Kitabı oku: «Tiempo pasado»

TIEMPO PASADO
Lee Child
Traducción de Aldo Giacometti

Índice
Cubierta
Portada
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Sobre el autor
Créditos
In memoriam
John Reginald Grant, 1924-2016
Norman Steven Shiren, 1925-2017
Audrey Grant, 1926-2017
Uno
Jack Reacher tomó el último sol del verano en una ciudad pequeña en la costa de Maine y después, como las aves arriba en el cielo, empezó su larga migración hacia el sur. Pero no siguiendo la costa, pensó. No como los turpiales y los azulejos y los mosqueros y las reinitas y los colibríes de garganta roja. En vez de eso se decidió por una ruta diagonal, sur y oeste, desde el ángulo superior derecho del país hasta el rincón de abajo a la izquierda, quizás pasando por Syracuse, y Cincinnati, y Saint Louis, y Oklahoma City, y Albuquerque, y todo recto hasta San Diego. Que para alguien del Ejército como Reacher estaba un poco llena de gente de la Marina, pero que era más allá de eso un buen lugar para empezar el invierno.
Iba a ser un viaje épico, y uno que hacía años no hacía.
Tenía muchas ganas de emprender ese viaje.
No llegó lejos.
Caminó alejándose de la costa dos kilómetros más o menos y llegó hasta una carretera del condado y sacó su dedo pulgar. Era un hombre alto, apenas algo menos de dos metros con zapatos, de constitución maciza, todo hueso y músculos, no particularmente agraciado, nunca muy bien vestido, por lo general un poco despeinado. No una propuesta terriblemente atractiva. Como siempre la mayoría de los conductores disminuían la velocidad y echaban un vistazo y seguían de largo. El primer coche preparado para arriesgarse a recogerlo llegó después de cuarenta minutos. Era un Subaru familiar de hacía un año, conducido por un tipo de mediana edad, delgado, con pantalones chinos y una camisa caqui nueva. Lo viste su esposa, pensó Reacher. El tipo tenía anillo de boda. Pero debajo de las buenas telas había un cuerpo de trabajador. Un cuello ancho y nudillos grandes y rojos. El un tanto sorprendido y algo reticente jefe de algo, pensó Reacher. El tipo de persona que empieza haciendo agujeros para clavar postes y termina teniendo una empresa de vallados.
Lo que resultó ser una buena suposición. En la primera conversación quedó demostrado que el tipo había empezado con nada a su nombre más allá del martillo de su padre, y había terminado siendo el propietario de una empresa de construcción, responsable de cuarenta empleados, y de las esperanzas y sueños de una buena cantidad de clientes. Terminó su historia con un pequeño gesto facial, en parte modestia yanqui, en parte genuina perplejidad. Como diciendo: ¿cómo pasó eso? Atención al detalle, pensó Reacher. Este era un tipo muy organizado, lleno de nociones y curas y máximas y convicciones de hierro, una de las cuales era que al final del verano era mejor mantenerse alejado tanto de la Ruta Uno como de la I-95, y de hecho salir sin más de Maine tan rápido como fuera posible, lo que quería decir en poco tiempo y por un camino alternativo, por la Ruta Dos, directo al oeste hacia New Hampshire. Hasta un lugar justo al sur de Berlín, donde el tipo conocía un montón de rutas secundarias que lo llevarían hasta Boston más rápido que cualquier otro camino. Que era hacia donde el tipo estaba yendo, para una reunión por unas encimeras de mármol. Reacher estaba contento. Nada en contra respecto a Boston como lugar de partida. Nada de nada. Desde ahí era un tramo recto hasta Syracuse. Después de lo cual Cincinnati era fácil, vía Rochester y Buffalo y Cleveland. Quizás incluso vía Akron, Ohio. Reacher había estado en lugares peores. Mayormente de servicio.
No llegaron a Boston.
El tipo recibió una llamada al móvil, después de cincuenta y pico minutos yendo hacia el sur por las ya mencionadas carreteras secundarias. Que eran exactamente como se las promocionaba. Reacher tuvo que admitir que el plan del tipo era consistente. No había nada de tráfico. Ningún embotellamiento, ningún retraso. Avanzaban con ahínco, a cien kilómetros por hora, sin ningún problema. Hasta que sonó el teléfono. Estaba conectado a la radio del coche, y apareció un nombre en la pantalla de navegación, con una foto muy pequeña como ayuda visual, en este caso de un hombre con la cara roja, un casco de seguridad en la cabeza y un sujetapapeles en la mano. Cierto tipo de encargado en alguna obra. El tipo al volante tocó un botón y el sonido del teléfono llenó el coche, desde todos los altavoces, como sonido envolvente.
El tipo al volante le habló al salpicadero del parabrisas y dijo:
—Mejor que sean buenas noticias.
No lo eran. Era algo relacionado con un inspector de obras de la municipalidad y el conducto de metal dentro de la chimenea de un hogar en un recibidor, que estaba correctamente aislada, tal como decía el código, salvo que no se lo podía demostrar de manera visual sin tirar abajo la mampostería, que a esa altura ya era de tres pisos, casi terminada, con los albañiles ya contratados para un trabajo nuevo la semana siguiente, o sin arrancar la carpintería a medida de madera de nogal en el comedor del otro lado de la chimenea, o la carpintería del armario de arriba, que era palisandro y más complicado aún, pero el inspector estaba obcecado con eso y necesitaba verlo él mismo.
El tipo al volante le dirigió una mirada rápida a Reacher y dijo:
—¿Qué inspector es?
El tipo en el teléfono dijo:
—El nuevo.
—¿Sabe que va a recibir un pavo por el Día de Acción de Gracias?
—Le dije que aquí estamos todos del mismo lado.
El tipo al volante le volvió a dirigir una mirada rápida a Reacher, como buscando autorización, o pidiendo disculpas, o ambas cosas, y después volvió a mirar hacia el frente y dijo:
—¿Le ofreciste dinero?
—Quinientos. No los quiso.
Entonces se perdió la señal de móvil. El sonido empezó a salir entrecortado, como un robot ahogándose en una piscina, y después quedó mudo. La pantalla decía que estaba buscando.
El coche siguió avanzando.
Reacher dijo:
—¿Por qué alguien querría una chimenea en un recibidor?
—Es acogedor como bienvenida —dijo el tipo al volante.
—Yo creo que históricamente estaba diseñado para repeler. Era defensivo. Como la fogata ardiendo en la entrada de la caverna. Estaba pensado para mantener alejados a los depredadores.
—Tengo que volver —dijo el tipo—. Lo siento.
Disminuyó la velocidad y frenó en la gravilla. Solo, en las carreteras secundarias. Ningún otro coche. La pantalla decía que todavía estaba buscando señal.
—Voy a tener que dejarte aquí —dijo el tipo—. ¿Está bien?
—No hay problema —dijo Reacher—. Me llevaste parte del recorrido. Te lo agradezco mucho.
—No hay de qué.
—¿De quién es el armario de palisandro?
—De él.
—Haz un agujero grande y que el inspector revise. Después le das al cliente cinco razones de sentido común por las que debería instalar una caja fuerte de pared. Porque este es un tipo que quiere una caja fuerte de pared. Quizás todavía no lo sabe, pero un tipo que quiere una chimenea en el recibidor quiere una caja fuerte de pared en el armario del dormitorio. No cabe duda. La naturaleza humana. Vas a sacar algo. Le puedes cobrar a él el tiempo que lleva hacer el agujero.
—¿Estás en el negocio?
—Fui policía militar.
—Mmh —dijo el tipo.
Reacher abrió la puerta y bajó, y volvió a cerrar la puerta, y se alejó caminando lo suficiente como para darle espacio al tipo para que diera la vuelta con el Subaru, de arcén de grava a arcén de grava, todo a lo ancho de la carretera, y después se volviera a ir por donde había venido. Todo lo cual el tipo hizo, con un breve gesto que Reacher tomó como un apenado ademán de buena suerte. Después se volvió cada vez más y más pequeño en la distancia, y Reacher se dio vuelta y siguió caminando, al sur, hacia donde se dirigía. Donde fuera le gustaba mantener el impulso. La carretera en la que estaba era de dos carriles, lo suficientemente ancha, bien mantenida, con curvas aquí y allá, con un poco de subidas y bajadas. Pero ningún problema para un coche moderno. El Subaru había estado yendo a cien. Igual no había tráfico. De ningún tipo. No venía nada, de ninguno de los dos lados. Silencio total. Solo un suspiro de viento en los árboles, y el tenue zumbido del calor que subía del asfalto.
Reacher siguió caminando.
Tres kilómetros más adelante la carretera por la que iba se desviaba un poco hacia la izquierda, y una nueva carretera de igual tamaño y aspecto se abría hacia la derecha. No exactamente una curva. Más como una elección equitativa. Un cruce clásico en forma de Y. Mover apenas el volante a la izquierda, o mover apenas el volante a la derecha. Tu decisión. Ambas opciones se perdían de vista entre árboles que de tan imponentes en algunos lugares formaban un túnel.
Había un cartel.
Una flecha inclinada hacia la izquierda decía “Portsmouth”, y una flecha inclinada hacia la derecha decía “Laconia”. Pero la opción de la derecha estaba escrita en letra más pequeña, y tenía una flecha más pequeña, como si Laconia fuera menos importante que Portsmouth. Un mero desvío, a pesar de que la ruta era del mismo tamaño.
Laconia, New Hampshire.
Un nombre que Reacher conocía. Lo había visto en históricos papeles familiares de todo tipo, y lo había oído mencionar de vez en cuando. Era el lugar de nacimiento de su difunto padre, y donde había sido criado, hasta que a los diecisiete años se escapó para unirse a los Marines. Esa era la vaga leyenda familiar. De qué había escapado no había sido especificado. Pero nunca regresó. Ni una vez. Reacher mismo había nacido más de quince años después, momento para el cual Laconia ya era un detalle muerto del pasado lejano, tan remoto como el Territorio de Dakota, donde se decía que algún ancestro anterior había trabajado y vivido. Nadie de la familia fue nunca a ninguno de los dos lugares. Ninguna visita. Los abuelos murieron jóvenes y rara vez se los mencionaba. Aparentemente no había tías o tíos o primos o ninguna otra clase de parientes lejanos. Lo que era estadísticamente poco probable, y sugería algún tipo de ruptura. Pero nadie más allá de su padre tenía alguna información verdadera, y nadie nunca hizo un verdadero intento para que él les diera alguna información. Ciertas cosas no se hablaban en las familias marines. Mucho después como capitán del Ejército a Joe, el hermano de Reacher, lo destinaron al norte y dijo algo acerca de quizás intentar encontrar la vieja casa familiar, pero nunca salió nada de eso. Probablemente Reacher mismo había dicho algo así, de vez en cuando. Tampoco había estado nunca allí.
Izquierda o derecha. Su decisión.
Portsmouth era mejor. Tenía autopistas y tráfico y autobuses. Era un tramo recto hasta Boston. San Diego reclamaba. El noreste estaba a punto de ponerse frío.
¿Pero qué importaba un día más?
Se dirigió a la derecha, y eligió la bifurcación en la carretera que llevaba a Laconia.
En ese mismo momento del final de la tarde, a casi cincuenta kilómetros de distancia, yendo hacia el sur por otra carretera secundaria iba un Honda Civic en no muy buen estado, conducido por un hombre de veinticinco años llamado Shorty Fleck. Al lado de él en el asiento del acompañante iba una mujer de veinticinco años llamada Patty Sundstrom. Eran novio y novia, ambos nacidos y criados en Saint Leonard, que era un pequeño y distante pueblo en New Brunswick, Canadá. No pasaba mucho allí. La noticia más importante en la memoria reciente del pueblo era de hacía diez años, cuando un camión que transportaba doce millones de abejas volcó en una curva. El periódico local informó con orgullo que el accidente era el primero de esas características en New Brunswick. Patty trabajaba en un aserradero. Era la nieta de un tipo de Minnesota que se había escabullido hacia el norte cincuenta años atrás, para evitar ir a Vietnam. Shorty tenía unas tierras en las que producía patatas. Su familia había vivido en Canadá desde siempre. Y él no era particularmente bajito. Quizás en algún momento lo había sido, de niño. Pero ahora él suponía que era lo que cualquier persona que lo viese llamaría un tipo promedio.
Estaban tratando de ir sin ninguna parada de Saint Leonard a Nueva York. Lo que se lo mirase como se lo mirase era un viaje duro. Pero ellos veían una gran ventaja en hacerlo. Tenían algo para vender en la ciudad, y ahorrarse una noche en un hotel iba a maximizar la ganancia. Habían planeado la ruta, haciendo una vuelta hacia el oeste pare evitar a los veraneantes que desde las playas se dirigían a sus hogares, usando las carreteras secundarias, el dedo aplastado de Patty en el mapa, su mirada recorriendo el horizonte en busca de curvas y carteles. Lo habían medido en el papel, y supusieron que era algo viable.
Salvo que habían salido más tarde de lo que les habría gustado, debido un poco a la desorganización general, pero en mayor medida a que a la envejecida batería del Honda no le gustaban las recientemente frescas temperaturas otoñales que soplaban desde la Isla del Príncipe Eduardo. El retraso los dejó en una larga fila en la frontera de Estados Unidos, y después el Honda empezó a recalentarse, y necesitó que se lo tratara con cuidado por debajo de los ochenta kilómetros por hora durante un rato largo.
Estaban cansados.
Y hambrientos, y sedientos, y con ganas de ir al baño, e iban retrasados, y por detrás de lo planificado. Y frustrados. El Honda estaba recalentándose otra vez. La aguja estaba rozando lo rojo. Había como un chirrido debajo del capot. Quizás faltaba aceite. No había manera de saberlo. Todas las luces del tablero habían estado encendidas continuamente durante los últimos dos años y medio.
—¿Qué hay más adelante? —preguntó Shorty.
—Nada —dijo Patty.
Su dedo estaba sobre una zigzagueante línea roja, con la indicación de un número de tres dígitos, y a la que se la veía correr de norte a sur a través de una forma dentada sombreada verde pálido. Un área forestal. Que coincidía con lo que estaba afuera de la ventana. Los árboles se amontonaban, quietos y oscuros, cargados con las pesadas hojas del final del verano. El mapa mostraba aquí y allá diminutas líneas rojas como de telaraña, como las venas en la pierna de una señora vieja, que eran presumiblemente todos caminos hacia algún lugar, pero ninguno grande. Ninguno con probabilidades de tener un mecánico o un taller o agua para el radiador. La mejor opción estaba a unos treinta minutos, por unos caminos al este del sur, un pueblo con su nombre impreso no tan pequeño y en seminegrita, lo que quería decir que tenía que haber al menos una estación de servicio. Se llamaba Laconia.
—¿Podemos hacer treinta kilómetros más? —dijo ella.
Ahora la aguja estaba hundida en el rojo.
—Quizás —dijo Shorty—. Si caminamos los últimos veintinueve.
Disminuyó la velocidad y siguió avanzando con un hilo de gasolina, lo que generaba menos calor nuevo en el motor, pero lo que también hacía que corriera menos aire por las aletas del radiador, por lo que el calor viejo no se podía ir tan rápido, por lo que en el corto plazo la aguja de la temperatura siguió subiendo. Patty arrastró la punta de su dedo hacia delante por el mapa, siguiendo el paso con lo que ella consideraba su velocidad estimada. Un poco más allá a la derecha había una vena como de telaraña. Un camino estrecho, que daba vueltas cruzando la tinta verde hacia algún lugar a más o menos tres centímetros. Sin el ruido del viento de su ventana que cerraba mal podía oír los ruidos del motor. Traqueteando, golpeando, rechinando. Empeorando.
Entonces más adelante a la derecha vio la entrada a un camino estrecho. La vena como de telaraña, puntual. Pero más como un túnel que un camino. Estaba oscuro adentro. Los árboles se cerraban arriba. En la entrada sobre un poste torcido por las heladas había un cartel, que tenía atornilladas unas letras de plástico ornamentadas, y una flecha que apuntaba hacia el túnel. Las letras formaban la palabra “Motel”.
—¿Deberíamos? —preguntó ella.
Respondió el coche. La aguja de la temperatura estaba clavada en el tope. Shorty podía sentir el calor en las espinillas. Todo lo que estaba por debajo del capot se estaba asando. Por un segundo se preguntó qué podría pasar si en cambio seguían de largo. La gente hablaba de motores que explotaban y se derretían. Que eran formas de hablar, por supuesto. No iba a haber charcos de metal derretido. No iba a explotar nada. Simplemente se iba a morir, de manera pacífica. O se iba a parar. Iba a seguir rodando amablemente hasta detenerse.
Pero en el medio de la nada, sin ningún tipo de tráfico y sin señal de móvil.
—No tenemos opción —dijo, y frenó y siguió y dobló hacia el túnel. De cerca vieron que las letras de plástico del letrero habían sido pintadas de dorado, con pincel fino y mano firme, como una promesa, como si el motel fuera un lugar de categoría. Había un segundo letrero, idéntico, que miraba hacia los conductores que venían del otro lado.
—¿Vale? —dijo Shorty.
El aire se sentía frío en el túnel. Fácil quince grados menos que en la carretera principal. Las hojas caídas del otoño anterior y el barro del invierno anterior estaban todos apisonados en los costados.
—¿Vale? —volvió a preguntar Shorty.
Pasaron por encima de un cable que cruzaba el camino de lado a lado. Una cosa gruesa de goma, no mucho más pequeña que una manguera de jardín. Como las que tenían en las estaciones de servicio, para hacer sonar un timbre adentro, para que el empleado salga a ayudarte.
Patty no respondió.
—¿Cuán malo puede ser? —dijo Shorty—. Figura en el mapa.
—El camino está marcado.
—El letrero era bonito.
—Sí —dijo Patty—. Coincido.
Siguieron conduciendo.
Dos
Los árboles enfriaron y refrescaron el aire, por lo que Reacher se sintió a gusto manteniendo un ritmo constante de seis kilómetros por hora, que para su largo de piernas eran exactamente ochenta y ocho pulsaciones por minuto, que era exactamente el tempo de una buena cantidad de la mejor música, por lo que era un tiempo que se pasaba de manera agradable. Hizo treinta minutos, tres kilómetros, siete temas clásicos en su cabeza, y entonces escuchó detrás de sí sonidos verdaderos, y se dio vuelta y vio que una vieja pick-up se acercaba hacia él moviéndose de un lado para el otro, como si cada una de las ruedas quisiera ir en una dirección distinta.
Reacher le hizo señas con el pulgar.
La camioneta se detuvo. Un tipo viejo con una barba larga y blanca se estiró adentro hacia el costado y bajó la ventanilla del pasajero.
—Voy a Laconia —dijo.
—Yo también —dijo Reacher.
—Vale.
Reacher se subió, y volvió a levantar la ventanilla. El viejo arrancó y recuperó la tambaleante marcha.
—Supongo que esta es la parte en la que me dice que necesito neumáticos nuevos —dijo.
—Es una posibilidad —dijo Reacher.
—Pero a mi edad intento evitar gastar grandes sumas de capital. ¿Para qué invertir en el futuro? ¿Tengo algún futuro?
—Ese argumento es más circular que sus neumáticos.
—De hecho el chasis está torcido. Tuve un choque.
—¿Cuándo?
—Hace cerca de veintitrés años.
—Entonces esto ahora es normal para usted.
—Me mantiene despierto.
—¿Cómo sabe hacia dónde tiene que dirigir el volante?
—Te acostumbras. Como navegar a vela. ¿Por qué va a Laconia?
—Pasaba por aquí —dijo Reacher—. Mi padre nació ahí. Quiero verla.
—¿Cuál es su apellido?
—Reacher.
El tipo viejo negó con la cabeza. Y dijo:
—Nunca conocí a nadie en Laconia que se llamara Reacher.
La razón de la bifurcación previa en forma de Y en la carretera resultó ser un lago, lo suficientemente ancho como para hacer que los conductores norte-sur tuvieran que elegir un lado, orilla derecha y orilla izquierda. Reacher y el viejo se zarandearon y se sacudieron a lo largo de la orilla derecha, lo que era mecánicamente estresante, pero visualmente bello, porque la vista era deslumbrante y el sol estaba a menos de una hora de ponerse. Después vino Laconia misma. Era un lugar más grande de lo que Reacher esperaba. Quince o veinte mil personas. Una capital de condado. Sólida y próspera. Había edificios de ladrillo y prolijas calles antiguas. El sol bajo y rojo hacía parecer que estaban en una vieja película.
La zarandeante pick-up se tambaleó hasta quedar detenida en una esquina céntrica. El viejo dijo:
—Laconia.
—¿Cuánto cambió? —dijo Reacher.
—Por aquí, no mucho.
—Crecí pensando que era más pequeña.
—La mayoría de las personas recuerdan que las cosas eran más grandes.
Reacher le agradeció al tipo el viaje, y se bajó, y vio cómo la camioneta se alejaba chirriando, cada neumático insistiendo en que los otros tres estaban equivocados. Después se dio la vuelta y caminó unas manzanas al azar, dándose una idea de qué podía haber dónde, en particular dos destinos específicos para empezar con la búsqueda al día siguiente, y dos para atención inmediata esa misma tarde, el primero un lugar para comer, y el segundo un lugar para dormir.
Ambas cosas estaban disponibles, un poco al estilo de un centro histórico. Comida saludable, ningún lugar medía más que el ancho de dos mesas. Ningún motel en la ciudad, pero sí muchas hosterías y muchos bed and breakfast. Comió en un estrecho bistró, porque una camarera le sonrió por la ventana, después de un momento de incomodidad cuando ella le trajo el pedido. Que era una especie de ensalada que tenía carne, que era la opción del menú que pensó que sería la más nutritiva. Pero cuando llegó era diminuta. Después pidió una segunda vez, y un plato más grande. Al principio la camarera no entendió bien. Pensó que había algo mal con el primer pedido. O con el tamaño del plato. O ambas cosas. Después entendió. Tenía hambre. Quería dos raciones. Le preguntó si necesitaba algo más. Pidió una taza más grande para el café.
Más tarde deshizo su recorrido hacia unos alojamientos que había visto, en una calle lateral cerca de las oficinas de la municipalidad. Había lugar en la hostería. Las vacaciones habían terminado. Pagó una buena suma por lo que el empleado llamó una suite, pero que él llamó una habitación con un sofá y un exceso de estampados de flores y almohadas de plumas. Removió de la cama una docena y puso sus pantalones debajo del colchón para plancharlos. Después se dio una larga ducha caliente, y se metió debajo de las sábanas, y se durmió.
El túnel a través de los árboles resultó tener más de tres kilómetros de largo. Patty Sundstrom siguió las curvas con el dedo en el mapa. Debajo de las ruedas del Honda había un asfalto ya gris y con baches, la superficie final ya del todo deteriorada en algunos lugares por la escorrentía, dejando unos agujeros poco profundos del tamaño de mesas de billar, algunos puro cemento, algunos rellenos con grava, algunos llenos de una pasta de hojas podridas todavía húmedas de la primavera, porque por encima el frondoso follaje era espeso y continuo, excepto por un lugar de veintipico metros en el que no crecían árboles. Había una franja rosa brillante de cielo abierto. Quizás una estrecha veta de tierra distinta, o un repentino escarpe subterráneo de piedra maciza, o una rareza hidráulica sin agua bajo la superficie, o con demasiada. Después el filo de cielo quedó a su espalda. Estaban otra vez en el túnel. Shorty Fleck estaba yendo despacio, para evitar los golpes y cuidar el motor. Se preguntó si debería encender las luces.
Después el follaje se adelgazó por segunda vez, con la promesa de más por venir, como si un gran claro estuviera en camino, como si estuvieran llegando a algún lugar. Lo que vieron fue que delante del camino salía de los árboles y recorría en línea recta una hectárea de descampado, y la delgada cinta gris de repente desnuda y expuesta a la última luz del día. Su destino era un grupo de tres considerables construcciones de madera, dispuestas una después de otra en una curva circular hacia la derecha, quizás cincuenta metros entre la primera y la última. Las tres estaban pintadas de rojo mate, con molduras blanco brillante. Recortadas contra el pasto verde se veían como clásicas estructuras de Nueva Inglaterra.
El edificio que estaba más cerca era un motel. Como una imagen en un libro infantil. Como para aprender el ABC. M de Motel. Era largo y bajo, hecho con tablones rojo mate, con un techo a dos aguas con tejas gris pizarra, y un letrero de neón rojo que decía “Oficina” en la primera ventana, y después una puerta con contraventana para el almacén, y después un patrón que se repetía, de una ventana ancha con una unidad exterior de aire acondicionado y dos sillas de jardín de plástico debajo, y una puerta con un número, y otra ventana ancha con la misma unidad exterior y las mismas sillas, y otra puerta con número, y así, todo hasta el final. Había en total doce habitaciones, todas en línea. Pero no había ningún coche aparcado en la puerta de ninguna. Daba la impresión de que no había ninguna alquilada.
—¿Bien? —dijo Shorty.
Patty no respondió. Shorty detuvo el coche. A cierta distancia, a la derecha, vieron que el segundo edificio era más corto de un extremo al otro, pero mucho más alto y profundo del frente al fondo. Una especie de granero. Pero no para animales. La rampa de cemento estaba notablemente limpia. No había ninguna boñiga, para decirlo de manera directa. Era una especie de taller. Afuera delante había nueve quads. Como motos normales, pero con cuatro neumáticos gruesos en vez de dos lisos. Estaban alineados en tres filas de tres, con precisión milimétrica.
—Quizás son Honda —dijo Patty—. Quizás esta gente sabe cómo arreglar el coche.
Al final de la hilera el tercer edificio era una casa normal, de construcción sencilla pero tamaño generoso, rodeada por una galería con mecedoras.
Shorty avanzó con el coche, y se volvió a detener. El asfalto estaba por acabarse. Diez metros antes del aparcamiento vacío del motel. Estaba por bajar dando un golpe a una superficie mantenida por su propio dueño que su ojo experto de productor de patatas le dijo que estaba conformada por partes iguales de grava, barro, hierbajos secos y verdes. Vio al menos cinco especies que él hubiese preferido no tener en su propia tierra.
El final del asfalto daba la sensación de un umbral. De una decisión.
—¿Bien? —volvió a decir.
—Está vacío —dijo Patty—. No hay ningún huésped. ¿No es extraño esto?
—La temporada terminó.
—¿Así tan de repente?
—Siempre se están quejando de eso.
—Es el medio de la nada.
—Es un lugar para una escapada. Sin movimiento, sin barullo.
Patty se quedó un rato en silencio. Después dijo:
—Supongo que tiene buena pinta.
—Yo creo que es esto o nada —dijo Shorty.
Patty recorrió la estructura del motel de izquierda a derecha, las proporciones simples, el techo sólido, los tablones duros, la pintura reciente. Se había realizado el mantenimiento necesario, pero nada llamativo. Era un edificio honesto. Podría haber estado en Canadá.
—Echemos un vistazo —dijo.
Bajaron del asfalto dando un golpe y traquetearon sobre la superficie despareja y estacionaron afuera de la oficina. Shorty pensó un segundo y apagó el motor. Más seguro que dejarlo encendido. En caso de metal derretido y explosiones. Si no volvía a arrancar, mala suerte. Ya estaba lo suficientemente cerca de donde necesitaba estar. Podían pedir la habitación uno, de ser necesario. Tenían una maleta enorme, llena de lo que pensaban vender. Se podía quedar en el coche. Aparte de eso no tenían mucho más que cargar.
Salieron del coche y entraron a la oficina. Había un tipo detrás del mostrador de recepción. Tenía más o menos la misma edad que Shorty, y que Patty, promediando los veinte, quizás uno o dos años más. Tenía pelo corto y rubio, prolijamente peinado, y un buen bronceado, y ojos azules, y dientes blancos, y una sonrisa siempre dispuesta. Pero parecía un poco fuera de contexto. Al principio Shorty lo tomó como una cosa de verano que había visto en Canadá, donde a un chico bien educado lo mandan a hacer un trabajo tonto en el campo, para completar su currículum, o para expandir sus horizontes, o encontrarse a sí mismo, o algo así. Pero este tipo era cinco años demasiado viejo como para eso. Y detrás de su saludo tenía un aire de propietario. Estaba diciendo bienvenidos, sin duda, pero a mi casa. Como si el lugar fuera suyo.
Quizás era así.
Patty le dijo que necesitaban una habitación, y que se preguntaban si quienquiera que fuese que cuidara los quads no le podría echar un vistazo al coche, o de no ser así, que agradecerían mucho el número de teléfono de un buen mecánico. De ser posible no una grúa.
El tipo sonrió y preguntó:
—¿Qué le pasa al coche?
Sonaba como cualquier tipo joven de las películas que trabajaba en Wall Street y usaba traje y corbata. Lleno de una confianza sin fisuras. Probablemente bebía champán. La codicia es buena. No el tipo de persona favorita de un productor de patatas.
—Está recalentando y haciendo unos ruidos raros como de golpes debajo del capot —dijo Patty.
El tipo sonrió con otro tipo de sonrisa, una modesta pero dominante sonrisa estilo “amo del universo junior”, y dijo:
—Entonces supongo que podemos echarle un vistazo. Suena como si estuviera bajo de líquido refrigerante, y bajo de aceite. Que son dos cosas fáciles de arreglar, a no ser que algo esté perdiendo. Eso dependería de qué repuestos se necesiten. Quizás podemos adaptar alguna cosa. De no ser así, como tú dijiste, conocemos algunos buenos mecánicos. En cualquiera de los dos casos, no hay nada que hacer hasta que no se enfríe del todo. Aparcadlo fuera de vuestra habitación durante la noche, y mañana por la mañana lo primero que haremos será revisarlo.
—¿Exactamente a qué hora? —preguntó Patty, pensando en lo atrasados que estaban, pero también pensando en caballos regalados y dientes.
El tipo dijo:
—Aquí todos nos levantamos con el sol.
Ella dijo:
—¿Cuánto cuesta la habitación?
—Después del Día del Trabajo, antes de que lleguen los amantes del otoño, digamos cincuenta dólares.
—Vale —dijo ella, aunque no realmente, pero estaba otra vez pensando en caballos regalados, y en lo que había dicho Shorty, que era esto o nada.
—Os daremos la habitación diez —dijo el tipo—. Hasta ahora es la primera que renovamos. De hecho la acabamos de terminar. Vais a ser los primeros huéspedes. Esperamos que nos hagáis el honor.
Tres
Reacher se despertó un minuto pasadas las tres de la mañana. Todos los clichés: despierto de golpe, instantáneamente, como apretando un botón. No se movió. Ni siquiera tensionó brazos y piernas. Simplemente se quedó ahí, mirando la oscuridad, escuchando atento, concentrándose al cien por cien. No una reacción adquirida. Un instinto primitivo, preparado por la evolución al fondo, en la parte de atrás de su cerebro. Una vez había estado en California del Sur, bien dormido con las ventanas abiertas una noche hermosa, y se había despertado de golpe, instantáneamente, como apretando un botón, porque en su sueño había olido un hilo de humo. No humo de cigarrillo o un edificio en llamas, sino la ladera de una colina incendiada a sesenta kilómetros de distancia. Un olor prehistórico. Como un incendio fuera de control avanzando a toda velocidad por una antigua sabana. Al que sus ancestros le ganaban dependiendo de quién se levantara más rápido y saliera antes. Enjuagar y repetir, durante cientos de generaciones.
Pero no había humo. No un minuto pasadas las tres de esa mañana en particular. No en esa habitación de hotel en particular. ¿Entonces qué lo despertó? No vista o tacto o gusto, porque había estado solo en la cama con los ojos cerrados y las cortinas también y nada en la boca. Oído, pues. Había escuchado algo.
Esperó que se repitiera. Algo que consideró una debilidad evolutiva. El producto no era aún perfecto. Era todavía un proceso de dos pasos. Una vez para despertarte, y una segunda vez para decirte qué era. Mejor hacer las dos cosas juntas, seguro, en la primera vez.
No escuchó nada. Ya no muchos sonidos seguían siendo sonidos para el cerebro reptiliano. El paso o el siseo de un antiguo depredador era poco probable. Las ramitas de bosque más cercanas como para ser pisadas y rotas sonoramente estaban a kilómetros de distancia más allá de los límites de la ciudad. No mucho más asustaba al córtex primitivo. No en el reino del sonido. A los sonidos más nuevos se los procesaba en otro lado, en la parte frontal del cerebro, que estaba bien alerta de los raspones y chasquidos de las amenazas modernas, pero que no tenía la antigüedad como para despertar de un sueño satisfactorio y profundo a una persona.
¿Entonces qué lo despertó? El único otro sonido verdaderamente antiguo era una petición de ayuda. Un grito, o una súplica. No un chillido moderno, o un festejo o unas carcajadas. Algo profundamente primitivo. La tribu, siendo atacada. En la parte más lejana. Una alarma temprana y distante.
No escuchó más nada. No se repitió. Salió de debajo de las sábanas y prestó atención a la puerta. No escuchó nada. Agarró una almohada de plumas y tapó la mirilla. Ninguna reacción. Ningún disparo en el ojo. Miró fuera. No vio nada. Un pasillo brillante y vacío.
Corrió las cortinas y miró la ventana. Nada ahí. Nada en la calle. Oscuridad total. Todo tranquilo. Se volvió a meter en la cama y le dio unos golpes a la almohada para que recuperase la forma y se volvió a dormir.
Patty Sundstrom también se despertó un minuto pasadas las tres. Había dormido cuatro horas y entonces algún tipo de agitación subconsciente se había abierto camino y la había despertado. No se encontraba bien. No por dentro, como sabía que debería. En parte tenía el retraso en la cabeza. En el mejor de los casos llegarían a la ciudad promediando el día siguiente. No las mejores horas para hacer negocios. Por encima de lo cual estaban los cincuenta dólares extra por la habitación. Además del coche que era una cantidad desconocida. Podía costar una fortuna. Si se necesitaban repuestos. Si se tenía que adaptar algo. Los coches eran geniales hasta que no lo eran. Aun así, el motor había arrancado cuando salieron de la oficina. El tipo del motel no parecía muy preocupado al respecto. Puso cara de que todo iba bien. No fue hasta la habitación con ellos. Lo que también estuvo bien. Odiaba cuando la gente la perseguía, para mostrarle dónde estaba el interruptor de la luz, y el baño, juzgando sus cosas, actuando de forma servil, queriendo una propina. El tipo no hizo nada de eso.
Pero igual no se encontraba bien. No sabía por qué. La habitación era agradable. Estaba recién renovada, tal como habían dicho, cada centímetro. Los tableros de las paredes eran nuevos, y el techo, y las molduras, y la pintura, y la alfombra. Nada arriesgado. Ciertamente nada llamativo. Parecía una actualización de lo que fuera que hubiera habido antes ahí por tradición, pero recién puesto a punto y auténtico y pulcro y sólido. El aire acondicionado era fresco y silencioso. Había un televisor de pantalla plana. La ventana era un modelo caro, con dos gruesos paneles de vidrio sellados con juntas térmicas, que tenían una persiana eléctrica en el espacio entre uno y otro. No tenías que tirar de una cinta para cerrarla. Apretabas un botón. No se habían ahorrado nada. El único problema era que la ventana no se abría. Lo que le habría preocupado en caso de incendio. Y en general le gustaba en una habitación una corriente de aire nocturno. Pero en conjunto era un lugar decente. Mejor que la mayoría de los que había visto. Quizás incluso valía cincuenta dólares.
Pero no se encontraba bien. No había teléfono en la habitación, ni señal de móvil, por lo que después de media hora habían vuelto a la oficina para preguntar si podían usar el teléfono del motel para pedir una comida caliente. Pizza quizás. El tipo en la recepción había sonreído con una sonrisa entre apenada e irónica y había dicho que lo lamentaba, pero que estaban demasiado alejados como para entregas. Nadie llegaba hasta ahí. Dijo que la mayoría de los huéspedes iban en coche hasta un diner o un restaurante. Shorty tenía aspecto de ir a enfadarse. Como si el tipo estuviera diciendo: la mayoría de los huéspedes tienen coches que funcionan. Quizás algo que ver con la sonrisa entre apenada e irónica. Después el tipo dijo: “Pero eh, nosotros tenemos pizzas en el congelador allá en la casa. ¿Por qué no venís a comer con nosotros?”.
Lo que fue una comida rara, en una residencia vieja y oscura, con Shorty y el tipo y otros tres iguales a él. Misma edad, mismas pintas, con alguna especie de misma conexión de onda entre ellos. Como si estuvieran todos en una misión. Tenían algo de nervioso. Después de conversar un poco ella llegó a la conclusión de que eran todos inversores que estaban totalmente embarcados en el mismo nuevo emprendimiento. El motel, asumió. Asumió que lo habían comprado y que estaban intentando sacarlo adelante. Como fuera, eran todos extremadamente correctos y corteses y conversadores. El tipo de la recepción dijo que su nombre era Mark. Los otros eran Robert, Steven y Peter. Todos hicieron preguntas inteligentes acerca de la vida en Saint Leonard. Preguntaron sobre el exigente viaje en coche hacia el sur. Otra vez Shorty tenía aspecto de irse a enfadar. Pensaba que lo estaban tratando como a un estúpido por salir de viaje con un coche en malas condiciones. Pero el tipo que dijo que era el que se ocupaba de los quads, que era Peter, dijo que él hubiera hecho exactamente lo mismo. Puramente por razones estadísticas. El coche había funcionado durante años. ¿Por qué asumir que iba dejar de hacerlo ahora? Las probabilidades decían que iba a seguir funcionando. Siempre lo había hecho hasta entonces.
Después dijeron “buenas noches” y volvieron caminando a la habitación diez, y se fueron a dormir, salvo que ella se volvió a despertar cuatro horas más tarde, agitada. No se encontraba bien, y no sabía por qué. O quizás sí. Quizás simplemente no lo quería admitir. Quizás era ese el problema. La verdad era que, en el fondo, ella suponía que probablemente estaba enfadada con Shorty mismo. El gran viaje. La parte más importante de su plan secreto. Salió con un coche en malas condiciones. Era tonto. Era más tonto que sus propias patatas. ¿No podía invertir un dólar por adelantado? ¿Cuánto habría costado, en un taller con un cupón? Menos que los cincuenta dólares que estaban pagando por el motel, eso seguro, que Shorty la estaba también molestando para que le reconociera que era un lugar raro gestionado por gente rara, lo que para ella era un conflicto, porque realmente ella sentía que un grupo de jóvenes amables la estaban rescatando, como caballeros en brillantes armaduras, de un aprieto enteramente ocasionado por un productor de patatas tan tonto como para no hacer revisar su coche antes de emprender un viaje de más de mil quinientos kilómetros a, ¡sí!, otro país, con, ¡sí!, algo muy valioso en el maletero.
Tonto. Quería aire. Salió de la cama y caminó despacio hasta la puerta. Giró el pomo, y apretó su otra mano contra el marco para equilibrar, así podía abrir la puerta sin hacer ningún ruido, porque quería que Shorty siguiera durmiendo, porque no quería tener que lidiar con él ahí mismo, tan enfadada como estaba.
Pero la puerta estaba atascada. No se movió en lo más mínimo. Comprobó que estuviera correctamente destrabada de adentro, y probó el picaporte hacia ambos lados, pero no pasó nada. La puerta estaba atascada. Quizás no la habían ajustado correctamente después de la instalación. O quizás se había hinchado con el calor del verano.
Tonto. Muy tonto. Esta era la ocasión en la que Shorty le podía servir. Era bajito, compacto, fuerte y macizo. De andar cargando por ahí bolsas de patatas de cincuenta kilos. ¿Pero lo iba a despertar y le iba a pedir? Ni de casualidad. Volvió en silencio a la cama y se metió al lado de él y miró el techo, que era liso y auténtico y pulcro y sólido.
Reacher se volvió a despertar a las ocho de la mañana. Haces brillantes de un sol fuerte entraban por los bordes de las cortinas. Había polvo en el aire, flotando ligeramente. Había unos sonidos apagados de la calle. Coches esperando, después moviéndose. Un semáforo al final de la manzana, presumiblemente. Ocasionalmente el escándalo asordinado de un claxon, como si un tipo adelante hubiera mirado para otro lado y se hubiera perdido el verde.
Se duchó, y rescató sus pantalones de abajo del colchón, y se vistió, y salió en busca del desayuno. Encontró cerca café y muffins, que lo mantuvieron a flote para una exploración más prolongada, que lo llevó a un lugar que supuso podría tener buena comida a pesar de esconderse debajo de múltiples capas de una especie de ironía falso retro. Supuso que se necesitaría un tipo más inteligente que él para decodificarlas todas. La idea básica parecía ser la noción contemporánea y de alguien del lugar donde los antiguos leñadores podrían haber cenado, con lo que fuera que comieran esos antiguos leñadores, que en la época contemporánea parecía estar interpretado como una de cada una de las opciones fritas del menú. En la experiencia de Reacher los leñadores comían lo mismo que todos los que trabajan duro, que era todo tipo de cosas distintas. Pero no tenía ninguna objeción ideológica contra las cosas fritas como tales, especialmente no en grandes cantidades, así que le siguió el juego. Entró y se sentó, enérgicamente, esperaba, como si tuviera treinta minutos antes de tener que ir a derribar un árbol.
La comida estaba bien, y el café seguía llegando, por lo que se demoró más de treinta minutos, mirando por la ventana, tomándole el tiempo al ajetreo de la calle, esperando hasta que las personas de los trajes y de las faldas estuvieran seguros en sus trabajos. Después se puso de pie y dejó su propina y pagó su cuenta, y caminó dos de las manzanas que había explorado la noche anterior, hacia el lugar por el que supuso que debía empezar. Que era el departamento de registros en las oficinas de la municipalidad. Que tenía un número de oficina propio, en un atestado directorio de pisos con múltiples renglones, fuera de un edificio gubernamental multipropósito y de ladrillos, que por sus años y su aspecto Reacher asumió que en algún momento había albergado un juzgado. Quizás todavía era así.
La oficina que estaba buscando resultó ser una de muchas pequeñas salas que daban a un pasillo en una entreplanta. Como un pasillo en un hotel caro. Salvo que las puertas eran mitad de vidrio, que estaba acanalado a la antigua, con el nombre del departamento pintado en dorado. En dos renglones, en el caso del departamento de registros. Del otro lado de la puerta había una sala vacía con cuatro sillas de plástico y un mostrador para consultas alto hasta la cintura. Como una versión miniatura de cualquier oficina gubernamental. Había un interruptor de un timbre eléctrico atornillado al mostrador. Tenía un cable finito que se perdía en una hendidura que había cerca en el mueble y un letrero escrito a mano que decía “Si no hay nadie toque el timbre”. El mensaje estaba escrito con una caligrafía cuidada y estaba protegido por muchas capas de cinta transparente, aplicada en tiras de un largo considerable, algunas de las cuales estaban levantadas en los extremos, y sucias, como si dedos aburridos y ansiosos las hubieran tironeado.
Reacher tocó el timbre. Un minuto después salió una mujer por una puerta en la pared de atrás, mirando sobre su hombro mientras lo hacía, con lo que Reacher pensó era un poco de pesar, como si estuviera abandonando un espacio dramáticamente más grande y más atractivo. Tenía quizás treinta años, era esbelta y pulcra, y llevaba puesto un jersey gris y una falda gris. Caminó hacia el mostrador pero miraba hacia atrás a la puerta. O su novio estaba esperando u odiaba su trabajo. Quizás las dos cosas. Pero hizo lo mejor que pudo. Se impuso unos modales cálidos y cordiales. No exactamente como en una tienda, donde el cliente siempre tenía la razón, sino más como un par, como si a ella y al cliente los acabaran de obligar a pasar juntos un buen rato, dando vueltas por una vieja tienda de la ciudad. En los ojos de ella había la suficiente cantidad de luz como para que Reacher asumiera que al menos algo de eso ella lo sentía así. Quizás después de todo no odiaba su trabajo.
—Necesito preguntarle acerca de un viejo registro de propiedad —dijo Reacher.
—¿Es para un litigio de titularidad? —preguntó la mujer—. En cuyo caso lo tendría que pedir su abogado. De esa manera es mucho más rápido.
—Ningún litigo —dijo él—. Mi padre nació aquí. Eso es todo. Hace mucho tiempo. Ya falleció. Yo pasaba por aquí. Pensé que podía dar una vuelta y ver la casa en la que creció.
—¿Cuál es la dirección?
—No lo sé.
—¿Se acuerda aproximadamente dónde está?
—Nunca estuve allí.
—¿No venía de visita?
—No.
—Quizás porque su padre se fue de aquí cuando era joven.
—No hasta que se unió a los Marines cuando tenía diecisiete años.
—Entonces quizás porque sus abuelos se fueron de aquí antes de que su padre tuviera su propia familia. Antes de que venir de visita fuera algo importante.
—Tengo la sensación de que mis abuelos se quedaron aquí el resto de sus vidas.
—¿Pero usted nunca los conoció?
—Éramos una familia marine. Estábamos siempre en algún otro lugar.
—Lo lamento.
—No es culpa suya.
—Pero le agradezco su servicio.
—No fue mi servicio. El marine era mi padre, no yo. Quería saber si lo podíamos buscar, quizás en un registro de nacimientos o algo, para tener los nombres completos de sus padres, así podemos encontrar su dirección exacta, quizás en registros de impuestos inmobiliarios o algo, como para poder ir y echar un vistazo.
—¿Cómo se llamaban sus abuelos?
—Creo que eran James y Elizabeth Reacher.
—Igual que yo.
—¿Su apellido es Reacher?
—No, mi nombre es Elizabeth. Elizabeth Castle.
—Encantado de conocerla —dijo Reacher.
—Igualmente —dijo ella.
—Yo soy Jack Reacher. Mi padre era Stan Reacher.
—¿Hace cuánto que Stan se fue de aquí para unirse a los Marines?
—Ahora tendría cerca de noventa, por lo que fue hace más de setenta años.
—Entonces deberíamos empezar hace ochenta años, para tener un margen de seguridad —dijo la mujer—. En ese momento Stan Reacher debería haber tenido alrededor de diez años, y debería haber estado viviendo con sus padres James y Elizabeth Reacher, en algún lugar de Laconia. ¿Es ese un buen resumen?
—Ese podría ser el capítulo uno de mi biografía.
—Estoy segura de que el ordenador puede buscar más de ochenta años atrás —dijo ella—. Pero para registros de propiedad me temo que esa cantidad de años puede llegar a ser solo una lista de nombres.
Giró una llave y abrió una tapa en la parte de arriba del mostrador. Debajo había un teclado y una pantalla. A salvo de los ladrones, cuando no hay nadie. Pulsó un botón, y miró para otro lado.
—La secuencia de arranque —dijo.
Que eran palabras que Reacher ya había escuchado, en un contexto tecnológico, pero para él sonaban militares, como si regimientos de infantería se estuvieran cerrando de manera firme al frente de una avanzadilla general.
Ella cliqueó y se movió por la pantalla, y se movió por la pantalla y cliqueó.
—Sí —dijo—. Hace ochenta años es solo un índice, con número de archivo. Si quiere detalles, tiene que pedir que le traigan del depósito el verdadero documento en papel. Me temo que por lo general eso tarda mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—A veces tres meses.
—¿Hay nombres y direcciones en el índice?
—Sí.
—Entonces en realidad eso es todo lo que necesitamos.
—Supongo. Si lo único que quiere es echarle un vistazo a la casa.
—Eso es lo único que tengo planeado hacer.
—¿No tiene curiosidad?
—¿Sobre qué cosa?
—Sus vidas. Quiénes eran y qué hacían.
—No una curiosidad que valga tres meses de espera.
—Vale, entonces nombres y direcciones es lo único que necesitamos.
—Si la casa todavía está allí —dijo él—. Quizás alguien la hizo demoler. De repente ochenta años suenan realmente como mucho tiempo.
—Aquí las cosas cambian lento —dijo ella.
Volvió a cliquear, y se movió hacia abajo en la pantalla, primero rápido, recorriendo en forma descendente el abecedario, y luego despacio, mirando atenta, a través de lo que Reacher supuso que era la sección de la R, y después de vuelta hacia arriba, igual de despacio, mirando igual de atenta. Luego rápido hacia abajo y hacia arriba, como intentado sacudir algo suelto.
Dijo:
—Hace ochenta años nadie llamado Reacher tenía aquí en Laconia una propiedad a su nombre.
Cuatro
Patty Sundstrom también se volvió a despertar a las ocho de la mañana, más tarde de lo que le habría gustado, pero finalmente había sucumbido al cansancio, y había dormido profundamente por cinco horas más. Sintió que el espacio junto a ella en la cama estaba vacío. Se dio vuelta y vio que la puerta estaba abierta. Shorty estaba afuera en el aparcamiento. Estaba hablando con uno de los tipos del motel. Quizás Peter, pensó. El tipo que se encargaba de los quads. Estaban de pie junto al Honda. El capó estaba levantado. El sol brillaba.
Se levantó de la cama y caminó con cuidado y medio agachada hasta el baño. Para que Peter o el que estuviera al lado del Honda no la viera. Se duchó, y se vistió con la misma ropa, porque no había llevado la suficiente como para un día más. Salió del baño. Tenía hambre. La puerta todavía estaba abierta. El sol todavía brillaba. Ahora Shorty estaba ahí solo. El otro tipo se había ido.
Salió y dijo:
—Buenos días.
—El coche no arranca —dijo Shorty—. El tipo metió mano y ahora está muerto. Anoche estaba bien.
—No estaba exactamente bien.
—Anoche arrancó. Ahora no arranca. El tipo debe haber roto algo.
—¿Qué fue lo que hizo?
—Tocó algunas cosas. Tenía una llave inglesa y unos alicates. Yo creo que lo empeoró.
—¿Era Peter? El tipo que se encarga de los quads?
—Eso dice. Si es verdad, que tengan suerte. Probablemente esa es la razón por la que necesitan nueve. Para asegurarse que siempre les funciona uno.
—El coche arrancó anoche porque estaba caliente. Ahora está frío. Eso hace una diferencia.
—¿Eres mecánica ahora?
—¿Y tú? —dijo ella.
—Creo que el tipo rompió algo.
—Y yo creo que está intentando ayudarnos lo mejor que puede. Deberíamos estar agradecidos.
—¿Por que nos rompan el coche?
—Ya estaba roto.
—Anoche arrancó. En el primer intento.
—¿Tuviste algún problema con la puerta de la habitación? —dijo ella.
—¿Cuándo? —dijo él.
—Cuando saliste esta mañana.
—¿Qué tipo de problema?
—Por la noche quise tomar un poco el aire pero no la pude abrir. Estaba atascada.
—Yo no tuve problemas —dijo Shorty—. Abrió enseguida.
Vieron a Peter salir del granero cincuenta metros más allá, con una bolsa de tela marrón en la mano. Parecía pesada. Herramientas, pensó Patty. Para arreglar el coche.
—Shorty Fleck, escúchame bien —dijo ella—. Estos caballeros están tratando de ayudarnos, y quiero que te comportes como si lo agradecieras. Como mínimo no quiero que les des ninguna razón como para que nos dejen de ayudar antes de que terminen. ¿Está claro?
—Por Dios —dijo—. Te estás comportando como si esto fuera mi culpa o algo.
—Sí, algo —dijo ella, y después se calló y esperó a Peter, con la bolsa de herramientas. Que sonando a metal se acercaba con una sonrisa alegre, como si se muriera de ganas de sacudirse las manos y ponerse a trabajar.
—Muchas gracias por la ayuda —dijo ella.
—No hay ningún problema —dijo él.
—Espero que no sea demasiado complicado.
—Ahora mismo está completamente muerto. Lo que por lo general es eléctrico. Quizás se derritió un cable.
—¿Lo puedes arreglar?
—Podemos empalmarle uno que lo reemplace. Solo lo que se necesite como para pasar por encima de la parte que está mal. Antes o después vais a tener que hacer que lo arreglen bien. Es el tipo de arreglo que eventualmente se puede salir.
—¿Cuánto se tarda en hacer ese empalme?
—Primero tenemos que encontrar el lugar en el que se derritió.
—Anoche el motor arrancó —dijo Shorty—. Lo hicimos funcionar dos minutos y lo volvimos a apagar. Se enfrió cada vez más, durante toda la noche. ¿Cómo es que algo se puede haber derretido?
Peter no dijo nada.
—Solo pregunta —dijo Patty—. Por si encontrar lo que se derritió es como buscar una aguja en un pajar. No querríamos quitarte más tiempo del que ya te quitamos. Es muy amable por tu parte el ayudarnos.
—Está bien —dijo Peter—. Es una pregunta razonable. Cuando detienes el motor también detienes el ventilador del radiador y la bomba de agua. Por lo que no hay refrigeración forzada y no hay circulación. El agua más caliente sube sola hasta arriba, hasta la tapa de los cilindros. Las temperaturas de superficie de hecho se pueden poner peores en la primera hora. Quizás había un cable que tocaba el metal.
Se inclinó debajo del capot y analizó un momento. Recorrió algunos circuitos con sus dedos, chequeando los cables, tirando de algunas cosas, golpeteando algunas cosas. Miró la batería. Usó una llave inglesa para comprobar que los terminales estuvieran bien ajustados.
Se irguió y dijo:
—Pruébalo una vez más.
Shorty apoyó su trasero en el asiento y dejó los pies en el suelo. Giró el torso hasta quedar mirando hacia el frente y puso la mano en la llave. Levantó la vista. Peter asintió. Shorty giró la llave.
No pasó nada. Nada de nada. Ni siquiera hizo clic ni zumbó ni tosió. Girar la llave era lo mismo que no girarla. Completamente muerto. Muerto como la cosa más muerta que jamás haya muerto.
Elizabeth Castle dejó de mirar la pantalla y enfocó en la nada, como recorriendo una cantidad de posibles escenarios, y los consecuentes pasos a seguir en cada una de las diferentes circunstancias, empezando, supuso Reacher, con que él era un idiota y se había equivocado de ciudad, en cuyo caso el paso a seguir sería deshacerse de él, amablemente, sin duda, pero también sin duda de manera expeditiva.
—Probablemente eran inquilinos —dijo ella—. Como lo eran la mayoría de las personas. Los dueños pagaban los impuestos. Los vamos a tener que buscar en otro lugar. ¿Eran del campo?
—No lo creo —dijo Reacher—. No recuerdo ninguna historia sobre tener que salir al alba helada para darles de comer a las gallinas antes de caminar treinta kilómetros a través de la nieve para ir a la escuela, cuesta arriba ida y vuelta. Ese es el tipo de cosa que le cuentan a uno los del campo, ¿no?
—Entonces no estoy segura de por dónde debería empezar.
—El principio por lo general es un buen lugar. Las actas de nacimiento.
—Eso es en las oficinas del condado, no aquí en las de la municipalidad. Es en otro edificio, bastante lejos de aquí. Quizás en vez de eso debería empezar por los censos. Su padre debería aparecer en dos, cuando tenía alrededor de dos años y alrededor de doce.
—¿Dónde están?
—También están en las oficinas del condado, pero en una oficina distinta, un poco más cerca.
—¿Cuántas oficinas tienen?
—Una buena cantidad.
Le dio la dirección del lugar específico que necesitaba, con indicaciones detalladas esquina por esquina de cómo llegar hasta allí, y él dijo “hasta luego” y se fue. Pasó caminando por la hostería donde había pasado la noche. Pasó un lugar al que asumió que volvería para la comida. Estaba yendo hacia el sur y hacia el este por los bloques del centro, a veces por aceras de ladrillo gastadas de hacía fácil ochenta años. Incluso cien. Las tiendas eran frescas y limpias, muchas dedicadas a artículos de cocina y a artículos para cocinar y a artículos para la mesa y toda otra clase de artículos asociados con la preparación y el consumo de comida. Algunas eran zapaterías. Algunas tenían bolsos.
El edificio que estaba buscando resultó ser una estructura moderna baja y ancha construida en lo que debían de haber sido dos lotes estándar. Habría quedado mejor en un campus tecnológico, rodeada de laboratorios de informática. Que era lo que era, pensó. Se dio cuenta de que en su mente había estado esperando estanterías de papeles podridos, escritos a mano con tinta ya desteñida, atados con hilos. Todo lo cual todavía existía, estaba seguro, pero no ahí. Ese material estaba en depósitos, a tres meses de distancia, después de haber sido copiado y catalogado e indexado en un ordenador. No iba a ser rescatado con una nube de polvo y un carrito con ruedas, sino con el clic de un ratón y el zumbido de una impresora.
El mundo moderno.
Entró, hacia un mostrador de recepción que podría haber estado en un museo moderno o un dentista de lujo. Detrás del mostrador había un tipo con aspecto de estar puesto ahí como castigo. Reacher dijo “hola”. El tipo levantó la mirada pero no respondió. Reacher le dijo que quería ver los registros de dos viejos censos distintos.
—¿De dónde? —preguntó el tipo, como si no le importara para nada.
—De aquí —dijo Reacher.
El tipo miró como si no entendiera.
—Laconia —dijo Reacher—. New Hampshire, Estados Unidos, América del Norte, el mundo, el sistema solar, la galaxia, el universo.
—¿Por qué dos?
—¿Por qué no?
—¿Qué años?
Reacher le dijo, primero el año en que su padre tenía dos, y luego el siguiente censo diez años después, cuando su padre tenía doce.
El tipo preguntó:
—¿Usted reside en el condado?
—¿Por qué lo quiere saber?
—Financiación. Esto no es gratis. Pero los residentes tienen acceso.
—He estado aquí un buen rato —dijo Reacher—. Al menos tanto como lo que he vivido en cualquier otro lugar recientemente.
—¿Cuál es el motivo de su búsqueda?
—¿Es importante?
—Tenemos que llenar casillas.
—Historia familiar —dijo Reacher.
—Ahora necesito su nombre —dijo el tipo.
—¿Por qué?
—Tenemos que alcanzar objetivos. Tenemos que registrar los nombres, o piensan que estamos inflando los números.
—Podrían inventar nombres durante todo el día.
—Tenemos que ver el documento.
—¿Por qué? Todo esto no es de dominio público?
—Bienvenido al mundo real —dijo el tipo.
Reacher le mostró el pasaporte.
—Nació en Berlín —dijo el tipo.
—Correcto —dijo Reacher.
—No en Berlín, New Hampshire, tampoco.
—¿Es un problema? Usted cree que soy un espía extranjero al que mandaron aquí para distorsionar lo que ya pasó hace noventa años?
El tipo escribió Reacher en una casilla en un formulario.
—Cubículo dos, señor Reacher —dijo, y señaló una puerta en la pared de enfrente.
Reacher entró a un silencioso espacio cuadrado, con luces bajas, y largas mesas de trabajo de madera de arce divididas en compartimientos separados por particiones verticales. Cada compartimiento tenía una silla de tweed apagado, y un ordenador de pantalla plana en la superficie de trabajo, y un lápiz al que recién le habían sacado punta, y un delgado bloc de hojas con el nombre del condado impreso en la parte alta, como una marca de hotel. Había una alfombra gruesa en el suelo. Tela en las paredes. Todo el trabajo de carpintería era de excelente calidad. Reacher asumió que la sala en conjunto debía haber costado un millón de dólares.
Se sentó en el cubículo dos, y la pantalla que tenía enfrente cobró vida. Se iluminó en azul, un fondo liso de color, más allá de dos pequeños iconos en el ángulo de arriba a la derecha, como sellos postales en una carta. No era un usuario de ordenadores experimentado, pero lo había intentado una o dos veces, y lo había visto hacer muchas veces más. Ahora incluso los hoteles baratos tenían ordenadores en las recepciones. Muchas veces había esperado mientras el recepcionista cliqueaba y deslizaba y tecleaba. Lejos estaban los días en los que una persona podía poner sobre el mostrador un par de billetes y recibir instantáneamente a cambio una llave grande y de bronce.
Movió el ratón y envió la flecha hacia arriba a los iconos. Sabía que eran ficheros. O carpetas de ficheros. Había que cliquear encima, y en respuesta se iban a abrir. Nunca estaba seguro de si había que cliquear una o dos veces. Lo había visto hacer de las dos maneras. Su costumbre era cliquear dos veces. En caso de duda, etcétera. Quizás ayudaba, y nunca parecía hacer daño. Como dispararle a alguien en la cabeza. Un doble golpecito no podía estar mal.
Ubicó el centro de masa de la flecha sobre el icono de la izquierda e hizo doble clic, y la pantalla volvió a un color gris, como la cubierta de un buque de guerra. En el centro había una imagen en blanco y negro de la primera página de un reporte gubernamental, como una fotocopia fresca y brillante, impresa con una letra anticuada y remilgada en una tipografía de estilo gubernamental. Arriba decía: “Departamento de Comercio de los Estados Unidos, R. P. Lamont, Secretario, Oficina de Censos, W. M. Steuart, Director”. En el medio decía: “Decimoquinto Censo de los Estados Unidos, Referencias Extraídas para la Municipalidad de Laconia, New Hampshire”. Abajo decía: “En Venta por el Superintendente de Documentos, Washington, D. C., Precio Un Dólar”.
Reacher podía ver cómo la parte de arriba de la segunda página se asomaba por la parte de abajo de la pantalla. Iba a tener que deslizarse hacia abajo. Eso estaba claro. La mejor manera de hacerlo, imaginó, era con la ruedecita ubicada en la parte más sobresaliente del ratón. Entre donde estarían más o menos sus omóplatos. Debajo de la yema de su dedo índice. Conveniente. Intuitivo. Leyó por arriba la introducción, que trataba mayormente de las muchas y variadas mejoras que se habían hecho en la metodología desde el decimocuarto censo. Ningún alarde, realmente. Más como un mensaje de un friki a otro, incluso en aquel entonces. Cosas que necesitabas saber, si te gustaba contar gente.
Después venían las listas, de nombres sin nada más y viejas ocupaciones, y el mundo de casi noventa años atrás parecía alzarse todo alrededor. Había fabricantes de botones, y fabricantes de sombreros, y fabricantes de guantes, y destiladores de trementina, y obreros, e ingenieros de locomotoras, e hilanderos de seda, y trabajadores de un molino para procesar estaño y de una fábrica de hojalata. Había una sección aparte titulada Ocupaciones Inusuales Para Niños. La mayoría estaban de manera optimista clasificados como aprendices. O ayudantes. Había muchachos herreros y albañiles y fogoneros y vertedores y fundidores.
No había ningún Reacher. No en Laconia, New Hampshire, el año en el que Stan tenía dos.
Volvió con la ruedecita hasta arriba del todo y empezó otra vez, esta vez prestándole particular atención a la columna de los niños a cargo. Quizás había habido un espantoso accidente, y el huérfano bebé Stan había sido recogido por vecinos amables aunque no parientes. Quizás le habían puesto su apellido como homenaje.
No había niños a cargo identificados separadamente como Stan Reacher. No en Laconia, New Hampshire, el año en que se suponía tenía dos.
Reacher encontró el lugar en el ángulo superior izquierdo de la pantalla, con los tres botoncitos, rojo, naranja, verde, como un semáforo en miniatura recostado. Hizo doble clic en el rojo y el documento desapareció. Abrió el icono de la derecha, y encontró el decimosexto censo, otro secretario, otro director, pero las mismas mejoras sustanciales desde la última vez. Después venían las listas, esta vez de hacía ochenta años en vez de noventa, la diferencia ligeramente perceptible, con más trabajos en las fábricas, y menos en los campos.
Pero tampoco había ningún Reacher.
No en Laconia, New Hampshire, el año en el que Stan Reacher se suponía tenía doce.
Hizo doble clic en el botón rojo y el documento desapareció.
Cinco
Shorty probó con la llave una vez más, pero otra vez no pasó nada. No se oyó más que un clic suave y mecánico, que era solo la llave física misma, girando dentro del tambor en la columna de dirección. Un pequeño y suave clic que nadie oía nunca, porque normalmente lo ahogaban al instante las explosiones de un coche al encenderse. Lo mismo con el clic de un gatillo, previo a un disparo.
Pero no esa mañana. El Honda parecía muerto. Como un perro viejo y enfermo que muere de noche. Una condición totalmente distinta. Ningún tipo de respuesta. Algún tipo de carga que ya no estaba.
Patty dijo:
—Creo que va a ser mejor que llamemos al mecánico.
Peter miró por encima del hombro. Ella se giró, y vio a los otros tres tipos caminando hacia ellos. Desde la casa, o el granero. El hombre principal iba al frente, como siempre. Mark, el que les había hecho el registro la noche anterior. El que los había invitado a cenar. El tipo de la sonrisa. Detrás de él estaba Steven, y después Robert. Llegaron y Mark dijo:
—¿Cómo estamos esta mañana?
—No demasiado bien —dijo Peter.
—¿Qué problema tiene?
—No te sabría decir. Está completamente muerto. Supongo que se quemó algo.
—Deberíamos llamar a un mecánico —dijo Patty—. No queremos robaros más tiempo.
—Anoche arrancó —dijo Shorty—. Al primer intento.
Mark sonrió y dijo:
—Sí, arrancó.
—Ahora está muerto. Nada más digo. Conozco este coche. Lo tengo desde hace mucho tiempo. Tiene días buenos y malos, pero nunca muere.
Mark se quedó en silencio durante un rato largo.
Después volvió a sonreír y dijo:
—No sé bien lo que estás queriendo decir.
—Quizás meter mano ahí lo empeoró.
—¿Crees que Peter lo rompió?
—Algo lo rompió, entre anoche y ahora. Eso es lo único que estoy diciendo. Quizás fue Peter, y quizás no. Ya ni siquiera importa. Porque la cosa es que vosotros metiendo mano ahí es casi lo mismo que vosotros asumiendo la responsabilidad por eso. Porque sois un motel. Estoy seguro de que hay leyes para los guardianes de hoteles. Mantener a salvo la propiedad de los huéspedes, todo ese tipo de cosas.
Otra vez Mark se quedó en silencio.
—No lo dice en serio —dijo Patty—. Está enfadado, nada más.
Mark simplemente negó con la cabeza, casi sin moverse, como si estuviese sacándose de encima la cosa más pequeña de todas. Miró a Shorty y dijo:
—Es difícil lidiar con el estrés, estoy de acuerdo. Creo que todos lo sabemos. Pero de la misma manera todos sabemos que lo inteligente aquí es establecer una cantidad mínima de cortesía, en todos nuestros intercambios mutuos. ¿No lo crees? Un poco de respeto. Quizás un poco de humildad, también. Quizás asumir un poco de responsabilidad. Tu coche no ha estado bien cuidado, ¿o sí?
Shorty no respondió.
—El reloj sigue corriendo —dijo Mark—. Se acerca el mediodía. Que es cuando anoche se vuelve esta noche, en el negocio hotelero, hora en la cual nos van a deber otros cincuenta dólares, que en la cara de Patty puedo ver que no quieren pagar, o no pueden pagar, por lo que una respuesta rápida te ayudará a ti mucho más de lo que me va a ayudar a mí. Pero rápido o lento, vosotros elegís.
Patty dijo:
—Vale, nuestro coche no está bien mantenido.
—Eh —dijo Shorty.
—Bueno no lo está —dijo ella—. Apuesto a que esta es la primera vez que se levanta el capó desde que lo compraste.
—No lo compré. Me lo dieron.
—¿Quién?
—Mi tío.
—Entonces apuesto a que esta es la primera vez que se levanta el capó desde que salió de fábrica.
Shorty no dijo nada.
Mark lo miró y dijo:
—Patty ve las cosas desde la perspectiva de un tercero. Lo que implica cierta medida de objetividad. Por lo que estoy seguro de que tiene toda la razón. Estoy seguro de que es así de simple. Tú eres un hombre ocupado. ¿Quién tiene tiempo? Algunas cosas se descuidan.
—Supongo —dijo Shorty.
—Pero lo tienes que decir en voz alta. Necesitamos escucharlo de tu propia boca, con tus propias palabras.
—¿Qué?
—Así todos podemos empezar con el pie derecho.
—¿El pie derecho de qué?
—Necesitamos establecer una relación amistosa, señor Fleck.
—¿Por qué?
—Bueno, por ejemplo, anoche os dimos la cena. Y, también por ejemplo, más o menos dentro de una hora nos vais a pedir que os demos el desayuno. Porque ¿qué otra opción tenéis? Lo único que os pedimos a cambio es que deis además de recibir.
—¿Dar qué?
—Un recuento honesto de tu propia parte del aprieto en el que estás.
—¿Para qué?
—Sería como poner unas fichas sobre la mesa, imagino. Al empezar una partida. Sería como una apuesta emocional en nuestra relación amigable. Nosotros nos abrimos a vosotros, cuando estabais en nuestra mesa, y ahora os pedimos que nos devolváis el favor.
—No queremos desayuno.
—¿Ni siquiera café?
—Podemos tomar agua del grifo del baño. Si eso os parece bien.
—Nos vais a pedir que os demos el almuerzo. El orgullo puede hacer que te saltees una comida, pero no dos.
—Solo llevadnos hasta la ciudad. Mandaremos una grúa a buscar el coche.
—Llevaros hasta la ciudad no es una opción disponible.
—Entonces llamad a un mecánico.
—Lo haremos —dijo Mark—. Inmediatamente después de que hayas hablado.
—¿Quieres una confesión pública?
—¿Tienes algo que confesar?
—Supongo que podría haber hecho mejor las cosas —dijo Shorty—. Alguien me dijo que los motores japoneses lo aguantaban. Como que te podías saltar un año. Después supongo que algunos años no me podía acordar si ese año me tocaba o no. Así que en total supongo que algunos años se pasaron, que no deberían.
—¿Solo algunos?
—Quizás todos. Como dijiste. No tenía tiempo.
—Una buena política en el corto plazo.
—Era lo más fácil.
—Pero no en el largo plazo.
—Supongo que no —dijo Shorty.
—Un error, de hecho.
—Supongo.
—Esa es la parte que queremos que diga en voz alta, señor Fleck. Queremos oírlo decir que cometió un error tonto que le está ocasionando a todo tipo de personas todo tipo de inconvenientes. Y lo queremos oír decir que lo lamenta, especialmente a Patty, que creemos que está siendo conmovedoramente fiel. Se ganó un premio con ella, señor Fleck.
—Supongo.
—Necesitamos escuchar que lo diga en voz alta.
—¿Lo de Patty?
—Lo del error.
No hubo respuesta.
—Hace un momento —dijo Mark— nos pediste que asumiéramos la responsabilidad. Pero eres tú el que debe hacerlo. Nosotros no descuidamos tu coche. Nosotros no tratamos como un pedazo de mierda una buena máquina, y después partimos hacia un viaje largo e importante haciendo no mucho más que darles unas pataditas a los neumáticos. Usted es el que hizo todo eso, señor Fleck. No nosotros. Lo único que estamos intentando es que quede claro.
No hubo respuesta.
El sol brillaba. Hacía calor en la parte alta de la cabeza de Patty.
—Simplemente dilo, Shorty —dijo ella—. No va a ser el fin del mundo.
—Vale —dijo Shorty—, cometí un error tonto que le está ocasionando a todo tipo de personas todo tipo de inconvenientes. Os pido disculpas a todos los implicados.
—Gracias —dijo Mark—. Ahora iremos a llamar a un mecánico.
Reacher volvió caminando por donde había venido, pasó junto a las tiendas con los bolsos, y los zapatos, y los artículos, pasó junto al lugar que había elegido para comer, pasó junto al lugar en el que había pasado la noche, de vuelta hasta el departamento de registros, dentro de las oficinas de la municipalidad. Otra vez no había nadie en el mostrador que llegaba a la cintura. Tocó el timbre. Hubo una pequeña espera, y después entró Elizabeth Castle.
—Oh —dijo ella—. Hola otra vez.
—Hola —dijo él.
—¿Hubo suerte?
—No hasta el momento —dijo él—. No estaban en ninguno de los censos.
—¿Está seguro de que es la ciudad correcta? O estado, incluso. Podría haber una Laconia en alguna otra parte. Nuevo México, o Nueva York, o Nueva Jersey. Hay muchos estados con N.
—Ocho —dijo Reacher—. Entre Nuevo o Nueva y Norte y Nevada y Nebraska.
—Entonces podría no haber sido N-H lo que usted vio. Podría haber sido N-alguna otra cosa. La escritura manuscrita de antes puede ser rara.
—Lo vi escrito a máquina y en ordenador —dijo Reacher—. Mayormente por oficinistas del Cuerpo de Marines. Que por lo general entienden las cosas bien. Y se lo escuché decir, miles de veces. Mi madre se burlaba de él por algo, casi seguro ante la falta de algún gesto romántico, y él decía, bueno demonios, no soy más que un simple yanqui de New Hampshire.
—Mmmh —dijo Elizabeth Castle.
Después dijo:
—Supongo que en todos los censos se pierden personas. Por todo tipo de causas frikis. Están siempre intentando mejorar la metodología. Hay una persona aquí con la que debería hablar. Es un apasionado de los censos.
—¿Qué es eso, algo nuevo?
—Probablemente no —dijo ella, un poco bruscamente—. Estoy segura de que es una ocupación seria con una larga e ilustre historia.
—Lo lamento.
—¿Qué cosa?
—Creo que la ofendí.
—¿Cómo me podría haber ofendido? Yo no soy una apasionada de los censos.
—En el caso de que el apasionado de los censos fuera su novio, por ejemplo.
—No lo es —dijo ella, con un suspiro de indignación, como si la idea fuera absurda.
—¿Cómo se llama?
—Carter —dijo ella.
—¿Dónde lo puedo encontrar?
—¿Qué hora es? —dijo ella, mirando de repente para todas partes en busca de su teléfono, que no estaba allí. Reacher había notado que mucha menos gente usaba reloj. Los teléfonos hacían todo.
—Casi las once —dijo él—. Menos cuatro minutos, más algunos segundos.
—¿En serio?
—¿Por qué no? Me lo tomé como una pregunta seria.
—¿Más algunos segundos?
—¿Cree que es demasiado exacto?
—La mayoría de la gente diría menos cinco. O casi las once en punto.
—Algo que yo habría hecho, si me hubiera preguntado qué hora era aproximadamente. Pero no fue lo que hizo. Me preguntó qué hora era, punto. Tres minutos y monedas, ahora.
—No está mirando su reloj.
—No uso —dijo él—. Igual que usted.
—¿Entonces cómo sabe qué hora es?
—No sé.
—¿De verdad?
—Ahora son dos minutos y quizás cincuenta segundos antes de las once de la mañana.
—Espere —dijo ella. Salió por la puerta de la pared de atrás. Un buen rato después volvió con su teléfono. Lo apoyó en el mostrador. La pantalla estaba oscura.
Dijo:
—¿Ahora qué hora es?
—Espere —dijo él.
Después dijo:
—Tres, dos, uno, es casi la hora. Once en punto exacto.
Ella apretó el botón del teléfono.
La pantalla se iluminó.
Mostró 10:59.
—Cerca —dijo ella.
Cambió a las 11:00.
—¿Cómo lo hace? —dijo ella.
—No sé —volvió a decir él—. ¿Dónde lo puedo encontrar a su amigo Carter, el apasionado de los censos?
—Yo no dije que era mi amigo.
—¿Compañero de trabajo?
—Un departamento totalmente distinto. En la sección administrativa. No es parte de la ecología de trato con el cliente, como suelen decir.
—¿Entonces cómo hago para verlo?
—Por eso pregunté la hora. Hace una pausa para tomar un café a las once y cuarto. Todos los días, puntual como un mecanismo de relojería.
—Suena a un hombre sensato.
—Se toma exactamente treinta minutos, en el local cruzando el semáforo. Afuera en el patio, si hay sol. Lo que podría ser o podría no ser. No lo podemos saber desde aquí adentro.
—¿Cuál es el nombre de pila de Carter? —preguntó Reacher, pensando en baristas llamando en voz alta por el nombre a los clientes. Asumió que el local podía estar lleno de oficinistas tomándose pausas de treinta minutos, todos bastante parecidos.
—Carter es su nombre de pila —dijo Elizabeth Castle.
—¿Cuál es su apellido?
—Carrington —dijo ella—. Después vuelva y cuénteme cómo le fue. No se rinda. La familia es importante. Habrá otras maneras de averiguar.
Seis
Patty y Shorty estaban solos en la habitación diez, sentados juntos en la cama sin hacer. Mark los había invitado a desayunar a pesar de todo. Se había dado vuelta para irse y después se volvió a dar vuelta con una sonrisa indulgente en el rostro, todos amigos, no seamos estúpidos. Patty había querido decir que sí. Shorty dijo que no. Habían ido adentro y habían tomado agua tibia con el vaso de los cepillos de dientes, parados frente al lavabo del baño.
—Solo te vas a sentir peor cuando tengas que pedirle que nos dé el almuerzo —dijo Patty—. Deberías haber acabado con ello de inmediato. Ahora se va a hacer cada vez más grande en tu cabeza.
—Tienes que admitir que eso fue raro —dijo Shorty.
—¿Qué lo fue?
—Todo lo que acaba de pasar.
—¿Que fue qué?
—Lo viste. Estuviste ahí.
—Dímelo con tus propias palabras.
—¿De mi propia boca? Suenas como él. Viste lo que sucedió. Empezó con una vendetta extraña en mi contra.
—Lo que yo vi fue a Peter donando su tiempo voluntariamente para ayudarnos. Se puso a trabajar enseguida. Yo todavía ni siquiera estaba despierta. Después lo que vi fue que lo estabas maltratando y diciéndole que lo había empeorado.
—Coincido con que ayer el coche no estaba funcionando espectacular, pero ahora directamente no funciona. ¿Qué otra cosa puede haber pasado? Obviamente algo hizo.
—Tu coche ya tenía muchas cosas mal. Quizás arrancarlo anoche fue la gota que colmó el vaso.
—Fue raro lo que me hizo hacer.
—Te hizo decir la verdad, Shorty. A esta hora ya habríamos llegado a Nueva York. Ya habríamos hecho el negocio. Ahora podríamos estar conduciendo hacia una de esas concesionarias en las que te toman cualquier cosa en parte de pago. Podríamos haber conseguido algo mejor. Podríamos haber hecho el resto del camino con estilo.
—Lo lamento —dijo Shorty—. En serio.
—Quizás el mecánico lo pueda arreglar.
—Quizás directamente deberíamos tirarlo e irnos. Antes de que tengamos que pagar otros cincuenta dólares por la habitación.
—¿A qué te refieres con irnos?
—Caminando. Podríamos caminar hasta la carretera y hacer autostop. Dijiste que había un lugar treinta kilómetros más adelante. Podrían tener un autobús.
—El camino entre los árboles tenía más de tres kilómetros. Tú irías cargando la maleta. Es más grande que tú. No la podemos dejar aquí. Y después todo lo que conseguiríamos de todas maneras es una carretera secundaria. Sin tráfico. Lo planeamos así, ¿te acuerdas? Podríamos esperar allí todo el día a que alguien nos lleve. Especialmente con una maleta grande. Ese tipo de cosa hace que la gente no tenga ganas. No paran. Quizás ya tienen el maletero lleno.
—Vale, quizás el mecánico lo va a arreglar. O al menos nos podría llevar hasta la ciudad. En su camioneta. Con la maleta grande. Podemos pensar algo desde ahí.
—Otros cincuenta dólares sin duda van a dejar marca.
—Es peor que eso —dijo Shorty—. Cincuenta dólares son una gota en el océano. Podríamos quedarnos aquí toda la semana, comparado con lo que va a costar el mecánico. Esos tipos cobran un recargo por acercarse hasta el lugar en el que estás, ¿lo puedes creer? Lo que básicamente es como que te paguen por seguir vivo. No es así cuando cultivas patatas, déjame que te diga. Que los mecánicos comen, por cierto. Les encantan las patatas. Patatas fritas, croquetas de patata, al horno con queso y panceta. ¿Qué pasaría si yo les pidiera que me pagaran por pensar en cultivarles una patata?
Patty se puso de pie de golpe, moviendo la cama, y dijo:
—Salgo a tomar un poco de aire.
Cruzó hasta la puerta y giró el picaporte y tiró. No pasó nada. Estaba trabada de vuelta. Revisó la cerradura.
—Esto es lo que me pasó anoche —dijo.
Shorty se bajó de la cama y se acercó.
Giró el picaporte.
La puerta abrió.
—Quizás estás girando mal el picaporte —dijo él.
—¿Cuántas maneras hay de girar un picaporte? —dijo ella.
Él cerró la puerta y se quedó a un paso.
Ella se acercó y lo intentó otra vez. Agarró de la misma manera, giró de la misma manera, tiró de la misma manera.
La puerta se abrió.
—Raro —dijo.
Estaba soleado en el centro de Laconia, con el sol algo bajo, como en los primeros días de otoño, pero todavía tan caluroso como en verano. Reacher llegó al café enfrente del semáforo a las once y diez, cinco minutos antes de la hora, y se sentó en una pequeña mesa de hierro en un rincón del patio, desde donde podía ver la acera que llevaba hasta el café desde la puerta de la municipalidad. No estaba seguro de qué tipo de persona esperaba que fuera Carter Carrington. Aunque había algunas pistas. Una, a Elizabeth Castle le parecía absurdo imaginarse a ese tipo como su novio. Dos, se había encargado de aclarar que no era ni siquiera un amigo. Tres, el tipo estaba confinado en el área administrativa. Cuatro, se lo mantenía lejos de los clientes. Cinco, era un apasionado de la metodología de censos.
Estos indicios no eran buenos.
El patio tenía también una puerta lateral, para el aparcamiento. Iba y venía gente. Reacher pidió café solo normal, en vaso para llevar, no porque planease salir corriendo, sino porque no le gustaba el aspecto de las alternativas para el servicio de mesa, que eran más o menos del tamaño y peso de orinales. Malas tazas para café, según él, pero a otras personas les debían resultar satisfactorias, porque el patio se estaba llenando. En poco tiempo quedaron solo tres sitios vacíos. Uno de los cuales era frente a Reacher, inevitablemente. Un hecho de su vida. A la gente no le parecía abordable.
La primera persona que se acercó por el lado de la municipalidad fue una mujer de alrededor de cuarenta años, animada, competente, probablemente a cargo de alguna sección importante. Les dijo “hola” y “qué tal” a un par de clientes, cortesías de rutina con compañeros de trabajo, y tiró su bolso en un asiento vacío, no el que estaba frente a Reacher, y después se dirigió al mostrador para pedir lo que fuese que quisiera. Reacher miró la acera. A la distancia vio que un tipo salía de la municipalidad, y empezaba a caminar hacia allí. Incluso de lejos quedaba claro que era alto e iba bien vestido. Su traje estaba bien, y su camisa era blanca, y su corbata elegante. Tenía cabello rubio, corto, pero un poco rebelde. Como si hiciera lo mejor que pudiese. Estaba bronceado y parecía en forma y fuerte y lleno de vigor y energía. Tenía presencia. Contra el ladrillo viejo parecía una estrella de cine en un set de rodaje.
Salvo que caminaba con una cojera. Muy leve, pierna izquierda.
La mujer que había ido al mostrador volvió con una taza y un plato, y se sentó donde había reservado su lugar, lo que dejaba solo dos sitios vacíos, uno de los cuales fue inmediatamente ocupado por otra mujer, probablemente otra jefa de sección, porque les dijo “hola” y “qué tal” a otro montón de gente distinta. Lo que dejó la única silla libre del patio justo enfrente de Reacher.
Entonces entró el tipo estrella de cine. De cerca era todo lo que Reacher había visto a la distancia, y además atractivo, de un modo más bien recio. Como un vaquero que fue a la universidad. Alto, largo, capaz. Quizás treinta y cinco años. Reacher apostó algo consigo mismo a que el tipo era exmilitar. Todo lo indicaba. En un segundo le armó al tipo una biografía totalmente imaginaria, del Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales Reservistas en una universidad del oeste a una herida en Iraq o Afganistán, y un tiempo en el Centro Médico Militar Walter Reed, y después la desvinculación y un trabajo nuevo en New Hampshire, quizás un puesto ejecutivo, quizás algo que lo requiriera para litigar con la ciudad. Estaba sosteniendo un café en vaso para llevar y una bolsa de papel apenas transparente de mantequilla. Examinó el patio y localizó el único sitio vacío. Caminó hacia allí.
Las dos jefas de sección dijeron: “Hola, Carter”.
El tipo les devolvió el hola, con una sonrisa que probablemente las mató, y después siguió su camino. Se sentó enfrente de Reacher.
Que dijo:
—¿Su nombre es Carter?
—Sí, así es —dijo el tipo.
—¿Carter Carrington?
—Encantado. ¿Y usted es?
Sonó más curioso que molesto. Hablaba como un hombre culto.
—Una mujer que se llama Elizabeth Castle me sugirió que hablara con usted —dijo Reacher—. Del departamento de registros de la ciudad. Mi nombre es Jack Reacher. Tengo una pregunta acerca de un viejo censo.
—¿Es un problema legal?
—Es algo personal.
—¿Está seguro?
—El único problema es si me voy a subir al autobús hoy o mañana.
—Soy el abogado de la ciudad —dijo Carrington—. También soy un friki de los censos. Por cuestiones éticas tengo que estar completamente seguro de con cuál de los dos usted cree que está hablando.
—El friki —dijo Reacher—. Lo único que quiero es información de contexto.
—¿De hace cuánto?
Reacher le dijo, primero el año en el que su padre tenía dos, y después el año en el que tenía doce.
—¿Cuál es la pregunta? —dijo Carrington.
Entonces Reacher le contó la historia, los papeles familiares, la pantalla del ordenador del cubículo dos, la llamativa ausencia de personas de apellido Reacher.
—Interesante —dijo Carrington.
—¿En qué sentido?
Carrington hizo una pausa.
Dijo:
—¿Usted también fue marine?
—Ejército —dijo Reacher.
—Eso no es común, ¿no? Que el hijo de un marine decida formar parte del Ejército, quiero decir.
—Fue común en mi familia. Mi hermano también lo hizo.
—Es una respuesta en tres partes —dijo Carrington—. La primera parte es que hubo errores aleatorios de todas clases. Pero dos veces seguidas es estadísticamente improbable. ¿Cuántas posibilidades hay? Por lo que, sigamos. Y ni la parte dos ni la parte tres reflejan con toda exactitud a los ancestros teóricos de una persona teórica. Por lo que tiene que aceptar que estoy hablando teóricamente. En general, como en la mayor parte de la gente la mayor parte del tiempo, la vasta mayoría, nada personal, muchas excepciones, ese tipo de cosas, ¿vale? Así que no se ofenda.
—Vale —dijo Reacher—. No lo haré.
—Concéntrese en el recuento de cuando su padre tenía doce. Ignore el anterior. El último es mejor. Para entonces habían pasado siete años de la Depresión y el New Deal. Contar era realmente importante. Porque más gente equivalía a más dólares federales. Puede estar seguro de que los gobiernos estatales y municipales intentaron como locos no perderse a nadie ese año. Pero les pasó igual, incluso así. La segunda parte de la respuesta es que los porcentajes perdidos más altos fueron entre inquilinos, desempleados, gente de bajos niveles de ingresos y educación, gente que recibía asistencia pública. Gente en los márgenes, en otras palabras.
—¿Cree que a la gente no le gusta escuchar eso sobre sus abuelos?
—Le gusta más que escuchar la parte tres de la respuesta.
—¿Que es?
—Sus abuelos se estaban escondiendo de la ley.
—Interesante —dijo Reacher.
—Sucedía —dijo Carrington—. Obviamente nadie con una orden de captura federal iba a completar el formulario de un censo. Otros creían que mantener un perfil bajo los podía ayudar en el futuro.
Reacher no dijo nada.
Carrington dijo:
—¿Qué hacía en el Ejército?
—Policía Militar —dijo Reacher—. ¿Usted?
—¿Qué le hace pensar que estuve en el Ejército?
—Su edad, su porte, sus modales, su aspecto, su aire de persona capaz y decidida, y su cojera.
—Lo notó.
—Fui entrenado para eso. Fui policía. Mi suposición es que tiene una pierna artificial en la parte baja. Apenas detectable, por lo tanto, una muy buena. Y el Ejército tiene las mejores, hoy en día.
—Nunca estuve en el Ejército —dijo Carrington—. No pude.
—¿Por qué no?
—Nací con una enfermedad rara. Tiene un nombre largo y complicado. Significaba que no tenía tibia. Todo lo demás estaba ahí.
—Por lo que lleva una vida entera de práctica.
—No busco compasión.
—Nadie está siendo compasivo. De todas formas, lo lleva bien. Camina casi perfecto.
—Gracias —dijo Carrington—. Cuénteme cómo era ser policía.
—Fue un buen trabajo, mientas duró.
—Vio el efecto de los delitos en las familias.
—Algunas veces.
—Su padre se unió a los Marines a los diecisiete —dijo Carrington—. Tiene que haber un motivo.
Patty Sundstrom y Shorty Fleck estaban sentados afuera de la habitación, en las sillas de plástico bajo la ventana. Miraban el lugar donde se abría el camino entre los árboles y esperaban que llegase el mecánico. No llegó. Shorty se puso de pie y volvió a intentarlo con el Honda una vez más. A veces dejar algo apagado por un rato lo arreglaba. Tenía un televisor que era así. Más o menos una de cada tres veces se encendía y no tenía sonido. Había que apagarlo y volver a intentar.
Giró la llave. No pasó nada. Encendido, apagado, encendido, apagado, en silencio, no había ninguna diferencia. Volvió a su silla. Patty se puso de pie y cogió todos los mapas que tenían en la guantera. Los llevó con ella hasta su silla y los desplegó sobre sus rodillas. Encontró su ubicación actual, al final de la vena de dos centímetros como de telaraña, en el medio de la silueta verde pálido. El área forestal. Que parecía tener en promedio ocho kilómetros de ancho, y quizás once de arriba abajo. La punta de la vena como de telaraña estaba descentrada en el espacio, a tres kilómetros del límite este pero a cinco del oeste. Más o menos igual del norte y del sur. La silueta verde tenía una línea tenue alrededor, como si todo fuera una misma propiedad. Quizás el bosque le pertenecía al hotel. No había mucha cosa más allá, salvo por la carretera de dos carriles por la que ellos habían venido, que se alejaba hacia el este y hacia el sur, a la ciudad con el nombre impreso en seminegrita. Laconia, New Hampshire. Más bien a cincuenta kilómetros de distancia que a treinta. Su suposición el día anterior había sido optimista.
—Quizás la mejor apuesta va a ser lo que tú dijiste —dijo ella—. Deberíamos olvidarnos del coche y subirnos a la grúa. Laconia está cerca de la I-93. Podríamos hacer autostop hasta la intersección. O coger un taxi, incluso. Por menos dinero que una noche más aquí, probablemente. Si podemos llegar a Nashua o a Manchester podemos llegar a Boston, y después podemos tomar el autobús barato a Nueva York.
—Lo lamento por lo del coche —dijo Shorty—. En serio.
—No sirve de nada llorar sobre la leche derramada.
—Quizás el mecánico lo puede arreglar. Puede que sea fácil. No entiendo cómo puede estar tan muerto. Quizás hay algún cable suelto, tan simple como eso. Una vez tuve un estéreo, no encendía para nada. Yo le daba golpes y más golpes, y después vi que el cable se había salido del enchufe. Parecía así de muerto.
Oyeron pasos sobre la tierra. Steven dobló la esquina y caminó hacia ellos. Pasó frente a la habitación doce, y la once, y luego se detuvo.
—Venid a comer —dijo—. No os toméis a pecho lo que dijo Mark. Está enfadado, eso es todo. De verdad os quiere ayudar, y no puede. Pensó que Peter lo iba a arreglar en dos minutos. Se sintió frustrado. Le gusta que las cosas salgan bien para todos.
—¿Cuándo viene el mecánico? —dijo Shorty.
—Me temo que aún no lo hemos llamado —dijo Steven—. El teléfono estuvo sin tono durante toda la mañana.
Siete
Reacher dejó a Carrington en el patio, y volvió caminando a la municipalidad. Hizo sonar el timbre del departamento de registros, y un minuto después Elizabeth Castle entró por la puerta.
—Me pidió que volviera a contarle —dijo él.
—¿Encontró a Carter? —dijo ella.
—Parece un tipo agradable. No veo por qué usted no querría salir con él.
—¿Disculpe?
—Cuando pregunté si él era su novio, y a usted le pareció inverosímil.
—Que quisiera salir conmigo. Es el soltero más codiciado de Laconia. Podría tener a quien quisiera. Estoy segura de que no tiene idea de quién soy. ¿Qué le dijo?
—Que mis abuelos eran o pobres o ladrones, o ladrones pobres.
—Estoy segura de que no.
Reacher no dijo nada.
Ella dijo:
—Aunque sé que ambas cosas eran razones frecuentes.
—Cualquiera de las dos es una posibilidad —dijo él—. No hay necesidad de que seamos tan cuidadosos.
—Probablemente tampoco se registraron para votar. ¿Habrán tenido carnet de conducir?
—No si eran pobres. No si eran ladrones, tampoco. No con sus verdaderos nombres, en todo caso.
—Su padre tiene que haber tenido un certificado de nacimiento. Tiene que estar en algún documento en algún lado.
La puerta para clientes que daba al corredor se abrió, y entró Carter Carrington, con su traje y su sonrisa y su cabello rebelde. Vio a Reacher y dijo: “Hola otra vez”, para nada sorprendido, como si no hubiera esperado a ningún otro. Después se giró hacia el mostrador y estiró su mano y dijo:
—Usted debe ser la señorita Castle.
—Elizabeth —dijo ella.
—Carter Carrington. Encantado de conocerla. Gracias por enviarme a este caballero. Se encuentra en una situación interesante.
—Porque su padre no aparece en dos censos consecutivos.
—Exactamente.
—Lo que parece deliberado.
—Siempre y cuando estemos seguros de que estamos buscando en la ciudad adecuada.
—Y así es —dijo Reacher—. Lo vi escrito miles de veces. Laconia, New Hampshire.
—Interesante —dijo Carrington. Después miró a Elizabeth Castle a los ojos y dijo—: Deberíamos ir a comer alguna vez. Me agrada la manera en que vio las cosas con los dos censos. Me gustaría conversarlo un poco más.
Ella no respondió.
—Como sea, manténgame al tanto —dijo él.
Ella dijo:
—Asumimos que debe haber tenido un certificado de nacimiento.
—Casi con seguridad —dijo él—. ¿Cuál fue su fecha de nacimiento?
Reacher hizo una pausa.
—Esto va a sonar raro —dijo—. En este contexto, quiero decir.
—¿Por qué?
—A veces no estaba seguro.
—¿Eso qué significa?
—A veces decía junio, y a veces decía julio.
—¿Había alguna explicación para eso?
—Decía que no se podía acordar porque los cumpleaños para él no eran importantes. No entendía por qué lo tenían que felicitar por estar un año más cerca de la muerte.
—Eso es desolador.
—Era un marine.
—¿Qué decían los papeles?
—Julio.
Carrington no dijo nada.
Reacher dijo:
—¿Qué?
—Nada.
—Ya me he puesto de acuerdo con la señorita Castle en que no hay necesidad de que seamos tan cuidadosos.
—Un niño que no está seguro de su fecha de nacimiento es un síntoma clásico de disfunción en una familia.
—Teóricamente —dijo Reacher.
—De todas maneras, las actas de nacimiento están ordenadas por fecha. Podría llevar un tiempo, si usted no está seguro. Mejor encontrar otra entrada.
—¿Cuál podría ser?
—Los registros policiales, quizás. No por ser insensible. Simplemente como una jugada con más posibilidades de salir bien. Si no sirve para ninguna otra cosa aunque sea estaría bien eliminar esa posibilidad. No espero que sean gente que huía de la ley, lo mismo que usted. Espero una razón más interesante que esa. Y no se va a tardar tanto en descubrir. Ahora nuestro departamento de policía está computarizado hacia atrás hasta hace como mil años. Se gastaron una fortuna. Dinero de Seguridad Nacional, no nuestro, pero da igual. También hicieron una estatua de su primer jefe.
—¿A quién debería ir a ver?
—Yo los llamaré antes que usted vaya. Alguien lo irá a buscar a la recepción.
—¿Cuán cooperativos van a ser?
—Yo soy el que decide si la ciudad juega para ellos. Me refiero a cuando hacen algo mal. Por lo que van a ser muy cooperativos. Pero espere hasta después del almuerzo. De esa manera le van a dedicar más tiempo.
Patty Sundstrom y Shorty Fleck fueron a almorzar a la casa grande. Fue una comida extraña. Shorty por momentos estuvo rígido y cohibido. Peter estuvo callado. U ofendido o decepcionado, Patty no podía distinguir. Robert y Steven no dijeron mucho de nada. Solo Mark realmente habló. Estuvo brillante y jovial y conversador. Muy amigable. Como si los sucesos de la mañana no hubieran ocurrido nunca. Parecía determinado a encontrarles soluciones a sus problemas. Les pidió disculpas una y otra vez por el teléfono. Los hizo escuchar por el auricular muerto, como para compartir la carga. Dijo que le inquietaba que hubiera gente preocupada por ellos, ya fuera en sus hogares o en su destino. ¿Se estaban perdiendo reuniones? ¿Había gente a la que necesitaran llamar?
—Nadie sabe que nos fuimos —dijo Patty.
—¿En serio?
—Habrían intentado convencernos de que no lo hiciéramos.
—¿Que no hicieran qué?
—Es aburrido allí. Shorty y yo queremos algo distinto.
—¿Adónde planeáis ir?
—A Florida —dijo ella—. Queremos empezar nuestro propio negocio ahí.
—¿Qué clase de negocio?
—Algo en el mar. Deportes acuáticos, quizás. Como alquiler de equipos de tablavela.
—Vais a necesitar dinero —dijo Mark—. Para comprar los equipos.
Patty miró hacia otro lado, y pensó en la maleta.
—¿Cuánto tiempo va a estar sin tono el teléfono? —preguntó Shorty.
—¿Qué soy, adivino? —le preguntó Mark a su vez.
—Quiero decir, en general. En promedio.
—En general lo arreglan en medio día. Y el mecánico es un buen amigo. Le vamos a pedir que nos ponga los primeros en la lista. Podríais llegar a estar de vuelta en la carretera antes de la cena.
—¿Y qué pasa si tarda más de medio día?
—Entonces es simplemente eso, supongo. No lo puedo controlar.
—Honestamente, lo mejor sería que nos llevarais hasta la ciudad. Mejor para nosotros, y mejor para vosotros. Quedaríamos fuera de vuestro camino.
—Pero vuestro coche seguiría estando aquí.
—Mandaríamos una grúa.
—¿Sí?
—Desde el primer lugar que veamos.
—¿Podemos confiar en vosotros?
—Prometo que me voy a ocupar de que sea así.
—Vale, pero debes admitir que hasta aquí no te has mostrado cien por cien confiable en lo que respecta a ocuparse de cosas.
—Prometo que vamos a mandar una grúa.
—¿Pero imagina que no lo haces? Nosotros tenemos un negocio aquí. Nos veríamos obligados a hacernos cargo de deshacernos de vuestro coche. Lo que podría llegar a ser difícil, porque estrictamente hablando en primer lugar no es nuestro como para que nos deshagamos de él. No es mucho lo que podríamos hacer sin los papeles. No podríamos donarlo. No podríamos ni siquiera venderlo como chatarra. Sin lugar a dudas buscar otras alternativas nos costaría tiempo y dinero. Pero lo tendríamos que hacer. No podríamos tenerlo aquí para siempre, ensuciando el lugar. Nada personal. Un negocio como el nuestro es todo imagen y aspecto exterior. Tiene que atraer, no ahuyentar. Un cacharro viejo y oxidado en el medio y al frente enviaría un mensaje equivocado. Sin ánimo de ofender. Estoy seguro de que lo entenderéis.
—Podrías venir con nosotros hasta la empresa de las grúas —dijo Shorty—. Nos podrías llevar primero ahí. Podrías mirar cómo arreglamos todo. Como un testigo.
Mark asintió, con los ojos bajos, ahora él mismo un poco cohibido.
—Buena respuesta —dijo—. Lo cierto es que también nosotros estamos en una situación comprometida, en este momento, en lo que respecta a viajes a la ciudad. La inversión en este lugar fue enorme. Tres de nosotros vendimos nuestros coches. Nos quedamos con el de Peter, para compartir, porque era el más viejo y por lo tanto el menos valioso. Esta mañana no arrancaba. Igual que el vuestro. Quizás es algo en el ambiente. Pero en términos prácticos, ahora mismo, me temo que estamos todos varados.
Reacher comió en el lugar que había elegido el día anterior, que servía platos exclusivos pero reconocibles en un salón agradable con manteles. Comió una hamburguesa que tenía arriba en una pila alta todo tipo de extras, y una porción de tarta de albaricoque, con café negro de principio a fin. Después emprendió su marcha hacia la comisaría. La encontró exactamente donde Carrington dijo que estaría. El lobby público era alto y formal y con azulejos. Había una oficinista civil detrás de un mostrador de recepción en madera de caoba. Reacher le dio su nombre y le dijo que Carter Carrington se había comprometido a llamar para combinar para que alguien hablara con él. La mujer ya había levantado el teléfono incluso antes de que llegara a la parte del nombre de Carrington. Claramente le habían avisado que venía.
Le pidió que tomara asiento, pero en cambio se quedó de pie, y esperó. No mucho, como resultó ser. Dos detectives entraron empujando un par de puertas dobles. Un hombre y una mujer. Ambos tenían el aspecto de profesionales sólidos. Al principio Reacher supuso que no eran para él. Estaba esperando un archivero. Pero caminaron directo hacia él, y cuando llegaron el hombre dijo:
—¿Señor Reacher? Soy Jim Shaw, jefe de detectives. Encantado de conocerle.
El jefe de detectives. Encantado. Van a ser muy cooperativos, había dicho Carrington. No estaba bromeando. Shaw era un tipo ancho de más de cincuenta años, quizás un metro ochenta, con una cara irlandesa con arrugas y un mechón de cabello pelirrojo. Cualquiera en doscientos kilómetros a la redonda de Boston se habría dado cuenta de que era policía. Era como una ilustración en un libro.
—Encantado de conocerle —dijo Reacher.
—Yo soy la detective Brenda Amos —dijo la mujer—. Encantada en ayudar. Lo que necesite.
El acento de ella era del sur. De palabras alargadas, pero ya no melifluo. Estaba curtido por la exposición. Era diez años más joven que Shaw, quizás un metro setenta, y delgada. Tenía el cabello rubio y los pómulos marcados y unos soñolientos ojos verdes que decían conmigo no te metas.
—Señora, gracias —dijo Reacher—. Pero en serio, esto no es tan importante. No sé exactamente qué les dijo el señor Carrington, pero lo único que necesito es un poco de historia antigua. Que probablemente de todas formas no esté ahí. De hace ochenta años. No es ni siquiera un caso cerrado.
—El señor Carrington mencionó que usted fue policía militar —dijo Shaw.
—Hace mucho tiempo.
—Eso lo hace beneficiario de diez minutos en un ordenador. No va a llevar más que eso.
Lo guiaron a la parte de atrás entre puertas de caoba altas hasta los muslos, a un espacio abierto lleno de gente vestida de civil sentada frente a frente en escritorios dobles. Los escritorios estaban equipados con teléfonos y pantallas planas y teclados y cestos de alambre. Como una oficina en cualquier otra parte, salvo por un agotado aire de mugre y agobio, que la volvía inconfundiblemente un despacho de policía. Doblaron, a un pasillo con oficinas a ambos lados. Se detuvieron en la tercera a la izquierda. Era la de Amos. Ella lo hizo pasar, y Shaw dijo “adiós” y siguió caminando, como si todas las cortesías correspondientes hubiesen sido respetadas, y su trabajo estuviera por lo tanto terminado. Amos entró detrás de Reacher y cerró la puerta. La estructura externa de la oficina era vieja y tradicional, pero todo lo que había dentro era nuevo y brillante. Escritorio, sillas, cajoneras, ordenador.
—¿Cómo lo puedo ayudar? —dijo Amos.
—Estoy buscando el apellido Reacher —dijo él—, en viejos informes policiales de los años 1920 y 30 y 40.
—¿Parientes suyos?
—Mis abuelos y mi padre. Carrington piensa que evitaron los censos porque tenían órdenes de captura federales.
—Este es un departamento municipal. No tenemos acceso a los registros federales.
—Puede que hayan empezado de abajo. Como la mayoría de la gente.
Amos se acercó el teclado y empezó a golpetear. Preguntó:
—¿Había formas alternativas de deletrearlo?
—No lo creo —dijo él.
—¿Nombres de pila?
—James, Elizabeth y Stan.
—¿Jim, Jimmy, Jamie, Liz, Lizzie, Beth?
—No sé cómo se decían entre ellos. Nunca los conocí.
—¿Stan era diminutivo de Stanley?
—Nunca vi eso. Era siempre solo Stan.
—¿Algún seudónimo conocido?
—No que haya conocido yo.
Tecleó un poco más, y cliqueó, y esperó.
No hablaba.
Él dijo:
—Estoy suponiendo que también usted fue policía militar.
—¿Qué me delató?
—Primero su acento. Así suena el Ejército de Estados Unidos. Mayormente sureño, pero un poco mezclado. Además de que la mayoría de los policías civiles preguntan qué hicimos y cómo lo hicimos. Porque son profesionalmente curiosos. Pero usted no. Lo más probable es que porque ya lo sabe.
—Me declaro culpable.
—¿Hace cuánto que se fue?
—Seis años —dijo ella—. ¿Usted?
—Más que eso.
—¿Qué unidad?
—La 110, sobre todo.
—Bonito —dijo ella—. ¿Quién era el oficial jefe cuando usted estaba ahí?
—Yo —dijo él.
—Y ahora está jubilado y se dedica a la genealogía.
—Vi el cartel en la carretera —dijo—. Eso es todo. Estoy empezando a desear no haberlo visto.
Ella volvió a mirar la pantalla.
—Apareció algo —dijo ella—. De hace setenta y cinco años.
Ocho
Brenda Amos hizo doble clic y puso una clave. Después volvió a cliquear y se inclinó hacia delante y leyó en voz alta. Dijo:
—El pasado uno de septiembre por la tarde, en 1943, un joven fue hallado inconsciente en la acera de una calle céntrica de Laconia. Había sido golpeado. Fue identificado como un joven local de veinte años, ya conocido por el departamento de policía como bocazas y matón, pero intocable, porque era el hijo del rico de la localidad. De lo que deduzco que debe haber habido mucho festejo privado dentro del departamento, pero obviamente para guardar las apariencias tuvieron que abrir una investigación. Tuvieron que hacerlo igual. Dice aquí que fueron de casa en casa al día siguiente, sin esperar encontrar demasiado. Pero de hecho encontraron mucho. Encontraron a una anciana que había visto todo con prismáticos. La víctima inició un altercado con otros dos jóvenes, claramente esperando ganar, pero resultó que en cambio le patearon el trasero.
—¿Qué hacía la anciana usando prismáticos tarde por la noche?
—Dice aquí que era una observadora de aves. Estaba interesada en las migraciones nocturnas y el vuelo continuo. Dijo que podía identificar las siluetas recortadas contra el cielo.
Reacher no dijo nada.
Amos dijo:
—Identificó a uno de los otros dos jóvenes como un miembro compañero del club local de observadores de aves.
—Mi padre era observador de aves —dijo Reacher.
Amos asintió:
—La señora mayor lo identificó como un joven de la localidad al que conocía personalmente, de nombre Stan Reacher, entonces de dieciséis años.
—¿Estaba segura? Creo que en septiembre de 1943 tenía solo quince.
—Parece estar segura del nombre. Supongo que puede haber estado equivocada con la edad. Estaba observando desde la ventana de un apartamento arriba de un almacén, mirando directo a la calle hacia una buena porción de cielo nocturno en el este. Vio a Stan Reacher con un amigo no identificado de más o menos la misma edad. Caminaban en la dirección donde estaba ella, alejándose de la parte más céntrica de la ciudad. Pasaron por el perímetro iluminado de un poste de luz, lo que le permitió sentirse segura con la identificación. Después caminando hacia ellos en la otra dirección vio al de veinte años. Él también pasó por un perímetro iluminado. Los tres jóvenes se encontraron cara a cara en la parte en sombras entre dos postes de luz, lo que fue desafortunado, pero ahí hubo el suficiente barullo como para que ella pudiera ver lo que estaba pasando. Dijo que fue como ver un espectáculo de sombras chinas. Lo que hizo sus gestos físicos más enfáticos. Los dos muchachos más pequeños todavía estaban frente a ella. El muchacho más grande le daba la espalda. Parecía estar exigiendo algo. Después amenazando. Uno de los más pequeños se fue corriendo, posiblemente tímido o asustado. El otro más pequeño se quedó donde estaba, y entonces de golpe le pegó al muchacho más grande en la cara.
Reacher asintió. Personalmente él lo llamaba aplicar tu represalia primero. La sorpresa era siempre algo bueno. Un hombre sabio nunca llegaba a contar hasta tres.
—La anciana declaró que el chico más pequeño le siguió pegando al chico más grande hasta que el chico más grande cayó al piso —dijo Amos—, tras lo cual el chico más pequeño lo pateó repetidas veces en la cabeza y en las costillas, y entonces el chico más grande se puso de pie como pudo e intentó huir, pero el chico más pequeño lo alcanzó y le hizo una zancadilla, justo en el siguiente perímetro iluminado, que aparentemente tenía mucha luz, lo que hizo que la anciana no tuviera ningún inconveniente para ver al chico más pequeño pateando al chico más grande todavía mucho más. Entonces dejó de hacerlo tan de repente como había empezado, y fue en busca de su tímido compinche, y se alejaron caminando juntos como si no hubiera pasado nada. La anciana tomó notas en una hoja en ese mismo momento, e hizo también un diagrama, todo lo cual les entregó a los oficiales que la visitaron al día siguiente.
—Una buena testigo —dijo Reacher—. Apuesto a que el fiscal de distrito quedó encantado. ¿Qué pasó después?
Amos deslizó hacia abajo y leyó.
—No pasó nada después —dijo ella—. El caso no llegó a ningún lado.
—¿Por qué no?
—Personal limitado. Ya había empezado hacía un par de años el reclutamiento para la Segunda Guerra Mundial. El departamento de policía estaba operando con el personal mínimo indispensable.
—¿Por qué el de veinte años no había sido llamado a filas?
—Padre rico.
—No entiendo —dijo Reacher—. ¿Cuánto personal podían necesitar? Tenían un testigo ocular. Arrestar a un muchacho de quince años no es difícil. No necesitaban un equipo SWAT.
—No tenían identificación del agresor, y no tenían personal para ir a averiguarla.
—Usted dijo que la señora mayor lo conocía del club de observadores de aves.
—El que peleó fue el amigo desconocido. Stan Reacher fue el que salió corriendo.
Les dieron a Patty y a Shorty una taza de café, y los invitaron a irse, de vuelta a la habitación diez. Mark los observó alejarse, hasta que hicieron la mitad del camino hasta el granero, hasta que tuvieron el aspecto de gente que no iba a regresar. Luego de lo cual se dio vuelta y dijo:
—Vale, volved a conectar el teléfono.
Lo hizo Steven, y Mark dijo:
—Ahora enseñadme el problema con la puerta.
—El problema no es con la puerta —dijo Robert—. Es con nuestro tiempo de reacción.
Atravesaron un pasillo interno y abrieron la puerta del cuarto del fondo. El ambiente en comparación era pequeño, pero así y todo de un tamaño decente. Estaba pintado todo de negro. La ventana estaba tapada con unas tablas. Las cuatro paredes estaban cubiertas con televisores de pantalla plana. Había una silla giratoria en el centro de la habitación, encerrada entre cuatro bancos bajos pegados entre sí, llenos de tableros y palancas de mando. Como un centro de comandos. Patty y Shorty aparecían en las pantallas, imágenes en vivo, ahora pasando el granero, alejándose de unas cuantas cámaras ocultas, yendo hacia otras, algunas enfocadas directo y de frente, otras con un plano más abierto, con la pareja caminando diminuta en la distancia.
Robert pasó por encima de uno de los bancos y se sentó en la silla. Hizo clic en un ratón y las pantallas cambiaron a una toma borrosa de visión nocturna.
—Esta es una grabación de las tres en punto de esta madrugada —dijo.
La imagen estaba aumentada y borrosa por los realces de la visión nocturna, pero era claramente de la cama queen de la habitación diez, en la que claramente había dos personas durmiendo. Era la cámara que estaba en el detector de humo, lo suficientemente abierta como para que se la considerara un ojo de pez.
—Salvo que no estaba dormida —dijo Robert—. Después asumí que durmió alrededor de cuatro horas, y después se despertó. Pero no se movió para nada. Ni un músculo. No dio ningún tipo de señal. A esa altura yo estaba medio echado, francamente, tomándomelo con calma, porque las últimas cuatro horas habían sido bastante aburridas. Además de que a esas alturas por lo que yo sabía todavía estaba dormida. Pero de hecho estaba acostada ahí pensando. Acerca de algo que la debía haber hecho enfadar. Porque, mirad.
En las pantallas la escena seguía siendo la misma, y después cambió, rápido, sin ningún tipo de advertencia, cuando Patty de repente hizo a un lado las sábanas y salió de la cama, controlada, meticulosa, decidida, exasperada.
—Para cuando me senté bien y tuve el dedo cerca del botón para destrabar —dijo Robert—, ella ya había intentado abrir una vez. Imagino que quería aire. Tuve que tomar una decisión. Decidí dejarla trabada, porque parecía más consistente. La dejé trabada hasta que Peter fue ahí a arreglar el coche. La destrabé entonces porque asumí que uno de ellos iba a querer salir a hablar con él.
—Vale —dijo Mark.
Robert volvió a hacer clic en el ratón y las pantallas cambiaron a una toma de día desde un ángulo diferente. Patty y Shorty estaban sentados uno al lado del otro en la cama sin hacer de la habitación diez.
—Esto pasó cuando estábamos desayunando —dijo Robert.
—Yo estaba de guardia —dijo Steven—. Mirad lo que pasa.
Robert apretó play. Había audio. Shorty estaba desviando la atención de sus propias faltas despotricando contra los mecánicos porque cobraban un recargo por acercarse hasta el lugar en el que estabas. Estaba diciendo: “Lo que básicamente es como que te paguen por seguir vivo. No es así cuando cultivas patatas, déjame que te diga”.
Robert pausó la grabación.
—¿Ahora a continuación qué pasa? —preguntó Steven.
—Yo sinceramente espero que Patty haga notar que los dos rubros son tremendamente distintos en sentido económico —dijo Mark.
—Yo sinceramente espero que Patty le pegue un puñetazo en la cara y le diga que se calle —dijo Peter.
—Ninguna de las dos —dijo Steve—. Ella se vuelve a exasperar.
Robert apretó play de vuelta. Patty se puso de pie de repente, moviendo la cama, y dijo: “Salgo a tomar un poco de aire”.
—Es brusca y nerviosa de verdad. Ahí mismo pasó de cero a cien en uno punto un segundo. Conté los fotogramas del video. No pude llegar al botón a tiempo. Después vi que iba a probar Shorty, así que la destrabé tarde. Pensé que si él la abría, cuando ella no había podido, de alguna manera ella se iba a culpar a sí misma más que a la puerta.
—¿Hay alguna manera de arreglar esto? —preguntó Mark.
—Hombre prevenido vale por dos. Supongo que necesitamos concentrarnos más.
—Supongo que es lo que vamos a tener que hacer. No queremos que se espanten demasiado pronto.
—¿Cuánto hasta que tomemos la decisión final?
Mark hizo una larga pausa.
Después dijo:
—Tomad la decisión final ahora, si queréis.
—¿En serio?
—¿Para qué esperar? Creo que ya hemos visto lo suficiente. Mejores que ellos no vamos a encontrar. Son de ninguna parte y nadie sabe que se fueron. Creo que estamos listos.
—Yo voto sí —dijo Steven.
—Yo también —dijo Robert.
—Yo igual —dijo Peter—. Son perfectos.
Robert hizo clic de vuelta a la transmisión en vivo y vieron a Patty y a Shorty en las tumbonas, bajo la ventana en la galería, tomando los rayos tenues del sol de la tarde.
—Unánime —dijo Mark—. Todos para uno y uno para todos. Mandad el correo.
Las pantallas volvieron a cambiar, a una página de correo electrónico salpicada con traducciones en alfabetos extranjeros. Robert tecleó cinco palabras.
—¿Vale? —preguntó.
—Envíalo.
Lo hizo.
El mensaje decía: “La habitación diez está ocupada”.
Nueve
Reacher dijo:
—Igual no entiendo. La señora observadora de aves aportó la identificación de Stan, y Stan podría haber sido presionado para que identificara a su misterioso amigo, seguro. Solo un paso extra. Una visita extra a su casa. Cinco minutos a lo sumo. Ese no es un problema de disposición de personal. Un solo hombre lo podría haber hecho de camino a comprar donuts.
—Stan Reacher estaba registrado como residente fuera de la jurisdicción —dijo Amos—. Solo ahí ya hay un montón de papeleo. Lo único que tenían en aquel entonces eran máquinas de escribir. Además de que deben haber asumido que probablemente de todas maneras mantuviera la boca cerrada, por mucho que lo presionaran, que tampoco podría haber sido tanto, porque habrían estado en territorio ajeno, probablemente con alguien local presente, y quizás abogados o padres también. Además deben haber asumido que el misterioso amigo ya debía haber desaparecido y estaría fuera del estado. Además que igual no estaban llorando por la víctima. Sin dudas la decisión fácil era dejarlo pasar.
—¿Stan Reacher era residente fuera de qué jurisdicción?
—El Departamento de Policía de Laconia.
—La historia era que había nacido y crecido aquí.
—Quizás nació aquí, en el hospital, pero después quizás creció fuera de la ciudad, en una granja o algo.
—Nunca me dio esa impresión.
—En un pueblo cercano, entonces. Lo suficientemente cercano como para estar en el mismo club de observadores de aves que una mujer que vivía arriba de un almacén del centro. Ponía Laconia como su lugar de nacimiento, porque ahí es donde estaba el hospital, y probablemente también decía que creció en Laconia. Como una simplificación de toda la zona en general. Como la gente dice Chicago, a pesar de que muchos de los suburbios técnicamente no son Chicago para nada. Lo mismo con Boston.
—El área metropolitana de Laconia —dijo Reacher.
—Las cosas estaban más dispersas en aquel entonces. Había pequeños molinos y fábricas por todos lados. Algunas docenas de trabajadores en viviendas pequeñas. Quizás una escuela de una sola aula. Quizás una iglesia. Todo era Laconia, sin importar lo que dijera el servicio postal.
—Pruebe con Reacher solo —dijo él—. Sin nombres de pila. Quizás tengo primos en la zona. Podría conseguir una dirección.
Amos volvió a acercarse el teclado y tecleó, siete letras, e hizo clic. Reacher vio cómo cambiaba la pantalla, reflejada en los ojos de ella.
—Aparece una cosa más —dijo ella—. Más de setenta y algo de años después que lo otro. Deben ser una familia relativamente respetuosa de las leyes. —Volvió a hacer clic, y leyó en voz alta—: Hace alrededor de un año y medio una patrulla respondió la llamada de las oficinas del condado porque un cliente estaba provocando disturbios. Chillaba, gritaba, se comportaba de manera amenazadora. Los uniformados lo tranquilizaron y se disculpó y no pasó nada más. Dijo que su nombre era Mark Reacher. Residente fuera de la jurisdicción.
—¿Edad?
—Entonces veintiséis.
—Puede ser un sobrino mío, muy, muy lejano. ¿Por qué estaba enfadado?
—Manifestó que un permiso de construcción estaba tardando demasiado. Manifestó que estaba renovando un motel en algún lugar fuera de la ciudad.
Después de treinta minutos al sol Patty fue dentro a usar el baño. Cuando estaba volviendo se detuvo en el tocador frente al final de la cama. Se miró en el espejo y se sonó la nariz. Hizo un bollo con el pañuelo y lo lanzó al cesto de basura. Falló. Se agachó para corregir el error. Era canadiense.
Vio un bastoncillo usado en la junta de la alfombra con la pared. No era de ella. No usaba. Estaba bien en las sombras, al fondo del espacio entre las cajoneras debajo del tocador, más allá de las patas de la banqueta. Servicio de limpieza imperfecto, sin lugar a dudas, pero entendible. Incluso quizás inevitable. Quizás las mismas ruedas de la aspiradora lo habían empujado aún más en su escondite.
Salvo que.
Gritó:
—Shorty, ven a ver esto.
Shorty se puso de pie y entró a la habitación.
Dejó la puerta bien abierta.
Patty señaló.
—Es para limpiarse las orejas —dijo Shorty—. O secarlas. Quizás las dos cosas. Tienen dos puntas. Los he visto en la farmacia.
—¿Por qué está ahí?
—Alguien falló al tirarlo al cesto. Quizás rebotó en el borde, y salió rodando. Pasa todo el tiempo. A las empleadas no les importa.
—Vuelve a tu tumbona, Shorty —dijo ella.
Él volvió.
Un largo minuto después ella se le sumó.
—¿Qué hice? —dijo él.
—Es lo que no hiciste —dijo ella.
—¿Qué no hice?
—No pensaste —dijo ella—. Mark nos dijo que esta es hasta ahora la primera habitación que reacondicionaron. Dijo que de hecho la acababan de terminar. Nos pidió que le hiciéramos el honor de ser sus primeros huéspedes. Así que ¿por qué hay adentro un bastoncillo usado?
Shorty asintió. Despacio pero seguro. Dijo:
—La historia de lo de su coche fue rara, también. Peter debe ser una especie de saboteador. ¿Cuándo lo van a entender?
—¿Por qué mentirían con respecto a la habitación?
—Quizás no mintieron. Quizás un pintor usó el bastoncillo. Para retocar una marca de último minuto en la tintura de la madera. Eso pasa, también. Quizás cuando llevaron adentro los muebles. Difícil de evitar.
—¿Ahora crees que está todo bien con ellos?
—Con lo del coche, no. Si el de ellos no arrancaba esta mañana, ¿por qué no habían llamado todavía al mecánico?
—El teléfono no funcionaba.
—Quizás sí en ese momento. Quizás sí a primera hora de la mañana. Nos podríamos haber sumado. Podríamos haber dividido el recargo que cobran por venir hasta aquí. Eso lo habría vuelto más razonable.
—Shorty, olvídate del recargo que cobran por venir hasta aquí, ¿vale? Esto es más importante. Se están comportando de manera rara.
—Yo te dije eso al principio.
—Pensé que simplemente no te caían bien.
—Por una razón.
—¿Qué vamos a hacer?
Shorty miró alrededor. Primero a la entrada al camino entre los árboles, y después al espacio de carga del Honda muerto, donde la maleta hacía presión sobre los amortiguadores.
—No sé —dijo él—. Quizás podríamos remolcar el auto con un quad. Quizás tienen las llaves puestas. O están en algún gancho adentro del granero.
—No podemos robar un quad.
—No sería robar. Sería tomar prestado. Podríamos remolcar el coche tres kilómetros hasta la carretera, y después traer el quad de vuelta hasta aquí.
—¿Después qué? Lo único que tendríamos sería un coche muerto en el borde de la carretera.
—Quizás podría pasar alguien que lo remolque. O podríamos conseguir cualquier tipo de transporte y olvidarnos del coche. Antes o después el condado va a venir y lo va a tirar.
—¿Tenemos una soga para remolcar?
—Quizás hay una en el granero.
—No creo que un quad sea lo suficientemente potente.
—Podríamos usar dos. Como remolcadores tirando de un transatlántico a la entrada del puerto.
—Eso es una locura —dijo Patty.
—Vale, quizás podríamos usar un quad para cargar solo la maleta.
—¿Quieres decir arrastrarla?
—Creo que tienen una plataforma en la parte de atrás.
—Demasiado pequeña.
—Entonces podríamos acomodarla entre el depósito de gasolina y el manubrio.
—No les va a gustar que dejemos el coche aquí.
—Qué lástima.
—¿Tienes idea al menos de cómo se conduce un quad?
—No puede ser tan difícil. Vamos a necesitar ir despacio, de todos modos. Y no nos podríamos caer. No como en una moto común.
—Es una posibilidad —dijo Patty—. Supongo.
—Esperemos hasta después de la cena —dijo Shorty—. Quizás haya línea otra vez y aparezca el mecánico y todo se resuelva bien. Si no, echamos un vistazo en el granero cuando esté oscuro. ¿Vale?
Patty no respondió. Se quedaron donde estaban, entregados en las tumbonas, manteniendo el sol bajo en sus rostros. Dejaron la puerta de la habitación bien abierta.
A cincuenta metros de distancia en el centro de comandos en la habitación de atrás, Mark preguntó:
—¿A quién se le pasó por alto el bastoncillo?
—A todos —dijo Peter—. Todos comprobamos la habitación y dimos el visto bueno.
—Entonces todos cometimos un grave error. Ahora están nerviosos. Demasiado pronto. Necesitamos controlar mejor el ritmo.
—Él cree que fue el pintor. Ella eventualmente le va a creer. No quiere estar preocupada. Quiere estar contenta. Se va a convencer sola. Se van a tranquilizar.
—¿Tú crees?
—¿Por qué les íbamos a mentir acerca de la habitación? No hay ninguna razón para eso.
—Tráeme un quad —dijo Mark.
Diez
Reacher volvió caminando a la lujosa oficina del condado que tenía los censos escaneados y los cubículos de un millón de dólares, y volvió a encontrar de turno en el escritorio al mismo tipo malhumorado. Una vez más Reacher pidió dos censos, el primero de cuando Stan tenía dos, y el segundo de cuando tenía doce, pero esta vez para el resto del condado afuera del límite técnico de la ciudad de Laconia.
—No podemos hacer eso —dijo el tipo.
—¿Por qué no?
—Está pidiendo en forma de donut. Con un agujero en el medio, que es Laconia, que usted ya vio. ¿Estoy en lo correcto?
—Acertó en la primera.
—No es así como están hechos los extractos. No hay con forma de donut. Puede ver un área, o un área más grande, o un área más grande aún. Lo que sería la ciudad, el condado y el estado. Pero el área más grande siempre vuelve a incluir el área más pequeña. Y el área más grande aún vuelve a incluir a ambas. Lo que es lógico, si lo piensa. No hay agujeros en el medio. La ciudad está en el condado, y el condado en el estado.
—Comprendido —dijo Reacher—. Gracias por la explicación. Quiero ver todo el condado.
—¿Sigue siendo residente?
—Esta mañana estuvo de acuerdo en que lo era. Y aquí estoy de nuevo. Claramente no me fui de la ciudad con todas mis posesiones. Diría que mi estatus como residente es más seguro que nunca.
—Cubículo cuatro —dijo el tipo.
Patty y Shorty oyeron que un motor se encendía en la distancia, ensordecedor como una moto, y se pusieron de pie y caminaron hasta la esquina a echar un vistazo. Vieron a Peter conduciendo un quad de vuelta a la casa. Ahora solo había ocho prolijamente estacionados.
—A la primera vuelta de llave —dijo Shorty—. Espero que sean todos así.
—Demasiado ruidoso —dijo Patty, decepcionada—. No lo podemos hacer. Se darían cuenta.
Peter aparcó en la casa a lo lejos. Apagó el motor y volvió el silencio. Se bajó y fue adentro. Patty y Shorty volvieron a las tumbonas.
—El terreno es bastante llano aquí —dijo Shorty.
—¿Eso nos beneficia?
—Podríamos empujar el quad. Con el motor apagado. Con la maleta arriba. Lo podríamos usar como un carrito para transportar muebles.
—¿Podríamos?
—No pueden ser tan pesados. Todo el rato se ve gente empujando motos. Ni siquiera tendríamos que hacer el esfuerzo como para mantenerlo de pie, y somos dos. Apuesto a que lo podríamos hacer sin ningún problema.
—¿Tres kilómetros de ida y tres de vuelta? Lo que dejaría la maleta al borde de la carretera, y a nosotros de vuelta aquí. Por lo que después tendríamos que caminar otros tres kilómetros. En total nueve, seis de los cuales empujando un quad. Llevaría una buena cantidad de tiempo.
—Estimo que alrededor de tres horas —dijo Shorty.
—Depende cuán rápido podamos empujar. Aún no lo sabemos.
—Vale, digamos cuatro horas. Deberíamos calcularlo como para terminar al alba. Quizás podríamos llegar a encontrar a algún agricultor yendo al mercado. Tiene que haber tráfico en algún momento. Así que deberíamos empezar en medio de la noche. Lo que es bueno. Van a estar dormidos.
—Es una posibilidad —dijo Patty—. Supongo.
Escucharon que el quad a lo lejos volvía a arrancar, a cincuenta metros de distancia, luego más cerca. Sonaba como que estaba pasando por el granero y yendo recto hacia ellos.
Se pusieron de pie.
El motor sonó más fuerte y la máquina rugió al doblar la esquina, con Mark conduciendo, levantando tierra. Había una caja de cartón atada en el armazón de atrás. Mark frenó hasta quedar detenido, y puso punto muerto, y apagó el motor. Sonrió con su sonrisa de “amo del universo”.
—Buenas noticias —dijo—. Tenemos línea otra vez. El mecánico estará aquí a primera hora de la mañana. Llegamos tarde como para que viniera hoy. Pero sabe cuál es el problema. Ya lo ha visto antes. Aparentemente hay un chip electrónico cerca de donde los manguitos del radiador pasan por atrás del tablero. El chip se quema cuando el agua de las mangueras se calienta mucho. Está trayendo un chip de reemplazo que sacó de un desguace. Pide cinco dólares por eso. Más cincuenta de mano de obra.
—Genial —dijo Shorty.
Patty no dijo nada.
Mark dijo:
—Y me temo que yo quiero otros cincuenta por la habitación.
Hubo un instante de silencio.
—Muchachos —dijo Mark—, me encantaría deciros olvidaos, pero el banco me patearía el trasero. Esto es un negocio, me temo. Nos lo tenemos que tomar en serio. Y desde vuestro punto de vista no es tan terrible. Cien por el motel y cincuenta y algo para arreglar el coche, y os vais de aquí por menos de doscientos dólares todo incluido. Podría haber sido muchísimo peor.
—Ven a ver esto —dijo Patty.
Mark se bajó del quad y Patty avanzó primera hacia la habitación. Señaló hacia abajo al espacio debajo de la cómoda.
—¿Qué tengo que mirar? —dijo Mark.
—Ya verás.
Miró.
Vio.
Dijo:
—¡No lo puedo creer!
Se agachó y se puso de pie con el bastoncillo.
—Os pido mis más sinceras disculpas —dijo—. Esto es imperdonable.
—¿Por qué nos dijiste que éramos los primeros huéspedes en esta habitación?
—¿Qué?
—Lo dijiste como si fuera una gran cosa.
—Sois los primeros huéspedes en esta habitación. Definitivamente. Esto es algo completamente distinto.
—¿El pintor? —dijo Shorty.
—No.
—¿Entonces quién?
—El banco nos dijo que mejoráramos nuestro marketing. Contratamos a un fotógrafo para que tomara fotos para un nuevo folleto. Trajo con él a una modelo de Boston. Dejamos que se maquillara aquí, porque es la habitación más bonita. Supongo que estábamos tratando de impresionarla. Era muy atractiva. Pensé que habíamos limpiado bien. Obviamente no lo logramos del todo. Una vez más, os pido mis más sinceras disculpas.
—También yo —dijo Patty—. Supongo. Por sacar conclusiones. ¿Cómo quedaron las fotos?
—Ella estaba vestida de senderista. Botas muy grandes y pantalones cortos muy cortos. Una senderista un día de calor, claramente, porque su top tampoco era gigante. El motel estaba a sus espaldas. Se veía muy bien.
Patty le dio cincuenta de sus dólares ganados con esfuerzo.
—¿Qué os debemos por las comidas? —dijo.
—Nada —dijo Mark—. Es lo mínimo que podemos hacer.
—¿Estás seguro?
—Absolutamente. Ese es dinero de mantenimiento. El banco no ve esos números. —Se guardó los cincuenta dólares y el bastoncillo en un bolsillo del pantalón. Dijo—: Y un poco hablando de lo mismo tengo algo para vosotros.
Los guio hacia afuera al aparcamiento otra vez, de vuelta al quad, a la caja atada a la plataforma.
—Estáis totalmente invitados a cenar esta noche, por supuesto —dijo—, y a desayunar mañana, pero igual todos nosotros entenderíamos totalmente si preferís comer solos, solo vosotros dos. Cualquiera sabe que mantener una conversación puede cansar. Os juntamos unos ingredientes para vosotros. O venid con nosotros a la casa o servíos de la caja. Sin presiones en ninguno de los dos casos.
Desató la caja y la acomodó en sus brazos. Dio media vuelta y la pasó a las manos de Shorty, que ya esperaba para recibirla.
—Gracias —dijo Patty.
Mark solo sonrió, y se subió al quad, y encendió el feroz motor. Giró trazando un círculo amplio en el pedregoso estacionamiento y desapareció por la esquina, dirigiéndose de vuelta a la casa.
El cubículo cuatro era lo mismo que el cubículo dos, salvo que en un lugar distinto. Por lo demás era idéntico. Tenía todo lo mismo, la silla de tweed, y la pantalla plana, y el lápiz con punta, y el bloc de hojas con el nombre del condado en la parte alta, como marca de hotel. La pantalla plana ya estaba iluminada de azul, ya con dos iconos arriba a la derecha, como sellos en una carta, igual que antes. Reacher hizo doble clic en el primero, y vio el mismo fondo gris buque de guerra, y una primera página con la misma letra gubernamental, diciendo todas las mismas cosas que había dicho antes, salvo en la línea central, que decía que esta vez los informes eran extraídos para el condado en su conjunto.
Se deslizó hacia abajo en la pantalla, con la rueda entre los omóplatos del ratón. Ahí estaba la misma introducción, con la misma extensa disquisición acerca de mejoras en la metodología. Se lo salteó todo y fue directo a la lista de nombres. Adquirió un ritmo al avanzar, haciendo girar la rueda con la punta del dedo, usando alguna especie de inherente impulso elástico, recorriendo la sección de la A, y la sección de la B, y la sección de la C, luego acelerando hasta que se veía borroso, y luego dejando que la lista se acomodara y se detuviera y frenara del todo entre una breve ristra de apellidos con Q. Había una familia Quaid, y una Quail, y una Quattlebaum, y dos Queens.
Siguió hasta la sección de la R.
Y ahí estaban. Casi arriba del todo. James Reacher, varón, blanco, veintiséis años, encargado de un molino para procesar estaño, y su esposa Elizabeth Reacher, mujer, blanca, veinticuatro años, una rematadora de sábanas, y su hasta entonces único hijo Stan Reacher, varón, blanco, dos años.
Dos años en abril, cuando se realizó el censo. Lo que implicaba que iba a tener tres años en el otoño, lo que implicaba que iba a tener dieciséis años al final de una tarde en septiembre de 1943. No quince. La anciana observadora de aves tenía razón.
—Hm —dijo Reacher.
Siguió leyendo. Su dirección estaba apuntada como un número y una calle en un lugar llamado Ryantown. Su casa era alquilada, por un total de cuarenta y tres dólares al mes. No tenían radio. No trabajaban en una granja. James tenía veintidós y Elizabeth veinte cuando se casaron. Ambos podían leer y escribir. Ninguno de los dos tenía ninguna afiliación tribal india.
Reacher hizo doble clic en la diminuta luz roja del semáforo en lo alto del documento, y la pantalla volvió al fondo azul con los dos sellos. Hizo doble clic en la segunda, y se abrió el censo de diez años después. Se deslizó hacia abajo por el documento, abriéndose paso a través de la mayor parte del alfabeto, una vez más rodando hasta quedar detenido entre los apellidos con Q. Los Quaid seguían ahí, y los Quail, y las dos familias Queen, pero los Quattlebaum se habían ido.
Los Reacher seguían ahí. James, Elizabeth y Stan, en ese abril treinta y seis, treinta y cuatro y doce años respectivamente. Aparentemente no había habido más hijos. Ningún hermano para Stan. James había cambiado su empleo a obrero en una cuadrilla de nivelación de una carretera del condado, y Elizabeth estaba directamente sin trabajo. Su dirección era la misma, pero el alquiler había bajado a treinta y seis dólares. Siete años de Depresión se habían cobrado su cuota, tanto para los trabajadores como para los propietarios. James y Elizabeth seguían en la categoría de alfabetizados, y Stan asistía al colegio todos los días. La casa había adquirido una radio.
Reacher anotó la dirección con el lápiz con punta en la hoja de arriba del anotador marcado, que después arrancó, y dobló, y guardó en el bolsillo de atrás del pantalón.
Mark aparcó el quad en el granero, y caminó hasta la casa. El teléfono sonó apenas cruzó la puerta. Lo cogió y dijo su nombre, y una voz le dijo: “Pasó por aquí un tipo, de apellido Reacher, consultando su historia familiar. Un tipo grandote, bastante rudo. No va a aceptar un no como respuesta. Por ahora miró cuatro censos distintos. Creo que está buscando una dirección vieja. Quizás es un pariente. Pensé que lo deberías saber”.
Mark colgó sin responder.
Once
Reacher volvió caminando a las oficinas de la municipalidad y llegó allí media hora antes de que cerraran. Subió al departamento de registros y tocó el timbre. Un minuto después entró Elizabeth Castle.
—Los encontré —dijo Reacher—. Vivían fuera de la ciudad, razón por la cual no aparecieron la primera vez.
—Ninguna orden de captura federal, pues.
—Resultó ser que fueron relativamente respetuosos de las leyes.
—¿Dónde vivían?
—En un lugar llamado Ryantown.
—No estoy segura de dónde queda eso.
—Qué pena, porque vine aquí especialmente para preguntarle.
—No estoy segura ni siquiera de haberlo escuchado nombrar.
—No puede estar lejos, porque su club de observadores de aves estaba aquí en la ciudad.
Ella sacó su teléfono, y le hizo algunas cosas, separando los dedos. Le enseñó. Era un mapa, expandido. Hizo un poco más lo de separar los dedos, y se volvieron visibles lugares más pequeños. Después movió la imagen ampliada, recorriendo los alrededores de Laconia, examinando el interior inmediato.
Ningún Ryantown.
—Intente más lejos —dijo él.
—¿Cuán lejos viajaría un niño para ir a un club de observadores de aves?
—Quizás tenía una bicicleta. Quizás Ryantown era aburrido. Los policías me dijeron que había toda clase de pequeños asentamientos, cada uno con algunas docenas de familias y no mucho más. Quizás era un lugar así.
—Así y todo tendría aves, sin duda. Quizás más que aquí, si era tranquilo.
—Los policías dijeron que había toda clase de molinos y fábricas. Quizás había mucho humo en el ambiente.
—Vale, espere —dijo ella.
Empezó de nuevo con el teléfono. Esta vez tecleando y tocando, no estirando los dedos. Quizás un motor de búsqueda, o un sitio de historia local.
—Sí —dijo ella—. Era un molino para procesar estaño y una fábrica de hojalata. Le pertenecía a un hombre llamado Marcus Ryan. Construyó alojamientos para los trabajadores y bautizó al lugar Ryantown. El molino finalmente cerró en los años 1950 y el pueblucho murió siendo un pueblucho. Todos se fueron y el nombre desapareció del mapa.
—¿Dónde estaba?
—Supuestamente al norte y al oeste de aquí —dijo ella. Trajo de vuelta el mapa al teléfono, y separó y pellizcó y movió los dedos.
—Más o menos aquí, posiblemente —dijo ella.
No había ningún nombre en el mapa. Solo un área gris y vacía, y una carretera.
—Aleje la imagen —dijo él.
Ella lo hizo, y el área gris se redujo a un puntito, al norte y al oeste de Laconia, quizás a unos trece kilómetros. Entre las diez y las once en la esfera de un reloj. Era uno de muchos puntitos similares. Como planetas ocupados alrededor de un sol, manteniéndose cerca por la gravedad o el magnetismo o alguna otra clase de atracción fuerte. Como había predicho la detective Brenda Amos, a efectos prácticos Ryantown había formado parte de Laconia, sin importar lo que dijera el servicio postal. La carretera que pasaba por ahí seguía hacia ningún lugar en particular. Simplemente serpenteaba al norte y al oeste, quince kilómetros o más, y después otros quince atravesando un bosque, y después seguía. Una carretera secundaria, como esa por la que habían ido con el tipo en el Subaru. Se lo podía imaginar.
—Supongo que no habrá autobús —dijo.
—Podría alquilar un coche —dijo ella—. Hay lugares aquí en la ciudad.
—No tengo carnet de conducir.
—No creo que un taxi quiera ir hasta allá.
Trece kilómetros, pensó.
—Voy a caminar —dijo él—. Pero no ahora. Sería de noche apenas llegue allí. Mañana, quizás. ¿Quiere cenar esta noche?
—¿Qué?
—Cenar —dijo él—. La tercera comida del día, la que generalmente se come al final de la tarde o primeras horas de la noche. Puede ser funcional, o social, o a veces las dos cosas.
—No puedo —dijo ella—. Esta noche salgo a cenar con Carter Carrington.
Shorty cargó la caja de cartón hasta la habitación y la apoyó en la cómoda frente a la pantalla de TV. Después se sentó con Patty, uno al lado del otro en las tumbonas, con el último sol de la tarde. Ella no hablaba. Estaba pensando. Lo hacía a menudo. Él conocía las señales. Supuso que estaba procesando la información que había recibido, examinándola, mirándola de un lado y del otro, hasta que estuviera satisfecha. Lo que sucedería pronto, pensó él. Sin duda. Él en realidad ya no veía mucho un problema. El tema del bastoncillo tuvo una explicación simple. Y había vuelto el teléfono. El mecánico iba a venir a primera hora de la mañana. Daño total, menos de doscientos dólares. Una lata seguro, pero no un desastre.
—No vayamos a la casa a cenar —dijo Patty—. Creo que estaba dando a entender que no quería que fuéramos.
—Dijo que estábamos invitados.
—Estaba siendo amable.
—Creo que lo decía en serio. Pero también lo estaba mirando desde nuestro punto de vista.
—¿Ahora es tu mejor amigo para siempre?
—No sé —dijo Shorty—. La mayor parte del tiempo pienso que es un enfermo estúpido que se merece un puñetazo. Pero debo admitir que estuvo bien con el mecánico. Explicó el problema y consiguió una solución. Eso demuestra que se lo está tomando en serio. Quizás los dos teníamos razón, al principio de todo. Son raros, pero también están haciendo lo mejor que pueden por nosotros. Supongo que podrían ser las dos cosas a la vez.
—Sea como sea, comamos nosotros dos solos.
—Por mí está bien. Estoy cansado de responder a sus preguntas. Es como un interrogatorio.
—Ya te dije —dijo Patty—. Están siendo amables. Demostrar interés está considerado algo amable.
Se pusieron de pie y entraron a la habitación. Dejaron la puerta bien abierta. Pasaron la caja de cartón a la cama. Patty cortó la cinta con la uña del pulgar. Shorty levantó las solapas. Adentro había una variedad de cosas, envueltas ajustada y meticulosamente. Había barritas de cereales y barritas energéticas y barritas de proteínas, y botellas de agua, y paquetes de albaricoques secos, y cajas rojas y diminutas de uvas. Todo estaba acomodado siguiendo un patrón específico que se repetía doce veces. Como doce comidas idénticas, todo prolijamente dispuesto. Cada una tenía una botella de agua, y después una porción igual de un doceavo del resto de las cosas.
En la caja también había dos linternas, puestas en forma vertical, encajadas entre la comida.
—Raro —dijo Patty.
—Creo que este lugar es para senderistas —dijo Shorty—. Como en la foto que tomaron con la modelo. ¿Por qué otra razón la iban a vestir así? Apuesto a que reparten esto como cajas de almuerzo. O lo venden. Es el tipo de cosa que le gusta llevar a un senderista.
—¿Sí?
—Es compacto y muy energético. Fácil de guardar en un bolsillo. Más agua.
—¿Para qué son las linternas?
—Supongo que por si es tarde y todavía estás fuera y tienes que comer en la oscuridad.
—Un farol sería mejor.
—Quizás los senderistas prefieren las linternas. Estoy seguro de que reciben comentarios de los clientes. Creo que esto es parte de las provisiones que tienen guardadas.
—Dijo ingredientes.
—Probablemente es una dieta equilibrada. Probablemente muy saludable. Apuesto a que los senderistas se preocupan por esas cosas.
—Dijo que juntaron unos ingredientes. Esto no lo juntaron. Viene empaquetado. Como tú dijiste, de un estante de su depósito.
—Todavía podríamos ir a cenar a la casa.
—Te dije, no quiero. No nos quieren ahí.
—Entonces tenemos que comer esto.
—¿Por qué hace declaraciones tan exageradas? Podría haber dicho que traía las mismas raciones de hierro que les vende a los senderistas para el almuerzo. A mí eso me habría gustado. No es que lo estemos pagando.
—Exacto —dijo Shorty—. Son raros. Pero de alguna manera también atentos. O al revés.
Reacher cenó solo en Laconia, en un pequeño restaurante grasiento sin manteles. No se quiso arriesgar a ir a uno más exclusivo, por si Carter Carrington y Elizabeth Castle elegían el mismo lugar. Se iban a sentir obligados al menos a acercarse y decir hola. No quería inmiscuirse en su velada. Después pasó una hora caminando por calles al azar, buscando un almacén con una ventana de apartamento arriba, que diera al este a lo largo de una calle. Encontró una posibilidad plausible. Estaba todo recto alejándose del centro de la ciudad. El apartamento era ahora el estudio de un abogado. La tienda ahora vendía pantalones y jerséis. Se quedó de pie dándole la espalda al escaparate. Miró a lo largo de la calle. Vio al este un buen trozo de cielo nocturno, y debajo la combadura del asfalto, de alcantarilla a alcantarilla, flanqueado por dos cordones y dos aceras, iluminado aquí y allá por postes de luz muy espaciados.
Caminó en la misma dirección que había caminado el de veinte años. Se frenó a treinta metros. Más cerca de eso, sintió que la anciana no habría usado los prismáticos. Habría confiado en su propia vista. Se dio vuelta y miró hacia la ventana. Ahora él era los muchachos más pequeños. Se imaginó al grandullón frente a ellos, exigiendo, y después amenazando. Técnicamente no gran cosa. Para Reacher mismo, en todo caso. A los dieciséis había sido más grande que la mayoría de los de veinte años. Había sido más grande a los trece. La biología había sido buena con él. Era rápido, y despiadado. Se sabía todos los trucos. Había inventado algunos. Había crecido en el Cuerpo de Marines, no en Ryantown, New Hampshire. Y Stan en comparación había sido alguien de tamaño normal. Compacto, incluso, en algunos aspectos. Quizás uno ochenta y cinco con zapatos, quizás noventa kilos después de una cena de cuatro platos.
Reacher miró hacia abajo los ladrillos en la acera, e imaginó ahí las pisadas de su padre, dando unos pasos hacia atrás, y después girando y corriendo.
Patty y Shorty comieron afuera, bajo la ventana, en las tumbonas. Cogieron la comida número uno y la comida número dos, lo que dejaba diez en la caja, y bebieron como correspondía las botellas de agua. Después se puso frío y se fueron adentro. Pero Patty dijo:
—Deja la puerta abierta.
—¿Por qué? —dijo Shorty.
—Necesito aire. Anoche me sentí como si me estuviera ahogando.
—Abre la ventana.
—No se abre.
—La puerta se podría llegar a cerrar.
—Cálzala con tu zapato.
—Alguien podría llegar a entrar.
—¿Como quién? —dijo Patty.
—Alguien que pase caminando.
—¿Por aquí?
—O uno de ellos.
—Me despertaría. Después te despertaría a ti.
—¿Prometido?
—Cuenta con eso.
Shorty se sacó los zapatos, y ajustó uno entre la cara externa de la puerta y la jamba, y dobló el otro en una forma plegable, y lo puso contra la cara interna, para hacerles frente a suaves brisas nocturnas. Ingeniería de productor de patatas, lo sabía, pero tenía aspecto de que iba a funcionar.
Doce
Steven llamó a Robert, que llamó a Peter, que llamó a Mark. Todos estaban en habitaciones distintas. Se juntaron en el cuarto del fondo, y miraron las pantallas.
—Es un par de zapatos —dijo Steven—. En caso de os lo estéis preguntando.
—¿Por qué lo hicieron? —preguntó Mark—. ¿Lo han dicho?
—Ella quiere aire. Es un comportamiento que tiene sentido. Lo mencionó antes. No creo que sea un problema.
Mark asintió:
—Le conté una historia de una supermodelo maquillándose. Creo que se lo creyó. Le dije que un mecánico iba a venir a rescatarla por la mañana. Hasta inventé unas cosas técnicas sobre los manguitos del radiador. Creo que se lo creyó todo. Creo que ahora está tranquila. No importa la puerta.
—Tenemos que cerrarla rápido.
—Pero no esta noche. Dejémoslo así. Están relajados ahora. No tienen nada de qué preocuparse.
Reacher prefería moverse siempre que fuera posible, por lo que encontró otro lugar donde dormir, a una manzana del de la noche anterior. Era un coqueto bed and breakfast, en una casa estrecha de ladrillos, con las molduras recién pintadas de colores pálidos. Le dieron una habitación en la planta más alta, cruzando una puerta baja al final de una escalera empinada y en zigzag. Se dio una larga ducha caliente, y se quedó dormido, todavía tibio y húmedo.
Hasta un minuto después de las tres de la mañana.
Una vez más se despertó de golpe, instantáneamente, como apretando un botón. Exactamente lo mismo. Ni tacto ni gusto ni vista ni olfato. Por lo tanto sonido. Esta vez salió de la cama de inmediato, y sacó los pantalones de abajo del colchón, y se vistió rápido, y se ató los zapatos. Y después encaró hacia afuera cruzando la puerta baja y bajó por la sinuosa escalera a la calle.
El aire nocturno era fresco, y el silencio era rígido y frágil, todo ladrillo y vidrio y espacios estrechos y electricidad zumbando en los cables. Se quedó quieto. Un minuto después escuchó un breve roce de pies en la acera. Adelante y más o menos a la izquierda. Quizás a treinta metros. Sin ir a ningún lado. Simplemente moviéndose en el sitio. Quizás dos personas. Nada visible.
Esperó.
Otro minuto después escuchó un gritito silenciado. La voz de una mujer. Quizás placer. O éxtasis. O quizás no. Quizás indignación o enojo. Era difícil de distinguir. Pero estaba definitivamente silenciado. Sofocado, de una manera particular. Era el sonido de labios apretados.
Nada visible.
Fue hacia la izquierda, y vio un hueco entre una tienda de bolsos y una tienda de zapatos. Era un acceso peatonal a un callejón estrecho que separaba dos edificios. El callejón tenía puertas de los dos lados para apartamentos por escalera arriba de las tiendas. Dos personas estaban quietas junto a una de las puertas. Estaban iluminadas a medias por un foco crudo encima de la puerta. El tipo era joven. Casi un chico. Pero era grandote y macizo. La mujer era un poco más grande. Tenía cabello rubio, y llevaba puestos tacones altos y medias negras bajo un abrigo corto y negro, que se estaba levantando por el forcejeo.
¿Bueno o malo?
Difícil de distinguir.
No quería fastidiarle la noche a nadie.
Observó.
Entonces la mujer consiguió separar un poco la cara y dijo “No”, con un repentino tono bajo y entrecortado, como escupiendo, firme como hablándole a un perro, pero también con lo que Reacher tomó como sentimientos de incomodidad y vergüenza y disgusto. Se empujó del pecho del tipo, e intentó zafarse. El tipo no la dejaba.
Reacher dijo:
—Eh.
Ambos dirigieron sus rostros hacia él.
—Quítale las manos de encima —dijo.
—Esto no es asunto tuyo —dijo el muchacho.
—Ahora lo es. Me has despertado.
—Lárgate.
—La escuché decirte que no. Así que aléjate.
El chico se dio media vuelta. Llevaba un jersey con el nombre de una famosa universidad bordado. Era un muchacho grandote y macizo. Quizás uno noventa, y cien kilos. Quizás un atleta. Emanaba juventud y excitación. Tenía esa mirada en los ojos. Se creía lo más.
Reacher miró a la mujer y dijo:
—Señorita, ¿se encuentra bien?
—¿Usted es policía? —preguntó ella.
—Lo fui hace un tiempo, en el Ejército. Ahora soy solo un tipo que está pasando por aquí.
Ella no respondió. Estaba cerca de los treinta, pensó Reacher. Parecía una persona agradable. Pero triste.
—¿Se encuentra bien? —le volvió a preguntar.
Empujando ella se separó del muchacho y quedó a un metro de distancia. No habló. Pero lo miraba a Reacher como si no quisiera que él se fuera.
—¿Esto también sucedió anoche? —dijo él.
Ella asintió.
—¿En el mismo lugar?
Ella asintió otra vez.
—¿A la misma hora exacta?
—Es la hora a la que vuelvo del trabajo.
—¿Vive aquí?
—Hasta que me recupere.
Reacher miró los tacones y el cabello y las medias de ella y dijo:
—Trabaja en un bar de copas.
—En Manchester.
—Y este tipo la siguió hasta su casa.
Ella asintió.
—¿Dos noches seguidas? —dijo Reacher.
Ella asintió otra vez.
—Me pidió que lo hiciera, tío —dijo el muchacho—. Así que no te metas y deja que las cosas sigan su curso.
—Eso no es verdad —dijo la mujer—. Yo no te lo pedí.
—Estuviste todo el tiempo encima mío.
—Estaba siendo amable. Eso es lo que una hace cuando trabaja en un bar de copas.
Reacher miró al muchacho.
—Suena como un malentendido clásico —dijo—. Pero que se arregla fácil. Lo único que tienes que hacer es pedir tus más sinceras disculpas y luego irte y no volver nunca más.
—Es ella la que no va a volver nunca más. No a ese bar, en todo caso. Mi padre es uno de los dueños. Va a perder el trabajo.
Reacher miró a la mujer y dijo:
—¿Qué pasó anoche?
—Lo dejé —dijo ella—. Él estuvo de acuerdo en que solo una vez. Así que me lo quité de encima. Pero ahora volvió por más.
—Lo discutiré con él, si le parece —dijo Reacher—. Mientras tanto ahora puede entrar, si quiere. Y no piense más en el tema.
—No te atrevas a entrar —dijo el muchacho—. No sin mí.
La mujer lo miró a él, luego a Reacher, y de vuelta a él. Y otra vez, como eligiendo. Como si estuviera en el hipódromo y fueran sus últimos veinte dólares. Se decidió. Sacó las llaves del bolso, y abrió la puerta, y entró, y una vez adentro cerró la puerta.
El muchacho del jersey miró primero la puerta, y después a Reacher. Que adelantó su cabeza hacia la entrada del callejón y dijo:
—Ahora corre.
El muchacho miró durante un minuto más, aparentemente pensándolo bien. Y luego se fue. Salió del callejón, giró y se perdió de vista. Hacia la derecha. Lo que quería decir que era diestro. Tendría la intención de preparar su emboscada de manera tal que Reacher apareciera de cara a un gancho giratorio de derecha. Lo que definía bastante bien la ubicación. Más o menos a un metro de la esquina, pensó Reacher. A la altura de donde terminaba el escaparate de la tienda de bolsos. Por el punto de pivote para el gancho derecho. Geometría básica. Fija en el espacio.
Pero no fija en el tiempo. La velocidad estaba bajo el control de Reacher. El chico estaría esperando un acercamiento normal, más o menos. Quizás un poco tenso y urgente. Quizás un poco cauto y precavido. Pero mayormente promedio. Dispararía el gancho apenas viera a Reacher aparecer por la esquina. Cualquier paso de caminata normal lo llevaría al objetivo de manera fuerte y firme. El chico no era tonto. Posiblemente un atleta. Probablemente tuviera una decente coordinación mano-ojo.
Por lo que nada se iba a hacer a una velocidad normal o promedio.
Reacher se detuvo a seis pasos de la esquina, y esperó, y esperó, y después dio otro paso, lento y arrastrado sobre arenilla y tierra, y después hizo una pausa, y esperó, y dio otro paso, lento, arrastrado, amenazante. Y después otra larga espera, y otro paso lento. Se imaginó al chico a la vuelta de la esquina, tensionado, con el puño apretado, manteniendo la posición. Y manteniéndola. Manteniéndola demasiado. Poniéndose demasiado tenso. Poniéndose todo duro y tembloroso.
Reacher dio otro paso, largo y lento. Ahora estaba a dos metros de la esquina. Esperó. Y esperó. Luego se lanzó rápido, corriendo, la mano izquierda arriba, la palma abierta, los dedos separados como un guante de béisbol. Apareció por la esquina y vio cómo el chico volvía a la vida, confundido por el cambio de ritmo, atrapado en una espera en cámara lenta, por lo que su triunfante gancho de derecha por el momento estaba saliendo como un titubeante golpe endeble, que Reacher atrapó fácilmente en su palma izquierda, como un bateo fácil a segunda. El puño del chico era grande, pero la mano abierta de Reacher era más grande, así que ajustó y apretó, no lo suficientemente fuerte como para romper los huesos, pero sí lo suficientemente fuerte como para hacer que el chico se concentrara en mantener la boca cerrada, de manera tal que no se le escaparan gemidos o chillidos, algo que obviamente no se podía permitir, dado que él era lo más.
Después Reacher apretó más fuerte. Más que nada como un test de coeficiente intelectual. Que el chico suspendió. Usó su mano libre para agarrar la muñeca de Reacher. Movimiento incorrecto. Improductivo. Siempre mejor ir directo a la fuente del problema, y usar tu mano libre para golpear en la cabeza al que te estaba apretando. O hundirle el pulgar en el ojo, o hacer que te preste atención. Pero el chico no lo hizo. Una oportunidad perdida. Después Reacher le agregó al apretón un giro. Como abriendo un picaporte. El codo del chico quedó trabado y bajó el hombro para compensar, pero Reacher siguió girando, hasta que el chico quedó tan torcido que tuvo que quitar la mano de la muñeca de Reacher y estirar su brazo para no perder el equilibrio.
—¿Quieres que te pegue? —dijo Reacher.
No hubo respuesta.
—No es una pregunta difícil —dijo Reacher—. Se soluciona respondiendo sí o no.
A esa altura el chico se movía en el sitio, intentando encontrar una posición soportable, jadeando y resoplando. Pero sin chillar aún. Dijo:
—Vale, sí, interpreté mal su actitud. Lo lamento, tío. La voy a dejar tranquila.
—¿Qué pasa con su trabajo?
—Era un chiste, tío.
—¿Qué pasa con la próxima nueva camarera, pasando por un mal momento, necesitada de un trabajo seguro?
El chico no respondió.
Reacher ajustó más el agarre, y dijo:
—¿Quieres que te pegue?
—No —dijo el chico.
—No quiere decir no, ¿no? Supongo que ahora enseñan eso, en tu lujosa universidad. De manera teórica, imagino, desde tu punto de vista. Hasta ahora.
—Vamos, tío.
—¿Quieres que te pegue?
—No.
Reacher le pegó en la cara, con un directo de derecha, fuerza máxima, rompiendo y retorciendo. Como un tren de carga. El chico quedó inmediatamente inconsciente. El cuerpo se aflojó y la gravedad quedó a cargo. Reacher mantuvo su mano izquierda dura como una piedra. Todo el peso del chico recayó en el codo trabado. Reacher esperó. Una de dos. O la fuerza y la elasticidad de los ligamentos del chico lo iban a hacer girar hacia delante, o no.
No lo hicieron. El codo del chico se rompió y el brazo se dobló de adentro hacia fuera. Reacher lo dejó caer. Aterrizó sobre los ladrillos fuera de la tienda de bolsos, con un brazo al derecho y otro al revés, como una esvástica. Respiraba. De manera un tanto burbujeante, por la sangre en la garganta. Tenía la nariz reventada. Los pómulos también, quizás. Se le habían salido algunos dientes. De arriba, sobre todo. El hijo de su dentista no iba a tener problemas para ir a la universidad.
Reacher se alejó caminando, de vuelta a su alojamiento, arriba por la escalera en zigzag y cruzando la puerta baja a su habitación, donde se dio una segunda ducha y volvió a la cama, una vez más tibio y húmedo. Le dio unos golpes a la almohada para devolverle la forma y se volvió a dormir.
Momento en el cual Patty Sundstrom se despertó. Quince minutos pasadas las tres de la mañana. Una vez más una sensación de inquietud inconsciente se había abierto paso a la superficie. ¿Para qué eran las linternas? ¿Por qué dos? ¿Por qué no una, o doce?
La habitación estaba dichosamente fresca. Podía oler el aire nocturno, rico, como terciopelo. ¿Por qué meter dos linternas con doce comidas? ¿Para qué poner dos linternas? ¿Qué tenían que ver las linternas con la comida? No eran cosas que fueran naturalmente juntas. Nadie nunca decía: ¿quieres añadir una linterna? Y lo que proponía Shorty era absurdo. Nadie comía en la oscuridad. Que era lo que era. Era el almuerzo, para gente rica que bajaba desde Boston, que buscaba sentirse bien en forma por un fin de semana. Nadie que pagara tarifas pre Día del Trabajo o de amante del otoño aceptaría barritas de granola como cena. O como desayuno. Solo almuerzo, seguro, como parte de una fantasía viril de aire libre. Por lo que ¿por qué las linternas? El almuerzo se comía en medio del día. Hablando en términos generales, con el sol arriba. A menos que estos tipos ricos fueran espeleólogos. En cuyo caso tendrían linternas propias, seguro. Productos caros para especialistas, probablemente ajustadas en la cabeza.
¿Por qué iban a poner linternas en una caja de comida, como si de alguna manera fueran algo integral, como lo serían cubiertos o servilletas?
¿Las habían puesto?
Quizás simplemente las habían tirado ahí como algo que se les ocurrió después. Mantuvo sus ojos cerrados y recordó la escena del momento en el que abrieron la caja. Ella había cortado la cinta con la uña, y Shorty había levantado las solapas. ¿Qué impresión le había dado a ella?
En la caja dos linternas, puestas en forma vertical, encajadas entre la comida.
Encajadas.
Por lo que no empaquetadas como componentes integrales. Agregadas después.
¿Por qué?
Dos linternas para dos personas.
Le habían dado a cada uno una linterna y seis comidas de subsistencia.
¿Por qué?
Os juntamos unos ingredientes para vosotros. O venid con nosotros a la casa o servíos de la caja. Lo que era medio falso. Lo que no decían en serio.
¿Qué otra cosa no decían en serio?
Abrió las sábanas y salió de la cama con cuidado. Caminó despacio hasta la cómoda, donde estaba la caja frente a la pantalla de TV. Levantó las solapas y tanteó adentro. La primera linterna se había caído en el vacío donde habían estado las dos primeras comidas. La sacó. Era grande y pesada. Se sentía fría y dura. La apretó contra la palma de su mano y la encendió. Giró una fracción la palma de su mano y dejó que se derramara un haz de luz. Era rosa por su piel. La linterna era de una marca famosa. Se la sentía como si la hubieran hecho con una plancha sólida de aluminio aeronáutico. Tenía un cúmulo de diminutas lamparitas LED, como el ojo de un insecto.
Volvió a mirar dentro de la caja. La otra linterna estaba donde había empezado, incrustada en el centro entre las comidas nueve, diez, once y doce. Algunas de las barritas de granola alrededor estaban partidas y astilladas. Una de las cajas de uvas estaba aplastada. Agregada después, seguro. Miró la cinta que había cortado. Dos capas. Una del mayorista, y otra de ellos, de cuando volvieron a cerrar la caja, después de añadir las linternas.
¿Qué otra cosa no decían en serio?
Caminó despacio hacia la puerta, y dándole un golpecito con el dedo hizo a un lado el zapato doblado de Shorty, y abrió un espacio lo suficientemente ancho como para deslizarse hacia fuera. Sacó la mano de la lente de la linterna. Proyectó un haz de luz blanco y brillante. Con mucho cuidado caminó hacia el Honda, los pies descalzos sobre las piedras. Abrió la puerta del acompañante. La palanca para abrir el capó estaba a la altura de la pantorrilla. La había visto un millón de veces. Una palanca negra y ancha. La agarró y tiró. El capó dio un pequeño golpe hacia arriba con un tunk que en la quietud de la noche sonó como un choque en una autopista.
Apagó la linterna y esperó. No vino nadie. No se iluminó ninguna ventana de la casa. Volvió a encender la linterna. Dio la vuelta hasta quedar frente al capó. Corrió la pestaña y lo levantó. Lo aseguró con la curvada vara de metal que encajaba en el agujero. Trabajaba en un aserradero. Sabía manejarse con maquinaria. Se movió a izquierda y derecha, y agachó la cabeza, hasta que pudo ver lo que quería ver.
La prueba de fuego.
Sabe cuál es el problema. Ya lo ha visto antes. Aparentemente hay un chip electrónico cerca de donde los manguitos del radiador pasan por detrás del tablero.
Se inclinó hacia delante. Sostuvo la linterna entre sus dedos, como una sonda médica. Apuntó con el haz de luz a un lado y al otro.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.