Kitabı oku: «La prometida inadecuada - Solo para sus ojos»
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© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 230 -enero 2021
© 2007 Liz Fielding
La prometida inadecuada
Título original: The Sheikh’s Unsuitable Bride
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
© 2014 Liz Fielding
Solo para sus ojos
Título original: For His Eyes Only
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2008 y 2014
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1375-153-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
La prometida inadecuada
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Solo para sus ojos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
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Capítulo 1
–DEJA eso, Di.
Diana Metcalfe se apartó de la puerta trasera del minibús que estaba limpiando y, metiéndose en el bolsillo del mono de trabajo el envoltorio de una chocolatina, se volvió para mirar a su jefa, que parecía sumamente irritada.
–¿Qué pasa, Sadie?
–Jack Lumley se ha ido a casa, estaba enfermo. Es el tercero hoy.
–¿Otra vez los pasteles de carne del café?
–Eso parece, aunque es problema del Inspector de Salud Pública. El mío es que tengo tres conductores vomitando sin parar y un VIP que va a llegar al aeropuerto de la City de Londres en menos de una hora –a pesar de sus preocupaciones, Sadie sonrió–. Por favor, dime que no tienes una cita esta noche.
–No la tengo. ¿Quieres que trabaje esta tarde?
–Sí, si puedes.
–No veo por qué no. Llamaré a mi padre para decirle que dé la merienda a Freddy.
–¿Cómo está ese niño tan precioso que tienes?
–Creciendo sin parar.
–Daisy no hace más que preguntarme que cuándo va a volver a casa para jugar con él. Yo llamaré a tu padre y lo arreglaré, tú no tienes tiempo si vas a ir a recoger a ese cliente.
Diana parpadeó.
–Perdona, ¿estás diciendo que soy yo quien va a ir a recoger a ese VIP?
–Sí.
–¡No es posible! No puedes…
Sadie frunció el ceño.
–Has pasado la prueba para conducir ese coche, ¿no?
–Bueno, sí…
En teoría, cualquiera del equipo Capitol podía conducir cualquier coche. En teoría. Pero aquel era el coche más nuevo, más lujoso y más caro del garaje; el orgullo de Jack Lumley, el conductor número uno de la empresa. Diana había esperado que le dieran algún trabajo extra, pero jamás habría supuesto que querían ponerla al volante de aquel vehículo.
Ni confiarle a uno de sus mejores clientes.
–Menos mal –dijo Sadie.
¡Al parecer, eso era lo que iba a tener que hacer!
Diana se tapó la boca con una mano, pero no con la suficiente rapidez como para acallar la palabra que escapó de sus labios.
Sadie suspiró.
–Por favor, Diana, no utilices ese tipo de lenguaje cuando conduzcas los autobuses de los colegios.
–¿Dónde crees que he aprendido una palabra así?
–¿Tan terribles son los niños de hoy en día?
–No, los niños son buenos –respondió Diana rápidamente–. Lo que pasa es que están en la edad de querer impresionar a los adultos. Lo mejor que se puede hacer es ignorarles, no darle importancia.
–Lo mejor que se puede hacer, Di, es no decir lo mismo que ellos.
–Yo no… –al darse cuenta de que eso era lo que había hecho, se dio por vencida–. Está bien.
Sadie adoptó una expresión pensativa.
–Estoy pensando en poner a Jack en ese trabajo durante una semana o dos cuando se recupere. Eso enseñará a los niños a tener cuidado con lo que dicen. Y también hará que Jack se lo piense dos veces antes de comerse un pastel de carne en ese café.
¿El conductor más antiguo de Capitol Cars castigado conducir un minibús cargado de niños para llevarlos al colegio?
Diana sonrió traviesamente.
–Daría cualquier cosa por verlo.
Intercambiaron una mirada. Dos madres solteras, una en lo más bajo y la otra en lo más alto de un negocio dominado por hombres, que habían oído toda clase de chistes machistas sobre las mujeres conductoras.
Sadie, con pesar, sacudió la cabeza.
–Desgraciadamente, presentaría su dimisión antes de hacer eso.
–Sí, un trabajo totalmente indigno para él –comentó Diana–. No obstante, estoy segura de que será castigo suficiente enterarse de que he conducido su precioso coche.
Sadie evitó sonreír maliciosamente y volvió a adoptar su actitud de «jefa».
–En fin, lo único que te pido es que recuerdes que esta clase de clientes prefieren que su conductor sea prácticamente invisible.
–Entonces… ¿no podré cantar?
–¿Cantar?
–He descubierto que cantar evita que los pasajeros digan palabrotas.
–¡Hablo en serio!
–Sí, señora.
–Bien. Bueno, entonces, vamos. Mientras te cambias, te explicaré el itinerario del jeque Zahir. Tienes que ponerte el uniforme completo. Y sí, antes de que lo preguntes, tienes que ir con gorra.
–¿Un jeque?
–El jeque Zahir al-Khatib es el nieto del emir de Ramal Hamrah, primo del embajador de ese país en Londres y un hombre de negocios multimillonario que él solito está consiguiendo transformar su país en el destino turístico de moda.
Diana, al instante, perdió las ganas de cantar.
–En ese caso, sí que es un auténtico VIP.
–Exacto. El Mercedes estará a su completa disposición, cada segundo del día, durante su estancia en Londres. Inevitablemente, el horario de trabajo es impredecible. Pero si puedes arreglártelas con él hoy, haré que te sustituya alguien mañana.
–No será necesario –dijo Diana con cierta vehemencia y con la esperanza de ocultar la impresión de irresponsabilidad que podía haber causado.
Quizá no fuera Jack Lumley, pero sus pasajeros siempre quedaban contentos con ella.
–No te preocupes, me las arreglaré –añadió Diana–. Al menos, hasta que Jack se recupere.
Aquella era la oportunidad que había estado esperando, la posibilidad de demostrar que era capaz de responsabilizarse de trabajos importantes, de cambiar de conducir autobuses pequeños cargados de chicos de camino al colegio a hacer trayectos al aeropuerto conduciendo limusinas y llevando a clientes importantes. Y no estaba dispuesta a dejar el Mercedes en manos del primer hombre que se recuperase de una gastroenteritis.
–Dame esta oportunidad, Sadie. Te prometo que no te pesará.
Sadie le tocó el hombro con gesto de comprenderla.
–Veamos qué tal te va esta tarde, ¿te parece?
Era su oportunidad de demostrar lo que podía hacer, era también asunto suyo sacarle provecho.
Diana respondió al reto quitándose los guantes de goma que utilizaba para limpiar el pequeño autobús. Después, se despojó del mono de trabajo y se puso unos pantalones de uniforme bien planchados, una camisa blanca limpia y, en vez de la camiseta con el logotipo de la empresa, se puso la chaqueta de color burdeos del uniforme.
Sadie, examinando el papel que tenía en las manos, dijo:
–El jeque Zahir llega al aeropuerto de la City de Londres en su avión privado a las diecisiete horas y quince minutos de la tarde. Espérale en el aparcamiento de estancias breves. La azafata de los VIPs tiene el número de teléfono del coche y te llamará en el momento en que el avión aterrice con el fin de que tú puedas acercarte y le esperes.
–Bien.
–Su primera parada va a ser en la embajada de su país, en Belgravia. Estará allí durante una hora; luego, le llevarás a su hotel, en Park Lane, antes de llevarle a una recepción en la galería Riverside, en South Bank, a las diecinueve horas y cuarenta y cinco minutos. A continuación, una cena en Mayfair. Tienes todas las direcciones en tu hoja de servicios.
–Belgravia, Mayfair… –Diana, incapaz de contenerse, sonrió mientras se abrochaba la chaqueta–. ¿Estoy soñando? No me lo puedo creer.
–Di, no te emociones. Y mantente en contacto conmigo, ¿de acuerdo? Si se presenta algún problema, quiero que me informes tú de él, no el cliente.
El jeque Zahir bin Ali al-Khatib aún estaba trabajando cuando el avión tomó tierra.
–Ya hemos llegado, Zahir –James Pierce recogió el ordenador portátil, se lo pasó a una secretaria y lo sustituyó por un paquete envuelto con papel de regalo.
Zahir frunció el ceño, tratando de recordar de qué se trataba. Cuando lo hizo, alzó la mirada.
–¿Has logrado encontrar lo que ella quería? –preguntó Zahir.
–Lo ha hecho una de las personas que trabajan para mí por Internet. Antiguo. Veneciano. Muy bonito. Estoy seguro de que le va a encantar a la princesa –respondió Pierce–. Su chófer de costumbre nos estará esperando, pero esta tarde tenemos un horario muy apretado. Si quiere llegar a la recepción a tiempo, tendrá que salir de la embajada a las siete menos cuarto.
Diana detuvo el coche en la zona de «Llegadas» del aeropuerto, se ajustó la gorra, se estiró la chaqueta del uniforme y se alisó los guantes de piel. Después, salió del vehículo y se quedó de pie junto a la puerta trasera de la limusina, lista para entrar en acción en el instante en que su pasajero apareciese.
El jeque Zahir al-Khatib, en contra de lo que el atuendo de su país y posición podían hacer imaginar, apareció envuelto en un traje occidental. No obstante, ella no tuvo ningún problema en reconocerle.
La sudadera gris, los pantalones vaqueros y los zapatos, que llevaba sin calcetines, eran deportivos, pero caros. El hombre, alto, desgarbado y de oscuros cabellos, parecía más una estrella de cine que un hombre de negocios; pero ni sus ropas ni su atractivo físico mermaban su aura de despreocupada arrogancia ni la aristocrática seguridad de un hombre acostumbrado a que su más mínimo deseo se cumpliera a rajatabla.
El paquete de color rosa que llevaba en las manos solo lograba realzar su autoritaria presencia.
Tenía que admitir que el jeque Zahir al-Khatib era un hombre peligrosamente guapo.
Él se detuvo brevemente delante de la puerta para darle las gracias a su acompañante, concediéndole a Diana unos segundos para recuperar la compostura y mantener la boca cerrada en vez de decir lo habitual en un caso así: «¿Ha tenido un buen viaje?».
No debía hablar.
No se trataba de una familia regresando de un viaje a Disneylandia e impaciente por contar lo bien que se lo habían pasado mientras se acomodaban en un minibús.
Lo único que se requería era un «buenas tardes, señor…».
No le resultó fácil. Había dos cosas que se le daban bien: conducir y hablar. Hacía ambas cosas con naturalidad; con una de ellas se ganaba la vida, con la otra se divertía.
Ya que casi siempre le daban a ella los trabajos en los que había niños y fiestas, trabajos en los que la charla fácil era una ventaja, no le resultaba un problema ser habladora. Pero comprendía que Sadie le diera un trabajo como aquel solo porque estaba desesperada.
Pero le demostraría a Sadie que podía hacerlo bien. Se lo demostraría a todos, se prometió a sí misma, a sus padres y a los vecinos de sus padres.
Esbozó una sonrisa acorde con el reglamento de la empresa mientras abría la portezuela del coche.
–Buenas tardes…
No le dio tiempo a pronunciar «señor».
Un niño, escurriéndose entre las puertas de la Terminal al poco de que lo hiciera su pasajero, echó a correr, pasando entre la puerta del coche y el jeque Zahir, al encuentro de la mujer que acababa de aparcar el coche detrás del suyo. Antes de que Diana pudiera decir nada, el niño le pisó los limpios zapatos y se topó de bruces con el jeque Zahir, lanzando el paquete rosa por los aires.
El jeque reaccionó a la velocidad del rayo y agarró al niño por la chaqueta para evitar que cayera al suelo.
Diana, cuyos reflejos también eran buenos, fue a agarrar los lazos del paquete.
Logró agarrar un lazo.
–¡Sí! –exclamó Diana triunfalmente.
Pero demasiado pronto.
–¡Nooooo!
El paquete se estrelló contra el suelo y sonó a cristal roto.
En ese momento, no pudo evitar pronunciar la palabra que le había prometido a Sadie que jamás volvería a pronunciar delante de un cliente.
Quizá, con un poco de suerte, el inglés del jeque Zahir no era lo suficientemente bueno como para comprender su significado.
–¡Eh! ¿Dónde está el fuego? –preguntó el jeque al niño mientras le ayudaba a mantener el equilibrio y a enderezarse.
La esperanza de Diana se vio frustrada. Solo un ligero acento sugería que la lengua materna del jeque no era el inglés.
–No sabe cuánto lo siento… –dijo la abuela del niño, el objeto de aquel atropello–. Por favor, deje que le pague por los daños que mi nieto haya podido causarle.
–No tiene importancia –respondió el jeque, rechazando la preocupación de la mujer con un gesto con la mano y una leve inclinación de cabeza.
Era todo un caballero, tuvo que admitir Diana mientras recogía los restos de lo que hubiera en el paquete.
Entonces, cuando se levantó, él se volvió hacia ella y aquello fue la perdición de Diana. Entonces recibió el impacto de aquella piel aceitunada y unos viriles ojos negros. Era la clase de hombre que podía hacer con una mujer lo que quisiera con solo una sonrisa.
Sin embargo, el jeque Zahir no estaba sonriendo, sino mirándola con ojos impenetrables.
Fue entonces, al intentar hablar, cuando Diana se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
–Lo siento –logró decir ella por fin.
–¿Que lo siente?
El desliz de su lengua. El no lograr rescatar el paquete.
Decidiendo que lo último era lo mejor…
–Siento que se haya roto.
Entonces, cuando él le quitó el paquete de las manos, Diana añadió:
–Me temo que está goteando.
Él bajó la mirada, quizá para confirmar lo que Diana le había dicho; entonces, estirando los brazos para apartar el paquete de su cuerpo, miró a su alrededor como si estuviera esperando ver un contenedor de basura en el que tirar el paquete. Lo que a ella le concedió un momento para recuperar la respiración.
Así que ese era el jeque. Así que sus facciones tenían aire de chico malo. Así que era guapísimo.
¿Y qué?
¿Qué le importaba a ella?
Además, él no iba a mirarla dos veces aunque ella quisiera que lo hiciera. Y no quería.
En serio.
Un hombre así en la vida de una era más que suficiente.
Había llegado el momento de volverse a comportar como la profesional que le había prometido a Sadie que iba a ser.
No había ningún contenedor de basura a la vista y el jeque solucionó el problema devolviéndole el paquete a ella. Un comportamiento totalmente masculino… dejar que otro solucionara los problemas.
–Usted no es mi chófer habitual –dijo él.
–No, señor –respondió Diana mientras sacaba una bolsa de plástico de la guantera en la que metió el paquete–. No sé cómo me he delatado –añadió ella en un susurro.
–¿La barba? –sugirió él mientras Diana se volvía para mirarle.
Y tenía el oído muy agudo…
–No puede ser eso, señor –dijo ella arrepintiéndose del comentario–. No tengo barba. Pero podría ponerme una falsa.
A veces, cuando una se metía en apuros por hablar demasiado, lo mejor era seguir hablando. Sabía que, si conseguía hacerle reír, podría salir airosa.
«Sonríe, idiota, sonríe».
–Si usted lo desea, señor –añadió Diana cada vez más preocupada… porque él no sonrió.
–¿Cómo se llama? –preguntó el jeque.
–Ah, eso no tiene importancia –le aseguró ella en tono casual–. En la oficina sabrán quién soy.
Cuando él presentara su queja.
Ni siquiera iba a durar una tarde. Sadie iba a matarla. Sadie tenía todo el derecho…
–Puede que lo sepan los de su oficina, pero yo no.
Ese hombre no dejaba nada al azar.
–Metcalfe, señor.
–Metcalfe –él pareció a punto de añadir algo, pero pareció pensárselo mejor–. Está bien, Metcalfe, ¿nos vamos? No dispongo de mucho tiempo y ahora vamos a tener que parar en un sitio más con el fin de no desilusionar a la chica del cumpleaños.
–¿La chica del cumpleaños?
–La princesa Ameerah, la hija de mi primo, cumple diez años hoy. Lo que más quería en el mundo, al parecer, era una bola de cristal con nieve dentro. Le prometí que le traería una.
–Ah… –una niña. Y se le olvidó que no debía hablar a menos que le hicieran una pregunta–. Las bolas de cristal con nieve son preciosas. Yo todavía tengo la que me dieron cuando…
Diana se interrumpió. ¿Qué le importaba a él aquello?
–¿Cuando qué?
–Cuando cumplí los seis años.
–Ya –él la miró como si tratara de imaginársela de niña–. Esta bola también era una antigüedad. Era de cristal veneciano.
–¿Para una niña de diez años? –las palabras salieron de sus labios antes de poder contenerse.
A punto de entrar en el coche, él se detuvo y frunció el ceño.
–Me refiero al cristal. ¿Es una buena idea? –Diana tuvo la impresión de que nunca antes habían cuestionado su sentido común e intentó arreglarlo–. La mía no es de cristal, sino de una resina que se parece al cristal. No es ninguna antigüedad, pero rebota.
«¡Cállate ahora mismo!».
–Como es para una niña, quizá algo menos… frágil estaría mejor. El cristal es un poco… En fin, es…
Por fin, la boca de Diana captó el mensaje y se cerró.
–¿Frágil? –concluyó el jeque Zahir, aún sin sonreír.
–No me cabe duda de que la que ha comprado usted debía de ser preciosa –dijo ella rápidamente–. Pero me temo que usted no tiene hijos.
–¿O no haría semejante regalo?
–Mmmm –murmuró ella con los labios cerrados–. Quiero decir que tendría que mantenerla fuera del alcance de la niña. Es un tesoro, más que un juguete.
–Entiendo.
Él aún tenía el ceño fruncido, aunque su expresión no mostraba irritación. Era como si estuviera enfrentándose a una realidad.
Manteniendo la sonrisa con un esfuerzo, Diana continuó:
–Sin duda, las princesas deben de ser menos torpes que las niñas de a pie.
–No –respondió él, quitándole la respiración una vez más–, por lo que yo sé.
De repente, el jeque sonrió ligeramente. La sonrisa hizo que el corazón de Diana se parase.
–No es solo una cara bonita, ¿verdad, Metcalfe? –preguntó él.
–Mmmm.
–Dígame, ¿por cuánto se separaría de ese juguete?
Ella tragó saliva.
–Lo siento, pero ya no lo tengo.
Él arqueó las cejas.
–No es que se haya roto –le aseguró Diana–. Se lo di a…
«Díselo».
«Dile que tienes un hijo de cinco años».
«Es lo que la gente hace, hablar de sus hijos, de los juguetes de sus hijos y de lo que hacen sus hijos».
«Lo hace todo el mundo menos tú, que no paras de hablar».
Diana hablaba de todo, excepto de Freddy. Porque, cuando hablaba de su pequeño, sabía que la gente que la escuchaba solo quería oír lo único que ella jamás le diría a nadie.
El jeque Zahir estaba esperando.
–Se la di a un niño que estaba enamorado de la bola de cristal.
–No se ponga tan trágica, Metcalfe, no hablaba en serio –dijo él profundizando su sonrisa–. Venga, vamos de compras.
–Sí, señor –entonces, Diana lanzó una mirada hacia la Terminal–. ¿No quiere esperar a que le traigan su equipaje?
Había supuesto que alguien se lo llevaría al coche; pero el jeque, entrando en el vehículo por fin, contestó:
–Ya se están encargando de eso, no se preocupe.
Sadie tenía razón, aquel era otro mundo. Diana cerró la puerta, respiró profundamente y puso en marcha el motor.
De compras con un jeque.
Increíble.
Increíble.
A pesar de que James lo había planificado todo hasta el mínimo detalle, los planes se habían ido abajo en un instante de distracción.
¡Y qué distracción!
Zahir había cruzado el vestíbulo de «Llegadas» esperando al eficiente y casi mudo Jack Lumley aguardándole. Sin embargo, se había topado con Metcalfe. Una mujer cuyas curvas se veían realzadas por el severo corte de la chaqueta. Una mujer de cuello largo y delgado, de cabellos castaños.
Y una boca que prometía problemas.
Era la clase de distracción para la que no tenía tiempo en ese viaje.
Aunque no podía quejarse. Le encantaba la excitación de lo nuevo, no se arrepentía de todo el trabajo que le había llevado convertir una pequeña empresa de turismo por el desierto en un negocio multimillonario.
Él solo había desarrollado el turismo en Ramal Hamrah, había hecho de él una verdadera industria. Ahora su país aparecía constantemente en las revistas de turismo, en los suplementos de los periódicos dominicales. Y no solo el desierto, sino también las montañas y la historia del país.
Había creado un lujoso complejo turístico con jaimas en el desierto. El club de yates estaba casi acabado. Y ahora estaba a punto de inaugurar las líneas aéreas que llevarían el nombre de su país.
Había trabajado mucho para hacer todo aquello realidad.
En vez de construir altos bloques de apartamentos y hoteles, al contrario que los países vecinos, había optado por un desarrollo respetuoso con el medio ambiente, utilizando materiales de la zona y construcciones al estilo tradicional con el fin de crear un ambiente lujoso.
Además, el cambio de actitud del turismo internacional durante el último año le había dado ventajas en el mercado y, de repente, se había convertido en su visión de futuro.
Sí, su visión era de futuro… y estaba solo.
«No tienes hijos…».
En fin, cuando uno estaba construyendo un imperio, tenía que dejar de lado otras cosas. Una situación que su madre estaba empeñada en cambiar. Incluso en esos momentos, cuando él estaba en la limusina observando los brillantes cabellos castaños de Metcalfe, su madre estaría repasando la lista de posibles candidatas para el puesto de esposa de su hijo, dispuesta a negociar un arreglo matrimonial con la familia de la afortunada chica.
También haría feliz a su padre la llegada de un nieto que continuara el apellido.
Así se había hecho durante miles de años. En su cultura, no se entendía el concepto romántico del amor de Occidente. En su cultura, el matrimonio era un contrato que beneficiaba a las dos familias implicadas. Su esposa sería una mujer a la que él respetaría. Su esposa llevaría la casa y le daría hijos: hijos que ensalzarían su honor, hijas que le proporcionarían felicidad.
Su mirada volvió a clavarse en la joven sentada delante de él, en la suave curva de su mejilla que se reflejaba en el espejo retrovisor. En la sugerencia de un hoyuelo.
Ella tenía la clase de rostro que parecía siempre a punto de sonreír, pensó Zahir sonriendo para sí mismo mientras repasaba la lista de expresiones que había visto en ella hasta el momento; desde el horror al soltar una palabra impropia de una conductora al sonrojo y la preocupación.
Cristal. Para una niña. ¿Cómo demonios se le había ocurrido semejante idea? ¿Cómo se le había ocurrido a James?
Metcalfe nunca cometería ese error.
Tampoco se conformaría con una relación basada en el respeto. No… con una sonrisa como la de ella. Pero, claro, ambos procedían de mundos diferentes. Ella llevaba una vida completamente desconocida para las jóvenes vírgenes entre las que su madre elegiría a su esposa.
Metcalfe también era muy diferente a las mujeres altamente sofisticadas y profesionales que había conocido en el mundo de los negocios, que llevaban unas vidas más parecidas a las de los hombres que a las de las mujeres; aunque su carencia de sofisticación era suplida por su capacidad para entretener.
Zahir se pasó la mano por el pelo como si con el gesto quisiera deshacerse de semejantes pensamientos. No tenía tiempo para «entretenimientos». Y, con un matrimonio a la vista, tampoco debía pensar en esas cosas.
Tal y como estaban las cosas, había tenido que estirar mucho el tiempo para ir a felicitar a una niña por su cumpleaños en vez de, como debería hacer, concentrarse en la recepción con agentes de turismo y en la cena con hombres que tenían el poder económico para ayudarle a hacer realidad el proyecto de sus líneas aéreas.
–¿Va a seguir siendo mi chófer, Metcalfe, o Jack Lumley va a volver mañana?
–No lo sé, señor –respondió ella mirándole por el espejo retrovisor momentáneamente–. Se ha puesto enfermo hoy. Sin embargo, si así lo desea, la empresa le buscará otro conductor.
–¿Uno con barba?
–Sí, señor.
–Y, si fuera eso lo que quisiera, ¿qué haría usted mañana?
Metcalfe volvió a mirarle por el retrovisor, sus ojos eran muy verdes.
–Con un poco de suerte, volveré al volante de un minibús que hace la ruta de un colegio.
–¿Y si no tiene suerte?
–Lo mismo –contestó ella, lanzándole otra de sus sonrisas, aunque esa vez tenía un toque irónico.
En ese momento, Metcalfe detuvo el coche a la entrada de una enorme tienda de juguetes. Salió del vehículo rápidamente, pero él ya estaba fuera antes de que a ella le diera tiempo de abrirle la puerta.
A Zahir no se le había ocurrido indicarle su destino. Jack Lumley le habría llevado a Harrods o a Hamleys, después de llamarles por teléfono para asegurarse de que tenían lo que estaban buscando y de que estuviera empaquetado y esperándoles cuando llegaran.
Sin necesidad de esperar.
Sin esfuerzo.
Como un matrimonio amañado.
El jeque Zahir no hizo ademán de entrar, se limitó a mirar la fachada del establecimiento. Con el corazón encogido, Diana se dio cuenta de que se había equivocado.
Sadie tenía razón, no estaba preparada para ese trabajo.
–Lo siento –dijo ella–. Me doy cuenta de que no es esto lo que esperaba.
Él la miró.
–Dejé que usted decidiera.
Eso era verdad.
–Pensé que sería más rápido… y más fácil para aparcar el coche. Además, si quiere que le sea sincera, no va vestido para ir a Knightsbridge.
–¿Hay que ir vestido de cierta manera para ir allí de compras?
–No se puede ir calzado sin calcetines. Ni con vaqueros. Ni con mochilas –Diana se calló al darse cuenta de la tontería que acababa de decir–. Claro que, usted no lleva una mochila.
–Pero el resto…
–Bueno, supongo que a los miembros de la realeza les está permitido.
–En cualquier caso, será mejor no correr el riesgo –dijo el jeque Zahir con suavidad–. Venga, entremos.
«Entremos».
–¿Quiere que vaya con usted?
–Claro. ¿No le han dicho nunca que los miembros de la realeza jamás cargan con sus bolsas?
Diana se dio cuenta de que él estaba bromeando.
–Según he oído, tampoco llevan dinero encima, pero en ese sentido me temo que no voy a poder ayudarle. Además, no debería dejar ahí el coche.
–¿Se niega a entrar conmigo? ¿Tanto le apetece volver a conducir un minibús lleno de niños?
Diana cerró las puertas del coche y entró con él a la tienda sin pronunciar una palabra más.
La tienda era de enormes proporciones y tipo almacén.
–¿Cómo se puede encontrar aquí lo que uno busca? –preguntó el jeque Zahir con confusión.
–Con dificultad –admitió Diana–. Lo que quieren es que veamos tantas cosas como nos sea posible. Dígame, ¿cuánta gente cree usted que se va de aquí con lo que venía a comprar?
Él se volvió para mirarla.
–Me parece que habla la voz de la experiencia.
–¿No es por eso por lo que estoy aquí, por mi experiencia? Es usted quien ha comprado una bola de cristal para una niña.
Él sacudió la cabeza.
–Entendido. Aunque estoy empezando a pensar que debería invertir dinero en una tienda de juguetes.
–¿Invertir en una tienda de juguetes? –repitió ella–. ¿Por qué no pensaron en eso mis padres? Imagine lo que podría haber hecho entonces, podría haberme comprado mi propio taxi. Podría ser mi jefa.
Capítulo 2
MIENTRAS Metcalfe se acercaba al mostrador de información, Zahir se la quedó mirando.
No era solo una mujer atractiva al volante de un coche, sino una mujer atractiva con aspiraciones, con sueños.
No hacía mucho que a él le había pasado lo mismo.
La gente pensaba que porque era el nieto del emir de Ramal Hamrah todo se le presentaba en bandeja de plata. Quizá fuera cierto en parte. Había tenido muchas ventajas, incluyendo una educación privilegiada en Inglaterra y un doctorado en Estados Unidos. Pero todo tenía un precio.
Deberes respecto a su país y obediencia a su familia.
Había pasado dos años en el desierto acompañando a su primo, que pasaba por malos momentos. Se había visto recompensado cuando Hanif, al darse cuenta de que la política no era lo suyo sino el mundo de los negocios, le dio su primera oportunidad. Hanif había dedicado parte de su precioso tiempo a convencer a su padre de que debía dejar que él siguiera su camino.
A pesar de eso, Zahir había tenido que sumergirse en el mercado en busca del dinero que necesitaba para construir su imperio; no obstante, aunque sabía que su nombre no garantizaba el éxito, también era consciente de que le había abierto muchas puertas.
–¿Tienen lo que estamos buscando? –le preguntó a Metcalfe al reunirse con ella.
–No lo sé.
Diana vio al jeque Zahir volverse hacia la empleada que había detrás del mostrador de recepción.
–No tenemos mucho tiempo… –le vio mirar a la tarjeta que llevaba con su nombre–. Liza, ¿le importaría acompañarnos al lugar exacto donde podemos encontrar lo que estamos buscando?
La empleada examinó un libro y respondió:
–Lo siento, no puedo abandonar el mostrador.
–El letrero que cuelga encima del mostrador dice «Servicio al Cliente» –observó él.
La empleada suspiró y, por fin, miró al letrero. Él le sonrió.
Diana sintió una mezcla de irritación y sorpresa al ver que la recepcionista, sin decir nada, se levantaba de su sillón y salía de detrás del mostrador.
–Síganme –dijo ella, sonriendo.
–Me parece que hemos ganado una batalla contra el sistema, Metcalfe –dijo el jeque Zahir.
–Bien hecho –respondió Diana.
Pronto llegaron a las estanterías con una gran variedad de bolas de nieve de distintos colores.
–La Cenicienta. Blancanieves. La Princesa y la Rana –indicó la empleada mirando al jeque Zahir fijamente.
–Gracias –respondió él mientras agarraba la bola de nieve de la Princesa y la Rana.
–¿Si desea algo más…? –dijo la mujer con una amplia sonrisa.
–Iré a buscarla, no se preocupe.
Él fue correcto, pero cortante. La mujer había sido despachada. A Diana casi le dio pena. Casi.
–¿La Princesa y la Rana, Metcalfe? –preguntó él alzando la bola.
Ese hombre tenía unas manos preciosas. No eran suaves. Tenía cicatrices en los nudillos y, aunque los dedos eran largos y delgados, tenían la textura del acero.
–No conozco ese cuento –dijo él.
–Me sorprende que conozca otros –comentó ella, obligándose a concentrarse en la bola de nieve.
Contenía una escena en la que una chica, que llevaba una corona, estaba sentada junto a una rana en el borde de un pozo.
–Disney ha llegado a Ramal Hamrah.
–¿En serio? –naturalmente–. Ah, sí, bueno, supongo que decidió no ir allí con este cuento. Supongo que tenía sus razones. Yo, personalmente, elegiría alguna otra.
–Pero esta chica es una princesa. A Ameerah le gustará.
Al igual que la empleada de la tienda, que había desaparecido tras recibir una fría mirada, Diana reconoció la orden. Ese hombre no necesitaba palabras para dar órdenes, podía hacerlo con esos ojos oscuros.
–No es un cuento bonito –le advirtió ella–. Admito que la Cenicienta está muy vista; pero, al menos, es buena. Y aunque Blancanieves no es exactamente una maravilla…
–No dispongo de todo el día –le advirtió él.
–No, señor –Diana agarró la bola, la sacudió y empezó a caer la nieve dentro–. Está bien, la cosa es así: a una princesa mimada se le cae una bola de oro a un pozo. La rana le propone un trato. Si la princesa se la lleva a casa, la deja comer de su plato, la deja dormir en su cama, le da un beso de buenas noches…
Diana titubeó, distraída con la sensual curva de los labios de él, y perdió el hilo del cuento.
–¿Es una rana parlante?
Diana se encogió de hombros.
–Es un cuento. Si quiere ceñirse a la realidad, será mejor que nos vayamos de aquí.
Él reconoció el sentido de esas palabras con un leve movimiento de cabeza.
–Le da las buenas noches con un beso.
–Sí. Y, si ella le promete hacer todas esas cosas, la rana bajará al fondo del pozo y le devolverá la bola de oro.
–Una rana con honor habría hecho todo eso sin condiciones.
–Una chica con agallas lo haría ella misma.
–¿Usted habría bajado al fondo del pozo, Metcalfe?
–¡Yo jamás le daría un beso a una maldita rana!
–¿Le parece mal?
–No existen las bolas de oro gratis –declaró ella.
–No, claro que no.
Él hizo algo con los ojos y, de repente, Diana sintió un profundo calor bajo la chaqueta del uniforme.
–En fin –dijo ella rápidamente al tiempo que se pasaba un dedo por el cuello de la camisa para dejar que le entrara un poco de aire fresco–, la princesa accede. Es más, le promete la Luna, ya que adora esa bola de oro, y la rana baja al fondo del pozo, agarra la bola, se la devuelve a la princesa y esta sale corriendo al palacio dejando atrás a la rana.
Él se llevó una de esas hermosas manos al corazón.
–No puedo creerlo.
Quizá el jeque Zahir no estuviera riendo, pero sus ojos, llenos de humor, brillaron.
–Supongo que la rana no se daría por vencida…
–No, nada de eso. La rana va al palacio, se presenta ante el rey, le dice lo que ha hecho la princesa y el rey le dice a ella que las princesas siempre tienen que cumplir su palabra.
–Una princesa no debería necesitar que le dijeran eso.
–Puede que le sorprenda, pero eso también se aplica a los simples mortales. En fin, a la princesa no le hace gracia, pero no le queda más remedio que dejar que la rana coma de su plato; sin embargo, se acuesta sin la rana.
–A esa princesa le cuesta aprender. ¿Se da la rana por vencida?
–¿Usted qué cree?
–Creo que la princesa va a tener que dejar que la rana se acueste en su cama.
–Exacto. Y, por fin, la princesa se da por vencida y le da un beso de buenas noches.
–Comprendo a la rana. A propósito, ¿tiene el cuento un final feliz?
–Depende de cómo se mire. A la mañana siguiente, cuando la princesa se despierta, resulta que la rana se ha convertido en un apuesto príncipe.
Él arqueó las cejas y ella se sonrojó.
–¿Se casan? –preguntó el jeque Zahir.
–Se lo he advertido. Esa princesa es muy superficial, no comprendo por qué el príncipe se casa con ella. En fin, supongo que es por lo típico: las chicas, en los cuentos, siempre se casan con los príncipes y viven felices por siempre jamás.
Zahir, notando escepticismo en su voz, se la quedó mirando con expresión pensativa.
–No parece muy convencida.
–Una aprende pronto en la vida que se necesita algo más que un apuesto príncipe para tener un final feliz.
–No voy a discutirle eso –contestó Zahir–. En mi país, el matrimonio no tiene el componente sentimental que tiene en Occidente. Las familias arreglan los matrimonios.
–Supongo que eso evita un montón de angustia emocional –dijo ella con seriedad. Entonces, unos hoyuelos aparecieron en sus mejillas–. Las ranas deben de pasarlo muy mal.
–Desde luego –dijo Zahir mirando de nuevo las bolas de nieve–. Dígame, en su opinión, ¿cuál de estas heroínas es más apropiada para una princesa de hoy en día? ¿La «fregona» que esperaba en su casa a que el hada madrina apareciera con su varita mágica? ¿La que se dedica a hacerles las tareas domésticas a una panda de hombres que no pueden creer la suerte que tienen? ¿O la princesa que trata de huir de la rana?
–Creo que esta última. Eso sí, sin reparar en la princesa. Es la rana la interesante, la rana es la que sabe lo que quiere y no se rinde. Sí, es un buen modelo para una princesa moderna.
Zahir esperó, seguro de que ella iba a añadir algo más.
–En realidad, para cualquier adulto.
–Se refiere a la rana, claro. Bueno, ¿le parece que vayamos a pagar?
Diana contuvo el deseo de ir corriendo a su casa mientras el jeque Zahir le entregaba el regalo a la princesa Ameerah. Contenta, había aceptado la invitación del portero de la embajada para que dejara el coche detrás del edificio mientras esperaba sentada en el cómodo cuarto de estar del personal de la embajada.
Afortunadamente, había logrado llevar al jeque sin ningún incidente y, a pesar del tráfico, su conocimiento de los atajos por las calles de Londres les permitió ir solo con diez minutos de retraso en el horario.
Después de salir de la tienda de juguetes, él solo le había dirigido la palabra para confirmar que saldría de la embajada a las siete menos cuarto.
¿Por qué se sentía desilusionada? ¿Qué había esperado? Aquel era un trabajo, nada más. Y, en ese momento, a solas con una taza de té, un bocadillo y un trozo de pastel, se sacó el móvil del bolsillo para llamar a su casa.
–¡Mamá! –exclamó Freddy con entusiasmo–. ¡Me han dado una pegatina por leer bien en clase hoy!
–¡Vaya! ¡Estoy impresionada!
–Quería enseñártela. ¿Cuándo vas a venir a casa?
Diana tragó saliva. Le resultaba duro no estar en casa cuando su hijo regresaba del colegio, dejar que fueran sus padres los que compartieran con el niño esos momentos tan especiales. También le costaba no estar allí siempre para leerle un cuento cuando se iba a la cama.
Pero así era la vida de las madres trabajadoras, no solo de las madres trabajadoras sin marido. A pesar de que Sadie tenía una niñera, su situación era similar en todo lo demás: les faltaban horas al día.
A pesar de eso, sabía que era más afortunada que la mayoría. Sus padres se habían enfadado cuando se enteraron de que se había quedado embarazada, pero la habían apoyado y ayudado. Y querían a Freddy con todo su corazón.
–¿Vas a venir pronto? –repitió Freddy.
–Esta tarde tengo que trabajar –respondió ella.
–¡Oh, no! Mamá, ¿vas a volver antes de que me acueste?
–Estaré en casa cuando te despiertes –dijo Diana–. Sé bueno y obedece a los abuelos, ¿de acuerdo?
–Vale.
–Un abrazo.
–¡Mamá!
«Tu mamá es una tonta», pensó Diana después de colgar mientras bebía té y se comía el bocadillo que le habían llevado. Desde que había ido a recoger al jeque Zahir no había dejado de hacer el ridículo.
¡Y se suponía que debía ser invisible!
¿En qué había estado pensando?
En nada, ese era el problema. Lo único que le había funcionado desde el momento que el jeque Zahir apareció fue su boca.
Cierto que él se lo había puesto fácil, incluso la había animado a hablar, pero eso no significaba que ella tuviera que lanzarse de lleno a ello y ponerse en evidencia.
¿Aprendería alguna vez a pensar antes de hablar? ¿A hablar… poco?
Al parecer, no.
Si seguía así, acabaría trabajando en una fábrica en vez de conseguir la ilusión de su vida. Que, por supuesto, no era conducir una limusina, a pesar de ser estupenda, sino seguir los pasos de su padre: conducir un taxi londinense en el que la charla era parte del trabajo. Con una excepción, su taxi no sería negro, sino de color rosa.
Diana lanzó un gruñido.
Sería un taxi del mismo color que sus mejillas.
El sonido de su teléfono móvil podría haber sido una distracción, pero la identificación del número le comunicó que era Sadie.
El jeque debía de haber llamado a la oficina, o de haber ordenado a alguien que llamara en su nombre, para que la sustituyeran por alguien que supiera estar en su sitio, que comprendiera los requerimientos de un VIP cuando necesitaba comprar algo y, lo que era más importante, que no hablara por los codos.
¡Pero él la había animado a hablar!
–Di…
–Sí. Lo siento. Estoy comiendo un bocadillo… –Diana se atragantó al intentar hablar y comer al mismo tiempo.
Había decepcionado a su jefa. Se había decepcionado a sí misma…
Se había prometido portarse bien. Le había prometido a Sadie que no le daría problemas. ¿Quién era ella para criticar a una princesa que había tratado de escapar de una rana?
–Oye, presta atención. Al parecer, se ha roto una tubería en Grosvenor Place. Tendrás que ir por Sloan Street para evitar pasar por allí.
¿Qué?
¿Sadie le había llamado para darle información sobre el tráfico?
–Bien –respondió Diana terminando de tragar lo que tenía en la boca–. Gracias por avisarme.
–Esperaba que me llamaras. Te pedí que lo hicieras.
–¿Cada vez que paro? –preguntó ella, sorprendida–. ¿Te llama Jack cada vez que aparca?
–Tú no eres Jack.
Eso era verdad.
–Todo tiene su lado bueno.
–¿Cuál es el lado malo? –preguntó Sadie.
–Nada –respondió Diana rápidamente–. Absolutamente nada. Solo llevamos un poco de retraso, nada más. El jeque tenía que ir de compras.
–¿En serio? ¿Adónde? ¿A Apreys? ¿A Garrard?
–A un almacén de juguetes.
–Bueeeno…
–Quería hacerle un regalo a la hija del embajador. Es su cumpleaños.
–Lo que sea por tenerle contento.
–Eso tendrás que preguntárselo a él.
–Si no lo está, me enteraré muy pronto. Otra cosa, he llamado a tu padre. Me ha dicho que todo estaba bien.
Diana pensó que era mejor no decirle a Sadie que ya había llamado con el fin de no hacerle pensar que estaba ocupándose de sus asuntos personales mientras trabajaba.
–Gracias.
* * *
–Pareces distraído, Zahir –Hanif le había apartado de Ameerah mientras ella enseñaba a su hermano de cinco años y a su hermana la bola de nieve. Metcalfe había acertado respecto a lo del cristal, habría sido un desastre–. ¿Hay problemas con el proyecto del río Nadira? ¿O con las líneas aéreas?
Zahir sonrió.
–Los negocios no son nunca un problema, Han. No te preocupes, las obras de caridad de Lucy no se van a ver afectadas.
–En ese caso, debe de tratarse de la familia. ¿Cómo está tu padre?
–Haciéndole trabajar al marcapasos a todo ritmo. Esta semana está en Sudán tratando de encontrar la forma de que haya paz… –Zahir se encogió de hombros–. Me siento culpable, debería ser yo quien estuviera haciendo eso.
–No, Zahir. Lo tuyo son los negocios.
–Es posible.
–¿Qué te pasa entonces?
Zahir miró al otro lado de la estancia, al lugar donde el niño de cinco años, Jamal, estaba mirando a Ameerah como hipnotizado con la bola de nieve. Después, se volvió de nuevo a Hanif y dijo:
–Mi padre está ansioso por tener un nieto. Impaciente conmigo por no darle esa satisfacción. Me temo que le he desilusionado en todo –Zahir sonrió–. Pero, al parecer, no por mucho más tiempo. Mi madre se ha empeñado en encontrarme una esposa.
Hanif no sonrió.
–El matrimonio es para toda la vida, Zahir. No es para tomárselo a la ligera… ni para satisfacer a un padre. Además, quizá haya otros momentos mejores para pensar en eso.
–Lo mismo le dije yo a mi madre. Pero ella me respondió que si esperaba a tener tiempo libre, jamás me casaría –Zahir volvió a encogerse de hombros–. Además de decirme que era un caprichoso, un egoísta…
–Lo que le pasa a tu madre es que está deseando que sientes la cabeza, Zahir. Tú no eres egoísta y ella lo sabe. Dedicaste dos años preciosos de tu vida a cuidarme, Zahir.
–En fin, supongo que ha llegado el momento de demostrarle que la quiero, de demostrarle que respeto sus deseos.
–Sea como fuere, espero que seas feliz.
–¿Crees en el destino?
Zahir había sido testigo de cómo el destino había arrojado a Lucy Forrester a los brazos de su primo. ¿Quién habría podido imaginarlo?
¿Quién habría podido imaginar que la deliciosa y parlanchina Metcalfe iba a conducir su coche ese día?
–¿Puedo llevarme a Ameerah un momento? Ha sido mi conductora quien ha encontrado la bola de nieve, la que yo le había traído era de cristal y se ha roto por el camino. Me gustaría demostrarle que le estamos agradecidos.
–¿Conductora? –las cejas de Hanif apenas se alzaron… pero se alzaron.
* * *
Diana miró su reloj. Era hora de llevar el coche a la puerta de la embajada. Sin embargo, en el momento en que se puso en pie, la puerta del cuarto de estar se abrió y una niña delgada de piel aceitunada y oscuros cabellos la cruzó.
–¡Gracias! –exclamó la niña teatralmente–. Gracias por encontrarme la bola de nieve. ¡Me encanta!
Diana, sorprendida por la exuberancia de la niña, buscó con la mirada a un adulto.
Lo que vio fue al jeque Zahir en el umbral de la puerta.
–Me alegro de que le haya gustado, princesa Ame-erah. ¿Está disfrutando de su fiesta de cumpleaños?
–Hoy no hemos tenido la fiesta. Yo tenía que ir al colegio y mamá iba a salir. Vamos a celebrar mi cumpleaños el sábado y va a venir toda mi clase. Vamos a ir en barco por el canal hasta el zoo y allí vamos a tener una merienda. Le he pedido a Zahir que venga, pero me ha dicho que eso depende de usted.
–¿De mí?
–¡Usted es su chófer!
–Ah, entiendo.
Diana miró al hombre que estaba apoyado en el marco de la puerta. Su expresión era inescrutable; sin embargo, le dio la impresión de que le estaba diciendo algo con la mirada. ¿Quizá que no iba a hacerla volver al minibús?
Volviéndose de nuevo a la niña, Diana añadió:
–Te prometo que, sea quien sea el conductor de su coche, el jeque Zahir no tendrá excusa alguna para no ir a tu fiesta.
–¡Lo ves! –exclamó la princesa en tono triunfal mientras se volvía a Zahir–. Te había dicho que no iba a haber problemas.
–Sí, me lo habías dicho –él le acarició el rizado cabello–. En ese caso, hasta el sábado, torbellino.
La niña se marchó corriendo, pero Zahir se quedó.
–¿Sea quien sea el conductor? –repitió él.
–Jack Lumley volverá al trabajo antes del sábado.
–Pero usted es mucho más divertida.
¡Divertida!
–Por favor, pase lo que pase, no utilice esa palabra si habla con Sadie Redford. Esta es mi gran oportunidad y estoy haciendo lo posible por ser eficiente, por ser digna de llevar el coche de un VIP. Como debe de haber notado, me cuesta bastante trabajo, no me sale con naturalidad. Así que si usted dice que soy «divertida», será mi perdición.
–No diré ni una palabra, Metcalfe. Pero no es verdad lo que ha dicho, usted es la «naturalidad» personificada.
Diana contuvo un gruñido.
–Sé lo que no soy. No soy la primera conductora en la que se piensa cuando se quiere a alguien al volante de la limusina más moderna de la empresa Capitol.
–Lo está haciendo muy bien. Así que quiero que prometa que no me dejará en manos del aburrido y eficiente Jack Lumley; si me lo promete, yo a su vez le prometo que no le diré ni una palabra a Sadie Redford respecto a su «naturalidad».
Diana tragó saliva.
–¿Le parece que nos vayamos ya? –preguntó Zahir.
«Oh… jeque…».
–Un momento, voy a por el coche y lo llevaré a la puerta principal. Estaré ahí en cinco minutos.
–¿Por qué no vamos los dos juntos a por el coche? –respondió él, invitándola con un gesto a guiarle–. Nos ahorrará tiempo.
Capítulo 3
CUANDO el portero del hotel le avisó, Diana llevó el coche a la entrada y allí esperó a que el jeque Zahir saliera. Esa vez no estaba solo. Iba acompañado de un hombre más joven que él, de esculpidas facciones y prominentes pómulos.
Ya que cargaba con un ordenador portátil, debía de ser, al igual que ella, un miembro de las clases inferiores. Aunque, a juzgar por el traje que llevaba y el corte de pelo, su nivel social era más alto que el de ella.
En el momento en que sus pasajeros se acomodaron en el interior del vehículo, ella se adentró en el tráfico en dirección a South Bank, logrando, por primera vez en su vida, permanecer «educadamente anónima».
Apenas acababa de felicitarse a sí misma por tan raro logro cuando el jeque Zahir dijo:
–Metcalfe, este es James Pierce. Este hombre es mi mano derecha. Alguna vez que otra tendrá que llevarle a algún sitio.
–Sí, señor –respondió ella con profesionalidad.
Lo estaba haciendo muy bien hasta que, mientras esperaba a que la luz del semáforo se pusiera en verde para los coches, cometió el error de mirar por el retrovisor y… directamente a los ojos de él. Su expresión sugería que no le había engañado con su tono formal. Para colmo, su traicionera boca le sonrió.
Una equivocación.
James Pierce, notando por primera vez que ella no era Jack Lumley, dijo:
–Esto es inexcusable –y la estaba mirando a ella mientras hablaba–. Cuando hice la reserva con Capitol Cars, dejé muy claro que quería…
–Jack Lumley está enfermo –dijo el jeque Zahir, interrumpiendo a su mano derecha.
–Llamaré a Sadie inmediatamente. Debe de tener algún otro chófer disponible.
Diana no podía ver a James Pierce por el espejo retrovisor; pero, desde el momento en que abrió la boca, le resultó antipático. Y él no estaba haciendo nada por hacerla cambiar de opinión.
Su traje hacía juego con su actitud.
–¿Por qué otro conductor? –intervino el jeque Zahir–. Metcalfe es…
«Por favor, no diga que tengo naturalidad», rogó ella en silencio al tiempo que el semáforo se ponía en rojo.
–Metcalfe es muy competente –concluyó el jeque.
Un profundo calor la invadió. Un calor que empezó en su abdomen y se extendió por todo su cuerpo.
–James, no me digas que eres un antediluviano que se siente amenazado en su virilidad si una mujer conduce el coche en el que va –dijo el jeque Zahir con cierto humor.
–No… –respondió Pierce sin convicción–. No, claro que no.
–Me alegra oírtelo decir. Como abogado que eres, a pesar de que tu especialidad es el derecho mercantil, sé que no te gustaría darle a Metcalfe una excusa para denunciarte por discriminación sexual.
–Yo solo pensaba…
–Sé lo que pensabas, James; pero como bien sabes, no es ningún problema.
El jeque Zahir no esperó a que le respondiera. Al instante, centró su atención en asuntos de negocios e hizo una difícil pregunta referente a un arrendamiento.
Ella también se centró en su trabajo. Coquetear con el cliente por el espejo retrovisor no era profesional, sino todo lo contrario.
A la entrada de la galería Riverside, Diana salió del coche y abrió la puerta a sus pasajeros.
James Pierce salió del coche sin dirigirle la palabra y sin mirarla. El jeque Zahir se detuvo junto a ella.
–¿Qué va a hacer hasta que llegue la hora de recogernos, Metcalfe?
–Tengo un libro –respondió ella rápidamente.
El mensaje era: «los conductores competentes están acostumbrados a esperar a sus clientes el tiempo que haga falta».
–No hay razón por la que no pueda entrar en la galería. Coma algo. Puede ver los cuadros si se aburre con la presentación.
Abandonando su firme resolución de no mirarle a los ojos, Diana alzó los ojos a los de él. Tragó saliva. El jeque estaba sonriendo. Sintió un extraño cosquilleo en el vientre, un cosquilleo que la tomó por sorpresa.
–Gra… cias –pero recordó que el jeque Zahir iba acompañado de aquel ayudante altanero–. Yo debería…
–¿Qué? ¿Quedarse en el coche? –concluyó él.
–Es lo correcto –Diana se encogió de hombros a modo de disculpa; luego, asintió en dirección a la galería de arte y se aclaró la garganta–. El señor Pierce le está esperando, señor.
–Zahir.
–¿Qué, señor?
–Todo el que trabaja para mí me llama Zahir. Según tengo entendido, es lo normal en los tiempos en los que vivimos. Inténtelo.
–Sí, señor.
Él asintió.
–Diviértase con su libro, Metcalfe.
Diana le vio alejarse. Nada de trajes exóticos, el típico uniforme varonil: traje oscuro, corbata de seda… Aunque tenía que admitir que ese atuendo, si lo llevaba el jeque Zahir, no tenía nada de típico.
Zahir.
Ese nombre le estaba llenando la cabeza. A solas, lo pronunció en voz alta para ver cómo sonaba.
–Zahir…
Exótico.
Diferente.
Peligroso…
Tembló al sentir la brisa procedente del río.
A pesar del frescor de la noche, se quitó los guantes y la gorra y los tiró en el asiento del coche. Luego, después de cerrarlo con llave, se acercó a la barandilla que había a lo largo del paseo del río, se apoyó en ella y contempló la vista que ofrecía aquel punto, dominada por la cúpula de la Catedral de San Pablo.
«Céntrate, Diana», se dijo a sí misma en silencio. «Ándate con pies de plomo. No es el momento de lanzarte a juegos peligrosos. Nada de tutear a ese guapo príncipe. Los cuentos de hadas son para los niños. Esta puede ser la oportunidad que estabas esperando para dar un paso más hacia la consecución de tu sueño. No lo estropees todo solo porque el príncipe tiene un par de ojos negros que te miran como si… ¡Olvídalo!».
No iba a volver a cometer la misma equivocación de rendirse a los pies de un hombre guapo.
Freddy, su hijo, era su mundo. El futuro del niño estaba en sus manos, su deber era protegerlo y anteponerlo a todo lo demás.
Zahir concluyó su breve presentación delante de los agentes de turismo y periodistas especializados e, inmediatamente, se vio abordado por el director de una de las principales empresas de turismo, que estaba examinando las fotografías y la maqueta del complejo turístico Nadira.
–Es una idea muy interesante, Zahir. Diferente. Es exactamente lo que los viajeros más exigentes y sofisticados están pidiendo a gritos. Supongo que será caro, ¿no?
–Sí, naturalmente –respondió Zahir, consciente de que era lo que ese hombre quería oír–. ¿Por qué no habla con James? Está organizando una visita a la zona donde queremos montar el complejo turístico y nos encantaría enseñarle lo que queremos ofrecer.
Zahir continuó su paseo por la galería estrechando manos, respondiendo a preguntas e invitando a los asistentes a ver la zona del complejo.
Entonces, la mujer con la que estaba hablando se echó a un lado para dejar paso a una camarera y él miró por una de las altas y estrechas ventanas de la galería. El coche seguía allí, pero Metcalfe no estaba a la vista.
Debía de estar tumbada en el asiento posterior leyendo su libro. Quizá tuviera la suerte de sorprenderla y verla ruborizada mientras intentaba enderezarse esa ridícula gorra.
Le encantaría que así fuera.
Pero a ella no.
Metcalfe.
Le había invitado a que le tuteara, diciéndole su nombre de pila con la esperanza de que ella hiciera lo mismo. Ella se había dado cuenta y, sabiamente, había rechazado la invitación de convertirse en algo más que su simple chófer. Plenamente consciente de que ese «algo más» que él le estaba ofreciendo no le interesaba. ¿Y cómo iba a decirle que estaba equivocada cuando ni él mismo sabía qué era ese «algo más»?
Quizá se estuviera engañando a sí mismo. Los dos lo sabían. Los dos habían respondido a esa extraña química…
James debía de tener razón. Lumley era aburrido, pero no le distraía. Nunca se habría preocupado por la forma en que pasaba el tiempo mientras le esperaba. Por supuesto, jamás le hubiera invitado a entrar en la galería de arte ni le contaría lo que se proponía hacer. No le habría hablado de sus planes…
–¿Es su objetivo realista, jeque Zahir? –le preguntó la mujer.
–Tenemos la suerte de que la energía solar es un recurso natural en Ramal Hamrah durante todo el año, Laura –respondió Zahir haciendo un esfuerzo por concentrarse en el trabajo. Se había tomado la molestia de memorizar los nombres y los rostros de la gente con la que iba a reunirse–. Espero que venga a cerciorarse por sí misma.
–Ese es el otro problema, ¿no le parece? ¿Cómo puede justificar la expansión de su industria turística en un momento en que los viajes en avión se consideran uno de los mayores causantes de las emisiones de anhídrido carbónico?
–¿Con un tipo diferente de líneas aéreas? –respondió él con una sonrisa. Entonces, con una mirada, indicó a James que se acercara–. James, esta es Laura Sommerville, la corresponsal de la sección de ciencias de The Courier…
–Laura… –dijo James acercándose a ella de tal forma que Zahir pudiera disculparse y alejarse.
Zahir hizo un esfuerzo por no mirar su reloj.
Estaba cansado de las relaciones públicas. Sus sueños eran más ambiciosos. Le gustaba más hacer planes para el futuro, pero en su despacho. Tenía que encontrar a alguien que diera la cara, que se encargara del aspecto público del negocio. Alguien capaz de despertar el interés de la gente en sus proyectos.
O quizá su interés estuviera en otra parte, pensó mientras hacía lo posible por no mirar de nuevo a la ventana. Sin conseguirlo.
Quizá tuviera más que ver con aquel inesperado interés por su joven y encantadora conductora.
Vio un movimiento a la orilla del río y se dio cuenta de que, en vez de estar acurrucada leyendo su libro, Metcalfe estaba apoyada en la barandilla del paseo. Sin la gorra, con los cabellos revueltos…
Una camarera se detuvo delante de él con una bandeja, obstaculizándole la vista.
–¿Un canapé, señor?
–¿Qué?
Entonces, dándose cuenta de lo que la camarera le había dicho, la miró. Miró a la bandeja.
–Gracias –dijo Zahir después de agarrar la bandeja, con la que se encaminó hacia la puerta.
* * *
–Vaya un perro guardián que está hecha, Metcalfe. Cualquiera podría haber agarrado su precioso coche y haberse ido con él.
Diana, que a pesar de sus esfuerzos había estado pensando en aquel hombre extraordinariamente guapo, se sobresaltó.
–Podrían haberlo intentado –respondió ella–. Pero conseguirlo…
–¿Por qué no ha entrado en la galería?
–Al señor Pierce no le habría gustado –dijo ella, manteniendo los ojos fijos en la parte norte del río–. Además, esta vista es más interesante que un montón de cuadros viejos.
–Y todo ese arte…
–Dígame, ¿cuántos ingleses cree que han leído un poema árabe? –Diana cambió de tema al instante–. ¿Ha acabado la fiesta ya?
–No, está en pleno apogeo.
–Ah –él había ido a verla. Miró la bandeja. Él le había llevado comida–. ¿Sabe el señor Pierce que usted se ha escapado?
–¿Escapado?
–¿No es usted el centro de atracción?
–Yo no, el complejo turístico Nadira. Además, James está entreteniendo a una joven periodista que alberga serias dudas sobre mi proyecto.
–¿Por qué?
Él le ofreció la bandeja.
–Pensé que quizá tuviera hambre.
Diana se quedó mirándola un momento; después, sacudió la cabeza.
–No. ¿Por qué duda de su proyecto? Sea lo que sea.
–No de mi proyecto en sí, sino de su integridad. Ya sabe que los periodistas son unos cínicos.
–Es una forma de describirlos. ¿Por qué iba a creer a James Pierce y no a usted?
–El trabajo de Pierce es convencerla para que vaya a Nadira a ver el lugar con sus propios ojos.
Una sonrisa de él habría bastado, pensó Diana. Con una sonrisa conseguiría cualquier cosa que se propusiera…
–De haber sabido que ofrecía vacaciones pagadas, incluso yo podría haberme visto…
«Tentada».
Dejó la palabra sin pronunciar, pero los dos sabían qué iba a decir. Avergonzada, Diana fijó los ojos en los canapés que había en la bandeja.
–Parecen buenísimos –dijo ella.
–Adelante. Coma lo que quiera.
Las palabras parecían cargadas de segundas intenciones. Una invitación a probar algo más que los canapés. Hizo un esfuerzo por tomar las palabras en sentido literal. No tenía hambre, pero llenarse la boca de comida le evitaría algo de lo que más tarde podría arrepentirse.
El pequeño canapé estalló en su boca. No era totalmente fingido el gemido de placer que lanzó.
–¿Ha probado estos?
–¿Debería hacerlo? –preguntó Zahir con seriedad.
–Sí… ¡No! No, desde luego que no. Debería dejarme la bandeja entera y volver a la fiesta.
Él agarró un canapé y lo comió.
–Ahora la entiendo –dijo él chupando un trozo de queso que se le había quedado en el pulgar.
Diana se contuvo para no chuparle ella el dedo.
Pero no pudo evitar imaginarlo.
–¿Le parece que llevemos la bandeja a ese banco? –sugirió él–. Hay que comer sentado. Por cierto, debería haber traído un par de bebidas.
–¿Un par? Perdone, pero… ¿no le van a echar de menos en la fiesta?
–Quiere comerse sola la bandeja entera, ¿es eso?
Diana se echó a reír. Era fácil reír con él mirándola de esa manera.
–Exacto, jefe.
–Adelante. Yo todavía tengo que asistir a una cena.
Él no parecía entusiasmado con la idea de cenar en uno de los mejores restaurantes londinenses.
–No me parece que eso sea tan terrible.
–La alta cocina me va a arruinar. Me va a dar indigestión.
–Eso le pasa por mezclar los negocios con el placer.
–Es usted muy sabia, Metcalfe. Es una pena que los hombres con dinero no tengan su sentido común.
–Supongo que piensan que el tiempo es dinero, por lo que creen que haciendo dos cosas al mismo tiempo ganan el doble.
–Sobre todo, cuando no tienen que pagar la cena.
–Cierto.
Él dejó la bandeja en el banco, esperó a que ella se sentara y luego tomó asiento, dejando la bandeja entre medias de los dos.
–Me encanta esta vista, ¿a usted no? –preguntó Zahir–. Tanta historia concentrada en tan poco espacio.
–¿Ha pasado mucho tiempo en Londres?
–Demasiado –admitió él recostándose en el respaldo del banco y estirando las piernas–. Mi colegio estaba un poco más arriba, siguiendo el río.
–¿En serio? El mío también. Aunque, evidentemente, el mío no era Eton, sino un instituto en Putney.
–¿Es ahí donde vive?
–Sí. Veintitrés años y todavía no he salido de la casa de mis padres. Qué triste, ¿no?
–¿Triste?
–Bueno, patético.
–No, todo lo contrario. Así es como debería ser. En mi país, las mujeres viven en casa de sus padres hasta que se casan.
No si tenían un hijo de cinco años y no tenían marido, pensó Diana mientras se miraban el uno al otro.
Zahir sabía que debía marcharse. Dejar aquello, fuera lo que fuese. Mientras estaba allí flirteando con su chófer, su madre y sus hermanas estaban eligiéndole una esposa.
Mientras se animaba a marcharse, una ráfaga de aire le revolvió el cabello a Metcalfe y él, sin poder evitarlo, alargó la mano para capturarlo.
Seda, pensó Zahir cuando las hebras de pelo le acariciaron la muñeca. Seda de color castaño en perfecto contraste con el verde de sus ojos que se habían agrandado y oscurecido bajo su mirada. La tentación de atraerla hacia sí le sobrecogió.
Pero no del todo. No estaba tan perdido…
Despacio, con cuidado de no tocarle la mejilla, no le quedó más remedio que sujetárselo detrás de la oreja… La suavidad de esta, la fina piel de su cuello, le hicieron olvidar sus buenas intenciones. La calidez de ella le atrajo y, cautivándole, le hizo sujetarle la cabeza con la mano.
Ella le observó hasta el último instante, pero un segundo antes de que él le rozara los labios, los cerró, quedándose rígida e inmóvil. Entonces… ella se rindió y también le besó.
Fue el ruido de la bandeja al estrellarse contra el suelo lo que les hizo recobrar el sentido.
Metcalfe se echó atrás con un gemido.
–¡Dios mío! –exclamó ella.
Él quería decir algo, pero… ¿qué? Ni siquiera sabía su nombre de pila. Metcalfe no valía…
–Tengo que volver a la galería –dijo él poniéndose en pie.
Ella asintió.
–Yo llevaré la bandeja –entonces, cuando él permaneció inmóvil, Diana le miró–. Diana. Me llamo Diana Metcalfe.
–¿Como la princesa?
–Eso me temo. Mi madre era una de sus admiradoras.
–Diana también era una diosa.
–Sí, lo sé. La mayoría de la gente me llama Di.
Con un asentimiento de cabeza, él se dio la vuelta y se alejó a toda prisa.
¿Estaba enfadado con ella?
No tenía de qué preocuparse, ella estaba enfadada consigo misma por los dos.
Ella era una mujer soltera que había tenido un hijo a los dieciocho años. Y, después, cuando podía haber hecho algo de provecho con su vida, su padre había sufrido un infarto y había tenido que dejar de trabajar, dejando el trabajo para su madre y ella.
Al día siguiente iba a llevar preparados unos bocadillos y un termo con té, se prometió a sí misma al tiempo que recogía la bandeja y daba los restos de los canapés a los pájaros.
–Buen comienzo, Diana. Muy profesional. Has fallado en todo.
Diana fue a la galería, le dio la bandeja a una de las camareras y no miró hacia ningún lado mientras se dirigía a los lavabos para lavarse las manos.
Pero al volver al cabo de unos minutos, la primera persona a la que vio entre la multitud fue a Zahir. Él tenía toda su atención centrada en una rubia alta y elegante con los cabellos recogidos en un moño. No era una joven alocada, sino una mujer hermosa. No llevaba un uniforme horrible, sino un vestido de exquisito corte que debía de costar una fortuna.
Se sintió como si la hubieran hecho volver a la realidad de una bofetada.
El jeque Zahir era un hombre que atraía a las mujeres hermosas como un imán. Mujeres hermosas vestidas con hermosos atuendos y zapatos de tacón de diseño.
Él la había besado porque estaba disponible. Porque podía. Eso era lo que los hombres hacían. Los hombres tomaban lo que se les ofrecía sin pensar, obedeciendo simplemente a sus hormonas.
El beso que él le había dado no significaba nada. Nada, pensó al tiempo que se daba la vuelta y se encontraba de cara con James Pierce.
Él miró en dirección a su jefe, luego a ella. Y, como si supiera exactamente lo que estaba pensando, le dedicó una maliciosa sonrisa.
–Es preciosa, ¿verdad?
–Preciosa –logró decir Diana–. ¿Quién es?
–Su compañera –respondió Pierce–. Será mejor que vuelva al coche. El jeque Zahir va a salir dentro de unos minutos.
Diana no necesitó que se lo repitiera dos veces. Al salir al aire libre, se llenó de aire los pulmones y luego se puso la gorra y los guantes como si fueran una armadura.
Había esperado que la rubia saliera con él; pero cuando Zahir apareció unos minutos más tarde, solo le acompañaba James Pierce.
–Arréglatelas tú solo con ellos, James. Quiero que todas y cada una de esas personas visiten Nadira.
–Todos han quedado en venir, a excepción de un par de periodistas que se están haciendo de rogar; sin embargo, la princesa se encargará de convencerlos.
¿La rubia era una princesa?
¿Por qué le sorprendía?
–No me cabe la menor duda. Por favor, acompaña a Lucy y no la dejes hasta verla dentro del coche.
–Será un placer –respondió Pierce–. Estaré pendiente del teléfono por si lord…
–Gracias, James. Creo que podré contestar a cualquier pregunta que lord Radcliffe pueda hacerme –concluyó Zahir.
Él la había besado. Ahora, al parecer, volvía a ser su chófer.
–Por favor, Diana, a Berkeley Square –dijo él mientras entraba en el coche.
–Sí, señor.
–Venga a recogerme a mí tan pronto como haya dejado al jeque Zahir, Metcalfe –dijo James Pierce secamente.
El jeque Zahir alzó una mano, impidiéndole que ella cerrara la portezuela.
–Toma un taxi, James.
–No es ningún problema –dijo Diana rápidamente, no queriendo dar ningún motivo a Pierce para que se quejara a Sadie y decidida a demostrarle al jeque Zahir que nada había cambiado. Entonces, dedicó una sonrisa a James Pierce–. Volveré a por usted lo antes posible, señor Pierce.
Diana se sentó al volante, puso en marcha el coche y, mientras conducía, evitó el contacto con los ojos de él por el espejo retrovisor.
Y, ahora que había decidido no hablar a menos que se le preguntara algo, realizaron el trayecto en silencio, ya que el jeque no abrió la boca.
Quizá estuviera enfadado con ella por haber tenido la temeridad de intervenir cuando él le sugirió a James Pierce que tomara un taxi. No debía de estar acostumbrado a que alguien le llevara la contraria.
Sin embargo, él no salió del coche cuando ella, en Berkeley Square, detuvo el vehículo delante del restaurante.
Pero el jeque estaba sumido en sus pensamientos porque, cuando ella le abrió la puerta, resultó evidente que él ni siquiera había notado que el coche se había detenido y que habían llegado a su destino.
–¿A qué hora quiere que le recoja, señor? –preguntó Diana.
Zahir se había pasado el trayecto pensando en la reunión que iba a tener durante la cena; tratando de olvidar la imagen, el sabor y el aroma de la mujer que estaba sentada delante de él. Tan solo una palabra desbarató sus esfuerzos.
–Si no está seguro, ¿quiere llamarme por teléfono? –Diana sacó una tarjeta del bolsillo de la chaqueta del uniforme y se la ofreció–. ¿Cuando les sirvan los cafés?
Era una tarjeta de la empresa Capitol.
–¿Que la llame?
–El teléfono que viene en la tarjeta es el del coche –dijo ella–. En el reverso de la tarjeta está el número de mi teléfono móvil.
El jeque Zahir tomó la tarjeta. Su intención había sido hacer lo de siempre, volver al hotel andando. Sabía que necesitaría tiempo para aclarar sus ideas después de la reunión, fuera el que fuera el resultado. A punto de decirle que se marchara a casa, cosa que podría haber hecho de no haber insistido en ir a recoger a James, se contuvo. Enviarla a su casa podría ser mejor para él, pero no para ella, ya que le robaría tres horas de trabajo extra a unas horas en las que le pagaban más.
–Venga a recogerme a las once y media –dijo él–. La llamaré si hay un cambio de planes.
–Sí, señor.
Lo de «señor» le molestó. Estaba convencido de que era la forma de decirle que comprendía que el beso no había significado nada, que volvían al principio.
No pudo evitar mostrar el reconocimiento de su tacto con una ligera inclinación de cabeza.
–Gracias, Metcalfe.
Capítulo 4
DURANTE un instante, Diana le miró. Durante un instante, vio en sus ojos algo que le hizo olvidar a los poderosos hombres que le estaban esperando, olvidar sus líneas aéreas. Lo único que sintió fue un deseo sobrecogedor de impedir que Diana se marchara, sentarse en el coche a su lado y llevarla a un lugar tranquilo e íntimo en el que los
diferentes mundos de los que procedían dejaran de existir.
Pero… ¿para qué?
Para escucharla, para disfrutar de su conversación sin otro motivo. Sin segundas intenciones.
Ambos sabían que lo único que podían compartir eran unos momentos de intimidad sin futuro.
Era arriesgado y atrevido en lo referente a los negocios; a veces, incluso estaba dispuesto a arriesgar todo lo que había conseguido. Pero era mucho más circunspecto respecto a los asuntos personales; mantenía sus relaciones a un nivel superficial, con mujeres que se guiaban por las mismas reglas que él: divertirse y olvidar. Mujeres que comprendían que su futuro estaba escrito, que no había posibilidad de nada más profundo y permanente entre los dos. Mujeres a las que un coqueteo jamás les haría sufrir.
Diana Metcalfe no era una de esas mujeres.
Y él no la tomaba a la ligera.
Sin embargo, incluso cuando reconocía que debía anteponer el deber al placer, seguía queriendo oírla pronunciar su nombre, quería que le sonriera. No podía olvidar el aroma de su piel ni el dulce sabor de sus labios… ni la sonrisa que había dado paso a una sombra de tristeza en sus ojos.
Necesitaba estar centrado aquella noche si quería lograr el trato más importante de su carrera hasta la fecha; sin embargo, lo único en lo que podía pensar era en la desaparición del brillo de los ojos de ella. Y sabía quién era el causante.
Impulsivamente, alzó la tarjeta que tenía en las manos y percibió un ligero rastro de su aroma. Nada procedente de un frasco de perfume, sino algo cálido y femenino que era enteramente Diana Metcalfe.
Metió la tarjeta en el bolsillo y se pasó ambas manos por los cabellos. Debería llamar a James inmediatamente y decirle que llamara a Capitol Cars y les pidiera que les enviaran otro chófer al día siguiente. Quizá, si no la viera, podría quitársela de la cabeza.
Pero no podía hacerlo.
La mayor equivocación que había cometido no había sido besarla ni coquetear con ella, sino hablarle. Hablar con ella de verdad.
Había hablado con Jack Lumley; pero después de una semana en compañía suya, sabía lo mismo que si solo hubieran pasado un día juntos.
Diana no mantenía conversaciones educadas y vacías.
Diana Metcalfe era una mujer de extraordinaria naturalidad, no era artificial en lo más mínimo. Primero hablaba y después pensaba. No intentaba agradar. No poseía la cultivada educación que los Jack Lumley del mundo habían convertido en un arte.
No podía estropear la gran oportunidad de Diana y hacer que volviera a conducir un autobús lleno de niños cuando ella no había hecho nada malo.
Era él quien se había saltado las reglas y era él quien tenía que sufrir las consecuencias, pensó mientras veía el coche alejándose.
–Excelencia –dijo el maître mientras le conducía al comedor privado reservado para la discreta cena–, es un placer verle de nuevo por aquí.
–Lo mismo digo, Georges.
Y, mientras le seguía ascendiendo la amplia escalinata, se distanció voluntariamente de aquel mundo cosmopolita e internacional, recordándose a sí mismo su cultura y su futuro. Y lo demostró preguntándole a aquel hombre por su familia, sin mencionar a su esposa e hijas ya que eso, en el mundo árabe, sería un insulto.
–¿Cómo están sus hijos? –preguntó Zahir, lo mismo que habrían preguntado su padre y su abuelo.
* * *
Zahir había pensado en llamar a Diana a las once para decirle que se fuera a casa, pero se le había pasado. Cuando la vio esperándole delante de la puerta del restaurante, sabía que el subconsciente le había jugado una mala pasada. Y no podía evitar alegrarse.
No era soledad lo que necesitaba en ese momento, sino la compañía de alguien con quien compartir su entusiasmo. Alguien cuya sonrisa le llegara adentro, al corazón.
–Sé que ha tenido un día de mucho trabajo, Metcalfe, pero… ¿dispondría de cinco minutos?
–Sí… sí, claro. ¿Adónde quiere ir?
–A ninguna parte. ¿Le importaría dar una vuelta por la plaza conmigo?
Diana salió del coche, lo cerró y se reunió con él.
–No se ve ninguna estrella –dijo él alzando los ojos al firmamento–. La contaminación lo borra todo. Si estuviéramos en el desierto, sentiríamos como si pudiéramos tocar las estrellas extendiendo las manos.
–Debe de ser sobrecogedor –él la miró–. Quiero decir que…
–Sé lo que quiere decir –la interrumpió él–. Y tiene razón, es frío, vacío y despejado. Hay un absoluto silencio, un silencio sobrecogedor. Allí, uno se da cuenta de lo pequeño que es, de su insignificancia.
–¿No ha ido bien la reunión? –preguntó ella con preocupación.
–Mejor de lo que había esperado. Aparte de los cuatro que estábamos cenando, usted va a ser la primera persona en saber lo que el mundo sabrá dentro de dos días, que Ramal Hamrah va a tener sus propias líneas aéreas.
–Ah. Eso es extraordinario.
–Todo es extraordinario, solo cambian las cifras –Zahir la miró–. Cuando usted se compre su taxi de color rosa, también será extraordinario.
–Será un milagro –dijo ella con vehemencia–. Pero, si lo consiguiera algún día, le prometo que miraré a las estrellas y me haré la firme promesa de no volverme demasiado ambiciosa.
Zahir le tomó el brazo antes de volver a mirar al cielo.
–En Londres no las va a ver, Metcalfe. Aunque supongo que podría ir al Planetario.
–No necesariamente. En Londres, para ver las estrellas, no se mira hacia arriba, sino hacia abajo –él frunció el ceño y ella se echó a reír–. ¿No sabía que las calles de Londres no están pavimentadas con oro sino con estrellas?
–¿En serio?
Zahir miró al suelo y luego a ella.
–Es evidente que se me está escapando algo.
–Estamos en Berkeley Square, ¿no? ¿No ha oído nunca la canción? Es muy antigua.
Zahir rebuscó en su memoria.
–Creía que la canción trataba de un ruiseñor.
–¡La conoce!
–Me acuerdo de la música –él tarareó y ella sonrió.
–Casi –dijo Diana riendo–. Pero no habla solo del ruiseñor, sino de las estrellas también. Mi padre solía cantársela a mi madre y bailaban en la cocina mientras cantaban.
–¿En serio? ¿Así? –al instante, Zahir le rodeó la cintura.
Diana no podía creer lo que estaba sucediendo. Todavía había gente en la calle. Quizá, de no ir vestida con aquel uniforme, no se habría sentido tan ridícula.
–¡No! –rogó ella, pero Zahir le agarró la mano y, tarareando, comenzó a bailar–. Zahir… ¡Por el amor de Dios, ni siquiera sabe la música!
–¿No? ¿Cómo es?
El entusiasmo y la alegría de Zahir eran contagiosos y Diana, al final, acabó cantando. Se trataba de una canción que ya era antigua cuando sus padres la bailaban en la cocina. Era una canción que trataba de la magia del amor y de cómo era capaz de hacer realidad lo imposible. Hablaba de un Londres en el que los ángeles comían, los ruiseñores cantaban y las calles estaban pavimentadas con estrellas.
Fue cuando acabó la canción cuando Diana se dio cuenta de que habían dejado de bailar y estaban de pie junto al coche, Zahir la abrazaba.
Lo que más deseaba en el mundo era que él volviese a besarla.
Y, como si le hubiera leído el pensamiento, Zahir le alzó una mano y se la llevó a los labios.
–¿Lo oyes? –murmuró él–. El ruiseñor.
A Diana le costó lo imposible ignorar la suave caricia del aliento de Zahir en su mejilla, sus dedos entrelazados con los suyos, su cálida mano en la espalda… ignorar la magia del ruiseñor.
Le costó forzarse a recordar las palabras de Freddy: «Mamá, ¿vas a volver a casa antes de que me acueste?». Y su respuesta: «Estaré allí cuando te despiertes».
–No, señor –logró responder ella con una voz que le sonó extraña a sus oídos–. Me parece que aquí solo quedan jilgueros.
Con esas palabras quebró la frágil belleza del momento y el peligro pasó.
Zahir dio un paso atrás y, con la más seria de las sonrisas, comentó:
–Se me había olvidado, Metcalfe. Usted no cree en los cuentos.
Durante un momento, ella quiso negarlo. En vez de eso, dijo:
–Ni usted, señor.
–No, yo tampoco –Zahir volvió a rozarle los dedos con los labios y, sin más palabras, se dio media vuelta y comenzó a alejarse.
–¡Señor! –pero él no pareció oírla–. ¿Adónde va? ¡Zahir!
Sin detenerse, sin volverse, él respondió:
–Váyase a casa, Metcalfe. Voy a mi hotel.
–Pero…
Él se detuvo. Miró al cielo.
«Pero… ¿qué? ¿En qué estaba pensando?».
Como si fuera una respuesta a su silenciosa pregunta, Zahir se volvió y sus ojos se encontraron. Ella sabía qué era ese «qué».
Siempre lo había sabido.
Y la fuerza de esa mirada la asustó.
Lo que ocurría entre los dos era un deseo primitivo. No había inmunidad…
–¿Pero? –repitió Zahir con voz suave.
Sin pensar, Diana extendió la mano hacia él, implorándole con el gesto que volviera, que terminara lo que había empezado.
Lenta y deliberadamente, cerró la mano, pero sin apartarla, mientras Zahir daba un paso hacia ella.
Quizá fue el movimiento lo que rompió el hechizo…
–Va en dirección contraria –dijo Diana–. Tiene que tomar Charles Street. Luego Queen Street. Después Curzon Street.
–Eso lo ha aprendido en la guía de taxistas, ¿verdad?
–Sí. No… –sus ojos estaban en contacto aún. Ella apenas podía respirar–. Queen Street es solo de bajada, un taxi tendría que tomar Erfield Street.
Zahir le agarró un brazo con suavidad, abrió la puerta del conductor y dijo:
–Hasta mañana por la mañana, Diana. La veré a las diez en punto.
Zahir esperó a que el coche se alejara para soltar el aire que había estado conteniendo en los pulmones.
Tan solo hacía unas horas que conocía a esa mujer y, sin embargo, era como si la hubiera estado esperando toda la vida. Era ella la única que le hacía reír, que le hacía bailar, que le hacía cantar.
Mientras caminaba por las silenciosas calles, sabía que debería estar pensando en el futuro, en sus planes; sin embargo, lo único que tenía en la cabeza era a Diana Metcalfe.
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