Kitabı oku: «A merced de la ira - Un acuerdo perfecto»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 136 - octubre 2020

© 2011 Lori Foster

A merced de la ira

Título original: Trace of Fever

© 1997 Lori Foster

Un acuerdo perfecto

Título original: Scandalized!

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2013 y 2006

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Tiffany y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-1348-949-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

A merced de la ira

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Epílogo

Un acuerdo perfecto

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

A merced de la ira

1

Con los brazos cruzados y el hombro apoyado en la pared de fuera del elegante despacho de la planta más alta del edificio, Trace Rivers sopesó sus alternativas. Tener un topo abreviaría su trabajo. Haciéndose pasar por guardaespaldas aún no había conseguido descubrir gran cosa, y empezaba a ponerse nervioso. En cambio, si conseguía la colaboración de alguien de dentro, tal vez pudiera llegar a alguna parte.

Murray Coburn no era trigo limpio, Trace lo sabía. Qué demonios, lo sabía un montón de gente. Pero no podían, o no querían, tocar a aquel canalla sin tener antes pruebas inamovibles. El sistema legal había fracasado.

Trace, sin embargo, acabaría por encontrar pruebas y, cuando las encontrara, haría justicia a su manera.

Pero hasta que llegara ese día, tendría que vérselas con la variopinta panda de gamberros y matones que trabajaban para Murray.

Y también con Helene Schumer, alias Hell, un apodo que le iba como anillo al dedo. Aquella mujer no dejaba pasar una sola oportunidad de manosearlo, de darle órdenes, de complicarle la vida. Pero, como era la amante de Murray, tenía privilegios que se les negaban a otros.

Si Murray descubría sus manejos, la mataría sin pensárselo dos veces. A Trace no le preocupaba lo más mínimo la suerte que corriera ella, pero le preocupaba, en cambio, que Murray perdiera la confianza en él.

No le apetecía servirse de Hell, pero era el camino más rápido. Sobre todo, porque la dama se portaba como una ninfómana con él.

Cuando se acercó con los ojos entornados y una media sonrisa en la boca pintada, Trace hizo lo posible por ignorarla. Por suerte Alice, la tímida recepcionista, lo salvó de su asalto con un mensaje:

–¿Señor Miller? –dijo dirigiéndose a él por su nombre falso.

Sin quitar ojo a Hell, Trace contestó:

–¿Qué ocurre?

–Abajo hay una mujer que quiere ver al señor Coburn. Necesitan que baje usted a ver qué quiere.

Hell se detuvo con las piernas separadas, los brazos en jarras y la barbilla levantada con gesto desafiante.

–¿Una mujer? ¿Y quién demonios es?

La recepcionista agachó la cabeza.

–No lo sé, señora.

–Dígales que la retengan allí hasta que baje.

Aunque podía haber hablado directamente con el personal de abajo, Trace mandó a la joven para librarla de la ira de Hell. A Murray parecía gustarle especialmente la crueldad de Hell, y nunca le exigía que dominara su impulso de maltratar al mensajero que le llevaba malas noticias.

–No quiero que Murray vea a ninguna mujer.

Cruel y posesiva. Naturalmente, tenía que saber que Murray se tiraba a todo lo que llevaba faldas, con o sin su permiso.

–De todos modos está fuera.

El muy cerdo se había ido hacía dos horas, y aunque le gustaba servirse de Trace como guardaespaldas personal, se había llevado a otro hombre consigo.

–Averigua quién es y vuelve a informarme.

–Me parece que no.

Todo el mundo en la organización temía a Hell casi tanto como al propio Murray. Salvo Trace. Él solo sentía desprecio por ambos. Tal vez por eso Hell lo perseguía constantemente y Murray parecía admirarlo.

Cuando echó a andar hacia el ascensor, Hell se interpuso en su camino. Con sus tacones de aguja, le llegaba al nivel de los ojos a pesar de que Trace medía más de un metro ochenta. La larga melena oscura le caía lisa sobre la espalda. Llevaba las uñas y los labios pintados de rojo brillante. El escote de su camisa de gasa, que se tensaba sobre sus pechos turgentes, era tan bajo que le llegaba casi hasta el ombligo. Estaba preciosa, como siempre.

Era preciosa y malvada. Clavó la mirada en su bragueta.

–¡Qué oportuno que te hayan llamado!

Dios, cómo la despreciaba Trace.

–¿Sí? ¿Y eso por qué?

Tan atrevida como siempre, ella alargó la mano y tocó sus testículos a través de la tela de los pantalones.

–Me apetece pasar un rato a solas contigo.

Lejos de disfrutar de su caricia, Trace temió que quisiera mutilarlo. Agarró su fina muñeca y apretó los huesos delicados. Aunque sabía que le estaba haciendo daño, ella entreabrió la boca y entornó los ojos. Se lamió los labios y escudriñó su mirada:

–Si estuvieras desnudo, ya te habría clavado las uñas.

Lo cual era una razón estupenda para no desnudarse delante de ella. Trace esbozó una sonrisa triunfal.

–No será esta vez, Hell –le hizo apartar el brazo apretándoselo hasta que gimió y abrió los dedos. Luego la empujó a un lado–. Tengo trabajo que hacer.

–Trace…

Se volvió hacia ella con un suspiro.

–¿Qué?

–Quiero que me lleves de compras.

–Eso no forma parte de mi tarea, muñeca.

–Sí, si Murray lo ordena –se frotó la muñeca enrojecida contra los pechos–. Y Murray ordenará lo que yo quiera.

Trace no dijo nada; se apartó de ella y entró en el ascensor. Cuando se cerraron las puertas, dejó escapar un suspiro de alivio.

Desde que tres semanas antes se había infiltrado en la organización haciéndose pasar por guardaespaldas, Hell había sido su mayor estorbo. En algún momento tendría que enfrentarse a ella. Era farmacéutica y se encargaba de suministrar los fármacos que Murray podía necesitar en su negocio de tráfico de mujeres. Sus esbirros se encargaban de capturar a las mujeres y el canalla de Murray las vendía al mejor postor después de que Hell les suministrara las drogas necesarias para asegurarse su sumisión.

Trace estaba deseando vérselas con ella.

Cuando se trataba de erradicar aquella lacra, no hacía distingos entre hombres y mujeres. Helene Schumer tenía que desaparecer. El mundo estaría mejor sin ella.

Priscilla Patterson gimió y se fingió asustada cuando dos enormes gorilas intentaron llevarla hacia una sala de reuniones del edificio de oficinas. Ignoraba qué pretendían hacer con ella allí.

No se mostraron muy amables, y a Priscilla le costó trabajo refrenarse para no defenderse. Le retorcieron el brazo y alguien le tiró de la coleta y le hizo sofocar un grito de dolor.

Luego, de pronto, oyó una voz tranquila y severa:

–Soltadla.

De un momento para otro se vio libre y, al volver para descubrir a quién pertenecía aquella voz, se quedó helada.

¡Madre mía!

Aquel hombre parecía educado, amable y… sexy, no como aquellos dos neandertales. Se acercó a ellos con una cara de pocos amigos que no admitía discusión. Medía más de un metro ochenta, era musculoso pero no en exceso, y tenía un aspecto limpio y elegante, aunque no tan relamido como los hombres que aparecían en las portadas de GQ. Su pelo, muy rubio, liso y un poco demasiado largo, contrastaba vivamente con sus ojos de un castaño dorado, los más penetrantes que Priscilla había visto nunca. Vestía pantalones chinos y una camiseta negra de una marca muy cara. Priscilla notó el abultamiento de un chaleco antibalas bajo la camiseta. Llevaba una sobaquera de cuero negro con una sola pistola y un cinturón con dos cargadores de repuesto, un arma paralizante, una porra y un bote de spray antiagresión. Sus botas negras de cordones, con la puntera reforzada, podían ser mortíferas.

Aquel hombre estaba listo para cualquier cosa.

Pero tal vez no para ella.

Su brillante mirada de color caramelo se deslizó, desdeñosa, por encima de los dos matones.

–Yo me encargo de ella.

Los hombres se alejaron refunfuñando.

Él la agarró del brazo.

–Venga conmigo.

Priss intentó resistirse, pero él era mucho más persuasivo que los otros dos, aunque no le hizo daño.

–¿Adónde vamos?

–A un sitio donde podamos hablar tranquilamente.

–Ah. De acuerdo –caminó rápidamente a su lado. Con sus zapatos planos, se sintió muy bajita y, de pronto, muy insegura–. ¿Trabaja aquí?

Él no contestó, pero le hizo doblar la esquina. Allí nadie la vería. Él, en cambio, siguió en medio del pasillo, y Priscilla dedujo que no quería perder de vista a los otros.

Cauto y desconfiado, dos cualidades que Priscilla valoraba.

Él la miró lentamente, desde el pelo castaño rojizo, recogido en una coleta alta, a las manoletinas planas, pasando por la rígida blusa azul y la anticuada falda a media pierna que llevaba puestas.

–¿Qué está haciendo aquí?

–Pues… –se fingió azorada por su mirada directa. Y lo cierto era que lo estaba. Solo un poco. Aquello era muy importante para ella. No podía meter la pata.

Abrazó contra su pecho su gran bolso y dijo con el temblor justo en la voz:

–He venido a reunirme con Murray Coburn.

–¿Por qué?

Ella abrió los ojos de par en par.

–Bueno, eso es privado.

El guardaespaldas se quedó allí, esperando, mirándola sin inmutarse. ¡Ja! Si pensaba que iba a acobardarse por una mirada, estaba muy equivocado.

Priscilla lo miró pestañeando.

–Creo que debería presentarme –le tendió la mano–. Soy Priscilla Patterson.

Él miró su mano y su párpado izquierdo tembló ligeramente. No la tocó.

–Sí, bueno… –Priss apartó la mano–. ¿Sería tan amable de decirle al señor Coburn que estoy aquí?

–No –luego añadió–: ¿Para qué quiere verlo?

Al ver que ella empezaba a desviar la mirada, la asió de la barbilla y le levantó la cara:

–No tengo tiempo para esto, así que deje de actuar.

Esta vez, los ojos de Priscilla se ensancharon espontáneamente. ¿Aquel hombre sabía que estaba actuando? Pero ¿cómo?

Él sacudió la cabeza y la soltó.

–Está bien, les diré a los hombres que la echen.

–No, espere –lo agarró del brazo… y le sorprendió su fuerza. Era como agarrar una roca–. De acuerdo, se lo diré. Pero, por favor, no haga que me marche.

Él cruzó los brazos y Priss apartó la mano.

–La escucho.

–Murray es mi padre.

El hombre la miró fijamente, inmóvil como una estatua.

–No me jodas.

Los tacos ya no la escandalizaban. Tenía veinticuatro años y había pasado gran parte de su vida en lugares sórdidos, luchando por sobrevivir. Aun así, sofocó un grito de sorpresa.

–Señor, por favor –se abanicó la cara como si estuviera acalorada y arrugó el ceño–. Le aseguro que hablo en serio.

Se oyó un ruido y él miró hacia el vestíbulo. Tras echar una rápida ojeada, masculló una maldición. La agarró del brazo, tiró de ella hacia un lugar donde no pudieran verlos y se inclinó para decirle:

–Escúcheme, señorita. No sé qué ridículo plan se le ha ocurrido para acercarse a Coburn, pero más vale que lo olvide.

–Pero no puedo hacer eso –contestó con toda sinceridad.

Él gruñó y la zarandeó.

–Créame, este no es sitio para usted. No pinta nada en este edificio, y mucho menos cerca de Coburn. Sea lista, mueva su lindo trasero y lárguese si no quiere verse en peligro.

¿Su lindo trasero? Priscilla frunció el ceño y miró hacia atrás. Por lo que veía desde allí, su trasero parecía inexistente gracias al corte de la falda. Por eso precisamente la había elegido.

Pero como él parecía sinceramente preocupado, se encogió de hombros:

–Perdone, pero no he venido hasta aquí para marcharme así como así.

Se oyeron pasos tras ellos. Él tensó la mandíbula.

–Hay una salida trasera. Siga por este pasillo, tuerza a la izquierda y cruce la…

–Disculpe –Priss pasó a su lado en el instante en que un tipo enorme doblaba la esquina, seguido por los dos matones que le habían dado la bienvenida y por otro hombre de tan mala catadura como ellos.

Había visto muchas fotografías, así que supo enseguida a quién tenía delante.

Murray Coburn.

Gigantesco, con un cuello y una espalda enormes, era exactamente como esperaba Priscilla. Hasta la perilla recortada y la mirada calculadora eran las mismas.

–¿Qué está pasando aquí? –Murray la miró de arriba abajo y, aunque Priscilla pensaba que no iba a gustarle, su mirada se volvió lasciva–. ¿Quién eres tú?

Priss le tendió la mano.

–Priscilla Patterson, tu hija.

Trace sofocó una maldición. Le dieron ganas de echarse al hombro a la chica, con su ropa ridícula y su ridícula coleta, y sacarla de allí a la fuerza.

Deseó matar a Murray delante de ella, y luego matar también a los demás. Tal vez la señorita Patterson quedara traumatizada de por vida, pero al menos estaría a salvo.

Por desgracia, no podía hacer nada, salvo quedarse allí y poner cara de aburrimiento y exasperación.

Murray fijó en él unos ojos azules tan fríos como un frente polar.

–¿Qué coño es esto, Trace?

–Una bobada, eso es todo. Estaba a punto de echarla a la calle –Trace la agarró del brazo con fuerza.

Pero Murray lo detuvo con un ademán. Ordenó marcharse a los demás hombres y luego la miró de nuevo. Tenía esa mirada ceñuda que tanto asustaba a la gente.

Trace no se inmutó.

Bajo el bigote bien recortado, la boca de Murray tenía una expresión dura y firme.

–Llévala a mi despacho.

Se alejó sin más hacia los ascensores privados.

Joder, joder, joder.

–¿Contenta? –preguntó Trace, mirando a la chica con enfado.

Ella respondió casi con engreimiento:

–Casi, casi –miró con intención la mano con que él agarraba su brazo.

Sin hacer caso, Trace la llevó a una sala de reuniones vacía de la planta baja.

–¡Eh! –ella intentó desasirse, pero no pudo.

A Trace le extrañó su modo de moverse, tan ágil y expeditivo. Si hubiera sido otro quien la hubiera estado sujetando, podría haberse desasido fácilmente.

–Va a hacerse daño.

Priscilla logró soltar unas lágrimas y las dejó brillar en sus largas y oscuras pestañas.

–Es usted quien me está haciendo daño.

–Todavía no –contestó Trace, impasible–. Pero cada segundo que pasa me dan más ganas de propinarle una azotaina.

Ella se quedó callada y dejó de llorar. Trace la hizo entrar en una sala y la empujó hacia una mesa de reuniones con sillas.

–Siéntese –al ver que ella hacía amago de resistirse, respiró hondo y se acercó a ella.

Priscilla se dejó caer en una silla.

–¿A qué viene esto? –agarró los brazos de la silla y levantó la barbilla–. Ya ha oído al señor Coburn. Quiere que me lleve a su despacho.

–Sí, pero también he oído lo que no ha dicho.

Ella sacudió la cabeza.

–¿De qué está hablando?

–Tengo que registrarla.

–¿Cómo dice? –preguntó ella, pasmada.

–Suplique todo lo que quiera –estaba tan enfadado que hasta le apetecía oírla suplicar–. De todos modos voy a cachearla. Por todas partes.

Ella lo miró alarmada. Trace asintió con la cabeza.

–Cada resquicio y cada hueco y cada prenda que lleve encima, preciosa.

Priscilla balbució y Trace notó que se ponía colorada.

–¡Está usted loco! –exclamó ella, tensándose.

Trace apoyó los hombros contra la pared.

–Si quiere ver a Coburn, tengo que asegurarme de que no esconde un arma, ni un transmisor de la clase que sea.

–No.

–Muy bien –perfecto, de hecho–. Entonces márchese. Enseguida.

Ella titubeó.

–Pero…

Él la miró de nuevo de arriba abajo. Priscilla había intentado esconder su cuerpo bajo aquella ropa recatada e insulsa, pero a él no lo engañaba. Se habría apostado su navaja favorita a que aquella nena no era boba. Ignoraba, en cambio, si era o no hija de Murray. Podía haber cierto parecido en el color del pelo, aunque el suyo era un poco más claro que el de Murray. Y cuando fingía, cosa que había hecho desde el principio, tenía cierto aire que le recordaba a Coburn.

Trace miró el grueso reloj negro que llevaba en la muñeca.

–Decídase, pero dese prisa. ¿Qué prefiere? ¿Marcharse o que la registre de arriba abajo?

El brillo de lágrimas que apareció en sus ojos parecía auténtico. Pero aun así no bajó la barbilla.

–No voy a marcharme.

Trace se apartó de la pared.

–Como quiera, entonces –la agarró del codo y la hizo levantarse.

Su coronilla apenas le llegaba al mentón. Tenía una estructura ósea delicada, pero saltaba a la vista que era dura como el acero.

La hizo darse la vuelta.

–Apoye las manos sobre la mesa y separe bien las piernas.

Ella tardó cinco segundos en moverse. Tenía los hombros y el cuello rígidos. La coleta le llegaba casi hasta la mitad de la espalda. Suelta, la melena debía de rozarle el trasero.

Trace pasó las manos por su larga cola de caballo y sintió que le ardían las palmas. Como a cámara lenta, ella dejó su pesado bolso sobre la mesa. Apoyó las manos sobre ella y separó los dedos para equilibrarse. Trace le hizo echar los pies un poco para atrás y dijo:

–Ábrase de piernas, preciosa.

Ella respiró hondo para darse valor. Levantó el pie derecho y volvió a posarlo unos centímetros más lejos.

–Un poco más –dijo Trace con voz suave.

Al ver que apenas se movía, se colocó tras ella, la agarró de la cintura y la obligó a separar los pies hasta donde permitía la falda.

Los músculos de sus pantorrillas desnudas se encogieron. La falda se tensó alrededor de su trasero redondeado. Sus hombros siguieron igual de rígidos.

Trace notó de pronto su delicioso aroma. Suave como el de un bebé y dulce como el de una mujer.

Se le hincharon las aletas de la nariz… y tuvo que hacer un esfuerzo por apartarse.

–Quédese así –se puso a su lado y volcó su bolso sobre la mesa. Fotografías, un bolígrafo, un cuaderno, maquillaje, brocha, peine, espejo, pañuelos de papel, calculadora, una chocolatina, un libro…–. Santo cielo, solo le falta haber metido en el bolso una enciclopedia.

–Cretino –masculló ella.

Él chasqueó la lengua.

–¿Esa es forma de hablar para una colegiala?

–Soy una mujer adulta.

–¿Sí? ¿Cuántos años tiene?

–Veinticuatro –contestó ella a regañadientes.

Trace abrió su cartera y echó una ojeada a su carné de conducir.

–Veinticuatro –repitió–. Pero viste como una catequista –sin echarle más que un vistazo, memorizó su dirección. Era extraño que viviera en el mismo estado que Murray y que no se conocieran.

Haría comprobar la dirección en cuanto pudiera. Pero por si acaso a Murray se le ocurría lo mismo… Trace la miró y, al ver que estaba mirando para otro lado, se guardó el carné en el bolsillo.

Hurgó entre el resto de sus pertenencias y registró el interior del bolso en busca de bolsillos escondidos.

–Hablando de ropa –la miró–, a mí no me engaña. Puede ahorrarse el numerito de la mosquita muerta.

Ella giró bruscamente la cabeza y le clavó la mirada. La coleta realzaba sus pómulos altos, el puente recto de su nariz.

–¿Qué está sugiriendo exactamente?

Trace observó una fotografía de ella cuando era pequeña, con una mujer que se parecía mucho a ella. Quizá fuera su madre. Hasta de pequeña parecía luchadora y tenaz, como si estuviera dispuesta a comerse el mundo. Aquella foto le inquietó sin saber por qué.

–Está tramando algo y eso no me gusta.

–No es asunto suyo.

Él siguió examinando sus pertenencias.

–Es asunto mío si la palma aquí –contestó tranquilamente.

Ella se quedó callada un momento, pero no pareció asustada.

–¿Cree que mi padre sería capaz de matarme?

Trace la escrutó con la mirada. Era más sutil, pero a su modo tan mortífera como Hell, no le cabía ninguna duda. Sus ojos verdes claros, su voz imperturbable, tenían el filo del peligro. Dadas las circunstancias, parecía extrañamente tranquila.

–Mire al frente.

–No me fío de usted.

–Como es lógico –le puso las manos en el cuello. Era sedoso. Cálido y terso como la seda. Bajó lentamente los dedos hasta sus hombros y luego por cada brazo. Tan esbeltos, tan jóvenes…

En un auténtico cacheo, habría sido minucioso pero también rápido. Esta vez, no. Estaba dispuesto a pasarse de la raya, si de ese modo podía sacarla de allí. Priscilla Patterson podía ser un enigma con intenciones ocultas, pero aun así no quería verla asesinada. Y si jugaba con Coburn, eso sería lo que pasara.

–Tranquila –le puso las manos sobre los pechos y notó que llevaba una especie de faja. Levantó una ceja–. ¿Oculta algo?

–Soy pudorosa –contestó con voz rasposa y tensa.

–Ya –bajó las manos por sus costados, hasta su vientre cóncavo, las deslizó por sus caderas redondeadas, por sus largos muslos y las metió bajo su falda.

Ella dio un respingo.

–Estese quieta –dijo Trace con voz ronca–. Mantuvo una mano sobre sus riñones y deslizó la otra entre sus piernas. Unas bragas muy pequeñas… y nada más.

Bueno, sí: calor. Calor a montones.

Acercó la mano a la carne tersa de su muslo, la posó sobre su pubis, sintió sus rizos a través de la tela suave de las bragas y…

–¿Es que no ve que no llevo nada escondido?

–Esconde algo, ya lo creo que sí –Trace sacó la mano, pero siguió notando un hormigueo en los dedos. Agarró sus caderas un momento y la sostuvo así mientras intentaba dominarse. Al ver que ella empezaba a incorporarse, dijo–: Todavía no.

Ella se golpeó con la frente en la mesa y gimió. Seguía teniendo las piernas rectas y el trasero en alto, en la postura perfecta para practicar el sexo. Así, podría penetrarla hasta tan dentro que…

Como si supiera lo que estaba pensando Trace, ella juntó las manos por encima de la cabeza y dejó escapar un gruñido. Trace esbozó una sonrisa.

Aquella mujer no se dejaba intimidar fácilmente, y él ya se había atormentado bastante.

–Incorpórese para que pueda desabrocharle la blusa.

–¿Para qué?

–Necesito registrarla por debajo de la banda.

Ella empezó a temblar. Trace tuvo la sensación de que temblaba de rabia, no de nerviosismo. Pero ella estiró los brazos, levantó el torso y se apartó de la mesa. Mientras él empezaba a desabrocharle los pequeños botones de la blusa, preguntó:

–¿Qué dirá mi padre cuando le cuente lo que me ha hecho?

–¿Por qué no se lo cuenta y lo averigua? Pero le aseguro que es lo que espera de mí.

Ella se volvió para mirarlo.

–¿Habla en serio?

–Es un empresario de alto nivel con muchos enemigos. Protegerlo es mi trabajo. Aquí nadie sabía que tenía una hija, así que ¿por qué tenemos que creerla?

Había acabado de desabrochar los botones y la hizo volverse hacia él.

Una ancha banda elástica cubría su torso. Podía ser una faja o algo parecido, pero estaba claro que no estaba hecha para el pecho de una mujer. Estaba tan prieta que Trace no se explicaba cómo podía haber metido sus pechos allí, cuanto más otra cosa. Claro que había dejado de buscar un arma casi desde el principio.

Lo único que pretendía con aquel numerito era que se replanteara sus planes.

–¿Puede respirar con eso puesto?

–Respiro perfectamente.

Trace la miró a los ojos.

–Bájeselo.

Tenía los brazos sueltos junto a los costados y parecía relajada. Trace comprendió lo que se proponía. Lo vio en sus ojos. Sonrió de nuevo y susurró:

–Inténtelo.

Pareció sobresaltada:

–¿Qué?

–Se dispone a atacar, preciosa. Lo noto –miró su boca–. Si por conservar su pudor es capaz de arrojar por la borda sus planes, hágalo.

Ella apretó los dientes. Pareció pensárselo.

–Pero que sepa que no puede vencerme –añadió Trace, arrimándose un poco más–. Por hábil que sea, no será suficiente. Ni de lejos.

El tiempo pasó lentamente mientras se miraban. Los ojos de Priscilla se empequeñecieron, su respiración se hizo más profunda.

–Ahora o nunca –dijo Trace en tono provocador, y comprendió que, fuera por lo que fuese, quería que reaccionara.

Cada matiz, cada movimiento de sus densas pestañas le fascinaban. Nunca había conocido a una mujer como ella. Tenía que ser retorcida como Murray si estaba metida en aquel mundo, pero aun así lo cautivaba.

Lentamente, sin apartar la mirada de la suya, ella levantó las manos, enganchó los dedos en el borde de la banda elástica y comenzó a bajarla. Trace siguió mirando su cara. Vio que sus labios se entreabrían y que respiraba hondo. Tenía que estar más cómoda ahora, pero ¿por qué había ocultado sus curvas?

Trace sacó su navaja del bolsillo de atrás y la abrió. Priscilla apartó la mirada de sus ojos y observó la hoja con curiosidad. Ladeó la cabeza y volvió a mirarlo.

–Una navaja automática con mango ergonómico y hoja de ocho centímetros.

–Sabe de navajas.

–Sé de armas –seguía sin parecer asustada. En realidad, tenía un aire desafiante–. ¿Qué piensa hacer con eso?

–No se mueva –Trace intentó no mirar sus pechos, enrojecidos y arrugados por la presión de la maldita banda elástica. Sus pezones eran de color rosa oscuro, suaves y apetitosos.

Agarró la parte de arriba de la faja, la separó de su cuerpo y metió dentro la punta de la navaja. La banda elástica se rasgó suavemente en cuanto bajó la navaja. Trace la arrojó al suelo y volvió a guardarse la navaja en el bolsillo mientras la miraba. Clavó la mirada en sus pechos.

–¡Qué manera de torturar a esas dos bellezas!

Ella no dijo nada.

–¿Le importa decirme por qué?

Levantó la barbilla.

–Las tetas llaman la atención.

–De eso se trata, normalmente, ¿no?

En lugar de contestar, ella levantó las manos:

–¿Le importa?

Trace sintió una tensión en el abdomen. Intentando aparentar calma, señaló con la barbilla.

–Adelante.

«Vamos, por favor», pensó. «Tócate».

Ella soltó un suave gemido, echó la cabeza hacia atrás, acercó las manos a sus pechos y comenzó a masajeárselos lentamente. Cerró los ojos y exhaló otro suspiro.

Cada vez más excitado, Trace notó que sus manos eran pequeñas y sus pechos… no. Era delicioso mirarla masajear la piel irritada mientras dejaba escapar aquellos gemidos de puro placer. Sus manos femeninas, sin ningún adorno, de uñas cortas y limpias, frotaban sus pechos pálidos y voluptuosos como si intentaran aliviar su dolor.

Trace la agarró de las manos y ella abrió los ojos de golpe.

–Ya basta –dijo él entre dientes.

Ella sacó la punta de la lengua para humedecerse los labios.

–¿Se está poniendo nervioso?

–Más vale que no lo averigüe, se lo aseguro –sus manos eran el doble de grandes que las de ella, de modo que sus pulgares y las yemas de sus dedos se habían hundido en la carne suave y mullida de sus pechos–. ¿Va a marcharse de una vez? –preguntó.

Las pequeñas aletas de su nariz se hincharon cuando respiró bruscamente.

–Ni lo sueñe.

Trace se apartó de ella, furioso, pero dijo con frialdad:

–Abróchese la blusa y vuelva a remetérsela.

Ella obedeció deprisa, lo cual demostraba que su desnudez le inquietaba más de lo que quería aparentar.

–Ahora me quedará estrecha.

Trace se puso a un lado y volvió a guardar sus pertenencias en el bolso. Se alegró de haberse quedado con el permiso de conducir. Cuando se descubriera el pastel, como sin duda ocurriría, quería saber cómo identificarla. Teniendo en cuenta sus conocimientos de informática y sus contactos en la administración y el Ejército, seguir su pista sería pan comido.

–¿Ha acabado?

Ella se alisó el pelo y asintió.

–¿Ahora puedo ver a mi padre?

Trace estaba tan enfadado que no contestó. Le devolvió el bolso, la agarró del brazo y tiró de ella hacia la puerta.

Su instinto le decía que las cosas acababan de complicársele a lo grande. Y todo por culpa de Priscilla Patterson.

2

Priss entró en el ascensor privado como si tuviera todo el derecho a estar allí, como si su corazón no latiera con fuerza contra sus costillas, como si no tuviera los nervios a flor de piel. Le había costado un enorme esfuerzo conservar la calma. Había imaginado y descartado muchas posibilidades, pero no se le había ocurrido pensar que al llegar fuera a manosearla un hombre como aquel, un hombre tan poco parecido a los demás miembros de la organización. Él guardó silencio mientras subían en el ascensor, pero Priss lo sorprendió dos veces mirando su blusa. Sintió como si su mirada la traspasara. Y sabía lo que estaba mirando. Sin la venda, sus pechos llamaban mucho la atención. Los dichosos botones se abrían y la tela se tensaba.

–¿Se divierte? –preguntó con sarcasmo.

Él la miró más intensamente. Se quedó allí, con las manos unidas detrás de la espalda, relajado e impasible como si aquello no fuera con él.

–Se le ve la silueta de los pezones.

Ella tuvo que hacer un esfuerzo por sofocar su furia.

–Váyase al infierno.

–¿Qué talla de copa usa? ¿La C? Puede que incluso la D.

Dios, no quería estar allí a solas con él, encerrada en un espacio tan pequeño con su olor invadiéndole los pulmones.

–Eso no es asunto suyo.

Él levantó una mano y, sin tocarla, hizo como que cubría su pecho derecho. Arrugó un poco el gesto mientras fingía sopesarlo.

–Yo diría que una C de las grandes.

Priss comenzó a notar un suave temblor que empezaba en su cuello y se extendía por su columna vertebral. Tenía que conservar la calma para enfrentarse a Murray Coburn, pero por alguna razón aquel hombre se había propuesto sacarla de sus casillas.

–He dicho que se vaya al infierno.

Él dibujó una sonrisa.

¡Y qué sonrisa! Priss no podía negar que era increíblemente guapo. Seguramente era un asesino a sueldo, pero aun así estaba como un tren. Aquel pelo rubio y revuelto, aquellos ojos intensos, de un color tan extraño…. Priss se estremeció.

Él levantó una ceja.

–¿Tiene frío?

–No –tenía que hacer algo para distraerlo–. No recuerdo cómo se llama.

–Nadie le ha dicho mi nombre.

–¿Es un secreto, entonces? –intentó hundir los hombros para que se le notaran menos los pechos–. Qué raro.

–Eso no va a servirle de nada –comentó él, refiriéndose a su postura–. Y si de verdad le interesa –le tendió la mano–, soy Trace Miller.

Ella no quiso volver a tocarlo.

–¿Es su verdadero nombre o un alias?

Trace apartó la mano con una sonrisa.

–¿Usted qué cree?

–Creo que me ha quitado el permiso de conducir.

Se quedó quieto un segundo y Priss experimentó un instante de satisfacción. Levantó las manos y canturreó:

–Yo lo sé todo, lo veo todo –luego esbozó una sonrisa desdeñosa–. Y, además, robar no es lo suyo.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron con un suave siseo. Trace la agarró del codo para que no saliera aún. Se inclinó hacia ella y le susurró:

–La verdad es que robar se me da de maravilla, lo que significa que, si piensa lo contrario, es que tiene mucha experiencia en ese asunto. Así que me pregunto qué hace aquí una mujer tan hábil, haciéndose pasar por la hija de uno de los empresarios más temidos y poderosos de esta zona.

Mierda. No debería haberle provocado. Era bueno, y naturalmente él lo sabía, el muy egocéntrico. Cuando intentó desasirse, la sujetó fácilmente. En ese momento, oyó otra vez:

–Vaya, vaya, ¿qué coño es esto?

Priss levantó la vista y vio a una mujer. Luego tuvo que levantar más aún la vista. Santo cielo, una amazona. Una auténtica amazona al acecho, desdeñosa y feroz, vestida de diseño de la cabeza a los pies.

Priss puso una cara dulce e inocente y respondió:

–Hola, he venido a ver a Murray Coburn.

De pronto, Trace se puso delante de ella. Priss entendió por qué cuando la amazona intentó acercarse sin duda con intención de apabullarla físicamente. Caramba. Priss se parapetó tras él e intentó ver qué ocurría. Trace movió los hombros y se quedó quieto otra vez sin hacer ningún ruido. La amazona tuvo que dar varios pasos atrás. Respiraba agitadamente y parecía furiosa.

Sí, era bueno. Realmente bueno. Priss odiaba reconocerlo, pero estaba impresionada.

–Vamos, vamos, Hell –dijo él en tono encantador–, esconde tus garras. Murray quiere verla.

La amazona soltó una especie de siseo, como una serpiente venenosa.

–¿Ha dicho si quería verla de una pieza?

Priss se tensó. ¿Aquella mujer quería atacarla así, por las buenas?

–No, no lo ha dicho, pero hasta que me diga lo contrario así va a seguir ella.

–Maldito seas, Trace –siseó ella, furiosa.

Él no se inmutó, y Priss tuvo que reconocer que era un parapeto de primera clase.

¿De veras la había defendido solo porque ese era su trabajo? Priss no lo creía. Al ponerse de puntillas para mirar por encima de su hombro, notó que era duro como una roca. Uf. Apretó sus músculos un poco, fascinada a su pesar.

¿Cuándo había sido la última vez que se había interesado por un hombre? Sin contar a Murray, claro.

La amazona esbozó lentamente una sonrisa cargada de desprecio.

–Uno de estos días, Trace, antes de lo que piensas, tú y yo saldaremos cuentas. Cuenta con ello –giró sobre sus altísimos tacones y se alejó contoneándose.

–¿Una amiga suya? –preguntó Priss.

Trace se volvió tan bruscamente que tuvo que dar un salto para apartarse de él.

–No parece muy contento –comentó Priss. Y se quedaba muy corta–. Era solo una pregunta.

Él la miró conteniendo su cólera.

–No provoques a esa mujer bajo ninguna circunstancia. ¿Entendido? –le dijo tuteándola.

Intrigada por su advertencia, Priss intentó mirar más allá de él, hacia el lugar por el que había desaparecido la mujer. Trace no se lo permitió. La agarró bruscamente de la cara con su mano grande y dura.

–Te cortará el cuello sin dejar de sonreír. Y aquí nadie se lo impedirá. ¿Entendido?

–Eh… –le costó hablar mientras él le apretaba las mejillas, pero se sintió obligada a decir, tuteándolo también–: Se lo has impedido.

–Esta vez –se inclinó como si fuera a besarla, pero la miró con dureza–. Pero no siempre estaré cerca.

–Tomo nota. Ya puedes dejar de estrujarme la cara.

Trace la soltó y ella movió la mandíbula.

–Capullo. Me salen moretones enseguida.

Él la agarró del codo y tiró de ella hacia delante.

Estaban rodeados de lujo. Cuadros auténticos en las paredes. Techos de cuatro metros de alto. Suelos de mármol pulido. Y ventanas con cristales tintados por todas partes.

Al ver que se rezagaba intentando fijarse en todo, Trace la llevó a rastras.

–Por aquí.

–Así que mi querido papaíto es rico, ¿eh?

–Más te vale pensar en lo poderoso que es, no en su posición económica.

–Conque tiene influencias, ¿eh?

Trace no pareció sorprendido al ver que dejaba de fingirse cándida e inocente.

–Más de las que crees o no estarías aquí.

Pasaron por delante de una mesa en la que una joven mantenía la cabeza gacha y los hombros hundidos. Trace se dirigió a ella con voz suave, como si hablara con una niña:

–Nos está esperando, cielo. Dile que estamos aquí.

–Sí, señor –utilizando un interfono, anunció–: Señor Coburn, el señor Miller está aquí con una señorita.

–Dígale a esa señorita que pase. Y a Trace también. Quiero que esté presente.

Priss intentó echar a andar, pero él se quedó parado y ella tuvo que detenerse.

–¿Y bien? –le dio un empujón en el hombro–. ¿Qué pasa ahora?

Trace se mordisqueó el labio superior. Priss habría jurado que estaba nervioso. Tras dudar un momento, la apartó de la mesa y apretó con fuerza su brazo.

–Escúchame y escúchame bien. No le des información personal que pueda facilitarle las cosas para localizarte. Protege tu intimidad todo lo que puedas. Yo intentaré mantenerlos a raya si puedo. Cuando salgas de aquí, no vayas a ningún lugar al que suelas ir –le frotó el brazo con el pulgar–. ¿Llevas dinero encima?

Priss lo miró pasmada.

–¿De veras estás intentando protegerme?

¿Había malinterpretado su papel en todo aquello?, pensó ella.

–¿Llevas dinero encima? –insistió él, enfadado.

–Dentro del zapato.

Él se incorporó. Parecía impresionado.

–Buena chica.

Priss lo entendió entonces.

–¿Por eso me has birlado el permiso de conducir? –soltó una risilla nerviosa–. ¿Para que no me la quitaran ellos?

–Vamos –Trace echó a andar de nuevo–. No conviene hacer esperar a Murray.

Al llegar a las enormes puertas del despacho, Trace giró el pomo, echó una rápida ojeada dentro y le indicó que pasara.

Al entrar, Priss comprendió enseguida por qué había mirado antes de dejarla pasar.

La amazona estaba esperándolos.

Un poco más calmada, se había sentado en la esquina del enorme escritorio de Murray Coburn. El sol que entraba a raudales por los ventanales la bañaba en su resplandor, arrancando destellos azulados a su cabello negro como el azabache. Su mirada malévola siguió cada movimiento de Priss.

Sin darse cuenta, Priss se arrimó un poco más a su defensor.

–Priscilla Patterson –dijo Trace como si hiciera falta una presentación formal. Señaló hacia su padre–. Murray Coburn. Y la encantadora dama que lo acompaña es Helene Schumer.

¿La encantadora dama? A Priss le dieron ganas de vomitar.

Murray la observó con atención desde detrás de su mesa.

–Has llegado hasta aquí, pequeña, así que no te acobardes ahora.

¿Se había acobardado? Esa era la impresión que quería dar, pero esta vez no lo había hecho a propósito. Tenía la sensación de haber entrado en el nido de una víbora.

–¿Dónde quieres que se siente? –preguntó Trace.

Murray la recorrió lentamente con la mirada, fijando los ojos en sus pechos.

–En esa silla –dijo Murray señalando una de las sillas que había frente a su mesa, demasiado cerca de los puntiagudos zapatos de la amazona.

Priss la miró. ¿Cómo la había llamado Trace? Hell, diminutivo de Helene. Sí, le venía que ni pintado.

Esbozó una sonrisa trémula.

–Le agradezco mucho que haya accedido a recibirme. Sé que esto es toda una sorpresa, y no me habría extrañado que se hubiera negado.

–Siéntate –ordenó Murray, impertérrito.

Priss procuró disimular cualquier indicio de hostilidad y fue a sentarse al borde de la silla, lista para saltar si la amazona apuntaba a su cabeza.

Trace se quedó de pie tras ella. Murray pensó probablemente que se había colocado allí para hacer que se contuviera. Hacía poco tiempo que se conocían, pero Priss solía acertar cuando juzgaba a la gente, y estaba segura de que, fuera cual fuese su papel en los turbios negocios de su padre, Trace Miller no le haría daño.

Abrió la boca para decir algo, pero Murray se le adelantó.

–Nunca me he tirado a una pelirroja.

–Ah –Priss se puso nerviosa. ¿De modo que no tenía intención de hacerse pasar por un empresario educado, de fingir que no era un patán? ¿Tanto dinero y tanto poder tenía que no necesitaba ocultar su verdadero carácter?

Ojalá pudiera sonrojarse a voluntad, pensó Priss, pero no podía. Se tocó la larga coleta.

–Tengo el color de pelo de mi abuela. Mi madre lo tenía más oscuro –señaló hacia la mujer apoyada en la mesa–. Muy bonito, igual que el de ella.

Hell se inclinó, tensa y amenazadora.

Murray levantó tranquilamente una mano para advertirle que se apartara. Hell obedeció a regañadientes. Su padre se levantó lentamente de su asiento. Priss lo miró con desconfianza. ¿Intentaría matarla sin más, como sospechaba Trace?

Cuando Murray apoyó la cadera contra la parte delantera de su mesa, Priss casi se derritió de alivio. Hasta que su enorme pie chocó con el suyo.

Priss reprimió el impulso de apartarse. Su instinto le decía que aquel gesto sutil no era precisamente paternal.

¿Era una prueba? ¿Una advertencia?

Ignoraba cuáles eran sus verdaderas intenciones. Solo sabía que le daba náuseas. Y como solía confiar en lo que le decían las tripas, comprendió que no debía bajar la guardia.

Murray señaló con la cabeza hacia sus pechos con la mirada encendida y la boca un poco floja.

–¿No llevas sujetador?

Se puso muy colorada.

–Yo…

Trace se removió.

–Llevaba una especie de sujetador deportivo muy apretado, pero, como podía ocultar un arma, lo corté y se lo quité.

Priss esperó la reacción de Murray. No fue la que esperaba.

–Entiendo –la miró a los ojos–. ¿Tu madre tenía los pechos grandes?

Santo cielo, el muy cretino ni siquiera le había preguntado aún cómo se llamaba su madre y ya quería saber qué talla de sujetador usaba. Era más repugnante de lo que había imaginado.

Por dentro se retorció de furia, pero a pesar de todo balbució como una virgen:

–Pues… sí –de pronto recordó lo que había ensayado–. Después de que usted la dejara, no volvió a desear a otro hombre. Así que hizo lo posible por… ocultar su figura.

–¿Igual que tú, poniéndote esa cosa que te ha quitado Trace?

–Sí –se tiró de la blusa, intentando cerrar el hueco entre los botones–. Estoy muy incómoda así.

–Deberías estar orgullosa de lo que tienes. Es un auténtico incentivo.

Uf, aquella no era una conversación muy adecuada entre un padre y una hija.

–Señor, quiero que sepa…

–¿Cómo se llamaba tu madre?

¡Vaya, ya era hora!

Respiró hondo, pero no consiguió aliviar la tensión que notaba en el pecho.

–Patricia Patterson –esperó, pero él no dio indicios de recordar el nombre, ni mostró especial interés. Priss añadió–: Tengo veinticuatro años, así que hace unos veinticinco que la conoció.

–Yo tendría treinta y dos en esa época –se frotó la barbilla mientras recordaba el pasado. Luego se detuvo–. ¿Murió?

Priss agachó la cabeza, no solo por pena, sino también para ocultar la rabia que sentía al pensar cómo había sufrido su madre antes de morir.

–Sí. Murió hace tres meses.

–¿De qué? –preguntó Murray.

–Tuvo un derrame cerebral. No murió enseguida…

Mientras Priss hablaba, Murray se volvió hacia Hell y pidió una copa. Hasta se permitió sonreír y darle un beso en la boca cuando ella empezó a refunfuñar. Sus labios quedaron manchados de carmín rojo.

Su desinterés no podía haber sido más evidente.

Hell se bajó de la mesa y cruzó el despacho para servir la bebida mientras Murray sacaba un pañuelo y se limpiaba la boca.

Entre tanto, Priss le contó la horrible historia de la enfermedad de su madre.

Cuando había ideado su plan, había imaginado a un monstruo insensible. Se había preparado para encontrarse con un villano repugnante. Pero aquella total falta de pudor… Murray era un psicópata. Era imposible que poseyera una sola emoción verdadera.

En algún momento, mientras construía su imperio de corrupción, había llegado a sentirse tan cómodo con su poder y su influencia que ya no se molestaba en ocultar su mezquindad innata. Tenía una red de conspiradores que mentía por él y le cubría las espaldas.

Priss cerró los puños sin darse cuenta. Mientras Hell le daba su copa a Murray, Trace le tocó el hombro casi imperceptiblemente. No la miró, pero Priss entendió de todos modos su advertencia.

Mostrar su juego tan pronto podía ser letal para ella.

Murray bebió un sorbo de su copa y preguntó:

–Entonces, ¿sufrió?

Priss apretó los dientes y asintió con un gesto.

–Sí, muchísimo.

Él bebió de nuevo.

–No la recuerdo.

Claro que no. La suya no había sido una verdadera relación, ni remotamente. Murray había utilizado a su madre para ganar dinero y solo un giro del destino había permitido a Patricia Patterson escapar con vida de él.

Priss se esforzó por relajar los músculos.

–Entiendo. Fue hace mucho tiempo.

–No voy a darte un céntimo, ¿sabes? –Murray meneó la copa, haciendo tintinear los cubitos de hielo mientras le sonreía–. Si has venido por dinero, estás perdiendo el tiempo.

Como si ella quisiera algo de él… aparte de arrancarle el corazón.

–No me malinterprete, por favor. No quiero ni espero nada de usted. Es solo que, ahora que ha muerto mi madre, estoy sola.

Los ojos de Murray brillaron y volvió a mirarla de arriba abajo.

–¿No tienes más familia? ¿Ni marido, ni novio?

–No, señor. Por eso quería conocerlo. Y… –intentó mostrarse tímida–. Pensaba que quizá, si le apetece, podríamos llegar a conocernos mejor –se apresuró a añadir–: No tiene usted ninguna obligación de hacerlo, desde luego, es solo que… ahora es la única familia que me queda.

–No seas patética –saltó Hell y, poniéndose delante de ella con los brazos en jarras, sacó pecho–. ¿Por qué iba a creer Murray que eres su hija? ¿Cómo va a ser familia de una zorrita tan fea como tú?

Trace resopló y Murray se echó a reír.

–¿Qué pasa? –tras lanzar a Trace una mirada de odio, Hell se volvió para mirar a Murray–. ¿Es que veis algún parecido?

–No, ninguno. Pero aunque lleve esa ropa, no tiene nada de fea –lanzó a Trace una mirada de hombre a hombre–. ¿Tú qué dices, Trace?

–Es muy sexy.

Murray sonrió y levantó su copa en un brindis.

–Ahí lo tienes, Hell.

Ella agarró un pisapapeles de la mesa de Murray.

–No será tan sexy cuando acabe con ella.

«Santo cielo», pensó Priss, asombrada por su agresividad. ¿Debía huir? No: Trace se puso de nuevo delante de ella. Hasta consiguió agarrar el proyectil cuando Hell soltó un chillido y lo lanzó.

Murray se rio estentóreamente y tiró de Hell para que lo mirara.

–Eres una bruja muy celosa, Helene, y normalmente me divierte que lo seas –dejó de reírse de pronto y su mirada se endureció–. Pero ahora no.

Hell pareció tomarse la advertencia en serio y se apartó.

–Esto es un asunto de negocios –añadió Murray en tono más suave, y le pellizcó la barbilla–. Y ya deberías saber que no debes mezclarte en mis negocios.

Hell pareció tranquilizarse. Hasta esbozó una sonrisa.

–Entiendo.

–¿Negocios? –preguntó Priss. ¿Tan fácil podía ser introducirse en su círculo privado?

Murray alargó una mano y chasqueó los dedos. Trace agarró el bolso de Priss y se lo pasó. Murray lo vació sobre su mesa de caoba, tomó su cartera y la registró.

–¿No llevas documentación? –preguntó, ceñudo.

Trace había acertado en lo del permiso de conducir.

–Eh… Me mudé hace poco aquí. Desde Carolina del Norte. Allí era donde vivía con mi madre.

–Si no conduces, ¿cómo has llegado aquí?

–¿En autobús?

–¿Me lo preguntas a mí?

Priss se dio cuenta de cómo lo había dicho y reformuló su respuesta:

–No sabía si se refería aquí, a su despacho, o a Ohio. En todo caso, vine en autobús.

Murray entornó los ojos.

–¿Dónde te alojas?

Priss pensó a toda prisa, recordando la advertencia de Trace.

–En un hotel –le dio el nombre de uno que estaba a casi diez kilómetros de su apartamento alquilado.

Hell tomó una fotografía.

–¿Es tu madre?

–Sí.

La otra sonrió, burlona.

–Ya entiendo por qué la dejó Murray.

«Pronto», se dijo Priss. Muy pronto la haría pagar por aquel insulto.

–Mi madre nunca se lo reprochó. Dijo que sabía que lo suyo fue una aventura pasajera y que nunca había esperado nada más –volvió a mirar a Murray y vio que estaba observando sus pantorrillas–. Por eso nunca se puso en contacto con usted para hablarle de mí. Sabía que no querría responsabilizarse de una niña de la que no sabía nada.

Murray se rio.

–¿Eso te dijo?

–Sí. Me dijo que era usted un hombre poderoso y que no podía cargarlo con esa responsabilidad, sabiendo lo que sentía.

–Quería protegerte.

–Sí.

–Y no se equivocó –cruzó los brazos sobre el pecho.

Priss vio que eran el doble de grandes que los de Trace, a juego con su cuello y su espalda colosal. Pero, si hubiera tenido que elegir, habría apostado por Trace sin dudarlo. Aquel hombre irradiaba confianza en sí mismo y en sus capacidades. Tal vez no fuera tan brutal como Murray, pero era eficaz.

Seguramente por eso lo había contratado Murray.

Murray esbozó una sonrisa burlona.

–Nunca he querido tener hijos, pero ya es irremediable, ¿no?

Priss se lo tomó como una pregunta retórica y mantuvo la boca cerrada.

Murray la agarró del brazo sin hostilidad pero bruscamente, la levantó y la hizo dar una vuelta para inspeccionarla desde todos los ángulos.

–He tomado una decisión.

–¿Sobre qué? –preguntó ella esperanzada.

–Comeremos juntos para ir conociéndonos mejor.

–Ah –dijo Priss, desconcertada–. Sí. Eso sería fantástico.

«Podría matarte mientras comemos. Seguramente me daría tiempo».

–Pero todavía no.

–¿Qué? –preguntó Priss, confusa.

Murray la observó con una mirada desdeñosa.

–No vas precisamente a la última moda, ¿no crees? Si voy a dejarme ver contigo en público, habrá que hacer ciertos… ajustes.

–¿Ajustes?

–Supongo que te das cuenta de que te hace falta ropa más favorecedora, además de un repaso completo –antes de que pudiera protestar, añadió–: Pago yo, claro –y añadió con una sonrisa zalamera–: Es lo menos que puedo hacer.

–¿Quieres que me encargue de ello? –preguntó Trace con aire aburrido.

Murray asintió.

–Sí, de acuerdo. Llévala a comprar ropa nueva y pide cita en el salón de belleza. El lote completo, Trace. Maquillaje, peluquería, depilación… –esbozó una sonrisa procaz–. Lo que haga falta.

Priss intentó disimular su perplejidad. Trace seguía pareciendo aburrido.

–No hay problema.

–Cuando salgas –añadió Murray–, pásate por la mesa de Alice y dile que te dé cita conmigo para comer.

–¿Alguna fecha en concreto?

Sin soltar el brazo de Priss, Murray volvió a mirarla de arriba abajo. Luego se encogió de hombros.

–Después de que la hayan puesto a punto, en cuanto esté libre.

–Entendido.

Priss se había quedado boquiabierta de asombro. Nadie se había molestado en preguntarle nada.

–¿De compras? –intentó parecer agradecida–. Es… es usted muy generoso, pero la verdad es que no necesito…

Hell volvió a acercarse.

–¿Te das cuenta de lo importante que es Murray? ¿Sabes la influencia que tiene? No puede dejar que lo vean contigo con esa pinta de… –buscó una palabra y se decantó por una no demasiado insultante– de palurda.

–Pero… –le dieron ganas de darle una paliza. Un buen golpe con la palma en la nariz. Compuso una sonrisa nerviosa–. Es que no quiero abusar.

Hell dejó escapar un sonido desdeñoso. Recogió el contenido de su bolso y se lo puso todo en los brazos.

–Has estado abusando desde el momento en que te presentaste aquí diciendo que eras su hija. Acepta la generosidad de Murray. La necesitas.

–Calma, Helene. No hay por qué ponerse así –Murray soltó una risilla y preguntó–: ¿Verdad que no, Priscilla?

–Pues… Claro que no… Quiero decir que… –volvió a guardarlo todo en el bolso con esfuerzo–. Si de verdad está seguro de que quiere hacerlo…

–Llévala a casa, Trace –la interrogó Murray–. Asegúrate de que llega sana y salva –le lanzó una mirada cargada de intención–. Viva donde viva.

–Me ocuparé de ello –Trace la agarró de nuevo del brazo para sacarla del despacho.

Priss oyó a su espalda que Hell empezaba a refunfuñar en voz baja y que Murray volvía a reírse.

Tras cerrar la puerta, Trace le tiró del brazo para sacarla de su ensimismamiento:

–Bueno, vamos.

Priss hizo que tirara de ella todo el camino. Pero Trace solo fue hasta la mesa de la recepcionista.

–Hola, cielo. ¿Puedes echar un vistazo a la agenda de Murray? Quiere fijar una cita para una comida.

–Claro, Trace –Alice se puso un mechón de pelo detrás de la oreja y comenzó a teclear. Sus finos dedos volaron sobre el teclado.

Priss entre tanto volvió a observar a Trace. Con Alice usaba un tono muy amable, mucho más amable que el que había usado con Hell o con ella. Hasta parecía… simpático.

¿Habría algo entre ellos? Priss estuvo pensándolo. Y sacudió la cabeza. No, era poco probable.

Alice lo miró con sus grandes ojos marrones.

–Mañana está libre un par de horas.

No, no, no. No estaba lista aún.

Trace frunció el ceño y, para alivio de Priss, dijo:

–No hay tiempo suficiente para que la prepare.

Alice miró a Priss con repentina compasión.

–Ah. Entiendo.

¿Cómo que «ah»? ¿Qué había visto en ella?, se preguntó Priss. Molesta por que Trace la ignorara de aquel modo, fue a sentarse a una silla de cuero, pero él la agarró de la muñeca y la mantuvo a su lado.

–A principios de la semana que viene tiene tres horas libres. Así tendrías todo el fin de semana para… acabar.

–Con eso será suficiente. Elige un buen sitio y haz la reserva. El que más le guste a Murray, ¿de acuerdo? Luego me darás los datos.

Como no podía cruzar los brazos porque Trace seguía agarrándola, Priss comenzó a dar golpecitos con el pie en el suelo. Era el único modo que tenía de hacer visible su enfado.

Pero entonces Trace puso el pie sobre el suyo, sin fuerza, pero dejando claro lo que quería. Ni siquiera la miró.

–De acuerdo –dijo Alice.

–Gracias, tesoro –se incorporó de nuevo y, tras apartar el pie, fijó en Priss su peligrosa mirada–. Vamos.

Ella lo siguió hasta el ascensor sin rechistar. Estaba deseando respirar aire puro.

El ascensor los llevó directamente hasta el aparcamiento privado del sótano.

–He aparcado fuera…

Trace tiró de ella haciendo que pareciera que había tropezado y mientras la sujetaba le dijo en voz baja:

–Nos están vigilando.

–Ah –no miró a su alrededor, pero se le puso la piel de gallina al pensar que los estaban observando. ¿La estaba viendo Murray en ese preciso instante? Reprimió un escalofrío de temor.

Trace se detuvo delante de un lustroso Mercedes negro con las ventanillas tintadas. Priss enarcó las cejas.

–Caramba.

Él abrió la puerta del copiloto y ella entró sin hacerse de rogar.

–Abróchate el cinturón –cerró su puerta, rodeó el capó y se sentó tras el volante. Cuando las puertas estuvieron cerradas, respiró hondo varias veces, apoyó las manos en el volante y lo agarró con tal fuerza que se le transparentaron los nudillos.

Consciente de que no podían verlos a través de las ventanillas tintadas, Priss enarcó las cejas:

–¿Aquí estamos seguros?

Él giró la cabeza bruscamente y clavó en ella una mirada llena de rabia.

–Debería ahorrarme un montón de problemas y matarte aquí mismo, antes de que me lo ordene Murray.

¡Maldita sea! Priss echó mano del tirador de la puerta, pero los cierres bajaron automáticamente y comprendió que no iba a ir a ninguna parte a menos que Trace quisiera dejarla marchar. Un montón de ideas desfilaron por su cabeza. ¿Debía enfrentarse a él ya, o esperar a que estuvieran en la calle? ¿Debía atacar? ¿A la cara primero, o mejor a la entrepierna?

Echó un vistazo a Trace y comprendió que, intentara lo que intentara, estaría preparado.

3

Consciente de la rabia contenida de Priscilla, Trace puso el coche en marcha y se dirigió a la rampa de salida.

–¿Cómo es tu coche y dónde has aparcado?

–Eh…

Sintió que ella se tensaba, seguramente esperando a que salieran a la calle para abalanzarse sobre él.

Sacudió la cabeza.

–Nunca he pegado a una mujer –la miró–. Pero siempre hay una primera vez.

La sorpresa suavizó su expresión hostil.

–¿Qué?

–Te sugiero que no me pongas a prueba, Priscilla. Estoy muy enfadado. Podría darte la tunda que te mereces.

Comprendiendo que solo se estaba desahogando, ella dejó caer los hombros. Hasta se permitió burlarse un poco de él:

–¿La tunda que me merezco? No seas bruto –dejó su bolso en el suelo, delante del asiento, y echó la cabeza hacia atrás. Luego, como si se lo pensara mejor, añadió–: Además, yo no lo permitiría.

¿De veras creía que podía detenerlo si se ponía un poco duro? ¡Qué idiotez!, pensó. él. Pero hizo bien en relajarse. Él no tenía intención de maltratarla.

Por lo que a él respectaba, ya la habían maltratado suficiente ese día.

–Aparqué a dos manzanas de aquí, por si acaso, ¿sabes? Es un Honda Civic azul oscuro.

–Mandaré a alguien a recogerlo.

–Así como así, ¿eh? –se estiró y bostezó–. ¿No necesitas mis llaves?

Cuando se quitó los zapatos, movió los dedos y exhaló un suspiro, Trace se enfadó aún más.

–¿Ya te sientes mejor?

–Pues sí –giró la cabeza para mirarlo y hasta sonrió un poco–. Saber que no tienes intención de asesinarme es un gran alivio.

–No te relajes demasiado. Todavía estás con el agua al cuello.

Priss se volvió hacia él.

–Sí, ya lo sé. Bueno, ¿qué está pasando aquí? ¿Qué es esa idiotez de la ropa y todo eso?

–Necesitas vestuario nuevo para lucir tus encantos.

–Mis… –se quedó boquiabierta cuando por fin entendió lo que ocurría–. ¡Ese hijo de perra! Le he dicho que era su hija.

–¿Creías que a Murray iba a importarle una hija de la que no sabía nada? Espabila de una vez –le costaba creer que fuera tan ingenua–. Jamás permitiría que alguien reclamara algún derecho sobre su imperio. El hecho de que seas su hija no va a enternecerlo. Al contrario, te convierte en un peligro para él.

–Pero… me han visto con él. ¡Me ha visto un montón de gente!

–Personas que trabajan para él.

–¿Y que hacen todo lo que él les ordena?

–Exactamente.

–Entonces, ¿qué piensa hacer? ¿Venderme al mejor postor? –al ver que Trace fruncía el ceño, pero no contestaba, añadió–: ¿Piensa llevarme al extranjero o solo a algún sitio apartado? Apuesto a que tiene contactos en California y Arizona, ¿a que sí?

Trace la miró de nuevo. ¿Qué sabía aquella tal Priscilla Patterson de aquel negocio? Murray Coburn no había cosechado su fama cometiendo errores o dejando que se filtrara información sobre él.

–¿Cómo dices?

–Vamos, Trace, corta el rollo –en lugar de parecer asustada o preocupada, parecía estar barajando posibilidades–. Los dos sabemos cómo se hizo rico Murray. ¿No?

–¿Por qué no me lo explicas?

Ella se volvió a medias para mirarlo.

–¿Quieres que empiece yo? ¿Es una especie de prueba o algo así? Muy bien, no hay problema –se inclinó hacia él–. Tráfico de mujeres.

Trace procuró no reaccionar.

–Yo pensaba que el muy cerdo solo se dedicaba a las inmigrantes. Porque sé que las agencias de contratación, por rentables que sean, solo son una tapadera. Lo que de verdad le da dinero es otra cosa –se quedó mirando por la ventanilla y no preguntó adónde la llevaba Trace–. Claro que, si se da cuenta de que puede ganar dinero con mujeres de aquí, supongo que pensará en ampliar el negocio.

Trace no pensaba confirmar ninguna de sus suposiciones. Porque tenían que ser suposiciones. Aquella mujer no podía tener información de primera mano porque los datos eran muy escasos y era casi imposible conseguir pruebas. Trace no se fiaba de ella en absoluto, pero su teoría planteaba algunas cuestiones interesantes.

–¿Qué sabes tú del tráfico de mujeres?

–Más de lo que me gustaría –masculló ella.

Un escalofrío de alarma recorrió la espalda de Trace.

–¿Sí?

Ella resopló, indignada:

–Mira, no soy tonta, ¿de acuerdo? Antes de venir me informé sobre el tema todo lo que pude. Sé que muchísimas inmigrantes sufren abusos, que les prometen un buen trabajo y acaban obligadas a prostituirse o algo peor. Y he leído que la demanda de mujeres de aquí está en alza porque escasean mucho más que las inmigrantes.

Trace apretó con más fuerza el volante.

–Si eso crees, ¿qué demonios haces aquí?

Ella sacudió la cabeza y su larga coleta se balanceó.

–Se acabaron las preguntas.

Él apretó los dientes.

–No, nada de eso, Priscilla. No puedes negarte a contestar. Si quieres salir de esta, y es dudoso que lo hagas, tienes que contármelo todo.

Ella suspiró.

–Es un nombre horrible, ¿verdad?

Trace la miró, desconcertado.

–¿Cuál? ¿Priscilla?

–Sí. Mi madre me llamaba Priss, y así es como me llama todo el mundo. Al menos, los que me conocen bien. Pero tampoco mejora mucho –se frotó los ojos cansados–. Es un nombre muy cursi, como de mosquita muerta. Pensé que por una vez en la vida iba a servirme de algo.

–¿Porque creías que Murray iba a creer que eras una especie de candorosa damisela?

–Sí –lo miró–. No crees que se lo haya tragado, ¿verdad?

Trace soltó un bufido.

–No es tonto. No creo que te haya calado del todo, pero está claro que algo sospecha.

–¿Y tú? ¿Me has calado?

–Sé que eres una farsante, Priscilla. Sé que tienes algo planeado, algo que puede hacer que los dos acabemos muertos. Y sé que estás fuera de tu elemento.

Pareció soñolienta.

–Conque sí, ¿eh?

Trace se aventuró a preguntar:

–¿De veras es tu padre?

–¿Tú qué crees?

–Creo que las venganzas personales son las más peligrosas –y estaba claro que para ella aquello era algo personal. ¿Por su madre, tal vez? Probablemente. Sobre todo, si no tenía más familia.

–Las venganzas personales son un buen motivo para implicarse en algo –se quedó mirándolo–. ¿Y tú? ¿Por qué estás aquí?

Trace mantuvo la mirada fija en la carretera.

–Es mi trabajo.

–Y un cuerno –se rio, y su voz sonó agradable, a pesar de su crispación–. De acuerdo, a ti se te da bien analizar una situación. Pero a mí también. ¿Quieres saber lo que creo?

Trace señaló con la cabeza un edificio de ladrillo con un toldo morado.

–Esa es la tienda donde vas a comprar.

Ella no cambió de tema:

–Creo que eres muy capaz de matar, pero no a personas inocentes. Matas a gente que se lo merece. Eres bueno, lo que significa que eres una especie de profesional. ¿Un agente del gobierno, quizá? –al ver que seguía inmóvil, se encogió de hombros–. Está bien, puede que no. Supongo que podrías operar por tu cuenta. La verdad es que te pega más, porque pareces muy independiente, demasiado independiente para aceptar órdenes.

¡Santo cielo!

Trace no la miró. Ella sonrió.

–En mi opinión, todo el mundo sabe que Murray es un canalla, pero tiene amigos en las altas esferas. Hace grandes contribuciones a campañas políticas y eso le proporciona cierta inmunidad. Y, además, tiene a unos cuantos senadores en el bolsillo.

Si solo fuera eso, las autoridades podrían haberlo cazado con el tiempo… y él no se habría metido en aquel caso.

Aparcó en la calle, frente a la tienda.

–Ya hemos llegado.

Priscilla tocó su brazo.

–Abusar de mujeres extranjeras es bastante peligroso, pero cuando empiezas a traficar con ciudadanas estadounidenses las cosas se complican y es muy posible que alguien empiece a enfadarse de veras. Sea quien sea esa persona, te ha contratado para que desmanteles el tinglado de Murray.

Una hipótesis interesante. Solo que nadie lo había contratado. No hacía falta.

–Tienes mucha imaginación, Priss –se apartó de ella.

No se le daba mal, tenía que reconocerlo. Pero se había equivocado por completo respecto a sus motivos.

El tráfico de mujeres le había afectado de manera muy personal. Por eso se había impuesto la misión de descubrir a todos los implicados, empezando por las redes más grandes y notorias. Gracias a su mejor amigo, Dare Macintosh, ya habían hecho grandes progresos.

Y ahora quería a Murray Coburn.

Salió del coche, sacó un tique de aparcamiento y se acercó a la puerta de Priss. Ella acababa de salir cuando sonó su teléfono. Trace la agarró del brazo mientras contestaba:

–Aquí Miller.

–Acaba de ocurrírseme –dijo Murray–. Debería saber si de verdad es mi hija, ¿no?

Trace vio cómo brillaba el sol en el pelo de Priss. Sí, el nombre de Priss le sentaba bien, aunque no se diera cuenta. El día soleado realzaba el color rojo de su larga coleta, mostrando una docena de tonos distintos de caoba y marrón. No se parecía en nada a Murray. Por suerte.

–Como quieras.

–Quiero un análisis de ADN. Pero habrá que hacerlo discretamente. Helene dice que puede hacerse con un pelo, pero que tenga la raíz, así que recoge unos cuantos, ¿quieres? Arrancados, no cortados, ¿entendido?

Ahora que tenía la oportunidad de reconducir las cosas hacia donde le interesaba, Trace sopesó la situación. ¿Qué sería más ventajoso, que Priss fuera hija de Murray o que no lo fuera? Se encogió de hombros. De momento estaba todo en el aire. Tendría que improvisar sobre la marcha.

–No hay problema.

Murray le dio un par de instrucciones más sobre el tipo de ropa que quería que le comprara.

–Sonsácala, a ver qué puedes averiguar, ¿de acuerdo? Pero sé discreto. No quiero que se asuste. Todavía.

Mientras Trace escuchaba, Priss levantó una mano para protegerse los ojos del sol y miró a su alrededor.

Trace se excitó de pronto. Acarició involuntariamente con el pulgar la piel suave de su brazo derecho por encima del hombro. Ella lo miró extrañada. Luego miró su mano y enarcó las cejas. Trace la soltó.

–Luego hablamos –le dijo a Murray, cerró el teléfono y volvió a guardárselo en el bolsillo.

Cuando Priss echó a andar hacia la tienda, la agarró del brazo, la hizo volverse en dirección contraria y la llevó a una pequeña tienda de telefonía que había una manzana más allá.

–¿Qué vamos a hacer?

–Comprar un par de teléfonos –tenía un montón de cosas que hacer esa noche. Los planes se le agolpaban en la cabeza mientras intentaba asegurarse de que no olvidaba nada.

–¿Para mí?

–Para mí.

–Pero tú ya tienes uno –señaló ella.

–Cállate –entró en la tienda y compró dos teléfonos de prepago con un cupo limitado de minutos en llamadas. Como cambiaba de teléfonos a menudo, le convenía comprarlos siempre que tenía oportunidad.

Pagó en efectivo, claro. Al salir de la tienda, preguntó:

–¿Dónde te alojas de verdad?

–¿No te has tragado lo del hotel?

–No –pero por suerte parecía que Murray sí–. Se me ocurrirá algún modo de mantener tu tapadera, pero me alegro de que me hayas hecho caso y no le hayas dado información personal.

–¿Y a ti sí puedo dártela?

–Sí, a mí sí –contestó. Se detuvo delante de la tienda de ropa–. Murray es el dueño de la tienda, más o menos. No digas nada dentro, ¿de acuerdo?

–¿Nada en absoluto, como si fuera muda? ¿O nada importante?

Era imposible que le hiciera gracia aquella situación.

–Puede que haya micrófonos y Twyla forma parte del círculo más íntimo de Murray. No te dejes engañar, aunque parezca una viejecita encantadora. Es lista como un zorro y tan cruel como los demás –la agarró de la barbilla y le hizo levantar la cara–. ¿Dónde te alojas?

Priss contestó sin vacilar:

–Tengo un apartamento alquilado a unas cuantas manzanas de ese hotel. Es un antro, pero no me hicieron muchas preguntas cuando quise alquilarlo para una semana y pagar en metálico.

Muy astuta. Trace puso la mano en el pomo de la puerta.

–No te pongas quisquillosa con la ropa que te pruebes. Sonrójate todo lo que quieras…

–¿Qué te hace pensar que voy a sonrojarme?

–Si no te sonrojas, no nos la llevaremos.

Los ojos de Priss se agrandaron un poco más y Trace casi sonrió.

–Tenemos que comprar prendas de todo tipo. Mañana, como Twyla ya sabrá tu talla, vendré a recoger más.

–¿Cuánta ropa se supone que tengo que comprar?

Él se encogió de hombros.

–Cuatro o cinco conjuntos completos. Pero, pase lo que pase, no te olvides de tu papel.

–¿El de mosquita muerta? –batió las pestañas teatralmente.

–Sé que es difícil, pero tú has empezado, así que intenta ceñirte a él –abrió la puerta, decidido a no reírse de su broma. Lo cierto era que le encantaba discutir con ella. Lo cual era muy arriesgado en varios sentidos.

Twyla apareció en cuanto entraron. Debía de tener unos sesenta y cinco años, pero se empeñaba en vestirse como una estrella del escenario e iba muy maquillada. Las cejas, pintadas de negro, describían un arco tan marcado que tenía perpetuamente cara de asombro.

–¡Trace! ¡Qué alegría verte! –su larga túnica se agitó tras ella cuando se acercó a Trace, y el aroma de su intenso perfume llegó hasta ellos.

–Twyla –permitió que le diera un beso en la mejilla y que apretaba su pecho contra su torso. Mientras se quitaba el carmín oscuro de la mejilla, hizo acercarse a Priss–. Necesitamos un vestuario completo. Espero que hoy puedas darnos dos conjuntos completos y, cuando le hayas tomado la medida, unos cuantos más para que mañana vengamos a echarles un vistazo.

–Mmm –Twyla la miró de arriba abajo–. Date la vuelta.

Priss giró sobre sí misma, indecisa.

–Sigue, sigue.

Cuando acabó de dar la vuelta entera, él vio que se había puesto colorada. Qué interesante. ¿Se había sonrojado porque la estuvieran calibrando, o era una actriz excelente? Pronto lo averiguaría.

–¿Zapatos? ¿Ropa interior? ¿Joyas?

–¿Por qué no? –Trace lanzó a Priss una mirada de advertencia–. Ve preparándola mientras yo salgo a hacer una llamada. Pero quiero verla con cada conjunto.

–Claro –Twyla agarró a Priss del brazo.

Sus largas uñas pintadas destacaban, obscenas, sobre la piel blanca de Priss. Trace vio que tiraba de ella como de una mula recalcitrante. Mirando hacia atrás, Priss dijo:

–¿Trace?

Aquella vocecilla, acompañada por la expresión de miedo que tenía su cara, estuvieron a punto de convencer a Trace. Era tan contradictoria que no sabía a qué atenerse con ella.

–Estás en buenas manos, Priss. Solo será un momento.

Salió a la calle soleada y, usando el teléfono de prepago, llamó a su amigo Dare.

–Macintosh.

Se frotó la nuca con la mano libre, intentando relajar la tensión de los músculos.

–Soy Trace, y tengo un pequeño problema.

–¿En qué puedo ayudarte?

–Voy a necesitar un agente de seguimiento.

–¿Para ti?

–No, para Priscilla Patterson.

–Ah –Dare pareció divertido–. Parece un problema interesante.

–Afirma ser hija de Coburn y se ha presentado en su despacho diciendo que quería conocerlo.

–Mierda.

–Sí. Pero la cosa no acaba ahí –mientras hablaba, observó los alrededores… y vio un coche oscuro aparcado a media manzana de allí. Su mirada pasó de largo para que nadie notara que lo había visto–. Me están vigilando, así que tengo que darme prisa. Ha dejado un Honda Civic azul a dos manzanas del despacho de Coburn. Necesito que lo traslades a algún lugar seguro antes de que lo encuentren los hombres de Coburn. Tampoco vendría mal cambiarle la matrícula, por si acaso.

–No hay problema. Le diré a Jackson que se encargue de ello. Después puede quedarse por allí para seguir a esa tal Patterson, o para lo que lo necesites.

Trace asintió:

–Sí, es buena idea –Jackson se había incorporado hacía poco a la operación, pero era de fiar–. Te llamaré esta noche.

–De acuerdo.

–Gracias.

–Trace… –Dare vaciló solo un segundo–. Ten cuidado.

–Descuida, lo tengo –colgó y volvió a entrar en la tienda.

Ya conocía la rutina: había acompañado a Hell en una de sus estrafalarias expediciones de compras. Cruzó la entrada del establecimiento, pasó por una gruesa cortina de terciopelo y entró en los probadores. Todo estaba muy adornado, con telas lujosas y espejos por todas partes. Se sentó en un asiento con cojines y puso los pies sobre una mesita lacada redonda. Echó un vistazo a los probadores. Por debajo de una cortina vio unos pies pequeños y finos.

Priss.

Los pies estuvieron largo rato sin moverse, así que por fin se aclaró la garganta.

–Sal para que te vea, Priss.

La oyó gruñir y luego refunfuñar:

–Es una indecencia.

Trace ya lo sabía, y aun así se le aceleró el pulso.

–Eso seré yo quien lo juzgue. Ahora, deja de esconderte.

Se abrió la cortina, Priss asomó la cara, miró a su alrededor y al no ver a Twyla, hizo una mueca y dio un largo paso adelante.

Sin darse cuenta, Trace puso los pies en el suelo y se inclinó hacia delante.

–Date la vuelta.

Priss puso los ojos en blanco y dio una vuelta tan rápida que a Trace no le dio tiempo a verla bien. Sin embargo, le bastó verla así.

Santo cielo, aquella chica era toda curvas, pura sensualidad. No tendría que esconder ningún defecto, ni siquiera completamente desnuda.

Era… perfecta.

Se le quedó la boca seca.

–Gírate otra vez, más despacio, para que pueda verte bien.

Ella refunfuñó algo, pero obedeció.

El dibujo en zigzag del vestido de malla dejaba algunos lugares clave a la vista, como sus muslos, su vientre y su escote. Cruzaba su pecho ocultando apenas sus pechos, y lo mismo podía decirse de su pubis y de la forma de su trasero.

Solo un idiota podía malinterpretar cuáles eran las intenciones de Murray al hacer que se vistiera tan provocativamente… y Priss no era idiota. ¿Por eso le estaba siguiendo la corriente?

Twyla volvió con unos zapatos negros de tacón de aguja.

–Muy bien –echó la cabeza hacia atrás mientras la observaba atentamente. Bajó las cejas, tiró un par de veces de la tela, bajó el escote y subió un poco el bajo–. Con este vestido no necesitas medias, pero pruébate estos zapatos.

Priss pareció angustiada.

–No sé caminar con ellos.

–Entonces tendrás que aprender, ¿no crees? –Twyla le dio los altísimos tacones.

Cuando Priss se inclinó para ponérselos, Trace pensó que uno de sus pechos iba a salirse del estrecho escote. Contuvo la respiración, esperó… pero no, no se salió.

«Por poco».

Cuando se incorporó otra vez, vio que tenía unas piernas preciosas. Realmente preciosas. Largas, firmes y tersas.

Maldición. Se pasó una mano por la boca. Murray se volvería loco cuando la viera así, aunque fuera su hija.

Respiró hondo y siguió representando su papel:

–Tiene que soltarse el pelo.

Priss le lanzó una mirada fulminante, pero no protestó cuando Twyla comenzó a quitarle la goma sin importarle que pudiera arrancarle de paso unos cuantos pelos.

–Dámela.

Twyla lo miró extrañada, pero le dio la goma, de la que colgaban varios cabellos largos. Trace se la guardó en el bolsillo. Una cosa hecha: recoger una muestra de cabello para el análisis de ADN.

La larga melena de Priss cayó sobre sus hombros, sobre sus pechos y, tal y como sospechaba Trace, llegó hasta lo alto de su irresistible trasero.

–Nos lo quedamos –dijo él.

–¿No deberíamos preguntar el precio? –dijo Priss mientras se tiraba del bajo del vestido. Twyla le dio un manotazo con el dorso de la mano.

Trace intervino antes de que se desataran las hostilidades: no sabía cuánto tiempo más podría aguantar Priss sin perder la compostura.

–Que el siguiente sea un poco más discreto, para llevarlo un día cualquiera. Unos vaqueros ceñidos quizá, y un par de camisetas.

–¿Y quizá también unos zapatos un poco más prácticos? –añadió Priss intentando parecer indecisa, en vez de rabiosa.

Twyla miró a Trace. Él se encogió de hombros.

–No queremos que se caiga de bruces. Tráele algo con un tacón más grueso.

–Unos botines servirán –afirmó Twyla–. Con esas piernas, le quedarán de película –luego añadió mirando a Priss–: Con ese vestido tienes que quitarte la ropa interior.

Priss soltó un chillido:

–¿Tengo que ir sin nada debajo?

Twyla no le hizo caso. Trace no pudo ignorar su pregunta:

–Tienes que estar lo más guapa posible, Priss. Haz caso a Twyla. Sabe lo que hace.

–En efecto –Twyla señaló hacia un montón de ropa interior que había sobre una mesa–. Supongo que querrás verla con las cosas que he elegido. Con su color de piel y de pelo, creo que es mejor atenerse al rojo y al negro.

–Sí –Trace arrugó el ceño al oír lo ronca que había sonado su voz, y añadió en tono más firme–: Que se las pruebe.

Era lo que se esperaba de él, se dijo. ¿Qué pensaría Murray si no cumplía con su deber? Twyla se lo diría, de eso no había duda.

Se obligó a recostarse de nuevo en el asiento y, notando que Priss lo miraba con los ojos como platos, añadió:

–Pero deprisa. Hoy tengo muchas cosas que hacer.

–Que vaya enseñándote la ropa interior mientras voy a buscar los vaqueros y las camisetas.

En cuanto Twyla salió de los probadores, Trace miró la cara furiosa de Priss. Tenía las mejillas encendidas y sus ojos verdes brillaban llenos de ira. Parecía a punto de estallar.

Trace no sintió la menor compasión por ella. Todavía, al menos. En voz muy baja, casi provocativa, preguntó:

–¿Ya empiezas a arrepentirte?

Los ojos ardientes de Priss se entornaron. Agarró un montón de prendas y, subida en los tacones, sin dar un solo traspié, volvió a meterse tras la cortina. Trace observó intrigado los movimientos de sus pies.

Maldición, se había dejado los zapatos puestos.

La vio ponerse unas braguitas de encaje negro y se le encogieron los pulmones. Unos segundos después, salió del probador. Esta vez, Trace no se movió del asiento. No estaba seguro de poder hacerlo. Le ardieron los ojos y notó un respingo en la entrepierna. Con los ojos pegados a ella, dijo:

–Ya conoces la rutina.

Priss se giró altivamente, muy despacio. Las bragas eran apenas un tanga que dejaba al descubierto su apetitoso trasero. Para ser tan baja, tenía los hombros anchos, la cintura minúscula y unas caderas increíbles. No era flaca, ni mucho menos, pero tenía la cintura muy marcada y su tripa describía una levísima curva. El sujetador levantaba sus pechos, que parecían a punto de rebosar del encaje, y apenas ocultaba sus pezones.

–¿Y bien? –Priss le lanzó una mirada airosa y sacudió su melena para echarse el pelo sobre el hombro–. ¿Qué te parece?

Trace pensó que le encantaría tirársela, aun sabiendo que no podía. Apoyó los antebrazos en las rodillas, dejó colgar las manos y la miró de arriba abajo. Demonios, no podía dejar de mirarla. No llevaba tatuajes, ni piercings que estropearan su preciosa piel. Y con aquellas braguitas que apenas dejaban nada a la imaginación, no necesitaba unas gafas de rayos equis para ver que no llevaba el pubis depilado. A la señorita Priss le gustaba natural.

Trace no supo por qué le excitó aquello.

–¿Se te ha comido la lengua el gato? –ronroneó ella.

Trace se obligó a apartar los ojos de su pubis y los fijó en su cara.

–No está mal.

–Ya. Puede que los otros me queden mejor –se levantó los pechos, se recolocó el elástico de las bragas y, básicamente, lo torturó–. No te muevas, ¿de acuerdo? Enseguida vuelvo.

Bruja. Sabía que estaba preciosa y no quería perder la oportunidad de burlarse un poco de él ahora que Twyla no la veía. Trace no había conocido nunca a una mujer tan atrevida, tan sexy, tan segura de sí misma y que al mismo tiempo, de algún modo, pareciera tan… pura.

Era puro atractivo sexual. Pura inocencia.

Un puro problema.

Diciéndose que era un masoquista, Trace se recostó en su asiento y esperó el siguiente modelito.

Priss procuró ignorar el hormigueo de su estómago y se puso las bragas rojas con volantes y el ridículo sujetador a juego. Aquel conjunto tapaba más, pero era tan transparente que, si Trace se fijaba bien, podría ver a través de la tela.

Y Priss sabía que miraría bien. Ya había abrasado su piel con la intensidad de su mirada.

Todo aquello le parecía una tortura. Era una mujer discreta a la que no le interesaba lo más mínimo llamar la atención de los hombres. Pero suponía que para Trace también debía de ser un tormento.

Respiró hondo, hizo acopio de valor y corrió la cortina airosamente.

¡Dios Todopoderoso! Trace se agarró a los brazos del asiento y tensó el abdomen. Se estrujó el cerebro buscando algún comentario hastiado y por fin dijo:

–Muy mono –tan mono que, si no se cambiaba enseguida, se abalanzaría sobre ella y al diablo con su tapadera–. Date prisa, ¿quieres? No nos queda mucho tiempo.

Satisfecha al verlo tan excitado, Priss volvió al pequeño probador y se puso el conjunto de corazones. El tanga tenía delante un corazón rojo que apenas cubría el triángulo de vello de su pubis, y el sujetador de encaje tenía corazones rojos parecidos a pezoneras, lo bastante grandes para cubrirle los pezones. Nunca se había puesto una ropa interior tan exótica. En cuestión de ropa interior, prefería ir cómoda.

Seguía sintiéndose avergonzada y ya le dolían los pies de llevar aquellos zapatos, pero respiró hondo y preguntó en tono zalamero:

–¿Estás listo, Trace?

No, no estaba listo. Tenía que recuperar el control de la situación como fuese. De momento era ella quien tenía la sartén por el mango, y eso no podía consentirlo.

Con el plan perfecto en mente, Trace sacudió la cabeza, pero dijo con aparente indiferencia:

–Deja de perder el tiempo.

Y entonces sacó su teléfono móvil.

Esta vez, estaba prácticamente desnuda. La poca tela del conjunto, más que cubrir su cuerpo, lo decoraba, como la nata de una tarta muy dulce. Una tarta que no le habría importado comerse muy despacio, de arriba abajo y hasta la última migaja.

Priss puso los brazos en jarras, separó los pies y echó los hombros hacia atrás. Trace ignoraba cómo era posible que una mujer tan baja tuviera unas curvas tan perfectas, pero así era.

«Ya lo creo que sí».

–Está bastante bien.

Al ver que le sonreía, levantó el móvil y le hizo una fotografía.

Priss soltó un gritito, saltó detrás de la cortina y se puso colorada como un pimiento.

–¿Se puede saber qué estás haciendo?

–¿A qué viene esa timidez? –preguntó él, satisfecho, mientras miraba la pantalla del teléfono. Sí, con eso serviría. Pulsó un par de teclas y guardó el móvil–. Descuida, cariño. Me lo he mandado por e-mail a mí mismo –esbozó una sonrisa provocativa–. Nadie más lo verá.

Ella lo miró con enfado.

–¡Eres un…!

–Vamos, Priss, a estas alturas el pudor resulta algo sospechoso. Querías que te diera mi aprobación –se encogió de hombros–, y ya la tienes, junto con mi admiración.

Antes de que pudieran añadir algo más, regresó Twyla. Priss soltó la cortina, pero parecía al borde de un ataque de nervios. Trace sonrió. Se lo merecía, por provocarlo. Twyla la miró, la observó hasta el mínimo detalle y anunció:

–Tiene que hacerse la depilación brasileña.

Priss sofocó un gemido.

–¿Quieres que se encargue la chica que me la hace a mí? –con los brazos en jarras, Twyla añadió–: Lo hace muy bien.

A Trace se le revolvió el estómago. A su edad, Twyla todavía… No, no quería imaginárselo.

–No sé –mientras fingía que se lo pensaba, miró a Priss–. Tiene cierto atractivo dejarla así, al natural.

–No lo dirás en serio.

–Me lo pensaré, quizá se lo comente a Murray…

Priss soltó un gemido y Twyla la miró, ceñuda.

–Ya te diré algo –concluyó Trace.

Twyla se encogió de hombros:

–Como quieras –dio a Priss un montón de prendas–. Vaqueros y tres camisetas.

Priss recogió la ropa y dijo aliviada:

–Gracias a Dios.

–Priscilla –dijo Trace en tono de advertencia.

Twyla lo miró con aprobación.

–Pruébate cada una de las camisetas con los vaqueros y habremos acabado por hoy.

Priss cerró los ojos un momento, pero no le sirvió de gran cosa. Habría querido que se la tragara la tierra. Y encima él tenía la cara dura de ponerse a hablar de cosas tan íntimas como si ella ni siquiera fuera una persona. ¿De verdad se lo comentaría a Murray?

No, antes lo mataría. Estaba deseando borrar de su cara aquella sonrisilla satisfecha.

Ya se había hecho una idea de lo que pasaba: Murray jugaba conforme a sus propias normas y de algún modo lograba salirse con la suya. Tenía más influencia de la que ella había imaginado. Pero no pensaba dar media vuelta y salir huyendo en caso de que Murray le permitiera escapar, cosa que dudaba. En todo caso, no iba a permitir que nadie le hiciera la cera. Le daban escalofríos solo de pensarlo.

Siempre había sido una persona muy pudorosa. Se bañaba sola desde los cinco años. Ni siquiera su madre se había inmiscuido en su higiene íntima. Y quien se acercara a ella con intención de desnudarla, colocarla en posición y dejarla sin pelo acabaría lisiado.

En cuanto a aquella foto… Decidió, furiosa, que de un modo u otro se apoderaría del móvil de Trace y lo borraría todo. Y si perdía información valiosa, peor para él. Se lo merecía, después de aquello.

Tras tomar esa decisión, a pesar de saber que Trace había mandado la foto a su correo electrónico, pudo relajarse un poco.

Señaló la caja que Twyla llevaba bajo el brazo y preguntó con optimismo:

–¿Son los botines? –si tenía que seguir llevando aquellos tacones un minuto más, se echaría a llorar.

En su vida cotidiana no se molestaba en arreglarse, ni en intentar impresionar al sexo opuesto. Solía llevar pantalones vaqueros con camisetas informales y, casi siempre, zapatillas deportivas.

Miró a Trace por el rabillo del ojo. Teniendo en cuenta cómo había reaccionado al verla, no tendría que esforzarse mucho para llamar su atención. Ya lo sabía para el futuro: si quería algo, lo único que tenía que hacer era desnudarse. Como la mayoría de los hombres, se ablandaba en cuanto veía a una mujer desnuda.

No era la situación ideal, pero podía aprovecharse de ello para conseguir sus fines.

Twyla sacó los botines. Priss nunca había visto unos parecidos. Eran de piel negra con tachuelas y dejaban al aire el dedo gordo del pie. Pero por lo menos tenían los tacones más gruesos.

–¡Qué monos! –dijo, aunque le parecían absurdos–. Voy a probármelos –ladeó la cabeza y miró a Trace–. ¿También quieres verme con esta ropa?

Él se pasó una mano por la cara y, sin decir palabra, le indicó que siguiera.

Priss intentó disimular su satisfacción. Sobre todo porque Twyla seguía allí y Trace tendría que esforzarse por conservar su aplomo. El muy farsante. Mientras se ponía los vaqueros ceñidos, se preguntó si era tan mortífero como parecía. Indudablemente podía matar, pero ¿lo había hecho alguna vez? ¿En tiempos recientes?

Solo tardó unos segundos en ponerse los botines y una camiseta. La primera, diseñada como un corsé de seda, le quedaba como un guante. Trace le dio su aprobación con una escueta inclinación de cabeza.

La segunda, hecha de encaje elástico, parecía una camiseta interior y era la más cómoda. Trace apenas la miró con ella, pero Twyla le dio el visto bueno. La última, roja con puntos blancos, fue la que más gustó a Priss por la sencilla razón de que era la que más tapaba. Trace pareció estar de acuerdo:

–Que se lleve esa puesta. Tráele más pantalones iguales en diferentes tonos y un par de vestidos de fiesta. Mañana me pasaré por aquí para recogerlo todo.

Twyla comenzó a recoger la ropa.

–¿Lo anoto en la cuenta de Murray?

–Sí, gracias.

Trace mantuvo la mirada fija en Priss y ella pensó, furiosa, que no iba permitir que siguiera saliéndose con la suya. En cuanto estuvieran otra vez a solas iba a decirle cuatro cosas.

Y luego le haría pagar por hacerla pasar por aquel pase de modelos.

4

En cuanto arrancaron, Trace dijo:

–Ni una palabra, Priss. Lo digo en serio.

Ella abrió la boca, pero al ver su ceño fruncido decidió refrenarse:

–¿Por qué iba a quejarme?

Trace la miró con incredulidad. Ella exhaló un suspiro.

–De acuerdo, hasta a mí me ha sonado falsa la pregunta. Por amor de Dios, he tenido que pasar modelitos indecentes delante de ti para que Murray pueda disfrutarlos en algún momento. Esto es demasiado.

–Estoy de acuerdo: es una faena.

Ella lo miró frunciendo el ceño y fue a decir algo, pero Trace la interrumpió:

–Nos están siguiendo –dijo mirando por el retrovisor.

Priss no miró.

Obviamente sabía que no debía hacerlo, lo que aumentó la curiosidad de Trace. Ella se inclinó ligeramente hacia la ventanilla para mirar por el espejo lateral.

–¿Quién crees que es?

–Ni idea, así que intenta no fastidiarme unos minutos.

Sacó su móvil y marcó el número de Murray. Tenía línea directa con él, lo cual significaba que podía interrumpirlo mientras trabajaba o mientras hacía… otras cosas.

–Más vale que sea importante –refunfuñó Murray, un poco jadeante.

Trace se puso rígido de repulsión.

–Lamento interrumpir.

–Estoy seguro de que Helene te hará pagar por ello más tarde –Murray se rio y Trace oyó de fondo los gemidos de Hell.

Santo Dios.

–Iré al grano: me están siguiendo.

–¿Cómo? –preguntó Murray, desconcertado.

–Si has sido tú quien lo ha ordenado, no hay problema. Entiendo que seas precavido y lo acepto. Me dejaré seguir como un buen empleado. Pero si no has sido tú, voy a perder a ese tipo o a pegarle un tiro. Tú eliges.

Se hizo un breve silencio. Luego la carcajada de Murray estuvo a punto de reventarle los tímpanos. Consciente de que Priss estaba observándolo, Trace dobló otra esquina sin dirigirse a ningún lugar en concreto.

–¿Qué me dices, Murray?

–Despístalo y, si no puedes, por mí puedes pegarle un tiro. Se lo merece por ser tan torpe.

–Entendido –consciente de que Murray no había confirmado ni negado que hubiera sido él quien había ordenado que lo siguieran, Trace cortó la llamada–. Agárrate fuerte, Priss. Si no perdemos a ese capullo, tendré que matarlo.

–¿Y tienes escrúpulos por derramar un poco de sangre?

–En absoluto –como tampoco parecía tenerlos ella.

–Entonces, ¿qué problema hay?

–Ninguno, en realidad –había al menos media docena de personas de la organización de Murray a las que no le habría importado lo más mínimo liquidar–. Pero ahora mismo tenemos cosas más importantes que hacer.

Cambió bruscamente de dirección y aceleró. Cuando llegó a los ciento sesenta, Priss dijo en voz baja:

–Bueno, puede que esto no sea…

–Agárrate.

Torció otra vez, entró en la autopista y dos kilómetros más allá tomó una salida. Entró en un cine de verano abandonado a unos dos kilómetros de allí. Paró el Mercedes detrás de la vieja pantalla, lo dejó al ralentí, sacó su arma y esperó. A su lado, Priss se quedó muy quieta, sin respirar. Solo se oía el ruido de la carretera cercana. Con la pistola apoyada en la rodilla, Trace se volvió hacia ella:

–Respira.

Ella respiró hondo y estuvo a punto de atragantarse.

–¿Lo has despistado?

–Creo que sí, pero vamos a esperar un minuto más para asegurarnos.

Ella miró a su alrededor, perpleja todavía:

–¿Conoces bien esta zona?

–No –Trace observó el perfil de su cara: la nariz respingona, la boca carnosa, las largas pestañas oscuras y los ojos verdes y penetrantes–. Estoy menos familiarizado con ella que tú con la ropa interior de encaje.

Priss lo miró bruscamente. Levantó las cejas.

–¿De qué estás hablando?

–De ti –señaló su cuerpo con la pistola–, con esos modelitos de ropa interior. Pareces sentirte a tus anchas con ellos. Una verdadera mosquita muerta ni siquiera habría sabido cómo ponérselos, y menos aún cómo usarlos para provocarme con ellos.

Ella esbozó una sonrisa sarcástica.

–Pobre Trace, ¿te has sentido incómodo?

–Sí –miró fijamente su boca–. Así es

De pronto pensó que no tenía ni una sola peca. Ni en la cara, ni en el cuerpo, lo cual resultaba muy curioso, con aquel color de pelo.

Se dio unos golpecitos en la pierna con la pistola, y Priss la miró.

Convenía que se sintiera un poco insegura. Trace valoraba su cooperación en aquel caso tan embrollado, pero aun así…

–Bueno, cuéntame, Priscilla Patterson, ¿a qué te dedicabas antes de venir a complicarme la vida?

Priss sopesó la posibilidad de mentirle. De nuevo.

–No te molestes.

Maldición, qué astuto era. Así que ¡qué demonios! Levantó la barbilla:

–Tengo un sex shop.

Trace dejó de dar golpecitos con la pistola. Entornó los ojos y se encogió de hombros.

–¿Por qué será que tratándose de ti no me sorprende?

–No sé si me gusta cómo ha sonado eso. Además, te lo tienes muy creído si crees que estoy aquí por ti.

Trace apoyó los hombros contra la puerta para ponerse cómodo.

–No me digas.

–Pues sí –Priss alargó el brazo y le dio una palmadita en la mejilla–. Tú no eres más que un estorbo inesperado –apoyó las manos en los muslos, consciente de que Trace estaba mirándole el pecho–. Si estoy aquí es por Murray.

–¿Porque es tu padre?

–Sí –lo miró de reojo–. Y porque voy a matarlo.

Trace no dijo nada durante unos segundos. Guardó su pistola, se recostó en el asiento y puso el coche en marcha.

–Tú no vas a matar a nadie, Priss, pero me gustaría saber algo más sobre esa sórdida tiendecita tuya.

–Lo mataré en cuanto tenga una oportunidad –y añadió con la misma indiferencia–: La tienda es genial, no tiene nada de sórdida. Está muy bien dirigida, por mí, desde luego, y tiene mucha clientela. Antes de que muriera mi madre, vivíamos las dos de ella.

Le dolía pensar en su madre y procuró alejar su recuerdo.

–¿Es grande?

–Más pequeña que el despacho de Murray. Vendemos sobre todo libros y películas, pero también algún que otro cacharro con pilas –subió y bajó las cejas cómicamente–. En cuanto a ropa interior… Bueno, tenemos prendas un poco estrafalarias: bragas sin entrepierna, pezoneras y sujetadores sadomaso… Pero es más bien de exposición. Cuando algún cliente quiere esas cosas, suele pedírnoslas por catálogo y nosotros nos llevamos un porcentaje de la venta.

Trace salió del cine, y no vio que les siguiera ningún coche.

–Continúa.

–¿Qué más quieres saber?

Él siguió observando la zona cautelosamente.

–¿Alguna vez te habías puesto algo así?

–No. Me gusta la ropa interior cómoda, de algodón.

Él asintió con la cabeza.

–¿Cómo murió tu madre? –preguntó de pronto.

Priss se preguntó si se había propuesto pillarla desprevenida. Mientras la interrogaba y escuchaba sus respuestas, no dejaba de vigilar la zona. Cuando salieron de nuevo a la carretera, no se dirigió a la autopista, sino que comenzó a callejear.

–Tuvo un derrame cerebral.

–Entonces ¿lo que le dijiste a Murray era verdad?

Ella asintió.

Trace siguió conduciendo con una mano y con la otra tocó su rodilla.

–Lo siento.

Priss deseó poner su mano sobre la de él, pero antes de que pudiera reaccionar él la apartó de su rodilla.

–No has sido precisamente amable conmigo, Trace, así que ¿por qué iba a creerte?

Se encogió de hombros.

–Cada uno de nosotros tiene que atenerse a su papel y tú lo sabes –la miró y volvió a fijar la mirada en la carretera–. Yo perdí a mis padres hace mucho tiempo. Al margen de lo que esté pasando, sé lo que supone pasar por eso.

Priss aceptó su explicación.

–Gracias.

–¿Fue duro?

–Sí. Sufrió mucho tiempo antes de morir. Estaba… incapacitada. No podía valerse sola. Se fue consumiendo poco a poco y, al final, la muerte fue una liberación.

Trace volvió a posar la mano en su rodilla y la apretó.

–¿La cuidaste tú misma?

–Lo mejor que pude –le dolió el pecho al recordar lo torpe que había sido–. No había nadie más. Pero tenía que trabajar y llevábamos tanto tiempo ocultándonos…

–¿Para que Murray no supiera nada de vosotras?

–¿Por qué iba a ser, si no? Mi madre no creía que Murray fuera a interesarse de verdad por mí. Como padre, al menos. No se fiaba de él, y con razón. Por eso teníamos un sex shop. Mi madre decía que a Murray jamás se le ocurriría buscarnos ahí.

–¿Pensaba que él creería que había vuelto a su vida de clase media?

Priss asintió.

–Así que se escondió donde sabía que no la buscaría. Pero debido a nuestra forma de vida no teníamos seguro, ni mucho dinero ahorrado.

Siguieron circulando un rato en silencio y Priss cerró los ojos. Había sido un día muy largo y complicado. Y aún no había acabado.

Pasados diez minutos, Trace preguntó:

–¿Estás dormida?

–No –hacía tanto tiempo que no dormía de verdad, que casi había olvidado cómo era.

–¿Quién se está encargando de la tienda?

–Mi socio, Gary Deaton –Priss odiaba pensar en eso, porque sabía que Gary no tendría las cosas como a ella le gustaban.

–¿Sois solo socios o algo más?

–¿Algo más? ¡Puaj! Ni pensarlo –la idea era tan repugnante que se estremeció–. Solo socios, gracias. Ni siquiera eso, en realidad. Gary es más bien un empleado. Yo lo llamo socio porque trabaja tantas horas como yo. A veces, más. Ahora que estoy aquí, muchas más, claro.

–¿Hay alguien más?

–No, y ¿a ti qué te importa, además?

–Solo quería saber si hay alguien más implicado en este absurdo plan tuyo –dobló otra esquina y acabaron en una calle que a Priss le sonaba–. O si tienes a alguien en casa que pueda empezar a buscarte en cuanto no des señales de vida.

Priss no estaba preocupada, pero tampoco se tomaba a la ligera a Trace.

–¿Otra vez estás pensando en matarme?

Él se rio un momento.

–En matarte, no.

¿Qué estaba pensando en hacerle, entonces? Priss no se atrevió a preguntar. Tenía que mantener a raya a Trace Miller, o como quiera que se llamase.

–Este tipo de vida no se presta mucho al romanticismo.

Él le acarició la rodilla con el pulgar y Priss si preguntó si era consciente de lo que estaba haciendo.

–Trace…

–Estaba pensando que no he visto que tuvieras una sola peca. Ni en la cara –le lanzó una mirada rápida–, ni en el cuerpo.

–Sí, ¿y qué?

–Que es muy curioso teniendo en cuenta el color de tu pelo, ¿no crees?

Priss le retiró la mano.

–En primer lugar, las manos quietas, ¿entendido?

Él no dijo nada, pero Priss vio que esbozaba una levísima sonrisa.

–Y en segundo lugar, ¿te has fijado por casualidad en que mis cejas y mis pestañas son de color castaño oscuro, sin una gota de rojo?

–¿Y?

–Que no soy como otras pelirrojas, que lo tienen todo… –se puso colorada– rojo.

–¿Ah, sí? –él miró significativamente su regazo–. No me digas.

Priss le dio un puñetazo en el hombro.

–No me gusta lo que estás pensando.

–No sabes lo que estoy pensando –y añadió con otra sonrisa provocativa–: ¿O sí?

Priss cruzó los brazos.

–Si lo que insinúas es que me tiño el pelo, la respuesta es no. Lo tengo todo natural.

–Eso ya lo veremos.

–¡Tú no vas a ver nada!

–Ya lo he visto casi todo hoy –repuso Trace en voz baja–. Si me hubiera acercado un poco para verte mejor…

–¡Basta ya! –Priss sintió la cara acalorada, y odiaba sentirse así–. Y eso me recuerda que quiero que borres esa maldita fotografía.

–Ni lo sueñes. Verte con ese conjunto fue un momento estelar para mí –paró en un aparcamiento, dejó el coche al ralentí y miró a su alrededor–. Tenías razón. Este sitio es un verdadero antro.

Priss ni siquiera se había dado cuenta de que habían llegado a su apartamento. Se enfadó al pensar que se había distraído hasta ese punto por culpa de Trace. Eso podía ser mortal.

Tarde o temprano lo pillaría desprevenido, le quitaría el teléfono y lo haría trizas. Trace ya se había enviado la foto por e-mail, pero así al menos se tomaría la revancha.

Hasta entonces…

–¿Y ahora qué?

–Ahora entramos, recogemos algunas cosas y haces como que vas a alojarte en el hotel. Si alguien va a buscarte allí y no estás, siempre puedes decir que estuviste por ahí de copas hasta muy tarde o algo así.

–Salir de copas no va con mi tapadera.

Él apretó la mandíbula.

–Ya se me ocurrirá algo. Pero a partir de ahora tienes que mantenerte siempre alerta si quieres sobrevivir. ¿Entendido?

–No –nada ni nadie le impediría hacer lo que se había propuesto. Intentó abrir su puerta, pero no se movió–. Abre.

Él la obligó a volverse hacia él. Tenía intención de echarle una bronca, pero entonces sucedió algo curioso: en lugar de soltarle un sermón, la miró a los ojos y luego a la boca. Y su actitud cambió por completo. Pareció igual de tenso, pero por razones completamente distintas.

Seguía mirando fijamente su boca cuando el cierre de la puerta de Priss se abrió. Ella bajó la mirada y vio que había abierto sin dejar de mirarla. Lo miró de nuevo a los ojos y se ablandó. Maldición, resistirse a Trace no iba a ser fácil si seguía mirándola así.

–¿Tú también vienes?

–Sí –de pronto se apartó de ella y salió del coche. Rodeó el capó para abrirle la puerta–. Acabemos con esto de una vez.

Priss decidió no ofenderse. Sacó la llave de un bolsillito escondido de su bolso.

–Muy bien –salió del coche y se puso a su lado–. Pero cuando entremos, ten cuidado con dónde pisas.

–¿Por qué? –la agarró del brazo y se dirigió a la entrada sin dejar de mirar a su alrededor–. ¿Has minado el apartamento?

Ella no le hizo caso.

–Es por aquí –se adelantó, dirigiéndose hacia la entrada lateral. Se oyeron sirenas de policía a lo lejos, mezcladas con la música del bar de al lado–. En la segunda planta.

Pasaron junto a una prostituta que estaba haciendo carantoñas a un cliente contra la pared de ladrillo de enfrente del edificio. Priss pasó por encima de una botella rota. Se oyó un chirrido de neumáticos y alguien comenzó a gritar improperios.

Trace hizo una mueca de desagrado.

–Habría que cerrar este antro.

–Puede ser, pero es tan sórdido que nadie me hizo preguntas cuando alquilé el apartamento.

–No me extraña. Podrían atracarte, violarte o asesinarte en el aparcamiento y nadie se daría cuenta.

Priss meneó la cabeza.

–Eso no me preocupa.

Subieron las escaleras metálicas sujetas precariamente al edificio. Trace refunfuñó algo y añadió:

–Hay muchas cosas que no te preocupan y que deberían preocuparte.

No tenía sentido ponerse a discutir con él. Su capacidad de decisión sobre lo que debía o no debía preocuparle era muy limitada.

–Por aquí.

El edificio había sido reformado para alojar a cuatro inquilinos por separado. El apartamento de Priss estaba en la esquina de atrás, frente al bar. Trace señaló con la cabeza el siniestro local.

–Abre temprano.

–Tengo entendido que abre a la hora de comer, pero cuando más gente tiene es a la hora de la cena. No me molesta. Estoy acostumbrada a esa clase de ruidos.

Trace le lanzó una larga mirada, pero Priss se negó a mirarlo. Abrió la puerta usando su llave.

–Ten cuidado.

–¿Con qué? –preguntó él.

Entraron y antes de que ella encendiera la luz se oyó un gruñido. Trace se quedó helado tras ella. Pero no por mucho tiempo.

De pronto, Priss se descubrió tras él, pegada a la pared. Cuando se dio cuenta de que Trace había sacado su pistola, le dio un golpe en el hombro.

–¡No te atrevas a disparar a mi gato!

Él pareció perplejo.

–¿Tu gato?

–Sí, una mascota –se apartó de él y buscó una lámpara. Aunque se había instalado allí días antes de contactar con Murray, aún no estaba acostumbrada al apartamento. Buscó un momento a tientas antes de encender la luz.

Liger, su enorme gato, se acercó a ella y frotó la cabeza contra su pierna. Priss se agachó para abrazarlo y acariciar su largo lomo. El gato comenzó a ronronear.

Trace se quedó mirándola con la pistola junto al costado.

–Será una broma.

–Guárdate la pistola, Trace –se sentó en el suelo y dejó que Liger se subiera sobre sus rodillas. Pesaba unos diez kilos. Priss se rio cuando le pasó el borde de los dientes por la rodilla y se puso panza arriba.

–Santo cielo, ¿eso es un gato doméstico? ¿En serio? Nunca había visto uno tan grande.

–Es un gato de Maine. Son muy grandes.

–¿Quieres decir que ese es su tamaño normal?

–Sí, si son machos. Lo encontré en una protectora de animales hace un par de años. ¿A que es precioso?

–Pues… –Trace se guardó la pistola y se puso en cuclillas a su lado–. Sí, lo es.

A Priss le sorprendió su respuesta.

–¿Te gustan los animales?

–Claro –acercó una mano a Liger–. ¿Hace algo?

Priss frotó la nariz contra el cuello del gato.

–No, nada. Y además es muy listo. Es un auténtico encanto, ¿verdad que sí, Liger?

El gato miró a Trace y luego le puso una zarpa gigante sobre el muslo. Soltó un gruñido y Trace se quedó inmóvil.

–Es su forma de ponerte a prueba. No te preocupes, no va a morderte –le aseguró Priss–. Bueno, podría morderte, pero solo si te portas mal.

–¿Tiene uñas?

Priss lo miró con enfado.

–Claro que tiene uñas. ¡Quitarles las uñas es una crueldad!

Trace acarició al gato y Liger cerró los ojos, extasiado.

–Tiene la cola como un mapache.

–Sí.

–¿Cómo se llama?

–Liger.

El gato se bajó de sus rodillas, se subió al regazo de Trace y se estiró para olfatear su cara. Trace sonrió mientras lo acariciaba.

–Es muy simpático, ¿no?

–Es una maravilla. Los gatos de Maine son tan cariñosos como los perros. Les encanta que les hagan caso, y casi siempre son muy tranquilos.

–¿Casi siempre?

–Odia los bichos y puede ponerse muy cruel con ellos.

Trace se rio, pero enseguida se puso serio.

–Odio decirte esto, pero va a ser un gran problema.

Priss se quedó quieta.

–¿De qué estás hablando?

–Lo siento, cariño, pero tiene que irse.

5

Le arrancó de los brazos el gato gigante y lo abrazó ansiosamente. Liger siguió ronroneando tranquilamente. Priss pareció al mismo tiempo alarmada, furiosa y hostil.

–Escúchame –dijo Trace.

–Escúchame tú a mí –contestó con frialdad–, si le pones un dedo encima a mi gato, te… –no pudo acabar la frase. No se le ocurrió nada lo bastante amenazador.

Trace se levantó y observó el apartamento. Estaba limpio, pero tenía un aspecto desangelado.

–Intento proteger al gato. Cualquier cosa, persona o animal que puedan utilizar contra ti corre peligro. Por eso te he preguntado si tenía alguna relación.

–Ah.

Fijó en ella su mirada.

–¿Qué creías? ¿Que quería ligar contigo?

Ella levantó el hombro derecho.

–Acababas de verme prácticamente desnuda.

Santo Dios, no necesitaba que se lo recordara. Aquella imagen se había quedado grabada para siempre en su cerebro.

–Te has exhibido prácticamente desnuda delante de mí, Priss, pero para que lo sepas no eres la primera mujer a la que veo desnuda.

–Ni tampoco la más atractiva, ya lo sé –se levantó con el gato en brazos, se acercó al raído sofá y se dejó caer en él. Miró a Trace con aire soñoliento y una pizca de curiosidad–. Pero parecía estar gustándote el espectáculo.

¿Qué demonios quería? ¿Que le confesara que se había quedado boquiabierto al verla? Pues no pensaba hacerlo.

–Estoy vivo, claro que disfruté.

El apartamento se componía en realidad de dos espacios: la zona de cuarto de estar, comedor y dormitorio, y un minúsculo cuarto de baño con un lavabo manchado, un inodoro y un plato de ducha con los azulejos resquebrajados.

No había ruta alternativa de salida, aparte de la ventana del cuarto de baño y de la de detrás del sofá. Y esas no servirían.

Poniendo los brazos en jarras, se volvió hacia Priss y vio una mirada de tristeza en sus grandes ojos verdes. Como era tan susceptible a las lágrimas como cualquier hombre, suavizó el tono:

–Priss, tienes que trasladar a Liger a un lugar más seguro.

Ella negó con la cabeza y abrazó al gato con más fuerza.

–No hay ningún sitio donde pueda llevarlo. Solo me tiene a mí.

¿Y ella a él? Eso parecía.

Trace arrugó el ceño mientras sopesaba la situación. Luego sacó otra vez su teléfono de prepago y llamó a Dare.

Su amigo contestó al segundo tono.

–¿Qué pasa?

–Necesito un favor.

–Tú dirás –respondió Dare tranquilamente.

–¿El problemilla del que te hablé? Bueno, pues tiene un gato.

–¿Es un eufemismo o te refieres a una mascota?

Trace sonrió.

–A una mascota. De gran tamaño –bajó el teléfono para preguntarle a Priss–: ¿Cuánto pesa ese monstruo?

–No es un monstruo, pero pesa diez kilos –lo miró con desconfianza–. ¿Qué vas a hacer?

Trace añadió al teléfono:

–Es un gato de diez kilos, aunque cueste creerlo. La verdad es que es un encanto, así que por ese lado no hay problema. Y sé que sería un arma muy poderosa para utilizarla contra ella.

–Sí –Dare se quedó pensativo, pero solo un momento–. ¿Quieres que lo ponga a salvo? A mis chicas les encantaría. Les encanta todo lo que tenga mucho pelo. Y como ahora no estoy de servicio, estaré por allí para asegurarme de que se llevan bien.

Trace dejó escapar un suspiro de alivio.

–Si estás seguro, puedo llevar a Priss con el gato mañana. De todos modos necesita un repaso completo. Órdenes de Murray.

–Maldita sea. Eso tiene mala pinta.

–Sí. Quizá puedas pedir que una esteticista se pase por allí o algo así, para usarlo de tapadera. Si Priss vuelve con otro peinado y con la manicura hecha, nadie sospechará nada. Y Jackson puede asegurarse de que no nos siguen.

–Sí, creo que podrá hacerlo. Y me parece que Chris tiene un amigo que es peluquero.

Trace sacudió la cabeza, divertido. Molly, la mujer de Dare, no era muy aficionada a los salones de belleza, a pesar de ser muy atractiva. En cambio Chris, su buen amigo y empleado, tenía un montón de conocidos, desde jugadores de fútbol a maquilladores, todos ellos hombres.

–Si no surge nada, podemos estar allí a última hora de la mañana.

–Entonces podéis comer aquí.

–Gracias –al oír hablar de comida, Trace se preguntó cuándo había comido Priss por última vez. Tumbada en el sofá, parecía agotada. Trace frunció el ceño–. Llamaré cuando vayamos para allá.

Después de colgar, Trace se acercó a las persianas y miró fuera. El aparcamiento lindaba con el bar por un lado y con una bocacalle por el otro. No le gustó la situación del edificio, ni el nivel de ruido, ni la falta de seguridad.

–¿Has encontrado un sitio para Liger?

Él asintió.

–Solo será hasta que estés fuera de peligro, Priss. Nada más.

–Pero no sabemos cuánto tiempo será eso.

–No –Trace se frotó la cara–. ¿Has comido?

–Desde el desayuno, no.

Y hacía rato que había pasado la hora de cenar.

–Está bien. Vamos a recoger tus cosas.

–¿Qué tengo que llevarme?

–Todo lo que puedas necesitar. Si puedo evitarlo, no vas a pasar ni una noche más aquí.

–¡Qué lástima! –miró a su alrededor melancólicamente–. Ya me había instalado.

Trace no quiso ponerse a discutir con ella. Iba a mudarse y punto.

–Vas a registrarte en un hotel, pero no en el que has dicho. No quiero que Murray sepa dónde encontrarte –la llevaría al mismo hotel donde se alojaba él para tenerla lo más cerca posible.

–¿Y no sospechará?

–Ya se me ocurrirá algo –la vio levantarse del sofá–. Pero primero comeremos algo.

Ella titubeó.

–¿Y Liger?

–Se quedará contigo esta noche. Mañana lo llevaremos a casa de un amigo –notó que estaba a punto de protestar–. No pongas esa cara. El gato estará perfectamente con Dare, te doy mi palabra. Tiene dos perras a las que les encantan los demás animales. Entre todos harán que se sienta como en casa.

Al ver que ella se resistía a aceptar su plan añadió:

–¿Prefieres que lo encuentre uno de los matones de Murray? Te aseguro que son muy capaces de utilizar al gato para hacerte daño. Y sería muy… feo.

Ella pareció comprender a qué se refería. Se estremeció, dejó escapar un suspiro y le tembló la barbilla. Trace se asustó. «No llores, por favor», pensó. Priss tenía un cuerpo de escándalo y el carácter de un puercoespín, pero ver cuánto quería a aquel gato gordinflón tocó alguna fibra sensible dentro de él.

–¿Estás bien? –preguntó con suavidad.

Ella se rehizo, apretó los labios y asintió con la cabeza.

–Gracias por pensar en ello –luego, en tono menos intenso, añadió–: Me moriría si le pasara algo.

Lo que significaba que Trace haría cualquier cosa que estuviera en su mano para proteger al animal.

–Así estará a salvo –ojalá fuera tan fácil protegerla a ella–. Vámonos. Mañana nos espera un día muy largo.

–Está bien –dejó al gato sobre el sofá y entró en el cuarto de baño. Lo tenía ya todo metido en una pequeña bolsa de viaje. De detrás del sofá sacó un petate de buen tamaño, lleno hasta arriba–. Aparte de esto, solo tengo que llevarme la caja de arena de Liger y su comida –recogió la correa y el arnés del gato, que colgaban del pomo de la puerta.

Trace miró sus bolsas con sorpresa.

–¿Aún no habías deshecho la maleta?

–No pensaba quedarme aquí mucho tiempo. Y no quería dejar nada aquí si me trincaban por este asunto.

–¿Por… matar a Murray?

–Sí –su sonrisa le pareció alarmante–. Quizá creas que soy tonta y que actúo impulsivamente, pero tenía un plan, Trace. Un buen plan. Y si no hubieras aparecido tú, estaría a punto de librar al mundo de ese canalla. Pero, en fin, ahora que sé que para volver a ver a mi gato tengo que salirme con la mía… Digamos que me siento doblemente motivada para acabar de una vez con este asunto.

Trace vio una mirada triunfal en sus ojos y una sonrisa altiva y expectante en su boca carnosa. Para tener una cara tan inocente, parecía sedienta de sangre.

Contradicciones, contradicciones constantes y nada más.

¿Por qué demonios empezaba a parecerle tan excitante?

Priss se estiró, despierta, en la cama de la habitación de hotel, mucho más limpia y bienoliente que el apartamento. Las sábanas eran suaves, las almohadas blandas y tenía espacio suficiente para moverse sin tropezar con nada.

La luz del sol entraba por las cortinas. Aquel sería otro hermoso día de junio. Era hora de levantarse… pero no podía mover las piernas: tenía a Liger tendido en todo su esplendor sobre ella.

El aire acondicionado mantenía fresca la habitación. Con un bostezo, Priss salió de debajo de Liger y se sentó en un lado de la cama. El pelo largo le caía sobre la cara y la camiseta arrugada solo le cubría la parte de arriba de los muslos, pero de momento al menos, por aquella mañana, estaba a salvo.

Habían cambiado tantas cosas en tan poco tiempo…

La muerte de su madre había sido al mismo tiempo un golpe demoledor y un regalo del cielo. No pasaba ni un solo día sin que la echara de menos, pero al menos ya no sufría. Eso había sido lo peor: verla sufrir y consumirse poco a poco, dolorosamente.

Dejar su casa podría haber sido muy duro, pero con su motivación, había hecho la mudanza, se había trasladado y se había instalado en aquella nueva ciudad casi maquinalmente. Alcanzar su objetivo se había vuelto absolutamente prioritario.

Después de instalarse, había averiguado dónde podía encontrar a Murray. Y luego había conocido a Trace… A Trace como se llamara, porque no se había tragado ni por un momento que aquel fuera su verdadero nombre.

Trace tenía tantos secretos como ella, quizá más. Le encantaba discutir con él, físicamente lo encontraba atractivo y su actitud segura y capaz no dejaba de intrigarla. Era, de lejos, el hombre más tentador que había conocido nunca.

En realidad, no sabía lo suficiente de él para sentirse cautivada. Lo que sentía por él era un poco… preocupante. Su instinto le decía que Trace tenía madera de héroe, y su instinto rara vez le fallaba. A pesar de que le faltaban datos, ya había llegado a la conclusión de que era de los buenos, un macho alfa capaz de ponerse en peligro para proteger a otros, como la había protegido a ella.

A ella, y a su gato.

Era lo opuesto a Murray Coburn. Así que ¿por qué trabajaba para aquel malnacido?

Liger se desperezó y bostezó enseñando los dientes afilados como cuchillas. Abrió sus grandes ojos amarillos, miró a Priss parpadeando y dejó escapar un maullido que sonó débil e infantil comparado con su corpachón. Priss sonrió.

–Sí, ya lo sé. Ha sido una noche muy larga. Y no estamos acostumbrados, ¿verdad? Ahora quieres desayunar –le rascó la cabeza y el largo lomo–. Yo también, amiguito. Pero lo primero es lo primero.

Camino del cuarto de baño, que era el doble de grande que el del apartamento, echó un vistazo a la puerta que comunicaba con la habitación contigua.

Trace dormía al otro lado.

Se le aceleró el corazón, algo que no le había pasado nunca. A todos los efectos, veía a los hombres simplemente como clientes de su tienda a los que era fácil persuadir para que compraran el porno más novedoso y caro. A diferencia de su madre, se sentía a gusto en compañía de hombres.

Pero que se le acelerara el corazón… Eso, no. Nunca había conocido a un hombre que surtiera ese efecto sobre ella.

Antes de salir del cuarto de baño, se lavó la cara y se cepilló los dientes. Al mirarse al espejo, vio que no tenía muy buena cara.

Aunque la verdad era que le importaba un comino.

Se apartó el pelo de la cara y se miró atentamente. Antes de conocer a Trace, siempre se había considerado una mujer asexual, apática casi siempre, carente del interés que las chicas solían mostrar por los hombres y metódica a la hora de afrontar la vida.

Sí, había querido mucho a su madre. Muchísimo. Pero, aparte de ella, nunca había sentido verdadero afecto por otra persona. Se había dedicado a enmendar errores, sin ninguna otra emoción evidente.

Cuando estaba con Trace, sin embargo, sus emociones eran tan intensas que le daba vueltas la cabeza. Se había quedado dormida pensando en él y se había despertado con él en la cabeza.

¡Qué patético!

Acababa de dar su comida a Liger cuando llamaron a la puerta de comunicación. El corazón se le subió a la garganta.

De emoción.

No de miedo, ni de fastidio, ni de indiferencia, sino de pura excitación. De pronto se sintió plenamente despierta.

Sofocando una sonrisa, se inclinó hacia la puerta:

–¿Sí?

–Abre.

Priss intentó fingirse tan despreocupada como él:

–¿Para qué?

Algo golpeó la puerta (su cabeza, quizá).

–Te he oído moverte por la habitación, Priss. He preparado café, pero si no quieres…

Ella abrió la puerta de golpe.

–¡Ah, bendito seas! –le quitó la taza de la mano, bebió un largo trago y suspiró mientras el calor del café penetraba en la densa neblina de sus emociones–. ¡Ahhhh! ¡Qué maravilla! Gracias.

Solo entonces advirtió que Trace solo llevaba puestos los vaqueros y no se los había abrochado. Abrió los ojos de par en par y se quedó boquiabierta. Madre mía.

–Esa era mi taza –le dijo él, divertido.

Pero Priss solo pudo mirarlo fijamente. A pesar del delicioso café que acababa de tomar, se le había quedado la boca seca.

Al ver que seguía mirando embobada su pecho y su abdomen, y que bajaba la mirada por la sedosa línea de vello castaño que se perdía bajo sus pantalones, Trace cruzó los brazos. Priss lo miró bruscamente a la cara y vio que él la estaba contemplando con idéntica fascinación.

Un poco confusa, Priss preguntó con cierta hostilidad:

–¿Qué pasa?

Trace esbozó una sonrisa enigmática y sacudió la cabeza.

–Nada. Quédate con esa, yo voy a servirme otra.

¡Ay, Dios, le había quitado su taza!

–Perdona.

Él levantó una mano para quitarle importancia al asunto y se acercó a la cafetera que había encima de la cómoda de su habitación. Los vaqueros le quedaban bajos, sobre las caderas. Su piel oscurecida por el sol contrastaba vivamente con su cabello rubio.

Priss bebió otro sorbo de café, suspiró y, mientras intentaba reponerse de la impresión, dijo:

–No hay nada en el mundo que sepa mejor que ese primer sorbo de café.

Trace volvió la cabeza y fijó la mirada en su boca, luego en su pecho y finalmente en sus piernas desnudas.

–Bueno, no sé.

Priss entró en la habitación, sintiéndose acariciada por aquella mirada y por el timbre seductor de su voz. Liger la siguió. Pasó a su lado, se subió de un salto a la cama de Trace y revolvió las sábanas que él ya había estirado. Eligió para tumbarse las almohadas que había junto al cabecero. Palpó con las patas un momento su suave algodón, sacó las uñas, bostezó y se relajó.

Trace señaló la pequeña mesa redonda y las dos sillas.

–Siéntate, Priss.

La noche anterior, tras instalarse en el hotel, habían cenado en aquella mesa. Había sido… agradable.

Una revelación, incluso.

Habían charlado tranquilamente, hablando de esto y aquello sin que ninguno de los dos revelara nada demasiado personal o importante. Una charla, nada más. Un modo de pasar el tiempo.

Para Priss, sin embargo, había sido toda una novedad sentarse delante de un hombre y disfrutar sinceramente de su compañía: de su sentido del humor, de su ingenio, de su inteligencia y su atención.

Mientras se comía una enorme hamburguesa, Trace se había mantenido atento a los ruidos del pasillo y el aparcamiento y a cada gesto de Priss, por pequeño que fuera. Sentir su interés, sentirse protegida por él, había sido realmente agradable.

–No me importa sentarme –pero primero… Se acabó su café y miró la cafetera llena–. ¿Te importa que tome otro?

–Sírvete.

Cuando ella se acercó a la cafetera, Trace se recostó en el borde de la cómoda y se quedó mirándola. Priss notó el olor cálido de su piel, su atractivo sexual casi palpable y delicioso. ¿Olería igual de bien desde más cerca, si acercaba la nariz a su cuello o a su pecho fornido? ¿O… más abajo, quizá? Miró su cuerpo atlético y levantó una ceja.

–Hoy te tocaba exhibirte un poco a ti, ¿eh?

–Por respeto a tu delicada sensibilidad, me he puesto unos vaqueros. ¿No basta con eso?

¿Bastar para qué? ¿Para su tranquilidad de espíritu? ¡Ja! Estar junto a él, sobre todo así, medio desnudo, hacía que su corazón se acelerara como el de un corredor de maratón.

–Quizá lo fuera –reconoció–, si no estuvieras tan bueno.

Trace levantó una ceja.

–Vamos, Trace. Tú sabes cómo estás.

Ella volvió a devorarlo con la mirada, con más descaro esa vez, y notó un abultamiento tras la cremallera de sus pantalones. ¿Sería por ella?

Vaya, vaya, vaya. ¡Qué halagador!

–Estoy segura de que muchas mujeres han caído rendidas a tus pies.

Él le lanzó una mirada burlona.

–Tengo treinta años, Priss. Como puedes imaginar, algunas han caído rendidas a mis pies y otras me han dado calabazas.

–¿Te han dado calabazas? ¿En serio? –le costaba creerlo–. O eran muy tontas, o hay una faceta tuya que todavía no he visto.

–Está claro que solo has visto la cara que he querido mostrarte.

–Mmm –le costaba concentrarse en lo que decía Trace, fascinada como estaba por el vello corporal que bajaba por su vientre. Hasta el vello de sus antebrazos le parecía sexy. Era un poco más oscuro que el de su cabeza, pero sus pestañas y sus cejas también lo eran. Y aquella barba que empezaba a asomar en sus mejillas…

Sin poder refrenarse, Priss alargó el brazo y acarició su mandíbula.

–Me gusta tu cara de recién levantado. Estás… no sé. Muy viril.

Trace entornó los ojos, pero por lo demás se quedó completamente inmóvil.

Ella bajó la mano y se acercó a la mesa.

–Supongo que no podemos pedir que nos suban el desayuno.

Él siguió mirándola un rato.

–Prefiero que nos vistamos y salgamos. Debemos evitar cualquier cosa que pueda quedar registrada, como un desayuno para dos.

–¿Para mantener nuestras respectivas tapaderas? –no esperaba que Trace reconociera que lo suyo también era una tapadera. Bastaba con que Trace la hubiera puesto en una habitación contigua a la suya, cerca de la planta baja, con acceso a la escalera y a salidas traseras que daban a calles muy transitadas.

–Para mantenerte a salvo –Trace se reunió con ella junto a la mesa–. Si Murray sospecha que no eres lo que dices ser…

–Lo sé, lo sé, puedo darme por muerta –hizo una mueca–. Tenemos que hablar de otra cosa, al menos hasta que esté lo bastante despierta para demostrar cuánto desprecio a Murray.

–¿Qué te parece si me cuentas por qué quieres matarlo?

Priss se había preguntado cuándo volvería a sacar el tema.

–¿Con el estómago vacío? Ni pensarlo.

–¿Me lo contarás luego?

–Claro –mintió–, si cambias de tema y hablamos de algo más agradable.

–Está bien –Trace bebió un sorbo de café–. ¿Qué tal has dormido?

–Como un muerto, gracias.

Él hizo una mueca teatral.

–Una comparación desafortunada, teniendo en cuenta las circunstancias.

Porque tal vez Murray ordenara su asesinato. Priss también torció el gesto.

–Perdona –miró hacia la ventana y vio entrar la luz del sol por los resquicios de las cortinas echadas–. Parece que va a hacer un día precioso.

–Debemos mantener las cortinas corridas y cerrar con llave la puerta entre las dos habitaciones cada vez que salgamos.

–¿Crees que pueden estar espiándonos?

–Todo es posible. Creo que Murray todavía no se fía del todo de mí, por eso nos estaban siguiendo. Es lógico pensar que, ahora que has aparecido tú, redoble la vigilancia.

Todo eso era muy cierto, pero a Priss seguía costándole concentrarse.

–Se me ha ocurrido un tema más interesante que el tiempo y el peligro que corremos.

Él la saludó con su taza.

–Adelante.

Priss se humedeció los labios.

–¿Con cuántas mujeres te has acostado?

Trace se quedó callado solo segundo. Luego contestó:

–Es una pregunta muy extraña para hacerla mientras tomamos un café, y además no es asunto tuyo.

Priss, que tenía costumbre de ser sincera consigo misma, tuvo que reconocer que quería que fuera asunto suyo. Además, ¿qué mal podía hacerles, mientras Murray no se enterara? Si sus planes salían como esperaba, no se quedaría el tiempo suficiente para inmiscuirse en la vida de Trace. ¿Por qué no disfrutar un poco mientras todavía podía? ¿Quién sabía cuándo conocería a otro hombre que la hiciera sentirse así? En sus veinticuatro años de vida, Trace era el primero. Y también podía ser el último.

¿Y si sus planes se torcían? Entonces seguramente acabaría muerta.

Y morir siendo virgen le parecía el colmo de la mala suerte.

Apoyando el brazo en la mesa, se inclinó un poco hacia él.

–Demasiadas para contarlas, ¿eh? Y… ¿alguna de ellas era virgen?

Trace se detuvo cuando se estaba llevando la taza a la boca. Su mirada se afiló y sus hombros se tensaron de pronto.

–¿Por qué lo preguntas?

Priss se puso un poco colorada. Su vida privada era suya y solo suya, al menos hasta que Trace aceptara tener algo con ella. Y si aceptaba… Bien, entonces ya tendría la respuesta que quería.

–Eso es trampa, no se puede contestar a una pregunta con otra.

Trace se echó hacia atrás.

–No –sacudió la cabeza, incrédulo y un poco molesto–. No intentarás decirme que…

Le interrumpió el zumbido de su teléfono móvil. Estaba que ardía de frustración.

Ah, sí, el teléfono móvil. Priss tenía que hacerse con él en cuanto se le presentara una oportunidad. Era muy probable que pudiera acceder a su e-mail y borrar la foto de su lista de mensajes y de la memoria del teléfono.

Bebió un sorbo de café con aparente indiferencia.

–¿Crees que es Murray?

El teléfono vibró dos veces más antes de que Trace recuperara su aplomo.

–Es más que probable, así que ni una palabra.

Ella se encogió de hombros y Trace fue a buscar el teléfono y contestó.

Sabiendo que era Murray, Trace dijo en el tono frío y distante que tanto impresionaba a su jefe:

–Miller.

–Buenos días –bramó jovialmente Murray–. Espero que ya estés levantado y listo para empezar el día.

Vaya, vaya. Así que Murray estaba de buen humor. Trace sabía ya por experiencia que eso solía traer complicaciones a quienes lo rodeaban. Murray nunca era tan feliz como cuando hacía la vida imposible a los demás.

–Sí, desde luego –lanzó una mirada de advertencia a Priss.

–He estado toda la noche pensando en mi querida hija –Murray soltó una risita–. No me fío de ella.

–Yo tampoco –Trace sabía perfectamente que Priss estaba empeñada en vengarse, y de algún modo tenía que mantenerla a salvo y evitar que hiciera alguna estupidez.

Como intentar matar a Murray.

Si lo intentaba, no solo acabaría muerta. Primero la maltratarían y abusarían de ella. Con solo pensarlo, se sintió morir.

Era imposible que fuera virgen.

–¿La llevaste de compras? –quiso saber Murray.

–Sí. Twyla hizo un gran trabajo. Te gustará lo que eligió.

–¿Y está buena?

–Bien vestida, sí, lo está –Trace echó un vistazo al reloj de la mesilla de noche–. Tengo que pasarme otra vez por allí para recoger algunas cosas que iba a prepararle Twyla. Tendrá suficiente para una semana, incluida una noche por ahí.

–Bien. Lleva a Priscilla contigo cuando vayas. De ahora en adelante, quiero que te pegues a ella, a ver qué se trae entre manos. No la pierdas de vista.

–De acuerdo –lo haría encantado, de hecho.

Si estaba con Priss, podía protegerla. Y, cuando la perdiera de vista, le diría a Jackson que la siguiera. Si era necesario, prescindirían de sus tapaderas para salvarla, aunque le fastidiaría enormemente que Priss echara a perder sus planes poniéndose en peligro.

Quería a Murray, pero también quería a sus contactos. Quería el tinglado entero, a todos y cada uno de aquellos cerdos, desde el mandamás al esbirro más insignificante. Todo aquel que hubiera vendido, traficado, anunciado, transportado o manipulado a mujeres cautivas quedaba dentro de su radar.

Los atraparía a todos, de un modo u otro.

–Me alegro de que la encuentres atractiva, Trace –añadió Murray con voz sedosa–, porque creo que el mejor modo de sacarle la verdad es echarle un polvo.

Trace se quedó paralizado. Sintió al mismo tiempo rabia y deseo. Miró a Priss. Ella levantó la mirada y agrandó los ojos al ver su expresión.

–¿Qué? –preguntó Trace.

–Es la manera más fácil de saber si tiene experiencia o no la tiene, y cuánta. Y como a Helene no le apetece que lo haga yo…

Trace sintió que se le revolvía el estómago.

–Porque es tu hija –dijo. Rezaba por que esa fuera la razón, pero tenía sus dudas.

–No, no –Murray soltó una risotada–. Helene no se traga que sea mi hija, y aunque lo sea dudo que le importara. Una de sus cualidades más atrayentes es su total falta de respeto por los tabúes sociales.

Sí, Trace ya lo había notado. Intentó no apretar demasiado fuerte el teléfono. Temía romperlo.

–Entiendo.

–¿Sí? Entonces digamos que lo más sencillo sería que hicieras tú los honores –Murray hizo una pausa antes de añadir con un leve tono de amenaza–: No hay objeción por tu parte, ¿verdad?

–¿Estamos hablando de seducción, coerción o violación? –preguntó con fingida indiferencia

Priss dio un respingo. Sus ojos verdes se endurecieron, llenos de indignación, pero Trace también vio en ellos un destello de temor, el mismo que la hizo palidecer. Era la primera vez que la veía así.

¿Tanto le asustaba la idea de que la forzaran?

Se preguntó si ya le habría ocurrido antes.

Deseó abrazarla, reconfortarla… pero no lo haría. Un poco de miedo era justo lo que necesitaba Priss para comprender que estaba en peligro y olvidarse de su absurdo plan.

Murray se echó a reír.

–Te lo estoy encargando, así que ¿tienes alguna preferencia?

Trace cerró los ojos para no ver la cara de Priss y se encogió de hombros.

–No soy un violador nato, pero tú mandas.

Su deferencia encantó a Murray.

–Me gusta tu actitud, Trace, me gusta de veras. Te tomas muy a pecho tu deber. Me alegro de haberte contratado –su risa se disipó–. Empecemos por la seducción. A fin de cuentas, Helene dice que para ti será pan comido.

Trace soltó un bufido.

–¿Intenta Helene que me mates?

¿Por qué demonios hablaba de él con Murray sobre esos asuntos?

Murray volvió a reírse.

–Bueno, Trace, tú sabes que yo no soy celoso. No tengo motivos para serlo, ¿verdad?

–Ninguno, en absoluto.

–Me gusta complacer a Helene siempre que puedo.

¿Qué significaba aquello? ¿Que Helene tenía permiso para acostarse con él?

Trace se frotó el puente de la nariz, cansado de aquel juego.

–Eres muy generoso con ella.

–No me importa que admire a otros hombres. A menudo me sirve de ayuda. Pero recuerda que mi generosidad tiene un límite.

–Cómo no.

–Así que… puedo dar por sentado que este nuevo encargo no te dará ningún problema, aunque Priscilla no sea tan inocente como parece.

–No, ningún problema.

–Estupendo –las palabras de Murray rebosaban arrogancia–. Mantenme informado.

–Claro –mientras cerraba el teléfono oyó la risa desganada de Murray y sintió un hormigueo nervioso.

El muy cerdo estaba tramando algo, pero ¿qué? ¿Y qué supondría para Priss?

6

No le sorprendió que Priss se levantara de un salto, dispuesta a interrogarlo.

–¿De qué hablabais? –preguntó, pálida y furiosa–. ¿A qué venía eso de la violación? ¿Qué estáis planeando? ¿Qué quería Murray?

Trace observó su cara. Sin maquillaje y con el pelo revuelto, seguía estando tan sexy que tuvo que hacer un esfuerzo por dominar la reacción de su cuerpo.

Otra vez. Quería protegerla, reconfortarla, y también quería estar dentro de ella. Inmediatamente.

Vio sus pechos generosos a través de la camiseta holgada que había usado para dormir. Incluso vio la silueta de sus pezones. Tenía el vientre plano y los muslos redondeados y esbeltos. Sus muñecas y sus tobillos eran, sin embargo, muy frágiles y femeninos.

–Trace –dijo ella en tono de advertencia–, dime qué está pasando.

–Está bien –se acercó a ella–. Al parecer tu querido papaíto y tú tenéis algunas cosas en común.

Ella comenzó a respirar muy deprisa.

–¿De qué estás hablando? Yo no tengo nada en común con ese cerdo.

Trace levantó una mano y acarició su mejilla aterciopelada.

–Murray piensa que debería acostarme contigo –dijo en voz baja.

Priss dio un paso atrás y lo miró parpadeando.

–¿Qué?

–Ahí es donde querías ir a parar, ¿no? Me estabas comiendo con los ojos, hablando de sexo y de mujeres vírgenes, picando a propósito mi curiosidad –abrió la mano para agarrarla de la barbilla–. Pues ¿sabes qué, Priss? Estoy empezando a pensar que los dos tenéis razón. Quizá sea la solución más lógica.

Ella se pasó la lengua por el labio superior.

–¿Acostarnos?

–¿Tú qué crees?

Su expresión cambió, su respiración se hizo más agitada. Sacudió la cabeza, pero Trace no hizo caso.

–Ven aquí, Priss –la atrajo hacia sí.

Ella se dejó llevar, pero parecía insegura. Era tan cálida, tan redondeada allí donde debía serlo…

Trace le levantó la barbilla, agachó la cabeza y la besó en la boca.

Y en ese instante se perdió.

Murray se recostó en su silla y puso los pies en el alféizar de la ventana para poder contemplar la vista. A aquella hora del día había un sol radiante. Solo algunas nubes deshilachadas surcaban el cielo azul.

Los pensamientos se agolpaban en su cabeza. ¿Haría Trace lo que le había dicho? ¿Cuánto tiempo tardaría en desnudarla y en tenerla debajo? ¿Qué pensaría Priscilla? ¿Intentaría huir? ¿Estaría aterrorizada?

¿Era su hija?

–¡No te creo, joder!

El grito estridente de Helene interrumpió sus cavilaciones. Al girar la cabeza la vio en la puerta.

–Deberías haber llamado –dijo, ceñudo.

–¿Desde cuándo?

–Desde que te crees con derecho a hablarme en ese tono –giró la silla y ladeó la cabeza para observarla. Luego se dio unas palmadas en el regazo–. Ven aquí.

Ella obedeció como un perrillo faldero, aunque a regañadientes. Cuando la tuvo sentada sobre sus muslos, Murray tocó sus pechos grandes y firmes. Los mejores que podían comprarse con dinero, pensó.

Las tetas de Priscilla, en cambio, parecían auténticas.

–¿Qué decías? –preguntó mientras apretaba.

Ella levantó el mentón con aire desafiante y lo miró. Helene nunca se acobardaba. Eso era lo que más le gustaba de ella. Por brusco que fuera su humor, su sexualidad nunca le asustaba.

A Helene nada le asustaba. Aún.

Ella sacudió su larga melena para apartarla de sus pechos.

–¿Has ordenado a Trace que se tire a esa zorrita?

–Eso no es asunto tuyo –Murray sintió a través de la fina tela de su blusa que sus pezones se endurecían. Sonrió.

–Nunca habías hecho algo así. Cuando una mujer te interesa, la pruebas tú mismo y luego la vendes.

–Cierto.

Y, dado que lo asumía como parte del negocio, Helene se tragaba sus celos. Pero sabía que con Priscilla sería distinto.

–Hasta ahora no ha habido ninguna que asegurara ser mi hija –contestó Murray.

Helene se puso colorada de rabia. Anticipándose a su respuesta, él añadió:

–No esperarías que la probara yo, ¿no?

Helene le dio un empujón.

–Dudo que sea tu hija, pero ¿por qué no esperas hasta saberlo?

–¿Te da envidia que le estemos dedicando tanta atención?

Los ojos de Helene echaron chispas.

Murray dejó sus pechos y metió la mano bajo su falda. Observó sus ojos cuando puso la mano sobre su sexo caliente.

–Te interesa mucho Trace Miller, ¿no?

Ella pareció menos segura que antes. Se humedeció los labios y Murray vio que decidía desafiarlo diciéndole la verdad.

–Sí, me interesa.

Aquella respuesta fue acompañada de una efusión de flujo que mojó la palma de Murray. Maldición, su salvaje sexualidad nunca dejaba de excitarlo.

–¿Lo quieres para ti?

Ella sopesó de nuevo su respuesta y se decantó por la audacia:

–Tengo un fármaco nuevo que me gustaría probar con él.

¿Un fármaco nuevo? Fascinante. Desde que estaba con él, Helene había dado con numerosas variantes de afrodisíacos y alucinógenos que dejaban a las mujeres dóciles, excitadas y de vez en cuando en estado comatoso. Raras veces sus brebajes habían causado una muerte.

–¿Funciona con los hombres?

–Creo que sí. Solo experimentaría con Trace –se apresuró a añadir–, y solo con tu permiso.

Murray metió los gruesos dedos bajo la entrepierna de sus braguitas de encaje.

–Ya sabes dónde está tu sitio, Helene –dijo, complacido.

–A tu lado. O debajo de ti. O encima de ti –sofocó un gemido–. Donde tú quieras, Murray. Ya lo sabes.

–Sí, donde yo quiera.

La docilidad de Helene a todos sus deseos, por retorcidos que fueran, le daba prioridad sobre cualquier otra mujer. Ese tipo de lealtad llegaba muy lejos, sexualmente y en otros terrenos.

–Murray –susurró, cerrando los ojos.

Murray sopesó la situación. No había llegado donde estaba por tomar decisiones precipitadas.

–¿Sabes, Helene?, puede que deje que te diviertas un poco con Trace. Puede –añadió enfáticamente cuando Helene entreabrió los labios, gimiendo.

De momento, Trace había demostrado ser un empleado impecable: astuto, inteligente, enormemente capaz en todos los sentidos.

Pero seguía siendo nuevo.

Era tan bueno que Murray sospechaba de él a veces. Se preguntaba por qué un hombre con sus capacidades se molestaba en trabajar para otro. Podía ser independiente y sin embargo vivía en hoteles y estaba disponible de día o de noche. Murray tenía la impresión de que debería ser un adversario, no un lacayo a su servicio.

Si alguna vez demostraba no ser de fiar, si le fallaba en algo, no le importaría que Helene hiciera lo que quisiera con él.

–Pero, de momento, amor, te quiero de rodillas. Me has puesto cachondo, pero tengo poco tiempo. Chúpamela y háztelo sola cuando me vaya.

Helene suspiró, se bajó de su regazo y se puso de rodillas sobre la gruesa moqueta. Sus ojos azules brillaban de excitación cuando le abrió la hebilla del cinturón y le bajó la cremallera.

Al sentir su boquita caliente en la verga, Murray cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Sí, le gustaba mucho Helene. Por ahora.

Toda buena puta tenía sus usos.

Y, por lo que a él concernía, todas eran putas.

Priss tenía un sabor cálido y ardiente, pero besaba como una colegiala.

Atraído por su inexperiencia, Trace acarició sus labios con la lengua. Tenía una boca increíble, carnosa, suave y sensual.

Ella entreabrió los labios, dejó escapar un suspiro tembloroso y él introdujo la lengua dentro de su boca.

Priss se quedó muy quieta, puesta de puntillas. Respiraba agitadamente por la nariz. Sin poder evitarlo, Trace sujetó su cabeza entre las manos y devoró su dulce boca. Ella gimió, excitada y dócil, pero sin participar en realidad. Trace sospechó que no sabía qué hacer.

¿Era posible? Se echó hacia atrás para mirarla. Tenía los ojos cerrados y se inclinaba hacia él, acalorada por un simple beso. Abrió lentamente los párpados y lo miró con las pupilas dilatadas.

–Trace…

Madre mía. Trace conocía a las mujeres, y aunque sospechaba que era lo bastante astuta para engañar a cualquiera cuando se lo proponía, no creyó que en ese momento estuviera actuando. Rebosaba pureza carnal, curiosidad sexual y anhelo de lo desconocido.

¿Por qué él? ¿Por qué demonios había tenido que fijarse en él? Aunque, pensándolo bien, no le hacía ninguna gracia que otro se encargara de desflorarla (santo cielo, qué idea tan anticuada), y menos aún el tarado de Murray.

Priss miró su boca, anhelante. Cada vez que respiraba, sus pechos se apretaban contra la camiseta de algodón. Trace no podía dejar de mirarlos.

Ella se tocó el labio superior con la punta de la lengua y se apartó.

–¿Qué ocurre?

Trace se sintió a punto de estallar. Unos segundos antes, Priss le había parecido al borde del pánico al pensar en que pudieran violarla. Ahora, en cambio, parecía tan ansiosa como él.

Pero Trace no se atrevió a cumplir sus deseos.

Aún no. No, habiendo tanto en juego.

–Ve a vestirte –se alejó de ella.

Vio temblar su cuerpo pequeño pero sensual. Por debajo de la camiseta, sus pezones endurecidos parecían suplicarle que los tocara con los dedos. O con la boca. Un delicado rubor cubría su piel.

Trace intentó olvidarse de todo aquello.

–Nos vemos aquí dentro de diez minutos.

Una expresión de perplejidad y luego de confusión cubrió el semblante de Priss. Luego, levantó la barbilla.

–Cuánta prisa, ¿no?

–Tenemos muchas cosas que hacer –Trace le dio la espalda. No quería ver su expresión dolida. Su corazón latía con fuerza y sentía un calambre en las entrañas–. Ponte tu ropa normal, algo cómodo para dar un largo paseo en coche.

«Dios, me encantaría desnudarla, tumbarme encima de ella, darle una larga cabalgada…».

–¿Adónde vamos?

A límite de sus fuerzas, Trace ignoró su pregunta. Necesitaba alejarse de ella. Quería que se vistiera.

Además, cuanto menos supiera, mejor. Para los dos.

Mientras recogía su ropa y su bolsa de aseo, dijo:

–Diez minutos, Priss.

Priss se acercó a él, y Trace sintió su cercanía como la electricidad estática de una tormenta. Chisporroteó en sus terminaciones nerviosas, haciendo latir su sangre.

–¡Qué misterioso eres! –se quejó ella, y añadió dirigiéndose al gato–. Vamos, cariño. De todos modos, no queremos ducharnos con él.

En cuanto se cerró la puerta de comunicación, Trace se dejó caer contra la pared, cerró los ojos con fuerza y gruñó suavemente. ¿Ducharse con ella? Dios, le encantaría. La idea de pasar las manos llenas de jabón por sus curvas bastaba para que le flaquearan las piernas. Recordó cómo le sentaba aquel tanga, aquel sujetador minúsculo, y comprendió que necesitaba una ducha fría. Así se calmaría un poco, aunque no mucho, porque tratándose de Priss no eran solo los atributos físicos lo que lo atraía. Era mucho más.

Mierda.

No podía liarse con Priscilla Patterson, y no solo por los motivos obvios. Porque no solo tenía que proteger su trabajo. También tenía que mantener a salvo su corazón.

¿Y desde cuándo tenía corazón?

Aparte de las personas por las que estaba dispuesto a morir, su hermana y sus mejores amigos, todo el mundo era un medio para conseguir un fin, un modo de llevar a cabo una misión. Eran las piezas necesarias para formar un puzle. Nada más. Procuraba que los transeúntes no resultaran heridos, pero no se preocupaba por ellos. No así, al menos.

Se apartó de la pared y entró en el cuarto de baño. Abrió del todo el grifo de agua fría y se quitó los vaqueros.

Tenía que rechazar a Priss, conseguir que no lo deseara. Luchar consigo mismo ya era bastante difícil. Luchar también contra ella sería imposible.

Necesitaba que Priss lo viera como uno de los malos, costara lo que costase. No le costaría mucho conseguirlo, teniendo en cuenta su papel en aquel tinglado y las cosas repugnantes que le mandaba hacer Murray. Se limitaría a hacer su papel y, al final, Priss lo despreciaría casi tanto como a Murray.

Se metió bajo el agua helada y rezó por despejarse. Necesitaba que aquella tormenta sensual pasara de una vez.

Priss se duchó, se cepilló el largo pelo y se vistió, enfurecida todavía.

¿Por qué la había besado Trace y luego la había rechazado? ¿Era un juego? ¿Una prueba?

Tenía que dejar a un lado el deseo que sentía por él, hacerse con su teléfono y borrar la maldita foto de su e-mail antes de que la guardara en otra parte. Y tenía que congraciarse con él para que le revelara cuáles eran sus verdaderas intenciones respecto a Murray.

Se sobresaltó al oírle llamar a la puerta.

–¿Estás lista?

Apretó los dientes. Se levantó de la cama, donde había estado sentada con Liger, y se aclaró la garganta.

–Sí, estoy lista.

Él abrió la puerta. La miró de arriba abajo, desde el pelo recogido en una coleta alta a la camiseta y los vaqueros holgados, terminando por las chanclas.

–Eres un verdadero camaleón.

–Has dicho que me pusiera ropa cómoda.

Trace apoyó la mano en el marco de la puerta y asintió con la cabeza.

–Está bien –de pronto parecía resignado. Entró, entornó los ojos y le tendió la mano.

Había algo en sus ojos, algo oscuro y peligroso que hizo sospechar a Priss. De todos modos, aceptó su mano.

Trace tiró de ella.

¿Iba a besarla otra vez? Se le aceleró el corazón. ¿Iba a disculparse y a darle una explicación? ¿Se…?

Trace la hizo volverse hacia la cómoda, con la espalda pegada a su pecho. Deslizó las manos desde sus hombros hasta sus muñecas y le apoyó las manos sobre la cómoda.

–Ya conoces la rutina.

¿La rutina? Priss abrió los ojos de par en par al verse reflejada en el espejo de la cómoda. No se atrevería.

Trace le hizo separar las piernas sirviéndose del pie.

–Relájate. Seré rápido y luego podremos marcharnos.

–¡Y un cuerno! –pero cuando fue a volverse él la sujetó con fuerza–. Maldita sea, Trace, ya sabes que…

–¿Qué? –su boca estaba muy cerca del oído de Priss. Su aliento era cálido y suave–. ¿Que eres una dulce niñita que solo busca a su papá?

Priss mantuvo la boca cerrada.

Trace se pegó a ella y añadió:

–¿Que no tienes ningún plan oculto, un plan que podría poner en peligro un montón de cosas?

–¿Tus planes, por ejemplo?

Él no mordió el anzuelo. Sus dedos ásperos y firmes acariciaron la parte interior de sus muñecas.

–¿Crees que voy tragarme que eres lo que dices ser, Priss, una mujer sin secretos? –preguntó en tono sarcástico pero con voz suave, casi seductora.

Ella se puso furiosa.

–Eres un cerdo.

–Tienes razón –apoyó las manos sobre las de ella. La miró a los ojos en el espejo–. Ahora quédate quieta como una buena chica y déjame hacer mi trabajo.

No pensaba darle permiso, ni muerta. Pero tampoco podía enfrentarse a él sin delatarse, así que se limitó a mirarlo fijamente, como si lo desafiara a seguir adelante.

Trace esbozó una sonrisa.

–Tienes valor, cariño, hay que reconocerlo.

Sus manos comenzaron a explorarla: subieron por sus brazos, tocaron sus axilas, se deslizaron acariciadoras por sus costados y sus caderas.

–No me llames «cariño» –respiraba trabajosamente, pero no quería que él la oyera jadear.

Mientras deslizaba las manos por la cara interna de sus muslos, Trace le susurró ásperamente al oído:

–Apuesto a que sabes a miel, ¿a que sí?

Dios… Aquello no era un registro. Era una seducción en toda regla. Priss no soportaba mirarse al espejo, ver cómo la turbaba Trace a pesar de estar burlándose de ella.

Volviendo la cara, dijo con voz ronca:

–Para de una vez.

Y él paró, hasta cierto punto al menos. Palpó metódicamente su cintura, por debajo de sus pechos y luego le separó el cuello de la camiseta para echar un vistazo a su escote. Priss se apartó de un salto y, cerrando los puños, volvió la cara hacia él.

–¿Satisfecho?

Él esbozó de nuevo aquella sonrisa burlona.

–Será una broma.

Allí, delante de ella, como si no fuera algo personal, se ajustó los pantalones. Priss se quedó boquiabierta. ¡Santo cielo, tenía una erección!

En ese momento notó también que había vuelto a ponerse su ropa de faena. Debajo del polo negro llegaba el chaleco de kevlar y su cinturón estaba de nuevo cargado con un machete, esposas de nailon, porra eléctrica, pistola y cargadores de repuesto.

Trace recogió su bolso y estuvo hurgando en él. Como la noche anterior la había visto sacar la llave del apartamento de un bolsillo escondido, registró cuidadosamente su interior. Al no encontrar nada, le devolvió el bolso.

Intentando mantener la compostura, Priss cruzó los brazos:

–¿Esperas una guerra esta mañana?

–La espero todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches –señaló a Liger con la cabeza–. Recógelo y salgamos de aquí.

Priss recogió al gato, que se acurrucó en sus brazos con un maullido de placer.

–Eres un verdadero capullo, Trace, ¿lo sabías?

Él abrió la puerta, se asomó afuera y agarró la bolsa con las cosas del gato.

–Sí, lo sé –contestó distraídamente.

No volvieron a hablar mientras bajaban al coche.

Le convenía que Priss le hubiera retirado la palabra. Hasta le hacía un poco de gracia. No había imaginado que fuera tan femenina en esas cosas. Hasta el momento, no había dejado de sorprenderlo. Pero cuantas menos preguntas hiciese, menos mentiras tendría que contarle.

Cuando pasó por un restaurante de comida rápida para comprar unos bocadillos, no le preguntó qué quería comer, ni ella se lo dijo. No pidió zumo ni café para acompañar la comida y, aunque Priss movió la nariz al sentir su delicioso aroma, no dijo ni una palabra cuando Trace puso una bolsa de sándwiches calientes en el suelo, junto a sus pies.

Lo cual era perfecto.

Pero, por desgracia, no podía durar. Había cosas que Priss necesitaba saber, así que unos minutos después, cuando entró en el garaje privado, casi escondido, Trace dijo:

–Ya basta, Priss. Necesito que prestes atención, así que deja de hacer pucheros.

Ella apretó la mandíbula pero contestó con voz calmada:

–Vete al infierno.

Trace no hizo caso. Debía de sentir curiosidad por dónde estaban y por qué. Al llegar al final de la rampa subterránea, Trace sacó el brazo por la ventanilla y marcó un código en el teclado de la puerta del garaje. Una gran verja se abrió, dejándoles pasar.

–Me he asegurado de que no nos seguían y, si alguna vez necesitas venir aquí, debes hacer lo mismo.

Ella lo miró intrigada.

–¿Para qué iba a venir aquí?

Trace se fingió sorprendido.

–¿Me has hecho una pregunta? ¿En serio? Así que el sentido común ha vencido a la terquedad, ¿eh? Estupendo.

Ella cerró el puño derecho.

–Repito, Trace Miller: vete al infierno.

Él no pudo evitar echarse a reír.

–Creo que podrías necesitar este garaje porque estoy convencido de que estás tramando algo, algo completamente absurdo, y no hace falta ser ingeniero aeroespacial para saber que esto te viene grande. Tarde o temprano te darás cuenta. Solo espero que no sea demasiado tarde y que puedas retirarte a tiempo, y a salvo. Por si acaso no estoy allí para salvar tu irresistible trasero, quería que supieras lo de este garaje.

Ella ladeó la cabeza y dijo muy seria:

–¿Mi trasero te parece irresistible?

Él sofocó otra sonrisa y se encogió de hombros.

–Es bastante grande, hasta para un tipo con las manos tan grandes como yo, pero no está desproporcionado respecto al resto de tu cuerpo, que tampoco está mal.

Priss puso mala cara y cerró los puños.

–Cerdo.

–Tú has preguntado –aparcó junto a una camioneta Chevrolet todoterreno del 72 de color verde, con un panel beige en la puerta del conductor.

–Este es un garaje privado y protegido. Si alguna vez estás en peligro, si tienes que huir y no puedes escapar en tu coche, ven aquí y cámbialo por otro.

Priss se quedó perpleja. Se incorporó en el asiento y miró a su alrededor.

–Oye, ese es mi coche –señaló un Honda azul.

–Sí. Mandé que lo trajeran aquí –la miró–. Y que cambiaran la matrícula.

Ella puso unos ojos como platos.

–¿Cuántos de estos coches son tuyos?

–Cinco –algunos eran corrientes, otros tenían mala pinta y otros eran elegantes y carísimos. Tenía un vehículo para cada ocasión.

Cuando se trasladara a otra zona, cambiaría de coches y alquilaría un garaje en otro lugar.

Le dio unas palmaditas en el muslo con aire indiferente.

–Tú lleva a Liger. Yo llevaré sus cosas y nuestra comida.

–Entonces, ¿hay comida para mí? –preguntó ella–. Porque me prometiste que desayunaríamos, ¿sabes?

–¿Sí? –sacó las cosas del gato, dos botellas de agua y la bolsa del desayuno.

–Sí, y estoy muerta de hambre –lo siguió con el enorme gato en brazos hasta la puerta del copiloto de la camioneta. Miró la carrocería oxidada, las manchas de tierra de la parte de atrás y las pegatinas de mujeres semidesnudas del parachoques–. ¿Vamos a camuflarnos en los bajos fondos?

–Debemos tener cuidado –abrió la puerta y guardó las cosas de Liger detrás del asiento–. Sube y abróchate el cinturón.

–¿Funcionan los cinturones? –preguntó ella.

–Sí, listilla. Ya sabes, la seguridad es lo primero –le quitó el gato de los brazos y Liger soltó un profundo ronroneo.

Después de que Priss se abrochara el cinturón, Trace acarició un par de veces el lomo del gato y se lo devolvió.

–¿Vas a llevarlo encima?

–No pienso meterlo en un transportín si te refieres a eso. No pararía de quejarse en todo el camino.

El transportín le habría convenido más para sus planes, pero improvisaría.

Trace se sentó tras el volante.

–Vamos a comer antes de ponernos en camino.

Le dio un sándwich. Quería asegurarse de que comía, porque iba a ser un día muy largo y no tendría oportunidad de volver a comer hasta que llegaran a su destino.

–Entonces, ¿necesito un código para entrar en el garaje?

Trace le dijo la contraseña.

–Márcala, pulsa el botón de entrada y se abrirá la verja. Al salir se abre automáticamente cuando te acercas.

Lo que Priss no sabía era que la puerta tenía otra contraseña numérica. Si alguien accedía al garaje sin marcarla, se disparaba una alarma que le avisaba inmediatamente. Quisiera ella o no, Trace sabría que Priss había usado el garaje secreto. Y también si pasaba la contraseña a otra persona.

–¿No la olvidarás?

–No –Priss no pareció preocupada–. Es fácil de recordar. Y ahora, ¿te importaría decirme por qué son necesarias todas estas precauciones?

–El que todavía no sepas la respuesta a esa pregunta demuestra lo ingenua que eres.

–Si tú lo dices.

–Sí, lo digo.

Después de que Priss diera dos mordiscos a su sándwich, Trace tomó una botella de agua, la abrió y se la pasó.

–Ten.

Ella aceptó el agua de mala gana.

–¿Solo tenemos esto?

–Sí. Bebe. Tienes que mantenerte hidratada –y él tenía que llevarla a casa de su amigo Dare sin poner en peligro a su amigo.

Priss arrugó la nariz, pero bebió obedientemente. En un momento se acabó la mitad de la botella. Más que suficiente. Con lo pequeña que era, ya no tardaría mucho.

Priss lo miró.

–¿Tú no vas a comer?

–Dentro de un momento –apoyó los hombros contra la puerta y siguió mirándola fijamente–. Sigue, por favor.

Ella le lanzó una mirada divertida.

–Como quieras –se acabó su sándwich y se bebió el resto del agua. Tras recoger el envoltorio y la botella vacía, dejó al gato en el suelo de la camioneta, sobre una manta que había puesto allí. Al incorporarse de nuevo, bostezó y se estiró.

–¿Estás cómoda? –preguntó Trace, sintiendo un hormigueo de expectación.

–Estoy bien –Priss arrugó el ceño–. ¿Sabes?, ya que estamos aquí sentados sin hacer nada…

Al ver que se interrumpía y que volvía a bostezar, Trace preguntó:

–¿Qué ocurre?

Ella toqueteó un momento su cinturón de seguridad y luego lo miró a los ojos.

–No sé qué pensar.

–¿Sobre qué exactamente?

Priss se lamió el labio superior, una costumbre que Trace había identificado ya como una señal de inseguridad. Quería preguntarle por el beso, por qué había parado. Se habría apostado cualquier cosa.

Pero preguntó:

–¿Adónde vamos?

–Lo sabrás cuando lleguemos.

Ella dejó escapar un largo y exagerado suspiro.

–Entonces, ¿se supone que tengo que dejarme llevar a ciegas?

Después de beberse el agua, no le quedaba otro remedio. Trace sintió que se le encogía el estómago.

–En algún momento hay que empezar a confiar en los demás, cariño. Y tú vas a tener que empezar a confiar en mí.

A ella no le hizo gracia su respuesta.

–Imagino que tú, en cambio, no te fías de mí.

Trace vio que sus ojos empezaban a desenfocarse y contestó suavemente:

–Ni un poquito.

Ella intentó resistirse al sueño.

–Entonces, ¿por qué me has besado?

¿Qué daño podía hacerle reconocerlo? No lo sabia, ni le importaba, en realidad. La miró a los ojos soñolientos y dijo:

–Tenía que probarte.

Priss relajó los brazos y apoyó las manos en el asiento, a ambos lados de sus caderas. Recostó la cabeza contra el respaldo.

–No entiendo.

¿Qué era lo que no entendía?, se preguntó Trace. ¿Lo del beso o aquello? Mientras la veía dormirse, casi se odió a sí mismo.

Pero ya estaba hecho, se dijo. Era necesario, aunque no le gustara. No tenía sentido cuestionarse las cosas, reprocharse sus decisiones.

La agarró de la muñeca.

–No pasa nada, cariño.

–¿Qué? –se rio a medias, luego arrugó el ceño y se llevó una mano a la cabeza–. ¿De qué estás hablando?

–No te resistas –contestó Trace sin dejar de mirarla.

Ella pareció alarmada un instante, pero no logró preocuparse lo suficiente para reaccionar.

–¿Resistirme? –miró la botella de agua–. Oh, no.

–El somnífero no tiene efectos secundarios, así que no te preocupes. Solo vas a dormir, eso es todo.

–¡Yo no quiero dormir! –luchó por mantenerse despierta. De pronto parecía dolida y asustada.

Maldición, maldición, maldición. Trace no podía soportarlo.

–Ven aquí, Priss –la acercó, inclinándose hacia ella, y la besó suavemente en los labios, con ternura.

Cuando se incorporó, ella había cerrado los ojos pero logró susurrar:

–¿Por qué? ¿Por qué me has besado otra vez?

Un instante después se desplomó contra él, inerme.

Aunque sabía que no le oiría, Trace apoyó la cara en su cuello y murmuró con voz ronca:

–Porque contigo, Priss, una vez no es suficiente.

7

Había hecho un montón de cosas atroces a lo largo de su vida. Había herido de gravedad a muchos hombres y matado a más aún, todo ello sin sentir aquel horrible remordimiento. Las cosas que hacía formaban parte de su trabajo, de su deber para con la sociedad. Se dedicaba a eliminar la escoria, dejaba fuera de combate a los criminales sin pestañear siquiera.

A veces, para lograrlo, tenía que manipular a personas inocentes, pero sin hacerles ningún daño.

Esta vez, en cambio, con Priss… La mala conciencia le retorcía las entrañas, lo mantenía tenso y furioso. ¿Qué tenía Priscilla Patterson que lo había cambiado tan bruscamente? Él sabía mejor que nadie lo importante que era mantener la cabeza despejada, dedicarse por entero a su misión.

Murray y su ralea, sus cómplices y admiradores, eran una lacra para la sociedad y una amenaza para personas inocentes. Después de lo que le había ocurrido a su hermana, no iba a dejar que se le escaparan. Ni pensarlo. Antes de abandonar, los vería a todos en el infierno.

Pero con Priss en sus brazos, mientras el dichoso gato lo observaba sin parpadear, deseó rebelarse contra el destino.

¿Por qué había aparecido ella en su vida precisamente en aquel momento?

Drogarla había sido necesario. No podía poner en peligro a Dare, ni a su esposa. ¿Lo entendería ella? ¿Lo perdonaría?

–Mierda –se pasó la mano por la cara y acarició el pelo sedoso de Priss.

Llevaba otra vez aquella maldita coleta, y era una pena. Le gustaba su pelo suelto. Era tan sexy…

La apartó de sí y la apoyó en su asiento. Drogada, parecía engañosamente dulce y recatada.

«Sí, ya».

Aquella mujer era una maestra del engaño. Así que, ¿por qué demonios le importaba que lo perdonara o no? No tenían absolutamente nada que ver. No iban a tener ninguna relación, más allá de unir sus fuerzas para acabar con Murray Coburn.

Estaba convencido de que eso era lo que se proponía ella, pero le faltaba averiguar el porqué. En cuanto lo supiera, podría calcular hasta dónde estaba dispuesta a llegar y cuánto era capaz de sacrificar, y a quién, para alcanzar su meta.

Acarició con un nudillo su sien, su mejilla y su garganta, deteniéndose para sentir el latido de su pulso.

Sacudió la cabeza y reconoció que era tan patético como un adolescente en su primera cita.

El zumbido de su móvil lo sacó de su ensoñación. Liger siguió mirándolo con cara de reproche.

–Tú no sabes nada –le dijo mientras sacaba el teléfono y lo abría–. Miller –respondió.

–¿Dónde estás?

Murray.

–¿En este preciso instante o en general? –preguntó, sofocando su ira.

–Da igual. La verdad es que me importa una mierda, lo que quiero saber es si puedes estar aquí esta noche a las siete.

–¿En la oficina? –preguntó maquinalmente mientras pensaba a toda prisa.

–Sí. ¿Hay algún problema?

–Si quieres que esté allí, allí estaré –miró su reloj. Sí, tenía tiempo suficiente para llegar, dejar a Priss y volver–. ¿Qué ocurre?

–Esta noche tengo que ocuparme de un asunto y quiero que me acompañes.

¿Un intercambio? ¿El muy cerdo quería que tomara parte en una venta de mujeres?

Todos los músculos de su cuerpo se tensaron. Era la primera vez que lo invitaba a presenciar un intercambio. Podía ser la oportunidad que había estado esperando. Al mirar a Priss, comprendió que ella podía ser la siguiente víctima de Murray y contestó casi con un gruñido:

–Entiendo.

Hubo un silencio y Murray dijo con voz sedosa:

–¿Noto cierta reticencia por tu parte?

–No –contestó secamente, aunque en realidad estaba pensando «Va a ser un placer hacerte pedazos»–. A las siete en la oficina, entendido.

–Bien. Bueno, cuéntame, ¿qué tal va todo con Priscilla?

Trace se rascó la nuca y dijo:

–Es una chica de pueblo, Murray.

–¿Podrías ser más concreto?

Maldiciendo para sus adentros, Trace apartó la mirada de Priss. No soportaba mirarla mientras traicionaba de aquel modo su intimidad. Confiaba en poder preservar su pudor hablándole a Murray de su… agreste belleza.

Priss era muy distinta a las mujeres de la alta sociedad de las que solía rodearse Murray. Como clientas habituales de los mejores salones de belleza, aquellas mujeres consideraban la depilación brasileña una necesidad imprescindible. Comparada con ellas, la belleza intacta de Priss podía considerarse toda una novedad.

–No lleva tatuajes, ni piercings –se pellizcó el puente de la nariz y añadió–: Y nunca se ha… arreglado.

–¿Cómo dices?

No le parecía bien hablar sin rodeos, tratándose de Priss. Buscó palabras menos crudas e insultantes.

–No se depila.

–¿Quieres decir…? –preguntó Murray alegremente, en voz baja.

¿Iba a tener que decirlo?

–El pubis –dobló la mano libre, intentando relajar su tensión.

Le repugnaba hablar de Priss con Murray tan íntimamente.

–Por lo demás, se cuida tanto como cualquier otra mujer.

–Así que nuestra pequeña Priscilla es tan pudorosa que no se desnuda para que le hagan el trabajo completo, ¿eh? –se rio.

–Con su estilo de vida no necesita más.

–¿Te refieres a que es de clase media baja? –preguntó Murray con desdén.

Trace clavó la mirada en la pared del fondo del garaje.

–Tengo la impresión de que no nada precisamente en la abundancia.

La voz de Murray se volvió gélida.

–Estoy pensando que esto tiene que significar que la has visto desnuda.

–No –«todavía». Pero si Murray se salía con la suya…

–¿No? –pareció sorprendido–. Entonces, ¿cómo lo sabes?

Trace se acordó de Priss en ropa interior, una imagen que nunca se alejaba mucho de su pensamiento.

–Habría sido difícil no verlo, con las braguitas que eligió Twyla.

–Ah, no me digas.

Trace continuó hablando como si la situación no le importara, más allá de la tarea que le habían asignado:

–Parecía muy incómoda enseñándome la ropa.

–¿Es tímida?

–Más bien pudorosa, creo. Yo diría que no está fingiendo. Que es una ingenua, quiero decir. Una chica de campo, como te decía.

Murray no dijo nada, a pesar de que Trace le oyó respirar.

Por fin preguntó:

–Su falta de sofisticación tiene cierto encanto, ¿no crees?

Sí. Un montón. Trace se obligó a concentrarse.

–Eso fue lo que le dije a Twyla.

–¿Qué, exactamente?

–Que eras tú quien tenía que decidir, no yo –le costó trabajo mostrarse tan sumiso, pero lo consiguió–. Sé que dijiste que tenía que hacerse un repaso completo, de la cabeza a los pies, pero pensé que quizá la prefieras al natural. De todos modos, siempre puede depilarse.

Murray se echó a reír.

–Ah, tú siempre anticipándote a todo, ¿eh, Trace? Siempre anteponiendo mis intereses.

«Siempre pensando en cómo matarte». Trace dejó escapar un suspiro de ira.

–No me pagas para que tome decisiones por ti, Murray.

–No, pero tengo la sensación de que, si lo hiciera, también serías un as en eso. Tienes un don especial para leerme el pensamiento. Y en mi organización hay sitio de sobra para que un hombre como tú prospere.

Trace apretó los dientes y dijo:

–Gracias.

Murray volvió al tema que le interesaba:

–Estoy deseando comer con Priscilla. Naturalmente, quiero que tú también estés presente.

«Menos mal». Mientras estuviera cerca, podría garantizar su seguridad.

–Está bien –contestó sucintamente.

–Puede que esta noche tenga algún otro encargo que hacerte.

–¿Algo que deba saber por anticipado? –si Murray iba a pedirle que acorralara a mujeres como si fueran ganado, tendría que adelantar sus planes. Lo mataría y al diablo con las consecuencias.

–Puede que el comprador necesite alguna… lección sobre el modo más adecuado de hacer negocios –dijo Murray, divertido–. Ya habíamos llegado a un acuerdo y ahora ese ignorante está intentando regatear con el precio de la mercancía.

Trace guardó silencio. Le revolvía el estómago que Murray pensara en seres humanos como en una mercancía de la que extraer beneficios, pero al mismo tiempo se sintió aliviado al saber que podría cumplir sus órdenes sin remordimientos. Machacaría con mucho gusto a cualquier socio de Murray.

–Podrás ocuparte de eso, ¿verdad, Trace?

–Sí, claro –pero primero tenía que dejar a Priss en lugar seguro.

–¿Y si tengo que pegarle un tiro para escarmentar a los demás compradores? –preguntó Murray con voz sedosa.

Trace se encogió de hombros.

–Se lo pegaré yo –luego añadió–: Pero puedo impresionar a los otros sin malgastar una bala, si lo prefieres.

–Bien dicho –Murray pareció de nuevo de buen humor–. Nos vemos a las siete, entonces –cortó la llamada.

En medio del silencio que siguió, Trace oyó la profunda respiración de Priss. No quería mirarla, reconocer lo que le había hecho, pero no pudo refrenarse. Mientras él hablaba con Murray se había movido un poco y ahora estaba recostada hacia él, con la cabeza en una posición incómoda.

Procurando ignorar la mirada de reproche de Liger, Trace le desabrochó el cinturón de seguridad y la tumbó para que su cabeza reposara sobre su muslo. Alisó su coleta. En la penumbra del garaje no veía los reflejos rojizos de su precioso pelo, solo su profundo color castaño.

Al mirarla atentamente notó que su piel tersa parecía muy pálida. Tenía los labios entreabiertos y sus largas pestañas dibujaban sombras en sus mejillas.

Estuvo largo rato mirándola. Por una vez, en vez de estar en guardia, su expresión parecía serena y apacible.

Pero estaba dormida, y drogada.

Trace no pudo apartar las manos de ella, de la cálida piel de sus brazos, de la seda de su pelo. La coleta le parecía una tortura, le tiraba del cuero cabelludo. Sintiéndose un canalla, sacó su navaja, levantó el pelo y con la punta de la hoja cortó la goma.

Priss no se movió.

Tras masajear su cuero cabelludo desplegó su larga melena sobre su regazo y sintió su frescura y su peso.

¿Por qué se atormentaba de aquel modo? No iba a aprovecharse de ella. Haría bien en volver a abrocharle el cinturón y ponerse en marcha de una vez.

El gato saltó al asiento para mirarlo más de cerca. Trace acarició su oreja y Liger le respondió con un suave maullido.

–No voy a hacerle daño –pero sabía que ya se lo había hecho.

El gato se acurrucó junto a Priss y comenzó a ronronear. Se salía del asiento, pero no pareció importarle.

Solo quería estar junto a Priss.

Al menos el gato confiaba en él, pensó Trace. Era un comienzo.

Colocó bien a Priss en su asiento, le abrochó el cinturón y dejó que Liger se acomodara a su lado. Luego puso en marcha la camioneta y salió del garaje.

Teniendo a su lado el cuerpo cálido y sensual de Priss, iba a ser un viaje muy largo.

Priss notó, aturdida, que la radio había dejado de sonar y ya no se movían.

El silencio se cerró a su alrededor.

Confusa, abrió un ojo y vio a Trace tras el volante de lo que parecía ser el salpicadero de una vieja camioneta. La ventanilla estaba bajada y él estaba hablando hacia fuera, dirigiéndose a un interfono.

–No nos han seguido, pero voy a necesitar un par de minutos para despertarla.

Otra voz, profunda y dulce, se oyó por el interfono, pero Priss no entendió lo que decía.

–Sí –contestó Trace–. Lleva mucho tiempo fuera de combate.

¿Fuera de combate? Intentó pensar, pero le dolió la cabeza. La camioneta avanzó lentamente y se detuvo debajo de una sombra.

Poco a poco, a medida que fue despejándose la niebla, los recuerdos se agolparon en su cabeza.

Habían ido a un garaje. Habían desayunado. Había hablado con Trace, él la había besado…

Había bebido agua.

Ay, Dios.

¡Trace la había drogado!

¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? ¿Qué le había hecho él? Intentó hacer un repaso de su cuerpo, pero aparte del aturdimiento, todo parecía en orden.

Tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar que estaba despierta, para no abalanzarse furiosa sobre Trace.

¿Dónde estaban y qué pensaba hacer con ella? Sintió que se acercaba a ella. Aspiró su olor, le oyó decir:

–No pasa nada, pequeño. Seguro que necesitas un descanso. ¿Verdad? Aunque te has pasado casi todo el viaje durmiendo.

Estaba hablando con Liger. Priss sintió pasar junto a ella la cola peluda del gato y empezó a asustarse. No permitiría que Trace ni cualquier otra persona hiciera daño a Liger. En realidad era absurdo pensarlo porque Trace había querido proteger al gato, pero ¿cómo iba a fiarse de él después de haberla engañado para que bebiera el agua cargada con somníferos?

–Madre mía –dijo otra voz fuera de la carretera–. ¿Seguro que eso es un gato doméstico?

–Sí, y además muy cariñoso –la puerta del conductor se abrió–. No seas miedica, Chris. Es dócil como un corderito.

Un hombre se rio.

–Dámelo. Voy a ver qué les parece a las chicas de Dare.

El asiento se movió bajo ella.

–Pero ten cuidado. No quiero que se asuste de ellas.

–Vaya, sí que eres grande, ¿eh, muchacho?

Liger respondió con un dulce maullido y el hombre se rio otra vez.

–Descuida, Trace, cuidaré bien de él.

Priss reconoció el nombre de Dare. Había oído a Trace hablar por teléfono con alguien llamado así. Pero ¿quién era Chris? ¿Y sus chicas? ¿Dónde la había llevado Trace y por qué? Al menos sabía que no pensaban hacer daño al gato. Oyó a Chris hablando con Liger y haciéndole carantoñas para que se calmara. Y le había parecido bastante sincero cuando le había dicho a Trace que cuidaría de él.

Así pues, su gato estaba a salvo… pero ¿y ella?

Aunque tenía aún los miembros abotargados y la cabeza rellena de algodón, movió despacio la mano y se desabrochó el cinturón de seguridad. Consciente de que Trace estaba mirándola, mantuvo los ojos cerrados. Él tocó su mejilla, le movió la mandíbula y el mentón.

–¿Priss? –sus dedos eran tan cálidos, tan suaves…–. Vamos, cariño, ya has dormido bastante.

¿Cariño? ¿Cómo se atrevía?

Priss reaccionó sin previo aviso. Levantó el puño velozmente, directo hacia la nariz de Trace, pero en el último instante él se volvió y ella le golpeó en el ojo izquierdo. Trace se echó hacia atrás, maldiciendo. Priss levantó los pies, pegó las rodillas al pecho y le propinó una patada en el esternón.

Él cayó hacia atrás por la puerta abierta de la camioneta. Veloz como un rayo, Priss abrió la puerta de su lado, pero tenía las piernas tan débiles que cayó de bruces al suelo. Con el corazón acelerado, se levantó y, tras echar una última ojeada a Trace, dio un salto adelante… y chocó con algo sólido como una roca. Retrocedió tambaleándose. Unos brazos de acero la rodearon y la apretaron con fuerza.

Priss comenzó a forcejear como una loca, intentando soltarse. Utilizó todos los métodos de escapada que había aprendido, pero no consiguió desasirse lo más mínimo. Enseguida llegó Trace.

–Suéltala, Dare.

Sin una palabra, el hombre que la sujetaba abrió los brazos y Priss acabó aplastada contra el pecho de Trace.

–No pasa nada, cariño –dijo su voz baja y melodiosa en tono de disculpa–. Tranquila, nadie va a hacerte daño.

El latido frenético de su corazón se aquietó. Por razones que no pudo entender, se sintió… segura. Era de Trace de quien había intentado escapar, de Trace, que le había puesto algo en el agua. Y sin embargo, mientras la sujetaba y la mecía en sus brazos, le había hablado con cariño, en tono casi de remordimiento.

Priss lo empujó, intentando contener las lágrimas de nerviosismo. No se desasió del todo porque aún necesitaba que la sujetase, pero se apartó lo suficiente para poder mirarlo a la cara. Su ojo izquierdo había empezado a hincharse y a ponerse morado. Priss se alegró de ello.

–Me has drogado.

–Sí –acarició su pelo–, y lo siento, pero no tenía elección.

Priss notó de pronto que tenía el pelo suelto y enmarañado alrededor de los hombros. ¿Qué había sido de su goma?

–¿Que no tenías elección? –lo miró con indignación y, sintiéndose más estable, le apartó las manos a golpes–. Claro que la tenías.

–No, no la tenía –dijo alguien tras ella.

Priss se giró y estuvo a punto de caerse otra vez. A menos de un metro de ella había un hombre muy corpulento. Pero no fue su tamaño lo que le asustó. A fin de cuentas, estaba acostumbrada a Trace. Aquel era un poco más alto, pero no más imponente. Fue su forma de cernerse sobre ella lo que la alarmó. Tenía poco más de treinta años, el cabello castaño muy corto y ojos de un azul eléctrico.

Parecía peligroso. Igual que Trace.

Sintió un nudo en la garganta y retrocedió hasta chocar con Trace. Él la rodeó con sus brazos tranquilamente y juntó las manos sobre su vientre.

–Priss, este es mi buen amigo Dare.

Dare inclinó la cabeza.

–Trace no desvelaría nunca mi posición, como yo no desvelaría la suya. Usted es una desconocida, señorita, y por aquí no nos gusta correr riesgos.

¿Por aquí? ¿A qué se refería, a su situación exacta o a su oficio?

Dare no parecía hostil, pero sí un poco enfadado. Aun así, Priss no se asustó: Trace la estaba rodeando con sus brazos.

–Trace me conoce bastante bien. Me ha visto prácticamente desnuda.

Dare miró a Trace. Ella le oyó suspirar y sintió que se encogía de hombros.

–Órdenes de Murray.

Su amigo asintió, comprensivo.

¡Comprensivo! ¿Cómo demonios podía entender eso, el muy capullo?

–Y también me hizo una fotografía medio desnuda –Priss frunció el ceño, furiosa–. Con su estúpido móvil. ¡Y todavía la tiene!

Dare levantó la ceja derecha, pero no dijo nada. Trace se puso tenso tras ella.

–Maldita sea, Priss…

Ella, cada vez más envalentonada, se desasió para volver a encararse con Dare.

–Tan bien me conoce tu amiguito que me ha registrado de arriba abajo dos veces.

Dare levantó también la otra ceja.

–Si eso es cierto…

–¡Lo es!

–Estoy seguro de que Trace tenía sus motivos –miró a Trace buscando confirmación.

–Sí, bueno, tenía algunos –gruñó él, claramente irritado.

Al ver que Dare esbozaba una sonrisa, Priss cerró los puños y tensó el cuello.

–¿Por qué no…?

–¿Se puede saber qué está pasando aquí? –preguntó de pronto una voz de mujer.

–Mierda –masculló Trace en voz baja.

–Molly –dijo al mismo tiempo Dare en tono de advertencia.

Al levantar la vista, Priss vio a una mujer de aspecto corriente y grandes pechos, de estatura media y cabello castaño. Miraba a los hombres con enfado y vestía camiseta rosa, vaqueros y chanclas.

Una mujer como ella.

Presintiendo que en ella tenía a una aliada, Priss dio dos pasos adelante, pero Trace la agarró del brazo.

–No, nada de eso –le dijo, y Priss no pudo soltarse por más que tiró–. Cálmate, ¿quieres? –le dijo Trace casi al oído–. Estás complicando las cosas.

La mujer torció más aún el gesto. Dare echó a andar hacia ella.

–Vuelve adentro, Molly –dijo–. Luego te lo explico.

¡Y un cuerno! Priss no quiso perder aquella oportunidad y gritó:

–¡Ayúdame, Molly! Trace me drogó para traerme aquí y Dare me ha sujetado cuando he intentado escapar –y antes de que Trace pudiera amordazarla, añadió–: ¡Y otro tipo me ha robado a mi gato!

La mujer se quedó boquiabierta. Luego cerró la boca con firmeza y levantó la mano para hacer detenerse a Dare. Él bajó la cabeza y empezó a refunfuñar. Molly miró a su alrededor y luego señaló a su derecha:

–Chris tiene a tu gato. Es un buen chico, no te preocupes por eso.

Priss miró y, efectivamente, vio a un hombre sentado en la hierba, a la sombra de un gran árbol, no muy lejos de la camioneta de Trace. Tenía a Liger en su regazo. A su lado, tumbados sobre la hierba, había dos hermosos labradores meneando la cola. Liger se dejaba agasajar por el hombre y los perros como un rey ante su corte.

–Esas son mis chicas –dijo Dare–. Tai y Sargie. Son muy cariñosas, así que no te preocupes por el gato, si es que a ese monstruo se le puede llamar gato.

–No es un monstruo –repuso ella con vehemencia–. Liger es un gato muy tierno.

–¿Tiene uñas?

–Desde luego que sí, pero solo araña cuando es necesario.

Trace seguía sujetándola. Chris parecía un vagabundo que acabara de despertarse. Llevaba una camiseta andrajosa, iba descalzo y sus pantalones cortos dejaban ver sus piernas peludas.

Priss comprendió que debía dominarse.

–Supongo que Chris es quien va a ocuparse de Liger.

–Chris se ocupa de casi todo por aquí –contestó Dare.

–Se le dan bien los animales, Priss –Trace acarició con los pulgares sus brazos y Priss estuvo a punto de estremecerse–. No hay por qué ponerse histérica.

Priss volvió a enfurecerse al oírle. Le lanzó una mirada fulminante.

–¿Histérica?

Antes de que pudiera decir nada más, Molly apareció a su lado.

–Hola, soy Molly. Creo que he oído a Trace llamarte Priss.

Priss la miró.

–Sí.

Molly se limitó a sonreír.

–¿Por qué no entras conmigo y bebes algo?

–¿Eres amiga de Trace?

–Sí.

¿Y quería que aceptara algo de beber?

–¿Qué pasa, es que tengo cara de tonta?

Molly sacudió la cabeza, desconcertada:

–No te…

–Ya os lo he dicho: me drogó.

Molly miró a Trace.

–Molly –dijo de nuevo Dare.

Ella lo hizo callar con un ademán.

–Sí, ya lo sé. Esto es alto secreto y Trace es un hombre de honor, así que sea lo que sea lo que ha pasado, tiene que haber un motivo. Ya lo sé.

Priss los miró con enfado a los tres.

–Pues yo no.

–Vamos a charlar un rato, cosas de chicas, nada más –le prometió Molly a Dare–. No voy a sonsacarla ni a contarle nada.

–¿Nada de qué? –preguntó Priss.

Molly siguió sonriendo. Estaba muy guapa cuando sonreía.

–Nada que ellos… –señaló a Dare y a Trace con la cabeza–, consideren peligroso para nuestra seguridad.

–¿Como qué, por ejemplo? –insistió Priss.

–Nombres completos, eso siempre está prohibido.

–Entonces, ¿no se llama Trace Miller?

Molly titubeó y luego dijo:

–Claro que sí.

Claro que no, o Trace y Dare no habrían soltado un suspiro a coro al oír su respuesta.

–¿Algo más?

–Nuestra localización, claro, que hay que mantener en secreto al menos hasta que sepan que pueden fiarse de ti. Y, por lo que sé, para eso primero tienes que casarte con alguno de ellos.

Priss se puso colorada sin saber por qué.

–¿Eso fue lo que hiciste tú?

Molly sonrió de oreja a oreja.

–Sí. Dare es mi marido.

–Molly –dijo otra vez Dare, exasperado.

–Vamos, Dare –dijo Molly con un ademán–, ¿qué crees que puede hacer con esa información?

–Eso depende de lo bien relacionada que esté, de a quién conozca y de qué esté tramando.

Mientras marido y mujer discutían, Priss miró a su alrededor y vio una enorme finca rodeada por una altísima valla y protegida por rejas y medidas de seguridad ultramodernas.

–Caray, este sitio es una fortaleza.

–Claro –Molly volvió a mirarla–. Los chicos tampoco quieren que hable de qué se traen entre manos. No es que lo sepa, de todos modos, así que aunque tengas muchos contactos no pierdas el tiempo conmigo. Normalmente sé tan poco como tú ahora mismo.

–No sé tan poco –contestó Priss–. Sé que Trace se ha infiltrado en la organización de Murray.

Dare se quedó quieto y Trace se frotó la cara.

–Murray, por cierto, se dedica al tráfico de mujeres. Es un auténtico cerdo, por si no lo sabías.

Dare se acercó de pronto a Molly y la rodeó con el brazo. Priss vio un extraño destello en la mirada de Molly, aunque ella intentó ocultarlo. ¿Un mal recuerdo?

¡Qué interesante!

Así que Molly estaba metida en aquello de algún modo. ¿Era ese motivo suficiente para que Trace fuera tras Murray? Tal vez, aunque Priss no creía que se tratara únicamente de eso.

–También sé que Trace trabaja con Dare.

Nadie confirmó ni negó su afirmación.

–Y sé que, teniendo en cuenta lo que cuesta mantener todo esto, deben de tener una empresa que dé muchos beneficios. Y es lógico pensar que, si ganan tanto dinero, es porque son muy buenos en lo suyo y que su oficio requiere todas estas ridículas medidas de seguridad. Porque lo de drogarme… ¿no es un poco raro?

–Puede que hayan exagerado un poco –Molly arrugó el ceño al ver que Trace seguía sujetando los brazos de Priss.

Él separó los dedos, retrocedió y la soltó.

–Gracias –le dijo Molly, y dio unas palmaditas en la mano de Dare para indicarle que estaba bien.

Él asintió con la cabeza y se apartó de ella. Molly rodeó los hombros de Priss con el brazo y se volvió hacia… En fin, hacia una casa increíble.

Priss se quedó parada.

¿Cómo demonios no había visto una casa tan grande? Nunca había visto nada igual. Era el tipo de casa que siempre había creído que tendría Murray: grande, lujosa, impresionante y rodeada de medidas de seguridad.

–Toto, tengo la sensación de que ya no estamos en Kansas –susurró.

Molly se rio por su referencia a El mago de Oz.

–En realidad, no tiene mucha importancia dónde estés en este momento. Vamos. Tienes que ponerte cómoda mientras los chicos se ocupan del resto, ¿de acuerdo?

De pronto Priss no estuvo segura de querer acompañarla. Molly le parecía demasiado complaciente.

Pero cuando miró hacia atrás vio a Trace y a Dare con los brazos cruzados, mirándola con exasperación.

¿Les había hecho enfadar con su capacidad deductiva? Levantó la barbilla.

–Me parece muy bien, Molly, gracias –y aunque estaba un poco nerviosa, aturdida y enfadada por que la hubieran manipulado, dejó que Molly la condujera al interior de la casa.

Pero, por el camino, tomó nota de todo, incluidas las cámaras de seguridad y las posibles rutas de escape.

8

En cuanto Molly y Priss entraron en la casa, Trace soltó un juramento. Tenía ganas de liarse a puñetazos, pero si golpeaba un árbol se rompería los nudillos, no quería hacerle otra abolladura a la camioneta y Dare le devolvería el golpe. Chris Chapey, el mejor amigo y ayudante personal de Dare, se acercó con el enorme gato apoyado en un hombro. Sostenía en brazos los cuartos traseros de Liger, cuya larga cola le llegaba hasta el bajo de los pantalones cortos.

Sin darse cuenta, Trace comenzó a acariciar al gato. Después de pasar unas cuantas horas juntos en la camioneta, Liger y él habían llegado a una especie de entendimiento.

–Ese gato es una bestia –comentó Dare.

–Pesa una barbaridad, eso seguro –Chris lo levantó un poco más y el animal respondió con un tierno maullido.

Las dos perras comenzaron a ladrar, emocionadas, pero se callaron cuando Liger las miró fijamente.

Chris se echó a reír.

–¿Quieres que vaya a ver como van las cosas ahí dentro?

–Para eso te pago, ¿no? –Dare miró hacia la casa–. Dile a la chica de Trace…

–No es mi chica.

Chris y Dare lo miraron con sorna, como si estuvieran dispuestos a dejar pasar aquella mentirijilla… por ahora.

–Intenta no ponerte sarcástico, ¿quieres, Chris?

–¿Bromeas? –Chris soltó un bufido–. He oído la conversación, y tengo la impresión de que esa me haría picadillo si pensara que me estoy pasando mínimamente de la raya. A vosotros, desde luego, os ha puesto en vuestro sitio.

Trace se preocupó más aún, porque Chris tenía razón: Priss lo había puesto en su sitio desde el instante en que se habían conocido.

–Mantente alerta. Conozco a Priss, y te aseguro que conviene no bajar la guardia con ella.

–Puede que la sesión de maquillaje y peluquería la ayude a relajarse.

Estaba claro que Chris no conocía a Priss.

–Me temo que no. Es dura de pelar, así que prepárate.

–Deduzco que no le hace mucha gracia la idea.

Trace negó con la cabeza.

–Sobre todo porque sabe que es cosa de Murray –al pensar en él, volvió a hervirle la sangre–. Hablando de Murray, tengo que volver antes de lo que pensaba. Quiere que esté en su despacho a las siete.

Aunque Chris contaba con la confianza de ambos, rara vez se inmiscuía en sus asuntos de trabajo.

–Matt llegará enseguida. Decidle que pase cuando llegue. Yo voy a… –movió las cejas de arriba abajo– preparar a tu novia.

–No es mi…

Maldición, Chris ya se había alejado. Después de respirar hondo, Trace volvió a concentrarse en lo que le preocupaba.

–No me gusta que esté ahí sola con Molly.

Dare le dio una palmada en el hombro.

–No te preocupes. Molly es una mujer muy razonable.

–Pues debe de ser la única –masculló Trace.

Chris, que se había adelantado unos metros, sacudió una mano.

–Creo que no voy a contarle lo que acaba de decir Trace. A algunas mujeres les gusta matar al mensajero –cruzó la puerta de la casa con el gato a hombros, seguido por los perros.

–¿Te fías de ese amigo suyo?

–Sí. Chris y Matt se conocen desde hace siglos y Matt ya ha venido otras veces. Es de fiar –Dare se apoyó en el grueso tronco de un árbol–. Imagino que Priss te tiene como loco.

No tenía sentido negarlo. Y tal vez si se lo confesaba a Dare, conseguiría mantener las cosas bajo control.

–La deseo.

–Dime algo que no sepa.

Trace siempre había confiado en Dare, como amigo, como socio empresarial y como hombre de palabra. Sabía que su amigo tenía un instinto infalible, pero creía haber ocultado bastante bien lo que sentía por Priss.

–¡Maldita sea! –se pasó una mano por el pelo–. ¿Crees que Molly y Chris también se han dado cuenta?

Dare dejó escapar un ruido que sonó a risa ahogada y contestó:

–No son ciegos, ni sordos, ni estúpidos. Así que… sí, apuesto a que lo han notado.

Trace frunció el ceño.

Dare sacudió la cabeza.

–No es para tanto, Trace –dijo–. No te lo tomes tan a pecho.

La reacción despreocupada de su amigo le sorprendió.

–No puedo estar con ella.

–¿Tú crees? –Dare miró el sol que se colaba por las ramas del árbol y luego fijó su mirada en Trace–. ¿Y eso por qué?

–¿Qué quieres decir? ¿A qué viene esa pregunta? Maldita sea, Dare, casi no la conozco.

–La conocías lo suficiente para hacerle una foto.

–Tiene algo que ver con Murray, dice que es su hija y al mismo tiempo está tramando… algo. Creo que oculta muchas cosas.

–Umm –Dare observó a su amigo–. ¿Sabes?, se parece mucho a ti, solo que tú afirmas ser el guardaespaldas de Murray. Puede que Priss tenga sus razones, igual que tú tienes las tuyas.

Dios, Trace esperaba que no. Quería que estuviera… bien.

–Hasta que sepa cuáles son esas razones, no puedo acercarme a ella.

Dare se echó a reír.

–Pues te deseo buena suerte.

Trace lo miró fijamente, enfadado.

–Tú no lo entiendes, maldita sea. Murray quiere que me la tire. Me lo dijo él mismo, el muy cerdo. Hasta me lo ordenó.

Dare se puso tenso.

–¿Con qué pretexto?

–Ya conoces a los que son como él. Seguramente está tramando algo. Dice que quiere saber si Priss es tan ingenua como intenta aparentar.

–¿Ingenua? ¿Hablamos de la misma chica?

–Mujer –puntualizó Trace, porque aunque Priss era joven, tenía solo veinticuatro años, no soportaba pensar en ella como en una cría–. Pero sí, hablamos de la misma.

Dare sacudió la cabeza, incrédulo.

–Yo diría que tiene agallas, que es orgullosa y astuta, pero ¿ingenua? –preguntó con escepticismo–. ¿Ingenua en qué sentido?

Trace hizo un gesto vago. Creía que Priss era una ingenua en cuestiones sexuales, o al menos que tenía poca experiencia.

–Deberías haberla visto con Murray –dijo–. Interpreta bien su papel.

–A ti no te convenció.

–No –si lo hubiera convencido, no la habría registrado como lo había hecho, ni le habría hecho aquella fotografía. Pero lo que le faltaba en experiencia sexual lo compensaba con astucia.

–Entonces cabe la posibilidad de que tampoco convenciera a Murray –comentó Dare.

–Yo soy más listo que él.

–No me cabe ninguna duda, pero aun así es un riesgo –Dare se apartó del árbol–. ¿Quieres que me informe sobre ella?

Quería, pero…

–Te informaré directamente de todo lo que averigüe, a ti y a nadie más.

Trace asintió con la cabeza.

–Lo sé, pero tengo su permiso de conducir, así que, si no es falso, será bastante fácil investigarla –así sabría si algo de lo que le había dicho era cierto–. Podemos empezar ahora mismo. Usaremos el ordenador de Chris.

–¿Podrás acceder desde allí a los organismos que nos interesan?

–¿Bromeas? El ordenador de Chris está mejor equipado que el mío –Dare lo señaló con el dedo–. Mientras tanto y hasta que sepamos algo, no des un solo paso.

En otras palabras, que no se involucrara más en la vida de Priss hasta que supiera algo más sobre ella.

–¿Tú seguiste esa norma cuando conociste a Molly?

Dare sonrió.

–No.

–Ya me parecía.

La sonrisa se desvaneció y Dare desvió la mirada.

–En cuanto encontré a Molly en aquella maldita choza, drogada y magullada, supe que era distinta a las demás, y me perdí.

Trace comprendió perfectamente a su amigo, porque así era como se sentía él respeto a Priss: perdido.

Ninguno de los dos podía recordar aquella época espantosa sin enfurecerse de nuevo. Dare había ido a México buscando a Alani, la hermana de Trace. Aquellos cerdos conocían a Trace. Por eso se habían llevado a Alani. Puesto que podían identificar a Trace, lo más lógico había sido que fuera Dare. Pero eso no había facilitado las cosas.

Trace recordaría siempre la impotencia que había sentido en aquel momento, cómo había ansiado ir en busca de su hermana. Dare había vuelto con Alani, pero también con Molly. Y en algún momento, por el camino, se había enamorado de ella.

Ahora Dare y él compartían un interés muy personal en destruir a cualquier traficante de mujeres al que pudieran localizar.

Por extraño que pareciera, Ohio se había convertido en territorio propicio para el tráfico de seres humanos, la esclavitud sexual y la remisión de deudas a cambio de favores sexuales: préstamos que se pagaban con trabajo esclavo y sometimiento sexual. Gracias a la falta de leyes estatales que penaran aquella práctica y a la escasez de policías entrenados para su persecución, numerosos criminales se habían establecido en el estado para dedicarse al tráfico de mujeres. Molly había sido secuestrada delante del edificio donde vivía, en un pueblecito tranquilo. Por desgracia, el suyo no era un caso aislado.

–Casi siempre actúa como si lo hubiera olvidado –comentó Dare. Parecía casi angustiado–. Creo que lo hace por mí.

A Trace le pareció lo más probable. Molly era una mujer fuerte y, a pesar de lo capaz que era Dare, a menudo parecía protegerlo tanto como él a ella.

–Molly está bien, Dare. Ha sufrido, pero ahora está bien. Es feliz, así que relájate.

Dare respiró hondo y exhaló.

–¿Murray tiene algún otro motivo para querer que te acuestes con Priss?

Trace agradeció el cambio de tema.

–El puro morbo, quizá. Pero también creo que está intentando tenderme una trampa, para ver hasta dónde puede presionarme.

–¿Y?

Trace miró a su amigo a los ojos.

–¿Y qué?

Al oír acercarse un coche, Dare se hizo visera con la mano y miró hacia la carretera.

–¿Hasta dónde eres capaz de llegar, Trace? Tienes que decidirlo, y pronto –le lanzó una mirada rápida–. Antes de que esa chica lo decida por ti.

Su amigo se alejó hacia el panel de control. Nadie entraba en su finca sin que él lo supiera. Seguramente el coche que esperaba al otro lado de la verja era el de Matt, el hombre que iba a arreglar a Priss de la cabeza a los pies. Hasta desde lejos llamaba la atención: tenía el pelo rubio oxigenado, llevaba gafas oscuras y conducía un convertible morado.

Era absurdo, pero sabiendo que iba a tocar a Priss, Trace sintió una aversión inmediata por él.

Priss estaba furiosa y desconcertada por lo que le habían hecho. Justo cuando había empezado a confiar en Trace, a pensar que había conectado en cierto modo…

Cerró los ojos. Sentía una opresión en el pecho y le costaba interactuar, a pesar de lo bien que le habían caído los demás.

Chris era muy ingenioso y divertido. Matt era todo un profesional, y Molly… En fin, Molly sentía su incomodidad y procuraba tranquilizarla y que se sintiera a gusto, pero lo cierto era que Trace la había tocado, besado y luego drogado. Su mala conciencia no significaba nada. Porque, a fin de cuentas, nada más disculparse la había dejado entre extraños y se había marchado.

¿Dónde demonios se había metido?

A pesar de su nerviosismo, intentó concentrarse en no cruzar los brazos ni mover demasiado los pies. No quería estropear su bonita manicura francesa, ni el provocativo esmalte rojo de las uñas de sus pies.

Le resultaba muy extraño verse tan arreglada, y de no ser porque necesitaba acercarse a Murray no lo habría permitido. Pero eran órdenes de Murray y, si se negaba, se delataría y probablemente perdería la oportunidad de eliminar a aquel canalla.

Como Matt la estaba arreglando en el cuarto de estar de Dare, delante de un pequeño grupo de espectadores, la situación era doblemente incómoda. El cuarto de estar comunicaba con la cocina, lo que significaba que Trace y Dare podían aparecer en cualquier momento.

Pero no aparecieron.

La casa de Dare era enorme, preciosa y muy masculina. Molly le había contado que no había cambiado nada después de mudarse, salvo para guardar sus pertenencias y convertir una habitación en despacho para su uso personal. Chris Chapey, el asistente personal y amigo íntimo de Dare, lo mantenía todo en perfecto orden. Chris era un tipo muy divertido, increíblemente guapo, con un cuerpo espectacular, sarcástico y malicioso, pero con un gran sentido del humor. Hacía que la casa de Dare funcionara como la seda, pero en lo personal sus gustos tendían hacia el grunge más sofisticado. Iba medio desnudo y desaliñado, pero por algún motivo aquel estilo le sentaba bien. Aunque no era del todo evidente, Priss supuso que era gay, lo cual contribuyó a que se sintiera menos violenta con él. Y también con Matt.

Y Molly… Molly era tan alegre, había aceptado con tanta tranquilidad que Trace se presentara en su casa con una mujer drogada, que Priss no tuvo más remedio que preguntarse a qué se debía su actitud. ¿Qué le había pasado? ¿Por qué todo aquello le parecía tan normal?

Molly salió de la cocina llevando una bandeja con varias latas de Coca-Cola y dos vasos con hielo.

–¿Quieres una Coca-Cola, Priss? ¿O algo de comer?

¿Para que volvieran a drogarla? ¿Acaso creían todos que era idiota? Miró a Molly con incredulidad.

–Ya hemos pasado por esto.

Molly se sonrojó.

–Pero los refrescos no están abiertos.

Chris agarró una lata.

–Tampoco lo estaba la botella de agua –masculló Priss.

–Priss tiene que estarse quieta hasta que acabe y se le hayan secado las uñas –dijo Matt.

Nada más llegar, Matt había montado en tiempo récord un salón de belleza con todo lo que iba a necesitar, incluidos un tapete de vinilo para el suelo, una silla especial con una bandeja delante y un gran espejo. Se movía a velocidad de vértigo y esperaba que ella hiciera lo mismo.

–Pero yo voy a tomar un refresco con hielo, gracias.

Priss lo miró con enfado en el espejo y dijo:

–Si quisiera tomar algo, lo tomaría, pero creo que será mejor que solo beba y coma lo que haya comprado o preparado yo misma.

Molly hizo una mueca.

–Yo podría ser tu catadora oficial si quieres.

Chris puso los ojos en blanco al oír su ofrecimiento, y Matt fingió no haber oído nada. Priss ya había notado que se le daba muy bien hacerse el sordo, el ciego y el tonto cuando era necesario.

–No, gracias –la verdad era que estaba todavía demasiado furiosa para sentir hambre o sed.

¿Dónde estaba Trace? ¿Qué estaba tramando? ¿Cómo se atrevía a hacerle aquello?

Sí, le había presentado a todo el mundo, incluido a Matt, pero al marcharse le había dicho que se portara bien en el mismo tono que podría haber usado con una niña traviesa.

–Que te den –había contestado ella ásperamente.

Trace no había dicho nada más. Simplemente, se había marchado. De eso hacía un buen rato. Al principio, mientras Matt la hacía moverse de un lado a otro y jugueteaba con sus manos y sus pies, Priss no le había dado demasiada importancia. A fin de cuentas, sabía que Murray había ordenado que se sometiera a un tratamiento de belleza completo y que Trace la había llevado allí para protegerla. Pero ahora que tenía que quedarse quieta no dejaba de pensar en él, en las cosas que había hecho y en sus posibles motivos.

Si era sincera consigo misma, tenía que reconocer que estaba enfadada por que la hubiera tocado y luego se hubiera detenido, y por que hubiera abusado de su frágil confianza engañándola con la bebida.

Quería creer que, fuera lo que fuese lo que se proponía con Murray, tenía buenos motivos para drogarla. No le había hecho daño, y los efectos del fármaco se habían disipado por completo. Estaba completamente despierta y alerta, y quería verlo. Si tenía que pasar por aquello, lo menos que podía hacer él era quedarse cerca.

Después de repartir las bebidas, Molly regresó a su mullido sillón para mirar fascinada cómo trabajaba Matt. Chris, por su parte, se dedicaba sobre todo a jugar con los animales, pero Priss dedujo que estaba allí para asegurarse de que nadie decía nada inconveniente.

El cuarto de estar, amplio y espacioso, tenía una terraza que daba a un hermoso lago. A Priss le pareció oír algo (una voz, quizá) e intentó girarse para mirar, pero Matt la sujetó del pelo.

–No te muevas.

–Vete al diablo –aguzó la vista pero solo vio campo.

¿Adónde había ido Trace y qué estaba haciendo? ¿Por qué la ignoraba?

Chris se rio y ella lo miró, ceñuda.

–¿De qué te ríes ahora? –preguntó.

–De ti, Priss. Eres para mondarse de risa.

–Chris –lo regañó Molly.

Él bebió un largo trago de Coca-Cola y sonrió a Chris.

–Te haces la dura, pero no engañas a nadie.

Ella entornó los ojos.

–¿Qué quieres decir?

Chris la saludó con su lata de refresco.

–Que estás colada por él, tesoro, y se nota.

Priss apartó la mirada.

–No sé de qué me hablas –movió los pies descalzos, molesta por el algodón metido entre sus dedos. Fingió admirar el esmalte rojo.

Matt tensó otro mechón de su pelo, aplicó una pasta blanca y lo envolvió en un trozo de papel de aluminio.

Ahora parecía una extraterrestre. Matt aseguraba que así su cabello tendría «profundidad», pero Priss no tenía ni idea de qué quería decir.

–Chris tiene razón, ¿sabes? –Matt le colocó la cabeza bruscamente para que mirara hacia delante–. Estás tan enamorada que casi da vergüenza ajena verte.

Molly los miró a ambos con el ceño fruncido.

–Dejadla en paz, chicos. ¿No lo ha pasado ya bastante mal?

¿Qué sabían ellos de su vida? Ni siquiera Trace lo sabía, así que no podía haberles contado nada. Además, no quería que la compadecieran. Soportaría cualquier cosa, menos eso.

–La verdad es que estaba pensando que Matt me recuerda a Meat Cleaver.

Chris agachó la barbilla.

–¿Quién es ese?

Ella hizo un ademán, teniendo cuidado de no estropearse el esmalte de uñas.

–Un actor porno muy conocido. Uno de los que más venden, de hecho.

Chris se atragantó con su Coca-Cola. Las manos de Matt quedaron suspendidas sobre su cabeza. La miró ofendido.

–¿Cómo dices?

–Sí, en serio, te pareces a él. Tenéis el pelo igual. Creo que ha hecho… No sé, unas doce películas porno. Es toda una estrella –le guiñó un ojo–. Tiene mucha fama entre las chicas, y entre los chicos.

Matt pareció horrorizado.

–Te aseguro que yo jamás…

–He dicho que se parece a ti, no que seas tú. Ningún actor porno está tan macizo como vosotros. Por lo menos, los heteros.

–Eh… gracias.

Priss soltó una risita.

–Es puro machismo. Las mujeres tienen unas tetas enormes y los hombres son unos fofos.

Chris se echó hacia delante en su asiento, más interesado en la conversación que en la laca de uñas.

–¿Qué sabes tú de pornografía?

–Sé que da dinero porque tengo un sex shop.

Se quedaron todos de piedra.

Molly también se inclinó hacia ella.

–¿En serio?

–Sí. Vendemos películas, sobre todo. Y también juguetitos, por catálogo.

–¿Juguetitos?

–Molly –dijo Chris–, ¿no deberías estar trabajando en un libro o algo así?

–Estoy tomando notas mentalmente –contestó ella, y movió las cejas–. Créeme.

–¿Eres escritora? –preguntó Priss. ¿Por qué no se lo habían dicho?

–Sí, y esto pensando que sería fantástico escribir una historia acerca de un productor porno. Podría ser un supervillano. Los engranajes de mi cabeza ya se han puesto en marcha.

Chris soltó un gruñido.

Estuvieron hablando de libros unos minutos. Priss se quedó asombrada al saber que Molly tenía mucho éxito como autora de best sellers, aunque no debería haberle sorprendido.

A fin de cuentas, Trace y Dare eran hombres excepcionales. ¿Por qué no iban a relacionarse con mujeres excepcionales?

Pensarlo casi la deprimió. No debía importarle lo que Trace pensara de ella, pero le importaba.

Para olvidarse de aquella idea, preguntó:

–¿Y van a hacer una película basada en tu último libro?

–Sí, es muy emocionante –Molly se movió hasta el borde de su asiento–. Pero me encantaría saber más cosas sobre tu negocio.

–No –dijo Matt, y siguió peinando a Priss–. No es un tema para todos los públicos.

–No seas mojigato –repuso Priss, y le dijo a Molly–: Heredé la tienda al morir mi madre.

–Ah –Molly palideció–. Lo siento mucho.

–Todavía estoy intentando asumirlo, pero gracias.

–Entonces… –Molly carraspeó–. ¿Ahora la llevas tú sola?

–Tengo un socio, o un empleado, mejor dicho –se encogió de hombros–. Se ocupa de la tienda cuando yo no estoy.

–Eh… –Molly ladeó la cabeza–. ¿Lo sabe Trace? ¿Lo de la tienda y lo de tu socio?

–Se lo dije –Priss volvió a sentirse deprimida–. Y, francamente, no pareció interesarle mucho.

Chris silbó en voz baja.

–¿A qué viene ese silbido?

Matt contestó por él:

–Está claro que estás loca por Trace.

–¡Solo hace un par de días que lo conozco!

Matt añadió sin inmutarse:

–Pues como no cambies de actitud, vas a darte un batacazo.

–¿Cambiar de actitud? –al parecer, habían vuelto al punto de partida de la conversación–. Mi actitud no tiene nada de malo.

Todos la miraron con lástima.

Priss puso los ojos en blanco.

–De acuerdo, no es que reconozca nada, pero… ¿qué sugerís? –lo dijo con suficiente sarcasmo para impresionar a Chris, pero lo cierto era que quería tener una perspectiva masculina de aquel asunto.

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