Kitabı oku: «¿Qué hace un psicoanalista en un hospital?»
Lorena Patricia Aguirre
¿Qué hace un psicoanalista en un hospital?
Infancias, adolescencias y Salud Mental

Aguirre, Lorena Patricia
¿Qué hace un psicoanalista en un hospital? : infancias, adolescencias y salud mental / Lorena Patricia Aguirre. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2021.
(Colección Conjunciones)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-538-862-8
1. Psicología Infantil. 2. Psicoanálisis. 3. Adolescencia. I. Título
CDD 150.195
Colección Conjunciones
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Ilustraciones de interior y cubierta: Lorena Aguirre
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibilizatanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hastaencontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así comoen todo otro caso que el texto lo requiera.
1º edición, noviembre de 2021
Edición en formato digital: diciembre de 2021
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina
Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com
ISBN 978-987-538-862-8
Conversión a formato digital: Libresque
LORENA PATRICIA AGUIRRE. Psicóloga. Psicoanalista (Universidad de Rosario, 1998). Master en salud comunitaria y gestión sanitaria en países en vías de desarrollo (Universidad de Heidelberg, 2004, Alemania), becada por el DAAD para su formación. Continúa sus estudios en la Maestría en Infancias e institución (es) (Universidad Nacional de Mar del Plata). Investiga en el campo de la salud mental en grupos universitarios (PICTO-PEIS-CAID-PISAC), especialmente en infancias y adolescencias. Miembro de la Red INFEIES y de la Red Psicoanálisis y Derecho desde 2020. Psicóloga clínica en el Hospital de niños “Dr. O. Alassia” de la ciudad de Santa Fe desde 1999 y desde 2014 coordina el equipo de trabajo Sector Salud Mental del mismo efector. Docente en la Universidad Nacional del Litoral, en la Escuela de Sanidad “Dr. R. Carrillo” (área de Salud Pública, desde 2005). Está interesada en las relaciones entre literatura y psicoanálisis, esencialmente en los terrenos de la subjetividad. Escribe e ilustra literatura infantil. Publica cuentos, entretenimientos y editó una revista infantil en 2009, así como artículos sobre salud mental, psicoanálisis y cultura. Apuesta a la transmisión cultural y al arte como intervención subjetivante para la salud en la comunidad.
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Sobre la autora
Dedicatoria y agradecimientos
Prólogo
Introducción
Capítulo 1. La propuesta de “ir a contracorriente” en el siglo XXI ¿Coordenadas de la época? Conocer para transformar Santa Fe, Hospital de Niños: lo institucional Lo subjetivo en el ámbito de Salud La propuesta del psicoanálisis: ir a contracorriente
Capítulo 2. ¿Qué hace un psicoanalista en un hospital público de NNyA? ¿Por qué escribir? ¿Por qué escribir sobre esto? La tarea del analista Restituir el lugar del sujeto
Capítulo 3. Clínica del desvalimiento Infancias, instituciones y Salud Mental Primeras consideraciones. Infancias en orfandad Segundas consideraciones. ¿Desde qué paradigmas pensar los padecimientos psíquicos en la infancia? Terceras consideraciones. ¿Qué trabajo es posible? Hacia la construcción de un dispositivo hospitalario de admisión institucional para la clínica del desvalimiento Entrecruzamiento de discursos. Psicoanálisis - Salud Mental - Salud Pública: ¿cómo construir los dispositivos? La potencia de una metáfora
Capítulo 4. Las prácticas profesionales en las instituciones y los procesos de humanización. ¿Cómo acompañar a los sujetos en construcción? Interrogantes que humanizan El lugar de trabajo, la tarea del adulto y sus representaciones de infancia Sujeto infantil - institución/es - adulto/s Una historia: un adolescente en un hospital Acompañar en una institución a un sujeto en construcción La tarea es interdisciplinaria y en equipo Sujeto e institución: un trabajo permanente que sostiene el enigma
Capítulo 5. Del no lugar al nido simbólico ¿Qué es un problema? Nidos simbólicos: ofrecer un lugar a través de dispositivos institucionales culturales y el trabajo de lo mínimo (ceremonias mínimas) UNICEF y OMS. La dimensión política internacional y de derechos humanos La salida posible: la conversación
Capítulo 6. Cultura y Salud. Instituciones vivas Cultura en el hospital Primer eje. Aspectos históricos y problemas identificados Segundo eje. La constitución psíquica: jugar, dibujar y leer Tercer eje. ¿Qué hacer? La posibilidad de tener la posibilidad: la creatividad
Capítulo 7. Te presento el hospital La transmisión cultural La apuesta a las bibliotecas El humor El cuidado de la infancia
Capítulo 8. Las tradiciones y los mitos en el campo de la infancia y la Salud El poder de los mitos Escena clínica: una preadolescente en crisis Análisis de las tradiciones, mitos y representaciones Mitos y creencias: su eficacia simbólica Una pregunta que vuelve: ¿qué hace un psicoanalista en un hospital?
Capítulo 9. Leyes que abren caminos y desafíos en las instituciones de Salud y de alojamiento Alojar a los más vulnerables “La ley y las leyes” Infancia y Salud Mental Psicoanálisis y derecho: lo paradojal
Capítulo 10. Cambio de paradigma en el hospital: la internación en Salud Mental Internaciones en Salud Mental en un hospital general Cada paciente, un mundo de aprendizajes y una apuesta ética El cuidado ético. Siete ejes para pensar la internación en Salud Mental Conservar siempre la “oreja verde”
Capítulo 11. Tiempo de trabajo subjetivo. El concepto de cuidado Amor y trabajo Angustia y límite El acto de cuidado y su complejidad Construir un cuidar ético colectivo en Salud
Capítulo 12. Fragmentos de historias de trabajo clínico en un hospital ¿Qué implica la presentación de un trabajo clínico? La práctica clínica en un hospital y su relación con el concepto de cuidado Pacientes-maestros ¿Cuáles son las brújulas?
Bibliografía
Dedicatoria y agradecimientos
Dedico este escrito a todos los trabajadores de las diferentes instituciones que se interrogan su práctica en una labor comprometida y de apuesta ética; a aquellos que hacen la diferencia, que conmueven y llenan de esperanza un futuro.
Siento gratitud con muchos seres humanos y este libro es una buena oportunidad para manifestarla.
En primer lugar, agradezco a mis padres, a mis hijos y a mi esposo compañero –a cada uno de ellos– por su apoyo incondicional, su enseñanza constante y su generosidad. También a mi querido hermano, que siempre está, y a mis profundas amistades, que me acompañan, me hacen reír, pensar y me ayudan en mi experiencia de la vida.
A la licenciada Isabel Giménez y al pediatra Edgardo Tardivo, quienes me abrieron simbólicamente las puertas del hospital –lugar desde el cual nace este escrito– y que me transmitieron a manos llenas su experiencia.
A cada uno de los que formaron y forman parte del Equipo Sector Salud Mental –mi querido equipo de trabajo–, con quienes compartimos innumerables situaciones laborales, clínicas, escenas dolorosas, épocas de intenso trabajo y también espacios de formación, reflexión y producción. Enfatizo la palabra “equipo”, porque ese fue un punto de llegada de un largo camino.
A mis compañeros de estudio y de investigación; con ellos se generan conversaciones valiosas y motivadoras en las que siempre es un placer participar a través de interrogantes, autores, ideas y preocupaciones, lo que cala hondo en mi pensar.
A mis pacientes (niños, niñas y adolescentes) y a sus padres, acompañantes o directores de hogares de alojamiento, por su confianza y porque fueron ventanas a través de las que pude observar y sentir paisajes a los que jamás hubiera accedido. Mi eterno agradecimiento a ellos por la humanidad y el aprendizaje profundo que despertaron en mí.
A los médicos pediatras, trabajadores sociales y enfermeros, grandes disparadores de mis preguntas y mi búsqueda, así como a cada actor institucional que se solidarizó con la idea de que un hospital de niños no es sin cultura, juego, lectura y arte. Aunque lo institucional resiste siempre a la creatividad, encontrar compañeros que sostengan esa resistencia es maravilloso.
A mis analistas, supervisores y maestros del camino; por ellos pude transitar mi trabajo, mis interrogantes, mi angustia y abrir el canal de la escritura.
A quienes me ayudaron a crear, pensar y elaborar el presente libro, entre ellos, a Oscar Pelegrini, Silvia Dottori, Edit Villagy, Sylvia Sax, Facundo Blestcher, Mercedes Minnicelli, Amelia Imbriano, Olga Mater y Ricardo Cicerchia.
A todos ellos, mi más sincero y profundo agradecimiento.
Prólogo
Por Mercedes Minnicelli
¿Qué hace un psicoanalista en un hospital? La pregunta que da título a este libro despierta la curiosidad de quienes –aún hoy– imaginan que un psicoanalista es un señor con barba y cabellos grises (barba gris y blanca, bien cuidada), sentado con un cuaderno en la mano, detrás de un diván. A poco de hojear las primeras páginas de este trabajo, cualquier lector/a/e/x se sorprenderá, tal como me sucedió a mí cuando comencé a leer esta obra que Lorena Aguirre generosamente me convoca a prologar.
Les quiero contar impresiones. En cada capítulo, encontramos una imagen-síntesis realizada por la autora que ilustra la escena conceptual, anticipando una posición, un desasosiego, una esperanza, una alternativa.
Este libro testimonia el camino de experiencias de Lorena Aguirre, en las que se encuentra la impronta de una trayectoria clínica de larga data –atravesada en el último período por la formación en Infancia e Instituciones–, que expone la riqueza del diálogo con textos provistos por distintos marcos de referencia, que permiten extender el horizontal para el abordaje de las presentaciones clínicas.
Desde el inicio, la autora relata el andar de una psicoanalista, que va ampliando al lector su campo de lecturas, en diálogo con estudios historiográficos, filosóficos y antropológicos, tejiendo el entramado de historias hospitalarias en la provincia de Santa Fe. No es un libro que necesariamente deba leerse en el orden de su Índice, lo que lo convierte, además, en un texto de consulta que de modo permanente convoca a la interrogación.
¿Qué sucede a las niñeces y adolescencias que concurren a un servicio hospitalario? ¿Quiénes consultan? ¿Cuáles son los motivos de atención? ¿Cómo se presentan los padecimientos infantiles actuales? Es muy amplio el tipo de consultas que atiende un servicio hospitalario. Lorena Aguirre nos dirá que se trata de niñeces con dificultades tempranas, con problemas en la adquisición del lenguaje, en el aprendizaje, en el lazo social; de adolescentes con consumo problemático, cortes y actos contra su propia vida. Se detiene en un tipo de presentación clínica que muestra la exposición e intromisión de la sexualidad adulta: los abusos, el narcotráfico, el maltrato infantil y la violencia. Dirá que “esta realidad no tiene límites ante la falta de propuesta simbólica de los adultos y la intolerancia a lo diferente. El maltrato, los abusos, la discriminación, el desvalimiento, el des-auxilio y el desamparo de estos pequeños sujetos se escucha por doquier”.
¿Qué hay de nuevo-viejo en estas presentaciones? ¿Cuál es el lugar que sostenemos como adultos, más allá del rol que cada quien desempeña? Estos son temas que la autora explora, por los que navega, se sumerge y emerge discursivamente, ofreciendo al lector la sensación de estar conversando en un diálogo distendido.
En tiempos en que la falta de los recursos necesarios para el área de niñeces, adolescencias y familias confronta con la emergencia de una “nueva minoridad”, Lorena ilustra, captura representaciones que regalan aquello que precisa ser visto, expuesto, visibilizado. En cada capítulo, la imagen del problema anuncia lo que luego se desplegará. Cada una de ellas nos ofrece el punto de vista de niñas y niños en la escena, que no es tan simple delimitar, recortar y sostener.
El diálogo convoca a quienes desean ingresar en un campo de estudios, de prácticas, de investigación y análisis tanto como a quienes lo venimos transitando desde hace tiempo.
Resulta prometedor que las nuevas camadas de candidatas, candidatos y candidates al ejercicio del oficio de analista cuenten con estos relatos, tan necesarios, tan frescos, tan deseosos de ser leídos en tiempos, además, en los que la pregunta por la sobredosis de imagen no puede sustraerse de los efectos de la pandemia.
En el recorrido de los capítulos de esta obra identificamos distintos momentos; algunos más vinculados a diálogos entre saberes que promueven el pensar en clave de infancia e institución(es) de discursividad, y otros vinculados a la experiencia clínica. Todos se alimentan entre sí y nutren el campo de la práctica hospitalaria que se transmite, se respira en cada renglón de este texto.
La lectura hace posible identificar la apelación, entre líneas, a que cada analista, cada profesional pueda descubrir los puntos ciegos a los que, de un modo o de otro, confronta la experiencia narrada. Será en transferencia que el oficio pueda configurarse en cada caso, en cada oportunidad, en cada pregunta que incesantemente no puede responderse cuando se trata de excesos que recaen sobre los cuerpos infantiles.
En diversas ocasiones recordé cuando, en el año 2004, salió a la luz Infancias públicas. No hay derecho, en esta misma editorial. Ese texto planteó un mojón para revisar qué implica ir a contracorriente en las prácticas psicoanalíticas destinadas a niñeces y adolescencias en instituciones.
Pasados los años, quisiera –desearía– poder compartir la perspectiva esperanzadora de su autora, cuando expresa que preservar la subjetividad es algo propio de nuestra especie, aquello que nos hace humanos.
¿Qué es ir a contracorriente en el ámbito institucional? ¿Cómo se hace? Cada capítulo-ensayo de este libro hablará de las peripecias de un psicoanalista que trabaja con niños, niñas y adolescentes en una institución de Salud para ir a contracorriente, para preservar su subjetividad, lo propio de nuestra especie, aquello que nos hace humanos.
Lo que sí es esperanzador es que textos como el presente nos permitan renovar lectores, analistas, profesionales de diferentes campos, dispuestos a otorgar otro lugar a dispositivos y prácticas. Es una apelación a la que me sumo, en tanto año a año, caso a caso, institución por institución se constata que no hay generalización posible respecto de este tema. Entonces, mantener prácticas subjetivantes requiere una posición ética firme –como la de Lorena Aguirre– para que sostener la pregunta sea la consigna inclaudicable.
Y, ¿ante qué no podemos claudicar? Ante la escucha a las niñeces, a sus síntomas, a sus palabras y a sus silencios… A los efectos de los dispositivos que muestran la diferencia cuando producen sujetos que pueden sanar de sus heridas respecto de aquellos que solo las acrecientan.
Si partimos de considerar que instalar la pregunta marca la tarea, se tratará de hallar formas múltiples para intervenir mediante ceremonias mínimas. Hacer del trabajar con otros una acción cotidiana permitirá nuevos intercambios para producir la interlocución con colegas y otros profesionales que participan del caso a caso, más allá de las urgencias que inundan las instituciones y no deben constituir un justificativo.
Las instituciones de atención de los problemas que afectan a niñeces, adolescencias y sus familias requieren de un plus a ciertas prescripciones analíticas que no confundan la abstinencia (de los propios ideales morales, religiosos) con indolencia. En cada capítulo de este libro, Lorena Aguirre apela a la sensibilización de quienes se dedican a la atención en el campo de la Salud Mental.
De manera clara expresa que, en todos los casos posibles, es preciso sostener el deseo de apostar a la creación. En esta clínica, la intensidad es la constante, dado que no se trata con el desvalimiento imaginario, sino con aquel que la propia realidad de vidas difíciles expone al desnudo.
Si bien desde el tiempo en el que, en Infancias públicas. No hay derecho fue posible sumergirse en el cotidiano de los hogares convivenciales, el desborde de los comportamientos infantiles actuales expone de modo contundente que poco hemos avanzado al respecto, a pesar de contar en los últimos años con un mayor desarrollo teórico-clínico que puja por un lugar, cuando las tradiciones insisten en silenciar y enchalecar químicamente a las niñeces.
La pregunta a los/las lectores/as resulta más que necesaria: ¿desde qué paradigma piensa cada quien los padecimientos psíquicos en la infancia?
Aún es preciso dar batalla para que las prácticas de cuidado no sean solo una impostura burocrática (o burrocrática, deberíamos escribir).
Al recortar una ceremonia mínima que se reitera en el decir de quienes se encuentran a cargo de prácticas de cuidado en forma de sentencia (“Está mal visto que los quieras”), Lorena Aguirre advierte una vez más que el desamparo simbólico es una de las formas contemporáneas de expresión de lo real en los sujetos infantiles. Las instituciones requieren ser pensadas como escenario de posibilidad subjetivante, sin chances para experiencias de deshumanización. Hay mucho por hacer al respecto.
Los testimonios clínicos de este libro no solo nos exponen a la sensibilidad ética de su autora, sino a esa posición como analista que no cede ante el deseo de crear condiciones de posibilidad para el advenimiento subjetivo, efecto de acciones interdisciplinares.
Encontrar relatos de filmes, poemas, arte y texto atrapa en la lectura, que da señales claras de lo posible en la adversidad, de tomar la palabra ante la intemperie subjetiva, en la medida en que la relación de sujeto e institución se sostenga en el diálogo permanente que permite mantener vivo el enigma. Esto es viable, si el personal de Salud puede integrar un hacer en el que el cuidado de sí forme parte de lo que entendamos como el desempeño profesional en un hospital.
Ese es el desafío para acompañar a los niños, niñas y adolescentes que están en las instituciones y realizar prácticas que no solo los humanicen a ellos sino también a los trabajadores, ya que de esta manera se constituyen condiciones laborales dignas y reparadoras, que construyen salud en nosotros y relanzan deseos y apuestas, entusiasmándonos.
Retomemos la pregunta inicial: ¿qué hace un psicoanalista en un hospital? A esta altura, podríamos decir que su oficio es artesanal y se sirve del arte, el juego y la cultura como un nido simbólico, herramienta necesaria no solo para este pequeño sujeto en construcción sino para quienes se encuentren a cargo de acompañar todo aquello que conlleva una intervención. Dirá Aguirre, parafraseando a Graciela Montes (1999), que “lo que ofrece la cultura es habitar otro mundo; habitar la ficción es poder construir en el vacío”. Esta frase abre otra dimensión de trabajo completamente negada y desconocida en un hospital.
A pesar de tantas experiencias y constataciones fehacientes respecto de la eficacia de estas perspectivas, aún se sostiene el debate de dogmas, mitos y leyendas que impiden avances en materia de tratamientos en clave de producir ese efecto que es la salud mental.
La pandemia fue elocuente a la hora de confinar a las niñeces de un modo que no midió consecuencias. Probablemente sea este el tiempo en que debamos prestar la mayor atención para que el “efecto confinamiento en pandemia” no retorne como una nueva patologización de las niñeces. También para dar lugar al padecer propio de la pérdida de seres queridos.
Una frase convoca a un “nosotros, los que trabajamos con niños”… Ese “nosotros” recorta a un grupo, a un no-todos, en una posición subjetiva específica: la de la disponibilidad, la de la disposición, la del disponerse a… crear condiciones de posibilidad. Habilitar chances, oportunidades para que el juego pueda producirse como expresión del niño.
Quisiera detenerme en un punto por demás importante, destacado en la metodología de abordajes que propone Lorena Aguirre. Jugar no es sinónimo de entretenimiento, sino una actividad del pensar infantil que lo compromete de manera íntegra. El juego está lejos de ser analogable a lo placentero. El juego es intensidad, recreación de lo vivido pasivamente. El juego es repetición en su doble vertiente, la que compulsa a expulsar de sí lo insoportable, sin lograrlo, insistiendo una y otra vez en una vuelta sin fin, y esa otra que, ante el retorno de lo mismo, crea la hiancia para lo distinto. El niño se transforma a sí mismo en el juego, se reconstruye a partir de hacerle padecer activamente al objeto lo vivido pasivamente.
Sin embargo, no toda expresión infantil es analogable al juego, aunque no hay dudas de que jugar es el camino terapéutico que ningún sujeto infantil puede hacer a solas. Siempre es en transferencia, cerca de otros, sirviéndose de palabras, gestos y objetos que inviste de significación.
¿Qué nos aporta el psicoanálisis en estas consideraciones? Lorena Aguirre responde que “No podemos cambiar el mundo, pero podemos apostar a trabajar y cambiar una situación específica, a nuestro alcance, con acciones mínimas, pero no menores”.
Como probablemente nunca antes en la historia, ahora contamos con un marco normativo que permite sustentar dispositivos y prácticas en clave de derechos. Sin embargo, aún hay mucho por hacer.
La escucha clínica en espacios colectivos, trabajar en equipo y aceptar el diálogo entre saberes hace a una renovación posible de las prácticas del psicoanálisis en cualquier ámbito, en particular, en un hospital, como la autora expone en una singular práctica clínica que alimenta el oficio de cuidado en transferencia.
Retomo un aspecto de las ilustraciones; una a una, ellas cuentan cómo Lorena escribe sus prácticas: diseña escenas, las grafica, las comparte. Algo de alivio surge al encontrarnos con esas imágenes. Su perspectiva expone que no estamos solos ante aquello que tanto aflige.
Este libro sin duda aportará a otros posibles. Permitirá contar con una herramienta –más que necesaria en lo que tantas veces se vive como el desierto de palabras académicas– a quienes a diario se desempeñan en hospitales y otras instituciones.
Introducción
¿Qué hacemos los psicoanalistas en el ámbito hospitalario? ¿Qué hacemos cuando hacemos lo que hacemos? ¿Qué hace un psicoanalista en un hospital? Llevo muchos años trabajando estas preguntas y buscando “dar forma” a estos interrogantes que me interpelan en mi práctica, en mi quehacer y en mi posición. Aunque parezca redundante, ellos implican un punto clave y constituyen un faro en un terreno en el que se disputan tantos saberes y poderes: los médicos, jurídicos, escolares, culturales, históricos, y los saberes de tradiciones y mitos del paciente y de la familia, entre otros, de acuerdo a la singularidad de cada situación.
Trabajar en el ámbito público en Salud Mental es un desafío que se multiplica cuando se trata con infancias y adolescencias desvalidas. Este reto apela de modo constante y cotidiano a la inteligencia, la creatividad, la afectividad y la subjetividad personales. En estos lugares en los que el dolor y el desamparo abundan, se marcan los límites humanos donde la frustración y lo imposible se hacen sentir. ¿Cómo seguir trabajando lo imposible, pero desde lo posible, frente a los grandes “casos tragedias” que siempre aparecen silenciosos en los ámbitos públicos? ¿Cómo continuar, si se ignora si servirá toda una entrega de trabajo y de humanidad?
“El psicoanálisis es la chance de cambiar el lugar destinal de un sujeto”. Esta frase de Zöpke (1997) enciende una luz de esperanza. Poder hacer alguna cosa entre el origen y el destino de un sujeto, tener esta convicción, permite que algo de eso pase en las historias de vida de estos niños, niñas y adolescentes (NNyA)1 que llegan a la consulta o internación. Esa es la posición ética a sostener como analista de las infancias y adolescencias: ser siempre generadores de posibilidades, aun donde no parece haber ninguna.
En este clima interno comencé a escribir hace algunos años. Eso me abrió un camino para parar y pausar, luego ordenar, pensar de nuevo y hacer distinto; me permitió recortar lo posible de estas historias de vida que muchos de nosotros vemos en el cine, seguramente, pero que aquí, en el Hospital de Niños de Santa Fe, eran y son reales.
Visibilizar mi práctica, mi actuación profesional y las realidades escondidas, olvidadas, reprimidas y silenciadas pretende generar efectos. Ignoro cuáles serán estos, pero mi apuesta es a humanizar y creo que hay infinitas maneras de humanizar las infancias y adolescencias. He aquí la creatividad en la vida misma. Considero que el psicoanálisis es una de las teorías más transformadoras del sujeto humano y la presencia de un psicoanalista en un hospital, como en cualquier institución, puede producir efectos, interrogar las prácticas y colaborar en los procesos de humanización.
Este libro se plantea ofrecer a la comunidad una lectura implicada, subjetiva, reflexiva –y, por lo tanto, humanizante– de vidas de NNyA y sus adultos o familiares a cargo, para pensar qué hacer, cómo favorecer procesos de salud (en el sentido complejo y amplio del término: procesos de subjetivación y constitución psíquica). Esta apuesta es a reconocer las posibilidades reales de los pacientes del hospital y colaborar así en su proceso subjetivo, para que asuman su lucha en la vida. Postulamos una posición ética y política en la profesión, y no una asistencialista, moral y “correcta”.
Transitar el proceso de sostener una práctica hospitalaria con infancias y adolescencias desvalidas y sus adultos a cargo e intentar reflejarlo por escrito es factible desde una posición de “no saber”, como aquella que nos invita a considerar María Teresa Andruetto. Ella señala que no se trata de explicar, sino de “no saber”; que este “no saber” es muy revelador, ya que lo desconocido lleva a descubrir, y es ahí donde la emancipación se encuentra cara a cara con el enigma. Graciela Montes (2001) plantea que estamos en tiempos de búsqueda. Acuerdo y sostengo que “para crear hay que creer” (Andruetto, 2017), y esto es válido tanto para quien atiende pacientes como para quien escribe o enseña, especialmente en relación con las infancias. Esta idea es tan potente que hace del arte una política y de la práctica hospitalaria un arte que se transforma en política.
No es lo mismo hacer que no hacer, implicarse o no e interrogarse o no en ese hacer.
La pregunta que atraviesa este libro es qué hace un psicoanalista en un hospital. Es también, al mismo tiempo, una invitación a pensar juntos, a preguntarnos qué hacemos cuando trabajamos en los ámbitos de Salud y con pequeños sujetos en construcción.
Este texto convoca a que lo interpelen acerca de los conceptos, orientaciones teóricas, diagnósticos o situaciones problemáticas, dispositivos, discursos, leyes y el lugar del psicoanálisis allí, porque eso nos sostiene como analistas: el estudio, la lectura y el conversar con otros.
Compartiremos diversas situaciones para transmitir el recorrido de una experiencia profesional de muchos años en la práctica clínica, en dispositivos, intervenciones, tratamientos, trabajo en equipo, gestiones, escritos colectivos, ateneos, jornadas y, nuevamente, un gran etcétera.
¿Qué hace un psicoanalista en un hospital? Esta es una pregunta que sostengo año tras año, después de más de dos décadas de trabajo y que, espiraladamente y con un psicoanálisis reflexivo, siempre encuentra nuevas respuestas. “Espiraladamente”, en el sentido de que se vuelve a lo mismo (mismo trabajo, mismos compañeros-colegas, mismos textos, mismas problemáticas), pero para encontrar siempre algo distinto, nuevo. Esto que nos enseñó Freud (1920): la repetición ofrece la diferencia. Así, se hacen jugar estas dos palabras, psicoanálisis y hospital, para hallar en este juego otras letras y palabras que guían nuestra práctica.
Cada capítulo-ensayo de este libro se propone generar un debate y reflexión sobre el quehacer de un psicoanalista en el ámbito hospitalario en diferentes problemáticas, trazando un eje conceptual en sí mismo que abre el interrogante para producir pensamiento crítico, tan necesario en la apuesta de sostener un psicoanálisis reflexivo que no pierda su rigor y contemporaneidad.
Lorena Aguirre
Santa Fe, Villa California
NOTA
1. Se usará el término “niño” o la nomenclatura NNyA (niños, niñas y adolescentes) como genérico, alojando la diversidad que la época y la perspectiva de género plantean, considerando que son sujetos en construcción y que, desde las teorizaciones, es menester representarlos. El mismo sentido posee el empleo en plural de “infancias y adolescencias”, que enfatiza la diversidad y heterogeneidad que portan los individuos.
Capítulo 1
LA PROPUESTA DE “IR A CONTRACORRIENTE” EN EL SIGLO XXI

La patología moderna del espíritu está en la hipersimplificación que ciega a la complejidad de lo real (…) Aún somos ciegos al problema de la complejidad (…) Esa ceguera es parte de nuestra barbarie (…) Solo el pensamiento complejo nos permitirá civilizar nuestro conocimiento. Edgar Morin, 1990
¿COORDENADAS DE LA ÉPOCA?
El psicoanalista, como cualquier sujeto humano que trabaja en una institución, vive en un determinado tiempo y lugar que es importante considerar para pensar las problemáticas que llegan a la consulta o internación. Todos transitamos una época, un momento de la historia, del espacio y del tiempo. ¿Cómo contar cómo es este tiempo? Este capítulo describe brevemente algo de esto: qué escenario tenemos, en términos epocales. Por eso, la idea es retomar brevemente algunas teorizaciones de la época, para luego reflexionar sobre el quehacer de un psicoanalista en la práctica hospitalaria, particularmente en el Hospital de Niños “Dr. O. Alassia”, de la ciudad de Santa Fe. No sería pertinente llamarlo “contexto”, porque la historia no es nunca contexto, sino texto1 y base desde donde se construyen las instituciones, tradiciones, mitos, prácticas, ciencia, usos y costumbres.
Existe una gran heterogeneidad de realidades; esto marca la necesidad de investigar lo singular de cada lugar, pero siempre desde el tiempo histórico y epocal en que vivimos, que son condiciones de producción de subjetividades, prácticas y saberes. Las reflexiones sobre estos tiempos a nivel global, latinoamericano y regional son consideraciones válidas en términos de reflexión amplia; generan un clima que determina lo particular para, desde allí, considerar la particularidad de cada lugar, pueblo, región, país y continente en su historia y devenir. Esto marca un texto propio y único, desde el cual es legítimo analizar.
En los pueblos pequeños de la provincia de Santa Fe –a diferencia de lo que ocurre en las grandes ciudades– pareciera que el tiempo se detiene. Esta característica parece ser universal. Los tiempos, las percepciones, las rutinas y lo que se considera importante difieren de lo que se cree relevante en la ciudad. En el mismo tiempo histórico del siglo XXI observamos realidades muy diversas y eso se percibe en los pacientes que llegan al hospital.
La microhistoria de los pueblos pequeños nos trae los detalles, las historias mínimas que quedan desdibujadas cuando hablamos del “contexto social” o de las “coordenadas de la época”. ¿De dónde? ¿De quién? Lo epocal cambia de un pueblo a otro, de una comunidad a otra.
En esta línea de buscar lo singular de cada lugar, la microhistoria colabora enormemente. El libro de Luis González, Pueblo en vilo (1968)2 muestra cómo un pueblo queda por fuera de lo que acontece en México, donde tuvo lugar una revolución social e histórica significativa. Ese sitio permanece transitando sus intereses y preocupaciones, aislado de la realidad nacional, que no es ajena a los diferentes pueblos de otras regiones del mundo.3
A esto se añade una especificidad más: la infancia.
En las historias de los pueblos existen realidades de infancia tan heterogéneas desde lo urbano, lo rural y lo marginal que no podemos hablar de un contexto único universal, porque no sabemos si es así en distintos lugares. Esto mismo comenta López (2019) en relación con la crianza de los niños en el Estado de Veracruz, en el territorio de México. En esta heterogeneidad los niños y niñas construyen su relación con el mundo.
Existen contrastes entre las realidades de las infancias actuales en ciudades de países subdesarrollados y desarrollados, y aquellas que viven en diferentes provincias de Argentina, incluso entre los diferentes departamentos de la provincia de Santa Fe. Por eso, surgen las preguntas: ¿coordenadas de la época? ¿De quién? ¿De dónde? Lo epocal es general, anónimo; incluso podría portar un discurso hegemónico, que también es parte de una época. Lo interesante, entonces, es detenernos en la complejidad de lo histórico, interrogarlo, observar sus detalles y pensar qué nos aporta el psicoanálisis en estas reflexiones.
En este capítulo transitaremos algunos conceptos generales hasta llegar a destino: Santa Fe, Hospital de Niños “Dr. Orlando Alassia”.
CONOCER PARA TRANSFORMAR
Compartiremos en este apartado algunas reflexiones globales y amplias para entender desde dónde partimos. Todo lugar porta su historia, lo que es importante considerar en cualquier realidad que se trabaja. Plantea Agamben que:
La historia no es patrimonio exclusivo de algunos pueblos, frente a los cuales otras sociedades se presentarían como pueblos sin historia (…) todas las sociedades producen distancia entre la diacronía y la sincronía (…) la historia no es más que el resultado de las relaciones entre significantes diacrónicos y significantes sincrónicos que el rito y el juego producen incesantemente. (Agamben, 2010)
En esa diferencia entre la diacronía y la sincronía está el tiempo humano, la historia: la historia de un lugar y de un sujeto. El autor llama “sociedades calientes” a aquellas en las que predomina más el juego a expensas del rito, y “sociedades frías” a aquellas en las que el rito tiende a expandirse a expensas del juego. Para Agamben, la verdadera continuidad histórica reside en aceptar el interjuego del rito y el juego, asumirlo y jugar con ambos para restituirlos al pasado y transmitirlos al futuro.
Es interesante pensar el rito y el juego en la historia de un pueblo, de una ciudad, de una comunidad e incluso de una institución, porque abre líneas de análisis en las que podemos descubrir características del tiempo. Cuando no se conoce la historia no es que no exista, que no determine la realidad presente o su forma de existencia; allí reside la importancia de darle lugar, así como a las múltiples voces que portan lo histórico. Cuando Adichie (2009) sostiene la relevancia de no quedarnos con una sola versión de lo histórico, está interrogando los relatos instituidos advirtiéndonos que, si solo escuchamos uno acerca de una persona o de un país, corremos el riesgo de caer en una grave incomprensión. Se hace necesario dar lugar al proceso de reflexión crítica de la historia de cualquier lugar y sujeto para percibir la complejidad que allí se esconde.
Lévi-Strauss aporta a la humanidad la comprensión de la vida familiar y de la comunidad en una sociedad. Su inmenso trabajo ayuda a entender la complejidad de las realidades sociales. Gubern (2009) reflexiona sobre la identidad colectiva e individual y plantea que la misma “podría no ser más que el reflejo de un estado de civilización cuya duración habrá permanecido varios siglos”. Lévi-Strauss (1983) plantea que la identidad es “una especie de foco virtual al que nos resulta indispensable referirnos para explicar cierto número de cosas, pero sin que tenga jamás existencia real”. Se hace atractivo pensar que esta relación entre el rito y el juego se da de un modo particular, donde la identidad se va desplegando como “una especie de foco virtual” (Avanza y Laferté, 2016). Esto puede aplicarse a la identidad de los pueblos o comunidades e incluso a barrios en la marginalidad o en las instituciones que portan una particular forma de funcionar, destacando así la singularidad de cada lugar sin abandonar un pensamiento crítico en torno a ello.
En los tiempos presentes, Agamben (2003) sostiene que el paradigma de gobierno dominante en las sociedades actuales tiende cada vez más a un estado de excepción. Este constituye un punto de desequilibrio entre derecho público y hecho político, que se sitúa en una franja ambigua e incierta entre lo jurídico y lo político. Así, el estado de excepción se presenta como la forma legal de aquello que no puede tener forma legal, “un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”.
En el avance de la civilización parece que emergen diferentes aspectos. No solo un estado de excepción, sino también cierto “empobrecimiento de humanidad”, en términos de Benjamin (1993). “Nos hemos hecho pobres”, escribe. Una pobreza nueva ha caído sobre el hombre, simultáneamente al desarrollo de la técnica. El autor se pregunta de qué valen los bienes de la educación si no nos une a ellos la experiencia, no solo la individual, sino la de la humanidad en general. Al hombre se le robó la experiencia, ya que se ha transformado en experimento estandarizado, desestimando el valor de lo subjetivo.
El cine internacional se ofrece como un posible analizador de estas realidades. Muchas películas muestran a través de sus personajes una violencia significativa, una ruptura de lazos sociales característica de lo que Imbriano (2017) llamó “el sujeto desinstitucionalizado”, resultado del “discurso capitalista”. Los tiempos que vivimos hoy tienen que ver con un estado de excepción, con la pobreza de experiencia, con la violencia y los efectos del mercado y la globalización, que cada comunidad transita desde su “identidad” (Lévi-Strauss, 1983).
La civilización del siglo XXI (Imbriano, 2010) nos ofrece coordenadas de época entre la guerra, el horror, la degradación, el capitalismo, la tecnología, el amo sin rostro. Si el sujeto es efecto de sus instituciones, el desafío de humanizar estará en la construcción de los lazos que pongan en marcha el trabajo entre ellas.
Las leyes del mercado no tienen en cuenta al sujeto, lo excluyen y expulsan. Sus actos se instalan “más allá” del síntoma, convirtiéndose en episodios brutales, reflejo de un goce “sin nombre”, como efecto de la no instauración de la legalidad (Imbriano, 2017). Es un modo de existir del sujeto propio del siglo XXI que se patentiza en lo real sin intermediación simbólica. Amelia Imbriano (2005) plantea que, en la civilización actual, están vigentes los conceptos freudianos de pulsión de muerte, malestar en la cultura y agresividad. El discurso capitalista tiene efectos en la subjetividad, ya que rechaza la castración y ataca el vínculo social que lo instituye. La autora se pregunta por qué el hombre es enemigo del hombre; subrayamos este interrogante que se hace más que visible en las instituciones actuales.
En esta realidad, la desigualdad parece ocupar el centro de los debates sociales. Al respecto, Piketty sostiene que la desigualdad constituye un debate político fuerte, pero muy plagado de prejuicios, en el que algunos aseguran que siempre hay más acumulación de riqueza y el mundo será injusto, y otros dicen que la desigualdad está disminuyendo en forma natural. Este es un diálogo de sordos –argumenta este autor– que se lleva por pereza intelectual, sin profundizar en investigaciones que busquen patrones y hechos para analizar con calma y generar un debate crítico y democrático. Afirma Piketty (2013) que la historia de los ingresos y la riqueza es un tema profundamente político, caótico e imprevisible; depende “de las representaciones que se hacen las diferentes sociedades de las desigualdades y de las políticas e instituciones que se atribuyen poder moderarlas o transformarlas”.
Nuestra región no es ajena a estas teorizaciones y en el contexto latinoamericano se suma una lectura particular en términos del colonialismo, las guerras de independencia y la modernización.
Juan Carlos Volnovich (2021) nos ofrece una mirada geopolítica de América Latina que resulta maravillosa para entender los procesos de los que somos parte. El colonialismo, el racismo, el capitalismo, el autoritarismo y los terrorismos de Estado conforman nuestra identidad latinoamericana y argentina, que debemos considerar para comprender los fenómenos que producen desvalimiento y padecimiento y que se visibilizan en la sociedad y en sus instituciones (un hospital, por ejemplo).
Latinoamérica porta una identidad; es un territorio con inmenso espesor histórico y cultural. Rita Segato se refiere a la desigualdad del mismo y cómo lo patriarcal genera este desnivel de diferencias de opresión, de prestigio y de poder. El hombre lo detenta, porque la masculinidad es la posición prestigiosa en la sociedad. Pero esta desigualdad que plantean muchos autores no es suficiente para explicar las realidades sociales. La antropóloga emplea el término “dueñidad” (Segato, 2019) para aludir a un mundo apoderado por el impacto de menos dueños de las riquezas, cuya concentración y el ritmo que lleva asustan, en un clima donde la violencia característica de la época a nivel global y latinoamericano se naturaliza sin que nos demos cuenta. Los dueños de la riqueza –señala Segato– se han dado cuenta de que el patriarcado es fundamental para sostener toda la estructura. Pero hay un cambio de rumbo en América Latina y el género es central. Así, en este siglo se hacen visibles los movimientos de las mujeres, tal vez uno de los movimientos sociales más importantes y trascendentes. Pero analizarlo excede el objetivo de este capítulo, aunque es válido mencionarlo por lo significativo de sus efectos y cómo influye en las prácticas y realidades.
Gracias a la historia entendemos nuestra vida, a un pueblo, a un niño, un vínculo, un fenómeno social. No se puede transformar lo que no se comprende. Entender los aspectos históricos nos compromete en el camino de la transformación de la manera más creativa posible. Hoy, más que nunca, es necesario recuperar la historia y las “ceremonias mínimas” (Minnicelli, 2013), por el poderío que se juega en la concentración de riqueza, que genera los discursos de supremacía moral y decadencia de la solidaridad. A esto se suma que vivimos en un mundo revestido de la una malla virtual con redes que reproducen los muros de poder, infranqueables desde siempre, recrudecidos en tiempos de pandemia. Pero si hay algo imprevisible es la historia y en esa imprevisibilidad radica nuestra esperanza de ser libres (Segato, 2010).
Argentina es parte de la historia latinoamericana, de las revoluciones y declaraciones de independencia. Desde la Declaración de la Independencia, en 1816, la historia argentina lleva en su realidad el peso de la desigualdad, la pobreza, la revolución y el colonialismo; de varias olas de inmigración; de violencia y del patriarcado; de dictadura militar y su silenciamiento, y de desigualdad e inequidad social ignorada que se siente en la cultura que produce y vive. Basta mirar los datos oficiales de pobreza4 para percibir una realidad que genera profundos efectos sociales y subjetivos.
SANTA FE, HOSPITAL DE NIÑOS: LO INSTITUCIONAL
Llegamos así a la historia regional, a Santa Fe. En sus orígenes5 fue un territorio habitado por grupos de nativos (tribus tobas, guaraníes, mocovíes, pilagás, guaycurúes, querandíes, abipones, timbúes, quiloazas, mocoretás y corondas). El primer asentamiento europeo data del año 1527. Cincuenta años después, Juan de Garay fundó la ciudad de Santa Fe, el 15 de noviembre de 1573 en las barrancas del río de los Quiloazas, actual San Javier. Debido a las reiteradas inundaciones, se emplazó la ciudad en su lugar actual. Bautizada por Juan de Garay, se llama así6 por decisión de los reyes de España, en honor a la Virgen Francesa de Sainte Foy.
El 7 de diciembre de 1947 se funda el Hospital de Niños, equipado con la más alta tecnología. Fue definido como un moderno hospital, “que no tiene similar en el país”. Tenía capacidad para ciento cuarenta pacientes y su diseño fue premiado en un congreso internacional de Arquitectura en Lima.7 Funcionó como Hospital de Niños durante cincuenta y dos años, desde su fundación, hasta agosto de 1999, cuando fue trasladado al suroeste de la ciudad. El primer nombre del Hospital de Niños fue “María Eva Duarte de Perón”; luego pasó a llamarse “Dr. Ricardo Gutiérrez” y actualmente “Dr. Orlando Alassia”, quién creó la Fundación del Hospital de Niños.
A lo largo de estos años, Santa Fe fue cambiando; tanto la ciudad capital como la provincia albergan una gran heterogeneidad en sus territorios y portan las características de los grupos nativos y también de las inmigraciones europeas. En este contexto histórico, este hospital se ubica como una institución hegemónica con una fuerte referencia política hacia los niños. Cuestiones que aún influyen, en este contexto social, ya que se siente la alta referencia de la institución en la región y su incidencia en los circuitos sociosanitarios. No es nuestro objetivo escribir acerca de la historia del Hospital de Niños y de Santa Fe, pero esta mirada y lectura singulares de la historia aportan elementos vitales para el trabajo. Ningún lugar puede entenderse desde lo macro o desde un contexto amplio. Cada sitio (como cada paciente, historia o situación) posee un devenir singular y particular que amerita ser puesto en valor y analizado.
En el Hospital de Niños, los discursos de la ciencia y del mercado están presentes en la Medicina general y también en la Pediatría. En las prácticas hospitalarias impera ese discurso médico hegemónico y dominante que desplaza el lugar del sujeto. Poco a poco, otros discursos van ganando lugar en el campo de la Salud y en los ateneos hospitalarios, pero aún persisten la fragmentación de las prácticas, la patologización y la medicalización como parte de este clima epocal, contrapuestas a la apuesta clínica de la subjetividad y a la normativa de los derechos humanos que existe en las leyes nacionales (como, por ejemplo, la Ley Nacional Nº 26061 y la Ley Nacional de Salud Mental Nº 26657).
Estos son temas aún pendientes para el trabajo hospitalario, que requieren un sostén decidido por parte de los trabajadores.
Las múltiples realidades de los niños, niñas y adolescentes (NNyA) se inscriben en las coordenadas mencionadas anteriormente, produciéndose las categorías conceptuales infancias en estado de excepción, infancias desbandadas, sin mitos y sin leyendas, y emancipadas, efecto del desamparo y la ausencia de la ley, al decir de Minnicelli (2017). Lo colectivo y lo singular se imbrican en el “todo vale”, donde se juega el devenir de la vida, y genera efectos de desvalimiento. Esta realidad propone una clínica que implica y reclama especificidad: la clínica del desvalimiento con infancias y adolescencias, tema que será objeto de análisis de otro capítulo.
LO SUBJETIVO EN EL ÁMBITO DE SALUD
Desde este marco de reflexiones, ¿qué se observa en un hospital? ¿Qué llega a la internación y a la consulta? En estas coordenadas históricas y sociales, trabajamos las llamadas “patologías o padecimientos actuales”. Desde la ventana de un hospital público se ven NNyA que se construyen con la presencia de pantallas, desplazando el lugar de la palabra y el vínculo, con efectos en la constitución psíquica. Llegan a consulta niñeces con dificultades tempranas, con problemas en la adquisición del lenguaje, en el aprendizaje, en el lazo social. Adolescentes con consumos problemáticos, cortes y actos contra su propia vida. Se ve la exposición e intromisión de la sexualidad adulta: los abusos, el narcotráfico, el maltrato infantil y la violencia. Esta realidad no tiene límites ante la falta de propuesta simbólica de los adultos y la intolerancia a lo diferente. El maltrato, los abusos, la discriminación, el desvalimiento, la falta de auxilio y el desamparo de estos pequeños sujetos se escucha por doquier.
Algunos autores argentinos del campo de la Salud Mental describen lo epocal, donde se evidencia que la tecnología ha ganado terreno, quitado el tiempo y el espacio para el encuentro con el otro y generado un declive del amor, del deseo y la sexualidad. Todo es considerado un bien de consumo desde el individualismo y el hedonismo; esto también afecta al adolescente en su búsqueda de proyectos vocacionales, ya que se satura el deseo y genera sensación de vacío (Cardozo, 2017).
Hay un contexto social en el que impera el modelo de la máquina, la pantalla y la urgencia y la idea de la eficiencia. La premura dificulta los tiempos, el armado de sueños y fantasías, en tanto los períodos de espera abren la imaginación. Esta urgencia no da lugar a las palabras. Todo es pantallas. Así, el espacio para la lectura se debilita y aparecen otros formatos que no la sustituyen. No es cuestión de demonizarlas, sino de entender que los niños necesitan actividades en las que su cuerpo y su subjetividad estén involucrados de otro modo (Petit, 2013).
Parte de lo epocal es lo poco que se les habla a los niños y adolescentes: no se les cuentan cuentos, relatos ni historias familiares. En esta sobredosis de imagen, no se produce la transmisión cultural oral, ya que los adultos no están pudiendo “presentar su mundo” a las nuevas generaciones; no logran transmitir su historia, sus recuerdos, qué es importante para ellos. En este escenario, podría hipotetizarse que lo que estos padres o adultos a cargo transmiten es esta misma dependencia de la imagen. La escena es clara: como la palabra requiere de un tiempo y ese tiempo no debe ser “apurado” –como asegura María Elena Walsh–8 estas escenas familiares quedan capturadas por la imagen y reinante la propuesta cultural del consumo. En términos generales, de esta manera, en las infancias y adolescencias actuales las compulsiones se manifiestan rápidamente, delatando un déficit en las ligaduras. Es necesario brindar marcos simbólicos a estas nuevas generaciones (Minnicelli, 2017).
Al bebé de seis meses se lo pone frente al celular para que se entretenga y no se le brinda disponibilidad9 ni tampoco palabras. Impera la imagen que, como afirma Janin (2017), no tiene en cuenta los tiempos ni las reacciones del niño y lo convierte en un espectador pasivo frente a estímulos rápidos. El pequeño no puede manejarlo y es fundamental poner en juego la pulsión de dominio, de usar su cuerpo y la mano, que es vital para aprender. Los que trabajamos con infancia sabemos que el primer pensamiento es cinético, es explorador. Junto a esta característica de época se suman otras más, como cierta idealización de la infancia donde parece que el niño puede solo; la intolerancia al sufrimiento; la desvalorización del juego; la velocidad de la información; la urgencia para resolver los problemas en el “ya y ahora” (Janin, 2011, pp. 59-73).
¿Qué sucedía antes? La historiografía de la infancia brindada por Ariès (1987) muestra que, a lo largo de la historia, el sujeto infantil siempre ocupó un lugar de objeto y, de acuerdo a las características de la época, este adoptó matices feroces (objeto-desecho, objeto de investigación, objeto de fascinación, objeto de consumo, objeto de maltrato). A su vez, la historia de la infancia está relacionada íntimamente con la de las formas familiares, ya que la familia, como sujeto histórico, era y es un hecho no solo demográfico, sino también económico, jurídico, cultural y de organización social que contiene de manera intrínseca cambio y tradición, novedad y hábito (Cicerchia, 2006). De este modo, históricamente, “la historia de la infancia es una pesadilla de la que solo hemos despertado hace muy poco” (DeMause, 1974), ya que la infancia aún porta las resonancias de una historia donde los niños eran expuestos a la muerte violenta, el abandono, los golpes, el terror y los abusos sexuales. La infancia debe tener exilios obligatorios, sostiene Minnicelli (2021): exilio del sexo, del trabajo y la violencia que, lamentablemente, todavía son realidades presentes.
El concepto de salud también se fue complejizando a lo largo de la historia y, si bien existe aún el discurso hegemónico médico descripto por Menéndez (1988), el que menciona el Artículo tres de la Ley Nacional de Salud Mental y Adicciones Nº 26657 marca un tiempo distinto en el conocimiento de los procesos de atención en salud que colaboran significativamente en el abordaje de la complejidad que llega a un hospital. El artículo mencionado, junto al Artículo cuatro, son transformadores no solo porque quiebran el paradigma positivista sino también porque proponen el pensamiento complejo junto a la perspectiva de derecho, donde la presunción de capacidad de todo sujeto y el foco en lo subjetivo plantean un viraje radical de las prácticas.
En nuestros tiempos del siglo XXI, diferentes matices describen las coordenadas de trabajo. Siguen existiendo niños soldados, niños víctimas de trata, niños maltratados y abusados, medicados y drogados, abandonados y arrasados, discriminados. Niños, niñas y adolescentes institucionalizados, desvalidos, sobrevivientes de las lógicas institucionales de cosificación, hasta la minoría significativa de niñeces que tienen resguardados y respetados sus derechos. Esta inmensa heterogeneidad y complejidad en el campo de la infancia exige análisis, revisión y ética constante.
Entre la constitución psíquica y la producción de subjetividades de la época también aparecen en la escena las infancias trans, hoy visibilizadas en los ámbitos hospitalarios. El psicoanálisis allí tiene un rol muy importante a desempeñar, que implicará ubicarlas lejos de la patologización, al entenderlas como procesos metapsicológicos y no psicopatológicos (Blestcher, 2018). Aquí se jugará lo ético en la práctica clínica, para priorizar la escucha del sufrimiento psíquico. De esta manera, el psicoanalista introduce una pregunta sobre lo instituido en el sistema de salud y lo normativizante, ya que, como afirma Blestcher, no hay nada más lejano a lo normativo que el concepto de pulsión.
Estas características de la época junto a lo singular y particular de la historia individual y del centro de vida de cada sujeto son elementos fundamentales para considerar cuando hablamos de tiempos constitutivos del psiquismo en la infancia y en la metamorfosis que implica la pubertad. Adolescencia e infancia son etapas de alta fragilidad, que demandan posiciones adultas que cuiden, brinden marcos de sostén y acompañen. Estas son esenciales, más aún en tiempos de pandemia, en la que el aislamiento y el distanciamiento social muestran sus efectos. Desde marzo de 2020, se sumó el hecho histórico de la pandemia COVID-19, que mostró el límite al gran y soberbio progreso humano, y exigió comenzar otros procesos. La pandemia hizo visible el sujeto de la época que venimos reflexionando desde lo social, lo subjetivo y lo sanitario en un clima de globalización e incertidumbre. Generó un impacto enorme en las prácticas de Salud; algunas consideraciones sobre este tema son motivo de reflexión en uno de los últimos capítulos de este libro.
LA PROPUESTA DEL PSICOANÁLISIS: IR A CONTRACORRIENTE
Freud10 modifica el concepto de historia y sustituye el discurso médico o historiográfico “objetivo” por uno en el que es central el lugar de lo subjetivo (Calvi, 2005, p. 43). El brillante concepto de “construcción” (Freud, 1937) nos ofrece la observación de que el acontecimiento no es dado como hecho real objetivo sino como “verdad histórica vivencial”, en contraposición al concepto de “verdad material”; incluso, realiza una lectura de la historia de la humanidad desde consideraciones clínicas individuales. La teoría freudiana abre una discontinuidad en la historia de las ideas, en los abordajes en salud y en las prácticas sociales.
“El descubrimiento freudiano del inconsciente marca un hito mayor en el montaje occidental del sujeto y amplía el campo de abordaje de la institucionalidad: la relación del sujeto y la sociedad, el anudamiento de lo subjetivo y lo social” (Kozicki, 2004). De esta manera, nos ofrece un objeto de estudio nuevo que aporta enormemente a nuestro entendimiento de los fenómenos sociales y situaciones problemáticas en torno a la salud en el campo de la infancia y la adolescencia. La teoría psicoanalítica de Sigmund Freud es una de las más transformadoras del sujeto en términos de herramientas de pensamiento y reflexión sobre lo humano, lo social, lo cotidiano y la problemática de la salud. Lo social que nos envuelve y atraviesa propone coordenadas de época particulares que, gracias al psicoanálisis, podemos interpelar sobre el planteo cultural y social actual.
El sujeto infantil no es un efecto directo del contexto social ni del funcionamiento familiar o institucional en el que está inserto, ya que el pequeño sujeto en construcción va armando estructuraciones y reestructuraciones sucesivas. Si partimos de la idea de que un niño se construye y se va armando en un entorno familiar (de filiaciones) determinado, con sus vínculos y problemáticas, y en un contexto sociocultural influyente, con sus ofertas de ideales y sus seducciones de mercado, podemos entender la complejidad de los factores que atraviesa la constitución subjetiva de NNyA en los tiempos presentes.
En estas coordenadas deshumanizantes, la propuesta que queda es ir en contra de la corriente, del mismo modo en que nada el salmón en los ríos para reproducirse y preservar su especie. Este “nadar a contracorriente” es una metáfora de la realidad en el trabajo en las instituciones, más aún en tiempos de pandemia. ¿Qué es “ir a contracorriente” en el ámbito institucional? ¿Cómo se hace? En este libro abordaremos las peripecias de un psicoanalista en una institución de salud que trabaja con NNyA para ir a contracorriente con el fin de preservar la subjetividad de ellos, lo propio de nuestra especie, lo que los hace humanos.
¿Y qué es “lo que los hace humanos? Si bien podría pensarse que lo propio de lo humano está ubicado entre el animal y la máquina (Porras, 2021), el sujeto humano escapa de allí, ya que ni el instinto ni la tecnicidad explican lo propio humano. Eso continúa siendo un enigma, sustrayéndose de ese lugar en el equívoco y en la creación magnifica de tantas maravillas. Aquello que se escapa –el error, el síntoma, el fallido, el sueño, el chiste, el asco, el pudor, la vergüenza, nuestros rituales y creaciones en todos los aspectos de la vida– nos hace humanos.
Como humanos que somos, trabajar en el siglo XXI en un hospital de un país condenado históricamente a estar siempre en vías de desarrollo es un gran desafío, que implica revisar constantemente nuestra “caja de herramientas” (Foucault, 1990) para transitarlo desde la ética, especialmente para acompañar a los sujetos que inician la vida, posibilitando que el origen no sea el destino.
El psicoanálisis ofrece teorizaciones extremadamente valiosas que aportan a nuestro trabajo, al que permanentemente es preciso interrogar y pensar. Estas experiencias reflexionadas desde la práctica del psicoanálisis, limitadas y humanas, procuran invitar y relanzar el deseo de cada profesional que se desempeña en los escenarios institucionales para apostar a lo humano, a lo ético, al encuentro, a la empatía, al cuidado colectivo, al vínculo, ofreciendo un freno o borde a la propuesta hegemónica en los tiempos que (nos) corren, haciendo lugar al sujeto, a contracorriente.
Segato (2017) señala que hay dos proyectos históricos, dos caminos y dos valores en juego: el proyecto histórico de las cosas, que produce individuo y su consumo (productividad y zombis) y el proyecto histórico de los vínculos, que produce comunidad y sujeto. Lo central es apostar a lo vincular. La densidad simbólica de la comunidad se da cuando hay menos consumo. Consumo y comunidad son inversamente proporcionales. Es decir, cuando una persona de cualquier lugar puede cambiar lo productivo por un vínculo, cuando es capaz de renunciar a lo monetario por lo humano, se encuentra en la línea de la apuesta a la relación.
Sostiene Imbriano (2011) que el psicoanálisis aporta una buena ocasión para que “el sujeto pueda saber faltarle al goce”; así, este se posiciona frente a la castración y a su propio goce y elige algo en ese encuentro fallido de la existencia. Esa propuesta pone en valor la vida y no la bolsa; pone en valor al sujeto, su historia, su complejidad, lo vital del vínculo con el otro y cómo los lazos de amor hacen borde, habilitan y construyen posibilidades de vida digna, no de nuda vida (como señala Agamben, 2000), no de residuos humanos (como plantea Bauman, 2005), instituyendo el descuido por doquier. Justamente, el psicoanálisis trae lo opuesto: el valor al sujeto (en la amplia dimensión del término), permitiéndole que encuentre su lugar, incluso en contextos de extrema vulnerabilidad, como es una institución hospitalaria.
Entonces, se trata de instituir cuidado ético al sujeto humano, especialmente en las infancias y adolescencias: esa es la apuesta “a contracorriente”, que va de la mano del psicoanálisis con su escucha, dispositivo y vasto aparato conceptual. “Ir a contracorriente” es dar lugar al sujeto, a la escucha de todo NNyA; es tomarnos el tiempo necesario para que algo de lo propio emerja allí. “Ir a contracorriente” es frenar la urgencia, reflexionar el uso del “protocolo”, hacer una pausa, alojar lo humano.
El paradigma de los derechos humanos se suma en esta línea. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU después de la Segunda Guerra Mundial inaugura el comienzo de una era en la que se establecen convenciones y tratados internacionales que impulsan una profunda consideración de los derechos humanos. En las últimas décadas, varias leyes nacionales marcan rumbos en Argentina que, como letra jurídica, pueden abrir caminos o “avenidas” (Segato, 2010) ofreciendo representaciones para la simbolización que permitan la reflexión y reorientación de lo social.
Ya mencionamos las leyes Nº 26061 y 2665711, que marcan un hito de un nuevo paradigma de acción, pero aún conviven con prácticas propias del patronato y de lo manicomial. ¿Cómo nadar a contracorriente en estas lógicas y en estos tiempos que las fortalecen?
Cada acto “mínimo”12 de un profesional o de cualquier trabajador o actor institucional puede ser un “acto a contracorriente” que produzca un efecto en la subjetividad, en las instituciones, en lo social. Se trata de instituir prácticas profesionales “a contracorriente” que, atentas a las coordenadas de la época actual y de los discursos dominantes, puedan abrirse camino para dar lugar a lo importante, que siempre es postergado por lo urgente o lo político-partidario. Un acto puede ser una pregunta, una interpretación o un cambio de lugar o evento particular. De allí lo vital de considerar el paradigma de la complejidad en esta línea de intervenciones y en la lectura de los efectos, como también de la identificación de los problemas.
¿Qué es, entonces, una posición “a contracorriente”? No es una megaintervención que termina resultando una fachada imaginaria. Los problemas estructurales de la desigualdad social no están a nuestro alcance; son casi “un monstruo grande” que “pisa fuerte”13. Pero si se intenta cambiar algo –por “mínimo” que sea– dentro del alcance de uno; si cada quien hace su apuesta al cambio mínimo, podrían lograrse algunas transformaciones. Y si esas apuestas mínimas se articulan entre sí y forman redes, pueden producirse efectos significativos.
La apuesta a lo mínimo se sostiene en el concepto de “ceremonias mínimas” ya mencionado, donde se trata de identificar la unidad de análisis e intervención que permite el trabajo de lo instituido (Minnicell, 2013). De esta manera se visualiza el universo de posibilidades de acción que se nos presenta a los adultos.
Para terminar este primer capítulo, considero oportuno citar un fragmento del tango Cambalache, una canción de protesta a lo social actual, al “todo vale” o “todo da lo mismo”. Imbriano (2010) afirma que el tango nos ha permitido a los argentinos (así como también a los ciudadanos de muchas partes del mundo) cantar penas, quejas y lamentos, dando cuenta del malestar como estructural de la cultura. Esta autora subraya que la globalización, el discurso capitalista y la tecnociencia y sus consecuencias, como síntomas del siglo XXI, pueden ser esa “maldad insolente, y no hay quién lo niegue”.
De este modo, el tango, como una especie de “protesta enojada”, de “indignación”14, plantea una expresión del agobio que suele escucharse en los trabajadores de la Salud comprometidos en una realidad que parece estar siempre igual. En este sentido, la crítica es útil en términos de contrapunto a lo dominante. Además, ese enojo es valioso también porque es un afecto vivo, no indiferente a la realidad, que es importante que se transforme en palabra y posteriormente en diálogo para que produzca un proyecto de trabajo colectivo, un puente por donde cruzar fronteras. Ya que si permanece como enojo, obtura y enferma, construyendo muros más que puentes.
La protesta, ¿está por fuera del enojo o de la indignación? Considero que logra salir de allí y pone de manifiesto algo, en forma compartida y colectiva. De modo que es valiosa en tanto visibiliza, da entidad y permite enunciar el trabajo por delante, definiendo una tarea a realizar como apuesta. Implica “construir canoas”15 siempre provisorias, que nos impulsen a navegar ríos nuevos, para que nuestra especie humana permanezca en su esencia, se conserve y sobreviva dignamente, explorando y descubriendo otros posibles destinos. Ante tanto “cambalache”, es preciso no perder la esperanza y la creencia (motores del deseo y del trabajo) para crear en la adversidad, para apostar a transformar y poder transmitir este espíritu a las nuevas generaciones. Invito al lector a leer la letra completa de Cambalache, de Enrique Santos Discépolo (1935), de la que incluyo un fragmento. Se la considera el epítome de la filosofía discepoliana y tiene una destacable actualidad.
... Siglo veinte, cambalache...
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador.
Todo es igual, nada es mejor,
lo mismo un burro que un gran profesor...
NOTAS
1. Ricardo Cicerchia, profesor de la Maestría en Infancias e Instituciones de la Universidad Nacional de Mar del Plata, plantea eso en sus clases: que la historia nunca es contexto, sino texto.
2. Sobre el libro de González, Patricio Guzmán (1995) realizó un documental en el que narra la historia del pueblo de San José de Gracia, en México, como pueblo “olvidado”. www.youtube.com
3. Por ejemplo, Calcuta, una ciudad populosa de India, también permanece como detenida en el tiempo. La ciudad de la alegría, la famosa novela que permite conocerla, rescata esas historias mínimas, sus costumbres, modos y cultura (Lapierre, 1999).
4. Los resultados del segundo semestre de 2020 correspondientes al total de aglomerados urbanos registraron que el porcentaje de hogares por debajo de la línea de pobreza (LP) alcanzó el 31,6 %; en ellos residen el 42,0 % de las personas. Dentro de este conjunto se distingue un 7,8 % de hogares por debajo de la línea de indigencia (LI), que incluye al 10,5 % de las personas. Esto implica que, para el universo de los treinta y un aglomerados urbanos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), por debajo de la LP se encuentran 2.926.890 hogares con 12.000.998 personas y, dentro de ese conjunto, 720.678 hogares se encuentran por debajo de la LI, e incluyen a 3.007.177 personas indigentes. (Fuente, INDEC, 31/03/2021, EPH: Incidencia de la Pobreza y de la Indigencia. shortest.link).
5. La provincia. Historia. bit.ly
6. Cronología histórica argentina. bit.ly
7. Archivo histórico del diario El Litoral. Su historia previa es difícil de encontrar con Google y El Litoral la reconstruyó gracias a la memoria y el paciente trabajo en los archivos del diario de R. Crespo y G. Vittori (para la colección “Hacia un siglo de periodismo”). bit.ly
8. La Marcha de Osías es un poema-canción de María Elena Walsh, que dice: “Quiero tiempo pero tiempo no apurado, tiempo de jugar, que es el mejor. Por favor, me lo da suelto y no enjaulado adentro de un despertador”.
9. “Disponibilidad” es un concepto que trabaja López, como una apertura con todos los sentidos hacia el otro. Puede verse en López, M. E. (2019). La infancia secreta. Conferencia del seminario “Leer Iberoamérica Lee”. bit.ly
10. En 1965, en un artículo publicado bajo el nombre de El psicoanálisis y el movimiento de la cultura contemporánea, el filósofo francés Paul Ricœur (1913-2005) plantea que Sigmund Freud (1856-1939), junto a Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Nietzsche (1844-1900) hacen tambalear los pilares de la cultura occidental y ponen en crisis la filosofía de la Modernidad. Ricoeur los llama “los filósofos de las sospechas, los tres malditos, porque son las tres teorías que dejan caer las máscaras y cuestionan el conocimiento construido hasta ese momento” (Torralba, 2013).
11. Ley Nacional de Salud Mental y Adicciones (Nº 26657) y Ley Nacional de Protección Integral de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (Nº 26061).
12. Lo “mínimo”, desde el concepto de “ceremonias mínimas” de Minnicelli, como un dispositivo socioeducativo y/o clínico-metodológico clave para múltiples intervenciones posibles (Minnicelli, 2013, p. 43).
13. Verso del tema Solo le pido a Dios, de León Gieco.
14. Según el diccionario, la indignación es un sentimiento de intenso enfado provocado por un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial.
15. “Construir canoas” es una metáfora que procura sintetizar una apuesta a emplear la creatividad con lo propio y lo disponible en cada lugar.
Capítulo 2
¿QUÉ HACE UN PSICOANALISTA EN UN HOSPITAL PÚBLICO DE NNYA?

Un analista debe preservar su eterna condición de aprendiz, de alguien que descubre cuán difícil es trasladar a la escritura las herramientas de la clínica (…) ¿vieron cuando el campesino da vuelta la tierra para que vuelva a ser fértil? Así hay que hacer con los escritos. El deseo de no tener que pensar es la victoria de la pulsión de muerte que convierte al pensamiento en ecolalia, una actividad estereotipada, mimetizada con lo idealizado. Luis Hornstein, 2018
¿POR QUÉ ESCRIBIR? ¿POR QUÉ ESCRIBIR SOBRE ESTO?
Escribir genera algo que no se produce de otra manera y puede conceptualizarse como uno de los destinos de la pulsión: la sublimación. Este circuito ofrece paisajes muy diferentes a otros destinos pulsionales. Escribir ayuda al psicoanalista (aun si no comparte ni publica) a transitar un proceso subjetivo, profundo, transformador y ordenador que colabora con su tarea.
Ahora bien, escribir qué hace un psicoanalista en un hospital es poner en función la pregunta (Balbi, 2012), que la misma haga un trabajo y se habilite así un recorrido nuevo respecto de lo que la escena paraliza. ¿Qué hacer con lo que se escucha, se observa y se siente? Este interrogante me retornaba incesantemente después de estar junto a niños, niñas, adolescentes y familiares con el dolor, el horror, el terror y la impotencia de sus realidades, propias del desamparo social y del desvalimiento psíquico.
Qué hace un psicoanalista en un hospital es una pregunta que portaré mientras siga trabajando porque, como señala Hornstein (2018), el analista nunca debería perder su condición de aprendiz, ya que lo que lo caracteriza es su capacidad de preguntar.
Preguntar y creer posibilita que algo se mueva en las historias de vida de estos niños, niñas y adolescentes. Más aún en nuestra realidad actual, al cuestionar la patologización y la medicalización de las infancias y adolescencias es vital interrogar las clasificaciones que generalizan y homogeneizan en exceso, como plantea Vasen (2015), y apostar a la subjetividad, singularidad y diversidad.
Por eso, para que el psicoanálisis permanezca y siga floreciendo, debe tener la flexibilidad de abrir nuevos interrogantes que, a su vez, demanden nuevas respuestas. Como expresa Lerner (2017), el pensar psicoanalítico se construye paso a paso. Debe haber un reverdecer y esto es lo que le da más potencia; para que eso ocurra es imperativo dialogar con otras disciplinas. De estos intercambios y apertura a nuevas fronteras saldremos fortalecidos y con más herramientas para comprender el universo clínico en las coordenadas de la época en que vivimos.
LA TAREA DEL ANALISTA
En mi recorrido profesional en un hospital de niños y adolescentes he podido identificar acciones e intervenciones que un psicoanalista realiza o puede realizar allí. Enunciaré a continuación cada una de ellas.
1. Escuchar
La primera y fundamental (la que, de hecho, nos define como psicoanalistas o practicantes del psicoanálisis) es instalar un lugar de escucha, ofrecer una escucha. De ese modo, se hace un lugar al sujeto donde tal vez no lo haya. Se genera un espacio donde este –ya sea infantil o un adulto que trabaje en una institución– pueda decir, pueda poner en palabras. Digo “institución”, porque muchas veces en el sector Salud Mental (SSM) del Hospital de Niños abrimos el espacio de escucha a los equipos de profesionales de los Hogares o de instituciones que se manifiestan “colapsadas”. Ofrecer una escucha a las infancias y adolescencias es un trabajo que implica siempre a otros: adultos a cargo, la escuela, juzgados, Hogares, entre otros. Fundamentalmente, la escuela es un ámbito importante –patologizador o no– y tiene un significativo poder subjetivante. Cabe aclarar que existen condiciones para la escucha que muchas veces no están y es necesario construir ya que, si no están, no es posible escuchar.
Escuchar a un niño, niña o adolescente o a su adulto a cargo es un acto tan complejo como humanizante. Complejo, porque la escucha en niños se verifica a través de sus dibujos, juegos, comportamientos, actos y decires; y, en adolescentes, por medio de sus canciones, modos, semblantes, fotos, redes, looks de cabello y tatuajes, etcétera. La complejidad de la acción de escuchar merece ser enfatizada. La escucha implica una técnica y una ética. Es un acto humanizante, porque el psicoanálisis tiene la escucha del sufrimiento del otro. Escuchar es alojar en ese mismo acto el padecimiento psíquico.
A su vez, es un concepto metodológico que aplicamos los psicoanalistas. Este dispositivo analítico propuesto por Freud (2004, [1903]) es el eje de un trabajo que se recrea constantemente en lo cotidiano y en diferentes escenarios. Esa recreación apunta a instalar la escucha en lugares en los que antes no estaba: en la internación, donde el único discurso autorizado es el médico; en instituciones de alojamiento de niños, en mecanismos del Poder Judicial, en modos de trabajo de la Secretaria de la Niñez, en las formas del sistema educativo en las escuelas. La escucha es plantear la pregunta. Esa acerca de la que, luego, el paciente o los equipos técnicos de los Hogares dicen “me quedé pensando en lo que preguntaste”. Esa escucha que luego tendrá efectos.
Entonces, como plantea Stolkiner (2019), escuchar es un acto de hospitalidad y un componente necesario del acto en salud, como un núcleo irreductible a cualquier posibilidad de mercantilización que pueda acontecer.
¿Que implica la hospitalidad en la clínica? Como señalan algunos colegas, el psicoanálisis viene a alertar acerca de lo único de un sujeto, ya que entiende el síntoma desde la singularidad de quien lo padece. Es un dispositivo que ubica el detalle y piensa en el caso por caso, rompiendo con la lógica del “para todos”. Y, por eso, el psicoanálisis en un hospital es hospitalario en un ambiente donde es complejo alojar a los pacientes de Salud Mental, y aporta de esta manera una visión más hospitalaria de la Salud (Kiss Rojan, 2017), porque muchas veces un hospital no es hospitalario, no porta su propio nombre. Parece un trabalenguas, pero de lo que se trata es de destrabar las lenguas para que circule la palabra y la escucha de esas palabras en los hospitales.
Escuchar también es humanizar las prácticas sanitarias interdisciplinarias que se dan en el hospital. De allí la importancia de que el psicoanálisis siga presente en los ámbitos hospitalarios y genere conversación e intercambio entre los profesionales. En el sistema de Salud o en el campo de la Salud, los psicoanalistas somos los más idóneos para dar lugar a la escucha, a que aparezca el sujeto.
2. Instalar la pregunta
Un psicoanalista instala la pregunta, encuentra problemas allí donde tal vez nadie los ha identificado. Instala dudas donde hay certezas. El psicoanálisis tiene una lectura, una lente distinta, un paradigma para observar la realidad. Desde el marco teórico psicoanalítico, el síntoma puede desplegarse de muchas maneras: en los pacientes, situaciones de un sujeto niño, adolescente o adulto; lógicas de organización del trabajo; cuestiones institucionales naturalizadas; dificultades en los grupos de tareas; juegos de poder; faltas de políticas, etcétera. Es decir, un psicoanalista en el ámbito público está invitado a que su campo clínico se expanda, se problematice más y lo interrogue constantemente. Este interrogante nos hace dialogar siempre con la teoría. Pero es importante no perder el eje clínico; ese es nuestro campo propio. Las situaciones hospitalarias están plagadas de malezas que no corresponden a nuestro trabajo. Es tarea del psicoanalista desmalezar y encontrar el campo específico de trabajo; en caso contrario, se hallará perdido o será funcional a otros objetivos o lógicas.
Instalar el interrogante marca la tarea. La pregunta hace trabajo (Balbi, 2012). He aquí la importancia de trabajar en el ámbito de Salud desde el paradigma de la complejidad. Este plantea superar el pensamiento lineal y cuantitativo, tan presente aún en las corrientes científicas y muy especialmente en las ciencias de la Salud. Esta aproximación epistemológica no excluye a las diferentes concepciones; por el contrario, intenta articularlas y enriquecerlas sin pretender alcanzar un saber último, para construir así un enfoque estratégico en una sociedad que, por esencia, es compleja (Morin, 2004). De esta manera, el psicoanalista milita un paradigma de la complejidad, para no dejarse arrastrar por la corriente institucional, por la de la ciencia o por los significantes circulantes.
Es difícil entender cómo, en ocasiones, algunos hospitales referentes en Salud de infancias y adolescencias han quedado detenidos en paradigmas reduccionistas y explican todo el padecer de un sujeto desde los aspectos biológicos o desde una lógica racionalista clásica, en tanto sostienen un poder y un derecho sobre los cuerpos.
Esta tarea es epistemológica y práctica, porque según cómo comprendamos el objeto de estudio y de trabajo será nuestra intervención. Esto es lo que está implícito en las prácticas profesionales de Salud y da lugar a la interdiscursividad, siempre manteniendo la coherencia entre teoría, método y técnica.
3. Intervenir
Un psicoanalista interviene, es decir, da respuesta al problema que identificó desde su paradigma teórico-práctico, su formación, su ética, su creatividad y siempre desde su subjetividad. La intervención del analista puede ser más creativa que un cuadro artístico. Si bien Freud comparó la labor de un psicoanalista con la de un arqueólogo, en el ámbito público hospitalario bien podría equiparársela con el acto creativo de un artista. He observado cómo colegas psicoanalistas “sacan de la galera” intervenciones creativas tan audaces como eficaces. También cometemos errores que nos ayudan a crecer. Por eso, es vital reflexionar sobre las intervenciones, ya sean clínicas, institucionales o en un equipo de Salud. Para ello hay que zambullirse en el campo interdisciplinario e intersectorial y en los diferentes niveles de la red sanitaria. Si no se piensa en este entramado de saberes y discursos, no es posible trabajar en el ámbito público desde el psicoanálisis, porque se puede llegar a ser parte de lógicas o políticas implícitas que atenten contra el sujeto, que atenten contra nuestro mismo objeto de trabajo, especialmente en las problemáticas de maltrato y abuso infantil. Entonces, intervenir implica poder desarmar lo que trae el paciente, la institución, el consultante, para luego preguntarnos qué acciones clínicas son necesarias y posibles con el fin de favorecer el proceso de constitución psíquica en ese niño o niña, o qué requiere un adolescente para construir su subjetividad en esa situación específica y en su realidad social. Militar el paradigma de la singularidad es muy esclarecedor en las prácticas. Ninguna intervención puede ser protocolizada, ya que cada sujeto requiere cuidados particularizados, base de los procesos de humanización.
El hospital como institución aloja al niño, pero no produce inscripción simbólica por sí misma. Lo errático y caótico de las instituciones impide operar sobre lo intrapsíquico, que ya está desorganizado. Este es el laberinto que implica abrir este juego subjetivante: que las prácticas profesionales produzcan inscripción simbólica en estas infancias y adolescencias vulneradas. Estas prácticas profesionales son un pivote en torno del cual giran las políticas públicas; de allí su potencia, porque los modos de concebir la infancia se ponen en acto en cada gesto e intervención (Minnicelli y Zelmanovich, 2012).
De allí que nuestras intervenciones siempre sean de ligadura. Poder construir propuestas para ligar lo desarticulado y compulsivo de la pulsión sexual cuando no está ligada, que es pulsión de muerte (Bleichmar, 2011). Esto, como bien plantea esta autora, nos previene de nuestra responsabilidad en el trabajo, porque estamos tratando de evitar la destrucción de un sujeto y la destrucción del otro.
Intervenir, entonces, es la introducción de algo que es ajeno al conjunto, que modifica las relaciones entre los elementos, porque actúa desde afuera en las coordenadas más íntimas de la situación. Una intervención, un elemento que se agrega (o poder relacionar dos elementos distantes), lo que sirve de soporte para que algo se constituya. En este trayecto, lo que se constituye es la posibilidad de producir una pregunta que habilite una intervención, no por el mandato del Otro Social sino por una lectura del llamado de quien pide o demanda (Balbi, 2012, p. 12). Intervenir apela a la creatividad de cada actor institucional; este concepto será desarrollado en otros capítulos, pero es válido mencionarlo, ya que la intervención es una construcción creativa desde la escucha para ese sujeto singular.
4. Trabajar con otros
Un psicoanalista trabaja con otros y, en lo posible, construye un equipo. Un sistema de Salud es un tejido (fragmentado o no) de profesionales que actúan en la diversidad; si el psicoanalista desconoce esto pierde su inserción en el mismo. Spinelli (2010) plantea que un hospital es un conjunto de artesanos en el que cada uno hace su parte. El psicoanalista, sin interactuar en este contexto, sin transmitir su saber y construir junto a otras disciplinas, queda fuera del juego y a nosotros, los psicoanalistas, nos gusta jugar. Este juego, siempre es con otros. Lo más positivo y constructivo es que sea en equipo. ¿Cómo se forma un equipo de trabajo y cómo puede pensarse su posición en una institución hospitalaria como equipo? La construcción es singular en cada institución y con cada miembro del mismo. Pero la labor en equipo otorga a la práctica clínica psicoanalítica condiciones de trabajo muy pertinentes. En buenas condiciones, sosteniendo el trípode freudiano (con tareas de supervisión, lecturas y autoanálisis) un equipo cuida y se cuida, construye, sostiene políticas de trabajo y posiciones éticas, se propone proyectos y puede ser creativo, entre otras cosas. Construir un equipo en un ámbito fragmentado de instituciones es una apuesta subjetivante al mismo equipo profesional y genera valiosos efectos en la organización laboral, en la práctica clínica y en el cuidado de los profesionales, ya que permite fundar criterios. Estos son producciones grupales desde la teoría y la práctica, atravesados por lo epocal, que generan un clima de cuidado y reflexión en la tarea y también el cuidado de los cuidadores.
5. Escribir y abrir el intercambio
La práctica de un psicoanálisis reflexivo invita a escribir, a supervisar y producir. Construir un momento de reflexión sobre la práctica misma, posterior a lo vivencial, instala una pausa que permite trabajar la pregunta. El escrito materializa la brújula para seguir o rever la orientación planteada en un inicio. Aquí es donde tiene lugar la supervisión de la práctica clínica, la interlocución con colegas o profesionales. Esa es la importancia de espacio de supervisión en un establecimiento público, que permite reflexionar sobre los abordajes grupales; cómo pensar el trabajo en la internación, en la casuística médica, con los “casos críticos”; las internaciones de salud mental; las interconsultas, cómo armar las admisiones; cómo analizar la problemática institucional del hospital; cómo no alienarse en el discurso médico. Y en este proceso de escribir deviene la transferencia de un saber; este producir se transforma en un deseo de transmisión. ¿Cómo construir la transmisión de estas prácticas, las propuestas de docencia y de formación para colegas, para los médicos y enfermeros? ¿Qué tipo de saberes necesitamos para afrontar nuestro quehacer? Este interrogante lleva a otros y así se va armando un recorrido.
“El analista es al menos dos”, afirma Schab: uno en la transferencia y otro cuando puede dar cuenta de lo que hace.
Lacan dirá en el Seminario 22, RSI, clase 1: “Es necesario que el analista sea al menos dos”. Insiste en que esté atravesado por la castración y por fuera de la posición de Uno: ideal. La castración se pone en juego en el analista, lo que indica que no hay garantías y en ello consiste la diferencia con el discurso médico. Además, por ser al menos dos, es el que hace clínica de su praxis, es decir, teoriza los efectos que produce con sus operaciones en una lectura de lo particular. (Schab, 2010)
Este tema se abordará y reflexionará más adelante, en el Capítulo 12.
6. Retomar el concepto de abstinencia
Es importante que el profesional de Salud Mental, psicoanalista, considere los movimientos sociales actuales y las leyes que regulan nuestras prácticas, sin perder su posición de abstinencia, advirtiendo sus puntos ciegos y tomando estos movimientos sociales como analizadores, productores de las subjetividades actuales. Esta dimensión es la que se palpa en el trabajo intersectorial en los fanatismos, en la hoguera de las instituciones, y nos confronta con la falta u omisión de política pública de las infancias y adolescencias actuales. ¿Qué hace aquí, desde el psicoanálisis, un profesional de la Salud Mental? ¿Qué posición toma? No hay respuestas unívocas ni manuales a seguir. Tenemos un método de trabajo, una posición analítica, una ética y un deseo. Desde allí restituiremos el lugar del sujeto a ese niño, niña o adolescente. Insistir tantas veces como sea preciso hasta que algo se inscriba: ese es el trabajo de hormiga en el marco de escucha al otro y es vital retomar aquí el concepto de abstinencia, muy importante en la clínica cuando los movimientos sociales y los componentes ideológicos son tan protagónicos. Los psicoanalistas adoptan desde posturas religiosas a posturas críticas. La abstinencia y la neutralidad son reglas básicas planteadas por Freud, pero ser analistas, como reflexiona Cohen (2014), no es ya ser neutral o abstinente; implica un trabajo profundo y de reflexión constante. ¿Cómo mantenernos neutrales, si adoptamos una posición desde el mismo momento en que elegimos tomar un paciente en análisis, y cada vez que intervenimos o guardamos silencio, cada vez que somos interpelados en lo personal? Esto es importante pensarlo a la luz de las infancias trans, de las ILE e IVE (interrupción legal/voluntaria del embarazo), de todas las problemáticas que tocan formas dogmáticas o bien marcadamente progresistas que “arengan”, en las que se pierde la escucha del sujeto infantil.
Los “puntos ciegos” de los analistas están relacionados con su análisis personal, condición fundamental en la práctica clínica. En la medida en que el analista trabaje estos aspectos, mayor capacidad de escucha y potencia tendrá en su praxis. Estos puntos ciegos hacen la resistencia del analista. Freud planteó que son aquello del sujeto o del yo del analista que obstaculiza la prosecución del trabajo analítico. Mantener el aspecto crítico del psicoanálisis, sostener un psicoanálisis reflexivo, implica también trabajar nuestros puntos ciegos.
La infancia es depositaria de un legado y también de las proyecciones y representaciones adultas. Repetimos muchas veces que las instituciones sociales son depositarias de funciones constituyentes de la subjetividad; es importante intentar ubicar cuáles son las condiciones que la institucionalidad ofrece a niñas, niños y adolescentes, ya que implican la pregunta sobre nuestra posición como trabajadores y actores de las instituciones.
7. Sostener el deseo
Un psicoanalista en un hospital de niños y adolescentes cuida su deseo propio, hace una transmisión del mismo en su lugar de trabajo. Sostiene el deseo del analista en una institución. Este le pone un límite al goce o acota el exceso, bordea lo pulsional y lo imaginario. Elimina el masoquismo en el trabajo, al que muchas veces nos vemos expuestos; nos despega de lo espurio, morboso, ominoso, siniestro, del horror. Esta es una construcción artesanal y singular de una práctica sostenida por el deseo. Desde aquí se puede pensar también el cuidado de cuidadores como prevención del estrés laboral, la sobreimplicación, el activismo o la indiferencia, los goces a lo morboso que se observan en las infancias. Rescatar una posición ética en la práctica profesional es poder (o intentar) conservar la alegría, la creatividad, el humor, el deseo. Sostenemos esta práctica cuando se mantienen los sueños, algo nuevo por hacer que otorgue alguna esperanza. Este es un modo de trabajar hacia la salud.
El deseo del analista (Oliveira, 2015) provoca que emerja el deseo del analizante; esto no debe ser descuidado, más aún cuando las instituciones se hallan en jaque con lo imposible.
8. Apostar a la creación
Es importante apostar a dispositivos creativos y culturales, a la promoción de espacios lúdicos y actividades o acciones culturales (creativas y recreativas) para los niños, niñas y adolescentes. Estos pequeños sujetos con sus psiquismos en construcción necesitan del acceso a la cultura como andamiaje y desarrollo de su capacidad simbólica, más aún en la realidad social actual señalada en el Capítulo 1. Michelle Petit (2015) desarrolla cómo la lectura y la escritura contribuyen a ampliar la capacidad de elaboración y de argumentación y, de ese modo, generan una ciudadanía activa en los adultos. Como la palabra y la ficción, la literatura ayuda a construir los mundos internos de niños, niñas y adolescentes. El ingreso de un sujeto en construcción a la cultura es parte fundamental del trabajo de un psicoanalista. Aprovechar los espacios sanitarios para introducir cultura es una intervención subjetivante que tensiona ambos campos: cultura y salud. Y así, ya son cuatro campos que se entrecruzan: psicoanálisis, hospital, salud y cultura. Los espacios culturales construyen salud mental, cultura es salud.
9. Sostener el interrogante para que permanezca vivo
Y, por último, un psicoanalista en un hospital es quien porta la pregunta, el interrogante, el enigma, para que todas las demás acciones anteriormente mencionadas puedan tener lugar. Abre el juego y el campo para que circulen las palabras, los saberes, los poderes, los goces. Además, “es lo propio del modo de hablar infantil”, como señala Luterau (2018): lo propio infantil es la pregunta, que a su vez es el enigma del deseo del adulto. Si hay algo que saben los chicos es preguntar. En uno de los cuentos de Molina (2016), cuando un juez le asegura a una niña “Tenés que esperar un tiempito”, ella le pregunta “¿Cuánto tiempo es un tiempito?”. Así, con la sencillez y potencia de sus palabras, enciende una bomba que, de alguna manera, moviliza acciones, políticas, reuniones y cambios. Lo mismo hacemos (o intentamos hacer) también los analistas: preguntamos, y esto nos acerca tanto a cada sujeto infantil como a su mundo y a nuestro legítimo trabajo.
RESTITUIR EL LUGAR DEL SUJETO
Los nueve ejes psicoanalíticos enunciados pueden clasificarse de diferentes maneras. En esta oportunidad los presento como acciones, porque considero que es una forma didáctica de transmisión de mi práctica y de mi recorrido profesional. Así enumerados, no solo constituyen un camino histórico, sino lógico, porque se reeditan en cada situación de trabajo en el hospital. Es un recorrido lógico, porque en primer lugar uno escucha desde el interrogante, luego piensa, interviene y siempre es con otros. Posteriormente es necesaria la pausa para escribir la práctica, seguir apostando y leer los movimientos sociales de la problemática del síntoma, para luego arriesgar a ser creativo mediante lo lúdico y lo cultural. Digo “arriesgar”, porque solo en las coordenadas que se construyen entre la escucha y la teoría nos aventuramos al hacer creativo para esa singularidad en juego.
Lo propio de la actividad de un psicoanalista es escuchar; después instala un momento de ver para luego construir el hacer. Estas secuencias de acciones pueden ser simultáneas o no, pero todas están imbricadas en una práctica y en una ética. Mediante estas acciones se resiste el discurso de la ciencia y del mercado y se da lugar al sujeto infantil o adolescente, a la madre, padre o adulto a cargo de ese sujeto en construcción y, en definitiva, también a nosotros mismos como profesionales de la Salud Mental que, a la vez, estamos en una institución. Eso es el psicoanálisis y el valor del mismo en un hospital: restituye el lugar del sujeto, para que se despliegue o construya su subjetividad. O, como expresa Janin (2005, p. 18), para “que abra la puerta para ir a jugar”.
Capítulo 3
CLÍNICA DEL DESVALIMIENTO1

Un niño que no ha experimentado cuidados preverbales en términos de sostén y manipulación –de confiabilidad humana– es un niño deprivado. Lo único que por lógica puede hacerse por él es prodigarle amor: amor en términos de sostén y manipulación. Hacerlo en un período posterior de su vida es difícil, pero siempre podemos intentarlo, como cuando se lo recibe y se lo cuida en un albergue. El problema está en que el niño necesita poner a prueba el amor preverbal –el sostén, la manipulación y demás– y ver si resiste la destructividad inherente al amor primitivo. Cuando todo marcha bien, la destructividad se sublima en cosas como comer, golpear, jugar, competir, etcétera. No obstante, el niño se encuentra en esta etapa muy primitiva... Si ustedes comienzan a amar a un niño que no fue amado en sentido preverbal, pueden verse en un embrollo. El niño robará, romperá vidrios, torturará al gato y hará toda clase de tropelías. Tendrán que sobrevivir a todo eso. El niño los amará porque fueron capaces de sobrevivir. Donald W. Winnicott, 1986
INFANCIAS, INSTITUCIONES Y SALUD MENTAL
Este capítulo surge de mis propias preguntas de trabajo, desde mi singularidad como profesional psicóloga y psicoanalista con desempeño laboral con infancias y adolescencias en el ámbito público, en un Hospital de Niños que recibe constantemente pedidos de tratamiento para NNyA que viven en Hogares.
Cuando un niño/a ingresa a un Hogar, esto implica no solo que su familia no ha podido hacerse cargo de él o ella, sino que, además, por cierto tiempo, el Estado, en su función de protección, asumirá su cuidado. “Uno sabe, como analista, que la acción de terceridad no será sin implicancias para este sujeto en cuestión” (Isa, 1995). De allí la importancia del término deprivation en la cita de Winnicott; este, traducido, significa “privación-pérdida”, enfatizando que en la vida de ese pequeño sujeto algo estuvo presente y luego se perdió. Y esta deprivación no accede generalmente a la conciencia, por lo tanto, encontraremos ciertos correlatos clínicos como el robo, la destrucción o el delito. Por eso es importante descifrar el acto antisocial y leerlo en el tratamiento y el cuidado de estas infancias y adolescencias (Isa, 1995).
Históricamente estos pedidos de tratamiento se tomaron y abordaron terapéuticamente, pero sin profundizar en el estado de las instituciones. Hoy, en 2021, a más de treinta años de ratificada la Convención Internacional de los Derechos del Niño, es necesario reflexionar sobre las instituciones para no caer en la sumisión que nos impone siempre la realidad. La palabra es una valiosa herramienta, capaz de transformarla para no quedar sumidos en la pasividad que proponen las lógicas hegemónicas institucionales.
La demanda de los Hogares siempre fue significativa pero, en los últimos años, la manifestación clínica de los sujetos infantiles y adolescentes tiene características desafiantes y se observa cómo las instituciones que los alojan están desbordadas y desorientadas para ejercer su práctica cotidiana de cuidado y crianza. La infancia y adolescencia son etapas constituyentes del psiquismo. Es de vital importancia que el campo de la Salud Mental cumpla un rol en estas historias de vida altamente vulneradas que están a cargo del Estado.
PRIMERAS CONSIDERACIONES. INFANCIAS EN ORFANDAD
En la provincia de Santa Fe existen 41 instituciones de acogimiento (32 % estatales y 68 % por convenios). En estos Hogares, en 2018 se registraban 503 NNyA.2 Hoy, tres años más tarde, estas cifras se duplicaron. Estos pequeños sujetos tienen edades que van desde los meses de vida hasta los dieciocho años. El diagnóstico de situación de los Hogares describe hacinamiento, falta de proyectos institucionales, alta debilidad y precarización de recursos humanos, entre otros rasgos.
En Argentina, hay cerca de diez mil chicos y chicas que viven en Hogares del sistema de cuidados alternativos. Fueron separados de sus familias por haber sufrido maltrato, abuso o abandono. Los motivos más comunes de ingreso al sistema de protección del Estado corresponden al maltrato y a la violencia (44 %). Cerca del 45 % del total de los NNyA tiene entre trece y diecisiete años y posee poca preparación para el egreso de la institución. Respecto de su distribución geográfica, el 49 % reside en la provincia de Buenos Aires y CABA, mientras que un 25 % lo hace en el Noreste y Noroeste argentino. Estos últimos son los más vulnerables, dada la escasa inversión en programas provinciales de apoyo y acompañamiento (Doncel, 2018).
Con este panorama nacional se constituye o delimita un problema actual que requiere una reflexión y revisión profunda a propósito de cómo un Estado aloja a las nuevas generaciones, y cómo y quién cuida a estos NNyA que quedan en banda (Minnicelli, 2017).
Frente a este panorama, es importante reflexionar en qué es un niño. Una pregunta que siempre vuelve en la práctica y genera una pausa para pensar la complejidad que implica trabajar con infancias y adolescencias en instituciones. Entendemos como tales a las organizaciones concretas que se ocupan de trabajar con NNyA (Juzgados de Familia, escuelas, hospitales o centros de salud, servicios locales de niñez, centros de alojamiento, centros de atención familiar –CAFS–, entre otros) y su diferencia con lo que Zelmanovich y Minnicelli (2012) plantean como una “institución de infancia”, que implica producir operatorias de inscripción simbólica. Es decir, una institución tiene una función simbólica con las infancias y adolescencias, no se reduce al alojamiento y la comida. De allí que instituir infancia será un desafío en esas instituciones desde una dimensión social pero también singular y subjetiva. Entonces, con esto dicho, volvamos a la pregunta fundamental.
¿Qué es un niño?
El cachorro humano, por su prematurez biológica, necesita imperiosamente de otro para vivir. Como ya es conocido, según los estudios de Spitz (1969) con el marasmo hospitalario, el bebé, sin otro que lo envuelva con su mirada y su voz, puede tener graves perturbaciones e incluso llegar a la muerte. Desde Freud se plantea al otro como fundante. Diversos textos freudianos tratan acerca de cómo estos primeros intercambios adulto-bebé dejan sus marcas en el pequeño, construyendo su aparato psíquico en un proceso de subjetivación a lo largo de la infancia. La presencia de otro que le canta, lo arrulla, lo duerme y lo baña es vital. Todo ser humano debe pasar por un proceso de humanización en la infancia para poder constituirse como sujeto parlante y enfrentar los avatares pulsionales del mundo interior y los exteriores de la vida.
El conjunto de acciones de cuidado y crianza (si se le canta, se lo alza, cómo se responde a sus demandas entre los ritmos, olores, sonidos y diferentes rituales) dota de humanidad al niño durante toda su infancia. Esta serie de conceptos (podríamos llamarlas funciones) se juega en la vida misma de los hogares: la función de sostén, de ligazón y de corte. Estas funciones estructurantes están en manos de un Otro significativo, los acompañantes convivenciales, equipos técnicos y profesionales de las instituciones, que a su vez rotan y cambian.
Esta pregunta acerca de qué es un niño puede llevarnos a desarrollar muchos aspectos teóricos, pero no es el objetivo del presente texto, que reflexiona sobre el trabajo que hay por delante en las infancias e instituciones teniendo en cuenta el concepto de desvalimiento, propio de toda infancia.
El concepto de desvalimiento
Junto al ya expuesto concepto de deprivación de Winnicott, subrayamos el concepto de desvalimiento que teoriza Hornstein, ya que nos ayuda a comprender el estado en que estos pequeños sujetos llegan y permanecen en los hogares. Hornstein (2005) plantea que el desvalimiento es indisociable de la constitución psíquica del sujeto y no es posible considerarla aislada del Edipo. El desvalimiento remite a un déficit en la historia libidinal e identificatoria. Es decir, el pequeño sujeto no fue proveído de recursos y no constituyó una organización compleja para lidiar con los vasallajes del cuerpo y de la realidad exterior. En las patologías del desvalimiento enfrentamos no solo conflictos intersistémicos, sino fallas en la organización psíquica, que prolongan la vivencia de desamparo e indefensión. Sufrimientos, angustias y defensas diferentes a las neurosis “clásicas”.
Los NNyA que viven en Hogares se hallan en estado de desvalimiento porque están en proceso de constitución psíquica pero, además, porque han vivido experiencias traumáticas y de descuido, sostenidas en el tiempo. De allí la importancia de un adulto que tome conciencia de la fragilidad y del desvalimiento de esta infancia e intente repararlos. Al mismo tiempo, es necesario pensar y comprender a la infancia en su contexto histórico, social, cultural y subjetivo, de lo contrario nos ubicaremos solo en el discurso jurídico con un “texto sin sujeto” (Legendre, 1982), en una línea de cosificación.
A su vez, un niño que vive la decisión y ejecución de una medida excepcional 3, es atravesado por lógicas institucionales que marcan esa historia de vida en un “antes” y un “después”, produciendo efectos subjetivos significativos que habrá que abordar terapéuticamente. Nos encontramos así con sujetos infantiles desvalidos y deprivados.
En esta línea de argumentación es menester incluir el concepto sobre la filiación, crucial para analizar el lazo social que se encuentra tan dañado en las infancias y adolescencias institucionalizadas. Freud no usó el término “filiación” (que proviene del campo jurídico y antropológico), pero sus teorizaciones son contribuciones sustanciales para comprenderlo. El hecho biológico del nacimiento no explica el lazo de parentesco (López, 2019). La filiación implica la dimensión simbólica de la parentalidad, que en estas historias de vida es necesario elaborar y trabajar para no reproducir el proceder de la maquinaria jurídico-institucional. Estas lógicas institucionales, en algunas ocasiones, no ofrecen alternativas filiatorias posibles, lo que hace imprescindible revisar el problema de filiación como un saber que orienta las prácticas (Lampugnani, 2013). En este sentido, numerosas historias de NNyA son atravesadas por estas lógicas de cosificación y desafiliación y dejan al sujeto infantil en un reforzamiento del desvalimiento que será muy difícil desandar. Minnicelli (2020) sostiene que estos dos términos –crianza y filiación– mantienen entre sí una relación asintótica, digna de considerar por las implicancias y consecuencias significativas que tienen en la subjetividad de las infancias.
Estas reflexiones podrían graficarse así:

Esto nos lleva a subrayar la importancia radical del Otro como fundante del psiquismo infantil. No hay niño sin adulto. En las instituciones Hogares, pueden ser varios y diversos los adultos que cumplen la función de acompañar y sostener al sujeto infantil. Esta función de crianza y sostén material es indispensable en la infancia, pero no necesariamente debe asociarse a la filiación. Existe una profunda diferencia entre crianza y filiación.
El sujeto adulto y su función
¿Qué es un adulto? Para abordar este interrogante debemos recurrir a la noción de sujeto, que nos permitirá abrir la complejidad escondida detrás de un adulto y su historia, en la que también fue niño y necesitó de un Otro para constituirse subjetivamente. “Adulto” no significa tener cierta edad; “adulto” es una función que se establece en varias otras designadas como maternas y paternas, pero que pueden enunciarse de diversa manera. Estas funciones son encarnadas por un adulto que ampara, brinda auxilio y sostiene cierta asimetría de un saber y un poder con respecto al niño.
La posición subjetiva de este adulto es fundamental y permite la construcción del vínculo humanizante que favorecerá el proceso de constitución psíquica del niño. Así se desarrolla la tarea erotizante sublimada del adulto, que cumple una función de humanización. El bebé no solo necesita ingerir calorías, sino también internalizar esa fuente de todo placer (el pecho). No solamente los productos, sino el medio de producción, la internalización de aspectos contenedores, protectores, identificantes, erotizantes, narcisizantes del pecho, que lo expondrán menos a la angustia traumática y al desvalimiento. Es en esta capacidad ligadora que el otro instaura, con la posibilidad de reconocerlo como semejante y, al mismo tiempo, distinto, donde se juegan la constitución psíquica y la filiación.
En psicoanálisis existen amplias teorizaciones sobre las funciones. Enunciaré dos líneas que me ayudaron a pensar la clínica desde el concepto de desvalimiento, sosteniendo una lectura crítica sin dogmatismos y respetando la rigurosidad de cada una.
Por un lado, desde las teorizaciones de Lacan 4 podemos hablar de funciones maternas y paternas. En una breve mención, las funciones que se identifican como “maternas” son las de sostén y ligazón, y constituyen los cuidados simbólicos o particularizados al cachorro humano. No es lo mismo un niño que otro; ofrecer ese lugar único es lo que humaniza. El concepto de función materna implica ese lugar del Otro primordial, tesoro de los significantes, entendiendo por esto que el sujeto o adulto que lo ocupe encarna al Otro primordial decodificando, vía el lenguaje, las necesidades del niño.
Junto a este concepto de función materna están el de la falta y el del padre, en psicoanálisis, que implican considerar funciones estructurantes de un sujeto. La falta es necesaria para que los cuidados no resulten excesivos y el pequeño no se convierta en el objeto del adulto. Ella inaugura otros lazos posibles y es allí donde se ubica el concepto de función “paterna”, que implica prohibición y abre la sustitución, constituyéndose como una función ordenadora que coloca al pequeño cachorro humano en la serie generacional.
Gerez Ambertin señala que una vía regia para trabajar esto se halla en la obra de Freud (1988 [1895]):
El inicial desvalimiento del ser humano es la fuente primordial de todos los motivos morales. La conjunción de lenguaje –que sostiene la función del padre– y el desvalimiento –que hace posible la vigencia del Otro primordial– abre las pistas al decurso del complejo edípico. (Gerez Ambertin, 2006, pp. 5-10)
Así, el cachorro humano transita sus vivencias del Edipo entre la fuerza de estas dos funciones, en la compleja dimensión del significante y en el interjuego de los tres registros (simbólico, real e imaginario, SRI).
Por otro lado, Blestcher (2017) señala que Bleichmar propone otros conceptos para comprender las funciones del sujeto adulto. Esta autora plantea que:
El hecho de que los seres humanos sean crías destinadas a humanizarse en la cultura marca un punto insoslayable de su constitución: la presencia del semejante es inherente a su organización misma. En el otro se alimentan no solo nuestras bocas sino nuestras mentes; de él recibimos, junto con la leche, el odio y el amor, nuestras preferencias morales y nuestras valoraciones ideológicas. El otro está inscripto en nosotros, y esto es inevitable. (Bleichmar, 2005, p. 8)
Así, el otro, en una breve mención, porta una función de sexualización por la que implanta la sexualidad en el cuerpo del bebé. Freud, en Tres ensayos de una teoría sexual sostiene que la madre, cuando amamanta al bebé, le canta y lo acuna, lo hace con sentimientos que vienen de su propia sexualidad y esta despierta la sexualidad en el niño. Así se añade la función narcisizante, que es la que implica el trabajo de ligar esta excitación de continencia, que el cachorro humano no puede hacer por sí solo. Y, al mismo tiempo, en su doble función, el adulto pauta los límites que implican un rehusamiento de la sexualidad. El hecho que el bebé pueda sonreír al adulto antes de comer, comenta Bleichmar, es un prerrequisito de dicha renuncia, en tanto implica una postergación, una demora de la satisfacción inmediata. “Lo que se inscribe no es la pautación de la ley, sino el modo en el cual cada uno de los componentes de las relaciones primarias significativas se coloca en relación con el deseo del niño” (Bleichmar, 2011, p. 27). Estas funciones se juegan en el proceso de constitución psíquica, donde la falta de auxilio produce un profundo desvalimiento que lo vincula a los sentimientos de profunda soledad y otros efectos psíquicos y subjetivos devastadores. “El clivaje del adulto es fundamental para la constitución de toda la subjetividad del niño” (Bleichmar, 2011, p. 25).
En los Hogares podemos observar cómo los NNyA que han vivido episodios o situaciones traumáticas y de desamparo presentan padecimientos del desvalimiento, que pueden observarse como padecimientos estructurales y/u ocasionales. Estructurales, cuando prevaleció un fracaso en la historia libidinal e identificatoria; ocasionales, cuando el padecimiento psíquico tiene que ver más con duelos, traumas actuales y enfermedades orgánicas, que sacuden momentáneamente el psiquismo. En estos padecimientos, las consideraciones del otro como sujeto adulto son vitales.
Entonces, ¿cómo se piensa la función del sujeto adulto (el cuidado, la crianza y el trabajo de la filiación) en relación con las infancias y adolescencias en las instituciones públicas (no solo Hogares, sino también hospitales, juzgados, escuelas)? ¿Qué propuestas y prácticas se realizan cuando se observan infancias y adolescencias desvalidas, deprivadas y desafiliadas? ¿Se considera la compleja dimensión de la función del adulto en las infancias y adolescencias a cargo del Estado?
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