Kitabı oku: «El poder de la aceptación»

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Título original: AMOUR, AMOUR, AMOUR - LA PUISSANCE DE L’ACCEPTATION

Traducido del francés por José López Falcón

Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.

Maquetación de interior: Toñi F. Castellón

© de la edición original

2007, Lise Bourbeau

© de la presente edición

EDITORIAL SIRIO, S.A.

C/ Rosa de los Vientos, 64

Pol. Ind. El Viso

29006-Málaga

España

www.editorialsirio.com

sirio@editorialsirio.com

I.S.B.N.: 978-84-18531-01-9

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Contenido

CUBIERTA

CRÉDITOS

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

LA CONSULTA

LAS DIFERENTES CARAS DEL AMOR

EL AMOR A UNO MISMO

CON LOS DEMÁS

ACEPTAR LO QUE LOS SERES QUERIDOS ELIJAN

MANERAS PRÁCTICAS DE ACEPTARSE

ACEPTAR QUE EL DINERO NO NOS DEFINE FRENTE A LOS DEMÁS

ACEPTAR LA PÉRDIDA

ACEPTAR LA ENFERMEDAD

ACEPTAR LA VEJEZ Y LA MUERTE

ACEPTAR LAS HERIDAS

ACEPTAR EL ESTADO DEL PLANETA

ACEPTAR A LOS DEMÁS

EL AMOR VERDADERO

ETAPAS PARA RECONCILIARSE CON ALGUIEN Y PERDONARSE A UNO MISMO

1) EMOCIÓN/ACUSACIÓN

2) RESPONSABILIDAD

3) RECONCILIACIÓN

4) PERDÓN A UNO MISMO (la etapa más importante)

5) DESEO DE COMUNICAR

6) ENCONTRARTE CON ESA PERSONA

7) RELACIÓN CON UN PROGENITOR

SOBRE LA AUTORA

AGRADECIMIENTOS

Este es ya mi decimoctavo libro, y sigo sintiendo el mismo reconocimiento hacia todos los que me ayudan a escribirlos.

Sea reconocimiento o re-conocimiento, hace que piense que el conocimiento es el fruto del trabajo de muchas personas. Escribir un libro es también el resultado del conocimiento de un grupo de individuos.

¿Qué parte viene de mí y qué otra viene de los demás? Me resulta imposible establecer un límite.

En primer lugar, quiero dar las GRACIAS a todos los que, con su historia y su participación en los talleres, han hecho posible que este libro vea la luz. Me siento particularmente privilegiada por hacer un trabajo tan enriquecedor, gracias a la ayuda de todos los que quieren mejorar su calidad de vida.

Tengo también la suerte de estar rodeada de gente que me apoya de todo corazón: Jacques –mi marido–, mi familia, mis amigos y el equipo de Escucha a tu Cuerpo. Les tengo especial aprecio a los comentarios constructivos de los que leyeron el primer borrador de esta obra, pues me ayudaron a mejorar.

Gracias a las correctoras, Claude Vienne y Julie Labelle, por haber hecho tan buen trabajo. Para terminar, no tengo ­palabras para reconocer en su justo valor la ayuda constante de ­Jean-­Pierre Gagnon, director de Ediciones ETC, y la creatividad de Monica Shields, autora de la portada y maquetadora. *

* La autora se refiere a la edición original.

INTRODUCCIÓN

Desde hace veinticinco años enseño amor incondicional. Suelo citar la palabra aceptación durante los talleres y las conferencias que doy. Este término aparece en numerosas ocasiones en los libros y los diversos artículos que escribo. A pesar de eso, me siguen preguntando:

 «¿Estás segura de que TODO puede ser aceptado?».

 «¿Por qué olvido todo lo que he aprendido sobre la aceptación en cuanto algo no va como quiero?».

 «No consigo entender tu método, tengo continuamente la impresión de que me van a engañar si lo hago así».

 «Me cuesta mucho diferenciar si realmente he aceptado una situación o si me he resignado».

 «No consigo creer que una situación desagradable vaya a transformarse solo aceptándola. Me parece demasiado milagroso y, sobre todo, demasiado simple».

No me sorprendo cuando escucho las dificultades por las que pasan los clientes de Escucha a tu Cuerpo. Me he dado cuenta de que, tanto en mi vida personal como en la profesional, esta noción de aceptación, que permite llegar al amor incondicional, es simple, pero no resulta ni mucho menos fácil de aplicar. Incluso yo misma y el equipo de Escucha a tu Cuerpo, que llevamos años enseñando el ­método, ­olvidamos a veces el remedio milagroso que puede transformarlo todo. Afortunadamente nos hablamos a menudo, lo que ayuda a que nos reconduzcamos rápidamente por el camino del amor.

En todos los países en los que enseño me llegan este tipo de preguntas y comentarios. En efecto, poco importa la raza, la cultura, el sexo, la edad, la profesión o la religión de una persona: todo el mundo aspira al amor incondicional. Es una llamada de nuestra alma, que es desgraciada porque nos dirige nuestro ego, no nuestro corazón. En la actualidad, escuchamos ese grito cada vez más intensamente. Vivimos una época de transformación interna. Soy feliz cuando constato que todos aquellos con los que me encuentro aspiran realmente a una mejor calidad de vida interior. Saben por intuición que cuando lo de dentro cambia, el exterior se transforma.

Por esto decidí escribir un libro sobre la aceptación en todo el sentido de la palabra y en toda clase de situaciones, sobre todo en esas que son desagradables y no deseadas. Espero de corazón que lo que sigue pueda ayudarte a asimilar mejor el concepto de amor verdadero.

He elegido para explicar todos estos conceptos la historia de una familia que vive diversos problemas de aceptación. Espero que así la lectura te resulte más fácil e interesante. La historia y los nombres de los miembros de esta familia son ficticios, pero están basados en los miles de testimonios que he tenido la ocasión de escuchar en mi consulta a lo largo de estos veinticinco años.

Si cuando leas los diferentes consejos que te doy (por ejemplo, para hacer las paces con alguien, para aceptar a los otros, para aceptarte) te surgen pensamientos como...

 «Nunca conseguiremos llegar a un acuerdo».

 «Estoy segura de que el otro jamás querrá aceptar esto».

 «Solo es un libro, la realidad es muy diferente».

... debes saber que es una manifestación más de la resistencia que ejerce tu ego. Todo lo que sugiero se puede poner en práctica: basta con decidirse a experimentarlo. La buena noticia es que mientras más practiquemos, más fácil y rápido será.

Me voy a permitir la licencia de tutearte, lector: eso te ayudará a sentir tus emociones más rápidamente, sobre todo si te reconoces en alguno de los diferentes ejemplos que utilizo.

¡Buena lectura!

LISE BOURBEAU

Capítulo 1

LA CONSULTA

Mi secretaria me anuncia que la cliente que me tocaba ver en mi consulta privada hoy ya ha llegado.

–Buenos días, Anna.

–Buenos días, señora Bourbeau. Estoy muy contenta de conocerla en persona. He leído todos sus libros y he participado en varios de sus talleres. Me siento muy feliz por ser una de las tres personas que va a llevar en privado durante los próximos tres meses. Me han dicho que es para su investigación, ¿verdad? ¡Qué privilegio tener esta oportunidad! ¡Sobre todo sin tener que pagar nada! Por suerte conozco su trabajo, porque si no habría desconfiado de este ofrecimiento –me dice riendo.

–En efecto, me quedaré en Quebec durante algunos meses. Quiero trabajar en privado con tres personas diferentes en tres temas distintos. Tras publicar esta oferta en nuestra web recibimos numerosas peticiones. Reunimos las que tenían que ver con el amor verdadero, uno de los tres temas sobre los que voy a investigar, y salió al azar su nombre. Antes de continuar, me gustaría que nos tuteásemos durante el tiempo que nos estemos viendo, ¿te parece bien?

–De acuerdo. Incluso será más fácil. Me gusta que uses el tuteo en tus libros y en tus talleres. Hasta ahora he asistido a tres talleres y hay cosas que han mejorado en mi vida; pero debo admitir que encuentro muy difícil de entender el concepto de amor incondicional.

–Bien, veamos. Te escucho. Háblame un poco de ti y dime cuáles son las dificultades con las que te has encontrado.

–Tengo treinta y ocho años y llevo catorce casada con Mario, que tiene cincuenta y dos. Por lo tanto, catorce más que yo. Cuando lo conocí, en 1991, estaba casado y vivía todavía con su mujer, Rita, y su hijo, David, que tenía catorce. Como te habrás dado cuenta, el catorce está muy presente en nuestra vida. Comienzo a preguntarme si es un número gafe para nosotros... –comenta pensativa–. Espero no volverme supersticiosa. Vuelvo a mi historia...

»Lo mío con Mario fue un flechazo. Me prometió que dejaría a su mujer por mí; finalmente, en realidad la dejó porque me quedé embarazada. Nuestra hija, Sandra, tiene por lo tanto catorce años ahora. ¡De nuevo el catorce! Me he dado cuenta de esta coincidencia cuando supe que vendría hoy aquí y me preparaba para contarte mi historia. A Mario le impactó mucho conocer que me había quedado encinta. Él sabía que yo tomaba la píldora, por lo que dedujo que formaba parte del uno por ciento de las mujeres a las que les falla este anticonceptivo. Le dije que debíamos de estar destinados a tener un bebé juntos; lo que no le dije es que había olvidado adrede tomarme la píldora durante varios días en el momento de la ovulación... Fue un alivio no tener que contarle la verdad cuando vi su reacción. Nunca habíamos hablado de tener niños, nos conocíamos desde hacía muy poco.

»Sé que tendría que habérselo consultado, pero lo amaba tanto y tenía tanto miedo de que no se separase nunca de su mujer... Se sentía muy culpable cuando pensaba en el divorcio, por tener un hijo aún adolescente. Vivimos una gran pasión e inventar toda clase de excusas para vernos más a menudo le resultaba cada vez más difícil. Además, estaba harta de quedarme sola los fines de semana.

»Dejó a su mujer al principio de 1992 y nos casamos en Las Vegas en total intimidad, dos meses después del nacimiento de Sandra. Apenas pasó un mes entre el divorcio y nuestra boda. Varias personas me dijeron que meterse tan rápido en una segunda relación no era sano para una pareja y que deberíamos haber esperado. Tenían razón, creo, porque estamos pasando ahora por momentos muy difíciles.

–¿Después de vuestra boda le has contado a tu marido que habías planeado tu embarazo?

–No, nunca he tenido el valor de decírselo. No sabes cuántas veces he querido hacerlo, pero en el último instante he sentido miedo y lo he dejado para otro momento, he encontrado siempre razones para callármelo. Soy una cobarde, ¿verdad?

–No se trata hoy de juzgar tu comportamiento. Cada vez que te planteo una pregunta es para ayudarte a que te descubras. Presta atención a las palabras que utilizas cuando me hablas, son reveladoras. ¿Cuáles son esas grandes dificultades por las que estáis pasando en estos momentos?

–Ya no confío en él, porque sospecho que tiene una relación con otra mujer. Intento no obsesionarme, pero no lo consigo, sobre todo en este asunto. Me paso el tiempo espiándolo, intentando pasar desapercibida. No te imaginas lo que me estresa la situación. Cada vez llega más cansado a casa. Se queda dormido en el sillón y apenas nos habla, ni a Sandra ni a mí. Me dice que siente comportarse así, que no sabe lo que le sucede, que es temporal, que no me desespere, que sea paciente... Hacemos el amor, pero esporádicamente. Ya no es como antes...

»Su hijo, David, que tiene ahora veinticinco años, se casó y tiene un niño de cuatro. Mario ya ni siquiera piensa en su nieto. Soy yo la que lo arrastra siempre para que los visitemos. Cuando le sugiero que vayamos a consultar a un especialista, a ver si el problema es que tiene una depresión, me responde que no quiere oír hablar de médicos.

–¿Desde cuándo tienes sospechas?

–No lo sé exactamente. Al menos hace dos años, el tiempo que hace que lo vigilo; pero creo que ha debido de empezar mucho antes, salvo que yo no quería verlo. Al saber que venía a verte, he estado un rato reflexionando sobre lo que estamos viviendo. Me he dado cuenta de que nunca le he hablado de mis dudas porque tengo demasiado miedo de lo que podría ocurrir. Digamos que prefiero no saber antes que conocer algo que no me gustaría. Me hace mucho bien hablar de esto ahora.

–Volveremos a lo que vives dentro de un rato. Antes, tengo algunas preguntas más que hacerte. ¿Mario también está trabajando en su crecimiento personal?

–Leyó tu primer libro hace algunos años y asistió a un taller de Escucha a tu Cuerpo. En realidad, fue nuestra nuera, Michelle, quien nos puso al corriente de tu trabajo. Ella te descubrió a los dieciocho. Estaba tan emocionada que nos regaló tu primer libro y nos aconsejó con insistencia que nos apuntáramos a uno de tus talleres. Después, Mario perdió el interés. Yo misma me prometí que asistiría a otros talleres, pero, como no me organizo muy bien, lo dejo todo para más adelante...

»También tenemos dificultades con nuestra hija. Se maquilla de forma tan provocativa que parece que tenga dieciocho. Me preocupa mucho que llegue tan tarde. Lo que me dice es que soy una antigua. ¡Si solo tengo treinta y ocho años! Me siento todavía muy joven, pero ella me considera una vieja. Nunca quiere contarme lo que hace con sus amigas. Recibía tantas llamadas en el fijo de casa que tuvimos que comprarle un móvil. Nos prometió que pagaría sus facturas de teléfono al final de cada mes, pero no lo ha cumplido. Mario me dice que se lo confisque, pero es a mí a quien castigaría con tal actitud, pues tendría que responder a todas las llamadas que ella recibe, sin contar que la línea estaría siempre ocupada.

»Hay algo más. Mario me repite constantemente: «Haz esto, haz aquello con TU hija». Nunca quiere implicarse. Me dice que soy yo quien tiene que tomar todas las decisiones, pero, cuando alguna no funciona, se desmarca diciendo que no es culpa suya, que no sé llevarla.

–Me has hablado de varios problemas hasta ahora. Volvamos al primer asunto que mencionaste, el de tu miedo a que Mario te engañe. Siempre trabajaremos los asuntos de uno en uno, ¿de acuerdo? Volveremos a los otros a lo largo de las visitas posteriores.

Anna inspira profundamente y espira despacio. De repente, algunas lágrimas aparecen en sus ojos. Me mira durante unos momentos y después su mirada se torna cada vez más triste. No digo nada. Le ofrezco un pañuelo y un vaso de agua. Al cabo de un rato responde:

–Me doy cuenta de que mi mayor miedo es perder a Mario. No hay nada que desee más que pasar el resto de mi vida con él.

–¿Cómo te sientes? Cierra los ojos y deja que salga lo que te venga cuando piensas en perderlo.

–Me siento muy triste. Tengo mucho miedo. Es como si tuviera una gran bola dura en mi vientre. Siento también mucha rabia. Sé que hace mucho que la llevo reprimiendo. Tengo miedo de perder el control y que salga, y que eso provoque que Mario me abandone. Me da pánico solo pensar en quedarme sola. Creo incluso que nuestra hija elegiría vivir con su padre: con él hace más lo que le da la gana. Para mí, ese abandono significaría que habría echado a perder mi vida. No sé si podría recuperarme.

–Entonces, por resumir, lo que te preocupa más en este momento es la actitud de Mario, cómo se comporta contigo y con los otros miembros de la familia, y la posibilidad de que te esté mintiendo. Sin embargo, el verdadero problema es el gran miedo que tienes a perder el amor de tu marido y de tu hija y encontrarte sola. ¿Es eso?

–Sí, es eso. Antes de expresarlo ahora no me había dado cuenta del miedo que tengo al abandono. Seguí tu curso sobre las cinco heridas del alma. Me analicé y vi muy pocas características de la herida de abandono en mi cuerpo, cuando creía que era seguro que la tenía. Creo que mi herida de traición es mucho más evidente. Supongo que tendré que ocuparme de las dos, ¿verdad?

–A su debido tiempo veremos cómo se relaciona todo esto con tus heridas. Me quedan algunas preguntas: ¿qué quieres en tu vida?, ¿qué tipo de ayuda esperas recibir de mí?

–Muy sencillo: quiero seguir con mi marido y que nuestra familia esté más unida, no cada vez más separada. Quiero saber qué puedo hacer para alcanzar este objetivo.

–Nadie puede garantizarte que vayas a retener a tu marido porque eso depende de él. Ya sabes, no puedes obligar ni a tu marido ni a tu hija a seguir contigo. ¿Quieres saber por qué atraes este tipo de situaciones? ¿Estás dispuesta a cargar con la responsabilidad de lo que te suceda? Te pregunto esto porque, incluso si es eso lo que esperas de mí, me es imposible decirte que eres desgraciada por la falta de tu marido o de tu hija. Tampoco estoy diciéndote que sea culpa tuya. En realidad, nadie tiene la culpa, solo sois gente que sufre y que no sabe gestionar ciertas situaciones. Eso sí, puedo ayudarte a encontrar la causa de lo que te está sucediendo y sugerirte lo que puedes usar para aceptar lo que se presente en tu vida, sea algo que desees o que no.

–Sin duda deseo conocer las causas de mis problemas, pero de ahí a aceptar que mi marido elija dejarme... ¿Crees en serio que una mujer que ama a su marido puede llegar a aceptar algo así?

–¿Sabes? Tu reacción es la que tendría cualquier ser humano. Nunca he dicho que ese tipo de situaciones sean fáciles de vivir. De lo que estoy convencida es de que puedes encontrar en ti el amor necesario para aceptar cualquier situación indeseable. Ser capaz de hacerles frente a todas las eventualidades es dar prueba de sabiduría, es dejar ir. ¿Te has dado cuenta de que ese tipo de control no cambia nada, de que no te aporta paz interior? Solo puedes alcanzar esa paz aplicando la definición de amor verdadero. Entonces, ¿estás de acuerdo en que hablemos de eso?

–Sí, por supuesto, estoy dispuestísima. Hace ya mucho que no aguanto esta situación y estoy abierta a otra cosa. Espero que podamos encontrar una solución para que todo vaya a mejor en nuestra pareja.

–Para que trabajemos mejor juntas, me gustaría que te acompañara Mario el próximo día que vengas. Si le gusta, podrá volver cuando sea necesario que estéis los dos presentes. En nuestro próximo encuentro repasaremos qué es el amor verdadero, para que podáis encontrar lo que convenga mejor a vuestra vida de pareja y de familia.

»De aquí a la próxima visita, ¿crees que podrás encontrar el valor para contarle a Mario lo que has compartido hoy aquí conmigo, que piensas que tiene una relación con otra mujer y que sientes miedo de que te deje? ¿Crees que también podrías ­contarle que te quedaste embarazada queriendo? Además, te recomiendo que hables con tu madre y que compruebes si ella tenía los mismos miedos que tú, es decir, miedo a no ser querida y a ser abandonada por tu padre o por sus hijos.

–Me pides mucho, no sé si voy a ser capaz.

–Haz lo que puedas. Prefiero sugerir lo que puedes hacer cada vez que nos veamos. Solo actuando de modo diferente podemos transformar las situaciones indeseables. Pero lo más importante es que pases la primera etapa, que es reconocer que, por el momento, no estás actuando quizá como querrías, pero que es la única manera que conoces de enfrentarte a la situación. ¿Recuerdas, en el taller sobre las heridas, cuántas veces escuchaste decir que es normal y humano que uno reaccione cuando sufre? Todo lo que no marcha como quieres en tu pareja y con tu hija viene de las reacciones causadas por las heridas y por las reacciones de los que te rodean. Debes por lo tanto darte permiso –los demás también– para ser humana y aceptar tus límites y tus heridas no curadas aún.

RECUERDA…

Es importante no hablar solo de la situación vivida, sino encontrar el verdadero problema, preguntando a la persona en cuestión cómo se siente en esa situación. Además, ella tiene que saber lo que quiere con respecto a ese problema.

Es preferible gestionar los problemas de uno en uno.

Querer que todo pase como queremos que pase es querer tener el control. En tanto no dejemos ir, nada va a cambiar.

Nadie es culpable: lo único que ocurre es que hay personas que sufren y que no saben cómo gestionar esa situación.

Solo se puede comenzar a transformar una situación indeseable si nos planteamos actuar de modo diferente.

La etapa más importante es la aceptación del momento. Es admitir que, cuando una persona sufre, es porque una de sus heridas se ha activado. Debemos aceptar que somos humanos con heridas que no hemos curado aún.


Capítulo 2

LAS DIFERENTES
CARAS DEL AMOR

Una semana más tarde, me veo con Mario y Anna. Esta última está más sonriente de lo que me esperaba. Anna parece muy contenta de que su marido haya aceptado venir.

–Buenos días, Lise –me dice Mario–. Encantado de conocerte. Anna me contó lo de su visita y el proceso que ha decidido emprender; pero solo me ha contado por encima lo que ocurrió aquí. Admito que me ha picado la curiosidad. He visto en ella desde hace una semana una diferencia: está mucho más tranquila. He aceptado venir hoy, pero no sé si me interesa...

–Gracias por venir, Mario. Por lo que respecta al futuro, solo tú decidirás si el camino te conviene o no. Vayamos día a día, ¿de acuerdo?

Me da la impresión de que Mario está aquí solo para complacer a Anna y, después, por curiosidad. Está en guardia. Es una suerte que conozca ya mi trabajo, si no desconfiaría mucho más. Ya es una gran victoria para la pareja que hayan podido venir juntos a una reunión de este tipo. La mirada de Mario y el gesto afirmativo que hace con la cabeza me dan información: está feliz, porque no estoy intentando convencerlo de que siga el ejemplo de Anna; él decidirá por sí mismo. Continúo entonces.

–Cuando una pareja pasa por dificultades, es preferible que los dos estén presentes, así puedo escuchar la versión de cada uno. Esto permite dejar claros los hechos. ¿Estás de acuerdo, Mario, con que vuestra pareja y vuestra vida en familia necesita mejorar?

–Sí, debo admitir que Anna tiene razón. Pero no me explico cómo hemos llegado hasta aquí, se ha ido gestando solo sin darme cuenta. Nuestra vida se fue transformando de un modo tan sutil que no lo vi venir. Pero no creo que encuentre la situación tan complicada como Anna, ella siempre se ha mostrado más preocupada que yo –dice con una sonrisa encantadora y guiñándole un ojo a su mujer–. Me parece que es normal que, después de catorce años de vida en común, no estemos como al principio. Hay una gran diferencia entre la vida que yo llevaba con mi primera esposa y la que vivo con Anna. A Rita no podía soportarla y me las arreglaba para irme en cuanto podía de casa. Pero no estoy en contra de mejorar la situación, si es posible.

–Eso es genial. Estoy contenta de que estés de acuerdo con que hay margen de mejora; de otro modo sería muy difícil encontrar soluciones juntos. Voy a comenzar por revisar con vosotros el concepto de amor verdadero. Es el primer objetivo de esta visita. ¿Estáis de acuerdo?

Los dos me responden sí al mismo tiempo. Mario añade:

–Hace como cinco años seguí un taller de Escucha a tu Cuerpo, así que hacer memoria no me vendrá mal.

–La palabra amor es seguramente una de las más utilizadas en el mundo. Se usa de tantas maneras que es difícil conocer su verdadero significado. Por eso la mayoría de la gente confunde numerosas actitudes y comportamientos con el amor verdadero. Miremos juntos los comportamientos y la forma de vivir que más habitualmente se asocian con el amor.

»Comencemos por el CARIÑO. Suele creerse que alguien muy cariñoso está lleno de amor. ¿Cuántas personas muestran abiertamente cariño por sus familiares, pero están todo el tiempo autocriticándose y menospreciándose? Una persona cariñosa, para demostrar a los demás hasta qué punto le importan, puede utilizar estrategias como hacer un regalo, decir algún piropo, regalar flores, tocar efusivamente, tomar en brazos... Algunas señales de cariño pueden ser apreciadas por aquellos que las reciben, pero no quieren necesariamente decir que quien las da lo hace por amor verdadero. Si la persona que da esas señales de cariño tiene la más mínima expectativa, no es que esté regalando amor, sino que está a la espera de recibir del otro.

»Podemos colocar en esta categoría a la gente más expresiva. Muchos creen que ser expresivo es un signo de amor, cuando en realidad no tiene nada que ver con el amor verdadero; es simplemente un rasgo de carácter diferente. Una persona puede que jamás diga «te amo» a los demás y esté a pesar de eso llena de amor. Es simplemente incapaz de expresar lo que vive. Sin embargo, esta misma persona va a exteriorizar su amor de muchas otras maneras. Se trata solamente de saber reconocerlas. Veremos después qué es el amor verdadero.

»Se puede mostrar PIEDAD con el prójimo –con el discapacitado, por ejemplo–. Los testigos de esta piedad pueden creer que esa persona está dando testimonio de amor, que muestra una sensibilidad a los sufrimientos o a las desgracias del otro. En general, la piedad hace no solo sufrir a la persona que la manifiesta, sino también a la que la recibe. A menudo ­inconscientemente, aquel por el que se tiene piedad percibe que el otro se siente ­superior. Da la impresión de ser alguien que no puede salir solo adelante y que por lo tanto se siente inferior.

»Otra persona puede hacer un gran SACRIFICIO por alguien y creer que así está demostrando su amor. Puede que este sacrificio esté motivado por el amor verdadero, pero hay numerosas ocasiones en las que no ocurre eso. A muchos de los más abnegados los mueve el deber, la culpabilidad o el miedo. Se sacrifican por otra persona o por una causa importante –en su opinión–; pero el verbo sacrificarse significa ‘cumplir la voluntad de otro’. Por eso el sacrificio implica a menudo que la persona se olvide completamente de sus propias necesidades para cubrir las del otro. Tal comportamiento lo único que puede crear son muchas expectativas de reconocimiento, y si estas no son colmadas, las emociones y las frustraciones aparecen.

»También está el AMOR PASIONAL, que casi siempre se confunde con un gran amor. Se emplea frecuentemente la expresión loco de amor para ilustrarlo. Este fue el caso de vosotros, ¿verdad?, al principio de vuestra relación. La expresión lo dice por sí sola: la persona apasionada deja de tener la razón como referencia. El amor pasional solo se siente bien en presencia del ser amado. No puede aceptar que el otro sea feliz en su ausencia, sobre todo si ese otro muestra interés por hacer cosas solo, sin la compañía de su pareja. Vive solo por el momento en que el otro estará a su lado o, a falta de eso, por escuchar su voz. Idealiza al otro atribuyéndole solo cualidades que le convienen. No ve la realidad, es decir, sus fallos, sus defectos... Este tipo de amor ha destruido muchas parejas, ha generado muchos problemas en el trabajo y ha traído la ruina a muchas personas, porque la gente apasionada toma a menudo decisiones irreflexivas, solo por estar el mayor tiempo posible con el objeto de su pasión. Esto no es amor verdadero tampoco.

»No quiero decir que amor pasional y amor verdadero no vayan nunca de la mano; en realidad, es muy frecuente que una relación amorosa sea apasionada al principio. Lo que ocurre es que, poco a poco, esa pasión se detiene para dejar sitio al verdadero amor. La gente que cree que el amor pasional es el verdadero amor suele dejar a su pareja en el momento en el que la pasión se apaga para buscar otra pasión. Los que quieren vivir un amor verdadero van a darse cuenta intuitivamente de que en el momento en el que se acaba el amor pasional es cuando comienza el amor verdadero.

»Otra creencia errónea es que hacer el amor con alguien es una señal de amor verdadero. ¿Vosotros sois de esta opinión?

Mario tiene prisa por tomar la palabra:

–Todos sabemos que podemos hacer el amor sin estar enamorados.

–Me respondes como representante del sexo masculino, lógicamente –le digo sonriendo–. Es verdad que la mayoría de los hombres pueden hacer el amor sin estar enamorados. Te sorprendería saber el número de mujeres y de hombres que continúan pensando que el ACTO SEXUAL es una prueba de amor. ¡Cuántas niñas, por ejemplo, se enamoran locamente del chico que han escogido para hacer el amor por primera vez! Esta creencia se perpetúa en las mujeres adultas, quienes, tras su separación, se creen que están enamoradas del primero con el que aceptan hacer el amor.

»Los hombres dicen que es posible hacer el amor sin estar enamorado, pero ¿cuántas veces los he escuchado contar que sus parejas, que dicen amarlos, se niegan a hacer el amor tan a menudo como necesitan? Están convencidos de que dos personas que se aman deberían tener siempre ganas de hacer el amor juntas. Ya ves, los hombres y las mujeres tienen la misma creencia, pero no es expresada de la misma manera: la mujer hace el amor por amor y el hombre hace el amor para el amor. En realidad, el sexo no tiene nada que ver con el amor verdadero. Sin embargo, hacer el amor cuando hay amor entre dos personas es una experiencia de fusión y de placer extraordinaria. Es mucho más habitual que este acto se haga por muchas causas: por deber, por miedo a perder al otro, por miedo a desagradar, por necesidad de atención, por manipulación o por miedo a la reacción o a la violencia del otro, simplemente por tener una sensación física de placer o de poder...

»Otra actitud frecuente que se confunde con el amor verdadero es QUERER LA FELICIDAD de los que amamos A CUALQUIER PRECIO. Estoy segura de que os reconocéis en esta definición, pues la mayoría de la gente confunde esto con el amor verdadero. No quiero decir con esto que debamos permanecer indiferentes frente a los seres queridos y que su felicidad o infelicidad deba importarnos poco. Hablo sobre todo de las personas que no son felices cuando uno de sus familiares no lo es. Este fenómeno es muy frecuente entre padres e hijos, y entre cónyuges. Una persona puede sentir compasión y ofrecer ayuda a alguien que sufre, pero si sufre con él y eso afecta a su propia felicidad, no es por amor por lo que actúa, sino a causa de su actitud posesiva y por el miedo a perder el amor del otro.

Anna me mira fijamente. Parece que le cuesta aceptar lo que acabo de decir.

–Hasta aquí estaba totalmente de acuerdo con todo lo que has dicho –interviene–, pero creo que es imposible estar bien cuando uno ve que la persona a la que ama no es feliz. ¿Conoces a mucha gente que lo consiga?

–Para llegar a eso, tenemos en primer lugar que ser conscientes y después reconocer que nadie en el mundo puede hacer feliz a nadie, que la felicidad no puede venir más que del interior de uno mismo. La reacción que has tenido ahora se debe a que pasas de un extremo al otro. ¿Crees sinceramente que, si una persona es feliz, a pesar de que su pareja no lo sea, es porque se está mostrando indiferente?

–¡Por supuesto! ¿Qué va a ser si no la INDIFERENCIA?

–Es observación y responsabilidad. Te recuerdo que ser responsable es asumir las consecuencias de nuestras decisiones y dejar a los demás asumir las consecuencias de las suyas. Si tu pareja, uno de tus padres o uno de tus hijos decide no ser feliz, debe asumir las consecuencias. Si tú no eres feliz con esa decisión, estás asumiendo las consecuencias de la elección del otro. Sé que esta noción de responsabilidad es difícil de asumir para la mayoría. Volveremos sobre ella varias veces más adelante. Al ser cada vez más responsable, descubrirás que hay un justo medio entre considerarse responsable de la felicidad del otro y mostrarse indiferente.

»Como decía, una persona muy posesiva está convencida de que así expresa su amor por el otro. ¿Cómo reconocer tal comportamiento cuando se presenta en tu pareja, tu padre o tu hijo? Esta persona quiere saber siempre lo que hace el ser amado, lo que piensa, dónde está. En resumen, saberlo todo del otro, controlarlo constantemente. Está dispuesta a utilizar todos los medios para atraer la atención y la presencia del otro: amenazarlo, forzarlo, quejarse, bromear, ponerse enfermo, tener un accidente, mostrarse débil, hacer piruetas, hacerle mimos, acariciarlo, espiarlo, rebuscar en sus cosas, etc.

»Sea cual sea el medio utilizado, esta persona está convencida de que ama hasta tal punto que llega a creer que quiere ayudar al otro, que todo está permitido en el nombre del amor. Por otro lado, dirá a menudo: «Actúo así porque te amo», «Ah, si no te amara tanto... Eres tú quien me fuerza a comportarme de esta manera». Acusa de este modo al otro de su desgracia, pues su felicidad depende de él.

Al decir estas palabras, veo que Anna se pone colorada. Baja la cabeza y, cada vez más incómoda, se inclina para buscar algo en su bolso, que está en el suelo. Saca un pañuelo y pone cara de estar sonándose. Mario parece no darse cuenta de su malestar y sigue escuchando atentamente lo que estoy diciendo.

–Finalmente está el AMOR VERDADERO, el incondicional, que puede ser expresado de una manera general con todos. Sea cual sea el amor en sí, el amor al padre, a la madre, a los hermanos, a uno mismo o a los amigos, el amor incondicional se expresa de la misma forma. Estos son algunos modos de reconocerlo:

EL AMOR A UNO MISMO

 Darme el derecho a ser lo que soy en cada momento, aunque no sea lo que quiero ser (por ejemplo, ser impaciente, ser mentiroso...).

 Aceptar lo que me diferencia de los demás sin juzgarlo.

 Ser capaz de darme placer incluso si creo que no me lo merezco.

 Darme el derecho a ser humano (por ejemplo, a tener miedos, debilidades, límites).

 Recordarme que todo lo que vivimos es una experiencia y no un error, lo que evita que pueda juzgarme.

 Dejar que mi corazón decida y no tener en cuenta las opiniones de los demás.

 Aprender de cada experiencia, no desaprobarla.

 Prestarle atención a lo que necesito incluso si los demás me aconsejan de otro modo.

 Estar bien incluso si no respondo a mis propias expectativas o si no mantengo mi promesa para conmigo mismo o los demás.

 Observar lo que ocurre, aunque una vocecita interior diga que no está de acuerdo.

 Recordarme que nadie puede ocuparse de mi felicidad, que soy la única persona responsable de lo que me ­suceda.

CON LOS DEMÁS

 Darles el derecho a ser lo que son en cada momento, sobre todo si no son lo que quiero que sean (por ejemplo, si el otro es perezoso o negativo).

 Aceptar que el otro es diferente sin juzgarlo.

 Dar consejos a los demás o guiarlos sin esperar nada a cambio.

 Concederles el derecho a ser humanos (por ejemplo, a tener miedos, debilidades, límites).

 Permitirles que decidan por sí mismos, sobre todo si pienso que su decisión es inaceptable para mí.

 Recordarme que cada persona tiene necesidad de vivir experiencias diferentes, según su plan de vida.

 Dejarles que vivan sus experiencias y que asuman las consecuencias.

 Pedir sin tener expectativa alguna (por ejemplo, saber que me ama aunque se niegue a complacerme en lo que pido).

 Recordarme que tener expectativas es legítimo solo cuando hay un acuerdo claro entre dos personas.

 Observar a los demás, en lugar de juzgarlos o criticarlos.

 Acordarme de que no puedo hacer feliz a nadie, que cada persona es responsable de su felicidad.

»Es interesante constatar que un buen número de personas continúa creyendo que la definición que acabo de dar del amor verdadero es la misma que la del egoísmo.

»Están convencidas de que pensar en sí mismo antes que en los demás es EGOÍSMO. Si es vuestro caso, debo precisaros que ser egoísta es querer que el otro se ocupe de nuestras necesidades antes que de las suyas, y esto va en detrimento del otro. Es, por lo tanto, lo contrario del amor verdadero.

»Dime, Anna, ¿puedes darme un ejemplo de una situación en la que hayas acusado a Mario de egoísta?

–Es fácil –se apresura a responder Anna–. Lo encuentro egoísta a veces, sobre todo cuando termina de trabajar. Llego a casa sobre las siete de la tarde, cansada de todo el día, incluida la hora que tengo que pasar en el metro y el autobús. Trabajo en el centro en una tienda de ropa para niños y paso la mayor parte de la jornada de pie. Lo primero que Mario me dice cuando llego es: «Tengo mucha hambre. ¿Falta mucho para que la cena esté lista?». ¿Imaginas mi frustración? Es él quien se queda con el coche para ir a trabajar. ¡Llega a menudo dos horas antes que yo y ni siquiera prepara la comida! Creo que lo que más me enfada es que me pregunta eso incluso antes de decirme hola ni de preguntarme cómo he pasado el día.

–Vamos a ver, querida –replica enseguida Mario–, sabes que necesito el coche en mi trabajo porque tengo que desplazarme a menudo. Además, no me gusta en absoluto la cocina, no sé cocinar nada. Y cuando acabo de trabajar a las cuatro de la tarde es porque he comenzado muy temprano por la mañana. Estoy por tanto cansado cuando llego. No entiendo por qué te quejas, ni siquiera tendrías necesidad de trabajar. Te he dicho muchas veces que tengo un muy buen salario y que es suficiente para la familia. Eres tú la que insiste en trabajar.

–Sabes que me volvería loca si tuviera que quedarme en casa todo el día. Ese trabajo es importante para mí. De todos modos, siempre pones excusas para que te haga de asistenta. Cualquier idiota puede cocinar. No te pido un festín, una tortillita estaría bien. ¡No pretenderás que crea que no sabes romper unos huevos! Eres un hombre brillante y se te da bien el bricolaje. Estoy segura de que si quisieras podrías aprender a cocinar un poco.

Al mirarlos y escucharlos discutir, puedo imaginarme fácilmente que este tipo de escena es frecuente en su casa. Parece que ya están habituados a actuar así. Incluso han olvidado dónde están. Toso muy ruidosamente para que se den cuenta de mi presencia. Paran en seco y me miran avergonzados. Me pongo a reír y eso los calma. Poco a poco, empiezan a reírse conmigo.

–Escucharos y miraros me ayuda a comprender mejor lo que pasa entre vosotros. Lo único que he pedido es que me dieses un ejemplo de egoísmo, Anna. Eso parece que ha tocado tu fibra sensible, ¿verdad? Ahora le toca a Mario. Dame un ejemplo de actitud egoísta de Anna.

–Tengo muchos. Por ejemplo, me pregunta constantemente a qué hora voy a llegar. Quiere saber siempre dónde estoy, con quién estoy, y eso me pone de los nervios. Soy jefe de compras en unos grandes almacenes y tengo muchas responsabilidades. A menudo invito a algún representante a tomar una copa o a comer conmigo, de ese modo suelo cerrar muy buenos negocios. Anna se queja de que no pienso en ella. Cree que mis clientes son más importantes que ella y me pone cara de enfadada cuando llego. En mi opinión no piensa más que en ella. Debería apreciar todo el esfuerzo que hago por traer un buen sueldo a casa. ¡Estoy empezando a hartarme de la situación!

A medida que habla, se va mostrando cada vez más afectado y se sonroja. Lo observo y le muestro que acepto lo que me está diciendo. Respiro profundamente y eso lo lleva a pensar que debe hacer lo mismo para calmarse.

Anna, por su parte, se prepara para contraatacar: me mira, levanta los hombros y respira también intensamente. Consigue controlarse y no dice nada, pero tengo la impresión de que tendría mucho que decir.

–Según la definición que he dado hace un rato, ¿seguís creyendo que lo que entendéis por egoísmo es acertado?

Se miran, sin saber muy bien qué responder. Me doy cuenta de que continúan creyendo que el otro es el egoísta.

–Repito: ser egoísta es quitar algo al otro para disfrutarlo nosotros. Es creer que el otro debe ocuparse de nuestras necesidades. En tu caso, Anna, quieres que Mario se ocupe de tu necesidad de llegar a casa y encontrarte con una buena cena sobre la mesa. Por lo tanto, no es Mario el egoísta en esa situación, pues eres tú quien espera algo de él. Él dice simplemente no a las expectativas. No te quita nada, tan solo no te da lo que tú quieres. Sin embargo, quieres privar a Mario de su tiempo de descanso en casa.

»¿Sabéis? Cada uno tiene derecho a hacer las preguntas que quiera y a tener expectativas, pero eso no quiere decir que el otro esté obligado a decir que sí. Si aceptamos que no estamos en este planeta para complacer las necesidades de los que nos rodean, eso nos ayuda a ocuparnos de nuestras propias necesidades. Eso se llama AMARSE A UNO MISMO. Si para responder a nuestras expectativas necesitamos de alguien, recordemos que el otro no está obligado a responder. Nos corresponde a nosotros encontrar el medio de satisfacerlas. Por tanto, en tu caso, Anna, lo que deseas es tener la cena en la mesa cuando llegues. Pídeselo claramente a Mario y, si te dice que sí, puede que prepare él mismo la comida o que pida que traigan algo. A lo mejor dice no. Pero recuerda: dice no a tu pregunta y no a ti.

»Y tú, Mario, ¿ves que aún tienes algunas expectativas con Anna? Quieres que esté de buen humor sea cual sea la decisión que tomes o la hora a la que llegues a casa. Tienes derecho a pedirle eso, pero repito que ella no está obligada a complacerte. ¿Ves que estás más allá de su límite si no accedes a su deseo de que te ocupes de la cena? Por tanto, recordad que es siempre la persona que quiere que el otro responda a sus deseos la egoísta. El otro, al decir no, solo está expresando sus propias necesidades y sus propios límites. No está diciéndole «no te quiero» a la persona que pide. Os habréis dado cuenta sin duda de que, en general, cuando uno llama al otro egoísta, se debe en gran parte a que no hay buena comunicación. Ya tendremos ocasión de hablar de este asunto en nuestros próximos encuentros.

»¿Sabéis por qué hay tantas personas que tratan a los demás de egoístas cuando estos no responden a sus expectativas? Porque están confundiendo la palabra AMAR con la palabra COMPLACER. En efecto, complacer no es amar, no lo olvidéis. En los dos ejemplos que me habéis dado, ¿os habéis percatado de que el comportamiento de uno no le gustaba al otro? ¡No hay más! Complacer quiere decir simplemente agradar al otro y es siempre en el tener y el hacer, no en el ser. Es falso creer que los que os aman tendrán ganas de agradaros siempre que os convenga. Los que quieren continuar creyendo esto van a sufrir muchos desengaños, frustraciones y enfados en su vida.

»Creer que complacer significa amar impide también a la gente aceptar la crítica. Cuando uno de vosotros le dice al otro que no le gusta su forma de actuar, de pensar, de hablar, de vestirse, etc., no está diciéndole que no lo ama, sino simplemente lo que no le gusta del otro en ese momento.

»¿Valoráis lo importante que es aceptar que es IMPOSIBLE estar complaciendo constantemente a los que nos rodean? Los que se esfuerzan por hacerlo ponen de manifiesto que les falta mucho para quererse a ellos mismos, lo que tendrá como consecuencia que dudarán de que los otros puedan amarlos verdaderamente.

»Ahora, Anna, delante de mí, ¿te sientes preparada para contarle a Mario el problema que me expusiste la semana ­pasada?

Ella se sonroja, se retuerce las manos y mira después a Mario, que parece preguntarse qué está pasando. Anna lanza un profundo suspiro y me dice:

–Ya es hora de agarrar el toro por los cuernos y hacer frente a la situación. Estoy contenta de que Mario haya aceptado venir aquí hoy y voy a aprovecharlo. Para responder a tu pregunta, sí, visité a mi madre, como me sugeriste. Se sorprendió mucho al escuchar las preguntas que le hice. Me dijo que prefería no hablar de eso y ver el lado bueno de las cosas de la vida. Finalmente, cuando ya me iba, me dijo que, aun así, pensaría en las preguntas que le hice, si eso era útil para mi terapia. Parece que se cree que seguir una terapia es solo para gente que tiene graves problemas. Se sorprendió cuando le conté que me había metido en una. Eso sí, me escuchó atentamente cuando le conté algunas de las cosas sobre las que habíamos dialogado tú y yo. Creo que se le abrió una puerta y que la próxima vez que la vea la charla será más fácil.

»Me propusiste también que hablara con Mario, pero no he sido capaz... Estoy más cómoda haciéndolo contigo delante, me siento con más valor.

Se vuelve hacia Mario, inspira profundamente, suelta un largo suspiro y le confiesa que sospecha que tiene una relación con otra mujer, que ya no la quiere y que tiene pensado dejarla. Lo dice tan rápido que tiene que repetirlo. Su forma acelerada de hablar me hace suponer que ha estado practicando mentalmente varias veces. Él le dice entonces:

–¿Estás loca? ¿Cómo puedes creer eso de mí? ¡Estoy tan cansado que una aventura es lo último que me apetece! Me decepcionas, Anna: ¿aún no te has dado cuenta de que te amo? Ya no sé qué hacer. Parece que hay algo que me está corroyendo por dentro. Lo único que espero es que no sea cáncer. Tengo miedo a ir al médico y que me lo confirme.

Me mira y continúa:

–Me sorprende la imaginación que podéis llegar a tener las mujeres. ¿Por qué os hacéis tanto daño? Anna, ¿desde cuándo crees que te engaño?

Los dejo que sigan hablándose unos minutos. Después escucho que Anna le dice a Mario que tiene un gran secreto que contarle y que no puede guardárselo más. Le confiesa que se quedó embarazada a sabiendas, para que él dejara a su mujer. Mario la mira. Una miríada de emociones se puede leer en su rostro: sorpresa, negación, ira, tristeza, ira de nuevo... Finalmente le dice:

–¿Y esto tenías pensado ocultármelo toda la vida? ¿Cómo has podido vivir conmigo todo este tiempo mintiéndome y atreviéndote a acusarme a mí de mentir? ¡Es increíble! ¿Te das cuenta de que lo que tú hiciste es mucho peor que lo que yo haya podido hacer? En tu caso, es una mentira deliberada; en mi caso, no era yo quien mentía, eras tú quien se lo imaginaba todo. ¿Cómo voy a poder confiar en ella a partir de ahora? –añade mirándome.

–¿Quieres que te ayude a ver todo esto con los ojos del corazón? A fin de cuentas, es el objetivo de esta visita: aprender a amar más y sobre todo de una manera más fácil y agradable. ¿Estás de acuerdo?

–Te escucho, pero si te pones de su parte dejaré de hacerlo. ¡Estoy tan enfadado que ya no sé si estoy preparado para oír tu opinión! –dice en un tono mucho más alto.

Se vuelve hacia Anna, aprieta la mandíbula y le dice entre dientes:

–Has hecho bien al confesarme esto delante de Lise, porque si hubiéramos estado solos, no me habría retenido tanto...

Anna baja la cabeza sin decir nada.

–Para empezar, es importante que te permitas enfadarte, es una de las etapas de la aceptación. Es completamente normal y humano vivir emociones cuando tocan una de nuestras heridas. Acepta esta ira y no te niegues a experimentarla. Para observarla mejor, ¿puedes decirme en qué parte de tu cuerpo la sientes?

–Por todo el vientre y en los brazos. De lo que tengo ganas ahora es de golpear a alguien o algo.

–Ahora, visualízala y dile que le vas a dar su espacio. Dale tiempo para que se acomode y tu cuerpo la absorba. En realidad, la sientes en tu cuerpo físico, pero solo es un indicio de lo que estás viviendo en tu cuerpo emocional y mental. Una observación completa debe tener en cuenta los tres cuerpos. Veamos ahora lo que está ocurriendo en tu plano mental. Estás acusando a Anna de haberte mentido. ¿Al principio de vuestra relación le preguntaste si se había quedado embarazada adrede? ¿No? Entonces, en realidad no te ha mentido, simplemente ha elegido no decírtelo. Espera un momento antes de responder. Déjame explicarte la definición de mentira. Enseguida podrás hacerme las preguntas que quieras.

»Una mentira es la incoherencia entre lo que una persona dice, piensa, siente y hace. Nadie sobre la Tierra está obligado a ir contando por ahí sus secretos o lo que piensa a todo el mundo. Sin embargo, si le hubieras preguntado a Anna y hubiese respondido que no, entonces sí habría mentido.

–Sabía que te pondrías de su lado... Estoy de acuerdo con que nadie está obligado a decirlo todo, pero ese secreto me implicaba directamente. Tendría que habérmelo contado.

–Estoy de acuerdo contigo con que habría sido preferible que te lo hubiese dicho desde el principio. Atreverse a compartirlo todo con la pareja es una costumbre excelente para llevar una vida íntima en armonía. Nuestra pareja debería ser nuestro mejor amigo, no tendríamos por qué sentir miedo de revelarle nuestros sentimientos más profundos. Pero sabes tan bien como yo que el miedo nos impide a menudo actuar de la manera que quisiéramos. No puedo evitar hacer alusión a lo que he oído hace un rato, cuando decías que tenías miedo de tener cáncer y que por eso no querías ir al médico. ¿Has compartido este sentimiento con Anna?

–No, jamás le he hablado de ese asunto. Pero no es lo mismo: eso no la implicaba directamente, después de todo es mi cuerpo.

Anna se enfada y replica:

–¿Tienes el descaro de decirme que eso no me concierne? Todo este tiempo he vivido preocupada. Ya no sé qué pensar de nuestro matrimonio. No eres el mismo conmigo ni con tus dos hijos. Y no soy la única que está intranquila con este asunto: todos los que te quieren también lo están. –Suspira y añade–: De nada sirve enfadarme. Me doy cuenta de que eres como yo: tenías mucho miedo de compartir tu inquietud.

–¿Te das cuenta, Mario –intervengo–, de que no le has mentido a Anna, que no se lo has dicho por culpa del miedo que sientes? El temor a saber que puedes tener una enfermedad mortal es legítimo, tanto como el que tiene Anna de que la dejes. Sabemos que estos miedos provienen de nuestra imaginación y que son la mayor parte del tiempo injustificados; a pesar de eso, están presentes. No sirve de nada negarlos. Por lo tanto, lo que tenéis que hacer ahora es permitíos sentirlo, porque es algo humano. Aceptar un miedo tiene un efecto balsámico, es verdaderamente mágico. ¿Veis cómo la aceptación puede hacer que veamos de modo diferente una situación, con los ojos del amor?

A Anna le corren las lágrimas por los ojos y tiene una sonrisa en los labios. Noto que revelar su secreto la ha aliviado. Por su parte, Mario se reacomoda y respira profundamente varias veces. Poco a poco, siento que va aflojando, que sus hombros se relajan. Me mira y me dice bajito:

–Debo admitir que me siento mejor. Ya no me duele el brazo, solo me molesta el plexo. Ya respiro mejor. Buena señal, ¿no? Ahora comprendo mejor por qué Anna me hacía tantas preguntas sobre mis idas y venidas. No conseguía comprender por qué quería siempre estar al tanto de todo. ¿Qué podemos hacer ahora?

–Os sugiero que comprobéis si habéis ocultado cosas a vuestros padres (tú, Anna, a tu padre; tú, Mario, a tu madre) cuando erais más jóvenes. Normalmente, cuando una situación desagradable sobreviene en nuestra vida adulta, es porque nuestra atención está sobre lo que no aceptamos cuando éramos jóvenes. Es por lo tanto muy probable que hayáis escondido algo, que no os hayáis aceptado en esa situación y que os sintáis culpables. Aún es más probable que les hayáis acusado de mentiros en un momento dado o de haber mentido a su pareja. Tomaos el tiempo necesario para reflexionar sobre esto y habladlo con vuestros padres si es posible. Volveremos sobre este asunto en la próxima visita.

»Para concluir el encuentro de hoy, os quiero decir que es perfectamente normal para la mayoría de nosotros tener una percepción errónea de lo que es el amor verdadero, pues nuestros padres o quienes nos educaron no nos han transmitido esa enseñanza. Finalmente, la definición de amor verdadero puede resumirse en la palabra ACEPTACIÓN: aceptarse y aceptar a los demás en todas las experiencias de la vida, incluso si no estamos de acuerdo, incluso si no coincide con lo que hemos aprendido. La noción de aceptación es espiritual, mientras que estar de acuerdo –tener la misma opinión– es una noción mental. Por eso el ego solo quiere aceptar algo o a alguien si está de acuerdo con la persona o la situación.

»Os voy a dejar anotada la definición de amor a uno mismo y a los demás que os he explicado hace un rato. Os aconsejo que hagáis referencia a ella tan a menudo como podáis, así la iréis asimilando mejor.

RECUERDA…

La mayoría de la gente se confunde al pensar que ciertas actitudes y comportamientos son amor verdadero: el cariño, la piedad, la devoción, el amor pasional, el comportamiento posesivo, el egoísmo y la complacencia.

Si la persona que da muestras de cariño tiene la más mínima expectativa, no está regalando amor, sino que está esperando recibir algo del otro.

Puede que la entrega sea motivada por el amor verdadero, pero hay muchos casos en los que no es así.

Quien quiera vivir un amor verdadero sabrá por intuición que ha llegado porque comienza justo cuando la pasión disminuye.

Nadie en el mundo puede hacer feliz a nadie. La felicidad solo puede venir del interior de uno mismo.

Ser responsable es asumir las consecuencias de lo que elegimos y dejar que los demás asuman las consecuencias de sus decisiones.

El amor incondicional se expresa de la misma manera, sea el amor a uno mismo, a su padre, a su madre, el amor íntimo o el amor a los amigos.

Ser egoísta es querer que el otro se ocupe de nuestras necesidades antes que de las suyas; ese deseo va en detrimento de los demás. Es creer que los demás son responsables de nuestra felicidad. Es lo contrario del amor verdadero. Ser egoísta es quitar algo al otro para nuestra propia satisfacción.

Tenemos derecho a pedir, a tener expectativas, pero eso no quiere decir que el otro esté obligado a ­complacernos.

Es equivocado creer que los que nos quieren siempre van a tener ganas de complacernos en el momento en que mejor nos convenga. Los que quieren seguir creyendo de este modo sufrirán muchos desengaños, frustraciones y enfados durante su vida.

Es imposible complacer siempre a los demás. Los que se esfuerzan por hacerlo se aman muy poco a sí mismos. Como consecuencia, dudarán de que los demás puedan amarlos verdaderamente.

La persona egoísta es la que pretende que el otro responda siempre a sus deseos. El otro, cuando dice no, solo expresa sus propias necesidades o sus límites.

Una mentira es la incoherencia entre lo que una persona dice, piensa, siente y hace. Nadie está obligado a ir contando sus secretos o lo que piensa a cualquiera.

Atreverse a compartirlo todo con nuestra pareja es una excelente costumbre que podemos adoptar para tener una vida íntima maravillosa. Nuestra pareja debería ser nuestro mejor amigo y no deberíamos tener miedo de revelarle nuestros sentimientos más profundos.

Cuando ocurre una situación desagradable en nuestra vida adulta, es porque queremos atraer nuestra atención sobre lo que no aceptamos siendo jóvenes.


Capítulo 3

ACEPTAR LO QUE LOS
SERES QUERIDOS ELIJAN

-Buenos días, Anna y Mario. Estoy contenta de volveros a ver. ¿Habéis pasado una buena semana? ¿Hay algunos cambios positivos en vuestra relación a raíz de nuestra conversación de la semana pasada?

–Sí –responde Anna–. En varias ocasiones nos hemos dado cuenta de que cuando uno de los dos vivía una emoción, era porque se había creado expectativas con respecto al otro. Cada vez que esa situación se presentaba, nos mirábamos, decíamos «expectativa» y nos daba la risa. ¡Hemos mejorado mucho! Pero, dime, ¿por qué tenemos tantas expectativas uno con el otro? ¿Ocurre lo mismo en todas las parejas?

–¿Estáis seguros de que no conocéis la respuesta a esta pregunta? Os sugiero que volváis a leer la definición de amor verdadero, quizá ahí esté lo que buscáis...

Les dejo que examinen el texto que describe el amor verdadero. Mario es el primero en responder.

–¡Lo tengo! He encontrado la frase en la que se habla de las expectativas: «TENER EXPECTATIVAS SOLO ES LEGÍTIMO CUANDO LAS DOS PERSONAS ESTÁN DE ACUERDO». Es verdad que no había pactos claros entre nosotros. ¿Te acuerdas, Anna, cuando te critiqué por no haber planchado la camisa que necesitaba? ¡Me respondiste chillando que no eras mi sirvienta y me dijiste que me la planchara yo!

–Mario se dio cuenta media hora después de que se había creado expectativas con respecto a mí y me pidió perdón. Eso me afectó mucho –añade ella mirándolo con amor...–; de hecho, es verdad que no le había prometido que la camisa estaría planchada para el miércoles. Me ocupo siempre del planchado, pero solo hago un poco cada vez, porque no es que me vuelva loca esta tarea.

–Sigamos con el asunto de las expectativas. Anna, dices que siempre eres tú la que se encarga del planchado. ¿Te comprometiste desde el principio de vuestro matrimonio con él a hacerlo el resto de tu vida o en realidad se ha convertido en una costumbre que Mario considera ahora como consolidada?

–Tienes razón, me he acostumbrado a ocuparme del planchado porque, según yo, los hombres no saben hacerlo correctamente. Pero nunca hubo un compromiso formal sobre este asunto. ¿Quieres decir que es mejor que nos comprometamos con todo lo que hagamos?

–¿Qué pensáis? Intentad imaginar a una familia en cuya casa todas las tareas cotidianas están fijadas con antelación y claramente repartidas. La idea no es ser rígido en la atribución de tareas ni negar la ayuda al otro si lo necesita. Siempre he encontrado sorprendente que la mayoría de la gente acepte que tiene unas tareas que hacer en el trabajo, pero no en la casa.

–Me gusta esa idea –responde Mario–, pero necesitaremos trabajar mucho para ponerla en práctica, ¿verdad? ¿Crees, Anna, que podremos conseguirlo?

–Sabes que me gusta hacer listas. Podría redactar una de todo lo que hay que hacer durante la semana en casa. Después podríamos sentarnos con Sandra para hablar de eso. ¡Entre los tres seguro que llegamos a un acuerdo!

–¡Bravo, Anna! Estoy segura de que aportáis mucho cada uno y de que esto va a continuar siendo así. Ese es el modo de ahorrarse muchas frustraciones dentro de la familia.

–¡Sí, pero no por establecer una lista de tareas eso se va a cumplir! Tengo miedo de que Mario, que hace a menudo horas extras, busque excusas para no cumplir su parte. En cuanto a Sandra, siento que será aún peor. Estoy casi segura de que no va a funcionar con ella. Sería mejor que no le adjudicara ninguna tarea.

–Te corresponde decidir. Escoge lo que te haga sufrir menos. Comprueba en una escala del uno al diez la intensidad de las emociones que vives cuando lo haces todo en su lugar. Después, te aconsejo que pases por esta experiencia: dile que forma parte de la familia, que utiliza la casa tanto como vosotros y que tiene que cumplir con las tareas del hogar al mismo nivel que vosotros.

–Sé que me va a responder que somos nosotros quienes quisimos traerla al mundo, que ella no lo pidió, y que nos corresponde cargar con las consecuencias de esa decisión. ¡Los jóvenes de hoy son tan descarados! Me quedo a veces con la boca abierta cuando escucho sus comentarios. Y siempre acaba por llevarse el gato al agua.

–Es cierto, los jóvenes no se andan con rodeos para decir lo que quieren decir –afirmo–. ¿Sabes? Eso es bueno. Los de las generaciones anteriores, incluyendo la nuestra, pensaban lo mismo que ellos, pero no se atrevían a decir nada. Al menos, hoy, la juventud se desahoga. Acumulan muchas menos frustraciones que nosotros. Este es el lado bueno de ese descaro del que hablas. No digo que esté de acuerdo con comportamientos irrespetuosos o insolentes, pero, como padres, debemos siempre recordarnos que nuestros hijos han aprendido a comportarse así en casa. Sobre todo, son muy intuitivos, parecen conocer por instinto lo que sus padres no se han permitido nunca hacer. Como no quieren ser como ellos, deciden hacer lo contrario. Se atreven, por ejemplo, a decir lo que les apetezca decir. La razón por la que esta forma de actuar parece una desfachatez es porque vuestra hija es reactiva en este momento. Cuanto más os aceptéis el uno al otro, más os aceptará vuestra hija y menos querrá adoptar comportamientos contrarios a los vuestros para hacer que reaccionéis.

»Llegar a un acuerdo con ella significa que debéis permanecer firmes cuando le digáis que queréis adoptar un nuevo comportamiento dentro de casa para que haya más armonía. Tanto como sea posible, mostraos abiertos y transparentes con ella. A nuestros jóvenes les gusta que sus padres sean auténticos. Es necesario que quede claro para ella si forma parte de la familia o no. Si se niega, tendrá que hacerse todo ella misma: la comida, lavarse y plancharse su ropa, limpiar su habitación, ganar el dinero suficiente para pagar sus gastos, para salir o para comer fuera...

»También puede decidir formar parte de la familia y que os repartáis las tareas semanales entre los tres. Supongamos que acepta, pero que no mantiene su palabra como temes. En ese momento, valora, siempre sobre una escala del uno al diez, las emociones que experimentas cuando tienes que recordarle todo el tiempo sus compromisos o cuando tienes que obligarla a que asuma sus consecuencias. Así podrás determinar cuál de las dos actitudes quieres adoptar con ella: hacerlo todo tú misma o invitarla a comprometerse, aunque tengas que estar recordándole sus compromisos y sus consecuencias.

–¿Cuáles son esas consecuencias de las que hablas?

–Cuando hay un acuerdo entre dos personas es bueno establecer, de una forma clara y precisa, cuáles serán las consecuencias si una de las dos no cumple lo que promete. Por ejemplo, en el trabajo, si alguien no realiza la tarea que se le ha asignado durante la jornada, la consecuencia podría ser que tendrá que trabajar horas extras, o quizá su jefe decida pagar a otra persona para hacerlo y le descuente ese dinero de su salario. Debéis hacer lo mismo en casa. Una vez hayáis redactado la lista y decidido quién hace qué, tomaos algunos minutos suplementarios para precisar lo que pasará si uno de vosotros no puede hacer una de sus tareas o no quiere hacerla.

»Me estoy dando cuenta, por la forma como os estáis mirando, de que no estáis nada convencidos de que esto funcione. Os sugiero probar durante las semanas venideras. Si encontráis alguna dificultad, volveremos a hablar, ¿de acuerdo?

–De acuerdo –asiente Anna–. Debo admitir que tengo miedo de que la situación empeore si comienzo a castigarla. Me sentiré como un policía. Después de todo, solo tiene catorce años. ¿Crees que comprenderá todo esto?

–No he hablado de castigo, sino de consecuencia. Los jóvenes saben muy bien establecer la diferencia entre estos dos términos, no te preocupes. Además, cuando hagáis la lista, habréis de decidir juntos las consecuencias que tendrá para cada uno de vosotros dos, no solo para Sandra. Os aconsejo que incluso le pidáis en primer lugar opinión a vuestra hija sobre qué consecuencias le parecen más justas a ella.

»Tengo una pregunta para ti, Anna. ¿Tu madre lo hacía todo en tu lugar cuando tenías catorce años?

–¡Por Dios, no! Me ocupaba de mis dos hermanos pequeños, la ayudaba a ella a limpiar; además, estaba al cuidado de los hijos de varios vecinos, así ganaba algo de dinero para mis gastos. ¿Es imaginación mía que los jóvenes actuales no son tan maduros como lo éramos nosotros?

–Sí, es imaginación tuya. ¿Te das cuenta de que hoy los jóvenes de catorce años toman droga, beben alcohol, hacen el amor y son mucho más cultos que los de la generación precedente a esa edad? ¿Cómo puede ser que sean inmaduros para ayudar en casa? Todo depende de la educación que reciban y de la firmeza de sus padres. Comprendámoslo bien: establecer reglas es ser firme y consecuente, y no rígido y autoritario. Una persona es firme cuando expresa sus necesidades sin acusar al otro. Se muestra también preparada para escuchar la opinión del otro sin por ello resignarse a hacer lo que ese otro quiera. Se puede ser una autoridad en una materia, o una referencia para los demás, pero no ser déspota y rígido.

»Esta última persona impone sus normas y no quiere saber nada de la opinión de los demás. No está abierta a nuevos consejos una vez que ya ha iniciado un comportamiento. Establece reglas para tener poder sobre el otro, exige e impone incluso si esas normas no son inteligentes. Esta persona no dedicará tiempo a sentarse para redactar una lista y comprobar junto a los miembros de su familia si el reparto de las tareas y el tiempo para hacerlas les conviene. Impondría lo que estimara oportuno.

–Mi madre es de ese tipo –responde Anna–. Me era imposible expresar mis deseos y no me sentía aceptada por ella. Es justo otro de mis temores. Sandra tenía tendencia a decirme que si la amase la aceptaría como es. Si eso ocurriese, ¿qué le ­respondería? Si actúo como me estás sugiriendo que haga, tengo la impresión de que no lo aceptará. ¿Ves? De eso te hablaba cuando me refería a la aceptación en mi primera visita. Tengo la impresión de que, si acepto a todo el mundo, me sentiré ­invadida.

–Dime, según tú, ¿aceptaste el comportamiento de tu madre contigo cuando eras adolescente? ¿Cómo la juzgaste?

–La encontraba muy injusta. Mis amigas tenían por lo menos cinco francos de paga a la semana y no trabajaban si no querían. Una de ellas conseguía sacarle a su padre todo el dinero que quería. Como Sandra con Mario –añade a modo de reproche hacia Mario.

–Esa es una razón por la que tienes miedo de ser una mala madre con Sandra y por la que utilizas un comportamiento contrario al que tenía tu madre. Te voy a dar un consejo: si tienes el valor suficiente, pregúntale a tu hija en qué circunstancias piensa que actúas injustamente. Es lamentable, pero la mayor parte de la gente no sabe que hace todo lo posible para no ser juzgados de una cierta manera, y sin embargo lo hacen.

»Sobre lo que me preguntabas antes, aceptar a otra persona significa darle derecho a SER lo que quiera y no permitirle HACER todo lo que quiera en nuestro espacio. ¡Por el momento, vuestra hija está en VUESTRA CASA! Dentro de algunos años tendrá SU CASA y entonces será ella quien decida las reglas que habrá que seguir allí. No tendrá nada que decir sobre lo que vosotros hagáis en la vuestra. Puede que no esté de acuerdo con ciertas reglas que establecéis en vuestra casa, pero es importante explicarle lo que acabo de deciros. Tenéis perfecto derecho a decidir lo que queréis hacer para que sea agradable vivir en vuestra casa.

»Habitualmente, la mejor manera de proceder es darles la palabra a los jóvenes. Pregúntale a tu hija lo que querría hacer si estuviera en su casa, qué reglas impondría. Podéis intentar llegar juntos a un acuerdo haciendo una o dos concesiones. ¿Estáis listos para vivir esa experiencia y ver lo que ocurrirá en las próximas semanas?

Se miran, suspiran y me dicen con señas que sí.


–Gracias por tus consejos –dice Anna–. Tengo una pregunta más: ¿cómo podemos lograr aceptar la forma de vestir de Sandra? Si fuera la única que lo hace así, creo que sería más fácil hacerle comprender que es demasiado atrevida, pero todas sus amigas llevan el mismo tipo de ropa. Ya no sé qué hacer. Mario está de acuerdo conmigo. Creo que incluso le molesta a él más, pero quiere que sea yo quien se ocupe de gestionar la situación. Leo una y otra vez tu lista y releo las frases que podrían ayudarme, pero no sé qué hacer.

»Dices que debemos permitir a los demás que sean lo que quieren que sean, sobre todo si no son como nos gustaría que fueran, que tenemos que dejar que tomen sus decisiones y que vivan sus experiencias dejándoles asumir las consecuencias de lo que elijan. Dices además que debemos darles consejos o directrices sin esperar nada a cambio. ¡Uff! ¡Eso es muy difícil!

–Este es un buen ejemplo de comportamiento que os molesta. Eso le concierne exclusivamente a vuestra hija, porque no invade vuestro espacio. Vuestra hija quiere ESTAR SEXI; sin embargo, si por ser sexi invadiera vuestro espacio, tendríais derecho a no aceptarlo. Por ejemplo, Anna, si usase tu ropa sin tu permiso, tendrías todo el derecho de intervenir y prohibírselo. Eso es otra cosa, ¿verdad? ¿Qué temes que le suceda vistiendo de esa manera?

–Que sufra una agresión sexual y que todo el mundo crea que es una prostituta.

–¿Recordáis lo que dijimos en el curso de Escucha a tu Cuerpo, que en realidad nunca tenemos miedo a lo que les pase a los otros sino a nosotros mismos?

Mario hace que no con señas; Anna, en cambio, dice que sí lo recuerda, pero no cree que pueda aplicarlo a este caso.

–Bravo, Anna, por tu franqueza. Has tenido una reacción completamente normal. ¿Te acuerdas cuando vimos que el ego se resiste a todo lo nuevo? Por eso lo digo. A medida que te acostumbres a plantearte preguntas correctas, descubrirás automáticamente cuál es tu miedo en cada situación en la que crees que sientes miedo por otro. Por lo tanto, con respecto a Sandra, si le sucediera lo que dices temer, ¿qué temes que te ocurra a ti?

Al poco de terminar mi pregunta, las lágrimas han brotado de sus ojos. Le sugiero que respire profundamente y le ofrezco agua y un pañuelo. Poco a poco se tranquiliza.

–Un recuerdo de mi adolescencia está llegando a la superficie... Tenía quince años. A mi gran amiga Nicole, que vivía en la casa vecina a la nuestra, la agredió un hombre mucho mayor que vivía solo en una casa al final de la calle. Veíamos que les guiñaba el ojo a todas las chicas del vecindario, pero no le hacíamos ni caso. ¡Dios mío, solo tenía catorce años también cuando le ocurrió! Lo peor de todo esto es que mi madre y la madre de Nicole, católicas acérrimas, se tomaron muy mal todo aquello.

»Como consecuencia, mi madre me prohibió seguir quedando con Nicole. Me decía que seguramente ella había sido culpable, que aquella pinta de prostituta había atraído a aquel señor. La madre de Nicole me acusaba a mí afirmando que, como tenía un año más que su hija, la había influenciado; tampoco quería que su hija me viese. Continuamos viéndonos a escondidas. Pero cuando su madre se dio cuenta, la regañó severamente.

»Naturalmente mi madre me reservó la misma suerte cuando se enteró. No pude salir de casa ni recibir llamadas durante un mes. Después de ese tiempo, me enteré de que Nicole estaba embarazada de cuatro meses, que la habían sacado del colegio privado al que iba y que la habían enviado a la casa de una tía suya hasta que naciera el bebé. ¿Te imaginas? Según las creencias religiosas de su madre, el aborto no era una opción. No volví a ver a Nicole. Fue un duro golpe para mí. El año siguiente nos mudamos. Supe más tarde que habían dado al niño en adopción.

»Cuántas veces escuché a mi madre decir: «Más te vale que no te quedes nunca embarazada antes de casarte. No te lo perdonaría jamás. Yo no podría dar un niño en adopción. Me vería obligada a cuidar a ese niño y, no, gracias, ¡no quiero a un bastardo en mi casa...!». ¿Cómo es posible que no haya atado cabos antes? De eso es de lo que tengo miedo, de que Sandra se quede embarazada, de que me tenga que hacer responsable del bebé y de que su reputación quede manchada. Ahora comprendo por qué vivo en esta situación con mi hija a sus catorce años. Este incidente marcó mucho a mamá también, porque me vigilaba mucho más de cerca. Empezó a confiar menos en mí, siempre tenía que decirle a dónde iba y con quién salía.

»Es interesante encontrar la relación, pero ¿qué hago con todo esto ahora? ¿Crees que el hecho de ser consciente puede marcar una diferencia hasta el punto de que Sandra vaya a empezar a vestirse de una manera menos provocativa?

–¿Ves? Tenía razón al decirte que es por ti por lo que se viste así. –Mario se encara con Anna señalándola con el dedo–. Por eso quería que tú te ocuparas. ¡Ah, qué difícil es educar a una hija, sobre todo en la adolescencia! Es mucho más simple con los chicos. Nosotros, padres, no tenemos de qué preocuparnos en cuestión de sexo con un muchacho. Nunca he tenido ese problema con mi hijo. En lo que respecta a Sandra, espero también de todo corazón que lo que ocurra aquí hoy cambie algo, pues estoy de acuerdo con Anna en que nuestra hija exagera su forma de vestir. Me digo a menudo que un joven con necesidad de sexo debe de sentirse tentado ante toda esa exhibición.

Me apresuro a tomar la palabra, pues veo que Anna va a responder violentamente a esta acusación de su marido.

–Hablas de hombres con necesidad de sexo. ¿Dices esto porque es lo que te ocurre a ti?

Mario se ruboriza un poco, mira a Anna y me responde tras respirar profundamente.

–Voy a ser sincero hasta sus últimas consecuencias. Pues mira, sí, tengo necesidad de sexo. A decir verdad, no me he sentido bien de un tiempo a esta parte y no he tenido ganas de gran cosa, de sexo tampoco; sin embargo, siento que me falta. A menudo, de día, me imagino haciendo el amor como solíamos hacerlo antes, pero cuando llega la noche no tengo un gramo de energía. ¿Puedes explicarme por qué me falta energía tan a ­menudo?

–Volveremos a hablar sobre ese asunto en otro momento. Centrémonos en lo que traíamos entre manos, ¿vale? Me dices que sientes que te falta sexo y que piensas en ello con deseo durante todo el día. En ese momento, cuando ves a una bella adolescente pavonearse delante de ti, vestida de una manera sexi, ¿sientes ganas de tirarte encima de ella?

–¡Pues claro que no! La encuentro bella y sexi, pero eso es todo. Nunca se me ocurriría ir más allá.

–Entonces, ¿por qué crees que los demás hombres carentes de sexo han de ser diferentes a ti? Por supuesto, hay y habrá siempre hombres inmaduros en cuanto a su sexualidad que solo piensen en hacer el amor con chicas jóvenes –incluso algunos de ellos con chicos jóvenes–. La mayoría puede contenerse, pero algunos no lo consiguen y terminan agrediendo a alguien, como el hombre del que hablaste antes, Anna, el que abusó de tu amiga. La razón por la que actúan así los que no consiguen controlarse se debe a que ellos mismos han sido agredidos en su juventud y aún están resentidos con su agresor. Cuantas más veces alguien dice que no se convertirá nunca en cierta persona, más seguro es que finalmente así sea. Mientras más energía canalicemos hacia un pensamiento, más desarrollamos un sentimiento unido fuertemente a ese pensamiento y más se manifiesta. Esta ley es maravillosa cuando la utilizamos para crear lo que deseamos.

»Por lo tanto, volviendo con Sandra, ¿te das cuenta, Anna, de que has atraído en tu vida de madre a una joven que se viste de modo provocador justamente para ayudarte en el proceso de aceptación con tu madre, que sentía los mismos miedos que tú frente a la sexualidad?

–¿Tú también me vas a decir que es culpa mía que la niña actúe así? ¡Uff! –Anna se para un momento. Parece reflexionar–. Lo siento, ahora ha tomado el timón mi ego. ¡Al menos he sido capaz de darme cuenta bastante rápido hoy! Sé que ser responsable es aceptar el hecho de que atraemos ciertos comportamientos y actitudes de nuestros familiares para ayudarnos a tomar conciencia de algo que tenemos que regular. He vuelto a leer el capítulo sobre la responsabilidad hace algunos días. Aquello de que si no aceptamos nuestra responsabilidad nos sentimos culpables me resulta difícil de comprender. Es lo que acaba de sucederme. He sentido que Mario y tú me acusabais cuando decíais que la actitud de Sandra estaba en relación con la mía. Bueno, estoy de acuerdo. ¿Qué puedo hacer ahora?

–Te decía hace poco que debes seguir un proceso de adaptación con tu madre. A consecuencia de la actitud que tenía contigo por miedo a que te quedases embarazada y a que te tachasen de zorra, ¿de qué la has acusado?

–De ser injusta de nuevo, de no comprenderme, pero sobre todo de no escucharme. Era como si me dijese que era una prostituta como mi amiga. Ya no confiaba en mí.

–Bueno, pues ya sabes lo que tienes que hacer. El día que puedas comprender que tu madre actuaba así por amor por ti en la misma medida en que tú te preocupas por tu hija por amor a ella, volverás a encontrar la paz interior.

»Hasta ahora hemos visto el miedo que tienes por Sandra y el que realmente sientes por ti en esta situación. Tienes miedo de que tu hija se quede embarazada, no solo por ella, sino también por tener que sufrir las consecuencias. Y tú, Mario, tienes miedo de que Sandra sufra una agresión sexual. Sin embargo, no sé qué temes que te pueda ocurrir a ti si eso le sucediera a tu hija. ¿Lo sabes?

–No tengo miedo por ella, sino por mí, de acuerdo. Lo que me viene a la mente es que me enfadaría tanto que querría vengar a mi hija y que podría mostrarme muy violento si encontrara al agresor.

–Te aconsejo entonces que intentes encontrar de dónde viene esa violencia que tanto miedo te da. Quiero que sepas que representa algo que no aceptaste en tu infancia o tu adolescencia. Si quieres hablar de este asunto alguna otra vez que nos encontremos, tienes toda la libertad del mundo para plantearlo. Ahora me gustaría volver a la situación que vivís con Sandra. Recordad que el verdadero problema en cualquier situación es el miedo que despierta en vosotros. Ahora que lo hemos delimitado, ¿qué queréis que hagamos con este asunto?

Anna responde enseguida:

–Muy simple: que Sandra no se quede embarazada, que se muestre menos sexi. ¡Eso lo pondría todo en su sitio!

–Me haces reír. Esa suele ser la respuesta que escucho. ¿Te das cuenta de hasta qué punto eso que deseas depende de tu hija? Un QUIERO siempre debe depender de ella. Puedo ayudarte un poco. ¿Quieres ser capaz de sentirte bien incluso si lo peor sucede? ¿Te gustaría gestionar esta situación con ella como si fuera una buena amiga? ¿Quieres trabajar sobre las soluciones mejor que sobre el problema?

–Hmmm... Quiero todo eso, pero sobre todo quiero ser capaz de sentirme bien y dejar de preocuparme con este asunto. Me gustaría tener la seguridad de que, ocurra lo que ocurra, estaré preparada para hacerle frente.

–¡Bravo! ¿Sabes? Es muy importante saber lo que quieres. Si no fuera así, ¿cómo podrías alcanzarlo? Si entras en un restaurante y no sabes qué comer, ¿crees que comerás? Así ocurre en todos los terrenos. Lo más importante es que recuerdes que todas las experiencias que vives gracias a tu hija te ayudan a completar tus propios procesos. Ella no está en tu vida para hacerte sufrir.

»Te aconsejo que le cuentes a Sandra lo que le ocurrió a tu amiga Nicole, lo que viviste a los quince años. Sobre todo, cuéntale cómo te sentías cuando tu madre te vigilaba y cuando te acusaron de ser una mala influencia para tu amiga. Háblale de las acusaciones que formulaste contra todas las personas implicadas en esa historia. Estaría bien que te prepararas para esa conversación poniendo todo previamente por escrito.

»Explícale que por eso actúas así con ella y que te resulta difícil aceptar su modo de vestir. Después, pregúntale si está viviendo las mismas emociones que tú, si tiene los mismos ­miedos y te acusa de lo mismo. Recuerda que vivimos lo mismo generación tras generación. Las experiencias de la vida se repiten con las personas del mismo sexo. Por ejemplo, si acusaste a tu padre de algo, alguien del sexo masculino te acusará por la misma razón. En tu caso, tu madre tuvo miedo de que te quedaras embarazada como tu amiga Nicole, a la que acusaba de parecer prostituta. La acusaste de ser injusta, de no confiar en ti, de no comprenderte y sobre todo de no escucharte. Por eso tu hija está haciendo que revivas la misma experiencia que la que hiciste vivir a tu madre. Sería interesante saber en qué circunstancias te acusa de lo mismo.

–¿Y si Sandra no quiere hablar de este asunto?

–Para empezar, dile que le vas a contar algo que te sucedió cuando eras adolescente. Puedo asegurarte que, si no se siente acusada a lo largo de esa conversación, tendrá ganas de seguir escuchándote; pero si se siente acusada, parará en seco el diálogo. La finalidad de hablar con ella es ayudarte a comprobar lo que aceptas y lo que no. Después de haber compartido con ella el motivo por el que acusabas a tu madre, será más fácil para ti discernir en qué momento te juzga o te acusa de lo mismo. Si aceptas que acusaste a tu madre, lo sentirá y te hablará con más facilidad de lo que vive contigo. El objetivo no debe ser que cambie su modo de vestir, eso solo le corresponde a ella. Es su vida, y las posibles consecuencias las sufrirá ella.

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254 s. 8 illüstrasyon
ISBN:
9788418531019
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