Kitabı oku: «Todos los temblores después del terremoto»


TODOS LOS TEMBLORES DESPUÉS DEL TERREMOTO
Configurar la experticia en un país sísmico
Lorena B. Valderrama
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 – Santiago de Chile
mgarciam@uahurtado.cl – 56-228897726
www.uahurtado.cl
Primera edición abril 2021
Los libros de Ediciones UAH poseen tres instancias de evaluación: comité científico de la colección, comité editorial multidisciplinario y sistema de referato ciego. Este libro fue sometido a las tres instancias de evaluación.
Este libro ha sido realizado gracias al apoyo de la Facultad de Ciencias Sociales y del Departamento de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado.
ISBN libro impreso: 978-956-357-299-5
ISBN libro digital: 978-956-357-300-8
Dirección editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Diseño interior
Gloria Barrios
Diseño colección y portada
Francisca Toral
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
Imagen de portada: Terremoto de 1906. Autor: Karl Richard Linderholm
Fotografía Patrimonial. Museo Histórico Nacional.

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Para Amalia.
Índice general
Prefacio
Agradecimientos
Introducción
Configuración de experticias
Sismógrafos de papel
PRIMERA PARTE Observadores
Marinos
Astrónomos
Comisionados
Testigos
Políticos
Ingenieros
Profesores
SEGUNDA PARTE El servicio sismológico de Chile
Redes
Instrumentos
Polémicas
Discursos
Conclusiones
Bibliografía
Notas
Prefacio
Temblando, con el cabello erizado y las rodillas que parecían querer rompérsele, se deslizó Jerónimo por el declive del suelo del edificio, con el propósito de salir por el boquete que el choque de ambos edificios había abierto en la pared delantera de la prisión. Apenas estuvo a salvo cuando un segundo temblor hizo que toda la calle se desplomase por completo.
Heinrich von Kleist, Das Erdbeben in Chili, 1807.
Kleist en El terremoto en Chile (1807) imagina a un condenado a la pena capital conectado a un niño recién nacido: muerte y vida al mismo tiempo en el lejano Reino de Chile de 1647. La tierra en movimiento no hacía otra cosa más que desatar la irrupción de lo imprevisto, ante unos personajes súbitamente liberados del yugo del destino. Es como si el sino de Chile no fuese el acontecer infausto proclamado por Rolando Mellafe en los años 80 del siglo recién pasado, sino más bien la tensa calma de saberse en el interregno de lo esperadamente inesperado. Los terremotos desde siempre han significado para este país la incertidumbre ante la catástrofe y hasta resulta curioso advertir que no existan suficientes estudios que lo hayan abordado. Un problema tan recurrente que se hace invisible para sus habitantes. El presente libro nos alumbra la historia de este capítulo.
Los movimientos de tierra, nombrados ruptura, quiebre o fractura, ¿no son tópicos de los que hace uso la ciencia sismológica hoy? Esto nos habla de cambios, de escenarios posibles en los que se pone a prueba nuestros edificios, instituciones y conocimientos. Pero toda prueba requiere un evaluador: alguien debe decirnos si estaremos seguros en nuestras casas, si haremos los movimientos adecuados para salvar nuestras vidas o, por el contrario, ya no debemos temer ante la sacudida de la tierra. He aquí el gran problema de la sismología, y que por cierto este libro aborda con rigor y sobriedad estilística: la predicción. ¿Quién actúa como vocero de los terremotos? ¿Cómo afianza lo que Michel Foucault llamaría su “lugar de enunciación”? Entonces de lo que se trata no es investigar la historia de la sismología como si fuera un conjunto de explicaciones racionales que dan cuenta de la naturaleza del subsuelo a través de sus instrumentos, sino de poner en evidencia cómo fue ganando terreno a otros saberes y cancelando todo discurso alternativo. En otras palabras: hay que dibujar la silueta del experto.
El siglo XIX fue un período donde el experto sismológico se movió en un terreno líquido e inestable. Este libro nos hace desfilar a marinos, astrónomos, comisionados, testigos, políticos, ingenieros y profesores, pero también a nuevas máquinas de medición que prometían seguridad y razonamiento científico. ¿Cómo se hicieron un espacio de legitimidad? ¿Cómo participaban de lo público? Acá se nos dice que la experticia se construye, pero no basta con enunciarlo: se requiere escudriñar los archivos buscando lo que otros han pasado de largo; suspender la confianza de los delindes disciplinarios con los que hoy miramos el ayer y, por sobre todo, no olvidar que alguna vez la electricidad del sol, el magnetismo de la luna o las conjunciones astrales fueron la respuesta de lo que hoy buscamos bajo nuestros pies. Este libro nos lleva a esos tiempos.
Carlos Sanhueza Cerda
Agradecimientos
Este libro ha sido realizado gracias al apoyo de la Facultad de Ciencias Sociales y del Departamento de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. Su investigación se desprende en gran medida de la tesis doctoral de la autora titulada “Observando la catástrofe: terremotos y conocimiento sísmico en Chile (1868-1912)”, para optar al título de doctora en Historia de Ciencia y Comunicación Científica de la Universidad de Valencia, la cual fue guiada por el Dr. Pedro Ruiz-Castell y se realizó con el apoyo de la Beca Doctoral del Programa de Formación de Capital Humano Avanzado de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt), Becas Chile 72110790.
También han contribuido en gran medida las y los integrantes del Laboratorio de Historia de la Ciencia, Tecnología y Sociedad, quienes desde el año 2016 han enriquecido el debate historiográfico en el área en general, aportando de manera generosa con observaciones y comentarios específicos a este trabajo. Especialmente a Carlos Sanhueza y Verónica Ramírez con quienes más he podido realizar investigaciones y discusiones al respecto; Gabriela Polanco por su ayuda en el trabajo de archivo y Patricio Leyton por su generosidad en compartir referencias.
En tercer lugar, agradezco a las personas que facilitaron el acceso a muchas fuentes analizadas en esta investigación, como es el caso de Deborah Coen, catedrática del Programa de Historia de la Ciencia y la Medicina de la Universidad de Yale, quien me facilitó las fuentes de la Comisión Suiza; Sergio Barrientos, director del Servicio Sismológico Nacional, quien me permitió acceder a la Colección Fernand Montessus de Ballore; Sandrine Granet por proporcionar fuentes primarias impresas de la State Library of Western Australia; y Patricia Liberona y Alessandro Chiaretti del Archivo Central Andrés Bello, Raimundo Silva Labbé de la Biblioteca Histórica de la Armada y René Cortínez Castro SJ del Archivo de la Compañía de Jesús de Chile, por siempre facilitarme las consultas realizadas. Así como también a quienes ayudaron en la traducción desde el francés, el alemán y el italiano, como Mar Cuenca, Carolin Schmitz, Caroline Borges, Maira Mora y Viola Campanini; y a quienes han ayudado en la edición de este libro: Alejandra Stevenson y Beatriz García-Huidobro de Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Felipe Vilo, Stefan Meier y Macarena Rojas Ábalos quienes ayudaron con la pre-edición del libro y a los y las evaluadoras del presente libro, cuyas observaciones y sugerencias han permitido desarrollar esta propuesta de la forma en que se presenta.
Introducción
Tras cada terremoto, vemos desfilar por las pantallas de televisión a expertos que intentan explicar el fenómeno y racionalizar nuestra experiencia de catástrofe. Bombardeados con noticias nos hemos enfrentado a la inmensidad de la naturaleza y no encontramos las palabras adecuadas para describir lo vivido. De esta forma nos dejamos seducir por la idea de que la explicación científica nos traerá paz a nuestros angustiados y ansiosos pensamientos. En momentos de catástrofe no cuestionamos como la autoridad asignada a determinadas personas que “saben”, que “han estudiado” o que “entienden” se ha legitimado ante nuestros ojos. ¿Cómo llegaron a estar ahí frente a nuestros ojos revestidos de la soberanía del conocimiento sísmico? ¿Acaso siempre estuvieron allí esperando el momento adecuado para explicarnos lo acontecido?
Es difícil que nos hagamos estas preguntas en medio del desastre. Cuando las fuerzas telúricas se expresan –y todo lo hacen caer– las naciones se ven enfrentados a grandes desafíos económicos, pero también surgen grandes oportunidades para gobernantes, empresarios y tomadores de decisiones. La gestión de la emergencia y la reconstrucción son acciones donde el mundo privado y público se encuentra y disputan. Útiles y utilizados, los terremotos no solo han causado interés y consternación, no solo han impactado la vida humana y la han desafiado, sino que también han implicado enormes oportunidades políticas y económicas. Sucedan en países remotos y lejanos o en la propia nación, sus vibraciones han recorrido la tierra y las fronteras siendo percibidos, sentidos y finalmente comprendidos de múltiples formas y en distintas zonas geográficas. Para ello, se requiere de datos, información y evidencia que permitan tomar dichas decisiones. Se necesita, por lo tanto, de expertos, pero esa experticia se construye.
En el caso de los terremotos, la experticia sísmica desempeña un papel vital. Se producen datos que permiten comprender la catástrofe. Uno de los últimos trabajos compilatorios acerca del desarrollo de la sismología en el siglo XIX e inicios del siglo XX desde una perspectiva histórica sociocultural, es el libro de Deborah Coen The Earthquakes Observers: Disaster Science from Lisbon to Richter, que realiza un recorrido por el desarrollo de la observación sísmica en Estados Unidos y Europa, principalmente en Reino Unido, Suiza y el Imperio Alemán1. Previamente, la revista Science in Context había publicado un número especial dedicado a diversos estudios de caso en Europa, Asia y América del Norte en el siglo XIX y XX2.
Algunas investigaciones históricas centradas en el mismo periodo han intentado dilucidar por qué se han creado instituciones dedicadas exclusivamente a la observación sísmica en un momento y contexto determinado, demostrado que la observación y el estudio de los terremotos han respondido a diferentes intereses. Ya fuese por iniciativa personal o por interés de los gobiernos, durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, se comenzaron a desarrollar, en diversas partes del mundo, variadas estructuras e instituciones orientadas a la observación de terremotos. Estos procesos estuvieron marcados por negociaciones entre quienes ostentaban el poder político y quienes ostentaban el poder del conocimiento. Este es el caso del desarrollo de la sismología en Austria Imperial3, Japón4, Italia5, Estados Unidos6, España y sus colonias7, Suiza8 y el Imperio Alemán9.
Los terremotos fueron una oportunidad para aunar fuerzas cívico-políticas, permitiendo institucionalizar conocimientos y prácticas, dando forma a instituciones, expertos y disciplinas que los estudiaran, los comprendieran y permitieran de alguna manera “controlarlos”, mitigando sus efectos. En el Austria Imperial, por ejemplo, la preocupación ante el temor de la destrucción del imperio por los terremotos permitió, en la segunda mitad del siglo XIX, la creación de comités de estudios científicos de dichos fenómenos y sus subsecuentes redes de observación10. El caso de la dinastía Meiji en Japón, a finales del siglo XIX, también ha sido estudiado por la historiografía. El interés del imperio japonés por abrirse a occidente y modernizarse según los estándares europeos, implicó un desafío para una nación construida en un territorio de frecuentes y destructivos terremotos11. Suiza, por ejemplo, durante la segunda mitad del siglo XIX, tuvo un desarrollo de la observación sísmica marcado por un interés político centrado en la relación de los habitantes de las distintas regiones (cantones) con su territorio, una nueva forma en la cual los políticos esperaban que la sociedad entendiera y se relacionara con su geografía a nivel nacional, pero considerando las particularidades locales de cada región y de cada cantón12. El caso del desarrollo y la institucionalización de la sismología a finales del siglo XIX en la Alemania Imperial, en cambio, estuvo fuertemente caracterizada por el interés de aunar el territorio, focalizándose en la percepción y el registro de los terremotos en distintas partes del mundo, sin ser testigos presenciales de estos.
Los nuevos sismógrafos desarrollados a finales del siglo XIX inspiraron una nueva forma de comprender los terremotos, como fenómenos que podían dejar un registro más allá de la subjetividad de los testigos13. Esto llevó, en el cambio de siglo, a tratar de convertir la sismología en una disciplina más cuantitativa y más objetiva, siguiendo el modelo de la física. La nueva tecnología permitió el registro de terremotos grandes y pequeños, locales y lejanos, permitiendo que la observación científica se centrara en la sismicidad como objeto de estudio, más allá de los sismos particulares14. Este proceso también se caracterizó por la creación de observatorios y asociaciones dedicadas exclusivamente al tema, como la creación en 1906 de la Seismological Society of America y, previamente, de la Internationalen Seismologischen Gesellschaft, fundada en 1904 cuya finalidad era construir un catálogo global de sismos que permitiera determinar las características sismológicas de cada zona del globo15.
Los informantes y testigos de terremotos que durante este periodo participaron de la observación sísmica, constituyeron extensas redes de registro e información, incluso a nivel internacional16. Sin embargo, mientras que en países como Suiza y Austria los comités y redes formales locales recabaron muchos datos acerca de terremotos mediante el testimonio de observadores, en otros como Italia y Japón las observaciones sismológicas se realizaron principalmente mediante estaciones de trabajo dotadas de instrumental y a cargo, principalmente, de hombres de ciencia o funcionarios públicos, como trabajadores de telégrafos, ferrocarriles o correos17.
Configuración de experticias
Si bien muchas veces se describe el siglo XIX como el periodo de profesionalización de la ciencia, este marco conceptual resulta problemático, puesto que dicho proceso depende del contexto histórico y cultural y de cómo se desarrollan los procesos de institucionalización de cada disciplina18. Todos, sin embargo, responden a la delimitación de las experticias, es decir: a discernir quiénes son los expertos en determinados conocimientos y técnicas. Desde la segunda mitad del siglo XIX, la experticia se fue configurando en nuevos campos del tejido social, buscando maneras de mantener su autoridad inherentemente inestable, dentro y fuera de la academia, del Estado y la sociedad19.
Se ha podido estudiar que las sociedades hacen uso del conocimiento especializado para la toma de decisiones y el diseño de políticas públicas, ya sea en materia de economía, educación, obras públicas, salud y medioambiente20. De esta manera, los espacios de configuración de experticias son variados: la justicia, la industria, las agencias consultoras, etc., los que permiten construir una identidad profesional21. Así, los expertos científicos han jugado un papel preponderante en el caso de disputas, como controversias limítrofes, el desarrollo de políticas públicas en materia de salud y medioambiente, en el control de la calidad de los alimentos, en los juicios de delitos y crímenes y en la constitución de comisiones científicas de diversas materias22.
Collins y Evans han intentado generar una clasificación estándar de los expertos en diferentes niveles, que van desde quienes poseen conocimientos ubicuos, hasta quienes han desarrollado conocimientos especialistas. El ubicuo (“ubiquitous tacit knowledge”) se encuentra entre quienes no conocen en profundidad una información determinada23. Es decir, quienes tienen un conocimiento vago de una materia, quienes poseen un conocimiento adquirido mediante textos de divulgación o bien tienen una experticia lograda a través de textos especializados, pero sin necesariamente interactuar con especialistas en dicha materia24. Por otro lado, el conocimiento especialista o especializado sería aquel conocimiento en determinada materia que se ha producido por la interacción constante con expertos en esa área o bien porque se ha trabajado dicha materia como forma de vida y se ha contribuido al fortalecimiento de un campo de investigación específico25. Sin embargo, como han señalado algunos autores, esta diferenciación se limita casi exclusivamente al campo de la física, sin la posibilidad de aplicarse a otros casos, ni tampoco considera los contextos sociales, políticos, legales y económicos en los cuales se configura esta experticia26.
La historia de la ciencia, tras el giro cultural y praxiológico ha permitido profundizar en la configuración de experticias tomando en cuenta dichos contextos y la conexión de estos con personas de diversas experticias, ya sea en el plano científico, político, educacional y judicial, entre otros. Esta experticia se constituye siempre ante un otro, cuya construcción es atravesada por procesos de negociación, transformación y resistencia que se dan en los contextos sociales, políticos, legales y económicos en los cuales se configura la experticia o autoridad27. En estos contextos, la posibilidad de formar parte de redes locales o globales y de dirigir proyectos de investigación, les conferirá autoridad y pertinencia a algunas personas para el cumplimiento de determinadas tareas y otras quedarán relegadas en el campo de los legos, los amateurs o los no expertos. También se han estudiado en los últimos años, las relaciones entre expertos y no expertos o entre amateurs y profesionales, destacando lo difuso de las fronteras que separan a los unos de los otros28. A veces, la colaboración ha sido fluida entre ambos grupos; en otras, en cambio, son tensas y problemáticas29; y se han caracterizado por entablar relaciones de subordinación y control30. Para algunos autores como Jones los expertos decimonónicos desempeñaron este papel para poder incidir en la toma de decisiones sociales, en cambio Golan y Hamlin proponen que el experto o perito del periodo buscaba también constituirse como tal como una forma de encontrar remuneración económica a su trabajo científico31.
El periodo comprendido entre 1880 y 1930 es clave en el desarrollo de la sismología moderna, puesto que no sólo se crean observatorios e instrumentos cada vez más especializados y precisos, sino que también se generan nuevas normativas de medición de sismos y construcción de infraestructura en zonas sísmicas. También es un periodo donde se desarrolla una identidad disciplinar y de legitimación social de la sismología moderna, conformándose redes de intercambio de información y experticias diversas según los territorios. Países como Japón e Italia fomentarán el trabajo coordinado de estaciones de información sísmica a cargo de funcionarios públicos, académicos militares, mientras que otras naciones como Austria y Suiza incluirán también a observadores locales residentes en las comunidades32.
Con la creación y mejora de los sismógrafos modernos, la observación sísmica comenzó a tomar otro rumbo. El registro de los terremotos desplazará la subjetividad de los testigos y sobrevivientes de los terremotos, permitiendo no sólo la observación a distancia del fenómeno, sino también poner el foco en otros elementos como la variación de los movimientos33. De este modo, se crearon observatorios sismológicos, estaciones sísmicas y sociedades que agruparon a geólogos, ingenieros, astrónomos y estudiosos del clima de distintas naciones34. Esta diversidad de áreas de estudio dedicadas a los terremotos, producirá también tensos debates35.
La configuración de expertos implicó un enfrentamiento de enfoques, metodologías y teorías diversas, además de la la institucionalización de determinados saberes. Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX se crearon instituciones especializadas en terremotos, se nombraron peritos en sismología y se legitimaron técnicas científicas de observación de sismos. Los expertos o peritos en terremotos serán personas reconocidas por un círculo específico como aquellas que poseen los conocimientos más confiables sobre los sismos y que dominan las mejores técnicas de observación que les permitirán discernir y juzgar los fenómenos sísmicos y sus efectos.
En el caso de Chile, si bien contamos con algunos trabajos sobre la historia de la sismología local, esta no profundiza en esta configuración de experticias, ni aborda las diversas y complejas negociaciones que permitieron institucionalizar la sismología en el país. Historia de la Sismología en Chile de Federico Greve (presentada como Memoria en 1964), por ejemplo, aborda algunas de las explicaciones dadas en Chile a los terremotos desde los inicios de la República (como el de 1822), la instrumentalización e intereses de investigación desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. El texto se centra en la creación y desarrollo del Servicio Sismológico de Chile, fundado en 1908 y compuesto de cinco observatorios sismológicos y veintinueve estaciones sísmicas repartidas por todo el país. Gran relevancia tiene la figura de su primer director, el ingeniero militar francés Fernand Montessus de Ballore (1851-1923), quien hasta su muerte estuvo a cargo de el Boletín del Servicio Sismológico de Chile y de las principales publicaciones de la materia en nuestro país36. Este documento de carácter institucional, poco ahonda en la red de más de quinientos informantes del Servicio Sismológico de Chile, quienes permitieron el trabajo de esta institución o en sus flujos de información y prácticas propias de la sismología de la época. Sin embargo, ha abierto la puerta al análisis que aquí se presenta, el cual profundiza en el desplazamiento gradual de los testigos de terremotos como agentes epistémicos de la creación del conocimiento sismológico y la configuración de expertos locales y nacionales en sismología.
Este desplazamiento se puede observar en profundidad a través de un caso clave en la historia de la sismología de Chile: el terremoto de Valparaíso de 1906, cuyas devastadoras consecuencias movilizaron intereses académicos y políticos que previamente se habían venido articulando, pero que cobraron relevancia social tras el sismo. Este caso permite analizar la configuración de un gran abanico de especialistas, puesto que tras este acontecimiento se designaron comisionados, se contrataron especialistas extranjeros y se seleccionó al personal idóneo para las instituciones científicas de observación sísmica que conformaron el Servicio Sismológico Nacional. Profundizar en las circunstancias de estas decisiones y acciones, como también en la trayectoria de estos observadores de terremotos, permitirá problematizar la construcción de expertos.
¿Cómo algunas personas se constituyeron como expertos en terremotos en la época? Esta es la pregunta que este libro se propone abordar, partiendo de la premisa de que la experticia no es una característica propia de la persona denominada experta. No es una cualidad dada por la acumulación de conocimientos específicos en una materia. Es una construcción social en la cual una persona es considerada experta por un otro, que proviene de comunidades específicas (como la comunidad política, científica o académica). Para ello, la coyuntura y la potencia desempeñan un rol central. La potencia, entendida como la capacidad para realizar una acción, producir un efecto, imponerse ante los demás o influir en ellos, tiene especial relevancia en la configuración de experticia sísmica en Chile. Muchos quienes fueron considerados expertos en terremotos ante la sociedad, la clase política y científica en Chile, tuvieron la capacidad o potencia material para estudiar terremotos y la capacidad o potencia de negociación con tomadores de decisiones. La configuración y disputas de experticias fue crucial en las coyunturas de terremotos y posterremotos. Estas instancias resultaron idóneas para que diversas personas se configuraran como expertos en la sociedad y ante sus pares, legitimando técnicas, teorías y conocimientos sísmicos.
Tras el devastador terremoto de 1906, se producen tres situaciones que permiten estudiar cómo se configuran estos expertos en materia sísmica a inicios del siglo XX: la constitución de la Comisión para el Estudio Científico del Terremoto el mismo año, la contratación del ingeniero militar francés Montessus de Ballore en 1907 y la organización del Servicio Sismológico de Chile en 1908. Estas tres situaciones puntuales permiten también comprender los intereses para la creación de una institución científica que estudiará los terremotos en Chile y cómo se dio el ordenamiento y oficialización de redes y prácticas de observación. A través de este estudio es posible aportar una mirada más amplia sobre la construcción del conocimiento sísmico en el país, que incluye a más agentes de observación que lo que se ha abordado tradicionalmente. Permite vislumbrar cómo comisionados, expertos estatales e instituciones, desplazarán a divulgadores y predictores en cuanto a autoridad científica y uniformarán la pluralidad de saberes sísmicos.
Específicamente, el estudio de la constitución de una delegación científica como la de 1906 permite comprender el rol que juegan las decisiones políticas en la creación de comisiones científicas y las condiciones materiales en la propia investigación científica. La contratación en Chile de especialistas extranjeros, como Fernand Montessus de Ballore se ha planteado por la historiografía local como una consecuencia lógica y directa del terremoto de 1906, como una decisión más que tomó la clase política para atender la emergencia37. Sin embargo, este hito y su configuración como sismólogo estatal, está lejos de ser un efecto inmediato de una catástrofe, sino muy por el contrario, como un proceso de institucionalización más complejo, el cual enmarcado y justificado por el terremoto va tomando forma mediante la negociación de diversos intereses y las posibilidades materiales del momento, como el dominio del idioma, las redes de contacto y los tiempos de respuesta, entre otros. Por otro lado, la organización del Servicio Sismológico de Chile, desde la selección de su personal e instrumentos a utilizar, posibilitará comprender la complejidad de redes especializadas y la configuración de los expertos según su capacidad en la producción de información y en la negociación con los tomadores de decisiones.
Sismógrafos de papel
Las relaciones entre prensa y terremotos han sido estudiadas por la comunicación y la historia. Investigadores e investigadoras en el área de la comunicación científica han analizado que la cobertura de catástrofes en los medios de comunicación hay un alto uso del relato testimonial-anecdótico de víctimas, como del sensacionalismo, del alarmismo y la espectacularidad38. En la historiografía chilena, se ha usado la prensa para estudiar los imaginarios y las percepciones sociales sobre los terremotos durante el siglo XIX y XX39.
Pero más allá de su relación con los terremotos y sus consecuencias, la prensa es un agente importante en los procesos de circulación del conocimiento científico con respecto a dichos fenómenos. Permite no solo conocer lo que las comunidades científicas quieren difundir, sino que al mismo tiempo permite profundizar en el imaginario público sobre los fenómenos, la naturaleza y los conocimientos. Además, visibiliza la forma en que la actividad científica y los expertos son presentados ante las audiencias40.
Sin embargo, la relación entre prensa y sismología es aún mucho más estrecha de lo que se cree. Los periódicos desempeñaron un rol fundamental en la construcción del conocimiento sísmico moderno, permitiendo no solo la producción de enormes catálogos de terremotos, sino también comprender que la sismicidad de los distintos territorios y regiones41. La prensa le permitió a los científicos del siglo XIX conocer los terremotos en distintas partes del mundo y pensar así en una sismología global.
Los corresponsales de los periódicos y diarios, los testigos presenciales de los terremotos, sus víctimas y las autoridades que daban los balances públicos oficiales de las catástrofes en sus relatos, reportaban su experiencia del terremoto, entregando diversos elementos de interés para los catalogadores, como por ejemplo la hora y duración de cada movimiento, el ruido y las réplicas. Estas observaciones eran publicadas en los periódicos locales, transportadas a través de barcos, traducidas a otros idiomas, convertidas nuevamente en noticias para alimentar a audiencias muchas veces exóticas y ajenas a las catástrofes que leían. Los catalogadores de terremoto, las recortaban, coleccionaban y extraían de sus tintas los datos necesarios para comprender los fenómenos que relataban: la dirección, hora, fecha y duración de los movimientos, las condiciones del clima, los sonidos subterráneos. En la prensa se podía encontrar reportes de distintas partes del mundo, sobre todo de terremotos y desastres naturales, un tema de interés particular para los periódicos decimonónicos. Los llamados sismólogos del siglo XIX soportaron parte de su trabajo en una fuerte cultura de observación aficionada de fenómenos astronómicos, sísmicos y meteorológicos, pero también se alimentaron del sensacionalismo mediático y del consumo voraz de las audiencias ávidas de desastres y tragedias.
Diarios, periódicos y revistas, no solo son y han sido activos divulgando conocimientos de todo tipo, sino que además constructores de conocimientos propiamente tal, ya que deciden, discriminan y seleccionan qué conocimientos científicos se publicitan y cuáles quedan relegados al olvido. Construyen “verdades” y “opiniones”, moldeando, relativizando, connotando y destacando las informaciones y la realidad, en una triangulación de intereses políticos y económicos42. En esta constitución de un espacio discursivo y simbólico para la ciencia, la prensa ha articulado diversas estrategias en favor de algunas comunidades específicas. Por ejemplo, ha permitido conseguir financiamiento para la investigación astronómica y sismológica43. También ha permitido a algunas personas constituirse como autoridades y expertos en la materia, no solo dentro de sus comunidades sino que en la sociedad44.
El periodo analizado también es clave, ya que durante las primeras décadas del siglo XX en Chile aumentó significativamente la cantidad de periódicos (entre 400 y 500) y de lectores, ya que el analfabetismo en la población fue disminuyendo, llegando a ser del 50 % para 1920. Esta creciente audiencia, además demandaba más informaciones sobre lo público, convirtiendo a los medios de comunicación en potentes instrumentos de información y agentes activos de los debates sociales45. Esta participación en el espacio público implica una negociación continua de intereses, valores y convicciones46, por lo cual es importante prestarle atención a los argumentos y las estrategias discursivas utilizadas.
Entre los debates públicos más presentes en la prensa con respecto a las ciencias de los terremotos, están los que giran en torno a la posibilidad de predecirlos y con ello aminorar de algún modo sus efectos sobre las vidas humanas. El pronóstico y predicción de terremotos formó parte de la ciencia del siglo XIX en un contexto de pluralismo sísmico, en el cual diversas disciplinas, expertos, observadores y teorías geológicas formaban parte. Era una época en la cual se desconocía la composición interior de la tierra y el mecanismo y causas de diversos fenómenos. Era un periodo donde las personas que se dedicaba a observar terremotos andaban en busca de patrones, constantes y correlaciones que permitieran comprender los movimientos de subsuelo terrestre. Desde finales del siglo XVIII en Europa, se habían ido desarrollando diversas explicaciones sobre el interior de la Tierra y los fenómenos geológicos que habían sido objeto de intenso debate entre los llamados neptunistas, plutonistas, uniformistas y catastrofistas. Estas diversas formas de entender la Tierra y sus fenómenos, hacía que las personas que se dedicaban a estudiar los terremotos atribuyeran su causa al volcanismo, al enfriamiento de la Tierra, a la contracción de la corteza terrestre, a las grietas submarinas y terrestres o a la tectónica47. Para los científicos de la época, uno de los principales problemas para la naciente disciplina radicaba en que no se sabía de qué estaba compuesta la naturaleza interior de la Tierra. Esta diversidad de opiniones partía de la base de que el interior de la Tierra era sólido, parcialmente sólido, parcialmente líquido o totalmente líquido. Sin embargo, ninguna presentaba una explicación satisfactoria para los académicos universitarios, los observatorios (privados o públicos), los observadores (voluntarios o institucionales), los tomadores de decisiones o la opinión pública48.
Al estudiar la configuración de experticias es importante observar también la prensa, porque ello permite conocer cómo los expertos se configuraban en el espacio público y analizar en mayor profundidad la institucionalización y legitimación de determinados saberes49.
La diversidad de las fuentes analizadas es una de las características principales de este libro. Documentos gubernamentales, prensa, publicaciones científicas, correspondencia científica y personal, actas de reuniones, folletos, manuales y cuestionarios forman parte del corpus de estudio. Junto a estas, se ha estudiado también la historiografía chilena e internacional sobre el desarrollo de la sismología en el periodo, lo que ha posibilitado la formulación de preguntas y comparaciones con otros estudios de caso. Especial relevancia cobra la revisión de la colección Fernand Montessus de Ballore, compuesta por legajos reunidos por el mismo autor, donados por su nieta en la década de 1980. Este conjunto de documentos está integrado por un fondo fotográfico privado, recortes de prensa, algunas publicaciones, manuales, folletos y todos los números del Boletín del Servicio Sismológico de Chile, además de una colección de más mil trescientas cartas recibidas por Montessus de Ballore entre 1880 y 1923. Como parte de este epistolario, existen sesenta y dos cartas escritas desde Chile entre 1902 y 1922. En ellas, figuran los nombres y testimonios de encargados de estaciones sismológicas, observatorios locales y de informantes voluntarios pertenecientes a esta red.
El libro se ha estructurado en dos partes principales que no siguen una cronología regular, pero que abordan dos aspectos importantes para analizar la experticia sísmica en Chile: los actores y sus prácticas. La primera parte se centra en los actores, es decir en los observadores de terremotos y temblores que se encontraban en nuestro país y a quienes les debemos gran parte de lo que sabemos de este sísmico territorio. Marinos, astrónomos, comisionados, testigos, políticos, ingenieros y profesores de liceos y colegios, cumplieron una parte significativa en la construcción de conocimiento telúrico. Fueron activos en la generación de datos sísmicos o bien férreos negociadores que posibilitaron conseguir los recursos para levantarla.
La segunda parte analiza en detalle el trabajo del Servicios Sismológico de Chile, centrándose en organización, instrumentos y prácticas de observación y registro. También profundiza en las polémicas que permitieron promocionar discursos públicos, orientados a legitimar socialmente la experticia sismológica en nuestro país.
Primera parte
Observadores
El 15 de agosto de 1906, El Mercurio de Santiago, publicó un anuncio enviado nueve días antes por el capitán Arturo Middleton Cruz (1876-1912), jefe de la Sección de Meteorología de la Dirección del Territorio Marítimo. En éste se advertía que para el 16 de ese mismo mes se pronosticaba para el puerto fenómenos “atmosféricos o sísmicos”, basado en las siguientes observaciones astronómicas:
El día fijado habrá conjunción de Júpiter con la Luna y máximum de declinación norte de la Luna. A causa de estas situaciones de los astros, la circunferencia del círculo peligroso pasa por Valparaíso50.

Copia de la carta original escrita por Middleton el día 6 de agosto de 1906. Como se puede observar la carta original no coincide con lo publicado luego en el diario. Se desconoce si esto se debió a un error tipográfico de la imprenta o a una corrección posterior del mismo autor51.
El día anunciado por Middleton, un violento terremoto sacudió la ciudad de Valparaíso, ocasionando diversos incendios. Según la Oficina de Estadísticas murieron dos mil personas y casi 20 mil, resultaron heridas52. Sin embargo, crónicas de la época datan entre 3.800 y 5 mil muertos solo durante la noche del terremoto, mientras que la Armada de Chile contabilizó 3.764 muertos solo en Valparaíso y 3.882 en el total del país53.
Por la tarde del viernes 17 de agosto de 1906, Germán Riesco, el entonces presidente de Chile en sus últimos días de Gobierno, recibió un telegrama estremecedor que daba cuenta del desastre en el puerto: “Almendral ardiendo: resto ciudad destruida. Muchas familias sepultadas”54. La confirmación final vino más tarde en las palabras del propio intendente Enrique Larraín Alcalde, el representante del Gobierno nacional en Valparaíso, quien informó al Ministerio del Interior la magnitud de la catástrofe: “Terremoto en esta. Veinte incendios sin poderlos dominar. No es posible todavía calcular perjuicios vida y propiedades. Tomo medidas ausilios y vigilancia. La catástrofe parece mui grande”55.
El último gran terremoto en Chile había sido en 1880, veintiséis años antes. A diferencia de todos los terremotos ocurridos en Chile durante el siglo XIX, el de Valparaíso de 1906 había afectado cuantiosa y mayoritariamente al centro comercial y financiero del país, en ese entonces principalmente dedicado a exportación de materias primas56. Esto fue un gran reto político y económico para el Gobierno del presidente Germán Riesco (1854-1916), quien vivía sus últimos días de administración y para la administración de, quien lo asumió al mes siguiente. Si bien la reconstrucción del puerto y la cuidad fue un gran desafío y oportunidad que tuvo que asumir su predecesor ya electo, Pedro Montt (1849-1910), Riesco tuvo que gestionar la emergencia en todo el territorio, principalmente con ayuda de la armada y de las instituciones científicas. Veintitrés sismos sucedieron durante la noche del mismo terremoto y una veintena más al día siguiente. Miles de personas habían decidido abandonar sus hogares y dormir en avenidas y paseos de Valparaíso y Santiago, instalando algunas carpas para refugiarse y generando campamentos informales y espontáneos por toda la ciudad, volviéndose un problema de salubridad pública57. En agosto, el frío y las lluvias afectaban la salud de la población que dormía a la intemperie. Los pocos edificios afectados se podían dañar producto de las réplicas y caer en las calles tejas o cornisas; mientras que los campamentos espontáneos también generaban peleas callejeras, robos y saqueos difíciles de controlar.

Campamentos espontáneos creados tras el terremoto de 190658.
Marinos
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, existió una diversidad de instituciones y disciplinas en Chile que se dedicaron a observar y estudiar los sismos. Algunos colegios de órdenes religiosas tenían sus propios observatorios, como es el caso de los jesuitas en la capital y los salesianos en el extremo sur del país. Los observatorios y estaciones astronómicas y meteorológicas también se dedicaban a la observación de temblores, y dentro de las comunidades científicas aún era aceptado que los fenómenos atmosféricos tenían relación con los movimientos telúricos.
Desde 1899, la Sección de Meteorología de la Dirección del Territorio Marítimo era la división de la Armada responsable de pronosticar todos los fenómenos meteorológicos que fuesen importantes para la navegación, tanto para el resguardo de los marinos como de las naves. Poseía instrumentos propios y trabajaba junto a la Oficina Hidrográfica de la Armada, fundada en 1871, que había logrado reconocido prestigio en la sociedad científica chilena.
Con sede en la ciudad de Valparaíso, recibía y organizaba los registros de más de dieciséis estaciones emplazadas en diferentes puertos a lo largo de la costa del océano Pacífico. Estas realizaban observaciones tres veces al día, que luego eran centralizadas y sistematizadas en la Sección de Meteorología.59 Esta unidad de la Armada, además, se coordinaba con la Oficina del Tiempo de Quinta Normal, perteneciente a la Universidad de Chile, y con el Observatorio Astronómico Nacional, ambas instituciones ubicadas en Santiago60.
El capitán Middleton, como responsable de la Sección de Meteorología, estaba a cargo de dar a conocer información sobre fenómenos meteorológicos a los navíos a través de los medios náuticos oficiales, no por la prensa nacional. Conocía muy bien las teorías predictivas del marino británico Alfred Jopling Cooper (1848-1923), capitán del transatlántico Oriana de la Pacific Steam Navigation Company (PSNC por sus siglas en inglés).
La PSNC fue la primera empresa naviera de ultramar en utilizar la navegación a vapor en el Pacífico y contaba con una alta presencia en la costa americana ya que lideraba las comunicaciones entre Europa y América, transportando pasajeros, mercancía y, a partir de 1982, era la encargada del correo británico-americano61. Como marino de la PSNC, Cooper estaba a cargo del recorrido principal de Liverpool-Valparaíso a través del estrecho de Magallanes, ruta altamente demandada que acercó su relación con la marina nacional. Además, debía vincularse con la Dirección de Territorio Marítimo de la Armada de Chile y sus unidades, principalmente por la función que tenía la Armada de fiscalizar y mantener el cumplimiento de las normativas nacionales, así como velar por las actividades que se desarrollaban en la jurisdicción marítima chilena62.
Cooper también había publicado libros sobre navegación y era conocido como inventor del escandallo de profundidad y de algunos implementos de mejora en las turbinas, los cuales había patentado. Su origen inglés lo instalaba en una posición privilegiada, ya que la Armada chilena había sido creada e instruida por la Real Marina Británica63. Él mismo se había distinguido por su participación en las Guerras Bóeres en Sudáfrica, luchando del lado de la corona británica, lo que lo posicionaba bastante bien entre los marinos locales, los ingenieros navales y aquellos dedicados a los aspectos más científicos y técnicos de la Armada nacional.
A finales del siglo XIX, tras años de observaciones y prácticas, Cooper comenzó a trabajar en una teoría de pronóstico meteorológico que incluía algunas ideas de astrónomos europeos, como Alexis Perrey (1807-1882)64. La influencia que producían los cuerpos celestes sobre la atmósfera terrestre era algo que también sostenían otros integrantes de la Real Marina Británica durante el siglo XIX, como Stephen Martin Saxby (1804-1883) o Robert Fitz Roy (1805-1865)65.
El vínculo profesional entre Cooper y la Armada de Chile posiblemente fue el que permitió que sus ideas y teorías se extendieran entre los marinos locales en los primeros años del siglo XX. En particular, fue José Manuel Campbell (1854-1905), ayudante de la Gobernación Marítima y piloto primero de la Armada, quien publicó parte de la teoría de Cooper en el Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile de 1901. El artículo era una traducción de los inicios de su teoría sobre la influencia de las conjunciones astrales y el magnetismo de la luna en los cambios atmosféricos, incluyendo erupciones de volcanes y terremotos. En el texto publicado en la revista institucional también se incluían los métodos de cálculo para la predicción meteorológica y estaba especialmente dirigido a marinos y agricultores, para quienes era necesario pronosticar con anticipación el tiempo meteorológico66. Sin embargo, a pesar de reconocer el valor de la teoría de Cooper, Campbell indicó que era necesario continuar estudiando esta propuesta67.
En las primeras décadas del siglo XX fueron varios los marinos de la Armada de Chile que como Campbell estudiaron y trabajaron en detalle la teoría de Cooper. Muchos de ellos en algún momento de sus trayectorias navales estuvieron a cargo de las unidades científico-técnicas de la Dirección del Territorio Marítimo de la Armada de Chile, alcanzando escalafones superiores en la institución68. Entre ellos están Luis A. Bories (1872-1916), Bracey Wilson Sykes (1875-1935) y Waldo Nuño Jiménez (1882-1935).
Al año siguiente de la aparición de su propuesta en el Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, Cooper publicó un breve manual titulado The Causes of Weather and Earthquakes (with Four Diagrams), en el que explicaba cómo las corrientes de electricidad sobre la superficie terrestre causaban que la Tierra se convirtiera en un imán con la capacidad de poder atraer y repeler cuerpos celestes como la Luna. Estas fuerzas electromagnéticas según el autor, serían las causantes de diferentes fenómenos atmosféricos y sísmicos, desde tormentas hasta huracanes. De este modo, la propuesta de Cooper sostenía que dichos fenómenos se podrían predecir al conocer de antemano la posición de los astros y la distancia entre ellos69. Para Cooper, al igual que para muchos astrónomos europeos la Luna tenía influencia sobre la Tierra pudiendo variar la intensidad de los fenómenos según su trayectoria.
El libro fue publicado por la editorial J. D. Potter, la que se dedicaba exclusivamente a la venta de libros náuticos y que, además, era la única autorizada para distribuir las cartas náuticas de la Oficina Hidrográfica del Almirantazgo Británico que pertenecía al Ministerio de Marina Inglés. Estas cartas eran ampliamente usadas por los marinos ya que delineaban la costa y registraban la profundidad del agua, los restos de naufragios, arrecifes y otros peligros para la navegación. Por consiguiente, la publicación y venta de su libro en una editorial de prestigio dentro del mundo naval, británico y extranjero, contribuyó a aumentar la rápida sociabilización de su teoría entre los marinos de distintos países.
Según testimonio del propio Cooper, el 2 de agosto de 1906 Middleton lo visitó en su barco y le comentó que sus cálculos pronosticaban una tormenta para el 16 del mismo mes. Cooper, quien también habría realizado pronósticos para las semanas siguientes, le aseguró que habría un terremoto, aconsejándole a Middleton que informara a la Marina y a la prensa70. En ese entonces, Arturo Middleton Cruz llevaba 16 años en la Armada. Recientemente había sido nombrado capitán de corbeta y dirigía la Sección Meteorológica de la Dirección del Territorio Marítimo de la Armada de Chile, contando con estudios técnicos, científicos y militares, como muchas personas que dirigieron instituciones técnicas y científicas en Chile en el mismo periodo. Su ingreso a la Escuela Naval había sido en febrero de 1890 junto a otros cien cadetes para ser formado como oficial de la Marina. Allí recibió por cuatro años una educación con los mismo contenidos y métodos que la impartida en los liceos fiscales del país, además de asignaturas técnicas relacionadas a la navegación, como por ejemplo el curso de Física, Electricidad y Magnetismo, el de Geografía Descriptiva, el de Geografía Física, el de Hidrografía, el de Cosmografía, el de Mecánica y el de Química, entre otras71.
A finales del siglo XIX, la Escuela Naval era una oportunidad para los jóvenes provenientes de familias modestas que buscaban hacer una carrera. Sin embargo, las exigencias académicas, físicas y morales, unido a unas bajas remuneraciones, provocan una alta tasa de deserción, por lo que poco más de la mitad de quienes ingresaban continuaban en la Escuela Naval. Además, el perfeccionamiento era entendido como una labor constante y práctica para la institución. Los egresados comenzaban su carrera como guardiamarinas e iban a avanzando según el perfeccionamiento militar, técnico o científico que iban alcanzando en su trayectoria. En el caso de Middleton, tras cuatro años de estudios en la Escuela Naval, se tuvo que embarcar, en 1895, en un viaje de instrucción a la isla Juan Fernández y a Punta Arenas para poder ascender a guardiamarina de primera clase. Luego, en 1898 llegó a ser teniente de segunda clase, tras aprobar una instrucción complementaria en la Escuela de Artillería y Torpedos. Finalmente, para poder ascender a teniente de primera clase realizó, en 1901, ejercicios de escuadra e instrucción personal a bordo del acorazado O’Higgins, buque insignia de dicha escuadra72.
Gran parte de la trayectoria de Middleton en la Armada fue en el mar, realizando estudios científicos en diversas embarcaciones. Su primer viaje internacional fue a Inglaterra en 1896, donde se construían los buques chilenos, y ya en 1898 comenzó, por orden de la Armada, a realizar estudios hidrográficos a bordo del crucero Errázuriz, en Otway y Puerto Zenteno. Al año siguiente a bordo del crucero Presidente Pinto, hizo un levantamiento de información geográfica en el extremo sur de América, visitando los canales de Tierra del Fuego, la Isla Guamblin y las bahías Muñoz Gamero y Gente Grande. En 1901 estuvo a cargo de la realización de planos de la costa central de Chile, primero a bordo del crucero Zenteno y luego en 1903 del blindado Prat. Además, formó parte del traslado de comisiones políticas como miembro de la división que condujo al presidente de Chile y a su comitiva al puerto de Buenos Aires, con el objetivo de reunirse con el presidente argentino en las conferencias de arbitraje por la Puna de Atacama, viaje que Middleton aprovechó para “visitar los establecimientos técnicos i particulares de más importancia”73.
Ya en los primeros años del siglo XX, Middleton fue destinado a desempeñar labores administrativas en tierra, primero en la Sección de Armas de Guerra y Municiones de los Arsenales de la Marina y en 1905, gracias a su experiencia en hidrografía y geografía comenzó a trabajar en la Dirección de Territorio Marítimo como Ayudante, llegando luego a ser Jefe de la Sección Meteorológica en 1906 74.
La Armada gozaba de un gran prestigio en la ciudad portuaria y sus instituciones científico-técnicas prestaban un importante servicio al desarrollo de la vida comercial y urbana de la zona. Para el terremoto de 1906, el pronóstico de su Sección Meteorológica solo había reforzado la legitimación de dicha institución y la utilidad de sus servicios. Especial publicidad realizaron los periódicos de la empresa El Mercurio, dado que había sido este medio el que había publicado el pronóstico oficial y sus diarios no dudaban en resaltarlo en cada oportunidad. Por ello, los corresponsales del diario porteño recurrieron a Middleton como única autoridad científica que podía indicarle a la sociedad qué les deparaba el futuro a los damnificados habitantes de Valparaíso. Como si de un anuncio publicitario se tratase, El Mercurio de Valparaíso publicó durante varios días que no había nada que temer, puesto que el capitán Middleton anunciaba que no existía “la menor probabilidad de nuevos fenómenos seísmicos de consideración”75.
Esta noticia fue reproducida de forma íntegra en todas portadas de las ediciones de los días 25, 26 y 27 de agosto, intentando así llamar a la calma. El anuncio jugaba también con un doble sentido. El titular, por ejemplo, se comprendía de dos frases en mayúsculas de diferentes tamaños: “no más terremoto” y “con el capitán Middleton”. De esta forma, la prensa situaba a Middleton no solo como experto y fuente autorizada de la información que el medio entregaba, sino que simbólicamente elevaba al propio Middleton, como si su propia persona fuera garante de la no ocurrencia de un nuevo terremoto.

Noticia reimpresa durante cuatro días seguidos en primera página del periódico, sin sufrir ninguna alteración, en la esquina superior izquierda76.
Es bastante notoria la palestra que la prensa porteña le dio a Middleton y a la Sección Meteorológica de la Armada, en comparación con otras instituciones. Tuvieron más cobertura, mayor extensión y profundidad que las instituciones científicas y técnicas de Santiago. Solo una de cada veinte noticias de pronóstico posterremoto llamando a la tranquilidad correspondía a alguna institución estatal civil como el Observatorio Nacional o la Oficina del Tiempo. Incluso cuando en el mes de septiembre los rumores de un nuevo anuncio de temblor comenzaron a circular en el puerto, la Oficina del Tiempo solo tuvo una breve e impersonal mención para calmar los ánimos, mientras que los científicos de la Armada, y sobre todo Middleton fueron ganando defensores entre los periódicos de la capital77.
Sin embargo Middleton no estaba interesado en pronosticar terremotos a la opinión pública. Era más bien un marino de rango militar medio, con una carrera ascendente y reconocida en las tareas más científicas y técnicas de la Armada. En lo local, la Oficina de Meteorología que dirigía tenía un rol similar al del Observatorio Astronómico Nacional, y al que tendrá en el futuro el Servicio Sismológico Nacional. Es decir, era la unidad naval encargada de sistematizar la información de los diversos fenómenos de la naturaleza y realizar investigaciones que fuesen importantes para la navegación. De esta forma, la Armada producía conocimiento meteorológico e hidrográfico uniendo más de una decena de estaciones situadas en diferentes faros a lo largo del país, puntos de recolección de datos que también se compartían con el Observatorio Astronómico Nacional y que serían clave en la red que conformaría el Servicio Sismológico Nacional más tarde.
Para la opinión pública los marinos habían demostrado eficiencia en la gestión y prevención de los desastres, sobre todo el capitán Middleton, como líder de la institución científica:
El señor Middleton ha probado ser un hombre de observación y de ciencia, y aún en el caso que su pronóstico hubiera sido coincidencia su labor futura probaría ese error y ya iniciado en esta vía conviene estimularlo. El país y el mundo ganan con toda oficina de ciencia examinada hacia su objetivo78.
Sin embargo, a diferencia de Cooper, la fama de Middleton como pronosticador fue fugaz, ya que la única predicción que realizó de forma pública fue el terremoto del 16 de agosto de 1906. Su propuesta fue explicada en un par de conferencias en la Armada y en publicaciones en las que explicó el usó que la Sección Meteorológica le estaba dando a la teoría de Cooper79.
Al tiempo, la Sección de Meteorología fue elevada a la categoría de Oficina de Meteorología, logrando mayor autonomía administrativa, pero Middleton no realizó entrevistas, ni realizó otro pronóstico. Como buen marino, Middleton, se dedicó a las tareas que la Armada Nacional le asignó: como comisionado de la Armada en la Comisión Científica del Terremoto creada por el Ministerio de Instrucción Pública y luego como oficial del Detall del blindado Cochrane, aventurándose rumbo al Puerto de Talcahuano en el sur del país. Sin embargo, su salud le hizo volver a tierra y al poco tiempo alejarse de la Armada. Hacía varios años que Middleton sufría de una inflamación crónica en los intestinos y debía respetar un estricto régimen alimentario, lo que a lo largo de su carrera naval le habría implicado desembarcar en tres ocasiones con licencia médica, en 1898, 1901 y 190380.
Tras una baja médica de casi tres meses, en abril de 1907 y gracias a sus conocimientos técnicos, su experiencia y su reputación entre sus compañeros de armas, fue nombrado subdirector de la Escuela de Aspirantes a Ingenieros. Esta escuela creada en 1889, funcionaba de forma paralela a la Escuela Naval como Escuela de Mecánicos y no estaba orientada a la oficialidad naval, sino que a la formación profesional y técnica de ingenieros y electricistas al servicio de la Armada81. Este sería su último cargo. Según información de la Comisión de Cirujanos de la Armada, la enfermedad de Middleton estaba muy avanzada y hacía inviable cualquier función en la institución82. La recomendación médica era guardar absoluto reposo, por lo que Middleton solicitó el retiro de la institución83. La Marina le aceptó el retiro temporal con pensión y asignación anual ilimitada hasta que se recuperara. Esto no sucedió y Middleton falleció cinco años después, en 1912 a los 36 años de edad84.
Astrónomos
La relación entre sismología y astronomía era en el periodo más estrecha de lo que se piensa. Durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, la gran mayoría de las estaciones u oficinas sísmicas se encontraban en los observatorios astronómicos. Además, muchas de las propuestas sobre la influencia de los movimientos celestes sobre los sismos terrestres, habían sido propuestas por astrónomos reconocidos. François Arago (1786-1853), director del Observatorio Astronómico de París, por ejemplo, fue un catalogador de terremotos en su época que proponía que la influencia de los astros jugaba un rol significativo en los movimientos subterráneos. Esto fue comprobado por Alexis Perrey (1807-1882), uno de los catalogadores de terremotos mundiales más famosos de su tiempo, quien, tras 20 años de observación y registro de terremotos, comprobó lo postulado por Arago85.
Lo mismo sucedió con el astrónomo alemán Julius Schmidt (1825-1884), director del Observatorio Nacional de Atenas, quien al principio era escéptico sobre la influencia de la Luna en la ocurrencia de terremotos. No obstante, tras estudiar el registro de 3.800 terremotos en Grecia y compararlos estadísticamente con el movimiento de la Luna, comprobó un aumento en la frecuencia de los sismos durante el perigeo (punto en que la Luna se encuentra más cerca del centro de la Tierra) y el perihelio (el punto más cercano de la órbita de la Luna alrededor del Sol) y un aumento significativo cuando se producía el novilunio86.
En Chile, el Observatorio Astronómico Nacional tenía una sección meteorológica que realizaba también observación sísmica y era uno de los establecimientos estatales más importantes de la época. Fundado en 1852, dependía del Ministerio de Instrucción Pública y en él se realizaban observaciones astronómicas, meteorológicas, geodésicas y sismológicas. A finales del siglo XIX había comenzado a publicar reportes anuales de fenómenos atmosféricos, sísmicos y astronómicos, como material de divulgación. En 1901 había creado seis estaciones meteorológicas en distintas ciudades del país y reunía una cantidad importante de instrumentos, que incluso ponía a disposición de los observadores voluntarios que los solicitaran87.
Al día siguiente del terremoto, la prensa interpeló al Observatorio Astronómico Nacional para que se pronunciara públicamente sobre los fenómenos esperables tras el terremoto. Saber si el peligro ya había pasado o había que prepararse para fuertes réplicas era importante para el Gobierno y de interés para los lectores. Consultado el director del Observatorio, Albert Obrecht (1858-1924), este declinó informar al respecto, dado que el sismógrafo del observatorio se había roto durante el sismo y este hecho le impedía anunciar futuros movimientos terrestres88. La máxima autoridad de la institución solo se limitó a señalar que la observación de eventos de este tipo, había demostrado que el periodo más crítico era tras la primera hora del terremoto y que:
Por consiguiente, lo lógico es pensar que el terremoto que ha sufrido Santiago anoche, ya ha terminado, y que seguramente no habrá repetición. Por lo que se piensa de otros puntos del país, no es probable que el terremoto haya sido más fuerte que en Santiago89.
Lamentablemente, el terremoto sí había sido más fuerte en otros lugares y poco a poco comenzaban a llegar las primeras confirmaciones oficiales de la catástrofe en Valparaíso, que contradecían el diagnóstico del observatorio estatal90. Los temblores, si bien disminuían con el correr de las horas, no se detenían y pronto los rumores de nuevos terremotos comenzaron a circular por la ciudad, alarmando a la población91.
Posiblemente la imprecisión del reporte del Observatorio Astronómico Nacional y el error inicial de su director al establecer la capital como la zona de mayor magnitud sísmica, fue lo que llevó a que el Gobierno solicitara un reporte oficial a una institución científica extranjera. Según la prensa, el presidente Riesco estaba “deseoso de poder dar oficialmente alguna información acerca del origen, causa y duración que tendría el fenómeno seísmico”92. Por ello le pidió al Observatorio Astronómico del cerro San Cristóbal que diera algunos datos. Esta institución pertenecía al Lick Observatory de California, el cual se había instalado en Chile en el año 1903 para realizar mediciones de velocidades radiales de estrellas brillantes del hemisferio sur93. El Mercurio publicó íntegramente la respuesta entregada por el astrónomo Heber Doust Curtis (1872-1942), director del Observatorio del cerro San Cristóbal. En su carta, Curtis señalaba que durante la noche del 17 y durante el 18 de agosto habría más temblores, pero estos serían muy suaves y sin consecuencias humanas, puesto que sus orígenes eran semejantes a los sismos de México y California de ese mismo año94. La Oficina del Tiempo de la Quinta Normal, tras estudiar los fenómenos atmosféricos posterremoto, también auguró calma sísmica y anunció a la población que no habría “temblores de gran intensidad y duración”95.
Diversos periódicos publicaron versiones institucionales que señalaban que el terremoto no se volvería a repetir y que los movimientos sísmicos disminuirían en cantidad y magnitud. Ya sea porque las condiciones atmosféricas lo indicaban, por analogía con otros terremotos, o por estadística observacional, los pronósticos de las instituciones científicas en el país eran coincidentes en cuanto a que anunciaban una disminución de los temblores. A la veintena de temblores diarios de los primeros dos días inmediatamente posteriores al terremoto se añadieron seis temblores registrados el día 19 de agosto por el Observatorio Astronómico y la Oficina del Tiempo, de los cuales solo dos fueron especialmente fuertes96.
Pese a todos estos esfuerzos de la prensa y la ciencia por garantizarle a la población capitalina que los sucesos de la noche del 16 de agosto no se volverían a repetir, aún había personas que se mostraban incrédulas ante estos augurios y, pese a que las viviendas de la ciudad no se habían visto mayormente afectadas, seguían acampando en las calles de Santiago97. Para solucionar el problema de los campamentos en las calles, la Alcaldía de Santiago decretó la prohibición inmediata del mantenimiento de carpas en la vía pública, ordenando retirarlas antes de la noche del día 21 de agosto (con fuerza policial si fuese necesario). Eso sí, la ordenanza no fue publicitada como una decisión arbitraria, sino que contó con el informe de las instituciones científicas que respaldaban un pronóstico sísmico favorable que justificaba esta determinación. El Mercurio de Santiago lo anunció, no como imposición de la autoridad política y la fuerza de la ley, sino como una medida racional que se desprendía de la autoridad científica. Bajo el gran título “Cesó el periodo de temblores”, el periódico dio cuenta de que el Observatorio Astronómico Nacional había comunicado a la prensa que las réplicas habían terminado. Bajo esa noticia un pequeño título hacía mención al decreto que prohibía las carpas, señalando que el Alcalde había decretado la medida tras la revisión del informe científico entregado por la institución estatal98. Pese al uso político que hacían las autoridades de las informaciones producidas por los astrónomos, los lectores no estaban tan convencidos de la autoridad científica de estos y no daban mucho crédito a las evidencias que presentaban.
El anuncio de terremoto que había enviado el jefe de la Sección de Meteorología, había tenido mayor aceptación entre la opinión pública, quienes veían a esta institución como más dedicada a atender las incertidumbres colectivas y más receptiva a las demandas de la sociedad. Diversos lectores (empresarios, académicos y profesores), escribieron cartas a los diarios, cuestionando la capacidad del Observatorio Nacional, pues si los terremotos se podían pronosticar mediante las conjunciones planetarias, entonces los astrónomos no estaban utilizando bien los fondos públicos99. Plantear públicamente que las observaciones astronómicas podrían haber previsto el terremoto ponía en duda la misión institucional del organismo estatal encargado de estudiar estos fenómenos, y aún más, de las personas contratadas para ello. Posiblemente por esta razón el director del Observatorio Nacional, Albert Obrecht (1858-1924), aclaró inmediatamente en la prensa que si bien él no conocía la causa particular que pudiese explicar el terremoto, la conjunción a la que hacía referencia la Sección Meteorológica de la Armada era un fenómeno astronómico tan frecuente que no se le podía atribuir la causa de este:
(…) no pasa semana en el curso de la cual no haya dos o tres conjunciones sucesivas. Es seguro que el terremoto que tantos perjuicios ha ocasionado en Santiago y que se ha sentido anoche, no es consecuencia de la conjunción anunciada. La causa de este terremoto, nadie la conoce100.
Para los astrónomos estatales, la causa del terremoto era desconocida, sin embargo, para los del Observatorio Lick, hoy conocido como observatorio Foster, ubicado en el cerro San Cristóbal de Santiago, el evento se debió al levantamiento paulatino de la costa.
Otra de las críticas que se les hizo a los astrónomos fue que el Observatorio contaba con sismógrafos que podían detectar el inicio de un sismo y que ellos no habrían alertado del suceso. Frente a esto, el director de la institución respondió argumentando que el registro instrumental a veces coincide con un temblor de poca o poquísima intensidad. Ustedes convendrán entonces que no sería posible estar dando continuamente la voz de alarma, sobre todo si se trata de fenómenos pequeños”101.
Con dos cartas oficiales, una firmada por Obrecht como director del Observatorio Astronómico Nacional, y otra por el ingeniero Ernesto Greve Schlegel (1873-1859), que trabajaba como primer astrónomo de dicho observatorio. Este último explicó que la misión de la institución no era hacer predicciones sismológicas, sino que observaciones astronómicas y atmosféricas, tal como sus pares europeas102. En cambio, el director del observatorio continuó argumentando en contra de la predicción de Middleton, indicando la existencia de estudios que demostraban que la frecuencia o intensidad de los temblores no guardaban relación con las posiciones de la Luna y el Sol, pero sin describir ninguno en detalle. Para Obrecht la frecuencia de las conjunciones planetarias con la Luna, eran motivo para desechar cualquier tipo de influencia. Efectivamente, la conjunción de Júpiter con la Luna se producía al menos una vez por mes en aquella época. Además, la fecha de la conjunción, la cual no se había producido el día 16, sino el día anterior a las 4 de la tarde103.
Los astrónomos estatales supieron sacar ventaja de las críticas y al debate sobre la predicción del terremoto, denunciando las condiciones precarias del Observatorio y lo provechoso que sería para el país contar con mejores y mayores recursos astronómicos, como se refleja en la siguiente cita:
Habría un alto interés para la ciencia en que a esta oficina se le proveyese, como se ha solicitado en repetidas ocasiones, de los instrumentos magnéticos y seismográficos inscriptores104.
Esta demanda de mejores y mayores recursos para la investigación sismológica (y de creación de estaciones sísmicas), se ha observado también en la cobertura y tratamiento noticioso en la prensa europea de las primeras décadas del siglo XX. Estudios históricos sobre las relaciones entre ciencia y prensa, realizados mediante el análisis de noticias presentes en diarios de las primeras décadas del siglo XX, han sido realizados en Portugal y España, constatando que, a raíz de informar sobre fenómenos como la erupción de un volcán, un terremoto, un eclipse o el paso de un cometa, los periódicos se transforman en instrumentos con los que demandar una mayor inversión y apoyo a disciplinas e instituciones científicas que se encargan de estudiar dichos fenómenos105.
Los astrónomos institucionales creían que la responsabilidad de la ciencia era solamente la observación y el registro de los fenómenos, lo que distaba de lo expresado por la opinión pública y las autoridades políticas que esperaban que ese minucioso trabajo de observación y de registro pudiera traer resolución de problemáticas de la sociedad y la vida diaria, como alertar de riesgos y peligros. Este ideal científico tomará mayor fuerza en el contexto posterior a la catástrofe, donde lectores y empresas de la información pedían que la ciencia diera respuestas racionales a sus incertidumbres.
Comisionados
Después del terremoto de Valparaíso, el intendente Enrique Larraín Alcalde (1861-1938), tomó el control de la ciudad106. Como intendente de la región podía gestionar y movilizar recursos de manera más efectiva y rápida. Por ejemplo, estableció rápidamente un servicio médico de emergencia, la restauración del agua potable y la creación de una comisión para el suministro de alimentos. Mientras tanto, para mantener el orden público, la Armada de Chile –con su sede central en el puerto– replicó similares medidas a las que se tomaron meses antes en el terremoto de San Francisco: se ordenó inmediatamente la creación de un cuartel general militar en la plaza principal, se declaró ley marcial, se instauraron patrullas por toda la ciudad y se dio la orden de disparar a cualquier persona que fuese sorprendida cometiendo actos de pillaje107. Todas las fuerzas armadas y de policía fueron llamadas a ayudar en mantener el orden, designando al Capitán de Navío Luis Gómez Carreño (1865-1930), al mando de dichas fuerzas en la ciudad.
Una vez alertado el Gobierno por su representante en Valparaíso del caos que reinaba en el puerto, pidió inmediatamente los fondos necesarios al Congreso Nacional y estableció una Junta de Auxilio. También autorizó el envío de barcos con víveres desde el puerto sureño de Concepción, la urgente remoción de escombros, el envío de médicos y la visita inmediata de los ministros del Interior y de Guerra y Marina al lugar de la catástrofe. Seis días después del terremoto llegó a Valparaíso una delegación encabezada por el presidente de la República, Germán Riesco del Partido Liberal y el presidente electo que pronto asumiría el Gobierno, Pedro Montt del Partido Nacional108. Tanto Riesco como Montt eran liberales (liberal-conservador en el caso de Montt) y el objetivo de ambos gobiernos para manejar el desastre, fue establecer comisiones gubernamentales que actuaran con autonomía e inmediatez para reconstruir el puerto lo antes posible, a fin de restablecer la economía del país sin tener que trasladarlo a otro lugar109.
En el ámbito de la reconstrucción, el Gobierno dispuso de una Ley de Reconstrucción que delegaba en una Comisión Especial de Reconstrucción la autoridad y decisión en cuanto a la planificación, zonificación y regulación de las zonas afectadas, comenzando así un fuerte proceso de expansión del poder del Gobierno. Dicha comisión respondía a la presidencia de la República y estaba conformada por seis personas designadas por el presidente, y solo una nombrada por el municipio de Valparaíso. Las atribuciones de esta Comisión Especial de Reconstrucción fueron más allá de los aspectos meramente reconstructivos del terremoto: incluyó la prevención de inundaciones, modificación de calles y plazas, además del diseño de la ciudad en materia de suministro de agua potable, alcantarillado y desagües110.

Plaza Victoria Gran Avenida, Valparaíso111.
Otra comisión creada a los pocos días de la catástrofe fue la Comisión Científica de Estudios del Terremoto, constituida oficialmente el 23 de agosto de 1906 a través del decreto 4.016 del Ministerio de Instrucción Pública, justificando su utilidad de la siguiente manera:
[…] la conveniencia de recojer el mayor numero de obsercaciones científicas respecto de las circunstancias que acompañaron a los fenómenos seísmicos desarrollados en el país el dia 16 del presente i respecto de sus resultados o consecuencias jeolójicas, aprovechando para ello los primeros dias siguientes a dichos fenómenos, a fin de que estos datos puedan servir para los estudios científicos que sobre estas materias se practiquen en el país o en el extranjero 112.
La creación de comisiones o comités para estudiar los terremotos se había venido desarrollando en distintas partes del mundo desde mediados del siglo XVIII113, como por ejemplo en Italia, Austria, Suiza y Japón114. Muchas de estas, fueron creadas coyunturalmente para investigar un terremoto en específico que había afectado a dichos territorios, pero tras cumplir su labor inicial, algunas de ellas tomaron un cariz más permanente de funcionamiento, constituyendo grandes redes de observación. En Gran Bretaña, por ejemplo, después del terremoto de Comrie (Escocia) de 1839 se creó el Comité de Terremotos de la British Association for the Advancement of Science, asociación fundada dos años antes. Dicho comité permitió la creación de una red de observación y fue sucedido por varios otros comités de estudios de terremotos115. En cambio, en Japón fue el Ministerio de Educación quien –a raíz del terremoto de Nōbi de 1891– creó el Comité Imperial para la Investigación de los Terremotos, un grupo multidisciplinario de investigación científica, que permaneció por varias décadas y que vino a reemplazar a la Sociedad Sismológica Japonesa creada 12 años antes116. Otro caso es del Imperio Austro-Húngaro, donde, tras el terremoto de Ljubjlana en 1895, se formó la Comisión Austriaca del Terremoto, que cohesionó y agrupó a nivel nacional las redes de observación local de diversas provincias del imperio que llevaban varios años funcionando y que, de hecho, habían ya permitido estudios científicos y comisiones locales tras el terremoto de Zagreb en 1880.
Pocos meses antes de la catástrofe de Valparaíso, en Estados Unidos se constituyó una comisión tras el terremoto de San Francisco el 18 de abril de 1906. Los geólogos de California, si bien durante mucho tiempo habían sostenido que los sismos no eran una amenaza ni preocupación en California, después del terremoto quisieron iniciar estudios formales sobre el fenómeno. Culpabilizar de la catástrofe al terremoto hizo que sus estudios cobraban mayor significancia social. Para ello, apenas sucedió el fenómeno, algunos académicos de universidades e instituciones de San Francisco pidieron permiso al estado de California para constituir una Comisión Estatal de Estudio del Terremoto, permiso que les fue concedido. Sin embargo, el financiamiento para dicho estudio fue un asunto que tuvieron que gestionar ellos de forma autónoma, consiguiendo finalmente apoyo económico de una institución privada creada a finales del siglo XIX, la Carnegie Institution for Science de Washington. Al poco tiempo, los miembros de dicha comisión decidieron fundar la Seismological Society of America (SSA), cuyo objetivo principal fue alertar a la población y los poderes locales sobre el riesgo sísmico de California y la importancia de la construcción sismo-resistente. Pese a ello, no fueron escuchados ni por los políticos locales, ni por los políticos federales, hasta la década de 1930 cuando lograron tener un impacto suficiente en contribuir a mitigar el riesgo sísmico dentro de la planificación de la construcción117.
En 1906, el Gobierno de Chile aportó tres mil pesos a la Comisión Científica de Estudios del Terrremoto para llevar a cabo su investigación con cargo a la Ley 1.879 que autorizaba al presidente de la República, la inversión de cuatro millones de pesos para atender a las necesidades derivadas del terremoto118. También el Ministerio de Instrucción Pública ordenó el apoyo de todas las intendencias y gobernadores del país, además de ferrocarriles para el traslado de los comisionados119. Dicha comisión debía lograr responder las siguientes preguntas: ¿Qué había pasado exactamente en Chile la noche del 16 de agosto 1906? ¿Cuáles fueron las características de este sismo en particular? El Gobierno necesitaba respuestas para entender el fenómeno y saber cómo responder.
El grupo de ocho comisionados iniciales se compuso de geólogos y astrónomos, similar a la comisión en San Francisco, pero además añadió especialistas en geografía, física, geodesia, matemática, química e hidrografía120. Ninguno de ellos eran personas que destacaran por su dominio en la observación y registro de terremotos, pero se pueden encontrar algunos atributos en común, que en conjunto resultaron útiles para la ejecución de la investigación.
En primer lugar, tenían ciertas capacidades instaladas que permitían la agilización de las tareas asignadas: acceso a instrumentos, conocimiento empírico del territorio, experiencia en comisiones previas de diversa índole y redes locales, entre otras. Prácticamente todos pertenecían a instituciones estatales chilenas lo que permitía un acceso a instrumentos de observación y medición, que no tuvieron que ser costeados por el Gobierno. Tal es el caso del director y del primer astrónomo del Observatorio Astronómico Nacional, Albert Obrecht y Ernesto Greve Schlegel. Obrecht había estudiado matemáticas y ciencias físicas en la École Polytechnique de París. En 1888, cuando trabajaba en el Observatorio Astronómico de París fue contratado por el Gobierno de Chile para trabajar en el Observatorio Astronómico Nacional de Chile, institución de la cual llegó a ser director posteriormente121. Greve, en cambio, se había titulado de ingeniero civil en la Universidad de Chile pocos años antes del terremoto (1901). En 1906 se desempeñaba como primer astrónomo en el Observatorio Astronómico de Santiago y era el redactor del Anuario Astronómico. Hasta ese entonces, había jugado un rol clave como facilitador en la instalación del Observatorio del cerro San Cristóbal de la delegación del Lick Observatory. En similar situación estaban los comisionados Hans Steffen (1865-1936) y Wilhelm Ziegler, quienes se desempeñaban como profesores del Instituto Pedagógico. Steffen era doctor en estudios geográficos y había realizado estudios de historia en Berlín y de geografía en la Universidad de Halle. Tras sus estudios comenzó en 1887 a redactar la sección de geografía de la Enciclopedia alemana. A sus 24 años en 1889 fue contratado por el Gobierno chileno como profesor en el recién creado Instituto Pedagógico de Santiago122. Ziegler, en cambio había llegado más recientemente a Chile (en 1903) contratado por el Gobierno de Chile para reemplazar a Alberto Beutel, dictando la cátedra de Física en el Instituto Pedagógico. Contribuyó en la creación del Laboratorio de Física del Instituto, a mejorar la enseñanza de la Física en los liceos y negoció con el gobierno para que se instalaran gabinetes de física en todos los liceos del país123.
También entre los comisionados se encontraban los profesores de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, Ricardo Pöenisch (1859-1936) y Julius Schneider. Pöenisch estudió 1884 matemáticas y astronomía en la Universidad de Leipzig, llegando en 1886 a titularse de doctor en Filosofía y Bellas Artes. En 1889 fue contratado por el Gobierno de Chile para dictar clases de matemáticas, física y cosmografía en liceos del país. En 1894 pasó a formar también parte de la Universidad de Chile como profesor extraordinario de la asignatura de Álgebra Superior y profesor suplente de la cátedra de Trigonometría Esférica, Geodesia y Astronomía de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la misma casa de estudios. En 1904 se convirtió en miembro académico de dicha institución124. En cambio, Schneider estudió química en la Universidad de Heidelberg como alumno de Robert Bunsen (1811-1899) y obtuvo su doctorado en Filosofía. En 1878 realizó un trabajo cristalográfico y mineralógico en el laboratorio de Groth en Estrasburgo por encargo de Ignacio Domeyko (académico de la Universidad de Chile), en el cual analizó distintas rocas chilenas. En 1880 escribió su primer trabajo en Chile sobre Química moderna. En 1884 fue nombrado como sucesor de Domeyko en la cátedra de Química y Física del Instituto Nacional. Entre 1904 y 1905 fue miembro del directorio de la Sociedad Nacional de Minería. En 1906 era el profesor de Geología de la U. de Chile125.
Algunos como Obrecht, miembro del OAN y desde 1897 miembro académico de la Universidad de Chile, formaban parte de dos instituciones al mismo tiempo. Pöenisch, por ejemplo, era profesor de la misma universidad y miembro de la Junta de Vigilancia del Observatorio Astronómico dirigido por Obrecht126. Francisco Vidal Gormaz (1837-1907), por su parte, si bien se encontraba retirado, había sido el primer director de la Oficina Hidrográfica de la Armada de Chile. Durante su liderazgo de más de una década, la institución había alcanzado prestigio en el campo científico nacional e internacional, en las áreas de la hidrografía, la geografía, la cartografía y la meteorología, por lo que tenía conocimiento directo de muchas zonas del país, además de redes de contacto con la Armada en todo el territorio. Sin embargo, como ya estaba retirado y con una edad avanzada, en el mes de septiembre la Armada de Chile designó a los capitanes Arturo Middleton y Carlos A. Ward como representantes de la institución en la comisión127. También se sumó el director del Instituto Agrícola de Chile Enrique Taulis Muñoz (1875-1943) quien por su trabajo poseía contacto con las distintas zonas del país y con los meteorólogos locales128.
En segundo lugar, varios de los expertos nombrados por el Gobierno habían participado en comisiones estatales de diversos tipos, por lo cual ya eran conocidos en el ámbito político como peritos en diversas áreas y habían realizado viajes de exploración a distintas zonas del país, contando con contactos locales de diferentes regiones. Tal es el caso del geólogo Lars Sundt (1839-1933), el único comisionado que no pertenecía a ninguna institución al momento de ser nombrado. Sin embargo, Sundt era ingeniero en minas de la Universidad de Christiania en Noruega (hoy Universidad de Oslo), graduado en 1867. Mientras trabajaba en las minas de plata de Konsberg, fue contratado por el cónsul general de Dinamarca en Valparaíso, para que se encargase de administrar sus minas en Sudamérica. Trabajó como perito de diversas minas en Bolivia y Chile, formando parte de comisiones privadas y públicas. Tenía, además, una amplia trayectoria como perito en el campo de la mineralogía, siendo contratado por compañías mineras en Chile y Bolivia para realizar prospecciones y estudios. Entre 1883 y 1885 formó parte de la comisión exploradora del desierto de Atacama y estuvo a cargo de publicar los resultados bajo el auspicio de la Sociedad Nacional de Minería, institución de la cual llegó a ser director129. En la década siguiente participó de la comisión del Ministerio de Obras Públicas de Chile para el reconocimiento de lavaderos de oro al sur de Chile (Llanquihue y Chiloé)130.
Otro comisionado con experiencia era Obrecht, quien antes de ser director del Observatorio había participado en la Comisión de Longitudes que apoyó a la Comisión Exploradora del Desierto de Atacama en sus últimos años. El mismo año del terremoto había sido nombrado para formar parte de la Comisión Antártica Chilena del Ministerio de Relaciones Exteriores, pero los recursos que había asignado el Congreso para el funcionamiento de esta Comisión fueron reasignados para la reconstrucción de Valparaíso tras la catástrofe131. Por su parte, Steffen, doctor en Estudios Geográficos, también poseía una reconocida trayectoria como perito en las discusiones sobre las fronteras nacionales, puesto que había integrado la Comisión de Límites en 1892 y la Comisión Arbitral en 1902132. Greve también había sido comisionado por el Gobierno, pero en el extranjero. Entre 1905 y 1906 estuvo estudiando diversos observatorios de Europa y de Estados Unidos para modernizar las instituciones de observación de Chile. Vidal Gormaz, por su parte fue comisionado en innumerables ocasiones como perito y marino, realizando reconocimientos geográficos e hidrográficos en el norte y sur del país. Entre las más destacadas se puede mencionar su reconocimiento de las costas de Chiloé continental y las Guaitecas en 1862. En 1867 fue comisionado del Gobierno para el reconocimiento de la costa de Arauco y en 1872 fue enviado a recorrer la costa central, a fin de realizar el levantamiento de un plano y evaluar la viabilidad de un canal de comunicación entre el lago Vichuquén y el mar.
Haber sido perito anteriormente tanto para el gobierno, como para las empresas privadas, los ponía en una situación favorable a lo hora de ser electos como parte de la comisión, porque ya existía una evaluación positiva previa de su trabajo y ciertas competencias ya instaladas como poseer una amplia trayectoria en la exploración geográfica, conocer distintas localidades del país en las cuales se realizaría el estudio y tener contactos y redes locales que les facilitarían el trabajo de levantamiento de información. Por ejemplo, Sundt conocía la región desértica del norte del país, Schneider había realizado peritajes previos a principios del siglo XX una expedición al sur de Chile en busca de yacimientos de Hulla, Steffen había dirigido cuatro expediciones oficiales en la zona austral cordillerana y Vidal Gormaz había liderado expediciones en el norte, centro y sur del país: la costa de la provincia de Coquimbo entre Los Vilos, todo el litoral central desde caleta Tumán hasta la desembocadura del río Mataquito y la desembocadura del río Choapa y desde la Araucanía hasta la Patagonia occidental.
A la Comisión del Terremoto de 1906 se le asignó la tarea de estudiar el terremoto, sus características y consecuencias en todas las áreas del país. El informe final respondió a las siguientes preguntas generales: ¿Dónde se había sentido el terremoto? y ¿cómo se había sentido? Preguntas que iban finalmente orientadas a responder desde el relato de la ciencia una gran pregunta general: ¿Qué había sucedido la noche del 16 de agosto? El liderazgo administrativo de este trabajo recayó en el director del Observatorio Astronómico Nacional (OAN), la primera institución estatal que había contado con un sismoscopio en el país, adquirido a mediados del siglo XIX. Para ese entonces contaba solo con un sismógrafo, probablemente adquirido un par de décadas atrás, que se había roto durante el terremoto, además de variados instrumentos para la medición del clima y la geografía. Además, el OAN controlaba una red de trece estaciones meteorológicas en todo Chile y sus publicaciones institucionales instruían a los observadores aficionados a enviar sus reportes de sismos que eran incluidos en las memorias anuales. La redacción del informe final de la comisión, en cambio, no fue emitida desde el OAN, sino que estuvo a cargo de Hans Steffen del Instituto Pedagógico, tuvo un liderazgo operativo y de síntesis. En dicho informe dio cuenta de los problemas que enfrentó la comisión para responder las preguntas planteadas por el Gobierno, denunciando la precarización de la investigación sísmica a gran escala en el país.
Testigos
Como el sismógrafo del Observatorio Astronómico Nacional se había roto durante el terremoto, los registros instrumentales de los cuales pudo disponer la Comisión del Terremoto provenían de algunos dispositivos caseros que tenían los testigos en sus hogares durante la noche del terremoto, los cuales a juicio de los comisionados ayudaron a aclarar “algunos puntos sobre las indicaciones de la dirección principal del movimiento”133. También se suministró de datos provenientes de ciento veinte informes remitidos a la Oficina del Tiempo de la Quinta Normal y diecisiete comunicaciones referentes a observaciones en las costas de la región central de la Dirección de Territorio Marítimo, además de los apuntes de observaciones que efectuaron los miembros de la comisión, cuando recorrieron distintos puntos del país tras el terremoto. Sin embargo, al igual que la labor realizada por las comisiones de estudio del terremoto en Suiza y Austria, la investigación realizada por la comisión chilena se basó principalmente en los reportes de “testigos”, mediante un cuestionario de preguntas que se distribuyó en el país.

Ruinas de la Iglesia de Santa Rosa de Pelequén, Malloa134.
La utilización de cuestionarios para testigos de los terremotos tenía una larga tradición que se remonta al siglo XVIII, siendo uno de los cuestionarios más destacados aquellos llevados a cabo por la orden del primer ministro y estadista del rey José I de Portugal, Sebastião José de Carvalho e Melo, conocido como Marqués de Pombal (1699-1782) y por el rey Fernando VI en España, tras el terremoto de Lisboa en 1755135. Ambos cuestionarios permitieron la generación de conocimiento científico del terremoto, así como la producción de información útil para que la monarquía pudiera controlar el desastre, puesto que en general se enfocaron en dos grandes categorías: la descripción física del terremoto mismo (duración, dirección, cantidad de sacudidas, réplicas, etc.) y los efectos, ya fuesen geológicos (fisuras en la tierra, levantamiento de tierra, situación de mar, ríos y pozos, etc.), como sociales (muertes, heridos, daños en infraestructura, reacción de las autoridades de la ciudad, abastecimiento, etc.). En ambos casos fueron enviados a las autoridades y personas de confianza de cada localidad, aunque en el caso de Portugal este se concentró en los eclesiásticos.
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