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CHRISTIAN LAMESA
La paternidad del mal
Los cómplices de Hitler

Lamesa, Christian
La paternidad del mal : los cómplices de Hitler / Christian Lamesa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-1993-1
1. Historia. I. Título.
CDD 909
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Foto de portada: Aldo Christian Lamesa Carminatti
Foto de solapa: Christina Taysueva
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
A Christina Taysueva, mi amor, mi musa,
quien desde que llegó a mi vida la ha llenado de luz.
A mis hijos Francisco y Macarena, mis grandes compañeros en la vida
e indispensables consejeros en el camino de la escritura.
A mi hermana Andrea,
la cual un día me animó a escribir en un libro
algunas de las historias sobre las que le hablaba.
A mi querida familia de la vida, Estelita, Damián y Jorgito,
quienes me acompañan desde el día en que nos conocimos
y a quienes les debo mucho de lo que soy.
Y a los queridos amigos que me han apoyado y escuchado tantas veces
a lo largo de la elaboración de La paternidad del mal.
Prólogo
Para mí, un ruso nacido diez años después de producida la Gran Victoria de la Unión Soviética el 9 de mayo de 1945, sobre la Alemania nazi y sus aliados del Eje, y siendo además hijo de combatientes de esa guerra, mi padre en el frente y mi madre en la retaguardia, que lucharon casi cuatro años en mortal enfrentamiento, el libro de Christian Lamesa La paternidad del mal no es para nada una visión histórica ajena y abstracta para mí, como le pueda parecer quizá a la gran mayoría de los que habitan hoy este mundo pecaminoso. Tampoco lo puedo atribuir a un ejemplo de análisis histórico clásico imparcial, pues está lleno de parcialidad ideológica, ética, moral y hasta emocional. Para mí, como ruso, es una parcialidad más valiosa aún, digna y apreciable. Es una lástima que la contraparte de esta “parcialidad” no le permitirá quizá exceder el límite de una edición limitada solo porque “el Gran Hermano está vigilando”.
Ya conocemos la ingeniosa fórmula, muy popular entre los historiadores e ideólogos de corte occidental y anglosajón, que dice que a la historia la escriben los vencedores. Y es cierto, siempre y cuando se refieran a sus propias victorias, en su mayoría de carácter imperialista, colonial y racista, tratando así de justificarlas utilizando el lema, de que al fin y al cabo son victorias de la “civilización” sobre la “barbarie”, es decir de la única raza “superior y excepcional” sobre las razas “inferiores”. Y resultó ser que el único obstáculo para el mundo occidental de lograr esa anhelada, decisiva y aplastante victoria a lo largo de los tres últimos siglos, según Fukuyama, ha sido Rusia. Han sido los eslavos orientales y cientos de etnias menores protegidas por ellos, tanto en la Rusia imperial como en la posterior de la Unión Soviética y la moderna Federación Rusa.
Todos sus intentos han fracasado. Como han fracasado Carlos XII de Suecia, Napoleón I de Francia, Hitler de la Alemania nazi y hasta el poderoso EE. UU. no lo ha logrado. No pudieron vencer a la URSS en la perpetua e interminable guerra fría. ¿Qué les queda entonces a estos que dicen estar del “lado correcto de la historia”? Manipular, inventar, tergiversar y reescribirla, con el mismo estilo del The Times orwelliano que sigue vigente.
¿Cómo es que sucede esto? ¿Por qué? ¡La respuesta es simple: porque el espíritu ruso es inquebrantable, porque no se rindieron mis antepasados! ¡Porque los rusos nunca se rinden!
¡Gracias, bravo, Christian! Por estar del lado de los invencibles soldados rusos, de los invencibles partisanos bielorrusos, ucranianos, yugoslavos, griegos y de la Resistencia francesa.
Nikolái Mijáilov
Director regional para las Américas
de la Fundación Russkiy Mir.
Prefacio
Nací en la Argentina y muchos podrían pensar que aquello sobre lo que van a leer en este libro es ajeno o por lo menos lejano para alguien como yo, pero no.
Durante este año se celebraron con profunda emoción en toda Rusia los 75 años de la Gran Victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi y también se recordó con inmenso orgullo y dolor el sacrificio del pueblo soviético y el Ejército Rojo en esta lucha.
Desde muy joven leí sobre legendarias hazañas y actos de enorme heroísmo de este pueblo, durante la Gran Guerra Patria, contra el invasor nazi y lo sentía como algo propio, ya que, con el sacrificio de casi treinta millones de soviéticos, no solo salvaron a su patria, a sus hijos, a sus madres y a sus nietos, sino que también salvaron a toda la humanidad, de las garras del monstruo fascista.
Sin embargo, hoy se oyen voces que pretenden contar otra historia, una historia llena de mentiras que ofenden la memoria de los héroes que ya no tienen voz. Y en muchos casos esas voces mentirosas son las de los hijos y los nietos de aquellos que hace más de 85 años ayudaron a que Adolf Hitler creciera y llegase a ser el monstruo que fue, y hoy pretenden esconder su vergüenza tras la infamia y la mentira.
Pero los héroes del pueblo y del ejército soviético sí tienen voz, y es fuerte y clara y está viva en sus hijos y nietos que nunca olvidarán sus hazañas. Y esta voz también está viva entre los que sentimos un deber con la memoria y la verdad, y tenemos para con ellos una eterna deuda de gratitud por su sacrificio desinteresado para con toda la humanidad.
Básicamente dos sentimientos me llevaron a escribir este libro. Primero, el amor a la vida, a la verdad y al heroísmo y generosidad de un gran pueblo. Segundo, el odio a la muerte, a la brutalidad, a la mentira y a la complicidad con el mal, ya sea siendo su aliado o no haciendo nada para detenerlo.
A lo largo de estas páginas conocerán a muchos cómplices de la maldad, pero también verán a los que intentaron oponérsele, cuando aún había tiempo para evitar el inenarrable sufrimiento y sacrificio de millones de personas. Es así como decidí comenzar mi libro recordando la lucha y la resistencia acaecidas durante los primeros días de la invasión fascista a la Unión Soviética, como un tributo a la valentía de millones de soldados, partisanos y ciudadanos soviéticos que ofrendaron sus vidas por toda la humanidad, y también como muestra de respeto a la verdad y a la memoria de los héroes.
Muchas veces la verdad histórica está fragmentada, oculta, escondida, y es la misión de quienes la aman el buscarla, encontrar sus partes y reconstruirla como si de un rompecabezas se tratase. Porque cada pieza suelta no dice demasiado, no es mucho más que una forma y colores, sin embargo, cuando encajan todas las piezas, ahí se revelan ante nuestros ojos el heroísmo y la vileza, la verdad y la mentira.
Christian Lamesa
22 de octubre de 2020
Pergamino, Argentina
Capítulo I
El comienzo
Fortaleza de Brest
29 de junio de 1941, cae el sol sobre la Fortaleza de Brest, mientras se va asentando el polvo de la última embestida de los aviones stuka de los fascistas. Aún se puede respirar el humo, sentir el olor a sangre y a muerte. Transcurrieron siete días de feroces combates, desde esa madrugada en que sucedió lo que todos sabían que iba a pasar, aunque deseaban que no fuera así.
Ese calmo amanecer del 22 de junio, de repente se vio quebrantado por las bombas nazis, como preludio de lo que desataría el invasor fascista sobre la patria soviética y las vidas de sus hijos.
En su soberbia, creían que acabar con las posiciones del Ejército Rojo les llevaría ocho horas. Ocho horas que para su sorpresa y estupor fueron días, semanas. Los alemanes tardaron más en acabar con la resistencia de los últimos defensores de la Fortaleza que lo que les llevó entrar a Varsovia dos años antes.
Pese a lo sorpresivo del ataque (sin declaración de guerra previa), los soldados y oficiales lograron reorganizarse rápidamente y poner a resguardo a sus familias en los sótanos de la ciudadela. A lo largo de los días se sucedieron los combates. A los intentos alemanes de tomar las posiciones, les respondían con la furiosa determinación de luchar hasta el final.
El calor era agobiante y la falta de agua insoportable; y más aún para los niños y las mujeres escondidos en los refugios. Muchos soldados perdieron sus vidas en el intento de llevar agua del río para los civiles y los heridos. En medio de todo ese caos, lo único claro era que debían resistir lo máximo posible en la Fortaleza, retrasando el avance de los fascistas hacia Minsk, la capital bielorrusa. Incluso con sus últimas fuerzas acometieron una contraofensiva bajo el fuego enemigo, luchando con fusiles, pistolas, bayonetas y hasta con palas y cualquier cosa con la que pudiesen golpear al invasor. Entre el estruendo de las balas y las explosiones de las granadas y morteros, se podía escuchar a los patriotas atacar al grito de: “¡Hurrá! ¡Por la patria! ¡Por Stalin!”.
Pero no se podía resistir por siempre, sin refuerzos y ya casi sin municiones y por supuesto sin alimentos ni agua. Estaban condenados y lo supieron al enterarse que Minsk ya había caído ante la ofensiva nazi. Pero no eran solo ellos, los defensores de Brest, los soldados del Ejército Rojo los condenados, también estaban condenadas las madres y los niños que aún permanecían escondidos en los distintos refugios de la fortaleza, y con muchos de ellos, los soldados alemanes mostrarían el mismo salvajismo y barbarie que desatarían, más adelante contra el pueblo soviético. Mujeres y niños a los que asesinaron sin piedad, arrojándoles granadas o quemándolos vivos con lanzallamas.
Ese día, el 22 de junio de 1941, no solo comenzó la invasión a la Unión Soviética, ese día los fascistas comenzaron un plan de aniquilación contra toda una nación. El objetivo de Adolf Hitler era claro y ellos lo sabían, esta era una guerra de exterminio contra todos los ciudadanos de la URSS y la destrucción completa del Estado soviético, borrando de la faz de la tierra cualquier vestigio de su existencia.
Todos sabemos lo que pasó durante la Gran Guerra Patria. Numerosas historias de heroísmo y lucha, de sacrificio por los demás y de dolor, de triunfo sobre la adversidad y renacimiento. Lo que no muchos saben es que los fascistas no llegaron solos hasta Brest, Minsk o Stalingrado. Tampoco ellos solos sitiaron Leningrado por casi novecientos días, matando mediante el hambre y frío, igual que lo hacían con balas y bombas; a un millón de civiles soviéticos. La Alemania de Adolf Hitler pudo hacer estas atrocidades contra el pueblo soviético porque, durante más de ocho años, países poderosos de Europa permitieron que la bestia creciera, se embelesara con el sabor de la sangre y el poder impune, porque permitieron que el mal creciera. Pero el mal nunca es huérfano, él siempre tiene padres y debemos conocer sus nombres.
A partir de ahora comenzaremos a armar ese rompecabezas, que una vez completado nos mostrará cuándo y cómo se inició; y de qué forma de desarrolló el proceso que destruyó a millones de vidas y también veremos quiénes fueron los verdaderos cómplices de Adolf Hitler.
Capítulo II
1933-1934
Adolf Hitler, canciller de Alemania
El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler es designado canciller de Alemania por el presidente von Hindenburg, en el marco de un gobierno de corte conservador. Sin embargo, ya en ese momento no eran desconocidos para nadie, los discursos de odio racista y de violencia del líder nazi contra judíos, gitanos, comunistas y socialistas; entre otros muchos grupos religiosos, étnicos y políticos.
En su libro Mein Kampf (Mi lucha), Hitler anticipaba su idea de una guerra, mediante la cual Alemania debía conquistar territorios y de este modo expandir su espacio vital, preferentemente hacia el este. Para conseguir este objetivo era necesario aniquilar a la mayoría de los pueblos eslavos que habitaban esas tierras, dejando con vida a una mínima cantidad de ellos, para ser sometidos a la esclavitud. En ese mismo texto desnuda sin eufemismos su deseo por la eliminación total de los judíos de Alemania. Así queda claro que era solo cuestión de tiempo para que Hitler y los suyos buscaran hacerse de todo el poder en Alemania y de esa forma conseguir sus propósitos.
Desde los primeros meses de su gobierno, Hitler no disimuló sus intenciones de llevar adelante persecuciones contra todos aquellos a quienes despreciaba o que se pudieran oponer a sus planes. Por eso, una de sus primeras acciones a tal fin fue la aprobación por parte del Reichstag (Parlamento alemán), de la Ley Habilitante del 24 de marzo de 1933, en la que se hace conferir poderes totales al frente del Estado. Esta ley fue impulsada por el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, pero su aprobación no podría haber sido conseguida sin los votos que le proporcionó el Partido de Centro. Solamente el Partido Socialdemócrata votó en contra, ya que los representantes comunistas no pudieron estar presentes por haber sido prohibido su partido, luego de la puesta en escena del incendio del Reichstag, el 5 de marzo, solo diecinueve días antes. Muchos de los comunistas alemanes tendrían el sombrío privilegio de ser los primeros en ingresar el día 22 de ese mismo mes a Dachau, lugar cercano a Múnich, que se iba a convertir en el primer campo de concentración nazi.
La primavera de 1933 fue muy activa para los nazis. Con el Partido Comunista alemán proscripto, solo enfrentaban la oposición política de los socialistas, por lo tanto no tuvieron prácticamente ninguna resistencia para llevar adelante sus planes. El 1 de abril, inició el gobierno su campaña de hostigamiento contra los judíos alemanes, con un duro boicot a todos sus comercios. Esta sería solo la primera de muchas medidas que mostraban claramente el irrefrenable odio antisemita del nuevo régimen, el cual finalmente conduciría al Holocausto.
Solo unos días más tarde, el 10 de mayo, iluminaría la noche berlinesa la monumental quema de veinticinco mil libros en la Plaza de la Ópera de Berlín, ante unos cuarenta mil alemanes, donde Joseph Goebbels, ministro de Propaganda alemán, y uno de los principales lugartenientes de Hitler, defendió la destrucción de los textos escritos por judíos, comunistas, liberales, o simplemente por extranjeros, ya que iban en contra de la “pureza del espíritu alemán”. También en esta dirección estaba la adopción de libros escolares con material antisemita, a través de los cuales se les iba inculcando este odio irracional a los jóvenes estudiantes alemanes.
Así es como ya nadie podía, dentro o fuera de Alemania, desconocer el carácter racista y políticamente intolerante del régimen nazi. Dicho esto, resulta claro que los líderes de los países que permitieron la remilitarización alemana no desconocían la amenaza que esto implicaba para todos aquellos que eran objeto del odio del régimen alemán, y en definitiva, también este peligro iba a ser una realidad algunos años más tarde para todo el mundo.
Pero puede existir una explicación para esto y es que posiblemente algunos mandatarios europeos tal vez compartían la aversión de Hitler hacia los judíos y otros pueblos considerados inferiores por la delirante ideología nazi; como también su hostilidad hacia la URSS, su forma de vida y los valores de la sociedad soviética. Y finalmente, sería este odio tan grande el que no les iba a permitir ver la monstruosidad que estaban ayudando a generar.
Relaciones germano-polacas y las políticas expansionistas de Varsovia
Prácticamente desde la llegada de Hitler al poder en Alemania, el mariscal Józef Pilsudski, dictador de la Segunda República Polaca, comenzó un gradual acercamiento al régimen nazi, que iba a concluir con la firma del pacto de no agresión germano-polaco de 1934. Esta política por parte de la Polonia de Pilsudski no es sorprendente si tomamos en cuenta que el mariscal era fanáticamente antirruso. Esta posición lo llevó, en 1904, a vivir un año en el Japón, país que estaba en guerra con Rusia, y aprovechando este hecho, intentó fraguar un plan en conjunto con altos mandos militares de la potencia imperial asiática, en contra del Imperio ruso. La idea consistía en brindarle toda la colaboración necesaria al enemigo desde la clandestinidad, para organizar la llegada de tropas niponas a Polonia y así, en alianza con nacionalistas polacos, atacar a Rusia desde dos frentes. Sin embargo, este plan nunca llegó a ser ejecutado. Ya de regreso en Polonia, creó una organización terrorista, cuya principal misión consistía en llevar a cabo sabotajes, atentados, robos y todo tipo de actos violentos en contra de Rusia. Para realizar estas actividades conspirativas, Józef Pilsudski recibía dinero de potencias extranjeras, como el Imperio japonés y el austro-húngaro, entre otros.
El mariscal polaco también profesaba un ferviente anticomunismo, que sumado a su odio a Rusia, hacía de la Unión Soviética algo cuya desaparición le resultaba más que deseable y sin dudas sus pensamientos, en este sentido, eran compartidos por sus seguidores. Pero, en cambio, sentía una gran simpatía por Alemania y en consecuencia, prefería realizar alianzas y acuerdos con el régimen de Adolf Hitler que acababa de llegar al poder, ya que, de hecho, su estilo para gobernar Polonia tampoco se diferenciaba demasiado de lo que fueron los comienzos del nazismo alemán, debido a los métodos marcadamente represivos y autoritarios de Pilsudski, en especial, una vez instaurado, en 1926, el régimen dictatorial de “Sanacja” (por sanación en polaco).
Sin embargo, antes de 1933 las relaciones entre ambos países eran muy tensas. La Alemania de la República de Weimar y la Segunda República Polaca tenían varios conflictos derivados, en gran medida, del Tratado de Versalles y de la creación misma del Estado polaco, el cual nació a finales de 1918.
Durante las conversaciones previas a la firma del tratado, las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial decidieron la delimitación de las fronteras del nuevo país, basándose en el área habitada por población étnicamente polaca, en el territorio que había formado parte de los desaparecidos imperios alemán, austrohúngaro y ruso. Sin embargo Roman Dmowski, delegado en jefe polaco en las negociaciones, designado por el mariscal Pilsudski, pretendía que se delimitasen las fronteras de acuerdo al territorio de la antigua Rzeczpospolita o República de las Dos Naciones, de antes de 1795. Ese territorio comprendía además de Polonia y Lituania, también a Bielorrusia, Letonia, Estonia, gran parte de Ucrania y los oblast de Smolensk y Briansk en Rusia.
Estas pretensiones les parecieron desmedidas a los representantes y negociadores de los demás países presentes, y más aún debido a que consideraban a Polonia un Estado menor en el contexto europeo de la posguerra.
Pero esta demanda sin duda respondía a las ambiciones expansionistas polacas, bien representadas por Dmowski, político de extrema derecha e ideólogo antisemita, cofundador del Partido Nacional Democrático.
En 1912, este destacado político polaco impulsó fervientemente un boicot a los comercios pertenecientes a los judíos de Varsovia y durante la Primera Guerra Mundial publicó su principal obra de ese período, Los problemas de la Europa central y oriental, donde manifestaba que la emigración masiva y forzosa sería la mejor solución al “problema judío”.
En síntesis, Roman Dmowski hacía gala de su antisemitismo de forma desembozada, aunque no era este el único grupo por el que mostraba su aversión. También sentía un profundo desprecio por todas las minorías étnicas y por prácticamente todo lo no polaco, como lo dejó en claro durante varias de sus intervenciones en la Conferencia de Paz de París. Entre otras cosas, llegó a afirmar que los ucranianos eran incapaces de autogobernarse y que los lituanos eran tribales, por lo cual ambos pueblos necesitaban del “liderazgo e influencia civilizadora de Polonia”. Además afirmaba tener el convencimiento de que no debía haber lugar para la diversidad cultural, religiosa o lingüística; en consecuencia todos debían ser “polonizados”, imponiéndoseles a estos pueblos la cultura e idioma polaco, como también la religión católica romana. Este tipo de afirmaciones le generaron una profunda enemistad con el primer ministro británico David Lloyd George, a quien consideraba un “agente del judaísmo internacional”, tan solo por el hecho de no estar de acuerdo con sus aspiraciones expansionistas y su ideología racista y antisemita.
Paradójicamente, los territorios que Polonia no logró obtener para sí, en Versalles mediante las negociaciones, los invadió entre 1919 y 1922. Así es como le arrebató la parte más occidental de su territorio a Bielorrusia y a Ucrania, así como su capital histórica, Vilna, a Lituania.
Posteriormente la poco efectiva Sociedad de las Naciones recibiría numerosas reclamaciones debido a la brutal represión a la que eran sometidos los grupos étnicos que no se sometían a la política oficial de asimilación cultural y religiosa, que pretendía llevar a cabo el gobierno de Varsovia. En 1924 se prohibió el uso de cualquier idioma que no fuera el polaco, en todas las actividades de la vida pública y solamente en esta lengua se podía enseñar y hablar en las escuelas. También las iglesias greco católica y ortodoxa ucranianas fueron víctimas de la polonización forzada.
De igual manera, en la Segunda República Polaca estaba restringida al máximo la posibilidad de que ciudadanos de religión judía pudieran ocupar cargos en la administración pública del país.
En la ciudad de Vilna se reprimió a la intelectualidad lituana, se cerraron periódicos y se encarceló a editores, escritores y periodistas. Entre los casos más notables estuvo el de Mykolas Birziska, quien fue condenado a la pena de muerte por traición al Estado, pudiendo salvar su vida por la intervención de la Sociedad de las Naciones, pero que fue expulsado de la capital lituana (bajo ocupación polaca), el 20 de septiembre de 1922, junto a otros treinta y un activistas e intelectuales lituanos y bielorrusos.
Entre 1927 y 1938, trescientas catorce escuelas fueron cerradas y aproximadamente cuatrocientas bibliotecas y salones de lectura pertenecientes a la minoría lituana en Polonia corrieron la misma suerte. Para la primavera de 1939, no permanecía abierta ni una sola escuela que enseñase la lengua bielorrusa en el territorio de la Segunda República Polaca.
La discriminación también abarcaba la vida laboral, debido a que el acceso a las tierras más productivas en los territorios ocupados por Polonia también estaba organizado en desmedro de los habitantes locales y para el beneficio de los colonos polacos.
El joven Estado polaco, ya desde su nacimiento, tuvo problemas limítrofes con prácticamente todos sus vecinos, y estos diferendos los solía resolver por la fuerza; y la Alemania de la posguerra no iba a ser la excepción. En este caso la disputa se centraba en Danzig, a la que se le había asignado en el Tratado de Versalles, el estatus de ciudad libre internacional bajo la protección exterior de Polonia, pero la cual contaba con una enorme mayoría alemana étnica en su población. Además estaba el denominado “corredor polaco”, que consistía en una franja de tierra que daba una salida al mar Báltico a Polonia, pero que separaba físicamente a Danzig y a Prusia oriental del resto del territorio alemán, generando conflictos y múltiples dificultades relacionados con el transporte y las comunicaciones de este territorio con el resto de Alemania. Por otro lado se sumaban las tensiones provocadas por las denuncias que acusaban a las autoridades polacas de maltratos hacia la población alemana de Danzig y las constantes amenazas de invasión de este territorio por parte del Ejército de Polonia.
Otro motivo de conflicto entre los dos Estados fue la ocupación polaca de la próspera región alemana de la Alta Silesia, seguida de su partición y quedando su zona más rica e industrializada bajo el control de Varsovia. Estos hechos ocurrieron luego de los enfrentamientos étnicos de 1919 y 1921 en esa región y el posterior referéndum del 20 de marzo de ese año. A todo lo antes mencionado, se sumaron disputas aduaneras y arancelarias entre ambas naciones.
La situación distaba mucho de ser cordial e incluso se llegó a la amenaza de realizar ataques preventivos por parte de Polonia, en alianza con Francia, aunque esta última no estaba interesada en un nuevo conflicto con Alemania y prefirió mantener una actitud distante.
Las relaciones entre la Segunda República Polaca y sus vecinos, especialmente la alemana República de Weimar (denominación esta del país durante el período que va desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la llegada de Adolf Hitler al poder) tenían estas características.
Relaciones entre la República de Weimar y la Rusia Soviética
Durante el período de la República de Weimar, las relaciones entre Alemania y la República Socialista Federativa Soviética de Rusia eran cordiales y de colaboración, especialmente a partir de la firma del Tratado de Amistad y Cooperación, en la localidad italiana de Rapallo, en 1922. Este pacto, entre otros temas, establecía términos de asistencia en la transferencia tecnológica y la cooperación económica, además de renunciar ambos países a cualquier reparación de guerra.
Sin embargo, lo más importante de este tratado fue el establecimiento de las relaciones bilaterales, ya que ambos países estaban aislados diplomáticamente, aunque por diferentes motivos. Alemania acababa de ser sometido a durísimas condiciones tras la firma del Tratado de Versalles, lo cual terminaría por conducir a Europa a otra guerra, como profetizó el mariscal francés Ferdinand Jean Marie Foch, con las siguientes palabras: “Este no es un tratado de paz, sino un armisticio de veinte años”, mostrando así su disconformidad con los términos de lo firmado en la Conferencia de Paz de París de 1919.
Por lo tanto, el Tratado de Rapallo fue fundamental para sacar del aislamiento diplomático tanto a Alemania como a la Rusia Soviética, a las cuales Francia y el Reino Unido deseaban mantener segregadas de las relaciones internacionales, debido a las condiciones impuestas tras la finalización de la Primera Guerra Mundial, en el caso alemán; y con Rusia, como consecuencia de la política injerencista en sus asuntos internos, que pretendían llevar a cabo Londres y París, desde el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917.
El más claro ejemplo de esto fue la intervención militar directa de catorce países durante la guerra civil rusa, los cuales enviaron tropas para combatir a favor del bando contrarrevolucionario. Entre los países injerencistas se encontraban, precisamente, el Reino Unido y Francia, además de Japón, Estados Unidos, Italia y Polonia, entre otros.
De este modo, cuando el 16 de abril de 1922 rubricaron el Tratado de Rapallo los encargados de relaciones exteriores, Georgy Chicherin, en representación de la Rusia Soviética y Walther Rathenau, por la parte alemana, esto significó un gran logro para ambos países, y al mismo tiempo fue un fracaso diplomático para el Reino Unido y Francia.
Pero la llegada de Hitler y los nazis al poder en Alemania iba a cambiar muchas cosas; y las relaciones entre Moscú y Berlín sería una de ellas.
Pacto de no agresión germano-polaco
A partir de 1933, las relaciones bilaterales germano-soviéticas se tensaron de manera notoria, debido al furibundo anticomunismo del nuevo régimen alemán y a la política de remilitarización que estaba llevando a cabo, generando esto un cambio de orientación por parte del gobierno soviético, acordando la firma de tratados de no agresión con la mayoría de sus vecinos e incorporándose en septiembre de 1934 a la Sociedad de las Naciones. Para la incorporación oficial de la Unión Soviética a este organismo que pretendía garantizar la paz mundial, Moscú contó con la colaboración del ministro de Exteriores francés, Louis Barthou, quien, al igual que el líder soviético Iósif Stalin, percibía a la nueva Alemania nazi como un peligro tanto para Francia como para la URSS, y por esto mismo, una amenaza para la estabilidad europea.
Pero mientras que muchos podían ver la amenaza para la paz que representaba la retórica agresiva del canciller alemán, otros pensaban que era buena idea generar caminos de entendimiento con el régimen nazi. Así fue como se produjo la primera entrevista oficial entre Adolf Hitler y el embajador polaco en Berlín, el 2 de mayo de 1933. Inmediatamente después de esta reunión ambos países difundieron una declaración conjunta en la cual manifestaban renunciar al uso de la fuerza para la resolución de conflictos. Esto sin dudas marcaba para las demás naciones europeas una incógnita acerca de los motivos de Polonia para tal decisión y generó la desconfianza de Francia para con Varsovia, con la cual tenía, desde 1921, una alianza militar de asistencia mutua, en caso de un ataque no provocado por parte de Alemania.
Durante el verano de 1933, la relación bilateral germano-polaca siguió mejorando ostensiblemente con la firma de varios acuerdos entre la Ciudad Libre de Danzig y las autoridades de Varsovia, e incluso lograron superar el conflicto arancelario entre ambos países, el cual había durado ocho años.
Desde el primer encuentro entre Hitler y el embajador polaco Józef Lipski, ambos mantuvieron conversaciones secretas para la realización de un futuro acuerdo entre los dos países. La participación personal de Hitler en las negociaciones se debió a que, por parte del gobierno del mariscal Pilsudski, el ministro de Relaciones Exteriores era un hombre de su mayor confianza, el coronel Józef Beck, mientras que por el lado alemán, el ministro era Konstantin von Neurath, un diplomático de carrera que no estaba de acuerdo con abandonar la política exterior de la época de la República de Weimar, la cual implicaba una mayor cercanía con el Kremlin; diferente a la posición de Hitler, favorable a estrechar lazos con Varsovia; y por esta diferencia de opiniones, el líder nazi tomó las negociaciones en sus propias manos.
El 26 de enero de 1934, a menos de un año de haber llegado a la Cancillería, Adolf Hitler le mostraba al mundo el Pacto de no agresión germano-polaco.
Este acuerdo representó una victoria diplomática para Berlín, al descomprimir la tensa situación internacional que derivó de la salida de Alemania de la Conferencia de Desarme y de la Sociedad de las Naciones. Esto también le iba a permitir a Hitler asegurar su frontera oriental y hacerse fuerte para, en el futuro, ir concretando sus ambiciones expansionistas, las cuales por aquel entonces ya no eran desconocidas para nadie en Europa.
Pero esta no sería la única ocasión en que Polonia se iba a asociar a los intereses de Berlín, ya que, entre otras cosas, a la Segunda República Polaca y a la Alemania nazi las unía el profundo odio que ambas sentían por Rusia, un gran desprecio hacia aquellos pueblos a los que consideraban inferiores y un desmedido afán por la expansión de sus fronteras, factores estos que iban a ayudar a mantener la cooperación entre ambos países.
La política de Varsovia sería mantenerse cercana a Berlín, y en caso de que Alemania pusiera en marcha los planes de Adolf Hitler, de conquista territorial en el este europeo, los cuales ya había adelantado en su libro Mein Kampf, Polonia la acompañaría con la intención de tomar su parte del botín, como ya lo había intentado en ocasiones anteriores, tales como la invasión de los ejércitos de Napoleón a Rusia, en 1812.
En febrero de 1934, tan solo un mes después de la firma del Pacto germano-polaco, Louis Barthou asumió al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia, con la clara misión de poner freno a la incipiente amenaza del nuevo régimen nazi. Con este objetivo abogó por el acercamiento entre Francia, el Reino Unido, Italia y la Unión Soviética, para de este modo conseguir el aislamiento de Alemania. Entre este ministro francés y su par soviético Maxim Litvínov la URSS inició las negociaciones para la elaboración del Pacto franco-soviético suscripto al año siguiente. Pero sería el destino o una conspiración los que harían que Barthou fuese asesinado ese mismo año en Marsella.
En aquel entonces, la organización terrorista croata de ultraderecha, Ustacha, la cual tenía vínculos y recibía colaboración y financiamiento de los nazis, estaba preparando un atentado contra la vida del rey de Yugoslavia.
El 9 de octubre de 1934, arribó a Marsella el rey Alejandro I en visita oficial a la República Francesa. En su carácter de ministro de Relaciones Exteriores, Barthou le dio la bienvenida, y juntos se dirigieron al vehículo descubierto, el cual los llevaría a donde iban a iniciar la agenda de actividades protocolares, las cuales nunca se concretaron debido a los disparos realizados por el terrorista de origen búlgaro y miembro de la Ustacha, Vlado Chernozemski, quien logró asesinar en el acto al monarca yugoslavo e hirió al ministro Barthou, quien más tarde murió desangrado.
Curiosamente la seguridad francesa desplegada para la visita de Alejandro I demostró ser muy ineficiente, facilitando de este modo el accionar de los terroristas cuya organización ya había amenazado con anterioridad la vida del rey.
El atentado fue un éxito doble, logrando concretar el magnicidio, y al mismo tiempo eliminando al ministro francés, quien estaba trabajando para detener los planes de Hitler. Resulta difícil no pensar que todo esto estaba relacionado y planificado de este modo por la Ustacha, grupo que unos años después iba a ser el más despiadado colaborador de los nazis, cubriendo de sangre los Balcanes.
Capítulo III
1935
La URSS prevé la amenaza nazi a la paz mundial
A pesar del lamentable asesinato del ministro francés Louis Barthou, el 2 de mayo de 1935 se firmó el pacto franco-soviético que establecía la defensa mutua en caso de una agresión no provocada; aunque este tratado carecía del carácter que originalmente tendría, ya que el sucesor de Barthou, el nuevo ministro Pierre Laval (quien tenía una marcada simpatía pronazi) se ocupó de asegurarse que la efectividad del acuerdo y de la asistencia militar estuviera sujeta a una serie de formalidades, tales como la denuncia de la agresión no provocada, ante la Liga de las Naciones y posteriormente avalada por los firmantes del pacto de Locarno, todo lo cual lo convertía en algo que iba a ser, en la práctica, poco más que una herramienta de disuasión diplomática ante una futura agresión nazi. Unos días más tarde, el 16 de mayo se suscribió un tratado entre Checoslovaquia y la Unión Soviética en el mismo sentido, al ser Francia la principal aliada militar del joven país centroeuropeo.
Tres meses más tarde, el liderazgo soviético, siguiendo adelante con esta política de alianzas defensivas y entendiendo el peligro que se avecinaba, durante el VII Congreso del Komintern, afirmó que el fascismo constituía una grave amenaza para la URSS y para la paz mundial, y fue este un profético anticipo de lo que iba a suceder; asimismo este congreso autorizaba y alentaba la búsqueda de alianzas antifascistas a nivel mundial, y un posterior ejemplo de esto fue el Frente Popular en España, durante la guerra civil.
Así es como, mientras las autoridades soviéticas veían cernirse sobre el mundo las oscuras sombras de la guerra y la muerte de la mano del fascismo y procuraban hacer algo para evitarlo, al mismo tiempo que se firman los pactos franco-soviético y checoslovaco-soviético de asistencia mutua contra una posible agresión alemana, el Reino Unido firmaba el acuerdo naval germano-británico, con el que se autorizaba el desarrollo de la marina de guerra alemana, aunque limitándola a un máximo del treinta y cinco por ciento, respecto al tonelaje de la flota británica.
Hitler percibió a este acuerdo como el principio de una posible alianza anglo-germana, lo cual ya había esbozado en Mein Kampf, al considerar que había sido un error el desafío al dominio marítimo y colonial británico por parte del Imperio alemán antes de 1914, y considerando al Reino Unido como una nación aria con la que Alemania se podría complementar, renunciando al dominio en el mar a favor de los británicos, y esperando contar a su vez con el apoyo de estos en sus planes de dominación continental y expansión hacia el este de Europa. Hitler también sabía que muchos líderes del Reino Unido compartían sus mismos sentimientos antisoviéticos.
La firma del acuerdo entre Londres y Berlín generó nuevos resquemores entre la posición de Francia, que quería mantener las cláusulas de desarme del Tratado de Versalles, que consideraba vitales para su seguridad, y la posición del Reino Unido, orientado a un acercamiento con Alemania.
En esta etapa eran frecuentes las contradicciones en la política exterior de las potencias europeas, las cuales ante la reintroducción del servicio militar obligatorio por parte de Alemania, hecho este que violaba lo establecido en la parte V del Tratado de Versalles, decidieron reunirse, en el balneario italiano de Stresa, en abril de 1935, los representantes de Francia, Italia y del Reino Unido para enviarle a Berlín una contundente protesta ante esta situación. Conformaron el llamado Frente de Stresa, como un intento de evitar la remilitarización alemana, incumpliendo las cláusulas del tratado de 1919 a ese respecto, y del mismo modo frenar un futuro intento expansionista de Hitler, al reafirmar la independencia de la Primera República de Austria y la prohibición de cualquier intento de unificación de esta con Alemania. Sin embargo, dos meses más tarde el Reino Unido, sin consultar a sus socios italianos y franceses, suscribió el 18 de junio el antes mencionado acuerdo naval con Berlín, un pacto que también violaba los términos de Versalles sobre desarme. Esto generó decepción en París y Roma; y provocó que el Frente de Stresa no fuera más que un efímero intento por frenar la ya amenazante política nazi. Para Hitler, este fue otro logro diplomático a su favor y además consiguió debilitar las relaciones anglo-francesas.
Durante estos años, no eran pocos los líderes y políticos europeos que consideraban a Adolf Hitler como un interlocutor válido o, incluso, un valioso aliado potencial contra el comunismo soviético, ya que aparentemente el líder nazi con su furioso discurso de odio antisemita y de desprecio a todo lo “no ario” les parecía menos peligroso que un país que solo deseaba reconstruirse, luego de años de una cruenta guerra civil, y que lejos de tener vocación expansionista, era a él al que le habían arrebatado numerosos territorios entre 1917 y 1921.
Leyes de Núremberg y eugenesia
Prácticamente desde su ascenso al poder, los nazis no disimularon sus intenciones de perseguir a la oposición política o de segregar y discriminar a los judíos alemanes, como también a otras minorías étnicas como los gitanos, e incluso instaurar políticas pseudocientíficas como la eugenesia, tendientes a la esterilización forzada y llegando a la eliminación física de personas con diversas discapacidades físicas o mentales, padecimientos psiquiátricos o simplemente aquellos que eran considerados indeseables o genéticamente inferiores; todo eso frente a los ojos de Europa, que parecía consentir estos hechos con su silencio. Quizás debamos recordar que varios países como Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Suecia, Noruega, Finlandia, Estonia y Suiza, entre otros, también tuvieron políticas eugenésicas, sin llegar al extremo del nazismo, claro está, pero sí realizando esterilizaciones forzadas en el pasado. Desgraciadamente estas creencias pseudocientíficas eran más frecuentes y aceptadas de lo que podríamos imaginar. Sin embargo la Unión Soviética nunca estuvo en la lista de países que consideraban que había seres humanos genéticamente superiores o inferiores.
Es así como se va viendo claramente la manera en que las potencias occidentales dejaban que el régimen nazi fuera creciendo y fortaleciéndose a sabiendas de parte de sus perversos planes. Esto iba a ser aún más evidente con la promulgación en Núremberg, el 15 de septiembre de 1935, de dos leyes como la de “Ciudadanía del Reich” y la de “Protección de la Sangre y el Honor Alemanes”, mediante las cuales, entre otras cosas, se restringían numerosos derechos a los judíos alemanes, tales como la ciudadanía, el ejercicio de las profesiones liberales, el comercio, los matrimonios mixtos, e incluso se condenaban las relaciones sexuales entre los considerados arios y los judíos.
Capítulo IV
1936
Militarización de Renania
En la mañana del 7 de marzo de 1936, Hitler ordenó el ingreso a la región desmilitarizada de Renania de diecinueve batallones de infantería de la Wehrmacht, acompañados por algunos aviones, desafiando de esta forma los tratados de Versalles y Locarno; pero lo que sería más importante, probando hasta qué punto podía llegar antes de que hubiera una reacción por parte de las potencias aliadas.
Luego de la firma del Tratado de Versalles en 1919, a Alemania se le prohibió (según lo expresado en los artículos 42, 43 y 44) construir fortificaciones en la margen izquierda del río Rin o en la derecha, hasta una distancia de cincuenta kilómetros de dicha orilla y determinaba que cualquier violación a estos términos se consideraría un acto hostil dirigido a perturbar la paz mundial.
Tiempo después, en 1925, Alemania, Francia, el Reino Unido, Bélgica, Checoslovaquia, Polonia e Italia firmaron los tratados de Locarno. La importancia de los nuevos acuerdos radicaba en la aceptación voluntaria por parte de Berlín de la desmilitarización de Renania de forma permanente, a diferencia de la imposición que representaba Versalles para los alemanes. La seguridad mutua de la frontera franco-germana iba a estar garantizada por Roma y Londres, de manera que si Alemania atacaba a Francia, Italia y el Reino Unido entrarían al conflicto en auxilio de París, y lo contrario si el agredido era el Estado alemán.
Debido a disputas acerca de la suspensión del pago de las reparaciones de guerra por parte de Alemania a menos que las fuerzas de ocupación francesas y británicas abandonasen Renania en 1930 (cinco años antes de lo estipulado en Versalles), y tomando en cuenta el compromiso asumido por Berlín en Locarno, es que finalmente se acordó, como muestra de cooperación con el gobierno de la República de Weimar, que las tropas británicas abandonarían la región en 1929 y los últimos soldados franceses harían lo propio en junio del año siguiente, quedando así la región de Renania totalmente desmilitarizada.
Una vez establecido el régimen nazi en el poder, era solo cuestión de tiempo para que Hitler hiciera el primer movimiento que realmente pondría a prueba si Europa tenía la capacidad y la voluntad para detenerlo. Así fue como Alemania llevó su ejército a las márgenes del Rin, ante el estupor de Francia que amenazó con reaccionar ante este acto de hostilidad, pero careciendo esta advertencia de la convicción que habría sido necesaria.
Antes de ver cómo se desarrolló el juego diplomático, hay que entender cuál era la importancia estratégica que esto tenía para Hitler. Francia había firmado una serie de acuerdos y alianzas con diversos países de Europa Central, como Checoslovaquia, Rumania y Yugoslavia, los cuales formaban la Pequeña Entente; además de un pacto de asistencia mutua con Polonia, por lo tanto cualquier ataque por parte de Alemania contra alguno de estos países la dejaría totalmente vulnerable a una respuesta armada, por parte de Francia, a través de su frontera occidental, en la región de Renania; pero con las espaldas cubiertas militarmente en esa zona tendría las manos libres para hacer lo que desease en sus fronteras orientales.
Por lo tanto, Berlín debía hacer este movimiento sí o sí, ya que de esto dependían sus futuros planes y, al mismo tiempo, la falta de una respuesta firme por parte de las potencias europeas o de la Sociedad de las Naciones, también le anticiparía con qué margen de acción iba a contar en el futuro.
La realidad es que desde el punto de vista militar, Alemania era aún muy débil en comparación con Francia y la relación de fuerzas en la frontera entre ambos países, al momento de la llegada de las tropas de la Wehrmacht a Renania, era extremadamente favorable a Francia, la cual sin embargo, nunca esgrimió seriamente la opción militar; que de haber sucedido así, las fuerzas alemanas estaban preparadas para una rápida retirada, al no tener posibilidades objetivas de enfrentar una ofensiva francesa en tales circunstancias. En el campo diplomático la disputa fue más intensa, aunque breve e infructuosa.
Berlín pretendió justificarse argumentando que ejecutaba esta acción debido a que se sentía amenazado por la ratificación, por parte de la Asamblea Nacional de Francia, del Pacto franco-soviético del año anterior y que por este motivo denunciaba el Tratado de Locarno y por lo tanto desistía de la desmilitarización de Renania.
Entretanto, dentro del gobierno de Francia, el único integrante del gabinete que exigía una reacción militar a cualquier precio era el político conservador Georges Mandel; mientras que por el contrario, los militares representados por el comandante en jefe del Ejército, Maurice Gamelin, sobreestimaban las capacidades ofensivas de Berlín y desaconsejaban la opción armada. Por lo tanto, París solo se limitó a reclamar ante la Sociedad de las Naciones.
Al mismo tiempo, el ministro de Relaciones Exteriores francés, Pierre-Étienne Flandin, se dirigió a Londres para consultas urgentes con el primer ministro británico Stanley Baldwin. En definitiva, la posición de Francia y del Reino Unido se decidió a favor de actuar ante la transgresión alemana, solo si también actuaban los demás garantes de los acuerdos de Locarno. Esto en la práctica iba a ser imposible, ya que se sabía que Italia no tenía intención alguna de intervenir, como consecuencia de las amenazas de sanciones recibidas, tras la invasión de Abisinia por parte del ejército italiano. Así pues, la actitud anglo-francesa y aceptar mansamente esta acción, que consistía en un abierto desafío militar por parte del régimen nazi, eran lo mismo.
Los británicos a través de su ministro de Relaciones Exteriores, Anthony Eden, se ocuparon de desalentar cualquier acción militar francesa, del mismo modo que se mostraban reacios a la aplicación de sanciones económicas o de otro tipo contra Berlín. Sin duda parecían creer que se podía razonar y negociar con Hitler, o quizás creían que podía ser funcional a sus intereses geopolíticos.
La posición polaca fue coherente con la cercana relación que tenían con el régimen nazi, prácticamente desde la llegada de Hitler al poder. El ministro de exteriores de Polonia, el coronel Józef Beck, le garantizaba al embajador francés León Noël, que su gobierno respetaría la Alianza militar franco-polaca de 1921 y al mismo tiempo, en conversaciones con el conde Hans-Adolf von Moltke, embajador alemán en Varsovia, le aseguró a este que Polonia no se involucraría en el conflicto de Renania, dado que solo se vería obligada por el pacto que tenía con Francia, en caso de que esta fuera invadida, cosa que no iba a ocurrir, además del hecho de que el mismo Beck consideraba a su país un amigo del Reich desde la firma del pacto de no agresión de 1934. Como si esta posición ambigua ante la primera escalada militar nazi no fuese suficiente, el régimen polaco se abstuvo de votar en contra de la remilitarización de Renania, ante el consejo de la Sociedad de las Naciones y se manifestó enfáticamente en contra de la aplicación de cualquier tipo de sanción comercial a Berlín.
El gobierno de los Estados Unidos de América hizo honor a su posición aislacionista y dejó hacer, sin tener la más mínima reacción ante la política nazi de violación a los términos de los tratados de Versalles y Locarno.
Por su parte, los países de la Pequeña Entente que tenían pactos de asistencia mutua con París estuvieron divididos al manifestarse Checoslovaquia totalmente dispuesta a ir a la guerra junto a Francia si esta entraba en Renania, a diferencia de Yugoslavia y Rumania que expresaron que solo se unirían a una acción armada en caso de un ataque de Alemania contra territorio francés.
Nuevamente, la única nación que se pronunciaría airadamente contra el accionar del régimen nazi, al cual denunció ante la Sociedad de las Naciones como un peligro para la paz mundial, fue la Unión Soviética. Casi todos los países que componían esta organización desoyeron los argumentos del ministro de Exteriores Maksim Litvínov, e incluso se negaron a la aplicación de sanciones comerciales, con el argumento de no dañar la economía alemana. Las únicas excepciones a esta posición fueron Francia, Checoslovaquia, Rumania, Bélgica, y la propia Unión Soviética. El servicio exterior británico expresó estar dispuesto a acompañar la aplicación de sanciones contra Berlín, aunque sin demostrar un gran entusiasmo.
A esta altura ya se podía avizorar la política de apaciguamiento hacia Alemania, por parte de los británicos y de los franceses, con la extrema pasividad con que enfrentaron esta crisis, cuando se trataba de frenar, mientras aun fuera posible, lo que ya se podía prever como la amenaza nazi, que tiempo después sería una terrible realidad.
Entendiendo la gravedad de la situación, Moscú no descartaba una acción militar contra Hitler mientras aún fuera posible, pero contaba con la limitación de no tener fronteras comunes con el estado nazi y la única alternativa era lograr pasar por un tercer país, y en este caso se encontraba con el escollo que representaba la posición de Rumania y especialmente de Polonia, que le negaban cualquier posibilidad de tránsito de tropas a través de sus territorios. Nuevamente Varsovia se convertía en un guardián de los intereses de Adolf Hitler.
Ola de antisemitismo en Polonia
Al mismo tiempo que se desarrollaban los hechos de Renania, en Polonia nuevamente había una ola de pogromos y violencia antisemita, similar a la que sucedió durante los primeros años de la creación de la Segunda República Polaca, la cual se propagó por más de cien localidades entre 1918 y 1919.
Es importante recordar que fueron integrantes del ejército del recién nacido Estado polaco los que instigaron y protagonizaron la mayor parte de los ataques antisemitas, tal como sucedió entre los días 22 y 24 de noviembre de 1918, cuanto las tropas de ocupación polacas entraron en la ciudad de Lviv (actual Leópolis, Ucrania) y desataron los ataques y saqueos que culminaron con un número que se calcula en casi trescientos cincuenta muertos y cientos de heridos entre judíos y ucranianos, los cuales también eran blanco de la violencia de los militares y los civiles polacos, quienes incluso destruyeron tres sinagogas, no dejando dudas acerca del blanco de su odio. También en la ciudad bielorrusa de Pinsk, la ocupación polaca dejó su huella en la población local en abril de 1919, al ejecutar sin pruebas y sin un juicio previo, a treinta y cinco ciudadanos “acusados” de ser judíos, bolcheviques y haber ayudado al Ejército Rojo. El 8 de agosto del mismo año, también en Bielorrusia, pero esta vez en Minsk, los soldados polacos saquearon el barrio judío causando treinta y siete muertos, luego seguirían robando en los pueblos cercanos, ascendiendo a ciento sesenta los asesinatos.
Varios factores contribuyeron a que este brote de antisemitismo estallara nuevamente y con gran violencia. Por un lado se buscaba culpar a los judíos de todos los males, como ya había sucedido muchas veces a lo largo de la historia, y así, una vez convertidos en chivos expiatorios, simplemente matarlos, violar a las mujeres y robar sus pertenencias. Por otro lado, el odio hacia los judíos que sentía una significativa parte del pueblo polaco era alimentado por los discursos de la jerarquía católica romana local, la cual exacerbaba esta aversión con falsos fundamentos religiosos. Un ejemplo de esto fue la carta pastoral que escribió el cardenal primado de Polonia, August Hlond, en 1936. En ella expresaba entre otras cosas que “mientras los judíos sigan siendo judíos, existe un problema judío y seguirá existiendo. (...) Es un hecho que los judíos están librando una guerra contra la Iglesia católica, que están inmersos en el pensamiento libre y constituyen la vanguardia del ateísmo, el movimiento bolchevique y la actividad revolucionaria. Es un hecho que los judíos tienen una influencia corruptora sobre la moral y que sus editoriales están difundiendo pornografía. Es cierto que los judíos cometen fraude, practican la usura y se dedican a la prostitución. Es cierto que, desde un punto de vista religioso y ético, la juventud judía está teniendo una influencia negativa sobre la juventud católica en nuestras escuelas”.
A estas afirmaciones tan peligrosas dentro de una sociedad que, además de ser mayoritariamente desconfiada y prejuiciosa, era activamente agresiva con los judíos, hay que sumarle el llamado oficial a boicotear los comercios y todas las demás actividades desempañadas por esta comunidad.
Esta clase de hechos se vieron alentados tras la muerte del dictador Józef Pilsudski un año antes, en mayo de 1935. Si bien es cierto que el mariscal polaco había gobernado el Estado, entre 1926 y 1935, con métodos totalitarios, valiéndose de la represión política y con mano de hierro, también es cierto que mostraba algún grado de tolerancia hacia la diversidad étnica y religiosa que convivía en la Polonia de entonces. Esto en comparación, por ejemplo, con los sectores de ultraderecha del movimiento político Endecja, liderados por el antisemita Roman Dmowski, entre otros; quienes tras la muerte de Pilsudski comenzaron una nueva campaña de boicots, intimidaciones y persecución contra la población judía; lo que derivaría en el pogromo de la aldea de Przytyk, del 9 de marzo de 1936, el cual se extendió a pueblos vecinos, costando la vida a alrededor de ochenta personas e hiriendo a más de doscientas.
En un período de tres años, a partir de 1935, esta ola de odio y violencia se extendió como el fuego entre la paja por el centro del país, con pogromos en varias ciudades y pueblos. En Czestochowa, por ejemplo, la violencia duró tres días y provocó la destrucción de numerosas casas y comercios judíos. En Grodno, Lublin y Bialystok también se registraron ataques de este tipo, protagonizados por la población polaca, ante la pasividad o la complicidad de las autoridades locales que respondían a Varsovia.
Si bien estas masacres eran perpetradas en la mayoría de los casos, por ciudadanos comunes, sería un error creer que la clase política polaca o el gobierno estaban al margen de estos hechos, ya que, como vimos, el odio antisemita era alentado por sectores políticos de la derecha nacionalista, como el caso de los partidarios de Roman Dmowski, llamando abiertamente al boicot económico y a la segregación social de los judíos, afirmando la conveniencia de la emigración masiva y forzada de estos de Polonia y así poder solucionar el “problema judío”.
Prácticamente en todos los ámbitos de la vida polaca resultaba difícil desenvolverse siendo judío. Las asociaciones de médicos y abogados comenzaron a condicionar la afiliación de los profesionales a la pertenencia de estos a la religión católica. Además se restringió para 1937, casi por completo, el acceso a las universidades a los estudiantes de origen judío, mediante la implementación de “Numerus clausus”, o cuotas de admisión que limitaban el derecho al estudio de carreras universitarias por motivos religiosos o raciales. Esto iba acompañado de violencia y acoso contra los pocos estudiantes judíos que lograban ingresar a las casas de altos estudios, por parte de profesores y estudiantes polacos nacionalistas.
Comienzo de la guerra civil española
En 1936, también estalló la guerra civil española, contienda que conmovería a Europa y al mundo y que iba a tener una dramática importancia en los años siguientes.
Entre los días 17 y 18 de julio, un grupo de militares españoles de derecha se complotaron con grupos monárquicos, falangistas y fascistas, en otros, para llevar a cabo un golpe de Estado contra el gobierno de la Segunda República Española, que estaba en manos del Frente Popular, una coalición política de orientación izquierdista, la cual había sido elegida democráticamente apenas cinco meses antes. Esta sublevación militar tuvo triunfos parciales en algunas regiones del país, en las que se hizo del control de varias ciudades, mientras que en otras fracasó, luego de combates frente a tropas leales y a milicias populares compuestas por obreros y sindicalistas. Así la situación derivó en una guerra civil, en la cual se enfrentaron más que dos bandos en pugna por el poder.
Por un lado estaba el gobierno republicano que había sido elegido democráticamente, el cual encarnaba la lucha por los valores de la justicia social y los derechos de los trabajadores y los campesinos, cuyo gran desafío era dejar atrás siglos de oscurantismo medieval. Por el otro lado estaban los que deseaban volver a los viejos privilegios de la monarquía y a la explotación del pueblo a manos de los terratenientes.
En resumen, en esta contienda se iban a enfrentar en gran medida, los ideales y modelos políticos en pugna en el mundo y los intereses geopolíticos de las potencias, y ellas serían determinantes en el resultado de la guerra y el futuro de España y su pueblo.
Inmediatamente iniciadas las hostilidades, la Alemania nazi de Adolf Hitler comenzó a apoyar a los sublevados con armamento, dinero e incluso con tropas. La colaboración de la Italia fascista de Benito Mussolini con los golpistas venía de tiempo atrás, habiendo mantenido reuniones con varios de los cabecillas de los sectores falangista y monárquico, e incluso con el mismísimo exrey Alfonso XIII, quien vivía en Roma por aquellos años.
En esto no solo estaban en juego los intereses geoestratégicos de Alemania e Italia, sino que también estaba el compromiso ideológico con el falangismo, que no era otra cosa que la versión hispánica del fascismo. También en esta etapa empieza a consolidarse la alianza política, ideológica y militar que daría como resultado el eje Roma-Berlín.
Por otro lado, el Reino Unido aparentaba al principio simpatizar con la causa republicana, sin embargo prevaleció su acérrimo anticomunismo, ya que Londres consideraba que la República Española se dirigía hacia una revolución marxista y fue así como declaró su total neutralidad en el conflicto; mientras que el gobierno francés del Frente Popular encabezado por el socialista León Blum, que en los primeros momentos había brindado ayuda militar al gobierno republicano; finalmente tomó la misma posición neutral de los británicos, proponiendo la creación del Pacto de No Intervención, para así impedir que los Estados firmantes del acuerdo pudieran vender armas, colaborar con tropas o de cualquier otra forma con alguna de las dos partes enfrentadas en la guerra civil, lo cual de por sí era un sinsentido, ya que ponía en igualdad de condiciones al gobierno legítimo de una nación soberana con una facción de sediciosos sublevados.
A finales de agosto, veintisiete países europeos firmaron el Pacto de No Intervención, entre los que se contaban Francia, el Reino Unido, la Unión Soviética, Alemania, Italia, Portugal, Polonia y Checoslovaquia, entre otros, y se estableció en Londres la sede del Comité de No Intervención, que sería el órgano encargado de controlar el cumplimiento de los términos del acuerdo. Sin embargo este pacto fue desde el comienzo una farsa, ya que Berlín y Roma nunca dejaron de suministrar armas y combatientes a sus nuevos socios fascistas liderados por el general Francisco Franco Bahamonde.
Para lo único que parecía servir el acuerdo era para impedirle a la República Española comprar armamento para defenderse de los sublevados y de ese modo debilitarla y asfixiarla cada vez más.
Como prueba de la clara intención de Alemania e Italia de incumplir el acuerdo recién firmado es la reunión que mantuvieron en Roma el 28 de agosto los altos mandos de la inteligencia militar alemana e italiana, el almirante Wilhelm Canaris y el general Mario Roatta, con el objetivo de coordinar y continuar con el suministro de armamento que había sido pedido por Franco.
Era tan absurdo el Pacto de No Intervención que las cuatro potencias encargadas de controlar el tráfico en los puertos españoles e impedir el ingreso de material bélico eran el Reino Unido en la costa norte, Francia en el norte y en el sur, en la zona de Gibraltar; y Alemania e Italia en las costas del sudeste de España. Dicho de otro modo, los dos gobiernos que, a la vista de todo el mundo, eran los principales aliados de los sublevados fascistas tenían la tarea de impedir la llegada de la ayuda bélica que ellos mismos enviaban. De no haber sido tan trágicos los sucesos de la guerra civil, esto podría resultar gracioso.
Por su parte, el gobierno de la República Española protestó en numerosas ocasiones ante el Comité de No Intervención por las descaradas violaciones del pacto por parte de Hitler y Mussolini, sin conseguir que se detuviera el flujo de tropas y equipos militares hacia los sublevados. Entonces el 25 de septiembre, ya en un gesto desesperado, se presentó el ministro de Estado español, Julio Álvarez del Vayo, ante la Sociedad de las Naciones para pedir la protección internacional de su país. El organismo desoyó el pedido y España parecía ya condenada por las potencias europeas, ya sea por estar apoyando al bando sublevado o por no hacer nada para detenerlos.
La Unión Soviética desde un primer momento mostró abiertamente su respaldo y simpatía con la causa de los republicanos, pero fue respetuosa del Pacto de No Intervención que había firmado. Sin embargo esta situación cambió ante la evidencia indisimulable de la injerencia e intervención de Italia y Alemania en la guerra y a partir de ese momento Moscú comenzó a apoyar al gobierno republicano español con armamento, asesores militares y con la organización de las Brigadas Internacionales, las cuales iban a convocar a casi sesenta mil voluntarios de más de cincuenta países a lo largo de toda la guerra, para luchar contra el fascismo.
Pacto Antikomintern
A esta altura ya eran claras las intenciones de Hitler, y en consecuencia se irían conformando las diferentes alianzas entre los países, del mismo modo que la dirección hacia donde iban a apuntar las estrategias de las potencias europeas.
Por el lado anglo-francés, la pasividad británica disimulada tras la política de “apaciguamiento” hacia Berlín, ocultaba las esperanzas de ésta, de que fuera la Alemania nazi, la que finalmente protagonizara una confrontación militar con la URSS; y con suerte, acabase con el comunismo, al que tanto detestaban las elites gobernantes de Londres; y Francia se debilitaba cada vez más, paralizada a la sombra de las decisiones de su aliado británico.
Mientras tanto, Adolf Hitler y Benito Mussolini ya estaban construyendo las bases de una futura alianza, mediante la cooperación que ambos gobiernos estaban manteniendo con los militares sublevados en España.
Completando este escenario estaba la Unión Soviética, la cual prácticamente en soledad, alertaba al mundo acerca de la amenaza a la paz que representaba el régimen nazi con sus acciones, desde su llegada al poder.
Quizás motivado por esto o simplemente por su odio al “bolchevismo”, es que el año 1936 iba a concluir con la firma por parte de Hitler, de un pacto que no era ni más ni menos que la declaración de sus intenciones de destruir a la ideología comunista a nivel mundial y a la Unión Soviética en particular.
El 25 de noviembre de 1936, Alemania y Japón firmaron el Pacto Antikomintern, el cual constaba de una serie de cláusulas que hacían referencia a la necesidad de la colaboración entre ambos países en la lucha contra el comunismo internacional (Komintern). Sin embargo, en el protocolo secreto de dicho acuerdo se escondía una alianza militar entre Berlín y Tokio, dirigida específicamente en contra de la URSS, y así fue como lo entendieron en Moscú el responsable de las relaciones exteriores, Maxim Litvínov, y los altos mandos del Kremlin. Un año más tarde se sumaría al acuerdo antisoviético Italia, quedando así conformado el embrión de lo que sería el futuro eje Roma-Berlín-Tokio.
Capítulo V
1937
Guernica
Uno de los sucesos que marcó a fuego 1937 fue el bombardeo a la villa vasca de Guernica, el 26 de abril, durante la guerra civil española.
Guernica por aquel entonces contaba con unos cinco mil habitantes y estaba en territorio controlado por las fuerzas leales a las autoridades legítimas de la República Española, resistiendo el avance de las tropas fascistas del general Franco. Al mismo tiempo, las milicias que se encontraban allí se preparaban para sumarse a la defensa de la cercana ciudad de Bilbao.
Ese luctuoso día de abril no sería la primera vez en que se realizaba un bombardeo aéreo sobre un objetivo civil. Esto ya se había hecho por órdenes de Franco contra Madrid cinco meses antes, con la finalidad de generar terror entre la población civil y de ese modo forzar la rendición de la república. Esta infame tarea estaba a cargo de la Legión Cóndor alemana y de la Aviación Legionaria italiana, ambas unidades militares aéreas enviadas por Hitler y Mussolini para combatir bajo las órdenes de los militares sublevados. Esto sin dudas les iba a servir como entrenamiento para lo que sucedería en el futuro, ensayando nuevas tácticas de guerra contra la población civil española.
Sobre Guernica fue lanzado un feroz ataque que duró varias horas, dejando caer miles de kilogramos de bombas explosivas e incendiarias sobre la villa indefensa, destruyendo el setenta por ciento de todas las edificaciones y causando cientos de muertos entre los civiles. Pero los pilotos alemanes e italianos no se limitaron a arrojar bombas sobre los pobladores de Guernica, sino que también ametrallaban con sus aviones en picada a aquellos desafortunados que huían por las calles buscando refugio.
Mientras se perpetraban estos crímenes de guerra, las autoridades del Reino Unido y Francia seguían sosteniendo una neutralidad que, a la luz de los hechos, se parecía más a una complicidad velada con las fuerzas fascistas.
Amigos de Berlín, enemigos de Moscú
Estas y muchas otras atrocidades ocurrían en el teatro de operaciones español, el cual era, para Berlín y Roma, un laboratorio de guerra moderna a gran escala; mientras los líderes británicos y franceses seguían jugando a la no intervención, eufemismo para una política que no hacía más que seguir dando poder y ventajas a los futuros planes de Hitler.
Tan solo un mes después del bombardeo a Guernica, Neville Chamberlain se convertiría en el nuevo primer ministro del Reino Unido, lo que iba a llevar a una profundización mayor de la política de apaciguamiento hacia Alemania y sus pretensiones expansionistas.
Este político conservador tenía los mismos prejuicios y desconfianza, o quizás aún mayores, que sus predecesores acerca de la Unión Soviética y el fantasma de la expansión bolchevique por Europa, por lo tanto, Chamberlain también consideraba que Hitler le podía servir en sus planes para frenar a Moscú, mientras que la realidad, como sabemos, es que la URSS lejos de tener aspiraciones expansionistas, hasta ese entonces solo había recibido agresiones armadas, como durante la guerra civil rusa, además del despojo de importantes partes de su territorio por parte de Polonia. Pero no solo en esto era equivocada la percepción del nuevo premier británico, ya que también consideraba que Adolf Hitler era un hombre con el que se podía llegar a acuerdos.
Estos graves errores de Chamberlain en su percepción política y la valoración positiva que tenía de la figura del dictador alemán acarrearían consecuencias nefastas para el futuro de toda la humanidad. Pero el nuevo premier no era el único personaje británico de gran importancia en la política de la isla que parecía tener simpatía y hasta una desmedida admiración por el líder nazi; tal como lo demostró el duque de Windsor y exrey Eduardo VIII, cuando visitó Alemania en octubre de 1937, junto a su esposa Wallis Simpson, aquella por la que había abdicado al trono del Reino Unido. Durante la visita oficial estuvieron reunidos con los más altos mandos del régimen, Albert Speer, Hermann Goering y con el mismísimo Adolf Hitler, con quienes se mostraron muy animados, y no ahorraron elogios para con el dictador, llegando incluso a demostrar su simpatía saludando en público con el brazo derecho extendido, a la usanza nacionalsocialista. Esta relación de gran cercanía y afinidad ideológica entre Hitler y Eduardo de Windsor, la cual este último intentaba justificar con el clásico argumento del miedo al comunismo soviético, iba a durar varios años más.
Junto con el Reino Unido, Polonia era el otro país que hacía las mayores demostraciones de hostilidad y desconfianza para con la URSS en general, y con Rusia en particular, haciendo gala de una actitud marcadamente antirrusa , la cual no intentaba ocultar, tal como lo demuestra la declaración incluida en la directriz número 2304/2/37, del Estado Mayor General de Polonia, del 31 de agosto de 1937, donde se afirmaba que “la principal misión de la política polaca es aniquilar a cualquier Rusia”. Así quedaba claro que esto no se trataba de un problema ideológico derivado del fanático anticomunismo polaco, sino que simplemente se trataba de un profundo odio hacia todo lo ruso. Esta actitud llevó a los máximos responsables del gobierno de Varsovia, el ministro de Relaciones Exteriores Józef Beck y el comandante en jefe del ejército, mariscal Edward Ryds-Smigly, a estrechar cada vez más los vínculos con el régimen nazi con el cual compartían objetivos, como se vería claramente en Checoslovaquia al año siguiente.
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