Kitabı oku: «Lo que nadie quiere saber»

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LO QUE NADIE

QUIERE SABER

LIERNI IRIZAR

Prólogo

Santiago Castellanos


CONEXIONES

Créditos

Título original:

Lo que nadie quiere saber

© Lierni Irizar Lazpiur, 2021

© De esta edición: Pensódromo SL, 2021

Diseño de cubierta:

Cristina Martínez Balmaceda - Pensódromo

Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions.

Editor: Henry Odell

e–mail: p21@pensodromo.com

ISBN ebook: 978-84-123139-9-4

ISBN print: 978-84-123139-6-3

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Índice

1  Prólogo

2  Lázaro y el ombligo del sueño

3 Repensar lo humanoLo humano en cuestiónAlgunas notas sobre el humanismoCríticas al humanismoLo humano como objeto de mercadoLo humano reducido al cerebro¿Hay un humanismo posible?El humano, un ser de lenguajeEl verbo se hace carne y la carne hablaLenguaje y autismo. Lo que los autistas nos enseñan

4 Lo que no se quiere y no se puede saberImpacto del psicoanálisisDecir lo que no se quiere y no se puede saberEl sujetoEl deseoEl goceEl síntomaLo realLo que los discursos constructivistas dejan de lado. Un debate necesario

5 Experiencia, lectura e imposibleLectura de una experienciaEl comienzoEl marco de la sesiónUna lectura de su situación. Lo que Lauris enseñaCambios producidosLa música es claveTransmitir una lecturaDar lugar al agujero

6  Bibliografía

7  Acerca de la autora

Para Lauris y quienes como ella tanto me enseñan, con gratitud.

Agradecimientos

Quiero mostrar mi gratitud a todas las personas que han contribuido a que este libro sea hoy una realidad.

A Santiago Castellanos, por su prólogo, por su lectura, por sus amables comentarios, por tantas enseñanzas durante estos años y esos buenos momentos que he podido compartir.

A José Ramón Arana, profesor y amigo, siempre dispuesto e interesado en mi trabajo y un gran lector que me ha aportado valiosos comentarios.

A Arnoldo Liberman, querido amigo que ha leído atentamente este texto con su mirada crítica y certera que me ha permitido matizar algunas cuestiones importantes.

A Gustavo Dessal, por sus siempre diversos e importantes apoyos.

A mis queridas amigas que han leído este texto y me han aportado sugerencias muy valiosas, Maribel Aranjuelo, Araceli Teixidó y Mirari Telletxea por su lectura y apoyo.

A la familia de Lauris que me ha autorizado a contar el trabajo que junto a ella realizamos.

A los míos, a todos, que siempre entienden y apoyan mi dedicación y pasión por los interrogantes que la vida me plantea y mi intento de atraparlos en palabras.

A la Xoroi Edicions y en particular a Henry Odell por su atenta lectura y valiosos aportes al texto.

Y finalmente, a ti lector, que te acercas a este trabajo con expectativas que desearía no defraudar.

Cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu?

F. Nietzsche, Ecce Homo

Prólogo

Conocí a Lierni Irizar en los tiempos en que estaba preparando su tesis doctoral en filosofía: «La cuestión de la subjetividad y la enfermedad. Un ejemplo, el VIH/SIDA». Desde entonces, han pasado algunos años y su trayectoria como investigadora del psicoanálisis en su relación con otras disciplinas nos ha regalado numerosos trabajos y algunos libros (El cuerpo, extraño; La pérdida de lo humano; Banalizaciones contemporáneas: lenguaje, sufrimiento…).

Es para mi un honor que me haya confiado escribir este prólogo como antesala a su trabajo. Quienes conocemos a Lierni sabemos que su compañía es tan cálida, amable y enriquecedora, como su obra. Sabemos que se caracteriza por un infatigable deseo de saber y por el esfuerzo de transmisión del discurso del psicoanálisis. Al rigor y al talento de la buena escritura, une su conocimiento de otras disciplinas y el deseo de dirigirse a un público más amplio que el del propio mundo del psicoanálisis.

Este libro da cuenta de ese esfuerzo. Por un lado, transmite con su propio estilo conceptos complejos de los que ella se ha apropiado. Por otro, da cuenta de una práctica clínica orientada por el psicoanálisis que ella sostiene para otros y que tiene consecuencias. Al final del libro, en el capítulo que titula «Lectura de una experiencia», nos dice que

[…] recibir a quien viene a vernos en el marco de una consulta psicoanalítica es siempre un reto, un desafío. Escuchar lo que nos dice es un modo de realizar una lectura orientada.

Añade que resulta fundamental saber no saber, vaciar cualquier tipo de prejuicio, no presuponer lo que el sujeto piensa, considerar que su subjetividad y su funcionamiento poseen unas coordenadas singulares y únicas más allá de cualquier visión estructural o psicopatológica.

Estas palabras no son una declaración de intenciones. El caso que presenta —al final de este ensayo— condensa las dimensiones clínicas, políticas y epistémicas que se desarrollan desde el principio del libro. Esta experiencia clínica en curso nos permite extraer una enseñanza acerca de la posición del analista y de los impasses de la paciente, cuyo nombre es Lauris. Su llegada al mundo con una enfermedad grave (síndrome polimalformativo de origen desconocido), tiene consecuencias en la subjetividad, en su relación con el lenguaje y con su propio cuerpo. La medicina hace su trabajo durante gran parte de su vida, hasta que a la edad de 19 años acude a la consulta de Lierni derivada por una profesora. Desde una posición ética que ubica a la autora del libro por fuera del marco de la reeducación y que le permite acoger la singularidad de Lauris, inicia la experiencia con la paciente que nos enseña. Hay que agradecer los detalles que se exponen de esta cura en curso y que el lector podrá leer en el último capítulo, «Experiencia, lectura e imposible».

Lo que nadie quiere saber es un título sugerente que remite a la invención lacaniana de lo real en la cura analítica. Lo real para Lacan es aquello de lo cual no es posible decir la verdad, es lo que escapa al orden simbólico y la palabra.

No es casual que el libro comience por el relato de un sueño de la autora en el que discute con alguien sobre diferentes teorías que no recuerda, y se dice, «en el fondo todo se reduce a esto» y aparece la imagen de un ombligo que la despierta. Nos dice que el ombligo de su sueño es equivalente a lo que Freud planteó como el «ombligo» del sueño, la conexión con lo indescifrable del mismo, con un agujero.

Lacan subraya que

[…] un sueño nos despierta justo en el momento en que podría soltar la verdad, de manera que nos despertamos solo para seguir soñando —soñando en lo real, o para ser más exactos, en la realidad—1.

El despertar interviene para seguir soñando con los ojos abiertos, soñando con los recursos imaginarios y simbólicos de la realidad que siempre será fantasmática, una manera de evitar aquello de lo que nada se quiere saber, que nos remite al título del libro. De esta forma la autora nos introduce de forma magistral en uno de los conceptos más complejos del psicoanálisis: lo real, que es abordado por Lacan desde diferentes perspectivas a lo largo de su enseñanza.

En la experiencia de un análisis se constata que cuando estamos enredados con la verdad, nos sorprende lo real. El encuentro con el agujero, con lo real, con lo incurable, es lo que queda al final de la experiencia analítica una vez que se ha producido una reducción del síntoma, del sentido, y han caído las identificaciones a los significantes que determinan la vida de cada uno.

El tránsito del inconsciente estructurado como un lenguaje a la experiencia de la fuga del sentido y del inconsciente real está hecho con significantes de lalengua2, en la que el significante queda como una letra por fuera de sentido, y también nos remite a la topología de los agujeros. De esos agujeros la autora habla en diferentes apartados del libro. Desde el principio nos dice:

[…] que la realidad está construida por discursos y que los afectos, las pulsiones, los cuerpos, están atravesados por esos discursos y marcados por los significantes, por las palabras.

Sin embargo, esos discursos operan de un modo fallido y la brecha entre los discursos y la realidad no puede ser suturada. Siempre encontraremos un agujero estructural que escapa a la representación. Esto la coloca en una posición política y ética que interpela a los discursos dominantes de la modernidad, el discurso capitalista y el discurso de la ciencia, con un amplio abanico de argumentaciones desde el rigor de quien conoce mucho de lo que se ha escrito sobre la condición humana.

Encuentro, desde esta perspectiva, un rasgo de coraje en Lierni Irizar, porque no retrocede frente a lo real, lo bordea, hace un tratamiento de lo real por la vía de lo simbólico. Tiene la generosidad de compartir con los lectores sus preguntas y las elaboraciones sobre las mismas. Nos propone una concepción de lo «humano agujereado» frente al paradigma del hombre como una máquina que determina el discurso de la ciencia desde el siglo XVII:

Un humanismo en falta que toma de la herencia clásica la importancia del lenguaje, la posibilidad del cambio, la diversidad y la singularidad y una dignidad necesaria a conquistar, dignidad como proyecto de vida en común, no sin los otros, sabiendo al mismo tiempo que no hay reconciliación posible… un humano no todo neuro, no todo objeto, no todo silencio.

El libro nos muestra al mismo tiempo la importancia que tiene la incorporación del orden simbólico y del lenguaje para la estructuración del cuerpo y del lazo social a través del discurso. Toma como referencia la clínica del autismo porque en el autista la incorporación del lenguaje articulado no ha funcionado, ni tampoco el estadio del espejo que Lacan desarrolla en sus primeros textos. El trabajo desplegado por la autora sobre estos aspectos, en el ecuador del libro, y la articulación que consigue transmitir es muy elaborada y rigurosa. En ella incorpora los testimonios de aquellos autistas que han dado cuenta de su experiencia y al mismo tiempo las producciones más recientes y avanzadas que, desde el campo y la práctica del psicoanálisis, se han realizado para orientar una clínica que dé respuesta a las desregulaciones del goce del cuerpo y del lenguaje.

Cuando nos habla de un humano no todo neuro, no todo objeto, no todo silencio, nos abre otra vía de investigación que es el recorrido lógico de la experiencia de un análisis. La experiencia del no-todo que Lacan formulará en su última enseñanza. La autora bordea en este libro el núcleo de la experiencia analítica: lo real y la relación del ser hablante con el no-todo, más allá del sentido.

Hay una enunciación que se desprende de su escritura que quiero subrayar y que nos muestra que la autora tiene una brújula, que toma de su lectura de Schubert en su Winterreise, de la que hace referencia al final del último capítulo:

Él logra que sintamos que hay en nosotros una vacuidad sin sentido, pero al mismo tiempo, gracias a la belleza de su obra, nos impulsa a desear y sentir que la vida merece ser vivida.

Es su manera de terminar el libro. Esperamos con mucho interés sus próximas elaboraciones.

Santiago Castellanos

Madrid, febrero 2021

Lázaro y el ombligo del sueño

El poeta más grande da forma a lo que ha de ser a partir de lo que ha sido y de lo que es. Arranca a los muertos de los ataúdes y los vuelve a poner de pie… Le dice al pasado, «Levántate y anda delante de mí para que pueda darme cuenta de lo que eres». Aprende la lección…se coloca allí donde el futuro se vuelve presente.

W. Whitman, Hojas de hierba.

Una noche de verano tuve un sueño que resultó ser el punto de partida de este trabajo. Es un sueño muy breve:

Discuto con alguien sobre diferentes teorías (no recuerdo cuáles) y digo: «en el fondo, todo se reduce a esto». Y aparece la imagen de un ombligo que es como un gran tapón de plástico. Me despierto.

Como todos los sueños, condensa muchos aspectos fundamentales. Me centraré aquí en la lectura teórica que puedo extraer de él.

Esos días trabajaba diferentes textos e iba tomando forma mi deseo de profundizar en la cuestión de lo que el psicoanálisis llama «lo real». También se abría paso un deseo de transmitir, dar un lugar importante a cuestiones que el psicoanálisis muestra y que otras teorías rechazan o no pueden tener en cuenta. Son cuestiones que abren ante nuestros ojos una perspectiva nada optimista sobre lo humano, su racionalidad, desarrollo y felicidad.

De este modo, mi sueño conecta directamente con la cuestión que Freud planteó como el ombligo del sueño, la conexión con lo indescifrable del mismo, con un agujero. Plantea que incluso en los sueños mejor interpretados, hay un punto que queda en tinieblas, un foco en el que convergen las ideas latentes, pero que es un nudo imposible de desatar.

Esto es entonces lo que podemos considerar como el ombligo del sueño, o sea, el punto por el que se halla ligado a lo desconocido1.

Hay otra referencia similar, pero más contundente que encontramos en una nota a pie de página:

Todo sueño presenta por lo menos un fragmento inescrutable, como un cordón umbilical por el que se hallase unido a lo incognoscible2.

Es el punto de conexión con aquello que para Lacan será lo real como imposible.

Relaciono por tanto el ombligo de mi sueño con el de Freud y en este sentido, considero que conecta con lo real. Pero, al mismo tiempo, la imagen que aparece en mi sueño, el ombligo-tapón, es idéntica a la que aparece en una película que vi hace un tiempo y que no he podido olvidar.

Se titula Proyecto Lázaro3 y nos habla sobre la vida, la muerte y la resurrección por la tecnología. Es una película sugerente, contada a modo de capítulos en los que pasado y presente se entremezclan y que toma la figura de Lázaro, el resucitado por Jesús en la Biblia, para contarnos la historia del primer humano resucitado por la tecnología.

La película comienza con un nacimiento, el del protagonista, en el año 1982. Vemos la imagen de un bebé que sale por primera vez del vientre materno mientras una voz nos pide imaginar nuestra llegada al mundo con la conciencia de estar envuelto en sangre, respirar el aire que penetra por primera vez en los pulmones, sentir la luz, los sonidos, sentir la propia fragilidad, la levedad de los frágiles huesos, de la piel. Pues bien, «así es la resurrección» afirma la voz de Lázaro. Plena conciencia de la fragilidad y el dolor.

Desde el comienzo de la historia sabemos que hay un precio a pagar por la resurrección. La voz del protagonista, narrador de la historia, recuerda su impresión ante las películas que vio sobre Jesús, en las que Lázaro fallecido, convertido en un cuerpo que había comenzado a descomponerse, vuelve a la vida desconcertado, con un gesto de desagrado, «como si pudiera oler su podredumbre», como si odiara a Dios por devolverle a la vida.

Estamos en el año 2084, en una empresa dedicada a la medicina regenerativa que trabaja, en un entorno pulcro y luminoso, demasiado transparente, en el intento de resurrección de personas criogenizadas. Un médico, genio de la medicina regenerativa, Víctor West, será el padre de Lázaro y una hermosa enfermera, Elisabeth, será la encargada de su cuidado, le ayudará en la transición a su nueva vida.

Todo está preparado para realizar una terrible operación a un cuerpo criogenizado en el año 2015. El cuerpo de Marc Jarvis, un hombre atractivo de 33 años, diagnosticado de un cáncer inoperable de garganta y con un pronóstico de un año con buena calidad de vida y un futuro incierto. Sabemos que es un artista gráfico, fotógrafo y creador de una exitosa empresa de publicidad. Tiene amigos, ha tenido parejas y amantes y una relación complicada con una mujer a la que ama desde la adolescencia. Son «los amantes sin momento», título de uno de los capítulos que nos relata la historia de un desencuentro, un ejemplo de lo que Lacan llamó la inexistencia de la relación sexual4. A pesar de su mutuo amor, nunca encontraron el buen momento para estar juntos. Justo cuando Marc es diagnosticado de cáncer se habían reencontrado y esta vez la enfermedad y la decisión que tomará después, vuelven a ser un impedimento para su relación.

Impactado por el diagnóstico de cáncer, comienza a desmantelar su empresa y todas sus cosas. Cuenta a sus allegados lo que le ocurre y le vemos perplejo preguntándose qué es, qué queda de él si se deshace de lo que ha sido. Esta será también su pregunta cuando vuelva a vivir. La enfermedad es una conmoción que le permite darse cuenta de algo importante: a lo largo de su vida siempre pensó que lo mejor estaba por venir y ahora ya no lo puede creer.

La criogenización aparece como posibilidad de salvación. En el año 2015 es todavía una apuesta arriesgada y no demasiado fiable, pero cree que en un futuro podrían resucitarle y cambiar su faringe. Tendrá que confiar en la humanidad, afirma. Sus amigos preocupados le plantean sus dudas, ¿y si no le resucitan? Él ha pensado en todo. Dejará dinero por si el proceso se alarga y además va a hacerlo muy bien. Es importante congelar el cuerpo lo antes posible y en las mejores condiciones así que decide que no permitirá que la enfermedad lo deteriore. Se suicidará antes de que la enfermedad se desarrolle. La decisión está tomada y es firme. Deja la quimioterapia y pide ayuda a sus amigos ya que necesitará que alguien esté con él cuando llegue el momento para que la criogenización se realice lo antes posible.

Finalmente será su amada y amante quien lo ayudará. Toma un veneno que le paraliza el corazón y ella, a pesar del dolor, sigue las instrucciones dadas.

Marc muere para no morir, se mata para no vivir la pérdida que supone la enfermedad, el deterioro físico, para mantener el control, como dirá más adelante. El horror del deterioro y la muerte lo empujan a un final controlado con la esperanza de una resurrección incierta.

Pero, resucita y lo hace en una época en la que la empresa que lo consigue, puntera en su sector, es capaz de regenerar el 65 % del organismo humano y donde todo el personal que prepara su resucitación, sujeto a estrictas medidas de confidencialidad, son adultos atractivos. La operación es compleja y requerirá posteriormente un tiempo aproximado de dos meses de coma inducido.

Todo sale bien y Lázaro vive de nuevo. Escuchamos en su nueva llegada al mundo sus latidos acelerados, su angustia, una luz blanca y sombras de cuerpos. «Duele» es su primera palabra. «Todo», la segunda. Le aseguran que con el tiempo el dolor irá remitiendo. No sabe dónde está su brazo, no reconoce su cuerpo. Le preguntan si recuerda algo y dice: «miedo». Miedo al morir, miedo al despertar. Miedo y dolor son por tanto las claves de su proceso de muerte y resurrección. Ya no es Marc, ahora es Lázaro.

La operación ha conservado el 20 % de su cuerpo, sobre todo el cerebro y el sistema nervioso central. El 65 % son órganos clonados, el 10 % implantes biónicos y un 5 % tecnología interna. Y, algo fundamental, puede sobrevivir gracias a un sistema de conexión exterior, una «madre» mecánica. Se trata de un tubo que sale de su ombligo y se conecta a una máquina que le mantiene con vida. Un tubo con un tapón enganchado a un agujero en su vientre, un ombligo artificial5.

La resucitación es un proceso con graves efectos secundarios y es doloroso, difícil, requiere cirugías, drogas y más drogas y el resultado es un cuerpo frágil, siempre al borde del colapso. Lázaro camina y se mueve con dificultad y la recuperación requiere un enorme esfuerzo.

A pesar de eso, está vivo de nuevo y al comienzo parece un milagro. Estaba destinado a morir, pero vive. Bien cuidado, en una habitación moderna y luminosa, parece despertarse la esperanza, pero… ¡se le ve tan solo!

Según va recuperando cierta movilidad, le crece el pelo, empieza en cierto modo a humanizarse otra vez, le quieren preparar para su presentación al mundo, a los medios. Mucha gente ha invertido ingentes cantidades de dinero para revivirle y la empresa necesita más fondos para seguir investigando en un campo que es, en esa fecha, excesivamente caro.

También quieren recuperar y capturar sus recuerdos con un nuevo aparato, el MW —Mental Writer—, que extrae imágenes y sonidos del cerebro y guarda la información, los recuerdos del sujeto, que aparecen luego en una pantalla a modo de imágenes y video.

Quieren saber qué tiene en su cabeza. Le colocan ese aparato que parece un antifaz híper moderno con el cual «ve» sus recuerdos: su infancia, sus padres, amigos, su novia, sus paisajes, el cielo, las nubes. Pero, se pregunta si esos recuerdos extraídos, ahora públicos, siguen siendo suyos.

Su cuidadora tiene 46 años, pero ningún signo de envejecimiento. Le cuenta que en el año 2084 ya no se estila el amor romántico, que no se sufre por amor, no hay parejas, sino que la gente se encuentra para tener sexo. Ella tiene un grupo de sexo que le funciona muy bien. Le ofrece tener sexo juntos cuando se recupere un poco más ya que él le gusta. Dice ser adicta al MW. Le cuenta que todo el mundo lo utiliza y por eso la gente ya no tiene memoria, el MW la ha hecho innecesaria.

Vemos a Lázaro, que camina con un andador futurista, conectado por el ombligo a su madre artificial, convertido en una extraña mezcla entre un bebé, un hombre joven y un anciano frágil. No puede evitar preguntarse por su vida, por lo que puede esperar de ella. Quiere saber si en algún momento se recuperará, si será autónomo. La respuesta de los médicos no es clara. Parece improbable que pueda tener una vida independiente. Es posible que tenga importantes limitaciones, pero le animan a pensar que es un precio pequeño a pagar por lo conseguido, por volver a vivir. Será además la persona más famosa del planeta. Es la encarnación de un paso gigante en la historia de la medicina.

Sin embargo, a pesar de la hazaña, su proceso de recuperación no va bien. Se lo ve ensimismado, sufre una apoplejía y sus recuerdos se desvanecen, va perdiendo la memoria.

Cuando cumple 100 días de su nueva vida, organizan una celebración y le entregan una caja que él dejó para el futuro con algunos objetos personales. Pequeñas cosas que le recuerdan su vida: una flor seca, una pelotita, un cuaderno con sus anotaciones, bocetos, su obra fotográfica, el libro Hojas de hierba de Walt Whitman. Entre sus preciados objetos, aparece algo que él no dejó: una carta escrita por Naomi, su amante sin momento.

En esa carta que le llega desde su otra vida, Naomi le cuenta que estando a punto de morir, decidió criogenizarse con la esperanza de verle una vez más. En la hora de la muerte, ella busca no solo la resurrección sino la posibilidad de reencontrarse con su amor en esa vida futura. La vida eterna y el reencuentro con la persona amada son los sueños imposibles de ese ser mortal e insuficiente que somos.

Lázaro sabe ahora que en su anterior vida buscaba una especie de plenitud que nunca estaba donde él se encontraba, que le hacía alejarse de donde en realidad quería estar. «Nunca la vida era ahora», afirma, y según avanza la historia, nos tememos que tampoco su vida va a ser ahora. No hizo caso al poeta que sabemos leía:

Nunca hubo más comienzo que ahora, ni más juventud o vejez que hay ahora; y nunca habrá más perfección que hay ahora, ni más cielo ni infierno que hay ahora6.

La carta de Naomi le perturba y reaviva los recuerdos de su amada. Visita los tanques de criogenización y la localiza. Pregunta por su posible resucitación y le dicen que es casi imposible hacerlo por motivos económicos y por el previsible deterioro de su organismo, no tan bien conservado como el suyo.

Tras la visita a los tanques de criogenización, algo le ocurre. Se rapa el pelo recuperando la imagen que tenía cuando revivió. La posibilidad de resucitar a su amada abre un interrogante sobre el proceso necesario para llegar hasta ahí. Se interesa por las experiencias previas, quiere saber qué ocurrió antes de su resucitación, qué ensayos se realizaron para que fuera viable, qué les ocurrió a otros que seguro intentaron revivir antes que a él.

Vigilan su estado y están preocupados porque sufre lo que llaman un proceso de despersonalización. Su cuidadora afirma que hay algo en él que no pueden ver, temen lo que puede pensar. Creen que se siente culpable por Naomi, porque la dejó para conseguir una vida que ha resultado insuficiente. Afirman que se boicotea a sí mismo, que hay que ayudarle para que no tire la toalla y se rinda.

Parece como si no quisiera vivir y esto nos hace pensar en la terrible situación de este hombre. Con un cuerpo frágil y doliente, sin esperanza de un futuro mucho mejor, separado de todo lo que le conectaba a la vida, de su amor, amigos, familia, profesión, de todo lo que Freud llamó el Eros que nos habita, queda librado a Tánatos. Sin sus otros y sin el Otro de su época, triunfa la muerte.

Lázaro se pregunta por qué anhelamos la vida después de la muerte cuando en realidad lo que buscamos es encontrar lo perdido. Afirma que solo queremos más de lo mismo, el mismo caos, la misma belleza, la misma vida, la repetición de lo que fue, lo que se perdió.

Decidido a conocer el precio pagado para conseguir la resurrección, descubre que hubo otros Lázaros que revivieron para fracasar destrozados entre sufrimientos atroces, insoportables, que se arrancaban su ombligo artificial o morían en una agonía de cuerpos retorcidos o desangrados. Queda profundamente trastornado por este descubrimiento que intuía, por el dolor de los otros Lázaros y el suyo propio. Habla con su médico que confiesa haber traspasado todas las barreras éticas en su investigación. Solo le queda su trabajo ya que perdió todo lo que tenía, incluida su familia, por ese proyecto.

Lázaro está solo. Nadie puede aliviar su soledad, solo las drogas le calman.

Aún así es presentado en sociedad en un gran espectáculo público. Es la encarnación de un éxito monumental, un logro en la lucha contra la enfermedad y el tiempo. «Prevaleceremos» afirma con grandilocuencia Víctor West, médico estrella, al dirigirse a un público que ha donado grandes cantidades de dinero. Con una espectacular puesta en escena, llama a su creación: «Lázaro, levántate y anda». Y Lázaro aparece cabizbajo y silencioso, inmensamente triste, mientras afirma sentirse muy contento de estar vivo. En ese momento su médico anuncia pomposamente algo que será decisivo en la historia: han decidido culminar el logro de su resurrección y reanimar a Naomi, su gran amor. «La inmortalidad es solo cuestión de tiempo», afirma el doctor West.

Marc se despidió de su antigua vida rodeado de amigos y de su amor y ahora solo le quedan sus recuerdos. Pero, ¿es suficiente con eso? Afirma que realmente es la vida lo que da miedo, «que exista donde no debería». Es su vida de ahora lo que le da miedo, lo que puede ocurrir. Se da cuenta que los últimos meses de su vida anterior fueron los mejores, intensos, llenos de dolor y felicidad.

No quiere que Naomi sea un conejillo con el que experimentar. Que sufra para quedar atrapada en un cuerpo y una vida que no es suya. Y, una vez más será una mujer, su cuidadora, que le ama, quien le ayudará a morir.

Necesita saber qué fármaco puede matarle y ella, tras resistirse, se lo dice. Una vez más se enfrenta a la difícil decisión de tomar un medicamento que le matará. La primera vez, se trataba de morir para no morir. La segunda, para no despertar nunca más. Lázaro quiere morir.

Toma la medicación, abre el tanque de criogenización de Naomi para impedir que le resuciten y nos cuenta su última voluntad: «volver a ser nada, desaparecer, descansar por fin en paz.»

Y, sin embargo… volvemos a escuchar sus latidos acelerados, su angustia. No le dejarán morir. Su resucitación ha sido demasiado costosa para dejarle ir. Su médico afirma: «recuperarás las ganas de vivir», y lo hace en nombre de la humanidad, para que perdure.

Ante este terrible final, las palabras de Lacan toman todo su sentido cuando nos dice:

La muerte entra dentro del dominio de la fe.

Hacen bien en creer que van a morir.

Eso les da fuerzas.

Si no lo creyeran así ¿podrían soportar la vida que llevan?

Si no estuvieran sólidamente apoyados en la certeza de que hay un fin…

¿Acaso podrían soportar esta historia?7

¿Por qué comenzar mi trabajo con el relato de esta película? Las razones son diversas. Por un lado, considero que esta historia es un buen ejemplo del horror que puede conllevar el deseo de inmortalidad, tan presente en nuestra época. Y, por otro, muestra con claridad el modo en que el humano busca siempre un tapón que cubra el agujero de lo que el psicoanálisis llama lo real.

La muerte es un real. Y en esta película vemos cómo el rechazo de lo real lleva al protagonista a una situación insoportable, atado por un ombligo artificial a una máquina que lo mantendrá con vida hasta que aquellos que le resucitaron lo decidan. Esclavo y sin capacidad para decidir sobre su vida y su muerte.

Es un ejemplo de lo que ocurre cuando nos ofuscamos tratando de tapar el agujero, cualquier agujero, ya que el efecto de ese esfuerzo no es otro que el retorno de algo peor que asumirlo. En este caso, el tapón de plástico, ombligo artificial que tapa el agujero y elimina la muerte, produce el horror de una inmortalidad vacía, doliente y solitaria.

Esta historia es el punto de partida del camino que seguiremos en este trabajo. Un camino que por diversos vericuetos busca alcanzar y transmitir la importancia de dar un lugar a ese ombligo ligado a lo desconocido y a lo desconocido mismo.

Adelanto entonces la hipótesis de partida que se analizará en este trabajo. Todo aquello que en el humano falla es límite, imposible, división, obstáculo, agujero; todo lo que resiste a cualquier discurso utópico de una armonía y felicidad posible, corresponde al ámbito de lo que no queremos saber. Pero, todo eso es, al mismo tiempo, motivo de esperanza porque impide que lo humano sea completamente engullido por la lógica neoliberal y tecnocientífica actual.

Es lo que nos permite creer que hay alguna posibilidad de resistir estas dinámicas y sostener una vida que pueda ser, además de vivida, dicha. La vida humana, singular en este punto, es la única tocada, trastornada por las palabras y, paradójicamente, los efectos de dicho trastorno se convierten en motivo de esperanza: confiar en lo que no va bien, en lo que falla.

Repensar lo humano

En este capítulo analizaremos diversos aspectos de la condición humana y del humanismo. Revisaremos algunas cuestiones históricas fundamentales sobre el modo en que podemos pensar lo humano en la actualidad y realizaremos una modesta propuesta hacia un humanismo posible en el siglo XXI.

Para ello, nos centraremos en una de las cuestiones cruciales en el humano, su relación con el lenguaje y veremos qué ocurre cuando el lenguaje no puede ser incorporado. El autismo y más concretamente los testimonios de autistas, nos brindan un ejemplo inigualable de la relación clave entre el cuerpo, la vida humana y el lenguaje, y las dificultades que hay que afrontar cuando esa relación no puede establecerse. Es lo que se tratará de mostrar en la segunda parte de este capítulo: «El humano, un ser de lenguaje».

Lo humano en cuestión

El tema de esta investigación nos obliga a pensar la cuestión del humano y el humanismo. La preocupación por esta cuestión es patente en mis trabajos previos8 y es retomada en esta ocasión desde un nuevo ángulo.

Vivimos un tiempo en el que el deseo autoritario se expande como una mancha de aceite y en el que ya no sabemos soñar un futuro digno para los que vendrán. Aparecen propuestas de superación del humano que en este nuevo siglo es percibido como obsoleto, viejo, cansado, sin imaginación y ante el que surgen discursos que buscan una nueva nominación posible para ese complejo ser de logos que somos los humanos. Propuestas que a pesar de contar con el brillo de la tecnociencia y el progreso nos obligan a estar alerta ya que la lógica que las promueve no queda al margen del deseo de dominación y de supresión de la singularidad propia del humano.

Como afirma la filósofa Marina Garcés9, es importante situar en el centro de cualquier debate actual el estatuto de lo humano y su lugar en el mundo. Si el humano es lo no acabado y yo añadiría, lo que nunca ha de ser acabado, hoy su condición está en disputa. Y, puesto que hay disputa, podemos plantearnos tomar parte en ella.

En este caso, me propongo analizar algunas posibles vertientes de la cuestión humana entre las que no pueden quedar fuera los hallazgos del psicoanálisis que nos muestra, como se apuntaba en el apartado anterior, aquello que hace límite, lo que falla. Pensar estas cuestiones abre la posibilidad incierta de resistir al deseo de ser dominados, que no es más que la otra cara del deseo autoritario contemporáneo.

Algunas notas sobre el humanismo

Fue, pues, una manera de comer, sí, como fue una manera de divertirse, de amar, de hacer la guerra, el arte o la literatura.

E. Rico, El sueño del humanismo.

El llamado humanismo del Renacimiento, supuso la reconstrucción de un mundo nuevo partiendo de la palabra «antigua»10. Se consideró que la raíz de todas las artes y el fundamento de las ciencias se encontraba en el latín y se soñó con una civilización reconstruida sobre esa lengua. Surgió la creencia en un progreso ilustrado a partir de la difusión de la cultura clásica puesta al día, analizada y comentada.

No se trataba solo de saber, sino que se partía de una experiencia estética personal, una especie de fascinación por los logros de la Antigüedad, por el mundo antiguo como obra de arte. Los humanistas se acercaban al saber con pasión. Podemos pensar que el goce de la palabra y el placer de la misma fueron fundamentales en ese momento histórico. Todavía no se podía pensar en las lenguas vulgares como vehículos para la cultura y, por tanto, la alternativa era recuperar y actualizar la literatura de Roma, «inseparable de la convicción retórica de que la palabra y las artes del lenguaje, en tanto distintivas del hombre, constituyen la sustancia misma de la humanitas»11. Todavía creían en los poderes del lenguaje.

La recuperación de los textos antiguos llevó a la lectura de códices, la crítica de textos, la filología, y este contacto con textos diversos agudizó la conciencia de la diversidad y la singularidad humana. La lengua se fundamentaba en la convención social y la literatura comunicaba las diferencias individuales.

El humanismo muestra también con claridad la dimensión histórica del humano, su variación a lo largo del tiempo lo que implica a su vez la posibilidad de modificar su vida. De este modo, la recuperación de la cultura antigua abre la posibilidad de cambiar las cosas, cambiar el mundo.

El humanismo fue una cultura, un sistema de referencias y un estilo de vida que, frente a la posición cerrada de la escolástica, compone textos más ágiles y accesibles que se refieren a la vida cotidiana, la política, la ética, la amistad, etc. El humanismo creció incorporando materias y buscando una simbiosis entre saberes con una gran riqueza de perspectivas. Los estudios de los humanistas trataban los problemas desde diversos puntos de vista. No eran una simple acumulación de materiales sino «una trama de relaciones que invitaba a explorar la realidad»12. Se trataba de recorrer esos problemas a través de caminos olvidados de tal forma que los antiguos se convertían en maestros que enseñaban cosas nuevas.

El saber era para el humanismo una actividad y requería un contacto cercano con la filosofía, el derecho, la medicina y la dialéctica. Fue un saber que tomó partido por acontecimientos de su época, que se movió entre la Antigüedad y la actualidad. Fue una cultura viva.

El tema primordial que el humanismo desarrolló es la dignidad del humano, dignidad entendida como historia. El modo en que podemos pensarla sería para Rico el siguiente:

El hombre es superior a los animales por obra de la razón, cuyo instrumento esencial es la palabra. Con la palabra se adquieren las letras y las bonae artes, que no constituyen un factor adjetivo sino la sustancia misma de la humanitas. La humanitas, por tanto, mejor que cualidad recibida pasivamente, es una doctrina que ha de conquistarse. No solo eso: la auténtica libertad humana se ejerce a través del lenguaje, a través de las disciplinas, ya en la vida civil, ya en la contemplación. Porque con esas herramientas puede el hombre dominar la tierra, edificar la sociedad, obtener todo conocimiento y ser, así, todas las cosas (un microcosmos), realizar verdaderamente las posibilidades divinas que le promete el haber sido creado a semejanza de Dios13.

Este sería el modelo conceptual que rige el humanismo, aunque cada autor se centre en algunos aspectos más que en otros. El humano se diferencia de las bestias por el lenguaje y su felicidad pasa por ejercitar y perfeccionar la razón. Las letras son la puerta de acceso a todo conocimiento valioso.

Este humanismo no implica una noción de progreso en el sentido que tomará en la ilustración del siglo XVII14, un progreso entendido como continuo e indefinido. Idea que, aunque cuestionada en la actualidad, sigue formando parte del discurso común. Para el humanismo, el verdadero progreso no tiene que ver con aspectos cuantitativos sino cualitativos. Es un movimiento con un fin: alcanzar una dignidad que no está dada de entrada, sino que es algo a conquistar.

Esta tarea que impulsaba el humanismo deviene hoy complicada ya que asistimos en nuestra época a la banalización de la vía regia hacia ese fin, el lenguaje15. Además, como veremos más adelante, la intelectualidad decretó la muerte del hombre y el final de ese proyecto.

Sin embargo, no es seguro que dicho dictamen haya dado en el blanco, al menos de momento, por tanto, considero que pensar lo humano sigue siendo una tarea imprescindible.

Rescataremos para ese viaje algunos aspectos del humanismo renacentista que podemos considerar necesarios para pensarnos en la actualidad.

Por un lado, la importancia del lenguaje, nuestra condición de seres hablantes. También la importancia de las letras, un saber que es banalizado en la actualidad. Por otro lado, la dimensión histórica, variable y modificable de lo humano, y el concepto de «dignidad», posible por la capacidad humana de hablar, razonar y cambiar. Una dignidad a conquistar, no dada de entrada sino a construir. También es importante el reconocimiento de la diversidad de saberes y su interrelación, así como la toma de conciencia de la necesaria diversidad del mundo, de los humanos, de su singularidad.

Todos estos aspectos, tan necesarios para pensar lo humano en nuestra época, no son, sin embargo, suficientes. Si la confianza del humanismo en el lenguaje y las letras, que permitirían la transformación de los individuos y la sociedad es fundamental, es también necesario señalar que la dimensión del sentido y el saber representa solo una cara de la moneda humana. Es una visión que deja de lado lo que hace obstáculo, lo que Freud denominó la pulsión de muerte y Lacan llamó el goce16. Todo aquello que siempre ha aparecido como límite, lo que no se puede educar, lo que nadie quiere saber y que analizaremos en el próximo capítulo.

Críticas al humanismo

¿Qué recursos debemos tener para incluir en la comunidad humana a aquellos humanos que no han sido considerados como parte de lo que se reconoce como humano?

J. Butler, Deshacer el género.

La muerte del humano ha sido anunciada y defendida desde diversos enfoques; sin embargo, no resulta tan fácil matarlo. Dado que no hemos encontrado un mejor modo de llamar a ese ser hablante, sexuado y mortal que somos, apuesto por mantener y explorar dicha nominación matizando lo que hoy es posible incluir en dicho concepto. Y, para ello, es necesario tomar nota de lo ocurrido en su historia.

Por el interés de sus propuestas, me centraré en el análisis que Foucault hace al respecto. La historia nos ha enseñado que tener más educación e información no nos hace ni mejores ni más libres. Foucault mostró con claridad que, bajo la propuesta ilustrada de una emancipación posible mediante la educación y la ciencia, lo que se produce son nuevas relaciones de poder que rigen los cuerpos, las relaciones y la vida. Toda forma de saber conlleva relaciones de poder.

Foucault17 considera que en la época clásica el hombre no existe y que lo que entendemos por «hombre», su finitud, aparece como algo propio de la «episteme moderna». Sería a partir de Kant, con los límites que estableció a la razón humana como finita, que podemos pensar un humano que no se remite ya a la infinitud, a Dios como su criatura, como su imagen y como un ser entre los demás en el marco de la creación18. Lo que hace posible la aparición de lo humano como tal, objeto de la ciencia, es su relación con la finitud, con su propia supresión. Esto abre la posibilidad de obtener conocimiento de formas individuales19 que, sin embargo, indicarán al mismo tiempo, la finitud propia del hombre. ¿Qué supone dicha finitud?

Si el humano aparece como aquel que vive, trabaja y habla, al mismo tiempo la vida le enseña que, por un lado, está expuesto constantemente a la muerte; por otro, la economía muestra que está a merced de sistemas de producción en los que él no marca la ley. Y, finalmente, las palabras que cree utilizar están organizadas según leyes que no puede dominar ya que el lenguaje lo utiliza. Es decir, ni la vida ni el trabajo ni el lenguaje están en sus manos. Aquí comenzaría para Foucault la existencia del «hombre» como tal, un ser soberano que es esclavo y que gracias a su finitud ocupa el lugar de Dios. Se convierte en sujeto y objeto de su propio conocimiento y es el momento en el que nacen las ciencias humanas. Ciencias humanas que además de un saber centrado en lo individual, son una forma de poder y control social.

Foucault consideró al humanismo como una tecnocracia que pretende saber y conducir la felicidad humana y lo rechazó al considerarlo un modo de dominación. El humanismo llevaría implícito, según su punto de vista, la idea de una esencia humana a realizarse de manera autónoma, una reconciliación a lograr. Su rechazo al humanismo como esencialismo se produce porque utiliza dicha supuesta esencia como un mecanismo de dominación social.

Por tanto, consideró necesario salir de concepciones metafísicas del sujeto que no tienen en cuenta lo sexual, lo cultural, las incidencias geopolíticas, discursivas, etc. Para Foucault no hay un sujeto de conocimiento previo, sino que la subjetividad es creada por un saber que es al mismo tiempo un poder.

Tanto sus análisis como los numerosos estudios posteriores basados en sus propuestas han puesto de relieve que el humanismo es un imperialismo eurocéntrico y patriarcal y que la concepción del humano que está bajo las ciencias humanas y las instituciones modernas, es la de un hombre masculino, burgués y europeo. Esta visión ha llevado a numerosas e interesantes críticas del humanismo desde perspectivas de género, raza, cultura, relaciones económicas, etc.

Para Judith Butler20, los términos en los que alguien es reconocido como humano se articulan socialmente y son variables. Además, es una categoría que crea la división entre humanos y menos humanos, es decir, entre aquellos con plenos derechos y los que no acceden a ellos. Son lo que ella llama vidas inviables que considero podemos equiparar a lo que Giorgio Agamben llama «nuda vida»21, la de aquellos que privados de sus derechos y de expectativas atribuidas a la vida humana, se sitúan en una zona entre la vida y la muerte22.

Butler considera que para ser oprimido es necesario ser primero inteligible y afirma que hay quienes ni siquiera acceden a la categoría de lo humano por ser ininteligibles, porque las leyes de la cultura y el lenguaje los consideran imposibles.

Propone que las vidas deberían guiarse según aquello que maximiza las posibilidades de una vida habitable y lo que minimiza la posibilidad de una vida insoportable o la muerte social o literal.

Para Butler, hay normas de reconocimiento que constituyen lo que es humano y lo que no, y estas normas forman parte del poder y por eso «la disputa sobre el futuro de lo “humano” será una contienda sobre el poder que funciona en y a través de dichas normas»23.

Hace un llamamiento a repensar lo humano ya que considera que la historia de la categoría «humano» no ha terminado, es una categoría que no puede aprehenderse definitivamente. Como ella afirma:

Puede ser que lo correcto y lo bueno consistan en mantenerse abiertos a las tensiones que acechan las categorías más fundamentales que requerimos, en conocer el desconocimiento que se halla en el núcleo de lo que sabemos y de lo que necesitamos, y en reconocer el signo de la vida en lo que soportamos sin tener ninguna certeza sobre lo que vendrá24.

Plantea la necesidad de mantener abierto el concepto de lo que es o no humano para que se pueda articular un proyecto de discurso y una política de derechos humanos que sea crítica e internacional.

Butler introduce también algunas cuestiones del humano que considero interesantes. Por un lado, la idea muy próxima al psicoanálisis de que el humano está de entrada en manos del Otro, está desposeído. El cuerpo es, desde el principio, dado al mundo de los otros y lleva por ello su impronta, es formado en la vida social. Somos en las manos de los otros, con otros y para otros, y sin eso no podemos ser. Propone, por tanto, la importancia de defender el pensamiento de la propia vulnerabilidad corporal y pensar qué política es posible si sostenemos esta perspectiva de fragilidad que es una situación de partida, previa a la formación del «yo», una vulnerabilidad primaria de la que no es posible deshacerse.

Considera que hay formas radicalmente diferentes de distribuir la vulnerabilidad física de lo humano en el mundo y que esto es un factor a considerar en el pensamiento sobre lo humano.

Podemos afirmar que lo fundamental de su propuesta, para el tema que nos ocupa, es el reconocimiento de un desconocimiento sobre «lo humano». Un humano entendido como histórico y culturalmente variable. La reflexión, por tanto, ha de mantenerse abierta para poder tener en cuenta los diversos modos de su presentación en el tiempo y las culturas y ha de incluir además las tensiones internas que lo habitan.

Considero entonces que la cuestión es —como veremos más adelante— si el humano es algo a superar, si es un simple episodio en la trama del saber y dejará de existir para que puedan darse nuevas formas de subjetividad, o si podemos sostener un nuevo humanismo basado en otra concepción del humano que no deje fuera ni la historia, ni lo carnal, ni el sexo, ni lo irracional, ni la división, ni la falta, ni los discursos, ni lo real. Pero, esta reflexión nos lleva también a plantear si todo cambia históricamente o si hay algo que permanece en ese ser hablante, sexuado y mortal.

En ese sentido, hay un aspecto clave que se ha de cuestionar. Es claro que el poder —como muestra Foucault— no solo oprime, sino que también crea consensos y produce una trama simbólica que funciona de modo invisible naturalizando las ideas dominantes y escondiendo su acto de imposición. Pero, tal y como afirma Jorge Alemán25, hay que distinguir la dependencia del sujeto respecto al lenguaje de la dominación construida de una forma sociohistórica. Son dos vertientes de lo simbólico que, aunque aparezcan mezcladas, obedecen a lógicas distintas. La primera dependencia simbólica es ineliminable y constitutiva del sujeto, es su entrada en el lenguaje; el sujeto es causado por la estructura del lenguaje. La segunda, es una construcción histórica susceptible de transformaciones según la época. Es la subjetividad producida por los dispositivos de poder. Si bien retomaremos esta cuestión más adelante, considero necesario dejarla planteada desde ahora.

También es importante tener en cuenta que la realidad está construida por discursos y que los afectos, las pulsiones, los cuerpos, están atravesados por esos discursos y marcados por los significantes, por las palabras. Sin embargo, los discursos que construyen la realidad no pueden tampoco representarla en su totalidad, lo hacen de un modo fallido y esta brecha entre discurso y realidad es irreductible, no puede ser suturada.

Encontramos aquí un agujero, algo que se escapa, en este caso, a la representación. No todo es representable, tampoco en el humano.

Lo humano como objeto de mercado

Por más daño que haga una carencia, la saciedad es peor. Así pues, esto es lo que pienso: estamos hechos para tener hambre.

L. Shriver, Big Brother.

Hoy el humano es concebido y tratado como un mero objeto de mercado, consumidor consumido.

Para Alemán, el neoliberalismo actual es el primer régimen histórico que intenta alcanzar, por todos los medios, lo que hemos distinguido en el apartado anterior como primera dependencia simbólica, no histórica, sino constitutiva del sujeto. El sujeto es para el psicoanálisis un efecto del lenguaje y por el modo en que surge, está marcado por la incompletud y la inconsistencia, por la división y el agujero. Ante esta situación, para poder soportar esta falla constitutiva, se adhiere a diversos recursos que le permiten velar dicha división. Uno de ellos es la promesa de completud y felicidad del neoliberalismo. Por eso, en Capitalismo. Crimen perfecto o Emancipación26, Alemán propone diferenciar claramente el sujeto, efecto del lenguaje y la subjetividad producida por los mecanismos de poder. Se sabe que el poder fabrica subjetividades y naturaliza las ideas dominantes, pero no se ha de perder de vista la perspectiva del sujeto previo, estructuralmente sujetado al lenguaje27.

El neoliberalismo trata de modificar los cuerpos y necesita crear un «hombre nuevo», fluido, volátil como la mercancía, objeto él mismo del mercado. Necesita que todo lo humano sea transformable en objeto de mercado para apropiarse o anular lo que aún pueda posibilitar algún tipo de resistencia. Para Alemán, esta posibilidad de resistencia reside en cuestiones como el deseo, el amor, el goce, el saber y la verdad.

Este «hombre nuevo» sería aquel que carece de legado simbólico, el humano sin historia que descifrar, sin preguntas por lo singular e incurable. Toda esta dimensión, que sería la propiamente humana, debe ser abolida al servicio del rendimiento. Y, en este camino, en la actualidad el Estado se ha convertido en una pieza más del neoliberalismo que incide en la medicalización, la evaluación y las burocracias.

Lo nuevo del neoliberalismo es su capacidad para crear subjetividades que se configuran según un modelo empresarial, de gestión y competitivo de la vida. Alemán nos plantea algunas de esas subjetividades contemporáneas: «el consumidor consumido», «el empresario de sí mismo», «el deudor permanente de su propia vida», la lógica del «ganador-perdedor», la «vida matable», sin luto y sin duelo. Es un modelo que explota el sentimiento de culpa analizado por Freud ya que supone la autoexigencia de una realización plena sin límites. El efecto de esta exigencia es la depresión, las adicciones, la culpa generalizada por no estar a la altura de lo exigido: el deber de una vida feliz.

La violencia del régimen neoliberal convierte en innecesaria la opresión exterior y los propios sujetos se ven capturados en una serie de mandatos e imperativos que los llevan a plegarse a exigencias sin límite.

Se producen así diversos modos de servidumbre e incluso un apego a dicha servidumbre.

Lacan realizó una interesante reflexión sobre lo que llamó «el discurso capitalista». Para él, un discurso es un tipo de lazo social. De este modo, el discurso del psicoanálisis es aquél que plantea que lo humano se construye fundado en el lenguaje y por eso, lo que hace que los humanos se mantengan juntos, es el lenguaje.

Yo llamo discurso a ese algo que, en el lenguaje, se fija, se cristaliza, que usa de los recursos del lenguaje, que…usa de eso para que el lazo social entre seres hablantes funcione28.

Es una estructura, un lazo social, soportado en el lenguaje y que hace posible encontrar, de diversos modos, un cierto límite al goce que permite el lazo con los otros. Sería el modo en que se habita el lenguaje.

Esto significa que los cuerpos, los afectos, las pulsiones, están marcadas por los significantes. Por otra parte, tal y como ya se ha señalado previamente, aunque los discursos constituyen la realidad, nunca pueden representarla en su totalidad ya que siempre hay algo que escapa a la representación.

Entre los diversos discursos existentes, Lacan definió el discurso capitalista como aquél que se auto propulsa desde el interior de forma ilimitada, que no conoce crisis ni límite alguno que interrumpa su movimiento circular. Un discurso que ha logrado introducir una nueva relación entre la falta y el exceso, entre el carácter insaciable del deseo humano y el exceso de goce. Por eso lo llamó «locamente astuto»29. Es un discurso que intenta adueñarse del espacio simbólico.

En el discurso capitalista, el sujeto intenta producir su propia verdad y completarse con su objeto de satisfacción sin ninguna imposibilidad y bajo la modalidad superyoica de un imperativo que exige gozar. El sujeto se convierte en consumidor, aspira a superar su propia división a través del objeto y en relación directa con un goce sin límite, sin pasar ni por el amor ni por lo imposible. El goce es para el psicoanálisis lo que va más allá del placer y este más allá se ajusta bien a la lógica del neoliberalismo actual.

El capitalismo nos ha convertido en consumidores de goce. El sujeto goza incluso en condiciones muy precarias. Tal y como plantea Alemán30, hay una metamorfosis de la pobreza transformada en miseria. Si la pobreza era tradicionalmente un menos, la miseria es un exceso de goce, sería un mixto de pobreza mas un exceso de goce: vidas precarias, pero con todo tipo de objetos, drogas, etc.

En este sentido, el capitalismo funciona sin una ley histórica que lo lleve a colapsar. Cada crisis se revela como una nueva modalidad de acumulación de capital y por tanto sus contradicciones y crisis lo alimentan. Además, el capitalismo es un poder y como tal no es algo que venga del exterior, sino que está dentro de los individuos. El poder capitalista solo busca su propia replicación indefinida.

Esta vertiente del humano consumidor consumido, muestra claramente la enorme dificultad humana para dar un lugar al agujero y su esfuerzo en taponarlo mediante el consumo.

Lo humano reducido al cerebro

La humanidad, con el arma de la racionalidad moderna, no puede explicar adónde va, ni siquiera, aunque suene extraño, por qué investiga. Esa masa de científicos, flor y nata de la racionalidad moderna, no pueden explicarnos —con razones morales— por qué investigan esto o aquello. La única explicación posible es que se investiga lo que se puede investigar, es decir lo que está financiado por el mercado o por el poder. Esas son ciertamente razones, pero no morales.

R. Mate, La piedra desechada.

Además del humano consumidor consumido, el discurso de la tecnociencia nos ofrece una visión que identifica y reduce todo lo humano al organismo, a un mero funcionamiento al estilo de la máquina. Se trata de un enfoque que potencia la idea de que todos somos comparables e iguales; idea que, aunque encaja bien con el ideal democrático, supone la eliminación de la singularidad y la diferencia. Diferencia que siempre produce rechazo e inquietud.

El discurso de la ciencia se funda en el rechazo de lo subjetivo, anula las particularidades y tiene vocación de universalidad. Por tanto, es un discurso que deja de lado la subjetividad, la singularidad y la diferencia.

Las llamadas neurociencias toman un protagonismo esencial en el conocimiento de lo humano y son un claro ejemplo de la deriva reduccionista que se extiende a todos los campos. Es un saber que postula que somos nuestro cerebro y que busca, por medio de su estudio, desvelar el secreto más íntimo sobre nuestro ser. Se considera que el día que sepamos cómo funciona el cerebro, lo sabremos todo sobre nosotros mismos. No habría de entrada ningún obstáculo insalvable en ese camino, ningún real como imposible que marque un límite a esa aspiración de conocimiento total.

Todos los ámbitos de lo humano pretenden ser explicados por el neuroparadigma que intenta separar al sujeto de sus experiencias como si este fuera un receptor pasivo de acontecimientos ante los que no tiene nada que decir.

En este sentido, resulta interesante el análisis que sobre la actual relación cerebro-mente realiza Néstor R. Yellati31 al señalar que ninguna manifestación humana queda fuera del cerebro como órgano fundamental y sustrato de la mente.

Toma para su análisis la propuesta de Eric Kandel, que fue uno de los científicos que incidió en este punto de vista reduccionista, y resume los cinco principios fundamentales que dicho autor estableció sobre la relación cerebro-mente32.

En primer lugar, lo que se llama «mente» serían funciones del cerebro que van desde las más simples, como caminar o comer, hasta las más complejas como pensar, hablar o como el arte. De este modo, los trastornos de conducta se interpretan como perturbaciones de la función del cerebro.

En segundo lugar, se establece que los genes y las proteínas son determinantes en los patrones de interconexión entre neuronas. De este modo, los genes y sus combinaciones intervienen sobre la conducta y, por tanto, la enfermedad mental tiene una determinación genética.

En tercer lugar, se considera que los factores sociales tienen un papel importante y pueden influir en el cerebro modificando la expresión de los genes y, por tanto, la función de las células nerviosas. El aprendizaje produciría modificaciones en la expresión genética.

En cuarto lugar, las alteraciones de dicha expresión genética producida por el aprendizaje, producen cambios en las conexiones neuronales. De este modo, los cambios producidos por contingencias sociales, constituirían las bases biológicas de la individualidad y de las consideradas anormalidades de conducta.

Por último, se plantea que la psicoterapia produce modificaciones a largo plazo y por tanto cambios en la expresión genética y sus consecuencias.

Los efectos de la palabra actuarían sobre el cerebro modificándolo. Algo que Kandel investigó en sus trabajos sobre la memoria y a lo que se ha llamado «plasticidad neuronal». El cerebro es considerado, por tanto, la base de toda explicación del comportamiento humano a todos los niveles: cognitivo, conductual y de creencias.

El problema con esta teoría es que parte del supuesto de aquello que pretende demostrar, aspecto que critiqué en mi libro El cuerpo, extraño, donde señalaba algunas objeciones a lo que subyace bajo la actividad científica. Mencionaba los siguientes aspectos:

En primer lugar, destacaría que estamos ante un enfoque que establece qué conductas son o no normales y correctas. El paradigma de lo normal y lo patológico se desliza en todos los postulados de la teoría cerebral sin explicar en ningún momento qué es una supuesta memoria normal o una conducta normal. Además, se utiliza una idea de bienestar individual y social a lograr sin definir ni concretar qué tipo de bienestar se busca y para quien.

En la investigación se observa también un salto enorme e ilegítimo en la interpretación de las imágenes cerebrales, entendidas como una supuesta lectura del pensamiento, tanto de animales como de humanos.

Otra aspecto significativo es el olvido inexplicable del papel del lenguaje en esos estudios del cerebro y la equiparación no explicitada de mente y cerebro.

También se da por sentado lo que habría que demostrar: la existencia de un yo único y creado por el cerebro y sede además del libre albedrío.

Por último, se produce también una equiparación entre enfermedad mental y cerebral no demostrada, una hipótesis tomada como un hecho.

Este enfoque implica un reduccionismo inaceptable que equipara el cerebro humano y el animal. Encontramos además, como señala Yellati, un postulado considerado universal:

Cualquiera sea la función, área, actividad, conducta estudiada, se la supondrá regida por el principio básico de lograr una mejor adaptación con el fin de la supervivencia, principio aplicable a todo ser vivo33.

Esta es una diferencia radical con el psicoanálisis que nos advierte que en el humano no se cumple esa supuesta regla universal. Es algo que podremos analizar en el siguiente capítulo y que pone de relieve que las llamadas «funciones», consideradas iguales en animales y humanos, están estructuralmente perturbadas por el lenguaje, por el hecho de hablar.

Hay algo que excede al cerebro y por eso no es posible equiparar el organismo, la carnalidad, y el ser hablante.

En este modo de interpretar lo humano se descubre un ideal curativo: el conocimiento del cerebro llevará a superar las dolencias humanas. Con la promesa de una imposible curación del «dolor de existir» nos entregamos complacidos a la promesa de una vida humana sin división, sin desconocimiento, sin goce, sin sufrimiento.

A pesar de la fuerza de estos estudios cerebrales, resulta interesante señalar que este cerebro, supuesta causa y fundamento de todo lo que concierne al humano, empieza a mostrarse mucho más complejo y al mismo tiempo más vacío de lo que se pensaba.

A fin de profundizar en esta idea, me detengo en la propuesta del exocerebro realizada por Roger Bartra34 que resulta de gran interés al representar un cuestionamiento del reduccionismo contemporáneo.

Este autor nos recuerda que tanto los neurólogos como los psiquiatras piensan que los procesos mentales se producen en el cerebro. Podríamos añadir que gran parte de la población también lo cree.

Bartra propone la hipótesis de un exocerebro que implica una nueva visión que rompe la distinción interior y exterior de la neurobiología actual. Recupera esta idea, anticipada en otro sentido por Santiago Ramón y Cajal, para postular la existencia de un exocerebro formado por circuitos extrasomáticos de carácter simbólico. Considera que hay ciertas regiones del cerebro que dependen del sistema simbólico, cultural y social para su funcionamiento:

[…] creo que adolecen de una incapacidad genéticamente heredada para vivir natural, biológicamente35.

Los niños salvajes o aquellos privados de contacto con otros humanos, serían un claro ejemplo de este hecho, ya que cuando crecen en soledad sufren profundas y permanentes limitaciones en sus facultades cognitivas y carecen de habilidades lingüísticas. Son casos que ponen de relieve que, en condiciones de privación, del contacto que permite la entrada en el lenguaje y el discurso social, se producen efectos en las estructuras neuronales. Hay circuitos cerebrales que quedan incompletos y se atrofian. Esto indicaría que hay determinadas estructuras neuronales cuyo funcionamiento depende de su extensión a circuitos fuera del cerebro.

Encontramos en este punto una coincidencia con el enfoque del psicoanálisis que plantea que sin los otros y sin el Otro del lenguaje, no se produce la humanización36.

Por tanto, dibujar los límites del cerebro no resulta sencillo. Bartra recorre numerosos estudios neurológicos actuales y se refiere en particular a dos investigadores, Gerald Edelman y Giulio Tononi, que ponen de manifiesto que la memoria no es representacional. No parece haber un lenguaje cerebral que produzca representaciones que supongan algún tipo de actividad simbólica. No parece que haya códigos semánticos en los procesos neuronales. No habría un lenguaje del pensamiento. Por tanto, el funcionamiento humano implicaría la existencia de circuitos internos no representacionales que se conectan con circuitos culturales codificados y simbólicos, con representaciones semánticas, estructuras sintácticas y memorias artificiales. Lo interno y lo externo estaría interconectado.

Considero que esta propuesta se asemeja al concepto de extimidad en psicoanálisis, un concepto que se refiere al modo intrincado en que lo más íntimo y lo externo, ajeno, están conectados. Una idea según la cual lo más íntimo es exterior.

Esta relación entre los circuitos neuronales y los procesos culturales es para Bartra el puente entre el cerebro y la conciencia.

Propone pensar los procesos cognitivos como una botella de Klein37, figura topológica en la que el interior es también exterior.

El lenguaje entonces formaría parte de las redes exocerebrales que como tal no están ubicadas dentro del cerebro, pero no son independientes o desconectados de los circuitos nerviosos. Es decir, no existiría en el cerebro un área de lenguaje unificada donde se procesan las señales lingüísticas, sino que hay diversos circuitos que intervienen en el procesamiento del lenguaje. La cuestión sería explicar cómo los circuitos neuronales carentes de símbolos pueden conectarse con circuitos culturales.

Si tomamos esta hipótesis del exocerebro, la coherencia de los procesos mentales conscientes sería proporcionada por las estructuras lingüísticas que se han dado en la cultura a lo largo del tiempo. Habría entonces estructuras cerebrales que requieren del medio cultural para desarrollarse.

En este sentido, resulta muy sugerente el desarrollo que Bartra realiza en torno al concepto de «horror al vacío». Toma como referencia las amputaciones y situaciones biológicas en las que la falta de una función o miembro, produce como efecto una reorganización del resto de funciones o partes. Afirma que las regiones del córtex que corresponden a una parte paralizada o amputada del cuerpo, se insertan en un proceso de reorganización masiva que lleva a borrar los espacios silenciosos vacíos produciendo efectos muchas veces extraños y aparentemente indeseables, como por ejemplo el llamado «dolor fantasma en zonas amputadas». Los conjuntos neuronales que han perdido sus funciones, «buscan completarse» conectándose con otros circuitos vecinos. La pregunta de Bartra sobre el por qué del horror al vacío se dirige a su falta de utilidad. Si seguimos el enfoque evolutivo según el cual las modificaciones que perduran suelen resultar adaptativas, se pregunta:

¿De qué sirve tener cosquillas en una mano amputada o sufrir intensos dolores en una pierna inexistente?38

Habla de la existencia de una tendencia, que supone determinada genéticamente, que impediría que algunos conjuntos neuronales vivan en una condición apagada de incompletud. Tienden a completarse, aunque lo hagan de forma aberrante.

Me interesa de modo especial este punto en el que Bartra busca una explicación genética a esta tendencia a la completud de los conjuntos neuronales. Pero, ¿y si esa tendencia respondiera precisamente a lo que llama el exocerebro, las redes simbólicas y lingüísticas?

Recurre a un científico, Vilayanur Ramachandran, que explica que nuestro cuerpo sería un fantasma que el cerebro ha construido para su conveniencia, una imagen estable del cuerpo propio en la que se ancla nuestro ego, una construcción interna transitoria que puede ser modificada mediante algunos trucos simples. Habría entonces una tendencia a completar el vacío con los restos de una imagen corporal primigenia.

Bartra entiende que esta afirmación apoya su hipótesis de las redes exocerebrales en las que distingue dos componentes. Por un lado, los órganos y partes del cuerpo a las que llegan los nervios y, por otro lado, las extensiones materiales que proporciona el ambiente cultural. Considera el exocerebro a este segundo componente, junto a las redes simbólicas y lingüísticas.

Para quienes tenemos una formación psicoanalítica, esta propuesta no puede dejar de resonar con el modo en que se construye la imagen del cuerpo en el estadio del espejo desarrollado por Lacan. El cuerpo sería un complejo anudamiento de un cuerpo imagen, marcado por las palabras y afectado por un modo paradójico de satisfacción. Cuerpo imaginario, simbólico y real. Y, el modo en que este cuerpo se puede construir, sería en el encuentro, siempre complejo, entre un ser viviente, los otros y el lenguaje, el discurso.

Lacan habla de la completud que supone poder «tener» un cuerpo imaginario, una imagen unificada del cuerpo, un yo, tomado de la imagen de un otro. Completud que implica claramente un horror al vacío. Horror que encontramos también en el campo simbólico con la idea de castración, falta introducida por el lenguaje y que se intenta suturar por todos los medios.

El humano busca, tal y como comentábamos al inicio de este trabajo, un tapón para obturar cualquier modo de vacío porque de un modo profundo nos duele la incompletud que nos constituye, ese sentir que algo nos falta, ese dolor de sabernos incompletos. Tratamos de reparar esa amputación que vivimos en nuestro ser con todos los medios a nuestro alcance. Anhelamos una totalidad y buscamos respuestas que nos completen, al menos transitoriamente. Aunque sepamos de esa falta, no queremos saberla, por más que sea lo que nos mueve, lo que pone en marcha nuestra capacidad para tratar de reparar una ausencia que nos duele como la falta de un miembro.

¿Por qué no pensar entonces que es precisamente la influencia de esas redes exocerebrales la que activa estos mecanismos de reorganización? Es una pregunta que por supuesto no puedo responder, pero que sería coherente con la idea de un exocerebro que funciona como una banda de Moebius o una botella de Klein. Si nos tomamos en serio la propuesta del exocerebro no habría una causalidad unidireccional sino interacción entre factores diversos.

Constatamos entonces que la cultura humana desborda lo que el cerebro puede contener. La conciencia es para Bartra una especie de prótesis que gira en torno al eje del lenguaje y en este sentido explica, por ejemplo, la conciencia del «azul», como «un continuo ir y venir a lo largo de circuitos que son al mismo tiempo culturales y neuronales, externos e internos, sociales y privados, simbólicos y señaléticos, mentales y corporales»39. Según este esquema, la información circula a lo largo de todo el continuo neurocultural.

El lenguaje tiene en este proceso un papel fundamental. Independientemente de la conexión que determinadas acciones del sujeto tengan o no con lo somático, para el psicoanálisis, lo importante es lo que dice el ser que habla, un ser determinado por la palabra y el discurso.

Curiosamente, Bartra toma la expresión de Rimbaud «yo es otro», que Lacan utilizó para postular el origen imaginario del yo en el estadio del espejo, para plantear su idea de la conciencia individual como algo que se extiende y abarca a los otros. La conciencia sería un fenómeno exocerebral y, por tanto, no hay voluntad consciente sin una red de procesos simbólicos. La conciencia se articula entre el cerebro y la sociedad y en esa confluencia entre ambas se produce una singularidad que permite a los humanos realizar actos que no se pueden explicar desde la biología y la física.

Lo interesante de esta propuesta de Bartra es que plantea que la experiencia humana está envuelta en una compleja red simbólica e incide, tal y como afirma Miquel Bassols40, en todo lo que la ciencia no encuentra en el cerebro «interior»: la conciencia, el lenguaje, los qualia41, la imagen del mundo, la causa del deseo, etc. La lista se alarga tanto que surge la hipótesis de que el cerebro está vacío.

El humano no es por tanto mera biología y volvemos a encontrar, incluso en el organismo, otro modo del agujero como protagonistas de nuestro recorrido, lo que no está escrito en el cerebro.

¿Hay un humanismo posible?

Si los bárbaros irrumpieran ahora en esta habitación, sé que moriría tan simple e ignorante como un niño de pecho.

Sucumbiremos sin haber aprendido nada. En todos nosotros, en lo más recóndito, parece haber algo granítico e incorregible.

J. M. Coetzee, Esperando a los bárbaros

Considero útil conservar el concepto «humano» porque, aunque su muerte se ha anunciado, de hecho, sigue vivo en el discurso de nuestra época. No basta querer matarlo para que muera y, además, más que pensar en matarlo, sería necesario pensar cómo podemos conservarlo si tenemos en cuenta lo comentado hasta ahora. La cuestión sería cómo entender ese humano, cómo utilizar ese concepto sin dejar de lado las lecciones aprendidas.

Los humanismos han pretendido decir lo humano desde el lenguaje, la historia y los discursos. Basándose en las letras, la ética, el saber, han pretendido o pretenden mejorarlo, conseguir una vida digna y vivible.

La ciencia toma su universalidad en sentido biológico y aunque algunas corrientes reconozcan la incidencia de otros aspectos sociales, incluso subjetivos, reduce lo humano a parámetros biológicos, neurológicos, genéticos: todos organismos vivientes.

El psicoanálisis ha permitido comprender que lo humano no es universal sino singular y que incluye, por su constitución compleja como hablante, sexuado y mortal, lo inhumano, ineducable, mortífero, que obstaculiza cualquier idea de progreso y armonía.

Lo común que permitiría seguir sosteniendo un concepto de humanidad podría ser aquello que no cambia a lo largo del tiempo y que no es otra cosa que el lenguaje. Me refiero al proceso de humanización a través del lenguaje, teniendo en cuenta todas sus consecuencias. Su dependencia del orden simbólico en sentido estructural que se anuda a los discursos históricos y de poder. Esa entrada en el lenguaje produce un agujero, una falla constitutiva cuyos ecos resuenan a lo largo de toda la historia de lo que identificamos como humano. Podemos pensar que el hecho de que todavía algo en nosotros pueda vibrar con los textos y relatos antiguos, con la música de épocas remotas, con las tragedias de los que nos precedieron, es una señal de que dichas producciones provienen de ese agujero que nos constituye. Son una respuesta, que, a pesar de los siglos transcurridos, lo siguen haciendo resonar.

Encontramos esta idea en los poemas de Whitman:

Un gran poema es para todas las épocas por igual y para todos los grados y complexiones y para todos los departamentos y sectas y para la mujer igual que para el hombre y para el hombre igual que para la mujer42.

…y que mi alma te abrace en esta hora, y que nos tengamos afecto sin habernos visto nunca, y acaso sin ir a vernos nunca, es punto por punto prodigioso: que yo tenga pensamientos como estos es igualmente prodigioso43.

Hablamos de un humanismo sin esencias, no sin la época que lo marca, no sin historia ni discursos, pero, además, no sin la pulsión, el goce, la división, el deseo. No sin lo Otro en el sentido de aquello que no aparece como semejante sino como radicalmente Otro. No sin el reconocimiento de que la barbarie forma parte de lo humano.

En la novela de John M. Coetzee, Esperando a los bárbaros44, encontramos el modo en que el humano llega a reducir a los otros a meros cuerpos, organismos despojados, como si el humano se encargara de mostrar lo que late bajo las apariencias. El protagonista fascinante de esta historia conmovedora afirma:

Únicamente les interesaba demostrarme lo que significa vivir en un cuerpo, solo como un cuerpo que puede abrigar ideas de justicia solo mientras esté ileso y en buen estado, y que las olvida tan pronto como le sujetan la cabeza y le meten un tubo por la garganta y echan por él litros de agua salada que tose y tiene arcadas y sufre convulsiones y se vacía45.

Vinieron a mi celda para enseñarme el significado de la palabra «humanidad», y me enseñaron mucho en el espacio de una hora46.

Reconocer la barbarie como humana es fundamental. Adorno nos da algunas claves para pensar esta cuestión47 cuando afirma que el nuevo humanismo asume un tipo de razón que pueda cooperar con lo diferente a ella, con lo que no es. Debería hacer un lugar a lo que llama lo mimético, lo corporal, somático, impulsivo, lo sometido y reprimido. Es decir, recurre a lo que en psicoanálisis es lo pulsional y reprimido, el goce del cuerpo.

En una época que convierte a los individuos en anónimos, cada vez más parecidos, o todos organismos o meros trabajadores y consumidores, sustituibles, necesitamos pensar en aquello que nos diferencia y no en lo que nos vuelve meros objetos de mercado.

Para Adorno, la reducción de las diferencias empobrece el lenguaje que cada vez expresa menos las experiencias que los sujetos están dejando de tener. El diálogo apenas existe y en su lugar, se intercambian fórmulas vacías y fijas. A menor diferencia, menor posibilidad de diálogo y mayor soledad e incomunicación.

Vivimos en la época del «humano neuro», reducido a lo cerebral en sentido amplio. Un humano que ya no tiene nada que decir porque su cerebro lo dice todo. El silencio retumba en un cráneo que se pretende causa de la humanidad.

Jacques-Alain Miller48 llama a este humano el último hombre en sentido nietzscheano, el humano del tiempo en el que ya no se desea porque el deseo apunta a la diferencia que el paradigma tecnocientífico y neoliberal busca eliminar. En la época en la que todo lo que es del orden de la creación se rebaja a lo neuro, estaríamos ante el último hombre, en un horizonte que lo empequeñece todo.

Recordemos las hermosas palabras de Nietzsche:

¡Ay! ¡Llega el tiempo en que el hombre dejará de lanzar la flecha de su anhelo más allá del hombre, y en que la cuerda de su arco no sabrá ya vibrar! Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina49.

El último hombre, el humano neuro, sería aquel que ya no admite el caos dentro de sí, aquel que, como afirma Miller50, adora el número, que concibe el mundo como una realidad homogénea, que convierte todo en cantidad, incluso la cualidad. Transforma las emociones en realidades cuantificables como conexiones cerebrales, serotonina y dopamina. Es aquel poseído por un deseo de dominio ya que sobre la cantidad es posible actuar, gestionar. Su deseo de igualdad pasa por reducir toda diferencia a cantidad. Esto facilita la gestión de las poblaciones. El sufrimiento y el dolor quedan empequeñecidos por el imperativo de la felicidad y la salud.

Una vez más las palabras de Nietzsche nos hablan alto y claro en diversos fragmentos:

¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es estrella? —así pregunta el último hombre, y parpadea.51 Nosotros hemos inventado la felicidad -dicen los últimos hombres y parpadean.

Enfermar y desconfiar considéranlo pecaminoso: la gente camina con cuidado.

Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio52.

El humano neuro representa una humanidad reducida a la biología y la cantidad, que escapa del mundo profundo del que habla Nietzsche por boca de Zaratustra:

El mundo es profundo, y más profundo de lo que el día ha pensado53.

¿Cómo entonces estar dispuestos a vivir y pensar esa profundidad? Necesitamos un humano más allá del paradigma de la cifra, la homogeneización y la mercancía.

Necesitamos un humanismo que no desatienda ni lo singular, ni el cuerpo ni el dolor. Sin esencia, con historia, con memoria para no convertirnos en cosa. Como afirma Adorno54, la historia juega un papel fundamental porque quien desconoce lo que es, se convierte en cosa, se petrifica, se enfría. Afirmamos entonces un modo de humanismo que frente al frío que produce el silencio que impone la tecnociencia, permita que el calor de la palabra tenga un lugar.

Propongo entonces el «humano agujereado» como posible paradigma para sostener un humanismo en falta, que toma de la herencia clásica la importancia del lenguaje, la posibilidad del cambio, la diversidad y la singularidad y una dignidad necesaria a conquistar, dignidad como proyecto de vida en común, no sin los otros, sabiendo al mismo tiempo que no hay reconciliación posible ni con uno mismo ni con los otros, que todo camino será irrealizable e incompleto, pero que solo en ese camino habrá alguna esperanza para un humano no todo neuro, no todo objeto, no todo silencio.

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
231 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788412313994
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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