Kitabı oku: «La venida del Consolador»
La venida del Consolador
LeRoy Edwin Froom

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Dedicación
A manera de Introducción
PRIMERA PARTE
FUNDAMENTO BÍBLICO
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
SEGUNDA PARTE
FUNDAMENTO BÍBLICO
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
TERCERA PARTE
FUNDAMENTO BÍBLICO
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
CUARTA PARTE
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
LLAMAMIENTO DIVINO A LA ORACIÓN
La venida del Consolador
Le Roy Edwin Froom
Título del original en inglés: The Coming of the Comforter, Review and Herald Publishing Association, Hagerstown, MD, E.U.A., 1949.
Traducción: Staff de la Pacific Press Publishing Association
Diseño de tapa: Romina Genski
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. Derechos reservados (versión castellana) © Pacific Press Publishing Association, Nampa, Idaho. E.U.A. © 1977, 2021 ACES.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-366-1
| Froom, Leroy EdwinLa venida del Consolador / Leroy Edwin Froom. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-366-11. Vida cristiana. I. Título.CDD 248.4 |
Publicado el 01 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
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Dedicación
Este volumen está dedicado, con oración, a los ministros evangélicos del Movimiento Adventista del Séptimo Día, quienes, por medio del poder habilitante del Espíritu Santo en la lluvia tardía, están destinados a ser los instrumentos para culminar la tarea de alcance mundial que nos fue encomendada.
“Puesto que este es el medio por el cual hemos de recibir poder, ¿por qué no tener más hambre y sed del don del Espíritu? ¿Por qué no hablamos de él, oramos por él y predicamos respecto de él? El Señor está más dispuesto a dar el Espíritu Santo a los que lo sirven, que los padres a dar buenas dádivas a sus hijos. Cada obrero debiera elevar su petición a Dios por el bautismo diario del Espíritu. Debieran reunirse grupos de obreros cristianos para solicitar ayuda especial y sabiduría celestial, para hacer planes y ejecutarlos sabiamente. Debieran orar especialmente porque Dios bautice a sus embajadores escogidos en los campos misioneros con una rica medida de su Espíritu. La presencia del Espíritu en los obreros de Dios dará a la proclamación de la verdad un poder que todo el honor y la gloria del mundo no podrían conferirle” (Los hechos de los apóstoles, pp. 41, 42).
A manera de Introducción
Los estudios relativos al Espíritu Santo que componen este volumen fueron presentados en primera instancia a los delegados y los pastores que asistieron a las asambleas ministeriales cuadrienales realizadas en relación con congresos cuadrienales de Unión durante la primavera de 1928. La generosa presencia del Espíritu Santo, en esas reuniones y durante esas presentaciones, se recuerda con particular gratitud, con la intención de rendir reverente homenaje a nuestro Padre celestial.
A pedido urgente de centenares de ministros que asistieron cuando estos temas fueron presentados oralmente, se confiere aquí a estos estudios un formato permanente y accesible para todos. Y, por pedido especial, las observaciones introductorias que preceden a las presentaciones se reproducen con tanta exactitud como la memoria lo permite, de manera que todo el contexto sea tan real como resulte posible.
Un muy solemne sentido de responsabilidad descansa sobre mí, cuando contemplo las horas que habremos de pasar juntos en estudio fervoroso y diligente. Una grave conciencia de mi responsabilidad ante Dios impregna todas nuestras consideraciones. Francamente, yo no escogí esta línea de estudios. Durante meses, me ha dominado un sentido de urgencia, un gran apremio, una convicción que no podía desconocer, de que encabezara esta investigación. Estoy profundamente convencido de que Dios me ha inducido a sentir mi propia necesidad, y la necesidad de mis colaboradores. Esto ha determinado, en mi propia alma, un poderoso ruego de que el Señor nos conceda la única provisión adecuada para nuestras necesidades comunes. Y oro a Dios con el fin de que estos estudios puedan resultar en una genuina bendición y una ayuda, por defectuosa o inadecuadamente que sean presentados.
No nos hemos reunido para escucharnos unos a otros predicar, por muy propio que esto sea. Ni estamos aquí con motivo de entretenemos con hábiles y originales giros del pensamiento ni para entregarnos a teorías especulativas. Antes bien, nos hemos convocado para un estudio profundo y serio, y para una búsqueda ferviente e intensiva de grandes verdades, extraordinarios principios y provisiones adecuadas a las exigencias de una obra como esta.
Es fundamentalmente necesario que entendamos ciertos factores desde el mismo comienzo. Vivimos en un mundo que está cambiando rápidamente; un mundo que corre alborotado, dominado por nuevas fuerzas. Pasiones salvajes, puestas en libertad, que provienen del abismo, han producido una situación nueva durante esta época. La humanidad no entiende las influencias malignas que están desviando a la raza humana, de Dios, hacia la indiferencia, el desafío y la rebelión. Y la situación se está intensificando y complicando con cada año que pasa.
Problemas nuevos y graves, que surgen de una actitud nueva y siniestra, de la mente y del corazón, hacia Dios y la autoridad divina, nos confrontan y nos desafían. Y estamos atravesando un período de transición: vamos del pensamiento serio y reverente a la diversión liviana, superficial y corruptora. Es mi convicción que los hombres y las mujeres son hoy más difíciles de alcanzar con nuestro mensaje del evangelio redentor que hace unos pocos años.
Las enormes ciudades del mundo, que van creciendo más y más con los años, nos confrontan con una tarea abrumadora. Dentro de un radio de 200 kilómetros de Springfield, Massachusetts, donde se realizó la Asamblea Ministerial de la Unión del Atlántico, reside una población de más de 13 millones de habitantes; en tanto que dentro de un radio de 160 kilómetros del Palacio Municipal de la ciudad de Nueva York viven más de 20 millones de almas. Totales similares a estos podrían encontrarse dondequiera. Y apenas estamos tocando las ciudadelas de los hombres, las mujeres y los niños con la punta de los dedos. Y, sin embargo, ellos deben oír el mensaje de Dios a la humanidad.
La batalla con las fuerzas del mal se hace cada vez más aguda y más siniestra. Estoy persuadido de que existe una sola solución para el problema al que hacemos frente, en forma individual y como iglesia; una sola provisión para nuestra necesidad: es el poder del Espíritu Santo, el derramamiento de la lluvia tardía en nuestras vidas y en nuestro servicio. Esta provisión prometida, que se derrama sobre los heraldos del último mensaje del cielo a la tierra, constituye nuestra suprema necesidad. Esto es lo único que nos capacitará para hacer frente a esta estupenda tarea de terminar la obra que nos fue encomendada. He creído esto por años, pero nunca antes se posesionó de mí una convicción tan intensa. Oro para que esta misma divina compulsión pueda dominar a cada obrero evangélico de la Iglesia Adventista.
En preparación para estos estudios, después de un breve repaso de cada texto de la Biblia relativo al Espíritu Santo, he leído todas las referencias sobre esta temática en 23 volúmenes del Espíritu de Profecía, así como muchos artículos publicados en el pasado en las revistas de nuestra iglesia, escritos por la Sra. Elena G. de White, y muchos testimonios que todavía están en forma de manuscrito. De esta abarcadora plétora de material, se han extraído las declaraciones y los principios sobresalientes. (Aparecen distribuidos a través de los estudios.) Esas declaraciones fueron tomadas como la guía y la norma en el estudio de unos cincuenta volúmenes adicionales sobre el Espíritu Santo, que representan las gemas más escogidas escritas en los tiempos modernos. Se hojearon, también, muchas obras más, como lectura colateral. Así se formaron las divisiones de este tomo que tratan sobre la promesa, la venida y la unción plena del Espíritu.
Antes de aproximarnos a los estudios, el lector hará bien en meditar cuidadosamente, y con oración, sobre las dos declaraciones que siguen:
“La promesa del Espíritu es algo en que se piensa poco; y el resultado es solo lo que puede esperarse: sequía espiritual, oscuridad espiritual, decadencia espiritual y muerte. Asuntos de menor importancia ocupan la atención, y el poder divino, necesario para el crecimiento y la prosperidad de la iglesia, y que traería todas las demás bendiciones en su estela, está ausente, aun cuando haya sido ofrecido en su infinita plenitud” (Testimonies, t. 8, p. 21).
“Precisamente antes de que Jesús dejara a sus discípulos para ir a las mansiones celestiales, los animó con la promesa del Espíritu Santo. Esta promesa nos pertenece tanto a nosotros como a ellos, y sin embargo, ¡cuán raramente se presenta ante el pueblo, o se habla de su recepción en la iglesia! Como consecuencia de este silencio con respecto a este importantísimo asunto, ¿acerca de qué promesa sabemos menos, por su cumplimiento práctico, que acerca de esta rica promesa del don del Espíritu Santo, por el cual ha de concederse eficiencia a toda nuestra labor espiritual? La promesa del Espíritu Santo es mencionada por casualidad en nuestros discursos, es tocada en forma incidental, y eso es todo. Las profecías han sido tratadas detenidamente, las doctrinas han sido expuestas; pero lo que es esencial para la iglesia a fin de que crezca en fortaleza y eficiencia espiritual, para que la predicación pueda llevar consigo convicción, y las almas sean convertidas a Dios, ha sido por mucho tiempo dejado fuera del esfuerzo ministerial. Este tema ha sido puesto a un lado, como si algún tiempo futuro haya de ser dedicado a su consideración. Otras bendiciones y privilegios han sido presentados ante el pueblo hasta que se ha despertado el deseo de la iglesia por conseguir la bendición prometida por Dios; pero, la impresión concerniente al Espíritu Santo ha sido que este don no es para la iglesia ahora, sino que en algún tiempo futuro sería necesario que la iglesia lo recibiera.
“Esta bendición prometida, reclamada por la fe, traería todas las demás bendiciones en su estela, y ha de ser dada liberalmente al pueblo de Dios. Por medio de los astutos artificios del enemigo las mentes del pueblo de Dios parecen ser incapaces de comprender las promesas divinas y de apropiarse de ellas. Parecen pensar que únicamente los más escasos chaparrones de la gracia han de caer sobre el alma sedienta. El pueblo de Dios se ha acostumbrado a pensar que debe confiar en sus propios esfuerzos, que poca ayuda ha de recibirse del cielo; y el resultado es que tiene poca luz para comunicar a otras almas que mueren en el error y la oscuridad. La iglesia por mucho tiempo se ha contentado con escasa medida de la bendición de Dios; no ha sentido la necesidad de alcanzar los exaltados privilegios comprados para sus miembros a un costo infinito. Su fuerza espiritual ha sido débil, su experiencia la de un carácter enano e inválido, y se hallan descalificados para la obra que el Señor quiere que hagan. No son capaces de presentar las grandes y valiosas verdades de la santa Palabra de Dios que convencerían y convertirían a las almas por el agente del Espíritu Santo. El poder de Dios espera que se lo pida y se lo reciba. Una cosecha de gozo será recogida por los que siembran la santa semilla de la verdad. ‘Irá andando y llorando el que lleva la preciosa simiente; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas’” (Testimonios para los ministros, pp. 174, 175).
Y ahora, una palabra preliminar sobre la significación de los últimos cuatro capítulos, relativos a los símbolos del Espíritu. La incomparable provisión del ministerio del Espíritu Santo, con el fin de suplir las necesidades de la humanidad, es el último eslabón en la cadena del amor divino con la cual nuestro Dios en el cielo se ha vinculado a sí mismo con el hombre en la tierra. El Espíritu no solo fue el instrumento en la creación original del mundo y del género humano, sino también fue por medio del Espíritu eterno como nuestro precioso Redentor llegó a encarnarse en un cuerpo humano, y se ofreció a sí mismo para la completa reconciliación del hombre y su total salvación. Y es por medio del mismísimo Espíritu de Dios que el milagro de la regeneración de los corazones humanos se ha realizado a través de las edades, y también como el Cristo que vive en el corazón resulta una bendita posibilidad en estos, nuestros templos corporales. De esa manera es obvio que el Espíritu Santo es el vínculo de enlace divinamente señalado entre el cielo y la tierra.
Bien podemos hacer una pausa y ponderar esta profunda verdad y esta gran provisión. La majestad de la persona del Espíritu Santo, la fuerza de su poder y el ámbito de su obra nunca serán plenamente entendidos o adecuadamente presentados. Pero, cuando se enfocan de nuevo las enseñanzas de la Palabra contemplando con reverencia nuevos ángulos respecto de la forma en que el Espíritu opera, captamos rayos adicionales de la gloriosa provisión divina, y nuestros corazones se conmueven en adoración reverente. ¡Alabanzas sean dadas al Padre, por este amor ilimitado y por esta infinita provisión para suplir cada una de nuestras necesidades!
El tema relativo a la misión y a la obra del Espíritu Santo ofrece un campo de estudio inagotable, porque trata de una Personalidad que trasciende todo tiempo y toda medida: la tercera Persona de la Deidad. Sus augustos pasos no se pueden medir, pero pueden reconocerse claramente; no se pueden explicar, pero pueden y deben ser personalmente aceptados y experimentados. Más ricas que todas las joyas fabulosas de la tierra son estas gemas simbólicas del almacén del Cielo –presentadas bajo las figuras del viento, el agua, el fuego y el aceite–, las cuales, al considerarlas en toda su profundidad de significado, descubren un encanto y una belleza que apenas pueden discernirse en una fraseología no figurada. Que el incomparable Espíritu de verdad, a quien se dedican estos tributos, guíe nuestro pensamiento en el estudio, ilumine nuestra mente en la meditación y posea nuestras almas para la acción, en forma tan completa y exhaustiva que su sagrada obra, presentada bajo estas figuras iluminadoras elegidas por él mismo, se vea totalmente realizada en la vida. Así, bendito Espíritu, satisface tú la profunda necesidad de nuestra alma, colma el anhelo de nuestro corazón; prepáranos para el servicio sagrado, y entonces úsanos para la gloria del Padre y del Hijo y para la culminación de la tarea que nos fue encomendada. Sí, poséenos como enteramente tuyos, ahora y para siempre,
L. E. F.
Primera parte
FUNDAMENTO BÍBLICO
La promesa del Espíritu
“Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros [...] Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después” (Juan 13:33, 36).
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino” (Juan 14:1-4).
“Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (vers. 8-12).
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (vers. 16-20).
“Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió. Os he dicho estas cosas estando con vosotros” (vers. 23-25).
“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:7-15).
Capítulo 1
LA PROMESA DEL ESPÍRITU
Era de noche en Jerusalén; la noche más triste desde que el hombre se separara de Dios. La ciudad estaba atestada de peregrinos. El grupito de hombres que había seguido a su Señor durante los años de su ministerio público se había reunido con él alrededor de la mesa pascual, en el aposento alto. Se encontraban en un momento crucial. El símbolo y la realidad convergían. El Hijo de Dios, ciñéndose con una toalla como si fuese un siervo, se arrodilló delante de los hombres pecadores para lavarles los pies.
El pan partido y el vino escanciado, símbolos de su pasión inminente, acababan de ser consumidos. Solo escasos minutos separaban las escenas del aposento alto de la lucha en el huerto; mediaban momentos apenas, comparativamente, entre la sangre sobre las sienes y la sangre sobre los dinteles. A pesar de que el pastor había estado con las ovejas poco tiempo solamente, pronto sería herido, y las ovejas serían esparcidas.
Judas se había separado del grupo, y una profunda tristeza embargaba a los demás discípulos. Es innecesario analizar su aflicción. Mezclada con ella, había cierta medida de egoísmo, aunque la sombra de la separación inevitable había caído sobre ellos. Verdaderamente, era esta una hora crítica. ¡Cómo bebían los discípulos cada palabra de Jesús! Su declaración con respecto a que él iba a donde ellos no podrían seguirlo llevó mayor tristeza y dolor a sus corazones. Hasta ahora, no habían sentido la realidad de la separación que se acercaba. De pronto el Maestro procedió a consolar sus corazones. Les habló de unas mansiones que iría a prepararles. Pero esto no logró conformarlos, porque la presencia personal de su Señor viviente nunca podría ser reemplazada por mansiones.
¿Qué harían cuando se fuera? ¿A quién se volverían?
Alguien dijo: Pintad un cielo sin estrellas. Cubrid las montañas de oscuridad. Colgad cortinas de negra sombra frente a cada playa. Oscureced el pasado, y que el futuro sea aún más incierto. Completad el cuadro con hombres pesarosos y rostros tristes. Tal era la condición de los discípulos, al verse confrontados con la partida del Señor.
Jesús presenta a su Sucesor
Luego, Jesús pasó a descubrir, ante ellos, la gloriosa provisión de “otro Consolador”. Esta declaración implica que Jesús era el primer Consolador. Un consolador es “ayuda en tiempo de necesidad”. Si eres huérfano, necesitas de un padre; si estás enfermo, un médico; si te hallas perplejo, un abogado; si vas a construir, un arquitecto; y si estás en dificultades, un amigo. Todo esto, e infinitamente más, es nuestro Consolador celestial.
Los discípulos no quedarían huérfanos, privados de un Padre divino que los cuidara, protegiera y ayudara. En el momento más impresionable de sus vidas, Cristo les mostró la venida del Espíritu Santo como la culminación de su obra terrenal en favor de ellos y la continuación de su tarea.
La recepción del Espíritu Santo constituía el privilegio supremo que pudieran tener, como también hoy lo tiene cada discípulo que espera el regreso corporal y visible de su Señor, para llevarlo a las mansiones celestiales. Notemos lo siguiente:
“En las enseñanzas de Cristo se hace prominente la doctrina del Espíritu Santo. ¡Qué vasto tema de meditación y ánimo es éste! ¡Qué tesoros de verdad añadió al conocimiento de sus discípulos con sus instrucciones relativas al Espíritu Santo, el Consolador! Se espació sobre este tema con el fin de consolar a sus discípulos en la gran prueba que pronto experimentarían, para que sintieran ánimo en su gran desilusión [...]. El Redentor del mundo se esforzó por llevar el consuelo más efectivo al corazón de los dolientes discípulos. Pero del amplio campo de asuntos que tenía a su disposición, escogió el tema del Espíritu Santo, el cual inspiraría y confortaría sus corazones. Sin embargo, a pesar de que Cristo dio tanta importancia al tema del Espíritu Santo, ¡cuán poco se considera en las iglesias!” (Elena G. de White, Bible Echo, 15 de noviembre, 1893).
Antes de abandonar su magisterio terrenal, Jesús presentó a su Sucesor en su discurso de despedida.
“Estorbado por la humanidad, Cristo no podía estar en todo lugar personalmente. Por lo tanto, convenía a sus discípulos que fuese al Padre y enviase el Espíritu como su sucesor en la tierra” (El Deseado de todas las gentes, pp. 622, 623).
Reveló, así, la formidable realidad de la dispensación del Espíritu. Y este aspecto dispensacional es imposible de sobrestimar. Se basa en la obra terrenal de Cristo, y su inauguración era imposible hasta cuando él acabara su tarea y ascendiera a los cielos. En Juan 14 y 16 Jesús desarrolló tres verdades colosales: 1) El prometido advenimiento del Espíritu Santo; 2) El carácter y la personalidad del Espíritu Santo; 3) La misión, u obra, del Espíritu Santo.
La dispensación del Espíritu
Al analizar estas verdades en el orden enunciado observamos, primeramente, la explícita declaración acerca de la venida del Espíritu Santo. Resulta impresionante notar que tan ciertamente como los profetas prenunciaron el advenimiento de Jesús, así él anunció la venida de Otro igual que él y sucesor suyo. Uno ascendía, mientras el otro descendía. El mismo reconocimiento y deferencia que los discípulos acordaron a la autoridad de su Señor, habrían de brindar al Espíritu Santo como vicario de Cristo en la tierra.
Así como la misión de Cristo debía realizarse en un marco de tiempo determinado, la del Espíritu Santo también tendría límites específicos: del Pentecostés a la Segunda Venida. El Espíritu es una persona de la Deidad, que vino a la tierra de manera específica, en un tiempo determinado, para realizar una obra particular. Y, desde entonces, ha estado aquí tan ciertamente como Jesús estuvo durante los 33 años que duró su misión especial.
“La dispensación en la cual vivimos debe ser, para los que soliciten, la del Espíritu Santo” (Testimonios para los ministros, p. 511).
Nos hallamos bajo la tutela personal y directa de la tercera Persona de la Deidad tan ciertamente como los discípulos lo estuvieron bajo la dirección de la segunda.
El Pentecostés fue, por así decirlo, la sesión inaugural de la obra especial del Espíritu Santo, aunque este existía y obraba desde tiempos inmemoriales. Muchas biografías de Cristo comienzan con Belén y terminan en el Gólgota, a pesar de que él existía desde los días de la eternidad.
El Espíritu se menciona 88 veces en 22 de los 39 libros del Antiguo Testamento. Las huellas de la tercera persona de la Deidad pueden trazarse a lo largo de los siglos, desde el comienzo del mundo.
Manifestaciones del Espíritu en el Antiguo Testamento
El Espíritu Santo se hallaba presente en la Creación, “moviéndose” sobre la faz del caos, y fue el agente productor del cosmos. También se lo menciona específicamente en conexión con la humanidad. Pero, antes del Pentecostés vino a la tierra más como visitante pasajero, con el fin de capacitar a ciertos hombres para la realización de tareas especiales, y no para actuar constantemente entre ellos. Descendió sobre ciertos individuos obrando a través de ellos o revistiéndolos de un poder formidable para efectuar acciones particulares. Luchó con los hombres (Gén. 6:3); concedió pericia a Bezaleel (Éxo. 31:3-5); dio fuerzas a Sansón (Juec. 14:6). De modo que el Espíritu Santo hizo de los seres humanos sus instrumentos en el cumplimiento de tareas o la transmisión de mensajes. También fueron como estos los casos de Josué (Núm. 27:18); Gedeón (Juec. 6:34); Saúl (1 Sam. 10:10) y David (1 Sam. 16:13). Notemos:
“Durante la era patriarcal, la influencia del Espíritu Santo se había revelado a menudo en forma señalada, pero nunca en su plenitud. Ahora, en obediencia a la palabra del Salvador, los discípulos ofrecieron sus súplicas por este don, y en el cielo Cristo añadió su intercesión. Reclamó el don del Espíritu, para poderlo derramar sobre su pueblo” (Los hechos de los apóstoles, p. 31).
De especial significado es el hecho de que, en el Antiguo Testamento, nunca se hable del Espíritu como el Consolador, “el Espíritu de Jesucristo” (Fil. 1:19) o “el Espíritu de su Hijo” (Gál. 4:6), u otras expresiones similares, sino como el Espíritu de Dios el Padre. ¿Por qué se encuentran todos estos nuevos títulos en el Nuevo Testamento? ¡Ah, algo había sucedido! ¡Un acontecimiento que había modificado las cosas!
Jesús nació y murió por nosotros; se levantó de la tumba y ascendió a los cielos. Y, cuando Cristo completó su obra terrenal y ascendió, con su humanidad glorificada, a fin de tomar su lugar en los atrios celestiales, entonces se cumplieron las condiciones para que el Espíritu Santo descendiera como representante oficial y sucesor de Cristo, haciendo eficaz su obra redentora para cada individuo. De modo que vino trascendentalmente como el Espíritu de Jesús.
La provisión del Nuevo Testamento
De paso, puede ser de interés notar que el Espíritu Santo se menciona 262 veces en el Nuevo Testamento –un verdadero batallón de textos. Detrás de todo, encontramos la obra terrenal de Jesús acabada y la persona glorificada de nuestro adorable Señor. Al contemplar al Salvador glorificado, observamos que su obra terrenal fue concluida por su obediencia hasta la muerte, para traernos a Dios, mediante la sustitución vicaria obrada mediante su propia vida sin pecado y su muerte expiatoria, cumpliendo así los requerimientos de la justicia y la Ley, tanto como los de la santidad. Por esto vino el Espíritu Santo, como señal de que el Padre aceptaba la obra del Hijo; también, para dar al hombre la seguridad de que esa obra sería eficaz para él. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo” (Heb. 10:14, 15).
Tomemos en consideración el doble carácter de la obra del Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento, actuó sobre los hombres más de afuera hacia adentro, pero no moró permanentemente en ellos. Se les apareció y los revistió de poder, y en algunos casos hizo a menudo su morada en ellos. Pero, desde Pentecostés en adelante, se efectuó un tremendo cambio. A partir de ese momento, la suya es una obra especial, diferente de la realizada en épocas pasadas. Se hizo provisión para que, en adelante, el Espíritu entrara y viviera en todos los creyentes cristianos, y para que su obra se realizase de adentro hacia afuera, llenándolo todo e impregnándolo todo.
Esta presencia del Espíritu Divino en el ser íntimo de cada persona es la gloria distintiva de la dispensación cristiana. Todo el pasado había sido una experiencia preparatoria para esto. La provisión del Antiguo Testamento había sido promesa y preparación; la del Nuevo, cumplimiento y posesión. La diferencia yace, simplemente, en la distinción de significado entre una obra hecha desde afuera y la de morar en lo íntimo del ser. Y este morar en lo íntimo del ser es una posesión permanente, puesto que el Espíritu viviría con nosotros perpetuamente.
Un don del Padre, por intermedio del Hijo
La venida del Espíritu Santo fue un don del Padre, concedido por intermedio del Hijo (Juan 14:16). La voz griega que se refiere a Cristo orando o solicitando del Padre el Espíritu, da la idea de una petición efectuada por alguien en perfecta igualdad con él. No obstante, no suplicó por el Espíritu Santo, en su maravillosa oración ofrecida poco después y registrada en Juan 17. ¿Por qué? Porque todavía no había sido consumada su pasión.
El Espíritu vino a vindicar el carácter del ministerio de Jesucristo y de su misión de sacrificio (Juan 14:23-26). Su venida se fundamentaba en la obra completa y acabada del Calvario. Fue el Cristo glorificado quien solicitó, recibió y envió el Espíritu Santo a sus anhelantes discípulos.
El Espíritu Santo es, intrínsecamente, un don de Dios al hombre. No puede ser comprado, ganado, descubierto ni cultivado. El hombre no puede exigir tal don de Dios. El Espíritu Santo no fue derramado en respuesta a una mera oración humana ni sobre la base de sus méritos. Pero, a causa de la obra realizada por Jesús y la satisfacción obtenida, el justo Dios envió al Espíritu Santo para iniciar un nuevo movimiento entre los hombres y para inaugurar la nueva dispensación.
El don del Espíritu Santo debe distinguirse de los dones que el Espíritu Santo concede. Así como los emperadores romanos arrojaban a las multitudes las monedas de los reinos conquistados al entrar triunfalmente en Roma, así también Cristo envió este Regalo supremo a los hombres después de su procesión triunfal en el cielo. Por supuesto, la culminación de todos los dones que el Espíritu Santo derrama sobre la iglesia remanente ha sido la restauración del don del espíritu de profecía. Pero, esto es asunto aparte.
La relación entre el Calvario y Pentecostés
Juan el Bautista declaró que el bautismo del Espíritu Santo constituiría el propósito vital del ministerio de Jesucristo: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mat. 3:11; véase también Juan 1:33).
El mensaje de Juan concerniente a Cristo era doble: la sangre del Cordero para quitar el pecado, y el bautismo del Espíritu para resguardar del pecado; esto es, el Calvario y el Pentecostés. La culminación de la obra del Calvario en favor de la dispensación presente se halla en el don del Espíritu Santo enviado por Jesucristo. Estas son dos verdades inseparables. Sin el Calvario, no podía haber Pentecostés; y sin Pentecostés, el Calvario sería de poco provecho. Observemos:
“El Espíritu Santo era el más elevado de todos los dones que podía solicitar de su Padre para la exaltación de su pueblo. El Espíritu iba a ser dado como un agente regenerador, y sin esto el sacrificio de Cristo habría sido inútil. El poder del mal se había estado fortaleciendo durante siglos, y la sumisión de los hombres a este cautiverio satánico era asombrosa. El pecado podía ser resistido y vencido únicamente por la poderosa intervención de la tercera persona de la Deidad, que iba a venir no con energía modificada, sino en la plenitud del poder divino. El Espíritu es el que hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo. Por el Espíritu es purificado el corazón. Por el Espíritu llega a ser el creyente partícipe de la naturaleza divina. Cristo ha dado su Espíritu como poder divino para vencer todas las tendencias hacia el mal, hereditarias y cultivadas, y para grabar su propio carácter en su iglesia” (El Deseado de todas las gentes, p. 625).
Si no fuera por la atmósfera que rodea nuestro planeta Tierra, el Sol –a pesar de ser una esfera de fuego– brillaría sobre nosotros tan fríamente como una estrella rutilante. La atmósfera que envuelve la tierra recibe sus rayos y los transforma en calor, luz y color. Del mismo modo, si no fuera por el Espíritu Santo, Cristo, sentado a la diestra del Padre, podría ser adorado solamente como un Señor resucitado y ascendido. Pero el Espíritu Santo lo revela a nuestros corazones como la Luz, la Vida y la Verdad.
Y, como sucede cuando miramos a través de un telescopio, que no vemos las lentes sino el objeto que estas acercan, así tampoco vemos al Espíritu Santo cuando lo miramos, sino “a Jesús solo”. La Cruz se comprende mucho más fácilmente porque el derramamiento de sangre es externo y visible, y es para todos; mientras que el don del Espíritu es interno e invisible, y solo para el discípulo amante y obediente. Su morada en el ser interior, por ser una realidad espiritual, no es fácilmente comprendida ni aceptada como verdad práctica.
La sangre del Calvario purifica el templo del alma; pero la provisión divina es más amplia. Según esta, nada menos que la plena ocupación de la morada interior por parte del Espíritu satisfará jamás a Dios o al hombre.
La presencia personal de Cristo localizada
El bautismo del Espíritu no se produjo durante los tres años del ministerio terrenal de Cristo. Era imposible, a causa de la localización y las limitaciones de su humanidad y porque “aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Juan 7:39). De modo que, durante su carrera terrenal, Jesús nunca bautizó con el Espíritu Santo.
Entre sus últimas palabras figura el encargo de esperar el prometido bautismo después de su partida: “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hech. 1:4, 5).
Aquel que bautizaría a sus seguidores con el Espíritu Santo era el ejemplo viviente de todo lo que él desea incorporar en nuestras vidas. El Espíritu lo engendró. Creció bajo el poder y la tutela del Espíritu. Al cruzar el umbral de su ministerio, fue ungido en forma especial por el Espíritu para el servicio. Con el poder del Espíritu vivió su vida, realizó sus milagros y enseñó sus principios. Y se levantó de los muertos por el poder del Espíritu. De la cuna a la tumba, el Espíritu Santo vivió dentro de él.
“La humanidad de Cristo estaba unida con la divinidad. Fue hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en él. Y él vino para hacemos participantes de la naturaleza divina” (ibíd., pp. 98, 99).
Recordemos que la encarnación de Cristo, su vida inmaculada y su muerte redentora, su resurrección y ascensión, así como la iniciación de su obra mediadora, fueron absolutamente indispensables, a la vez que eran pasos preliminares para este solo fin: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gál. 3:13, 14).
Blanco de redención presente
Y este blanco de redención presente era imposible antes de su glorificación (Juan 7:39). Por eso, Pedro declara: “Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hech. 2:33).
La roca de Horeb era una figura metafórica. El herir la peña produjo agua corriente. Así también, el derramamiento del Espíritu Santo se produjo como respuesta a la muerte redentora de Cristo. Su muerte destruyó toda barrera entre Dios y el pecador (2 Cor. 5:19). La aceptación del sacrificio del Hijo, por parte del Padre, era la condición indispensable de nuestra justificación.
Pero solamente la venida del Espíritu Santo podía aplicar los resultados de ese sacrificio, haciendo efectivo en nosotros lo que Cristo realizó por nosotros. Al perfeccionar su naturaleza humana, Jesús pudo entonces transmitir lo que antes era imposible. Y la tarea del Espíritu Santo, en esta dispensación, consiste en aplicar y transmitir individualmente la obra redentora de Cristo a los corazones humanos regenerándolos, justificándolos y santificándolos, al mismo tiempo que comunicándoles la vida misma de nuestro Señor resucitado, mientras esperamos su segunda venida física, tangible.
Capítulo 2
LA PERSONALIDAD DEL ESPÍRITU
Consideremos ahora el carácter del Espíritu Santo. Él es el “otro Consolador”. Esta designación identifica al Espíritu prometido con el Señor que lo prometió, tanto en ser como en carácter, propósito y actividad. El Espíritu Santo es el otro yo de Cristo, por así decirlo, idéntico a él en naturaleza y en carácter. Si se nos permite un símil imperfecto, diríamos que son como dos lados de un triángulo: similares y relacionados, pero diferentes. Notemos la cita siguiente:
“El Espíritu Santo no se había manifestado todavía plenamente; porque Cristo no había sido glorificado todavía. La impartición más abundante del Espíritu no sucedió hasta después de la ascensión de Cristo. Mientras no lo recibiesen, no podrían los discípulos cumplir la comisión de predicar el evangelio al mundo. Pero en ese momento el Espíritu les fue dado con un propósito especial. Antes de que los discípulos pudiesen cumplir sus deberes oficiales en relación con la iglesia, Cristo sopló su Espíritu sobre ellos. Les confiaba un cometido muy sagrado y quería hacerles entender que sin el Espíritu Santo esta obra no podía hacerse.
“El Espíritu Santo es el aliento de la vida espiritual. La impartición del Espíritu es la impartición de la vida de Cristo. Comunica al que lo recibe los atributos de Cristo” (El Deseado de todas las gentes, p. 745).
Jesús dijo de sí mismo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Luc. 4:18, 19). No se puede sanar al quebrantado de corazón sin el Consolador, porque él es quien acompaña para socorrer. Los discípulos debían perderlo a él, el primer Consolador, de modo que les pudiera enviar a otro. Mientras Cristo viva, esa promesa perdurará.
El ministerio del Paracleto
La expresión Consolador es una traducción inadecuada de la voz griega Parácletos, el nombre particular que designaría el nuevo ministerio que estaba por iniciar el Espíritu. Paracleto se traduce mejor por abogado, nos asegura la mayoría de los comentaristas. También significa representante, intercesor, suplicante, consolador. Verdaderamente es un término intraducible. Es la misma palabra que se emplea para caracterizar la obra de Cristo ante el Padre: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
En Grecia y Roma, durante los tiempos del Nuevo Testamento, el abogado ayudaba al cliente de dos formas diferentes: a veces lo representaba ante el tribunal, abogando por su causa; en otras ocasiones, le preparaba solamente su discurso para que el cliente hablara por sí mismo. Así también Cristo es nuestro abogado delante del Padre, y el Espíritu Santo es el abogado de Cristo ante nosotros.
Así como Cristo intercede por nosotros, también el Espíritu intercede por Cristo en nuestro corazón. ¿Seremos nosotros –que rendimos pleitesía a los representantes de gobiernos terrenales– culpables de negligencia y falta de respeto ante este Abogado del Rey celestial, el representante de Cristo ante la iglesia y el mundo?
El Espíritu es una Persona divina
El tratamiento del carácter del Espíritu Santo nos conduce directamente a la consideración de su personalidad. Es muy fácil pensar acerca del Padre y de Jesús como personas. Al parecer, los visualizamos, si es que podemos usar este término. Pero, el Espíritu Santo es considerado como algo misterioso, tan invisible y secreto, y de acciones tan apartadas de nuestros sentidos que su personalidad se pone en duda cuando es contrastada con la conducta de las otras personas de la Deidad.
Por supuesto, él ha aparecido en forma visible para los sentidos humanos, tomando en una ocasión, por ejemplo, la forma de una paloma (Luc. 3:22). Además, se dice mucho sobre su influencia, sus gracias, su poder y sus dones. Por esta razón, a veces nos sentimos inclinados a considerarlo como una influencia, un poder o una energía. Símbolos tales como el viento, el fuego, el aceite, el agua y otros han ayudado a que se piense en este sentido.
Más aún, el mismo hecho de que el nombre Espíritu sea, en el original griego, un sustantivo neutro y que, siguiendo normas gramaticales estrictas, en inglés se haya utilizado, para referirse a él, el pronombre impersonal1 itself en la Authorized Version (Versión Autorizada) en Romanos 8:16 y 26, ha tenido gran influencia sobre la impropia comprensión popular del término “El Espíritu mismo [“itself”] da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”; “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo [“itself”] intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Rom. 8:16, 26). Sin embargo, el pronombre impersonal que se usa para cosas ha sido reemplazado, en la Revised Version [Versión Revisada], por el pronombre personal (himself en lugar de itself), para que armonizara con la idea de su personalidad.
Una cuestión de importancia suprema
No es esta una cuestión meramente técnica, académica o poco práctica. Encierra una importancia suprema y del más elevado valor práctico. Si el Espíritu es una persona divina, pero lo consideramos como una influencia impersonal, estamos robando a esta persona divina la deferencia, el honor y el amor que le debemos. Además, si el Espíritu Santo fuera una mera influencia o poder, trataríamos nosotros de obtenerlo y usarlo. Pero, si lo reconocemos como una persona, estudiaremos cómo someternos a él, de modo que él nos emplee según su voluntad. Si pensamos que podemos poseer al Espíritu Santo, nos sentiremos inclinados a engreírnos e inflarnos; pero, el otro concepto –el verdadero– nos conduce a la renuncia personal de nosotros mismos, a la negación y la humillación del yo. No hay nada mejor calculado para abatir la gloria del hombre en el polvo. Acerca de este punto, notemos una vez más la palabra del Espíritu de Profecía.
“No podemos nosotros emplear el Espíritu Santo; el Espíritu es quien nos ha de emplear a nosotros. Por medio del Espíritu, Dios obra en su pueblo ‘así el querer como el hacer, por su buena voluntad’. Pero muchos no quieren someterse a ser guiados. Quieren dirigirse a sí mismos. Esta es la razón por la cual no reciben el don celestial. Únicamente a aquellos que esperan humildemente en Dios, que esperan su dirección y gracia, se da el Espíritu. Esta bendición prometida, pedida con fe, trae consigo todas las demás bendiciones. Se da según las riquezas de la gracia de Cristo, y está lista para abastecer toda alma según su capacidad de recepción” (Obreros evangélicos, p. 302).
No, el Espíritu Santo no es una influencia tenue que emana del Padre. No es un “algo” impersonal que debe reconocerse vagamente, tal como un principio invisible de vida. En la mente de multitud de personas, el Espíritu Santo ha sido separado de su personalidad; ha sido transformado en algo intangible, etéreo, escondido en nieblas y envuelto en irrealidad. No obstante, la mayor realidad invisible en el mundo de hoy es el Espíritu Santo: una personalidad sagrada. Jesús fue la persona más notable e influyente que jamás haya existido en este viejo mundo; y el Espíritu Santo vino a llenar su lugar vacante. Nadie sino una persona divina podía tomar el lugar de su persona maravillosa. Jamás una mera influencia hubiera sido suficiente.
La naturaleza de su personalidad
Se corre el riesgo de limitar la idea de personalidad a meras manifestaciones corporales. Nos resulta difícil comprender el concepto de personalidad divorciado de las formas tangibles y corporales de la humanidad: seres provistos de cuerpos físicos y limitados. Pero, personalidad y realidad corpórea han de distinguirse claramente, aunque a menudo se confundan. La idea de personalidad no está circunscripta a las limitaciones de la humanidad. El Espíritu de Profecía también habla acerca de esto:
“El Espíritu Santo es el representante de Cristo, pero despojado de la personalidad humana e independiente de ella. Estorbado por la humanidad, Cristo no podía estar en todo lugar personalmente. Por lo tanto, convenía a sus discípulos que fuese al Padre y enviase el Espíritu como su sucesor en la tierra. Nadie podría entonces tener ventaja por su situación o su contacto personal con Cristo. Por el Espíritu, el Salvador sería accesible a todos. En este sentido, estaría más cerca de ellos que si no hubiese ascendido a lo alto” (El Deseado de todas las gentes, pp. 622, 623).
Dios el Espíritu no ha de medirse con patrones humanos. No podemos expresar lo infinito en términos perecederos. El Espíritu Santo está más allá de una definición acabada y concisa, y no necesitamos resolver el misterio de su naturaleza. Acerca de esto se nos amonesta específicamente:
“No es esencial para nosotros ser capaces de definir con precisión qué es el Espíritu Santo. Cristo nos dice que el Espíritu es el Consolador, ‘el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre’ (Juan 15:26). Se asevera claramente, tocante al Espíritu Santo, que en su obra de guiar a los hombres a toda verdad, ‘no hablará de sí mismo’ (Juan 16:13).
“La naturaleza del Espíritu Santo es un misterio. Los hombres no pueden explicarla, porque el Señor no se la ha revelado. Los hombres de conceptos fantásticos pueden reunir pasajes de las Escrituras y darles interpretación humana; pero la aceptación de esos conceptos no fortalecerá a la iglesia. En cuanto a estos misterios, demasiado profundos para el entendimiento humano, el silencio es de oro” (Los hechos de los apóstoles, p. 43).
“Todos nuestros maestros deben mantener una relación viva con Dios. Si Dios mandase a su Espíritu Santo a nuestras escuelas para amoldar los corazones, elevar el intelecto y dar sabiduría divina a los estudiantes, habría quienes, en su estado actual, se interpondrían entre Dios y los que necesitan la luz. No comprenderían la obra del Espíritu Santo; nunca la han comprendido; en lo pasado ha sido para ellos un misterio tan grande como lo fueron para los judíos las lecciones de Cristo. Su obra no consiste en crear curiosidad. No toca a los hombres decidir si pondrán las manos sobre las manifestaciones del Espíritu de Dios. Debemos dejar a Dios obrar” (Consejos para los maestros, pp. 358, 359).
La tercera persona de la Deidad
Observemos, también, que la misma instrucción inspirada establece incontrovertiblemente la certeza de su personalidad. Él es “la tercera persona de la Deidad”:
“El mal se había estado acumulando durante siglos, y solo podía ser restringido y resistido por el grandioso poder del Espíritu Santo, la tercera persona de la Deidad, que vendría no con energía modificada, sino con la plenitud del poder divino” (Testimonios para los ministros, p. 392).
Hay “tres personas vivientes” en el Trío celestial: “El Padre es toda la plenitud de la Deidad corporalmente, invisible a los ojos mortales.
“El Hijo [de Dios] es toda la plenitud de la Deidad manifestada. La Palabra de Dios declara que él es ‘la imagen misma de su sustancia [“personal”]’ (Heb. 1:3). ‘Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna’. Aquí se muestra la personalidad del Padre.
“El Consolador que Cristo prometió enviar después de ascender al cielo es el Espíritu en toda la plenitud de la Deidad, manifestando el poder de la gracia divina a todos los que reciben a Cristo y creen en él como un Salvador personal. Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos tres seres grandiosos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se bautizan los que reciben a Cristo por medio de una fe viva, y estos poderes cooperarán con los obedientes siervos del cielo en sus esfuerzos por vivir la nueva vida en Cristo” (Testimonies, serie B, Nº 7, pp. 62, 63, año 1905; El evangelismo, p. 446).
Cuatro atributos de personalidad
Dios no es un hombre magnificado o sublimado. Solo él posee personalidad perfecta. La ha tenido desde los días de la eternidad, infinitamente antes de que existiera cualquier ser humano con sus limitaciones. Se puede mencionar cuatro atributos de la personalidad: 1) voluntad, 2) inteligencia, 3) poder, 4) capacidad para amar. La personalidad comprende, por lo tanto, un ser consciente de sí mismo, que se conoce a sí mismo, con voluntad propia y con poder de autodecisión.
Una persona es un ser con quien nos podemos comunicar, en quien se puede confiar o del que es posible dudar, a quien se puede amar u odiar, adorar o insultar. En el hombre, estos atributos esenciales de personalidad se encuentran en forma limitada o imperfecta, pero Dios los posee perfecta e ilimitadamente. De modo que la personalidad del Espíritu Santo no admite comparaciones.
Sería de gran ayuda que escucháramos la forma en que Jesús se refiere a este punto, en los capítulos 14 y 16 del Evangelio de Juan. No expresa él siquiera una palabra que pudiera aducirse en apoyo de la idea de que el Espíritu Santo sea simplemente una influencia. Jesús se dirige a él, y lo trata como una persona. Lo llama el Paracleto, un título que solo puede ostentar un ser personal.
La idea de personalidad domina la construcción gramatical de sus oraciones. En los capítulos 14, 15 y 16 de Juan, se usan no menos de 24 veces diversos pronombres personales aplicables al Espíritu (nótense, por ejemplo, Juan 15:26 y 16:13). No es que las personas de la Deidad sean masculinas en contraste con lo femenino, sino que son seres personales en contraste con lo impersonal.
En ciertos textos, la personalidad del Espíritu se presenta subordinada con el propósito de dar énfasis a otra característica. Cristo presenta al Espíritu como alguien que enseña, habla, testifica, guía, escucha y declara. Estas son señales de inteligencia y de discriminación, por lo tanto, lo son de personalidad.
Se le atribuyen cualidades personales
Hagamos ahora un rápido examen del testimonio bíblico acerca de la personalidad del Espíritu Santo. Se le atribuyen cualidades personales, acciones personales y relaciones personales. No es la posesión de pies y manos lo que caracteriza a una personalidad, sino el conocimiento, los sentimientos, la voluntad y el amor.
1. CONOCIMIENTO: “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor. 2:11). El Espíritu Santo es una persona calificada para tratar con seres personales en forma consciente e inteligente, haciéndoles saber lo que hay para ellos en el corazón de Dios, así como lo que existe en sus propios corazones. Es un absurdo referirse a una influencia, energía o poder como algo que posea esa clase de comprensión.
2. VOLUNTAD: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11). Aquí tenemos la más contundente prueba de personalidad. La voluntad es el elemento más distintivo de cualquier persona.
3. MENTE: “Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Rom. 8:27). En el idioma griego, esto implica tanto pensamiento como propósito. En Hechos 15:28, se encuentra un ejemplo de esto mismo: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias”. Conforme a esto, leemos:
“Por medio del poder del Espíritu Santo, toda obra que Dios ha señalado debe elevarse y ennoblecerse, y debe dar testimonio en favor del Señor. El hombre debe colocarse bajo el control de la mente eterna, cuyos dictados debe obedecer en todo sentido” (Consejos sobre la salud, p. 525).
4. AMOR: “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu” (Rom. 15:30). El Espíritu Santo no es un poder ciego sino una persona que ama con los afectos más tiernos.
5. COMUNIÓN: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Cor. 13:14). En esta forma, el Espíritu está unido con la personalidad suprema del Padre y el Hijo en la bendición apostólica. Y la comunión con el Espíritu Santo solo puede lograrse sobre la base de su personalidad. Esta comunión implica sociedad y reciprocidad.
6. SE LO PUEDE CONTRISTAR: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efe. 4:30). ¡Cómo moldeará enteramente la vida la comprensión de este pensamiento, referente a la santa persona del Espíritu!
7. SE LO PUEDE INSULTAR Y TENTAR. SE LE PUEDE MENTIR: Notemos los siguientes pasajes bíblicos: “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (Heb. 10:29). “Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti” (Hech. 5:9). “Y le dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?[...]. No has mentido a los hombres sino a Dios” (Hech. 5:3, 4). Estas son evidencias de que el Espíritu es susceptible de maltrato.
Atributos y obras divinos
La más solemne amonestación proferida por Jesús en los cuatro Evangelios declara que si sus palabras o su persona fueran rechazadas por los hombres podrían ser perdonados, pero ninguno que pecara contra el Espíritu Santo y finalmente rehusara sus enseñanzas podría ser perdonado. Es inconcebible que un ser humano pudiera pecar en esa forma contra una influencia, un poder o una energía, corriendo el riesgo de cometer, así, un pecado imperdonable.
Revisemos, a continuación, algunos de los hechos adjudicados al Espíritu, realizables solo por personas. Pensemos en su acción de inspirar las Sagradas Escrituras, sus órdenes y prohibiciones, su nombramiento de ministros, sus deprecaciones y oraciones, sus enseñanzas y testimonios, sus luchas y esfuerzos por convencer. Hay unas veinte acciones diferentes, contadas entre los actos más elevados que una personalidad inteligente puede efectuar y que no podrían ser realizados por una influencia.
Pero, el Espíritu Santo es más que una mera personalidad. Es una persona divina. Se lo llama Dios (Hech. 5:3, 4), la tercera persona de la Deidad. Posee atributos divinos: omnisapiencia (Luc. 1:35); omnipresencia (Sal. 139:7-10); y vida eterna (Heb. 9:14). Estos pertenecen solamente a Dios y, sin embargo, también se atribuyen al Espíritu. Él es mayor que los ángeles porque, como representante de Cristo, dirige en la tierra a los ángeles que batallan contra las legiones de las tinieblas.
“Todos los seres celestiales están en este ejército. Y hay más que ángeles en las filas. El Espíritu Santo, el representante del Capitán de la hueste del Señor, baja a dirigir la batalla” (El Deseado de todas las gentes, pp. 318, 319).
Además, se adjudica al Espíritu Santo la realización de obras divinas: creación (Job 33:4); regeneración (Juan 3:5-8); resurrección (1 Ped. 3:18); y el ser fuente de profecía (2 Ped. 1:21). Estas obras podrían ser realizadas únicamente por Dios mismo. Así que el Espíritu Santo no es solo una persona sino también una persona divina. En el plan de Dios, su ministerio incluye creación, inspiración, convicción, regeneración, santificación y capacitación para un servicio más efectivo.
Su relación con la Deidad
Esto nos lleva a un breve examen de la relación del Espíritu Santo con las otras personas de la Deidad. Nuestra concepción de la Trinidad a veces nos inclina a imaginar tres dioses en lugar de uno. Nuestro Dios es uno solo (Deut. 6:4); pero hay tres personas en esta Deidad singular. La dificultad surge al tratar de concebir los seres espirituales en términos físicos. Probablemente, una ilustración cruda podría ser apropiada: un triángulo es una figura, pero posee tres lados. Así, también la Deidad, siendo una, se manifiesta como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El mismo Jesús aseveró: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). La siguiente declaración es de gran ayuda:
“‘Si me conocieseis –dijo Cristo–, también a mi Padre conocierais: y desde ahora le conocéis, y le habéis visto’. Pero los discípulos no lo comprendieron todavía. ‘Señor, muéstranos al Padre –exclamó Felipe, y nos basta’.
“Asombrado por esta dureza de entendimiento, Cristo preguntó, con dolorosa sorpresa: ‘¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?’ ¿Es posible que no veáis al Padre en las obras que hace por medio de mí? ¿No creéis que he venido para testificar acerca del Padre? ‘¿Cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?’ ‘El que me ha visto, ha visto al Padre’. Cristo no había dejado de ser Dios cuando se hizo hombre. Aunque se había humillado hasta asumir la humanidad, seguía siendo divino” (ibíd., pp. 618, 619).
Con referencia a la venida del Espíritu Santo, Cristo afirmó, nuevamente:
“Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros [...] y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:16-18, 23).
De modo que la presencia del Espíritu Santo implica también la presencia de Jesús y del Padre. En otras palabras, en esta dispensación del Espíritu Santo, la plenitud de la Deidad se halla presente y operante en el mundo. Entonces, el Espíritu Santo es, por así decirlo, el otro yo de Jesús, y mediante él Jesús hace real su presencia universal en todo su pueblo.
“Los que ven a Cristo en su verdadero carácter, y le reciben en el corazón, tienen vida eterna. Por el Espíritu es como Cristo mora en nosotros; y el Espíritu de Dios, recibido en el corazón por la fe, es el principio de la vida eterna” (ibíd., p. 352).
Tres dispensaciones consecutivas
Antes de que Cristo se humanara, el Padre era la persona más conspicua en el horizonte de la Deidad; cuando Cristo vino al mundo, la segunda persona llenó este horizonte; y en esta dispensación del Espíritu, la tercera persona ocupa el lugar de preeminencia, constituyendo la culminación de las provisiones progresivas de Dios.
En la dispensación del Padre, la norma de la ley era sobresaliente; en la dispensación del Hijo, se agregó la reconciliación; y en la dispensación del Espíritu Santo se añade el poder santificador y habilitador. Por lo tanto, estos tres conceptos son acumulativos. Cada uno refuerza y suple al anterior.
En cada dispensación, la espiritualidad de la iglesia ha estado condicionada a su adhesión a la verdad principal del período en que vivía. Se estableció la norma de la justificación, se proveyó el medio de reconciliación y expiación, y por último, ahora el agente que había de aplicar estos beneficios al hombre ocupa el campo en forma predominante.
Las tres grandes pruebas históricas de fe referentes a la santificación son: primero, en el período anterior a la encarnación, la prueba de “un Dios” versus el politeísmo, y el derecho divino de gobernar, con la ley como norma y el sábado como señal; segundo, la prueba de comprobar si, en ocasión del primer advenimiento de Cristo, quienes habían cumplido la primera prueba aceptarían a Jesús como el Hijo y el Redentor divino; luego la tercera, después de haber aceptado las primeras dos, ver si nos someteremos enteramente al poder del Espíritu Santo, con el fin de que él haga eficaz, en nosotros, todo lo que se nos había preparado.
Estos amplios principios fundamentales contienen todo lo que es vital en el plan divino de salvación.
La Deidad es una Trinidad
La pluralidad de la Deidad se indica por primera vez en Génesis 1:26, cuando Dios dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen”. El Padre es la fuente, el Hijo el intermediario y el Espíritu Santo es el medio a través de quien la creación llegó a existir. La Trinidad de la Deidad se halla implicada varias veces en el Antiguo Testamento. En Números 6:24 al 27, el nombre del Señor es repetido tres veces –no cuatro ni dos, sino tres–, después de lo cual se indica: “Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel”. “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”.
Esta triple repetición conforma, precisamente, un estrecho paralelismo con la bendición apostólica del Nuevo Testamento, encontrada en 2 Corintios 13:14: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”. Aunque aquí el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se mencionan por nombre, en la cita de Números el nombre del Espíritu se halla asociado con los del Padre y el Hijo, en la triple mención del nombre singular de Jehová.
Leemos, además, en Isaías 6:1 al 3:
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”.
Encontramos, en ese pasaje, otra triple alusión a una Persona. Pero, nótese de nuevo esta referencia de Isaías 48:16:
“Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu”.
Aquí hallamos al “Señor”, al “Espíritu” y al “Yo” (el que vendría). Tan pronto como Jesús anduvo sobre la tierra entre los hombres, con su propia individualidad se hizo inevitable que se reconocieran claramente las personas de la Deidad. Y no hay argumento bíblico en favor de la divinidad y personalidad del Padre y el Hijo que no establezca, también, las del Espíritu Santo.
En ocasión del bautismo de Jesús (Mat. 3:16, 17), la voz del Padre anunció el contentamiento que halla en el Hijo, y descendió al mismo tiempo la unción del Espíritu divino. En este incidente se advierten claramente las tres personas de la Deidad. También, en la Gran Comisión de Mateo 28:19, la fórmula bautismal contiene el nombre del Espíritu Santo colocado en igualdad con los del Padre y el Hijo. Por su parte, en su sermón pentecostal, Pedro declaró:
“Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hech. 2:33).
La misma idea se evidencia también en los capítulos de Juan que estamos considerando:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”. “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:16, 26).
“Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26).
“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:13-15).
A esto debe agregarse la declaración de Pablo: “Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efe. 2:18). Y en Hebreos 10:9 al 15, el Padre decide, el Hijo obra y el Espíritu testifica.
Concerniente a este insondable misterio, no tenemos absolutamente ninguna teoría que ofrecer. No pretendemos definir ni analizar la naturaleza de la Trinidad. Esto es, simplemente, una verdad revelada y declarada.
Un vistazo a una historia de perversión
Una palabra más antes de terminar con esta sección sobre el carácter del Espíritu Santo. Un breve comentario sobre la historia de la tergiversación de esta verdad puede ser útil. En el siglo III –un tiempo de apostasías florecientes–, Pablo de Samotracia presentó una teoría que negaba la personalidad del Espíritu, considerándolo como una simple influencia, una expresión de energía y poder divinos, una fuerza que emanaba de Dios para ser ejercida entre los hombres. Luego, durante el tiempo de la Reforma protestante, hubo dos hombres, Laeleus Socinus y su sobrino Fausto, que revivieron esa teoría, y muchos la aceptaron.
La influencia enfriadora de este concepto se deja sentir aún en todas las iglesias protestantes. En la Versión Inglesa Autorizada de la Biblia, que data de 1611, el pronombre personal aplicado por Cristo al Espíritu Santo se traduce por el pronombre neutro ‘lit” o “itself”, en Romanos 8:16 y 26. Este es un indicador de la actitud imperante en aquel tiempo, porque los cristianos de entonces hablaban del Espíritu como de algo neutro.
Es muy significativo el hecho de que las declaraciones del Espíritu de Profecía referentes a este asunto contradijeran directamente los sentimientos prevalecientes de algunos pioneros del Movimiento Adventista quienes, al referirse al Espíritu, se inclinaban hacia esta idea de una influencia impersonal, descartando así la doctrina de la Trinidad. Verdaderamente, la fuente de esos escritos inspirados es el cielo, y no la tierra.
No solamente se atacó la personalidad del Espíritu Santo en aquellos lejanos siglos, sino también su divinidad fue puesta en duda por Arrio, un presbítero de Alejandría del siglo IV. Él enseñaba que Dios es una persona eterna, infinitamente superior a los ángeles, y que su Hijo unigénito ejerció poder sobrenatural en la creación de la tercera persona, el Espíritu Santo.
La diferencia entre estas dos herejías, el socinianismo y el arrianismo, consiste en que el último reconoce la personalidad del Espíritu Santo mientras que niega su divinidad. Según Arrio, el Espíritu Santo es una persona creada; y, como creada, no pertenece a la Deidad. Hasta aquí nuestro estudio sobre la personalidad del Espíritu.
1 La idea de pronombres neutros o impersonales para referirse al Espíritu no puede apreciarse en castellano con la misma claridad que en inglés, por no existir el problema en nuestro idioma (N. del T.)
Capítulo 3
LA MISIÓN DEL ESPÍRITU
Llegamos ahora a la tercera fase de nuestro estudio, la misión del Espíritu Santo. Su oficio es quíntuple:
1. En primer lugar, revela a Cristo, como una presencia que mora dentro del alma.
2. Revela la verdad de Dios, haciéndola una realidad en lo más íntimo del ser.
3. Se le ha confiado la tarea de santificar al hombre.
4. Testifica acerca de Cristo.
5. Glorifica a Cristo.
De todas las declaraciones del Señor Jesús, ninguna más que la siguiente dejó perplejos a los discípulos:
“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros” (Juan 16:7).
¡Cómo debió haberlos sorprendido! Durante tres años Jesús había vivido entre ellos. Habían escuchado la musicalidad de sus palabras; habían presenciado las maravillas de sus hechos. Sus esperanzas más caras se hallaban centradas en él. Pero, ahora les asegura que su partida será ganancia para ellos. ¿Por qué? Porque, en la carne, podía comunicarse con ellos solo mediante el vehículo externo del imperfecto lenguaje humano. Su presencia y su comunión eran externas.
La presencia personal de Cristo localizada
Por lo demás, su presencia era local, limitada e individualizada. Si estaba en Judea, no se hallaba en Egipto; si en Jerusalén, no en Capernaum. Después de enseñar sus principios, después de ordenar y comisionar a sus discípulos y después de ofrecerse a sí mismo por todos, finalizó su misión corporal. Su partida era un preliminar necesario para la venida del Espíritu; y para sus discípulos, esa venida sería ganancia.
Mejor que su presencia corporal durante la Era cristiana, sería su morada en lo íntimo de sus seguidores, por medio del Espíritu. A través del Espíritu Santo, él tiene comunión con innumerables corazones en todo el mundo. Ahora se halla presente en todas partes, sin limitaciones geográficas. Cuando Cristo estaba en la tierra, había entre él y los hombres una distancia material, porque se hallaba fuera de ellos. Gracias a la provisión del Espíritu Santo, esta distancia ha desaparecido. Ahora el Señor está infinitamente más cerca que cuando lavó los pies a los discípulos. Observemos esto:
“Y en el día de Pentecostés vino a ellos la presencia del Consolador, de quien Cristo había dicho: ‘Estará en vosotros’. Y les había dicho más: ‘Os conviene que yo vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendrá a vosotros; mas si me fuere, os le enviaré’. Y desde aquel día Cristo había de morar continuamente por el Espíritu en el corazón de sus hijos. Su unión con ellos era más estrecha que cuando él estaba personalmente con ellos. La luz, el amor y el poder de la presencia de Cristo resplandecían en ellos de tal manera que los hombres, mirándolos, ‘se maravillaban; y al fin los reconocían, que eran de los que habían estado con Jesús’ ” (El camino a Cristo, pp. 74, 75; [la cursiva es nuestra]).
La morada interior del Espíritu
No se puede sobrestimar la importancia de esta tremenda verdad. Volvamos a leer Juan 14:16, 17 y 21 al 23:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros”. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. [...] Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”.
El Espíritu Santo ha estado con los hombres en las épocas pasadas; pero, desde Pentecostés en adelante, el propósito de Dios ha sido que esté “en vosotros”. Esto ha de ser una realidad sagrada. El mundo no lo recibe porque no lo ve; la devoción del mundo se tributa a lo visible, lo material. Pero el cristiano debe experimentar en su ser la morada personal e interna de Dios el Espíritu Santo.
La primera y segunda personas de la Deidad residen ahora aquí, en la tierra, por medio de la tercera. El Espíritu es el representante omnipresente. Su presencia en el mundo abarca la de las otras dos personas. De esa manera nos percatamos de la presencia de Cristo. Para conocer al Padre, debemos conocer al Hijo (Mat. 11:27); y para conocer al Hijo, necesitamos conocer al Espíritu. De modo que el Hijo revela al Padre y el Espíritu revela al Hijo.
Así se termina nuestra orfandad. No hay más destitución ni soledad. Los seres humanos sienten hambre de la presencia personal de Cristo, y al someternos al Espíritu Santo obtenemos esa presencia transformadora. Acerca de esto leemos:
“La obra del Espíritu Santo es inconmensurablemente grande. De esta fuente el obrero de Dios recibe poder y eficiencia; y el Espíritu Santo es el Consolador, como la presencia personal de Cristo para el alma” (Elena G. de White, Review and Herald, 29 de noviembre, 1892 [la cursiva es nuestra]; Recibiréis poder, lectura del 17 de junio).
Une la vida de Dios con la del hombre
El Espíritu Santo viene como Dios a tomar posesión de la vida. Por medio de él, se percibe a nuestro Señor glorificado y viviente. Y él será impartido a cada alma tan completamente como si esta fuera la única en la tierra en quien mora Dios; y esta experiencia puede ser una relación ininterrumpida. Sin embargo, aunque el Cristo histórico es absolutamente necesario, no nos salva del poder del pecado. Para ello, debemos poseer un Salvador presente y viviente, y así el Cristo de la historia se transforma en el Cristo de la experiencia.
De nuevo leemos:
“El Espíritu Santo procura morar en cada alma. Si se le da la bienvenida como huésped de honor, quienes lo reciban serán hechos completos en Cristo. La buena obra comenzada se terminará; los pensamientos santificados, los afectos celestiales y las acciones como las de Cristo ocuparán el lugar de los sentimientos impuros, los pensamientos perversos y los actos rebeldes” (Consejos sobre la salud, p. 563).
“Y será en vosotros”. Para esto fue creado el hombre; para esto Jesús vivió y murió. Por falta de este hecho la vida del discípulo está plagada de fracasos, mientras que la verdadera vida cristiana consiste solamente en Jesús que vive su vida en nosotros. Debemos compenetrarnos del sentido de su presencia. Solo así el Señor será la realidad grande, gloriosa y viviente que llene todo nuestro horizonte.
El Hijo del hombre vino al mundo para unir la mismísima vida de Dios con la humanidad del hombre. Cuando él completó su obra mediante su obediencia, muerte y resurrección, fue exaltado a su Trono, para que el Espíritu Santo, que había vivido con él, pudiera venir como una presencia soberana y omnipresente, y el discípulo llegara a ser partícipe de su misma vida. Así, la vida del Creador penetra la de sus criaturas, y descubrimos lo que el Espíritu de Dios está haciendo por nosotros. Notémoslo:
“La transformación del carácter es para el mundo el testimonio de que Cristo mora en el creyente. Al sujetar los pensamientos y deseos a la voluntad de Cristo, el Espíritu de Dios produce nueva vida en el hombre y el hombre interior queda renovado a la imagen de Dios” (Profetas y reyes, p. 175).
Nos conduce a toda verdad
Además, el Espíritu también hace esto por nosotros: Nos guía “a toda verdad”. Porque él mismo es el “Espíritu de verdad” (Juan 16:13). Y nos enseñará “todas las cosas” (Juan 14:26). No hay verdad que necesitemos conocer para conducimos a la cual el Espíritu Santo no esté preparado. Y jamás pasaremos más allá de esa necesidad.
Había un guía, en los desiertos de Arabia, de quien se decía que nunca se había perdido. Guardaba junto a su pecho una paloma mensajera, con una fina cuerda atada a una de sus patas. Cuando se hallaba en duda acerca de qué rumbo tomar, soltaba la paloma en el aire y esta, al tratar de volar en dirección a su nido, tiraba de la cuerda mostrando inequívocamente a su amo el camino hacia el hogar. La gente lo llamaba “el hombre de la paloma”. De manea similar, el Espíritu Santo es la Paloma celestial, con capacidad y voluntad de guiarnos si tan solo se lo permitimos.
El Espíritu Santo es la vida interna de la verdad, la misma esencia de la verdad, el Maestro viviente y personal. Acerca de esto leemos:
“El Consolador es llamado el ‘Espíritu de verdad’. Su obra consiste en definir y mantener la verdad. Primero mora en el corazón como el Espíritu de verdad, y así llega a ser el Consolador. Hay consuelo y paz en la verdad, pero no se puede hallar verdadera paz ni consuelo en la mentira” (El Deseado de todas las gentes, p. 624).
“El Espíritu Santo viene al mundo como el representante de Cristo. No solamente habla la verdad, sino que es la verdad: el Testigo fiel y verdadero. Es el gran escrutador de los corazones y conoce el carácter de todos” (Consejos para los maestros, p. 66).
Y sin el Espíritu de verdad no habría hoy verdad salvadora para nosotros. Cristo es la personificación de la verdad (Juan 14:6), y nadie sino el Espíritu de verdad puede llevarnos a la comprensión del carácter y la obra, el sufrimiento y la muerte de Cristo. Cuando el Espíritu inunda e ilumina el corazón, la Biblia se transforma en un nuevo libro.
“No podemos llegar a entender la Palabra de Dios sino por la iluminación del Espíritu por el cual ella fue dada” (El camino a Cristo, p. 111).
En conexión con esto, es muy significativo que, en la profecía de Joel relativa a las lluvias temprana y tardía, se dé como acotación marginal para “lluvia temprana” (Joel 2:23) la expresión “maestro de justicia”. ¡Qué provisión más generosa! Aun en el Antiguo Testamento el profeta escribió: “Enviaste tu buen Espíritu para enseñarles” (Neh. 9:20).
El verdadero Vicario de Cristo
El asiento de la autoridad divina sobre la tierra es el Espíritu Santo. El cardenal Newman entró en la Iglesia Romana porque buscaba una autoridad suprema, y encontró una especie de reposo en la autoridad esgrimida por la Iglesia Católica. Pero, olvidó que en asuntos de fe y doctrina, y administración, la única fuente de autoridad es el Espíritu Santo, y que “Jesús es el Señor”. Ese es el centro ineludible de toda doctrina cristiana. Todo lo demás surge de allí, porque “nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12:3). Este señorío de Cristo es la base de toda nuestra doctrina relativa a los últimos días.
“Cristo, su carácter y obra, es el centro y circunferencia de toda verdad. Él es la cadena a la cual están unidas todas las joyas de doctrina. En él se halla el sistema completo de la verdad” (Elena G. de White, Review and Herald, 15 de agosto, 1893).
“Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven” (Rom. 14:9).
La nota distintiva del Papado, sin la cual no existiría, es la afirmación según la cual el papa es el vicario o sucesor de Cristo. La nota distintiva del protestantismo, sin la cual este tampoco existiría, es el hecho de que el Espíritu Santo es el verdadero vicario y sucesor de Cristo aquí, en la tierra. La dependencia de organizaciones y dirigentes, o de sabiduría terrenal, significa poner lo humano en lugar de lo divino; y en efecto es adoptar el principio del catolicismo romano.
Se completa la Reforma inconclusa
Se han producido tres grandes movimientos religiosos contrarios al Papado: La Reforma del siglo XVI, encabezada por Lutero; el movimiento evangélico dirigido por Wesley y sus asociados; y el mensaje y movimiento adventista de los últimos días.
La Reforma encabezada por Lutero era necesaria, porque en los primeros siglos de la Era cristiana el Espíritu Santo había sido destronado, y Constantino se había transformado en el patrono de la iglesia. Los hombres perdieron de vista la justificación por la fe debido a sus conceptos materialistas, porque abandonaron su lealtad al Espíritu Santo. Así perdieron, también, la aplicación del sacrificio de Cristo, su muerte, que el Espíritu Santo realiza en respuesta a la fe personal.
El reavivamiento evangélico era necesario porque la iglesia de la Reforma había perdido de vista la santificación, de modo que Wesley fue levantado para promover la santidad. La visión de la santidad estaba velada, en la iglesia, porque esta había desoído la voz del Espíritu Santo. Se da el nombre de Espíritu Santo a la tercera Persona de la Deidad no porque sea más santo que las otras dos, sino porque una de sus funciones especiales es cultivar la santidad en el hombre. Los clérigos cazadores de zorros, tan comunes en Inglaterra en el siglo XVIII, tenían muy poco interés en Dios y en la salvación de las almas. Pero Wesley y el Club de la Santidad, de Oxford, pusieron de relieve una vez más la verdad de la santificación de las vidas humanas para el servicio.
La reforma del siglo XX, o movimiento adventista, fue puesta en acción, en el plan divino, con el fin de completar las reformas inconclusas del pasado. Llama al pueblo a repudiar totalmente las desviaciones de la verdad bíblica introducidas por el Papado y retenidas por el protestantismo apóstata y, por otra parte, busca la completa restauración del Espíritu Santo al lugar exaltado y absoluto que le corresponde, tanto en la creencia como en la vida y el servicio del cristiano.
Es la aceptación total de este hecho lo que ha posibilitado el derramamiento parcial de la lluvia tardía durante el tiempo en que hemos vivido desde 1888, pero cuyo poder en su plenitud todavía nos espera en gran medida.2 La lógica inevitable de este asunto es indiscutible.
¡Cuánto necesitamos estar vivos y despiertos para enfrentar esta situación!
Hace algunos años, un vapor surcaba de noche las aguas de un río de los Estados Unidos. El piloto dio inesperadamente una fuerte señal para indicar su intención de reducir la velocidad. Era una noche de luna brillante, y no había obstáculos a la vista.
–¿Por qué mandó usted disminuir la velocidad? –preguntó el maquinista subiendo al puente de mando para averiguar la razón de la orden.
–Se está juntando neblina... La noche se hace más oscura y... yo... no puedo ver –fue la entrecortada respuesta del piloto.
Entonces el maquinista lo miró directamente a los ojos, y se dio cuenta de que estaba agonizando.
Resulta trágico, pero más de un “piloto” eclesiástico está muriendo espiritualmente, y no puede ver para guiar a otros por el verdadero camino. ¡Dios nuestro, en esta hora traicionera, concédenos nueva vitalidad de la Fuente de vida!
2 Véase la obra Christ Our Rigtheousness, por Arturo G. Daniells.
Capítulo 4
LA OBRA DEL ESPÍRITU POR LOS IRREGENERADOS
Ya hemos dicho suficiente acerca de la tarea del Espíritu en favor de los creyentes. Consideremos ahora, brevemente, su obra en favor del mundo irregenerado. Juan 14 trata primariamente acerca del Espíritu Santo en relación con la preparación y la vida personal del discípulo. Pero Juan 16 presenta su trabajo en conexión con la labor pública y el testimonio del obrero entre los inconversos. En el primero de estos capítulos, Jesús se halla en el creyente, y en virtud de esa morada interior el hombre tiene comunión con Cristo.
Pero el Espíritu Santo también lucha con el inconverso, como el Espíritu de convicción: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Juan 16:8-11).
Proporciona un nuevo concepto de lo que es pecado
La venida del Espíritu Santo trae consigo al alma una sensibilidad más delicada para captar lo que es pecado. Pensemos en el aposento alto, cuando los discípulos estaban por participar de los emblemas del cuerpo que iba a ser quebrantado y de la sangre que se derramaría y, sin embargo, discutían sobre la posición y la prioridad que correspondían a cada uno. Esto habría sido absolutamente imposible si hubiesen comprendido cabalmente el significado del pecado.
A menudo hay cosas increíbles en la vida del cristiano, e inexplicables a no ser sobre la base de la ausencia de una percepción real del pecado oculto en ella. La lucha por alcanzar las posiciones encumbradas, la envidia, el odio, el mal pensamiento, las acciones impuras, los resquemores; todo esto existe, principalmente, debido a una pasmosa falta de comprensión de lo que es pecado. Pero, vayamos a las epístolas de Pedro, y leamos también las declaraciones de Juan después del Pentecostés, y descubramos cómo la venida del Espíritu Santo había conferido realidad a la santidad de Dios y a la absoluta repugnancia del pecado en la experiencia de los discípulos.
La perspectiva del pecador es pecado, justicia y juicio –que abarca su pasado, presente y futuro. Estos conceptos se hallan inseparablemente relacionados. El Espíritu Santo toma estos tres hechos cardinales y los coloca bajo su verdadera luz. Hay tres personas implicadas en este problema: El hombre, Cristo y Satanás. Por consiguiente, aquí está el núcleo de la gran controversia y el problema del pecado.
El convencimiento acerca de la justicia siempre precede a la experiencia de la justificación. Y el convencimiento acerca del Juicio es indispensable cuando presentamos las verdades del Santuario y el mensaje del primer ángel, para que los hombres no tengan excusa después de menospreciar el testimonio de Dios en contra de ellos.
A menudo nos frustramos, confundimos y desalentamos por nuestra desesperante inhabilidad de convencer a los hombres de pecado, de justicia y de juicio. Es que no podemos hacerlo, porque esa es la tarea del Espíritu. Notemos lo siguiente:
“El hombre no podría hacer nada bueno sin la operación divina. Dios llama a cada uno al arrepentimiento, pero el hombre ni siquiera puede arrepentirse a menos que el Espíritu Santo trabaje en su corazón” (Testimonies, t. 8, p. 64).
Este cambio es realizado por el Espíritu:
“Ninguna persona es tan vil, nadie ha caído tan bajo que esté fuera del alcance de la obra de ese poder. En todos los que se sometan al Espíritu Santo, ha de ser implantado un nuevo principio de vida: la perdida imagen de Dios ha de ser restaurada en la humanidad.
“Pero el hombre no puede transformarse a sí mismo por el ejercicio de su voluntad. No posee el poder capaz de obrar este cambio. La levadura, algo completamente externo, debe ser colocada dentro de la harina antes de que el cambio deseado pueda operarse en la misma. Así la gracia de Dios debe ser recibida por el pecador antes de que pueda ser hecho apto para el reino de gloria. Toda la cultura y la educación que el mundo puede dar, no podrán convertir a una criatura degradada por el pecado en un hijo del cielo. La energía renovadora debe venir de Dios. El cambio puede ser efectuado sólo por el Espíritu Santo. Todos los que quieran ser salvos, sean encumbrados o humildes, ricos o pobres, deben someterse a la operación de este poder” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 69).
Trae convicción de esperanza
Pero, notemos que cuando él llegue a vosotros, ¡convencerá al mundo! Al salir a todo el mundo, en esta hora de juicio, llenos del Espíritu para interceder por los hombres, este nos acompañará para convencer de pecado y para revelar que hay justicia solamente en Cristo.
Él convence no de incredulidad, sino de pecado, por causa de la incredulidad. Él revoluciona los conceptos que el hombre tiene de lo que es pecado. Revela tanto el pecado del hombre como el juicio de Dios y los medios de escapar, mediante la sangre purificadora de Cristo y el reinado interior del Espíritu.
Entonces el Espíritu revela, también, la expiación provista, trayendo así consuelo juntamente con la convicción. Esto nos lleva a considerar la norma de la Ley, incluyendo la transgresión del sábado y todas las demás transgresiones. Así, la obra triple de Cristo como profeta, sacerdote y rey es aplicada al pecador mediante esta triple convicción que el Espíritu realiza en el hombre.
La conciencia trae la convicción de desesperación, mientras que el Espíritu Santo produce la convicción de la esperanza. El mismo viento que transforma el Atlántico en un océano de olas incesantes, también sopla sobre él convirtiéndolo en una tersa superficie. Lo que el mundo necesita no es la mera conciencia, sino que esta se encuentre iluminada por el Espíritu Santo y la Palabra.
Cristo no hizo perfecta su justicia en favor de nosotros hasta tanto se sentó a la diestra del Padre. Él “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4:25), y entronizado para nuestra seguridad. Esta obra del Espíritu no ha sido el trabajo de un día. Puede parecer lenta a los hombres, pero Dios está construyendo para la eternidad; y “todo lo que Dios hace, permanecerá para siempre”.
La tarea del Espíritu Santo es convencer al hombre del terrible pecado que significa rechazar a Cristo: “De pecado, por cuanto no creen en mí” (Juan 16:9; véase también Juan 3:18). Este es el punto en cuestión, y todo lo demás está incluido en él. La suprema responsabilidad del pecador es la de no rechazar la vida absolutamente suficiente de Jesús y su muerte vicaria. Dios ha hecho que la salvación eterna del hombre dependa de su fe en Jesucristo. La incredulidad es la madre de todo pecado.
La justicia es el objeto de la salvación
El problema de todo destino humano es alcanzar la justicia de Dios, porque sin ella ningún hombre podrá mostrarse jamás ante la presencia del Altísimo (Heb. 12:10, 14). Cristo fue hecho pecado por nosotros, “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Este es el objeto de la salvación, y no solamente la cuestión de nuestra vida moral externa. Este debe ser, también, el corazón de nuestro mensaje y de nuestros esfuerzos por levantar en alto las normas y por vindicar la pisoteada Ley de Dios ante esta generación rebelde.
¡Cuánto necesitamos del poder del Espíritu Santo para dar autoridad a la presentación de las terribles verdades del Juicio final, del inevitable día de la ira que se avecina y del triunfo de la justicia, para dar poder a la iglesia remanente! Los hombres desean establecer su propia justicia, en lugar de albergarse bajo la justicia imputada de Cristo. Se necesita un poder divino.
Ningún poder ni argumento humanos son suficientes a fin de iluminar el alma entenebrecida con el conocimiento de los pasos necesarios para andar por el sendero de la vida. Y esta es la obra asignada al todo suficiente Espíritu de Dios:
“Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Cor. 4:3, 4).
El supremo don de Cristo para nosotros
Gracias a Dios por el Espíritu Santo, quien ha venido como el Sustituto divino, la presencia divina, el instructor divino, el mentor divino, el testigo divino, el abogado divino, el consolador divino: el otro yo de Cristo.
¿Nos hemos imaginado lo que habría sido la tierra si no hubiese venido el Espíritu Santo? Ningún consolador, ningún poder omnipresente; la obra de Cristo habría sido vana; no habría habido convicción de pecado, de modo que tampoco habría existido arrepentimiento ni la fe en el Señor Jesucristo, ni hubiera habido perdón del pecado; ningún bálsamo para la conciencia turbada, ninguna liberación del poder del pecado, ningún maestro ni guía: ¡solo huérfanos, errantes y sin hogar en un mundo hostil! El punto neurálgico entre las tinieblas y la luz, en esta dispensación, fue la venida del Consolador.
Tiziano, el gran pintor italiano, se encontró cierto día con un soldado joven, que poseía un don artístico al parecer promisorio. Lo animó a que abandonara su carrera militar y dedicara sus talentos a la pintura. El soldado lo hizo, y se dedicó a trabajar asiduamente en un proyecto largo y ambicioso. Pero, llegó a un punto en que consideró que su genio había fallado. Con desesperación dejó caer sus pinceles. Tiziano lo encontró llorando desconsoladamente. El maestro no preguntó la razón de su llanto pero, al entrar en su estudio, comprendió de una mirada que el joven aprendiz había llegado al límite de su capacidad. De modo que Tiziano tomó la brocha y su paleta, y trabajó en ese cuadro hasta terminarlo.
A la mañana siguiente, el joven llegó al estudio resuelto a comunicarle a Tiziano su decisión de abandonar su carrera artística. Pero, al entrar, se encontró con el cuadro terminado. Vio que donde él había fallado, una mano maestra había suplido la falta. Instintivamente comprendió que el maestro lo había completado.
Con lágrimas de reconocimiento, se dijo: “No puedo abandonar mi arte. Debo seguir, por amor a Tiziano. Él ha hecho tanto por mí que debo olvidarme de mí mismo y vivir para él, porque ahora su fama es mi fama. Ha hecho por mí lo mejor; yo también haré lo mejor que pueda por él”. Y hoy sus cuadros se exhiben junto a los de Tiziano, en las galerías de arte del mundo.
¡Oh, pero Jesús ha hecho maravillosamente más que eso por nosotros! Por medio del Espíritu Santo, hace lo mejor que puede por nosotros. ¿No le daremos, entonces, lo mejor que tenemos? Luego, durante las edades sin fin, nuestras vidas se exhibirán al lado de la suya, en la eterna galería de los siglos, el Paraíso de Dios.
SEGUNDA PARTE
FUNDAMENTO BÍBLICO
La venida del Espíritu
“Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto. Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo. Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios. Amén” (Luc. 24:45-53).
“En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios. Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días. Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hech. 1:1-8).
“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos; porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan?” (Hech. 2:1-7).
“Les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto. Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán” (vers. 11-18).
“Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (vers. 21).
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (vers. 32, 33).
“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (vers. 36-39).
Capítulo 5
LA VENIDA DEL ESPÍRITU
Cuando Jesús se dedicó a elegir a los doce hombres por medio de quienes fundaría la iglesia cristiana, no los buscó en las venerables escuelas de los rabinos ni en el círculo exclusivo del Sanedrín. No mandó por ellos a Grecia, el centro de la filosofía y la cultura de aquel tiempo. Ni tampoco fue a Roma, el centro del genio legislativo y de las proezas militares, para encontrados. No. Más bien, recorrió las brillantes playas de Galilea y seleccionó a hombres humildes, cuyos corazones eran lo suficientemente grandes como para admitir al Señor de la gloria; hombres que estuvieran dispuestos a anonadarse con la intención de que Cristo lo fuera todo; hombres por medio de quienes el Espíritu Santo pudiera obrar sin ser impedido por la sofistería humana, el egoísmo ni un espíritu de superioridad.
Totalmente ineptos para cumplir la tarea designada
Sin embargo, la tarea de llevarlos hasta ese esencial estado de la mente y el corazón fue larga y dificultosa. No fue concluida durante la permanencia física y personal de Cristo en la tierra. Por tres años y medio, los discípulos oyeron a Uno mayor que Salomón. De sus propios labios escucharon las verdades del evangelio. Fueron testigos oculares de sus milagros. A ellos les fue explicado el significado íntimo de las parábolas. Si todo lo que los hombres necesitaban era un Maestro y lecciones de sabiduría divina, entonces los discípulos deberían haber sido los más calificados de todos los hombres para llevar adelante la comisión de evangelizar a las naciones inmediatamente después de la ascensión de Cristo.
Pero, a pesar de todos estos privilegios inapreciables, todavía estaban completamente descalificados para cumplir la Comisión Evangélica, como lo indican tan claramente sus luchas por la supremacía, y su abandono y negación del Señor. Todavía eran totalmente ineptos para llevar a cabo la tarea designada, hasta recibir la gran promesa capacitadora. Cuando el Señor Jesús estuvo con ellos en la tierra, les dio vida, pero no poder; verdad, pero no la eficacia de la verdad.
Por un momento la cruz extinguió sus esperanzas. Habían seguido a Aquel a quien amaban. Pero, vieron a los detestados romanos lacerar las benditas espaldas y atravesar sus manos y sus pies divinos. Se desanimaron completamente al verlo expirar en la cruz. Cuánta sinceridad contenía su triste suspiro: “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel” (Luc. 24:21). No se daban cuenta de que su muerte significaba vida para ellos. No comprendían que la aparente derrota era el camino hacia la victoria y que esa oscuridad era el precio de la luz. Aun después de la resurrección, preguntaron: “¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hech. 1:6).
No habían progresado. Todavía estaban atados por el materialismo y encadenados por prejuicios nacionalistas. No comprendían la misión del Mesías. Soñaban con la restauración de lo antiguo, siendo que él había venido a inaugurar lo nuevo. Su amor y su confianza eran intensos y profundos. Lo habían abandonado todo por seguirlo. Sabían que la resurrección era un hecho glorioso, y a pesar de todo, eran por completo incompetentes para realizar la tarea propuesta.
Condenados al fracaso sin el Espíritu Santo
Al dar la Gran Comisión a los apóstoles, después de que su trabajo terrenal hubo terminado y él estaba listo para tomar su sitial en lo Alto, el Señor Jesús hizo énfasis sobre tres asuntos:
“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mat. 28:18-20).
1. El poder que necesitaban moraba en Cristo.
2. Por lo tanto, debían “ir”, enseñando a todas las naciones, “bautizándolos” no solo en el nombre del Padre y del Hijo, sino también en el del Espíritu Santo, mediante quien el poder sería aplicado.
3. Debían enseñar la observancia de todas las cosas que Cristo había mandado. Pero esto podría ser realizado únicamente gracias al ministerio del Maestro divino, recordador y guía predicho en Juan 14:26 y 16:13.
Sin embargo, cuando Cristo ascendió, dejó a sus discípulos sumidos en una tremenda impotencia, en medio de la enemistad mortífera del mundo. La necesidad más singular que tenían era la de poder de lo Alto, el del Espíritu Santo prometido. Así, leemos la última orden de Cristo: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Luc. 24:49).
¡Esperad hasta que seáis investidos!, no importa cuánto les tomara la espera. Las palabras habían sido pronunciadas ni más ni menos que por el mismo Señor que les había dicho “¡Id!” Seguramente, ese encargo debió haberles causado la más intensa sorpresa, especulación y expectación. Y estaba hablando a los pastores, maestros, predicadores y evangelistas a quienes había llamado y comisionado. “¿¡Qué!? ¿Esperar más, con un moribundo mundo enorme por amonestar, con una tremenda tarea que realizar y una iglesia que establecer? No tenemos tiempo que perder, ya es tarde”. Pero, estaban condenados al fracaso a menos que esperaran.
Nadie está equipado para el servicio del evangelio a menos que haya sido investido de poder celestial. El conocimiento no es suficiente; no basta la actividad; debemos poseer el poder del Espíritu Santo. Ni siquiera la autoridad para echar fuera demonios era suficiente.
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