Kitabı oku: «El viaje de Tomás y Mateo»

Urquiza, Lisandro N. C.
El viaje de Tomás y Mateo / Lisandro N. C. Urquiza. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4109-91-0
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas. I. Título.
CDD A863.9283
© 2020, Lisandro N. C. Urquiza
Ilustraciones de cubierta e interior: Natalia Cañás
Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.
Todos los derechos reservados

© 2020, Editorial Bärenhaus S.R.L.
Publicado bajo el sello Bärenhaus
Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.
www.editorialbarenhaus.com
ISBN 978-987-4109-91-0
1º edición: diciembre de 2020
1º edición digital: noviembre de 2020
Conversión a formato digital: Libresque
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.
Sobre este libro
Esta apasionante novela relata la historia de Tomás, un joven argentino que emprende un viaje de una semana a dos lugares referentes de Europa: París y Roma. En una de esas ciudades, y por la interacción del destino, conoce a Mateo, un compatriota que, al igual que él, llega a ese lugar huyendo de su pasado. Este encuentro casual iniciará una amistad que, inevitablemente, se irá convirtiendo en algo vertiginoso y trascendental para ambos.
Con una narrativa sencilla y atrapante, Lisandro N. C. Urquiza nos lleva de paseo por una historia llena de diversos escenarios, lugares comunes y sensaciones encontradas.
El viaje de Tomás y Mateo no es solo una ficción sobre una historia que pudo ser, es también una historia que busca visibilizar la diversidad e inspirar la liberación de los prejuicios.
Sobre Lisandro N. C. Urquiza
Lisandro N. C. Urquiza nació en Gualeguaychú, Entre Ríos. Siendo aún un niño, su familia se mudó a Buenos Aires por razones laborales. Su educación secundaria fue comercial con orientación en Lengua y Literatura. Más tarde se graduó en la Universidad Nacional de Luján como Licenciado en Administración. Con el paso de los años, y trabajando tiempo completo en una empresa financiera, comenzó a transitar en la literatura. Publicó en 2018 su primera novela Los chicos rubios. En 2019, la continuación, Oleg y los chicos rubios. El viaje de Tomás y Mateo es su tercer libro. Una historia independiente de las anteriores, aunque con algunos escenarios en común. Actualmente se encuentra trabajando en Tomás y Mateo, una nueva vida, de próxima publicación. Y la saga continuará con: Aurek y los aldeanos, Dionisio y el Rey y Nano, el Tropillero.
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Sobre este libro
Sobre Lisandro N. C. Urquiza
Capítulo 1. De Buenos Aires a París - Una foto
Capítulo 2. Algo se aproxima - Jazz & Blues - Una mochila y un sentimiento
Capítulo 3. Compatriotas - Amigos - Un libro
Capítulo 4. Domesticando a Mateo - Tres cajas - Olegario
Capítulo 5. Paseos y revelaciones - Una carta
Capítulo 6. Mateo, el protector - Se sintió maravillado - Se sintió queridO
Capítulo 7. Desayuno francés - Ruiseñores en mi ventana
Capítulo 8. Una remera roja - Esos ojos…
Capítulo 9. Italia - Perdón por mi estupidez - ¿Quién es Tommy?
Capítulo 10. Mateo y Elisa, los gemelos fantásticos - Te quiero mucho
Capítulo 11. Herida - La familia italiana - La familia argentina
Capítulo 12. Una charla a corazón abierto - El viaje cambió su mundo
Capítulo 13. Lo mejor de mi viaje, parte 2
Capítulo 14. Roma - Todos a bailar
Capítulo 15. El chico de la moto - Horquillas en el pelo - Un beso
Capítulo 16. ¿En dónde está Mateo? ¿Quién es Fabrizio?
Capítulo 17. Como una bolsa de basura - Una invitación
Capítulo 18. Italia de día - La tienda de Francesco
Capítulo 19. Una bicicleta - Un moño negro - Alguien que me ame de esa forma
Capítulo 20. Me gustás mucho - La batalla por Tomás
Capítulo 21. La gran noche de Mateo - Una flor blanca
Capítulo 22. El matrimonio Salvatore - Tomás, héroe de la noche
Capítulo 23. El Príncipe - Un Vals - Cien hombres
Capítulo 24. De naranjas y otros amores
Capítulo 25. Fuegos artificiales - La forma en que luces esta noche
Capítulo 26. Te entrego mi corazón - Sí a todo
Capítulo 27. La primera noche - Amor verdadero
Capítulo 28. La visita al signore Antonio
Capítulo 29. Bajo un pino - Compañeros
Capítulo 30. Una respuesta
Capítulo 31. Reencuentros - Te voy a extrañar
Capítulo 32. La segunda noche
Capítulo 33. Los hermanos Prado - Entre dos mundos
Capítulo 34. Un año atrás, una nota y un piano
Capítulo 35. Preparando las valijas - Un libro
Capítulo 36. De abogados y otros menesteres - Las vueltas de la vida
Capítulo 37. Sebastián, chico rubio - Y mejor amigo de Elisa
Capítulo 38. La banda de Mateo - Mariposas en los brazos - ¿Quién es ese chico?
Capítulo 39. A la deriva - Dos vasos de café humeante
Capítulo 40. Mateo en el país de las maravillas
Capítulo 41. Elena y el señor Hitchcock
Capítulo 42. El pasado de Tomás - Hora de cambiar algunas cosas
Capítulo 43. Del cielo al infierno - Luchito
Capítulo 44. El Centro Comercial y el barrio que NO es un pueblo
Capítulo 45. “Olegario Bistró” - Dejá que hablen
Capítulo 46. Un año y una camiseta para Luciano
Capítulo 47. Una decisión - Demasiadas emociones
Capítulo 48. Sos todo para mí - Es lo que debe ser
Capítulo 49. Epílogo
Playlist del libro
Glosario de argentinismos
CAPÍTULO 1
DE BUENOS AIRES A PARÍS
UNA FOTO
Tomás se sentó un momento y esbozó una sonrisa tranquila. Por fin había llegado a su destino después de un viaje de varias horas en avión que lo trasladó desde Buenos Aires, en el cual solamente había tenido un momento de descanso —cuando se registró en el hotel— y, al cabo de media hora el transporte de la agencia de turismo ya lo llevaba rumbo a su primera excursión en la capital de Francia.
Se encontraba sentado en las escalinatas que lo invitaban a ingresar a una de las máximas referencias arquitectónicas de París: la Catedral de Notre Dame. Desde esa ubicación, observaba todo lo que sucedía a su alrededor. En un momento dado, se entretuvo escuchando el relato del comunicativo guía de un grupo de turistas españoles, quien, en un idioma mezcla de español con francés, predicaba con mucha seguridad: “En esta época, París renace, con las avenidas ribeteadas de verde claro y los árboles en flor. Los días se alargan y se nota un pequeño aire a vacaciones, y el perfume del algodón de azúcar invade las avenidas. Los paseantes vuelven a descubrir los jardines y las orillas del Sena, a pie, en bicicleta o con patines”.
—¡Lindo curro el del guía! —reaccionó Tomás verbalmente—. ¡Con las estupideces que les dice a los turistas, se debe estar llenando de plata!
—¿Qué dijo? —le preguntó un hombre de avanzada edad. Evidentemente, tenía su oído bastante afinado, a diferencia de sus extremidades que se movían en cámara lenta.
—¡Nada, nada, mi amigo! —se apuró a responder Tomás—. Solo era una reflexión.
Junto a su esposa, el jubilado español pasó cerca de Tomás a la misma velocidad que una tortuga y, con una sonrisa, festejó el dicho del joven haciendo una “V” con los dedos índice y anular.
Una vez que la pareja se alejó, el argentino de pelo amarillo se colocó los auriculares del teléfono, buscó en la playlist del aparato la canción “Freak of the week” y, luego de hacer esto, comenzó a revolver dentro de su mochila. Como si fuera la maleta mágica de Mary Poppins, sacó de esta un termo con agua caliente, un mate, una yerbera de latón y, para terminar de armar el “equipo matero”, una pequeña bombilla de alpaca. Volcó yerba mate en una pequeña calabaza hueca, la humedeció con un poco de agua caliente y, finalmente, enterró allí la bombilla.
Así, como si estuviera en cualquier plaza de Argentina, comenzó el rito del mate. Sentado con las piernas cruzadas, Tomás se dedicó a disfrutar del paisaje y de su infusión calentita al ritmo de la música, que lo aisló por varios minutos del hormiguero de turistas que lo rodeaba.
Algo le llamó la atención en medio de su observación y otra vez hurgó en la mochila. Sacó una pequeña bolsa de tela que originalmente había sido el envoltorio de una remera y que ahora se había convertido en estuche de una cámara de fotos. Dejó el termo y el mate en el peldaño sobre el que estaba sentado y tomó la cámara; esta no poseía otra tecnología más que la de tomar buenas imágenes para después poder bajarlas a una computadora. Hecho esto, comenzó a apuntar a diferentes objetivos y disparó a cuanta cosa lo sorprendía: paisajes, personas, situaciones, etc. Se detuvo un momento para cebar nuevamente un mate y rio al ver cómo dos turistas se peleaban por el lugar en la fila para ingresar. Riéndose por la cómica situación, se puso de pie y siguió tomando fotografías de todo lo que veía. ¡No era para menos: estaba visitando uno de los lugares más emblemáticos de París! Por supuesto, Tomás ignoraba que, con los años, ese lugar se convertiría en una sombra humeante y las imágenes que estaba capturando serían un tesoro de ese gótico y antiguo esplendor.
Debió sacar medio centenar de fotos de un solo golpe: la Galería de los Reyes en la fachada principal, las gárgolas, las campanas nuevas, el rosetón del ala sur, las puertas de la fachada oeste y los arbotantes, una suerte de arcos gigantes cuyo nombre se enteró por el guía de turismo de los españoles. Tomás no tardó mucho en iniciar con él una charla pues, si algo caracterizaba al muchacho argentino era que sabía cómo hacerse entender en cualquier lugar al que iba, aunque desconociera el idioma. Su principal característica consistía en saber llegar a las personas. Utilizaba el lenguaje correcto para cada situación; no tenía problema en conversar con quien se le cruzara, siempre con educación y de manera ubicada. Era un argentino ciento por ciento —cosa fácil de notar por su acento y por el mate que llevaba a todos lados—, aunque por fuera daba la apariencia de ser originario de algún país de Europa oriental.
Su mata de pelo, rubio claro tirando a cobrizo, no llegaba a ser una melena, pero enmarcaba perfectamente los rasgos de su rostro anguloso y blanco como un copo de nieve. Los pómulos, bien definidos, se fundían con una serie de pecas que descansaban sobre las mejillas y componían, junto a un par de ojos verdigrís, un rostro aniñado que le daba el aspecto de un joven de veintitantos aunque, en secreto, su reloj biológico contaba treinta y dos años. Tenía siempre actitud jovial, amable y simpática; era una de esas personas a las que uno se alegra de ver porque transmiten “buena energía”.
Su estatura era más bien media: poco más de un metro setenta, acorde con el resto de su cuerpo delgado pero fibroso. Su andar era un tanto gracioso, pues lo hacía como dando pequeños saltos con los que daba la sensación de que se caería para adelante. Era una persona que estaba continuamente en movimiento; solo se lo veía quieto o tranquilo cuando se sentaba un rato con su mate o a escribir notas en su cuaderno.
Vestía ropa acorde con la primavera boreal: un jean liviano, botitas “converse” blancas, una remera gris que combinaba con un sombrero estilo borsalino que, además de darle un toque de moda, lo protegía del sol y evitaba que su tan lacio cabello le cayera sobre la frente.
Todas estas características hacían que “Tommy” raramente pasara desapercibido en algún lugar que visitara.
Antes de ingresar a la Catedral, se dispuso a tomar la foto que seguramente ocuparía el lugar de “perfil” en alguna red social. Recurrió a la vieja y nunca pasada de moda costumbre de pedirle a alguien que lo retratara. Miró a su alrededor para ver si encontraba algún alma caritativa que hablara en español o que entendiera al menos con señas cuál era el servicio que requería. El grupo de jubilados españoles ya había entrado al edificio junto a su guía, así que tenía menos esperanzas de conseguir a alguien que hablara su mismo idioma. Fiel a su estilo, bajó por la escalinata hasta llegar a la vereda y, con el tono de un rematador o de un vendedor de diarios, preguntó:
—Oiga, usted, el de la gorra blanca, Can you take me a picture?
Silencio absoluto. La gente pasaba de largo como si nada y era obvio: con semejante mezcla de palabras de distintos idiomas que Tomás metía en cada frase, no se llegaba a entender en qué idioma hablaba (ya que su inglés era bastante básico).
—Hey, do you understand? Speak Spanish?
De vuelta el silencio… y la indiferencia. Al parecer, los turistas que allí pasaban no hablaban español o inglés y los que sí lo hacían no tenían intenciones de responderle, lo cual le sorprendió de un modo poco grato.
—¿Habla español, señora? ¿Przepraszam? —preguntó en polaco a algunas de las personas que caminaban frente a él.
Nadie le respondía. Turistas y residentes pasaban por su lado y le hacían señas como si no entendieran; así fue preguntándoles a varias personas de todo tipo que le decían cosas en diferentes idiomas.
—Vous parlez espagnol ? —preguntó a un señor vestido con una remera blanca y una boina negra.
Nada; el sujeto ni siquiera le respondió.
«Mierda, tampoco estoy pidiendo nada tan difícil —dijo para sí—, con el gesto que hago con la cámara debería ser más que suficiente para que se den cuenta». Parecía increíble que, siendo este idioma tan universal y encontrándose en un punto al que llegan personas de todas partes del mundo, justo diera con gente que no entendía lo que el muchacho argentino decía. Finalmente, sin poder contenerse e imitando la pose de Miranda Priestly —una de sus villanas de película favoritas—, exclamó:
—¿Tan difícil es que me quiera sacar una foto? ¿Acaso pido el cielo y las estrellas?
En voz altísima, la frase se escuchó como si fuera el megáfono de un guía hablándole a sus turistas, con tanta gracia que un muchacho que pasaba por allí se detuvo y, mientras sujetaba la tira azul de una mochila, le gritó:
—Calmate, flaco, yo te saco la foto.
Tomás escuchó esas palabras y comenzó a mirar hacia distintas partes para averiguar quién era su “salvador”. Cuando finalmente divisó al muchacho, respondió:
—¿En serio? ¡Qué copado, muchas gracias!
El accidental fotógrafo se acercó y, tomando la cámara, le dijo:
—No hay problema, man. Decime qué querés que salga de fondo.
Esto fue como un vaso de agua fresca en un día de calor, pues además de sentir alivio por haber encontrado a una persona que hablara su idioma, fue mayor aún por tratarse de un compatriota.
—Con que se vea al menos parte de la fachada, es más que suficiente. Saqué un montón de fotos del lugar y me doy cuenta ahora de que en casi ninguna aparezco.
—Sí, a mí me pasó algo parecido. Es lo que nos sucede a los que viajamos solos.
Mientras hacía poses —algunas originales, otras muy ridículas—, Tomás observaba al fotógrafo buscar el ángulo desde donde saldría mejor la toma. Por momentos se acercaba y por otros se alejaba, daba vuelta la cámara y la volvía a girar, lo que daba a entender que no le gustaba ninguna de las casi diez fotos que había sacado. Por otro lado, su cara le era familiar; le daba la sensación de conocerlo de algún lado, pero se dijo para sí: «Quizás lo crucé en el aeropuerto o me parece conocido porque es argentino».
La voz del hombre lo sacó de su ensimismamiento:
—A ver, Principito, fijate si te gustan estas —dijo mientras levantaba la mochila que había dejado en el suelo para tomar las fotografías.
Tomás agarró la cámara y su expresión era la de un nene que ve por primera vez a su héroe favorito. Mirando la pequeña pantalla de su cámara, exclamó:
—¡Uh, buenísimas! ¡Qué groso que sos!
El muchacho de pelo oscuro levantó su hombro derecho y con él le dio envión a su mochila, que se acomodó sobre la espalda. Soltó una risotada que dejó ver una hilera de dientes que iluminaron por un momento ese rincón parisino.
—¡Qué loco escuchar esa expresión en el centro de París! Me hace sentir nostalgia de Buenos Aires.
Tomás celebró el comentario y guardó la cámara en su bolsita verde oscuro. Miró al fotógrafo y le dijo:
—Me causó gracia lo que dijiste.
—¿Qué te causó gracia?
—Lo del Principito —aclaró Tomás—. De todos los apodos terribles que me han puesto en la vida, es el más tierno y respetable, por lejos.
El joven tomó la mochila como si estuviera alzando a un bebé, abrió delicadamente la cremallera superior y sacó un libro de tapas azules. Se lo mostró y con una sonrisa tierna replicó:
—Decime si no sos igual al del dibujo.
El rubio tomó el ejemplar, que tenía en la tapa el dibujo de un zorro, una rosa y un muchacho al que se asemejaba bastante. Esbozó una sonrisa y pronunció casi como en una confesión:
—“Lo esencial es invisible a los ojos…”.
—Sí, ese fue el regalo del zorro al Principito.
Tomás no supo nunca qué le pasó cuando esas palabras se colaron en sus oídos. Sin embargo, no pudo evitar responder:
—Me cae bien una persona que lee. Una vez escuché decir a alguien que si una persona que conociste te invita a su casa y no tiene libros, debías salir corriendo…, pero no sé porqué estoy diciendo eso, así que mejor cierro la boca.
Su compatriota lo miró frunciendo el entrecejo y ladeando su cara, como tratando de comprender de qué le hablaba Tomás, quien de pronto se sonrojó de su propia estupidez.
—Sí, eso sonó raro… En fin, este libro me lo prestó mi sobrina para que tenga algo con que entretenerme en el viaje —explicó el fotógrafo—. Y la verdad, cuando venía en el avión lo empecé a leer y me retrotrajo a cuando era chico, que fue cuando lo leí por primera vez.
—Sí, más allá de mi chiste boludo, es un clásico atemporal y tiene mensajes muy lindos —comentó Tomás devolviéndole el ejemplar.
El muchacho tomó el libro y lo guardó nuevamente en su mochila. Miró con detenimiento a Tomás y se pasó la mano por detrás de la nuca. Movió sus labios levemente hacia un lado y se sonrió.
—Eso es cierto… Creo que me he convertido en el zorro de esta historia, ¿no te parece?
—Supongo —dijo Tomás—. ¿Hace mucho que estás acá?
—Hace unos días. Vine por unos temas laborales que tengo que resolver, no acá sino en Roma, pero quise aprovechar el viaje y tomar unos días previos para descansar un poco la cabeza.
—Así que viniste a París —afirmó Tomás como si conociera al muchacho de toda la vida.
—Originalmente no, primero fui a Gales. Estuve en el partido de la final de la Champions y de ahí me vine para acá.
—Mirá vos, deduzco entonces que te gusta el fútbol…
—Así es, en realidad me gustan los deportes, pero debo decir que el fútbol es mi pasión.
—Si hubieras venido unos días antes, hubieras visto la despedida de Totti, que se despidió de la Roma —declaró Tomás como si fuera un periodista deportivo experimentado.
Su compatriota se entusiasmó.
—¡Ah, veo que sos futbolero!
—¡Para nada! —respondió Tomás—. Estoy informado, pero no más que eso. De todas formas, sí me gustan los deportes, aunque soy de madera practicándolos. —Era mejor cambiar de tema—. ¿Y cuánto tiempo vas a estar acá?
—Me quedo hasta el jueves, que parto rumbo a Italia.
Tomás observó a su compatriota como un perro que olfatea a alguien recién llegado a su casa. Era intuitivo —él lo desconocía—; sin embargo, algo no le cerraba del todo. Ese “algo” estaba presente en la actitud, en el aire, o lo que fuera.
Lo alertó.
No llegó a darse cuenta de que podía ser, aunque se detuvo en la mirada del joven. Su expresión era de cansancio, y algo en su hablar denotaba tristeza. De todas formas, no fue impedimento para que Tomás continuara con su interrogatorio.
—¿Y… de qué parte de Buenos Aires sos?
—De Capital —respondió el muchacho—. ¿Vos?
—Yo vivo en la zona norte de Buenos Aires, en un pequeño barrio que se llama “Aldea del Norte”, a unos cuarenta y tantos kilómetros de la Capital. ¿Conocés?
—Sí, conozco por ahí. Igual debo decir que tenés una tonada que no termino de sacar, pero no me das ni por cerca que sos porteño.
—¡Es que no lo soy! Vivo en Buenos Aires, pero soy del interior.
—Mmmm, a ver si adivino —dijo el muchacho—. ¿Del sur?
—No —respondió Tomás.
—¿Del centro?
—¡Menos! Solo te voy a decir que de ninguno de esos lugares.
—Está bien, me doy por vencido, pero vos sabés que te estoy mirando y tu cara me parece conocida de algún lado, quizás nos cruzamos en algún lugar hoy y por eso te asocio.
—Es probable, a mí me pasó algo parecido, así que supongo que en algún lugar nos debemos haber cruzado.
En ese momento, la charla se interrumpió por el grito de otro guía que, en un idioma que era mezcla de francés e inglés, proclamó con un megáfono: «¡Avancen!».
—Loco, un gusto conocerte, y espero disfrutes tu viaje.
—¡Gracias por las fotos, y que tengas vos también buen viaje!
De esta forma se despidió Tomás de su compatriota, quien, en un descuido del muchacho de melena dorada, desapareció en medio de la multitud. Miró hacia la entrada y, viendo que tardaría en ingresar, se colocó nuevamente los auriculares, buscó música en el teléfono y disfrutó de la espera escuchando el primer tema que apareció en su lista de canciones: “El alma al aire”, que le sacó una sonrisa, vaya a saber por qué.
CAPÍTULO 2
ALGO SE APROXIMA
JAZZ & BLUES
UNA MOCHILA Y UN SENTIMIENTO
Dicho esto, Tomás se zambulló en el tumulto de gente que seguía subiendo por las escalinatas, deteniéndose de vez en cuando para ver si divisaba a su fotógrafo y hacerle un saludo final con la mano, pero el muchacho ya se había disuelto entre la marejada de personas.
Avanzó hasta la entrada principal sacando nuevamente la cámara de su bolsita de tela y, una vez dentro, lo atrapó un sentimiento de ser muy chiquito en ese lugar tan avasallador. Se quedó maravillado de todo lo que veía y nuevamente comenzó a tomar fotos de lo que se permitía, esto debido a que no en todos los puntos turísticos estaba permitido tomar fotografías o hacer filmaciones. Trató de grabar todo en sus retinas; se asombró con un altar gigante, un órgano musical en escala, vitrales y elementos artísticos del estilo barroco —que luego supo—, fueron agregados a finales del siglo XVII. Hasta ese momento todo eran exclamaciones de asombro, personas que miraban hacia arriba extasiadas, y todo se resumía a un clima de sorpresa ante tanta majestuosidad.
De pronto, en medio del tumulto de aproximadamente un millar de turistas que se encontraban en el lugar, empezaron a ingresar policías y a vallar el lugar cerrando las puertas, dejando a los ocasionales visitantes literalmente encerrados y sin poder entender qué estaba sucediendo.
«Todo el mundo siéntese en los bancos de madera, con las manos por arriba de la cabeza, por favor», fueron las indicaciones que dio la policía. Obedientes, las personas se sentaron como si fueran a participar de una misa, solo que el fin no era precisamente ese.
Semblantes pálidos, algunas caras de desesperación, hombres que transpiraban nervios, mujeres que soltaban algún sollozo y niños que no se quedaban quietos eran algunas de las cosas que se podía observar. La excepción a esto era Tomás: se mantenía tranquilo, como si tuviera el control de lo que fuera que estuviera ocurriendo. Su serenidad era admirable, lo que no implicaba que el muchacho se quedara callado, algo que, al igual que el cruce de un cometa en el cielo, ocurría raramente. Se quitó los auriculares con disgusto, pues tenía que renunciar a escuchar el tema “Help” que le explotaba en los oídos, casi como lo hacían los gritos de los guardias del lugar.
—¿Alguien sabe qué está pasando? —preguntó a otras personas que estaban sentadas detrás—. ¡Hola! ¿Alguien entiende lo que estoy diciendo? —repitió.
—¡Sí, pero no nos importa! —se escuchó gritar a alguien.
—¡Gracias! —respondió sarcásticamente Tomás—. ¡Es usted un amor, sea quien sea!
Una voz que le resultó conocida dijo:
—Parece que un terrorista corrió a un policía con un martillo a la entrada y lo redujeron; por precaución nos encerraron acá.
Estas palabras le llegaron desde unos bancos más adelante, donde se encontraba sentado su “fotógrafo casual”, quien no mostraba un tono tan calmo y sereno como el que Tomás mantenía. Se lo veía algo agitado, y por momentos Tomás llegó a ver por el rabillo del ojo que su compatriota giraba su cabeza para mirarlo.
—¡Ah, bueno! ¿Con un martillo? ¡Seguramente le pareció caro el precio de la entrada! —replicó Tomás en tono gracioso. Inmediatamente después de hacer esta broma, se arrepintió porque hasta a él le sonó mal.
—No, esto no es joda —lo reprendió su paisano.
—Sí, perdón, a veces no me doy cuenta de las boludeces que digo. La verdad es que desde acá no escucho nada más que los murmullos de la gente que está cagada en las patas, pero bueno, se justifica.
—¿Vos no estás asustado? —le preguntó desde adelante su compatriota, a quien un policía hizo callar de inmediato.
—¿Qué ganaría? —le respondió mientras toda la gente que estaba a su alrededor se volteaba hacia él y lo miraba como diciendo: «¿No escuchás que están pidiendo silencio?»
Esta información le dio una perspectiva de lo que ocurría y, fiel a su estilo imaginativo, su cabeza comenzó a procesar y manejar distintas hipótesis: pensaba en un atentado con una bomba, o que alguien sacaría en cualquier momento un arma, y así una sucesión de hechos de todo tipo que se apoderaron de su mente. Sus pensamientos se detuvieron en el momento en que entró un prefecto de la policía de París a explicar lo sucedido —que coincidía con el relato del muchacho argentino—. Luego de pedir paciencia y colaboración, avisó que lentamente desalojarían del lugar a los aproximadamente novecientos turistas que se encontraban allí, lo que significaba que estarían bastante tiempo dentro del templo.
Tomás entendió que su destino era incierto y optó por hacer algo que lo distrajera, por lo que sacó su pequeño cuaderno de anotaciones que llevaba a todos lados. Mientras buscaba su lapicera en la mochila, se distrajo un momento. Del teléfono de algunos de sus “compañeros de banco”, comenzó a escuchar música.
Sí, música.
El refrán suele decir que calma a las fieras, y algo de cierto debió ser, puesto que muchos de quienes se veían alterados comenzaron a quedarse quietos en sus lugares, olvidándose por un momento de todo y disfrutando del sonido en jazz y blues de “Dream A Little Dream Of Me”, al que siguió “This Can’t Be Love” y “La Vie En Rose”, explotando en el sonido de la trompeta de Louis Armstrong.
Al cabo de poco más de una hora, cuando empezaron a salir en filas según estaban sentados, notó que su compatriota de pelo negro ya no estaba, lo que le pareció raro puesto que esa fila aún no había sido evacuada. En la medida que los rehenes iban dejando el lugar, Tomás seguía buscando a su compatriota con la mirada, como si algo lo empujara a hacerlo. Ya en la puerta y a punto de salir miró nuevamente a su alrededor, y no pudo localizarlo, por lo que se acercó a un guardia de seguridad que se encontraba apostado en la entrada y le preguntó si no lo había visto pasar:
—Por acá no lo he visto —le respondió cortésmente el agente—. Ha salido mucha gente, pero nadie con esa descripción —agregó en un español correctísimo, a pesar de que la tonada denotaba que era nativo del lugar.
—Me llama la atención que no esté por acá, él estaba solo y tengo miedo de que le haya sucedido algo —dijo Tomás.
—Acompáñeme, vamos a preguntarle al prefecto que está a cargo del operativo.
Caminaron unos metros hasta llegar adonde se encontraba el jefe del operativo de seguridad, a quien le decían monsieur le préfet, un agente que parecía un personaje salido de los cuentos de Edgar Allan Poe.
—¿Cómo es la persona? —preguntó en francés mezclado con mal español.
—Es alto, un metro ochenta, más o menos, morocho, algo ancho de espaldas y un poco delgado, con jeans, remera blanca y creo que también tenía zapatillas de ese color.
—¿Alguna seña en particular para identificarlo?
—Pardon me? —preguntó Tomás.
—Alguna señal particular, digo, si tiene una cicatriz, una marca, una pata de palo —dijo en tono sarcástico el agente.
—Qué gracioso, debería ser payaso en un circo o mimo en la plaza que está a la vuelta —respondió Tomás con el mismo sarcasmo.
—¿Cómo dijo?
Tomás miró hacia otro lado como desentendiéndose y solamente respondió:
—Nada, era solo una reflexión.
Hasta ese momento, la policía parisiense, a la que todos alababan por su forma de moverse y actuar, le hizo plantearse a Tomás si en realidad no era solamente astuta y nada más.
—Bueno, ¿me va a decir si su amigo tiene alguna seña particular o no?
—No lo sé. —Era cierto, no sabía—. Ya le dije antes que no lo conozco, en realidad solo hablé con él unas palabras. Me tomó unas fotografías y nada más.
—¿Entonces para qué se preocupa? —se le escuchó decir al inspector.
—No sé por qué, pero mi intuición me dice que algo pudo haberle pasado, no me malentienda, pero es un compatriota y me sentiría muy mal si algo le pasara y yo tuve oportunidad de ayudarlo y no lo hice.
—Mmm, entiendo. —No parecía entender—. Y, volviendo a la pregunta, ¿algo más para identificarlo?
—Sí, ahora que lo menciona, lleva una mochila de tela azul con una bandera argentina en el bolsillo del frente.
El prefecto tomó una pequeña radio inalámbrica que calzaba en el cinturón y comenzó a dar directivas en términos —y obviamente, en un idioma— que Tomás no llegó a entender. Mientras tanto, la gente continuaba saliendo y, conforme la Catedral fue quedando vacía, una sensación de frío comenzó a correrle por la espalda al viajero. En ese momento, se preocupó de que quizás hubieran tomado de rehén a su nuevo amigo, o de que este se hubiera descompuesto, o lo que fuera, y que él no pudiera hacer algo para ayudar a quien se había portado tan diligentemente unas horas antes.
Al final, la policía clausuró el lugar cerrando todos los accesos a las dependencias, y un oficial que estaba junto al prefecto le indicó que debía salir no sin antes ser llamado por el inspector, quien le pidió que le indicara en qué parte del salón había estado sentado el muchacho argentino perdido. Tomás miró hacia la fila central de bancos y notó, casi sin querer, que la mochila del joven aún permanecía allí, debajo del macizo asiento de roble que oficiaba, en situaciones normales, como elemento para arrodillarse y rezar.
El oficial, al ver la expresión de Tomás, posó sus ojos en el bolso abandonado y comenzó a gritar algo en francés al inspector, quien hizo que todo el mundo empezara a correr como si una plaga de langostas estuviera asolando la iglesia. «¡Evacúen el lugar, posible bomba!», fue lo que pudo entender Tomás. Sin embargo, algo le decía que eso no era correcto puesto que no asociaba el perfil del joven argentino con un terrorista.
Haciendo como si no entendiera lo que estaba ocurriendo, se soltó del brazo del oficial para volver sobre sus pasos y, en una actitud por demás vehemente, tomó la mochila. La abrió como buscando algo, mientras los policías se estorbaban tratando de evitar la audaz y por demás estúpida maniobra, pero era tarde: en una fracción de segundo, Tommy había extraído un libro de tapas azules, un buzo, un cuaderno de viaje, una botella de agua mineral, una remera con el escudo de la Champions, un pasaporte y una lapicera. Eso era todo lo que contenía el bolso. Los tres policías que habían saltado sobre él para detenerlo se quedaron atónitos, mirándose entre ellos y, seguramente, con ganas de pegarle por la irresponsabilidad del acto que acababa de cometer el rubio. Tomás volvió a guardar todo en su lugar, junto a un pedazo de papel garabateado que traía con él, y dejó a mano el pasaporte para saber al menos cómo se llamaba el joven a quien buscaban, con la certeza ahora de que algo le había pasado.
Luego de una serie de epítetos pronunciados por el prefecto inspector, entregó la mochila al oficial y se quedó mirando el pasaporte: “Santiago Mateo De la Cruz”, rezaba el documento. Argentino, cuarenta años, su información de ingreso al país coincidía con lo que le había contado cuando estaban en plena faena fotográfica. Luego de esto, le entregó también el documento al prefecto.
—¡Ea, ea, usted, venga pa’ca! —gritó uno de los tres policías, quien era español y trabajaba hacía unos años en la ciudad—. ¿Cómo dice que se llama?
—Tomás, Tomás Prado, soy un turista argentino.
—¿Está loco? ¿Cómo se le ocurre hacer semejante estupidez? —soltó el policía con expresión de furia—. ¿Mire si tenía una bomba ese bolso?
—¿En serio me dice eso? —Fue la expresión de Tomás—. ¿Cree que un terrorista va a llevar un ejemplar de El Principito en el bolso? ¡Hágame el favor, oficial, no sea ridículo!
El agente de la ley, sin saber cómo reaccionar, reflexionó un momento y se dio cuenta de que lo que Tomás decía era bastante coherente.
—¿Y de dónde conoce usted a este tipo?
—Ya le contesté al prefecto lo mismo —se fastidió Tomás—. No lo conozco, solo que me sacó unas fotos e intercambiamos unas palabras, pues resultó ser mi compatriota.
—Entiendo, aunque debo decir que es un poco raro tanta coincidencia.
—No lo creo, oficial —dijo Tomás.
—¡Inspector! —lo corrigió el agente con un grito.
—Inspector…, veo por su acento que es español.
—Así es, soy de Galicia —respondió con orgullo el hombre.
—Dígame, inspector, si usted conociera aquí a algún compatriota gallego y pasara por lo mismo, ¿no se preocuparía?
—No sabría qué decirle. Ustedes, los argentinos, son muy raros, salvo Messi, que es la excepción, el resto de ustedes es muy complejo —continuó el gallego con un tono de voz entre cómplice con la causa y autoritario.
Volviendo al tema en cuestión, se puso firme nuevamente y exclamó:
—¡No se preocupe! Si está por acá, lo encontraremos, ya va a ver.
Tomás le dedicó una mirada condescendiente y respondió:
—Muchas gracias.
—Bien, en vistas de que no hay nada peligroso, tenga el bolso de su amigo mientras espera afuera; nosotros nos quedaremos con el pasaporte.
—De acuerdo, pero le reitero que no es mi amigo —agregó Tomás.
El muchacho de melena amarilla caminó hacia la calle, pasó por debajo de un cordón de nylon amarillo con letras negras, y se ubicó detrás del vallado. Desde allí contempló cómo el prefecto y su equipo de oficiales —que parecían salidos de una película de ciencia ficción— continuaban con la tarea de acordonar la zona y evacuar el lugar, ya que se había convertido en una zona de guerra: las fuerzas de seguridad, equipadas con cascos futuristas, seguían apareciendo por todos lados; los periodistas y las cámaras de televisión se apostaban en lugares estratégicos; y un ejército de medios custodiaba lo que sucedía en la famosa catedral.
Pasaron unos diez minutos hasta que del edificio salió el policía español escoltando al tan buscado argentino, quien parecía un pollito mojado separado de su mamá gallina. Lo acompañó hasta donde estaba Tomás, lo hizo pasar por debajo del cordón y lo estaqueó —literalmente— como si fuera un granadero a su lado.
—¿Estás bien? —le preguntó Tomás con preocupación.
—Sí, sí, ahora lo estoy —respondió el joven.
La cara pálida, transpirada y lacrimosa ya no era la del hombre seguro que había conocido horas atrás en las escalinatas de la catedral.
—¿Qué te pasó?
El policía español se adelantó a contestar, usando un tono entre serio e irónico:
—El majo se quedó encerrado en el baño y, cuando la policía cerró el lugar, no tuvo forma de comunicarse.
Con evidente vergüenza, el joven bajó la cabeza. Pasó una milésima de segundo y volvió a erguirla. Con ojos inundados de lágrimas balbuceó al policía:
—Muchas gracias por buscarme.
—No me dé las gracias a mí, déselas a él, que nos insistió en buscarlo —respondió el oficial señalando a Tomás.
Instantáneamente, giró su cara hacia donde estaba el curioso rubio, lo miró fijo y, apenas moviendo los labios, pronunció: «Gracias por preocuparte».
En ese momento, y como pocas veces solía pasarle, Tomás no supo qué decir. No encontró las palabras apropiadas, como siempre lo hacía en esos casos, y solamente asintió en señal de agradecimiento. Algo lo había desacomodado, su intuición le dijo que estaba frente a una buena persona que estaba pasando un mal momento. La expresión del joven rescatado le generó vaya a saber qué sentimiento, y Tomás se emocionó a más no poder.
Tragó saliva y bajó su rostro hacia la mochila que tenía en custodia. Escondió el rostro bajo su arremolinado pelo, que lo mantuvo a salvo por unos segundos y, cuando se sintió repuesto, le entregó las pertenencias a su dueño.
Fue allí que se presentó formalmente:
—Me llamo Mateo —dijo mientras tomaba sus cosas y le extendía la mano en señal de saludo.
—Pensé que te llamabas Santiago…
—Sí, ese es mi primer nombre, pero todos me llaman Mateo. Esperá, ¿cómo sabés que me llamo así? —levantó la ceja izquierda y ladeó la cabeza.
Tomás miró hacia el cielo y soltó un silbido, acto que a su compatriota le causó gracia.
—Estem… digamos que revisé tus cosas, pero fue por una noble causa, un gusto conocerte, Mateo. Yo me llamo Tomás, pero prácticamente para todos los que me conocen y los que aún no, soy “Tommy”.
Mateo levantó la mochila como si cargara una bolsa de harina sobre su hombro, previa revisión del contenido de esta, y ya repuesto le devolvió las atenciones a su nuevo amigo.
—Un gustazo, Tommy.
Tomás se quedó mirando la expresión de Mateo y haciéndose el desentendido preguntó:
—¿Está todo?
—Sí, un poco revuelto, pero no falta nada.
—Eso es culpa mía —admitió Tomás—. Me tomé el atrevimiento de revisar la mochila con la policía cuando la encontré debajo de los bancos. Por cierto, en el cuaderno de viajes noté muchos errores de ortografía. ¡Por Dios, ni que fuera tan difícil saber que los diptongos monosilábicos no se acentúan! —exclamó de pronto con una sonrisa que denotaba que, como cada vez que se ponía nervioso, perdía el control de su lengua, algo en común con otro rubio que muchos habrán conocido en libros anteriores. La cara de sorpresa con que lo miró Mateo lo hizo darse cuenta de ello y se calló al instante.
—Sí, claro, pero me gustaría salir de acá si no te jode.
—Me parece genial —convino Tommy—. Vamos a preguntar a la policía si podemos irnos, ¡ah!, y a pedirles tu pasaporte.
Así entonces, fueron a hablar con los agentes y, con el visto bueno del policía español, se disculparon por las molestias ocasionadas y se despidieron deseándoles que terminara en paz el suceso. Cuando se alejaban del lugar, escuchó en una tonada españolísima la frase:
—¡Ea, ea, usted, el rubiecito, mantenga a su novio alejado de los museos!
Tomás se dio vuelta y sin dejar de caminar puso las manos como imitando un megáfono y en el mismo tono le gritó:
—¡Apenas lo conozco, gallego!
El paisano español se puso sus manos a la cintura y, quedando como si fuera una tetera, lanzó en tono de amenaza:
—Sí, sí. Como sea, ¡váyanse y no regresen!
Los chicos se miraron riéndose. Asintiendo, hicieron una suerte de genuflexión ensayada y se retiraron de allí.
CAPÍTULO 3
COMPATRIOTAS
AMIGOS
UN LIBRO
Sentados frente a unas mesitas muy sofisticadas en la vereda de un bistró parisino, los argentinos se ubicaron con la intención de tomar algo, refrescarse y bajar las revoluciones. Mateo se mantenía callado, como si sintiera vergüenza de decir algo. El garçon les había dejado una pintoresca carta de menú que el compañero de Tomás ni siquiera registró. Como una forma de cambiar de tema y romper el hielo, el rubio se quitó su borsalino, lo dejó colgado en el respaldo de su asiento y, acomodándose su lacia cabellera, tomó la carta. La empezó a hojear y, por momentos, miraba por encima de ella para observar a Mateo, quien continuaba en estado poco menos que catatónico.
—A ver… Qué tenemos acá… Voy a pedir un jugo de naranja y un croissant de jamón y queso, tengo poca hambre, pero quiero reponer las energías perdidas en el evento —declaró Tomás con una sonrisa.
Del otro lado, Mateo no reaccionaba; lo que dio lugar a que Tomás cambiara su discurso.
—Che, loco, ya pasó… ponele onda, como cuando me sacaste la foto, ¿dale?
Con un extraño tono entre festivo y relajado, Tomás le dedicó una mirada de súplica y, como si no hubiera sucedido nada quince minutos antes en la Catedral, Mateo respondió:
—¡Típico de argentino! —reaccionó a la vez que señalaba el menú elegido por su rubio amigo—. ¡Cómo no venden sándwiches, pedís eso!
Tomás sonrió y fue la señal con la que los chicos iniciaron un debate que ya no tenía nada que ver con lo vivido:
—Voy a lo seguro, y en particular con la comida, que es cara y si encima pedís algo que no sabés qué es y no te gusta, perdés doblemente: plata y te quedás con hambre.
—Tenés razón —aceptó Mateo—. Voy a pedir lo mismo, solo que, en lugar de jugo, me voy a pedir una cerveza. ¿Habrá cerveza en este lugar? Lo veo muy “natural”.
—Sí, debe haber —dijo Tomás en tono de broma—. Llamemos al garçon.
Mientras esperaban a que el camarero los atendiera, por las empedradas calles pasaron varios autos de la policía con su particular sonido de sirena que evidentemente se dirigían hacia la zona de guerra donde los chicos habían estado momentos antes.
—Qué locura cómo estamos viviendo —dijo Tomás—. Por lo visto, ya no hay ningún lugar seguro. Hace unos meses, lo que pasó en Manchester; ahora, esto. No se puede creer.
—Es verdad —la expresión de Mateo comenzaba a ensombrecerse.
Se quedaron en silencio un momento, hasta que los interrumpió el camarero que traía lo que habían ordenado: el jugo con el croissant y una crêpe salada, acompañada por una gaseosa de limón, puesto que cerveza no dispensaban, tal como se lo hizo saber de una manera algo desdeñosa, el mozo a Mateo. Esa forma de explicar las cosas, bastante seria y seca, se repetía en algunos lugares de comidas que trabajaban con turistas.
Antes de tomar su jugo, Tomás observó con rareza el vaso en el que le habían servido la bebida y no pudo menos que decir:
—¿Qué es esto?
—Parece un frasco con un asa…
—¿Y qué es esto de ponerle un ramito de menta? ¿Estamos todos crazies? —preguntó Tomás con una risa irónica.
—Pensé que esto solamente se daba en algunos bares de Palermo —expresó indignado Mateo—. ¿Viste que ahora la moda en Buenos Aires es que te sirvan una empanada en un frasco?
—Sí, este mundo se está yendo al carajo… En fin, ¿a ver cómo está esto? —dijo mientras le daba un sorbo a su jugo—. Está muy bueno. No sé qué tiene, pero está buenísimo.
Mateo observaba su bebida, ahora callado y con la sensación de que estaba en otro mundo, pensativo, contemplativo, como cuando alguien se queda tildado mirando un punto fijo. Evidentemente, algo le pasaba y Tomás, con su franqueza provinciana, notó ese silencio y no dudó en preguntarle:
—¿Qué te pasó ahí adentro que te quedaste encerrado?
—Ufff, directo al pecho —soltó Mateo.
—¿Mi pregunta?
—¡No, esta crêpe! Me mandé un bocado de una y es muy empalagoso. Bancame que lo bajo con un trago de gaseosa.
—Qué boludo —se le escuchó decir entre risas al rubio—. ¿Lo dije o lo pensé?
Una vez que Mateo digirió su bocado, empezó a relatar:
—¿Viste que estaba sentado un poco más adelante de vos?
—Sí, claro. De hecho, fuiste el que me dijo lo que estaba pasando.
—Cierto, el hecho es que con la gente que estaba a mi lado escuchamos algo como un estallido en el exterior.
—Yo no escuché nada.
—Es que estabas bastante más atrás —dijo Mateo—. Fue un poco antes de la una de la tarde, así que imaginate: todo ese tiempo que pasamos encerrados lo pasé para el culo. Estaba bastante nervioso y me había puesto mal; sentí que la presión me bajaba y necesitaba mojarme un poco la cara. Así que, no bien dijeron que podíamos salir, me escabullí entre la gente hasta los baños.
—Lo que no entiendo es cómo te quedaste atrapado adentro. Perdoname que te pregunte, pero me sorprende… —dijo Tomás sin darse cuenta de lo equivocado que estaba su juicio.
Mateo se sonrojó y bajó la cabeza; algo lo avergonzaba o eso parecía.
—Me quedé un rato mojándome la cara y las muñecas en un lavabo, y ni siquiera noté que la puerta se había cerrado de lo mal que estaba. Y por otro lado, si alguien avisó o dijo algo, seguramente por mi estado no llegué a escucharlo.
—Lamento no haber advertido la situación para ayudarte —se disculpó Tomás.
El diálogo se silenció. Mateo sintió que sus ojos se humedecían. Al cabo de un momento, solo pudo responder:
—No digas eso, bastante hiciste hoy por mí.
Tomás se sonrojó casi de la misma forma que Mateo momentos antes.
Cuando se percató de ello, sonriendo, retomó el diálogo.
—Bueno, ¿y entonces? Seguí contándome qué pasó.
—Y luego, por lo que me explicó el policía que me encontró, los guardias habían revisado los lugares de servicios y los habían cerrado, dando por sentado que todos estaban en el salón principal de la catedral.
—¿Y no se te dio por gritar o pegarle a la puerta? —gruñó Tomás.
—No, me sentía muy mal…, pero era por otras cosas que no vienen ahora al caso… Espero que sepas entenderme, no es algo de lo que pueda hablar ahora.
Como notaba que el tono de la voz de Mateo no era muy convincente con las respuestas y que comenzaba a entrecortarse, Tomás se disculpó.
—Soy bastante metido por naturaleza y no debí preguntarte de esa forma. Disculpame por ser tan forro.
Mateo soltó una sonrisa que, por primera vez, sonó a libertad.
Se puso de pie y le besó la dorada cabellera; luego volvió a su asiento y lo que salió de sus labios fue una expresión de agradecimiento.
—Todo bien, gracias a tu insistencia estoy ahora acá compartiendo todo.
Tomás notó que las palabras de Mateo sonaban a una disculpa acompañada de vergüenza y desasosiego. No quiso ahondar más en el tema, puesto que… ¿Quién era él para meterse en su vida, después de todo? Optó por levantar su intento de copa y hacer un brindis. Se puso de pie y exclamó:
—¡Por las experiencias de viaje!
—¡Por habernos conocido! —agregó Mateo.
Chocaron las copas y continuaron charlando, mientras caía la tarde; con pájaros que aún cantaban. Una luna creciente y la noche recién preñada empezaba a encender sus primeras luces, cobijándolos con una brisa que los envolvía como el tul de una novia entrando a la iglesia.
Ya se hacía la hora de despedirse y, antes de ello, decidieron pasarse los números de celular y agregarse mutuamente en sus redes sociales para seguir en contacto luego de que cada uno tomara su camino. Se miraron y, casi al unísono, dijeron:
—Bueno… Hora de irse.
—Supongo que sí —se le escuchó decir a Tomás casi como un lamento.
—Quizás nos crucemos en algún otro destino.
—¿Cuándo te vas de acá?
—Pasado mañana salgo para Italia; me voy en avión al mediodía y calculo estar unos días. Voy con pasaje abierto porque todo dependerá de cómo salgan los negocios allá. ¿Y vos?
—Yo voy a estar hasta el viernes en París, luego sigo a Roma. Estaré allí unos días y después ya vuelvo a Argentina. Es mi primer, y seguramente único, viaje a Europa. Verás, gasté los pocos ahorros que tenía y aproveché la promoción de la agencia de viajes de una amiga: pocos días, pero dos países, y no pudo llegar en mejor momento este viaje.
—Entiendo, o sea que… ¿armaste viaje escapándote de algo o de alguien?
—Alguien una vez dijo que los viajes no eran para escapar de la vida, sino para que la vida no se te escape —expresó Tomás—. Sucede que este año ha sido un punto de inflexión en mi vida y eso me trajo hasta acá.
—A ver, contame un poco más cómo es eso —dijo Mateo con evidente interés.
—Bueno, en realidad creo que algo de razón tenés, no en cuanto a escaparme, sino a buscar otra perspectiva de mi vida.
—Algo voy captando…
—Digamos que, hace casi un año, terminé con una pareja con la que tenía muchos años saliendo —soltó sin pudor Tomás.
—¿Vivían juntos?
—No, y ahí estaba el otro problema. Por el trabajo que tenía, estaba obligado a estar durante la semana viajando. Los lunes me iba para el interior y volvía los viernes a mi casa.
—¿Y dónde vivías esos días?
—En hoteles, posadas, donde fuera que cayera. Lo cual ya de por sí, sumado al viaje, era un desgaste.
—Supongo que por el hecho de tener que dejar tu casa —dijo Mateo.
—Algo así, cuando compré esa casa, que es donde vivo ahora, trabajé mucho para convertirla en un hogar, hice muchos sacrificios para después no poder disfrutarla.
—¿Qué actividad tenías?
—Trabajaba en las sucursales de una compañía de finanzas.
—Y la experiencia no fue la mejor…
—Así es —Tomás suspiró—. Te aclaro antes que no fue algo de un día para el otro, me llevó mucho tiempo madurar la decisión y el proceso que me llevó hasta ese lugar. Siempre he trabajado, digamos, en empresas que eran importantes…
—Pero… —interrumpió Mateo.
—Pero no me sentía a gusto. No me malentiendas, eran de las que llaman “empresas seguras”. Te pagan a fin de mes, te llenan de discursos sobre los valores, el buen clima y las buenas condiciones de trabajo y, por tener una dosis de poder debido a todo eso, se creen dueños de manejarte la vida.
—¿Tan jodidos eran?
—Para que te des una idea, tenía como pasatiempo escribir, me encanta la literatura. Esto, además, hacía que participara en eventos literarios, ferias, etc; lo cual fue motivo de disgusto para alguien de más arriba que yo.
Mateo ladeó la cabeza.
—Pero ¿qué tenía que ver si era parte de tu vida privada?
Tomás se quedó en silencio un momento, al cabo del cual sacó de su mochila un libro de tapas negras que se veía bastante voluminoso, y se lo entregó. El libro tenía algunas banderitas de colores pegadas que llegaban casi hasta la mitad, y por cómo se veían las hojas a simple vista, daban la impresión de que Tommy venía disfrutando de esa aventura.
—¿De qué se trata? —Mateo miraba la portada.
—Es una novela de fantasía que cuenta la historia de un flaco que se enamora de otro.
Mateo leyó la sinopsis en la contratapa y se quedó en silencio. Tomás lo observó.
—Es una novela romántica, de temática LGBT.
—¿LGBT?
—Es la sigla con la que se identifica a la comunidad gay, lesbiana, bisexual, trans, etcétera.
—¿Y qué tiene que ver con lo que me estás contando?
—Que las historias que escribo tienen esta temática, lo que les empezó a molestar a algunas personas.
Mateo dejó ver una pequeña sonrisa.
—Creo que voy entendiendo…, algún machirulo homófobico que se sentía molesto.
—Supongo —respondió Tomás con la voz quebrada—. Eso hizo que me persiguieran con toda clase de estupideces, a tal punto que un determinado día, mis superiores me informaron que debía tomar una decisión; debido a que no estaba bien visto lo que hacía y que me encontraba “mediáticamente expuesto” por el solo hecho de publicar historias que no tenían nada que ver con mi trabajo el cual, dicho sea de paso, hacía bien.
La mirada de Tomás se ensombreció. Su voz se había quebrado. Tomó un sorbo de su bebida y continuó diciendo:
—Fue en ese momento cuando di cuenta de que esa carrera que estaba corriendo en realidad era una lucha de nunca terminar, una batalla continua contra seres incapaces que, por tener un cargo y sentarse en una oficina sin tener idea de la realidad de las personas, pretendían manejarlas como si fueran títeres en un improvisado y mediocre teatro.
Tomás soltó un sonido ligeramente estrangulado.
—¡La puta que sos jodido, rubio! —Mateo le devolvió una risotada.
Tomás esbozó una sonrisa cómplice y le dio un nuevo sorbo a su bebida; dejó la copa sobre la mesa y continuó contando sus experiencias laborales.
—Cuando me saqué la venda de los ojos y corté los hilos de esos seres que me manejaban, pude darme cuenta de que yo no necesitaba de su abulia, su inutilidad, su incoherencia y su irracionalidad. No soporté seguir laburando en condiciones infrahumanas. Sentí que ya no tenía por qué obedecerlas: ese fue mi rechazo, a no poner mi mente al servicio de una fuerza bruta, intolerante, hipócrita —Tomás gruñó—. Espero que no me malentiendas; nunca me sentí culpable de mis cualidades, ni de mi mente, ni de ser humano, ni mucho menos, de que me hicieran sentir que era diferente. —Su voz se entrecortaba y disolvía las palabras en un llanto que pugnaba por atacarlo sin defensa. Se detuvo un momento, tomó aire y terminó su idea—: Desde chico supe cómo me llamaban a mis espaldas y lo sufrí cuando me decían las mismas cosas a la cara. Siendo adulto, tampoco fue la excepción.
Él dijo, “El límite fue mi vida”.
Él dijo: “Mis afectos, los sueños que quería cumplir”.
Él dijo, “Fui libre para comprender mi propio valor y me rebelé para no ser la comida de los caníbales, y además tener que cocinarla. Aún no soy ni un cuarto de la persona que quiero ser, por eso estoy trabajando en mí. Soy mi proyecto más importante”.
El estandarte que Tomás levantó en cuestión de segundos dejó sorprendido a Mateo. Nunca había conocido a alguien con tanta personalidad y eso se lo dejó de manifiesto.
—Hay que tener coraje para hacer algo así.
—¿Vos decís?
—¡Obvio!
Tomás se había quedado en silencio, mirando hacia un lugar como si se hubiera desvanecido. Era evidente que el muchacho había expresado una situación que le pesaba y Mateo se dio cuenta. Volvió a leer lo que le faltaba de la sinopsis del libro y, antes de devolvérselo, le dedicó una leve sonrisa, quiso desdramatizar el momento con otra pregunta.
—Che, Tommy, y respecto a tu pareja, ¿qué pasó?
El rubio volvió de repente al mundo y, emulando la sonrisa de Mateo, respondió:
—-Supongo que algo parecido, aunque duró mucho más de lo que hubiera imaginado. Los primeros años fueron muy buenos…
—Como la mayoría de las relaciones que empiezan —dijo Mateo sarcásticamente.
—Así es. Al principio nos fuimos adaptando porque cada uno tenía su casa y vivíamos en zonas diferentes. Esto también hacía que solamente nos viésemos los fines de semana.
—¿Y eso fue lo que desgastó la relación?
—En parte sí. Verás, cada uno tenía una forma distinta de ver la relación de pareja: teníamos muy poca diferencia de edad —él era dos años más grande que yo— y tenía una visión más light de cómo debía ser una pareja.
—¿Light? —Mateo lucía azorado.
—Sí, en el sentido de que teníamos distintas necesidades.
—¿Cómo, cómo? No entendí eso…
—Digamos que yo buscaba algún tipo de relación más estable, en la que pudiéramos estar juntos más tiempo que solo los fines de semana y compartir las cosas de la vida diaria, y eso él no lo quería.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que él quería? —Mateo se acomodó en su silla y se mantuvo expectante.
Tomás perdió su mirada en un punto. Por primera vez, sintió que estaba metiéndose en un terreno de su vida que no estaba muy seguro de querer mostrar. Sin embargo, la mirada, la personalidad y la forma en que lo miraba a los ojos, le respondió:
—Él estaba habituado a vivir con sus padres, y conmigo tenía un noviazgo de fin de semana. Como te dije antes, al principio no lo cuestionaba, pero cuando pasaron varios años me empezó a molestar. Sentía que no me tomaba en serio o que era siempre la segunda opción.
—Es feo que te pase eso…. —Mateo sonó condescendiente.
—Sí, qué sé yo, siempre quise poder estar bien con alguien; y ni siquiera te hablo de formar una familia en un futuro, que sería mi más anhelado deseo. Siempre quise tener a mi lado a alguien que tirara a la par, que me quisiera y me lo demostrara.
—Pero no todo el mundo es demostrativo, Tommy…
—Sí, ya sé, y no pretendo que alguien me esté besando continuamente o que sea pegajoso. Me refiero a estar con una persona que al menos se acuerde de que existo, que cuando me vea al final del día me pregunte, “¿Cómo fue tu día?” y no “¿Qué hiciste de comer?”
Mateo estalló en una carcajada.
—Me hacés reír con la forma en que lo decís, pero te entiendo. ¿Y por qué estuviste tantos años esperando eso y no lo cortaste antes?
—Porque tenía esperanzas de que esa situación cambiara y, como te dije antes, porque amaba mucho a esa persona.
—¿Y en medio de todo eso fue que ocurrió lo que me decís, digo, en tu empleo?
—No precisamente, esta relación se terminó un poco antes de que yo dejara mi trabajo.
—Así que deduzco que fue uno de los detonantes para que tomaras una decisión tan tajante.
—Supongo, aunque también algunas cosas que fueron pasando en el medio, como la enfermedad de mis sobrinas, en que no pude estar con ellas como hubiese querido; también me mostraron que estaba lejos de “mi manada”. —Palabras alusivas al libro que Mateo sostenía en su regazo.
—Sonás como un personaje del libro… —reflexionó Mateo.
—Sí, supongo que me siento identificado con él, y con el concepto de proteger a quienes amo y lo que amo. Así que volví a mi hogar, permanecí cerca de mi familia, y superamos momentos muy duros. Actualmente, las cosas mejoraron, pero bueno, no te puedo negar los efectos colaterales y que las heridas de las batallas perdidas me siguen doliendo…
Algunas lágrimas se mezclaron con un sollozo que entrecortó su voz.
Mateo lo miró con una sonrisa que mezclaba compasión y ternura, le acercó su vaso para que se repusiera. Luego de darle un sorbo que le supo a oxígeno, el rubio continuó su relato.
—Y así, sin más, luego de unos meses de haber tomado la decisión de cambiar el rumbo de mi vida y mientras estoy comenzando una actividad por mi cuenta, me llegó la posibilidad de hacer este viaje por Francia e Italia. Y la verdad es que no lo pensé mucho: tenía el pasaporte vigente y unos euros ahorrados, así que, cuando me quise acordar, estaba subiéndome al avión en el aeropuerto de Ezeiza.
—Sos muy decidido, por lo visto, y creo que hiciste bien en venir.
—Sí, eso supongo…
Mateo se quedó nuevamente en silencio. Algo en la conversación con Tomás lo había movilizado; no sabía bien qué le pasaba, pero ya no era el mismo que conoció en las escalinatas de la Catedral. Su mirada se había clavado en él, sin embargo, no estaba en ese momento ahí.
—Mateo, ¿estás acá? —dijo Tomás al advertir que no daba signos de vida inteligente.
—¿Eh? —balbuceó el morocho—. Sí, acá estoy.
—¿Puedo preguntar en qué pensás?
—Nada, Tommy, solo me fui por un momento, disculpame.
Mateo le devolvió la novela a Tomás y la guardó en su mochila. Ambos se quedaron un instante en silencio, el que se hizo más profundo en el hombre de pelo negro. Había pasado por un tornado de emociones y no estaba seguro de poder enfrentar una más, al menos por ese día.
—Está bien. —Una idea le atravesó el semblante—. Espero no estar aburriéndote.
—En lo absoluto, me gustaría saber muchas más cosas de vos, pero… ¿qué te parece si vamos marchando? Ya está cayendo la noche y podemos seguir la charla camino a nuestros alojamientos.
De esa forma, una vez que pagaron la cuenta —en realidad pagó todo Mateo, quien no dejó a su nuevo amigo pagar lo suyo—, los chicos salieron y cambiaron la conversación.
—¿Estás parando en un hotel o en un departamento? —preguntó Mateo.
—Estoy alojado en un hotel, ¿y vos, qué onda?
—Yo me alojo en unos departamentos que se alquilan por día a turistas.
—Buen dato, lo voy a tener en cuenta para un futuro viaje, ya que debe ser más cómodo que un hotel y seguramente más barato —expresó Tomás como para hacerse el viajado, pero sin tener idea de nada.
—Sale más o menos lo mismo, solo que tenés la ventaja de poder comprar cosas para cocinarte y prepararlas en tu departamento. De otra manera, la opción es salir a comer todos los días y muchas veces es más caro o por ahí no tenés ganas de salir. Y hablando de salir, ¿qué vas a hacer esta noche? ¿Ya armaste algún plan?
—No, por lo pronto quiero llegar, bañarme y tirarme un ratito así estoy descansado para salir después a cenar.

Los chicos se detuvieron un instante al llegar a una esquina. Mateo sacó un teléfono celular de última generación y abrió una aplicación que tenía unos mapas. Le preguntó a Tomás dónde estaba su hotel y, tocando con el dedo índice la pantalla, chequeó las distancias a las que se encontraban.
—¡Hey, estamos a pocas cuadras!
—¿Qué cosa?
—El Google Maps me dice que estamos a pocas cuadras de distancia.
—¡Ah! —exclamó Tomás.
Mateo lo miró e hizo un gesto bajando una de sus cejas y frunciendo el ceño.
—No tenés la más puta idea de lo que te estoy hablando, ¿verdad?
—La verdad es que no… —respondió Tomás con sus mejillas como dos tomates.
—Mirá, esta es una app donde ponés las coordenadas y te ayuda a ubicarte. Es un mapa-brújula.
Tomás se asomó por entre los brazos de Mateo y puso su nariz casi sobre la pantalla del dispositivo. Éste, lo observaba. Le causó gracia la actitud, pues estaba como un niño que ve el mar por primera vez.
Sonrió, y algo en su interior se estremeció. Sintió algo lindo, algo diferente, algo que nunca había sentido al estar al lado de una persona. Dejó que Tomás tocara la pantalla y, al cabo de un rato, guardó el teléfono y lanzó una invitación.
—Bueno, ¿qué te parece si vamos a cenar a un buen lugar y te muestro lo mejor de la noche de París? Conozco muchos lugares copados.
—Me gusta tu idea —respondió con seguridad Tomás.
—¡Buenísimo!
Dicho esto, los chicos se despidieron y cada uno marchó a su destino.
Tomás, caminando torpemente con las manos en los bolsillos, silbando bajito y repasando todo lo que había vivido en el día. Mateo, en cambio, se quedó parado viéndolo alejarse, procesando un solo pensamiento que le daba vueltas en la cabeza, el mismo que un momento antes lo había ensimismado cuando se quedó en silencio mirando a Tommy: «Me fascina una persona con profundidad intelectual y emocional, que se apasiona con lo que la moviliza y no teme decirlo».
CAPÍTULO 4
DOMESTICANDO A MATEO
TRES CAJAS
OLEGARIO
—¡No te puedo creer lo que me contás! —gritaba la voz de un joven al otro lado del auricular del teléfono.
Tomás había iniciado una llamada de video con uno de sus hermanos, Juan Segundo, quien era el menor de los tres y con quien más afinidad sentía.
—¡Cuando vi las noticias en la televisión ni me imaginé que podías estar ahí!
—Sí, por suerte no nos pasó nada, pero fue un momento de mierda —respondió Tomás.
Juan Segundo hacía muecas con su boca, se agarraba el pelo —que era un poco más rubio que el de su hermano Tomás y algo más largo también—, y hacía una dramatización de todo lo que habían vivido los chicos argentinos durante la visita a Notre Dame. Pero una de las cosas que más sorprendían era la forma en que hablaba con su hermano sin ninguna clase de filtro.
—Me imagino… ¡y qué loco lo del argentino que conociste, man! ¿Qué onda el chabón? —preguntó haciendo un gesto de burla.
Tomás se quedó un momento en silencio y luego miró la pantalla de su teléfono que se empeñaba en mostrarle cómo su hermano menor contenía una risotada.
—¿Cómo qué onda?
—Sí, ¿qué onda el flaco? ¿Es un amigo, un amor de vacaciones o un futuro novio? ¿Te invitó a salir o lo invitaste vos?
—¡Pará, pará un poco, loco! ¿De qué estás hablando, Juanse? Nos conocimos en una circunstancia bastante rara. Vamos a salir a conocer la noche parisina, pero nada que ver con el flaco. Después de todo, ¡que yo sea gay no significa que todo el mundo lo sea!
El menor de los Prado sostenía una risa burlona y desconfiada; con esa expresión continuó interrogando a su hermano.
—¿Y qué tiene que ver? ¿Te dijo si salía con alguien? ¿Le preguntaste si había besado alguna vez a un chico?
Tomás ladeó la cabeza, levantó las cejas y miró hacia arriba, como buscando un punto en el horizonte donde perderse. Con ese gesto solía demostrar incomodidad o que algo lo ponía nervioso. Retomó la charla y, bajando un poco el tono del diálogo, siguió relatando lo sucedido horas antes.
—La verdad es que hablamos poco, después de salir del despelote que se armó en la catedral, nos fuimos a un pequeño restó y allí algunas cosas me contó. —Tomás recordó fácilmente—. Por ejemplo, que se separó de la mujer hace un tiempo y estaba tratando de reencaminar su vida.
—¿Ah, sí?
—Sí…, pero te digo algo: la sensación que me dio cuando lo conocí fue que el flaco estaba un poco deprimido. —Reflexionó dos segundos—. Ahora que estuvimos hablando, me dio la impresión de que estaba equivocado.
—¿En qué sentido estabas equivocado? —Juanse moría de curiosidad.
—En que, cuando estábamos encerrados, me dio la sensación de que estaba esperando a que algo pasara, como si deseara que algo malo le ocurriera…
Juanse dejó de hacer morisquetas con la cara y su expresión se tornó seria.
—¿Hizo algo o viste algo que te hiciera sospechar de la actitud del chabón?
—No, pero mi instinto me decía eso. De todas formas, cuando salimos de ahí y fuimos a tomar algo, ya no tenía la misma impresión —confesó Tomás. Bajó la cabeza, gesto que a su hermano no se le escapó.
Tras una pausa, Juanse volvió a la carga con su indagatoria.
—Eso es porque lo conociste un poco más y no te quedaste solamente con la “cáscara”.
—Puede ser —asintió Tomás—. De todas formas, me quedó una buena impresión de Mateo.
Y ya sin poder aguantar la tentación, Juan Segundo soltó una risotada burlona al grito de:
—¡Ay, Mateíto! ¡Me muero muertooooo!
Tomás se contagió la risa e imitó a su hermano menor por un momento, luego del cual la charla continuó.
—No te burles, che… Además, el flaco tuvo historias con mujeres y, si bien no te voy a negar que es lindo, no creo que tenga otras intenciones más que no estar solo y pasarla bien con algún compatriota. Y la verdad es que yo en este momento no creo estar en condiciones de tener nada con nadie.
—Lástima… —se lamentó Juanse—, te puse en el bolsillo de la valija tres cajas de preservativos por las dudas…
—¿Qué cosa?
—Preservativos, condones, profilácticos, forros, ¡llamalos como quieras!, me aseguré de que estuvieras cubierto por si algo surgía… y es evidente que los vas a usar… —sonrió maléficamente Juanse—. Ah, y en el necesaire también te puse un pomo con lubricante acuoso, por las dudas…
Tomás se había puesto de color bordó. Estaba acostumbrado a estas charlas con su hermano, pero generalmente era él quien lo aconsejaba para cuidarse, y nunca había sido al revés.
—Qué boludo que sos…
—¿Acaso vos no me decís siempre que me cuide? Bueno, ahora te devuelvo el favor.
Tomás puso sus ojos en blanco y sus mejillas volvieron a descomprimirse. Sin embargo, el muchachito desde Argentina seguía divagando:
—Ya me imagino a vos y Mateo de garche… ¿Es muy grandote?
—¡Juanse, cortala!
—Aunque Mateo es bastante alto, no sé cómo vas a hacer para treparte hasta él, bueno, igual dicen que la cama lo nivela todo… y hay otra cosa, si el flaco es tan grande como me lo imagino, si te agarra… ¡no vas a poder caminar por varios días! —El joven explotó en una risotada.
Tomás sintió que la presión sanguínea le aumentaba, nuevamente se sonrojó; pero por otro lado algo de lo que decía su hermano lo tocó, aunque no lo quiso reconocer.
—¡Sos bravo, pendejo! Bueno, dejá de decir tantas pelotudeces juntas… aunque de todas formas, gracias por preocuparte… ¡y tenerme tanta fe como para poner semejante cantidad de forros! ¿Tres cajas? ¿En serio?
—Tres cajas de seis forros cada una, ¡y de los ultra resistentes, eh! —exclamó con orgullo Juanse, haciendo un gesto de triunfo.
—Qué chabón bravo que sos… gracias. —Fueron las palabras de Tomás bajando el tono de la conversación.
Del otro lado de la pantalla del celular, Juan Segundo cambió nuevamente su expresión y ahora su rostro mostraba empatía, ternura y, sobre todo, sinceridad. Con ese sentimiento que lo unía a su hermano del medio en una suerte de cofradía, abrió su corazón y sin dar rodeos declaró:
—Acordate de lo que te dijimos con Ana el día que te despedimos: disfrutá y no te cierres a nada… ¡Quién te dice que terminan juntos ustedes dos!
—¡Callate, loco! —exclamó Tomás.
—¿No me dijiste que el policía pensaba que eran novios? ¿Cómo reaccionó a eso?
—No sé. —Lo pensó por un segundo—. No reaccionó, y creo que ni escuchó lo que dijo el poli.
—Sos muy ingenuo, no parece que fueras mi hermano mayor.
—¡Y vos sos un pendejo peleador! En realidad, soy el hermano del medio y, ya que lo mencionás, ¿qué noticias hay de nuestra hermana mayor?
—¿De Ana?
—¿Acaso tenemos otra hermana mayor? —preguntó Tomás con sarcasmo.
—No que yo sepa…
—¡Sí, de Ana, boludo! ¿De quién más te voy a estar hablando?
—¡Bueno che, calmateeeee! —exclamó Juan Segundo—. Estaba un poco engripada por la época del año acá en Buenos Aires, pero nada grave, se tomó unos días en el estudio hasta que se cure la gripe.
—¿Y los sobris, cómo están?
—Los gemelos están muy bien, siguen recuperándose lo más bien de la operación y, por suerte, no se contagiaron la gripe.
—Mejor así —se alegró Tommy—. Mandales un beso a todos los enfermos de parte mía.
—Perfectirijillo —bromeó Juanse.
Los hermanos se quedaron un momento en silencio, ambos sonreían a cada lado de sus pantallas, tal como solían hacerlo cuando sentían que todo estaba bien.
—Bueno, nene, te voy a dejar que me tengo que bañar antes de salir…
—¡Con tu novio! —completó Juanse en plena risotada.
—¡Callate! —bufó Tomás como si fuera un toro.
—¡No te calentés que te estoy jodiendo! Bueno, te mando un abrazo y teneme al tanto de las novedades —se despidió el hermano menor de Tommy haciendo el gesto de la paz con sus dedos.
—Está bien, te mantengo al tanto…
—¡Ah! ¡Esperá, no me cortes!
—¿Qué pasa?
—Cuando puedas, escribile o llamalo a Oleg, que estaba preguntando a ver cómo estabas.
—¿Estuviste con él?
—Sí, hoy cuando volvía de regar las plantas de “tu casa”. —Juanse hizo hincapié en esta frase dado que era una tarea que mucho no le gustaba hacer—. Pasé a la vuelta por su restaurante y me quedé un rato conversando con él, ya que pocas veces está en Argentina. Me dijo que se habían estado escribiendo por celu…
—Sí, nos estuvimos whatsappeando y le fui contando un poco cómo iba el viaje, en especial porque él acá siempre juega de local cuando viene.
—¡Sí, Oleg es un capo! Si no fueran tan buenos amigos, sería el novio ideal para vos, Tommy.
—¡Otro más con ese tema…! —exclamó Tomás al borde del hartazgo.
—¡Bueno, che, yo decía! Qué carácter del orto que tenés. —Juan Segundo lanzó una carcajada, en tanto su hermano simulaba colgarse de una soga invisible y ahorcarse.
Los hermanos bromearon y conversaron unos minutos más.
—Bueno, péndex, ahora te dejo, y portate bien. Mandale un beso a tu novia de mi parte… ¡y vos también cuídate!
— ¡Sí, papá! —graznó Juan Segundo.

No bien terminó de hablar con su hermano, Tomás buscó en la agenda de su celular y marcó el número que decía: “Oleg, mejor amigo”. A los pocos segundos, del otro lado de la pantalla se hizo visible la estampa de un elegante hombre que tendría la edad de Tomás y que, con un raro acento francés en la voz, respondió la videollamada:
—¡Tommy! ¿Cómo andás, amiguito? ¡Me tenés abandonado y sin noticias de tu viaje!
—¡Que hacés, Oleg querido! Nada que ver, recién volví de la calle y tengo un poco de tiempo para hablar con la familia y los amigos, aunque vos sos ambas cosas.
Olegario de pronto hizo una mueca de sarcasmo.
—¿Qué pasa que estás tan comunicativo y a la vez tan risueño, vos?
—¿Qué decís, Oleg? —Tomás se sonrojó como un tomate bien maduro.
—Que no estabas con demasiado ánimo la última vez que hablamos, evidentemente, el viaje te está sentando bien… ¿O acaso hay algo más que no me estás contando?
—Nada que ver, ando como siempre.
—Está bien, ponele que te creo —dijo Olegario con un cambio de expresión—. ¿Estás bien? Cuando escuché lo sucedido en la Notre no lo podía creer…
—Sí y, en realidad, si estoy como estoy ahora, es por algo que pasó ahí…
—¿Qué pasó? —La portentosa voz con acento francés daba la impresión de que Oleg estaba en el mismísimo París y no en Aldea del Norte.
Y así, con un oído que amigablemente lo escuchó desde un pequeño poblado de Buenos Aires, Tomás le contó todo lo sucedido a Olegario, quien solo con escuchar el relato de su querido amigo, dedujo al instante lo que estaba empezando a pasar por el corazón de Tomás, algo que él todavía no había descubierto.

El teléfono de la habitación de Tomás sonó un par de veces. El muchacho peleaba con su pelo lacio frente al espejo del baño, y era claro que estaba perdiendo la batalla. A la segunda vez que comenzó a sonar lanzó un bufido y, blandiendo un cepillo de cerdas negras en actitud amenazante, acudió a atender la llamada.
—Allô? —dijo en un francés muy malo.
—Bonjour, monsieur Prado. —Se escuchó la voz de una mujer del otro lado que hablaba español con un marcadísimo acento francés.
—Bonjour, mademoiselle.
—Monsieur, lo llamo de la recepción, hay un señor llamado Mateo que lo busca.
—Muchas gracias por el aviso, ya bajo.
Al cabo de unos cinco minutos y, luego de pelear cuerpo a cuerpo con el cepillo y un peine, Tomás bajó presto para disfrutar la noche parisina.
En el lobby del hotel lo esperaba su nuevo amigo.
—¿Listo para cenar en París? —preguntó solemnemente.
Tomás miró de arriba abajo a su amigo y creyó estar en presencia de algún súpermodelo de fama internacional.
—Sí, Mateo, más que listo. Aunque creo que me vestí demasiado informal para la ocasión, en comparación con vos que parecés salido de una revista de modas… Ni Oleg te llegaría a los talones…
—¿Oleg? ¿Quién es Oleg? —preguntó Mateo con una sonrisa que dejó ver un rostro que ahora tenía vida, a diferencia de unas horas antes.
—Olegario De Almeida.
—¿El modelo?
—Ese mismo…
—¿Lo conocés?
—Sí, claro…
Mateo se cruzó de brazos por un momento. Ladeó levemente su rostro y miró con aire de pensador. Luego de una breve meditación dijo:
—¡Ya sé, fue tu novio!
—Nada que ver, es mi amigo… —respondió Tomás con una sonrisa.
—¿Sí?
—Sí. De hecho, trabajó y vivió muchos años en esta ciudad, y ahora se instaló definitivamente en Aldea del Norte.
—Qué casualidad… —Mateo sonrió con ironía.
—Así es, su papá es nativo de aquella zona, y Oleg quiso volver a las raíces. Por lo que se mudó hace unos pocos años al pueblo donde vivo y allí instaló un restaurante…
Mateo continuaba de brazos cruzados observando y escuchando.
—¿Un modelo que tiene un restaurante? Eso suena muy raro…
—Si conocieras a Oleg, verías que no es así…, él es muy emprendedor y está cumpliendo ahora su sueño de…
Mateo no lo dejó terminar. Sin ser irrespetuoso le dijo:
—Bueno, si te parece vamos saliendo, y me contás toda la historia de Olegario.
—Me parece genial.
Tomás llevaba puestos un pantalón jean azul con algunas zonas desgastadas o directamente rotas y en la parte de arriba una remera negra con un dibujo un tanto psicodélico que resaltaba los rasgos de su cara blanca como un mármol. La excepción la daban unas casi imperceptibles manchas de rosácea en los pómulos. En los pies, vestía zapatillas del mismo color de la remera; y atado al cuello llevaba una camperita negra con capucha de algodón. No le gustaba usar reloj pulsera ni era amante de llevar demasiadas cosas, así que su outfit se limitaba a lo descripto más un único accesorio. Se trataba de una pequeña pulserita de tiento con unas cuentas de color negro brillante en su muñeca izquierda.
Sin embargo, Mateo era una versión opuesta. Estaba vestido de forma moderna pero a la vez relajada: llevaba una remera blanca que hacía resaltar unos brazos musculados y bronceados, al igual que lo estaba su rostro. Un pantalón gris de gabardina, a juzgar por la tela fina y de calce achupinado, unas zapatillas bien blancas que parecían pintadas con el mismo blanco de sus dientes y una camperita negra que traía en la mano. Mateo tenía buen gusto para vestirse, era sobrio pero con carácter.
—A propósito, Tommy, ¿adónde estamos yendo?
—Es una sorpresa, solo te diré que es un restaurante que está a unas calles de acá y que tiene la mejor cocina francesa.
Habían caminado un par de cuadras desde que salieron del hotel, hasta que Tomás se detuvo frente a un restaurante, cuya fachada tenía reminiscencias de la Belle Époque; pero que sin embargo evidenciaba haber sido acondicionado con un toque ultramoderno.
Un cartel en color negro mate con letras góticas blancas, iluminado por haces de luz incandescentes anunciaba el nombre del prestigioso restaurante: “La place des modèles”.
—¿El lugar de los modelos? —preguntó con inocencia Mateo.
—Así es… —respondió misteriosamente Tomás.
Los chicos ingresaron a una suerte de vestíbulo donde fueron recibidos cortésmente por una mujer alta como una palmera y portadora de una belleza tan exótica como refinada. Una sonrisa amable que se perdía en un rostro aceitunado, iluminado por dos enormes ojos verdes y coronado por un peinado de negros cabellos recogidos los saludó con un: “Bonsoir, Tommy”.
—Bonsoir, ma chérie —respondió el muchacho dándole un beso a la maître del lugar—. Giselle, él es mi amigo Mateo.
—Enchantée —pronunció la joven hundiendo sus mejillas como si se le hubiera tapado la bombilla del mate.
—Également. —Fue la respuesta de Mateo en un excelente francés.
A continuación, la anfitriona les pidió que la siguieran. Los llevó hasta sus lugares, donde se detuvo frente a una mesa redonda cubierta por un mantel de seda blanca que estaba rodeada por dos sillas estilo Luis XV, tapizadas con un brocato aceitunado. Coronaban la mesa un candelabro de plata, copas de agua y vino; y una serie de accesorios típicos del lugar. Las melodías del piano de Beethoven, llenaban mágicamente el ambiente con “Para Elisa”.
—Guau —dijo Mateo mientras tomaban asiento—, en verdad te has lucido, no me imaginé que terminaría la noche en un lugar así. ¿En qué momento conseguiste la mejor ubicación en el restaurante si está lleno?
—Me los reservó hoy Oleg.
—¿Oleg? ¿Tu Oleg? —dijo en tono burlón.
—Sí, y es mi amigo, ya te dije. Le comenté hoy que te había conocido y quiso agasajarnos en su restó.
—¿Este boliche es de él? —preguntó en tono de broma Mateo.
—¡Sí! Es uno de los restaurantes más importantes de París y es propiedad de Oleg y unos amigos modelos. ¿Por qué te creés que se llama así el lugar?
—Creo que entiendo —Mateo sonrió sorprendido.
—Estimados, por favor, tomen sus lugares —los interrumpió Giselle.
Luego de sentarse, los chicos tomaron unas servilletas de seda blanca y las apoyaron sobre sus regazos mientras recibían las cartas con el menú. La muchacha presentó al mozo que atendería su mesa y regresó a la recepción. Mateo comenzó a hojear unas comidas cuyos nombres eran un tanto difíciles de traducir, y se encargó de explicarle en detalle en qué consistía cada plato, haciendo que por momentos Tomás se quedara observándolo. Estaba sorprendido de cómo Mateo se manejaba en lugares que no eran habituales y la facilidad con que hacía ver hasta las cosas más difíciles, como en su caso, que era saber el significado de las palabras en otro idioma. Sentía que el hombre con el que estaba por compartir una cena no era el mismo joven triste y temeroso que había conocido horas antes; y eso también lo alegraba.
No pudo dejar de recordar la conversación con su hermano y, sin darse cuenta, lo miró de manera diferente. Como si fuera el vigía de un faro lo recorrió con su mirada, deteniéndose por momentos a sonreírle y a festejarle cualquier nombre o cosa que Mateo dijera. De pronto recordó la premonición de Juan Segundo y, como un acto de supervivencia, al instante reprimió el pensamiento que empezaba a alborotarle las hormonas.
—¿Qué te parece este plato? —Mateo señaló en el menú algo que tenía como ingredientes boeuf, pommes de terre et salade des haricots.
Tomás, con su muy básico nivel de francés, no entendió nada, sin embargo, al ver los dibujos del menú entendió que era algún tipo de carne con papas y ensaladas, por lo que asintió y pidió la sugerencia de Mateo. Siguió el pedido de las bebidas, que fue algo más simple y sin tanta vuelta.
—¿Qué vas a tomar, Tommy?
—Un agua sin gas, por favor.
—¡Aburrido! —sentenció Mateo—. Yo voy a tomar una copa de vino de la casa.
Una vez que eligieron su cena, el mozo que los atendía les trajo unas transpiradas copas de champán, hasta tanto llegara la comida. Hicieron un brindis, muy parecido al que habían hecho por la tarde, y comenzaron a soltarse un poco más.
—Bueno, acá estamos…
—Sí, acá estamos —agregó Mateo.
—Che, no seamos tan formales, después de lo que pasamos hoy ya somos como hermanos —dijo Tomás riéndose.
—Tenés razón, y bueno, ya que tocaste el tema, ¿tenés hermanos? ¿Cómo es tu familia?
—Tengo dos hermanos más, una hermana mayor llamada Ana, que es abogada, está casada con Pablo, y tiene dos hijos: Ástrid y Alex. Después, tengo un hermano más chico que se llama Juan Segundo, pero le decimos Juanse. Él es ingeniero, y está de novio hace unos meses con una chica llamada Paula.
—Así que sos el hermano del medio, el conciliador de la familia.
—No creas, no siempre soy conciliador… ¡generalmente soy al que no le dan ni cinco de bola y se termina cagando a golpes con los otros dos!
Mateo soltó una carcajada.
—¿Y qué diferencias de edades tenés con ellos?
—Veamos: Ana tiene 38, yo 33 y Juanse 26.
—Ah, son grandes.
—Sí, ya somos grandecitos todos. ¿Y vos?
—Yo tengo solamente una hermana, melliza —dijo Mateo con una sonrisa que le iluminó el rostro—. Se llama Elisa y tenemos 35… y ¿querés saber algo loco? Cuando nació, el tema que sonaba recién era el favorito de mi viejo, y en honor a él la llamaron así.
Tomás sintió en ese momento que Mateo poco a poco se abría y le mostraba una faceta desconocida hasta entonces. Pudo ver que quería mucho a su hermana y se asombró de la forma que tomó el lenguaje del joven al referirse a ella.
—Es reloco lo que me decís, no imagino lo que debe ser tener una hermana melliza.
—Sí, de chicos era muy loco y nos peleábamos mucho, pero ahora de grandes somos muy compañeros.
—Qué lindo, ¿y tus viejos?
—Tengo a mi mamá solamente, mi viejo murió cuando éramos chicos y mi vieja heredó el negocio de la familia. Ella se encargó de continuarlo y de criarnos a nosotros. Tiempo después se volvió a casar y rearmó su vida.
—Entiendo —dijo Tomás en tono condescendiente—. Nosotros perdimos a nuestros viejos hace unos años en un accidente de tránsito, para esa época mi hermana estaba casada y tenía su vida armada.
—¿Y qué pasó con vos y con tu hermano? —se interesó Mateo.
—Yo vivía solo en Aldea del Norte, así que Juanse se vino a vivir conmigo y así fuimos “criándonos”, hasta que él se recibió en la facultad y al poco tiempo se independizó también. Actualmente, vive en un departamento en la ciudad, a unos pocos kilómetros de la Aldea.
Mateo esbozó una sentida sonrisa y tomó una actitud compasiva. Algo en el relato de Tomás le estaba generando una sensación que hacía mucho no tenía y trataba de descubrirla. Así y todo, siguió escuchando con atención.
—Interesante, deben ser una familia muy unida. —Fue todo lo que salió de sus labios.
—Sí, sobre todo con mis hermanos soy muy pegado.
El mozo comenzó a traer las bebidas y minutos más tarde hizo su aparición con una elegante bandeja de plata en la que traía los platos que degustarían los argentinos. Una vez que tuvieron servida su comida, Tomás y Mateo brindaron y se dedicaron a saborear la exquisita cena. Permanecieron unos minutos en silencio, el que era interrumpido por el ruido de los cubiertos contra la porcelana. Como música ambiental, en un volumen muy bajo, se escuchaba un tema pop en francés, que Mateo identificó como “Ella”.
Con este ritmo, el lugar tenía una sincronización perfecta de camareros que iban y venían en medio de ese caos de clientes que entraban y salían del elegante y popular restaurante. Cuando cada uno de los argentinos comenzó a probar sus bocados, fue inevitable comenzar un nuevo diálogo, solo que esta vez sería más profundo.
—¿Mateo, y que me contás de vos? Me dijiste que viajabas solo…
—Sí —respondió el morocho limpiándose la boca con la servilleta, luego bebió un sorbo de vino—. Yo soy divorciado, estuve casado por seis años, con quien fuera mi novia de la universidad.
—¿En serio? ¿La conociste en la universidad y después se casaron? Pensé que eso pasaba solo en las películas —dijo Tommy riéndose, hasta que de pronto se dio cuenta de que el semblante de su interlocutor había cambiado al hablar de este tema, por lo que el muchacho de pelo azafrán se disculpó.
—No te hagas problema, está todo bien. Te cuento un poco: los dos estudiamos Ciencias Económicas y nos graduamos con un año de diferencia. Yo seguí luego haciendo posgrados al mismo tiempo en que me metía en la empresa de la familia. Ella, por su parte, prefirió ir por otra rama, trabajando en una multinacional con la que viajaba mucho. Cuando me acuerdo de lo que vivimos, a veces, me agarra un poco el bajón, pero lo que pasó, pasó; como dice la canción.
—¿Tenés hijos?
—No, lamentablemente, no.
El rostro de Mateo de pronto se ensombreció. Una palidez en pocos segundos se apoderó de la expresión del hombre de pelo oscuro al punto que Tomás pensó que se desmayaría en cualquier momento. Se quedó en silencio unos minutos y seguidamente tomó aire, se recuperó y siguió diciendo:
—Ambos le habíamos dado mucha prioridad a nuestra carrera; algo que no me parecía mal, puesto que los dos estábamos creciendo. Con el paso del tiempo, quise armar una familia, pero Laura creía que todavía no era el momento adecuado, y eso llevó a nuestro divorcio.
—¿Quién es Laura?
—Mi exesposa.
—Ah, ok. ¿Y después de eso? ¿Cómo seguiste con tu vida?
—Después de eso, debo confesarte que estuve mal, las cosas no terminaron muy bien; si bien por un lado estaba un poco más aliviado de mantener una relación que no iba ni para atrás ni para adelante…
—¿Y por el otro?
—Por el otro lado, empezaba a sentir la soledad. Imaginate, volver a vivir a mi departamento de soltero, dejar una casa a la que llamaba ‘hogar’, empezar de vuelta, me sentía otra persona; sentía que no era yo al que le sucedía todo eso.
—Te entiendo, creo que a nuestra edad a muchos nos ha tocado pasar por eso.
Mateo sonrió levemente y dijo casi como en tono de broma:
—Nada viene con garantía hoy.
—Es verdad —respondió Tomás con la misma sonrisa.
Entre charlas y confesiones transcurrió la cena. Al terminar y, después de agradecer al garçon y a Giselle la buena atención, los muchachos emprendieron la retirada. Estando en la vereda y dado que se encontraban a pocas cuadras del hotel donde se hospedaba Tomás, Mateo se ofreció a acompañarlo hasta allí y luego seguiría en taxi hasta su apartamento.
Cuando llegaron a la puerta del hotel, notaron que presentaba una inusual actividad. Eso se debía a que el ecléctico lugar tenía un bar cuya carta de tragos atraía a mucha gente de la zona; mayormente turistas y algún que otro paisano. Los argentinos se quedaron observando el movimiento de gente y Tomás hizo una propuesta.
—Mateo, el lobby tiene un bar muy copado, ¿qué decís de tomar algo y seguir con la charla? Yo invito.
—Mmmm, no sé, Tommy, mañana quiero empezar temprano mi recorrido, ya que quiero aprovechar mi último día en París.
—¡Qué mala onda la tuya! —exclamó con una sonrisa Tomás.
—Te estaba jodiendo…, me hablaron muy bien del bar de este hotel. ¿Sigue en pie la invitación?
—¡Obvio, entremos antes de que me arrepienta!
Se sentaron en la barra, pidieron lo que iban a tomar a un joven bartender y retomaron la conversación que habían empezado en el restaurante:
—¿Y qué hacés ahora en Buenos Aires, Tommy, qué actividad emprendiste? —preguntó Mateo mientras tomaba un sorbo de un trago color rojo.
—Monté un estudio relacionado con mi profesión. Como hobby, escribir, aunque me gustaría en un futuro no muy lejano poder despegar como escritor profesional.
—Deduzco entonces que te gusta mucho leer…
—Sí, soy un lector empedernido y además trabajé de muy joven como profesor ayudante en Lengua y Literatura. Siempre estoy leyendo algo…
Mateo lo interrumpió.
—¡Sí, como el libro de los chicos enamorados! —bromeó lanzando un beso al aire.
—Qué boludo —Tomás lanzó una carcajada y siguió diciendo—: es que los libros siempre han sido importantes, siempre he sentido que me enriquecen la vida, siento que forman, fomentan la inventiva, la imaginación y el espíritu crítico.
Se hizo un silencio que Mateo se encargó de romper.
—¿Y no te preocupa que, con el avance de la tecnología, puedan desaparecer?
Tomás amplió sus ojos y alzó sus cejas, se quedó pensando la respuesta.
—No sé si eso pasará, es una realidad que no se puede descartar; ojalá que el avance de los medios audiovisuales no lo marginen, puesto que eso me hace pensar también que empobrecería mucho la existencia de las personas.
Mateo frunció la frente y torció a un lado la cabeza.
—¿Por qué creés eso?
El contrapunto que se daba era pintoresco, Mateo y Tomás parecían ajedrecistas, cuya dialéctica conformaban las piezas de su tablero. Ahora le tocaba mover al rubio.
—Te doy un ejemplo: en mi opinión, cuando un libro llega a una pantalla, se convierte en un entretenimiento para divertir o emocionar de forma pasajera, superficial —comenzó diciendo Tomás—. Ojo, hay muchas cosas muy buenas en las pantallas, pero el efecto es mucho más pasajero y mucho más superfluo que el de la literatura, la de grandes literatos, aclaro esto porque también hay mucha literatura superficial. Por eso también creo que el lenguaje se ha ido empobreciendo…
—A ver, me interesa ese concepto, me dejaste pensando —dijo Mateo acomodándose en la butaca, como disponiéndose a debatir más a fondo acerca del tema.
—Me refiero a que ninguna otra disciplina te hace conocer la mejor manera de utilizar las palabras, de enriquecer el idioma y de enriquecerte a vos mismo como lo hace la literatura. Eso solo se aprende leyendo, y entonces se produce lo que pasa hoy, que cada vez se usan menos palabras.
—¿Vos decís? —Mateo se tocó la barbilla.
—Sí, y de esta forma el vocabulario se va reduciendo, pues la gente va necesitando menos palabras porque se van educando para el lenguaje de una pantalla y, si no, fijate solamente con usar el celular —ni hablar de una computadora— cómo se va deformando la forma de escribir, pero claro, esto es una opinión muy mía.
—Quizás es solamente porque la moda es así y, con el tiempo, si se pone de moda de nuevo leer, esto seguramente cambiará —afirmó Mateo con un tono no muy convencido de lo que estaba diciendo, pero quiso aportar algo.
—Posiblemente, sin embargo, creo que las personas que escriben o se manifiestan así también deben pensar así, la expresión siempre viene acompañada de un pensamiento y, si vos te expresás de esa manera tan básica o elemental, tu pensamiento se vuelve básico y elemental. Y eso no lo reemplazan las computadoras, por más avanzadas que sean.
—¿No? —preguntó con inocencia Mateo.
—No —respondió firmemente Tomás—. Porque a la hora de expresarte lo vas a hacer de una manera muy pobre e incluso caricatural si no tenés una formación de buenas lecturas que, entre otras cosas, te permitan conocer tu idioma. Es curioso lo que pasa con este fenómeno.
—¿Qué significa eso?
—Que, por un lado, hay una revolución tecnológica que busca mejorar la vida de la gente y, por el otro, veo un empobrecimiento increíble del lenguaje.
—Viéndolo así, tenés mucha razón, tu pensamiento es muy profundo, me has sorprendido —concluyó Mateo, quien se quedó un lapso de tiempo pensando. Cuando salió de ese sopor agregó—: Fuera de lo laboral, ¿qué otras cosas hacés? ¿Practicás algún deporte, hacés alguna otra actividad?
—Me gustan los deportes, sobre todo los de equipo, en el secundario jugué en el equipo de volleyball del colegio, pero actualmente no practico ninguno, aunque sí me gusta ver algún que otro partido que pueda resultar interesante.
Mateo lo miró de arriba abajo como si fuera un médico examinando a un paciente y dijo:
—Pero te mantenés en forma, man.
—Eso es porque voy a un gimnasio donde hago un poco de todo: entreno regularmente, meto un poco de cinta o bici y de vez en cuando suelo engancharme con alguna actividad que hagan, tipo alguna maratón corta o algo así.
—Qué interesante, nunca lo hubiera adivinado.
—¿Qué?
—Para empezar, pensé que tenías alguna actividad relacionada con el arte; digo, por cómo hablás, cómo te movés; pero nunca imaginé que estaría frente a un profesional de los números y futuro escritor.
—¿Eso es bueno o malo? —Tomás ladeó la cabeza.
—Disculpame, no quise que sonara así. Solo te detallaba lo que no pude ver de tu perfil, como te dije antes, hubiera pensado que tu profesión era cualquier otra…
Y allí Tomás esbozó una sonrisa que era el preludio de alguna de sus típicas puestas en escena:
—Cuando era chico mi abuela me decía que iba a ser médico, comisario de a bordo de un avión o sacerdote…
—¿Sí? —preguntó inocentemente Mateo.
—¿Cafecito o una hostia para el señor? —bromeó Tomás.
—¡No podés ser tan hijo de puta! —exclamó Mateo en medio de una carcajada.
—Callate, ridículo.
Ambos sonrieron y Mateo cambió de tema:
—¿Y qué planes tenés para mañana?
—Bueno, tengo un pase para ir al Louvre y después pienso recorrer algunos lugares típicos como el barrio de los pintores, el Museo de Orsay, Les Champs-Élysées, el barrio Latino y terminar la noche haciendo el paseo en barco por el Sena, dicen que es lo más porque se ve París de noche.
—¡Apa!, eso es todo un plan, conozco esos lugares y, si me permitís, te voy a hacer un itinerario de dónde empezar tu recorrido, qué lugares son baratos y en cuáles tenés que tener cuidado, pues muchos se aprovechan de los turistas “tiernos” y les parten la cabeza con lo que les cobran.
—¿Tiernos? ¿Te parezco tierno? Ja, ja, ja.
—Me refiero a los turistas que son nuevos, acá los huelen enseguida…
—Ya sé, ya sé. Lástima que ya conozcas esos lugares, si no te invitaba a que me acompañaras. ¿Qué vas a hacer vos? —preguntó Tomás.
—Tengo pensado recorrer primero el Parc des Princes.
—¿Ese es el estadio del París Saint-Germain?
—Así es, me gustaron los deportes desde chico, jugué en el equipo de rugby de mi colegio en el secundario y después un tiempo en el club al que siempre fui. También me gusta mucho el fútbol y siempre que puedo me engancho con algún picadito con mis amigos, aunque ahora nos juntamos cada vez menos. Por eso también es que después de visitar el estadio de los príncipes voy a visitar el Camps des Loges que es el centro de formación del club. De ahí quiero ir a visitar el Estadio de rugby Jean Bouin; y, si me queda tiempo, hacer el Court Philippe-Chatrier.
—¿Ahí juegan al tenis?
—Sí, señor, allí juegan el torneo de Roland Garros —dijo Mateo orgullosamente—. Para la noche seguro voy a estar de vuelta; y podría acompañarte al viaje por el Sena y despedirme de París, ¿qué te parece?
—Me parece una idea magnifique —bromeó Tomás intentando imitar el acento francés.
—Bueno, ahora tomá nota que te voy a pasar un par de consejos de dónde empezar tu viaje.
De esta forma, luego de armarle un listado de consejos y recomendaciones para que el itinerario de Tomás fuera todo un éxito, Mateo se despidió con un fraternal abrazo. Salió acompañado hasta la vereda del hotel y mientras esperaba un taxi no pudo evitar decir:
—Gracias por la buena onda, Tommy. Estoy contento de haberte conocido.
Los chicos se encontraban a la luz de una vieja farola. Mateo, con sus manos en los bolsillos del pantalón y Tomás, con sus brazos cruzados, quizás como una forma de guarecerse del viento fresco que recorría las calles parisinas. Frente a esta declaración, lo miró directamente a los ojos, dejando que el brillo de las luces rebotara en sus pupilas.
—Yo también estoy contento de haberte conocido, creo que esta noche vos y yo nos convertimos en el Principito y el zorro, ¿no te parece?
Mateo esbozó una sonrisa torciendo levemente la boca hacia un lado. Una fila de dientes blancos como perlas fueron la feliz respuesta al interrogante de Tomás. En medio de la escena, el vehículo de color amarillo con la luz en el techo que anunciaba “libre” se detuvo en la acera.
—Que tengas buenas noches, Tommy… y andá rápido adentro que hace frío. —Fue el saludo en un tono que sonó nostálgico.
Lo tomó por los costados de manera protectora, le dio un beso en la coronilla y se subió al auto. Cerró la puerta de este y bajó la ventanilla, en tanto Tomás se arrimó hasta quedar muy cerca de su amigo, a quien le susurró:
—Que descanses.
CAPÍTULO 5
PASEOS Y REVELACIONES
UNA CARTA
Tomás dejó sus llaves en la recepción del hotel, se miró frente al espejo para repasar su outfit: zapatillas de tenis, remera holgada y bermuda cargo, una gorra tipo gap de color azul, y un par de anteojos de sol. Abrió su mochila e hizo lo mismo: un buzo para cuando refresca, protector solar, una botella de agua, la pequeña bolsa de tela que contenía la cámara, su teléfono celular y, por supuesto, un gran mapa de París que compró en el aeropuerto.
Bajó al lobby del hotel, tomó aire y, mirando hacia una ventana que prometía un día soleadísimo, exclamó: «París, ¡ahí vamos!».
—Se preparó como para recorrer todo el País, mi amigo —dijo una cálida voz, que venía de un señor apostado en la entrada del hotel con uniforme de botones.
—Bonjour, monsieur Eugene! ¿Usted cree?
—Solo bromeaba —le dijo el portero del lugar—. Tenga cuidado con el sol que hoy va a picar un poco más que ayer, esta primavera viene brava, ¡no quiero imaginar lo que va a ser el verano!
Eugene oficiaba de botones y de portero del hotel, se trataba de un franco-español de unos sesenta y algo de años, con cara de abuelo canoso y bonachón que siempre estaba atento a dar recomendaciones a los turistas que llegaban por primera vez a la ciudad.

—¡Tiene mucha razón, hay que cuidarse! Por si no lo veo a mi regreso, que pase una buena jornada —dijo Tomás cortésmente.
—¡Igualmente usted, amigo Messi!
Eugene identificaba así a cada huésped: según su nacionalidad, le asignaba el nombre de un futbolista.
—También podría decirme Diego Armando… —dijo Tomás con una sonrisa pícara.
—Sí, pero Maradona es más italiano que argentino —respondió el botones con la misma sonrisa.
—Quedamos empatados, entonces. El próximo partido lo definimos por penales, ¿le parece?
—Me parece très bien —murmuró Eugene tratando de pronunciar el español que se le mezclaba con su francés natal.
Habiendo dicho esto, le dio la mano al botones futbolero en señal de despedida y tomó envión rumbo a su primer destino. La calle era una sinfonía de gente que pasaba en bicicletas que se mezclaban con autos, calles angostas, gente muy bien vestida que iba a sus actividades, cuando de repente, al llegar a la esquina, se encontró con un Fiat 500L que estaba estacionado con el motor en marcha, y cuyo conductor le era conocido:
—¿Mateo, qué hacés acá?
—¡Tommy!, ¿cómo estás? Te estaba esperando.
—¿A mí?
—¡No, al jorobado de Notre Dame! ¡Por supuesto que a vos, a quién más, hombre!
—¿Hace mucho?
—No, recién llegué.
—Pensé que ibas a hacer un… tour deportivo —dijo con sorpresa Tommy, pero con una sonrisa que delataba que estaba contento de encontrar a Mateo allí.
—Sí, voy a hacer esa caravana, pero a mi manera.
—¿Caravana? —repitió Tomás frunciendo el ceño como buscando entender de qué hablaba.
—Se me ocurrió que, ya que alguno de los lugares a los que iré están cerca de los que vos vas a visitar, pensé que… —dijo casi como con vergüenza Mateo.
—¿Qué?
—Que podríamos recorrer juntos París.
—¿Todavía me querés como compañía?
—Obvio, además… yo mañana me voy de Francia y vos todavía tenés más días en los que podrías recorrer tranquilo la ciudad.
Tomás se cruzó de brazos. Miró a Mateo con un gesto de asombro y a la vez de duda… De alegre duda. De feliz duda.
Sonrió, y fue el gesto de asentimiento que Mateo había estado esperando.
—Me gusta la idea, Mateo, lástima que…
—¿Qué?
—Que de haber sabido que viajábamos en auto, hubiera traído el termo y el mate.
—¿Trajiste un equipo de mate? No te creo.
—Sí, lo tengo en el hotel. Si me aguantás un poco, lo voy a buscar.
—¡Dale, te espero! —exclamó emocionado Mateo.
—A propósito, lindo auto… —se burló Tomás.
—¿Me estás jodiendo? —replicó Mateo apoyando su cabeza en el volante del vehículo.
—No —concedió Tomás, aunque enseguida agregó con una risa—: Pero debo decir que no te imaginé alquilando un auto de color amarillo y techo blanco.
—Es lo que había en la agencia, igual, si no te gusta, dejá que me voy en auto y vos arreglate en el bus de los turistas…
Mateo simuló poner primera y dejar el lugar, haciendo un gesto de indiferencia mientras soltaba una risotada.
—¡Bueno, no te pongas así, che! —Fue la alegre réplica de Tomás.
—Andá, andá a buscar el mate antes de que me arrepienta de la invitación —se quejó Mateo.
Cinco minutos después, Tomás apareció con el famoso equipo —que consistía en una exquisita pieza de cuero de vaca similar a una cesta que contenía el termo, un paquete de yerba, un poco de azúcar y edulcorante y el mate propiamente dicho con una bombilla plateada— y además, una bolsita de papel que traía unos croissants que le había obsequiado la cocinera del hotel, quien le había cargado el termo con agua caliente.
Mientras Mateo ponía en marcha el auto, Tomás cargó el recipiente con yerba mate y le volcó un poco de agua caliente. Esperando que el auto tomara envión, tomó el primero —como es la costumbre argentina— y seguidamente cebó otro y se lo ofreció al conductor del vehículo, no sin antes preguntar:
—¿Está bien el agua?
—Sí, un poco caliente pero bien.
—¿Mateo, cuál es nuestro primer destino?
—Versalles.
—¿Versalles? ¿No es mejor empezar por los estadios que están más cerca?
—En realidad, si no fuera por el tema de horarios, sí sería una buena idea, pero como los museos cierran temprano y los estadios no, lo ideal es arrancar por los lugares más lejanos. Desde donde estamos tenemos unos 43 kilómetros de viaje.
—Bien, vamos a poder matear y conversar bastante, entonces. —De hecho, tenía una pregunta en la punta de la lengua—. ¿Puedo preguntarte algo, Mateo?
—Decime.
—¿Cómo estás? Digo, después de lo que pasaste ayer.
—Bien, gracias por preguntar. La verdad es que a la noche terminé muerto y cuando apoyé la cabeza en la almohada hice un repaso de todo lo que ocurrió y, si bien me angustié, no te lo voy a negar, al recordar lo bien que la habíamos pasado luego… —Se produjo una pausa—. Bueno, eso hizo que olvidara todo lo malo que había pasado en la mañana. Y creo que en parte por eso quise salir de nuevo hoy con vos; me siento a gusto y acompañado con alguien de mi país, y más con un amigo, como en tu caso —agregó sin miedo ni vergüenza.
—Conozco la sensación —dijo Tomás mientras volvía a verter agua caliente del termo en el mate—. Este tipo de viajes sirven para conocer mucha gente copada, y yo también estoy contento de haberte conocido.
Y puesto que cuando se está en buena compañía el viaje se hace más rápido, cuando se quisieron acordar ya habían llegado al primer destino. Habían descendido del vehículo y caminaban hacia la entrada principal del Palacio de Versalles cuando el teléfono de Mateo comenzó a sonar. Se alejó unos metros, advirtió que algo pasaba.
—¿Hola? Sí, mamá… —dijo Mateo casi como en un susurro.
Tomás no pudo evitar escuchar la conversación a pesar de estar a unos cuantos metros; sin embargo, se quedó en donde Mateo lo había dejado y respetó la distancia.
—No, no, quedate tranquila, está todo bien, no pasó nada… Sí, ya sé que debí llamarte. ¿Carta? No le des bola, después hablamos bien y te explico. A la noche te llamo y hablamos bien, pero no quiero que te preocupes, ¿está claro?
Luego de la charla, cortó la comunicación y regresó hacia donde estaba Tomás que, al juzgar por el semblante de Mateo, algo lo preocupaba.
—¿Todo está bien, Mateo?
—Sí, era mi mamá, me hizo una llamada porque vio las noticias y se preocupó.
Tomás miró hacia el suelo. Con la franqueza provinciana que lo caracterizaba, no pudo evitar decir algo.
—Qué extraño…
—¿Qué es lo extraño?
—Que el incidente fue ayer y recién hoy te llamara.
Mateo bajó la cabeza. Se hizo una pausa.
—La puta que no se te escapa ningún detalle…
—Perdoname, no quiero pecar de metido —se disculpó Tomás.
—Está bien, está bien; es por un tema que quedó pendiente cuando me vine de viaje, pero ya está resuelto.
Tomás no quedó muy convencido, pero ¿quién era él después de todo para meterse en la vida de los demás? Sin embargo, Mateo ya no era alguien más en su vida a pesar de lo poco que lo conocía, y en el fondo sintió que algo no encajaba. Optó por no opinar.
—Bueno, mejor así, entonces.
—¿Qué te parece, Tommy, si seguimos con el paseo?
—Lo que vos digas.

Luego de conocer una parte del esplendoroso Versalles —dado que recorrerlo completo les demandaría mucho más tiempo del que tenían—, los chicos se trasladaron a su próximo destino: el estadio que Mateo tanto ansiaba visitar.
—Esto es asombroso, ¿no te parece? —dijo con una sonrisa de oreja a oreja— cuando llegaron al Parque de los Príncipes, hogar del equipo de fútbol París Saint- Germain.
—Sí, esto es impresionante. —Fue la respuesta de Tomás mirando a su alrededor como si estuviera frente al arco de entrada a un mundo fantástico.
Mateo estaba emocionado y le contagiaba esa fascinación a Tomás, quien solo sabía que una pelota es redonda y que el fútbol es un juego de dos equipos de once jugadores cada uno. Y, claro está, cuando se encontró en tamaño lugar no pudo evitar abrir la boca.
—¿Cómo es posible que, habiendo estado antes acá, no visitaras este estadio?
—Como te dije hace un ratito, en otros viajes que hice no me podía dar esos lujos.
La expresión de Mateo se entristeció.
—¿Lujos? ¿Qué te lo impedía? —inquirió Tomás.
—Es largo de contar…
—Entiendo.
Ambos permanecieron en silencio. Una sensación de incomodidad asaltó a los argentinos. Mateo se percató de ello y, quiso cambiar de charla.
—Antes de irnos, vení, Tommy, acercate que vamos a hacer una selfie.
Tomás entendió la intención de Mateo. Esbozó una leve sonrisa que acompañó con una mueca sacando la lengua y gritando ¡Whisky!
La foto terminó publicada en las redes sociales de los chicos. Era un viaje que poco a poco se iba cargando de momentos felices, se iba tornando cada vez más especial.
CAPÍTULO 6
MATEO, EL PROTECTOR
SE SINTIÓ MARAVILLADO
SE SINTIÓ QUERIDO
La recorrida por los lugares que estaban planificados marchaba bien. Aún se encontraban en el barrio de Saint-Germain, cuando llegaron a una zona poblada de restaurantes y bares.
—¿Qué decís acerca de parar un rato y tomar algo? —Mateo lanzó la invitación.
—Me gusta la idea, no sé qué onda este lugar, pero si a vos te gusta, por mí está bien.
Con el visto bueno de Tomás, los chicos hicieron escala en un bar de copas, lugar que era frecuentado mayormente por parisinos, por turistas y en menor escala por estudiantes de intercambio. La vedette del lugar era el vino tinto y en particular una de sus variantes: el vino caliente, que los visitantes la bebían con especias como clavo de olor, canela y piel de naranja.
Tomás miró a su alrededor y se asombró ante la diversidad de personas y lo ecléctico del ambiente: la música era local y se llegaba a escuchar alguna melodía de Edith Piaf, proveniente de una bóveda de piedra, que se encontraba en el sótano; zona en la que siempre la gente terminaba bailando. Los argentinos se ubicaron en la barra y como pudieron se hicieron entender y pidieron algo para tomar. Mateo optó por la favorita del bar y Tomás…, bueno, se inclinó por una burbujeante agua mineral San Pellegrino.
—Qué buen lugar es este, Mateo, la verdad es que estoy agotado de todo lo que caminé hoy, pero contento por los lugares que conocí.
—Opino lo mismo, loco, la pasé de diez, hacía mucho que no me divertía tanto —Mateo tomó un sorbo del vino caliente.
Tomás lo miró y no pudo evitar mirar con cierto asco la bebida de Mateo, a quien preguntó:
—¿Cómo está eso?
—¿El vino? Buenísimo, no sabés lo que te perdés. No puedo entender cómo no te gusta el vino. Alguien que no toma vino tiene un problema —dijo muy seriamente Mateo, quien por su actividad estaba acostumbrado a catar los sabores de la vitivinicultura.
—En realidad, no tomo ninguna bebida alcohólica, no me gustan. En mi casa nunca se tomó alcohol, solo para las fiestas, así que no tengo el paladar para tomar algo que no sea más fuerte que un vaso de cerveza o un espumante liviano. Es todo lo que puedo llegar a tolerar.
—¡Eso no es vida! —exclamó Mateo con una carcajada—. Pero bueno, sobre gustos no hay nada escrito. Ahora vuelvo, voy al baño, que ya me está haciendo efecto lo que estoy tomando.
—Tomate tu tiempo, acá me quedo divirtiéndome con mi botella de color verde —siseó Tomás en alusión al agua mineral que estaba bebiendo.
Aprovechando ese momento solo, sacó su celular, lo encendió y trató de conectarse a la red wi-fi del bar.
«A ver si conecta… uh, ¿por qué no pondrán una clave más fácil?», se decía para sí, mientras marcaba por cuarta vez la contraseña que estaba escrita en un pizarrón. Una joven de pelo largo y negro como el carbón lo había estaba observando y se acercó.
—Bonjour, comment ça va?
—Très bien! —respondió Tomás casi sin levantar la mirada—. Y estaría mejor si el fucking Internet se conectara. —Automáticamente levantó su cabeza, pues se había dado cuenta de que hablaba con otra persona que ahora lo miraba sin entenderlo.
—Parlez vous français?
—Non. —Fue lo único que atinó a responder Tommy—. Je suis argentine, je parle espagnol.
—¡Ah, vous dites boludo! —exclamó la morocha francesa.
—Exactamente —dijo Tomás, esbozando una leve sonrisa como para dejar contenta a su eventual admiradora quien, por su aliento y su alegría, tenía unos cuantos tragos de vino caliente encima.
Otra mujer con rasgos germanos y pelo bien rubio le alcanzó una copa y algo le susurró al oído mientras la morocha seguía observando al argentino, que seguía peleando con la contraseña de Internet. Cuando Mateo regresó se encontró con Tomás y las dos chicas, que a esa altura ya estaban una de cada lado del muchacho.
—Ah, bueno, diez minutos que me voy y el pibe tiene compañía. —Su tono sonó sarcástico.
—Sí, soy todo un winner —dijo Tommy con más sarcasmo—. Te presento a Jeaninne y a su amiga holandesa, me dijo el nombre, pero no le entendí; y por las dudas, si tenés intención de fumar, no vayas a usar un encendedor porque volamos todos por el aire con el pedo que tienen estas dos encima… —dijo por lo bajo.
—¡Hola! —se presentó Mateo, como si necesitara romper el hielo con las chicas. No terminó de decir eso que cada una dejó su copa en la mesa y tomaron a los argentinos del brazo y los llevaron a la pista de baile que se formaba en el sótano del bar. La morocha sacó a bailar a Tomás, y su amiga de los Países Bajos, al compañero de este.
La música poco a poco fue subiendo de volumen y al cabo de un rato esa zona se llenó de personas, contagiadas con el ritmo de las parejas que invitaban a seguirles el ritmo. Los argentinos bailaban y se miraban por momentos riéndose de las situaciones que se generaban; las chicas, por su lado, manoteaban cuanta copa veían dando vuelta; lo que al cabo de un rato las llevó a perderse entre la multitud. De esta forma, los chicos quedaron bailando con el resto, sintiendo de a ratos como que estaban en otro planeta; sobre todo, Mateo que, entre el vino caliente y alguna que otra copita de champán que le habían convidado, lo habían convertido en una suerte de pelota que saltaba y rebotaba.
Hacía calor en el club, todo estaba pegajoso y húmedo.
Así pasó poco más de una hora que entre baile y copas, Tomás y Mateo disfrutaron de una noche por demás movida. En algún momento en que Mateo se alejó, Tomás se encontró rodeado por dos chicos de un par de años menos que él, quienes se acercaron, apretándose contra él en la pista de baile.
Uno de ellos fue el primero en hablarle. Un par de ojos negros, piel tostada y una sonrisa algo exagerada. Era un hombre de aproximadamente treinta años, bastante alto —por cierto— que ostentaba un peinado por demás moderno: bien cortito de atrás, con tres rayas transversales a los costados y una cresta ondulada adelante que, más que verse a la moda —a los ojos de Tommy—, lo hacía ver como un loro corrido a escobazos. La vestimenta bien ajustada al cuerpo y una musculatura un tanto exagerada denotaban que era amante del gimnasio.
—Tío, tío, ¿de dónde eres?
Tomás apenas le dedicó una mirada, la misma que uno suele darle a una mosca verde que comienza a rondarle los días de verano. Su respuesta fue seca.
—Soy de Argentina, y vos claramente sos de España.
—Así es, me llamo Sergio, soy de Barcelona —respondió el joven mientras agitaba el hielo del trago que tenía en su mano y con la otra trataba de tocarle la cintura, o el pecho a Tomás, movimientos que este trataba de evitar sacudiéndose como si tuviera pulgas en el cuerpo.
La música estaba alta, las luces brillaban, esa zona bajo tierra ya no tenía el mismo ambiente que la del piso superior. Tomás podía oler el alcohol, el sudor y el perfume empalagoso del español que intentaba acoplársele.
—¡Qué bien! —respondió Tomás sacándole la mano de su cintura.
—¿Y qué te trae acá, tío?
—Estoy de viaje de turismo, ¿y vos?
—Estoy trabajando acá, no en el bar, sino en la ciudad —aclaró el español.
—Lo supuse —respondió Tomás con la intención de cortar la charla, ya que “el tío” en cuestión era bastante pesado y manolarga.
—¿Y de qué la vas tú, tío? —Sergio se presionó contra Tomás, una larga línea caliente de sudor y carne. Hizo un giro de sus caderas contra las de él.
Tomás ya mostraba cara de pocos amigos y, quitó una vez más la mano que le había apoyado en la cintura.
—No te entendí, ¿qué?
—Sí, de qué la vas, ¿te molan los tíos a ti?
—Supongo que sí —respondió Tomás, porque no estaba muy seguro de lo que le había preguntado su denso admirador quien, con una audacia algo insolente, continuó presentando batalla por el rubio. La canción que sonaba cambió y sintió labios sobre su cuello, el roce de una lengua. Tomás se sentía molesto y eso terminó de ofuscarlo. Intentó darle un empujón para separarlo, más lo único que logró fue que su pretendiente le dedicara una sonrisa maliciosa que se curvó como la del gato de Cheshire.
—¿Quieres ir a un lugar más cómodo para charlar?
—Te lo agradezco; estoy bien así y en un rato me estoy yendo.
En medio del diálogo y cual caballero al rescate apareció Mateo en escena, quien había observado todo desde lejos y se aproximaba con una sonrisa un tanto socarrona. Al llegar abrazó a Tomás por la cintura y le dijo:
—¿Todo bien por acá, corazón?
—¡Sí, te extrañaba! —exclamó abrazando a Mateo casi sin poder contener la risa.
Viendo la escena —que le supo a vinagre—, el español lanzó un bufido y como un soldado derrotado, dio media vuelta y se perdió entre la multitud, mientras los chicos se quedaban en medio de un mar de risas comentando lo bizarro del momento.
—Me salvaste, no sabía cómo sacármelo de encima.
Mateo sonrió a la vez que se soltaba de Tomás.
—La verdad es que me divertí viendo cómo te encaraba el grandote, aunque debo decir que me sorprendió que no te gustara; tenía facha el chabón.
—Sí, por fuera muy linda la cáscara, pero muy poco el contenido.
—Epa, ¿eso lo determinaste en los cinco minutos o menos que duró tu charla con el chabón?
—No, ya me di cuenta en el primer momento en que empezó a hablar —replicó Tomás, mientras tomaba su mochila del vestidor—. Debo decirte que era muy lindo, pero cuando abrió la boca se terminó la magia; de todas formas, no vine de levante…
Esta última frase Tomás la dijo con cierto tono de tristeza, algo que a Mateo lo sorprendió. Sin embargo, no podía ocultar la curiosidad por lo que le estaba pasando.
—Pero las dos veces que te dejé solo, se te arrimaron mujeres y hombres como abejas a la miel.
Tomás sujetó fuertemente las correas de su mochila, luego se acomodó su lacio flequillo y se calzó el sombrero. Miró a Mateo seriamente y sonrió.
—Demasiadas emociones por hoy, vámonos de acá que todavía nos falta el viaje por el Sena y, si tenemos suerte de encontrar algo abierto, podemos cenar algo.
Los chicos salieron del bar y caminaron hacia donde estaba estacionado el auto, a unos pocos metros de allí. Mateo caminaba arrastrando los pies, en parte por los efectos etílicos de todo lo que había ingerido. Esto, sumado al contacto con el aire fresco, lo hizo caer lentamente en un estado de somnolencia, lo cual quedó de manifiesto al llegar al vehículo y querer abrir las puertas.
—No encuentro las llaves del auto —se quejó mientras revisaba los bolsillos de su pantalón una y otra vez.
—¿No las tendrás en la mochila? —preguntó Tomás.
—A ver, ayudame que no puedo abrir el cierre, creo que no debí tomar tanto —se lamentó Mateo de nuevo, quien, si bien no estaba alcoholizado, se sentía un poco mal.
—Acá no están, ¿no las tendrás en los bolsillos de la campera?
—¿Qué campera? ¿El buzo? Ah, las debo haber dejado en la silla en la que estaba sentado, soy un boludo a cuerda.
—Hagamos una cosa: vos quedate acá apoyado en el auto y tomando un poco de aire mientras yo vuelvo al bar y busco tu buzo. ¿Era de color azul?
—Sí, azul con un escudo de color blanco con una letra “M”.
—Sí, ya me acuerdo. Esperame que ahora vengo.
Tomás entró nuevamente al hervidero de gente en el que se había convertido al caer la noche ese lugar. Un rato antes había estado sereno y tranquilo como un templo, pero ahora albergaba a un sinfín de visitantes de diverso rango etario y cultural.
Como pudo, se hizo entender con una de las chicas que servía tragos en la barra para explicarle qué prenda buscaba. Cuando por fin pudo dar con el buzo, revisó los bolsillos y se alegró de encontrar allí las llaves del auto, le agradeció con un merci y salió del lugar como una saeta, sin percatarse de que en la vereda se encontraba el sujeto que minutos antes había conocido en la pista.
—Eh, tío, no terminamos de hablar —le gritó al verlo pasar.
Sergio sostenía una botella con su mano izquierda mientras que con la derecha arrojaba la colilla de un “pitillo” que terminaba de fumar. Con esa misma mano y con brusquedad sujetó a Tomás, a quien por poco tira al suelo.
—¡Ah, sí! —exclamó Tomás tratando de zafar del musculoso que lo tenía sujeto.
El español olía a cigarrillo y alcohol, y poco a poco fue acercando a su víctima hacia él, vaya a saber con qué intenciones. En un tono poco amable se dirigió a Tomás:
—¿Y dónde dejaste a tu chico?
—Está esperándome; ahora, si me permitís pasar, tengo que irme.
—¡Hey! ¿Por qué tan apurado, rubito? Quédate un rato más así nos divertimos —insistió mientras lo miraba de arriba abajo.
—Todo bien, pero me estoy yendo y me esperan, dejame pasar que tengo que irme —le repitió Tommy ya en un tono serio y decidido a terminar con la charla.
—¡Ea, ea, no te alteres que la noche recién empieza!
Frente a esto, el rostro de Tomás comenzó a cambiar de color, pasó del rojo al morado en cuestión de segundos y su expresión era una combinación de bronca e impotencia. Sin embargo, el muchacho no era persona de armas llevar y prefería evitar la confrontación a toda costa, algo que muchas veces no le daba buen resultado.
—¿Te llamabas Sergio? —le preguntó.
—Así es, tío.
—Te voy a decir algo: primero, no me digas tío; segundo: puede que sea algo más menudo que vos, pero eso no significa que no sepa defenderme; así que no me jodas más y soltame de una vez.
Esto último pareció agitar aún más a su acosador. Soltó la botella que al tocar el suelo explotó en miles de vidrios, todos quedaron regados alrededor de Tomás. Teniendo ahora ambos brazos libres, el gigante sujetó por la cintura al muchacho y comenzó a hurgarle el cuello con su boca, como un lobo que saborea el cordero que va a devorar.
—¡Soltame, imbécil! ¿Quién te pensás que sos? —gritó Tomás mientras trataba de empujarlo para escaparse, lo cual era como si un pajarito tratara de derribar un muro de piedras con el aleteo de sus alas.
—¡Dame un beso, no te hagas el difícil! —insistía el matón.
De pronto, y como una sombra que salió de la nada, un golpe seco dejó al atacante pegado a la pared. Mateo lo había sujetado por el cuello manteniéndolo contra la pared como la abrazadera de un caño. Lo levantó y lo sostuvo prácticamente en el aire, sus pies abandonaron el suelo mientras daba patadas.
Los ojos del atacante se agrandaron cuando el argentino le gruñó, enseñándole los dientes en la cara.
—¿No escuchaste que te dijo que lo soltaras? ¿Sos sordo, gallego? No te hagas el pícaro porque te voy a cagar a trompadas, ¿está claro?
Con el impacto que causó Mateo empujando al mangurrián, Tomás perdió el equilibrio y se cayó, con tanta mala suerte que, al querer amortiguar el golpe en el piso, uno de los pedazos de vidrio le lastimó la palma de una de sus manos. Dado el estrés del momento, no se percató de ello, ya que automáticamente se puso de pie y trató de calmar a Mateo, cuyos ojos inyectados en sangre miraban a su atacante como para matarlo. Sin embargo, el bribón no se daba por vencido y desafió al argentino.
—Andate a la mierda —gritó.
Mateo empujó a Tomás detrás de él, quien presionó la cabeza contra su espalda.
De un puñetazo seco en el estómago, hizo doblar a Sergio sobre su cuerpo, y con la rodilla le dio de lleno en la mandíbula, de la que brotó un destello carmesí.
—Ya está, vámonos de acá; no le des bola, ya pasó —dijo Tomás al ver la escena.
—¡No lo dejo un carajo, que se disculpe el boludo este, por lo menos! —insistió Mateo, quien seguía sosteniendo al agresor y lo miraba con una expresión que hizo asustar al mismísimo Tomás.
—Dejalo, no vale la pena —dijo mientras le sacaba la mano del cuello del acosador, quien gritó cuando cayó al suelo, aterrizando de lado.
—¡Discúlpame, tío, no fue mi intención! —el sujeto se había encogido del miedo. Salió corriendo, mirándolos con desdén, pero era la actitud típica de un cobarde que vacila y se quiebra.
—¡Corré, nomás, cagón! ¿Por qué no te metés con alguien de tu tamaño, forro? —continuaba gritando Mateo.
Tomás se quedó un momento en silencio observándolo. Si bien la situación había sido tensa, Tomás no pudo evitar ver cómo se relajaba una prominente vena azul que momentos antes se había marcado fuertemente en el bíceps de Mateo. Observó sus facciones endurecidas y unas gotas de sudor que salpicaban su frente y aterrizaban sobre el pecho del muchacho. Posó su mano allí y la silueta de unos fuertes pectorales lo sorprendieron. Se quedó así un momento, con la palma sobre el dorso.
Sintió los latidos acelerados y el ritmo de la respiración que se agitaban como si aún siguiera peleando. Lo observó de arriba abajo y se sintió inmoral por las imágenes que le venían a la mente. Sonrió y se quedó en silencio.
Se maravilló con lo que vio.
Se maravilló con lo que olió.
Se maravilló con lo que sintió.
De alguna manera, no lo había registrado, no hasta que estuvo frente a él. Los ojos de Mateo permanecían agrandados. Lo miró. Y Tomás sintió que el sol le eclipsaba el cuerpo. El latido de su corazón también era rápido, constante.
Por un momento pensó en mil cosas y una ráfaga sacudió su cabeza, como si intentara volver a la realidad. Algo en su interior se había despertado con la situación. Logró calmarse e hizo lo propio con Mateo.
—Está bien, no pasó nada; ahora vámonos. Acá tengo las llaves, dejame que yo conduzco, vos no te sentías bien.
Mateo tomó la mano de Tomás que aún seguía apoyada en su pecho y, como si se tratara de la patita de un cachorro, le dio un beso tierno. Luego la quitó. Se acomodó un poco el cabello para atrás, ladeó su cabeza para la izquierda y luego hacia la derecha. Trataba de componerse.
—¿Estás bien? —quiso saber Tomás con su voz algo quebrada.
—Sí, Tommy, vamos a buscar el auto y vámonos a la mierda de acá.
Los chicos caminaron en silencio hasta llegar al auto. Tomás se dispuso a subir del lado del conductor, pero Mateo lo detuvo. Le quitó las llaves y dijo:
—No, dejá que mejor manejo yo, ya me despabilé; el que no está en condiciones ahora sos vos.
—Lo que vos digas.
Ya dentro del habitáculo, Mateo observó a Tomás. Estaba en silencio, había empezado a temblar como una hoja y estaba a años luz de allí.
—Tommy, Tommy, ¿estás bien?
Silencio.
—Tommy, por favor, decime que estás bien.
Las palabras de Mateo sonaron a una súplica.
—¿Eh?... sí, sí —dijo con la voz rota.
Se aclaró la garganta como pudo y miró los ansiosos ojos de Mateo. La mirada que le dedicaba lo desarmó. Volvió a maravillarse como minutos antes. Se sonrojó… y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Nunca me había pasado algo así, es decir, de chico tuve que bancarme algún que otro pelotudo que me dijera cosas o me pegara por ser distinto; pero me había acostumbrado a defenderme y que no me importara lo que me dijeran. Pero esta noche en verdad me asusté…
Mateo continuaba observando en silencio. El canto de los grillos se negaba a quedar relegado por la música que llegaba desde el bar. Tomás sentía que su corazón había enloquecido y su cerebro estaba a punto de estallar. Le dio jaqueca, pero le restó importancia.
Se sintió cansado.
Y se sintió a salvo.
—Gracias por defenderme… Nunca antes alguien había hecho algo así por mí.
La confesión, que brotaba desde lo más profundo del alma de Tomás, sorprendió a Mateo. En ese momento se quebró y se puso a llorar a pesar de los esfuerzos que hacía por contenerse. No quería que lo viera así y giró su rostro hacia la ventanilla del vehículo, tratando de ocultar lo que le pasaba, aunque era demasiado tarde.
Mateo se quedó en silencio, no se animaba a decir nada, estaba afectado más de lo que él hubiera querido.
Se sintió raro.
Se sintió querido.
Se sintió valorado.
Al cabo de un instante, Tomás, volviendo en sí, dijo con un hilo de voz:
—Muchas gracias.
—Es lo menos que puedo hacer por vos.
—Perdón por esta escena —dijo Tomás, que luchaba contra un sollozo al tiempo que su cuerpo continuaba temblando como una hoja. Buscando reponerse, se secó la cara con la remera que traía puesta.
Mateo le dio arranque al vehículo y encendió el navegador. Dejó un rato el auto en marcha y esperó.
—¿Estás mejor?¿Estás como para irnos?
—Sí, Mateo, ya estoy mejor. Vámonos, nomás.
El vehículo comenzó a marchar y a los pocos minutos ya estaban en la autovía. Los chicos permanecían en silencio. Tomás notó que Mateo se secaba de vez en cuando las gotas de sudor que seguían brotando de su frente.
—Mateo, ¿te sentís bien? Estás transpirando mal y te noto cansado.
—Quedate tranquilo que estoy bien. Creo que la mezcla de vino y tragos me cayó mal; la cabeza me da vueltas, pero ya estoy repuesto.
Mateo sonrió, puso quinta marcha y volvió su mirada al rubio copiloto. Algo le llamó la atención.
—¿Qué es esa mancha que tenés en la mano?
Al mirarse la palma, Tomás advirtió que tenía un corte, quizás ocasionado por la esquirla de algún vidrio cuando se cayó al piso y, si bien el corte no era muy profundo, era suficiente para que sangrara profusamente.
—No te hagas problema, yo lo arreglo —murmuró.
Sacó un paquete de pañuelos de papel de su mochila, luego tomó la botella de agua mineral que llevaba en el portavasos del auto y se volcó un poco de líquido en la herida. Se secó con los pañuelos y dejó uno puesto como si fuera un vendaje.
—Eso no es suficiente, busquemos una farmacia o algún centro médico —se preocupó Mateo.
—En eso estoy de acuerdo con vos, de todas formas, por lo que veo es solo un corte superficial así que con ir a una farmacia será suficiente —atinó a responder Tomás, que se mantenía luchando para no mancharse con la sangre que continuaba saliendo, ya en menor cantidad.
A los pocos minutos se encontraban en otra autopista poco transitada. El clima de la ciudad se notaba un poco pesado y, mientras Mateo conducía, observaba de vez en cuando a su copiloto, que investigaba las radios del tablero en busca de un poco de música. Tomás tenía una expresión pensativa que de repente derivó en una sonrisa que no pasó desapercibida…
—¿Qué fue esa risa?
Tomás se sonrió, mientras continuaba buscando algo en la radio.
—De la cara que puso el gallego cuando lo agarraste del cogote.
—Grandote al pedo —dijo Mateo mirando por la ventanilla hacia algún punto en el paisaje.
—¡Sleeping in a car…! —tarareó Tomás cuando escuchó la canción que provenía de la radio.
Mateo lo observó un momento y siguió conduciendo muy plácidamente como si toda la vida hubiera vivido en París, tarareando también la melodía que era interrumpida de vez en cuando por la locutora del navegador que le indicaba el camino para llegar a su destino.
Hicieron una parada en una pharmacie situada en la galería Des Champs Elysées, donde como pudo se dio a entender que necesitaba comprar algo para vendarse la herida. Un hombre canoso entrado en años y vestido con un guardapolvo blanco atendió muy cortésmente a los chicos y le sugirió a Tomás comprar un paquete de gasas hidrófilas, cinta y un desinfectante; previo paso por un gabinete donde le lavaron la herida y se la curaron. Volvieron al auto y al cabo de unos quince minutos llegaron al edificio donde Mateo se hospedaba. La lluvia ya había empezado a caer, lo que le dificultaba un poco la visión al conductor, que luchaba por estacionar el auto en el espacio milimétrico que quedaba entre otros dos vehículos estacionados en la acera del lugar. Como si jugara un Tetris, maniobró varias veces hasta que por fin logró estacionar el Fiat como si hubiera terminado de encajar la última pieza de un rompecabezas, sacó la llave del auto y comenzó a hablarle a su copiloto, que había caído rendido a los brazos de Morfeo.
—Tommy, Tommy, despertate que ya llegamos —susurró Mateo mientras lo sacudía cuidadosamente.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —se sobresaltó—. Ah, sí, ya llegamos; ¿vamos al paseo por el Sena?
—No. ¿Qué paseo? Vos, en tu estado, lo único que podés hacer es dormir unas horas. Vení, vamos a mi departamento así descansás un poco.
Mateo sacó de su mochila un llavero con una miniatura de la Torre Eiffel que contenía un manojo de llaves y bajó del vehículo, en tanto Tomás trataba de salir de su estado soporífero. Bajó muy despacio, tratando de no apoyar la mano lastimada, que poco a poco comenzaba a dolerle. Mateo lo asistió llevándole su mochila y ambos se pusieron en camino hacia el ingreso de un edificio. El mismo era de estilo “art decó” y se veía bastante antaño. Sin embargo, se notaba que había sido remodelado recientemente, conservando el estilo y con un aire un poco más moderno. Se podían apreciar detalles de esa época, como las líneas rectas, los cubos y esferas predominantes del estilo; además de los “zigzag” que caracterizaron el diseño de los años 30.
Vía un ascensor que parecía una jaula de alambre tramado negro, los chicos llegaron al tercer piso. Salieron del elevador, que los dejó en un pasillo iluminado por unas lámparas de pie que se elevaban sobre el piso alfombrado con unas guardas de color gris y unos arabescos en tonos negros y blancos que le daban un aspecto moderno y pulcro.
Llegaron a la puerta del 3 B y, tras un “adelante” declamado por Mateo, él y Tomás entraron al apartamento que se veía iluminado por halos de luz que provenían de la calle, atravesando unos enormes ventanales que tenían aún sus cortinas levantadas. Tommy se sentó en un sofá que se encontraba en el centro del living y se revisó la mano vendada, mientras que su compañero pulsaba las teclas de los interruptores de luz que al instante mostraron, como si fuera un espectáculo, un lugar exquisitamente decorado, también al estilo art decó, pero con un aire moderno. Se podían apreciar exquisitos muebles que combinaban materiales característicos del estilo como la baquelita, el carey, el cromo y maderas nobles como el palisandro y el ébano.
Mateo se dirigió al dormitorio, donde se cambió la ropa por algo más cómodo; y dejó sus ropas sobre una silla tipo otomana. Corrió las cortinas para oscurecer el lugar y volvió por Tomás, quien seguía observando su mano que le empezaba a doler.
—¿Cómo está eso? —preguntó señalándole la herida.
—Me duele un poco, pero ya se pasará. Bueno, debería irme —dijo poniéndose de pie y tomando sus cosas.
—¿Adónde? ¿Estás crazy? Ni loco te dejo ir. Quedate acá esta noche, al menos, hasta que mañana amanezcas y te puedas asegurar de que la mano está bien.
—Te lo agradezco, pero no quiero molestar.
—Para nada, te preparé la cama del cuarto principal, yo voy dormir en el sofá. Además, afuera el tiempo está muy feo y me voy a quedar más tranquilo si sé que estás bien.
Tomás se quedó en silencio. Lo miró con agradecimiento y no quiso insistir, pues algo de razón tenía. La herida le dolía y se sentía bastante mal, la cabeza le daba vueltas y el cuello le molestaba como si hubiera cargado una bolsa de harina todo el día.
—Mmmm, bueno, pero me quedo con la condición de que dormiré en el sofá.
Mateo accedió y, acto seguido, sacó unos almohadones del sofá del living, dejando uno solo que haría de almohada por esa noche, buscó sábanas del placar empotrado que tenía el departamento junto con una manta que colocó sobre la improvisada cama.
—¿Querés tomar algo antes de dormir? No sé, un té, café, lo que quieras…
—No, Mateo, te agradezco, la verdad es que estoy un tanto cansado así que prefiero acostarme.
—Como digas, yo también me voy a dormir entonces, cualquier cosa que necesites ya sabés dónde encontrarme.
—Gracias, te reportaste conmigo.
—No es nada, yo también te estoy agradecido… hasta mañana y que descanses.
—Hasta mañana, que descanses vos también.
Mateo se dirigió a la habitación, mirando de vez en cuando a Tomás, a quien había cobijado bajo su ala. Por su parte, el rubio se sacó la ropa que traía puesta y se dirigió al baño. Allí se lavó los dientes usando su dedo índice como cepillo y un poco de pasta dental y luego verificó cómo estaba el vendaje de su mano. Volvió al living, sacó su celular de la mochila y buscó dónde ponerlo a cargar. Encontró un tomacorriente cerca del sofá y se puso a revisar las novedades del teléfono: había varios mensajes de whatsapp de su hermano, varios mails que habían llegado, pero ninguno importante y finalmente el ícono de Facebook en su celular le marcaba alguna actividad; en su muro aparecía una fotografía que decía “Mateo te ha etiquetado en una foto”. Era la selfie que habían elegido en el estadio esa tarde y que, a juzgar por la hora en que estaba subida, lo hizo mientras estaban en el bar.
Miró la foto un largo rato, debajo de ella estaba escrito: “con mi nuevo amigo”, luego repasó todo lo sucedido en el día —algo que solía hacer habitualmente— y, con una sonrisa, se acostó sabiendo que algo interesante y nuevo estaba comenzando en su vida.

CAPÍTULO 7
DESAYUNO FRANCÉS
RUISEÑORES EN MI VENTANA
Un aroma a café y pan tostado despertó a Tomás. Miró a su alrededor tratando de recordar dónde estaba. Envuelto en una manta que hacía de cobertor, se veía como un capullo en su larva. Muy lentamente se sentó en el sofá que ofició de cama y se dedicó por un segundo a despabilarse. Se puso de pie y comenzó a caminar por el departamento, siguiendo el olor que lo llevó a la cocina, donde estaba Mateo.
Se encontraba en plena faena de preparar un desayuno al estilo francés y, viendo la forma en que se desenvolvía, parecía encontrarse en su ambiente; como un obrero cuya figura tranquila e impasible cumple su función natural.
Tomás se cruzó de brazos y se detuvo a observarlo un instante.
Su anfitrión se movía con gracilidad, vestido con una camisa de una tela similar al jean, un pantalón liviano de color claro. Estaba descalzo y su pelo se veía resplandeciente por la humedad que aún conservaba del baño que había tomado un rato antes.
Tenía todo preparado para servir el desayuno sobre una pequeña mesa redonda de madera que armaba juego con dos sillas de madera, que tenían un diseño de abanico en el respaldo. Un mantel a cuadros rojo y blanco era el anfitrión que invitaba con dos tazas de café con leche, dos vasos de jugo naranja, unos frascos con distintas mermeladas y una fuente de porcelana que tenía tostadas y unos croissants.
—Buen día. —Tomás se acomodó un poco el cabello, que parecía un nido de cotorras.
Mateo giró sobre sí sosteniendo unas delicadas servilletas de tela.
—Buen día, ¿cómo estás? ¿Cómo está tu mano? Me sentí mal de ver que dormiste en el sofá…
—¡Estoy bien, no te preocupes; es muy cómodo tu sofá! —respondió Tomás con una sonrisa.
—Me alegro de que estés bien. —Mateo se quedó un momento observándolo.
—¿Qué te parece si ahora desayunamos?
—Sí, claro, pero dejame que me arregle un poco y me vista. ¡Mirá lo que soy yo y mirate vos! —Tomás farfullaba mientras Mateo lo miraba ladeando su cara—. ¿Cómo puede verse una persona así por la mañana? Parecés un modelo salido de una revista. ¿Siempre te ves así cuando te levantás de dormir?
Mateo sonrió como hacía mucho no lo hacía. Ni siquiera la luz del sol que entraba por la ventana le hubiera podido competir en brillo. Sin amilanarse, respondió:
—Qué personaje que sos; bueno, dale, que ya está todo listo para desayunar.
Tomás se vistió, se lavó la cara y trató de arreglarse lo más que pudo; puesto que la única muda de ropa que tenía era la del día anterior. Regresó y se sentó en el lugar que le había reservado Mateo. La mesa del desayuno estaba colocada estratégicamente cerca de un ventanal desde donde se podía apreciar el centro de París. Tomás se maravilló con esas vistas, donde la bruma que había dejado la lluvia dejaba ver como a través de un velo la silueta de la Torre Eiffel a lo lejos.
Con ese paisaje de fondo, los chicos iniciaron el ritual del desayuno. Tomás observó a Mateo sentado frente a él y luego posó sus ojos sobre la mesa. Con algo de vergüenza le dio un sorbo a su taza y se sirvió una confitura que contenía mermelada de frutillas.
—¡Riquísimo, mis felicitaciones al cocinero! —Fue la primera reacción del rubio.
—Ah, no es nada, solo es café con leche y unos croissants comprados en la pastelería de abajo, nada más.
Mateo levantó su taza y le dio un sorbo. Sonrió y se quedó en silencio mirando a Tomás.
Y él le devolvió la sonrisa.
—Sí, ya sé que es solo un desayuno, pero el amor y el desinterés con el que se ofrecen es lo que le da valor. —Los ojos de Tomás brillaban.
Mateo asintió.
—Bueno, muchas gracias.
Tomás volvió a darle un sorbo a su taza, gesto que imitó su anfitrión. Pasó un rato en que intercambiaron ideas, recordaron algunas de las cosas vividas la noche anterior y, por supuesto, también quisieron saber más el uno del otro.
—Mateo, ¿tuviste algunas pesadillas anoche?
—¿Cómo?
—Te pregunto si tuviste algún tipo de pesadilla, porque te despertaste un par de veces diciendo algunas palabras sueltas. Algo sobre una carta…, cosas de las que te arrepentías…, no sé, no llegué a entender y fue inevitable escucharlo porque tus palabras…, bueno, se escucharon desde acá.
Mateo dejó su taza sobre la mesa. Se quedó mirándola como perdido. Al cabo de un momento reaccionó.
—Debí imaginarlo… Tommy, sé que puedo confiar en vos, te voy a contar algo, y espero puedas entenderme —dijo poniéndose serio de repente.
—Soy todo oídos.
Tomás le dio un sorbo a su taza y se quedó en silencio.
Mateo lo miró y comenzó a contarle su historia:
—Antes de emprender este viaje, me encontraba en un momento de mi vida en que todo era un desastre. Un divorcio después de muchos años de matrimonio, una mudanza, mi familia, las tensiones del trabajo. Todo era una combinación de cosas que me hicieron sentir que la vida no era como yo la había soñado.
—Te entiendo. —Tomás dejó su taza.
—Este viaje estaba programado originalmente para dentro de unos meses, pero por razones de negocios familiares se adelantó.
—¿Qué tipo de negocios? —Tomás se mordió los labios—. Perdón si soy curioso.
—Todo bien, Tommy. La empresa donde laburo es un negocio familiar que fundó mi viejo antes de casarse. Es una compañía de alimentos con distintas líneas de productos; por ejemplo, semillas, aceite, azúcar, etc. El más importante es el negocio de vinos. Justamente, estamos haciendo un convenio con un grupo empresario de Roma que quiere asociarse con nosotros en la producción de unos viñedos que tenemos en Argentina y por ello nos invitaron a visitarlos en Italia. Yo me ofrecí para hacer la negociación, pero en realidad era una excusa para escaparme de todo, y mi vieja y su marido me dieron todo el apoyo; supongo que en parte porque sabían cómo me sentía y por eso no dudaron en enviarme y que de paso me tomara unos días.
—Entiendo, y deduzco entonces que decidiste aprovechar el viaje de laburo y tomar esos días más para refrescar tu cabeza.
Tomás notó que Mateo empezaba a endurecer su semblante.
—Exactamente, me ofrecí a hacerlo para bajar unos cambios porque francamente me sentía muy mal, aunque muy dentro de mí sabía que no volvería. Mi familia nunca supo bien qué me pasaba, pero me apoyaron e incentivaron a hacer el viaje, claro; ellos ni se imaginaron que no tenía motivos para regresar. Mi hermana es una de las socias en la empresa familiar y se encarga de la administración.
—Mujer empoderada… —soltó Tomás levantando su brazo derecho.
—Sí, por supuesto. Ella se encargó de preparar la negociación y todo el asunto legal para la firma de un importante contrato con la empresa de unos amigos italianos.
—Y a vos, ¿qué tarea te tocó?
—Yo me encargaría del cierre del trato con los italianos. Más allá de que tengo la mejor onda con ellos y de que ya son como familia, no tenía muchas ganas de emprender este viaje; sin embargo, lo hice a pesar de todo… y de la carta.
La voz de Mateo se fue apagando hasta quedarse en silencio.
—¿Carta?
Tomás ladeó su cabeza y frunció apenas el entrecejo.
Mateo se quedó con la vista fija. Al cabo de un instante continuó hablando:
—Un día antes de viajar escribí una carta dirigida a mi vieja y la dejé en la caja fuerte de la empresa para que no la leyera hasta que estuviera en viaje; pues, si la veía antes, no me hubiera dejado subir al avión… y la verdad, Tommy, es que ahora me siento un idiota por la estupidez que casi hago. De no ser por vos, yo…
Los ojos de Mateo se llenaron de lágrimas. Tomás lo miró con ternura.
—¿Puedo preguntar qué decía la carta?
—Por ahora no, más adelante sí. Lo único que puedo decirte es que era una carta en la que contaba lo que me estaba pasando y que este viaje era precisamente para terminar con todo eso, pero bueno, ya eso quedó atrás y ahora las cosas cambiaron.
La voz de Mateo sonó enérgica, pero el brillo de los ojos equivalía a una sonrisa. Tomás no pudo evitar su curiosidad.
—¿Qué te hizo cambiar?
—Deberías preguntar quién me hizo cambiar.
Tomás no captó a dónde apuntaba la respuesta de Mateo.
—¿Quién te hizo cambiar?
—Vos, Tommy.
El rostro de Tomás palideció de golpe, más de lo que naturalmente era.
—¿Cómo?
—Verás, hasta esa mañana en que te conocí en la catedral, estaba recontra repodrido de todo; ya no sentía nada, todo me daba igual y mi vida sencillamente me asqueaba. Venía de varios meses de bajón y no podía reponerme. Sentí que había fracasado en todo lo que tenía planeado para mi vida. Sentí que ya no les importaba a las personas que me rodeaban. —Mateo tragó saliva. Se produjo una pausa—. Antes de que me lo preguntes, te aclaro que estuve haciendo terapia con un psiquiatra que me recomendó un amigo, pero eso no evitó seguir pensando que las cosas para mí ya no tenían sentido.
Se quedó en silencio.
Permanecieron en silencio.
Tomás escuchaba con atención los pormenores del relato mirando de vez en cuando su taza, que aún contenía un poco de café. No se animaba ni siquiera a preguntar algo, sentía que Mateo era un cristal tan delgado que, si lo presionaba en lo más mínimo, se resquebrajaría en mil pedazos. Optó por permanecer callado.
—Por eso cuando Elisa me contó del viaje, decidí que quería hacerlo. Sabía que era de trabajo, pero no me importó, y por ello le sumé unos días más como para tomar otros aires. La primera parada en Gales me distrajo un poco y lo disfruté, pero luego de llegar acá, volví a tener la misma sensación que cuando estaba en Buenos Aires.
Tomás saltó en su asiento. La intriga y el querer ayudar lo hicieron hablar.
—¿Por qué pensaste eso?
Mateo giró su cabeza hacia la ventana y miró hacia el horizonte. Tomás no dijo más nada. Esperó la respuesta de su amigo con ansiedad.
El cristal empezó a romperse.
—Porque ya no me interesaba… nada en mi vida importaba, y no quiero sonar alarmista, pero era así.
Tomás no pudo identificar el sentimiento que se apoderó de su ser. Angustia que se mezclaba con ternura, tristeza con esperanza; pero no llegaba a dilucidar la alquimia de tal sentir. Trató de no emocionarse.
—¿Podés seguir o te hace mal hablar?
—Al contrario, me siento más liviano hablando de esto con alguien, y más con vos. —Una pausa. Mateo tragó nuevamente saliva. El cristal estaba astillado, aunque había dejado de quebrarse—. Ese día que te conocí en la catedral, no tenía planeado ir allá. Yo había salido a caminar y lo hacía sin rumbo, tratando de buscarle algún sentido a las cosas. Ni siquiera recuerdo cómo llegué hasta allí… Me detuve un instante en la vereda a sacarme el buzo porque tenía calor, cuando oí tu voz y por eso me acerqué a sacarte las fotos.
—¿Vos pasabas por ahí? —Tomás no llegaba a atar todos los cabos sueltos.
—Sí, y después de despedirnos, un grupo de turistas entró como en manada y me dejé llevar hacia adentro por la corriente. Me nublé en ese momento y lo siguiente que recuerdo es estar sentado en los bancos de madera en el templo con las manos arriba.
—Qué momento de mierda —recordó Tomás—, suerte que no pasó nada.
—Sí, ahora yo pienso lo mismo, pero en ese momento deseé con toda mi fuerza que algo hubiera pasado, Tommy; así al menos terminaba con todo de una vez.
Se hizo un silencio que solamente era interrumpido por la ventisca y los ruidos de la ciudad que caprichosamente entraban por la ventana.
—Esperá, a ver si entiendo… ¿Por eso te fuiste al baño? ¿Te encerraste a propósito?
—Sí, deseaba asegurarme de que si el lugar volaba o lo atacaban yo estaría adentro y terminaría todo.
Tomás se quedó sin expresión, sin capacidad de reacción y sin habla. No quería agregar nada. Sintió que Mateo en cualquier momento se desmoronaría, la voz se empezaba a entrecortar; algunas lágrimas habían empezado a caer en medio de su confesión.
Ese hombre tranquilo, seguro, corpulento y varonil se había convertido en un niño que ahogaba en llanto toda la mochila de padecimientos que venía acarreando desde quién sabe cuándo.
—Tomá un poco de agua, Mateo, te va a hacer bien. Y, si querés calmarte y no hablar más, te entiendo.
Mateo negó con su cabeza.
—No, no, estoy bien, quiero seguir porque quiero que me conozcas —continuó diciendo al tiempo que daba un último sollozo y tomaba aire—. Cuando el policía me halló en el baño, quise pegarle, hacerle algo como para que reaccione, pero no pude. Solo tomé conciencia de lo que había hecho cuando estuve afuera y te vi preocupándote por mí, aun sin conocerme. Entonces reaccioné y me di cuenta de que todavía existen en el mundo personas especiales, que sin pedir nada a cambio se interesan por los demás, y eso me dio un motivo para seguir adelante. Vos fuiste una luz entre tanta oscuridad.
Mateo se secó las lágrimas con una servilleta.
Tomás continuaba en shock después de la confesión. Se percató de que había estado llorando él también cuando sintió sus ojos arder y el pecho explotarle en mil pedazos. No sabía qué palabras pronunciar o cómo reaccionar.
Sintió que el cristal se podría salvar, pero no imaginaba cómo podía ayudar en esa tarea. Algo en su interior se agitó.
Dos pequeñas aves de plumaje marrón se posaron en el alféizar. Mateo se puso de pie, tomó un pequeño trozo del panecillo hojaldrado que estaba comiendo y lo dejó muy cerca de los pájaros. Se quedó un momento mirando el comportamiento de los animalitos. Volvió su mirada a Tomás.
—¿Ves eso? Es una pareja de ruiseñores. Todas las mañanas vienen y se posan acá para que les de unas migas. —Se hizo una pausa. Los pájaros ya se habían incorporado y picoteaban el alimento—. Estas aves son muy conocidas por su bellísimo canto.
—No lo sabía, pensé que eran zorzales —respondió Tomás casi como en un susurro.
Mateo volvió por otro trozo de pan y lo desintegró. Le pidió a Tomás que ahuecara su mano y en ella depositó las migas. Le pidió que se arrimara hasta la ventana, y el muchacho obedeció. Bajó su mano mientras Mateo se la sostenía con la palma de la suya. Muy lentamente fue estirando su brazo hasta quedar cerca de las aves, las que al principio se rehusaban a acercarse y poco a poco tomaron confianza, para terminar comiendo de las manos de Tomás y de Mateo.
—En primavera, Tommy, estos pájaros cantan tanto de día como de noche, pero a menudo sus cantos se ahogan en ruidos perturbadores.
—¿De verdad?
—Sí, y es un poco el reflejo de la vida.
—¿De la vida? ¿De la vida en Buenos Aires? —Tomás preguntó con miedo.
—¡Mi vida! —gritó Mateo—. Tommy, mi vida era una mierda; yo sentía que no tenía sentido seguir viviendo y desde que te conocí… bueno, todo eso cambió…vos me viste entre la multitud, y…y…—Mateo se agitó, tragó saliva y tomó aire —, fui alguien y sentí que tenía valor para alguien.
Tomás estaba conmovido. Sus ojos no podían contener más lágrimas que pujaban por salir y ni cuenta se había dado de que el vendaje de su otra mano se había aflojado. Mateo se percató de este detalle y, como si fuera un enfermero, dijo:
—Dejale el pan a los pajaritos y vení que te cambio esa venda, que se te está por caer.
Tomás obedeció como un robot al que le dan una orden para ejecutar y se levantó, lo siguió hasta el baño, donde cambiarían el vendaje y no pronunció palabra. Mateo abrió el botiquín y sacó gasas nuevas, desinfectante y un rollo de cinta adhesiva. Con mucho cuidado reemplazó la venda y, cuando terminó de auxiliarlo, volvieron al desayunador. Mateo levantó todos los elementos y Tomás se encargó de guardar el mantel y las servilletas. Los ruiseñores seguían picoteando en el alféizar y de pronto uno de ellos comenzó a cantar. La melodía era tan maravillosa que los chicos se arrimaron como hipnotizados a observar la escena. La otra ave observaba y celebraba el canto de su compañero.
—Ese es el casalito —dijo Mateo.
—¿Casal?
—Su compañera, su compañero, su todo.
Mateo sonrió, le dedicó esa sonrisa, y regresó por las tazas.
Tomás se quedó pensando y observando a los pájaros, que al cabo de un rato levantaron vuelo. Y sus pensamientos fueron en una sola dirección.
Compañero.
Su Todo.
CAPÍTULO 8
UNA REMERA ROJA
ESOS OJOS…
—¿A qué hora sale tu vuelo para Italia?
—Al mediodía, tipo una estaré saliendo; la verdad, con pocas ganas…
—Bueno, aprovechá que es un lindo viaje el que vas a hacer. Ya sé que es de negocios, pero al menos, el tiempo que no estés trabajando, disfrutá del paisaje y de las cosas lindas que veas.
Mateo lo miró fijamente a los ojos.
—Sí, trataré, aunque me va a costar un poco no extrañarte —confesó casi sin darse cuenta—, pero haré lo posible.
Fue algo que Mateo dijo sin pensar, pero que Tomás tomó como una declaración.
Se quedó mirando al hombre que estaba frente a él de una forma distinta de la que venía haciendo. Ya no veía a un muchacho triste y sin esperanzas.
Sintió que se encontraba en presencia de un ser que no era de este mundo; pero que sin embargo ahora era todo su mundo. Vio a un ser que evidenciaba un experto dominio de su cuerpo, alto, vestido con sencillez, y fue entonces cuando se percató de la impronta masculina de ese chico que conoció unas horas antes y que ahora tenía frente a sí, al que nunca había prestado atención, salvo cuando habló del tema con Juan Segundo.
En esa observación pudo ver que la tela de la camisa celeste que tenía puesta exhibía la estructura de su cuerpo, en vez de ocultarla. Se percató de la piel que estaba levemente bronceada, de los músculos que mostraban dureza y una fuerza suave pero tensa.
Parecía una estatua, hecha con algún metal ligero que fue bruñido hasta quedar lustroso. Sobre su pelo oscuro y brillante, se reflejaban los haces de luz que entraban por la ventana.
Pequeñas motas como de polvo en suspensión se movían caprichosamente detrás de él, haciendo un contraste poco más que mágico.
La mirada, frágil y con una sonrisa muy tenue, era sostenida por el color casi negro de sus ojos y expresaba cariño, familiaridad; como si él se encontrara ante algo que había esperado hacía mucho tiempo y de lo cual nunca había dudado.
Fue un instante que para Tomás representó una eternidad y comprendió que hubiera dado cualquier cosa por ver esa imagen: la de un semblante liviano, ya sin rastros de culpa o de dolor.
Un rostro que no tenía nada que ocultar o de lo cual escapar, sin miedo de ser visto ni de ver.
Y se percató de la intensa atención que le estaban prestando sus ojos.
Como si esa visión fuera su facultad más preciada y en ese momento era lo que los conectaba.
Esto le produjo un efecto contrario, pues se asustó y se puso a la defensiva.
—Bueno, creo que ya es momento de que me vaya.
—¿Ya? Quedate un rato más, ¡please! —insistió Mateo.
—Es que vos deberías estar preparándote para tu viaje; además, me quiero ir al hotel a bañarme y cambiarme.
—¿Y por qué no te das una ducha acá ahora?
—Te agradezco, pero no tengo ropa limpia. ¡Ah! Está el auto estacionado abajo, no te olvides de devolverlo. —Tomás se veía nervioso.
Con tal de escaparse, inventaba cualquier excusa. Mateo no se percató de ello, de hecho, continuó con el hilo de la charla.
—De camino al aeropuerto lo devuelvo en la agencia. ¿Y qué vas a hacer hoy vos?
—No sé, creo que me voy a quedar a recorrer las atracciones del centro, y quizás mañana haga alguna de las excursiones que me ofreció la agencia de turismo que trabaja en la recepción del hotel.
—Si querés, cuando salgo rumbo al aeropuerto, te paso a buscar y te dejo de pasada en alguno de los lugares que vas a visitar.
Tomás dudó.
Su corazón corría en un auto de fórmula 1.
Se quedó pensando un instante, y vio los ojos de Mateo.
Se dio cuenta de su estupidez. Volvió a la tierra y asintió. Soltó una sonrisa y se relajó.
—Es una buena idea. Bueno, me voy, entonces, y escribime cuando estés saliendo así te espero en la vereda del hotel —dijo Tomás, todavía dudando de si había hecho bien en aceptar la oferta.
Y así, como si alguien lo hubiera comenzado a perseguir de golpe, Tommy agarró su mochila, su celular y corrió hacia la puerta mientras guardaba sus cosas. Claro está que se estrelló contra el faldón y terminó sentado en el piso, con sus cosas desperdigadas por el suelo.
—¡Mierda! —exclamó.
Sintió que sus mejillas enrojecían, mientras levantaba la mirada. Mateo lo observaba con preocupación en su rostro.
—¿Estás bien?
—Sí. —Tomás iba perdiendo la voz—. Yo solo iba a abrir la puerta. —Se apoyó en el piso con la mano sin vendar y resbaló, dando otro espectáculo lastimoso al caer con todo su cuerpo sobre el piso.
—¿Qué te pasa, viejo? —Mateo saltó a ayudarlo.
Tomás no dejó que lo tocara.
Con su orgullo herido, se levantó solo, juntó su mochila y caminó hasta la puerta seguido por Mateo, quien lo despidió con un intento de abrazo que no llegó a ser tal por la velocidad en la que el hombre de pelo como el sol emprendió la marcha.
Mateo se quedó parado en el umbral de la puerta con los brazos cruzados, observándolo esperar la llegada del ascensor, lanzándole una mirada de vez en cuando.
Se abrieron las puertas del elevador. Tomás miró una vez más a su amigo y lo saludó levantando su mano; sin embargo, no fue eso lo que los conectó.
Le dedicó una mirada que decía:
No sé qué me pasa, y espero me entiendas.
En retribución, recibió una sonrisa de blancos dientes, que gritaba:
Yo tampoco sé qué te pasa, pero espero que sea lo mismo que me está pasando a mí.

Pasaron algo más de dos horas y Tomás se subió al ya conocido automóvil amarillo.
—¿Es la suelta de toros de San Fermín hoy? —exclamó Mateo con una sonrisa.
“El pequeño”, como cariñosamente lo llamaba por momentos debido a que era un par de cabezas más bajo que él, sostenía una remera rojo furioso que había comprado el día anterior en el barrio de Saint-Germain y que llevaba en la mano, dado que su pelo estaba recién lavado y no quería mojarla. A ese atuendo lo completaba un jean que tenía algunas partes rotas, y las Converse del mismo color de la remera que, dicho sea de paso, eran su calzado favorito. Toda esta combinación resaltaba el brillo cobrizo del pelo de Tomás. Se había puesto una pequeña coleta que le sujetaba el flequillo y lo llevaba hacia atrás, dejándole el rostro al descubierto; al igual que lo estaba tu torso.
La lluvia había parado y el sol matinal se asomaba por entre la sucesión de edificios y árboles que formaban el decorado de la ciudad, amenazando con mucho calor y humedad el resto de la jornada. Los primeros rayos de sol que empezaban a aparecer le pegaron de lleno en la espalda, que se extendía por el resto de toda su silueta creando un halo que lo envolvía como si fuera la aparición de un ángel. La piel blanca del joven rechazaba la luz de Apolo, y esto hacía que resplandeciera.
Mateo estaba fascinado. No se atrevía ni siquiera a mirarlo a los ojos, pues temía contaminar la pureza de lo que veía, pero a la vez algo prohibido lo hizo sentir inmoral. No pudo evitar observar un leve brillo sudoroso sobre el torso de su amigo, donde una sucesión de vellos rubios y mojados se curvaban y resplandecían sobre el pecho por efecto de la luz del sol.
Suavemente se definían los músculos del estómago, y una fina línea de vello en la zona baja del abdomen se perdía bajo la cintura de sus blue jeans.
Mateo quiso mirar en otra dirección, pero sus ojos se negaban. Algo hizo que Tomás se girara. Unos pequeños hoyitos que se formaban encima de su trasero lo distrajeron, bajó la mirada y las piernas, que resaltaban su silueta por sobre los pantalones ajustados, lo bloquearon. Mateo parecía estar en trance. Levantó la mirada y se quedó en los brazos, donde los bíceps, al igual que el resto del cuerpo, se veían tonificados. Por un momento, sintió deseos de recorrerlos con sus manos.
¿Qué le pasaba?
¿Acaso le estaba gustando?
¿Desde cuándo le gustaban los hombres?
¿Cómo había llegado a eso?
Evidentemente, Tomás ya era alguien diferente para él. Ahora no solo lo estaba viendo como su amigo, lo estaba viendo como algo más.
El mismo efecto se repitió al observar su rostro, donde apreció en todo su esplendor una mirada encendida, amable, sana, de ojos de aspecto gatuno, custodios de una nariz diminuta y redonda. Una sonrisa de pequeños dientes iluminaba ese rostro que al sonreír formaba unas arrugas al costado de sus ojos y, junto al matiz de las pecas imperceptibles, le daban un aspecto de inocencia.
Esos ojos… esos malditos ojos verdes como esmeraldas cubiertas por un velo grisáceo.
Y esa sonrisa…
A Mateo finalmente le sucedía algo similar a lo que le había pasado a la mañana a su amigo cuando se quedó observándolo antes de irse de su apartamento.
Tomás giró sutilmente su cabeza, haciendo que el resto de su cabello que no estaba atado flotara en el aire como cien palomas liberadas que vuelan hacia el firmamento.
Se volteó hacia Mateo y le sonrió. Sonrió de tal forma que el sol se opacó por un momento.
Esa maldita sonrisa…
Esa bendita sonrisa…
Mateo se sintió descubierto e intentó hacer otra cosa, se agachó como buscando algo en el piso y, por supuesto, su cabeza terminó estrellándose contra el volante del auto.
Sonrojado, volvió su mirada a Tomás, quien ahora lo observaba con cara de preocupación.
—¿Estás bien?
—Sí… sí… ahora subite, así nos vamos —Mateo sacudió la cabeza como si se despertara.
El aeropuerto se encontraba a unos 25 kilómetros del centro de París, y se podía acceder a él ya sea en auto, en tren o en autobús. Dado que el recorrido de Tomás empezaría en la Torre Eiffel, era muy poco el tiempo que les quedaba para seguir juntos, puesto que se encontraba a unas pocas cuadras, en el centro mismo de la Ciudad Luz.
Sabiendo esto, Mateo dio unas vueltas de más y se detuvo cerca del acceso principal a la famosa torre, consciente de que no quería separarse, pero su cerebro le indicaba que tenía que dejarlo partir.
—Bueno, creo que acá nos despedimos, ¿no? —La expresión de Mateo era de tristeza.
—¿Vos decís? —Tomás sonó desafiante.
—Bueno, vos empezás tu recorrido acá y, salvo que quieras ir hasta el aeropuerto y después hacer un viaje de una hora en tren para regresar, te diría que sí, que acá te conviene bajar.
—Qué pena —se lamentó Tomás—, justamente ese era mi plan; es más, lo que más lamento es que te vas a perder mis mejores mates —siguió mientras sacaba de su mochila el termo, el mate y un paquete de yerba.
Mateo apoyó su cabeza en el volante y empezó a reírse, una risa tierna y cómplice que mostraba lo feliz que se sentía.
—Eso es chantaje —dijo Mateo.
—¡Como la canción de Shakira! —respondió Tomás, que siempre tenía una respuesta para todo.
El auto arrancó y el viaje hasta el aeropuerto fue mate en mano, charlando de las cosas que habían experimentado esos días y de las que les esperaban por delante. Al llegar al aeropuerto, Mateo devolvió el vehículo en la agencia de alquiler y se dirigió a la sala de espera, donde Tomás le cuidaba sus valijas.
—¿Ese es tu vuelo? —Tomás señaló con su brazo una pantalla donde aparecían los arribos y las partidas.
—Ese mismo, tengo todavía una hora hasta que pueda hacer el check in —respondió Mateo.
—Bueno, sigamos entonces la mateada; todavía tengo agua caliente, así que voy a renovarle la yerba, ¿te parece bien?
—Nada me gustaría más —respondió Mateo de manera cómplice.
Tomás se acercó hasta un cesto de basura donde le sacó un poco de yerba al mate y la renovó. Regresó y retomaron la mateada.
—Cómo voy a extrañar esto en Italia —suspiró Mateo.
—¿El mate? Si querés te doy el equipo, cuando ande por Roma, si coincidimos nos vemos y me lo devolvés.
—No me expresé bien, sí voy a extrañar tus mates, pero más voy a extrañar tu compañía.
Tomás se sonrojó y esbozó una sonrisa, abrió su mochila y sacó algo que tenía la forma de un cuaderno y estaba envuelto en un pintoresco papel de regalo.
—Tengo la solución para que no me extrañes —dijo entregándole el paquete.
Mateo no supo qué decir, tomó el obsequio y le devolvió el mate ya vacío a Tommy, asombrado por lo que estaba pasando.
—¿Qué es?
—Abrilo, es para vos.
Mateo rompió el papel lo menos que pudo puesto que quería conservar el regalo casi por completo. Una gran emoción le sobrevino cuando vio que se trataba de un portarretrato con la selfie que se habían tomado en el estadio del París Saint-Germain el día anterior.
—¿En qué momento hiciste esto?
—Después de que me fui de tu departamento, pasé por una tienda, descargué la foto y allí se encargaron de imprimirla y ponerla en este lindo portarretrato que, por cierto, lo elegí yo, ¿qué te parece?
—No sé qué decir; gracias, muchas gracias —Mateo abrazó a Tomás fuertemente—, en verdad me sorprendiste. Ahora me toca a mí, entonces. —Sacó de su mochila un paquete que le entregó a Tomás.
—¿Esto es para mí?
—¡Sí, hombre! Abrilo, por favor.
—A ver, dejame adivinar qué puede ser antes de abrirlo —dijo Tomás.
—¡Uh, hasta acá llegó mi amor! —dijo Mateo, adivinando la escena que seguía.
—¿Es un libro?
—No, ya tenés un montón.
—¿Una camiseta?
—¿Vas a seguir? —observó algo molesto Mateo.
—¿Un maquillaje de los que compró el presidente de Francia por treinta mil euros? —arremetió el rubio sonriendo.
—¡Abrí ese paquete y dejate de preguntar pelotudeces! —bufó Mateo.
—¡Está bien, no te calentés, che! —Tomás soltó una carcajada.
El paquete era una pequeña caja que contenía una Torre Eiffel en miniatura, hecha de algún metal de color cobrizo que estaba apoyada sobre una base de madera, bien lustrada y pulida.
—Creo que también me quedé sin palabras. —La voz de Tomás sonaba quebrada—. Gracias —continuó diciendo y le devolvió el abrazo.
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