Kitabı oku: «Colinas de California»

Yazı tipi:

Título original: Lost Hills

© Adventures in Television, Inc, 2019.

© de la traducción: Víctor Manuel García de Isusi, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO733

ISBN: 9788491876809

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

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Nota y agradecimientos del autor

PARA VALERIE Y MADDIE

1

El tramo norte de Mulholland Highway acababa en una intersección con forma de T que conectaba con Mulholland Drive. Se trataba de una intersección que provocaba gran cantidad de confusiones, y no solo porque ambas calles tuvieran un nombre tan similar, sino porque era una intersección que dividía dos poblaciones, tres vecindarios, dos jurisdicciones legales y, en aquel jueves caluroso y congestionado por la polución de una tarde de diciembre, dividía también la vida de la muerte.

Eve Ronin y Duncan Pavone, detectives de Homicidios del Departamento del Sheriff del Condado de Los Ángeles, se dirigían a dicha intersección. Conducían en dirección este por Mulholland Drive en un Ford Explorer normal y corriente con intención de investigar un posible homicidio del que les había avisado el Departamento de Policía de Los Ángeles.

—Solo hay una razón por la que los del Departamento de Policía nos llamarían para que nos encarguemos de un cadáver —empezó a decir Duncan, sentado en el asiento del pasajero y mientras se sacudía migas de dónuts de su gran barriga, que acostumbraba a utilizar como si fuera la mesita plegable de un avión—, para dejarnos claro que está en nuestro lado de la línea, no en el suyo.

Debido a la geografía de la zona, las disputas jurisdiccionales eran inevitables. El Departamento del Sheriff era el responsable de hacer que se cumpliera la ley en Malibú, en las montañas de Santa Mónica y en las comunidades que circundaban el Westlake Village: Agoura Hills, Hidden Hills y Calabasas. Se trataba de una zona rodeada por el condado de Ventura al oeste y al noroeste, por la ciudad de Los Ángeles al este y al noreste, y por la bahía de Santa Mónica al sur. La intersección de Mulholland con Mulholland, que estaba en las faldas de las montañas de Santa Mónica, era el límite entre la ciudad de Calabasas y Woodland Hills, una parte de la ciudad de Los Ángeles.

Eve Ronin solo llevaba tres meses en Homicidios, destacada en la comisaría de Lost Hills, en Calabasas, y aquella era su primera disputa jurisdiccional. Era muy consciente de todo lo que desconocía, como les pasaba a todos los que la rodeaban.

—¿Cómo resuelves una situación como esta cuando la cosa no está clara? —preguntó Eve a pesar de que sabía que la pregunta no serviría sino para reforzar la pésima opinión que tenían de ella Duncan y los demás detectives, la idea de que no estaba cualificada para el puesto. No obstante, para ella, aprender era más importante que su imagen.

—Te cagas en todo, te quejas, discutes... pero, sobre todo, aseguras una y otra vez que el cadáver está en su lado o que el crimen ha tenido lugar allí. Sacas una cinta métrica para demostrarles dónde está el linde o quién la tiene más larga. Les tiras toda la mierda que tengas a mano acerca de ellos, les recuerdas la de favores que te deben, les dices que vas a valerte de todas tus influencias para conseguir que se queden el cadáver y todos los agravantes que van con él. Aunque, claro, el cadáver casi siempre acabo quedándomelo yo... porque soy un blando.

Eve apartó la vista de la carretera para mirarlo incrédula.

—¿Tanta pena te da que alguno de los del Departamento de Policía haya tenido un mal día?

—No, no es eso. Lo hago porque la víctima se merece un policía que se preocupe por ella en vez de uno que esté más interesado en conseguir que el caso de un pobre tipo al que acaban de pegarle cuatro tiros por la espalda y que ha quedado tendido sobre la línea jurisdiccional parezca un suicidio.

Eve sonrió para sus adentros. Puede que tuviera suerte de que la hubieran puesto de compañera de alguien que estaba a punto de jubilarse y al que ya le importaba todo una mierda —aunque, claro, había que tener en cuenta que no siempre había sido así—. Formaban una extraña pareja. Él era viejo y estaba gordo, y se peinaba de una manera muy imaginativa para disimular que se estaba quedando calvo; ella era joven y delgada, y llevaba el pelo cortado por encima de los hombros, lo que resultaba la mar de práctico. A decir verdad, podrían confundirlos con un padre y una hija aficionados a llevar Glocks.

En la intersección de Mulholland con Mulholland había algunas casas al norte; un edificio de oficinas de dos plantas en la zona oeste, detrás de una línea de pinos; y un robledal, al este, por la colina, entre un colegio privado y una urbanización.

Eve giró a la derecha en Mulholland Drive, en dirección sur, y vio un coche patrulla blanco y negro aparcado detrás de una camioneta, en el arcén. También había un Crown Vic del Departamento de Policía estacionado al otro lado de la calle, mirando en dirección norte. En el Crown Vic había apoyados dos detectives vestidos de traje que hablaban con un agente de uniforme. Parecía que los detectives hubieran aprovechado una de esas ofertas del Men’s Wearhouse de «Compre uno y llévese otro gratis» y que hubieran pagado a medias el primero de los trajes.

—Los dos de los trajes son los detectives Frank Knobb y Arnie Prescott, de Canoga Park —comentó Duncan mientras Eve aparcaba detrás del coche patrulla—. Hemos coincidido unas cuantas veces. Entre los dos, llevarán en esto tanto como yo.

Eve se alegró de que su compañero no aprovechase la oportunidad para comentar una vez más que ella no había nacido cuando él entró en la policía.

Duncan salió del Ford Explorer, se ajustó los pantalones, esperó a que pasara un coche y cruzó la calle para hablar con los dos detectives. Eve, por su lado, se acercó a investigar la camioneta, que estaba cubierta de agujas de pino. En el interior del parabrisas había salpicaduras de sangre y en el asiento del conductor, un cadáver despatarrado.

—¡Hola, Dunkin’ Donuts! —soltó uno de los detectives mientras Duncan se les acercaba—. ¿Qué tal te va?

—Pues aquí, Frank, contando los días. Me faltan ciento sesenta y tres para darme el piro. ¿Habéis oído hablar de mi nueva compañera, la detective Ronin?

Los integrantes del Departamento de Policía la miraron. Eve seguía al otro lado de la calle, examinando la camioneta.

—¿Puño Mortal? —comentó Frank Knobb—. Claro que hemos oído hablar de ella. ¡Es una leyenda!

Hasta hacía poco, Eve era ayudante del sheriff en Lancaster y nadie la conocía, ni en el Departamento de Policía de Los Ángeles ni en ningún otro sitio. Sin embargo, hacía cuatro meses, había visto cómo el actor Blake Largo, protagonista de la exitosísima serie de películas Puño Mortal, golpeaba a una mujer en el aparcamiento de un restaurante. Eve, aunque estaba fuera de servicio, le llamó la atención y este intentó pegarle un puñetazo, momento que ella aprovechó para tirarlo al suelo e inmovilizarlo. Eve se quedó aplastando aquella cara de un millón de dólares contra el asfalto hasta que llegó la policía. Un testigo grabó un vídeo con el móvil y lo subió a YouTube. El vídeo había tenido once millones de visualizaciones en menos de una semana. Ahora, todo el mundo la llamaba Puño Mortal.

Eve decidió ignorar el comentario sarcástico y se centró en el conductor de la camioneta. El tipo tenía la cabeza tirada hacia atrás, apoyada en el reposacabezas. Le habían rajado la garganta y el corte parecía una sonrisa sangrienta y obscena. En el asiento del copiloto había un cuchillo como el de Rambo. Eve pensó que podía tratarse de un suicidio, dado que el tipo tenía el arma al lado y que aquel vecindario, por grande que fuera, era muy seguro. Ahora bien, si se trataba de un suicidio, el tipo había escogido un lugar muy extraño para ponerle fin a su vida. Lo último que había tenido que ver mientras se desangraba era el Gelson’s, un supermercado de lujo. Aunque, claro, había gente para la que el Gelson’s era como el paraíso.

—No me jodas —comentó Arnie Prescott—. ¿Así que en el Departamento del Sheriff solo se necesita que un vídeo se haga viral para que te asciendan de Robos a Homicidios?

En realidad, el ascenso había tenido que ver con el momento en que se había publicado el vídeo, que salió justo cuando la noticia de que algunos agentes del sheriff daban palizas a los prisioneros de la cárcel del condado estaba en el candelero. La respuesta tan positiva y mediática que había recibido el vídeo había resultado una manera maravillosa de distraer la atención sobre aquel escándalo y había llevado al sheriff a mantener a Eve en lo más alto de la popularidad tanto tiempo como pudiera. Para ello, la había cubierto de elogios y premios, entre los que se incluía un ascenso. Lo que Eve quería era que la trasladaran a Homicidios y lo había conseguido, con lo que se había convertido en la mujer más joven de toda la historia de la brigada. Aquello había encantado al público y a los medios; al resto de los integrantes del Departamento del Sheriff del Condado de Los Ángeles —el 86 % de los cuales tenían testículos—, en cambio, no.

—Los baremos del Departamento del Sheriff no son como los del Departamento de Policía —comentó Knobb.

—Así os luce el pelo —le soltó Prescott a Duncan.

Duncan no entró al trapo:

—Bueno, ¿qué hay del muerto?

—Un corredor ha descubierto el cadáver y ha llamado a Emergencias —le respondió Knobb—. El operador se ha puesto en contacto con el Departamento de Policía de los Ángeles. Este buen patrullero se ha presentado aquí, ha confirmado que la víctima no solo estaba muerta, sino bien muerta, y nos ha llamado.

—De lo que no se ha dado cuenta el buen patrullero debido a la emoción del momento es de a qué lado del pedrusco está aparcada la camioneta. —Prescott señaló la mediana, donde, recientemente, en mitad de un arreglo floral, habían instalado una gran piedra en la que ponía BIENVENIDOS A CALABASAS y en cuya cara norte había tallado un pájaro planeando.

Knobb sonrió a Duncan:

—Está en vuestro lado.

No había duda de que la camioneta estaba aparcada unos cuantos centímetros al sur de la línea invisible que tan convenientemente señalaba el pedrusco, lo que la situaba en Calabasas. Eve miró la parte de la carretera que quedaba en el lado de la ciudad de Los Ángeles y se puso furiosa. No le gustaba que le tomaran el pelo.

El agente de uniforme se encogió de hombros con cara de memo:

—Culpa mía.

—Bueno, pues todo vuestro —dijo Prescott.

—¡Qué suerte! —exclamó Duncan con cara de cansado.

—Nos hemos quedado para proteger la escena del crimen a modo de cortesía profesional —comentó Knobb.

—¿En serio? —soltó Eve. Los dos detectives del Departamento de Policía la miraron como niños traviesos que hubieran interrumpido a los mayores mientras hablaban—. Porque yo creía que proteger la escena del crimen implicaba que nadie la alterara.

—A mí no me parece que la haya alterado nadie —respondió Knobb.

—La camioneta está cubierta de agujas de pino —comentó Eve—. Sin duda, ha pasado la noche aparcada debajo de un pino, lo que parece extraño, si tenemos en cuenta que el más cercano está allí, en la ciudad de Los Ángeles.

Prescott resopló con aire burlón:

—¿Es que no has oído hablar del viento?

Eve se quedó mirando a los detectives con mala cara sin que le preocupara lo más mínimo lo que pensaran de ella:

—En ese caso, ¿por qué no hay agujas de pino ni en la calle ni alrededor de la camioneta?

Los detectives le mantuvieron la mirada, pero el agente de uniforme apartó la vista. Duncan sacudió la cabeza mientras observaba a aquellos dos tipos sin escrúpulos:

—Es vuestro caso y, como cortesía profesional, no le vamos a contar a nadie este bochornoso suceso. —Duncan volvió a subirse los pantalones y miró al patrullero—. Ahora bien, hijo, quiero que pienses en una cosa: como los forenses acaben torpedeando el caso, ¿qué crees, que estos dos te van a apoyar o que se encargarán de que seas tú el que cae? Si yo fuera tú, me protegería siempre el culo.

Duncan empezó a cruzar la calle en dirección al Ford Explorer y le hizo un gesto a Eve para que lo siguiera. La detective se sentó al volante, arrancó, dio media vuelta alrededor de la mediana y, después, tomó Mulholland Drive en dirección este.

Eve daba por hecho que sus homólogos de la ciudad de Los Ángeles habían abusado de su cargo y habían ordenado al agente que empujara la camioneta hasta el linde. El coche patrulla del agente tenía unas barras de protección de acero inoxidable en el parachoques, lo que le habría permitido empujar la camioneta sin dañar su propio vehículo.

—¿A quién intentaban joder con eso de mover el cadáver a Calabasas, a ti o a mí? —le preguntó Eve a su compañero.

—Deja que te dé un consejo. Sé que estás acostumbrada a ser el centro de atención, pero eso no quiere decir que cada vez que te pasa algo malo sea personal.

—¿Qué quieres decir con eso? Han intentado jodernos.

—No, a nosotros no. Lo único que sabían Knobb y Prescott era que aparecerían dos detectives del Departamento del Sheriff, no que seríamos la celebridad que no se merecía su ascenso y el viejo gordo que solo piensa en jubilarse.

Eve asintió.

—Así que no son sino unos putos vagos.

—En efecto. No es personal.

Duncan cogió la radio y comunicó a la central que el cadáver estaba en la ciudad de Los Ángeles y que era el Departamento de Policía el que iba a encargarse del caso.

De la central enseguida les llegó otra llamada, una posible desaparición en una casa que había en una calle sin salida de Topanga que no estaba sino a unos pocos kilómetros en dirección suroeste de donde se encontraban en aquel momento.

—La informante, una tal Alexis Ward, dice que la residente no ha ido a trabajar y que no responde al teléfono. La informante ha mirado por una ventana y ha visto sangre. Cree que la residente podría estar dentro, puede que herida. 22-Paul-7, los bomberos y una ambulancia van de camino. Es un código tres.

—Recibido —respondió Duncan—. 22-David-1 de camino desde Mulholland Drive a Topanga Canyon.

2

La de Topanga Canyon Boulevard era una carretera arbolada de dos direcciones que ascendía serpenteando por las montañas de Santa Mónica y, después, seguía a lo largo de un riachuelo casi seco hasta la autopista de la Costa del Pacífico.

Para Eve, se trataba de una carretera al pasado. Allí arriba, la vida era diferente, rústica, aislada, enraizada todavía en las culturas hippie y beatnik de mediados del siglo XX. En cualquier caso, aquel estilo de vida empezaba a enfrentarse a la extinción, dado que las celebridades que buscaban privacidad y aquellos que se habían hecho ricos con la tecnología se estaban mudando a la zona y estaban comenzando a apropiarse de esa estética retro de camisetas teñidas de mil colores y a ponerla de moda, pero yendo a tomar un brunch en el Inn of the Seventh Ray en sus descapotables Bentley. Para los conductores de limusinas y para aquellos que vivían en el valle de San Fernando, Topanga Canyon no era sino una manera de llegar a la zona oeste de Los Ángeles sin necesidad de tomar la 405.

En lo más hondo del cañón, Eve giró a la izquierda para acceder a una carretera comarcal cuyo asfalto empezaba a desintegrarse y que seguía la ladera sur del Parque Nacional de Topanga. Allí había pocas casas y estaban muy separadas entre sí. La mayoría de ellas no eran sino bungalós destartalados y ranchos de los años setenta, entre los que había alguna que otra urbanización vallada de nueva construcción.

Aquella carretera comarcal acababa convirtiéndose en una calle sin salida que colindaba con una empinada colina boscosa y aquella vía desembocaba en el jardín de una especie de bungaló sin valla y mal cuidado. En el camino que llevaba al garaje había dos coches, un viejo Ford Taurus con la pintura oxidada y un Nissan Sentra. Una mujer que andaría por los treinta y pocos años caminaba, nerviosa, de un lado para el otro, por delante de la casa.

—Está muy tensa —comentó Duncan mientras Eve enfilaba el camino del garaje—. Es mejor que hables tú con ella. De mujer a mujer.

—Buena idea, porque, como todo el mundo sabe, entre nosotras nos entendemos sin necesidad de hablar —respondió la detective mientras apagaba el motor—. Nuestros úteros son capaces de comunicarse por telepatía.

—Pensaba que se decía «matriz».

Los detectives salieron del coche. Duncan sacó una libreta del bolsillo trasero mientras se acercaban a la mujer. Eve se fijó en que la libreta estaba combada de pasar tanto tiempo allí.

La detective le enseñó su placa a la mujer.

—Soy la detective Eve Ronin y este es el detective Duncan Pavone. Somos del Departamento del Sheriff del Condado de Los Ángeles. ¿Es usted quien ha llamado a Emergencias?

—Sí. Me llamo Alexis Ward —respondió al tiempo que asentía con la voz un poco rota por efecto de la preocupación—. Tienen que entrar. Ha pasado algo malo.

—Y entraremos, pero necesitamos más información antes de hacerlo —respondió Eve—. ¿Quién vive aquí?

—Tanya Kenworth. Ese es su Taurus, como su signo... y como el mío. —Alexis se tocó el fino collar que llevaba, del que colgaba una pequeña cabeza de toro plateada—. Somos hermanas astrológicas. Ambas nacimos en abril. Creo que por eso nos caímos bien de inmediato cuando empezamos a trabajar de camareras en Rockne’s.

—¡Ah, sí, en Kanan! —comentó Duncan—. Ya decía yo que me sonaba su cara. Voy mucho por allí. ¡Menudo solomillo a la brasa tan bueno que sirven!

—Se suponía que Tanya me recogería a las seis de la mañana para que nos diera tiempo de estar a las siete en punto en la Paramount. Nunca se lo pierde. ¡Nunca!

—¿A las siete en punto en la Paramount? —le preguntó Duncan mientras levantaba la vista de lo que fuera que estaba garabateando en su libreta.

—Es la hora a la que tenemos que estar allí para que nos peinen y nos maquillen. Participamos como extras en Anatomía de Grey. He ido sola, pero he debido de dejarle un centenar de mensajes de voz. He venido aquí en cuanto hemos acabado de rodar la escena que me tocaba.

—¿Vive sola Tanya? —le preguntó Eve.

—Tiene dos hijos, Caitlin y Troy, de diez y siete años, respectivamente. Esta es la casa de su novio, pero se va a mudar en cuanto encuentre otra.

Eve sintió que los músculos de los hombros se le tensaban, una reacción habitual ante el estrés, en especial, el que le provocaba su madre. Aquella casa era el vivo retrato de la vivienda en la que había pasado su infancia, en Encino, y Tanya le recordaba a su madre, una mujer soltera que intentaba criar sola a tres hijos en el límite de Hollywood. Encogió los hombros para soltarlos.

—¿Y eso lo sabe su novio?

—Sí, claro, y la cosa se puso fea, que es por lo que me he preocupado al no poder contactar con ella. ¿Y si le ha hecho daño? ¿Y si Tanya está ahí dentro, desangrándose, mientras nosotros estamos aquí, hablando?

Alexis iba subiendo el tono a medida que hablaba e Eve levantó las manos con las palmas hacia delante para pedirle que se calmara.

—Vale, vale, vamos a comprobar la situación. Usted espere aquí. Le ha dicho al telefonista de Emergencias que ha mirado por la ventana de la cocina y ha visto sangre. ¿Dónde está la cocina?

—En la parte trasera de la casa.

En ese momento, un coche patrulla del Departamento del Sheriff apareció en escena y aparcó detrás del Explorer. Del vehículo salieron dos agentes de uniforme, Tom Ross y Eddie Clayton. Ross había estado en los marines y, aunque no supieras nada de su vida, todo en él, incluso su lenguaje corporal, te hacía pensar que había sido militar. Podría ir vestido de Papá Noel, que no engañaría a nadie. A Clayton lo llamaban «Gafas» porque nunca se quitaba aquellas gafas de sol deportivas que llevaba.

Duncan les hizo un gesto para que se acercaran:

—Quedaos con la señora Ward, ¿vale? Los bomberos llegarán de un momento a otro, decidles que se estén quietecitos.

Eve y Duncan fueron hasta la parte de atrás de la casa. El césped estaba seco y lleno de malas hierbas, y vieron algunos muebles de jardín que se estaban oxidando, un balón de fútbol deshinchado y una sombrilla con la lona rasgada.

—Mi madre también era extra —comentó Eve de repente y, casi de inmediato, se sorprendió por haber compartido aquella información con Duncan—. Son decorados humanos, ¿sabes?, como los sofás o las plantas. La cuestión es que anhelan que alguien los descubra, pero no se dan cuenta de que su labor consiste, justamente, en no llamar la atención.

—¿Descubrieron a tu madre?

—No, pero no ha perdido la esperanza —respondió Eve mientras llegaban a la puerta de la cocina, al lado de la que había una ventana.

Eve y Duncan miraron por la ventana, que quedaba encima del fregadero, y vieron un charco de sangre en el suelo de linóleo amarillento. También había rastros de sangre por el pasillo.

—¡Mierda! —exclamó Duncan.

Eve miró a su compañero:

—¿Circunstancias especiales?

En caso de carecer de orden de registro, para poder acceder a una vivienda hay que tener pruebas suficientes de que es necesaria una actuación inmediata para salvar la vida de una persona, impedir que alguien destruya pruebas o evitar que un sospechoso huya: circunstancias especiales.

—No lo pueden ser más.

Ambos detectives desenfundaron sus armas. Él le hizo un gesto a ella para que fuera delante. Eve probó a abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. Dio un paso atrás y la abrió de una patada.

Lo primero que notó fue aquel olor tan raro. Lo que había esperado era encontrarse con el olor metálico de la sangre, pero, por el contrario, aquel olor le trajo a la cabeza la ridícula imagen de una piscina con exceso de cloro en mitad del taller de un mecánico. Aquello no tenía sentido, pero Eve no disponía de tiempo para pararse a pensar en ello.

La detective desterró aquellos pensamientos y entró en la cocina, con cuidado de no pisar ninguna de las manchas de sangre. Duncan también entró, se puso a un lado sin apartar la vista del pasillo y volvió a hacerle un gesto a Eve para que fuera ella la que se adelantara.

—¡Policía! —gritó la detective—. ¿Hay alguien?

La casa estaba en silencio, lo que contrastaba muchísimo con la historia de violencia que ilustraban la gran cantidad de sangre que había en el suelo y las salpicaduras que cubrían los armarios. Sin embargo, la energía negativa que habría provocado tantísima violencia había desaparecido. Allí no se sentía sino un vacío, como si los únicos seres vivos fueran Duncan y ella.

Duncan se puso a cubierto mientras Eve cruzaba el umbral de la puerta de la cocina y entraba en el pasillo. La moqueta estaba empapada de sangre y había rayas carmesíes en la pared. La historia se volvía más horripilante a cada paso que daba la detective.

—¡Aquí la policía! —insistió Eve a grito pelado y con tono firme—. ¡Si hay alguien en casa, salga de inmediato con las manos en alto!

Pero allí no salía nadie. Lo único que oía Eve era su propia respiración.

Eve y Duncan se miraron, preocupados, y avanzaron, poco a poco, hasta el salón. En la puerta principal había salpicaduras de sangre y en el suelo, sobre dos charcos de sangre seca, se encontraban dos mochilas infantiles. Eve sintió en el pecho un pinchazo de miedo. Esperaba que los niños estuvieran en el colegio o en casa de algún amigo; donde fuera... menos allí.

—¡Tanya! ¡Caitlin! ¡Troy! ¡Si estáis escondidos, ya podéis salir! ¡Somos la policía! ¡Ya estáis a salvo!

La casa permaneció tan en silencio como un cadáver. El único movimiento que había en ella era el de los dos detectives; aunque, claro, eso no significaba que estuvieran solos.

Examinaron el salón. En el sofá, que estaba frente a una televisión de pantalla plana demasiado grande para aquella estancia, había una almohada, una manta y una sábana. También había, junto a una de las paredes, una cama para perros con un juguete Nylabone mordido. ¿Dónde estaba el animal?

Eve se volvió y miró por el pasillo. Los rastros de sangre llevaban a tres puertas. Las moscas habían empezado a entrar en la casa y zumbaban con fuerza cerca de sus oídos. La detective miró a Duncan, que asintió. Eve siguió uno de los rastros de sangre hasta un dormitorio mientras Duncan entraba en el que estaba justo enfrente del salón.

La detective permaneció en el umbral, observando las paredes rosas y la sangre que salpicaba los estantes, los peluches y los demás juguetes. Entró en la estancia, la bordeó, la moqueta estaba empapada de sangre, y tropezó con un ventilador eléctrico de pie que casi lo derriba. Se agachó y miró debajo de la cama. Los ojos sin vida de un oso de peluche le devolvieron la mirada.

Eve se puso de pie y abrió con el pie la puerta corredera con espejo del armario. Allí había colgada ropa de niña, entre ella un vestido de princesa, puede que de Halloween. Lisa, la hermana de Eve, que era tres años más joven que la policía, había tenido un disfraz como aquel.

—¡Despejado! —gritó mientras volvía al pasillo.

Duncan salió de lo que parecía la habitación de Troy. En el suelo había cochecitos de juguete y en las paredes, pósteres de superhéroes de Marvel. Cuando era pequeño, a Kenny, el hermano pequeño de Eve, cinco años más joven que ella, le gustaban los superhéroes, pero solo los de DC, como Superman y Batman.

—Despejado —dijo Duncan.

Avanzaron al mismo tiempo, siguiendo un rastro de sangre que llevaba hasta la siguiente puerta abierta, el cuarto de baño. Había sangre por todas partes, como si alguien la hubiera echado a cubos, en especial, en la bañera. No había superficie sobre la que no hubiera salpicaduras rojas; las había hasta en el techo.

Eve estaba completamente conmocionada. Se sentía como si se estuviera congelando por dentro. Notó escalofríos. Las moscas también habían encontrado la habitación, que parecía que amplificara su zumbido, como si saliera de unos altavoces, aunque la detective era consciente de que todo aquello no estaba sino en su cabeza.

En el mueble del lavabo y en el lavabo había estropajos empapados en sangre y varias botellas de lejía manchadas de sangre. El olor a productos de limpieza y a aceite de motor era muy fuerte y, en combinación con aquel escenario sangriento, repulsivo. Eve se esforzó por sofocar las náuseas y por relajar los músculos. No iba a humillarse contaminando la escena de un asesinato con su vómito.

—Dios mío... —soltó Duncan.

Por alguna razón, oír la voz temblorosa de su compañero la relajó y la ayudó a mantener el control. El hombre estaba tan afectado como ella por lo que veía.

Salieron del cuarto de baño y se fijaron en las dos puertas que quedaban, ambas entornadas, ambas al final del rastro de sangre que había en la moqueta. Eve eligió la de la izquierda y Duncan, la de la derecha.

Eve entró en el dormitorio principal. La cama, enorme, no tenía ninguna sábana y el colchón estaba empapado en sangre y rajado en pedazos. El cabecero estaba lleno de más salpicaduras rojas. Eve se agachó para mirar debajo de la cama y no vio nada más que un par de zapatillas de mujer y una pequeña pipa de marihuana. Se acercó al armario y lo abrió con el pie. Estaba lleno de ropa, tanto de hombre como de mujer, pero dentro no había nadie.

—Despejado —comentó antes de volver al pasillo.

La otra puerta daba al garaje. Duncan entró en la casa de nuevo mientras enfundaba la pistola.

—El garaje está vacío, pero hay unas gotas de sangre que parece que lleven adonde debía de haber aparcado un coche.

Eve tragó saliva y se aclaró la garganta.

—¿Alguna vez habías visto algo así?

Duncan sacudió la cabeza:

—¡No, muchas gracias!

—¿Qué quieres decir con eso?

—Si nos hubiéramos quedado con el cadáver de la camioneta, esta llamada la habrían recibido Crockett y Tubbs —dijo Duncan, refiriéndose al otro par de detectives de la comisaría—, pero, claro, ¡tú tenías que fijarte en las agujas de pino!

Duncan se dirigió hacia la cocina y salió al jardín, donde se quedó parado, tomando aire fresco. Eve lo siguió y permaneció a su lado. Ni los agentes, ni Alexis Ward, ni nadie, podían verlos desde el jardín delantero.

Después de un buen rato, Duncan comentó:

—En este caso va a haber un montón de asqueroso trabajo de oficina y vamos a tener que hacer mucha labor de campo.

—Sí, está claro —soltó Eve irritada—. El otro caso nos habría dado muchos menos quebraderos de cabeza.

—No, no voy por ahí. Lo que quiero decir es que yo me encargaré del trabajo de oficina y tú, de patear las calles.

Eve miró a su compañero.

—Tú eres el detective veterano, eres tú quien debería hacer lo principal.

—Y acabo de hacerlo, acabo de establecer la división de las tareas.

Eve enseguida se dio cuenta de lo que significaba aquello:

—Quieres que yo sea la cara de la investigación.

—Y la que lo vea todo en la práctica. Mi vista ya no es lo que era. Al fin y al cabo, a mí se me ha pasado lo de las agujas de pino, ¿no es así?

—No es por eso. ¿Cuál es la verdadera razón de que me estés poniendo al frente de todo esto?

El detective suspiró y miró la casa.

—Este caso se va a hacer muy gordo y se va a poner muy feo mucho antes de lo que crees. De nada le va a servir a mi carrera y te aseguro que no necesito más pesadillas que llevarme a la jubilación.

Le estaba diciendo, lisa y llanamente, con completa honestidad, que sentía que ya no podía dar más. Aquello hizo que Eve lo respetara, así que no le echó en cara que hubiera tomado aquella decisión. Él ya había hecho lo que tenía que hacer. A partir de ese momento, iban a ser su cuello y su alma las que correrían peligro.

—De acuerdo —dijo la detective.

—Venga, yo llamo a los del forense para que vengan y a los del juzgado para que vayan preparando la orden de registro. Tú deberías descubrir cuanto puedas de los críos y del novio.

Eve asintió. Empezaba a darse cuenta de lo grande que iba a ser aquel caso y, por unos instantes, no supo ni qué decir. En aquella casa había pasado algo terrible y su labor iba a consistir en descubrir de qué se trataba, en hacer que se cumpliera la ley hasta donde fuera posible y en vivir con los horrores que destapara por el camino.

Tomó aire, puso su mejor cara de póquer y regresó con Duncan a la parte delantera de la casa.

3

Ya habían llegado la ambulancia y la dotación de bomberos, y los efectivos estaban esperando a que les dieran instrucciones.

Alexis fue corriendo hasta Eve:

—¿Qué pasa? ¿Está Tanya dentro?

—No, la casa está vacía.

—¿Y qué han visto?

—Lo mismo que usted.

A Eve le pareció que aquello calmaba a Alexis, lo que se debería, probablemente, a que la mujer solo había sido testigo de la sangre de la cocina.

—Entonces, ¿dónde está Tanya?

—No lo sé. —Eve se sentía culpable. Nada de lo que le estaba diciendo a Alexis era mentira, pero todo eran medias verdades—. Discúlpeme un momento.

La detective se acercó a los paramédicos y a los bomberos.

—Podéis iros, en la casa no hay nadie.

Luego, se acercó a los agentes Ross y Clayton, se aseguró de que les estaba dando la espalda a Alexis y a Duncan, bajó la voz y les dijo:

—Llamad a dos unidades más. Que nadie entre en el escenario, solo el equipo del forense.

Asintieron para hacerle ver que la orden les había quedado clara e Eve se acercó de nuevo a Alexis y a Duncan. Su compañero había vuelto a sacar la libreta y otra vez estaba tomando notas.

—¿A qué colegio van Caitlin y Troy? —le estaba preguntando en ese momento.

—A Canyon Oaks.

Duncan miró a Eve. Él ya tenía lo que necesitaba para empezar a trabajar.

—¿Dónde está su padre? —le preguntó Eve, que había decidido hacerse cargo del interrogatorio, antes de hacerle un gesto a Duncan para que fuera al Explorer a empezar con las llamadas.

—En Merced. Se llama Cleve Kenworth. Tanya y él se divorciaron hace unos cuantos años. Ella nunca habla de él.

Eve sacó una libreta del bolsillo interior de su cazadora Ann Taylor de color azul marino, una de las tres del mismo modelo —aunque en colores diferentes— que había comprado en Internet en cuanto le habían dado la placa de detective y había colgado el uniforme.

—¿Qué sabe del novio de Tanya?

La ambulancia y el camión de bomberos empezaron a dar marcha atrás, lo que pareció que sirviera para que Alexis creyera que todo iba a salir bien. La detective se fijó en que la mujer se relajaba, en que se distendía.

—Que es un gilipollas.

—Empecemos por su nombre y por el sitio en el que trabaja y ya llegaremos a lo de que es gilipollas.

Alexis sonrió, una prueba más de que se estaba calmando.

—Se llama Jared Rawlins. Es operador de cámara; ya sabe, uno de esos que se dedican a mover los focos y demás cacharros de un escenario a otro.

Eve sabía a qué se refería. El padre de su hermana también era operador de cámara. Su madre y él solo habían estado saliendo unas semanas. Durante unos años, visitaba a Lisa en Navidades y por su cumpleaños, pero, entonces, desapareció de su vida. Eve recordaba su cara pecosa, las manos llenas de callos y que era agradable. Siempre que visitaba a Lisa, les llevaba piruletas See’s a los tres.

—¿Dónde trabaja?

—Aquí y allí. Hace muchas tareas diferentes: películas, series, anuncios, vídeos... incluso pornografía de vez en cuando.

—¿Por qué es gilipollas?

—Por la manera en que habla a Tanya. Siempre la menosprecia. Además, odia a los niños. Los llama «ratas» como si lo hiciera en broma, pero no es así.

El padre de Eve era igual. Se trataba de un director de televisión que no se había casado en la vida pero que había tenido muchos hijos, todos ellos con actrices que pretendían triunfar o con ayudantes de producción. Rara vez les daba un centavo a las madres para la manutención, y las pocas veces que Eve lo había visto cuando era niña era porque su madre los llevaba a ella y a sus hermanos al juzgado de menores con intención de influir al juez. Ahora, su padre vivía en un bungaló en la Casa de Acogida para Trabajadores de Cine y Televisión que había en Woodland Hills, a unos ocho kilómetros de su apartamento o de donde trabajaba, pero nunca iba a visitarlo.

—¿Dónde está Jack Shit?

La pregunta de Alexis apareció por sorpresa entre los pensamientos de Eve.

—¿Cómo dice?

—El perro. Es un viejo jack russell con mezcla de terrier y algo de shih tzu. Ladra por todo. ¿Lo han visto?

—No, no lo hemos visto.

Eve se había olvidado de la cama para perro que había en el salón.

—Qué raro... —Alexis volvía a estar tensa—. Nunca sacan a Jack Shit de casa sin correa... Sería una excelente comida para los coyotes, ¿sabe?

—Lo investigaré. —La detective le hizo un gesto al agente Clayton para que se acercara y se encargara de Alexis—. Gracias por todo, señora Ward. Por favor, dele al agente su dirección y teléfono de contacto antes de que se vaya. La llamaremos en cuanto sepamos algo.

Eve dejó a Alexis con Clayton y fue a su coche. Duncan se encontraba en el asiento del pasajero, hablando por el móvil.

—Me tienen a la espera. Estoy con los del juzgado para que se pongan con la orden de registro. Los del forense vienen de camino y he pedido a los de comisaría que envíen una patrulla al Canyon Oaks para ver si están los críos. ¿Qué has descubierto?

—Que el novio se llama Jared Rawlins y que es operador de cámara. Puede que en su sindicato sepan dónde está trabajando.

—Si es que está trabajando. Puede que esté en paro.

—El exmarido de Tanya se llama Cleve y vive en Merced.

Lo único que la detective sabía de Merced era que se trataba de una ciudad pequeña del centro de California, a unos cuatrocientos cincuenta kilómetros de Los Ángeles. Nunca había estado allí.

—Yo me encargo de ponerme en contacto con el Departamento del Sheriff de Merced para que lo localicen.

—El perro de la familia también ha desaparecido. Puede que haya escapado mientras sucedía lo que sea que ha sucedido en esa casa. ¿Crees que podríamos llamar a los de la perrera para que vengan a buscarlo?

Duncan miró serio a su compañera:

—Pues claro, se tiran el día buscando perros desaparecidos. Es a lo que se dedican, ¿sabes?

—Estás siendo sarcástico.

—Solo lo buscarían si tuviera la rabia... aunque no estoy seguro de que ni aun así fueran a hacerlo. ¿Qué crees que podemos sacar del perro?

—De Jack Shit.

—¿Cómo dices?

—Así es como se llama: Jack Shit. Al parecer, es una mezcla de jack russell con terrier y shih tzu.

—Adorable.

Eve sabía que de poco iba a servirles dar con el perro, pero es que no le gustaba la idea de que se convirtiera en la cena de algún coyote.

—Yo me encargo de facilitarle el escenario al forense —dijo la detective.

Acto seguido, fue a la parte de atrás del Explorer, abrió el maletero, sacó un enorme rollo de cinta amarilla en la que ponía ESCENARIO DE UN CRIMEN y volvió a la casa. Ató una parte de la cinta a una farola y recorrió todo el perímetro de la propiedad; solo se detenía para atar la cinta a algún árbol, arbusto, tumbona o a cualquier otro objeto. Mientras hacía aquello, mantuvo los ojos bien abiertos por si acaso veía algo que se saliera de lo habitual.

Aquello hacía que pareciera que estaba ocupada y, al mismo tiempo, le daba la excusa perfecta para pensar en lo que tenía entre manos. La mayor parte de su experiencia como investigadora era en casos de robos acontecidos en casas o en tiendas. Los pocos casos de homicidios en los que había trabajado no resultaban nada misteriosos. Uno de ellos había sido el de un anciano que había matado a su esposa, enferma de alzhéimer, y que, después, se había suicidado. El otro había sido el de un hombre sintecho que había apuñalado a otro sin hogar en una pelea para determinar quién tenía derecho a saquear un contenedor de basura que había detrás de una tienda de comestibles. El caso que la ocupaba era mucho más complejo que cualquiera de los que le había correspondido investigar hasta el momento.

¿Qué era lo que sabía? Que una mujer había desaparecido y que parecía evidente que en la casa había sucedido un terrible acto violento. Que no había cadáveres. Ante esto, ¿de verdad tenía un asesinato entre manos? ¿Se trataba de un asesinato múltiple? ¿De un secuestro? Era demasiado pronto para saberlo.

La detective estaba ya en el jardín trasero cuando le pareció ver un surco entre la maleza, un surco que iba desde el césped seco hasta una zona de árboles que había en lo alto de la colina. Alguien, o algún animal, había pasado por allí hacía poco. Puede que se tratase del rastro que había dejado el perro al huir de la casa.

Eve dejó el rollo de cinta en una de las tumbonas y ascendió por la colina en paralelo al rastro para no contaminar ninguna posible prueba. La tierra estaba dura y las malas hierbas eran altas como el heno.

La detective se internó entre los árboles y se sorprendió al ver un saco de dormir arrugado en el suelo y rodeado por los restos de un menú para llevar del McDonald’s. El saco de dormir no estaba ni sucio, ni manchado de tierra, ni cubierto de hojas. Eve se acuclilló al lado de los restos y se fijó en una rodaja de pepinillo que había en la caja de un Big Mac; aún estaba húmedo.

Aquel campamento no llevaba allí mucho tiempo. Un día, a lo sumo.

Eve miró el camino por el que había ascendido. Quienquiera que hubiera estado allí, veía perfectamente la casa de Tanya: la parte delantera y la zona en la que acababa la calle. La detective contempló cómo llegaba la furgoneta del forense. ¿Habría estado alguien vigilando la casa? Y, de ser así, ¿por qué y durante cuánto tiempo? ¿Tendría aquel vigilante algo que ver con la desaparición de Tanya y con los actos violentos que habían tenido lugar en la casa? De no ser así, ¿habría visto lo que había sucedido?

La detective estaba a punto de empezar a sacar fotos con el móvil cuando oyó el chasquido de una ramita por detrás de ella. Se dio la vuelta rápidamente y, en ese mismo instante, un animal peludo y furioso —¿un oso grizzly? ¿un hombre lobo?— salió de entre los árboles y la golpeó en la cabeza con una piedra.

Eve notó una explosión de dolor cegadora y cayó de lado. La bestia, enfurecida, le pegó una patada tan fuerte en el estómago que la dejó sin aire. La policía no podía respirar. Por instinto, adoptó una posición fetal para protegerse la zona media del cuerpo.

Entonces, la bestia le pegó una patada en la cabeza y todo se tornó negro.

4

Eve abrió los ojos, vio el suelo, se le enturbió la vista y, de inmediato, tomó aire con violencia y tragó algo de tierra. Tosió, volvió a respirar hondo y se estiró. Fijó la mirada en un pedazo de cebolla que tenía justo delante de la nariz. Le latían las sienes y le dolía al respirar, pero no creía que tuviera ninguna costilla rota.

La pistola le presionaba el costado, atrapada entre el suelo y sus costillas, y le dolía, pero era un dolor bueno; significaba que quienquiera que le hubiera golpeado no le había arrebatado el arma y que no le iba a disparar con ella ni a ella ni a nadie más.

Se sentó poco a poco, aturdida aún. El saco de dormir y los restos del menú para llevar habían desaparecido, como aquel o aquello que la había atacado. No, de «aquello» nada, era claramente un «aquel». No creía en los monstruos, a pesar de lo que había visto.

O creía que había visto, claro.

Eve miró hacia la casa. El equipo forense estaba saliendo de la furgoneta, así que no debía de haber estado desmayada más de uno o dos minutos. Se apoyó en un pino para ponerse de pie, cosa que hizo poco a poco. Se tocó la cabeza justo por encima de la sien derecha, que era donde le habían golpeado con la piedra y donde le habían dado la patada. Tenía el pelo húmedo y, cuando bajó la mano, comprobó que tenía sangre en la punta de los dedos.

Mierda.

Miró a su alrededor y vio, como a unos treinta centímetros, una piedra con un borde afilado y sangre fresca en él. El atacante le podría haber hundido el cráneo con aquello, pero no lo había hecho. A decir verdad, tenía suerte de seguir viva.

La detective volvió a respirar hondo y, temblorosa aún, empezó a descender por la colina, pero enseguida resbaló, cayó de culo y bajó deslizándose un par de metros. Se quedó sentada unos momentos. Se sentía estúpida. Se puso de pie muy despacio, se sacudió la tierra y la hojarasca, e intentó volver a bajar por la colina, solo que, esta vez, con más cuidado.

Llegó abajo del todo sin volver a resbalarse y se encaminó al Explorer. Duncan salió del coche en cuanto la vio y fue a su encuentro.

—¿Qué coño te ha pasado?

Eve sabía que tenía mal aspecto; sangraba por la cabeza y tenía la ropa manchada. La verdad es que aquel no era un buen comienzo como responsable de una investigación. Sin embargo, siguió hacia delante como si no pasara nada. Puede que, así, su compañero hiciera lo mismo.

—Estaba investigando en lo alto de la colina y he encontrado un saco de dormir y unos restos de comida —comentó Eve sin dejar de caminar. Duncan iba a su lado—. Antes de que me haya dado tiempo a sacar fotos, alguien me ha golpeado por la espalda y ha huido con las pruebas.

—¿Lo has visto?

Desde luego, lo de la bestia peluda no se lo iba a contar. Aquella era una historia absurda que correría como la pólvora por la comisaría y que acabaría con las pocas posibilidades que tenía de conseguir cierta credibilidad entre sus compañeros.

—No —respondió mientras se asomaba por la puerta del copiloto para coger una de las servilletas de papel que Duncan siempre llevaba en el bolsillo lateral de la puerta. El detective se manchaba mucho con la comida.

Duncan señaló hacia la colina con la cabeza:

—Eso ya es el Parque Nacional de Topanga. Está lleno de sintechos y ya sabes que pueden mostrarse muy protectores con sus pertenencias. Lo más probable es que no se haya dado cuenta de que eras policía.

—Se tratase de quien se tratase, desde allí se ve la casa de maravilla. —Se apretó una de las servilletas contra la herida de la cabeza. El papel enseguida se tiñó de rojo—. Así que tenemos que hablar con él.

—Voy a enviar a los forenses allí arriba para ver qué pruebas consiguen y pediré a los guardabosques que busquen a un tipo sospechoso que huye y que lleva un saco de dormir.

—Advierte a los forenses de que la sangre de la piedra es mía.

Duncan le echó una miradita a la herida de su compañera.

—Es un corte feo, tienes que ir a urgencias.

—¡Al diablo con eso!

La policía hizo una bola con la servilleta, se la metió en el bolsillo, fue hasta el maletero de su vehículo, lo abrió y buscó una gorra del Departamento del Sheriff del Condado de Los Ángeles que sabía que andaba por allí. En cuanto dio con ella, se la puso con cuidado para esconder la sangre del pelo.

—¡Hala, ya está!

Duncan se quedó mirando a su compañera y esta le mantuvo la mirada. A Eve le dolía la herida como si le hubieran partido el cráneo en dos.

—¿Qué pasa? ¿Acaso me vas a venir con que, a menudo, las personas que sufren heridas en la cabeza y que no van al médico mueren horas después debido a hematomas subdurales?

—No sé de qué me estás hablando. Lo que te quería decir es que los críos de Tanya no han ido hoy al colegio.

Eve miró hacia la casa, pensó en las dos mochilas que había sobre aquellos charcos de sangre y la embargó un potente y repentino miedo.

5

Media hora después, Eve y Duncan seguían esperando una orden del juzgado que permitiera que el equipo forense entrara en la casa. Dos de los técnicos forenses estaban en lo alto de la colina y los otros cuatro estaban poniendo una alfombrilla de papel entre la acera y la puerta de la cocina, preparándose para entrar.

Aunque Eve notaba que la gorra se le había pegado a la sangre seca de la cabeza, por lo menos, el dolor estaba remitiendo. Se sentía ansiosa por ponerse a trabajar, así que reunió a la media docena de agentes de uniforme junto a su vehículo y se dirigió a ellos en grupo:

—Quiero que habléis con los vecinos. Sé que la casa está aislada, pero existe la posibilidad de que alguien haya visto u oído algo. Id también a las diferentes salidas de las sendas del Parque Nacional de Topanga y tomad las matrículas, las marcas y los modelos de los coches que haya aparcados en ellas. Retened a cualquiera que vaya con un saco de dormir. —Miró a Duncan, que estaba en el coche, con el aire acondicionado puesto, pero con la puerta ligeramente abierta—. ¿Me he dejado algo?

—Nada.

Justo en ese momento, al detective le sonó el móvil y respondió.

—De acuerdo, ya tenéis trabajo —les dijo Eve a los agentes—. Me entregaréis los informes en la comisaría.

Los agentes asintieron y se marcharon. Uno de los forenses, que iba vestido con uno de esos trajes protectores completos y con botas, se acercó a Eve desde el jardín trasero. Era alto, muy delgado y tenía una nuez tan grande que parecía que el hombre estuviera intentando tragarse una pelota de béisbol. Se llamaba Lou Noomis y era uno de los dos técnicos que habían ido a investigar lo de la colina.

—¿Habéis encontrado algo?

—Poca cosa. Hemos sacado algunas fotos y hemos recogido todo esto.

El forense levantó con una mano una bolsa de pruebas en la que había tierra y con la otra, una en la que había pedazos de corteza de árbol.

—¿Y para qué queréis eso?

—En uno de los árboles olía a orina, así que hemos tomado muestras de la tierra y de la corteza del árbol para conseguir el ADN.

—¿Y cómo sabes que se trata de la meada de un ser humano y no de la de un animal?

—Huelen diferente.

El forense hizo ademán de acercarle las bolsas para que las oliera, pero la detective le dijo que no con las manos con mucha celeridad.

—¡Te creo, te creo!

Duncan salió del coche y guardó el móvil en el bolsillo.

—Tenemos la orden.

Eve, Duncan y los forenses se pusieron guantes de goma y protectores en los zapatos.

Nan Baker, la mujerona negra de cuarenta y tantos que dirigía el equipo, se puso la capucha del traje, cogió su bolsa y guio a los demás por la alfombra de papel como si se tratara de un general y fueran a la batalla.

Eve entró en la cocina más despacio en esta ocasión y prestó más atención a los detalles en los que no se había fijado la primera vez. Aquella cocina por lo menos tenía veinte años. Los electrodomésticos eran viejos y la encimera estaba hecha con baldosas de granito. Eve se fijó en una serie de imanes que había en la puerta de la nevera y que sujetaban algunos dibujos de los niños, un calendario escolar y unos cupones de descuento. Eran imanes del Domino’s, de Mr. Plunger, de una empresa de jardinería y de otros restaurantes y servicios. Uno de los forenses se quedó en la cocina y empezó a tomar fotografías de la sangre.

En el suelo había un bolso que parecía que se le hubiera caído a alguien. Parte del contenido estaba esparcido, un bálsamo labial en barra y una botellita de desinfectante para manos. Eve se acuclilló junto a él y miró en su interior con ayuda de un bolígrafo.

—No hay ningún móvil y tampoco están las llaves de la casa. —Pescó la cadena de unas llaves de coche con el logotipo de Ford, la sacó del bolso y la sostuvo con el bolígrafo—. Ahora bien, las llaves del coche continúan aquí.

El forense abrió una bolsita de pruebas y se la acercó para que metiera las llaves.

—Eso nos ahorra las molestias de tener que forzar la cerradura —comentó el técnico.

Eve dejó caer las llaves en la bolsita, se puso de pie y siguió a Duncan al salón.

Otro de los forenses lo estaba fotografiando todo. Duncan se detuvo junto a los charcos de sangre en los que estaban las mochilas y se quedó mirándolos. Eve enseguida supo en qué estaba pensando, en que los niños también debían de estar muertos o gravemente heridos.

Eve fue al dormitorio de Caitlin y se encontró a Nan, que estaba inclinada sobre un estante lleno de muñecas Barbie con las piernas cruzadas y salpicaduras de sangre en sus felices caritas de plástico.

—¿Cuál es tu primera impresión? —le preguntó la detective.

Nan se puso recta y le respondió sin mirarla:

—Aquí ha muerto gente.

—¿Cuánta?

—Desde luego, más de una persona, basándome en la cantidad de sangre que se ve y, en especial, en los patrones de salpicaduras que hay por las paredes, que indican traumatismos debidos a golpes fuertes o cortes arteriales, además de que hay múltiples manchas de saturación en la moqueta, lo que apunta a grandes pérdidas de sangre. Vuelve a preguntármelo dentro de unas horas. —En ese momento, sí que la miró—. Nos vamos a tirar mucho tiempo analizando este escenario.

—¿Cuánto es mucho para ti?

—Como poco, un par de días.

Alguien llamó a la detective desde fuera. Eve dio media vuelta y volvió a la cocina, desde donde salió al jardín trasero. El agente Ross la estaba esperando allí.

—Acaba de llegar en una camioneta un tipo que dice que vive aquí. Se llama Jared Rawlins.

Duncan se les unió:

—¿Qué sucede?

—Ha llegado el novio —le respondió Eve, que no estaba segura de cómo enfrentarse a aquello.

No cabía ninguna duda de que, dado lo que les había contado Alexis, se trataba de un sospechoso evidente, pero, claro, si era el responsable de lo que había sucedido allí, volver al escenario del crimen justo en aquel momento era bastante estúpido. Decidió que lo mejor era dejar que el comportamiento de Jared y el lenguaje corporal de Duncan le indicaran qué táctica debía seguir.

Eve y Duncan se quitaron los guantes de goma y siguieron al agente Ross hasta la parte principal de la casa, donde el agente Clayton montaba guardia delante de una camioneta Ford-150 cubierta de barro para impedir que se marchara. El hombre que se sentaba al volante estaba muy moreno, tenía barba de un día y lucía un corte de pelo militar para que no se notara tanto que estaba empezando a quedarse calvo.

Duncan se acercó a la puerta del conductor. Jared tenía la ventanilla bajada.

—Señor Rawlins, soy el detective Pavone y ella es la detective Ronin.

—¿A qué viene todo esto? ¿Qué hacen en mi casa?

—Baje de la camioneta y hablaremos del tema.

Jared suspiró, apagó el motor y bajó del vehículo. Eve lo miró con atención. Era un hombre musculoso que pasaba mucho tiempo al aire libre. Vestía una camiseta sin mangas y unos pantalones cortos que habían perdido el color, y tenía el pecho y los brazos tan morenos como la cara y el cuello. Sus botas de trabajo estaban cubiertas de barro.

—Bueno, ¿van a decirme ya lo que está pasando? ¿Por qué no puedo entrar en mi casa?

Para Eve, la ira con la que había pronunciado aquella última frase no tenía mucho sentido.

—¿Tiene usted alguna razón para estar tan molesto, señor Rawlins?

—¿Acaso no estaría usted también molesta si llegara a su casa y se encontrara con un montón de policías que no la dejan entrar en ella?

—No, lo primero que querría es saber si Tanya y los niños están bien.

—¿Por qué? Ella está en el trabajo y ellos en el colegio. Ahora mismo, el problema es que algo está pasando en mi casa y que nadie me dice de qué se trata ni me deja pasar.

Aquel enfado empezaba a cobrar algo más de sentido. Para él, la casa se había convertido en un campo de batalla, primero con Tanya y, ahora, con la policía. Lo que quería aquel hombre era reivindicar sus derechos sobre lo que era suyo. Lo que le preocupaba a Eve no sabía ni de lejos cómo plantearlo.

—Ni Tanya está trabajando ni los críos están en el colegio —le soltó Duncan—. Los tres están desaparecidos.

—¿A eso viene todo este jaleo? —Jared se echó a reír—. Por Dios, eso no tiene ninguna importancia.

—¿Por qué lo dice? —le preguntó Eve.

—Porque esa tía está como una cabra. Podría haberse despertado por la mañana, haber visto lo azul que estaba el cielo y haber pensado: «¡Vaya, pero si es un perfecto día de playa! ¡Lo voy a mandar todo a tomar por el culo y voy a pasar el día con los niños!». Así es ella. No sé quién les habrá llamado, pero se ha asustado por nada.

—Lo que ha asustado a quien nos ha llamado ha sido la sangre.

—¿La sangre?

—Hay sangre por toda la casa, señor Rawlins —comentó Duncan—. De hecho, su casa parece una carnicería.

Jared se quedó mirándolos un buen rato, sin decir nada, estudiando las caras de los policías, como si estuviera dándole vueltas a algo.

—Han dicho que Tanya y los niños no están, ¿no?

—Y el perro tampoco —añadió Eve.

—Así que solo hay sangre.

Duncan ladeó la cabeza y estudió a Jared:

—¿Qué quiere decir con eso de «solo hay sangre»?

—Miren, estábamos teniendo problemas y le pedí que se mudara. Puede que esta sea su manera de vengarse. Puede que se haya vuelto loca y haya tirado un cubo de sangre de cerdo por toda la casa y se haya largado.

—Eso me parecería desproporcionado —dijo Eve.

—Es actriz... o, al menos, eso cree ella. ¡Todo lo convierte en un drama! Le encantaría recibir toda esta atención.

Eve sabía que no debía pasar por alto la posibilidad de que el hombre tuviera razón, pero las salpicaduras le decían que allí había sucedido algo tan violento que no podría representarse, sencillamente, tirando cubos de sangre por la casa. Además, tenía la sensación de que a Tanya le iba a costar horrores conseguir que pareciera que allí había habido una gran pelea.

Aun así, la detective se obligó a mantener una mentalidad abierta y a contemplar todas las posibilidades. Dar por hecho algo tan pronto en una investigación podía desembocar en la visión de un túnel que le impediría ver las pruebas que no reforzaran su teoría, lo que resultaba especialmente peligroso en las primeras horas de una investigación. Aquello lo había aprendido en los libros, no es que lo supiera por experiencia.

Duncan sacó la libreta del bolsillo trasero del pantalón, pulsó el botón que sacaba la punta del bolígrafo y se dispuso a garabatear:

—¿Cuándo ha sido la última vez que ha visto a Tanya y a los críos?

—El martes por la noche, antes de irme a la cama. Salí de casa a las tres de la mañana para llegar pronto a Lancaster y ponerme con unos focos que había que transportar para una peli de vaqueros que Kevin Costner está rodando en el desierto.

—¿Y es de allí de donde viene? —le preguntó Eve.

Era jueves por la tarde.

—Estaba agotado después del rodaje, por lo que me quedé a pasar la noche en un hotel. Bueno, para ser sinceros, quería dormir en una cama de verdad. Estoy harto de pasar las noches en el sofá.

—Esta es su casa —comentó Duncan—, ¿por qué no es Tanya la que duerme en el sofá?

—Porque soy un caballero de mierda.

Eve vio la oportunidad y la aprovechó:

—En ese caso, no le importará ser un caballero y acompañarnos a la comisaría de Lost Hills para que lo interroguemos.

—Claro que no.

—¿Y le importa que le echemos una ojeada a su camioneta? —le preguntó Duncan.

Jared sacó las llaves del bolsillo y se las tendió al detective.

—En absoluto.

—Se lo agradecemos. —Duncan le tiró las llaves al agente Ross, que las cogió al vuelo—. El agente le dará ahora mismo una hoja de consentimiento para que la rellene y la firme, con la que nos autoriza a registrar su vehículo. Cuando haya acabado, lo llevaremos a la comisaría.

—¿Me la limpiarán? —preguntó Jared, divertido con la ocurrencia.

—Es un registro, no una limpieza.

Jared se encogió de hombros y acompañó al agente en dirección a uno de los coches patrulla para rellenar el formulario. Los detectives se quedaron mirando cómo se alejaba.

—Ni en los brazos ni en las piernas le he visto cortes o magulladuras sospechosas que pudieran sugerir que ha forcejeado o luchado con alguien —comentó Eve.

—Sí, ha sido muy amable al aparecer con una camiseta sin mangas y con pantalones cortos para que hayamos podido comprobarlo.

—Es lo que suelen llevar los operadores de cámara. Trabajan mucho en el exterior.

—También resulta muy apropiado que estuviera trabajando en un rodaje fuera de la ciudad mientras mataban a alguien en su casa, ¿no?

Eve estuvo a punto de rebatir aquello porque, técnicamente, no sabían si había algún muerto, pero, entonces, se acordó de lo que le había dicho Nan: «Aquí ha muerto gente».

—Crees que es el culpable, ¿no? —dijo Eve.

—Los caballeros de mierda suelen serlo.

6

La comisaría de Lost Hills estaba en Agoura Road, una carretera que discurría a lo largo de la parte sur de la autopista 101 y que cruzaba las pequeñas ciudades de Agoura y Calabasas.

Eve llevó a Jared por el pasillo hasta una de las salas de interrogatorios.

—Señor Rawlins, ¿quiere una coca-cola o alguna otra cosa?

—Sí, una coca-cola estaría bien y un snickers o alguna otra chocolatina, si tienen. ¡Me muero de hambre!

—A ver qué hay. —Eve acercó una silla para que el hombre se sentara—. Póngase cómodo, que enseguida volvemos.

La detective salió de la sala, dejó la puerta abierta y se unió a Duncan en el pasillo, donde Jared no podía verlos ni oírlos.

—Tú lo entrevistas y yo confirmo su coartada, ¿de acuerdo? —le dijo Duncan.

—Vale.

Ambos se giraron para dirigirse a la sala de la brigada y a punto estuvieron de chocar con el capitán Moffett. El hombre tenía cuarenta y tantos y su uniforme estaba tan almidonado que Eve siempre pensaba que tenía que ser como llevar puesto un traje de cartón. Esa rigidez, sin embargo, encajaba con su personalidad. Hacía poco que había reemplazado al anterior capitán, al que habían despedido por acosar sexualmente a una de las agentes, que también había dejado el cuerpo y había demandado al departamento por dos millones de dólares.

—Estaba a punto de llamarlo —le dijo el capitán a Duncan—. Los forenses han pedido más recursos para examinar con mayor detenimiento el escenario del crimen. Dicen que no habían visto tanta sangre en su puta vida.

—Ni yo, capitán.

No hacía falta decir que Eve tampoco, pero no es que al capitán le importara lo más mínimo. El hombre la ninguneaba, lo que había sido su método de actuación habitual desde el día en que la había emparejado con Duncan.

—¿Necesita usted algo?

—Un equipo de búsqueda y unos perros para ver si damos con los cadáveres en el bosque que rodea la casa.

—Dejémonos de momento de equipos de búsqueda. Llamaría demasiado la atención y enviaría el mensaje equivocado.

—¿A qué mensaje se refiere, señor? —preguntó Eve.

El capitán le echó una de esas miradas que matan.

—Sería como decir que la familia está muerta y que no sabemos una puta mierda. —Volvió a centrarse en Duncan—. Manténgame informado.

El capitán se fue y Duncan miró a Eve y sacudió la cabeza.

—Felicidades, creo que acabas de anotarte un montón de puntos al cuestionar sus órdenes.

—Es que quiero entender su razonamiento.

—No es necesario. Tu trabajo consiste en saludar y en obedecer.

—No es por eso. No le gusto porque se vio forzado a ascenderme.

—Eso no nos gustó a ninguno... y, claro, no todos lo llevan tan bien como yo.

—Ya, pero tú lo llevas bien porque estás a punto de jubilarte.

Duncan entró en la sala de la brigada, que estaba llena de cubículos y archivadores. También había una máquina expendedora, un microondas, una nevera pequeña y, en una mesa del fondo, una caja enorme de barritas de muesli Nature Valley, sacarina para el café y cereales de desayuno. El detective se dirigía a su cubículo e Eve estaba a punto de ir a por la coca-cola y la barrita cuando se toparon con los detectives Wally Biddle y Stan Garvey, conocidos por todos en la comisaría como Crockett y Tubbs.

—Dónuts, he oído que te ha tocado uno con mucha sangre —soltó Biddle.

Biddle se teñía el pelo como si fuera un jovencito playero y le gustaba vestir ropa de diseño que compraba en un centro comercial de tiendas de ofertas que había en Camarillo. El tipo había nacido en Los Ángeles y había soñado con ser un gran surfista; la cosa es que se le daba bien, pero no lo suficiente como para llegar a ser un profesional.

Duncan miró a Eve:

—Crockett y Tubbs no saben lo cerca que han estado de quedarse el caso. Nos debéis una, chavales.

Eve siguió hacia la máquina expendedora y Biddle y Garvey acompañaron a Duncan a su cubículo.

—¿Qué te parece si te alegramos el día? —le dijo Garvey.

Garvey era negro y no le parecía mal que lo apodaran Tubbs. A menudo hablaba de que iba a dejar la policía para ser productor. Muchas de las estrellas de Hollywood vivían en Malibú, en Hidden Hills o en Calabasas, y que lo hubieran asignado a Lost Hills había puesto a Garvey en la órbita de toda aquella gente. Cuando no estaba de servicio, trabajaba de seguridad en las fiestas de los famosos y en los estudios de rodaje. A Eve no le cabía duda de que Garvey no habría arrestado a Puño Mortal si hubiera estado en su lugar.

—Tú dile al capitán que no queréis el caso y os lo quitamos de las manos —le dijo Biddle.

Eve estaba metiendo monedas en la máquina expendedora y escuchaba todo lo que decían, al fin y al cabo, la sala de la brigada no era tan grande.

—A ver, que a ti te respetamos —añadió Garvey—, pero es que Puño Mortal no va a tener ni idea de por dónde tirar y a ti te quedan dos días. Pero si casi te has jubilado. Tú tendrías que estar tomándotelo con calma.

—No es justo que tengas que hacer el trabajo de dos detectives.

—No es el caso, es ella la que va a hacer el trabajo de dos detectives.

Eve se agachó para coger la lata de coca-cola, lo que hizo que le doliera el golpe del estómago y la obligó a hacer un gesto de dolor. Se enderezó, cogió dos barritas de muesli de la enorme caja de Nature Valley y se dirigió al cubículo de Duncan. Biddle y Garvey ya se iban.

La detective esperó a que se hubieran marchado y le preguntó a su compañero:

—¿Has dicho eso porque confías en mis aptitudes y en mi habilidad o porque, a estas alturas, todo te importa una mierda?

—Por ambas cosas.

«Eso no está tan mal», pensó ella.

Eve fue a su cubículo, abrió el cajón del escritorio y buscó su bote de pastillas contra el dolor, un analgésico cuyos efectos duraban unas doce horas y que solía tomar para mitigar los problemas menstruales. Supuso que también serviría contra aquel dolor y se tragó una pastilla de golpe.

Luego, volvió a la sala de interrogatorios, dejó las barritas y la coca-cola en la mesa, justo delante de Jared, y se sentó frente a él.

—No tenemos chocolatinas, espero que le valga con esto.

—Gracias —respondió Jared, que, a continuación, abrió la lata de refresco.

Eve sacó la libreta y el bolígrafo.

—¿Cómo se conocieron Tanya y usted?

Jared le dio un sorbo a la bebida.

—Fue hace un par de años. Ella acababa de llegar de Merced. Yo estaba trabajando en CSI y ella era un cadáver. Es el mejor papel que le han dado hasta la fecha: nada de texto, pero muchos primeros planos.

—¿Cuándo se fueron a vivir juntos?

—Casi de inmediato. Ella vivía con los niños en Van Nuys, en un apartamento de mierda de una sola habitación, y no podía permitirse pagar un canguro. —Estiró la mano para coger la barrita de muesli, la abrió con los dientes y sacó parte de ella—. Por lo tanto, que se vinieran a casa era la única manera de que Tanya y yo pudiéramos estar juntos, no sé si sabe a qué me refiero. —Le guiñó el ojo—. Funcionó durante un tiempo.

—¿Qué salió mal?

Jared le dio un mordisco a la barrita mientras pensaba la respuesta.

—Entre mi trabajo, el suyo de camarera y su incansable búsqueda de papeles, apenas nos veíamos. Poco a poco, empecé a quedarme más y más en casa, cuidando de sus maleducados hijos y de Jack Shit, el nombre perfecto para un perro apestoso. Además, lo pagaba yo casi todo. Me había convertido en uno de esos viejos con pasta que mantienen a jovencitas, pero sin beneficio alguno y con todos los males de cabeza. Así que le di treinta días para que se marchase.

—¿Hace cuánto de eso?

—Hace unos dos meses.

Mordió la barrita y le dio un sorbo a la coca-cola.

—Tiene que resultar frustrante que continúe en su casa.

No es que Eve estuviera simpatizando con los problemas de aquel hombre; ella simpatizaba con Caitlin y con Troy. Aquellos niños habían debido de sentir una tensión terrible, unos niños que estaban atrapados con una madre que casi nunca estaba en casa y con el novio de esta, que no los quería. Seguro que Caitlin se había tenido que hacer cargo de la situación y cuidar tanto de ella como de su hermano. Eve sabía bien lo que era aquello, solo que ella había tenido que cuidar de dos hermanos. A menudo, además, se había sentido como si su madre fuera otra niña a su cargo, solo que una niña mucho más difícil de controlar. Se preguntó si Caitlin se sentiría igual con Tanya.

—Desde luego, no le voy a negar que me gustaría recuperar mi cama. El sofá me está matando.

—¿Estaba haciendo Tanya algún esfuerzo por mudarse?

—El otro día me dijo que había conocido a una agente inmobiliaria que la iba a ayudar. Iban a quedar ayer, después de la clase de pilates.

—¿A qué hora tiene esa clase?

—A las nueve, cerca de la oficina de correos de Topanga.

Eve asintió mientras tomaba notas. Sabía dónde estaba el sitio.

—¿Conoce usted a esa agente inmobiliaria?

—No, solo sé que van a la misma clase de pilates.

Eve decidió seguir en otra dirección.

—¿Qué sabe del exmarido de Tanya?

—¿De Cleve? No lo conozco. —Jared también abrió la segunda barrita de muesli con los dientes—. Ve a los chavales en vacaciones. Tanya se los deja en un McDonald’s que hay cerca de la autopista, en Bakersfield, a mitad de camino entre Merced y Los Ángeles. Tanya no quiere que yo vaya, y me parece bien. Ese es mi día libre.

—¿Recuerda usted cómo se llamaba el hotel en el que se alojó anoche?

Aquel había sido un cambio de conversación brusco, pero Eve lo había hecho a propósito para ver si lo pillaba con la guardia baja. No le salió bien.

—Tengo algo incluso mejor. —Jared metió la mano en el bolsillo, sacó un papel doblado y lo deslizó por la mesa hasta dejarlo delante de la detective—. La factura.

Eve desdobló el papel y lo leyó. Decía que el hombre había alquilado una habitación en un Holiday Inn Express a las siete de la tarde del miércoles y que lo había dejado a las diez de la mañana del día siguiente. Lancaster estaba en el desierto de Mojave, a unos ciento diez kilómetros al norte de la ciudad de Los Ángeles. Eso eran unos noventa minutos en coche si la circulación era normal, pero se podía hacer en algo menos de una hora si pisabas el acelerador a fondo y no había tráfico. Eve lo sabía bien porque era allí donde había estado trabajando antes de que la trasladasen a Lost Hills después de que el vídeo de YouTube se hiciera viral. En Lancaster, también era el Departamento del Sheriff del Condado de Los Ángeles el que se encargaba de hacer cumplir la ley.

—¿Podría alguien confirmar que estuvo usted en la habitación toda la noche?

Jared esbozó una sonrisita de medio lado y sacudió la cabeza.

—¿De verdad cree usted que alquilé una habitación, que conduje hasta aquí, que les hice algo terrible a Tanya y a los niños y que volví al hotel a tiempo de dejar la habitación? ¿Por qué piensa que soy tan gilipollas?

Eve sabía que la gente suele ser más gilipollas de lo que quiere hacer creer, pero se limitó a encogerse de hombros.

—Mi trabajo consiste en pensar lo peor de las personas. Convénzame de que, en efecto, no es usted ningún gilipollas.

La sonrisita se convirtió en una sonrisa.

—Pregúnteselo a Jen. Ella le confirmará que no salimos de la habitación.

La madre de Eve también se llamaba Jen, diminutivo de Jennifer. Aquel era otro desagradable paralelismo entre su vida personal y el caso, y se sintió dolida, aunque no sabía por qué; ahora bien, tampoco iba a pararse a analizarlo. Lo dejó pasar, como hacía con todos los dolores, fueran físicos o emocionales.

—¿Tiene apellido esa Jen?

—Seguro que sí. Yo no lo conozco, pero podría investigar. Es decoradora de interiores en la película en la que trabajo. No engañé a Tanya, nos habíamos separado hacía semanas y uno tiene ciertas necesidades.

Eve arrancó una página de la libreta y se la pasó a Jared junto con el bolígrafo.

—Le agradecería que apuntara todos aquellos lugares a los que Tanya acude con regularidad. Gimnasios, clases de teatro, ese tipo de cosas. Además, anote los nombres y las direcciones de tantos amigos y familiares como recuerde. Mientras lo hace, voy a ir a ver si hemos acabado con su camioneta y, si es así, le acerco a casa. ¿Quiere otra coca-cola o alguna otra cosa?

—No, gracias.

—Vuelvo enseguida. El cuarto de baño está al otro lado del pasillo, por si acaso.

Eve cerró la libreta, cogió la factura y salió de la sala de interrogatorios.

7

Eve arrastró una silla hasta el cubículo de Duncan y se sentó junto al escritorio. Duncan estaba comiéndose un dónut de azúcar y mirando una fotografía que tenía colgada en la pared, cuya imagen era la vista que tenía del desierto desde el jardín trasero de su apartamento de Palm Springs. Allí pasaba los fines de semana y las vacaciones, y su idea era convertirlo en su residencia habitual en cuanto se jubilara. La verdad es que parecía que el hombre anhelara estar allí en aquel instante.

—¿Qué tal te va con el caballero de mierda?

—Pues no parece que esté preocupado ni lo más mínimo por Tanya y por los niños, lo que resulta extraño. Puede que se deba a que se alegra de no tenerlos ya en casa.

—¿Qué le pasa con ellos?

—Que se ha cansado de pagar las facturas de ella y de ocuparse de los niños. Mucho trabajo y nada de sexo.

—Así es la vida.

—Se supone que, ayer, Tanya iba a quedar con una agente inmobiliaria que había conocido en su clase de pilates para que la ayudara a encontrar una nueva casa.

—He hablado con el jefe de producción de la película. Dice que Jared estuvo trabajando en Lancaster hasta el miércoles por la tarde noche. Todo el equipo podría asegurarlo. Incluso se hicieron una foto de grupo con Kevin Costner cuando acabaron la jornada. Eso, claro está, no quiere decir que Jared no volviera a casa por la noche.

—Para eso también tiene coartada. Ha declarado que hay una mujer que puede asegurar que pasaron toda la noche en la habitación de un hotel y, además, tiene esto...

Eve le tendió la factura. Duncan la leyó y se la devolvió.

—¡Vaya, qué raro que no tenga una deposición firmada para adjuntarla a la fotografía con Costner y a la factura!

—¿Y la camioneta?

—Los forenses dicen que parece que está limpia. Con eso, se refieren a que no han encontrado sangre ni nada inusual en una búsqueda rápida. En cualquier caso, han cogido muestras de tierra y de fibras para analizarlas y asegurarse. Aun así, el caballero de mierda sigue estando el primero en mi lista de sospechosos.

—Ya, pero eso es porque es el único nombre que tenemos hasta el momento.

—Tiene un motivo importante.

—Pero no ha tenido ninguna oportunidad.

—Quería que salieran de su vida. Podría haber contratado a alguien para que lo hiciera.

Eso era verdad, pero Eve no creía que fuera así.

—¿Has hablado con el exmarido de Tanya?

—La policía de Merced ha ido a su casa. Estaba abatido por la desaparición de los niños. Hace semanas que no sale de Merced y su jefe asegura que ha ido a trabajar los dos últimos días. Incluso hay vídeos de las cámaras de seguridad de la oficina y de su propia casa que lo demuestran. Me han enviado enlaces para ver las imágenes.

—¿Ha habido actividad en el móvil o en las tarjetas de crédito de Tanya?

—No.

—Así que estamos como al principio... con una familia desaparecida y una casa llena de sangre.

—Si yo fuera tú, escribiría unas cuantas notas para el informe del caso y, después, volvería a la casa para dar otro paseo por el escenario del crimen. Puede que los forenses ya tengan claro lo que ha sucedido.

—¿Y qué vas a hacer tú?

—Voy a practicar para la jubilación: cenaré con la parienta y haremos un maratón de Downton Abbey.

Eve volvió a la sala de interrogatorios y Jared le entregó la hoja de papel. No había escrito gran cosa. Solo había puesto a dos amigas —una de ellas Alexis— y los nombres de la peluquera de Tanya, del salón de uñas que frecuentaba, del gimnasio donde hacía pilates y de una escuela de teatro a la que acudía. O la mujer no tenía mucha vida social o a Jared no le importaba lo más mínimo lo que hacía.

—Muchas gracias por la lista. Ahora mismo le pido a un agente que le lleve hasta la camioneta, aunque va a tener que buscar usted un sitio donde dormir.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Durante unos días.

Jared se paró a pensar en aquello.

—¿Me reembolsarán lo que me gaste en caso de que no encuentre algún amigo del que tirar y me tenga que ir a un hotel?

—¿Por qué íbamos a hacerlo?

—Porque son ustedes quienes no me permiten volver a casa.

—En su casa hay sangre por todos los lados y es muy probable que se trate del escenario de un crimen. Estamos procesando las pruebas. ¿De verdad pasaría usted la noche allí si se lo permitiéramos?

—¿Y la ropa? ¿No puedo coger nada?

—Lo siento, pero, ahora mismo, no podemos permitir que saque nada de la casa.

—Así que también voy a tener que comprar ropa...

—Parece que sí.

Jared sacudió la cabeza y se puso de pie.

—¡Qué putada, joder!

Eve le pidió el número del móvil, le dio su tarjeta y le dijo que le informara de dónde se alojaba en cuanto lo supiera.

Cuando Jared se marchó, la detective fue a su cubículo, se sentó en su escritorio, anotó todo lo que había sucedido aquel día y escribió los informes pertinentes. El analgésico ya le estaba haciendo efecto y, por lo tanto, empezaba a sentir hambre. No había comido y hacía horas que tampoco bebía. Llamó al Domino’s para encargar una pizza pequeña y una coca-cola, y pidió que se la entregaran en la recepción. Cenó en su cubículo y se manchó la blusa de tomate, pero, bueno, ya estaba manchada de tierra... Eran algo más de las nueve cuando acabó con el papeleo y se dirigió a Topanga en el sencillo Ford Explorer.

La casa y los jardines estaban iluminados con focos portátiles de manera que los forenses pudieran ver bien adónde iban y que los agentes fueran capaces de detectar posibles intrusos. Una de las ventajas de estar en una zona tan apartada de Topanga era que los agentes no tenían que echar a muchos vecinos o mirones. Aunque eso no iba a tardar mucho en cambiar. En un momento dado, Eve vio dos furgonetas de equipos de televisión que llegaban para emitir en directo durante las noticias de la noche. En cuanto los detalles salieran a la luz, aquello se llenaría de periodistas y de curiosos.

Eve se puso unos guantes de plástico y unos protectores de zapatos en el coche y entró en la casa por la cocina. Aquella era la tercera vez que estaba en el escenario del crimen y cada una de las visitas le había provocado una reacción distinta. La primera había sentido la urgencia de la misión que la ocupaba y la conmoción de lo que estaba viendo. La segunda, su reacción había sido emocional. En esta tercera ocasión, se sentía indiferente, su interés era más analítico y estaba más centrada en los detalles. Puede que se debiera al cambio que habían sufrido tanto la casa como las circunstancias.

Ahora había numerosos conos de plástico multicolor por el suelo y pedazos de cinta adhesiva numerados en las paredes para destacar las diferentes pruebas. En la casa había muchos más técnicos, ya fuera recogiendo muestras, sacando fotos o tomando medidas, y el ambiente de trabajo era continuo, estaba cargado de actividad e intención. Sin duda, aquel era un escenario que estaba preparado para el segundo acto.

Eve se acercó a la nevera y analizó el dibujo de un perro que había hecho uno de los niños con ceras y que estaba sujeto con el imán de Mr. Plunger. Lo más probable es que se tratara de Jack Shit. No le llamó la atención porque se tratase de una obra de arte que le provocaba un impacto emocional, sino por las manchas de sangre que había en el papel, a la altura de sus ojos. Estas se hacían más grandes a medida que Eve seguía el rastro por los armarios y hacia abajo, hacia las cajas de cereales y de barritas de muesli que había en la encimera.

Nan Baker entró en la cocina e Eve se volvió. La jefa de los forenses llevaba una mascarilla quirúrgica que le tapaba la nariz y la boca.

—¿Podrías decirme qué ha pasado aquí?

Nan se bajó la mascarilla para hablar.

—Podría asegurar con bastante certeza que en esta casa han acuchillado y desmembrado a tres personas y a un perro.

8

A Eve no le sorprendía la conclusión de Nan, si bien confirmaba sus peores temores sobre aquello a lo que se estaba enfrentando.

—¿Cómo estás tan segura?

—Hay tres tipos de manchas de sangre diferentes en tres zonas distintas de la casa, tres puntos de la moqueta en los que la saturación de sangre es significativa y tres lugares donde hay patrones de arrastre, tanto en la moqueta como en el suelo del baño. Eso me dice que aquí atacaron a tres personas, que cayeron, sangrando muchísimo durante un tiempo y que, después, las arrastraron al cuarto de baño, donde hemos encontrado hueso, materia cerebral y otras pruebas que encajan con un posible desmembramiento.

—¿Cómo sabes que es sangre humana?

Nan lanzó una mirada fulminante a la detective y esta se arrepintió de inmediato de haber planteado la pregunta. No obstante, no quería dejar ningún cabo suelto.

—Enseguida me he dado cuenta de que era sangre y, debido a la cantidad y a las salpicaduras, me ha parecido que tenía que ser humana. Aun así, antes de nada, hacemos una prueba con tetrametilbencidina a las manchas para confirmar que estamos en lo cierto. Luego, realizamos una prueba de campo de hemoglobina para determinar si es sangre de animal o de ser humano. A decir verdad, aquí hemos encontrado una pequeña cantidad de sangre animal, pero ya llegaremos a eso.

«Del perro».

—¿Cuándo tuvieron lugar los ataques?

—Determinar el instante justo con las manchas de sangre es complicado y depende de muchos factores ambientales, así que lo mejor que podría darte en estos momentos es una suposición, basada en el clima y en lo seca que estaba la sangre en varios puntos de la casa. Teniendo todo eso en cuenta, yo diría que los ataques se produjeron entre la mañana y la tarde del miércoles, pero es complicado estar seguro sin los cadáveres.

—¿Cuántos atacantes?

—Ahora mismo, las pruebas apuntan a que solo hubo uno. Es un dato que te doy basándome, principalmente, en las huellas que hemos encontrado en la sangre. A menos que el asaltante o asaltantes fueran capaces de levitar, habría sido imposible caminar por una matanza como esta sin dejar huellas de algún tipo, por mucho que llevasen los zapatos cubiertos.

Eve se fijó en lo cuidadosa que era Nan al ofrecerle las conclusiones, siempre cubriéndose las espaldas en caso de que se le hubiera pasado algo por alto o de que saliera nueva información a la luz.

—¿Forzaron la entrada?

—No hemos encontrado pruebas de ello.

La jefa de los forenses de nuevo se estaba cubriendo las espaldas. Aun así, aquellas conclusiones preliminares le dejaban claro a Eve que el asaltante, o tenía llave, o había entrado por una puerta o ventana que no estuviera cerrada.

—Tan solo puedo especular acerca de cuál fue la cadena de acontecimientos —continuó Nan—, pero si tenemos en cuenta la ley de la superposición...

—Las capas de pruebas se depositarán las unas sobre las otras y las más viejas estarán abajo del todo.

Era evidente que a Nan le había molestado aquella interrupción. Eve, no obstante, no pretendía sino demostrarle a la forense que no era necesario que le diera de comer por la boca por mucho que fuera una detective novata. Eve sabía más de lo que la gente creía.

—Sí, eso es. Además, nos proporciona un punto por el que empezar a trabajar. Por desgracia, el asesino se ha llevado pruebas, empezando por los cadáveres. Por otro lado, intentó limpiar con productos de limpieza parte de lo que había hecho, en especial, en el cuarto de baño... pero es que había demasiada sangre. Como le resultó imposible, contaminó los demás restos con lejía y con aceite de motor, un truco que supongo que aprendería en alguno de los capítulos del puto CSI.

Aquello explicaba aquel olor tan raro y por qué le había traído a la cabeza a Eve un taller de coches y una piscina con exceso de cloro.

—Aun así, seguimos pudiendo explicar gran parte de lo sucedido con solo mirar los patrones de las manchas de sangre. El primer ataque sucedió aquí, en la cocina.

Eso ya lo sabía Eve. La sangre era como un guion gráfico y describía la acción de manera tan secuencial como las viñetas de un cómic. Eso se debía a que, tal y como Eve había aprendido en la academia y por su cuenta, existían muchos tipos diferentes de manchas de sangre, cada uno de los cuales indicaba qué acción había ocasionado dicho derramamiento, como los impactos o las manchas proyectadas, las manchas pasivas y las manchas por transferencia. La mancha de una salpicadura, por ejemplo, estaba provocada por una fuerza externa que golpeaba sangre líquida, mientras que una mancha proyectada era resultado de sangre lanzada por una fuente arterial o provocada por un objeto que golpeara la sangre líquida. Una mancha saturada revelaba dónde había caído la víctima y dónde había sangrado profusamente. La detective era capaz de comprender lo que había sucedido en la cocina y lo explicó:

—Tanya fue la primera víctima, a juzgar por la altura de la proyección de esta salpicadura y por el hecho de que el bolso esté en el suelo. Regresó de su clase de pilates de las nueve de la mañana y quería comer algo. Ese es el momento en que se topó con el intruso, que le rajó la garganta. La mujer cayó aquí. —Eve dio unos golpecitos con el pie cerca del charco de sangre—. Pero no es aquí donde se desangró o habría mucha más sangre.

Eve levantó la vista y se encontró con que Nan la miraba con los brazos cruzados.

—Puedes dejar de intentar impresionarme cuando quieras, detective. A mí me da igual cómo llegaste a Homicidios o si estás cualificada para estar aquí. Mi trabajo consiste, única y exclusivamente, en proporcionarte los hechos tal y como los veo. ¿Quieres que te ayude o prefieres seguir con tu análisis? Porque, si te soy sincera, tengo muchísimo trabajo.

Eve notó que se ponía roja. No es que pretendiera impresionar a Nan, por lo menos, de manera consciente; sencillamente, estaba pensando en alto.

—Lo siento. Adelante, por favor.

Nan descruzó los brazos, aceptó la disculpa con un asentimiento y continuó:

—En esencia, tu análisis es acertado. El rastro de sangre indica que el asesino sacó a Tanya a rastras de aquí y que la llevó al dormitorio principal.

La jefa de los forenses guio a Eve hasta el dormitorio principal y se quedó a los pies de la cama.

—La subió a la cama y la apuñaló repetidas veces con furia.

—¿Qué te hace pensar que estaba furioso?

—La gran cantidad de salpicaduras que hay en las paredes, en el cabecero y en la mesita sugieren una sucesión de golpes rápidos y potentes, más como si la estuviera golpeando con un hacha, realmente, que como si la estuviera apuñalando. Algunas heridas han de ser tan profundas que el cuchillo se ha clavado hasta en el colchón.

Nan señaló las marcas profundas y los rasgones que había en el colchón, que estaba empapado de sangre.

—Ha sido una carnicería —comentó Eve.

—Sí, no cabe duda, pero no aquí. Después de apuñalarla, la bajó de la cama a rastras y la sacó de la habitación —Nan se movió de forma abrupta y salió de la estancia, e Eve la siguió hasta la puerta del cuarto de baño— para traerla hasta la bañera, donde la desmembró.

—¿Con qué?

—Lo más probable es que lo hiciera con el mismo cuchillo con el que la mató.

—¿Cómo sabes que fue con el cuchillo y no con otra herramienta?

—Otra herramienta, como una sierra de arco o un hacha, habría dejado fragmentos de hueso y tejido muy diferentes a los que hemos encontrado.

—Vamos, que sabía lo que estaba haciendo.

Nan negó con la cabeza.

—Yo no diría tanto. Cualquiera que haya trinchado un pavo sabe cómo cortar articulaciones. Ahora bien, desmembrar un cadáver es una labor dura y farragosa. Le tuvo que llevar, al menos, un par de horas, y eso, sin contar el tiempo que pasara con el perro.

—¿Dónde mató al perro?

—En la bañera, si tenemos en cuenta las salpicaduras y el pelo que hay en las baldosas. Ahora bien, no puedo asegurar que no matara al perro antes que a Tanya.

—¿Sabes si el cuchillo pertenecía a la casa?

—Yo diría que lo trajo consigo. No falta ningún cubierto en la cocina y, además, creo que el arma que utilizó el asesino está más cerca de ser un chuchillo táctico de caza. Dicho esto, supongo que existe la posibilidad de que alguien de la casa tuviera un cuchillo de estas características, el novio podrá decirte si lo echa en falta o no.

—El asesino estuvo en la casa mucho tiempo. ¿Hay posibilidades de que dejara huellas, de que haya algún pelo, restos de ADN?

—Estamos empolvando todas las superficies, pero no me muestro muy optimista. La investigación preliminar indica que no dejó huellas, lo que me demuestra que llevaba guantes. Guantes para fregar, diría yo.

—¿Por qué crees que guantes para fregar?

—Porque hay una caja vacía debajo del fregadero y porque no hay ni uno solo en toda la casa. También creemos que limpió con productos de limpieza y con lejía que encontró en la casa. —La forense hizo un gesto hacia las garrafas de cinco litros de lejía y de limpiador desengrasante—. Hay más botellas de las mismas marcas en el armario del pasillo.

—Tanya compraba grandes cantidades para ahorrar dinero —comentó Eve.

La madre de la detective hacía lo mismo, todo lo compraba en Costco. Eve también, pero no tanto para ahorrar dinero como para ahorrar tiempo. Si comprabas al por mayor, tenías que hacer menos viajes al supermercado.

—Y pasa lo mismo con las bolsas de basura y con los estropajos —dijo Nan—. También hemos encontrado paquetes de guantes vacíos y envoltorios de bolsas de basura y de estropajos debajo del fregadero.

Eve vio lo que le pareció una pisada en la sangre del suelo del cuarto de baño. Le extrañó que no la hubiera visto hasta entonces.

—¿Es una huella parcial? —preguntó la detective.

—Sí. Yo diría que es una bota de trabajo de hombre. Intentó limpiar la huella, pero hemos conseguido que salga con un espray de colorante leuco violeta, que reacciona con la hemoglobina. Es nuestra arma secreta. Hemos conseguido más pisadas parciales por la casa y en el garaje. Todas ellas están mezcladas con sangre, productos de limpieza y aceite de motor, lo que indica que son posteriores a los asesinatos.

—Me has contado lo de Tanya y lo del perro —dijo Eve antes de formular la pregunta que tanto temía—, pero ¿qué hay de los niños?

—Los cogió en la puerta principal. —Nan llevó a la detective al vestíbulo, hasta las dos mochilas—. Yo diría que regresaban a casa del colegio y que se estaban quitando la mochila cuando el asesino fue a por ellos. Apuñaló primero al niño, probablemente en la garganta, si tenemos en cuenta la salpicadura de la sangre, mientras que la niña corrió al dormitorio. El asesino la persiguió y dejó que el niño se desangrara aquí.

Nan señaló la mancha de sangre que había en la moqueta y que demostraba su teoría, después llevó en silencio a Eve al dormitorio de Caitlin. Las dos se quedaron en el centro de la habitación durante un momento. Eve miró la cama. Estaba deshecha y faltaba la funda de la almohada. Se fijó en las salpicaduras de las paredes, de los peluches y de las muñecas Barbie y sintió un ligero mareo, tras lo que tuvo la sensación de que allí había algo que no encajaba.

—Las salpicaduras se corresponden con alguien casi de mi altura —comentó Eve—. No creo que Caitlin fuese tan alta.

—Eso también me ha llamado la atención a mí. Creo que se subió a la cama y que estaba intentando llegar a la ventana cuando el asesino la alcanzó. La cogió por el cuello o por el brazo con una mano, la levantó con la otra y la remató en el suelo, que es donde se desangró. —La forense señaló con el pie la mancha de sangre saturada que había en la moqueta y los rastros de que habían arrastrado a alguien hacia la puerta—. A continuación, llevó los dos cadáveres hasta la bañera y los cortó en pedazos, metió los pedazos en bolsas de basura que cogió de la cocina y trasladó las bolsas al garaje. Yo diría que es allí donde podríamos tener algo.

—¿Algo importante?

—Casi imperceptible a la vista. —La forense fue hasta el pasillo y se detuvo cerca de la puerta del garaje. Allí se agachó y señaló una gotita de sangre que había en la pared—. Esta gota de sangre es única. Es fresca, no está diluida, y no se encuentra cerca de donde tuvieron lugar los asesinatos.

—Así que cayó después de la matanza.

—Y de aquí solo salió con vida una persona. Puede que se cortara al forcejear con alguna de las víctimas o mientras las desmembraba. Le haremos la prueba del ADN a esta sangre, pero no cantes victoria. Si la persona en cuestión, un progenitor o un hermano, no está en el sistema, no te dirá a quién pertenece.

—Pero serviría para condenarlo en caso de que lo detuviéramos. —Justo en ese instante, una mancha de sangre que había en el suelo llamó la atención de la detective. Era similar a la pisada del cuarto de baño, pero más pequeña y tenía un contorno diferente—. ¿Qué es eso?

—Otra pisada, hecha en la sangre y en el aceite de motor con el que se han diluido las pruebas. La pisada pertenece a uno de los niños y sabemos que está hecha después de las muertes.

—¿Cómo es eso posible?

—Es probable que el zapato se cayera de una bolsa de basura muy llena que estaba acarreando el asesino. Esta pisada deja claro que el asesino hizo lo imposible por llevarse todas las pruebas: la ropa de cama manchada, los guantes, las prendas de vestir... ¡y los cadáveres, por supuesto! Estoy convencida de que, en caso de que hubiera podido, habría arrancado la moqueta y también se la habría llevado.

—Habría sido más sencillo prender fuego a la casa.

—Es posible que no quisiera atraer la atención tan rápido, pero determinar eso es cosa de tu departamento, puesto que yo no soy detective.

El asesino se había tirado horas en la casa, asesinando, desmembrando y limpiando o contaminando las pruebas. No tenía prisa. Eve se preguntaba a qué podía deberse que no estuviera preocupado porque aparecieran Jared o alguna otra persona. ¿O es que los habría asesinado también a ellos de haber sido así? ¿Habría estado vigilando la casa y conocería los horarios laborales de Jared? O, tal y como Duncan había sugerido, ¿habría contratado Jared a un asesino que, por lo tanto, sabía que no iba a llegar nadie más?

Nan abrió la puerta del garaje y ambas mujeres entraron. Allí, a la izquierda, había una lavadora y una secadora y unas estanterías metálicas llenas de garrafas de detergente, de toallitas de papel y de papel higiénico. El suelo era de cemento pintado y había remolinos de sangre a los que el propio asesino había dado forma al intentar fregar aquel desaguisado. Entre los remolinos destacaban un par de pisadas.

—Parece que intentó borrar sus huellas —comentó Eve mientras señalaba una fregona y un cubo que se apoyaban contra una de las paredes, al lado de una bolsa de Walmart en la que asomaban más productos de limpieza y más bolsas de basura.

—El tipo hizo un buen trabajo —soltó Nan—, pero hemos sido capaces de descubrir esas dos.

Eve se acercó al rastro de sangre, junto al que había unas manchas viejas de barro y hojas, de fluidos que habían goteado de un coche a lo largo de mucho tiempo. Eve se preguntó si el automóvil en cuestión sería el Taurus que había aparcado en el camino de entrada.

—¿Habéis encontrado algo en el coche de Tanya?

—No, está limpio. No hay ni una gota de sangre, ni rastro alguno de los productos de limpieza o del aceite de motor que hemos hallado en la casa.

—¿Tenía el asesino su coche dentro del garaje cuando Tanya llegó a la casa o lo metió después, para cargarlo todo?

—Ni idea. Ese es un misterio que deberás resolver tú sola.

Eve pasó unos cuantos minutos más caminando por el escenario del crimen y tomando muchas fotografías con el móvil con la esperanza de descubrir algo nuevo, pero no fue el caso.

Salió de la casa y vio a la reportera Kate Darrow y a su cámara esperando junto a su sencillo Ford Explorer. Darrow era una cara conocida en las noticias locales que quería que la tomaran en serio en el mundo del periodismo, pero que había saboteado sus propios esfuerzos al ponerse pecho y al vestir siempre de manera provocativa. Eve consideraba que era una pena, porque Darrow era tenaz e inteligente, y no le besaba el culo a nadie.

Darrow caía bastante mal en el Departamento del Sheriff porque la periodista se había encargado de entrevistar a las compungidas familias de los pandilleros que los miembros del departamento habían molido a palos en la cárcel del condado. No había excusa para las palizas, pero tanto Eve como la mayoría de sus compañeros estaban furiosos con Darrow porque había pintado a las víctimas —encarceladas por crímenes que iban de la violación al asesinato— como hermanitas de la caridad.

Además, parecía que el escándalo fuera a más cada día que pasaba debido a que iban saliendo nuevas revelaciones. El FBI había acusado a media docena de agentes de pegar a los prisioneros o de amañar peleas entre ellos y organizar apuestas para conseguir unos buenos beneficios. A otros agentes los acusaban de traficar con teléfonos móviles y con drogas entre los prisioneros. Además, muchos otros agentes y supervisores estaban acusados de hacer la vista gorda ante todo aquello.

El último descubrimiento era que tres de los agentes acusados de las palizas a los prisioneros presentaban el mismo tatuaje de una placa de policía y una calavera que quedaba escondido por las mangas de la camisa y que sugería que pertenecían a una sociedad secreta, y puede que racista, dentro del departamento.

Dado el historial de Darrow con el departamento, Eve sabía que hablar con la periodista suponía un gran riesgo. Como la detective dijera algo que no debía, le podría salir el tiro por la culata. Sin embargo, si quería llegar a su coche, no iba a poder evitar a la reportera. Así, la detective fue a la furgoneta de los forenses, se quitó los guantes y los protectores de los zapatos y los tiró en una bolsa de basura. Después, se acercó a su auto con cara de tener mucha prisa.

El cámara la enfocó y la iluminó, y Darrow le puso el micrófono en la boca. Las noticias se emitían a las once de la noche y todavía eran las diez y cuarto, así que, por lo menos, no estaban en directo. Eso alivió un poco la presión que sentía Eve.

—Detective Ronin, ¿qué puede contarnos del baño de sangre que ha tenido lugar en esa casa?

Aquella era una pregunta que más bien parecía un campo de minas.

—Si quiere obtener una respuesta, será mejor que replantee la cuestión.

Darrow esbozó una sonrisa forzada y lo intentó yendo por otro lado:

—Nos ha llegado información de varias fuentes de que en esa casa ha tenido lugar un crimen extremadamente violento y que la familia que vivía en ella está desaparecida. ¿Se trata de un secuestro o de algo peor?

Aquella era una pregunta justa.

—Por ahora, lo único que puedo decir es que Tanya Kenworth y sus dos hijos, Caitlin y Troy, han desaparecido. Por favor, quien los haya visto o haya estado con ellos en las últimas cuarenta y ocho horas que llame a nuestro teléfono gratuito.

—¿Cree usted que están malheridos?

Eve pasó de la pregunta, subió al Ford Explorer y se marchó. Daba igual que no hubiera contestado, estaba segura de que Darrow ya sabía la respuesta a todas las preguntas que le había planteado... y que también las sabrían quienes oyeran las noticias.

Algo que Darrow también sabía.

9

Eve volvió a la sala de la brigada, que estaba vacía para aquel entonces, y ordenó todo lo que sabía del crimen en varias pizarras blancas. Empezó con una cronología y fue añadiendo en ella la información de la que disponían e ilustrando los hechos con fotografías del escenario del crimen, con un primer plano de Tanya que la detective había sacado de la página electrónica de una agencia de extras y con las fotos de Caitlin y de Troy que el colegio de los niños le había enviado a Duncan.

Le vibró el móvil en el bolsillo. Lo cogió y vio que en la pantalla ponía MAMÁ. Respondió a la llamada, aunque no sabía por qué.

—Hola, mamá. Ahora mismo estoy muy ocupada.

—Acabo de verte en las noticias. —Su madre tenía una voz rasposa que los hombres encontraban sexi, pero que Eve sabía muy bien que se debía a tanto fumar y a tanto beber alcohol. Eve habría dicho que olía a tabaco a través del teléfono—. Esa Darrow es un bombón, ¿eh? Parece una actriz que interpreta a una reportera.

—Es por las tetas.

Eve notó que los músculos de los hombros se le ponían muy tensos.

—Por lo menos, ella sabe cómo utilizarlas.

—Soy policía, mamá, no sería apropiado que me vistiera como ella a menos que fuera de incógnito en una misión en la que hiciera de acompañante femenina.

—A su lado, parecías lesbiana. No te das cuenta de lo afortunada que eres... ¡Vas a salir mucho por la tele!

—No es lo que busco.

Eve sabía que a su madre le enfurecía que no le diera importancia a algo que ella había ansiado toda la vida y que consideraba de valor incalculable.

—La cámara la adora y a ti también podría adorarte... si hicieras un esfuerzo. Se tarda dos segundos en ponerse un brillo de labios y harías milagros con un antiojeras.

—No uso maquillaje cuando trabajo.

—¿Tan molesto hubiera sido quitarse la gorra?

—De verdad, mamá, no tengo tiempo para esto. Ya has visto las noticias. Estoy investigando un homicidio.

—Sé muy bien lo que estás haciendo. Yo estuve en la Brigada Criminal del FBI.

—Tú llevaste una gorra del FBI y estuviste en la parte de atrás de una escena en un episodio de Mentes criminales, que no es lo mismo.

—Sigue dándome pánico...

Eve vio que el agente Ross entraba con un montón de papeles.

—Tengo que dejarte, mamá. Te quiero. Adiós.

Ross dejó los papeles de golpe en la mesa que había al lado del escritorio de Eve.

—Aquí tienes los informes de lo que les hemos sacado a los del vecindario y la lista de matrículas de los coches que había en los aparcamientos de las sendas del Parque Nacional de Topanga.

—¿Habéis descubierto algo?

Eve subió los hombros para ver si se le soltaban los músculos; los notaba rígidos.

—He hablado con una mujer que dice que su hijo volvió ayer del colegio con Caitlin y con Troy. Cuando llegaron a su parada, en Entrada, el muchacho vio cómo ambos caminaban hacia su casa como siempre. Debían de ser las dos y cuarto.

—Gracias, me resulta de gran ayuda.

Eve se sintió tentada de pedirle que le diera un masaje en los hombros... o incluso algo más. Se había fijado en las manos tan fuertes que tenía y en la calidez de su sonrisa. Lo uno y lo otro enseguida soltarían aquellos músculos suyos, pero no era posible.

El agente se marchó e Eve añadió la información acerca de los niños a la cronología. Luego, cogió el montón de informes y se los llevó a su cubículo para echarles una ojeada. Fue entonces cuando llegó el capitán Moffett.

—La he visto en las noticias. No estoy contento.

—No podía evitar a Darrow y me ha parecido que responder «sin comentarios» a su pregunta habría confirmado lo que decía del baño de sangre y que en la tele habrían seguido por ese camino.

—Ha hecho usted lo mejor.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Mírese, Ronin. Lleva la chaqueta y los pantalones sucios, tiene una mancha en la blusa y esa gorra de béisbol hace que parezca usted una quinceañera. Da mala imagen al departamento.

Eve se sintió tentada de preguntarle si le había llamado su madre, pero prefirió responder:

—Lo siento, señor.

—Váyase a casa, dese una ducha y duerma un poco. Vuelva mañana con ropa limpia. Puede que no estuviera mal que guardase ropa de recambio en la taquilla.

—Sí, señor.

El capitán se dirigió a la puerta, pero hizo una pausa en el camino.

—He pedido una partida de búsqueda con perros para empezar a batir el bosque que rodea la casa mañana por la mañana.

—¿Ha cambiado usted de opinión?

—Acaba de decirle usted al mundo entero que han asesinado a la familia y que no sabemos por dónde continuar.

—No es eso lo que he dicho.

—Eso es lo que todo el mundo ha oído y lo que todos sabemos. Cuanto antes encontremos los cadáveres, antes atraparemos al asesino.

El capitán se volvió y siguió hacia la puerta. Eve se quedó inmóvil, pensando en lo que le acababa de decir Moffett y en por qué llevaba la gorra de béisbol. Se había olvidado de ella y, ahora, quitársela iba a ser un problema doloroso, porque la tenía pegada al pelo por la sangre.

Sacó el móvil y le envió un mensaje a su hermana, a Lisa, que era enfermera de Urgencias en el hospital West Hills, que estaba a algo menos de diez kilómetros al norte de Calabasas.

¿Podrías pasarte por mi casa cuando acabes el turno? Trae tu maletín de primeros auxilios.

Luego, la detective dejó el edificio por la puerta de atrás, donde aparcaba su bicicleta de diez marchas, junto a los coches patrulla, el centro de mando móvil, el helicóptero y los vehículos personales de cada uno de sus compañeros.

Se puso el casco con cuidado sobre la gorra del departamento, subió a la bici y empezó a pedalear en dirección este por Agoura Road. Cruzó Lost Hills Road y siguió hacia Las Virgenes Road, más conocida por la gente de la zona como Malibu Canyon. De camino pasó por un centro comercial, el Good Nite Inn, y por delante de varios edificios de oficinas, ninguno de ellos de más de tres pisos, por lo que no había nada que le impidiera ver las colinas que se divisaban al norte y al este.

Cuando llegó a Las Virgenes, giró a la izquierda y pedaleó por el paso elevado de la autopista 101 hasta la zona residencial que había al otro lado. A la izquierda destacaban colinas sin edificar y a la derecha, tres urbanizaciones. La detective vivía en un apartamento de dos plantas que daba a la calle. Desde sus ventanas se contemplaban las colinas ennegrecidas y los robles carbonizados por el incendio del año anterior, un siniestro que había empezado cincuenta kilómetros al norte de Stevenson Ranch y que el cálido viento de Santa Ana había llevado en dirección oeste antes de que los bomberos consiguieran extinguirlo en la autopista.

Bajó de la bicicleta en la acera y la condujo junto a ella hasta la puerta, la metió en casa y la aparcó en el vestíbulo, al pie de las escaleras. Las paredes de su sala de estar estaban desnudas y la mesa de centro, el sofá y el mueble para la televisión eran todos de IKEA.

Eve subió las escaleras hasta su habitación y se desnudó, pero se dejó la gorra; la sangre de la herida se había pegado al pelo y a la gorra y no quería arrancarse el cuero cabelludo y abrirse la herida cuando se la quitara. Se metió en la ducha y puso la cabeza debajo del agua caliente. Al rato, se quitó la gorra y no perdió más que unos pocos cabellos.

El agua estaba que quemaba, que era como a Eve le gustaba, pero su caudal era escaso, lo que se debía a los esfuerzos del estado por conservar el agua durante lo que empezaba a convertirse en una sequía permanente. Se enjabonó el pelo y vio un remolino rojo entre la espuma que caía a sus pies. Aquello le recordó el cuarto de baño ensangrentado de Tanya.

Salió de la ducha y se secó. Se miró en el espejo de cuerpo entero que tenía en la puerta del baño. El moratón de la tripa era de un color púrpura oscuro e intenso. Se presionó las costillas y respiró hondo en varias ocasiones. Como no notó dolores punzantes, concluyó, satisfecha, que no tenía nada roto. Cogió unos discos de algodón, los empapó en alcohol y se limpió la herida de la cabeza con cuidado.

Luego, se puso una camiseta de tirantes y unos pantalones de chándal, y bajó al piso de abajo, donde se encontró a su hermana, que estaba de pie junto a la encimera de la cocina, con su uniforme azul de enfermera, comiendo del envase helado de chocolate. Aquella no era la primera vez que Lisa entraba sin llamar.

Lisa e Eve compartían los penetrantes ojos azules de su madre, pero poco más tenían en común, lo que se debía a que eran hermanas de diferente padre. Lisa era más bajita, redonda, aunque no estaba gorda, y tenía el pelo moreno y rizado.

—Tu aspecto es mejor que en la televisión.

Ya era oficial: todo el mundo pensaba que tenía un aspecto horroroso.

—¿Lo has visto en el trabajo?

Lisa le pasó la cuchara a Eve, que cogió una buena porción de helado.

—Justo estaba en la sala de espera. Dicen que una madre soltera y sus dos hijos han desaparecido y que se ha encontrado sangre por toda la casa.

—Ojalá no se hubieran filtrado todavía esos detalles. —Eve le devolvió la cuchara a su hermana y esta cogió más helado. Siguieron compartiendo la cuchara mientras hablaban—. Aunque supongo que podría ser peor.

—¿Peor?

—Mucho peor. No lo quieras saber.

—También han dicho que la madre intentaba ser actriz.

—Bueno, pues como todo el mundo en Los Ángeles, ¿no?

—Dime que no te recuerda a mamá y que no nos estás viendo a Kenny y a mí en esos dos niños desaparecidos.

—No he tenido tiempo para pensar en las similitudes.

Mentira. Los paralelismos eran tan sorprendentes que era imposible que no se identificase con Caitlin, lo que hacía que aquellos asesinatos, terribles ya de por sí, le parecieran aún peores.

—Pero lo percibes —insistió Lisa—. Por eso, me has llamado.

Lisa siempre estaba en sintonía con las emociones que se presentaban en cada situación, que era por lo que le afectaba tanto la tensión que se vivía en su casa cuando eran pequeñas. Aquella era, al mismo tiempo, la razón por la que Eve había sentido la necesidad de evitar, en la medida de lo posible, que el conflicto fuera con ellas. Sin embargo, había sido un esfuerzo inútil; a Eve le minaba constantemente la moral el comportamiento irracional de su madre.

—Ahora mismo lo que noto es un dolor de cabeza sordo y, gracias a todas esas historias de urgencias que me cuentas, estoy preocupada, no vaya a sufrir un hematoma subdural.

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9788491876809
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