Kitabı oku: «Aprendiendo con Freud»

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Lou Andreas-Salomé

Aprendiendo con Freud

Diario de un año, 1912-1913

Prólogo y notas de Ernst Pfeiffer


Título original: In der Schule bei Freud

Traducción: L. Lalucat y J. Vehil

© de esta edición: Laertes, S.L. de Ediciones,

www.laertes.es

ISBN: 978-84-18292-06-4

Prólogo

En Mein Dank an Freud, que apareció en 1931 como carta abierta dirigida a Sigmund Freud en su 75 aniversario, menciona Lou Andreas-Salomé, recordando conversaciones con él sostenidas en tardes del invierno de 1912, «un pequeño librito de cuero rojo» que las conserva fielmente.

Ese librito es el presente diario, que Lou Andreas-Salomé escribió durante el invierno de 1912-13 en Viena, cuando asistía al curso de Sigmund Freud «Einzelne Kapitel aus der Lehre von der Psychoanalyse» [Algunos capítulos de la doctrina psicoanalítica], a las discusiones vespertinas de los miércoles del círculo interno de los psicoanalistas vieneses, e inicialmente también a los encuentros del grupo opuesto a Freud reunido en torno a Alfred Adler; durante el medio año siguiente continuó consignando sus colaboraciones con destacados psicoanalistas no pertenecientes a la asociación vienesa, su encuentro con Max Scheler y, especialmente, su reencuentro con Rainer Maria Rilke en Gotinga, Múnich y Dresde-Riesengebirge, en los que continuó predominando el tema fundamental del psicoanálisis. Las anotaciones del segundo medio año tienen un especial interés para la historia del psicoanálisis por contener las impresiones de Lou A.-S. sobre el Congreso Psicoanalítico de Múnich; concluyen también sus reflexiones sobre C. G. Jung, por entonces claramente enfrentado a Freud, que se habían iniciado con las primeras notas escritas en su diario vienés.

El diario permite seguir, pues, la manera cómo realizó Lou Andreas-Salomé el propósito enunciado en su primera carta a Freud —el «único motivo» de su estancia en Viena— de consagrarse por completo a la «labor». Junto a las anotaciones en el libro rojo, Lou Andreas-Salomé tomó breves notas diarias en otro cuaderno, con el único objeto de que le sirvieran de recordatorio y que sólo ocasionalmente se amplían hasta convertirse en una exposición (no de contenido psicoanalítico, sino, por ejemplo, con descripciones de paisajes). Allí anotó también, inicialmente, las impresiones de la visita de Rilke a Gotinga en julio de 1913, pasándolas más tarde, como recuerdos, de forma independiente y más sujeta a los hechos, al diario donde constaban los recuerdos de Freud. Con esta incorporación acentuó la pertenencia de sus comentarios sobre Rilke al tema del psicoanálisis.

Según parece, Lou Andreas-Salomé no fue presentada por primera vez a Freud en el Congreso Psicoanalítico de Weimar, aproximadamente un año antes de sus estudios en Viena, sino mucho antes, durante su primera estancia prolongada en Viena en el año 1895. Tras la lectura de Lebensrückblick me informó Lucia Morawitz, quien por aquel entonces «estaba próxima al círculo que formaban Hofmannsthal, Bahr, Kraus y Eckstein» y quien también coincidió —al igual que Lou Andreas-Salomé— con el joven Rilke en Berlín, entre otros detalles, que recordaba perfectamente que Lou Andreas-Salomé había interrumpido una conversación con ella (en Viena, en la primavera de 1895) porque tenía que ir a ver a Freud, con quien había concertado una cita. Lou Andreas-Salomé, por tanto, estableció relaciones no sólo «literarias» en Viena el año siguiente a la publicación de su libro sobre Nietzsche, como pudiera parecer por su Lebensrückblick. Algunos escritos psiquiátricos de esos años que se conservan en su legado testimonian su interés de entonces por cuestiones psicomédicas. Podría suponerse que los Studien über Hysterie [Estudios sobre la histeria], publicados conjuntamente por Freud y Breuer en 1895, la impulsaron a visitarle. (No ha sido encontrado en su legado ningún ejemplar de esta obra que pudiera apoyar esta hipótesis, pero debemos considerar que todos los libros conteniendo escritos de Freud, así como todas las revistas psicoanalíticas, fueron excluidos de su biblioteca después de su muerte durante una «depuración» llevada a cabo por órganos del régimen entonces imperante.) Quizá resuene en la frase de Lebensrückblick: «al encontrarme ante Freud en el Congreso de Weimar», algo todavía de los recuerdos de su anterior encuentro.

Lou Andreas-Salomé no se dedicó al psicoanálisis porque tuviera que «solucionar una confusión entre profundidad y superficie», como dice expresamente en el diario, es decir, para librarse de un padecimiento fruto de una problemática interna. Tampoco, para clarificar las fatalidades a las que la había enfrentado su propio destino personal. Incluso la más profunda y rica en consecuencias, la desaparición de la imagen infantil de Dios, la ordena de modo biográfico en Lebensrückblick gracias a sus conocimientos psicoanalíticos, aunque no intentó profundizar en ella de modo propiamente psicoanalítico. También el análisis (didáctico) llevado a cabo por Freud —aunque quizá no de modo sistemático— dejó en la sombra esta vivencia infantil; sólo «con la edad» llegó a «recordarla en sus detalles»; lo mismo que otros enigmas de su vida —esta experiencia fue soportada y aceptada—, según rezan sus propias consideraciones.

En Lebensrückblick, Lou Andreas-Salomé describe las «impresiones vitales tan contradictorias» que, provenientes del exterior, «la hicieron especialmente receptiva a la psicología profunda de Freud: la vivencia de lo extraordinario y extraño del destino psíquico de un individuo» —se refiere a la ruta penosa y creadora de Rilke tal como la veía entonces, en 1912—, y por otra parte, reveladoras de lo humano, su infancia y primera adolescencia en Rusia, «el crecimiento entre unas gentes de una interioridad que se da sin más, como si la evolución creciera aquí más directamente, sin mediaciones, desde lo más primitivo hasta la adquisición de la conciencia». Ambas cosas habían conducido, por así decirlo, su mirada en la dirección en que se encontraba el «inconsciente» freudiano.

Hay que añadir, además, que Lou Andreas-Salomé había ya convertido en algo útil esa capacidad para captar lo «humano»: así, en su libro Friedrich Nietzsche in seinen Werken [Friedrich Nietzsche en sus obras], 1894, que podría considerarse como un estudio sobre las limitaciones del hombre pensante, y en sus relatos de 1901, Im Zwischenland [En tierra de nadie], que llevan el indicativo y sobrio subtítulo «Aus dem Seelenleben halbwüchsiger Mädchen» [De la vida espiritual de una adolescente] y en que muestra por primera vez poéticamente las primeras decisiones, llenas de presagios, tomadas en la penumbra de los finales de la infancia. También puede considerarse asimismo, como una obra teórica preliminar al estudio psicoanalítico su librito sobre «el erotismo» (Erotik), de 1911, y apreciar simultáneamente en él el valor de los instrumentos creados por Freud para esta labor.

Lou Andreas-Salomé se encontraba al principio de su sexto decenio cuando tropezó en Weimar y Viena con Freud, cinco años mayor que ella, y que le sobrevivió por espacio de dos años.

Su vida había encontrado una forma y no sólo se hallaba especialmente preparada para esta «causa», sino igualmente libre para llevarla a cabo. La disponibilidad interior no estaba limitada o entorpecida por ningún condicionamiento externo; si después ejerció prácticamente el psicoanálisis como profesión, fue como fruto de su colaboración con Freud, no como un objetivo que se hubiera fijado previamente.

El librito «de cuero rojo» que, si nos fijamos más atentamente, no es más que un cuaderno escolar de tela roja con hojas intercambiables, y que también fue utilizado a su manera para su finalidad práctica, se convirtió así en el diario y testimonio de un auténtico encuentro. Que ello ocurriera así no había sido presupuesto por Lou Andreas-Salomé a pesar de todas sus tensas expectativas sobre la «causa»; se repetía aquí un proceso fundamental de su vida. El seguir este encuentro, el considerarlo como el «momento crucial» de su vida, el valorar su significado, es algo que queda en manos del lector.

Con ello queda dicho que este diario de Lou Andreas-Salomé no debe ser considerado, en primer término, como documentación de su debate con Freud en lo tocante a su aceptación o rechazo, sino más bien en el sentido de la posición interior a partir de la cual lo lleva a cabo.

Un párrafo de su Dankbuch [Agradecimiento], el mismo, por otra parte, en que hace referencia al librito rojo, deja ver por sí mismo hasta qué punto se opuso libremente a Freud en este terreno. Freud había opuesto, en su última formulación teórica, el eros, que «persigue la finalidad de preservar... la vida» al instinto de muerte, al que corresponde el deber de «retrotraer lo vivo orgánico al estado carente de vida». Enlazando con esta concepción modificada, Lou-Andreas-Salomé le recuerda a Freud una conversación sostenida en el invierno de 1912, «en que usted y yo nos extendimos en consideraciones sobre este tema —tan, tan lejos de sus formulaciones actuales—; reconocimos recíprocamente que, incluso en una actitud conceptual semejante, las cosas (no menos que en el arte) permanecen à travers un tempérament. Freud ha «recalcado la soberanía del instinto de muerte» (...) «veo en ello algo muy distinto, casi lo opuesto de lo activo que ven las gentes, que entonces “al recalcar el eros” lo aceptaron y que hoy “al recalcar el instinto de muerte” dan gritos de bravo. Y precisamente porque siento como muy personal lo vu à travers un tempérament, lo involuntariamente filosófico», como «la resolución de su toma de partido en favor de toda realidad viva». Puede dejarse en suspenso el saber si lo vu à travers un tempérament constituye el núcleo de lo que aquí se trata. En este punto no se trata más que de disuadir al lector de buscar lo esencial de la «posición conceptual» de ambos, y que Lou Andreas-Salomé dice que es «la misma».

En lo referente a la edición de las anotaciones del diario, se deben extraer las consecuencias de lo anteriormente expuesto, precisamente en lo referente a que el diario es algo más que una toma de postura frente al psicoanálisis y que, en consecuencia, al comentar las anotaciones, se tenía que hacer algo muy distinto a una contraposición crítica de las concepciones de Freud en aquella época con las posteriores, y una consideración crítica de las concepciones psicoanalíticas de Lou Andreas-Salomé «desde un punto de vista actual», como si constituyera una especie de introducción al psicoanálisis.

La primera conclusión fue, casi paradójicamente, que el comentario de un material tan especial y difícil de comprender, por estar basado en sus experiencias, no debía ser realizado por un especialista. No sería un especialista si no tuviera su propia concepción del psiquismo, y tendría que dejarla a un lado para realizar lo que es necesario aquí: hacer comprensibles los textos incluso para los no especialistas o para aquellos que provienen de otras «disciplinas». Lo que el psicólogo profundo de hoy haga con el libro, es cosa suya; él sacará sus conclusiones desde un punto de vista histórico, metodológico o psicológico según sea su punto de vista, y no medirá las insuficiencias del comentario con su propio rasero.

La segunda conclusión surgió de la primera: las notas aclaratorias debían basarse, a ser posible, en los textos de Freud de la misma época en que fundamenta su doctrina, en las publicaciones de entonces. Ello significa que la teoría freudiana posterior debe quedar, en lo esencial, al margen.

Por eso mismo, las notas, que sólo sirven para mejor entendimiento del texto, no pueden pretender cientificidad propia, como queda ya dicho. Las mismas anotaciones del diario precisan, como documento histórico, ser introducidas en el correspondiente contexto; pero tampoco era éste el lugar apropiado para ello. Así, los conocimientos freudianos que aquí se especifican deberían ser considerados en el contexto de su doctrina total; por otra parte, las concepciones psicoanalíticas aquí defendidas por Lou Andreas-Salomé no suponen más que «una parte» de su aportación al psicoanálisis, la de sus trabajos hasta Mein Dank an Freud, así como el capítulo dedicado a Freud en Lebensrückblick; pero también debería considerarse su correspondencia con Freud. Especialmente necesitadas de esa ordenación dentro del conjunto de su obra, están las informaciones sobre Rilke contenidas en el diario, visión global en la que fue entrando también progresivamente Lou Andreas-Salomé; no puede olvidarse tampoco relacionarlo con los estudios sobre Rilke.

Como justificación de una publicación no resumida de los párrafos sobre Rilke, mencionaremos que deben ser entendidos en el contexto en el que se encuentran. Quien conozca el conjunto de la literatura científica sobre Rilke, incluida la extranjera, sabrá que la discusión ha pasado al terreno de problemas que no pueden recibir una respuesta meramente basada en categorías psicológicas o de concepción del mundo, y que la consideración psicoanalítica de Rilke desde la perspectiva de Freud fue llevada a cabo de modo impresionante. No existe pues ningún derecho para retirar, como en la edición de la correspondencia entre Rilke y Lou Andreas-Salomé, material interpretativo alguno como el que ofrece el diario. Junto con la correspondencia, constituyen por vez primera la posibilidad de ofrecer los comentarios que Lou Andreas-Salomé hizo en su libro recordatorio sobre Rilke y en Lebensrückblick, así como también en Mein Dank an Freud. En el fondo se oculta la pregunta de si es posible interpretar la obra poética de Rilke sin hacer uso de las interpretaciones psicoanalíticas. Lou Andreas-Salomé intentó responderla con su interpretación del ángel en el libro recordatorio de Rilke y en Mein Dank an Freud.

No se limita para nada la obra ni la vida de Rilke porque se le apliquen conocimientos psicoanalíticos; el conocimiento de los condicionantes de ambas brinda más bien la posibilidad de la admiración y el respeto. Quisiera recordar aquí lo que dice Freud en su estudio Eine Kindheitserinnerung des Leonardo da Vinci [Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci]: «Expondríamos de buen grado de qué modo la actividad artística está, en última instancia condicionada por primitivos impulsos psíquicos. Pero no lo sabemos». Tenemos «que aceptar que lo esencial de la producción artística no nos es accesible psicoanalíticamente». Y poniendo su mirada en lo humano añade: «No afecta a la grandiosidad de un artista que estudiemos los sacrificios que tuvo que realizar a lo largo de su vida, desde la infancia, ni que consideremos los momentos que le han proporcionado ese trazo trágico de la infelicidad».

Finalmente, los imprescindibles datos acerca de la labor de edición del texto en sí. Dado que el diario es un cuaderno de hojas intercambiables, y que Lou Andreas-Salomé lo había ordenado, en parte, de modo temático, tuvo que ser reordenado en su sentido cronológico original. Para ello pudimos apoyarnos en varios elementos: la numeración de las lecciones del curso, algunos apuntes de Lou Andreas-Salomé sobre el contenido de las hojas, las ya citadas anotaciones diarias, los datos acerca de las actividades de la Asociación Psicoanalítica Vienesa de la Internationale Zeitschrift y por último, el propio contenido del texto. Los títulos de los párrafos pertenecen en su mayoría a Lou Andreas-Salomé. En ocasiones tuvimos que modificar el orden de las palabras, resultado de una escritura rápida pero no apresurada y que hubiera podido dificultar su lectura. Se ha respetado siempre que ha sido posible las peculiaridades de algo «escrito para uno mismo», así como posibles repeticiones. Sólo se ha prescindido de unos pocos puntos sin interés para el caso o de puras anotaciones de agenda.

Debo agradecer al Sigmund Freud Copyrights Ltd. por haber dado su consentimiento para la reproducción de las cartas de Freud a Lou Andreas-Salomé que corresponden al contexto, y por su consejo y ayuda en la superación de las dificultades de edición a algunas de mis amistades, y especialmente a Evamaria von Busse.

ERNST PFEIFFER

Gotinga, noviembre de 1957

1 Viena
(del 25 de octubre de 1912 al 6 de abril de 1913)
Lou Andreas-Salomé a Sigmund Freud
(Gotinga, 27 de septiembre de 1912)

Después de haber asistido el pasado otoño al Congreso de Weimar,1 no he podido abandonar ya el estudio del psicoanálisis, y cuanto más profundizo en él, más fuertemente me atrae. Y he aquí que va a cumplirse ahora mi deseo de pasar algunos meses en Viena: ¿Verdad que podré dirigirme a Vd., asistir a sus clases, y solicitarle me autorice a tomar parte en las sesiones de los miércoles por la tarde? Consagrarme plenamente a esta tarea es la finalidad única de mi estancia allí.

Sigmund Freud a Lou Andreas-Salomé
(Viena, 1 de octubre de 1912)

Cuando venga a Viena todos nos esforzaremos por hacerle accesible lo poco que del psicoanálisis puede ser mostrado y comunicado. Yo había interpretado ya su participación en el Congreso de Weimar como un presagio favorable.

APERTURA DE CURSO
(sábado, 26 de octubre de 1912)

Cuando Ellen y yo nos asomábamos a la ventanilla del vagón, al entrar en Viena, pensábamos: todo cuanto aquí nos espera está ya predeterminado, es ya un hecho. Nos esperan alegres coincidencias: buscando alojamiento tropiezo con el Dr. Jekels;2 me informa de que el curso de Freud comienza precisamente hoy; la residencia de Freud, a la que he acudido para recoger mi tarjeta de admisión, está muy cerca; el aula (en la Clínica Psiquiátrica), que creía en la Universidad, está casi en frente de la puerta del Hotel Zíta, donde nos alojamos. Y pocos pasos más allá, el restaurante de los freudianos, al que acuden después de las clases y no sólo entonces: die Alte Elster. Un buen principio.

Freud tiene un aspecto más envejecido y cansado que en los días del Congreso (de Weimar); él mismo lo comentó al hacer juntos parte del camino de regreso. Quizás, el actual enfrentamiento con Stekel.3 El curso da la sensación de responder al meditado deseo de asustar ante las dificultades que entraña el psicoanálisis: incluso si lográsemos, «con la rapidez del buceador que recoge algo del fondo del mar», hacernos con algo inconsciente, la generalización de este fragmento no nos reportaría sino una imagen deformada; e insiste en que ello casi sólo puede sernos accesible en la enfermedad, ya que el hombre despierto y consciente se resiste a que nos ocupemos del particular.

Y sin embargo, todo esto no es sino secundario comparado con la grandeza única de lo que no dijo: el que, en principio, haya sido posible captar algo del inconsciente gracias a su modo simple y genial a la vez de acceder a él en las formas patológicas y similares. Este descubrimiento no podía haberse conseguido más que en lo patológico, allí donde la vida interior renuncia algo a sí misma al salirse de su camino, al mecanizarse en la expresión, al hacerse susceptible de morder el anzuelo lógico en sus durmientes aguas, en todas las oscilaciones entre la profundidad y la superficie. Me di cuenta de cómo habían enraizado en mí estos pensamientos desde el primer momento en que se mencionó el tema freudiano: desde mi primer y superficial contacto con él, lo que sucedió gracias a los escritos de Swoboda.4 El inconsciente de Swoboda es respecto al de Freud como un germen de vida, algo en crecimiento, lo que madura para el futuro, frente a lo que ya pertenece al pasado, a lo muerto, a lo esterilizado. Pero es precisamente por ello que Swoboda no puede hacer sino adelantos metafísicos, y su «periodicidad» no es sino un semiintento de introducirse en el terreno de lo científicamente observable. En consecuencia su labor se asemeja a las hipótesis freudianas, por ejemplo allí donde trata un material casuístico, porque nada profundo aporta acerca de su origen, y allí donde dice algo al respecto, cae en especulaciones filosóficas, mientras que Freud puede mantenerse alejado de ellas en el terreno de la interpretación empírica, poniendo al descubierto algo realmente nuevo.

Este aspecto debe ser siempre vigorosamente destacado.

Alfred Adler a Lou Andreas-Salomé
(Viena, 6 de agosto de 1912)

Tanto su carta como la perspectiva de poder conversar con Vd. en octubre, aquí en Viena, están para mí tan íntimamente unidas que se las agradezco conjuntamente... Comparto su apreciación de la importancia científica de Freud incluso en cada uno de los aspectos en que más me aparto de él. Su esquema heurístico es importante y útil como esquema, puesto que se reflejan en él todas las líneas de un sistema psíquico. Pero a ello se añade el que la escuela freudiana tome el ornamento sexual como esencia de las cosas. Es posible que Freud, como persona, me haya incitado a tomar una posición crítica. No puedo arrepentirme de ello.

VISITA A ALFRED ADLER
(lunes, 28 de octubre de 1912)

Primera visita a Adler.5 Hasta bien entrada la noche. Es amable y muy razonable. Tan sólo me molestaron dos cosas: el que hablara de un modo excesivamente personal de las actuales disputas, y también, el que parezca un botón. Como si se hubiera quedado sentado en algún lugar de sí mismo.

Le dije que no había llegado a él a través del psicoanálisis sino por los trabajos de psicología de la religión6 que en su libro (Über den nervösen Charakter) [Acerca del carácter nervioso] llevan a ricas confirmaciones y a conceptos emparentados con los míos en lo tocante a la formación de la ficción. Pero en cuestiones prácticas no pudimos avanzar casi nada. Tampoco cuando, después de cenar, discutimos vivamente sobre cuestiones psicoanalíticas. Considero poco fructífero el que, para conservar la terminología7 de «arriba» y «abajo» y de la «protesta masculina», tan sólo pueda dar un carácter negativo a lo «femenino», mientras que algo pasivo (y actuante como tal, en lo sexual o de modo general) descansa como fundamento positivo del yo. En él, toda entrega se ve desprovista de su positividad y realidad, simplemente porque la califica de «medio femenino para fines masculinos», cosa que halla muy pronto su venganza en la teoría de las neurosis, donde, como consecuencia, no se constituye el concepto de compromiso. Por el contrario, Freud ha considerado siempre el compromiso, incluso cuando concebía anteriormente el fundamento de las neurosis de un modo más uniteralmente sexual,8 como lo esencial, es decir, como la perturbación mutua entre dos partes. Adler tan sólo en apariencia llega a desprenderse de ello, puesto que en sus seguros «secundarios» (que contienen justamente lo opuesto a las sobrecompensaciones del sentimiento de inferioridad gracias a los seguros primarios) la vida instintiva reprimida resurge de nuevo enmascarada, sólo que entonces es considerada como un artificio de la psique.

Toda neurosis me parece una confluencia de yo y de sexo; en lugar de estimularse recíprocamente, abusan mutuamente de sí: el yo se «limita» con tendencias sexuales, y éstas hacen lo propio con el yo. La pulsión del yo se sexualiza, por ejemplo en la crueldad (sadismo), y lo sexual salta, en el masoquismo, por encima de las barreras impuestas por el yo. Me fue muy antipático lo que Adler relató sobre Stekel, y lo que espera para sí de su publicación periódica, a pesar de que sabe muy bien de qué medios se ha valido Stekel para hacerse con ella. Considera que Stekel es a pesar de todo, una buena persona; ciertamente que no es tan profundamente malo, cuanto que no es capaz de imponer su pensamiento de modo dominante. Lo que más me ha gustado de él es su movilidad, que le impulsa a interrelacionar muchas cosas; sólo que resulta superficial y poco fiable, dando saltos en lugar de recorrer paso a paso grandes distancias. Ahora, por ejemplo, se convierte en símbolo yoico sexual (Sexuelles ich symbol) en sentido adleriano, todo aquello que no era antes más que símbolo sexual en forma aparentemente yoica, y sobrepasa a Freud allí donde admite una causa orgánica y no un origen psicosexual.

Al acompañarme a casa, Adler me invitó a asistir a las discusiones de los jueves por la tarde, cosa de la que no quiero hablar francamente con Freud.9 Acepté con satisfacción.

Alfred Adler a Lou Andreas-Salomé
(29 de octubre de 1912)

Le quedaría muy agradecido si silenciara aún por unos días lo que le he confiado sobre el asunto Stekel-Freud-Zentralblatt. Su silencio no perjudicará a nadie y evitará me vea inmiscuido en la lucha en que se hallan empeñados Stekel y Freud. Considere que no deseo pronunciarme a favor de ninguno de los dos.

CARÁCTER DEL CASTIGO

Mi habitación, cuya amplia ventana da a numerosos jardines y en la que no me despierta por la mañana más que el piar de los pájaros, parece concebida para el trabajo. Pero todavía no he conseguido iniciarlo. Hoy he leído el último número de Imago donde ha publicado Freud el más bello de sus artículos sobre los salvajes y los neuróticos.10 Me parece muy interesante comprobar como, en otros tiempos, la contravención de la moral era considerada una intromisión en las relaciones universales positivas, de modo análogo a como ocurre con las realidades científicas en el sentido que les damos hoy en día. Por ello, y aunque no pudiera apreciarse un castigo inmediato, recurrían a él en defensa propia (del mismo modo quizás a como se aísla a personas con enfermedades contagiosas o se queman objetos infectados). Freud ve ahí el origen del castigo y me parece a mí que es algo también presente en la venganza, en lo que impulsa a realizarla (lo que puede explicar igualmente por qué el vengador puede convertirse a continuación en el niño de la casa, concediéndosele el derecho a besar el pecho de la madre de familia). Creo que si insistimos más sobre el motivo que sobre la acción, es decir sobre lo que se considera su superior valor ético a posteriori, ello no nos revelará más que en apariencia el hecho ético en sí; a decir verdad, dicho valor surge de la contracción del carácter sagrado de las relaciones universales, de la necesidad práctica de contemplarlas de forma objetiva. Ahora se destaca al menos la nobleza humana. Y sin embargo, mientras que eso tiene lugar de modo creciente hasta alcanzar las mayores sutilezas morales, se relaja la unión con el auténtico sustrato vital, no subsistiendo más que bajo la forma de esa hijastra de la moral que es la higiene. Y tan sólo en éxtasis tan opuestos a la moral, como los que acompañan los más nobles egoísmos, es cuando, desbordados de entusiasmo, alcanzamos una vaga intuición de lo que los hombres más primitivos supieron siempre, que tan sólo debemos obedecer al imperativo de la vida y que la «alegría es perfección»11 (Spinoza).

COLOQUIO VESPERTINO
Naturaleza de la neurosis. La concepción de Adler
(miércoles, 30 de octubre de 1912)

Llegué muy temprano; tan sólo había una persona, un rubio testarudo (Dr. Tausk).12 Conversación sobre Buber.13 No sé qué observación suya despertó una resistencia en mí, pero lo olvidé en seguida y no pude expresarlo.

Freud me hizo sentar a su lado y dijo algo muy cariñoso. Él mismo tenía a su cargo la conferencia.14 Durante la discusión intercambiamos observaciones en voz baja. Me sorprendió ver hasta qué punto subrayaba una concepción de las neurosis como perturbaciones entre la libido y el yo, y no como algo proveniente exclusivamente de la libido; cuando le hice la observación de que en sus libros se expresaba de otro modo, me contestó: «es mi última formulación». Mi impresión general es que la teoría no se halla aún sólidamente cimentada, sino que evoluciona según las experiencias, y que la grandeza de este hombre está en que personifica al investigador, en que avanza en silencio trabajando sin reposo. Quizás el «dogmatismo» que se le reprocha no haya surgido más que de la necesidad, en este avance sin pausa, de establecer en algún lugar límites orientadores para aquellos que, trabajando como él, le acompañan en su camino.

Durante el descanso, he discutido con él y con el Dr. Federn15 que defendía la teoría de Adler de la inferioridad en el niño.16 En este punto di toda la razón a Freud: es precisamente por el sentimiento de su valor total, mejor aún, de su sobrevaloración, que el niño «lo quiere todo», porque todo «sale a su encuentro», no porque esté «compensando» de este modo un sentimiento de inferioridad. Este «no tener» y su «derecho a todo» no suscitan todavía un dilema en él. Tan solo en el niño con disposición neurótica, y entonces, incluso sin que aparezca la más mínima postergación social, aparece ese supuesto derecho a todo como compensación. Queda abierto el interrogante de si ese niño con predisposición neurótica debe ser orgánicamente inferior, tal como pretende Adler, y niega Freud, quien cita entonces la existencia de niños muy delicados de salud, con una alegre seguridad en sí mismos, tan frecuente como la aparición de neuróticos «sanos». Naturalmente que toda psíquica es, a su vez, una enfermedad orgánica, pero el problema es qué podemos considerar y definir como orgánicamente enfermo. Adler tiene razón únicamente en la idea, en sí evidente, de que en último término, resulta una identidad entre lo psíquico y lo físico, mientras que se equivoca en lo concerniente a atribuir por principio, a cada proceso psíquico, una lesión orgánica determinada; claro que para él, los procesos psíquicos tienen lugar únicamente en el plano consciente, y hallan así un fundamento en lo orgánico, sin necesidad de recurrir a los mecanismos freudianos del inconsciente. Su libro sobre Minderwertigkeit von Organen [La inferioridad de los órganos], que no se ocupa todavía de las consecuencias últimas de su teoría, tuvo para mí un carácter enormemente estimulante.

Después de todo esto no me veo con ánimos de asistir mañana a su coloquio; acabo de telefonearle.

CURSO (II)
Inconsciente, complejo, pulsión
(sábado, 2 de noviembre de 1912)

De nuevo, una introducción; ésta sobre el concepto de inconsciente17 examinado desde tres distintas vertientes (descriptiva, dinámica y sistemática). Me pareció nuevo en sus labios el que afirmara que el material del inconsciente no tiene por qué estar exclusivamente formado por lo reprimido,18 sino también por aquello que, llegado muy cerca de la conciencia y ya a sus puertas, ha sido inmediatamente excluido de ella. Esta concesión pudiera tener grandes consecuencias.

Las controversias del momento se ven estimuladas por el hecho de que Freud no pierde oportunidad de pronunciarse sobre los disidentes. En esta ocasión se refirió con toda claridad a la defección de C. G. Jung.19 Había una línea y refinada maldad en sus esfuerzos por hacer (terminológicamente) superfluo el concepto de «complejo»:20 esta expresión había sido introducida por comodidad como término, sin asentar sobre terreno psicoanalítico, del mismo modo como el exótico dios Dionisos se vio elevado artificialmente a la dignidad de hijo de Zeus. (Llegados a este punto, Tausk, que vestía todavía su bata blanca, pues acababa de llegar de la Clínica Psiquiátrica, y que ocupaba un lugar junto a Freud, no pudo evitar una sonrisa).

El concepto de complejo se referiría a la sustancia, al contenido (como lo concibe la escuela de Zúrich sobre la base de las reacciones asociativas a estímulos verbales), pero sin significar nada en cuanto a su efecto o morbilidad, puesto que cada uno posee su complejo de padre y de madre, etcétera. No menciona Freud el hecho de que esta palabra se adecua perfectamente a su representación de una energía succionante que atrae hacia sí todo cuanto es análogo de un estado de cosas inconscientes determinadas, y lo útil que es por afirmar un carácter intermedio entre la salud y la enfermedad. Todo el mundo tiene complejos, pero su particular intensidad constituye si no una enfermedad, por lo menos una predisposición a ella, porque ejerce fatalmente su atracción compitiendo con una elaboración consciente de las cosas. En cuanto al concepto de pulsión,21 Freud se sirve de la definición habitual según la cual «asienta sobre lo orgánico». Pero mientras la teoría de la pulsión se limite a ser aquello que opone a fisiólogos y psicólogos o incluso el objeto de muchos reproches, su sentido se mantendrá sin clarificar, incluso en Freud. También en él permanece como una expresión nacida de la confusión existente entre las ciencias de la naturaleza y del espíritu. Quizá sea por esta especial situación que Adler no haya podido colocar la vida pulsional más que entre los signos simbólicos de sus reglas del juego psíquicas. Pues si la pulsión no es, hasta cierto punto, más que una noción límite examinada desde dos perspectivas distintas, el contenido específico que se le atribuye no sería sino resultado de un doble error óptico.

Pero aquí aparece nuevamente la grandeza de Freud en la forma como trata estas cuestiones, atendiendo tan sólo a sus efectos e ignorando tan filosóficas preocupaciones. Partiendo de estos terrenos, y antes de conocer en qué dominios penetraba, supo trazar su mapa con la única ayuda de aquellos perdidos tránsfugas cuya propia necesidad había conducido a ignorar las fronteras existentes. En las enfermedades psíquicas alcanzó a coger al vuelo aquella vida que se hallaba atrapada e indefensa en el quicio de una puerta entreabierta hacia nosotros y sin conseguir evadirse hacia lo meramente orgánico (a donde todo se evade, es decir, donde se convierte en «físico» para nosotros; lo que, entiendo, no podemos acompañar de nuestra comprensión psíquica), obligándola a hablar y a responder. No puede describirse de mejor manera el gran descubrimiento de Freud que afirmando que ha convertido la inquietud de la vida psíquica en la serenidad de la ciencia; precisamente allí donde la imagen psíquica amenaza con salirse fuera del marco del examinador, porque la enfermedad ha deformado sus normales contornos, Freud ha conseguido acercársele por los dos lados: tanto desde el lado de la vitalidad imposible de aprehender, y que en condiciones normales no es accesible a la ciencia, como desde la descomposición en elementos que no se conocía hasta ahora más que como manifestaciones de degradación psíquica. Por ello no es casual que haya sido un médico quien tuviera que descubrir el huevo de Colón, pues él es quien descubrió que la solución estaba en apoyarlo por el lado roto.

Sigmund Freud a Lou Andreas-Salomé
(4 de noviembre de 1912)

Ya que me ha hecho partícipe de su intención de asistir a las reuniones de la Agrupación Adleriana, me tomo la libertad de ponerla al corriente, aún sin haber sido consultado, de las poco agradables circunstancias del momento. Entre las dos agrupaciones no reinan las relaciones que debiera esperarse entre dos esfuerzos análogos, aunque divergentes. Estas personas, además de ocuparse del ψα tratan también otros problemas. Nos hemos visto obligados a suspender cualquier relación entre la escisión adleriana y nuestro grupo, e invitamos a los médicos que acuden a visitarnos a escoger entre uno u otro. Esto no está bien, pero la conducta personal de los disidentes no nos ha dejado lugar donde elegir.

No me ha pasado por la mente, estimada señora, el imponerle a Vd. semejantes condiciones. Tan sólo solicito de Vd. que, teniendo en cuenta la situación, haga suya una división psíquica artificial y no mencione allí su presencia entre nosotros, y a la inversa.

COLOQUIO VESPERTINO
Sadomasoquismo
(Miércoles, 6 de noviembre de 1912)

Declaración oficial de Freud sobre la defección de Stekel (como si no concerniera más que al grupo local de Viena, mientras que sé por Adler cuáles son las intenciones de Stekel, y Freud comienza a entreverlas. Sin embargo, me he visto obligada a callar).

Conferencia de Sadger sobre el sadomasoquismo.22 Freud no ha dicho gran cosa como conclusión al aburrimiento. Con razón pensaba que si la repulsión no despertaba resistencia, el aburrimiento paralizaría el interés profesional por culpa de un material que no estaba coherentemente ordenado. En Sadger hay indudablemente algo que despierta la impresión de que le falta menos la capacidad que el deseo de elevar el material, expuesto mediante una mayor penetración espiritual, por encima de la inapetencia de la pura y simple exposición fáctica; como si el recurso al análisis molestara su contemplación silenciosa y beatífica. Probablemente disfruta más con sus pacientes que no les ayuda o aprende de ellos.

Conversación con Freud sobre su amable carta, que conservaré como un regalo.

Regreso a casa con Tausk y Federn, conversando sobre Adler, respecto a quien creo que se muestra más justo Federn que Tausk; pero a Adler le beneficiaría más el apoyo del segundo.

Tausk realizará un curso sobre Freud23 al que me gustaría asistir.

EN EL CÍRCULO DE ADLER
(jueves, 7 de noviembre de 1912)

En el momento de mi llegada a casa de Adler, éste hablaba telefónicamente con Stekel, de tal modo que pude oír la conversación (sobre la inminente «defección» de Stekel con respecto a Freud). En mi entrevista con Adler se me han aclarado muchas cosas en función de la evolución que ha experimentado. No deja de tener consecuencias que sea discípulo de Marx y que parta de sus intereses por la economía política y las especulaciones filosóficas. Al igual que se mantiene en el proletariado la utopía social apoyándola en la envidia y el odio, así también, según Adler, surge en el niño, como resultado de las comparaciones sociales, un ideal de personalidad elevado hasta lo utópico. Se trata pues de una teoría del medio de carácter racionalista, y entre ella y la inferioridad orgánica sobre la que se asienta desde un punto de vista fisiológico, se derrumba el inconsciente freudiano, por decirlo así, entre defectos orgánicos y formación ideal. Esta circunstancia permitirá a Adler encontrar más fácilmente eco entre fisiólogos y psicólogos teóricos que a Freud, pero sacrifica así el problema central, no siendo por ello la suya una auténtica solución: esto se dilucidará probablemente en la práctica.

En la medida en que basa toda inferioridad en el plano de lo corporal y todo lo corporal sobre lo genital, subraya su separación de Freud con demasiada fuerza. Dado que una debilidad corporal ulterior no le resultará suficiente como explicación, concibe la teoría de la libido tan sólo «como jerga corporal».24

Con Adler en la conferencia de Oppenheim25 sobre Fausto II (segunda conferencia). Buena e interesante. Estimulante también la discusión dirigida por Furtmüller25 (¿hasta qué punto es Fausto ese ser inferior en busca de compensación a quien no satisface más que lo inalcanzable?); en ella pudieron verse con gran claridad las desdibujadas líneas divisorias entre lo creativo y lo neurótico, ese problema tan poco definido. Habría muchas cosas sugestivas en el círculo de Adler si se mantuviera fuera del psicoanálisis.

C. G. JUNG, LIBIDO

He leído su último y desastroso trabajo;26 el doctor Tausk me trajo al hotel el Jahrbuch [Anales] para que pudiera tenerlo un día. Desgraciadamente, por culpa de Harden,27 que venía insistiendo en que nos viéramos, he decidido perderme una clase de Freud.

En mi veloz repaso del largo trabajo de Jung, he llegado a la siguiente conclusión: su principal error coincide con el de Adler; la síntesis prematura y consiguientemente estéril. Sólo que Adler no está embaucado por la teoría de la evolución y la verborrea del monismo y de la energética, y procede más filosóficamente, es decir, parte del hecho consciente en sí. Jung procede a la inversa: quiere explicar la libido genéticamente, y para que pueda abarcarlo todo en su interior diluye sus extremos según le conviene. Así, se le adjudica un estadio presexual, al que pertenecen ya pulsiones yoicas como el hambre, etcétera, y se sublima en forma postsexual dando lugar a todas las potencias del alma. No es posible apreciar con mayor claridad que en esta verborrea pseudofilosófica que el auténtico monista, es decir, el pensador unitario, es precisamente aquel que, empíricamente hablando, permite la subsistencia de cualquier dualismo, es decir, la polaridad dada de toda manifestación a fin y efecto de no desposeerla de la vida por necesidades de una sistemática árida y subjetiva.

Me han complacido las consideraciones de Jung sobre los pensamientos incestuosos y su extensión a la «añoranza del seno materno».28 Las simbolizaciones sexuales hallarían aquí un lugar adecuado para ser formuladas, presuponiendo que no las haga resaltar con el único objeto de debilitar el término prohibido de incesto. A veces llega uno a sospechar que la disputa terminológica desembocará en otra mucho más profunda y en absoluto ceñida a las palabras.

Sigmund Freud a Lou Andreas-Salomé
(10 de noviembre de 1912)

Si he entendido correctamente desea Vd. una entrevista conmigo. Hace tiempo que se la hubiera propuesto de no haberse sumado en los últimos tiempos a mis ocupaciones habituales las gestiones que comporta la creación de la nueva revista ya.

No sé si sus costumbres le permiten una discusión después de las 10 de la noche; mi tiempo libre no empieza antes. Si se decide a hacerme el honor de una visita a hora tan avanzada, me comprometo con agrado a acompañarla hasta su casa. En tal caso, el miércoles por la tarde podríamos fijar el día.

Ayer la eché a faltar en clase y me alegra saber que su visita al campo de la protesta masculina no es la causa de su ausencia. Tengo la mala costumbre de dirigir mi exposición a alguna persona concreta entre mis oyentes, y no dejé ayer de fijarme, como fascinado, en el asiento vacío que habían reservado para Vd.

CONFERENCIA DE ADLER EN LA ASOCIACIÓN MÉDICA
(martes, 12 de noviembre de 1912)

Ellen y yo fuimos juntas; reímos mucho por todo lo sucedido. Después fuimos a un café donde Adler se ha mostrado divertido y amable. Sólo he podido hablar seriamente con él en el camino. Pero no he conseguido «situarlo» realmente. Así, por ejemplo, respecto al análisis expuesto por él en la conferencia; las manifestaciones dolorosas pudieran ser arrangements, pero por otra parte parecen ricamente fundamentadas; si concibe esto de modo que toda manifestación semejante exprese, incluso en el animal, una voluntad de hacerse notar, y un arrangement, una tal generalización no alcanza a decir nada, al igual que ocurre con su afirmación de que todo enfermo corporal es un neurótico y viceversa. Pues en ambos casos se debe distinguir y articular de nuevo para conseguir pasar de una vaga comprensión de las cosas «por sí mismas» a otra de carácter positivo: así no habrá alcanzado más que la ilusión de saber algo más.

Otro punto: la inseguridad del neurótico que todo lo espera del futuro, que mora angustiosamente en el presente y que vive la necesidad como necesidad incluso durante la compensación. Frente a estas formaciones ilusorias al servicio de la compensación, las del individuo sano se muestran como una tal anticipación del futuro vivido en el presente:29 como una posesión interior del futuro previa a su despliegue exterior. En este sentido, el hombre «primitivo», el hombre primariamente religioso, podía crear sus propias deidades sintiéndose seguro como descendiente de las mismas al verse amenazado por la fuerza animal de bestias más poderosas. Este presente internamente activo de su futuro espiritual se opone diametralmente a una postergación del presente respecto al futuro, que caracteriza a la fe común. En la fe religiosa ambos se diferencian de modo preciso al igual que se distinguen los procesos creativos de los neuróticos. En el «como si»30 de Adler se confunden ambas cosas.

COLOQUIO VESPERTINO
Un análisis
(miércoles, 15 de noviembre de 1912)

La segunda interminable conferencia de Sadger sobre el sadomasoquismo se ha visto aligerada por la aportación de un análisis hecho por Freud.

Una mujer «deseosa de vivir» precisaba para permanecer fiel de un trato masoquista por parte de su compañero: la separación violenta de sus piernas, el ser examinada e injuriada, etcétera; su única contribución era la fantasía de la presencia de espectadores. Sin embargo, no acude a Freud por estas causas, sino por las crisis de vértigo que amenazan con privarla de su trabajo; debe mantener a su padre y en parte por ello se desata su angustia; por otro lado, también se origina ésta en su secreto deseo de verse libre de ese lastre económico por la muerte del padre. Las crisis de vértigo nacen, sin embargo, de la identificación con él: también él las padece, es por tanto su modelo libidinal; él también reniega, mientras que la madre se conduce de modo más educado. Durante su infancia fue examinada por el médico porque se orinaba en la cama. —¿Quizás este recuerdo le permitía intensificar el masoquismo verbal, alcanzar la fantasía de algo mortal y conectar así con lo sexual?—. Al desterrar el análisis el complejo paterno, aparece en el recuerdo del examen la presencia del padre entre los espectadores. De este modo, el ceremonial se le hacía transparente y, en consecuencia, inaceptable. Muy a su pesar fue curada de lo anterior a la vez que de sus crisis de vértigo (y con ello también, de su posibilidad de mantenerse fiel).

He vuelto a casa con Tausk y Federn, que regresan después al Café Ronacher. Hemos hablado de Freud. Tausk habla apasionadamente. Hay muchas cosas que me agradan en la imagen exterior de Freud: especialmente su forma de moverse cuando, por ejemplo, entra en clase, deslizándose un poco de lado; yo diría, sin embargo, que eso contiene un deseo de soledad, de encerrarse en sus objetivos personales que no quisieran saber nada de escuelas ni de públicos. Especialmente cuando, por encima de ese ademán, se contempla su cabeza y su mirada: serena, inteligente y poderosa.

CURSO (IV)
Símbolos oníricos
(sábado, 16 de noviembre de 1912)

En el aula pequeña que he conseguido encontrar gracias a que Rank31 y Sadger también erraban desorientados. Sobre los símbolos oníricos. Su diferenciación de la nueva consideración de la imagen onírica (Traumbildhaftigkeit), que debe ser siempre descifrada conjuntamente con las asociaciones del paciente. Puede considerarse con plena seguridad como símbolo aquello (1) que aparece constantemente, (2) que se adapta adecuadamente en ausencia de asociaciones, (3) que aclara interrelaciones, (4) que parece bien fundamentado tanto en el lenguaje usual, como (5) en la historia evolutiva. Por lo general, tan sólo concuerdan algunos de estos puntos, de tal modo que la interpretación queda relegada a la intuición, es decir, a una actuación frecuentemente provechosa pero acientífica. Únicamente se han podido establecer hasta el momento un número reducido de símbolos, y prácticamente todos revelan un origen sexual.

Podríamos añadir que las imágenes simbólicas de carácter sexual han de ser consideradas, casi por descontado, como típicas de casi todo, en parte porque representan imágenes de tiempos pretéritos en los que no se distinguía tan estrictamente entre lo corporal y lo espiritual, y en parte también porque surgen una y otra vez de capas en que la sexualidad y el yo se entremezclan; y finalmente y de modo especial, porque sin ningún género de dudas tienen asegurada su preponderancia por las probabilidades que existen de traducir en imágenes todo lo corporal, y de ser aprehendidas como símbolo; tanto los sueños como los delirios se prestan a ser mal interpretados en ocasiones, ya que permiten su utilización formal (y en consecuencia ser mal interpretados por el neurótico o por el propio individuo que lo ha soñado). Este punto de vista me parece que debe ser tenido en cuenta no sólo en lo que concierne a las imágenes, sino también en lo relativo al propio contenido, aparentemente desnudo y carente de ellas. Son numerosos los incestos rojos como la sangre y los crímenes negros como el carbón o perversidades de todos los colores que hacen su aparición en los sueños y en los delirios; provienen en ambos casos de las profundidades que se hunden hasta alcanzar los abismos más inaccesibles de lo narcisista32 y llegan a expresarse tan sólo de modo impropio a través de esos signos. Ello no quiere decir que deba debilitarse lo grosero de la terminología. Por el contrario, está bien tal cual es (y particularmente por ahora) para evitar la recaída en los colores rosas del pasado, y para no hacer concesiones de principio a intermediarios so pretexto de suavizar la terminología. Entre tanto, allí donde en un caso aislado son interpretados de forma demasiado positiva y olvidados demasiado deprisa, ya que «todo aquello que es efímero no es sino símbolo», se podría llegar a que en lugar de ofrecer al enfermo su propia imagen, se cayera en su propia apreciación de sí, producto de las más horrorosas exageraciones de su propia neurosis, pues éstas se asientan allí donde el profundo y silencioso océano de las más íntimas experiencias no parece capaz de ser dibujado más que con la ayuda de las imágenes de una mitología psíquica cercana a lo monstruoso.

Freud ha empleado un par de veces el término «arcaico» en relación con el pensamiento infantil: el niño, ignorando las diferencias entre los sexos, piensa de modo arcaico; hubiera podido decir: infantil. Pues si bien el hombre más primitivo, y del mismo modo el animal, pueden distinguirla con precisión, no ocurre lo mismo con la pequeña criatura que no aprecia todavía la esfera genital.

TÉCNICA DEL SUEÑO Y DE LA VIGILIA, TÉCNICA POÉTICA

Al igual que los sueños son racionalizados según su contenido latente33 hasta alcanzar las manifestaciones oníricas que recordamos, lo mismo ocurre con nuestra vigilia; sólo que, desde nuestro punto de vista de seres despiertos, ignoramos totalmente y no adjudicamos el menor valor a la labor latente sí es que llegamos a apreciarla. A decir verdad, nadie está totalmente libre de la sensación de vivir detrás de una cortina su propia vida, más allá del desarrollo plenamente consciente de los aconteceres de su existencia. Cuando se pone tan fácilmente en duda la veracidad de un diario íntimo o de unas memorias, no es sólo por sus omisiones conscientes o semiinconscientes, sino y, sobre todo, porque las memorias, lo mismo que el relato de un sueño, contienen ya una racionalización de lo vivido y eo ipso una falsificación de sus contenidos latentes. Y cuando uno mismo recuerda el camino recorrido, no deja de sorprenderle lo discontinuos que son y lo mal seleccionados que están los puntos retenidos por su memoria; como el paso de unas cosas a otras y los puentes lógicos de la reflexión establecen las conexiones y como algo que habíamos considerado «inolvidable» llama la atención por su banalidad, indiferencia y falta de sentido, mientras que debemos comprobar dolorosamente como procesos que habían reclamado nuestro mayor interés, se han vuelto imprecisos, justamente en aquellos rasgos más preciosos para nosotros. Sin embargo, en cada uno de estos puntos, al igual que como sucede con los sueños, se puede extraer de estos fragmentos, por asociación, aquello que es importante a nivel latente y veremos aparecer en todas sus líneas, descendiendo verticalmente a las profundidades y truncada en su parte superior, una imagen nueva totalmente distinta que la que nos es ofrecida por la horizontal de nuestra memoria vigil que racionaliza.

Del mismo modo podríamos imaginar una técnica literaria (¡este viejo sueño mío!), que no satisfaga más que aquella unidad formal sobre la cual volcar toda la fuerza de la creación poética en lugar de hacerlo sobre la descripción espacio-temporal de la que todos intuimos debe ser apoética, es decir, simple y verdadera como una información fáctica; y que por esa misma razón se margina a todo hombre maduro, por otra parte superior en el plano poético-épico; de este modo, esta técnica conduciría a la disección psicológica de lo más profundamente individual que ha dado origen a la novela psicológica, esperando, con razón, no poder completar la descripción más que en el plano espiritual; en su lugar, esta disección posee un efecto abstracto y apoético sobre la imagen coloreada de la vida y pierde precisamente la unidad de las formas a través de su individualización. En su lugar, debería sujetarse a aquello que únicamente puede ser realizado de forma sugestiva por la fuerza poética: justamente esta unidad que el método psicoanalítico no alcanza más que fragmentariamente; ya dijo Freud que la estructuración (de atrás a delante) de un análisis acabado exigiría la habilidad de un artista.34 Lo superindividual permanece por sí mismo detrás de lo típico en la configuración particular en cuya especial forma todos se reconocen, reapareciendo así los más grandes y sencillos temas tal y como gustan a los niños y como han sido creados por las leyendas. Sí, el cuento mismo, este descendiente de la leyenda, se vuelve así auténtico y posible (y no simple «imitación»). (Al margen:) La poesía es algo entre el sueño y su interpretación.

Al despertar de un sueño se retiene, con frecuencia, sin tener en cuenta su contenido, un estado de ánimo alegre o, por el contrario, se siente uno desgarrado: es ahí que se siente con la mayor claridad que la unidad intrínseca de la constitución reside mucho más allá de los fragmentos del sueño. Pues si el sueño se divide y se multiplica, no lo hace sino para salir al paso de la racionalización. Al contrario ocurre en la vigilia, estado de vigilia lógica: cuya realidad reside por completo en la división del yo y de lo opuesto a él: para poder vivenciarse interiormente a sí mismo, tiende a la unificación. Lo irreal en la vigilia es precisamente aquello que permanece en lo puramente subjetivo sin hallar modos de conexión con el mundo exterior puesto que éste forma parte de él y no es superable más que artificialmente. Lo irreal en el sueño es, en consecuencia, precisamente la aparente salida fuera de lo subjetivo en todas sus múltiples realidades, pues éste tiende a evadirse de la realidad básica del inconsciente que abarca conjuntamente al sujeto y al objeto.

Al poseer esta tendencia, el sueño contiene un rasgo de lo patológico que define a la neurosis y, en último término, al delirio. Al tener la vigilia la tendencia opuesta a resumir de nuevo, su realidad se hunde entonces en la del inconsciente; en el camino, sin embargo, cada instante de la vida, la existencia vigil no es más que un principio deslindado pero igual al enfermo, sólo que mejor adaptado a su finalidad. Desde el primer impulso creador de sueños hasta el más consciente, no son más que etapas del camino.

CURSO DE TAUSK SOBRE PSICOANÁLISIS
(Martes, 19 de noviembre de 1912)

Esta tarde estuvo Swoboda en mi casa; por la noche fui al curso de Tausk, a cuya primera sesión no pude asistir por haber quedado con Adler.

He hablado frecuentemente con Tausk, y siempre ha resultado agradable, sin saber mucho de él. Lo recuerdo sobre todo por una de sus observaciones durante la discusión con Sadger (sobre sadomasoquismo); me llenó tan plenamente como si yo misma hubiera efectuado la intervención.

No intervengo nunca, a no ser que no pueda aguantarme, y Freud retoma mis palabras en la discusión.

La manera como expone Tausk, partiendo de la periferia y dirigiéndose hacia el centro, de modo inverso a como se han ido constituyendo las doctrinas de Freud, es una forma excelente para hacerlas plausibles espontáneamente. Algunos términos me parece que los introduce prematuramente («narcisismo», el más difícil de todos); en otro punto me pareció que quizá Tausk pueda verse perjudicado por ciertas alusiones malévolas con respecto a Adler; injustamente, a pesar de destacar los impulsos yoicos como motivación («propia dignidad») junto a los sexuales, y a pesar de la oposición entre especie e individuo. En realidad, uno no recoge únicamente la impresión de la teoría clásica de Freud, sino también la de que rara vez alguien haya accedido con tanto respeto y amor a los auténticos y reales descubrimientos de Freud, a esos descubrimientos más preciosos aún que la teoría misma (como la «condensación», el desplazamiento», etcétera),35que traen consigo algo de excavaciones de la antigüedad, y cuyo valor no puede verse disminuido por tratarse de fragmentos.

Un estudiante delgado y de ojos verdes abrió una interesante discusión. (Si se reprime por el displacer o si se quiere reprimir por el mismo motivo. Quizá pueda darse la razón a su principal objeción: «se desea conscientemente» en tanto que la representación reprimida ya ha sido consciente).

COLOQUIO VESPERTINO
Freud sobre Swoboda
(miércoles, 20 de noviembre de 1912)

Sesión dedicada a informes; asiste Ferenczi,36 de Budapest; informa, como introducción, sobre su programa relativo a la redacción de la que se ha encargado en sustitución de Stekel. El modo como lo expuso fue concreto y simpático. Cada vez me encuentro más cómoda y bien entre aquellos que rodean a Freud. Me agrada, bien sea por algo que proviene de él o por el tipo de trabajo de que se trata.

Interesante el dibujo de una habitación realizado por un neurótico y que Federn hizo circular entre nosotros: recuerdo, primero, de los objetos más anodinos, y más tarde y más difícilmente de los más importantes; y finalmente, las paredes vacías representando la más absoluta falta de inspiración; por último, lo más significativo y que nos hace volver a las primeras asociaciones (la pantalla azul de una bombilla, «el dolor azul», una virgen con la bóveda celeste sobre la esfera terrestre).

Freud ha intervenido mucho y animadamente con ocasión de la exposición de Rosenstein37 sobre Swoboda. Freud dijo exactamente lo mismo que había anotado ya hace un año sobre él y Swoboda: Swoboda se refiere exclusivamente al material manifiesto del sueño; ello hace desaparecer, evidentemente, la contradicción entre ambas doctrinas, pero hace insignificante también la interpretación «periódica» de los sueños, y la constatación de períodos de 28 y de 25 días referidos a los mismos.

EN EL CÍRCULO DE ADLER
Homosexualidad. Stekel
(jueves, 21 de noviembre de 1912)

Furtmüller expuso que Freud «retrocedía en último término a realidades únicas, mientras que Adler las había reducido a manipulaciones del psiquismo». Sin embargo, esto no es cierto pues, si observamos con mayor detenimiento estas realidades sólo llegan a desaparecer en Adler porque, en última instancia, se pone al abrigo epistemológico de una apariencia de lo vivido «como si». Pero como no se trata de esto, sino de la orientación práctica, resulta de nuevo necesario distinguir y separar la posible apariencia de una tal vivencia, es decir, de poner nuevamente en su lugar «lo psíquico» y lo «real»; y en este punto reaparece Freud exigiendo seguir el rastro de lo psíquico hasta allí donde nos sea posible por medios psíquicos, es decir, hasta el punto en que ya no nos queden más que manifestaciones somáticas y éstas están condicionadas por la sexualidad; en cierto modo estamos inscritos por su causa en un todo situado más allá de nuestro yo. Con independencia de lo que el juego de la psique haga con ellos, no saldrá, en este campo, del punto de vista de lo dado que concierne al contenido, pues de la simple «sensación orgánica» somática hasta ella no se eleva ningún puente.

Esta impresión mía se ha visto reforzada por la conferencia que ha pronunciado el propio Adler sobre la homosexualidad (sobre todo casuística).38 El homosexual que describe, y que en el fondo no existe, crea su propia ficción homosexual no a partir de sus «realidades», sino que se aleja totalmente de ellas, extraño a toda realidad, del mismo modo que gusta hacerlo al neurótico: no es un neurótico por ser homosexual, sino que es homosexual porque es neurótico, y porque precisa de esa ficción. Un homosexual de pulsión primaria formará en lucha contra pulsión tan real, una ficción opuesta y totalmente distinta a fin de «asegurarse» contra ella. Y tan sólo es en los llamados normales en quienes las realidades y las intenciones psíquicas se estimularán mutuamente hasta edificar una personalidad homogénea.

Stekel hizo acto de presencia en el círculo y fue citado muchas veces en las conferencias. A pesar de haberme sentado (esta vez con Ellen) junto a una mesita lateral, ha venido hasta mí y me ha interpelado acerca de Freud; hemos discutido. Me hablaba como invitada de Adler y en consecuencia no podía provocar un escándalo; Ellen y yo nos hemos marchado aprovechando el descanso. Stekel hizo lo propio. Una vez en la calle, y ante numerosos testigos, tuvo que responder negativamente a mi pregunta de si suscribía las opiniones que Adler acababa de manifestar.

Aún dejando al margen su presencia aquí en las presentes circunstancias, me doy cuenta de que tendré que dejar de asistir a los coloquios organizados por Adler. Es indudable su interés, pero no es ese el problema.

FÍSICO Y PSÍQUICO

Los «fundamentos somáticos de las neurosis» según Adler. Naturalmente que existen, pero es algo de lo que ignoramos todo. Ocurre lo siguiente: cuando accedemos a la más íntima de nuestras experiencias es muy poco lo que sabemos sobre sus equivalentes corporales; y a la inversa, allí donde se nos muestran fácilmente procesos corporales fracasa el acompañamiento psíquico de los mismos. La razón de ello debe ser entendida, en mi opinión, filosóficamente (y constituye la razón por la cual el célebre «paralelismo»39 no puede llevarse a cabo). Ocurre que entendemos por «corporal» simplemente aquello a lo que no podemos acceder psíquicamente, aquello que no sentimos, sin más, como idéntico a nuestro ser, y que, en consecuencia, situamos a distancia, es decir, diferenciamos de lo psíquico. «No poder explicar psíquicamente», o «tener que explicar corporalmente», esto es, situar como «material», es una y la misma cosa. En consecuencia: el que los procesos corporales deban permanecer oscuros para nosotros, como equivalentes de los psíquicos, es algo del todo comprensible; no nos queda otra solución que investigar cada campo con su método, yendo tan lejos como nos sea posible, pues metodológicamente hablando, todo queda dentro de cada uno de los terrenos. Nunca ni en ninguna parte debe establecerse una relación causa-efecto entre ambos, y su unidad no puede ser captada más que por la mirada de un dios; y no resulta evidente «espinocísticamente» más que para el filósofo, jamás para el empirista.

En aquellos puntos en que más se aproximan entre sí ambos métodos y ambos mundos, allí donde dejamos de interpretar «psíquicamente» o donde tenemos que empezar a hacerlo «corporalmente», hablamos, con mala conciencia, inseguridad y doble sentido, de procesos cerebrales, del sistema nervioso o del estado de las glándulas endocrinas; y si se manifiesta un trastorno, una enfermedad, se nos hace presente precisamente por ese nombramiento de «cuerpo» y «espíritu» que nos hace sentir corporalmente los padecimientos psíquicos y que nos lleva a soportar espiritualmente lo corporal. También puede ocurrir que una enfermedad de apariencia psicógena pueda parecer tratable medicamente, o que una «condicionada» físicamente, pueda ceder gracias a una influencia psíquica. (Ocurre que los internistas quieren determinar hallazgos tóxicos en la sangre en el asma bronquial. Y al revés: cauterizaciones nasales contra la masturbación, etcétera).

¿No es acaso destacable también que nos parezcan como las menos claramente diferenciadas precisamente aquellas partes de nuestro cuerpo que consideramos como las más estrechamente ligadas a las manifestaciones de orden psíquico, como ocurre con el cerebro y la médula espinal (materia nerviosa)? Masa pastosa protegida por la cápsula ósea que la encierra, o en un fino y pequeño cordón sin peculiaridades discernibles por nuestros ojos. Al otro lado, el mundo maravilloso y sin fin de lo exterior, de una fisis «de espíritu deportista», de la que nunca dejan de aprender todos nuestros sentidos y pensamientos. (Una objeción más contra esos señores ocultistas, que «materializando» lo físico, no ofrecen, precisamente por ello nada psíquico, pero tampoco la más mínima materia).

No podemos hacer accesible nada a nuestro entendimiento si no lo hemos previamente casi «personificado», y a la inversa, si no plasmamos lo psíquico en imágenes del mundo exterior; transformar lo anorgánico en símbolos psíquicos e ilustrar lo espiritual en sus actos por medio de procesos de sustancias básicas asimismo inaccesibles.

EL CURSO DE TAUSK
El sexo y yo
(martes, 26 de noviembre de 1912)

En la discusión, el estudiante de ojos verdes ha estado de nuevo muy incisivo. Observa adecuadamente que el olvido por represión es considerado todavía como un proceso puramente mecánico, mientras que a «las representaciones sustitutorias» parece precederlas una intención.

Aunque Tausk tiene una curiosa mala cara, enarbola muy bien su bandera como director del curso. Algunas de sus expresiones a lo largo de la discusión me han parecido exactamente freudianas en exceso; por otra parte nunca se le podrá echar en cara lo contrario.

Según la mayor parte de las obras de Freud, el hombre civilizado aparece en el fondo como un triste salvaje ya domado y su sublimación, ayudada por el salvajismo reprimido, adopta un carácter esencialmente negativo; la pulsión y la civilización contrastan del mismo modo a como lo hacen el mundo interior y el exterior. En Freud, parece relacionarse todo aquello con el concepto de narcisismo, que debe comprender simultáneamente y de manera indiferenciada, la pulsión sexual y la pulsión del yo; pero en última instancia, de tal modo que todo aquello que se hace activo en el yo se presente especialmente como hostil a la sexualidad; en consecuencia, el fin de cualquier cultura aparece como un debilitamiento continuo de lo pulsional, ¡como una estremecedora transfiguración! En realidad, la salud significa siempre un equilibrio entre ambas, y la neurosis, un trastorno entre las mismas; ello significa que el yo, desembocando en el mundo civilizado, debe hallar en él aquellas formas inmediatas que le permitan descargar toda su fuerza pulsional. Pues la cultura no se limita a estar frente a él, sino que expresa también su ulterior desarrollo, propio e individual (análogamente a lo que sucede en el desarrollo corporal, en que la represión de las zonas erógenas,40 si bien viene provocada por una prohibición exterior, redunda en provecho de lo genital al concentrar las estimulaciones placenteras de dichas zonas). Aquello que constituye el narcisismo y que nos acompaña secretamente a lo largo de toda nuestra vida, debe ser siempre, la creatividad, es decir aquella finalidad a la vez natural y espiritual de toda manifestación humana: la unión de la sexualidad y del yo.

COLOQUIO VESPERTINO
Narcisismo. Cuestiones de método
(miércoles, 27 de noviembre de 1912)

Conferencia de Tausk sobre las inhibiciones artísticas.41 De los dos análisis expuestos por él (de un escritor y de un pintor) he retenido en mi memoria un par de observaciones, que me dan la impresión de que había muchas cosas de interés en lo que dijo; sin embargo, no habiendo tomado notas, no he conseguido retener la mayor parte de ellas.

Sobre el narcisismo («allí donde concordamos con nuestros deseos»): toda renovación de la vida, tanto después de una neurosis como por la actividad creativa, procede siempre de allí; si bien las neurosis son frecuentes en los artistas (¿quizá por ello?), su intensidad es inferior a las de los no creadores. Finalmente, la relación entre narcisismo y erotismo anal42 (al contemplar una obra nuestra, algo objetivado como si fuéramos nosotros mismos). A partir de aquí, al complejo de padre, etcétera.

Las réplicas de Freud fueron más severas que de costumbre y eso que no hay otra persona que pronuncie sus conferencias con tanta veneración en la mirada como él. De todos, parece que Tausk es quien más incondicionalmente depende de Freud, y también quien más busca destacar del resto. Quizás ello se adecue a un conflicto personal por ambas partes.

Las réplicas de Freud hicieron destacar:

1 que las dificultades de una materia de concepción tan reciente son demasiado grandes para poder ser tratadas en una simple conferencia; el número de ideas originales y su interés merece ser reconocido, pero todavía hay que profundizar en ellas con investigaciones más detalladas;

2 que las continuas injurias dirigidas contra el conjunto del movimiento, lanzadas por parte de la ciencia oficiosa, tiene como consecuencia que no deba osarse avanzar con excesiva rapidez por nuevos territorios sin haber dejado suficientemente protegida la retaguardia; es esencial aportar reiteradamente confirmación de lo ya descubierto. (Esto último es lo que ha llevado a Freud a abandonar la prosecusión solitaria de sus investigaciones obligándole a fundar una escuela y a formar discípulos; un segundo motivo para el conflicto con mentalidades independientes o temperamentales);

3 la oscuridad reinante en lo referente a los procesos de sublimación y sus definiciones;43 ¿no será la sublimación «parcial» de que habla Tausk una limitada capacidad de sublimación? Quizá radique precisamente en ello la condición del éxito artístico (Freud se ha mostrado aquí de modo sorprendentemente adogmático con respecto a su propia terminología, de la que se libera plenamente en sus investigaciones);

4 en el estadio narcisista, toda terapia parece haber alcanzado sus límites y no puede, en el fondo, más que reordenar inversiones libidinales previas; sin embargo, lo que hay que conseguir es llevar el análisis hasta ese punto.

Freud ha regresado con bríos, quizá desmesurados, y demasiado satisfecho de su viaje a Múnich44 en relación con la revista de Stekel (y por cuya causa tuvo que suspenderse la sesión del sábado). ¿Es tan seguro el acuerdo con Jung como se dio a entender oficialmente el miércoles? Desde entonces tenemos que comportarnos «políticamente» con respecto al tema Jung pero en realidad Múnich ha significado la ruptura.

CURSO (V)
Sueño de deseo. Repulsión y sexualidad
(sábado, 50 de noviembre de 1912)

Freud señala el por qué no debe asimilarse la denominación «sueño de deseo», sueño de satisfacción del deseo45 a la de contenidos del sueño (confesiones, advertencias, proyectos, etcétera), o por lo menos sólo del mismo modo a como nos referimos inadecuadamente a «médicos de mujeres» o «médicos del estómago». Sin embargo, creo que la expresión «satisfacción del deseo» suena demasiado acabada, y que por ello mismo se presta a equívocos; su matiz, al igual que ocurre con toda la terminología freudiana, resulta excesivamente definido, exageradamente fuerte y claro; tras ese «deseo», azul como el anochecer y preñado de nostalgia, se oculta algo mucho más claro y translúcido: nuestro ser original mismo, del que se han desprendido las reflexiones de la vigilia y que se realiza en el silencio de nuestro sueño.

Se habló de «la terquedad y el erotismo anal».46 El «carácter anal» fue presentado como «resultado de la sexualidad» pero se lo relacionó demasiado superficialmente con castigos recibidos en dicha zona. Esto puede llamar a engaño ya que el erotismo anal es algo ligado a problemas mucho más complejos. El excesivo colorido de la misma palabra es algo que dificulta su investigación, como si las personas pudieran sobrepasar los tonos entre amarillos y castaños que parecen caracterizarlo. Provenimos de la tierra, y en ella también se hallan los orígenes de nuestro carácter y de nuestra sexualidad; y la tierra es también el tamiz a través del cual puede filtrarse el producto más sucio hasta alcanzar la calidad más depurada, superior, si cabe, a la que podrían ofrecer los filtros más perfectos, dejando así que se abran paso hasta nosotros los manantiales más cristalinos. Es interesante reseñar como la repulsión más sana —y hasta cierto punto la única repulsión «sana» y natural— común a todos nosotros es precisamente la ligada a lo concerniente al auténtico origen del hombre (de forma parecida a como ocurre en el bello comentario de Freud a la leyenda de Macduff,47 en la que la angustia más primitiva y acaso prototípica se halla referida al proceso de nacer, al nacimiento mismo). Todas las repulsiones del neurótico no son más que la imagen agrandada de esa repulsión inicial, mostrándonos así la profunda relación que existe entre lo valioso y lo carente de valor, entre lo «malo» y «malvado» y lo mejor y lo más creativo que integran toda conducta humana. Pocas consideraciones «éticas» y «estéticas» hay que no tengan aquí sus más profundas raíces.

Pero es interesante también el que la primera y más imperiosa de las repulsiones aleje, desde el primer momento, de la sexualidad. Ello constituye un problema por sí mismo. También cuando esta repulsión aparece relacionada con lo anal como resultado de la represión (educación), es algo que todos aceptamos unánimemente como propio de la evolución natural, por otra parte exclusivamente humana. Aquí reside naturalmente un problema. La sexualidad humana normal alcanzaría su madurez únicamente desde el momento en que se la distingue de la excreción de lo inorgánico.

MASCULINO Y FEMENINO

Un par de veces he asistido, invitada por Swoboda, a sus lecciones. Sin embargo, no va más allá del contenido de sus escritos, que conozco bien: posee un espíritu rico, quizá demasiado rico; el deseo de riqueza espiritual no lleva nunca a alcanzar la meta de un pensamiento; ello sólo es posible si se aspira a simplificar.

De las leyes de la periodicidad enunciadas por Swoboda pudiera quizá decirse que se nos muestran, sobre todo, en la normalidad, mientras que brillan por su ausencia en lo patológico. El inconsciente, que se considera reprimido, queda como aprisionado en la conciencia. Por una parte, su presencia es constante aunque sólo se nos muestre su perfil, parcial y perturbador, mientras que por otra nunca llega a expresarse plenamente, oscilando rítmicamente su intensidad entre el aumento y el descenso. Así podrían concebirse unidos Freud y Swoboda, o Freud y Fliess.

El esfuerzo de Weininger48 por definir más adecuadamente lo M y lo F me parece estéril: aquello que puede enlazar opuestos (para producir un niño u obra) es MF; el resto no son sino estadios intermedios conducentes a las disidencias «turbulentamente receptivas» de que habla Swoboda.

Creo que precisamente porque lo masculino y lo femenino son componentes fundamentales de toda vida, sólo es a partir de cierto punto que se constituyen recíprocamente como hombre y mujer. La tan traída y llevada «lucha de los sexos» en el amor proviene, en parte, simplemente de que se confundan los conceptos primarios de sexo con la figura de seres humanos vivientes. Y precisamente en el amor, es decir, durante la más extrema unilateralidad sexual, donde la mujer parece convertirse auténticamente en mujer y el hombre en hombre, despierta a un tiempo, en cada uno de los sexos, el recuerdo de su propia duplicidad como consecuencia de la profunda compenetración, comprensión y ampliación mutuas. El amor se convierte en «entrega», nos damos a nosotros mismos, y nos hacemos más presentes, más vastos, más estrechamente unidos a nosotros mismos; y no otra cosa es su auténtico efecto, su efecto de vida y de alegría. Ello es también válido para la segunda cara de nuestro ser (masculina o femenina), habituada a vegetar o a estar reprimida en su lucha por la existencia, y considerada como carente de cualquier derecho; al darnos, nos obtenemos plenamente en la imagen del ser amado, ¡algo aparentemente sencillo!

Encuentro que toda relación profunda o humanamente valiosa posee este carácter, y que es de una gran banalidad el apreciar únicamente las particularidades correspondientes a los sexos, de cuyo combate no resta sino una última palabra: la victoria del uno sobre el otro. Es por ello que los hombres se expresan en horribles «mitades», en hombres insensibles, cuyo propio dominio no llega ni siquiera a constituir una experiencia, y en mujeres pisoteadas y que algunas veces, para su propia sorpresa, florecen una vez convertidas en viudas, es decir, sólo entonces llegan a convertirse en el refugio encantador que hubieran podido suponer para un hombre. No es más que por un doble cambio de naturaleza entre lo masculino y lo femenino que dos seres llegan a ser más que uno solo y que dejar de poseer como objetivo el dirigirse el uno contra el otro (como estas pobres mitades que precisan de su unión para constituir un todo), para pasar a buscar conjuntamente un fin humano fuera de sí mismos. Tan sólo así el amor y la creatividad, la plenitud natural y el culto a la cultura dejan de oponerse para constituir una unidad.

Para aquellas personas adversas al erotismo, el sexo contrario se desarrolla sólo en forma distorsionada: en un hombre de modos femeninos, o en una mujer emancipada.

En algún trabajo de Fliess he leído, aunque no sé si se trata de algo comprobado o no, ya que algunas veces resultan fantásticas sus afirmaciones, que la «maduración» del huevo y del semen consiste en un proceso en el cual en el corpúsculo polar la sustancia femenina se retira del semen masculino y la masculina del huevo, haciendo apto para completarse con el sexo opuesto aquello que ha emigrado. De este modo, la atracción sexual se convierte en un deseo de nosotros mismos desplazado sobre la imagen de la pareja. Así ocurre ciertamente en lo psíquico, y lo que resta a la pareja no es más que el agradecimiento.

COLOQUIO VESPERTINO
Freud sobre Alder
(miércoles, 4 de diciembre de 1912)

Casi un debate sobre Adler. Freud habló extensamente sobre el tema. Tomó como punto de partida su observación de que la envidia del pene49 existe ya antes de que se produzcan diferencias o comparaciones «sociales»; su origen es consiguientemente más profundo y no exclusivo de las capas superiores, únicas consideradas por Adler (de forma que para él todo parece suceder en un mismo plano). La hija del portero envidia muy pronto a la hija del banquero, mejor vestida, sin por ello volverse neurótica: más bien será la otra quien se vuelve más tarde así. Por otra parte, muchos individuos con alguna deficiencia orgánica no se convierten en neuróticos por tal motivo. Rosenstein defiende a Adler.

Y en parte, también lo hace Hitschmann50 quien afirma que la consciencia de la inferioridad ocupa siempre un primer plano de las neurosis, por lo cual los enfermos se sienten concernidos, aliviados y comprendidos por la teoría de Adler (compadecidos también, puntualizó Tausk). Pero este tratamiento se interrumpe antes de alcanzar la neurosis propiamente dicha, mientras que en Freud, en lugar de producirse prontos sentimientos de alivio, nos encontramos con la aparición de resistencias. En este sentido, el libro de Adler hace bien en conformarse con su título: Über den nervöse Charakter [Acerca del carácter nervioso].

De hecho, los métodos terapéuticos de Freud y Adler son tan distintos entre sí como el bisturí y la pomada. Al no considerar Adler más que aquello que es fisiológico y lógico, renuncia eo ipso a modificar un estado inconsciente fisiológicamente fundamentado y lógicamente interpretado. El arrangement, por ejemplo, fruto de la sobrecompensación orgullosa de quien padece una minusvalía física, como defensa frente a la humillación que le supone el compararse con los demás, hace posible que podamos detectar tal arrangement como lo que en realidad es; pero el hecho de que este exagerado amor propio tenga su raíz en una actitud sexual perturbada hacia los demás, es algo que no puede llegar a hacerse consciente, pues se sitúa, precisamente, por debajo de los arrangements de la consciencia. El tajante alejamiento de la «realidad», característico de los neuróticos, opinión también compartida por Adler, es algo que limita, en cierto modo, su propia visión de las cosas. Quiere convertir las cosas reales en símiles (algo que la persona normal realiza constantemente y con provecho al apoyarse en su propia naturaleza), pero bajo mano, el arrangeur, la personalidad en cuestión, se convierte en ficción de sí misma, no dispone ya de sí, no le queda más que abrirse paso con ella al igual que sucede con el «como si» de sus arrangements. Pues se ignora y omite esta capa de auténticas conquistas freudianas a partir de las cuales asciende hasta el yo, cuyo carácter inconsciente toma como base de sus interpretaciones conscientes a despecho de su extensa realidad.

Por ello no pudo convencerme Adler algunos días después (el 9 de diciembre), en el curso de una disputa personal, a pesar de que dio muestras de ingenio afirmando que era lo mismo lo que manifestaba el cuerpo a través de sus órganos que el yo con sus expresiones lógicas, y que, en consecuencia, no existía ningún espacio intermedio para la teoría de la libido.51 Tuve la sensación de que su defecto es precisamente su falta de intuición.

Discutimos hasta calentarnos los cascos atravesando finalmente las calles a todo correr. Me conmovió el que me acompañara fielmente.

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22 ekim 2025
Hacim:
301 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788418292064
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