Kitabı oku: «La sostenibilidad»

Título original portugués: Sustentabilidade.
O que é – O que não é
Traducción: Jesús García-Abril Diagramación de portada: Estudio Creativos
© Leonardo Boff, 2012
Petrópolis (Brasil)
www.leonardoboff.com
© 2017 Ediciones Dabar, S.A. de C.V.
Mirador, 42. Col. El Mirador
04950, México, D.F.
Tel. (55) 5603 3630, 5673 8855, 5603 3674
E-mail: contacto@dabar.com.mx www.dabar.com.mx
ISBN: 978-607-612-136-8
Hecho en México.
Índice
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE
SOSTENIBILIDAD: CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE
1. Desafìos actuales para la construcción
de la sostenibilidad
2. La insostenibilidad del actual orden socio-ecológico
a. La insostenibilidad del sistema económico-financiero mundial
b. La insostenibilidad social de la humanidad a causa de la injusticia mundial
c. La creciente disminución de la biodiversidad: el antropoceno
d. La insostenibilidad del planeta Tierra: la huella ecológica
e. El calentamiento global y el riesgo del final de la especie
f. Conclusión: fieles a la Tierra y amantes del autor de la vida
SEGUNDA PARTE
LOS ORÍGENES DEL CONCEPTO DE SOSTENIBILIDAD
1. La prehistoria del concepto de “sostenibilidad”
2. La historia reciente del concepto de “sostenibilidad”
TERCERA PARTE
CRÍTICA Y ANÁLISIS DE LOS MODELOS DE SOSTENIBILIDAD ACTUALES
1. El modelo estándar de desarrollo sostenible: sostenibilidad retórica
2. Mejoras en el modelo estándar de sostenibilidad
3. El modelo del neocapitalismo: ausencia de sostenibilidad
4. El modelo del capitalismo natural: la sostenibilidad débil
5. El modelo de la economía verde: la sostenibilidad ilusoria
6. El modelo del ecosocialismo: la sostenibilidad insuficiente
7. El modelo del ecodesarrollo o de la bioeconomía: la sostenibilidad posible
8. El modelo de la economía solidaria: la micro-sostenibilidad viable
9. El buen vivir de los pueblos andinos: la sostenibilidad deseada
CUARTA PARTE
CAUSAS DE LA INSOSTENIBILIDAD DEL ORDEN ECOLÓGICO-SOCIAL
1. Visión de la Tierra como cosa y baúl de recursos
2. El antropocentrismo ilusorio
3. El proyecto de la modernidad: el imposible progreso ilimitado
4. Visión parcial, mecanicista y patriarcal de la realidad
5. El individualismo y la dinámica de la competición
6. Primacía del desperdicio sobre el cuidado, del capital material sobre el capital humano
QUINTA PARTE
PRESUPUESTOS COSMOLÓGICOS Y ANTROPOLÓGICOS
PARA UN CONCEPTO INTEGRADOR DE SOSTENIBILIDAD
1. Qué es un paradigma nuevo y una nueva cosmología
2. Elementos de la nueva cosmología, base de la sostenibilidad
a. El vacío cuántico: la Fuente Originaria de todo ser
b. Las cuatro expresiones de la Energía de Fondo
c. Complejidad / interiorización / interdependencia
d. La tierra como superorganismo vivo: Gaia
e. Comunidad de vida versus medio ambiente
f. El ser humano como la parte consciente de la Tierra
g. Rescate de la razón sensible y cordial
h. La dimensión espiritual de la Tierra, del universo y del ser humano
3. El cuidado esencial, componente de la sostenibilidad
4. La vulnerabilidad de toda sostenibilidad
SEXTA PARTE
HACIA UNA DEFINICIÓN INTEGRADORA DE SOSTENIBILIDA D
1. La relevancia de la era Ecozoica
2. La superpoblación humana
3. Estrategias para la seguridad alimentaria de la humanidad
4. La gobernanza global del sistema-Tierra y del sistema-vida
5. Intento de una definición integradora de sostenibilidad
SÉPTIMA PARTE
SOSTENIBILIDAD Y UNIVERSO
OCTAVA PARTE
SOSTENIBILIDAD Y LA TIERRA VIVA
1. Los frentes de la sostenibilidad para la Tierra
2. La renovación del contrato natural Tierra-Humanidad
NOVENA PARTE
SOSTENIBILIDAD Y SOCIEDAD
1. Rescatar el sentido originario de “sociedad”
2. La democracia socio-ecológica, base de la sostenibilidad
3. Cómo podría ser una sociedad sostenible
DÉCIMA PARTE
SOSTENIBILIDAD Y DESARROLLO
1. Presupuestos para la sostenibilidad
2. Cómo pasar del capital material al capital humano
3. La viabilidad ecológica de un desarrollo sostenible
4. Sostenibilidad y capital social regional
5. Sostenibilidad y satisfacción de necesidades fundamentales
6. Indicadores de un desarrollo sostenible
7. Cómo pasar del capital humano al capital espiritual
DÉCIMO PRIMERA PARTE
UN EJEMPLO DE SOSTENIBILIDAD: “CULTIVANDO AGUA BUENA”
1. Qué es y qué pretende el proyecto “Cultivando agua buena”
2. Sensibilización de las comunidades y opción por el biorregionalismo
3. La vigilancia basada en la participación y el voluntariado
4. Importancia de la medicina naturista
5. Producción orgánica sostenible y la acuicultura
6. La aplicación de una ecología integral y su irradiación en el mundo
7. La proyección de un sueño de coeducación sostenible
DÉCIMO SEGUNDA PARTE
SOSTENIBILIDAD Y EDUCACIÓN
1. Una educación ecocentrada
2. Principios orientadores de una ecoeducación sostenible
DÉCIMO TERCERA PARTE
SOSTENIBILIDAD E INDIVIDUO
1. La sostenibilidad del hombre-cuerpo individual
2. La sostenibilidad del hombre-psique individual
3. Sostenibilidad del hombre-espíritu individual
Conclusión: una llamada a la cooperación y a la esperanza
PRIMER ANEXO
1. La Carta de la Tierra
SEGUNDO ANEXO
2. Pensamientos sobre sostenibilidad ecológica
Bibliografía recomendada
PRÓLOGO
Hay pocas palabras más utilizadas hoy, por parte de los gobiernos, las empresas, la diplomacia y los medios de comunicación, que el sustantivo “sostenibilidad” y el adjetivo “sostenible”. Es una etiqueta que se intenta aplicar a cualesquiera productos y a los procesos de fabricación de los mismos, para darles un valor añadido.
No podemos negar que en algunas partes se ha logrado implantar una lógica sostenible en los procesos de producción, en la agroecología, en la generación de energías alternativas, en la reforestación, en el tratamiento de materiales reciclables y en los vertederos, así como en la forma de ges- tionar los transportes. Son experimentos regionales valiosos, pero no es esa la dinámica global que se requiere frente a la degradación general del planeta, de la naturaleza y de la escasez de recursos. Son pequeñas islas en medio de un mar agitado por numerosas crisis.
Lo que se da frecuentemente es una cierta falsedad ecológica al hacer uso de la palabra “sostenibilidad” para ocultar determinados problemas de agresión a la naturaleza, de contaminación química de los alimentos y de marketing comercial con el único fin de vender y obtener beneficios. Por lo general, la mayoría de lo que se presenta como “sostenible” no lo es. Al menos en alguna fase del ciclo de vida de un producto aparece el perturbador elemento de las toxinas o de los residuos no degradables. Lo que se practica con más frecuencia es el greenwash (“pintar de verde” para engañar al consumidor que busca productos no sometidos a procesos químicos). Por eso se impone el sentido crítico y una comprensión más afinada, al objeto de saber qué es sostenibilidad y qué no lo es. Este, y no otro, es el objetivo del presente libro.
Existe una percepción generalizada de que, dado el estado en que se en- cuentra, la Tierra no tiene un futuro demasiado halagüeño. Prácticamente la mayoría de los elementos importantes para la vida (el aire, el agua, el suelo, la biodiversidad, los bosques, la energía, etcétera) se encuentra en un proceso acelerado de degradación. La economía, la política, la cultura y la globalización siguen un derrotero que no puede ser considerado sostenible, debido a los niveles de expoliación de los recursos naturales, así como de generación de desigualdades y conflictos intertribales y los consiguientes desgarros sociales que producen. Tenemos que cambiar. De lo contrario, podremos vernos seriamente afectados por situaciones de enorme drama- tismo y capaces de poner en peligro el futuro de nuestra especie y dañar gravemente el equilibrio de la Tierra.
Lo peor que podemos hacer es no hacer nada y dejar que las cosas sigan tan peligroso curso. Las transformaciones necesarias deben apuntar hacia un paradigma distinto de relación con la Tierra y la naturaleza, así como a la implementación de unos modos más benignos de producción y de con- sumo. Lo cual implica una nueva forma de civilización, más amante de la vida, más “ecoamigable” y más respetuosa de los ritmos, las capacidades y los límites de la naturaleza. Pero no disponemos de mucho tiempo para actuar ni de mucha sabiduría y voluntad de articulación entre todos para hacer frente al peligro común.
Más que nunca, habría que usar con propiedad la palabra revolución, no en el sentido de violencia armada, sino en el sentido analítico de cambio radical del rumbo de la historia, para permitir la supervivencia de la especie humana, de los demás seres vivos y de la preservación del planeta Tierra. Es en este contexto de urgencia en el que formulamos nuestras re- flexiones sobre la sostenibilidad, las cuales son únicamente iniciales y no pretenden ser concluyentes, pero quizá sí puedan animar el debate y movilizar a muchos para tratar de apagar el fuego que está consumiendo la Casa Común. Dado que todo se globaliza, la sostenibilidad, más que cual- quier otro valor, debe ser también globalizada. Si somos capaces de mirar el futuro de la humanidad y de la Madre Tierra con los ojos de nuestros hijos y nietos, inmediatamente sentiremos la necesidad de preocuparnos por la sostenibilidad y crear los medios necesarios para implementarla en todos los campos de la realidad.


PRIMERA PARTE
SOSTENIBILIDAD:
CUESTIÓN DE VIDA
O MUERTE
La Carta de la Tierra, uno de los documentos más inspiradores de los comienzos del siglo xxi, nació a raíz de una consulta realizada durante ocho años (1992-2000) entre miles de personas de diferentes países, cultu- ras, pueblos, instituciones, religiones, universidades, científicos, sabios y representantes que aún perviven de las culturas primitivas. Representa un importante grito de atención acerca de los riesgos que amenazan a la huma- nidad. Al mismo tiempo, enuncia esperanzadamente una serie de valores y principios que han de ser compartidos por todos, capaces de abrir un nuevo futuro para nuestra convivencia en este pequeño y amenazado planeta.
El texto, breve, denso y fácilmente comprensible, en cuya redacción me cupo el honor de participar junto con Mijail Gorbachov, Steven Rocke- feller, Maurice Strong y Mercedes Sosa, entre otros, se abre con una frase preocupante:
Nos hallamos ante un momento crítico en la historia de la Tierra, en una época en que la humanidad debe elegir su futuro... La elección es nuestra y habría de ser entre formar una alianza global para cuidar la Tierra y cuidar unos de otros o, por el contrario, arriesgarnos a ser destruidos y a destruir la diversidad de la vida (Preámbulo).
1. DESAFÍOS ACTUALES PARA LA CONSTRUCCIÓN DE LA SOSTENIBILIDAD
¿Cómo organizar una alianza para el cuidado de la Tierra, de la vida humana y de toda la comunidad de vida y, de ese modo, superar los refe- ridos riesgos? La respuesta no podrá ser otra que la siguiente: mediante la sostenibilidad real, verdadera, efectiva y global, conjugada con el principio del cuidado y la prevención.
Aun antes de definir más apropiadamente qué es la sostenibilidad, po- demos adelantar que fundamentalmente se refiere al conjunto de procesos y acciones destinados a mantener la vitalidad y la integridad de la Madre Tierra y la preservación de sus ecosistemas, con todos los elementos físicos, químicos y ecológicos que posibilitan la existencia y la reproducción de la vida de las generaciones actuales y futuras, así como la continuidad, la expansión y la realización de las potencialidades de la civilización humana en sus distintas expresiones.
Atendiendo al tenor de la Carta de la Tierra, la sostenibilidad aparece como una cuestión de vida o muerte. Nunca antes, a lo largo de la historia cono- cida de la civilización humana, hemos corrido los riesgos que actualmente amenazan a nuestro futuro común. Tales riesgos no se reducen por el hecho de que muchísimas personas, pertenecientes a todos los niveles del saber, se encojan de hombros ante tan trascendental asunto. Lo que no podemos hacer es llegar demasiado tarde, ya sea por descuido o por ignorancia. Más vale el principio de precaución y de prevención que la indiferencia, el cinismo y la despreocupación irresponsable. El mismo papa Francisco pone énfasis en la importancia del principio de precaución:
En la Declaración de Río de 1992, se sostiene que, “cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces” que impidan la degradación del medio ambiente. Este principio precautorio permite la protección de los más débiles, que disponen de pocos medios para defenderse y para aportar pruebas irrefutables. Si la información objetiva lleva a prever un daño grave e irreversible, aunque no haya una comprobación indiscutible, cualquier proyecto debería detenerse o mo- dificarse. Así se invierte el peso de la prueba (LS, n. 186).
Si concedemos la centralidad debida a la alianza del cuidado, seguramen- te llegaremos a un periodo de sostenibilidad general que nos proporcionará alivio, alegría de vivir y esperanza de construir más historia rumbo a un futuro más prometedor.
Nuestras reflexiones van a estar orientadas por estas sabias palabras del final de la Carta de la Tierra: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo. Lo cual requiere un cambio de mente y de corazón. Requiere, además, un nuevo sentido de interde- pendencia global y de responsabilidad universal. Debemos desarrollar y aplicar con imaginación la visión de un modo de vida sostenible a nivel local, nacional, regional y global”.
Recogiendo lo esencial de este llamamiento, conviene no olvidar los siguientes puntos:
a. La Tierra y la humanidad tenemos un destino común, pues en la pers- pectiva de la evolución, o cuando contemplamos la Tierra desde fuera, formamos una única entidad.
b. La situación actual se encuentra social y ecológicamente tan degra- dada que la continuidad en la forma de habitar la Tierra, de producir, distribuir y consumir que hemos adoptado en los últimos siglos no nos ofrece garantía alguna de salvar nuestra civilización e incluso, tal vez, a la propia especie humana; de ahí la imperiosa necesidad de un nuevo comienzo, con nuevos conceptos, nuevas visiones y nuevos sueños, sin excluir los instrumentos científicos y técnicos indispen- sables. Se trata, ni más ni menos, de refundar el pacto social entre los humanos y el pacto natural con la naturaleza y con la Madre Tierra.
c. Para esa trascendental tarea resulta urgente una transformación de la mente, es decir, un nuevo software mental o un design diferente en nuestra forma de pensar y leer la realidad con la clarividencia de que el pensamiento a que ha dado lugar esta calamitosa situación, como advertía Albert Einstein, no puede ser lo que nos libre de ella; para cambiar tenemos, por tanto, que pensar de diferente manera. Pero resulta igualmente fundamental el cambio de corazón; por indispen- sables que resulten, no bastan la ciencia y la técnica, fruto de la razón intelectual y analítica; necesitamos también la inteligencia emocio- nal y, con mayor intensidad aún, la inteligencia cordial, pues es esta la que nos hace sentir que formamos parte de un todo mayor, nos permite percibir nuestra conexión con los demás seres, nos impulsa a realizar con coraje los cambios necesarios y suscita en nosotros la imaginación para tener visiones y sueños cargados de promesas.
d. Resulta urgente desarrollar un sentimiento de interdependencia glo- bal: es un hecho incontestable que todos dependemos globalmente de todos, que hay lazos que nos ligan y religan por todas partes, que nadie es una estrella solitaria y que en el universo y en la naturaleza todo tiene que ver con todo en todos los momentos y en todas las circunstancias (Bohr y Heisenberg); tan importante como la interde- pendencia es la responsabilidad universal; lo cual significa que hay que tomar en muy alta consideración las consecuencias benéficas o ma- léficas de nuestros actos, de nuestras políticas y de las intervencio- nes que realizamos en la naturaleza, porque pueden destruir el frágil equilibrio de la Tierra y, en el caso de que hiciéramos uso de armas de destrucción masiva, fatalmente haríamos que desapareciera la espe- cie humana. Y ello significaría, durante miles de años, un retroceso evolutivo de la Madre Tierra, arruinada y cubierta de cadáveres.
e. Valorar la imaginación. Ya Albert Einstein observaba que cuando la ciencia no encuentra más caminos, es la imaginación la que inter- viene y sugiere pistas inusitadas. Hoy necesitamos imaginación para proyectar no solo otro mundo posible, sino otro mundo necesario, en el que todos tengan cabida y cuiden unos de otros, incluida toda la comunidad de vida, sin la cual nosotros mismos no existiríamos. Para nueva música, nuevos oídos; para actuar de diferente manera, debemos soñar de manera diferente.
f. El verdadero propósito se resume en crear un modo sostenible de vida. El concepto de “sostenibilidad” no puede ser reduccionista y apli- carse única y exclusivamente al crecimiento/desarrollo, que es lo que predomina en nuestros días. Debe abarcar todos los territorios de la realidad, desde las personas, consideradas individualmente, hasta las comunidades, la cultura, la política, la industria, las ciu- dades y, sobre todo, el planeta Tierra y sus ecosistemas. La soste- nibilidad es un modo de ser y de vivir que exige conciliar la praxis humana con las potencialidades limitadas de cada “bioma” y las necesidades de las generaciones actuales y las futuras.
g. En todos los niveles: local, regional, nacional y global. Esta perspectiva enfatiza la anterior para contrapesar la tendencia dominante a apli- car la sostenibilidad únicamente a las macro-realidades, desaten- diendo las singularidades locales y eco-regionales propias de cada país, con su cultura, sus costumbres y sus formas de organizarse en la Tierra. Finalmente, la sostenibilidad debe ser pensada en una perspectiva global que abarque equitativamente a todo el planeta, haciendo que el bien de una parte del mismo no vaya en detrimento de la otra. Los costos y los beneficios deben ser proporcional y so- lidariamente repartidos. No es posible garantizar la sostenibilidad de una parte del planeta sin elevar, en la medida de lo posible, a las otras partes al mismo o parecido nivel.
2. LA INSOSTENIBILIDAD DEL ACTUAL ORDEN SOCIO-ECOLÓGICO
Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta del desequilibrio que se ha apoderado del sistema-Tierra y del sistema-sociedad. Existe un malestar cultural generalizado, debido a la sensación de que en cualquier momento podrían producirse catástrofes imponderables. Veamos algunos puntos neurálgicos de la insostenibilidad generalizada, sin pretensión alguna de ser exhaustivos. Bástenos con captar las tendencias y los puntos críticos.
a. La insostenibilidad del sistema económico-financiero mundial
En un proceso que tuvo su inicio en 2007 y 2008 y que comenzó a agravar- se en 2011, el sistema económico-financiero mundial entró en una profunda crisis sistémica. Comenzamos por dicho proceso porque en los últimos decenios ha venido produciéndose lo que en 1944 el conocido economista húngaro-canadiense Karl Polanyi († 1964) denominó La gran transformación. El modo de producción industrialista, consumista, despilfarrador y con- taminante consiguió hacer de la economía el principal eje articulador y constructor de las sociedades. El mercado libre se transformó en la realidad central, sustrayéndose al control del Estado y de la sociedad, cambiándolo todo en mercancía: desde las realidades sagradas y vitales, como el agua y los alimentos, hasta las más obscenas, como el tráfico de personas, de drogas y de órganos humanos. La política fue vaciada de contenido o sometida a los intereses económicos, y la ética se vio enviada al exilio. Lo bueno es ganar dinero y hacerse rico, no ser honrado, justo y solidario.
Con el fracaso del socialismo real a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, los ideales y características del capitalismo y de la cultura del capital resultaron exacerbados: la acumulación ilimitada, la competi- tividad, el individualismo...: todo se resumía en la máxima greed is good, es decir, “el afán de lucro es bueno”.
El capital especulativo adquirió prominencia sobre el capital pro- ductivo. Es decir, que es más fácil ganar dinero especulando con dinero que produciendo y comercializando productos. La diferencia entre un tipo y otro de capital raya en el absurdo: 60,000 billones de dólares es el monto total de los procesos productivos, mientras que son 600,000 los billones de dólares que circulan por las bolsas como derivados o papeles especulativos.
La especulación y la fusión de grandes conglomerados multinacionales han transferido una cantidad inimaginable de riqueza a unos cuantos grupos y familias. El 20% más rico de la población consume el 82.4% de las riquezas de la Tierra, mientras que el 20% más pobre ha de contentarse con tan solo el 1.6 por ciento. Las tres personas más ricas del mundo poseen unos acti- vos superiores a toda la riqueza de los 48 países más pobres, donde viven 600 millones de personas. Doscientas cincuenta y siete personas acumulan más riqueza que 2,800 millones de individuos, el equivalente al 45% de la humanidad. Actualmente, el 1% de los estadounidenses gana lo correspon- diente a la renta del 99% de la población. Son datos proporcionados por Noam Chomsky, uno de los intelectuales más respetados de los Estados Unidos y crítico severo del actual rumbo de la política mundial.
Hoy hay cada vez menos países ricos, cuyo lugar ha sido ocupado por grupos sumamente opulentos que se han enriquecido especulando, sa- queando los dineros públicos y las pensiones de los trabajadores, además de devastar globalmente la naturaleza.
Lo que es demasiado perverso, como es el caso de la realidad que acabamos de referir, no tiene en sí mismo ninguna sostenibilidad. Llega un momento en que la farsa se desenmascara. Fue lo que ocurrió en 2008 con la explosión de la bolsa especulativa, que desencadenó la crisis eco- nómico-financiera en las naciones centrales (EUA, Europa y Japón), con repercusiones en todo el sistema, con mayor o menor intensidad en unos países que en otros.
La estrategia de los poderosos consiste en salvar el sistema financiero, no en salvar nuestra civilización y garantizar la vitalidad de la Tierra.
El papa Francisco hace constar en su encíclica sobre cómo habitar la Casa Común, que “los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente”... Por eso, hoy “cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta” (LS, n. 56).
El genio del sistema capitalista se caracteriza por su enorme capacidad de encontrar soluciones para sus crisis, generalmente promoviendo la destruc- ción creativa. De este modo, gana destruyendo un sistema y gana también reconstruyéndolo. Pero esta vez ha topado con un obstáculo insalvable: los límites del planeta Tierra y la cada vez mayor escasez de bienes y servicios naturales. O encontramos otra forma de producir y asegurar la subsistencia de la vida humana y de la comunidad de vida (animales, bosques y demás seres orgánicos), o tal vez asistamos a un fenomenal fracaso, a una grave catástrofe social y ambiental.
b. La insostenibilidad social de la humanidad a causa de la injusticia mundial
La sostenibilidad de una sociedad se mide por su capacidad de incluir a todos y garantizarles los medios necesarios para una vida suficiente y decente. Pero ocurre que la crisis que asuela a todas las sociedades ha desgarrado el tejido social y ha arrojado a millones de seres humanos a la marginalidad y la exclusión, creando una nueva clase de gente: la de los desempleados estructurales y los precarizados, es decir, la de quienes se ven obligados a realizar trabajos inestables y con bajísimos salarios.
Hasta que hizo su aparición la crisis económico-financiera de 2008, había en el mundo 860 millones de personas que pasaban hambre. Hoy son más de 1,000 millones. Los desgarradores gritos de los hambrientos y los mise- rables se elevan al cielo, pero son pocos los que oyen sus lamentos. Hemos alcanzado unos niveles de barbarie y de inhumanidad como en muy pocas épocas de nuestra historia.
Existe una lamentable falta de solidaridad entre las naciones, ninguna de las cuales ha destinado, como se había acordado oficialmente, ni siquiera el 1% de su Producto Interior Bruto a mitigar el hambre y las enfermedades que esta produce y que devastan inmensas regiones de África, Latinoamérica y Asia. El grado de humanidad de un grupo humano se mide por su nivel de solidaridad, de cooperación y de compasión frente a sus semejantes en necesidad. Según este criterio, somos inhumanos y perversos, hijos e hijas infieles de la Madre Tierra, siempre tan generosa para con todos.
Con enorme énfasis, el papa Francisco sostiene que las grandes mayorías que viven en los países pobres serán las primeras víctimas de los cambios climáticos.
Los peores impactos probablemente recaerán en las próximas décadas sobre los países en desarrollo. Muchos pobres viven en lugares particular- mente afectados por fenómenos relacionados con el calentamiento, y sus medios de subsistencia dependen fuertemente de las reservas naturales y de los servicios ecosistémicos, como la agricultura, la pesca y los recursos forestales. No tienen otras actividades financieras y otros recursos que les permitan adaptarse a los impactos climáticos o hacer frente a situaciones catastróficas, y poseen poco acceso a servicios sociales y de protección (LS, n. 25). El calentamiento originado por el enorme consumo de algunos países ricos tiene repercusiones en los lugares más pobres de la tierra, especialmente en África, donde el aumento de la temperatura unido a la sequía hace estragos en el rendimiento de los cultivos (LS, n. 51).
En términos globales, podemos afirmar que la convivencia entre los hu- manos es vergonzosamente insostenible, puesto que no garantiza losmedios de vida necesarios para una gran parte de la humanidad. Todos co- rremos el peligro de atraer sobre nosotros la ira de Gaia (cf. J. Lovelock, La venganza de la Tierra, Planeta, Barcelona 2007), que es paciente para con sus hijos e hijas, pero que puede ser terrible para quienes sistemáticamente se muestran hostiles a la vida y ponen en peligro la vida de los demás. Tal vez Gaia no desee tenerlos más en su seno y acabe eliminándolos de alguna forma solo de ella conocida (catástrofe planetaria, bacterias inatacables, guerra nuclear generalizada...).
c. La creciente disminución de la biodiversidad: el antropoceno
El actual modo de producción, que aspira al más elevado nivel posible de acumulación (“¿cómo puedo ganar más?”), conlleva la dominación de la na- turaleza y la explotación de todos sus bienes y servicios. Para ello se utilizan todas las tecnologías imaginables, desde las más sucias, como son las ligadas a la minería y a la extracción de gas y de petróleo, hasta las más sutiles, que utilizan la genética y la nanotecnología. La mayor agresión para el equilibrio vital de Gaia es el uso intensivo de agrotóxicos y pesticidas, pues devastan los microorganismos (bacterias, virus y hongos) que, en número de miles de billones, habitan los suelos y garantizan la fertilidad de la Tierra. El efecto más lamentable es la disminución de la enorme riqueza que la Tierra nos pro- porciona y que no es otra que la diversidad de formas de vida (biodiversidad). La extinción de especies pertenece al proceso natural de la evolución, que no deja de renovarse y siempre permite la emergencia de seres dife- rentes. En su historia de 4,400 millones de años, la Tierra ha conocido diez grandes disminuciones. La del periodo Pérmico, acaecida hace 250 millones de años, fue tan devastadora que ocasionó la desaparición del 50% de los animales y del 95% de las especies marinas. La última, de enormes propor- ciones, tuvo lugar hace 65 millones de años, cuando impactó sobre Yucatán, en el sur de México, un meteorito de 9.5 km de diámetro que diezmó la población de dinosaurios, los cuales habían vivido durante 33 millones de años sobre la faz de la Tierra. Nuestros ancestros, que vivían en las copas de los grandes árboles escondiéndose de los dinosaurios, pudieron entonces descender al suelo y realizar su proceso evolutivo, que culminó en nuestra actual especie, el homo sapiens.
Debido a la intemperante e irresponsable intervención humana en los procesos naturales durante los tres últimos siglos, hemos inaugurado una nueva era geológica denominada antropoceno, la cual sucede a la del holo- ceno. El antropoceno se caracteriza por la capacidad de destrucción del ser humano, que acelera la desaparición natural de las especies. Los biólogos no se ponen de acuerdo en relación con el número de seres que desaparecen anualmente. Nosotros seguimos en esto al más conocido de los biólogos vivos, el estadounidense Edward Wilson, de la Universidad de Harvard, que acuñó la expresión biodiversidad y estima que están desapareciendo entre 27,000 y 100,000 especies cada año (Robert Barbault, Ecologia Geral, Vozes, Petrópolis 2011, 318).
Según un estudio publicado por el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) en 2011, más del 22% de las plantas del mundo se encuentran en peligro de extinción, debido a la pérdida de sus hábitats naturales y como consecuencia de la deforestación en aras de la producción de alimentos, del agronegocio y de la ganadería (Anuario PNU- MA 2011, 12). Y con la desaparición de los bosques se ven peligrosamente afectados los animales, los insectos y el régimen de unidad, fundamental para todas las formas de vida.
Los desiertos no paran de expandirse cada año el equivalente a la super- ficie del estado brasileño de Bahia (567,000 km2), y la erosión se extiende imparablemente, frustrando cosechas y generando hambre y la consiguiente migración de miles y miles de personas.
El papa Francisco advierte en su ya citada encíclica, Laudato Si', acerca de las graves consecuencias de la pérdida de la biodiversidad para toda la humanidad, y al mismo tiempo subraya el gran valor de esta riqueza viva que de manera irresponsable estamos diezmando:
La pérdida de selvas y bosques implica al mismo tiempo la pérdida de espe- cies que podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, no solo para la alimentación, sino también para la curación de enfermeda- des y para múltiples servicios. Las diversas especies contienen genes que pueden ser recursos claves para resolver en el futuro alguna necesidad humana o para regular algún problema ambiental. Pero no basta pensar en las distintas especies solo como eventuales recursos explotables, olvidando que tienen un valor en sí mismas. Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre. La inmensa mayoría se extinguen por razones que tienen que ver con alguna acción humana. Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho (LS, n. 32 y 33).
d. La insostenibilidad del planeta Tierra: la huella ecológica
En su larga trayectoria dentro del sistema solar, la Tierra ha soportado grandes sacudidas, y tal vez la mayor de ellas tuvo lugar cuando se produjo la llamada deriva continental, es decir, cuando el único continente que existía entonces, Pangea, comenzó a romperse, dando origen de ese modo a los continentes que hoy conocemos. Esto ocurrió hace 245 millones de años.
La Tierra posee una inconmensurable capacidad de adaptarse y de in- corporar nuevos elementos procedentes, por ejemplo, de los meteoritos, que con su presencia colaboraron en el origen de la vida. La Tierra permitió que la vida se procurara un habitat bueno para ella, que denominamos “biosfera”, hoy ampliamente amenazada.
Además, evidenció una inmensa capacidad de soportar y sobrevivir a las agresiones, ya procedieran del espacio exterior, como los meteoros rasantes, ya fueran perpetradas por la actividad humana. A partir de la aparición del homo habilis, hace cerca de dos millones de años, comenzó un complejo diálogo entre el ser humano y la naturaleza. Un diálogo que ha conocido tres fases: inicialmente, se trataba de una relación de interacción por la que reinaba entre ambas partes la sinergia y la cooperación; la segunda fase fue la de la intervención, cuando el ser humano comenzó a utilizar instrumentos (piedras afiladas, palos puntiagudos, y posteriormente, a partir del neolítico, los instrumentos agrícolas) para superar los obstáculos que le presentaba la naturaleza y modificarla; y la tercera fase, la actual, es la de la agresión, cuando el ser humano hace uso de todo un aparato tecnológico para so- meter a sus propósitos a la naturaleza, demoliendo montañas, represando ríos, abriendo minas subterráneas y pozos de petróleo, abriendo carreteras, creando ciudades y fábricas y dominando los mares.
En cada una de esas tres fases, la Tierra ha reaccionado, asimilado, rechazado... y, finalmente, encontrado un equilibrio que le permitiera vivir y ofrecer en abundancia bienes (agua, alimentos, nutrientes...) y servicios (atmósfera, climas, régimen de vientos y lluvias...) para todos los seres vivos. Pero, como un superorganismo vivo que es, Gaia siempre se mostró soberana, derrotando la arrogancia humana de tratar de someter a la naturaleza. Terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, huracanes, sequías e inundaciones han echado abajo todas las barreras levantadas. El ser humano tuvo que aprender que solo obedeciendo a la naturaleza puede poner esta a su servicio.
Actualmente hemos llegado a un nivel tan elevado de agresión que equivale a una especie de guerra total. Atacamos a la Tierra en el suelo, en el subsuelo, en el aire, en el mar, en las montañas, en los bosques, en los reinos animal y vegetal...: en cualquier lugar donde podamos arrancarle algo para nuestro propio beneficio, sin ningún sentido de retribución ni disposición alguna a concederle reposo y tiempo para regenerarse.
Pero no nos engañemos. Los seres humanos no tenemos posibilidad alguna de ganar esta irracional y despiadada guerra, porque la Tierra es ilimitadamente más poderosa que nosotros, que, por si fuera poco, nece- sitamos de ella para vivir. Ella, en cambio, no tiene ninguna necesidad de nosotros: existía mucho antes de que apareciera el ser humano y puede, tranquilamente, seguir sin nuestra presencia. En cualquier caso, significará una pérdida inimaginable para el propio universo, que en esta su pequeña porción que es nuestro planeta ya no podrá, a través del ser humano in- teligente y consciente, verse a sí mismo y contemplar su propia majestad.
Con razón Friedrich Engels, en el siglo xix, afirmaba en su Dialéctica de la naturaleza:
No nos envanezcamos fácilmente por nuestra victoria sobre la naturaleza. De cada victoria, se venga… Tenemos que convencernos de que nosotros no dominamos a la naturaleza como un conquistador domina a un pueblo extranjero, como si estuviéramos fuera de la naturaleza. Pertenecemos a ella con carne, sangre y cerebro. Estamos dentro de ella. Nuestro dominio consiste precisamente, a diferencia de las demás criaturas, en que cono- cemos sus leyes y podemos aplicarlas correctamente.
En esta guerra total, fruto del ansia de lucro y de la voluntad de acumu- lar y de poder, estamos rompiendo un límite que, una vez superado, pone en peligro la salud de Gaia. Enumeremos algunos indicadores al respecto: la ruptura de la capa de ozono, que nos protege de los rayos ultravioleta, nocivos para la vida; la excesiva concentración en la atmósfera de dióxido de carbono, del orden de 27,000 millones de toneladas al año; la escasez de recursos naturales necesarios para la vida (suelos, nutrientes, agua, bosques, fibras...), que en algunos casos llegan a agotarse (como ocurrirá, más temprano que tarde, con el petróleo y el gas); la pérdida creciente de la biodiversidad (especialmente por lo que se refiere a los insectos que garan- tizan la polinización de las plantas); la deforestación, que afecta al régimen de aguas, de sequías y de lluvias; la acumulación excesiva de desechos in- dustriales, que no sabemos cómo eliminar o reutilizar; la contaminación de los océanos, que ven cómo aumenta su nivel de salinización; y finalmente, como consecuencia de todos estos factores negativos, el calentamiento global que a todos nos amenaza indistintamente.
La Evaluación Ecosistémica del Milenio, organizada por la ONU entre 2001 y 2005 y en la que se vieron implicados cerca de 1,300 científicos de 95 países, además de otras 850 personalidades de la ciencia y de la política, reveló que, de los 24 servicios ambientales esenciales para la vida (limpieza del agua y del aire, regulación de los climas, alimentos, energías, fibras, etcétera), 15 de ellos se encontraban en proceso de degradación acelerada.
En enero de 2015, 18 científicos publicaron en la famosa revista Science un estudio sobre “Los límites planetarios: guía para el desarrollo humano en un mundo en mutación”. Enumeraron nueve factores fundamentales para la continuidad de la vida; entre ellos mencionaron el equilibrio de los climas, la conservación de la biodiversidad, la preservación de la capa de ozono y el control de la acidez de los océanos, entre otros. Todos se encontraban en estado de erosión, pero dos los calificaban de especialmente degradados, en sus “límites fundamentales”: el cambio climático y la extinción de las especies. La ruptura de estas dos fronteras fundamentales, según los cien- tíficos, puede llevar a la civilización al colapso.
En otras palabras, estamos destruyendo las bases químicas, físicas y ecológicas de nuestro futuro. Esta destrucción obedece a la voluntad de unos pocos millones de seres humanos sumamente poderosos. Fred Pearce, autor del famoso libro Peoplequake (“El terremoto poblacional”), publicó un artículo en New Scientist (26-09-2009) donde proporcionaba los siguientes datos: los 500 millones de personas más ricas (7% de la población mundial) son responsables del 50% de las emisiones de gases de efecto-inverna- dero, mientras que los 3,400 millones más pobres (50% de la población) son causantes tan solo del 7% de dichas emisiones, causantes a su vez del calentamiento global.
En este contexto, ¿debemos prestar especial atención a la denominada huella ecológica de la Tierra, es decir, a todo cuanto, en términos de suelo, de nutrientes, de agua, de bosques, de pastos, de mar, de plancton, de pesca, de energía, etcétera, necesita el planeta para reponer lo que le ha sido arrebatado por el consumo humano?
El informe Living Planet (“El planeta vivo”) de 2010, reveló que la huella ecológica de la humanidad se ha más que duplicado desde 1996. Los resul- tados de la Red de la Huella Global (Global Footprint Network) del año 2011, nos llevan a pensar en los riesgos que estamos corriendo. He aquí los datos que nos ofrece:
En 1961 necesitábamos tan solo el 63% de la Tierra para atender a las demandas humanas. En 1975 ya necesitábamos el 97 por ciento. En 1980 exigíamos el 100.6% de Tierra, por lo que necesitábamos más de una Tierra. En 2005, la cifra había llegado al 145%; es decir, se necesitaba casi una Tierra y media para estar a la altura del consumo general de la humanidad. En 2011 nos acercábamos ya al 170% de demanda, muy cerca ya de las dos Tierras... De seguir a este ritmo, en el año 2030 tendremos necesidad al menos de tres planetas iguales a esta única Tierra que ya tenemos. Si quisiéramos, hipotéticamente, universalizar para toda la humanidad el nivel de consumo de que disfrutan los países ricos (EUA, la Unión Europea y Japón), aseguran los biólogos y cosmólogos que harían falta cinco planetas Tierra, lo cual es absolutamente irracional (Robert Barbault, Ecologia Geral, 418).
Dicho con una expresión tomada de la vida cotidiana: la Tierra se en- cuentra, hace ya bastante tiempo, “en números rojos”. Necesita más de un año y medio para reponer lo que le hemos sustraído durante un año. En otras palabras, la Tierra ya no es sostenible. ¿Cuándo entrará en quiebra?
¿Qué será de nuestra civilización y de las generaciones presentes y futuras cuando nos falten los medios de vida indispensables para nuestra propia supervivencia y para llevar adelante los proyectos humanos, cada vez más nuevos y exigentes?
Como es fácil deducir, necesitamos garantizar la sostenibilidad general del planeta, de los ecosistemas y de nuestra propia vida. Se trata de una cuestión irrenunciable, si queremos seguir viviendo. Como muy acertadamente adver- tía Mijail Gorbachov en 2002, en el transcurso de las reuniones del grupo que forma la “Iniciativa Carta de la Tierra”, “necesitamos un nuevo paradigma de civilización, porque el actual ha llegado a su término y ha agotado sus posibilidades. Tenemos que llegar a un consenso sobre nuevos valores; de lo contrario, en treinta o cuarenta años la Tierra podrá existir sin nosotros”.
Hasta la aparición del ser humano, hace entre cinco y siete millones de años, la Tierra se regía instintivamente por las fuerzas que determinaban el funcionamiento del universo y de ella misma. Una vez aparecido el ser humano, la Tierra se atrevió a asumir el riesgo de confiar su destino a uno de sus productos, la comunidad humana, y decidir sobre el futuro de sus sistemas vitales básicos. Es este un acontecimiento tan importante como la aparición de la propia vida. Como especie, los humanos nos hacemos responsables de la vida o la muerte de las demás especies y hasta de la nuestra propia. De ahí la exigencia de reflexionar sobre la sostenibilidad y sobre nuestra capacidad y responsabilidad de garantizarla para toda la comunidad de vida.
e. El calentamiento global y el riesgo del final de la especie
Es propio de la geofísica de la Tierra el que de vez en cuando (se calcula que aproximadamente cada 26,000 años) cambie de clima: unas veces, más frío; otras, más cálido. En cualquier caso, su temperatura media se halla en torno a los 15 grados centígrados, óptima para la conservación de la vida. En los últimos siglos, desde el comienzo del proceso de industrialización, se han venido lanzando a la atmósfera miles de millones de toneladas de gases con efecto-invernadero, como son el dióxido de carbono, los nitritos o el metano, que es 23 veces más agresivo que el dióxido de carbono y otros gases. De ese modo, el calentamiento de la Tierra ha ido creciendo progre- sivamente hasta alcanzar un nivel realmente peligroso, como fue detectado y denunciado por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, en inglés), en el que más de un millar de científicos, reunidos en París el 2 de febrero de 2007, constataron que no nos encaminamos hacia el tan temido calentamiento global, sino que ya estamos inmersos de lleno en él. No falta mucho para que el aumento de la temperatura llegue a los 2 grados centígrados. Lo cual exige dos medidas fundamentales: la primera, adaptarse a la nueva situación, y quien no lo consiga, como es el caso de muchas especies de seres vivos, estará condenado a ir desapareciendo; la segunda medida consiste en tratar, por todos los medios posibles, de mitigar los efectos nocivos para la biosfera y para la especie humana.
Tales medidas solo surtirán efecto si la humanidad como un todo se propone seriamente reducir la emisión de gases contaminantes y causantes del calentamiento. El protocolo de Kyoto, en torno al cual se reunieron los jefes de Estado y de gobierno de la Tierra, preveía una reducción del 5.2% de dichos gases. Pero los principales países contaminantes, como los Estados Unidos y China, no suscribieron tales medidas. El dato, con todo, no deja de ser ridículo, porque la comunidad científica aconseja urgentemente la reducción de al menos un 60% de esos gases nocivos.
El calentamiento global esconde hechos realmente extremos: por una parte, arrasadoras inundaciones; por otra, tórridas sequías, la irrupción de devastadores huracanes, el hambre de millones de seres vivos, la des- trucción de cosechas..., provocando la emigración de poblaciones enteras y el alza de los precios de los alimentos (commodities), así como la disputa y auténticas guerras tribales por espacios y recursos.
El tema del calentamiento global resulta polémico y es rechazado por muchos, especialmente por representantes de grandes corporaciones, obcecados por sus propios intereses económicos. Pero es un hecho que puede constatarse de un modo cada vez más convincente, como lo ilus- tran el huracán Katrina, que destruyó la ciudad estadounidense de Nueva Orleans, o el tsunami ocurrido en el sudeste asiático, que produjo millares de muertos, o el terremoto producido en Japón y seguido de otro tsunami, que destruyó las centrales nucleares de Fukushima, poniendo en peligro la vida de miles de seres humanos. Pero la prueba irrefutable la constituye el nivel del mar, cuya elevación es un indicador plenamente confiable. Un nivel que se eleva por dos motivos: el deshielo de los casquetes polares y del permafrost (suelos congelados de Siberia y del norte del planeta), que se derriten y vierten más agua a los océanos; y el calentamiento hace que el mar se expanda, suba de nivel y comience a amenazar a los países insulares y a las playas de todas las costas, como ya está verificándose en muchas partes del mundo (J. Lovelock, Gaia: alerta final, 2009, 73).
Existe una alerta, sin embargo, que debe ser tomada muy en serio y que fue hecha hace ya años por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos con la entrada del metano, liberado por el deshielo generalizado, el clima de la Tierra podría elevarse abruptamente por encima de los 4 grados centígrados. Con tal nivel de calentamiento, ninguna de las formas de vida que conocemos podría resistir, y todas ellas irían debilitándose y desapareciendo progresivamente. Una gran parte de los seres humanos se verían condenados del mismo modo, salvo pequeños grupos que se refugia- rían en oasis o en puertos en los que aún serían posibles la adaptación y la mitigación de los efectos. De este modo se salvarían unos cuantos, pero sin los beneficios de la civilización que con tantas penalidades hemos creado.
f. Conclusión: fieles a la Tierra y amantes del autor de la vida
Las anteriores reflexiones nos convencen de la urgencia de pensar en la sostenibilidad de un modo correcto y distanciado de los modismos vigentes. Más aún: debemos comenzar a elaborar un modo sostenible de vida en todos los ámbitos, tanto de la naturaleza como de la cultura. No se trata de salvar nuestra sociedad del bienestar y la abundancia, sino simplemente de salvar nuestra civilización y la vida humana, junto con las demás formas de vida.
Para ello es importante que demos la primacía a Gaia, la Madre Tierra, y solo después a los seres humanos. Si no garantizamos la sostenibilidad del planeta por encima de todo, todas las demás iniciativas serán vanas y no podrán sustentarse.
Viene aquí como anillo al dedo la amonestación de Friedrich Nietzsche en el prólogo a su Así habló Zaratustra: “Los exhorto, hermanos míos, a permanecer fieles a la Tierra”. No menos importante es la palabra de la Revelación en el libro de la Sabiduría, que nos consuela del siguiente modo: “Señor, tú amas a todos los seres... porque son tuyos, Señor, amigo de la vida” (Sab 11,24.26).
SEGUNDA PARTE
LOS ORÍGENES
DEL CONCEPTO
DE SOSTENIBILIDAD
La inmensa mayoría estima que el concepto de “sostenibilidad” es de un origen muy reciente, concretamente a partir de las reuniones organizadas por la ONU en los años setenta del pasado siglo, cuando surgió con fuerza la conciencia de los límites del crecimiento, que ponen en crisis el modelo vigente en casi todas las sociedades mundiales.
Pero lo cierto es que el referido concepto tiene tras de sí una historia de más de 400 años que muy pocos conocen. Conviene recapitular brevemente su recorrido. Sin embargo, es importante aclarar previamente el contenido del concepto de “sostenibilidad”, lo cual podemos hacer con una rápida consulta de diccionarios especializados en lengua castellana, el de la Real Academia de la Lengua, por ejemplo. En la raíz de “sostenibilidad” y de “sostener” o “sustentar” se encuentra la palabra latina sustentare, con el mismo sentido que en español.
Casi todos los diccionarios nos ofrecen dos acepciones: una pasiva, y otra activa. La acepción pasiva dice que “sostener” significa asegurar por abajo, soportar, servir de sostén, impedir que caiga, impedir la ruina y la caída. En este sentido, “sostenibilidad” es, en términos ecológicos, todo cuanto hacemos para que un ecosistema no decaiga y se arruine. Para impedirlo podemos, por ejemplo, crear medios de sostenibilidad, como plantar árboles en las laderas de los montes que sirvan de freno a la erosión y los deslizamientos. El sentido activo subraya el hecho de conservar, mantener, proteger, nutrir, alimentar, hacer prosperar, subsistir, vivir, mantenerse siempre a la misma altura y conservarse bien. En el dialecto ecológico, esto significa que la sostenibi- lidad representa los procedimientos que se adoptan para permitir que un bioma se mantenga vivo, protegido, alimentado de nutrientes, al punto de que siempre se conserve debidamente y esté a la altura de los riesgos que puedan presentarse. Este tipo de medidas implican que el bioma esté en condiciones no solo de conservarse tal como es, sino que además pueda prosperar, fortalecerse y co-evolucionar.
Todo esto es lo que se intenta decir cuando se habla hoy de “sostenibili- dad”, ya sea del universo, de la Tierra, de los ecosistemas o de comunidades y sociedades enteras: que sigan vivas y se conserven debidamente. Y esto únicamente lo consiguen si mantienen su equilibrio interno y logran auto-reproducirse. Entonces subsisten a lo largo del tiempo.
1. LA PREHISTORIA DEL CONCEPTO DE “SOSTENIBILIDAD”
El nicho a partir del cual nació y se elaboró el concepto de “sosteni- bilidad” es la silvicultura, el cuidado de los bosques. En todo el mundo antiguo, y hasta los albores de la edad moderna, la madera era la principal materia prima en la construcción de casas, muebles y aperos agrícolas, así como combustible para cocinar y calentar las viviendas. Fue ampliamente usada para fundir metales y construir los barcos que, en la época de los “descubrimientos/conquistas” del siglo xvi, surcaban todos los océanos. Su uso fue tan intensivo, particularmente en España y Portugal, las potencias marítimas de la época, que los bosques comenzaron a escasear.
Pero fue en Alemania, en 1560, concretamente en la provincia de Sajonia, donde irrumpió por primera vez la preocupación por el uso racional de los bosques, de forma que pudieran regenerarse y mantenerse permanente- mente. En este contexto surgió la palabra alemana Nachhaltigkeit, que puede perfectamente traducirse como “sostenibilidad”.
Sin embargo, no fue hasta 1713, y de nuevo en Sajonia, cuando la palabra “sostenibilidad” se transformó, gracias al capitán Hans Carl von Carlowitz, en un concepto estratégico. Se habían creado hornos de minería que reque- rían un abundante uso de carbón vegetal, el cual se extraía de la madera. Consiguientemente, se abatían los bosques para atender a esta nueva fuente de progreso. Fue entonces cuando Carlowitz escribió un verdadero tratado en la lengua científica de la época, el latín, sobre la sostenibilidad (nachhal- tig wirtschaften: organizar de forma sostenible) de los bosques, con el título Sylvicultura Oeconomica. Insistía en proponer el uso sostenible de la madera. Su lema era: “debemos tratar la madera con cuidado” (man muss mit dem Holz pfleglich umgehen), pues de lo contrario se acabaría el negocio y cesaría el lucro. Pero más directamente decía: “córtese únicamente la cantidad de leña que el bosque pueda soportar y que permita la continuidad de su crecimiento”. A partir de esta conciencia, los poderes locales comenzaron a incentivar la replantación de los árboles en las regiones deforestadas. Tales consideraciones siguen conservando su validez en nuestros días, pues el discurso ecológico actual emplea prácticamente los mismos términos de entonces.
Algunos años después, en 1795, Carl Georg Ludwig Hartig escribió otro libro, Instrucciones para la evaluación y descripción de los bosques (Anweisung zur Taxation und Beschreibung der Forste), donde afirmaba: “es una sabia medida evaluar del modo más exacto posible la deforestación y emplear los bosques de tal manera que las generaciones futuras gocen de las mismas ventajas que la actual” (cf. en Internet Danzer Group ou U.Grober, “Modewort mit tiefen Wurzeln; kleine Begriffsgeschichte von “sustainbility” und “Nachhaltigkeit’”, en Jahrbuch Ökologie 2003, Beck, München 2002, pp. 167-175).
La preocupación por la sostenibilidad (Nachhaltigkeit) de los bosques fue tan grande que dio origen a una nueva ciencia: la silvicultura (Forstwissens- chaft). En Sajonia y en Prusia se fundaron Academias de Silvicultura a las que acudían estudiantes de toda Europa, de Escandinavia, de los Estados Unidos y hasta de la India. El concepto se mantuvo vivo en los círculos ligados precisamente a la silvicultura y se dejó oír en 1970, cuando se creó el Club de Roma, cuyo primer informe versó sobre Los límites del crecimiento, suscitando acaloradas discusiones en los medios científicos, en las empresas y en la sociedad.
2. LA HISTORIA RECIENTE DEL CONCEPTO DE “SOSTENIBILIDAD”
La alarma ecológica provocada por este informe hizo que la ONU se ocupara del tema. En este sentido, entre el 5 y el 16 de junio de 1972 se celebró en Estocolmo la primera Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente Humano, cuyos resultados no fueron demasiado significativos, aunque dio lugar a la creación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
Otra conferencia, esta sumamente importante, se celebró en 1984 y dio origen a la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, cuyo lema era “Una agenda global para el cambio”. Los trabajos de esta comisión, formada por decenas de especialistas, se cerraron en 1987 con el informe de la primera ministra noruega, Gro Harlem Brundtland, con el sugerente título “Nuestro futuro común” (también conocido simplemente como Informe Brundtland).
En dicho informe aparece claramente la expresión “desarrollo soste- nible”, definido como aquel que atiende a las necesidades de las generaciones actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de atender a sus necesidades y aspiraciones. Esta definición ha llegado a hacerse clásica y a imponerse en casi toda la literatura relacionada con el tema.
Como consecuencia del informe, la Asamblea de las Naciones Unidas decidió dar continuidad al debate, convocando para ello la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, que se celebró en Río de Janeiro entre el 3 y el 14 de julio de 1992 y que es también conocida como la “Cumbre de la Tierra”. Esta conferencia produjo varios documen- tos, entre los que destacan especialmente la Agenda 21: Programa de acción global, con 40 capítulos, y la Carta de Río de Janeiro. La categoría “desarrollo sostenible” adquirió entonces carta de ciudadanía y constituyó el eje de todos los debates, apareciendo casi siempre en los principales documentos. En la Carta de Río de Janeiro se afirma claramente que todos los Estados y todos los individuos deben, como requisito indispensable para el desarrollo sostenible, cooperar en la tarea esencial de erradicar la pobreza, de forma que se reduzcan las disparidades en los distintos modelos de vida y se atienda mejor a las necesidades de la mayoría de la población del mundo. Se estableció también un criterio ético-político en el sentido de que los Estados deben cooperar, en un espíritu de sociedad global, a la conserva- ción, protección y restablecimiento de la salud y la integridad de los eco- sistemas terrestres; frente a las distintas contribuciones a la degradación ambiental global, los Estados tienen responsabilidades comunes, aunque diferenciadas.
Esta declaración tuvo buena aceptación y dio ocasión a todos los países a comprometerse en evaluar su propio desarrollo para que la sostenibili- dad quedase efectivamente garantizada. Un compromiso que en realidad apenas pudo cumplirse, como se constató en el Encuentro Río+5, celebrado en Río de Janeiro en 1997.
Para los analistas era cada vez más clara la contradicción existente entre la lógica del desarrollo de tipo capitalista, que procura siempre maximizar el lucro a expensas de la naturaleza, creando grandes desigualdades sociales (injusticias), y una dinámica del medio ambiente regida por el equilibrio, la interdependencia entre unos y otros y el reciclaje de todos los residuos (la naturaleza no conoce los desechos).
Semejante impasse provocó una nueva convocatoria, por parte de la ONU, de una Cumbre de la Tierra sobre el Desarrollo Sostenible, que tuvo lugar en Johannesburgo entre el 26 de agosto y el 4 de septiembre de 2002 y que contó con representantes de 150 naciones, además de la presencia de las grandes corporaciones, de científicos y de militantes de la causa ecológica. Si en la Eco-92 de Río reinaba todavía un espíritu de cooperación, favo- recido por la caída del imperio soviético y del muro de Berlín, en Johannes- burgo fue patente la feroz disputa por intereses económicos corporativos, especialmente por parte de las grandes potencias, que boicotearon el de- bate sobre las energías alternativas en sustitución del petróleo, altamente contaminante.
Johannesburgo se clausuró con una gran frustración, pues se había per- dido el sentido de inclusión y de cooperación, predominando las decisiones unilaterales de las naciones ricas, apoyadas por las grandes corporaciones y por los países productores de petróleo. Al tema de la salvaguarda del planeta y la preservación de nuestra civilización apenas se hizo alguna que otra referencia marginal. Se habló de sostenibilidad, pero esta no constituyó la preocupación central.
El saldo positivo de todas estas conferencias de la ONU ha sido una mayor conciencia, por parte de la humanidad, respecto del problema ambiental, aun cuando todavía reine el pesimismo en un buen número de personas, de empresas y hasta de científicos. Sin embargo, los eventos extremos se han multiplicado de tal forma que hasta los escépticos comienzan ya a tomarse en serio el tema de los cambios climáticos de la Tierra.
La expresión “desarrollo sostenible” comenzó a emplearse en todos los documentos oficiales de los gobiernos, de la diplomacia, de los proyectos de las empresas, en el discurso ambientalista convencional y en los medios de comunicación.
El “desarrollo sostenible” es propuesto, bien como un ideal por alcan- zar, o como el calificativo de un proceso de producción o de un producto supuestamente fabricado de acuerdo con unos criterios de sostenibilidad, cosa que la mayoría de las veces no responde a la realidad. Lo que suele entenderse en este sentido es la sostenibilidad de una empresa que consigue mantenerse e incluso crecer, sin analizar los costos sociales y ambientales que ocasiona. Hoy día, el concepto está tan manido que se ha convertido en un modismo, sin que se esclarezca o se defina críticamente su contenido. A finales de junio de 2012 tuvo lugar en Río de Janeiro una megaconfe- rencia, otra Cumbre de la Tierra, promovida por la ONU y conocida como Río+20, que intentó hacer un balance de los avances y retrocesos del bino- mio “desarrollo y sostenibilidad” en el marco de los cambios producidos por el calentamiento global y por la evidente crisis económico-financiera iniciada en 2007, que ha afectado al sistema global a partir de los países centrales del orden capitalista, profundizándose cada vez más a partir de 2011. Los temas centrales de Río+20 fueron: sostenibilidad, economía verde y gobernanza global del ambiente.
Desafortunadamente, el documento definitivo: “El futuro que quere- mos”, cuya redacción final fue confiada a la delegación brasileña, por falta de consenso entre los 193 representantes de los pueblos, no logró proponer meta concreta alguna para erradicar la pobreza, controlar el calentamiento global y salvaguardar los servicios ecosistémicos de la Tierra. Por tímido y vacío, no ayudará a la humanidad a salir de su crisis actual. En este mo- mento, no avanzar es retroceder.
TERCERA PARTE
CRÍTICA Y ANÁLISIS
DE LOS MODELOS DE
SOSTENIBILIDAD ACTUALES
La presión mundial ejercida sobre los gobiernos y las empresas a causa de la creciente degradación de la naturaleza, así como el clamor generali- zado acerca de los riesgos que amenazan la vida humana, han hecho que todos ellos (gobiernos y empresas) iniciaran esfuerzos tendentes a dotar de sostenibilidad al desarrollo. Lo primero que se intentó fue comenzar a reducir las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto-inver- nadero, organizar la producción de “bajo carbono” y tomarse en serio las famosas tres erres a que alude la Carta de la Tierra: reducir, reutilizar y reciclar los materiales usados; después se añadieron otras erres, como redistribuir los beneficios, rechazar el consumismo, respetar a todos los seres, reforestar lo más posible, etcétera.
Muchas empresas e incluso redes de empresas, como el Instituto Ethos de Responsabilidade Social (en Brasil), se comprometieron con la responsabi- lidad social: la producción no debe beneficiar únicamente a los accionistas, sino a toda la sociedad, y en especial a las capas de población socialmente más penalizadas. Pero no basta con la responsabilidad social, porque la sociedad no puede ser pensada sin su “interfaz” con la naturaleza, de la que es un subsistema y de cuyos recursos viven las empresas. De ahí que se introdujera la responsabilidad socio-ambiental, con programas que tienen por objeto disminuir la presión que la actividad productiva e industrialista ejerce sobre la naturaleza y sobre la Tierra como un todo. Las innovaciones tecnológicas más “suaves” y “ecoamigables” ayudaron en este sentido, aunque sin conseguir modificar el rumbo del crecimiento y del desarrollo que implica la dominación de la naturaleza.
No es posible un impacto ambiental cero, porque toda generación de energía tiene algún costo ambiental. Además, resulta irrealizable en tér- minos absolutos, dada la finitud de la realidad y los efectos de la entropía, que significan el lento pero imparable desgaste de energía. Pero el esfuerzo debe orientarse, por lo menos, en el sentido de proteger la naturaleza, de actuar en sinergia con sus ritmos y no limitarse exclusivamente a no dañarla; es importante restaurar su vitalidad, darle descanso y devolverle más de lo que hemos obtenido de ella, para que las generaciones futuras puedan ver garantizadas las reservas naturales y culturales que les permitan vivir como es debido.
Vamos a someter a análisis crítico los distintos modelos actuales que buscan la sostenibilidad. En la mayoría de los casos, la sostenibilidad que se intenta presentar es más aparente que real. De todas formas, es innegable que se está dando una búsqueda de sostenibilidad, por el simple hecho de que la mayoría de los países y de las empresas, por muy grandes que sean, no se sienten seguras frente al rumbo que está tomando la humanidad. Cada vez son más conscientes de que no será posible economizar cambios. Si queremos tener futuro, debemos aceptar transformaciones sustanciales. La gran pregunta es cómo llevarlas a cabo, dado que están implicados grandes intereses de las potencias centrales y de las corporaciones multilaterales y mundiales, que ponen trabas a la voluntad de definir nuevos rumbos.
El científico y político franco-brasileño Michael Löwy lo ha dicho muy acertadamente: “Todos los semáforos están en rojo: es evidente que la búsqueda enloquecida del lucro, la lógica productivista y mercantil de la civilización capitalista/industrial, nos lleva hacia un desastre ecológico de proporciones incalculables; la dinámica del crecimiento infinito, inducido por la expansión capitalista, amenaza con destruir los fundamentos naturales de la vida humana en el Planeta” (Ecologia e socialismo, Cortez, São Paulo 2005, 42).
Distintas propuestas están siendo formuladas, y en su mayoría tratan de salvar el tipo imperante de desarrollo, pero imprimiéndole un cariz sostenible, aunque aparente.
1. EL MODELO ESTÁNDAR DE DESARROLLO SOSTENIBLE: SOSTENIBILIDAD RETÓRICA
A partir de la revolución científica del siglo xvi (Galileo Galilei, René Descartes, Francis Bacon y otros), profundizada por la primera Revolución Industrial (a partir de 1730 en Inglaterra), Occidente gestó el gran ideal de la modernidad: el progreso ilimitado construido sobre la base de un proceso industrial productor de bienes de consumo a gran escala y a expensas de la explotación sistemática de la Tierra, considerada como un baúl de re- cursos, falto de espíritu y entregado al ser humano para su disfrute. Todo ello generó una gran riqueza en los países centrales y colonizadores, y al mismo tiempo una inmensa desigualdad, pobreza y miseria en las perife- rias de dichas naciones, especialmente en sus territorios colonizados. Este ideal y este tipo de sociedad fueron globalizados, y prácticamente todas las sociedades del mundo actual se ven obligadas a alinearse junto a ellos, lo que equivale a occidentalizarse. Lo decisivo es consumir y, para ello, producir cada vez más, sin consideración alguna por las externalidades (degradación de la naturaleza y generación de desigualdades sociales que no se computan como costos).
Hoy, lejos ya de aquellos comienzos, constatamos que tal proceso capitalista/industrial/mercantil supuso indudablemente grandes beneficios para la humanidad, mejoró las condiciones de vida y de salud, puso a los seres humanos y sus culturas en contacto entre sí, acortó las distancias, prolongó la vida...; en definitiva, produjo un sinnúmero de facilidades que van desde los frigoríficos hasta los automóviles y los aviones, desde la luz eléctrica hasta la televisión e Internet.
Actualmente, todo lleva a creer que el mencionado proceso ha agotado sus posibilidades y ha pasado a ser altamente desgarrador de los lazos sociales y destructor de las bases que sustentan la vida. Esta voluntad de sobreexplo- tación del planeta nos ha hecho sentir en los últimos años los límites de la Tierra y de sus recursos no renovables, y nos ha permitido percibir la finitud del mundo. Conclusión: un planeta finito no soporta un proyecto infinito.
Los dos presupuestos de la modernidad evidenciaron ser ilusorios. El primero de tales presupuestos era que los recursos naturales serían infinitos; ahora sabemos que no lo son. El segundo, que podríamos avanzar infinita- mente en dirección al futuro, pues el progreso no tiene límites; lo cual es otra ilusión, porque, si quisiéramos extender el actual bienestar de los países industrializados al resto de las naciones, necesitaríamos varios planetas. Ambos infinitos, por tanto, eran y siguen siendo otras tantas falacias que han movido mentes y corazones durante muchas generaciones y nos han conducido a la actual crisis ambiental.
Cada vez es mayor la sensación de la urgencia con que debemos cambiar de rumbo si queremos seguir viviendo. Grandes nombres de la ciencia nos han alertado dramáticamente sobre lo que podríamos esperar si no conse- guimos dar con otro paradigma más afortunado de habitar el planeta. Me limito a citar a cuatro de ellos, que son de la más alta cualificación científica y gozan de gran credibilidad:
El primero es el astrónomo real del Reino Unido, Martin Rees, autor de Nuestra hora final: ¿será el siglo xxi el último de la humanidad? (Crítica, Madrid 2004): las palabras del título no requieren explicación.
El segundo, el más famoso biólogo vivo, creador del término “biodi- versidad”, es Edward Wilson (La creación: salvemos la vida en la Tierra, Katz, Móstoles 2007), el cual parte del presupuesto de que pesa una grave amenaza sobre la vida humana y nuestra civilización; según él, solo una alianza entre la religión y la ciencia podrá salvarnos.
El tercero es el conocido genetista francés Albert Jacquard, el título de cuyo libro lo dice todo: Le compte à rebours a-t-il commencé? (¿La cuenta atrás ya comenzó?, Paris 2009); uno de los capítulos se titula “La preparación del suicidio colectivo”.
Y el cuarto y último, James Lovelock, bioquímico y médico, autor de la teoría de Gaia, la Tierra como un superorganismo vivo, y de la obra Gaia: alerta final (Intrínseca 2009), prevé para finales del presente siglo, la desa- parición de una gran parte de la humanidad.
Todos ellos nos advierten de que lo peor que puede sucedernos es que no hagamos nada, porque entonces estaríamos situándonos al borde del abismo que podría significar el final de la especie humana. Ellos se han dado cuenta del callejón sin salida en que se encuentra la humanidad, tan perfectamente expresado en el Preámbulo de la Carta de la Tierra a la que nos hemos referido varias veces con anterioridad. Por eso piden y suplican un cambio de paradigma, la definición de un distinto rumbo de la historia.
Estas amenazas y estos riesgos, que no pueden ser ignorados ni subes- timados, han suscitado la necesidad de debatir acerca del tema de la soste- nibilidad. Debemos producir, obviamente, para atender a las necesidades humanas y de la comunidad de vida. Pero ¿de qué manera? ¿Preocupados por la pregunta acerca de “cuánto puedo ganar”? O bien, ¿cómo puedo, al producir, permanecer en armonía con la Tierra, con las energías terrestres y cósmicas, con los demás, con mi propio corazón y con la Realidad Última?
Es en la respuesta a esta pregunta donde se decide si nuestro modo de producción, distribución, consumo y tratamiento de los residuos es sostenible o no.
Veamos rápidamente el modelo estándar de desarrollo sostenible, tal como normalmente es pensado y pretendido por las empresas y en los discursos oficiales.
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