Kitabı oku: «Cartas. Libros I-V»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 336


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2005.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO365

ISBN 9788424932961.

INTRODUCCIÓN

Presentamos en este volumen los primeros cinco libros de la correspondencia de Libanio, posiblemente la más importante aportación literaria del rétor de Antioquía. Si sus discursos y declamaciones adolecen de un excesivo formalismo y de un apego casi servil a las reglas de escuela, en las cartas, por el contrario, el autor se expresa más libremente, con las únicas ataduras que imponen la prudencia y las convenciones del género epistolar. A diferencia del discurso, destinado a un público amplio, las epístolas son escritos de carácter privado y, si bien es cierto que el autor las escribe sabiendo que en un futuro pueden publicarse, siempre cabe la posibilidad de esconderlas en un cajón y ocultarlas si no es recomendable su difusión.

Las cartas que aparecen en el presente libro corresponden a una etapa histórica bien definida. Salvo las dieciocho primeras, de datación muy diversa, las restantes pertenecen al período que va desde el 355 hasta el 361, es decir, el final del reinado de Constancio. No debemos olvidar que en el 355 Juliano fue nombrado César con el encargo de pacificar las Galias y que a fines del 359 tiene lugar su sublevación en París, por lo que el Imperio entra en una etapa sombría, toda vez que la guerra civil parece inevitable.

Estos seis años fueron realmente importantes en la vida de Libanio 1 , pues se corresponden con la vuelta definitiva de nuestro sofista a su patria después de su larga ausencia. En el año 336 marchó Libanio a Atenas para completar sus estudios de retórica, pues en Antioquía no había por aquel tiempo sofistas de prestigio que pudieran instruirlo. Tras terminar sus estudios logró un nombramiento oficial para enseñar en Constantinopla, pero su rivalidad con otros sofistas de la ciudad provocó a la postre su expulsión en el 342. Siguieron cinco años de feliz estancia en Nicomedia, ciudad en la que hizo numerosos amigos. Sin embargo, el Emperador le obligó a retomar a la odiada capital del Bósforo, iniciándose así una nueva etapa sombría de la que Libanio trató de salir por todos los medios.

Gracias a la intervención de Daciano, senador de Constantinopla y consejero de Constancio II, Libanio consiguió en el 353 permiso para trasladarse temporalmente a Antioquía por motivos de salud. Al año siguiente regresaría, pero esta vez para quedarse definitivamente. Nos enteramos por su correspondencia de que lo de su enfermedad no fue más que una estratagema, pues su verdadera intención era alejarse de la odiada capital. No obstante, el regreso fue decepcionante, ya que su maestro Zenobio, que había prometido cederle su plaza como sofista titular de Antioquía, se arrepintió de su decisión y nuestro orador se vio obligado a improvisar una escuela privada. En la Carta 405 nos explica que contaba entonces con diecisiete estudiantes, muchos de ellos procedentes de su escuela de Constantinopla. La presencia de Libanio en la ciudad provocó la reacción envidiosa de sus rivales, especialmente Acacio. Un joven del entorno de éste llegó a acusar a Libanio de practicar la magia negra, si bien la acusación no prosperó. La correspondencia de estos primeros años tras el regreso refleja a la perfección los problemas profesionales del sofista.

La rivalidad con los otros profesores de la ciudad no fue el único problema al que tuvo que enfrentarse nuestro orador. Como nos cuenta en su Autobiografía (Disc. I 96), su llegada a Antioquía se produjo en un momento político especialmente delicado. El enfrentamiento del césar Galo con la curia de la ciudad había alcanzado su cenit y consecuencia de ello fue una revuelta popular que causó el asesinato del gobernador de Siria, Teófilo, a quien el César responsabilizó de la hambruna que azotaba a la ciudad. Por suerte para Libanio, dos hechos despejaron su camino: la caída en desgracia de Galo y la muerte de Zenobio. Lo primero significó la desaparición de un monarca al que se había enfrentado abiertamente Fasganio 2 , el tío de Libanio, y lo segundo dejaba vacante la cátedra por la que había abandonado su puesto en Constantinopla.

Los años que siguieron fueron de prosperidad y felicidad en el plano profesional. Gracias a su excelente relación con los altos funcionarios de la administración, especialmente el prefecto de Oriente, Estrategio Musoniano y su sucesor, Hermógenes 3, su posición en la capital siria se consolidó definitivamente y logró desvincularse definitivamente de su puesto en Constantinopla, al tiempo que recibía el ansiado nombramiento como sofista de su ciudad natal. Por el contrario, desde el punto de vista personal fueron años desastrosos. Por una parte, se hace realidad el dolor de cabeza que fingió para lograr su traslado desde Constantinopla, lo cual le obliga a vivir asistido continuamente por médicos. Y lo peor de todo fue la muerte de sus familiares y amigos. Primero el terrible terremoto que asoló Nicomedia el año 358 y que acabó con la vida de numerosos amigos, sobre todo su queridísimo Aristéneto. Por si fuera poco, no mucho tiempo después, en el 358/9, mueren su madre y su adorado tío Fasganio. Estas pérdidas afectaron mucho a nuestro sofista y le sumieron en un estado de desesperación profundo que se refleja perfectamente en sus epístolas.

I. LA CORRESPONDENCIA DE LIBANIO

1. La correspondencia en el s. IV d. C.

Libanio, en la Antigüedad Tardía, en el siglo IV de nuestra era, escribe cartas (algunas de ellas inimitables) porque ésta es una época de cartas, propicia para las cartas. Las escribe, en efecto, en un mundo de largas calzadas, esparcidas a los cuatro vientos, que, como una tela de araña, recorren de norte a sur y de este a oeste el amplio Imperio Romano, en un mundo en el que hasta los decretos y los edictos recorren las vías romanas redactados en forma de carta, en un mundo en el que las nuevas ideas del Cristianismo van volando envueltas en cartas con las que se quiere informar y confortar en la nueva fe cristiana y aleccionar y dar órdenes y administrar comunidades, en un mundo en el que la reducida en tamaño pero independiente y autárcica pólis griega, provista de su ágora para darse las noticias boca a boca unos ciudadanos a otros y de su Pníx para celebrar en ella las asambleas en las que recomendar al pueblo reunido la más deseable política a seguir, ya no existe 3 .

¿Por qué escribía cartas una persona tan ocupada como Libanio, que destinaba buena parte de su tiempo a las clases de retórica, con frecuencia hasta altas horas de la tarde, y que tenía que dedicar el tiempo restante a su hacienda y a sus obligaciones como personaje público de su ciudad? ¿Por qué esa febril actividad epistolar que se refleja en el enorme corpus de cartas que nos ha legado, uno de los más voluminosos de la Antigüedad? ¿Qué sentido tenía dedicar tantos esfuerzos a la correspondencia, en una época en la que el intercambio epistolar no era, ni mucho menos, tan sencillo como en nuestros días? En primer lugar, aunque existía un servicio de correos imperial, la posta pública o cursus publicus, y numerosos funcionarios (los agentes in rebus) encargados de su funcionamiento, sólo los altos cargos de la administración pública y del clero cristiano tenían derecho a su uso y disfrute. Tan sólo ocasionalmente, cuando algún agens in rebus amigo suyo quería hacerle un favor personal, podía Libanio utilizar este servicio. En las demás ocasiones tenía que esperar a que alguien conocido viajara a la ciudad de destino para enviar la carta deseada o las escribía a toda prisa cuando se enteraba de que un amigo iba a emprender un viaje a tal o cual ciudad. Además, como leemos en la Carta 347, no siempre había copistas suficientes para dar abasto al trabajo existente. ¿Por qué, pues, esa manía de escribir cartas con tanta frecuencia?

Cuando uno ha leído las cartas de Libanio llega a la conclusión de que no existe una respuesta única y sencilla a esta pregunta. Muy al contrario, hay casi tantas motivaciones como cartas escritas 4 . La primera impresión es que Libanio (y este rasgo lo comparte con otros autores de cartas de la época, como Gregorio Nacianceno, Basilio de Cesarea, Símaco y otros) buscaba con la correspondencia aumentar su propio prestigio personal y el de su causa: la defensa de la retórica y del paganismo. Ninguna persona que en el s. IV pretendiera ser famosa e influyente podía sustraerse a esta importantísima actividad. Está claro que todo sofista deseaba contar en sus aulas con los hijos de las personas más poderosas e influyentes, y la pérdida de un joven rico y de padres importantes constituía para el profesor un perjuicio de primer orden, especialmente si el joven iba a la escuela de un sofista rival. También está claro que los hijos de las personas influyentes buscaban el éxito profesional tras los estudios y, por encima de todo, ser llamados para ocupar un cargo en la administración imperial que, al tiempo de abrir el camino a un cursus honorum que acabara en la prefectura o el consulado, les eximiera de las obligaciones que sujetaban a las curias municipales a los hombres de fortuna.

En este contexto, mantener activa una red de contactos en las altas esferas del Imperio era para Libanio una prioridad absoluta. Así es como entre los destinatarios del Antioqueno veremos desfilar a senadores influyentes, gobernadores provinciales, comites de las más diversas especies, praepositi, jefes militares o duces, vicarios, prefectos y hasta al césar Juliano. Con algunos mantuvo una relación puramente formal y con otros todo parece indicar que tuvo una verdadera amistad 5 . Algunos de ellos eran antiguos discípulos y, por tanto, estaban dispuestos a complacer a su maestro en lo que fuera preciso. Por consiguiente, el prestigio de nuestro sofista, o de cualquier otro sofista, era directamente proporcional a su capacidad para recomendar con eficacia ante los poderosos.

Sin embargo, por mucho que las cartas de recomendación constituyan una parte sustancial de la correspondencia de Libanio, también encontramos una considerable cantidad de correo de carácter personal. Libanio había hecho numerosos amigos en sus viajes y estaba obligado a mantener contacto con ellos. Dentro de la correspondencia privada encontramos las cartas más hermosas que escribiera el antioqueno, como por ejemplo las que dirigió a Aristéneto para consolarle por la muerte de su esposa o las que remitió a su primo Espectato 6 . En numerosas ocasiones tuvo que hacer frente nuestro sofista a compromisos que solía saldar con breves notas que no pocas veces causaron la ira del destinatario. En efecto, recibir un breve billete en lugar de una extensa misiva se consideraba poco menos que una muestra de desprecio. Todo el mundo quería presumir de haber recibido una hermosa carta del insigne sofista, pero éste no siempre tenía tiempo para satisfacer a todos.

Otra de las razones que motivaban el quehacer epistolar de Libanio era de índole profesional. El profesor debía mantener a los padres al corriente de la evolución de sus hijos y salir al paso de rumores negativos cuando éstos se produjesen. El sofista es el último responsable del buen nombre de su escuela, y era precisamente esta buena fama la que le podía atraer alumnos de todo el Imperio. Cualquier alumno de buena cuna era bienvenido. En algunas cartas vemos cómo el sofista tranquiliza a padres que han llevado a sus hijos a su escuela procedentes de las aulas de sus rivales. Así, en la Carta 248 le explica a Ifícrates cómo su intención es completamente honesta para con los hijos de Cesario II, que venían de estudiar con un sofista rival:

Porque, si los considerase enemigos míos, les habría cerrado la puerta; al haberlos aceptado como amigos, me causaría un daño a mí mismo si no les hiciese todo el bien que esté en mis manos. También habría sido ridículo Diomedes si, habiéndose apoderado de los caballos de Eneas, los hubiese echado a perder en lugar de cuidarlos, negándose, entre otras cosas, a suministrarles forraje bajo la acusación de que anteriormente pertenecían a Eneas. Sin duda habría exclamado Zeus, que se preocupaba por estos caballos, dado que pertenecían a su propia estirpe: «¡Oh hijo de Tideo!, estás arruinando lo que te pertenece si te despreocupas de ellos, porque son tuyos, te transportan y es a ti, no al hijo de Anquises, a quien traen la corona cuando obtienen la victoria».

Sin duda, la correspondencia ocupaba en la vida de Libanio un lugar tan importante como sus clases o la composición de discursos, que al fin y al cabo era lo que se esperaba de un sofista profesional. Por eso recibía del Estado una paga y la anhelada exención de las cargas curiales. Sin embargo, las dificultades que encontraba nuestro orador eran mucho más complejas que la citada ausencia de un servicio de correos tal y como lo entendemos hoy en día. Las distancias eran mucho más difíciles de salvar que en nuestros tiempos, de manera que entre un escrito y su respuesta podían transcurrir meses. En ocasiones se pierden cartas, como leemos en la 160, otras veces desaparecen misteriosamente las personas que se esperaba utilizar para la respuesta, como vemos en las Cartas 88 y 94 dirigidas a Leoncio. El emisario de éste pone en manos de Libanio una carta suya. Así es que el sofista se pone a trabajar para responder de inmediato y busca al emisario para que la entregue a la vuelta, pero, por más que lo busca, parece que se lo ha tragado la tierra. Al instante sospecha Libanio que todo es obra de sus rivales, que se han propuesto desacreditar al sofista ante Leoncio. Más tarde nos enteramos de que el emisario se había marchado a Fenicia sin avisar, resolviéndose así el equívoco.

Libanio debía salvar otra dificultad cuando el destinatario carecía de residencia fija, como es el caso de los altos cargos que viajaban continuamente o gente que, como Jámblico, se encontraba permanentemente de viaje. En la Carta 360 leemos:

Yo, que creía al principio que te apresurabas hacia Italia, te envié allí una carta. Proclo fue su portador. Un poco más tarde me enteré de que estabas en Atenas y me propuse mandarte una carta allí, pero entonces me escribiste desde Macedonia. De nuevo escribes desde Atenas. ¿Qué se puede hacer con alguien que emprende tantos vuelos?

La carta es un documento muy peculiar; está a medio camino entre el documento privado, en el que se transmiten estados de ánimo e ideas, y el documento público, y al mismo tiempo es una obra de arte. El autor las confiaba al destinatario sabiendo que en cualquier momento podían ser da das a conocer, pues no tenía gracia poseer una carta de tan eminente sofista y no presumir de ello ante los amigos. Además, una lectura anónima no salvaguardaba el secreto, pues el estilo y la letra eran fácilmente reconocibles. Por tal motivo, algunas cartas y discursos quedaban para siempre escondidos entre las pertenencias privadas del autor y el destinatario (como veremos más adelante, el autor guardaba copias de las misivas), y en momentos de peligro eran simplemente destruidos. El grado de formalismo y el tono declamatorio se acentuaban a medida que era menor la confianza en el destinatario. Por ejemplo, cuando Libanio recomendaba a alguien ante un funcionario o un senador influyente, se confiaba la exposición del caso particular al portador si el destinatario era un contacto habitual del sofista. En esos casos, Libanio se conformaba con mostrar en la carta su confianza en que el favor sería concedido. Sin embargo, si la benevolencia del destinatario no estaba ganada de antemano, el rétor se veía obligado a desplegar sus dotes y poner en juego sus recursos oratorios para lograr el fin perseguido.

Sin embargo, la epístola también es una obra de arte, y como tal está sujeta a las convenciones del género: concisión, estilo llano, empleo de frases ingeniosas, entimemas sencillos y lenguaje alusivo. Precisamente es éste uno de los aspectos más enojosos de las epístolas para el lector moderno, pues muchas veces termina la lectura de la carta y no sabemos exactamente qué se traían entre manos el autor y el destinatario. Sin embargo, nos queda la satisfacción de leer pequeñas joyas como el bonito billete que es la Carta 7:

Tú hablaste mal de mí y yo bien de ti. Mas nadie nos hará caso, ni a ti ni a mí.

2. El corpus epistolar

Las epístolas de Libanio, además de su valor literario, poseen un indiscutible valor prosopográfico. De hecho, si le echamos una ojeada a la PLRE 7 apreciaremos que las epístolas libanianas nos aportan una información básica sobre los funcionarios y demás personajes de su época. Las 1544 cartas conservadas, aparte de las pseudepigraphae y la correspondencia con Basilio de Cesarea, incluyen valiosa información sobre numerosos personajes tanto en el ámbito privado como en el público. En muchos casos la información contenida en las epístolas complementa lo que sabemos a través de inscripciones, citas literarias o el Codex Theodosianus.

Sin embargo, como se comprueba de inmediato en la lectura de las cartas, no siempre estamos en condiciones de identificar de forma precisa las personas y situaciones que aparecen en la correspondencia. Muchas son las dificultades que encontramos en la tarea. La primera es que las cartas no aparecen fechadas en la tradición manuscrita, y ni siquiera se encuentran ordenadas. Hasta el trabajo de O. Seeck 8 , la otra gran obra prosopográfica, esta vez centrada exclusivamente en las epístolas de Libanio, no se supo que existía cierto orden, si bien un poco trastocado, en la correspondencia libaniana tal y como nos la han transmitido los manuscritos. Ni siquiera Sievers 9 en su magnífico libro ni Wolf en su edición y traducción latina de las cartas percibieron la existencia de este orden.

Seeck se dio cuenta de que podían percibirse paquetes de cartas llevadas por un mismo portador y dirigidas a un itinerario preciso. Aunque a menudo el portador no es citado nominalmente, sin embargo podemos agruparlas por el itinerario. Así, si un viajero lleva cartas desde Antioquía hasta Constantinopla, no tiene nada de extraño que en el camino deje cartas en Tarso, Ancira y Nicomedia. De paso, el portador encontrará residencia gratis y todo tipo de agasajos en la casa del destinatario. A veces ocurren coincidencias que pueden inducirnos a error, como en el caso de las Cartas 201-202 y 204. El portador de todas ellas es un Leoncio, pero se trata de una simple coincidencia en el nombre, pues el portador de las Cartas 201-202 es distinto del Leoncio de la Carta 204. Como señala Seeck, este nombre era muy corriente y en el propio círculo de amigos de Libanio había varias personas que lo llevaban.

Seeck llega a la conclusión de que, salvo escasas excepciones, la numeración correlativa de muchas cartas se corresponden con epístolas enviadas en un mismo viaje por la misma persona. Sin embargo, hay aparentes incoherencias, como sucede en la Carta 154 destinada a Modesto, donde Libanio presenta a los mismos jóvenes que recomienda en la Carta 161, dirigida en este caso a Urbano, rompiéndose así el aparente orden cronológico del conjunto. Sin embargo, es posible que se escribieran al mismo tiempo y fueran enviadas en momentos diferentes. El mayor desorden se encuentra en las primeras 18 epístolas, que corresponden manifiestamente a años distintos.

No es difícil imaginar a Libanio llevando un registro de las cartas que iba escribiendo con la intención de publicarlas en un futuro. Ello explicaría la disposición de las cartas tal y como nos han llegado. En la Carta 88, por ejemplo, se ofrece a Leoncio para enviarle una copia de una carta que se había perdido, lo cual no sería posible si nuestro sofista no guardase copias de su correspondencia.

Así pues, Seeck establece la existencia de dos corpora bien definidos: un primer corpus formado por seis libros y tres additamenta. Las dieciocho primeras epístolas, como se ha dicho, constituyen un grupo heterogéneo de epístolas desclasificadas. Esta distribución nos ofrece un panorama curioso, ya que entre los seis primeros libros y el primer y tercer apéndice (años 355-365), y los otros dos añadidos (años 388-393) existe una laguna de veintitrés años que tal vez se explique por la adversa situación política durante el reinado de Valente y los primeros años de Teodosio. A la muerte de Juliano es posible que a nuestro sofista no le pareciese prudente guardar copia de las cartas enviadas. De este modo, la composición de las epístolas mantendría un curioso paralelismo con la de su Autobiografía.

Aunque las distintas subdivisiones guardan, con escasas excepciones, un orden cronológico, dichas secciones no aparecen en absoluto ordenadas. Si tomamos el primer bloque cronológico (los seis primeros libros y el primer y tercer añadido), el orden correcto sería el siguiente:

1 Libro V (Cartas 390-493), de la primavera del 355 a la primavera del 356.

2 Libro VI (Cartas 494-607) 10 , del verano del 356 al verano del 357.

3 Libro IV (Cartas 311-389), del verano del 357 al invierno del 358/9.

4 Libro I (Cartas 19-96), del verano del 358 al invierno del 359/60.

5 Libro II (Cartas 97-202), del invierno del 359/60 a la primavera del 360.

6 Libro III (Cartas 203-310), de la primavera del 360 a la primavera del 361.

7 Additamentum I (Cartas 615-839), del verano del 361 a la primavera del 363.

8 Additamentum III (Cartas 1112-1542), de la primavera del 363 al verano del 365.

En lo que respecta al additamentum II, Seeck lo divide en dos bloques. El primer grupo (Cartas 840-914) pertenece al año 388 11 , si bien se aprecia un gran desorden cronológico. El segundo grupo (Cartas 915-1111) contiene cartas que van desde mediados del 390 hasta el verano u otoño del 393, fecha presumible de la muerte de Libanio. Es evidente que en los añadidos el desorden de las cartas es mucho mayor, hecho que avala la teoría de que el propio Libanio preparó los seis primeros libros para su publicación. Según Seeck, Libanio llevó a cabo esta publicación en el año 362 para conmemorar el acceso de Juliano al poder absoluto. Contra esta suposición se manifestaron Silomon y Foerster 12 , argumentando que, de haber sido así, no tendría sentido que en el 364 Aristófanes de Corinto le pidiera copias de su correspondencia con Juliano. Es evidente que, de existir la publicación, dicha petición no tendría sentido. Sin embargo, en su Disc. XIII 52, del año 362 precisamente, presume nuestro sofista de que la afinidad entre su estilo epistolar y el del nuevo Augusto era conocida por el público. También en la Carta 773 le dice Libanio a Entrequio que su deseo de recibir cartas suyas se explica por su afán por ganar fama eterna:

Si buscas recibir mis cartas en la idea de que en ellas tendrás un monumento inmortal, estás aspirando a un pago exiguo por grandes servicios.

¿Significa esto que las cartas de Libanio eran publicadas? De ser así, tendría mucho sentido que hubiese editado los seis primeros libros durante el reinado de Juliano. Sin embargo, no necesariamente debemos inferir de lo dicho en la Carta 773 que se publicasen stricto sensu, sino que el contenido de las epístolas se conocía perfectamente en los círculos literarios y culturales. En la correspondencia de Libanio apreciamos cómo la recepción de una carta importante daba lugar a una reunión de emergencia para su lectura. A veces se interrumpía el desarrollo de las reuniones porque llegaba carta de alguien importante. En cuanto a lo que se dice en el Disc. XIII, no sería la primera muestra de presunción de nuestro sofista.

A nuestro parecer, Norman y Silomon han establecido un cuadro muy aproximado cómo llegó a formarse el corpus epistolar libaniano. A la muerte del sofista, un amigo o admirador emprendió la publicación de la correspondencia, encontrándose con un registro de seis libros preparado por el propio autor. Dicho registro fue comenzado en el año 355, cuando ya había conseguido la cátedra de Antioquía. El desorden cronológico de los libros fue alterado deliberadamente por el propio Libanio, que consideró más apropiado comenzar el primer libro con la Carta 19 en la que se expresa con un descaro y una libertad de palabra impropia de un sofista ante el prefecto Anatolio. Las cartas de dicho libro corresponden a una época en que ya se ha consolidado su posición en la ciudad y su disputa con los sofistas rivales ha terminado con su completa victoria. Empezar por el libro V, que es el primero cronológicamente, habría supuesto poner al comienzo las cartas de una época aún insegura, en la que el sofista luchaba a brazo partido por triunfar en su patria.

Los tres apéndices proceden asimismo de registros del propio Libanio, pero en este caso el sofista no se habría preocupado tanto por revisar el orden cronológico. Parece, pues, probable que Libanio tuviese preparados los seis primeros libros para su publicación y que la repentina muerte de Juliano en el 363 diera al traste con su propósito. Cuestión aparte son las cartas que aparecen desordenadas (las diecisiete primeras y las Cartas 608-614) y que en gran medida corresponden a los años de silencio epistolar. Según Seeck, el editor habría recabado dichas cartas de los contactos de Libanio, pero parece poco probable, pues entre otras cosas, la Carta 13 iba dirigida a Juliano, que había muerto muchos años antes. Además, parece sospechoso que fueran tan pocas las cartas recopiladas a propósito de alguien tan activo como Libanio. La explicación más plausible es que se trate de cartas dispersas en la casa de Libanio que el editor colocó como relleno al principio y entre el libro VI y el primer apéndice.

3. Lengua y estilo

Es un hecho que Libanio se siente ante todo un heredero de la tradición clásica y pagana y esta circunstancia condiciona definitivamente su forma de escribir 13 . El rétor antioqueno parece no haber aceptado el predominio de Roma, el latín y el cristianismo, y este rechazo se manifiesta en un aticismo puro y a veces exagerado. Rara vez aparece en su obra referencia alguna a las controversias cristianas y nunca se utiliza un término no clásico para referirse a los cargos de la administración imperial. En su obra no cabe lo que no esté perfectamente atestiguado en sus admirados autores clásicos: Platón, Eurípides, Homero, Isócrates, Tucídides y Demóstenes le marcan siempre el camino a seguir 14 . Su modelo indiscutible era otro aticista del s. II : Elio Aristides. En las epístolas de Libanio siguen gozando de buena salud las construcciones de participio y de infinitivo, aunque ya en su época debieron de dar muestras de debilidad. Este estilo ático aparece a menudo aderezado con citas y paráfrasis de los clásicos, utilizadas siempre con habilidad para ilustrar circunstancias actuales.

Si bien son numerosos los tratados que nos ha legado la Antigüedad sobre la composición de discursos, los estudios sobre el estilo epistolar se reducen casi a una breve referencia de Demetrio en Sobre el estilo 223-235. En dicho tratado se recomienda para la epístola la brevedad y un estilo mixto entre el simple y el gracioso. Así pues, para este autor dos son los rasgos definitorios del estilo epistolar: la concisión y el encanto (cháris), rasgos ambos que encontramos en las epístolas de Libanio, si bien es cierto que el encanto y la brevedad pueden ceder su lugar a un tono más retórico y formal cuando el destinatario es una persona poco conocida o por la que el sofista siente un gran respeto. Pero en las cartas más íntimas vemos el verdadero carácter de Libanio. La carta es, como defiende Demetrio, «el retrato de su propia alma». No obstante, se aprecia que el humor de nuestro autor va decreciendo con los años, de modo que en sus epístolas tardías vemos un Libanio menos propenso a las bromas y con un humor más propio de su edad.

En los parágrafos 46-50 del citado tratado epistolar del Pseudo Libanio encontramos indicaciones que ilustran a la perfección cuál es el patrón que debe seguir un buen escritor de epístolas. En primer lugar se recomienda un estilo aticista, si bien no se debe llevar el refinamiento del estilo más allá de lo conveniente. Un buen compositor de epístolas no debe dejarse arrastrar a un estilo elevado. Luego, citando a Filóstrato de Lemnos, sentencia que el estilo epistolar debe ser más aticista que el lenguaje corriente, pero más corriente que la lengua literaria ática. El estilo epistolar no debe ser ni demasiado elevado ni demasiado bajo. Hay que adornar la epístola con la claridad, la concisión mesurada y un vocabulario arcaico. No se debe arruinar la claridad en aras de la concisión ni tampoco extenderse en demasía en busca de una mayor claridad; se debe en todo momento perseguir el equilibrio, imitando la precisión de los buenos arqueros. Por otra parte, se recomienda aderezar la carta con la evocación de historias, mitos y la inclusión de proverbios adecuados 15 .

II. TRANSMISIÓN MANUSCRITA. EDICIONES Y TRADUCCIONES

Son más de 250 los manuscritos que contienen cartas de Libanio, pero sólo tres de ellos merecen una especial atención, pues contienen juntos 1541 de las 1544 que suman las epístolas de autoría indiscutida del Antioqueno 16 . El más importante de todos por su antigüedad y número de epístolas es el Vaticanus gr. 83 (V), pues incluye 1566 cartas y, excluyendo repeticiones y cartas espurias, contiene 1528 del total de las genuinas. Sin embargo, el manuscrito tuvo una historia accidentada, ya que fue redactado en el s. XI , pero sufrió graves daños que arruinaron prácticamente la mitad del texto original (VI ). En el s. XII fue completada la parte dañada por una segunda mano (VII ) que sustituyó las partes perdidas a partir de un manuscrito afín. Dicha mano trató de armonizar en la medida de lo posible las dos secciones. Más tarde, en el s. XIV una tercera mano (VIII ) realizó actualizaciones e incluyó añadidos, lo que explica que algunas cartas estén repetidas.

Los otros dos manuscritos, el Vaticanus gr. 85 (Va), del s. XI , y el Leidensis Vossianus gr. 77 (Vo), de los siglos XII ó XIII , están emparentados y contienen un número menor de cartas. El primero ha perdido el comienzo y el final, de manera que la primera carta es la 95 y la última la 1005. El segundo tiene la laguna en el centro, pues le faltan las Cartas 411-498. En conjunto abarcan hasta la Carta 1112, pues V es el único manuscrito que contiene el grupo de cartas 1113-1542. No obstante, a pesar de incluir menos cartas, Va y Vo nos preservan con mayor fidelidad la estructura del corpus original.

A pesar de que las epístolas de Libanio fueron consideradas en época bizantina el modelo perfecto del género epistolar y fueron muy conocidas, el número de ediciones y traducciones modernas es claramente inferior a su mérito. La primera edición digna de mención de las epístolas es la ya citada de Wolf, que contiene una traducción latina. Hemos de esperar a la segunda mitad del s. XIX para encontrar un renacimiento del interés por Libanio, y fruto de ello son estudios de enorme interés, como los citados libros de Sievers o Salzmann y, algo más tarde, el primer gran estudio de las cartas de Libanio, Die Briefe des Libanius de Otto Seeck, obra de obligada referencia para todo estudioso de la correspondencia libaniana. Fruto de este renovado interés por el rétor antioqueno nace la que, hasta la fecha, es indiscutiblemente la edición básica de las epístolas, la faraónica edición teubneriana Libanii opera de Richardus Foerster 17 . La edición de Foerster, además de un completo aparato crítico y de unas valiosas notas, nos ofrece la numeración de la edición de Wolf y la de los manuscritos.

La edición teubneriana de Foerster allanó el camino a los estudios de Libanio, y fruto de ello han sido numerosos artículos y monografías, pero muy pocas ediciones y traducciones de las cartas. Cabe destacar la edición y comentario en lengua flamenca de las cartas dirigidas a Temistio a cargo de Bouchery 18 . Sin embargo, todavía no existe una traducción completa de las epístolas en lengua moderna, sino sólo selecciones y traducciones aisladas. La primera traducción moderna de las cartas es la excelente selección de 84 cartas que llevaron a cabo en 1980 Fatouros y Krischer 19 . Dicha selección nos ofrece una buena traducción alemana y el texto griego establecido por Foerster. Además de ser una selección muy acertada de las mejores cartas, posee una valiosa introducción y amplias notas. En lengua inglesa sólo tenemos una edición del texto griego con traducción, la que llevó a cabo A. F. Norman para la col. Loeb Classical Library 20 . Se trata de una acertada selección de cartas muy bien traducidas y precedidas de una excelente introducción. El texto griego, salvo detalles, es el de R. Foerster. En francés tenemos una gran cantidad de cartas de ámbito escolar traducidas y comentadas por Festugière y la reciente traducción de 98 cartas llevada a cabo por Bernardette Cabouret 21 . Aunque no figura el texto griego, este libro contiene cartas interesantes que no aparecen en las otras selecciones y las notas son claras y muy útiles. En español contamos con las traducciones de algunas cartas en los artículos del profesor A. López Eire 22 .

III. NUESTRA EDICIÓN

Con este libro se inicia la que pretende ser la primera traducción completa de las epístolas de Libanio a una lengua moderna. La empresa es compleja tanto por la dificultad del estilo de Libanio como por el hecho de que para más de la mitad de las cartas no existe traducción actual. El ya citado problema prosopográfico y la amplitud del corpus epistolar suponen una dificultad añadida.

Nuestro objetivo, quede bien claro, no es otro que ofrecer al lector español una traducción fiable acompañada de las notas indispensables para hacer comprensible la lectura. Hemos evitado en lo posible entrar en cuestiones filológicas y en debates que sólo interesan al lector especializado, pues ya por sí misma la traducción exige un gran esfuerzo editorial. Por ese motivo hemos optado por incluir al final del libro un índice prosopográfico que permita simplificar las notas y las referencias cruzadas, lo cual hubiera complicado enormemente la identificación de las personas citadas. Téngase en cuenta que sólo en las primeras 493 cartas que incluimos en el presente volumen aparecen nada menos que 405 personas diferentes. En los casos de homonimia —por ejemplo, hay diez Eusebio diferentes— el lector puede identificar en cada caso al personaje, ya que en cada entrada incluimos el número de la carta o de las cartas en que aparece cada uno. También por el mismo motivo hemos reducido en lo posible la identificación de las abundantes citas literarias que aparecen en las epístolas. El lector especializado puede recurrir a la magnífica edición de Foerster para más detalles.

El lector apreciará que cuando en las notas citamos a un personaje poco conocido al lado figura un número romano o arábigo. Entiéndase que en el primer caso nos estamos remitiendo a la identificación de O. Seeck (op. cit.) y en el segundo a la de la PLRE. Dado que ésta última es más asequible para el lector español, hemos optado por darle preferencia, de modo que sólo nos referiremos a la identificación de Seeck cuando el personaje no aparezca en la PLRE.

La edición que seguimos en la traducción es, cómo no, la teubneriana de Foerster. Las escasas divergencias que hemos tenido con dicha edición la explicamos en la correspondiente nota.


1 Para más detalles sobre la biografía de Libanio, véase la introducción general al autor en el vol. 290 de esta colección y A. LÓPEZ EIRE , Semblanza de Libanio, México, 1996, págs. 7-84. También son recomendables las introducciones a las distintas ediciones de las obras de Libanio, especialmente la de P. PETIT y J. MARTIN en la colección Budé y la de NORMAN en Loeb Classical Library, así como las monografías de SIEVERS (Das Leben des Libanius, Berlín, 1868) y B. SCHOULER (La tradition hellénique chez Libanios, París, 1984). Por supuesto, es imprescindible la Autobiografía del propio LIBANIO , traducida en el citado volumen 290 de la BCG.

2 Véase al respecto la Carta 283.

3 A. LÓPEZ EIRE , Semblanza de Libanio, pág. 14.

4 Véase P.-L. MALOSSE , Lettres pour toutes circonstances, París, Les Belles Lettres, 2004, donde se incluye un estudio y una traducción del pequeño tratado falsamente atribuido a Libanio sobre los géneros epistolares. En dicho tratado se hace una clasificación de los tipos de cartas y se distinguen nada menos que cuarenta y uno.

5 Por ejemplo, el descaro con que se dirige al prefecto de Ilírico, Anatolio 3, en la Carta 19 sólo se explica por la amistad que debió de unir a ambos.

6 Véanse mis artículos «Comunicación, retórica y arte en las epístolas de Libanio» (en el núm. 4 de la revista LOGO) y «La correspondencia de Libanio con su primo Espectato» (de próxima aparición en la revista Tópoi).

7 Con estas siglas nos referiremos en lo sucesivo a la valiosa obra de A. Η. M. JONES , J. R. MARTINDALE , J. MORRIS , The Prosopography of the Later Roman Empire. Vol. I A.D. 260-395, Cambridge, 1971.

8 O. SEECK , Die Briefe des Libanius. 1906 (reimpr. Hildesheim, 1966).

9 G. R. SIEVERS , Das Leben des Libanius, Berlín, 1868 y J.-C. WOLF , Libanii epistulae cum versione Zambecarinii et notis Wolfii, Amsterdam, 1738.

10 Como veremos más adelante, las 18 primeras cartas, así como las cartas 608-614 y las dos últimas, 1543-4, son epístolas de relleno que en su origen pudieron quedar sueltas, por lo que su datación es en muchos casos desconocida. En el corpus epistolar aparecen como simple relleno entre determinadas secciones de la correspondencia.

11 A este período corresponde también la Carta 18, que no se conserva en los principales manuscritos. Por otro lado, Foerster fecha las Cartas 1016 y 1017 en ese mismo año 388.

12 H. SILOMON , De Libanii epistularum libris I-VI, tesis doct. Gotinga, 1909 y R. FOERSTER , Libanii opera. Vol. IX, págs. 49-52.

13 Para la lengua y estilo de Libanio, véase A. LÓPEZ EIRE , Ático, koiné y aticismo. Estudios sobre Aristófanes y Libanio, Murcia, 1991.

14 Véanse para más detalles el amplio estudio de Bernard Schouler (La tradition hellénique…) y A. LÓPEZ EIRE , «Las citas homéricas en las epístolas de Libanio» (artículo incluido en el citado libro Semblanza de Libanio).

15 Un excelente estudio de los refranes utilizados por Libanio en su correspondencia lo tenemos en E. SALZMANN , Sprichwӧrter und sprichwӧrtliche Redensarten bei Libanios, tesis doct. Tubinga, 1910. Buena parte de los proverbios figuran en las colecciones Atos y Parisina de Zenobio, traducidas al español por R. M.a MARIÑO SÁNCHEZ -ELVIRA y F. GARCÍA ROMERO en el vol. 272 de esta colección.

16 Las epístolas que no aparecen en estos manuscritos son la 18, que sólo figura en el Baroccianus gr. 50 (Ba), del s. XI , y las dos últimas, 1543 y 1544, que se encuentran en el Laurentianus IV 14 (La), del s. x.

17 R. FOERSTER , Libanii opera. Vol. X-XI, Teubner, Leipzig, 1921 y 1922 respectivamente. El primer volumen contiene las cartas 1-839 y el segundo las cartas 840-1544, así como los fragmentos, las cartas espurias y la correspondencia con Basilio de Cesarea.

18 H. F. BOUCHERY , Themistius in Libanius’Brieven, Amberes, 1936.

19 G. FATOUROS , T. KRISCHER , Libanios. Briefe, Múnich, 1980.

20 A. F. NORMAN , Libanius. Autobiography and Selected Letters. Vol I-II, Cambridge Mass.-Londres, 1992.

21 A. FESTUGIÈRE , Antioche païenne et chrétienne. Libanius, Chrysostome et les moines de Syrie, París, 1959 y B. CABOURET , Libanios. Lettres aux hommes de son temps, París, Les Belles Lettres, 2000. Resulta curioso cómo omite Festugière la traducción de pasajes especialmente difíciles en las cartas. Sin embargo, tiene el mérito de ordenar y comentar acertadamente la correspondencia escolar de nuestro sofista.

22 Entre otras, tenemos traducidas al español la Carta 3 en «Una carta muy breve de Libanio (Lib. Ep. 3)» (artículo incluido en Semblanza de Libanio) y la Carta 636 (en «Una carta muy larga de Libanio: Lib. Ep. 636F», en J. A. LÓPEZ FÉREZ (ed.), De Homero a Libanio, Madrid, 1995, págs. 365-379). También han sido traducidas las Cartas 35 y 369 por J. GARCÍA BLANCO y P. JIMÉNEZ en el tercer volumen de las obras de JULIANO (BCG 47).

BIBLIOGRAFÍA

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ABREVIATURAS


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CARTAS SUELTAS

1

A Clearco (372/3 - 382/4) 1

Al escribir esta carta tenía la intención de pedirte que le echases una mano al virtuoso, aunque pobre, Faustino, y pensaba que estas mismas credenciales, su carácter y su pobreza, serían suficientes para lograr tu ayuda. Pero hete aquí que Celso se presentó y, nada más enterarse de lo que me proponía hacer, me dijo que hacía ya tiempo que te habías ocupado de ayudarle, pero que no habías podido lograr nada de lo que te proponías. Yo, si fuera otro quien me ofreciera [2] una excusa como ésa, me daría por satisfecho y aceptaría que, pese a tu empeño, no fuiste capaz de hacerme el favor. Pero ojalá nunca se acostumbre Clearco a oponer esa clase de excusas, pues tal proceder es indigno y motivo de reproche; como si no bastara un solo gesto de tu cabeza para que se cumpla tu voluntad.

2

A Elébico (383 ó 387)

El fiel Florenciano no me ha traído cartas tuyas. Pero me juró que yo disfrutaba de tu afecto y me ha convencido para que te escriba primero. Y como no puse en duda lo que me decía y me causaba maravilla que la breve conversación de aquella tarde la tomases como el principio de una amistad, te he escrito para darte las gracias por ese afecto que me profesas y para pedirte que me escribas. Pero si no puedes por la enorme cantidad de asuntos que te tienen ocupado, con todo, ya es para mí importante el solo hecho de gozar de tu aprecio.

3

A Clearco (372/3 - 382/4?)

También ahora acude Olimpio 2 a refugiarse en ti, que tantas veces lo has socorrido, esperando, en virtud de los beneficios que ya ha obtenido, tenerte como aliado para prosperar.

4

A Clearco (372/3 - 382/4?)

Este que ves es el hijo de Olimpio, que tantas enseñanzas recibió de mí y que por sí mismo tiene conocimientos nada escasos con vistas al oficio de agente 3 . Deseoso de obtener tu amistad y ansioso por ganársela a través de mí, que os quiero a los dos, acude a tu presencia con esta carta mía, en la que deposita las esperanzas de su anhelo.

5

A Paulino (382/4?)

Talasio 4 es, después de un dios, el responsable de que no haya perecido ahogado en la procelosa tormenta de mis males. Por tanto, creo que también le debes estar agradecido por sus desvelos para conmigo y que con sumo gusto también deberías pagarle tu deuda. Y bien; te es posible pagarle [2] si velas por la ley y haces que de nuevo sea dueño de unas tierras de las que se ha visto despojado por un hombre de lo más descarado. Es hermoso que quien comete una injusticia aprenda que es posible que, aun estando tú ausente, harás que Talasio alcance sus justas pretensiones.

6

A Temistio 5 (fecha desconocida)

Leoncio deseaba que te enterases por mí de que goza de nuestro aprecio. Y, en efecto, afirmo que lo apreciamos y con justicia, porque es noble, inteligente y piensa que merece ser estimado por honrar a quienes conviene.

7

A Aristéneto (fecha desconocida)

Tú hablaste mal de mí y yo bien de ti. Mas nadie nos hará caso, ni a ti ni a mí.

8

A Italiciano (365?)

También somos humanos y en nada mejores que nuestros semejantes. Por consiguiente, no ultrajes las estatuas de los dioses hasta el punto de olvidarte de la mesura cada vez que me elogias, ni tampoco creas que ya no te quiero porque no te lleguen con frecuencia cartas de nuestra parte. Pues la culpa de ello la tienen mis muchas ocupaciones y piensa que es posible que un hombre pueda sentir afecto por otro aunque no le envíe cartas, ya que también tú me querías el tiempo durante el cual no me escribías; y aunque no me hubieses mandado esta carta de ahora, aun así me habrías seguido queriendo. Y eso a pesar de que, por más que en [2] ella exponías hermosas razones y hacías bonitas promesas, ningún acto acompañaba a tus palabras. Mas no considero este hecho como señal de que no me tienes afecto, sino que me convenzo a mí mismo de que, por mucho que lo desees, no has tenido posibilidad de cumplirlo. Pues creo que es preferible tener esta creencia que buscar por donde sea excusas para hacerte reproches.

9

A Marciniano (392?)

Me avergüenza pedirte un favor a pesar de no haberte beneficiado nunca en nada y de no tener siquiera la esperanza de hacerlo. Pero, con todo, puesto que el motivo de mi inquietud es un hijo 6 , me es necesario pedírtelo. Así que ten a bien perdonarme. Te ruego encarecidamente que nos concedas [2] oír algo bueno acerca de Romano, que es por quien me intereso. Y ello sucedería si gozara de tu benevolencia, pues, si la obtuviera, tendría en breve cuanto corresponde a quien lleva largo tiempo ejerciendo como abogado. Otro favor te pido: si me vas a conceder esta merced, te ruego que me escribas para decírmelo.

10

A Heladio (353 ó 354)

Me haces injusticia cuando llamas fraude a la incapacidad. Pues lo primero corresponde a quienes merecen odio y lo segundo a quienes merecen compasión. Pero tú mezclas lo que no se puede asociar: la desgracia y la maldad. Reconozco que estoy prendado de Bérito 7 por muchas razones y de Atenas por todas, pero no puedo ir a ninguna de las dos. Tengo entendido que Hera fue encadenada y que no pudo moverse hasta que vino a liberarla el inventor de sus ataduras 8 .

11

A Araxio (356 ó 353/4)

Cuando eras gobernador de Palestina no descuidabas escribirme, pero ahora que estás al frente de muchas provincias 9 te has olvidado de hacerlo. De modo que, cuando estabas lejos, te acordabas de los amigos, pero ahora que te has establecido cerca de nosotros te vuelves olvidadizo. [2] ¿Cómo te comportarás entonces si aumenta tu poder y ves a tus amigos? ¿No es evidente que, incluso, añadirás el desprecio si, en respuesta a tu comportamiento, se generaliza la indiferencia hacia ti? Pero a pesar de todo nos gustaría verte colmado de más honores todavía, aun cuando nos detuvieras y azotaras.

12

A Heorcio (post. 380)

No conoces, querido Heorcio, ni la cantidad ni la gravedad de las enfermedades que se han abatido sobre mí, ni tienes idea del tiempo que he pasado enfermo, pues de lo contrario jamás me habrías lanzado esos reproches habiéndote olvidado de compartir mi dolor. Pero lo cierto es que la ignorancia, por donde quiera que lo mires, es dañina para los mortales y, en este caso concreto, te ha impulsado a verter acusaciones sobre mí en vez de darme ánimos. Pero no te reprocho que no estés al tanto de nuestras dificultades. Sin [2] embargo, tal vez argumentaría alguien como tú, siempre dispuesto a hacer reproches, que las desconocías por no preguntar, y que no me preguntas porque me aborreces. Y así, al echarte en cara tu arrogancia, tú mismo te verías envuelto en cargos mayores. Pero no voy a hacer eso, pues no me parece justo mancillar una firme amistad con una calumnia. Muy al contrario, cada vez que se presenta una situación así, busco una causa lo más razonable posible que explique los hechos; y así es como hago en mi interior la defensa de mis amigos. Tú, en cambio, no haces buen uso de [3] tus facultades oratorias cuando arguyes que son otros los autores de la acusación, pues a éstos te los has inventado en tu carta. Porque, ¿qué te ha pasado que no los reducías al silencio, sino que les hacías caso? En cuanto a lo que dices de mi arrogancia, da gracias a Heracles, protector de las desgracias, si no te llevas tu merecido. Ya he castigado mediante un discurso 10 a una ciudad entera por haber dicho eso.

13

A Juliano (363 ó 353/4)

Por la pena que nos ha causado la noticia de tu enfermedad 11 , también hemos caído enfermos. Porque ¿qué cosa habría más dulce para nosotros que verte restablecido de nuevo? Tal vez sería adecuado que Seleuco nos notificara [2] también cómo has salido de la crisis. Por eso precisamente creo que hay que considerar afortunado a Entrequio, pues verá Bitinia en el mejor momento. Y el mejor momento será [3] cuando tu cuerpo disfrute también de salud. Dándote las gracias por apreciar a este hombre, te pedimos que añadas a éste otro favor: que lo llames a tu presencia.

14

A Prisciano (353)

Dionisio no pisoteó su juramento, sino que regresa a tu lado con mi carta, que fue exactamente lo que juró que haría. Cuando llamas afortunada a nuestra ciudad 12 , en la que te ha dado pavor establecerte, te burlas porque puedes. Porque si en realidad creyeras que es así, ¿qué te ha pasado para que, teniendo ocasión de compartir mi felicidad, no hayas querido hacerlo? Si desconoces los riesgos que corremos, [2] cometes una injusticia, pues las ignoras por desidia, viviendo tan cerca como vives. Pero si estás enterado y me consideras dichoso a pesar de mis desgracias, demuestras ser el más temerario de los hombres. Pero si tienes por propio [3] el modo de proceder de Dinias 13 , juzgas con sensatez. Ni siquiera yo mismo lo considero ajeno, pero verás mi diligencia en la carta que te enviaremos para salir en defensa de este anciano.

15

A Zenobio (352 ó 354)

He tomado la determinación de castigar el silencio con el silencio. Y, con todo, sé muy bien que el castigo es más leve de lo que merece la ofensa. Porque no es lo mismo que yo me vea privado de tus cartas, que lo que tú te pierdes por no recibir regularmente las mías, sino que el daño que voy a sufrir por mi castigo es tanto mayor cuanto más hermosas son tus epístolas que las mías.

16

A Talasio (352 ó 353)

Nobles eran las cualidades de las que te sabía dueño cuando te encontrabas aquí con nosotros, pero las que ahora oigo mencionar se acercan a las de un filósofo: libertad de expresar los pensamientos, un carácter enemigo de la maldad, amor por la gente honrada, valentía a la hora de beneficiar a unos y de mandar a paseo a otros. Pero lo más importante de todo es que el oro, que tiene el mayor poder entre [2] los mortales, ha sido derrotado víctima de tu desprecio. Con sólo oír a Gorgonio decir que te admira, me he quedado maravillado, ya que, si no fuera su espíritu afín al tuyo, no se [3] habría comportado así. Por tanto, consigue para nosotros, por intercesión suya, aquel asunto por el que también le pregunto: mi regreso. Pues ardo en deseos de comprobar en persona lo que oigo que me dicen 14 .

17

A Florencio (365)

La persona que lleva esta carta que tienes en tus manos es quien te ha escrito en realidad, pues es muy justo considerar su autor a quien me ha convencido para tener tal osadía. Porque yo me encontraba atenazado por la vacilación, pero Taciano, irresistible, me ha colocado la mano sobre el papel y me ha asegurado que no me arrepentiría de escribirte. Por todo lo dicho, tú serás quien deba mostrarme si ha sido mejor dejarse persuadir y escribirte, que no haber tenido tanto atrevimiento.

18

A Caliopio (388)

¿Cuál de los dioses o de los démones logró que Taciano, a quien admiramos por los cuatro costados, se apaciguase con nosotros? Dímelo tú, Caliopio. Pues estás perfectamente enterado de lo que ocurrió con él. Y si no deseas hablar, forzoso es que yo oficie de adivino. No estoy en condiciones [2] de averiguar de qué dios se trata, como cuando Homero supo que fue Atenea quien acudió de parte de Hera a Aquiles y que la diosa pudo contener su cólera 15 . Pero al hombre gracias al cual los dioses llevaron a cabo esta acción, a él sí que lo he encontrado cabalmente. Se trata de un conciudadano [3] mío, de una de las principales familias de la ciudad, que ha bebido de la misma crátera que yo en el jardín de las Musas 16 . En un principio ejerció la abogacía, pero ahora redacta rescriptos en el palacio de los dos emperadores, tanto del padre como del hijo 17 , y ha cometido una ofensa muy grave. Pues probablemente no sea afrenta baladí el no haberse vanagloriado poco por el hecho de que la destreza oratoria de Taciano pusiera más de relieve la tuya. Y lo que era más terrible: que contaba con la ayuda de Temistio. En todo caso, puso de manifiesto su arte retórica cuando nos llenaba de reproches y su humanidad cuando prometió que nos echaría una mano.


1 Entre paréntesis dejamos constancia del año en que se escribió cada carta. Seguimos la datación de la edición de FOERSTER .

2 Las dos cartas van dirigidas a Clearco 1 a favor de Olimpio 11, hijo de Olimpio 4, quien fue alumno de Libanio (cf. Carta 539), posiblemente durante su etapa como profesor en Nicomedia. Véase el pormenorizado comentario de esta carta en A. LÓPEZ EIRE , Semblanza de Libanio, México, 1996, págs. 281-302.

3 Se trata del cargo de agens in rebus (en gr. stratiṓtēs), una de cuyas funciones principales era la de ejercer de correo imperial.

4 Posiblemente se trata de Talasio 4, en cuya defensa escribió Libanio su Disc. XLII. Sus propiedades estaban en Samosata. No obstante, también puede ser Talasio 2.

5 Primera carta del epistolario destinada al filósofo TEMISTIO , de cuyas obras ya tenemos traducción española en el vol. 273 de esta colección.

6 Se trata de su alumno y recomendado, Romano, no del hijo de Libanio, Cimón. Sobre la costumbre de Libanio de llamar hijos (paîdes) a sus estudiantes, léase P. PETIT , Les étudiants de Libanius, París, 1956, págs. 33-34.

7 La actual Beirut, famosa en tiempos de Libanio por sus escuelas de derecho.

8 Il. V 393 ss. Esta epístola data de la época en que Libanio trataba de conseguir un destino oficial en Antioquía por razones médicas. Como se deduce de su Autobiografía (Disc. I 94 ss.) y de lo dicho en cartas como la 430 y 473, la enfermedad de Libanio era más fingida que real.

9 Araxio fue nombrado vicarius Asiae.

10 El Disc. II, titulado A quienes lo llamaron insolente, cuya traducción se incluye en el tomo II de los Discursos de LIBANIO publicado en esta misma colección. Dicho discurso está datado con seguridad en 380-381, lo que ofrece un claro terminus post quem para esta epístola. Sin embargo, sigue abierto el debate sobre si la Carta 12 forma parte de un conjunto indisoluble (Cartas 10-16) y deben ser datadas todas en el mismo año (353-4), tesis de SEECK (pág. 467) que defiende ardorosamente J. Martin, o bien hay que situarla en tomo al 380, fecha de composición del Disc. II, tesis iniciada por G. R. SIEVERS (Das Leben des Libanius, pág. 149, n. 85) y que cuenta entre sus defensores a Foerster y a A. F. Norman. Véase un resumen de la cuestión en J. MARTIN , Libanios. Discours II-X, París, 1988, págs. 11-13.

11 El propio JULIANO habla de esta enfermedad en su Carta a Temistio 259d, donde se cita a Araxio, el destinatario de la Carta 11.

12 En el 353 Libanio se encontraba de nuevo en Constantinopla, donde lo pasó muy mal. Fue el Emperador quien le forzó a abandonar su puesto en su querida Nicomedia en el año 349, y nuestro sofista hizo todo lo posible para conseguir el traslado a Antioquía (véase la introducción y Disc. I 74 ss.).

13 Véase DEMÓSTENES , Contra Leptines 145-151. En el discurso de Demóstenes, Dinias aparece como uno de los oradores que defienden la propuesta de ley de Leptines, que pretendía poner fin a las distinciones otorgadas a cuantos habían realizado un servicio destacable en Atenas, por considerar abusivo su número. Así pues, Libanio, considerando razonable la reserva de Prisciano a hacer con él una excepción, le pone en un compromiso comparando la desidia de su destinatario con el interés que él mismo pone en defensa del portador de la misiva.

14 Talasio 1 era entonces el prefecto del pretorio por Oriente en tiempos del césar Galo, cuya residencia se encontraba en Antioquía, a donde deseaba regresar Libanio.

15 Como puede verse al comienzo de la Ilíada (I 194 ss.).

16 Caliopio 3 también era antioqueno y, como Libanio, fue discípulo de Zenobio.

17 Teodosio y Arcadio.

LIBRO I

19

A Anatolio 18 (358/9)

Leí a los amigos aquella extensa carta, pues así me lo ordenaste y no podía yo dejar de obedecer a tan alta autoridad. Así pues, la lectura les hacía reír en la medida en que [2] tú querías (y vaya si querías que lo hicieran a menudo). Cuando dejé de leer, uno de los oyentes me preguntó si por ventura yo era amigo o enemigo tuyo. Como le respondiera que era amigo, y mucho, del noble Anatolio, me dijo: «Pues sábete bien que te estás portando como su enemigo cuando enseñas esa carta que más te valdría tener bien escondida». Y le dio un calificativo a tu escrito. ¿Quieres saber cuál? No te preocupes, pues no te diré aquello cuya sola mención me disgustó oír. Así es que, olvidando aquel asunto, debemos [3] examinar las causas, y tendrás que conformarte si quedas como un calumniador, que yo me aguantaré si se prueba que [4] soy un malvado. Decías que Espectato, que tan grandes méritos tiene, se ha quedado pequeñito en un discurso mío. Sin embargo, él mismo encontraba gran placer en el encomio que recibió de nuestra parte. Por consiguiente, si él se muestra benévolo con nosotros, es mentira lo que tú dices, y si acontece que él no tiene ni idea del arte retórica, entonces atrévete a afirmarlo y yo quedaré como un completo inepto. [5] Examínalo de la manera siguiente para que des la impresión de ser coherente contigo mismo, puesto que afirmas que el mismo a quien acusaste de empequeñecer lo grande, enaltece lo insignificante gracias al vigor de su verbo. Te aconsejo que les hagas la guerra a los designios de los bárbaros, mas [6] no a ti mismo. En efecto, haces bien al sentir celos de aquellos a quienes celebramos (el deseo de elogios es signo de una naturaleza en absoluto perversa), ya que a menudo los celos son importantes para la práctica de la virtud. Sin embargo, te estás comportando arteramente, y no con nobleza, cuando censuras el hecho de que alguien sea enaltecido con discursos, en lugar de manifestar públicamente tu alabanza. [7] Y me echas en cara que elogie a muchos, pero yo a ti te acuso de censurar a todo el mundo. No cabe duda de que ambos pecamos de falta de juicio, pero mi postura al menos tiene algo de humanidad. Mejor dicho, no hay nadie a quien yo haya elogiado atribuyéndole cualidades inexistentes, como las plumas ajenas que, según la fábula, se puso el grajo. Más bien escucha con qué normas me rijo cuando escribo un encomio. [8] Si alguien controla el ansia de ganar dinero, pero se deja dominar por los placeres, lo primero será motivo de elogio, y lo segundo permanecerá oculto en el silencio. Pues de igual modo, si abordase el encomio de una tierra, actuaría la siguiente forma: en el caso de que tuviera que elogiar Citera (es ésta una isla que está próxima al Peloponeso), al componer el discurso iría explicando que es una región de pastos y variados vinos, con unos magníficos puertos y orgullosa de sus bosques, pero no la elogiaría por su producción de trigo, pues mentiría, ya que ni siquiera quien hiciese el encomio del Ática podría decir algo así, mas nada nos impide elogiarla por aquellos motivos que es lícito. Admiro a Aquiles porque hería a los troyanos. Admiro [9] a Palamedes por su sabiduría. Pero quien piense que hay que censurarlos porque estas dos cualidades no adornaban indistintamente a uno y otro, comete una injusticia. Mira; si [10] yo compusiera un discurso en tu honor, porque me lo hubieras pedido y convencido para que te lo escribiese, ¿piensas acaso que los motivos de elogio acudirían de todas partes al compositor? Tal vez tú pienses que es así, pero la realidad no es tal. Si bien es cierto que podría decir de ti que posees dedicación, capacidad para mantenerte en vela y trabajar, rectitud de juicio, previsión de futuro, espíritu ecuánime, agudeza de entendimiento, elocuencia arrolladora y otras muchas virtudes, sin embargo no podría afirmar que eres alto y guapo, ya que tu cuerpo no posee esas cualidades. Si [11] hiciera mención del dinero, afirmaría que te has abstenido por completo de robar, pero no me atrevería a sostener que no has sido recompensado por tu virtud, pues el Emperador te ha hecho regalos y, gracias al largo tiempo que llevas en el cargo, tus mansiones parecen ciudades, no porque hayas perjudicado a nadie, sino que has aceptado lo que te han ofrecido. Pero no hay duda de que serías más virtuoso si no hubieses aceptado nada de nadie, pues mucho más ilustre que las columnas que te regala el Emperador es la posesión de la fama que aporta la pobreza. En verdad, también es [12] prueba de tu carácter agrio y en absoluto afable aquella ocasión en que hiciste crueles reproches a Severo porque —dijiste— pidió un cargo militar en vez de dedicarse a la filosofía 19 . Porque si, habiéndose aplicado a la filosofía, se hubiese cambiado de chaqueta y hubiera traficado con el título de filósofo, con razón habría merecido tu odio. Pero si, en realidad, lo que pasa es que considera la filosofía como un estudio superior a sus posibilidades y busca una salida, ¿por qué va a ser un desatino que no se dedique a filosofar? ¿Es que acaso tú le haces daño a alguien por dedicarte más a [13] gobernar que a filosofar? Ya que insistes en insultarnos porque te hablábamos de honor, sabe que no estás enterado de todo. Se trata de lo siguiente. Para mí la retórica es dignidad más que suficiente, y gracias a ella jamás me consideré más humilde que vosotros, cuyo brillo alegan en sus juramentos vuestros aduladores. Para quien tiene modestas necesidades, los humildes recursos que proporciona la misma retórica [14] son más que suficientes para vivir. Por tanto, ¿cuál era mi intención al escribirte? Isócrates recomienda poner a prueba a los amigos cuando aún no se ha presentado la necesidad, con el objeto de no sufrir daño si la fortuna no nos acompaña, y afirma que, aunque no tengamos necesidad, hay que [15] fingir que la tenemos. Algo así era también lo que yo pretendía: te hacía una petición aunque no me hacía falta. Así pues, tú no me la concedías, pero yo me reía y, sin sufrir [16] perjuicio alguno, descubría tu verdadera manera de ser. A no dudarlo, no eres desidioso en todo, sino que, si se trata de alguien de tu familia, eres diligente como nadie y ninguno de tus allegados se queda en simple particular. Luego valoras la virtud en los demás y, si alguien carente de ella obtiene un mando, vociferas más que quienes sufren la amputación de un miembro. Pero tu familia te es tan querida, que cualquier pariente tiene que alcanzar el cargo sin que se le haga prueba alguna. Ése es el pretexto que esgrimes para descuidar tus obligaciones para con los amigos. Y si alguien te acusa, te quitas de encima el reproche oponiendo esta excusa. ¿Qué? ¿Te parece que también yo sé disparar dardos o [17] crees que sólo sirvo para recibirlos? Más bien da la impresión de que, si bien me has herido, también tú has sido alcanzado. Y si lo que me dijiste era en broma, tampoco lo que yo digo va en serio. Es justo que, si encuentras placer [18] en esta carta, le des las gracias al portador, y que, si sufres sus mordeduras, le apliques el castigo correspondiente. Pues, aunque había tomado la determinación de no hacer nada, me ha obligado con toda insistencia a escribirte este Januario, un hombre respetable en todos los aspectos en su ciudad, que nunca ha causado aflicción a nadie que no lo mereciera, que otorga favores sólo cuando en ellos interviene la justicia, que sabe mantener su puesto en la misión que se le ha asignado, que de cuantos le apremian sólo asiste a los que se lo merecen, parco en el hablar, diestro en la acción y, por regla general, no presta atención a los beneficios que se presentan. Este hombre es adecuado para las mayores empresas, pero se contenta con lo que tiene y sabe mantener la moderación en asuntos incompatibles con la probidad. Sólo temo una cosa: que le pongas faltas porque me ha ayudado en todo.

20

A Aristéneto (357/8)

¿Es ésa la norma que tienen los que gobiernan: no escribir a los amigos, precisamente porque gobiernan? Si es cierto que esta ley existe y está escrita, ampárate en ella y no me escribas. Mas si no te lo impide ley alguna, ¿cómo se explica tu silencio? ¡Habla! Más bien creo que tengo descubierta la causa: pienso que te ha sobrepasado la enorme cantidad de tareas que tienes, de forma que la preocupación por los asuntos del Estado no permite que te ocupes de los amigos. [2] Me resulta mucho más agradable convencerme a mí mismo de que ésta es la explicación, que pensar que es porque te has olvidado de tus amistades por culpa del cargo. Precisamente, la noticia que llega a mis oídos es que el poder te ha vuelto más moderado y que la única diferencia que hay entre el Aristéneto de ahora y el de antes es que estás más ocupado. Dicen que tu carácter sigue siendo el mismo y [3] hasta hay quienes afirman que es incluso mejor. No dudo que Januario te llevará la noticia de que estamos mal de salud, a no ser que opte por engañarte para no afligirte, pues siempre andamos revueltos en algún oleaje. Éste es el castigo que pagamos a Zeus Filio por haber tenido más en estima [4] otra cosa que los amigos 20 . Pero puedo hablarte de Januario explicándote cómo en una difícil gestión se mostró virtuoso. Y sólo a él le dio todo el mundo su aprobación, tanto quienes consiguieron rápidamente lo que pedían, como los que tardaron; tan grande era el encanto que mezclaba con sus aplazamientos. Por tanto, su marcha colma de aflicción a los mejores, porque cuando estaba aquí nunca causó [5] daño a nadie. Cuando yo le rogaba un favor, tan lejos estaba de no hacerme caso, que si dejaba de pedírselo, decía que mi omisión era una afrenta y me lo echaba en cara. Considerando tu bien y el mío como propio, iba corriendo a informarme de lo que se enteraba, dando a conocer por su rostro el placer que sentía en ello. Podría decirte más cosas si no lo conocieras, pero ahora ya conoces a este hombre.

21

A Aristéneto (358)

Antes sentía admiración por el poderosísimo Hermógenes 21 porque, según tenía entendido, se interesaba por la filosofía, pero ahora también siento afecto por su persona, ya que reconoce cuántos y de qué naturaleza son tus méritos. En efecto, afirma que eres una buena persona, le da mucha importancia a relacionarse contigo y tiene por penoso no estar a tu lado. Según los demás, hay que felicitarte a ti por [2] ello, pero yo os felicito a ambos: a ti porque tienes a tu disposición un poder tan grande, pero a él porque será celebrado por su buen juicio al haber elegido el amigo que le convenía. Así es que, como eres su amigo, no debes mostrarte [3] remiso a la hora de serle útil con tus consejos en la medida de tus posibilidades. Precisamente ahora tienes la ocasión de impedir que un amigo cometa un error con otro amigo que padece injusticia. Pues al noble Nicencio, a quien nos cubrías de elogios en tus cartas —precisamente fue aquella carta la que hizo nacer nuestra amistad por él—, a este hombre, digo, gracias al cual la justicia habita entre nosotros, la violencia está desterrada y nuestra ciudad es una fiesta, aunque esperaba recibir felicitaciones, ha recaído sobre él un castigo que no sólo lo llena de angustia por el daño que sufre —pues, a pesar de haber desempeñado tantas magistraturas entre nosotros, Nicencio es pobre—, sino que además tiene una consecuencia más amarga que ese perjuicio: la infamia. Porque la condena recibida es un castigo que lleva implícita [4] la pena por maldad. Por tanto, que Hermógenes imponga un castigo a quienes sean culpables, que yo seré el primero en alabar su justa cólera. Y si aplaca su ira contra los que son tales, también yo cesaré en mis elogios. Pero el caso que nos ocupa no es sino desvarío y obra de un fraude, no de la naturaleza [5] de Hermógenes. Escucha. Hay junto al Éufrates un campamento llamado Calínico, lugar donde fue asesinado Calínico y el nombre del sofista ha quedado como denominación para ese lugar 22 (numerosos ejemplos de este tipo nos han llegado desde antaño, tanto en la tierra como en [6] el mar). Efectivamente, este territorio tiene acantonado un ejército que debe ser abastecido por nosotros, que no llevamos los víveres allí, sino a otro lugar, y es costumbre que sea el gobernador de los pueblos en torno al Éufrates el encargado de llevarlos de ese punto hasta Calínico. Nicencio, después de haber cumplido con sus propias obligaciones, sufre las consecuencias de los yerros de otros, como lo que [7] ocurrió en Áulide 23 . Posiblemente, ni siquiera yo mismo te lo he contado mal, pero, si se me ha escapado algún detalle, el propio Nicencio te instruirá convenientemente. Tú encárgate de ayudar a los dos gobernantes: a uno, el menos poderoso, apartándolo de un daño injusto, y al otro, el más poderoso, haciéndole deponer una cólera en absoluto justificada. Y si cambiar de opinión le parece una conducta infantil, [8] que piense que es una bajeza cambiar a peor, pero que es algo positivo si nos libra del mal, especialmente cuando, al mismo tiempo, podría mantener la multa y absolverlo de toda imputación. Que haga que se pague el dinero, [9] pero que lo paguen quienes han abandonado su puesto y, además, le han engañado, ya que le decían lo que no era cierto para lograr su propio beneficio. Y como 10

grande es la cólera de los prefectos, vástagos de Zeus 24 ,

que no actúen con impunidad los que defraudan, para que, imponiéndose la verdad, nadie sea castigado injustamente. Cuando anule su propia decisión, que se acuerde del rey de Creta, el hijo de Zeus, el cual, entrando en la cueva por primera vez en nueve años, no se avergonzó de derogar una ley que él mismo había establecido y que convenía que fuese anulada 25 .

22

A Aujencio (358)

Aunque tenía la intención de reprocharte que te solazaras en el campo y creía que no tenías argumento alguno que justificase tu escapada hacia ese lugar, cuando he tomado en mis manos el fruto y he visto qué clase de dones producen los árboles allí donde tú estás, he cambiado de opinión y me asombra que puedas separarte, ni siquiera un breve momento, [2] de una tierra de tal clase. Es posible que así fuera el huerto que, de acuerdo con la fama, producía manzanas de oro, que no eran tales, pues no es ésa la naturaleza de los frutos, pero que por su hermosura se ganaron la fama de estar hechas de oro. Y si tales eran los frutos que te ha dado el verano, tu descripción incluso los superaba. En tal medida [3] estaba tu carta impregnada de su plenitud. Sigue, pues, venerando a los dioses guardianes de la agricultura, pero conviene que no te esfuerces demasiado por dedicarles monumentos. Que tus exvotos no sean de esos que fabrica el arte de los orfebres, sino que sean honrados los dioses con los mismos frutos que ellos nos dieron. Pues bien sé que les agradan mucho más los racimos colgados de los árboles, que las estatuas recubiertas de oro.

23

A Demetrio (358/9)

No sin haberlo calculado se presentó el propio muchacho 26 en nuestra casa, sino que sabía que su tío siente afecto por mí y que éste goza de mi mayor estima. Y al llegar ha encontrado lo que esperaba. Si también halló destreza oratoria, no lo sé, pero lo que sí ha encontrado es una benevolencia tan grande como la que tú, de haber estado en mi lugar, le habrías dispensado si se hubiese presentado en tu casa. En cuanto a la retórica, se aplica como si se hubiera dedicado [2] a ella desde hace mucho tiempo, y ahora que se dedica de verdad, vive en la penuria y en términos que no corresponden a un pariente vuestro. Si fuera el caso que os escaseara el dinero, asunto mío sería echarle una mano. Pero, ya que las cosas os van bien y sois ricos, pero pensáis que la necesidad ayuda a que los jóvenes estudien, me permito aconsejaros que le enviéis dinero por vuestra cuenta o que, en caso contrario, me deis permiso para socorrerlo, ya que no sólo la molicie es un estorbo para los estudios, sino también convivir con el hambre.

24

A Genesio (358/9)

¿Cómo no iba yo a contemplar con placer a un joven que es hijo de una noble madre y sobrino de un varón salvador de ciudades y amigo nuestro 27 ; un joven que ha emprendido una honrosa huida de vuestro lado, la única que es forzoso elogiar? Porque abandonar la ciudad de uno para aprender el arte oratoria también es hermoso para la propia patria, a la cual el ausentado podrá engrandecer gracias a sus discursos. Mas, igual que nos colmas de elogios por los [2] cuidados que ha encontrado al llegar aquí, convence a su madre para que solucione su falta de medios, pues no podréis ser exigentes el día que le pidáis que rinda cuentas si descuidáis vuestras obligaciones.

25

A Higiino 28 (358/9)

No he echado en el olvido los pactos que sellamos con respecto a la correspondencia, pero mis males sin medida [2] me han impedido cumplir lo pactado. En primer lugar, la cabeza me ha dejado completamente abatido tras haber sufrido numerosos mareos, de forma que ni los médicos ni yo teníamos motivos para ser optimistas. A continuación, el mal se extendió de allí hasta el vientre, como si se precipitara una cascada hacia abajo, y no aparecía remedio alguno que lo contuviera. Y pese a que estos males eran terribles, vino a sumarse la que llaman «calamidad lemnia» 29 , o, mejor dicho, me he quedado corto cuando he comparado la calamidad [3] lemnia con la destrucción de Nicomedia 30 . Habiendo pasado el verano de esta guisa, hemos aliviado el cuerpo bebiendo un fármaco y nos hemos puesto a escribirte para explicarte las razones de nuestro silencio, no para pedirte que salgas de tu casa y te pongas en camino hacia la nuestra, pues cuando uno anima a otro para que le ayude, lo hace porque ya de hecho lo ha declarado culpable del delito de [4] indolencia. En tu caso no sólo estoy seguro de que no te muestras indolente, sino que, incluso, moverías a otros a interesarse por nuestra salud, posiblemente porque también has hallado en nosotros algo que merezca tu simpatía, pero sobre todo porque pones mucho cuidado en que se vea que sigues el ejemplo de tu padre. Pues él sentía sumo placer en [5] encontrarse conmigo y en compartir discursos y libros. También él fue quien dio lugar a que nuestra fama se incrementase. Y si estuviera vivo, ahora él solo valdría para mí por muchos hombres 31 . Teniendo esto en cuenta, tratas [6] de demostrarme que, si es cierto que Dulcicio está muerto, no lo está el celo de vuestra casa hacia mi persona. Por ello, 1 como dicho celo sigue vivo, siempre me ofrecerás tu ayuda. En cuanto a tus primos, sábete que por todo lo demás reciben elogios, y muchos, pero que causan enojo a sus vecinos por un solo defecto: que siempre componen sus discursos dando grandes voces y, como no dejan dormir a los que viven cerca, a unos ya los han echado y al resto les han colmado la paciencia.

26

A Acacio (358/9)

También soy yo de aquellos que han quedado sepultados bajo aquella ola tremenda 32 . Pues Aristéneto yace bajo tierra y ¡oh Zeus! el segundo mazazo ha venido a destruirnos, pues no ha perdonado la divinidad la vida de Hierocles. Por tal motivo, hemos guardado silencio y lo seguiremos guardando. Al menos sólo en público, pues los que vienen a [2] vernos no reciben de nosotros peor trato que antes. Siento gran regocijo al ver cómo tu hijo y tu yerno 33 se dedican con gran ahínco y buen ánimo a la retórica y apremian a su maestro sin necesidad de que les estimule. Así, cuando les escribas, te basta con el principio de aquel verso que dice:

¡Seguid así, hijos queridos! 34 .

Confío en que también Filóxeno se comporte como corresponde a su parentesco.

27

A Macedonio (358/9)

No has recorrido el camino por un propósito baladí, sino por ver a un hombre por el que tendrías por bueno cruzar un océano. Que tenías el propósito de mencionamos elogiosamente en todas partes no lo ignoraba, ya que, si bien a la gente le resulta agradabilísimo que otros les dirijan elogios, [2] a ti te gusta más dedicármelos a mí. Pero a las personas con las que dices haber conversado probablemente las podrías convencer para que odiasen a los aduladores, mas nunca los persuadirás para que me quieran, pues no tengo ni idea de [3] esa práctica y hay otros que sobresalen en ella. Con respecto a Pancracio, nunca lo he visto, pero lo tengo por buena persona y espero que me escriba antes, ya que para él no hay nada vergonzoso en hacerlo, aunque tal vez sí para mí, no vaya a dar la impresión de que con mi carta le pido alumnos con la excusa de entablar conversación con él.

28

A Policronio (359/360)

¿Qué excusa tienes para justificar tu silencio? ¿La lentitud de tu inteligencia? ¿Y quién más agudo que tú? ¿Acaso incapacidad para expresarte, tú, que con tanta claridad nos informas de los asuntos más importantes? Luego, ¿de dónde procede tu silencio? No hablas. Entonces me oirás. Como nos has recortado el salario 35 , sientes vergüenza, y como, habiendo separado la cebada del trigo, has perjudicado a los caballos, no sabes qué decir en tu defensa. Sin embargo, te [2] libero de tu miedo diciéndote lo de Aquiles:

no eres tú quien me está afligiendo, sino Agamenón 36 .

Así es que cobra ánimos y escribe.

29

A Parnasio (358/9)

No es una bajeza que yo dedique mi vida a la retórica, pero tú te descubres a ti mismo cuando escribes con tal gracia una carta tras otra 37 .

30

A Demetrio (358/9)

Era conveniente que también con un homenaje así fuera honrado por ti el hermano y por mí el amigo 38 . Pero no es sorprendente que te resulte odioso el período de tiempo que siguió a su muerte. Pues hasta las tareas que no son demasiado dolorosas son difíciles para quienes se encuentran en [2] una situación como la tuya. Así es que ahora que te has desprendido de la encina 39 y te aferras a la vida, pues así lo das a entender tú mismo, te seguiré, imitándote en una cosa y declarándome vencido en la otra. Porque, al recibir tus cartas llenas de miel, con la presente trato de hacer justicia a tus epístolas, pero, aunque busco de qué manera podría corresponder a este don tuyo, no he hallado otra cosa que limitarme a colmar de elogios dicho regalo. Porque no de otro modo se puede denominar tu estilo ático, sino simplemente comparándolo con el producto que en el monte Himeto elaboran las abejas. Pero, a pesar de ser tan sublime, no puede superar el placer que nos has hecho saborear por el mismo hecho de que nos escribieras.

31

A Anatolio 40 (362?)

Puesto que, mientras ejercías como gobernador, fuiste como Radamantis para los gálatas, también ahora que has sido cesado en tu cargo te sigues preocupando por ellos. Por eso, cuando vienen aquí, encuentran alojamiento en tu casa y tú los beneficias dentro de tus posibilidades. Si no fuera así, forzoso sería que te odiasen y tú fueses odiado por ellos. Pero el hecho de que, aunque nos envías a los hijos de otros, [2] no te decidas a enviamos a los tuyos 41 —pues más vale decirlo así— lo atribuyo a que no has podido. Pues así es como lo has decidido, aunque mucho deseabas mandármelos. Y me da la impresión de que también lo desean los muchachos. [3] Lo evidencian sus cartas y el que animen a otros a desembarcar en nuestra escuela, porque, sin duda, están convencidos de que es bueno para ellos lo que recomiendan a otros.

32

A Adamancio (358/9)

Aunque no he tenido en mis manos cartas tuyas, me hago a la idea de que las he recibido. Porque, al deponer la injusta cólera que tenías contra tu hijo y elogiar aquellos actos que hasta ahora le censurabas, ponías de manifiesto que, aunque con sumo gusto nos hubieras escrito, no te atrevías a hacerlo 42 . Así es que, buen amigo, cobra ánimos y ten la [2] bondad de escribir. La culpa la tienen aquellos antipáticos que te han enviado misivas que tanto te han influido. Mejor dicho, también a ellos los exculpa el haber sido engañados por otros. Porque no nos pasa inadvertida la fuente del fraude, [3] y más hay que tenerles lástima que odio. Pero si presto atención a la naturaleza de tu hijo y a cómo se complace con el trabajo, puedo recitar aquel proverbio que dice:

Al instante se ven con claridad los retoños que han de ser fecundos.

[4] Y más te contaría si no supiera que mi elogio procedería de alguien dominado por la pasión, motivo por el cual hasta la verdad más grande arrastra consigo la incredulidad.

33

A Demetrio (358/9)

He compuesto un discurso fúnebre 43 por esa misma ciudad que con tanto placer contemplé y que, mal de mi grado, abandoné, pues, aunque estaba instalado en mi patria, la echaba de menos. Y antes que la ciudad, lloré la muerte del noble Aristéneto, que pereció con ella bajo sus ruinas. Pienso [2] que ninguno de estos dos cantos fúnebres son obra mía y que ambos hay que atribuírselos a Tristeza. Porque cuando ya había perdido yo el juicio y hacía temer a mis familiares y amigos que no pudiera soportar esta desgracia, entonces ella, tomándome de la mano, escribió lo que le vino en gana. Los amigos a los que mostré uno y otro discurso eran [3] cuatro en total, ya que no estaba yo para recitales. Además de mi tío 44 , Prisciano el rétor; después de éste, el noble Filocles y Eusebio, que tanto empeño ha puesto en amamos. Sabino se hallaba entonces en el campo. Ellos fueron los [4] únicos a quienes se los leí y no hubo nadie a quien no informaran de que iban a escucharme recitarlos. Así es que, al punto, me encontré en un gran compromiso, ya que otros me pedían que se los leyera o que reconociera que obraba injustamente. De modo que puse en circulación el libro, y los que lo recibían se lo dejaron a unos pocos que no lo habían escuchado. Ojalá también tú puedas encontrarte con el libro a solas, si lo deseas, o en compañía de otros, si así lo 5 decidieras. Me da la impresión de que tú mismo has compuesto también algún discurso similar para tu hermano 45 , pues no sería propio de tu elocuencia enterrar a ese hombre sin decir palabra. Por tanto, envíamelo considerando que, después de aquel terremoto, yo mismo no siento repugnancia por dedicarme continuamente a los discursos fúnebres. Me asombro de que disfrutando de esta clase de racimos tengáis la osadía de darle a la presente estación el nombre de invierno 46 .

34

A Jámblico (359)

No sólo no me molestan las exhortaciones que me haces, sino que hasta me alegro de que me las hagas, porque así se me hace patente que también tú te estás ocupando del [2] asunto. Tu tío 47 y yo te aplaudimos por haber tomado las precauciones necesarias para que no te dieran gato por liebre 48 . Aquí hemos examinado la cuestión demasiado tarde, ya que creo que nos viene de camino desde donde tú estás 49 algún desenlace y confiamos en poder darle un final feliz por intercesión de los gobernadores. A Modesto 50 , quien por [3] la noche tenía la intención de partir rápidamente para Cilicia, le he llevado por la tarde una carta en la que he detallado la lista de regalos que te mando. No faltaba Olimpio. Modesto decía que con gusto se llevaría todo lo demás, porque no pesaba, pero el aceite se negaba a llevarlo. Pero, como nosotros no cejábamos en nuestro empeño, subió con la idea de investigar la mejor manera posible de hacer las cosas y, como suele ocurrir en los alborotos que se forman cuando uno emprende un viaje, el asunto se quedó sin decidir. Por tanto, sólo quedaba esperar. Por otro lado, tú no [4] puedes quedarte ahí esperando, sino que tienes que venir aquí para hacer frente a la exacción que te reclaman desde Tracia 51 y para abandonar definitivamente el Senado, que de cierto puede aportar alguna utilidad a una persona anónima, pero no daría mayor renombre a quienes, como a ti, ya les viene de familia.

35

A Juliano 52 (358/9)

Ojalá tu cuerpo siga gozando de salud, como me anuncias en tu carta, y que un dios envíe remedio para tu aflicción. Mejor dicho, tu dolor sólo necesita en parte a un dios, ya que, por lo demás, Vos sois dueño de ponerle cura. Porque la ciudad puede ser reconstruida si así lo deseáis, pero el consuelo por el desánimo que nos embarga a causa de los [2] muertos sólo puede venirnos de algún lugar del cielo. Yo felicito a la ciudad de Nicomedes, aunque está arrasada; pues si bien es cierto que mejor sería que permaneciese intacta, a pesar de todo, una vez destruida, la colman de honores tus lágrimas. Y este hecho no vale menos que los cantos de duelo que, según fama, suscitaron las Musas sobre el cadáver de Aquiles, ni que la lluvia de sangre que lloró Zeus cuando era inminente la muerte de Sarpedón 53 pues así quería [3] homenajear a su hijo más querido. Así es que Vos os ocuparéis de que la antigua ciudad vuelva a nacer. En cuanto a Elpidio, ya antes era virtuoso, pero ahora el progreso de su carácter merece admiración. Y, en este caso, no sólo es cierto aquel verso de Sófocles,

sabios se vuelven los tiranos con el trato de los sabios 54 ,

sino que hasta la propia sabiduría del Emperador podría [4] conducir a la virtud a cuantos tuvieran trato con él. ¡Qué beneficio tan enorme has hecho a esta persona al demostrarle que no es mayor tu riqueza que tu valía! Porque, si bien eres más joven que Elpidio, has resultado ser su maestro, aunque es mayor que tú, en esas nobles virtudes: moderación, buena disposición a favorecer a los amigos, a alegrarse cuando se hace algo por ellos, a tratar con afabilidad a los desconocidos y a conservar la amistad del recién llegado. Porque todos los que se han acercado a él y le han dirigido la palabra se han maravillado con este hombre y al momento se han hecho sus amigos. Además, han reconocido la impronta de tu carácter en las tareas que le has confiado. Él y [5] yo hemos tenido frecuentes conversaciones y todas han versado sobre ti y la forma de ser que tienes, así como la actitud que adoptas frente a los importantes asuntos de los que te ocupas. Y tan de cerca seguía yo lo que haces cuando él me lo contaba, que diríase que hablaba contigo como si estuvieras aquí presente. Y lo más glorioso que veía era que [6] subyugabas a los bárbaros y narrabas tus victorias en una obra histórica, de modo que una misma persona era al mismo tiempo narrador y general 55 . Porque Aquiles necesitaba a un Homero y Alejandro muchos titanes 56 , pero tus trofeos pasarán a la historia gracias al testimonio de quien los erigió. Has aventajado a los sofistas no sólo porque les has impuesto el trabajo de narrar tus gestas, sino también la tarea de competir con el relato que has escrito sobre ellas. Por [7] consiguiente, suma a tus trofeos el hecho de que Pompeyano consiga que se haga justicia con él y considera que ésta no es una batalla sin importancia. Este hombre es aquel al que un día tuviste el placer de ver en Bitinia en una embajada de nuestra ciudad 57 y, cuando te enteraste de cuántas propiedades había sido privado, le hiciste concebir esperanzas de recuperar lo que es suyo. ¡Acuérdate de estas promesas, hazme el favor, oh César!

36

A Demetrio (358/9)

En algún pasaje dice Píndaro 58 que es guardián de las manzanas de oro, pero que sus dueñas son las Musas, que las reparten unas veces a unos, y otras a otros. A mí mismo me parece que desvarío, pero tú opinas que las obras que produzco son áureas. Y ahora, tomando como punto de partida los discursos fúnebres que he compuesto, nos incluyes en la lista de los poetas trágicos. Ten cuidado, no vaya a ser que no te lo consienta Sófocles o cualquier otro de cuantos [2] compartieron este género con él. Pero, ya que no puedo hacer nada para que dejes de desear mis obras, aquí te envío estas composiciones mías que me pides, en las cuales he disertado sobre el salario, hago un encomio de Estrategio 59 y especialmente el certamen. También te llega un cuarto discurso, el elogio de nuestra ciudad, que ésta tuvo ocasión de escuchar en los Juegos Olímpicos en la extensión que la costumbre permite 60 . En cuanto a la fiesta, era un acontecimiento tan engorroso, que la mayoría buscaba refugio en las ciudades para ahorrárselo.

37

A Modesto (359/360)

En cuanto he podido romper mis ataduras, esto es, los estudiantes, mi arte y las fatigas de la enseñanza, me he presentado en compañía de estas excelentes personas que están arrestadas 61 . Tan grande es el temor que nos ha sacudido a la ciudad y a mí. Porque la familia de éstos es la flor de la ciudad. Sin embargo, reflexionando sobre quién era el que [2] los llamaba y ante quién iban a presentarse, nos convencíamos de que los estaba acogiendo un puerto, no una costa llena de escollos. De modo que respirábamos tranquilos y nos decíamos unos a otros: «¿Qué mal podría sobrevenirnos del excelente Modesto?». Estamos convencidos de que eres noble por tu conducta en general, especialmente en este mismo proceso del que las desgracias presentes forman parte. Pues te has encargado de un asunto que, de caer en manos [3] de un gobernador de esos que sienten no sé qué deleite en actuar de mala fe, se habría mandado erigir una gran pira. Pero tú, en cambio, has hecho que el temido oleaje se tomara bonanza, concediéndoles a unos un aplazamiento y absolviendo a otros por completo, sin permitir que por ello se celebrase una orgía a costa del expolio de los huérfanos. [4] Tú también has vertido lágrimas por el arresto de la hermana de esos a los que ahora tienes ahí y suplicaste a los dioses que regresara sana y salva a nosotros; tal vez no fracasarás en tu empeño. Vuélvete también para ellos un Hermíone 62 y concédele rango de ley a la decisión que has tomado. Porque educamos a los demás con ejemplos ajenos y, si tú sigues [5] el tuyo propio, todo nos irá como la seda. En cuanto a mí, muchas son las razones por las que me importan estos hombres, y no tendré excusa si no hago por ellos cualquier cosa. Pues hemos heredado nuestra amistad de nuestros padres y las obligaciones entre nosotros se han hecho mayores. Por ejemplo, yo, que hace muchos años era compañero de clase de Antíoco, ahora instruyo en mi templo de las Musas al único hijo que él tiene. También en mi juventud fui compañero de Arsenio, aunque yo era algo mayor que él, y cuando se ha hecho un hombre lo tengo por uno de mis más íntimos por la virtud de su carácter. Y lo que para los demás [6] es secreto, a él se lo puedo confiar. Por otra parte, en lo que respecta al tercero, ¿qué cosa más grande podría decir que el hecho de que no deshonra a tales hermanos? Porque, si bien posee un humilde patrimonio, no siente cuidado por no tener mucho, sino que venera la vida sencilla y se esfuerza [7] por ser fiel a sus amigos. Por tanto, envíanos indemnes a estos amigos lo antes posible, ¡oh vástago de la diosa Justicia!, protegiéndolos en todo, especialmente para que no los entreguen a los perros.

38

A Modesto (358/9)

¿No podría ser también una señal de tu afición por la retórica el que la lectura de una carta te haya aliviado de tus fatigas? Veo que otros, cuando el camino se hace largo, recobran fuerzas con baños, untándose aceite y bebiendo. Pero en tu caso, en vez de estos refrigerios, recurres a las epístolas, aunque sean tan breves como la mía; incluso añadiría que no muy buena. ¿Qué habrías hecho entonces si [2] hubiese sido larga y de calidad? La concisión de mi carta no se debe a indolencia por mi parte, sino a que la compuse así adrede, consciente de que los asuntos de Estado requieren tu atención. Pero sé que Rómulo 63 merece honores, no que se [3] le castigue. Ya se le ha exigido más de la mitad de sus bienes y la carrera tiene visos de llegar hasta el final. Y aunque Nebridio 64 siempre estuvo resuelto a poner fin a esta situación, se ha quedado sólo en los deseos, pero no ha podido llevarlos a la práctica. Por el contrario, tus órdenes, [4] según parece, pueden hacer posible cualquier cosa. Pues, ya que tú mismo actúas mejor de lo que se espera de ti, también tus servidores, que están atentos a tu ejemplo, sienten el vehemente deseo de dirigir todos sus asuntos con rectitud. Sabe que Olimpio sigue siendo el mismo con respecto a ti y que está muy lejos de haber cambiado.

39

A Urbano (358/9)

Haces bien escribiendo ahora y, si me hubieses escrito antes, también entonces habrías actuado bien. Porque, si hace tiempo que te tengo afecto —y tú no lo ignoras—, ¿qué sentido habría tenido vacilar cuando uno va a darle una alegría a un amigo? Si no tienes perdón alguno cuando guardas silencio, es de todo punto necesario que nos hables [2] de ti. Por consiguiente, anímate a escribir y ayuda al noble Modesto a soportar las tareas compartiendo con él las fatigas 65 , sin olvidar que también compartirás las alabanzas.

40

A Temistio (358/9)

No te felicito tanto por el hecho de que rijas los destinos de la ciudad 66 , cuanto a la ciudad misma por haberte confiado las riendas. Pues a ti no te hace ninguna falta el poder, pero sí necesita la ciudad un buen auriga. ¿Quién es para ella más valioso que tú, gracias al cual ha crecido en importancia por sus ciudadanos, los que unen la virtud a su riqueza y quienes no poseen riquezas, pero sí una naturaleza mucho más valiosa que el dinero 67 ? Te pido, hombre divino, que [2] prefieras completar el Senado con esta clase de pobres pero que, si alguien tuviera intención de exigirles su contribución, tú se lo impidas para que compartir vuestra gloria no les suponga motivo de desgracias. Por tanto, el resto de la [3] gente dialogará con aquellos por cuya intercesión piensan que obtendrán justicia, pero tú debes salvar a un amigo tuyo y mío que, excepto su buen nombre, no tiene nada. Se trata de Juliano, hermano de Hierocles también por su carácter, no sólo por su sangre. Al ver que él os escribía, me sonreía [4] en mi interior considerando que ya podía al instante sentirse completamente libre de su penuria. Luego tuve que tragarme la risa porque, al parecer, os parecía probado que poseía dinero un hombre que, aun teniendo la ocasión de hacerse rico de modo injusto, no le pareció conveniente 68 . Pero cuando llegó una carta en la que, además, se le exigía el pago del dinero, entonces no me entró risa, sino que me exasperé y me pareció que debía buscar refugio en la dulzura de Hermógenes 69 . Y así lo hicimos. Éste, cuando se enteró de [5] lo que ocurría, lo liberó de aquellos que tiraban de él, precisamente por las mismas razones por las que el apremio habría llegado al mismo desenlace de todas formas: porque no era posible sacarle nada. Así es que él lo salvó de este [6] peligro. Pero persiste aún una atadura que, si no la rompes, tendríamos planteado un enigma, el del amigo que es prisionero y libre a la vez. Pero tú resolverás el enigma consolidando la primera resolución 70 con una segunda y socorriendo a un hombre ilustre que tiene contraída una serie de deudas. Yo conozco este secreto y él no se avergüenza por [7] ello. Si tú proclamas que no tiene fondos, tal vez nadie se atreva a contradecirte. Pero si hay alguien tan perverso que no esté de acuerdo contigo, envíalo a Frigia y verás como regresa a ti convencido de que Juliano es pobre.

41

A Adamancio (358/9)

Habría sido de no poca utilidad para tu hijo que permaneciera a su lado el pedagogo, porque ése, y no otro, es el nombre que le cuadra, ya que sabe perfectamente cómo protegerlo y es el único que logró esquivar el mal entre todo tipo de corrupciones. Pero, puesto que había que purificar tu espíritu del tremendo engaño en que te habían hecho incurrir aquellos cuyo único oficio es el de difundir tales infamias en lugar de componer discursos, te he enviado a Eumacio para que sea tu médico, a cuyas espaldas nadie podría hacer el vago y a quien no se podría persuadir de otra cosa [2] que no sea la verdad. Yo tenía la intención de llevar a los tribunales a los autores de aquella «honesta» carta, pero me contuve por no involucrarte en un escándalo y, al mismo tiempo, me parecía que, en lugar de visitar el tribunal, ya estaban pagando un castigo en sus hijos. Pues para quienes están en sus cabales, hasta la muerte es más llevadera que esta [3] desgracia. Pero deja que sigan maldiciéndome y que sigan haciéndose daño a sí mismos. Limítate a enviarnos de vuelta lo antes posible al protector de Anatolio y búscate una excusa que te sirva ante él mismo cuando con hechos refute a los calumniadores.

42

A Ifícrates (358/9)

Pregunté a qué se dedicaba nuestro noble Ifícrates y me contestaron que no le hacía daño a persona alguna, pero sí a las fieras, y mucho, y que por los mismos motivos que a ellas las afliges, a Ártemis la llenas de satisfacción, pues no ignoramos con qué deleites cuentan los poetas que se solaza la diosa. Pregunté de nuevo si ante sus amigos hacía Ifícrates [2] mención de mí como uno de ellos, y me enteré de que en las reuniones, aunque siempre toma la palabra para decir algo, no me menciona. Por tanto, buscando la razón por la [3] que, habiendo difundido por todo el mundo civilizado tantos elogios, has llegado al punto de ignorar mi existencia, he descubierto que entonces te engañaste con respecto a mí por culpa de tu juventud y confundías al grajo con un cisne, pero que la vejez te ha enseñado ahora a considerar al grajo lo que es: un grajo. Por el contrario, nosotros te tenemos, tanto antes como ahora, por un cisne.

43

A Leoncio (358/9)

Sé perfectamente que escribirte ahora lleva implícita la acusación de no haberlo hecho antes. Porque, si ahora actúo justamente escribiéndote, cometía una falta cuando no lo hacía. Mas, convencido de que más vale tarde que nunca, declaro que eres un compañero de clase que se ha olvidado de su colega. ¿O es que me equivoco en mis suposiciones y te muestras reacio porque te acuerdas de mí precisamente ahora cuando tus polluelos se marchan a estudiar con otros? [2] Pero, admirable amigo, no conviertas esta circunstancia en un impedimento; no consideres que mi posición es tan precaria, ni tampoco que yo te he causado el daño que otros te han infligido. Pues es posible que tus hijos emprendan el vuelo a otro lugar y que nosotros sigamos teniendo trato, ya que al noble Filagrio 71 sigo considerando y lo llamo mi amigo, pese a que sobre sus hijos ha tomado una decisión que ojalá nunca tenga que lamentar.

44

A Acacio (358/9)

No sólo me alegro de que goces de salud, sino también de que tu hijo Ticiano sienta más amor por el trabajo que otros por la indolencia. Si él sigue las clases de un sofista mejor que el que tú tuviste en tus tiempos, no lo sé. Pero cuando le dices que tiene que superar la destreza de su padre, supongo que poco después pretenderás que le salgan [2] alas al chico. Y no te quepa duda de que más fácil le sería lograr alas como Perseo, que aventajar en retórica a su padre, igual que tampoco Perseo superó a Zeus 72 . No es ésta una falta de tu hijo, a no ser que quieras ponerle un pleito a Hilas porque, siendo hijo de Heracles, no pudo hacerle sombra a su padre. Hasta adivino los argumentos que te opondrá: [3] «He regresado lleno de excelencia, aunque no igual a ti, padre. Si alguno de aquellos que tienen barbas espesas y ocupan cátedras ha superado tu elocuencia, castígame por esta derrota. Pero si comparto esta inferioridad con cuantos hoy se dedican a la retórica, no me acuses sólo a mí entre la muchedumbre de tus vencidos». Si esto es lo que te dice, [4] «¿qué responderemos o cómo nos expresaremos?», como diría Demóstenes, a quien sueles imitar. Por consiguiente, mira lo que vas a responderle. En lo que respecta a Marcelo, estoy convencido de que es el mejor pedagogo del mundo, ya que tú lo elogiabas y he descubierto con el tiempo que ha dado pruebas de que no son inmerecidas las alabanzas, pues actúa como si fuera la sombra de tu hijo; no hay un solo momento en que no esté acompañándole. Sin embargo, tengo [5] la impresión de que, aunque Marcelo no estuviera a su lado, Ticiano se comportaría exactamente del mismo modo que cuando él lo acompaña, pues no puedo distinguir al joven que actúa porque otro le obliga, del que sigue sus propios impulsos. Este pedagogo animaría a estudiar hasta al más vago, mientras que a tu hijo, en vez de un pedagogo, le hubiera bastado su amor por la retórica. Por tanto, deja que [6] Marcelo siga desempeñando su papel, porque, si bien no tendrá que llamarle al orden, sí podrá elogiarle, cosa más dulce que la miel para quien se esfuerza. En cuanto a mí, he [7] cazado en la residencia de Hermógenes 73 una carta tuya de la manera que sigue. Entré en la mansión y me situé a la derecha de él, que estaba leyendo la misiva y andaba por el final. Por consiguiente, no podía ver quién era el autor, ya que el nombre quedaba oculto por la otra mano. Pero me fijé en el tipo de escritura y conjeturé que procedía de tu puño [8] y letra. El Prefecto decidió volver a disfrutar de la epístola y así fue como apareció tu nombre. Me hizo compartir la lectura, con la que se mezclaba mi asombro. Cuando la dimos por terminada, Hermógenes pasó a recitar un extenso discurso, o mejor, habría que decir breve, pues cuando se trata de enumerar tus virtudes hasta una eternidad dura un suspiro. Explicaba el principio de vuestra amistad, cómo fue en aumento y todo lo demás que tú motivas que se diga de ti. También refería cuánto pesar le había producido tu enfermedad [9] y cómo te había visitado cuantas veces pudo. Esto es lo que él decía y yo escuchaba, y ambos nos complacíamos mutuamente: él a mí a través de su relato y yo a él por el placer con que acogía su narración.

45

A Ecdicio (358/9)

Me da la sensación de que es tu hermana, la madre de Filóxeno, la que te presiona para que me presiones a mí. También hace lo mismo con mi tío 74 por medio de su esposa. De modo que viene y me exhorta a llevar a cabo lo que tú me escribes, para que el jovencito se haga orador en [2] nuestra escuela. Así es que dile a la madre de Filoxeno que, si un dios se lo concede, su hijo será lo suficientemente bueno como para satisfacer su anhelo, porque hay en él un ánimo que lo desea y una naturaleza capaz.

46

A Modesto (358/9)

Estoy disfrutando con esa especie de calumnia y si, teniendo incluso en tu poder un número superior de cartas, sigues diciendo que no tienes ninguna, aún más intenso será mi disfrute, pues eso significaría que adoras la mentira y que niegas haber recibido correspondencia mía por el ansia que tienes de que te llegue. De igual modo que, ensalzando [2] una sola carta recibida como si se tratase de muchas, dejarías claro que no te hacen falta mis misivas, así, ahora que andas acusándome ante todos de que no te llega ni una a pesar de te llegan en abundancia, estás proclamando que no hay cantidad que pueda aplacar esta sed tuya. Pues estoy en condiciones de afirmar que nuestras golondrinas 75 son más numerosas que las tuyas. A no ser que alegues en tu favor que quien ha podido enviar tres en el escaso tiempo libre que le deja su cargo ha superado las cinco de quien consagra su vida exclusivamente al oficio de escribir. En lo que a mí respecta, aunque ya antes sentía odio por el [3] Persa —pues es obvio que adora sufrir desgracias, ya que en su intento de hacemos daño lo sufrirá él a continuación—, en las circunstancias actuales lo considero más hostil, tanto por hacer recaer sobre tus espaldas estas fatigas como por habernos privado durante un tiempo tan largo de tu agradabilísimo [4] trato 76 . Sin embargo, pese a que estás lejos, nos regocijas el ánimo al damos motivos para ser optimistas, pues has conseguido aterrar al enemigo con sólo unos pocos efectivos. Así es que, aunque más tarde, te veré más respetado aún, cuando recibas aclamaciones como pago a tus muchas correrías. Entonces, precisamente entonces, habrás de acordarte con placer de los sinsabores que estás sufriendo en estos momentos.

47

A Demetrio (358/9)

Cuando alguien que sea mi enemigo emita esa clase de juicios sobre nosotros, considera entonces que debo mostrarme orgulloso teniendo en cuenta que me habría impuesto con el vigor de mi elocuencia incluso a quien me odia. Pues veo que hasta Demóstenes declara haber presentado las mejores propuestas posibles porque ni siquiera sus enemigos se atreven a calumniarlas. Por el contrario, un amigo que elogia a un amigo es un Astidamante 77 que se cubre de flores a [2] sí mismo. Yo no podría decir que no he disfrutado con los términos que has empleado en tu carta 78 , pero disfruto por tenerte como amigo, no por que hables así de mí. Te enviaremos de mis obras lo que me pidas para no disgustarte, porque, si no fuera por este motivo, no te las enviaríamos, para no parecer que nos elogiamos a nosotros mismos.

48

A Florencio (358/9)

Ojalá te sucedan bienes sin medida en pago a tu afecto por nosotros, pero cuando me haces semejantes encargos pones de manifiesto que te has olvidado por completo de mi estado físico. Pues yo soy el mismo a quien le cuesta cierto trabajo introducirse en el ágora. Porque lo que para los demás es causa de deleite, para mí es el «delicioso recodo 79 » por culpa de mi debilidad. Por tanto, podría hacerte la promesa [2] de visitarte, pero no tengo la posibilidad de cumplirla, no más que atravesar el piélago sin nave. No se trata de que no pueda acudir corriendo a Iliria o a Tracia 80 , sino que ni siquiera podríais imponeros a la necesidad si, instalándoos en Cilicia, pretendierais ponerme en marcha. También [3] Espectato 81 , que estaba al tanto, te convenció para que informaras al Emperador sobre esta circunstancia nuestra y nos dieras a conocer lo que se había dicho, a fin de que no pareciera que yo había echado en olvido todo y mi estado físico cargara con la culpa de que nada se hubiera llevado a [4] la práctica. Por ello, deja que Espectato no pare de bromear mientras mis amigos se preocupan en serio, que yo, sin moverme de aquí, no descuidaré la composición del encomio. Si alguna vez apareciera por aquí nuestro noble Emperador, posiblemente no le veré sin tomar la palabra.

49

A Modesto (359)

Me entero de que nuestros temores han alcanzado su clímax, que el Persa ha logrado tender puentes y que en sus manos está cruzarlos 82 . Espero que esta situación haga aumentar tu cautela y que la turbación no embote tu capacidad de previsión. Porque eso es precisamente lo que te permitirá adelantarte a los hechos, toda vez que es forzoso que el entendimiento [2] se nuble en situaciones agitadas. Que levante tu ánimo en primer lugar la idea de que no es ésta la primera vez que osa efectuar este ataque, sino que en todo momento, desde que nos hace la guerra, ha tratado de cruzar y siempre, tras el descalabro, se ha maldecido a sí mismo por sus [3] vanas esperanzas. En segundo lugar, piensa que no es regla universal que la victoria acompañe a los que son más numerosos, sino que más bien en la mayoría de los casos sucede que las multitudes son derrotadas por la inteligencia. Porque si lo que es más también fuera más fuerte, el antepasado de éste 83 debería haberse apoderado de la Hélade. Y sabes muy bien que movilizó su ejército con este deseo, pero que, cuando escapaba de allí, sólo anhelaba salvar la vida. Pues no era lo mismo excavar túneles en los montes que domeñar el valor de los hombres. Así es que no te quepa duda de que [4] se reunirá y pedirá consejo a sus generales, quienes le harán comprender que tal vez le iría mejor si se dedicase a cazar ciervos. Porque si se decide a cruzar el Tigris, nada podrá contra las murallas, y no conseguirá devastar la tierra ni sacar provecho de ella, dado que ya está saqueada. En cuanto a las ciudades que hay cerca del Éufrates, continuará perseverando en su empeño de conquistarlas, pero nunca le veremos conseguirlo, pues la Fortuna del Emperador las protege como una muralla. Así es como debemos esperar que [5] resulte todo esto. Con respecto a tus asuntos personales 84 , que tenían necesidad de las cartas de Hermógenes, no los hemos descuidado, sino que nosotros, los ratones, trataremos de seros de utilidad a los leones, más que vosotros los leones a nosotros 85 .

50

A Demetrio (358/9)

Domno me entrega tres dones encantadores, como las propias tres diosas 86 , pues me da la oportunidad de escribirte, me trae tu epístola y, como siempre, añade a tus cartas [2] algún relato sobre ti 87 . En cuanto a nosotros, también al principio le excusamos del agravio que se iba a producir por la boda que iba a celebrarse y ahora hemos logrado dejarle más tranquilo al respecto después de haber hecho ver al noble Aujencio que sería doloroso para nosotros que a Domno se le obligara de alguna forma 88 . Y ojalá los dioses le sean propicios, pues ni rehuyó hacemos un favor ni nos lo concedió [3] de mala gana. Ahora ya hemos hablado también con el noble Eutalio, aunque no nos ha dejado extendernos por la rapidez con la que nos ha hecho el favor. Incluso podría haber obligado a ese buen anciano a hacerlo de inmediato, pues el servicio nos vendría del dios del matrimonio que [4] mezcló nuestros linajes. Así es que hasta ese nivel de seguridad llegan los asuntos de Domno. Que éste es extraordinario y el más dulce retoño de vuestra tierra lo sabía desde que era joven, y ahora, con el largo tiempo transcurrido, lo he podido corroborar. Y para que este regalo no se me pierda rápidamente, hago lo posible por almacenarlo y ordeno a [5] mis servidores que me lo ahorren 89 . Y así, aunque la comida fue agradable, él encontró aún más dulce aquel momento de tu carta en el que llegas a comparar con un centauro a un argivo que no es argivo 90 , como si estuvieras reprochando a los primeros que le pusieron el nombre el que no hubieran sabido idear una hermosa denominación para un hernioso producto. El áureo Heródoto 91 , en mi opinión, lanzándose a la empresa con un celo infinito, no habría rehusado atribuir significados a las palabras para que se piense que sabe mucho. Conoces perfectamente a este hombre. Tú, por el contrario, [6] has hecho bien al haber tenido miedo de causar desagrado. Pues el nombre es largo y de las cinco sílabas que tiene, la segunda letra de cada una es una «alfa», de modo que es comprensible que el que la pronuncia esboce una sonrisa; ése es el efecto que sufre la boca al pronunciarlo. Con todo, quien alude a las mil medidas de Euneo, tal vez [7] también podría mencionar los trescientos mil medimnos de Leucón 92 .

51

A Olimpio (359)

Hiciste bien al absolvernos de culpa en la propia acusación. Pues cuando dijiste que no te asombrabas de que, malvado como soy con mis amigos, no les escribiera, puedes acusarme de perverso, pero en ese caso ya no podrías hacerme reproches por no recibir mis cartas. Pues obrar mal era la falta de Euribates, de Autólico el robo, de Melicides 93 la locura, y la mía, si es que soy un malvado, la de tratar injustamente a mis amigos. Por tanto, cuando me dejes libre [2] de mi perversidad —pues dominas el arte de sanar las almas no menos que los cuerpos 94 —, acúsame entonces por mi silencio. Pues en verdad sería terrible que yo hiciera algo así si fuese un hombre recto. Pero mientras nos veas llenos de maldad, soporta las consecuencias de ésta.

52

A Clearco (359)

Según parece, continuamente nos surgen problemas por el carácter de Severo 95 y nunca acabarás de recibir cartas nuestras para tratar sobre el asunto. Pues este hombre es sencillamente una hidra, y, aunque le cortes la cabeza, has de combatir con otra y, por más que la venzas, tendrás que [2] vértelas con una tercera. Me da la impresión de que, aun pereciendo, antes exhortaría a sus herederos a acordarse de Cleobulo y de que no le faltarían medios, pues también ahora Alejandro pone el grito en el cielo y aquél ya se ha puesto en movimiento. Así es que uno cosió los zapatos y otros se [3] los calzó. Necesitaríamos, por tanto, las riquezas de Giges si tuviésemos que dar a cada uno lo que pretende conseguir, porque siempre habrá alguien que desee seguir sus pasos. Ahora es Alejandro el que le exige dinero, pero poco después Antípatro buscará lo mismo y también Parmenión. Y Cleobulo, el maestro, sólo tiene lo suficiente para no verse obligado a hacer nada indecoroso, pero su fortuna no le llega [4] para soportar alegremente multas injustas. Por consiguiente, a Severo, que ha olvidado por completo los acuerdos a los que llegó con nosotros, recuérdale dichos pactos mientras le haces ver que podría ir a la cárcel con toda justicia si no respeta lo prometido. Porque es insólito que la gente de aquí esté convencida por obra nuestra de que posees un corazón que venera la justicia y poder suficiente para garantizarla, mientras que tú te despreocupas de tus amigos, que son tratados injustamente, y que, invocado en calidad de aliado nuestro como Heracles, luego se descubra que tu ayuda es de madera de higuera 96 .

53

A Modesto (359)

Aquel Domno, cuya condena aplazaste tras haberle animado a que buscase refugio en la dulzura del Emperador para conseguir su anulación, ha hecho lo que le dijiste y ha logrado su compasión, pero necesita de ti que le hagas firme el perdón. Así es que, siendo fiel a tu propia ley y, si lo deseas, [2] a la de Zeus —la de que el fraude esté siempre ausente en las promesas— haz que Domno conserve su heredad, de la que espera obtener los medios para subsistir.

54

A Modesto (359)

Yo puedo testificarte personalmente las desgracias de Marciano. Este hombre, después de recorrer sano y salvo la mayor parte del mundo 97 , fue a lisiarse la pierna precisamente a las puertas de su propia ciudad. De manera que algunos médicos, desesperados, han emprendido la huida, y otros, los que han tenido la osadía de tratar su caso, aún no pueden mostrarse animosos. Pero más doloroso que su desgracia es para él tener que estar en cama cuando tú lo llamas. Porque para Marciano, cuando se trata de prestarte un servicio, cualquier esfuerzo, sea el que sea, es más dulce [2] que el más bello de los sueños. Pero tú no te crees que sea verosímil que le haya sucedido esto, porque lo que no deseabas que sucediera crees que no ha acontecido. Sin embargo, sabe bien que este hombre lo está pasando realmente mal y que será difícil que vuelva a andar bien.

55

A Modesto (359)

Demasiado tarde se presenta ante ti Paladio, y por eso ha padecido fatigas innumerables por bagatelas. Como te explicará el propio Paladio, también yo he compartido el esfuerzo [2] con él. La razón del retraso no ha sido que el bueno de Hermógenes no haya querido complacerte 98 . Él conoce tu carácter, elogia tu forma de gobernar, no ignora tu pobreza y, con muy buena intuición, considera que eres uno de los que le suplican que se os aumente el salario actual, pues yo estoy en el secreto de que le hacías esta petición. Sin [3] embargo, en mi opinión, al principio le inquietaban ciertos rescriptos del Emperador en los que se prohibía disponer de la anona. Y cuando tomó la resolución de, a pesar de todo, atreverse a contravenir las órdenes para hacerte el favor, la enorme mole de asuntos que le ocupaban le hacían retrasarse. Porque iba diciendo continuamente que te lo iba a otorgar y no había momento en que no dijera lo mismo: «se lo voy a conceder». Por eso, piensa que ya lo tienes aprobado y que te lo dará tan pronto como sea posible.

56

A Urbano (359)

No he dudado en escribirte por mediación de un hombre 99 que está siendo procesado, y aun añadiría que lo hago en su defensa. Porque si a mí me hubiera parecido que es culpable, también lo habría apartado de mi lado. Pero, dado que a ti te compete decir lo que es justo, el que te ha entregado [2] la carta no ha agraviado al juez. Porque si el juez se exige a sí mismo el deber de socorrer a la justicia, ¿qué hay de malo en escuchar justas razones por boca de un tercero? Pues tomará la misma resolución que hubiese tomado de no haber existido la carta y, además, ganará fama de haber honrado a un amigo.

57

A Demetrio 100 (359)

Pero el isleño 101 ha cumplido lo prometido actuando como debía y ahora hay perdón para Leucón. Pero si, presentándose la ocasión, no enviase nada, entonces deliberaremos sobre si le concedemos un segundo perdón.

58

A Modesto (359)

Cualquier trabajo en beneficio tuyo me es grato, ya que, aunque el objeto de nuestro esfuerzo sea una insignificancia, el simple hecho de trabajar para ti me compensa. Tú, por el contrario, te haces cargo de tareas ingentes sobre asuntos muy relevantes, soportando por un tiempo tan prolongado un calor tan agobiante 102 , yendo de arriba para abajo, tomando resoluciones y llevándolas a la práctica, evitando con ello que una espantosa ola sepulte la tierra entera. Pero [2] ahora ves cómo lo peor se pierde bajo tierra, lo mejor se aproxima y está cerca la coronación del atleta.

59

A Acacio (359)

Extraño tipo de robo es éste en el que primero se avisa de que se va a robar aquello de lo que uno va a ser privado y luego se intenta el robo. Tú, que me estás saqueando a plena luz del día, me adviertes de que me robas, y para que no dé la impresión de que la injuria es abusiva me la haces saber con una timidez fingida. A Ticiano no lo retendría yo a mi [2] lado con menos placer que el que tú sientes al llamarlo. Así es que, a pesar de todo, te lo mando, puesto que todo lo que ordenes ha de cumplirse. Confío en que el muchacho lleve a cabo aquello para lo que ha sido llamado. Pues dices que estás enfermo, falto de compañía y buscas consuelo en él. Sin [3] duda aligerará tu sufrimiento, no sólo con el placer de volverle a ver —pues es innegable que este sentimiento es normal con los hijos— sino porque te llevará también cierto vigor retórico que tú sembraste y nosotros nos hemos encargado de alimentar. Pero acuérdate del pacto que hemos [4] firmado sobre el tiempo que ha de permanecer ahí y devuélvenos al potrillo antes de que acabe el buen tiempo. De todas formas, por tu propio dolor sabrás perdonarme, porque si tú añoras a tu hijo, también nosotros lo añoramos, pues ambos lo hemos criado.

60

A Acacio 103 (359)

Acoge también a Filóxeno, que se ha revelado en todos los aspectos digno de vuestro parentesco, pues ha realizado muchos esfuerzos y porque considera no menos importante gozar de buena fama por su forma de comportarse que por [2] su elocuencia. Cuando tenías la intención de enviárnoslo, a estos elogios añadías que en caso de pelea aportaría una contribución decisiva 104 . Sin embargo, aunque confirmó los restantes elogios, sólo en esto te ha puesto por embustero, porque aprecia más la paz que los débiles. Así es que ahora te corresponde a ti pedirle cuentas a causa de ello o admirarlo también por esta virtud.

61

A Florencio 105 (359/60)

Cuando llegó tu carta en la que reclamabas a tu lado a quien más quiero, a Prisciano, se produjo en la ciudad un gran alboroto, porque se entendía que habías superado sus expectativas. De modo que la gente se congregaba a su alrededor para felicitar a este hombre y cada cual se proclamaba adivino de la dignidad que iba a serle otorgada. En [2] cuanto a mí, lo sucedido me lo esperaba completamente, pues sé que eres generoso y no es de admirarse que quien es así actúe de ese modo. Por tanto, aunque yo, como los demás, felicitaba al convocado, pensaba que habría que felicitarte tanto a ti —pues eres a la vez el consejero y el que ha aceptado la propuesta—, como a nuestra ciudad. Porque [3] abrir el acceso al poder a quienes se lo merecen comporta no menos motivos de alabanza para aquellos que los han guiado que para quien recibe el honor. También Jasón, cuando hizo embarcar a Heracles en la nave Argo, cobró fama de inteligente. ¿Y quién no habría felicitado a Heracles por su poder para salvaguardar a los demás y a Jasón por haber percibido claramente en compañía de quién debía emprender la navegación? También en el momento presente [4] ese Heracles nuestro cumplirá cualquier clase de empresa que le encomendéis, motivo por el que merecerá todo tipo de alabanzas que compartirán tanto Florencio —en su calidad de autor del proyecto y porque supo preferir las acciones a las palabras—, como el Emperador, sustentador del mundo civilizado, por haberle hecho caso. También a nuestra [5] comunidad le ha alcanzado la gloria, porque si bien Prisciano nació en otro lugar 106 , aquello por lo que es comúnmente admirado 107 lo adquirió en nuestra ciudad, que lo acogió cuando era un enamorado de la retórica y lo convirtió en un orador consumado. Una misma cratera teníamos [6] aquí y ambos bebimos juntos de ella. Por esa razón él compartía mis deseos cuando tomaba la palabra en las reuniones de amigos y yo saltaba de alegría cuando él ganaba los pleitos, que llevaba con tanta integridad, que sus movimientos [7] de cabeza eran ley para los jueces. Y no le basta medir sus palabras sólo cuando defiende una causa, sino que en cualquier circunstancia y lugar, y sobre cualquier tema, cuando toma la palabra diríase que tiene muy meditado lo que dice. Así es como, a su juicio, no hay ocasión en que uno deba [8] descuidar su lenguaje. Sin embargo, la lozanía de su verbo la supera la belleza de su carácter, pues ahora está llegando a la edad de la canicie, pero antes de hacerse un hombre ya daba muestras de poseer la sabiduría de un anciano en todos los aspectos, especialmente en el control de su lenguaje, como aconseja Anacarsis 108 . Y en la actualidad no más que a las estatuas se le escaparía a él una sola sílaba de las [9] que es justo callar. Pero sin duda te parecerá que me estoy extendiendo inútilmente ante ti, que has llamado a este hombre porque ya conoces todo esto. Sin embargo, te he expuesto lo dicho no para instruirte sobre su carácter, sino para mostrarte cómo la que lo ha criado merece compartir [10] los honores que de ti recibe y recibirá su pupilo. Por consiguiente, actúa pensando que todos nosotros somos espectadores de tus acciones y, con la idea de agradar a nuestra comunidad a través de este orador, haz que cambie de categoría haciendo que ocupe un cargo que sea adecuado para ti [11] y para él, y no dejes de socorrer a las personas nobles. Sólo en ese punto podrías superar a cuantos han administrado antes que tú la misma parcela de poder que ahora ostentas. Pues el nombre del cargo es el mismo e idéntico el poder, pero mientras que tus antecesores concentraron sus energías en las cuestiones pecuniarias, tú debes mostrarte ufano de haberte rodeado sólo de hombres que de algún modo eran virtuosos. Será hermoso que en el futuro se celebre de ellos la riqueza y de ti tu buen juicio.

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A Temistio (359/60)

Se me ha presentado uno con la noticia de que has dejado escapar una palabra demasiado vil sobre mí, pero no le he dado crédito. Nuevamente, otro me traía el mismo recado, pero yo seguía en mis trece. Un tercero incluso sostenía que, en su deseo de salir en mi defensa, libró un combate contigo. También creía yo que éste estaba ofuscado por la ira, y su presunción por el asunto de la disputa le restaba cualquier credibilidad a lo que decía de tu difamación. ¿Pues quién es tan osado como para sostenerle la mirada a Zeus? Aparte de esto, tampoco es verosímil que, mientras [2] beneficias a tus anteriores enemigos, perjudiques a quien tenías en la vanguardia de tus amigos, especialmente cuando poco me distingo de un muerto después de las desgracias de mis seres queridos. Válgate como prueba de que no hice caso [3] a ninguno de ellos el mismo hecho de que te escriba, ya que no me habría parecido adecuado molestarte si te hubieras convertido en un hombre distinto. En efecto, en lo demás creo que no has cambiado nada, pero sí pienso que me estás quitando la mayor parte del favor que me habías otorgado. Pues tú, que tenías en tus manos la facultad de privarme [4] de mi patria, me hiciste el favor de permitirme que me quedase en ella, pero ahora has hecho todo lo posible para que permanezca a vuestro lado el más preciado bien de cuantos disponía yo aquí; así es como tu favor ha quedado reducido casi a la nada. Pues Prisciano lo es todo para mí y vale tanto como todos mis allegados juntos. Y tú lo sabías perfectamente, por informe de los mensajeros cuando no estabas [5] aquí y por propia experiencia cuando viniste. Así es que, habiendo proyectado llevártelo contigo hacia allí, razonaste en tu interior más o menos como sigue: «Hay que entregarle aquel gran orador a la Gran Ciudad 109 . Pero ordenarle así, sin más, que venga a toda prisa es un poco torpe y violento. Así es que hay que usar alguna artimaña. ¿Pero cuál? ¡Ya está! Hagamos que forme parte del personal del Emperador y ya lo tenemos cazado. Recorrerá el camino que conduce al ilustre Senado y de ese modo tendrá Temistio [6] lo que pertenece a fulano». ¡Pues tenlo ahí y que te aproveche! Cuida de que tenga la dignidad que se merece y que las armas no deshonren al soldado. Pues él no desea en absoluto progresar, sino que le basta con seguir siendo honesto, pero no os convendría a Vos que se pensara que no [7] sabéis lo que le corresponde. Por consiguiente, si su primer encuentro con el Emperador tiene lugar estando Vos en la ciudad, deberéis ocuparos de todo personalmente. Pero si pasa por vuestro territorio en su viaje a la corte 110 , deberéis darle cartas de presentación, pues éstas tienen no menos [8] fuerza que vuestra presencia. En cuanto a mí, si alguien desease hacerme ir hacia allí, ¡impedídselo, por los dioses! Pues mi cuerpo no está en condiciones de viajar y mi mente está llena de pereza, por cuya causa he ido a caer en el extremo mal de la amada de Apolo, que prefirió a un mortal antes que a un dios, a Idas por Apolo 111

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A Albanio (359/60)

Si bien es cierto que no gozas de todo lo que deseas, al menos sí de la mitad. Porque enamorado como estás de nuestra ciudad, posees una porción no pequeña al tener contigo al noble Prisciano, a quien importaban tus fatigas y escuchabas cuando hacía propuestas de debate, y que, cuando hacías el elogio de Modesto 112 , contribuyó a darle fama a tu discurso. Por tanto, págale ahora sus palabras de elogio con [2] las tuyas e instruye a nuestra amadísima Ancira sobre la identidad de este hombre, su elocuencia y la índole de su carácter. En todos los aspectos es una suerte para ellos tener ahí a un hombre que sabe hablar así. Creo que de nuevo te [3] aplicarás intensamente a tus amores 113 si te enteras de la causa de su viaje. Se ha apoderado del Emperador el deseo irrefrenable de su verbo. Y la victoria en esos certámenes es importante y constituye el comienzo de mayores éxitos. 4 Considerando lo cual, que no se crea que la retórica está desprestigiada, pues aún es un arma poderosa para quienes la dominan de verdad. Y a cuantos la desprecian se les puede decir:

Mi vigor aún está intacto 114 .

64

A Espectato (359/60)

Dice Tucídides 115 que un motivo de reproche se puede borrar con un favor cuando al final uno se comporta con buenas intenciones con aquel a quien antes se había agraviado. De igual modo, al principio nos insultabas cuando te hacías el olvidadizo con nosotros. Luego, pretendiendo curar el mal con otro mal, volvías a la carga al prepararme, para mi desgracia, un camino más acerbo para mí que el báratro 116 . [2] Así es que, mientras tenía en mis manos todos estos reproches y les daba a estas acciones tuyas el nombre de odio hacia mí, me llegó el favor que anulaba mis acusaciones y me impulsaba a colmarte de elogios. Por eso firmo la paz contigo y declaro que no sólo sabes burlarte, sino también contribuir con tu esfuerzo a ayudar a los amigos. [3] ¿Quieres saber qué nos ha pasado para estar tan contentos? Pues que Prisciano ha sido honrado al fin con un cargo que bien le convenía. El proemio lo entonó bellamente Florencio al convocar antes a los capaces de hablar que a los capaces de pagar 117 . Pues así como los trofeos adornan a quienes se dedican al oficio de las armas, a quien tiene una posición como la suya lo glorifica el hecho de llevar al poder a los que van a hacer buen uso de él. No importa la empresa que aborde Prisciano, siempre sabrá justificarse de la mejor manera ante quien ha delegado en él, porque en toda acción hará uso de su prudencia. Así es que él le estará agradecido [4] cada vez que se comporte como un hombre en lo que se le ordene, pero en este momento nuestra ciudad y yo os damos las gracias a él y a ti, pues no se nos escapa que Teseo 118 ha participado de este trabajo. Sin embargo, haz que se pueda sumar al elogio por el nombramiento el buen resultado del oficio para el que ha sido convocado.

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A Olimpio (359/60)

Me embarga no sé qué mezcla de placer y su contrario, pues que prospere la buena fortuna de Prisciano es para mí motivo de fiesta, pero el que me tenga que separar de quien imita con respecto a mí el amor de mi tío 119 , eso no es tarea ligera para nosotros. Pero no sólo debía estar al lado del [2] Emperador el más excelso de los oradores, sino también el médico más capaz. Por esa razón hace tiempo que Olimpio 120 está cerca de él y ahora se presenta el orador. Tú [3] harás que esa ciudad extraña no sea peor que su patria si haces que comparta contigo los amigos que tienes, pues no sin esfuerzo has logrado consolidarte ahí, y él no tardará en hacerlo gracias a tu influencia. En tu caso, nadie te preparó de antemano un puerto de esa clase, pero él, gracias a tus esfuerzos, podrá ponerse la corona de la victoria sin haber mordido el polvo.

66

A Temistio (359/60)

Cuando aún les estaba yo diciendo a mis amigos: «¿Qué significa esto? ¿No escribe Temistio?», se presentó Evagrio y me preguntó si había recibido carta tuya. Según parece, había enviado a alguien para que me la entregara, pero antes de recibirla me encontraba yo en el ágora. Así es que me volví sobre mis pasos y pude tener en mi poder la amada epístola en la que me explicabas lo que ya sabía desde mucho tiempo atrás: que nuevamente estabas al lado del Emperador. [2] Esto es lo único que tú me decías, pero por rumores me he enterado de esto y de más cosas; de cómo recibes aún más honores que antes y compartes mesa con él, lo que evidencia el grado de intimidad que has alcanzado; de cómo todo cuanto le solicitabas partía de tu preocupación por tus amigos y mejoraban su posición todos aquellos a quienes mencionabas, y de cómo el que concedía sentía un placer [3] mayor que el que recibía. Por tanto, también me llenaba de placer imaginándome que era yo mismo quien me presentaba ahí, compartía tu fortuna y gozaba del mismo favor que tú. ¡Ojalá nunca dejes de continuar esta justa carrera, ni el [4] Emperador deje de honrarte! Me parece que ha quedado bien explicado que no debe juzgarse a partir de las cartas cuál es tu actitud con respecto a mí, mas ¿cómo podrías justificar el hecho de que no me hayan llegado los discursos que pronunciaste, a pesar de las promesas que me hiciste de que me los enviarías al instante? Siempre es momento oportuno para recibirlos, y no menos ahora que, si bien nos hemos quedado sin habla por la muerte de nuestros compañeros 121 , al menos aún nos queda la facultad de escuchar. Por [5] todo ello, cumple con tu promesa y, si has compuesto alguno más después de aquellos, no te abstengas de mandármelo. Envíame además la canción del poeta que ha glorificado tu estatua, o mejor dicho, del poeta cuyo poema ha honrado el bronce que se ha amoldado a tu figura 122 . Pues gracias a tu carta dirigida a Eudemón conocemos la garra, mas nos falta el león 123 . Meterio era uno de los que nos traían noticias [6] tuyas, misión que comparte con otros, pero lo que le hacía superior al resto de los mensajeros era el placer con que nos lo contaba todo y que la alegría casi le hiciera bailar de gozo.

67

A Clearco 124 (359)

No nos cuesta trabajo alguno escribir sobre lo mismo ni hacer las mismas peticiones, pero es posible que no te convenga oír hablar continuamente de la misma cuestión. Pues que sigamos necesitando tu ayuda, por decirlo suavemente, [2] pone en evidencia tu buena voluntad. ¿De dónde vamos a sacar argumentos para consolarnos por los agravios que nos causa Severo? ¿Diremos acaso que Clearco ha quedado privado de su poder? Pero si lo más seguro es que éste haya aumentado, si es que Fortuna ha obrado justamente. ¿Acaso objetaremos que se lo impide una montaña de asuntos? ¿Y qué cantidad abrumadora es ésa, si a ti sería difícil abastecerte [3] de trabajo? ¿Qué nos queda, pues? ¿Acaso no fue de enorme utilidad que comenzaras a defendemos? Sin embargo, tampoco puede decirse tanto. Por consiguiente, ¿qué te ha ocurrido para no haber consolidado ese proverbio que dice:

comenzaré por un buen principio y acabaré con un final mejor 125 ,

sino que tu actuación preliminar fue brillante, pero, con el paso del tiempo, Severo tuvo motivos para cobrar ánimos y lo que entonces parecía el final se convirtió en el principio [4] de los problemas? Así es que, teniendo en cuenta que Cleobulo es víctima de ultraje y tú de desprecio, tómate cumplida venganza por ambos. Y el castigo más grande para Severo es no poder apoderarse de lo ajeno.

68

A Temistio (359)

Las afrentas que ha sufrido mi maestro Cleobulo, amigo tuyo y mío, y a manos de quiénes, él mismo te las ha hecho saber en las cartas que te ha escrito. Pero no te las escribía con mucho ánimo, sino que cierto temor le invadía el espíritu y a menudo se apartaba del papel. Investigando yo de [2] dónde procedía este sentimiento, como le recordara vuestra antigua amistad y los derechos inherentes a ésta, él me contestaba que los conocía perfectamente, pero que le invadía cierta pereza por el tiempo que llevabas ausente 126 , en virtud de lo cual creía que vuestra relación anterior había perdido intensidad. Alegaba que por tal razón vacilaba. Yo me [3] echaba a reír a causa de su timidez y porque, a pesar de haber tenido trato contigo durante tanto tiempo, se ha equivocado hasta el punto de creer que te enojarías si Cleobulo no llegase a ser capaz de abandonar sus propias ocupaciones para no dejarte ni a sol ni a sombra. Tampoco nos irritamos [4] con él porque, aunque vive cerca de nosotros, prefiere gozar de su soledad antes que relacionarse conmigo. Pues este hombre tiene concedido el privilegio de que nadie le reproche su negligencia en esta cuestión. Por la misma razón que honramos a Palamedes 127 , evitamos a quien tanto aprecia los bienes de Cleobulo. Por consiguiente, también tú, burlándote [5] del que arrastra a Cleobulo a estas preocupaciones y considerando tu enemigo al maldito Severo, convéncele de que, aunque estemos establecidos lejos de allí, tenemos poder para rechazarlo de cerca. Pues si bien es verdad que tienes encomendadas tareas sin cuento —ya que numerosos son los asuntos de la ciudad y tú eres su guardián—, considera que también ésta es una de las intervenciones que la benefician: impedir que los malvados saquen provecho de su natural maldad.

69

A Higiino (359)

Nada extraño hay en consultar con un médico un caso de insomnio, explicándole las dificultades que le causa a uno su enfermedad y pidiéndole que ponga en práctica un [2] remedio que le ponga fin. Sabe, pues, que nuestro noble Cleobulo sufre terriblemente de insomnio y que la culpa no la tiene una fiebre, ni cefaleas, ni llagas que le provoquen turbación, sino que es Severo el que con sus mordiscos saca a nuestro camarada de la cama, a pesar de que está tan lejos. [3] Extraña especie de chinche es ésta. Sin embargo, es posible que hasta para esta clase de insomnio tengas remedio, ya que por mediación del noble Temistio puedes lograr que Severo deje de morderle.

70

A Temistio (359)

Cuando me dirigía a ti con la idea de solicitarte un servicio para los demás, pensaba que les hacía con ello un favor, pero en el caso de Olimpio, si haces por él algo que valga su agradecimiento, estoy convencido de que recibirás de él un favor aún mayor que el que tú le hagas. Pues así es este hombre que ha traído la prosperidad a Macedonia 128 a pesar de que hace poco que ha dejado de ser un chaval y que, después de eso, ha evitado hacerse con el cargo de gobernador con más fervor que otros ponen en conseguirlo. Con tanto celo se ha entregado a la defensa de la justicia, [2] que todo el que sufre un agravio busca refugio en él, mientras que, por el contrario, le teme quien ha transgredido las leyes. El único afán de nuestros gobernadores es lograr su aprobación. Él y yo hemos heredado nuestra amistad de [3] nuestros padres, de forma que él hace cualquier cosa por mí y a cambio recibe de mi parte el elogio por su celo, ya que en absoluto podría yo corresponderle a su mismo nivel. Así es que debes recompensarme a este varón, o mejor dicho, devuélvele en mi nombre una pequeña porción de los servicios que me ha prestado. Olimpio ha sido trasladado a vuestro [4] Senado desde el que es mayor (y debes perdonarme si llamo mayor al Senado de los romanos cuando el vuestro te cuenta a ti entre sus miembros). Por tanto, haz que reciba de vosotros la misma consideración que le tenían ellos. ¿A qué me refiero? A los romanos les bastaba con que su nombre estuviera inscrito en sus listas. Corrijo. No le concedáis este [5] privilegio, pero tampoco le busquéis cargas superiores a su capacidad. Pues si hacéis un examen de cuáles son los mejores, Olimpio será el primero, pero si lo hacéis sobre lo que cada uno debe aportar, veréis que es el último de todos. Podrías conocer con facilidad la justa medida de su hacienda si preguntas a los que tienen la misión de averiguar este tipo de cosas. Así pues, debes prestar mucha atención para no [6] causarle un perjuicio cuando llegue el momento de hacer contribuciones monetarias y, lo que es más importante aún, cuídate de no hacerle salir de aquí cuando convoquéis a los [7] senadores. Pues su madre, que vive aún, está en sus manos. Precisamente está viva por ese motivo, porque puede verle, pues no podría soportar que le mencionasen siquiera que su hijo tuviera que ausentarse y se moriría si algo así llegara a suceder. Y tú no permitirías que sucediera una catástrofe [8] como ésta. Por tanto, convenciéndote de que nos ayudarás y, al mismo tiempo, actuarás como corresponde a la filosofía, concédenos que su dispensa permanezca inalterada.

71

A Florencio (359)

Hombre virtuoso es este que te entrega mi carta, pues ha tomado a su cargo sin ánimo de lucro tareas de las que se podrían haber sacado pingües beneficios. Le he llamado como aliado mío en numerosos menesteres y en ninguno de [2] ellos lo he hallado desidioso. Yo le aconsejé que hiciera lo contrario de lo que dice el refrán: que se bajara de los asnos para montar caballos 129 . Tú eres dueño de hacer que este hombre cabalgue lo antes posible. Cuando pruebes a tratarlo dirás de mí que no sé elogiar a los malos.

72

A Florencio (359)

Numerosas palabras de elogio oirás pronunciar a mucha gente sobre este Partenio que tienes ante ti. Estos informes no te permitirán mostrarte incrédulo ni negarte a hacerle un beneficio a este varón. Sin embargo, no he decidido añadir esta carta porque pensara que aquellas razones no fueran a ser suficientes, sino porque sería vergonzoso para mí ser el único que guardara silencio sobre él. ¿Cómo no iba a ser un ultraje el que, aunque hacía votos para que se presentase una ocasión como ésta para interceder por él, no la aprovechase cuando ya se ha presentado? Pues tengo interés por [2] Partenio no sólo por mis deberes hacia mi paisano, sino porque es lo más selecto de mis amistades. Su tío era Eusebio [3] y, como es natural, todo lo que yo hago por su sobrino me lo agradece como si lo hiciera por él. Pero es que, aun dejando aparte estas consideraciones, merece mi solicitud simplemente por su carácter. Es capaz de ayudar a un amigo aunque se tenga que meter en el fuego, pero cuando el amigo va por mal camino se opone, porque no sabe comportarse lisonjeramente, pero sí sabe reprender con plena libertad. Por su inteligencia es capaz de evitar riesgos injustos, pero, gracias a su natural alegre, sabe hacer que una reunión sea más dulce. En cuanto al dinero, se esfuerza más por entregarlo que por tomarlo. Y quede claro que soy testigo de este [4] proceder, pues he tenido ocasión de comprobarlo en la práctica en su comportamiento conmigo. Así es que esto es lo [5] que podría decir de él. Creo que si estuviera al mando de las ciudades conservaría esta misma solicitud y cerraría la boca a aquellos que se complacen en criticar a los demás. Por eso [6] hago lo único que está en mis manos: elevar la súplica de que Partenio ocupe el lugar que le corresponde con arreglo a la trayectoria de sus antepasados. No obstante, quienes tienen la potestad de actuar son los que podrían hacer que mi súplica se hiciera realidad.

73

A Eusebio (359)

Cuantas más cosas averiguo de Partenio, tanto más que antes le aprecio. Pues si entonces lo conocía como conciudadano y pariente de un amigo mío, ahora, cuando ha sido sometido a la prueba de ciertos menesteres, me ha demostrado que tiene un espíritu tan noble que, con toda razón, me haría acreedor a la censura si no condescendiera con él en [2] todo lo que sea menester. Y aunque podría conseguir de mí lo que quisiese, prefirió llevarte una carta mía, pues está convencido de que tú sabes prestar ayuda con determinación y de que yo me encuentro entre tus amigos más íntimos. [3] Con esta opinión me parecía que te honraba más a ti que a mí, ya que, cada vez que un padre recibe atenciones de un hijo 130 , resulta que al primero se le felicita y al segundo se le colma de elogios, a uno por participar de lo que establece [4] la ley y al otro por consolidarla. Tú, por el contrario, si eres juzgado con arreglo a los servicios que me prestabas cuando venías aquí, podrías ser considerado como un devoto de tu padre, pero lo que hiciste después, cuando te marchaste de mi lado, no se corresponde con tu actitud anterior. Pues por aquel entonces acudías con frecuencia a mi casa y no podías soportar el que no nos encontrásemos. Sin embargo, ahora tengo miedo no sea que alguien te pida cuentas por tu silencio. [5] Mas no por ello resultaré ser para ti un juez severo. Si te muestras a Partenio cual solías hacer antes, habrás cumplido con la norma. Pero si te muestras mucho mejor que antes, demostrarás con tu mayor celo el provecho de esta carta.

74

A Espectato (359)

Que cuando te pido el favor de que te des prisa para socorrer a un amigo estoy llamando a la tortuga a una carrera de velocidad, lo sé claramente. Ya que, si ves a Partenio y recibes las cartas, le pondrás cara de alegrarte de verle y de recibir las misivas, le dirás lo que convenga al momento, le exhortarás a que se anime a hablar, y le dirás que lo más difícil es cosa baladí y que no habrá nada que deje de cumplirse. Mas cuando se presente el momento de actuar, abandonando el puesto y arrojando al suelo las promesas, mirarás a la víctima de tus engaños con una sonrisa radiante. Porque has inventado esta insólita excusa: la de sonreír en defensa de los demás. Y aunque sé todo esto, aun así te escribo. [2] Porque, o bien darás vivo testimonio de que es verdad lo que dicen mis cartas si te comportas con arreglo a tu disposición natural, o bien, si te sobrepones a ella, alegrarás al que pones por embustero precisamente por refutar la carta que te escribo.

75

A Eumolpio 131 (359)

Te escribo esta primera carta sobre un bello asunto, si es que la amistad es algo hermoso, y desearía convencerte. Pero si no lo voy a conseguir, al menos no sería para mí vergonzoso [2] haberlo intentado antes. Llegaste a hacerte amigo íntimo de Partenio, y vuestra amistad se hizo tan profunda que mutuamente os poníais por delante de vuestros familiares. Pero este vínculo lo rompió cierta sospecha que se presentó de repente y te pareció que Partenio había beneficiado [3] a ese hombre a quien a duras penas podías soportar. Negando la acusación, según me dice, y considerando este reproche como improcedente, jura que es inocente de cualquier acusación, y yo le creo. Pues, ¿cómo va a ser natural que quien es capaz de hacer cualquier cosa para reconciliarse [4] contigo quiera desprenderse de lo que ya tiene? Y aun en el caso de que te hubiera causado un hondo pesar, suficiente castigo es el que ya ha sufrido. Si bien es cierto que en el momento de la injuria es más agradable imponer un castigo que soportarla con mansedumbre, mayor es el placer posterior cada vez que alguien es elogiado por haberla soportado. Además, es posible que precisamente el perdón del castigo [5] sea el rasgo más característico de un heleno. Por otro lado, considera que este varón, abordando a muchos, reconocerá que desea apasionadamente tu amistad, pero que tú desprecias la suya, y que sus palabras darán fe de su moderación y [6] de vuestra, por así decirlo, belicosidad. Así es que mira no sea que por darle satisfacción a tu cólera les des a muchos la oportunidad para considerar que la postura de Partenio es moderada y para reprobar la vuestra. Muy al contrario, reflexionando que a tu disposición natural le cuadra un cambio de esta índole y respetándome a mí, que soy tu pariente y de más edad, juzga más sólidos que una acusación nada clara cuantas satisfacciones te dio Partenio a la vista de todo el mundo. Regresa al estado anterior a la sospecha y demuéstrale a todo el mundo que no ha sido castigado por llevar encima tan sólo mi carta en vez de muchas.

76

A Aecio 132 (359)

Yo jamás te aconsejé que abandonaras patria, casa, familia y esperanzas, ni tampoco le aconsejaría jamás algo parecido a un conciudadano que tiene a su disposición una ciudad tan importante. Pero ya que apareció un consejero 133 [2] más persuasivo que yo y existe algo que merece más tu respeto que tu propia patria, no digo que elogie tu decisión, pero suplico que todo tenga un final feliz, pues también ello sería un don de Fortuna 134 .

77

A Temistio (359)

El poeta Andrónico se ha ganado en las ciudades que hay hasta la frontera de los etíopes la fama que es natural que despierte un hombre que tan dulce miel destila. Y eso que el dolor por su madre y por su ciudad le impidió mostrar todos los ornatos de su alma. A pesar de todo, con las bellezas que pudo dar a conocr permitió a la gente conjeturar [2] cómo serían las que no se le mostraron. Pero no más nos deleitaba aquí con sus versos que con los elogios que empleaba cuando se refería a tu persona, diciendo que el Emperador te honraba en la medida en que podía, pero que nunca encontraba nada que se acercase a tus merecimientos. [3] Y cuando yo le recomendaba que no rechazase los cargos que se le ofrecían alegando que se podía compaginar el gobierno con la poesía, él me respondía: «Yo soy quien a Temistio como discípulo me he de entregar, pues lo tengo por más bello que sobre muchos mandar.»

78

A Higino (359)

Al decir yo que escribiría al filósofo 135 , me dice: «¿Es que al médico no le vas a escribir?». Andrónico añadió que tú me querías, aunque ya conozco perfectamente tu afecto. Pues así como los padres aman a sus hijos porque los han engendrado, de igual modo los salvadores aman a quienes [2] han salvado, porque les han preservado la vida. Entre nosotros se te recordará mientras siga habiendo enfermos: pues no es posible que en una ciudad tan grande falten quienes padezcan alguna enfermedad. Y cuando los médicos entran en casa del enfermo, tu nombre entra al mismo tiempo, tanto si ellos pueden socorrerlos, como si no pueden. Pues se comenta cómo el mal se habría acortado si tú te hubieras encargado del enfermo, o bien cómo no habría sucedido esto [3] o aquello si tú te hubieses ocupado del caso. Con frecuencia repetimos esa cantinela precisamente ahora que mi tío ha salido de una fiebre altísima 136 y no puede valerse de su cuerpo para trasladarse. En cuanto a mí, que conozco los [4] remedios por medio de los cuales conseguiste ponemos en pie, me estoy peleando con los médicos de aquí.

79

A Meterio y Alcimo (359)

No os escribo a menudo. ¿Y sobre qué podría escribiros? ¿Acerca de mis últimas desgracias? Pero si bastante tendríais con soportar las vuestras 137 . ¿Acaso sobre cómo debemos ser fuertes? A mí precisamente no me es posible decir tanto. ¿O bien debo referirme a cómo tenéis que venir a visitamos? Pero si no es posible persuadiros por mucho que os llame. Así es que más vale no escribir a quienes están [2] en esta situación, que hacerlo.

80

A Anatolio (359)

Es costumbre tuya maltratar a los sofistas 138 , y antigua, según parece. De modo que también la Pitia debía sufrir esta afrenta 139 para que tus actos estuvieran de acuerdo con tu nueva dignidad. En respuesta, tanto los sofistas como la Pitia te dicen: «¡Ojalá no dejes de ultrajar lo que merece la [2] pena honrar!» Y yo, que creía que era apreciado por ti, te mandaba cartas y pedía recibir buen trato sin pedirte nada que estuviera por encima de tus posibilidades, sino sólo esa clase de favores que diariamente y en gran cantidad ibas esparciendo a diestro y siniestro, tanto a quienes lo merecían como a los que no. Pero puesto que, en lugar de socorrernos, nos enviaste un escrito lleno de burlas, he creído que ha llegado el momento de no volver a escribir ni para pedirte [3] un favor ni para ningún otro menester. Cuando te repusiste de tu enfermedad, me alegré no menos que el propio enfermo, pero es posible contentarse sin necesidad de escribir. No porque uno no escriba no puede ponerse contento de todos modos, sino que, así como entre los que te escribieron para testimoniarte que se alegraban tal vez pudieras hallar a quien no se alegró en absoluto, también era posible congratularse [4] en silencio. Pero a ti te hacía falta un adulador, no alguien que se llenara de alborozo por amistad. Y cuando me dices que no sabes por qué dejé de escribirte, sumas una segunda injuria a la anterior, porque al principio consideraste que mi petición de entonces no merecía tu consideración y porque en esta ocasión ni te has enterado de que me has [5] despreciado por completo. Te ha ocurrido algo en absoluto ajeno a tu poder, porque vosotros, los que habéis alcanzado una fortuna ilustre ni siquiera pensáis que ofendéis a los que ultrajáis, pues consideráis que lo natural es que vosotros nos injuriéis y que nosotros agachemos la cabeza en cualquier [6] circunstancia. ¿Ves cómo más te habría valido no haber agitado el anágiro 140 ? Pero lo cierto es que, en tu deseo de romper mi silencio, has desatado mi elocuencia contra ti mismo, y sabes bien lo que has hecho, sobre todo porque no eres un ingenuo, sino que al propio Odiseo no le cedes terreno en el arte de trenzar dolos. Por haberle enviado dinero [7] a Optato recibes nuestro aplauso, pero no apruebo el hecho de que, con la esperanza de hacerle orador gracias al dinero, le enviaras cien estateras pese a que podías haberle mandado mil. Pues si el dinero que mandaste no tiene poco poder, mayor habría sido tu ayuda con una cantidad superior. A pesar de esa exigua cantidad, se aloja en nuestra casa y el gasto continúa según lo previsto.

81

A Anatolio (359)

Tú me exhortabas a que me expresara con total franqueza asegurándome que tolerarías cualquier cosa que fuera dicha por mí, pero Esquilo me disuade cuando dice que no deben los que son inferiores hablar con demasiada osadía 141 . Pero es que también Eurípides 142 dice que los que respiran con soberbia, refiriéndose claramente a vosotros, llevan muy a mal que los más débiles pronuncien palabras más altaneras de lo que les corresponde. Con todo, ya que deseas fervientemente que te conteste, os daré satisfacción a ti y a los dos poetas; a ellos no diciéndolo todo y a ti no [2] ocultándotelo todo. Por tanto, en primer lugar diré sobre la extensión de las cartas aquello de que tú estás enojado por la concisión de las mías y yo por la excesiva longitud de las tuyas. Para mi falta me sirve de estímulo el ejemplo de Esparta —de hecho tú has dado a la mía el epíteto de lacónica—, pero dime quiénes te han inspirado tu garrulería. Claro que no podrás presentar otro modelo que aquel confuso charlatán que vertía lágrimas en la asamblea de los aqueos 143 . [3] Estoy totalmente convencido de que estás próximo a acabar tu mandato, pues me resulta evidente que la pena te ha hecho enloquecer y que me escribías semejantes disparates bajo el efecto de tu desvarío. Mientras no esperabas el final de tu cargo, te conducías moderadamente. Pero esta carta de ahora la escribiste sin duda alguna en una noche de insomnio, pues no podías dormir temblando de miedo ante la idea [4] de perder este privilegio. En cuanto a Juliano 144 , no era de los primeros alumnos de mi clase, pero podría haber llegado a serlo de no haber sido porque su primera instrucción la pasó en una ciudad aficionada a los bailes 145 y luego se marchó de nuestro lado lo más rápido que pudo, pues no estaba mal dotado para la oratoria. Posiblemente hasta renegó de la mayor parte de los conocimientos que traía cuando llegó allí para unirse a ti, pues

de los buenos cosas buenas… 146 ,

y lo que sigue lo omito por consideración hacia ti. Me da la [5] impresión de que lo que le estimuló para convertirse en agente fue que viera a aquel cónsul 147 que andaba por los aires, hablaba a grandes voces y despreciaba a los dioses, mientras que por un lado hostigaba a los demás y por otro se echaba a los pies de gente de condición más baja que los esclavos que poseía. Por eso quedó enamorado del poder que [6] descubrió que tú venerabas. Así es que no te asombres de que, en el caso de que te mantengas en tu posición de poder por mediación de aquéllos, Optato siga el ejemplo de Juliano.

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A Ambrosio (359)

Te pido que de buen grado me concedas un favor. Pues cuando a vosotros los jovencitos os son confiadas las magistraturas os deleitáis con la idea de que tenéis en vuestras manos hacerles favores a los más viejos. También a los profesores les causa cierto placer el hecho de necesitar a sus alumnos y a éstos poder hacer a su antojo algo en beneficio de sus profesores. De tal manera, Cleobulo, el maestro, me [2] encarga que lleve a cabo lo que tengo en mis manos hacer ante ti, y yo te pido lo que puedes cumplir por medio de tu cargo. Antífilo se encuentra entre tus principales asesores y es pariente de Cleobulo. Su forma de ser, como si de una carta de presentación se tratara, me lo recomendó a mí. Pues no sabe lo que es adquirir ganancias con audacias que no convienen, y esto es lo que puede testificar Cleobulo. Yo, [3] haciendo caso de él, te lo recomiendo también. El favor que te pido es que lo mires con consideración, ya que no se aprovechará para sacar beneficio, sino para aconsejarte resueltamente sobre los asuntos que te agobien y para prestarte con buen ánimo los servicios que tengas a bien ordenarle.

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A Atarbio (359)

Si hubiera tenido la posibilidad de acompañar a Sabino en su viaje, habría hablado contigo personalmente en lugar de escribirte (tan grande es mi empeño por sustraer a este hombre del oleaje 148 ). Pero ya que por numerosas razones me veo obligado a quedarme, no dejé pasar la otra forma de [2] navegar 149 , sino que te escribo. Y sería mi deseo que tú, por consideración a la justicia y a nosotros, te mantuvieras firme frente a la dificultad del momento presente e hicieras saber a la gente que no está en sus manos despedazar a los gobernadores [3] cuando salen del cargo. Así es que estoy de acuerdo con él en que podría conseguir cualquier cosa de ti, pero tú puedes decidir entre dejarme como un fanfarrón por mi promesa, o no.

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A Magno (359)

Macedonio, que ha vivido no poco tiempo con nosotros, es uno de nuestros mejores amigos. Podría ganarse la amistad de alguien sólo con encontrarse con él y conversar un poco. Tan grande es el encanto que tiene por su carácter. Así es que si marchara a tu presencia para ser juzgado, sería [2] un completo insensato si me atreviera a escribirte, pues sé que jamás tendrás mayor consideración por el escrito de un amigo que por las leyes. Pero, dado que sólo está ansioso por que lo conozcas, con plena confianza te pido este favor. Porque así como no sabes complacer en todo, de igual manera no evitas por completo hacer favores.

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A Florencio (359)

Mientras tu afecto hacia nosotros siga creciendo, también será mayor mi obligación de escribirte sobre los amigos. Este Macedonio que tienes ante ti hace tiempo que recibe nuestra admiración, tanto por su moderación y prudencia como por su espíritu leal. El único reproche que puedo hacerle es que, después de recorrer a saltos los jardines de las Musas, se haya escapado para dedicarse a ese género de vida en el que ahora se encuentra. Pues si con este oficio [2] se puede hacer fortuna, de aquél se obtiene buena fama. Sus esperanzas, por tanto, están puestas en el dinero, pero dinero aún no tiene. Pero podría conseguirlo si tú quisieras. En absoluto es justo desdeñar a este hombre, incluso aunque haya desertado de la tribuna y a pesar de los motivos por los que la ha despreciado.

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A Temistio (359)

Tal vez no sólo te dedicas con gran empeño a llenar de senadores el Senado, sino que ya hasta los pescas durmiendo 150 . Pues Celso es el mejor de nuestros conciudadanos y merece oír también ese apelativo de boca de los ciudadanos de allí, después de ti, naturalmente; un hombre bueno se encamina [2] sin ser invitado a una asamblea de buenos 151 . Y eso que lo hemos intentado todo para que este hombre se ponga al frente de los asuntos de nuestra ciudad. Mas él respondía siempre que debía aspirar a ocupar el lugar que le pareciera [3] bien a Temistio. Y no se me escapa el subterfugio. Pues los demás, ansiosos por el «Bósforo rico en peces», acuden allí a la carrera, pero a él le importa un ardite el cargo, sino que piensa que si llega a ser conciudadano vuestro tendrá la ocasión de vivir contigo. Y ello significa vivir en la filosofía. No poco ha aprendido de este saber en Sición, pero espera [4] alcanzar el pleno conocimiento contigo. Por tanto, mi vida será mucho peor ahora que ya no está el que tanto me ayudaba. Soportaba mejor mis problemas dándoselos a conocer, pero al no tenerle cerca me quedaré afligido. Así es que reciba Celso alguna compensación y que mis asuntos vayan por donde decida la fortuna. Sea como fuere, de sus éxitos obtendrán consuelo mis desdichas. Ahora le retenemos su [5] madre, yo y muchos otros, pensando que es posible que siga deleitándonos y que antes de que llegue el invierno se marche contigo, pero su nombramiento se ha adelantado a su llegada a vuestra ciudad. Ahora harás lo de costumbre para cuidar de que su dispendio sea moderado 152 , pues nos parecía que sería más agradable que marchara a tu lado ya como ciudadano vuestro que con la intención de serlo.

87

A Domnio (359)

Silvano, el alumno tuyo, está inscrito en el cuerpo de abogados, pues lo ha admitido de buen grado Modesto. Por tanto, desplegará sus conocimientos de leyes cuando pleitee, pero la virtud de su carácter hace tiempo que ya nos la ha mostrado. Me parece que precisamente por ese motivo ha llegado a ser alumno tuyo, pues ha heredado no pocos rasgos de tu forma de ser, por la que recibes más elogios que por tu conocimiento del derecho. Como siente afecto por ti, [2] como es natural en un discípulo, también me aprecia a mí, porque sabe que al hacerlo te da una alegría.

88

A Leoncio (359)

También recibí tu carta anterior 153 , y no podrías imaginarte con cuánto placer. Lo más dulce de ella era que, habiendo oído que yo te iba a escribir, aunque no tenías todavía mi carta, actuaste como habrías hecho de haberla tenido [2] en tus manos. Sin embargo, el que me entregó la carta, tras habérmela dado en el ágora y haberme dicho que al momento se presentaría en la curia, donde doy mis clases —pues el templo de Fortuna, noble Leoncio, está privado de todo su esplendor y de los rebaños que un día apacentaba, lo que me hace derramar lágrimas cada vez que paso cerca— en efecto, tras decirme que se presentaría y haber mostrado cierto interés, ya no volvió a encontrarse conmigo, como si hubiese sido arrebatado por el viento. Lo primero que pensé [3] fue que había sido raptado por la fuerza, pero lo que pasaba realmente era que, aunque estaba en la ciudad, me evitaba, pues oí decir al que me entregó tu segunda carta que, efectivamente, se encontraba aquí. Es posible que se juntara con una asociación de aduladores a los que causa regocijo que no reciba nadie cartas mías. Si se hubiera encontrado con ellos antes que conmigo, a buen seguro les habría complacido no entregándome siquiera tu carta. Pero me ha extrañado [4] que en la epístola que me has escrito ahora no dieras señales de haber recibido mi carta. Por más vueltas que le doy al asunto, no acierto a encontrar la causa. Pues el hecho de que Eumacio haya llegado a vuestra ciudad se demuestra por la carta que ha llegado aquí de parte de Ifícrates, y si ha llegado a tu ciudad, creo que no tiene sentido que no tengas la carta. Ifícrates insistía con muchas y nobles razones en su defensa y no dejaba de mencionar que había que escribirle. De modo que le pregunté muchas veces al joven que él cuidaba 154 , si es que su pedagogo había muerto, pues me parecía a mí que, de estar vivo, no habría cometido esa falta. Como me respondiera que está vivo, no dejo de estar apurado. Explícame pues si la has recibido o no, pues me alegraré [5] si es así, pero si no, haré lo necesario para enviarte una copia de la anterior.

89

A Filagrio (359)

Con sumo gusto he admitido a tus hijos. ¿Y cómo no iba a aceptar a los que considero también como míos? Sobre tu anterior decisión 155 más vale callar que, por buscar una defensa, no poder ofrecer un argumento sólido. Y aunque seas el sofista más diestro, tres por cuatro son doce, por más que [2] Filagrio trate de decir otra cosa. Sin embargo, lo que sé que he sufrido por culpa de tu decisión, te lo explicaré y no se lo ocultaré a un amigo. Jamás he perseguido a los estudiantes que se han ido de mi escuela, porque tampoco he visto jamás que las fuentes hayan ido a buscar a los sedientos, sino que pensaba que a cuantos se acercan hay que testimoniarles nuestra benevolencia y menospreciar el propio desprecio [3] de quienes menosprecian. Precisamente, por eso mismo me ha sobrevenido la fama de ser demasiado orgulloso, porque jamás he soportado una conducta rastrera. No obstante, cuando tus hijos se fueron a la escuela de otro, reconozco que me sentí herido en mi interior y deseé que tu decisión fuera anulada, aunque eran más numerosos los que censuraban tu resolución que cuantos consideraban este hecho como señal [4] de mi incapacidad. Así es que ahora, cuando has reflexionado que tal vez no es mejor perseverar en tus decisiones de entonces, no pienses que has de exhortarme para que me preocupe por tus hijos, a no ser que debas hacerte las mismas exhortaciones a ti mismo. Pues, sin tener en cuenta las demás consideraciones, sólo el aspecto físico de los muchachos [5] me recuerda a su padre y me lo representan aquí. Además, Eutiquio es tu amigo y pariente nuestro, y si no le complaciese le estaría injuriando. Cuando me trajo a tus hijos y a su propio hermano, me demostró que no quiere [6] más al suyo que a éstos. Por tal motivo, también la costumbre del verano deja de tener vigor sólo con ellos 156 , para que Eutiquio se regocije y tú recibas lo que te corresponde.

90

A Clearco (359)

Mira, también se presenta ante ti Zoilo prestando a su señor servicios dignos de la mayor consideración, enviado como mensajero por la necesidad de los problemas que nos acucian. Pues nos parecía que debíamos prescindir de su servicio aquí para que pudiera poner en orden los asuntos de allí. Con todo, temo que, igual que las otras muchas cartas [2] que te hemos enviado, Zoilo se haya presentado para nada. Así es como nos has rechazado. Pero ya que la presencia del muchacho podría ser una prueba más exacta de tu disposición hacia nosotros, acude a tu presencia para enterarse de si el noble Clearco ha cambiado su forma de ser y Diomedes se nos ha vuelto de Regio 157 .

91

A Temistio (359)

¡Por los dioses y la filosofía, concédele un poco de tu ayuda al maestro Cleobulo! No sólo pide lo justo, sino también que tengas establecida la costumbre de hacerte acompañar de gente justa. Basta con que hagas una señal de asentimiento y veremos cómo se vuelven más moderados quienes [2] ahora lo ultrajan. En efecto, Alejandro y Severo son sencillamente la yunta de Cróbilo 158 , y aseguran que antes dejarán de respirar que de causarle daño. Pero si se dan cuenta de que Temistio no lo consentirá, aunque no por su voluntad pero sí al menos por la fuerza, tal vez se hagan mejores. [3] Se te ha enviado a Zoilo para instruirte por si necesitas alguna aclaración y para recordarte mi encargo si tu inquietud por otros muchos asuntos te apartase de preocuparte [4] por este problema. Te escribía estas líneas estando ya Cleobulo al límite de sus fuerzas. Languidece en su desánimo porque dos cántaros 159 se le caen encima. Así es que, si se hace algo rápidamente, lo normal es que pueda soportar su carga y que tú te ganes la fama de haber salvado a un amigo.

92

A Parnasio (359)

No soportaré la comparación, pues no se parece a tu caso. Me has recordado a esos que poseen muy poco y se las ingenian como pueden para dar menos y recibir más de los ricos. El flujo de cartas que tú posees no es inferior al que [2] tenemos nosotros, a quienes acusas de tener más. Por tanto, mientras poseas igual riqueza, no te inscribas en la categoría de los pobres, sino que, si recibes la misma cantidad que envías, no consideres que se te agravia en nada.

93

A Cratino (359)

Ni Helena, cuando reconoció al padre de Telémaco por el aspecto de su hijo, ni Menelao, al coincidir con su mujer y decir acerca de sus manos, pies, ojos y restantes partes del cuerpo lo que se dice en el pasaje, insultan al propio muchacho ni a su padre. Al contrario, me parece a mí que no habría sentido Odiseo menos placer al oír esas palabras que eso de

saqueó la sacra ciudad de Troya 160 .

Tal vez sepas que también otro poeta 161 cifraba parte de la felicidad en semejarse los hijos a sus progenitores. ¿En qué [2] estabas pensando cuando me censurabas por mi comentario sobre su nariz? Pues yo te escribía sobre ello pensando que te daría motivos de regocijo. Sin embargo, te ha dado la impresión de que soy torpe e ignorante. Así es que mira si va a [3] ser buena idea que algo de esta falta de educación pase a tu hijo. Como tengo la tendencia a compartir de buen grado lo que poseo, que el noble Cratino analice si no resultará un perjuicio recibir para quien recibe.

94

A Leoncio 162 (359)

Éste que me había entregado la segunda carta se había marchado a Fenicia, pues he comprendido lo sucedido ahora que ha vuelto de nuevo, por más que entonces me asombraba de que no se acercara a mí. Al pedirme la carta, le dije que hacía tiempo había sido enviada y que no le daría ninguna, pues ya tenía suficiente con haber disfrutado de su estancia [2] en Fenicia. Pero como me insistía y me pedía no padecer un castigo tan grande, le entregué la presente por considerar que había mejorado por la aflicción que le causaba no recibirla.

95

A Panniquio (359)

Culpo a mi trabajo con los muchachos del hecho de no haber tenido ocasión de intimar contigo a pesar de haber coincidido aquí. Es posible que tampoco a ti te hubiese resultado odioso verme y conversar conmigo antes de haber accedido a tu cargo de gobernador, pero te lo impidieron, pienso yo, las incontables preocupaciones que tenías por culpa del cargo antes de tener que visitar las ciudades acompañando [2] al Prefecto 163 . Así pues, tiene sentido que, lamentándonos por no haber tenido antes trato contigo, hagamos ahora uso de la segunda navegación 164 y, aunque hemos perdido la ocasión de un viento propicio, regresemos a los remos y escribamos. Tanto confío en que hallaré en ti un [3] amigo que disfrutará con mis cartas y se apresurará a imitarnos, que, como si fuéramos viejos amigos, no dudaré en pedirte un favor incluso en esta primera misiva. Porque cometería una injusticia si no te escribiera lo que no me avergonzaría decirte si estuvieras delante de mí. Que Pelagio, en [4] virtud de su linaje y su restante gloria, es de los más ilustres de cuantos viven en la provincia de Eufratense, pienso que el propio Éufrates, si cobrase voz, podría atestiguarlo. Fue compañero mío de estudios y nos caíamos muy bien. Pero más elogios recibía de mí su carácter, pues no negaré que consideraba que también me adornaba a mí mismo el complacerme públicamente por la naturaleza de una persona así. Y a fe mía que aumentaba su encanto su benignidad, que no [5] menos que yo han tenido ocasión de conocer todos los sirios, por cuya tierra ha pasado —y ha pasado por la mayor parte— cada vez que formó parte de embajadas y se ganó con su forma de ser la mejor fama para su linaje. De manera que, a mi modo de ver, se habría ganado la corona sin lugar a dudas en regímenes democráticos por haber llevado a cabo con éxito estas misiones. Y he aquí lo más importante, [6] pues no he visto reunirse sagacidad y dulzura tan grande en ninguna otra persona. Sin embargo, ¿cómo la tranquilidad no va a ser reflexionar con agudeza? Pero lo más agudo con toda probabilidad también es turbulento. No obstante, éste, que posee ambas facultades, las ha mezclado y ha logrado que convivan en armonía la tranquilidad de su espíritu con la anticipación. De ahí que no le ceda terreno a nadie en hallar lo conveniente, pero al mismo tiempo es en todo punto superior en la otra virtud, ya que reconoce como nadie el momento adecuado para hablar y para callar, sabe elogiar a un buen gobernador y censurar al que no lo es, al tiempo que conserva sus posesiones familiares sin causar [7] merma a las de sus vecinos. Tú mismo podrías decirles a otros eso mismo y más, puesto que el piloto conoce sin duda al marinero, así como el corifeo a los coreutas. Por tanto, sé que por su solicitud harás de él un coreuta de tal calidad, haciéndoles así un favor a los buenos —pues a todos les preocupa este hombre—, y enseñando a tus súbditos que todo aquel que persiga la virtud estará en tu casa por delante [8] de quienes no la desean. En cuanto a mí, no podré corresponder a tu merced con hechos, pues mi vigor no radica en las obras, pero no cesaré de expresar con palabras lo que merecen tus actos. Explicaré 165 cómo tu fortuna es digna de aquellos trabajos y de tu elocuencia. Cuando saliste del templo de las Musas y entraste en la curia, te destacaste y sacaste a relucir el rétor que tenías dentro de ti, y de la curia accedes al cargo de gobernador, siendo Justicia tu asistente. [9] Nosotros, en efecto, nos acordamos de ti y hacemos los mismos votos que tú. No dejes de acordarte de tu antepasado Minos 166 —aunque más bien creo que no pasa un momento sin que lo recuerdes—, lo que explica que las circunstancias actuales estén enderezadas y nosotros podamos hacer un elogio de ti en los términos precisos que deseábamos.

96

A Modesto (359)

Ojalá estés haciendo lo de costumbre, esto es, consolidar el vigor de las leyes, preservar la seguridad de las ciudades, odiar a los calumniadores y socorrer a los agraviados 167 . En cuanto a nosotros, como es nuestro habitual discurso, nos afligen los mismos males. Y si crees que siempre exagero la realidad, en esto no te miento: la muerte de mi tío ha traído la ruina a nuestra casa. Ha muerto ¡oh dioses!, ha muerto [2] Fasganio, el mejor en todo, a quien tú respetabas más que a nadie, que sentía por ti mayor admiración que ninguno y por cuya salud te preocupaste extraordinariamente cuando se hallaba enfermo. Suplicaría a los dioses recorrer de inmediato [3] a su lado el mismo camino y, puesto que soy presa de la pena y las lágrimas, dirijo la mirada a un solo consuelo: tú y tu poder. De todo ello disfrutamos ahora que estás ausente, pero en mayor medida gozaremos cuando vengas aquí.


18 En esta extensa carta, dirigida al prefecto del pretorio por Ilírico, Anatolio 3, Libanio responde con amargura a una crítica que hizo el Prefecto al poco entusiasmo mostrado por Libanio en la composición de un encomio en honor a su primo Espectato. La razón verdadera del enfado la conocemos por la Carta 80: Libanio no había escrito al Prefecto cuando éste se hallaba enfermo.

19 Nótese cómo JULIANO (Carta a Temistio 265b y ss.) y LIBANIO (Carta 793) le hacen a Temistio la misma recomendación: dedicarse a la vida contemplativa, mucho más reconfortante que la vida pública. Evidentemente, tal apreciación no ha de tomarse como una confidencia de un amigo, sino como una forma más o menos cortés de rechazar la petición de un cargo.

20 Como bien señalan FATOUROS y KRISCHER (Briefe, pág. 269), no está claro lo que quiere decir Libanio con esta frase. Me parece plausible su suposición de que Libanio se refiera a su marcha a Antioquía dejando a sus amigos de Nicomedia y Constantinopla. Precisamente, Libanio no volvió a ver con vida a Aristéneto, quien pereció en el terremoto del 24 de agosto del 358. La presente fue la última carta que le escribió estando vivo, y es posible que no llegara a leerla.

21 Hermógenes 3 era en esta fecha prefecto del pretorio por Oriente, mientras que Aristéneto 1 era vicario de la recién creada diócesis de Pietas. El objeto de la misiva es que Aristéneto intercediera ante Hermógenes para que no aplicara la multa que éste había impuesto al gobernador de Siria (consularis Syriae), Nicencio 1, por haber descuidado sus deberes de aprovisionamiento del ejército.

22 Como señala Cabouret (pág. 64), la explicación que ofrece Libanio sobre el origen de la denominación de este puesto fronterizo del Éufrates parece una invención. Juliano pasó por este puesto en su campaña del 363, según nos cuenta AMIANO MARCELINO (XXIII 3, 7).

23 Comparación con el sacrificio de Ifigenia, que expió con su sangre la falta de su padre, Agamenón.

24 Paráfrasis de Il. II 196.

25 Minos consultaba a su padre, Zeus, dentro de una cueva sobre su labor legislativa. Cf. PLATÓN , Leyes 624a-b; Minos 319d-e, y HOMERO , Od. XIX 179.

26 Un sobrino de nombre desconocido de Demetrio 2, rico curial de Tarso y destinatario de la carta. Dicho sobrino estudiaba en la escuela de Libanio.

27 Demetrio 2.

28 Este destinatario a veces es llamado Higino.

29 Nos cuenta HERÓDOTO (VI 138) que los pelasgos raptaron a unas mujeres atenienses y que ellas educaron a los hijos que les nacieron en el odio a todo lo concerniente a sus captores, de modo que los pelasgos acabaron asesinándolos por temor a una venganza futura. Desde entonces se denominó «lemnio» a todo crimen abominable.

30 Referencia al terrible terremoto que arrasó Nicomedia en el año 358. Libanio dedicó a esta catástrofe una monodia, el Disc. LXI (cf. Carta 33).

31 Cf. Il. XI 514. Homero aplica este epíteto al médico Macaón, lo que significa que Dulcicio I era médico, como su hijo Higino.

32 El citado terremoto.

33 Ticiano (cf. Carta 44) y Calicio respectivamente. Calicio es hijo de Hierocles 3.

34 Il. X 192. Cf. infra, Carta 148.

35 Sobre este recorte del salario decretado por el prefecto Elpidio 4, cf. Carta 740. Parte del salario del sofista era pagado en especie. Véase al respecto W. LIEBESCHUETZ , «Money Economy and Taxation in Kind in Syria in the Fourth Century A.D.», Rheinisches Museum 104 (1961), 255-256.

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