Burgoyne, al mismo tiempo, debía marchar con sus hombres hacia el sur desde Montreal, apoderarse de los fuertes enemigos a lo largo del lago Champlain y luego debía bajar por el río Hudson hasta reunirse con Howe en Albany. Los efectivos británicos, una vez cortado en dos el país por el Hudson, podrían sojuzgar cada mitad por separado e impedir que se prestaran ninguna ayuda entre sí.

La preparación logística que conllevaba la acumulación de tropas y material tuvo ocupados a los británicos hasta el verano de 1777. A finales de agosto, en el sur, las fuerzas de Howe desembarcaron en Head of Elk (actual Elkton), en Maryland. Desde ese punto, iniciaron el camino al norte, hacia la capital de los Estados Unidos. Arrollaron a George Washington en la batalla de Brandywine, el 11 de septiembre, y derrotaron a Anthony Wayne en la batalla de Paoli dos semanas más tarde. El 26 de septiembre, los británicos aparecieron ante Filadelfia y obligaron al Congreso a huir 150 kilómetros al norte hasta York, en Pensilvania. El 4 de octubre, el decidido contraataque de Washington en la batalla de Germantown no consiguió desalojar a Howe de su posición. En el norte, Burgoyne había comenzado su marcha a finales de junio bajando por el lago Champlain hacia el fuerte Ticonderoga, que asaltó el 2 de julio.131 Su ejército, de casi 8000 hombres, rodeó con facilidad a los 3000 soldados estadounidenses que habían recibido la orden del general Philip Schuyler de defender aquel fuerte estratégico el mayor tiempo posible. El emplazamiento de la artillería británica en unas alturas obligó al oficial al mando, el mayor general Arthur Saint Claire, a efectuar una retirada nocturna para salvar su contingente. Burgoyne, al recibir la noticia de que Howe no iba a subir de momento por el valle del Hudson, decidió dirigirse a Albany y establecer allí su campamento de invierno en espera de reemprender la ofensiva en primavera. A mediados de agosto puso en marcha a su ejército hacia el sur por la carretera de Albany, lo que le llevó a pasar por una aldea llamada Saratoga.

Antes, mientras Germain, Howe y Burgoyne planeaban sus campañas, los barcos de Beaumarchais cruzaban el Atlántico transportando tanto provisiones como voluntarios para la lucha próxima.132 El Amphhitrite, al no haberse avituallado de manera adecuada en Le Havre, volvió a Lorient, en la Bretaña, y se hizo por fin de nuevo a la mar con destino a Nueva Inglaterra el 25 de enero. Otro barco de Beaumarchais, el Mercure, zarpó de Nantes unos pocos días después, también rumbo a Nueva Inglaterra, seguido por el Seine con destino a las islas del Caribe. Si sumamos también otro par de naves que zarparon en marzo, en la primavera de 1777 cinco barcos fletados por Rogerigue Hortalez surcaban los mares con material suficiente para armar, vestir y equipar un ejército de 30 000 hombres. Además, un número aún mayor de barcos fletados por Beaumarchais, que alcanzó la cifra de 45 buques de carga de distintos tipos, se estaban alistando en puertos por toda Francia.

El Mercure fue el primero en llegar.133 Tras cuarenta días de travesía, arribó a Portsmouth, en Nuevo Hampshire, el lunes 17 de marzo de 1777. A bordo iban 12 000 mosquetes completos y un millar de barriles de pólvora, junto con mantas y telas. Allí los esperaba John Langdon, representante del Congreso y agente marítimo del mismo en el lugar. La nueva de la llegada de aquellos ansiados suministros se extendió con rapidez y desencadenó una tira y afloja: Nuevo Hampshire quería 2000 armas, Connecticut 3000, Massachusetts 5000 y también 300 barriles de pólvora. John Langdon atendió estas peticiones rápido, pero George Washington temía el riesgo asociado a tener tantas armas cerca de la costa –«el enemigo está decidido a destruir nuestros almacenes dondequiera que les sean accesibles»– y que pudieran quedar desabastecidos los estados del Atlántico Medio como Nueva York y Nueva Jersey, por tanto, escribió a Langdon y le ordenó que enviara los mosquetes restantes a la recién creada Armería de Springfield, en Massachusetts.134

El 20 de abril, el Amphitrite llegó a Portsmouth con 6600 armas completas, 52 cañones y 33 000 balas de cañón, además de palas, hachas y tiendas. Langdon envió con celeridad los cañones y los mosquetes a la Armería de Springfield, donde llegaron a primeros de junio. Muchos de los mosquetes, en parte porque no se había dispuesto de tiempo suficiente en Francia para crear instalaciones donde repararlos, tenían las llaves y los muelles rotos debido a los años de almacenaje o por daños sufridos en el transporte. Los armeros de Springfield los repararon en poco tiempo y los dejaron listos para su empleo. Mientras tanto, distintos periódicos que iban desde la Boston Gazette al Pennsylvania Packet publicaban historias de la «valiosa carga» que había arribado de Francia.135 Aunque ya hacía dos años que llegaban armas de ultramar, esta fue la primera demostración tangible de apoyo galo a gran escala hacia la causa de la independencia, lo que significó una importante inyección de moral para la opinión pública en un momento en que la mayoría de las noticias que llegaban de los campos de batalla era deprimente.

Ambos bandos habían quedado deshechos por la batalla de Ticonderoga y los acontecimientos posteriores. Los norteamericanos perdieron todos sus cañones, circunstancia de la que se lamentaba el oficial de artillería de Schuyler, Ebenezer Stevens. Por suerte, Schuyler ya había expedido antes a la Armería de Springfield la orden de que enviara más cañones al frente.136 Mientras tenía lugar la batalla de Ticonderoga, carretas de bueyes y carros remolcados por caballos tiraban de 22 cañones, de los que 10 eran del tipo M1740 de cuatro libras –que habían llegado a bordo del Amphitrite–, hacia el puerto fluvial de Peekskill, en el río Hudson. Desde allí se transportaron en barcazas río arriba hasta Albany, donde fueron remolcados por tiros de bueyes hasta el campamento de Schuyler y al almacén que había en Stillwater, a unos pocos kilómetros al sur de Saratoga, donde llegaron el 26 de julio.

Los británicos también tenían escasez de provisiones. A primeros de agosto, Burgoyne dirigió una fuerza de 1200 soldados hessianos y británicos en una incursión contra un depósito de suministros situado en el pueblo de Bennington, en el actual estado de Vermont. La milicia de Nuevo Hampshire era la única fuerza presente en los alrededores capaz de oponerse a dicho asalto. Si su contraataque se hubiera tenido que realizar antes de que llegaran las armas de Beaumarchais, es muy probable que no hubiera tenido lugar: en los primeros meses de 1777, la carencia de armas de fuego había contribuido a que los efectivos de las compañías de milicia de Nuevo Hampshire fueran un 40 por ciento inferiores a los teóricos.137 En cambio, ahora, gracias a la disponibilidad de los miles de mosquetes franceses proporcionados por John Langdon, el general de la milicia de Nuevo Hampshire, John Stark, formó y equipó dos brigadas (1500 hombres) en un plazo de seis días. El 16 de agosto, ambos bandos chocaron a unos 20 kilómetros al oeste de Bennington. La milicia de Stark hizo huir, en dos enfrentamientos distintos, a las tropas hessianas y británicas, a las que infligió casi 1000 bajas entre muertos y heridos, y además se apoderó de cañones y mosquetes. Las fuerzas de Burgoyne quedaron tras aquello debilitadas, pero aún eran un contingente imponente y continuaron su marcha hacia Albany.

La batalla de Bennington había retardado el avance de Burgoyne, pero no lo había detenido. El Congreso ya tenía decidido, en cualquier caso, que Schuyler no era el hombre adecuado para enfrentarse a él. El 19 de agosto, el mayor general Horatio Gates, que había servido en el Ejército británico durante las guerras de Sucesión austriaca y de los Siete Años, asumió el mando del Departamento Norte del Ejército Continental. Como correspondía a quien había sido antes ayudante general******* del Ejército Continental, le preocupaba sobre todo disponer de hombres y suministros suficientes para la próxima batalla. Washington respaldó con todo su apoyo las peticiones de Gates. Pronto salieron numerosas órdenes del campamento de Gates que solicitaban munición, ropa y suministros.138 Mientras tanto, milicias de Nuevo Hampshire, Massachusetts, Nueva York y Connecticut, ya perfectamente armadas con los mosquetes de Beaumarchais, acudieron al teatro de operaciones a lo largo de agosto y septiembre, igual que hicieron tiradores de Pensilvania, Maryland y Virginia armados con rifles. Gates disponía ya de 9000 efectivos ante los 7000 británicos y hessianos. A primeros de septiembre, por consejo de su ingeniero Tadeusz Kościuszko, Gates ordenó a Ebenezer Stevens que situara sus cañones en unos emplazamientos defensivos que se construyeron en un alto llamado Bemis Heights, desde el que se dominaba la carretera de Albany. Las llamativas cureñas de color rojo ladrillo de los cañones M1740 complementaban los colores de los graneros y otras dependencias de la granja circundante. El ejército aguardó allí la llegada de Burgoyne.

El 19 de septiembre se libró la primera batalla de Saratoga. Los apodos en apariencia inocuos de los generales enfrentados, Caballero [Gentleman] Johny Burgoyne y Abuelita [Granny] Gates, se vieron desmentidos por la ferocidad de los combates. Los norteamericanos abandonaron en torno al mediodía su posición fortificada de Bemis Heights y chocaron con las tropas de Burgoyne en los campos salpicados de bosques de Freeman’s Farm. Ambos bandos llegaron a entrecruzar sus mosquetes en el cuerpo a cuerpo. Las líneas de los rebeldes avanzaron y retrocedieron a lo largo de la tarde. Los rebeldes alcanzaron a tomar las posiciones de la infantería y la artillería británicas, pero fueron más tarde rechazados mediante un nuevo contraataque. Al final, los norteamericanos se retiraron a su fortificación. Burgoyne acumuló más bajas, pero quedó dueño del campo de batalla. Tras aquel resultado inconcluyente, ambos bandos optaron por volver a vigilarse el uno al otro y a esperar.139

En opinión de Caleb Stark, miembro del 1.er Regimiento de Milicia de Nuevo Hampshire (e hijo del general John Stark), no había duda de que la llegada a tiempo de los cargamentos de Beaumarchais permitió que la primera batalla de Saratoga acabara en empate y no en derrota. Muchos años más tarde, recordó con claridad:

La primera oportunidad de probar las cualidades de los nuevos mosquetes franceses sucedió el 19 de septiembre de 1777, cuando los americanos avanzaron desde sus posiciones, sin temor, para chocar con los veteranos británicos en campo abierto. […] En aquel día decisivo, las armas de Beaumarchais, tras las que iban sus camaradas yanquis, después de expulsar al enemigo del campo de batalla con gran matanza, se lanzaron con arrojo sobre su campamento, hicieron retroceder sus fuerzas de parte del mismo, capturaron una parte de su artillería y descoyuntaron todo su ejército […] Creo firmemente que, si los americanos no hubieran recibido estas armas tan a tiempo, Burgoyne habría marchado con facilidad hasta Albany.140

Durante varias semanas de interrupción de los combates llegaron más soldados norteamericanos al lugar y engrosaron sus filas hasta alcanzar un total de algo menos de 12 000 hombres, casi el doble de las diezmadas fuerzas de Burgoyne. Este, ante el progresivo debilitamiento de sus efectivos y la escasez de suministros, cada vez mayor, ordenó el 7 de octubre un asalto vespertino sobre la fortificación enemiga apoyado por artillería adelantada. Las tropas norteamericanas avanzaron a su vez para repeler el ataque, mientras que los cañones de Beaumarchais optaron por quedarse en sus emplazamientos en espera de un asalto que no llegó nunca. Las líneas de los ejércitos se desplazaron adelante y atrás varias veces, hasta que una serie de cargas desesperadas dirigidas por Benedict Arnold consiguió hundir el centro hessiano, lo que obligó a Burgoyne a retirarse al caer la noche.

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13 kasım 2024
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9788412221305
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