Kitabı oku: «Macrobiótica I»

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MACROBIÓTICA I

ALIMENTACIÓN SEGÚN DIAGNÓSTICO MORFOLÓGICO

Introducción a los principios básicos de la filosofía y la medicina oriental, la alimentación macrobiótica equilibrada y la cocina medicinal

Loli Curto

Queda prohibida sin la autorización escrita de la titular del copyright la reproducción o la traducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio o procedimiento. ¡Gracias!

© 2020 Loli Curto.

Libre Edición.

ISBN ePub: 978-84-17307-58-5

Primera edición.

Texto: Loli Curto

Diseño portada y edición: Mila Haru

Fotografía: Sara Casas Curto

Maquetación: Fabiana Montiveros (Libre Publicación)

y Elisa Orozco (Se hacen libros)

Índice

Biografía La autora

Introducción ¿Por qué este libro?

• ¿Por qué se contradice la información sobre alimentación?

• El efecto placebo

PARTE I FILOSOFÍA UNIVERSAL

• Capítulo 01. Las filosofías fundamentales

• La antropología religiosa

• La medicina hipocrática

• El poder curativo de la naturaleza

• Simbolismo y mitología

• Capítulo 02. La filosofía oriental y el yin y el yang

• La filosofía oriental

• Origen del símbolo del yin y el yang

• Características del yin y el yang

• Los cinco elementos

– El flujo diario del Qi

• El yin y el yang en la vida diaria

• Características yin o yang de los alimentos

– El yin y el yang en la vida moderna

– Los alimentos tienen aplicaciones terapéuticas

• Capítulo 03. Las emociones, los pensamientos y el alma

• Las emociones: cómo se crean

– ¿De dónde proviene la emoción y cómo se genera?

• Los pensamientos: el resultado de las emociones

– Anatomía del pensamiento

• El alma: la energía que anima la materia

• Los alimentos generan reacciones bioquímicas que producen los estados de ánimo

– Una alimentación según diagnóstico

• La morfología

PARTE II LA MACROBIÓTICA

• Capítulo 04. ¿Qué es la macrobiótica?

• Una forma de pensar y un estilo de vida

• ¿Cómo saber cuál es la información correcta sobre alimentación y salud?

• Internet: ¿una ayuda o un obstáculo?

• Adelgazar

• La dieta más estandarizada que propone la macrobiótica

• El Qi

- Cocina macrobiótica medicinal para alimentar nuestro qi

• Capítulo 05. Los alimentos producen los estados de ánimo y los pensamientos

• Cómo los alimentos generan reacciones bioquímicas

• Relación directa entre órganos, alimentos y emociones

• Los órganos producen reacciones positivas y negativas

• La energía térmica

• Los trastornos de conducta pueden modificarse

• Las múltiples funciones no fisiológicas de los órganos

- Los doce órganos y sus funciones de forma comparativa

• La interrelación de los procesos de cocción con los sabores y las energías

• La moda de la dieta alcalina

– ¿Sabemos cuál es el estado y la actividad de cada órgano de nuestro cuerpo en términos ácido-alcalino?

– ¿Sabemos si nuestro estómago está capacitado para digerir y asimilar los alimentos vegetales crudos?

PARTE III DIETAS Y ALIMENTOS

• Capítulo 06. Recomendaciones dietéticas generales y particulares

• Terapia dietética

• La variedad de dietas macrobióticas que contemplamos

• Dieta de adaptación para personas que se inician

• Dieta básica para empezar a equilibrarnos

• Dieta estricta o equilibrada para resolver situaciones crónicas y curarse

• Dieta de mantenimiento

• Adaptación de la dieta

• El ayuno macrobiótico o la monodieta

• La famosa dieta número siete de los macrobióticos (los siete o diez días de arroz integral)

• Las dietas estacionales

– El invierno

– La primavera

– El verano

– Los dojos o entretiempos

– El otoño

• Capítulo 07. Fundamentos de la alimentación macrobiótica

• Alimentos que producen longevidad

– Los longevos de Okinawa

• Clasificación de los alimentos y su yin y yang

• Los cinco sabores

• Cereales y pseudocereales

– Cereales

– Pseudocereales

– ¿Qué es el índice glicémico?

• Cereales

Arroz, Trigo, Los derivados del trigo con y sin gluten, Avena, Centeno

• Pseudocereales

Trigo sarraceno o Fagopyrum aescualentum, Quinoa real, Maíz, Mijo, Amaranto o amaranthus, Hato mugi o Coix lacryma-jobi

• Las proteínas en la dieta macrobiótica

• El colágeno

• El mejor momento del día

• Digestión de las proteínas

• Las proteínas vegetales

- Los alimentos crudos y la vitamina B12

• Las legumbres

Soja blanca Bio, Derivados de la soja blanca, Azuki (soja roja), Lentejas, Beluga linsen, Guisantes, Garbanzos, Soja verde (judía mungo), Soja negra (kuromame), Habas

- Verduras

El yin y el yang de las verduras, Verduras recomendables, Verduras no recomendables, Las algas o verduras del mar

- Germinados de pseudocereales y semillas oleaginosas

Métodos para hacer germinados en casa

• Proteínas de origen animal

• Proteína vegetal: la realidad

• La fitoterapia occidental

– Las verduras silvestres

• La fitoterapia oriental

– Metodología de la preparación para conservar los principios activos

– Condimentos y especias, un buen complemento para incorporar en la cocina macrobiótica

• Los condimentos en la cocina macrobiótica medicinal

• Edulcorantes

• Bebidas: tés y caldos

• Las mejores bebidas

- Algunas recetas de té

• El jarabe de alta fructosa (hfcs)

– La fructosa para diabéticos

– La fruta madura

– La manipulación de la fruta

– La industrialización de la fruta

– Composición de la fruta

– Las frutas en la medicina oriental y la cocina macrobiótica

– Bioquímica compleja en el metabolismo de los azúcares

• Alimentos agresores no recomendables

• Capítulo 08. La bioquímica vegetal en alimentos y las contraindicaciones que presenta

• Los antinutrientes y cómo reducir su efecto en la cocina macrobiótica medicinal

• Los tóxicos alimentarios naturales

• Virtudes y efectos nocivos perjudiciales

• Técnicas de cocción en la cocina macrobiótica

• El fuego y sus funciones transformadoras químicas y alquímicas

• Capítulo 09. Las calorías

• ¿Existen realmente las calorías?

• La energía no se crea ni se destruye, solo se transformA

• ¿por qué hay tantos déficits?

• Los estilos de cocción

• Capítulo 10. Los probióticos o fermentos en la alimentación macrobiótica

• La vanguardia dietética o nutricional

• Alimentos funcionales, un nuevo concepto en Occidente

• Todo tiene un efecto, nada es neutro

• ¿Qué son los probióticoS?

• Fermentos Yin

• Alimentos probióticos de tipo yin o acidificantes

• Alimentos probióticos de tipo yang o alcalinizantes

• ¿Cómo actúan?

• Beneficios que pueden aportar los probióticos a nuestra salud

• ¿Qué es un prebiótico?

• ¿En qué nos ayudan o nos benefician los probióticos?

• ¿Qué es un antibiótico?

• ¿Son interesantes en cualquier época del año?

PARTE IV LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

• Capítulo 11. Alquimia interna

• LA ESTRUCTURA HUMANA MÚLTIPLE

• La esencia de la vida

• Las energías del ser humano y la importancia de la alimentación

A modo de conclusión…

Bibliografía

Biografía
LA AUTORA


Me dedico a mejorar la calidad de vida de las personas, por ello asesoro como naturópata y dietoterapeuta macrobiótica desde hace más de 45 años a todo tipo de clientes que quie­ren mejorar y aprender a autogestionar su propia salud a tra­vés de la alimentación de una forma integral y personalizada.

Mis dietas son específicas en función del diagnóstico y los problemas de salud de cada persona, ya que no aplico con­cep­tos estandarizados. La razón es que a lo largo de mi trayecto­ria he podido comprobar que estos no suelen funcionar para todo el mundo por igual. Entiendo la salud como un estado óptimo, totalitario del ser, que abarca el físico, mental, emo­cio­nal, espiritual y energético. Un enfoque integral y comple­to de la salud obliga a tener en cuenta al ser humano en su conjunto, sin excluir su entorno.

La calidad de vida es el resultado de una combinación compleja de muchas variables. Nuestro bienestar no consis­te tan solo en vivir más tiempo, sino en vivir mejor, por lo que alimentándonos de una forma inteligente y equilibrada y rodeándonos de un entorno menos contaminado y más sa­ludable podremos beneficiarnos de una mejor longevidad.

Los profesionales de la salud se han dedicado en todas las épocas y culturas a estudiar la vida, la muerte y las enferme­dades. En sus comienzos, esta ciencia utilizaba las plantas, los minerales y partes de animales, así como rituales «mági­cos» de curación que eran efectuados por chamanes, sacer­dotes, curanderos o brujos.

Los nativos americanos aseguraban que el «hombre blanco» pensaba con la cabeza, y esto les parecía increíble, inclu­so les causaba risa. Es comprensible que se sorprendieran, ya que la cabeza, es decir, el cerebro, es solo el órga­no inter­pretativo de la realidad, no el perceptivo. «Nuestro primer maestro es nuestro propio corazón», reza un dicho

cheyene.

La medicina oriental estudia los procesos del cuerpo y el recorrido que hace la energía por sus diferentes canales, ór­ganos y sistemas. El estudio y la práctica de la filosofía y la medicina oriental durante todos estos años me han llevado a encontrar algunas respuestas asociadas a una mejor apor­tación en la búsqueda de lo que significa la longevidad. Son muchas las áreas y parcelas que nos pueden ayudar a la com­prensión y buena gestión de la salud, como la ciencia, la bio­logía, la filosofía, la geología, la fisiología, la antropología y la alquimia. En todas hay enormes parcelas de conocimiento que se han ido recopilando a lo largo de los siglos hasta hoy y nos ofrecen una amplia gama de posibilidades.

Lo que diferencia la cultura, la filosofía y la medicina pro­pias de Oriente del sistema occidental es la observación y es­tudio de todo el universo en su conjunto; nada está sepa­ra­do y el ser humano, junto con su entorno, forma una unidad muy variada en sus estructuras y con sistemas y funciones muy diferentes, pero siempre interconectados, como el cuer­po, la mente, los pensamientos, las emociones, el alma y el espíritu.

Mi primer contacto con la Macrobiótica se debió a una dolencia personal. Un año después de experimentar una gran mejora, el impacto y la impresión que causó en mí me lleva­ron a emprender cambios drásticos en mi vida: dejé mis es­tudios académicos y mi trabajo como administrativa para dedicarme por entero al estudio y la práctica de este sistema hasta entonces desconocido para mí. Abrí un centro de salud en Vic (Barcelona) llamado CEREALIA, una tienda de dietética, herboristería y restaurante macrobiótico-vegetaria­no, que dirigí durante 20 años y en el que asesoré a diario a personas con problemas de salud y a otras que solo buscaban orientación dietética para prevenir y mantener una bue­na salud.

En 1983 mis inquietudes existenciales me llevaron a la India y Nepal, donde permanecí un año y experimenté una gran transformación en todos mis ámbitos esenciales inter­nos, que me han marcado profundamente durante mi trayectoria hasta la actualidad. Mi objetivo era conocer Oriente y profundizar en la medicina y la alimentación tradicional ayurvédica de esta cultura (aprovecho para decir que sus principios básicos son los mismos que los de la Macrobiótica, aun­que no en la forma ni la metodología).

Al regresar de la India, en 1984, me formé en naturopatía en Barcelona. Un año después, decidí oficializar mis conoci­mientos e inicié mis estudios de Macrobiótica de primer y se­gundo nivel en el Instituto Kushi de Barcelona, y en 1986 los concluí, con tercer nivel, en el Kushi Institute of Switzerland. Obtuve la titulación en Filosofía y Medicina Oriental, Cocina Macrobiótica Medicinal, Diagnostico Morfológico, Shiatsu y Feng-shui. En paralelo estudié y practiqué duran­te años otras disciplinas como dietética-nutrición, fitoterapia, aromaterapia, salud y alimentación infantil, embarazo, posparto y lactancia.

Como ya he indicado, en esa época descubrí el feng-shui. Lo hice con el profesor italiano Ferro Ledvinca, que no solo me introdujo de lleno en esta disciplina, sino que supo des­pertar en mí una gran pasión e interés por ella y que se ha mantenido hasta hoy. Más tarde amplíe mi formación en Lon­dres en la escuela Feng-Shui Network con el profesor estadounidense William Spear, autor del bestseller sobre feng-shui Made Easy. También lo estudié con el profesor de Macrobiótica inglés Roger Green en esa misma escuela.

Años después realicé un periodo de prácticas de feng-shui con el profesor de Macrobiótica y Medicina Tradicio­nal China Rick Vermuyten, un profesional belga reconocido en va­rios países en los cuales imparte cursos de distintos temas relacionados con la salud. Mi estancia en Barcelona duran­te 14 años la dediqué a esta actividad en exclusiva, con ase­so­ra­miento a empresas en el diseño de proyectos arquitec­tó­ni­cos de nueva construcción: apartamentos, locales de negocio, viviendas…

En la actualidad asesoro a clientes particulares en el ám­bi­to de la salud como naturópata y dietoterapeuta macro­- biótica, así como también a empresas, comercios, locales, oficinas y viviendas de nueva construcción, para la realiza­ción de reformas de todo tipo de espacios con el sistema cu­ra­ti­vo feng-shui. Desarrollo numerosos proyectos de nue­va cons­truc­ción y reformas, además de asesorar en el pro­ceso de se­lección de viviendas de compra o de alquiler para garantizar los resultados, es decir, con organización de la ener­gía en cada espacio de forma equilibrada para obtener bene­ficios en todas las áreas posibles, así como la salud, el bienestar y el confort.

Complemento mi trabajo como asesora macrobiótica y dietoterapeuta con cursos y conferencias en los cuales doy a conocer, además de esta obra, dos libros esenciales, publicados por la editorial Océano: Feng Shui, la salud y el bienestar de tu casa, que ha sido traducido del chino cantonés y reeditado en múltiples ocasiones; y Disfruta de la Macrobiótica. La dieta equili­bra­da, una exposición e introducción a la metodología macro­bió­ti­ca en su totalidad, la filosofía oriental, los cinco elementos, etc., con un amplio recetario para toda la familia, así como algún apa­rtado de alimentación infantil.

Introducción
¿POR QUÉ ESTE LIBRO?

En primer lugar, me gustaría poner un poco de orden en el caos informativo en el que constantemente estamos sumer­gidos. La información que circula sobre alimentación, salud y medicina natural es mucha y muy dispar, y no siempre es correcta. Todos tenemos claro que queremos estar bien y lle­var una dieta sana y equilibrada, pero no funciona cualquier teoría ni es tan fácil como parece. Aquí encontrarás las evi­dencias que podrás contrastar de cómo esos alimentos anun­ciados continuamente como saludables no lo son, sino todo lo contrario. Somos constantemente bombardeados por múltiples tipos de propuestas alimentarias, alimentos mara­villosos o suplementos que prometen milagros. Por eso creo que es importante que aprendamos a detectar los bulos o, como diríamos ahora, las fake news.

Con este libro he querido recopilar y transmitir una vi­sión más concreta y unos conceptos claves para entender cómo empezar a gestionar nuestra propia salud de forma pre­ven­tiva rompiendo teorías y normas que no son co­rrec­tas y que damos por validas sin investigarlas ni comprobar­las. Dedi­cada a la salud, como he comentado estudié du­rante lar­gos años una gran cantidad de disciplinas y teorías médicas de va­rias fuentes, también la dietética occidental, las plantas me­dicinales y la aromaterapia, que practiqué si­mul­táneamen­te. Lo que más captó mi interés durante ese largo periodo fueron las situaciones con personas donde todos estos conoci­mien­tos no fueron suficientes, es decir, no fun­cionaron. Fue un reto y un estímulo permanente de búsque­da e inves­ti­ga­ción para encontrar las respuestas concretas a los interrogantes que me planteaba, especialmente uno: por qué la misma te­rapia dietética funciona en un 50 % de los casos y por qué en el otro 50 % no lo hace. Si persistes y no te des­moralizas ni abandonas, al final comprendes qué sucede en cada caso. La respuesta es muy fácil: lo que sir­ve para resol­ver un proble­ma no lo hace para otro, ya que las causas no son las mis­mas, aunque los síntomas sean similares. Según la filosofía y la me­dicina oriental, se consi­dera que un ciclo de vida son seis periodos de diez años; cuando se cumplen esos sesenta años, la vida vuelve a em­pezar otro ciclo nuevo.

«Rectificar es de sabios» es una de mis frases preferidas. Esa actitud me ha funcionado mucho mejor que cuando me basaba en todo lo que había estudiado y aprendido. Ahora la vida me ha permitido descubrir el conocimiento no racio­nal ni teórico producto de la práctica y la experiencia que fui acu­mulando sin ser consciente. Descubrí que «cada caso es un mun­do y lo que sirve para uno no sirve para otro». Es un ini­cio con cada persona, nada es lo que parece; no puedes dar nada por hecho, hay que aprender de cada situación algo nue­vo: 1) Intentar poner un poco de orden en el caos informa­ti­vo que circula sobre alimentación equilibrada, sa­lud integral y medicina natural. Durante años estudie diferen­tes métodos de medicina natural, me fueron transmitidas teorías y con­cep­tos que, con la práctica y la experiencia, he po­dido averi­guar que eran completamente erróneos, pero que nadie podía saberlo en ese momento y aún se siguen trans­mitiendo. 2) Apor­tar las experiencias recogidas duran­te 45 años tratando a per­sonas sanas y enfermas con terapia dietética y alimentación macrobiótica equilibrada, así como con plantas medici­na­les y aromaterapia. 3) Porque en estos momentos los avan­ces tec­no­lógicos de la ciencia van desta­pando muchos de esos errores. Esto nos va demostrando que algunos de los con­cep­tos milenarios que aplica la medi­ci­na tradicional oriental —china, japonesa, tibetana y coreana— desde la Antigüedad son correc­tos y se van verificando a través de la tecnología y la ciencia en Occidente, aunque len­tamente. Intento fusionar los conoci­mientos y ventajas de los dos sistemas, ya que, aunque mi fuen­te es más oriental, yo pertenezco a Occidente; en mí con­viven las dos mentali­dades, y me gusta cuando coinciden…

En este libro encontrarás información que te ayudará a comprender mejor las estructuras bioquímicas y energéticas de los alimentos, así como sus procesamientos transforma­dores en la cocina relacionados siempre con el organismo humano y su metabolismo. Te invito a recorrer un camino que te permitirá descubrir conceptos que podrás integrar en tu vida para mejorar áreas relacionadas con tu salud. To­mar conciencia del complejo mundo de la alimentación y de todo lo positivo que puede aportarte y, a la vez, de lo nega­ti­vo que puede enfermarte es un inicio.

El objetivo es utilizar estas páginas como una platafor­ma para dar unas pautas y conceptos básicos y claros sobre la alimentación macrobiótica equilibrada, la salud integral y el bienestar, y la etiología de la enfermedad, así como al­gunas pautas de lo que significa la cocina macrobió­tica me­dicinal de origen natural. Inicialmente quería hacer un libro práctico, ya que el anterior —Disfruta de la Macrobió­tica. La dieta equilibrada— es una obra de carácter más divul­gativo de las bases de la filosofía oriental. Pero a lo largo de este viaje me fui dando cuenta de que el gran problema al que nos enfrentamos cada día es el desconocimiento de las nociones más básicas sobre alimentación: muchas personas solo saben contar nutrientes y calorías. No sabemos diferenciar entre los alimentos crudos y cocidos, nos parece que todos son buenos y que no puede pasar nada por comer frutas o ensaladas en invierno, y que si no estamos diagnosticados de celiaquía, podemos comer pan cada día sin problema…

Parece necesario tomar conciencia, primero, de cuáles son los errores nutricionales que están llevando a la sociedad a de­sarrollar cada vez niveles más altos de enfermedades y que muchas veces se pueden evitar aplicando correctamente la alimentación. Y, segundo, entrar en el nivel del autoaprendi­zaje para poder empezar a gestionarse uno mismo la salud a escala preventiva.

Por otro lado, muchas personas se dirigen a mí para so­licitarme cursos, pero he de reconocer que en el pasado hice muchos de ellos y no me satisficieron. Las personas se apun­tan a la información teórica y formativa, pero no cambian ni sus hábitos ni su sistema de alimentación ni su estilo de vida. La información que incorporo en este libro es una invitación que pretende introducirte a la filosofía y medicina oriental ma­crobiótica como si se tratara de un curso básico, aportar pautas y criterios de selección de alimentos en función de tus necesidades y objetivos de salud, dejando fuera todos los ali­mentos que puedas considerar agresivos para ti en función de lo expuesto aquí.

De todos los conocimientos adquiridos en los últimos diez años, el más valioso sin duda es comprender que la for­ma en que se transfieren los nutrientes procedentes de los alimen­tos al sistema digestivo y después al sistema metabó­lico no es ni mucho menos un proceso estandarizado, para todos igual, como se anuncia en los medios de comunicación. El planteamiento o los criterios, junto con la franja horaria en que se pre­tende aplicar la terapia dietética y el procesamien­to de los alimentos fuera y dentro del organismo, que siem­pre se pre­senta de forma general, son un error de base. Para obtener los beneficios y resultados perseguidos siem­pre debe ser perso­nalizado y basado en un diagnóstico pre­vio de la situación del organismo en cuestión. La afirmación que oímos en todos los medios de comunicación acerca de que tal alimento o sus­tan­cia va bien para tal órgano no es correc­ta. Cada vez que oigo decir o leo, por ejemplo, «comer o to­mar esto va bien para el riñón», siempre me viene a la men­te la mis­ma pregunta: ¿el riñón de quién? Os recomien­do que os hagáis la misma pre­gunta siempre, ya que os planteará una visión nueva.

¿POR QUÉ SE CONTRADICE LA INFORMACIÓN SOBRE ALIMENTACIÓN?

En todos los medios suele aparecer diariamente información sobre alimentación o salud que da pautas y consejos tajantes y contundentes, que siempre promete grandes ventajas y pu­blicita alimentos o complementos nutricionales, que además contradice lo que aparece en otros medios. Muchas personas prueban esas propuestas guiadas por el deseo sincero de me­jorar su salud y alimentarse de forma sana para obtener mejo­res resultados, tal como prometen. Lo hacen convencidas de las teorías y afirmaciones expuestas y, sobre todo, con con­fianza en que quien los propone, ya sea una marca o un per­sonaje famoso, se habrá informado previa y correctamente antes de hacer ese tipo de recomendaciones, algo que la ma­yoría de veces no sucede. No dudo de que se hayan informa­do, pero la pregunta es: ¿dónde? La salud debe tratarse con formación, no con información.

Basándose en estos consejos aparentemente seguros, cien­tos de personas llevan a cabo esos experimentos sin ningu­na garantía, simplemente porque han aparecido publicados en tal o cual medio. Tienen el objetivo de obtener esos be­ne­ficios tan espectaculares que les prometen, pero en la práctica muchos no los consiguen y llegan a la conclusión de que esos consejos no les funcionan porque algo han hecho mal o porque no han entendido bien algún aspecto. Parece que nadie se preocupa por saber de dónde viene esa información y si es fidedigna, si ha sido avalada por algún profesional ex­perto en el tema. Deberíamos saber diferenciar con claridad los profesionales expertos en una materia de los que solo son aficionados, que han leído mucho de diferentes fuentes y saben organizar muy bien la información, publicitarse y ven­derla en los medios. Todos deberíamos tener claro que estos últimos no son profesionales y, por desgracia, abundan. A continuación, te muestro algunos datos de cada perfil:

El profesional. Tener la carrera de biólogo, farmacéuti­co o médico no te convierte en experto terapeuta en alimen­ta­ción macrobiótica medicinal, en dietética y nutrición o en die­to­te­rapia china, aunque la mayoría da por hecho que sí. Otra cosa muy diferente es que haya médicos u otros profe­sio­na­les de la medicina que hayan añadido a su carrera for­ma­ción o especialización en estos temas, relacionándolos y fusio­nán­dolos a la hora de aplicarlos como terapia. Este per­fil profe­sional que fusiona el campo de la medicina y el de la dietoterapia oriental no es abundante, y uno que se decan­te por aplicar exclusivamente la dietética y alimentación como terapia reparadora todavía es menos común… Pero existe, solo hay que localizarlo. Esta minoría de grandes pro­fe­sio­na­les en el campo de la salud, la dietética-nutrición y la ali­men­tación suelen publicar las «grandes verdades», siempre argumentadas y do­cumentadas, basadas en experimentos cien­tíficos realizados con rigor y corroborados por pruebas analíticas de laborato­rios. Estos expertos y sus descubrimientos no suelen interesar al conjunto de la sociedad, y menos aún a la industria, que ten­dría que renunciar a vender productos que perjudican la salud. Estas verdades nadie quiere escucharlas porque nos demuestran que nos estamos alimentando muy mal, y no es­tamos dispuestos a reconocer los errores ni a recti­fi­car y, sobre todo, no lo estamos a renunciar a nuestros vi­cios ali­men­ta­rios. Esta es una de las razones por las que tienen éxito las mentiras sobre nutrición: abandonar los há­bitos adicti­vos no es fácil para nadie, y eso nos lleva a aceptar la información errónea porque viene envuelta en unas teo­rías fantásticas, muy fáciles de aplicar. Parece que con un solo pro­ducto o ali­mento se garantiza nuestra salud, nos va a man­te­ner jóvenes, además de ser barato, y, sobre todo, no nos obli­ga a abando­nar nuestros vicios. Es una solución milagrosa.

El aficionado. Este posee mucha información teórica, que sabe procesar muy bien para ofrecerla y venderla. No es pro­fesional, porque no tiene la formación oficial necesaria ni la titulación reconocida para poder dedicarse a esta profesión. Aquí hay que añadir que, por otro lado, hay profesionales que tienen esa titulación oficial, pero que nunca se han de­dicado ni trabajado en esa profesión; al no tener experiencia, solo formación teórica, tampoco pueden hablar desde la práctica y mucho menos garantizar resultados.

Estas grandes diferencias entre ambos perfiles hemos de tenerlas claras antes de someternos a sus consejos. Conocer el currículum de la persona que nos va a asesorar es impor­tante para discernir si puede hacerlo correctamente o no. La experiencia es un grado, y cuanta más tenga­mos, más capacidad poseeremos para abordar la materia.

EL EFECTO PLACEBO

Cuando hacemos un cambio en nuestros hábitos diarios al­gunas veces parece que funciona. En muchas ocasiones ex­perimentamos una mejora y esto nos anima a continuar, ya que nos parece que lo que estamos aplicando funciona bien, e incluso se lo recomendamos a nuestro entorno como si fué­ramos unos expertos, unos fanáticos de ese producto o remedio milagroso.

Debemos comprender que no hay productos ni remedios naturales a la venta que sean la panacea, un «curalotodo» para nuestros problemas de salud. La razón es muy sencilla: el or­ganismo humano es de una complejidad tal de sistemas y procesos que ni siquiera la ciencia actual, tan evolucionada y con toda la tecnología de última generación, conoce con pre­cisión este laberinto diseñado por la naturaleza. La prueba de lo que digo es que cada día se hacen descubrimientos nue­vos que sorprenden a científicos, físicos, bioquímicos, antro­pólogos, arqueólogos…, que contradicen los anteriores que se habían dado por válidos. ¿Cómo podemos creer que, con los años de evolución y esfuerzos de investigación vividos sin haber llegado a comprender esa totalidad del ser, puede haber un producto químico que no tiene nada que ver con el organismo o natural que pueda actuar en ese enorme con­junto de sistemas y resolver los problemas de todos a la vez solo con una pastilla?

El cambio introducido puede hacernos experimentar en nuestro organismo un alivio y una mejoría al abandonar los viejos hábitos; nosotros lo interpretamos como que la nove­dad incorporada para conseguir los objetivos que prometía está funcionando, cuando en realidad es el propio descono­cimiento de nuestros procesos internos lo que nos lleva a esa deducción. Sin haber sido previamente diagnosticados ni correctamente asesorados, puede incrementar aún más el desequilibrio y crear deficiencias o excesos en nuestros órga­nos. Por intentar autogestionar nuestra salud podemos em­peorar la situación. Lo que hayamos tomado, y que en un primer momento haya podido parecernos que estaba provocando un efecto positivo, puede convertirse en algo negativo si lo prolongamos.

A continuación, indico cuáles suelen ser los procedimien­tos más habituales para la mayoría de la sociedad que va a probar un producto panacea. Lo primero es haber escucha­do repetidas veces sus virtudes —no demostradas— hasta hacernos reaccionar; no obstante, nunca hablan de las con­traindicaciones. Esa repetición publicitaria nos hace creer que tiene que ser cierto, ya que todos cuentan lo mismo, cuan­do en realidad solo sucede que la fuente de información suele ser la misma —la industria que lo vende—, y el error siempre se propaga con más facilidad que la verdad.

Pongo como ejemplo el interés que mostramos cuando queremos probar algo nuevo y necesitamos mejorar alguna área concreta de nuestra salud. Si pretendemos conseguir remontar, por ejemplo, nuestro sistema inmunológico porque sentimos que estamos cansados sin motivo aparente, enton­ces deducimos que debemos tener las defensas bajas, sin que de esto tengamos ninguna evidencia concreta. Buscamos en internet cómo aumentar nuestras defensas y se muestran va­rios productos que, según la publicidad que los acompaña, parece que nos van a quitar años de encima, que proporcionan unos resultados espectaculares.

Casi siempre empezamos a consumirlo por la mañana en ayunas para que tenga más efecto, como suelen recomendar. En pocos días parece que nos sentimos mejor y damos por hecho que lo que leímos en su momento es totalmente cier­to. Por tanto, seguimos con la nueva propuesta de desayuno ya convencidos de que es cierto lo que decían sobre el ali­men­to o producto que estamos tomando, incluso nos vol­ve­mos un poco fanáticos. Si seguimos con el experimento durante un largo periodo, puede que sigamos sintiéndonos bien o, por el contrario, que volvamos a sentirnos mal y des­cubramos que no nos funciona. Si esto último se produce, está claro que la causa no tiene nada que ver con lo que es­tamos aplicando, y si nos seguimos sintiendo bien, eso con­firma que los antiguos hábitos eran nefastos.

Mejoramos al abandonar el desayuno anterior: siempre la realidad metabólica que se produce es otra diferente a la que imaginamos, y voy a argumentar en qué suele consistir la mejora obtenida. Imagina que en tu hábito anterior to­mabas, por ejemplo, café, leche, zumo de fruta, e incluso ga­lle­tas, mer­melada, pan, etc., para desayunar. Esta mezcla me atre­vo a denominarla «bomba de relojería» para el orga­nismo debido a las incompatibilidades y rechazos digestivos, así como por las reacciones inflamatorias y de intolerancia que presen­ta, además del excesivo gasto energético que tie­ne que efectuar el organismo para poder aceptarlo. Cada ali­men­to de los que he puesto de ejemplo pertenece a un gru­po diferente; eso significa que se necesitan enzimas muy distintas para digerir cada uno de ellos. Si el estómago se­gre­ga una enzima para las proteínas, como en este caso la leche, no pue­de segregar una para las frutas, es decir, que una anu­la a la otra —por decir­lo fácil y rápido— y, como consecuen­cia, el or­ganismo no apro­vecha ningún nutriente. Pero eso no es todo lo que suce­de, ya que, con una mezcla como esa en el estó­mago, que no se puede digerir, esta, al fermentar, produce un tipo de bac­te­rias que provocan todo tipo de sín­tomas: gases, dolor e in­fla­mación abdominal, diarrea o es­treñimien­to y muchos otros.

Que nos atrevamos a comer cualquier cosa no es garan­tía de que lo podamos digerir, lo procesemos y lo asimilemos, ya que son procesos que actúan por separado y pocas veces se consiguen los tres. Ante esta situación, más extendida de lo que se piensa, nuestra salud empieza a empeorar. Y lo hará a una velocidad que dependerá de la edad que tengamos. Po­de­mos empezar a estar muy cansados antes o después por dos razones:

• Porque nuestro organismo se agota al tener que aportar toda la energía de reserva de la que dispone para intentar compensar y resolver ese desastre dietético «no digerible».

• Porque ninguno de los alimentos procesados, industria­les y no óptimos —más la mezcla nefasta— puede llegar a convertirse en energía ATP1 en nuestras células y seguimos carentes de ella, desnutridos, hambrientos por falta de nutrientes, es decir, cansados..., pero, además, con altos picos de glucosa, ansiosos y con necesidad de tomar otro café con más azúcar para obtener un plus de energía rápida. Esto pro­duce un circuito cerrado interminable y muy adictivo.

¿Qué sucede al introducir esa sustancia maravillosa que nos recomendaron? Simplemente que sustituimos el terrible desayuno que estábamos ingiriendo y, al liberar al cuerpo de esa agresión, este se sintió mucho mejor. No es que el nuevo producto aumente nuestras defensas, ni muchísimo menos, es que nuestro sistema se quitó de encima algo mu­cho peor, y lo que sea que estemos tomando como sustitu­to resulta me­nos dañino momentáneamente. No obstante, si pudiéramos anali­zar las defensas antes de introducir el cam­bio y después, casi seguro que estarían en el mismo pun­to. Por tanto, lo que quie­ro mostrar es que lo que nos reco­mien­dan para las defen­sas no funciona de forma específica para esa función y la in­for­ma­ción es errónea… Pero prácticamente nadie lo comprueba.

Es cierto que podemos sentirnos mejor al desplazar o anular sustancias peores. Esta conclusión nos puede hacer pensar en aceptar cualquier remedio, aunque no produzca be­neficios, y que nos puede funcionar para desplazar uno peor. Pero no es así en todos los casos, ya que, como he in­dicado antes, puede que estemos incrementando aún más los problemas porque desconocemos cuáles son las funciones y la repercusión que estas sustancias tienen realmente en nues­tro organismo y cómo nos están afectando.

Cuando accedemos a una información nutricional resul­ta fundamental diferenciar:

• Valores nutricionales, basados en la cantidad de grasas, pro­teínas, azúcares, vitaminas…, sin diferenciar ni la proce­dencia, ni la calidad, ni la biodisponibilidad, solo una canti­dad estándar.

• Valor energético, un cálculo basado en calorías que corres­ponde a uno matemático que proviene de la física y que muestra la cantidad de energía calorífica. Es un cálculo no nutricional.

• Propiedades, que suelen ser las cantidades de proteína, hidratos de carbono, etc. A veces se le añaden otras ca­rac­te­rísticas no comprobadas que se le atribuyen de forma gene­ralizada, cuya lista va siempre en aumento sin ningún con­trol y nadie se atreve a desmentirla.

• Composición química, la única lista real que existe. En mu­chos alimentos ni siquiera se publica.

En mi opinión, todos estos datos carecen de precisión, ya que nunca son específicamente relativos al producto en­vasado, en cuya etiqueta los estamos leyendo, sino que se trata de datos aproximados preparados para incorporar de forma automática a la etiqueta. ¿Te imaginas que con cada alimen­to hubiera que hacer etiquetas nuevas y con diferen­tes valo­res nutricionales? Sería lo correcto, pero es imprac­ti­cable para la industria. La realidad es que cada producto presentaría unas características y valores diferentes, únicos y variables en función del país de origen, la climatología y la estación y el proceso de recolección en concreto, más hume­dad, menos minerales según el estado del suelo, más o me­nos proteína por la clase de simiente utilizada, los antinutrientes en función de las plagas autóctonas del lugar… Así es como se com­porta y actúa siempre la naturaleza: nada es idéntico.


PARTE I

FILOSOFÍA UNIVERSAL

Capítulo 01. LAS FILOSOFÍAS FUNDAMENTALES

LA ANTROPOLOGÍA RELIGIOSA

Las bases para lo que en el presente llamamos Macrobiótica fueron establecidas hace miles de años por sabios de una ci­vi­lización muy desarrollada desde el punto de vista espiritual. Ori­ginalmente no apareció como un sistema dietético ni me­dicinal, sino como una cosmogonía unificada o filosofía uni­versal que fue aplicada a todos los dominios relacionados con la actividad humana de aquella época. Esto incluía la apli­ca­ción práctica a la dieta y al mantenimiento del bienestar y la buena salud.

El concepto «oriental» en realidad es desacertado, ya que en aquella época no existía un área llamada Oriente, sino que la humanidad de entonces estaba unificada. Con el tiempo y profundos cambios geológicos, se fueron produciendo se­pa­ra­ciones de continentes. También se distanciaron las fórmu­las de aplicación de estos conocimientos sobre la filosofía del uni­verso, se creó una especie de dualidad a escala cognitiva y pedagógica. En Oriente han luchado por mantener vivas las más antiguas tradiciones y conocimientos hasta la actuali­dad, aunque también han incorporado la filosofía de vida oc­ci­den­tal y los métodos más modernos conviven con los tradicio­na­les. No obstante, aunque en la actualidad ya no constituyan un ejemplo, Oriente mantiene intactos los conocimientos de la An­tigüedad y nos ofrece la posibilidad de estudiarlos y aplicarlos.

LA MEDICINA HIPOCRÁTICA

Existe un punto de fusión donde confluyen todos los siste­mas de medicina que han existido hasta el presente (y que en el futuro seguirán convergiendo): la medicina hipocrática o, como decían nuestros antepasados, el dios Hipócrates o padre de la medicina.

La mítica frase en la que se basa la síntesis de toda la me­dicina alopática e incluso biológica y otros paralelismos a es­cala mundial, y que se atribuye a Hipócrates, es Vix medicatris naturae, literalmente, «El poder curativo de la natura­leza». También según esta teoría la naturaleza es el médico de todas las enfermedades, ya que esta interviene en todos los procesos de reparación y sanación del organismo. Este con­cepto antiguo que alude a la intervención de las fuerzas in­visibles de la naturaleza no se estudia académicamente de for­ma directa, es decir, observando los procesos naturales. No obstante, la ciencia médica y farmacéutica los observa y analiza en los laboratorios de alta tecnología, y llega así a des­cubrimientos muy valiosos que nos ayudan a compren­der me­jor el enigma que hay detrás del proceso de la vida y la muer­te de los seres humanos, así como del reino animal, vegetal y mineral que nos rodea y en el que estamos inmersos.

Ese poder curativo de las leyes invisibles de la naturale­za que actúan en todos los organismos aún sigue vi­gen­te, aunque solo sea en ese compromiso ético que los pro­fesionales médicos del mundo de forma obligatoria acep­tan y en el que basan su titularidad académica y su pro­fe­sio­na­lidad. Junto con el certificado de graduación oficial, estos reciben este otro ético llamado Juramento Hipocrático, que cuel­ga de las paredes en los consultorios médicos, aunque en la actua­lidad ha sido modificado por la Declaración de Ginebra.

Esta realidad muestra que Hipócrates es un concepto, bajo mi punto de vista, actual. En él, según la etimología y las raíces grecorromanas, se juntan hippoos, que significa ca­ba­llo, como las palabras hipopótamo, hipocampo, hipotála­mo, hipódromo…, y krato, que equivale a mandar, gobernar, do­minar. Por tanto, la palabra completa significa «el que domina los caballos». De este modo, podemos comprobar que este vocablo hace alusión al dios o padre de la medicina, aunque algunos creen que se trata de una persona. En realidad, esto no se ha podido demostrar. Con anterioridad a la época en que se calcula que pudo existir Hipócrates, este símbolo de la mitología tradicional ya existía y siempre existió. Todavía en la actualidad se le sigue rindiendo honores y es homena­jeado en el terreno profesional de la medicina.

Según mi interpretación, este símbolo universal de Hi­pó­crates alude a la capacidad intrínseca y latente que tienen to­dos los organismos vivos de corregirse a sí mismos y restablecer de nuevo su equilibrio, balanceándolos, contrarres­tán­dolos, y que es lo que los diferencia de los organismos inertes. Estas capacidades y creencias hipocráticas versan so­bre cómo el organismo no se mantiene pasivo frente a las en­fermedades y cómo desarrolla una lucha natural, espon­tá­nea y regida por las leyes del universo para sobreponerse. Dichos organismos están conectados de forma directa a esas leyes que rigen la naturaleza como si se tratara de una guía in­visible instintiva que les dicta qué deben hacer, cómo han de proceder para recuperar su equilibrio de nuevo. A este ins­tinto natural se le llama la «sabiduría del cuerpo», que nada tiene que ver con la mente ni los pensamientos, ya que los demás reinos de la naturaleza también la poseen.

El hombre pertenece a la tierra.

La tierra no pertenece al hombre.

JEFE INDIO SEATTLE

En líneas generales, un ser vivo es el resultado interno de interacciones de sis­te­mas muy complejos en el que intervienen a su vez otros sistemas de comunicación molecular o de redes interconectadas que están directamente vinculados con el medioambiente ex­terior formando un ecosistema. A través de estas conexio­nes en red se produce un intercambio o dinámica básica con­ti­nua de energía y materia de forma per­fectamente ordenada de estímulo y respuesta, lo que cons­tituye el sistema más im­portante para estos organismos vi­vos o seres de la natura­le­za: la nutrición y la respiración. Jun­to con la reproducción, esta incorporación de energía se realiza de forma auto­má­ti­ca, aunque requiere de la introducción de las sustancias apro­pia­das para que esa incorporación de ener­gía sea constante y per­dure, ya que sin ellas no sería posible

Los organismos vivos se diferencian de los que no lo es­tán en que en el proceso de experimentar continuamente la vida y de estar vivos intrínsecamente se halla el proceso de la muerte, que está de forma indisoluble ligada a la existencia.

La salud y la enfermedad, según estos principios filosó­fi­cos, siempre han estado sujetas a las mismas leyes que actúan en positivo o en negativo, que tienen validez universal y que son de orden totalmente natural, ya que el ser humano solo es un filtro a través del cual se manifiestan. El estado de la en­fermedad no se considera un mal que ataca al organismo, sino un proceso de interrupción del fluir natural de todas las leyes que nos rigen y que nos obliga a efectuar un esfuerzo para comprender los errores cometidos contra nuestra pro­pia naturaleza. Es una lucha que ejercen los organismos vivos para autorregularse y equilibrarse con la utilización de las le­yes universales o de la naturaleza a su favor.

EL PODER CURATIVO DE LA NATURALEZA

La Diosa Madre es el nombre genérico que utilizaron todas las culturas en el pasado y al que añadieron un nombre des­crip­tivo del lugar geográfico y el idioma original antropo­lógi­co de cada país para invocar a las fuerzas reparadoras y sa­nado­ras de nuestra madre naturaleza. La ley reparadora que inter­viene en el proceso de la curación se considera una fuer­za femenina porque tiene la capacidad de expandirse y re­produ­cirse por sí sola permanentemente de forma ilimitada. Es una estructura espacial o energía cósmica consciente de sí misma y considerada por la ciencia la matriz del universo por la que han sido creadas todas las cosas. La existencia hu­mana se re­produce siempre a través de una madre, que sig­ni­fica matriz y que también representa a las mismas leyes universales. Esta fuerza creadora fue venerada en el pasado en todo el mundo y esas leyes no han cambiado, siguen sien­do tan actuales como el sol, el agua, la tierra, el aire… El úni­co cambio pro­du­cido es que los seres humanos nos hemos desconectado totalmente de la naturaleza en estos términos, y aunque via­jemos a la otra punta del mundo para ver un pai­saje nuevo, en realidad no estamos conectados con la esencia de nuestra madre tierra, el paisaje sagrado de nuestro entor­no natural más próximo o la diosa madre, pues todo es lo mis­mo. Por eso cuando enfermamos no miramos hacia den­tro para com­prender cuál es el error que estamos cometien­do con noso­tros mismos, sino que corremos al médico o a la farmacia buscando una solución. En nuestro interior, de forma natu­ral e instintiva, siguen existiendo esos vínculos con nuestra madre original, aunque estén oxidados por la fal­ta de uso.

SIMBOLISMO Y MITOLOGÍA

La mitología es uno de los pocos sistemas que han permane­cido intactos a través del tiempo en la cultura occidental. A través de él nuestros antepasados fueron transmitiendo a cada nueva generación la cosmogonía del lugar, es decir, todos los conocimientos y la forma de ver y entender la parte invisible e incomprensible del universo y de la vida en su totalidad, para que nuestra mente humana racional pudiera acceder de manera abstracta. El que haya permanecido intacta a través de los tiempos se debe a su carácter totalmente abstracto y nada concreto: da lugar a infinidad de interpretaciones per­sonales y nadie ha podido apropiársela ni manipularla, ya que esos símbolos o relatos que describen una realidad superior e invisible nos resultan totalmente incomprensibles, y todos somos conscientes de que no se expresan de una forma li­te­ral. Es cierto que no sabemos qué significa la diosa madre, la madre de Dios o simplemente la diosa o la partícula di­vi­na, como la llama la ciencia actualmente. No obstante, tal vez no es necesario saberlo, tampoco lo sabían nuestros antepa­sa­dos, que identificaron esa energía cósmica creadora univer­sal como fuente inagotable de todas las cosas, omnipresente siempre en todos los lugares del mundo visible e invisible.

Ellos tuvieron siempre claro que con la mente no se po­día llegar a ella, que era imposible, y ya que de alguna mane­ra te­nían o querían acceder, o mejor dicho hacerse asequibles a ella, entendieron que solo el alma podía enfrentarse a esa energía cósmica, ya que es de naturaleza similar. Por esa ra­zón daban tanta importancia al cultivo del alma y desarrolla­ron los impresionantes métodos y templos que existen por todo el mundo, y muchos más que han desaparecido, lugares especiales para despertar y entrar en contacto con el alma, casi siempre adormecida por el impacto del mundo material y su aparente absolutismo. En estos templos o lugares diseña­dos y construidos con el propósito concreto de sanar el alma se producían conexiones curativas mediante la invoca­ción de esa energía sanadora o la diosa y la conexión con el alma per­sonal, que es la diosa en nuestro ser más íntimo y puro. A tra­vés de esta selección establecida mediante invocación ritualizada, es decir, con método práctico diario, in­tentaban man­tener el orden y el equilibrio interno-externo del ser hu­mano sin que interviniera el consumo de produc­to alguno.

Nuestra cultura occidental, y más concretamente europea, ha tenido varias fuentes originales donde han confluido diferentes corrientes, unas veces influenciadas por la cultu­ra asiática, otras árabe, otomana, sumeria, judía, hindú, china, rusa, celta, mongol, esquimal, grecorromana… Los nombres han ido variando con el tiempo, pero la esencia se ha mante­nido inmutable.

Actualmente hemos perdido el contacto con esa esencia, pero no por eso ha dejado de existir ni de ser efectiva; igual que siempre, sigue actuando para las personas que quie­ran y sepan utilizarla. La humanidad actual no es diferente, aunque muchos están convencidos de que sí lo es. En rea­lidad, res­pi­ramos por los mismos conductos, caminamos con las dos pier­nas, trabajamos con los dos brazos, dormi­mos en posi­ción horizontal, comemos, bebemos, sufrimos, experimen­ta­mos alegría, enfermamos y morimos… ¿Hay alguna diferencia?

Solo nuestra mentalidad ha cambiado, se ha vuelto más ma­terialista, nos hemos dejado poseer y convencer en nues­tra mente racional por la apariencia de la materia, pero, como dicen todas las corrientes filosóficas, la mente es solo un ór­gano interpretativo, ni siquiera es el perceptivo de lo que nos rodea. Según aseguran los grandes sabios de la humanidad de todos los tiempos, todo lo que vemos a nuestro alrededor no es real, es ilusión, por ejemplo, como dice Buda. La prueba de que nuestra mentalidad no tiene base sólida es que las cre­en­cias a las que nos aferramos como tablas salvavidas pode­mos cambiarlas, si queremos, en una fracción de segundo, por­que no son nada más que pensamientos a los que hemos decidido dar mucha importancia. Incluso podemos hacer­lo en me­nos tiempo, si así lo decidimos, pues sabemos que el pen­samiento viaja más rápido que la velocidad de la luz —300 000 km/s—. Según la física, esta velocidad es la única constante invariable que se produce en el universo; en cam­bio, no podemos modificar o reparar nuestro cuerpo físico a esa velocidad.

La frase «El que no revisa, observa y aprende de las ex­periencias del pasado está obligado a repetir los errores eter­namente» expresa claramente esta idea que quiero transmitir sobre nuestro pasado ancestral y nuestra mentalidad actual, que deberían fusionarse, no desconectarse. El tiempo no es un concepto lineal como nuestra mente nos dice, es decir, no se trata de una línea recta donde el pasado va quedando atrás, el presente es ahora mismo y el futuro no existe porque está por venir… La física nos explica que es una espiral multidireccional y cíclica; de hecho, la teoría ecuacional de la mecánica cuántica asume que podemos vivir o interactuar en diferentes dimensiones a la vez, aunque nuestra mente ra­cional no lo registre. Según los físicos, el concepto del tiem­po solo existe en nuestra mente.

Con esta introducción quiero mostrar que las enferme­dades las generamos nosotros mismos al no tener nociones claras de cómo alimentar, mantener y reparar nuestro propio organismo. El hecho de no saber cómo preservar nuestra sa­lud nos justifica para autorizar a otras personas a que lo hagan por nosotros y depositamos nuestra salud en sus manos. Pue­de suceder que esos profesionales a los que hemos encar­gado que se ocupen de nosotros y de nues­tra salud nos orienten bien y sepan cómo hacerlo, de forma correcta, pero tam­bién puede ocurrir que no conozcan en profundidad nuestro ser íntimo y total, ni cómo producir esos procesos de cambio en nuestro interior. Nadie lo pue­de producir por nosotros, como nadie puede respirar, sentir o comer por nosotros.

Los sistemas aplicables en el proceso de curación no deberían alejarse ni un milímetro de los procesos de la naturaleza porque pertenecemos a ella, es nuestra madre, somos una síntesis de toda la naturaleza.

Lo que está afuera está dentro, el microcosmos

es un reflejo del macrocosmos, lo que está arriba

es igual a lo que está abajo.

HERMES TRIMEGISTOS

El conocimiento de las leyes naturales más importantes que actúan en la reparación y mantenimiento de nuestro organis­mo debería ser uno de nuestros objetivos en la vida, ya que es la clave de la conservación y el buen funcionamiento de nuestro cuerpo, algo imprescindible para vivir; de su correcto mantenimiento y prolongación dependen nuestra salud y toda nuestra vida.

Hombre, conócete a ti mismo y conocerás

el universo y a los dioses.

ORÁCULO DE DELFOs

Se considera un error introducir en el cuerpo sustancias que nada tienen que ver con ninguno de sus procesos vita­les y naturales. Lo agreden, lo intoxican y no pueden resca­tar­lo de la enfermedad porque no poseen ningún principio universal reparador. También es un error agredir a la naturaleza como lo estamos haciendo, abusando, contaminando hasta extre­mos de autolesionarnos a nosotros mismos y provocarnos enfermedades, algo que, si tuviéramos una conciencia más despierta, no haríamos.

Para concluir, me gustaría indicar que distinguimos dos áreas bien diferenciadas: «la enfermedad», o interrupción del fluir natural de los procesos del organismo, y «la medi­cina», del tipo que sea, ya que, aunque existen varios méto­dos, si arrancan de la misma raíz universal, todas confluyen en ese punto que he venido exponiendo, donde el único ob­jetivo es restablecer el orden natural interrumpido. Estas dos áreas son campos muy diferentes que no debemos confun­dir, aunque el objetivo solo es uno: la salud. Pero para repa­rarlo, hay que conocer con precisión la enfermedad.

Las mismas fuerzas poderosas de la naturaleza con nom­bres simbólicos, descriptivos de sus funciones, siguen vigen­tes actualmente, aunque les demos la espalda todo el tiempo. Podemos invocarlas porque viven y están en cada uno de nosotros, como siempre se hizo en el pasado, a través de to­das las culturas y civilizaciones. El objetivo es mantenernos conectados a ellas y dejarnos afectar e influenciar por esas leyes cósmicas para mejorar nuestra salud, que abarca la to­talidad de nuestra vida y que debería ser una prioridad.

Los textos que mostraré en este libro pretenden ir en esa dirección: aportar unas bases adquiridas a lo largo de la ex­periencia de años de observación y estudio conviviendo cada día con la naturaleza, la medicina y la salud, tres áreas que, si logramos fusionar de forma correcta, nos proporcio­narán el equilibrio que buscamos. Aunque no sea fácil, creo que debemos intentarlo.

Capítulo 02. LA FILOSOFÍA ORIENTAL Y EL YIN Y EL YANG

LA FILOSOFÍA ORIENTAL

No pretendo mostrar en esta obra toda la información so­bre la filosofía oriental, ya que esta es muy extensa, comple­ja y demasiado abstracta. En ella se basan todas las teorías, metodologías y aportaciones que se presentan en este traba­jo, razón por la que se hace imprescindible mencionarla, ya que, por ser conceptos desconocidos en el lenguaje de nues­tra sociedad, es básico encontrar paralelismos dialécticos que nos ayuden a comprenderla mejor. Muestro, pues, solo una pincelada para centrar y ordenar todos estos conceptos que quiero señalar como parte de una propuesta de cambio en nuestra alimentación, salud y vida.

Una de las intenciones de la filosofía oriental es estimular la reflexión y el cuestionamiento de los grandes temas de la hu­manidad que nos afectan, así como desarrollar nue­vas ha­bilidades cognitivas que difieren bastante de las habi­tuales en nuestra sociedad occiden­tal. Esta filosofía busca, de este modo, que adquiramos una nueva forma de pensar más crí­ti­ca y constructiva en cuestio­nes que no estamos acostum­bra­dos a asumir en términos de autorresponsabilidad, como en las áreas de la salud, la ali­men­tación, la medicina y, por qué no, la forma de morir —habi­tualmente solemos dejar este as­pec­to en manos del sistema gestionado con los crite­rios de las empre­sas que se dedican a estas tareas y en las que no sole­mos par­ticipar—.

El carácter sistémico de este conocimiento nos permite poder acceder a él de forma progresiva y, dependiendo de cómo integremos en nuestro día a día todos estos plan­teamientos, iremos avanzando en la compresión de esta fi­losofía, ya que los elementos que más y de mejor manera nos pueden enseñar son la práctica y la observación perma­nente en nosotros.

La filosofía oriental nos enseña que en el universo lo más sutil o liviano es el origen de lo más denso, y que lo más den­so es el fundamento de lo más sutil. Es el circuito que en Occidente identificamos como que la energía crea la mate­ria y esta, cuando desaparece o se desintegra, vuelve a convertirse en energía.

Con simultaneidad, el movimiento de la energía condiciona los aspectos orgánicos tangibles a la vez que el estado y los cambios en la estructura de cualquier sustancia determinan las cualidades del movimiento del Qi o energía. Esto hace imposible establecer dicotomías como mente y cuerpo, normal y patológico, bueno y malo, y muchas más con la «normalidad aparente» con la que se hace en la medicina occidental. En realidad, las dicotomías en Oriente solo son relativas al yin y el yang; en cualquier tipo de fenómeno que intentemos explicar no existen otras.

ORIGEN DEL SÍMBOLO DEL YIN Y EL YANG

El principio del yin y el yang se simboliza tradicionalmente con un círculo dividido en dos mitades por una línea si­nuo­sa en forma de S, con una mitad de color negro y la otra blan­ca. El círculo evoca la unidad del universo cons­tituido por los aspectos yin y yang, inseparables en toda ma­nifestación de la totalidad. Dentro de la mitad de cada co­lor hay un círculo me­nor del color opuesto en el centro, que re­presenta el he­cho de que cada uno de los dos aspectos lleva el germen de su opuesto. Al ser contrarios, se com­ple­men­tan, y juntos con­forman una unidad, un todo equilibrado. No hay luz sin os­cu­ridad, existe la noche porque le sigue el día… ¿El frío es la falta de calor o es el calor la ausencia de frío?

El yin y el yang ayudan a entender el funcionamiento del macrocosmos, de todo lo que nos rodea, ese pulso de contra­rios que mantiene el delicado equilibrio a nuestro alrededor.


El ser humano, en la filosofía oriental, es un universo en miniatura, un microcosmos inmerso en el macrocosmos. En su interior también se produce un choque de contrarios, y la armonía entre estos tiene como resultado el equilibrio y la bue­na salud, porque este equilibrio es la base del buen fun­cio­namiento de nuestro ser total. Si nuestro organismo acumula demasiado yin o yang, es posible que aparezcan síntomas físicos de enfermedad producto del desequilibrio energéti­co que se produce cuando estas dos fuerzas se descompen­san. Lo ideal es que nuestro organismo no tenga carencias, pero que tampoco padezca excesos. Este es el objetivo pri­mor­dial de la filosofía y la medicina macrobiótica: la preven­ción para proporcionarnos un cuerpo sano, a través de la co­rrec­ta gestión de nuestra alimentación y, por consiguiente, de nues­tra salud, ya que desde las funciones vitales correctas se alimentan o nutren los demás aspectos de nuestra totalidad como las emociones, los pensamientos, el alma y el espíritu.

Como decía George Ohsawa, el creador de la Macrobió­tica actual, «no hace falta ocuparse de la enfermedad, porque es inútil, ya que es variable y está siempre presente. Hace falta crear en el cuerpo humano el medio en el cual esta no pueda instalarse».


CARACTERÍSTICAS DEL YIN Y EL YANG

El fundamento más importante de la Macrobiótica se apoya en la filosofía oriental y está basado en las dos leyes cós­micas que rigen la naturaleza en todos sus principios. Estas dos fuerzas son opuestas y a la vez complementarias, y jun­tas forman la totalidad del universo. Este principio único universal está formado por el yin y el yang.

El equilibrio solo es un movimiento que compensa el mo­vimiento anterior; por eso, para lograr estabilidad siempre hay que recurrir al pasado, saber leer las señales que produ­ce el exceso de yin y yang al actuar en nuestro cuerpo y saber compensar esas señales aportando unas energías que anulen la inercia natural que se pone en marcha cuando utilizamos el yin y el yang sin conocer ni prever los resultados.

La teoría del yin y el yang se puede utilizar para analizar cualquier fenómeno existente, nos permite estudiar el origen, el desarrollo y la transformación de todas las cosas existen­tes en la naturaleza. La relación de estas dos fuerzas se hace di­fí­cil de estudiar y comprender en profundidad, así como lle­var­la a la práctica, por una razón muy sencilla: están en cons­tante cambio, las posibilidades de transformación son infinitas. Si lo aplicamos al campo de la salud, destacamos como campos que investigar para poder saber qué nos ocurre la actividad de la sangre, la energía de protección externa del cuerpo —que en Occidente llamamos «las defensas»—, la actividad fisiológica de los órganos y vísceras, las estructuras corpora­les y la «energía alimenticia» o Gu Qi, la cual se sintetiza en el bazo.

Cada cambio patológico del cuerpo se puede compren­der y explicar de acuerdo con esta teoría. Estos conceptos del yin y el yang se interrelacionan de varias maneras, como un algoritmo, todas muy importantes; estas fuerzas se opo­nen continuamente la una a la otra puesto que actúan en los ex­tre­mos opuestos; existen con simultaneidad, no puede ha­llar­se una separada de la otra, sino que están fusionadas; tie­nen in­terdependencia, es decir, que para que una pueda crecer, aumentar, necesariamente la otra tiene que disminuir o de­cre­cer, y se utilizan mutuamente la una a la otra para alimen­tarse. Comprender esta múltiple relación entre ambas fuer­zas lleva su tiempo, pero, si lo hacemos, podremos entender cual­quier situación que nos suceda, aunque sé que requiere de mu­cha observación y estudio.

Estos dos estados de energía y materia se consumen, existen y se sostienen mutuamente. Así, mientras uno sube, el otro baja; mientras uno penetra, el otro sale. Uno de los tratados más antiguos e importantes de la medicina tradicional china, base de la actual medicina, el Neijing, afirma que, aun­que la medicina sea muy compleja, se puede definir en dos palabras: yin y yang.

Cuando estamos sanos, la relación entre el yin y el yang cambia constantemente: cuando estamos pasivos, descan­san­do, aumenta el yin; cuando nos activamos físicamente, tra­ba­jando o practicando algún deporte, lo hace el yang. Por el contrario, cuando estamos enfermos este control mutuo entre las dos energías deja de funcionar y provoca un desequilibrio. Ahí es donde actúa la dieta, compensando, resta­bleciendo y reforzando las dos fuerzas debilitadas por algún error que hemos cometido.

En este tipo de medicina que exponemos aquí, los sínto­mas se diagnostican y definen en estos términos: «yang hi­peractivo que daña el yin», «yin hiperactivo que daña el yang», «exceso de yang por deficiencia de yin», «exceso de yin por deficiencia de yang» y otros síndromes intermedios y combinados.

EQUILIBRIO DE EL YIN Y EL YANG


Yin significa y representa «expansión» en el dialecto man­darín, y yang, «contracción». Es decir, son los dos po­los opuestos de mayor influencia en el universo. La cos­mo­go­nía taoísta entiende que el universo respira —inspiración-con­trac­ción, expiración-expansión— al igual que los seres hu­ma­nos, que somos sus hijos. Por esta razón, también a la energía que circula por la galaxia se le llama «aliento cósmico». Se con­sidera yin a la noche, el frío, la oscuridad y lo femenino. En cambio, es yang el día, el calor, lo masculino y la luz. ¿Cómo podemos saber si estamos más en un lado o el otro para poder comprender nuestra condición a la hora de apli­car la alimentación?

CARACTERÍSTICAS YIN O YANG


YIN YANG
Hipoactivo Inhibición Quietud Tez pálida Color amarillento Voz baja Interno Vacío Hiperactivo Excitación Agitación Tez rojiza Color brillante Voz alta Externo Lleno

LOS CINCO ELEMENTOS

Este concepto es uno de los pilares más importantes en los que se apoyan la filosofía y la medicina oriental. Podemos decir que es la metodología de carácter práctico que se uti­liza para observar, estudiar y clasificar todos los fenómenos naturales, incluidos el ser humano y su interrelación y de­pen­dencia universal, tanto en positivo —para saber preservar y alimentar la vida— como en negativo —para comprender las alteraciones y la interrupción del fluir de la naturaleza como las enfermedades—. En Oriente se estudió desde la más re­mota antigüedad la forma en que el ying y el yang se ordenan y producen todos los cambios en la naturaleza. Se considera que todos los fenómenos naturales existentes en el universo están producidos por ellos, pero para pasar de uno a otro re­corren siempre cinco fases de transformación tanto de la ener­gía como de la materia, ya que una produce la otra.

Estos cinco procesos del yin y el yang por los que pasa cualquier cosa existente son la clave para comprender y mo­dificar o regular las estructuras originales, ya sean de origen energético invisible o material visible. Esto se produce por­que siempre están fusionadas; sabemos que la energía crea la materia y una no puede existir sin la otra.

Nuestros antepasados observaron incansablemente un ciclo de carácter creativo que se repite sin cesar en la natura­leza y que es la más precisa evidencia de esta clasificación or­questada por las leyes naturales para ordenarse a sí mismas e interactuar unas con otras de forma matemática en sincro­nía perfecta.

Es una realidad muy precisa y a la vez un ejemplo prácti­co analizar el ciclo más importante de la energía yin y yang en su recorrido anual pasando milimétricamente por todos los pro­cesos de transformación. La energía nace con la prima­ve­ra, con la explosión de los primeros brotes, y su caracterís­ti­ca es subir. Así nace el elemento madera, que continúa su­biendo has­ta el límite. A partir de ese límite del ciclo, la energía cam­bia y empieza a expandirse en todas direcciones, y da paso al ve­rano o elemento fuego. En esa expansión lle­vada de nuevo al límite, se origina la primera fase del otoño, que se va contrayendo lentamente hacia el centro y así nace el oto­ño o ele­mento tierra. Tenemos dos niveles de contracción, como dos otoños; no es lo mismo a principios de septiembre que a finales de noviembre: al principio es suave la tempera­tu­ra y al final el otoño ya es extremo. La contracción máxima for­ma el elemento metal. Después de concentrarse la energía al máximo, empieza a dirigirse hacia adentro, al in­terior de la tie­rra, y produce un movimiento fluctuante de semiquietud paralizante. Esta es la característica del invier­no o elemento agua.

Los cinco elementos, como ya he dicho, conforman un sistema metódico de clasificación y orden, de dinamismo y movimiento, de nacimiento y muerte de la energía, que va avan­zando y evolucionando en un recorrido de doce meses, pasando por todos los estados posibles y dejándolos atrás sin detenerse en ninguno hasta llegar al punto cero de nue­vo y reiniciar. Este ciclo sin fin es el que también rige nues­tro organismo en su totalidad. Además de representar a la dinámica de la energía, también lo hace a los cinco órganos básicos y las cinco vísceras que los complementan, el control mutuo que ejercen entre sí; las cinco estructuras corporales y la relación que guardan con los cinco sabores de los alimen­tos; los cinco colores; los cinco canales básicos de la energía y su actividad fisiológica. Es la correcta gestión de la energía «Jing esencial ancestral», antes de la concepción, y «Jing esencial adquirido», posterior al nacimiento a través de la dieta y la respiración constantes. El recorrido de la sangre también sigue la misma dinámica que la energía y, con esta ruta, la san­gre va proporcionando también la nutrición de los tejidos.

Sería interminable explicar todo lo clasificable según esta dinámica energética de los cinco elementos. El proceso de de­sarrollo natural normal es de doce meses y cuatro estacio­nes más la estación intermedia denominada Dojo.

Me gustaría destacar solo un aspecto que nos conviene conocer a los que pretendemos ser gestores de nosotros mismos en todos los ámbitos, pero concretamente en nuestra salud. Hay que tener en cuenta que la ingestión despropor­cio­nada de alguno de los sabores es la que empieza pro­duciendo una alteración en el órgano afectado y a su víscera complementaria. Esto daña a su anterior órgano, con­si­de­ra­do la madre, y a su siguiente, su hijo, según la medicina oriental, y así sucesivamente se inicia un ciclo nega­tivo destructor de la energía. De este modo empiezan todas las alteraciones y, si no sabemos cómo devolverlas a la nor­malidad, este ci­clo que se inicia en negativo seguirá de forma permanente, volviéndose crónico y llegando a lesionar las es­tructuras correspondientes, con lo que aparecen las enfer­medades. También es importante saber que las lesiones de los órganos se observan en la piel y en el mapa facial, ya que guardan una estrecha relación con los sabores.

El flujo diario del Qi

Todos los días la energía Qi viaja por la red de canales de for­ma específica, creando un ciclo de 24 horas exactamen­te igual que un reloj. Se divide en el yin y el yang, dos ciclos de 12 ho­ras, que se corresponden con los 12 meridianos por donde circula la energía alternándose. Este ciclo, aplicando los cinco elementos, podemos clasificarlo en cinco partes más los intermedios, esquema que significa el viaje del yin y el yang por todo el organismo igual que el anterior, pero más corto. En un solo día podemos aprender a observar la dinámica de la energía recorriendo nuestro organismo: nace, crece, se expande al máximo, se va contrayendo lentamente hasta lle­gar al extremo y se recoge para entrar en reposo, gestarse y nacer de nuevo.

Cuando dominemos este ciclo, esto nos ayudará mucho a localizar la hora y el órgano al cual corresponde el problema que se nos está manifestando y que no sabemos resolver. Existe un reloj energético en la medicina oriental que nos será muy útil cuando aprendamos a observarlo. También existen las manifestaciones clínicas derivadas del desequilibrio de los cinco órganos y las cinco vísceras en unos momentos concre­tos del día o de la noche y que evidencian ese recorrido con sus excesos y carencias.


EL YIN Y EL YANG EN LA VIDA DIARIA

Todas las «cosas» que nos rodean y que forman parte de nues­tro organismo pueden clasificarse como el yin o el yang. Así, las personas en las que predomina el yin tienden a ser pasivas y relajadas, con más imaginación, y las esencialmente yang sue­len ser más activas, con más capacidad de contraerse y ma­yor vitalidad. En la sociedad actual la medicina lo denomina metabolismo pasivo o acelerado.

Como se puede comprobar en esta clasificación, las cua­lidades yin y yang se dan en todos los aspectos de la vida, in­cluidas las actitudes; las emociones; los pensamientos; las percepciones; los colores, los sabores o las propiedades ener­géticas, térmicas y trópicas, así como las formas y las texturas de los alimentos.


Las cualidades de los alimentos están en constante transformación, y a la hora de valorar si son más yang o yin o qué parte poseen de cada uno de ellos, hay que tener en cuenta su naturaleza, sabor, olor, color, textura, e incluso la estación, pues el universo es ambivalente en todos sus aspectos.

La medicina oriental macrobiótica propone un alto con­sumo de alimentos «vivos», de origen vegetal, porque solo ellos disponen de esa energía dual, yin y yang, que puede ali­mentar y nutrir nuestros canales de energía, casi siempre descompensados. Estos se hallan así porque la mayoría de ali­mentos que nos ofrece la industria actual carecen de la ca­pacidad de reparar nuestros circuitos, razón por la que nos sentimos faltos de energía y cansados pese a consumir ali­mentos que nos parecen sanos. Hay que aclarar que el con­cepto «vivos» en este contexto no significa crudos, sino que tengan energía vital que pueda alimentar nuestro Qi energético, que posean unas características bioelectromagnéti­cas y bioquímicas a la vez —de las que no cualquier alimento dispone—, y que pueda asimilarlas nuestro organismo, pues no es tarea fácil.

CARACTERÍSTICAS YIN O YANG DE LOS ALIMENTOS

Las propiedades energéticas reparadoras de la energía Qi de las que acabo de hablar en realidad solo se encuentran en ali­mentos que conservan y mantienen su potencial energético, como cereales, legumbres y algunas semillas. Al contrario de lo que piensa la mayoría, no todos los alimentos que come­mos se transforman en energía. Precisamente son muy pocos los que se reconvierten y de los que se puede extraer la energía ATP.

Sabemos que las vitaminas no aportan ningu­na energía al organismo, aunque son imprescindibles como enlaces in­termediarios de incalculables procesos y rutas me­tabólicas; las grasas actúan como reservas; las proteínas son las que re­paran todos los tejidos que se desgastan, y única­men­te los cereales y legumbres integrales aportan el tipo de carbohi­dra­tos de bajo índice glucémico que se convierten en gluco­sa y, con la intervención de la insulina, llegan a re­convertirse en ATP dentro de la célula, lo que constituye la base de los procesos bioenergéticos.


CUALIDAD YANG CUALIDAD YIN
Luz Calor Que sube Exceso Seco Duro Masculino Activo Creativo Rojo Naranja Amarillo Crece en invierno Contractivo Pequeño Pesado Animal Astringente Salado Amargo Sodio Oscuridad Frío Que desciende Deficiencia Húmedo Suave Femenino Pasivo Receptivo Morado Azul Verde Crece en verano Expansivo Grande Ligero Vegetal Que dilata Dulce Agrio Potasio


CARACTERÍSTICASDE LOS VEGETALESYANG CARACTERÍSTICASDE LOS VEGETALESYIN
Alto contenido en sodio Crece en climas fríos Crece despacio De tamaño pequeño De poca altura Pesado Seco Crece a ras de suelo Hojas pequeñas Alto contenido en potasio Crece en climas cálidos Crece deprisa De tamaño grande De buena altura Ligero Húmedo Crece hacia arriba Hojas grandes

Esa es la razón por la cual los carbohidratos no refinados, procedentes de cereales y otras familias de pseudo­ce­rea­les integrales y legumbres con bajos índices glucémicos y muy lenta asimilación, con fibras solubles e insolubles que actúan como probióticos-prebióticos alimentando a las bac­te­rias be­neficiosas, constituyen la base de la alimentación macro­biótica equilibrada y estándar.

A algunos de los cereales que utilizamos en la alimen­ta­ción macrobiótica deberíamos llamarlos pseudocereales, ya que no provienen de las familias de gramíneas clásicas. En realidad, hoy en día existen más de 1.300 especies y cerca de 3.500 variedades de gra­míneas y pseudocereales, aun­que a lo largo de estas pá­ginas des­cri­bi­remos con detalle los más comunes y benefi­ciosos para tu salud: arroz integral, trigo, cebada, maíz, mijo, trigo sa­rra­ce­no, avena, quínoa, cen­teno, teff, amaranto y hato mugi.

Para restablecer tu salud, el asesor dietético de alimenta­ción macrobiótica, si es conocedor y practicante del diagnóstico morfológico, organizará tu dieta según sus criterios yin y yang, tu constitución y tu condición; esto incluye tus emociones y tu estilo de vida.

Lo más recomendable, si quieres iniciarte en la filosofía oriental y la medicina macrobiótica para mejorar tu salud o para mantener el equilibrio, es dejarte asesorar y guiar en todo momento por un profesional titulado.

El yin y el yang en la vida moderna

Actualmente, la mayoría tenemos una condición muy yin de­bido a que la alimentación industrial abusa de los produc­tos «ácidos químicos». Además de la alimentación y la con­ta­mi­nación, existen otros factores que desequilibran nuestra energía vital:

• Exposición a la radiación. Por lluvia ácida, plantas nuclea­res y otras fuentes radioactivas. Este factor es extremada­mente yin y, por desgracia, nos afecta a todos.

• Metales tóxicos y químicos yin. Están en los alimentos, el aire y el agua, y nos afectan a todos, no importa dónde vivamos.

• Cambios en los alimentos. Cualquier modificación que su­fra un alimento dispersa su energía yang y lo vuelve más yin. Por eso, los cultivos híbridos, los alimentos transgéni­cos, los métodos de agricultura industrial, el uso de fer­ti­lizantes fosfatados y los cultivos que utilizan herbicidas y pesticidas son absolutamente perjudiciales para nuestra sa­lud y nuestro equilibrio energético. Por otra parte, los ali­men­tos refinados, como la harina y el azúcar blancos, tam­bién son extremadamente yin, ya que el proceso indus­trial al que son sometidos destruye por completo su equi­librio vital.

• Medicina alopática. La mayoría de los fármacos utilizados en la actualidad por la medicina alopática son yin, como los antibióti­cos, los antidepresivos, los antiinflama­torios y otras muchas cla­ses de medicamentos sintéticos, además de producir res­puesta tóxica en muchas personas que los consumen creyendo que les beneficiarán.

• Drogas recreativas. El alcohol, el tabaco, la marihuana y otras drogas como la cocaína o la heroína son extremada­mente yin.

• Radiación electromagnética. Es muy común, aunque mu­cho más potente en las grandes ciudades, que están llenas de antenas de telefonía móvil y de señales de radio y te­levisión. Los ordenadores, los televisores y todos los equipos inalámbricos producen campos electromagnéticos muy yin que agreden la salud al interactuar con las estruc­turas del organismo.

• Microondas. Calienta de dentro hacia afuera, al contrario que el calor natural, que va de fuera adentro, y provoca un proceso de ruptura celular que destruye toda la energía de los alimentos.

Los alimentos tienen aplicaciones terapéuticas

Aquellos que se consideran ácidos o que generan acidosis metabólica, que produce un desequilibrio por exceso de ácido base, y los químicos como aditivos, medicamentos y mu­chos otros son extremadamente yin.

Cuando una persona consume un exceso de alimentos yin, estos generan una serie de síntomas también de tipo yin y que debemos contrarrestar con alimentos que aportarán de forma específica sustancias y energías de tipo yang para pro­ducir un equilibrio en todos los campos: físico, mental, emo­cional, electromagnético, vibracional, térmico, etc.

Si, por el contrario, se trata de exceso de yang, como en el caso de un consumo abusivo de fritos, salados, embutidos industriales o café tostado negro —aunque la planta no lo sea—, para equi­li­brarnos utilizaremos alimentos más ex­pan­sivos de tipo yin.


PERSONA YANG PERSONA YIN
Alto contenido en sodio Crece en climas fríos Crece despacio De tamaño pequeño De poca altura Pesado Seco Crece a ras de suelo Hojas pequeñas Alto contenido en potasio Crece en climas cálidos Crece deprisa De tamaño grande De buena altura Ligero Húmedo Crece hacia arriba Hojas grandes

Esta situación en teoría parece muy sencilla, pero en la prác­tica no lo es tanto porque ningún alimento es solo yang o yin, sino que todos tienen las dos energías a la vez y en di­ferentes proporciones. Además, actúan también en diferentes zonas del cuerpo; por esa razón, en la medida que vas ob­servando y estudiando esos procesos, se vuelve cada vez más difícil controlarlos.

La relación que hay entre el yin y el yang es muy diversa, partiendo de que existen los dos con simultaneidad y a la vez se «oponen», se repelen entre sí, tienen interdependencia el uno del otro y se utilizan mutuamente. Estos dos estados de energía y materia se consumen el uno al otro, existen y se sostienen mutuamente. Así, mientras uno «asciende», el otro «desciende», mientras uno «penetra», el otro «sale».

El exceso de yin revela enfermedad yang y el exceso de yang revela enfermedad yin.

Es importante entender que hay una relación directa entre los alimentos y todos los niveles de nuestro complejo siste­ma o «cuerpos» que poseemos, ya que todos ellos existen, se nu­tren o alimentan y se mantienen constantemente de di­fe­ren­tes formas de energía. Pero no hay que olvidar que la energía que consume nuestro organismo solo proviene o la produ­cen únicamente los alimentos que comemos, el agua que be­be­mos y el aire que respiramos. Los alimentos que co­memos deberían producir gran parte de la energía que con­su­me o ne­cesita nuestro organismo, pero, si comemos ali­mentos que no tienen energía, entonces generamos un dé­ficit energético. Algunas veces lo compensamos aumentan­do la cantidad de oxígeno con el ejercicio o la actividad física que nos obliga a respirar más de lo habitual, pero, si paramos esa actividad, entonces aflora ese déficit y nos sentimos en baja forma.

Por su parte, el agua tiene la posibilidad, si es la adecuada, de aportar unos nutrientes absorbidos de la tierra en la justa medida y que también pueden crear un balance energético favorable. Para que el agua pudiera compensar las deficien­cias nutricionales solo hasta cierto punto tendría que haber sido preparada por la propia naturaleza con una cadena de minerales trazada de forma equilibrada. Un agua a la que aña­damos minerales o demás no puede cumplir esas funciones electromagnéticas de la energía; son campos diferentes que, aunque pueden unirse, tienen moléculas muy diferentes.

Cada pensamiento o emoción que experimentamos existe gracias a que consumimos unos alimentos que le dan vida y literalmente lo nutren, ya que, si no fuera así, no existirían. Las culturas orientales taoísta, hindú, japonesa, tibetana, china, coreana… proponen la meditación, el nirvana y la ilumi­na­ción, estados que se caracterizan por la ausencia de pen­sa­mien­tos y emociones. Sabemos por las enseñanzas de Buda y otros maestros que estos estados se obtienen o se fundamen­tan en largos periodos de ayuno controlado. Si no se ali­men­tan, entonces no existen, pero sin alimentarnos no podemos sobrevivir mucho tiempo.

Como es lógico, cada alimento promueve un tipo carac­terístico de reacción que se traduce en una emoción, pensa­miento, actitud, movimiento, etc. Esto demuestra que sin alimentos no habría pensamientos ni emociones. Tampoco habría vida.

Son muchos los alimentos que generan reacciones negativas en nuestro cuerpo, aunque no lo sepamos, como las intolerancias a la lactosa, al gluten o a la fructosa, que in­fla­man las mucosas digestivas y bloquean el hígado o la vesícula, acidificando el intestino y la sangre. Como conse­cuencia de estas reacciones, se producen pensamientos y emociones ne­gativas, como la depresión, la violencia, la au­tocompasión…, y a la inversa, en positivo, como la alegría sin motivo aparen­te o la felicidad que experimentamos de forma permanente cuando llevamos una dieta equilibrada. Por ejemplo, el odio, la irritabilidad o la violencia se relacio­nan directamente con el hígado; la preocupación y las dudas influyen en el estado del estómago, el bazo y el páncreas; el miedo y la inseguridad conectan con los riñones y la ve­jiga; la ansiedad y el nervio­sismo se relacionan con el corazón, y la tristeza y melanco­lía, con los pulmones y los intestinos.

Cuando algunos de los órganos de nuestro cuerpo están afectados por alimentos «agresores», se producen deficien­cias y excesos en su funcionamiento. Por el contrario, si funcionan de manera positiva, producen reacciones armoniosas, como la alegría, la benevolencia, la creatividad, la atención, la concentración, el coraje, la acción, la comunica­ción, la imaginación…, y experimentamos la felicidad. El hígado se relaciona con la benevolencia y la amabilidad, el corazón con la alegría, y así sucesivamente.

Capítulo 03. LAS EMOCIONES, LOS PENSAMIENTOS Y EL ALMA

LAS EMOCIONES: CÓMO SE CREAN

Somos seres energéticos y vibracionales viviendo en un uni­verso también energético. Todo lo que hacemos se ve afec­ta­do o influenciado por las reacciones energéticas que se pro­ducen en nuestro organismo. La energía es más de lo que sentimos, es lo que somos, y la emoción no es un sentimien­to ni se produce al azar.

La energía nunca va a permanecer estática, de la misma forma que los seres humanos no podemos dejar de producir un movimiento continuo. La dificultad para comprender to­dos y cada uno de los movimientos de los diferentes niveles de energía que recorren nuestro organismo a través de la com­plejidad algorítmica de los circuitos o canales es la que nos impide saber cómo se genera en nosotros cada emoción.

Emoción significa etimológicamente «mover hacia», «re­mover», «sacar», «retirar», y la más completa raíz de la pala­bra expresa «sacar de donde aparentemente no hay». Esta descripción alude a la sutileza de las dos energías que inter­vienen o dan vida a cada emoción. Se considera «donde no hay» porque, en realidad, aparentemente para cualquier ob­servador resultan inexistentes, ya que no se vinculan a ningu­na acción específica voluntaria. Emoción es igual a energía en movimiento.

Cada emoción tiene una vibración y una frecuencia di­ferentes. ¿Qué es lo que hace que esta vibración y esta fre­cuen­cia sean distintas en cada momento y para cada persona? La respuesta según la medicina oriental es: los diferentes ali­men­tos y la forma personal de consumirlos. Estos actúan de for­ma bioquímica en nosotros y producen reacciones que ex­pe­rimentamos sin darnos cuenta de cuál es el origen que genera ese proceso, y tampoco nos percatamos de que esté relacionado con nuestra alimentación, ya que lo realizamos de forma automática, repetitiva e inconsciente. Esto dificul­ta la observación objetiva de dicho proceso, que además es una síntesis de otra síntesis.

Las emociones son manifestaciones fisiológicas que se presentan de forma alterna a lo largo del día, son los tipos de cambios emocionales que tiene el ser humano. Además, se consideran también las respuestas objetivas del cerebro ante los estímulos ambientales externos que nos rodean en todo momento. En la terapia dietética macrobiótica orien­tal se utilizan los sabores de cada alimento para producir los cam­bios energéticos en los órganos que nos interesan, ya que se considera que los patrones electromagnéticos de los ali­mentos en realidad son los que producen todas estas reacciones.

¿De dónde proviene la emoción y cómo se genera?

La emoción se produce con cada respiración, al unirse las sus­tancias sutiles que transporta el aire, como oxígeno e hi­dró­geno, y la síntesis de lo que llamamos en medicina orien­tal la «energía alimentaria», Gu Qi o síntesis de los ali­mentos. Esta energía es la que aporta el resultado final o sín­tesis de todos los procesos que realiza el organismo uti­lizando como base lo que hayamos comido unas horas antes. Al juntar los procesos bioenergéticos y electromagnéticos de la parte in­ferior del cuerpo físico con los de la parte su­perior que pro­ceden del aire, el sol y la luz, justo en ese mis­mo instante, al mezclarse y chocar esas dos energías a la altura del esternón, aparece una nueva energía que llama­mos emoción.

Los alimentos entran por la boca y pasan al estómago, don­de se descomponen para pasar al bazo, que es el órgano encargado de transformarlos en energía Gu Qi. La energía del bazo asciende hacia el tórax, se mezcla con el oxígeno y se une a la respiración, aportando una síntesis de la calidad más pura de los nutrientes que hemos ingerido o de los an­ti­nu­trien­tes tóxicos, si es lo que hemos introducido en nues­tro es­tómago. A partir de esta síntesis en positivo o en ne­gativo se crea la emoción y pasa al corazón para formar la sangre, al jun­tarse con el Yuan Qi del riñón. Por eso la emoción está vinculada al corazón, no al cerebro. Y se producirán emo­cio­nes positivas si los alimentos ingeridos pueden crearlas, y ne­gativas cuando no ha habido absorción de nutrientes porque el alimento está desnaturalizado, es de mala calidad nutricio­nal o tóxico.

Lo que de tu lengua sale del corazón proviene.

MATEO 15,18

Podemos experimentar que, al seleccionar mejor los ali­mentos que vamos a utilizar según nuestras necesidades, ex­cesos y deficiencias o desequilibrios, nuestras emociones cambian y se sostienen con cada respiración que realizamos. Las emociones se producen en el tórax al colisionar las dos energías, la de arriba o del cielo y la de debajo o de la tierra, de forma intermitente y constante.

De alguna manera se puede afirmar que las emociones son y forman parte de los síntomas claros y contundentes de lo que llamamos nuestra salud física, tanto en positivo como en negativo, y se puede influir sobre ellas y modificar­las a nues­tra conveniencia si se analiza con detenimiento el estado del órgano específico que las genera y con el que están directa­mente relacionadas. Esas emociones o pensa­mientos pode­mos contrarrestarlos con una alimentación adecuada para producir e intervenir en esta situación de cam­bio a nuestro favor.

Cada una de las emociones que experimentamos tanto en positivo como en negativo provienen de la relación direc­ta entre los alimentos que hemos seleccionado en nuestra dieta, la forma de procesarlos, el tropismo que llevan incorpo­rado, los mecanismos de termorregulación y el estado de cada uno de nuestros órganos, la calidad del agua que inge­ rimos y, por último, la calidad de la atmosfera del entorno que respiramos.


Un ejemplo es la necesidad y la utilización que hace la so­ciedad de los estimulantes o los psicotrópicos, como al­cohol, tabaco, café o cualquier otra droga. Para poder cam­biar sus emociones rápidamente, las personas necesitan esas sus­tan­cias, aun sabiendo que destruyen su salud, porque no en­cuen­tran otra forma de poder cambiar sus emociones. Estas sustancias, al igual que los alimentos que entran por la boca o la nariz, se unen a la respiración inmediatamente y, en cuestión de segundos, la emoción cambia totalmen­te. Sin te­ner que hacer nada más que ingerirlas, experimentamos emo­ciones de alegría que nos relajan, activan o evaden según nues­tras preferencias y necesidades. Por eso las consumimos y, sin saberlo, seleccionamos las que nos pro­ducen las emo­ciones que queremos experimentar. Esto de­muestra que las sustancias alimentarias o complementarias a los alimen­tos que ingerimos producen nuestras emociones.

LOS PENSAMIENTOS:
EL RESULTADO DE LAS EMOCIONES

Cada emoción produce una reacción neuronal a la que nues­tra mente racional reacciona instantáneamente, y esta la in­terpreta inmediatamente con nuestro sistema cognitivo y le vincula un pensamiento, que en ese preciso instante es atraído por nuestro sistema neuronal, nuestra mente ra­cional, hacia nosotros por polaridad magnética. Es decir, un polo se halla dentro de nosotros y se ha generado con to­dos los re­sultados de lo que hemos comido unas horas an­tes actuan­do como captador, y fuera, en nuestro campo de respiración, se encuentran esas formas de pensamiento que nosotros pode­mos atraer en función del polo creado en nues­tro interior.

Polo positivo atrae a polo negativo y a la inversa, así se funden en esa unión y los llamamos «nuestros» pensamien­tos, cuando en realidad lo único que es nuestro es la emoción que hemos creado sin saber cómo. Esta es la que da vida a ese tipo específico de pensamiento que atraemos hacia nosotros, a nuestro campo de respiración personal.

Como conclusión, me gustaría indicar que la emoción da vida, atrae o crea el pensamiento, y no al revés. De forma cla­ra para la etiología oriental, primero existe la emoción y luego esta crea o atrae al pensamiento que le es afín o que está en sin­tonía con ella.

Anatomía del pensamiento

Según la neurociencia, los millones de neuronas de nuestro cerebro configuran el esquema de nuestros pen­samientos, pero sabemos que, si no introducimos nuevos conceptos y formas de pensamiento, nuestro sistema tiende a la repetición y a la reducción de pensamientos en círculos cerrados. Esta es la situación más habitual porque siempre so­lemos consumir los mismos alimentos que nos gustan de la misma forma y a las mismas horas, creando así un circui­to cerrado sin posibilidad de cambio.

Las sustancias bioquímicas llamadas neurotransmi­so­ras son las que realizan las conexiones. Es de vital impor­tancia el estado bioquímico correcto de nuestro cerebro, ya que los niveles más altos o más bajos de serotonina, en­dorfinas, do­pamina, oxitocina, adrenalina y otras son la clave de las fun­ciones mentales, el comportamiento, el co­rrecto estado de ánimo y el humor. La ciencia actual se re­fiere a los tres ce­rebros del ser humano: en primer lugar, al estóma­go y su red neuronal; el segundo cerebro, que se refiere al in­testino, donde se procesan las bases que alimen­tarán al cerebro propia­mente dicho (el tercero) si este reco­rrido de los alimentos se ha producido correctamente. Si no es así, se destruyen las neu­ronas de los tres cerebros y no se re­pa­ran, y aparecen los es­tados y reacciones negativos de todo tipo.

¿Por qué no podemos cambiar nuestros pensamientos a pesar de saber que viajan más rápido que la luz? La respues­ta, en mi opinión, es simple: porque nosotros los creamos y mantenemos cada día con las mismas sustancias a las que es­tamos acostumbrados, ya sean alimentos, estimulantes o dro­gas, y que introducimos en el cuerpo (café, tabaco, azú­car, alcohol, etc.). Pretendemos seguir introduciendo esas sustan­cias todos los días y a la vez queremos cambiar nuestra for­ma de pensamiento. Para que podamos producir el cambio que nos gustaría tenemos que modificar nuestra alimentación, ya que las neuronas digestivas del estómago y, después, las del intestino son la base bioquímica que produce la ac­tividad neuronal del cerebro.

En la actualidad la neurociencia define a este como el ter­cer cerebro, lo que demuestra que depende de los otros dos. Significa que el primer punto donde todo debe funcionar co­rrectamente en todos los sentidos es nuestro estómago. Ahí están las neuronas que deben repararse en primer lugar, pues de ellas depende la correcta reparación de las neuronas del in­testino, donde se produce el 95 % de la serotonina precur­sora de las hormonas denominadas de la felicidad, y solo así se puede garantizar que las neuronas del cerebro serán alimen­tadas de forma perfecta.

En la repetición no hay cambio posible. Después de mu­chos años lidiando con esta situación en mí misma y en cien­tos de personas, mi conclusión es que preferimos seguir consumiendo nuestras «adicciones» —llamémoslas así, ya sean pequeñas o grandes, no importa el tamaño— y ser es­clavos de ellas antes que abandonarlas, suplirlas por las sus­tancias que nos permitan liberarnos y producir un cambio reparador en positivo en todo nuestro sistema, y así produ­cir las emociones y pensamientos que nos gustarían y en los que estemos interesados en experimentar.

EL ALMA: LA ENERGÍA
QUE ANIMA LA MATERIA

Del latín y del griego anemos, «soplo». Las palabras animal y animar tienen la misma raíz y significado. Animar, insuflar áni­mos, vitalidad, en la psicología de Jung significa anima-­animus, el «arquetipo de vida», eterno femenino/mascu­lino en el inconsciente humano. Es un arquetipo de vida que puede tener varias representaciones y una de ellas es la Madre Tierra. Es la matriz energética o lo que ani­ma, la «vitalidad» que está detrás de la materia física. La di­ferencia entre función y materia.

En el taoísmo de Confucio y de Lao Tse, el alma se cla­sifica en cinco partes:

1. Alma-Ling es un nombre genérico que combina la conciencia y diversos factores espirituales. El espíritu Shen, según esta filosofía, se encuentra diversificado y cada uno de sus aspectos está vinculado a cada uno de los cinco diferentes aspectos del alma.

2. Yi, alma-pensamiento intelectual, asociada al bazo chino, es la parte más sólida del alma y engloba las posibilidades y las creencias, y también la conciencia de las posibilidades de modificarla o de cambio en noso­tros. En po­sitivo es la memoria del pasado de la cual sa­camos la ex­pe­riencia; la obsesión y la falta de reflexión se produce cuan­do esta se encuentra en negativo. Cuando este proceso no es co­rrecto no vemos la posibilidad de cambiar nuestras circuns­tancias, nos sentimos atrapados, enfermamos y buscamos sustancias compensatorias que nos satisfagan en el momen­to, sin importarnos las conse­cuencias ni el precio que tenga­mos que pagar en términos de desgaste de la energía y salud.

3. Hun, alma etérica, viajera «humana» —no tiene una traducción exacta—; es el aspecto etéreo del alma, puede separarse del cuerpo y, de hecho, lo hace cada noche du­ran­te la fase del sueño. De ahí el concepto «viajera», porque puede moverse o proyectarse a la velocidad de la luz, aunque esta función Hun está vinculada a eventos neuro­fisiológicos y a los movimientos oculares rápidos que se pre­sentan durante alguna fase del sueño MOR o REM. No está sujeta a las mismas leyes que la materia densa, pero sí está ligada al cuerpo físico personal; reside en el hí­gado, tam­bién llamado en la medicina tradicional oriental china y japonesa «la casa del alma». Es la parte que so­brevive a la muerte y perdura durante tres generaciones hasta que se desintegra; la parte que después de la muerte algunas per­so­nas pueden ver porque es una estructura de energía etérea.


Esta estructura es la que en nuestra cultura occidental llama­mos alma o lo que anima o infunde vitalidad o vida a todas las cosas. De ella depende nuestra percepción e intui­ción. El budismo lo llama mente superior abstracta o subconsciente. Un científico médico descubrió hace unos años, pe­sando los cuerpos, que la persona en el momento de la muerte perdía instantáneamente 21 gramos de peso, pero no fue aceptado por el mundo académico porque no fue un ex­perimento pro­longado lo suficiente en el tiempo como para obtener la categoría de verídico.

En la tradición egipcia, griega y romana está extensamen­te documentado y representado «el peso de las almas». Anubis y la balanza es un clásico repetido ampliamente en diferentes culturas, aunque con otros símbolos. La existencia y cultivo del alma era evidente en la Antigüedad como algo muy importante y a tener en cuenta durante toda la vida, ya que era la clave para pasar a otra dimensión sanadora benéfica superior al morir. Según la cultura egipcia, muy avanzada en el co­nocimiento de la muerte, todos pasamos al morir un tribu­nal de justicia que coloca nuestra alma en una balanza. Si el peso se decanta hacia el otro extremo donde hay colocada una pluma, aunque sea muy poco, quiere decir que no pode­mos pasar al otro lado, al «paraíso» —lo que sea que entendamos por esto—, ya que la balanza indica el peso exacto de nuestras malas acciones y errores cometidos contra nosotros mismos o los demás. Este peso queda grabado en nues­tra alma y nos mantiene prisioneros, pues añade y es de una den­sidad suficiente que no nos permite elevarnos a dimensio­nes más sutiles y livianas donde no hay sufrimiento y podemos gozar de esa felicidad.

En la cultura y medicina orientales de diferentes países, más conocedoras de las partes sutiles no tan densas del ser hu­mano, el alma Hun es un elemento de nuestra estructura energética clave y a tener en cuenta, ya que interviene de for­ma directa en la salud y en la enfermedad. Significa que de­bemos alimentarla correctamente y cuidar al máximo porque, si esta estructura llamada Hun enferma, nuestro cuerpo no tarda mucho en presentar graves afecciones. Todos hemos oído expresiones como «está enfermo del alma», «vendió su alma al diablo», «perdió su alma», «dolor del alma»… «Me due­le el alma» significa que no podemos vivir sin nuestra alma o con ella dañada, porque es la que infunde vitalidad o vida al cuerpo.

4. Zhi reside en los riñones, relacionados con el agua, la con­cepción y la fertilidad. La longevidad y la sabiduría que se acumulan durante una vida son la energía Jing esencial. La voluntad y la capacidad emprendedora del ser humano dependen de Zhi.

5. Shen es igual al espíritu y reside en el corazón, elemento fuego —no confundir con la sustancia fundamental Shen, que proviene de los alimentos y que se sintetiza también en el corazón—. Es la paz del espíritu, la conciencia.

6. Po es el alma corpórea animal, terrestre o sensitiva, y está asociada a los pulmones. Es la parte más física del alma li­gada a las siete emociones. Es el instinto y el subconsciente. También es un principio vital en las plantas y los animales. Lo que nos diferencia es que en estos ese principio es colec­tivo por especies y en el ser humano es individual.

Como los órganos y su actividad también son yin o yang, podemos equilibrarlos a través del yin o yang de la dieta. Por ejemplo, el hígado se beneficia de la col fermentada de sa­bor ácido, de usar poca sal o de una cocción ligera de los alimen­tos en general, de la pasta de cereal sin gluten y de las verdu­ras escaldadas o al vapor. En cambio, el pulmón agradecerá alimentos secos, picantes y algo salados.

A grandes rasgos, podríamos clasificar los principales ór­ganos según su yin o su yang, como en esta tabla:


ÓRGANOS YANGÓRGANOS YIN
PulmonesCorazónRiñonesBazo y páncreasHígadoIntestino gruesoIntestino delgadoVejigaEstómagoVesícula biliar

LOS ALIMENTOS GENERAN REACCIONES BIOQUÍMICAS QUE PRODUCEN LOS ESTADOS DE ÁNIMO

Como hemos visto, según la etiología que estudia el origen o causa de las enfermedades, los alimentos producen los esta­dos de ánimo y los pensamientos de cualquier tipo, tanto los positivos como los negativos. La alimentación equilibra­da —considera la medicina oriental macrobiótica— genera una armonía entre las fuerzas yin y yang y desarrolla en cada uno una capacidad meticulosa de observación de nuestras emociones y pensamientos en nuestro organismo. Dicho estado permite poder ser conscientes y ver la relación direc­ta del alimento, órgano, emoción, pensamiento y acción, y cómo esta cadena de procesos simultáneos produce unas reacciones bioquímicas, que a su vez son las que generan nuestros estados de ánimo y nuestros pensamientos. Como he explicado antes, estas siempre se apoyan en un proceso orgánico.

La filosofía macrobiótica ve en la persona un todo forma­do por su estado físico y su estado anímico del alma, y ayuda a comprender de qué manera repercuten los alimentos en nuestras emociones y, a su vez, estas en el estado general di­recto en nuestra salud integral y la forma como encaramos el proce­so vital.

Como podemos ver, cada nivel se corresponde con un reino y con unos alimentos que pertenecieron a cada época o era del pasado, y que recorremos de nuevo muy rápidamente a través del ciclo de gestación de nueve meses o periodo del embarazo.


Durante el proceso de gestación, en el útero materno, recorremos todos los niveles de la escala evolutiva. Es un viaje que nos permite volver a vivir todas las etapas del pa­sado (2.800 millones de años).

Una alimentación según diagnóstico

Dime lo que comes… y te diré quién eres.

Constitución: se forma con la suma de la herencia genética de nuestros padres y sus antepasados, que se añaden y se aportan como «primera piedra» o, mejor dicho, como «ma­teria prima» en el momento de la concepción, y que nos acom­pañará hasta el momento de la muerte sin ninguna po­sibilidad de cambio. También se aporta a través de nuestros padres la influencia directa de la climatología del lugar. Es lo que en Occidente llamamos «herencia genética».

Condición: es el resultado del tipo de alimentos más yin o más yang que hemos consumido desde el nacimiento. La suma de lo que hemos comido durante toda nuestra vida pro­porciona una síntesis permanente o una condición determi­nada que nos define fisiopatológicamente. Como nuestra condición depende de la alimentación, podemos cambiarla si modificamos nuestros hábitos alimentarios en el momen­to que queramos.

La recuperación, reparación y regeneración de nuestro organismo se producen solo a través del procesamiento co­rrecto de la energía que circula por los canales y que está unida a ciertas sustancias que contienen algunos alimentos; la forma de prepararlos puede potenciar o destruir esas sustancias.

LA MORFOLOGÍA

Hay un mapa genético grabado en nuestra cara, así como en el resto del cuerpo, a través del cual podemos interpretar cuál fue el estado de nuestros órganos cuando estuvimos en el vientre materno. Este mapa también nos dice qué alimen­tos comió en exceso o en deficiencia nuestra madre durante ese periodo. En él podemos ver los factores hereditarios o genéticos, los cambios producidos durante el proceso de ges­tación y embarazo de nuestra madre, las descargas de exce­sos alimenticios que se produjeron en el organismo de ella y cómo nos afectaron. Además, cómo se fueron formando nuestros órganos y sistemas a partir de todos esos procesos personales de nuestra madre: sistema nervioso, circulatorio, respiratorio, digestivo, linfático, hormonal, óseo, inmunoló­gico… Todos ellos se formaron con la base gené­tica de nuestros padres, el 50 % cada uno, más la alimentación que mantuvo nuestra madre durante el embarazo, así como su estado de salud durante ese periodo. Con toda esa enor­me suma de síntesis de procesos se formó nuestra tipología, nuestro aspecto físico. Esta complejidad de procesos bioló­gi­cos y fisiológicos puede realizarse de forma consciente o in­consciente. Que no seamos conscientes mientras se reali­zan no significa que no se estén produciendo. Y, por otro lado, ser conscientes nos permite intervenir a favor o en contra.

Esto significa que, si vamos a ser padres, podríamos pre­pararnos previamente y aportar como patrimonio genético equilibrio y salud a nuestros futuros hijos ya desde la base ge­nética, creando una situación óptima para que se desarro­llen correctamente todos los órganos y procesos que serán su herencia de salud para toda su vida.

La madre tiene doble responsabilidad porque su alimen­tación durante el embarazo, posparto y lactancia, así como la primera alimentación solida del bebé, marcarán la condición más yin y yang y las estructuras físicas de la persona que na­cerá. Y en la mayoría de casos nadie se prepara previamente para llevar a cabo esas funciones de forma correcta; lo más habitual es improvisarlas sin ningún conocimiento ni crite­rio. Por esta razón, no deberían sorprendernos las situacio­nes inesperadas que puedan suceder después con la salud de esa persona.

Estos dos conceptos forman la base del diagnóstico mor­fológico de la metodología oriental macrobiótica, que nos proporciona la base de la fisonomía, sobre todo la estructura de la cara y los órganos del cuerpo y sus funciones refle­jados en ella.

En nuestra cultura ancestral se dice: «La cara es el espejo del alma». Esto se refiere precisamente a este concepto: todo nuestro pasado genético está escrito en nuestra cara como un mapa, pero solo puede leerlo el que conoce previamente el significado de estos códigos, que, por otro lado, son univer­sales. También se refiere a que cualquier alteración en el fun­cionamiento de nuestros órganos inmediatamente se refleja en nuestra cara.

Toda la alimentación utilizada por nuestros antepasados genéticos es la que forma la estructura arquitectónica tisular de nuestra fisonomía, como si de un edificio se tratara y pu­diéramos ver los materiales de construcción, que quedan re­cubiertos por perfectas paredes, en este caso tejidos y piel.

En la medicina oriental se manejan los conceptos yin y yang para definir la ley de los opuestos complementarios que rigen el universo dual tanto en el terreno energético de la fí­si­ca como en el bioquímico y bioelectromagnético. En la An­ti­güedad, en Occidente estos conceptos también se manejaban con asombrosa precisión, pero para nuestra mentalidad más concreta, los conceptos o terminología utilizados resultaban demasiado abstractos y se cambiaron por algo más específico y fácil de comprender y comprobar solo para la ciencia química, tanto si es orgánica o inorgánica: el balance entre so­dio y potasio en el pH humano.

El equilibrio entre los entornos externo e interno produ­ce los estados físicos, anímicos, emocionales, mentales y es­pi­rituales. Según nos enseña la «alquimia interna» oriental, el pro­ceso de la vida se mantiene cada segundo gracias a la unión o choque de dos energías. La unión de la energía in­ter­na y la externa es la que va generando todo tipo de pro­ce­sos en nosotros. Este choque continuo se produce cada segun­do con la respiración, algo que nunca podemos dejar de hacer.

1. Energía del «cielo», materializada o concretada en el aire que respiramos; es igual a oxígeno.

2. La energía de la «tierra», expresada en los alimentos que comemos y bebemos y de los cuales se produce una sín­tesis llamada «energía alimentaria», Gu Qi, «energía esencial adquirida» o «la esencia del cielo posterior», y que in­terviene en y a través de cada respiración añadiéndo­se continuamente al aire que respiramos y formando una mez­cla nueva que penetra en nuestro organismo para man­tenerlo vivo. Como consecuencia de este choque entre el cielo y la tie­rra nacen las emociones.

Todas las manifestaciones físicas mentales y espirituales lo son del entorno que nos rodea más la sínte­sis de los alimentos que hayamos comido, que penetra en nosotros cuando respiramos.

Existen señales claras de las enfermedades mucho antes de que aparezcan. Hay una falta que acusa nuestro cuerpo y que es una señal de alarma que nos proporciona, no para introducir un suplemento que nos vuelva dependientes, sino para corregir una causa que irá creciendo si no la revertimos.

El sistema morfológico es un mapa en el cual poder apre­ciar las bases genéticas hereditarias de la persona, así como el estado de los órganos internos en cada zona de la cara co­rrespondiente con cada sistema: circulatorio, nervioso, res­piratorio, digestivo, hormonal, linfático, etc.

RELACIONES ENTRE CARA Y ÓRGANOS


Pongo unos ejemplos prácticos, sin profundizar en ellos, para mostrar cómo se gestiona el diagnostico morfológico:

Boca

Representa el sistema digestivo y podemos verlo reflejado en ella. Cuanto más grande, más débil es su sistema digestivo.

Labios

La parte superior refleja el estómago; la inferior, el intestino del­gado; la interna, el intestino grueso; y la externa, el duo­deno.

Lengua

Es un mapa donde se encuentran todos los órganos refleja­dos, por zona, tamaños y capas. Por otra parte, la saburra lin­gual o capa blanquecina sobre ella nos permite precisar los diferentes niveles de acidez de nuestro pH.

Cejas

Reflejan la fortaleza física y la vitalidad. Su depilación re­du­ce nuestra fuerza y no nos permite diagnosticar con precisión. Se dividen en tres partes:

• La zona del inicio de la ceja o el origen refleja los tres meses de embarazo y la juventud.

• La zona media, los seis meses de embarazo y la edad adulta.

• El final, la última fase de embarazo y la vejez.

Globo ocular

• El color azul significa menos luz solar y es propio de las personas que nacen en el norte.

• El color marrón es propio de países con cuatro estaciones y más luz solar, como los países del este.

• El color negro del trópico, con máxima luz solar, es pro­pio de países del sur.

Como ejemplo de esta metodología se encuentra la iri­do­logía de Bernard Jensen.

El extremo sampaku yang, muy diagnosticado en Oriente y en la Macrobiótica, se refiere a personas muy desequilibra­das y con fuertes psicopatías, asesinos famosos en los que po­demos observar a través de sus caras y ojos que sufrían este extremo. Las personas con sampaku yin se dice que son demasiado buenas y suelen ser líderes sociales que brillan por su bondad y suelen morir asesinados. Estos dos extremos de desequilibrios energéticos muestran que el compor­tamiento se puede regular. Los padres de esas personas po­dían haber cambiado con la dieta, desde la más temprana infancia, esa condición tan extrema.

Orejas

Podemos ver el sistema digestivo, el sistema nervioso y el sistema circulatorio. Las orejas de Buda se caracterizan por un lóbulo muy grande que cuelga. Este produce grandes re­ser­vas de minerales, lo que genera un cerebro muy potente con más capacidades de las habituales y más funciones ner­vio­sas, que le permiten un control total ante cualquier situa­ción adversa. En la actualidad este tipo de oreja prácticamente no existe, porque hay grandes déficits de minerales en toda la so­ciedad debido al abuso de alimentos que los consumen has­ta agotarlos y también a los cultivos abusivos deficitarios. Existe una metodología terapéutica que demuestra este mapa de diagnóstico: la auriculopuntura.

Frente

Toda la posición física y mental, cada área, se corresponde con zonas del cuerpo. Los intestinos muestran el estado de salud, y cualquier señal que aparezca —manchas, arrugas, gra­nos, escamaciones, rojeces…— es una señal para interpretar cómo están nuestros intestinos.

Pelo

Toda la cabeza humana es un mapa distribuido por múl­tiples áreas que se corresponden con órganos y sistemas. El color, la textura, la abundancia, el brillo, la carencia, las zonas donde se produce la caída… se corresponden con cier­tos órganos y se manifiestan en toda la estructura capilar, así como en su raíz. Las líneas de expresión están marcando el funcionamiento del pasado y el actual de nuestros órganos internos, y siempre muestran nuestros excesos.

Una de las leyes de los doce principios es la relatividad, y esta dice que «no hay nada neutro», que o bien el yin o bien el yang se hallan en exceso en cualquier fenómeno.

Los alimentos de los que abusó nuestra madre durante el embarazo están grabados en nuestra cara a través de las líneas de expresión. Los órganos internos, según la metodo­logía oriental, interactúan entre ellos creando la compleja personalidad individual. Cada órgano contribuye a modelar el carácter de la persona. Actualmente las nuevas generacio­nes nacen con unos déficits de energía hereditaria más gran­des que las generaciones de nuestros abuelos. Esto se debe a que en un periodo corto de 50-60 años los hábitos alimenta­rios han cambiado drásticamente. Ellos se alimentaban bá­si­camente cada día de legumbres, cereales, semillas, verduras, lácteos no envasados de animales sanos no tratados diariamente con antibióticos y proteína de animal en menos can­ti­dades, así como fruta una vez al año; no refinaban los alimentos como la harina; no había granjas, ni cultivos transgénicos, ni contaminación ambiental; había aguas limpias, tierra sana… En la actualidad se come básicamente todo en­vasado con un altísimo porcentaje de procesados y aditivos químicos, alimentos desvirtuados sin su potencial energéti­co. Esto produce efectos en los niños, que nacen ya con proble­mas de salud crónicos.

Se podría decir que todos somos víctimas directas o in­directas, unos más que otros, de las trampas de la industria, no solo la alimentaria, sino de muchos otros sectores. Inclu­so afecta a nuestra mentalidad, y hemos llegado a dar por validas ciertas ideas sobre alimentación que nos proponen y que nos alejan de la lógica que impone la naturaleza.


PARTE II

LA MACROBIÓTICA

Capítulo 04. ¿QUÉ ES LA MACROBIÓTICA?

UNA FORMA DE PENSAR
Y UN ESTILO DE VIDA

Muchas personas han oído hablar de la Macrobiótica como un sistema de alimentación, pero no todas saben en qué con­siste y, sobre todo, qué beneficios puede aportar a nues­tra sa­lud y a nuestra armonía interior.

No se trata de un vegetarianismo extremo, que está tan de moda, ni de una dieta para adelgazar. En realidad, la Macrobiótica es una síntesis práctica de la filosofía y la medici­na oriental que incluye la terapia dietética o alimentación equilibrada y que se presenta como el camino ideal para ob­tener el equilibrio físico, mental, emocional y espiritual. estos objetivos y conceptos, aunque parecen inalcanzables, son po­sibles aplicando correctamente las leyes universales, ya que, según demuestra la medicina oriental, unos dependen de otros, están unidos y son interdependientes.

El conjunto de métodos de la filosofía oriental macrobió­tica actual nació a principios del siglo XX en Japón y preten­de prevenir y resolver un buen número de síntomas a través de la nutrición según diagnóstico previo de la consti­tución y la condición de cada persona. Durante estos cien años de práctica de la dieta estándar por parte de sus numerosos se­guidores han quedado demostrados los beneficios que pue­de aportar a la salud. Actualmente mantiene sus características curativas si se aplica con conocimiento profundo del yin y el yang en el diagnóstico de los excesos y deficiencias, así como en la selección de los alimentos apropiados para contra­rrestar esos excesos y deficiencias, junto con un dominio de las técnicas de cocción y preparación de los alimentos en la misma línea equilibradora. Siempre tiene como objetivo al­canzar un nivel máximo de salud en todos los campos. Hay muchas personas que, sin padecer ninguna patología concreta, la adoptan como la manera habitual de alimentarse, bus­cando así el equilibrio que necesita el organismo. Es similar a practicar un método, una medicina preventiva o, mejor aún, una sana y armónica forma de pensar y comprender nuestra existencia dentro del proceso universal, así como un estilo de vida y nutrición.

La Macrobiótica es una síntesis que engloba varios mé­todos: la filosofía oriental, la medicina oriental, el yin y el yang, los cinco elementos, el diagnostico morfológico, téc­nicas de ejercicio y respiración como do-in y shiatsu, y la die­tética oriental o la alimentación equilibrada. Esto último hace mención a si entendemos como equilibrio el justo ba­lan­ce entre el ácido y alcalino en el pH de la sangre, como diríamos en Occidente, o en el concepto oriental el ying y el yang de la energía. La cocina equilibrada está basada en to­dos los criterios anteriores unificados y llevados a la practica en tres áreas:

a) El conocimiento de la constitución original de cada persona, es decir, la herencia genética que marca la dinámica de sus estructuras.

b) La condición adquirida por la climatología del lugar más la alimentación llevada a cabo hasta el momento presente.

c) La dieta que compensa y mantiene los excesos y deficien­cias producidos en nuestro sistema anterior hasta el mo­mento de iniciar el cambio propuesto aquí.

Muchos de los problemas de salud que padecemos tienen su origen en la errónea selección, combinación, procesos de elaboración y cocción/preparación de los alimentos que uti­li­zamos, así como en la pobre digestión y no absorción o asi­milación de los alimentos, además de los procesados y adi­tivos químicos, tóxicos, que suelen llevar incorporados sin que nos demos cuenta. Como puedes ver, la cadena de erro­res que podemos llegar a cometer por desconocimiento es muy larga.

Nuestro organismo desarrolla mecanismos y procesos para compensar esta mala nutrición, que conocemos como «enfermedades» o desequilibrios. Por tanto, cualquier medi­camento o producto, sea cual sea su origen, poco puede hacer contra ellas si no se soluciona el problema de base, es decir, la «causa» que los produce y que inicia todos esos procesos en negativo, en contracorriente de la bioenergía que circula por todos nuestros canales o Qi. Lo que comemos es, de he­cho, la fuente y el origen de la energía que hace mover todas las áreas de nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra men­te y la totalidad de nuestro ser. El combustible del cuerpo es el Qi.

Para la medicina oriental tradicional, la enfermedad fí­si­ca es la última manifestación sintomática de antiguos desequilibrios, deficiencias, estancamientos o bloqueos y otras dis­funciones crónicas en el sistema o mapa energético que recorre el organismo humano. Solo se resuelven restauran­do el fluir de la energía por la red de canales, como si de un sistema eléctrico se tratara, de acuerdo con el entorno electromagnético que dinamiza la energía.

Es importante saber que al hablar de desequilibrios no solo nos referimos a aquellos elementos que afectan físicamente al cuerpo, pues según este concepto taoísta, el cuerpo físico es el vehículo que aglomera varias estructuras energé­ticas que llamamos pensamientos o cuerpo mental, emocio­nal o astral, espiritual…

Todos los niveles o cuerpos, de abajo arriba o a la inver­sa, están interconectados, unidos por puntos de fusión que los vinculan, y se autorregulan, retroalimentan y dependen unos de otros, aunque no seamos conscientes.

¿CÓMO SABER CUÁL ES LA INFORMACIÓN CORRECTA SOBRE ALIMENTACIÓN Y SALUD?

Además de todo lo anterior, tenemos otro método que po­demos aplicar de manera sencilla para saber si lo que se dice es cierto o no: probándolo y observando los resultados. Pero, como he dicho antes, no todos estamos predispuestos a re­nunciar a nuestros hábitos y a probar disciplinas nuevas. Lo más fácil es creer ciegamente a los personajes públicos por los que tenemos simpatía, que carecen de formación, expe­riencia y conocimiento del tema, pero que nos proponen productos facilísimos de conseguir. Esas propuestas son una publicidad que los beneficia y no hay ningún rigor científico detrás de ellas.

Pondré un ejemplo: un batido de plátano con leche para desayunar, con la coletilla añadida de que tiene muchas vi­ta­minas y demás, y de que «va bien» para tal o cual cosa. Yo te reto a probarlo una temporada y a comprobar los resultados.

A veces solo con observar los objetivos, estos ya nos ha­blan de la fuente. Lo primero que deberíamos hacer es co­no­cer cuál es la intención de lo que nos están recomendando: vender un producto, hacer publicidad de un personaje, ven­der un libro sobre alimentación escrito por un autor no ex­per­to, rellenar un espacio publicitario… Saber cuál es el objetivo nos dará la respuesta para deducir qué tipo de in­for­mación nos están trasmitiendo y comprobar su fiabilidad. En los últimos años todo el mundo habla de alimentación y salud sin tener ni idea, ya que está de moda.

Otra pauta clave que siempre debes tener en cuenta es que el buen profesional te dirá lo que debes abandonar o evi­tar por producir una reacción agre­si­va para tu salud, mientras que el aficionado, por su parte, siempre te re­co­mendará o ven­derá algo. Puedo decir que el organismo humano casi siem­pre mejora cuando le quitas lo que no funciona más que cuando incorporas un producto recomenda­do para todos, que seguramente tampoco funciona. En este caso, como en la mayoría de ellos, «menos es más».

INTERNET: ¿UNA AYUDA O UN OBSTÁCULO?

Una de las causas que ha añadido más «caos» en la informa­ción es la existencia de internet. La facilidad con la que cual­quier persona, sin necesidad de ser profesional, puede acceder y dedicarse a dar consejos es una parte importante de este maremágnum. En la red podemos encontrar cualquier tipo de información, puesto que prácticamente está todo, aunque también es cierto que hay muchos temas y disciplinas de los que no hay nada publicado todavía.

La información de fácil acceso, que aparece a la primera sin tener que buscar, suele ser estándar y proceder de la in­dustria alimentaria. En el campo de la salud, la alimentación y la medicina, se presenta siempre como una teoría genérica estandarizada sin ninguna precisión particular, que parte de unos valores también genéricos. No puede funcionar porque ningún organismo presenta una situación idéntica a la de otro. Sin previo sondeo o diagnóstico, nadie puede saber lo que te conviene a ti en particular.

La información más contrastada y de mayor fiabilidad sue­le estar más oculta, ser de más difícil acceso, por lo que tie­nes que saber del tema para localizarla. Y si buscas la más fiable, según mi experiencia, puedes pasarte horas e incluso días batallando en internet hasta dar con ella. Suelen ser tra­bajos de investigación rigurosamente presentados, cuyos tí­tulos son relativos a la química y la bioquímica, referentes a sustancias concretas. Se trata de tesis elaboradas por grandes profesiona­les que han experimentado al máximo sobre un tema específico y que publican hasta el más minucioso deta­lle de sus resultados..

Como conclusión, cuando hayamos encontrado una in­formación correcta, para poder diferenciar al profesional del que no lo es hemos de decidir si nos lanzamos a probar esas propuestas o no. Sobre todo, porque, aunque la información sea correcta y de primera categoría, no deja de ser muy ge­neralizada y no sabemos si nosotros en particular tenemos esa necesidad. Pero también tenemos que saber si nuestro or­ganismo está capacitado para recibir esos alimentos o pro­ductos sin alterarse. No conocemos previamente cuál va a ser la reacción de nuestro estómago, hígado, páncreas, intestino…, si realmente les va a aportar beneficios o, por el con­trario, les va a perjudicar. Esa es la clave: saber si nos hace falta o no un alimento, producto, suplemento o medicamen­to; poder saber previamente si nos beneficia o perjudica en particular, no al resto del mundo.

Por eso incluyo en este libro un capítulo centrado en los antinutrientes, es decir, todas las restricciones que hoy sabe­mos de forma segura, concreta y demostrada científicamen­te acerca de las sustancias tóxicas que llevan incorporadas de forma natural la mayoría de alimentos, por no decir todos. También añadiré a la lista de propiedades de algunos produc­tos macrobióticos el concepto de contraindicaciones para ayudar a una mejor y más precisa selección a la hora de de­cidirnos por un alimento u otro.

Come solo lo que necesitas y no pruebes

nada que no te beneficie.

BRUCE LEE

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
431 s. 52 illüstrasyon
ISBN:
9788417307585
Yayıncı:
Telif hakkı:
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