Kitabı oku: «Ecos del fuego»

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Para todos los seres que conviven con un síndrome,

en especial, con el síndrome de Sjögren.

Para mis hijos, Miranda y Lorenzo, siempre.


La lluvia se detendrá, la noche terminará,

el dolor se desvanecerá.

La esperanza nunca está tan perdida

que no se puede encontrar.

Somos más fuertes en los lugares

en los que nos hemos roto.

Ernest Hemingway

Prólogo

Ser diferente y capaz de desafiar los límites para vivir con las consecuencias.

Sentir que falta algo y no saber qué es.

Convivir con la sensación de capítulos en blanco en mi historia.

Intentar a diario ponerle palabras al silencio para que otros puedan comprender lo que yo misma, a veces, no entiendo.

Mirar el mundo y no poder evitar sentir que no sé quién soy ni adónde pertenezco.

Recordar mi niñez y las lágrimas derramadas. Verme pequeña con mis kilos de más y mi pelo erizado. Mi madre, lejos. Siempre cerca de rechazarme y a gran distancia de un abrazo. Yo era un pequeño ángel. ¡Tan solitario y anónimo! Solo mi abuela me amaba por quien yo era. Como ahora.

Tolerar, desde entonces, la injusticia que amenaza la vida en forma constante y actuar en favor de revertirla. No sucumbir ante lo inevitable. Sufrir y romperme en el trayecto. Juntar las piezas de mi ser. Volver a comenzar. Reconstruirme.

Perder la capacidad de llorar. Vivir ahogada en lágrimas que no son ni de emoción, ni de angustia, ni de felicidad. No ser capaz de exteriorizar mi sensibilidad como el resto de las personas y saber que hacerlo es la esencia de mi corazón cansado de latir al ritmo de lo que le es negado sin razón. Buscar otro modo. Aceptar mi vida.

Encontrar a alguien que entienda los colores de mi silencio y pueda ver a través de mis ojos quién soy.

Ser testigo de la manera en que avanza mi oponente. ¿Es mi adversario? ¿Soy víctima de mi pasado y mis decisiones? ¿O acaso es mi destino que me enfrenta a lo mejor y a lo peor de mí para transformarme en una mujer más fuerte? ¿Es mi culpa? ¿Podemos cambiar lo irreversible? Creer que sí es mi respuesta.

Alguna vez, todos hemos estado convencidos de que nada tiene sentido en el exacto momento en que el presente no es bienvenido. Querer huir de su escenario por ausencia, por dolor, por amor, por vacío, por presiones.

Enredarnos por la noche atosigados por un problema que parece tan grave y urgente que nos mantiene despiertos, y luego pierde esa gran importancia al amanecer.

Querer escapar de uno mismo, por tristeza, porque rendirse es la mejor opción, cuando en verdad la respuesta es resistir y dar batalla, porque todo lo que necesitamos para ser felices está esperando la oportunidad de mostrar que nada es lo que parece y que, allí donde vemos oscuridad, hay también siempre una estrella junto a la luna que ilumina la noche de los sueños cansados pero vivos.

Mi nombre es Elina Fablet y esta es mi historia. Decidí contarla el 16 de abril de 2019, día en que se incendió parte de la Catedral de Notre Dame y, con ella, el arte lloró una jornada de angustia y llamas. La misma noche en que los recuerdos no me entraban en la memoria y mi cuerpo parecía estallar. Entonces, comencé a pintar el cuadro que revelaría las respuestas que le faltaban a mi vida, guiada por los ecos del fuego.


capítulo 1

Elementos

En un incendio sin explicación,

hay un silencio del tamaño del cielo.

Oswald de Andrade

Junio de 2006. Montevideo, Uruguay.

La mirada de la ciudad dormía. La madrugada inmersa en el silencio de la soledad. Aire convertido en viento fuerte. El perfecto sonido de las ramas de los árboles moviéndose. La calle fría y el asfalto algo húmedo por la helada nocturna. La tierra sobrevolando los límites del clima y metiéndose fastidiosa en los rincones de esa víspera fatal. En el interior de la casa, el abrigo de las mantas y los ojos cerrados en cada habitación. El insomnio de los pensamientos. El estruendo mudo de las preguntas sin respuestas golpeándose contra la nada.

–¿Por qué no me quieres, mamá? –preguntó levantando la voz. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas contenidas.

–Nunca dije que no te quiero –se ofendió.

–¡Claro que no me quieres! Lo que no entiendo es por qué no lo reconoces de una vez por todas –replicó. Como si el hecho de poder escucharlo de su boca cambiara en algo la dolorosa realidad.

–Eres difícil, todo lo cuestionas, vivir contigo es un conflicto permanente –respondió. No dejaba de caminar por la casa, como si el desplazarse por los ambientes le permitiera escapar de la situación. No miraba a su hija directamente a los ojos.

–Solo una vez me has dicho que me quieres. ¡Una sola vez! –recordó–. A mis trece. Desde niña espero esas palabras, y no llegan. ¿Por qué? ¿Qué te he hecho? Me aferro a tu único abrazo y trato de averiguar qué hice mal… –se quedó en silencio un instante buscando en su memoria la sensación una vez más. La joven insistía convencida de que tenía que haber un motivo.

El pasado atropelló brutalmente a la mujer. No quería escucharla más. Sus emociones paralizadas frente a la verdad que no era capaz de pronunciar. Los pies sobre la tierra cruda, el elemento que lo sostiene todo. La estabilidad que da un secreto bien guardado. Tenía presente en su memoria el único abrazo al que se refería Elina. Lamentaba lo ocurrido ese día. Se arrepentía de su decisión.

–Me haces sentir todo el tiempo como si me faltara el aire. Me ahogas con tus reclamos. Eres sinónimo de problemas y me agotas. ¡Siempre! Desde… –empezó a decir y no concluyó. Eligió cambiar el rumbo de sus palabras–: Ya tengo demasiado conmigo como para seguir discutiendo contigo –respondió enojada–. Me asfixia tu manera de ser.

–¿Desde qué? ¡Dilo!

–Desde que tienes ese carácter de mierda –improvisó.

–¡Mentira! Puede que ahora te moleste “mi carácter de mierda”, como dices. Pero esto no empezó ahora, a mis casi diecisiete años. Siempre me has hecho sentir que te hubiera gustado no tenerme. Esconderme del mundo. ¿Por qué? ¡¿Porque era gordita o tenía el pelo erizado?! ¡¿Porque no me parezco a ti en nada?! –su tono oscilaba entre extrema angustia al borde del llanto y una furia contenida durante años–. ¿O porque me parezco a un padre que no conocí?

–No sabes lo que dices. Eres quejosa y vives disconforme. ¡Te lo he dado todo! ¡Me he sacrificado por ti! Y tú siempre con reproches –respondió eludiendo las referencias concretas de su hija.

–No me diste lo único que necesitaba: tu aprobación y tu cariño. El amor de una madre es esencial para vivir. No se niega. ¡Es como un vaso de agua! Es lo que da paz y cura todos los males. Lo sabes, porque la abuela siempre está para ti; pero tú, nunca para mí. Solo quiero saber por qué –exigió.

Una vez más, la disputa originada en la convivencia había quedado atrás. Poco importaba si juntaba las toallas del baño, ordenaba su ropa o el modo en que apretaba el pomo de la pasta dental. Si ponía música fuerte o si no lavaba los trastos sucios. Si se vestía de una manera o de otra. La cuestión de fondo, lo que no se decía, renacía cada vez con más fuerza, porque el amor cuando falta grita por su ausencia. Necesita razones, imagina motivos y deja marcas de dolor.

–¡Siempre me ocupé de ti! No soy demostrativa. Eso es todo. Cuando tengas tus propios hijos decide cómo tratarlos, pero no me digas a mí como debo ser madre –respondió indignada. Le molestaba que su hija la hostigara con esa cuestión del amor maternal. No le faltaba nada.

Sin agregar nada más, se fue a su habitación. La joven, con la tristeza de los incomprendidos, hizo lo mismo. No tuvo ánimo de ponerse su pijama. Permaneció vestida sobre el edredón, como detenida en el sufrimiento inexplicable del rechazo.

Cada una en su cama, llorando distintas lágrimas, hasta que el sueño les ganó la pulseada. Lo último que Elina escuchó fue sonar el teléfono en la habitación de su madre.

***

Abruptamente, sin que pudiera precisarse cuánto tiempo había transcurrido, el calor agobiante despertó a la joven. Inhalaba un aire tan caliente que sentía que se quemaban sus pulmones. Estaba desorientada y mareada. Pudo ver por la parte baja de la puerta de su dormitorio, la luz de las llamas.

–¡¿Fuego?! –dijo con debilidad.

De pronto el brillo se convirtió en una humareda densa y oscura que comenzó a invadir la habitación. Sintiéndose casi asfixiada pudo llegar a la manija. Intentó abrir, pero no pudo. La temperatura extrema le quemó la mano y un acto reflejo hizo que desistiera momentáneamente. Sentía el ruido de los objetos víctimas del incendio. El humo avanzaba. Le costaba ver. Tenía que ir a rescatar a su madre. Entonces, envolvió su mano en una toalla y abrió. Una ráfaga de fuego se abalanzó sobre ella y la penetrante humareda gris colapsó definitivamente el dormitorio. Su manga se encendió y en medio de un alarido se quitó el jersey de algodón. Se cubrió la cara con ambas manos por la cercanía de las llamas, y retrocedió. Cayó al suelo. Tosía. Su mano y brazo derecho se habían quemado. Yacía debajo de la ventana. Fueron instantes eternos. Supo que si quería vivir debía salir de allí de inmediato.

Le costaba respirar. Una nube de diferentes tonos oscuros crecía ocupando cada lugar del dormitorio. Mucho calor y poco oxígeno. Escuchaba caer estructuras en la planta baja y chamuscarse objetos. Vio abierta la puerta del dormitorio de su madre. ¿Habría logrado salir? Se puso de pie. Sin pensarlo, rompió el vidrio con una lámpara de bronce que tenía sobre su escritorio y, desde el techo, se tiró.

La casa entera ardía. Las llamas descontroladas consumían todo a su paso. Chispas agrias y crujientes se multiplicaban hasta el infinito. Ese olor tan particular, consecuencia de los distintos materiales quemados, y el sonido del incendio le perforarían los recuerdos por mucho tiempo. Los ecos del fuego, las sirenas, la destrucción, la pérdida. Su decisión. Los latidos de la urgencia. El rechinar de los chispazos que se devoraban la historia de la casa, porque claramente no era un hogar. Era como si el destino se hubiera empecinado en volver a los cimientos. ¿Era la forma de comenzar a reconstruir? No tener nada es una cosa, pero perderlo todo es otra muy diferente.

Los cuatro elementos, que manifestaban la energía de la naturaleza, se habían mezclado aquella noche fatal para demostrar que la ausencia de equilibrio y el desamor pueden destruirlo todo. El agua no había sido una lluvia inspiradora o un mar sereno, sino mangueras potentes que la lanzaban brutalmente con la intención de apagar la locura del fuego que lastima. No fue el renacer del ave fénix, no era el fulgor luminoso, eran llamas tóxicas. El aire no era el que da de vivir, por el contrario, aliado del viento, había propagado la tragedia.

Finalmente, solo la firmeza de la tierra soportó el peso de la vieja casa convertida en escombros. En ese escenario, la vida solo daba dos opciones: renacer o morir.

Recuperó la conciencia en el hospital. Su abuela sostenía su mano. Elina Fablet llevaba en su sangre la determinación de los sobrevivientes. Miró a su abuela. No hacía falta palabras. La abrazó y lloró hasta que no le quedaron lágrimas.


capítulo 2

Equilibrio

Hay que buscar el buen equilibrio

en el movimiento y no en la quietud.

Bruce Lee

Abril de 2019. Montevideo, Uruguay.

Lisandro observaba la felicidad en el rostro de su hijo y se sentía pleno. Ese niño era todo para él. El sol caía sobre la plaza mientras, sin apartar la mirada del pequeño Dylan de cinco años que andaba en su bicicleta con rueditas de entrenamiento, hablaba con Melisa.

–Estamos bien. ¡Que tengas buen viaje! –le dijo Lisandro al celular.

–Eres un gran padre, ¿lo sabías? –preguntó ella con ternura.

–Claro que lo sé –respondió. Era poco habitual esa relación con la madre de su hijo. Lo que su amigo, Juan Elizalde, llamaba con cierto humor irónico “una separación soñada y perfecta”. ¿Acaso había algo de perfecto en una pareja con un bebé que terminaba? Su caso era el literal opuesto del de su amigo.

Lisandro Bless y Melisa Martínez Quintana se habían enamorado, siete años antes, durante un viaje a París en el que se habían conocido. Él, un simple turista que viajaba solo y ella, licenciada en Turismo que se alojaba en el mismo hotel. Tenía su propia agencia de viajes, Life&Travel, con sedes en Argentina, Uruguay, Francia, Italia, España y México; negocio que dirigía con su padre. La atracción había sido inevitable. París era el escenario del romance. Allí, una historia de amor, entrega y pasión los había sorprendido. Parecía tener ese sabor de lo que se siente cuando la magia oculta la finitud de su tiempo.

Ya de regreso en Uruguay, los permanentes viajes de Melisa y el trabajo de Lisandro, que era psicólogo especialista en adolescentes, no eran compatibles.

Una noche, sin saberlo, el encuentro de esos dos seres gestó una vida.

Como sucede con los enamoramientos, llegó el día en que la realidad rompió el hechizo, aunque no del todo, y se descubrieron diferentes. Enterados del embarazo, Melisa le confió honestamente, luego de pensarlo muy bien, que le gustaría tener ese bebé, pero que sentía que no podría ser una buena madre. Amaba su trabajo y no imaginaba instalarse en un solo lugar y cumplir ese rol. Ella era nómade, pertenecía al mundo. Su vida transcurría entre maletas, vuelos, hoteles y negocios por el mapa que recorren los seres que aman la libertad en su más extrema expresión. Sin embargo, quería ese hijo. Era una contradicción. ¿Cómo salir de ese laberinto?

En verdad, no conocía demasiado a Lisandro, pero su percepción de la energía que irradiaba le indicaba que, si había de ser madre alguna vez, sería con él. Un ser generoso, dulce y decidido. Se divertían juntos y lo que más le gustaba era que jamás juzgaba a nadie. Parecía tener una sabiduría milenaria mezclada con un hombre simple y apasionado por la vida en cada instante. Muy acorde a su profesión, no lo limitaban las estructuras sociales.

Lisandro la había escuchado atentamente. Sentía que Melisa era así y nunca había disfrazado su forma de disfrutar la vida ni la manera en que amaba viajar, conocer y crecer en su carrera empresarial. Todo lo que habían hablado en París era cierto y continuaba allí. No los habían unido los planes, sino los momentos que compartían.

Entonces recordó la conversación:

–Mel, puede que sea una locura… lo sé… es poco tiempo…

–Nunca hice nada guiada por lo que otros hacen. Generalmente hago locuras… –había interrumpido con una sonrisa. A pesar de su independencia, sus sentimientos le habían enviado esa señal con sus palabras.

–Debes saber que aceptaré lo que tú decidas.

–¿Pero…? –ella sabía que no era todo.

–Pero yo quiero ese bebé. No es un acto de responsabilidad. Lo siento así. Quiero ser padre y no me importa que tú no seas el modelo tradicional de madre.

Unos minutos en silencio hacían su trabajo en el interior de Melisa, que intentaba descubrir la respuesta.

–¿Serías capaz de adaptarte a mi vida? –había preguntado ella, por fin.

–Lo intentaría. Y si no lo logro puedo asegurarte que nunca te reprocharé nada. Continúa con el embarazo, sigamos juntos y yo me haré cargo de todo para que puedas seguir con tu empresa.

–¿Es eso justo para ti?

–Es lo que elijo. ¿Quién dice qué es justo y qué no? ¿Sería justo para ti que yo te exigiera dejarlo todo por ser madre?

–No lo haría. No voy a mentirte.

–Lo sé. ¿Sería justo negarle a ese bebé la oportunidad de dos padres auténticos? –agregó.

–Supongo que no, considerando que no es que no lo quiera. ¿Sabes? Eres distinto y me encanta todo de ti. Comienzo a sentir que me gusta que un hijo tuyo viva en mí ahora y empiezo a pensar que el hecho de que ese hijo mío crezca contigo después, me hará feliz.

–Crecerá con ambos. Formarás parte de su vida. No serás una madre convencional, pero sí una leal a sus ideas que lo protegerá y lo criará a su manera, con mi apoyo.

–Eso es cierto. Estaré para él. Me ilusiona. Me da miedo también, pero correré el riesgo. Confiaré en ti –había agregado con entusiasmo. Así era Melisa, no necesitaba tiempo para tomar decisiones, simplemente seguía sus impulsos.

De ese modo, luego de una larga conversación en la que fueron claros, los dos habían llegado a un original acuerdo y continuaron juntos hasta que Dylan tuvo un año. Para ese entonces, la pareja se había convertido en un par de buenos amigos que se cuidaban y entendían, pero que pasaban poco tiempo juntos. Si bien se querían, una familia era otra cosa. Ambos lo sabían. Entonces, se habían separado razonablemente sin necesidad de trámites legales ya que nunca habían contraído matrimonio. Desde ese momento, Dylan vivía con Lisandro en Uruguay. Cuando Melisa estaba en el país, se iba con ella, y cada día hablaba con el niño por Skype o videollamadas de WhatsApp. Era una madre atípicamente presente del modo que la tecnología y su manera de vivir le permitían. Funcionaban bien de esa manera.

Lisandro volvió de sus recuerdos cuando Dylan pasó frente a él dando su cuarta vuelta a la plaza. Esa tarde, Melisa lo había llamado desde el aeropuerto de Italia mientras esperaba su vuelo a Francia.

–¿Qué hace Dylan?

–Está andando en bicicleta.

–¿Y tú?

–Lo cuido, Mel. Hoy no tengo consultorio.

–Me refiero a si estás bien.

–Claro que sí.

–Okey. Hay dinero en la cuenta que compartimos, por si lo necesitan.

–Está bien. No lo utilizaré pero, de ser necesario, recurriré a ti primero que a nadie. Quédate tranquila –su profesión no le daba un pasar económico holgado, vivía al día pero dignamente y tenía todo lo que quería.

–Bien. Sabes que haría todo por ustedes.

–Lo sé. También yo.

–Dile que lo amo.

–Le diré. Cuídate.

–Te llamaré al llegar. Adiós –se despidió.

Lisandro pensó que era afortunado. La relación con Melisa era tan buena como podía ser. Juan, su amigo, no podía creer que ella hubiera abierto una cuenta conjunta donde siempre había dinero disponible y, menos aún, que Lisandro no usara nada de ese dinero, salvo que Dylan necesitara o quisiera algo que él no podía darle.

Se acercó a su hijo quien se detuvo delante de él.

–¿Era mamá?

–Sí. Dijo que te ama. Está por tomar un avión a Francia.

–¿Cuándo regresa?

–No lo sé, pero nos llamará más tarde.

Dylan se distrajo al observar a dos niños que pasaron rápidamente en sus bicicletas. Cambió de tema, era natural para él que su mamá estuviera de viaje trabajando.

–Papi, ¿por qué no tienen rueditas sus bicis?

–Porque son más grandes y pueden controlar el equilibrio.

–¿Yo no puedo?

Lisandro lo pensó un instante.

–La verdad es que no lo sé. No lo hemos intentado.

–¿Podemos?

–¿Ahora?

–¡Sí!

Lisandro fue hasta la camioneta y tomó del maletero las herramientas necesarias para quitarlas. Le encantaba compartir el tiempo con su hijo y ser testigo del modo en que crecía feliz.

Minutos después, sostenía el pequeño asiento con fuerza mientras Dylan luchaba por no caer hacia los lados.

–Tranquilo, hijo. Estoy aquí, no te soltaré –le repetía una y otra vez. Le parecía mentira estar diciendo las palabras que su propio padre le había dicho a él tantos años atrás. Tan simbólico y tan cierto. “Tranquilo, hijo. Estoy aquí, no te soltaré”. Eso era ser padre, estar ahí para su pequeño y no soltarlo. Sabía que llegaría el día en que tendría que hacerlo, pero de momento faltaba mucho tiempo para eso.

Por breves instantes, cuando advertía que Dylan podía solo, lo soltaba sin decirle para que no perdiera la confianza y corría detrás de la bicicleta para sostenerlo de inmediato si tambaleaba.

–Te soltaré de a poco, hijo –anunció luego de varios ensayos.

–Me da miedo. No me sueltes –respondió dándose vuelta para mirarlo. Entonces perdió el equilibrio y cayó de lado. Raspó su rodilla contra la acera. No lloró, aunque tenía ganas.

–¿Quieres que dejemos esto para después, hijo? –preguntó con cariño mientras lo ayudaba a levantarse–. No es nada. Yo también me caí mientras aprendía.

–¿Con el abuelo?

–Sí.

–¿Y en cuánto tiempo lo lograste?

–Luego de una tarde entera. Después, me animaba solo, pero tuve varias caídas más.

–Sigamos –dijo el niño y montó su bicicleta con determinación. Dylan quería ser como su papá.

Quizá la vida fuera exactamente eso, la posibilidad de buscar el equilibrio con decisión. El justo balance entre lo que somos, lo que queremos conseguir y el mundo que nos rodea con sus desafíos permanentes desde que comenzamos a andar.

Quizá saber qué se desea en la vida y moverse en esa dirección sea la manera más clara de obtener equilibrio.

Dylan y su padre lo sabían.


capítulo 3

Diagnóstico

Y diagnosticó: esta muchacha

tiene el alma toda desparramada.

Y recetó: precisa música para rejuntársela.

Eduardo Galeano

Elina volvía caminando a su casa. Intentaba comprender. Quería llorar, pero las lágrimas se le negaban, al punto de sentir que ella misma no entraba en su cuerpo y que iba a colapsar a fuerza del llanto retenido en su interior. ¿Qué significaba todo eso? ¿Podía existir un error? ¿Por qué sus ojos no eran consecuentes con su angustia?

A cada paso procuraba entender el diagnóstico helado que acababan de darle. Recordaba los hechos que habían devenido en lo que revelaban los resultados de los análisis.

Todo había comenzado con la consulta al oftalmólogo por un episodio de queratitis. La inflamación de la córnea le provocaba mucho dolor y la visión borrosa. Lo atribuía a las lentes de contacto. Había dejado de usarlas durante esos días, tenía los lentes comunes para cuando le ocurría eso. A sus treinta años, cada vez eran más frecuentes las molestias en los ojos, solían ponerse rojos y le ardían. Su abuela le decía que se involucraba mucho con su trabajo y que el estrés se hacía notar en la vista, que pasaba muchas horas frente a un monitor escribiendo informes o leyendo expedientes.

El especialista le había recetado gotas y un gel, Treaplos y Aclylarm, ambos lubricantes. Los tenía desde entonces en su bolso y los utilizaba según su necesidad. A veces, cuando estaba muy mal, cada media hora; y si no, lograba intervalos de entre dos y cuatro horas. Se había sentido cansada y preocupada porque “le dolía ver”. Usar la computadora o el celular y leer se volvían actividades tortuosas. Todas ellas formaban parte de su trabajo, por lo que el nivel de nerviosismo aumentaba y todo parecía empeorar. Debido a que los antibióticos recetados le producían alivio temporal pero la incomodidad ocular volvía y se había agregado cierta sequedad en la boca, la habían derivado a un reumatólogo que se estaba ocupando de su caso desde hacía algún tiempo.

Esa tarde, con los resultados de todos los análisis y estudios indicados, había ido a una nueva consulta. El médico especialista había analizado los informes y, con una fría naturalidad y sin explicar demasiado, le había hecho saber su situación:

–Tienes una enfermedad autoinmune. Se llama síndrome de Sjögren. Los síntomas pueden ser muy diversos. En tu caso es primario. Eso significa que no está asociado a otra enfermedad. La artritis es la más común. Pero tus ojos secos y la poca producción de saliva en tu boca, son características del síndrome.

Silencio.

–No entiendo muy bien…

–Tienes un síndrome. Es autoinmune –repitió.

–¿Podría explicarme? ¿Dijo autoinmune? ¿Cómo es el nombre? –preguntó sumergida en una gran confusión. Sentía que había recibido un puñetazo en el mentón y estaba a punto de caer noqueada de la silla.

–Es Sjögren. Yo le digo Siogren porque es más fácil. Autoinmune significa que tu sistema inmunológico ataca las células sanas. Se convierte en agresor de tu cuerpo en lugar de protegerlo.

–Pero… –la interrumpió el sonido del teléfono celular del médico, que estaba apoyado en su escritorio. Si bien él canceló la llamada luego de mirar la pantalla, Elina advirtió su prisa por concluir la consulta–. ¿Tiene cura? –preguntó.

–Es crónico. Y no es muy conocido. Deberás cambiar tus hábitos y adecuarte a las exigencias de esta enfermedad.

–¿Cuáles son esas exigencias?

–Te daré una droga que se llama sulfato de hidroxicloroquina 200 mg, es un antiinflamatorio, pero puede tener efectos secundarios en la vista, por lo que lo controlaremos. Usarás lentes de sol y tendrás una botella de agua siempre a tu alcance.

–¿Empeoraré? –preguntó casi sin esperanza.

–No lo sé. Los síntomas varían en cada caso. Según tu historia clínica, la sequedad ocular y la falta de producción de saliva son las manifestaciones inmediatas. Podría resultarte difícil llorar, dado que no generas lágrimas. Deberás continuar con las consultas a tu oftalmólogo no menos de una vez por mes y realizar análisis clínicos cada seis meses con el fin de controlar los anticuerpos. Para eso me verás a mí. Eso es todo –agregó.

–¿Eso es todo? ¿Le parece poco? –preguntó perturbada. Le costaba reaccionar ante esa información.

–Me gustaría darte mejores noticias, pero la verdad es esta. Deberás aprender a convivir con el SS. No es lo peor que puede sucederle a alguien –agregó como premio consuelo.

Salió del consultorio sin retener en su memoria ni la despedida ni cómo había llegado a la calle. Solo podía pensar que el médico era un insensible, o no tenía interés en contenerla, o ambas cosas. Procuraba recordar el nombre de esa enfermedad que había entrado en su vida como un tsunami.

Hasta ese día, Elina no sentía que hubiera algo en ella que la hiciera muy diferente a otras mujeres. Tenía treinta años y un automóvil pequeño que usaba poco. Disfrutaba caminar descalza, andar en bicicleta y leer a Hemingway. Amaba el estilo vintage y escuchar todo tipo de música. Tenía el hobby de pintar. No poseía un taller, ni realizaba grandes gastos en materiales, pero siempre había espacio en su vida para dejar una parte de su ser escondida entre los colores de una imagen que reflejaba lo que le faltaba a su alma. Era desordenada y distraída.

Había un atril en cada espacio de la casa con una obra iniciada. Debajo de su cama, la esperaba esa tela en blanco, la que había sido de su madre y que nunca había estrenado. Vivía con su abuela Bernarda, a la que llamaba Ita desde niña. Era la mujer más buena del mundo y era toda la familia que tenía. A veces, le preocupaba mucho pensar que tenía ochenta años. Simplemente porque, a pesar de ser adulta y entender que era ley de vida que las personas mayores partieran, no estaba preparada para eso.

Convertida en asistente social y en contacto diario con situaciones familiares conflictivas, Elina pasaba los días procurando ayudar y dar amor donde no había comprensión. Quizá su profesión había sido un modo de buscar respuestas ausentes en su propia historia personal.

París era su lugar en el mundo. Había viajado allí con su abuela el año anterior. No conocía demasiados lugares, pero estaba segura de que ninguno era como la capital de Francia. Su increíble arquitectura, su historia y esa magia en el aire la habían conquistado para siempre.

No solo había caminado por la avenida Campos Elíseos hasta el arco de Triunfo, suspirado ante la Torre Eiffel, pintado un boceto de la Catedral de Notre Dame desde las orillas del Sena, sino que se había enamorado de un hombre con quien todavía estaba en contacto, aunque la distancia les impedía una relación. Gonzalo era uruguayo y estaba radicado en España desde niño. París los había encontrado a ambos en la cripta de Notre Dame, solos, y todo había comenzado con la fotografía que Elina le había pedido que le tomara, ya que era muy mala haciendo selfies.

–Me acabas de poner en una disyuntiva muy difícil –había dicho él.

–¿Por qué?

–Porque creí que no había nada más bello que París hasta que te miré a los ojos.

Elina solo había podido sonreír frente al halago, pero sintió cómo la recorría una inusitada sensación de placer. ¿Sería cierto que ese extraño veía en ella una mujer hermosa? Aquel recuerdo era parte de los momentos que la definían.

Jamás pensó que ese día se sumaría algo tan inesperado y difícil. Luego de la consulta, debía agregar a su descripción personal, que por distintos síntomas, durante meses se había visto obligada a asistir a muchas consultas con diferentes especialistas. Finalmente, ese día y no sin haberse sentido incomprendida y hasta tildada de hipocondríaca, había escuchado un diagnóstico certero: era una paciente con síndrome de Sjögren. Para ella, según alcanzó a entender, eso la convertía en una mujer que, entre otras cosas, se había quedado sin lágrimas.

Llegó a su casa con más interrogantes que certezas. Un mundo anónimo se le había caído encima. Le dolía todo el cuerpo como si las lágrimas que no brotaban de sus ojos la apretaran desde su interior hasta agotar músculos, huesos y piel con la tirantez de la represión de sus emociones. Tomó conciencia de que su alegre filosofía de vida ya no funcionaba, porque hacía mucho tiempo que no deseaba tanto llorar como esa tarde. ¿Cómo le diría a Ita para no preocuparla? ¿Debía llamar primero a Stella, su amiga del alma? Ella era diez años mayor y siempre tenía el consejo exacto. Aunque dudaba mucho que supiera que existía ese raro síndrome de Sgröjen. ¿O era Sjögren? Maldijo. Ni siquiera el nombre podía retener. Google. Tenía que buscar datos.

De pronto sintió deseos de pintar.

Dejó su abrigo y bolso en el sofá, y se dirigió al baño asfixiada por una angustia que hubiera escupido en el lavatorio de haber podido. Se miró en el espejo y respiró hondo mientras se repetía que no podía ser tan terrible.

–¿Estás bien, Eli? –preguntó Ita. La abuela parecía tener un radar para detectar sus emociones. Solía decirle que, según los ruidos que hacía al entrar a la casa, podía adivinar como había sido su día–. No me gritaste “¡¿Abu?!” mientras subías. ¿Qué te ocurre?

Ambas vivían en un apartamento en el primer piso de un condominio pequeño, al que solo podía accederse por escalera.

Elina salió del baño y la abrazó. Hubiera llorado a mares, pero comprobó que no podía.

–Calma. Todo tiene solución. Ven. Siéntate –dijo y la guio al sofá–. ¿Quieres hablar?

Su nieta no le respondió. Elina estaba pálida. Atónita, observaba las noticias en el televisor encendido. La tristeza llegó a límites extraordinarios. Una vez más, el fuego devoraba un lugar que sentía suyo, convertía en cenizas sus momentos y consumía la posibilidad de volver en busca de lo que había sido. Su amada Notre Dame ardía… y con ella se incendiaba parte de su historia. Porque el fuego no perdonaba, las llamas cuando se iban, dejaban la nada en su lugar. Los estragos del silencio mezclados con el humo de la nostalgia y el olor vacío de la destrucción.

Desesperada, comenzó a respirar con agitación. Elevaba el tórax como buscando aire donde solo había dolor, injusticia y confusión. Entonces, guiada por un impulso, fue a su dormitorio, extrajo de debajo de su cama el atril con la tela que había sido de su madre y lo armó allí mismo frente a su abuela.

Bernarda permanecía callada respetando el espacio que ocupaba la impotencia. Era evidente que Elina sufría.

–No sé qué te sucede, pero esa tela ha esperado por años que alguien le dé color. Tu madre decía que todo estaba en ella, así, vacía… –recordó con tristeza–. Dale vida. Pinta. Que todo quede allí, mi amor. El arte salva. Siempre… –dijo y fue directamente a poner música desde la computadora como su nieta le había enseñado. Sonó entonces La Bohemia.

Elina se puso varias gotas en cada ojo y empezó, como en trance, a dar pinceladas sin sentido al principio. Luego, estampó en ella la ira de un cielo lleno de humo gris, detrás del que se escondió su crisis encendida hasta que logró equilibrar sus latidos.

Charles Aznavour cantaba Ella, mientras vibraba su teléfono con una llamada de Gonzalo que nunca escuchó.


capítulo 4

Amiga

El momento fue todo;

el momento fue suficiente.

Virginia Woolf

A Stella no le gustaban las reuniones sociales, pero sí disfrutaba de su espacio en el trabajo junto a sus compañeras. No tenía paciencia con los niños, quizá por eso no había tenido hijos. En general, cada vez que la invitaban a cumpleaños, bautismos, comuniones o fiestas de quince de los hijos e hijas de sus amigas, un millón de excusas se le ocurrían para no ir. Cuando su amiga Elina le decía que la invitaban porque la querían, ella renegaba honestamente. ¿Quién podía considerar una manifestación de cariño el hecho de invitar a una mujer de cuarenta años sin hijos a un pelotero lleno de infantes que gritan, corren y apoyan sus manos pegoteadas en cualquier sitio? ¿O a una iglesia a resistir una ceremonia eterna en la que hay bebés que lloran y rituales con velas y agua? ¡Ni hablar si la elegían madrina! Eso no debía ser unilateral. Ella se disculpaba y alegaba que el niño o niña en cuestión merecía mucho más, pedía disculpas y fin del tema. Así, sus amigas de verdad reían y la comprendían. Pero una excompañera de la secundaria se había ofendido mucho al interpretar su negativa como un desprecio o una cuestión personal, y dejaron de verse. Peor aún las confirmaciones y esa serie de actos religiosos que los padres o las escuelas católicas les imponen a los chicos, como si la fe tuviese directa relación con cumplirlos.

A sus cuarenta años, luego de dos matrimonios y una vida entera creyendo que el amor podía ser como en el cine, había comprendido que El cuaderno de Noah era una magnífica obra de Nicholas Sparks, pero que la realidad de la mayoría de las mujeres, y por supuesto la propia, distaba mucho de conocer a un hombre así.

Era abogada, trabajaba en Tribunales como secretaria de una jueza de familia. Para sumar más ironía a sus intentos fallidos de matrimonio, su actividad profesional le imponía leer a diario gran cantidad de divorcios. Sin embargo, y a pesar de todo, creía en el amor. No tanto como para volver a casarse, pero en el rincón más soñador de su alma, esperaba a su Noah. En algún lugar del mundo tenía que existir un ser que la estuviera buscando.

Esa tarde disfrutaba de un café junto a dos compañeras de trabajo en un breve descanso. Se divertían mucho porque eran muy ocurrentes e irónicas. Siempre había alguna anécdota por la que reír.

–Tomémonos una selfie –propuso.

–¡No! –respondió Marisa.

–¿Por qué?

–Porque no puede salir en ninguna foto conmigo. En verdad no tiene permitido ser más mi amiga. “Soy mala influencia”. Así de ridícula es la cuestión –dijo Layla y estalló en una carcajada.

–No entiendo… –agregó Stella–. Trabajamos juntas.

–Sucede que a Marisa le encanta el pasante, ya sabes…

–Sí, pero tiene veinticinco años. ¡Es muy joven para ella!

–Bueno, como sea, tiene unos perfectos veinticinco años y unos glúteos muy tentadores. Marisa y yo estuvimos chateando sobre él y riéndonos, cada vez en tono más subido, y yo le dije que se saque las ganas.

–No veo el problema –comentó Stella–. Nada nuevo bajo el sol.

–El problema lo vio mi esposo, que leyó el chat, y ahora no quiere que me junte con Layla. Es más, pretende que cambie de lugar de trabajo, que pida un traslado –Marisa reía con ganas como si el conflicto no la involucrara.

–Imagínate, ella se quiere comer al chico, yo le digo bueno, dale y resulta que el esposo dice que la mala influencia soy yo. ¡Es genial!

–¿Cómo que te leyó el celular? –agregó Stella indignada por la invasión a la privacidad y dejando pasar por alto la cuestión principal que era esa intención de engaño descubierta.

Las tres comenzaron a reír.

–Ella es una tonta por no borrar conversaciones, pero tú y tu moral me generan dudas. ¡Mira que preocuparte por la privacidad!

La situación era graciosa. Tenían tanta confianza que los chistes no hubieran terminado de no haber sido por la jueza que interrumpió la pausa pidiendo expedientes y dando órdenes. Por lo que cada una regresó a su tarea.

De pronto, la imagen de Elina la invadió por completo cuando alguien comentó que se estaba incendiando Notre Dame.

Se desconcentró absolutamente. ¿Otro incendio? Justo en un lugar que significaba tanto para su amiga. No era justo. ¿Cuál era el mensaje del destino? ¿Qué tenía que aprender Elina de las llamas y de las cenizas?

Stella estaba convencida de que nada era casualidad. Todos los hechos ocurrían por una razón o, al contrario, no pasaban por una causa. El gran dilema era ¿por qué otra vez el fuego?

La llamó de inmediato pero no atendió el celular. Intentó con el teléfono fijo de la casa y fue Ita quien le respondió.

–¡Hola, Stellita! Está pintando. Algo no está bien.

–Notre Dame.

–No. La conozco y llegó a casa colapsada por la angustia. Notre Dame fue después y agravó su estado.

–Voy para allá.

–Te espero. Gracias.

Stella sintió que todo lo ocurrido ese día había quedado muy lejos. Eran esos momentos en los que el tiempo pierde su unidad de medida. Se detiene en la preocupación, se acelera en los interrogantes y se diluye en la impotencia. La esencia de la amistad volvía a unirlas.

Avisó a la jueza que debía irse y salió del Tribunal sin mirar atrás.


capítulo 5

Verdades

Nunca es triste la verdad,

lo que no tiene es remedio.

Joan Manuel Serrat

Madrid, España.

Gonzalo cerró los ojos. Nada era tan terrible como hacer el amor mirando hacia adentro, con la mirada detenida en la memoria de los momentos felices. Acariciar un cuerpo, pero sentir otro. Besar a una mujer imaginando que es otra. Beberse el deseo y estallar en el éxtasis del peor engaño: el que se hacía a sí mismo. ¿Acaso sería esa la realidad de muchos? Era la propia.

Esa noche no era distinta de las anteriores durante los últimos meses, hasta que escuchó las palabras que incomodaron el silencio que acompaña la agitación que subyace al orgasmo:

–Ven a vivir conmigo –dijo Lorena. Las palabras se le habían escapado de su boca. Algo en ella sabía que él no estaba preparado para eso y que quizá, incluso, le diera miedo, pero no pudo evitarlo.

Él permaneció callado mientras movió el brazo derecho con el que la abrazaba y lo ubicó sobre la almohada detrás de su cabeza tomando sutil distancia.

–Sabes que no puedo hacerlo –atinó a decir.

–¿No puedes o no quieres?

–Las dos cosas –hubiera preferido no ser tan cruel, pero respondió sin pensar.

Lorena se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Parecía que iba a partir, pero estaban en su casa.

–Discúlpame. Me gusta estar contigo, pero vivir juntos es un paso que no estoy preparado para dar.

–Porque no me amas… –dijo con tristeza.

–Creo que no estamos en la misma frecuencia, tú vas más rápido. Yo siento que estoy bien cuando estamos juntos y quiero que estés bien a mi lado, pero de ahí a una convivencia… falta camino por recorrer. Eso sin mencionar que sabes que tengo a cargo a mi padre y a mis tíos y que no los dejaré librados a su suerte o en manos de una cuidadora.

–No quiero perder más tiempo. Tengo treinta años y hace meses que estamos juntos. Es por ella, ¿verdad?

–¿Por quién? –preguntó como si no lo supiera.

–Por la mujer de París –Lorena sabía porque cuando aún no habían comenzado a salir, Gonzalo le había contado que se había enamorado en Francia, pero que no podía ser. Que todo quedaba reducido a aquellos días.

–Ella está de regreso en su país y es muy lejos de aquí.

–No respondes mi pregunta. ¿Es por ella?

–Es por mí. No deseo hacerlo. No te he prometido nada más que lo que tenemos.

–No me alcanza. Puede que sí al principio. Pero me enamoré de ti y esta relación empieza a dolerme.

Gonzalo, ya de pie y también vestido, la abrazó con cariño. No había pasión en ese contacto. Tomó su rostro con ambas manos y la miró directo al corazón.

–No quiero mentirte ni lastimarte. Solo esto puedo ofrecerte. Perdóname –la besó en la frente y vio rodar sus primeras lágrimas. Entonces decidió partir.

Esa noche comenzó a sentirse prisionero de la soledad en España. No conseguía desprenderse del amor que Elina había despertado en él, aunque no lo confesara. Más allá de haber intentado tener otra pareja. El tiempo no era su aliado y tampoco la distancia. En su caso, ni lo uno ni lo otro habían sido causa de pensarla menos. El olvido, suponía, pertenecía a seres con otra capacidad de sentir. Quizá la tecnología y sus avances, que le daban la posibilidad de verla a través de una videollamada y de estar comunicados, no ayudaba en lo más mínimo.

Establecido desde niño con su padre en Guadarrama, un pueblo cerca de Madrid, había logrado instalarse allí y trabajaba en la posada familiar. Recordó a su padre diciéndole: “Donde tengas techo y trabajo, ahí debes vivir”. Una orden de amor basada en la propia experiencia doliente de haber padecido necesidades y con la intención de que su único hijo tuviera una vida mejor.

Signados por la pobreza y la adversidad, habiendo fallecido su madre al nacer él, habían abandonado Uruguay para radicarse en España. Un tío, el hermano doce años mayor de su padre, les había pagado el pasaje conmovido por la tragedia. Como era dueño de una posada en ese pueblo, le ofreció empleo a su hermano, en las tareas de mantenimiento, ya que se daba idea para todo tipo de reparaciones: era albañil pero conocía también de electricidad y plomería. Además, su esposa, que no podía tener hijos, se había ilusionado con ayudar a criar al niño. Así, Gonzalo había crecido en las cercanías de Madrid, en el marco de un lugar encantador, con pocos habitantes y mucha paz.

Conoció a Elina en París durante su primer viaje, gracias a que su padre y su tío habían insistido en que se tomara un descanso.

A su regreso a casa, todo se había complicado. Sus tíos estaban grandes y las limitaciones de los años comenzaban a afectar las rutinas. Su padre se había caído y se había fracturado la cadera. Su tía, Teresa, debido a un Alzheimer, requería cuidados diferentes cada día y su tío elegía cuidarla personalmente. En ese escenario debía hacerse cargo del pequeño negocio y de los tres integrantes de su familia mínima pues les debía cuanto él era, aunque eso significara sacrificar su relación con Elina, por quien habría abandonado España sin pensarlo.

***

Esa mañana antes de ir a trabajar, su tío le preparó el desayuno. Lo atendían y lo amaban igual que cuando era pequeño.

–Te hice pan tostado, Gonzalo.

–Gracias, tío. No debiste. Podías dormir un rato más. Soy un hombre, ¿recuerdas? –preguntó con cariñoso humor.

–¡Eres quien nos mantiene vivos! No me gusta la vejez. La gente no debería envejecer.

–Son las reglas del juego. ¡Nos ocurrirá a todos, sin excepción! –respondió minimizando un tema que sabía era mucho más profundo.

–Exacto. No debería ocurrirle a nadie.

–¿Por qué?

–Porque no es algo para lo que uno pueda estar preparado. Si te enfermas y te pierdes, como mi Tere, dejas de ser quien eras para convertirte en el resultado de lo que la enfermedad y los medicamentos dejan en tu lugar. Y si te va peor y permaneces lúcido, eres testigo de las atrocidades que el tiempo puede hacerle a la gente que amas. No es algo justo.

–A ver… –dijo y se puso de pie. Ya había comido su pan tostado y bebido su té. Abrazó a su tío Frankie por unos segundos. Sintió su dolor–. Ordenemos un poco estas ideas, tío. ¿Has sido feliz?

–Muy feliz.

–Entonces, creo que todo ha sucedido de la manera que debía ser. La vejez, es cierto, no pide permiso y no es igual para todos, pero justifica la experiencia. Es el propósito de los ejemplos a seguir.

–Tú hablas lindo, como siempre, pero eso no cambia que soy viejo y no me gusta ver cómo mueren amigos o se deteriora mi esposa como si fuera atropellada cotidianamente por el tren inhumano del tiempo.

–Tú sí que eres tremendista. Basta ya. Estamos juntos. Estaremos bien.

–No. Tú cargas con tres viejos y debes hacer tu vida –era testarudo y, la mayor parte de las veces, tenía razón. En ese caso, Gonzalo no iba a reconocerlo.

–Yo hago mi vida.

–¿Y la mujer de París?

–La mujer de París quedó atrás.

–Te conozco. Te hemos criado. Mientes. Ahora vete a trabajar, que llegarás tarde –el tío Frankie decidía siempre cuando empezar una conversación y el momento de terminarla.

–Tío, nuestro hotel está junto a la casa. Ya sé… no quieres seguir hablando.

–No. Tú no entiendes lo que es ser viejo.

Gonzalo sonrió. Algo de razón había en sus palabras. Si Elina ocupaba su corazón y sus pensamientos y no hacía nada por recuperarla, ¿estaba realmente “haciendo su vida”?

Muchas verdades se mezclaron con la sabiduría de su tío Frankie. Era verdad que él no entendía lo que era ser viejo porque simplemente no lo era. Pura teoría en su caso. Lo atravesaron preguntas y una gran confusión de sentimientos. Entonces, las imágenes en el televisor de la recepción de la posada, al entrar, le mostraron a Notre Dame arder. Se le anudó la garganta. Llamó a Elina, ella no respondió.

Los recuerdos podían, a veces, devorarse el presente al extremo de convertirlo en la suma de momentos vacíos que evocan más y mejor el pasado.


capítulo 6

Lágrimas

Las lágrimas son la sangre del alma.

San Agustín

Montevideo, Uruguay.

Stella buscó en su celular los periódicos digitales del mundo, y todos informaban la noticia del incendio.

Un fuerte incendio consume este lunes a la Catedral de Notre Dame de París, uno de los monumentos históricos más importantes de Francia, que cada año recibe a millones de turistas de todo el mundo. Las llamas se originaron en la estructura que sostiene el techo del templo, donde se estaban realizando trabajos de restauración, leyó.

No pudo evitar preguntarse si se trataría del ático, sabiendo que ese lugar era el que amaba su amiga. Siguió buscando noticias para saber la respuesta.

El fuego provocó el derrumbe de la aguja central y de la estructura completa del techo, ante la frustración de los bomberos, que no logran llegar al epicentro del incendio.

Y así eran casi todos los titulares. Algo en su interior le gritaba que se trataba del lugar de la fotografía de Elina y su encuentro con Gonzalo.

Cuando Stella llegó a casa de su amiga, ella había abandonado la pintura del cuadro y se estaba dando una ducha.

–Hola, Ita. ¿Te ha dicho algo? –preguntó después de saludarla.

–No, nada. Me preocupa mucho. Hace tiempo que no la veo con una angustia semejante.

–¿Dices que regresó mal y que luego la afectó más lo de Notre Dame?

–Sí. Así fue. Yo la conozco. No me gritó desde abajo como hace siempre y tenía esa expresión… La misma de desamparo que cuando era niña. Me duele tanto… Para peor, el fuego otra vez… y en Notre Dame… –se le caían las lágrimas.

–No llores, Ita. Esto también pasará –la consoló y la rodeó con sus brazos–. ¿Tú cómo estás?

–Bien. Solo mi flebitis y estas várices que no sanan. La diabetes que no deja cerrar mis heridas… ¡Como si tuviera ochenta! –agregó con sarcasmo y cierto humor–. Pero es Elinita lo importante –continuó–. Ve a su dormitorio, yo les prepararé algo para cenar. Te quedas, ¿verdad?

–Sí.

***

–Elina Fablet, ¿qué está sucediendo? –preguntó con cariño cuando entró a la habitación. La llamaba por su nombre y apellido cuando deseaba poner énfasis en su atención.

–Hola...

Stella miró a su alrededor.

–¡Dios! ¿Te entraron a robar? –dijo en alusión al desorden del dormitorio.

Elina sonrió.

–Siempre logras hacerme reír y créeme si te digo que deberás esmerarte mucho de ahora en adelante –tenía la computadora portátil sobre la cama y estaba sentada con las piernas cruzadas delante de la pantalla.

–¿Trabajas?

–No… Busqué mucha información sobre algo y recién miraba imágenes de Notre Dame… Estoy muy triste.

–Bueno, solo se ha quemado una parte, no se ha muerto Gonzalo ni lo que ustedes vivieron… París sigue allí –dijo intentando minimizar la cuestión. Aunque claramente lo que evocaba sus heridas era el fuego más allá de todo.

–Lo sé…

–¿Qué es lo que ocurre? ¿Algún caso de niños abusados?

–No. No adivines… No lo lograrías aunque tuvieras toda la vida.

–Entonces cuéntame.

–Fui al médico… Después de tantas idas y vueltas, de visitar diferentes especialistas explicando cada síntoma, parece que he logrado que me digan qué tengo.

–¿Qué tienes?

–Según mis análisis, biopsia de glándulas salivales, varias pruebas diagnósticas y el test de Schirmer, tengo un raro síndrome. Se llama Sjögren –dijo mientras leía el nombre de la pantalla, le costaba retenerlo.

–¿Qué es eso?

–Es una enfermedad autoinmune, sistémica, reumática y crónica. Con una variedad tremenda de manifestaciones –respondió leyendo de la pantalla las características–. La sequedad en mis ojos, mi cansancio, la poca saliva, que implica la necesidad de tomar mucho líquido… son algunas de ellas. No puedo llorar, no genero lágrimas. ¿Imaginas eso?

Stella se esforzaba por comprender y por no demostrar desesperación. Realmente amaba a su amiga y eso de no poder llorar… ¿Qué locura era esa? Todo el mundo puede llorar.

–¿Qué dices? No exageres, no será para tanto…

–Lo es. Es una enfermedad autoinmune. Por si no lo sabes, eso quiere decir que la ha generado mi propio cuerpo. Algo así como que me ataco a mí misma. Es muy simbólico, ¿no te parece?

–Sé lo que significa “autoinmune”, pero no termino de entender por qué hablamos de eso –era cierto. De pronto, supo por la expresión de Elina que la cuestión no era menor.

–Tengo un síndrome. Y por lo que me ha sucedido hoy y todo lo que termino de leer, es probable que ya no pueda volver a llorar.

Stella trataba de ser consecuente consigo misma y no exagerar. Siempre intentaba darles a los problemas el tamaño real y reaccionar de manera calma cuando algo grave ocurría. Pero se trataba de su hermana del alma, de su mejor amiga. Habían sido vecinas desde la infancia de Elina y amigas desde su adolescencia. Le llevaba diez años y eso suponía que su experiencia siempre era útil. No estaba ocurriendo en ese momento. No era justo otro revés de la vida contra la mejilla de Elina. Mientras sus pensamientos la empujaban a enojarse con el destino, su razón le imponía prudencia.

–¿Qué es lo que dijo el médico y qué has leído? Hasta donde sé, lo peor que se puede hacer con temas de salud es buscar en internet.

–No ha dicho mucho más que lo que te he contado y debo agradecer que, después de tanto visitar médicos de diferentes especialidades, este ha dado con el diagnóstico a pesar de no haber servido de gran contención. Leyendo confirmé que todos mis síntomas se condicen con este raro síndrome que, por suerte, en mi caso no está asociado a otra enfermedad ya que la más habitual es la artritis. Sin embargo, el “ojo seco” y este malestar… –comenzó a sentir angustia y a elevar el tórax para respirar mejor.

Stella la abrazó unos instantes.

–¿Dices que todos tus malestares no eran cosas comunes, sino que todo tiene que ver con esto? –preguntó recordando las distintas cuestiones que habían aquejado a su amiga sin respuesta médica, hasta ese día.

–Sí, eso digo. Yo no estaba loca ni era hipocondríaca.

–Jamás pensé eso.

–Yo sí, por momentos. Estoy muy angustiada –dijo Elina, y su amiga sintió una puntada de impotencia en el corazón al escucharla–. ¿Sabes qué? –continuó–. He querido llorar cuando vi que se quemaba Notre Dame, y no pude… –confesó.

–Nada es tan definitivo. Nadie se queda sin lágrimas. Seguramente, te has sugestionado con el tema. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste? –preguntó para demostrar su teoría.

Elina buscó sin éxito en su memoria. Era cierto que evitaba la angustia, pero aun así no era capaz de recordar en un pasado inmediato ni una fecha ni un motivo concreto. Sus penas eran crónicas. Ya no lloraba, pero en ese momento, que sabía que no podía, quería.

–No me acuerdo. Solo puedo decirte que hoy he querido nadar en llanto y no pude derramar ni una sola lágrima –repitió.

–Bueno. Si esto fuera así, que no creo, te daré las mías.

***

Compartieron la cena con Ita, a quien entre las dos intentaron explicarle lo que todavía no lograban entender.

–Elinita, ¡ojalá me quedara yo sin lágrimas! Hay que analizar esto de un modo optimista. Tendrás que ser feliz y expresar tu emoción de otra manera –dijo con sabiduría–. En cuanto a la saliva, toma agua y listo. Además, te prepararé jarras de limonada con menta y jengibre, para que cuando quieras tengas algo rico que beber.

Bernarda había aprendido que toda enfermedad tenía un origen, el hecho de ser autoinmune era algo mucho más profundo. Era evidente que la historia familiar no era ajena a lo que esos análisis mostraban. El cuerpo siempre encontraba el modo de gritar su dolor. Ella lo sabía muy bien. Su flebitis, según su amiga Nelly, era ocasionada por la acumulación de tristezas y experiencias negativas en su vida que no habían sido exteriorizadas ni resueltas. Le decía que constantemente las recordaba y estas invadían todo su ser y su cuerpo. Nelly era una docente jubilada que no cesaba de hacer cursos y de involucrarse con las “otras verdades” como ella las llamaba, “las que había aprendido de vieja”. Seguro le daría tema de investigación con esta cuestión del síndrome de las lágrimas que tenía un nombre tan difícil.

Ita pensó en su hija, Renata, que en paz descansara. Elevó la mirada buscando a Dios y su amparo. Él sabía que no había podido entender su comportamiento. No la amaba menos por eso. Hubiera querido abrazarla. No estaba y su ausencia dolía. En silencio, la evocó y le suplicó que ayudara a su nieta, después de todo era la madre. Si eso no había ocurrido de la mejor manera mientras vivía, que se ocupara de ella al menos desde la eternidad.

Mientras, Stella y Elina miraban las noticias, el presidente francés, Emmanuel Macron, habló ante la prensa, a pocos metros de Notre Dame. Aseguraba que lo peor había sido evitado y advertía que la catedral sería reconstruida.

–¿Lo ves? –dijo Stella–. No debes angustiarte más.

–No es solo París. Es el fuego, no puedo con él. Me trae recuerdos que prefiero olvidar y justamente hoy, que ha sido un día terrible…

Entonces, sonó su teléfono celular. Era Gonzalo.

–Hola…

–Te extraño –dijo su voz que sonaba a música.

Elina sonrió.


capítulo 7

Lisandro

La vida no te está esperando en ninguna parte,

te está sucediendo…

y si te pones a buscar significados en otra parte,

te la perderás.

Osho

Lisandro conversaba durante los últimos minutos de sesión con Julieta, una paciente por la que sentía especial cariño. La joven de diecisiete años, según su madre, tenía problemas de conducta y era rebelde por naturaleza.

–No resisto estar con Mercedes. Me controla, me exige y no me deja ser yo. Es insoportable –la llamaba por su nombre en vez de mamá porque era un modo de poner distancia.

–Es algo extrema esa posición. Puede que no lo haga de la mejor manera, pero es tu madre y no dudo que quiere lo mejor para ti.

–Li –así le decía–, no te conviertas en un psicólogo común. ¿Por qué estás tan seguro de que quiere lo mejor para mí? ¿Porque en la mayoría de los casos es así? –se respondió así misma preguntando–. Bueno, en este no –replicó.

–¿Por qué crees eso?

–Porque no haría las cosas que hace si quisiera lo mejor para mí y la familia. Papá es distinto –agregó.

–¿Qué hace ella?

–Por sus actitudes, lo engaña –confesó lapidaria–. ¿Sabías que cuando nací el cordón umbilical de cincuenta y cinco centímetros estaba enredado alrededor de mi cuello? Me lo contó mi tío, que asistió el parto. ¿Qué te dice eso?

–¿Qué debería decirme?

–¡Que intenté suicidarme en su vientre para no tener que aguantarla! ¡Una bebé con un gran instinto! –dijo con ironía.

Julieta era muy inteligente. Solía interpretar los hechos y buscar simbolismos. Lisandro disfrutaba de su sagacidad.

–Tal vez haya sido así –concedió–, pero no es menos cierto que permitiste que tu tío hábilmente impidiera que ese cordón te ahogara. ¿Eso que te dice?

–Que mi tío no conocía bien a mi mamá.

–¿Qué te dice de ti? Olvida a tu madre por un momento.

–¿Qué no fui lo suficientemente intuitiva?

–No. Te dice cómo eres. Habla de tu capacidad para dar oportunidades y de que, en el fondo, creíste que ella podía hacerlo bien –Lisandro conocía a Mercedes, por eso le hablaba sin dudas. Ella misma lo había consultado antes de llevar a Julieta. Era una mujer difícil pero no era mala. Egoísta, sí, pero no mal intencionada. No obedecía al modelo de madre que hace todo por sus hijos, sino a la que piensa en ella misma, convencida de que los hijos se irán un día cualquiera dejándola atrás.

Julieta se quedó pensando por unos instantes.

–Creo que no tienes razón. Solo deseo tener dieciocho para irme.

–¿Adónde irás?

–No lo sé, pero seré mayor de edad. Ya no podrá molestarme.

–Es cierto, tendrás los años, pero no los medios. Dependes económicamente de tu familia.

–Buscaré un trabajo.

–Es una alternativa, pero no es tan sencillo. Iremos paso a paso.

–¿Por qué no has dicho nada sobre lo que te dije?

Lisandro sabía que se refería a la infidelidad de su madre.

–Porque mi paciente eres tú y lo importante es que yo te ayude a que puedas ser aliada de tu carácter. Que controles tus impulsos y que aceptes los padres que te tocaron en suerte. Con quién, según tus sospechas, duerme tu madre no es el centro de esta terapia –Lisandro suponía que Julieta estaba segura. No era una joven que se atreviera a decir algo así si no estuviera totalmente convencida.

–No es un dato menor.

–No. No lo es. Si te parece, la semana que viene hablaremos sobre cómo te afecta esa decisión. Ahora quiero que te centres en comprender que ocupas el rol de hija en esa casa y, aunque tu madre no haga lo que tú esperas de ella, debes respetarla. El matrimonio de tus padres no es asunto tuyo. Juzgarlo, tampoco.

–Está bien… –dijo de mala gana. Quería realmente a Lisandro y confiaba en él. Por eso lo escuchaba.

Se despidieron con un abrazo que la joven le dio, como al final de cada sesión. Él lograba una empatía poco habitual con sus pacientes. Internamente rio al pensar en la teoría del cordón enredado.

***

La reunión de padres del kínder de Dylan ya había comenzado cuando Lisandro llegó. Eran todas mujeres. Pensó que debía llamarse reunión de madres. Se sintió observado de pies a cabeza. Lejos de sentirse bien al saber que allí había miradas de deseo, estaba incómodo.

La maestra habló sobre el desempeño de los niños, los proyectos anuales y una obra teatral que estaban organizando en la que los padres serían los actores de un cuento. Lisandro amaba ocuparse de su hijo, pero lo irritaba ver que las maestras se dirigían a los adultos del mismo modo que a los niños.

–A ver, papis… ¿Quién se anima a ser príncipe? –la mirada fue directo a Lisandro.

–¿Cuál es el cuento? –preguntó.

–Blancanieves.

–Pues hay allí siete enanitos, así que, o deberá aumentar la convocatoria masculina, o las presentes deberán actuar de hombre –dijo con una sonrisa. A partir de allí, todas comenzaron a hablar a la vez y él se abstrajo.

Pensaba ya en lo siguiente que tenía que hacer, que era ver a su amigo Juan. Había decidido no participar ni como príncipe ni como enano, y no podía decirlo en ese lío en el que no se respetaban los turnos para hablar. Su hijo era varón, pero además pensaba que ese mensaje subliminal para las niñas de que un príncipe vendría a rescatarlas distaba mucho de la realidad. Según su mirada, ese no era el rol de las mujeres. Su hermana, Belén Bless, vivía en Buenos Aires y, aunque no se veían seguido, tenían una relación muy cercana. Ella se reiría mucho cuando le contara que, otra vez, las reuniones del kínder eran todo lo que no le gustaba.

***

Como cada jueves, Juan esperaba a su amigo Lisandro en la cancha donde jugaban al paddle durante un turno de una hora y media. Luego, bebían algo en el bar del club y conversaban. Ambos eran hombres de rutinas deportivas y de hacerse espacio para estar en contacto.

Juan se había divorciado siete meses atrás y la relación con su ex, María, no podía ser peor. Tenían una hija de doce años, Antonia, que era rehén de todos sus problemas no resueltos. Un caso de manual. Juan la había engañado varias veces y la última de todas ellas había colapsado la capacidad de tolerancia y perdón de María. Todavía enamorada de él, pero lo suficientemente indignada y furiosa, no podía reconocer otro sentimiento que no fuera ira y enojo. Peleaban por todo y, por supuesto, el dinero era quizá la mayor demanda. Juan, aunque no deseaba volver, anhelaba una tregua, algo de paz.

–Estoy cansado, no se conforma con nada. A veces, la desconozco –dijo a modo de confesión cuando tomaban un refresco.

–Está enojada. La traicionaste… y no una vez. Ya se le pasará.

–No lo creo. Dijo que si no aumento el monto del dinero que le doy para Antonia, me demandará. ¿Puedes creerlo?

–Claro que puedo. Es lo habitual en casos como el tuyo. Llega a un acuerdo, ese es mi consejo.

–No gano tanto dinero. No hay acuerdo posible, es lo que ella quiere o nada.

–Contrata un abogado y que él se ocupe, sé justo en tu ofrecimiento. Se trata de tu hija y de la madre. Una buena mujer, a quien, por cierto, le hiciste la vida bastante difícil.

–¡Contigo no necesito enemigos! –dijo riendo.

–Yo no miento –replicó.

–Lo sé… es la verdad. Me arrepiento de lo que hice con mi matrimonio, con mi familia. A mí me gusta la vida en pareja. Extraño eso.

–¿Es un chiste?

–¡No! De verdad, quiero conocer a alguien, me quiero enamorar.

–¡Dios! Primero deberías madurar un poco. Resolver tu capacidad de elegir. Luego de María, te has involucrado con chicas muy jóvenes para tus cuarenta o con mujeres casadas. Eso me dice que no buscas un compromiso.

–No sé… me gusta tener con quien salir y odio dormir solo. Tú eres distinto. Tienes a la ex de los sueños de cualquier divorciado y a Dylan. ¿No necesitas una mujer? Digo… ¿No piensas en eso? ¿No quieres una pareja? No solo sexo. Hablo de ir al cine, a cenar, pensar en que tienes ganas de verla; en fin, enamorarte otra vez.

–La verdad… no mucho. Sabes que tengo algún encuentro ocasional, pero estoy bien. No creo que enamorarse sea un plan, supongo que simplemente sucede.

–Te envidio. Para mí es una cuestión hasta de agenda, te diría.

–¿Agenda? –sonrió con ganas–. ¡Claro, por eso te enamoras tan seguido! No deberías tenerlo como objetivo diario y tampoco envidiarme. Si comparas, nuestra situación es la misma, la diferencia son nuestras decisiones y prioridades. Céntrate en Antonia, en recomponer el vínculo con María. Luego, alguna mujer adecuada llegará.

–Lisandro, ¡el gurú de la paz y el amor! –se burló–. Te agradezco el consejo.

–Sé que lo agradeces, pero no lo tomarás. ¿Qué harás esta noche?

–Aún no lo sé. Mi programa depende “de un esposo”.

–¡No cambias más!

***

Un día más en la vida de Lisandro le marcaba el ritmo del aire puro que respiraba. Todo en su mundo fluía. Sin embargo, la conversación con Juan lo había dejado pensando. ¿Quería enamorarse? ¿Existiría una mujer que pudiera amar a Dylan tanto como a él y aceptar su relación con Melisa? De pronto imaginó que sí, y no pudo evitar fantasear con ella. ¿Cómo le gustaría que fuera? La respuesta le llegó en una sola palabra que no venía de la mano de una imagen física: “Diferente”. Él no era un hombre común, en el sentido de alguien apegado a estructuras convencionales. Si había una mujer en su destino, tenía que ser distinta a todas las demás.


capítulo 8

Sjögren

Me han diagnosticado recientemente síndrome de Sjögren,

una enfermedad autoinmune que es una condición médica

continua que afecta a mi nivel de energía y causa fatiga

y dolor en las articulaciones.

Venus Williams

Stella vivió consternada los días posteriores al diagnóstico de Elina. Como abogada, sabía muy bien investigar un tema a fondo, y lo había hecho. Una semana después, se había informado tanto sobre el síndrome como era posible en su condición. Incluso había consultado a un amigo que era reumatólogo, quien le había dicho que los médicos en general no sabían demasiado de esa patología. Existían organismos en algunos países, por ejemplo, la Asociación Española de Síndrome de Sjögren (AESS) y grupos cerrados de Facebook de Argentina y otros países, a los cuales se unían personas afectadas y contaban sus experiencias o hacían consultas, que los demás respondían enseguida. Lo sabía porque formaba parte de ellos. Al solicitar su ingreso había manifestado la verdad, su mejor amiga padecía el síndrome y ella deseaba saber cómo podía ayudarla. La habían aceptado de inmediato.

Stella se dio cuenta, luego de leer diferentes testimonios, de que había dos caminos paralelos: la vida cotidiana de los que, como Elina, habían sido alcanzados por la enfermedad, y la medicina desarrollada en un campo más bien teórico. Las dificultades de su diagnóstico, en casi todos los casos, se repetían. Los pacientes habían ido de una consulta a otra, y todos sus síntomas habían sido considerados, al principio, de manera aislada. Las molestias severas en la vista, en otros casos en la boca, el cansancio, dolores articulares y tener fiebre resentían su calidad de vida. Pero quizá, lo más grave, no fuera que no podían comer una pizza sin que eso significara una tortura por la poca producción de saliva, sino lo irremediablemente solos que se sentían.

Stella no permitiría que su amiga se sintiera excluida. Estaba indignada por descubrir que, en tiempos en los que la sociedad se llenaba de palabras de inclusión, las personas en general, como le había ocurrido a ella, no conocían el síndrome de Sjögren. ¿Qué pasaba con el lado humano de los seres sensibles? ¿Cuántos síndromes ignoraba mientras personas diferentes sufrían doblemente por los padecimientos físicos y, además, por la incomprensión del entorno?

Se repetía, como en una campaña de concientización, que había que sumarse y difundir. No porque ella fuera la reina de la bondad, sino por una causa objetiva y fatal: no se investiga aquello que no se conoce. Y sin investigación no hay ensayos clínicos y sin ellos, sacarle ventaja al síndrome se convierte en utopía.

Stella se cuestionaba si no éramos el otro, si no debíamos ser uno con las causas que afectaban al prójimo y ayudar, comprender e informarse. Layla y Marisa, sus compañeras de trabajo, habían averiguado algunas cosas.

–¿Saben que hay un Día Mundial del Síndrome de Sjögren? –comentó Marisa–. Es el 23 de julio. La fecha elegida para la efeméride conmemora el nacimiento en 1899 del oftalmólogo sueco Henrik Sjögren, responsable de la primera descripción del síndrome en el año 1933. Y el mes de la concientización es en abril aunque la mayor actividad en este sentido se desarrolla en España. Lamentablemente, no alcanza a todos los países por ahora.

–¿No encontraste nada más útil? –replicó Layla.

–Bueno, también leí que hay personas que se sienten mejor desde que van a yoga o meditan –se defendió–. Quise saber de dónde salía un nombre tan difícil –explicó–. ¿Y tú qué buscaste? –preguntó en franca competencia. Stella las escuchaba.

–Bueno. Leí que es importante que los pacientes siempre tengan un kit encima: una botella de agua, gafas de sol y las gotas para los ojos. Hay unas pastillas, TheraBreath, que ayudan con el tema de la boca seca también.

–Les agradezco que se hayan preocupado.

–Le tocó a Elina, pero pudo ser cualquiera de nosotras. Leí que todavía no se ha descubierto algo que modifique el curso de la enfermedad. Por eso el síndrome está catalogado por los principales organismos europeos como una enfermedad “huérfana”, ya que todos los tratamientos se dirigen únicamente a la paliación de sus síntomas. Dile que no se sienta sola –dijo Layla. Ambas conocían a Elina y, aunque no las unía una amistad, se habían sumado a la causa.

–Gracias –hizo una pausa. Valoraba la preocupación de las dos–. ¿Y ustedes ya pueden tomarse fotos juntas? –preguntó cambiando de tema.

–Bueno, en realidad no. Pero eso lo hablamos después…

La jueza interrumpió la conversación para darle diferentes indicaciones a cada una.

Cuando salió de trabajar, Stella fue a la oficina de Elina. Llegó y la observó a través del vidrio. Conversaba con un niño pequeño mientras él dibujaba en una hoja. Su escritorio estaba desordenado, había lápices de colores y crayones sobre los expedientes judiciales. Elina sonreía. Sobre la mesa, una botella de agua mineral y un vaso. La vio beber varias veces en pocos minutos. Sentía que el alma se le rompía. Tenía que encontrar una solución. ¿Acaso no había sufrido ya suficiente? El rechazo de su madre durante toda la vida, su muerte en el incendio… separarse de Gonzalo. Nada parecía justo. No lo era.

De lejos la vio y la saludó levantando la mano. Un rato después, salían juntas de allí.

–¿Cómo estás?

–Peor que como me veo. Por momentos, enojada; otros, muy triste y la mayoría del tiempo, con miedo.

–Es lógico. ¿A qué le temes?

–A no saber hasta dónde esta enfermedad se metió en mi vida. Es más fácil dar batalla cuando el oponente es directo por cruel que sea. Mi madre nunca me quiso, no sé por qué, pero siempre supe que era así. Pude vivir con eso. Pero en este caso… no sé si me quedaré sin dientes, o si jamás volveré a llorar o si el cansancio no me dejará levantarme un día… en fin.

–Más despacio, Eli. No seas tremendista. No voy a mentirte, no bailas con el más lindo de la fiesta. Para decir la verdad, te ha tocado uno bastante feo, pero no por eso va a matarte –sonrió ante su ejemplo–. Y la música sigue sonando.

–Estoy lejos de una fiesta. Agradezco tu apoyo, pero no quiero hablar más de esto. No hace falta porque sigue estando allí –dijo mientras miraba hacia una esquina y la otra como buscando algo.

–¿Qué buscas?

–El auto.

–¡Dios, Elina, no puedes ser tan distraída! ¡Toda la vida igual! –sonrió.

–En realidad… –comenzó a decir mientras buscaba algo en su bolso.

–¡¿Y ahora qué perdiste?!

–Nada, es que no sé si vine en el auto. Busco la llave para confirmarlo.

Stella se sintió contenta de ver que al menos su distracción estaba intacta. De pronto comenzó a sonar un teléfono.

–¡Atiende que me irrita el tono de llamada de tu celular!

–Elina, no es el mío, es el tuyo.

Ambas rieron.

–Se ve que el síndrome no altera mis características más elementales –dijo con cierto humor temporal.


capítulo 9

Vejez

Hay un momento en la vida en que dejamos de mirar

y nos dedicamos a ver. Ya no buscamos con los ojos.

Fijamos la mirada en un punto del presente o del pasado

y las imágenes llegan solas, repetidas, escuchadas. Es la vejez.

Alejandro Palomas

Guadarrama, España.

Gonzalo abandonó la posada por un rato y regresó a su casa como cada día desde la caída de José, su padre, con la finalidad de ayudarlo a ir al baño. Agradecía que la casa fuera en planta baja. Solo cuando hay una persona mayor que comienza a tener problemas, las personas valoran algo tan simple como el hecho de que la vivienda no tenga escaleras.

Entró y vio a su tía Teresa mirando una película, o al menos eso parecía. La enfermedad de Alzheimer era un fantasma, un enemigo invisible que disfrazaba de normalidad visual los extravíos. Se acercó y la besó en la frente. Estaba seguro de que el contacto físico la traía de regreso a los vínculos, aunque hubiera desorden en sus recuerdos. Entonces, al hablar, la miraba directo a los ojos, o le tomaba la mano o le daba un beso, gestos que para ella generaban la consecuencia directa de conectarla con su vida familiar.

–Hola, hijo –lo saludó con ternura y sonrió.

–Hola, tía. ¿Cómo estás hoy? ¿Te han dejado tranquila papá y Frankie? –toda la vida habían hecho bromas sobre que era la única mujer en el mundo capaz de soportar esos hermanos.

–Bueno, sí. Hoy, mi Frankie dijo que él se ocupará de todo. No quiere que tú tengas que cuidarnos.

Por un momento, Gonzalo sintió que había coherencia en sus palabras. A pesar de su diagnóstico y de su pérdida progresiva de la memoria, muchas veces ocurría que sus diálogos tenían sentido. Tere seguía allí en esos momentos. Era como si los sentimientos la conectaran con la realidad de los vínculos más allá de los olvidos y la confusión de sus recuerdos.

–Me gusta cuidarlos. Es lo que ustedes han hecho conmigo siempre –respondió. Se acercó, tomó sus manos y les dio un beso en cada una. Ella sonrió.

–Eres bueno –agregó.

De pronto escucharon un ruido que provenía de la habitación. Gonzalo fue de inmediato.

–Tío, papá… ¿Qué hacen? –exclamó mientras se acercaba con cuidado. José, apoyado con una mano sobre el andador y la otra sobre el hombro de su hermano, caminaba hasta el baño. Sin querer, habían roto un portarretrato que se les había caído al suelo.

–Hijo, el tío Frankie me lleva al baño –respondió como si Gonzalo no se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo.

–El tío Frankie es un viejo torpe, pero puede cuidar a su hermano. Esa fotografía no tenía que estar ahí –dijo con alusión al portarretrato roto. Hablaba en tercera persona–. Vamos, camina –le indicó a José, quien le robó otro paso al destino.

El cuadro era la imagen de la obstinación. Ambos hermanos eran de contextura robusta. El hecho de que pudieran caerse era bastante probable, considerando el peso y la situación de inestabilidad de José y que Frankie era doce años mayor. Sin embargo, Gonzalo entendía la resistencia a aceptar la limitación física y buscó la manera de evitar un accidente intentando no hacerlos sentir inútiles.

–Bueno. No digo que no puedas ayudarlo, tío, pero creo que es más seguro si lo haces de esta manera: párate delante de papá –sugirió. Frankie lo hizo. Gonzalo quitó el andador de allí y José se sostuvo de su brazo–. Ahora, papá, apoya las manos sobre los hombros del tío y caminen juntos paso a paso.

Con movimientos lentos y cautelosos, ambos le hicieron caso y llegaron al baño. Gonzalo los sostenía con la mirada y permanecía tan cerca como la dignidad de esos hombres le permitía. Lo querían hacer solos. Y estaba bien, era entendible.

–¿Y ahora? –preguntó Frankie.

–Ahora, papá, apóyate en el lavabo y gira. Tú, tío, asegúrale el equilibrio sosteniéndolo de las axilas. El resto puede hacerlo solo.

–Yo no puedo creer que algo tan simple como orinar sea como escalar el Everest –se quejó Frankie–. Estamos viejos, ¡hay que hacer algo!

Gonzalo sonrió.

–¿Algo como qué? –preguntó con curiosidad.

–Como no es posible que la máquina del tiempo retroceda, creo que debemos morirnos los tres juntos de una vez.

–Es una solución muy “tío Frankie” –volvió a sonreír–, pero no sucederá.

–Tú qué sabes. Puedo planearlo –agregó en voz baja. Su sobrino prefirió no seguir con esa conversación.

Ya habían regresado con el proceso inverso hasta la habitación. José estaba sentado en la cama y Frankie en un sillón pequeño a su lado. Ambos respiraban agitados.

–Yo no me quiero morir –dijo José.

–Bueno, yo tampoco, pero no quiero depender de Gonzalo. Él tiene que irse a buscar la chica de París y no cargar con tres viejos.

–Tío, ya te he dicho que no hay chica de París.

–Sí hay chica de París. Sé que sigues comunicado con ella. Tere, nos cuenta.

Gonzalo elevó su mirada. Les creía. En muchas oportunidades, algo de verdad había en las palabras de su tía. Recordó que al saludarla había dicho: “Hoy, mi Frankie dijo que se ocupará de todo”.

–Podríamos contratar a alguien que nos ayude para que tú no tengas que cuidarnos, hijo –agregó José.

–No. ¡No voy a meter una extraña en la casa! –gruñó Frankie–. Lo único bueno de la vejez es que, con suerte, dura poco –renegó.

–¡Calma! No es algo que tengamos que resolver ahora. Estamos bien. Yo estoy aquí. Papá no tardará en recuperarse y tú, tío, eres de gran ayuda.

–Hablas lindo –dijo una vez más porque eso pensaba–, pero la verdad es que cargas con tres viejos –insistió–. ¿De verdad crees que soy de gran ayuda? –preguntó como un niño.

–De verdad –respondió mientras su padre le hacía señas para que se lo dijera otra vez.

–Mientes, pero está bien. Ahora regresa a la posada. Nosotros vamos a mirar una película –ordenó. Una vez más, el tío Frankie ponía fin a la conversación.

Gonzalo pensó en esa tríada que lo había criado. En el desgaste que los años habían provocado en ellos y en esa esencia que permanecía.

Desde la lucidez no querían que él postergara su vida. Eso fortalecía su amor por ellos y lo alejaba de toda posibilidad de no permanecer cuidándolos hasta el último día. Se llamaba gratitud y definía a las personas.

Al pasar por la sala, vio que Teresa estaba leyendo, y se acercó.

–Hoy no vendrá Gabriel a almorzar –dijo su tía.

–Quizá lo haga mañana –respondió siguiendo el curso de la conversación. Gonzalo sabía de quién hablaba porque toda la vida había leído su obra.

–Tal vez… –en sus manos, un libro mostraba verdades. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Había una frase marcada: El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.


capítulo 10

Batman

¿Sabes por qué nos caemos, Bruce?

Para aprender a levantarnos.

Michael Caine – Batman inicia

Montevideo, Uruguay.

Caer, levantarse, poner la otra mejilla, perder, pensar, andar en bicicleta, comprender, soltar, pintar un cuadro, ayudar, sumergirse en la música. Ir adonde no estaba y quedarse en el lugar del que había partido. Ganar, sentir, no llorar, perdonar. Leer a Hemingway… Imaginar las respuestas que no tenía y de tanto hacerlo, perderse.

No comprender, estallar, morir. Renacer como si fuera posible escapar del dolor al sentir el cansancio de pedalear hacia ninguna parte. ¿Cómo podría recuperar el tiempo perdido en idear malogrados planes? ¿Por qué la vida tenía el poder de desintegrarse en una realidad inesperada, en un amor imposible, en el sinsabor de una estocada en el centro del alma? ¿Existía un destino que juntara las partes rotas de su vida y pudiera unirlas sin huellas? Deseaba que algo así la sorprendiera.

Delante del atril donde había comenzado a pintar la fatídica tarde que Notre Dame se incendiaba, le daba paso a un enorme sentimiento. ¿Cómo pintar solo dos palabras? “Te extraño”. De pronto, supo que su modo de echar de menos era de color azul. Pintaba con sus manos y marcaba los bordes que quería más finos con una tarjeta de crédito vencida que utilizaba para ese fin. Se detenía y respiraba el olor concreto de los acrílicos que se adueñaba del espacio. Su habitación era también el taller que no tenía, porque todo estaba allí. Sus sentidos lo sabían y lo disfrutaban, no era solo el lienzo, era el escenario que la abrazaba en ese momento. Paradójicamente, sumergida en su desorden, se acomodaba emocionalmente por breves lapsos de tiempo. Casi siempre descalza.

Se abstrajo por un instante como si la buena suerte golpeara las puertas de su alma. A veces, los mismos momentos no son iguales y son las intenciones las que los modifican. Solo es cuestión de comprender el valor de lo que se tiene y entender por qué la mirada encuentra únicamente “nada” para observar. Porque, definitivamente, la nada significa el “todo” desde donde hay que comenzar a escribir la historia. Exactamente en el lugar donde el vacío escribe su nombre, se encuentra el punto de partida. Justo allí, Elina se había detenido a sentir, a observar y a inspirar el aire que la rodeaba.

Reaccionó cuando escuchó un ruido en la ventana. Miró y lo vio. No pudo evitar salir del hechizo de creación y sonreír. Un gato parecía querer entrar. Se afilaba las garras contra el vidrio. Recordó el cuento Gato bajo la lluvia. Había sol, pero sintió las mismas ganas de protegerlo que la protagonista de Hemingway. Abrió la ventana y el felino ingresó de un salto desde el techo del vecino y tiró el atril al suelo.

–¡Ey, amigo, vaya forma de entrar a mi vida! –el animal ronroneó como si estuviera respondiendo–. ¿De quién eres? –dijo–. Tienes identificación…

Elina se limpió las manos con un trapo viejo lleno de manchas de colores, y levantó el atril del suelo. Acomodó el cuadro en su lugar. Tomó al gato entre sus brazos. Tenía un collar azul brillante y una medallita con forma de pez. De un lado había un número de teléfono y del otro decía: “Batman”. Alguien tenía sentido del humor o pertenecía a un niño al que le gustaban los superhéroes. Lo acarició y sintió que su pequeña lengua áspera le rozaba la mano.

–Eres precioso. Algo impetuoso, pero lindo –le susurró.

Se distraía con tanta facilidad que ya había dejado la pintura otra vez para centrarse en la mascota que no parecía querer abandonarla. Lo observó con cariño. Negro con una línea entre sus ojos, su hocico y parte del pecho blanca. Gordito pero muy ágil a juzgar por su manera de entrar a la casa.

Elina, para quien los días transcurrían empujándose unos a otros, evitando detenerse en su nueva condición, estaba riendo y disfrutaba el momento. Olvidó los consejos médicos y el famoso kit que la obligaba a improvisar para aliviar los síntomas. No pensaba en Renata, su madre, ni en las preguntas de la noche anterior. ¿Acaso sería hereditario? ¿Era posible que además de un gran vacío y muchas preguntas le hubiera dejado una enfermedad como legado? Nada de eso ocurría porque estaba embelesada con la dulzura de ese gatito. Le dio leche en un recipiente y mientras la bebía, llamó al número de la placa. ¡Qué pena que debía devolverlo!

–Hola –atendió una agradable voz masculina–. ¿En qué puedo ayudarle?

–Hola… Creo que yo puedo ayudarlo a usted. Batman irrumpió en mi habitación y, aunque me lo quedaría sin pensarlo, él… bueno, tiene una identificación con este número.

–¡¿Batman?! Discúlpeme. Debe habérsele escapado a mi hijo. ¿Dónde vive? Iré por él.

–No hay prisa, está bebiendo leche y no parece incómodo –dijo con simpatía después de haberle dado su dirección.

–Estamos a pocas cuadras de distancia. Enseguida voy para allá. Mi nombre es Lisandro.

–Elina, soy Elina Fablet. Lo espero.

***

Un rato después sonaba el timbre. Ita bajó las escaleras y abrió la puerta.

–Hola. ¿Es usted Elina? Vengo a buscar a Batman –dijo amablemente.

–Joven, me han pasado muchas cosas en mis ochenta años, pero tener a Batman en mi casa no ha sido una de ellas –respondió con humor–. Elina es mi nieta. Pase, está arriba.

Bernarda no sabía quién era ni por qué estaba allí, solo miró su mano y no vio alianza. ¿Por qué había mirado eso? Ella no era una vieja celestina.

Batman dormía en el sofá, justo al lado del atril, como si fuera suyo. Elina seguía pintando. Lisandro la observó de espaldas. No era demasiado alta, vestía un jean manchado con pinturas de colores y una camisa blanca suelta que no dejaba ver la forma real de su cuerpo. Su cabello estaba recogido en un rodete improvisado con un broche negro que intentaba sujetar una catarata de rizos rebeldes.

–Elina, te buscan –alertó la abuela. Entonces ella giró.

Cuando Lisandro la miró a los ojos y la vio sonreír, salió el sol más desordenado del mundo a iluminar ese espacio pequeño y lleno de cosas que obstaculizaban todo. Sintió que no podía definir el color de la energía que irradiaba, era tan diferente como ella.

–¡Hola! A Batman le gusta mi compañía, el arte y el desorden –dijo mirando al gato que seguía durmiendo.

–Perdón… ¿Quién es Batman? –preguntó Ita que no entendía.

–Es mi gato, señora. Soy Lisandro Bless, mucho gusto. ¿Y usted es…?

–Bernarda o Ita, como prefieras. ¡Pero qué divino! Puedes dejarlo aquí hasta que despierte.

–Gracias, pero mi hijo lo buscará al volver del kínder.

–Supuse que tenías un hijo fanático de los superhéroes –a Elina la enterneció imaginar un padre así. Ella no había tenido uno. Calculó que Lisandro tendría no más de cuarenta años, quizá menos. No dejaban de observarse. Él, con una mirada honesta y una expresión protectora; ella, con curiosidad.

Elina dejó los pinceles y, luego de limpiarse las manos y tirar el trapo al suelo, tomó a Batman en sus brazos y se lo entregó al dueño. Sus manos se rozaron y la energía que los recorrió hizo que se miraran a los ojos al mismo tiempo.

***

Dicen que los gatos poseen una conexión con el mundo mágico, invisible. Que nunca llegan de casualidad a un lugar. Así como los perros son nuestros guardianes en el mundo físico, los gatos son nuestros protectores en el mundo energético.

Dicen que cuando duermen, filtran y transforman la energía. Muchas veces el gato se queda mirando la nada, totalmente concentrado… él seguramente ve cosas que otros no. Dicen, los que tienen gatos, que esto es cierto.

Elina pensó que algo de verdad había en esas afirmaciones.


capítulo 11

Energía

El secreto de la salud física y mental

no es llorar por el pasado, preocuparse

por el futuro o anticipar problemas,

sino vivir el momento presente con sabiduría y seriedad.

Buda

Bernarda llegó a casa de Nelly, su amiga. Solían reunirse con un grupo para jugar a la generala y después, cuando el resto se iba, ellas cenaban juntas y hablaban de cosas que no querían que las demás escucharan. La cuestión no era que las otras mujeres no fueran confiables, sino que algunas eran del tipo “en mi familia todos son perfectos” y eso ambas sabían que no era cierto. No existían ni hijos, ni nietos, ni esposos perfectos. Mucho menos nueras y yernos. Lo que sí resultaba verdad era que esas mujeres mostraban la realidad que les gustaría. Bernarda y Nelly, cuyas familias estaban bastante lejos de la perfección, se agotaban de escucharlas. A veces se preguntaban por qué continuaban reuniéndose. Suponían que porque, a su modo, las querían. La vejez también enseñaba a aceptar y comprender para vencer la soledad.

Esa noche cuando se quedaron solas, la conversación tomó el color de la honestidad que compartían.

–¿Tú les crees? –dijo Bernarda.

–¿Qué parte?

–Que sus hijos son magníficos, que se llevan bien entre ellos. Que sus nueras y yernos las aman. No sé… mi familia no es ejemplo de nada. Mi hija, Renata, que en paz descanse, murió y no fue la mejor. Pobre hija. Mi Elinita es una sobreviviente, llena mi vida y es un sol, pero es desordenada. Sigue soltera y aunque tiene una profesión y treinta años, vive conmigo. No es de las que se detienen en lujos, o marcas o logros materiales…

–Bernarda, querida… Yo, que ahora de vieja aprendí “las otras verdades” justamente intentando comprender por qué tengo una hija que decidió ser monja y un hijo que se casó con una cretina que lo domina a su antojo, puedo asegurarte que no les creo. Sin embargo, es una rara paradoja, estoy segura de que no dicen la verdad, pero también creo que no saben que mienten. Ellas se convencen de que todas las relaciones familiares funcionan y de que sus hijos son exitosos porque inconscientemente saben que no son capaces de hacerse cargo de las cosas tal y como son.

–¿Por qué?

–Porque los hijos que tenemos, en buena medida, son la consecuencia de las madres que hemos sido. Eso creo.

–Pero ellos toman sus propias decisiones. Yo nunca acepté que Renata fuera así con Elina, nunca lo entendí.

–Es cierto, pero tampoco te impusiste.

–No podía. No fui capaz, era mi hija. Temí que se alejara. En vez de eso, decidí ser para mi nieta todo lo que ella le negaba.

–No te juzgo. No estamos aquí para juzgar, por eso continuamos reuniéndonos a jugar a los dados, porque nos queremos, cada una es quien es y hace lo que puede. ¡Tú y yo estamos más evolucionadas!

–Nelly, estoy muy preocupada. Elinita tiene un síndrome –dijo y extrajo un papel de su bolso–. Sjögren. Debo leerlo porque no retengo el nombre. Es autoinmune. No genera saliva normalmente, debe hidratarse de manera continua, está cansada, le duele el cuerpo y los ojos. Es posible que no pueda volver a llorar… ¿Imaginas eso?

–¿Autoinmune? Eso sí que es muy simbólico. Ella misma lo provoca… –reflexionó.

–¿Qué piensas?

–Hay que leer sobre eso, buscar el origen emocional, pero interpreto que hay algo que no se perdona y por eso, desde su inconsciente, se castiga y el cuerpo se ha enfermado. Es muy fuerte que no pueda llorar o que le sea difícil. Según cómo lo analices, alguien que no puede llorar estaría obligado al dolor encerrado –dijo y siguió–: o a ser feliz irremediablemente y de una vez por todas. Creo que ese es el caso de Elinita.

–Me das tranquilidad. Tal vez me estés diciendo pura palabrería, pero elijo creerte. ¡Tanto curso no puede ser en vano!

–Es en serio, Bernarda. El cuerpo no es solo cuerpo. Es energía, y concebirlo desde ese concepto hace que muchas enfermedades puedan mejorar desde un trabajo energético. Este tipo de tratamiento reconstruye poco a poco la salud. Hace de la sanación un viaje en el que el protagonista es siempre la propia persona y la salud no se limita al cuerpo físico, sino que abarca también otros aspectos ambientales, emocionales, mentales y espirituales.

–No entiendo bien.

–La medicina energética y las tecnologías que utiliza ayudan a entender que el ser humano no es solo una máquina biológica, sino una entidad que se expresa en un cuerpo físico, en una estructura emocional y mental, y que goza de una consciencia que le permite elegir. Desde que aprendí eso, vivo mejor. Tú lo sabes.

–Es cierto. Ya no te quejas de dolores y hasta te veo más alegre.

–Encontré el equilibrio. Es eso. ¿Qué estás pensando?

–En encontrar el mío y en qué es lo que Elina no se perdona, si ella ha sido víctima de Renata siempre… Según lo que acabas de decir, es su propia energía la que la enfermó.

–Sí, eso creo. No sé qué es lo que no puede perdonarse, tal vez esté cargando culpas que no debería. Pero verás que algo hay. Y tú… ¿Cuándo vas a perdonar a Renata y dejarla ir?

–Ya la perdoné, lo que no puedo hacer es comprenderla. Se ha ido hace años.

–No de ti.

–Es mi hija.

–Merece ser un espíritu libre, también. Ya te lo he dicho.

Renata había rechazado a Elina desde antes de conocerla. Ese embarazo no había sido deseado. Aunque jamás había confesado la razón. Nunca había dicho quién era el padre de la niña, por eso llevaba el apellido de ella.

Bernarda se lo había preguntado directamente pero solo un “no es asunto tuyo” había sido la respuesta. Era posible que la noticia del embarazo la hubiera impulsado a viajar, porque su partida había sido inesperada y por poco tiempo. O, por el contrario, también podría haber quedado embarazada estando de viaje en Europa, por las fechas. Nada sabía Ita con certeza, solo suposiciones. Renata era muy reservada, y si bien era evidente por sus actitudes que salía con alguien en Montevideo, nadie sabía con quién. Había sido una joven muy hermética, apegada a la estética y a su trabajo. Cuando Elina había nacido estaba por recibir su título de abogada y trabajaba en un estudio jurídico. Le gustaba estar siempre arreglada, las buenas marcas y era ambiciosa. Tenía una figura de modelo y cuidaba su cuerpo. El opuesto de su hija.

Elina, cuando era pequeña, tenía algunos kilos de más y el pelo con rizos que se erizaban. No le gustaba comprarse ropa y anunciaba su perfil bohemio y relajado. Sin embargo, no era posible que esa fuera la razón del rechazo materno. Era una niña dulce y hermosa. ¿Qué madre podía negarle su amor?

–Nelly, ¿qué puedo hacer para ayudar a Elina?

–No tengo todas las respuestas, pero siento que debes perdonar a Renata, primero. Encontrar tu propia paz y equilibrio.

–¡Ya lo hice!

–No. Sigues pensando que no la entiendes. Debes tratar de comprender qué sucedió para poder perdonarla en serio. Y no juzgarla.

–¿En el incendio?

–Desde que quedó embarazada. Y sí, ese incendio… Debemos averiguar detalles.

–¿Para qué?

–Elina ha generado una enfermedad autoinmune. En algún momento de su vida se originó la causa. ¿Confías en mí?

–No tengo más remedio –respondió con humor.

–Tenemos tiempo. Yo voy a ayudarte. Tú trata de hablar con Elina, que te cuente. Que te hable de Renata y veremos qué pasa.

Bernarda se fue de la casa de su amiga con demasiada información. ¿Acaso esas “otras verdades” de Nelly podían desenredar el nudo de emociones, preocupación y preguntas que cada día se le venían encima con más fuerza?

Antes de subir al taxi, elevó una mirada al cielo y le pidió a su hija que ayudara a Elina.


capítulo 12

Variables

Pronto me conocerás bien, todo depende

de una compleja combinación de variables.

Por ahora basta con decir que, tarde o temprano,

apareceré ante ti…

Markus Zusak

Madrid, España.

Melisa había abandonado París y se encontraba en Madrid. De todos los lugares del mundo que visitaba, España era su favorito. No por el idioma, porque hablaba francés, inglés, italiano y portugués, además de castellano, sino porque allí tenía una relación con Pablo, el gerente de una de sus sucursales.

Esa mañana la despertó una caricia en su rostro. Las manos de ese hombre lograban decirle más de lo que era capaz de escuchar en palabras. Sentirlo cerca parecía detener el tiempo para ella. Era algo diferente. La colmaba de plenitud.

Despacio y sin decir nada, Pablo comenzó por besar su cuello mientras ella se entregaba a un nuevo día que señalaba un placer inminente. Sus bocas se encontraron. Sus lenguas, sedientas de repetir la noche y beberse las ganas antes de estallar, se enlazaron en la magia tibia de una lucha por dar más excitación al momento. Estaban desnudos. Pablo se ubicó sobre ella y sus cuerpos se amoldaron como si la única manera de sentirse completos fuera dejar de ser el otro para convertirse en uno solo.

–Te amo, lo sabes –dijo Pablo. Y detuvo su movimiento dentro de ella. Miró sus ojos cerrados y vio su alma.

–No te detengas… –respondió con sus brazos presionándole la espalda como si fuera posible que ese hombre se metiera con mayor intensidad en todo su ser.

Los besos se devoraban las palabras. El deseo consumía cada centímetro de la intimidad que disfrutaban. Y se decían lo que sentían. Se pedían lo que les gustaba. Se descubrían más y mejor en cada puñado de caricias. Sentían su calidez y encendían nuevas posiciones que los encontraban cada vez en el ímpetu de hacer el amor sin prejuicios.

Juntos, sin más sonidos que los de la respiración agitada, el eco de la humedad y el ruidoso silencio del amanecer que afuera marcaba la vida, se entregaron a lo que elegían hacer. Ambos alcanzaron un orgasmo que no les permitió pensar en nada más.

Silencio y sudor fueron la antesala.

–Quédate.

–No puedo, Pablo. Aunque quisiera. Lo sabes.

–¿Es por Dylan? Puede venir aquí.

–No. También lo sabes. Dylan vive en Uruguay con Lisandro, y conmigo cuando regreso. Nunca mudaré al niño.

–Nunca es demasiado definitivo, ¿no te parece? –le hablaba en un tono reflexivo. Pablo jamás reclamaba o cuestionaba. La quería demasiado. El problema era que cada vez la extrañaba más y tanto amor comenzaba a lastimarlo.

–No. Nunca es la verdad. No pido que lo entiendas, pero así es.

–¿Sigues enamorada de él? ¿Es eso?

–Amor, ya te lo expliqué muchas veces. Lisandro y Dylan son las dos personas por las que yo haría todo en esta vida, pero no estoy enamorada de él. Lo quiero mucho, claro que sí, porque es un gran padre y porque gracias a él he tenido la posibilidad de ser madre. Sé que no soy como otras mujeres, pero amo a mi hijo a mi manera. Y los tres funcionamos bien. Mudarnos aquí contigo no es una posibilidad.

–¿Me sigues amando?

–Por supuesto. Tú eres el hombre que elijo. Mi pareja.

–Pero pareja es estar juntos, Melisa. No solo cuando vienes a Madrid, sino siempre. Tener proyectos. ¿Cómo imaginas tu futuro? Porque el mío lo veo contigo.

Melisa sintió angustia. Ser como era le dolía en momentos como ese. Se había enamorado de Pablo, pero su independencia y su libertad eran vulnerables a ese sentimiento. Buscaba las palabras para no romper el hechizo. Le encantaba estar con él.

–Yo soy la misma mujer que conociste. Nunca te he mentido. Mi lugar es el mundo, pero mi hijo es el sitio adonde siempre regresaré. Y él vive con Lisandro. Jamás intentaría que eso cambie. Soy nómade, pero ellos son mi alianza con la estabilidad y el límite que decidí ponerle a mi modo de vivir. De verdad, te amo, pero no voy a vivir aquí.

Pablo la acercó hacia su pecho y ella apoyó allí su cabeza. Acostados, siguieron hablando sin mirarse a los ojos.

–Te quiero conmigo, cada día, no cuando tu agenda marca Madrid. Te necesito. Quiero una familia.

Melisa se apartó del abrazo.

–No quiero lastimarte, pero yo ya tengo una familia.

–No conmigo. Trae a Dylan, quiero pasar tiempo con él y veamos qué sucede.

Por un instante, la idea invadió a Melisa como una posibilidad.

–Lo pensaré –se animó a decir. Lo cual era en sí misma toda una revelación contra sus convicciones. ¿Acaso era capaz de modificar algo de lo que había construido junto a Lisandro? ¿Qué diría él?

–Es un buen comienzo –respondió antes de llevarla en andas hasta la ducha donde bajo el agua volvieron a empezar el ritual de sentirse.

***

Montevideo, Uruguay.

Lisandro y Juan tomaban un café en el bar de siempre. El tema de conversación comenzó siendo María.

–No la soporto, amigo. Es mala y ventajista. Quiere dinero y más dinero.

–No es mala. María hace lo que puede, ella se imaginó casada para siempre y, por tu culpa, está sola y dolida. No es ventajista. ¿Qué dices? La conozco bien.

–¿De qué lado estás? Me llamó un abogado. Te digo que pretende todo lo que gano y lo sabe. Conoce mi economía. Soy psicólogo como tú, no somos ricos. Hubiéramos estudiado otra cosa de querer serlo.

–Estoy del lado de Antonia. Tú y ella están equivocados. Nada de lo que hacen está bien. ¿Por qué no intentas hablarle?

–Porque no se puede.

–Eres psicólogo. No tomes el camino más fácil. Tú sabes que eso no es cierto –lo provocó.

–¿Y si tú la llamaras?

–No. No corresponde. No voy a meterme.

–Te envidio. Lo sabes. Tú y Melisa…

–Ya sé: “una separación soñada” –repitió y ambos rieron–. Prométeme que intentarás hablar con María y te cuento algo –propuso a modo de canje emocional. Su amigo era demasiado curioso como para no preguntar y él, por raro que se sintiera, quería compartir lo que le ocurría.

–¿Qué pasó?

–¿Hablarás con María?

–No me extorsiones. ¡Cuéntame!

–Batman se escapó.

–¿Lo encontraste? –Juan amaba los animales y Batman era un regalo que él le había hecho a Dylan, era su padrino.

–Sí. Ese es el tema.

–No entiendo…

–Me lo devolvió una mujer. Llamó al número que tiene en su identificación y fui a su casa a buscarlo. Vive muy cerca.

–¡No me importa dónde vive! –dijo con brutal honestidad–. Si la nombras es por algo. ¿Qué es?

–Es que no puedo dejar de pensar en ella… –confesó. Al escucharse se sorprendió. Como si al decirlo se convirtiera en una verdad innegable. Se sentía atraído.

–¡Ah, bueno! Esto sí que es genial. ¡Por fin! Cuéntamelo todo.

–Bueno, no hay mucho. Una mujer me llamó para decirme que Batman había entrado por su ventana. Dijo que se lo quedaría sin pensarlo, pero que tenía identificación. Fui a buscarlo y me atendió la abuela, una señora grande que me hizo pasar sin temor alguno. Subimos a un apartamento en un primer piso a dos cuadras de casa. Fuimos a una habitación tan desordenada como jamás vi otra. Ella pintaba. Batman dormía a su lado en un sofá como si fuera su casa. Era todo muy extraño, hasta que giró y sonrió.

–¿Qué pasó entonces?

–Sentí que salía el sol. Mi mundo se dio vuelta. La hubiera mirado por siempre.

–¿Tan linda es?

–No lo sé, pero es diferente. Tenía un jean roto, una camisa blanca holgada. Manchas de pintura de colores, el pelo desalineado. Rizos.

–Bueno, esa descripción puede ser sexy, pero definitivamente no es elegante.

–No. No es ese su estilo. Pero algo en ella me llamaba. Se quedó en mí. Sé que es especial. Sabes bien que esto no me pasa desde Melisa.

–¿La invitaste a salir?

–¡No! No iba a quedar así de osado. Igual no lo pensé, no pude pensar en nada porque no podía dejar de mirarla.

–¿Y ella?

–Ella parecía seguir con su obra cuando la verdadera obra de arte en esa habitación era ella misma. Si hubieras visto cómo alzó a Batman y me lo dio…

–No imagino nada extraordinario en ese hecho más que con cariño –agregó.

–Sí, lo hizo con ternura, pero cuando sus manos rozaron las mías, nos miramos…

–¿Y? –preguntó ansioso.

–Y nada, eso. Nos miramos.

–¿Cómo se llama?

–Elina Fablet.

–Estás fuera de práctica. Tienes su nombre y su dirección y la excusa perfecta para volver a verla.

–¿Cuál?

–Batman. Llévalo y déjalo en su ventana. Entonces, volverá a llamarte.

–Ni loco. Tengo también el número de celular desde el que se comunicó.

–Llámala.

–No.

–Mándale una foto de Batman, no sé, algo, para ver qué responde.

–No lo sé…

–¿Qué cosas había en la habitación?

–No me detuve mucho en eso porque no podía dejar de mirarla –repitió– pero estaba llena de ropa arriba de una cama sin tender. ¿Por qué lo preguntas?

–Para saber si había objetos de hombre y poder inferir si vive con alguien o no.

–No lo sé. No recuerdo que nada llamara mi especial atención. Supongo que no.

–Bueno, pensemos en positivo. Quizá esté sola. El tiempo irá diciendo. Eso espero, lo digo porque yo me estoy involucrando más de lo que me gustaría con alguien que solo puedo ver cuando logra mentirle al esposo, y no quisiera eso para ti.

–Yo no soy así y lo sabes. ¿Involucrando? –repitió–. ¿Podrías definirme el alcance de esa palabra en este caso?

–Tengo el mejor sexo que tuve en mi vida.

–Entonces, solo una parte de tu cuerpo está hablando –dijo riendo. Lo conocía bien.

–¡Puede que tengas razón! ¿Y Melisa?

–Está en España.

–No, digo… ¿Sigue sola?

–Melisa nunca está sola. Nos tiene a nosotros.

–Cierto. ¡La separación perfecta!

La conversación continuó en torno a Elina, pero Juan no logró convencerlo de que la llamara. ¿Por qué se resistía tanto a acercarse si después de mucho tiempo era la primera vez que se sentía distinto frente a una mujer?


capítulo 13

Planes

Poner fin a los plazos, a las esperas, a las condiciones.

Poner fin al miedo a ser y al temor a no haber sido.

Apagar el fuego de las causas perdidas.

Poner fin... y seguir, porque la vida no siempre está de espaldas.

Laura G. Miranda

Era sábado y no permitiría que el tal Sjögren lo arruinara, lo había decidido. Se levantó temprano, puso el libro de cuentos de Hemingway en su mochila pequeña, colocó gotas en sus ojos, tomó una botella de agua, se puso gafas de sol y montó su bicicleta vintage.

Escuchaba música con sus auriculares. Ride, de Twenty One Pilots, parecía dedicarle su letra. Pedaleaba rumbo a la playa sintiendo la brisa en su rostro. Era una sensación placentera. Pensaba en Gonzalo… Con él todo sería más fácil, pero la vida le negaba también esa posibilidad. Sus caricias se habían quedado pegadas a su piel y era tan dulce que el solo hecho de escucharlo le daba tranquilidad. Le había prometido que volverían a verse y ella elegía creerle. En su cara se dibujó una sonrisa al recordar a Batman. Ese irresistible gato bicolor había irrumpido por la ventana de su dormitorio luego de rascar el vidrio para que ella le abriera.

De pronto, estaba reviviendo la sensación de rozar la mano de su dueño. Lisandro Bless, había dicho. Recordaba su nombre, toda una odisea para su distracción. Es que le había gustado. Era lindo y transmitía paz. Con tristeza, supuso que era casado. Y además tenía un hijo. En ese sentido, Elina no enfrentaba sus principios. Hombres comprometidos no entraban a su vida.

Todavía le divertía evocar la manera en que Ita, sin previo aviso, lo había dejado entrar al apartamento y luego a su dormitorio. Su abuela no cambiaba más, era confiada por naturaleza. Cuando le reclamó que debía ser más cautelosa, le había respondido: “Vivo contigo. Corro más riesgos con tu desorden, tropezando con cosas todo el tiempo que dejando entrar al dueño de un simpático gato superhéroe”. Volvió a sonreír.

Bordeando el boulevard, continuaba la lista de reproducción con Heathens, Stressed out y Lane boy de Twenty One Pilots. Entre los reveses de sus recuerdos, comenzó a acelerarse su respiración. De pronto, se detuvo y miró hacia el horizonte. El sol quemaba y la imagen del fuego avanzó sobre ella. Una ráfaga de momentos que no podía olvidar. Llamaba a su madre. Se había ido de la música y de su realidad. ¿Por qué lo que su memoria había retenido del incendio era parcial? Ella sabía que no era todo. Intentó volver con su mente a esa noche. Recordaba la desesperación, el calor agobiante, el fuego signando su vida, la delineada imagen de la luz de las llamas como un destello en la parte baja de la puerta de su habitación. Miró su mano, siguió hacia su antebrazo descubierto y la cicatriz la enfrentó al momento en que se había quemado intentando salir a buscar a Renata. La toalla la había protegido en el segundo intento. Siguió pedaleando y el sonido de los objetos ardiendo se mezclaba con la música. La acústica eran chispas que crujían el incendio de aquella noche mientras su entorno era el de un día de sol. Se detuvo y bebió agua. Continuó sin soltar sus pensamientos.

Lo tenía grabado con exactitud, aunque en cada oportunidad su memoria selectiva parecía detenerse en algunos detalles y no en otros. Sin embargo, con esa certeza que se siente cuando se sueña y cuando se intuye, sabía que había ocurrido algo más entre el momento en que había logrado abrir la puerta de su habitación y vio abierta la del dormitorio de su madre, y su decisión de arrojarse por la ventana. ¿Por qué lo había eliminado de su consciencia?

Su único plan en la vida había sido ser amada por su madre. Su Norte más claro. No lo había conseguido. La niña gordita, que avergonzaba a la preciosa Renata Fablet, volvía a ella como una señal de culpa. Su madre había sido bella, inteligente y ordenada. Su fatal opuesto. ¿Qué había hecho Renata la noche del incendio, luego de la discusión? ¿Qué había hecho Elina, luego de ver abierta la puerta de su dormitorio?

De repente, Stella la sacudió.

–Elina, ¿estás bien?

–No. No lo estoy. ¿Qué haces aquí?

–Quedamos en encontrarnos allá enfrente a desayunar. ¿Lo recuerdas? –dijo señalando una confitería donde solían ir–. Me dijiste que viniera en bici.

–¡Cierto! Perdón, ya sabes, soy distraída –dijo.

–Estabas como en trance. ¿Qué ocurre?

–Recordé el incendio, pero no quiero hablar de eso –agregó–. Vamos, te contaré mientras desayunamos cómo Batman entró a mi dormitorio.

Stella la miró sorprendida. Jamás se aburría con Elina.

–¡Soy más grande que tú, no me tomes por tonta!

–¡Créeme!

–¿Qué dirías si yo sostuviera que el Hombre Araña vino a visitarme?

–¡Que puede ser!

Ambas conversaron y rieron. Stella no podía creer la historia. Deseaba que el tal Lisandro fuera una posibilidad para su amiga. La manera en que lo había conocido era prometedora. Salía de todo lo habitual.

–¿Qué piensas? –preguntó Stella.

–No pienso. Planeo ser feliz. Mi síndrome no me deja opción.

Para ellas, la amistad era también eso. Sentirse completas solo compartiendo el tiempo. Por un rato habían soltado sus preocupaciones. En sus auriculares sonaba Believer de Imagine Dragons. Amaba la música.


capítulo 14

Origen

Una historia no tiene comienzo ni fin:

arbitrariamente uno elige el momento de la experiencia

desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante.

Graham Greene

Noviembre de 1988. Montevideo, Uruguay.

Renata Fablet estaba cansada. Sabía que nadie más que ella tenía la culpa de sentirse así. No era agotamiento físico o sí, pero no debido a actividad extenuante, sino a que ya ni su cuerpo soportaba la espera. Sus pensamientos no resistían tantas expectativas en vano, noches de insomnio, promesas rotas, palabras de amor encerradas en una clandestinidad que por derecho no merecía. Lágrimas que le quemaban los sueños y esa decisión de poner fin que se alejaba cada vez que sentía que era capaz de hacerla propia. Las dudas sobre su determinación y, a la vez, el miedo de enfrentarse a sí misma y a su debilidad. ¿Sería suficiente el escenario que había elegido? ¿Era París una buena idea?

Llegó a la oficina. Solo estaba Elías Fridnand. Analizaba un caso importante. Era el abogado dueño del estudio jurídico. En pleno auge de su carrera profesional, había contratado a Renata porque había reconocido en ella potencial. Nunca imaginó que, además de eso, caería rendido ante su belleza y encanto natural. Hasta ahí todo podría haber sido el inicio de una linda historia de amor, pero no. Elías era casado, padre de dos niños pequeños y con una vida casi perfecta.

Al verla, se puso de pie y la besó antes de que pudiera reaccionar.

–Te esperaba…

–¿Para qué?

–Para esto –dijo y volvió a besarla–. Te extrañé.

Renata no podía resistir la cercanía de sus latidos sin que eso la envolviera en la ceguera de olvidar, mientras duraba el tiempo a su lado, que no era la única mujer en su vida. Tampoco la más importante.

Elías tomó el rostro de ella entre sus manos.

–¿Qué sucede? –preguntó. La conocía bien.

–Estoy cansada de compartirte. Me enamoré. No quería hacerlo, pero evidentemente no supe evitarlo.

–Shh… –la calló acercando su cuerpo al de ella. Con caricias suaves y atrevidas que recorrían su intimidad, comenzó a desabotonarle la camisa y a provocarle con los labios sus pechos, que reaccionaron de inmediato–. Pídeme que te haga el amor aquí, sobre el escritorio, y lo haré –susurró.

Renata se entregó a la irresistible pasión de lo que sabía que sería dolor solo minutos después. Lo atrajo hacia su boca y lo besó con intensidad. Con las manos le acarició la espalda y se detuvo en los glúteos ejerciendo presión hacia ella. Sintió sobre su pubis la hombría perfecta.

–Hazme el amor, ahora, aquí –pidió entre la agitada respiración y la humedad que crecía.

A horcajadas y a medio vestir, Elías la apoyó sobre su mesa de trabajo, recorrió con su lengua la incipiente excitación y luego entró en ella. Sintió que su lugar en el mundo era allí, entre sus piernas. La quería, la deseaba y reconocía que era la mujer con la que hubiera deseado compartir todo. Segundos después, un orgasmo diferente se anunciaba. Renata se arqueó y se sujetó con una de sus manos del borde del escritorio. Los expedientes cayeron al suelo con su movimiento. Ella estalló en mil partículas de placer.

–Te amo… –dijo él.

Renata no respondió porque se entregó a sentir cómo la tibieza de ese amor se derramaba en su interior sin que ninguno de los dos pensara en el futuro.

Agitados todavía, se levantaron, acomodaron su ropa y se miraron. Había que hablar. Ella tenía algo que decir y lo hizo.

–Elías, me voy.

–¿Adónde?

–Contraté un viaje. Me voy a Francia. Necesito distancia.

–¿Cuándo decidiste eso? ¿Por qué tan lejos? No puedo estar sin ti, lo sabes.

–Ayer –respondió a la primera pregunta–. Me voy porque tampoco puedes estar sin ella. Quizá me valores o puedas tomar una decisión en mi ausencia.

Elías sintió un nudo en la garganta. Hablaba en serio. Lo decía su expresión más que sus palabras.

–Tú eres mi vida.

–Déjala y me quedaré. Mejor aún, podemos viajar juntos.

Silencio. Aire asfixiante. Energía densa. Cobardía. Esperanza. Estadísticas. Lo de siempre.

–No puedo. Tengo dos hijos. No les haré eso.

–Te has cansado de decirme que tu mujer no te da lo que yo…

–No quiero hablar de ella contigo. No deseo lastimarte.

–Lo haces.

De pronto, y contra toda previsión, Elías la abrazó y se puso a llorar.

–Me encantaría irme a París contigo, pintar un cuadro juntos, ser desordenado y poder improvisar tu alegría. Ser lo que no somos y hacer las cosas que nunca fuimos capaces de hacer con nadie –confesó como si fueran sueños imposibles–. Pero no puedo. Nunca dejaré a mi familia, jamás me atreví a dar una pincelada y soy completamente previsible.

–¡Me amas! ¿Por qué no puedes permitirte hacer las cosas que te harían feliz?

–Porque te conocí tarde. Mereces más de lo que yo puedo darte. No es justo para ti. Quisiera ser capaz de animarme, pero no lo soy. Perdóname.

Mereces más. Las palabras más absurdas del mundo.

Renata no pudo contener las lágrimas, lo besó en la boca y se fue sin mirar atrás.

***

París, Francia.

Dos días después, estaba en París mezclada entre otros turistas. Descansaba sobre el césped frente a la Torre Eiffel, observando la ciudad del romance y pensando en Elías, cuando un extraño se sentó a su lado. También parecía estar más adentrado en sus recuerdos que en la inmensidad perfecta de una torre que se elevaba segura delante de sus ojos.

Era otoño en París, las temperaturas descendían durante el mes de noviembre. Renata cerró los ojos y suspiró. Llevaba un gorro de lana que combinaba con su bufanda y guantes de color rosa pálido. No sentía el frío que en verdad hacía. A veces, la nostalgia conlleva el calor de lo que se extraña. El hombre que se había sentado a su lado tomaba algo caliente en un envase térmico. Olía a café. Sin mirarla, le convidó acercando el recipiente a la altura de sus manos. Ella aceptó sin decir nada. Hablaban el lenguaje del silencio y miraban en el mismo sentido. Se sintió cómoda.

Unos minutos después, ella le devolvió el café y se recostó sobre el césped. Miraba el cielo interrumpido por la torre. El extraño hizo lo mismo.

–¿Por qué miramos hacia arriba si podríamos subir? –preguntó Renata y llamó su atención.

–Supongo que Antonio Porchia tenía razón. Miramos hacia arriba porque de otro modo creeremos que somos el punto más alto –respondió en español.

–Tiene sentido. ¿Cómo te llamas?

–Santino Dumond. ¿Y tú eres…?

–Renata.

–Es evidente, Renata, que a los dos nos sucede algo de lo que no queremos hablar.

–Perdóname, pero no eres muy intuitivo. Estamos solos, suspirando en París y compartimos un café en silencio frente a la Torre Eiffel. ¡Yo diría que no hace falta un adivino aquí para llegar a esa conclusión! –sonrió.

–Tienes razón –admitió y sonrió también–. ¿Entonces?

–¿Entonces qué?

–¿Lloraremos en un rato o inventamos algo?

–No voy a llorar y no se me ocurre qué podríamos inventar –dijo con curiosidad.

Empezaba a disfrutar la compañía de ese tal Santino. Lo miró. Vestía un jean y un abrigo grueso. Sus ojos eran oscuros y tenía el cabello ondulado. Le pareció bohemio y atractivo. No lo hubiera mirado en Uruguay, pero estaba en París.

–¿Qué haces aquí? –preguntó ella.

–Vine a buscar respuestas. Cuando algo me agobia, tomo mi libro favorito y vengo aquí. Es la “torre del poder”.

–¿Por qué la llamas así?

–Porque todo es más pequeño cuando la miro desde este lugar. Piensa en lo que recordabas cuando te sentaste aquí. Ahora mira la torre. ¿Acaso no es pequeño el tamaño de tu pensamiento?

Renata lo hizo. Era verdad, comparado con la imponente estructura de hierro, Elías era solo un paso en miles de kilómetros. El extraño se ganaba su protagonismo.

–¿Qué libro trajiste?

–El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.

–Tienes personalidad. No cualquiera interpreta a Hemingway –respondió.

Santino sintió un impulso y lo siguió.

–Te propongo algo: vivamos aquí y ahora, como si no tuviéramos pasado ni futuro. Ganémosle la partida a la angustia que nos hizo mirar el cielo.

–¿Y cómo sería eso?

Santino tomó su mano, corrió su guante en busca de la piel y la besó con dulzura. Necesitaba sentir qué le provocaba el contacto físico con esa hermosa mujer, aunque fuera mínimo. Quería percibir su energía antes de ir por su locura. Renata sonrió y el beso tuvo sabor a olvido. Solo pensó en sus latidos que se aceleraron con la sorpresa. ¿Quién era ese desconocido que había echado de sus pensamientos el recuerdo de Elías aunque fuera por solo ese momento?

–Sería así: subimos a la torre, caminamos, corremos, no sé, lo que nos dé la gana. Solo por hoy –dijo. Se puso de pie y estiró su brazo para que ella tomara su mano y aceptara el desafío de esa felicidad temporal–. Sin preguntas.

Renata pensó que no tenía nada que perder.

No solo subieron a mirar París desde los observatorios del tercer piso de la torre, sino que caminaron, conversaron y rieron. Bebieron chocolate caliente en un típico café parisino, visitaron la librería Shakespeare & Company y se besaron varias veces antes del atardecer.

Una Renata que no conocía habitó su cuerpo y su alma. Fueron a Montmartre y, delante del muro de los "Te quiero", fue ella quien buscó su boca y desató lo que luego no pudieron detener durante los siguientes días. Nunca supo de qué manera llegó a una pequeña vivienda muy cerca de allí. Entre muchos objetos y música en francés, ese hombre desapegado a las estructuras, llamado Santino, despertó su sentido más profundo de libertad. Hicieron el amor o algo parecido al amor los hizo a ellos dos. Habían conseguido desarraigar de sus memorias las razones por las que habían observado la Torre Eiffel en silencio, respirando el frío de la soledad y la desilusión, aquel día de noviembre.

***

Pero, como suele suceder con los encantamientos, aquello terminó el mismo día que un pasaje de regreso, poco tiempo después, traía a Renata a enfrentar la decisión más importante de su vida.

Los primeros días del mes de diciembre, un resultado positivo confirmaba su embarazo. No lo deseaba. No quería pensar en las posibilidades.

¿Cuál era el origen de esa vida que le arrancaba el futuro? Un mundo de dudas se atrevía a latir y crecer en sus entrañas.


capítulo 15

Consecuencia

Eres libre de tomar tus decisiones,

pero prisionero de sus consecuencias.

Pablo Neruda

Mayo de 2019. Montevideo, Uruguay.

Lisandro despertó con el sonido de su celular vibrando que indicaba una llamada. Miró la pantalla. Era Julieta Weber, su paciente, pero era pasada la medianoche. Se incorporó en la cama y atendió.

–Hola, Li… Perdón por llamarte tan tarde pero no sé qué hacer –dijo la joven. Sonaba muy acongojada–. Algo horrible sucedió.

–Tranquilízate. ¿Dónde estás?

–En mi casa.

–Bien –respondió. Primero debía averiguar que estuviera segura. Sin duda el problema era con su madre–. Ahora cuéntame.

–Bueno. Yo salí con mi novio y después de tomar una cerveza fuimos a un hotel. En realidad, fui yo la que insistió porque quería saber cómo era –aclaró–. Siempre dormimos en su casa. ¿Estás ahí? –preguntó.

–Sí, te estoy escuchando. ¿Qué sucedió?

–Bueno, supongo que conoces esos lugares. Llegamos y Fran dejó el auto en el estacionamiento. Todo estuvo perfecto hasta que salimos de la habitación –dijo y se puso a llorar al recordar.

Lisandro imaginó algo parecido a lo que después escuchó.

–Deja de llorar y continúa.

–Un hombre salía de la habitación de al lado justo en el mismo momento, yo miré para abajo porque me dio vergüenza y, entonces, vi el calzado de la mujer que lo acompañaba. Eran las botas floreadas que mamá compró en España. Me quedé sin aire y levanté la vista… Imagina el resto.

–¿Qué hiciste?

–Le dije que era una basura y corrí al auto. Franco me siguió y me trajo a casa. Quería que me quede con él, pero yo estoy furiosa y quiero contarle a papá. ¿Qué hago?

–Escúchame bien. Esto es lo que harás: quiero que llames a Franco y le pidas que te pase a buscar. Ve a dormir a su casa. ¿Tu papá está despierto?

–No.

–Mándale un texto para que no se preocupe al despertar. Luego, nos veremos en la consulta y decidiremos juntos cómo continuar. Si antes de eso me necesitas, puedes llamarme, pero evita confrontar hasta que podamos analizar qué es lo más sano para ti.

–La hija de puta no para de llamarme. No la he atendido.

–No lo hagas. Llama a tu novio y avísame si puede ir por ti.

Minutos después, Julieta volvió a llamarlo.

–Mamá acaba de entrar a la casa. Fran está viniendo. ¿Qué hago? No quiero verla.

–Irá a tu habitación. Dile que por ahora no hablarás con ella y que esta noche no dormirás allí.

–No cortes.

–No lo haré. Si hay problemas la comunicas conmigo.

–Espera… Fue directo a su dormitorio –un mensaje le indicaba que su novio estaba afuera–. Fran llegó –le avisó.

–Okey. Sal de la casa y procura descansar. No hagas nada hasta que hablemos y si hay dificultades vuelves a llamarme. ¿Está bien?

–Sí… Gracias.

–Tranquila. No me agradezcas, hiciste bien en llamar.

Lisandro se quedó despierto pensando en la situación. Fue a la habitación de Dylan y lo vio descansar. Batman a su lado dormía también. Recordó a Elina por asociación. Su gato ya no era solo su mascota. Sonrió. ¿Volvería a encontrarla?

Arropó al niño, lo besó. Acarició al animalito que ronroneó. Desvelado se fue a la cocina por un café.

Dejó el teléfono sobre la encimera y encendió la cafetera eléctrica. Entonces, su celular volvió a vibrar. Miró la pantalla esperando que fuera Julieta otra vez, pero no, para su sorpresa era su amigo Juan. Atendió de inmediato, no era habitual que lo llamara tan tarde.

–Juan, ¿qué pasa? –preguntó preocupado.

–A mí nada, directamente, pero necesito un consejo.

–¿A esta hora? No sigues los que te doy de día… ¿Por qué lo harías de madrugada? –reprochó con humor.

–Es cierto –ambos rieron–. En serio.

–Estoy preparando café… si quieres venir.

–¿Café? Bueno, voy, pero prefiero un whisky.

Unos minutos después, estaban juntos conversando y Juan fue al punto sin rodeos.

–¿Qué le aconsejarías a una mujer que tiene un amante y acaba de ser descubierta por su hija adolescente en un hotel alojamiento?

Lisandro casi escupe el café.

–Dime que el amante no eres tú –suplicó.

Silencio.

–¡Por Dios, Juan! ¿Sales con Mercedes Weber? –preguntó casi sin dudas. No podía ser coincidencia un hecho parecido en la misma noche. Conociendo a su amigo y a la madre de Julieta, ambos perfiles cerraban.

–¿La conoces?

–Soy el terapeuta de su hija y estoy despierto porque acaba de llamarme para contarme lo que pasó.

–¡No puede ser! Bueno, mejor que seas tú. ¿Qué te dijo?

–¿Mejor que sea yo? ¿Qué parte de que es mi paciente y la respeto como tal, no comprendes? –estaba enojado.

–Sabías que salía con una mujer casada. Nunca te dije el nombre porque no lo preguntaste –se excusó–. Yo no sabía que atendías a su hija.

–¿Qué dijo Mercedes? –preguntó solo pensando en el modo de ayudar a Julieta. Los adultos involucrados apestaban en ese momento.

–Se puso muy mal. Comenzó a llamarla, pero la chica no le respondió. Tiene miedo de que le cuente al padre. Lloraba. Qué se yo, un lío.

–¿Lo único que le preocupa es que Julieta le cuente al padre? –preguntó indignado.

–No. Es buena mujer. Solo está aburrida en su matrimonio, pero a su hija la quiere. La verdad, un desastre. Me gusta acostarme con ella, pero imagínate que lo último que yo quiero son problemas. Para eso tengo los míos.

–¿Entonces?

–Entonces nada. Estoy pensando en abrirme, correrme, aunque ella me guste mucho –dijo–. Encima tú en el medio.

–A ver si nos ordenamos un poco. Yo no estoy en el medio de nada. Tú solo la estabas pasando bien y Mercedes también. Ninguno de los dos pensó en las consecuencias.

–No es mi hija. Yo no debí pensar en ella.

–Tampoco pensaste en la tuya. ¿Qué harías si María hiciera lo mismo y Antonia la descubriera?

–¡La mato!

–Además, tú me dijiste que te estabas “involucrando más de lo deseado” –lo citó textual.

–Sí, pero no te dije que puedo dejar de hacerlo con la misma facilidad, creo.

Lisandro estaba furioso. Los vínculos no debían destruirse así, sin más, en ningún rol.

–Es hora de que pienses que en esta vida todo vuelve. Lo mejor que puedes hacer es madurar un poco. Hoy por hoy no sabes quién es quién. Ni los riesgos que corres.

–No te entiendo.

–Si tú estuvieras casado, una adolescente llega a tu esposa por medio de las redes en un minuto. De hecho, Julieta podría hacer que su padre se entere sin hablar con él, o contarle a Antonia, no lo sé… –le daba náuseas pensar las variables posibles.

–Por favor, cállate. Me pones nervioso. Dime qué debería hacer Mercedes –pidió–. Eso también ayudará a tu paciente.

–En primer lugar, no le dirás que eres mi amigo. Mucho menos que viniste aquí y que su hija me llamó. ¿Entiendes que el secreto profesional está en juego? Tú eres psicólogo también.

–Sí, por supuesto.

–¿Por qué me preguntas a mí que debería hacer ella? ¿Qué aconsejarías tú?

–Soy parte. No puedo aconsejarla. En otro caso le diría que blanquee su situación y que considere un divorcio, pero no por mí, sino por ella. No es feliz. Sin embargo, sé que si le digo eso pensará que tiene un futuro conmigo, y no es así. No quiero problemas. Como te dije, para eso tengo los míos.

–Lo mejor que puedes hacer es alejarte. Si ya lo tienes decidido, si no hay futuro con ella, déjala. De ser posible, ella misma debería enmendar su error.

–¿Qué le dirás a la hija?

–No lo sé. Debo escucharla primero y ver cómo se desarrolla todo el cuadro familiar.

–Lo siento. Por la chica, digo. Nunca pensé que podía ocurrir una cosa así.

–Esto recién comienza. Tu responsabilidad no es con la familia Weber, sino contigo y lo que haces. Deberías pensar más, no poner en crisis tus valores, porque los tienes –dijo–. O los tenías –agregó.

Siguieron conversando hasta la madrugada. Mercedes no se comunicó y Julieta tampoco.

Las causas de las acciones de las personas suelen ser más complejas y variadas que las explicaciones posteriores. Por la mañana, la culpa había hecho su trabajo y Juan le envió un texto a su ex.

JUAN:

María, ¿podemos encontrarnos para hablar?

Solo quiero que tú y Antonia estén bien.

MARÍA:

Habla con mi abogado.

Lisandro amaneció sin poder dar crédito a lo sucedido. Agradeció la relación que lo unía a Melisa.


capítulo 16

Destino

El destino, el azar, los dioses, no suelen

mandar grandes emisarios en caballo blanco,

ni en el correo del Zar. El destino, en todas

sus versiones, utiliza siempre heraldos humildes.

Francisco Umbral

Guadarrama, España.

Como cada día, Gonzalo interrumpió su tarea en la posada para ir a la casa a ver cómo estaba la tríada. Le gustaba llamarlos así a su padre y sus tíos. Afortunadamente, José iba en progreso con la rehabilitación de su fractura, pero no por eso era el mismo de antes. Dos cosas habían cambiado radicalmente en él. Una era la seguridad, ya no estaba allí. Se sentía vulnerable, algo que solo lograba equilibrar con la compañía de su hermano Frankie, que era obstinado como una mula. La otra, el miedo. José nunca había sido temeroso, pero a partir de la caída, aunque no lo decía, estaba asustado.

La vejez era autoritaria y arrasaba con la lógica de las vidas sin pedir permiso. De un día para otro, por un hecho de segundos, las personas comenzaban a sentir que eran viejas, como si eso hubiera sucedido en un momento y no fuera consecuencia inevitable del transcurso del tiempo. Como si el espejo no se los viniera anunciando con una voz silenciosa desde las primeras arrugas, los reiterados olvidos de la memoria o los nuevos dolores físicos. En los casos más tristes, a todo eso se suma la soledad. Los años traen con ellos la experiencia de una señal constante que la mente lúcida resiste: su paso veloz.

Debería existir la posibilidad de enfrentar la vejez desde un lugar más justo. Las batallas deberían ser a todo o nada, matar o morir, pero decididamente alguien estaba fallando en su tarea al permitir, en muchos casos, la angustia o la indignidad.

Gonzalo se ocupaba cada día de que al menos su tríada fuera feliz y no sintiera la posible soledad del ocaso.

Al entrar, supo que todo estaba bien porque escuchaba los gritos. No eran peleas, es que todos estaban un poco sordos, entonces hablaban fuerte.

–¡Te digo que no! Fue en 1950, Frankie. Papá compró la posada en ese año.

–No. Fue en 1952. Estoy seguro porque él me contaba siempre que fue un año bisiesto que empezó un martes. Decía que los años bisiestos le daban suerte. ¿No te acuerdas? Fue 1952. Estoy seguro. Albert Schweitzer ganó el Premio Nobel de la Paz ese año.

–Frankie, ¿qué cenamos anoche?

–¿Te diste un golpe y no me di cuenta? –dijo con ironía–. ¿Qué tiene que ver qué comimos anoche? ¿A quién le importa?

–Dime y te diré por qué pregunto.

–¡No me acuerdo!

–¡Lo ves! ¿Cómo puedo confiar en tu memoria del año 1952 si no recuerdas qué cenamos anoche?

Gonzalo no puedo evitar reírse. Se divertía con ellos. Era momento de interrumpir. A su tío Frankie no le gustaba perder en una discusión y el touché de José había herido su vanidad.

–¡Hola! ¿Cómo está todo por aquí? Los escucho conversar desde la calle.

–Creo que lloverá como en septiembre de 1952 –respondió Tere–. Ella hablaba el lenguaje de su realidad. Una mezcla entre la verdad y la incoherencia, con una dosis de su propia vida y de lo que acababa de escuchar. Frankie la tomó de la mano.

–Tienes razón, mi amor –ella lo reconocía en su mirada. Sonrió. Estaba allí, aunque la confusión también ocupara un espacio a su lado.

–¡Hola, hijo! Estamos bien. Algunos con más memoria que otros –dijo divertido.

–¡Tallarines con salsa! Eso cenamos. Y la posada se compró en 1952 –era tan testarudo que su mente había seguido buscando la respuesta hasta hallarla–. Bien, Gonzalo. Puedes volver a trabajar, ya todos hicimos lo que debíamos hacer.

–¿Me estás echando?

–No. Solo digo que ya fuimos todos al baño.

–¡Esa es una gran noticia! –todos rieron. Era la genialidad de ser familia, el hilo invisible que unía las generaciones desde el amor–. No me iré tan pronto.

–Te hice un té –agregó Teresa–. El mismo que tomó Gabriel ayer.

–Perfecto, tía. Tomaré el mismo té que García Márquez –respondió siguiéndole el ritmo a su fantasía. Gonzalo se sentó y su tía le sirvió el té en la cocina.

–¿Sabes? Gabriel dijo: Lo esencial es no perder la orientación –era una frase del libro Cien años de soledad. ¿Cómo era posible que la recordara textual? La mente era tierra desconocida. Siempre lo sería.

–Es cierto, tía.

–Yo le dije que no puedo. Sé quién soy y dónde vivo, pero no me acuerdo de muchas cosas.

Saber quién era había sido la pregunta que su neurólogo había señalado como ubicación en tiempo y espacio de un paciente. Una suerte de termómetro que controlaba el avance de las patologías. Ella no estaba perdida. No del todo, al menos por momentos.

–¿Y quién eres?

–Tere. Tu tía. La esposa de Frankie. Vivo en Guadarrama.

–¿Y qué respondió él?

–Que no importa. Los viejos, entre viejos, son menos viejos –citó una frase de El amor en los tiempos del cólera.

García Márquez había sido su autor favorito. Sin dudas, eso no se olvidaba. Además, leía cada día, desde hacía años, los mismos libros.

Los tres hombres la miraron con ternura. Ella sonrió y caminó hacia el televisor, lo encendió y se quedó allí mirando la nada. Entonces, la tríada se retiró y Gonzalo quedó solo en la cocina. Pensaba cuánto los quería en el momento en que escuchó a su padre y a Frankie que se aclaraban la garganta buscando su atención. Eso era en sí mismo peligroso. ¿Qué tramaban?

–Bueno, dile José, que para eso eres el padre.

–¿Qué tienes que decirme?

–Lo hicimos. Ya lo hemos pagado.

–¿Qué es lo que han hecho? –preguntó con temor.

–Hemos comprado tu pasaje a Uruguay. Irás a buscar a la chica de París. Son tus vacaciones. Ya contratamos a tu reemplazo en la posada, Andrés se ocupará de todo y cobrará extra y la madre nos cuidará a nosotros.

Andrés era un joven amigo de la familia que había permanecido a cargo de la posada durante su viaje a Francia. Trabajaba allí, de modo que conocía bien su tarea y era muy honesto.

–¡¿Que hicieron qué?! –preguntó con los ojos tan abiertos como era capaz.

–Lo que dijo José. Hicimos lo que corresponde. Te irás en una semana.

–¿Están locos?

–No. Estamos viejos, pero no locos. Sabemos bien que no harás tu vida si no te ayudamos –sentenció Frankie–. ¿Cuál es su nombre?

Gonzalo no podía creerlo, pero los conocía muy bien. Era cierto. Tenían el dinero y evidentemente lo habían planeado con precisión. Seguramente, Andrés los había ayudado. Aunque en el pueblo cualquiera hubiera colaborado con ellos, eran queridos por todos. Sintió que eran una bendición. No importaba cuánto trabajo le dieran, en momentos como ese agradecía más que nunca tenerlos.

–Elina Fablet –dijo y no pudo evitar sonreír al nombrarla. La idea de volver a verla crecía con forma de ilusión en su interior. ¿Cómo era posible que esos ancianos, tan humildes como hermosos, fueran los mensajeros de su destino?

–Ahora, vuelve a la posada, que debes organizar todo, y llámala. Avísale que irás. Así también ella se organiza.

–Frankie, debiste ser director de orquesta.

–¡Lo soy! ¿De quién crees que ha sido la idea? Esta conversación terminó –agregó.

***

Gonzalo regresó a la posada. Luego de conversar con Andrés, enterarse de los pormenores y asegurarse de que estarían bien cuidados, no pudo evitar la alegría que le provocaba lo ocurrido. Entonces, tomó su teléfono y realizó una llamada por WhatsApp.

Elina estaba entrando a su casa. En la escalera había poca señal por lo que al ver que era Gonzalo se apresuró a subir.

–¡Hola!

–¿Cómo estás, preciosa?

–Digamos que no he recibido grandes noticias durante el último tiempo, pero estoy bien. Creo. Soy una sobreviviente por naturaleza –agregó.

–No sé a qué noticias te refieres, pero podrás contármelas todas muy pronto. Iré a verte. En pocos días estaré allí.

Elina sintió cómo se aquietaban sus latidos. En cámara lenta, sus emociones la invadieron. París regresó a ella y Notre Dame cobró vida en su memoria. El fuego se había apagado y se encendía la luz de la esperanza.

–¿En serio? ¿Y la tríada? No puedes dejarlos.

–Aunque no lo creas, fueron ellos los que organizaron el viaje y compraron mis pasajes.

–¡Son increíbles! Ven a casa. No gastes en hotel.

–¿Y tu abuela?

–¿Ita? Ita estará feliz de volver a verte –se habían conocido durante el viaje a Paris.

–Pues avísale primero. Aunque de verdad solo quiero estar contigo. Te extraño.

–También yo. ¿Te dije que el color de extrañar es el azul?

–No –sonrió frente a la ocurrencia–. Soy un mar, entonces –respondió.

Conversaron un rato más y Elina cortó la comunicación. Quizá le ganara al síndrome siendo feliz. Ese era su plan.

Tiró al suelo toda la ropa que había sobre su cama y se recostó. Minutos después, la ansiedad le ganó la partida. Se levantó, bebió agua y se puso su overol favorito. Era de jean y tenía pintadas flores coloridas: una amarilla a la altura del bolsillo derecho y otra turquesa un poco más arriba. En la pierna izquierda, una blanca grande y, más abajo, otra roja y rosa. Era hermoso. Ella misma lo había diseñado. La ponía de buen humor usarlo. Debajo, una camiseta sin mangas blanca. Buscó sus lentes de sol, guardó una botella de agua en la mochila, se colocó los auriculares y puso música en su celular. Bajó, tomó la bicicleta del garaje y salió a recorrer la costa. Era feliz. Volvería a abrazar a Gonzalo.


capítulo 17

Lealtad

Yo te amo. Incluso dejándote ir.

Aunque esté lejos, yo te amo.

Y te amo de verdad.

Incluso sin saber amar.

Anónimo

Roma, Italia.

Pablo acompañó a Melisa a Italia. Compartieron tres días en Roma. Fue testigo de todas las conversaciones que ella mantuvo a diario con Dylan. El vínculo con el pequeño solo lo hacía pensar en cuánto deseaba sus propios hijos y que Melisa fuera la madre. Era cariñosa, ocurrente y divertida.

También la escuchó hablar con Lisandro, aunque no en todas las oportunidades que lo hizo porque cuando se trataba de él, actuaba con reserva. No parecía haber amor de pareja entre ambos, pero el efecto al oírlos era peor. Sabía que ella no mentía y que no debía dudar. Sin embargo, el amor verdadero conllevaba ese tipo de inseguridad. ¿Por qué si estaban tan bien ella se negaba a vivir juntos? No eran celos. Era miedo. Podía percibir con claridad y certeza que un nivel de lealtad invencible la unía al padre de su hijo. La batalla que tenía delante de él sería muy difícil. Había complicidad y, cuando le preguntaba sobre Lisandro, ella se ponía hermética, y custodiaba la intimidad de ese hombre como si fuera intocable.

Estaban almorzando el último día y, ante la inminente despedida, Pablo comenzó a sentirse mal. No podía gobernar la angustia que le provocaba saber que ella se iría.

–¿Qué sucede?

–Nada –respondió él.

–Claramente te ocurre algo –estaba tan centrada en su modo de vivir que no fue capaz de advertir que su partida era la causa.

–Dije nada para evitar arruinar esta cena. Querías comer una rica pasta y en eso estamos –sonaba sincero, pero algo de hostilidad erosionaba su tono.

–No te equivoques, cuando alguien dice nada no quiere evitar arruinar una cena, más bien todo lo contrario. Es una paradoja. Decir nada es estratégico o táctico.

–¿Estratégico o táctico? –preguntó, aunque no le interesaba en ese momento.

–Claro. Es esperar el mejor momento para iniciar una pelea o es una táctica para omitir que hemos sido descubiertos en algo –sonrió–. Vamos, dime qué te pasa.

–Estoy muy lejos de desear discutir contigo –pensó qué palabras utilizar–. Te amo –continuó.

–Lo sé. También te amo –dijo con naturalidad.

–No quiero que nos separemos. No deseo estar lejos de ti.

–Te he dicho que pensaré la posibilidad de traer a Dylan para que te conozca.

–Esa es la cuestión. Lo traerías, en el mejor de los casos, para volver a llevártelo.

–No te entiendo. He sido siempre muy clara con ese tema. Dylan vive en Uruguay con Lisandro, y conmigo cuando regreso –repitió.

–¿Por qué? ¿Por qué no existe una variable posible a esa situación?

–Porque así lo decidimos antes de que naciera.

–En ese momento, ustedes estaban juntos. Ahora no, y me amas. Lo acabas de decir. No quiero que tu hijo sea una visita, quiero que los tres seamos una familia. Darle hermanos…

–Ey, ey, ey. ¡Detente! –cruzó los cubiertos sobre el plato, aunque no había terminado los sabrosos espaguetis a la boloñesa que minutos antes la habían deleitado.

Pablo supo que la magia de estar a su lado se había roto. Conocía su mirada. Irradiaba un brillo bélico y fastidioso. Como si le hubieran mordido un nervio o cortado una arteria. La presión era interna y empujaba verdades hacia el exterior.

–¿No es posible hablar contigo de este tema sin que te conviertas en quien no eres? –inquirió con tono más alto. También había dejado de comer.

–¿Hermanos? –repitió. Toda la frase le había molestado, pero ¿hermanos? Eso significaba que ella tuviera más hijos. Su límite. Por mucho que amara a Pablo, no había dos hombres como Lisandro en el mundo y, si los había, Melisa no era capaz de tomar la misma decisión dos veces.

–¡Sí! Hijos contigo. ¿Tan disparatado es para ti?

–Sí –respondió sin rodeos.

Se miraron con dureza. Casi nunca discutían, pero la cuestión puesta sobre la mesa era tan importante para ambos como opuestas sus posiciones. Hubo un silencio tenso. Los dos medían sus reacciones. Era uno de esos momentos en los que la selección de palabras podía significar bajar los niveles de conflicto, ceder y continuar o, por el contrario, que uno de los dos abandonara al otro sin mirar atrás.

–Perdóname, no quiero pelear contigo y menos hoy que te irás. Es solo que no puedo manejar lo que siento. Te quiero conmigo. Deseo todo contigo, hijos también –dijo con calma y acarició su mano.

Melisa se sentía entre las cuerdas. Trató de mirar con objetividad la situación. Pablo era un gran compañero para su vida. Reían juntos, se gustaban, sus cuerpos se entendían demasiado bien, pero ella era independiente. No soportaba estar encadenada a nada. Jamás accedería a darle la bienvenida a un ancla. ¿Cómo podía salir de esa conversación sin perderlo ni lastimarlo?

–Pablo… yo te amo. Es verdad. Pero también es verdad que no quiero tener más hijos. Dylan es mi lugar en el mundo. El único al que siempre regresaré. No hay espacio para dos niños en mi vida… Lo siento… –dijo angustiada.

–Me duele lo que voy a decirte y no quiero que pienses que son celos, pero ¿has considerado la posibilidad de que es Lisandro el hombre a quien amas? Dylan y su padre son tu lugar en el mundo. Piénsalo no permites que nadie se acerque a él ni desde la palabra. Ni siquiera yo.

–Lisandro es el padre de mi hijo –dijo algo confundida.

–¿Solo eso?

–Eso no es poco.

–Nada me gustaría más que estar equivocado, pero empiezo a pensar que no es así. ¿Qué sucedería si fuera él quien formara pareja y tuviera otros hijos?

Melisa jamás había pensado en esa posibilidad. Sí en que Lisandro saliera y conociera a alguien, pero otros niños no entraban en su ecuación mental. ¿Por qué? Si era ella la del espíritu libre y ese especial instinto maternal. No le gustó lo que escuchó. Disimuló.

–Nada. Sería su vida, no la mía.

–Es verdad, pero ya no podrías mantener la relación que tienes.

–¡Claro que sí!

–Demuéstramelo al revés. Te propongo algo. Regresaré contigo a Uruguay. Quiero conocer a Dylan y también a su padre, que él me conozca para que sepa que puede estar tranquilo si ustedes están conmigo…

–Basta –Melisa no lo dejó continuar–. Lo siento, Pablo. No es el momento para algo así.

–¿Existirá ese momento alguna vez?

–No lo sé, pero si me presionas sé que no.

Melisa no dijo nada que Pablo no supiera. Sin embargo, él la sacudió con sus verdades. ¿Qué la unía a Lisandro, además de Dylan? ¿Era solo una lealtad única después del verdadero amor? ¿Acaso Lisandro sería padre otra vez con otra mujer? ¿Por qué nunca se había planteado eso como una posibilidad?

Sintió deseos de abrazar a su hijo y refugiarse en la seguridad sin reclamos que sentía junto a Lisandro. Prefirió evadir las respuestas.

***

Horas después, llamaba a Lisandro desde el aeropuerto de Roma.

–¡Hola! Estoy regresando a casa. ¿Qué hacen?

–Hola, Mel. Que Dylan te lo cuente –dijo y le dio el teléfono al niño.

–¡Hola, Mami! ¡A que no sabes lo que aprendí! Papi me enseñó.

–No, dime mi amor –sonreía imaginando el hermoso rostro y el entusiasmo de su hijo.

–¡Puedo atarme los cordones! ¡Solo!

–¡Qué maravillosa noticia! Es bien difícil eso, tesoro.

–Sí, no me salía, pero ahora sí. Bueno, tardo un poco…

–Te felicito. Te amo, mi vida.

–Yo también, ma –respondió el pequeño y le devolvió el teléfono a Lisandro.

–Eres el mejor padre del mundo –dijo. Estaba sensible.

–¿Qué te sucede?

–Nada –evidente modo “táctica”–. ¿Por qué lo preguntas?

–Conozco todos los tonos de tu voz, juraría que quieres llorar.

–Pues no te equivocas. Luego te contaré.

–Buen viaje. Te esperamos.

Lisandro cortó la comunicación. Cierta preocupación lo recorrió entero. No soportaba que nada ni nadie hicieran llorar a Melisa.

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