Kitabı oku: «Hermann Linch»

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Hermann Linch

©2020. Ediciones Especializadas Europeas, SL

EEEliteraria

www.eeeliteraria.com

ISBN 78-84-122049-3-3

Todos los derechos reservados, incluyendo, entre otros, conferencias públicas y transmisiones por radio y televisión, incluidas partes individuales. Ninguna parte del trabajo puede reproducirse de ninguna forma (por fotografía, microfilm o cualquier otro medio) o procesarse, duplicarse o distribuirse utilizando sistemas electrónicos sin el permiso por escrito del editor.

Índice de contenido

1  EN EL PRINCIPIO

2  PRIMERA PARTE

3  I. CLOE

4  II.SET

5  III.CLAUS

6  IV. PATRICK

7  V. LENA

8  VI. MATTIÈ

9  VII. DORIS

10  VIII. DAMIAN

11  ERASE UNA VEZ

12  SEGUNDA PARTE.

13  PRIMERO

14  DECIMOTERCERO

15  DECIMOSEXTO

16  VIGÉSIMO

17  VIGESIMOSÉPTIMO

18  TRIGÉSIMO

19  EPÍLOGO

20  LA AUTORA

Hitos

1 Índice de contenido

2  Portada

Leena H

Hermann Linch

EN EL PRINCIPIO

Hermann fue un hijo deseado y sus padres esperaron su llegada con impaciencia.

No existía ningún tipo de rechazo hacia su persona, era un niño especialmente querido por sus progenitores, ya que había sido el único hijo que Ann y Osborn habían logrado engendrar.

Formaban un matrimonio acomodado que residía en un barrio medianamente rico de la ciudad, alejado de las preocupaciones mundanas. Nunca les había inquietado cómo llegar a fin de mes, nunca se habían privado de nada y, por supuesto, tampoco Hermann había sido privado de nada.

La casa en la ciudad era sencilla, pero moderna. Todos los muebles habían sido diseñados por algún loco diseñador que el matrimonio no conocía, pero sí un amigo común que sostenía que se dedicaba al interiorismo. No podían negar el gran gusto de ese amigo común para decorar su gran casa, sin embargo el precio final quizá había resultado ser excesivo. El inmueble estaba situado en pleno centro de la ciudad aunque, curiosamente, el ruido del tráfico no se apreciaba desde dentro, ni siquiera se oía la gente que andaba por la calle ni tampoco a los vecinos. En esta casa, la primera del matrimonio, Hermann pasaría sus años de infancia tardía y de adolescencia.

Su madre, Ann, empezó a notarse bastante indispuesta durante el embarazo. Ya por aquel entonces su personalidad depresiva hacía temer a Osborn por su salud, así que decidieron trasladarse a la casa de campo de la familia Linch donde Hermann vería la luz y sería criado en un remanso de tranquilidad.

La casa de campo estaba rodeada de una gran extensión de jardines medianamente cuidados que acotaban el camino principal de grava que conducía directamente a la entrada. Su estilo era clásico en el exterior, pero en el interior, Steven, el decorador, había decidido combinar mesas de granja con cuadros cubistas. Después de cruzar la amplia entrada, el comedor quedaba a la derecha, unido a una amplia sala de estar por un arco acristalado de la pared. En los largos atardeceres en la casa de los Linch, el comedor se llenaba de los reflejos azulados y verdosos cristalinos que aumentaban si cabe más aún esa sensación de remanso absoluto.

La cocina no tenía el mayor interés, era una habitación inservible para los Linch que estaban acostumbrados desde siempre a tener un servicio a su disposición las veinticuatro horas del día. Ni esposo ni esposa tenían conocimiento culinario alguno ni ganas de adquirirlo. La planta baja se completaba con un amplio aseo decorado con todo lujo de detalles, el despacho de su padre, un estudio-biblioteca y todas las dependencias del servicio.

La planta superior disponía de una habitación principal para el matrimonio, la habitación de Hermann y tres habitaciones de invitados. La habitación de matrimonio tenía en su interior un aseo con vestidor y había otro aseo más pequeño en el pasillo.

Ann era una mujer un tanto especial, obsesionada con sus zapatos. Tenía calzado de todos los tipos, con una amplia gama de colores, pero lo más sorprendente era que poseía dos números de cada par. Ella tenía la teoría que sus pies se dilataban y contraían tanto en verano y en invierno que la diferencia era de una talla, así que siempre compraba un número más para el verano y uno menos para el invierno.

Osborn no comprendía todas las obsesiones de su mujer (que eran muchas), pero le divertían. El grado de tolerancia era tal que los zapatos de Ann ocuparon siempre gran parte del espacio del armario de Hermann y, por tanto, éste siempre se vio obligado a convivir con los zapatos de su madre junto a su escasa ropa.

De niño Hermann no tenía un vestuario muy extenso, pero su gusto por la ropa o por los complementos no aumentó con el paso de los años. Herman prefería todo lo demás, estaba más interesado en todo lo que no se veía de las personas que lo que podía verse. Es más, creía que cuanto más ropa llevara una persona, más pretendía ocultar su verdadera personalidad. Hacia su madre guardaba cierta desconfianza tal vez por esto, o por otras cosas, vete a saber.

El cuarto de Hermann era una habitación luminosa que, con el paso del tiempo, se fue haciendo más insustancial. Al principio sus padres eligieron una decoración convencional para una habitación de niño, ya se sabe, todo lo que resulta en cierto modo agradable y divertido: elefantes de colores, arcoiris y cosas de ese estilo pintadas en las paredes, con puntillas en las sábanas y bordados en las cortinas. Cuando Hermann tuvo cierto poder de elección decidió retirar todo aquello y cambiarlo por una decoración en consonancia con el resto de la casa. Para este fin no acudió al amigo común de la familia, ya que aquel decorador tan estrafalario había muerto una calurosa noche al borde de una piscina en un escándalo que Herman nunca llegó a entender.

La habitación de Hermann se fue haciendo gradualmente más y más impersonal. El mobiliario era o bien blanco o bien tirando a gris, y las paredes también blancas mostraban alternativamente (por insistencia materna) algún cuadro de pintores que ni siquiera el propio Hermann conocía.

El armario que su madre había empezado a ocupar cuando era pequeño estaba ahora casi repleto de zapatos y él guardaba su ropa en una cómoda cerca del escritorio. En fin, tampoco necesitaba mucha ropa.

En el colegio, antes de que fuera interno, nunca fue a ninguna fiesta, no porque no le invitaran ni tampoco porque sus padres no le dejaran ir, simplemente no le apetecía asistir. Creía que aquella gente tan insulsa no le iba a aportar nada nuevo ni nada de su interés. Era gente a la que podía ver durante las clases, gente que siempre hablaba de lo mismo: de chicos, de chicas, de fiestas, ropa… en fin, la mayoría de las cosas ya las sabía y las que no, no le interesaban.

De hecho, y esta vez por insistencia paterna, un día se presentó en una de esas fiestas, pero no le agradó nada de lo que vió y ya no volvió a asistir a ninguna más, ni siquiera durante la universidad, donde todo el mundo parecía que en vez de ir a clase se dedicara a asistir a todo tipo de eventos sociales.

Los padres de Hermann estaban bastante preocupados por el hecho de que Hermann no quisiera tener amigos ni asistir a ninguna fiesta. No asistía siquiera a los cumpleaños de sus compañeros. La preocupación paternal cesó cuando ambos cónyuges empezaron a aceptar las rarezas de su hijo, ya que, al fin y al cabo, no era un mal muchacho.

Osborn era de la idea de que Hermann algún día podría ocuparse del negocio familiar.

La familia Linch poseía desde tiempos inmemorables grandes extensiones de tierras en las que se cultivaban todo tipo de variedades de uva con las que se elaboraban los más exquisitos vinos del país. Pero a Hermann no le entusiasmaba mucho la idea de dirigir el negocio, de estar al mando de la gran empresa familiar. Sin bien es cierto que hubiera hecho cualquier cosa para contentar a su padre no era lo que él tenía pensado hacer en su vida. De hecho, estudió en la facultad lo que realmente le gustaba: medicina. Sin embargo, en sus ratos libres tuvo que realizar varios cursos de empresariales para poder seguir con el negocio familiar. Lo único que no quería Hermann era acabar trabajando de cara al público como comercial de la firma familiar. Hermann acabó su carrera de medicina con honores y, aún así, tuvo que rechazar varias ofertas de trabajo para incorporarse por fin a la oficina central de su padre como vicepresidente de la empresa familiar. Qué casualidad, no encontraron ningún otro candidato que pudiera realizar con tino las funciones de vicepresidencia. Al menos, pensaba que era un mal menor, ya que su trabajo se realizaba de puertas para adentro. Sus padres estaban seguros de que si hubiera ejercido de médico habría sido como forense o recluido en un laboratorio de investigación con células madre. No era un hombre corriente, eso lo sabía, sabía que no había nacido para su cometido actual. Y, lo que más le preocupaba en esos momentos, era que no sabía cuál era su destino o función en la vida. Es más, creía no tenerlo.

Cierto día, sentado a la mesa que tenía frente a la ventana, decidió que su destino no se escribiría con el pasar de las horas en la empresa, con el pasar de los días en su apartamento, con el pasar de los años en su ciudad ni con el pasar de la vida en su vida.

Estaba tomando una copa. A Hermann no le gustaba emborracharse, pero le gustaba ese pequeño vaivén que sentía cuando tomaba un trago, sólo uno, porque era comedido. Creía en la moderación por encima de todo. Creía en los placeres moderados o quizá era la propia moderación y el control lo que le daba placer.

Hermann estaba bebiendo whisky de la mejor calidad. ¡Qué podía beber si no creyendo tanto como creía en la superioridad y supremacía de las clases sociales! ¡Él, que era defensor de la separación de clases, de la elegancia y de lo banal! Terminó su copa. No la apuró hasta el extremo, el hielo seguía indemne mirando el cristal que a su alrededor se mostraba como una jaula que se mofaba de él, pensando que aún le quedaban minutos, tal vez horas para dejar de ser él mismo y fundirse inevitablemente con el cristal y más tarde con el propio aire, y después, la nada.

Se fue a la cama y se durmió enseguida, tan pronto que ni siquiera oyó las campanadas del reloj lejano que marcaba ya la una de la madrugada. No es que le gustara trasnochar, pero no era consciente de la hora. Qué le importaba a él la hora si había días que sólo podía dormir dos horas y otros en los que multiplicaba por diez esa cifra.

Así pues, descansó, pero no plácidamente como sus conciudadanos, y soñó, como tantos otros días, con una realidad mejor.

Al día siguiente, se levantó, se vistió sin ánimo de ostentar, pero sí con la convicción del que se cree elegante, y después desayunó lo de siempre. A Hermann no le gustaba ir a comprar alimentos, se los traían a casa. Lo hacía tan sólo una vez por semana por obligación, por supervivencia. Porque él era un superviviente.

Recordó su sueño a lo largo del día, el hilo argumental completo llegaría luego, por el momento eran solo imágenes.

El café estaba frío, no recordaba siquiera haberlo vertido en la taza desde la extraña cafetera que lo miraba todavía aullando y resoplando pequeñas nubes de humo. Él sonrió para sus adentros, parecía que alguien allá dentro del recipiente metálico pedía ayuda. Todo eran señales, señales de humo de un hombrecillo imaginario. El humo, al final, también se extinguió y el mensaje quedó incompleto. Dejó de sonreír, no era propio de él, y salió de casa para enfrentarse con el día a día laboral.

-Buenos días señor Hermann, tengo preparados aquellos documentos encima de su escritorio. Aquellos de los que hablamos por teléfono.

- ¡Qué alegría verlo por aquí Claus! ¡No sabía que vendría!

Claus no era sólo el abogado del padre de Hermann, sino también su hombre de confianza, el que le había criado desde pequeño y que a la muerte de su mentor no podía hacer otra cosa que seguir en el puesto. Así que, pese a su edad, se mantenía como abogado personal del joven empresario, aunque la empresa tuviera sus propios letrados.

Cuando llegó a su despacho, sintió un vacío, pero no se debía al gabinete, sino a que él sufría la penosa ausencia de su padre; y el vacío que dejaba su rápido ascenso en la jerarquía de la empresa. No quería dejarse arrastrar por los recuerdos y más pronto que tarde se sentiría como un niño perdido sin recuerdos. Cuando se hizo mayor, se siguió protegiendo como el niño que fue y se distanció de su entorno y de la realidad. Lynch pensaba que todo vínculo humano y afecto finalmente conducían al dolor.

Sin pensarlo, salió del despacho corriendo y alcanzó a Claus.

-¿Tendría la bondad de comer hoy conmigo, señor Claus?

-Claro, Hermann.

-No quería importunarle, si tiene que volver a casa y estar con su familia yo…

-No, me quedaré, no me conlleva ningún esfuerzo, además no hemos vuelto a hablar desde…

-Ya, no quiero hablar de eso ahora, Claus. En otra ocasión. Le aviso cuando acabe de trabajar.

- Bien, señor Linch, por supuesto, estaré esperando su llamada.

¿Cuántas horas habían pasado? ¿Se habían eternizado los minutos desde la pérdida? ¿Querría alguna vez recordarlo? No, no ahora, tal vez luego.

Se sentó de nuevo en su asiento de presidente de la empresa y volvió al trabajo que detestaba, pero que por desgracia otros deseaban, y, sintiéndose culpable por ello, pero sólo a medias. emprendió, ahora sí, su jornada laboral.

No repetiría el error de su padre, se lo decía constantemente. Algún día llegaria a tener una familia por la que volver a casa, alguien que se preocupara por él y deseara su llegada al apartamento, alguien al que poder alimentar, cuidar y que siempre le guardara fidelidad. Los hijos, a veces, son desagradecidos, y eso Hermann lo sabía porque era un claro ejemplo de humillación familiar. No sentía apego por todo aquello que sus padres habían logrado para él, de hecho no sentía nada.

Atendió todas las llamadas de condolencia, habló sereno, pero en su corazón, o cualquiera otra cosa u órgano que tuviera dentro, lloraba.

-Sentimos mucho la repentina pérdida de su padre, señor Linch -un comercial le hablaba compungido, alguien que ni siquiera conocía, pero que no perdió la ocasión-, el dolor será inmenso en estos momentos, pero no queremos que por ello deje de reconsiderar nuestro acuerdo con su padre.

-Está bien, miraré la carpeta más adelante.

-Hermann, nosotros estamos contigo, avísanos cuando quieras hablar, ya sabemos cómo eres, lo que necesitas, necesitas estar solo, pero queremos que sepas que cuando lo requieras, puedes hablar con nosotros.

Esto último, en realidad, no era una conversación telefónica como tal, sino un mensaje de voz en el impersonal correo del móvil del compungido hijo del antiguo presidente de la empresa, esto es, en su propio teléfono.

Eran, si Hermann aun llegaba a reconocerlos, dos antiguos amigos suyos que, en alguna ocasión y solo del modo que Hermann permitió, pudieron llegar a conocer a este peculiar individuo. Sus nombres eran Cloe y Set.

PRIMERA PARTE

Hermann Linch era un hombre bastante insignificante. Desde pequeño había sido quizá el niño más insignificante de la guardería, del colegio y, posteriormente, de la universidad. No tenía nada que le hiciera especial, no tenía ningún rasgo significativo, nada de marcas, nada de cicatrices, nada que pudiera identificarle como el ser único que era. Y por tanto, en el estado insustancial en el que se encontraba, tampoco era una persona que fuera a llevar piercings o tatuajes, cambiar su color de pelo o cambiar cualquier otro rasgo de su anatomía.

Nunca le había gustado relacionarse con sus semejantes y sin saber por qué empezó a pasar desapercibido.

Todos los días efectuaba los mismos rituales. Se levantaba temprano, desayunaba mirando en la televisión los noticieros de la mañana, después se duchaba, elegía cuál de sus trajes se iba a poner aquel día y se marchaba a la oficina caminando. Hermann adoraba caminar y perderse por las calles. Y no lo hacía por hacer ningún tipo de deporte ni por otra cuestión de salud, que era inmejorable. Solo tenía un fin en sus largos paseos: deseaba el contacto humano, observaba a la gente, la analizaba, podía saber cómo era cualquier persona solo con mirarla unos segundos a los ojos. Se convirtio en el eterno observador, él lo prefería así. De ese modo no tenía implicaciones con nadie. A veces incluso pasaba rozando el hombro de un viandante y podía sentir el calor, la energía humana que se desprendía y que le erizaba el vello.

Salía de su casa media hora antes de lo que sería estrictamente necesario para acudir a su puesto de trabajo, sólo para poder dar esos largos paseos.

Distinguía muy bien todos los tipos de persona que podía encontrarse por la mañana y también los que encontraría horas después al salir del trabajo por la tarde.

Todo el mundo en verdad le parecía interesante, porque pensaba que todos albergaban una historia personal. La estudiante que pasaba rápido, volando sobre las aceras porque llegaba tarde a clase; el trabajador que no deseaba llegar nunca a su trabajo; el abuelito que empezaba su jornada diurna en el bar de la esquina, el que llegaba a casa desde la noche anterior que había salido de fiesta. En fin, y tantos otros muchos. Tenía demasiados nombres ficticios para tantos rostros diferentes, él mismo los había bautizado. No llevaba ningún tipo de recuento acerca de lo que veía porque no lo deseaba, solo quería observarlos en el instante en el que permanecían con él, luego ya no importaban.

Por las tardes, ocurría la metamorfosis: las personas eran diferentes, la gente estaba cansada por lo general. Otros, más relajados y contentos, iban de compras, paseaban cogidos de la mano disfrutando un amor mutuo, un amor.

Hermann nunca había estado enamorado, pero, ¡en fin!, quien no sabe lo que es tampoco puede saber lo que se pierde. Le inquietaban los enamorados porque no parecían ser ellos mismos. Era más difícil de lo habitual analizarlos. Hermann siempre creyó que esta tara se debía a que no pensaban del todo por sí mismos, sino que pensaban en común.

Cuando llegaba a la oficina las cosas transcurrían de forma rutinaria, sus funciones se desarrollaban una tras otra día tras día. Él no iba a las reuniones porque había pedido específicamente no ir nunca, no le gustaba tener que relacionarse de forma tan directa con alguien, tener que interactuar de esa forma con gente que no conocía, simulando que le importaba aquello que le decían.

-Vamos a tomar algo después del trabajo, Hermann?

-No, gracias.

Siempre educado, siempre correcto. Ni siquiera era sombrío, solo solitario. Caía bien a todo el mundo. En realidad le consideraban casi un genio y, claro, los genios suelen ser solitarios, así que Hermann podía hacer todo aquello que quisiera casi sin que nadie le molestara.

No era nada maniático, no era un obsesivo compulsivo, simplemente no le gustaba demasiado hablar con la gente. No, eso no era para él. Sin embargo, estaba intrigado por la naturaleza humana.

I. CLOE

A Cloe la conoció en primer lugar. Era verano, hacía calor, demasiada.

Ambos tuvieron un encuentro casual en una piscina de un club para familias adineradas, para hijos de familias pudientes a los que no les importaba veranear, año tras año, en el mismo lugar con las mismas gentes y contarse los unos a los otros las mismas cosas de época estival.

Él había estado nadando en esa piscina desde que llegó, ella no. Cloe llegó, se quitó su vestido blanco y expuso su pequeño bikini también blanco, y luego de un largo silencio general todas las miradas se tradujeron en comentarios en una voz no tan baja como la conveniencia sugería.

-Esa, ¿a qué viene aquí?

-La familia de ella está arruinada, no sé qué pinta en el club.

-Querrán resurgir de sus cenizas mandando aquí al ave fénix a ver si logra embrujar a alguno de nuestros jóvenes.

-Es una cualquiera, una paria.

Y tantos y tantos comentarios que Hermann se reía internamente (y no de otra forma, porque su naturaleza se lo impedía). A la vez que la sonrisa crecía en su interior, la curiosidad por aquel ser le devolvió momentáneamente a la vida. El hastío del verano había acabado.

No es que la deseara como mujer, porque Hermann aún con dieciocho años no deseaba nada, ni mujer ni hombre, sólo sentía una inmensa curiosidad que le pasmaba ante aquel ser maravilloso. Un ser tan perfecto, tan lleno de curvas, de baches, de montañas y valles, de inmenso mar en su mirada y más mar en su ondulado pelo castaño. Perfecta, y perfecta más aún por ser detestada. Rebosante curiosidad, solo curiosidad al diseccionar por partes a ese nuevo ser humano y ver que todas ellas estaban donde deben estar y encajaban como perfectas piezas en esos puzles corporales que somos las personas y después un pensamiento truncado por el sonido de su voz:

-Hola

Tan directa, tan perfecta.

-Hola, soy Linch, bueno, Hermann para los amigos.

-¿Soy tu amiga?

-Ahora sí.

-¿Por qué debería ser tu amiga?

-Porque te he conocido y eres perfecta para ello.

-¿De qué me conoces tú si se puede saber?

-De mirarte.

-Me parece que eres un conquistador.

-Nada más lejos de mi intención, mi interés es académico.

-¿Académico? ¿Por qué?

-Me gusta descubrir de qué están hechas las cosas.

-¿De qué estoy hecha yo?

- No tú exactamente, sino lo que representas.

- Oye, de verdad que no me interesa este juego, hace calor en casa y pensé darme un baño, nada más. No me gusta el cariz que está tomando esta conversación y no quiero nada contigo.

- No lo estás entendiendo, no me interesas más de lo que me podrían interesar los componentes de la idea del sufrimiento, de la felicidad y en este caso de los componentes de la perfección.

Cloe le dirigió una larga mirada, bajando pesadamente sus párpados, como asintiendo. Y sin más, sin hablar más, se tiró a la piscina. Nadó durante veinte minutos y luego fue a buscar a Hermann, que estaba esperándola pacientemente en el borde de la piscina. Ella le miró y supo que aquel muchacho era diferente y que, en realidad, aquello no tenía por qué ser malo.

Mientras tanto, Hermann había estado analizando cómo un ser terrestre podía ejecutar tan suavemente movimientos en un medio acuático y se imaginó que si el cuerpo de aquella muchacha se lo permitiera, podría volar igual de grácilmente como nadaba, y así, tan perfecta en el agua y el aire, se instauró en su mente.

Cloe sabía que Hermann realmente sentía una admiración por ella que superaba lo carnal, que no tenía nada que ver con ello y no sabía si la idea le preocupaba o le agradaba, porque nunca antes la había sentido y menos en un muchacho.

Así que, en realidad, los dos exploraban y aprendían y así sucedió y se sucedieron los días hasta que llegó Set. De momento los dos jóvenes continuaban su rara amistad. Ya no iban al club porque Cloe no deseaba sentirse presa de las miradas y Hermann quería que estuviese cómoda cuando hablara de ella y de su pasado, porque sólo así él podía descubrir todo lo bueno que había en aquel ser perfecto.

Salieron, conocieron a más gente, él se mantenía en la distancia, pero Cloe no, porque sin saberlo era una cazadora nata y, como tal, hubieron otros, otros muchos hombres que acompañaron a los dos amigos de bar en bar, a la playa, a la piscina, al cine o a cenar. Ahora bien, él la miraba a ella y la veía tal y como era, ellos no. Ellos veían algo que Hermann era incapaz de ver. Cosas del destino y de la mala suerte, Cloe deseaba que él viera lo que los otros, y que los otros vieran algo de lo que él veía en ella.

Una noche, cuando ambos amigos se despidieron, ella se paró en seco y de repente:

-¿Por qué no?

-¿Por qué no el qué?

-¿No te gusto?

-Ya te he dicho muchas veces que eres perfecta.

-¿Perfecta cómo qué y para qué?

-¡Todo son preguntas, Cloe! No es necesario contestar a todas las preguntas.

-Para mí sí. Tú me gustas.

-No te puedo gustar porque no me conoces. No te puede gustar el recipiente si no has probado la bebida que contiene.

-Linch, de verdad, eso sí que no es necesario. Si quieres que sólo seamos amigos eso es lo que seremos, pero dime que no te gusto y ya está, me conformaré con eso.

-Sería una mentira.

-Sería una verdad porque no hay nada que me demuestre lo contrario.

-Hemos pasado casi dos meses juntos, es más de lo que te puedo dar. Me gusta tu compañía, aprendo de ti.

-No, Hermann, ya basta, creo que ya sabes suficiente sobre mí.

-Nunca se sabe suficiente sobre nada y sobre ti menos. Podría pasarme años contemplándote y aprendiendo.

-Ahórratelos.

Sin despedidas, sin miramientos, tan directa, tan sincera. La perfección huyendo de aquel muchacho que seguía impávido esperando en la misma acera donde le dejó su amiga. Se quedó parado, petrificado, un largo tiempo, pensando en su pérdida, pero sin remordimientos y sin pena. Había aprendido mucho durante aquel verano y sabía que en algún momento los caminos que tan perfectamente se creen diseñar de forma aislada, tienden a confluir en uno solo.

Después de aproximadamente una hora abandonó el lugar de su ficticia derrota para irse a casa a dormir y rememorar todos los momentos que pasó al lado de aquella humana.

Y la humana, llorando desconsoladamente en un bar, encontró consuelo, sin ni siquiera tener que pedirlo, en otro humano, que como tal, y siendo portador de una gran alma, tenía un nombre. Se llamaba Set.

***

El hecho de que todo hombre o animal tenga alma, no es algo fortuito, es algo que el hombre o animal gana a lo largo de los años por méritos propios. Esto es algo que Hermann aprendió de un gran hombre. Y Set tenía un alma.

Era suya casi desde el momento que supo hablar y razonar, era suya por su bondad, su extrema bondad, ¿Cómo negar a un hombre bueno su alma? Set la merecía porque el alma es algo de merecer, desde que tenía aproximadamente siete años.

Era una mañana soleada, Set vivía en una humilde casa (por llamarlo de alguna forma) y su madre, enferma de cáncer, dormitaba en una pequeña cama cerca de una ventana.

Al presentir su muerte, al mirar el alma de Set, un alma que ya no estaba ligada a este mundo, sólo pudo decirle a su madre:

-Estarás mejor, yo iré a buscarte cuando sea mi tiempo, no te preocupes mamá.

Y así, el alma de la madre de Set partió; y así fue también como Set obtuvo su alma. Alma que fue engrosando año tras año y vivencia tras vivencia porque ese niño siempre fue bueno, siempre se portó bien, nunca obró mal.

Nadie merecía más que Set tener su propia alma, y nadie más que Set merecía conocer a Cloe y enamorarse de ella.

La bondad reconoce todas las cosas buenas, por tanto: ¿Qué mejor que la perfección?

Cuando Set tenía doce años se tiró sin pensarlo a un lago que había cerca de su casa para salvar a una de sus hermanas que se debatía entre la vida y la muerte, ya que era demasiado pequeña para haber aprendido a nadar. La salvó.

Un año después ayudó a un amigo a no caer en las drogas, a mirar algo más allá, a pensar que la vida podía ser mejor. Ahora Johan es abogado de éxito y tiene una gran familia.

Tres años más tarde, su abuela, la que tanto había cuidado de él y de sus cinco hermanos, falleció. Él, a pesar de no ser el mayor de los hermanos, se encargó del funeral y de todo lo que eso conllevaba. No dejó llorar a sus hermanos ni más ni menos de lo necesario.

Realizó una gran tarea como voluntario en numerosos centros: fue bombero, incluso cuidó de animales en su propia casa sin tener él siquiera de qué alimentarse. En fin, Set era bondad, y no por todo lo relatado hasta ahora, sino por mucho más que no se nombra en estas líneas.

Al final, tuvo que trabajar como camarero en un bar. No era su pasión, pero a su modo, podía aún ayudar a gente, aún era capaz de ayudar, de comprender y escuchar a todo aquel que se sentara en la barra de su bar para beber una copa y conversar. Él pensaba:

-Todo el mundo tiene problemas, y los problemas los solucionan bebiendo, así ¿qué mejor que ser camarero para poder ayudar a la gente?

En cierto modo, este pensamiento le consolaba de no poder hacer cosas más grandes. Y por otra parte, tenía razón, todo el mundo tenía problemas y muchos los solucionaban de la misma ridícula forma. Esto es algo que también Linch ya había observado en otras ocasiones. Gente deprimida, angustiada, que sale con sus amigos a tomar algo, que sus amigos se van, que sus amigos nunca llegan y él o ella permanecen en el bar, bebiendo una copa. En verdad -pensaba Hermann- todo son excusas.

El alcohol, como comprendía él, no era una forma de castigo, sino una recompensa. Era una escapada, pero no “la escapada”, era algo casual o no, pero no debía ser algo rutinario, o más bien necesario.

Estaba cansado de ver gente en los bares pidiendo una copa tras otra sin ninguna finalidad. Esperando el suave balanceo o la fuerte marejada para dormir por fin en paz con su propia conciencia. Y eso era solo lo que él y Set como condición de camarero podían ver. Detrás, después de todo aquello, eran tantos los que bebían en sus casas que Hermann temblaba tan sólo ante la posibilidad de estar sólo en su isla de contención y austeridad, viendo a lo lejos marineros que encaraban peligrosas tormentas.

La historia de cómo surgió el amor entre la muchacha perfecta y el bondadoso camarero la conocería años después, volviendo a hablar con Cloe.

Aquella noche, una puerta se abrió en el bar donde trabajaba. Entró una hermosa chica, no miró a nadie, aunque todo el mundo la miraba a ella. No había mucha gente en el bar, pero sí la suficiente para que el escrutinio fuera completo.

Sintiendo el peso de las miradas acuciantes, Cloe se dirigió hacia el único lugar que parecía seguro. Eligió la barra, ya que, tras un vistazo rápido hacia delante, no vio a nadie sentado allí. En realidad no vio ni siquiera al camarero, el que iba a atenderle aquella noche y muchas otras noches más.

-¿Me puedes poner un whisky?

-¿Con qué te lo pongo?

-Solo.

-Como quieras, aunque no creo que sea lo mejor.

Cloe se contuvo, no quería discutir con nadie, al menos con nadie más aquella noche, pero le molestó que el camarero no acatara sus órdenes. Ante la penetrante mirada de ella, él se disculpó y fue a por la bebida.

El ensimismamiento llegó a Cloe más o menos a mitad de su pedido. El fuego que fluía hacia abajo había calmado su sed de venganza. Aprovechó para mirar en derredor, aún no había observado el local y se dio cuenta que aquello no tenía nada de particular, una barra situada en frente de la puerta principal más iluminada que el resto del espacio y poco más. Las mesas tenían muy poca iluminación, así que Cloe no podía distinguir los rostros de la gente que estaba sentada en ellas. Bien mirado, tampoco le importaba.

Normalmente la gente que suele conocer en bares solo espera una cosa de ella y, claro, normalmente no es una buena conversación. Le sorprendió que el intrépido camarero se atreviera otra vez a hablar con ella.

-Todos te miran aquí ¿sabes?

-No me importa.

-Debes estar acostumbrada a que te miren.

-Puede.

-Oye, sé que he empezado con mal pie. No quería ser entrometido, pero intentaba ayudarte.

-No importa, es que no es un buen momento para mí.

-Ah, ya, bueno y ¿sería mañana un buen momento si volvieras a la misma hora y te pusiera otro whisky?

-Podríamos volver a empezar- Esta vez, Cloe no rechistó.

Durante aquel silencio Cloe pensó y repasó toda su historia con Hermann. Le surgieron las dudas cuando miró al camarero. Ahora le repasaba con la mirada.

Puede que no fuera tan atractivo como Hermann pero tenía una belleza atemporal, sumado a una serie de rasgos que hacían su rostro algo femenino. La nariz perfilada, labios finos, pero bien definidos, pelo claro en la barba y ojos color ámbar. Todo eso le decía a Cloe una verdad que no podía reprimir por más tiempo.

-Claro, aquí estaré mañana.

-Pues mañana me pagarás la copa.

-Puede, aunque luego me tendrás que invitar tú a cenar.

-Por supuesto, ¿Cómo te llamas? Lo digo porque mañana me encantaría poder saludarte cuando entres en escena. Ya sabes que aquí eres la actriz principal.

-Me llamo Cloe ¿y tú?

-Yo, Set. Soy camarero de este bar, pero terminaré pronto mañana. Creo que podríamos ir a cenar sobre las diez de la noche. Me gustaría hablar contigo en un ambiente que no sea este.

Apurando el vaso, Cloe sintió como se le había ido de las manos la conversación. Dicen aquello de lo del clavo sacando otro clavo, pero realmente no esperaba aquello. Era demasiado pronto. Bien mirado, ahora ya no podía volver atrás, le habían hecho daño y ella había encontrado consuelo en un desconocido que parecía amable.

Salió del bar. De camino a casa pensaba en la extraña situación en la que se había visto envuelta durante todo el día. Primero Linch había roto su corazón y, espontáneamente, había invitado a cenar a un camarero cualquiera una hora después de la ruptura.

El corazón hace cosas extrañas a veces. Cuando debe arriesgarse es incapaz de hacerlo y cuando debe permanecer hibernando, se despierta sin previo aviso y pone en aprietos a su víctima.

Bueno, quizá Hermann despierte algún día. Ese pensamiento le perseguía por las calles de la ciudad. Ese pensamiento cerró la puerta de su casa y la arropó en la cama. Al día siguiente, el pensamiento había desaparecido, puede que se hubiera escurrido en la primera ducha de la mañana porque lo cierto es que no volvió a verlo nunca más, ni siquiera untado en sus tostadas.

Cloe cambió un pensamiento por una buena resaca. No es que no estuviera acostumbrada a beber, pero desde luego llorar y beber incrementa la posibilidad de que quieras cambiar tu cabeza por otra a la mañana siguiente. Creyó que coger el coche no sería lo más apropiado en el estado en el que se encontraba. Tampoco se quería quedar en casa esperando la hora de la cita con su flamante desconocido, así que pensó que podría empezar con buen pie e ir a comprarse un bonito vestido para la noche que le esperaba.

Cloe era siempre tan complaciente que no podía evitarlo. Y, ahora que ya había decidido que quería gustar a Set, nada podía pararla.

Era como un depredador vestido con una suave y agradable piel. No es que quisiera engañar a nadie, es que su naturaleza le hacía parecer perfecta a la gente. Se esforzaba cuando conocía a alguien. Hacía todo lo que tenía que hacer. Se afanaba por hacer todo tipo de tareas, descubrir los gustos de la otra persona e intentar realizarlos, no incomodarla con ideas contrarias a la suyas, parecer feliz, agradable, bella. Cloe sabía que eran todas esas cosas, y era consciente de lo que hacía. Lo único que no vislumbraba era si algún día podría parar de hacerlo. No sabría cómo dejar de gustar a los demás. De todas formas, daba igual, no es algo de lo que se hubiera dado cuenta aún. Solo Hermann lo sabía, quizá por eso quiso estar con ella. Le parecía curioso que alguien simulara ser otra persona sin ni siquiera saberlo y que lo tuviera tan sumamente interiorizado que le pareciera real.

Sí, Cloe era perfecta, pero: ¿Cómo lo hacía? ¿Lo era? ¿Era perfecta en realidad?

II.SET

El tercero en discordia, un pobre segundón, alguien que no suele ser tomado en cuenta en ese gran libro que es la vida. Sin embargo, Set era diferente.

Era bondadoso y estaba enamorado de Cloe. Y también había conocido a Hermann Linch. Bueno, Hermann había conocido a Set. Porque nadie, ni siquiera Linch, conoce a Hermann.

Desde la cena que siguió a la segunda copa, Set y Cloe fueron inseparables. Empezaron a estar juntos desde el primer momento en que Cloe abrió la puerta del bar. Ciertamente, la cena fue un puro formalismo y la copa previa también.

Set era sumamente feliz al lado de Cloe, la amaba de verdad. La amaba porque era bella por fuera y por dentro, aunque esto último sólo lo sabía Set. Cloe, de momento, estaba al margen de ello.

El objetivo de Set era ayudar a Cloe y lo hacía sin saberlo. Al mirarla entendía que Cloe no era solo lo que veía con los ojos. Lo importante e imperceptiblemente bello era lo que había allí dentro de esa maravillosa envoltura corporal.

Después de una serie de encuentros, Cloe pensó que Linch debería conocer a Set, ya que se estaba convirtiendo en alguien demasiado importante en su vida. Linch estaba muy ocupado con otro asunto por aquellos tiempos y, aunque expresó su intención de conocer a Set, aquello tendría que esperar unos meses.

Cloe solo sabía que Hermann había casi desaparecido de la faz de la tierra después de aquella noche. Solo atendía llamadas, no se le veía deambulando por las calles ni iba a los locales que antes frecuentaban los dos juntos. Se creía que estaba bastante recluido, atendiendo cuentas familiares con el hombre de confianza de su padre, que posteriormente se convertiría en su sombra. Esa especie de abogado tenaz y fiel lo tenía totalmente absorbido por aquellos tiempos.

***

Así siguieron pasando los días y cuatro meses después por fin llegó la hora del encuentro. Hacía mal tiempo y el encuentro tuvo lugar en casa de Set, un pequeño y modesto apartamento a las afueras de la ciudad. No, no tenía nada que ver con el modo de vida que llevaba Hermann e incluso Cloe. Aun así, era acogedor, más que cualquier bar de la ciudad. Más cálido también que cualquier restaurante al que podrían haber ido despojando al encuentro de la suave candidez humana que ahora tenía.

Además, Set era un gran cocinero; dicen los entendidos que si se cocina con amor, todo está mucho más bueno. También dicen que se conquista por el estómago, que se enamora con la comida. ¡Fantástico! Se confirma así la teoría de que Set era todo amor y que, por lo tanto, incluso lo que hacía para comer se impregnaba de ello.

La cena fue sencilla, solo un plato. Eso sí, corrió bastante vino. Cloe estaba incómoda y pensó que la mejor manera de atenuar y acallar sus nervios era emborrachándolos.

Set no paró de hablar durante toda la cena, no se sentía nada incómodo. Se le veía feliz. No tuvo en cuenta ninguno de los muchos comentarios de Linch, unos comentarios que mal entendidos podían parecer groseros. Al parecer Linch tenía un problema con las formas, aunque en el fondo sus preguntas eran solo fruto de la curiosidad innata de su persona.

Preguntó a Set cómo eran sus sentimientos hacia Cloe, pero no se quedó ahí, no era la típica recomendación de padre-hermano cuidando de una pobre e indefensa muchacha. Él quiso saber específicamente cómo era el sentimiento de amor. Cómo sabía Set si lo que sentía por Cloe era amor o cualquier otro tipo de sentimiento como la simpatía, el cariño o la ternura.

-No sé, la quiero y punto. Quiero hacerla feliz siempre, quiero que se sienta bien a mi lado, que sonría, que me devuelva la mano cuando se la tiendo, que me mire y que se le ilumine la mirada. Yo solo espero que nunca me aparte de su lado porque ella, sólo estando ahí, provoca el sentimiento de amor profundo al que me estoy refiriendo.

-Bueno, veo que eres incapaz de responder a una pregunta.

-Creo que no puedo contestarte mejor, pero si quieres saber algo más, estaría encantado de contestarte.

-Claro, lo que pasa es que no me has descrito el sentimiento, sólo estás refiriéndote a una serie de actos que te provocan bienestar. ¿Es eso el amor? ¿Es bienestar?

-Puede ser, si quieres verlo así.

-Nunca quedaré conforme con tu explicación. Siempre querré saber más, pero de momento, lo dejaremos ahí. Venga, cuéntame más sobre ti, sobre tu vida.

Hermann se dio perfecta cuenta de las miradas que Cloe le dirigía, no podía ser más explícita visualmente, aunque no quería serlo verbalmente para no alertar a su novio. Set no había entendido el punzante tono de voz de Hermann y claro, si eso no le había molestado no iba a ser Cloe la que le revelara una situación incómoda y pusiera en contra a sus dos intereses. Así pues, prosiguió la velada sin más altercados.

A cada historia que Set le contaba a Hermann, éste intentaba sacar el trasfondo, los sentimientos de Set. No le interesaba saber que Set hubiera salvado a su hermana de ahogarse. Le interesaba qué había sentido específicamente cuando la sacó del agua, vio ese intenso color azul de su rostro, la agarró entre sus frías manos, pidió auxilio y la reanimó. Hermann era alguien extraño, eso es lo que pensó Set.

-Y, ¿cómo es que alguien con tantas virtudes no se encuentra ya con una argolla en su dedo anular? –la caza aún no se daba por finalizada.

-Pues, realmente no he encontrado a mucha gente con la que quisiera comprometerme. He tenido alguna que otra pareja, pero siempre ha acabado mal la cosa.

-¿Infidelidades, tal vez?

-Bueno, una sí. La otra… me abandonó de la noche a la mañana. Me levanté y ella había recogido sus cosas. Ya no estaba.

En aquel momento Cloe ya se sentía bastante incómoda con el devenir de la conversación y decidió ponerle fin bruscamente.

-Oye. amigo, métete en tus asuntos, te lo digo desde el cariño.

Cambiaron de tema hacia lo trivial de la vida. Expusieron sus planes futuros como pareja y Hermann les escuchó atentamente el resto de la velada. A la una de la madrugada, Set ya no aguantaba más y decidió irse a dormir, dejando a sus invitados en el comedor con toda la confianza del que está cansado y no es muy amigo de los protocolos.

-Buenas noches cariño, nos vemos mañana cuando acabes de trabajar en el bar. Nosotros nos quedaremos un rato más y después Hermann me llevará a casa.

-Claro, haced lo que queráis, la casa es vuestra.

-Buenas noches, Set, encantado de conocerte y a ver si nos reunimos más a menudo -dijo Hermann levantándose de su silla y estrechándole la mano.

-Buenas noches a los dos, no os quedéis hasta muy tarde.

Set desapareció tras el umbral y el silencio se hizo entre dos viejos amigos. Cloe esperó hasta oír los sonoros ronquidos de su novio para hacer algún comentario comprometido a su amigo.

-¿Te parece normal lo que le has dicho?

-A ti, ¿no? ¿Qué le he dicho que te haya molestado?

-¿Qué pretendías averiguar exactamente? Has estado grosero con él, menos mal que Set no ha pensado mal de tí.

-¿A qué te refieres? Claro que Set no ha pensado mal. ¡No debía hacerlo! Creo que te estás equivocando. ¿Te acuerdas de lo que te dije aquella última noche que nos vimos? Yo no estoy interesado en ti, sino en lo que representas, así que mis preguntas no estaban dirigidas a separarte de él, esa no es mi intención.

-¿Y ahora te interesas por él?

-Me intereso por los dos, por lo que los dos representáis. Cada uno de forma independiente, eso sí.

-No me lo puedo creer. Estás peor de lo que pensaba. ¿Te das cuenta de que sólo te entiendes a ti mismo?

-Si…ya me había dado cuenta. La verdad es que estoy más interesado en entender a los demás que en darme a conocer a vosotros. Entiende que lo primero supone un desafío mental para mí y lo segundo es irrelevante para todos.

-A mí sí que me interesa entenderte.

-Bueno, entonces primero me interesaré por los demás y luego me revelaré a mí mismo para que así puedas entenderme.

-Eso suena a pacto.

-Qué remedio… por cierto, ¿crees que Set querría quedar algún día a solas conmigo? Creo que si vamos a ser amigos necesitamos tiempo para estar juntos sin que estés tú delante. Puedes condicionarnos, ¿lo entiendes, verdad?

-Claro, si conoces el nombre del fármaco en tu grupo de control, el efecto que se produce puede estar condicionado por dicho conocimiento.

Ambos amigos se miraron y rieron. Bueno, más bien Cloe rió y Hermann sonrió. Era lo máximo a lo que se podía aspirar.

-Creo que deberíamos irnos- dijo Cloe- ¿Me llevas a casa?

-Claro, no te dejaría sola andando por las calles de la ciudad, con la cantidad de maníacos que hay.

Cloe volvió a reír, aunque esta vez, Linch no lo hizo. Se limitó a coger su abrigo y salir de la casa por delante de ella. Se metió en su bonito coche, esperó a que se sentara ella y sin mediar palabra encendió el motor. Diez minutos más tarde se estaba despidiendo de su amiga en el quicio de la puerta de un automóvil.

Ninguno de los dos durmió bien aquella noche. Cloe no hacía más que repetir una y otra vez las palabras de Hermann y sentía una extraña sensación que la impulsaba a proteger a su amado.

Ella sabía que aunque Linch era un ser extraño nunca le haría daño a nadie. Aun así tuvo que hacerse un café a las siete de la mañana y salir a dar una vuelta al amanecer después de cinco horas intentando conciliar el sueño.

En la otra parte de la ciudad, un hombre solo en su dormitorio tampoco podía dormir.

Pensaba en otras cosas. Se preguntaba: ¿Habré conocido a la persona más buena del mundo? No se ha molestado por ninguno de mis comentarios. Realmente parece enamorado de Cloe. Tiene una vida ejemplar. Ha sido un héroe en muchas ocasiones. Y, sobre todo, su mirada es absolutamente clara. No parece haber maldad en él. Los pecados capitales le han esquivado en su caminar por la humanidad. No siente avaricia, envidia, gula ni cualquiera de los otros males que acechan a otros día y noche.

Eso era lo que parecía. Lo que parece una persona no siempre es lo que es en realidad, por eso necesitaba conocerlo mejor. Necesitaba estar a solas con él y seguir desnudando su alma. Puede que le costara más tiempo que reconocer la perfección, pero no le importaba, porque, de ser cierto, valdría la pena. Si había encontrado la bondad absoluta, no iba a dejarla pasar así sin más.

III.CLAUS

La noche en la que Hermann perdió a Cloe, una sombra gris se cernió sobre la ciudad. Él no lloró, el cielo sí. Vagó unos minutos con el coche, algo desconcertado hasta que al fin descubrió donde estaba su casa y logró aparcar su vehículo.

Su madre ya estaba dormida y su padre estaba reunido con el abogado familiar en el despacho.

Dejó su paraguas en la bañera del cuarto de baño de debajo de casa, no había podido aparcar justo enfrente de la puerta y la lluvia arreciaba en aquellos momentos.

Al dirigirse hacia su habitación, oyó cómo su padre emitía un sonido raro. El sonido no era extraño, aunque Hermann no lo entendiera. Volvió a bajar presto las escaleras. La puerta del despacho estaba entreabierta. El escritorio estaba lleno de papeles, las estanterías llenas de libros, los ojos de su padre, llenos de lágrimas.

¿Por qué lloraba su padre?

Claus miraba a su cliente y no sabía cómo darle consuelo. Todo lo que le dijera, no serviría de nada, Osborn seguiría llorando un poco más.

Hermann no osaba mover ni un músculo y desde el umbral de la puerta, todo le parecía igual que otras veces que habían estado reunidos en el despacho su padre y Claus. Por el resquicio de la puerta entreabierta observó que todos los libros estaban en su lugar, no faltaba ninguno. La silla y la mesa de madera tallada también parecían en perfectas condiciones, la tela de la cortina no estaba desgarrada sino que se posaba majestuosamente sobre la ventana y acariciaba el suelo que se rendía a sus pies. El papeleo que había encima del escritorio era el de siempre, la desorganización era la organización que su padre necesitaba para trabajar. También la silla auxiliar forrada que albergaba el cuerpo de Claus permanecía en buen estado, y la alfombra que permanecía tranquila bajo todo aquello, seguía estándolo. Así pues: ¿Por qué lloraba su padre?

Entonces Hermann sufrió una conexión nerviosa y le asaltó un pensamiento inesperado en él. ¿Y si era su madre la que estaba mal? ¿Y si le había pasado algo a ella? Así que salió como una exhalación, aunque sigilosamente, hacia el piso superior, hacia el dormitorio de sus padres.

Abrió la puerta lo más despacio que pudo. Se quitó los zapatos, los dejó apoyados en la cómoda de la entrada y se acercó al borde de la cama para asegurarse de que su madre estaba allí. En efecto, lo estaba. Acercó la mano a su nariz y comprobó que respiraba. Su sigilo fue tal que su madre ni se movió ante la inesperada visita.

Así pues volvió a la puerta con la misma precaución de no hacer ruido y ya no volvió a ponerse los zapatos para ir a su cuarto.

Se tumbó en la cama y casi al instante se durmió. Dicen que cuando has sufrido cierta tensión, cierto nerviosismo, una vez pasado el trago, cuando vuelves a un estado de normalidad, el sueño se hace mucho más fácil.

Lo que Hermann no llegó a comprender, no llegó a advertir porque no posee una visión prodigiosa, es que había unos papeles que no estaban en su lugar aquella noche en aquel despacho. Se trataba de unos análisis clínicos que su padre y Claus no paraban de revisar una y otra vez desesperadamente.

***

En lo que se presuponía como mitad de su vida, Herman esperaba que todo en ella fuera agradable. No tenía la experiencia del sabio, para eso aún le quedaban algunos años más. Tampoco tenía la lozanía que ya había perdido hacía años. Añorando la juventud y la senectud, creía, sin embargo, que se encontraba en la mitad de su vida. Tal vez, aquel era su punto álgido, el espacio temporal donde existía un promedio entre todas las virtudes y entre todos los defectos posibles a alcanzar en una trayectoria vital.

A su vez, pensaba en el significado del intermedio, ya en su casa después de un largo día de trabajo. Y con este pensamiento se plantó en la cocina para preparar la verdura.

Volviendo la vista un poco atrás mientras ejercía presión hacia la tabla con un cuchillo largo y afilado podía recordar alguno de sus últimos pasos.

Sabía en lo que había estado trabajando en su oficina. Sí, un nuevo negocio que llevaría a cabo dentro de unos meses. Había planificado la campaña publicitaria y ahora sólo le restaba arreglar unos documentos legales. En realidad, se pasaba la mayor parte del día entre papeles. Su piel se había acostumbrado al suave roce del papel blanco de impresora de buen gramaje. Herman odiaba el papel fino que en ocasiones la empresa había comprado al por mayor. Este último, aunque barato, era del todo inservible, de mala calidad y no provocaba en él ningún placer al pasar sus dedos por la superficie blanca. No, definitivamente no podría simular el tacto aterciopelado que él apreciaba en su papel preferido de alta gama. En fin, lo dicho, demasiadas horas entre papeles.

Con este pensamiento se entretuvo y casi llega a cortarse pasando cerca con el filo de su falange distal anular. Otra vez, sin darse cuenta, había cortado ya toda la verdura y ahora ponía agua a hervir en un recipiente.

Quería seguir describiendo sus pasos. Así pues, al finalizar un día de trabajo como otro cualquiera se había dirigido a casa. Hoy había ido con coche, eso lo sabía. Así que bajó a su plaza de garaje por el ascensor. Allí se encontró con gente de la oficina que salía como él de sus puestos de trabajo y se dirigían a su hogar.

Le llamó la atención una joven con aspecto cansado. Se notaba que había trabajado duro aquel día o, pensó Hermann, quizá el trabajo no le gustaba y por ello tenía ese aspecto. ¿Tendrá familia? ¿Estará pensando en ella? ¿Cómo será su vida fuera de esta caja acristalada que llamamos trabajo? Sí, sin duda debería dejarlo, no tiene buena cara. No le gusta.

Y así, mirando a la chica, salió del ascensor y llegó a su plaza de garaje. Ya en el coche, seguía pensando en el trabajo, en la necesidad que parecía innata en el ser humano de ocuparse en alguna actividad. ¿Sería posible un mundo en el que a todo el mundo le gustara su trabajo? ¿A cuántas personas les gustaba actualmente su trabajo? Hermann veía de forma continua por la calle, por la televisión, en los pocos círculos de gente que regentaba, a gente que hablaba de la situación laboral actual. No todos los comentarios que oía le resultaban acertados, de hecho, casi ninguno lo era. En resumidas cuentas, parecía que la gente que estaba trabajando, que tenía un trabajo y que podía sobrevivir con ello no se encontraba a gusto en su situación actual. La otra parte, la gente que no estaba trabajando, se quejaba de que no tenía trabajo. Si bien es cierto que muchos no aceptaban variados puestos de trabajo que se les proponían. Algunos, obligados por la necesidad, acababan por aceptar trabajos que detestaban y que, con el paso de no mucho tiempo, acababan por abandonar. El subsidio del Estado es algo bastante apetecible. Claro que él no había tenido que trabajar en nada que no le gustara, ¿o sí? Nunca se lo había planteado.

Una vez aclarado que abandonaría su sueño profesional, siempre había trabajado de lo mismo y casi en el mismo puesto. Ahora, por su situación personal y familiar, lo tenía todo en el plano laboral: dinero, carisma y poder. Claro, también tenía responsabilidades que otros no habrían deseado y menos a su edad, pero él las consideraba también parte de su trabajo y parte de un acuerdo tácito. No podía concebir un mundo en el cual él no fuera lo más productivo posible. Sin embargo, a menudo pensaba en los demás, en la sociedad en general y se apenaba. Deseaba que las cosas fueran mejor. Lo deseaba de verdad para la gente que, aun habiendo estudiado, no tenía oportunidades. Sabía que esa gente se sentiría vacía en sus casas. Él se sentiría así. Sabía que después de tantas entrevistas con un no por respuesta se perdería la esperanza y se acabaría la ilusión. Hermann esperaba realmente que los tiempos se arreglaran aunque no tomara parte activa en ello. No, él no era de esos, no sabía cómo implicarse, no sabía cómo ayudar, se veía incapaz de cualquier acción humanitaria. Aún así, como era un gran analista, sabía que las cosas estaban mal, sabía que en unos años se hablaría de una generación perdida.

Pues bien, entretenido con esos pensamientos Hermann se dio cuenta de que había llegado ya a su casa, había cerrado el coche en el garaje y después había subido uno a uno los peldaños que le habían llevado hacia la entrada interior de su casa.

Abrió la puerta y enseguida se puso a cortar verduras.

¿Y ya está? Sí, ya está. Parece que en su memoria no había nada más.

Debió llegar aún absorto en sus pensamientos y después de dejar la cartera en algún lugar cercano, debió de ponerse ropa cómoda y se dispuso a cortar las verduras para la cena.

Puede que también activara el sistema de seguridad de la casa… Sí, lo había hecho, estaba encendido. Las cámaras funcionaban, todo estaba en orden y las verduras también estaban hervidas.

Pensaba que la comida era un mal placer, así que las verduras le darían las vitaminas adecuadas que necesitaba en ese momento y, por otra parte, harían que su digestión fuese perfecta.

Pensó también en ponerse dos hielos y beber un poco de whisky. No le pareció adecuado, no cenando. Quizá después.

Algo le inquietaba y decidió tomarse una copa de vino. Aquello era más acorde con la cena. De vino blanco, no toleraba el tinto. Demasiado fuerte para su gusto.

Bajó a la bodega y se dirigió a la parte donde guardaba el vino blanco, a la gran nevera situada a la derecha que contenía vinos jóvenes y eligió uno. En la bodega también guardaba vinos tintos, pocos, fuera de las grandes neveras. En fin, esperaba que si algún día tenía algún invitado en casa, el invitado tendría la posibilidad de elegir. La libertad de elegir el color de su caldo.

Subió arriba, se sirvió una copa y dispuso la cena en un plato pequeño. Mientras apuraba su copa volvió a pensar en su jornada diaria. Nada, otra vez igual, había algo que se le escapaba, o quizá no, quizá había sido todo.

Cuando se acabó la cena, dejó el plato en el fregadero y volvió a servirse otra copa de vino. Al alejarse del fregadero, observó que el lavavajillas se encontraba repleto y que había acabado su ciclo. Pensó entonces que eso era algo que habría hecho antes de empezar a preparar la cena, sí, definitivamente había puesto el lavavajillas. Así que lo abrió y descubrió su contenido deslizando la bandeja hacia afuera. No recordaba cómo había podido utilizar tantos platos, tantos vasos y tantos cubiertos de un día para otro. ¿Había dado una fiesta la noche anterior? Definitivamente tenía que dejar de beber por las noches, estaba perdiendo facultades. Antes se acordaba de todo, de hecho había empezado a recordar hechos del pasado y gente a la que había conocido mucho tiempo atrás y, sin embargo, no podía acordarse de cómo habían llegado allí todos esos platos. Sin más, los recogió y los apiló en el armario. Después hizo lo propio con los demás.

Se prometió que era la última copa que se servía y se sentó en su sofá preferido.

Giró la cabeza y miró la hora en el reloj cuadrado que sobresalía de la mesita que se encontraba en uno de los laterales del sofá. Eran casi las dos de la madrugada. No sabía cómo se le había hecho tan tarde, pero sí que le quedaban muy pocas horas de sueño y debía acostarse. Por lo menos estar en la cama para intentar conciliar el sueño.

Dejó la copa a medias. Apagó las luces del salón y las del resto de la casa. Mientras andaba, las luces se apagaban a su paso. Creaba un bonito efecto visto desde atrás, claro que él no podía verlo.

Se quitó la ropa, hoy dormiría desnudo. Se tapó. No se durmió.

Cuando sonó el despertador a la mañana siguiente se despertó al momento y pensó que había podido descansar un poco.

De camino a la oficina, se encontró bastante mal, le dolía la cabeza. Decidió que no iría a trabajar. Llamó a su secretaria por el manos libres y dijo que se encontraba mal. Sabía que en el estado en el que se encontraba, no sería adecuado tomar decisiones sobre la próxima campaña. Después decidió lo que haría el resto del día.

Dio la vuelta en el primer lugar permitido. Volvió a casa y dejó el coche en el garaje.

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