Kitabı oku: «Narrativa Breve de León Tolstoi»
León Tolstoi
Narrativa Breve de León Tolstoi
e-artnow, 2021
EAN 4064066442347
Índice
Historia de un caballo
I
II
III
IV
V Primera noche
VI Segunda noche
VII Tercera noche
VIII Cuarta noche
IX Quinta noche
X
XI
XII
La sonata a Kreutzer
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
Iván el Imbécil
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
El ahijado
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
La muerte de Ivan Ilich
1
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5
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12
El Diablo
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
El músico Alberto
I
II
III
IV
V
VI
VII
El Padre Sergio
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
La borrasca
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
El sueño
I
II
III
Los decembristas
Nota Preliminar
I
II
Los dos húsares
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
Francisca
I
II
La incursión
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
La tala del bosque
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
Demasiado caro
Después del baile
El degradado
Lucerna
Tres muertes
Ilia
Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere
El primer destilador
La muñeca de porcelana
Los tres staretzi
Melania y Akulania
El origen del mal
¿Cuánta tierra necesita un hombre?
Jodynka
Pobres gentes
Sin querer
El poder de la infancia
El salto
León Tolstoi
Narrativa Breve de León Tolstoi
Historia de un caballo
Índice
I
Índice
Se disipaban las nieblas de la noche.
Los primeros rayos de luz de la mañana matizaban de brillantes colores las gotas de rocío.
El disco de la luna palidecía, desapareciendo en el horizonte. La naturaleza entera se despertaba; la selva volvía a poblarse. En el patio inmenso de la casa señorial, volvía todo a la vida.
Oíanse por todas partes las voces de los aldeanos, los relinchos de los caballos y un zafarrancho continuo en las literas de paja en que los yegüeros habían pasado la noche.
–Bueno, ¿quieres terminar ya? –gritó el viejo guardián de la yeguada al abrir la puerta cochera.
–¡Vamos! ¿A dónde vas tú –dijo, jugando con la fusta, a una yegua joven que quiso aprovecharse de la apertura para escaparse.
Néstor, el viejo guardián de la yegua, vestía un casaquín ceñido al cuerpo por una correa adornada con placas de acero y llevaba el tal o a la espalda, un pedazo de pan en un pañuelo colgado del cinturón, una silla de montar y una brida en las manos.
Los caballos no mostraron ofensa ni resentimiento, ni dieron señales de susto por el tono burlón de su guardián; aparentaron no prestarle atención y se alejaron de la puerta a paso lento.
Sólo una yegua vieja, de pelo bayo oscuro y de largas crines, enderezó las orejas y se estremeció con todo su cuerpo.
Otra yegua joven, aprovechando la ocasión, fingió asustarse y dio un par de coces a un caballo viejo que permanecía inmóvil detrás de ella.
–¡Vamos! –gritó el viejo con voz terrible, dirigiéndose hacia el fondo del corral.
Entre tanta bestia, sólo un caballo, un caballo pío que permanecía aislado debajo del cobertizo, continuaba sin dar muestra alguna de impaciencia.
Con los ojos medio cerrados, lamía el pilar de encima del cobertizo, con aire pensativo y serio.
–Basta de lametones –gritó el guardián acercándose a él y colocando la montura y el sudadero sobre un montón de estiércol.
Detúvose el caballo pío y, sin moverse, miró con fijeza al viejo Néstor. No sonrió, ni se incomodó, ni se enfurruñó, pero adelantó un paso, suspiró con tristeza y trató de irse.
El guardián lo cogió con ambas manos por el cuello, con objeto de ponerle la brida.
–¿Qué tienes, que suspiras, viejo mío? –le dijo.
El caballo, por toda respuesta, meneó la cola como queriendo decir:
–No tengo nada, Néstor.
Este le puso el sudadero y la silla sobre el lomo; el caballo agachó las orejas como para expresar su descontento y fue tratado de bribón. Cuando el viejo quiso apretarle la cincha, hizo el caballo una gran aspiración, pero Néstor le sujetó la lengua con los dedos, le pegó un puntapié en el vientre y el caballo expelió el aire absorbido.
Aunque estuviese bien persuadido de que toda resistencia era inútil, el caballo había creído un deber manifestar su descontento.
Una vez ensillado, se puso a morder el freno, aunque debía de saber, por larga experiencia, que nada adelantaba con ello.
Montó en él Néstor. Empuñó el látigo, se arregló el casaquín, se sentó de lado en la silla a manera de los cazadores y de los cocheros, y tiró de las riendas.
El caballo levantó la cabeza, queriendo demostrar con ello que estaba pronto a obedecer, y esperó. Sabía de antemano que, antes de partir, tenía que dar el jinete muchas órdenes al joven guardián Vaska.
Y, efectivamente, Néstor gritó:
–¡Vaska! ¿Has soltado la yeguada? ¿A donde vas? ¡Duermes! Abre la puerta y deja salir primero las yeguas…
Rechinó la puerta.
Vaska, medio dormido y furioso, tenía en una mano las riendas de su caballo y dejaba que las yeguas fueran saliendo.
Estas desfilaron una tras otra resoplando sobre la paja, primero las jóvenes, después las paridas con sus potrancas, y en último término las llenas; éstas pasaban despacio por la puerta, balanceando su abultado vientre.
Las yeguas se reunían por parejas y a veces en mayor número; colocaban sus morros sobre las ancas de sus compañeras y, al llegar a la puerta, se atascaban; pero los golpes de látigo las hacían separarse bajando la cabeza.
Los potrillos se extraviaban, perdían de vista a sus madres, se ponían delante de otras yeguas, y respondían con relinchos a los que sus madres les daban llamándoles.
Una yegua joven y traviesa agachaba la cabeza, disparaba una coz y soltaba un sonoro relincho en cuanto se veía libre. No se atrevía, sin embargo, a ponerse delante de la vieja yegua Juldiba, que rompía siempre la marcha o iba al frente de la yeguada con paso grave y pavoneándose.
El corral, tan animado momentos antes, quedaba triste y solitario: no se veían en él más que los pilares y los montones de paja.
Aquel cuadro de desolación parecía entristecer al viejo caballo pío, a pesar de que estaba acostumbrado a verlo desde hacia largo tiempo. Levantó la cabeza; la bajó luego como si quisiera saludar; suspiró con tanta fuerza como le permitió la cincha, y después siguió, detrás de la yeguada, cojeando de las cuatro patas, viejas y estacadas, con Néstor encima.
«Sé lo que vas a hacer ahora –pensó el viejo caballo–; tan pronto como lleguemos al camino real, sacará la pipa del bolsillo, encenderá la yesca con el eslabón y la piedra, y se pondrá a fumar. Eso no me disgusta; el olor del tabaco es muy agradable en las primeras horas de la mañana, y, además, me recuerda mis buenos tiempos. Lástima que al fumar le dé al viejo por ponerse fanfarrón y que se cargue siempre sobre un lado, sobre el mismo lado, precisamente sobre el que me duele… Pero no importa; estoy acostumbrado a sufrir para que otros gocen, y hasta empiezo a sentir una satisfacción de caballo al sufrir por los demás.
Dejemos a ese pobre viejo Néstor que haga el fanfarrón conmigo. Después de todo, no puede permitirse fanfarronadas sino cuando nos encontramos a solas él y yo».
Así reflexionaba el viejo cuadrúpedo, marchando a paso lento por el camino.
II
Índice
Llegados a la orilla del río, en donde debía pacer la yeguada, Néstor bajó del caballo y le quitó la montura.
El ganado se fue dispersando poco a poco por el prado cubierto de rocío y de niebla que se elevaba con lentitud a medida que el sol brillaba con una mayor intensidad.
Después de quitarle la brida. Néstor rascó al viejo pío en el cuello, y el caballo cerró los ojos en señal de gratitud.
–Así me gusta, perro viejo –dijo Néstor.
Pero al caballo no le producía satisfacción alguna aquel halago, y únicamente por cortesía se mostraba encantado y bajó de nuevo la cabeza en señal de asentimiento.
Pero de pronto, y sin motivo, a no ser que Néstor creyese que el caballo tomaba como muestra de familiaridad aquella caricia, el guardián rechazó violentamente la cabeza del cuadrúpedo y le dio un latigazo con las riendas, tras lo cual fue a sentarse al pie del tronco de un árbol, donde acostumbraba a pasar el día.
Aquella brutalidad entristeció al caballo, pero no lo demostró, y se dirigió hacia el río mordisqueando la hierba y meneando la cola.
Sabía, por experiencia, que nada es tan bueno para la salud como beber agua fresca en ayunas, así que se fue hacia el sitio en que la margen del río tenía menor pendiente, sumergió los belfos en el agua y empezó a beber con avidez.
A medida que su cuerpo se henchía, experimentaba un dulce bienestar y agitaba con más satisfacción la desguarnecida cola.
Una pequeña yegua alazana, que se divertía agotando la paciencia del pobre viejo, se acercó a él, aparentando no verlo, con el único objeto de enturbiarle el agua que tan a gusto estaba bebiendo.
Pero el pío había terminado ya de beber; fingió no advertir la mala pasada que la pequeña yegua quiso jugarle. Levantó, uno después de otro, los cuatro cascos metidos en el agua;
sacudió los belfos, y se alejó para pacer tranquilamente a respetable distancia de la juventud.
Y pació seriamente durante tres horas, procurando estropear lo menos posible la hierba con sus cascos. Al cabo de las tres horas, apoyóse por igual sobre las cuatro patas y se durmió pacíficamente.
Hay vejeces de muchas clases: la vejez majestuosa, la vejez horrible, la vejez que nos inspira compasión; y hay otra que participa de la primera y de la última: la vejez majestuosa que nos inspira lástima.
A ésta pertenecía la de nuestro viejo caballo pío.
Era de mucha alzada; su pelo había sido negro en sus tiempos, pero las manchas negras se habían quedado ya de un color oscuro sucio.
Tenía tres grandes manchas: una en el lado derecho de la cabeza, que partía de la proximidad del belfo superior e iba a terminar en la mitad del cuello; la crin era entreverada, la mitad blanca y la otra mitad oscura; la segunda mancha se extendía por el costado derecho y descendía hasta la mitad del vientre; la tercera llenaba la grupa, la mitad de la cola y las dos patas traseras.
La cola era blanca.
La cabeza grande, huesuda, con dos huecos profundos sobre los ojos; el belfo inferior, negro y descolgado, hacia ya mucho tiempo, parecía hallarse suspendido de su cuello flaco y encorvado.
Por la desgajadura del belfo inferior se veía el extremo de la lengua, desviada hacia un lado y negruzca, y amarillos restos de sus dientes inferiores.
Las orejas, una de ellas hendida, pendían a ambos lados del cuello, y no las enderezaba sino muy rara vez para espantar las moscas importunas.
De su antigua cabellera ya no le quedaba más que un mechón de pelo que colgaba por detrás de su oreja izquierda.
La frente, descubierta, estaba llena de arrugas y la piel formaba hondos pliegues a lo largo de la cara, a uno y otro lado.
Las venas tomaban gruesos nudos a lo largo de la cabeza y del cuello, y aquellos nudos se estremecían cada vez que una mosca se posaba en ellos.
Ofrecía una expresión de dolor y de paciencia infinitos.
Sus dos brazos estaban encorvados y los tenía llenos de ampollas; lo mismo sucedía con los menudillos; en el izquierdo se le veía un gran sobrehueso por debajo de la articulación; las patas las tenía menos dañadas, pero, a fuerzas de rozarse con los cascos, habían perdido el pelo en la cara interna de su tercio inferior.
Con relación al cuerpo, sus patas parecían demasiado largas.
Los ijares, aunque llenos, estaban descarnados y cubiertos únicamente por la piel.
La cruz y la espaldas presentaban huellas de mataduras y golpes, y en el lomo, cerca de la grupa, se veía una bastante reciente.
Sobre el comienzo de la cola se destacaban las últimas vértebras; en la parte inferior de aquél había desaparecido hasta el último rastro de pelo.
En la misma grupa se extendía una úlcera antigua, recubierta de pelos blancos y gruesos, y a lo largo del omóplato derecho se percibía una cicatriz.
Los corvejones y el comienzo de la cola los tenía siempre sucios, por efecto de un continuo desate de vientre.
A pesar de su aspecto repugnante, cualquier persona inteligente hubiera reconocido en aquel penco un caballo de raza, y hubiera añadido que solo existe una raza de caballos en Rusia que tenga tan desarrollados los huesos, tan fuertes los cascos, tan curvado el cuello y una piel y un pelo tan finos.
Había algo de grandioso en el aspecto de aquel animal, en aquel conjunto formado por una fealdad repugnante y por la expresión de arrogancia y de seguridad que lo caracterizaba.
Era como una ruina viviente en medio de la verde pradera, rodeado del ganado joven que se había esparcido por todas partes llenando el aire con sus relinchos.
III
Índice
El sol se había elevado por encima de los árboles y bailaba con sus brillantes rayos la pradera y el río.
El rocío iba desapareciendo poco a poco; ya sólo se veían algunas notas esparcidas aquí y allá; los vapores de la mañana se desvanecían y únicamente se levantaba algún que otro jirón de niebla tenue en las orillas del río.
Ligeras nubecillas se agrupaban como nevados copos, y la calma reinaba en el espacio.
Más allá de la margen opuesta se divisaba un campo de trigo, verde y todavía fresco.
Las emanaciones de las flores y de la jugosa hierba embalsamaban la atmósfera.
A lo lejos se oía cantar al cuco, y Néstor, tendido de espaldas bajo el árbol, contó los años que le quedaban de vida.
Las alondras revoloteaban por los aires por encima del prado.
Una liebre, sorprendida por la yeguada, huyó a todo escape, se agazapó luego detrás de una mata y enderezó las orejas.
Vaska se durmió con la cabeza entre las hierbas.
Las yeguas, aprovechándose de su libertad, se desparramaron en todas direcciones. Las más viejas eligieron un sitio tranquilo dónde pacer sin que nada las molestase; pero ya no pacían: se limitaban a despuntar los tallos de la mejor hierba y a comérselos con marcada satisfacción.
Toda la yeguada fue dirigiéndose insensiblemente hacia el mismo lado.
Y volvió a encontrarse otra vez la vieja Juldiba al frente de sus compañeras, sirviéndoles de guía.
La joven Muchka, que había parido por primera vez, no cesaba de relinchar, jugando con su retoño.
La joven Atlasnaia, de piel fina como el satén, jugueteaba con la hierba bajando la cabeza de manera que el tupé le cubriese los ojos y la cara.
Arrancaba tallos de hierba, echándolos hacia arriba y golpeando el suelo con el casco.
Un potrillo de los mayores había inventado un juego nuevo para él, que consistía en correr alrededor de su madre, con la cola levantada en forma de penacho, y hacia ya su vigésimasexta vuelta sin descansar. Su madre pacía tranquilamente siguiéndole con el rabillo del ojo.
Otro de los potros más pequeños, negro y de cabeza voluminosa, con el tupé erizado entre ambas orejas y con la cola inclinada hacia el sitio donde estaba su madre, seguía con mirada entontecida las carreras de su camarada, como si tratara de explicarse a qué conducían aquellos alardes de resistencia. Otros potrillos parecían espantados.
Algunos, sordos al llamamiento de sus madres, corrían en dirección opuesta a ellas, relinchando con toda la fuerza de sus jóvenes pulmones.
Otros se divertían revolcándose en la hierba.
Los más fuertes imitaban a los caballos y pacían.
Dos yeguas preñadas se alejaron moviendo con trabajo sus patas y paciendo silenciosamente. Su estado inspiraba respeto a la yeguada; nadie se hubiera atrevido a molestarles.
Si alguna de las yeguas jóvenes, más atrevida que las demás, se les acercaba, era suficiente un movimiento de cola o de oreja para llamarlas al orden y mostrarles la inconveniencia de su conducta.
Los potrillos de un año, juzgándose ya demasiado grandes para mantenerse al nivel de los más pequeños, pacían con aire serio, encorvando sus graciosos cuellos y meneando sus nacientes colas a imitación de los mayores, y se revolcaban o se rascaban el lomo como éstos, uno contra otro.
El grupo más alegre era el de las yeguas de dos a tres años.
Estas se paseaban todas juntas como las señoritas, y se mantenían apartadas de las demás.
Se agrupaban apoyando sus cabezas en el cuello de las otras, resoplando y saltando: de pronto empezaban a dar brincos con la cola levantada y rompían al galope unas en torno a las otras.
La más hermosa y la más traviesa del grupo era una alazana.
Todas las demás imitaban sus juegos y la seguían a todas partes.
Era la que daba el tono a la reunión.
Estaba aquel día extraordinariamente alegre y dispuesta a divertirse.
Fue la que por la mañana enturbió el agua que bebía pacíficamente el caballo pío. Luego, aparentando asustarse, partió como un rayo, seguida de todo el grupo, y no fue poco el trabajo que le costó a Vaska hacerlas volver a aquella parte del prado.
Después de pastar, una vez satisfecha, se revolcó en la hierba, y, cansada de aquel juego, se dedicó tenazmente a molestar y a provocar a las yeguas viejas, corriendo por delante de ellas.
Asustó a un potrillo que estaba mamando con gran seriedad y se divirtió persiguiéndole y haciendo como si quisiera morderle. La madre, asustada, dejó de pacer. El pequeño empezó a relinchar quejumbrosamente; pero la traviesa alazana no le hizo daño, y contenta por haber distraído a sus compañeras que la miraban con interés, se alejó como si no hubiese hecho nada.
Después se le ocurrió trastornarle el juicio a un caballo gris que se veía a lo lejos, montado por un aldeano.
Se detuvo. Dirigió en torno suyo una mirada arrogante, volvió de lado su linda cabeza, se sacudió y lanzó un relincho dulce y apasionado.
Aquel relincho tenía la expresión de la ternura y de la tristeza unidas.
En él se adivinaban promesas de amor y deseos no satisfechos.
«El cuco llama a su amada en la selva; las flores se envían el polen en alas de la brisa; las codornices se requiebran de autores al pie de los erguidos juncos, y yo, que soy joven y hermosa, no he conocido aún el amor».
Esto es lo que quería decir aquel relincho que conmovió los aires y llegó hasta el caballo gris.
Este enderezó las orejas y se detuvo.
El jinete le dio un latigazo, pero el caballo, sugestionado y conmovido por el eco de aquella voz dulce y apasionada, no se movió y respondió al relincho de la yegua.
El jinete se enojó, y fue tan terrible el golpe que dio con ambos talones en los ijares del corcel, que éste se vio forzado a interrumpir su canción y a proseguir su camino.
Pero a la joven yegua le enterneció la canción, y estuvo escuchando durante mucho tiempo el eco de la respuesta interrumpida, los pasos del caballo y las imprecaciones del jinete.
Si sólo la voz de la joven alazana hizo que el caballo gris olvidara sus deberes, ¿qué hubiera sucedido si éste hubiese visto lo hermosa que era ella, el fuego que centelleaba en sus ojos, la dilatación de sus narices y el estremecimiento de su cuerpo?
Pero la locuela no era amiga de preocuparse demasiado.
Cuando la voz del caballo gris se hubo extinguido a lo lejos, relinchó en tono burlón, escarbó la tierra con sus lindos cascos y al ver, no lejos de ella, al viejo caballo pío que dormía pacíficamente, corrió hacia él para despertarlo y provocarlo.
El pobre caballo era el blanco, la víctima de la juventud caballar, que le hacía sufrir más aún que los hombres; y sin embargo, ni a aquélla ni a éstos les había hecho jamás daño alguno.
Los hombres le necesitaban, pero ¿por qué los caballos no le dejaban en paz?
Eso fue algo que nunca pudo comprender.
IV
Índice
El era viejo y ellas eran jóvenes.
El estaba flaco y ellas estaban gordas.
El estaba triste y ellas estaban alegres.
Era, pues, un extraño, un ser aparte, que no podía inspirarles sentimiento alguno de compasión.
Los caballos no se compadecen, sino de sí mismos.
Son egoístas.
¿Era culpa del caballo pío no parecerse a ellos y ser viejo, flaco y feo?
Parece que no debiera ser culpa suya, pero la lógica caballuna es muy distinta a la lógica humana.
Todas las culpas eran suyas y toda la razón estaba de parte de aquellos qué eran jóvenes, fuertes y dichosos; de aquellos ante los cuales se abría el porvenir; de aquellos que podían levantar la cola en forma de penacho y cuyos músculos se estremecían al contacto de la menor cosa.
En sus momentos de calma, quizás creyese el caballo pío que era objeto de una injusticia, que su vida llegaba a su término, y que debía pagar el precio de sus pasados goces; pero no era más que un caballo y no podía dejar de revolverse, en ciertos momentos, contra aquella juventud que le infligía castigos por lo que a ella misma le habría de suceder andando el tiempo.
Otra causa de la crueldad de aquella juventud, era sus humos aristocráticos que tenía.
Todos descendían, en línea más o menos recta, del célebre Smetanka.
El caballo pío era un extraño, de origen desconocido, comprado hacía tres años en una feria, por ochenta rublos.
La yegua alazana, fingiendo ir paseando, se acercó al pobre viejo y tropezó con él como por casualidad o distracción.
Comprendió éste de dónde venía el golpe; pero se limitó a dar un paso atrás sin abrir los ojos.
La yegua le volvió la grupa e inició un movimiento como si fuera a darle un par de coces.
El pío abrió los ojos y se alejó calmosamente.
Había perdido el sueño y se puso a pacer.
La yegua alocada no había quedado aún satisfecha.
Se acercó de nuevo al malaventurado caballo, seguida de sus compañeras.
Una yegüecita de dos años, muy torpe, que era una especie de mono de imitación, y que seguía paso a paso a la alazana, se acercó al caballo y, como todos los imitadores, rebasó los límites de la broma.
La yegua alazana, al acercarse, hacía siempre como que no veía al caballo, y pasaba y repasaba ante él con aire asustado, de forma que el viejo pío no sabía si incomodarse o no, viéndola tan graciosa y divertida pero su imitadora se echó sobre él de lleno y le asestó un golpe en el costado.
El pío abrió la boca, y con una prontitud que no se podía esperar de él, se arrojó sobre la imprudente y la mordió en un anca.
La agresora se revolvió y le golpeó con todas sus fuerzas dándole manotadas; rugió el viejo queriendo lanzarse otra vez sobre ella, pero luego, dando un profundo suspiro, se fue alejando de aquel sitio.
La juventud debió creer ofensiva para ella la conducta del viejo caballo pío y no le dejó en reposo el resto del día, a pesar de que el guardián intervino varias veces para hacer que todos entraran en razón.
Tan desgraciado se consideró el pobre caballo que, cuando llegó la hora de regresar a la yeguada, se acerco espontáneamente al viejo Néstor para que le pusiera la montura, y se consideró feliz llevándole en sus lomos.
Sólo Dios podía conocer los pensamientos que agitaban el cerebro de aquel pobre viejo cuando lo montó Néstor.
¿Pensaba con amargura en la crueldad de la juventud, o perdonaba sus ofensas con la indulgencia despreciativa que caracteriza a los viejos?
Imposible adivinarlo: tan impenetrables eran sus pensamientos.
Aquella noche fueron a ver a Néstor unos compadres suyos.
Al pasar por el pueblo vio su carro parado en la puerta de una choza.
Tenía prisa para reunirse con ellos, así es que, apenas hubo entrado en el corral, se apeó y se alejó sin desensillar el caballo, encargando a Vaska que lo hiciese en cuanto concluyese su faena.
¿Sería a causa de la ofensa inferida a la descendiente de Smetanka o a causa de su sentimiento aristocrático herido? Difícil sería determinarlo, pero lo cierto es que aquella noche todos los caballos, jóvenes y viejos, se pusieron a perseguir al caballo pío que, con la montura puesta, huía para evitar los golpes que le asestaban por todas partes.
Pero llegó un momento en que se agotaron sus fuerzas y, no pudiendo huir ya de sus perseguidores, se detuvo en medio del corral.
La impaciencia de la rabia se dibujó en su cara. Agachó las orejas y entonces ocurrió algo inesperado, un extraño fenómeno que calmó instantáneamente la excitación de toda la yeguada.
La yegua más vieja, Viasopurika, se acercó a él, le echó el resuello con fuerza y suspiró.
El viejo pío le contestó con otro suspiro igualmente profundo.
Aquel caballo viejo, cuadrado en medio del corral, con la montura puesta e iluminado por el resplandor de la luna, tenía algo de fantástico.
Los caballos le rodeaban en silencio y le miraban con interés, como si fueran a conocer algo muy importante para ellos.
Y he aquí, poco más o menos, lo que llegaron a conocer…
V Primera noche
Índice
Sí; soy hijo de Liubeski y de Babá.
«Mi nombre, según el árbol genealógico, es Mujik I, conocido en el mundo bajo el de Kolstomier (mediador), a causa de mi cola larga y poblada que no tenía rival en toda Rusia.
«Según mi genealogía, no hay caballo alguno más pura sangre que yo.
«No os lo hubiera dicho nunca.
«No lo hubierais sabido jamás de mi boca.
«Viasopurika, que estaba conmigo en Krienovo, tampoco me hubiera conocido ya.
«No me hubierais creído si ella no lo hubiera testificado.
«Yo hubiera seguido guardando silencio, porque ninguna necesidad tengo de la conmiseración caballuna.
«Pero vosotros lo habéis querido.
«Si; yo soy aquel Kolstomier que buscaban los inteligentes, y a quien el conde vendió por haber triunfado en las carreras de Liebed, sobre su caballo favorito.
«Cuando vine al mundo, ignoraba yo lo que significaba la palabra ‘pío’; no sabía más que una cosa: que yo era un caballo.
«Las primeras observaciones que se hicieron respecto a mi pelo, nos admiraron mucho a mi madre y a mí.
«Vine al mundo probablemente de noche, porque al llegar la mañana, y limpiado por mi madre, me sostenía ya de pie.
«Recuerdo que tenía un deseo vago e indeterminado, que no estaba en disposición de formular, y que todo lo que pasaba en torno mío me parecía extraordinario.
«Nuestras cuadras estaban situadas en un corredor caliente y oscuro, y se cerraban las puertas o cancelas de hierro a través de las cuales todo se podía ver.
«Mi madre me ofrecía su ubre, pero yo era aún tan ingenuo, que la rechazaba con el morro. De pronto se retiró mi madre a un lado: acababa de ver al palafrenero en jefe, que se aproximaba.
«Este miró a través de los hierros de la puerta.
«–¡Calla! Acabas de parir, Babá –dijo, abriendo la puerta.
«Entró y me rodeó con sus brazos, «–Míralo, Farasié; parece pío.
«Yo me escabullí de sus brazos, pero, como no tenía bastantes fuerzas, caí de rodillas.
«Vamos a ver, diablillo –dijo.
«Mi madre se inquietó por aquello, pero, no atreviéndose a defenderme, se contentó con suspirar y se alejó.
«Los demás criados se agruparon en torno nuestro y empezaron a inspeccionarme.
«Todos reían al ver las manchas de mi pelo, y me daban los nombres más raros.
«Ni mi madre ni yo pudimos comprender el sentido de aquellas palabras.
«Hasta aquel momento, no había existido ningún caballo pío en la familia.
«No creímos que hubiera en ello nada malo: en cuanto a mis formas y a mi fuerza, fueron admiradas desde el momento mismo de mi nacimiento.
«–Creo que es muy vivo –dijo el palafranero–; me cuesta trabajo retenerlo en los brazos.
«Poco después llegó el caballerizo, quien se admiró al verme y dijo con acento de contrariedad:
«–¿A quién puede parecérsele este monstruo? Seguro que el general no querrá conservarlo en la yeguada. ¡Eh, Babá! me has jugado una mala pasada –dijo, dirigiéndose a mi madre–. Si hubiera nacido con una estrella en la frente, aún podía pasar; pero ¡ha nacido pío!
«Mi madre no contestó, pero, como sucede en tales casos, suspiró profundamente.
«–¿A quién diablos puede parecerse? Es un verdadero aldeano; será imposible dejarlo en la yeguada; sería una verdadera vergüenza.
«–Y, sin embargo, es hermoso, muy hermoso –decían al examinarme.
«Algunos días después vino el general y se reprodujeron las indignas imprecaciones contra el color de mi pelo. Todos estaban furiosos y acusaban de ello a mi madre, aunque al final siempre terminaban añadiendo:
«–Y, sin embargo, es hermoso.
«Se nos dejó en las cuadras con una temperatura muy templada, hasta que llegó la primavera: entre tanto, cuando hacía buen tiempo y la nieve se empezaba a fundir a los rayos del sol, se nos permitía salir al gran patio cubierto con paja fresca.
«Allí fue donde vi por vez primera a todos mis parientes que eran muchos.
«También allí vi salir de sus cercados a las yeguas más célebres con sus hijos; entre otras a Gallaudka y a Muchka, la hija de Smetanka, y a Krasnucka, caballo de silla. Cuando se reunían, se refregaban unas con otras y se revolcaban en el suelo sobre la paja como simples mortales.
«No puedo olvidar aquel patio lleno de las más hermosas yeguas que puede uno imaginarse…
«Os admiráis ante la idea de que yo haya sido joven y travieso, y sin embargo, lo fui; ahí tenéis a Viasopurika, que no tenía entonces más que un año.
«Era entonces una yegüecita alegre y gentil, pero, sin ánimo de ofender, era una de las más feas de la yeguada.
«Ella misma se los podría certificar.
Mi pelo, que había desagradado a los hombres, tuvo un gran éxito entre los caballos; éstos me rodearon, me admiraron y se pusieron a jugar conmigo.
«Empecé a olvidar los malvados propósitos de los hombres y a gozar de mi éxito.
Pero no tardé en tener el primer desengaño de mi vida, y aquel desengaño me lo proporcionó mi madre.
«Cuando la nieve se hubo derretido por completo y los gorriones se revolvían cantando apresuradamente entre las ramas o saltando por el suelo; cuando el aire se hizo tibio y embalsamado, cuando llegó, al fin, la primavera, mi madre cambió radicalmente conmigo.
«Su carácter se alteró por completo. De pronto se ponía a jugar y a correr por el corral, cosas que no sentaban bien a su condición de madre. A veces se ponía pensativa y melancólica. Relinchaba, mordía a sus amigas, se lanzaba sobre ellas, se refregaba conmigo y me rechazaba después con disgusto.
«Cierto día llegó el caballerizo. Le puso una cabezada y se la llevó del corral.
«Relinchó.
«Le contesté y me fui tras ella, pero salió sin decirme ni adiós con la mirada.
«El palafrenero Farasié me tomó en sus brazos en el momento en que la puerta se cerraba detrás de mi madre.
«Me zafé de él y me dirigí a la puerta, pero estaba ya cerrada, y no oí sino los relinchos de mi madre allá a lo lejos.
«Aquellos relinchos no eran ya voces que me diera llamándome. No: tenían otra significación.
Un relincho dado con voz poderosa respondió a aquel llamamiento.
«Lo dio (como supe más tarde) Dobrii I, a quien dos palafraneros conducían para que tuviese una entrevista con mi madre…
«No recuerdo ya cómo y cuándo me dejó Farasié.
«Me hallaba entonces muy triste. Comprendí que había perdido para siempre el cariño de mi madre.
«–¡Y todo porque soy pío! –exclamaba yo, recordando las malvadas palabras de los hombres.
«Me acometió tal acceso de rabia, que empecé a dar golpes con la cabeza, con las rodillas y con el cuerpo contra las paredes, hasta que, rendido, tuve que detenerme por falta de fuerzas.
«Poco después volvió mi madre.
La sentí llegar con paso rápido y acercarse a nuestra cuadra.
«Cuando le abrieron la puerta y pude verla, casi no la reconocí: tanto había cambiado.
«La encontré rejuvenecida y más hermosa.
Se refregó contra mí y relinchó.
«Desde luego, me di cuenta de que ya no me quería.
«Me habló de la hermosura de Dobrii y de su amor hacia él.
«Sus entrevistas continuaron y mis relaciones con ella se hicieron cada vez más frías y más tirantes…
«Poco tiempo después, nos enviaron a pastar.
«A partir de entonces comencé a tener goces y alegrías nuevas que me consolaron de mis pesares.
«Tuve amigas y tuve camaradas.
«Aprendimos juntos a comer hierba, a relinchar como los mayores y a saltar en torno a nuestras madres, levantando al aire nuestras colas.
«¡Dichoso tiempo aquél!
«Todos me admiraban. Todos me querían; y se me perdonaban todas mis locuras. Pero fue entonces, precisamente, cuando me ocurrió una cosa terrible…»
Al decir esto, el viejo animal suspiró profundamente…
Empezaba a despuntar la aurora. Rechinó la puerta y el viejo Néstor apareció en ella.
Los caballos se separaron al verle entrar, y el guardián, después de arreglar la montura del pío, hizo salir al ganado.
VI Segunda noche
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Tan pronto como los caballos entraron de nuevo en el corral, agrupáronse en derredor del viejo, quien reanudó de esta manera su relato:
«En agosto me separaron de mi madre. Pero no lo sentí: llevaba en su vientre a mi hermano menor, al célebre Ussan, y observé que yo estaba relegado ya a segundo término.
«No tuve celos de él. Lo único que noté fue que no amaba ya del mismo modo a mi madre.
«Sabía, además, que una vez separado de ella me quedaría con mis jóvenes camaradas, y que todos los días iría a pasearme por los campos y las praderas con ellos.
«Tenía a Milii por compañero de cuadra.
«Milii era un caballo de silla, y cuando fue mayor tuvo el honor de ser montado por el emperador y de ser reproducido en fotografía.
En aquella época sólo era un potrillo de piel fina, de cuello graciosamente encorvado y de remos finos y aplomados. Estaba siempre de buen humor. Siempre dispuesto a jugar, a lamer a sus amigos, y a burlarse de los caballos y de los hombres.
«Nos unió una tierna amistad, y siempre estábamos juntos: pero aquella amistad duró poco.
«Como os acabo de decir, Milii era de carácter alegre y ligero.
«Desde pequeño empezó a hacer la corte a las yegüecitas; siempre se estaba burlando de mi simpleza.
«Por desgracia mía, imité su ejemplo, herido en mi amor propio por sus burlas y me enamoré en seguida. Aquel encadenamiento precoz fue la causa del cambio que se operó en mi suerte.
«Ved aquí la historia de mi amor, en pocas palabras:
«Viasopurika tenia un año más que yo. Fuimos siempre grandes amigos; pero al terminar el otoño, noté de pronto que me esquivaba cuanto podía.
«No me siento con valor suficiente para narraros esta historia, llena de recuerdos dolorosos para mí.
«Aún recuerda ella la fatal pasión que me inspiró.
«En el momento en que yo le declaraba mis sentimientos, los palafreneros se echaron sobre nosotros, la espantaron a ella y me molieron a mí a latigazos.
«Por la noche fui encerrado en una cuadra solitaria, en la que pasé las horas relinchando con desesperación, como si hubiese tenido presentimientos de lo que me esperaba.
«A la mañana siguiente, el general, el jefe de los caballerizos y el palafrenero, vinieron a verme. Todos hablaban y gesticulaban al mismo tiempo. El general se enojó con el caballerizo, quien se excuso diciendo que no había ocurrido nada y que la culpa había sido de los palafreneros. El general amenazó con mandar a azotar a todo el mundo, porque, según dijo, aquella no era manera de guardar los pequeños garañones. El caballerizo prometió satisfacer los deseos del general, y los tres se fueron.
«Nada comprendí de aquello, pero tuve el presentimiento de que se tramaba algo contra mí.
«Al día siguiente me hicieron ser… lo que soy actualmente, y dejé de relinchar para toda la vida.
«Desde entonces fui indiferente a todo cuanto me rodeaba y me sumí en pensamientos amargos. Al principio caí en un profundo desánimo, hasta el punto que dejé de comer y beber, y en cuanto a juegos, ya no volvieron a existir para mí. A veces me pasaba por la imaginación la idea de disparar una coz, de relinchar con fuerzas, de galopar en torno a mis camaradas, pero ¿Con qué objeto? ¿Para qué? Y bajaba la cabeza.
«Una tarde que el caballerizo me paseaba frente al corral con una cuerda atada al cuello, distinguí a lo lejos una nube de polvo y las siluetas bien conocidas de nuestras yeguas y pronto oí el ruido de sus pasos y sus alegres relinchos. Me detuve, a pesar de la cuerda que me lastimaba el cuello y me hacía sufrir un martirio, y miré la yeguada como el que mira su dicha perdida para toda una eternidad.
«A medida que aquella se aproximaba, fui distinguiendo una por una las caras de mis antiguas amigas.
«Algunas me miraron y me desconocieron. El caballerizo tiró de mí con forma, pero yo no le hice caso. Perdí la cabeza y me puse a relinchar y a dar brincos, pero mi voz parecía ridícula y extraña. No se ríe en la yeguada, pero yo vi que todas volvieron la cabeza a otro lado, por educación. Fue claro que les inspiré lástima. Les parecí ridículo con mi cuello delgado, mi cabeza voluminosa (yo había enflaquecido horriblemente), mis remos largos, y, sobre todo, mi actitud ridícula (me puse a trotar en torno del caballerizo). Nadie contestó a mi llamada y todas se apartaron de mí, de común acuerdo. La luz se hizo de repente en mi espíritu y comprendí el hondo abismo que me separaba de ellos… Seguí al caballerizo presa de la mayor desesperación, y no me di cuenta de cómo llegué a mi cuadra.
«Propenso a la melancolía y a la reflexión desde mi más tierna edad, mis desgracias no hicieron sino desarrollar en mí aquella predisposición. Mi pelo, que tanto desprecio inspiraba a los hombres, y lo excepcional de mi posición en la yeguada, que no podía comprender aún debidamente, me hicieron reflexionar profundamente sobre la injusticia de los hombres. Pensé con amargura en la inconstancia del amor maternal y del amor femenino en general, y traté de formarme una idea precisa de esa extraña raza de animales que se llama hombres, y para ello procuré comprender su carácter analizando sus acciones.
«Era en invierno y en la época de las fiestas.
«Aquel día no me dieron de comer ni de beber; después supe que si no lo hicieron fue porque todos los palafreneros se habían emborrachado como uvas.
«Precisamente aquel día, al hacer su visita a las cuadras, el jefe de los caballerizos se acercó a la mía, y, al observar que no me habían dado el pienso, se encolerizó contra el palafrenero y se marchó renegando. Al día siguiente vino el palafrenero a darnos el pienso y, por lo extremo de su palidez, noté cierta expresión de dolor en su persona.
«Arrojó coléricamente el heno a través de los hierros, y cuando traté de colocar el morro sobre su espalda me dio un puñetazo con tal fuerza, que retrocedí espantado: pero no se contentó con aquello, sino que me dio, además, un puntapié en el vientre, murmurando:
«–Si no hubiera sido por este feo sarnoso, no me hubiera hecho nada.
«–¿Qué te ha pasado? –le preguntó su camarada.
«–Que casi nunca viene a ver los caballos del conde. Pero, en cambio, le hace al suyo dos visitas todos los días.
«–¿Le han dado, acaso, el caballo pío?
«–Yo no sé si se lo han vendido o se lo han regalado; no sé nada. Lo que sé es que podré dejar morir de hambre a todos los caballos del conde y no me dirá nada; pero como le falte cualquier cosa a su potro, ya puedo echarme en remojo. Túmbate, me dijo, y me vapuleó de lo lindo. Te digo que eso no es cristiano. ¡Compadecerse de una bestia más que de un hombre!
¡Cualquiera diría que no está bautizado! Y contaba por si mismo los golpes. Nunca ha pegado tanto el general. Tengo la espalda hecha una pura llaga. Decididamente, ese hombre no tiene alma de cristiano.
«Comprendí bien lo que dijeron de latigazos y de piedad cristiana. En cuanto a lo demás, no supe darme cuenta exacta de lo que significaban las palabras ‘su potro’, y deduje que establecían una relación cualquiera entre el caballerizo y yo, pero no pude comprender en aquel momento qué clase de relación era aquélla. Mucho más tarde, cuando me separaron de todos los demás caballos, fue cuando lo comprendí.
«Las palabras ‘mi caballo’ me parecían tan ilógicas como ‘mi tierra, mi aire, mi agua’, pero causaron en mí una impresión profunda. Mucho he reflexionado después acerca de esto, y únicamente mucho más tarde, cuando aprendí a conocer mejor y más cerca a los hombres, fue cuando me pude explicar todo eso.
«Los hombres se dejan llevar por palabras y no por hechos. A la posibilidad de hacer tal o cual cosa, prefieren la posibilidad de hablar de tal o cual objeto en los términos convencionales establecidos por ellos.
«Y esos términos, que para ellos tienen grandísima importancia, son los siguientes: ‘El mío, la mía, los míos, mi, mis’. Los emplean al hablar de los seres animados, de la tierra, de los hombres y hasta de los caballos. También es común que una persona, al hablar de un objeto, lo califique de ‘mío’. La persona que tiene la posibilidad de aplicar la palabra ‘mío’ a un gran número de objetos, es considerada por las otras como la más dichosa.
«No podré deciros cuál es la causa de todo este razonamiento. Muchas veces me he preguntado si será el interés el motivo de todo, pero siempre he rechazado la idea, y he aquí por qué: Muchas personas me consideran propiedad suya, y, sin embargo, no se sirven de mí;
no son ellas las que me alimentan y me cuidan; las que lo hacen son extraños a quienes no pertenezco: palafreneros, cocheros, etc, «Transcurrió mucho tiempo antes de que me diera cuenta cabal y clara de la palabra ‘mío’, a la que tanta importancia dan los hombres, pero hoy puedo aseguraros que no tiene otra significación que un instinto bestial al que ellos dan el nombre de ‘derecho de propiedad’, «Un hombre dice: ‘mi tienda’, y jamás pone en ella los pies;
o bien: ‘mi almacén de ropa’, y no toma nunca un metro de paño para sus necesidades.
Hay hombres que dicen mis tierras’, sin haberlas visto nunca. Los hay también que emplean la palabra ‘mío’, aplicándola a sus semejantes, a seres humanos a quienes jamás han visto, y a los cuales causan todos los daños imaginables: dicen ‘mi mujer’ al hablar de una mujer que consideran como propiedad suya.
«El principal objeto que se propone ese animal extraño llamado hombre, no es el de hacer lo que considera bueno y justo, sino el de aplicar la palabra ‘mío’ al mayor número posible de objetos. Esa es la diferencia fundamental entre los hombres y nosotros; y, francamente, aun prescindiendo de otras ventajas nuestras, bastaría esa sola para colocarnos en un grado superior al suyo en la escala de los seres animados.
«Pues bien, ese derecho de poder decir de mí, ‘mí caballo’, fue el que obtuvo nuestro caballerizo mayor.
«Me admiró mucho aquel descubrimiento. Ya tenía tres causas de disgusto: mi pelo, mi sexo y aquella manera de tratarme como una propiedad, a mí, que no pertenezco sino a mí mismo y a Dios, como todos los seres vivientes.
«Los resultados de considerarme de aquella manera, fueron numerosos: me alimentaron mejor: me cuidaron más; me separaron de los otro caballos y me engancharon antes que a los demás compañeros.
«Apenas cumplí la edad de tres años, me dedicaron al trabajo. La primera vez que me engancharon, el caballerizo que me consideraba como propiedad suya asistió a aquella ceremonia. Temiendo que yo ofreciese resistencia, me sujetaron con cuerdas; después me pusieron una gran cruz de cuero en el lomo y la sujetaron con dos correas a las dos varas del carruaje para que yo no pudiese destruirlo a coces. Aquellas precauciones fueron inútiles yo no quería otra cosa que ocasiones para demostrar mi amor al trabajo.
«Su admiración fue grande cuando me vieron marchar como un caballo viejo. Me siguieron enganchando todos los días para enseñarme a ir al trote. Hice tan rápidos progresos, que una hermosa mañana el mismo general se maravilló de ellos. Pero ¡cosa extraña!, desde el momento en que era el caballerizo y no el general quien me aplicaba la palabra ‘mío’, ya no tenia igual valor mi talento.
«Cuando enganchaban a mis hermanos y a los caballos padres, se medía la longitud de sus pasos, se les enganchaba en magníficas carrozas y se les cubría de hermosos adornos; a mí se me enganchaba en carruajes humildes y conducía al caballerizo cuando tenía que hacer algo.
«Y todo ello por ser pío y, más que por eso, por pertenecer al caballerizo y no al conde.
«Mañana, si aún vivimos, os contaré el resultado que tuvo para mi aquel cambio de propiedad».
Los caballos se mostraron respetuosos todo el día con el viejo Kolstomier.
El único que siguió tratándolo como antes fue el viejo Néstor.
VII Tercera noche
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La luna alumbraba otra vez los ámbitos del viejo corral, cuando Kolstomier reanudó su narración en estos términos:
«La consecuencia más extraordinaria que resultó del hecho de que yo no perteneciera a Dios ni al conde, sino a un simple caballerizo, fue que la cualidad que avalora a todo caballo fue vista en mí como un delito que motivó mi destierro.
«Dicha cualidad fue la rapidez de mi trote.
«Paseaban a Liebed por la pista cuando el caballerizo y yo, al regresar de una de nuestras correrías, nos acercamos al grupo. Liebed paso ante nosotros; marchaba bien, mas, por muy arrogante que fuera, mi trote era mejor que el suyo, Liebed paso delante y yo avancé para seguirlo, sin que me lo impidiera el caballerizo.
«–Estoy por probar lo que trota mi pío –se dijo, y cuando Liebed los alcanzó y se puso a mi altura, seguimos juntos. Como él estaba bien ejercitado, se me adelantó en la primera vuelta, pero en la segunda, cuando yo había tomado ya contacto con el terreno, le alcancé primero y le pasé después.
«Volvimos a empezar y obtuve el mismo resultado.
«Decididamente, mi trote era mejor que el suyo.
«Todo el mundo se quedó admirado. El general dispuso que el caballerizo me vendiese lo más pronto y lo más lejos posible, para no volver a saber de mí en la vida, orden que se apresuro a cumplir, vendiéndome a un chalán.
«No permanecí con éste mucho tiempo. La suerte era injusta y cruel conmigo. Me indigné profundamente y no tuve más que un pensamiento: dejar mi pueblo natal lo antes posible. Mi posición era en ella demasiado penosa; el porvenir pertenecía a los otros caballos. El amor, la gloria y la libertad les esperaban. En cuanto a mí, debía trabajar y humillarme toda mi vida…
Y ¿porqué tan gran injusticia? ¡Porque era pío, y porque pertenecía a un caballerizo!»
Kolstomier no pudo continuar su relato aquella noche, porque acaeció en el corral un suceso que atrajo la atención de todo el ganado.
Koupchika, hermosa yegua que venía siguiendo con interés la narración, se mostró muy inquieta y se alejó pausadamente al cobertizo. De pronto se la oyó quejarse con todas sus fuerzas. Se acostó, se levantó, se volvió a acostar…
Se le acercaron las yeguas viejas, quienes en seguida comprendieron lo que aquello significaba. En cuanto a las yeguas jóvenes, fue tan grande su emoción, que ya no les fue posible atender al viejo Kolstomier.
A la mañana siguiente se vio que la yegua tenía a su lado un retoño.
Néstor llamo al palafrenero, quien condujo a la madre y al hijo a una cuadra. Las demás salieron a pasear como de costumbre.
VIII Cuarta noche
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Tan pronto como se cerró la puerta tras de Néstor y se estableció el silencio, Kolstomier continuó de este modo:
«En mis peregrinaciones tuve ocasión de observar de cerca a los hombres y a los caballos.
Permanecí la mayor parte de mi vida con dos amos: con un príncipe, que era oficial de húsares, y con una buena anciana que vivía en Moscú, cerca de la iglesia de San Nicolás.
«El tiempo que pasé con el húsar fue para mí el mejor y más agradable.
«Aunque él haya sido la causa de mi ruina y aunque él no haya amado a nadie ni a nada en el mundo, yo lo quería y lo quiero con todas mis fuerzas de mi corazón de caballo.
«Lo que me gustaba en él es que era joven, hermoso, feliz y rico, y que, por todas estas razones, no amaba a nadie. Vosotros comprendéis bien ese sentimiento que nos aguijonea. Su frialdad y mi dependencia no hacían más que impulsar el cariño que le tenía.
«–Mátame, atorméntame pensaba yo–; cuanto más me haga sufrir tu mano, más feliz seré.
«El fue quien me compró al chalán a quien me había vendido el caballerizo por 800 rublos.
«Como os acabo de decir, aquella fue la mejor época de mi existencia. Estaba enamorado.
Yo lo sabía, porque cada día lo llevaba a casa de ella y porque a menudo les paseaba juntos.
Ella era hermosa como él, y su cochero no les cedía en belleza. Mi vida se iba deslizando de este modo: por la mañana venía un palafrenero a limpiarme y acicalarme; era un aldeano joven; abría la puerta de mi cuadra, barría ésta con esmero, me quitaba la manta y me pasaba la almohaza.
«…Yo le mordisqueaba los dedos y golpeaba alegremente el suelo con mis cascos para darle las gracias. Después me lavaba, y una vez hecha mi limpieza, me miraba con admiración. Cuando me había puesto heno y avena en el pesebre, se marchaba, y entonces venía el cochero principal a ver si todo estaba en orden.
«El cochero, Teófano, se parecía a su señor: ni el uno ni el otro tenían miedo a nada ni amaban a nadie en el mundo; y por eso precisamente los querían y los admiraban todos.
Teófano vestía en todas las grandes ocasiones una camisa encarnada, un casaquín de veludillo negro y pantalones de igual género y color. Me gustaba verlo los días de fiesta cuando, bien peinado y bien vestido, entraba en la caballeriza gritando con voz sonora:
«–¡Animal! ¿Qué haces? –y me daba una palmada en la ancas.
«Yo comprendía que aquello era una broma y una caricia a la vez, porque nunca me hizo daño; así que enderezaba las orejas y le sonreía.
«Teníamos también un caballo de pelo negro, que algunas veces enganchaban conmigo por las tardes. Se llamaba Polkane. Tenía el carácter muy agrio y era enemigo de bromas. Mi pesebre estaba cerca del suyo y reñíamos a menudo, pero Teófano no le temía. Un día, Polkane y yo nos desbocamos en la principal calle de Moscú, en la Kuznetskii most, y ni amo ni cochero se asustaron. Gritaban, riendo, a la gente para que se apartase: nos inclinaban a la derecha o a la izquierda para evitar accidentes y no aplastaron a nadie. A su servicio perdí mis más preciosas cualidades y la mitad de mi vida; pero no importa, no me quejo de ello; fui dichoso.
«A mediodía venían a peinarme el tupé y las crines, a limpiarme y engrasaron los cascos.
Luego me enganchaban.
«Nuestro trineo era muy pequeño, de paja trenzada, forrada de veludillo; todo el atalaje estaba revestido de placas de acero de suma elegancia. Tan pronto como yo estaba listo, Teófano, vistiendo hermoso caftán y con un cinturón rojo que le ceñía por debajo de los sobacos, venía a ver si todo estaba dispuesto. Satisfecho de su examen, montaba en su asiento, empuñaba la fusta con la que nunca me pegó, y exclamaba:
«–¡Soltad el caballo!
«Tomaba yo impulso, y rompía la marcha gracioso y arrogante.
«Todos se detenían para vernos pasar. La cocinera, cuando salía para tirar el agua sucia, se interrumpía para mirarnos. Los aldeanos se quedaban con la boca abierta. Nos deteníamos ante la escalinata. Y a veces transcurrían dos o tres horas antes de que bajase el señor.
Pasábamos todo aquel espacio de tiempo rodeados por la servidumbre, hablando alegremente y comunicándonos, todas las noticias que habíamos oído. Después, cansados de estar tanto tiempo parados, dábamos una pequeña vuelta y volvíamos a esperar la voluntad o el capricho de nuestro amo. Por fin se oía ruido en la antecámara y el criado Fiskone, vestido de negro, llegaba gritando: ‘Acercaos’. (En nuestro tiempo no existía aún la estúpida costumbre de decir ‘Adelante’, como si yo ignorase que no podía irse hacia atrás).
«Teófano se acercaba y nuestro señor llegaba con paso airoso, arrastrando la espada y con la cabeza erguida, aunque cubierta en parte por el cuello del chaquetón y por el chacó.
«Sin prestarnos atención se metía en el trineo y partíamos. Yo le dirigía siempre una mirada de reojo, sacudiendo la cabeza y encorvando graciosamente el cuello.
«El príncipe está de buen humor, me decía a mi mismo si observaba que había dirigido la palabra a Teófano sonriendo, y yo entonces procuraba hacer honor a mi amo.
«–¡Cuidado! –gritaba Teófano a la multitud que se agolpaba a nuestro paso.
«El mayor de mis placeres consistía en encontrar otro caballo que trotase bien, y adelantarle. Siempre que Teófano y yo veíamos a lo lejos un coche digno del nuestro, tomábamos impulso, y, aparentando no ocuparnos de él, lo íbamos alcanzando poco a poco, hasta que llegábamos, por fin, a su altura. Luego lo dejábamos atrás, satisfechos de nuestro éxito, sin dignarnos hacer ostentación de él, y continuábamos nuestro camino».
Rechinaron los goznes de la puerta, entró Néstor y el viejo caballo pío dejó de hablar.
IX Quinta noche
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El cielo estaba encapotado desde la mañana.
Ni una gota de rocío había venido a refrescar la tierra. El aire era caliente. Por la noche, los caballos se agruparon como de costumbre en torno del viejo narrador, que continuó de esta manera:
«El período más feliz de mi vida no fue de larga duración. Al finalizar el segundo invierno experimenté la mayor alegría de mi vida, pero ¡ay!, aquella alegría fue seguida de una terrible desgracia.
«Era por carnaval. Ibamos a las carreras con el príncipe. Vi en ellas a mis antiguos camaradas Atlasnii y Bitchk. No comprendí bien lo que hacían allí. Nuestro señor se apeó y dio orden a Teófano de que se colocase en la pista.
«Recuerdo que me introdujeron en ella y me colocaron al lado de Atlasnii. En la primera vuelta lo dejé atrás y me acogieron con exclamaciones de triunfo. La multitud me siguió, y más de cinco personas le ofrecieron al príncipe cinco mil rublos por mí. El les contestó sonriendo y mostrándole sus dientes de singular blancura:
«–No es un caballo, es un amigo, y aunque me dieran por él montañas de oro, no lo cedería. Hasta la vista, señores.
«Y dicho esto, montó en el trineo y dio al cochero la dirección de la casa de su amada.
Partimos y aquél fue el último día feliz de mi existencia.
«Llegamos a la casa, y… la mujer se había marchado con otro, cinco horas antes. El príncipe lo supo por boca de la doncella.
«Saberlo y ordenar al cochero que siguiese a la fugitiva, todo fue uno. Sin darme tiempo para respirar, me lanzó a toda velocidad. Por primera vez en mi vida sentí en mi cuerpo la impresión del látigo y di un paso en falso. Traté de detenerme, pero mi amo gritó: ¡Rápido, rápido!, y continuamos a todo galope, hasta alcanzar a la fugitiva, a veinticinco verstas de distancia.
«Cuando llegué, no pude comer y pasé temblando toda la noche. A la mañana siguiente me llevaron al agua y desde aquel momento fui caballo perdido. Me atormentaron, que es lo que los hombres llaman cuidar. Se me fueron cayendo los cascos.
Se me hincharon y curvaron las patas y me quedé débil y apático.
«Me vendieron a otro chalán, que me daba zanahorias y otros ingredientes, con los que no me curaba, pero conseguía engordarme. No recuperé mis fuerzas, pero cualquiera que no fuese inteligente, se engañaba al verme. Tan pronto como llegaba algún comprador, el chalán cogía un látigo y me molía a golpe hasta que me encolerizaba y me ponía a hacer cabriolas.
Una señora anciana me compró y me sacó, por fin, de las garras del chalán.
«Esta se pasaba la vida en la iglesia de San Nicolás y lo zurraba a su cochero todos los días. El pobre se venía a llorar a mi cuadra. Entonces fue cuando supe que las lágrimas tienen un saborcillo amargo bastante agradable. Algún tiempo después, murió la vieja. Su intendente me llevó al campo y me vendió a un buhonero. Me dieron trigo para comer y mi salud empeoró. El buhonero me vendió a un aldeano, que me dedicó a labrar la tierra. Además de lo mal alimentado y mal cuidado que estaba, tuve la desgracia de herirme en la palma de un casco con un pedazo de hierro, con lo que pasé mucho tiempo cojo. El aldeano me dejó en manos de un tratante bohemio a cambio de otra caballería y en poder de éste sufrí un verdadero martirio. El bohemio me vendió a nuestro intendente y heme aquí entre vosotros».
Toda la yeguada guardó silencio.
X
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Al volver al día siguiente a la casa, el ganado se encontró al dueño con un extraño.
La vieja Juldiba se les acercó y les dirigió una mirada investigadora. Uno de ellos era joven todavía, el propietario. El otro era un antiguo militar, de rostro congestionado.
La yegua pasó por delante de ellos tranquilamente, pero las yeguas jóvenes se conmovieron y admiraron cuando su dueño se colocó entre ellas y le indicó algo a su amigo.
–Esa yegua tordilla se la compré a Vageikof –le dijo.
–Y aquella cuatralba, ¿de dónde procede? Es muy bonita.
–Aquella es la de la raza de Krienovo –repuso el dueño.
Pero no se podía examinar bien a los caballos de aquel modo, así que llamaron a Néstor y el viejo, montado sobre el pío, se acercó apresuradamente con el sombrero en la mano. El pobre animal, a pesar de su cojera, hizo lo posible para marchar tan de prisa como se lo permitían sus patas llenas de heridas y hasta intentó tomar el galope para testimoniar su buena juventud.
–No hay yegua mejor que ésa en toda Rusia –dijo el dueño, mostrando una de las yeguas jóvenes.
El desconocido la admiró, por cortesía. Parecía estar profundamente aburrido, pero fingió que le interesaba la yegua.
Si, efectivamente –contestó con voz distraída. Al cabo de cierto tiempo, y después de haber visto una porción de caballos, no pudo resistir más y dijo:
–¿Vámonos?
–Como quieras –replicó el dueño, y ambos se alejaron en dirección a la puerta.
El desconocido, contento de verse libre y ante la idea de sentarse pronto a la mesa para comer, beber y fumar, se animó visiblemente.
Al pasar por delante de Néstor, que permanecía en pie y en actitud de esperar órdenes, apoyó su gruesa mano en las ancas del caballo pío, y dijo:
–¡Qué casualidad! He tenido un caballo parecido a éste. Te he hablado de él en otra ocasión, ¿te acuerdas?
El dueño, viendo que su amigo no ponía atención en sus caballos, no se cuidó de lo que éste le decía y consintió andando y siguiendo con la vista a sus yeguas.
De pronto oyó un relincho débil y trémulo. Era el viejo pío, que había empezado a relinchar, pero se contuvo en seguida, asustado de su temeridad.
El viejo Kolstomier había reconocido en el viejo militar a su querido amo, el húsar.
XI
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Caía desde la mañana una lluvia fina y fría, pero en casa del propietario no se preocupaban de ello.
En derredor de una mesa bien servida se hallaban reunidos el propietario, su mujer y el viejo militar.
La mujer, que estaba esperando un niño, se mantenía erguida y tiesa, pero su vientre se notaba ya claramente. Hacía con gracia los honores de la mesa, mientras el propietario abría una caja de cigarros, con fecha de diez años. Según él, nadie los tenía iguales.
El propietario era un arrogante mozo de veinticinco años, elegante y vestido a la moda por un sastre de Londres. Algunas alhajas adornaban la cadena de su reloj y hermosos botones de turquesa los puños de su camisa. Tenía la barba cortada a lo Napoleón III y llevaba las puntas de su bigote retorcidas hacia arriba.
La mujer llevaba puesto un traje de muselina de seda de grandes ramos. Adornaba su cabeza con gruesos pasadores de oro, y sus brazos con hermosas pulseras. El centro de mesa y los cubiertos eran de plata, y todo el servicio de porcelana de Sèvres.
El mozo del comedor, con traje negro y chaleco azul, permanecía derecho como un huso ante la puerta.
Los muebles y las colgaduras denotaban riquezas. Todo era bello, pero faltaban el gusto y la elegancia.
El dueño, deportista encarnizado, era uno de esos hombres a quienes se les ve en todas partes, lo mismo en las carreras que en el teatro. Uno de esos que arrojan magníficos ramos a las actrices. Su amigo Nikita Serpukovsky tenía ya cuarenta años. Era alto, robusto, calvo, y llevaba barba y largo bigote.
En otro tiempo debió haber sido muy guapo. Actualmente era pasable, moral y físicamente.
Sus deudas eran tan considerable, que, para no verse reducido a prisión, había tenido que solicitar del gobierno un empleo en una ganadería de la Corona.
Todo cuanto llevaba puesto tenía un sello particular de elegancia que demostraba su origen distinguido.
En su juventud se había comido una fortuna de un millón de rublos y había contraído deudas que ascendían a ciento veinte mil. Aquel pasado inspiraba tanto respeto a sus abastecedores, que le concedieron un crédito ilimitado.
Habían transcurrido diez años. Su prestigio disminuía y Nikita empezaba a encontrar muy triste la vida. Tomó la costumbre de embriagarse, cosa que no le había sucedido nunca en otro tiempo. Sin embargo, no se le podía acusar de que empezara entonces a beber, puesto que había bebido ya desde su edad más tierna. Su seguridad de otro tiempo iba desapareciendo. Su mirada se hacia vaga. Sus movimientos comenzaban a ser indecisos.
Semejante situación resultaba enojosa para quien había estado acostumbrado a hacerse obedecer y admirar por todo el mundo.
El propietario y su mujer, que lo conocían desde hacia largo tiempo, lo miraban compasivamente, se cambiaban signos de inteligencia y procuraban hacer lo necesario para que se sintiese a gusto.
La felicidad y la fortuna de su amigo humillaban al pobre Nikita y le recordaban su pasado, que desgraciadamente no volvería ya. Procuraba, no obstante, vencer la preocupación que se apoderaba de él.
–¿No le molesta el cigarro, María? dijo, dirigiéndose a la dueña de la casa.
No tenía la menor intención de molestarla. Al contrario, en su actual posición, más bien trataba de congraciarse con ella.
Tomó un cigarro.
El dueño de la casa le ofreció un puñado de los suyos con aire contrariado.
–Tómalos: son excelentes –le dijo.
Nikita rechazó los cigarros con la mano, algo humillado, diciendo:
–Gracias.
Y abrió su petaca.
–Prueba los míos, te lo ruego.
La joven tenía más delicadeza que el propietario. Trató de cambiar de conversación y se puso a hablar con volubilidad.
–Me gustan mucho los cigarros, pero no fumo aunque vea fumar a mi lado –dijo con amable sonrisa.
Otra sonrisa de Nikita fue su contestación.
–No insistió el propietario, que no se daba cuenta de nada, tómalos, tengo otros, pero no son tan buenos. Ahora que, si prefieres los grandes, puedes quedártelos todos.
Y luego, dirigiéndose a su criado, le dijo en alemán:
–Fritz, bringen. Sie bitte noch einen Kasten.
Se consideraba feliz dándose tono delante de cualquiera. No comprendía hasta qué punto humillaba al pobre Nikita, que encendió un cigarro y procuró darle nuevo giro a la conversación.
–¿Cuánto te ha costado Atlasnii? –le preguntó.
–Muy caro –repuso–; no menos de cinco mil rublos, pero estoy satisfecho. ¡Si vieras qué vástagos!
–¿Corren bien?
–¿Que si corren …? Han ganado los tres primeros premios: uno en Tula, otro en Moscú y el tercero en San Petersburgo, y eso que tenían por rivales los caballos de Vageikof.
–Para mi gusto, está un poco gordo tu Atlasnii –replicó Nikita.
–¡Y las yeguas! Son finísimas. Ya las verás mañana. Tengo dos que son soberbias.
Y empezó a enumerar sus riquezas.
Su mujer comprendió que aquella conversación mortificaba a Nikita, y para cortar por lo sano dijo:
–¿Queréis tomar una taza de té?
–No, gracias –contestó el dueño, y continuó su conversación con Nikita.
Viendo que no había medio alguno de hacerle cambiar de tema, la mujer se levantó.
Entonces, el dueño de la casa la cogió en sus brazos y la abrazó con ternura.
Nikita sonrió. Pero cuando ambos desaparecieron detrás de la cortina, la expresión de su rostro se alteró profundamente: se volvió triste, dolorosa y hasta se dibujó en ella una sombra de irritación.
XII
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El dueño de la casa volvió y se sentó, sonriendo, frente a Nikita. Ambos guardaron silencio.
Aquél se preguntaba de qué podría vanagloriarse aún delante del pobre Nikita, que procuraba aparentar no ser tan desgraciado como se le creía. Pero a uno y a otro les costaba trabajo hallar nuevo tema de conversación.
«¡Si al menos bebiera! –se decía el dueño–. Este hombre es triste como un entierro. Habrá que hacerle beber para que se ponga alegre».
–¿Te vas a quedar aquí mucho tiempo? le preguntó a su hués ped.
–Un mes quizá.
–¿Te parece que cenemos…?
Y, dirigiéndose a su criado, preguntó:
–Fritz, ¿está servida la cena?
Se encaminaron al comedor, donde habían servido la mesa con los manjares más delicados y los vinos más exquisitos.
Bebieron. Luego comieron. Volvieron a beber. Volvieron a comer y la conversación se hizo más animada.
Nikita Serpukovsky se animó y habló con el aplomo de tiempos pasados.
Hablaron de mujeres, bohemias, bailarinas y francesas.
–Di, ¿dejaste a la Mathieu? –le preguntó su huésped.
–No fui yo quien la dejé, sino ella la que me dejó a mi. ¡Cuando pienso en el dinero que he gastado en mi vida, me estremezco! Hoy me considero dichoso poseyendo mil rublos, y en otro tiempo… Me alegraría perder de vista Moscú y todos mis antiguos amigos… Me resulta muy penoso vivir entre ellos.
El dueño de la casa se fastidiaba escuchando a Nikita. Hubiera preferido hablar de sí mismo o vanagloriarse de sus riquezas.
Nikita, por su parte, sentía la necesidad de hablar de él, de su pasado.
El dueño de la casa le sirvió más bebida y esperó a que acabase para hablarle de su yeguada, de sus caballos, de su María, que no lo amaba por su dinero, sino por él mismo.
–Quisiera decirte que me gustaría… empezó a decir, pero Nikita le interrumpió, y siguió diciendo:
–Hubo un tiempo en que yo sabía vivir bien y gastarme el dinero. Hablas de caballos, pues bien, dime: ¿cuál es tu caballo más veloz?
Su huésped, feliz por tener la palabra, empezó a contar una larga historia sobre su yeguada. Nikita no le dejo concluir.
–Sí, sí –dijo–; no es por distracción, no es por gusto por lo que tenéis caballos, sino por vanidad. Ya lo sabemos; pero en mí era distinto. Te decía esta mañana que tuve un caballo pío parecido a ese caballo viejo que monta el guardián de tu ganadería. ¡Qué caballo, cielo santo!
No puedes recordarlo, porque fue en el año 42. Llegué a Moscú. Fui a casa de un chalán y vi allí un caballo pío; me agradaron sus formas… ¿El precio? Mil rublos. Lo compré. No he tenido ni volveré a tener nunca un caballo como aquél… Tú eras entonces demasiado pequeño para juzgar su mérito, pero oirías hablar de él. Todo Moscú lo admiraba.
–Sí. Oí hablar de él, efectivamente; pero quería decirte que en mi…
–¡Ah! ¿Conque oíste hablar de él? Lo compré sin conocer su raza. Hasta mucho tiempo después no supe que era hijo de Liubeski I. Lo habían vendido a causa de su pelo, que no fue del agrado de su dueño… ¡Ah! ¡Aquél era un gran tiempo! ¡Oh! ¡Mi juventud, mi juventud!
Ya estaba casi completamente ebrio.
–Tenía yo entonces veinticinco años y ochenta mil rublos de renta, los dientes blancos y ni una sola cana en la cabeza… ¡Todo me salía bien en aquel tiempo!
–Pero entonces no había caballos que trotasen tanto como los de hoy –le interrumpió el dueño de la casa–. Como sabes, mis caballos…
–¡Tus caballos…! Pero ¿acaso tienen comparación… ? Me acuerdo como si hubiera sido hoy… Iba con mi caballo pío a las carreras… En aquel momento no tenía mis caballos en Moscú… No me gustaban los trotones; siempre he preferido los caballos de raza. El pío era mi caballo favorito. Tenía en aquella época un buen cochero. También acabó mal… Pues, como te decía, llegué a las carreras…
— «Serpukovsky –me decían–, ¿dónde están tus trotones?
— «No los tengo; no tengo más que mi caballo pío. Apuesto a que os deja a todos atrás.
— «¡Imposible!
— «¿Apuestas mil rublos…?
«Aceptaron. El pío llegó a la meta cinco minutos antes que los demás, y gané la apuesta…
Pero eso no es todo: yo he hecho, con mis caballos de raza, cien verstas en tres horas. Todo Moscú lo sabe».
Y Nikita se puso a hablar con tanto entusiasmo, que le fue imposible al dueño de la casa meter baza. Lo miraba con desesperación, y no hacía más que llenar su copa.
Iba a amanecer y Nikita seguía hablando con animación de sus pasadas proezas: su huésped seguía escuchándole desesperado.
Por fin, se decidió a levantarse.
–Vayámonos a dormir –dijo Serpukovsky.
Y se levantó tambaleándose, y con paso vacilante se dirigió a las habitaciones que se le habían preparado.
El dueño de la casa comentaba con su mujer:
–No. ¡No hay quien pueda tolerar a Nikita! Está borracho, y ha hablado sin cesar ni detenerse un momento.
Y luego se permite hacerme la corte.
–Temo que me pida dinero.
Serpukovsky, por su parte, se arrojó en la cama vestido.
«Creo que he bebido bien –se dijo; pero, ¿qué importa eso? Su vino es bueno, pero él es un cochino. Se ve en él enseguida al advenedizo. En cuanto a mi… también soy un cochino».
Y se echó a reír.
En otro tiempo era yo el que pagaba y ahora me pagan a mí… Sí, la Winkler me mantiene… Le tomo dinero. Esto en él estaría bien… ¡Si pudiera desnudarme! ¡Si pudiera quitarme las botas…!»
–¡Eh! ¡Muchacho! –gritó; pero el criado se había ido a acostar hacia ya tiempo.
Se sentó. Se quitó el uniforme, el chaleco interior, los pantalones. Se quitó hasta una bota, pero le fue imposible quitarse la otra.
Se echó de nuevo en la cama y empezó a roncar con todas sus fuerzas, saturando la habitación con las emanaciones del vino y del tabaco.
Aquella noche no pudo entregarse Kolstomier a sus recuerdos. Vaska le echó una manta sobre el lomo, montó en él y salió a galope.
Lo dejó hasta la madrugada en la puerta de la taberna, en compañía del caballo de un aldeano.
Los dos caballos se lamieron mutuamente con cariño.
A la mañana siguiente, cuando Kolstomier volvió a la cuadra, se rascó con encarnizamiento.
–Esto me molesta –se dijo.
Pasaron cinco días. Llamaron al veterinario.
–Tiene sarna –dijo–. Vendedlo a los gitanos.
–¿Para qué? Vale más matarlo, y hoy antes que mañana.
El día se anunciaba hermoso.
Salió la yeguada y únicamente se quedó en casa Kolstomier.
Un hombre raro, pobremente vestido con una túnica llena de remiendos, se acercó a él.
Era el curtidor de pieles. Cogió al caballo por la brida y se lo llevó. Kolstomier le siguió con docilidad, arrastrando sus patas llenas de ampollas, heridas y pústulas. Al rebasar la puerta cochera, intentó dirigirse al abrevadero, pero el curtidor le tiró de la brida, diciendo:
–Es inútil.
El curtidor y Vaska se dirigieron a un sitio solitario a espaldas del corral del ganado. El curtidor le entregó las bridas a Vaska. Se quitó la túnica y sacó un cuchillo y una piedra de afilar. El caballo quiso morder el bocado como hacía de costumbre, pero Vaska no se lo permitió.
El ruido monótono que hacía el curtidor aguzando el cuchillo y sacándole filo adormeció al caballo, que permaneció inmóvil con el belfo inferior caído y los dientes al descubierto.
De pronto sintió que le rodeaban el pescuezo y que le levantaban la cabeza… Abrió los ojos y vio dos perros delante de él.
Uno de ellos seguía con interés los movimientos del curtidor; el otro, sentado sobre sus patas traseras, miraba como si esperase de él alguna cosa. El caballo, después de contemplar a los perros, empezó a frotar el morro contra la mano del curtidor.
Van a curarme, probablemente –se dijo–.
Dejémoslos hacer.
En efecto. Sintió que acababan de hacerle algo extraordinario en la garganta. Experimentó un vivo dolor, se estremeció, vaciló, recobró el equilibrio en seguida y esperó lo que pudiera suceder,..
Notó que por el cuello y el pecho le corría alguna cosa liquida y tibia. Hizo una larga aspiración y experimentó un gran bienestar.
Cerró los ojos y bajó la cabeza, que nadie le sujetaba ya. Le acometió un gran temblor en las patas y todo su cuerpo se estremeció.
No se asustó en modo alguno, pero se sorprendió mucho.
Todo pareció haber tomado nuevo aspecto. Hizo un movimiento hacia delante y hacia arriba. Sus patas flaquearon, y al intentar dar un paso, cayó en tierra sobre el costado izquierdo.
El curtidor esperó a que terminaran las convulsiones. Espantó a los perros que habían avanzado algo y, cogiendo al caballo por las patas traseras, empezó a quitarle la piel.
–¡Pobre viejo! –dijo Vaska.
–Si no estuviera tan flaco, hubiera sido muy hermosa su piel –dijo el curtidor.
Cuando la yeguada regreso al anochecer, pudo distinguir a lo lejos una masa roja rodeada de perros, de cuervos y de halcones, que parecían disputarse alguna presa. Un perro, con las patas delanteras llenas de sangre, tiraba con fiereza un pedazo de carne. La pequeña yegua alazana contempló aquel espectáculo sin moverse, y fue necesario que le pegasen para que siguiese su camino.
Durante la noche se oyeron los aullidos de los lobeznos, que se regocijaban con la presa que habían encontrado. Cinco de ellos rodeaban el cadáver del pobre viejo, y se disputaban los jirones de su carne.
Ocho días después, detrás del corral, sólo se veía un cráneo blanco y dos fémures. Lo demás había desaparecido. En el verano siguiente, un aldeano que pasó por aquel sitio recogió los huesos y los vendió.
El cadáver vivo de Nikita, que aún seguía comiendo y bebiendo, no fue depositado en la tierra, sino años después. Ni su piel, ni su carne, ni sus huesos sirvieron para nadie.
Como hacía veinte años que aquel cadáver vivía a costa ajena, su entierro fue una molestia más para los que le habían conocido. Hacia ya mucho tiempo que nadie lo necesitaba. Sin embargo, cadáveres vivos parecidos a él creyeron un deber cubrir su podrida humanidad con un uniforme nuevo y magníficas botas, ponerlo en un ataúd, encerrar éste en una caja de plomo, transportarlo a Moscú y allí desocupar viejas tumbas y, enterrar en una de ellas aquel cuerpo vestido con uniforme nuevo y lustrosas botas, y cubrirlo de tierra…
La sonata a Kreutzer
Índice
Pero en verdad os digo que cualquiera que mira a una mujer para desearla, ha cometido ya adulterio con ella en su corazón.
(S. Mateo, vers.28) Y sus discípulos le dijeron: Si tal es la condición del hombre con la mujer, no conviene casarse; pero él les dijo:
no todos son capaces de eso, sino solamente aquellos a quienes está permitido; porque hay eunucos que nacieron tales desde el vientre de su madre; los hay a los que los hombres hicieron eunucos, y los hay que se hicieron eunucos a sí mismos para ganar el reino de los cielos. El que pueda comprender esto que lo comprenda.
(S. Mateo, XIX, 10, 11, 12)
I
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Estábamos a comienzos de primavera.
Dos días con sus interminables noches llevábamos de viaje en ferrocarril.
Cada vez que el tren paraba, subían nuevos viajeros a nuestro coche y bajaban otros al mismo tiempo. A pesar de aquel continuo subir y bajar del coche, siempre quedaban tres personas que, como yo, no se apearían tal vez hasta la estación más lejana. Estas eran una señora ni joven ni vieja, de semblante marchito, con gorra a la cabeza y paletó de hombre, que fumaba continuamente; su acompañante, un caballero muy locuaz, de unos cuarenta años, que llevaba un bonito equipaje, perfectamente arreglado; y por último, otro caballero de edad regular, bajo de estatura, nervioso, con unos ojos muy abiertos y brillantes de color indefinido y muy atractivos, ojos que pasaban con rapidez de un objeto a otro. Este señor se mantenía apartado de nosotros, y no entabló conversación con viajero alguno en casi todo el trayecto, como si quisiera evitar toda clase de relación con sus compañeros de viaje. Si le dirigían la palabra, contestaba brevemente y se ponía a mirar por la ventanilla del coche.
Atribuí esta obstinación a que le pesaba la soledad. Él parecía adivinar mi pensamiento y, cuando se encontraban nuestros ojos, cosa que sucedía a menudo porque estábamos sentados frente a frente, volvía la cabeza y evitaba entrar en conversación conmigo, al igual que con los demás viajeros. Al caer la tarde, aprovechando una parada larga, el caballero del lujoso equipaje, que era un abogado —según me dijeron-abandonó el coche con su señora y fue a tomar un té. Mientras estuvo fuera entraron nuevos viajeros, y entre ellos un señor bastante viejo, muy alto y completamente afeitado, comerciante al parecer, embutido en un amplio capote de pieles y con la cabeza cubierta por una gorra no menos cumplida. Este comerciante se sentó frente al asiento vacío del abogado y de su compañera. Inmediatamente entró en conversación con un joven que parecía viajante de comercio, y que también acababa de subir.
Empezó la conversación el viajante diciendo «que el sitio de enfrente estaba ocupado», y el viejo respondió «que él se quedaba en la estación más próxima». Así empezó la charla.
Yo no me encontraba lejos de esos dos viajeros, y como el tren estaba parado, podía oír trozos de su plática, mientras los demás callaban.
Hablaron primero del precio de los productos en el mercado, y, en general, de asuntos del comercio; nombraron a una persona que ambos conocían y después conversaron sobre la feria de Nijni-Novgorod.
El comisionista se jactaba de conocer personas que andaban allí de francachelas y devaneos; pero el viejo no le dejó continuar, y empezó a relatar antiguas hazañas amorosas y francachelas en las cuales había tomado parte, siendo joven, en Funanvino. Se mostraba muy ufano de tales recuerdos, y creía sin duda que en nada padecía con eso la gravedad que denotaban su semblante y sus modales. Contaba cómo, estando beodo, había hecho en Kunavino tales locuras que no podía sino narrarlas en voz baja.
El viajante soltó una carcajada estrepitosa. El viejo se reía también, enseñando dos dientes agudos y amarillentos. Como no me interesaba semejante charla, salí del vagón para estirar un poco las piernas. Al pie de la portezuela me encontré al abogado que, seguido de su señora, volvía a ocupar su puesto. —¿Adónde va usted? —me dijo. —No tendrá tiempo; ha sonado el primer toque y el segundo no se hará esperar.
En efecto, apenas llegué a la cola del tren, se oyó la campana. En el momento de entrar, el abogado hablaba en voz alta con su compañera. El comerciante, sentado frente a ellos dos, permanecía taciturno y cabizbajo.
* * * —Pues como iba diciendo, —profirió el abogado sonriente, —cuando yo pasé por su lado, ella declaró rotundamente a su marido «que no podía ni quería vivir con él, porque…»
Y continuó, pero yo no me enteré del resto de la frase, distraído por el paso del revisor y de un nuevo viajero. Una vez restablecido el silencio, volví a oír la voz del abogado: la conversación pasaba de un caso particular a consideraciones generales.
—Después viene la discordia, los apuros de dinero, las disputas entre ambas partes, y el matrimonio se separa… Antiguamente, rara vez sucedían esas cosas… ¿No es cierto? — preguntó el abogado a los dos comerciantes, procurando manifiestamente atraerlos a la conversación.
En aquel momento empezó a moverse el tren; el viejo se descubrió, sin contestar, y se santiguó por tres veces, mascullando una oración. Cuando hubo acabado, se encasquetó la gorra hasta los ojos y dijo:
—No, señor, no es cierto; eso sucedía antes igual que hoy, aunque en los tiempos que corren ocurra con más frecuencia… ¡Ahora sabe la gente tanto!…
El abogado respondió al viejo algo que no pude entender, porque, como la velocidad del tren iba en aumento, era tal el ruido que no les oía ya distintamente. Picado de curiosidad por saber lo que diría el abuelo, me acerqué. También mi vecino, el caballero nervioso, estaba evidentemente interesado, y prestaba oído sin cambiar de sitio.
—Pero ¿qué daño hace la instrucción? —preguntó la señora con una sonrisa apenas perceptible. —¿Sería mejor casarse como antes, cuando los novios no se veían siquiera antes del matrimonio? —continuó, respondiendo, según la costumbre de nuestras señoras, no a las palabras de su interlocutor, sino a las que creía que iba a decir. —Las mujeres no sabían si llegarían a amar, ni si serían amadas; se casaban con el primer advenedizo, y después lloraban toda la vida. Por lo visto, según ustedes, las cosas andaban mejor de esa manera-prosiguió, dirigiéndose al abogado y a mí solamente.
—¡Ahora sabe tanto la gente! —volvió a decir el viejo, mirando con desdén a la señora.
—Quisiera saber cómo explica usted la correlación entre la instrucción y los sentimientos conyugales-profirió el abogado sonriendo ligeramente.
El comerciante quiso responder, pero la señora se adelantó diciendo:
—No, ¡aquellos tiempos han pasado!
El abogado le cortó la palabra.
—Déjale decir lo que piensa.
—Porque ya no se respeta nada-repuso el abuelo.
—Sin embargo, ¿qué razón tiene asociarse a una persona a la que no se quiere? Los animales son los únicos que se aparejan a la voluntad del amo. Pero las personas tienen inclinaciones, afectos… —se apresuró a decir la señora, dirigiendo una mirada al abogado, a mí y al viajante, que escuchaba de pie y sonriendo maliciosamente.
—Señora, —dijo el anciano, —los animales son bestias, y el hombre ha recibido una ley.
—Bien, pero a pesar de esto, ¿es posible vivir con un hombre cuando no se le ama? — insistió la señora, animada indudablemente por la simpatía y la atención con que todos la escuchábamos.
—Antes no se hacían semejantes distinciones, —replicó el anciano en tono grave. —Ahora es cuando ha entrado eso en las costumbres. Tan pronto ocurre la cosa más pequeña en el matrimonio, la mujer dice: «Ahí te quedas; yo me voy de esta casa.» Hasta entre los aldeanos se ha aclimatado la moda: «Toma, aquí tienes tus camisas y tus calzones; ¡yo me voy con Vanka, que tiene el pelo más rizado que tú!» ¿Es posible entenderse con esas?… Y, sin embargo, lo primero para toda mujer, debe ser el temor al marido.
El viajante nos miró al abogado, a la señora y a mí, reprimiendo una sonrisa, y dispuesto a burlarse de las palabras del comerciante o a aprobarlas, según la actitud de los demás.
—¿Qué temor? —preguntó la señora.
—¿Qué temor? ¡Pues el temor del marido! Ya lo he dicho; sí, del marido.
—Eso se acabó para siempre.
—No, señora; eso no puede acabarse nunca. Eva, es decir, la mujer, salió de una costilla del hombre, y no será otra cosa hasta el fin del mundo— dijo el anciano, meneando la cabeza tan severamente y con tales aires de triunfo, que el viajante, creyendo decidida en su favor la victoria, soltó una estrepitosa carcajada.
—Sí, eso piensan ustedes los hombres-replicó la señora, sin darse por vencida y volviéndose hacia nosotros, —ustedes se han reservado la libertad para su uso solamente; en cuanto a la mujer, quieren encerrarla en un serrallo. A ustedes les está permitido todo. ¿No es cierto?
—¡Un hombre es muy diferente!
—¿De modo que, según usted, al hombre le está permitido todo, verdad?
—Nadie ha dicho tal cosa, señora; lo que hay es que, si el hombre anda en malos pasos fuera de casa, no por eso se aumenta la familia; pero la mujer, la esposa, es un cristal que fácilmente se rompe-continuó el comerciante con la misma severidad.
Su tono autoritario subyugaba evidentemente al auditorio; la misma señora se veía derrotada, pero no se daba por vencida.
—Sí; pero usted admitirá seguramente que la mujer es un ser humano, y tiene sentimientos, como el marido. ¿Qué debe hacer, pues, si no quiere a su esposo? Diga usted.
—¡Si no le quiere!… —dijo el viejo, descomponiéndose y frunciendo el ceño. —¡Pues no faltaba más! ¡Se la obliga a que lo quiera!
Este argumento inesperado pareció de perlas al comisionista, que se creyó en el caso de acogerlo con muestras de asentimiento.
—No, señor; eso no es posible. Nunca podrá obligarse a nadie a querer por fuerza; cuando no hay cariño, esto es imposible.
—Y si la mujer falta al marido, ¿qué ha de hacerse entonces? —dijo el abogado.
—Eso no puede suceder-contestó el abuelo. —Hay que andar con mucho cuidado.
—Pero ¿y si ocurre a pesar de los cuidados? ¿Convendrá usted en que ocurre con frecuencia?
—¡Sucede entre los señorones, es cierto; pero entre nosotros no! — respondió el abuelo. — Y si hay maridos tan imbéciles que no dominen a su mujer, bien merecido tienen cuanto les ocurra. Pero de todos modos, nada de escándalos. Tengas o no tengas cariño; pero no trastornes la casa. Todo marido puede dominar a su mujer. ¡Para eso es fuerte! Yo no ignoro que hay imbéciles que se dejan manejar por sus mujeres; peor para ellos, que se arreglen allá con su manera de vivir…
Todos callaron. Se adelantó el comisionista y, no queriendo quedarse a la zaga del debate, dijo sonriente:
—Sí, en casa de nuestro principal ha ocurrido un escándalo, y no es fácil ver en claro el asunto. Se trata de una mujer amiga de divertirse y que ha empezado a torcerse. Él es un hombre inteligente y serio. Primeramente era con el librero. El marido trató, con la mayor dulzura, de reducirla a la razón; pero ella no cambiaba de conducta, sino que, al contrario, cometía las acciones más feas, y hasta dio en robarle el dinero. Él la maltrataba. ¡Como si no!
La cosa iba de mal en peor. Empezó a admitir requiebros de un hombre que no era cristiano, es decir, de un hereje, de un judío, con perdón de ustedes. ¿qué podía hacer mi principal? La ha dejado a sus anchas, y él lo pasa ahora como soltero, mientras ella vive arrastrándose por esos mundos de Dios, vamos, perdida.
—Es que él es un imbécil, —dijo el viejo, —si desde el primer día no la hubiese dejado campar por sus respetos y la hubiese atado corto, viviría honradamente. ¡Ya lo creo! Hay que acabar con esas libertades desde el principio. No te fíes de caballo en camino real, ni de la mujer en tu casa, dice el adagio.
En este momento pasó el revisor pidiendo los billetes para la estación próxima. El viejo le dio el suyo.
—Sí, hay que dominar a tiempo al sexo femenino; si no, se lo llevará todo el diablo.
—Pero vamos: ¿usted no ha corrido también en Kunavino con buenas mozas? —preguntó el abogado sonriendo.
—¡Eso es distinto! —repuso severamente el comerciante. —Adiós, —añadió levantándose del asiento.
Se envolvió en su capotón de paño, saludó, quitándose la gorra, cogió la maleta y salió del coche.
II
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Tan pronto como se hubo marchado el viejo, se generalizó la conversación.
—¡He ahí un vejete del Antiguo Testamento! —exclamó el viajante.
—Es un Domostroy (1)—dijo la señora—¡vaya unas ideas salvajes sobre la mujer y el matrimonio!
—Señores, —repuso el abogado, —todavía estamos muy lejos de las ideas europeas con respecto al matrimonio. En primer término, los derechos de la mujer; luego la mujer libre;
después el divorcio, como cuestión no resuelta aún… y en fin, qué sé yo…
—Lo esencial, y lo que no comprenden sujetos como ese, —interrumpió la señora-es que sólo el amor consagra el matrimonio, y que el verdadero matrimonio es el consagrado por el amor, y no otro.
El viajante escuchaba con atención y guardaba en la memoria las frases instructivas para explotarlas en lo sucesivo.
—¿Y qué amor es ese que consagra el matrimonio? —dijo de improviso el caballero nervioso y taciturno, que se había aproximado, sin que ninguno de nosotros lo notara.
Estaba de pie con la mano apoyada en el respaldo del asiento y notablemente impresionado. Tenía encarnada la cara, hinchada una vena de la frente y temblorosos los músculos de las mejillas.
—¿Qué amor es ese que consagra el matrimonio? —volvió a decir.
—¿Qué amor? —contestó la señora. —¡El amor común entre esposos!
—Pero ¿cómo puede ocurrir que sea capaz de consagrar el matrimonio un amor común? —continuó, visiblemente afectado, el caballero nervioso.
Y pareció que intentaba decir algo desagradable a la señora.
Ella lo comprendió, sin duda, y empezó a aturdirse.
—¿Cómo? Pues muy sencillo-dijo.
El caballero nervioso cogió la palabra al vuelo.
—¡No; muy sencillo, no!
—La señora dice, —interrumpió el abogado, señalando a su esposa, —que el matrimonio debe ser ante todo resultado de un afecto, de un amor, si usted quiere, y que cuando existe el amor, el matrimonio representa algo sagrado, pero sólo en tal caso; mientras que todo matrimonio que no se funda en un afecto natural, en el amor, no encierra nada que obligue moralmente. ¿No es cierto, querida?… Por consiguiente… —añadió el abogado, queriendo continuar la discusión.
El caballero nervioso no le dejó acabar y, haciendo grandes esfuerzos por contenerse, preguntó:
—Bien, sí, señor; pero ¿como ha de entenderse ese amor, única cosa que consagra el matrimonio, según ustedes?
—Todo el mundo sabe lo que es el amor-dijo la señora.
—Pues yo no lo sé, y desearía saber cómo lo define usted.
—¿Cómo? Pues muy sencillamente.
Se quedó pensativa, y después continuó de esta manera:
—El amor… el amor… es la preferencia exclusiva de una persona a todas las demás.
—¿Una preferencia por cuánto tiempo?… ¿Por un mes, por dos días, por media hora? — arguyó el caballero con una irritación singular.
—No, cálmese usted y dispense, sin duda no me ha entendido, puesto que su contestación es muy distinta a lo que ya afirmo y pretende refutar.
—¡Sí; hablo absolutamente de lo mismo! De la preferencia de una persona a todas las demás… Pero pregunto: ¿una preferencia, por cuanto tiempo? Ésta es la cuestión.
—¿Por cuánto tiempo? Por mucho, y a veces por toda la vida.
—Bien, pero todo eso se ve en las novelas, y jamás en la vida práctica; pues la preferencia de uno sobre todos rara vez dura varios años; lo más común es que sólo dure meses, cuando no semanas, días, horas, minutos…
—¡Ah! No, no, señor. ¡Usted dispense! —dijimos los tres a la vez.
Hasta el viajante profirió un monosílabo de reprobación.
—¡Sí, ya sé! —dijo gritando más que todos. —¡Ustedes hablan de lo que se cree que existe, y yo hablo de lo que existe efectivamente! Cualquier hombre experimenta lo que ustedes llaman amor por todas las mujeres bonitas, y muy poco por su mujer. De ahí el refrán que no miente: Es la mujer ajena miel, y la propia, hiel.
—¡Ah! Lo que usted dice es horrible. Y el hecho es que existe entre los seres humanos ese sentimiento que se llama amor, y que dura, no meses y años, sino toda la vida.
—No, no existe tal cosa; yo lo afirmo. Aun admitiendo que Menelao hubiese preferido a Elena por toda la vida, Elena prefirió a Paris. Es lo que ha sucedido, sucede y sucederá siempre, y no puede ser de otra manera, como no puede suceder que, en un saco lleno de garbanzos, dos de ellos, marcados con una señal especial, vayan a colocarse siempre el uno al lado del otro. A parte de que ya no es algo discutible sino cierto que han de llegar un día la saciedad o el aborrecimiento, por parte de Elena o por parte de Menelao. La única diferencia que puede haber en esto es que el uno se canse más tarde o más temprano que el otro, pero amarse toda la vida, vamos, señores, repito que eso no se ve mas que en las novelas cursis, y que no pueden creerlo más que los niños. Amar a una persona toda la vida es como si se dijera que una vela puede arder siempre.
—Pero es que usted habla del amor físico… ¿No admite usted un amor basado en una conformidad de ideales, en una afinidad espiritual?.
—¿Por qué no? Pero en ese caso no hace falta procrear. Dispensen ustedes mi rudeza. Lo raro es que esa armonía de ideales no se ve entre viejos, sino entre personillas jóvenes y agraciadas (añadió con una sonrisa irónica). Sí; yo afirmo que el amor, que el verdadero amor, no consagra el matrimonio, como solemos creer, sino que, al contrario, lo destruye.
—No soy de su opinión, —repuso el abogado, —a cada aserto, los hechos de la vida real desmienten sus teorías sobre el matrimonio, pues toda la humanidad, o, por lo menos, la mayor parte, hace vida conyugal, y muchos esposos acaban tranquilamente una larga vida en común.
El caballero nervioso sonrió maliciosamente :
—¿Y qué? Me dice usted que el matrimonio se funda en el amor; y cuando yo niego la existencia de todo otro amor que el que proviene del goce de los sentidos, quiere usted probarme la existencia del amor por el hecho del matrimonio, que es por parte del hombre una violencia y una mentira por parte de la mujer.
—No, no hay tal-objetó el abogado. —Yo sólo digo que los matrimonios han existido y existen.
—Pero, ¿cómo y por qué? Han existido y existen para gentes que han visto y ven en el matrimonio algo sacramental… una obligación contraída ante la divinidad. Para esos, existen, y para nosotros no son más que hipocresía y violencia. Estamos convencidos de ello, y para acabar tan inicua farsa, predicamos el amor libre; pero predicar el amor libre no es en substancia sino invitar a volver a la promiscuidad de los sexos (usted dispense, dijo a la señora), al pecado a la buena de Dios de los raskolniks. Los viejos cimientos no son ya tan sólidos como antes y hay que edificar sobre otros nuevos, pero no predicar la vida licenciosa.
Al hablar así se acaloró de tal modo que todos callaron, mirándole con asombro.
—Y, sin embargo, el estadio de transición es terrible. La gente comprende que no se puede admitir el pecado al azar. Hace falta regularizar de algún modo las relaciones sexuales, pero no existe más base que la antigua en la que ya nadie cree. Hombres y mujeres siguen casándose lo mismo que antes, pero han perdido la fe en el matrimonio, lo cual lleva consigo la mentira y la violencia. La mentira, de por sí, no es una carga demasiado pesada para la pareja. Ambos cónyuges representan ante el mundo una comedia considerándose como monógamos (cosa que no está bien, si en realidad son polígamos); pero, en fin, eso puede aguantarse con paciencia. Pero cuando marido y mujer, como sucede a menudo, después de haberse comprometido a pasar juntos toda la vida (sin saber por qué), se encuentran con que ya al segundo mes sienten deseos de separarse, y, sin embargo, siguen viviendo juntos, entonces sobreviene una existencia infernal, y las víctimas de semejante tortura no tienen otro remedio para sus males que la embriaguez o el suicidio.
Todos guardaron silencio. Nos encontrábamos en una situación violenta.
—Sí, no puede negarse que, en algunas ocasiones, la vida marital termina con una tragedia espantosa. Vean ustedes, por ejemplo, el caso de Pozdnychev-dijo el abogado, queriendo desviar la conversación de aquel terreno inconveniente y demasiado excitante. — ¿Han leído ustedes cómo mató a su mujer por celos?.
La señora contestó que no había leído nada sobre ese crimen. El caballero nervioso no despegó los labios; cambió de color. De repente dijo:
—Veo que ha adivinado usted quién soy.
—No, no he tenido ese gusto.
—El gusto no es muy grande. Yo soy Pozdnychev.
Nuevo silencio. Pozdnychev se sonrojó y volvió a palidecer en seguida.
—Después de todo nada importa. Ustedes dispensen, no quiero molestarlos.
III
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Volví a sentarme en mi sitio. El abogado y la señora cuchicheaban. Yo estaba sentado junto a Pozdnychev, y guardaba silencio. Habría querido hablarle, pero no sabía por dónde empezar, y así pasó una hora hasta la próxima estación, en la cual se apearon el abogado, la señora y el viajante. Pozdnychev y yo nos quedamos solos.
—¡Lo dicen, pero mienten o se engañan! —exclamó Pozdnychev.
—¿De qué habla usted?
—Pues… siempre de lo mismo.
Apoyó los codos en las rodillas, y se apretó las sienes con las manos.
—¡El amor, el matrimonio, la familia!… ¡Mentira mentira y mentira!
Luego, se levantó y, corriendo la cortinilla, volvió a echarse sobre el asiento. En esta postura permaneció en silencio durante más de un minuto.
—¿No le resulta a usted desagradable estar conmigo, sabiendo quién soy?
—¡Oh! ¡De ninguna manera!
—¿Tiene usted sueño?
—En absoluto.
—Entonces, ¿quiere usted que le cuente mi vida?
En este preciso momento entró el revisor de billetes. Mi interlocutor le dirigió una mirada llena de enfado, y no comenzó hasta que estuvo fuera. Después siguió su relato sin detenerse.
Mientras hablaba, su rostro se alteró varias veces de una manera tan completa que, en cada una de sus transformaciones, no ofrecía nada de semejante con su expresión anterior.
Los ojos, la boca, el bigote, hasta la barba, todo era nuevo, y siempre una fisonomía bella y conmovedora. Estos cambios tenían lugar en la penumbra que nos rodeaba de golpe: durante cinco minutos se veía una cara pero en seguida, sin saber cómo, volvía a cambiar y aparecía enteramente desconocida.
IV
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¡Sea! Voy, pues, a contarle todos mis infortunios y la historia espantosa de mi vida. Sí, espantosa; y la historia misma es más espantosa que su sangriento desenlace.
Se pasó la mano por los ojos y empezó, después de una pausa:
—Para entenderlo debidamente hay que contarlo todo desde el principio; hay que explicar cómo y por qué me casé, y hay que explicar lo que era yo antes de mi matrimonio. Empezaré diciéndole cuál es mi condición: hijo de un rico hidalgo de la estepa, antiguo mariscal de la nobleza, fui alumno de la Universidad, licenciado en Derecho. Me casé a los treinta años.
Pero antes de hablarle de mi matrimonio, quiero contarle la vida que llevaba de soltero y las falsas ideas que en aquel tiempo abrigaba sobre el matrimonio. Yo llevaba la misma existencia de tantos otros que presumen de distinción, es decir una existencia relajada y llena de vicios, a pesar de lo cual estaba muy convencido de ser hombre de una moralidad intachable.
La idea que tenía de mi moralidad dimanaba de que no se conocían en mi familia esas disposiciones especiales, tan comunes en la esfera de nuestros nobles terratenientes, pues todos mis deudos permanecían fieles al juramento de fidelidad que habían hecho ante el altar.
De esa suerte me había forjado desde la infancia el sueño de una vida conyugal elevada y poética. Mi esposa sería un dechado de todas las virtudes; nuestro mutuo cariño, inquebrantable; la pureza de nuestra vida conyugal, inmaculada. Así pensaba yo, muy engreído con la nobleza de mis proyectos.
Pasé diez años de mi vida de adulto sin darme prisa por contraer matrimonio, y haciendo lo que yo llamaba la vida tranquila y juiciosa del soltero. No era un seductor, no tenía apetitos contra natura, ni convertía la disipación en objeto principal de mi vida, sino que participaba del placer sin ofender las conveniencias sociales, y me creía ingenuamente un ser moral en extremo. Las mujeres con quienes tenia relaciones no pertenecían a nadie más que a mí, y yo no les pedía otra cosa que el placer del momento.
En todo esto no veía nada de anormal, sino que, por el contrario, me felicitaba de no formar lazos duraderos en mi corazón, y miraba como una prueba de honradez el pagar siempre con dinero contante. Huía de las mujeres que podían estorbar mi porvenir enamorándose o dándome un hijo. No vaya a creerse que dejó de mediar algún hijo o un pasajero amor, pero yo me las arreglaba de modo que no llegué una sola vez a enterarme…
Y viviendo así, me reputaba un hombre honrado a carta cabal. No comprendía que los actos físicos por sí solos no constituyen la relajación, sino que ésta consiste más bien en emanciparse de todo lazo moral respecto de una mujer con quien se tienen relaciones carnales.
¡Y yo veía como un mérito esa emancipación! Recuerdo que una vez me inquieté seriamente por haberme olvidado de pagar a una mujer, cuyas caricias, sin duda, inspiró el amor y no el interés. No me quedé tranquilo hasta demostrarle, enviándole el dinero, que no me creía sujeto a ella por ningún lazo. No mueva usted la cabeza como si estuviese de acuerdo conmigo-exclamó de pronto vehementemente;—ya conozco esas ilusiones. Todos en general, y usted en particular, si no es una rara excepción, tienen las mismas ideas que yo tenía entonces y, si está usted de acuerdo conmigo, es sólo ahora; antes no pensaba usted así.
Tampoco pensaba así yo; y si hubiera tenido quien me contara lo que yo ahora le cuento, no me habría sucedido lo que me ha sucedido. Pero, en fin, la cosa no es para tanto. Usted dispense. En verdad que es espantoso, espantoso este abismo de errores y de disipación en que vivimos frente al verdadero problema de los derechos de la mujer…
—¿Qué es lo que usted entiende por el verdadero problema de los derechos de la mujer?
—El problema de lo que es ese ser especial, organizado de distinto modo que el hombre, y de cómo ese ser y el hombre deben mirar a la mujer. Pero continuemos la historia.
V
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—Durante diez años, viví en el desorden más repulsivo, soñando con el amor más noble, y hasta en nombre de ese amor. Sí, antes de contarle cómo asesiné a mi mujer, he de decirle de qué modo me pervertí. La maté antes de conocerla: maté a la mujer desde el momento en que hube saboreado los deleites de la sensualidad sin amor, y con eso y, desde entonces, maté a la mía. Sí. señor, no he comprendido mi crimen y el origen de todas mis desgracias sino después de haberme atormentado y de haber vivido largo tiempo en continuo suplicio. Vea usted, pues, dónde y cómo empezó el drama que ha acarreado mi desgracia.
Hay que remontarse a la época en que tenía dieciséis años, cuando estaba todavía en el colegio y mi hermano mayor estudiaba el primer curso. Aunque en aquella época no andaba yo aún en tratos con mujeres, no era inocente ni mucho menos, como tampoco lo son los infelices niños de nuestra sociedad. Hacía más de un año que me habían abierto los ojos algunos mozalbetes, amigos míos, y que me torturaba la idea de la mujer, no como se quiera, sino la idea de la mujer como algo infinitamente delicioso, la idea de la desnudez de la mujer.
Mi soledad no era ya pura. Vivía en un suplicio, como seguramente le habrá pasado a usted y al noventa y nueve por ciento de nuestros muchachos. Sentía un vago espanto, oraba a Dios y me prosternaba.
Estaba ya pervertido en imaginación y en la realidad, pero me faltaba dar los últimos pasos. Me perdía a mis solas, más sin haber puesto las manos todavía en otro ser humano.
Todavía era tiempo de salvarme, cuando he aquí que un amigo de mi, hermano un estudiante muy alegre, de los que se llaman mozos de chispa, es decir, uno de los mayores bribones, al que debíamos ya el saber beber y jugar a las cartas, se aprovechó de una noche de embriaguez para arrastrarnos. Fuimos. Mi hermano, tan inocente como yo, cayó esa noche… Y yo, un monigote de dieciséis años me manché igualmente y contribuí a la deshonra de la mujer, sin comprender lo que hacía; nunca he pensado que cometiese por ello una mala acción. Verdad es que hay diez mandamientos en la Biblia; pero los mandamientos no son más que para recitarlos delante de los curas, y no parecen tan indispensables siquiera como los preceptos sobre el uso del que en las oraciones subordinadas.
De modo que yo no había oído nunca a las personas mayores, cuya opinión respetaba, que aquello fuese reprensible. Al contrario, muchas personas me decían que había hecho bien, que, después de ese acto, se calmarían mis luchas y mis sufrimientos: eso lo había oído o lo había leído. Había oído decir a las personas mayores que era saludable, y mis amigos creían ver en ello cierta audacia merecedora de aplauso. Así, pues, el hecho era enteramente loable.
En cuanto al peligro de una enfermedad, no hay que temer; ¿no se cuida: de ello el gobierno?
Este rige la marcha regular de las casas públicas, asegura la higiene de la corrupción en beneficio de todos nosotros, jóvenes y viejos, y se encargan de esta vigilancia médicos retribuidos. ¡Perfectamente bien! Afirman que el libertinaje es provechoso para la salud, e instituyen una corrupción regular. Sé de algunas madres que vigilan para que la salud de sus hijos no se altere por lo que a este caso refiere. ¡Y la ciencia misma los envía a los lupanares!
—Pero ¿por qué dice usted la ciencia? —pregunté.
—Los médicos son los sacerdotes de la ciencia. ¿Quién pervierte a los jóvenes afirmando tales reglas de higiene? ¿Quién pervierte a las mujeres ideando y enseñándoles medios de no tener familia? ¿Quién cuida la enfermedad? ¡Ellos!
—Pero ¿por qué no cuidar la enfermedad?
—Porque cuidar la enfermedad es dar carta blanca a la disipación.
—No, porque entonces…
—Sí, con que una centésima parte de los esfuerzos que se gastan en curar la enfermedad se emplease en curar la lascivia, hace mucho tiempo que no existiría la enfermedad, mientras que ahora todos los esfuerzos se consumen, no en extirpar la disipación sino en favorecerla combatiendo sus consecuencias. Pero en fin no se trata de eso; se trata de que yo, como la mayoría de los hombres de nuestra clase, incluso los aldeanos, he pasado por el horrible trance de caer, y no porque me subyugase la seducción natural de una mujer cualquiera. De ningún modo. Caí en el lazo porque no veía en ese hecho degradante más que una función legítima y útil para la salud, porque otros no veían en él más que una expansión natural., excusable, y hasta inocente en un joven. Yo no comprendía que aquello fuese una caída y empecé a entregarme a esos placeres que creía característicos de mi edad, de la misma manera que empecé a beber y fumar.
Y, a pesar de todo, había en esa primera caída algo singular y conmovedor. Recuerdo muy bien que allí mismo, sin salir del cuarto, me invadió al punto una tristeza tan profunda, que me daban ganas de llorar: ¡de llorar la pérdida de mi inocencia, la destrucción para siempre de mis relaciones con la mujer! Sí, mis relaciones con la mujer quedaban destruidas para siempre. Ya no podía tener relaciones puras de allí en adelante. Me había convertido en un ser voluptuoso, y la voluptuosidad es un estado físico semejante al del morfinómano, el fumador y el borracho.
Así como los hombres en este estado no son seres normales, quien ha conocido varias mujeres para el placer no es ya tampoco un hombre normal. Es anormal para siempre, es un voluptuoso. Y así como cabe conocer al borracho y al morfinómano por la fisonomía y los modales, así también cabe conocer al voluptuoso. Puede contenerse, puede luchar, pero no volverá a tener nunca con las mujeres relaciones sencillas, puras y fraternales. En la manera de mirar a una joven se puede reconocer al voluptuoso, y yo me volví voluptuoso y lo he sido siempre desde entonces. Lo confieso con entera franqueza.
VI
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—Sí, esto fue así y siguió siéndolo durante mucho tiempo. ¡Dios mío! Cuando acude a mi memoria el recuerdo de mis malas acciones, me hace estremecer de espanto pensar en las pesadas bromas que me hacían mis compañeros burlándose de mi inocencia. ¡Y cuando veo la juventud que llaman dorada, en los militares, en los parisienses…! ¡Cuando pienso en el aire digno que tenemos todos nosotros, vividores y calaveras de treinta años, con la conciencia manchada por el recuerdo de mil terribles crímenes, al penetrar en un salón de baile, en una reunión, recién afeitados, adornados con la blancura resplandeciente de nuestras camisas, de frac o de uniforme…¡ ¡Qué ideal de pureza! ¡Un verdadero sueño infantil!
Reflexionemos un momento acerca de lo que esto es y de lo que debería ser. Cuando uno de esos libertinos se acerca a mi hermana o a mi hija estando enterado, como lo estoy, de su vida, debería yo llamarle y decirle: «Amigo mío, sé que eres un libertino y en qué compañía pasas las noches, y debo decirte que tu puesto no está aquí, al lado de las jóvenes inocentes.»
Eso es lo que debería decírsele. ¿Y qué es lo que, por el contrario, sucede? Que cuando se presenta uno de esos tipos y baila con mi hermana o con mi hija, pasándole el brazo por la cintura, nos sonreímos muy satisfechos, sobre todo si se trata de un hombre rico y bien emparentado… ¡Qué asco! ¡Pero muy pronto ha de llegar un día en que todas esas cobardías y esos embustes se desenmascaren y se borren!
De esta manera viví hasta los treinta años, alimentando como una obsesión la idea del matrimonio y de la familia. Observé a todas las jóvenes casaderas de la comarca, y pese a ser un vicioso y un libertino, me atrevía a buscar aquella cuya pureza podría convenirme. Al cabo, fijé mis miradas en una de las dos hijas de un hacendado de Penza, hombre que había sido rico en otros tiempos y luego se había arruinado. A decir verdad, me atraparon y caí en una ratonera. La madre, pues el padre había muerto, me preparó una porción de emboscadas, y en una de ellas caí; fue en un paseo en barca. Una noche, al regresar de uno de esos paseos, con la hermosa claridad de la luna iluminándonos y a punto de llegar al término del viaje, estaba sentado a su lado y no podía apartar la mirada de su esbelto talle, de las formas que hacía resaltar un jersey muy ceñido y de los sedosos bucles de sus cabellos rubios. Y lo comprendí de pronto, era ella la elegida.
Se me figuró que mis pensamientos y mis sentimientos elevados encontraban un eco en ella, cuando en realidad no estaba seducido más que por su talle y su cabello, y aparte de esto, la intimidad de todo el día había hecho germinar en mí el deseo de otra intimidad aún mayor.
Desbordándose del alma impresiones exquisitas, y convencido de que aquella joven era la perfección personificada, la creí digna de ser inmediatamente mi esposa. Al día siguiente hice mi petición matrimonial.
Este es un mal que no tiene remedio. Nos hallamos sumidos en un abismo tal de embustes, que es necesario, para que nos enteremos de la verdad, que nos caiga una teja sobre la cabeza, como me sucedió a mí. ¡Qué situación más embrollada! Entre mil futuros maridos, lo mismo entre los pertenecientes al pueblo que en nuestra clase, costaría mucho trabajo hallar a uno solo que no haya estado en contacto con mujeres lo menos una docena de veces. Según parece, abundan hoy los jóvenes castos que comprenden y saben que este asunto no es una broma, sino algo sumamente serio. ¡Que Dios los proteja! En mi época no se encontraba más que uno por mil.
Todos lo saben, y sin embargo obran como si lo ignorasen. En las novelas se describen, hasta en sus menores detalles, los sentimientos de los héroes, las fuentes, los matorrales y las flores. Al describir sus amores, no dicen ni una palabra acerca de su vida anterior, ni de sus visitas a las casas públicas, ni de las persecuciones de que han hecho objeto a las doncellas, a las cocineras y a la mujer ajena. Si se escribiesen novelas como estas, no se las dejarían leer a las jóvenes, porque los hombres ocultan sus pensamientos, no sólo a ellos mismos, sino también a las mujeres. Al oírlos, se creería a que no existe esa vida corrompida de las grandes ciudades, y hasta de las aldeas populosas, ese libertinaje en el cual todos se encenagan con voluptuosidad. Y lo dicen con una apariencia de convicción tal, que se persuaden a sí mismos, y las pobres muchachas lo creen también. Este fue el caso de mi desventurada mujer.
Me acuerdo de que un día, cuando todavía no éramos más que novios, le enseñé mis memorias, poniéndola así al corriente de mi vida pasada, y especialmente de las últimas relaciones que había tenido y que creí era mi deber darle a conocer. Cuando comprendió lo que significaba mi revelación, su terror y su desesperación fueron tan grandes que creí llegado el momento en que renunciaba a casarse conmigo. ¡Qué dicha más grande hubiese sido para los dos!
Pozdnychev se calló y luego añadió:
—Vale más, no obstante, que haya sido así, pues obtuve lo que tenía merecido, pero no nos detengamos más en esto. Lo que quería decir es que las pobres jóvenes son las engañadas en este caso, y las madres lo saben porque los maridos no ignoran lo que ocurre. Fingen una creencia grande en la pureza de los hombres y obran como si ésta fuese realidad. Conocen perfectamente los celos a los que pueden apelar para atraer a los hombres hacia ellas y hacia sus hijas. En cambio, nosotros, los hombres, lo ignoramos por poca voluntad de aprender. Las mujeres saben que el amor más puro, el más poético como se dice, no depende esencialmente de las facultades morales, sino de aproximaciones carnales, de la manera de peinarse, y del color o del corte de los trajes. Preguntadle a una coqueta experimentada que se haya propuesto conquistar a un hombre qué es lo que prefiere, que ante ese hombre prueben que mintió, que fue cruel o disoluta, o bien que la presenten ante él en un momento en que se halle ataviada con un vestido de mal gusto o mal cortado, y todas preferirán la primera alternativa.
Les consta que mentimos de una manera indigna al hablar de la pureza de nuestros sentimientos, que es sólo su cuerpo lo que nos tienta y que mejor pasaremos por alto un defecto cualquiera que un vestido de mal gusto o mal cortado. La coqueta lo hace sin pensarlo, instintivamente; por lo mismo se pone esos odiosos vestidos ceñidos, toma ciertas posturas y usa esos tocados que le permiten llevar al descubierto hombros, brazos y pecho.
A las mujeres, sobre todo aquellas que han tenido relaciones con los hombres, les consta perfectamente que las conversaciones sobre temas elevados no son más que charla y que el hombre no tiene más punto de mira que el cuerpo y todo lo que ayuda a dar relieve a éste, y obran en consecuencia. No hay para qué buscar por qué serie de circunstancias se incorporó a nuestras costumbres ese hábito que se convirtió en una segunda naturaleza. Consideremos la vida de las diversas clases de la sociedad en todo su impudor; ¿no es en realidad la de una casa pública? ¿No lo cree así? Pues voy a demostrarlo-dijo anticipándose a mi objeción. — En su concepto, las mujeres de la clase social a la que pertenecemos tienen intereses muy distintos de los de las mujeres que viven del vicio. Pues bien, yo sostengo que no y voy a probarlo. Cuando las personas se proponen otro objetivo llevan una vida muy distinta, y esas diferencias han de aparecer en lo exterior, por lo que debiera de ser todo muy diferente.
Compare a esas desdichadas con las mujeres de la clase más elevada, ¿qué ve? Los mismos tocados, los mismos modales, iguales perfumes, idénticos escotes, brazos al aire y pechos al descubierto, igual afición a la pedrería, y a las alhajas. Hasta los placeres, es decir, bailes, música y cantos son iguales. Para unas y para otras todos los medios son buenos con tal de atraer. Hablando con entera franqueza, la mujer que peca momentáneamente por vil interés, es despreciada de todos…; la que peca toda la vida obtiene el respeto general. Fueron esos cuerpos ceñidos, esos cabellos rizados, esos modales seductores los que me atrajeron.
VII
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—No era difícil, en verdad, hacerme caer en un lazo, porque con mi educación me sentía atraído hacia el amor como el viajero del desierto se siente atraído por el espejismo. ¿No es una alimentación abundante un excitante para los ociosos? Los hombres de nuestra clase se alimentan como caballos. Si se cierra la válvula de seguridad, es decir, si se condena a un joven lanzado a la vida del placer a seguir otra mas tranquila, se verá cómo aparecen en seguida una excitación nerviosa y una inquietud tan terribles como extraordinarias, que, miradas a través del prisma de nuestra vida artificial, se convertirán en una ilusión que se tomará por amor. El amor y el matrimonio dependen en gran parte del alimento. ¿Os asombra esto? Pues más extraño aún es que esto no haya sido reconocido universalmente. En mi tierra hicieron este año algunos trabajos para un ferrocarril. Ya sabe qué es lo que beben y comen generalmente nuestros aldeanos: sidra hecha con cebada, pan y cebollas, y eso les basta para poder trabajar bien el campo. En las obras del ferrocarril les daban gachas hechas con harina y grasa y además una libra de carne; pero está alimentación más sólida se compensaba con dieciséis horas de trabajo rudo, manejando tierras o materiales o empujando pesadas vagonetas y carretillas, de manera que trabajo y alimento se compensan. ¿En qué gastamos nosotros las dos libras de carne, caza, toda clase de manjares excitantes y las bebidas que consumimos a diario? Pues en los excesos sexuales. Si entonces se abre la válvula de seguridad todo va bien; pero si se cierra, como hice yo más de una vez, resulta una excitación nerviosa que, espoleada por la lectura de novelas, periódicos, versos y por la música, hace que la buena alimentación se convierta en el más puro amor. De esta manera me enamoré yo también e hice lo que todo el mundo, y en mis amores no faltó nada: delicias, enternecimientos, horas de arrobamiento… En el fondo, ese amor era obra de la madre de mi novia y del modisto por una parte, y por la otra de la buena mesa y de la falta de actividad.
Sin los paseos en barca, sin aquel talle esbelto, sin aquel cuerpo en que la tela parecía pegada a la carne, sin los paseos juntos, no me habría enamorado, ni habría caído en la emboscada.
VIII
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—Fíjese también en este embuste tan generalizado: en la manera como suelen hacerse los casamientos. ¿Qué es lo mas natural? La joven es núbil, hay que casarla; nada más sencillo, y a menos que sea un espantajo encontrará quien suspire por ella. Pues bien, no hay nada de esto y ahí es donde empieza una nueva mentira. Antaño, cuando la joven llegaba a la edad conveniente, sus padres la casaban, dejando a un lado toda idea sentimental y sin que por eso la quisiesen menos. Esto sucedía y sucede aún en el mundo entero, entre los chinos, los indios, los musulmanes, entre nuestro pueblo y, en resumen, entre las noventa y nueve partes de la humanidad. Una centésima parte apenas, nosotros, gentes corrompidas, creímos que eso no estaba bien y buscamos otra cosa, ¿y qué fue lo que hallamos? A las jóvenes las exponen como el género en un almacén donde los hombres tienen la entrada libre para elegir a su gusto. Las muchachas esperan allí, pensando para su fuero interno y sin atreverse a decirlo en voz alta: «¡Tómame a mí, querido mío, a mí y no a esa otra! ¡Mira mis hombros y todo lo demás!» Los hombres pasamos y volvemos a pasar por delante de ellas, las miramos y remiramos, hablando de vez en cuando de los derechos de la mujer, de la libertad que deben tener, basada, a lo que se pretende, en su instrucción.
—Pero ¿se puede hacer de otra manera? —le pregunté interrumpiéndole. —¿Quiere que sean ellas las encargadas de hacer la petición matrimonial?
—¿Es que acaso lo sé yo? Pero sí que es cuestión de igualdad y de que ésta se haga realidad. Se ha hablado mucho y mal de los casamenteros y de los intermediarios, y nuestro sistema es cien veces peor. En aquel caso, los dos están en iguales condiciones, y nuestro sistema es mucho peor. En aquél los derechos y las esperanzas son iguales; en éste la mujer es una esclava a la que ofrecen porque no puede ofrecerse por sí misma. Empieza entonces esa otra mentira convencional que se llama «presentarse en sociedad», «divertirse», y que no es ni más ni menos que la caza del marido. Decidles la verdad desnuda a una madre o a una hija;
decidles que no tienen más que una preocupación: pescar un marido, y les haréis una grave ofensa. Y no obstante, ese es su único objeto, no pueden tener otro. Lo más tremendo en todo esto es que se ve a muchas jóvenes ingenuas e inocentes que obran de este modo sin saber lo que hacen.
¡Si al menos se hiciera con entera franqueza! Pero no son más que mentiras e hipocresía. —«¡Ah. qué cosa más interesante es ese libro nuevo del Origen de las especies! — exclama la mamá. —«¡Cuántos atractivos tiene la literatura! La pintura le gusta mucho a María. ¿Piensa ir hoy a la Exposición? ¿Pasea mucho en coche? La verdad es que admira lo mucho que entusiasma a mi Luisa la música. ¿Cómo es que no profesa esas ideas? ¡Ah, los paseos por el agua!…» Y al decir esto no las anima a todas más que un pensamiento:
«Tómame a mí; elige a mi Luisa. No, a mí, ¡prueba al menos!» ¡Oh! ¡Cuánta hipocresía!
¡Cuánto embuste!
IX
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—¿Conoce la supremacía de la mujer-me preguntó de pronto;—esa supremacía o dominación que tantos sufrimientos causa a todos? En lo que acabo de decir está la indicada causa.
—¡Cómo! ¡La supremacía de la mujer! —repliqué. —No lo comprendo, cuando se lamentan, por el contrario, de que no gozan de ningún derecho y de que son las víctimas!
—Ésa, precisamente, es la idea que quería expresar-dijo con animación. —Eso es justamente lo que hace que se sostengan dos opiniones en apariencia contradictorias. Por una parte una tremenda humillación y de la otra un poder soberano. Pasa con la mujer lo mismo que con los judíos, que se vengan con el poder que les da su dinero del envilecimiento al que les condenamos. «¿Nos permitís que nos dediquemos al comercio? De acuerdo; pues por medio de los negocios nos convertiremos en amos vuestros,» dicen ellos. «¿No queréis ver en nosotras más que un objeto sensual?, sea, pues por los sentidos nos apoderaremos de vosotros,» dicen, a su vez las mujeres.
No es, pues, la privación del derecho de sufragio, ni el veto para ejercer determinadas magistraturas lo que constituye la ausencia de los derechos de la mujer, aparte de que pregunto: ¿esas ocupaciones, son realmente tales derechos? Lo que hay es una prohibición de acercarse a un hombre o de alejarse de él y de escogerlo a su antojo, en vez de ser escogida.
Esto le llama la atención, ¿no es así? Entonces, privad al hombre de esos derechos, puesto que goza de ellos, ya que se los negáis a su mujer. Para igualar todas las probabilidades, la mujer, dominada por la sensualidad, se hace dueña absoluta por medio de los sentidos, de tal manera que, siendo él quien en apariencia escoge, es en realidad ella la que elige. Y cuando posee a fondo el arte de seducir, abusa y adquiere un dominio extraordinario, un imperio terrible sobre la humanidad.
—Pero ¿dónde ve ese predominio tan extraordinario?
—¿Dónde? En todas partes. Vaya a esos grandes almacenes de sederías y tejidos que hay en las poblaciones de alguna importancia, y verá en ellos amontonados millones de francos y el producto de un trabajo que, por lo gigantesco, es casi incalculable. Dígame, ¿hay en la décima parte de esos almacenes alguna cosa que sea de uso del hombre?
Todo el lujo es para la mujer que lo busca, impulsándola siempre hacia adelante ¿Y las fábricas? En su mayor parte no hacen más que trabajar para la mujer, y millones de hombres, generaciones enteras de obreros, sucumben en esos trabajos hechos en condiciones semejantes a las de las penitencierías, para que ella se pueda engalanar. Lo mismo que si fuese una reina poderosísima, la mujer mantiene en la esclavitud y el trabajo a las nueve décimas partes de la humanidad. Y todo esto sucede, ni más ni menos, por negar a la mujer derechos iguales a los del hombre. Se venga excitando nuestros sentidos y procurando que caigamos en las celadas que nos tiende; y tal es la influencia que han llegado a ejercer sobre ellos que en su presencia pierden la calma no sólo los jóvenes de sangre caliente, sino hasta los viejos.
Y la mujer conoce tan bien esa influencia que no la oculta. Lo verá fácilmente si observa las sonrisas de triunfo en una fiesta popular, en un baile o en una reunión de etiqueta. En cuanto un joven se acerca a ella, cae en sus redes y ¡adiós razón!
Siempre experimenté cierto malestar al hallarme en presencia de una mujer en traje de corte, de una joven del pueblo con pañuelo rojo y traje endomingado, y de una señorita vestida para un baile. Y eso es todavía más terrible para mí hoy día. Veo en todo ello un peligro para los hombres, algo, en fin, contrario a la Naturaleza, y siento deseos de empezar a gritar llamando a la policía para alejar ese peligro: para hacer que aparten de mi vista un objeto dañino.
¡Y no me río! Estoy seguro de que ha de llegar un día, que quizás no esté muy lejano, en que se preguntarán con asombro cómo pudo haber un tiempo en que se permitían acciones capaces de producir tanto trastorno, turbando la tranquilidad de la sociedad, como lo consiguen las mujeres por medio de la excitación de los sentidos y los adornos con que engalanan su cuerpo. Es como si en los paseos públicos se pusiesen cepos por donde han de pasar los hombres, ¡y tal esto no sería tan peligroso como aquello!
—¿Por qué—pregunto-prohibir los juegos de azar y permitir que las mujeres aparezcan medio desnudas en público, por más que esto sea mil veces más inmoral que el juego? ¡Qué extraña manera de juzgar las cosas!
X
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—He aquí ahora cómo caí en el lazo. Era yo lo que se llama un enamorado, y no era a ella sola a la que consideraba como la perfección personificada, sino que yo mismo, durante el tiempo que fuimos novios, me creía el mejor de los hombres. No hay nadie en este mundo que, aun siendo malo, buscando con un poco de paciencia no encuentre a otro que sea peor que él (lo cual es origen de alegría y de orgullo). Este era el caso en que yo me hallaba. No me casé por el afán del dinero, al que no tenía apego, a diferencia de muchos conocidos míos que habían hecho del matrimonio un negocio, bien para procurarse un capital con la dote, bien para crearse una posición con las nuevas relaciones. Yo era rico y mi mujer pobre. ¿Qué me importaba eso a mí? Había, además, otra cosa que me enorgullecía, y era que, al contrario que los que al casarse no abandonan sus ideas de poligamia, yo me había jurado vivir siempre como monógamo en cuanto me casara. Era un miserable y me creía un ángel.
No fuimos novios durante mucho tiempo y no puedo evocar sin enrojecerme los recuerdos de aquella época, ¡que vergüenza y qué asco! Si hubiese sido un amor platónico, puesto que es de éste del que hablamos y no del sensual, habría debido manifestarse en conversaciones, en palabras; pero no hubo nada de eso. En nuestras entrevistas la conversación era penosa, un verdadero trabajo de gigantes. Apenas encontraba un tema, ya estaba, agotado, y vuelta buscar otro. Nos faltaban asuntos de los que hablar, habiendo agotado cuanto podíamos decir acerca de nuestro porvenir y establecimiento. ¿Qué nos quedaba? Si hubiésemos sido animales, sabido tuviéramos que no había de qué hablar; sin embargo, carecíamos de objeto, porque la cosa que a ambos nos preocupaba no era de las que tienen solución en una conversación. Añada a esto la deplorable costumbre de comer golosinas; luego, los preparativos de la boda; ver la habitación, las camas, las ropas que se han de usar durante el día, las de noche, la ropa blanca y los objetos de tocador, etc., etc. Ya está viendo que el que se casa al uso antiguo, con arreglo a los preceptos del Domostroy, como decía ese señor viejo que se fue, considera los edredones, las camas y la dote como otros tantos detalles que contribuyen a hacer del matrimonio algo sagrado. Pero para nosotros, que en la proporción de uno por diez no creemos, no, en ese algo sagrado, ¡y que se crea o no importa poco!, sino en las promesas que hacemos nosotros-de los que apenas un uno por ciento no habrá ya tenido que ver con mujeres y de los que apenas uno de cada cincuenta no estará dispuesto a ser inmediatamente infiel a su mujer—, para nosotros, repito, que no vamos a la iglesia más que a cumplir con un requisito exigido antes de poseer a una determinada mujer, todos esos detalles no tienen más que un significado bien preciso. Es un contrato innoble. Se vende una virgen a un libertino y esa venta se verifica con la apariencia de las cosas más puras, adornándola con poéticos detalles.
XI
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—Me casé como nos casamos todos. Si los jóvenes que ansían pasar la luna de miel supiesen las desilusiones que les esperan… porque no hay más que desilusiones en todas partes; y todos-en verdad que ignoro por qué—se creen obligados a ocultarlo. Paseaba un día por una feria de París y entré en un barracón en el que enseñaban una foca y una mujer con barbas. La mujer era un hombre con traje descotado, y la foca ni más ni menos que un perro, cubierto, es verdad, con una piel de foca y que nadaba en una gran tina; el espectáculo tenía más bien poco atractivo. Cuando salí del barracón, el dueño me señaló al público diciendo: «Preguntadle a este señor si vale la pena pasar; ¡adelante, señoras y caballeros! ¡No cuesta más que un franco la entrada!» Me costaba gran trabajo, no podría decir por qué, contradecir a aquel hombre y contó con mi asentimiento. Lo mismo les sucede a los que por propia experiencia conocen el hastío de la luna de miel: que no quieren destruir las ilusiones de los demás.
Yo por mi parte no desvanecí los sueños de nadie, pero no veo motivo para que ahora me calle. En la luna de miel no hay nada agradable, sino todo lo contrario. Aquello es un continuo malestar, una vergüenza, un malhumor sombrío, y predomina sobre todo esto un aburrimiento, un tedio espantoso. No acierto a comparar esa situación más que con la del muchacho que empieza a fumar: siente náuseas, se traga el humo y, sin embargo, dice que experimenta un gran placer. Si el trabajo produce goces es para más adelante, y lo mismo sucede con el matrimonio. Antes de gozar, los esposos deben habituarse al vicio.
—¡Cómo! ¿Al vicio? —exclamé. —Está hablando de algo que es natural, instintivo.
—¡Algo natural! ¡Instintivo! No hay nada de eso. He llegado a convencerme de lo contrario, permitidme que os lo diga, y yo, hombre corrompido, libertino, entiendo que es contra naturaleza. ¡Y cuánto más arraigada no estaría esta convicción en mi ánimo si no estuviese tan pervertido! Es un acto contra la naturaleza para toda joven pura, igual que para un niño. Una hermana mía se casó, siendo muy joven, con un hombre que tenía doble edad que ella y que hasta entonces había llevado la vida propia de los libertinos, y recuerdo cuán grande fue nuestro asombro al ver que le abandonaba durante la noche de la bodas y que, pálida y temblorosa, nos dijo que por nada del mundo podría contarnos lo que exigían de ella.
¿Y llamáis natural a esto? Comer sí que es natural; comer es una satisfacción, una función agradable que puede llevarse a cabo sin que uno se avergüence, y en cuanto al otro acto, no hay más que repugnancia, vergüenza y dolor. No, no es natural, y adquirí la convicción de que una joven lo teme siempre. Una muchacha joven y pura desea hijos; hijos, sí, pero un hombre, no.
—Entonces —observé con mucho asombro—; ¿cómo perpetuar el género humano?
—¿Y acaso es necesario perpetuarlo? —replicó con brusquedad.
—Sin duda, porque de otro modo no existiríamos.
—¿Y para qué hace falta que existamos?
—¿Para qué? Pues para vivir.
—¿Para vivir? Schopenhauer, Hartmann y los budhistas sostienen que la verdadera felicidad está en no existir. Y tienen muchísima razón cuando aseguran que la dicha de la humanidad está en su destrucción. No lo dicen con tanta claridad; sostienen que la humanidad debe destruirse para ahuyentar el sufrimiento y que su objetivo o fin es su propia destrucción Esto es un error. El objetivo final de la humanidad no debe ser el de librarse del mal o del sufrimiento por el aniquilamiento de sí mismo, porque el mal es el resultado de la actividad, y el objetivo de ésta no puede ser el aniquilamiento de los efectos que produce. El fin del hombre, lo mismo que el de la humanidad entera, es la dicha, y para lograrla le han impuesto una ley a la que debe atenerse. Esa ley se basa en la unión de los seres que componen la humanidad. Las pasiones son las únicas que impiden esa unión, y por encima de todas las demás, la más fuerte, la peor, es el amor sensual, la voluptuosidad. Cuándo el hombre haya conseguido dominar sus pasiones y con ellas la que más le domina, el amor sensual, existirá ese amor, y la humanidad, una vez cumplido su objetivo, no tendrá ya razón de existir.
—¿Y hasta que llegue ese momento?
—La humanidad tiene una válvula de seguridad. El amor de los sentidos no es más que la señal del incumplimiento de la ley. Mientras ese amor exista, habrá una nueva generación para intentar realizarla. Si la primera no basta vendrán otras… hasta que se llegue al cumplimiento de esa ley… Cuando esto suceda, la humanidad dejará de ser, porque nos sería imposible explicarnos la vida si el género humano fuera perfecto.
XII
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—¡Qué teoría más extraña! —exclamé.
—¿Por qué es extraña? Todas las religiones profetizan que la humanidad ha de tener un fin, y con arreglo a las conclusiones de la ciencia moderna, ese fin es también inevitable.
¿Qué tiene pues de particular que la filosofía moral presente esas mismas conclusiones?
Aquel que pueda comprenderlo que lo comprenda, dijo Cristo y veo bien claro su pensamiento. Para que el hombre tenga relaciones sexuales morales, es preciso que tenga por objeto la castidad completa. El hombre sucumbe en esa lucha y de ahí proviene el matrimonio moral; pero si el hombre, y este precisamente es el caso de la sociedad actual, se entrega antes de que llegue ese caso al amor sexual, el matrimonio no puede ser, a pesar de sus apariencias de moralidad, mas que un pretexto para la voluptuosidad, y la vida una vida completamente desprovista de sentido moral. Fue en esta última existencia en la que perecimos los dos, mi mujer y yo; en esa pretendida existencia moral a la que se llama vida de familia.
Comprenderá fácilmente a qué extremos pueden llegar las ideas cuando se oye tratar de miserable y ridículo lo que tiene de mejor el hombre, es decir, su libertad y su celibato. La situación ideal para la mujer, ese estado de pureza y de virginidad, asusta a la sociedad que se burla de él. Cuántas jóvenes sacrifican su doncellez a ese Moloch que es la opinión pública y se casan con el primer advenedizo para no ser doncellas, es decir, seres superiores. Se inmolan para no permanecer en esa condición de superioridad.
Hasta entonces no había comprendido que las palabras del Evangelio «aquél que mira a una mujer para desearla, ha cometido ya adulterio con ella en su corazón», se puede aplicar lo mismo a la mujer ajena que a la propia. No las había comprendido y me parecían sublimes todos los actos que ejecuté durante mi luna de miel, persuadido de que la satisfacción del deseo sensual con mi propia mujer era lo más natural y digno del mundo. Tan bien como yo, usted sabe que el viaje de boda, la soledad en que se deja a los recién casados, con permiso de sus padres, no son ni más ni menos que una excitación al libertinaje.
No veía yo en esto nada que fuese malo o vergonzoso y mi luna de miel me pareció una promesa de felicidad, pero esa esperanza pronto se desvaneció. Creo, empero, que hice todos los esfuerzos imaginables para lograrla; esfuerzos que fueron vanos, pues cuanto más andaba en pos de la dicha, más huía ésta de mí. Durante todo ese tiempo fui presa del malestar, la vergüenza y el tedio, y poco más tarde se presentaron la tristeza y los sufrimientos.
Si no recuerdo mal, fue al tercero o cuarto día cuando encontré triste a mi mujer, y, besándola, traté de inquirir lo que le sucedía. Creía que no podía querer más que besos. Con un gesto hizo que me apartase y se echó a llorar. ¿Por qué? No lo sabía; se encontraba mal, fatigada. La laxitud de sus nervios le reveló indudablemente la verdadera naturaleza de nuestras relaciones; pero no sabía cómo expresar sus sentimientos. La apremié haciéndole muchas preguntas, y al cabo me respondió que le inquietaba el recuerdo de su madre. No la creí y empecé a querer consolarla, sin hablarle de sus padres, no comprendiendo que éstos no eran más que un pretexto y que tenía el corazón oprimido. No me hizo caso y le eché en cara sus caprichos, burlándome de su tristeza. Dejó entonces de llorar y me contestó furiosa, llamándome egoísta y cruel. La miré cara a cara y vi que en la suya todo revelaba furor, cólera contra mí.
¿A qué venía aquella actitud inexplicable? ¿Era posible? ¡No era la misma mujer! Traté de calmarla y me estrellé contra una frialdad y una amargura tales que en un momento perdí mi sangre fría y nuestra conversación degeneró en disputa.
La impresión que me produjo este primer disentimiento fue terrible, ya que era la revelación del abismo que nos separaba. La satisfacción de los deseos de los sentidos mató nuestras ilusiones, y en realidad nos encontrábamos cara a cara como dos egoístas que tratan de obtener todo lo posible el uno del otro; como dos personas que no ven la una en la otra más que un instrumento de placer. Ese disentimiento fue nuestra constante, que se manifestó en cuanto quedaron saciados nuestros sentidos, si bien no comprendí en seguida que esa frialdad y esa hostilidad fuesen en adelante nuestro estado normal, porque no tardaron en adormecerse al despertarse nuestra voluptuosidad. Creí que se trataba de una disputilla que, una vez aplacada, no se reproduciría; pero durante la luna de miel se presentó otro nuevo período de saciedad, y con éste, como no nos necesitábamos el uno al otro, una segunda pelea que me asombró mucho más que la primera. ¿No habría sido ésta producto de la casualidad o de un malentendido? ¿O era inevitable, fatal?
Me asombré tanto más cuanto que la causa fue muy insignificante. Tuvo origen en una cuestión de dinero. No era avaro, y mucho menos tratándose de mi mujer. Recuerdo únicamente que tomó muy a mal una de mis constantes observaciones, y que imaginó estaba hecha con el propósito deliberado de dominarla por el dinero, única cosa que me hacía superior a ella, lo cual era estúpido y ridículo dado su carácter y el mío. Me incomodé y le eché en cara su falta de tacto. Como respuesta recibí algunos reproches, y empezó otra vez la disputa. En su rostro, lo mismo que en su mirada y en su lenguaje, se reveló otra vez aquel odio que tanto me había sorprendido. Antes de que me ocurriese esto había tenido discusiones con mis amigos, con mis hermanos y hasta con mi padre, y jamás observé en ellos esa expresión rencorosa que tanto me sorprendió. Pronto, sin embargo, ese rencor se ocultó tras los caprichos de nuestra voluptuosidad, y me consolé diciéndome que eran malentendidos que no tendrían consecuencias irreparables.
Sobrevinieron una tercera, una cuarta disputa y hube de reconocer que no se debían a malentendidos, sino que eran producto de una situación fatal, permanente. Me fui acostumbrando a esas escenas, y me pregunté por qué había de llevar yo, que me había casado tan esperanzado, una vida tan deplorable con mi mujer. En aquellos momentos ignoraba que lo mismo sucede en todos los matrimonios, que todos pensaban lo mismo que yo, que esa desdicha era general y que todos se la ocultaban a los demás, del mismo modo que se la disimulaban a sí mismos.
Después de haber empezado así, la situación fue empeorando de día en día, agravándose cada vez más. Durante las primeras semanas ya comprendía en mi fuero interno cuál era la desgracia que sobre mí pesaba, y que no era en verdad lo que yo esperaba. Comprendí entonces que el matrimonio, en vez de ser una dicha, es una carga muy pesada; pero, obrando como todos, me lo oculté a mí mismo y a los demás, y sin el desenlace que sobrevino seguiría ocultándomelo todavía. Lo que ahora me choca es que no haya acertado a explicarme en tanto tiempo la verdad acerca de mi situación, pues debería haberlo comprendido al apreciar la futilidad de los motivos que daban origen a semejantes rencillas, y de los que nos acordábamos una vez apaciguada la querella.
Nos resultaba imposible dar una apariencia razonable a esa hostilidad latente que existía entre nosotros, al igual que la gente joven y alegre, que cuando no tiene de qué reír se ríe de su propia risa. No teniendo razones para nuestro rencor, nos odiábamos para satisfacción del rencor que llenaba nuestras almas. Pero en todo esto había algo más extraordinario aún, y es que carecíamos de motivos para reconciliarnos. Algunas veces mediaban explicaciones, palabras, lágrimas; otras, lo recuerdo con asco, después de intercambiar las frases más duras, venían miradas tiernas, sonrisas y besos. ¡Qué horror! ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta antes de todas esas ignominias?
XIII
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Tanto los hombres como las mujeres estamos, por nuestra educación, llenos de respeto hacia ese sentimiento que se llama amor. Preparado desde mi infancia para él, lo conocí durante mi juventud y no me produjo más que alegrías. Habían inculcado en mi espíritu la idea de que amar es la cosa más meritoria, la más noble y sublime del mundo. Cuando llega ese sentimiento tan deseado, el hombre se abandona; pero por desgracia ese amor, que es ideal, etéreo, en teoría, en la práctica es algo miserable y sucio de lo que no se puede hablar sin avergonzarse. Por algo lo hizo así la Naturaleza. Sean cuales fueran las vergüenzas y el asco que hace nacer en nuestro ánimo, nos vemos obligados a tomarlo tal cual es, y hacemos cuanto está a nuestro alcance para imaginar que esa suciedad y ese horror están revestidos de una belleza sublime.
Llamemos a las cosas por su nombre. ¿Cuáles fueron las primeras señales de mi amor? El abandono completo a mis instintos, sin delicadeza, sin orgullo y sin tener ni siquiera en cuenta lo que podía pasar en el ánimo de mi esposa… No se me ocurrió pensar en su vida física ni en su vida moral; no comprendí tampoco de dónde provenían sus frialdades, cuando con poco trabajo lo habría adivinado, pues no eran nada más que otras tantas protestas del alma contra la bestia que amenazaba convertirse en señora absoluta. Ese rencor, ese odio era el que experimentan y divide a dos cómplices de un crimen premeditado y cometido en común. ¿No era por, ventura un crimen la continuación de nuestras relaciones deshonestas, desde el primer mes en que ella estuvo encinta?
¿Crees que me estoy yendo por las ramas? Nada de eso. Todo esto es necesario para explicarle cómo llegué a cometer el asesinato de mi mujer. ¡Imbéciles! ¡Se creen que la maté el 5 de octubre con un cuchillo! Fue antes, mucho antes, cuando lo hice, lo mismo que todos, sí, al igual que todos asesinan hoy a sus esposas. Bien sabe que la idea más generalizada que circula por el mundo es la de que la mujer no es ni más ni menos que un objeto, origen de placeres para el hombre y viceversa. Lo supongo, porque no sé nada, y no hablo más que de mi propia experiencia. «El vino, las mujeres y las canciones.» dicen los poetas.
¡El vino, las mujeres y las canciones! ¿Será verdad? Fíjese en la poesía de todas las edades, en la pintura, en la escultura, en los ligeros versos de nuestros poetas, en las Frinés, en las Venus, en todas las desnudeces, en fin, y en todas y siempre, la mujer se nos presenta como una fuente de placer, lo mismo en los sitios de recreo más populares que en los bailes de la corte. Lo mismo en la Trouba que en la Gratchevka (2). Es una estratagema del demonio.
Primero vinieron los portaestandartes de la adoración de la mujer. ¡La adoran, y sin embargo no la consideran más que como un instrumento de placer! Luego, en nuestros días, apareció el respeto a la mujer, a la que se ensalza, aunque se recoge con ansia lo que deja caer, llegando algunos al extremo de reconocerle el derecho de sufragio, el de desempeñar ciertos cargos, etc. En el fondo, las opiniones siguen siendo las mismas; la mujer no es más que un instrumento de placer y ella no lo ignora. Y esto es para ella como la esclavitud, porque no es ni más ni menos que la explotación del trabajo de los unos para el goce de los demás. Si se quiere abolir la esclavitud, es preciso impedir esa explotación y hacer que sea considerada como una vergüenza y un pecado. Se han figurado que ha quedado abolida hoy en día, porque cambiaron las condiciones y se prohibió la venta de esclavos, y no se fijan en que, a pesar de eso, sigue subsistiendo. ¿Por qué? Porque hay siempre un impulso hacia la explotación, que parece equitativa y buena. Y la verdad es que, desde que esta opinión se abrió paso, se encuentran hombres que, siendo más astutos y más fuertes, se dedican a explotar a los demás.
Lo mismo sucede con la emancipación de la mujer. Su esclavitud consiste en que a los hombres les parece equitativo el deseo que experimentan de convertirla en instrumento de placer. Se emancipa a la mujer; se le conceden diversos derechos iguales al hombre; pero no se la deja de considerar como un ser consagrado al servicio del placer, y en ese sentido se la educa desde su infancia bajo la influencia de la opinión pública.
De este modo continúa en la humillación de la esclavitud, y el hombre sigue siendo el mismo amo, tan poco moral, tan libertino siempre. Para que semejante esclavitud se pudiese abolir, sería preciso que la opinión pública estigmatizase como la más grande de las ignominias el no ver en la mujer más que un instrumento de placer. No es en los establecimientos de enseñanza ni en los ministerios donde puede realizarse esa emancipación;
es en la familia y no en las casas de tolerancia donde se debe combatir eficazmente la prostitución. Emancipamos a la mujer en los elogios y en el trato social, y no obstante, no dejamos de considerarla como instrumento de placer.
Enseñad a la mujer a conocerse, como nos conocemos nosotros, y seguirá siendo un ser inferior, o con el auxilio de médicos poco escrupulosos procurará no concebir y llegará a ser, no ya un animal, sino un objeto, o bien, y éste es el caso más frecuente, será desgraciada, estará agotada por los nervios, y no tendrá esperanza alguna de emancipación moral.
—Pero ¿por qué? —pregunté.
—A mí lo que me extraña, más que nada, es que nadie quiere ver lo que salta a la vista: algo que todos los médicos saben y que callan en vez de proclamarlo en alta voz como tienen el deber de hacer. El hombre quiere gozar sin preocuparle la ley de la Naturaleza, los hijos. El nacimiento de éstos interrumpe el placer, y el hombre, que no ansía más que el placer, apela a todos los medios para evitar ese impedimento. No hemos llegado en este punto a lo que se hace en el resto de Europa, y especialmente en París; no conocemos el sistema de los «dos hijos» y no hemos hallado nada, porque no hemos buscado nada. Comprendemos que esos medios son malos, queremos conservar la familia, y nuestra manera de proceder es la peor.
La mujer, entre nosotros, es madre y querida al mismo tiempo, es decir, nodriza y amante a la vez, y sus fuerzas no bastan. A esto se deben las histéricas, las neuróticas, y en el campo, las poseídas. Y fijaos que no me refiero a las mujeres solteras, sino a las que están al lado de sus maridos. La razón es bien clara. De ahí es de donde procede la decadencia moral e intelectual de la mujer y su relajamiento. ¡Si se tuviese en cuenta el trabajo inmenso de la mujer mientras está encinta y amamanta a sus hijos!… En su seno se desarrolla el ser que debe ser un día el continuador de nuestra existencia y ocupar nuestro lugar. ¿Y quién es el que perturba la santidad de esa obra? ¿Para qué? ¡Horroriza pensarlo! ¡Y luego hablan de la libertad de la mujer y de sus derechos! Esto es lo mismo que si se pretendiese que los antropófagos, al engordar a sus cautivos para comérselos, lo hacen para cuidar exclusivamente de su libertad y de sus derechos.
Me llamó mucho la atención esa nueva teoría.
—¿Cómo debo entender lo que acaba de decir? —repuse. —El hombre, en las condiciones que acaba de expresar, no podría en realidad ser el marido de su mujer más que una vez cada dos años, y el hombre…
—No puede substraerse a esa necesidad, ¿no es cierto? Los sacerdotes de la ciencia lo han dicho, y lo cree así. Quisiera que esos distinguidos profetas desempeñasen el papel de esas mujeres que juzgan necesarias al hombre. ¿Qué es lo que dirían entonces? Decidle sin cesar a un hombre que el aguardiente, el tabaco o el opio son indispensables para su vida y acabará por creer que es verdad. De todo esto parece resultar que Dios no comprendió lo que hacía falta, puesto que, por no haber pedido consejo a esos profetas nuestros, no supo hacer bien el mundo. Admita que lo hizo muy mal.
¿Cómo puedo explicarlo? Encarémonos con nuestros profetas, que encontrarán alguna solución, si no la han encontrado ya. ¿Cuándo llegará el día en que se les eche en cara sus infamias y sus embustes? ¡Ya sería hora! ¡Ay! Los hombres van a parar a la locura, al suicidio, y siempre por la misma razón. ¿Y cómo no ha de ser así?
Los animales, que al parecer se dan cuenta de que la descendencia perpetúa la especie, siguen en esto una ley fija que el hombre es el único en no reconocer. El hombre, el rey de la Naturaleza, no tiene más que una idea: la de gozar continuamente. Para el hombre, la obra maestra de la ciencia es el amor, y en nombre del amor, es decir, de esa infamia, mata a la mitad del género humano, y a la mujer, que debía ayudarle a guiar a la humanidad hacia la justicia y hacia la dicha, la convierte, en nombre de su goce voluptuoso, en la causa de la destrucción del género humano. Y el obstáculo que en todas partes encuentra en su camino la humanidad es la mujer. ¿Por qué? Pues siempre por la misma razón.
XIV
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—Sí, el hombre es peor que la bestia, si no vive más que como hombre. Este fue mi caso.
Lo más fuerte del caso es que yo creía llevar una vida ejemplar, porque no me dejaba arrastrar por los encantos de las otras mujeres. Me creía un sujeto moral, y las escenas violentas que se sucedían entre mi mujer y yo las atribuía exclusivamente a su carácter. Como es natural, me equivocaba, pues era como todas, como la mayoría de ellas. Su educación había sido la que imponen las exigencias de nuestra clase, parecida a la que reciben todas las jóvenes de familias ricas y tal cual debe darse a todas.
¡Cuántas quejas se oyen acerca de la educación de la mujer, y cuántos quisieran cambiarla! Pero todo esto no son más que añagazas, porque la educación de la mujer debe basarse en la idea verdadera del hombre acerca del destino de la mujer. En nuestra clase, y a pesar de las ideas que hay en su favor, es que el destino de la mujer es servir para placer del hombre, y su educación es ni más ni menos que el reflejo de estas ideas. Desde su juventud no le enseñan más que a aumentar el poder de sus encantos, y por su parte, ella no tiene más preocupación. De la misma manera que la educación de las esclavas se dirigía únicamente hacia un solo objeto, el de satisfacer los caprichos de su amo, nuestras mujeres no reciben educación más que teniendo en cuenta un solo objetivo: el de atraer a los hombres. En cualquiera de los dos casos no podía, no puede suceder otra cosa.
Tal vez se imagine que esto sólo es cierto cuando se trata de esas chicas mal educadas a las que llamamos con desdén jovenzuelas, y que hay una educación más seria, la que se da en ciertos colegios, en los liceos donde se enseña latín, en las aulas de Medicina y en las academias. ¡Grave error! Toda la educación de la mujer, sea cual fuere, no tiene más que un objetivo: atraer al hombre. Unas lo consiguen por medio de la música, otras con sus cabellos rizados, algunas con su ciencia o su buen sentido; pero el objetivo es el mismo, y no puede ser de otra manera porque no tienen más que ese.
¿Imagina a las mujeres adquiriendo en la Academia la ciencia aparte de los hombres, es decir, a las mujeres haciéndose sabias sin que los hombres lo sepan? Imposible. No hay educación, no hay instrucción que pueda cambiar nada, mientras el ideal de la mujer sea el matrimonio, no la virginidad y la liberación de los sentidos. La mujer será, de otro modo, siempre una esclava. No hay más que ver las condiciones en que se educan las jóvenes de nuestra clase, y no quiero generalizar para no quedarme yo menos sorprendido ante el desorden de las mujeres de la clase elevada que ante la moderación misma de ese orden.
Fíjese bien: desde que llegan a la adolescencia no les preocupa más que una cosa: el vestido y sus adornos. No hay para ellas más ocupaciones que los cuidados que han de dar a su cuerpo; el baile, la música, la poesía, las novelas, el canto, los teatros, los conciertos, y a todo esto puede añadir una ociosidad física completa, una indolencia general y una alimentación agradable y nutritiva. Como nos lo ocultan, ignoramos los sufrimientos que producen a las jóvenes la excitación de los sentidos. De cada diez, nueve se atormentan más de lo que se sospecha en la primera época de su pubertad, y más adelante mucho más, si no se casan antes de los veinte años. Cerramos los ojos para no ver estas cosas, pero aquellos que quieren tenerlos bien abiertos se dan cuenta de que dicha excitación llega hasta ese punto a causa de la sensualidad contenida (es una dicha cuando se contiene), y no son capaces de nada si no se hallan en presencia del hombre.
Los cuidados que impone la coquetería, y ésta misma, llenan toda su existencia. En presencia del hombre exageran su vivacidad, se despiertan los sentidos, y lejos de él, la energía se embota y desaparece la vida. Y tenga presente que esto no sucede en presencia de un hombre determinado, sino en la de cualquiera, con tal que no sea un tipo repugnante.
Me dirá que esa es la excepción, no la regla. Lo que sucede es que en ciertas mujeres se nota más que en otras, pero ninguna tiene vida propia, independiente del hombre. Cuando éste les falta, todas se aprestan a la conquista, y no puede ser de otra manera porque su bello ideal es atraer el mayor número posible de hombres. Todos los sentimientos femeniles se concentran en esa vanidad, no de mujer, sino de hembra, que procura atraer a su alrededor el mayor número posible de machos para escoger mejor. Y sucede lo mismo cuando se trata de mujeres casadas que de solteras. A éstas les es necesario para poder elegir, y a las primeras como un medio para dominar mejor al marido.
Una sola cosa interrumpe esta clase de vida: los hijos, con la condición de que la mujer tenga salud y los amamante ella misma. Y en esto vuelven a presentarse los médicos. Mi mujer, que quería dar el pecho a sus hijos, cayó enferma al dar a luz al primero, pero pudo criar a los otros cuatro. Los médicos la desnudaron cínicamente, le palparon todo el cuerpo, y yo, agradecido, tuve que pagarles muy bien y hasta darles las gracias, aunque al final habían declarado que no podía criar. De este modo quedó privada, desde el principio, de la única cosa que podía distraerla de la coquetería. Tomamos un ama y nos convertimos en explotadores de la pobreza, de la necesidad y de la ignorancia de una mujer, le robamos a su propio hijo, privándole de su alimento, para que lo diese al nuestro y, satisfechos, la engalanamos con llamativas cofias y galones de plata. No es de esto, sin embargo, de lo que se trata. Lo que quería decir es que esa libertad momentánea despertó en mi mujer, con nueva fuerza, la coquetería femenina un tanto adormecida durante el período precedente. Entonces aparecieron en mí unos celos tales, como jamás habría sospechado que pudiera sentir. ¡Dios mío! ¡Qué sufrimiento! Aparte de que estos son comunes a todos los maridos que viven como yo vivía con mi mujer, esto es, sin apelar al adulterio.
XV
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—¡Los celos! Ahí tiene otro secreto de la vida conyugal, secreto que todo el mundo conoce y que todos ocultan. Junto al mutuo rencor de los esposos, que proviene de su común envilecimiento y de muchas otras causas, los celos recíprocos son una de las causas de las escenas violentas que con mucha frecuencia se desarrollan en los hogares, pero como de común acuerdo se dice que debe ocultarse, todo se oculta. Todos ven en ello una desgracia personal que les apena y no un destino que es común. Eso fue precisamente lo que me sucedió. Los celos deben existir entre dos esposos que viven inmoralmente. Si no pueden acallarlos en favor de su hijo, se deduce que jamás podrán sacrificarlos en beneficio de la mutua paz y tranquilidad, porque se puede pecar en secreto, pero en provecho de la propia conciencia. Ambos saben que no hay, ni para el uno ni para el otro, obstáculos morales que se opongan a la consumación de una infidelidad, y lo saben porque ellos mismos violan todos los días y en sus relaciones recíprocas los principios de la moral, y de ahí la desconfianza mutua y la vigilancia del uno para con el otro.
¡Qué cosa tan terrible son los celos! No hablo de los celos verdaderos que, al menos, tienen su razón de ser. Estos producen tormentos, pero se puede encontrar remedio. Me refiero a esos celos inconscientes, acólitos fatales de toda vida inmoral, y que no tienen fin como tampoco tienen causa. Estos son como un cáncer, un mal horrendo que corroe noche y día, día y noche; ¡son espantosos, verdaderamente insoportables!
¿Quiere que le cite un ejemplo? Un joven habla a mi mujer, la mira sonriendo y me figuro que con la mirada escruta su cuerpo. ¿Cómo se atreve a pensar en mi mujer y en la posibilidad de hacer una novela con ella? ¿Y cómo ella, que lo ve, puede tolerar semejante cosa? Y no sólo la tolera, sino que además parece muy satisfecha y hasta su satisfacción, lo observo, se manifiesta por él. En mi corazón se desarrolla entonces un odio tan feroz que todas sus palabras, todos sus gestos, me excitan. Lo advierte y se corta, fingiendo indiferencia. ¡Yo sufro y ella está alegre y habladora! Mi odio va en aumento y no puedo por menos de dominarlo, porque no tengo motivos para estar celoso y lo sé. Se sienta uno a su lado, hace un papel indiferente y hasta le dispensa al joven en cuestión una acogida cordial y cortés, y luego, descontento uno de sí mismo, quiere abandonar la habitación dejándola sola. Y procede así, efectivamente, y apenas se halla fuera se le ocurre un pensamiento terrible y se pregunta:
«¿Qué pasará ahí dentro? Entonces, aprovechando cualquier pretexto, vuelve a entrar o, si no, escucha tras la puerta.
¿Cómo es posible que ella se pueda envilecer y envilecerme a mí hasta ese extremo, haciéndome desempeñar el humillante papel de espía, tan humano y al mismo tiempo tan indigno? ¿Y él? Pues él es lo mismo que todos los hombres, como lo era yo antes de casarme.
Está muy satisfecho, sonríe y me mira, como diciéndome «¿Qué quieres? ¡Ahora me toca a mí!»
¡Sentimiento horrendo! Como no es menos tremendo el veneno que inyecta en nuestras venas. ¡Oh! ¡Cuánto habría dado por poder sospechar con fundamento de un hombre para arrojarle a la cara ese veneno! Habría quedado marcado como si le hubiesen echado vitriolo, sin duda. Me bastaba con tener celos una sola vez de un hombre para no seguir manteniendo el mismo tono con él en nuestras relaciones habituales, para no poderlo mirar con calma. Con tanta frecuencia arrojé ese vitriolo de los celos a la cara de mi mujer, que a mis ojos quedó desfigurada. En esa época de inconsciente rencor, abominé de ella después de haberla cubierto, allá en mi fuero interno, de vergüenza e ignominia. La hice culpable en mi mente de los actos más irracionales. Llegué, lo confieso avergonzado, hasta a sospechar que, cual una sultana de Las mil y una noches, habría sido capaz de engañarme con un criado en mis barbas y burlándose de mí. A cada nuevo acceso de celos, y sigo refiriéndome a esos celos que no tienen causa conocida, caía yo regularmente y cada vez más bajo en mis despreciables sospechas, y otro tanto le sucedía a ella, que tenía más motivos que yo para estar celosa, puesto que conocía mi pasado. Y, en efecto, estaba más celosa que yo. Sus celos me proporcionaban sufrimientos de distinta naturaleza, pero no por eso menos penosos. He aquí un ejemplo: nos poníamos a hablar tranquilamente y me contradecía acerca de un asunto sobre el cual poco antes había manifestado la misma opinión que yo, y veía que de pronto se iba acalorando sin motivo. Creyendo que estaba de mal humor y que el tema de nuestra conversación debía de disgustarla, procuraba cambiar de asunto. ¡Lo mismo! Se enfadaba por cualquier cosa, por una palabra. Esto me asombraba, y trataba de indagar la causa, pero no lo conseguía y no obtenía más respuesta que algunos monosílabos, tras los cuales se quedaba en silencio. Me figuraba entonces que todo su mal humor podía provenir de que me había paseado por el jardín en compañía de una prima suya que me era completamente indiferente, o de cualquier otra cosa parecida. Lo adivinaba, en efecto, pero no decía ni una palabra.
Decirlo habría supuesto atizar sus sospechas. —¿Qué es lo que tienes? —Le preguntaba. — Pues nada, estoy igual que todos los días-me respondía, y sin embargo se ponía arrebatada como una loca, empezaba a decir despropósitos sin fundamento. Algunas veces daba pruebas de una paciencia extraordinaria; otras, estallaba la tempestad y arrastraba a cada cual por su lado. Aquello era una lluvia de ultrajes, y recibía en pleno rostro la acusación del pretendido crimen. Se desbordaba y después venían las lágrimas, los sollozos, o se marchaba corriendo para ocultarse en lugares tan inverosímiles que no era posible sospechar que hubiese ido a buscar refugio en ellos. Allí costaba gran trabajo encontrarla. Avergonzado, me ponía a buscarla en presencia de hijos y criados. ¡Había que hacerlo, porque la creía capaz de todo! La seguíamos, la encontrábamos, ¡y qué noches más terribles después! No se oían más que palabras amargas, acusaciones penosas, y sólo después de algunos ataques de nervios, recobrábamos la calma. Sí, esos celos injustificados eran la plaga de nuestra vida conyugal, y confieso que me hicieron sufrir de una manera horrorosa mientras duraron.
Hubo dos épocas en que mi sufrimiento fue más intenso. La primera se remonta al nacimiento de mi primer hijo, cuando tuvimos que tomar una ama de cría por haber prohibido los médicos a mi mujer que lo criase. Esos celos provinieron al principio de la inquietud de madre que mi esposa experimentó respecto al que, sin culpa, venía a ser un trastorno en la regularidad de nuestra vida; pero más que nada, provino de la facilidad con que la vi renunciar a sus deberes maternales, lo que contribuía a que dedujese, tanto por instinto como razonadamente, que con la misma facilidad podía abandonar sus deberes de esposa, tanto más cuanto que gozaba de una salud excelente y que, a pesar de la prohibición de los médicos, dio el pecho con fortuna a los hijos que tuvo más adelante.
—Me parece que no tiene en mucha estima a los médicos-le dije, al haber observado cómo se alteraba su voz y cambiaba de expresión su rostro cada vez que hablaba de ellos.
—No se trata de estimarlos o no, sino de que echaron a perder mi vida como la de tantos otros, y no puedo menos de indagar el enlace entre la causa y el efecto. Admito que quieran, al igual que los abogados y otros muchos, ganar dinero; yo les cedería la mitad de mi fortuna, si estuviese seguro de que todo el que los conociese fuese a obrar del mismo modo, si consintiesen en dejar de ocuparse de nuestra vida doméstica y renunciasen a mezclarse en cosas que no les importan. No he consultado las estadísticas, pero conozco personalmente a muchos, y sé de centenares de casos, pues los hay a millones, en los que han matado al niño en el seno de la madre, pretendiendo que ésta no podía dar a luz, y otras veces a la madre a consecuencia de una operación.
No se tienen en cuenta esas muertes, del mismo modo que se han olvidado los asesinatos de la Inquisición, con la convicción de que eran útiles a la humanidad. Los crímenes cometidos por los médicos son incalculables, pero no representan nada al lado de la putrefacción moral que engendra el materialismo del que son víctima los padres y que extienden por el mundo con la ayuda de la mujer. No haré hincapié en el hecho de que siguiendo sus consejos llegaríamos, por la fuerza del contagio, no a la unión, sino a la desunión completa. Según sus máximas, deberíamos pasar el tiempo en el descanso y el aislamiento y empleando ácido fénico continuamente-del que hoy ya empiezan a decir que no sirve para nada—.
Pero no es esto lo peor. El veneno más fatal, más violento, es la corrupción hacia la que impulsan a la humanidad, especialmente a la mujer. No puede hoy día decirse uno, ni a sí mismo ni a los otros: «Llevas una vida deplorable; corrígete.» No, no se puede decir eso, porque cuando se lleva mala vida, ésta es consecuencia de una enfermedad nerviosa o heredada o de algo parecido. Entonces se va a consultar a los médicos, y mediante una cantidad más o menos crecida, recetan medicinas que la farmacia facilita. Se pone uno más enfermo, vuelta otra vez al médico y de éste al boticario. ¡Buena invención, realmente!
Volviendo al asunto del que nos ocupábamos: debo decir que mi mujer crió muy bien a sus hijos, y que éstos sirvieron para calmar los sufrimientos que me ocasionaban mis celos;
pero ¡ay! fueron la causa de nuevos trastornos. Puede, sin embargo, que fuera providencial, porque la catástrofe se retrasó: los hijos nos salvaron durante algún tiempo. Durante ocho años mi mujer tuvo cinco hijos, a los que ella misma crió.
—¿Y dónde están ahora vuestros hijos? —le pregunté. —Quiero decir…
—¡Los hijos! —exclamó, y su mirada centelleó.
—Dispénseme, pues tal vez he evocado recuerdos dolorosos.
—No, nada de eso. La familia de mi esposa se hizo cargo de ellos. Les habría cedido toda mi fortuna con tal de que me permitieran educar a mis hijos, pero como paso por loco, se negaron a entregármelos. Es una desdicha, porque yo los habría educado a mi gusto… Aunque después de todo, quizá vale más que sea así, porque yo no sirvo para nada.
XVI
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—A medida que aumentó la prole, vino también lo que viene siempre tras los niños: el amor maternal… ¡Una de las maravillas de la vida! Para las mujeres de la clase social a la que pertenecemos, los hijos no son una alegría, un orgullo, ni el cumplimiento del destino, sino que se convierten en una inquietud, en un terror, en suplicios y castigos. Respecto a ese punto no se muerden la lengua para manifestar lo que piensan. Los hijos son para ellas un tormento, no por su nacimiento, por tenerlos que criar o por los cuidados que exigen, ya que las mujeres-y entre ellas la mía-tienen un sentido maternal muy desarrollado que las hace estar prontas para cualquier eventualidad, sino porque pueden enfermar y morir. Si temen el acto de dar a luz no es porque rechacen el cariño de los hijos, sino porque temen por la salud y la vida del amado recién nacido. Por esta razón es por lo que generalmente no quieren darle el pecho. «Si le diese de mamar, —suelen decirse, —le tomaría mucho cariño, ¿y si se muriese después?» Casi estoy por decir que preferirían muñecos de goma que no estuviesen expuestos a caer enfermos o a morirse y que fueran reemplazables con facilidad. ¡Qué extrañas confusiones hay en el cerebro y en el corazón de las pobres mujeres! ¿Por qué evitan tener hijos? ¡Por miedo a tomarles demasiado cariño!
Temen al amor como a un peligro, a pesar de que es un estado ideal del alma; ¿y por qué?
Porque el hombre es peor que la bestia cuando no vive como hombre. La mujer no considera al hijo más que bajo el punto de vista del placer. El principio es muy penoso, pero muy expedito: ¡Oh, qué manecitas! ¡Qué piececitos! ¡Qué vocecita! ¡Qué medias palabras! En resumen: ese amor materno bestial, todo él procede de la sensualidad. No se piensa siquiera en la misteriosa aparición del nuevo ser, destinado a ocupar nuestro lugar, que ya se le asigna desde que se le bautiza. No se razona, y sin embargo, esto no es más que la advertencia de la importancia que tiene el recién nacido en la humanidad, no se hace caso de todo esto; no se piensa en ello; no ha sido reemplazado por nada y no tenemos más que los encajes, las manecitas, los piececitos, en una palabra, lo que es inherente a la bestia. La única diferencia es que ésta no tiene razón ni entendimiento ni necesita médicos, sí, médicos. Cuando un ternero perece, la vaca muge y sigue amamantando a los demás terneros. ¡Qué hacemos nosotros cuando cae enfermo un niño? ¡Pronto, socorro, ayuda! ¿Qué médico escoger? ¿A dónde ir a buscarlo? Y si el niño se muere, ¿dónde están las manecitas, los piececitos? ¿Para qué proporcionarse esos sufrimientos? Esta es la causa de que los hijos sean un verdadero tormento. La vaca, que no razona, no piensa en los medios que podría emplear para salvar su a cría; por eso la pena que experimenta en su estado físico no es más que un estado y no un dolor, que contribuyen a exagerar la calma y la saciedad. No puede la vaca preguntarse el porqué de sus dolores y la razón de su cariño, puesto que la cría debía morir; no tiene criterio que le diga que tal vez en el futuro no tendrá más hijos, y que si los tiene es inútil que los amamante y que los quiera, puesto que ese cariño sólo produce sufrimientos. Este es precisamente el razonamiento que se hacen nuestras mujeres, y el hombre es la peor de las bestias si no vive como hombre.
—Con arreglo a vuestras ideas, ¿cómo se debería tratar, humanamente, a los hijos?
—¿Cómo? ¡Queriéndoles como a hombres!
—Pero, ¿no aman las madres a sus hijos?
—Sí, pero no humanamente, o al menos, rarísimas veces: ni siquiera los quieren como la perra a sus cachorros. Fíjese en que la gallina, la oca, la loba, serán siempre para la mujer un modelo inimitable de amor maternal. La mujer que se arroja al paso de un elefante para salvar a su hijo es un caso de los más raros. Al contrario, la gallina, el gorrión hembra, se arrojan atrevidamente sobre el perro y se sacrifican por sus pequeñuelos, y es algo realmente extraordinario que se cuente un caso igual de una mujer. Observe que la mujer tiene la facultad de privarse del amor físico que profesa al hijo; la bestia no puede hacerlo. ¿Quiere decir esto que la mujer está por encima de la bestia? No, precisamente es superior a ésta, por más que superior no es la palabra exacta. No es que sea superior, sino que debe ser de otra esencia, porque tiene además otros deberes, deberes humanos. La mujer puede privarse de ese amor físico, por la razón de que ese amor lo concentra por completo en el alma del niño. Este es el papel propio de la madre, y que no se encuentra en nuestra sociedad. Los relatos referentes a mujeres heroicas que han sacrificado a sus hijos por un ideal, los consideramos como cuentos de la antigüedad que no pueden conmovernos. Por lo que a mí respecta, creo que la madre carece de ese ideal al cual habría podido sacrificar su amor físico por su hijo. Si gasta toda la fuerza fisiológica de que dispone para intentar llevar a cabo alguna empresa difícil, y deja el cuidado de su hijo a la pericia de los médicos, no conseguirá otra cosa que hacerse más desgraciada, y experimentar siempre las mismas contrariedades y sufrimientos.
Esto mismo fue lo que sucedió con mi mujer, a quien le importaba muy poco tener un hijo o cinco. Al contrario, fue mejor que tuviese esos cinco. Nuestra existencia entera se perturbó con el temor de que les ocurriese un accidente, con enfermedades reales o de pura imaginación, y a veces hasta sencillamente con su sola presencia. En cuanto a mí, mientras duró mi vida conyugal comprendí perfectamente que toda mi dicha y hasta mis intereses estaban pendientes de un hilo, y que sólo dependían de la salud, del bienestar y de la actividad de mis hijos.
Los que ocupan el primer lugar son los hijos, y sin embargo es preciso que todos vivamos. En nuestros días, los padres no tienen vida propia; toda su vida está anudada a un cabello; no hay vida conyugal ni vida de familia. Por muy importante que pueda ser el negocio cuya conclusión nos preocupa, lo dejamos, olvidándolo y descuidándolo, en cuanto nos anuncian que a Vassia le duele el vientre, o que a Lisa le hace daño la garganta. Sí, lo olvidamos todo para no pensar más que en el médico, en el boticario y en la temperatura normal o anormal del enfermo.
Debo añadir que es imposible entablar una conversación seria sin que, por intempestiva que sea la hora, no entre Periquín en la habitación para pedir que le den una manzana, o para preguntar qué traje le han de poner, o sin que la nodriza se presente llevando un chiquillo que llora. La verdadera vida de familia no existe. Todas nuestras acciones, toda nuestra manera de ser, dependen de la salud de los hijos, y la salud de éstos no depende de nadie en el mundo, así que nuestra vida entera puede verse aniquilada por los médicos, que pretenden ser los dispensadores de la salud. Esto no es vivir; es estar oyendo continuamente el «¡Quién vive!», el «¡Alerta!», pues un peligro se sucede a otro, y hay que redoblar los esfuerzos para defenderse mejor. Se encuentra uno en la misma situación que el buque que zozobra.
Muchas veces me figuré que los temores de mi mujer por nuestros hijos eran ficticios, y que apelaba a ellos para conseguir mejor la victoria sobre mí, al mismo tiempo que lograba resolver fácilmente y en su favor todas las dificultades. Entonces creía yo que todos sus actos y sus palabras todas iban en contra mía, y hoy me doy cuenta de que sus enojos y sus tormentos los causaban nuestros hijos y el buen o mal estado de su salud. Esto, lo mismo para ella que para mí, era un verdadero martirio. Y no obstante, los hijos eran para ella fuente de olvido y colmo de dicha. Observé con mucha frecuencia que, en medio de su tristeza, y al estar enfermo uno de nuestros hijos, encontraba como un alivio a sus penas sumiéndose en aquella especie de anhelo que le producía el cuidado… Ese anhelo, esa singular embriaguez eran forzados, porque faltaba toda distracción de otra clase.
A cada momento le contaban que la señora X había perdido dos hijos; que el médico Tal salvó los de la señora N, y que en otra familia habían cambiado de aires, evitando así que se muriesen los niños. Como era natural, los médicos, pavoneándose, confirmaban el hecho, y eso contribuía a afirmar las creencias de mi esposa. Es indudable que habría querido no tener miedo, pero bastaba con que el médico pronunciase estas palabras: «envenenamiento de la sangre», «escarlatina» o, ¡Dios nos libre de ella!, «difteria», para que se trastornase, y era imposible que sucediese de otro modo.
Si las mujeres de ahora tuviesen las mismas creencias de las mujeres de tiempos pasados, que decían: «Dios nos los dio, Dios nos los quitó», «el alma del niño vuela hacia Dios, la muerte hace de él un bienaventurado porque murió en la inocencia» y, en fin, si tuviesen esa ciencia que tan generalizada estuvo siempre en el pasado, si tuviesen un sentimiento que recordase en algo esa fe, sobrellevarían con más valor y calma las enfermedades de sus hijos;
pero no conservan ni la sombra de esa fe que desapareció para no volver.
Sin embargo, la humanidad tiene necesidad de una creencia, y por eso la mujer cree ciegamente en la medicina, mejor dicho, en la medicina no, en los médicos. Para ésta, el mejor médico es el doctor A.; para aquélla el doctor B., y cual les pasatodos los fanáticos, no se dan cuenta de los defectos, de las faltas del ídolo; creen porque sí, quia absurdum. Si no se mostrasen tan testarudas con una creencia cualquiera, por poco razonada que sea, seguro que se darían cuenta exacta de la falta de fundamento, al mismo tiempo que de la vanidad y de la prosopopeya de esos asesinos.
La escarlatina, por ejemplo, es una enfermedad contagiosa. ¿Qué se hace cuando se presenta? Pues llevar a la mitad de la familia a una fonda. A nosotros nos pasó dos veces. En una población importante, todo individuo es el centro de un gran círculo, en el que se cruzan un sinnúmero de diámetros que no son más que otros tantos hilos conductores de contagio contra el que no hay muro protector; panaderos, sastres, cocheros, planchadoras, lavanderas, todos, en fin, contribuyen a la propagación del mal. Me vanaglorio de poder probar a aquel a quien una enfermedad contagiosa arrojó de su casa, que otra enfermedad, quizás tan peligrosa como la que le hace huir, o tal vez aquella misma, le espera en su nuevo domicilio. Nadie ignora lo que le sucedió a una familia rica que, habiendo mandado derribar la habitación donde tuvieron a un enfermo de difteria, cayó enferma en esa misma habitación construida de nuevo. Hay centenares de personas que viven en íntimo contacto con los enfermos y que, sin embargo, no se contagian.
He aquí la verdad, y he aquí cuál es la actitud de las mujeres. Una dice que su médico de cabecera es excelente: «¡Cualquier cosa! —exclama otra;—¡vaya un médico, que mató a Fulano!» Y viceversa. Presentadle a nuestras señoras un médico de aldea y no tendrán en él la menor confianza; llamad por el contrario a otro médico que gaste coche, que adquirió los mismos conocimientos que el otro en los mismos libros, aulas y clínicas, pero que pide cien rublos por visita, y en este último tendrán confianza absoluta.
No saben siquiera nuestras mujeres qué es lo que quieren, porque habiendo perdido la creencia en Dios, unas tienen fe en las echadoras de cartas, en las sonámbulas y en las curanderas, y otras en el afamado doctor N., porque exige honorarios elevados y tiene muchas excentricidades. Si tuviesen fe, sabrían que la escarlatina y otras enfermedades del mismo género no son tan temibles, puesto que no pueden hacer el menor daño a la única cosa que el hombre puede y debe amar, que es el alma. Sabrían también entonces que todo cuanto pueda sucedernos son acontecimientos que no podemos evitar: la enfermedad y la muerte. Esa falta, esa carencia de fe en Dios, son las que hacen que su amor sea puramente físico y pasen todo el tiempo empleando sus energías en realizar una utopía: ¡la de la prolongación de la vida!
Utopía cuya realización prometen los médicos a los imbéciles, y especialmente a las mujeres.
Así es que éstas, al vislumbrar el menor peligro, acuden a ellos.
Nuestros hijos no contribuyeron a suavizar nuestras relaciones ni a la unión más perfecta e íntima, sino que, por el contrario, sirvieron para acentuar nuestra desunión, y fueron una causa más de disgusto. Desde el día en que nacieron se convirtieron para nosotros en un arma de combate, en un pretexto más para discutir, porque cada uno de nosotros tenía un favorito que le servía de arma para la lucha. El mío era Vassia; el de mi mujer, Lisa, la hija mayor.
Cuando crecieron y su carácter se fue perfilando, los consideramos como aliados que queríamos atraer a nuestro bando. Su educación se resentía, naturalmente, a consecuencia de esta situación anormal, pero ¿qué hacer? Con nuestras eternas disputas no podíamos ocuparnos de aquellas pobres criaturas. El niño era aliado mío; en cuanto a la niña, la mayor, que era la aliada de mi esposa, a la que se parecía mucho, había momentos en que yo le tenía ojeriza.
XVII
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—Al principio vivíamos en el campo, y luego en la capital, y a no ser por la catástrofe que más tarde nos hirió, habría llegado de ese modo a la vejez y al lecho de muerte creyendo haber llevado una vida feliz, es decir, no más desgraciada que la de la mayoría de mis semejantes. De ese modo no habría intuido la vil mentira que me rodeaba, ni habría comprendido que todo aquello no era lo mejor ni lo más bueno siquiera. Lo que sí habría sentido con más fuerza habría sido que yo, que debí ser el amo, no fui más que el esclavo de mi mujer, porque había sido ella y no yo quien llevó siempre, como vulgarmente se dice, los pantalones, por más esfuerzos que hice por quitárselos. Mis hijos fueron la causa de que yo perdiese la autoridad y, a pesar de mi deseo, me fue imposible liberarme y recobrarla. Mi mujer contaba con los hijos y, por consiguiente, con la dominación. No comprendía entonces sino que estaba en su derecho, un derecho basado en que, en la época de nuestra boda, estaba moralmente a cien codos de altura sobre mí, del mismo modo que toda recién casada es tanto más superior a su marido cuanto más pura es. Y fíjese bien en esto, en que las mujeres, sobre todo en la clase social a la que pertenecemos, son en general seres pervertidos que carecen de fuerza moral: egoístas, parlanchinas, testarudas; mientras que las jóvenes de veinte años o poco menos se sienten impulsadas, y de ello vemos ejemplos todos los días, a llevar a cabo acciones nobles e idealmente hermosas. ¿A qué se debe esta diferencia? Es indudable que los hombres han caído tan bajo que las hacen descender a su propio nivel.
Niños y niñas nacen con las mismas cualidades morales, pero el valor moral de las niñas es muy superior. Ante todo, no están expuestas a las mismas tentaciones y malas compañías que los hombres; no tienen a su alcance el tabaco, el vino, el colegio, el círculo o la oficina, y en segundo lugar, y este es un factor primordial, son corporalmente puras. En su juventud, son superiores a nosotros. En nuestra clase, en la que el hombre no tiene que trabajar materialmente para ganarse el sustento, son también superiores, como mujeres, por la importancia de su misión maternal.
La mujer, cuando da a luz y amamanta a sus hijos, comprende perfectamente que su misión tiene mucha más importancia que la del hombre que se ocupa en los negocios, en el tribunal o en el senado. Sabe, además, que su preocupación constante es el dinero y que, en resumen, las ocupaciones de los hombres no responden a una necesidad fatal, como es la de tener que dar el pecho a los hijos. Por eso es precisamente por lo que la mujer está por encima del hombre y le gobierna; pero el hombre de nuestra clase no quiere darse cuenta de esta verdad, al contrario, la contempla con desdén desde lo alto de su grandeza, y no tiene más que desprecio para sus ocupaciones. Esa era la razón de que mi mujer mirase con menosprecio mis trabajos en el Zemstvo o consejo general: porque había dado a luz muchos hijos y los amamantaba. Por mi parte, imbuido en las doctrinas que profesamos los hombres, me decía que todos los trabajos femeninos, mantillas, pañales, biberones, como solía decir bromeando, no tenían importancia alguna, y sonriéndome, a la vez que me encogía de hombros, exclamaba: «¡Bah, cosas de mujeres!»
Este mutuo menosprecio nos dividía aún más y más; pero nuestras relaciones se agriaron más todavía. Las divergencias de opinión no eran la causa del rencor, sino su consecuencia.
Cualquier cosa que yo dijese, sabía a priori que ella iba a contradecirla, y a la inversa. A los cuatro años de habernos casado nuestras relaciones intelectuales, y esto era cosa indiscutible, se habían hecho, tanto para el presente como para el porvenir, imposibles, pero por completo.
Cada cual se aferraba con tenacidad a su opinión, fuese cual fuese su objeto, y sobre todo tratándose de la cuestión de los hijos, sin intentar convencernos. Ante los extraños, nuestras conversaciones versaban acerca de las cosas más variadas, y hasta íntimas; entre nosotros, nunca. A veces, cuando oía lo que le decía ella a otras personas en mi presencia, no podía por menos que pensar: «¡Cuántas mentiras dice esta mujer!», y me sorprendía de que nadie advirtiese que mentía. Cuando nos hablábamos a solas, nuestras conversaciones se reducían a muy pocas palabras o frases que tal vez los animales también intercambien entre ellos. «¿Qué hora es? Creo que es hora de irnos a acostar. ¿Qué tenemos hoy para comer? ¿Qué dicen los periódicos? Hay que avisar al médico, porque a Lisa le duele la garganta.»
En cuanto nos apartábamos de ese círculo de conversaciones, por poco que fuese, para cambiar de tema, estallaba la tempestad, y únicamente la presencia de un tercero, que servía, por así decirlo, de intermediario a nuestra conversación, contribuía a que, durante un momento, nos mostrásemos más sociables. Mi mujer probablemente creía que la razón estaba de su parte, y en cuanto a mí, ¡Dios me lo perdone!, me tenía a su lado por un santo. Los períodos de eso que llamamos amor eran tan frecuentes como antes, pero más brutales, menos suaves y sin ningún refinamiento, aparte de muy cortos. A esos momentos de placer sucedían rápidamente otros de malestar, cólera irreflexiva, una irritación que se fundaba en los más fútiles y absurdos pretextos.
Las disputas y el rencor estallaban a propósito de la comida, del café, del mantel, de un coche o de una falta en el juego, de cualquier cosa, en fin, que no tenía importancia ni para el uno ni para el otro. Por mi parte, la odiaba con toda mi alma. La miraba cuando se servía el té, movía el pie, se llevaba la cucharilla a la boca o soplaba para enfriar el líquido, y por esto, como que si se tratara de una mala acción, la odiaba. No me había fijado en la correlación que existía entre los períodos de rencor y ese que llamamos amor, y siempre el uno seguía al otro.
A un período de amor, más largo, seguía como consecuencia otro más prolongado de odio;
después de un brevísimo arranque amoroso, el rencor se apaciguaba antes. Y no comprendíamos entonces que ese amor y ese odio estaban engendrados por el mismo sentimiento del que eran los dos polos. Si hubiésemos acertado a ver con precisión cuál era el fondo verdadero de nuestra situación, nuestra vida habría sido terrible; pero estábamos completamente ciegos el uno y el otro y no comprendíamos nada. En esto precisamente, está el castigo y la felicidad del hombre, y es en lo que puede, por su manera irregular de vivir, hacerse ilusiones acerca de lo triste de su situación.
Eso fue lo que nos sucedió. Mi mujer procuró olvidar, creándose numerosas ocupaciones, los cuidados de su propio tocado, la instrucción y sobre todo la salud de los hijos. Estas diversas ocupaciones no estaban justificadas por una conveniencia o necesidad urgentes, y no obstante, veces no parecía sino que su vida entera y hasta la de sus hijos dependía de la cocción más o menos acertada de unos pastelillos, del cambio de cortinajes, de un traje echado a perder, de unas lecciones o de la medicina que era necesario tomar a unas horas determinadas. Pero a mí no se me escapaba que todo esto no era más que un medio para olvidar, una especie de embriaguez parecida a la que buscaba yo en mis tareas del consejo general, en la caza o en el juego. En cuanto a mí, estaba ebrio en toda la extensión de la palabra, aun cuando no fuese gran bebedor, pues no tomaba más que un vaso de aguardiente antes de la comida y dos de vino durante la misma. Así, pues, una neblina continua me ocultaba las miserias de mi existencia.
No son concepciones inofensivas esas modernas teorías acerca del hipnotismo, las enfermedades mentales y el histerismo, sino que, por el contrario, son perniciosas y peligrosas. Estoy seguro de que el doctor Charcot habría diagnosticado que mi mujer era una histérica y yo un anormal, a pesar de lo cual, a nosotros dos no tenían que curarnos de nada, porque nuestra enfermedad mental se derivaba de la inmoralidad de nuestra existencia. Esa vida inmoral nos producía toda clase de sufrimientos, y para curarlos apelábamos a los medios más extraordinarios: eso es a lo que los médicos llaman síntomas de una enfermedad mental, el histerismo. La ciencia de Charcot y de todos los demás no puede nada contra esas enfermedades, que no se curan con bromuro ni con la sugestión; hay que darse cuenta del lugar en que tiene el mal sus raíces, y lo mismo que si se buscase una esquirla que estuviese clavada en la carne, es preciso buscar la herida de la vida. Para conseguir que cesen los dolores basta con cambiar la manera de vivir; no es necesario apelar a esos procedimientos que aturden.
Era nuestra manera de vivir la que causaba nuestro malestar; los sufrimientos que me producían los celos, mi irritabilidad y la necesidad de sostenerme y alentarme con esa especie de embriaguez producida por la caza, el juego, el vino y el tabaco. Era ese mismo modo de vivir el que impulsaba a mi esposa hacia esas múltiples ocupaciones; el que le producía esos continuos cambios de humor, por los que se presentaba unas veces triste y otras dando pruebas de una alegría exagerada que, por último, conllevaba un parloteo excesivo. Todo esto procedía de su necesidad de olvidar, de no acordarse de la vida con el aturdimiento que produce el comienzo y la finalización de un trabajo para emprender otro en seguida. La neblina que nos rodeaba nos impedía ver nuestra situación bajo su verdadero aspecto, y nos hallábamos como dos presos sujetos a una misma cadena, que se odian y emponzoñan mutuamente la vida y hacen todos los esfuerzos imaginables para no verse. Ignoraba entonces que esto mismo acontece de cada cien matrimonios en noventa y nueve, y que esta posición es fatal. No lo sabía por otros, sino por mí mismo. Son sorprendentes las coincidencias de la vida irregular con la vida regular, a pesar de su monotonía. Cuando la vida se hace imposible de este modo entre marido y mujer, lo que conviene es marcharse a una población importante para poder educar a los hijos, y esto fue precisamente lo que hicimos nosotros, trasladarnos a la capital.
Pozdnychev calló por un momento, exhaló dos o tres suspiros que parecían sollozos y después se bebió de un sorbo una taza de té que se había quedado frío. Finalmente prosiguió su relato y sus reflexiones.
XVIII
Índice
—Nos establecimos en la capital, donde la existencia es más soportable para los desgraciados y donde se puede llegar a los cien años sin darse cuenta de que está uno muerto y podrido desde que tiene uso de razón. Entre aquel movimiento no se tiene tiempo para pensar en uno mismo y las ocupaciones absorben el tiempo por completo; los negocios, las relaciones, las enfermedades, los placeres que produce el arte, la salud y la educación de los hijos no dejan tiempo para nada. Se reciben visitas y se hacen a diestro y siniestro; se va a ver actuar tal o cual actor o a escuchar a una cantante. En toda ciudad importante hay tres o cuatro celebridades a las que hay que conocer a la fuerza. Tan pronto le interesa a uno su propia salud como la de fulano o zutano o la de los artistas, profesores, gobernantes… y sin embargo la vida es mala, vacía, desprovista de interés. Vivíamos mejor así y sufríamos menos que con la vida de antes. Al principio nos preocupó y nos entretuvo mucho, naturalmente, nuestra nuestra nueva instalación y nueva vida. Además, nos quedaba el recurso de los viajes de la ciudad al campo y del campo a la ciudad.
De este modo pasamos un invierno, y durante el segundo ocurrió un incidente que pasó inadvertido, y que, al parecer, tenía poquísima importancia, si bien, en el fondo, fue el punto de partida del acontecimiento final. Cayó enferma mi mujer, y los canallas de la facultad de Medicina le prescribieron y le enseñaron los medios de evitar nuevas concepciones, lo que me hizo mirarla con un asco muy grande. Quise oponerme, pero ella, con gran ligereza; y testarudez, insistió y acabó por triunfar. La única justificación de nuestra existencia inmoral, los hijos, nos estaba vedada, y nuestra vida se hizo todavía más innoble.
El aldeano o el trabajador tienen necesidad de hijos, por más que les cueste mucho trabajo criarlos, y ésta es la justificación de sus relaciones conyugales. En nuestra clase, en cuanto se tienen algunos, no se desean más porque se convierten en una verdadera carga que produce gastos y disgustos en las herencias. Desde entonces no hubo excusa para la impureza de nuestra existencia, por los medios artificiales que empleábamos, pero estamos tan degradados que no creo que sea necesaria esa excusa. La mayor parte de la gente bien educada se entrega hoy a ese libertinaje sin experimentar el menor remordimiento. ¿Cómo hemos de tener remordimientos si no hay conciencia? Y no la hay aparte de la conciencia pública, si se le puede dar ese nombre, y la del código penal. En esto ni la una ni la otra se ven afectadas. La opinión pública no puede estorbarnos, porque todos, lo mismo zutano que mengano, obran de igual manera, a no ser que tratasen de privarse de los medios de subsistencia y de aumentar el número de mendigos. El Código penal tampoco nos sirve de estorbo y no tenemos para qué temerlo. Las que lo han de temer son las mujeres perdidas y las que se entregan a los soldados, que arrojan después a sus hijos a un pozo o a un estanque; a esas es a las que hay que meter en la cárcel, pero no a nosotros, que los suprimimos en el momento oportuno y con mucha discreción.
De esta manera pasamos dos años. El medio que habían aconsejado los canallas de los médicos produjo excelentes resultados, y mi mujer se desarrolló y embelleció como una flor de otoño. Lo comprendió así, y desde entonces le preocupó mucho el cuidado de su persona.
Había llegado a poseer esa belleza provocadora que enloquece a los hombres, y se hallaba en todo el esplendor de una mujer de treinta años que, libre de todo cuidado maternal, está bien alimentada y excitada. Me daba miedo verla porque me recordaba a un caballo descansado y fogoso al que le han soltado las riendas. Como el noventa y nueve por ciento de nuestras mujeres, no tenía freno para su conducta. Me di cuenta y me quedé aterrado.
XIX
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El rostro de Pozdnychev se trastornó; su mirada apagada adquirió una expresión lastimosa y la nariz desapareció entre la barba, que pareció subirle hasta los ojos.
—Sí —añadió después de encender un cigarro;—desde que dejó de concebir, empezó a redondearse y su malestar o enfermedad, producida por las inquietudes que le inspiraban los hijos, se desvaneció. El hecho más importante no consistió en la desaparición de esa enfermedad, sino en que se despertó como de un sueño lánguido, viendo un mundo lleno de alegrías sin número. Vio un mundo para ella desconocido hasta entonces y en el que no la habían enseñado a vivir, y por tanto no lo comprendió. «Hay que aprovecharse gozando del presente, porque el tiempo pasa y no vuelve más.» He aquí cuáles eran sus pensamientos o, mejor dicho, sus sentimientos. Aparte de que no podía pensar ni sentir de otra manera. En su educación le habían inculcado la idea de que aquí abajo no hay más que una cosa que sea digna de atención: el amor. Se casó, gustó un poco de ese amor, pero mucho menos de lo que se figuraba, y ¡cuántas decepciones! ¡Cuántos sufrimientos! ¡Y luego ese martirio inesperado, los hijos! Ese martirio la había dejado extenuada, y gracias a la amabilidad de los señores médicos, supo un día que la mujer puede pasarlo perfectamente sin hijos. Esta noticia le causó una alegría muy grande, que fue en aumento con la práctica del consejo y siguió viviendo para la única cosa que había conocido, para el amor; pero el amor hacia un marido que tenía celos y que a veces le daba pruebas de mal carácter, no era un ideal. Soñaba con otra ternura más pura, o al menos eso era lo que yo me figuraba. Estaba al acecho, miraba a todas partes como si hubiera estado esperando alguna cosa; lo observé, y una ansiedad muy grande y una tristeza profunda se apoderaron de mí.
En todas partes y siempre, cuando hablaba conmigo por medio de un intermediario, o sea en presencia de un tercero o de extraños, pero con intención de que yo lo oyese, repetía con mucho ánimo y olvidando que una hora antes sostuvo todo lo contrario, medio en broma, medio en serio, que las preocupaciones maternales eran un error y que no valía la pena dar la vida a los hijos, mientras se es joven y se puede gozar de todo. Desde esa época se ocupó menos de los hijos y no les dio tantas pruebas de cariño, sino que, por el contrario, se preocupó más del arreglo de su persona, de su exterior, por más que procurase disimularlo, de sus diversiones y hasta de su perfeccionamiento en ciertas cosas. Volvió a ocuparse del piano, que había descuidado por completo, y este fue el origen de la catástrofe. Fue entonces cuando apareció el hombre…
Se calló Pozdnychev y dejó escapar dos o tres extraños resoplidos. Creí que le resultaba muy penoso nombrar a aquel hombre y volverse a acordar de él. Hizo sin embargo un gesto enérgico como para apartar el obstáculo que se interponía en su camino y, con acento decidido, siguió diciendo:
—Fue un miserable, a lo que entiendo; no por el papel que desempeñó en mi vida, sino porque realmente lo era. Aparte de todo, el que fuese realmente un miserable contribuye a que deduzca la irresponsabilidad parcial de mi mujer en lo ocurrido. Si no hubiese sido él, habría sido otro. Era un músico, un violinista; no músico de profesión, sino un medio hombre de mundo, medio artista. Su padre, antiguo vecino del mío y dueño de grandes dominios, se había arruinado, y sus hijos, tres muchachos, habían tenido que campárselas por sus respetos.
A nuestro hombre, que era el más joven de los tres, lo enviaron a París a casa de su madrina, y entró en el Conservatorio, en el que dio pruebas de cierta vocación musical; salió hecho un violinista y dio con ciertos…
En el momento en que iba a empezar a hablar mal de él, Pozdnychev se contuvo, y tras una corta pausa prosiguió con acento brusco:
—La verdad es que ignoro qué clase de vida era la suya, y únicamente sé que aquel año regresó a Rusia y le presentaron en mi casa. Tenía ojos tiernos, rasgados, en forma de almendra, labios rojos y sonrientes, bigotillo retorcido y el pelo cortado a la última moda. Era apuesto, pero de rostro vulgar, en una palabra, eso que las mujeres llaman un buen mozo de elegante talle, casi talle de mujer, pero no obstante bien proporcionado. Correcto en sus modales, pronto a adquirir cierta familiaridad, pero hábil para, al observar la menor frialdad, retroceder y conservar su dignidad. Había en él un no sé qué de parisiense con sus botines, sus corbatas de color claro, y su aspecto en general producía excelente impresión en las mujeres por ese no sé qué particular y nuevo que se desprendía de su persona. Sus modales estaban impregnados de una alegría ficticia; se expresaba por medio de alusiones, de frases a medio decir, como si su interlocutor hubiese estado al corriente de lo que se trataba o, más bien, dispuesto a ayudarle para que se acordase al hacer un relato.
Ese hombre fue el que, con su música, trajo la catástrofe. En el tribunal echaron la culpa a mis celos, lo cual no era exacto, al menos no del todo. En la vista de la causa se decidió que me habían engañado y que maté para vengar mi honor ultrajado;—¿no es éste el lenguaje que emplea la gente de la curia? —y me absolvieron. Quise explicarles el motivo que me impulsó y creyeron que intentaba rehabilitar el honor de mi mujer. Aparte de todo, sus relaciones con el músico, hayan sido las que hayan sido, no tuvieron importancia ni para ella ni para mí. Lo único importante es lo que le he contado. Todo el drama estriba en la llegada de ese hombre a nuestra casa en los momentos en que nos hallábamos sumidos en la más lamentable de las confusiones, animados por ese mutuo rencor, del que ya le he hablado, y en una situación en la cual la más diminuta gota de agua bastaba para que desbordase el vaso. Las últimas disputas, que en los últimos tiempos habían sido tremendas, tenían la asombrosa consecuencia de provocar en nosotros accesos de pasión bestial. Si ese hombre no se hubiese presentado en nuestra casa, cualquier otro habría sido el protagonista. Si mis celos no me hubiesen servido de pretexto, habría encontrado otro. Estoy íntimamente convencido de que todos los hombres que llevan una vida conyugal como la mía deben entregarse al libertinaje o divorciarse, matarse o matar a su mujer, que fue lo que hice yo. Aquel a quien sucede esto no es un ave rara. Mucho antes del desenlace estuve a punto de suicidarme, y más de una vez quiso envenarse mi mujer.
XX
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—Para que pueda comprender bien lo que sucedió, es preciso que le cuente todos los detalles. Poco a poco nuestra vida iba haciéndose más tranquila, cuando he aquí que de pronto una noche se nos ocurrió hablar de la educación que había que dar a nuestros hijos. No recuerdo las palabras que pronunciamos uno y otro; lo único que sé es que la disputa empezó pasando la conversación de un asunto a otro, y que a los reproches sucedieron las recriminaciones. Sí, siempre sucede lo mismo; la misma historia de siempre… «has dicho…
no, yo he dicho… mientes.. ¡qué! ¡que yo miento! ¿eh?» Se acercaba una crisis espantosa y se agrandó ésta, impulsándome al asesinato y al suicidio. La crisis estaba allí, la temía como al fuego; quería contenerme y la cólera pudo más, arrastrándome. Mi mujer se hallaba en un estado idéntico o peor aún, porque desnaturalizó todas las palabras y puso en ellas algo como veneno, arrastrando por el lodo y mancillando todo aquello para mí más querido. La crisis iba aumentando y adquiriendo intensidad. Grité: «¡Cállate!» o algo parecido, mientras que ella, saliendo precipitadamente de la habitación donde nos encontrábamos, entró como una loca en la de nuestros hijos. Deseando acabar de decirle todo lo que había empezado ya a decir, quise contenerla y la cogí del brazo; le hice daño. «¡Hijos míos! —gritó—¡Vuestro padre me está pegando!» «¡Mientes!» —dije, y mi mujer, para que aumentase mi cólera, añadió: —«¡Y no es la primera vez!» —Los niños se agruparon a su alrededor y procuró tranquilizarlos. —«¡No seas hipócrita!» —le dije—«¡Todo es hipocresía para ti! Eres capaz de matar a alguien y de tener después valor para decir que sólo aparenta estar muerto. Ahora comprendo qué es lo que quieres.» —«¡Sí, quisiera reventarte como a un perro!» —grité. Recuerdo aún el terror que a mí mismo me inspiraron esas palabras. En mi vida había creído poder pronunciarlas tan tremendas. Todavía estoy asombrado.
Me marché a mi cuarto y me puse a fumar, y vi que mi mujer estaba en la antecámara, disponiéndose a salir. —«¿A dónde vas?» —le pregunté, y no me contestó. —«¡Pues bien, que el demonio cargue contigo!» —me dije, y volví a tenderme en el sofá de mi despacho, y seguí fumando. Mi cabeza se trastornó con el sinfín de planes que formé. ¿Cómo vengarme? ¿Cómo deshacerme de ella? ¿A qué medios apelar para hacer frente a las eventualidades? Suguí dando vueltas a estas ideas; abandonarla, ocultarme, huir a América. Llegué hasta el extremo de pensar lo agradable que sería para mí verme libre de ella y tener a mi lado a otra mujer, joven, hermosa, ¡nueva! Pero para obtener esa libertad necesitaba su muerte o el divorcio.
¿Cómo podía conseguirlo? Comprendí que mis ideas se retorcían, y para no darme cuenta de que mis pensamientos iban por mal camino, me puse a fumar a más y mejor. El movimiento de la casa continuó, y al poco rato se me presentó el ama de llaves preguntándome dónde estaba la señora o cuándo volvería, y el criado para decirme si quería que sirviese el té. Me fui al comedor, en el que encontré ya a los niños, y Lisa, la mayor, me dirigió interrogadoras miradas. Mi mujer no volvía y pasaban las horas. Llegó la noche y sin regresar. Dos fueron los sentimientos que se apoderaron de mi alma: el rencor que hacia ella sentía por el malísimo rato que nos estaba haciendo pasar a mis hijos y a mí con una ausencia que no tenía fundamento serio, puesto que tenía que volver, y el temor de que hubiese atentado contra su vida. Pero ¿adónde iría a buscarla? ¿A casa de su hermana? Me parecía hasta estúpido ir preguntando de puerta en puerta por mi mujer. ¡A la ventura de Dios! Si necesita atormentar a alguien, que se atormente a sí misma. Pero ¿y si se hubiese ido a casa de su hermana? ¿Y si se hacía o se había hecho daño? Dieron las once… luego las doce… la una, y yo sin poder dormir… Me fui a mi dormitorio…
Decidí que era ridículo esperar solo. No estaba tampoco a gusto en mi despacho, y quise hacer algo, entretenerme, leer, escribir, y no lo conseguí. Allí, a solas, rabioso y sufriendo mil tormentos, rabié y escuché; ¡y ella sin volver! A eso del amanecer me quedé adormilado y luego me desperté, comprobando que no había vuelto aún, y en la casa todo empezaba a seguir la marcha de los demás días. Todos me miraban con aire interrogante y los niños como con reproche. Yo seguía estando inquieto, y esa inquietud contribuía a reavivar mi odio.
A eso de las once de la mañana se presentó su hermana, su embajadora, y soltó las frases de rigor: «Mi hermana se encuentra en un estado lamentable. Pero ¿qué ha pasado entre vosotros? ¿Qué significa esto? Pero si no vale la pena, etc., etc.» Describí su carácter insoportable, declarando que no era yo el culpable y que no estaba dispuesto a dar el primer paso, diciendo que si se quería divorciar que lo hiciese. Mi cuñada rechazó la idea y se marchó sin haber conseguido nada. Yo era a veces muy testarudo, y había decidido que no sería quien diese el primer paso. Apenas se marchó mi cuñada entré en el cuarto de los niños, a los que vi muy tristes. ¡Ah, entonces sí que habría dado yo el primer paso, pero me lo impedía mi palabra! Iba y venía, pasaba el rato fumando; al llegar la hora del almuerzo bebí el vino y aguardiente necesarios para llegar al estado de inconsciencia que deseaba, es decir, para no darme cuenta de la ignominia de mi situación. A cosa de las tres volvió mi mujer y pasó por delante de mí sin decirme ni una palabra. Creyéndola apaciguada, le dije que sus inmerecidos reproches me habían hecho salirme de mis casillas. Me respondió con mucha frialdad, con rostro serio, un tanto abatido, que no había vuelto para oír mis excusas sino para llevarse a sus hijos, puesto que no podíamos seguir viviendo juntos. Repliqué que no tenía yo la culpa, pues ella con su conducta me había enfurecido, y entonces, con aire muy serio y solemne, me dijo: «¡Ten cuidado, no digas ni una palabra más porque te arrepentirás!»
Contesté que aquella comedia debía terminar de una vez, que bastaba con lo ocurrido hasta entonces y, respondiendo algunas palabras que no entendí, me dejó solo, y entró directamente en su cuarto. Oí cómo rechinaba la llave en la cerradura; se había encerrado; llamé, no obtuve respuesta y me marché furioso. A la media hora de ocurrir esto, entró Lisa precipitadamente en mi cuarto, llorando sin consuelo. «¿Qué es lo que pasa? ¿Ha ocurrido algo?» — «No se oye nada en la habitación de mamá…» —contestó. Nos fuimos juntos a ver lo que pasaba; empujé con fuerza la puerta, cuyo cerrojo resistió apenas, y quedó abierta de par en par. Me acerqué y vi que mi mujer estaba sin sentido y tendida en la cama en una posición incómoda, en enaguas y con los zapatos puestos. En la mesilla de noche había un vaso vacío con algunas gotas de opio. Hicimos lo posible para que volviese en sí. Derramó un torrente de lágrimas y después vino la reconciliación; pero no fue sincera, porque cada uno conservaba en el fondo de su corazón un sentimiento de odio contra el otro. Pero era necesario concluir, y nuestra vida siguió otra vez como antes.
Escenas semejantes, si no peores, se repetían todos los meses, mejor dicho, todas las semanas, y a veces todos los días y siempre con los mismos incidentes. Una vez me marché dejándolo todo abandonado, y hasta llegué al extremo de pedir el pasaporte para irme al extranjero, pero mi debilidad de carácter me detuvo.
Ahí tenéis de qué naturaleza eran nuestras relaciones cuando se presentó aquel hombre, que era un miserable que valía poco más o menos lo que nosotros.
XXI
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—En cuanto llegó a Moscú aquel individuo, que se apellidaba Troukhatchevsky, nos hizo una visita. Era por la mañana y lo recibí yo. En tiempos pasados nos habíamos tuteado, y empezó empleando el usted y el tú, pero con más frecuencia el último, pero como yo no me apartaba del primero, tubo que comprender que yo no quería familiaridades. Desde el primer momento me resultó simpático. Comprendí que era un libertino desenfrenado, y tuve celos de él antes de que llegase a ver a mi mujer, pero—¡cosa extraña! —una fuerza fatal, invencible, hizo que no le despidiese, sino que por el contrario le admitiese en mi casa. Me habría costado muy poco trabajo cambiar con él unas pocas palabras, alejarlo con mi frío recibimiento y evitar presentárselo a mi esposa, ¡pero no! Le hablé de música y del violín y me contestó que sentía mucho que se dijese que había dejado de tocar, porque lo hacía con más afición que nunca. Me recordó entonces que yo también tocaba en otros tiempos, y le respondí que hacía mucho que había renunciado a la música, pero que en cambio mi mujer le tenía mucha afición.
Es preciso fijarse en el hecho de que, en ciertas fases importantes de nuestra existencia, aquellas en que se decide la suerte de un hombre, como se decidió la mía en semejante día, no hay ni pasado ni futuro. Mis relaciones con Troukhatchevsky fueron tales desde el primer momento, como habrían podido serlo después del acontecimiento. Tenía el presentimiento de que ibaocurrir una gran desgracia de la que él sería el causante; y a pesar de esto no pude por menos de mostrarme amable con él, y le presenté a mi mujer que se alegró desde el principio, pensando sin duda que en adelante ya tenía quien le acompañase al piano con el violín. Era tanto lo que esto la agradaba, que de buena gana habría tomado a sueldo a un violinista de la orquesta de un teatro. Después de fijar en mí sus miradas, comprendió mi pensamiento y disimuló sus impresiones. Entonces empezaron las mentiras mutuas. Sonreí con mucha amabilidad, como aparentando que aquello me agradaba mucho.
Contempló a mi esposa como todos los calaveras miran a las mujeres hermosas, y fingió que nuestra conversación, que maldito el interés que tenía para él, le agradaba mucho. Por su parte, mi mujer quiso aparentar la mayor indiferencia, pero estaba excitada por la malignidad de la mirada del violinista y por la expresión celosa que yo quería ocultar, haciendo grandes esfuerzos, tras una sonrisa amable, pero que ella leía en mi rostro.
Observé desde el primer momento que la mirada de mi mujer brillaba con un fulgor extraño, y que mis celos provocaron en ella no sé qué corriente eléctrica que se comunicó a su sonrisa y a su mirada. En la primera entrevista se habló de París, de música, de mil cosas indiferentes. Luego se puso en pie con el sombrero en la cadera, pavoneándose y como esperando alguna cosa. Recuerdo perfectamente lo que pasó en aquellos momentos, tanto más cuanto que pude haber evitado que volviese. No tenía más que no invitarlo y no habría pasado nada. Miré primero a mi mujer, luegoTroukhatchevsky, y pensé: «¡No vayas a figurarte, hermosa, que voy a dispensarte el honor de tener celos!» Y le invité a que volviese aquella misma noche con su violín para acompañar al piano a mi mujer.
Esta me dirigió una mirada de sorpresa, poniéndose encendida, como dominada por un gran temor. Luego trató de excusarse, manifestando que no tocaba muy bien, y ese pretexto me excitó aún más. Recuerdo muy bien la sensación extraña que experimenté cuando le contemplé mientras se alejaba atravesando el salón con su pasito corto de bailarín, con un cuello blanco que hacía resaltar su cabello negro, algo largo y rizado. No tengo para qué ocultar que la presencia de aquel hombre era una tortura para mí. «Y no dependía de nadie más que de mí el hacer que no volviese más; pero ¿tenerle miedo? ¡Ah no! ¡Sería demasiado humillante!» Y al llegar al vestíbulo, sabiendo muy bien que mi mujer podía oír, le supliqué con muchas instancias que volviese aquella misma noche con el violín a fin de acompañar a mi mujer al piano. Me lo prometió y se marchó.
Por la noche volvió con el violín, efectivamente, y tocaron, pero al principio el conjunto no resultó, porque no estaban al mismo tono y mi mujer no sabía bastante música para cogerlo a la primera. Como me gusta apasionadamente la música me interesó mucho todo aquello, les ayudé en lo que pude y así pudieron tocar algunos trozos de romanzas sin palabras y una sonata corta de Mozart. En cuanto a él, debo confesar que tocaba de una manera admirable, uniendo la suavidad a una verdadera maestría; no había dificultades para él. En cuanto cogía el violín parecía como que cambiaba su rostro de expresión, animándose y haciéndose más simpático. Indudablemente era mucho más entendido que mi mujer, a la que dio algunos consejos con acento sencillo y natural, al mismo tiempo que con una exquisita cortesía alababa su método. Mi mujer parecía entregada completamente al placer de la música, y su actitud era muy natural y encantadora.
En cuanto a mí, durante la velada no hice más que fingir, y caí en mi propio fingimiento aparentando que no me interesaba nada más que la música, cuando en realidad me torturaban los celos; pues desde el primer momento en que se cruzaron sus miradas, comprendí él que no la contemplaba como a una mujer de aspecto desagradable, con la cual repugna entablar íntimas relaciones. Si mi alma hubiese sido pura, no habría escudriñado sus pensamientos, pero como yo obraba del mismo modo con las demás mujeres, comprendí lo que le pasaba, y al comprenderlo sufrí de una manera horrorosa. Lo que me hacía sufrir más era que yo tenía la seguridad de que mi mujer no tenía para mí más que un sentimiento de odio, interrumpido de vez en cuando por momentos de sensualidad. Aparte de esto, veía que aquel hombre debía de serle agradable por sus modales elegantes, por la novedad, su innegable talento musical, la mayor intimidad que imponían aquellos dúos y la impresión que produce la música, el violín sobre todo, en las naturalezas sensibles. No sólo le sería agradable, sino que además la debía de subyugar sin ningún esfuerzo y hacer de ella lo que quisiese. No era posible cerrar los ojos ante esa evidencia, ni dejar de comprenderlo así, sufriendo y experimentando las horribles torturas de los celos. Sí, estaba celoso, y sufría de una manera tal que no era posible encontrar palabras para decirlo. Y, sin embargo, quizá por eso, una fuerza invencible me obligaba a mostrarme cortés y hasta amable con aquel hombre. No sé si yo obraba de esta manera para darle a entender a mi esposa que no la temía o para engañarme a mí mismo. Para ahogar los deseos que a veces experimentaba de matarle, me veía obligado a mostrarme muy atento con él. En la mesa le escanciaba el vino o el licor, me mostraba asombrado de su método para tocar el violín y le hablaba de la manera más amable del mundo; luego le convidaba para que volviese el domingo siguiente en el que invitaría a algunos amigos más, que eran también aficionados, a fin de que le oyesen, y luego se despedía de nosotros.
A los dos o tres días de ocurrir esto, volví a mi casa en compañía de un amigo con el que iba charlando, y al entrar en el vestíbulo, sin acertar a explicarme el por qué, sentí como un gran peso en el corazón, como si me hubiese caído encima una gran piedra. Algo, no sé qué, me recordó a Troukhatchevsky. Hasta que estuve en mi cuarto no supe de qué se trataba, y volví al vestíbulo para ver si eran fundadas mis sospechas: sí, allí estaba su abrigo, no me había equivocado. Sin quererlo yo mismo, era un observador muy ladino en cuanto se refería a aquel hombre. Averigüé que estaba allí; atravesé los cuartos de los niños y vi a Lisa que estaba hojeando un libro y a la nodriza que acallaba al más pequeño, al que tenía en brazos como un juguete cualquiera. En el salón oí unos arpegios muy lentos. Hablaban en voz baja, y ella contestaba con una negativa: «No, eso no», y añadió algo que no pude entender. La música me impidió oír lo demás… Besos quizá, mientras tocaba con fuerza el piano. ¡Gran Dios! ¡Qué sentimientos y qué pensamientos se apoderaron de mí. No puedo recordar sin terror el huracán que se desencadenó en mí en aquellos momentos. Se me oprimió el corazón, dejó de latir y luego volvió a hacerlo con una fuerza extraordinaria. El sentimiento que me dominaba, lo mismo que en todas horas de cólera, era el de una gran compasión hacia mí mismo: «En presencia de los criados, —me dije, —y en la de mis hijos, me deshonra.» Quería dar un escándalo y no veía dónde ponía los pies. La nodriza me miró como si, comprendiendo lo que sucedía, quisiera aconsejarme que estuviese ojo avizor. Sin embargo, era necesario que entrara, y de una manera inconsciente abrí la puerta. Troukhatchevsky estaba sentado junto al piano y hacía arpegios con sus largos dedos, y mi mujer en pie a un lado teniendo delante unos cuantos cuadernos de música. Fue la primera que me oyó o vio entrar y me dirigió una mirada; ¿se quedó o no sorprendida, o aparentó que no lo estaba? Lo que sí es cierto, es que no se estremeció… enrojeció un poco, pero fue después.
—Celebro mucho que hayas venido, porque nosotros solos no podemos decidir qué tocar el domingo —me dijo en un tono que no era el natural ni el que usaba en nuestras conversaciones a solas.
Ese tono y ese «nosotros» me indignaron. Le saludé con mucha frialdad y me estrechó la mano de una manera que me pareció burlona, y en seguida me explicó que había llevado unas cuantas piezas de música a fin de ensayar para el domingo, pero que no estaban de acuerdo en la elección: ¿escogerían una sonata de Beethoven, alguna obra clásica y un tanto difícil o bien alguna otra cosa de una ejecución mucho más fácil? Y al decir esto, la consultó con la mirada.
Todo esto era tan natural que no pude en realidad incomodarme. Lo veía, lo comprendí; sin embargo, aquello no era más que hipocresía, y estaban de acuerdo en la manera de engañarme.
El tormento mas grande que puede sufrir un celoso (¿y quién no ha tenido celos en este mundo?) nace de esas conveniencias sociales que, bajo pretextos distintos, hacen que se acerque el uno al otro, un hombre y una mujer, y se establezca entre ellos una intimidad peligrosa. Uno se convertiría en motivo de irrisión para todos si tratase de oponerse a esas aproximaciones que producen los bailes, las visitas de los médicos a los enfermos, de los artistas entre sí, de los pintores y sobre todo de los músicos. Dos personas son aficionadas a la música, la más noble de todas las artes, se ponen de acuerdo para tocar juntos y esto exige naturalmente una intimidad que sólo parecerá vituperable a los ojos de un celoso estúpido. Un marido bien educado no puede ni debe tener esos pensamientos, y sobre todo, no tiene para qué mezclarse en esos asuntos. Y, no obstante, todo el mundo sabe que de ocupaciones de esa naturaleza, de la música sobre todo, es de las que nacen en nuestra sociedad la mayor parte de los adulterios.
Mi silencio, que duró algunos minutos, les molestó indudablemente. Me parecía a una botella vuelta al revés, de la que el agua no se escapa porque está demasiado llena. Quería arrojarle a la cara alguna frase ofensiva, echarle de allí, pero no hice nada; al contrario, me sentí culpable por haberlos estorbado. Fingí que lo aprobaba todo, y ese sentimiento que me dominaba me llevó hasta el extremo de mostrarme muy amable con él, a pesar del martirio que me causaba su presencia. Le contesté que nadie mejor que él para elegir, y que mi mujer, si quería seguir mi consejo, obraría de la misma manera, Permaneció allí el tiempo necesario para borrar la mala impresión que causó mi llegada brusca y mi rostro trastornado. Luego se marchó muy satisfecho, al parecer, con las decisiones tomadas para el día siguiente. En cuanto a mí, tenía la convicción de que todo lo que se refería a la música, estaba subordinado a otras preocupaciones que les atormentaban. Le acompañé hasta el vestíbulo dando muestras de gran cortesía—¡cómo puede dejarse de acompañar a un hombre que se presenta en vuestra casa para turbar la paz de la familia y aniquilarla para siempre! —y estreché con afectuosa amabilidad su mano blanca y bien cuidada.
XXII
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—Durante el resto del día no dirigí la palabra a mi mujer; no pude hacerlo, y su permanencia a mi lado provocaba en mí un odio tal que tenía miedo de mí mismo. En la mesa y en presencia de mis hijos me preguntó cuándo deseaba emprender mi próximo viaje.
Efectivamente, la semana siguiente tenía que asistir a un Zemstvo o asamblea general. Le contesté y me preguntó qué era lo que necesitaba para el camino. No le contesté entonces ni una palabra, y en silencio me retiré a mi despacho. Por lo general, no acostumbraba a estar en él, sobre todo a aquellas horas. De pronto oí que se acercaba alguien y reconocí su paso. Un pensamiento terrible, innoble, se apoderó de mi alma. «¿Iba a verme a aquellas horas para ocultar, como la mujer de Urías, una falta ya cometida? ¿Iría realmente a mi cuarto?» Y los pasos se acercaban cada vez más. «Pero si se presentaba, ¿tendría yo razón?»
Se apoderó de mí un sentimiento de odio; los pasos se iban acercando, se acercaban cada vez más. ¿Pasaría por allí para ir al salón? No. La puerta rechinó sobre sus goznes y se presentó ella, con su estatura bien proporcionada, su talle esbelto y su aspecto gracioso, agradable. En los rasgos todos de su rostro, así como en sus miradas, se observaba una timidez, una expresión insinuante que quería disimular, pero que saltaba a los ojos y cuyo alcance comprendí en seguida. Me faltaba poco para ahogarme, de tal manera contuve la respiración, y sin dejar de mirarla tomé un cigarrillo y lo encendí.
—«¿Qué significa esto? Vengo a hablarte y enciendes un cigarro-dijo sentándose a mi lado y apoyando la cabeza en mi hombro. Y yo me retiré para no tocarla. —Ya veo que te gustaría más que yo no tocase el domingo» —añadió. — «Pues estás equivocada» —contesté.
—«¿Te has figurado que no lo he comprendido?» — «Si lo comprendes, te felicito. Lo que estoy yo viendo es que te portas como una mujer de poco más o menos.» — «Si has de empezar a hablar de esa manera, me marcho» — «Está bien, márchate, pero ten presente que si el honor de la familia no es nada para ti, para mí es algo sagrado. ¡Ahora vete al diablo!» — «Pero ¿qué es lo que hay? ¿Qué pasa?» — «Vete, te lo pido por amor de Dios, ¡márchate!»
No se marchó. Fingiendo no comprenderme, o realmente no entendiéndome, lo cierto es que estaba ofendida y que se incomodó. — «Te estás volviendo insoportable-me dijo;—ha de llegar día en que ni un ángel pueda vivir a tu lado-y deseando por lo visto molestarme todo lo posible, añadió a continuación: —Después de tu conducta para con mi hermana, no me extrañará nada de cuanto puedas hacer conmigo.» —Con estas palabras aludía a una disputa que había tenido yo con su hermana, durante la cual perdí los estribos y le dije algunas groserías. Sabía que ese recuerdo me molestaba y procuró reavivar el dolor de la llaga— «Está bien-pensé; —me veo ofendido, insultado y encima me hacen responsable.»
De pronto se apoderó de mí mi furor indecible, una rabia tal, cual nunca la había conocido, y por primera vez experimenté deseos de pasar del pensamiento al hecho. Me sobresalté, y en aquel momento me pregunté si estaba bien que me dejase arrastrar por aquel primer impulso. Me respondí afirmativamente, creyendo que así la intimidaría, y en vez de combatir, de dominar semejante acceso de rabia, lo aticé, considerándome dichoso al sentir que hervía en mi pecho. —«¡Vete o te reviento!» —grité presa de la ira y cogiéndola de un brazo; pero no por eso se alejó, y entonces se lo retorcí dándole un violento empellón.
— «Pero qué es lo que tienes, Vassia? —me preguntó. —¿Te marcharás de una vez-aullé con, furia dirigiendo a todas partes miradas coléricas. —¡Vas a conseguir que me vuelva loco!
¡No respondo de mí! ¡Márchate!» y dejándome llevar por los impulsos de esa cólera, quería saber hasta qué extremo llegaría ejecutando algún acto de brutalidad. Experimentaba en aquellos momentos como una necesidad de pegarla, de machacarle los sesos; pero sabía que no podía hacerlo y me contuve. Acercándome precipitadamente a mi mesa, cogí un pisapapeles y lo estrellé en el suelo a sus pies, pero antes de tirarlo puse buen cuidado en que ella pudiese esquivarlo. Hacía todo aquello de manera que pudiese verlo. Cogí después un candelero y lo mandé a reunirse con el pisapapeles, luego arranqué un termómetro que estaba colgado en la pared y, sin dejar de gritar, la amenacé diciendo:
—¡Vete! ¡Sal de aquí! ¡No respondo de mí!
Se marchó y me calmé en el acto. A los pocos minutos se presentó la nodriza diciéndome que la señora tenía un ataque de histeria. Fui a verla y la encontré riendo, llorando, sollozando, sin poder pronunciar ni una sola palabra y temblando como una azogada. No lo fingía, sino que realmente estaba enferma. Llamamos al médico y durante la noche la asistí.
Al amanecer se calmó y nos reconciliamos bajo la influencia de ese sentimiento al que se da el nombre de amor. Al día siguiente le confesé que estaba celoso de Troukhatchevsky y no se apuró lo más mínimo; se echó a reír con el aire más natural del mundo, tan extraño le pareció el lance de que pudiese ceder a semejante hombre.
—Acaso una mujer honrada, —me dijo, —puede experimentar por ese tipo otra cosa más que la satisfacción de que la acompañe con el violín? Si te empeñas en ello, estoy dispuesta a no volverle a ver más en mi vida, ni siquiera el domingo, por más que ya se hayan repartido las invitaciones. Envíale una carta diciéndole que estoy enferma, y todo queda arreglado. Lo único que me enoja es que hayas podido considerarlo peligroso. Me hiere el orgullo, semejante idea. No mentía; creía realmente en lo que decía. Confiaba en que esas palabras harían nacer en mi corazón desdén hacía aquel hombre, pero no lo consiguió. Todo estaba en contra suya, hasta aquella condenada música. De este modo acabó la disputa, y el domingo se presentaron nuestros convidados, ante los que Troukhatchevsky y mi mujer tocaron una vez más.
XXIII
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—Creo inútil decir que yo era muy vanidoso. ¿Qué objeto tiene hoy la vida sin la vanidad? Arreglé, pues, con tanto gusto como pude, todo lo referente tanto a la comida como a la velada musical del domingo. Hice preparar manjares exquisitos y extendí yo mismo las invitaciones. A eso de las diez empezaron a llegar los convidados. Troutkhatchevsky se presentó de frac y llevando en la pechera unos botones de brillantes de un gusto detestable y no dio pruebas de la menor cortedad. Respondió a todo con mucho ingenio y con sonrisa protectora, como si hubiese precisamente esperado lo que se acababa de hacer o decir. No dejé de observar con alegría todos sus defectos, y esto me tranquilizaba, porque me permitía creer que no ocuparía en el ánimo de mi mujer más que un lugar secundario y que, conforme había manifestado, nunca se rebajaría hasta él. Contuve mis celos, no tanto por las razones tranquilizadoras que me dio mi mujer, sino para evitar las horrendas torturas que me ocasionaban los celos. Y, sin embargo, durante la comida y la primera parte de la velada, mientras no empezó la música, mi actitud no fue natural respecto a él, porque, sin darme cuenta de ello, involuntariamente espié todos sus gestos y miradas.
La comida, como sucede en esos casos, fue de las más aburridas. Poco después empezó la música; Troukhatchevsky cogió el violín y mi mujer se acercó al piano, escogiendo las partituras. No he olvidado aún ni los menores detalles de aquella velada. Llegó con su caja, la abrió, sacó el violín de una bolsa de seda bordada por mano de mujer y lo templó. Veía a mi mujer hacer esfuerzos por aparecer indiferente, pero sobrecogida, y lo observé bien, por los mismos temores que tenía de no tocar bien. Se sentó y dio el la. Oigo aún los pizzicatos del violín, les veo disponer los papeles de música, dirigir una mirada a los concurrentes, decirse algunas palabras y empezar.
Empezaron al mismo tiempo y tocaron la Sonata a Kreutzer, de Beethoven. ¿Conoce su primer presto? ¿Lo conoce?… ¡Oh!… ¡Oh!…
Al llegar a este punto, Pozdnychev exhaló un profundo suspiro y se quedó callado durante largo tiempo.
—¡Qué cosa más espantosa es esa sonata! Y ese presto es la parte más terrible. Sin embargo, toda la música es espantosa. ¡Qué es, pues, la música? ¿Por qué produce esos efectos? Se dice que eleva al alma conmoviéndola. ¡Qué estupidez! ¡Qué embuste! Es cierto que sus efectos son muy poderosos, pero-y conste que hablo por lo que a mí respecta-no eleva el alma de ninguna manera; ni la eleva ni la envilece, únicamente la excita; ¿cómo explicárselo? La música hace que lo olvide todo, la verdadera situación en que me hallo y hasta a mí mismo; me hace creer en todo aquello que no creo y comprender lo que no comprendo dándome un poder que no tengo. Me produce el efecto de un bostezo o de una carcajada. Bostezo cuando veo que alguien lo hace en mi presencia, y río si se ríen a mi lado.
La música me pone un estado semejante a aquel en que se hallaba el que la escribió. Mi alma se confunde con la suya y le sigo en sus sentimientos. ¿Por qué? Lo ignoro. Pero Beethoven, por ejemplo, en la Sonata a Kreutzer, sabrá perfectamente de dónde procedía ese estado que le había impulsado a cometer ciertas acciones y que para él tenía un sentido, una razón de ser de la que carecía para mí. He ahí por qué la música produce una excitación que carece de resultado. Un pasodoble da deseos de moverse; una danza de bailar; la música sacra nos impulsa a orar, todo eso tiene un resultado… En una palabra, excitación, excitación pura que no tiene ningún objeto. De ahí precisamente es de donde provienen los peligros y a veces sus espantosas consecuencias.
En la China la música es monopolio del gobierno, y eso mismo debería suceder en todas partes. ¿Acaso debería permitirse que una persona sola pudiese hipnotizar a las demás y obtener en seguida todo lo que quisiera? ¿Debería consentirse que ese encantador sea el primero que llegue, un ser inmoral cualquiera? Hoy la música es un arma terrible en manos de algunos… Esa Sonata a Kreutzer, ese presto, y hay muchos que se le parecen, ¿por qué se ha de tocar en sociedad cuando se tiene a su alrededor damas más o menos escotadas y aplaudirlo para en seguida pasar a otra cosa? Convendría no tocar esas obras musicales más que en ciertas ocasiones importantes, es decir, cuando se quieren provocar acciones que estén en relación con el carácter de esa música; pero es muy peligroso y pernicioso en un grado heroico, suscitar sentimientos que no pueden ni deben traducirse en nada. La música ha producido en mí una impresión extraordinaria. Me parece, cuando la oigo, que me dominan nuevos sentimientos y que poseo un poder que desconocía. «Sí, esto es así y no como he visto y oído hasta ahora; sí, así,» me decía una voz desconocida en el fondo de mi alma. Sin darme cuenta de ese nuevo estado de mi alma que se revelaba en mí, me sentía muy satisfecho. En ese estado no cabían los celos y veía a los hombres bajo otro aspecto, pues la música me transportaba a un mundo en que los celos no se conocían. Los celos, con todo su acompañamiento, me parecía que eran otras tantas probabilidades que no merecen el trabajo de preocuparse por ellos.
Después del presto pasamos al andante, que es bello, pero de estilo antiguo; con algunas frívolas variaciones hasta llegar al final, que es más flojo. Luego, a petición de algunos invitados, tocaron una elegía de Ernezt y varias otras piezas, notables, sí, pero que no produjeron ni la centésima parte de la impresión producida por la primera. Durante toda la noche estuve muy alegre y satisfecho. En cuanto a mi mujer, nunca la había visto de aquel modo, con la mirada brillante, una notable expresión de dignidad mientras tocaba, y después una sonrisa dulce conmovedora e impregnada de felicidad.
Vi todo eso sin darle gran importancia, persuadido de que, tal como me había sucedido a mí, habían germinado en su alma sentimientos desconocidos hasta entonces. Durante la velada apenas sentí el corrosivo tormento de los celos.
Dos días después debía emprender el viaje para ir a la asamblea del Zemstvo, y en el momento en que Troutkhatchesky recogía sus papeles de música para marcharse, me preguntó cuándo pensaba regresar de mi viaje, porque, según dijo, quería despedirse de nosotros antes de marcharse de Moscú. Deduje que se daba cuenta de la imposibilidad de visitar mi casa mientras yo estuviese fuera, lo cual me contentó. Su salida de Moscú debía verificarse antes de mi regreso, por lo que no podríamos volver a vernos y nos despedimos definitivamente.
Por primera vez le estreché la mano con verdadera alegría, dándole las gracias por las distracciones que nos había proporcionado. Se despidió también de mi mujer, cuyos modales me parecieron muy sencillos y naturales. Todo marchaba a pedir de boca, y tanto mi mujer como yo estábamos muy satisfechos con el resultado de nuestra reunión, y hablamos en términos generales de las impresiones que nos había producido la música. Nos sentimos, lo que hacía muchísimo tiempo no nos sucedía, atraídos el uno hacia el otro y nos dimos pruebas de recíproca amabilidad.
XXIV
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—Dos días después emprendí el viaje a fin de presentarme en la asamblea, y al separarme de mi mujer me hallaba en las mejores disposiciones de espíritu, y encontré el distrito muy animado, lleno de comerciantes que llevaban una vida muy distinta de la nuestra. Dos días seguidos celebramos sesiones que duraron diez horas, y el segundo día, al retirarme a mi alojamiento, me entregaron una carta de mi mujer. Me hablaba de los niños, del tío de la nodriza, de compras y, entre otras cosas y de la manera más natural del mundo, de una visita de Troukhatchevsky que le había llevado las obras musicales que le había prometido, al tiempo que le proponía que tocase con él, a lo que se negó. No recordaba que el violinista hubiese prometido semejantes obras, y me parecía por el contrario que se despedía definitivamente, por lo que esto me sorprendió de una forma desagradable. Volví a leer la carta y me pareció encontrar en ella algo como tímido, forzado. Confieso que la lectura de la carta me produjo una penosa impresión. Los celos rugieron en mí como que una fiera en su guarida, pronta a saltar; tuve, sin embargo, miedo y me contuve. ¡Qué sentimiento más abominable es el de los celos! ¿Podía haber cosa más natural que lo que me escribía mi esposa?, me dije y me acosté muy tranquilo, al menos en apariencia. Me puse a reflexionar sobre los asuntos del día siguiente y me quedé dormido sin acordarme de ella. Por lo general, mientras duraban las asambleas, me costaba mucho trabajo conciliar el sueño, y aquella noche me quedé dormido en seguida. Pero-y esto es muy frecuente, —una súbita conmoción me desveló. Al despertar, mi primer pensamiento fue para ella, para el amor sensual que me inspiraba, y me acordé también del violinista, diciéndome que obraban de acuerdo. La rabia y el miedo se apoderaron otra vez de mí e intenté calmarme.
Me dije que aquello era una locura, ya que no había motivos para tener celos; no había nada, nada entre ellos. ¿Para qué envilecernos así, yo sobre todo, haciendo suposiciones semejantes? De un lado, un «violinista pagado» que tenía, era cierto, fama de don Juan, y del otro una mujer honrada, respetable, mi mujer. ¡Aquello era simplemente absurdo! No obstante, seguía repitiéndome: ¿por qué había de ser imposible algo semejante? ¿Por qué?
¿No mediaba allí el mismo sentimiento que me impulsó a casarme con ella, la misma y la única cosa que yo quería de ella, y que otros deseaban también, lo mismo que el músico? Era soltero, robusto… le había visto partir el hueso de una chuleta con los dientes y cómo humedecía ávidamente en el vino sus labios rojos. Bien alimentado y bien educado; si profesaba efectivamente algún principio, sería el de divertirse todo lo posible. La música, ese refinado excitante de la voluptuosidad, era el lazo que los unía. ¿Qué era lo que los contendría? Nada. Todo servía para atraerlos el uno hacia el otro. ¿Y ella? Ella seguía siendo, como siempre, un enigma viviente que continuaba siendo indescifrable para mí. No conocía de ella más que su naturaleza animal, y un animal ni debe ni puede ser contenido, ni se contiene tampoco.
Recordé entonces la expresión de sus rostros cuando, después de tocar la Sonata a Kreutzer, tocaron un fragmento musical, no sé de quién, que era excesivamente sensual.
¿Cómo había podido irme de viaje? —me dije acordándome de aquella expresión. —¿No estaba muy claro que se habían puesto de acuerdo aquella misma noche? ¿No aparecía con toda claridad que en adelante nada les separaba y que lo que había sucedido los puso a ambos, sobre todo a ella, en cierto apuro? Me parecía que la veía con su sonrisa dulce y venturosa, enjugándose el rostro coloreado y bañado en sudor. Sus miradas se esquivaban, y sólo fue durante la cena y en el momento en que él le sirvió un vaso de agua cuando cambiaron una mirada y una imperceptible sonrisa. Recordaba con terror la expresión de esa mirada y de esa sonrisa apenas perceptibles. «Es cosa hecha,» me decía una voz, mientras que otra voz contestaba: «Es una idea fija, una obsesión, algo imposible».
Me apenaba la obscuridad y encendí una luz, y al ver aquella habitación tan reducida, con sus cortinajes amarillos, se apoderó de mí una gran tristeza. Encendí un cigarrillo y, tal como sucede siempre que uno se arma un lío de ideas y de contradicciones, fumé cigarrillo tras cigarrillo para aturdirme y ocultarme esas contradicciones. No pude volver a quedarme dormido en toda la noche, y a eso de las cinco de la mañana, cuando aún no había amanecido, resolví, para no continuar sufriendo tantas incertidumbres, marcharme lo más pronto posible.
La hora de emprender el viaje era a las ocho; desperté al portero, le encargué que pidiera un coche, y envié una carta a la Asamblea, manifestando que tenía que regresar a Moscú para despachar un asunto urgente, y que nombrasen en mi lugar a uno de los suplentes. A las ocho tomaba asiento en el coche y emprendí el viaje.
XXV
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—Tenía que recorrer treinta y cinco verstas en coche y ocho horas en tren. El viaje en coche fue delicioso. Estábamos en otoño y hacía un tiempo precioso, aunque frío; el sol brillaba en un cielo sin nubes. Las ruedas dejaban marcados profundos surcos en el camino.
El sol lo alegraba todo, y la brisa era fresca. Reclinado cómodamente en el fondo del tarantass, que era espacioso, me entretenía contemplando los caballos, los campos y a los caminantes, olvidándome por completo del sitio adonde iba. Me parecía muchas veces que daba un paseo sin rumbo y que de aquel modo iría hasta el fin del mundo. ¡Qué alegría más grande olvidarme así de todo! Y cuando me acordaba del objeto del viaje me decía: «Al menos así sabrás a qué atenerte; ¿para qué pensar, mientras tanto, en ello?» Al llegar a la mitad del camino me distrajo un incidente: el coche se rompió, pese a ser nuevo; la operación de buscar albergue, el cuidado del arreglo de los desperfectos, el té en la posada y la charla con el posadero, fueron para mí otros tantos motivos de agradable distracción. Por la noche, cuando estuvo todo arreglado, continué mi viaje, que tuvo muchos atractivos. Estaba la luna en su primer cuarto; escarchaba un poco, pero el camino seguía en buen estado, el postillón era charlatán y fogosos los caballos. De esa manera seguía distraído mi viaje, y me preocupaba poco lo que me esperara. Tal vez lo intuía y mi alegría procedía de que iba a despedirme de los placeres de la vida; pero esa calma, esa ausencia de preocupaciones, cesaron en cuanto me bajé del carruaje.
Tan pronto como tomé asiento en el tren todo cambió, ya que aquellas ocho horas fueron verdaderamente horrorosas para mí, y en mi vida las podré olvidar. Esto se debió a que, al subir al vagón, se apoderó de mí otra vez la idea de que iba a volver a mi casa, o quizá la trepidación del tren me produjo una excitación extraordinaria. Fuese una u otra la causa, el hecho es que en cuanto estuve en el tren me fue imposible dominar mi imaginación, que me hizo atravesar por entre las imágenes a cuál más cínica, todas distintas, aunque de igual naturaleza, haciendo desfilar por delante de mis celos, irritados en su más alto grado, las escenas que pasaban allá abajo durante mi ausencia. Me encendía la indignación al ver esas imágenes. La ira y no sé qué clase de embriaguez producida por la indignación me oprimían la garganta, y aquellas imágenes, que no podía alejar, me perseguían como una obsesión.
Cuanto más las veía, más creía en su realidad, olvidando que no tenían consistencia alguna.
No quería para prueba de su existencia más que la precisión de lo que veía. Se habría dicho que, contra mi voluntad, un demonio inventaba y me inspiraba las ficciones más horrendas.
Hasta sucedió que acudió a mi memoria el recuerdo de una conversación, hacía mucho olvidada, que un día sostuviera con un hermano de Troukhatchevsky. Me torturé el corazón, como quien se complace en ahondar la herida, relacionando esa conversación con el violinista y mi mujer. Sí, lo recordé; hacía mucho tiempo que la había sostenido. El hermano del violinista, al que preguntaba yo si frecuentaba las casas de lenocinio, me respondió que un hombre que se respeta no debe pisar esos sitios sucios y viles en los que se corre el riesgo de coger una enfermedad, cuando es tan fácil tener relaciones con una mujer decente, aunque sea algo madura o le falte un diente, o esté un poco obesa por los años; pero ¡bah! se toma lo que se encuentra. Le hacía él un favor tomándola por querida, y además no se exponía gran cosa.
Me repetí, con terror, que todo aquello era imposible y que no podía haber sucedido nada, aparte de que no tenía ningún fundamento serio sobre el que basar mis sospechas. ¿No me había dicho mi mujer que el solo pensamiento de que yo pudiese tener celos era una ofensa y una vergüenza para ella? Lo dijo, sí, pero mintió, me dijo una voz interior, y la lucha volvía a empezar. En el departamento de mi vagón no había más que dos viajeros; una señora de cierta edad y su esposo, que hablaban muy poco. A las pocas horas se apearon, dejándome solo. Me hallaba en la situación de una fiera enjaulada; unas veces me ponía en pie bruscamente, acercándomela portezuela; otras daba vueltas con paso inseguro, como si me figurase que con mis esfuerzos y movimientos aumentaba la velocidad del tren. Aquel vagón, con sus banquetas y sus cristales, llevaba una trepidación continua, lo mismo que éste.
Al decir estas palabras Pozdnychev se irguió, dio algunos pasos por el vagón y luego se sentó y continuó diciendo:
—¡Qué miedo tuve, en aquel vagón! Se apoderó de mí el terror y me senté, proponiéndome pensar en otra cosa, en la conversación sostenida con el posadero en cuya casa había tomado el té; luego se presentaba a mis ojos el portero con su barbaza y su nietecito, que tenía la misma edad de mi hijo Vassia. ¡Vassia, hijo mío! ¡Habrás visto al violinista abrazar a tu madre! ¿Qué pensará tu almita inocente? ¡Y qué le importa a ella, si le ama! Y vuelta a empezar el desfile de aquellas imágenes. Sufrí tanto, que llegó un momento en que ya no supe qué hacer. De pronto se me ocurrió una idea que me produjo gran satisfacción, la de arrojarme bajo las ruedas del tren y acabar de una vez. Una cosa sola fue la que detuvo la ejecución de mi plan, y fue la lástima que yo mismo me inspiraba, lástima que hizo nacer en mí un odio irreconciliable hacia ellos dos, contra ella sobre todo. Respecto a él, no tenía más que un sentimiento extraño de mi humillación y de su victoria, pero a ella la odiaba. ¡No, no quería con mi desaparición dejarla libre y dueña de sí misma! Era necesario que sufriese, que se diese cuenta de lo mucho que yo había padecido por su culpa. Al llegar a una estación, observé que algunos viajeros bajaban a beber a la cantina; hice lo mismo y pedí un vaso de aguardiente. A mi lado se encontraba un judío que empezó a hablarme, y para no quedarme solo en mi vagón le seguí al suyo, que era de tercera y estaba lleno de humo, sucio y con el suelo cubierto de pepitas de girasol. Me senté a su lado y empezó a contarme historias. Al principio le escuché, pero sin fijarme en lo que decía; lo observó e hizo esfuerzos para cautivar mi atención. Entonces me levanté y volví a mi vagón. Quería meditar y asegurarme de que realmente tenía razón para atormentarme de aquel modo. Para estar más sosegado me senté, pero al poco rato voló mi razón, y volvieron a desfilar ante mis ojos las imágenes anteriores. ¡Cuántas y cuántas veces me había torturado ya en pasados accesos de celos, y siempre sin fundamento, por nada! Y sin duda iba a suceder lo mismo aquel día, pues la encontraría descansando. Despertará y será dichosa, y con sus palabras y sus miradas me convenceré de que no ha pasado nada y de que son inquietudes vanas. ¡No; aquello habría sido demasiado bonito! «Con mucha frecuencia ha sucedido así y, sin embargo, hoy es cosa hecha,» insinuó una voz, y vuelta a empezar mi suplicio.
¡Ah, qué martirio! No sería a un hospital determinado a donde llevaría a un joven para que tomase aversión a las mujeres, sino a que contemplase el espectáculo de un alma turbada como la mía, para que viese qué clase de demonios eran los que la despedazaban. Lo más horrible de todo era que yo creía tener sobre su cuerpo un derecho razonable e indiscutible, como si hubiese sido carne de su carne, y no obstante, comprendía que no estaba completamente en mi poder, que no me pertenecía en forma alguna, sino que ella podía disponer de ese cuerpo a su antojo y que este antojo no estaba conforme con mis deseos. Ante él estaba desarmado, pero mucho más aún ante ella… Si no ha caído aún y únicamente tuvo un deseo y estoy enterado de él, esto será mucho peor todavía, me dije. Más valdría que la falta se hubiese cometido y saliese de una vez de dudas. No acertaba a formular lo que deseaba;
habría deseado que ella no quisiera lo que forzosamente debía de apetecer, y todo era sencillamente una locura.
XXVI
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En la penúltima estación, cuando el revisor pasó pidiendo los billetes, recogiendo mi equipaje salí a la plataforma del vagón. Al acercarse el desenlace aumentaba mi fiebre. Tenía frío; me temblaba todo el cuerpo, y entrechocaban mis dientes. De una manera maquinal salí de la estación con los demás viajeros y tomé un coche para ir a mi casa. Por el camino me fijé en los contados transeuntes con los que me crucé y leí las muestras de las heridas sin fijarme en lo que hacía. Después de recorrer un buen trayecto, sentí de pronto un frío muy vivo en los pies, y me acordé de que me había quitado en el vagón los escarpines de lana que llevaba sobre los calcetines, y que los había metido en el maletín. ¿Lo había dejado allí? Sí. ¿Y el resto del equipaje? ¡No me había acordado tampoco de él! Saqué el billete y el talón y de pronto se me ocurrió que no valía la pena volver atrás. Todavía no sé en estos momentos por qué tenía entonces tanta prisa. Lo único que sé es que comprendía que se preparaba en mí algo terrible, un acontecimiento que tenía una importancia capital, pero no recuerdo si era víctima de mi imaginación o si exageraba la gravedad de lo que iba a suceder. Quizá tan trágico acontecimiento arrojó un lúgubre velo sobre las horas que le precedieron. El carruaje se detuvo fuera de la puerta del patio entre las doce y la una. Ante la puerta del coche se habían detenido algunos coches de punto a cuyos conductores atrajeron las ventanas iluminadas de la casa, que eran las correspondientes al salón y al comedor. Sin tratar de averiguar por qué las ventanas de mi casa estaban iluminadas a una hora tan avanzada, y experimentando siempre las más vivas angustias que me oprimían, subí la escalera y llamé.
Acudió a abrirme Igor, un criado muy fiel y animoso, pero muy corto de entendimiento. La primera cosa que me llamó la atención fue un abrigo colgado en el perchero al lado de los otros. Aquello me tendría que haber sorprendido, pero no fue así, porque lo esperaba. ¡Era, pues, cierto!
—¿Quién está ahí, Igor? —pregunte.
—El señor Troukhatchevsky.
—¿No hay nadie más?
—No, señor.
Y me dio esta respuesta, lo recuerdo muy bien, con un acento alegre como si se figurase que aquello me había de poner contento y además quisiese persuadirme de que no había nadie más. «Está bien,» pensé.
—¿Y los niños? —pregunté.
—A Dios gracias, están muy bien y durmiendo.
Apenas podía respirar y mis dientes entrechocaban. Me había ocurrido muchas veces volver a mi casa presintiendo una desgracia, creyendo que ocurría alguna novedad, y encontrarlo todo en estado normal. Aquella vez, sin embargo, no su cedió lo mismo; todas las imágenes que yo creyera falsas y que me persiguieron como una obsesión se convertían en realidades. Me faltaba muy poco para echarme a llorar, pero el demonio murmuró: «Eso es, déjate ahora dominar por sensiblerías y llantos. Mientras tanto, pueden separarse con mucha tranquilidad, y tú te quedas sin pruebas, viéndote condenado a la duda y al sufrimiento eterno.» Inmediatamente, la compasión que yo mismo me inspiraba desapareció de mi alma, y sentí unos deseos irresistibles de llevar a cabo un acto de decisión, de energía, al mismo tiempo que de habilidad y astucia. Me convertí en un bruto sin inteligencia, en una bestia feroz. —No, no hace falta-le dije a Igor, que quería avisar de mi llegada. —Vale más que tomes este billete y te vayas a la estación a recoger mi equipaje. Anda, deprisa.
Y se marchó por el corredor para ir a buscar su abrigo. Temiendo que los avisase, le acompañé hasta su cuarto y esperé a que se vistiera. Al lado, en el comedor, se oía rumor de voces, mezclado con el ruido de los platos y los tenedores. Estaban cenando y no habían oído el campanillazo. «Con tal que no se marchen…», murmuré mientras Igor acababa de ponerse el abrigo y se marchaba, cerrando yo la puerta tras de sí.
En cuanto me quedé solo, una ansiedad muy grande se apoderó de mí, y arraigó más y más la idea de que debía actuar en seguida. ¡Actuar! Pero ¿cómo? Sólo sabía que todo había concluido; que no era ya posible abrigar ninguna duda acerca de su crimen, y que todas mis relaciones con ella debían cesar. Había dudado hasta entonces, diciéndome que aquello no era verdad y que me equivocaba; pero en aquella ocasión no era posible la duda. Debía tomar una resolución, pero ¿cuál? ¡Encontrarse en secreto durante la noche; y a solas con él! Eso era, francamente, algo más que olvido de las conveniencias, algo peor, una imprudencia excesiva para que su mismo exceso demuestre la inocencia…» No había duda posible; estaba muy claro. Tenía un temor muy grande, y era el de que se separasen y encontrasen un medio para salir del paso, privándome así de la única prueba palpable que me hubiese quitado el doloroso placer de condenarlos y castigarlos. Para sorprenderlos andaba de puntillas, y no pasé por el salón, sino por las habitaciones de los niños y por el corredor. En la primera dormían los niños y en la segunda la nodriza, que hizo un movimiento como queriéndose despertar. Me pregunté qué pensaría cuando se enterase de todo, y fue tal la compasión que yo mismo me inspiré, que los ojos se me llenaron de lágrimas. Para no despertar a los niños volví al corredor, andando siempre de puntillas, y entrando en mi despacho me desplomé en el sofá.
¡Yo! ¡Un hombre al que habían educado honradamente sus padres! ¡Que toda la vida soñó con un matrimonio dichoso y de fidelidad… ir a caer en semejante infamia! ¡Cinco hijos! ¡Y teniendo cinco hijos, besaba a aquel músico, sólo por que tenía los labios rojos! ¡No, no;
aquella no era una mujer sino una perra, una perra innoble! ¡Y eso al lado de las habitaciones donde dormían sus hijos, a los que siempre aparentó amar tanto! ¡Y pensar que me había escrito aquella carta! ¿Y quién sabía la verdad? Tal vez toda la vida había estado sucediendo lo mismo. ¿Quién sabe si aquellas criaturas, a quienes creía hijos míos, lo eran de algún criado! Si en vez de llegar aquella noche espero al día siguiente; ¿no habría salido a recibirme con un traje y un peinado llenos de coquetería y con sus modales indolentes y graciosos? Y me parecía estar viendo con toda claridad su rostro tan encantador y despreciable, y mientras tanto los celos, ese cáncer que lo consume todo, roían mi corazón. ¿Qué iban a pensar la nodriza e Igor? ¿Y la pobrecita Lisa? Ya tenía edad para comprenderlo. ¡Y me horrorizaba aquella impudencia, aquellos embustes y aquella sensualidad bestial que conocía tan a fondo!
Quise ponerme en pie y no pude. Los latidos de mi corazón eran tan violentos que mis piernas se negaban a sostenerme. Sí, moriría de una congestión; ella sería la que me habría matado, y tal vez era eso lo que deseaba. Pero no estaba dispuesto a morir de esa manera; no tendría esa suerte, ni sería yo quien le proporcionase esa alegría. Heme yo aquí y ellos allí…
riendo… sí… no la desdeñó él por que era ya una mujer de más edad… ya madura… le parecía aún aceptable, e indudablemente no ejercerá ninguna influencia funesta sobre su preciosa salud ¡Ah! ¿por qué no la estrangulé aquel día, una semana antes, cuando la eché de mi despacho?
Recuerdo muy bien cuanto pensé y dije entonces; no olvidé los sentimientos que me agitaban anteriormente y se apoderó de mí el mismo furor. Sentía irresistibles deseos de hacer algo; todos mis razonamientos desaparecieron, a excepción de aquellos que contribuían a que llevase adelante mi propósito. Me hallaba en situación idéntica a la de una fiera acorralada, en la misma de un hombre expuesto a un peligro grave que sigue marchando hacia adelante, obrando sin vacilación y sin turbarse y sin apartar la mirada del objetivo que se propone conseguir. Me quité las botas y los calcetines, me acerqué a la panoplia que estaba colocada encima del sofá y de ella descolgué un puñal de Damasco de aguda y afilada hoja, virgen aún de sangre. Lo saqué de la vaina, y recuerdo aún que ésta-me acuerdo como si fuera ayer — cayó detrás del sofá, y me dije que más adelante la recogería. Me quité después el abrigo, que tenía aún puesto, y andando descalzo y con mucho tiento salí del despacho. Aun no sé hoy día cómo salí, si iba muy apresurado o despacio, ni cuáles fueron las habitaciones que atravesé, ni de qué manera llegué al comedor, ni cómo abrí la puerta, ni de qué manera entré…
XXVII
Índice
—Recuerdo solamente la expresión que pusieron cuando abrí la puerta, y si la recuerdo es porque me produjo un delicioso sufrimiento. Fue, como es natural, una expresión de terror cual yo deseaba. Jamás, mientras viva, olvidaré aquel desesperado pavor que se reveló en sus rostros cuando de pronto me presenté ante ellos. Creo que el violinista estaba sentado a la mesa, y cuando me oyó o vio entrar, no hizo más que dar un salto hasta el aparador. El miedo fue el único sentimiento que se reveló en su fisonomía. En el rostro de mi mujer se veían, aparte del miedo, otras impresiones cuya ausencia puede que hubiese evitado la catástrofe final, porque estas impresiones me parecieron ser resultado del descontento y la cólera por haber sido molestada en su dicha y en su embriaguez amorosa. Se diría que no quería más que una cosa: que no la molestase nadie en el momento en que iba a gozar de esa dicha.
Esas impresiones se borraron muy pronto de sus rostros, que adquirieron de pronto una expresión interrogante. Si estaban aún a tiempo para mentir, era necesario que lo hiciesen en seguida, o bien salir del paso de otro modo, pero ¿de cuál? La interrogó él con la mirada; le miró mi mujer también, y la expresión del rostro de ésta, de cólera y despecho, se trocó en seguida en otra de temor, de inquietud por él.
Durante un momento me quedé en pie al lado de la puerta, con el puñal oculto tras la espalda. De pronto y con un tono de indiferencia por demás ridícula en aquellos momentos, dijo el violinista:
—Acabamos de tocar un poco…
—¡Qué sorpresa! —dijo ella en el mismo tono, y no se atrevieron a continuar.
Se apoderó de mí el mismo furor que me había dominado ocho días antes, y experimenté otra vez la irresistible necesidad de dar rienda suelta a la violencia. Experimenté los goces de ese furor y me dejé arrastrar completamente por él. Ambos se callaron al mismo tiempo, dando de este modo ellos mismos un mentís a sus palabras. Me arrojé sobre ella, ocultando todavía el puñal para elegir mejor el sitio en el que había de herirla. Él observó mi movimiento y, lo que yo no me esperaba de su parte, se arrojó sobre mí, y cogiéndome del brazo, empezó a gritar ;
—¡Cálmese, por Dios! ¡Socorro, socorro!
Me escurrí de entre sus manos y le acometí. Mi aspecto debía de ser terrible porque se puso tan lívido como un cadáver; sus ojos adquirieron un brillo singular y, lo que tampoco hubiera creído, se fue con mucha ligereza hacia la puerta, deslizándose por detrás del piano.
Quise perseguirle, pero no pude porque me lo impidió el hallarme fuertemente sujeto por el brazo izquierdo. Era ella. Hice un esfuerzo para soltarme, pero se apoyó con más fuerza y no me soltó. Aquel espectáculo inesperado, ese peso y ese odioso contacto acrecentaron mi ira.
Comprendí que me volvía loco, que debía tener un aspecto feroz y esto me exaltó aún más y más. Hice un nuevo esfuerzo y con el codo izquierdo le di un golpe violentísimo en medio de la cara, tan fuerte fue que me soltó lanzando un grito.
Quería e iba a salir a perseguirlo, pero estaba descalzo y habría sido muy grotesco perseguir en ese estado al amante de mi mujer; quería ser temible, pero no ridículo. A pesar de mi extremado furor me preocupaba aún la impresión que mi aspecto pudiera producir en los demás. Era algo que siempre había tenido en cuenta. Me volví hacia mi mujer y vi que había caído en el sofá y que, llevándose la mano a la parte contusionada del rostro, se fijaba en mí.
Su mirada expresaba miedo y odio; la mirada que echa el ratón a quien va a buscarlo a la ratonera en la que ha quedado atrapado. A lo menos yo no supe ver en ella más que ese miedo y ese odio que provocaba su amor a otro. Tal vez no habría pasado nada si hubiese intentado marcharse; pero de pronto habló, tratando al mismo tiempo de sujetar la mano en la que tenía yo el puñal:
—Vamos, sé razonable; ¿qué es lo que quieres hacer? ¿Qué es lo que tienes? ¡Te juro que no hay nada! ¡Nada!
Habría vacilado aún, pero esas palabras, tras las que adornaba la mentira y que me probaban lo contrario de lo que quería decirme, merecían una respuesta, y ésta tenía que ser necesariamente acorde a ese furor que iba en aumento. El furor tiene también sus leyes.
—¡No mientas, miserable! ¡No mientas! —grité, asiendo sus dos muñecas con mi mano izquierda.
Se echó hacia atrás, y yo entonces, sin soltar el puñal, la cogí por el cuello y la derribé con intención de estrangularla. Sus manos se agarraron desesperadamente a las mías, haciendo esfuerzos para soltarse, porque se ahogaba. Entonces fue cuando le clavé el puñal en el lado izquierdo, por debajo de las costillas.
Quienes sostienen que no es posible acordarse de lo que se ha hecho durante un acceso de furor, dicen una sandez y una mentira. Ni un solo instante dejé de tener conciencia de lo que hacía. Cuanto más atizaba el fuego de mi ira, con más claridad veía lo que hacía, y ni un solo momento, ni un segundo perdí el conocimiento. No diré que hubiese previsto lo que iba a hacer, pero en el instante mismo en que lo llevaba a cabo tuve conciencia de ello, tal vez un poco antes. Veía que si creía todavía en la posibilidad de una reconciliación, podía obrar a voluntad y que, sin embargo, asestaría el golpe por debajo de las costillas, donde ya había determinado que debía penetrar el puñal. En aquel momento preciso no ignoraba yo que iba a cometer un acto criminal, tal cual no había cometido nunca otro igual ni que tuviese tan espantosas consecuencias. La decisión fue tan rápida como el relámpago, y el acto siguió inmediatamente. Me di cuenta de lo que hacía con una claridad extraordinaria, y me parece que estoy contemplando la escena, que siento aún la resistencia del corsé, de otra cosa después y que el puñal penetra en la carne blanda. Ella intentó coger la hoja del puñal con las dos manos para detener el golpe, pero no pudo conseguirlo y se cortó. Más adelante, estando en la cárcel, cuando se operó en mí una gran reacción moral, volvió a presentarse ante mis ojos lo ocurrido en aquel momento y me pregunté cuál habría debido o podido ser mi conducta. Conservo aún en la memoria el recuerdo del instante que siguió a tan terrible acción; la noción exacta de que iba a matar a mi mujer indefensa, a mi propia esposa. El recuerdo de ese sentimiento me persigue aún como una obsesión, y creo recordar que saqué en seguida el arma como para reparar el daño que acababa de hacer.
—¡Ama, ama! ¡Que me ha matado! —gritó irguiéndose, y la nodriza, que había oído el ruido, se presentó en seguida.
Yo estaba en pie, aguardando y como quien no quiere creer en lo que le ha sucedido. En aquel momento saltó un chorro de sangre por debajo del corsé, y comprendí que el mal ya no tenía remedio. Aunque hubiese deseado lo contrario, ¿de qué habría servido? Me quedé inmóvil hasta que cayó. La nodriza se acercó apresuradamente, gritando:
—¡Dios mío!
Arrojé el arma que hasta entonces había tenido en la mano y abandoné la habitación.
«Conservemos la serenidad, —me dije, —y sepamos lo que hacemos.» Sin mirar a mi mujer ni a la nodriza me alejé, mientras esta última daba voces llamando a la doncella. Atravesé el corredor, ordené a la doncella que se fuese al lado de su señora y entré en mi despacho. «¿Qué hacer?» me pregunté, y en el acto se me ocurrió qué era lo mejor. Me acerqué a la panoplia y descolgué un revólver; lo examiné; vi que estaba cargado y lo dejé encima de la mesa. Recogí la vaina del puñal y me senté en el sofá, donde permanecí mucho rato, sin pensar en nada. Oí un ruido ahogado de pasos, de objetos movidos de una parte a otra, crujido de vestidos, y fuera el ruido de un coche que hacía alto y al que seguía poco después otro: al cabo de un rato se presentó Igor con mi maleta, ¡como si me hiciese falta para algo!
—¿No sabes lo que ha pasado? Pues ve a decirle al portero que salga en busca de la policía-le ordené.
Sin objeción alguna se marchó. Me levanté, cerré la puerta, cogí los fósforos y los cigarrillos y empecé a fumar. No había acabado el primer cigarrillo cuando me fue dominando el sueño, y durante dos horas dormí tranquilamente. Soñé, lo recuerdo muy bien, que estaba en buena armonía con mi mujer, y que, después de haber discutido, íbamos a hacer las paces cuando un obstáculo nos lo impidió, pero a pesar de eso seguíamos queriéndonos.
Me despertó un golpe que dieron en la puerta. Me desperté creyendo que me iba a encontrar con la policía, puesto que había cometido un asesinato, y procuré desperezarme. Tal vez fuesen a decirme que no había ocurrido nada. Llamaron una vez más y no contesté, preguntándome si habría sucedido algo o no. Si era cierta la resistencia del corsé… «Ahora me toca a mí matarme,» me dije. Reflexioné sobre ello, y sabía bien que no me atrevería. No obstante, me levanté y cogí el revólver; ¡cosa extraña! Me había pasado muchas veces por la cabeza la idea del suicidio, en el tren sobre todo, porque creía que así sería más rudo golpe para mi mujer, pero a la sazón no era capaz de matarme y hasta rechacé la idea. «¿Y por qué no había de hacerlo?», me pregunté, y no hallé la respuesta. Llamaron otra vez. «Veamos antes lo que sucede; tiempo que dará luego para todo,» me dije dejando el revólver sobre la mesa y colocando encima un periódico para ocultarlo. Me acerqué a la puerta y abrí. Era la hermana de mi mujer, viuda y simple.
—¿Qué es lo que ha pasado, Vassia? —me preguntó echándose a llorar, cosa que, por otra parte, hacía con mucha frecuencia.
—¿Qué quiere de mí? —contesté con rudeza, si bien comprendía que no tenía ninguna razón para mostrarme grosero, pero sin poder evitar hablarle en aquel tono.
—¡Por Dios, Vassia, que se está muriendo! Ivan Zakharievitch lo ha dicho.
Ivan Zakharievich era su médico y consejero.
—¿Está aquí? —pregunté, y todo el odio que me inspiraba mi mujer se despertó. —¿Qué hacer?
—Vaya a verla, Vassia. ¡Oh! ¡Quién podía pensarlo! ¡Qué cosa más horrorosa!
—¿Ir a verla? —exclamé, y en seguida se me ocurrió la idea de acudir a su lado y de que debía ser así, cuando un marido, como yo, mataba a su mujer. Las emociones fuertes iban a comenzar de nuevo y resolví ir, pero con el decidido propósito de no inmutarme. —Espere, pues, a que me calce-le dije a mi cuñada;—no es correcto que vaya así.
XXVIII
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—¡Cosa extraña! Al abandonar mi despacho y atravesar aquellas habitaciones que tan bien conocía, tuve aún la esperanza de que todo aquello no fuera más que una pesadilla, pero el olor de ciertas medicinas, del yodo y del ácido fénico, me atacaron la garganta. ¡No, no era una pesadilla! Al atravesar el pasillo y cerca del cuarto de los niños vi a Lisa, que me miró con ojos que el terror hacía abrir desmesuradamente, y se me figuró que mis cinco hijos me miraban. Llegué a la puerta, y al verme la doncella abrió y se fue. Lo primero que vi fue su traje gris perla, todo él manchado de sangre. Estaba en nuestra cama con las rodillas dobladas, casi derecha y sostenido el busto por numerosas almohadas. Habían vendado la herida y el cuarto apestaba a yodo. Lo que me llamó más la atención fue la señal amoratada que tenía en la cara y que le cubría parte de la nariz y de un ojo. Aquella mancha era la huella del golpe que le había dado cuando quería desprenderme de sus manos. Había desaparecido su belleza y observé que había en ella algo que repugnaba. Me quedé quieto en el umbral de la puerta, — Venga, acérquese-me dijo mi cuñada. Me acerqué preguntándome si sería necesario perdonar. «Sí, porque se muere,» me contesté, y me acerqué a su cabecera. Levantó penosamente los ojos para mirarme; uno de ellos estaba amoratado e hinchado. Expresándose con mucha dificultad, exclamó: —Has conseguido lo que te proponías… Me has matado…
En su rostro se traslucía el dolor físico y, sin embargo, se descubría ese odio que yo conocía tanto.
—Nuestros hijos… no te los llevarás… a pesar de todo… mi hermana será quien se encargue de ellos…
Ni una sola palabra acerca del punto capital, su falta, su traición, su crimen; se habría dicho que no le daba ninguna importancia.
—¡Sí, regocíjate contemplando tu obra! —y su mirada se fijó en la puerta en la que se hallaban su hermana y sus hijos. A mi vez dirigí la vista hacia donde estaban los niños, luego contemplé su rostro golpeado y amoratado, y por vez primera, olvidando mis derechos y mi orgullo, vi en ella una criatura humana, una mujer. Todo cuanto me había ofendido, mis celos, se me antojó muy poca cosa; por el contrario, tan terrible me pareció lo que había hecho que sentí deseos de arrojarme a sus pies, cogerle las manos y gritar: «¡Perdóname!
Y no me atreví a hacerlo. Se calló y se cubrió los ojos; no tenía fuerzas para hablar. De pronto su rostro se contrajo, desfigurado, y me rechazó débilmente.
—¿Por qué ha pasado esto? —murmuró.
—¡Perdóname! —exclamé.
—¡Sí, si no me hubieses matado! —dijo de pronto, y sus ojos brillaron con un fulgor febril. —¡Perdonarte! ¡Qué locura! ¡Ah! ¡No debía morir, pero tú me has matado y conseguido tu objetivo! ¡Te odio! —En seguida empezó a delirar. —Dispara… no tengas miedo…
mátame… mátanos… mátale a él también… Se fue…
Ya no reconoció a nadie, ni a sus hijos, ni siquiera a Lisa, que se había escapado del lado de su tía y se acercó furtivamente al lecho, y aquel mismo día murió a eso de las doce. Pocas horas antes me prendieron, me llevaron a la cárcel y en ella estuve esperando durante once meses a que se viese mi causa. En ese tiempo reflexioné mucho y aprendí a conocerme. A los tres días de estar preso me llevaron a mi casa..
Pozdnychev quiso continuar, pero los sollozos que ahogaban su voz se lo impidieron, hasta que al cabo pudo reponerse y recobrar su serenidad.
—Al verla en el ataúd comprendí mi error, —dijo exhalando un profundo sus piro, —y sólo contemplando su rostro cadavérico comprendí todo el alcance de mi acción. Comprendí que era yo el que la había asesinado, sumiéndola en la nada, y que si yacía allí fría e inanimada, inmóvil como una estatua, era obra mía. Comprendí que aquello era irreparable para mí. Quien no haya pasado por semejante prueba no puede comprenderlo.
Durante largo rato permanecimos ambos en silencio, el uno enfrente del otro. Pozdnychev sollozaba y se estremecía nerviosamente.
—Sí; si hubiese sabido lo que hoy sé, —añadió, —no me habría sucedido nada. ¡No me habría casado con ella por nada del mundo! ¡No me habría casado nunca! ¡Jamás!
He aquí, señor, lo que hice y las pruebas por las que pasé.
Es preciso comprender bien el sentido del Evangelio, según San Mateo; es necesario interpretar bien esta frase: «Aquel que mira a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio».
Esto se refiere también a la hermana, y no sólo a la mujer extraña, sino sobre todo a la propia mujer.
Traducción de Francisco Carles
Iván el Imbécil
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No juzguéis un libro por su tamaño
GOLDSMITH
I
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En una comarca de cierto reino, vivía un rico mujik. Este mujik tenía tres hijos: Seman el Guerrero, Tarass el Panzudo, Iván el Imbécil y una hija, muda, llamada Malania.
Seman el Guerrero se fue a pelear por el Zar; Tarass se encaminó a la ciudad, colocándose en un comercio, Iván el Imbécil se quedó con su hermana al frente de la casa.
Seman el Guerrero obtuvo un alto grado y un señorío, en recompensa a sus servicios, y se casó con la hija de un barín. Su sueldo era crecido y pingues sus rentas, pero no le bastaban:
lo que él recogía, era despilfarrado por la mujer.
Y Seman se fue a sus tierras para cobrar las rentas. Díjole su administrador:
«Nuestro ganado no ha tenido crías; tampoco tenemos caballos, ni bueyes, ni arado; es preciso comprarlo todo, y luego habrá rentas»
Entonces Seman fue a casa de su padre el mujik.
—Tú —le dijo—, eres rico y no me diste nada; dame el tercio que me corresponde. Lo emplearé en mis tierras.
Entonces el anciano contestó:
—No has traído nada a casa; ¿por qué razón he de darte el tercio de mis bienes? Sería perjudicar a Iván y a mi hija.
Y Seman repuso:
—El es imbécil, y mi hermana muda. ¿Para qué quieren el dinero?
—Pues bien —exclamó el viejo— se hará lo que diga Iván.
E Iván dijo entonces:
—¡Bueno! Que lo tome.
Seman el Guerrero tomó el tercio del patrimonio. Lo empleó en sus tierras y volvió a servir al Zar.
Tarass el Panzudo ganó también mucho dinero y se casó con la hija de un comerciante;
pero siempre andaba apurado. Como su hermano, fue también en busca de su padre.
—Dame mi parte —le dijo.
El viejo no quiso, tampoco, dar a Tarass la parte que pedía.
—Tú —le arguyó— nada nos has traído; todo lo que hay en casa lo ha ganado Iván. No puedo perjudicarle, ni a tu hermana tampoco.
Y Tarass dijo:
—¿A qué guardas el dinero para Iván? Es Imbécil y no logrará casarse. Ninguna muchacha le querrá por marido. Y una chica muda tampoco necesita nada… Dame, Iván — añadió—, la mitad del trigo; te daré los aperos de labranza y del ganado, sólo quiero el caballo tordo, que a ti no te sirve para la labor.
Iván se echó a reír y dijo:
—¡Conforme!
Y Tarass tuvo su parte. Se llevó el trigo a la ciudad, y también el caballo tordo. E Iván, al que sólo quedó una yegua vieja, araba el suelo y mantenía a sus padres.
II
Índice
Muy apenado estaba el viejo diablo porque no habían reñido con motivo del reparto, habiéndose separado en paz y gracia de Dios. Llamó a tres diablillos y así les habló:
—Escuchad: hay tres hermanos, Seman el Guerrero, Tarass el Panzudo e Iván el Imbécil.
Conviene que riñan, pues los tres viven en buena armonía… El Imbécil es quien ha estropeado mi negocio. Id, cogedlos y no paréis hasta que se saquen los ojos… ¿Lo lograréis?
—Claro que sí —contestaron a una.
—Y ¿cómo os las compondréis?
—Pues de este modo: empezaremos por arruinarles, para que no tengan nada que comer;
luego les enfrentaremos y se pelearán.
—Está bien —dijo el diablo—. Veo que sabéis vuestra obligación. Id y no volváis hasta que se maten; pues de lo contrario os arrancaré la piel.
Los diablillos partieron a los pantanos y allí deliberaron acerca de lo que debían hacer para salir airosos en su cometido. Discutieron largo rato, porque todos querían el trabajo más fácil. Al no entenderse, deciden hacerlo por suertes, y convinieron que, el que acabase más pronto, iría a prestar ayuda a sus compañeros. Echadas suertes, se fija el día en que se reunirán de nuevo para saber a quién será preciso ayudar.
El día fijado llegó y los diablillos se reunieron en el pantano y hablaron de sus negocios.
El primero habló de Seman y dijo:
—Mi trabajo va por buen camino. Mañana Seman irá a casa de su padre.
Sus compañeros le preguntaron cómo se las había arreglado para alcanzar este resultado, a lo que contestó:
—Mi primer cuidado fue inspirar a Seman un valor tan grande, que prometió al Zar que le conquistaría el mundo entero. Entonces el Zar le nombró jefe de su ejército y le envió a pelear contra el zar de las Indias. Los ejércitos estaban ya a la vista. Por la noche, mojé la pólvora de los soldados de Seman; luego fui al campamento del zar indio y fabriqué soldados de paja.
Las gentes de Seman, habiendo observado que de todos lados avanzaban soldados, cobraron miedo. Entonces Seman ordenó hacer fuego; pero ni los cañones ni los fusiles dispararon.
Asustáronse los soldados de Seman y se dispersaron como corderos. Y el zar indio los pasó a cuchillo. Seman ha caído en desgracia; le han quitado el señorío, y quieren matarle mañana.
Poco me queda ya que hacer; sacarle de la cárcel para que pueda irse a su casa. Mañana todo quedará listo. Decidme, pues, a cuál de vosotros dos he de ayudar.
El segundo diablillo habló de Tarass:
—Mi negocio marcha, también, viento en popa; no necesito ayuda. No pasarán ocho días sin que Tarass vea cambiada su posición… Lo primero que hice fue hincharle más el vientre, y aumentar aún su afán de lucro. Codiciaba tanto y tanto el bien ajeno que anhelaba adquirir todo cuanto veía. Ha comprado muchas cosas con su dinero, y sigue comprando; pero, ahora, con dinero prestado. Es demasiada carga para sus hombros y está tan metido, que no podrá salir del aprieto. Dentro de ocho días vencen los plazos; he trocado sus mercancías en estiércol; no podrá pagar, y tendrá que irse a casa de su padre.
Preguntaron al tercer diablillo, el cual habló así:
—¿Qué queréis que os diga? Mi asunto con Iván no marcha bien. Comencé por escupir dentro de su jarro de sidra para producirle dolor de tripas. Fui a su campo, endurecí la tierra como piedra para que no pudiese labrar. Pensaba que no podría hacerlo; pero él, el Imbécil, vino con su arado y roturó la tierra. Aunque le costaba mucho, él proseguía con afán.
Entonces le rompí el arado; volvió a su casa, tomó otro, y de nuevo se puso a labrar. Me metí entonces bajo tierra, y quise sujetarle la reja; tampoco conseguí detenerle, porque empujaba con demasiado brío; además, con el filo del arado me ensangrenté las manos. Sólo le falta un surco por labrar. Venid, hermanos míos, necesito me ayudéis, pues, si no le dominamos, nuestros esfuerzos se perderán. Si el Imbécil sigue trabajando, no sentirán la miseria; él mantendrá a sus hermanos.
El diablillo de Seman prometió volver al día siguiente, después de lo cual se separaron.
III
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Iván había arado todo el campo, menos un surco Tenía dolor de vientre y, sin embargo, necesitaba trabajar. Limpió el arado y empezó su labor. Pero apenas habla comenzado, se sintió detenido por una raíz: era el diablillo que se habla aferrado a la reja y le detenía.
—¡Que raro es esto! —pensaba Iván.
Metió la mano en el surco y buscando tocó una cosa blanda. La cogió y la sacó Era un objeto negro como una raíz: pero, encima de ella, algo se movía.
—¡Cómo! ¡Un diablillo vivo! ¡Vaya con el bicho malo!
Iván hizo ademán de aplastarle contra el suelo. El diablillo empezó a gemir:
—No me mates y haré cuanto quieras.
—¿Y qué harás por mí?
—Lo que gustes; pide lo que quieras.
Iván se rasco la cabeza y luego de pensar dijo:
—Me duele el vientre; ¿sabrías curarme?
—Sí, puedo curarte.
—Hazlo, pues, en seguida El diablillo se agachó hacia el surco y, escarbando con las uñas sacó una raíz con tres tallos y se la dio a Iván.
—Toma —díjole—; basta que te tragues una de estas puntas para que tu dolor desaparezca.
Iván arrancó una punta y se la tragó. En el acto dejo de dolerle el vientre.
El diablejo volvió a suplicarle:
—Suéltame ahora —dijo—. Me escurriré bajo tierra y no volveré más por aquí.
—Sea —dijo Iván—. ¡Vete con Dios!
Y en cuanto Iván hubo pronunciado el santo nombre de Dios, el diablillo se hundió en lo más profundo de la tierra, como una piedra en el agua. Sólo dejo un agujero como rastro.
Iván guardó los otros dos tallos en su gorro, y volvió a labrar. Concluyó lo que le faltaba, dio vuelta al arado y regreso a su casa.
Desunció, entro en la isba y vio a su hermano mayor, Seman el Guerrero, sentado a la mesa con su esposa para cenar. Le habían confiscado su hacienda y, a duras penas, había logrado escapar de la cárcel para refugiarse en casa de sus padres.
Seman dijo a Iván, al verle entrar:
—He venido para vivir en tu Casa. Manténme con mi mujer hasta que encuentre otro domicilio.
—Sea según tu voluntad —dijo Iván—. Vivid aquí, en paz.
Pero como Iván fuese a sentarse en un banco, su cuñada, molesta por el olor del Imbécil, dijo a su marido:
—No puedo comer con un mujik que apesta, Seman el Guerrero se volvió hacía Iván.
—Mi esposa dice que hueles mal. Harás bien en ir a comer al establo.
—Como queráis —repuso—. Precisamente es ya de noche, y es hora de dar el pienso a la yegua.
El Imbécil cogió pan, se puso el caftan y se retiró para hacer la guardia de noche.
IV
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El diablillo de Seman el Guerrero, listo de su labor, llegó, según lo convenido, en ayuda del diablillo de Iván para vencer entre los dos al Imbécil, Fue al campo en busca de su camarada, pero sólo encontró el agujero por dónde había huido.
—Sin duda —pensó— le ha sucedido alguna desgracia a mi compañero. Es preciso sustituirlo. La tierra está labrada. Cogeré al Imbécil en la siega.
Y se fue al prado y cubriólo de barro. Al despuntar el día, Iván regresó de su guardia de noche, cogió la hoz y marchó a segar.
Al empezar el trabajo, no le cortó la hoz. Díjose entonces:
—Volveré a casa en busca de una piedra de afilar y cogeré pan.
—¿Es testarudo este imbécil! —dijo el diablo al oír estas palabras—. No le venceremos fácilmente.
Iván afiló la hoz y se puso a segar, concluyendo su trabajo. No quedaba nada más que un trocito de prado a la orilla de un pantano.
El diablillo se zambulló en el pantano, diciendo para sí:
«—Antes me dejo cortar las patas, que consentir que siegue este trozo.»
Aquí la hierba era corta; no obstante, Iván no podía manejar la hoz Se enfadó, y lanzóla con todas sus fuerzas, partiendo por la mitad la cola del diablillo, que permanecía oculto tras un arbusto. Concluido su trabajo, ordenó a su hermana que recogiera el heno, y se fue por su lado, provisto de una zapa a cortar el centeno.
El diablejo había enredado los tallos e Iván tuvo de volver a casa, dejar la zapa que de nada le servía, y tomar de nuevo la hoz para segar. Y cortó así todo el centeno.
—Es preciso ahora que me apresure para la avena-díjose.
El diablillo de la cola cortada le oyó, y pensó:
—No pude impedir que segara el centeno, pero veremos quién puede en la avena. No necesito más que aguardar hasta mañana.
Y llegó, al rayar el día, al campo de avena; mas ésta estaba ya cortada. Iván había trabajado toda la noche.
El diablillo se incomodó, exclamando:
—La ha cortado toda. Ni en la guerra me cansé tanto ni tuve tantos apuros. No duerme el maldito y no hay manera de adelantársele. Iré ahora al pajar y haré que se pudra.
En efecto, el irritado diablillo fue hacia las eras, metióse entre las gavillas y trató de pudrirlas. Las calentó y con el calor se quedó dormido.
Iván aparejó su yegua y, acompañado de su hermana, fue en busca de sus haces. Llegó al montón en que se había dormido el diablillo, levantó dos gavillas con la horca y la metió justo por el trasero del diablillo.
—¡Dale con este bicho! ¿Aun andas por aquí?
—Yo soy otro —gruñó—. El que tú dices era un compañero mío. Yo estaba en casa de tu hermano Seman.
—Quienquiera que seas, no me importa; tendrás el mismo fin.
—Déjame —suplicó —. ¡No volveré más y te complaceré en lo que gustes!
—Y ¿qué puedes hacer tú?
—Puedo hacer soldados con cualquier cosa.
—Y ¿para qué sirve eso?
—Para lo que gustes: un soldado sirve para todo.
—¿Sabrán cantar?
—Sí.
—Pues, a ver cómo los haces.
—Toma esta gavilla de centeno —explicó el diablillo—. Sacude las espigas contra el suelo y di: «Mi esclavo manda que dejes de ser gavilla, y que cada una de tus espigas se trueque en soldados», Iván hizo lo que el diablejo le indicara; la gavilla se esparramó y los tallos se convirtieron en otros tantos soldados, que desfilaron al son de los clarines y al redoblar de los tambores.
Iván se echó a reír y exclamó:
—¡Esto si que es divertido! ¡Será la alegría de las mozas!…
—Bueno —dijo el diablillo— pero, ahora, suéltame.
—No, quiero rehacer mi haz para no perder mis granos. Enséñame el medio de cambiarlos otra vez en gavillas.
El diablo repuso entonces:
—Di: «Tantos soldados, tantas espigas. Mi esclavo manda que os volváis de nuevo gavillas.»
Iván obedeció consiguiendo lo que apetecía.
El diablillo suplicó, nuevamente, le soltara. Iván lo dejó en el suelo, lo aguantó con una mano y con la otra le quitó la horca.
—¡Vete con Dios! —le dijo Iván; pero apenas hubo éste pronunciado tan dulce nombre, el diablillo se hundió en el suelo como una piedra en el agua, dejando un agujero como rastro de su paso.
Iván volvió a su casa; en ella encontró a su hermano Tarass con su mujer, que estaban cenando. Tarass el Panzudo no había podido cumplir con sus compromisos, y se refugiaba en casa de su padre.
Al ver a Iván, díjole:
—Oye, Iván: hasta que sea rico otra vez, manténme con mi mujer.
—Como quieras; vivid aquí a vuestro gusto.
El Imbécil se quitó el caftán y se sentó a la mesa.
—No puedo comer con el Imbécil —dijo la mujer del comerciante—; huele a sudor.
Tarase el Panzudo, volviéndose hacía su hermano, dijo:
—Iván, hueles mal. Vete a comer fuera.
—Como quieras —dijo Iván. Cogió pan y se fue al corral—. De todos modos he de salir para la guardia de noche, y el pienso del caballo.
V
Índice
El diablejo de Tarass, terminada su tarea, partió en auxilio de sus camaradas como estaba convenido. Llegó al campo del Imbécil, buscó y a nadie halló. Sólo encontró un agujero. Se fue al prado y tropezó con la cola de su segundo compañero y, en el campo de centeno, otro agujero, Ah! —se dijo—. Les habrá ocurrido alguna desgracia. Debo substituirles para combatir a Iván.
Y el diablillo se fue en busca de Iván. Pero éste había concluido sus faenas en los campos y estaba cortando árboles en el bosque. Sus hermanos, encontrándose estrechos en la casa de Iván, le habían mandado que les construyese casa propia, Y el diablillo corrió al bosque, se deslizó entre las ramas y se propuso estorbar a Iván en su trabajo.
Iván cortó el árbol de modo que cayera en un sitio adecuado y comenzó, luego, a empujarlo: pero el árbol se desvió, y se enredó con los árboles contiguos; Iván se dio muy mal rato antes de lograr derribarlo.
Atacó entonces otro árbol y se produjo el mismo hecho. Trabajó como un desesperado y, sólo a costa de grandes esfuerzos, logró abatirlo.
Todavía cortó otro y otro, mas siempre sucedíale lo mismo. Iván pensaba cortar unos cincuenta, y no había logrado cortar diez cuando sobrevino la noche. Estaba rendido, su cuerpo despedía un vaho como una niebla en el bosque, y seguía trabajando. Sintió tal fatiga que, no pudiendo ponerse en pie, tiró el hacha y se sentó para descansar.
El diablillo, al ver que Iván se sentaba, se alegró. Pensó:
—¡Bueno! Ahora abandonará el trabajo. También yo descansaré un rato.
Y se sentó a horcajadas sobre una rama, muy contento. Pero he aquí que Iván se levanta, empuña nuevamente el hacha, la blande y la tira con todas sus fuerzas contra un árbol, que cayó de un golpe, crujiendo El diablillo no tuvo tiempo de retirarse, la rama se desgajó y le pilló una pata.
—Pero bicho feo, ¿otra vez por aquí?
—Es que yo —dijo— soy otro. Yo estaba en casa de tu hermano Tarass.
—Quienquiera que seas, tendrás tu merecido.
Iván, enarbolando el hacha, se disponía a dar con ella al diablillo.
—No me des con el hacha —suplicó—. Haré por ti cuanto quieras.
—¿Y qué puedes tú hacer?
—Tanto oro como desees.
—Pues ya lo estás fabricando —ordenó el Imbécil.
—Recoge estas hojas de roble —explicó el diablillo—, frótalas entre tus manos y verás caer el oro a raudales.
Iván tomó las hojas, las frotó y el oro cayó.
—Servirá para juguete de los niños El diablejo pidió la libertad e Iván. Cogiendo la pértiga, le soltó diciendo: Vete con. Dios.
De igual modo que los otros, apenas el Imbécil hubo pronunciado el santo nombre de Dios, el diablillo se hundió en los abismos de la tierra, como la piedra en el fondo del agua, y no quedó de su paso más rastro que un agujero.
VI
Índice
Cuando los hermanos tuvieron casa, se instalaron cada cual en la suya. Iván, terminadas las labores del campo, fabricó cerveza, e invitó a Seman y a Tarass a una fiesta en su isba.
Sus hermanos rehusaron.
—¡Cómo si no supiéramos lo que es una fiesta de mujik!
Iván festejó a los mujiks vecinos, a las babas, y bebió él también; hasta llegó a alegrarse un poco, y salió a la calle a ver las khórovods. Hizo más: se acercó a ellas e invitó a las muchachas a que cantaran en honor suyo.
—Quiero ofreceros —les dijo— una cosa que jamás habéis visto.
Las babás rieron como descosidas y las muchachas cantaron sus alabanzas.
Cuando hubieron acabado, le dijeron:
—Ahora te toca darnos lo prometido.
—En seguida os lo traigo.
Y cogiendo una criba se fue al bosque próximo. Las jóvenes reían y exclamaban:
—¡Que imbécil!
Y luego ya nadie se acordó de él. Pero al cabo de un rato le vieron volver corriendo, con la criba llena.
—Ea, ¿queréis?
—Si, sí —dijeron a coro.
Iván cogió un puñado de oro y lo tiró a las muchachas.
—¡Pero, padrecito…!
Y admiradas, se tiraron al suelo para recogerlo.
Los mujiks también acudieron, y se quitaban unos a otros las monedas de oro. Una pobre anciana corrió peligró de morir aplastada. Iván se reía.
—¡Oh, pequeños imbéciles! ¿Por qué hacéis daño a una babuchka? ¡Tened más cuidado!
Os daré cuanto queráis.
Y volvió a echarles puñados de oro. Tenía en torno suyo a una gran muchedumbre. Iván había vaciado la criba, y aun le pedían más. Entonces dijo:
—No; no hay más. Otro día volveré a daros. Y ahora, ¡bailemos y cantemos!
Las jóvenes empezaron a cantar.
—No son bonitas vuestras canciones —les dijo—, ¿no sabéis otras?
—¿Acaso las sabéis vos mejores? —le contestaron.
—Desde luego. Vais a oírlas.
Y, al decir esto, se fue a la era, cogió una gavilla, y, según se lo había enseñado el diablillo, sacudió las espigas sobre el suelo.
—¡Ea! —dijo—. «Mi esclavo manda que dejes de ser gavilla y que cada una de tus espigas se truequen en soldados».
La gavilla se esparramó y los tallos se convirtieron en soldados. Redoblaron los tambores y los clarines sonaron. Iván mandó a los soldados que cantasen y que desfilasen con él por las calles. Los espectadores quedaron asombrados. Cuando los soldados hubieron acabado de cantar, Iván se los llevó otra vez a la era, prohibiendo que nadie le acompañase, cambió otra vez en gavillas a los soldados. Fuese luego a su casa y se echó a dormir.
VII
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A la mañana siguiente, su hermano mayor. Seman el Guerrero, se enteró de todo lo ocurrido y fue a ver a Iván.
—Dime —le preguntó—, ¿de dónde sacaste los soldados y dónde los escondiste?
—¿Para qué quieres saberlo?
—¡Cómo que para qué! —replicó—. ¡Pero si con soldados se puede conseguir todo!
¡Hasta conquistar todo un reino!
Iván se admiró.
—¿Y por qué no me lo has dicho antes? Yo te daré los que quieras. Precisamente, entre mi hermana y yo hemos recogido muchos.
Iván se llevó a su hermano a la era, y le dijo:
—Fíjate bien: yo voy a hacerte soldados, pero tú te los llevarás, porque si hubiera que mantenerlos devorarían en un día todo lo que hay en la aldea.
Seman prometió llevarse los soldados, y entonces Iván puso manos a la obra. Sacude una gavilla, y hete aquí una compañía; sacude otra, y sale una nueva compañía. Los soldados ocupaban ya casi el campo.
—Bien, ¿tienes bastante o no?
Seman, muy regocijado, respondió:
—Sí, tengo bastantes. Gracias, Iván.
—Cuando precises más, ven; yo te daré todos los que necesites. Precisamente estamos sobrados de centeno.
Seman el Guerrero dio sus órdenes al ejército, lo formó y se fue a pelear.
Apenas hubo partido, llegó Tarass el Panzudo. Acababa de enterarse de lo que había ocurrido la víspera.
—Dime: ¿de dónde sacas el oro? Si yo obtuviese el dinero tan fácilmente como tú, podría reunir todo el que hay en el mundo.
Iván se sorprendió.
—¿Es de veras? ¿Por qué no lo dijiste antes? Voy a darte cuanto quieras.
El hermano no cable de gozo.
—Dame sólo tres cribas.
—Bien —le dijo—. Vamos al bosque; pero unce el caballo, si quieres traértelo todo.
Se fueron al bosque Iván restregó las hojas de roble entre sus manos y amontonó gran cantidad de oro.
—¿Te basta?
—Por ahora sí —dijo Tarass muy contento—. Gracias, Iván.
—Conforme. Si necesitas más, ven; no es hoja lo que falta.
Tarass cargó una carreta con el dinero y fuese a traficar.
De nuevo Seman peleaba, y Tarass comerciaba. Y Seman el Guerrero conquistó todo un reino. Y Tarass ganó muchísimo dinero.
Al encontrarse un día los dos hermanos, se dijeron mutuamente de dónde habían sacado, Seman los soldados, y Tarass su fortuna.
Y Seman el Guerrero dijo a su hermano:
—Yo me he conquistado un reino y vivo espléndidamente. Sólo que no tengo dinero bastante para mantener a mis soldados.
Y Tarass el Panzudo le contestó:
—Y .yo he ganado muchísimo dinero; sólo una cosa me apena: no tener quién me lo guarde.
Seman el Guerrero replicó:
—Vamos a ver a nuestro hermano, Yo le diré que me haga más soldados, y te los daré para que protejan tu dinero. Tú, en cambio, pídele más dinero; me lo darás para yo mantener a mis tropas.
Y se fueron a casa de Iván. Y Seman le dijo:
—No me bastan, hermano mío; mis soldados. Vengo a que me des más.
Iván movió, negativamente la cabeza y contestó:
—No te haré ni uno mas sin razón justificada.
—¡Cómo! ¡Me lo prometiste!
—Es verdad, pero es inútil.
—¿Y por qué, imbécil, no has de complacerme?
—Porque tus soldados —explicó Iván— mataron hace poco a un hombre. Estaba yo labrando cerca del camino y vi pasar a una babé que seguía llorando a un féretro. Le pregunté entonces:
«¿Quién ha muerto?»
Y ella me contestó:
«Mi marido, a quien los soldados de Seman mataron en la guerra».
Yo pensaba que los soldados iban a cantar solamente canciones y he aquí que han matado a un hombre cruelmente. No quiero darte más.
Y se obstinó Y no hizo más soldados.
Entonces Tarass el Panzudo suplicó a Iván el Imbécil que le diese más oro.
Iván movió la cabeza, negativamente.
—No te haré más sin razón justificada.
—¡Cómo! ¿No fue ésta tu promesa?
—Es cierto, pero es inútil. No te doy más oro.
—¿Y por qué, imbécil, no has de darme más?
—Porque con tu oro quitaron la vaca a Mikhailovna.
—¡Cómo que se la quitaron!
—¡Sí, se la quitaron! Mikhailovna tenía una vaca; sus hijos bebían leche. Pero he aquí que uno de estos días sus hijos vinieron a pedirme leche. Y como yo les preguntase dónde estaba la vaca, me contestaron:
«El administrador de Tarass el Panzudo ha venido, ha dado a nuestra madre tres piezas de oro y ella le entregó la vaca; ya no tenemos qué beber».
¿Yo que me imaginaba que ibas a divertirte con esos discos dorados y resulta que sirvieron para quita su vaca a los niños! No te daré más.
Y el imbécil se obstinó también esta vez y Tarass el Panzudo no tuvo más oro.
Contrariados se volvieron los hermanos, hablando en el camino del modo de salir de sus apuros. Y Seman dijo:
—Escucha, he aquí lo que haremos. Tú me darás dinero para mantener a mis soldados; en cambio yo te daré la mitad de mi reino con soldados para guardar tus tesoros.
Tarass accedió. Los hermanos se repartieron sus bienes como habían convenido y los dos fueron zares poderosos y ricos.
VIII
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E Iván se quedó en casa para mantener a sus padres, y trabajaba en el campo con su hermana muda.
Y sucedió un día que el viejo perro que guardaba la casa cayó enfermo: se moría. Iván tuvo piedad de él, pidió pan a su hermana, lo guardó en su gorro y salió para echarlo al perro.
Pero el gorro se le agujereó y, con el pan, cayó una raicilla. El perro se la comió. Y en cuanto hubo tragado la raíz, el animal se levantó deprisa y se puso a juguetear, ladrando y moviendo la cola en señal de contento: estaba completamente curado.
Los padres de Iván, al apercibirse de ello, se sorprendieron y maravillaron.
—¿Cómo se habrá curado el perro? —pensaban.
E Iván díjoles:
—Yo tenía dos raíces, que curan todos los males, y el perro se ha comido una.
En esto ocurrió que la hija del Zar se puso enferma, y el Zar hizo saber por ciudades y aldeas que recompensaría espléndidamente al que la curase, y que, si era soltero, se la daría por esposa.
Este edicto se publicó también en la aldea de Iván.
Entonces los padres de éste le llamaron y le dijeron:
—¿Te enteraste de lo que dice el Zar? Si aun te queda una raíz, vete a curar a la hija del Zar; serás feliz para el resto de tus días.
—¡Está bien! —dijo, y el imbécil se dispuso a partir.
Le vistieron decentemente. Salió al umbral de la puerta y vio a una mendiga, que se le acercaba, con el brazo roto.
—He oído decir que curas; cúrame el brazo, pues no puedo vestirme sola.
—¡Hágase según tus deseos! —exclamó el imbécil y sacando la raicilla la dio a la mendiga para que la comiera.
La mendiga así lo hizo y sanó, pudiendo mover el brazo.
Los padres de Iván salieron a despedirle. Pero al saber que había dado su última raíz, le riñeron viendo que no tenía con qué curar a la princesa.
—¡Una mendiga! —le decían—. ¡Te has compadecido de una mendiga! ¡Y de la princesa, no!
Pero Iván también de ésta se había compadecido. Enganchó su caballo, cargó de paja la carreta y subió al pescante.
—Pero ¿a dónde vas, imbécil?
—A curar a la Zarevna.
—¿Cómo, si no tienes remedio para ella?
—¿Y qué importa? —repuso y fustigó al caballo.
Llegó a la corte, y, apenas había pisado las escaleras del palacio del Zar, la Zarevna estaba curada.
El Zar se alegró luego llamó a Iván, ordenó que le vistieran suntuosamente, y díjole:
—Serás ahora mi yerno.
—¡Bien! —contestó.
E Iván fue el esposo de la Zarevna. El Zar murió al poco tiempo y sucedióle Iván el Imbécil.
Y de este modo los tres hermanos llegaron a reinar.
IX
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Los tres hermanos vivían y reinaban.
El mayor, Seman el Guerrero, era dichoso. Había añadido muchos soldados a sus soldados de paja.
Mandó en todo su reino, que se le diera un soldado por cada diez casas, y que esos soldados fueran muy altos, de rostro afable, y fuerte complexión, Reclutó gran número y les adiestró convenientemente. Si alguien rehusaba obedecer, le mandaba sus soldados, y hacía cuanto quería. Y así se hizo temer de todo el mundo. Su vida transcurría feliz. Cuanto se le antojaba, todo lo que veía, era suyo. Le bastaba mandar soldados, que se apoderaban de cuanto quería.
Tarass el Panzudo vivía también dichoso. Había conservado el dinero que le diera Iván, y con él había ganado mucho más. Había ordenado los negocios de su reino; guardaba su oro en fuertes arcas, y aún exigía más a sus súbditos. Pedía tanto por aldea, tanto por habitante, tanto sobre los trajes, sobre lapti y sobre los onutchi y las más nimias cosas.
Cuanto deseaba tenía. A cambio de su dinero le traían de todo y todos acudían a su casa a trabajar, pues todo el mundo necesitaba dinero.
Iván el Imbécil tampoco vivía mal.
En cuanto hubieron enterrado a su suegro, se quitó las vestiduras de zar y las dio a su mujer para que las guardara en el arca. Se puso otra vez su camisa de cáñamo, sus anchos calzones, sus lapti, y volvió a trabajar.
—¡Me aburro! —dijo—. Mi barriga crece, y no tengo apetito ni sueño.
Y mandó venir a sus padres a su antigua isba con su hermana muda, y se puso a trabajar otra vez.
Y cuando le decía:
—¡Pero, si tú eres un Zar!
—¿Y eso qué importa? —contestaba— ¡También los Zares necesitan comer!
Su ministro fue a encontrarle:
—No tenemos dinero para pagar a los funcionarios.
—Pues si no hay —repuso Iván—, no les pagues.
—¡Es que se irán!
—¡Que se vayan! Así tendrán tiempo de trabajar. Que saquen el estiércol; demasiado tiempo lo han dejado amontonar sin aprovecharlo.
Fueron a pedir justicia a Iván. Uno se quejaba de que otro le había robado dinero. E Iván dijo:
—¡Será, sin duda, por necesidad!
Y de este modo supieron todos que Iván era un imbécil.
Y su mujer se lo dijo.
—Dicen de ti que eres un imbécil.
—¿Y qué?
Ella pensó, pensó; pero era tan imbécil como su marido, y, al fin, dijo:
—Yo no puedo oponerme a la voluntad de mi marido. Donde va la aguja, allá va el hilo.
Se quitó su vestido de Zarevna, lo guardó en el arca, y se fue á casa de su cuñada la muda, para que le enseñase a trabajar. Aprendió, y ayudó a su marido.
Y todas las personas sensatas abandonaron el reino de Iván. Sólo quedaron en él los imbéciles. Nadie tenía dinero, todos vivían del trabajo y así sé sostenían y mantenían entre sí.
X
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El viejo diablo estaba aguarda que te aguarda noticias de sus diablillos, para saber cómo habían arruinado a los tres hermanos. Pero como tardaban mucho, se impacientó y fuese a averiguar lo que había ocurrido. Mucho anduvo buscando, mas sólo tres agujeros halló.
—¡Ea! —pensó—. No habrán sabido vencer; es preciso que yo mismo emprenda la tarea.
Y púsose a buscar los tres hermanos en sus antiguos domicilios; pero allí no estaban, y les encontró cada cual al frente de su reino. Eso molestó mucho al viejo diablo.
—Pues voy en persona a ocuparme de ese asuntó» —pensó.
Y comenzó por ir a casa de Seman el Zar. Tomó el aspecto de un voivoda y se presentó ante él.
—He oído afirmar —le dijo— que tú, Seman el Zar, eres un gran guerrero. Y yo conozco perfectamente el arte de guerrear. Quiero servirte.
Seman el Zar le interrogó, reconociéndole apto, y lo tomó a su servicio.
Y el nuevo voivoda enseñó al Zar el arte de organizar un poderoso ejército.
—Lo esencial —le dijo— es tener muchos soldados; porque de seguro que tienes en tu reino demasiada gente inútil. Has de reclutar a todos los jóvenes indistintamente, y tendrás cinco veces más soldados que ahora Luego hacen falta fusiles y cañones de un nuevo modelo.
Te inventaré fusiles que disparen cien balas a la vez, que lloverán como guisantes. ¡Y cañones! ¡Te haré que provoquen el incendio a lo lejos y arderán hombres, caballos y muros!
Seman el Zar escuchó al nuevo voivoda y mandó reclutar a todos los jóvenes; construyó nuevas fábricas de fusiles y cañones, y, poco después, declaró la guerra al Zar vecino.
En cuanto estuvo frente al enemigo, Seman mando a sus soldados que disparasen sobre aquél las balas de sus fusiles y las llamas de sus cañones. La primera descarga hirió y quemó a la mitad de las tropas enemigas.
El Zar vecino cobró miedo. Se sometió y entregó su reino a Seman, que se puso contentísimo.
—Ahora —dijo— voy a combatir con el Zar de las Indias.
Pero el Zar indio, que había oído hablar de Seman, imitó sus innovaciones e inventó algo mejor todavía. No sólo reclutó a todos los jóvenes, sino también a las muchachas solteras de su reino, y así pudo reunir a un ejército más numeroso que el de Seman. Y, además de tener los mismos fusiles e idénticos cañones, el Zar indio halló el medio de volar por el aire y lanzar, desde lo alto, bombas explosivas.
Fue, pues, Seman a pelear contra el Zar indio, creyendo derrotarle como al otro: Pero después de cortar mucho y mucho, la guadaña pierde su filo. El Zar indio no aguardó a que se le acercara el enemigo; mandó a sus babás que le salieran al encuentro, y echaran sobre el ejercito de Seman sus bombas explosivas. Y, en efecto, tal granizada de bombas cayó, que los soldados apelaron a la fuga, dejando a Seman solo. Y el Zar indio se apoderó del reino de Semana el Guerrero, mientras éste se iba donde le guiaban sus ojos.
El viejo diablo, habiendo concluido con Seman el Guerrero, se fue hacia la casa de Tarass el Zar.
Para este menester, tomó las especies de mercader, se estableció en el reino de Tarass y comenzó a traficar. Lo pagaba todo a buen precio, y todos acudían a su casa para ganar buen jornal. Y era tanto lo que se ganaba, que todos pudieron pagar los impuestos atrasados, y, desde entonces, los tributos se satisfacían con regularidad.
Todo esto alegró a Tarass el Zar.
— «Debo dar gracias a este mercader —pensaba—, porque ahora tendré más dinero, y viviré mejor.»
Y Tarass se dedicó a nuevas empresas: y se le ocurrió hacerse un nuevo palacio. Hizo saber al pueblo que podía traerle madera y piedra y trabajar en su casa. Fijaba buenos precios para todo. Creía que, a cambio de su dinero, todos acudirían como antes a trabajar para él. Y sucedió que toda la piedra y toda la madera era llevada a casa del mercader, para quien todos preferían trabajar.
Tarass subió los jornales, pero el mercader subíalos más todavía. Porque, si bien Tarass tenía mucho dinero, el mercader le ganaba y éste venció. Y no hubo manera de que Tarass se construyera su nuevo palacio.
A Tarass se le ocurrió la idea de hacer un jardín. Llegó el otoño, y el Zar hizo saber al pueblo que podían ir a trabajar a su casa. Nadie acudió. Todos estaban ocupados en casa del mercader, que abría un estanque.
Llegó el invierno. Tarass quiso hacerse un abrigo de marta cibelina. Mandólas comprar;
pero su enviado regresó, diciendo:
—No hay marta cibelina. Todas las pieles las tiene el mercader, que las pagó muy bien de precio, para alfombrar sus habitaciones.
Tarass el Zar necesitó comprar caballos. Envió a buscarlos; pera los comisionados regresaron, diciendo:
—Todos los buenos caballos están en las cuadras del mercader. Los adquirió para acarrear las aguas que han de llenar su estanque.
Así quedaban sin realizar todos los proyectos de Tarass. Nadie quería hacer nada para él, mientras se hacía todo para el mercader. A Tarass sólo le llevaban el dinero para pagar los tributos.
Y el Zar tuvo tanto dinero, que no supo dónde meterlo; pero vivía muy mal. Había renunciado a todas sus empresas, conformado con un vivir llevadero. En todo se veía contrariado. Sus criados, cocineros y cocheros, le habían abandonado para irse con el mercader. De suerte que hasta el alimento le faltaba. Cuando mandaba al mercado a sus servidores, lo encontraba desprovisto: todo lo había comprado el mercader. A él solo le llevaban el dinero de las contribuciones.
Tarass el Zar se enojó y despidió al hombre, que así lo perjudicaba, de su reino. Pero el mercader se estableció en la misma frontera y continuó su negocio. Seguían llevándoselo todo a cambio de su dinero, y al Zar, nada. Para éste, todo iba de mal en peor y Tarass pasaba días enteros sin comer. Y empezó a correr el rumor de que el mercader se había jactado de que, el día menos pensado, compraría al mismo Zar. Este tuvo miedo y no supo ya qué hacer.
Entonces fue a encontrarle Seman el Guerrero.
—Préstame tu ayuda —profirió—; el Zar indio quitóme cuanto poseía.
—Pues yo —repuso Tarass-me paso los días sin comer.
XI
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El viejo diablo, habiendo concluido con los dos hermanos, se fue a casa de Iván. Tomó el aspecto de un voivoda y persuadió a Iván de que organizara un ejército en su reino.
—No le está bien a un Zar —le dijo— vivir sin ejército. Déjame hacer; yo te reclutaré soldados de entre tus súbditos.
Iván le escuchó.
—Sea —dijo —. Hazlo. Y enséñales canciones bonitas. Me gusta mucho eso.
El viejo diablo recorrió todo el reino de Iván para reclutar voluntarios. Hizo saber que todos serían admitidos, y que a cada soldado se le daría un chtof de vodka y un gorro colorado. Los imbéciles se echaron a reír.
—Tenemos toda la vodka que queremos, puesto que nos lo hacemos nosotros. En cuanto al gorro, nuestras mujeres los hacen de todos los colores, y hasta a rayas, si así los preferimos.
Y nadie se alistó:
Entonces el diablo volvió a ver a Iván y le dijo:
—Tus imbéciles no quieren alistarse voluntariamente. Es preciso obligarles por la fuerza.
—Sea como dices —le contestó—. Reclútalos por fuerza.
Y el diablo anunció al pueblo que todos los imbéciles debían alistarse como soldados, y que cuantos se resistieran serían condenados a muerte.
Los imbéciles se fueron a ver al voivoda:
—Nos dices —expusieron—, que si nos negamos a ser soldados, el Zar nos ejecutará.
Pero no nos dices qué será de nosotros cuando seamos soldados. Parece que también se les mata.
—Si, también sucede esto.
Al oír los imbéciles esta respuesta, se obstinaron en su negativa.
—No seremos soldados —gritaban—. Preferimos morir en casa, puesto que también a los soldados matan.
—¡Qué imbéciles sois! ¡Qué imbéciles! —repetía el diablo— A los soldados se les puede matar, pero tienen probabilidades de poder escapar; mientras que, si no obedecéis, Iván, de seguro, os ejecutará.
Los imbéciles, después de reflexionar, fuéronse en busca de Iván y le dijeron:
—Un voivoda nos manda que nos hagamos soldados y nos dice: «Si os hacéis soldados, no es seguro que os maten; y si no queréis serlo, Iván os matará seguramente». ¿Es eso cierto?
Iván soltó la carcajada.
—Pero, ¿cómo me las compondré —les dijo— para mataros yo solo a todos? Si no fuera imbécil, os lo explicaría; pero ni yo mismo acierto a entenderlo.
—Entonces. ¿No vamos?
—¡Como queráis! —les dijo— No os alistéis.
Los Imbéciles volvieron a casa del voivoda, y le manifestaron su propósito firme de no ser soldados.
Viendo el diablo que su negocio tomaba mal cariz, se fue a casa del Zar Tarakanski, cuya confianza se había ganado.
—Vamos a combatir —le dijo— a Iván el Zar. Es verdad que no tiene dinero; pero, en cambio, posee abundancia de trigo, ganado y otros bienes.
Tarakanski reunió muchos soldados, que armó con fusiles y proveyó de cañones, marchando a la frontera para invadir el reino de Iván.
Iván tuvo de ello noticia. Le habían dicho:
—Tarakanski viene a pelear contra ti.
—¡Que venga!
Y Tarakanski pasó la frontera, enviando a su vanguardia en busca del ejército de Iván.
Busca que te busca, esperaban que al fin surgiera algún ejército por el horizonte; pero ni siquiera oyeron hablar de soldados. Era, pues, imposible combatir.
Tarakanski mandó ocupar los pueblos. Los imbéciles de ambos sexos salían de sus casas, miraban los soldados, y se extrañaban. Los soldados les robaron el trigo y el ganado; pero los imbéciles lo daban todo sin defenderse.
Los soldados ocuparon otro pueblo y acaeció otro tanto. Así marcharon un día y otro día y por todas partes sucedía lo mismo; se lo daban todo, nadie se defendía, y hasta los mismos del pueblo les invitaban a quedarse con ellos.
—Si, queridos amigos —les decían—; si vivís mal en vuestro país, estableceos aquí para siempre.
Los soldados anduvieron más aún, sin encontrar ejercito ninguno. Por todas partes hallaban gentes que vivían a la buena de Dios: se alimentaban de su trabajo y no se defendían.
Los soldados acabaron por aburrirse, regresando a casa del Zar Tarakanski para decirle:
—No hay medio de batirse. Llévanos a otra parte para guerrear, porque aquí no hay guerra posible. Tanto valdría cortar manteca.
Tarakanski se enfadó. Dio orden a sus soldados de recorrer todo el reino, asolando aldeas, incendiando casas, quemando los trigales y matando todo el ganado.
—Y si no me obedecéis — rugió—, os haré matar a vosotros.
Los soldados, presos de pánico, cumplieron la despótica orden, y quemaron casas, incendiaron trigales, exterminando los rebaños.
Ni aun así se defendieron los imbéciles, que no hacían otra cosa que llorar: lloraban los ancianos y los niños también.
—¿Por qué —decían —perjudicarnos? ¿Para qué destruir tantos bienes? ¡Si os hacen falta, tomadlos; pero no los malogréis!
Pronto se cansaron también los solados, negándose a seguir más adelante, y todo el ejército se retiró.
XII
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Viendo el diablo que no había manera de acabar con Iván por medio de los soldados, se fue, para volver al punto bajo la forma de un caballero bien vestido, y, estableciéndose en el reino de Iván, decidió combatirle como a Tarass el Panzudo, por medio del dinero.
—Yo —les dijo— quiero haceros bien y enseñaros cosas excelentes Por lo pronto voy a hacerme mi casa entre vosotros.
—Si es de tu agrado —se le respondió—, quédate.
Al día siguiente, el elegante caballero salió a la plaza pública con un talego de oro y una hoja de papel. Ante el pueblo dijo:
—Vivís como cerdos; quiero enseñaros cómo hay que vivir. Me construiréis una casa según este plano. Vosotros trabajaréis, yo os dirigiré, y os pagaré con monedas de oro.
Y les enseñó el talego de oro.
Los imbéciles se extrañaron: nunca habían visto dinero; sólo cambiaban entre si los productos de su trabajo. Admiraron el oro.
—¡Qué bonito y cómo brilla! —se dijeron.
Y cambiaron con el caballero su trabajo por las monedas de oro. Como en el reino de Tarass el diablo, vestido de señor, repartió el oro a puñados, y en cambio, obtuvo toda clase dé trabajos y de productos. El se alegró y pensó:
— «Mis asuntos van por buen camino. Arruinare ahora al imbécil como arruiné a Tarass, y llegaré a comprar a él mismo.»
Pero cuando los imbéciles hubieron reunido suficientes piezas de oro, se las dieron a sus mujeres para que se hicieran collares. Todas las muchachas adornaron con ellas sus trenzas, y los niños se divertían con monedas en la calle. Y como tenían muchas, los imbéciles no quisieron ya más.
Y, sin embargo la casa del diablo seguía sin terminar, y tampoco había hecho aún su provisión de trigo y de ganado.
Anunció, pues, que podían ir a trabajar a su casa y llevarle trigo y ganado. Que él, a cambio, les daría muchas monedas de oro.
Inútilmente insistía e invitaba al trabajo. Sólo de vez en cuando, algún muchacho o alguna chiquilla iba a cambiar un huevo por una moneda de oro. Y el caballero no tuvo qué comer.
Acosado por el hambre, se fue a la aldea en busca de alimento. Entró en un corral y ofreció su dinero por una gallina, pero la dueña rehusó la moneda.
—Tengo muchas monedas como ésta —dijo.
Se fue a casa de otra mujer; esta no tenía hijos. Quiso comprarle un arenque por una pieza de oro.
—No la necesito —le contestó la buena mujer—, porque no tengo hijos para que jueguen con ella. Tengo tres, que guardo por curiosidad.
Fue entonces a casa de un mujik para comprar pan, y también el mujik rehusó el dinero.
—No hace falta —dijo— ¿Quieres algo, quizá, por amor de Dios? Aguarda y le diré a mi esposa que te dé un trozo…
El diablo escupió y salió de allí más que aprisa, antes que el mujik terminase su ofrecimiento caritativo. Para el diablo, oír que le ofrecían algo en nombre de Cristo, era lo peor de lo peor.
Por esta razón no encontró pan, pues por donde quiera que iba, se negaban a darle nada por su dinero y todos le decían:
—Ofrécenos otra cosa, o trabaja. Pídelo, en todo caso, por amor de Dios.
Y él diablo no podía ofrecer nada más que dinero. Trabajar no quería y aceptar la caridad por amor de Cristo, le era imposible.
Y se enfadó el diablo.
—¿Para qué necesitáis otra cosa —les dijo—, si os ofrezco oro? Con el oro compraréis cuanto queráis, y haréis trabajar al que se os antoje.
Los imbéciles no le escucharon.
—No —dijeron—, no hace falta. No tenemos deudas y tampoco impuestos. ¿Para qué, pues, nos hace falta el dinero?
Y el diablo hubo de acostarse sin cenar.
Iván se enteró de lo que ocurría, pues habían acudido a preguntarle:
—¿Qué hemos de hacer? Ha venido a nuestras casas un señor bien puesto, que gusta de comer bien, de beber mejor, y que se viste con las mejores ropas. No quiere trabajar, ni pedir por amor de Dios. El sólo ofrece piezas de oro a todo el mundo. Antes de que tuviéramos bastantes de estas monedas, se le daba de todo; ahora no se le da ya nada. ¿Qué hemos de hacer para que no se muera de hambre?, porque sería una pena que esta acaeciera.
Iván les escuchaba.
—Hemos de darle de comer. Que vaya de casa en casa y sea atendido.
Y el viejo diablo llamó de puerta en puerta y llegó un día a casa de Iván el Imbécil, y pidió de comer a la muda, que estaba preparando comida para su hermano. Antes de ahora, su buena fe había sido sorprendida por gente haragana y perezosa, que acudía mendigando por no trabajar; los mendigos la habían dejado, más de una vez, sin gachas, No daba ahora al perezoso; los conocía en las manos: a los que tenían callos, les sentaba a su mesa, y para los otros, los holgazanes, sólo había lo que los primeros dejaban.
El viejo diablo se acercó a la mesa; pero la muda le cogió la mano y se la examinó. No tenía callos, al contrario, sus manos eran blancas y bien cuidadas; sus uñas largas y agudas. Se puso a chillar, y echó al diablo de la mesa.
La mujer de Iván, dijo al huésped:
—No te enfades, apuesto caballero; mi cuñada impide que se sienten a la mesa los que no tienen las manos callosas. Aguarda un poco; cuando todos hayan comido, ella te dará las sobras.
El diablo se sintió humillado: «¡Comer él, en casa del Zar, con los cerdos!».
Y acudió a Iván:
—Esta ley de tu reino es absurda. Vosotros sois imbéciles, y creéis que sólo se puede trabajar con las manos. Sois unos necios, pensando así. ¿Con qué te figuras que trabajan las:
personas inteligentes?
E Iván le preguntó:
—¿Cómo hemos de saberlo, si somos tontos? Nosotros sólo con las manos sabemos trabajar.
—Desde luego… Pero yo —replicó el diablo—, voy a enseñaros a trabajar con la cabeza:
veréis entonces cuál sistema es mejor.
Iván se extrañó, y dijo:
—¿De veras? ¡Ah, cuánta razón tienen en llamarnos imbéciles!
Y el diablo explicó:
—No creas que es fácil: trabajar con la cabeza cuesta mucho más. No me dais de comer porque no tengo callosas las manos, ignorando que es cien veces más difícil lo que yo hago.
La cabeza se calienta tanto con el trabajo que a veces estalla.
Iván se quedó pensativo.
—¿Por qué, en este caso, amigo mío, te das tanta molestia? No es bueno que la cabeza estalle; te valdría mucho más trabajar como nosotros, con las manos.
Y, el diablo replico:
—Si me tomo tanta molestia, es precisamente porque tengo piedad de vosotros, imbéciles.
Sin mí, toda la vida seríais idiotas. Pero yo, que trabajo con la cabeza quiero que aprendáis de mí.
Iván se extrañó; pero, intrigado, dio ánimos:
—Sí, sí; enséñanos. A veces, uno acababa por cansarse las manos; entonces, para descansar, podremos trabajar con la cabeza.
Y el diablo prometió enseñarles.
E Iván hizo saber por todo el reino, que había llegado un caballero distinguido que enseñaría a todos a trabajar con la cabeza; que se adelantaba más trabajo con la cabeza que con las manos, y que todos debían acudir a aprender.
Había en el reino de Iván una torre muy alta, con una escalera muy empinada a lo largo de las paredes, que conducía a la cúspide, coronada por una plataforma. E Iván hizo subir hasta lo alto al caballero para que todos pudieran verle y aprender.
Desde la plataforma, el caballero empezó a hablar. Los imbéciles le miraban; creían que aquel caballero iba á enseñarles, verdaderamente, como se trabajaba sin manos, sólo con la cabeza; mientras que el viejo diablo sólo enseñaba con discursos cómo se puede vivir sin trabajar.
Los imbéciles no le entendieron. Cansados de mirar constantemente, se fueron cada cual a su trabajo. Pero el viejo diablo seguía en lo alto de la torre un día y otro día, siempre hablando. Y llego a tener hambre. A los imbéciles no se les ocurrió darle comida. Pensaban que, sabiendo trabajar mejor con la cabeza que con las manos, se haría pan con suma facilidad.
Y el diablo pasó aún otro día, en lo alto de la torre, y no paraba de charlar. Y la gente se acercaba, miraba pensativa, y, luego, se volvía.
Iván preguntaba:
—Pues que, ¿ha empezado ya ese caballero a trabajar con la cabeza?
—Aún no —le contestaban sus súbditos—. Todavía está charlando.
El viejo diablo pasó otro día más en la torre; y se debilitaba. Una vez vaciló sobre sus piernas y dio de cabeza contra una columna. Una de los imbéciles, que lo vio, se lo dijo a la mujer de Iván. Esta corrió a buscar a su marido, que estaba en el campo.
—Corre a ver el caballero; parece que empieza a trabajar con, la cabeza. Iván se extrañó.
—¿De veras? —preguntó. Y se acerco.
El viejo diablo, completamente agotadas sus fuerzas, se tambaleaba y dábase de cabeza contra la columna. En cuanto llegó Iván, el diablo vaciló más todavía; cayóse, rodando por las escaleras y golpeando con la frente todos los peldaños.
—¡Oh, oh! —dijo Iván—. Era, pues, verdad lo que decía ese caballero tan elegante: Es posible que estalle la cabeza; las callosidades no son tan dolorosas. Con esta clase de trabajo, se expone uno a que le salgan chichones.
Y el viejo diablo cayó, y su dura cabeza hundióse en el suelo.
Iván se le acercó para ver si había trabajado mucho; pero de repente la tierra se había entreabierto para tragarse al espíritu del mal. No quedando esta vez ni el agujero.
Iván se rasco la cabeza.
—¡Cuidado —dijo— con el animalejo! ¡Otra vez por aquí! Este era, sin duda, el padre de aquéllos. ¡Uf, qué asqueroso es!
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