Kitabı oku: «Historia de los sismos en el Perú»
Catálogo histórico-sísmico del Perú. Siglos XV-XVII Lizardo Seiner Lizárraga


Colección Investigaciones
Historia de los sismos en el Perú. Catálogo: Siglos XV-XVII
Primera edición digital: noviembre, 2017
© Universidad de Lima
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Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial
Ilustración de carátula: Señor de los temblores, Escuela cusqueña siglo XVII. Colección particular.
Versión ebook 2017
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ISBN versión electrónica: 978-9972-45-423-3
… Terremoto: Movimiento violento e impetuoso de la tierra. Engéndrase regularmente de las exalaciones y vientos gruesos en las concavidades de ella que apretándose con la humedad, impide que salgan o broten y buscando la salida causan con su ímpetu el temblor lo qual suele suceder con más frecuencia en puertos o lugares cercanos al mar…
DICCIONARIO DE AUTORIDADES. Madrid [1737]
Índice
Introducción
Estudio preliminar
La sismicidad histórica
1. Sismólogos y sismos en el Perú
2. El campo de estudio
3. Investigaciones realizadas
3.1 América
3.2 Europa
4. Los usos de las sismicidad histórica
4.1 El estudio de la dimensión religiosa
4.2 La evolución de la arquitectura
4.3 Las manifestaciones de la ciencia
Los sismos y las fuentes en el Perú: Vicisitudes de búsqueda y posibilidades de uso
1. Las fuentes y los sismos: notas sobre el uso de fuentes para la reconstrucción de la sismicidad histórica
1.1 Tipos de fuentes
1.2 Limitaciones
1.3 Atribución de autores
1.4 Formas de citar de los autores
1.5 La disponibilidad de ediciones
1.6 La oferta de fuentes
1.7 Perspectivas regionales
1.8 Felices hallazgos: nuevos sismos conocidos
1.9 Precisiones cronológicas
1.10 Vías abiertas
Uso del catálogo
Siglo XV
Siglo XVI
Siglo XVII
Anexos Catálogo histórico-sísmico peruano. Siglos XV-XVII. Tabla general
Bibliografía
Introducción
El propósito del presente libro se centra en un objetivo puntual: emprender el rastreo exhaustivo de las manifestaciones sísmicas ocurridas en el Perú entre los siglos XV y XVII a partir de la consulta de documentación publicada. La decisión de abocarnos exclusivamente a su hallazgo y comentario, dejando de lado la documentación de archivo, se tomó con el único propósito de ponderar el valor de la información contenida en cada fuente materia de publicación. Solo después de haber restituido la calidad informativa de cada fuente podrá apreciarse mejor cuáles son las lagunas de información alrededor de cada evento sísmico y, a partir de eso, abocarse al rastreo y hallazgo de la documentación que existe en archivos. Creemos que solo así se podrá afirmar qué es en verdad inédito en cuanto a información sísmica.
Varios aportes han allanado, previamente, el camino para acometer esta tarea. Desde la década de 1980, varios investigadores —sismólogos y geofísicos vinculados al Instituto Geofísico del Perú— emprendieron dicho trabajo, sacando a luz catálogos sísmicos en los que se homogeneizan centenares de registros sísmicos comprendidos entre los siglos XV y XX (Ocola, 1984; Huaco, 1986). Estos catálogos, a su vez, aprovecharon la valiosa información histórica publicada desde inicios del siglo XIX hasta la década de 1970. A los varios listados publicados en esos años (Unanue [1806], 1940; Córdova y Urrutia [1844], 1875; Mendiburu [1876-1890], 1931-1934; Middendorf [1893], 1973; Polo, 1898-1899; Bachmann, 1935; Silgado, 1967, 1978), se suman valiosas compilaciones documentales en las que se reproducían relatos de variada extensión que yacían olvidados en archivos del país o de Europa (Odriozola, 1863; Barriga, 1951; Villanueva, 1970; Silgado, 1980, 1985, 1992). Es bueno mencionar que, en los últimos años, la historiografía vinculada al estudio de los efectos políticos y sociales de los terremotos se ha enriquecido con contribuciones importantes (Aldana, 1996; Walker, 2002, 2003, 2004; Pérez Mallaina, 1997, 2000, 2001; Sánchez, 2001, 2005a, 2005b), aun cuando no hayan significado un aporte para la elaboración de nuevos catálogos sísmicos o el afinamiento de los anteriores.
Un catálogo histórico-sísmico como el que presentamos, descansa esencialmente en fuentes que deben ser ponderadas de manera debida a través de las herramientas ofrecidas por la crítica histórica. En la medida de lo posible hemos tratado de proporcionar los elementos que sean necesarios para apreciar la calidad de la fuente: referencias al autor, proximidad con relación a los sucesos que relata y contemporaneidad del relato con la ocurrencia del evento. En términos generales, las fuentes que utilizamos las hemos clasificado de acuerdo con el nivel de información que proveen. Algunas se reducen a ser simples listados de sismos, conteniendo ligeras referencias a su intensidad, entendida como el conjunto de efectos destructivos producidos en un área dada. Otras ofrecen mayor detalle, informando pormenorizadamente sobre las angustias y avatares padecidos por los pobladores; en estas aparecen, en dramática sucesión, el angustiado ritmo de los rezos y las plegarias elevadas a Dios, el desolador paisaje que mostraban las ciudades tras la sacudida —la que destruía una obra acumulada por décadas—, con edificaciones ferozmente abatidas, y algunas concluyen con el exhaustivo conteo de las réplicas ocurridas en las semanas que siguieron al sismo (Seiner, 1997). La evaluación de la bibliografía dedicada al estudio de la sismicidad histórica permite identificar tres grandes tipos de autores: ordenadores, testigos y recopiladores (Seiner, 2002). Largo ha sido el esfuerzo de historiadores, sismólogos y geofísicos por aclarar el nebuloso panorama que rodeaba el conocimiento de la sismicidad histórica peruana en los últimos dos siglos.
No obstante los avances reseñados, en el Perú aún se dista de la exhaustividad a la que han llegado investigaciones emprendidas en otras latitudes. Una de las más importantes contribuciones es la realizada por un equipo de investigadores mexicanos a mediados de la década de 1980 (García y Suárez, 1996): las labores de búsqueda, transcripción y digitación de la documentación depositada en decenas de archivos dispersos en todo el territorio mexicano demandaron varios años de trabajo y representan en la actualidad una provechosa fuente de consulta para los investigadores. En Europa, la experiencia es múltiple y valiosa; a propósito, por ejemplo, del caso de Italia, cabe recordar que los catálogos sísmicos representan allí una tradición de larga data, pues se trata de un país de alta sismicidad. Desde inicios de la década de 1980, el equipo encabezado por Emanuela Guidoboni —al frente de la empresa Storia Geofisica Ambiente— ha ordenado voluminosa documentación sobre terremotos italianos desde el siglo IV a.C. (Guidoboni, 2000) y generado información valiosa que ha sido usada extensamente en programas de reducción de vulnerabilidad sísmica implementados por instituciones gubernamentales.
Para nuestra investigación hemos rastreado, ubicado y ordenado gran parte del material sobre sismicidad histórica publicado en textos y revistas peruanas y extranjeras. Y decimos gran parte porque, a pesar de que nuestro objetivo ha sido identificar todas las fuentes disponibles editadas sobre un suceso sísmico, no es improbable que hayamos omitido alguna, bien bibliográfica o hemerográfica (esta última, de mayor dificultad de hallazgo). Respecto a la documentación encontrada, creemos que sus posibilidades de uso son amplias, pues no solo la propia investigación histórica —en historia del arte, historia social, medioambiental o económica— contará con información puntual, suficientemente corroborada, sobre eventos que influyeron en las sociedades del pasado, sino que ingenieros y arquitectos —pero en particular sismólogos y geofísicos— podrán sacar provecho de esa información para afinar los catálogos sísmicos disponibles hoy en día y así estar en condiciones de evaluar mejor la recurrencia secular de la actividad sísmica en el Perú.
Cuando empezamos este trabajo, una de nuestras hipótesis fue entender que los catálogos sísmicos usados actualmente en el Perú no eran lo suficientemente exhaustivos en la mención de los eventos sísmicos de los siglos XVI y XVII (Ocola, 1984; Huaco, 1986; IGP, 2001). Al final de la investigación esa hipótesis fue corroborada, pues, mediante la identificación de nuevos sismos y el descarte de otros que no descansaban en información confiable, se comprobó la existencia de una serie de falencias de información en aquellos catálogos. Hecha esa primera intervención sobre la documentación, decidimos establecer una escala de confiabilidad de la información a partir del conjunto de fuentes relacionadas con cada sismo. Esta escala se extiende del 1 al 5, donde el 1 es la escala más baja de confiabilidad y el 5 revela la total certeza de ocurrencia, sobre la base de una identificación espacio-temporal, la serie de lugares afectados y los efectos físicos e infraestructurales provocados. En suma, estimamos y confiamos en que los resultados de esta investigación no quedarán reducidos al manejo erudito de un grupo de académicos, sino que se materializarán en propuestas que llevarán a incrementar la sensibilización de la población civil ante los sismos y a la redefinición de los parámetros sísmicos que han venido empleándose para establecer la intensidad de dichos eventos.
El estudio introductorio al catálogo se compone de dos capítulos. En el primero presentamos un panorama de las características del campo de estudio de la sismicidad histórica y evaluamos el uso posible de la información en el análisis de la religión, la arquitectura y la ciencia. En el segundo mostramos la serie de problemas que se derivan del uso de fuentes históricas con contenido de sismicidad histórica y las prevenciones que se deben tener para asegurar su manejo adecuado.
La presente investigación fue desarrollada mediante la consulta de varias bibliotecas de Lima. Debemos destacar la riqueza del material bibliográfico disponible en la Sala de Investigaciones de la Biblioteca Nacional del Perú, en especial, las ediciones más antiguas que hemos consultado, correspondientes al siglo XVI. En su hemeroteca pudimos acceder a algunas antiguas revistas limeñas de fines del siglo XIX, que reproducen relatos de sismos de comienzos del siglo XVII.
En otras bibliotecas también hubo hallazgos felices. En la Universidad de Lima accedimos a algunas antiguas ediciones de crónicas que formaron parte de la valiosa colección del recordado arquitecto Emilio Harth-Terré, y el sistema de bibliotecas de la Pontificia Universidad Católica del Perú permitió consultar los fondos de la Biblioteca Central en el Fundo Pando, de la biblioteca del Instituto Riva Agüero y de la que perteneció a don Félix Denegri Luna, rica en títulos inhallables en otras, además de hallarse en excelente estado de conservación.
En las bibliotecas de instituciones científicas los hallazgos no fueron menos gratos. En el Instituto Geológico Minero Metalúrgico del Perú (Ingemet) está parte de la antigua biblioteca de una institución señera, pionera de la investigación sismológica en el país, fundada a inicios del siglo XX: el Cuerpo de Ingenieros de Minas y Aguas del Perú. Allí pudimos identificar los sellos originales de esta biblioteca, estampados en títulos valiosos de la bibliografía sismológica: Perrey, Montessus de Ballore o Sieberg. De igual manera, en el Centro Regional de Sismología (Ceresis) encontramos títulos importantes de autores nacionales, como Silgado, aunque no podemos dejar de expresar nuestra nostalgia por la antigua biblioteca del Instituto Geofísico del Perú, que consultamos en su antiguo local de Camacho —luego consumido por un devastador incendio—, donde revisamos los catálogos sísmicos peruanos.
No queremos concluir sin expresar nuestro agradecimiento por el apoyo institucional recibido de la Universidad de Lima para los proyectos de investigación que sirvieron de sustento a esta publicación. Además, reiterar que todo lo vertido en las siguientes páginas es de nuestra exclusiva responsabilidad.
Estudio preliminar
La sismicidad histórica
Uno de los campos menos transitados en la historiografía peruana es el que se centra en la identificación de las relaciones entre sociedades y medio ambiente. Las relaciones entre ambos son diversas y complejas, y en muchas de ellas se manifiesta un fuerte componente de presión por parte del medio ambiente. En ese amplio escenario de interacciones se sitúa la relación entre sociedades y desastres naturales, y, entre estos últimos, los sismos —entendidos como fenómenos naturales de origen tectónico que suelen presentarse con cierta regularidad en determinadas zonas del mundo, entre ellas el Perú— representan uno de los ámbitos donde aquella presión se manifiesta con más fuerza. Por su posición geográfica, el Perú se halla en la zona de influencia del denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, amplia área que se extiende a lo largo de las costas americanas y asiáticas ribereñas al océano Pacífico, en donde se produce una actividad tectónica de colisión de placas que es causante directa del ochenta por ciento de toda la actividad sísmica mundial. Porque el Perú está ubicado en una zona de tanta actividad sísmica, donde los sismos y terremotos no son fenómenos infrecuentes, pensamos que indagar sobre la ocurrencia de ellos en el pasado, ofrece información central para efectos de planificación y reducción de la vulnerabilidad.
1. Sismólogos y sismos en el Perú
Terremotos en el Perú, obra publicada en julio de 1981 por Alberto Giesecke y Enrique Silgado —prestigiosos científicos peruanos vinculados al Instituto Geofísico del Perú—, tuvo el propósito de ofrecer una perspectiva amplia sobre la problemática sísmica en el Perú. A través de cuatro partes, claramente diferenciadas, los autores abordan varios aspectos vinculados a dicha problemática. La primera identifica la ocurrencia histórica de sismos en territorio peruano entre los siglos XVI y XX, y se trata de una versión abreviada de un trabajo anterior publicado por Silgado (1978) y que hoy ha devenido en un clásico de la disciplina y fuente de consulta obligada para cuanto trabajo se emprenda con relación a sismicidad histórica. La segunda parte está animada por un objetivo explícitamente pedagógico: a partir de una presentación breve de las teorías geológica y sismológica, los autores describen muy sucintamente la estructura de la tierra, la mecánica sísmica y los sistemas de medición de sismos, explicando el significado de valor de los grados que conforman las escalas Richter y Mercalli. En la tercera parte se reproduce una útil cartilla sísmica publicada por la Organización de Estados Americanos en 1977, en la que se informa sobre las medidas que la población debe adoptar en caso de producirse un sismo.1 Finalmente, la última parte se reserva para reproducir comunicaciones de dos científicos norteamericanos, colegas de los autores, en relación con la predicción de sismos. La primera comunicación es una carta con fecha 28 de abril de 1981, en la que el Dr. Brian Brady — físico y funcionario del United States Bureau of Mines— informa a Alberto Giesecke sobre la ocurrencia de tres devastadores terremotos, de escala 8 Mercalli y más, en la costa peruana, entre junio y agosto de 1981. La segunda es una declaración suscrita el 12 de junio de 1981 por William Spence, opinando sobre la predicción de Brady y tildándola explícitamente de incorrecta.
Uno de los propósitos de la obra de Giesecke y Silgado fue el de refutar las predicciones de Brady, especialmente porque trascendieron a los medios de comunicación, sobre todo prensa escrita. Muchos diarios, carentes de parámetros idóneos para presentar información científica, distorsionaron el carácter de la afirmación, convirtiéndola en un hecho incontrovertible; en opinión de aquellos, Lima sería destruida indefectiblemente a mediados de 1981. Evidentemente, el tono de la información causó alarma en la población, en particular porque se afirmaba que no se trataba de sismos cualesquiera, sino nada menos de terremotos de gran magnitud, causantes de una segura y severa devastación. Al final, los terremotos no se produjeron; sin embargo, quedaron planteados dos hechos incontrovertibles: por un lado, las predicciones sísmicas no son posibles, así se hayan, aparentemente, “legitimado” desde la ciencia; por otro, lo único seguro que se sabe es que, por sus particulares características tectónicas, la costa central y sur del Perú puede ser afectada por un gran sismo. Giesecke y Silgado lo indican con énfasis al señalar: “… el Dr. Brady trata de predecir cuándo ha de ocurrir lo que de todos modos, con o sin predicción, ha de ocurrir en el futuro…”.2 Consideran, además, que la aún inasible predicción sísmica implica un asunto extremadamente delicado al crear un problema social real, materializado en el pánico que se apodera de la población y que aun se agrava: “… los medios de comunicación tienen una grave responsabilidad, pues no deben distorsionar la información científica ni darle carácter sensacionalista a la noticia…”.3 Aun en el futuro —concluyen los científicos—, gracias al mayor acopio de datos precisos aparecerán otros pronósticos semejantes, pero no existirá otra alternativa que aprender a vivir sobrellevando predicciones; más aún, sabiendo y reconociendo que el Perú está en una zona de gran actividad sísmica y que un sismo puede presentarse en cualquier momento.
Al cabo de más de veinticinco años, sus palabras resultaron proféticas: el 15 de agosto del 2007, un fortísimo sismo, de gran intensidad y magnitud, aunque en grado menor que las presentadas durante el último gran sismo que la había afectado allá por 1974, sacudió Lima. En esa ocasión —y aun cuando no hubo de por medio una predicción pseudo-científica semejante a la de Brady— la ciudad se conmocionó, y un sector de la prensa escrita distorsionó la opinión de los científicos, endilgándoles la responsabilidad de haber afirmado la futura ocurrencia de un sismo devastador, cuando, en realidad, lo único que hicieron fue reiterar la característica tectónica de la costa central peruana.
En su obra, Giesecke y Silgado presentan una serie de conceptos indispensables para entender el comportamiento sísmico de la tierra. Una diferencia que es importante tener en cuenta es la referida a los conceptos de magnitud e intensidad. Magnitud es la energía liberada por un sismo y que —a partir del uso de instrumental idóneo— mide el grado de ocurrencia alcanzado; para su determinación, en la actualidad es de uso común la denominada escala Richter (Giesecke, 1981: 90). Por otra parte, intensidad es la medida de los efectos macrosísmicos, en una localidad dada, sobre los objetos naturales, las estructuras artificiales y los observadores. Su determinación es más compleja, en la medida en que “… no es nada fácil reducir fenómenos tan variados, que incluyen todas las complejas influencias del medio ambiente local y las interpretaciones subjetivas de testigos nerviosos, a un formato apropiado para referencia científica…” (ibíd.: 97). Para la medición de la intensidad se utiliza la escala Mercalli, establecida desde 1902, y la denominada MSK, de 1964 —no adoptadas como patrón mundial, pero de extendido uso—, que presentan además escalas con rangos que van de I al XII (ibíd.: 100).
Reproduciendo lo que había dado a publicidad en 1978, Silgado inserta su registro sísmico histórico e incluye las referencias sobre eventos de este tipo ocurridos entre los siglos XVI y XIX (Silgado, 1981: 11-22). Más adelante, al dar cuenta del comportamiento de los parámetros sísmicos durante los más importantes terremotos ocurridos en el Perú, en esos siglos, explicita sus métodos e indica:
Las coordenadas del epicentro son aproximadas y son apreciaciones del autor. La magnitud instrumental, un concepto que se utiliza hoy en día para determinar el tamaño o grandor de un terremoto, se establece en base de las relaciones empíricas encontradas entre la magnitud, intensidad y extensión areal de los sismos ocurridos en el Perú durante los últimos cuarenta años… (Silgado, 1978: 65).
En la actualidad, y probablemente durante mucho tiempo más, es posible que el único parámetro empleado para medir sismos históricos sea la intensidad, es decir, toda aquella evidencia física o humana de los efectos de un sismo.
En años recientes, sismólogos vinculados al Instituto Geofísico del Perú han iniciado una reevaluación del trabajo de Silgado, a quien consideran autor de la más útil recopilación sobre sismicidad histórica peruana —por consiguiente, referencia indispensable para trabajos en esa área—, la que, aunque de valor, dista de ser la más completa. José Toribio Polo compuso, a fines del siglo XIX, un catálogo muy completo, con más de 2.500 referencias sísmicas, pero que es escasamente usado de manera directa por los sismólogos. Pareciera que, o bien Polo es un autor desconocido, o bien, en el caso de no ser así, el volumen de su información dificultaría su estudio. La preferencia hacia Silgado es clara: pertenece al gremio científico, piensa como geofísico y, además, ha emprendido el arduo trabajo de procesar la información.
Identificando los sismos históricos con intensidades mayores o iguales al grado VIII de la escala Mercalli modificada, los sismólogos observan que dicha sismicidad se concentra, principalmente, a lo largo de la línea costera centro y sur, y reconocen que podría haber cierta distorsión, en la medida en que esta zona era la más poblada y albergaba las ciudades más importantes desde el siglo XVI (Tavera y Buforn, 1998: 191). Revelan, además, que para el periodo 1513-1920 no existe información sobre terremotos ocurridos en la zona andina y subandina del centro y norte del Perú, aunque en la actualidad está comprobado que estas regiones son sísmicamente muy activas (ibíd.: 194). Son, pues, vías abiertas que comprometen la investigación en sismicidad histórica.
2. El campo de estudio
En realidad, la sismicidad histórica representa un campo fácilmente delimitable, en la medida en que identifica los movimientos sísmicos registrados, en una zona determinada, a lo largo del tiempo; no obstante, ello implica hacer algunas precisiones. Es evidente que no todas las zonas presentan periodos de ocupación humana semejante, lo que determina la variación del periodo para el cual se cuenta con información. Algunos ejemplos podrán aclarar lo afirmado.
Las fuentes disponibles permiten rastrear los sismos, en América Latina, solo a partir de la llegada de los españoles. Los patrones de asentamiento urbano practicados por los conquistadores se implementaron muy tempranamente; y debido a la extensa política de fundación de ciudades, contamos con un volumen apreciable de información relativa a la ocurrencia de sismos, casi desde la fundación de ellas: generalmente, para un buen número de ciudades latinoamericanas, se cuenta con casi cinco siglos de registros históricos de tales eventos. Y es de notar que, para cada siglo, la información disponible es mayor conforme se transcurre del pasado hasta la actualidad. No obstante, algunos países solo cuentan con información sísmica desde el siglo XVII, como es el caso de Costa Rica, cuyos registros se inician en 1638.4 Parecido es el panorama en la América anglosajona,5 ya que sus registros recién se inician en los siglos XVII y XVIII, como son los casos —por citar dos ejemplos— de Nueva York, desde 1638, y California, desde 1769.6 Hay contribuciones recientes para el Caribe francoparlante, lo mismo que para el Canadá francés (Saffache, 2004; Gouin, 2001). Es indudable que las ocurrencias sísmicas sucedidas en tiempos prehispánicos nos son desconocidas debido a la inexistencia de evidencia escrita en América precolombina, aunque es menester destacar la notable excepción constituida por las fuentes escritas que provienen de la cultura maya.
A diferencia de América, Europa muestra una realidad muy distinta. La organización de los archivos, la enorme oferta de fuentes, las sucesivas publicaciones referidas al tema y la convocatoria permanente de eventos alusivos que reúnen a especialistas, dan cuenta de las altas cotas a las que puede llegar la investigación en sismicidad histórica cuando existen las redes institucionales que propician los intercambios de conocimiento e información.
En términos generales, el panorama que hemos encontrado se revela como un campo transitado desde hace décadas en distintos países, aunque en el Perú su abordaje se muestra más bien escaso. Además, aunque la sismicidad histórica —conforme a lo definido— busca aclarar la ocurrencia sísmica de un país a través de la exhaustiva búsqueda y ponderación de fuentes, debe igualmente incorporar parámetros conceptuales. Dicha vía aún está en exploración, y los escasos trabajos dedicados al tema han puesto énfasis especial en la construcción social del riesgo sísmico (Quenet, 2005).
3. Investigaciones realizadas
Este subcapítulo dará cuenta de algunas de las investigaciones de sismicidad histórica a las que hemos accedido, clasificándolas con base en un criterio zonal. Presentamos primero aquellas desarrolladas en América, y reservamos las de Europa a la siguiente parte.
3.1 América
Observamos que existen líneas permanentes de investigación de sismicidad histórica en América Latina. Un caso interesante es el de Ecuador: con apoyo de IRD de Francia, la Escuela Politécnica Nacional del Ecuador (en adelante EPN) —en cuya Escuela de Ciencias se encuentra el Departamento de Geofísica, el que desde 1983 es denominado (como su par peruano) Instituto Geofísico— viene realizando una importante contribución en la investigación sísmica contemporánea. Uno de los objetivos específicos del área de sismología del Instituto Geofísico —institución oficial encargada del monitoreo de la actividad sísmica en el Ecuador— es “conocer los procesos anteriores”, siendo una de sus líneas de investigación, “la historia sísmica y volcánica”.7 En lo que concierne a registros sísmicos, la EPN reemplazó al Observatorio Astronómico de Quito —establecido en 1873 por el jesuita alemán Juan Bautista Menten—, institución que los inició de manera sistemática en 1910, con la instalación de modernos sismógrafos.8 El Instituto Geofísico plantea entre sus responsabilidades “la identificación y el análisis de las fuentes sísmicas en el territorio ecuatoriano”. En el 2003 tenía entre sus investigaciones la que José Egred desarrollaba con el título “El terremoto de Riobamba de 4 de febrero de 1797”, sismo considerado como el más destructor de la historia ecuatoriana. En el resumen de la investigación se lee:
El terremoto de Riobamba de 1797 es el más destructor que ha soportado el territorio ecuatoriano en su historia desde la conquista española y, por consiguiente, es el que mayor cantidad de muertes causó, pese a la poca densidad de población en la época en que ocurrió. El presente trabajo es un estudio de los parámetros sísmicos y efectos del terremoto, basado en la investigación realizada en los archivos históricos y bibliografía nacionales y en el Archivo General de Indias de Sevilla, España, que fue auspiciado por la organización francesa ORSTOM (actualmente IRD)…9
Esta investigación se transformó, luego, en un exhaustivo artículo que reunió toda la información acerca de dicho sismo.10 Cabe destacar la breve introducción a la sismicidad histórica ecuatoriana que se encuentra en la página web de la institución,11 donde se incluye una tabla que identifica los terremotos de grado VIII registrados a partir del siglo XVI y un útil mapa que indica los lugares de ocurrencia de los de grado VII y VI, también desde la época colonial. En dicha tabla se indica 1541 como el año de ocurrencia del primer evento para el que se cuenta con registros históricos, terremoto sentido por los expedicionarios españoles que iban en procura del País de la Canela, encabezados por Gonzalo Pizarro. Este sismo es un caso interesante, pues a pesar de haber ocurrido en territorio ecuatoriano, sus efectos debieron sentirse también en el Perú, debido a su gran intensidad, razón por la cual lo mencionamos en el actual catálogo histórico-sísmico .
Otro país de gran actividad en el campo de la sismicidad histórica es Venezuela. A mediados del 2002, la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) organizó las Terceras Jornadas Venezolanas de Sismología Histórica, con el apoyo del Ministerio de Ciencia y Tecnología, entidad de la que forma parte.12 Las jornadas empezaron en 1997, con éxito rotundo, debido a la favorable acogida de académicos venezolanos, testimoniada en las comunicaciones presentadas. En forma paralela, el Laboratorio de Geofísica de la Universidad de Los Andes (Mérida) lleva adelante, en la actualidad, un programa de investigaciones en sismicidad histórica,13 y ha retomado una de las conclusiones que emanó de las Primeras Jornadas, a saber: la necesidad de crear una base de datos que contenga toda la información sobre sismos históricos ocurridos en Venezuela.
Sin embargo, en términos de resultados, los avances más importantes los tiene México, gracias a la acción conjunta de la Universidad Nacional Autónoma de México y el dinámico Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas).14 El equipo de investigadores de Ciesas partió de la interrogante: ¿por qué estudiar la historia sísmica de México? Indicaba que la sismicidad puede estudiarse a través de dos vías: el registro instrumental —corto en el tiempo: remontable apenas a comienzos del siglo XX— o la evaluación cualitativa basada en el análisis de documentos históricos que describen daños. En México, la sismicidad más activa se produce en la zona de Oaxaca, donde la placa de Cocos se introduce debajo del continente; otro panorama es el que se presenta en el centro de Jalisco, lugar en el que actualmente la actividad sísmica es apenas perceptible, incluso para los sismógrafos. Sin embargo, en 1569 un gran sismo asoló la zona, dato que se conoce gracias a la información proporcionada por frailes franciscanos que relataron la caída de iglesias de cal y canto. Si esto se desconociera, la evaluación del potencial sísmico sería muy diferente y ello tendría directa incidencia en un cálculo imperfecto de los diseños estructurales de las edificaciones concebidas por los ingenieros (Suárez Reynoso, 1996: 11).
De ello surge, entonces, la necesidad de establecer estimaciones confiables de peligro sísmico. En la investigación de sismos históricos se cuenta con un componente sismológico y otro social. El primero consiste en conocer qué ocurrió durante un sismo y, a partir de eso, derivar su localización, magnitud aproximada y otros parámetros; luego los resultados se evalúan, eventualmente de manera estadística, a fin de precisar mejor el peligro sísmico de la zona. Sin embargo, ello topa con graves limitaciones derivadas del carácter de la información histórica, la cual, de suyo, es fragmentaria, subjetiva y parcial; por consiguiente, impide cumplir satisfactoriamente las metas. El segundo componente, el social, propone una metodología para la búsqueda e interpretación de las descripciones de los daños y efectos de los sismos, talón de Aquiles de un vasto número de recopilaciones de sucesos históricos (ibíd.: 12). El estudio de los efectos contribuye decisivamente a definir los modos en que una sociedad se enfrentó al peligro sísmico.
Virginia García Acosta relata que los sismos sucedidos en México D.F., en 1985, fueron el germen del desarrollo de una conciencia de riesgo sísmico y, también, de un renovado rescate de la historia sísmica de México. El proyecto demandó varios años de esfuerzos y se inició bajo el auspicio de Ciesas. Empezó revisando algunas cronologías sísmicas disponibles y luego pasó a revisar fuentes primarias para las épocas prehispánica y colonial. Las cronologías disponibles para México tuvieron que ser ampliadas y afinadas. Un primer resultado apareció en 1987, y demostró que los catálogos disponibles sufrían de omisiones e imprecisiones. Una segunda etapa se prolongó entre 1987-1991 y sirvió para recoger más información, ampliándola hasta el siglo XIX. La búsqueda se inició en bibliotecas y archivos del Distrito Federal, y luego pasó a provincias, elegidas con base en su potencial sísmico; finalmente, las búsquedas llegaron al Archivo General de Indias. El resultado es notable: un catálogo descriptivo hecho a partir de un esfuerzo multidisciplinario, plasmado en una doble visión de los sismos: como fenómeno natural y, también, social.15
Es evidente que los tres casos reseñados distan de ser los únicos, pero son enormemente útiles de conocer, en la medida en que permiten aquilatar el valor de experiencias exitosas en las que la difusión y conformación de equipos multidisciplinarios han ofrecido resultados palpables y de gran impacto social y académico.
3.2 Europa
En este continente los avances revelan una acción emprendida a lo largo de un tiempo mayor, cuyo fruto es el establecimiento de redes continentales de investigadores. Dentro de la European Seismological Commission16 (en adelante ESC) —formada en 1952— funciona un grupo de trabajo en sismología histórica, en el que se implementó, entre 1989 y 1993, el proyecto “Review of historical seismicity in Europe”, basado originalmente en una propuesta planteada en la XII reunión de la ESC, relativa a la creación de un catálogo sísmico europeo unificado. Los resultados fueron halagadores, pues se afinaron decenas de registros sísmicos; sin embargo, lo más importante fue que se puso de manifiesto el valor del encuentro entre sismólogos e historiadores, quienes conocieron los métodos y alcances de la metodología empleada por cada experto en esas áreas.17 No obstante los avances en materia institucional europea, es bueno destacar los avances nacionales y, en tal sentido, los logros alcanzados en Italia por Emanuela Guidoboni —probablemente, los más destacados a escala europea—, esencialmente por la exhaustiva revisión de fuentes históricas que sustentan sus investigaciones.
4. Los usos de la sismicidad histórica
4.1 El estudio de la dimensión religiosa
Manuel de Mendiburu —militar de carrera y famoso polígrafo peruano—, antes de entrar de lleno a narrar lo ocurrido en Lima a raíz del terremoto que la asoló el 28 de octubre de 1746, presenta una breve y compendiosa evolución del culto religioso limeño relacionado con los sismos:
A los 52 años de su fundación [terremoto], el 9 de julio de 1586, día de la Visitación a Santa Isabel que fue jurada patrona contra temblores. A los 44 años sucedió la segunda ruina de 27 de noviembre de 1630 y dio origen al protectorado de la Virgen que se tituló del Milagro, 57 años después aconteció el terremoto de 20 de octubre de 1687 y se juró por segunda abogada a la Virgen conocida con la advocación de las lágrimas. Pasados 59 años se destruyeron Lima y el Callao el 28 de octubre de 1746 día de los santos Simón y Judas que fueron declarados patrones en tercer lugar… (Mendiburu, [1885], 1933, VII: 182-183).
El listado no deja de ser interesante, pero revela una omisión flagrante: no haber incorporado en la lista al Señor de los Milagros, en quien ya había recaído el encargo de erigirse como protector de la ciudad desde 1715 (Vargas Ugarte, 1966: 77-80).
Otras ciudades también establecieron advocaciones para otros guardianes celestiales. A mediados del siglo XVI, Arequipa se hallaba en un serio conflicto; a juicio de la Iglesia, la ciudad se hallaba sobreprotegida, pues, aparte de haberse consagrado a Nuestra Señora de la Asunción y jurar solemnemente defender el misterio de la Concepción, contaba además con tres santos padrinos: santa Marta, contra los terremotos; san Sebastián, contra las epidemias, además de defensor contra las erupciones volcánicas; y san Genaro, también conocido con el nombre de san Januario. Se trataba de una situación anómala, toda vez que contar con varios intercesores entraba en entredicho con lo que Urbano VIII tenía mandado desde hacía medio siglo: que ninguna ciudad se amparase en más de un santo. Puesto a debatir, el cabildo no se vio en otra alternativa que elegir uno solo, elección que recayó en santa Marta, la que quedaría como patrona tutelar (Ricketts [1990], apud Rivera Martínez, 1996: 100). El hecho revelaba el temor reverencial que los arequipeños dispensaban a los sismos, eventos que solían presentarse con mayor frecuencia que los otros dos.
Los ejemplos anteriores muestran la íntima relación que existe entre sismicidad y religiosidad. Es claro que un aspecto interesante y central para apreciar la dimensión social de los eventos sísmicos del pasado es la dimensión religiosa. En el sentir de los contemporáneos, un sismo no es sino la manifestación explícita de la ira divina como castigo a una extendida práctica pecaminosa en la sociedad; es, por consiguiente, un poderoso activador de la fe.
No obstante, este efecto sobre la fe no asegura el mantenimiento de prácticas piadosas: no son pocas las ocasiones en las cuales, tras un sismo y habiéndose dado una serie de pietísimas manifestaciones religiosas —expresadas en sermones y procesiones—, al cabo de un tiempo vuelven a denunciarse los pecados cometidos, generalmente los mismos aludidos antes del evento sísmico. María Emma Mannarelli ha estudiado una dimensión importante de la religiosidad limeña del siglo XVII.18 En suma, la vida religiosa permeabiliza todas las manifestaciones sociales, y los autores coinciden en ello: ya el padre Vargas Ugarte indicaba que el púlpito era la caja de resonancia de la vida cotidiana de la ciudad (Vargas Ugarte, 1942). Años después, Guillermo Lohmann también coincidía en lo mismo (Lohmann, 1996). Muchas ciudades peruanas de época virreinal son testigos de tales manifestaciones.
La historia de Lima, durante el Virreinato, está plagada de historias vinculadas con sucesos considerados extraordinarios en la época. Una imagen de la Virgen, muy antigua y traída de España, ubicada en la capilla asignada a la cofradía de la Purísima Concepción en el templo de San Francisco, fue la que obró el prodigio asociado al terremoto de 1630 (Bernales Ballesteros, 1972: 96). La ocurrencia del suceso, extraordinario en la percepción de los individuos de aquel entonces, fue motivo para materializar el agradecimiento por la intercesión mariana. La capilla del Milagro, colindante con el convento grande de San Francisco, inició su edificación a partir de dicho evento (Portal, 1924: 309).
También la historia de la mayor expresión de devoción católica de América hispana, la procesión del Señor de los Milagros, está asociada a sucesos de este tipo. Hace varios años, Vargas Ugarte ya dio puntual cuenta de la evolución del culto del pueblo limeño hacia la imagen, cuyos orígenes remonta hasta el sismo que afectó seriamente la ciudad en 1655 (Vargas Ugarte, 1966: 9).
Los sucesos extraordinarios no eran protagonizados solo por acciones como las mencionadas; en muchas ocasiones, los actores son individuos que se ven bajo el amparo del manto protector de la gracia divina. Las crónicas conventuales son un venero abundante de historias de esta clase: Antonio de la Calancha, por ejemplo, narra episodios milagrosos acaecidos con ocasión del sismo de Trujillo de 1619. Sin embargo, la información sobre los milagros debe entenderse con suma precaución: ya Riva Agüero, Porras y Vargas Ugarte alertaban sobre el carácter de estas fuentes.
Ante el peligro originado por un sismo o cualquier otra manifestación dantesca de la naturaleza, o el que suscitaba la presencia de corsarios holandeses o ingleses, una ciudad implementaba una estrategia de respuesta.19 Y si la respuesta técnica a la inminencia de un ataque corsario radicaba en construir defensas —murallas, en el caso de Lima y Trujillo—, la respuesta desde la religión implicaba una acentuación de la piedad. En tal sentido, los sermones, la consagración de santos y las procesiones fueron los vehículos a través de los cuales se canalizaron las angustias de los pobladores. Aún falta identificar los santos y advocaciones marianas y cristianas en los que cada población peruana depositó su confianza para que intercedieran ante la cólera divina. Los dos casos de mayor significación están representados en la actualidad por las sagradas imágenes del Señor de los Milagros y el Señor de los Temblores. Conocemos otros fuera del Perú, como el de san Saturnino, quien recibía culto en Santiago de Chile, en tiempo del terremoto de 1647 (Villarroel, 1650: 575); y un ejemplo de la Lima virreinal: el caso de los “votivos protectores contra esta plaga los santos Crispín y Crispiniano” (Peralta [1732], 1863, I: 157). La lista podría incrementarse, preliminarmente, con el culto a la Virgen del Rosario, en Lima, para el siglo XVI, o el de santa Marta para Arequipa.
Varios autores ya han destacado la importancia de la denominada oratoria sagrada en el Virreinato. Han trascendido los impactantes sermones que en ocasión de Viernes Santo pronunciaba el P. Alonso Messía, en Lima, y se ha afirmado que la vida social del Virreinato tenía correlato directo en los púlpitos. No obstante, existen sermones que están directamente asociados a la ocurrencia sísmica, y hemos tenido ocasión de revisar parte de ellos en la Biblioteca Nacional.20 Algunos sacerdotes ejercieron su celo predicador con ocasión de las desgracias. Sabemos el caso del P. Del Río, jesuita, predicador en el Callao en 1746 (Portal, 1924: 78).
Las actitudes y respuestas de la población y autoridades se han modificado en el tiempo. En un primer momento, la Iglesia arraigó el eficaz binomio sismos = castigo divino, luego remontado —con ciertas limitaciones— a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando surge una novedosa corriente de pensamiento —por ejemplo, en México— que buscaba explicar racionalmente los fenómenos naturales. Como veremos más adelante, la explicación que se daba a los temblores tenía un origen aristotélico: eran entendidos a partir de la existencia de gases en el interior de la tierra y que, en su afán por liberarse, causaban vibraciones. En términos generales, las actitudes sociales, religiosas y científicas permean los relatos y dan color a las descripciones (Suárez Reynoso, 1996: 12).
4.2 La evolución de la arquitectura
… De los alcaldes, de los terremotos y de los urbanizadores, líbranos Señor…
Raúl Porras Barrenechea
PEQUEÑA ANTOLOGÍA DE LIMA (1935)
A lo largo de su historia, toda ciudad se ve enfrentada cada cierto tiempo a una serie de vicisitudes de origen diverso; los ejemplos son múltiples. Evidentemente, en el Perú los sismos han sido uno de los más serios causantes de dichas vicisitudes, pues no solo provocaron situaciones de riesgo para los pobladores por la destrucción de infraestructura, sino que la dimensión de esa destrucción planteaba otra suerte de problemas cuya solución podía demandar acciones más radicales. No fueron pocas las ocasiones en las cuales, luego de ocurrido un sismo y comprobarse el extendido panorama de destrucción material, las autoridades planteaban la reubicación inmediata de la urbe.21
Ya desde el siglo XVI, Lima estaba acostumbrada a la ocurrencia eventual de sismos. Se ha planteado, para los tiempos posteriores a la conquista, que “los temblores dieron continuo sobresalto, mas no fueron de gran intensidad hasta 1586” (Bernales Ballesteros, 1972: 21). Algunos ejemplos confirman lo dicho. La construcción de la segunda catedral de Lima se retrasó por causas diversas, que Vargas Ugarte identifica con la falta de piedra de calidad, los sismos y, especialmente, la desidia de las autoridades para reunir fondos (Vargas Ugarte, 1968: 35). Inaugurada en 1625, los sismos de 1630, 1655 y 1687 causaron notable daño al que las fuentes calificaban de “hermoso edificio” (ibíd.: 41). Algo distinto fue el caso de la catedral del Cusco, construida en un lapso de noventa años y que en plena edificación resistió los efectos del terremoto de 165022 y pudo estrenarse poco tiempo después, en 1654 (ibíd.: 44). En Trujillo, elevado a sede episcopal en 1616, año en que se inició la construcción de su catedral, esta se vino abajo con el terremoto de 1619. Tan grave fue la situación padecida por esta ciudad, que el virrey llegó a dictar una provisión que ordenaba su reubicación:
… en consideración a la comodidad del edificio antiguo de dicha ciudad de Trujillo por ser arena y falta de agua acordé de dar y di la presente por la qual mando se passe y traslade dicha ciudad a otro sitio superior en parte y lugar fixo que no sea de arena y tenga agua suficiente (Larco Herrera, 1917: 37).
A los pocos días de recibida la provisión, se presentaron el prior de Santo Domingo, el P. guardián de San Francisco, el comendador de La Merced y la abadesa de Santa Clara, oponiéndose al traslado (ibíd.: 40). Finalmente, la decisión del virrey no se materializó y la ciudad permaneció en su emplazamiento original, donde Francisco Pizarro la había fundado en 1535.
En otros casos, el sismo interrumpe las obras de construcción de una iglesia, como en el del templo de los franciscanos en Arequipa, detenido un tiempo a causa del sismo de 1582 (ibíd.: 80). Para Huánuco, una de las ciudades más antiguas del país —fundada como Ciudad de los Caballeros del León de Huánuco, y para la cual no existe sino la única referencia al sismo que la afectó en 1613—, no deja de ser interesante lo que se afirma sobre la iglesia de los agustinos, la mejor y más sólida de la ciudad: su construcción se inició en 1596 y se terminó en 1634, a pesar de haber “sufrido seriamente por los temblores” (ibíd.: 139).
Una de las ciudades que ha gestado una visible identidad arquitectónica es Arequipa, donde se generó un estilo mestizo que algunos han calificado de “barroco andino”, desarrollado a lo largo del siglo transcurrido entre 1680 y 1780, y que se caracterizó por una despreocupación por las plantas de iglesias del tipo cruz latina y se interesó más bien por la presencia de elementos decorativos (Gisbert, 1985, apud Rivera Martínez, 1996: 172 y ss.). No obstante, se trata de un estilo que fue surgiendo en relación directa con la naturaleza sísmica del suelo de la ciudad. La opinión de Héctor Velarde —renombrado arquitecto peruano— es muy clara cuando afirma que “la ciudad fue arruinada varias veces por los terremotos” (Velarde [1978], apud Rivera Martínez, 1996: 175). Anteriormente, otro ilustre arquitecto —norteamericano de origen— observó que, en Arequipa, “más que en Lima, la tragedia ha acechado en la forma de terremoto tras terremoto, que han reducido la ciudad a cenizas en numerosas ocasiones. Los peores fueron los de 1582, 1600, 1687, 1715, 1784 y 1868” (Wethey [1946], apud Rivera Martínez, 1996: 182). No sin razón, Wethey reflexionaba sobre el hecho de que “la historia de la arquitectura arequipeña es más la historia de lo que alguna vez existió que de los monumentos que aún subsisten en nuestros días” (loc. cit.).
Nuevas edificaciones renacían de los escombros, y desde 1687 adoptaron el nuevo estilo mestizo: es el caso de la portada de la iglesia de la Compañía, que data de 1690. Wethey llamaba la atención sobre las portadas esculpidas en estilo mestizo, pues, en su opinión, constituían la contribución más característica de Arequipa al arte colonial (Wethey [1946], apud Rivera Martínez, 1996: 187). Sin embargo, algunas pocas edificaciones sobrevivientes hablaban de los estilos pasados: es el caso de la sala capitular del Convento de la Compañía, única supervivencia, en Arequipa, del gótico del siglo XVII (ibíd.: 186). Más resistente aun fue el mismo templo jesuita, edificación que, tras caer abatida por el sismo de 1582, se constituyó en la única iglesia que ha sobrevivido intacta los repetidos desastres a los que estuvo expuesta la ciudad desde el siglo XVII (ibíd.: 184), excepción hecha del visible maltrato de su única torre a raíz del terremoto de agosto de 1868. Los sismos, por consiguiente, obligaron a adoptar nuevas formas arquitectónicas. Aunque se reconoce que el espesor de los muros de las edificaciones arequipeñas se explica como atenuante del frío y base para el arranque de las bóvedas, resulta también claro que operaba como garantía contra los temblores. Los balcones, por su parte, se encuentran sostenidos por una serie de apretadas y salientes ménsulas, como “seguridad contra los temblores” (Velarde [1978], apud Rivera Martínez, 1996: 176, 178). Los ejemplos abundan.
Contemporánea a la de Arequipa fue la fundación de la ciudad de San Juan de la Frontera de Huamanga, el 25 de abril de 1540 (González Carré, 1995: 140). Aunque alejada de las principales zonas de ocurrencia sísmica en el Perú —en las que, por ejemplo, se halla situada Arequipa—, Huamanga no estuvo al margen de sus efectos, pues se edificó en una zona caracterizada por la presencia de volcanes inactivos. Aunque los sismos de 1708 y 1719 se reconocen como los que provocaron mayor destrucción urbana (en particular el segundo), hubo ocasiones anteriores, como en 1604 y 1687 —efecto indudable de los terremotos ocurridos en esos años en Arica y Lima, respectivamente—, en las que se afectó la ciudad. En términos generales, los “temblores y terremotos producidos en el área donde se encuentra la ciudad de Huamanga han dado lugar a graves alteraciones en la vida de la ciudad y en sus principales monumentos de arquitectura civil y religiosa”.23 Puede concluirse, entonces, a la luz de los ejemplos exhibidos, que la recurrencia sísmica ha influido profundamente en los patrones arquitectónicos de las principales ciudades del país, tanto en costa como en sierra. La historia urbana peruana no podría soslayar la relación directa de la actividad sísmica con el establecimiento de dichos patrones.
4.3 Las manifestaciones de la ciencia
En sus relatos sobre la historia de la ciudad de Lima, el P. Bernabé Cobo, hablando del cascajo con el que está compuesto el suelo de Lima, anotaba: “… los temblores de tierra vienen haciendo gran ruido, aun antes que lleguen, con que la gente se avisa para salir con tiempo a los patios y escombrado” (Cobo [1639], 1956, II: 300). Ello revelaba que en los limeños obraba una útil sensibilización hacia las manifestaciones previas de los sismos, aun cuando, ciertamente, se estaba aún muy lejos de resolver el problema de la causa. Para Pedro de Peralta —reconocido como uno de los más esclarecidos científicos peruanos de época virreinal—, la causa directa de los terremotos eran los fuegos subterráneos que nacían en las entrañas de la tierra (Peralta [1732], 1863, I: 204), idea que coincidía con las que se hallaban vigentes en Europa.
Horacio Capel ha trazado un sugerente panorama sobre las explicaciones que se daban, en relación con la causalidad sísmica, en la España del siglo XVIII (Capel, 1980), identificando los antecedentes de las dos principales corrientes de interpretación vigentes en ese entonces. Una de ellas era el denominado “organicismo”, idea que se sustenta en la supuesta semejanza entre los organismos vivos y el “organismo” terrestre y que permitía una comprensión satisfactoria de variados fenómenos naturales, explicados en términos de la patología humana, y cuyas raíces provenían del platonismo, luego fundido en el cristianismo a través de la obra de san Agustín (Capel, 1980: 6, 8).
Las órdenes religiosas cumplieron papel importante en la difusión de ideas neoplatónicas. Los agustinos —manteniendo la fidelidad a la obra del obispo de Hipona— se situaron en una concepción platónica, con la que se diferenciaban del aristotelismo tomista de los dominicos desde el siglo XIII. Los franciscanos se insertaron en la tradición agustiniana, la que, probablemente, influyó también en los jesuitas. Uno de estos, Athanasius Kircher, publicó en 1665 Mundus subterraneus, donde refleja claramente una concepción organicista en la que se concibe el fuego central como elemento fundamental en la discusión sobre la estructura interna de la tierra (ibíd.: 14). La difusión de su obra se aprecia en la del cisterciense español Juan Caramuel, con quien aquél tenía correspondencia y a quien había entregado un ejemplar de Mundus. Otro canal de difusión eran los propios jesuitas, pues se sabe que Kircher tuvo correspondencia con jesuitas en Madrid y México, entre quienes se hallaba José Zaragoza, profesor de matemática en el Colegio Imperial de Madrid (ibíd.: 18). Aunque aún falta determinar el modo en que llegaron las ideas de Kircher al Perú, sabemos fehacientemente que su obra fue conocida aquí: mantuvo correspondencia con el Cosmógrafo Mayor del Perú, don Juan Ramón Coninck. Además, trece tomos de sus obras se contaban en el inventario de la biblioteca personal de este último, confeccionado a raíz de su muerte, ocurrida en Lima en 1709. Coninck era originario de Malinas y llegó a nuestras tierras en el séquito del virrey Alba de Liste, y la confianza que éste depositó en el jesuita hizo que le encargara la reconstrucción de la antigua muralla que rodeaba la ciudad, abatida a raíz del sismo de 1687 (Vargas Ugarte, 1968: 197).
Paralelamente al organicismo circulaba un conjunto de ideas aristotélicas que conformaban lo que Capel ha venido en calificar de “explicación tradicional”, entendida en los siguientes términos: la Tierra era naturalmente seca, pero se humedecía por acción de la lluvia que se filtraba a su interior y que, al ser calentada por la acción conjunta del fuego en ese interior y del Sol, daba origen a un soplo o pneuma, una suerte de vapor que se exhalaba desde dentro y salía al exterior y originaba el viento, o hacia el interior y provocaba el temblor. Esto significaba que ese “viento” supuesto, “atrapado” en las entrañas de la Tierra, tenía la energía suficiente para removerla en su intento por salir a la superficie; todo lo cual revelaba semejanzas con concepciones corporales que entendían que las palpitaciones originadas en el hombre se debían a un soplo interior. Estas ideas llegaron a la España renacentista, pues una traducción de las Meteorológicas de Aristóteles se vierte al latín, en 1531, gracias a Ginés de Sepúlveda. Para 1615, la obra ya se traducía al castellano.
A la tradición aristotélica debe sumársele la tradición de la física estoica, reflejada en Quaestiones naturales, de Séneca, quien adopta la teoría neumática y concluye que la “principalísima causa de los temblores de tierra es el viento”. Séneca influye en Plinio, quien coincide con él respecto a esa causa; ambos autores fueron ampliamente conocidos y traducidos en España. Al plantear los temblores en términos de castigo divino, los hombres del Renacimiento y del siglo XVII habían retrocedido respecto a la posición mantenida por algunos pensadores clásicos, pues alguno, como Séneca, había indicado: “… no es la ira divina quien provoca estos trastornos grandiosos del cielo y la tierra” (Capel, 1980: 37-42).
En suma, el punto de partida de cualquier reflexión científica sobre el origen de los terremotos, hasta el siglo XVII, en España y toda Europa, fue la explicación clásica aristotélica-senequista (Capel, 1980: 51-73). La vieja tesis que planteaba como causa de aquellos la existencia de soplos o vientos se encontraba fuertemente arraigada en la conciencia popular. Aristóteles había defendido la idea de que el origen de los temblores de tierra era el soplo, cuando este, en vez de ser exhalado al exterior, quedaba “atrapado” en su interior. Así se explica la creencia virreinal por la cual, si se lograba facilitar la expulsión del soplo, disminuía sensiblemente el peligro; ello exigía abrir hoyos —decenas de ellos— en las ciudades. Por ejemplo: la población exigió su hechura a raíz de un sismo ocurrido en Granada, en 1778 (Capel, 1980: 73). Dicha costumbre se hallaba arraigada entre los pobladores de Lima: con ocasión del sismo de Trujillo, de 1619, también sentido en Lima, el cabildo pidió a los vecinos la apertura de hoyos en sus casas (Bachmann, 1935: 84). En el catálogo histórico-sísmico reservamos un acápite destinado a sustentar documentalmente la extendida práctica de cavar hoyos en las ciudades como forma de mitigar los efectos de un sismo.
Los sismos y las fuentes en el Perú: Vicisitudes de búsqueda y posibilidades de uso
Las indagaciones en materia de fuentes históricas exigen contar, en primer lugar, con un panorama amplio de la oferta contemporánea disponible; y, para ello, nada mejor que la consulta de dos de los más importantes manuales historiográficos publicados en el Perú en el siglo XX: el Manual de estudios peruanistas, del P. Rubén Vargas Ugarte S.J. (Lima, 1952), y las Fuentes históricas peruanas, de Raúl Porras Barrenechea (Lima, 1954). La información que contienen estos manuales es voluminosa en relación con la época colonial, y abre varias posibilidades de acceso a las fuentes;1 ambos ofrecen un derrotero seguro para ingresar a un ámbito enorme y complejo. A pesar de tratarse de obras compuestas a mediados del siglo XX, siguen siendo de utilidad, pues fueron resultado de larguísimas pesquisas bibliográficas que los autores emprendieron por décadas, rescatando fuentes que, de otro modo, hoy en día sería en extremo trabajoso ubicar. Incluso, esa utilidad se mantiene porque, a pesar de la enorme oferta de trabajos de investigación monográficos que se han puesto de relieve en la segunda mitad del siglo pasado —resultado de la profesionalización del ejercicio de la historia—, es difícil encontrar en estos referencias a variables sísmicas, menos medioambientales, toda vez que han estado dirigidos a componer relatos con claro énfasis en cuestiones económicas, sociales o políticas.
Después de haber consultado un buen número de las obras que Porras y Vargas Ugarte refieren sobre eventos sísmicos, parece necesario presentar algunas notas sobre la información que contienen y los parámetros con que ésta debe analizarse.
1. Las fuentes y los sismos: notas sobre el uso de fuentes para la reconstrucción de la sismicidad histórica
Aun cuando los mencionados trabajos de Porras y Vargas Ugarte permiten entrever la potencialidad, en relación con la información sobre sismicidad histórica, de las fuentes editadas, consideramos necesario partir de aquellas en las que hubiese un ordenamiento preliminar de los sismos ocurridos en el Perú en la época virreinal. En tal sentido, lo primero era acceder a los “catálogos” sísmicos disponibles. En ocasión anterior presentamos una primera evaluación de estas fuentes, y destacamos las contribuciones de Cosme Bueno (1763), José Toribio Polo (1898-1899) y Enrique Silgado (1978); los tres constituían un primer tipo de autor, que denominábamos “ordenador” (Seiner, 2002: 19). Con los resultados de la actual investigación hemos podido ampliar la oferta de fuentes, pues tuvimos acceso a nuevos listados sísmicos de distintas épocas.
Es importante recalcar que emplearemos la expresión listado sísmico para referirnos al conjunto de obras que se circunscriben a presentar una lista de variada extensión, ordenando los sismos que, en su entender y dada su relevancia, debían formar parte de aquella. Ya las crónicas coloniales consignan abundantes eventos sísmicos que luego se aprecian en las grandes crónicas conventuales del siglo XVII, aunque, evidentemente, vinculados a hechos de significado religioso. Por eso creemos que la expresión catálogo debe reservarse a las obras en las que se sintetiza información sísmica abundante, tratando de acopiar el mayor número de fuentes posible para sustentar la ocurrencia de un sismo. A ello se debe que consideremos la Síntesis de temblores y terremotos, de José Toribio Polo, publicada en 1898-1899, que, a pesar de no llevar el título de catálogo, es, para efectos prácticos, el primero de su género aparecido en el Perú, como lo explicaremos más adelante.
Los listados sísmicos publicados en el país se remontan a inicios del siglo XVIII: Juan de Barrenechea fue el primer autor que compone uno entre nosotros. Su obra, Reloj astronómico de temblores, publicada en Lima en 1725, seguida de una segunda edición en 1734 —reeditada por Manuel Odriozola en 1863, edición a la que tuvimos acceso—, estuvo dirigida a presentar sus hallazgos en torno a la posibilidad de pronosticar sismos haciendo uso de un ingenioso —aunque no sabemos en qué medida útil— reloj astronómico que indicaba las fases de la Luna, toda vez que reconocía la directa causalidad de este evento astronómico sobre la ocurrencia sísmica. Barrenechea incluye en esa obra una “Recopilación de los terremotos más notables que ha habido en esta América austral y en Europa”, referidos, en el caso de América, solo a los sucedidos en el Perú a partir del siglo XVII. Quince grandes sismos registrados hasta agosto de 1725 —año para el cual ofrece una pormenorizada y única lista de doce temblores ligeros sentidos en la ciudad— representan el más temprano intento de ordenamiento de información sísmica en el Perú. No obstante, se aprecian vacíos como las omisiones a los grandes terremotos de 1600, 1604 y 1650, que afectaron la costa sur y el Cusco, respectivamente.
Contemporáneo de este catálogo es la brevísima lista de sismos ofrecida por el famoso polígrafo limeño, cosmógrafo y rector de San Marcos, Pedro de Peralta y Barnuevo, quien dedica algunas notas de su Lima fundada (Lima, 1732) al tema. Su aporte radica en indicar que en Lima:
Se han padecido hasta el presente terribles terremotos con horribles ruinas en los años de 1582, 1586, 1609, 1630, 1655, 1673 [sic], 1687, 1699, fuera de otros que aunque grandes, no han sido en ella tan ruinosos (como los de los años 1690, 1716 y 1725)… (Peralta [1732], 1863: 161)
Con sus referencias a los sismos del XVI, Peralta ampliaba el registro cronológico de Barrenechea. Al cabo de poco más de cuarenta años, Cosme Bueno, importante personalidad científica virreinal —originario de España, aunque formado como médico en la Universidad de San Marcos—, encargado de la cátedra de Matemática en San Marcos, cosmógrafo y responsable de la publicación de El Conocimiento de los Tiempos, consignó eventos sísmicos asociados con los periodos gubernamentales de cada virrey (Bueno, 1779). El ejemplo fue seguido por José Gregorio Paredes en el Almanaque Peruano y Guía de Forasteros, publicación que reemplazó al Conocimiento (Paredes, 1817). Entre ambos, en 1806, Hipólito Unanue aprovechaba las páginas de su Observaciones sobre el clima de Lima para ofrecer un listado de sismos ocurridos exclusivamente en la capital (Unanue [1806], 1940). Poco después, otro autor, el limeño José María Córdova y Urrutia, extendía el registro hasta la década de 1840, componiendo lo que vendría a representar el primer listado sísmico republicano (Córdova y Urrutia [1844], 1875, VII). Útil como los anteriores y presentando la información de modo muy sintético, la obra de Córdova resultó poco conocida en su tiempo. Este autor tampoco escapó de los vacíos en los que cayeron las obras anteriores; en su caso, omitió los terremotos de 1630, 1650, 1655 y 1678.
Aún durante el siglo XIX, dos obras aparecieron antes de la publicación del gran catálogo de Polo. Entre 1876 y 1890 se publicaron en Lima los ocho tomos que conformaban el Diccionario histórico biográfico del Perú, obra del general Manuel de Mendiburu, que a pesar de los comentarios y críticas que recibió —algunas acerbas— es utilísimo en materia sísmica, pues anota, para cada virrey y al modo de Bueno y Paredes, los sucesos principales ocurridos durante su mandato, incluyendo otros percances naturales, aparte de los sismos. Aun cuando en ocasiones menciona sus fuentes, encontramos difícil seguirlas, pues no se citan de manera explícita: solo al final del artículo dedicado a cada virrey incluye Mendiburu la totalidad de fuentes utilizadas, aunque sin precisar cuáles sirvieron para proveer información sísmica. La síntesis de cada una de las referencias se encuentra en el “Prontuario para recordar los terremotos y los más notables temblores experimentados en Lima y otros puntos en la época del gobierno español”, que incluye como apéndice del último tomo (Mendiburu, [1890], 1934, XI: 414-416. Apéndice 9). Mendiburu reconoce que en su elaboración aprovechó “las noticias que suministran las antiguas crónicas y los apuntes y datos que se han podido encontrar acerca de los terremotos y temblores fuertes experimentados en el Perú” (ibíd.: 416). Es bueno anotar, en aras de perfilar una filiación de fuentes, que la información sísmica de Mendiburu fue utilizada extensamente por Polo, en ocasiones citándolo, y en otras omitiéndolo totalmente.
Aunque sin el respaldo de la abundantísima documentación que Mendiburu tuvo al frente para componer su monumental diccionario, Ernst Middendorf —alemán de origen y médico de los presidentes Balta y Prado— usaba su tiempo libre para consultar la rica Biblioteca Nacional de Lima, antes de que la ciudad padeciera la ocupación chilena en 1881. A lo largo de varias estadías en el país —la más extensa de las cuales lo afincó en Lima doce años, entre 1876 y 1888, cuando retorna a Alemania— Middendorf viajó intensamente por nuestro territorio, lo que lo convierte en el principal viajero alemán llegado al Perú en la segunda mitad del siglo XIX. Su obra, publicada en Berlín en 1893 —aunque traducida al castellano recién al cabo de ochenta años—, dedica el primer tomo a una presentación exhaustiva de Lima, en la que no podían estar ausentes los sismos (Middendorf [1893], 1973, I: 138).
Esta vendría a ser la larga lista de autores que precedieron a Polo y Silgado en la trabajosa tarea de identificar y ordenar nuestro pasado sísmico. Los trabajos de los dos últimos tuvieron grandes virtudes. Sin desconocer el mérito de quienes los precedieron, la base documental que organizaron es el primer punto de partida sólido para emprender la reconstrucción de la sismicidad histórica en el Perú. Polo no solo recogió información para nuestro país, sino que incorporó también la proveniente de sus zonas limítrofes con Ecuador y Chile, en las que podrían haberse extendido los efectos de un sismo: es el caso del terremoto que azotó Latacunga en 1698 y que se sintió en actual territorio peruano. En tal sentido, es bueno advertir que la mención al sismo que afectó Tarapacá en 1543, incluida entre las noticias ofrecidas por Polo, solo puede ser entendida porque se trató de un territorio peruano, perdido de manera indefectible a raíz de la suscripción con Chile del Tratado de Ancón, en 1883, tras la Guerra del Pacífico.
Ya la sola identificación de las fuentes amerita el esfuerzo de Polo y Silgado. En ocasiones, los registros de este último superan en exhaustividad a los de Polo, dado que la disponibilidad de fuentes que pudo aprovechar fue mayor. No obstante, creemos que ambos ofrecen limitaciones y, en algunos casos, hasta equívocos. Por ejemplo, Polo identifica un sismo, a todas luces inexistente, como ocurrido en Lima en 1582, para el que indica que “con motivo de este temblor, y por consejo de San Pedro de Alcántara, confesor entonces de Carlos V, ordenó éste por una real cédula, que no excediesen los muros de los edificios de seis varas de altura, disposición que se observó en lo sucesivo en todas las construcciones” (cursiva nuestra) (Polo, 1898: 325). Carlos Bachmann ya había reparado en el equívoco (Bachmann, 1935: 83), pues entendía que era imposible que el emperador siguiera despachando en 1582, cuando había abdicado en favor de su hijo, Felipe II, en 1556, y más aún cuando, estando en su retiro en el monasterio de Yuste, había muerto en 1558. Su opinión la planteaba en los siguientes términos: “… algún autor señala como fecha de este terremoto el mismo 2 de julio pero del año 1582, lo que indudablemente es un error toda vez que Carlos V abdicó en 1555” (cursiva nuestra). La referencia a Polo es inequívoca. Si bien Bachmann advierte este yerro, incurre en otro cuando ubica aquel sismo en 1552, presunción tan válida como ubicarlo en 1542, pues también se trata de un año en que el poder de Carlos V se hallaba en pleno apogeo y podría haber dictado cualquier norma semejante a la mencionada. La duda puede aclararse solo a la luz de los libros de cédulas reales que custodia el Archivo de la Municipalidad de Lima, los que no hemos consultado por constituir fuente de archivo. De haberlo hecho, habríamos excedido los límites que impusimos a la investigación.
Hubo esfuerzos previos para hacer cronologías como la emprendida por Polo, en otras partes de América. En México, la primera recopilación data de 1887: se trata de Efemérides seísmicas mexicanas, donde sus autores, Orozco y Berria, reúnen descripciones sísmicas de distintas regiones y periodos. Desde ahí se prolongaron muchos esfuerzos, aunque todos padecen un defecto: se limitan a glosar aquellas descripciones, es decir, no las reproducen textualmente y, a veces, ni indican la referencia; la misma selección es subjetiva. Zanjando con un modo de acción a todas luces —como decimos— altamente subjetivo, los editores mexicanos del Catálogo Sísmico de 1985 han preferido evitar cualquier selección y han puesto a disposición de los interesados, historiadores o geofísicos, el texto íntegro para su libre consulta; de ese modo, han reunido prácticamente toda la información existente sobre sismicidad histórica, desde el primer registro —al que denominan “1 Pedernal”— hasta 1912, cuando ya se encuentra instalada la primera red de sismógrafos en México y se inicia el registro instrumental (Suárez Reynoso, 1996: 13). En esa línea planteada por los investigadores mexicanos quiere inscribirse el actual catálogo. Importa recalcar que el inicio del uso de instrumentos sismográficos suele marcar un hito en toda cronología sísmica; antes de ese momento podemos referirnos a la sismicidad histórica, a la que luego se suma la sismicidad instrumental. Ambas se sustentan en una denominada sismicidad “fósil”, la más antigua y cuyo conocimiento parte del estudio de la fisonomía del paisaje de un lugar (Gouin, 2001).
Dedicaremos las páginas que siguen a presentar diversos tópicos relacionados con la disponibilidad y uso de las fuentes, especialmente con el uso que Polo y Silgado hicieron de estas, a fin de evaluar el verdadero alcance de su aporte.
1.1 Tipos de fuentes
Para la época colonial, la disponibilidad de fuentes es variada y amplia, lo que exige introducir algún criterio mínimo de clasificación. Sin aspirar a que sea la división más idónea, la distinción entre fuentes civiles y eclesiásticas puede ayudar a clasificar mejor las actualmente disponibles.
En primera instancia, entre las fuentes civiles la división mayor estaría dada por la diferencia entre fuentes administrativas centrales —que emanan de las diferentes instancias del Estado— y fuentes administrativas locales, asociadas al funcionamiento del cabildo. Entre las primeras se cuentan, por ejemplo, diversas memorias de virreyes publicadas en ediciones peruanas del siglo XIX (Fuentes, 1859), a excepción de algunas del siglo XVIII o XIX que ya fueron objeto de valiosas ediciones críticas, a saber: las del virrey Conde de Superunda (Moreno Cebrián, 1983) o las del virrey Abascal (Rodríguez Casado, 1944). En lo específicamente referido a sismos, algunas de las memorias correspondientes al siglo XVII son las de los virreyes Conde de Castellar, el Arzobispo Linán de Cisneros, el Marqués de Mancera y el Duque de la Palata, que refieren los sismos ocurridos en Lima en 1630, 1655 y 1687, respectivamente (Hanke, 1980). El uso de estas fuentes debe estar previamente tamizado a la luz de cierto orden de observaciones, referidas fundamentalmente a su verdadera autoría (Lohmann, 1959).
De los mismos virreyes emana otro tipo de fuente, a saber, su correspondencia oficial, compuesta por los documentos administrativos de variadísima índole que enviaban frecuentemente a las autoridades establecidas en la Península. Un excepcional y abundantísimo conjunto de documentos fue recopilado por el diplomático argentino Roberto Levillier en catorce tomos publicados en Madrid en la década de 1920. Gracias a ellos sabemos de las providencias que el virrey Villardompardo ejecutó para paliar los efectos del sismo que afectó Lima en julio de 1586 (Levillier, 1925, tomo X). Este tipo de fuente también se extiende a las audiencias, las que reemplazaban al virrey en caso de su ausencia o muerte. La correspondencia emanada de la Audiencia de Lima, en relación con el terremoto de 1586, obra en archivos españoles (Ortiz de la Tabla et al., 1999).
El otro gran conjunto de fuentes civiles proviene de los cabildos, instancia en que se reglamentaba la vida de las ciudades hispanoamericanas y que, para la época virreinal, conjugó numerosas prerrogativas de orden administrativo. Entre las ciudades peruanas, Lima es la que cuenta con una mejor oferta de este tipo de fuente, ya que los libros en los que se consigna el tenor de cada una de las sesiones que presidía el alcalde de la ciudad forman un corpus documental casi ininterrumpido desde el momento mismo de su fundación. Por otra parte, la feliz iniciativa del municipio limeño de publicar los libros de cabildo empezó a materializarse a partir de 1935, coincidiendo con la celebración del cuarto centenario de la fundación de Lima. Veintitrés gruesos volúmenes se editaron entre 1935 y 1963, conteniendo la transcripción puntual de cada una de las sesiones de cabildo en el periodo 1535-1637. Adicionalmente, los editores consideraron necesario elaborar dos índices generales para facilitar el manejo de los volúmenes, aun cuando se trata de herramientas medianamente útiles, pues distan de ser exhaustivos y, por añadidura, solo cubren hasta las sesiones de 1609, con lo cual ocho volúmenes se ven desprovistos de semejante instrumento. Es cierto que, antes, se publicó una edición de aquellos libros a fines del siglo XIX; no obstante, solo reprodujo las primeras sesiones de cabildo, aunque, en compensación, contuvo valiosos documentos vinculados a los primeros años de vida de la ciudad. Hemos hecho uso intensivo de los libros de cabildo, como podrá apreciarse en el catálogo histórico-sísmico que incluimos luego de esta parte introductoria.
El destino de libros similares de las demás ciudades, ha sido distinto. Algunas, como Trujillo, Arequipa o Huamanga, los conservan; otros, como los de Ica, se encuentran desaparecidos (Casa Vilca, 1935). Guillermo Lohmann trazó un panorama de todas las actas de cabildo que habían sido publicadas hasta la década de 1960, entre las que se contaban las del Cusco, Chachapoyas, Huamanga, Piura y, evidentemente, la serie limeña (Lohmann, 1969: XIV), notando la marcada tendencia hacia las transcripciones de las actas más tempranas y que correspondían al siglo XVI. Una edición de libros de cabildo no siempre depara información confiable; es el caso de los sucesivos folletos que Alberto Larco Herrera dio a la imprenta desde 1917, reproduciendo parcialmente aquellas sesiones del cabildo de Trujillo que, en su parecer, podían contener información relevante sobre varios tópicos: sociales, económicos, culturales o religiosos. El resultado es una sucesión de transcripciones truncas y de omisiones flagrantes, aunque ello no obste para hallar información interesante sobre el sismo de 1619 (Larco Herrera, 1917). Al glosar el texto de las actas originales de cabildo, Larco pecaba de la misma falta de escrupulosidad textual que evidenciaron los autores mexicanos de fines del siglo XIX.
Aun cuando su utilidad está fuera de toda duda, las actas de sesiones de cabildo sólo hacen referencia a sismos mayores y terremotos, los que generan daños en la infraestructura y, por consiguiente, mueven a la autoridad a dictar medidas inmediatas para hacer frente a los sucesos. En términos generales, el sismo leve no alcanzó cabida en esas actas.
Las fuentes eclesiásticas representan otro venero de información relevante. En este caso, si bien no existe algo semejante a una memoria de gestión, sí están disponibles las cartas que las autoridades eclesiásticas enviaban a los representantes de la Corona, más aún cuando esas cartas informan sobre los sucesos vinculados a la ocurrencia de un terremoto. Como fuente oficial también pueden contarse las actas del Cabildo Eclesiástico, la instancia que se ocupaba del manejo administrativo de la diócesis. Extractos de dichas actas las publicó a comienzos de siglo el clérigo José Manuel Bermúdez, quien hizo así conocidas las actas del cabildo de Lima entre 1535 y 1824, aunque incurrió igualmente en los consabidos problemas generados por la glosa (Bermúdez, 1903). En la década de 1930, empresa semejante se acometió en Trujillo, con la publicación de tres valiosos tomos. Aun cuando las actas de los cabildos eclesiásticos de varias ciudades sedes de diócesis (Cusco y Arequipa, por citar solo dos ejemplos) permanecen inéditas, otras han sido utilizadas ventajosamente. Texto correspondiente a mediados del siglo XVIII, el relato de Esquivel y Navia sobre el Cusco hace referencia en muchos pasajes a dichos documentos, al igual que los Anales de Montesinos (Maúrtua, 1907; Esquivel y Navia [1747-1750], 1980). Víctor Barriga compuso su valioso Terremotos de Arequipa sin consultar esas fuentes, aunque entreviendo su valor e importancia (Barriga, 1951).
No solo es interesante y satisfactorio culminar con éxito el hallazgo de las fuentes, sino también —de manera necesaria para completar las exigencias de una crítica histórica— rastrear en las motivaciones y circunstancias que condujeron a sus autores a componer sus relatos. Es el caso de la narración del deán de la catedral del Cusco, Vasco de Contreras, y del obispo de Arequipa, Diego de Ortega y Sotomayor —ambos de mediados del siglo XVII—, sobre los efectos del terremoto que sacudió el Cusco en 1650. La razón que explica su redacción la encontramos en una real cédula por la cual se ordenaba que las autoridades eclesiásticas redactaran memorias y descripciones de sus diócesis a fin de ayudar a la composición de una historia general de todas las Indias, que el rey había encomendado a su cronista mayor, Gil González Dávila.
Obras, también de tipo eclesiástico, redactadas con posterioridad, aunque de índole diferente, fueron publicadas en Lima en el siglo XIX. En la segunda mitad de ese siglo, dos obras sintetizan la acción de todos los arzobispos que habían ocupado la sede metropolitana de la Ciudad de los Reyes. En 1873, el clérigo Manuel Tovar —futuro arzobispo de Lima a inicios del siglo XX— publicó, bajo el título Apuntes para la historia eclesiástica del Perú, una obra anónima que permanecía inédita —escrita probablemente a fines del siglo XVIII— y que daba cuenta de los acontecimientos ocurridos durante el gobierno de los siete primeros arzobispos de Lima. A esta siguió la contribución del presbítero Pedro García y Sanz, titulada, también, Apuntes para la historia eclesiástica del Perú, una suerte de continuación de la anterior y que abarcaba la historia del arzobispado de Lima, comprendiendo los periodos correspondientes al octavo y hasta el decimoséptimo arzobispo. De estas dos obras se desprende información valiosa que agrega detalles a sismos ya conocidos, como los de 1609, 1678 y 1687. No es ocioso acotar que las fuentes eclesiásticas merecen un tratamiento muy especial, pues emanan de la instancia que ejerció mayor peso en la mentalidad de los habitantes del virreinato, y por ello debe diferenciarse qué es lo propiamente eclesiástico y qué aquello en lo que se expresa la dimensión política de la Iglesia católica.
Entre las fuentes eclesiásticas no es menor la importancia de los relatos que dan cuenta de la historia de las órdenes religiosas arribadas al Perú desde el momento mismo de la conquista. A tales efectos se deben mencionar las Cartas Annuas (Annuæ Litteræ Societatis Jesu), relaciones periódicas que las provincias de la Compañía de Jesús enviaban a su general sobre el estado de cosas de la orden; se trata de documentos en los que puede seguirse paso a paso la historia de la orden jesuítica. Las más antiguas vinculadas al Perú se remontan a la década de 1580; Rubén Vargas Ugarte las revisó, y seleccionó las que contenían noticias alusivas al país (Vargas Ugarte, 1951: 147). Algunas de ellas se han publicado en la segunda mitad del siglo pasado (Monumenta Peruana, 1966). Sin embargo, no existe una obra compuesta con el propósito de historiar la presencia de la Compañía de Jesús.
La sucesión de crónicas conventuales se inicia con la publicación en Barcelona de la primera crónica agustina, escrita por fray Antonio de la Calancha, y cuyo primer tomo apareció en 1638; el segundo tomo, publicado en Lima en 1653, fue dejado inconcluso por éste y terminado por su hermano de orden, fray Bernardo de Torres, quien recibió el encargo de continuarlo, continuación que publicó en Lima en 1657 (Vargas Ugarte, 1951: 150). A los agustinos siguieron los franciscanos, con la obra de fray Diego de Córdova Salinas, dada a luz en 1651, en la que se informaba sobre el desarrollo de la Provincia de los Doce Apóstoles, denominación de la provincia peruana franciscana. Para la otra provincia franciscana del Perú, San Antonio de los Charcas (hoy Bolivia), Diego de Mendoza publicó una obra en Madrid, en 1664 (ibíd.: 153). Décadas después, en 1681, Juan de Meléndez, dominico nacido en Lima, publicaba su Tesoros verdaderos de Indias.
Si bien Córdova y Meléndez consultaron y aprovecharon datos almacenados en sus respectivos archivos conventuales, los mercedarios no llegaron a componer una obra de fuste para la Colonia; solo se conoce la existencia de varios manuscritos en los que se da cuenta de la historia de su orden.
1.2 Limitaciones
Pueden establecerse algunas consideraciones sobre la información que los catálogos históricos disponibles manejan, o el modo en que la presentan. En el caso de Polo, la presentación de la información oscila entre extremos: desde la ausencia de referencias en algunos casos, hasta la exhaustividad en otros. Varios son los años de ocurrencia sísmica para los que no ofrece ninguna referencia; en los casos donde estas aparecen podemos establecer, luego de verificarlas en su mayoría con las fuentes originales, que, en términos generales, la trascripción literal no fue virtud cultivada por el erudito. No hay duda sobre la ocurrencia de la mayor parte de los eventos identificados en su catálogo; sin embargo, la gran limitación que se advierte radica en la estimación de aquellos, ya que por lo general Polo utiliza adjetivos distintos a los usados en las fuentes originales, en su afán, creemos, de no ser repetitivo y literal, con lo que deja su impronta personal en la estimación de la intensidad de los sismos. Tal hecho, evidentemente, crea un problema, pues puede inducir a error en la estimación moderna practicada por un sismólogo o entendida por un geofísico. Por otro lado, existen omisiones flagrantes en su obra. Tratándose de una información heterogénea en lo que a presentación de datos se refiere, creemos que Polo cometió una grave omisión con el meritorio registro de datos proporcionado por Mendiburu, al que citó escasamente, simplemente omitió e incluso siguió en los errores. Varias son las referencias donde hemos observado gran similitud entre ambas obras; por ejemplo: ambos se equivocan al afirmar la existencia de un sismo en Lima en 1567, asociado a la llegada de los jesuitas a la ciudad. Grueso error, pues se conoce que este arribo se produjo recién en 1568. El yerro es grande porque ha sido consignado en el catálogo sísmico vigente, identificándolo con las coordenadas que corresponden a la ubicación de Lima, con lo que dicho sismo se asume como efectivamente ocurrido (Huaco, 1986).
De manera paralela, entre las observaciones que podríamos plantear al trabajo de Silgado habría que lamentar, primero, su débil ponderación de las fuentes, si bien se trata más bien de una herramienta esencial del utillaje teórico del historiador y no de un geofísico. Por ejemplo, para presentar el sismo ocurrido en el Cusco en 1590, utiliza el listado de sismos de Middendorf, cuando pudo haber considerado fuentes más útiles, como el mismo Mendiburu o el relato de Esquivel y Navia, ambas conocidas por él y referidas tanto en notas como en bibliografía (Silgado, 1978: 19). En otros casos el error surgió por omisión; prueba de ello es que una búsqueda limitada de fuentes le impidió a Silgado tener acceso a los documentos del terremoto del Cusco, de 1650, publicados anteriormente por Cuadros (1957) y Villanueva (1962, 1970) y, por consiguiente, perfectamente disponibles cuando publicó su catálogo. No indicar sus fuentes podría achacársele como otro desliz; la mención al sismo de 1606, en Saña, carece de toda referencia y es probable que haya seguido a Polo o al mismo Echave y Assu, fuente editada en el siglo XVII, aunque no la cita entre las obras que componen su bibliografía. También nos llamó fuertemente la atención la referencia en la que Silgado consigna el trabajo del P. Juan de Buendía S.J. sobre Francisco del Castillo (Madrid, 1693). Se trata de una obra de difícil acceso en la actualidad, y un solo ejemplar —custodiado en la Biblioteca Nacional del Perú—, incompleto y en copia de microfilm, para más señales, es el que hemos tenido a la vista. El ejemplar sólo cuenta con 338 folios de los más de 600 que, sabemos, tiene la obra original. Además, de los cinco libros en los que el jesuita Buendía divide su obra, solo en dos aparecen referencias sísmicas: en el segundo se mencionan los sismos de Lima, de 1665, y de Ica, de 1664 (Buendía, 1693: 160, 169), mientras que en el quinto se refieren los sucesos vinculados al sismo de 1687 (Mendiburu, 1932, III: 145). Silgado anota correctamente la primera referencia. Es probable que Polo haya tenido acceso a la obra completa, mientras suponemos que Silgado no, pues es claro que de haberla tenido habría consignado en sus notas los datos que Buendía ofrece sobre el sismo de 1687.
En otros casos también se advierte la falta de meticulosidad de Silgado. En relación con el sismo que afectó Arica en 1615 (Silgado, 1992: 6), atribuye la autoría de una carta dirigida desde ese puerto al virrey Marqués de Montesclaros por un tal “Torres Reinoso”, con lo cual deja abierta la posibilidad de que se trata de un único remitente, error detectado cuando se averigua que en realidad se trataba de dos personas, Agustín de Torres y Cristóbal de Reinoso, ambos oficiales reales —contador y tesorero, respectivamente— y que en su calidad de altas autoridades, representantes del Estado en las Cajas Reales de Arica, informaban sobre lo ocurrido.2 Resulta claro que de haber solo mediado un punto y consignar “Torres. Reinoso”, Silgado hubiese ofrecido una referencia exacta e indubitable.
No ha sido nuestra motivación desconocer el valor de la obra de Silgado; en realidad, sabiendo que su consulta es indispensable para cualquier científico que busque iniciarse en el campo de la sismicidad histórica, creemos que, depurándola de los errores, su valía queda más nítidamente destacada, sin dejar de reconocérsele la que indiscutiblemente tiene como el primer catálogo sísmico, de autor peruano, publicado en la segunda mitad del siglo XX.
1.3 Atribución de autores
En ocasión anterior ya nos referimos a las fuentes cuyos autores vivieron el episodio sísmico que narran; se trata de testigos de vistas, a quienes, en esa virtud, puede denominárseles “testigos” (Seiner, 2002: 25). A los autores citados en esa ocasión, podemos agregar otros. Por ejemplo, para el terremoto de Lima, de 1687, contamos con una Relacion del exemplar castigo que envió Dios a la Ciudad de Lima cabeza del Perú, y a su costa de Barlovento con los espantosos temblores del dia 20 de octubre del año de 1687, obra publicada en Lima el mismo año y de la cual se conocen varias impresiones.3 El interés que despertaban eventos tan extraordinarios atrajo la atención de muchos editores, tanto en América como en España y otras partes de Europa; prueba de ello son las tres ediciones relativas al terremoto de 1687 impresas en México, Lisboa y la otra, escrita en italiano, hecha en Nápoles, en 1688.4 La autoría del relato suscitó debate. Recogiendo las eruditas notas ofrecidas por el jesuita P. José Eugenio de Uriarte —que debieron ser redactadas a fines del siglo XIX—, José Toribio Medina, eminente bibliófilo chileno, reconoció como autor de esa relación al P. Francisco López Martínez. Ello significaba dejar de lado la atribución hecha por Enrique Torres Saldamando, erudito peruano, quien identificó como posible autor de ese relato al ya mencionado P. Buendía S.J.5 Dada la reconocida erudición que caracterizó a Medina, parecería correcto seguir su opinión. No obstante, lo que nos hace atribuir la autoría a Buendía es la autorizada opinión de Carlos Sommervogel, bibliófilo jesuita y autor de una sustanciosa enciclopedia dedicada a identificar a los miembros de la orden jesuítica a lo largo de tres siglos de existencia. Entre las obras que atribuye allí a Buendía aparece la citada Relacion, formando parte de la mencionada biografía —que este compuso— del P. del Castillo.6
La errada atribución de autoría se repite con dos sismos limeños de fines del siglo XVII, singular caso de contradictorias atribuciones sucesivas. En su obra de 1898, Polo incluye en la categoría de “fuerte temblor” un sismo ocurrido en Lima el 21 de noviembre de 1694 (Polo, 1898-1899: 331), y agrega que otros autores, antes, también habían coincidido en fijar dicha ocurrencia en ese año, aunque excluye de ellos a Pedro de Peralta, quien “lo pone el año 90, sin duda por error [cursiva nuestra]” (ibíd.). Es decir, admite que ocurrió un sismo en Lima en 1694, a la vez que reconoce que antes otros autores lo habían fechado equivocadamente en 1690. Años después, en 1940, el P. Domingo Angulo, mercedario y a la sazón director del Archivo Nacional, publicaba la Relacion del terremoto que arruyno la Ciudad de los Reyes en 20 de noviembre de mil seyscientos y noventa, compuesta por el escribano Diego Fernández Montaño, documento en el que se da cuenta pormenorizada del sismo ocurrido en Lima el lunes 20 de noviembre de 1690 (Angulo, 1940: 1). Con el documento ante sí, Angulo plantea una atribución de autoría en términos exactamente opuestos a los de Polo, a quien debió consultar, aun cuando haya omitido la respectiva cita: “Cosme Bueno, Córdova Urrutia y el autor anónimo de la antigua Floresta Española-Peruana lo registran en 1694, o sea cuatro años más tarde, yerro realmente gordo tratándose de un suceso tan notorio; sólo acierta Dn. Pedro de Peralta quien lo pone en fecha exacta” (cursiva nuestra).
Es decir, a la luz de un documento fehaciente, Angulo afirma la existencia de un sismo en Lima en 1690. Tenemos así dos referencias a sismos ocurridos en Lima, uno en 1690 y otro en 1694, los cuales, según lo que se desprende de la discusión entre autores, parecerían tratarse del mismo evento: mientras que, para Polo, Peralta incurre en un yerro, para Angulo es Peralta quien obra correctamente. A su turno, Silgado no tomó en consideración la opinión de Polo y optó por la sólida referencia documental ofrecida por Angulo, anotando así en su catálogo sólo el sismo de 1690, descartando, por consiguiente, cualquier sismo limeño en 1694. El primer catálogo sísmico tomó como base a Silgado, lo cual implica consignar 1690 y descartar 1694 (Ocola, 1984). Sin embargo, es bueno considerar que si bien el sismo de 1690 tiene un respaldo documental de alta confiabilidad, no hay razón para descartar la referencia ofrecida por Polo y que consigna un sismo en Lima en 1694. Por ello, nos parece atinado el criterio seguido por el catálogo sísmico de 1986 (Huaco, 1986), que incorpora ambas ocurrencias.
Aunque no se refiere a nuestro periodo de estudio (siglos XV al XVII), vale la pena anotar un caso en el que la consulta de fuentes primarias fortalece la perspectiva regional, lo que a su vez enriquece de manera sustancial el estudio de la sismicidad histórica. Por ejemplo, sobre el “temblor fuerte” ocurrido en Huamanga el 17 de junio de 1719, Polo no indica la fuente de la que extrajo la información; sin subsanar esta deficiencia, Silgado reproduce tal cual la información, aun cuando olvida citar a Polo. Un trabajo relativamente reciente (Rivera, 1983) enriquece el análisis de los sismos ocurridos en el territorio del actual departamento de Ayacucho. Por un lado, aporta mayor información relativa al sismo de 1719, al parecer, consultando la obra del obispo de Ayacucho, Fidel Olivas Escudero, publicada en 1924 (ibíd.: 58). Si bien Rivera cita varias sesiones del cabildo de la ciudad correspondientes al periodo comprendido entre julio y setiembre de 1719, no podemos determinar si las consultó directamente del archivo municipal o las encontró consignadas en la obra del obispo Olivas. También aporta información sobre un “terremoto” desconocido, no citado por Polo ni Silgado, ocurrido en Huamanga en 1708 (ibíd.: 55).
1.4 Formas de citar de los autores
Entre los méritos ya referidos de Polo se encuentra su buena costumbre de citar, aunque no con la frecuencia deseada. Por ejemplo: con relación al sismo de 1609 ocurrido en Lima, cita con exhaustividad digna de encomio, y precisando tanto capítulo como folio de una de las tres obras consultadas: la compuesta por Francisco Carrasco del Saz, testigo presencial del suceso. Un segundo ejemplo se aprecia en las líneas que dedica al gran terremoto en Trujillo, de febrero de 1619, compuestas sobre la base de cuatro obras (Polo, 1898: 326-327). Para cada una de las obras usadas por Polo en los dos ejemplos anteriores, hemos comprobado la exactitud de las referencias citadas, aun cuando no hemos tenido a la vista la obra original de Carrasco. De manera opuesta, en Silgado no hallamos el mismo afán: no es infrecuente que en muchos casos ofrezca las mismas referencias dadas por Polo, aunque sin citar debidamente las fuentes que utilizó. Es el caso del evento limeño de 1609, para el que conocemos el uso que hizo Polo de la edición original de Carrasco (Hispali, 1609), aunque, tratándose de Silgado, no tenemos forma de saber si simplemente copió a Polo, sin citarlo, o efectivamente tuvo a la vista y consultó el original mencionado. No obstante, debe reconocerse que fue mérito suyo ampliar la oferta de fuentes contemporáneas al suceso. Gracias a sus pesquisas, conocemos la reacción del cabildo de Lima ante el sismo, pues halló la referencia respectiva en los libros de dicha corporación.7
1.5 La disponibilidad de ediciones
A fines de la década de 1970, la oferta de fuentes históricas disponible para la confección de un catálogo sísmico era amplia —mayor que a la que tuvo acceso Polo a fines del siglo XIX—, de lo que aprovechó naturalmente Silgado: ello puede apreciarse en las numerosas referencias que aporta, usadas de manera extensa y que no hallamos mencionadas en Polo. No obstante, transcurrido el tiempo y conforme a la sana costumbre de publicar fuentes originales, más y mejores ediciones son las que existen disponibles hoy en día. Varias de las fuentes históricas que empleó Silgado cuentan hoy con ediciones modernas, cuidadosas de reproducir el texto original a fin de poder extraer información fidedigna: son ejemplos de ediciones críticas de alta confiabilidad. Entre las fuentes peruanas que han experimentado una puesta al día a través de ediciones críticas se cuentan las obras de Esquivel y Navia (1980), Feyjoo de Sosa (1984) y el jesuita Anello Oliva (1998). Otras más, extranjeras y que informan sobre el Perú, pueden hallarse incluso en formato digital, reproduciendo los textos originales: es el caso del poema histórico de Martín del Barco Centenera, La Argentina, publicado en Lisboa en 1602, que se encuentra completo en su edición original.8 Sin embargo, también es cierto que muchas obras permanecen a la espera de nuevas ediciones, críticas, entre ellas los utilísimos diarios de Suardo o Mugaburu sobre Lima, para los que seguimos usando las ediciones publicadas por Rubén Vargas Ugarte en la década de 1930.
Un ejemplo de lo señalado es el de las dos ediciones disponibles de la obra del jesuita Anello Oliva, crónica que se empezó a escribir hacia 1608-1609. Dos intelectuales limeños, Pazos y Varela, junto a Varela y Orbegoso, publicaron en 1895 una versión de la crónica, utilizando como base un manuscrito incompleto, adquirido a una biblioteca privada de Lima, con base en el cual publicaron por primera vez en castellano la crónica de Oliva —que hasta entonces permanecía inédita—, valioso testimonio en el que se aportaban nuevos datos sobre la historia de los incas (Gálvez, 1998: XV, XXIV). Una segunda edición, más reciente, por el contrario, se basa en otro manuscrito, diferente en muchas partes del anterior y que se encuentra depositado en el British Museum de Londres (Gálvez, 1998).
Largo ha sido el camino seguido por el manuscrito de Oliva. El primer escollo consistió en la expresa prohibición de autorizar su impresión, según orden del padre general de la orden en 1634. Téngase presente que el manuscrito que sirvió para componer la edición limeña de 1895 —adquirido por Felipe Varela de la biblioteca privada del erudito Manuel González de la Rosa— contenía únicamente los libros 1.º y 2.º de la obra —de los cuatro que componían la totalidad—, es decir, la Historia del reino del Perú (libro I) y la primera parte de las vidas de jesuitas, compuesta a fines del siglo XVI (libro II). Se sabe que González de la Rosa, a su vez, compró el primer volumen del manuscrito (libro I) al librero Wieweg, quien a su vez lo compró de Henri Ternaux Compans, bibliófilo francés que había editado una defectuosa e incompleta edición en francés de la crónica de Oliva en 1857. El segundo volumen manuscrito (libro II) fue adquirido por el mismo González de la Rosa en Lima, alrededor de 1882. De acuerdo con pesquisas recientes insertas en el estudio introductorio a la moderna edición de Oliva, ambos volúmenes formaron parte del manuscrito original que este depositó en el Colegio de San Pablo —donde murió en 1642—, en el que permaneció guardado hasta producirse la expulsión de la orden en 1767, cuando pasó a la biblioteca de San Felipe Nerí (ibíd.: XXIX).
El manuscrito original de Oliva, constaba de un total de cuatro libros, como se desprende del texto de las sucesivas aprobaciones efectuadas por autoridades eclesiásticas a fin de publicarlo.9 Se ha concluido que el ejemplar actualmente depositado en el Museo Británico de Londres fue remitido por la provincia peruana de la Compañía de Jesús a la provincia española, donde tuvo gran acogida.10 No obstante, dicho manuscrito también se encuentra incompleto, pues sólo incluye el primer libro y no se puede determinar cuándo ni dónde fueron sustraídos los tres restantes. Un elemento valioso de la parte conservada es que consigna el índice original de toda la obra, escrito por el propio P. Oliva, donde se indica el título de cada uno de los cuatro libros que la conformaban y que de ese modo nos permite tener una idea siquiera aproximada de tan importante obra.
¿Qué cosa ameritaría haber evocado paraderos de manuscritos, alusión a bibliófilos e impacto de una obra? Una indagación de esta índole se explica en función de la necesidad de poder contar con una edición tal que reproduzca lo más fielmente posible el manuscrito original. Y ello lo hacemos en función de las citas hechas a la obra de Anello Oliva, tanto en los trabajos de Polo como en los de Silgado. Polo se basa en Oliva para indicar un sismo ocurrido en Lima en 1568; a diferencia de otras citas, en las que hace gala de su reconocidísima erudición, omite cualquier referencia a la obra de base de la que extrajo la información. Silgado cita a Polo, pero corrige la omisión aportando la referencia a la obra de Oliva en la que se contiene aquella; él mismo indica haber utilizado una Vida de varones ilustres de la Compañía de Jesús en la Provincia del Perú, indicando además lugar y supuesto año de edición: Lima, 1631. ¿Utilizó Silgado alguna edición desconocida, publicada en 1631? Definitivamente, no, porque la indicación al año 1631 solo se refiere a la fecha de conclusión del manuscrito en Lima, tal como el mismo Oliva lo dice. Además, recuérdese que dicho manuscrito nunca llegó a ser publicado, pues pesó sobre él un veto interno de la superioridad de la orden a pesar de las aprobaciones hechas por las autoridades jesuitas de Lima: Oliva mostró claras inclinaciones lascasianas —por consiguiente, de crítica abierta a los excesos de la conquista—, lo cual podría haber alentado ciertas reticencias de la Corona en la medida en que la publicación del manuscrito implicaba una explícita aprobación de la orden y la adhesión a las ideas ahí contenidas, lo que en términos prácticos hubiese significado el relajamiento de las excelentes relaciones que en ese entonces mantenían la Corona y los jesuitas.11
La referencia de Silgado podría llevar a equívoco sobre una supuesta edición, desconocida para los historiadores; a pesar de lo reseñado, aún queda por identificar la fuente exacta referida por aquel. La única edición de la crónica de Oliva en castellano que Silgado pudo consultar había visto la luz en Lima, recién en 1895. Por otro lado, hasta el mismo título de la referencia ofrecida por éste también induce a equívoco, pues está indicando solo el título del libro segundo, a saber: De las vidas de los varones ilustres de la Compañía de Jesús de la Provincia del Perú con una breve crónica della. Lo sorprendente es que en este libro no hay mención alguna al sismo de Lima de abril de 1568; por el contrario, la referencia a este sismo se halla más bien en el libro primero, titulado De los reynos del Perú. Reyes que hubieron. Descubrimiento, conquista dellos por los españoles. Principio de la predicación evangelica con la entrada de la Religión de la Compañía de Jesús. Dividido en nueve capítulos —cada uno de los cuales se divide en varios acápites—, el libro primero representa el texto central de la crónica de Oliva. Y es en su capítulo octavo, dedicado a historiar el ingreso de los primeros religiosos jesuitas a Lima en 1568, donde se da cuenta del sismo ocurrido el 4 de abril de 1568, coincidente con el primer sermón pronunciado por el P. Jerónimo Ruiz del Portillo, quien encabezó el grupo pionero de jesuitas provenientes de España, y que “así al puncto que se començo el primero sermón tembló la tierra; como si se sintiera aquel grande peso de la eficaz palabra de Dios que con tal fuerza oía”.
Por consiguiente, y en resumen: Polo utilizó a Oliva, aunque sin mencionarlo; Silgado siguió a Polo, identificando meritoriamente la autoría del jesuita, aun cuando haya equivocado la referencia bibliográfica; y lo que hemos venido a verificar, en suma —aunque en un inicio supusimos otro resultado—, es que en cuanto al sismo de 1568, los pasajes respectivos de ambas ediciones (1895 y 1998) lo describen en idénticos términos, como puede verificarse comparándolos al efecto en la sección respectiva del catálogo sísmico. De lo visto con las ediciones disponibles de la crónica de Oliva, puede entreverse la necesidad de no relativizar en absoluto lo concerniente a una edición, pues, aunque en este caso las versiones hayan resultado similares, en otros podríamos estar frente a versiones distintas que, a su vez, podrían estar configurando relatos diferentes.
Sobre este asunto, bien vale la pena ofrecer otro caso comparando algunas versiones de la llamada “Ceniza de Arequipa”, ocurrida en febrero de 1600. Bernabé Cobo —otro cronista jesuita—, a pesar de encontrarse en Lima, compuso un valioso testimonio del evento, pues en su calidad de testigo contemporáneo a los hechos (“por haberme hallado yo a la sazón en este reino y sido testigo de vista de parte desta tan terrible tempestad, aunque estaba más de ciento y sesenta leguas distante del volcán, me habré de alargar algo en contarla”) ofrece una valiosa versión de primera mano, pero cuyas fuentes desconocemos. Identifica al volcán Omate como el que hizo explosión y causó la referida lluvia de ceniza sobre Arequipa (Cobo [1653], 1956, I: 95). Una serie de eventos sísmicos asociados empezaron a sentirse en Arequipa a las 9 de la noche, el viernes 18 de febrero, primera semana de cuaresma, los que se prolongan hasta el domingo 20. El 18 se advirtieron ruidos que “sonaron muy grandes y espantosos truenos a manera de artillería”, a lo que siguió, el sábado, una lluvia de arena blanca desde las 5 de la tarde. El domingo en la tarde, a las 2, se advertía una noche oscura, situación mantenida hasta el martes 22. Del miércoles en adelante, los días no fueron tan oscuros, pero aún no se divisaba el sol. Al sábado siguiente, 26, “no hubo día porque todo él fue noche tenebrosa sin rastro de luz” (ibíd.: 97). Desde el 30, “se fue amansando la tormenta y la ceniza fue siempre en disminución aunque no tan apriesa que no queden hasta hoy [1653] en Arequipa y su comarca muchas reliquias desta calamidad”.
El relato de Cobo incide en la incertidumbre inicial sobre el origen de los ruidos que se escuchaban en Arequipa. Solo al cabo de diez o doce días se despejó la duda, cuando se supo, por el relato de indios provenientes de zonas cercanas a la explosión, identificar al volcán causante de todo lo ocurrido: el Omate, ubicado hacia al sur, en Moquegua. Ellos aportan el relato de la erupción del volcán: “… aunque amansó la tempestad y aclaró el aire no fue de manera que se pudiese ver el sol claro por muchos meses ni por más de ocho dejó de temblar la tierra tres o cuatro veces al día ni de salir truenos y ceniza del volcán de vez en cuando…”. Lima no estuvo al margen de la incertidumbre, pues
los horribles bramidos del volcán (…) oyéronse a doscientas leguas de distancia, y en la ciudad de Lima, que está a ciento y sesenta y cuatro leguas del volcán, los oímos tan claramente cuando entonces nos hallamos en ella que tuvimos por cierto (…) que los truenos que oíamos eran de la artillería que en la batalla se disparaban (ibíd.: 99).
El mayor daño lo provocó —aunque pudiera suponerse algo distinto— la enorme emisión de ceniza que había caído en los alrededores del volcán y en comarcas alejadas, como Arequipa; aún en 1652 quedaban sus rastros en los llanos de la costa. Hubo avalanchas de ceniza que sepultaron numerosas viviendas y que originó en Moquegua la rotura de cientos de botijas de vino y aguardiente. El fenómeno telúrico aún llegó a mayores, pues provocó que el río Tambo se represara, probablemente por efecto de algún deslizamiento de tierra (ibíd.: 100).
A diferencia de Cobo — aun cuando siendo un testigo de oídas, compuso un relato valioso—, los testigos de vista son quienes proporcionan una narración más fidedigna de lo ocurrido. Así como Martín de Murúa ofrece, en su condición de procurador del convento mercedario instalado en Arequipa, un testimonio de primera mano para la catástrofe que la asoló en febrero de 1600, Antonio de la Calancha, a la sazón prior del convento agustino de Trujillo, es un narrador de los sucesos que acompañaron al terremoto que afectó esta ciudad en 1619. Las crónicas que ambos publicaron contienen los relatos pormenorizados de ambos terremotos. La primera edición de las crónicas de Murúa estuvo a cargo de Horacio Urteaga y Carlos Romero y fue a la que tuvo acceso Silgado, aunque algunos la hayan calificado de deficiente. No debe olvidarse el hecho de que del uso de esta edición se origina su error de asignar 1590 como año de edición de la crónica.
De la obra de Calancha, Coronica moralizada del Orden de San Agustín, publicada en Barcelona en 1638, solo tenemos disponible la edición original y una reedición hecha en la década de 1970. La primera ya era escasa en el siglo XVII. Al P. Bernardo de Torres, también agustino, le fue encomendada por sus superiores la tarea de acabar la obra inconclusa de Calancha; en virtud de ello, dio a la imprenta un segundo tomo, publicado en Lima en 1657,12 al final del cual incluía un Epítome —suerte de compendio del primer tomo de Calancha— “para que el curioso no necesitase de buscar el primero para hacerse capaz y tener bastantes noticias de los años anteriores”.13 Sin embargo, la razón de incluir dicho compendio era la poca accesibilidad a la edición de 1638, “por ser ya difícil hallar el primer tomo”.14 La importancia de elegir la edición más conveniente radica en el hecho de que algunas ediciones solo reproducen parcialmente la obra de Calancha; tanto es así, que una edición conjunta de ambos cronistas agustinos omite por completo la edición de 1638 y solo se limita a reproducir el Epítome mencionado (Merino, 1972). En esta edición, por consiguiente, no aparece noticia alguna sobre el desempeño de Calancha en el priorato del convento de San Agustín de Trujillo. En cambio, la edición moderna, segunda, publicada en Lima por Ignacio Prado Pastor, reproduce la edición príncipe, la única en español en más de tres siglos, si bien se había traducido anteriormente al latín (1652) y al francés (1653).15
1.6 La oferta de fuentes
A diferencia de quienes lo precedieron en la tarea de confeccionar un listado de sismos, fue José Toribio Polo quien mostró, por vez primera, en 1898, el amplísimo y variado abanico de fuentes disponibles para identificar eventos sísmicos y así emprender la reconstrucción de la sismicidad histórica del país. Y es que, en realidad, solo un reconocido erudito como él pudo organizar, apenas en un mes, la dispersa información existente. La Sociedad Geográfica de Lima, acogiendo un pedido del gobierno argentino —asunto que aún no hemos dilucidado suficientemente—, encargó a uno de sus socios la tarea de elaborar un catálogo sísmico, la que asumió Polo, quien, en un periodo relativamente corto, pudo identificar cerca de 2.500 ocurrencias sísmicas sentidas en territorio peruano en cuatro siglos. En tal sentido, la primera interrogante que creemos válida es: ¿por qué eligió determinadas obras y dejó de lado otras? En otras palabras: ¿cuál fue el criterio empleado para su selección de fuentes?
¿Cuál era el panorama de fuentes disponibles en el Perú a fines del siglo XIX, a efectos de elaborar un catálogo sísmico? De lo conocido en esa época, Polo pudo identificar, de primera intención, algunas fuentes capaces de albergar información sísmico-histórica. Suponemos que las crónicas conventuales eran de lo primero que había por revisar; los textos de Calancha, Torres, Meléndez, etc., se hallaban disponibles en varias colecciones limeñas, empezando por la Biblioteca Nacional, aparte de las propias bibliotecas conventuales y particulares. Por otro lado, los cronistas —soldados o religiosos— tampoco estuvieron ajenos a su búsqueda; así aparecen los jesuitas Acosta, Cobo y Oliva, además de los Comentarios reales de Garcilaso y las Decadas de Antonio de Herrera, cronista mayor de Indias. Si todas estas obras pudieron significar materia de elección obvia por parte de Polo, menos lógicas aparecerían a nuestros ojos las productivas búsquedas que desarrolló en textos aparentemente desvinculados de asuntos peruanos virreinales, como son los casos de Pedro de Oña, Martín del Barco Centenera o el franciscano Torquemada. Además, tampoco es inútil suponer que Polo pudo haber consultado las grandes colecciones impresas de documentos que aparecen a lo largo del siglo XIX (Porras, 1954: 208), luego completadas con los grandes aportes del erudito español Marcos Jiménez de la Espada, especialmente las Relaciones Geográficas de Indias (1879, 1881-1897) (Porras, 1954: 211), el chileno José Toribio Medina (ibíd.: 211) y los peruanos González de la Rosa y Torres Saldamando. Para la investigación en materia de sismicidad histórica, la obra de Polo es la gran summa de fines del siglo XIX, y representa el paso esencial en la evolución de los antiguos listados a los catálogos sísmicos.
Ya en el siglo XX y, por consiguiente, posterior a la publicación del catálogo de Polo, dichas colecciones documentales se amplían gracias a una sistemática búsqueda de nuevas fuentes y la reedición de las conocidas. Una contribución monumental como Cartas y papeles de los gobernantes del Perú, del argentino Roberto Levillier (ibíd.: 213), y entendida por Porras como “el complemento íntimo y pormenorizado de las memorias de los virreyes” (Porras, 1954: 213), fue utilizada por nuevos autores, deseosos de utilizar y ampliar las observaciones de Polo. La obra de Levillier, por ejemplo, sirvió a Silgado para documentar mejor el terremoto de Lima ocurrido en julio de 1586, aunque pasó por alto otro sismo tan fuerte como el anterior, ocurrido en diciembre del mismo año.
Ochenta años después de publicada la obra de Polo, Enrique Silgado —ingeniero de profesión, y que devino luego en geofísico— recoge y amplía la oferta de fuentes de aquel; creemos muy difícil que hubiese podido adelantar en sus pesquisas sin contar con la sólida base bibliográfica que ofrecía la obra de Polo. Uno de los méritos que vale destacarse en el trabajo de Silgado radica en la incorporación de nuevas fuentes que venían publicándose en el Perú. No perdamos de vista que entre la publicación de la Sinopsis de Polo y la aparición de la obra de Silgado median varias décadas, y es evidente que en tan largo tiempo la oferta de fuentes no podía ser la misma.
Tres fueron las principales fuentes que utilizó ventajosamente Silgado en su catálogo: diarios locales de noticias, libros de cabildo y nuevas ediciones de crónicas generales sobre América. Respecto a los primeros, ya se conocía la edición de los Anales del Cusco, publicada por Palma en 1901, y una anterior, la de Pío Benigno Mesa, publicada en el Cusco en 1866. Por otro lado, en la década de 1930, Rubén Vargas Ugarte dio a la imprenta los diarios de Suardo y Mugaburu, que cubren siete décadas de historia limeña del siglo XVII. En el caso de Suardo, el diarista limeño compuso su relato como respuesta a las reales cédulas que mandaban a hacer informaciones diarias sobre los acontecimientos del virreinato. En la misma década, la iniciativa de Bertram Lee y Juan Bromley logró la acogida entusiasta del Concejo Provincial de Lima para la publicación de los bien conservados libros de cabildo de la ciudad, continuando la obra iniciada casi cuatro décadas antes por Torres Saldamando. Como ya se vio líneas adelante, el resultado fue alentador: entre 1935 y 1963, el objetivo se materializó en 23 gruesos volúmenes que contenían la gran mayoría de las actas del cabildo limeño desde la fundación, en 1535, hasta 1630.
Una preocupación constante que hemos tenido presente a lo largo de la investigación ha sido identificar la edición de todas y cada una de las obras utilizadas en la composición de las contribuciones de Polo y Silgado. Esto puede graficarse mejor si ofrecemos un ejemplo relacionado con el primero. Para hacer referencia a los sismos ocurridos en el Perú antes de la llegada de los conquistadores, Polo utiliza unos Anales de la ciudad del Cuzco, escritos por el canónigo Diego Esquivel y Navia a mediados del siglo XVIII. Una de las ediciones más conocidas de esa obra es la que publicó Ricardo Palma en 1901, bajo el título Anales del Cuzco; 1600 a 1750.16 Si resulta evidente que de la comparación de fechas de publicación de la obra de Polo y la edición de Palma no pudo aquél consultar ésta, restaba aún establecer la identidad de la obra que sirvió de fuente al erudito limeño. A fines de la década de 1860, Pío Benigno Mesa dio a la imprenta, en el Cusco, Los Anales de la Ciudad del Cuzco, en donde, afanado por reconstruir la historia de la imperial ciudad, utiliza varios autores, entre ellos a Esquivel y Navia,17 obra cuyo título anota Polo al final de la sección correspondiente, si bien omite dicha referencia en la útil bibliografía que inserta al final de su obra. Para la misma referencia sísmica prehispánica, Silgado utiliza los Apuntes históricos del Perú y Noticias cronológicas del Cuzco (Anales), a los que identifica como publicados en el Cusco, en 1740, por Diego Esquivel y Navia. Dato inexacto: la obra que Silgado usó no fue otra que los Apuntes históricos del Perú y Noticias cronológicas del Cuzco, también publicada por el tradicionalista Palma en 1902.18 En consecuencia, Polo y Silgado consultaron obras distintas, publicadas con varias décadas de diferencia, aunque mantuvieron textos similares entre sí, y estos, a su vez, con la edición crítica de las Noticias cronológicas de 1980, la mejor disponible.
Por otra parte, llama la atención lo ocurrido con las fuentes vinculadas al evento de 1606 en Saña. Dice el testimonio de Echave y Assu que un sismo se había producido cuando expiraba en dicha ciudad el segundo arzobispo de Lima, santo Toribio de Mogrovejo. Su obra, La estrella de Lima convertida en sol, se aboca a narrar las celebraciones que se dieron en Lima a raíz de la beatificación de Toribio de Mogrovejo por Inocencio XI en 1679. La feliz noticia llegó a la ciudad a mediados de abril de 1680, y las celebraciones se extendieron por varios días. Redactada la obra por Echave —aunque su autoría fue severamente cuestionada a comienzos del siglo XX—,19 y enviada para su publicación en la Península, recibió las aprobaciones respectivas en Madrid en octubre y noviembre de 1687, y se publicó al año siguiente en Amberes. Del cotejo de las fechas resulta claro por qué Echave no incluyó información alguna sobre el dantesco sismo que destruyó la ciudad en octubre de 1687.
Sorprende el hecho de que ninguna obra relativa al santo haga referencia al sismo de 1606 en Saña. Incluso, existe una relación escrita por el escribano de la ciudad, dando cuenta del fallecimiento de Toribio, publicada entre los documentos incluidos en la más completa biografía dedicada al segundo arzobispo de Lima.20 Una encomiástica biografía, escrita por aquellos años, también refería los últimos días del santo sin aludir a sismo alguno.21 En consecuencia, la posible ocurrencia de un sismo ocurrido en Saña el 23 de marzo de 1606 solo está referida únicamente en una obra, la que sirvió de base para que Polo la incluyera en su catálogo.
1.7 Perspectivas regionales
Uno de los aspectos más debatidos entre los sismólogos peruanos es el relacionado con la ocurrencia de sismos en el pasado, en zonas de alta actividad sísmica contemporánea, y para los cuales no se cuenta con ninguna referencia. De igual modo, la identificación de zonas para las que desconocíamos los efectos de terremotos se ha agregado en la presente investigación. En ambos casos, una de las vías para aproximarnos a dicha falencia es el estudio de las manifestaciones arquitectónicas locales.
Un primer caso lo ofrece la ciudad de Moquegua. Sabemos que el sismo ocurrido el 27 de noviembre de 1630 —originalmente registrado por Polo para Lima y que Silgado refiere también para el mismo lugar—, igualmente fue sentido en Moquegua. A fines del siglo XVI, el primer teniente de corregidor de esta ciudad, Pedro León de Guevara y Sisa, erigió la primera capilla del pueblo, colocándola bajo la advocación de san Pedro, pero el templo se arruinó con el terremoto de 1604. La nueva edificación se colocó bajo la advocación de santa Catalina, patrona tutelar del pueblo, pero al cabo de unos años, en 1630, un sismo también la echó por tierra. Nuevamente erigida, otra vez fue tumbada por el fuerte sismo de 1655. Así, en un lapso de apenas medio siglo, una iglesia fue destruida tres veces sucesivas. Y aun cuando en Moquegua ya se habían desechado los métodos tradicionales de construcción basados en el uso del adobe —vinculados a los primeros tiempos de la ciudad— y ya se venían utilizando piedra y cal de las cercanías, los sismos trajeron abajo tanto esfuerzo material (Kuon, 1981: 191).
En la sierra norte, Cajamarca es un lugar con escasísima información sísmica. Sobre el área afectada por el terremoto de Trujillo, de 1619, Polo anota que se extendió “hasta Piura y Saña, alcanzando a propagarse más de 300 leguas de N. a S. y más de 60 de E. a O.” (Polo, 1898: 326). Si descartamos que la de Polo es una arbitraria atribución, no imaginamos otra forma de realizar dicho cálculo sino ubicando en el mapa los pueblos que refirieron haber sentido el sismo. Lamentablemente, subsiste un vacío de información porque Polo no indicó los nombres de los pueblos afectados; la única excepción es su mención del cercano valle de Chicama, en el que se destruyó el convento de la orden dominica. Si hacemos una sencilla conversión, estaríamos estableciendo un área que se prolongaba 1.500 km de norte a sur, y 300 de oeste a este. Por ello, la información obtenida para Cajamarca es valiosa, pues va develando el área específica de acción del sismo. Una de las imágenes religiosas más importantes de la ciudad es la de Nuestra Señora del Rosario, cuya devoción se inicia, justamente, a raíz del sismo sentido en la ciudad en 1619 (Montesinos, [1642], 1906: II, lib. II, 214).
En la sierra central, Huancavelica presenta un caso similar. La construcción de su catedral se remonta a 1572, a la fundación misma de la ciudad, aunque el edificio actual data de 1697; no sabemos el proceso de reconstrucción que este tuvo. En cuanto a las iglesias de órdenes religiosas, solo se observan las de los dominicos y franciscanos, ya que las de agustinos y jesuitas se destruyeron en fecha no precisada. La dominica se remonta a 1662 y la franciscana a la segunda mitad del XVIII, aunque es de suponer que existieron otras anteriores. De las llamadas iglesias menores, solo la de San Cristóbal corresponde al XVIII, mientras que sobre la de la Ascensión no se menciona datación alguna; las otras, más antiguas —siguiendo un orden cronológico—, son las de Santa Ana —considerada la primera de la ciudad—, Santa Bárbara —en las afueras— y San Juan de Dios, de la que se sabe que fue anterior a 1752.22 Las alusiones a destrucción en fechas tan cercanas a aquellas para las que conocemos ocurrencia sísmica, nos abren interesantes perspectivas de hallazgo documental.
1.8 Felices hallazgos: nuevos sismos conocidos
Uno de los objetivos centrales de la investigación fue incorporar referencias que documentaran nuevos sismos. El resultado ha sido alentador, pues a las dos nuevas referencias disponibles para el siglo XVI, se suman diecisiete para el XVII. En relación con Trujillo, las fuentes eclesiásticas mencionan dos sismos ocurridos los días 20 y 29 de febrero de 1635 en dicha ciudad. Las actas del Cabildo Eclesiástico de Trujillo informan sobre el movimiento sentido en la ciudad a las 10 y media de la noche del 20 de febrero de 1635 (Monografía de la Diócesis de Trujillo, 1931, II: 57). Otro sismo ocurrió a los pocos días, el 29 del mismo mes (ibíd., III: 159). Lo valioso de esta información radica en no haber sido mencionada ni en los catálogos históricos conocidos (Polo y Silgado) ni en los sísmicos (Ocola, Huaco).
Aunque la obra dedicada a Trujillo no había sido utilizada anteriormente con los fines expuestos, otras sí eran conocidas. Para Lima, los diarios de Suardo y Mugaburu, y algunos tomos no utilizados de los libros de cabildo, arrojaron nuevas referencias para el siglo XVII.
1.9 Precisiones cronológicas
Los catálogos sísmicos no siempre aportan las precisiones cronológicas exigidas para una obra de su índole; ello se refleja en el caso del sismo de 1533. Ante la discrepancia cronológica manifiesta entre Polo y Silgado, decidimos insertar la exhaustiva reconstrucción de la marcha de los conquistadores de Cajamarca al Cusco. El veedor Miguel de Estete fue el único que compuso un relato sobre la marcha a Pachacamac, “con no muy buena pluma y en todo caso con pésima memoria” (Busto, 1967: 1).23 Esta marcha se inició el domingo 5 de enero de 1533, y al cabo de tres semanas de salir de Cajamarca completa el camino de la sierra y llega a Paramonga. Una semana demandó la ruta hacia el famoso santuario; el domingo siguiente, 2 de febrero de 1533, llega a su destino. El viernes 31 de enero se encuentra en Pasamayo; el sábado 1.o llega hasta Tambo Inga, y de ahí al santuario, al día siguiente, previa escala en el pueblo de Armatambo, donde los marchantes comen y recobran energías. La crónica de Estete no precisa fecha, pero hace alusión al hecho de que el sismo ocurrió “una noche”, a lo que agrega la circunstancia de que fue mientras descansaban “en un pueblo junto a la mar”. Por ello, nos inclinamos a pensar que ese día no podría haber sido sino el 1.o de febrero, cuando “nos tembló la tierra de un recio temblor” (ibíd.: 12). Ello se confirma cuando, en obra posterior, Del Busto precisa la fecha al indicar que, estando en el pueblo de Chancay, “a todos —por la noche— sacudió un fuerte temblor de tierra que espantó a los aborígenes” (Busto, 1978). Con ello quedaba definitivamente zanjada la discusión sobre la fecha exacta de ocurrencia del primer sismo registrado por los españoles en el Perú.
1.10 Vías abiertas
A pesar de todo lo avanzado en la identificación de sismos en los siglos XVI y XVII, quedan aún vetas por explorar: ¿Cuándo ocurrieron otros? Para Trujillo, ciudad de la que sabemos sufrió los grandes terremotos de 1619, 1725 y 1759, el testimonio del corregidor Feyjoo es revelador, ya que afirmaba que “todos los años por lo regular se experimentan unos ligeros movimientos de tierra, principalmente a principio y fines del verano pero son unos temores ocasionados del ruido sin resultas de manifiesto peligro” ([1763], 1984: cap. XI).
Otras vetas abiertas se desprenden de la necesidad de perfilar mejor las biografías de autores que nos son poco conocidos: son los casos de Tomás Berjón de Caviedes, Francisco Bejarano de Loayza o el mismo Rodrigo de Carvajal y Robles. Otros temas merecen profundizarse. Por ejemplo, nos hallamos frente a dificultades derivadas de la atribución de la hora exacta de ocurrencia. Solo en un caso, el de 1650, un autor decidió evaluar las similitudes que existían entre las fuentes disponibles dedicadas a dicho sismo (Villanueva Urteaga, 1962: 22), pasando revista a las diferentes horas que se le atribuyen. Aún no sabemos nada sobre la difusión del uso del reloj y su emplazamiento en las ciudades, aunque conocemos, por ejemplo, que ya para 1558 había relojes en Lima (Vargas Ugarte, 1968: 77).
En suma, las fuentes constituyen el único respaldo documental disponible para la reconstrucción de la sismicidad histórica, aun cuando su uso se deba ajustar a ciertos parámetros que permitan contar con la mejor versión, a fin de dar cuenta, de la manera más fidedigna, del comportamiento sísmico del pasado.
Uso del catálogo
La documentación que ha servido de base al presente catálogo históricosísmico se ha reproducido textualmente, tal como aparece en sus respectivas ediciones, con el respeto escrupuloso de la grafía original, más aún cuando se trata de grafías usadas en el español antiguo. Sin embargo, cuando lo hemos considerado necesario, se han introducido signos de puntuación —ausentes en el original o mal utilizados—, a fin de facilitar su lectura. Por otro lado, debemos aclarar que, de acuerdo con la extensión del texto original, y considerando que lo ideal es su reproducción completa, en algunos casos hemos respetado dicha extensión, mientras que en otros, por creerlo pertinente, hemos recortado algunas partes, indicando esto a través del uso de corchetes. El objetivo de esta decisión es destacar la información que reconocíamos como más útil, es decir, la que presentaba elementos necesarios para identificar los parámetros físicos del sismo o sus efectos sobre la infraestructura. Por ello, en algunas ocasiones las reflexiones del autor del texto transcrito han sido omitidas.
Los cuadros con los que se inicia la presentación de cada sismo se componen de diez columnas. En la primera va la numeración correlativa con la que identificamos cada suceso sísmico principal, mientras que las que consideramos réplicas o los lugares que establecen el área de ocurrencia los identificamos agregándole una letra al número correlativo. Es decir, no contabilizamos como un sismo diferente el efecto manifestado en lugares distintos del que puede ser considerado, tentativamente, como epicentro.
En la segunda columna se indica el índice de confiabilidad, es decir, el grado de credibilidad que ofrece la información que sustenta cada ocurrencia sísmica. La tercera, cuarta, quinta, sexta, sétima y octava columnas muestran, sucesivamente, la fecha —año, mes y día—, hora local —en caso de haber sido registrada—, hora calculada en tiempo del meridiano de Greenwich (tiempo GMT) —parámetro cuyo uso hemos observado en los catálogos sísmicos— y la duración del sismo, que debe entenderse siempre de manera aproximada, toda vez que la precisión de los registros de tiempo es un logro tecnológico posterior, visible a partir del siglo XIX. Las columnas novena y décima las reservamos para anotar el lugar de ocurrencia: la novena, para indicar la localidad específica donde se manifestó el sismo; la décima, para establecer el departamento peruano actual al que corresponde aquella.
La asignación de valores en la segunda columna requiere de una explicación adicional, pues es la que reservamos al índice de confiabilidad de la información sobre la que se sustenta cada evento sísmico registrado. El índice comprende una escala que va del 0 al 5, asignándosele 0 a aquel sismo cuya ocurrencia está descartada; 1 a aquel cuya ocurrencia se encuentra mencionada en una única fuente y, además, secundaria; 2 a aquel sobre el cual dos o más fuentes secundarias aportan una mención, complementada con la información que proporciona un testigo no directo de los hechos; 3 a aquel donde las menciones proceden de una o varias fuentes contemporáneas, además de las secundarias; 4 para distinguir el variado origen de las contemporáneas, a saber, civil, religioso o radicado en relatos de viaje; y, finalmente, el grado más alto, 5, el de mayor confiabilidad, se reserva para las ocurrencias sísmicas donde el evento principal está suficientemente avalado por la contemporaneidad de fuentes que, además, cubren un área mayor, pues incluyen testimonios de lugares en los que aquel también produjo efectos físicos o sobre la infraestructura.
Siglo XV 1470-1490
¿1470?

Fuentes contemporáneas
Sin datos.
Fuentes secundarias
1. Silgado Ferro, Enrique. “Historia de los sismos más notables ocurridos en el Perú (1513-1974)”. Boletín del Instituto de Geología y Minería. N.o 3. Lima, enero de 1978, 130 pp.
SILGADO, 1978: 16
Las crónicas antiguas dan cuenta de algunos terremotos que ocurrieron en el siglo XV, durante el incanato. El Padre Murúa recoge la tradición de que antes de la dinastía del Inca Sinchi Roca habían ocurrido fuertes temblores en el Cuzco y que en la época del Inca Túpac Yupanqui (1471-1493) un terremoto destruyó el primitivo asiento de la ciudad de Arequipa en que perecieron todos sus habitantes y hubo erupción del volcán Misti…1*
¿1490?

Fuentes contemporáneas
Sin datos.
Fuentes secundarias
1. Bueno, Cosme. “Descripción de las provincias pertenecientes al Obispado del Cuzco” [1768], en: Odriozola, Manuel de. Documentos literarios del Perú. Tomo III. Lima: Imprenta del Estado, 1872.2
BUENO [1768], 1872, III: 103
… Provincia de Carabaya; es territorio sujeto a terremotos. Según tradición hubo uno tan grande, antes de la conquista, que trastornó montes y abierta la tierra se hundieron muchos pueblos con sus moradores…3
Siglo XVI 1512-1598
¿1512?

Fuentes contemporáneas
Sin datos.
Fuentes secundarias
1. Garcilaso de la Vega, Inca: Comentarios reales de los incas [1609]. [En Lisboa, en la oficina de Pedro Crasbeeck]. Prólogo de Aurelio Miró Quesada. Bibliografía de Alberto Tauro. Edición al cuidado de César Pacheco Vélez. Lima: Banco de Crédito del Perú, 1985, 515 pp.
GARCILASO DE LA VEGA [1609], 1985: 392-393
Lib IX, cap. XIV: “Tuvo nuevas Huaina Capac de los españoles que andavan en la costa”.
… Huaina Cápac […] estando en los reales palacios de Tumipampa […] le llegaron nuevas que gentes estrañas y nunca jamás vistas en aquella tierra andavan en un navío por la costa de su Imperio […]. Es de saber que aquel navío era de Basco Núñez de Balboa, primer descubridor de la Mar del Sur y aquellos españoles fueron los que impusieron el nombre Perú a aquel Imperio, que fue el año mil y quinientos y quinze […]. Aquellos ocho años que Huaina Cápac vivió después de la nueva de los primeros descubridores los gastó en governar su Imperio en toda paz y quietud […]. Assimesmo es de saber que tres años antes que aquel navío fuese a la costa del Perú, acaesció en el Cozco un portento y mal agüero que escandalizó mucho a Huaina Cápac y atemorizó en estremo a todo su Imperio; y fue que, celebrándose la fiesta solene que cada año hazían a su dios el sol, vieron venir por el aire un águila real, que ellos llaman anca [cursiva en el original], que la ivan persiguiendo cinco o seis cernícalos y otros tantos halconcillos, de los que por ser tan lindos, han traído muchos a España y en ella les llaman aletos y en el Perú huaman. Los cuales, trocándose ya los unos, ya los otros, caían sobre el águila, que no la dexavan bolar, sino que la matavan a golpes. Ella, no pudiendo defenderse, se dexó caer en la plaça mayor de aquella ciudad, entre los Incas, para que la socorrieran. Ellos la tomaron y vieron que estava enferma, cubierta de caspa, como sarna, y casi pelada de las plumas menores. Diéronle de comer y procurraon regalarla, mas nada le aprovechó, que dentro de pocos días se murió sin poderse levantar del suelo. El Inca y los suyos lo tomaron por mal agüero, en cuya interpretación dixeron muchas cosas los adivinos que para semejantes casos tenían elegidos; y todas eran amenazas de la pérdida de su Imperio, de la destruición de su república y de su idolatría. Sin esto huvo grandes terremotos y temblores de tierra, que, aunque el Perú es apasionado desta plaga, notaron que los temblores eran mayores que los ordinarios y que caían muchos cerros altos. De los indios de la costa supieron que la mar con sus crecientes y menguantes salía muchas vezes de sus términos comunes; vieron que en el aire se aparescían muchas cometas muy espantosas y temerosas…
2. Mesa, Pío B. Los Anales de la ciudad del Cuzco o las cuatro épocas principales de su historia, narradas breve y sencillamente por (…) para aquella parte de sus paisanos que no pueden dedicarse sobre la materia a estudios vastos y profundos. Tomo II. Cusco: Tipografía de La Convención por Jacinto Carrasco, 1867, 302 pp.1
MESA, 1867, II: 257
… Cuando por el año de 1513 celebrábase en la plaza de esta ciudad la suntuosa fiesta del Raimi, vio toda la concurrencia que venía por los aires un águila real, que llamamos Anca [cursiva en el original], perseguida por cinco o seis cernícalos y por otros tantos alconcillos [sic], que en quechua llevan el nombre de Huaman [cursiva en el original]; los cuales alternándose a caer sobre el águila, no la dejaban moverse, afligiéndola a golpes. El águila cayó en la plaza grande en medio de los Incas, quienes alzándola vieron que estaba enferma, cubierta de caspa o sarna y casi pelada de las plumas menores; dentro de pocos días murió el ave sin poderse levantar del suelo. Fuera de esto, hubo por esos años grandes terremotos y cayeron muchos cerros altos. De los indios de la costa se supo al mismo tiempo que el mar con sus crecientes salía muchas veces de sus términos comunes. Viéronse en el Cuzco muchos cometas espantosos y una noche se notaron en la luna tres cercos: uno color de sangre, otro negro y el tercero color de humo; los naturales como tan agoreros, luego pronosticaron sucesos infaustos y la venida de gente nueva…
3. Polo, José Toribio. Sinopsis de temblores y volcanes del Perú; siglos XVI-XIX. Lima: Librería e Imprenta de San Pedro, 1899, 141 pp.2
POLO, 1899: 5
Cita:
1. Anales de la ciudad del Cuzco.3
… 1513-1515. Hubo en estos años calamidades públicas en el Tahuantisuyu ó Imperio de los Incas, que hicieron presagiar su próxima destrucción. Huaina Cápac supo en Tumipampa el arribo a sus costas del navío español en que expedicionaba Vasco Núñez de Balboa. Dice un cronista: “Hubo por esos años grandes terremotos y cayeron muchos cerros altos. De los indios de la costa se supo a ese mismo tiempo que la mar con sus crecientes y menguantes salía muchas veces de sus términos comunes. Viéronse en el Cuzco muchos cometas espantosos y una noche vieron la luna con tres cercos; uno de color de sangre, el segundo negro y el tercero de color de humo” [Anales de la ciudad del Cuzco]…
4. Mendiburu, Manuel de. Apuntes históricos del Perú y Noticias cronológicas del Cuzco. Edición a cargo de Ricardo Palma. Lima: Imprenta del Estado, 1902, 260 pp.4
[PALMA], 1902: 66
… Año de 1513, por el mes de junio, celebrando el Inca Huayna Kapac la fiesta solemne del sol en la plaza de esta ciudad [del Cusco] vieron venir por el aire una águila real que llaman Anca, que la iban persiguiendo cinco o seis cernícalos y otros tantos alconcillos, que en la lengua quechua llaman huamán […]. El águila cayó en la plaza grande […] y dentro de pocos días murió sin poder levantarse del suelo. Fuera de esto hubo por esos años grandes terremotos y cayeron muchos cerros altos. De los indios de la costa se supo a ese mismo tiempo, que el mar con sus crecientes salía muchas veces de sus términos comunes. Viéronse en el Cuzco muchos cometas espantosos. Y una noche vieron la luna con tres cercos, uno de color sangre, el segundo negro y el tercero de color de humo. Los naturales como tan agoreros luego pronosticaron sucesos infaustos y venida de nueva gente. Además de estas señales, que refiere Garcilaso, pone otras el Padre Calancha…
5. Silgado Ferro, Enrique. Historia de los sismos más notables ocurridos en el Perú (1515-1960). México D.F.: Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1968. Sobretiro de Boletín Bibliográfico de Geofísica y Oceanografía Americanas. Vol. IV, 1965-1967, pp. 191-241.
SILGADO, 1965-67: 197
Las crónicas antiguas dan cuenta de los terremotos que ocurrieron en el Perú antes de la conquista. Relatan que por los años 1513 a 1515 hubo grandes sismos y cayeron muchos cerros altos. Por los habitantes indígenas de la costa se supo a esa misma época, que el mar, con sus crecientes y menguantes, sobrepasó muchas veces la habitual línea de playa…
6. Esquivel y Navia, Diego. Noticias cronológicas del Cuzco [1740-1749]. Dos tomos. Edición, prólogo y notas de Félix Denegri Luna. Con la colaboración de Horacio Villanueva Urteaga y César Gutierrez Muñoz. Lima: Fundación Augusto N. Wiesse, 1980.
ESQUIVEL Y NAVIA [1740-1749], 1980, tomo I: 56-57
… Año de 1513 […]. Por el mes de junio de 1513 años, celebrando el Inca Huayna Ccapac la fiesta solemne del sol en la plaza de esta ciudad [del Cusco] vieron venir por el aire un águila real que la iban persiguiendo cinco o seis cernícalos y otros tantos halconcillos […]. El águila cayó en la plaza grande […] y dentro de pocos días murió sin poder levantarse del suelo. Fuera de esto hubo por esos años grandes terremotos y cayeron muchos cerros altos. De los indios de la costa se supo a ese mismo tiempo, que la mar con sus crecientes y menguantes salía muchas veces de sus términos comunes. Viéronse en el Cuzco muchos cometas espantosos. Y una noche vieron la luna con tres cercos, uno de color sangre, el segundo negro y el tercero de color de humo. Los naturales como tan agoreros luego pronosticaron sucesos infaustos y venida de nueva gente…
7. Silgado Ferro, Enrique. “Historia de los sismos más notables ocurridos en el Perú (1513-1974)”. Boletín del Instituto de Geología y Minería. N.o 3. Lima, enero de 1978, 130 pp.
SILGADO, 1978: 16, 119
Cita a:
1. Esquivel y Navia, Diego. Apuntes históricos del Perú y Noticias cronológicas del Cuzco (Anales). Cusco, 1740.5
… Por los años 1513 a 1515 ocurrieron grandes sismos, acompañados de formidables deslizamientos de tierras. Por los habitantes indígenas de la costa se supo que en la misma época el mar, con sus crecientes y menguantes, sobrepasó muchas veces la habitual línea de playa…
8. Ocola, Leonidas. Catálogos sísmicos: República del Perú. Volumen IV. Lima: Proyecto de Sismicidad Andina SISAN. OEA / CERESIS, 1984.
OCOLA, 1984: 18, 30*6
… LCO 1513/ 00 00/ 00 00 00/ ?/ -17.210-72.300/ 30…
9. Huaco, Daniel (ed.): Catálogo sísmico del Perú, 1500-1982. Lima: Instituto Geofísico del Perú, 1986.
HUACO, 1986: s/p*
… PE00010/ 115/ IGO/ 1513 00 00/ -17.210,-72.300/ M/ 30/ OM…
Comentarios
El año 1512 es significativo en la historia sísmica peruana, pues si nos atenemos a la información proporcionada por Garcilaso —la que precisa la llegada de Vasco Núñez de Balboa al océano Pacífico en 1515—, deberíamos situar la ocurrencia sísmica ese año, dado que se indica que esta se produjo tres años antes del descubrimiento del mar del Sur. Constituye, entonces, la primera referencia documental de un evento sísmico producido en territorio peruano en el siglo XVI. Se trata de un hecho relevante, pues ocurre en una época muy temprana, anterior incluso al propio arribo de los españoles al Perú (1532). Es bueno hacer notar que la referencia no solo alude a un hecho sísmico, sino que informa sobre un conjunto de fenómenos geofísicos, como deslizamientos de tierra en la sierra sur y visibles oscilaciones del mar, probable efecto de algún maremoto o quizá algún fenómeno de menor envergadura, como un maretazo.
De las cuatro versiones de los Anales que insertamos con el propósito de identificar las coincidencias textuales: Mesa (1867), Polo (1898), Mendiburu (1902) y la edición a cargo de Félix Denegri (1980), otorgamos mayor peso y credibilidad a esta última, por haber sido compuesta utilizando exhaustivos métodos de cotejo de información, en los que se privilegió el uso de la fuente original de los Anales: un manuscrito depositado en la Biblioteca Pública de Nueva York (Denegri, 1980). En la fuente original (Esquivel y Navia), la información sísmica se encuentra acompañada de valiosos datos sobre manifestaciones religiosas prehispánicas cusqueñas.
Del análisis de la información consignada por Polo, llama la atención un hecho: que se refiere, efectivamente, a tales fenómenos, pero los agrupa en torno al periodo 1513-1515, lapso no mencionado en ninguna de las cuatro versiones consultadas, en las que, por el contrario, apenas se indica un solo año: 1513. Ante ello, podríamos inicialmente suponer hallarnos ante un inserto textual arbitrariamente incluido por Polo, que podría inducir a equívoco y que Silgado, lamentablemente, copió en su integridad (y lo anotado por Silgado ha sido el magister dixit de los geofísicos peruanos en los últimos treinta años). Por lo tanto, debe corregirse tal inexactitud, pues se estaría informando sobre una supuesta actividad sísmica entre los años 1513-1515, cuando solo es válido identificarla stricto sensu para un solo año: 1512. Debe corregirse también la información inserta en los catálogos sísmicos disponibles usados ampliamente por la comunidad científica peruana y extranjera (Ocola, 1984; Huaco, 1986), pues se basa en las obras de Polo y Silgado.
Tampoco debe soslayarse el hecho de que en las fuentes no se ha hallado ninguna alusión específica a algún evento sísmico. Si nos atenemos a la edición más confiable (Esquivel y Navia [1740-1749], 1980), esta no menciona ni fecha ni lugar específicos de ocurrencia, por lo que mal podría afirmarse que dicha actividad se hubiese producido efectivamente en el Cusco. En consecuencia, como nos encontramos ante una información que no proviene de una fuente contemporánea a los hechos y en la que, además, no se precisa ni el lugar ni la fecha del suceso, consideramos necesario otorgarle 1 como nivel de confiabilidad, y ponemos bajo interrogación tanto el lugar (Cusco) como el año (1512) posibles de ocurrencia.
Si nos hallásemos ante el caso de que Polo sí hubiese consultado la edición de Mesa o revisado el manuscrito de los Anales depositado en la Biblioteca Nacional —antes de ser entregado por Palma a la imprenta en 1902—, entonces parecería cierta nuestra presunción sobre las modificaciones que introdujo el erudito y que se evidencian a través de la comparación de los textos. La primera y más clara es la síntesis que hace de la información contenida en la fuente original, circunscribiéndola de manera explicable a la noticia sísmica y dejando de lado la información ritual que la acompaña. En segundo lugar, si reparamos en su mención específica de los movimientos ocurridos en el mar, mientras que en las dos primeras fuentes se alude estrictamente a las “crecientes”, Polo agrega el término “menguante” a su relato, ausente en ambos textos.
Si descartásemos el hecho de que Polo perpetró un inserto arbitrario, ello supondría reconocer dos posibilidades: o bien consultó uno de los varios manuscritos de las Noticias cronológicas —hallable en Lima a fines del siglo XIX— y del cual podría haber copiado literalmente la expresión “crecientes y menguantes”, o accedió a una edición de los Comentarios reales, donde sí se encuentra dicha expresión. A través de su propio testimonio, sabemos que consultó una de las primeras ediciones de los Comentarios: la publicada en Madrid en 1722 y que, bajo el título Historia general del Perú, incluyó, por primera vez, juntas, las dos partes de estos, publicados separadamente en 1609 y 1612.7
En suma, más allá de elucubraciones heurísticas, gracias al aserto de Garcilaso —secundado por las varias versiones confrontadas de los Anales— contamos con un testimonio valioso, de inicios del siglo XVI, que da cuenta de una múltiple actividad geofísica tanto en la sierra como en la costa.
¿1533?

Fuentes contemporáneas
1. Estete, Miguel de. “Noticia del Perú” [¿1535?], en Los cronistas de la conquista. Selección, prólogo, notas y concordancias de Horacio H. Urteaga. Biblioteca de Cultura Peruana, primera serie, n.o 2. París: Desclée de Brouwer, 1938, 331 pp.
ESTETE [¿1535?], 1938: 231
… Y seguimos nuestro viaje pasando pueblos y provincias y sierras extrañas aunque los caminos muy buenos, donde al cabo de veinte jornadas llegamos con harto trabajo y cansancio a aquel pueblo de Pachacama, donde estaba aquel ídolo tan nombrado, llamado de ese mismo nombre. Acaecionos una cosa muy donosa, una noche, antes que llegásemos a él, en un pueblo junto a la mar; que nos tembló la tierra de un recio temblor y los indios que llevábamos, que muchos de ellos se iban tras de nosotros a vernos, huyeron aquella noche, de miedo, diciendo que Pachacama se enojaba porque íbamos allá y todos habíamos de ser destruidos….
2. Estete, Miguel de: “Relación del descubrimiento del Perú” [¿1535?], en Porras Barrenechea, Raúl. Los cronistas del Perú (1528-1650) y otros ensayos [1962]. 2.a ed. Edición, prólogo y notas de Franklin Pease G.Y. Lima: Banco de Crédito, 1986, 964 pp.
ESTETE [¿1535?], 1986: 124
… Y seguimos nuestro viaje pasando pueblos y provincias y sierras extrañas aunque los caminos muy buenos, donde al cabo de veinte jornadas llegamos con harto trabajo y cansancio a aquel pueblo de Pachacama, donde estaba aquel ídolo tan nombrado, llamado de ese mismo nombre. Acaecionos una cosa muy donosa, una noche, antes que llegásemos a él, en un pueblo junto a la mar; que nos tembló la tierra de un recio temblor y los indios que llevábamos, que muchos de ellos se iban tras de nosotros a vernos, huyeron aquella noche, de miedo, diciendo que Pachacama se enojaba porque íbamos allá y todos habíamos de ser destruidos…
3. Fernández de Oviedo, Gonzalo. Historia general y natural de las Indias. [1548-1549]. 2.a ed. Cinco tomos. Edición y estudio preliminar de Juan Pérez de Tudela Bueso. Madrid: Biblioteca de Autores Españoles, 1959.8
FERNÁNDEZ DE OVIEDO [1548-1549], 1959, V: 68
Lib. XLVI, cap. XI:
… Otro día, sábado siguiente, partió el capitán de este pueblo [Lachay] bien de mañana, porque la jornada le dijeron que era grande e fue a comer a un buen pueblo que se dice Suculachumbi, que serán cinco leguas…
Fuentes secundarias
1. Prescott, William. Historia de la conquista del Perú, con observaciones sobre la civilización de los incas [1847]. 4.a ed. Buenos Aires: Editorial Schapire, 1967, 600 pp.
PRESCOTT [1847], 1967: 275-276*
Lib. III, cap. VI: “Visita a Pachacamac”.
… Al fin después de algunas semanas de viaje penoso, a pesar de todos estos alivios, llegó Hernando Pizarro delante de la ciudad de Pachacamac. Era ésta muy populosa y de edificios sólidamente construidos muchos de ellos […]. Al presentarse Hernando Pizarro a la entrada más pequeña del templo le impidieron el paso los guardias de la puerta; pero exclamando que “no había venido de tan lejos para que le detuviese el brazo de un sacerdote indio” forzó el paso y, seguido de su gente, subió la galería circular que conducía a una plataforma en la cima del monte, en uno de cuyos extremos había una especie de capilla. Este era el santuario de la venerada deidad. La puerta estaba guarnecida con adornos de cristal y con turquesas y pedacitos de coral. Allí trataron de nuevo los indios de disuadir a Hernando Pizarro de su propósito de violar el sagrado recinto, cuando en aquel momento la convulsión de un terremoto que hizo temblar hasta los cimientos del antiguo templo atemorizó tanto a los indígenas, así a los que acompañaban a Pizarro como a los demás habitantes de la ciudad, que todos huyeron espantados, no dudando que su adorada deidad sepultaría a los invasores bajo las ruinas del edificio o les consumiría con sus rayos…
2. Middendorf, Ernst. Peru. Beobachtungen und studien uber das land und seine bewohner, wahrend eines 25 jahrigen aufentalts. Berlin: Robert Oppenheim, 1893. Existe traducción al castellano: Middendorf, Ernst W. Perú. Observaciones y estudios del país y sus habitantes durante una permanencia de 25 años [1893]. Tres tomos. Lima: UNMSM, 1973.
MIDDENDORF [1893], 1973, I: 98
… El primer sacudimiento violento que sintieron los españoles fue poco después de su llegada al Perú, precisamente en el valle de Lurín, no lejos de Lima. Después de la prisión de Atahualpa (1533), Hernando Pizarro fue enviado por su hermano Francisco, con un piquete de caballería hacia la costa, para visitar el templo de Pachacámac, famoso por sus tesoros y para acelerar la reunión del rescate. Los sacerdotes trataron de impedir su ingreso al santuario, pero Hernando, apartándolos hacia un lado, sacó de sus apestosas celdas a los ídolos manchados de sangre sacrificada e hizo que sus compañeros los redujesen a pedazos. En ese momento tembló tan fuerte la tierra, que los nativos huyeron con espanto. Los españoles siguieron sin turbarse: consideraron ellos el ruido subterráneo como el colérico estornudo del diablo, y triunfantes, plantaron una cruz en el sitio donde el ídolo pagano había existido…
3. Polo, 1899: 5*
… Por febrero se experimentó un fuerte temblor en el pueblo de Pachacamac, en el momento en que Hernando Pizarro y su comitiva penetraron en el santuario dedicado a la divinidad de ese nombre…
4. Busto, José Antonio del. “La marcha de Hernando Pizarro a Pachacamac”. Humanidades 1, 1967, pp. 1-24.
BUSTO, 1967: 12
… Viernes 31.I.1533 […] y fue a comer a un pueblo que llaman Suculachumbi […] y a hora de vísperas salieron el capitán y su gente deste pueblo […]. [Gonzalo Fernández de] Oviedo nombra al pueblo de Suculachumbi, apelativo de típico sabor yunga que nos señala al pueblo de Chancay […]. Domingo 2.II.1533 […] lo cierto es que Hernando Pizarro entró al pueblo de Pachacamac alrededor de las dos de la tarde y, avanzando por sus calles sembradas de ídolos de palo, subió al santuario del dios más poderoso de la costa….
5. Busto, José Antonio del. Historia general del Perú; descubrimiento y conquista. Lima: Studium, 1978, 561 pp.
BUSTO, 1978: 82-83
… A la Barranca llegaron en la siguiente jornada (28 de enero), luego a Huaura (29 de enero), Lachay o el Tambo de las Perdices (30 de enero), Chancay o Suculachumbi (31 de enero), donde a todos —por la noche— sacudió un fuerte temblor de tierra que espantó a los aborígenes por creerlo advertencia del divino Pachacamac. Por fin, por la tarde del sábado 1º de febrero de 1533, Hernando Pizarro y sus hombres avistaron el gran santuario yunga…
6. Silgado, 1978: 16, 119*
… Por enero de 1533, un recio temblor de tierra es advertido por Hernando Pizarro y su comitiva antes de que llegasen al santuario de Pachacamac, situado al sur de Lima…
7. Ocola, 1984: 30*
… LCO 1533/ 01 00/ 00 00 00/ ?/ -12.200 -77.800/ 30.
8. Huaco, 1986: s/p*
… PE00015/ 115/ IGO/ 1533 01 00/ -12.200, -77.800/ M/ 30/ OM…
… PE00020/ ?/ IGH/ 1533 02 00/ -12.300, -77.300/ M/ ?/ ?…
Comentarios
Este sismo es importante, pues es el primero vivido directamente por los españoles, y es valioso además porque corresponde a una fecha tan temprana como 1533, apenas un año después de haberse producido la captura del Inca en Cajamarca. En las fuentes exhibidas pueden apreciarse dos niveles de referencia. En las contemporáneas al suceso —como las crónicas de Estete o Fernández de Oviedo—, la indicación de la ocurrencia sísmica es más bien imprecisa, no especifica fecha alguna y solo alude al sismo como ocurrido la noche anterior al arribo al santuario de Pachacamac. No ocurrió, en consecuencia, en el instante en que los españoles ingresaban al santuario, como lo afirman Prescott, Middendorf y Polo. No se ofrece, por lo tanto, ni un momento ni un lugar en específico para datar y ubicar un sismo que fue sentido directamente.
El segundo nivel de referencia se caracteriza por su apreciable grado de exactitud: las obras consultadas sobre la marcha de Hernando Pizarro al Cusco (Busto, 1967; 1978) dan cuenta de lugares y fechas que permiten establecer, como fechas posibles del sismo, tanto el viernes 31 de enero como el sábado 1 de febrero de 1533. Esta afirmación se basa en que el arribo de los españoles a Chancay —cuya antigua toponimia yunga era Suculachumbi— se produjo, indudablemente, el 31 de enero, y tampoco cabe duda de que es la localidad donde sintieron el sismo. No obstante, la afirmación de que allí fue en “donde a todos —por la noche— sacudió un fuerte temblor de tierra que espantó a los aborígenes”, podría estar indicando, o bien la noche del 31 de enero, o bien la madrugada del 1 de febrero.
Las eruditas contribuciones de José Antonio del Busto han ayudado a aclarar el panorama, superando la simple mención que Polo o Silgado hacían del sismo, en la que indicaban solo el mes —enero, en opinión de Silgado, y febrero, en la de Polo—, sin permitirnos, de paso, conocer las razones de su elección ni los autores que consultaron. Ahora sabemos que Polo yerra cuando afirma que el sismo fue sentido en Pachacamac, en el momento del ingreso al santuario, cuando ya se ha dilucidado que los expedicionarios españoles lo experimentaron en Chancay, localidad costera como Pachacamac, pero ubicada 150 kilómetros hacia el norte. Silgado, a su vez, no arriesga en la identificación del lugar y se limita a afirmar, de manera genérica, que se sintió antes de llegar al santuario.
Por otra parte, dada la dependencia de Ocola y Huaco a las informaciones suministradas por Polo o Silgado, consideramos que sus registros carecerían de validez, dada la inexactitud de sus fuentes. No debe soslayarse el hecho de que el catálogo de Huaco registra dos eventos distintos, supuestamente ocurridos en enero y febrero, presunción falsa, pues se trata del mismo evento. Por lo tanto, aunque resulta válido tanto afirmar que el sismo ocurrió el 31 de enero como que sucedió el 1 de febrero, optamos por la primera de las fechas, no sin enmarcarla entre signos de interrogación, como se aprecia en el cuadro de referencia.
1541

Fuentes contemporáneas
1. López de Gómara, Francisco: Historia General de las Indias y Vida de Hernán Cortés [1552]. [Zaragoza, en casa de Agustín Millán]. Prólogo y cronología de Jorge Gurria Lacroix. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979, 373 pp.
GÓMARA [1552], 1979: 206
[Cap.] CXLIII: “La entrada que Gonzalo Pizarro hizo a la tierra de la canela”.
… Llegó [Gonzalo Pizarro] al Quito, reformó algunas cosas del gobierno, proveyó su ejército de indios de carga y servicio […] y partióse en demanda de la Canela […]. Caminó hasta Quijos que es al norte de Quito y la postrera tierra que Guaynacapa señoreó. Saliéronle allí muchos indios como de guerra, mas luego desaparecieron. Estando en aquel lugar tembló la tierra terriblemente y se hundieron más de sesenta casas y se abrió la tierra por muchas partes. Hubo tantos truenos y relámpagos, y caló tanta agua y rayos, que se maravillaron. Pasó luego unas sierras, donde muchos de sus indios se quedaron helados, y aun, allende del frío, tuvieron hambre. Apresuró el paso hasta Cumaco, lugar puesto a las faldas de un volcán y bien proveído. Allí estuvo dos meses, que un solo día no dejó de llover y así se les pudrieron los vestidos. En Cumaco y su comarca, que cae bajo o cerca de la Equinoccial, hay la canela que buscaban…
2. Zárate, Agustín de. Historia del descubrimiento y conquista del Perú con las cosas naturales que señaladamente alli se hallan y los sucesos que ha avido [1555]. [Amberes, en casa de Martín Nucio]. Edición de Jan Kermenic; prólogo de Raúl Porras Barrenechea. Lima: Librería e Imprenta Miranda, 1944, [333 pp.].
ZÁRATE [1555], 1944: 107
Lib. IV: “Del viaje de Gonzalo Pizarro hizo al descubrimiento de la provincia de la Canela y de la muerte del Marqués”.
Cap. II: “De cómo Gonzalo Pizarro partió de Quito y llegó a la Canela y de lo que acaeció en el camino”.
… Habiendo aderezado Gonzalo Pizarro las cosas necesarias para su viaje, partió de Quito, llevando consigo quinientos españoles bien aderezados, los ciento de caballo con dobladura, y mas de cuatro mil indios amigos, y tres mil cabezas de ovejas y puercos. Y después que pasó una población que se llamaba Inga, llegó a la tierra de los Quixos que es la última que conquistó Guaynacaba hacia la parte del septentrión, donde los indios le salieron de guerra, y en una noche desaparecieron todos, que nunca más ninguno pudieron haber. Y después de haber allí reposado algunos días en las poblaciones de los indios, sobrevino un tan gran terremoto con temblor y tempestad de agua y relámpagos y rayos y grandes truenos, que, abriéndose la tierra por muchas partes, se hundieron más de quinientas casas; y tanto creció un río que allí había, que no podían pasar á buscar comida, a cuya causa padecieron gran necesidad de hambre. Y después de partidos destas poblaciones, pasó unas cordilleras de sierras altas y frías, donde muchos de los indios de su compañía se quedaron helados…
3. Zárate, Agustín de. Historia del descubrimiento y conquista del Perú [1555]. Edición, notas y estudio preliminar de Franklin Pease G.Y. Lima: PUCP, 1995, 435 pp.
ZÁRATE [1555], 1995: 136
Lib. IV: “Del viaje de Gonzalo Pizarro hizo al descubrimiento de la provincia de la Canela y de la muerte del Marqués”.
Cap. III: “De cómo Gonzalo Pizarro partió de Quito y llegó a la Canela y de lo que le acaeció en el camino”.
… Gonzalo Pizarro […] llegó a la tierra de los Quixos […] y después de aver allí reposado algunos días en las poblaciones de los indios sobrevino un tan gran terremoto con temblor y tempestad de agua y relámpagos y rayos y grandes truenos que, abriéndose la tierra por muchas partes, se hundieron mas de quinientas casas; y tanto creció un río que allí avía que no podían pasar a buscar comida, a cuya causa padecieron gran necesidad de hambre…
Fuentes secundarias
1. Prévost, Antoine François. Histoire general des voyages, ou Nouvelle collection de toutes les relations de voyages par mer et par terre, qui ont été publiées jusqu’a présent dans les différentes langues de toutes les nations connues: pour former un systeme complet d’histoire & de géographie moderne […]. Veinte tomos. Paris: Chez Didot, 1746-1789.
PRÉVOST, 1756, XIII: 104
… Gonzalo partió de su nueva gobernación con doscientos españoles, la mitad a caballo, cuatro mil indios y todas las municiones necesarias para una gran empresa. Se contaban, entre sus provisiones, tres mil bestias. Después de haber pasado una pequeña ciudad, que se llama Ynga, entró en el País de Quixos donde estaban marcadas, del lado del norte, las conquistas de un antiguo general peruano llamado Guaynacava [sic]. Recibió rudos ataques y la naturaleza pareciendo secundar a los indios, fue sorprendido por un temblor de tierra, acompañado de truenos espantosos y una temible lluvia. La tierra se abrió en diversos lugares y se tragó más de quinientas casas. Un río cercano al lugar, creció hasta llevar sus efectos bastante más lejos de sus orillas… [Traducción nuestra.]
2. Perrey, Alexis. Documents sur les tremblements de terre au Pérou, dans la Colombie et dans le bassin de l’Amazone, recueillis, traduits et mis en ordre par […]. Bruxelles: Imprimerie de M. Hayez, 1857, 134 pp.
PERREY, 1857: 7
Cita a:
1. Prévost, 1756. Histoire géneral des voyages. Paris. T. XIII.
2. Landgrebe, 1855. Naturgeschichte der vulcane. [Gotha]. Tomo I.9 (Identificado. No consultado.)
… 1538 [sic]. Alrededor del mes de setiembre. Gonzalo [Pizarro] entró en el país de Quixos donde estaban marcadas, del lado del norte, las conquistas de un antiguo general peruano. Fue sorprendido por un temblor de tierra, acompañado de truenos y una violenta lluvia. La tierra se abrió en diversos lugares y se tragó más de 500 casas. Un río cercano al lugar, creció hasta llevar sus efectos bastante más lejos de sus orillas bordes… [Traducción nuestra.]
3. Raimondi, Antonio. El Perú. Historia de la geografía del Perú [1876]. Tomo II. Lima: Universidad Nacional de Ingeniería, 1965, 475 pp.
RAIMONDI [1876], 1965, II: 120
Cap. X: “Descubrimiento del río Napo y del gran río Amazonas”. Reproduce:
1. López de Gómara, [1552]. Historia general de las Indias […]. Zaragoza.
2. Zárate, [1555]. Historia del descubrimiento […]. Amberes.10
4. Medina, José Toribio. “Estudio histórico del descubrimiento del río Amazonas” [1894], en Carvajal, Fray Gaspar de. Relación del nuevo descubrimiento del Río Grande de las Amazonas. Guayaquil: Biblioteca Ecuatoriana Amazónica, 1992.
MEDINA, 1894: 44-45
… [Gonzalo Pizarro se había] hecho cargo del gobierno el 1 de diciembre de 1540 [él era] […] el alma de la empresa […]. Salían de Quito al finalizar el mes de febrero de 1541 los primeros soldados de aquella tan brillante expedición […] de esta manera anduvieron hasta que llegaron al valle de Zumaco, distante 30 leguas de Quito […] en este punto, o muy poco más adelante, fue donde Orellana y la gente que consigo traía se reunió al cuerpo expedicionario…
5. Polo, 1899: 5*
… 1540 [sic]. Al principio de este año, dirigiéndose de Quito al país de la Canela, en la región del Napo, Gonzalo Pizarro y sus compañeros, al trasmontar los Andes, sintieron un formidable terremoto, que pareció hundir los cerros desde su base; se abrió la tierra para dar escape a exhalaciones sulfurosas y se hundió una aldea de cerca de 500 casas…
6. Rumazo, José. La región amazónica del Ecuador en el siglo XVI. Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1946, xi + 268 pp.
RUMAZO, 1946: 52-54
… Gonzalo, no bien llegado [a San Francisco de Quito] decidió emprender sin demora la conquista de la Canela […]. Había reunido hasta 4000 indios y por lo menos 220 españoles […]. Salió de Quito a fines de febrero de 1541 […]. A poco de haber salido, al atravesar los Andes, andadas apenas siete leguas, perecieron de frío más de 100 indios […]. Los españoles sufrieron el rigor de la nevada pero no pereció ninguno y desde allí comenzaron a caminar por una región bastante áspera, abriéndose camino con hachas y machetes por entre la espesura de los bosques. Así llegaron al valle de Zumaco, distante treinta leguas de Quito y que era el sitio que hasta entonces habían encontrado más poblado y mejor provisto. En este punto o muy poco más adelante fue donde se reunió Orellana con el Gobernador. Este encuentro debió realizarse a fines de marzo. Las lluvias comenzaban a ser más abundantes […] resolvióse que Pizarro avanzase con 80 hombres a pie pues para los caballos se hacía imposible el tránsito por los bosques. Al cabo de 70 días en que pasaron grandes trabajos y hambres […] Gonzalo Pizarro daba ya con los primeros árboles de canela. Por desgracia, esta planta se encontraba dispersa en grandes trechos y empezaron a comprender los expedicionarios que su comercio no ofrecería granjería alguna…
7. Busto, José Antonio del. “Marchas y navegaciones en la conquista del Perú”. Boletín del Instituto Riva Agüero, n.o 7, 1966-1968, pp. 36-45.
BUSTO, 1966-1968: 43
… Por Pascua de navidad de 1540 Gonzalo Pizarro y sus hombres partieron de San Francisco de Quito con dirección al Levante [Este]. Pasaron por las provincias que llamaron de Quijas, Zumaco y País de la Canela…
8. Busto, 1978: 247
… Gonzalo [Pizarro] había salido de esa población [Quito] por Pascua de Navidad de 1540, juntándosele por esta causa [Francisco] Orellana sólo en el pueblo de Motín. La hueste entonces se mostró organizada de la siguiente manera: Capitán General era Gonzalo Pizarro; Lugarteniente Francisco de Orellana […]. Con este orden se penetró a la provincia de los Quixos, la última del territorio incaico de aquella parte, donde los expedicionarios soportaron un espantoso terremoto unido a tempestad de truenos, tragándose la tierra quinientas chozas de indios y embolsándose peligrosamente el río, espectáculo que aterró a los caneleros…
9. Ocola, 1984: 30*
… 1541. Marzo…
… LCO 1541/ 03 00/ 00 00 00/ ?/ -0.500 -78.100/ 30…
10. Silgado, Enrique. Investigación de sismicidad histórica en la América del Sur en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Lima: Ceresis/ Concytec, 1992, 108 pp.
SILGADO, 1992: 3, 97
Cita a:
1. Zárate [1555], 1944. Historia del descubrimiento […]. Lima.
2. Rumazo, 1946. La región amazónica […]. Sevilla.
… 1541. Abril. Ocurrió durante la expedición de Gonzalo Pizarro al País de la Canela. Después de cruzar la tierra de los Quixos que era la última que conquistó Huayna Capac hacia la parte del Septentrión y luego de resistir una recia asonada de los naturales, los conquistadores pasaron a descansar en unas poblaciones de los indios. Pero estando entregados al reposo “sobrevino un gran terremoto con temblor y tempestad de agua y relámpagos y rayos y grandes truenos que abriéndose la tierra por muchas partes, se hundieron más de quinientas casas; y tanto creció un río que allí había, que no podían pasar a buscar auxilio, a cuya causa padecieron gran necesidad de hambre…
… 1541. Abril. Región de Quixos. Intensidad máxima VIII…
11. Escuela Politécnica Nacional. Instituto Geofísico (IGEPN). [Quito, 2003]: <http://www.igepn.edu.ec>.
IGEPN, 2003
… Abril 1541. (-0.10, -77.80) Intensidad VIII. Napo…
… 1541, [abril]. Destruido un pueblo de unas 60 casas en la falda oriental de la Cordillera Real. Sentido en Quito…
Comentarios
En nuestro elenco de fuentes no incluimos el famoso relato de Gaspar de Carvajal, pues se inicia en el momento en que acompaña al expedicionario Francisco de Orellana hacia el Amazonas. Si bien el sismo lo debió padecer directamente Carvajal, pues acompañó a Gonzalo Pizarro desde su salida de Quito, no existe un relato suyo sobre aquel. Los textos que hemos insertado permiten observar el modo como se ha ido delineando mejor el conocimiento de este movimiento telúrico, el primero registrado en el Ecuador para el siglo XVI.
Las primeras informaciones provenientes de las crónicas aportan toponimias y personajes que ayudan a situar la zona probable donde ocurrió el evento, por sus efectos sobre el territorio, de una magnitud VIII según opinión de geofísicos ecuatorianos. También pueden advertirse los errores de datación de aquel, pues, de una absoluta indefinición cronológica sobre su ocurrencia, Perrey arriesga 1538 como año de ella, para luego Medina y Polo ubicarla dos años después. 1541 ya se perfila como año definitivo, gracias al estudio de Rumazo, corroborado luego con la exhaustiva indagación de Del Busto. Determinado el año y la región afectada, es Silgado el primero en asignarle intensidad VIII, al parecer retomada luego por el Instituto Geofísico de Quito. A pesar de reconocérsele como un sismo con probable epicentro en territorio ecuatoriano, ello no obsta para considerar el hecho de que algunos de sus efectos, a la luz de su alta intensidad, debieron sentirse en la actual selva norte peruana.
1543

Fuentes contemporáneas
Sin datos.
Fuentes secundarias
1. Polo, 1899: 5*
… Fuerte temblor en Tarapacá, que impidió á los indios descubrir, al encomendero Lucas Martínez Begazo, poblador de Arequipa, la mina del sol, de plata acendrada, que antes explotaban…
2. Montessus de Ballore, Ferdinand. Historia sísmica de los Andes meridionales. Segunda parte. Santiago: Imprenta Cervantes, 1912, 236 pp. + 10 láminas.
MONTESSUS, 1912: 7
Reproduce:
1. Polo [1899].11
Comentarios
Se trata de un sismo para el que contamos únicamente con la aislada referencia de Polo, quien omitió citar su fuente. Las búsquedas han sido infructuosas; existe apenas escasa mención al encomendero Lucas Martínez en el Diccionario de Mendiburu. Montessus, valiosísima fuente para otros casos, no representa aporte novedoso alguno, pues sigue a Polo ad pedem litterae. Es evidente que representa un temprano evento sísmico, para el que deben adelantarse pesquisas en archivos de la antigua provincia peruana de Tarapacá, perdida de facto a raíz de la Guerra del Pacífico, y formalmente tras la suscripción del Tratado de Ancón en octubre de 1883. Dicha búsqueda no es en absoluto desdeñable, pues es la única indicación disponible de sismicidad ocurrida en la zona en el siglo XVI. De todo lo visto, consideramos que la existencia de apenas una única referencia hace que nos inclinemos por asignarle un bajo índice de confiabilidad: 1.
¿1545?

Fuentes contemporáneas
1. “Ordenanzas que para el buen gobierno de la Ciudad de los Reyes expidió en Madrid a 19 de noviembre de 1551”, en Torres Saldamando, Enrique. Libro primero de Cabildos de Lima. Tomo III. Lima, 1888.
ORDENANZAS [1551], 1888, III: 54
… Otro si: Vista la desorden que en esta ciudad ha havido en hazer oyos e cavas dentro del circuito della y muchas de ellas estan ruinosas, ordenaron e mandaron que de aquí en adelante ninguna persona pueda en ninguna parte en esta ciudad ni en un quarto de legua a la redonda habrir oyos ni sacar tierra para hacer adoves ni otra cosa alguna ni en los caminos reales aunque sea fuera del quarto de legua sopena de 50 pesos al que hiziere el tal hoyo y si hubiere hecho adoves los aya perdido…12
2. Cobo, Bernabé. “Historia del Nuevo Mundo” [1653], en Obras del P. Bernabé Cobo. Dos tomos. Madrid: Biblioteca de Autores Españoles, 1956.
COBO, [1653], 1956, II: 107
Lib. II, cap. XXI.
… No ha recibido esta ciudad [de Lima] gran daño de los temblores como otras de este reino y particularmente estos últimos años donde los temblores han sido menos y no tan rigurosos. Lo cual (allende que lo tengo por favor especial de Dios por la intrecesión de su Santísima Madre, a quien esta república tiene por abogada contra los temblores) lo atribuyen algunos a los muchos pozos que se han hecho de pocos años a esta parte…
Fuentes secundarias
1. [Anónimo]. “Relación del temblor que arruinó a Lima el 20 de octubre de 1687” [1693], en Odriozola, Manuel de. Terremotos. Colección de las relaciones de los más notables que ha sufrido esta capital y que la han arruinado. Lima: Tipografía de Aurelio Alfaro, 1863, 205 pp.
ANÓNIMO [1693], 1863: 24
… Muchos son los terremotos que la han afligido, repitiendo la memoria otros tantos recuerdos la ira de Dios. El más terrible que se había padecido, según las historias, sucedió imperando el Señor Carlos V, que asoló la ciudad, si bien en aquel tiempo fue mucho menor la ruina, por ser más corta la población y sin la hermosura que ahora tenía de soberbios edificios y suntuosos templos; e informado el Señor Emperador Carlos V de la calamidad de Lima, despachó de parecer de San Pedro Alcántara, su confesor, una cédula de gran consuelo y honra, ordenando que las paredes de los edificios, por ser la rejión tan expuesta aterremotos, no excediesen la altura de seis varas; previendo sin duda el santo con luz profética las ruinas que después habían de sobrevenir. Y se notó por circunstancia especial que el día 20 de octubre, en que sucedió el temblor [de 1687] se celebraba el oficio y fiesta del dicho San Pedro Alcántara, por haber caído en Dominica su propio día, que es a 19, acordando el santo con el temblor en el día 20 el olvido y poco aprecio que se había hecho de su consejo y aviso…
2. Mendiburu, Manuel de. “Prontuario para recordar los terremotos y los más notables temblores experimentados en Lima y otros puntos en la época del gobierno español”, en Mendiburu, Manuel de. Diccionario histórico-biográfico del Perú [1874-1890]. Once tomos. 2.a ed. Adiciones y notas publicadas por Evaristo San Cristóbal. Lima: Librería e Imprenta Gil, 1931-1934.
MENDIBURU [1890], 1934, XI: 416
… Desde la fundación de Lima se experimentaron fuertes temblores, bien que no encontramos datos para conocer las fechas y la importancia de ellos. Carlos V con noticia de varios que habían acaecido, se ocupó de dictar disposiciones precautorias para que sus efectos fuesen menos perjudiciales…
3. Middendorf [1893], 1973, I: 98
… Durante el tiempo del Emperador Carlos V se produjeron varios fuertes terremotos que causaron pocos daños, ya que los establecimientos contaban sólo con construcciones ligeras. De todos modos, el Emperador ordenó por consejo del padre franciscano Fray Pedro de Alcántara, que las paredes de las casas en el Perú no debían tener más de seis varas de alto en su construcción…
4. Polo, 1898: 324*
Cita a:
1. Maffei [s.a.]. Historiarum ab excessu Gregorii XIII […]. Bergamo.
… [1582] El 2 de julio, en la mañana temprano, a las 5h. 30 a.m. hubo un fuerte temblor que asoló a Arequipa y que hizo daños en Lima. El Quinistaquilla arrojó tanta ceniza que destruyó muchos viñedos y olivares y llegó a Lima. Se oyeron los rugidos del volcán hasta 150 leguas. Con motivo de este temblor, y por consejo de San Pedro de Alcántara, confesor entonces de Carlos V, ordenó éste por una real cédula, que no excediesen los muros de los edificios de seis varas de altura, disposición que se observó en lo sucesivo en todas las construcciones (3)13 [Maffei. Historiarum ab excessu Gregorii XIII. Lib. I]…
5. Bachmann, Carlos. “Fenómenos sísmicos notables habidos en Lima en los cuatrocientos años que tiene de fundada”. Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima. Tomo LII, 1935, pp. 83-96.
BACHMANN, 1935: 83
Cita a:
1. POLO, 1899. Sinopsis…, p. 324.
… El 2 de julio, a las 5:30 de la madrugada hubo un fuerte temblor que hizo daños en Lima y que asoló Arequipa. El Quinistaquilla arrojó tanta ceniza que destruyó muchos viñedos y olivares. Se oyeron los rugidos del volcán hasta 150 leguas. Con motivo de este temblor [sic], y por consejo de San Pedro de Alcántara, confesor entonces de Carlos V, ordenó éste por una real cédula, que no excediesen los muros de los edificios de seis varas de altura, disposición que se observó en lo sucesivo en todas las construcciones. Algún autor señala como fecha de este terremoto el mismo 2 de julio pero del año 1582 lo que indudablemente es un error, toda vez que Carlos V abdicó en 1555, retirándose desde entonces al monasterio de Yuste…
6. Huaco, 1986: s/p*
… PE00035/ IGH/ 1552 07 00/ 10:30:00/ -16.600, -71.300/ M/ 30/ OM.
Comentarios
Al indicar Bachmann que “Algún autor señala como fecha de este terremoto el mismo 2 de julio pero del año 1582 lo que indudablemente es un error, toda vez que Carlos V abdicó en 1555, retirándose desde entonces al monasterio de Yuste”, es evidente que se refiere a Polo. Si comparamos los textos de Bachmann (1935) y Polo (1899), encontraremos coincidencias literales. No obstante, aquel detecta y evidencia un error flagrante en Polo, pues si Carlos V dio órdenes específicas en materia de construcciones para Lima, ello no podía haber sido a consecuencia del terremoto de 1582 —como afirma Polo—, ya que para ese año tanto el emperador como san Pedro Alcántara habían fallecido: el primero en 1558, en Yuste, en donde se había recluido desde 1557, y el franciscano en 1562.14
Sin embargo, queda aún por resolver un hecho: identificar el sismo que llevó a tomar tales previsiones arquitectónicas para Lima. Las Ordenanzas expedidas por Carlos V no aluden directamente a un evento sísmico, sino a la costumbre de los vecinos de Lima de hacer hoyos, acción que en esos tiempos se entendía como eficaz mecanismo para paliar los efectos de los sismos. Se tenía la idea de que estos se originaban por la acción de vientos formados en el interior de la tierra y que en su avance hacia la superficie provocaban los movimientos telúricos; de ahí que la acción de cavar hoyos implicaba un método que facilitaba su paso hacia la superficie. Nótese que la idea seguía aún vigente al cabo de un siglo, como se desprende del testimonio del P. Cobo y del relato del terremoto de 1687.
La primera mención explícita a la acción del emperador Carlos en materia antisísmica aparece en la información proporcionada por el Anónimo — escrita a fines del siglo XVII—, reproducida por Odriozola; Mendiburu la retoma y la sintetiza. O se trata de un sismo anterior a la abdicación de Carlos V en 1555 —e incluso a la expedición de las ordenanzas de 1551—, o se trata más bien del terremoto de 1582, que refiere Polo, aunque reconociendo su yerro, pues insertó equívocamente las disposiciones arquitectónicas del Emperador, las cuales, de haber sido dadas en los términos descritos, se refieren necesariamente a un evento anterior. Y lo que además está por resolverse es identificar la fuente usada por Middendorf, que podríamos suponer es el Diccionario de Mendiburu, o bien la Relación de 1687 —probablemente la obra del P. Joseph de Buendía, como lo dilucidaremos en el catálogo correspondiente al siglo XVII—, publicada por Odriozola. Y hasta es posible que Polo haya tomado la información del alemán o haya accedido directamente a Mendiburu u Odriozola. Creemos, de lo expuesto, no exceder nuestra presunción si le reconocemos a este sismo, tan poco avalado documentalmente, apenas 1 como índice de confiabilidad, aun cuando no le asignemos numeración específica en el catálogo, pues estaría refiriéndose a una serie de eventos y no a uno en particular.
1553

Fuentes contemporáneas
Sin datos.
Fuentes secundarias
1. Polo, 1899: 5-6*
… Temblor en Lima, el mayor desde su fundación…
2. Bachmann, 1935: 83*
… En este año hubo un temblor en Lima, el mayor desde su fundación. No tenemos más datos; ni siquiera hemos podido averiguar día y mes…
3. Silgado, 1965-1967: 197*
… Ocurrió el primer temblor de Lima después de su fundación…
4. Huaco, 1986: s/p*
… PE00040/ IGH/ 1553 00 00/ -12.080, -77.000/ M…
Comentarios
Las referencias a este sismo —ocurrido en Lima, probablemente, en 1553— son interesantes por las variaciones que presentan. Polo y Bachmann —el segundo, siguiendo al primero— aluden a aquel como “el mayor desde su fundación”, lo que implica que hubo, en los dieciocho años corridos desde la fundación de la ciudad capital, sismos menores. La discrepancia surge a la luz de la información ofrecida por Silgado, la que creemos equivocada, pues, sin citar fuente contemporánea alguna, identifica a aquel sismo, no como el más grande —el mayor—, sino como el primero en ser sentido en la capital. Por ello, y en este caso específico, la información de Silgado es descartable por falta de fiabilidad. Por último, la información de Huaco simplemente sigue el texto ofrecido originalmente por Polo.
1555

Fuentes contemporáneas
1. Concejo Provincial de Lima. Libros de Cabildos de Lima; 1553-1557. Tomo V. Descifrados y anotados por Bertram Lee. Lima: Impresores Sanmarti y Cía./Torres Aguirre, 1935, 697 pp.
LEE [1555], 1935, V: 349-350
Cabildo de la Ciudad de Los Reyes. Lunes 18 de noviembre 1555.
… en este cabildo se trato que de causa del temblor que subçedio en esta ciudad [Lima] el viernes proximo pasado a quinze días deste presente mes e que de las casas que esta çiudad tiene por propios se maltrataron e las paredes se hundieron de manera que los edificios de ellas estan peligrosos e para caer e demás del daño que los propios de esta ciudad recibirían si se cayesen por estar tales los moradores de algunas de ellas an desamparados e podrían caer e matar a algunas personas e fazer otros daños, por tanto dixeron que cometían y cometieron al dicho Sr. Francisco de Ampuero, regidor de esta ciudad que junte dos albañiles y dos carpinteros los que le pareciere y ante mi el presente escribano vayan y vean todas las dichas casas que están abiertas y maltratadas y de que tiene sospecha caerán e las demás que menester tuvieran reparo e visto e trazado el edificio así de albañilería, como de carpintería que fuera necesario e que sin ello no se puedan pasar para ponerlas de la manera e forma que estaban con sus altos tiendas de manera que en ellas se puedan habitar y se puedan arrendar y estaban al tiempo que se compraron añadiendo o quitando los que les paresciere que conviene teniendo atención que dicha obra sea perpetua y bien edificada con la menor costa…
2. Levillier, Roberto. Gobernantes del Perú; cartas y papeles, siglo XVI. Documentos del Archivo de Indias. El virrey Conde del Villar, 1584-1587. Tomo X. Madrid: Imprenta de Juan Pueyó, 1925.
LEVILLIER, 1925, X: 171
Conde del Villar al Rey. Los Reyes, 3 noviembre 1586.
… El miércoles 9 de julio octavo dia de la Visitación de Nuestra Señora deste año de 1586 […] entre las siete y ocho della començo a temblar la tierra en esta ciudad de Lima y puerto del Callao lentamente y ansi lo hizo tiempo en que se pudiera rezar un credo […] y según afirman los españoles y naturales no lo fueron tanto todos los que se acuerdan ni los de los años de 1555 y 81 y 84 que dicen auer sido los mayores que hasta entonces de havian visto y no hizieron todos juntos el daño que este y pareciose bien en sus efectos porque aquellos aunque mal tractaron algunas casas en esta dicha ciudad y puerto derribaron pocas…
Fuentes secundarias
1. Silgado, 1978: 16, 119
Reproduce:
1. Lee, 1935. Libros de Cabildos de Lima. Tomo IV [sic]. Lima.
… 1555. Noviembre 15. Ocurrió en Lima un temblor, el más fuerte desde su fundación, que causó muchos desperfectos en sus edificaciones. En el cabildo del 18 de Noviembre…15
2. Ocola, 1984: 30*
… LCO 1555/ 11 15/ 00 00 00/ -11.900, -77.600/ 30…
3. Huaco, 1986: s/p*
… PE00045/ 115/ IGO/ 1555 11 15/ -11.900, -77.600/ M/ 30/ OM…
4. Silgado, 1992: 3-4, 97
Cita a:
1. Lee, 1935. Libros de Cabildos de Lima. Tomo IV [sic]. Lima.16
… 1555. Noviembre 15. Intensidad Máxima: VI…
5. IGEPN, 2003
Cita a:
1. Silgado, 1978.
2. Silgado, 1992.
Comentarios
Según testimonios recogidos en Lima a fines del siglo XVI por el virrey Conde del Villar, los grandes terremotos ocurridos en la ciudad fueron tres: los de 1555, 1581 y 1584. Es por demás significativo que en 1586 —cuando el virrey recoge esta información, como se aprecia en el texto inserto, recogido por Levillier— aún se guardara memoria vívida de un terremoto ocurrido treinta años atrás, lo que demostraría su alto grado de intensidad.
No puede negarse el mérito de Silgado al haber hallado esta referencia en los Libros de Cabildos de Lima, pues el sismo fue desconocido para Mendiburu y Polo. La confiabilidad de ocurrencia es alta, por contar con una fuente contemporánea y directa —léase, de vistas—, como son los libros de cabildos, aunque por el hecho de ser la única fuente disponible creemos conveniente asignarle 4 como índice de confiabilidad. Los catálogos de Ocola y Huaco siguen a Silgado y consignan la misma fecha. Un aporte relevante es el esfuerzo de Silgado (1992) de otorgarle el respectivo grado de intensidad, VI, lo cual estaría revelando un sismo medianamente fuerte.
1555

Fuentes contemporáneas
1. Barriga, Víctor. Documentos para la historia de Arequipa; 1534-1558. Documentos inéditos de los archivos de Arequipa. Tomo I. Arequipa: Editorial La Colmena, 1939, 419 pp.
BARRIGA, 1939, I: 359
“Acuerdo del Cabildo para que se festejen con toros las fiestas de la Ciudad”. Libro de Cabildos de Arequipa, sesión 10 de agosto de 1555.
… E luego en el dicho cabildo sus mercedes dixeron que en esta cibdad solia haber muchos temblores de que cayan muchas casas y morían algunas personas e para ampara dello despues de la gracia divina abian tomado por patrona desta cibdad a Santa Marta…
BARRIGA, 1939, I: 264
“Santa Marta en sorteo por el Cabildo fue declarada Patrona de la ciudad de Arequipa […]”. Libro de Cabildos de Arequipa, sesión 30 de setiembre de 1558.
… En este cabildo sus mercedes trataron de que por razón de los terremotos, temblores de tierra e otras tempestades que en el ámbito desta cibdad frecuentemente en los años pasados después de su fundación solían ocurrir y se hacía daños asi en ruinas como en muertes de personas e para tomar patrono e abogado para que Dios Nuestro Señor no executase su ira sorteado el santo que s etomaría por abogado por tres veces salió e cupo la suerte a la bienaventurda Santa Marta…
Fuentes secundarias
1. Silgado, 1978: 16, 119
Reproduce:
1. BARRIGA, 1939. Documentos […]. Arequipa.
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