Kitabı oku: «Carro de combate»

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Carro de combate Consumir es un acto político

Carro de combate Consumir es un acto político

Nazaret Castro y Laura Villadiego

Prólogo de Joan Martínez Alier

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Prólogo. por Joan Martínez Alier

I. Introducción. Por qué transformar nuestro modo de producción y consumo es la mejor forma de prevenir la próxima pandemia

II. El punto de partida: las materias primas

Azúcar

Aceite de palma

Soja

Maíz

Café

Cacao

III. Analizando nuestra mesa: los alimentos

Atún

Fruta

Edulcorantes

Leche

Carne

Mantequilla y margarina

Huevos

Pan

IV. Otros productos

Agua

Refrescos

Textil

PRODUCTOS DE LIMPIEZA

Electrónica

Plásticos

V. La fase de distribución y circulación de los productos: de la fábrica al plato

VI. El final de la cadena: los desechos. Tirad, tirad, malditos

VII. Una reflexión final. La rebelión de los límites

Anexo. alternativas de compra en España

Bibliografía

Primera edición: octubre de 2014

Segunda edición: noviembre de 2020

© Nazaret Castro y Laura VIlladiego, 2014, 2020

© De esta edición Clave Intelectual, S.L., 2020

Paseo de la Castellana 13, 5º D – 28046 Madrid

Tel (34) 91650 5174

editorial@claveintelectual.com

www.claveintelectual.com

ISBN: 978-84-122800-0-5

Edición y coordinación: Santiago Gerchunoff

Diseño: Hernández & Bravo

Corrección: Lola Delgado Müller

Diseño de colección: Eugenia Lardiés

Diseño del logotipo del blog Carro de Combate: Elena Alonso Tofé

Digitalización: Proyecto451

PRÓLOGO

Dos competentes, experimentadas e intrépidas periodistas españolas, Nazaret Castro y Laura Villadiego, presentan un libro-guía para los consumidores de mercancías. Es decir, para todos nosotros, para el público en general. Hablan de los daños que esas diversas mercancías puedan hacer a la salud de los consumidores, pero sobre todo hablan de los daños a los humanos y al ambiente natural en los lugares de origen. Explican de dónde viene el aceite de palma y sus consecuencias en Indonesia y muchos otros lugares, de dónde vienen los textiles baratos y cuál ha sido el pago a sus trabajadoras en Bangladesh y otros países, de dónde viene la carne que es una de las principales responsables de la deforestación de la Amazonia y de dónde vienen granos como el maíz para alimentación animal, de dónde vienen los plásticos que tan descuidadamente desechamos. De dónde vienen y cuáles son realmente los costes humanos y ambientales del café o el azúcar, de la leche y los huevos. Cómo se crían animales en verdaderos campos de concentración y exterminio.

Hablan de mercancías corrientes de consumo doméstico pero también, indirectamente, hablan de petróleo, de gas, de soja, de fosfatos de Marruecos y el Sahara occidental que los territorios españoles importan en grandes cantidades, como toda Europa. Importamos muchas más toneladas que las que exportamos, y lo que importamos es a precio más barato que lo que exportamos. Nos aprovechamos de ese comercio ecológica y económicamente desigual. Los daños los sufren otros. Hay una crueldad patente en la prohibición de una emigración humana libre del Sur al Norte al tiempo que hay mucha importación de mercancías baratas desde el Sur. ¿Cómo es posible que pasen los productos que llevan tanta carga de destrucción y contaminación en origen pero que no pasen las personas? ¿Cuáles deben ser los sentimientos al respecto en Nigeria, Argelia, Libia?

Este es un libro excelente que aúna las experiencias vividas, los sentimientos de compasión e indignación y grandes conocimientos técnicos para ilustrar y remover las conciencias de las y los consumidores.

Hace ya algunos años que Laura y Nazaret persisten en su trabajo profesional. Alejadas de los reportajes al servicio de las empresas y medios de comunicación que son actores principales de esa depredación humana y ecológica, ellas siguen su camino independiente y difícil como excelentes periodistas de investigación. Merecen ser todavía más conocidas de lo que son. Deseo todo lo mejor a esta excelente segunda edición de este libro cuya principal tesis es «Consumir es un acto político».

Joan Martínez Alier

ICTA-UAB, Barcelona

Co-director del Atlas de Justicia Ambiental (www.ejatlas.org)

INTRODUCCIÓN Por qué transformar nuestro modo de producción y consumo es la mejor forma de prevenir la próxima pandemia

2020 será recordado como el año de la pandemia. Nos encontrábamos ultimando los detalles de este libro cuando nos estalló entre las manos la emergencia provocada por el coronavirus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad Covid-19. Nuestros planes, como los de millones de personas en todo el mundo, fueron cancelados o postergados mientras nos sumíamos en un tiempo de incertidumbre en el que seguimos inmersas en el momento de escribir estas líneas. La pandemia puso en jaque a la civilización tal y como la conocemos, porque, como recordó el filósofo Santiago Alba Rico, nos llevó a una recaída en el cuerpo, es decir, a recordar que somos un cuerpo y, por tanto, somos vulnerables, y estamos expuestas a las consecuencias de nuestros actos.

En el momento que escribimos existen todavía muchos interrogantes acerca del origen de la pandemia, y es pronto para entender cómo afectará la crisis sanitaria a las cadenas globales de producción y distribución; por eso no incluimos esa variable en los análisis de los productos que compila este volumen. Sin embargo, la pandemia ha desvelado algunas cuestiones que son sistémicas, como el vínculo directo entre la degradación de los ecosistemas que impone el sistema y las afectaciones a nuestra salud. En otras palabras: nuestro modo de producción, distribución y consumo, y en especial el sistema agroindustrial global, está probablemente detrás de esta pandemia y, si no hacemos nada por cambiar las estructuras globales, muy pronto podríamos enfrentarnos a otra catástrofe similar, o más mortífera. La aparición de la Covid-19 no tiene nada, como nos han querido hacer creer, de cisne negro —esto es, de incidente inesperado—: en realidad, los científicos llevaban años advirtiendo de que la destrucción de ecosistemas y la pérdida de biodiversidad habilita el surgimiento de enfermedades zoonóticas (es decir, que saltan de otras especies animales a humanos), como ya tuvimos ocasión de ver con anteriores versiones del SARS, con el virus del ébola y otros. (1) La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió en septiembre de 2019 de que nos enfrentábamos «a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio». La llamaron «enfermedad X», y hay quien cree que, en efecto, está por llegar un virus mucho más mortífero que el que hoy ha puesto en jaque al mundo tal y como lo conocíamos.

Como acostumbra a suceder, este tipo de mensajes prefieren ser ignorados, porque escuchar las evidencias científicas y tomárselas en serio implicaría abandonar las excusas y emprender realmente una transición ecosocial que nos permita virar hacia un vínculo sustentable con nuestro entorno. Para ello sería fundamental una transformación radical del sistema agroalimentario industrial: de un lado, una industria cárnica globalizada que maltrata a los animales, los hacina y deja su sistema inmune a merced de enfermedades que tienen altas posibilidades de saltar a la especie humana, como ya han demostrado varias crisis sanitarias precedentes; de otro lado, el agronegocio basado en monocultivos. Según una publicación científica de 2015, (2) si se cuantifican las causas de las enfermedades zoonóticas, un 31% tiene que ver con la deforestación y cambios de uso del suelo —y, dice la FAO, el 70% de la deforestación es consecuencia de la expansión de la frontera del agronegocio—, un 15% apunta directamente a la agricultura industrial y un 2% a las transformaciones en la industria alimenticia. Otro 13% tiene que ver con el comercio y transporte internacional, y aquí de nuevo influye el funcionamiento derrochador del sistema agroalimentario, pues los alimentos que se consumen en el Estado español recorren una media de 6.000 kilómetros hasta llegar a nuestro plato, pese a que muchos de ellos podrían cosecharse en el territorio español.

Además, el sistema agroalimentario nos afecta de un segundo modo en tiempos de pandemia: la sustitución paulatina de productos frescos por ultraprocesados, así como la producción con agrotóxicos de alimentos que tienen cada vez menos nutrientes, nos hace más vulnerables a la pandemia: porque nuestro sistema inmune está debilitado, y porque la dieta a base de ultraprocesados y comida basura es causante de algunas de las enfermedades —como la obesidad y la diabetes— que constituyen mayor riesgo para quienes contraigan la Covid-19. Pero es que, además, el sistema agroalimentario está también detrás —sobre todo, debido a la deforestación y el transporte transcontinental de alimentos— del cambio climático, que tiene como consecuencia el deshielo de glaciares y permafrost y, con ello, implica el riesgo de que aparezcan nuevos virus y patógenos que hasta el momento estaban desactivados.

¿Qué tiene esto que ver con el libro que la lectora tiene entre las manos? Todo. Este libro sintetiza el trabajo de años de investigación del colectivo Carro de Combate, en el que hemos diseccionado una veintena de productos y sectores para visibilizar el reguero de consecuencias socioambientales que dejan a su paso las mercancías que consumimos. En El capital, obra más citada que leída que aún aporta un entendimiento del funcionamiento del sistema económico en que estamos inmersos, Karl Marx describió la mercancía como algo «endemoniado», un fetiche que tiene la particularidad de ocultar las relaciones sociales que hicieron posible la fabricación y distribución de esa mercancía. Al hablar del fetiche de la mercancía, Marx nos alertaba de que, dentro del sistema capitalista, se invisibilizan las relaciones laborales de explotación que requiere la maquinaria del sistema para asegurar la reproducción de la ganancia. Nos olvidamos de que somos interdependientes.

Pues bien: la pandemia ha venido a recordarnos no solo que somos interdependientes, sino que lo somos más que nunca en la historia de la humanidad, y que la enorme complejidad de nuestra economía nos hace más vulnerables, porque la mayor parte de los productos que consumimos requieren la participación y el trabajo coordinado de muchas personas de varias esquinas del planeta, así como la explotación de los ecosistemas de lugares lejanos. Todo ello, respondiendo a estructuras de poder neocoloniales que, grosso modo, pueden resumirse así: extraemos materias primas en América Latina y África, para que se manufacturen en Asia, se envíen para su consumo en los países del Norte global, y los desechos que se generan de ese consumo, en muchos casos, vuelven al Sur, como sucede con los vertederos tecnológicos en África o Asia.

Nuestro modo de producción, distribución y consumo deja un puñado de ganadores y una gran masa de perdedores, genera amplias dosis de sufrimiento y está llevando a los ecosistemas, de cuyo adecuado funcionamiento depende nuestra propia supervivencia como especie, al borde del colapso. Nos han dicho que la humanidad estaba en guerra contra el virus causante de la Covid-19: no es así. La verdadera guerra, la que lleva un par de siglos en curso, es la del capital contra la vida. Y nuestros gestos cotidianos de consumo o bien son cómplices con ese sistema, o son disidentes: está en nuestra mano elegir, aunque evidentemente no todas las personas tienen la misma capacidad de elección. En las páginas que siguen, pretendemos ilustrar este proceso sistémico detallando el ciclo de vida de diversos productos que forman parte de nuestra cesta de la compra habitual; pero antes de adentrarnos en ello, quisiéramos contaros brevemente cómo nació este proyecto al que llamamos Carro de Combate.

Metabolismo ecosocial y el consumo como acto político

El 1 de mayo de 2012, Día del Trabajo, se publicó el primer artículo del blog Carro de Combate. La idea había surgido unos meses atrás, cuando dos periodistas freelance, que trabajábamos cada una en una esquina del mundo, nos dimos cuenta de que ambas estábamos escribiendo sobre temas muy similares, como el trabajo esclavo, y que podríamos sumar esfuerzos y emprender una andadura común: Laura Villadiego, desde Camboya y después Tailandia; Nazaret Castro, desde Brasil y ahora Argentina. Nuestro objetivo era ofrecer información sobre las condiciones laborales de quienes fabrican los objetos que consumimos; pero pronto entendimos que los ciclos de vida de los productos son mucho más complejos y cada una de esas fases es determinante.

Algunos autores, basándose en las premisas marxistas, lo han llamado metabolismo socioeconómico o, aún mejor, metabolismo ecosocial. La idea es que nuestra economía funciona de una manera semejante a nuestro aparato digestivo, e incluye cinco fases: extracción de materias primas, producción o manufactura, distribución o circulación, consumo y fase de excreción o desechos. En el sistema capitalista, patriarcal y colonial en el que vivimos, cada una de esas fases está orientada a la maximización de la ganancia: es decir, a que los empresarios ganen el máximo posible. ¿Y cómo lo hacen? De una forma un tanto cínica, o al menos eufemística, se ha llamado «externalidades» a aquellas consecuencias de la actividad económica que no están incluidas en los balances contables. (3) Todo aquello que no pagan la empresa ni el consumidor, pero que alguien paga, ajeno a esa transacción. Después de analizar los productos que reúne este volumen, concluimos que esas grandes empresas que controlan el mundo dejarían de ser rentables si incluyeran en sus balances tales externalidades negativas: es decir, si pagasen salarios dignos, si protegieran el medio ambiente y, también, si no contaran con los subsidios directos e indirectos que reciben de los Estados, principalmente derivados del hecho de que pagan muy pocos impuestos.

La primera investigación con profundidad que realizamos se centró en la industria del azúcar y dio origen a nuestro primer libro, autoeditado y publicado el 1 de mayo de 2013: Amarga dulzura. Una historia sobre el origen del azúcar. Ya entonces entendimos que nuestro trabajo de investigación encontraría una enorme dificultad para trazar el origen de los productos: las empresas suelen ser muy opacas, y las cadenas de producción son cada vez más complejas. Desde los años 70 del siglo pasado, cuando se consolidó lo que podríamos llamar la fase neoliberal y globalizada del modo de producción capitalista, se ha emprendido un paulatino proceso de deslocalización de la producción que ha llevado a que la mayor parte de las multinacionales tercericen su producción. El textil es un claro ejemplo: ni Inditex, ni Nike ni ninguna otra gran marca de moda y calzado posee talleres propios, o posee muy pocos; la inmensa parte de su producción la compran a talleres, muchas veces clandestinos, ubicados en países del Sur global. Con ello, no solo se garantizan pagar salarios más bajos, sino que se ahorran rendir cuentas sobre las consecuencias que genera su lucrativa actividad. Si en el textil es una vieja conocida, también nos encontramos semejante falta de transparencia en muchos de los productos que fuimos investigando en nuestros Informes de Combate, que confeccionamos desde 2013 —siempre gracias a los donativos de nuestros mecenas, que siguen siendo nuestra única fuente de financiación— y que fueron germinando en el libro que tenéis entre vuestras manos, que se publicó en 2014 y que aparece, seis años después, en una segunda edición revisada y actualizada.

En estos seis años, algunas tendencias que denunciábamos en el libro se han acentuado: varios sectores de la economía están cada vez más oligopolizados, esto es, en manos de empresas que concentran cada vez más poder. Al revisar y actualizar los datos, nos sorprendió ver, por ejemplo, que la fortuna del dueño de Inditex, Amancio Ortega, pasó en estos años de 43.000 millones de euros a 63.000 millones, según los cálculos de Forbes. Según un informe de Oxfam publicado en enero de 2020, los 2.153 milmillonarios que hay en el mundo poseen más riqueza que 4.600 millones de personas, es decir, que el 60% de la población mundial. Año tras año vemos cifras de desigualdad cada vez más obscenas, mientras los científicos alertan de que se nos acaba el tiempo para revertir la emergencia climática, sin que nuestros gobernantes parezcan cerca de llegar a una solución en las sucesivas cumbres climáticas. Pero también hemos visto llamadas a la esperanza: como el movimiento juvenil que, de la mano de Greta Thunberg, comienza a decir alto y claro que las nuevas generaciones no están dispuestas a pagar los platos rotos de nuestra irresponsabilidad. O la efervescencia de los feminismos, que colocan en el centro la vida y los cuidados, y así nos aportan claves para pensar cómo construir sociedades postcapitalistas.

También nosotras hemos cambiado. Aumentó la familia, con la incorporación de Aurora Moreno en 2015 y de Brenda Chávez en 2018; y, en estos años, hemos investigado con profundidad el modelo de los monocultivos propio del agronegocio, (4) lo que nos ha permitido entender mucho mejor cómo funciona el actual sistema agroalimentario. Y cómo funciona el mundo, y ese sistema de dominación disfrazado de doctrina económica que es el capitalismo. Pues, como dice una frase atribuida a Henry Kissinger: «Controla el petróleo y controlarás a las naciones; controla los alimentos y controlarás a los pueblos».

La deslocalización de la producción y la complejidad de las cadenas globales han hecho que la fetichización de la mercancía y la invisibilización de las relaciones sociales que implica nuestro consumo sea mayor que nunca. Quien repone su iPad antes incluso de la temprana fecha de caducidad que impone la obsolescencia programada probablemente ignora que la fabricación de ese gadget requiere no solo la mano de obra sobreexplotada de trabajadores en el Sudeste asiático, sino también la extracción de minerales escasos que provocan guerras en África. La palma de aceite de la chocolatina de Nestlé que compro en el supermercado de la esquina provoca deforestación, pérdida de biodiversidad y desplazamiento de comunidades indígenas a diez mil kilómetros de casa. Las «externalidades» de las mercancías que compramos se sufren a menudo muy lejos del punto de compra, lo que las oculta aún más; pero ahí están. Y la Covid-19 ha evidenciado que nos afectan de forma mucho más directa de lo que hubiésemos pensado.

Carro de Combate nació de una intuición que después fuimos convirtiendo en convicción: si nuestros actos de consumo generan consecuencias en cuerpos y ecosistemas, entonces consumir es un acto político; y si esto es así, la primera batalla es la de la información, porque un consumo crítico y consciente requiere de un conocimiento acerca de las consecuencias de los circuitos convencionales de producción y distribución, así como la divulgación de las alternativas que ya existen y, de hecho, emergen continuamente. Estos temas aparecen de vez en cuando en los medios de comunicación hegemónicos, pero normalmente aparecen como casos aislados, que impiden ver el cuadro completo, y entender que, por ejemplo, cuando decimos que Adidas no respeta los derechos de las personas que fabrican sus zapatillas, no se trata de una excepción, sino de la regla de funcionamiento con la que operan la práctica totalidad de las grandes empresas del sector.

La primera batalla es la de la información porque, además, la gran victoria del sistema capitalista ha sido la victoria cultural: habernos hecho creer que no hay alternativa: There is no alternative, dijo una de las líderes ideológicas del modelo neoliberal, Margaret Thatcher. Y fue también la Dama de Hierro quien nos dejó una frase que describe muy bien el penetrante funcionamiento del neoliberalismo: «La economía es el método; el objetivo son las almas».

Para llegar a nuestras almas, la publicidad ha sido la estrategia fundamental de un sistema que necesita de la creciente y constante acumulación del capital. La ideología del consumo o, diría el filósofo francés Gilles Lipovetsky, del hiperconsumo. Hoy, la estrategia publicitaria, basada cada vez más en el big data, logra personalizar los mensajes comerciales a partir de los datos que dejamos constantemente en nuestros dispositivos.

Sin embargo, pese al silencio cómplice de los medios de comunicación hegemónicos y al creciente poder de las empresas tecnológicas, algo está cambiando. Nosotras pudimos comprobarlo con la buena acogida de nuestras investigaciones: cada vez más gente entiende la necesidad de un cambio, que la pandemia muestra mucho más urgente de lo que muchos querían creer. Cada vez más personas quieren saber lo que hay detrás del engranaje del sistema, y buscan alternativas que no solo comportan la posibilidad de un mundo más justo, sino también, más feliz. Porque el sistema agroalimentario global nos alimenta cada vez peor, y el hiperconsumo generalizado nos ha hecho más infelices, así como el exceso de pantallas interconectadas nos hace sentir más solos. La ideología del tanto tienes, tanto vales; la eterna promesa de que seremos más felices si nos compramos el último modelo de teléfono móvil, o aquellas zapatillas de marca, o esas vacaciones en el Caribe. Bajo el capitalismo, no importa ser, sino tener, como describió Erich Fromm en su célebre ensayo ¿Tener o ser? Los griegos lo llamaban pleonexia, y Platón lo consideraba una enfermedad: el apetito insaciable de cosas materiales.

Un sistema despilfarrador

La destrucción de los ecosistemas no para de crecer, al mismo e insoportable ritmo que la desigualdad global. El orden neoliberal hace retroceder lo público, mercantiliza los bienes comunes, convierte cada sector de la economía en un oligopolio en manos de cada vez menos empresas, y más poderosas, que cuentan en muchos casos con un historial deleznable en cuanto a derechos humanos: Coca Cola, Nestlé, Nike, Bayer-Monsanto, Enel Endesa, Repsol y tantas otras. Aunque resistamos al embate publicitario, la obsolescencia programada —o la percibida, la que nos hace comprar por moda— nos obligará a cambiar de teléfono o adquirir un jersey nuevo antes de lo necesario, y si queremos reparar un electrodoméstico o un zapato, nos encontraremos con que repararlo sale más caro que comprar uno nuevo, lo que es el colmo del absurdo. Porque este sistema económico pretende ser el más eficiente, pero lo es solo en términos del lucro que genera para un puñado de millonarios; es, en realidad, enormemente despilfarrador si, en lugar de hacer los cálculos en dólares, los hacemos en términos de flujos de energía y materiales. Es lo que vienen haciendo los autores de la Economía Ecológica y de la Ecología Política, que nos recuerdan que no podemos seguir comportándonos como si tuviéramos un planeta de repuesto: tras dos siglos de economía subsidiada por el petróleo y de extracción de todo tipo de materias primas —incluyendo la fertilidad de la tierra—, ya no vivimos en un planeta abundante y deberemos ajustar nuestra actividad económica a los recursos de los que ahora disponemos.

Un problema de base es haber confundido valor y precio, y valorar en términos exclusivos de rentabilidad. Ocurre que los precios reflejan cada vez menos el valor del trabajo y de las materias primas de las mercancías: todo ello ha sido externalizado, y la empresa termina llevando ese producto a los estantes de los grandes almacenes pensando en lo que el comprador está dispuesto a pagar. Los economistas ecológicos han calculado algunos de esos costes, aunque insistiendo en que hay valores incalculables, inconmensurables. Porque, ¿qué precio le ponemos a la contaminación del agua que provoca una mina de cobre? ¿Cuántos dólares o euros supone la pérdida de nutrientes de la tierra como consecuencia del monocultivo de soja o caña de azúcar? ¿Cuánto le cuesta a la humanidad el transporte marítimo de mercancías, si sumamos las consecuencias de la contaminación de los mares y los diversos efectos de la extracción de los hidrocarburos? Por más que se empeñe el mercado, la naturaleza no tiene precio, y sí un valor incalculable. Algo sí es seguro: no tiene sentido producir a diez mil kilómetros de distancia de donde se va a consumir. Dicen que es más barato, más rentable, pero solo es así porque alguien paga la parte del precio que nosotros no pagamos; y entre ese «alguien» están las generaciones futuras, los seres humanos no nacidos —y las especies no humanas—, que podrían enfrentarse a una existencia mucho menos placentera que la nuestra después de que hayamos esquilmado todos los recursos a nuestro alcance.

Un buen diagnóstico solo es posible pensando de forma integral, e incorporando en la misma reflexión la sustentabilidad ambiental y la justicia social.

Última llamada

En este contexto, creemos necesario y urgente promover un cambio. Para Carro de Combate, las soluciones locales deben combinarse con planteamientos globales, y, aunque son muchas las perspectivas y posibilidades de lucha ciudadana, nosotras proponemos una: el consumo como acto político. En una sociedad donde los poderes fácticos en gran medida han reducido a los ciudadanos a consumidores, qué hacemos con nuestro dinero se ha convertido en una de las vías más evidentes de intervención en el mundo. Cada vez más gente entiende que nuestras pautas de consumo irresponsables nos hacen cómplices y que, aunque no sea fácil, siempre tenemos un cierto margen de libertad, pues hay opciones mejores que otras, y entender eso, que cada gesto cuenta, es el primer motor del cambio.

«Cada acto de consumo es un gesto de dimensión planetaria, que puede transformar al consumidor en un cómplice de acciones inhumanas y ecológicas perjudiciales», escribe el filósofo brasileño Euclides André Mance. Del mismo modo, cada acto de consumo puede ser una forma de activismo que nos lleve hacia un mundo más justo, más humano, y también que, en lugar de alienarnos, nos ayude a desarrollar nuestras capacidades. Pero no porque vayamos a cambiar el mundo con esos pequeños gestos individuales; sino porque entender el consumo como un acto político nos hace más conscientes de la necesidad de emprender cambios colectivos para pisar el freno de un sistema que nos ha llevado a un mundo socialmente injusto y ambientalmente insostenible. Se trata, entonces, de consumir críticamente, y también de consumir con criterio; esto es, comprar lo que necesitamos y no lo que la publicidad nos dice que deseamos, y superar la idea de propiedad privada como única forma de posesión. ¿Acaso no hay muchos productos que nos darán la misma satisfacción, quizá más, si los compartimos en lugar de acumularlos?

Tampoco creemos que la solución implique esforzarse por ser absolutamente coherentes. Pretender ser absolutamente coherentes solo llevará a la frustración, por no hablar de que, al menos en las grandes ciudades, resulta virtualmente imposible. Lo que proponemos es ir cambiando de a poco nuestros hábitos de consumo, cada vez más atentos a las alternativas que existen y que, a menudo, resultan invisibilizadas. Añadimos al final de este libro algunas páginas web y comercios que ofrecen algunas soluciones, pero dar un listado detallado resultaría imposible en un volumen de estas características. Os animamos a que cada una de vosotras iniciéis vuestra propia investigación, a través de Internet y vuestro círculo de contactos; así, entre todos, iremos mapeando y difundiendo alternativas.

Frente a la ideología dominante que promueve un consumo irresponsable, alienado y alienante, entender el consumo como acto político implica rechazar nuestra complicidad cotidiana, real aunque invisible, con la injusticia y el sinsentido del sistema capitalista en su fase de la globalización. Los comportamientos cotidianos, los cambios individuales en el consumo, no bastan, pero ayudan a adquirir consciencia sobre el funcionamiento de esta economía global, que no solo es injusta: también es inhumana, pues satisfacer las necesidades de la reproducción del capital nos aboca hacia la destrucción de la naturaleza y del propio ser humano. El consumo consciente, o la consciencia sobre el consumo, alienta la rebelión y ayuda a pensar la transición, sirviéndose de las iniciativas de la economía social y solidaria como un laboratorio de ensayo. Y es ahí cuando los comportamientos individuales comienzan a articularse con formas de acción colectiva para promover cambios legislativos: debemos exigir a nuestros gobernantes que obliguen a las empresas a ser transparentes y a respetar los derechos humanos y las fuentes de las que depende la vida de todas. Necesitamos consumir, pero no estamos obligados a hacerlo del modo que la televisión y las empresas multinacionales nos dicen que hagamos.

Entendernos como sujetos libres, y entender el mundo en que vivimos como una realidad histórica y por lo tanto modificable, es el primer paso para avanzar hacia una transición ecosocial que ya es impostergable. No nos queda duda a estas alturas que la traumática pandemia de la Covid-19 debe ser para nosotras un llamado a modificar la irracionalidad del actual sistema de producción, distribución y consumo. Hoy más que nunca es momento de apostar por una transformación radical de nuestros estilos de vida, por circuitos cortos de producción y consumo, por el comercio de proximidad y por la agroecología. Ya es tiempo de colocar la vida y los cuidados en el centro, y de reconsiderar lo que es realmente valioso.

1- Un ecosistema sano sirve de barrera natural, y la diversidad de especies animales permiten la dilución de la carga vírica. Pero, si destrozamos los ecosistemas y obligamos a los animales que sobreviven a migrar y a estar más cerca de la población humana, entonces podemos encontrarnos situaciones como la que ahora vivimos. En este artículo de Ferrán P. Vilar se pueden encontrar varias referencias científicas: https://ustednoselocree.com/2020/04/08/peor-de-lo-esperado-pandemias-y-colapso-inducido-1/

2- Véase Loh et al. (2015) «Targeting Transmission Pathways for Emerging Zoonotic Disease Surveillance and Control», en Vector-Borne and Zoonotic Diseases, vol. 15, núm. 7.

3- La economía ortodoxa entiende por externalidad «todo daño o beneficio provocado a personas que no participan en la compraventa o el consumo de un producto, ni está contabilizado dentro de los costes de la empresa», luego tampoco del precio.

4- La síntesis de nuestras investigaciones se ha publicado en forma de ensayo: Nazaret Castro, Aurora Moreno y Laura Villadiego, Los monocultivos que conquistaron el mundo. Impactos socioambientales de la caña de azúcar, la soja y la palma aceitera. Akal, Madrid, 2019.

EL PUNTO DE PARTIDA: LAS MATERIAS PRIMAS

La cadena de producción de prácticamente todo lo que consumimos comienza en el mismo punto: las materias primas necesarias para fabricarlo. Son la base de la sociedad de consumo: sin materias primas no podríamos tener ni los productos más sencillos, como una barra de pan, ni tampoco los más complejos, como un ordenador. Todos necesitan materias agrícolas o minerales y, sobre todo, fuentes de energía —que también se consideran materias primas— para ser producidos.

El estudio de las materias primas es especialmente importante porque impregna el proceso de producción de todos los otros productos que consumimos, pero no solemos ser conscientes de ello, en parte porque rara vez consumimos materias primas en bruto, como el hierro, el petróleo o el algodón. Sin embargo, las materias primas alimenticias, como el azúcar, los aceites o el café, sí los encontramos en las estanterías de los supermercados. Son estas commodities, como las llaman en inglés, las que hemos seleccionado en este primer bloque del libro. El resto de las materias primas —con la excepción de la energía, que daría en sí misma para todo un libro— serán mencionadas a menudo en los siguientes bloques, aunque con menor profundidad.

Materias primas y mercados financieros

No se puede hablar de materias primas sin mencionar la importancia de los mercados financieros en su comercialización. Las materias primas, al ser productos no elaborados, se venden fundamentalmente por su precio y no por sus características, que no suelen variar mucho en función del productor ni del país de origen. Esto las hace especialmente apropiadas para ser vendidas en los mercados financieros, en los que no es necesario ver la mercancía. En la actualidad existen unos 50 mercados de este tipo, cada uno de ellos especializado en unas commodities en particular. Mueven cada año miles de millones de dólares y su importancia en la evolución de los precios es creciente.

Pero la ecuación no es tan simple. En estos mercados, las materias primas pueden venderse en tiempo presente —hoy compro, hoy recibo— pero en general suelen comercializarse bajo la forma de futuros o de opciones. En el primer caso, comprador y vendedor se comprometen a intercambiar una mercancía en el futuro, pero al precio de mercado del día en el que se ha llegado al acuerdo. Es decir, las condiciones se establecen hoy, pero el intercambio se produce en el futuro. En el caso de las opciones, el vendedor obtiene un derecho a comprar una mercancía, también a un precio prefijado, pero no tiene la obligación de hacerlo.

Sin embargo, en ambos casos, el intercambio nunca se produce y estos acuerdos solo se utilizan para generar ganancias especulativas. Así, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, en sus siglas en inglés), el 98% de los contratos de futuro no llegan a destino: el contrato es cancelado o revendido antes. De ahí concluye la FAO que los mercados de futuros «atraen inversores que no están interesados en la materia prima como tal, sino en hacer dinero de forma especulativa».

Se pueden encontrar opiniones diversas sobre el papel que juegan los mercados financieros en el precio internacional de las materias primas, especialmente de las llamadas soft commodities (materias primas blandas o agrícolas), que son la base de la alimentación humana. El debate se encendió durante la última crisis alimentaria mundial, en los años 2007 y 2008, cuando los precios de los alimentos básicos aumentaron rápidamente, lo que provocó hambrunas y tensión social en medio mundo, especialmente en África. En un primer momento se apuntó al papel de los agrocombustibles, a las malas cosechas y al aumento del consumo en países como China o India como principales causas del incremento de los precios. En 2008, el relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación, Jean Ziegler, denunció sin embargo el papel de los mercados financieros especulativos en el aumento de los precios, si bien acusó también a los agrocombustibles. Desde entonces ha habido dos grupos de opiniones diferenciados: el que apunta a la economía real como causa principal del aumento de los precios —a mayor demanda o menor oferta, mayor precio— y el que acusa a los mercados financieros de alterar artificialmente los valores.

En lo que todos están de acuerdo es en que los precios de las commodities son más volátiles que los de los productos manufacturados, y su volatilidad es hoy mayor que antes de la crisis de 2008, según ha advertido la FAO. Esto perjudica a los países pobres, cuyas economías suelen depender de la producción y exportación de este tipo de productos. Tampoco ayuda la concentración empresarial: unas pocas compañías multinacionales controlan el mercado mundial de las commodities y de sus semillas y son, generalmente, las que compran las materias primas a los agricultores de medio mundo y luego las ponen en los mercados financieros. Son juez y parte. Algunos nombres, como la multinacional de biotecnología y semillas Monsanto, recientemente comprada por Bayer, son bien conocidos por el público general, pero buena parte de las firmas que controlan el mercado mundial de las materias primas son bastante desconocidas por la opinión pública: Bunge, ADM (Archer Daniels Midland Co), Cargill, Louis Dreyfus o Wilmar son las principales.


MATERIAS PRIMAS EN LOS MERCADOS FINANCIEROS
Granos:Soja, trigo, maíz, avena, cebada.
Materias primas blandas:Algodón, jugo de naranja, café, azúcar, cacao.
Energías:Petróleo crudo, gasolina, gas natural, etanol, nafta.
Metales:Oro, plata, cobre, platino, aluminio, paladio.
Carnes:Ganado bovino vivo, ganado porcino vivo, manteca, leche.

El auge de los agrocombustibles

Como hemos visto, el papel de los agrocombustibles ha sido muy polémico durante los últimos años. Los agrocombustibles son aquellas fuentes de energía derivadas de biomasa o materia orgánica. Como este tipo de carburante está fácilmente disponible en la naturaleza, fue la primera fuente de energía utilizada por los seres humanos, que durante milenios han usado la madera para calentarse o cocinar, y aún la siguen usando en zonas rurales y en muchos países del Sur.

Después de varias décadas de uso y abuso de los combustibles fósiles, el nuevo auge de los agrocombustibles llegó tras la crisis del petróleo de la década de 1970, que hizo aumentar de forma espectacular los precios del crudo. Se buscaron entonces nuevas alternativas para alimentar a los automóviles. La tecnología no era nueva, puesto que los primeros prototipos de coches ya habían funcionado con etanol: así fue con el famoso modelo T de Ford, aunque la Ley Seca de la época había imposibilitado el desarrollo de este tipo de carburantes. A partir de 1970 se retomó el ensayo de carburantes procedentes de plantas y se desarrollaron dos tipos: el bioetanol, que sustituye a la gasolina y que procede de alimentos ricos en azúcares, como la caña, la remolacha y el maíz; y el biodiésel, que sustituye al diésel y se obtiene de aceites de girasol, colza y otros.

En la actualidad, la producción mundial de agrocombustibles líquidos ronda los 143.000 millones de litros anuales. (1) Su incremento vino acompañado de una gran campaña por parte empresas y gobiernos que vendieron los agrocarburantes como un producto milagroso para reducir la huella de carbono derivada de los combustibles fósiles. Pero, paradójicamente, el boom de los agrocombustibles ha provocado prácticas poco amigables con el medio ambiente, como la deforestación y la extensión de monocultivos que dejan las tierras exhaustas, como veremos al analizar la caña de azúcar: la FAO calcula que, si en 2010 se dedicaba en torno al 20% del azúcar moreno que se producía a la elaboración de etanol, en 2028 se prevé que esa cifra llegue al 24%, algo por debajo de las previsiones realizadas algunos años antes. (2) El caso del aceite de palma, que también analizamos en este libro, es uno de los más paradójicos. El fuerte incremento de la demanda de biodiésel llevó a Indonesia a acelerar la deforestación de su selva tropical, que cada año es devorada por grandes incendios, para plantar palma. Ecologistas e incluso el gobierno de Indonesia han apuntado a las grandes empresas agrícolas —no solo aceiteras, sino también para caña o caucho— como responsables de estos incendios.

Curiosamente, en 2015 Indonesia sobrepasó a Estados Unidos como país que más emisiones de efecto invernadero generó a nivel mundial durante los días de mayor intensidad de estos incendios. (3) Y todo ello a pesar de que tres leyes prohíben en el país quemar los bosques y de que una moratoria ha suspendido las concesiones de terrenos para nuevas plantaciones de forma indefinida. Ecologistas y otros activistas, principalmente de Greenpeace, denuncian la corrupción de las autoridades locales (4) como principal impedimento para hacer cumplir estas leyes.

La polémica de los transgénicos

Un análisis al mercado de las materias primas no estaría completo sin hacer una referencia al polémico debate sobre los transgénicos. La selección de semillas, para obtener generación tras generación especies cada vez más mejoradas, es una práctica ancestral que los agricultores utilizan desde hace milenios. La novedad que trajo la llamada Revolución Verde es que, con los nuevos conocimientos científicos de manipulación genética, se pudieron provocar cambios artificiales sobre el ADN. Las compañías multinacionales del sector biotecnológico crearon especies resistentes a plaguicidas o herbicidas, con lo que los cultivos obtienen rendimientos espectaculares. Nacían así los organismos genéticamente modificados (OGM), popularmente conocidos como transgénicos.

La Revolución Verde se anunció como la posibilidad tecnológica de acabar con el hambre en el mundo; sin embargo, pronto se comprobó que esa tecnología no se ponía al servicio de la erradicación del hambre, sino del aumento de la ganancia de las empresas privadas. Un caso extremo es el de las llamadas semillas suicidas o Terminator: contienen una modificación genética por la cual una toxina mata al embrión en un momento de su desarrollo, para obligar al agricultor a comprar nuevas semillas en cada período de siembra. La polémica llevó a Monsanto, la empresa líder del sector, a comprometerse a no comercializarlas, pero en la práctica presiona a los agricultores para que compren semillas nuevas para cada siembra o paguen regalías por ellas.

La polémica ha acompañado los OGM desde su inicio. Los efectos negativos sobre la salud del consumo de transgénicos son un asunto polémico: la comunidad científica está dividida al respecto. Pero sí hay evidencias de los peligros que entraña el abuso de agroquímicos, cuyo aumento exponencial viene a menudo de la mano de los OGM, puesto que buena parte de ellos han sido diseñados precisamente para resistir herbicidas más potentes. El ejemplo clásico es la soja Roundup Ready (RR), patentada en 1996 por la multinacional estadounidense Monsanto. La soja RR está genéticamente modificada para resistir al Roundup, un herbicida a base de glifosato y otras sustancias químicas que ha sido ampliamente cuestionado por los ecologistas y, cada vez más, por las poblaciones cercanas a los cultivos; un caso emblemático ha sido la lucha contra los agroquímicos en la provincia argentina de Córdoba, donde los movimientos sociales han conseguido parar, de momento, la instalación de la que sería la mayor planta de maíz transgénico de Monsanto en la región.

La problemática va más allá de los impactos sobre el medio ambiente y sobre la salud humana de este tipo de sustancias químicas. Las empresas del ramo crearon en 1961 la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV). Esta ha impulsado sucesivos acuerdos destinados a crear un sistema de protección de los derechos de las empresas del sector, similar al registro de patentes. El último de estos acuerdos, el de 1991, obliga a los países firmantes a realizar modificaciones en su legislación que privilegian la venta de las semillas genéticamente modificadas y llegan a prohibir el uso de semillas no certificadas. También restringen el derecho de los agricultores a almacenar, intercambiar o regalar las semillas de sus cosechas, y favorecen el pago de regalías a las multinacionales. (5)

Al igual que en el caso de las materias primas, las semillas transgénicas están controladas por unos pocos grupos. Según un estudio del Grupo ETC de 2013, seis firmas transnacionales (Monsanto, DuPont, Syngenta, Bayer, Dow y BASF) controlaban entonces el 60% del mercado comercial de semillas, copan el 76% de las ventas globales de agroquímicos y el 75% de toda la investigación del sector privado sobre la agricultura. (6) En los últimos años hemos asistido a una nueva ola de concentración en el sector, con la compra de Syngenta por parte de ChemChina y la fusión de DuPont y Dow, ambas operaciones en 2017; y la también fusión de Monsanto y Bayer en 2018.

1- Fuente: World Bioenergy consultado el 23 de enero de 2020 https://worldbioenergy.org/uploads/181203%20WBA%20GBS%202018_hq.pdf

2- Ver tanto «Perspectivas agrícolas 2012-2021», http://www.oecd.org/site/oecd-faoagri- culturaloutlook/SpanishsummaryOCDEFAOPerspectivasgr%C3%ADcolas2012.pdf como «Perspectivas agrícolas 2019-2028», http://www.fao.org/3/ca4076en/CA4076EN.pdf

3- Indonesia’s Fire Outbreaks Producing More Daily Emissions than Entire US Economy, World Resources Institute, 16 de octubre de 2015. Consultado el 23 de enero de 2020 https://www.wri.org/blog/2015/10/indonesia-s-fire-outbreaks-producing-more-daily-emissions-entire-us-economy

4- «Local government corruption fuelling Indonesia’s forest fires, Greenpeace says», en: http://www.scmp.com/news/asia/article/1269684/local-government-corruption-fuelling-indonesias-forest-fires-greenpeace

5- Organizaciones como la Vía Campesina y el Grupo ETC han denunciado que estas leyes suponen la apropiación privada de un bien común tan vital para la vida como son las semillas. En varios países, las comunidades campesinas e indígenas han levantado su voz contra estas legislaciones: en algunos países, como en Chile, su resistencia ha evitado la aprobación de la norma; en otros, como Colombia, la movilización de los agricultores ha logrado que la ley se suspenda. En ambos casos, la aprobación de una ley privatizadora de las semillas era un requisito del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos.

6- http://www.scmp.com/news/asia/article/1269684/local-government-corruption-fuelling-indonesias-forest-fires-greenpeace

AZÚCAR


DATOS BÁSICOSProducto: azúcar.Materias primas de origen: azúcar de caña, remolacha, frutas, maíz, arce.Principales países productores: Brasil, India, China, Tailandia, México, Colombia, Guatemala, Argentina, Estados Unidos.Principales países exportadores: Brasil, Tailandia.Principales países importadores: India, UE, EE.UU., China.Consumo anual per cápita: oscila entre los 35 kilos por persona y año en Europa y los 15 kilos en países africanos.Productos donde se encuentra: azúcar de mesa (25% del consumo), preparados alimenticios, bebidas, lácteos, productos no alimenticios.

Introducción

Pese al generalizado miedo a engordar en los países opulentos, el consumo de azúcar no deja de crecer: en Europa alcanza los 35 kilos por persona y año. Para la temporada 2017/18, la producción mundial de azúcar alcanzó los 179 millones de toneladas, de los que 139 millones corresponden a azúcar de caña y otros 40 millones al azúcar de remolacha. (1)

Los países del Sur son los principales productores de caña de azúcar, una planta que crece en climas tropicales y subtropicales. Antes de llegar a nuestras mesas, el azúcar pasa por una compleja cadena de producción que, en un contexto global, no es fácil de trazar. Y deja a su paso un reguero de consecuencias sociales y ambientales en las que los perdedores son siempre los mismos: las poblaciones más vulnerables de esos países productores del Sur.

Cuando hablamos de azúcar, no se trata solo de las cucharadas que añadimos al café ni de los dulces que tomamos: el azúcar está presente en el pan procesado, los lácteos y un sinfín de productos salados prefabricados de los que apenas sospechamos que contienen azúcar. De hecho, en las últimas tres décadas, en España ha disminuido el consumo de azúcar de mesa —el que añadimos al café o a los postres—, y sin embargo, el consumo total de azúcar no deja de aumentar. Es uno de los alimentos más presentes en nuestra alimentación, y sin embargo apenas sabemos nada de él.

CARACTERÍSTICAS DEL PRODUCTO

De dónde procede el azúcar

El azúcar se obtiene de la sacarosa, que procede principalmente de dos fuentes: la caña de azúcar y la remolacha. La caña de azúcar es el origen de aproximadamente el 78% del total y es producida en países tropicales de todo el mundo, con Brasil, India y Tailandia a la cabeza. La remolacha, de donde se saca el 22% restante, es típica de países más templados, principalmente de Europa, Estados Unidos y China.

Dónde se encuentra

Tan solo el 25% del total del azúcar que consumimos lo ingerimos de forma directa. El resto nos llega a través de productos elaborados como pasteles, panes, bebidas o embutidos. El azúcar tiene además muchas otras utilidades, principalmente en la fabricación de etanol, un agrocombustible que ha favorecido la volatilidad del precio del azúcar. Tiene también usos medicinales y cosméticos. Además, en algunos países, el azúcar es utilizado como pesticida, ya que atrae a las hormigas que luego se comerán otros insectos.

EL SECTOR DEL AZÚCAR EN EL MUNDO

El mercado internacional del azúcar

El mercado mundial de azúcar y sus derivados excede los 70.000 millones de dólares cada año, según la FAO. Cada año se comercializan alrededor de 160 millones de este producto, y el negocio no deja de crecer: pese a las diversas crisis que ha padecido el sector, la FAO sigue pronosticando un aumento de la producción —y del consumo, claro.

El del azúcar es un mercado delgado, con pocos productores y vendedores. Al ser un producto no perecedero, cuando ya está procesado, los excedentes pueden venderse después en el mercado de saldos, lo que contribuye a la inestabilidad de los precios en el sector. Otra peculiaridad del mercado internacional del azúcar es que su consumo es fundamentalmente interno, y solo un 30% del total de la producción mundial es vendido en los mercados internacionales. Tras la liberalización del sector en Europa en 2006, el porcentaje ha aumentado, si bien sigue siendo menor al de otros sectores.

Principales empresas

El sector del azúcar mantiene aún muchas de las características de la época colonial. Las principales empresas siguen siendo británicas, alemanas, francesas y estadounidenses, a pesar de que, salvo en el último caso, sus producciones en el propio país son mucho menores y más costosas. No obstante, poco a poco se van introduciendo en los primeros puestos empresas brasileñas y tailandesas, que están copando el mercado con sus costes más competitivos. Después del control europeo de este jugoso mercado durante siglos, Brasil e India son los principales productores; Brasil mantiene el control del mercado. En los últimos años, China ha pasado de ser uno de los principales importadores a alzarse hasta el tercer puesto entre los productores de caña de azúcar.

LA CADENA DE PRODUCCIÓN. IMPACTOS SOCIALES Y AMBIENTALES

El trabajo en los cañaverales. Impactos sociales del cultivo de caña

La cadena de producción del azúcar comienza en las plantaciones de caña de azúcar y de remolacha. El azúcar ha estado tradicionalmente ligado a la esclavitud: durante la época colonial, millones de esclavos africanos fueron desplazados a los campos americanos para cultivar principalmente caña. Hoy en día, la producción sigue relacionada con duras condiciones de trabajo, expropiaciones forzosas y degradación del medio ambiente, cuando no mano de obra en condiciones análogas a la esclavitud, retenida contra su voluntad en los ingenios.

Cortar caña tiene fama de ser uno de los trabajos más duros que existen; sin embargo, en países como Brasil o Tailandia el salario que se paga a los cortadores es tan bajo que ni siquiera alienta a los empresarios a invertir en la mecanización del sector. Los propietarios de los ingenios azucareros prefieren pagar a los jornaleros, que en los cañaverales brasileños rozan el salario mínimo —en torno a 250 euros mensuales al cambio, que en Brasil apenas alcanzan para subsistir—; pero para lograr ese jornal, los trabajadores deberán cortar caña sin descanso de sol a sol, pues se les paga por peso recogido. Según las investigaciones de la ONG Repórter Brasil y de la Comisión Pastoral de la Tierra, en Brasil los cañaverales siguen siendo uno de los sectores que emplean más trabajadores en condiciones análogas a la esclavitud.

En tales condiciones de vulnerabilidad, no extraña que las mujeres se lleven la peor parte. En Guatemala, que a pesar de su pequeño tamaño es el séptimo productor mundial de azúcar, en varias comunidades cercanas a las plantaciones de la Costa Sur las mujeres aseguran que pierden su trabajo si no aceptan tener sexo con el encargado de la plantación. (2) También denuncian la situación crítica que viven debido a la contaminación del agua por los agrotóxicos que se aplican a la planta, así como los problemas de salud que se derivan de las quemas masivas.

En la otra esquina del mundo, en Tailandia, el segundo exportador mundial de caña de azúcar, la realidad no es muy distinta: jornadas de trabajo extenuantes se cobran, en función del peso recogido, a entre 2,5 y 7,5 euros al cambio. Aquí, a menudo se utiliza a inmigrantes ilegales, provenientes sobre todo de Birmania: su vulnerabilidad los hace más dúctiles. En todo el Sudeste Asiático, avanzan los grandes ingenios azucareros a costa de los pequeños campesinos: Camboya vive desde hace unos años una ola de expropiaciones que afecta ya casi a 800.000 personas y cuya brutalidad ha sido tal que se ha presentado una demanda contra el gobierno camboyano por crímenes de lesa humanidad ante la Corte Penal Internacional. Se calcula que 4.000 de esas familias han perdido sus tierras y sus casas debido al avance del sector azucarero. Las causas de esta nueva edad dorada de la caña están en el auge de los agrocombustibles y en el acuerdo preferencial con la Unión Europea, que permite a Camboya, entre otros países, exportar a Europa una buena cantidad de productos sin tener que pagar tasas de aduanas. Sin embargo, a principios de 2020, la Unión Europea suspendió parcialmente el acuerdo por los abusos en el país a la libertad de expresión y a la libertad sindical y el azúcar dejó de tener un trato preferencial.

Los efectos medioambientales del auge de la caña

Gran parte de las plantaciones de caña de azúcar son herederas de los grandes latifundios coloniales y, aunque en algunos casos los latifundios han sido repartidos en cooperativas, se mantiene el sistema de monocultivo, que agota la tierra, contribuye a la desertificación del suelo y acaba con la biodiversidad.

El monocultivo extensivo degrada la tierra, que queda devastada después de siglos de ingenios azucareros. En Cuba, el 70% de la tierra está al borde de la desertificación; en Pernambuco, al nordeste de Brasil, apenas se conserva el 2,5% de los bosques originarios. Se trata de dos centros neurálgicos de la economía azucarera, hoy venidos a menos. Pero ahora que la caña vive su segunda época dorada al calor del auge de los agrocombustibles, la dulce planta avanza sobre el Cerrado brasileño, una región del interior que compite en biodiversidad con la selva amazónica. Los ecologistas alertan de que, para 2030, esa región podría estar tan seca como Pernambuco. Con todo, para muchos expertos el mayor peligro en este momento es que la caña transgénica lleve a los cañaverales los agrotóxicos que ya han sembrado la polémica en los cultivos sojeros del Cono Sur. Ya es habitual, por el momento, el uso de semillas de remolacha transgénica y en 2018 se empezó a plantar caña de azúcar transgénica en Brasil.

LA CAÑA VUELVE CON FUERZA A BRASIL

Brasil tiene una larga tradición azucarera, pero en la segunda mitad del siglo xx, los ingenios experimentaron un declive del que se han recuperado con creces gracias al auge del etanol y a la subida de los precios internacionales del azúcar. La superficie plantada con caña creció en Brasil una media de 300.000 hectáreas entre 2000 y 2007, asegura la organización Grain. (3) En términos generales, la producción se ha desplazado del Nordeste, cuya tierra está ya exhausta después de siglos de monocultivo, a la zona centro-sur del país, donde los cañaverales avanzan al ritmo de las inversiones internacionales y la financiación del Banco Mundial, el Banco Nacional de Desarrollo brasileño y otros organismos internacionales. Avanza así el modelo característico del agronegocio industrial y exportador basado en el latifundio y el monocultivo, dominado en Brasil por oligarquías locales y empresas articuladas en torno a tres grandes conglomerados: Cosan, Crystalsev y Copersugar. Los discursos políticos hablan de sostenibilidad y reforma agraria; la realpolitik habla otro lenguaje, el de las multinacionales.

En el sur del país, en el estado de Mato Grosso do Sul, en la frontera con Paraguay, la caña de azúcar se vincula dramáticamente al exterminio del pueblo guaraní-kaiowá, una de las etnias aborígenes que más duramente ha sufrido las consecuencias del alza del precio de las materias primas, que ha provocado la reprimarización de las economías latinoamericanas. Los guaraní-kaiowá viven muriéndose. Las muertes de miembros de esta comunidad, disfrazadas a menudo de accidentes de tráfico, se suceden sin repercusión política alguna; y la situación ha empeorado para los pueblos indígenas desde la llegada al poder en 2019 de Jair Bolsonaro. Las investigaciones de la ONG Repórter Brasil apuntan a la implicación de dos de los mayores grupos del sector alimenticio del país, Grupo Bumlai y Grupo Bertin, propietarios de la usina de San Fernando, que procesa la caña de una hacienda próxima.

Los impactos del proceso de refinado

La mayor parte del azúcar que consumimos es refinada, es decir, ha sufrido un proceso químico por el que se le han extraído las impurezas. Este proceso incluye sustancias como la cal o el azufre. En el caso de la caña de azúcar, es posible obtener azúcar sin necesidad de refinarla: se trata del caso del azúcar moreno o el moscabado, en el que solo se ha producido un proceso de cristalización y centrifugado.

En el caso del proceso de refinado, el impacto social y el medioambiental están íntimamente ligados. Las fábricas azucareras están relacionadas con el uso de químicos que en muchos casos han sido liberados a través del agua a las comunidades cercanas, lo que provoca enfermedades y crisis alimentarias por la muerte de peces y plantas.

EL PODEROSO LOBBY DEL AZÚCAR

Se han escrito ríos de tinta sobre la capacidad adictiva del azúcar. Un experimento con ratones del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia mostró que el azúcar era más adictivo que la cocaína. Otros científicos han afirmado que con el consumo de azúcar se activa la zona de recompensa del cerebro: con cada consumo de azúcar se libera dopamina, tal como sucede con las drogas. Cuando comemos azúcar, el cerebro no es capaz de dar la orden de saciedad. Quiere seguir comiendo. Algunos investigadores creen que esa capacidad adictiva es precisamente el motivo de que la industria alimentaria coloque azúcar en todos sus productos. Azúcar, grasa y una pizca de sal es la fórmula mágica que ilumina la zona del placer del cerebro.

Sin embargo, hasta ahora el lobby de la industria alimenticia ha conseguido poner freno a cualquier tipo de alarma. Estudios de instituciones financiadas por firmas del sector han llegado a conclusiones tan sorprendentes como que el consumo de azúcar no guarda ninguna relación con la obesidad. En algunos países, como México y Chile, la emergencia sanitaria asociada al excesivo consumo de azúcar ha hecho posible cambios en el etiquetado que alertan de contenidos excesivos de azúcar, grasas o sal. Esto todavía no ha sido posible en Europa de forma generalizada, y tampoco en Argentina. En 2010, el Parlamento Europeo rechazó una propuesta encaminada a simplificar las etiquetas: la idea era colocar un código tricolor, a la manera de un sencillo semáforo, para indicar la cantidad baja, media o alta de azúcar, sal y grasa de cada producto. En aquel momento, varios eurodiputados reconocieron haber sufrido fuertes presiones del lobby de la industria alimentaria, e incluso haber recibido instrucciones detalladas de voto. Finalmente, el Parlamento aprobó el actual sistema de porcentajes en el que las etiquetas muestran unos valores relativos, pero que no se refieren a la composición del producto sino a una complicada relación con la ingesta diaria de calorías que supuestamente una persona tiene que tomar cada día. Así, un bote de Nutella indica que lo que ellos consideran una porción (15 gramos) aporta el 9% del total del azúcar recomendado para una dieta adulta; lo que no se detalla es que el azúcar representa el 50% de la composición de la Nutella.

Los efectos sobre la salud, ¿consumimos demasiado azúcar?

El azúcar no aporta nutricionalmente más que calorías, si bien su consumo es adecuado después de una intensa actividad física, por su rápida absorción. Los diferentes tipos de azúcar integral y la panela aportan algunos nutrientes provenientes de las melazas, pero sigue sin ser un alimento especialmente nutritivo. Aunque el azúcar procedente de forma natural de frutas y verduras es necesario, el azúcar refinado es absolutamente prescindible para los seres humanos, y su abuso puede contribuir a enfermedades como la obesidad y la diabetes.

El problema es cómo garantizar que no excedamos el consumo, pues, como ya vimos, una parte importante del azúcar que ingerimos viene de productos elaborados que ni siquiera hubiésemos sospechado que pudiera contenerlo. Solo entre 1987 y 2003, en España el consumo de azúcar pasó de los 24 kilos por persona y año en 1987 a los 30 kilos. En 2011, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) aseguró que cada español consume de media 111,2 gramos al día —o 40,5 kilos al año—, es decir, casi cinco veces más de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Sin embargo, el consumo de azúcar de mesa ha disminuido notablemente. La mayoría de los productos elaborados que compramos, dulces o salados, llevan azúcar añadido, desde unas empanadillas hasta una salsa de tomate, pasando por los embutidos. El 75% del azúcar que consumimos viene de este tipo de productos, sin duda menos saludables que los alimentos frescos; y un dato clave es que el organismo se habitúa al consumo de azúcar que le ofrecemos: cuanto más tomemos, más necesitará, y viceversa.

¡OJO CON LA ETIQUETA!

En muchos productos, el azúcar aparece como dextrosa. La dextrosa es simplemente una forma de glucosa, pero muchos fabricantes prefieren utilizar este término para evitar la visión negativa que algunos consumidores tienen de la glucosa. También puede aparecer como maltosa, dextrano o jugo de caña evaporado.

ALTERNATIVAS Y PRODUCTOS SUSTITUTIVOS

Existen algunas alternativas éticas al consumo de azúcar tradicional, procedentes principalmente del comercio justo. En Europa, hay también cooperativas azucareras, como Tereos en Francia o Acor en España donde la remuneración de los agricultores suele ser más elevada que en el caso de la industria convencional.

Otro ejemplo son las cooperativas en países productores de caña, como es el caso de Manduvirá, en Paraguay. La cooperativa agrupa a 1.123 pequeños productores de caña de cultivo ecológico que funcionan al modo de las tradicionales «mingas» indígenas, bajo una lógica de cooperación y reciprocidad. Un 90% de la producción se exporta por la vía del comercio justo.

En cuanto a los productos sustitutivos al azúcar, o edulcorantes, los analizaremos con detenimiento en otro capítulo de este libro.

LAS CLAVES

• En España, el consumo de azúcar pasó de los 24 kilos por persona y año en 1987 a los 40 kilos de 2011.

• Aunque en los últimos años hemos disminuido el consumo de azúcar de mesa, cada vez tomamos más azúcar: el 75% procede de productos elaborados dulces y salados.

• La caña de azúcar tiene una larga historia vinculada a la esclavitud en América Latina. Hoy, el duro trabajo en los cañaverales sigue asociado, en Brasil y Guatemala como en Tailandia, a pésimas condiciones de seguridad e higiene y salarios de miseria.

• Europa ha pasado de ser el principal exportador mundial de azúcar a tener que importar buena parte de su producción. Brasil controla ahora el mercado mundial, y China en pocos años se ha hecho con el tercer puesto del ranking.

1- Datos tomados del Ministerio de Agricultura argentino.

2- Véase Castro, Moreno y Villadiego, op. cit..

3- http://www.grain.org/es/article/entries/1218-brasil-y-los-nuevos-emporios-azucareros

A CEITE DE PALMA


DATOS BÁSICOSProducto: aceite de palma.Materias primas de origen: palma aceitera (Elaeis guineensis). Principales países de origen: Indonesia es el principal productor (53%) seguido de Malasia (29%) según FAO (2018). Principales países consumidores: India, China, Pakistán, Países Bajos, España (ONU).Consumo per cápita: en España cada persona consume de media 41,4 kilos anuales de aceite de palma (elaboración propia con datos de importaciones, incluye uso en biocombustibles).Productos en los que se encuentra: comida procesada, bollería, margarina, chocolates, sopas, queso para untar, jabones, champú, combustibles, velas.

Introducción

Desde finales de 2014, un nuevo ingrediente comenzó a formar parte del vocabulario corriente de los europeos: el aceite de palma. Fue entonces cuando las empresas empezaron a estar obligadas a determinar en los envoltorios qué tipo de aceite están utilizando y a dejar de esconderlo bajo la etiqueta genérica de «aceite vegetal». Porque, aunque sea un ingrediente con el que estamos poco familiarizados, se utiliza en casi la mitad de los alimentos procesados que consumimos y en muchos otros productos no comestibles, desde jabones a velas.

El aceite de palma es el tipo de aceite más consumido en el mundo, debido a su bajo precio y a su versatilidad. Su producción se ha vinculado también a la deforestación de bosques tropicales y a la esclavitud. Es una industria que ha estado bajo una fuerte presión internacional y que se ha movido rápidamente para mejorar su imagen.

CARACTERÍSTICAS

De dónde procede el aceite de palma

La palma de aceite es una planta tropical, originaria de África occidental (fundamentalmente del golfo de Guinea, de donde toma su nombre científico Elaeis guineensis). A comienzos del siglo xx se introdujo en el Sudeste Asiático, una región que se ha convertido ahora en su principal vergel. Entre el 80 y el 90% de la producción total de palma aceitera se cultiva en Malasia e Indonesia, países que le brindan condiciones óptimas de temperatura y humedad.

Dónde se encuentra

El aceite de palma es un producto ampliamente utilizado por la industria, con la finalidad de dar una textura cremosa a ciertos productos. La industria que más la utiliza es la alimentaria: alrededor del 50% de los alimentos procesados que consumimos contienen aceite de palma. La mayoría de ellos son alimentos de tipo cremoso, como la Nutella (o Nocilla) y el queso para untar. También se utiliza en chocolates, galletas, bollería, etc.


A la industria alimentaria le sigue en importancia la cosmética, donde el aceite de palma se utiliza para dar textura a cremas o jabones. Además, en los últimos años, este cultivo ha ganado aún más terreno como fuente para los agrocombustibles, en concreto, el biodiésel.

Una curiosidad histórica: durante la Segunda Guerra Mundial, ácidos procedentes del aceite de palma fueron utilizados para producir napalm (el palm del final procede del término palma), un abrasante que se arrojó sobre ejércitos y poblaciones durante los combates. Más tarde pasaría a ser elaborado de forma química en los laboratorios de Dow Chemical.

EL SECTOR DEL ACEITE DE PALMA

El mercado internacional del aceite de palma

El aceite de palma es el aceite más consumido en el mundo, con un 35% del total de toda la oferta mundial de aceites vegetales, según datos de FAO de 2018. (1)

Principales empresas

Las principales empresas productoras del sector son asiáticas, concentradas en los dos principales países de producción (Malasia e Indonesia), así como el paraíso fiscal de Singapur. Wilmar es así la principal empresa del sector: se calcula que hasta con un 45% de la producción. Wilmar es un conglomerado agroindustrial que también tiene importantes cuotas de mercado en otras materias primas, como el azúcar. En 2012, la revista Newsweek señaló a Wilmar como la empresa medioambientalmente menos responsable del mundo.

En cuanto a las empresas consumidoras de aceite de palma, la primera es Unilever, que utiliza este producto en sus geles y cosméticos. Firmas de la industria alimentaria como Nestlé o Mondelez también utilizan grandes cantidades de este aceite.


CUADRO DE LAS PRINCIPALES EMPRESAS(Según cotización en 2018; millones de dólares)
EmpresaCotización(millones de dólares EE.UU.)
Wilmar3.110
IOI2.853
Kuala Lumpur Kepong2.749
Sime Darby2.727
Golden Agri (GAGR.SI)1.224

LA CADENA DE PRODUCCIÓN

El impacto medioambiental de las plantaciones de palma

El aceite de palma procede de la palma aceitera, una planta que alcanza altos rendimientos si cuenta con las condiciones climáticas idóneas. Estas se dan fundamentalmente en zonas tropicales, por lo que es una competidora de los bosques nativos de estas regiones. La primera consecuencia ambiental es, a menudo, la deforestación. La palma de aceite ha sido uno de los cultivos más vinculados a la rápida deforestación que sufrió Malasia hasta que, en 1997, el Estado se comprometió a preservar la vegetación nativa tropical en el 50% del territorio. La respuesta de los inversores fue desplazarse a Indonesia e impulsar un nuevo proceso de deforestación. Cada año, aparecen allí densas columnas de humo procedentes de incendios ilegales que luego cubren buena parte del Sudeste Asiático. Según la organización WWF, cada hora se deforesta en Indonesia la superficie equivalente a 300 campos de fútbol para plantar palma. Sin embargo, algunos especialistas como Alain Rival, del Centro Francés de Investigación Agrícola para el Desarrollo, aseguran que solo una pequeña parte de la deforestación corresponde al aceite de palma. (2) Un estudio reciente de la Unión Europea asegura que el 45% de la expansión de palma entre 2008 y 2016 tuvo lugar en zonas que en 1989 eran bosque. (3)

El aceite de palma requiere además grandes cantidades de agua. Según FAO, la palma aceitera necesita aproximadamente el doble que la mayor parte de cítricos, legumbres o tubérculos y un 50% más que los cereales.

Impacto social: cara y cruz de las plantaciones

En las plantaciones se han registrado abusos laborales y prácticas cercanas a la esclavitud. Una investigación de Bloomberg publicada en julio de 2013 documentó cómo los trabajadores vivían en condiciones de encierro y recibían salarios inferiores al mínimo, o incluso no recibían su paga. También debían rociar los cultivos manualmente con herbicidas como el Paraquat, que ha sido relacionado con daños en riñones e hígado. Además, el sector figura entre las industrias que emplean trabajo infantil, según el informe de 2018 del Departamento de Trabajo de los Estados Unidos.

Del otro lado, las empresas argumentan que este sector, por sus altos rendimientos, tiene un gran potencial para la generación de empleo, sobre todo en comunidades rurales e indígenas cercanas a las plantaciones. Solo en Malasia, el sector emplea a 500.000 personas, en una población de menos de 30 millones de personas.

El refinado y el consumo de aceite de palma

El aceite de palma suele ser refinado antes de consumirlo. Tras obtener los frutos de la palma, estos se exprimen hasta conseguir un aceite de color rojizo con una alta concentración de betacarotenos, un compuesto al que se le han atribuido numerosas propiedades beneficiosas para la salud, que sin embargo no le llegan al consumidor, pues esos betacarotenos son eliminados durante el refinado. Para este proceso se utiliza además ácido fosfórico, que elimina ácido y otras impurezas. Al aceite resultante también se le quita el sabor a través de una destilación.

El aceite de palma se ha convertido en el tipo de aceite más consumido, sobre todo desde que las grasas hidrogenadas, o trans-fat, fueran relacionadas con problemas coronarios. El aceite de palma resultó un sustituto perfecto, ya que no necesita la hidrogenación para presentar una apariencia sólida o semisólida. Sin embargo, USDA aseguró en un estudio de 2009 que su consumo provocaba problemas coronarios muy similares a los de las grasas hidrogenadas y un aumento similar en los niveles de colesterol para cantidades equivalentes. En 2016, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) aseguró que el procesamiento del aceite de palma a altas temperaturas produce sustancias que han sido relacionadas con el cáncer. Las margarinas y la bollería suponen la principal fuente de estas sustancias. (4)

¡OJO CON LA ETIQUETA!

Aunque desde diciembre de 2014 las marcas tienen que indicar el tipo de aceite vegetal que utilizan, a menudo usan términos confusos como «Grasa vegetal (palma)», «manteca de palma» o Elaeis guineensis (nombre científico de la palma aceitera)

ALTERNATIVAS Y PRODUCTOS SUSTITUTIVOS

La gran presión social que ha habido sobre el aceite de palma, especialmente por su impacto ecológico, ha hecho que el sector se mueva rápidamente. En 2004 se creó la llamada Mesa Redonda sobre el Aceite de Palma Sostenible (RSPO, en sus siglas inglés), que pretende funcionar como un certificado similar al del comercio justo, pero centrado en el origen sostenible de la palma.

La iniciativa ha sido polémica. Organizaciones como Amigos de la Tierra han criticado los flexibles estándares de RSPO, que, afirman, no garantizan que el aceite de palma sea sostenible. Entre los requisitos de esa certificación figuran el respeto a las leyes locales, la transparencia o el desarrollo responsable de nuevas plantaciones, pero la deforestación no está expresamente prohibida. Otra crítica es que este aceite certificado suele mezclarse con aceite de palma convencional, por lo que es imposible consumir un aceite 100% «sostenible». Además, un informe de noviembre de 2013 realizado por International Labor Rights Forum and Sawit Watch desveló abusos laborales en plantaciones certificadas.

En cualquier caso, la certificación ha crecido rápidamente, sobre todo tras el impacto mediático de una agresiva campaña de Greenpeace contra la chocolatina KitKat, de Nestlé, y su impacto sobre los orangutanes en Indonesia. Ahora un 16% del aceite de palma procede de estas plantaciones con certificación, y varias corporaciones, como la propia Nestlé, se han comprometido a utilizar solo aceite certificado, con lo cual se espera que el crecimiento en los próximos años sea mucho mayor.

Los consumidores pueden encontrar una guía en el listado que ha publicado la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), en el que se referencian las empresas según su compromiso con la responsabilidad del aceite de palma. (5) La organización ecologista WWF publica cada año un listado de empresas según su compromiso con la responsabilidad del aceite de palma utilizado. (6)

LAS CLAVES

• Aunque su nombre apenas lo vemos en productos, consumimos casi 60 kilos anuales de aceite de palma en productos procesados. Generalmente se etiqueta como «aceite vegetal».

• Desde 2014, el etiquetado tiene que incluir el tipo de aceite utilizado y ya no se puede utilizar la mención genérica de «aceite vegetal».

• En 2004, se creó un sello de certificación exclusivo para el aceite de palma que ha sido, sin embargo, muy criticado porque no prohíbe la deforestación.

• El aceite de palma es uno de los principales responsables de la deforestación en Indonesia y pone en peligro el hábitat de animales como el orangután.

1- OECD-FAO AGRICULTURAL OUTLOOK 2019-2028 http://www.fao.org/3/CA4076EN/CA4076EN_Chapter4_Oilseeds.pdf

2- Para saber más sobre el impacto del aceite de palma recomendamos consultar nuestra investigación en profundidad sobre esta industria en www.carrodecombate.com

3- https://eur-lex.europa.eu/legal-content/EN/TXT/?qid=1558977620744&uri=CELEX:52019DC0142

4- Process contaminants in vegetable oils and foods. 3 de mayo de 2016 https://www.efsa.europa.eu/en/press/news/process-contaminants-vegetable-oils-and-foods

5- http://www.ocu.org/alimentacion/alimentos/informe/aceite-de-palma/5

6- https://palmoilscorecard.panda.org/

S OJA


DATOS BÁSICOSProducto: soja.Materias primas de origen: Glycine max o soja.Principales países productores: Estados Unidos, Brasil, Argentina, China y Paraguay.Principales países consumidores: China, Unión Europea, Estados Unidos, Brasil y Argentina.Productos en los que se encuentra: productos preparados (miso, tofu), pienso, combustible, granos.Área cultivada: pasó de menos de 30 millones de hectáreas en todo el mundo en 1970 a más de 57 millones en 1990; en 2018, casi llegaba a los 125 millones de hectáreas, según FAO.

Introducción

Esta leguminosa —o soya, como se la conoce en algunos países latinoamericanos— es una especie originaria de China y su nombre (soy) proviene de Japón. En Occidente, su consumo de forma directa no está muy extendido, aunque ha aumentado con el incremento del veganismo; también se usa profusamente en países productores, como Argentina. Lo que sí se ha generalizado a nivel global es el uso de harina de soja para la alimentación del ganado, así como su creciente empleo para la elaboración de agrodiésel.

La soja, sin embargo, ha venido de la mano de la polémica, porque la amplísima mayoría de la soja que consume el ganado de medio mundo es transgénica, luego está asociada al abuso de herbicidas y pesticidas y otros riesgos vinculados a los OGM. En Argentina, la población de las áreas afectadas ha denunciado los impactos sobre la salud de agroquímicos —que las resistencias prefieren denominar agrotóxicos— como el glifosato; sin embargo, el Estado sigue apostando por un producto de cuyas exportaciones el país es cada vez más dependiente.

CARACTERÍSTICAS DE LA SOJA

De dónde procede la soja

La soja es una especie de la familia de las leguminosas (Fabaceae) cultivada por sus semillas, de contenido medio en aceite y alto de proteína. El grano de soja y sus subproductos (aceite y harina de soja, principalmente) se utilizan en la alimentación humana y del ganado.

Como hemos indicado, esta especie es originaria de China, pero en los últimos años ha crecido exponencialmente su cultivo y comercialización, y se ha extendido a otros lugares del globo; fundamentalmente, en América del Norte y el Cono Sur.

Dónde se encuentra la soja

La soja ha sido un alimento que ha formado parte de la dieta de buena parte de los países asiáticos durante siglos donde se toma de forma fermentada en variados alimentos, como el miso (pasta típica japonesa), la salsa de soja, el tofu (queso fresco obtenido de la soja cuajada), tempeh (producto típico de Indonesia que se obtiene por fermentación de la soja a partir de un hongo), o fresca, en brotes germinados de soja, muy típicos en las sopas o, en el caso de Japón, el edamame (granos de soja cocidos que se toman como aperitivo).

En el resto del mundo el consumo de soja se ha incrementado en los últimos años, en parte, gracias a las campañas que han puesto de relieve, no sin polémica, sus beneficios para la salud. Así, ahora se encuentra de forma natural, ya sea en semillas o, sobre todo, en brotes germinados, pero también en productos elaborados como el tofu, la leche de soja o los aceites. El uso de la harina de soja para enriquecer proteicamente otras harinas también se ha vuelto común y se puede encontrar en panes y bollería. Además la lecitina de soja, un complejo de fosfolípidos obtenidos de la semilla de soja, se utiliza como complemento dietético. El movimiento vegano ha puesto además de moda los productos elaborados a partir de la soja, que suponen un sustituto de las proteínas animales.

Pero la soja también se ha convertido en uno de los productos fundamentales para la industria cárnica y sirve de base en la fabricación de piensos. Además, con el desarrollo de los agrocombustibles, la soja se ha posicionado como una de las principales fuentes de combustibles oleosos (agrodiésel).


EL SECTOR INTERNACIONAL DE LA SOJA

El mercado internacional de la soja

Durante los últimos años, el precio de la soja se ha disparado en el mercado internacional de materias primas, sobre todo por el crecimiento espectacular de la demanda china, país que se ha convertido en el mayor consumidor de soja a nivel mundial por el impulso de la industria cárnica. El resultado ha sido que se han extendido exponencialmente los cultivos de soja, sobre todo en América del Norte y el Cono Sur. Así, ahora mismo, los principales productores de soja son Estados Unidos, Brasil, Argentina y China. En el caso de Paraguay y Argentina, la superficie dedicada al monocultivo de este nuevo «oro verde» ya supone en torno al 60% de la tierra cultivable.

Cinco empresas, la mayoría grandes conocidas del mercado de los productos básicos alimenticios, controlan el mercado de la soja: Bayer, Monsanto, ADM, Bunge, Cargill y Louis Dreyfus. Destaca sobre todo la primera, que tras comprar Monsanto, controla alrededor del 25% del mercado mundial de las semillas, y acapara en especial el mercado de la soja y el maíz.

LA CADENA: IMPACTOS SOCIOAMBIENTALES

Impacto socioambiental

El monocultivo sojero es un caso paradigmático del llamado modelo del agronegocio: empresas transnacionales de biotecnología venden conjuntamente semillas híbridas o genéticamente modificadas en un paquete que incluye fertilizantes y pesticidas que garantizan el crecimiento de la planta. Así, desde la década de 1990, Monsanto vende sus semillas de soja RR con el Roundup, un agroquímico cuyo ingrediente estrella es el glifosato, y que se ha convertido en el herbicida más vendido del mundo. El productor queda así atado a la compra anual de semillas y de los diversos agrotóxicos sin los que no obtendrá la productividad deseada. El modelo conlleva unos costes difíciles de soportar para los campesinos, que son, finalmente, desplazados por los grandes empresarios del agronegocio. La soja ofrece una elevada rentabilidad, pero solo para grandes superficies con altos rendimientos de escala.

Además, el modelo sojero implica la necesidad de pocos agricultores para grandes superficies de terreno. Esto supone la expulsión de una parte de los trabajadores del mundo rural, que deben emigrar a la ciudad; muchas veces, para pasar a engrosar los barrios de tugurios periféricos. En países como Paraguay, resistir al modelo puede tener consecuencias mortales; en Argentina, comunidades indígenas de las provincias de Chaco y Formosa, al norte del país, también se han visto expuestas. (1)

Las comunidades se ven afectadas, además, por los efectos devastadores en los ecosistemas que tiene cualquier monocultivo a gran escala: degradación del suelo, desertificación, contaminación del agua y pérdida de biodiversidad, tanto por la pérdida de especies nativas como por el uso exclusivo de una misma semilla.

En el caso de la soja, los principales efectos son afines a otros organismos genéticamente modificados (OGM). Vaya por delante que el problema fundamental no es, en sí, modificar el ADN de una planta, sino para qué se modifica. Y, en el caso de la soja RR y versiones derivadas, la modificación permite que la planta resista al glifosato y otros herbicidas y plaguicidas que resultan dañinos para el medio ambiente y para la salud humana. En Argentina, las fumigaciones son tan recurrentes que diversos estudios científicos han documentado que, en amplias zonas del país, el agua de lluvia registra glifosato, y son también alarmantes las cantidades de esa sustancia que se encuentran en el fondo de ríos tan importantes como el Paraná.

Un riesgo adicional es que las malezas se vayan haciendo progresivamente resistentes al glifosato y otros agroquímicos; algunos estudios ya evidencian cambios en el espectro de las malas hierbas. Esto puede provocar una peligrosa espiral tóxica para la que será necesario inventar herbicidas más potentes —luego más tóxicos—, al tiempo que el cultivo de especies no transgénicas se torna cada vez más difícil. Algunas investigaciones científicas vienen alertando, además, del vínculo entre el glifosato y la aparición de superbacterias.

LA REPÚBLICA UNIDA DE LA SOJA

El nuevo oro verde avanza sobre todo el Cono Sur: en 2012, la soja ocupaba un 66% de la tierra cultivada en Paraguay, un 59% en Argentina y un 35% en Brasil, según un estudio del Centro para la Bioseguridad de Noruega 1 ; y desde entonces no ha parado de crecer, sobre todo en Paraguay. El Cono Sur americano se ha sojizado hasta tal punto que la multinacional de la biotecnología Syngenta, en una propaganda de 2003, llamó «República Unida de la Soja» a un vasto territorio entre las fronteras de Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia y Uruguay.

En Argentina, y a pesar del creciente movimiento socioambiental en contra, los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri, desde distintos modelos políticos y económicos, han sostenido su apuesta firme por el modelo agroexportador tal vez porque la maltrecha economía argentina depende cada vez más de las divisas que aportan las exportaciones sojeras: en 2018, fueron alrededor de 17.000 millones de dólares.

El boom sojero en el país austral ha sido espectacular: en veinte años se ha cuadruplicado la superficie cosechada, que pasó de 5 a casi 20 millones de hectáreas.

Mientras, en el norte de Argentina, en las provincias de Chaco y Formosa, el pueblo Qom ha denunciado que lleva años sufriendo amenazas y agresiones para obligarlos a desplazarse de sus territorios ancestrales, apetecidos por los empresarios sojeros; al sur de Brasil, los guaraní-kawowá se enfrentan al avance de la soja y la caña. Y en Paraguay, donde se ha vinculado a intereses del sector sojero en el golpe de Estado contra Fernando Lugo en 2012, la situación es crítica para campesinos y comunidades indígenas guaraní. (2)

Riesgos para la salud de la soja

No hay consenso científico acerca de los riesgos para la salud que entraña el consumo de soja transgénica, en parte porque la ciencia es, también, un campo de batalla, influido por múltiples intereses. Lo que sí ha quedado empíricamente demostrado es que el glifosato, así como otros agrotóxicos, implica graves consecuencias para la salud de trabajadores y poblaciones aledañas a los cultivos. En la provincia de Córdoba, corazón sojero de Argentina, un juicio pionero sentó en el banquillo en 2012 a varios responsables directos de las fumigaciones con glifosato, que fueron condenados. El tribunal consideró probado que las fumigaciones estaban directamente relacionadas con el sorprendente aumento de casos de malformaciones genéticas, bebés muertos al nacer y casos de cáncer que, en los últimos años, han sufrido los vecinos del barrio de Ituzaingó Anexo, que viven a pocos kilómetros de los cultivos de soja . Más tarde, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio la razón a las Madres de Ituzaingó, al situar el glifosato como una sustancia potencialmente cancerígena.

ALTERNATIVAS Y PRODUCTOS SUSTITUTIVOS

La soja es una «materia prima flexible», es decir, tiene usos diversos, como ya dijimos. Uno de los más importantes es la elaboración de agrodiésel: recientes investigaciones (3) han demostrado que el uso masivo de agrocombustibles es tan insostenible o más que los combustibles fósiles: el agrodiésel, como también el etanol, es una pésima opción desde un punto de vista socioambiental.

En cuanto al uso de la soja para la elaboración de piensos —y también, harina de soja para piscifactorías—, forma parte de una cadena también profundamente insostenible, la de una industria cárnica cada vez más globalizada, como veremos en el Informe dedicado a ese producto. La alternativa, en este caso, pasa por disminuir el consumo de carne y buscar alternativas como la compra a pequeños ganaderos locales.

En el caso de la soja que se utiliza en ultraprocesados, la alternativa más saludable y sostenible será siempre evitar al máximo el consumo de ese tipo de productos comestibles, que nada aportan nutricionalmente. Evitando el consumo para estos usos, que son los que han acelerado el incremento de la demanda de soja a nivel global, se puede preservar el consumo directo de soja.

LAS CLAVES

• La soja es cada vez más utilizada en todo el mundo para el engorde de ganado.

• El aumento de los precios internacionales ha llevado a los países del Cono Sur a expandir el monocultivo sojero, con graves consecuencias para las comunidades indígenas y rurales que son desplazadas.

• Las poblaciones cercanas a los cultivos han detectado impactos sobre la salud de los agroquímicos, como malformaciones genéticas, muertes fetales y aumento de los casos de cáncer.

¡OJO CON LA ETIQUETA!

Uno de los derivados de la soja que se utilizan profusamente en la industria alimentaria argentina, y que también se emplea en el Estado español como emulsionante para repostería, es la lecitina de soja. En España, la lecitina, generalmente de soja, aunque también puede proceder de otra planta, figura en las etiquetas como el aditivo E322.

1- Para información más detallada, veáse Castro, Moreno y Villadiego, Los monocultivos que conquistaron el mundo. Impactos socioambientales de la caña de azúcar, la soja y la palma aceitera. Akal, Madrid, 2019.

2- Véase el Informe Chokokne, elaborado por la Coordinadora de Derechos Humanos de Paraguay (CODEHUPY).

3- Como The land use change impact of biofuels consumed in the EU [El impacto en el cambio del uso del suelo de los biofuels consumidos en la UE], más conocido como informe Globiom, publicado en octubre de 2015, Véase: https://www.carrodecombate.com/2016/09/20/que-comen-los-automoviles-la-disputa-en-torno-a-los-agrocombustibles/

MAÍZ


DATOS BÁSICOSProducto: maíz (Zea mays) es una especie de gramínea anual originaria de América e introducida en Europa en el siglo XVII. En algunos países latinoamericanos se lo conoce como «choclo». Producción mundial: es el cereal con el mayor volumen de producción a nivel mundial, superando incluso al trigo y al arroz.Principales países productores: las previsiones del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) para la campaña 2019/2020 son de una producción mundial total de alrededor de 1.100 millones de toneladas, de las cuales más de un tercio, 381 millones de toneladas, corresponderán a los Estados Unidos. Le siguen China, Brasil, Argentina, la Unión Europea, Ucrania y México.Usos / productos en los que se encuentra: posee numerosos usos culinarios; destacan por su popularidad las tortillas mexicanas y las arepas colombianas y venezolanas. Está presente en la harina de maíz (polenta), variados snacks, granos de maíz enlatado, aceite de maíz, almidón de maíz, colorantes, jarabe de maíz. La hoja del maíz se utiliza para preparar humitas o tamales. También se puede utilizar con fines medicinales (como diurético, astringente o para combatir la hipertensión, entre otros usos), para fabricar tejidos o como base del etanol.

Introducción

El maíz ha sido la base de la alimentación de los pueblos nativos americanos y sigue siendo un alimento fundamental para todos los países del continente. Sin embargo, en Europa, donde se cultiva desde el siglo XVII, la producción se destina fundamentalmente a alimento para animales, especialmente los cerdos, así como para la producción de aceite comestible y de etanol. No extraña entonces que dos de las principales zonas productoras de maíz en el mundo sean también áreas de intensa ganadería: el Corn Belt estadounidense y el sudeste de Brasil. Y es también por ese motivo por lo que, si bien el maíz es el cereal que más se produce en el mundo, por encima del trigo o del arroz, no es el primero en consumo humano.

El maíz es un cultivo estival que se siembra en ambos hemisferios. Es un cereal de muy rápido crecimiento, pero que necesita una provisión abundante de insolación. Ese es el motivo principal por el que el maíz cultivado en el Corn Belt tiene una productividad mayor, gracias a que las noches de verano son muy cortas; lo mismo sucede en las zonas equinocciales latinoamericanas.

En España, el maíz nunca ha sido una base de la alimentación, si bien en las últimas décadas se ha generalizado el consumo de copos de maíz para el desayuno o de maíz dulce enlatado para la preparación de ensaladas y otros platos ligeros.

EL JARABE DE MAÍZ

El jarabe de maíz es un edulcorante líquido producido a partir del almidón o fécula de maíz. En los últimos años se ha extendido su uso como endulzante para bebidas y un número creciente de alimentos precocinados, incluidas las papillas para bebé. Su uso se expandió en Estados Unidos y después se ha generalizado en otros países, principalmente en países como Hungría, Canadá, Bélgica, Argentina, Japón y México.

De poco han servido hasta ahora las advertencias de varios estudios científicos que le atribuyen efectos sobre la salud más dañinos que los que provoca el azúcar. Un informe de las universidades de California y Oxford de 2012 (1) sostiene que las grandes cantidades de jarabe de maíz de alta fructosa que se encuentran en muchos alimentos en todo el mundo pueden explicar el aumento de la epidemia global de diabetes de tipo 2. Algunas investigaciones lo asocian también a la obesidad, la hipertensión y a daños en el hígado a largo plazo.

En los últimos años, se ha extendido rápidamente la siembra de semillas híbridas, que son comercializadas por las multinacionales del sector semillero. Como a menudo sucede con las semillas en el modelo del agronegocio, las semillas de maíz solo pueden utilizarse para una siembra, por lo que el agricultor está obligado a comprar nuevas semillas cada año.


EL SECTOR

Como sucede con el resto de las commodities, el precio del maíz lo marca el mercado internacional, muy influido a la baja por los fuertes subsidios al sector agrícola en Estados Unidos y en la Unión Europea. Esta distorsión de la competencia ha sido denunciada por los países del Sur, y principalmente por los que, como Brasil, se encuentran entre los principales productores y exportadores de maíz y de otros productos subsidiados en el Norte.

Pese a su mayor competitividad, los subsidios en Estados Unidos y Europa impiden a los productores del Sur global competir en pie de igualdad en el mercado global de commodities.

En Estados Unidos, el Acta Agrícola o Farm Bill de 2014, que estuvo en vigor durante cuatro años, supuso subsidios por el maíz por 40.300 millones de dólares; a esa Acta siguió la Farm Bill de 2018, que garantizó también generosas ayudas para los agricultores.

Algo parecido sucede con la agricultura europea, si bien en este caso es más difícil cuantificar las cantidades que se destinan a cada producto.

FALTA MAÍZ EN MÉXICO TRAS EL TLC

El país de las tortillas cada vez tiene que importar más maíz. Es la crónica de una muerte anunciada. Muchas voces alertaron de que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), vigente desde 1994, llevaría a la quiebra a muchos productores mexicanos, y no pocos intentaron frenar el acuerdo. No lo consiguieron, y salió adelante un acuerdo comercial que postulaba la progresiva liberalización del sector: la absoluta libertad para importar y exportar maíz llegaría, según lo marcado en el tratado, en 2008. Ocurrió lo previsible: el maíz estadounidense, generosamente subsidiado, inundó el mercado mexicano y con ello, incrementó la dependencia alimentaria del país. Entre 2005 y 2010, la tasa de incremento anual de las exportaciones de maíz blanco fue del 40%.

La agricultura maicera del país se desploma y es cada vez menos capaz de abastecer la demanda interna, aunque los pequeños campesinos no han abandonado el cultivo para el autoconsumo. En México, la economía del maíz ha dado un giro de 360 grados en el último cuarto de siglo. La producción de tortillas para el abastecimiento de las ciudades se ha convertido en un negocio industrializado y monopolizado por grandes corporaciones mexicanas y estadounidenses, como Cargill. Este modelo ha encontrado una gran resistencia entre los campesinos mexicanos.

En 2018, el gobierno mexicano, todavía en manos de Enrique Peña Nieto, comunicó su intención de imponer un gravamen sobre las importaciones de maíz y soja, que juntas suponen alrededor de 4.000 millones de dólares al año, en el caso de que el gobierno estadounidense, encabezado por Donald Trump, insistiera en sus políticas proteccionistas con nuevos aranceles. (2)

IMPACTOS AMBIENTALES: EL MAÍZ TRANSGÉNICO

Qué es el maíz transgénico

El uso para la alimentación del ganado y para la producción de etanol ha facilitado la generalización del maíz transgénico. La primera variedad fue el maíz RR (Roundup Ready), que, como en el caso de la soja, es un tipo de maíz transgénico resistente al glifosato, un herbicida que combate las malezas retardadoras del maíz en cultivos intensivos. Se comercializó por primera vez en 1996. En 2007, se anunció una nueva variedad resistente al virus del rayado fino del maíz, que sigue en fase de investigación.

Otra variedad frecuente es la Bt, manipulada genéticamente para producir un insecticida que ataca al gusano barrenador europeo. El problema, alerta Greenpeace, es que también perjudica a otros insectos que ayudan a controlar plagas, entre ellos la mariposa monarca. Esta toxina se acumula en los suelos de cultivo y, por ese motivo, podría afectar su fertilidad a largo plazo.

Impactos sociales

Como sucede con otros cultivos transgénicos, los efectos sobre la salud son objeto de controversia. No se han demostrado científicamente sus efectos perversos para la salud, si bien Greenpeace y otras organizaciones han denunciado que las grandes empresas del sector, como Monsanto (hoy Bayer), se han negado a hacer públicos algunos estudios. (3)

Lo que sí se ha comprobado son las consecuencias perversas que los cultivos transgénicos pueden tener para los agricultores, y no solo en los países del Sur, sino también en Estados Unidos, el principal productor mundial de maíz gracias a los subsidios a este cultivo y al impulso al maíz transgénico. En ese país, muchos pequeños productores se han endeudado para adquirir los costosos paquetes tecnológicos que implica el maíz transgénico; en algunas ocasiones, ni siquiera habían escogido libremente comprar semillas a Monsanto, sino que sus cultivos fueron contaminados de forma «accidental».

Al igual que ocurre con otros OGM, los herbicidas y plaguicidas a los que es resistente el maíz genéticamente modificado no solo son tóxicos para las malas hierbas y los insectos que provocan las plagas, sino también para otros organismos que cumplen importantes servicios ambientales, como es el caso de la mariposa corona y la crisopa. Greenpeace alerta además del peligro de contaminación genética de otras especies tradicionales y locales; algunas ya están en peligro de extinción. A ello se suman los efectos desconocidos o imprevisibles de la manipulación genética en el funcionamiento de ecosistemas complejos.

Sí parece haber evidencias de la contaminación del suelo por la toxina que libera el maíz Bt, que pueden tener efectos acumulativos y de largo plazo. También se han detectado residuos procedentes de cultivos de maíz transgénico en cursos de agua, donde la toxina Bt puede ser mortal para algunos insectos.

Los diversos riesgos sociales, ambientales y de salubridad están generalizando el rechazo de los OGM en muchos de los países productores. En Europa, tras la prohibición de Francia y Polonia, el Estado español es el único país de la Unión que dedica una cantidad significativa de suelo al maíz genéticamente modificado. (4) En 2016, los transgénicos en España suponían el 95% del total en la Unión Europea, en gran medida gracias a las 129.000 hectáreas de maíz transgénico de la Monsanto que se producía en suelo español.

¡OJO CON LA ETIQUETA!

En Europa, el uso de transgénicos en alimentación es legal pero tiene que figurar en las etiquetas. El Tratado de Libre Comercio (TTIP) que la Unión Europea quiso firmar con Estados Unidos, ahora en suspenso, puso en peligro este requerimiento.

LAS CLAVES

• El maíz es la base de la alimentación de los pueblos americanos y se ha generalizado en todo el mundo para alimentar el ganado.

• El cultivo de maíz transgénico se ha extendido pese a las advertencias de científicos y ecologistas sobre la pérdida de biodiversidad y el riesgo de contaminación de las especies tradicionales.

• Estados Unidos es el principal productor mundial, gracias a los generosos subsidios a los productores. En México, la firma de un tratado de libre comercio hace veinte años ha llevado a un gran incremento de las importaciones de maíz estadounidense y al declive del sector maicero en el país de las tortillas.

1- «El jarabe de maíz de alta fructosa podría estar detrás de la epidemia global de diabetes tipo 2»: http://www.20minutos.es/noticia/1661151/0/jarabe-maiz/fructosa/diabetes-tipo-2/

2- Véase: https://elpais.com/economia/2018/06/15/actualidad/1529016656_018528.html

3- http://www.greenpeace.org/espana/Global/espana/report/transgenicos/salud_medioambiente_notas.pdf

4- España se queda sola en el cultivo de transgénicos: http://www.eldiario.es/sociedad/espana-transgenicos-maiz-agricultura_0_255474771.html

CAFÉ



Introducción. Una breve historia del café

El café es un árbol bajo que da unos pequeños frutos rojos en cuyo interior se guarda el grano de café. La popular bebida que de esos granos se obtiene no solo es parte imprescindible en el desayuno o la sobremesa de muchos países del mundo, sino también un acto social para muchos pueblos. Es también un gran negocio. El café es la commodity agrícola más vendida y mueve anualmente 71.000 millones de dólares; de ese volumen, según datos de Fairtrade, 23.600 millones correspondieron a las exportaciones de café de los países productores. Si se considera el total que mueve la industria de las ventas de café en el mundo, la cifra se eleva a 200.000 millones de dólares; se calcula que, de esa cantidad, los caficultores apenas reciben entre un 6 y un 10%, (2) La mayor parte de la producción de café corresponde a pequeños productores: unos 25 millones de campesinos producen el 80% de café en el mundo. Además, según Fairtrade, el café da trabajo a otros 100 millones de personas en los países productores y supone hasta el 70% de las exportaciones, y la principal fuente de divisas, para algunos países.

En buena parte de África y América Latina, la historia socioeconómica reciente es, y sigue siendo, la historia del café. Esa historia comienza en Etiopía. Cuenta la leyenda que, en la antigua Abisinia, un pastor observó el efecto tonificante que unos pequeños frutos rojos tenían en sus cabras. En el siglo XVII, comenzó a llegar a Venecia, y después a Marsella, Londres, Ámsterdam. Ya en el siglo XVIII, los europeos llevan el café a las Antillas y las Guyanas, hasta llegar a Brasil.

Tres siglos después, el café sigue siendo una metáfora de la desigualdad social en el planeta. «El café beneficia mucho más a quienes lo consumen que a quienes lo producen. En los Estados Unidos y en Europa genera ingresos y empleos y moviliza grandes capitales; en América Latina, paga salarios de hambre y acentúa la deformación económica de los países puestos a su servicio», escribió Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina. La ecuación no ha variado desde que, en 1971, vio la luz por primera vez la célebre obra del escritor uruguayo: países en desarrollo africanos, latinoamericanos y asiáticos exportan café que procesan, distribuyen y comercializan grandes corporaciones del Norte.


EL SECTOR EN EL MUNDO

La desigualdad en la cadena de producción y distribución

La cadena de producción, distribución y comercialización del café es larga y compleja. Envuelve a productores, exportadores, comerciantes, importadores y tostadores. Pero el principal rasgo del mercado internacional del café es el desequilibrio entre los países productores y los consumidores. Los primeros se encargan de cultivar, cosechar y de una primera transformación para liberar el grano y separarlo del fruto; lo que de ahí se obtiene es el llamado «café verde»; a menudo, son los países consumidores los que proceden al tostado y envasado del producto. La distribución de los beneficios es profundamente desigual y reproduce la estructura neocolonial de la economía global: si se considera el total que mueve la industria de las ventas de café en el mundo, la cifra se eleva a 200.000 millones de dólares; se calcula que, de esa cantidad, los caficultores apenas reciben entre un 6 y un 10%. (3)

El problema de la desigual distribución de los beneficios es común a la mayor parte de los alimentos y materias primas; el café no es una excepción. Un informe de International Assessment of Agricultural Science and Technology for Development (IAASTD) (4) aporta la cifra: el café por el que se le paga 0,14 dólares a un productor en Uganda, costará 42 dólares en una cafetería inglesa. El precio se ha multiplicado por 300 y, según ese mismo estudio, el gran salto en el precio se produce en la fase de distribución (5): de dos dólares al salir de la fábrica, ya procesado, a más de 25 que cuesta en el supermercado.

UN NEGOCIO MUY LUCRATIVO

Por sus notables diferencias, las variedades arábiga y robusta cotizan como commodities diferentes: la arábiga está presente en la Bolsa de Nueva York; la robusta, en Londres. En términos globales, el café es la segunda commodity más importante, por detrás solo del petróleo. La especulación en los mercados a futuro ha venido a empeorar un problema que ya existía con el café: la inestabilidad de los precios es consustancial a este cultivo, porque es, sobre todo la variedad arábiga, muy sensible a las condiciones climatológicas y a las plagas.

Frente a la rapidez con la que se mueven los precios, los caficultores no pueden reaccionar con la misma presteza: el café es un árbol que tarda entre dos y cuatro años en comenzar a dar frutos, y una vez lo hace, garantiza la cosecha durante veinte años. Así que, ante una caída en los precios internacionales del café, el efecto inmediato no es una disminución de los cultivos, sino el empobrecimiento masivo de millones de familias campesinas, como pasó en varios países de América Latina, como Colombia y Perú, en los años 90.

La crisis del café

Esa situación de desigualdad, en detrimento de los productores, empeoró significativamente desde fines de los años 80, por dos causas fundamentales. La primera, y más importante, es que, por iniciativa de los Estados Unidos, en 1989 se abandonó el Acuerdo Internacional del Café (AIC), que desde 1962 daba estabilidad a los precios del café. En 1994 se aprobó un nuevo acuerdo que consagraba al libre mercado toda decisión sobre los precios del café. De la noche a la mañana, los precios internacionales que se pagaban a los agricultores se desplomaron. Paralelamente, innovaciones tecnológicas permitieron a las grandes empresas del sector comenzar a utilizar mezclas de café arábigo y robusta, que permitían utilizar la variedad robusta, mucho más rentable, sin que el sabor del producto final se resintiese demasiado.

El cafeto comprende decenas de variedades, pero dos son las más cultivadas y comercializadas: el café arábigo, originario de Etiopía, que representa el 70% de la producción mundial y que es el más extendido en América Latina; y el robusta, que se presume originario de África o Indonesia, y que tiene un precio más bajo.

Esta variedad es de mucha peor calidad, pero con las nuevas técnicas, se redujo la diferencia en el sabor. Así que, a partir de entonces, las grandes empresas del sector han disminuido sus costes, un abaratamiento que no se tradujo en los precios que pagan los consumidores finales, sino en los mayores beneficios de multinacionales como Nestlé y Sara Lee.

En 1994, la baja cosecha obtenida en Brasil posibilitó la entrada en el mercado de nuevos competidores. El Fondo Monetario Internacional (FMI) incentivó al gobierno vietnamita a subvencionar a sus caficultores; aunque era café robusta de muy baja calidad, las nuevas tecnologías permitían utilizarlo. En 2000, Vietnam se había convertido ya el segundo exportador mundial de café, y otros países asiáticos aumentaban también su participación en el sector, en detrimento de países latinoamericanos productores de café de mayor calidad, como Colombia.

LA GUERRA DE STARBUCKS EN ETIOPÍA

Etiopía es la cuna del café y, todavía hoy, uno de los mayores productores del mundo. Unos 15 millones de personas, la cuarta parte de los etíopes, viven de este «oro negro», que supone alrededor de la mitad de las exportaciones del país. A comienzos de la década de 2000, la espectacular caída de los precios del café viró en una tragedia económica para Etiopía. En esas condiciones, el gobierno etíope impulsó un programa en 2006 que pretendía ganar control sobre el comercio de su café y asegurar sus derechos sobre los nombres de sus variedades más conocidas: Sidamo, Harar y Yirgacheffe. Esto permitiría a los caficultores etíopes poner precios más altos a su café.

Starbucks dio la batalla: elevó una protesta y consiguió que la solicitud del país africano en la Oficina de Patentes y Marcas estadounidenses fuese denegada, para poder colocar esos nombres en sus productos sin pagar más a los productores. Unos meses después, y tras una intensa campaña de organizaciones como Intermón Oxfam, Starbucks terminó aceptando que Etiopía registrara las denominaciones de origen de sus mejores cafés.

Desde entonces, la estrategia de Starbucks ha puesto el énfasis en la responsabilidad social corporativa. Según la compañía, su objetivo es que el 100% del café tenga el sello de Fairtrade (6) y en 2012 aseguraban que ya poseía ese sello el 93% del café que sirven los establecimientos de esta cadena multinacional de cafeterías. Además, la compañía desarrolla programas de apoyo locales a agricultores y otorga créditos, si bien algunas voces críticas alertan sobre los riesgos del endeudamiento que los campesinos adquieren de esta forma.

Un sector oligopólico

En el Estado español, el mercado del café se lo reparten cuatro compañías: Nestlé España S.A. (27,6%), Sara Lee Southern Europe S.L. (18,3%), Nutrexpa S.A. (12,8%) y Kraft Foods Iberia S.L. (7%). Es decir, cuatro multinacionales controlan cerca del 65% del mercado nacional, según Euromonitor.

A nivel internacional, el café lo envasan, distribuyen y comercializan grandes corporaciones, en oposición al pequeño tamaño de los productores; esto es determinante en la desigual negociación de los precios. Por otro lado, destaca el papel definidor de la demanda de las grandes cadenas de cafeterías: Starbucks, la mayor cadena del mundo, está al frente, con 31.000 locales en 63 países.

LA CADENA DE PRODUCCIÓN: IMPACTOS DE LAS PLANTACIONES

Impactos socioambientales

Desde siempre, la historia del cultivo de café fue la historia de la esclavitud, y también de las resistencias, como la revuelta de 1791 en Santo Domingo. Siglo y medio después de la generalización de las leyes antiesclavistas, las condiciones de los trabajadores en los cafetales siguen siendo inaceptables. Las ONG y observadores internacionales han denunciado explotación laboral, represión del derecho de asociación y uso de mano de obra infantil en países como Kenia, Guatemala o Costa de Marfil.

Mientras las grandes corporaciones del sector logran beneficios record, la caída dramática del precio que obtienen los productores los ha colocado en una situación de quiebra: en algunos casos, no pueden ni siquiera cubrir el coste de la producción.

Así ha sucedido en Colombia, donde los campesinos han denunciado que muchos se ven forzados a sembrar hoja de coca, pese a las represivas políticas estatales de erradicación, porque es el único cultivo con el que sus pequeñas parcelas pueden subsistir.

En lo que respecta a su impacto sobre los ecosistemas, el cultivo de café no tiene por qué ser negativo, sino todo lo contrario: los tradicionales cultivos de café «a la sombra», así denominados porque conviven con árboles más altos, se caracterizan por su biodiversidad y la elevada presencia de aves migratorias. Son muy comunes, por ejemplo, en Indonesia. Muy distinto es el caso de los monocultivos de café o cultivos al sol, que suponen ya alrededor del 40% de los cultivos de café en América Latina.

El monocultivo suele ir asociado al abuso de pesticidas y herbicidas, pues una amplia cantidad de tierra dedicada a un solo cultivo expone al agricultor a mayores riesgos de plagas, lo que le obliga a usar más agroquímicos. Estos degradan los suelos y contaminan el agua. Además, como en todos los monocultivos, es frecuente que en los países empobrecidos del Sur global se devasten kilómetros de selvas y bosques para aumentar la extensión dedicada a los cultivos en los que se basan sus economías. Y esta dependencia, es necesario destacarlo, ha sido fomentada y recomendada por organismos multilaterales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Los pesticidas y fertilizantes tienen también peligrosos efectos para los agricultores que los aplican. Según un informe del Observatorio de Corporaciones Transnacionales de IDEAS (7), en Brasil es frecuente el uso de Baysiton de Bayer, que ha sido prohibido en algunos países por su toxicidad. En Brasil es legal, pero solo si se aplica bajo estrictas condiciones de seguridad, como uso de protectores corporales y mascarillas, a los que muchas veces los campesinos no tienen acceso en los cafetales.

El café descafeinado añade a estos efectos una mayor contaminación, puesto que a veces se usa cloruro de metileno para disolver la cafeína. Otro problema, que llega al final del ciclo de vida del producto, son los desechos. El café suele venderse en envases muy contaminantes, que contienen aluminio (bauxita). Además, cada vez más establecimientos venden café en vasos desechables, y, en los hogares, se ha disparado el consumo de café en cápsulas. La cadena Starbucks vuelve aquí a ser protagonista: ha sido una de las mayores responsables de que se extienda por todo el mundo el consumo de café en vasos descartables de un solo uso; con todo la empresa de matriz estadounidense se vanagloria, tanto en su página web como en los establecimientos, de una preocupación por la sustentabilidad que se concreta en pequeñas acciones como utilizar los posos del café para hacer compost o reemplazar los vasos de papel por otros reutilizables o tazas de loza: es decir, plantean una supuesta solución al problema que ellos mismos crearon. Un caso ejemplar del llamado greenwashing o lavado verde.

LOS CAFICULTORES COLOMBIANOS, EN RESISTENCIA

En Colombia, hace años que el campesinado se enfrenta a condiciones muy difíciles para su supervivencia. La desigualdad en la tenencia de la tierra, los tratados de libre comercio, las políticas estatales que promueven los grandes monocultivos en detrimento de la producción de alimentos para el consumo local, así como el contexto de violencia endémica —desde grupos paramilitares que gozan de la connivencia de las elites políticas y económicas a las guerrillas, pasando por los carteles del narcotráfico—, le ponen las cosas muy difícil a un amplio sector de la población que quiere seguir viviendo de cultivar alimentos, y entre ellos, el café. No son en absoluto pasivos, y prueba de ello son los persistentes paros agrarios.

Los problemas son de fondo: los pequeños agricultores no consiguen ni siquiera sobrevivir de su trabajo. El alto precio de los insumos, la variabilidad de los precios y el asedio de proyectos extractivos, desde la agroindustria a la megaminería o las grandes represas, reducen cada vez más las posibilidades de comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes de acceder a la tierra. Por todo ello, muchos campesinos se refugiaron en el cultivo de hoja de coca, convertida en el último cultivo rentable para los pequeños agricultores, pero expuesta a las fumigaciones con glifosato que imponen las políticas de erradicación; glifosato que, por cierto, afecta por igual a cultivos legales.

Colombia fue uno de los países más azotados por la crisis internacional del café. Cuando los precios están bajos, los caficultores apenas consiguen cubrir el coste de los insumos. La producción ha caído en picado, de casi un millón de toneladas a principios de los años 90 a 760.000 toneladas de 2017, según la FAO. En las cifras macroeconómicas, ese descenso se ve compensado por el aumento de las exportaciones mineras o las ganancias que genera la palma aceitera; pero estos sectores son mucho menos intensivos en mano de obra, así que la debacle del café aboca a la miseria a miles de campesinos.

En Colombia la amplia mayoría de los productores de café son pequeños propietarios, con fincas de cinco hectáreas o menos, que, aunque plantan otras especies en sus cultivos de «café a la sombra», dependen de este para subsistir. No es de extrañar entonces que los cafeteros sean uno de los sectores más activos en el resurgimiento del movimiento campesino que viven regiones colombianas como el Eje Cafetero, el Cauca o el Putumayo. Los problemas llegaron antes al café, por tratarse de una commodity que cotiza en los mercados internacionales; con la firma en 2011 del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, los problemas para el campo se ampliaron a otros cultivos, como la patata. Un año después llegó la firma del acuerdo comercial con la Unión Europea.

EFECTOS EN LA SALUD DEL CONSUMO DEL CAFÉ

Los efectos del café, muchas veces demonizado, otras veces todo lo contrario, han sido objeto de controversia. Aquí, como tantas veces en el mundo de la nutrición, los estudios científicos pueden ser contradictorios; conviene fijarse en quién financió la investigación. Pero de algunas cosas no hay duda: para bien y para mal, el café contiene cafeína, que tiene efectos estimulantes. Esto hace la bebida poco adecuada para personas con problemas de nerviosismo, insomnio o hipertensión, y obliga al resto a consumir con moderación (se suele recomendar no exceder de tres o cuatro tazas por día). Además, el café es difícil de digerir y produce deshidratación.

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